Regalos de Año Nuevo

Sería bonito que pudiésemos reinventar el calendario y conseguir que todos los días fueran como el primero de año. Me gustaría por el significado y las posibilidades que esa fecha tiene para muchos de nosotros. De eso quiero hablaros hoy.

La Navidad y el Año Nuevo vienen cargados de tradiciones y de regalos. Los tiempos cambian, la comunicación evoluciona, y entre los muchos whatsapps que he recibido en estas fiestas me gustó uno en el que aparecía un cantaor con una guitarra y decía, medio recitando y medio cantando, algo así:

Cada vez que acaba el año

el tiempo va y te regala

una pizarra y esponja

p’a que esta noche tú cojas

y borres las cosas malas.

Y entre copas y sonrisas

enero llega corriendo

y te regala una tiza

p’a que sigas escribiendo

La coplilla viene cargada de razón. Y por eso me gustaría que cada mañana, al abrir los ojos, pudiéramos sentirnos dueños de algo así.

Estas palabras se quedaron dando vueltas en mi mente y me llevaron a reflexionar sobre el valor simbólico de esos objetos que son, ni más ni menos, que la maravillosa capacidad que tenemos las personas para poder elegir, y la libertad de usarla según queramos.

Adoro las metáforas. Eso es tanto un inconveniente, como cariñosamente me señalan mis compañeros y profesores en los cursos de escritura, como una ventaja. La metáfora es un arma poderosa para transmitir información de modo creativo. Así que hoy, por ser las fechas que son, me voy a permitir tirar de ella. Ya que hablo de regalos, me merezco ese.

Hasta ahora no he sido consciente de que en mi vida han existido muchos más “primeros de año” que los que corresponden a mi edad. Darme cuenta de eso hace que me sienta afortunada. Cuando miro atrás, veo que he sabido encontrar a mi alrededor obsequios como esa esponja y esa tiza. Y aún hay más: como he dicho antes, los tiempos cambian, las personas evolucionamos, y lo que en mi adolescencia o en mi juventud eran una pizarra, una tiza y un borrador, se han convertido ahora en herramientas mucho más potentes, en verdaderos procesadores de texto.

En mi adolescencia solo cabía el blanco y negro. Las cosas, muchas veces, no tenían término medio. Descubrir el amor ofrecía dos alternativas: que el chico que me gustaba se fijara en mí, o pensar cada día que moriría de pena al llegar la noche porque nadie puede sobrevivir al sufrimiento de no ser correspondida. No morí, claro está, o no estaríais leyendo esto. Pero mi memoria no me engaña y en aquellos lejanos años mi vida era como una clase de matemáticas sencillas donde las ecuaciones o los problemas tenían dos o tres alternativas como mucho. A, B o, a lo sumo, C.

Cuando me convertí en madre la cosa empezó a cambiar. La relación con mi hija, por ejemplo, era un arcoíris de colores y posibilidades. Todavía me tiemblan los dientes cuando recuerdo su adolescencia, sus dudas, su querer presumir de ir de vuelta de todo, cuando en realidad todavía estaba empezando a saber poco de nada. Mis propias dudas también, mi inseguridad, mi falta de tiempo, robándole siempre a ella los minutos que necesitaba para pelear contra la hidra de siete cabezas que era entonces el autismo de su hermano. Mis momentos de felicidad, cuando acabó la relación con su primer noviete y acudió a mi hombro para llorar su pena. Creo que ya entonces, no sé si por sabiduría o por puro azar, empecé a manejar con más soltura mi borrador y mi tiza. Ya no escribía cosas sencillas, no, pero cada borrón y cada línea me convertían en una persona un poco mejor, o eso quiero creer.

Y, si me paro a recordar el milagro de mi Javi, descubro que lo mío ya no ha sido esa escritura sencilla de escuela de primaria. Ni mucho menos. Porque con siete años mi hijo no hablaba, se autolesionaba, apenas masticaba, no llegaba al percentil cinco de peso y tenía alteraciones severas en el patrón de sueño entre otros muchos problemas. A Javi le debo mucho, porque con él, gracias a él, sí que aprendí a base de bien. Tuvimos que borrar muchos errores y reescribir muchas cosas los dos juntos. Pero lo hicimos. Y hoy habrá pocas madres tan felices como yo y pocos hijos tan felices como él. Es una persona integrada en el mundo, un chico satisfecho de tener amigos y de su participación en el programa Cualifícame de preparación laboral.

Y conste que no todos los regalos tienen que ser así de contundentes, aunque los míos me encantan. Hay más, muchos más. Como que reaparezcan en mi vida amigos de la infancia, incluso aquel primer amor que no llegó ni a serlo y que ahora es amistad, y que, por obra y gracia de las redes sociales, me haya podido reencontrar con esas personas a las que quiero, y que vuelven a ser parte de mi historia. O que, de pronto, mis hijos sean mayores y a mí me quede tiempo para volver a ser un poquito yo misma, y se me ocurra apuntarme a cursos de escritura que me han traído nuevas amistades y hasta un blog donde escribir.

Y todo eso que os he contado me hace sentirme viva. Y día a día comprendo que tengo en mis manos la potestad de borrar y de escribir en cada página de mi historia lo que más me apetezca. Y eso hago.

Así que ojalá este año esté para vosotros lleno de primeros de enero. Y si algo no se puede corregir, si hay manchurrones de tinta imposibles de borrar, terminaré con otra frase que no es mía pero que me hizo reflexionar bastante, aunque desconozco el autor: Lo que no se soluciona pasando página, se soluciona cambiando de libro. A veces es así, y no pasa nada. Un libro nuevo está lleno de promesas, de hojas en blanco para rellenar.

Feliz escritura en vuestra vida.

Adela Castañón

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Imagen cabecera: George Dolgikh en Pixabay

Imagen final: Thanks for your Like • donations welcome en Pixabay

2 comentarios en “Regalos de Año Nuevo

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