Ishiro y el rey del mar

 

Hace mucho tiempo, en una isla de China, vivía Ishiro, un joven pescador, que soñaba con conocer tierras lejanas desde que era un niño. Pero su padre falleció pronto y él tuvo que seguir pescando para mantener a su madre y a sus hermanas. A menudo pensaba que la juventud se le escapaba entre los dedos como el agua del mar por los agujeros de su red, y suspiraba mientras se decía que ojalá hubiera alguna manera de seguir siendo siempre joven para tener tiempo de alcanzar sus sueños.

Todos los habitantes del pueblo querían a Ishiro. El joven siempre estaba dispuesto a ayudar a arreglar una red, o a reparar un tejado, o a compartir algo de su pesca cuando algún padre de familia regresaba a la playa con su barca vacía. Pero el cariño de todos ellos no era suficiente para calmar sus anhelos de aventuras.

Un día regresó a tierra más tarde que el resto de los pescadores. Se había alejado bastante mar adentro porque los peces escaseaban. Y, además de volver casi de vacío, se le había enganchado la red en unas rocas y se había agujereado hasta el punto de quedar casi inservible. Cuando llegó a la orilla de la playa vio que unos muchachos maltrataban a una tortuga a la que habían volteado sobre su caparazón. Ishiro sintió lástima del pobre animal y echó mano de las últimas monedas que tenía, y que le hubieran servido para comprar una red nueva. Total, se dijo, podría remendar la vieja para que aguantara un poco más, y era una pena que una criatura tan hermosa tuviera ese triste final. Los muchachos aceptaron venderle el animal, y las monedas y la tortuga cambiaron de manos. Ishiro la cogió en brazos, le dio la vuelta y la depositó en la orilla, donde rompían las olas. Y, cuando la vio alejarse mar adentro, regresó a su casa.

La pesca seguía escaseando e Ishiro se alejaba cada vez más del poblado para buscar nuevos bancos de peces. Un día, cuando estaba en alta mar, un vendaval lo sorprendió. Las olas movían su barca como si fuera una brizna de paja y una de ellas la hizo zozobrar. Nadó durante un rato y cuando estaba a punto de ahogarse sintió que algo duro le levantaba el pecho y lo mantenía a flote. Giró el cuello y descubrió que era una tortuga.

–Ishiro, ¿me reconoces?

El pescador, asombrado, recordó lo que había ocurrido hacía varias semanas y, sin fuerzas para hablar, afirmó con la cabeza. Entonces la tortuga volvió a dirigirse a él.

–Tengo una deuda contigo y ha llegado el momento de pagarla. Si quieres, puedo llevarte directamente hasta la playa de tu poblado. Pero también podrías acompañarme al fondo del mar. Soy la consejera del rey del mar, y sé que estaría encantado de agradecerte en persona que me salvaras la vida.

–Eso es imposible, amiga tortuga –dijo Ishiro. Iba recuperando las fuerzas y la voz–. Nada me gustaría más, porque siempre soñé con conocer otros lugares y vivir alguna aventura antes de llegar a viejo, pero no puede ser. Aún soy joven y aguanto mucho la respiración, pero dudo que lograra resistir tanto tiempo bajo el agua. Terminaría ahogado, ¿y quién cuidaría entonces de mi madre y mis hermanas?

–Te equivocas, Ishiro. La magia de mi rey es poderosa y sus invitados pueden respirar bajo el agua sin problemas. Además, mientras seas su huésped, nada le faltará a los tuyos. Él puede hacer eso y mucho más, pero tú eres libre de elegir. Te llevaré donde me ordenes, a la playa o a ver a mi rey. ¿Qué decides?

Ishiro no lo pensó más. No tenía motivos para desconfiar de la tortuga que, al fin y al cabo, le había salvado la vida como él hizo con ella, así que aprovechó la oportunidad.

–Vayamos con tu príncipe.

Se agarró al caparazón y contuvo la respiración. Al poco de sumergirse notó que respiraba como si estuviera en tierra. Se relajó, abrió mucho los ojos y descubrió maravillas increíbles: bosques de corales de todos los colores que despedían un brillo mágico cuando algunas medusas luminosas pasaban entre ellos, caballitos de mar jugando a perseguirse, un coro de sirenas de voces armoniosas… Y la tortuga seguía su ruta hacia el fondo, con él a las espaldas.

Después de un viaje que tanto pudo durar horas como segundos, la tortuga se detuvo por fin. En un coral gigantesco con forma de trono se sentaba un hombre de elevada estatura. Tenía barba y bigote, y el pelo no se le veía porque sobre la cabeza llevaba una enorme corona dorada que se apoyaba sobre dos orejas puntiagudas. Un camino recto, hecho de estrellas de mar, avanzaba hasta el trono. El rey hizo una seña a Ishiro para que bajara de la tortuga y se acercara a él. El pescador miró hacia el suelo y, en lugar de andar, se aproximó al trono nadando para no pisar a las estrellas, que se apartaron cuando él llegó junto al rey.

–Veo que mi consejera no me engañó al hablarme de tu bondad, Ishiro –dijo el príncipe, y señaló la alfombra de estrellas–. No has querido lastimar a mis pequeñas amigas. Sé bienvenido a mi reino.

El rey, visto de cerca, impresionaba todavía más. En la mano derecha tenía un tridente y en la izquierda sujetaba un escudo que parecía hecho de espuma de mar mezclada con estrellas y corales. Ishiro, abrumado, pensó si no habría sido una locura aceptar la invitación de la tortuga. Recordó entonces a su madre y sus hermanas y se preguntó que pensarían al ver que no regresaba. El rey volvió a hablarle:

–No temas por tu familia ni por tus amigos. Mi consejera no mentía cuando te dijo que velo por mis invitados y por los suyos.

Ishiro, asombrado, se preguntó cómo había sabido el rey lo que él estaba pensando. Entonces el rey se levantó, caminó hasta aproximarse al pescador y dio dos golpes en el suelo con el tridente. Las aguas parecieron separarse y el joven vio al fondo una imagen de su poblado. Los habitantes, incluidas su madre y sus hermanas, parecían felices. Se sintió algo más tranquilo y la imagen se disolvió.

–En agradecimiento por lo que hiciste, te invito a permanecer con nosotros todo el tiempo que quieras y a que explores mi reino todo cuanto desees. Y, cuando tú lo pidas, mi consejera te llevará de nuevo a tu pueblo.  

Ishiro aceptó la invitación y el tiempo pasó volando. Todas las criaturas marinas lo amaban y se mostraban siempre deseosas de complacerlo. Pero llegó el día en que Ishiro empezó a echar de menos su mundo, y así se lo dijo al rey del mar.

–Majestad, habéis sido muy generoso conmigo. No quiero ofenderos, pero creo que debería volver con los míos. Estoy seguro de que me habrán echado de menos.

–No temas por eso, Ishiro –contestó el rey–. Nadie ha sufrido por tu ausencia. Cuando viniste a mi reino lancé un hechizo sobre tu poblado para que se olvidaran de que habías existido. No todos los mortales tienen la oportunidad de vivir dos vidas, pero eres libre de elegir. Si te marchas, todos te echaremos de menos, pero no puedo negarme a tus deseos, amigo mío. Mi consejera te llevará a la superficie.

El rey, entonces, se puso en pie y arrancó algo de su escudo. Se acercó a Ishiro llevando en la mano una fina cadena de oro con una joya ovalada.

–He llegado a quererte como a un hijo, Ishiro, así que deseo hacerte un regalo antes de que te marches. –El rey colgó la joya alrededor del cuello de su amigo, y añadió–: Todos volverán a recordarte y será como si nunca hubieras estado lejos de allí. Y, si algún día quieres volver a mi reino, serás bienvenido. Solo te pido que nunca abras esta joya.  

–No lo haré, majestad. Os lo prometo. –Ishiro miró la joya por todos lados, y no logró ver ninguna cerradura, pero tampoco le importó porque pensaba cumplir su promesa y el estuche ya era hermoso por sí solo.

Así Ishiro regresó a su pueblo. Al principio todo fue bien, pero pronto la gente empezó a envidiar aquella joya que nunca se quitaba del cuello. Murmuraban que con el dinero que valía se podría alimentar a todo el poblado durante mucho tiempo. Pero, cuando un grupo de pescadores le propusieron venderla, Ishiro no quiso desprenderse de ella.

–Es el regalo de un amigo querido. Pedidme el fruto de mi pesca, mi trabajo, lo que queráis, pero no puedo daros esto.

La envidia creció y una noche algunos hombres entraron en la choza de Ishiro para intentar apoderarse de la joya. El pescador, que tenía el sueño ligero, los oyó acercarse y trató de huir hacia la playa. Pensó en la tortuga y, como si su mente la hubiera invocado, la vio en la orilla. Pero antes de llegar junto a ella unas manos lo agarraron del cuello, la cadena se rompió y la joya quedó en tierra. Ishiro quiso dar media vuelta, pero la tortuga lo llamó.

–¡Sube a mi caparazón, Ishiro, o será demasiado tarde!

El pescador no vaciló, e hizo lo que su amiga le pedía. Mientras se adentraban en el mar, Ishiro volvió la vista atrás y lo que vio hizo que se olvidara hasta de respirar. Los hombres habían abierto la joya, y un pájaro de mil colores había escapado de su interior y estaba alzando el vuelo en ese momento.

Ishiro vio entonces cómo las chozas del poblado empezaban a deshacerse como si fueran polvo, y los hombres que lo habían perseguido comenzaron a encorvarse a la vez que su pelo se volvía blanco. Los árboles perdieron las hojas y lo que había sido hasta entonces un vergel se convirtió en una playa escabrosa llena de piedras y de troncos muertos. Entonces la tortuga volvió a hablar:

–Ishiro, el regalo de mi rey fue la eterna juventud. Él sabía que era uno de tus deseos más preciados y, cuando quisiste marcharte, la encerró en esa joya para que fuera contigo. La única condición era que se mantuviera a salvo dentro del estuche.

Ishiro se preguntó cómo había podido escapar el pájaro maravilloso, y la tortuga le dio la respuesta sin necesidad de que él se lo preguntara.

–La llave para abrir el estuche no era otra que la envidia y la maldad. Y tus vecinos la han usado. Por eso vine a buscarte, para ponerte a salvo y que no siguieras su triste destino. Y no temas por tu madre y tus hermanas. Durante su sueño, mi rey ha enviado a otras compañeras mías para ponerlas a salvo, y te están esperando en mi mundo.

Ishiro miró sus manos y vio que seguían siendo jóvenes. Entonces volvió la vista hacia el mar, se abrazó con más fuerza al cuello de su amiga y sonrió mientras se sumergían juntos.

Adela Castañón

Imagen de currens en Pixabay 

4 comentarios en “Ishiro y el rey del mar

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