Pido la palabra: La melodía del viento

Hoy Mocade abre sus puertas a una colaboración para nuestro Pido la palabra. Vanesa Sánchez Martín-Mora, que ya nos deleitó hace dos años con su precioso relato Mamá no se esconde, nos visita de nuevo y pone música a nuestro rincón de Letras desde Mocade con una nueva historia: La melodía del viento. ¡Bienvenida de nuevo, Vanesa!

La melodía del viento

El día que Musake decidió tener un hijo, anduvo hasta el río Kunene y, sentada cerca de la orilla, bajo un árbol de tronco ancho y abundantes hojas que parecían hacer una reverencia al agua, se puso a pensar. Esperaba con gratitud la melodía que acompañaría al bebé toda la vida. La que retumbaría en sus entrañas hasta su muerte.

 Ese día, el viento golpeaba sus trenzas color ocre y hacia tintinear los collares que le adornaban el cuello. Una tormenta de polvo seco rodeó a Musake durante unos minutos y le interrumpió el tiempo que estaba dedicando a escuchar la melodía que debía llegar pronto.

A causa de la tormenta, las ovejas que pastaban cerca se movían nerviosas y correteaban perdiendo el orden en el que caminaban.  Eso la distraía.

Después de unas horas rodeada del polvo del desierto de África, Musake, incapaz de darse cuenta de las señales que estaba recibiendo, lloró en silencio y con tristeza. Una lágrima rodó hacía la mitad de la mejilla, donde el viento, que seguía rozando su piel, hizo que se fundiera con la pasta que le había tintado el cuerpo. No dejaba de rezar en voz baja, suplicaba una y otra vez la tan esperada melodía que debía enseñar al padre de su hijo al llegar al poblado. Una melodía que debía conocer todo el mundo antes del nacimiento de su futuro hijo y que le serviría para calmarlo en momentos difíciles.  

Ella también tenía una canción desde que su madre la pensó, como cada miembro de la tribu Himba. Según cuenta la leyenda, los Himba son una de las pocas tribus que no cuentan la edad de los niños desde su nacimiento o su concesión, sino desde el día que son pensados por sus madres.

El día estaba acabando y los minutos traían la oscuridad de la noche. Musake, desesperada por no escuchar nada, seguía invitando a la melodía. El viento azotaba con más furia, y hacía que el movimiento de sus trenzas y el tintineo de sus collares vibraran con más intensidad. Nada dulce interrumpía sus pensamientos que por minutos se iban descontrolando. Fue el pastor que intentaba regresar al poblado quien reparó en el llanto de la mujer, se dirigió hasta el árbol que la protegía y se atrevió a calmarla.

—La noche corre rápido y no deberías permanecer aquí mucho rato más.

—Sí, me voy ahora mismo.

—Puedes acompañarme si quieres hasta llegar al poblado, pero yo voy más despacio. Mis piernas ya no son lo que eran.

—Voy a esperar un poco más. Vaya tirando, quizás nos encontremos a mitad de camino. No creo que tarde mucho.

—¿Esperas a alguien?

—No exactamente, yo…

—Entiendo.

—¿Lo entiende? No pensé que supiera lo que hago aquí.

—Claro que lo sé, yo también soy padre. No fui yo quien se sentó bajó este mismo árbol a pensar hace veinte años, fue mi esposa, pero como cada miembro de los Himba conozco todas las costumbres. Aún no he perdido la memoria, mujer.

—Discúlpeme, no quería ofenderle, es solo que estoy ansiosa por escuchar la melodía que vestirá mi bebé.

—¡Ah!, es eso lo qué esperas. Pensé que ya la habías escuchado. Esto…

—¿Escuchar dice? Apenas soy capaz de concentrarme con todo el ruido que hay a mi alrededor.

—Bueno querida, como será finalmente esa melodía no lo sé, lo que sí sé es que quien espera es el viento.

—¿Qué tiene que ver el viento en toda esta historia?

—A veces, debemos ver con los oídos. Las señales dicen mucho más que las palabras.

—No entiendo lo que quiere decirme.

—No es a mí a quien debes entender, sino al viento. Debo irme, la noche acecha y el rebaño no acostumbra a volver cuando no hay luz.

Musake, sin entender lo que aquel pastor le decía, cerró los ojos e intentó concentrarse otra vez. De nuevo, se levantó el viento. No sabía si realmente había cesado por un rato o es que estaba tan ensimismada en la conversación que no se había dado cuenta de que seguía azotando.

Cansada de escuchar la combinación de sonidos que el viento provocaba en sus trenzas y en todos accesorios y harapos que la vestían y de sentir violados sus pensamientos, se levantó para marcharse cuando, sin saber cómo, una fuerte ráfaga la hizo caer de culo donde había estado sentada toda la tarde. Entonces, recordó las sabias palabras del pastor sobre las señales. ¿Sería eso una señal de que debía esperar un poco más? —se preguntó.

Se recostó sobre el tronco áspero que aún no había sido descorchado, y cerró los ojos. Seguía evitando escuchar los sonidos que habían quedado en su mente cuando sin darse cuenta empezó a mezclarlos formando una dulce canción. Paró en seco de tararear, abrió los ojos con rapidez y echó a correr hacía su casa. En el camino, se encontró con el pastor, le agarró fuerte de las manos y dándole un beso en la mejilla le dijo gracias al oído. El anciano sonrió con ella. Su alegría la delataba.

—Corre muchacha, corre. Lleva a tu casa lo que ha nacido dentro de ti y no pierdas el tiempo aquí.

Su felicidad había esfumado el cansancio, la tristeza y el llanto que la acompañaron horas antes. Al llegar al lado de su esposo se lanzó a sus brazos y girando con él le confesó como el viento había llevado a sus oídos algo dulce que debía conocer.

Aquella noche el viento soplo con más fuerza de lo que acostumbraba en aquella época. Los rayos y truenos no cesaron durante la noche, pero no supuso un impedimento para que Musake y su esposo vivieran una noche tan ardiente que no sintieran el frio de fuera. Aquella noche hubo una fusión entre el aire y el fuego.

Once meses después, mientras Musake sacaba agua fresca de una tinaja para la cena, sintió un fuerte dolor bajo su vientre. Un aviso de que el bebé estaba por llegar a sus brazos. Aquella noche, se levantó una tormenta que le hizo recordar el día que pensó en su futuro hijo, una tormenta llegada sin aviso y con furia.

El bebé nació esa misma madrugada. Un regordete niño dormía acunado por su padre mientras Musake terminaba de lavarse. Y fue justo cuando cerró las ventanas y miró la negrura que había fuera, cuando pensó como llamarían al bebé. Daren, que significaba nacido en la noche.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen de D Mz en Pixabay 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .