En la fuente de los lirios

De la serie Las fragolinas de mis ayeres.

Desde el día que una higuera metió sus ramas en el hueco de la campana pequeña, la que volteábamos los chicos, un silencio recorría las calles del pueblo y se metía hasta las cocinas. El reloj de la torre seguía con sus implacables campanadas sordas y monótonas. Y los hombres paraban las faenas en la hora del Ángelus.

Todo comenzó con nuestra Primera Comunión. Ese día dejamos subir a las chicas al campanario. Con el entusiasmo del repique, y sin saber cómo, a Victoria se le enredó el vestido en la cuerda de la campana y comenzó a dar vueltas como una marioneta. Nosotros intentábamos pararla y no oíamos el clamor que subía desde la plaza. En un momento el vestido se rasgó. Victoria rebotó contra uno de los sillares del hueco y salió despedida.

Las mujeres gritaron y corrieron despavoridas. A las madres que estaban dando de mamar se les secó la leche. Los hombres volvieron de los campos. Y Victoria estuvo casi un día entero en el Fosal, tapada con una sábana blanca, esperando al forense.

Cambiamos nuestra Primera Comunión por los toques lentos y roncos de la campana grande. Aquel martilleo duró toda la noche y toda la mañana hasta que subimos al cementerio. El ataúd blanco en los hombros de las chicas. Los chicos con ramos de lirios. Y yo iba el primero con un manojo de asfódelos, o abozos como los llamaban en el pueblo. Los había cogido en la arboleda de la fuente, donde habíamos pasado tantas tardes juntos. En las lecturas de la escuela había aprendido que las enamoradas que se morían pronto esperaban a sus amados paseando por prados de asfódelos, o abozos, que eran su manjar preferido.

Cuando acabaron de echar la tierra, planté los bulbos alrededor del montículo y todas las tardes subía a regarlos: “Que no le falte comida a Victoria”. Allí me juntaba con algunas viudas. Igual resultaba que tenían razón: “Dios misericordioso, imploro tu clemencia, para que saques a Victoria del Purgatorio”.

Esos días, un milano, con las patas llenas de semillas, llegó a la torre y comenzó a picotear la sangre seca de las rendijas. Antes de un año brotó otra higuera. La cortábamos y volvía a salir.

Unos meses después vino lo de plantar chopos en el Sotal, un antiguo muladar convertido en huerto escolar. Yo corría para llegar el primero. Entonces tomaba la azada con rabia y comenzaba a cavar hoyos.

—Antonio, más despacio. Estás cavando a lo loco y te vas a agotar. Además no conseguirás la profundidad que necesitan las raíces de los chopos —me dijo el maestro desde la otra punta del campo.

Pero yo seguía y seguía. No paré ni a comer. Cuando más absorto estaba en mi empeño, se acercaron dos chicos más fuertes y me quitaron la azada. No sé cuánto tiempo pasé arrodillado con la frente pegada en la tierra llorando.

En principio pensé que estaban celosos, que les pareció que el maestro me trataba mejor que a los demás. Pero eso no tenía sentido, todos sabían que yo era su sobrino. En realidad, mi azada era la más nueva, que la acababa de comprar mi padre en una ferretería de Ejea.

Echaron a correr con la azada al hombro,  pero el maestro les dio el alto y volvieron a dejarla a mi lado.

En cuanto pude levantarme la cogí por el mango y volví al hoyo. Volqué toda mi rabia en un solo hoyo. El maestro, que seguía vigilando, volvió a acercarse e intentó cogerme por los brazos para que no siguiera.

—Tampoco es eso. Si ahora lo haces muy profundo te encontrarás con la grava y con el agua del río.

Yo no escuchaba. Con cada golpe sacaba más fuerzas. De repente saltó un chorro de agua, como si fuera un surtidor. Me remojó desde los pies hasta la cabeza y me ensortijó los rizos rubios.

Me quedé parado y me sorbía el agua que me chorreaba por la cara. El que tenía más cerca me preguntó:

—¿Qué te ha pasado?

—Pues nada, que el maestro tenía razón. Que he llegado hasta la grava.

Vi cómo se colocaba con gran habilidad los dedos entre los dientes y soltaba un silbido de alarma. A poco rato me rodearon mis compañeros. Entre unos y otros consiguieron vestirme con ropa seca y me calzaron unas abarcas que siempre llevábamos de repuesto, que eso de mojarse los pies era muy corriente.

Todos paramos un rato y nos sentamos a merendar en un carasol.

Antes de volver a casa nos acercamos al surtidor. Se había convertido en un manantial tranquilo, de aguas mansas y transparentes en las podíamos vernos las caras. En sus orillas, con el paso del tiempo, se fue formando una fina capa de lodo donde ahora crecen lirios y narcisos a la sombra de los chopos.

La higuera de la torre se secó y las campanas volvieron a repicar en los días de fiestas. Entre el bullicio oigo las risas de Victoria. Sé que un día nos juntaremos en la fuente de los lirios.

El Frago, 1948. Foto de Gregorio Romeo Berges. En el Coto Escolar. Alumno: Jesús Biescas Beamonte (1941), de casa Guillén. Hijo de Celedonio y María.

Relato publicado en la revista Entre picarazones, número 1. El Frago, octubre, 2020.

Carmen Romeo Pemán

2 comentarios en “En la fuente de los lirios

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