El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

6 comentarios en “El canto de Melusina

  1. Curro Jimenez dijo:

    Espectacularmente precioso. Delicioso, diría. Como toda tu literatura, Carmen. Que Dios te conserve prolífica en tus narraciones para el gozo de tus lectores, entre los que soy, ya lo sabes, fan incondicional. Un beso y enhorabuena una vez más

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  2. Elvira dijo:

    Completamente de acuerdo con Curro. Me parece maravilloso y cautivador de principio a fin, que como siempre te deja sin aliento.
    Gracias Carmen por tus relatos, son realmente un gozo literario. Un abrazo grande

    Le gusta a 1 persona

  3. Carmen Romeo Pemán dijo:

    POR ANA MARÍA CALAHORRA TOBAJAS.

    LEYENDA DE MELUSINA ( El hada sirena)
    Se tienen noticias ya de Melusina en el siglo XII cuando el clérigo Gautier escribió el libro “De nugis curiallum “. En este libro el hada adopta la forma de dragón acuático en el elemento agua.
    En los siglos XI y XII la recuperación de las hadas en las familias aristocráticas era algo habitual. Las luciérnagas o hadas se aparecían las personas junto a otras entidades mágicas. No obstante se sabe que esta hada ya formaba parte de los personajes de la mitología celta.
    No se sabe cómo la leyenda llegó a Aragón, quizás en las canciones que los juglares y las trovairizes recitaban en las plazas de los pueblos. En Tamarite hay un paraje que lleva el nombre de Melusina.
    En el siglo XIV Jean D’ Arras escribe el libro La Noble Historia de Lusignan ( Lusignan es una ciudad de Aquitania ) explica la historia de una familia noble que reinó mucho tiempo en Poitiers. La edición en castellano de este libro es de Ediciones Siruela de 1987. Este autor explotó el mito de la fundadora de la línea genealógica de esta familia a la que llamaban Mère Lusigne.
    Habla del Hada Pesina que era la señora del Castillo de Lusignan y que estaba casada con el rey de Escocia llamado Elinas.
    Pesina le puso la condición a su marido de que no quería que la viera mientras diera a luz a sus hijas. El rey Elinas no cumplió su promesa y su mujer como hada que era, le hizo un sortilegio y se fué de su lado hacia Avalón con sus tres hijas, también hadas: Melusina, Melior y Palestina.
    Melusina llegó a los quince años edad en la que ya tenía que buscar marido y su madre le contó que su padre la había traicionado. No se sabe de quien fue el encantamiento pero el padre acabó encerrado en la montaña mágica de Northumberland.
    La madre de Melusina pensó que al ser ella la mayor de las tres hermanas, era la que había tramado este hechizo hacia su padre, una venganza que no le parecía bien. Así que hizo un sortilegio a Melusina y le dijo que todos los sábados se convertiría en sirena, que durante un día y medio sería medio mujer y medio pez. El resto de los dias de la semana tendría forma de mujer, pero que si un sábado su marido la descubría quedaría con esta forma hasta el juicio final.
    Un día Melusina en la Fuente de la Sed conocería al que sería su marido Rymondín. Se caso con él con la condición de que durante un día y medio la dejaría tranquila y se apartaría para que pudiera tener tiempo para ella misma. Raimondín accedió y la respetó hasta que un día su hermano echándola de menos en una cena, le dijo que eso no podía ser y que fuera a ver lo que hacía su mujer. Raimoncín por un agujero de la puerta vió a Melusina metamorfoseada peinando su largo cabello en una gran cuba de mármol llena de agua y con la cola como de un gran arenque, muy larga, casi como la de una serpiente.
    Desde entonces su marido en lugar de aceptar la realidad, le echaba en cara su rareza a cada momento y todos los fallos que tenían sus hijos se los achacaba a la peculiaridad de su madre. Un día Melusina ya no aguantó más y abandonó el Castillo de Lusignan desolada, pues allí dejaba a sus hijos sabiendo que su hechizo duraría ya hasta la eternidad. Su marido Raimondín nunca más la vió con forma humana y acabó como ermitaño en la montaña de Montserrat.
    Melusina con sus alas o con su cola de pez, solo visitaba el castillo a escondidas para poder ver a sus hijos. Cuando algún familiar del castillo moría se oían por los tejados y en el campanario, los lamentos y lloros de Melusina.
    Melusina arrastró su maldición por culpa de la traición de dos hombres y quedó penando para siempre en soledad con el hechizo de no poder volver a ser mortal para la eternidad.
    La figura de Melusina representa por un lado el bien y por el otro el mal, pero en muchas casas, palacetes o iglesias se cincela su silueta en el dintel de la puerta como símbolo de protección.
    Un escritor argentino Manuel Mújica Laines habla del dragón Melusina en su libro El Unicornio.
    Melusina es una de las hadas más famosas del imaginario medieval junto Esterela y Morgana.

    Ana María Calahorra Tobajas

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