Mi Ramoné

De Las fragolinas de mis ayeres

A mi hermana Maruja y a Carmen Ardevines que me bordó el faldón de cristianar

Siempre me ha producido gran ternura esta foto en la que mi hermana y yo estamos con nuestros muñecos preferidos. Mi hermana se empeña en hacerme recordar el día de la foto.

—Sí, mujer. Era en la arboleda. Justo te ibas sola. Yo estrenaba una muñeca articulada y tú tenías en brazos a mi Paquito.

Pero no lo consigue. Ella quiere que me crea que aquella niña peduga, de menos de dos años, se había apoderado de su muñeco favorito.

—Y eso que no te llegaban los brazos para rodearle el cuerpo.

Era la primera foto en la que aparecíamos juntas. El muñeco y yo éramos del mismo tamaño. Yo lo agarraba con fuerza y estaba vigilante.

—Nadie me quitará mi Ramoné —dicen que le contestaba con lengua de trapo.

—Cuántas veces te tengo que decir que se llama Paquito —me contestaba mi hermana y me zarandeaba por los hombros.

Muchas disputas debió costarme lo de Ramoné. Porque recuerdo el día que le contesté con rabia.

—Lo llamarás como quieras el día que te deje jugar con él. Pero para mí será Ramoné, como el niño que nació después de morir su padre y ahora solo tiene madre. Además, Ramoné será siempre mío. Que las madres no se comparten.

—Pues mamá es de las dos.

—Eso. Dos niñas pueden tener la misma mamá. Pero una no puede tener dos.

Desde que cumplí seis años ya no me lo volvió a disputar más. Ramoné dormía junto a mi cama en el que fue mi propio moisés. Y, cuando oía roncar a mis padres, en la alcoba de al lado, lo subía a mi cama con grandes apuros, le cerraba los ojos, le acariciaba la barriga y lo abrazaba fuerte. Esas noches no tenía pesadillas.

Por las mañanas mi madre me despertaba con la misma monserga.

—Carmelina, no es bueno que duermas con Ramoné. Lo puedes aplastar. Y lo que es peor, si te aplasta él te puede asfixiar.

—¿Es que no te das cuenta de que eso es imposible?

Ramoné era un muñeco de trapo muy blandito. Mi madre lo había rellenado de lana de cordero, y, aunque me lo apretara contra la cara siempre me dejaba respirar. A la vez, era desmadejado. Si no le sujetaba los brazos y las piernas contra el cuerpo, se desmayaba. Pero lo peor era aquella cabeza tan grande. Siempre la tenía caída hacia atrás, tanto que parecía que en cualquier momento se podría desnucar. Y todo porque mi madre había hecho una bola demasiado grande y le había cosido una cara de porcelana.

Yo le tapaba los costurones con mis gorritos de recién nacida, esos que llevaban puntillas alrededor de la cara. El que más me gustaba era uno blanco con flores bordadas, matizadas en grises y rosas. Hacía juego con el faldón. Yo sabía que me los había bordado una alumna de mi madre, Carmen de Cipriano, antes de que yo naciera. Por eso se lo ponía los domingos cuando lo sacaba a la calle después de la misa mayor.

Con mi traje de cristianar y una mantilla blanca de mi madre que hacía de tul, lo metía en el moisés, y de repente acudía un montón de niñas. Pero yo no las dejaba acercarse.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss! No lo despertéis ni dejéis que le entren moscas. —La mantilla ya estaba llena de cagaditas negras.

Antes de despedirnos, lo sentaba y le movía la manita de porcelana y les cantaba eso de Cinco lobitos tiene la loba.

Por las tardes, cuando volvía de la escuela, le daba un biberón, y lo colocaba enfrente del fuego, junto a mi sillica de anea en la que los dos hacíamos los deberes.

A los diez años me llevaron interna a un colegio de monjas a la ciudad. No me podía llevar a Ramoné. Hice mi cama con la cubierta de ganchillo de mi abuela. Lo coloqué encima, le cerré los ojos y lo cubrí con la mantilla-tul.

Todos los días escribía a mi casa preguntando por él. Mi madre me decía que le cambiaba los vestidos y que le dejaba abiertas las cortinas de la alcoba para que no tuviera miedo. Y cosas así. Hasta que, de repente, unos días antes de las vacaciones de Semana Santa dejó de nombrarlo.

Antes de llegar a casa conocí la tragedia. A mis amigas les faltó tiempo para contármelo. Una niña, aprovechando que mi madre estaba en el huerto, subió hasta mi cama y se lo llevó. Corría con él en los brazos, se cayó de bruces y la carita de porcelana se hizo trizas. Los ojos de cristal de agua marina desaparecieron para siempre.

Mi madre intentó comprar otra cara en el quincallero de la plaza. Pero ya no las hacían. A cambio compró una cabecita de un muñeco de baquelita. Era completamente desproporcionada. Y todos los gorros le resbalaban.

El mismo día que lo vi, fui a la tienda de Cipriano y le pedí una caja de madera, de esas en las que traían los paquetes precintados. Tuve que darle muchas explicaciones, pero al final me la regaló con un bote de pintura blanca empezado. Pinté la tapa y metí dentro a Ramoné con sus vestidos. Los envolví con papel de celofán. Encima dibujé una calavera: No tocar. Aquí duerme Ramoné. Que nadie lo despierte.

Limpié la parte baja del armario de luna de mis padres y lo coloqué allí, debajo de todos los mantones y ropajes de mi madre.

A los pocos años, como acostumbraba, volví a casa para Semana Santa. El viaje era largo y cansado. Un trayecto de tren, otro de autobús y, finalmente, cuatro horas a lomo de caballería. Cuando llegué noté que mi madre quería contarme algo. Estaba demasiado cansada y le dije que a la mañana siguiente hablaríamos. Pero no nos dio tiempo. Estaba amaneciendo cuando nos despertaron los aldabonazos de la señora Pilar, la madre de los gitanillos que tenían acampada la tartana debajo del puente.

—Buenos días, señoras, ya perdonarán que venga tan pronto. Es que el asunto es urgente.

—Usted dirá —contestó mi madre

—Pues tiene que ver con su hija Carmelina y mi recién nacido Juan. Yo lo querría bautizar antes de que lleguen las riadas que nos obligarán a levantar el campamento.

—¿Y qué tengo que ver en eso? —contesté un poco apurada

—Pues que si aceptara sería la mejor madrina para mi Juan

Sentí un cosquilleo por dentro.

—¿Pero no se llaman Juan todos sus hijos?

—Sí, claro. Así cuando llamo a uno vienen todos y no se pierde ninguno.

—Bien, pues este se llamará Ramoné. Será mi Ramoné y le pondré mis ropas de cristianar, que aún las guardo.

Con los años nadie recordaba la foto de la arboleda, ni a la señora Pilar con sus ocho Juanes. Pero todas las chicas andaban enamoradas de Ramoné, el hijo amadrinado de Carmelina, el de los ojos negros y cabellos ensortijados, el que había adoptado la madre de Carmelina cuando levantaron el campamento los gitanos.

El Frago, 1950. Arboleda de la fuente. Carmen y Maruja. Foto: Gregorio Romeo Berges.

Carmen Romeo Pemán

18 comentarios en “Mi Ramoné

  1. Cristina dijo:

    Con lágrimasen los ojos esto. Me has emocionado profundamente al nombrar a mi madre y a mi abuelo en uno de tus relatos. ¡¡¡La de veces que me ha contado lo del faldón que te bordó!!! Gracias Carmen por traernos estos retales de historia y costumbre de El Frago.
    Mucho, muchos, muchísimos besos y abrazos.

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  2. Carmen Romeo Pemán dijo:

    Muchísimas gracias por tu valoración. Bueno, real, real, ya sabes que no hay nada en literatura. Pero tiene gran dosis de autoficción. Un abrazo.

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