¿Nuestros niños son de todos?

La entrada en vigor de la nueva Ley de Protección de Datos ha afectado, entre otros, a los usuarios de las redes sociales. En mi caso, por poner un ejemplo concreto, he tenido que dar mi consentimiento por activa y por pasiva para seguir recibiendo información de mi banco, noticias de asociaciones a las que pertenezco y publicaciones de blogs de escritura a los que estoy suscrita. Por suerte ha sido algo puntual y, salvo el incordio de tener que leer lo mismo de mil maneras distintas y asegurarme de que mi consentimiento llegaba a buen puerto, las cosas han vuelto a la normalidad. Pero ese bombardeo me ha hecho reflexionar sobre las consecuencias de compartir imágenes de menores en Internet. Porque en plena marea de salvaguarda de ese derecho a la intimidad que todos defendemos se siguen publicando imágenes de niños.

Las redes sociales tienen muchas aplicaciones. Entre ellas la del sharenting, palabra que procede de dos vocablos ingleses: share, compartir, y parenting, crianza.  En términos simplistas esa práctica sería lo que se ha hecho siempre, en versión virtual del siglo XXI. Es decir, presentar un bebé recién nacido a amigos y familiares, o enviar a los abuelos imágenes de los cumpleaños y fiestas escolares de nietos a los que no pueden ver todos los días. Pero la nueva realidad dista mucho de la esa forma de hacerlo en el pasado. Para mucha gente exponer en público los progresos de sus hijos se ha convertido casi en una norma social. Es cierto que los padres actúan de buena fe, llevados por el deseo de compartir sus experiencias con otros padres que también desean interactuar, pero la realidad es que el sharenting se lleva a cabo sin el consentimiento expreso de los niños. No cabe duda de que la ley otorga la autoridad a los padres o tutores legales hasta que sus hijos lleguen a la mayoría de edad, porque interpreta que su entendimiento y su capacidad de razonamiento son inferiores a los de los adultos. Pero no deberíamos olvidarnos de que los niños crecerán. Y cuando sean adultos estaremos obligados a dar explicaciones que podrán o no satisfacer a los que ya han dejado de ser nuestros “niños”.

Artículos como el de Niños sin privacidad, de La Vanguardia, nos alertan sobre ese tema. Como padres podemos impedir que se publiquen imágenes de nuestros hijos menores, pero si somos nosotros los que las difundimos corremos el riesgo de abrir la veda. Está bien insistir en el control parental del uso de las redes, pero me pregunto si no estaremos cometiendo el error de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. ¿Qué pasa con los derechos legales del menor en el futuro? ¿Qué opinarán nuestros hijos si ven fotos suyas correteando desnudos por la playa cuando tenían dos añitos? ¿Quién podrá hacer uso de esas fotos? ¿Con qué fin? ¿De qué manera? ¿Es que la infancia no tiene también su derecho a la privacidad? Y, en el futuro, ¿qué autoridad tendrán unos padres para decir a sus hijos que no compartan su propia vida en Internet cuando ellos lo han estado haciendo antes?

Está bien acudir a Internet en busca de ayuda sobre cuestiones de crianza. Comprendo que muchos padres busquen soluciones a problemas de sueño de sus niños, de dificultades con la alimentación, y que participen en foros que les hagan sentirse menos solos a la hora de educar. Pero eso puede hacerse sin necesidad de ilustrar sus publicaciones con imágenes de los pequeños.

Además de ese aspecto privado sobre lo que opine el menor cuando crezca, no deberíamos olvidar que el sharenting tiene ciertos peligros a corto plazo. Si acompañamos las fotos de comentarios, aportamos información y datos sobre menores que cualquiera podría usar con fines fraudulentos como suplantación de identidad, por no hablar del riesgo de la geolocalización con la vulnerabilidad que supone. Al fin y al cabo, los secuestros no se producen solamente en las películas, y cualquiera puede contactar con nuestros hijos a través de la puerta que nosotros abrimos.

Cuando se regula la patria potestad queda claro que los hijos deben ser siempre oídos antes de adoptar decisiones que les afecten, en cuanto tienen suficiente juicio. Y los padres somos quienes debemos protegerlos y velar por sus derechos. Que no nos puedan reprochar en el futuro que fuimos nosotros los que vulneramos su intimidad y les complicamos la vida.

Adela Castañón

Imagen: Foto Annie Spratt en Unsplash

Brindo por ti

Luis abrió la bandeja de correo y vio el email de su jefe. Llevaba seis meses robando horas al sueño para sacar adelante el proyecto que le había encargado Alfredo. Seis meses enganchado a la cafeína y a la nicotina. Seis meses sin probar una gota de alcohol. Seis meses esperando y deseando cruzarse con Sonia para ver la cara de sorpresa que pondría cuando se diera cuenta de que estaba sobrio. Y todo para que ahora el idiota del jefe le dijera que estaba despedido con un correo impersonal. ¡Cobarde! Ni siquiera había tenido huevos para decírselo en persona.

Apagó el ordenador de un botonazo sin molestarse en cerrar lo que tenía abierto. Se quitó de una patada las zapatillas y se calzó los tenis para bajar al supermercado. Las luces del Holland no conseguían poner una nota de color en su día gris. Comenzaba a lloviznar. Luis no se había dado cuenta, pero, como solo tenía que cruzar la calle, no volvió a buscar el paraguas. Entró en el súper y fue directo al pasillo de las botellas, que llevaba medio año sin pisar. Cogió una de ginebra, se dio la vuelta y, al doblar la esquina, se encontró cara a cara con Sonia.

Lo primero que pensó fue que cada día estaba más guapa. Lo segundo, que, contra todo pronóstico, el día podía empeorar todavía un poco más. Cruzó las manos en la espalda y agarró la botella con fuerza. Las palmas le empezaron a sudar y temió que se le resbalara. Dijo la primera banalidad que se le ocurrió.

–¿Qué tal, Sonia?

Después de un instante de vacilación, ella hizo amago de acercar la cara, pero él cambió el peso de un pie al otro de forma inconsciente. No sabía cómo saludarla y maldijo su torpeza. Le hubiera encantado recibir un par de besos protocolarios, a falta de aquellos otros de tornillo que ya solo vivían en su memoria, pero se le ocurrió que sería mejor no hacerlo. Jamás había besado a nadie sin ponerle la mano en el hombro, y no se atrevía a quedarse con la botella en una mano para tocar a Sonia con la otra.

–¡Vaya, Luis…!

Su ex no dijo nada más, pero por lo menos le había hablado. Los dos guardaron un incómodo silencio, que rompieron a la vez.

–¿Cómo va tu vida?

–¿Qué te cuentas?

Volvieron a guardar silencio. Esta vez, Luis habló primero.

–Te veo muy bien, chica. ¿Qué tal te va?

–No me quejo. Al final me han trasladado. ¿Y tú? Tienes buena pinta.

¡Mentirosa!, pensó Luis. Notó un calor incómodo que ascendía hasta su cara y forzó un movimiento para intentar adelantar los hombros sin quitar las manos de la espalda. Notó que el sudor le empezaba a inundar las axilas y rezó para que los cercos no se hicieran visibles en su gastada camiseta. Bajó la vista un segundo y se dio cuenta de que llevaba los tenis más viejos y sucios de toda su colección.

–Gracias. Pero sigues mintiendo muy mal.

Se mordió los labios nada más terminar de pronunciar la frase. Sin embargo, Sonia le respondió con una sonrisa que lo dejó desarmado. Hablaron dos minutos de cosas intrascendentes en un tono tan relajado que dejó atrás la tensión anterior. Si a Luis le hubieran dicho que mantendría una conversación tan civilizada con su ex, no lo habría creído. Seguía con los brazos en la espalda escondiendo la ginebra, y decidió acabar a la conversación antes de que Sonia se extrañara de su postura.

–Tengo que irme.

Se arriesgó a soltar una de las manos para señalar la puerta del super. Sonia miró en la dirección de su dedo, y él aprovechó esa momentánea distracción para pasar la botella por su costado. Empezó a andar, tapando con su cuerpo la compra delatora. Había dado un par de pasos hacia la caja cuando oyó a Sonia que lo llamaba.

–Luis…

–¿Sí?

Espero que no se me acerque, pensó. Al final me va a pillar con la maldita ginebra en la mano. Suspiró cuando vio que le hablaba sin moverse del sitio.

–Siento… siento mucho lo que te ha pasado.

–¡Bah! No es nada.

–En fin… Ya sabes cómo son las cosas. Ojalá… –Sonia se detuvo en seco–. Seguro que encuentras algo pronto. En fin… –repitió–: suerte, y me alegro de haberte visto.

Luis sintió alivio al notar el frío de la calle en el rostro. Respiró hondo mientras se felicitaba de que Sonia no lo hubiera pillado comprando alcohol. Echó a andar hacia su casa y pensó que no era la misma persona que había salido de su piso un poco antes. Se olvidó del correo de Alfredo y se perdió en sus propias reflexiones:

“¡Mira que toparme a Sonia en el Holland! Era la última persona que esperaba encontrar allí. ¿Qué se le habrá perdido por mi barrio? ¡Menos mal que no le solté eso al verla! Me hubiera mandado a… bueno… habríamos discutido, como siempre, para no salir de ese círculo vicioso que era nuestra relación”.

Luis miró hacia atrás con el rabillo del ojo. Durante un segundo deseó y temió que Sonia lo siguiera, pero estaba solo en la calle. Recuperó el hilo de sus pensamientos.

“¿Por qué nunca acerté al hablar con ella? ¡Y mira que la quiero! Debería decir que la quise, pero confundo los tiempos verbales nada más verla. Tiene gracia: ahora que ya no somos pareja hemos mantenido una conversación sin pelearnos. Una charla informal, vale. ¡Hay que joderse! No sé por qué cuando vivíamos juntos éramos incapaces de mantener ese tipo de charlas entre nosotros”.

Llegó al portal y entró en el ascensor. La cabeza no dejaba de darle vueltas. Había una parte de la conversación que no lograba recordar.

“Tendría que haberme interesado más por ella, haberle preguntado por sus viajes, incluso por su madre, a pesar de que esa bruja tuvo mucho que ver con que lo nuestro explotara, o por su traslado en el trabajo…”

Luis llegó a su piso. Metió la llave en la cerradura y frenó en seco. Aguantó la respiración, abrió la puerta y, sin llegar a soltar la botella, se acercó a encender el ordenador. Miró la bandeja del correo. El email de Alfredo estaba escrito hacía menos de una hora. ¿Cómo sabía Sonia…?

El traslado de su antigua novia adquirió sentido. Sonia no podía saber nada del despido todavía a menos que… a menos que… La evidencia lo aplastó como una losa. A menos que el jefe se lo hubiera dicho antes a ella. Y eso abría un abanico de posibilidades a cuál peor. Luis maldijo la idea de bajar a buscar ginebra. Si malos habían sido el odio y la ira de Sonia, su compasión era aún peor. Por no hablar del ridículo papel que Alfredo y ella le habían adjudicado en esta historia.

Colocó la botella sin abrir sobre la mesa de la cocina, y se la quedó mirando. Inspiró y espiró muy despacio un par de veces y sopesó sus alternativas.

Podía ir con la botella a casa de Sonia, estrellarla contra un mueble y cortarle el cuello a ella con el cristal roto. Podía abrir la botella en ese instante, y empezar a beber directamente sin molestarse en coger un vaso. O podía abrirla, ponerse de pie, y entrar al cuarto de baño para vaciarla entera en el inodoro y tirar de la cisterna.

Sonrió. Se decidió. Cerró los ojos y en su mente brindó por Sonia.

Adela Castañón

Imagen: Photo by Emanuel Feruzi on Unsplash

Seducir y enamorar con la escritura

Cuando hablamos de amor abrimos un universo de posibilidades. Uno de mis amores es la escritura y de ella voy a hablar por activa y por pasiva. Porque hace unos años la escritura me seducía a ratos y de tanto frecuentarla acabé enamorándome de ella, y porque me gustaría que mi escritura sedujera y enamorase a quienes me lean. Así que he reflexionado sobre qué clase de escritura puede ofrecer un autor y qué puede ofrecer la escritura a las personas que la amamos.

Seducir, enamorar, o las dos cosas

Hay muchos motivos que nos mueven a escribir. Uno de ellos es que nos lean. Cuando un lector potencial se acerca a un libro, empieza un coqueteo, un romance, que puede acabar de mil maneras. Lo peor, lo más triste, es que abandone el libro sin llegar al final. También puede ocurrir que le guste, lo termine de leer y luego lo olvide. Y el sueño de cualquier autor es que cuando alguien llegue a la última página haya disfrutado tanto que quiera más y vaya en busca de otras obras suyas. En ese trayecto de peor a mejor, el tren se detendrá en una u otra estación dependiendo de nuestra capacidad para seducir y enamorar a quienes nos lean.

No nos engañemos. He usado dos palabras que en ocasiones se confunden o se superponen, pero tienen matices de significación que las alejan. Según el DRAE, seducir significa persuadir a alguien con argucias para conducirlo al lugar donde lo queremos tener. Hasta ahí, vale.

Enamorar, sin embargo, es excitar la pasión del amor en alguien, aficionarse a algo, decir amores. Y en el diccionario, en la palabra amores, encuentro un enlace que le otorga múltiples significados. De modo que no es lo mismo seducir que enamorar.

La escritura del autor

Todos sabemos que hay escritores que seducen y escritores que enamoran. Pero eso no ocurre por puro azar, así que vale la pena indagar en las razones.

Uno de los motivos que inclinan la balanza hacia seducir o enamorar tiene que ver con el tiempo. La seducción es algo pasajero, transitorio, mientras que el enamoramiento se puede prolongar, como en las mejores historias de amor, hasta que la muerte nos separe. Y, aunque se termine antes, siempre durará más el amor que la mera seducción.

Otro motivo se refiere a la calidad o a la naturaleza de la relación entre la obra y el lector. El fruto de la seducción, entendida como conquista, es la rendición. El conquistado depone sus armas y pierde la fuerza que le llevaría a seguir luchando. Y ahí acaba todo.  Enamorar es otra historia, porque el enamorado se entrega, no se rinde. Y el que se entrega lo da todo de sí, libre y voluntariamente, y quiere que esa relación con el amado, ya sea libro o persona, tenga una continuidad.

¿Quién no ha tenido la experiencia de leer un libro que le ha parecido estupendo, pero una vez que lo ha acabado no ha vuelto a acordarse de él? ¿Y por qué otras veces al llegar a la palabra fin nos ponemos como locos a buscar algo más que haya escrito la misma persona?

Con esto no quiero decir que la seducción sea algo malo, porque en la escritura es necesario seducir. Ese será el gancho que tendremos que trabajar y desarrollar para que el lector, sin darse cuenta, se vaya enamorando de nuestros escritos. Porque, si conseguimos que una novela empiece seduciendo y acabe enamorando, tendremos un lector fiel.

El seductor desarrolla su capacidad de observación para detectar y captar los puntos flacos de su presa, llamémoslo así, y conducirla adonde él quiere. Sabe vender su mejor versión, adaptándola a lo que esperan de él, para triunfar y conquistar. Pero si queremos transformar ese chispazo inicial y fugaz en algo más duradero deberemos emplear a fondo nuestra creatividad y nuestra habilidad narrativa. Solo de esta forma conseguiremos que el interés del lector no decaiga y se enamore de nuestras historias, de nuestro estilo, de nuestra manera de escribir.

En otros tiempos se habría podido dejar ahí el tema, pero en la época que vivimos la cosa es más compleja. Porque si queremos abarcar más tendremos que aplicar la misma filosofía a todo lo que rodee a nuestra escritura, es decir, tendremos que crear un blog (¡gracias, Carla!), hacernos visibles en las redes sociales y llegar a tener nuestra marca personal. Ahí os dejo esto para que sigáis reflexionando.

La escritura para el autor. O mejor, para la autora, que soy yo.

No puedo hablar por los demás, así que ahora os hablaré de la otra cara de la luna desde mi experiencia personal. He dicho antes que escribimos para que nos lean, eso es evidente. Pero ¿por qué escribimos? ¿Qué tiene de atractiva la escritura para que nos convirtamos en adictos? ¿Qué esperamos de nuestra relación con ella?

Habrá quien quiera vivir de la escritura. Lo admiro y lo respeto. Habrá quien se la tome como un pasatiempo para ratos perdidos, y lo respeto igualmente. Los habrá que se dejen seducir un cierto tiempo y empiecen a teclear para dejarlo al cabo de unos días o unos meses. Y habrá otros que cada vez robarán más minutos a su día para dedicarlos a escribir.

Yo estoy en un prudente y feliz término medio. Ya os he confesado que la escritura primero me sedujo y luego me enamoró. Todavía estoy en la fase en la que Cenicienta baila con el príncipe, en la que Blancanieves conoce al misterioso cazador que le arranca suspiros de felicidad, en la que Bella baila con Bestia, ajena al resto del universo. Estoy lejos de llegar al matrimonio y a los hijos, lo sé, pero tampoco está mal regodearme en este primer romance de adolescente a mi edad, que para eso he quemado otras etapas de mi vida de las que no me arrepiento, pero a las que me consta que no podré volver.

No sé si algún día escribiré aquello de “y vivieron felices y comieron perdices”, pero no me preocupa. Si decido dar ese paso, igual que en la vida real, sé que llegarán los equivalentes a las hipotecas o a los problemas con los hijos, en forma de editores (sí, soy optimista, qué se le va a hacer), plazos de entregas, mantenimiento de redes sociales y todo el cortejo acompañante. Ya tuve una visión preliminar cuando me entusiasmé tanto al comenzar a escribir que empecé a picotear en miles de blogs y me agobié. Me di de alta en FB, Twitter, Instagram, entre otros, sin tener ni pajolera idea de lo que hacía ni de para qué lo hacía. Y me di cuenta de que por culpa de los árboles estaba dejando de disfrutar mi paseo por el bosque.

Así que por ahora me quedo en Letras desde Mocade, que para mí está siendo la mejor escuela de iniciación en esto de la escritura. Porque creo que las letras y yo vamos a tener un noviazgo largo, largo…

Adela Castañón

Imagen: Photo by Maarten Deckers on Unsplash

El vestido rojo

Estrené mi primer vestido rojo el día uno de nuestro calendario de la libertad. De ese calendario privado que solo nos pertenecía a mamá, a Jaime, a Lucas y a mí.

Después de aquello, me lo ponía casi todos los meses. Y, cuando lo llevaba, celebraba los aniversarios de ese día, a solas, en mi habitación. Del día en que la felicidad atravesó nuestra puerta. El día que llegó de la forma más inesperada, para quedarse con nosotros. La felicidad entró con tanta fuerza que en casa no cabían mi padre y ella. Ese día, mi padre bajó a empujones por la escalera de nuestro bloque. Fue la primera vez que me vestí de gala. En las novelas rosas que robaba o cogía prestadas de la biblioteca municipal leía a menudo eso del “rojo pasión”. Casi siempre se usaba esa expresión para describir los labios de las protagonistas, pero aquel día entendí que era mucho más: el rojo era el color de la vida, arrollador, adictivo. Como mi vestido. Como la vida sin mi padre.

Mis fiestas secretas duraron años. Jaime y Lucas crecieron, se emanciparon y emprendieron el vuelo. De vez en cuando venían a visitarnos a mamá y a mí, que seguimos viviendo juntas. Yo tenía con ella una deuda que no podría saldar en lo que me quedara de vida. Esa deuda que la tuvo en el hospital casi un mes, reponiéndose de la paliza de papá, cuando por primera, única y última vez se enfrentó a él.

Muy a menudo, solía venir borracho. Cuando oíamos golpes en los rellanos de la escalera, corríamos a meternos en los dormitorios, aunque esas noches no eran las más peligrosas. Casi siempre se le iba la fuerza por la boca, en gritos y blasfemias contra el mundo y su injusticia por no haberle dado lo que se merecía.

Tampoco las voces eran lo peor para mí. No sé si a mis hermanos les ocurriría lo mismo. Quizá no. Su cuarto estaba separado del de papá y mamá por el mío. Los tabiques eran endebles. Para mí, los ruidos más aterradores eran los chirridos del colchón del cuarto de mis padres. En el silencio de la noche, ese sonido que me robaba el aire se clavaba en mi piel como los muelles debían clavarse en la espalda de mi madre a cada embestida.

Las noches que regresaba en silencio, sin que lo oyésemos llegar, eran las verdaderamente malas. Las peores. Porque esas noches no había gritos. Solo su mirada, atravesando la gastada tela de nuestra ropa, que nos hacía sentir un frío peor que el del más crudo invierno. Teníamos que sentarnos a la mesa con él y cenar juntos. En familia, decía. Cada vez que cortaba el aire con el cuchillo para partir la comida, todos conteníamos la respiración. Esas noches, esas cenas, se hacían eternas. Cuando terminaban, todos entonábamos una muda acción de gracias por haber sentido solo el frío del comedor, mil veces más cálido que el del filo de su cuchillo.

Una de esas noches ocurrió todo. Llegó sin que lo oyéramos. Entró, y con él entraron el silencio y el miedo. Cenamos. Terminamos. Nos pusimos de pie para irnos a nuestro cuarto. Y cuando yo estaba cruzando la puerta del mío, algo me hizo girar el cuello.

Mi padre miraba en mi dirección. Inspiré hondo, muy hondo, sin hacer ruido. Inspiré tan hondo que los botones de la blusa se tensaron sobre mi pecho. La mirada de mi padre bajó por mi cara hasta la blusa. Se rascó la parte delantera del pantalón y empezó a rodear la mesa. Mi madre, salida de no sé dónde, se interpuso entre nosotros.

No sé quién llamó a la policía, ni dónde pasamos esa noche. Solo recuerdo los ruidos. Los golpes. Los gritos de Jaime y de Lucas agarrados a mi pantalón. No pude abrir los ojos ni un segundo. Después de que mamá se interpusiera en el camino de mi padre, la primera imagen que conservo en la memoria es la de ella en la cama del hospital cuando la fui a visitar con mis hermanos.

En casa no se volvió a hablar de mi padre. Cuando mamá regresó, continuamos viviendo como antes. Mejor dicho, continuamos haciendo las mismas cosas de antes. Ahora, sin papá allí, sí que se le podía llamar a eso vida. Mis celebraciones mensuales siguieron siendo mi propia fiesta privada. El rojo era solo para mí.

Luego he sabido que mi padre estuvo en la cárcel esos años. Y me enteré de que salió porque el día que lo pusieron en libertad vino a casa. Daba igual que mamá se hubiera divorciado y que él hubiera firmado los papeles en prisión. A él le daba lo mismo. No sé si mamá sabía la fecha del final de su condena, pero desde luego no esperaba verlo allí.

Traía puesta la mirada de los días malos. De los silenciosos. La cárcel se había quedado con parte de sus carnes y con parte de su pelo, pero no con su mirada. Mamá me metió en mi cuarto de un empujón y me dijo que cerrara la puerta. No recuerdo si lo hice. No recuerdo si estuve parada segundos u horas. Solo recuerdo que esta vez al primer chirrido del colchón le siguieron unos golpes que hacían temblar el tabique. Supongo que salí de mi cuarto, supongo también que cogí el cuchillo de la cocina y que mi padre no había cerrado la puerta de su antiguo dormitorio. No pude decirle más al juez. De verdad que no me acordaba ni me acuerdo de nada.

Estuve menos de un año en prisión. Mes tras mes echaba de menos mi vestido rojo. Sin él me sentía anémica, como si me hubiera convertido en un dibujo descolorido. Mamá me visitó. Jaime y Lucas formaron piña con ella. Pagaron al mejor abogado. Recurrieron.

El día que mamá vino a recogerme para llevarme a casa otra vez con ella, estaba tan nerviosa que le pedí que me esperase un momento. Entré al baño y pensé que mis ojos me engañaban. Casi no podía creerlo: después de tantos meses, había vuelto. Como el día que lo estrené, el día que papá casi mató a mamá. Ahí estaba de nuevo, volviendo a regalarme esa pasión que calentaba la sangre de mis venas.

Salí del baño y me acerqué a mamá. Le susurré algo al oído. Ella todavía era joven. Abrió el bolso y con disimulo, para que no se diera cuenta nadie, sacó una compresa y me la dio.

Vestida de gala, vestida de rojo, volví a ser mujer. Del brazo de mamá, salí de la cárcel y regresé a mi vida.

Adela Castañón

Imagen: Unsplash

Reformas en mi vida

Algo ha cambiado en mi vida desde que la escritura llamó a mi puerta. Algo relacionado con mi trabajo y con mi nueva forma de utilizar el tiempo. A este cambio ha contribuido la dinámica que se va imponiendo en muchas empresas y unas reformas que estoy haciendo en mi casa. De ese cambio quiero hablaros aquí.

Muchas empresas enfocan su trabajo a prestar servicios encaminados a ofrecer un producto final a unos clientes. Pero desde hace unos años ha ido cobrando fuerza el concepto de clientes internos, y así lo he experimentado en el SAS (Servicio Andaluz de Salud), donde trabajo como médico de familia. El SAS trabaja para que su producto, la salud, llegue a los andaluces. Pero ya no focaliza su atención solo en los usuarios. Ha empezado a tomar iniciativas dirigidas a sus propios trabajadores.

Mirando los dos lados de la ecuación, la celebración reciente del Día Uno de Mayo fue una buena fecha para recordarme, y recordaros, que es bueno trabajar por y para los trabajadores. Y si extrapolo la situación de mi empresa y la de la obra de mi casa a mi situación personal, me doy cuenta de que, desde hace unos años, también estoy haciendo reformas en mi vida.

La palabra “obra” tiene doce acepciones en el Diccionario de la RAE. Ahí es nada. Me encantó el descubrimiento, porque casi todas me sirven para argumentar lo que os quiero contar sobre mi peculiar visión de trabajar para nosotros mismos.

Recursos

En la primera acepción se dice que obra es cualquier cosa hecha o producida por un agente. Por tanto, el punto de partida debería consistir en buscar los recursos con los que pondremos en marcha cualquier proyecto. Para mi obra he contado con el asesoramiento de buenos profesionales. Sobre todo, del arquitecto y de los albañiles. Los planos del arquitecto y los presupuestos de los distintos oficios están sobre la mesa. Ya tengo material y métodos. De modo que la siguiente pregunta sería: ¿y qué hago ahora?

Programación y ejecución

Pues la respuesta es evidente. Ahora toca empezar a trabajar. Al revisar armarios y cajones me he dado cuenta de la cantidad de tonterías que he acumulado y que no he utilizado en muchos años. Lo comenté con una amiga y me respondió que posiblemente estaba en camino de descubrir la belleza del feng shui. No voy a extenderme en eso, pero sí que nombraré una trilogía de palabras que encuentro muy prácticas para la obra y para mí: vacía, ordena y limpia.

Mientras de mi casa van saliendo tiestos y trastos, tengo la impresión de que en mi mente se van quedando espacios amplios, que no vacíos. Y me gusta. Mientras embalo, friego, tiro y ordeno, me doy cuenta de que en los últimos años ya había empezado a hacer eso sin ser muy consciente de ello. Por ejemplo, hace casi un año decidí dejar de hacer guardias. Gano un poco menos, pero vivo mucho mejor. Y no ha sido lo único que ha cambiado en mi vida. En el escritorio de mi ordenador, por poneros otro ejemplo, he quitado los accesos directos a muchos juegos para sustituirlos por otros como el de este blog.

Me gustaría daros aquí una especie de receta sobre cómo modificar la programación de algunas partes de nuestra vida y cómo instaurar los cambios que deseamos o que necesitamos, pero no puedo ofreceros lo que no tengo. Por eso me limito a contaros un poco mi propia trayectoria que, por cierto, ha tenido mucho de intuitiva y muy poco de programada.

En la vida, como en la escritura, podemos hablar de trabajadores o escritores de brújula o de mapa. Está bien dejarse llevar por la inspiración cuando surge, pero también conviene tener un mapa que nos ayude a saber si nos estamos desviando del camino a la meta que queremos alcanzar. En este sentido es muy interesante el artículo de Ana González Duque, Escritor de mapa, escritor jardinero y escritor paisajista. No somos robots, por suerte, aunque supongo que también el azar pinta algo en esta historia. En mi caso, y sigo con ejemplos de mi evolución personal, lo primero fue conseguir una estabilidad personal y laboral. Con mis hijos ya criados, y un trabajo estable y satisfactorio, decidí que había llegado mi turno y mi afición por la escritura subió en la lista de mis prioridades.

Como el día tiene veinticuatro horas, supongo que poco a poco el tiempo que he venido dedicando a la escritura se ha encargado de demoler intereses antiguos que no echo de menos. Porque está claro que para construir lo que tengo ahora he necesitado destruir mucha paja inútil que consumía buena parte de mi tiempo y de mis recursos.

Resultados

Empezar a escribir, matricularme en cursos de escritura, conocer a mis amigas, formar parte de este blog y de este proyecto está siendo un camino por el que me gusta transitar cada vez más. Porque sigo de obra. En la de casa, va quedando menos. Y en la personal, el proyecto crece y crece, y disfruto tanto que creo que nunca le pondré fin.

Porque, si lo pienso bien, a lo largo de mi vida he seguido la misma sistemática. Al principio mis padres lo hicieron por mí. Me dieron una educación en casa, y una formación fuera de casa, que han sido y son mis mejores recursos. Y sobre la base de su ejemplo, ya adulta e independiente, he seguido planificando mi vida para alcanzar mis metas y objetivos, y he aplicado en mi trabajo las enseñanzas que antes adquirí.

Ahora mismo, para mí, la escritura se ha convertido en un trabajo no remunerado si nos atenemos al aspecto económico. Pero en todo lo demás, no puede ser más gratificante. Puedo calificarla como mi mejor empleo, en el que me doy el gusto de ser a la vez empresaria y cliente, de ser yo misma y hacer lo que hago por el puro y simple placer de querer hacerlo. Y, vista así, como un trabajo placentero, se cumple eso de que “el trabajo es salud” ¡Es cierto! Y como médico os digo que la escritura es para mí hoy una de mis mejores medicinas.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Para toda la vida

Juan está sentado en una mesa de la cafetería y la ve venir a lo lejos. Al principio duda si es ella o alguien que se le parece. Achica los ojos para enfocar. Sí, es Laura, pero está distinta. Parece un poco mayor, como si de repente hubiera envejecido. Y, a la vez, tiene el aire familiar de toda la vida. Se ha cambiado el corte de pelo por uno más clásico y se ha quitado esas mechas azules que tanto lo encandilaron cuando se conocieron. Sin embargo, mantiene la misma sonrisa. Laura se inclina a saludarlo antes de sentarse. Y su beso, ese beso descarado que siempre le da, sin importarle quién haya alrededor, vuela hasta la boca de Juan. El camarero se espera hasta el final del beso para retirarle la silla. Laura aprovecha y pide un café mientras se sienta frente a su novio, que en ese momento saca un papel de su bolsillo.

–Mira, Lauri, lo que te conté. –El chico le coge una mano y con la otra le muestra la carta–. ¡Varsovia! Todavía no me creo. ¡Si eché la solicitud por probar, pensando que me darían la patada…! ¡Uf! Menos mal que lo hice. Va a ser un cambio increíble.

Juan se inclina y la mira a los ojos. También los ve un poco distintos, enmarcados por un flequillo castaño donde antes había unas guedejas azules. Ahora el pelo, todo del mismo color, no le llega a los hombros. Laura sonríe. Su mirada va y viene de la carta a su novio, y al revés. No dice nada. Juan se da cuenta de que no ha dicho nada sobre el aspecto de su chica y suelta lo primero que se le ocurre:

–Estás guapa.

–Gracias. Se me ocurrió que un cambio como este merecía celebrarse con otro cambio.

Juan intenta añadir algo, pero no se le ocurre nada. Además, está nervioso por la buena noticia.

–Puedo empezar en septiembre. Es una oportunidad increíble. –Respira hondo.

–¡Enhorabuena, cariño! ¡Me alegro tanto por ti!

–Esto lo cambia todo. ¿Te das cuenta? Ahora mi padre no tendrá que pedir favores a nadie del Ayuntamiento para lo del trabajo. Es un alivio, ¿sabes? Mamá dice que no le importa, pero yo sé que a mi viejo se le hacía cuesta arriba, y que iba a hacerlo por no tener que escucharla todo el día dale que te pego. ¡Pobrecillos! Pero es que son muy mayores y sólo me tienen a mí. –Juan le suelta la mano y cruza los dedos como si rezara–. ¡Dime que vendrás conmigo! En todas partes hacen falta secretarias. Y si no encuentras trabajo nos achuchamos un poco y vivimos los dos con mi sueldo, Laura. ¡Varsovia! ¡Uf!

–¿Se lo has dicho ya a tus padres?

–Todavía no, mi vida. En cuanto vi la carta y la leí, la guardé para que tú fueras la primera en enterarte. Se la enseñaré cuando vuelva a casa.

Mientras mira a Laura, Juan intenta reconciliarse con la nueva imagen de su novia. No es que la melena castaña y el flequillo le sienten mal, pero él adoraba sus mechas…

 –¡Vamos a salir de España, cariño! Escaparemos de la rutina, podremos ver mundo, ¿te das cuenta? ¿Te das realmente cuenta de lo que eso significa? –Juan mira a Laura, y le viene a la mente un recuerdo que no logra atrapar–. También va a ser un descanso económico para mis padres. España es la tierra de los parados y de los mediocres, y yo no quiero ser ni lo uno ni lo otro.

–Van a estar muy orgullosos de ti, Juan. Aunque tu madre te echará mucho de menos si te vas.

–¿Si me voy? –Juan recuerda que Laura no le ha contestado antes–. ¡Si nos vamos! ¿No? Porque supongo que vendrás conmigo, cariño. Ya sé que mi madre echará sus lagrimitas, pero no voy a estar siempre con ella. Igual con la pena discute un poco menos con mi padre, ¿quién sabe?

–Claro que iré. Es que todavía estoy impresionada. –Los ojos abiertos de par en par parecen más grandes, aunque no brillan tanto como antes–. Podrías ir tú primero para tantear el terreno, y volver en unos meses. Entonces podríamos irnos los dos juntos. Allí son bastante conservadores, ¿no? Igual no les parece bien que unos novios vivan juntos. Que conste que lo digo sobre todo por ti, Juan. Ya sabes que cuando se ha tratado de hacer escapadas me he apuntado a todas, cielo. Pero ¿no te parece que seríamos tontos si no aprovechamos esta oportunidad a tope? Me lo he estado pensando toda la noche.

Juan la escucha a medias. Por un momento piensa que le está hablando otra persona. ¿Dónde se esconde su loca novia bohemia? Laura, que no se da cuenta, sigue con lo suyo.

–Sé que no soy precisamente santo de la devoción de tu madre. –Juan sonríe. Eso le consta–. Y no creas que no me importa. Todavía me entran temblores cuando me acuerdo de la mirada que me echó la primera vez que nos vio juntos. Si yo tuviera un hijo a lo mejor me pasaría igual, pero seguro que no tendría tantos prejuicios solo por las pintas de una persona. Ahora que, si me voy a vivir contigo de modo tan, no sé cómo decirlo, tan definitivo, seguro que ya me echa la cruz del todo.

–No exageres, mi vida. Cuando hemos viajado juntos no se lo he ocultado. Lo sabes bien. Ya sé que vive para mí, pero también tiene claro que soy mayorcito y que estoy contigo. No sé dónde ves el problema.

–Porque eres hombre, Juan. Por eso no lo ves. Que las mujeres hilamos muy largo, y ya te digo que no estoy criticando a tu madre. Al revés, estoy pensando en ella.

–¡Pues por eso! Evidentemente ella no puede venirse conmigo, y se quedará más tranquila sabiendo que no estoy solo allí. –Laura aprieta los labios y levanta las cejas. Juan traga saliva–. ¿O es que no quieres venir? Cada vez que hemos hablado de ver mundo, de conocer juntos otros lugares, otras culturas, otra forma de vivir, siempre has estado de acuerdo. Y siempre te han parecido bien nuestras escapadas.

–A ver, Juan. No te he dicho que no vaya a ir.

Algo cambia en el interior de Juan. Si no fuera por lo contento que está, diría que lo que siente es enfado. Las siguientes palabras de Laura le caen como un jarro de agua fría.

–Imagínate, por decir algo, que me quedo embarazada. Suponte que allí los anticonceptivos tengan otra composición, qué se yo…

–¡Pero, mujer! Eso es una bobada. –Juan se rasca el cuello y arruga la frente–. ¿O es una excusa? De verdad, no te entiendo. No pareces tú.

–¡Que no, Juan! Siempre te lo he dicho, ayer te lo repetí y hoy te lo digo otra vez. –Laura le acaricia la cara igual que lo hace su madre por las noches–: Con lo que yo te quiero, cariño, voy contigo al fin del mundo.

Laura extiende un poco más la mano, agarra el cuello de Juan por donde se lo ha rascado y acerca la cara para estamparle otro beso. Juan se lo devuelve de modo maquinal. Se separa, suelta el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta y deja brotar las palabras que se estaban atropellando en su boca, pisándose unas a otras en sus ansias por salir. Habla de Varsovia, de las condiciones de trabajo, de mil cosas. Laura escucha, sonríe, asiente y besa. Juan sigue hablando. Laura sigue asintiendo, pero apenas suelta algún que otro monosílabo. El café de los dos se enfría. Juan se da cuenta de que ha monopolizado la conversación.

–Entonces, ¿no te vas a echar atrás? –Laura levanta las cejas. A Juan le parece que también se las ha teñido un poco más claras–. En lo de acompañarme, digo…

–¡Que no, chiquillo! ¡Que no! ¿Tú te crees que te voy a dejar solo, con la de polacas rubias y guapas que debe haber por allí? Pero tendríamos que empezar a pensar en hacer las cosas como Dios manda.

Laura ríe. Son las mismas carcajadas cristalinas de siempre, ¡menos mal, algo familiar!, pero no tranquilizan demasiado a Juan, que no entiende por qué le pasa eso. Siempre ha adorado la alegría de su novia, su frescura y ese sentido del humor tan suyo. Ahora es Laura la que le coge las manos.

–No voy a mentirte, Juan. Desde que me llamaste ayer, lo he estado pensando mucho. Al principio me quedé tan pillada que por eso se me ocurrió decirte que te fueras tú primero. Es verdad que los dos aquí parados no íbamos a conseguir nunca nada. Y llevas razón en lo que dices: si me voy contigo –Juan traga saliva. Otra vez el condicional–, puedo buscar allí un trabajo. Y si lo encuentro –no dice cuando lo encuentre y Juan lo nota–, podemos vivir con un sueldo y ahorrar el otro para la entrada de una casa. Si te vas solo y yo me quedo aquí… eso puede ser eterno –Laura le da el enésimo beso de la tarde–. ¡Ea! ¡Nos vamos los dos!

Juan la mira como se mira a alguien que es a la vez extraño y familiar. Supone que es por la ausencia de sus mechas azules. Se da cuenta de que los labios de Laura llevan un brillo rosado, distinto de su rojo habitual. Ahora es ella la que habla, y Juan el que parece que ha perdido la lengua. A mitad de una frase, su novio se estremece como si le rozara una corriente de aire. De nuevo le quiere acudir una imagen a la mente, y esta vez atrapa el recuerdo. Juan se bebe de un sorbo el café, que ya está helado, y se pone de pie. Laura ni siquiera termina lo que está diciendo.

–Laura… –Juan mira el reloj–. Perdona, tengo que irme.

La boca de Laura se abre tanto como sus ojos en una muda pregunta.

–Verás… tienes razón. Será mejor que lo pensemos, sí. Tampoco vamos a precipitarnos. Y a ver también lo que dicen mis padres. Te llamo mañana ¿vale?

Juan se levanta, da media vuelta, y se marcha sin mirar atrás. Camino de su casa piensa qué noticia le dará primero a su madre: si la de la oferta de Varsovia, o la de que piensa romper con Laura. Sabe que su madre se sentirá más feliz por lo segundo que por lo primero. Sonríe para sus adentros por la paradoja. Si su madre viera ahora a Laura, igual hasta habría puesto buena cara. Pero no cree que las dos mujeres se vuelvan a ver.

Abre la puerta de casa con su llave. Mamá sale a su encuentro. Por una vez no le mira con descaro los labios ni la mejilla buscando huellas; por lo que se ve, la nueva barra de labios de Laura, con el mismo rosa de la de su madre, no le ha dejado ninguna marca delatora. Mamá se aparta el flequillo de la cara, y mueve su melena, que nunca deja crecer demasiado. Bajo las cejas castañas, los ojos de la mujer parecen leer en la cara de su hijo, igual que hicieron un rato antes los de su novia. Juan siente que no tiene nada que decirle, se siente como se debe sentir su padre, después de cuarenta años de matrimonio. Esa tarde ha podido entenderlo por fin.

Irá solo a Varsovia. Él quiere llenar de mil cosas los próximos cuarenta años. Allí cabrá todo, menos la rutina. No piensa reescribir la vida de sus mayores. Su futuro todavía es una hoja en blanco. Sonríe a su madre, y empieza a hablar.

Adela Castañón

Imagen: Martha Dominguez en Unsplash

Algunos hombres buenos. Mis ángeles de la guarda

Hace unos días leí la noticia de que nos había dejado un hombre bueno. Y quiero rendirle homenaje a él y a otros que son como él. Porque, además, este mes de abril ha tenido lugar la celebración de algo importante: el día mundial del autismo.

Al pensar en el título me ha venido a la cabeza eso de “Algunos hombres buenos”. Lo he tecleado en Google y he sonreído al ver adonde me llevaban los enlaces. El primero hace referencia a un libro de Octavio Ruiz-Manjón y la frase clave es “Historias de mujeres y hombres que pusieron la justicia por encima de las ideologías durante la Guerra Civil”. El autor escribe sin intenciones condenatorias, guiado solo por el propósito de sacar a la luz comportamientos ejemplares de personas que no buscaron ningún protagonismo. El segundo click me ha llevado a un libro de Arturo Pérez Reverte. Y me ha llamado la atención esta cita: «En tiempos de oscuridad siempre hubo hombres buenos que lucharon por traer las luces y el progreso. Y otros que procuraron impedirlo».

La RAE define la bondad en dos de sus acepciones como “cualidad de bueno” y “natural inclinación a hacer el bien”. Y creo que la bondad brilla especialmente en determinados escenarios. Las historias de los libros anteriores tienen lugar durante la Guerra Civil española y en el siglo XVIII. Son momentos históricos de grandes cambios protagonizados por buenas personas. Y en nuestra época hay también hombres y mujeres, buenas personas, que hacen y han hecho historia cuando se enfrentan a la diversidad.

Una de esas personas era Theo Peeters. Y su reciente fallecimiento es lo que me ha movido a escribir sobre este tema.

Todos conocemos periodos de la Historia en los que han tenido lugar cambios importantes para la humanidad. El siglo XVIII, por ejemplo, fue un siglo de crecimiento y de desarrollo económico en Europa. En ese siglo, el Siglo de las Luces, nació el movimiento intelectual de la Ilustración, llamado así por su intención de disipar las tinieblas de la ignorancia del hombre. Algo más tarde, en Francia, se produjo un cambio cuando personas como Rousseau abogaron por un romanticismo literario. Gracias a ellos el sentimiento y la emoción llegaron a ser tan respetables como la razón.

Y os cuento esto porque ningún ser humano puede intentar colocarse en el lugar de otro, aunque disponga de todo el conocimiento del mundo, si no se tiene la intuición que el amor nos proporciona. La razón por sí sola no sirve para intentar imaginar cómo se sienten las personas con autismo. Si queremos aproximarnos, tenemos que hacer un esfuerzo de imaginación que requiere humildad, valor, y mucho amor. Y eso es lo que Theo Peeters y otros como él le han regalado al autismo. Me viene a la memoria Ángel Rivière, otro de los hombres buenos que merecen ser recordados por su labor en ese campo, y todavía me emociono cuando recuerdo cómo se metió en la piel de esas personas al escribir sobre las cosas que nos pediría una persona con autismo. ¿Y quién no se acuerda de Pablo Ráez como otro de esos héroes anónimos?

Cuando escribimos sobre ficción, a veces, intentamos convertirnos en nuestros propios personajes. Pues bien, si las personas hiciéramos lo mismo en la vida real, es decir, si intentáramos comprender a nuestros semejantes, posiblemente el mundo sería un lugar mejor.

Lo repito. El mundo está lleno de buenas personas. Solo he hablado de tres, a los que admiro. Pero no son los únicos. Conozco a muchos más que siguen en el anonimato y no han pasado al mundo del papel, aunque no por eso son para mí menos reales. Carmen Martín, psicóloga y amiga que puso nombre a lo que le ocurría a mi hijo y que me llevó de la mano al camino de su felicidad; Curro Jiménez, primero mi paciente, luego mi amigo, y al final hasta mi abogado, que tanto me ha ayudado a la hora de dejar bien atado el futuro de mi Javi; el cura Pepe, de mi parroquia de Marbella; compañeros médicos que me han cambiado guardias para que pudiera llevar a mi peque a sus revisiones; terapeutas y profes que lo han dado todo trabajando por y para nosotros; mis padres, dos personas únicas sin cuya ayuda no habría podido salir adelante; mi hija, que jamás me ha reprochado el tiempo que le robé a su infancia para dedicárselo a su hermano… La lista sería interminable. Por cada uno que menciono me vienen tres más a la cabeza, y eso me llena de felicidad, porque la riqueza de una persona no se mide en dinero, sino en los amigos que tiene. Y haber empezado esta lista con la intención de despedirme en dos renglones, sin conseguirlo, me hace tomar conciencia de mi condición de millonaria.

Quiero que este artículo sirva para dar las gracias a todos los hombres y mujeres buenos que hay en el mundo y, en especial, a los que formáis parte de mi vida, aunque no os haya podido nombrar expresamente.

Queridos lectores, ojalá en el camino de vuestra vida se crucen muchos hombres buenos. Y ojalá que alguien, cuando le pidan que nos defina a mí o a cualquiera de vosotros, lo haga con estas palabras: es una persona buena. Sería hermoso.

 

Adela Castañón

Imagen obtenida en Google de aetapi.org

Ni un pelo de tonto

Andrés abrió y cerró los ojos. Intentó refugiarse en la consoladora idea de que todo era un sueño. Tragó saliva y los abrió de nuevo. Su peor pesadilla se había hecho realidad: su peluca había desaparecido.

En su estómago nació un gemido que se ahogó antes de alcanzar la garganta. Cogió con las dos manos el embozo de la sábana y se cubrió la cabeza, tratando de usar la tela como sustituto de su tesoro capilar. Respiró hondo y se aferró a un último retazo de esperanza. Bajó la sábana hasta la nariz, y asomó los ojos por el borde. Entonces vio la ensaladera redonda, la que, puesta del revés, usaba todas las noches para acomodar la peluca. Le pareció que se reía de él con el brillo rutilante de su calva de porcelana. Levantó el cuello y miró por el suelo a sabiendas de que sería inútil. Dormía con la ventana cerrada, y siempre ponía todo el cuidado del mundo en dejar la peluca bien colocada.

¿Para qué querría alguien una peluca que llevaba con él casi cuarenta años? ¿Quién habría descubierto su secreto? El gemido mudo logró escapar por sus ojos dejando un rastro de sal que le escocía en las mejillas. Aquel accesorio había sido lo más duradero y estable de su vida. Desde que abandonó a su mujer y a su hijo, tan anodinos e insignificantes, nadie, absolutamente nadie, había descubierto su calvicie. O eso creía él. Sin su peluca, estaba desnudo frente al mundo.

Su mente se puso en marcha a toda velocidad. Tenía que pensar en algo para que los demás residentes del asilo de ancianos no descubrieran su secreto. Nadie debía ver su cráneo estéril, donde la única nota de color eran las manchas que le quedaron como recuerdo de la tiña. ¡Maldito gato! El bicho también le pegó la enfermedad a su hijo, pero eso nunca lo consoló. Al fin y al cabo, el gato era del crío. Y, aunque lo sacrificó cuando empezó a verle las calvas en la piel del lomo, ya fue tarde. Las cabezas del padre y del hijo quedaron igual de peladas cuando las costras tiñosas desaparecieron.

Andrés se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño como un cordero al matadero. Cerró los ojos, apretó el puño derecho y se golpeó el pómulo con todas sus fuerzas. Si no hubiera tenido la precaución de agarrarse al filo del lavabo, se habría caído de espaldas.

Respiró hondo y repitió el puñetazo. Satisfecho, comprobó que el ojo empezaba a cerrarse poco a poco y a cambiar de color. Se felicitó por ser tan hipocondríaco. En su armario tenía casi de todo. Cogió un rollo de venda y se envolvió la cabeza de forma metódica. Diría que se había caído de la cama y se había golpeado con el pico de la mesilla de noche. Eso le serviría de momento.

Para dar más credibilidad a su historia, llamó a la recepción del asilo y preguntó si el monitor de su planta podría acompañarlo al comedor a desayunar. Se justificó con la historia de la caída, y se sentó a esperar a Manuel.

Antes de cinco minutos llamaron a la puerta.

–¡Adelante! –dijo Andrés.

La hoja se abrió un poco y la cabeza de Manuel, con su eterna gorra gris, asomó por el hueco mientras preguntaba:

–¿Se puede pasar?

Andrés suspiró. Ese hombre no era más tonto porque no podía. ¿A qué venía preguntar eso, cuando ya le había dado permiso? Abrió la boca para soltar un exabrupto, pero recordó a tiempo que se suponía que había tenido un accidente. Se tragó su genio, y puso cara de doliente. No le resultó difícil porque parecía que tenía un volcán en erupción en el lado derecho de la cara.

Manuel era de edad indefinida. En ese mundo de ancianos, parecía un residente más. Su físico era como un retrato robot de cualquiera de ellos con un montón de años menos. Tenía una cara amorfa, sin ningún rasgo distintivo que le otorgara un poco de personalidad. De todos los monitores, era el más callado. No podía decirse de él nada malo. Ni tampoco nada bueno. Porque, sencillamente, pasaba desapercibido casi siempre, como si fuera invisible. Se movía sin hacer ruido, no tenía apenas cejas ni pelo, y jamás decía una palabra más alta que otra. En medio de tanto sonido a vejez, Manuel era la única nota monocorde.

El monitor no pareció extrañarse al ver el atípico tocado de Andrés. Se limitó a acercarle la bata y a ofrecerle el bastón antes de ir hasta la puerta, que mantuvo abierta para que el anciano saliera del cuarto.

Andrés, camino del comedor, empezó a temer que su camuflaje no fuera suficiente para ocultar la pérdida del pelo, que todos creían que era suyo. Pero pronto comprendió que ese día se iban a fijar poco en él. Faltaba la mitad de los comensales habituales de esa hora, y en el pasillo de la planta baja, donde había otra fila de dormitorios, se escuchaba bastante algarabía. El alboroto subió de tono cuando el timbre de la puerta empezó a repicar, y no paró hasta que el conserje abrió para dar paso a dos policías de uniforme.

De uno de los cuartos del pasillo salió la directora dando el brazo a María, la anciana de la tercera habitación, que parecía caminar con dificultad. Se llevaba la mano a la cabeza, completamente llena de rulos, mientras hablaba a toda velocidad. Las dos mujeres llegaron al comedor, donde acababan de entrar los policías. Durante un par de segundos, reinó el silencio. Y, de pronto, pareció que se desataban todas las furias del infierno. María descubrió a Andrés, con la venda en la cabeza, y paró de hablar, conteniendo la respiración.

–¡Dios mío!

María señaló a la cabeza de Andrés y los presentes volvieron la vista hacia el recién llegado. La anciana se llevó la mano al pecho, y empezó a gritar como loca:

–¡Ha tenido que ser él! ¡Seguro! ¡Ha sido él! ¡Valiente poca vergüenza!

Todo el mundo hablaba a la vez, y la mayoría de los presentes miraba a Andrés con fijeza. Volvió a temerse que la historia de la caída de la cama hiciera agua por alguna parte. Aun así, ¿por qué gritaba tanto la histérica esa? Entre el guirigay de voces, Andrés vio acercarse a los policías. Uno de ellos le pidió con amabilidad que lo acompañara al despacho de la directora. Empezó a sudar y a pensar que podía haber ocurrido algo peor que la pérdida de su peluca. Echó mano al bolsillo de la bata para coger su pañuelo y enjugarse la cara. Al sacarlo, un objeto cayó al suelo con un tintineo. De nuevo se hizo un silencio repentino. Uno de los policías se agachó, y cogió una pulsera de varias vueltas de brillantes y la sostuvo en la mano abierta. El otro policía tosió y cruzó una mirada de entendimiento con su compañero. Los dos volvieron la vista a Andrés. El que había recogido la pulsera, habló.

–Será mejor que se vista y nos acompañe a la comisaría, señor.

Los residentes del asilo recordarían durante muchos meses ese día repleto de sucesos que quebraron la monótona rutina diaria. María fue durante unas semanas protagonista absoluta relatando su aventura a todo el que la quisiera escuchar. Había oído ruidos en su habitación, y a la escasa luz de la luna que entraba por la ventana había visto una silueta escarbando en su joyero. De joven era una moza valiente, y la edad no le había restado valor, así que se había tirado de la cama para darle un bastonazo al asaltante. Y cuando el ladrón intentó huir, ella lo agarró por los pelos… para encontrarse de pronto con que lo único que su mano sostenía era una peluca.

Andrés mantuvo su inocencia delante de todos, pero en sus momentos de mayor debilidad se preguntaba si no habría sufrido un ataque de sonambulismo.

Manuel aprovechó su día libre para ir, como siempre, al cementerio. Llevaba su mochila colgada del hombro derecho, porque el izquierdo todavía le dolía del bastonazo. Llegó hasta donde se encontraba la tumba de su madre y sacó del bolsillo una foto color sepia. En la imagen, una mujer y un niño posaban junto a un Andrés con sombrero y con cuarenta años menos. Manuel rompió la foto en pedacitos y se agachó para besar la lápida donde estaba grabado el nombre de su madre.

Un gato que solía merodear por el cementerio se acercó confiado y se restregó contra las perneras del pantalón de Manuel. El hombre sacó una lata de comida para gatos, y la dejó abierta a los pies de la tumba de su madre mientras veía al minino relamerse. Le recordaba mucho a su gato de niño. Incluso en las calvas de la piel del lomo. Pero ya le daba igual, porque la tiña no podía robarle más pelo. Y a este gatito no lo iba a matar nadie. Manuel le acarició la cabeza, se quitó del pantalón una brizna de hierba y se puso en pie. Antes de marcharse, sonrió y habló a la lápida.

–Descansa en paz, mamá. El cabrón ya lo ha pagado.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Añadir vida a los años

Está claro que el envejecimiento es un fenómeno predecible e inevitable que va en aumento. Pondré dos ejemplos, aunque existen miles. Los niños que nacieron en Brasil en 2015 han podido aspirar a vivir veinte años más que los que vinieron al mundo cincuenta años antes. Y, en Irán, la proporción de habitantes mayores de sesenta años pasará a uno de cada tres en lugar de uno de cada diez, que era la que había en 2015. Por eso vale la pena meditar un poquito sobre las implicaciones de envejecer en el siglo XXI.

La OMS define el envejecimiento activo como el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen. Es bueno aplicar el concepto de envejecimiento activo tanto a los individuos como a los grupos de población, porque nuestra sociedad actual ha ganado la batalla a la longevidad. Pero cada día que pasa nos vamos dando cuenta de que hace falta algo más que añadir años a la vida. Tenemos que actualizar nuestra percepción de la última etapa del ciclo vital. Hay que redescubrir a nuestros mayores y mirarlos con otros ojos. No como una carga para el sistema político, sanitario o social, sino como una población activa que todavía nos puede aportar y enriquecer con sus valores, que son muchos.

Tenemos que despojar a la palabra vejez del sentido peyorativo que se le ha dado en los tiempos modernos. Hay que volver la vista atrás, a la cultura clásica o nuestra historia más antigua y redefinir esa etapa de la vida. Envejecer no es un declive. O, al menos, no debería serlo. Me quedan pocos años para jubilarme y quizá por eso pienso ahora en esto mucho más que cuando era más joven, claro está. Iba a escribir “que cuando era joven”, pero la verdad es que me sigo sintiendo así, salvo por el pequeño detalle de la fecha de nacimiento impresa en mi D.N.I. Considero que me aproximo a una etapa de mi ciclo vital llena de oportunidades. Allí me está esperando la escritura, entre otras cosas. No siento que el final de mi vida laboral sea la puerta de entrada a un periodo de pérdidas o de decadencia. Más bien al contrario: tendré más tiempo libre para llevar a cabo proyectos que hasta ahora no he tenido ocasión de emprender.

El que fuera director del programa de la OMS “Envejecimiento y Ciclo de Vida” hasta 2008, Alexandre Kalache, en una de sus declaraciones decía: “la edad cronológica ha dejado de ser un instrumento útil para medir la vejez y tras la jubilación se tienen por delante fácilmente alrededor de treinta años de vida. No se puede pretender pasar esos años tejiendo”.

Coincido con esa afirmación porque no espero que mi vida después de jubilarme sea una cuesta abajo hacia una etapa de tercera categoría. En varios talleres de escritura he aprendido mucho sobre los estereotipos que definen a las personas con unos cuantos rasgos que no siempre son verdaderos. Me niego a dejar que me encasillen y a que encasillen a otras personas mayores en esa “tercera edad” estereotipada, ficticia y nada agradable.

Se trata de que no solo los avances tecnológicos añadan años a la vida, sino de que nosotros añadamos vida a esos años. Lo contrario sería un verdadero desperdicio. Y no es un objetivo demasiado difícil, o eso creo yo. Basta con tener metas, planes, deseos que alcanzar, y llevarlos a cabo con estrategias que están al alcance de todos: pasar tiempo con amigos, hacer ejercicio, mimar nuestro cuerpo… La lista podría ser mucho más extensa, pero cada persona debe realizar la suya con arreglo a sus gustos, preferencias y prioridades.

Yo ya tengo en el primer puesto de mi lista la escritura. Porque desde que empecé a hacer cursos y talleres, siento que rejuvenezco en cada cumpleaños. Quizá se lo debo a los jóvenes con los que me he relacionado, o a que dejé de pensar en futuro para empezar a hacer cosas en presente.

Es estimulante comprobar que me falta tiempo para estos proyectos prejubilares. Que vuelvo a estresarme porque no llego a una entrega de tarea de escritura, o se me echa encima el plazo para escribir un artículo. Entonces me pongo a teclear como una loca, que es justo lo que estoy haciendo. Por eso mismo tengo que terminar con un consejo para aquellos que están paralizados por el miedo y a los que no se les ocurren ideas: Para añadir vida a los años es importante crear grupos de relación, ya sean de escritura o de otros intereses. A mí me motiva mucho este blog, que tanta vidilla nos ha dado a sus creadoras. Aunque a veces haya que escribir contra reloj. Vale la pena.

Adela Castañón

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Imagen inicio: Pixabay. Imagen final: Pixabay

Almas gemelas

Giré el pomo para entrar al dormitorio y me quedé clavada en el suelo, como una estatua de sal. Parpadeé una, dos, tres veces. Paco estaba en la cama, en nuestra cama, con alguien que no era yo. Al oír el ruido de la puerta, se dio la vuelta con un sobresalto. Su movimiento fue tan brusco que tiró al suelo el edredón. Entonces me di cuenta de dos cosas a la vez. Que la otra persona no era una mujer y que Paco estaba casi desnudo. Casi. Porque lo único que tenía puesto era un par de medias negras. De rejilla. Con costura posterior. Rematadas por ligueros de encaje que, como una burda caricatura de la boca de un sátiro, parecían reírse de la expresión de total idiotez que debía reflejar mi cara. Una cara con tres círculos, mis ojos y mi boca, como tres lunas llenas de incredulidad. De pronto, todo encajaba. Su paciencia al acompañarme cuando iba de compras. La sensación de que mis barras de labios, a veces, no estaban exactamente como yo las dejaba. Las intempestivas reuniones de trabajo. Su comprensión, esa comprensión que tanto envidiaban mis amigas, cuando yo me escudaba en mi jaqueca premenstrual para irme a la cama antes que él. ¿Cómo pude estar tan ciega? En un segundo comprendí que lo que habíamos vivido hasta entonces era como el negativo de las fotos antiguas: los colores, las imágenes, las luces y las sombras… todo estaba del revés. Igual que esos negativos, las escenas de nuestra vida en común aparecían y desaparecían en mi retina con la brevedad de unos fuegos artificiales, y con unos claroscuros que jamás antes supe que estaban allí.

A los pocos días, Paco se fue de casa. No tuve valor para contárselo a nadie. Ni siquiera a mi mejor amiga. No sabía cómo le iba a explicar a Ángela que mi marido me había sido infiel con otro hombre. Me asustaba pensar en su reacción, imaginaba mil respuestas, o no imaginaba ninguna. Me montaba escenas mentales para descolgar el teléfono y quedar con ella, anticipaba lo que le contaría o le dejaría de contar, delante de una taza de café. Ponía en su boca palabras que ni siquiera sabía si existirían en el diccionario de sus sentimientos. La imaginaba consolándome de mil maneras ante la traición de ese Paco que nunca, jamás, le había caído bien a ella.

Finalmente fueron mi soledad y mi cobardía las que me abrieron los ojos. Comprendí que en nuestro matrimonio yo había sido la más impostora. Desde que cerré la puerta del dormitorio, dejando tras ella a ese extraño con el que me había casado, intenté sentir asco sin lograrlo. Porque, desde ese instante, desde que lo vi abrazado a aquel hombre, lo único que me invadía era la envidia. Envidia de no ser yo la que estaba en esa cama. Porque hubiera querido estar allí, y que las medias de encaje no las llevara Paco. Ni yo. Que las medias estuvieran en las piernas de Ángela, como dos serpientes negras, intentando alcanzar la negrura más intensa de su pubis, de ese pubis espeso, rizado, que yo miraba a hurtadillas en la sauna, en el gimnasio, en los vestidores de la piscina del club, soñando con enredar ahí mis dedos. Envidia de que Paco le hubiera regalado a nuestra cama un verdadero acto de amor. Envidia de esas sábanas, gélidas cuando nos cobijaban a nosotros, que parecían desprender fuego cuando acunaban a Paco y a su amante. Envidia de no haber tenido el valor, o la destreza, de llevar a Ángela conmigo a ese punto sin retorno que mi marido había logrado alcanzar.

Un reflejo de lucidez me hizo comprender que Paco y yo estábamos predestinados a casarnos. Éramos almas gemelas. Dos farsantes. Dos personajes en busca de un escondite. Solo la suerte quiso que él se quitara el disfraz antes que yo. Porque yo continúo dentro de ese armario privado que por fin mostró al mundo su rostro. Y sigo sin saber en qué lado de la puerta vive Ángela. Tal vez no llegue a averiguarlo nunca. Eso es, y me temo que será para siempre, mi esperanza y mi castigo.

Adela Castañón

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