Caminando hacia Ítaca

#relatos covid

Con el cansancio me quedé dormida. Me despertó una sacudida. Alguien me movió los brazos. Cuando abrí los ojos, una máscara antigás se acercó a mi cara. Con mis gritos, casi no oí qué me decía aquél artilugio nacido en un campo de batalla. “Rápido… fiebre alta… mala saturación… algo se le ha metido en los pulmones”. Me sacaron de un sueño denso, poblado por escarabajos negros. Esas frases metálicas, como los zumbidos de los escarabajos, vibraban dentro de mi cabeza y me la estaban taladrando. Intenté dormir un poco más.

Me despertó el ¡niinoo, niinoo” de la ambulancia. No sabía cómo había llegado allí, ni quién me había colocado boca arriba, mirando al cielo. Por el grueso cristal del techo, veía los edificios que giraban a gran velocidad, en un remolino que me iba a succionar en cualquier momento. El vértigo me aumentó cuando el conductor pisó el acelerador con más fuerza y comenzó a sortear obstáculos. Reconocí las siluetas de los edificios del barrio obrero de las Delicias. Atravesamos un dédalo de calles embarradas, llenas de socavones y alcantarillas rotas. Oí los aleteos de los pájaros, que huían de las ramas de los árboles, y los ladridos de los perros asustados. El sonido de la sirena los sorprendió orinando en los alcorques. Con ese ajetreo, las patas de un pulpo, que se me habían adherido a la nariz, soltaban chorros de un gas picante. Alguien me había amarrado con sogas y no me podía mover. De repente, una negrura me sajó los párpados. Acabábamos de entrar en un túnel estrecho.

A la salida del túnel la ambulancia paró en seco. Otro robot, al que tampoco le vi la cara, llevaba una máscara amarilla y empujaba mi camilla a gran velocidad. Recorrimos unos pasillos muy largos y en las curvas derrapábamos, como si estuviéramos en el Mundial de Fórmula 1. Nos llevamos arrastrando los zuecos de una enfermera, que se quedó dando saltos de dolor. Tiramos unas cajas de cartón amontonadas y empujamos a unos pacientes que hacían cola en la puerta de Rayos. Atravesamos un arco con unas letras luminosas: “Zona covid. Prohibido el paso”. Me recordaron a las que había encima de la puerta del Infierno de la Divina Comedia: “Vosotros, los que entráis, abandonad aquí toda la esperanza”.

Como en la obra de Dante, bajo un cielo sin estrellas, comenzó nuestra carrera por un pasillo ancho y desangelado, franqueado por dos puertas enormes, abiertas de par en par, que dejaban libre el paso a los vendavales del cierzo. Allí, en ese espacio libre de covid, la condena, como en el noveno círculo dantesco, era morir congelados.

El ¡fiu, fiu! del viento amortiguaba las toses, suspiros, gemidos y quejas que resonaban en las habitaciones. Y eso que tenían las puertas cerradas. Al lado de cada una, una caja de cartón, con los medicamentos y apósitos que necesitaban los pacientes, hacía de mesilla. Una racha de cierzo tiró una hilera de cajas. Nunca se cumplió mejor aquello de que estábamos como en un hospital robado.

Mi robot-camillero empujó una puerta y me metió en una habitación con dos camas. En la primera, de un bulto envuelto con una sábana blanca, salía una tos seca y persistente. Era todo tan pequeño que, entre las dos camas, apenas cabía uno perchero metálicos con ganchos amenazantes. En la pared de enfrente, dos ventanas muy altas estaban cerradas.

—Por favor, puede abrirlas un poco. El olor fétido de los esputos mezclado con la acidez  del sudor me produce náuseas —dije con una hilillo de voz, a la vez que comenzaba a vomitar.

—Imposible. Es normativa del hospital. Queremos evitar los suicidios.

Al momento apareció una legión de robots, todos iguales, vestidos de verde. El más alto enchufó el pulpo de mis narices a un aparato y comenzó a rugir. De los ganchos bajaron pulpos, y más pulpos, que se incrustaban en mis brazos y me dejaban unos moratones que parecían de tinta indeleble.

Las voces robóticas discutían qué iban a hacer conmigo. Un foco del techo me deslumbró y cerré los ojos. Entré en un estado de duermevela y comencé a verme desde lejos, como si fuera otra persona, haciendo lo que otra persona haría. Me levanté y llegué hasta un arco de piedra, como los viejos arcos de triunfo. Al otro lado, vi una playa y un horizonte iluminado por una luz brillante e intensa, que me rodeó con un halo, como esos de las postales de santos. Me invadió una gran paz y no podía dejar de avanzar. Me tapé los oídos para no dejarme engañar por el canto de las sirenas. Con cada paso empezó a crecerme una melena. Cuando me llegó a los talones, siguió creciendo y formó una alfombra. Notaba que su peso era como el de un velo de novia. Por fin Eros y Tánatos se iban a fundir en un abrazo nupcial.

De repente, un viento airado se me llevó en volandas por el firmamento, mi cabellera se convirtió en un paracaídas que me soltó en la cama de un hospital. Caí boca abajo en  una cuna con barandillas. Como no cabía bien, me dejó con la cabeza fuera penduleando,

Los robots verdes estaban esperándome. Entre varios me colocaron boca arriba. Entonces, en uno de los ganchos del perchero metálico, vi un calendario en el que habían ido anotando los cambios de tratamientos y mi evolución.. Me di cuenta de que había estado quince días frente a las costas de Ítaca. El tiempo suficiente para que el tono de los robots dejara de ser tan chirriante “Le sube la saturación… le baja la fiebre…tos menos seca… podemos ir desenchufando”.

Esta vez no llegué a Ítaca, pero supe que sus arenas doradas me seguirían esperando. Y entoné el canto de Dante al final de su viaje por el infierno: “volveré a ver las cosas bellas, a contemplar de nuevo las estrellas”.

Carmen Romeo Pemán

Hasta en el árbol de Navidad

#soñandoconvirus

Los altavoces de las calles pedían que todos nos cubriéramos las caras con trapos. Que nos dejásemos dos agujeros en lugar de los ojos. Una especie de burka, pero solo de cabeza. Los amantes que en ese momento se estaban besando en un rincón oculto del jardín se apresuraron a quitarse las caras. Las guardaron en una maceta y las cubrieron con pétalos de rosa. Entonces sus cabezas no tenían ni derecho ni revés. Bueno, se notaba lo que había sido la nuca porque les creció el pelo hasta la cintura y se les enredó con las hojas del emparrado. Por delante era medio balón color carne. Cuando ella dejó su cara en la maceta, se le metieron semillas entre las uñas y, al rascarse los ojos con las manos, le cayeron las semillas dentro de las cuencas vacías. En menos de dos horas unas tupidas madreselvas le ocultaron la cara.

Una hiedra abundante les cubrió la espalda y les enredó los brazos. Estaban paralizados e integrados en la naturaleza cuando una rama de madroño comenzó a lanzar bolas rojas y pinchudas que con el aire se volvían invisibles. Intentaron atraparlas con las manos, pero se les clavaban y los dejaban inútiles.

Las rosas perdieron los pétalos y los girasoles miraron al suelo. Las bolas atacaron a las azucenas y les perforaron las hojas blancas, como cuando caen grandes bolas de granizo.

Las gentes corrían despavoridas. Aquella lluvia invisible que se calaba hasta los huesos les hacía tiritar. Intentaron entrar en sus casas. Todas estaban cubiertas por un musgo blanco, agarrado con ganchos. Se montó una gran algarabía. Nadie reconocía a sus padres ni a sus hijos. Y los que eran atrapados por las bolas se volvían invisibles. Los niños mordían las manos de los abuelos, los jóvenes escupían en las caras de los viejos.

En plena batalla, se hizo de noche y una cara con barba de chivo y dos ojos achinados brillaron en el cielo. Poco a poco volvió la oscuridad y una lluvia de bolas pinchudas de colores cayó sobre nuestro árbol de Navidad cuando estábamos cantando villancicos.

Carmen Romeo Pemán