Dragones

Odio conducir de noche y con niebla, pero no me queda otra. El abuelo podía haber elegido otro momento para morirse, ¡qué narices!, aunque para él debe de ser un alivio. Total, desde el ictus está ciego, medio sordo, se le traban las palabras… y con la cabeza en perfectas condiciones, qué putada… En fin… imagino que el destino reparte sus cartas como le da la real gana.
¡Mierda! ¡El cabronazo del camión no quita las luces largas! ¡Será…! Cálmate, Eva, cálmate o te caerás por el barranco de esta asquerosa carretera de montaña… Solo faltaría eso, que tuvieras un accidente y te quedaras como él, y para toda la vida. Todavía, si te mataras, vale. Pero ¿y si te rompieras el cuello y te quedaras tetrapléjica? O aún peor: imagina que te tienen que amputar varios miembros y, además, te lesionas una parte del cerebro, como el protagonista de Johnny cogió su fusil. No pienses esas cosas, Eva, que al final vas a tener un accidente por idiota.
Maldito invierno. Estoy helada, la calefacción del coche está de adorno. Como me despeñe, me mato, fijo. Pero si no… No, Eva, deja de obsesionarte. No vas a acabar como él. Eso nunca. Ni lo pienses, no pienses en eso, no te puedes distraer…
Limítate a recordar que el abuelo se está muriendo. Pronto acabará todo. Eso es. Céntrate, Eva, céntrate. Todos tenemos que morirnos, antes o después. Mira papá y mamá, quién lo iba a pensar, y todo porque un desgraciado que conducía borracho se saltó el semáforo. Irse ellos antes que el abuelo…

Ya no estoy sentada en sus rodillas mientras me lee Juego de Tronos a escondidas de mis padres, que creen que soy demasiado pequeña para esas historias. ¡Qué ilusos! ¡Como si Drogon, Rhaegal y Viserion pudieran asustarme, cuando fue todo lo contrario! Ellos me salvaron de las otras garras. Podía olvidarme de aquellos dedos añosos si me imaginaba volando a lomos de cualquiera de ellos, sobrevolando países, alejándome del mal… Pero no podía irme muy lejos, claro. El peligro estaba debajo de mis muslos, y yo no lo sabía…
Me hablaba de los Targaryen y de las alianzas de la sangre mientras su lengua se deslizaba por mi cuello y el vello de mi nuca se erizaba. Me decía que su vida estaba ligada a la mía, que seguiría el mismo destino que él, que eso sería nuestro secreto…
¿Por qué me acuerdo ahora de esas cosas? Hace mil vidas de aquello. Si ni siquiera he querido ver la serie de Juego de Tronos, me basta con acordarme de los libros. Claro que algún video que otro sí que se me ha puesto por delante, pero tampoco les he prestado mucha atención, aunque tengo que reconocer que los dragones son tal y como los imaginé de niña.

Cuando mis padres me enviaron a estudiar fuera, fue como si me hubiera mudado a otro planeta. En vacaciones ellos venían a verme a los campamentos de verano en los que me matriculaban, o hacíamos algún viaje. Nunca volví a casa. Ahora que lo pienso, debería haberme extrañado, pero lo asumí como algo natural; jamás hablábamos de ello.
Me gradué como periodista. Mi vida era como la superficie del lago Michigan en enero: blanca, serena, sin fisuras. Yo vivía patinando sobre la capa de hielo, engañada por su falsa solidez, sin saber que, por debajo, las aguas corrían turbulentas, amenazando con quebrar el suelo bajo mis pies.
El ictus del abuelo fue la primera grieta. Papá y mamá aún vivían, pero no fueron ellos los que me lo contaron, sino mi hermano Juan. Recuerdo que fue el treinta de agosto y que, cuando colgué el teléfono, puse la calefacción del piso a casi treinta grados porque me quedé helada; tan helada como hoy, si lo pienso bien. ¡Por Dios! No recordaba que el pueblo estuviera tan lejos…
Todo el mundo creyó que no sobreviviría al ictus, y menos cuando su hija y su yerno murieron, pero lo hizo. Llevaba un año así. Aguantando sin que nadie supiera cómo era posible aquello. Nadie, salvo yo. Yo conocía la razón, aunque me negaba a pensar en ella: quería verme antes de morir. No me explico cómo fue capaz de hacerse entender, pero el caso es que lo hizo, está claro. La llamada de mi hermano me cogió por sorpresa.
—Eva, tienes que venir. El abuelo se muere y quiere verte. Ni siquiera le hiciste una visita cuando viniste al entierro de papá y mamá, y te lo perdoné porque estábamos todos hechos polvo. Pero ya va siendo hora de que te acuerdes de que tienes una familia. Solo quedamos los tres, Eva.
¡Pobre Juan! Nació cuando yo tenía diez años. A él no le leyó cuentos el abuelo.

Ahora, dentro de mi coche, conduzco aferrada al volante, casi echada sobre él, en mi afán de ver algo entre la ventisca, la niebla y la nieve. Ojalá haya alguna señal de tráfico cerca, algo que me indique si voy bien; estoy casi segura de que no me he despistado, pero con este tiempo infernal capaz soy de haber tomado algún desvío equivocado. ¡Sería el colmo! Arrugo los ojos para enfocar mejor. Como si la hubiera convocado, veo que un poco más adelante hay una señal. Al acercarme descubro que no es la que esperaba, sino una de esas que avisan de algún peligro, las triangulares con fondo blanco y bordes rojos. Me parece que es la que ponen cuando hay animales sueltos.
La rebaso sin fijarme demasiado, y mi cerebro tarda unos segundos de más en darse cuenta de lo que he visto: dentro del triángulo no había un ciervo, ni una vaca, bi siquiera un jabalí.
Había un dragón.

El coche ha patinado sobre el hielo de la carretera. Los tambores que hay dentro de mi pecho ahogan el rugido de la tormenta del exterior. El motor se ha calado y me he quedado atravesada sobre el asfalto. Unas luces se aproximan. La mano me tiembla y no consigo arrancar mi vehículo. ¡Las luces están cada vez más cerca!
¡Por fin! El ronroneo del encendido resuena en mis oídos como un villancico. Aprieto los dientes, me aferro al volante y consigo enderezar el Ford hasta que queda bien situado en el carril contrario al que circulaba.
Avanzo despacio. Me cruzo con el coche de las luces encendidas. Llego hasta donde estaba la señal y paro en el arcén. A pesar del frío, me bajo, cruzo la carretera con cuidado y la miro.
El dragón del interior es Drogon, mi favorito.
Me acerco y beso su cabeza a escala.
Vuelvo a cruzar la carretera, abro la puerta de mi coche y, ahora sin temblar, conduzco de vuelta a casa.
Estoy a salvo. Por fin, estoy a salvo.

Adela Castañón

Imagen generada con IA

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