Por qué nos gusta tanto la literatura fantástica

La literatura fantástica, que no debemos confundir con la ciencia ficción, es un género que cada día gana más adeptos. Está viviendo una especie de edad de oro y me pregunto por qué.

A veces me gusta comparar el placer de la lectura con el de la comida. Llenar el estómago me produce una satisfacción similar, salvando las distancias, a la que siento cuando mis ojos devoran las páginas de un buen libro. Dejando al margen que la sensación que me deja la lectura es mucho más duradera y, además, no me hace engordar, esta clase de nutrición tiene una magia especial porque funciona en más de un sentido: lo que leo me alimenta desde fuera, pero cuando lo proceso y lo interiorizo mi cerebro, mi persona, se alimentan desde dentro con un producto que ya es diferente de lo que esta impreso en las páginas que he leído. Creo que ahí está el quid de la cuestión.

No hace tantos años que viajar era algo a lo que solo tenían acceso unos pocos. Los aviones, las carreteras, la tecnología eran barreras físicas para conocer el mundo. En ese contexto, leer una novela de Emilio Salgari era una aventura maravillosa que nos permitía viajar con la imaginación a parajes de ensueño en los mares del sur en los que, si cerrábamos los ojos, cualquier fantasía o cualquier historia podía ser real. Pero en la actualidad es difícil otorgar ese halo mágico a sitios a los que podemos llegar en un vuelo transatlántico de pocas horas, para encontrar que el misterio oriental se desmorona cuando nos enfrentamos a la realidad. Es difícil creer en la magia al ver muchas de esas playas enfermas de un cáncer con metástasis en forma de macro complejos hoteleros al servicio del cliente. El mundo se ha convertido en un lugar demasiado pequeño donde cada vez tienen menos cabida los sueños.

¿Qué nos queda entonces?

Pues nos queda un mundo virtual donde todo sigue siendo territorio virgen e inexplorado: el mundo de la fantasía. En sus reinos podemos aceptar que ocurra cualquier cosa y recuperamos el placer de volver a ser niños. La ciencia ficción, a diferencia de la literatura fantástica, se desarrolla dentro de un contexto físico y tecnológico que podríamos ubicar en el mundo que conocemos. Pero en el caso de la fantasía nos moveremos siempre por tierras que solo existen en nuestra imaginación. Allí, los seres mitológicos y la magia desplazan a la más sofisticada tecnología, cualquier historia entra dentro de lo posible y esa es una golosina a la que, como los niños, es difícil resistirse.

Vivimos en más de un plano. En el físico, estamos donde estamos, con los pies sobre la tierra, en nuestra casa, en nuestra ciudad, en nuestro lugar de vacaciones. Pero la película que nos montamos en la mente es otra historia. La vida es lo que es, lo que son las cosas, y eso es lo que va llenando nuestra cabeza para que después, con ese material, que cada cual construya lo que quiera o lo que pueda. Y la literatura fantástica nos otorga esa libertad de movimientos que nos ayuda tanto a que no nos ahoguen los problemas cotidianos, el llegar a fin de mes, el saber si nos van a renovar o no el contrato de trabajo.

Cuando leemos una buena historia pasa a ser algo nuestro. Y eso, igual que los recuerdos, se convierte en parte de nuestro capital, en una especie de propiedad privada que nos hace sentirnos más ricos tanto si la guardamos celosamente como si la compartimos. Lo importante es que está ahí.

Me considero una persona afortunada. Mi padre me enseñó a amar la lectura. Tengo salud, trabajo, familia. Conozco varios países. Y os confieso que entre mis itinerarios favoritos sigue destacando el mapa de la Tierra Media. Porque cuando el cine nos la mostró, yo ya la conocía. Había viajado hasta allí con el libro de El Señor de los Anillos entre las manos, sin moverme del sillón.

He volado a lomos de Fujur y de Eragon. He atravesado la puerta del armario para entrar en Narnia. Me he perdido por los pasillos de la biblioteca de Hogwarts. El hielo ha mordido mis carnes en Invernalia.

De cada viaje, he regresado con un botín.

Y sé que hay muchos más mundos esperando mi visita.

Adela Castañón

 

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Exceso de equipaje

Cuando miro por la ventana aún puedo ver tu reflejo. Ya no estás, pero siento tu presencia inundando la habitación. Cada libro, cada cuadro, la cama. Todo en esta casa sigue oliendo a ti.

Lo sé, quería que te marcharas.

Ya habíamos tenido demasiados dramas y quejas. No quería seguir siendo esa persona horrible. Tenía que dejarte ir para recuperar mi vida. Para empezar a vivirla como siempre soñé.

Ahora que no estás me ronda la idea de que tal vez fue una mala decisión. Quizás fue acertada, quizás no. Pero, a pesar de lo lúgubre de esta habitación y de la sensación constante de vacío en la boca del estómago, sé que así tenía que ser.

Recuerdo la noche en que te conocí. Eras la persona más magnética de toda la discoteca. Se había formado un corrillo a tu alrededor. Hacías chistes y tus amigos se reían a carcajadas y yo sonreía desde una esquina sin dejar de mirarte como una tonta. Me tenían cautivada tu carisma y el resplandor en tus ojos cuando me mirabas de soslayo.

¡Cómo me gustaba que te fijaras así en mí! Como si nada más existiera en tu mundo.

Fue inevitable que esa noche termináramos juntos. Te acercaste a la barra y pediste un Martini seco. Yo estaba bebiendo lo mismo.

—¿También te gusta el Martini seco? —te pregunté.

Desde ese momento solo fuimos tú y yo. El universo se detuvo entre risas y coqueteos que terminaron en tu apartamento. Esa noche me dijiste que nunca me dejarías ir.

¡Qué mentira!

Pasaron los años y la rutina convirtió las sonrisas en sollozos y la espiral de la muerte nos abrazó hasta despedazarnos.

Y llegó el momento, una tarde de octubre. Llegó el instante que, desde hacía días, sabíamos que sería inevitable. Los dos queríamos negarlo, pero el estado de negación no fue suficiente para mantener nuestra relación en marcha hacia la eternidad.

Aquel día no hubo lágrimas ni recriminaciones. Nos dijimos lo suficiente. Luego empacaste la maleta en silencio y cuando te paraste en el umbral de la puerta me miraste por última vez. En ese instante pude ver de nuevo el resplandor que me cautivó. Quise detenerte, ¡estaba decidida a detenerte! Quería intentarlo de nuevo, pero me quedé paralizada en el corredor y tan solo miré cómo cerrabas la puerta y te marchabas.

Esa fue una noche de amores y odios. Las paredes de la casa parecían encogerse y me sentía asfixiada entre los trastos viejos de nuestro rincón de amor. Me mareo con tan solo recordar el bochorno y el temblor que me recorrían el cuerpo. No pude más y abrí todas las ventanas. Dejé que el viento helado me erizara la piel y me recordara que aún estaba viva. Puse nuestra canción preferida en el tocadiscos. ¡A todo volumen! Luego saqué la escoba y dejé que sus cerdas se llevaran las malas energías que dejaron unos cuantos meses de miseria. Limpié todos los rincones de la casa. Moví los muebles. Empaqué en bolsas negras los viejos recuerdos. Me tomé tres, cuatro, cinco martinis y, cuando salió de nuevo el sol, lloré hasta quedarme seca como nuestros últimos días juntos.

Al amanecer, me duché y salí a caminar. Sin rumbo. Me acerqué a un teléfono público y deposité una moneda. Iba a llamarte. Pero algo me detuvo. Cuando colgué la bocina te dejé partir.

Han pasado tres semanas desde que te fuiste. He movido los muebles cientos de veces, he cantado nuestra canción hasta el cansancio. He maldecido mi mala suerte, he bailado entre deseos. He llorado y he gritado. He ansiado con todas mis fuerzas que vuelvas a estar conmigo. Y estas últimas horas me he despedido de nuestro pasado juntos.

Miro de nuevo la ventana y ahora puedo ver cómo tu reflejo se desvanece. Tú olor sigue presente, pero cada vez es más sutil y se funde con los otros aromas de la casa. Se esfuma con cada respiración y le abre paso a una versión mejorada de mi misma. Estoy lista para ser una mujer decidida que no necesita depender de un hombre para ser feliz. Una mujer que no teme vivir la vida que desea, la vida que merece. Una mujer sin ataduras, libre, que puede mirar hacia atrás y escarbar en su pasado sin remordimientos, sin culpa. Que puede caminar con un equipaje más liviano.

 

Mónica Solano

 

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A nuestros maestros. A los 26 que pasaron por El Frago

Y sigo dedicando mis desvelos a las Escuelas de El Frago, donde estudié desde los seis hasta los trece años, cuando mis padres estaban allí de maestros. Esas escuelas fueron mi casa desde que nací. Allí inicié mis primeros juegos y mis primeras travesuras. Allí recibí las semillas de lo que desarrollé en mi vida adulta. Siempre me sentiré en deuda con mis primeros amigos y con todas las gentes de El Frago.

Enfrente de la Escuela de Niñas estaba la de Niños, separada por un pasillo muy pequeño. Cuando la maestra se ausentaba, dejaba abiertas las puertas de las dos escuelas para que nos vigilara el maestro. A mí me parecía una clase muy grande, con los chicos en el lado que daba a Santa Ana, donde hoy funciona un bar de jóvenes, y las chicas en el de la plaza. A nosotras esos momentos nos gustaban mucho. Nos levantábamos a sacar punta a los lapiceros, a borrar la pizarra o a rellenar el tintero. Cualquier excusa era buena para conseguir que nos miraran los chicos. Entonces iba subiendo el murmullo en las dos escuelas hasta que oíamos el grito del maestro:

—¡Silenciooooo!

Esa voz potente nos amilanaba y nos quedábamos muy quietas con las risitas congeladas, esperando la hora del recreo para defendernos de los que nos habían acusado.

Desde mediados del siglo XIX hasta final de los años 60, El Frago tenía dos escuelas unitarias, una de niños, con un local propio, y otra de niñas, sin local. Las maestras daban sus clases en las habitaciones o las cocinas del pueblo que cada año alquilaba el Ayuntamiento. Todo cambió en 1928 cuando se inauguraron las Nuevas Escuelas. Las que fueron mi casa. Estas sí que tenían un local para los chicos y otro para las chicas. Y además viviendas para los maestros. Se hicieron en la época de don Bruno y doña Angelita, y se construyeron “a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Pero esta es otra historia, muy muy emotiva y muy larga.

En mi época, el maestro se encargaba de los chicos desde los seis hasta los catorce años. Y la maestra de las chicas. En los pueblos vecinos, si tenían menos de quinientos habitantes, una maestra se encargaba de una escuela mixta. Eso es lo que pasó unos años después, cuando se murió mi padre y se quedó mi madre con la escuela mixta.

Como toda la vida me ha picado el gusanillo de las Escuelas de El Frago, les he dedicado muchas horas de estudio. Consultando los archivos del Ayuntamiento, me enteré de que en 1838 ya teníamos una escuela dotada con 1.600 reales, pero no encontré el nombre del primer maestro hasta 1848. Y no me topé con ninguna maestra hasta 1874. Eso sí, me encontré con nombres de alumnos, y alumnas, que a los pocos años de haberse fundado la escuela ya tenían títulos de Magisterio. Eso me llevó a pensar que desde el principio también se daba clase a las niñas y que a lo mejor hubo una escuela parroquial anterior a la pública.

En otras ocasiones he rendido mi homenaje a las maestras. Hoy quiero completarlo con el de los maestros. Con todos los que, como ellas, entregaron lo mejor de sus vidas a los niños de El Frago. Además, ellos se implicaron en la vida cultural del pueblo. Unos ejercieron de secretarios, otros de concejales, y todos se ocuparon de las clases de adultos. Enseñaron a leer a los hombres cuando volvían del monte por las noches. Casi todos aprendieron a firmar y a llevar las cuentas de sus menguadas haciendas.

Manuel Marco, Felicia, Isabel...

Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1859–Biel, 1927). Fotografía cedida por la familia Marco.

Siglo XIX. Los comienzos de la escuela pública

1847-1872. José Sánchez Murillo. (Castiliscar, 1828–El Frago, 1872). El primer maestro. En 1855 ya era Secretario del Ayuntamiento. En 1871, cuando se inauguró el registro civil, se nombró secretario a Casiano Romeo Soteras. Pero José Sánchez, con residencia en la calle Mayor número 4, fue testigo de todas las actas de ese año.

Era hijo de Domingo Sánchez, labrador, y Manuela Murillo, naturales y vecinos de Castiliscar. Se casó con María Ardevines Boned (El Frago, 1840-Ídem, 1902), de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: Paulino, Generoso, Juliana y Vicenta. En septiembre de 1872 falleció su hija Vicenta (1868–1872) de tosferina y al poco tiempo don José fue víctima de una epidemia de tifus. En 1874, su viuda, María Ardevines se casó en segundas nupcias con el también viudo Valero Callau Beamonte (1843–1902), de cuyo matrimonio no quedó ningún hijo.

En El Frago se casaron sus hijos Generoso y Juliana. Generoso Sánchez Ardevines (1866- ¿?) con Luisa Laguarta Bonaluque (1879-¿?), hija de Juana Bonaluque Gállego (1850–1889), maestra que fue de El Frago. Y Juliana Sánchez Ardevines (1867-1925) con Silvestre Ara Cuartero (Lacasta, 1858 –El Frago, 1922).

1872-1872. Mariano Sánchez Barrio. (El Frago, 1851–Bayona, Francia, 1899). Estudió bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca y en 1872 ingresó en la Escuela Normal. Ese año, cuando falleció de forma inesperada don José, el Ayuntamiento lo contrató para que se ocupara de la escuela hasta final de curso.

Por la prensa de Madrid, sabemos que Mariano Sánchez Barrio llegó a ser un importante funcionario de Correos de Madrid. “Por la presente llamo y emplazo a Mariano Sánchez Barrio, natural de El Frago, provincia de Zaragoza, hijo de don Segundo y doña Ana, de 47 años, casado con Cristobalina Pueyo, oficial del Correo Central de Madrid. (Diario oficial de avisos de Madrid, 04/10/1898, p. 1). Al año siguiente el cónsul de España en Bayona comunicaba el fallecimiento del súbdito español Mariano Sánchez Barrio, empleado de Correos de Madrid y residente en Bayona desde el 14 de febrero de 1899.

1872-1877. Diego Laporta Soler. (Bailo, ¿?-¿?). Estaba casado con Inés Cervera,  la primera maestra que hasta ahora conocemos. Una de sus hijas que falleció en El Frago. Así lo recoge el registro civil: “A las 6 de la mañana del 9 de junio de 1876, ante don Serapio Les Giménez, juez municipal, y don Casiano Romeo Soteras, secretario, comparece Manuela Biescas, soltera, natural de El Frago, domiciliada en la calle de los Infantes 10, manifestando que Abelina Laporta Cervera, natural de Asín, provincia de Zaragoza, de cinco años de edad, domiciliada en El Frago, en la calle de los Infantes 18, falleció a las 4 de la mañana del día de ayer de una fiebre subsiguiente a la superación del sarampión. Que la finada era hija legítima de don Diego Laporta, natural del pueblo de Bailo, provincia de Huesca, y doña Inés Cervera, natural de Luesia, provincia de Zaragoza, mayores de edad, maestros de Instrucción Primaria de este pueblo”. Manuela Biescas (1857–1928), de casa Presijo, declaraba en su calidad de sirvienta.

Su hijo Miguel, (Triste, 1867-Jaca, 1885) falleció de gastroenteritis en el Seminario de Jaca, el año que cursaba cuarto de Teología.

1877-1879. Medardo Ros Vallés. (Benabarre, Huesca, 1856–Épila, 1915). Estudió en los Escolapios de Madrid y en 1874 obtuvo el título en la Escuela Normal de Huesca. En 1875 fue destinado a Fet, cerca de Benabarre, y en 1877 en Loscorrales (Huesca). Ese mismo año lo destinaron a El Frago y se alojó con su familia en casa del maestro Manuel Marco Bonaluque, en la calle Zaragoza, 1. Después ejerció en Mainar, Fuendetodos y en Plasencia de Jalón.

Estaba casado con Joaquina Lapuente Maza de Lizana (Apiés, Huesca, 1852–Lupiñén, 1941). Estando de maestro en El Frago nació y murió su hijo Pedro. Según consta en el registro civil era nieto por línea paterna de José Ros, natural de Latas (Huesca), y de Francisca Vallés de Benabarre (Huesca). Por línea materna de Guillermo Lapuente, de Arrudi (Francia) y de Nicolasa Maza de Lupiñén (Huesca). También nacieron de este matrimonio: Silvestre (¿?-¿?), Carmen (¿?-¿?), Medardo (Fuendetodos, 1882–1936) y Joaquín (1888–1945).

1879-1881. Manuel Marco Bonaluque

1926. Marco Bonaluque, Manuel

Manuel Marco Bonaluque con pajarita, en el centro, primera fila. Virgen de la Sierra, Biel, 1929. Fotografía cedida por la familia Marco.

(El Frago, 1859–Biel, 1927). Maestro y secretario del juzgado. Era hijo de Francisco Marco Ceballos (La Almolda, 1825-¿?) y Manuela Bonaluque Giménez (El Frago, 1830–Ídem. 1878), dueños de un comercio en la Calle Zaragoza, 1. Estudió Magisterio en la escuela Normal de Huesca. En 1878 compareció en el juzgado de El Frago para declarar la defunción de su madre: “Ante el juez don Sebastián Ángel y el secretario don Casiano Romeo Soteras, compareció Manuel Marco, hijo de la difunta, natural de El Frago, domiciliado en la calle Zaragoza 1, mayor de edad, soltero, maestro de instrucción primaria, e hizo la declaración en los siguientes términos: Manuela Bonaluque Giménez, de 47 años, estuvo casada con Francisco Marco, dedicado al comercio. Tuvieron tres hijos: Manuel, Elías y Elías, de los cuales fallecieron los dos últimos, viviendo el primero en compañía de su señor padre. Manuela era hija legítima de Juan Francisco Bonaluque natural de El Frago de y Bárbara Giménez, natural de Orés, domiciliados en El Frago.

En 1881 Manuel Marco obtuvo la plaza de la Escuela de Niños de Biel y en 1882 se casó con Isabel Sampietro Gállego (Biel, 1863–Ídem, 1938), hija de Juan Sampietro Torres (Sallent de Gállego, 1813–Huesca, 1899), maestro de Instrucción Pública, y de su segunda mujer Mariana Gállego Pétriz (Murillo de Gállego, 1836-¿?). Manuel e Isabel fueron los padres de Marino Marco Sampietro (1884–1927), casado con Delfina Bueno Garza (Agüero, ¿?–Alagón, 1953), maestra propietaria de la Escuela de Niñas de Biel. Su hija Isabel Marco Sampietro estudió Magisterio en Huesca.

1881-1883. Manuel Romeo Beamonte. (El Frago, 1863–Ídem, 1891). De casa Romeo, falleció de una herida en el pecho. Era hijo de Casiano Romeo Soteras (1828–1904), secretario del Ayuntamiento, y de Nicolasa Beamonte Larroy (1830–1892). En 1885 se casó con Carmen Les Biesa (1865-¿?), de casa Juan de Les, de cuyo matrimonio tuvieron dos hijas, Amadea (1886-¿?) y María de los Milagros Baltasara (1889-¿?). En 1881 el Ayuntamiento contrató a este “instructor no titulado”, porque no se cubrió la vacante que dejó Manuel Marco Bonaluque y porque no había ningún maestro ni ningún estudiante de Magisterio en el pueblo a los que se les pudiera conceder un certificado de aptitud.

1883-1910. Pedro Uhalte Alegre. (Villarreal de la Canal, Huesca, 1851–Petilla de Aragón, 1917). Este hijo de Gabriel Uhalte, de Transvillar (Francia), de profesión carpintero, y de Joaquina Alegre de Martes (Huesca), en 1877 obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca.

Desde 1872 hasta 1880 fue maestro, con certificado de aptitud, de las escuela “incompletas” de Mojones (Huesca) y Cubel (Zaragoza). En ese momento los pueblos de menos de 500 habitantes tenían escuelas llamadas “incompletas” a cargo de un maestro con un certificado de aptitud, que solía otorgar el municipio. El aspirante se había formado como “pasante” de otro maestro. Las escuelas denominadas “completas”, a cargo de un maestro titulado por una escuela Normal, eran obligatorias en los pueblos de más de 500 habitantes. La ley de 1857 recomendaba que todas las escuelas incompletas se transformaran en completas. En 1880, la escuela incompleta de Cubel ascendió a completa y se hizo cargo Pedro Uhalte, que en esa fecha ya tenía el título de Maestro Elemental por la Escuela Normal de Huesca. En 1883 llegó a El Frago por concurso y en 1910 se fue a Petilla de Aragón (Navarra), también por concurso.

Según consta en su hoja de servicios, en los veintisiete años de maestro de El Frago lo felicitó la Inspección en dos ocasiones por la educación que daba a sus alumnos y la Junta Local le otorgó tres premios: uno el cinco de junio de 1885, otro el 6 de marzo de 1886 y otro el 8 de junio de 1890.

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Examen de Caligrafía. Archivo Histórico de Huesca.

Estaba casado con Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, ca. 1939), también maestra de El Frago, vivían en el local de la ruinosa Escuela de los Niños y participaron activamente en la vida del pueblo. Dieron clases de repaso, prepararon a muchos de sus alumnos para que salieran a estudiar fuera. Don Pedro, además, se ocupó de la Secretaría del Ayuntamiento en varias ocasiones. Y formó como secretario a su antiguo alumno, Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874–Bata, Guinea, 1952).

De su matrimonio con Simona nacieron tres hijos: María Teresa (Villarreal 1874–Sádaba, 1918), en 1897 obtuvo el título de Magisterio en Huesca y en 1899 se casó con Bonifacio Guillén Luna, (El Frago, 1975-¿?) de casa Pichón. Pedro (El Frago, 1884–Petilla de Aragón, Navarra, 1951), practicante, casado con Juana Arilla Aguas. Y María Esperanza (El Frago, 1888–Ídem, 1889), que falleció a los seis meses de una gastroenteritis.

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Escuelas Nuevas de El Frago. Foto de Bruno Gracia Sieso, 1929.

Siglo XX. Hasta 1936: las Escuelas Nuevas

1910-1910. Perfecto Cárdena. Este maestro interino cubrió la vacante que dejó don Pedro Uhalte. En 1912 estaba el las listas de las oposiciones de Valencia.

1910-1924. Manuel Olivares Muñoz: primera etapa fragolina. (Pobeda de la Obispalía, Cuenca, 1888–El Frago, 1950). Fue maestro de El Frago en dos ocasiones: interino (1910-1924) y propietario (1944–1950). Estudió Magisterio Elemental en Cuenca. Estuvo destinado en Rosalén del Monte (Cuenca) y en Abanades (Guadalajara). Se casó con Inocencia Romeo Alvarado (El Frago, 1882–Ídem, 1963), viuda, y no tuvieron hijos. Vivían en la Plaza, en la casa que actualmente ocupa el bar “4 Reyes”. En 1950, estando en activo, falleció de un infarto.

En 1910 llegó a El Frago donde, además de su labor docente, desarrolló una intensa activad pública. Desde 1912 hasta 1914 fue recaudador de contribuciones, en cuyo cargo le sucedió su padre, Eusebio Olivares Muñoz de las Heras (Belmontejo, Cuenca-El Frago, 1916), viudo de Eusebia Muñoz. Entre 1913 y 1915 fundó la Mutualidad Escolar “La Fragolina”. En 1918 fue elegido concejal, siendo alcalde Segundo Romeo Navarro. En 1924 aprobó las oposiciones y fue destinado a Córdoba.

En 1933, cuando salió a concurso la escuela de El Frago, quiso volver, pero le pisó la plaza Francisco Celma. En 1944 consiguió regresar y en 1945 fundó el Coto Escolar “Guion”, en el paraje de La Fuente.

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Segunda etapa de Manuel Olivares en El Frago. En 1948, en la puerta del Coto Escolar con un grupo de alumnos. Foto de Gregorio Romeo Berges.

1924-1925. Constantino Cristóbal Rabinal. (Mozota, 1896–Uncastillo, 1936). Estuvo de interino un año. Después ejerció en varios pueblos hasta que llegó a Uncastillo, donde fue nombrado director de la Escuela Graduada en 1935. Su nombre figura entre los maestros afiliados a la UGT fusilados en 1936.

1925-1931. Bruno Gracia Sieso.

55. 1929. Niños

Bruno Gracia Sieso con sus alumnos de El Frago, 1929.

(Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1962). Maestro y escritor. En 1925 llegó a El Frago por derecho de consorte. Entre 1926 y 1928, con permiso del Gobierno Civil y de la Inspección de Primera Enseñanza, él y su mujer abandonaron la escuela porque no encontraron vivienda en el pueblo y porque los locales en los que tenía que dar clase amenazaban ruina. Volvió en 1928, cuando las Nuevas Escuelas estaban a punto de terminarse. Y siguió hasta 1931, año en que se trasladó a Ronda (Málaga). En 1930, siendo maestro de El Frago, recibió un premio nacional por su labor educativa. Fue un escritor reconocido entre los costumbristas aragoneses de la época. Junto con Gil Losilla fundó la “Novela de viajes aragonesa”. De su etapa fragolina son muy interesantes los artículos sobre educación y las estampas fragolinas.

1926-1928. Benjamín Biescas Guillén. (El Frago, 1874–Bata, Guinea Ecuatorial, 1951). Secretario del Ayuntamiento desde 1901 hasta 1936. Había estudiado Magisterio y sustituyó a Bruno Gracia Sieso, desde 1926 hasta 1928, cuando tuvo que abandonar el pueblo.

Era hijo de Mariano Biescas Asín y Gregoria Guillén Casabona. En la escuela de El Frago fue alumno de Manuel Marco, Manuel Romeo y Pedro Uhalte, que lo preparó para su ingreso de Magisterio. Se casó en Zaragoza con Elisa Carrascón, en 1900, y se establecieron de comerciantes en El Frago, porque no encontraba trabajo de maestro. Durante sus años de Secretario del Ayuntamiento firmaba con la siguiente coletilla: “de profesión Maestro de Primera Enseñanza y de oficio Secretario”. En El Frago nacieron todos sus hijos, Guadalupe (El Frago, 1902–Ídem, 1902), Gregorio (El Frago, 1904–Ídem, 1907), Clara Alicia (El Frago, 1905-Luna, 1991), Valeriana (El Frago, 1907– Zaragoza, 1980), y Segundo Benjamín (El Frago, 1911–Ídem, 1912).

Desde 1899 hasta 1936 dio repasos en su casa, enseñó a leer a los adultos y preparó a los alumnos que querían salir a estudiar. Dada su quebrantada salud, tuvo varias licencias por enfermedad en las que siempre dejó un sustituto pagado de su propio sueldo. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid por motivos de salud, y no pudo regresar “hasta la completa liberación de España”, por cuyo motivo le fue incoado un expediente y no le permitieron volver a ocupar la Secretaría de El Frago. En 1939, desde su residencia accidental en Guaro (Málaga) solicitaba la jubilación por “una anemia cerebral que lo incapacitaba para el ejercicio de su profesión”. Sobre 1950 llegó a Bata acompañado de su hija Valeriana y con sus cuatro nietos, Juan, Luis, Pilar y Elisa. Murió en Bata, donde su yerno Juan Sánchez Mariscal era el Secretario del Ayuntamiento. En 1957 el Ayuntamiento de El Frago le concedió a su viuda una pensión de viudedad de trescientas pesetas al mes.

1931-1933. Gonzalo López García.

Gonzalo López García

Gonzalo López García (Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Foto de Gregorio Romeo Berges, 1932.

(Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Soria. Estando en El Frago aprobó los cursillos de 1933 y lo destinaron a Caspe.

En 1933, participó en el homenaje a la vejez. Ocupaban la presidencia del acto el alcalde, el juez municipal, el cura párroco y los maestros de las respectivas escuelas con el Ayuntamiento en pleno. Los niños de las escuelas entonaron el himno de Riego y los himnos Ama a los viejos, La legión, En ruta por la vida, La mariposa y la flor y A trabajar. La maestra Raimunda Casabón pronunció el discurso Amemos a los viejos y el maestro Gonzalo López García, Los viejos y el asilo. Varias niñas de la escuela representaron el sainete La Pordiosera, y cierto número de niños el sainete La flauta mágica. Después de los discursos de las autoridades, para terminar, los niños de las escuelas entonaron nuevamente el himno de Riego. (La Voz de Aragón, 1 de junio de 1933).

1932-1932. Gregorio Romeo Berges.

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Gregorio Romeo Berges, 1931.Saliendo de clase. Zaragoza. Plaza de la Magdalena.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969). Estudiante en prácticas, sustituyó a Gonzalo López García en una baja por una larga enfermedad. Esta interinidad nunca constó en su hoja de servicios, pero la inspección la hizo constar en un certificado. Fue maestro propietario de El Frago desde 1951 hasta 1969.

1933-1936. Francisco Celma Felipe. (Brieva de Cameros, Logroño, 1905-Zaragoza, 1936). Era hijo de Joaquín Celma Giner, también maestro, y de Patrocinio Felipe. Comenzó los estudios a los quince años, cuando todavía regía el plan de 1914 y aprobó las oposiciones en 1930. En 1931 fue nombrado propietario provisional de Cenzano (Logroño), y en 1933 llegó a El Frago por traslado. Estaba casado con Juanita Gracia del Río, natural de Calatayud, y tuvieron tres hijos, Joaquín (Cenzano, 1932), María Pilar (El Frago, 1934), cuya madrina de bautismo fue la maestra Ángela Romeo Idoipe, y Blanca Fe (El Frago, 1935), a quien también amadrinó otra maestra: Isabel Peribañez Sánchez.

Colaboró con el Ayuntamiento del Frente Popular y con la UGT. Estaba bien integrado en el pueblo y tenía bunas relaciones con todo el mundo: “Las fiestas acabaron con un banquete en la “Peña de Amigos”, compuesta por el médico, Bernardino Pérez, el cura párroco, don Teodoro Jiménez Coli, el maestro nacional, don Francisco Celma Felipe, el secretario del Ayuntamiento, don Felipe Soria Ransanz y otros jóvenes entusiastas” (La Voz de Aragón, 11 de octubre de 1933). Cuando estalló la Guerra Civil desapareció de El Frago. Unos meses más tarde fue fusilado en su casa de Zaragoza, en la calle Borao número 8.

La Guerra Civil: sin maestros

1936-1936. Restituto Ara Romeo. (El Frago, 1893–Ídem, 1960). Practicante y barbero, domiciliado en la calle Infantes 18. Era hijo de Juan Ara Cuartero (Lacasta, 1843–El Frago, 1922) y de su segunda mujer Pascuala Romeo Ardevines (1850 – 1942). Se casó con Josefa Morlans Tolosana (1889-1967).

El Ayuntamiento lo contrató como “instructor no titulado” para sustituir a don Francisco Celma Felipe. “Habiendo quedado vacante la escuela, se acuerda que don Restituto Ara Romeo, como practicante titular, se haga cargo provisionalmente de la Escuela de Niños, hasta tanto sea promovida por el rectorado universitario de forma legal” (Acta del Ayuntamiento, 14/11/1936. Archivo Municipal de El Frago)

1936-1938. Ángela Sarasa Lasierra. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1908–Zaragoza, 1991). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1938-1943. Ángela Falo Piazuelo. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1914-¿?). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1941-1941. Mecedes Laguarta Dieste. (El Frago, 1921–Valencia, 2009). Realizó sustituciones en la escuela de las chicas y en la de los chicos.

13. 1951-Exposición productos

Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-Ídem, 1969) con sus alumnos en una exposición de productos del huerto escolar en el Fosal, en 1953.

Después de la Guerra Civil: vuelven los maestros

1942-1943. Félix Armendáriz Virto. (Corella, 1916–Ídem, 1997). Hijo de Jesús Armendáriz Arrivillaga y de Josefina Virto. En 1943 se fue por traslado a Corella, donde se jubiló.

1943-1944. Luis Alós Falcón. Solo estuvo unos meses, porque ese año el concurso de traslado se resolvió en diciembre

1944-1950. Manuel Olivares Muñoz: segunda etapa fragolina.

1950-1951. Bonifacio Gómez Barrio. Estuvo unos meses y fue cesado por haber sido nombrado para otra escuela de la provincia de Segovia.

1951-1951. Diego José Lorenzo Germán. Estuvo unos meses de propietario provisional.

1951-1951. Mariano Marco Gota. (Alcubierre, Huesca, 1911–Huesca, 1978). Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Candelaria Palacio Domec y tuvieron dos hijos, Antonio y Jaime.

1951-1969. Gregorio Romeo Berges.

19670608. Ordesa.7

1967. Excursión escolar a Ordesa. Gregorio Romeo Berges con un grupo de alumnos de El Frago.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969) El último maestro propietario. Estuvo un año de sustituto (1932), y dieciocho como propietario (1951–1969). Era hijo de Francisco Romeo Palacio (1855-1926) y de Antonia Berges Beamonte (1885–1950). Estudió Magisterio en Zaragoza (1929–1933) y aprobó las oposiciones de 1941. Fue maestro interino de El Frago (1932), Fuentes de Ebro (1937) y Biel (1938–1940). Propietario provisional de Biel (194 –1943) y propietario definitivo de las escuelas graduadas de Ejea de los Caballeros (1944–1945), de la de niños de Erla (1946–1950) y de la de El Frago (1951–1969).

En 1943 se había casado con Asunción Pemán Marco en Biel, donde ambos estaban en propiedad provisional. Tuvieron dos hijas: Concepción “Maruja” (Ejea de los Caballeros, 1944) y Carmen (El Frago, 1948). En 1969, con la emigración a la ciudad, se estaban vaciando las escuelas y, a su muerte, la escuela de El Frago se convirtió en mixta.

Desde 1969 hasta 1990. Solo maestras

La Escuela Mixta y la Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza fueron las dos últimas etapas de una escuela que agonizaba y que estaba a cargo de maestras. Pero encontramos dos excepciones: un maestro sustituto de Nieves Escartín y otro nombrado para la guardería.

1978-1979. Alfonso Ortiz Herrera. De la etapa de la Escuela Mixta. Sustituyó a Nieves Escartín desde octubre de 1978 hasta febrero de 1979.

1985-1987. Antonio Berdor Bailo. El único maestro de Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza. Estuvo tres meses en el curso 1985–86 y todo el curso 1986 –1987.

Para terminar

Algunas maestras y maestros echaron raíces, se implicaron en la vida del pueblo, consiguieron erradicar el analfabetismo y lograron que las gentes valoraran la enseñanza como un bien muy preciado.

José Sánchez Murillo, el primer maestro que conocemos, llegó como propietario en 1847, se casó con María Ardevines y ejerció veinticinco años, hasta que se lo llevó una epidemia de tifus en 1872. Gregorio Romeo Berges, el último propietario, estuvo diecinueve años, y también se lo llevó un accidente casual en 1969. José y Gregorio, el primero y el último, son dos de los veintiséis eslabones de esta cadena de relevos que duró ciento veintidós años.

Pedro Uhalte vivió veintisiete años en El Frago. Entre 1883 y 1910, preparó a muchos alumnos para que salieran a estudiar fuera. En sus clases de repaso consiguió que casi todos los hombres de El Frago aprendieran a firmar. Después recogió el testigo su alumno Benjamín Biescas, el gran protector de la cultura fragolina.

La década dorada de los años 20: Ángela García Alegre y Bruno Gracia Sieso. Este matrimonio de maestros-escritores estimuló la cultura y consiguió que se levantara un edificio escolar con dos escuelas y viviendas para los maestros. Todo el pueblo colaboró en este proyecto, unos con su trabajos y otros con sus ahorros. De la mano de estos maestros salió una generación de licenciados fragolinos.

Durante la Guerra Civil, con el maestro titular fusilado y sin maestros disponibles, porque unos habían muerto y otros estaban en el frente, el rector, que era el encargado de la Educación Primaria, recurrió a Restituto Ara, una persona del pueblo no titulada. Y luego, de forma excepcional, nombró maestras para cubrir las vacantes de la Escuela de Niños.

En la posguerra, dos maestros recuperaron el pulso. Los seis años de Manuel Olivares, casado con la fragolina Inocencia Romeo, y los dieciocho de Gregorio Romeo, natural de El Frago, dieron como fruto una nutrida generación de titulados universitarios.

Los años de la escuela mixta coincidieron con el momento en que los pueblos de España se estaban vaciando del todo. Y esa fue la razón por la que se cerró una escuela que se había levantado y mantenido con tanto esfuerzo y entusiasmo. Sirvan estas líneas para que nunca muera del todo.

Camen Romeo Pemán

Imagen principal. 1929. Bruno Gracia Sieso en la Escuela de Niños de El Frago.

Presentación libro

Mi hermano Daniel

Me llamo Esperanza, pero todos me dicen Espe. Mamá dice que me puso ese nombre porque pensaba que ya no iba a tener una niña. Daniel es el más pequeño de mis hermanos. Bueno, en realidad la más pequeña soy yo porque nací la última, después de que mamá tuviera a Jose, Luis, Pedro, Marcos y Daniel. Yo creo que Daniel es muy divertido. Mamá dice que con razón le pusieron a una película el título de Daniel el travieso. A mí Daniel no me parece travieso, pero los mayores a veces son así de raros. O a lo mejor es que mamá estaba cansada el día que dijo eso, aunque no creo, porque lo ha dicho más de una vez. Claro que, ahora que lo pienso, mamá está cansada muchas veces, así que a lo mejor he acertado.

Una de las veces que la oí decir eso fue un día que habló con papá. Se habían dejado la puerta del despacho mal cerrada. Yo no lo habría notado si papá no se hubiera estado riendo como yo cuando mamá me hace cosquillas. Me gusta mucho reírme, y la risa de las cosquillas es una de las mejores, así que me acerqué a la puerta para oír lo que decían y reírme yo también. Papá estaba sentado en su sillón, y mamá daba paseos delante de la mesa muy deprisa. Cuando ya parecía que iba a chocar con una de las estanterías llenas de libros, se daba la vuelta y se embalaba hasta que casi tocaba la estantería de enfrente con la nariz. Y así una vez y otra vez, moviendo los brazos mientras hablaba. Pensé que a lo mejor papá se reía por eso, porque lo que oí no me pareció especialmente divertido.

–¡…no sé qué vamos a hacer con ese niño! –mamá hablaba con la voz de regañar–. ¡Pepe! ¿Me estás oyendo, o qué?

–Claro que te oigo, mujer, pero es que…

Papá no pudo seguir hablando. Le entró otra vez el ataque de risa. Mamá paró de dar paseos y puso los brazos en jarras, como cuando hacemos alguna trastada y se prepara para castigarnos. Me asomé un poco a ver si alguno de mis hermanos estaba allí, pero no vi a ninguno. Me tapé la boca con la mano porque me estaba entrando la risa al ver que mamá también le regañaba a papá, y era tan divertido que no quería que me descubrieran. La postura de enfado de mamá funcionó con papá igual de mal que con nosotros. Los ojos de papá seguían muertos de risa, aunque consiguió frenar la boca y pudo hablar:

–Admite que tiene su lógica, Ana.

–¡¿Quéeeee?! –Mamá miró al techo y levantó las manos como si fuera a tender ropa–. ¡Lo que me faltaba por oír! Y no se te ocurra decirme que es solo una travesura más de las suyas.

Vi que papá abría la boca, pero la cerró sin decir nada al ver la cara de mamá. Yo solo veía su moño desde mi sitio, pero al escucharla me imaginaba la arruga de su frente. La espalda de mamá se puso más grande. ¡Oh, oh! Estaba cogiendo carrerilla para seguir hablando. Cuando se pone así, no hay quien la pare.

–Claro, como tú no eres el que ha tenido que hacerle una tila a Rosarito… Por no hablar de que no sé si doña Encarna querrá seguir viniendo a darle clase…

Papá se levantó y rodeó la mesa para abrazar a mamá. Empezó a decirle no sé qué de que Daniel era un niño con imaginación, y como eso me pareció aburrido me fui a buscar a mi hermano. Lo encontré en la cocina. Había arrimado una silla a la encimera y se había subido en lo alto del mármol. Estaba de puntillas, con la mano cerca del bote de las galletas de chocolate. Iba a dar una palmada para asustarlo, pero lo pensé mejor y me quedé quieta. Así, cuando me viera, tendría que darme una galleta para que no me chivara. Y si nos pillaban, yo podría decir que no tenía la culpa. Mi hermano alcanzó el bote, lo dejó en la encimera y se bajó a la silla. Restregó la manga de su sudadera por el mármol para quitar la huella de su zapatilla y entonces me vio.

–¡Hola, Espe! –Abrió el bote de las galletas y me dio la primera que sacó–. Toma.

Daniel es así. Me arrepentí de haber pensado en amenazarlo para que me diera la galleta. Le di un bocado. ¡Estaba riquísima! Nadie hace unas galletas tan buenas como nuestra tata Rosarito. Si mamá no las escondiera en un estante alto, no llegarían ni a enfriarse. Me acordé de lo que quería preguntarle a mi hermano.

–Oye, ¿qué has hecho esta vez? Mamá le estaba contando a papá no sé qué. ¿Te han castigado por algo?

–¿A mí?

A Daniel se le escaparon por la boca trocitos de la galleta que estaba masticando. Se limpió con la misma manga de antes, y se rascó la cabeza.

–Todavía no. ¿Qué he hecho?

–Eso es lo que quiero que me digas. –Suspiré. A veces parecía que yo fuera mayor, y Daniel más pequeño–. Tú sabrás.

Mi hermano siguió comiendo galletas y se encogió de hombros.

–De verdad que no, Espe.

–A ver, Daniel, ¿has hecho que se enfade la tata Rosarito? ¿O doña Encarna?

–Mo.

Lo interpreté como un no. Con la boca llena no se le entendía casi nada, pero movió la cabeza de lado a lado con tanta fuerza que sembró el suelo de miguitas. Me armé de paciencia. Menos mal que la que estaba en la cocina era yo. Si llega a ser mamá, seguro que Daniel se hubiera ganado una buena. Estaba dispuesta a enterarme de todo. Miré el reloj de la pared. Hacía poco que había aprendido a leer las horas, y estaba muy orgullosa. Todavía era temprano y a esa hora a doña Encarna le quedaba un rato para terminar de darle a Daniel su clase en la cocina.

–¿Por qué se ha ido antes doña Encarna?

Se encogió de hombros. Estaba muy ocupado con la cuarta galleta. A este paso le iba a doler la barriga de tanto comer, y el culo por los azotes. Tantas galletas desaparecidas iban a ser imposibles de disimular. Me mordisqueé una uña. Mamá dice que eso no se hace, pero a mí me ayuda a pensar.

–Algo habrás hecho, o algo habrás dicho. Venga, cuéntame si habéis hablado de algo.

–No. Bueno, solo de lo de su padre. –Mamá nos había dicho que teníamos que ser cariñosos cuando doña Encarna viniera a casa porque su padre se había ido al cielo–. Te prometo que he sido buenísimo. Le he hecho caso a mamá. Pero doña Encarna se ha enfadado cuando la he consolado, y luego ha venido la tata Rosarito y cuando se lo he contado, se ha enfadado también y se ha ido corriendo a buscar a mamá. –Cogió otra galleta y se comió la mitad de un solo bocado.

–Pero ¿qué le has dicho a doña Encarna? ¿Y por qué se ha enfadado la tata?

Intentó contestarme con la boca llena y no pudo porque se le escapaban más miguitas. Cogió una bien gorda del suelo, se la volvió a meter en la boca y se encogió de hombros otra vez. Esperé a que terminara de tragar. Soltó uno de esos eructos que a mí no me salen nunca, y suspiró satisfecho antes de seguir hablando.

—Solo le he preguntado a doña Encarna que si está triste porque su papá se ha ido al cielo. Y he hablado suave y sin gritar, como dijo mamá.

Me quedé mirando a mi hermano y puse ojos de china para que Daniel supiera que no me iba a conformar con eso. Se dio cuenta, claro. Él y yo nos entendemos a veces así, con la boca cerrada, porque tenemos poderes en los ojos. Siguió con la explicación.

–Doña Encarna me ha dicho que sí, porque le gustaría estar al lado de su papá. Y entonces se me ha ocurrido una idea chula y se la he contado. Le he dicho que voy a pedirle al Señor que ella se muera pronto para que puedan estar juntos. ¡Y yo podré jugar más rato con mis amigos, y todos contentos!

–¡Daniel! –Yo sabía que algo fallaba, pero no daba con lo que era. Siguió hablando.

–Doña Encarna se ha puesto muy colorada, ha llamado a la tata, le ha dicho no sé qué y entonces se ha ido. La tata me ha preguntado que qué ha pasado con doña Encarna, y se lo he dicho. Y entonces ha empezado a regañarme y a decirme que a este paso voy a matar a mamá a disgustos.  Y como siempre me está diciendo lo mismo, he pensado que si se ha muerto el padre de doña Encarna a lo mejor es verdad que mamá también se puede morir un día de estos.

–¿Quéeee…?

–Pues eso. Así que le he dicho a la tata que si mamá se muere le voy a decir a papá que se case con ella, porque yo a la tata Rosarito la quiero mucho, pero no me hace ninguna gracia tener una madrastra. Que ya sabes lo que pasa con las madrastras, Espe…

En mi cabeza no cabían tantas cosas y no sabía que contestar. Daniel continuó con sus explicaciones.

–Entonces la tata se ha puesto muy nerviosa, y ha llamado a mamá. Le ha dicho que estoy como una cabra, y le ha contado lo de doña Encarna, y que yo le iba a decir a papá un disparate, y que a ella se le iba a caer la cara de vergüenza y no sé qué más. Y entonces se ha ido a su cuarto, mamá me ha mirado raro y se ha ido al despacho de papá.

–Pero… –callé. Seguía sin saber qué decir.

–Como falta un rato para merendar y me muero de hambre, he pensado coger alguna galleta. Y entonces has llegado tú.

En ese momento papá y mamá entraron en la cocina. Vieron la silla arrimada a la encimera, las miguitas por el suelo, y a Daniel con la pechera llena de restos de galletas de chocolate. Los cuatro nos miramos con cara de estatuas. Mamá fue la primera en hablar.

–¡Pepe! Haz algo, por lo que más quieras. Yo no puedo más. –Mamá se echó a llorar y se dio la vuelta para salir de la cocina–. ¡Cualquier día llamo a Herodes!

Yo ya sabía quién era Herodes. A Daniel le encantaban las historias que les contaban en la catequesis, y las compartía conmigo. Papá miró a mi hermano como diciendo “ya hablaremos luego”, y salió detrás de mamá.

Miré a mi hermano. Se agarraba el cuello con las manos y creí que estaba preocupado por el castigo que seguramente le caería encima, pero por una vez no era eso lo que le inquietaba. Lo comprendí cuando abrió la boca y me preguntó con la cara muy seria:

–Espe… ¿tú crees que Herodes tendrá teléfono?

Adela Castañón

Imagen: Shutterstock

Agua del cántaro

De las fragolinas de mis ayeres

Dionisia bajaba todas las tardes a la fuente a buscar agua fresca para los hombres que llegaban sudorosos del monte. Ese día, como los anteriores, cogió el cántaro que guardaba en el brocal del aljibe del patio y se lo puso en la cadera. A las siete en punto salió por la puerta delantera de su casa, que estaba a las afueras del pueblo, y enfiló la pendiente que llevaba hasta el Arba. Anduvo sola hasta la Peña de Tolosana. Allí se sentó y esperó a que llegaran sus amigas.

Dionisia era la más puntual. No perdía tiempo en arreglarse como sus amigas. Y todo porque su madre, que pensaba aún no le había venido la regla, a los catorce años no la dejaba pintarse ni usar enaguas almidonadas.

—Ya tendrás tiempo cuando seas moza casadera. Entonces sí que tendrás que engalanarte para que se te acerque algún mozo y no quedarte para vestir santos.

—¡Calle, madre! —Dionisia se tapaba las orejas con las manos.

—¿Qué me calle? Vamos, no se puede llegar a más. —Entonces levantaba el índice amenazante—. Un solterón aun sirve para algo, pero una solterona es la peor desgracia que le puede caer a una familia.

Cuando vio llegar a las amigas por la revuelta del Peñazal, se unió a ellas y continuaron todas juntas, quitándose la palabra las unas a las otras:

—Mirad, este lazo rojo me lo regaló Juan para la sanmiguelada —decía Quiteria.

—Pues a mí me dijo Jorge que me traería unos pendientes de la feria de Ayerbe — contaba Jacoba.

—Anda, eso no es nada. A mí Felipe me va a comprar el anillo de pedida —terciaba Blasa.

En medio del griterío Dionisia callaba y miraba al suelo para no tropezar con las piedras del camino. Pues sabía que si se le rompía el cántaro su madre no le compraría otro.

En la bajada se daban prisa para llegar antes que los mozos. Hacia las siete y media ya habían llenado los cántaros y se divertían remojándose con el agua de la fuente. Ese día Dionisia se alejó del grupo y se sentó pensativa. Al poco rato llegaron los mozos a abrevar las caballerías. Les soltaron los ramales y las dejaron beber mientras ellos se acercaban a las mozas. Con el reencuentro se acabaron los juegos y comenzaron las conversaciones pícaras. Dionisia los miraba como si nada de eso fuera con ella.

Cuando las caballerías dejaron de beber, emprendieron la vuelta al pueblo. En la subida, las mozas ya no iban tan dicharacheras ni tan alegres. Caminaban muy concentradas, junto a los mozos. De vez en cuando alguna pareja se apartaba un poco para hablar a solas.

A Dionisia, que iba rezagada y encogida, como si se avergonzara de su cuerpo de niña, se le acercó el mozo más joven y le dijo:

—Yo sé lo que te pasa. Y te voy a esperar.

Se puso tan nerviosa que dejó de mirar al suelo. Entonces tropezó, se le cayó el cántaro y se hizo añicos. Notó algo húmedo entre las piernas. Se decepcionó al ver que sólo era el agua del cántaro que se le escurría por las enaguas.

Dionisia no dijo nada, siguió andando unos pasos, volvió la cabeza y vio el charco junto a una piedra, en el último recodo del camino. Sintió una punzada en el pecho. Sólo ella sabía que hacía tres meses que había tenido la regla por primera vez y que después del encuentro con Manuel ya no le había vuelto a venir.

Cuando llegaban al pueblo sonaban las campanadas del reloj de la torre. A esa hora llegaban los hombres del monte y su madre esperaba el agua para llevarla a la mesa. A las ocho en punto entró en su casa, se apoyó en el brocal, contempló su cara en el agua negra del pozo y oyó el eco lejano de los gritos de su madre:

—¡Dionisiaaaaa!, ¿dónde está el agua del cántaro?

Por las rendijas de la puerta entraban los silbidos del cierzo que arremolinaba las flores en el camino.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. “Llenando el cántaro en la fuente de El Frago”, de Carmen Romeo Pemán.