El muñeco

Regresé de Haití ligero de equipaje. Había viajado solo con la maleta de cabina, y lo único nuevo a mi vuelta era el muñeco. Un souvenir inofensivo en apariencia. Había pagado por él una buena parte de mis ahorros y esperaba que el precio hubiera valido la pena.

Vicente y yo nos despedimos al salir del aeropuerto de Barajas con un abrazo y le agradecí una vez más que me hubiera acompañado en el viaje. Era mi mejor amigo y, a pesar de que me había repetido una y mil veces que estaba cometiendo una locura, no quiso dejarme ir solo. Pero yo llevaba años enamorado de Elena y cada día soportaba peor nuestra relación de “solo amigos”, así que había decidido cruzar una línea sin retorno y buscar ayuda en la magia.

Subí a un taxi para llegar a mi casa cuanto antes. Y, antes de subir al piso, entré en el súper del barrio y compré todo lo necesario. Las instrucciones que me había dado en Haití aquel personaje apergaminado estaban grabadas a fuego en mi mente. Solo tenía que cerrar los ojos para recordar aquellos iris tan negros que no se distinguían de las pupilas, la boca medio desdentada y la abundante melena, tan chocante en ese ser sin edad, cuya blancura se notaba más por el contraste con el color chocolate de una piel arrugada que cubría un esqueleto descarnado.

Cerré la puerta con llave, corté la luz, apagué el móvil y entré a tientas en mi dormitorio. Encendí una de las velas que había comprado y, antes de prender las otras, bajé la persiana y corrí las cortinas. Entonces di comienzo al ritual.

En el centro del círculo de velas puse en un cuenco el coletero que le había robado a Elena en un descuido. A ella le gustaba juguetear con su pelo. A menudo, cuando Vicente, ella y yo salíamos, llevaba el pelo recogido y, de vez en cuando, se soltaba la melena y usaba los coleteros como pulseras para dejarlos luego en cualquier sitio sin acordarse de ellos. Abrí el colgante que llevaba al cuello y que me había servido para pasar en su interior el polvo que me había entregado el brujo. Vertí apenas dos granos sobre el coletero y le prendí fuego. El muñeco tenía en su interior unas hebras del pelo de Elena que habían quedado enganchadas en su coletero. Lo cogí con mucha suavidad y empecé a pasarlo despacio sobre el humo que se desprendía del cuenco mientras recitaba el ensalmo que había memorizado.

Hice lo mismo durante varios días. Mi espíritu se elevaba al ver cómo Elena me hacía cada vez más caso cuando salíamos los tres. Sentía tal felicidad que el corazón me dolía de puro gozo. Algo, una dicha increíble, un sentimiento desconocido, oprimía mi pecho tanto que a veces hasta me costaba trabajo respirar.

Todo iba de acuerdo con mis planes hasta una noche en la que los tres estábamos cenando. Le había dicho a Vicente que esa noche me lanzaría y le declararía a Elena mi amor. A los postres, mi amigo me dedicó una mirada cómplice y dijo que tenía que marcharse, que habían convocado una reunión on line de su empresa con carácter de urgencia, pero no había querido fastidiarnos la cena. Se levantó de la mesa, se despidió de nosotros y vi cómo caminaba en dirección al baño. El pelo de Elena brillaba casi tanto como sus ojos y su perfume me embriagaba más que el vino que habíamos pedido y que yo apenas había probado. Me incliné hacia delante y, antes de poder cogerle la mano, sentí como si un hierro candente me atravesara desde la espalda hasta el pecho.

Mi rostro se estampó contra la fuente de ensalada que había en el centro de la mesa. Al caer golpeé la botella de vino, que se estrelló contra el suelo con un ruido de cristales rotos que hizo que toda la sala guardara silencio. Después, vino la algarabía. Escuché, como en sueños, gritos y carreras. Vicente volvió del baño y lo vi sacar el teléfono y hacer una llamada. Al cabo de un rato, no sé si fueron horas o segundos, entraron unos desconocidos y me pusieron sobre una camilla que se bamboleó inmisericorde en su breve recorrido hasta el interior de la ambulancia.

En el hospital siguieron las carreras, aunque con un silencio más profesional. Me metieron en un box y, desde la camilla, me quedó en la retina la imagen de Vicente que rodeaba a Elena con un abrazo protector, mientras las puertas del box se cerraban y nos separaban.

Hurgaron en mis venas, me hicieron toda clase de pruebas y, por fin, me llevaron a una habitación. Al entrar, vi que Elena y Vicente me estaban esperando y se pusieron de pie para recibirme. Ella estaba medio desmadejada en un sofá y él se había sentado a los pies de la cama. La auxiliar me ayudó a acostarme y Elena fue la primera que se aproximó a mí para dejar en mi frente un beso miedoso. Se sentó en el filo de la cama, donde antes había estado Vicente, y él tomó asiento en el sofá.

–¡Qué susto nos has dado, Mario! Los médicos no saben qué es lo que te ha pasado; creíamos que era un infarto, pero todas las pruebas han salido bien.

Sonreí sin saber qué decir. Me sentía a gusto con Elena tan pendiente de mí, y el dolor había desaparecido por completo. Ella siguió hablando.

–Menos mal que lo que sea te ha pasado cenando en el restaurante. Si hubieras estado solo en tu casa, igual ni lo cuentas. Y suerte también de que Vicente no hubiera llegado a marcharse todavía, porque creo que ha sido el único que ha conservado la calma, ¿sabes? Llamó a la ambulancia en seguida y no ha querido dejarme sola ni un momento. Y eso que su reunión era muy importante, ha tenido que llamar a sus jefes y pedir disculpas, pero mira, aquí está, como cada vez que lo necesito. No sé cómo voy a pagarle todo lo que hace por mí.

Las palabras de Elena me desconcertaron y fruncí un poco el ceño. Yo sabía que Vicente no tenía ninguna reunión aquella noche. Es más, incluso le había dicho que llamaría a Elena para cenar los dos solos, pero él me sugirió que saliéramos los tres, como siempre, para que ella no sospechara nada. Y me dijo que pondría una reunión como excusa para marcharse en el momento oportuno. ¿Y qué era eso de estar al lado de Elena cada vez que ella lo necesitaba? Ella sonrió y continuó con sus caricias. Sus ojos estaban fijos en los míos.

Elena le daba la espalda a Vicente. Desde mi cama lo vi levantarse y sacar del bolsillo un muñeco parecido al que yo tenía en mi casa. Tenía un cinturón hecho con la correa de un viejo reloj mío que había echado en falta.

Sus ojos y mis ojos se encontraron. Me dedicó una sonrisa impersonal, levantó una ceja y empezó a apretar el pecho del muñeco entre el índice y el pulgar.

El dolor, mucho más fuerte, me atravesó de nuevo.

Y, entonces, antes de que mi pecho estallara, comprendí por qué había querido acompañarme a Haití.

Adela Castañón

Imagen: Nitish Patel en Pixabay

Perseguir un arcoíris

Mi color es el gris. Se me subió a la espalda el primer día de trabajo en la oficina y, desde entonces, lo llevo puesto como una segunda piel, aunque en mi armario no exista ni una sola prenda de ese color.

Me casé hace siete años. Mi marido y yo compramos un piso y lo arreglamos entre los dos. Elegimos en la tienda una pintura que allí se veía dorada, luminosa y cálida, pero que se convirtió en color humo sobre las paredes del dormitorio. Parecía que los tabiques se la tragaban y convertían los rayos de luz que se colaban incautos en brochazos de cenizas.

De lunes a viernes voy a la oficina andando. Los días que hace mal tiempo, cuando camino por la tercera avenida, tiendo a inclinarme y encojo un poco los hombros sin llegar a caerme mientras peleo con el viento que me empuja y me grita al oído que vuelva atrás, que cambie el rumbo. Pero nunca le hago caso. Ni a los plásticos de las bolsas de basura que me susurran lo mismo con su triste soniquete. Mis pasos se acompasan al ritmo metálico de las tapas de los cubos abollados, que resuenan como campanas con un eterno y cansino repique a muerto.

Mi historia no es solo monocromática. También es plana, como los folios que sufren cadena perpetua en los archivadores de nuestra oficina, con sus mesas colocadas en hileras en un gran salón central, simétricas, ordenadas, nuestro propio cementerio de Arlington con mobiliario de formica.

Casi a diario veo a una mosca que es parte de la plantilla, o quizá son varias y se turnan, no sé. Choca con la ventana una vez, y otra, y otra más. El concepto de cristal no debe de existir en su cerebro de alfiler. El zumbido de sus alas me atraviesa el tímpano y se superpone al del aparato de aire acondicionado, que desafina y suelta vaharadas de calor cuando debería refrescarnos, y al revés.

Desde que despidieron al botones sudo cada vez que me acerco al ascensor. Si estoy sola tendré tocar con los dedos esa placa grasienta, donde los números se adivinan más que se ven, para pulsar el número 14. Y, si entra alguien más, me tocará aguantar la respiración para que el olor a ajo del aliento de algunos no me haga lagrimear y me provoque arcadas. Eso contando con que me pregunte a qué piso voy y lo pulse.

Sea como sea entro en la oficina con los labios apretados, en una batalla perdida contra el olor a tinta y a polvo milenario. Intento no abrir la boca para no vomitar el desayuno que tomo en casa. Aquí, aunque me ofrecieran champán francés, lo rechazaría. A mi estómago solo llega el tufo de la chaqueta de mi vecino de mesa, colgada junto a nuestros bolsos de plástico barato y bufandas ajadas en un perchero de madera a punto de quebrarse bajo su carga. A veces desayuna en su mesa un perrito caliente, y yo parpadeo para espantar la imagen de una salchicha que escapa del pan y se convierte en serpiente para abrazarse a mi cuello hasta asfixiarme.

Mi vida es una tontería sin sentido, pero cuesta trabajo querer morirse solo a golpes de fuerza de voluntad. Salgo de casa. Llego a la oficina. Trabajo. Salgo de la oficina. Llego a casa. Mi marido y yo cenamos. Vemos la televisión. Algunas noches, nos acoplamos. Llamar a eso hacer el amor le viene grande. Dormimos. Despertamos. Desayunamos. Salgo de casa. Llego a la oficina…

Hasta que, un buen día, internet lo cambia todo. Mi historia deja de escribirse y empieza a esculpirse en tres dimensiones, en un arcoíris que borra el anonimato de todo lo que me rodea. Organizo muy bien mi trabajo y resuelvo pronto mis tareas, así que tengo tiempo para navegar en busca de no sé qué. El teclado de mi ordenador se convierte en los mandos de una nave espacial, mi sillón es ahora la alfombra de Aladino. El “clac-clac-clac” de mis dedos sobre las teclas ha tropezado con las palabras mágicas, “¡Ábrete, sésamo!”, y al otro lado del monitor, un buen día, aparece “ÉL”. Nos conocemos por azar en ese mundo virtual. Sus palabras están vivas: atraviesan la pantalla de mi ordenador, erizan el vello de mis brazos y me producen escalofríos que contrastan con el calor de mi sangre, convertida en lava cuando chateamos.

Nuestra relación virtual gana fuerza. Una tarde, aparece en el monitor una frase que me golpea como una bala: “Quiero que nos encontremos”. Esas cuatro palabras se me enroscan en las papilas gustativas, me roban la saliva. Mi boca se seca, y rompo a sudar, aunque tengo los pies como dos bloques de hielo. Nunca hemos intercambiado fotos. Me dice que él pondrá las condiciones para el encuentro. Y acepto.

A veces, por mi trabajo, tengo que acompañar a algunos jefes a otras ciudades para asistirlos en reuniones de negocios. Pasar una noche fuera de casa no me supone ningún problema.

Voy a la habitación del hotel, y sigo sus instrucciones. Me siento en el sofá, apago la luz, y espero con los ojos cerrados. Me llega un aroma a jazmín y siento el frío de lo que puede ser el tapón de cristal de un bote de perfume que roza los dos lados de mi cuello. El olor se intensifica. Cierro aún más los ojos e inhalo con fuerza. Desde atrás, unas manos suaves tapan mis ojos con un tejido de seda, un pañuelo, supongo, que me ata en la nuca. El frío del tejido es bienvenido, pero me acalora en lugar de refrescarme. Abro la boca para hablar, y algo con tacto de terciopelo presiona apenas mis labios suplicándome silencio. El olor ha cambiado. ¿Podría ser una rosa? Sí, creo que sí. Y, mientras roza mi boca, escucho un siseo casi inaudible, o quizá lo estoy soñando. No importa.

La cordura intenta hablarme, pero la encierro en un baúl y tiro la llave lejos, muy lejos. Unas manos invisibles me quitan el abrigo. Mi desconocido fantasma me pone de pie, y empieza a desabrocharme la blusa. Al llegar al tercer botón se detiene. Coge mis manos y las guía hacia su pecho. Imito sus movimientos y despacio, muy despacio, botones y ojales empiezan a separarse. Se detiene unos segundos. Cuando empiezo a preguntarme si algo va mal, unas notas invaden el aire. Comienza a sonar el tema de una de mis películas favoritas, “Picnic”. Él es William Holden, y yo una sexy Kim Novak que nada tiene que ver con la mujer que protagoniza la película de mi triste vida de oficinista. Sus manos me rozan casi sin tocarme. Me llega el calor de su cuerpo, que presiento a pocos milímetros del mío, y empiezo a almacenar recuerdos para después. Cuando vuelva a casa, día tras día, hora tras hora, podré reconstruir cada instante de esa mágica noche: el frío de las fresas con champán, mi lengua descubriendo sobre su piel sabores tan antiguos como el mundo, el olor de jazmines y de rosas, “Picnic”, Ravel y su bolero… Todos esos recuerdos los atesoro envueltos en el pañuelo de seda que en ningún momento abandonó mis ojos. Es lo único que, según sus condiciones, podré llevarme cuando nuestro encuentro acabe.

Al día siguiente regreso a mi vida. Camino, erguida por la tercera avenida, con el abrigo desabrochado, sin sentir frío. Hoy la basura huele a jazmines y a rosas, los cubos han cambiado de partitura y me regalan melodías hechas de campanitas navideñas y villancicos. No me había dado cuenta de que estamos casi en Navidad.

Cuando llego a mi mesa lo primero que hago es encender el monitor. El chat está desierto. Mi ordenador se ha quedado ciego, sordo y mudo. Se burla de mí, una y otra vez, con la misma frase abúlica: “Mail delivery failed: returning message to sender”. La mosca sigue chocando contra el cristal. Trabajo. Vuelvo a casa.

Pongo la mesa de manera mecánica. Me siento delante de la comida. De pronto me doy cuenta de que todo está oscuro. Se ha hecho de noche y ni siquiera lo he notado. Mi marido debería haber llegado hace rato, siempre vuelve a casa antes que yo. Estoy tan cansada que me deja indiferente su retraso. Entro al dormitorio. Solo quiero derramar mi desesperación en la almohada. Enciendo la luz para cambiarme de ropa y me quedo parada en la puerta.

Hay una maleta pequeña abierta sobre la cama. Me acerco a ella, y los ojos se me enrasan.

En el interior hay un pañuelo de seda rojo, copia exacta del que llevo conmigo en el bolso desde ayer. Un frasco de perfume de jazmín, una rosa roja, que parece recién cortada, y un CD con la banda sonora de Picnic. Todo eso ocupa uno de los lados de la maleta. En el otro lado solo hay un papel, una tarjeta con la dirección del hotel de ayer, y la llave de la misma habitación. Y en el folio, solo cuatro palabras escritas:

Te quiero. Vuelve conmigo.

Adela Castañón

Imagen: Domenico Cervini en Pixabay

Historias detrás del lienzo

¿No se os ha ocurrido nunca imaginar qué historias se esconden detrás de cada cuadro? Pues a mí se me ocurrió hoy inventar una de esas historias posibles al ver el cuadro de Joaquín Sorolla, Cosiendo las velas. Y aquí os la dejo. 

rayaaaaa

Se reúnen siempre debajo del emparrado, buscando la sombra y el frescor que dan las macetas recién regadas. Además, no se puede coser al sol. La tela perdería ese punto de humedad, y la sal, como un escudo, no dejaría entrar las puntadas con las que las mujeres amarran sus sueños a la vela.

Ellas se quedan siempre en tierra. Esperando. Son sus hombres los que salen a la mar. Y ellos no saben que en los hilos van prendidos los deseos y las historias de esas Penélopes, con sus ojos de arrugas precoces de tanto mirar al horizonte para verlos regresar.

Solo hay dos barcas en el pueblecito. De ellas y de un huerto escuálido comen las pocas familias que viven allí.

Y, si se rompe una vela, hay que arreglarla. Como la vida. Y se zurce y se remienda a base de retales. Porque es mejor sacrificar un pedazo de tela que irse a la cama sin un pescado en el estómago por no haber podido salir a faenar.

Una de las muchachas, Lucía, la del vestido verde y pañuelo blanco al cuello, que cose en la cabecera, está más agachada que las demás para que no la vean llorar. Ha llevado su velo de novia y canta bajito para despedirse de él. Lo dobla varias veces. Así la tela cogerá cuerpo y tendrá la fuerza suficiente para tapar el agujero más gordo, por el que puede colarse un mal aire y hacer volcar la barca. Que de qué le iba a servir el velo si su hombre no regresa de la mar.

A su lado, discutiendo con el marido, está Eugenia. Que ella dice que esa sábana no, que es la de la cuna del niño, y ya se le murieron dos de pulmonía por no dormir bien abrigados. Y, junto a ella, otra cose en silencio, y se pincha sin querer en un dedo porque su mente se ha ido lejos, con el marido que enterró, y que no le dejaron amortajar con la lona que ahora cose en la esquina de la vela. Que ese paño era muy bueno para regalárselo a la tierra, le dijeron. Pero no era un regalo para la tierra, que era para su hombre, y no le dejaron. Y el pinchazo le sirve de excusa para dejar resbalar una lágrima que se mezcla con la sangre. Y ella piensa que en la vela irán su sangre y su llanto, y puede que ahí le lleguen a su hombre, que ahora es brisa, o espuma de mar, y suspira y sigue cosiendo en silencio.

La de la cofia blanca pone más atención en las flores que en la vela, y las demás la dejan hacer y le siguen la corriente. Apareció en el pueblo un buen día y nadie sabe de dónde vino, pero no tiene muy bien la cabeza y la dejan estar allí. Lo único que conocen de ella es su nombre, Mariana. No sabe apenas coser, pero tiene buena mano con las flores y el pequeño huerto comunal está empezando a dar frutos desde que ella lo cuida.

Y frente a ella, como quien no quiere la cosa, Manuel hace como que repasa las costuras. Es el único que quedará soltero en el pueblo cuando Andrés se case con Lucía, y tampoco tiene muchas más luces que Mariana. Todas las mujeres piensan que harían buena pareja, pero ya se sabe que esas cosas llevan su tiempo.

Las puntadas son lentas. El ruido del mar, el canto de los grillos y de las cigarras componen un soniquete que invita a la siesta. Y, del huerto, va llegando un olor a azahar que hace que más de una respire hondo para quedarse con el aroma, pareciendo que suspira pensando en Dios sabe qué.

Por la puerta entreabierta se cuela algo de calor, y es que el sol castiga la arena y la calima se arrastra perezosa buscando la sombra bajo el emparrado. Lucía le dice a Eugenia que cierre la puerta, pero la otra le contesta que no, que sería peor, porque ni una brisa de aire les llegaría entonces.

Yo soy la que aparece en primer plano, aunque nunca he tenido una blusa rosa tan bonita. Me cunde menos que a las demás, pero porque me distraigo mucho. Dicen que tengo la cabeza llena de pájaros, pero a mi marido le da igual y piensa que quienes dicen eso es porque no me conocen bien. Y es verdad, porque el único que sabe cómo soy es él. Sabe que no me distraigo. Al revés, me fijo en todo. Y por eso soy la única que se ha dado cuenta de que hay un hombre a lo lejos que nos mira y se pasea con un caballete debajo del brazo un día sí y otro también. Cuando ya ha ido tantas veces que parece formar parte del paisaje, lo veo sentarse un día algo retirado y empezar a pintar algo en una tela.

Y una tarde que voy a Valencia con mi marido, pasamos por una casa muy grande, con las puertas abiertas, donde se anuncia una exposición de cuadros. Hemos acabado pronto de hacer los mandados, y entramos a curiosear. De pronto me veo frente a una lona donde adivino las caras de mis vecinas en los trazos de pintura. Mi marido coge un folleto y me dice que el autor de los cuadros es un tal Sorolla. En el folleto hay escritas explicaciones de los cuadros, de cómo el autor captura la luz del Mediterráneo en sus colores. Y, por la noche, cuando mi marido se acuesta y se duerme, pienso en la historia que hay debajo de esos trazos de color, en la luz que hay en el cuadro y en las sombras que tapa la vela. Y giro la cabeza, veo sonreír en sueños a mi marido, y cierro los ojos.

Y la vida sigue.

Adela Castañón

Cosiendo_la_vela

Imagen completa. Cosiendo la vela. Joaquín Sorolla

Imagen: tomada de wikipedia

Los otros héroes del coronavirus

En estos días en los que la palabra coronavirus es sinónimo de saturación, he pensado mucho si escribir o no este artículo. Y ha ganado el sí porque voy a tratar un aspecto que, quizá, se ha dejado un poco de lado.

No creáis que voy a hablar de los sanitarios, aunque lo haré solo un poquito, por la parte que me afecta. Y también pasaré de puntillas sobre otros colectivos, aunque también les rendiré mi pequeño homenaje. Mi artículo quiere ser un aplauso para quienes, como mi hijo, encuentran motivo de superación en cualquier experiencia de vida. Aunque se llame coronavirus.

He pensado mucho el título, y la palabra héroes me vino enseguida a la mente. No cabe duda de que, después de los enfermos, los sanitarios hemos sido los segundos protagonistas. La actitud de todo el mundo, esos aplausos que nos regalan desde los balcones, la respuesta de los ciudadanos a ese lema de #YoMeQuedoEnCasa son, para nosotros, el mejor de los regalos. Ni todos los salarios del mundo valen lo que vale sentirnos apoyados por la gente de a pie, que no por los responsables políticos, ni por su gestión, ni por la escasez de mascarillas, ni por… pero he dicho que no iba a hablar de eso, así que mejor me quedo en el aplauso que os quiero dedicar, en nombre de mis compañeros y mío, porque, para nosotros, que estamos en primera línea en la trinchera, vosotros sois nuestro gran refuerzo en la retaguardia.

Y después de los sanitarios quiero agradecer la labor de muchos otros, aunque seguro que alguno se me olvida, por lo que me disculpo de antemano. Me refiero a las fuerzas de seguridad, a todos los que trabajan en cualquier campo de la industria de la alimentación, desde el agricultor o el ganadero hasta el que nos atiende, armado de valor, guantes y mascarilla, en la carnicería o en el súper, guardando la distancia de seguridad. Pasando, claro está, por transportistas, distribuidores, etc. A los equipos de limpieza, a los empleados de las funerarias, a los cuidadores de personas dependientes, a los voluntarios que se ofrecen para hacer recados, comprar medicinas, a los que atienden las gasolineras. A los profesionales que atienden a mi hijo y a otros como él que, sin tener obligación, le envían un video para saludarlo, le envían fichas para hacer en el ordenador y que se las devuelva por correo, o le piden una foto como la que cierra este artículo para juntarla con otras fotos de otros compañeros y formar entre todos una piña que difunda ese mensaje tan importante para ganar esta lucha.

Y ahora voy con esos otros héroes que me han inspirado este artículo y que, en mi caso, están representados a la perfección por mi hijo.

Los que me conocen saben que soy madre de un joven con TEA (Trastorno de Espectro Autista) que ha roto todas las estadísticas. Su pronóstico era desolador, pero nos pusimos el mundo por montera y hoy es un chico feliz, un habitante del mundo con pleno derecho, porque hemos peleado como leones y nos hemos ganado a pulso todo lo que tenemos. Y, en esta crisis del coronavirus, hemos tenido dos momentos puntuales que lo convierten, a mi parecer, en un héroe. A él, y a los que son como él. El primero que os voy a contar es más anecdótico, pero servirá como pincelada para que quienes no conocen bien las características del autismo se hagan una idea. Y el segundo… bueno, ese es otra historia. Pero vamos por partes.

Cuando se declaró el estado de alarma, Javi, que todos los días tiende su albornoz después de la ducha, me preguntó:

–Mamá, ¿tiendo el albornoz dentro, en el lavadero?

Yo miré por la ventana. Hacía sol, no vi nubes por ningún sitio, y, al pronto, no comprendí la razón de su pregunta. Debéis saber que las personas con autismo son muy literales, no entienden de dobles sentidos, ni cosas así, pero estoy tan compenetrada con Javi que a veces se me olvida y me pilla despistada, así que le respondí con otra pregunta:

–¿Por qué ibas a tender dentro de casa, Javi? Hace buen día y no creo que llueva.

–Pues para mantener el confinamiento, mamá.

Por poco me derrito allí mismo de ternura. Le expliqué que el confinamiento se refería a no salir de casa, pero que podía subir a la terraza cuantas veces quisiera, a mirar el mar. A Javi le encanta caminar, damos paseos de dos horas varias veces a la semana, y adora todo lo relacionado con la playa, el paseo marítimo, el viento, el clima, etc. Por suerte vivo cerca de la playa y desde nuestra terraza puede ver el mar. Ya podréis imaginar lo contento que se puso.

Bueno, pues hasta ahí, esa es la primera noticia, que da paso a la siguiente, que se produjo hace solo dos días.

El escenario es muy parecido: todos en casa, llevamos ya varios días de confinamiento, yo estoy con el ordenador y él viene a mi despacho.

–Mamá.

–Dime, Javi.

–He escuchado en la tele una noticia muy interesante.

–¿Ah, sí? –Tampoco le hago excesivo caso. Al fin y al cabo hablamos mucho todos los días y le encanta conversar de todo, de modo que estoy acostumbrada a interacciones variadas–. ¿Y qué han dicho?

–Que quien tenga autismo puede salir a dar paseos acompañado de un familiar si lleva su certificado.

Él sabe que es una persona con autismo. Lo tiene tan asumido como yo, por ejemplo, sé que soy una persona habladora, o que su abuela sonríe a todas horas. Y su lenguaje es siempre muy formal y correcto, como saben quienes lo conocen, y más cuando se trata de comentar noticias o acontecimientos. Le hemos trabajado mucho la comunicación, y le encanta y nos encanta que se exprese a su manera, tan personal y “académica”, por llamarlo de algún modo. Así que su comentario no me extraña, pero sé que espera una respuesta por mi parte y se la doy en forma de otra pregunta:

–¿Y tú qué opinas de eso?

En el fondo espero que me diga algo como “¡qué bien!” o “entonces podemos salir a dar paseítos” o algo así, pero su respuesta me desarma por completo.

–Pues me parece muy bien, pero yo creo que eso debe servir para niños pequeños que se pongan nerviosos si se quedan en casa, como me pasaba a mí cuando era pequeño, o para los que no entiendan bien lo que está pasando. Pero yo estoy muy bien informado y además estamos haciendo estiramientos en casa y me asomo a la terraza muchas veces al día, así que creo que es mejor que no salgamos y nos quedemos en casa para dar ejemplo y ayudar a que todos hagan lo correcto.

A ver, ¿es, o no es para comérselo a besos?

Por eso, porque hay gestos como el suyo en miles de hogares, porque hay personas que no salen en las noticias pero que aportan su grano de arena, he querido hoy rendir un homenaje a esos héroes silenciosos.

Por eso hoy aplaudo yo también. Por todos nosotros, por los sanos y por los enfermos, por vosotros que estáis regalándome vuestro tiempo al leer esto, y por ellos, por todos ellos, que, en la lucha contra el coronavirus, están también hombro a hombro, a nuestro lado.

Gracias.

Adela Castañón

e21eb3a2-d729-4359-99ee-60c94dfc00ea

 

Vida

Hoy solo os dejo palabras. Porque la historia la vais a saber escribir vosotros.

A mi hijo.

Mi infancia. La infancia con mis amigas. Cuentos de hadas en los que todas, por turnos o a la vez, somos las protagonistas. Nosotras, de princesas. Los niños, de vaqueros y de indios. Bicicletas para ellos. Futbol. Barbies para nosotras. Jugar a las casitas. El colegio. Algodón rosa en la feria.

Las manillas del reloj. El tiempo medido en segundos.

La universidad. Las muñecas olvidadas. Las bicicletas oxidadas. Maquillajes. Barras de labios compartidas. Fiestas de pijama. La pandilla, numerosa y divertida. Excursiones con los chicos. Los bailes. La pandilla, cada vez más reducida. Las primeras parejas. Los cuentos transformados en novelas rosas. Algodón blanco para desmaquillarse.

Amaneceres y anocheceres. El tiempo medido en días.

Las primeras bodas. Mis amigas, de blanco. Yo, de blanco. Casas propias. Mi casa. Sus casas. Barbacoas compartidas. Mi marido. Sus maridos. Coches. Trabajos. Peluquería. Recetas de cocina de una casa a otra. Sábanas de algodón.

Las hojas del almanaque. El tiempo medido en meses.

El embarazo de la primera. La emoción del resto de nosotras. Sus embarazos. Mi propio embarazo. Tiendas de ropita de bebé. Ecografías. Lista de nombres. Unas, de niña. Otras, de niño, igual que yo. Preparar las canastillas. Partos. Cesáreas. Visitas, regalos. Cajas de bombones. Pañales. Amor. Amor a raudales. Cuentos más olvidados. Novelas llenas de polvo. La vida. La película de la vida. Mil veces mejor que mil cuentos y novelas.

Paseos por el parque con niños abrigados en sus cochecitos en invierno. Primavera. Cochecitos guardados. Sillitas de paseo. Pequeños que empiezan a dar sus primeros pasos. Mi pequeño sentado en el césped. Ropa que se queda pequeña. Niños que se acercan a otros niños para jugar. Niños que sonríen a los niños que se les acercan. Niños acercándose al mío. Mi niño, que llora cuando llegan los otros. Niños que corren. Un niño sentado en el césped. Mi niño. Niños que ríen. Un niño que grita. Mi niño. Las mismas mujeres. Amigas de antes. Vecinas de ahora. Miradas de reojo. Sonrisas forzadas. Palabras amables. Mentiras amables.

Las cuatro estaciones. El tiempo medido en años.

Calendarios en la pared de las cocinas. Fiestas de cumpleaños marcadas en rosa en los suyos. Citas médicas en el mío. Padres que llevan a sus hijos al fútbol. El padre de mi hijo. Partidos en el televisor, con auriculares. La puerta del salón cerrada. Mi casa, que cada vez parece más pequeña. El mundo exterior, que cada vez parece más grande.

Niños de otras llorando por heridas en las rodillas. Peleas y reconciliaciones de chiquillos que duran lo que un suspiro. Mi niño con heridas. Rabietas. Autoagresiones. Vigilar las uñas, que siempre estén cortas. Arañazos. Noches de insomnio. Aullidos a la luna.

Niños comiendo helados. Niños gorditos. Niños inquietos. Niños sudorosos. Mi niño. Percentil bajo de peso. Preocupaciones del pediatra. Soluciones que no lo son.

Supermercado. Carrito de la compra. Madres llenándolos de compresas, de lazos para el pelo, de cuchillas de afeitar. Mi propio carrito. Pañales de bebé. Talla extra grande. Tiritas. Betadine. Farmacia después del supermercado. Vitaminas solubles. Batallas a la hora de comer. Impotencia frente a la báscula. Sus kilos, cada vez menos. Mis kilos, cada vez más. Su ayuno. Su anorexia. Mi gula desesperada.

Actividades extraescolares de los hijos de otras. Clases de inglés. Baile. Kárate. Mis actividades y las de mi niño. Logopeda. Psicólogo. Estimulación. Fisioterapia. Regar las plantas del jardín, aunque no crezcan. Cambiar la hora de la compra. Ir al súper después de comer. Dinero justo. Sin tarjetas de crédito.

Primavera en el barrio. Invierno en mi hogar.

Casas en las que cada vez hay más habitantes. Nuevos bebés. Madres de otros niños sin tiempo para más cosas. Intercambios de recetas de cocina que no llegan a la mía. Mi casa, ahora más vacía desde que nos quedamos solos los dos. Mirada que nunca me corresponde. Música que escapa por las ventanas de otras casas. Cristales cerrados en la mía para mantener presos los gritos, los llantos, las rabietas, las autolesiones. Ambulancias en la puerta de mi casa. Hospitales. Ida y vuelta.

Mujeres del barrio que ahora ven su vida a través de sus hijos. Niños que vuelven a protagonizar cuentos de hadas como los nuestros. Que van al colegio. A la universidad. Mi niño. Internet. Búsquedas. Programas de modificación de conducta. Dietas. Logopeda. Psicólogo. Siempre. Seguir regando las macetas.

El tiempo se detiene. La primera noche de seis horas de sueño sin interrupciones. Salir de casa. Paseos cortos dando la vuelta a la manzana. Viajes al contenedor de basura con bolsas llenas de objetos inútiles. Decoración de la casa. Pizarras en todas las habitaciones. Fotos clavadas con chinchetas en las pizarras. Rutinas. Seguridad. Apoyo en una asociación. Madres como yo. Nuevas amigas.

Ya no hay reloj, ni almanaques, ni estaciones. El tiempo se mide en objetivos alcanzados.

Adolescentes que llegan de madrugada. Reproches. Chicas bebidas. Madres con arrugas y patas de gallo. Divorcios y heridas nuevas en sus vidas. Cicatrices que ya son historia en la mía. Ya no hay luces naranjas giratorias reflejadas en los cristales de mi casa. A veces, luces azules frente a las casas de otros en mitad de la noche. Policía llevando a adolescentes bamboleantes y despeinados.

Gritos y discusiones que escapan a través de las ventanas de otras casas. Silencio que reina dentro de la mía. Sin música. Sin diálogos. Silencio bendito. Silencio anhelado. Silencio sin gritos, sin llantos. Silencio sin rabietas. Paz. Macetas que empiezan a florecer.

Pasar de largo por los pañales del supermercado. Empezar a comprar verduras. Experimentos en la cocina. Sus kilos, que suben. Mis kilos, que bajan. Natación. Descubrimiento del agua. Juegos en la piscina. Reencuentro con músculos de la cara que creíamos perdidos. Sonrisas frente al espejo. Sonrisas frente a frente. Contacto visual.

Ventanas abiertas. Silencio que escapa. Palabras que entran. “Mamá”. “Agua”. “Pelota”. Palabras que se multiplican. Fotos quitadas de las pizarras. Noches sin pesadillas. Noches blancas.

Verano. Calor. Luz. Aunque en el barrio y en el mundo esté nevando.

Programas específicos. Prácticas adaptadas. Más sonrisas. Más palabras. Un viaje en tren. Felicidad. Riesgo. Un viaje en avión. Campeones. Un viaje en barco. Aprender a montar en bicicleta. Besos. Abrazos. Te quiero. Te quiero.

El mismo barrio. Casas que ahora son nidos vacíos. Mi casa, llena.

Mi vida.

Sus ojos en mis ojos.

Su mano en la mía.

Mi niño.

Te quiero.

Adela Castañón

mother-4815795_960_720

Imagen de cabecera:  ArtTower en Pixabay

Imagen de cierre: chiplanay en Pixabay

Gramática del amor

Puedo conjugar un verbo,

puedo consultar un libro,

puedo buscar en las redes

ese pronombre furtivo,

o mis dudas con las comas,

o algún adjetivo esquivo.

 

Mas, si se trata de amor,

no conozco ningún sitio

donde encontrar los remedios,

o herramientas, o utensilios,

que me ayuden a explicarlo,

o que puedan describirlo.

 

Y entonces pienso en tus manos

y con mis manos escribo

mientras sueño que mis dedos

con los tuyos hacen nido,

y es la prosa del amor

que se vuelca en un escrito.

 

Y a veces sueño tus ojos

y aprieto fuerte los míos

e intento no despertarme

por no enfrentarme al vacío

y al dolor que me produce

saber que no estás conmigo.

 

Y entonces, en esos sueños,

me miras, y yo te miro,

y el amor, escrito en prosa,

se convierte en un suspiro,

y el suspiro se hace beso,

y el beso busca su sitio,

pero no encuentra tus labios

y se pierde, despacito,

y yo lo miro alejarse,

perderse en el infinito,

y despierto, y estoy sola

y regreso a mis escritos.

 

Y no hay ningún diccionario

ni conozco ningún libro

donde venga la receta

para conjugar contigo

el verbo amar en presente,

en futuro o participio.

 

Y por eso, hace algún tiempo,

escribo mi propio libro,

y poco a poco comprendo

que me equivoqué contigo

y hoy ya conjugo en pasado

lo mucho que te he querido.

Adela Castañón

Imagen: DarkWorkX en Pixabay

Diálogo de oficinistas

Luis vio que Pedro se acercaba a su mesa y puso los ojos en blanco. Eso no frenó el avance de su compañero de oficina, que se inclinó para hablarle al oído.

—¿Te has enterado? —le preguntó en susurros.

—¿De qué?

—De lo de mañana.

—¿Qué pasa mañana, si puede saberse?

Luis resopló con fuerza. Le fastidiaban los rodeos de Pedro para darse importancia cada vez que quería contar algo. A pesar del soplido, Pedro siguió hablando con aire conspirador.

—Viene el gran jefe. Va a haber movida en la oficina. Lo sé de muy buena tinta.

—¡Bah! Mientras no nos toquen la nómina, me importa un rábano quién venga.

—No hablarías así si supieras lo que yo sé.

La pausa de Pedro no alcanzó su objetivo. Luis movió su sillón de ruedas y empezó a trastear con el ratón del ordenador. A pesar de eso, Pedro volvió a hablar. Lo que había descubierto era demasiado sabroso como para mantenerlo oculto. Y sabía que, al final, Luis le prestaría atención.

—Las nóminas no creo que las toquen. Que los sindicatos tienen el convenio bien amarrado. Pero va a correr aire en la oficina.

—Pedro, tío, mira que eres pesado. Dime de una vez lo que tengas que decir.

Su compañero se echó hacia atrás con expresión ofendida.

—Aquí no. —Pedro miró a su alrededor. Aunque nadie les prestaba atención, volvió a hablarle a Luis al oído—. Si quieres saberlo, nos tomamos una caña. Total, ya es hora de salir a desayunar.

Luis abrió la boca para negarse y el otro se jugó la última baza.

—Invito yo. Y, cuando sepas lo que voy a contarte, no te arrepentirás de haberme escuchado.

Estaban a fin de mes y la economía de Luis no andaba en su mejor momento. Se levantó y bajó a la cafetería acompañado de Pedro, mientras los demás compañeros le dedicaban con más o menos disimulo miradas compasivas. Al llegar a la cafetería, Pedro pidió un café y Luis una caña.

—A ver, Pedro. Que tengo muchas cosas pendientes y no me sobran horas. —Bebió un sorbo de cerveza—. Que siempre tienes algo que decir, hombre. Parece mentira.

—No, no. Si piensas eso, si crees que lo que digo no tiene interés, me callo. Que ya sé que me tenéis puesto el mote de La Gaceta. Pero luego, a la hora de la verdad, cuando alguien necesita saber algo… ¿eh?… entonces todos os acordáis del cotilla de Pedro.

Pedro enarcó las cejas y Luis se sintió magnánimo. Había pedido una tapa con la cerveza sin que Pedro se opusiera.

—Venga, hombre, no te mosquees. Es que das más vueltas que los burros en las norias de mi pueblo. A ver, ¿qué es eso de que va a correr aire?

—Despidos.

Luis dio un bote. Faltó poco para que se volcara la caña de cerveza. Se atragantó y empezó a toser. Las cejas de Pedro habían vuelto a la horizontal, y una sonrisa se instaló en su cara.

—Ya me figuraba que no te habías enterado. Por eso te he dicho lo de tomarnos algo. Porque si lo hubieras sabido no estarías tan tranquilo.

—¡Despidos!… Pero… ¿quién? ¿Cómo has sabido…?

—Júrame que no se lo dirás a nadie.

—Sí, sí. Te lo juro. ¿Estás seguro, Pedro? Oye, que somos amigos desde hace veinte años. Esta no será una de tus ocurren… —De pronto, a Luis se le erizaron los pelos de la nuca y dejó la frase a medias—¿No será a mí?

—No, hombre, ¡no digas bobadas! ¿Tú crees que si te fueran a echar iba a venir yo a restregártelo en la cara? —Luis pensó que no tendría nada extraño, pero se reservó la opinión. Pedro volvió a acercar la cara, y esta vez Luis se acercó también—. Van a largar a Revilla.

—¡No!

—Espérate a mañana, y ya verás. El pobre no tiene ni idea. De nada le ha servido pasarse el último año como lameculos oficial del gran jefe.

—¡Hombre, Pedro…! ¿Revilla, dices? Vale que sea un pelota, pero es una máquina trabajando. No creo que haya mucha gente capaz de sustituirlo. ¡Si ha conseguido él solo casi la mitad de los objetivos de toda la oficina! ¿Seguro que no te equivocas?

—Y tan seguro, Luis.

—¿Y cómo te has enterado esta vez? Si apenas se oían rumores, y lo que se escucha es que hasta dentro de unos meses no se iban a plantear lo de remodelar la oficina y todo ese rollo. ¿A qué vendrán ahora esas prisas de los jefes? —Revilla ocupaba una mesa junto a la de Luis, y le asaltó el miedo absurdo de que el despido fuera algo contagioso—. Oye, Perico… ¿y sabes si alguien más se irá a la calle?

—Verás… seguro no estoy, pero me parece que solo echarán al pobre de Revilla.

Los dos compañeros quedaron en silencio unos instantes, rumiando los datos.

—Pedro…

—Dime.

—No es que dude de ti, amigo, pero me extraña que echen precisamente a Revilla. Lo lógico sería que se fuera Macarena. Si nos van a dejar solo con un jefe de sección, ella ha sido la última en llegar. Y no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. La verdad, no me explico qué criterio habrán seguido.

Pedro volvió a sonreír con la expresión de un gato delante de un plato de leche. Lo que había contado hasta entonces solo había sido el aperitivo del plato principal. Tomó aire y se lanzó:

—Sí que es verdad que Macarena no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. Pero llega a donde tiene que llegar.

—Ahora sí que no te entiendo, Perico. ¿Qué quieres decirme con eso?

—Que la mosquita muerta de Macarena, tiene de mosquita lo que yo de chino, Luis. Y, para conservar el puesto, en vez de llegar a los talones de Revilla, ha apuntado más alto, y ha llegado a la bragueta del director.

El labio inferior de Luis descendió en picado como si tuviera vida propia. Los botones de la camisa de Pedro parecían a punto de reventar cuando cogió aire para seguir hablando.

—Luisito, el otro día vi a Macarena entrar en el despacho del director. Llevaba un sobre en la mano. No estuvo dentro ni dos minutos, pero cuando salió, se iba limpiando las gafas.

—¿Las gafas? ¿Qué tienen que ver las gafas con…?

—¡Ay, hijo! ¡Que pareces tonto, leñe! Que, si se iba limpiando las gafas, quiere decir que el sobre lo había dejado en el despacho.

—¿Y…?

—Pues que a los cinco minutos el director salió con la cara como la pared. Y dos minutos después sonó el móvil de Macarena, y dijo que bajaba un momento a la farmacia a comprar gelocatil. Pero se dejó el bolso colgado en su silla. Y cuando subió, no tenía cara de que le doliera ni la cabeza ni nada de nada.

—Pedro, chico… no sé adónde quieres ir a parar.

—Pues prepárate, que lo que voy a decirte es un bombazo. Y verás cómo, cuando te lo diga, no te extraña ver que mañana es Revilla el que se va al paro. —La cara de Luis era toda ojos y boca—. Me entretuve recogiendo para salir el último de la oficina. Y, antes de irme, entré un momento al despacho del director para dejar un expediente encima de su mesa. Hice como que se me caían las llaves, me agaché, y ¡bingo! El sobre estaba en la papelera.

—¿Y tú…?

Pedro asintió con aire de suficiencia.

—Te doy mi palabra. No te lo puedo enseñar, porque no me atreví a llevármelo. Pero…

—¿Pero…?

—Era un sobre de la farmacia. Un análisis de orina a nombre de Macarena. —Pedro se mordió el pulgar, y Luis lo imitó sin darse cuenta. Volvieron a juntar las cabezas—. Luisito, majo, la mosquita muerta está preñada. Los próximos meses vamos a tener un culebrón. Y si no, ya te iré contando, ya…

¡Macarena embarazada! Pedro, una vez más, había acertado. Revilla no tenía nada que hacer ante eso. ¡Pobre hombre!

Adela Castañón

 

Imagen de www_slon_pics en Pixabay

Japón en mi mirada

Conocer Japón era una de las ilusiones de mi hija Marta. Y en noviembre de 2019 esa ilusión se cumplió. Os confieso que me encanta viajar y cuando tropecé en Facebook con la oferta de Savitur decidí que era un buen momento para romper la hucha. Fue una decisión de la que cada día me alegro más. Y no solo porque mi hija hizo realidad su deseo, sino porque resultó ser una experiencia maravillosa y, desde que volvimos, le tengo ganas a contar algo sobre el tema.

Primero pensé en traerme alguna leyenda local, ya sabéis, lo mío son los relatos y los cuentos, pero luego se me ocurrió que era una buena ocasión para tocar otros registros de escritura y que sería interesante recopilar costumbres, anécdotas, información y cosas así. Sin embargo, tampoco eso me acababa de convencer. Y de tanto darle vueltas al asunto vi que se me escapaba el tiempo entre los dedos y todo quedaría en agua de borrajas. Así que hoy he decidido que ya toca ponerme a la tarea. Este escrito no será un relato, ni un artículo en sentido estricto, ni un diario de viaje. Será todo eso y nada, así que no sé bien cómo llamarlo. Hablemos, si queréis, de reflexiones que quiero compartir mientras os cuento un poquito por encima lo que viví, sentí y pensé del 2 al 12 de noviembre. Voy a ilustrar mi texto con un montón de fotos preciosas, y solo por verlas vale la pena seguir adelante. Porque, para colmo de bienes, tuvimos un tiempo magnífico que nos permitió a todos los del grupo traernos unas imágenes que siempre serán el recuerdo imborrable de una preciosa experiencia.

Y, dicho todo eso, voy al lío. Estáis invitados a subir a bordo.

Día 1

Si a alguien le echa para atrás lo de las horas de vuelo, os aseguro que no es para tanto. De Málaga a Estambul son algo más de cuatro horas, que tampoco resulta disparatado. Conozco ya unas cuantas compañías y mi experiencia con Turkish Airlines ha sido muy satisfactoria. Hicimos con ellos los cuatro vuelos de ida y vuelta, y solo puedo hablar bien de los viajes. De Estambul a Tokyo es cierto que se tarda más de once horas, pero hay cantidad de factores a favor: los asientos son confortables, hay un buen surtido de películas y entretenimiento, te dan auriculares de los cómodos, no de esos de pinganillo que martirizan a cualquiera cuando se lleva un rato con ellos, las comidas, dentro de lo que son las comidas de los vuelos, son bastante sabrosas, te proporcionan también una manta, almohada, una bolsita de aseo con un antifaz, calcetines y zapatillas de viaje… Si pensamos en todo eso me creeréis cuando os diga que los viajes no se me hicieron nada pesadicos, como diría mi querida amiga Carmen Romeo. A la ida, me iba relamiendo cuando soñaba con todo lo que me esperaba al aterrizar. Y la vuelta estuvo repleta de los buenos recuerdos y experiencias, así que os animo a que, si tenéis ocasión, no dejéis de conocer Japón.

Vale. Ya estamos allí. En el aeropuerto de Narita. Y aunque arrancamos perdiendo a uno del grupo, la oveja perdida regresó pronto al redil. Todo quedó en una anécdota simpática que no estropeó para nada el buen ambiente del grupo. Y eso que éramos cuarenta y una personas. Pero a pesar de los numerosos participantes en ningún momento Mónica Espinosa, nuestra guía, perdió la sonrisa ni la calma. Porque eso, hacer el viaje en compañía de profesionales, sí que os lo aconsejo, y más en destinos tan lejanos. Yo he viajado por mi cuenta, y en grupo. Y, para viajes como el que nos ocupa, me consta que yendo por mi cuenta no habría disfrutado ni aprovechado ni la cuarta parte de lo que me he traído de vuelta al ir con todo organizado por Savitur. Pero me voy por las ramas. ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí! En el aeropuerto de Narita. Pues nada, con ayuda de Yuki, nuestra guía local, subimos al autobús que nos llevó al hotel donde pasaríamos nuestra primera noche en Japón. La recepción y distribución de habitaciones se hizo en un momento, tanto ese día como en el resto del viaje. Daba gusto llegar a los hoteles y encontrarnos en los cuartos en un abrir y cerrar de ojos. Y, además, con el detalle añadido de que las habitaciones de los que íbamos en grupos solían estar contiguas o en la misma planta. Esas menudencias son las que marcan muchas veces la diferencia en cuanto a sentirte más o menos atendido, ¿no os parece?

Después de tantas horas de vuelo caí en la cama rendida. Ni siquiera me asomé a la ventana. Pero cuando sonó el despertador y me levanté, descorrí las cortinas y me encontré con esta imagen un poco onírica donde la noche y el día se daban la mano.

Amanece en el hotel de Tokyo

Amanece en el hotel de Tokyo

A lo lejos, el sol queriendo asomar entre nubes y miles de puntitos brillantes llenos de promesas. Y, a mis pies, un escenario atemporal con un jardín entre luces y sombras donde podría ocurrir cualquier historia en cualquier momento y a cualquier persona. Sonreí antes de cerrar las cortinas y me sentí feliz al pensar que empezaba nuestra primera jornada y que estaría repleta de descubrimientos.

A la hora del desayuno todos presentábamos un aspecto bastante descansado. Las habitaciones de ese hotel y de todos los que visitamos a lo largo del viaje estaban impecables. La limpieza en Japón es ejemplar, y no lo digo solo por los hoteles. En las calles apenas hay papeleras, porque la gente es muy cuidadosa con la basura y, por ejemplo, si se toman algo en un puesto de comidas de la calle, esperan hasta terminar y dejan el papel, o los palillos o lo que sea en las papeleras del puesto.

20191104_052810

Después de probar esto he estado a punto de pedirle matrimonio al w.c.

Y, hablando de limpieza, os confieso que no he visto en mi vida unos baños más inmaculados, y os voy a contar una anécdota sobre eso. A lo largo del viaje colgué algunas cosas en mi Facebook, sobre todo fotos, aunque no demasiadas. No quería que las redes sociales me hicieran perderme nada. Pero la primera que colgué os la tengo que poner aquí porque arrancó carcajadas a más de uno, y viene a cuento por aquello de la limpieza. Lo que veis no es un montaje de Photoshop. Y el pie de la foto de ese primer día de vacaciones en Japón son las palabras textuales que puse como comentario en Facebook y que me procuraron bastantes reacciones, sobre todo, como no, las del emoticón de la risa del “me divierte”. Sobran más explicaciones, y con eso dejo cerrado el capítulo de la limpieza.

Vamos ahora al apartado de gastronomía, que es también digno de aplausos. Y esto es solo el aperitivo, que luego os contaré algo más. De momento, que os sirva para abrir boca.

20191104_064125

Mi preciosa familia. Desayuno con alegría

Mirad qué variedad de desayuno, y así os presento de paso a parte de mi familia: mi hija Marta, esa pelirroja tan guapa por fuera como por dentro. Su novio, Juanda, al que después de este viaje quiero como a un hijo más por lo buena persona que es. Y mi hijo, Javi. Una persona especial, y eso lo saben todos los que lo conocen. Si hubo alguien en este viaje que brillara por méritos propios fueron él y Pedro Casasola, otro integrante del grupo que nos dejó a todos asombrados y enamorados de su alegría y de su fuerza interior… ¡y exterior! Que Javi y él casi le podrían haber quitado el puesto a nuestras guías por lo atentos que estaban a la hora de no perderlas de vista y se seguir sus explicaciones. Nuestros dos jabatos fueron un ejemplo para el resto de nuestro grupo.

Un autobús nos dejó en la estación de trenes. Allí subimos por primera vez al tren bala y partimos con destino a Osaka. Japón es un archipiélago formado, si sumamos los pequeños islotes, nada menos que por 6.852 islas. Ahí es nada. El territorio se organiza en 47 prefecturas. La prefectura de Osaka tiene como capital a la ciudad del mismo nombre, que es la tercera ciudad más grande, después de Tokyo y Yokohama. Es una ciudad moderna, cosmopolita. Sus gentes tienen un carácter distinto al de los pobladores de otras urbes de Japón. Yuki, nuestra guía, es un ejemplo perfecto. Durante los dos días en los que nos acompañó, la sonrisa no se borraba de su boca y pronto nos acostumbramos a sus espontáneas carcajadas ante cualquier comentario que hiciéramos, por poca gracia que tuviera. Nos explicó que Osaka es como la hermana pequeña de Tokyo, más desinhibida, con más sentido del humor y mucho más caótica e impredecible que la capital. Y eso no es algo negativo, sino que le aporta esa personalidad especial, difícil de encontrar en otras partes de Japón.

En esa primera escala de viaje pudimos comprobar algo que se repitió a lo largo de los días que siguieron: podíamos ir caminando por una ciudad del siglo XXI y, a la vuelta de cualquier esquina, toparnos de bruces con un templo budista, o sintoísta, que nos dejaba con la boca abierta en una admiración muda. Ya veréis que sitios de ensueño llegamos a descubrir.

20191104_152039 - copia

Castillo de Osaka

En el caso de Osaka la primera visita fue a su castillo. A ver qué os parece la foto de turno. ¿Y qué me decís del cielo? ¡Ni una nube! Y es que el viaje fue mágico hasta por la climatología. El castillo, igual que algunos castillos europeos, está rodeado por un foso con agua. Cruzamos un puente y franqueamos el portón de su muralla para encontrarnos con el edificio principal que veis en la imagen. Visitamos sus ocho pisos y, desde el más alto, disfrutamos una vista panorámica preciosa. Ya en ese primer día pudimos empezar a disfrutar con el contraste entre lo antiguo y lo moderno. Parece mentira que un lugar así, tan cargado de historia, se encuentre en una ciudad cosmopolita como la que se puede ver desde la altura del último piso.

dscn4412.jpg

Ciudad de Osaka vista desde lo alto del Castillo de Osaka

El día terminó con la visita al edificio Umeda Sky. Son dos torres conectadas en la parte superior por una plataforma en la que hay un mirador circular al aire libre. Por supuesto subimos los treinta y cinco pisos para disfrutar de una vista panorámica de 360 grados de la ciudad. El último tramo de subida son esas dos escaleras mecánicas que, como una “V” gigante, podéis ver en la foto. El túnel es de cristal, y la panorámica, de vértigo. ¡No en vano estamos a más de 150 metros de altura!

osaka_rascacielos-umeda

Edificio Umeda Sky. Imagen de guiadejapon.es

Nosotros subimos bien entrada la tarde y estuvimos disfrutando del paisaje hasta que anocheció. Si de día era bonito, mirad de noche, qué regalo para los ojos.

20191104_175956

Así se ve Osaka desde lo alto del Edificio Umeda Sky por la noche

20191104_173117.jpg

Wall of hope

Kibo No Kabe

Y en la calle, junto a la entrada del edificio, hay un enorme muro, todo hecho de vegetación. El arte y la arquitectura conjugan así materiales de construcción con otros de la naturaleza.

Con eso acabó nuestra estancia en Osaka. Volvimos al hotel a descansar y al día siguiente partimos en autocar hacia Nara, nuestro siguiente destino.

Día 2

Para abrir boca empezamos el día en el templo Todaiji, al que se accede por la puerta Nandaimon. El camino hasta llegar a ella está lleno de ciervos en libertad, porque se les considera mensajeros de los dioses del sintoísmo. Por ese motivo, en ese parque, son animales sagrados.

DSCN4596

Puerta Nandaimon para entrar al templo Todaiji en el parque de Nara

Los ciervos no son peligrosos, aunque si creen que llevas comida en algún sitio se vuelven muy atrevidos. ¡A mí me mordisquearon el bolsillo de la cazadora en un descuido, pero con mucha suavidad! Y es que en el parque venden unas galletas especiales para ellos, y están acostumbrados a que los visitantes los invitemos. Son muy inteligentes, y si les enseñas las manos vacías para que vean que no tienes nada, te dejan en paz. Pero si ven que tienes galletitas… bueno, ¡a Marta le faltaban manos para convidar a sus amigos! También son inteligentes y muy educados. ¡Cuando les das galletas, muchos de ellos te responden con una graciosa reverencia!

20191105_102322

Mi hija reparte galletas y su chico inmortaliza el momento con un video

El parque de Nara es inmenso y tiene una parte de cesped, muy amplia y despejada, y otra con más arboleda y caminos preciosos adornados por muchos farolillos de piedra. Y ciervos. Muchos ciervos, como ya he comentado. Pero no nos cansábamos de disfrutar con ellos y de acariciarlos.

20191105_104729

Precioso ejemplar de ciervo en el parque de Nara

dscn4506.jpg

Paseo adornado por farolillos de piedra

Después de disfrutar de los ciervos y del recorrido por el parque, caminamos hasta la zona donde se encuentra el gran salón de Buda, que alberga al Gran Buda “Daibutsu”. Y aprovechando el magnífico sol nos hicimos una de las fotos de grupo para el recuerdo.

IMG-20191105-WA0032

¡Mirad qué grupo tan chulo! ¿Cómo no íbamos a pasarlo genial con tan buenas personas?

Lo de “Gran Buda” no lo dicen por decir, palabra de honor.  El Daibutsu es una estatua gigante de un Buda sentado, que “solo” mide 15 metros de alto y “solo” pesa 500 toneladas. Es de bronce y está flanqueado por dos Bodhisattvas dorados que le sirven de guardianes.

20191105_112517

Gran Buda Daibutsu

20191105_112715

El Gran Buda y un “escolta”

daibutsuden-agujero

Imagen de Absolut Viajes

 

 

 

 

 

En el templo hay un pilar de madera que en su base tiene un agujero del tamaño del orificio de la nariz del Gran Buda. Algunos valientes de nuestro grupo, entre ellos Marta, se atrevieron a atravesarlo. ¡No fue fácil, pero lo consiguieron! ¡Da buena suerte!

Nos despedimos del Gran Buda y de Nara y nuestro autobús nos llevó a una nueva prefectura: Kyoto. Allí visitamos Fushimi Inari Taisha, uno de los templos sintoístas más antiguos de Japón, que está cerca de la ciudad de Kyoto. Si en Nara es costumbre donar linternas, aquí son puertas lo que se donan. Hay un pasillo de puertas naranjas en el que se rodó una de las escenas de la película “Memorias de una geisha”. ¡Fue emocionante recorrer ese camino! Yo había leído el libro, pero no había visto la película. Y sí. Acertáis. A mi regreso a casa no tardé nada en disfrutarla. Y lo mismo ocurrió con otras dos pelis, pero no adelantemos acontecimientos. Ya os desvelaré dentro de poco cuáles son. De momento saboread la imagen del pasillo de los torys, que así es como llaman a las puertas.

20191105_154022

¡Por aquí corría la protagonista de “Memorias de una geisha”!

Y hablando de las geishas, nuestra guía nos contó que su trabajo no es el que mucha gente piensa cuando las confunde con concubinas, sino que son mujeres cultas y preparadas que dominan varias artes como la conversación, la música, la actualidad, y que trabajan como acompañantes culturales. Las maiko son las aprendices de geisha, y si van por la calle se las distingue de ellas por sus kimonos y por otros detalles que aquí serían muy largos de nombrar.

Para rematar la jornada dimos un paseo a pie por las calles de Gion, uno de los lugares que mejor conserva el aspecto tradicional de Japón, famoso por ser el barrio de las geishas. Las luces son suaves y de farolillos, las paredes de madera, algunas ventanas de papel, y a la vuelta de cualquier esquina puedes encontrar un canal como el de la foto, que parece sacado de un cuento de hadas.

¿Y qué decir de la cena? En un restaurante tradicional saboreamos ternera de Kobe que preparamos siguiendo las instrucciones que nos dieron. Y sopa de verdura. Y entrantes. Y sushi. Y… mejor lo dejo aquí, ¿no? Que seguro que os hacéis perfectamente a la idea.

20191105_201447

¡Aquí, pasando hambre, vamos…!

Día 3

Para abrir boca nos dieron un paseo panorámico por la ciudad y luego nos detuvimos para visitar en primer lugar el templo Kiyomizu, o templo del agua pura. Está en lo alto de una colina o ofrece unas vistas impresionantes de Kyoto.

20191106_084357

Vista de Kyoto desde el templo Kiyomizu

Para llegar a lo alto subimos por una cuesta llena de pequeños comercios de artesanía, y nos adentramos en el templo después de coronar la escalinata de acceso.

20191106_084339

Escaleras de acceso a los edificios del templo Kiyomizu

La parte posterior tiene unas vistas maravillosas. Desde la altura se pueden ver bastante abajo unas fuentes donde realizar la ceremonia de purificación con el agua. Y el templo es un muestrario de paletas de colores diferentes en cada estación del año. En una pared de la entrada hay colgados cuadros que yo inmortalicé para tener un recuerdo más. Aquí tenéis las fotos de las cuatro estaciones, a cual más linda.

Desde la zona de terrazas que veis en los cuadros, si se mira hacia abajo se contemplan las fuentes que os dije. Y el agua y la luz del sol nos regalan esas imágenes maravillosas.

20191106_085903

En la esquina inferior derecha están las fuentes de purificación que veis abajo con más detalle.

Después del templo del agua, nos llevaron al Castillo Nijo. ¿Recordáis que os hablé de lugares de rodaje de algunas pelis? ¡Bingo! En uno de los salones de este castillo se rodaron escenas de “El último samurai”. Y, sí. Volvéis a acertar. Es otra de las películas que vi pocos días después de regresar de Japón. ¡Es que da mucho gustito ver lugares en los que una ha estado en carne y hueso!

La superficie total del castillo es de 275.000 metros cuadrados, de los cuales 8.000 metros cuadrados están ocupados por diversos edificios construidos en madera de cedro, así que lo visitamos descalzos. No se pueden hacer fotos en el interior y por eso os dejo fotos del exterior solamente. Pero si veis la película y a Tom Cruise en el salón del castillo, os haréis una idea de lo magnífico que es y de lo bien conservado que está.

IMG-20191104-WA0040

Nuestro maravilloso grupo en el portón de entrada al recinto del Castillo Nijo

Nijo-Hall_Pines

Como no se podían hacer fotos, busqué la imagen en internet: fuente  viajesdeark.com

Los edificios del castillo están rodeados de unos jardines que son una obra de arte. Mirad si no las imágenes que os dejo aquí.

Del castillo nos fuimos al mercado de Nishiki, el más popular de Kyoto, con unas 130 tiendas. Casi nada. O mejor dicho, ¡casi todo! Comida, ropa, recuerdos… Y un ambiente de lo más animado. Mirad las fotos y estaréis de acuerdo conmigo, ¿a que sí?

Tras patear el mercado y reponer fuerzas comiendo, nos llevaron a un sitio de ensueño, el Templo Kinkakuji, cuya foto elegí para la cabecera de esta crónica. Allí se encuentra el famoso Pabellón Dorado. Si miráis las imágenes entenderéis por qué se llama así. El día, para variar, era perfecto, y tanto Mónica, nuestra guía de Savitur, como Keiko, la guía local que tuvimos hasta fin de viaje, eligieron con acierto la hora más apropiada, en la que el sol se refleja en todo el pabellón y lograron que todos quedásemos asombrados y hechizados.

20191106_154928

Pabellón dorado. Sin palabras

La jornada finalizó con la visita a un templo zen, el templo Ryoanji, en cuyo interior existe uno de los jardines secos más curiosos del mundo. Es un espacio rectangular que contiene arena rastrillada y rocas, y cuyo significado permanece oculto porque su creador no dio ninguna explicación. En uno de los laterales hay largos bancos corridos de madera donde es fácil sumirse en la meditación. Junto a él se puede disfrutar de otro pequeño jardín, pero de musgo en lugar de arena.

20191106_164422

Jardín de arena rastrillada y rocas. Unas visibles, y otras ocultas

20191106_164801

Jardín de musgo del templo Ryoanji

Con la visita al templo zen dimos por concluida la jornada. ¡Vaya día aprovechado!

Día 4

Nuestro hotel quedaba justo frente a la estación de tren de Kyoto, así que solo tuvimos que cruzar la calle para abordar el tren bala rumbo a Nagoya. Es la cuarta ciudad más grande de Japón, muy moderna, y allí subimos a un autobús para empezar la parte de nuestro viaje nos mostraría el interior de Japón, la zona más montañosa. Más de uno dio una cabezada durante la ruta. Yo me mantuve despierta aunque me podía el sueño, porque las vistas valían la pena. Desde el bus pude ver un enorme mirador que hay en Nagoya y disfrutar del cambio de paisaje conforme íbamos ascendiendo hacia el interior del país.

Nuestro autobús se detuvo en Shirikawago, una localidad llena de encanto, famosa por sus casas Gassho-zukuri. Son casas que tienen un tejado triangular, hecho de paja y muy inclinado para soportar el peso de la abundante nieve que cae en esta zona en invierno. Toda esta parte del país conserva mucho más las tradiciones y costumbres antiguas ya que, dada la crudeza del invierno, los pueblos quedaban muchas veces totalmente aislados del resto del país. ¡No era fácil que así llegaran allí las novedades de la moderna civilización! Durante el trayecto Keiko, nuestra amable guía, nos pasó un folleto donde se explicaba la construcción de estas casas y donde había fotos del pueblo en invierno, cubierto de nieve como si fuera un lugar de Suiza o algo así.

Para acceder a la aldea propiamente dicha tuvimos que cruzar un puente colgante que oscilaba un poco bajo nuestros pies. ¡A Shirikawago casi no llega ni un coche!

20191107_132345

¡Nuestra valiente expedición cruzando el puente para visitar Shirikawago!

Disfrutamos de tiempo libre para dar un paseo por el pueblo, comprar algunos recuerdos típicos y hacernos las consabidas fotos para el recuerdo. ¡Todo bien abrigados, que allí la temperatura no era la de la zona costera! Las casas tienen tres pisos y están muy bien conservadas.

Tras visitar el pueblo, con ese frío y el paseo, el hambre apretaba un poco. Y nos encontramos con la maravillosa sorpresa de un almuerzo tradicional japonés en un restaurante con suelo de madera. Daba gusto descalzarse, porque el piso estaba calentito. Entre otros muchos manjares nos sirvieron de nuevo una ternera exquisita que se preparaba poniéndola sobre una hoja de nenúfar seca que reposaba sobre una vela de cerámica. ¡No os podéis imaginar lo riquísima que estaba!

20191107_152949

Almuerzo tradicional japonés en Shirikawago para reponer fuerzas. ¡Exquisito!

Después de satisfacer el hambre dejamos Shirikawago y nos dirigimos en el autobús a Takayama. Allí paseamos por una calle muy típica, la calle Kami-Sannomachi, que, con sus tradicionales casas de madera, nos trasladó en el tiempo al Japón tradicional. Los farolillos, la construcción, todo nos hacía sentir como si nos hubiéramos trasladado al pasado.

Y al llegar al final de la calle disfrutamos de una puesta de sol espectacular para poner la guinda a un día perfecto.

Día 5

Después de desayunar el autobús nos llevó hasta Tsumago, un antiguo pueblo que en la época feudal de los Samurais era lugar de paso. En este pueblo de posta visitamos el Museo Magome Waki-Honjin, una antigua hospedería donde se detenían los samurais a pernoctar. Tuvimos la suerte de que el tiempo siguiera siendo increíblemente bueno y la visita coincidió con la hora del día en la que los rayos de sol juegan con la orientación de las ventanas. Mirad qué maravilla de imágenes.

DSCN5132

Entrada al museo-hospedería. Ahí dejamos todos nuestros zapatos

oznor

Zona principal de la hospedería Waki Honjin, en el pueblo de Tsumago

Una señora muy amable fue dando toda clase de explicaciones en japonés, pero ahí teníamos a Keiko para traducir y contarnos todo acerca de la distribución de los comensales alrededor del fuego del hogar, la arquitectura tradicional, la disposición de las habitaciones, etc. Fue toda una lección de historia. La hospedería invitaba al descanso, tanto en sus salones…

20191108_103231

Una de las “habitaciones” de la hospedería / museo

… como en sus jardines…

A la salida del museo tuvimos tiempo libre para pasear por la calle de Tsumago, porque el pueblo es tan pequeñito que prácticamente se limita a esa calle central.

Tras la visita a esa zona interior montañosa regresamos a Nagoya para salir en tren hacia Mishima y, de allí, a Hakone. Llegamos de noche y cansados, y no pudimos apreciar las maravillas del paisaje hasta la mañana siguiente. El hotel respeta mucho el entorno y está edificado en plano, no hay alturas. Dormimos de maravilla en unas habitaciones inmensas, que más parecían un estudio que una habitación de hotel.

Día 6

Al día siguiente, desde el amplio comedor, mientras desayunábamos, pudimos darnos cuenta de que seguíamos estando en un lugar de ensueño.

20191109_073632

Desayuno en el hotel de Hakone mientras un rayo de sol se pasea por las montañas

Nuestra sexta jornada se anunciaba interesante. Visitaríamos el Parque Nacional de Hakone, que tiene muchas cosas magníficas. Comenzamos con un mini crucero por el lago Ashi. Ese día el cielo estaba algo nublado, pero la suerte nos siguió sonriendo con el clima. El día, en vez de irse estropeando, empezó a despejar poco a poco a lo largo de las horas. Y durante el crucero pudimos contemplar por primera vez un atisbo de la impresionante silueta del monte Fuji.

Mientras esperábamos la llegada del barco nos entretuvo la visión de un galeón de época en el otro extremo del lago. Parecía sacado de una película de piratas. Embarcamos, y a poco de zarpar, detrás de una montaña, asomó majestuosa la cumbre del monte Fuji.

DSCN5277

Nuestra primera imagen del monte Fuji, durante el crucero por el lago Ashi

20191109_103012

En el grupo el ambiente fue genial. ¡Fotos para el recuerdo!

Junto al muelle se encuentra el teleférico, y nada más desembarcar subimos en él hasta el Monte Komagate. ¡Allí arriba sí que pudimos disfrutar de las vistas del Fuji!

Eso sí: desde el teleférico tuvimos que subir hasta la cima de una colina por un caminito alfombrado de escaleras en varias zonas, ¡pero valió la pena!

DSCN5347

Casi todos le echamos valor a la caminata, y nos alegramos. ¡Menudas vistas!

Las vistas durante el descenso en el teleférico también eran dignas de admiración.

Almorzamos y el autobús nos trasladó a Hakone, situado en la prefectura de Kanagawa, a menos de 100 km. de Tokio. Es un importante centro turístico, tanto por sus baños termales naturales como por su espectacular belleza que forma parte del parque nacional de Fuji-Hakone-Izu. Es uno de los lugares desde los que se puede disfrutar en días claros de preciosas vistas del monte Fuji. Y nosotros, como habéis visto en las fotos, fuimos afortunados.

Empezamos visitando el Santuario Hakone. Si ya nos sorprendía en las ciudades tropezar a la vuelta de una esquina con templos y edificaciones que parecían como traídas de otro tiempo, imaginad ahora lo que sentimos al descubrir en plena naturaleza los edificios que forman el santuario. Personalmente creo que Hakone es uno de los lugares que merecería más de un día de visita. Nosotros tuvimos menos tiempo, pero gracias a la eficacia de Mónica, de Keiko, y a la estupenda planificación de Savitur, pudimos saborear toda su esencia.

20191109_123827

Zona de edificios del santuario Hakone

Toda esa zona está considerada como uno de los lugares espirituales más famosos de Japón, especialmente alrededor del lago Ashi. Desde tiempos remotos se dice que existen allí numerosos dioses que están consagrados en los muchos santuarios que allí hay. Muchos de nosotros seguimos las instrucciones de Keiko y llevamos a cabo un pequeño ritual, igual que hicimos con la purificación por agua en el templo Kiyomizu.

Allí también pudimos admirar varios toris. Uno de ellos, bastante famoso, tiene su base dentro del agua.

DSCN5423

Tori dentro del agua en uno de los lagos de Hakone

Ese tori es tan espectacular que había cola para hacerse la foto típica delante de él, así que nos conformamos con verlo desde la altura y desde la orilla, pero eso sí, no nos dio tiempo de la foto clásica, jeje. Sin embargo lo que importa es que estuvimos allí.

20191109_125144Intentamos hacer la cola para la foto, pero los turistas no tenían prisa y cuando íbamos por la mitad decidimos abandonar la cola y conformarnos con un reportaje desde los lados. ¡Había tanto que ver que no dábamos abasto!

20191109_125450

 

 

 

 

 

En Hakone dimos fin a la visita del interior montañoso de Japón. Ya en el autobús, de regreso a Tokyo, donde comenzó este viaje alucinante, no pude resistir la tentación de hacer algunas fotos sobre la marcha. Eran mi particular despedida a ese territorio del interior, montañoso y mágico, antes de volver al mundo urbanita de la capital.

¡Adios a las montañas! Pero nos espera Tokyo, cosmopolita y hechicera…

Nuestro autobús nos llevó de nuevo a Tokyo donde cenamos y descansamos en un magnífico hotel.

Los dos días que nos quedaban de este viaje tan maravilloso los dedicaríamos a conocer lo mejor de la capital de Japón, y empezamos esa misma noche dando un paseo con una guía de excepción: Mónica se movía por el centro de Japón como si toda la vida hubiera vivido allí. Nuestro hotel, además, estaba muy bien situado, así que pudimos caminar y estirar las piernas después del viaje por carretera.

El contraste entre la serenidad de la naturaleza en las visitas de la mañana y el bullicio y la vida nocturna en las calles de Tokyo nos hizo sentirnos afortunados al haber tenido la oportunidad de hacer este viaje. Los recuerdos serán inolvidables. ¡Mirad abajo qué diferencia entre estas fotos y las de los últimos días! Cada una en su estilo, tiene su propio encanto.

A pesar de que solo fue un paseo nocturno, aprovechamos el tiempo al máximo. Vimos a Godzilla, atisbando desde lo alto de un edificio…

Nos hicimos la foto típica con un robot futurista como guardaespaldas…

Nos perdimos en callejones con encanto, que nadie hubiera creído que podrían encontrarse en medio de tantas luces y modernidades…

Y, finalmente, cansados pero felices, regresamos a nuestro hotel. El ayuntamiento de Tokyo está en la calle paralela, y aprovechamos para hacer algunas fotos antes de irnos a dormir. El hotel, igual que el resto de los hoteles a lo largo del viaje, era una maravilla en cuanto a comodidades, limpieza, atención, etc. Nos trataron como a reyes todos y cada uno de los días que duró este maravilloso periplo. El edificio claro es nuestro hotel. El de las dos torres es el ayuntamiento. Mónica nos dijo que en una de las torres había un mirador con vistas de la ciudad de Tokyo impresionantes, y nos propusimos visitarlo al día siguiente aprovechando que todavía nos alojaríamos en el hotel. Esa noche tocaba reponer fuerzas después de un día tan intenso y lleno de contrastes preciosos.

Día 7

Nuestro penúltimo día en Japón lo empezamos con una visita panorámica de la ciudad en la que fuimos haciendo paradas. La primera escala fue el Museo Nacional de Tokyo, que se aloja en un conjunto de edificios separados entre ellos: La Galería Honkan, la Galería Asiática, Hyokeikan, Heiseikan, la Galería de Tesoros Horyuji, el Centro de Investigación e Información y varios restaurantes y tiendas. Tuvimos tiempo de entrar en dos de los pabellones y de hacer fotos tanto del exterior como del interior.

DSCN5454

Fachada del edificio principal del Museo Nacional de Tokyo

DSCN5458

Otro de los edificios, que hace esquina con la fachada principal

El interior del museo alberga toda clase de tesoros: artesanía, kimonos, pergaminos, estatuas y toda clase de obras de arte. Os dejo aquí un pequeño muestrario.

Tras visitar el Museo fuimos a disfrutar del Templo de Asakusa Sensoji, uno de los más antiguos de la ciudad. Caminamos por una calle bastante larga y atravesamos la puerta Kaminarimon, que tiene en el centro un gran farolillo rojo, y a los dos lados a las dos deidades que guardan la entrada el templo: Fujin, el dios del viento y Rajin, el dios del trueno.

20191110_145834

Puerta Kaminarimon, en el Templo Asakusa Sensoji

Además de ver una preciosa pagoda de varios pisos y los edificios del templo, pudimos recorrer una calle repleta de tiendas y de actividad. ¡No es de extrañar! Japón no ha dejado de maravillarnos.

DSCN5589

Al final de la calle vemos la puerta Kiminarimon

Y, después del templo, volvimos a esos contrastes tan sorprendentes de Japón al pasear por el barrio de Akihabara, donde se encuentran muchas cosas de lo más “friki” y las últimas novedades en cámaras digitales, videojuegos y todo tipo de tecnologías modernas.

20191110_164313

Una de las calles del barrio de Akihabara

Al regresar al hotel tuvimos tiempo de hacer una escapada antes de cenar para cruzar la calle y subir al mirador de una de las torres del Ayuntamiento. Nos tocó correr un poco, pero seguro que estaréis de acuerdo en que las vista de Tokyo por la noche desde esa altura valían la pena.

rhdr

Tokyo visto desde el mirador de una de las torres del Ayuntamiento

Día 8

Nuestro último día comenzó con una visita panorámica de la Plaza del Palacio Imperial de Tokyo, que está situado en los terrenos del antiguo castillo de Edo. Al palacio no se puede acceder, porque es la residencia oficial de la familia imperial japones, pero sí que se disfruta de magníficas vistas desde la gran explanada que lo circunda. Para llegar al punto más cercano desde el que tomar fotos, recorrimos unos preciosos jardines donde una estatua de samurai monta guardia.

20191111_101812

Palacio Imperial de Tokyo

Después de almorzar el autobús nos llevó al barrio Harajuku, lugar donde coexisten los personajes más frikis de Tokyo con tiendas que son el centro neurálgico de la moda.

IMG-20191111-WA0100

Bifurcación de calles en el barrio Harajuku

Tuvimos tiempo para hacer algunas compras antes de ir a otro barrio, el de Shibuya, famoso porque en él se encuentra el cruce más transitado del mundo. ¡Ni que decir tiene que todos cruzamos por uno de sus muchos pasos de cebra, siguiendo la banderita roja de Keiko, que nos acompañó todo el tiempo!

En Shibuya hay una estación de tren en la que se puede ver la estatua de Hachi, un perro que hizo historia en la ciudad porque acudía cada día a la puerta de la estación a esperar a su dueño. Y cuando el hombre falleció, Hachi siguió acudiendo allí durante años. 

La tercera película que vi al volver de Japón ha sido una donde los protagonistas son Richard Gere y un perro. La película se llama Hachiko. No necesitáis más pistas, ¿verdad? Me emocioné al ver en la pantalla al perro que hacía el papel de Hachi esperando cada día en el lugar donde nos hicimos esta foto para el recuerdo.

20191111_115433

Posando delante de la estatua de Hachi, en la puerta de la estación de Shibuya

El final de nuestro viaje se aproximaba, pero aún tuvimos tiempo de disfrutar de una última visita: la del santuario sintoista Meiji Jingu, dedicado a los espíritus del Emperador Meiji y su mujer, la Emperatriz Shoken. Tiene una superficie inmensa y los edificios están rodeados por un bosque con miles de árboles de diferentes especies. A pesar de estar en pleno centro de Tokio, es un lugar de descanso y relax ideal.

20191111_143553

Entrada al santuario Meiji Jingu

Allí nos hicimos la última foto de grupo para el recuerdo. El viaje resultó una experiencia preciosa no solo por los paisajes y los lugares, sino también por el maravilloso clima que reinó durante todos esos días entre los que formábamos la expedición. ¡Volvimos de allí con estupendos amigos!

IMG-20191111-WA0140

¡Nuestro maravilloso grupo posa para una foto de recuerdo!

El santuario Meiji fue nuestra última visita. De allí nos trasladamos al aeropuerto para embarcar de nuevo en vuelo regular de Turkish con destino a Estambul, haciendo noche a bordo. Y de Estambul, a Málaga, a casita.

Queridos amigos y lectores, ojalá todos hubieseis podido estar allí y compartir mi alegría y mis descubrimientos. Pero como no estaba en mi mano he querido reunir una pequeña muestra de lo que vi para que tengáis una idea de lo mucho que puede ofrecer Japón. Al menos puedo hacer eso: obsequiaros con el trocito de Japón que me traje en mi mirada.

Solo me resta dar las gracias a los que hicieron posible un viaje tan mágico. A Savitur, a Toon Espinosa por organizar el viaje y por darme la información, a su hermana Mónica, que nos acompañó y nos mimó con el mismo cariño y profesionalidad que su hermano en otros viajes que he hecho con ellos, a Yuki y Keiko, nuestras guías, y a todos mis compañeros de viaje, con una mención especial a Pedro y a Javi. Porque son dos campeones que con su ejemplo nos han demostrado que no tienen por qué existir en el mundo barreras para las personas que tienen diversidad funcional. ¡Que llegaran a Japón y que lo disfrutaran exactamente igual que el resto del grupo lo demuestra sin duda!

¡Japón! No te llevo solo en mi mirada. También te has quedado para siempre en mi corazón.

Adela Castañón

Imágenes: casi todas de la autora, unas cuantas tomadas por compañeros de viaje que las compartieron con el grupo, y  algunas tomadas de internet, en las que se indica la fuente a pie de foto.

 

 

 

Regalos de Año Nuevo

Sería bonito que pudiésemos reinventar el calendario y conseguir que todos los días fueran como el primero de año. Me gustaría por el significado y las posibilidades que esa fecha tiene para muchos de nosotros. De eso quiero hablaros hoy.

La Navidad y el Año Nuevo vienen cargados de tradiciones y de regalos. Los tiempos cambian, la comunicación evoluciona, y entre los muchos whatsapps que he recibido en estas fiestas me gustó uno en el que aparecía un cantaor con una guitarra y decía, medio recitando y medio cantando, algo así:

Cada vez que acaba el año

el tiempo va y te regala

una pizarra y esponja

p’a que esta noche tú cojas

y borres las cosas malas.

Y entre copas y sonrisas

enero llega corriendo

y te regala una tiza

p’a que sigas escribiendo

La coplilla viene cargada de razón. Y por eso me gustaría que cada mañana, al abrir los ojos, pudiéramos sentirnos dueños de algo así.

Estas palabras se quedaron dando vueltas en mi mente y me llevaron a reflexionar sobre el valor simbólico de esos objetos que son, ni más ni menos, que la maravillosa capacidad que tenemos las personas para poder elegir, y la libertad de usarla según queramos.

Adoro las metáforas. Eso es tanto un inconveniente, como cariñosamente me señalan mis compañeros y profesores en los cursos de escritura, como una ventaja. La metáfora es un arma poderosa para transmitir información de modo creativo. Así que hoy, por ser las fechas que son, me voy a permitir tirar de ella. Ya que hablo de regalos, me merezco ese.

Hasta ahora no he sido consciente de que en mi vida han existido muchos más “primeros de año” que los que corresponden a mi edad. Darme cuenta de eso hace que me sienta afortunada. Cuando miro atrás, veo que he sabido encontrar a mi alrededor obsequios como esa esponja y esa tiza. Y aún hay más: como he dicho antes, los tiempos cambian, las personas evolucionamos, y lo que en mi adolescencia o en mi juventud eran una pizarra, una tiza y un borrador, se han convertido ahora en herramientas mucho más potentes, en verdaderos procesadores de texto.

En mi adolescencia solo cabía el blanco y negro. Las cosas, muchas veces, no tenían término medio. Descubrir el amor ofrecía dos alternativas: que el chico que me gustaba se fijara en mí, o pensar cada día que moriría de pena al llegar la noche porque nadie puede sobrevivir al sufrimiento de no ser correspondida. No morí, claro está, o no estaríais leyendo esto. Pero mi memoria no me engaña y en aquellos lejanos años mi vida era como una clase de matemáticas sencillas donde las ecuaciones o los problemas tenían dos o tres alternativas como mucho. A, B o, a lo sumo, C.

Cuando me convertí en madre la cosa empezó a cambiar. La relación con mi hija, por ejemplo, era un arcoíris de colores y posibilidades. Todavía me tiemblan los dientes cuando recuerdo su adolescencia, sus dudas, su querer presumir de ir de vuelta de todo, cuando en realidad todavía estaba empezando a saber poco de nada. Mis propias dudas también, mi inseguridad, mi falta de tiempo, robándole siempre a ella los minutos que necesitaba para pelear contra la hidra de siete cabezas que era entonces el autismo de su hermano. Mis momentos de felicidad, cuando acabó la relación con su primer noviete y acudió a mi hombro para llorar su pena. Creo que ya entonces, no sé si por sabiduría o por puro azar, empecé a manejar con más soltura mi borrador y mi tiza. Ya no escribía cosas sencillas, no, pero cada borrón y cada línea me convertían en una persona un poco mejor, o eso quiero creer.

Y, si me paro a recordar el milagro de mi Javi, descubro que lo mío ya no ha sido esa escritura sencilla de escuela de primaria. Ni mucho menos. Porque con siete años mi hijo no hablaba, se autolesionaba, apenas masticaba, no llegaba al percentil cinco de peso y tenía alteraciones severas en el patrón de sueño entre otros muchos problemas. A Javi le debo mucho, porque con él, gracias a él, sí que aprendí a base de bien. Tuvimos que borrar muchos errores y reescribir muchas cosas los dos juntos. Pero lo hicimos. Y hoy habrá pocas madres tan felices como yo y pocos hijos tan felices como él. Es una persona integrada en el mundo, un chico satisfecho de tener amigos y de su participación en el programa Cualifícame de preparación laboral.

Y conste que no todos los regalos tienen que ser así de contundentes, aunque los míos me encantan. Hay más, muchos más. Como que reaparezcan en mi vida amigos de la infancia, incluso aquel primer amor que no llegó ni a serlo y que ahora es amistad, y que, por obra y gracia de las redes sociales, me haya podido reencontrar con esas personas a las que quiero, y que vuelven a ser parte de mi historia. O que, de pronto, mis hijos sean mayores y a mí me quede tiempo para volver a ser un poquito yo misma, y se me ocurra apuntarme a cursos de escritura que me han traído nuevas amistades y hasta un blog donde escribir.

Y todo eso que os he contado me hace sentirme viva. Y día a día comprendo que tengo en mis manos la potestad de borrar y de escribir en cada página de mi historia lo que más me apetezca. Y eso hago.

Así que ojalá este año esté para vosotros lleno de primeros de enero. Y si algo no se puede corregir, si hay manchurrones de tinta imposibles de borrar, terminaré con otra frase que no es mía pero que me hizo reflexionar bastante, aunque desconozco el autor: Lo que no se soluciona pasando página, se soluciona cambiando de libro. A veces es así, y no pasa nada. Un libro nuevo está lleno de promesas, de hojas en blanco para rellenar.

Feliz escritura en vuestra vida.

Adela Castañón

birthday-2478096_1920

Imagen cabecera: George Dolgikh en Pixabay

Imagen final: Thanks for your Like • donations welcome en Pixabay

Versos de antes de dormir

Hoy quiero daros las gracias a todos vosotros. A los que nos leéis y comentáis. A los que nos seguís en esta aventura de letras que es Mocade, que sigue siendo para mí una fuente de alegrías. Y además de daros las gracias, quiero desearos un feliz Año Nuevo, que vuestros deseos se hagan realidad y que nunca dejéis de soñar. Son fechas familiares, así que no os robaré mucho tiempo y os dejo unos versos cortitos que escribí hace bastante pero que no publiqué. ¡Feliz 2020, y gracias por vuestra compañía!

Adela

Versos de antes de dormir

Anoche,

cuando ya estaba a punto de dormir,

vinieron a mi mente los versos que ahora escribo.

Y no es casualidad que me asaltaran,

porque soñé contigo.

 

Y es que la vida intenta

mantener a mis sueños amarrados

y que la realidad sea su cadena.

Pero yo, cuando escribo,

dejo volar en libertad mis versos

y les doy rienda suelta.

 

Y puedo imaginar que estás conmigo,

puedo soñar despierta.

Con los ojos cerrados sigo viva,

y después, al abrirlos,

comprendo que vivir vale la pena.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay