El amor y los celos

Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo infinito, mil veces mayor que el que todos conocemos, poblado por míticas criaturas de todas clases, nacieron dos pequeños, un niño y una niña, que crecieron juntos desde su más tierna infancia.

Sol, que así se llamaba el chico, poseía la magia del fuego. Todo el que se acercaba a él podía notar su calor y hasta las almas más frías hallaban consuelo si Sol andaba cerca.

La magia de Luna, su amiga, era la luz. Cuando Luna paseaba por ese mundo, cobraban vida muchas criaturas menores que, alimentadas por su brillo, se convertían en estrellas que comenzaban a tener su propio resplandor. Luna era modesta, sencilla, y todos la querían.

Sol y Luna compartían juegos y risas, y los dioses de aquel mundo antiguo disfrutaban mientras veían cómo crecían en armonía y cómo desarrollaban sus dones cada vez más. Cuando Luna se acercaba a Sol, en su interior crecía un calor que dejaba pequeño al que emanaba de su amigo. Nada le gustaba tanto como tomar su mano para, con los dedos entrelazados, seguirlo en todas sus aventuras. Y Sol se descubría pensando cada vez más en cuánto le gustaba compartir con Luna cada instante. La felicidad de las dos criaturas crecía a la vez que lo hacían sus dones, y era tan intensa y pura que se contagiaba a todos cuantos los rodeaban.

Un buen día, cuando Sol y Luna eran todavía muy jóvenes, apareció una joven desconocida que hizo de aquel universo su hogar. Se llamaba Tierra, y tenía el don de crear vida. Su aspecto, muy diferente del de Sol y del de Luna, cambiaba con el tiempo, vestía un traje de mil colores donde el azul de los océanos formaba dibujos maravillosos al combinarse con el oro de las arenas del desierto o el verde de sus bosques infinitos. Llegó sola, y Sol y Luna la adoptaron enseguida como compañera de juegos y aventuras.

Todo parecía ir bien entre los tres, hasta que en la superficie de Tierra empezaron a crecer unos puntitos minúsculos, casi invisibles, que solo ella percibía como una especie de picor interior. A veces era un picor agradable, pero con el paso del tiempo se fue convirtiendo en algo mucho más complejo. Había ocasiones en que sentía algo dulce y cálido y otras en las que un sentimiento incómodo, como el rumor de una colmena, la hacía encontrarse mal.

Tierra aprendió a escuchar el murmullo de esos miles de criaturas y descubrió el significado de palabras que hasta entonces habían sido desconocidas para ella. Supo lo que era el amor, y la dulzura, pero también averiguó que todo tenía su contrapunto, y los celos se adueñaron de ella.

Porque Tierra comprendió que Sol y Luna se amaban.

Loca de rabia, Tierra empezó a girar sobre sí misma para arrancar de su interior esa negrura. Pero su envidia era tan fuerte que cada vez daba vueltas a más velocidad. Tanto giró que a su alrededor se formaron remolinos de viento que separaron a Sol y a Luna que, por más que lo intentaban, no conseguían acercarse el uno al otro.

Entonces Tierra, al ver que su giro mantenía a los amantes separados, se propuso no parar de dar vueltas y consiguió que Sol y Luna no lograran encontrarse.

Los dioses contemplaban impotentes la tragedia porque sus normas no les permitían interferir en los actos de sus criaturas. Pero el dios del Amor, compadecido de Sol y de Luna, esperó con paciencia. Sabía que llegaría un momento, alguna vez cada muchos, muchos años, en que Tierra tendría que dar la espalda a sus amigos para tomar aliento.

Y llegó el día en que Tierra se detuvo unos segundos, mientras miraba hacia otro lado. Entonces el dios Amor creó un eclipse.

Y, durante unos minutos, Sol y Luna pudieron volver a besarse antes de regresar cada uno al destierro de su eterno día y de su noche eterna.

Y la Tierra, impotente, contempla cada muchos años como, en toda su superficie, miles de ojos se alzan al cielo para admirar el beso de dos amantes que se vuelven a encontrar.

Adela Castañón

Imagen: Guillaume Preat en Pixabay

El nombre del olvido

A mis pacientes y a sus familias.
Y a mi padre, que me enseñó a amarlos como personas
antes que a verlos como enfermos.

–¡Mamá! ¿Otra vez? –le grita Maribel. Las ganas de llorar y la impotencia la invaden cuando sorprende a su madre con el teléfono pegado a la oreja.

Juana mira a su hija, aprieta los labios y agacha la cabeza. Baja la mano despacio y deja que Maribel le quite el auricular sin ofrecer resistencia. Al otro lado del hilo se ha repetido el mensaje de siempre, aunque Juana no se acuerde de un día a otro: “El número marcado no existe”. Y luego, también como siempre, solo silencio.

Juana se sabe ese número de memoria. Los lunes, miércoles y viernes Andrés, su novio, la llama por teléfono, pero los martes, jueves y sábados es ella la que le telefonea. Los domingos no hace falta. Es el día que se ven y pasean del brazo por la plaza del pueblo. Él camina muy erguido y ella taconea con fuerza. Al fin y al cabo, Andrés ya ha hablado con sus padres y se casarán en verano.

Maribel se muerde el labio. No quería hablarle así a su madre, pero está cansada. No se ha sentado en toda la mañana y ha discutido otra vez con sus hermanos. Vale, ella está soltera y es la única que todavía vive en la casa familiar, pero no le parece justo que toda la tarea recaiga sobre sus hombros. Cuelga el auricular y le acaricia la mejilla.

–¡Ea, vamos! Que, aunque el médico suele llevar retraso, como se nos escape el autobús llegaremos tarde. –Eso último lo dice más para ella. No espera respuesta.

Echa sobre los hombros de su madre una toquilla tan antigua como el teléfono, como los muebles del salón, heredados de los abuelos, como los techos altos de la casa, impensables en cualquier piso moderno. Maribel, a sus cuarenta años no recuerda que su madre haya querido mover ni siquiera un cuadro de la pared. Un novio que tuvo le preguntó una vez cómo era capaz de vivir en un museo, y a ella le dio vergüenza contestarle. Aunque sabe que su madre necesita estar entre sus cosas para sentirse feliz, después de aquello pensó proponerle algún cambio en la decoración. Pero el momento quedó atrás y ahora ni se le pasa por la cabeza.

En la consulta, el doctor les estrecha la mano y empieza a hablar con Maribel como si Juana no estuviera delante. De todos modos, la anciana también lo ignora. Está mirando a la enfermera con su bata blanca mientras se pregunta qué hace ahí esa lagartona en lugar de estar despachando en la tienda de ultramarinos del pueblo. Sabe que tiene los ojos puestos en Andrés, pero su hombre es cabal. Más le vale a esa tipa no hacerse ilusiones, piensa Juana, porque yo seré la que esté junto a Andrés, de blanco delante del altar mayor, el día de la Virgen de Agosto cuando el cura nos eche las bendiciones.

El médico ha cogido unos papeles del cajón, y se los enseña a Maribel, aunque la pobre está más pendiente de la cara del doctor que de sus palabras. Juana, ajena a la conversación, se cansa de mirar a la enfermera y sus ojos se posan sobre el folio que hay encima de todos. De soltera fue maestra, y lee bien al revés. Y entonces la realidad llega en forma de un puñetazo de papel con la dureza del pedernal. La mano de Juana tiembla y busca el brazo de su hija. Maribel y el médico la miran a la vez, ven sus ojos fijos en el folio, y cruzan una mirada. Un segundo después, como niños cogidos en falta, hablan a la par.

–¿Se encuentra bien, Juana?

–¿Mamá? ¿Te pasa algo, mamá?

La anciana nota la boca seca y no responde. La enfermera no habla, pero se acerca y le pone una mano en el hombro. Juana, anclada al brazo de su hija, le dirige una sonrisa desdentada como desagravio por haber pensado que era la pelandusca de la tienda.

–¿Me dice dónde está el servicio, por favor? –Su voz suena cascada.

–Claro, señora. Acompáñeme.

Juana se levanta y camina hasta el baño del brazo de la enfermera. Cuando llegan a la puerta, le habla en tono más firme:

–Puedo volver sola, gracias.

La enfermera vacila, pero acaba por darse la vuelta. Juana entra, cierra con el pestillo y se sienta sobre el váter sin levantar la tapa. Se arrebuja en la toquilla y abre mucho los ojos cuando ve su imagen reflejada en un espejo. Es ella y no lo es. Levanta la mano derecha y su doble en el cristal hace lo mismo con la izquierda para atrapar un mechón de pelo. Al doblar el cuello para mirarlo de cerca comprueba que ya no es como el ala de un cuervo. Entre sus dedos se entrelazan hilos de ceniza y nieve.

Entonces mira de nuevo al espejo y, en un instante de lucidez, sonríe al reconocerse. Su reflejo le devuelve todo lo que ha perdido y piensa que sus cabellos grises son los archivos del pasado, que cada cana guarda una historia, cada arruga el recuerdo de una risa o de una herida. La memoria le duele, pero el dolor dura poco. Solo lo que tarda en regresar el olvido. Quizá mañana Andrés conteste cuando lo llame por teléfono. Aunque tendrá que esperar a que Maribel salga de casa.

En el despacho, el médico rodea la mesa y apoya la mano sobre el hombro de Maribel, que parpadea y traga saliva. Piensa que tendrá que hablar con sus hermanos y suspira. Le vienen a la mente los cuentos que su madre les contaba antes de dormir.

Nunca pensó que ponerle un nombre al olvido pudiera doler tanto. Pero duele.

Adela Castañón

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Imágenes cabecera y cierre: Gerd Altmann en Pixabay

 

La historia de un súper héroe

Escuché los pasos de mamá por la escalera mientras gritaba su frase favorita. Me estiré en la cama y me tapé las orejas con los puños, pero sus pulmones son capaces de despertarnos a mi hermano y a mí, aunque nos llame desde la cocina.

–¡Pedrooooo! ¡Levanta, dormilóóóón!

Abrí los ojos y noté algo raro. Al principio, como todavía estaba un poco dormido, no supe bien qué ocurría. Pero cuando mamá empujó la puerta y entró, di un bote. Tenía el tamaño de un globo aerostático y estaba muy lejos de mí. Miré hacia los pies de la cama y vi que la sábana era tan larga que no llegaba a verle la punta. Chillé con todas mis fuerzas y ella, en lugar de contestarme, se puso a hablar sola, como si yo no estuviera allí.

–¿Dónde se habrá metido este crío?

Pasó de largo junto a mi cama sin hacer caso de mis gritos y abrió la puerta del baño. Asomó la cabeza, dio media vuelta, se agachó a mirar debajo del colchón. Me mosqueé. ¡El que suele esconderse debajo de la cama para no ir al colegio es mi hermano! Yo soy demasiado mayor y nunca he hecho esas tonterías. Vi apoyarse su mano de giganta en el filo de la cama y su cabeza apareció en mi campo de visión como si fuera una enorme nave espacial. Suspiré aliviado al ver que me miraba, pero se puso en pie de un salto y gritó. Antes de que yo pudiera hacer o decir algo, cogió la sábana por las esquinas y se acercó a la ventana.

–¡Maldito bicho! ¿Cómo habrá entrado?

La tela me tapó los ojos y me agarré a ella sin comprender por qué no me caía. Noté unas sacudidas peores que las de la montaña rusa de la feria, perdí mi asidero y empecé a caer. Pensé que me estrellaría contra el suelo del jardín y cerré los ojos, pero los entreabrí intrigado por lo mucho que tardaba en chocar. Entonces, de golpe, los abrí de par en par.

Mi cuerpo caía despacio, casi como si flotara. El aire me llevó hasta el borde de la piscina, toqué tierra junto a una gota de agua que tenía el tamaño de una pecera y entonces me vi reflejado. Di un salto hacia atrás y la bola peluda con ocho patas hizo lo mismo.

Algo se movió a mis espaldas. Me volví con rapidez y me encontré frente a un grillo de mi tamaño, con levita, chistera y un paraguas en la ¿mano? ¿pata? delantera derecha.

–Hola, criatura. –Con la otra extremidad levantó la chistera para saludarme–. ¿Necesitas ayuda?

Cerré la boca y descubrí que controlaba bien mi cuerpo arácnido porque me rasqué la cabeza sin problemas con una de mis manos. Bueno, con una de mis patas. El tamaño del grillo imponía, pero no parecía tener malas intenciones. Probé a hablar.

–Ejem… –La cosa no pintaba tan mal–. Pues la verdad es que sí. –Me acordé de las lecciones de mamá sobre ser educado–. Soy… me llamo Pedro. ¿Y usted es…?

–Grillo. Don José Grillo, a tu disposición.

Recordé mis primeros cuentos, que ahora eran de mi hermano pequeño. Parpadeé y me fijé más en la chistera y el paraguas.

–¿Usted es Pepito Grillo? ¿El de…?

–¡No!

Levantó la mano. Yo me encogí y guardé silencio. Él suspiró y habló alargando las frases.

–Sieeeempre la misma historia, Señor. ¡Qué aburridoooo! –Volvió a suspirar–. Dejé que usaran mi imagen en el cuento, sí, pero el personaje no es más que una mala copia mía. Pero vamos al grano.

Cogió un monóculo que yo no había visto hasta entonces y se lo puso delante de un ojo. Se inclinó y aproximó su cara a la mía. Yo retrocedí. No tenía miedo, pero me impresionaba el tamaño del ojo a dos palmos de mi nariz. Levantó una ceja y volvió a hablar:

–Supuse que te encontraría aquí, Pedro.

–¿Qué? ¿Por qué…?

–No disimules, mozalbete –me interrumpió–. Eso no te valdrá conmigo. Regalar lo que no quieres o lo que te sobra no tiene mérito. Por supuesto que eres ya muy grande para historias como la de Pinocho, pero ¿no se te ha ocurrido pensar que tu hermano también crece? A ver, ¿por qué no quisiste regalarle los comics de súper héroes que hace meses que no lees? ¿Eh?

–Yo… –callé y miré al suelo.

–Escucha, Pedro. Todavía puedes arreglar esto.

–Quiero arreglarlo, palabra –dije. Y no mentía. Haría cualquier cosa por salir del lío en el que me había metido–. Si me ayuda a volver a casa se los regalaré. Todos.

–Bien, bien, muy bien. Hazlo, y te recompensaré. Mmm… A ver… –Se rascó la barbilla con la mano–. ¡Lo tengo! Te convertiré en alguien tan famoso como yo. Serás un nuevo súper héroe. Y para que no te pase igual que a mí, cambiaremos un poco tu nombre. Pedrito no me parece apropiado, así que el protagonista se llamará Peter. Peter Parker. ¿Te gusta?

–Suena bien –contesté.

–Pues así será. Aunque modificaremos un poco los hechos, ya sabes cómo va esto.

–Claro. No hay problema.

Todo eso estaba muy bien, pero la idea de ser una araña eternamente no me gustaba nada. José Grillo supo lo que yo pensaba y sonrió.

–Toma. –Me entregó su paraguas y lo abrió–. Cierra los ojos y déjate llevar.

Obedecí y noté que me elevaba en el aire. Cuando sentí que me posaba sobre algo blando abrí los ojos. ¡Estaba en mi cama y había recuperado mi tamaño y mi forma de niño!

Al día siguiente le regalé mis comics a mi hermano y mamá, como premio, me compró uno nuevo que acababan de publicar. Se llamaba Spiderman. Iba sobre un chico que se convertía en araña.

Sonreí y empecé a leer.

Adela Castañón

Imagen de macrotiff en Pixabay

Miedos

No le temo a la muerte.

Temo dejar morir las emociones

que aún viven en mi alma.

Temo quedarme huérfana de afectos

mientras que siga viva.

Temo que el tiempo me traiga respuestas

cuando ya no me queden más preguntas

y sea tarde.

 

Y por eso,

para vencer mis miedos,

sigo regando con la tinta de mis letras

el árbol de mis cuentos,

el jardín de todos los poemas

donde atesoro aquellos pensamientos

que alimentan mi alma

para que sigan vivos en mis versos.

 

Y por eso,

para vencer mis miedos,

comparto con amigos lo que escribo

y me viene devuelto

el fruto de mi esfuerzo.

Porque regresa a mí lo que publico

envuelto en las palabras de cariño

de amigos que me regalan su afecto,

su presencia en la ausencia,

sus palabras de aliento

que son el combustible que me anima

a seguir escribiendo.

 

Y por eso,

para vencer mis miedos,

siempre que tenga dudas

te miraré a los ojos.

Y en vez de una pregunta

te daré mi respuesta

y te diré “Te quiero”.

Y ojalá que tus ojos me contesten

y tu respuesta no se pierda en el tiempo.

 

Y así, pensando en ti,

sin ponerte una cara ni un nombre,

puedo alejar mis miedos.

Y la vida les gana por la mano,

y yo sigo escribiendo.

Adela Castañón

Imagen:  Gerd Altmann en Pixabay

Las flores de mamá

Papá se marchó en invierno. Ahora es primavera y mamá se ha vuelto más cuidadosa desde que estamos solos. Ya no se cae tantas veces por la escalera. Tampoco llora casi, y le he preguntado por qué:

–Mami, ¿por qué antes llorabas y ahora no?

–Pues…

Mamá es un poco despistada y se ha quedado pensando, así que le he ayudado.

–¿Es que te daban alergia las flores que te regalaba papá? –Antes de irse, papá traía muchas veces ramos de rosas blancas para mamá.

–¡Qué niño tan listo tengo! –A mamá le han empezado a brillar los ojos, pero ya no hay flores y no ha llorado–. Lo has adivinado, Ángel.

Me ha dado un abrazo, y por poco me estruja. Menos mal que han llamado a la puerta y me ha soltado para abrir. Es mi tita Loli. Antes no venía por casa, pero ahora se pasa muchas veces y le pregunta a mamá que cómo estamos. A mí me divierte porque es otra despistada. Estamos muy bien. ¡Si ya hace meses que mamá no tropieza con los muebles!

***

Todos dicen que he dado un estirón y que ahora, con las vacaciones de verano, seguro que crezco más. Mamá tiene mucho trabajo y he estado quince días en casa de la tita Loli. Me lo he pasado muy bien y cuando he vuelto a mi casa mamá y la tita se han peleado por algo. Espero que hagan pronto las paces, porque no quiero que sea como cuando papá estaba en casa, que la tita no venía, y yo la echaba de menos. De todos modos ya mismo empieza otra vez el cole y volveré a ver a mis amigos.

***

Cada vez que llaman a la puerta voy corriendo a abrir por si es mi tita, pero ha dejado de venir a visitarnos. Casi siempre es Juan, un amigo de mamá. Ya estamos en otoño, hace unos días empezó el colegio, y Juan viene algunas veces con ella cuando me recoge al salir de clase. Y la otra noche me levanté porque estaba lloviendo y me entraron ganas de hacer pis, y creo que a Juan se le olvidó su paraguas, porque lo vi dormido en el cuarto de mamá. Seguro que ella lo invitó a quedarse a dormir para que no se mojara. La cama de mamá es más grande que la mía, y ahí caben los dos, como cuando estaba papá.

***

Mamá empieza a tener otra vez alergia. De vez en cuando le veo la punta de la nariz muy roja y los ojos brillosos. Y a lo mejor no ve bien, porque creo que anoche chocó otra vez con la puerta del baño. También tiene a veces la cara muy sonrosada, aunque otras veces le salen manchas amarillas o moradas.

El otro día pasó una cosa curiosa. Juan, que ahora vive con nosotros y tiene llave de la casa, entró sin hacer ruido en la cocina.

–¡Sorpresa!

Mamá y yo nos dimos la vuelta. Ella estaba preparando un asado y tenía la cara roja porque acababa de abrir el horno. Y cuando vio el ramo de rosas blancas que traía Juan, se puso de golpe igual de blanca que las flores, aunque sonrió enseñando todos los dientes. No sé cómo hace mamá para que su cara tenga tantos colores diferentes. Igual se lo pregunto un día de estos.

***

Hoy he tenido una sorpresa a la hora del recreo. Me ha llamado mi profe para que fuera al despacho del director, y allí estaba la tita Loli con dos policías muy simpáticos que me han estado preguntando muchas cosas. Yo quería volver al recreo para presumir delante de mis amigos, pero no me han dejado acabar la clase. Me he ido con la tita a su casa, y ella me ha dejado con el tito y se ha marchado con los policías.

He pasado varios días en la casa de mi tita. El tito y ella hablan mucho conmigo. Me han dicho que mamá ha tenido un accidente y que hoy vamos a ir a verla al hospital. Yo les he contado que otra vez vuelve a despistarse bastante y que cuando está sola se cae cada dos por tres, y los titos se han mirado a la cara muy serios. La tita también debe tener algo de alergia, porque los ojos le han empezado a lagrimear. Me han dicho que no me asuste cuando vea a mamá, y les he prometido que seré valiente. He cogido el abrigo, porque estamos en invierno y hace frío, y hemos ido al hospital.

Mamá estaba en una cama. Tenía la cara y el cuello con más colorines que nunca. Cuando he entrado en la habitación ha abierto los brazos y yo he ido corriendo a darle un achuchón.

–Dentro de dos días me dejarán volver a casa, Ángel. ¡Te quiero mucho, mi niño! Ya verás que navidades más buenas vamos a pasar.

***

Creo que la tita Loli ha encontrado trabajo porque ya no viene a casa casi nunca. Aunque ha empezado el cole, la echo de menos. Y supongo que mamá también se siente un poco sola y por eso ahora viene algunas veces a casa con un amigo nuevo.

Tengo ganas de que la tita Loli pueda venir un día, porque mamá siempre se vuelve distraída cuando no estamos los dos solos y quiero preguntarle a la tita como podemos ayudarla para que no se lastime cada dos por tres.  El amigo nuevo me caía bien al principio, pero ayer le regaló flores a mamá y ya no me parece tan simpático.

Le he dicho a mamá que le cuente que las flores le dan alergia, pero ella me ha dicho que me quede calladito. Como soy bueno le haré caso, pero ojalá la tita venga pronto. Porque cuando a mamá le entra la alergia, yo siempre acabo muy triste. Como en invierno.

Adela Castañón

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Cuatro estaciones

Porque cada estación es distinta, también nuestro Mocade alberga escritos diferentes. Y entre artículos, reseñas y relatos se nos cuela de vez en cuando una poesía…

Cuatro estaciones

Ocurrió en el otoño.

Cuando la placidez era la norma,

cuando la edad madura

ya era algo asumido y aceptado,

y la tranquilidad, la mayor ambición.

Un paisaje perfecto,

tan sereno y calmado como un lago,

enmarcaba mi vida.

 

Pero los vientos otoñales

pasaron por mi casa.

Agitaron las ramas de los árboles,

y las hojas volaron.

Mi cielo se pintó de fuego y oro,

y en cada hoja flotante

apareció tu rostro.

Igual que en la Odisea,

yo era Ulises,

y tu voz era el canto de sirenas.

 

Pero las hojas dejaron de volar,

se cayeron al suelo,

y tú, no sé por qué motivo ni razón,

pisoteaste mis sueños.

Cada paso que dabas,

cada nuevo desprecio,

hacía crujir esa alfombra de hojas,

igual que cuando un hueso

se rompe sin remedio.

Viniste disfrazado. Me engañaste.

Te metiste en mi vida, no sé por qué motivo.

Tal vez aburrimiento, o tal vez como un juego.

Me trajiste un otoño de colores

para luego pintarlo en blanco y negro.

 

Y así, tras el otoño,

entró en mi vida el tiempo del invierno.

El arco iris murió.

Solo quedaron mil cuchillos de hielo

que, implacables, desgarraron mi alma,

segaron mis anhelos e ilusiones,

congelaron mi pecho,

me robaron el aire.

Me encarceló esa noche de los tiempos.

El dolor se hizo dueño de mi vida,

la desesperación gobernó mi universo,

derribó mis valores,

limitó mi horizonte,

vistió de soledad con un traje de luto

mis más hermosos sueños.

Le robaste la voz a mi esperanza.

Me cambiaste las alas por cadenas,

como se hace a los presos.

 

Y cuando todo parecía perdido,

tampoco sé el motivo, e ignoro la razón,

pasó la primavera por mi casa

y decidió quedarse.

Como una vieja amiga que viene de visita

en busca de hospedaje

se presentó en mi puerta.

Le abrí cuando llamó,

y le ofrecí posada.

Miró a su alrededor

y se adueñó de todo cuanto había.

Retiró las cortinas

y las sombras huyeron

cuando la luz del sol entró por la ventana.

Mis macetas, tan tristes y tan mustias,

volvieron a brotar, y vi crecer sus flores.

Y de pronto, un buen día,

me descubrí cantando.

Miré a mi alrededor.

Ya no hacía frío.

El aire que llenaba mis pulmones ya no era viento helado.

La sangre de mis venas otra vez era cálida.

La brisa, que besaba mis mejillas,

traía de nuevo aromas a mi casa.

 

¡Qué maravilla sentir la calidez!

¡Saberme otra vez viva!

Ahora mi corazón

tiene toda la fuerza del verano.

Por fin lo he conseguido:

ilusión y razón van de la mano,

y a ti, por si te importa, te he dejado

perdido en mi pasado.

Ya no tienes poder para dañarme.

Ya no tienes un lugar a mi lado.

Mi vida dejó de pertenecerte

Mi libertad es mía,

que la he reconquistado

por mucho que te pese.

 

Quizá tú te esperabas que dijese

cuánto me duele el haberte perdido.

Pero ahora mismo, si te lo dijera

te estaría regalando una mentira,

una migaja apenas,

de aquello que has tenido.

 

Si alguna vez te llegara el invierno

cargado de dolor,

si alguna vez, si en alguna ocasión,

sintieras frío,

no llames a mi puerta.

Porque, si llamas,

no encontrarás nada.

O como mucho, algo de compasión,

o, simplemente,

donde antes te esperaba un corazón,

ahora solo hallarás un espacio vacío.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet

Sospecha

Mi error fue agacharme a mirar por el ojo de la cerradura. Sentía tanta curiosidad que bajé la guardia un segundo. Entonces, por la espalda, alguien me inmovilizó con una mano y me amordazó tan fuerte con la otra que me clavé los dientes en los labios. Intenté girar el cuerpo para defenderme, pero solo conseguí que mi codo golpeara la puerta con estrépito. El movimiento fue tan brusco que mi captor y yo perdimos el equilibrio. Caímos al suelo y ocurrieron varias cosas a la vez: la puerta empezó a abrirse, mi asaltante aprovechó el peso de su cuerpo sobre el mío para mantenerme inmóvil, se sentó sobre mi espalda, aprisionó mis brazos con sus piernas y me tapó los ojos con la mano que le había quedado libre. Intenté patearle la espalda, pero mis talones no alcanzaron a golpearle.

–¡No hable!

Pensé que el tipo se dirigía a mí, pero al escuchar las siguientes palabras comprendí que se lo debía de estar diciendo a quien hubiera abierto la puerta. Siguió hablando:

–Tranquilo. No ha podido ver nada. Ayúdeme a meterla dentro, pero antes traiga algo con que taparle los ojos.

Volví a retorcerme a sabiendas de que no serviría de nada. Si no había podido defenderme de uno, dos se convertían en misión imposible. Pero el miedo no me dejaba pensar. Un trapo sustituyó a la mano que tapaba mis ojos y me ataron las muñecas y los tobillos con algo más grueso que una cuerda, un tela rugosa y gruesa, un poco húmeda. Probablemente era una toalla que habrían cogido del baño. Me agarraron de los brazos y de las piernas y me levantaron del suelo. Traté de revolverme, pero fue inútil.

–¡Estese quieta de una vez! –Era la misma voz de antes–. No queremos hacerle daño, pero si sigue así se lastimará usted sola.

Me dejaron con suavidad encima de algo blando, creo que era un sofá, porque el lado derecho de mi cuerpo y mi espalda estaban en contacto con una superficie mullida.

–¡Socorroooo! –grité.

Escuché el sonido de una puerta que se cerraba y volví a gritar, aunque sabía que era en vano. Había seguido a mi marido hasta allí de una forma temeraria, con la única guía de las luces traseras de su coche mientras las del mío las mantenía apagadas. No sé cómo no me había salido de aquel camino sin asfaltar que parecía la ruta a ninguna parte. Y mis sospechas aumentaron cuando vi que aparcaba delante de un caserón con pinta de estar abandonado en el centro de kilómetros y kilómetros de campo solitario. Por eso esperé a que entrara, y por eso me acerqué a espiar con tan mala fortuna. Podía gritar todo lo que quisiera, pero estaba claro que nadie me escucharía.

Oí que la puerta se abría. Me amordazaron, volvieron a cogerme como si fuera un saco y me metieron en el asiento trasero de un coche. Escuché el click que bloqueaba las cerraduras de las puertas y empecé a llorar y a rezar en silencio. No supe calcular cuánto tiempo duró el trayecto. Cuando el coche se detuvo noté que liberaban mis tobillos. Escuché la misma voz.

–Ahora va a caminar conmigo y no le pasará nada, ¿de acuerdo?

El tono amigable me hizo asentir y, además, no se me ocurrió ninguna otra opción. Una mano me guio con suavidad cogiéndome del codo. Escuché abrirse una cerradura, dimos unos pocos pasos y me sentaron en una silla.

–Voy a aflojar los nudos de las muñecas, ¿vale? Espere un minuto para soltarse. Voy a salir de aquí caminando hacia atrás, de modo que si intenta quitarse la venda de los ojos antes de que me vaya me daré cuenta.

Asentí, aunque no pensaba desviarme ni un milímetro de sus instrucciones. No entendía nada. Conté hasta cien, por si acaso sesenta no era suficiente, y liberé mis manos con facilidad. Levanté la tela que me cubría los ojos y no di crédito a lo que veía. Estaba en el salón de mi casa, sentada en una de las sillas del comedor. Esperé hasta que las piernas dejaron de parecer gelatina y me puse de pie. Caminé como una convaleciente hasta la puerta de la calle y me asomé a la mirilla sin atreverme a abrirla. No había nadie en el porche. A punto de retirarme, algo me llamó la atención. Volví a mirar y mi sorpresa fue en aumento. ¡Mi coche estaba aparcado en la puerta! Comprendí que me habían traído en él, aunque el miedo y mi ceguera no me dejaron darme cuenta. Eché un vistazo a mi alrededor. En el mueble de la entrada reposaban mis llaves; seguramente se me habrían caído durante los forcejeos y el hombre misterioso las habría recuperado. Un vehículo se detuvo y aparcó detrás del mío. Me eché hacia atrás aterrorizada, aunque desde la calle no podían verme. Atisbé por una cortina. Vi bajar a mi marido de su coche y caminé de espaldas hasta tantear el sofá. Me dejé caer en él sin quitar los ojos de la puerta.

–Hola, Elena.

Aurelio encendió la luz. Parpadeé sin saber qué hacer o qué decir.

–Tenías razón, ¿sabes? –Me miró como se mira a una desconocida–. Tu intuición femenina, al final, tenía razón.

–¿Por…? –Tosí. Me costaba trabajo hablar–. ¿Por qué dices eso?

–Porque es verdad que nuestra relación lleva tiempo entre dos aguas, Elena. Hoy lo he visto claro.

Mi mente giraba como una noria sin control. ¿Qué sabía Aurelio? Era evidente que el otro hombre del caserón debía de haber sido él. Y, si lo era, ¿qué significaba todo esto? Pareció que me leía el pensamiento.

–Ya había notado que llevabas tiempo desconfiando de mí. Hasta ahí, llego. Miré en tu bolso y encontré la tarjeta del detective.

Guardé silencio. No supe qué responder. Miles de posibilidades irrumpieron en mi mente como las sucesivas olas de un temporal. Aurelio siguió hablando.

–No creí que llegarías a ese punto, y decidí pagarte con la misma moneda. Llamé a tu detective y te gané por la mano. Lo contraté antes de que tú te pusieras en contacto con él, y le dije que seguramente lo llamarías. Lo único que tenía que hacer era no contarte nada de nuestro trato y mantenerte vigilada.

Por los ojos de Aurelio pasó la sombra del sentimiento que un día compartimos. Duró tan poco que pensé que había sido un espejismo fruto de mi imaginación.

–Te estaba preparando una fiesta sorpresa para tu cumpleaños, ¿sabes? Así que te siguió cuando decidiste espiarme y… –Aurelio suspiró–. ¿Quieres que siga…?

Callé. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.

Mis miedos tocaron fondo. “Igual que mi matrimonio”, fue lo último que pensé.

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

El 2 de abril, día mundial del autismo

El 27 de noviembre de 2007 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución en la que declaraba el 2 de Abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. No se concibió como un día de celebración, sino como un día para reivindicar. Y desde entonces lo vivimos como una fecha especial.

Hoy quiero reflexionar sobre lo que significa la aparición de ese invitado, el trastorno autista, que llega sin avisar, cuando el niño cumple el año de vida o poco más, y se va colando en la vida del afectado y de todos los que lo rodean. En este artículo os voy a exponer mi punto de vista sobre el tema, porque, como madre de un joven con T.E.A. (Trastorno de Espectro Autista), tengo mucho que decir y creo que merece la pena decirlo.

El color azul

Hoy los colores se han convertido en símbolos reivindicativos de múltiples causas. Así tenemos, por ejemplo, el lazo rosa para el cáncer de mama, o el color azul para el mundo del autismo. Azules son el mar y el cielo, y los dos pueden regalarnos una gama enorme de variaciones de color. Desde el tono sereno de un cielo en calma hasta el azul frío y aterrador de una tormenta en el mar. Y, como el cielo o el mar, también el autismo puede albergar bajo sus alas a personas tan pacíficas que parecerían invisibles, o a pequeños con rabietas que son verdaderos terremotos y que dejan en mantillas a las pataletas de los niños, digámoslo así, normales. Lo podéis comprobar en estas líneas que no son más que una pequeña muestra de esa extraña y desconocida paleta de colores que son los T.E.A.

Cronología del autismo

¿Qué ha ocurrido para que el concepto de autismo se haya hecho mayor y hoy se le conozca como T.E.A.? ¿Qué le ha hecho llegar a adoptar ese nombre con siglas rimbombantes que nada tienen que ver con la bebida favorita de los británicos? Para entenderlo hay que viajar al pasado, al comienzo de la historia. Y no hace falta remontarse demasiado. Porque el concepto de autismo tiene menos de cien años.

En 1943 Leo Kanner estudió a once niños que tenían en común, entre otras cosas, una severa dificultad para adaptarse a los cambios y para llevar a cabo con normalidad relaciones sociales. En 1944 Hans Asperger, trabajando por separado, describió también a un grupo de niños con características muy similares a las descritas por Kanner. Hasta ahí podíamos pensar que la historia del autismo comenzó como la de tantas otras historias médicas, si no fuera porque se cometió un terrible error al formular una hipótesis demoledora: lo que causaba el autismo era, según Bettelheim y el mismo Kanner, una frialdad materna desde el nacimiento.

No quiero ni imaginar que yo hubiera vivido en esa época.

¿Os imagináis lo que puede suponer que le digan a una madre que su hijo está así porque no le ha dado suficiente cariño? ¿Cómo se sentirían esas madres cuando, además de cargarlas con ese estigma, les dijeran que sus hijos padecían esquizofrenia infantil y que la única solución era el internamiento psiquiátrico?

Por suerte hoy las cosas han cambiado y la teoría de la madre frígida ya es solo historia. Pero no está de más mencionarla aquí porque, para entender adónde hemos llegado, es bueno conocer de qué punto partimos.

¿Y qué tiene el autismo para ser tan diferente?

Al comienzo he mencionado que el diagnostico suele producirse entre uno y tres años de vida. Eso, de por sí, ya es una broma pesada de la naturaleza. Porque hoy, con los adelantos en técnicas de imagen o estudios genéticos, es posible diagnosticar muchas patologías durante la etapa fetal. Por ejemplo, eso se hace con un cribado rutinario entre las embarazadas para la detección del síndrome de Down. En este caso las familias saben lo que se van a encontrar desde mucho antes del parto. Pero, en el caso del autismo, no hay marcadores predictivos, no hay ningún anticipo, ninguna pista. Es más, el niño nace envuelto en una aparente normalidad que estallará como una burbuja cuando alcance un punto crítico del desarrollo en torno a los dieciocho meses. Y, créanme, en un año o dos ha dado tiempo a llenar la cabeza y el corazón de planes de futuro, de proyectos y de ilusiones que se vienen abajo cuando pasa lo que les voy a contar.

Uno de los primeros síntomas de alarma puede ser una falsa carencia afectiva: el niño no tolera que lo besen, llora si lo abrazan, como si en lugar de abrazarlo lo estuvieran aplastando. Y es que muchos niños se sienten exactamente así, aplastados, abrumados. Tienen una hiperestesia que hace que lo que para nosotros puede ser un sonido normal, para ellos sea un ruido amplificado cien veces. A veces no soportan el roce de una simple etiqueta en una prenda de ropa. Pueden no responder a su nombre, haciendo creer muchas veces que tienen sordera, y quedarse abrumados o sufrir una terrible rabieta ante el ruido de una aspiradora. O, como le ocurría a mi hijo, acudir a sentarse delante del televisor cuando una presentadora, cuyo nombre no olvidaré nunca, Ana Blanco, daba las noticias del telediario. En el momento en que sonaba su voz, mi Javi dejaba lo que estuviera haciendo para quedarse embelesado delante de la pantalla. Y yo, en esos minutos de sosiego, que eran un regalo para mis nervios, intentaba cargar pilas o, a veces, idear planes disparatados para secuestrar a la pobre presentadora y mantenerla en mi casa a perpetuidad, mimándola como a una reina.

Podría llenar páginas y páginas con ejemplos similares. Abuelas desesperadas porque su nieto no las mira a los ojos. Niños tan selectivos a la hora de comer que rozan la desnutrición porque no toleran la textura o, simplemente, el color de un alimento. Episodios de autolesiones que pueden deberse a algo tan simple como que un adorno esté colocado en un sitio diferente al que suele ocupar… Creo que no hacen falta más explicaciones, ¿verdad?

Los niños crecen, y cuando llega la adolescencia el terremoto inicial que he mencionado al hablar del color azul puede llegar a adquirir la intensidad de una explosión nuclear. Porque la variabilidad del trastorno es tanta como la variabilidad de las personas. Y cada niño pequeño se transforma en un adolescente distinto. Si ya los adolescentes normales son difíciles de manejar, imaginen lo que puede suponer para una persona con autismo la revolución hormonal de la adolescencia. Solo imaginen. A mí me faltarían palabras para explicarlo aquí sin quedarme corta.

En muchos casos hay un mayor o menor grado de retraso madurativo, pero hay otros que presentan síndrome de Asperger, que es un autismo de alto nivel, o de altas capacidades, que pueden, por ejemplo, pasar horas y horas hablando de su tema favorito, ya sea de las marcas de coches o de fechas de olimpiadas o de acontecimientos deportivos. Y no hay forma de meter baza en esa conversación, ni eso se limita a los más capaces. Recuerdo que cuando mi Javi adquirió lenguaje oral, tuvo una época en la que sus preguntas habituales eran siempre sobre temas energéticos. Entonces no existía internet y pasé más de una tarde buscando en las enciclopedias las diferencias entre las luces halógenas, fluorescentes e incandescentes. No me pregunten que de dónde nació su interés por semejantes cuestiones, porque bastante tenía yo entonces con encontrar respuestas a sus preguntas. Y luego, cuando mejoró, aquello dejó de importarnos tanto a él como a mí. Hoy sus temas de conversación son mucho más variados y políticamente correctos: le gusta hablar del tiempo, de viajes, de ocio, de sus estudios, de temas, en fin, bastante más normalitos.

Y llegamos a la época de adultos. Que ahí sigue habiendo mucho de lo que hablar. Porque las personas con T.E.A. se ven obligadas a moverse en un mundo diseñado por personas que no tienen autismo. Y desarrollan una serie de recursos para adaptarse a ese mundo diferente. Aprenden a usar frases convencionales, a decir “tanto gusto”, o “me encanta” aunque eso no refleje su estado emocional. Ya, ya lo sé. Eso lo hacemos todos, pero no es lo mismo. Ellos aprenden a imitarnos, aunque a veces no nos entiendan, porque desean que no los veamos tan diferentes. Se van a mover siempre entre nosotros como la persona que se va a vivir a otro país con un conocimiento rudimentario del idioma y de las costumbres del sitio al que se dirige. Por supuesto hay cosas que logran captar, y voy a daros otro ejemplo personal que me hizo sentir un momento de felicidad casi infinita. A Javi le habíamos trabajado las fórmulas sociales de cortesía. Las típicas de “cómo estás”, “buenos días”, “cómo te llamas”, y otras más o menos parecidas. Pero nos encontramos un día con un amigo muy campechano que lo saludó de esta guisa: “¿qué hay, colega?” Javi se quedó pensando durante varios segundos con la frente arrugada. Ese “qué hay” no estaba entre sus archivos de frases cotidianas. Y, cuando todos creíamos que no iba a responder, nos dejó boquiabiertos. Levantó las cejas, se pintó la cara con una sonrisa gigante, y soltó una sola palabra: “Alegría”. Y, desde luego, vaya si había alegría. A mí me invadió de golpe por todos los poros, porque era su primera respuesta “no trabajada” y había sido capaz él solito de elaborarla para expresar cómo se sentía en ese instante.

Un adulto con T.E.A. tendrá siempre a la inseguridad como compañera de viaje. Muchos presuntos delincuentes son en realidad personas con esta patología, inadaptados sociales. Hay quien defiende que genios como Einstein, Mozart y alguna que otra celebridad eran, en realidad, personas con autismo. Porque cuando tienen altas capacidades se da la paradoja de que, al coexistir con unos intereses muy limitados y rígidos, son verdaderos genios en lo suyo. El problema viene cuando tienen que enfrentarse a situaciones en las que su carencia de habilidades sociales se pone de manifiesto. Conozco a un adulto con síndrome de Asperger que estuvo a punto de que lo detuvieran porque cuando un policía le pidió la documentación en un control rutinario, le preguntó que por qué se la pedía, y como la respuesta del policía no le convenció, no tuvo reparo en decirle que él “no lo consideraba necesario” y que, por tanto, no se la iba a enseñar. Y se lo dijo con tal tranquilidad que el agente pensó que se estaba burlando de él o que tenía algo que ocultar. Y cuanto más hablaban, más se complicaba el tema.

En conclusión

Sobre el autismo existen libros y tratados que dan idea de su complejidad. En este artículo, aprovechando la fecha de 2 de Abril, me he limitado a compartir un vuelo rasante sobre ese planeta azul que existe en el nuestro, en nuestra Tierra.

Y este año el mensaje de las organizaciones y asociaciones que trabajan por y para el autismo ha sido claro: intentemos facilitar la inclusión de estas personas en nuestro mundo, sin exigirles que sean diferentes a lo que son. Porque tienen derecho a ser así, a que se les respete, a que se les den herramientas de autodeterminación, a compartir, en suma, nuestro mundo. Que también es el suyo aunque no sean iguales a nosotros. No olvidemos que existen o deberían existir muchas más cosas que nos unan que cosas que nos separen.

Adela Castañón

Imagen: Foto de Ben Hershey en Unsplash

Estrella

Diana y yo éramos amigos desde que nacimos. Nuestros padres veraneaban en el mismo pueblo y en verano nos gustaba echar carreras en la playa. Diana tenía algo en la pierna izquierda y, a pesar de eso, solía ganarme casi siempre. A mí no me importaba, aunque fuera una chica, porque era un poco mayor que yo. Además, teníamos una norma: el primero que se encontrara algo en la arena tenía que inventarse una historia y las suyas eran mucho mejores que las mías. Durante muchos años seguimos con el mismo juego, sin cansarnos nunca. Pero cuando pasó lo de la estrella todo cambió y el mundo se volvió un lugar diferente.

Ese día hacía mucho viento y el ruido del mar se oía desde nuestras casas. Nos habíamos escapado como los ladrones, casi de puntillas por miedo a que nuestros padres no nos dejaran salir por el mal tiempo. Al llegar a la playa, Diana me sacó ventaja, como siempre. De pronto frenó en seco. Tanto que cayó de rodillas en la arena, creo que sobre la pierna mala, porque se quedó muy quieta. Cuando llegué me daba la espalda y sujetaba algo en las manos.

–¿Qué has encontrado, Diana?

No me contestó y me puse delante de ella. Tenía la boca y los ojos muy abiertos, como si no le entrara aire en el pecho a pesar del vendaval. Levantó las manos con las palmas hacia arriba y entonces la vi.

–¡Anda! ¡Una estrella de mar! –Hice ademán de cogerla. Diana retiró las manos de golpe.

–¡No!

Me quedé quieto al escuchar el grito de Diana. Y me mosqueé.

–¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo cogerla?

–Mira. –Diana volvió a acercar sus manos a mi cara muy despacio. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Después de las historias, los ojos eran lo que más me gustaba de Diana.

–¡Ostras! ¡Se mueve!

–Está viva. –Mi amiga seguía de rodillas. Al lado de la rodilla izquierda vi una piedra con sangre. Diana siguió hablando para sí misma y dejó de mirarme–. Pobrecita. Seguro que eres una princesa errante en busca de tu príncipe. Y algún mago malvado o una bruja celosa habrá invocado al vendaval para que te arrastre hasta aquí.

–¡Guau! Esa historia sí que es buena ¿Y qué más?

–¡No te enteras!

–¿Qué?

Decididamente Diana estaba rara. No le gustaba dejar una historia a medias y tampoco me había contestado así antes. Suspiró, siguió con los ojos fijos en la estrella y luego me miró con cara de persona mayor. Era una cara que no le había visto nunca hasta ese verano. Aunque era la misma Diana de siempre, le había dado por leer novelitas tontas y aburridas y, a veces, cuando iba a recogerla, la encontraba con la vista fija en un libro y con la misma expresión que ahora. Pensé que no me había escuchado y, cuando iba a preguntarle otra vez, me contestó:

–Tenemos que hacer algo, Ignacio. Está viva. Pero viva de verdad. ¡Necesita ayuda!

–¿Y qué hacemos? ¿Nos la llevamos?

–No, bobo –contestó. Torció la cabeza y sonrió–. Vamos a devolverla.

–¿Devolverla? ¿Adónde?

–A su casa.

Diana se puso de pie. La rodilla le sangraba y sostenía la estrella con las dos manos. Echó a andar hacia la orilla. Yo la seguí, pero me paré cuando una ola enorme casi me moja las deportivas.

–¡Déjala ahí!

Diana volvió la cara para hablarme, pero casi no la oía por el ruido de las olas y del viento.

–No es bastante. Volvería a quedarse encallada en la arena.

Le dije que no avanzara más, pero no me hizo caso. Dio algunos pasos, y de pronto vi que estaba casi en el rompeolas.

–¡Diana! ¡Dianaaaa! –grité con todas mis fuerzas–, ¡vuelve! ¡Te juro que como me dejes solo no te vuelvo a hablar en la vida!

–¡Espera un momento! –me contestó.

Avancé hasta que el agua me llegó a las rodillas. Estaba tan asustado que ni siquiera me acordé de descalzarme. Entre los muslos noté que me corría algo caliente aunque el agua estaba helada. Veía que Diana se acercaba y se alejaba a la velocidad de un tiovivo. Una ola casi me la echó encima. Intenté cogerle la mano, pero otra ola se la llevó antes de que pudiera agarrarla. Diana se zambulló entonces y desapareció entre las olas. Era buena nadadora y pensé que volvería en seguida, pero no lo hizo.

Esperé en la orilla con sal en el cuerpo y sal en mi cara. Esperé con frío en la piel y con hielo dentro de mi cuerpo. Esperé hasta que llegaron mis padres y los de Diana, y más gente del pueblo. Seguí esperando en mi casa, abrazado a mi madre embarazada y notando en mi cara las patadas del bebé. Tenía la tripa tan grande que no logré juntar mis manos en su espalda.

Aunque hice lo que Diana me había pedido, mi espera no sirvió de nada y convertí mi enfado en silencio. Me llevaron al pediatra. Y a más médicos. No sé para qué, porque no se daban cuenta de que lo único que me pasaba era que Diana no estaba. Y todos hacían lo que yo quería sin necesidad de que hablara. Papá, por ejemplo, empezó a venir conmigo a dar paseos por la playa, aunque siempre me llevaba de la mano y no corríamos. Caminábamos, pero lejos de la orilla.

Durante uno de los paseos encontramos una estrella. Y todo volvió a cambiar. Me solté de la mano y di una carrera pequeña para cogerla, pero estaba vacía. Yo sabía que las estrellas tienen el esqueleto por fuera, y esta era solo un esqueleto. Y cuando iba a tirarla sonó el móvil de papá. Habló un poco y de pronto me agarró de la mano y echamos a correr hacia casa. Me sorprendí tanto que ni siquiera me di cuenta de que me había llevado la estrella conmigo.

Llegamos a casa, subimos al coche y fuimos al hospital. Mamá estaba en una cama, y en brazos tenía al bebé. Sonreía.

–Mira, Ignacio. Es una niña. Y es preciosa. Hijo… –Mamá no dejó de sonreír, pero por su cara empezaron a rodar un montón de lágrimas–. ¿No quieres decirle nada a tu hermanita? ¿Ni a mí? Cariño… te echo de menos.

El bebé dio unos grititos. Me acerqué por curiosidad, y entonces abrió los ojos. Eran grises. Enormes. Hermosos. Miré a mamá. Perdoné a Diana. Sonreí también.

–Quiero que se llame Estrella.

Adela Castañón

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Imágenes: Pixabay, Unsplash

El calendario egipcio. Una curiosa historia

La última semana de febrero estuve en Egipto con un viaje de grupo, y es una experiencia que recomendaría a cualquier persona con los ojos cerrados. Intentar recoger en un artículo todo lo que aprendí es misión imposible, pero me apetece compartir al menos una de las muchas cosas interesantes que desconocía: el origen del calendario.

Mi descubrimiento se produjo durante la visita al templo de Kom Ombo. El guía de nuestro grupo, Tarek, egiptólogo de profesión, se paró delante de un mural y nos hizo una pregunta a bocajarro:

–¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué febrero tiene veintiocho días y los demás meses tienen treinta o treinta y uno?

Ninguno de nosotros levantó la mano para responder ya que, como es natural, no teníamos la respuesta. Ojalá yo hubiera tenido una grabadora para haber conservado todos los detalles de una explicación magnífica. Y, aunque no soy egiptóloga, trataré de contaros aquí esa historia que me pareció apasionante.

Se piensa que el calendario egipcio del templo de Kom Ombo, con más de dos mil años de antigüedad, es el primero conocido en la historia de la humanidad. La vida de los egipcios estaba regida por el Nilo, y el estudio de algunos papiros nos ha permitido saber que medían el tiempo en función de un hecho trascendental para ellos: las crecidas y los desbordamientos anuales de su río, al que consideraban la fuente de la vida. Por eso concibieron un calendario más agrícola que astronómico, a diferencia de otros pueblos, como el babilónico, que fijaba la duración del año en función de observaciones sobre los astros.

Para los egipcios el año constaba de 365 días, divididos en doce meses, de treinta días cada uno. Eso nos daría un total de 360 días a los que añadían cinco días adicionales, llamados los días muertos o días olvidados, que los griegos llamaron días epagómenos o añadidos, del verbo επαγω (epago), añadir. Esos cinco días se introducían después del mes doce y antes del día de año nuevo, y se consideraban una especie de festivos dedicados a honrar a los dioses. En egipcio se llamaban “heru repenet (Hrw rpnt)” y en ellos se festejaban los nacimientos de OsirisHorusSethIsis y Neftis, porque en esos días la diosa Nut pudo dar a luz a sus cinco hijos, ya que el dios Ra le había prohibido tenerlos durante el año.

El año se dividía en tres estaciones, de cuatro meses cada una. Y cada mes tenía tres semanas denominadas décadas, “(tp-ra-mD)”, de diez días, en lugar de los siete que tienen hoy las nuestras. Las tres estaciones eran:

  • Inundación (Akhet o Ajet), entre mitad de julio y mitad de noviembre.
  • Siembra o germinación (Peret o invierno), que transcurría desde la mitad de noviembre hasta la mitad de marzo.
  • Recolección o cosecha (Shemu o verano) de mitad de marzo a mitad de julio.

Dado que para ellos la vida era la cosecha, el año empezaba en marzo. Y teniendo en cuenta esa mentalidad agrícola, empezaban a contar el año con marzo como el mes uno. También el calendario romano, posterior, comenzaba el mismo mes. Y eso hace que sean lógicos los nombres actuales de algunos de nuestros meses: septiembre (mes séptimo), octubre (octavo), noviembre (noveno) y diciembre (décimo). En los escritos egipcios, para nombrar las fechas se usaba el número del mes en vez de el nombre propio. Así, por ejemplo, encontramos “Día siete del tercer mes de la inundación”. Al final de los doce meses, como he señalado antes, se añadían los cinco días olvidados.

Más tarde Julio César impuso en todo el territorio controlado por Roma el calendario juliano. Para ello contó con la ayuda de un egipcio, Sosígenes. Distribuyó los cinco días olvidados y los añadió a meses alternos. A esto hay que añadir un rasgo de la mentalidad imperial romana: Julio César y Augusto quisieron que les dedicaran un mes del calendario. Así permanecerían en el recuerdo de las gentes y se harían inmortales, y de ahí vienen los nombres actuales de nuestros meses de julio y agosto. Y, para darles mayor importancia, a estos dos meses imperiales se les atribuyó uno de los días olvidados. Por eso los meses van alternando entre treinta y treinta y un días, salvo julio y agosto que son los dos únicos consecutivos que tienen treinta y un días cada uno. Y al repartir de ese modo los días olvidados, cuando la cuenta llegó a febrero, que era el último mes del calendario, le tocó quedarse solo con sus veintiocho días actuales. Lo de los 29 días de los años bisiestos ya es por razones astronómicas, que no tienen que ver con el calendario egipcio.

Os he contado esto de memoria, ateniéndome a lo que recuerdo de los comentarios de nuestro guía. Así que, si algún especialista en el tema me pilla algún error, vaya por delante que este artículo lo he concebido más como una historia interesante que como un documento con aspiraciones de perfección técnica. Pero no me negaréis que la pregunta que nos hizo Tarek no da lugar a reflexiones interesantes.

Ojalá mi viaje hubiera durado una semana de las de entonces. En lugar de siete días habría disfrutado de tres más para conocer y admirar una cultura cuyo conocimiento me hace sentirme mucho más rica, a pesar del dinero que me gasté en el viaje.

Hay cosas que valen la pena, y Egipto es una de ellas.

Adela Castañón

Foto de la autora. Templo de Kom Ombo