Monólogo desde una cornisa

¡Tanto esquivarte durante treinta años para que al final hayas logrado alcanzarme en treinta días y ponerme en esta cornisa en treinta segundos! Te odio, cabrón de mierda. ¡Cobarde! ¡Egoísta!

¡Joder! Malditas rachas de viento, si solo es un quinto piso, maldito viento, no me tires, no seas cabrón tú también, y tú, gorda imbécil, ¿qué haces mirándome con esos ojos de pez?, ¿es que no has visto nunca a una tía normal subida a una cornisa normal de un puto edificio normal?, ¿y si no haces nada, so idiota, para qué miras?, ¿acaso he gritado? Quiero tirarme yo sola, pero esta película no es para ti, gorda, mueve tu culo, que esto es para ti, cabronazo, mi amor, que no tenías derecho, ningún derecho a hacerme esto, que he sabido vivir sin ti estos treinta años, sí, ríete si quieres, pero te jode, te jode escucharlo, o te jodería escucharlo si me oyeras, pero no, cómo iba a joderte, la gilipollas soy yo, que predicando desde este púlpito me cargo mi sermón, porque a ver qué hago aquí, si es verdad que no me importas, Jaime, que paso de ti mil pueblos, y entonces qué coño hago aquí, quién me mandaría hacerte caso ahora, con lo bien que yo he vivido estos treinta años, y tú, capullo, qué narices, quién te manda a ti buscarme en las putas redes sociales, que tampoco tengo tanta actividad y a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza hacer lo mismo contigo, total, para qué, si agua pasada no mueve molino.

Y a esta pobre maceta le falta agua, como a mí me faltas tú. Y pensar que hace un mes yo solo abría la ventana para regarla, quién me iba a decir que hoy la iba a estar mirando desde arriba, y hay que ver, que las flores parecen otra cosa desde aquí y nunca me di cuenta de que por dentro son tan rojas que se diría que están llenas de sangre, y como no te quites, gorda de mierda, voy a saltar con más impulso para que mi sangre te ponga perdido ese abrigo tan feísimo que llevas, que te hace más gorda todavía, ¡no, idiota, no saques el teléfono, joder! ¿Por qué todo el mundo se empeña en tomar decisiones por mí, para mí? ¡Jaime, que te folle un pez! Y a otro perro con ese hueso, que no se hace lo que has hecho tú para “saber cómo está una vieja amiga”, que de sobra sabes que yo bebía los vientos por ti, y que el tren de los quince años pasó, se fue, se largó, y nos quedamos en tierra, uno a cada lado de la vía, y yo seguí mi camino y tú el tuyo, y cada uno a su casa y Dios en la de todos, y así treinta años, treinta putos años, treinta felices años, treinta normales años, y vienes tú y en un mes me pones la cabeza en los pies y los pies en la cabeza, y metes el dedo en mi alma y le das la vuelta como si fuera un guante de plástico, y yo, tan lista, con mi éxito como escritora, con mi vida de película, y me dejo llevar y me creo que el tren ha dado marcha atrás, y tú dejas que me lo crea, y te inflas como un pavo cuando babeo porque resulta que no escribo ficción, que lo que escribo es verdad, que la vida puede ser de color rosa y que los príncipes azules pueden llegar y despertar a Blancanieves con un beso, pero tú eres otra cosa, eres malo, no eres el príncipe, eres la manzana envenenada, que sí, que si te pica escuchar eso, te jodes y te aguantas como estoy haciendo yo, que para qué apareces y me comes la oreja con lo mucho que me admiras y que me quieres y luego largas eso que siempre nos atribuyen a las tías del puto “como amigos”.

Y tengo más cojones que tú, más valor que tú, porque ahora te has agarrado a la apuesta segura, a tu Carmencita, tan buena, tan linda, tan perfecta, que hay que tener una piedra por corazón para presentármela como otra buena amiga y ahora sumo dos y dos, que en el whatsapp estáis en línea y os desconectáis a la misma hora, y ha sido una guarrada dejarme que volviera a decirte que te quiero, y déjate de mandangas, que lo de la amistad a mí me la trae floja, y a ti te faltan huevos pero a mí me sobran ovarios y ojalá no se te empine cuando te acuerdes en mitad de un polvo con ella de que yo me tiré por la ventana.

Si me tiro, me harán la autopsia. Pero el forense no sabrá leer la causa de mi muerte en mis tripas ni en mi corazón. Para eso, yo tendría que haber nacido hace siglos, cuando el futuro se leía en las cartas y no en las redes sociales. Y no sé por qué pienso ahora esta gilipollez, como si no tuviera bastante con el presente, como si yo tuviera futuro, que no lo tengo.

¿Y si te juzgo mal? Que igual solo querías aspirar el aroma de la dulce flor de una juventud perdida para devolverle el color a unos recuerdos desvaídos. Y en vez de una flor soy una hiedra empeñada en agarrarme a tu piel, y te asfixio y me asfixio. O igual soy un árbol equivocado y llevo un mes mirando al suelo y he dejado que la boca se me llene de tierra y me he enredado yo en esos putos recuerdos, en esas raíces podridas que has venido a desenterrar, con lo feliz que yo estaba contemplando mis hojas, y el sol, y dejando que el viento me acariciara, el puto viento que ahora se empeña en soplar más fuerte para arrancarme de aquí antes de tiempo.

Pero es mejor mirar al cielo o al suelo porque si miro en mi interior veo un monstruo deshecho de dolor en el que me cuesta reconocerme, a un hada triste que no soy yo.

Y están estirando una lona ahí abajo y se creen que entiendo lo del megáfono, pero con este vendaval no se oye nada, o sí, que oigo a mi corazón que protesta y me grita que no mereces que me tire por ti…

¡Mi sabio y herido corazón! ¡Tiene razón! ¡Quiero ver más amaneceres! ¡Quiero escribir más historias! ¡Quiero vivir! He estado loca, ¡estirad la lona! ¡Ayudadme! ¡No me quiero caer ahora y tengo mucho miedo de moverme!…

Adela Castañón

Imágenes: cabecera, PixabayCierre mujer, StockSnap. Cierre flores, StockSnap.

Confesión

Mi historia de hoy os llega de la mano de una poesía de otoño.

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Porque hay cosas que solo pueden escribirse en un poema. 

CONFESIÓN

 

Dentro de muchos años me miraré al espejo alguna tarde.

Espero que sea un día de lluvia suave,

de cielos entoldados,

un día de invierno detrás de los cristales y dentro de mi alma.

 

Me miraré al espejo, y ese día

me veré frente a frente, por fin, con tu reflejo.

Y le diré a tu imagen, cara a cara, todo lo que callé,

todo lo que sentí, y que nunca te dije.

 

Y si cierro los ojos ahora mismo

me puedo imaginar que esa tarde ha llegado

y me hundo en tus pupilas

y empiezo a hablarte como nunca te he hablado.

 

Y esto es lo que te digo:

 

Que mi luz son tus ojos, color de plata antigua.

Que tu rostro, lo mismo que un buen libro,

me narra en cada arruga mil historias

que se han grabado a fuego para siempre.

Que tu piel es un lienzo que huele a pergamino,

a cuento milenario,

mezcla de tantas cosas que has vivido,

pintadas con tus risas y tus llantos.

 

Y que yo me he perdido todo eso por no estar a tu lado.

 

Que tu belleza es única, de joya trasnochada,

de encaje de bolillos, de caballero antiguo.

Que tu aroma es añejo,

mezcla de olor de rosas, y de un buen vino viejo,

de ese que con el tiempo se va haciendo más fuerte,

y gana intensidad, y dura para siempre.

 

Que tu olor y tu imagen están siempre conmigo.

 

Que nunca disfruté el tacto de tu piel, pero no importa.

Lo imagino como un roce de seda,

como un crujir de hojas en el otoño,

y que me hace evocar, tan solo con pensarlo,

aquellos cuentos que viven solamente en nuestra infancia,

y una historia soñada, que no por no escribirse

deja de ser la historia que mi alma deseaba.

 

Que yo siempre te estaré agradecida por darme ese regalo:

hacerme sentir niña cuando yo ya sea vieja

será lo más bonito que la vida me dé

como un obsequio del todo inesperado.

 

Que pensar todo eso me duele muchas veces,

y que entonces me engaño

y me digo que tengo la vida por delante

para quererte, para darte mi amor,

pero luego recuerdo

que cuando me despierto de mis sueños

solo tengo mi vida por detrás, sin habértelo dado.

 

Y sigo deshojando el almanaque, escribiendo y soñando,

y viviendo mi vida sin dejar que tu ausencia me la robe.

Me niego a que me gane la nostalgia

y también a que un velo de tristeza enturbie mis riquezas

que son muchas:

esa sangre que corre por mis venas, mis hijos, mis amigos,

mis manos y mis ojos, mis libretas,

mis ganas de vivir, mis retos de escritura,

los paseos por la playa,

estos pobres intentos de sentirme poeta.

 

Todo eso es medicina,

y bálsamo que calma el dolor de la herida

que tú me has provocado sin quererlo,

incluso sin saberlo,

pero que, cuando duele,

me sigue recordando que estoy viva.

 

Y así sigues colándote en mis sueños,

que son mundos sin puertas por los que siempre campas a tus anchas,

libres de las fronteras que la razón me impone

cuando, al amanecer, abro los ojos,

y recuerdo que tengo que segar bajo mis pies la hierba del deseo,

que es mejor olvidar lo que he soñado,

y renegar de orgasmos escarpados

a cuya cima llego sin aliento.

 

Que así dolerá menos recordar todo el día que no te tengo.

 

Pero cuando la noche me acaricia de nuevo

olvido mis promesas y, otra vez,

sin querer o queriendo,

vuelvo a regar la planta de mi amor sin saber nunca

si crecerá o se echará a perder,

pero la cuido lo mejor que sé y con todo mi esmero,

porque es lo único que tengo al alcance de mi mano

y ahí encuentro consuelo.

 

Y me he dicho mil veces que he logrado olvidarte,

me he mentido mil veces al decirlo,

y he vuelto a recordarte y a quererte,

y negarte tan solo me ha servido

para aferrar de nuevo, como un náufrago,

la tabla de ese amor del que reniego.

Porque vivir contigo es imposible,

pero vivir sin ti, ni imaginarlo quiero.

 

Estás a mil abrazos de distancia

y aunque nunca te llegue el eco de mi voz

solo la muerte acallará mis labios

que siguen empeñados en pronunciar tu nombre,

y sangran cada vez que lo pronuncian

porque se sienten secos

y sueñan con la lluvia de tus besos

como sueña con ella la arena del desierto.

 

Ojalá que supiera un conjuro para cambiar el curso de las olas,

ojalá que pudiera hacer soplar a mi favor al viento,

pero ni sé ni puedo.

Tan solo está al alcance de mi mano navegar sobre ellas

y rogar que sea brisa, y no huracán,

lo que haga que se mueva mi velero.

 

Y después de escuchar mi confesión tan solo resta

que vuelva a repetirte lo mucho que te quiero,

que jamás te he olvidado,

por más que lo he intentado.

 

Y es que ya he comprendido

que no debo empeñarme en olvidarte

porque siempre serás parte de mí.

Pero al fin aprendí a vivir sin ti

y a estar en paz conmigo.

Adela Castañón

 

Imagen cabecera: Gerd Altmann en Pixabay

Imagen subtítulo: Pixabay

O mío o de nadie

Cierra la puerta de madera azul silenciosamente y se dirige al salón. Allí están los envoltorios rasgados de los dos paquetes que le han entregado a primera hora de la mañana.

***

Abrió primero el más voluminoso. Había especificado que lo entregaran en ese horario. Así podría abrirlo a solas, cuando Antonio estuviera en el trabajo. Quería probarse su traje de novia sin testigos al menos una vez. Luego lo subiría al piso de Violeta, su mejor amiga, que vivía justo encima, en su mismo bloque. El día anterior las dos habían estado haciendo sitio en el armario de Violeta para guardarlo allí hasta el domingo, el día de la boda. Pero primero necesitaba vérselo puesto sin nadie más opinando a su alrededor. Entró al dormitorio, cerró la puerta azul, y se lo probó absolutamente todo. La ropa interior sin estrenar, la liga azul, los zapatos forrados de satén color blanco roto, a juego con la preciosa mantilla del vestido. Incluso se hizo un moño apresurado para poder ponerse también el tocado del pelo. Y con todo puesto volvió al salón a abrir el otro paquete, el pequeño.

Venía sin remite. Vestida de novia entró a la cocina y regresó con unas tijeras con las que cortó el hilo. Sonrió pensando si serían las primeras invitaciones de boda, las que no llegaron y le costaron un disgusto hasta que en la imprenta hicieron una nueva tirada a mitad de precio. ¡Vaya mal rato que habían pasado Antonio y ella! Estaría bueno que Correos hubiera decidido ahora enmendar la plana. Las guardaría como recuerdo de una anécdota que contar a sus nietos cuando los tuviera. Rasgó el papel sin contemplaciones y sacó lo que venía dentro de un sobre.

No eran invitaciones. Eran fotos. Un portal. Un coche. Un hombre saliendo del coche. Una cara visible en escorzo, a pesar de la capucha de la sudadera subida. Otro coche. Una mujer. Gafas de sol enormes, y unos pendientes que nadie más sería capaz de llevar puestos. El rótulo con el nombre del hotel. La puerta de una habitación. El número 123. Ropa tirada en el interior de la habitación. La sudadera en el respaldo de un sillón. Las gafas en el asiento. Una zapatilla deportiva de hombre. Unos tacones de mujer. La cama. Antonio. Violeta. Sus cuerpos mezclados. Sus ropas mezcladas. Pero sus cuerpos y sus prendas separados. Los unos entrelazados en la cama. Las otras desparramadas, vacías, obscenas.

***

Piensa que al cuadro de esa mañana solo le faltaba su ramo de novia. Nardos blancos. Pero ya no lo necesitará. Por su cara, maquillada solo con una sonrisa vacía, su pérdida se escurre en hilos de sal que escuecen y queman. Ahora el vestido parece aún más brillante por las manchas rojas que lo adornan, de un rojo más vivo que el de cualquier rosa. No soltó las tijeras en ningún momento desde que cortó el cordón del paquete. Ni mientras miraba las fotos, ni cuando se sentó en el sofá durante no sabe cuánto tiempo, ni al escuchar la llave de Antonio en la cerradura, ni cuando Antonio se acercó a ella con los ojos abiertos y asombrados al descubrirla vestida de novia.

Ahora, por fin, deja las tijeras húmedas de dolor y rabia roja sobre la mesa. Coge el móvil y llama a la policía. Tardan poco en llegar. Ella misma les abre. No se ha cambiado de ropa. Los agentes se miran, descubren las tijeras y el móvil sobre la mesa. Y ella, al ver que dan un paso hacia la puerta azul del dormitorio, pronuncia las primeras palabras desde hace varias horas.

–Deberían llamar al forense y esperar en el salón. –Se da cuenta de que los agentes son demasiado jóvenes, se compadece de ellos, y los tutea–. Ya he terminado. Mejor que no entréis ahí.

Adela Castañón

Imagen: Unsplash

La niñez en el desván

Conduje despacio. Doblé el último recodo del camino, detuve el coche, me bajé y abrí la cancela de hierro. Cuando vi la casa al final del sendero de gravilla, acudió a mi memoria la primera frase de Rebeca, una novela de Daphne du Maurier: “Anoche soñé que había vuelto a Manderley”. La imagen de la casa se superpuso a la última que conservaba de ella en mis recuerdos: una mansión que se iba empequeñeciendo ante los ojos del niño de ocho años que yo era, de rodillas sobre el asiento trasero del coche de mi madre mientras nos alejábamos de allí. Aquel día ella me obligó a subir y nos marchamos con tanta prisa que ni siquiera dejó que me despidiera de nadie.

Dejé mi coche aparcado y me acerqué caminando despacio. La casa y las dos esculturas de los leones que flanqueaban la entrada principal fueron aumentando de tamaño a medida que me aproximaba, pero cuando llegué a la escalinata de acceso me sorprendí al encontrar que todo era más pequeño de lo que recordaba. Entonces empezó a soplar el viento y su rumor devolvió a las cosas el tamaño original. La voz del bosque que rodeaba la mansión, esa voz que solo un niño puede escuchar, se coló por mis oídos y violó mis defensas de adulto. Cuando puse el pie en el primer peldaño volví a sentirme sobrecogido por el susurro de unas hojas que me contaban mil historias cuando era un crío.

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar la llave y mis dedos tropezaron con la carta del despacho de abogados. Me sabía su contenido casi de memoria y podría haberla dejado en el hotel, pero tocarla en ese momento me reconfortó. Era un consuelo absurdo, como si los folios fueran un lastre que impidiera que el viento me arrastrara por aquellos parajes que llevaba tantos años sin pisar. La carta era el recordatorio de que ya era un hombre adulto, el único heredero de la mansión de mi abuela. Suspiré, saqué la llave y terminé de subir los escalones mientras me aflojaba la corbata. Al llegar a la explanada me recibieron las ráfagas de polvo que siempre daban la bienvenida a cualquiera que pisara aquellas tierras en otoño. Miré al cielo. Las nubes se movían a mucha velocidad y me pareció que era la casa la que se desplazaba. El viento cambió y los rumores del bosque y del salto de agua que se escondía detrás de los jardines golpearon sin piedad las puertas de mi memoria.

En el interior todo estaba igual que entonces, aunque la habitación parecía haber encogido, quizá por culpa de las sábanas blancas que cubrían todos los muebles y les daban el aspecto de pequeños fantasmas. Cerré la puerta y abrí las ventanas mientras caminaba hacia la escalera que llevaba al piso superior. Acaricié con el dedo la barandilla de caoba por la que tantas veces me había deslizado cuando los adultos no me veían, me detuve en el descansillo y volví la cabeza. Abajo, los cristales abiertos dejaban pasar motas de polvo en suspensión que parecían bailar al ritmo de los sonidos que se colaban en la casa enganchados a ellas.

Recorrí las habitaciones una por una y llegué al final del pasillo del piso superior. Allí, al fondo, estaba la escalera volante que llevaba al desván. La trampilla estaba cerrada, pero habían dejado la escalera colgando, como una tentación que me llamaba. Tragué saliva, me acerqué y subí despacio. El tercer peldaño seguía crujiendo, igual que en mi niñez. Entonces ese ruido me avisaba cada vez que un adulto se acercaba a mi santuario, y el tiempo que tardaban en subir los cinco peldaños restantes me proporcionaba los segundos justos para preparar un recibimiento modélico. Casi nunca necesitaba hacer nada, pero a veces tenía que esconder a toda prisa algún trozo de chocolate robado de la cocina cuando me castigaban sin cenar, o la barra de labios de la abuela que cogía prestada de vez en cuando para pintar en mis soldados de juguete la sangre que daba verosimilitud a las batallas que libraban en mis manos. Allí, en aquellas alturas, junto a los papeles y cachivaches familiares, se apilaban mis recuerdos. En mi refugio siempre había ruidos. El salto de agua se escuchaba sin parar, y las ramas de los árboles eran allí más habladoras. Supongo que al ser más livianas y estar más altas, no les costaba trabajo hacerse oír.

Di media vuelta y, a punto de bajar, recordé mi escondite secreto. Sonreí, me quité la corbata y me agaché para levantar una tabla suelta que había en el rincón del fondo. No esperaba encontrar nada. Aunque me fui de la casa de modo precipitado, no había dejado escondido ningún tesoro importante. Por eso ahora, al asomarme a ver el hueco, me sorprendió encontrar un montón de cartas cubiertas de polvo y atadas por un lazo.

Me senté en el suelo y crucé las piernas igual que hacían los indios alrededor de una hoguera en las películas de mi infancia. Mi sonrisa se hizo más amplia al darme cuenta de que no adoptaba esa postura desde que salí de la mansión. Deshice con facilidad el lazo y empecé a leer.

Eran cartas de amor. A las voces del viento y del agua se sumó ahora el rumor del papel, de los folios que crujían cuando los sacaba de sus sobres, de sus tumbas de silencio. El sol se fue escondiendo y me acerqué al tragaluz para poder seguir leyendo. Me asomé al exterior y la casita de los botes apareció ante mis ojos. Entonces di un salto, miré la fecha de la primera carta y todo encajó en su lugar.

Las cartas, entre susurros, me estaban contando la verdad después de tantos años.

Reconocí la letra de mi padre en muchas, pero no lo reconocí a él en las palabras del hombre atormentado que asomaba entre las cuartillas apropiándose de su letra, de su forma de hablar. Y sin embargo era él.

De la letra de mi abuela no me acordaba y no la reconocí. Pero me costaba trabajo reconciliar su imagen con la de la autora de la otra parte de la correspondencia. Para mí, la abuela era eso: la abuela. Aunque no llevara moño, ni tuviera el pelo blanco. Aunque me contara los cuentos al volver de cenar con sus amigas sin detenerse ni a quitarse los tacones ni la pintura de labios. Pero la que se carteaba con mi padre era y no era esa mujer.

La primera carta estaba fechada al día siguiente de mi precipitada marcha con mamá. Papá no regresó con nosotros ese día a la ciudad, ni llegó a casa al día siguiente, ni al otro, ni al mes siguiente. Sencillamente, yo me quedé esperándolo, pero nunca regresó.

Y es que ese día, en la buhardilla, mi yo de ocho años solo recordaba lo divertido que estaba mientras espiaba con mis prismáticos a papá y a la abuela. Estaban en la casita de los botes, donde guardábamos todos los aparejos para cuando salíamos a pescar. Papá estaba colocado igual que cuando me enseñaba a lanzar la caña, y abrazaba a la abuela por la espalda. Recuerdo que pensé que era estupendo que le estuviera enseñando también a ella, y que quizá, por fin, la abuela habría decidido acceder a mis continuas peticiones para que viniera con papá y conmigo cuando íbamos de pesca.

Me sentía feliz, y estaba tan concentrado observándolos que no escuché crujir el tercer escalón. Y entonces mamá entró, me vio y me quitó los prismáticos para mirar ella.

Acaricié las cartas. Me llevé el montón de sobres a los labios y, por fin, pude decir adiós a muchas cosas. Me despedí de mi niñez, y la imagen de espejo del lago en el que pescábamos se hizo añicos, dejándome ver ahora la historia del amor culpable que se escondía aquel día en la caseta y que mis ojos de niño vistieron de inocencia. Me despedí también de mi padre y de mi abuela. De mi padre, siempre serio, y de mi abuela, siempre guapa y con su sonrisa como el mejor maquillaje. Y perdoné a mi madre, siempre triste, al comprender que ella fue quien perdió más.

Salí del desván y cerré la trampilla. Y mi infancia, después de tantos años cautiva, encerrada en la buhardilla, escapó por el tragaluz y me dejó marchar.

Adela Castañón

 

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Imágenes: cabecera, Денис Токарь en Unsplash; final, matthew Feeney en Unsplash

La mejor elección

A veces, en la vida, llegamos a encrucijadas en las que hay que elegir. Y se me ocurrió imaginar un poema sobre una posible decisión que podría ser, o no…

La mejor elección

Mejor llenarme el alma con ese aire de vida

que consigue que las ramas de un árbol

susurren mil historias,

a dejar que mi boca se llene

de tierra de sepulcro que me asfixie.

 

Mejor buscar el verde de las hojas,

a dejar que me ahoguen los recuerdos

que, aunque son mis raíces,

ya están en el pasado,

y el pasado está muerto.

 

Mejor buscar valor en el futuro

y aprovechar mi vida,

que empeñarme en buscar en el ayer

a un fantasma que surge de la rabia

y del dolor de una ilusión perdida.

 

Pues tú abriste la puerta de esta historia

y dejaste que entraran en mi alma

primero, la esperanza,

y luego, la añoranza y la tristeza,

sin importarte mucho que me hirieran.

 

Y por eso te digo, aunque me duela,

que la historia y la puerta

hoy las cerraré yo.

Y lo mejor será que, desde ahora,

nos digamos adiós.

 

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

Historias encadenadas

Bárbara Gil, mi profesora del curso de Relato Breve en la Escuela de Escritores, me propuso el reto de enlazar tres microrrelatos que entregué en uno de los ejercicios. Acepté su propuesta y escribí este relato breve en el que mezclé esas tres historias con alguna cosa más. Y el resultado han sido mis Historias Encadenadas: 

No sabes con quién has dormido esta noche. He vivido a tu lado treinta años, pero solo he estado viva el último mes. Desde el día que entró el otoño. Desde el último día de vacaciones. Desde que partió tu tren y descubrí que me habías engañado. Desde que lloré por última vez.

Y desde que conocí al hombre de mi vida, aunque todavía no sé su nombre.

Mañana te despertarás al lado de este cuerpo que tanto te gusta, con su piel cuidada y su pelo teñido. Y entonces descubrirás que el alma que vivía encerrada en su interior, llena de costurones mal cicatrizados, ha alzado el vuelo y, esta vez, es para siempre. Porque hoy es el primer día del resto de mi vida y me marcharé de casa al anochecer.

***

Me marcho de casa al anochecer. Porque, por fin, he reunido el valor suficiente para seguir al hombre de mi historia. Camino detrás de él, a una distancia prudente, hasta la boca de metro. Dejo que se interpongan más viajeros trasnochadores para que no me descubra.

Cuando voy a acceder al andén, el torniquete de paso se bloquea.

Él sube al tren, las puertas se cierran, y veo cómo se aleja mi historia dentro del vagón.

***

Dentro del vagón del siguiente tren, mi cuerpo se desplaza persiguiendo mi sueño, pero la distancia entre nosotros no se acorta. Sin moverme del asiento, mi mente se pone en marcha y mis dedos emprenden una ruta de kilómetros de tinta mientras escribo esta historia en un cuadernillo ajado que siempre llevo encima.

***

En el cuadernillo ajado que siempre llevo encima dejo salir mi pena. Al vagón sube una mujer de pelo verde y, en la parada siguiente, una niña de la mano de un hombre. La niña mira el pelo, sonríe y le hace una pregunta a la mujer:

–¿Por qué tienes el pelo de color verde?

La mujer solo lo piensa dos segundos antes de responder:

–Porque soy medio elfa.

Y yo, que he dejado de lado mi dolor, empiezo una hoja nueva del cuadernillo. Allí, sobre el papel, la mujer del pelo verde se sentará frente a un ordenador y empezará a escribir una historia maravillosa sobre una tal Zoila, una chica medio humana y medio elfa.

***

El metro llega a final de trayecto. Cierro el cuadernillo y me bajo. Ahora mi dolor y mis historias pertenecerán a otro día y a otro vagón.

***

Cover Image

 

A veces salen historias sorprendentes cuando se mezcla la realidad con la ficción. Mi relato de hoy es ficticio salvo en un pequeño detalle: la mujer de pelo verde existe. Se llama Chiki Fabregat, es profesora de la Escuela de Escritores y ha escrito una trilogía preciosa cuya protagonista es Zoila, una muchacha medio humana y medio elfa. Os la recomiendo. 

Adela Castañón

 

Imagen de Manuel Alvarez en Pixabay

Cobardía

Hoy pensé en que no estamos obligados a ser héroes. Y por eso, porque no siempre el valor tiene que ser protagonista, escribí esta poesía. 

Qué fácil es hablar si no se sabe

de lo que se está hablando.

Y qué fácil juzgar cuando se es juez

en vez de condenado.

 

Tan fácil es, como esconder la pena

detrás de una careta sonriente,

para poder pensar que se está a salvo

del resto de la gente.

 

Y revestirse, a los ojos del mundo,

de una armadura falsa,

de una seguridad tan frágil

como una telaraña.

 

Intentar defenderse de ese modo

de algunos sentimientos

es algo así como querer parar

con las manos al viento.

 

Y entre ofrecer preguntas o respuestas

no es fácil la elección.

Y tampoco es sencillo cuando habla

el corazón en vez de la razón.

 

Y por eso, cuando alguien me pregunta,

me pongo la careta y la armadura,

porque a veces el dolor más intenso

tiene su origen en la emoción más pura.

 

No te valdrán de nada mis respuestas

si no aceptas la vida que he vivido.

Pero a pesar de todo sigo hablando

porque prefiero mi dolor a tu olvido.

Adela Castañón

Imagen de Lars_Nissen_Photoart en Pixabay

La campana

No fue capaz de comerse todas las gachas que eran su cena de cada día. Llevaba unas semanas con el estómago revuelto. Le quedaba más de media escudilla y echó el resto en la lumbre. El crepitar de las llamas empezaba a menguar y ella se arrebujó un poco más en la toquilla. Miró hacia la cortina que separaba la habitación de una pequeña despensa donde almacenaba la leña, los calderos y el taburete que usaba para ordeñar a las vacas desde que algún vecino, aún más pobre que ella, entró de noche al establo y le robó el que tenía. Menos mal que Miguel, su Miguel, le había hecho otro poco antes de volver a embarcarse en el ballenero, hacía unos meses.

Dudó si echar otro leño al fuego, pero le pudieron la pereza y el cansancio. Sin quitarse la toquilla levantó la cobija de lana que cubría el jergón donde dormía junto a la lumbre y se sentó para quitarse los zuecos. A punto de sacarse el segundo, un ruido del exterior atrajo su atención. Una de las campañas de la iglesia había empezado a tañer. Supuso que debía ser la grande. Desde que ella había llegado al pueblo era la primera vez que la escuchaba.

Inquieta, removió el fuego con el atizador. Las llamas cobraron vida. Pero, en vez de calentarse, sintió el frio del suelo subir por sus piernas hasta asentarse en su vientre, donde las pocas gachas que había cenado se convirtieron en piedra.

Se puso de pie y se encaminó hacia la ventana. El crepitar de la lumbre se mezcló con el doliente tañido y elevó una plegaria silenciosa a la Virgen de Lourdes, patrona de los balleneros. Se tapó los oídos con las manos para concentrarse en su rezo, y, a pesar de que a mitad de la primera avemaría empezó a recitar en voz alta, cuando separó las manos del cuerpo los repiques, en lugar de detenerse, habían arreciado.

Ella no había escuchado nunca tocar a rebato, pero sus tripas le dijeron que lo que escuchaba era eso. Arrastró los pies por el piso. La suela del zueco derecho parecía quererse pegar a las losetas, mientras que el pie izquierdo, calzado solo con la media de lana, con el otro zueco olvidado junto al jergón, se empeñaba en avanzar. Se dio un golpe en el dedo meñique con la pata de la mesa, pero los tañidos y el rumor del fuego, convertido en un gruñido sordo, no dejaron que sintiera el dolor del golpe. En dos pasos alcanzó la ventana de la casucha.

Levantó la tranca que sujetaba las hojas de madera con las dos manos y a punto estuvo de darse otro golpe en el pie cuando la dejó caer al suelo sin miramientos. Apoyó la frente en el cristal, y alrededor de su boca el vidrio se empañó al instante. Quitó el vaho con el puño de su vestido e hizo visera con las manos a los lados de la frente para poder ver el exterior.

Donde esperaba oscuridad, había un resplandor que procedía de una de las playas del pueblo. Reinició su plegaria con voz temblorosa al comprender que los puntos de luz que confluían hacia ese punto eran los candiles de sus vecinos, alertados por el toque de arrebato. Y la luz más fuerte, la de la playa, no hacía sino aumentar. Ella cerró los ojos como si con eso pudiera hacer desaparecer la imagen de su cerebro. Sabía que era la playa de los muertos. La llamaban así porque casi todos los barcos que naufragaban acababan devolviendo en esa orilla sus despojos, sin importar que fueran cargamentos de aceite, de contrabando, o cuerpos de marineros destrozados por las rocas de las rompientes.

Las gachas en su estómago se removieron como el mar embravecido y el gruñido de sus tripas se mezcló con el del fuego, las campanas y los rezos. Miró al fondo del cuartucho. El zueco solitario parecía llamarla, pero se sentía incapaz de acercarse a la lumbre. Junto a la ventana, entre el resplandor del incendio de fuera y el estruendo de la lumbre de su chimenea, un fuego distinto, el de la bilis subiendo por su garganta, le provocó un escalofrío.

A punto de dar un paso escuchó unos golpes innecesarios. En el pueblo poca gente cerraba sus puertas, y una vecina entró, sin esperar respuesta, arrastrando con ella un revuelo de hojas y copos de nieve. Al ver a la joven parada junto a la ventana, se detuvo y cerró la puerta con el codo sin dejar de mirarla.

–Ay, Lucía, ay…

Se miraron en silencio unos segundos. Lucía quiso decirle que se callara, pero la bilis ocupaba el sitio donde debería haber estado su voz. La vecina se santiguó.

–Es el Princesa de Loreto, hija.

Lucía se tapó la boca con las manos. Maldijo el tañido de las campanas por no ahogar la frase de la pobre mujer, nombrando el barco de Miguel, como si por no escucharlo no hubiera ocurrido. Volvió a mirar afuera. El incendio en la playa había arreciado tanto que creyó que amanecía, aunque sabía que era imposible.

Las piernas se le volvieron agua. Apoyó la espalda en la pared y su cuerpo se deslizó hasta quedar sentada en el suelo donde permaneció varios minutos mientras oía hablar a la otra sin enterarse de lo que le decía. Vomitó sobre el delantal todo su dolor y su miedo, y eso hizo reaccionar a la vecina que acercó y la sujetó por las axilas para ayudarla a llegar al jergón.

Mientras la mujer trajinaba buscando un trapo con el que limpiarle la cara, Lucía notó algo caliente que le corría entre las piernas. Fijó la mirada en el sitio donde había estado sentada. En el suelo había hilillos de sangre mezclados con los restos de bilis.

Lucía puso las manos en su vientre y se echó a llorar. Había perdido lo único que le quedaba de Miguel.

Adela Castañón

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Imagen cabecera: Chris Barbalis on Unsplash

Imagen cierre: czu_czu_PL en Pixabay

El amor y los celos

Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo infinito, mil veces mayor que el que todos conocemos, poblado por míticas criaturas de todas clases, nacieron dos pequeños, un niño y una niña, que crecieron juntos desde su más tierna infancia.

Sol, que así se llamaba el chico, poseía la magia del fuego. Todo el que se acercaba a él podía notar su calor y hasta las almas más frías hallaban consuelo si Sol andaba cerca.

La magia de Luna, su amiga, era la luz. Cuando Luna paseaba por ese mundo, cobraban vida muchas criaturas menores que, alimentadas por su brillo, se convertían en estrellas que comenzaban a tener su propio resplandor. Luna era modesta, sencilla, y todos la querían.

Sol y Luna compartían juegos y risas, y los dioses de aquel mundo antiguo disfrutaban mientras veían cómo crecían en armonía y cómo desarrollaban sus dones cada vez más. Cuando Luna se acercaba a Sol, en su interior crecía un calor que dejaba pequeño al que emanaba de su amigo. Nada le gustaba tanto como tomar su mano para, con los dedos entrelazados, seguirlo en todas sus aventuras. Y Sol se descubría pensando cada vez más en cuánto le gustaba compartir con Luna cada instante. La felicidad de las dos criaturas crecía a la vez que lo hacían sus dones, y era tan intensa y pura que se contagiaba a todos cuantos los rodeaban.

Un buen día, cuando Sol y Luna eran todavía muy jóvenes, apareció una joven desconocida que hizo de aquel universo su hogar. Se llamaba Tierra, y tenía el don de crear vida. Su aspecto, muy diferente del de Sol y del de Luna, cambiaba con el tiempo, vestía un traje de mil colores donde el azul de los océanos formaba dibujos maravillosos al combinarse con el oro de las arenas del desierto o el verde de sus bosques infinitos. Llegó sola, y Sol y Luna la adoptaron enseguida como compañera de juegos y aventuras.

Todo parecía ir bien entre los tres, hasta que en la superficie de Tierra empezaron a crecer unos puntitos minúsculos, casi invisibles, que solo ella percibía como una especie de picor interior. A veces era un picor agradable, pero con el paso del tiempo se fue convirtiendo en algo mucho más complejo. Había ocasiones en que sentía algo dulce y cálido y otras en las que un sentimiento incómodo, como el rumor de una colmena, la hacía encontrarse mal.

Tierra aprendió a escuchar el murmullo de esos miles de criaturas y descubrió el significado de palabras que hasta entonces habían sido desconocidas para ella. Supo lo que era el amor, y la dulzura, pero también averiguó que todo tenía su contrapunto, y los celos se adueñaron de ella.

Porque Tierra comprendió que Sol y Luna se amaban.

Loca de rabia, Tierra empezó a girar sobre sí misma para arrancar de su interior esa negrura. Pero su envidia era tan fuerte que cada vez daba vueltas a más velocidad. Tanto giró que a su alrededor se formaron remolinos de viento que separaron a Sol y a Luna que, por más que lo intentaban, no conseguían acercarse el uno al otro.

Entonces Tierra, al ver que su giro mantenía a los amantes separados, se propuso no parar de dar vueltas y consiguió que Sol y Luna no lograran encontrarse.

Los dioses contemplaban impotentes la tragedia porque sus normas no les permitían interferir en los actos de sus criaturas. Pero el dios del Amor, compadecido de Sol y de Luna, esperó con paciencia. Sabía que llegaría un momento, alguna vez cada muchos, muchos años, en que Tierra tendría que dar la espalda a sus amigos para tomar aliento.

Y llegó el día en que Tierra se detuvo unos segundos, mientras miraba hacia otro lado. Entonces el dios Amor creó un eclipse.

Y, durante unos minutos, Sol y Luna pudieron volver a besarse antes de regresar cada uno al destierro de su eterno día y de su noche eterna.

Y la Tierra, impotente, contempla cada muchos años como, en toda su superficie, miles de ojos se alzan al cielo para admirar el beso de dos amantes que se vuelven a encontrar.

Adela Castañón

Imagen: Guillaume Preat en Pixabay

El nombre del olvido

A mis pacientes y a sus familias.
Y a mi padre, que me enseñó a amarlos como personas
antes que a verlos como enfermos.

–¡Mamá! ¿Otra vez? –le grita Maribel. Las ganas de llorar y la impotencia la invaden cuando sorprende a su madre con el teléfono pegado a la oreja.

Juana mira a su hija, aprieta los labios y agacha la cabeza. Baja la mano despacio y deja que Maribel le quite el auricular sin ofrecer resistencia. Al otro lado del hilo se ha repetido el mensaje de siempre, aunque Juana no se acuerde de un día a otro: “El número marcado no existe”. Y luego, también como siempre, solo silencio.

Juana se sabe ese número de memoria. Los lunes, miércoles y viernes Andrés, su novio, la llama por teléfono, pero los martes, jueves y sábados es ella la que le telefonea. Los domingos no hace falta. Es el día que se ven y pasean del brazo por la plaza del pueblo. Él camina muy erguido y ella taconea con fuerza. Al fin y al cabo, Andrés ya ha hablado con sus padres y se casarán en verano.

Maribel se muerde el labio. No quería hablarle así a su madre, pero está cansada. No se ha sentado en toda la mañana y ha discutido otra vez con sus hermanos. Vale, ella está soltera y es la única que todavía vive en la casa familiar, pero no le parece justo que toda la tarea recaiga sobre sus hombros. Cuelga el auricular y le acaricia la mejilla.

–¡Ea, vamos! Que, aunque el médico suele llevar retraso, como se nos escape el autobús llegaremos tarde. –Eso último lo dice más para ella. No espera respuesta.

Echa sobre los hombros de su madre una toquilla tan antigua como el teléfono, como los muebles del salón, heredados de los abuelos, como los techos altos de la casa, impensables en cualquier piso moderno. Maribel, a sus cuarenta años no recuerda que su madre haya querido mover ni siquiera un cuadro de la pared. Un novio que tuvo le preguntó una vez cómo era capaz de vivir en un museo, y a ella le dio vergüenza contestarle. Aunque sabe que su madre necesita estar entre sus cosas para sentirse feliz, después de aquello pensó proponerle algún cambio en la decoración. Pero el momento quedó atrás y ahora ni se le pasa por la cabeza.

En la consulta, el doctor les estrecha la mano y empieza a hablar con Maribel como si Juana no estuviera delante. De todos modos, la anciana también lo ignora. Está mirando a la enfermera con su bata blanca mientras se pregunta qué hace ahí esa lagartona en lugar de estar despachando en la tienda de ultramarinos del pueblo. Sabe que tiene los ojos puestos en Andrés, pero su hombre es cabal. Más le vale a esa tipa no hacerse ilusiones, piensa Juana, porque yo seré la que esté junto a Andrés, de blanco delante del altar mayor, el día de la Virgen de Agosto cuando el cura nos eche las bendiciones.

El médico ha cogido unos papeles del cajón, y se los enseña a Maribel, aunque la pobre está más pendiente de la cara del doctor que de sus palabras. Juana, ajena a la conversación, se cansa de mirar a la enfermera y sus ojos se posan sobre el folio que hay encima de todos. De soltera fue maestra, y lee bien al revés. Y entonces la realidad llega en forma de un puñetazo de papel con la dureza del pedernal. La mano de Juana tiembla y busca el brazo de su hija. Maribel y el médico la miran a la vez, ven sus ojos fijos en el folio, y cruzan una mirada. Un segundo después, como niños cogidos en falta, hablan a la par.

–¿Se encuentra bien, Juana?

–¿Mamá? ¿Te pasa algo, mamá?

La anciana nota la boca seca y no responde. La enfermera no habla, pero se acerca y le pone una mano en el hombro. Juana, anclada al brazo de su hija, le dirige una sonrisa desdentada como desagravio por haber pensado que era la pelandusca de la tienda.

–¿Me dice dónde está el servicio, por favor? –Su voz suena cascada.

–Claro, señora. Acompáñeme.

Juana se levanta y camina hasta el baño del brazo de la enfermera. Cuando llegan a la puerta, le habla en tono más firme:

–Puedo volver sola, gracias.

La enfermera vacila, pero acaba por darse la vuelta. Juana entra, cierra con el pestillo y se sienta sobre el váter sin levantar la tapa. Se arrebuja en la toquilla y abre mucho los ojos cuando ve su imagen reflejada en un espejo. Es ella y no lo es. Levanta la mano derecha y su doble en el cristal hace lo mismo con la izquierda para atrapar un mechón de pelo. Al doblar el cuello para mirarlo de cerca comprueba que ya no es como el ala de un cuervo. Entre sus dedos se entrelazan hilos de ceniza y nieve.

Entonces mira de nuevo al espejo y, en un instante de lucidez, sonríe al reconocerse. Su reflejo le devuelve todo lo que ha perdido y piensa que sus cabellos grises son los archivos del pasado, que cada cana guarda una historia, cada arruga el recuerdo de una risa o de una herida. La memoria le duele, pero el dolor dura poco. Solo lo que tarda en regresar el olvido. Quizá mañana Andrés conteste cuando lo llame por teléfono. Aunque tendrá que esperar a que Maribel salga de casa.

En el despacho, el médico rodea la mesa y apoya la mano sobre el hombro de Maribel, que parpadea y traga saliva. Piensa que tendrá que hablar con sus hermanos y suspira. Le vienen a la mente los cuentos que su madre les contaba antes de dormir.

Nunca pensó que ponerle un nombre al olvido pudiera doler tanto. Pero duele.

Adela Castañón

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Imágenes cabecera y cierre: Gerd Altmann en Pixabay