Los días perdidos

Regresarán los días

en los que sentimientos sin nombre

pugnarán por salir de algún rincón del alma.

Días de letargo erótico

de siestas en la playa,

el color y el calor de los rayos del sol

que visten a mi piel con mil tonos de arena.

Días de una brisa cómplice

que se escapa del mar

porque me quiere,

y quiere susurrarme historias como esta,

la historia de un poema

que surge de un cuerpo en cautiverio

y un alma en libertad.

 

Regresarán los días

y, cuando vuelvan,

serán los mismos días y no serán los mismos,

tal vez porque nosotros

sí que habremos cambiado

y seremos distintos.

 

Regresarán los días

y las tardes nubladas del otoño,

serenas y tan grises,

con ventiscas que entonan melodías

hechas de notas tristes,

mil canciones cantadas

por el crujir de muchas hojas secas,

notas escritas sobre el polvo dorado

de una puesta de sol

que se disfruta a la orilla del mar,

o en la cumbre de un cerro,

o en un campo de trigo,

o en el porche de una casa de pueblo.

 

Regresarán los días

cubiertos por la nieve,

con una blanca capa

que tejerá el olvido.

El frío convertirá los riachuelos en hielo,

y cerraré los ojos

y volveré a acordarme de que tú ya te has ido.

 

Regresarán los días

de flores y de aromas,

y volveré a sentirme primavera.

Y atrás se quedarán esas quimeras

que me hicieron llorar.

Y llevaré de nuevo en mi equipaje

la experiencia, los sueños,

la parte más hermosa de mi vida.

 

Regresarán los días

y dará igual que sea

primavera, verano, otoño o invierno.

Nadie podrá quitarme lo que tuve,

y me siento feliz con lo que tengo.

 

Y, en cualquier estación,

y en cualquier día,

yo seguiré escribiendo.

Adela Castañón

Imagen: Erik Tanghe en Pixabay 

Cadenas de amor

Te veo venir con esos andares de oca que fueron lo primero que me llamó la atención de ti el día que nos conocimos. Aquel día, hace ya de eso seis años, tu hijo Enrique te seguía como un patito y sentí un poco de envidia al verlo caminar suelto, sin que tuvieras que llevarlo cogido de la mano como tenía que hacer yo con mi Jaime. ¡Seis años ya!, ¿te acuerdas, Puri? La psicóloga aquella del colegio nos había reunido a varios padres y allí estábamos todos, perdidos como frikis en la Edad Media y con nuestros niños a cuestas, claro. En aquella época era disparatado pensar en ir a ningún sitio si no era con ellos, porque, ¿a quién se los íbamos a dejar? La Cruz Roja nos había dejado un local para reunirnos, y había dos señoras voluntarias con pinta de abuelitas que se encargaron de cuidar a los pequeños en la sala de al lado, mientras todos nosotros, pobres padres náufragos, hablábamos.

Pero eso fue hace seis años y mil vidas. Hoy he quedado contigo para tomar un café como dos madres “normales”. Volvemos a tener vida propia, Puri. Eso que nunca creímos que podríamos recuperar. Veo que te acercas sonriendo, como siempre, y me levanto para darte un beso porque hace siglos que no nos vemos. Eso no importa, porque cuando nos encontramos siempre parece que nos acabamos de despedir. Es lo que tiene compartir esa experiencia de ser mamás de unos hijos especiales. Me miras y tus ojos me preguntan el motivo de mi llamada, de esta cita para tomar ese café que siempre aplazamos. 

Disfruto un poco con el suspense. Espero a que el camarero venga a tomar nota y, hasta que no pone los cafés sobre la mesa, no entro en materia. Uno con leche y sin azúcar para mí. Para ti, uno con doble azucarillo y tu sempiterna palmera de chocolate.

—Sigo siendo una gordita feliz —me dices al verme levantar las cejas.

Yo me río. Las dos nos acordamos de que cuando nos conocimos yo tenía encima quince kilos más que ahora. Te reíste como una loca cuando te dije que no sabía qué hacer para ayudar a mi hijo, y que tenía el problema añadido de que mi frigorífico no tenía candado y mis visitas a su interior, buscando ahí un consuelo inexistente, superaban a las de los videos de Madona en el Youtube. “El chocolate puede ser terapéutico”, me dijiste entonces. Y por lo que veo, te sigues recetando la misma medicina.

Al final te lo cuento sin que me preguntes nada. Sabes de sobra que si te he hecho venir es por una buena razón y que mi noticia caerá por su peso. Cuando te digo que me ha llamado por teléfono la madre de un niño con autismo, tus ojos empiezan a brillar el doble de lo normal, y eso que no te está dando el sol en ellos. Intuyo que adivinas mi historia, pero ninguna de las dos nos queremos privar del placer de compartirla.

Te confieso que he citado a esa madre en este mismo sitio dentro de media hora, y tu sonrisa me confirma que no te importa lo más mínimo. Yo lo sé. Te digo que necesito que estés conmigo para dar credibilidad a lo que voy a contarle. Si somos dos, será menos difícil que nos crea.

—Mira, Puri —te digo—, tenemos que contarle a esa mamá que tú me llamaste por teléfono para invitarme a ir a tu casa hace seis años, después de aquella primera reunión, ¿te acuerdas? Y contarle también lo que te contesté, que sepa que te dije que no, que, si querías, vinieras tú a la mía. —Te miro y sonrío—. ¡Menuda carcajada soltaste, guapa! Todavía no se me ha olvidado. ¡Anda que…!

—Te tendí una trampa —me interrumpes y no me importa—. Sabía que, tal y como estaba entonces tu Jaime, no te atreverías a salir de tu casa para ir a otro sitio de visita. ¡Eso era impensable!

—Por eso te he llamado, Puri. Me ha costado la misma vida convencer a esta mamá para que venga hoy, y sé que no se va a quedar mucho tiempo. Así que necesitaba refuerzos.

Guardo silencio mientras te veo disfrutar con tu palmera. Una mota de chocolate se queda en la comisura de tu boca y pienso que tu sonrisa es lo más dulce del mundo. Parpadeo de prisa cuando recuerdo que aquella primera vez viniste tú a mi casa, con tu marido y con Enrique. Y al ver que no ponías cara de acelga cuando Jaime empezó con una de sus rabietas y a darse golpes en la cabeza, comprendí que todo iba a salir bien. Mientras yo sujetaba a mi niño, tal y como nos había dicho la psicóloga que había que hacer para extinguir esa conducta autolesiva, tú seguiste hablando como si nada. Y tu marido, igual. A veces pienso que aquella rabieta duró tan poco rato porque hasta el mismo Jaime debió extrañarse de que su comportamiento no atrajera tu atención ni lo más mínimo. ¡Pobrecito! Qué poco sabía yo entonces que esas autoagresiones eran una desesperada llamada de ayuda. La intención de sus golpes era la mejor del mundo: reclamar atención. Pero lo hacía de un modo totalmente equivocado, porque no tenía otras herramientas para comunicarse con nosotros. ¡Cuánto hemos aprendido desde entonces!

Estoy tan perdida en mis reflexiones que no me percato de que me estás mirando. Te ríes con ganas.

—¿Te acuerdas de la cara que pusiste cuando te dije aquello, Alicia?

—¿El qué?

—Lo de que tu Jaime me recordaba una barbaridad a mi Enrique cuando tenía su edad. —Me guiñas un ojo—. Pensaste que te estaba regalando una mentira piadosa, ¿eh, amiga?

—¡Cómo no iba a pensarlo, mujer! Que Enrique tenía entonces doce años, hablaba y se portaba como un hombrecito, ¡y mi Jaime, con seis, no decía ni mú y no podíamos casi ni pisar la calle con él, con aquellas rabietas y aquellos pollos que montaba! —Suspiro, pero es un suspiro feliz porque ahora es un muchachito distinto—. Parece mentira que pudiera formar aquellos espectáculos, con lo chico que era entonces.

—Aquello era la guerra, Alicia.

—Y tanto. ¡Si hasta me peleé un día con un vigilante del Hipercor!

—¡Anda ya! Eso no me lo habías contado nunca.

—Bah, fue una de tantas. El pobre hombre se me acercó cuando estaba yo por el pasillo de los congelados. Jaime había pillado una rabieta y como era enero o febrero, no me acuerdo bien, por esa zona no había casi clientes. Me metí allí para ver si se le pasaba, pero una mujer le dijo al vigilante que había una loca en la zona de los congelados que debía haber raptado a un niño, porque lo llevaba sentado en el carrito de la compra sin hacerle ni puñetero caso…

Las dos rompemos a reír tan fuerte que el camarero nos mira y levanta las cejas. Es normal que yo no te creyera entonces, Puri. Ahora lo sé. Jaime ha cumplido hace poco doce años. Tiene ahora la edad que tenía tu hijo cuando lo conocí, y es un perfecto calco de Enrique en aquella época. Seis años me ha costado convencerme de que no me mentías, de que tu Enrique, a la edad de mi Jaime, también pillaba rabietas y se daba golpe tras golpe, quizá luchando como un jabato contra ese autismo que nos vino a todos sin esperarlo, en lugar de aprender a vivir con él para encontrar su lugar en el mundo.

Puri, tesoro, cuando venga esta madre nueva tienes que ayudarme a contarle todo esto. Seguramente no nos va a creer del todo, pero yo tampoco te creí a ti, y sin embargo conseguiste convencerme de que había luz al final del túnel.

Su niño tiene ahora seis años. El otro día fui a su casa a tomar café con ella, porque la invité a la mía, como hiciste tú, y la respuesta fue la misma: “prefiero que vengas tú a mi casa, si no te importa”. Hay que ver como se repite la historia, amiga.

—¿Cuento contigo? —te pregunto.

Mueves la cabeza en una afirmación que no necesito escuchar. Y levantas la mano y le pides al camarero otra palmera de chocolate.

Adela Castañón

Imagen: Analogicus en Pixabay 

Amor intemporal

Mi abogada me ha dicho que es probable que mañana acabe todo. No cree que el jurado necesite más tiempo para reunirse y solo espera que el juez no sea demasiado duro con la sentencia. Porque, eso lo tengo claro, el mío es un caso perdido. No cabe la más mínima duda que he transgredido la ley. Y la culpa, eso también lo tengo claro, fue de mi trabajo.

Es inconcebible que en pleno siglo XXII los genetistas cometan errores, pero a veces ocurre, y yo soy una prueba de ello. La equivocación en mi codificación genética no hubiera sido un problema si yo hubiese trabajado en otro campo; es probable, incluso, que no hubiera llegado a darme cuenta de que era un poco diferente a los demás. Pero también es bastante probable que ese pequeño error en mis códigos influyera en mi elección cuando me llegó el turno de acceder al mercado laboral.

No se me había inmunizado contra la lectura.

Claro que todos los ciudadanos leíamos: por las mañanas, en los monitores de todas las viviendas de la ciudad, aparecían escritas las instrucciones, las novedades y las informaciones de interés general. Eso no era un problema. El problema fue que mi pequeña imperfección genética se convirtió a la vez en la causa y en la consecuencia de que mañana vayan a juzgarme, y es que la lectura me atraía como una droga. Creo que quizá, por eso mismo, yo no estaba preparado para ser el guardián de la biblioteca interactiva. ¡Si alguien lo hubiera sabido!, ¡si por lo menos se me hubiera ocurrido pensar en eso! Tal vez, en ese caso, hoy seguiría sido un sujeto prototípico y feliz. Pero, una vez que me dieron el empleo y empecé a trabajar con los libros, solo era cuestión de tiempo que cayera en la trampa. Y, claro está, caí.

Mi abogada me ha dicho que mi caso se ha mencionado en las noticias, pero solo para informar de que los equipos de genética trabajan en un nuevo protocolo de corrección de errores. Imagino que, como mucho, mis antiguos compañeros se habrán limitado a suponer que estoy en algún centro de salud genética para reparar el gen defectuoso. Es lo que yo hubiera pensado hace unos meses si estuviera en su lugar. No se lo reprocho. Pero tampoco puedo evitar una sonrisa triste al pensar qué diría Lydia si supiera lo que me está pasando. ¡Es tan distinta de todos nosotros! Ella, su mundo, resultarían incomprensibles para cualquiera de mis conciudadanos, habitantes perfectos de este mundo supuestamente igual de perfecto. Debí hablarle a Lydia de mi viaje en el tiempo cuando tuve ocasión. Fue un error no hacerlo, dejarla creer que todo lo que yo escribía eran historias de ficción futurista. Pero si le hubiese dicho que mis crónicas eran ciertas, que yo tenía en realidad cien años más que ella, o que su mundo del siglo XXI era historia en las bibliotecas de mi tiempo, me habría tomado por loco y tal vez me habría dejado. Y eso era algo que yo no estaba dispuesto a soportar. ¡Mi pobre y querida Lydia! Me estará echando de menos. Seguro que se pregunta por qué no he vuelto con ella.

Mi abogada no entiende por qué hice lo que hice. No entiende que yo haya puesto en juego mi existencia en nuestra perfecta civilización. Hemos alcanzado unas cotas de orden y una serie de comodidades materiales que nuestros antepasados no se habrían ni atrevido a soñar. ¿Puede haber algo mejor que tener asegurados los alimentos tanto en el trabajo como en casa en las horas indicadas?, ¿tener acceso al ocio solo con rellenar la correspondiente solicitud on line?, ¿disponer de una pareja con un simple clic en el formulario previsto para necesidades básicas? Hemos alcanzado cosas que eran verdaderas utopías en el siglo en el que está Lydia, lo sé. Pero, aún así, no puedo evitar ver mi mundo como una copia desvaída en blanco y negro del universo de color que es el mundo de su tiempo.

Ni mi abogada, ni los miembros del jurado, ni el juez comprenden las razones de que yo incurriera en una falta tan básica. No les cabe en la cabeza que cayera en la tentación de ojear las portadas de algunos libros cuando los llevaban a la biblioteca para ser almacenados y custodiados en la zona de alta seguridad. Y, para ser sinceros, yo tampoco sabría explicarles qué me hizo abrir un día uno de aquellos ejemplares antiguos, concretamente el que estaba catalogado en el locci temporal del siglo XXI. Mi abogada ha tratado de basar su defensa en el hecho de que el genetista encargado de mi programación cometió un error y no abolió el gen de la curiosidad lectora cuya alta carga viral se ha podido detectar en los análisis que me han realizado. Pero el fiscal ha jugado con ese dato para ponerlo en mi contra, y ha alegado que esos niveles tan elevados son la consecuencia de mi delito, y no la causa de él. Y posiblemente tenga razón, porque, desde que me descubrieron infringiendo la norma, el número de preguntas que invaden mi mente se multiplica sin cesar, incluso aquí, en mi confortable celda, mientras espero ser juzgado mañana.

Sabía que estaba terminantemente prohibido abrir un libro. Sabía que, si lo hacía, correría el riesgo de viajar sin protección en el tiempo, y me expondría a riesgos desconocidos. Lo sabía. Y, a pesar de eso, lo hice. Porque de un modo impreciso empezaba a ser consciente de que algo me diferenciaba de las demás personas.

Elegí un día en el que no había nadie más conmigo. “Solo será una miradita”, pensé. Me engañé y traté de justificar lo que iba a hacer diciéndome que así, al ver de cerca todas las imperfecciones e incomodidades de los humanos que nos habían precedido, quizá encontraría el modo de abortar esa molesta mutación que se iba apoderando de mis células y me provocaba una incómoda inquietud, como un cosquilleo debajo de la piel, que me hacía plantearme desear no sabía bien qué cosas.

Vivo, ¿o debería decir que “vivía”?, en un mundo feliz. Sin guerras. Sin hambre. Sin desempleo. Sin enfermedades. Sin incomodidades.

¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué lo hice?

Y, en el fondo, ¿qué más da? Me estoy haciendo la pregunta equivocada. La correcta, la que me mantiene entero, es esta: ¿Volvería a hacerlo?

Y la respuesta es que sí.

Por eso tengo un plan. No sé si funcionará, pero me aferro a la esperanza de que así sea. Esperanza. Otra palabra que se perdió en el diccionario cuando el siglo XXI dio paso al XXII. Otro regalo increíble de Lydia que, ojalá, me ayude ahora.

Voy a decirle a mi abogada que todo empezó por un tremendo error. Que el libro se me resbaló de las manos por accidente y cayó al suelo abierto. Y que al cogerlo y tratar de cerrarlo mis manos se posaron en las páginas y viajé sin querer cien años atrás. Tengo la esperanza de que ni ella, ni el juez, ni el jurado hayan pensado que ese no era ni mucho menos mi primer viaje. Si consigo convencerlos de que ha sido solo una vez, puede que tenga una oportunidad. Si me absuelven es muy probable que recupere mi empleo. Y entonces, a la primera ocasión, arrancaré y mezclaré todas las páginas de los libros del locci del siglo XXI, y les prenderé fuego para que nadie pueda seguirme hasta allí. Cerraré definitivamente la puerta entre nuestros mundos, el de Lydia y el mío.

En el siglo pasado me espera ella. Con Lydia no practico un coito perfecto, con ella hago el amor. Echo de menos los chirridos de la cama cuando se da la vuelta dormida, comer lo que prepara, sin saber si el punto de sal estará bien, acostarnos cada día a una hora distinta. Disfrutar de eso que ella llama vacaciones de fin de semana. Hasta echo de menos sus reproches cuando me acusa de no querer contarle nada de ese trabajo mío que me aleja de ella casi la mitad del tiempo. Al principio, acercarme a Lydia fue solo parte del experimento. Iba a ser algo provisional. Pero se adueñó de mí algo desconocido y tan fuerte que empecé a prolongar mi estancia en su tiempo y mis viajes fueron cada vez más arriesgados.

Por eso me atraparon. Porque volví de uno de esos viajes demasiado feliz, demasiado distraído, demasiado relajado.

Ella me había puesto una flor en la oreja, y no me di cuenta.

Y ellos la vieron enseguida.

Ojalá se crean mi mentira. Ojalá salga todo bien.

Ojalá pueda volver con Lydia y seguir escribiendo y escribiendo todo lo que le cuento de mi época, sin decirle que es cierto. Y ojalá pueda hacerla feliz. Ella dice que mis historias se están vendiendo muy bien y sueña con el día en que deje mi supuesto trabajo para convertirme en escritor y pasar a su lado todo el tiempo, y no la mitad, como hice hasta ahora. Porque he descubierto que me gusta incluso eso que ella llama celos, y no quiero que esos celos por el tiempo que paso en mi siglo terminen por hacer que se aleje de mí.

Quizá, a fin de cuentas, mi error se convierta en mi salvación.

Ojalá.

Ya no hay vuelta atrás ni, aunque la hubiera, la querría. Mañana me juego mi futuro. O, quizá, me juego mi pasado.

Lydia. Tan perfectamente imperfecta. Tan viva.

Tengo que volver con ella.

Lydia. Encontraré la manera.

Lydia. Mi Lydia.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

El jarrón de porcelana

Me sobresalté y di un bote en la silla al escuchar el ruido de algo que se rompía. Dejé el lápiz sobre mi cuaderno escolar y me levanté. La abuela Chang, con los ojos desbordados, caminaba hacia su cuarto con toda la rapidez que le permitían sus pequeños pies. Cuando era niña se los habían vendado en China y usaba zapatillas mucho más pequeñas que las mías, a pesar de que yo solo tenía diez años y los pies pequeños. Abrí mucho los ojos.

–Mamá, ¿por qué llora la abuela?

Mi madre estaba arrodillada de espaldas a mí y recogía los fragmentos del jarrón que acababa de romperse al caer al suelo. Los dejó sobre la mesa con mucho cuidado, se volvió y me miró. Abrí los ojos todavía un poco más y contuve la respiración. Nunca había visto llorar a la vez a mi madre y a mi abuela, las dos mujeres de mi vida. Vale que la abuela veía regular sin gafas, y que había tropezado con el mueble donde estaba el jarrón, pero tampoco creía yo que la cosa fuera para tanto. Al ver cómo brillaban los ojos de mi madre, los míos me empezaron a picar. Sin embargo, no tuve que preguntar nada. Mamá era un hada que me leía el pensamiento y habló en voz muy bajita:

–No te preocupes, Yu-Lin. Tu abuela llora porque ahora mismo le sangra el corazón.

–Pero si ni siquiera se ha cortado, mamá. Y tú tampoco te has enfadado. ¿Por qué estáis así? –Mi cara también era transparente para mamá, que me regaló una sonrisa triste–. No es para tanto, ¿no?

–Anda, preciosa –me dijo–, ayúdame a recoger y luego intentaremos pegar los pedazos. Y te contaré una historia mientras recogemos.

Mamá sacó un pañuelo del bolsillo de su bata y se secó las lágrimas. Me puse a echarle una mano y ella empezó a hablar sin mirarme.

–Hace muchos, muchos años, nuestros antepasados vivían en China. Y el jarrón que se ha roto ha acompañado a nuestra familia desde que lo fabricó un tataratatarabuelo tuyo. En ese jarrón, aparte de las flores que ponemos muchas veces, estaban, en cierto modo, las raíces de nuestra familia. Por eso llora tu abuela.

–Pero no es más que un jarrón.

–Te equivocas. Parece, parecía –mamá suspiró– un simple jarrón. Pero en realidad era la prueba de una historia de amor.

–¡Hala!

Cogí uno de los trozos con algo más de cuidado. No me había fijado nunca en que tenía un brillo distinto a todos los brillos. Era como si estuviera cubierto de una piel de bebé perfecta. Miré con atención y vi parte del dibujo de la cola de un pavo real. Las plumas estaban tan bien dibujadas que estuve a punto de soplar para ver si se movían. ¿Y mamá decía que ahí había una historia? ¡Guau!  La cosa empezaba a interesarme. Mamá comenzó a narrar:

–Zhang, que así se llamaba nuestro antepasado, vivía en China y dirigía una fábrica de porcelana en la que se creaban piezas únicas y exclusivas para el emperador Minh Mang, último de la dinastía Song, conocido por la ferocidad y la severidad con la que gobernaba. Una de las cosas de las que más se enorgullecía era de que ningún otro país poseía el secreto de la fabricación de unas porcelanas como las suyas. Ese secreto era un misterio muy bien guardado al que solo unos pocos tenían acceso, y Zhang era uno de los elegidos. Su fábrica era la mejor de China, y él se encargaba de que funcionara a la perfección para que todo estuviera a gusto de Minh Mang.

–¡Hala! –repetí.

–Para guardar el secreto, Zhang distribuía el trabajo de forma que cada grupo de obreros tenía siempre la misma tarea, y además contrataba siempre a operarios que no se conocían entre ellos. El emperador estaba orgulloso de su trabajo y la familia de Zhang se sentía igual porque era un gran honor que el cabeza de familia sirviera tan bien a su majestad imperial.

–¿Y qué pasó?

–Verás, el hijo del emperador se enamoró de la princesa de un país vecino. Decidió pedir su mano y quiso hacerle un regalo tan bello que no existiera otro igual en el mundo. Y entonces le encargó a Zhang que fabricara un jarrón que fuera tan delicado como el cutis de su amada, y brillara igual que ella, como una joya preciosa bajo la luz de la luna.

–¿Y lo hizo? –miré de reojo los trozos de jarrón. La verdad es que eran bien bonitos, a pesar de estar rotos.

–Bueno, Yu-Lin, la tarea no era fácil, ¿sabes? Zhang probó y probó fórmulas distintas, intentó combinar a diferentes temperaturas los minerales con los que se fabricaba la porcelana. Algún día tu padre te lo explicará, él entiende mucho de esto. De momento solo necesitas saber que Zhang mezcló tres minerales que algún día estudiarás, cuarzo, caolín y feldespato, y, aunque obtenía piezas de una hermosura nunca vista, ninguna llegaba a satisfacer del todo los deseos del príncipe.

–¿Y qué pasó? –repetí. Me fijé en más piezas; los dibujos, aunque no se veían enteros, parecían vivos. Empecé a entender la pena de mamá y de la abuela y suspiré.

–Zhang estaba desesperado, y su esposa veía cómo pasaba las noches sin dormir, pensando cómo resolver aquel problema. Ella era una mujer buena y había oído historias sobre lo mucho que sabía el hombre más anciano del pueblo, así que acudió a pedirle consejo.  El anciano, agradecido porque la mujer de Zhang siempre le había dado comida y bebida cuando lo necesitó, le contó entonces un secreto que ni siquiera Zhang conocía.

–¡Ohhh! –aquello era mejor que los dibujos animados de la tele.

–Había una porcelana que se fabricaba con un cuarto ingrediente.

–¿Sí? ¿Cuál?

–Con huesos.

Mamá se detuvo y me miró a los ojos. Yo había perdido el habla. ¿Con huesos…?

–Tenían que ser huesos puros, de un alma buena. Ni siquiera Zhang conocía ese secreto. Entonces la mujer de Zhang, que sufría al ver la preocupación de su esposo, le pidió al anciano que le cortara las piernas por la rodilla, que triturara sus huesos y se los ofreciera a Zhang sin confesar su origen. El hombre, sabiendo lo mucho que Zhang y su familia se jugaban si no conseguían satisfacer al príncipe, hizo lo que le pedía tu tataratatarabuela. Le llevó el polvo de huesos a Zhang, que no supo lo que su esposa había hecho por él porque no salía de su taller ni de día ni de noche, ocupado a todas horas en buscar una solución. Con ese cuarto ingrediente, Zhang fabricó un jarrón maravilloso porque el calcio de los huesos añadido a los otros materiales dio como resultado una porcelana de una pureza excepcional que, además, era traslúcida y brillante como el cutis de la princesa.

–¿Y el jarrón que se ha roto era…?

–Sí, Yu-Lin. Era ese jarrón, que ha pasado de mano en mano por todas las generaciones de nuestra familia.

–¿Y por qué lo tenemos nosotros? ¿Acaso no le gustó a la princesa?

–Claro que le gustó. De hecho, ella y el hijo del emperador se casaron. Pero cuando el emperador supo lo que había hecho la mujer de Zhang, su duro corazón se enterneció y decidió que ese amor merecía tener la más bella recompensa. Lo habló con su hijo y con su prometida, y todos estuvieron de acuerdo en que el jarrón merecía quedarse en nuestra familia como recompensa por el sacrificio que la mujer de Zhang había hecho por su esposo, y que era la prueba de un amor infinito.

–Mamá…

–Dime, Yu-Lin.

–Voy a ayudarte a pegar el jarrón. Y se lo daremos a la abuela. Creo que ahora tiene más valor, ¿sabes? No importa que se haya roto, eso no lo hace menos bello, y seguro que Zhang todavía quiso más a su esposa, aunque ella perdiera las piernas. Lo más bonito no es siempre lo más bello, ¿no crees, mamá?

Mi madre dejó el último fragmento sobre la mesa y me acarició la cara con las dos manos. Su sonrisa me calentó como el sol y, antes de hablar, me dio un beso en la frente.

–Claro que sí, Yu-Lin. Eres una niña sabia y buena. Anda, ve a la habitación de tu abuela y dile lo mismo que me has dicho a mí.

Obedecí, entré en el cuarto y hablé con mi abuela.

Cuando salí, mamá y ella habían dejado de llorar, aunque a las tres nos seguían brillando los ojos casi casi tanto como brillaba la porcelana del jarrón de mi familia.  

Adela Castañón

Imagen: succo en Pixabay 

Liberación

Descansa ya, por fin puedes marcharte

para dormir tranquilo.

Que no dejas atrás lo que temías,

no has arrasado nada,

no quedan ni cadáveres ni campos de batalla

que puedan perturbarte la conciencia.

Hay algo que no sabes:

la vida hizo conmigo un buen trabajo

mientras duró tu ausencia.

Y ahora, lo que yo soy sin ti,

lo que puedo tener, y de hecho tengo,

aunque no esté contigo,

no es un erial vacío,

ni un campo de tristezas agridulces,

ni un desierto regado por las lágrimas.

Todo lo que poseo me lo he ganado.

Despertar viendo el sol cada mañana

y vestirme con trajes de arco iris

y engalanar mi pelo con los cuentos que escribo

y luego suelto al viento.

Y tantas cosas más que desconoces,

y una felicidad que no te debo.

Qué triste me resulta

que allí donde hubo amor

hoy solo quede una nostalgia dulce.

Pero es tan leve que dura un suspiro

porque, hagas lo que hagas,

y tanto si lo quieres como si no era eso

lo que hubieras querido,

es mucho más todo lo que me dejas

que lo que te querías llevar contigo.

Y todo eso, relojes de ilusión,

noches de sueños,

esperar en andenes esos trenes

en los que tu viajabas,

aunque solo pudiera verlos pasar de largo

porque nunca frenabas por culpa de tus miedos,

ha valido la pena.

No creo que sepa nunca

qué viniste a buscar, pero no importa.

Yo tengo mucho más, y nada me has quitado,

así que puedes irte, respirar aliviado

y seguir con tu vida como yo con la mía.

Me dejas un regalo: los recuerdos

que para siempre serán solo míos.

Y yo te correspondo con el que no te atreves a pedirme,

y tanto si lo aceptas, como si no lo haces,

te regalo mi olvido.

Adela Castañón

Imagen: Elias Sch. en Pixabay 

Las manías de mamá

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre llevaba siempre manga larga. Suponía que era una más de sus manías, y por eso, porque creí que esa era la respuesta, nunca se lo pregunté. Mi madre era así.

Se casó con mi padre, un trabajador agrícola, y desdeñó al militar que la pretendía y que era, según decían todos, más rico, más guapo, más apuesto y más de todo. Mamá escuchaba mucho y hablaba poco, y papá era justo lo contrario. Recuerdo que un día papá nos contó a mi hermano y a mí que, cuando le preguntaba a mamá que por qué lo escogió a él, ella solo contestaba: “Ya sabes, manías mías. Pero lo que importa es que te quiero y que nos va muy bien”.

Mamá se empeñó en que yo fuera al instituto en vez de al colegio de las monjas, y eso que papá había progresado, teníamos dinero y podíamos permitírnoslo. A mí me hubiera gustado ir allí; las alumnas de ese centro se reconocían a la legua por su clase, por sus preciosos uniformes y a mí me parecía genial, pero mamá fue inflexible. Me dijo que yo podría tener las mismas actividades extraescolares que las niñas del colegio sin necesidad de asistir a él. Y cumplió su palabra, tuve clases de baile, de equitación, de música y de todo lo que pedí. Sin embargo, su única respuesta cuando le preguntaba por qué no me había dejado ir a un colegio tan selecto era siempre la misma: “manías mías”.

Mi hermano quiso hacer la primera comunión vestido de almirante, pero no sé cómo se las apañó mamá para convencerlo de que lo hiciera con un simple traje de chaqueta. Y eso que seguíamos siendo bastante ricos. Cuando le pregunté a Paco que qué le había dicho mamá para que cambiara de opinión, mi hermano se encogió de hombros y me dio una respuesta bien simple: “no me acuerdo, supongo que es una manía suya y a mí, la verdad, tampoco me importa demasiado darle gusto”.

Cuando mamá enfermó, todo ocurrió demasiado rápido. Al comprender que no saldría con vida del hospital, me pidió que hiciera dos cosas por ella. Una, que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo: “manías mías, ya sabes”. Y la otra, que le evitara a mi padre el dolor de tener que ocuparse de sus cosas, que me hiciera cargo de todo, y que quemara los papeles que tenía en una sombrerera en lo alto de su armario.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud. Al volver del cementerio quemé en la chimenea los papeles de la sombrerera. Mis ojos se emborronaron mientras veía retorcerse y convertirse en cenizas un montón de instantáneas en blanco y negro, con unos hornos gigantescos al fondo y, en primer plano, un grupo de militares gallardos y uniformados que custodiaban a un rebaño de esqueletos, todos vestidos de gris.

Al día siguiente busqué un trabajo donde no necesitara llevar uniforme.

Adela Castañón

Imagen de kalhh en Pixabay 

Soy

Soy aire cuando respiro,

soy música cuando escucho

y soy agua cuando bebo.

Soy el sol si miro al cielo,

la luz juega con mi cara

y la brisa con mi pelo.

Soy historia cuando escribo,

soy descanso cuando sueño

y soy sueños cuando leo.

Soy lo que yo quiero ser,

soy lo que quieras que sea,

si me quieres y te quiero.

Y soy amor infinito

cuando les lleno a mis hijos

toda la cara de besos.

Adela Castañón

Imágenes: Marco Ceschi en Unsplash. Gerd Altmann en Pixabay 

¡Ayúdame, lector!

Sí, me refiero a ti que me estás leyendo. En serio. ¡Necesito tu ayuda, y ahora te explico por qué!

Verás, estoy haciendo un curso de escritura online, y hace un rato empecé a escribir mi ejercicio de esta semana. Todo iba muy bien, el narrador de mi historia era muy cercano, tan real que ya casi parecía de la familia. Yo estaba tan entusiasmada que no me di cuenta de que era muy tarde. La espalda me dolía y me picaban los ojos. Los cerré y me estiré en el sillón durante un tiempo que no creo que llegara ni a medio minuto. Al abrirlos, mis dedos se quedaron en el aire, sin llegar a tocar el teclado, cuando vi en el monitor una frase que no recordaba haber escrito:

—¿Por qué has parado de escribir?

Me froté los párpados. Debía de estar más cansada de lo que creía.

—¿Qué…? —Sabía que estaba sola, pero no pude evitar preguntarme eso en voz alta. En la pantalla, mientras yo parpadeaba, había aparecido otra frase:

—Que por qué has parado de escribir.

Te prometo, lector, que yo no había tocado el teclado. Pero la frase, surgida de la nada, estaba ahí, delante de mis ojos. Pensarás que es cansancio, lo sé, es lo que yo te hubiera dicho, así que intenté relajarme. Cerré los ojos, ahora sin apretarlos, e hice dos o tres respiraciones profundas y lentas. Los abrí despacio mientras empezaba a sonreír y a burlarme de mí misma y de mis paranoias, y la sonrisa se me convirtió en trocitos de cristal que se escurrieron garganta abajo.  

—¿Vas a dejar ya de hacer tonterías, o qué? —Esta frase tenía incluso un tamaño de fuente mayor que las dos anteriores.

Ay, amigo lector, esto que te cuento pasó en menos de un minuto. Me puse tan nerviosa que decidí que lo mejor era irme a dormir y dejar la tarea para el día siguiente, así que eché el sillón hacia atrás con idea de levantarme, pero me quedé clavada en él.

Estaba tan concentrada en las frases fantasmas que había dejado de prestar atención a todo lo demás a mi alrededor. Y cuando aparté la vista del monitor… a ver cómo te lo cuento… Mi cuarto no estaba. La estantería con mis libros, la lámpara, mi cajonera con los bolígrafos de colores, todo había desaparecido. Volví a mirar la pantalla, y se había convertido en una especie de cuadro, un grabado con el fondo difuso en el que una mujer con rasgos muy parecidos a los míos tecleaba en lo que parecía una máquina de escribir antigua. Me puse de pie y me levanté para acercarme al grabado y, en efecto, ¡la mujer de la foto tenía mi cara! Y el fondo, aunque desdibujado, parecía el de mi cuarto.

Pero si mi cuarto se había convertido en un cuadro, conmigo dentro…, ¿dónde me encontraba yo ahora? ¡Ay, tú que me estás leyendo, si lo averiguas házmelo saber, por favor, échame una mano!

Miré a mi alrededor, desorientada. Lo primero que noté fue que hacía frío. Un frío muy distinto al de mi Marbella en el mes de diciembre. Los muebles eran antiguos, de madera oscura. Había varias mesitas bajas distribuidas en lo que parecía la recepción o el salón de un hotel o un balneario de los del siglo pasado. En una de las paredes un fuego bastante vivo ardía en una chimenea. Me puse de pie y me acerqué en busca de algo de calor. Delante del hogar había un par de sillones de respaldo muy alto y rodeé el de la izquierda para sentarme. Al hacerlo, me di cuenta de que el otro sillón estaba ocupado. Una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, tan erguida que la espalda ni siquiera tocaba el respaldo, contemplaba absorta la danza de las llamas. Vestía una ropa pasada de moda, con medias negras, zapatos cerrados y abotinados y un discreto vestido de color gris con un cuello cerrado de encaje.

Dime, tú que me lees, ¿no has tenido nunca la sensación de conocer a una persona cuando la ves por primera vez? Pues eso me pasó a mí. Su cara me resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Me senté y vacilé un segundo, pero me pudo la buena educación.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió, con una pequeña inclinación de cabeza.

Callé sin saber qué más decir. Delante de nuestros sillones había una mesita baja y, sobre ella, una libreta, seguramente de la dama del sillón, con algo garabateado a lápiz. Junto a la libreta había un periódico. Me incliné hacia delante y lo cogí, más que nada por no saber qué otra cosa hacer. Lo sacudí un poco para estirar la página inicial y mis ojos se clavaron en la fecha:

The Daily News, Saturday, December 11, 1926

¿Puedes creerlo? ¿Qué diablos hacía ahí un periódico con una antigüedad de casi un siglo? Y, además, parecía recién impreso, palabra. Tragué saliva al darme cuenta de lo que acababa de pensar: si el periódico era reciente… Y esos muebles más propios de un museo o de la tienda de un anticuario… Y la indumentaria de mi vecina de sillón…

—Disculpe —me dirigí a ella en voz baja—. ¿Puede decirme qué día es hoy?

—Doce de diciembre. —Miró el periódico que temblaba entre mis manos—. A veces el servicio se retrasa al traer la prensa. Ese número es el de ayer.

—Oh. —No supe qué decir, pero tenía que saber. Me arriesgué—. Le parecerá raro, pero… ¿dónde estamos?

Si le pareció extraño, no lo manifestó. Hacía gala de una flema envidiable. Me respondió como si le hubiera preguntado una simple dirección:

—En Yorkshire. En el balneario de Harrogate.

Volví a mirar el periódico y me acordé de mi curso de escritura. Pero el ejercicio ni siquiera trataba sobre escribir un relato de misterio. ¿Qué demonios me estaba pasando?

—Esto no tiene gracia —dije, sin darme cuenta de que lo hice en voz alta.

—¿Está bien, querida? —La mujer me miró por encima de unas gafas redondas que habían resbalado hasta la mitad de su nariz.

—Sí, claro, disculpe.

No debí de sonar muy convincente, a juzgar por sus siguientes palabras:

—¿Quiere que le pida una taza de té? Parece necesitarlo. —Dudó un momento. Supongo que se debatía entre la educación y la curiosidad, y creo que ganó la segunda— ¿Puedo ayudarla en algo?

—Pues… ya que lo dice… sí. Necesito regresar a…

Como puedes suponer, callé de golpe. Si decía la verdad, me tomaría por loca. Volví a cerrar los ojos durante unos segundos y apreté los puños. Me concentré todo lo que pude en respirar otra vez de manera controlada y me dije que, cuando los abriera, estaría otra vez devanándome los sesos con el ejercicio de esta semana. Tenía que funcionar.

Abrí los ojos de nuevo. ¡Y continúo aquí!

Las llamas siguen crepitando. La mujer se ha inclinado hacia delante y tiene su mano sobre mi antebrazo. Se ha quitado las gafas con la otra mano. Me está mirando con expresión preocupada, y me habla:

—Querida, cálmese. Todo se arreglará, sea lo que sea. ¿Cómo se llama?

Empiezo a llorar, soy incapaz de contestarle. Una doncella de cofia almidonada se acerca con una taza humeante, imagino que mi interlocutora ha debido pedirla con un gesto. Te echo de menos, lector, seas quien seas. Por favor, por favor, no me dejes aquí. Ella sigue hablando.

—Soy Mrs. Christie. Cálmese, por favor —repite—. Venga, cuénteme lo que le pasa. Vamos. Si quiere, puede llamarme Agatha.

Mis ojos se fijan en el cuadernillo de la mesa. Son notas manuscritas. Veo un poco borroso por culpa de las lágrimas, pero alcanzo a distinguir un par de frases: “Decidir el nombre del protagonista: ¿Arcadio Pierrot? ¿Valentin Poirot? ¿Hércules Pontiac?”

Mi llanto se convierte en una risa histérica. Las palabras escapan de mi boca sin que pueda hacer nada por evitarlo:

—Se llamará Hércules Poirot.

Ella abre los ojos y la boca y no dice nada. Su flema británica se ha evaporado, y mi calma también.

—Creo que tomaré otro té. —Me mira y respira hondo. Se recuesta en el sillón. Parece que se prepara para mantener una larga conversación.

¡Lector, estoy metida en un lío! ¡Necesito tu ayuda! ¡No quiero convertirme en un personaje de novela de misterio! ¡Por favor, sácame de aquí!

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

Dos palabras

A veces, solo a veces,

abro de par en par las puertas de mi alma

y dejo que se escapen mis más preciados sueños

que empiezan a volar

con alas que están hechas de esperanzas.

Y entonces, solo entonces,

los fuegos de artificio de mi cuatro de julio

estallan en burbujas de colores.

Explotan los poemas,

mis dedos corren raudos

y dejo que mi corazón, libre y feliz,

se vuelque en el teclado.

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Y escribo, siempre escribo.

Pero ya lo que escribo no lo guardo.

Saqué del corazón historias y poemas

y, en su sitio,

dejé a cambio guardados

al miedo y la vergüenza

que tenían a mi verbo amordazado.

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Y comparto mis cuentos,

mis sonrisas, mis llantos,

los relatos, poemas,

las historias que a veces he vivido

o las que me he inventado.

Y deja de importarme lo que piensen los otros.

Aunque, espera, quizás me he equivocado,

y sí me importa,

aunque te esté diciendo lo contrario.

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¿Cómo no va a importarme? me pregunto.

Si pongo como excusa que escribo para mí,

yo me estaré engañando.

Porque siempre agradezco las respuestas,

el cariño que traen los comentarios,

y que es el combustible que me anima

a dar paso tras paso,

a atreverme, a lanzarme un poco más,

a arriesgar lo que nunca había arriesgado.

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Y a veces, solo a veces,

ocurre que un poema

es capaz de volar a lo más alto

y se escapa del resto

y aterriza a tu lado,

y tus ojos se beben mis estrofas

y el alma se te escapa.

Y entonces tú te atreves

y me escribes

tan solo dos palabras…

¡y entonces, solo entonces,

entonces toco el cielo con las manos!

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Porque yo no pensaba hallar respuesta.

Porque esas dos palabras

son para mí un regalo inesperado.

Y siento que me muero

cuando mis ojos ven

que has escrito “Te quiero”.

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Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Cuidado con tus deseos

Después de lo ocurrido en Central Park tenía dos opciones: olvidarlo y seguir adelante, o permitir que aquello se convirtiera en un punto de giro en su vida que marcara un antes y un después. Eligió lo primero, pero cambió su decisión cuando la regla no le llegó. Era una señal del destino, pensó. Ahora tendría el niño y dedicaría su vida a buscar al hombre para hacer justicia. El dibujo se le daba bien y plasmó en un folio las dos imágenes para no olvidarlas, aunque dudaba que eso pudiera ocurrir: el tatuaje de un dragón que escupía fuego en el lado derecho del cuello de su agresor, y el unicornio de ojos angelicales, tatuado en el lado izquierdo, con el que contrastaba.

Continuó trabajando como si todo siguiera igual. Nunca había sido muy sociable, pero se volvió aún más reservada. Ni siquiera se percató de que sus compañeros la evitaban, porque no se miraba al espejo el tiempo suficiente como para estremecerse por el vacío que reflejaban sus pupilas en el cristal.

La noche de la violación no puso ninguna denuncia. Al salir a trompicones del parque solo quería llegar a su casa para frotarse la piel debajo de la ducha y que el miedo y el asco se marcharan por el desagüe. Y al día siguiente pensó que acudir a la policía sin más pruebas que la descripción de dos tatuajes no serviría para capturar a su agresor en una ciudad tan grande. Además, la investigación solo hubiera sido un recordatorio continuo y doloroso de algo que había decidido borrar de su mente solo con el poder de su voluntad. Y ahora, al comprobar que estaba embarazada, se alegró de su decisión. Su nuevo yo no iba a perder el tiempo en nimiedades. No se arriesgaría a que la justicia se quedara corta. La única respuesta válida tenía otro nombre, venganza, y ella se aseguraría de encontrarla.

Se apuntó a clases de defensa personal. Para ocultar su estado se fajaba el vientre. Su hijo tendría que ser un luchador, igual que ella, si quería sobrevivir en el mundo. Si lograba dar con el hombre antes de que el bebé naciera, cerraría ese paréntesis de su vida que había tenido que reabrir. Si no, más le valía a ese niño, destinado a compartir su venganza, nacer fuerte.

Nueva York era demasiado grande. Contrató a un detective privado, buscó locales de tatuadores, sin éxito. La falta de resultados le obsesionaba cada día más. Buceó en páginas de internet, sitios webs oscuros que ni sabía que existían. Su búsqueda la llevó una noche a un barrio que jamás había visitado, a un sótano en el que se atendían deseos que hacían que el suyo no resultara extraño.

No esperaba encontrar un llamador en forma de calavera, pero tampoco algo tan anodino como esa entrada pequeña, con un perchero de tres ganchos atornillado en la pared y un clavo del que colgaba un llavero con un único par de llaves. El hombre que le abrió vestía completamente de negro. La única nota de color era un alfiler de corbata con una piedra hexagonal de color rojo oscuro, como el de la sangre o el vino vertidos. Tenía los párpados entornados, como si le pesaran. Extendió la mano y ella la estrechó sin vacilar. Entonces él cogió el llavero, inclinó la cabeza unos milímetros y, sin pronunciar ni una palabra, la invitó a pasar a otra habitación más amplia que podía haberse encontrado en cualquier piso corriente de Nueva York. Allí, detrás de un cortinaje que apartó con la mano, había una puerta. Abrió con una de las llaves, entraron, y la mujer no pudo evitar sonreír cuando él cerró la puerta. Ella llevaba un abrigo amplio, con un cuchillo en el bolsillo izquierdo y, en el derecho, la Taser que se había convertido en su compañera inseparable. Si la entrevista iba bien, sacaría de su bolso el dinero exigido por el hombre. Si algo fallaba, la moneda de cambio sería otra, pensó ella. Metió las manos en los bolsillos.

–Siéntese. Si quiere, puede dejarse puesto el abrigo. Pero cuando terminemos no necesitará pagarme con ninguna de esas dos cosas.

Ella aguantó la respiración un par de segundos, pero se rehízo enseguida. El tipo debía tener psicología, eso seguro. No respondió, Se limitó a sentarse muy despacio, sin sacar las manos de los bolsillos, mientras sostenía la mirada de su anfitrión.

–¿Qué precio está dispuesta a pagar?

–El acordado. No voy a regatear.

–No me refiero a mis honorarios –aclaró el hombre–. Lo que quiere tiene otro precio que no se paga en dinero.

–¿Qué insinúa?

–Yo solo actúo como mediador de otras fuerzas. Lo que usted quiere exige otro tipo de compensaciones, y solo podré ayudarle si está dispuesta a asumirlo.

–Explíquese.

–No se puede alterar el equilibrio del universo. Una vida exige otra vida.

–¿Qué intenta decirme?

–Que si usted lleva a cabo sus propósitos habrá otra muerte a cambio, de la que usted será responsable. Puede que llegue a saber los detalles o puede que no, pero esté segura de que ocurrirá. Morirá alguien más, eso no lo dude.

El niño se movió en su vientre. Ella lo interpretó como otra señal. Su hijo estaba con ella. Los dos unidos conseguirían que se hiciera justicia.

Nada más pensar en eso, la piedra de corbata del hombre cambió de color. Emitió un fulgor rojo tan intenso que toda la habitación se iluminó como si acabara de prenderse fuego. Sin que ella tuviera que decir nada, el hombre habló.

–Si quiere, puede pagarme. Su encargo ha sido aceptado –la miró con pena.

–Podré vivir con ello –levantó la barbilla.

–Ojalá. Nunca se sabe.

La mujer recordó las normas y lo que había leído en internet. El trato estaba sellado. Pagó, se puso de pie y se marchó sin añadir nada a la conversación. Ahora solo quedaba esperar.

Desde la entrevista se mantuvo vigilante a todas horas. Incluso dormida se sumergía en una especie de duermevela alerta. La seguridad de que el día estaba cerca anidó en su vientre, junto a su útero grávido.

Semanas después, la mujer salió de casa para hacer unas gestiones en un edificio de oficinas al que no había acudido nunca. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba una muda melodía de números descendientes a toda velocidad: 52, 48, 31, 20, 9… A pesar del gentío, solo un hombre y ella entraron en el ascensor. El hombre pulsó uno de los números de un piso alto y ella hizo lo mismo. Al girarse hacia él, sus ojos tropezaron con dos tatuajes simétricos, un unicornio y un dragón, uno a cada lado del cuello.

El hombre miró a la embarazada que lo contemplaba con fijeza y se hundió en dos pozos de negrura. Lo envolvió la misma oscuridad que la noche en que, ciego de coca, siguió a una mujer por Central Park. El ataque fue breve, no llegó ni a media hora, el tiempo que tardó en sorprenderla, arrastrarla tras unos matorrales y huir a toda carrera después de dejarla tirada, desarticulada y rota, sin saber siquiera si seguiría viva. Desde aquella noche, que formaba parte de sus peores pesadillas desde hacía más de ocho meses, no había vuelto a probar ni una raya.

El espejo de la pared devolvió una imagen de los dos pasajeros del ascensor: una mujer erguida, con las manos en los bolsillos de su abrigo y, en la otra esquina, un espectro pálido cuya frente se empezaba a poblar de perlas de sudor. El embarazo había agudizado el olfato de la mujer, que tragó saliva para evitar las arcadas que le provocaba el olor, cada vez más acre y fuerte, del hombre. Un letrero en la pared indicaba que la capacidad era para cuarenta personas, pero, de pronto, el aire en el interior de la cabina resultó insuficiente para ellos dos.

El hombre se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las manos tapándole la cara. Ella vio que el pelo le empezaba a clarear en la coronilla, sintió que un líquido caliente le empezaba a chorrear por las piernas y tomó una decisión. Pulsó un botón para detener el ascensor y, antes de salir, pulsó el del piso más alto del edificio. Desde fuera vio encenderse los números en orden ascendente y tomó otro ascensor que la dejó en el lobby. Ya en la acera consiguió que un taxi se detuviera, dio la dirección del hospital con voz milagrosamente firme y se sujetó el vientre con las manos. Notó algo extraño en los ojos y, sorprendida, comprendió que eran lágrimas. Llevaba nueve meses sin derramar ni una sola. Parpadeó para tratar de aclarar su visión y se fijó en la fecha y la hora que se marcaban en la radio del taxi.

El vehículo se estremeció como si una mano gigante lo hubiera levantado en el aire y, una fracción de segundo después, un estruendo imposible le hizo llevarse las manos a las orejas y volver la vista atrás mientras su cerebro procesaba la información. Eran las 08:45 del 11 de septiembre de 2001. En el lugar donde minutos antes se alzaba una de las torres del World Trade Center, ahora solo había una nube de polvo que avanzaba hacia el coche a toda velocidad.

Las arcadas que no había dejado de notar ganaron la batalla. Vomitó sobre su abdomen y el dolor de una nueva contracción pareció partirla por la mitad. Entonces supo que se había equivocado cuando le dijo al mago que, fuera cual fuera el precio, podría vivir con eso.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest