Mi hermano Daniel

Me llamo Esperanza, pero todos me dicen Espe. Mamá dice que me puso ese nombre porque pensaba que ya no iba a tener una niña. Daniel es el más pequeño de mis hermanos. Bueno, en realidad la más pequeña soy yo porque nací la última, después de que mamá tuviera a Jose, Luis, Pedro, Marcos y Daniel. Yo creo que Daniel es muy divertido. Mamá dice que con razón le pusieron a una película el título de Daniel el travieso. A mí Daniel no me parece travieso, pero los mayores a veces son así de raros. O a lo mejor es que mamá estaba cansada el día que dijo eso, aunque no creo, porque lo ha dicho más de una vez. Claro que, ahora que lo pienso, mamá está cansada muchas veces, así que a lo mejor he acertado.

Una de las veces que la oí decir eso fue un día que habló con papá. Se habían dejado la puerta del despacho mal cerrada. Yo no lo habría notado si papá no se hubiera estado riendo como yo cuando mamá me hace cosquillas. Me gusta mucho reírme, y la risa de las cosquillas es una de las mejores, así que me acerqué a la puerta para oír lo que decían y reírme yo también. Papá estaba sentado en su sillón, y mamá daba paseos delante de la mesa muy deprisa. Cuando ya parecía que iba a chocar con una de las estanterías llenas de libros, se daba la vuelta y se embalaba hasta que casi tocaba la estantería de enfrente con la nariz. Y así una vez y otra vez, moviendo los brazos mientras hablaba. Pensé que a lo mejor papá se reía por eso, porque lo que oí no me pareció especialmente divertido.

–¡…no sé qué vamos a hacer con ese niño! –mamá hablaba con la voz de regañar–. ¡Pepe! ¿Me estás oyendo, o qué?

–Claro que te oigo, mujer, pero es que…

Papá no pudo seguir hablando. Le entró otra vez el ataque de risa. Mamá paró de dar paseos y puso los brazos en jarras, como cuando hacemos alguna trastada y se prepara para castigarnos. Me asomé un poco a ver si alguno de mis hermanos estaba allí, pero no vi a ninguno. Me tapé la boca con la mano porque me estaba entrando la risa al ver que mamá también le regañaba a papá, y era tan divertido que no quería que me descubrieran. La postura de enfado de mamá funcionó con papá igual de mal que con nosotros. Los ojos de papá seguían muertos de risa, aunque consiguió frenar la boca y pudo hablar:

–Admite que tiene su lógica, Ana.

–¡¿Quéeeee?! –Mamá miró al techo y levantó las manos como si fuera a tender ropa–. ¡Lo que me faltaba por oír! Y no se te ocurra decirme que es solo una travesura más de las suyas.

Vi que papá abría la boca, pero la cerró sin decir nada al ver la cara de mamá. Yo solo veía su moño desde mi sitio, pero al escucharla me imaginaba la arruga de su frente. La espalda de mamá se puso más grande. ¡Oh, oh! Estaba cogiendo carrerilla para seguir hablando. Cuando se pone así, no hay quien la pare.

–Claro, como tú no eres el que ha tenido que hacerle una tila a Rosarito… Por no hablar de que no sé si doña Encarna querrá seguir viniendo a darle clase…

Papá se levantó y rodeó la mesa para abrazar a mamá. Empezó a decirle no sé qué de que Daniel era un niño con imaginación, y como eso me pareció aburrido me fui a buscar a mi hermano. Lo encontré en la cocina. Había arrimado una silla a la encimera y se había subido en lo alto del mármol. Estaba de puntillas, con la mano cerca del bote de las galletas de chocolate. Iba a dar una palmada para asustarlo, pero lo pensé mejor y me quedé quieta. Así, cuando me viera, tendría que darme una galleta para que no me chivara. Y si nos pillaban, yo podría decir que no tenía la culpa. Mi hermano alcanzó el bote, lo dejó en la encimera y se bajó a la silla. Restregó la manga de su sudadera por el mármol para quitar la huella de su zapatilla y entonces me vio.

–¡Hola, Espe! –Abrió el bote de las galletas y me dio la primera que sacó–. Toma.

Daniel es así. Me arrepentí de haber pensado en amenazarlo para que me diera la galleta. Le di un bocado. ¡Estaba riquísima! Nadie hace unas galletas tan buenas como nuestra tata Rosarito. Si mamá no las escondiera en un estante alto, no llegarían ni a enfriarse. Me acordé de lo que quería preguntarle a mi hermano.

–Oye, ¿qué has hecho esta vez? Mamá le estaba contando a papá no sé qué. ¿Te han castigado por algo?

–¿A mí?

A Daniel se le escaparon por la boca trocitos de la galleta que estaba masticando. Se limpió con la misma manga de antes, y se rascó la cabeza.

–Todavía no. ¿Qué he hecho?

–Eso es lo que quiero que me digas. –Suspiré. A veces parecía que yo fuera mayor, y Daniel más pequeño–. Tú sabrás.

Mi hermano siguió comiendo galletas y se encogió de hombros.

–De verdad que no, Espe.

–A ver, Daniel, ¿has hecho que se enfade la tata Rosarito? ¿O doña Encarna?

–Mo.

Lo interpreté como un no. Con la boca llena no se le entendía casi nada, pero movió la cabeza de lado a lado con tanta fuerza que sembró el suelo de miguitas. Me armé de paciencia. Menos mal que la que estaba en la cocina era yo. Si llega a ser mamá, seguro que Daniel se hubiera ganado una buena. Estaba dispuesta a enterarme de todo. Miré el reloj de la pared. Hacía poco que había aprendido a leer las horas, y estaba muy orgullosa. Todavía era temprano y a esa hora a doña Encarna le quedaba un rato para terminar de darle a Daniel su clase en la cocina.

–¿Por qué se ha ido antes doña Encarna?

Se encogió de hombros. Estaba muy ocupado con la cuarta galleta. A este paso le iba a doler la barriga de tanto comer, y el culo por los azotes. Tantas galletas desaparecidas iban a ser imposibles de disimular. Me mordisqueé una uña. Mamá dice que eso no se hace, pero a mí me ayuda a pensar.

–Algo habrás hecho, o algo habrás dicho. Venga, cuéntame si habéis hablado de algo.

–No. Bueno, solo de lo de su padre. –Mamá nos había dicho que teníamos que ser cariñosos cuando doña Encarna viniera a casa porque su padre se había ido al cielo–. Te prometo que he sido buenísimo. Le he hecho caso a mamá. Pero doña Encarna se ha enfadado cuando la he consolado, y luego ha venido la tata Rosarito y cuando se lo he contado, se ha enfadado también y se ha ido corriendo a buscar a mamá. –Cogió otra galleta y se comió la mitad de un solo bocado.

–Pero ¿qué le has dicho a doña Encarna? ¿Y por qué se ha enfadado la tata?

Intentó contestarme con la boca llena y no pudo porque se le escapaban más miguitas. Cogió una bien gorda del suelo, se la volvió a meter en la boca y se encogió de hombros otra vez. Esperé a que terminara de tragar. Soltó uno de esos eructos que a mí no me salen nunca, y suspiró satisfecho antes de seguir hablando.

—Solo le he preguntado a doña Encarna que si está triste porque su papá se ha ido al cielo. Y he hablado suave y sin gritar, como dijo mamá.

Me quedé mirando a mi hermano y puse ojos de china para que Daniel supiera que no me iba a conformar con eso. Se dio cuenta, claro. Él y yo nos entendemos a veces así, con la boca cerrada, porque tenemos poderes en los ojos. Siguió con la explicación.

–Doña Encarna me ha dicho que sí, porque le gustaría estar al lado de su papá. Y entonces se me ha ocurrido una idea chula y se la he contado. Le he dicho que voy a pedirle al Señor que ella se muera pronto para que puedan estar juntos. ¡Y yo podré jugar más rato con mis amigos, y todos contentos!

–¡Daniel! –Yo sabía que algo fallaba, pero no daba con lo que era. Siguió hablando.

–Doña Encarna se ha puesto muy colorada, ha llamado a la tata, le ha dicho no sé qué y entonces se ha ido. La tata me ha preguntado que qué ha pasado con doña Encarna, y se lo he dicho. Y entonces ha empezado a regañarme y a decirme que a este paso voy a matar a mamá a disgustos.  Y como siempre me está diciendo lo mismo, he pensado que si se ha muerto el padre de doña Encarna a lo mejor es verdad que mamá también se puede morir un día de estos.

–¿Quéeee…?

–Pues eso. Así que le he dicho a la tata que si mamá se muere le voy a decir a papá que se case con ella, porque yo a la tata Rosarito la quiero mucho, pero no me hace ninguna gracia tener una madrastra. Que ya sabes lo que pasa con las madrastras, Espe…

En mi cabeza no cabían tantas cosas y no sabía que contestar. Daniel continuó con sus explicaciones.

–Entonces la tata se ha puesto muy nerviosa, y ha llamado a mamá. Le ha dicho que estoy como una cabra, y le ha contado lo de doña Encarna, y que yo le iba a decir a papá un disparate, y que a ella se le iba a caer la cara de vergüenza y no sé qué más. Y entonces se ha ido a su cuarto, mamá me ha mirado raro y se ha ido al despacho de papá.

–Pero… –callé. Seguía sin saber qué decir.

–Como falta un rato para merendar y me muero de hambre, he pensado coger alguna galleta. Y entonces has llegado tú.

En ese momento papá y mamá entraron en la cocina. Vieron la silla arrimada a la encimera, las miguitas por el suelo, y a Daniel con la pechera llena de restos de galletas de chocolate. Los cuatro nos miramos con cara de estatuas. Mamá fue la primera en hablar.

–¡Pepe! Haz algo, por lo que más quieras. Yo no puedo más. –Mamá se echó a llorar y se dio la vuelta para salir de la cocina–. ¡Cualquier día llamo a Herodes!

Yo ya sabía quién era Herodes. A Daniel le encantaban las historias que les contaban en la catequesis, y las compartía conmigo. Papá miró a mi hermano como diciendo “ya hablaremos luego”, y salió detrás de mamá.

Miré a mi hermano. Se agarraba el cuello con las manos y creí que estaba preocupado por el castigo que seguramente le caería encima, pero por una vez no era eso lo que le inquietaba. Lo comprendí cuando abrió la boca y me preguntó con la cara muy seria:

–Espe… ¿tú crees que Herodes tendrá teléfono?

Adela Castañón

Imagen: Shutterstock

El poder de las palabras

Hace unos días estrené la camiseta que me compré en Madrid, en la fiesta de fin de curso de la Escuela de Escritores. Es negra y delante lleva una frase en letras blancas: “Ten cuidado o acabarás en mi novela”. De vuelta al hotel, mientras la doblaba y la guardaba en la maleta, pensé que había sido boba al seguir el impulso de comprarla. “Seguro que no me la voy a poner nunca”, me dije. Pero estaba equivocada.

Tengo familia en casa, les he cedido mi habitación, y una noche no me acordé de sacar ropa limpia para ir a mi trabajo al día siguiente. Cuando me levanté, como mis visitantes dormían, entré con sigilo, abrí una rendija del armario y tiré de lo primero que pillé que fue, como podéis imaginar, la famosa camiseta. Me resigné, me la puse, y salí a la calle. Todavía sonrío cuando me acuerdo de las consecuencias, y quiero compartir con vosotros esas sonrisas.

La primera surgió cuando, camino del centro de salud, volví a sentirme adolescente. Me di cuenta de que hacía años que nadie miraba tanto mi delantera. Y, como no me he operado el pecho, le atribuí el mérito a la frase de mi camiseta. Pero solo por eso no se me hubiera ocurrido escribir un artículo. Las reacciones de mis compañeros de trabajo fueron más divertidas que las miradas de los desconocidos de la calle. Los comentarios jocosos pusieron una nota simpática en la jornada laboral. Alguno que otro descubrió, gracias a la pista de la camiseta, que escribir está dentro de mis aficiones, y no digo nada del más ocurrente ni de su pregunta sobre cuál era la puerta de entrada a la novela mencionada, ¡jeje!

De todos modos, tampoco esas reacciones ni el toque de humor laboral habrían merecido unas letras. Mientras pasaba consulta, por supuesto con la bata puesta, me olvidé de la camiseta. Al regresar a casa a mediodía se repitieron otra vez las miradas de algunas personas, y, cuando llegué adonde había aparcado el coche, el germen de un futuro relato o, ¡quién sabe!, de una novela corta, ya estaba echando raíces. Se formó una especie de triángulo entre mi cerebro, mis ojos, y los de las personas con las que me cruzaba: Mis ojos se fijaban en sus caras mientras los suyos se clavaban en mi pecho. Bueno, en mi camiseta, que tampoco tengo que pasarme de lista. Y de mi camiseta a mi cerebro parecían subir interpretaciones, a cual más variada, de las expresiones de los curiosos lectores callejeros. ¿Y sabéis lo que pasó? Pues que cada interpretación daba para una pequeña historia. En una de ellas el mirón de turno me paraba, o paraba a la hipotética protagonista de mi novela, con una camiseta igual que la mía, para preguntarle que qué tenía que hacer para que la frase fuera cierta. En otra, era un escritor fracasado el que se cruzaba conmigo, o con ella, y al llegar a su casa empezaba a escribir como loco, con su creatividad espoleada por la frasecita impresa. En otra… bueno, ya ni me acuerdo. Pero había muchas, muchísimas posibilidades de escritura.

Alguna extraña asociación de ideas trajo a mi memoria el recuerdo de una valla publicitaria que vi hace muchos años en la ciudad donde viví de jovencita con mi familia. Estaba formada por rectángulos verticales que giraban sobre sí mismos de modo que en realidad se leían dos mensajes, uno por cada cara, cuando los tablones giraban y se volvían a ensamblar, igual que algunas persianas de esas que tienen lamas horizontales, pero en vertical. Era algo así como esto:

Imagen vallas

La imagen es de Pixabay. La composición de letras, mía.
(Seguro que sabéis lo que decía la otra cara que era, claro está, la versión para torpes)

Esas dos anécdotas, la de las vallas y la del estreno de mi camiseta, me han hecho reflexionar sobre el don de la palabra como algo exclusivo de la raza humana. Creo que a veces no nos damos cuenta del poder que nos otorga ese don único. Ser capaces de hablar, de escribir, es una maravillosa herramienta para dar salida a la creatividad que llevamos dentro.

Suele decirse que la información es poder. Y la palabra, sea hablada o escrita, es un vehículo fantástico a bordo del cuál viaja un caudal inmenso de conocimientos. También suele decirse que muchas veces no valoramos aquello que poseemos. Y creo que no siempre nos damos cuenta de lo afortunados que somos al disponer de ese medio de comunicación.

Así que al pensar en todo lo que se me ha ocurrido, únicamente porque ha habido quienes han leído una frase impresa en una simple camiseta, quiero que este artículo sea un pequeño homenaje a todos los que con su escritura o con sus palabras han hecho que hoy me pusiera a teclear delante del ordenador. Porque creo que si hablamos, leemos y escribimos también nos sentiremos más capaces de hacer del mundo un lugar mejor. El mío, al menos, es más rico gracias a eso.

Adela Castañón

Imagen: Foto de la autora. (Bueno, de la camiseta de la autora…)

Canciones de la noche de San Juan

Eva sabía que se había pasado con la sangría. Se preguntó por enésima vez qué hacía allí. En el fondo pensaba que sus compañeros de oficina ya eran mayorcitos para organizar una noche en la playa alrededor de la hoguera de San Juan, como si fueran todavía adolescentes con las hormonas revueltas por la gilipollez de la supuesta magia de esa fecha. Pero hubiera sido la única en no asistir, y no tenía ganas de destacar. A algún lumbreras se le había ocurrido la idea de darle esta fiesta de bienvenida al nuevo director de la empresa que, para colmo, a última hora había puesto la excusa del retraso de su vuelo. Todos decidieron ver amanecer en la playa y ninguno se había rajado, así que le iba a tocar aguantar el tirón y exponerse a pillar una pulmonía o un lumbago por pasar la noche sobre la arena en un saco de dormir. Y todo para hacerle la pelota colectiva a un jefazo del que ni siquiera conocía el nombre, pero al que la plantilla quería agradar. Según se rumoreaba, era un nuevo fichaje que convertía en oro todo lo que tocaba. Y nadie comprendía cómo había elegido precisamente esa oficina, cuando se lo rifaban en sucursales muchísimo más brillantes.

Eva pensó que, por lo menos, la mezcla de la sangría con el rumor de las olas le estaba haciendo más efecto que el orfidal que se tomaba todas las noches y que se le había olvidado en el cajón de su mesilla. Los párpados le pesaban y la música de una radio se sobrepuso a la música del mar. Sonaba a un volumen muy bajo, pero a Eva le pareció que las notas entraban en su cuerpo a través de la piel en lugar de hacerlo por el oído.

Reconoció la voz de Roberta Flack desgranando “Killing me softly with this song” y sonrió. El recuerdo de Rafa se coló en su sueño al ritmo de la melodía. Eva había empezado a salir con Rafa cuando tenía quince años, solo para demostrarle a Manu que era mentira lo que sus amigos del grupo de la parroquia consideraban un secreto a voces: que a Eva le gustaba Manu. Mucho. Y Rafa, que pensaba que se iba a encontrar con una calabaza mayor que la carroza de Cenicienta cuando le pidió que saliera con él, bendijo su suerte al encontrarse con un “sí”. Eva escuchó esa canción por primera vez en el club que el hermano mayor de Rafa había montado en un viejo garaje para reunirse con su pandilla. Cuando Rafa cumplió dieciséis, su hermano le abrió las puertas de ese mundillo de sofás con tapizados dispares, tocadiscos siempre en marcha, y un ambiente donde las mortecinas luces de colores se atenuaban todavía más por el humo de los cigarrillos clandestinos. La primera y única vez que Rafa se atrevió a llevar a Eva al club de su hermano, a la chica se le rompieron los esquemas. Envalentonado por el ambiente, y sin las restricciones que el párroco ponía en los bailes de su juventud, Rafa se aventuró a algún beso pecaminoso en el terreno prohibido del cuello, y empujó los codos de Eva hacia arriba para que los brazos de su novia le rodearan el cuello y dejaran de ser una barrera entre los cuerpos. Pero lo malo fue que Eva comprendió que esos cambios, que sabía que el cura jamás habría aprobado, le hubieran parecido el paraíso si su pareja de baile hubiera sido Manu. El romance con Rafa, que no duró ni un trimestre, murió sin pena ni gloria al día siguiente cuando Eva se armó de valor y le dijo que solo había salido con él porque pensó que se pondría muy triste si le hubiera dicho que no.

El graznido de una gaviota sacó a Eva de su sueño. Tenía la mejilla apoyada sobre la mano, y se sorprendió al notar que estaba sonriendo. ¡Qué cría era, Señor! Una niña bien, de colegio de monjas, tan boba y tan apocada que se asustó de la intensidad del primer amor que sintió por Manu. Y el miedo le hizo esconder la cabeza en otro amorío con el que su corazón no corriera riesgos. El recuerdo de Manu la había enternecido tanto que no le importó haberse despertado.

Prestó atención a los sonidos que la rodeaban. La misma radio seguía emitiendo y, para sorpresa de Eva, reconoció las voces de Alan Parsons Project entonando “Don’t answer me”. Ahora fue Edu el que se coló dentro de Eva de la mano de la melodía. Los ojos se le cerraron de nuevo. Edu. Su novio durante ocho años. Un novio formal de los de entonces, con el que empezó a hablar de planes de boda. Un novio confortable. Un novio comprensivo, que la dejó viajar a la ciudad donde vivió en su adolescencia para visitar a su mejor amiga, recién separada. Al verse allí, en aquellas calles, decidió pasar a saludar a algunos viejos amigos. No a todos, claro. Y, casualmente, estaba a dos pasos del portal de la casa de Manu. Echó a andar y se dijo que lo más probable era que ya ni siquiera viviera con sus padres. Seguramente habría terminado sus estudios y estaría trabajando Dios sabía dónde. Levantó la mano sin decidirse a pulsar el timbre. Un hombre que pasaba la miró extrañado y Eva lo apretó para no parecer boba. Abrió una tía soltera que la reconoció, a pesar de que había pasado más de una década, y la llenó de aquellos besos que todos temían porque les pinchaban con los cuatro pelos tiesos que tenía en el bigote, pero a Eva ya no le importó. Ni siquiera lo notó cuando oyó que llamaba al sobrino, y lo vio aparecer aún más guapo de lo que recordaba. Eva alegó que había ido a visitar a María ese fin de semana, y que al estar por la zona se le había ocurrido pasar para saludar “un momentito”. El momentito se convirtió en una invitación a tomar café, un paseo por el parque y una cena que terminó casi de madrugada porque Eva no tenía llave de la casa de María y no pudieron prolongarla más. Charlaron con la familiaridad que jamás habían conseguido cuando eran adolescentes. Se confesaron entre risas que los dos se habían gustado en el pasado, y la despedida en el portal de María se prolongó casi una hora. Ninguno quería ser el primero en decir adiós. Y Eva, de pronto, se dio cuenta de que llevaba horas con una amnesia selectiva. Había olvidado que tenía novio, que existía una persona llamada Edu a la que se suponía que debía respetar porque lo quería. Y el beso en los labios que los dos se morían por darse se convirtió, por culpa de la memoria recuperada, en un par de besos en la mejilla.

Cuando Eva regresó a su ciudad, Edu la notó distinta. Tan distinta, que entonces la prisa por hablar de boda le entró a él. Pero el daño ya estaba hecho. La ruptura le dolió a ella tanto como a él, que la sorprendió con un último regalo: el disco de Alan Parson Projects. Pero, como decía la letra de la canción, ni ella ni él podían cambiar ya nada de lo que habían dicho y hecho.

La gaviota insomne volvió a tirar de la conciencia de Eva, que abrió los ojos otra vez. La mano seguía bajo su mejilla y la notó húmeda. Quiso culpar al rocío de la madrugada, pero el picor de sus ojos lo desmentía. Pensó que ojalá se hubiera casado con Edu. Seguramente hubiera sido mil veces mejor que el infierno del matrimonio con Gerardo. El vello de los brazos se le erizó, y se arrebujó más en su saco de dormir. Recordó el falso paternalismo de su exmarido, su tiranía disfrazada de cariño, y se estremeció al comprender lo cerca que había estado de quedar anulada bajo el yugo de Gerardo. Menos mal que no habían tenido hijos. A pesar de los preservativos pinchados que ella descubrió, a pesar de la insistencia de Gerardo en hacer el amor durante sus días fértiles, a pesar de su pasividad de muñeca hinchable cuando dejaba su cuerpo en la cama de matrimonio para huir con su mente a los días de su adolescencia, de las reuniones de amigos alrededor de Manu y de su guitarra…

Un silencio súbito la sacó de sus ensoñaciones. La radio había perdido la señal, y ahora solo se escuchaba el crepitar de la estática. Eva pensó que ella, como la radio, también había perdido la señal en su vida. Se clavó las uñas en las palmas de las manos para abrir un agujero por donde la tristeza pudiera escapar de su interior. Pero el aparato se empeñó en llevarle la contraria y escuchó la voz de Alberto Cortez diciendo “cuando un amigo se va…” El rumor del mar había arreciado y la asaltó una oleada de autocompasión. Lloró durante un rato hasta que, por fin, se quedó dormida con la imagen de Manu como única compañía.

Faltaba poco para la salida del sol. La gaviota noctámbula debía haberse rendido al sueño y la despertaron unas hormigas madrugadoras que se paseaban con descaro por su cuello. Sus compañeros sacudían los sacos de dormir y los más previsores plegaban las telas de un par de tiendas de campaña que se habían llevado. Uno de ellos vio que Eva se incorporaba y la saludó con una sonrisa que jamás llevaba puesta entre las cuatro paredes de la oficina. Le dio los buenos días y encendió la radio, que alguien debió apagar durante la noche.

Estaba terminando una canción. Eva rezó porque sonara algo pachanguero, pero sus plegarias no llegaron a despegarse de la arena. El “Amor eterno” de Rocío Durcal acabó de darle la puntilla. Antes de que la melancolía volviera a escocerle en la piel, el ruido de una moto acalló a la radio perversa. Justo en el límite donde empezaba la arena, el motorista, sin quitarse el casco, se bajó y avanzó hacia donde estaba el grupo. Se colocó en el centro y quedó de espaldas a ella. Empezó a hablar mientras tiraba del guante de una mano con la otra, aún con el casco puesto.

–Buenos días a todos. Más vale tarde que nunca, dice el refrán, así que hice que me llevaran la moto al aeropuerto. No quería empezar a trabajar con mi nuevo equipo con mal pie, y el amanecer es un momento perfecto para que nos vayamos presentando. Antes de aceptar la oferta revisé las fichas de toda la plantilla. –Hizo una pausa y tomó aire antes de seguir–. Soy un desconocido para casi todos vosotros. Pero eso va a cambiar.

El recién llegado se quitó el casco y se dio media vuelta. Eva tenía el saco de dormir a medio enrollar y sintió como si toda la sangre de su rostro se escurriera de golpe. Los ojos no le habían cambiado con los años.

–Hola, Eva. –Sin el casco, la voz no sonaba ya distorsionada. Seguía siendo exactamente la voz de Manu, tal y como la recordaba.

Comprendió que se había equivocado. Sí que existía la magia en la noche de San Juan.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

Una historia de súper héroes

Hace unas semanas asistí a una jornada sobre autismo organizada por la Asociación Principito. Me emocionó tanto la intervención inaugural de Rosa María Benítez que le pedí permiso para compartir sus palabras. No solo me autorizó, sino que también tuvo la generosidad de enviarme el texto de su intervención. Y ese texto viste hoy de gala nuestro blog. Os dejo con Rosa y con su historia. No necesita más presentación.

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UNA HISTORIA DE SÚPER HÉROES

Como decía, soy Rosa y soy mamá y soy maestra y mi mundo es azul.

Si me lo permitís os voy a robar unos minutos para contaros una historia. No una de príncipes y princesas sino de superhéroes, pero de esos sin capa ni antifaz, sólo con su incansable espíritu de lucha como bandera. Os voy a contar una historia de papás y mamás luchadores.

Había una vez una hermosa pareja con un hermoso proyecto en común: querían tener un bebé. Después de nueve largos meses de espera llegó a casa… llamémosle Juan e iluminó a todos con su presencia.

Juan crecía en una preciosa familia llena de amor, cariño y comprensión. Todos admiraban lo grande que era, cómo sonreía o incluso cómo comenzaba a balbucear:

—Cualquier día se nos arranca con una palabra— decían felices los abuelos.

Pero ese día no llegaba.

Mamá y Papá mostraban con orgullo lo listo que era su retoño. Tanto que, apenas comenzó a comer purés, cogía su cuchara y comía solo y se enfadaba si Papá intentaba dársela. Y por supuesto el biberón también se lo tomaba solo, porque era un bebé súper independiente.

No anduvo de los primeros en el grupo de amigos, pero al final lo hizo y era un experto en dar vueltas alrededor del columpio en el parque.

Pero Juan todavía no se arrancaba a hablar.

—Ya verás que cuando menos lo esperes se arranca, tú tampoco fuiste el más rápido entre tus primos— comentaba la abuela, orgullosa con Juan en los brazos.

Una tarde, mientras Juan jugaba a hacer torres y filas de colores con sus bloques, Mamá lo llamó para darle su merienda y ni se inmutó. Lo volvió a llamar, se acercó y lo tocó y Juan la miró con una mirada perdida, como si fuera una extraña.

Ya habían pasado unos dieciocho meses desde que lo pusieran por primera vez en sus brazos. Y la sonrisa brillante de Mamá se puso un poco gris. Porque Juan:

  • No habla.
  • Le gusta correr dando vueltas.
  • Lo llamas y no te mira.

La sonrisa de Mamá es gris y decide consultarlo con Papá:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a la abuela:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta al pediatra:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a Google:

Y lo que ve le da miedo, tanto, que un frio helado entra por sus pies y lentamente le recorre todo el cuerpo y la paraliza. Y por un tiempo deja de preguntar.

Todos la aconsejan, todos le dicen que ve fantasmas. Las personas más mayores incluso le dicen que de tanto nombrar a la calamidad le va a llegar. Pero Mamá sabe que pasa algo.  No le pone etiqueta, pero pasa algo.

Por no escuchar más consejos, porque tiene que volver a trabajar, o porque cree que estando con otros niños se disiparán todos los fantasmas decide llevarlo a la guardería. Y con esa experiencia conoce una nueva faceta de Juan.

Siempre tienen que ir por las mismas calles y, si eligen otra, le entra una cólera incontrolable. Entonces el sentimiento de culpa invade a Mamá porque piensa que esa rabieta es de niño malcriado.

Cuando entra en la guarde, aunque Mamá pone la más alegre de sus sonrisas, Juan se agarra a ella como si entrar en aquel lugar fuera una tortura para todos sus sentidos. Y el sentimiento de culpa de Mamá crece porque siente que lo está abandonado en manos de unas extrañas.

Y así día a día con infinita paciencia. Y nada cambia. Pero un día Papá se acerca con sigilo a Mamá y le comenta con voz preocupada que ve algo extraño en Juan, que hay veces que está en su propio mundo, que se evade del de ellos.

Mamá suspira aliviada, ya no está sola en su lucha interna. Y, como un torbellino, le cuenta de nuevo a Papá todas sus preocupaciones. Deciden ir a la guarde y hablar con su seño. Quieren compartir con ella sus desvelos y la seño les confirma sus sospechas. Y en ese momento descubren que en su vida hay un monstruo.

Un monstruo enorme contra el que tienen que luchar. Además saben que cuanto antes lo identifiquen más fácil será su lucha, porque solo así:

  • Podrán ponerle ojos y cara.
  • Podrán mirarlo de frente.
  • Y podrán buscar herramientas para combatirlo.

Ahora sí que vuelven al pediatra con la fuerza suficiente para no aceptar un no, con la seguridad de que necesitan buscar ayuda, y finalmente salen de la consulta con una derivación al Centro de Atención Temprana.

Preparados para esa primera cita Mamá y Papá toman de la mano a Juan y, aunque tiemblan como hojas, llevan su sonrisa puesta. La sonrisa de lo transitorio, la sonrisa que cree que allí está la solución a todos sus problemas, la sonrisa que les da la esperanza de que en un par de meses todo se arreglará.

Pero, como en las horas anteriores al alba, salen de allí con un destino más oscuro. Después de una hora de intensas preguntas y de un continuo cuestionarse si lo que han hecho hasta ahora con Juan está bien, les entra la duda de si allí está la solución a todos sus problemas, si van a ser capaces de afrontar todos los retos que les han planteado. Aunque salen con unas energías desbordantes para comenzar a trabajar con Juan porque quieren ver ya los resultados.

Pero, como en las horas anteriores al alba, sigue estando todo muy oscuro y trabajar con Juan no es tan sencillo, “traerlo a nuestro mundo” o “conectar con el suyo” no es posible todos los días. Y Mamá y Papá siguen luchando.

Pero, como en las horas anteriores al alba, la oscuridad persiste y al final se ve al monstruo.

Un día, después de varios meses de evaluación, de numerosas sesiones, pautas y de mucho trabajo, la psicóloga del Centro los llama a su despacho. Un despacho de paredes blancas y muebles claros, un despacho con muchas imágenes colocadas de forma estratégica en cajas, en la pared, en la mesa,… y se sienta y les habla y de repente comienza a hablar de su monstruo:

  • Le pone ojos cuando dice que Juan no fija la mirada.
  • Le pone boca cuando habla del escaso desarrollo del lenguaje de Juan.
  • Le pone manos cuando habla de la hipersensibilidad al tacto.
  • Le pone cuerpo cuando habla de la necesidad de Juan de llevar ropa holgada.
  • Le pone pies cuando explica por qué Juan a veces corre y se balancea de manera descontrolada.
  • Y le pone nombre cuando lo llama AUTISMO.

Entonces dejan de escuchar, vuelven a casa con un sueño roto, con una pesadilla en sus manos y comienzan su duelo porque se les ha caído ese castillo de naipes que era su futuro idealizado.

Llegados a este punto debo pararme. Cuando empecé a hilar este cuento, no quería que fuera una historia triste, porque yo, hoy, ya no estoy triste con mi cuento, ni creo que nadie deba estarlo. Pero sí creo que para sentir una alegría plena primero se ha tenido que carecer de ella. De este modo podremos saborearla cuando está cerca. Sentirla y disfrutarla cuando nos llega. Por eso creo que este cuento no estaría completo si hubiera obviado la parte triste, ya que, aunque no nos guste, la tristeza también es necesaria.

Como os iba contando, aunque en las horas anteriores al alba todo es oscuro, siempre llega el alba y detrás de ella también la luz radiante de un nuevo día. Esto también les pasó a la Mamá y el Papá de Juan. Les llegó el alba y con ella todo un trabajo enorme: leyeron, se informaron, iniciaron terapias (algunas más fructíferas que otras) y empezaron a ser muy críticos con toda la información que les llegaba, porque no todo vale, porque cada persona es única porque nadie mejor que ellos conoce a Juan y sabe lo que realmente le funciona.

Poco a poco Mamá y Papá iban dominando al monstruo, porque sabían que solo trabajando con Juan lo mantendrían a raya. Juan cambió, aunque no fue sencillo ni inmediato. Un día, así sin pensarlo, Juan miró a Mamá a los ojos y le regaló una sonrisa. Otro día, Juan señaló a Papá el coche con el que quería jugar aquella tarde. Y otro día, los cogió de la mano y mirándolos a los ojos les dijo MAMÁ y PAPÁ.

Durante este tiempo Mamá y Papá aprendieron que la vida era como una montaña rusa, unas veces estaban arriba disfrutando y otras abajo luchando, pero siempre juntos sentados en la misma vagoneta. Mamá y Papá también aprendieron que el monstruo muchas veces cambia de cara y hay que volver a identificarlo:

A veces es una entrevista en la USMI, a veces una cita en el neurólogo, a veces toda la burocracia que hay que vivir para solicitar una beca, una ayuda o llegados al caso la Ley de Dependencia o la tramitación de la Discapacidad (que ya la palabra es horrible de por sí).

Mamá y Papá siempre recuerdan uno de los monstruos que más miedo les dio: El día que Juan entró al cole. Además este monstruo tenía muchos brazos. Brazos como tentáculos que los atrapaban:

  • El dictamen de escolarización previo, con el rosario de nuevas entrevistas con psicólogos para volver a contar como era Juan, el rosario de fotocopias de todos los informes que había que adjuntar, el rosario de medidas que iban a poner a Juan en el cole.
  • El no saber cómo iba a estar Juan en el cole: ¿Lo comprenderá su seño? ¿Tendrá amiguitos? ¿Sabrán dejarle su espacio cuando lo necesite? ¿Sabrán animarlo para unirse al grupo? ¿Soportará bien el ruido de una clase con más niños? ¿Estará preparado para recibir tantos estímulos?
  • ¿Se habrá planteado todas estas cuestiones algún docente cuando le ha llegado un niño autista a su aula?

A pesar de todo, finalmente Mamá y Papá le pusieron cara también a este monstruo. Aunque siempre con el pellizquito, hoy respiran y disfrutan nuevamente de la subida de la montaña rusa. Juan es feliz en su cole. Juan tiene amigos. Juan se relaciona con los niños, Juan es Juan, es Valentina, es Adrián, es Amir, es Álvaro, es Pablo, es José, es Carlos, es Víctor, es Nico, es Myriam, es Lucía.

Y en esa subida de la montaña rusa Mamá y Papá pasan tres años, cuatro años, cinco años en esa vagoneta siempre juntos y con esa barra de seguridad que es la psicóloga del Centro de Atención Temprana, sus terapias y sus desvelos para que Juan y su familia siempre avancen, nunca se rindan y continúen dentro de la montaña rusa que es su vida.

Un día, así como en un suspiro, llega el sexto cumpleaños de Juan y lo que debería ser una semana frenética de preparativos para la fiesta se convierte en algo lúgubre y triste porque, no se sabe bien por la decisión de qué experto, después de cumplir los seis años Juan tiene que salir del CAIT. Y para ese monstruo a día de hoy nadie tiene herramientas con las que ayudar a ponerle cara. Y contra ese monstruo nadie puede luchar…

O puede que ya no sea así, puede que en esa montaña rusa Mamá y Papá ya no estén solos en su vagoneta. Es que, poco a poco, esa montaña rusa se ha ido convirtiendo en un punto de encuentro. En un hermoso tren azul lleno de ilusiones y esperanzas.

En ese tren todas las Mamás y los Papás se sienten acompañados en este nuevo camino. Al fin y al cabo, van en un tren azul donde las familias que se suben se sienten seguras y comprendidas, entendidas y apoyadas.

Para finalizar, me gustaría citar un fragmento de “El Principito”, de Antonie de Saint-Exupéry.  Ese libro nos ha enseñado muchas cosas a mis hijas y a mí:

—Adiós— dijo el Principito.

—Adiós— dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos—. Repitió el principito, a fin de acordarse.

*****

Creo que sobran comentarios. Solo me queda una cosa por decir: Gracias, Rosa.

Adela Castañón

Imagen: Asociación Principito

Pedid y se os dará

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

Ella asiente con los ojos bajos. Sabe muchas cosas. Sabe que a él no le gusta que lo mire de frente. Nota la mano de su marido en el hombro, inclina el mentón un poco más para que no la vea tragar saliva y consigue mantener el control de su cuerpo. Cuando la mano asciende y le roza la mejilla, no se estremece ni mueve un músculo. Vuelve a escucharlo:

—La próxima vez, si el pediatra del niño va con tanto retraso, te vuelves a casa. Antes paras en la farmacia, le compras cualquier cosa para la fiebre, y sacas cita para otro día. Tienes que usar la cabeza para algo más que para ponerte los rulos, mujer, que no es tan difícil. Así el niño cena a su hora y su padre, que soy yo, también. Y todos contentos.

El silencio dura un segundo. Dos. Tres. Ella cuenta mentalmente. Eso significa que le toca responder. Abre la boca, esperando acertar.

—Tienes razón. Eso haré.

El roce de los dedos en su mejilla se repite. Menos mal. En su cerebro, una bombilla imaginaria, como la de algunos concursos de la tele, se pone en verde. “¡Respuesta correcta!” Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—Ea, para que veas que no pasa nada llama por teléfono y encarga una pizza, anda. Que si te pones ahora a preparar algo, en lugar de cenar vamos a desayunar.

Siente que la mano deja de rozar su piel. Por fin. Él se tumba en el sofá y aprieta un botón del mando de la tele. El partido de futbol está a punto de empezar. Gira el cuello un poco para gritarle dos palabras antes de prestar atención a la pantalla:

—¡De pepperoni!

Ella descuelga el teléfono fijo. Marca lo más despacio que puede, intentando mantener una cadencia constante, a la vez que cuenta mentalmente: “uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Cuando llega al seis, aprieta el botón que tiene dibujado un minúsculo teléfono rojo, para colgar. Se esfuerza en abrir un poco más el ojo derecho y una gota de sudor le cae por el párpado izquierdo. Menos mal, porque ese lado de la cara es lo que tiene peor y así el ojo no le escuece. El párpado está tan hinchado por el hematoma que por ese lado no ve, y el sudor ni siquiera atraviesa las pestañas. Manteniendo el ritmo intenta que los dedos no le tiemblen al marcar los tres últimos números. Sabe que él es capaz de estar escuchando el click cada vez que pulsa una tecla, y que lleva la cuenta de las veces que ha marcado. Pero ya es tarde para volver atrás. Su ojo bueno se concentra en el teclado, y su dedo teclea como un metrónomo los tres últimos números: 112. Contiene la respiración mientras escucha como se repiten los tonos de llamada. Cuando alguien descuelga, suelta el aire procurando no hacer ruido.

—112. Le atiende Jose. —la voz pone el acento en la primera sílaba. Suena cercano—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas noches. —Ella se sorprende de la firmeza de su voz. Se escucha hablar como si se hubiera desdoblado en dos, y su otro yo estuviera observándola—. Por favor, quería encargar una pizza a domicilio.

—Disculpe, se ha equivocado. Ha llamado al 112.

—Espere un momento, por favor, que voy a preguntar. —Gira el cuello y eleva el volumen para que su marido la escuche. Mantiene el auricular cerca de su boca—. ¿Mediana o familiar?

Su marido le contesta sin apartar la vista de la imagen de la tele. “¡Familiar! Me muero de hambre, joder”. Ella siente deslizarse una lágrima por debajo del párpado derecho, el único que está medio abierto, y se pone de espaldas al salón, aunque sabe que su marido no puede verla desde donde está. Pero toda precaución es poca. Aprieta tanto el auricular que los nudillos despellejados se le abren y el del meñique empieza a sangrar.

—Sí. Familiar. Por favor.

—Señora, está hablando con un servicio de emergencias.

—Sí. Vale. —Traga saliva. Se arrepiente de lo que está haciendo. Esto no puede salir bien. Piensa en su hijo, encerrado en su dormitorio—. Por favor, con doble de tomate.

Al otro lado del hilo, el teleoperador siente como si alguien hubiera bajado varios grados la temperatura del aire acondicionado de la sala.

—¿Está sola en su casa?

—No. —¡Por favor, por favor! Su cerebro empieza a salmodiar ese mantra mientras su voz continúa hablando por libre—. No hace falta ningún otro extra.

—¿Está en peligro? Diga solamente sí o no, si no puede darme más información.

—Sí. —Los dientes empiezan a castañear. Aprieta con fuerza la mandíbula. ¡No puede echar a perder todo ahora! Consigue controlar el temblor y recuerda la contestación que le ha dado su marido—. Nos vamos a morir de hambre. ¿Tardará mucho?

—Deme la dirección. No se preocupe. Voy a mandarle ayuda. Tranquila. No la pondrán en más peligro, se lo aseguro.

Ella le da la dirección, y cuelga. Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—¿Cuánto van a tardar?

La mujer se queda bloqueada. Los dientes vuelven a sonar como castañuelas. El volumen de la tele funciona como una barrera de seguridad de doble dirección. Él cree que ella no lo ha oído, y ella siente el alivio de que él no escuche el tableteo de su pánico.

—¿Estás sorda, o qué? ¿Para cuándo la dichosa pizza?

—Media hora. —Ha dicho lo primero que se le ha ocurrido—. Tienen muchos pedidos.

—Claro. El puto futbol. Pon más cerveza a enfriar.

*****

Dos semanas después suena el timbre de la puerta y ella se levanta del sofá de un salto, completamente desorientada. Ha cambiado de sitio los muebles del salón. Ha comprado una funda nueva para el sofá, y ya hasta se recuesta allí por la noche, con la cabeza de su hijo apoyada sobre sus muslos. Los dos se alimentan del contacto físico. Desde hace dos semanas no hay nadie en la casa que le diga al pequeño que su madre lo va a convertir en maricón con tanto sobeteo. Posiblemente el hombre siga gritando, pero el sonido de la cárcel no llega hasta el refugio que son ahora las cuatro paredes. La mujer se pone de pie y se acerca a la puerta. Abre una rendija, sin quitar la cadena de seguridad. Al otro lado de una caja de cartón con publicidad de Tele Pizza, un hombre joven sonríe. De la caja emana un olor que la hace salivar. Se relame sin darse cuenta. El hombre piensa que nunca ha visto un gesto que le resulte a la vez tan erótico como tierno.

—Buenas tardes.

Ella no contesta. Se muerde el labio inferior con los incisivos superiores. Sus ojos se mueven a toda velocidad. Van desde el suelo hasta la barbilla del supuesto pizzero, sin atreverse a mirar más allá de su nariz. El de la pizza se ruboriza, aunque sabe que él no tiene la culpa de que ella esté tan asustada. Baja un poco la caja hacia su cintura y da un paso atrás. Para evitar que esa mujer, a la que ahora le pone cara después de imaginarla dos semanas, se asuste más, sigue hablando:

—Me temo que hace quince días dejé medio pedido sin atender.

Ella abre mucho los ojos. No va maquillada, aunque uno de los párpados todavía luce una sombra malva que le embellece el iris. La mujer parpadea muy deprisa, pero no puede evitar que sus mejillas se humedezcan. Sube una mano a la cadena de seguridad despacio, muy despacio, armándose de valor para ordenarles a sus dedos que descorran el cerrojo. El olor de la pizza es una tentación añadida. Y la voz del hombre suena aún más hermosa que por teléfono.

—Veo que le llegó la ayuda. Pero me temo que lo de la pizza se me olvidó. —Adelanta la caja con las dos manos como una ofrenda—. Tenga. Familiar.

A ella vuelve a llegarle el aroma. Piensa que la felicidad huele a Pepperoni, y sonríe.

 

Adela Castañón

Imagen: La voz del muro

 

¿Nuestros niños son de todos?

La entrada en vigor de la nueva Ley de Protección de Datos ha afectado, entre otros, a los usuarios de las redes sociales. En mi caso, por poner un ejemplo concreto, he tenido que dar mi consentimiento por activa y por pasiva para seguir recibiendo información de mi banco, noticias de asociaciones a las que pertenezco y publicaciones de blogs de escritura a los que estoy suscrita. Por suerte ha sido algo puntual y, salvo el incordio de tener que leer lo mismo de mil maneras distintas y asegurarme de que mi consentimiento llegaba a buen puerto, las cosas han vuelto a la normalidad. Pero ese bombardeo me ha hecho reflexionar sobre las consecuencias de compartir imágenes de menores en Internet. Porque en plena marea de salvaguarda de ese derecho a la intimidad que todos defendemos se siguen publicando imágenes de niños.

Las redes sociales tienen muchas aplicaciones. Entre ellas la del sharenting, palabra que procede de dos vocablos ingleses: share, compartir, y parenting, crianza.  En términos simplistas esa práctica sería lo que se ha hecho siempre, en versión virtual del siglo XXI. Es decir, presentar un bebé recién nacido a amigos y familiares, o enviar a los abuelos imágenes de los cumpleaños y fiestas escolares de nietos a los que no pueden ver todos los días. Pero la nueva realidad dista mucho de la esa forma de hacerlo en el pasado. Para mucha gente exponer en público los progresos de sus hijos se ha convertido casi en una norma social. Es cierto que los padres actúan de buena fe, llevados por el deseo de compartir sus experiencias con otros padres que también desean interactuar, pero la realidad es que el sharenting se lleva a cabo sin el consentimiento expreso de los niños. No cabe duda de que la ley otorga la autoridad a los padres o tutores legales hasta que sus hijos lleguen a la mayoría de edad, porque interpreta que su entendimiento y su capacidad de razonamiento son inferiores a los de los adultos. Pero no deberíamos olvidarnos de que los niños crecerán. Y cuando sean adultos estaremos obligados a dar explicaciones que podrán o no satisfacer a los que ya han dejado de ser nuestros “niños”.

Artículos como el de Niños sin privacidad, de La Vanguardia, nos alertan sobre ese tema. Como padres podemos impedir que se publiquen imágenes de nuestros hijos menores, pero si somos nosotros los que las difundimos corremos el riesgo de abrir la veda. Está bien insistir en el control parental del uso de las redes, pero me pregunto si no estaremos cometiendo el error de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. ¿Qué pasa con los derechos legales del menor en el futuro? ¿Qué opinarán nuestros hijos si ven fotos suyas correteando desnudos por la playa cuando tenían dos añitos? ¿Quién podrá hacer uso de esas fotos? ¿Con qué fin? ¿De qué manera? ¿Es que la infancia no tiene también su derecho a la privacidad? Y, en el futuro, ¿qué autoridad tendrán unos padres para decir a sus hijos que no compartan su propia vida en Internet cuando ellos lo han estado haciendo antes?

Está bien acudir a Internet en busca de ayuda sobre cuestiones de crianza. Comprendo que muchos padres busquen soluciones a problemas de sueño de sus niños, de dificultades con la alimentación, y que participen en foros que les hagan sentirse menos solos a la hora de educar. Pero eso puede hacerse sin necesidad de ilustrar sus publicaciones con imágenes de los pequeños.

Además de ese aspecto privado sobre lo que opine el menor cuando crezca, no deberíamos olvidar que el sharenting tiene ciertos peligros a corto plazo. Si acompañamos las fotos de comentarios, aportamos información y datos sobre menores que cualquiera podría usar con fines fraudulentos como suplantación de identidad, por no hablar del riesgo de la geolocalización con la vulnerabilidad que supone. Al fin y al cabo, los secuestros no se producen solamente en las películas, y cualquiera puede contactar con nuestros hijos a través de la puerta que nosotros abrimos.

Cuando se regula la patria potestad queda claro que los hijos deben ser siempre oídos antes de adoptar decisiones que les afecten, en cuanto tienen suficiente juicio. Y los padres somos quienes debemos protegerlos y velar por sus derechos. Que no nos puedan reprochar en el futuro que fuimos nosotros los que vulneramos su intimidad y les complicamos la vida.

Adela Castañón

Imagen: Foto Annie Spratt en Unsplash

Brindo por ti

Luis abrió la bandeja de correo y vio el email de su jefe. Llevaba seis meses robando horas al sueño para sacar adelante el proyecto que le había encargado Alfredo. Seis meses enganchado a la cafeína y a la nicotina. Seis meses sin probar una gota de alcohol. Seis meses esperando y deseando cruzarse con Sonia para ver la cara de sorpresa que pondría cuando se diera cuenta de que estaba sobrio. Y todo para que ahora el idiota del jefe le dijera que estaba despedido con un correo impersonal. ¡Cobarde! Ni siquiera había tenido huevos para decírselo en persona.

Apagó el ordenador de un botonazo sin molestarse en cerrar lo que tenía abierto. Se quitó de una patada las zapatillas y se calzó los tenis para bajar al supermercado. Las luces del Holland no conseguían poner una nota de color en su día gris. Comenzaba a lloviznar. Luis no se había dado cuenta, pero, como solo tenía que cruzar la calle, no volvió a buscar el paraguas. Entró en el súper y fue directo al pasillo de las botellas, que llevaba medio año sin pisar. Cogió una de ginebra, se dio la vuelta y, al doblar la esquina, se encontró cara a cara con Sonia.

Lo primero que pensó fue que cada día estaba más guapa. Lo segundo, que, contra todo pronóstico, el día podía empeorar todavía un poco más. Cruzó las manos en la espalda y agarró la botella con fuerza. Las palmas le empezaron a sudar y temió que se le resbalara. Dijo la primera banalidad que se le ocurrió.

–¿Qué tal, Sonia?

Después de un instante de vacilación, ella hizo amago de acercar la cara, pero él cambió el peso de un pie al otro de forma inconsciente. No sabía cómo saludarla y maldijo su torpeza. Le hubiera encantado recibir un par de besos protocolarios, a falta de aquellos otros de tornillo que ya solo vivían en su memoria, pero se le ocurrió que sería mejor no hacerlo. Jamás había besado a nadie sin ponerle la mano en el hombro, y no se atrevía a quedarse con la botella en una mano para tocar a Sonia con la otra.

–¡Vaya, Luis…!

Su ex no dijo nada más, pero por lo menos le había hablado. Los dos guardaron un incómodo silencio, que rompieron a la vez.

–¿Cómo va tu vida?

–¿Qué te cuentas?

Volvieron a guardar silencio. Esta vez, Luis habló primero.

–Te veo muy bien, chica. ¿Qué tal te va?

–No me quejo. Al final me han trasladado. ¿Y tú? Tienes buena pinta.

¡Mentirosa!, pensó Luis. Notó un calor incómodo que ascendía hasta su cara y forzó un movimiento para intentar adelantar los hombros sin quitar las manos de la espalda. Notó que el sudor le empezaba a inundar las axilas y rezó para que los cercos no se hicieran visibles en su gastada camiseta. Bajó la vista un segundo y se dio cuenta de que llevaba los tenis más viejos y sucios de toda su colección.

–Gracias. Pero sigues mintiendo muy mal.

Se mordió los labios nada más terminar de pronunciar la frase. Sin embargo, Sonia le respondió con una sonrisa que lo dejó desarmado. Hablaron dos minutos de cosas intrascendentes en un tono tan relajado que dejó atrás la tensión anterior. Si a Luis le hubieran dicho que mantendría una conversación tan civilizada con su ex, no lo habría creído. Seguía con los brazos en la espalda escondiendo la ginebra, y decidió acabar a la conversación antes de que Sonia se extrañara de su postura.

–Tengo que irme.

Se arriesgó a soltar una de las manos para señalar la puerta del super. Sonia miró en la dirección de su dedo, y él aprovechó esa momentánea distracción para pasar la botella por su costado. Empezó a andar, tapando con su cuerpo la compra delatora. Había dado un par de pasos hacia la caja cuando oyó a Sonia que lo llamaba.

–Luis…

–¿Sí?

Espero que no se me acerque, pensó. Al final me va a pillar con la maldita ginebra en la mano. Suspiró cuando vio que le hablaba sin moverse del sitio.

–Siento… siento mucho lo que te ha pasado.

–¡Bah! No es nada.

–En fin… Ya sabes cómo son las cosas. Ojalá… –Sonia se detuvo en seco–. Seguro que encuentras algo pronto. En fin… –repitió–: suerte, y me alegro de haberte visto.

Luis sintió alivio al notar el frío de la calle en el rostro. Respiró hondo mientras se felicitaba de que Sonia no lo hubiera pillado comprando alcohol. Echó a andar hacia su casa y pensó que no era la misma persona que había salido de su piso un poco antes. Se olvidó del correo de Alfredo y se perdió en sus propias reflexiones:

“¡Mira que toparme a Sonia en el Holland! Era la última persona que esperaba encontrar allí. ¿Qué se le habrá perdido por mi barrio? ¡Menos mal que no le solté eso al verla! Me hubiera mandado a… bueno… habríamos discutido, como siempre, para no salir de ese círculo vicioso que era nuestra relación”.

Luis miró hacia atrás con el rabillo del ojo. Durante un segundo deseó y temió que Sonia lo siguiera, pero estaba solo en la calle. Recuperó el hilo de sus pensamientos.

“¿Por qué nunca acerté al hablar con ella? ¡Y mira que la quiero! Debería decir que la quise, pero confundo los tiempos verbales nada más verla. Tiene gracia: ahora que ya no somos pareja hemos mantenido una conversación sin pelearnos. Una charla informal, vale. ¡Hay que joderse! No sé por qué cuando vivíamos juntos éramos incapaces de mantener ese tipo de charlas entre nosotros”.

Llegó al portal y entró en el ascensor. La cabeza no dejaba de darle vueltas. Había una parte de la conversación que no lograba recordar.

“Tendría que haberme interesado más por ella, haberle preguntado por sus viajes, incluso por su madre, a pesar de que esa bruja tuvo mucho que ver con que lo nuestro explotara, o por su traslado en el trabajo…”

Luis llegó a su piso. Metió la llave en la cerradura y frenó en seco. Aguantó la respiración, abrió la puerta y, sin llegar a soltar la botella, se acercó a encender el ordenador. Miró la bandeja del correo. El email de Alfredo estaba escrito hacía menos de una hora. ¿Cómo sabía Sonia…?

El traslado de su antigua novia adquirió sentido. Sonia no podía saber nada del despido todavía a menos que… a menos que… La evidencia lo aplastó como una losa. A menos que el jefe se lo hubiera dicho antes a ella. Y eso abría un abanico de posibilidades a cuál peor. Luis maldijo la idea de bajar a buscar ginebra. Si malos habían sido el odio y la ira de Sonia, su compasión era aún peor. Por no hablar del ridículo papel que Alfredo y ella le habían adjudicado en esta historia.

Colocó la botella sin abrir sobre la mesa de la cocina, y se la quedó mirando. Inspiró y espiró muy despacio un par de veces y sopesó sus alternativas.

Podía ir con la botella a casa de Sonia, estrellarla contra un mueble y cortarle el cuello a ella con el cristal roto. Podía abrir la botella en ese instante, y empezar a beber directamente sin molestarse en coger un vaso. O podía abrirla, ponerse de pie, y entrar al cuarto de baño para vaciarla entera en el inodoro y tirar de la cisterna.

Sonrió. Se decidió. Cerró los ojos y en su mente brindó por Sonia.

Adela Castañón

Imagen: Photo by Emanuel Feruzi on Unsplash

Seducir y enamorar con la escritura

Cuando hablamos de amor abrimos un universo de posibilidades. Uno de mis amores es la escritura y de ella voy a hablar por activa y por pasiva. Porque hace unos años la escritura me seducía a ratos y de tanto frecuentarla acabé enamorándome de ella, y porque me gustaría que mi escritura sedujera y enamorase a quienes me lean. Así que he reflexionado sobre qué clase de escritura puede ofrecer un autor y qué puede ofrecer la escritura a las personas que la amamos.

Seducir, enamorar, o las dos cosas

Hay muchos motivos que nos mueven a escribir. Uno de ellos es que nos lean. Cuando un lector potencial se acerca a un libro, empieza un coqueteo, un romance, que puede acabar de mil maneras. Lo peor, lo más triste, es que abandone el libro sin llegar al final. También puede ocurrir que le guste, lo termine de leer y luego lo olvide. Y el sueño de cualquier autor es que cuando alguien llegue a la última página haya disfrutado tanto que quiera más y vaya en busca de otras obras suyas. En ese trayecto de peor a mejor, el tren se detendrá en una u otra estación dependiendo de nuestra capacidad para seducir y enamorar a quienes nos lean.

No nos engañemos. He usado dos palabras que en ocasiones se confunden o se superponen, pero tienen matices de significación que las alejan. Según el DRAE, seducir significa persuadir a alguien con argucias para conducirlo al lugar donde lo queremos tener. Hasta ahí, vale.

Enamorar, sin embargo, es excitar la pasión del amor en alguien, aficionarse a algo, decir amores. Y en el diccionario, en la palabra amores, encuentro un enlace que le otorga múltiples significados. De modo que no es lo mismo seducir que enamorar.

La escritura del autor

Todos sabemos que hay escritores que seducen y escritores que enamoran. Pero eso no ocurre por puro azar, así que vale la pena indagar en las razones.

Uno de los motivos que inclinan la balanza hacia seducir o enamorar tiene que ver con el tiempo. La seducción es algo pasajero, transitorio, mientras que el enamoramiento se puede prolongar, como en las mejores historias de amor, hasta que la muerte nos separe. Y, aunque se termine antes, siempre durará más el amor que la mera seducción.

Otro motivo se refiere a la calidad o a la naturaleza de la relación entre la obra y el lector. El fruto de la seducción, entendida como conquista, es la rendición. El conquistado depone sus armas y pierde la fuerza que le llevaría a seguir luchando. Y ahí acaba todo.  Enamorar es otra historia, porque el enamorado se entrega, no se rinde. Y el que se entrega lo da todo de sí, libre y voluntariamente, y quiere que esa relación con el amado, ya sea libro o persona, tenga una continuidad.

¿Quién no ha tenido la experiencia de leer un libro que le ha parecido estupendo, pero una vez que lo ha acabado no ha vuelto a acordarse de él? ¿Y por qué otras veces al llegar a la palabra fin nos ponemos como locos a buscar algo más que haya escrito la misma persona?

Con esto no quiero decir que la seducción sea algo malo, porque en la escritura es necesario seducir. Ese será el gancho que tendremos que trabajar y desarrollar para que el lector, sin darse cuenta, se vaya enamorando de nuestros escritos. Porque, si conseguimos que una novela empiece seduciendo y acabe enamorando, tendremos un lector fiel.

El seductor desarrolla su capacidad de observación para detectar y captar los puntos flacos de su presa, llamémoslo así, y conducirla adonde él quiere. Sabe vender su mejor versión, adaptándola a lo que esperan de él, para triunfar y conquistar. Pero si queremos transformar ese chispazo inicial y fugaz en algo más duradero deberemos emplear a fondo nuestra creatividad y nuestra habilidad narrativa. Solo de esta forma conseguiremos que el interés del lector no decaiga y se enamore de nuestras historias, de nuestro estilo, de nuestra manera de escribir.

En otros tiempos se habría podido dejar ahí el tema, pero en la época que vivimos la cosa es más compleja. Porque si queremos abarcar más tendremos que aplicar la misma filosofía a todo lo que rodee a nuestra escritura, es decir, tendremos que crear un blog (¡gracias, Carla!), hacernos visibles en las redes sociales y llegar a tener nuestra marca personal. Ahí os dejo esto para que sigáis reflexionando.

La escritura para el autor. O mejor, para la autora, que soy yo.

No puedo hablar por los demás, así que ahora os hablaré de la otra cara de la luna desde mi experiencia personal. He dicho antes que escribimos para que nos lean, eso es evidente. Pero ¿por qué escribimos? ¿Qué tiene de atractiva la escritura para que nos convirtamos en adictos? ¿Qué esperamos de nuestra relación con ella?

Habrá quien quiera vivir de la escritura. Lo admiro y lo respeto. Habrá quien se la tome como un pasatiempo para ratos perdidos, y lo respeto igualmente. Los habrá que se dejen seducir un cierto tiempo y empiecen a teclear para dejarlo al cabo de unos días o unos meses. Y habrá otros que cada vez robarán más minutos a su día para dedicarlos a escribir.

Yo estoy en un prudente y feliz término medio. Ya os he confesado que la escritura primero me sedujo y luego me enamoró. Todavía estoy en la fase en la que Cenicienta baila con el príncipe, en la que Blancanieves conoce al misterioso cazador que le arranca suspiros de felicidad, en la que Bella baila con Bestia, ajena al resto del universo. Estoy lejos de llegar al matrimonio y a los hijos, lo sé, pero tampoco está mal regodearme en este primer romance de adolescente a mi edad, que para eso he quemado otras etapas de mi vida de las que no me arrepiento, pero a las que me consta que no podré volver.

No sé si algún día escribiré aquello de “y vivieron felices y comieron perdices”, pero no me preocupa. Si decido dar ese paso, igual que en la vida real, sé que llegarán los equivalentes a las hipotecas o a los problemas con los hijos, en forma de editores (sí, soy optimista, qué se le va a hacer), plazos de entregas, mantenimiento de redes sociales y todo el cortejo acompañante. Ya tuve una visión preliminar cuando me entusiasmé tanto al comenzar a escribir que empecé a picotear en miles de blogs y me agobié. Me di de alta en FB, Twitter, Instagram, entre otros, sin tener ni pajolera idea de lo que hacía ni de para qué lo hacía. Y me di cuenta de que por culpa de los árboles estaba dejando de disfrutar mi paseo por el bosque.

Así que por ahora me quedo en Letras desde Mocade, que para mí está siendo la mejor escuela de iniciación en esto de la escritura. Porque creo que las letras y yo vamos a tener un noviazgo largo, largo…

Adela Castañón

Imagen: Photo by Maarten Deckers on Unsplash

El vestido rojo

Estrené mi primer vestido rojo el día uno de nuestro calendario de la libertad. De ese calendario privado que solo nos pertenecía a mamá, a Jaime, a Lucas y a mí.

Después de aquello, me lo ponía casi todos los meses. Y, cuando lo llevaba, celebraba los aniversarios de ese día, a solas, en mi habitación. Del día en que la felicidad atravesó nuestra puerta. El día que llegó de la forma más inesperada, para quedarse con nosotros. La felicidad entró con tanta fuerza que en casa no cabían mi padre y ella. Ese día, mi padre bajó a empujones por la escalera de nuestro bloque. Fue la primera vez que me vestí de gala. En las novelas rosas que robaba o cogía prestadas de la biblioteca municipal leía a menudo eso del “rojo pasión”. Casi siempre se usaba esa expresión para describir los labios de las protagonistas, pero aquel día entendí que era mucho más: el rojo era el color de la vida, arrollador, adictivo. Como mi vestido. Como la vida sin mi padre.

Mis fiestas secretas duraron años. Jaime y Lucas crecieron, se emanciparon y emprendieron el vuelo. De vez en cuando venían a visitarnos a mamá y a mí, que seguimos viviendo juntas. Yo tenía con ella una deuda que no podría saldar en lo que me quedara de vida. Esa deuda que la tuvo en el hospital casi un mes, reponiéndose de la paliza de papá, cuando por primera, única y última vez se enfrentó a él.

Muy a menudo, solía venir borracho. Cuando oíamos golpes en los rellanos de la escalera, corríamos a meternos en los dormitorios, aunque esas noches no eran las más peligrosas. Casi siempre se le iba la fuerza por la boca, en gritos y blasfemias contra el mundo y su injusticia por no haberle dado lo que se merecía.

Tampoco las voces eran lo peor para mí. No sé si a mis hermanos les ocurriría lo mismo. Quizá no. Su cuarto estaba separado del de papá y mamá por el mío. Los tabiques eran endebles. Para mí, los ruidos más aterradores eran los chirridos del colchón del cuarto de mis padres. En el silencio de la noche, ese sonido que me robaba el aire se clavaba en mi piel como los muelles debían clavarse en la espalda de mi madre a cada embestida.

Las noches que regresaba en silencio, sin que lo oyésemos llegar, eran las verdaderamente malas. Las peores. Porque esas noches no había gritos. Solo su mirada, atravesando la gastada tela de nuestra ropa, que nos hacía sentir un frío peor que el del más crudo invierno. Teníamos que sentarnos a la mesa con él y cenar juntos. En familia, decía. Cada vez que cortaba el aire con el cuchillo para partir la comida, todos conteníamos la respiración. Esas noches, esas cenas, se hacían eternas. Cuando terminaban, todos entonábamos una muda acción de gracias por haber sentido solo el frío del comedor, mil veces más cálido que el del filo de su cuchillo.

Una de esas noches ocurrió todo. Llegó sin que lo oyéramos. Entró, y con él entraron el silencio y el miedo. Cenamos. Terminamos. Nos pusimos de pie para irnos a nuestro cuarto. Y cuando yo estaba cruzando la puerta del mío, algo me hizo girar el cuello.

Mi padre miraba en mi dirección. Inspiré hondo, muy hondo, sin hacer ruido. Inspiré tan hondo que los botones de la blusa se tensaron sobre mi pecho. La mirada de mi padre bajó por mi cara hasta la blusa. Se rascó la parte delantera del pantalón y empezó a rodear la mesa. Mi madre, salida de no sé dónde, se interpuso entre nosotros.

No sé quién llamó a la policía, ni dónde pasamos esa noche. Solo recuerdo los ruidos. Los golpes. Los gritos de Jaime y de Lucas agarrados a mi pantalón. No pude abrir los ojos ni un segundo. Después de que mamá se interpusiera en el camino de mi padre, la primera imagen que conservo en la memoria es la de ella en la cama del hospital cuando la fui a visitar con mis hermanos.

En casa no se volvió a hablar de mi padre. Cuando mamá regresó, continuamos viviendo como antes. Mejor dicho, continuamos haciendo las mismas cosas de antes. Ahora, sin papá allí, sí que se le podía llamar a eso vida. Mis celebraciones mensuales siguieron siendo mi propia fiesta privada. El rojo era solo para mí.

Luego he sabido que mi padre estuvo en la cárcel esos años. Y me enteré de que salió porque el día que lo pusieron en libertad vino a casa. Daba igual que mamá se hubiera divorciado y que él hubiera firmado los papeles en prisión. A él le daba lo mismo. No sé si mamá sabía la fecha del final de su condena, pero desde luego no esperaba verlo allí.

Traía puesta la mirada de los días malos. De los silenciosos. La cárcel se había quedado con parte de sus carnes y con parte de su pelo, pero no con su mirada. Mamá me metió en mi cuarto de un empujón y me dijo que cerrara la puerta. No recuerdo si lo hice. No recuerdo si estuve parada segundos u horas. Solo recuerdo que esta vez al primer chirrido del colchón le siguieron unos golpes que hacían temblar el tabique. Supongo que salí de mi cuarto, supongo también que cogí el cuchillo de la cocina y que mi padre no había cerrado la puerta de su antiguo dormitorio. No pude decirle más al juez. De verdad que no me acordaba ni me acuerdo de nada.

Estuve menos de un año en prisión. Mes tras mes echaba de menos mi vestido rojo. Sin él me sentía anémica, como si me hubiera convertido en un dibujo descolorido. Mamá me visitó. Jaime y Lucas formaron piña con ella. Pagaron al mejor abogado. Recurrieron.

El día que mamá vino a recogerme para llevarme a casa otra vez con ella, estaba tan nerviosa que le pedí que me esperase un momento. Entré al baño y pensé que mis ojos me engañaban. Casi no podía creerlo: después de tantos meses, había vuelto. Como el día que lo estrené, el día que papá casi mató a mamá. Ahí estaba de nuevo, volviendo a regalarme esa pasión que calentaba la sangre de mis venas.

Salí del baño y me acerqué a mamá. Le susurré algo al oído. Ella todavía era joven. Abrió el bolso y con disimulo, para que no se diera cuenta nadie, sacó una compresa y me la dio.

Vestida de gala, vestida de rojo, volví a ser mujer. Del brazo de mamá, salí de la cárcel y regresé a mi vida.

Adela Castañón

Imagen: Unsplash

Reformas en mi vida

Algo ha cambiado en mi vida desde que la escritura llamó a mi puerta. Algo relacionado con mi trabajo y con mi nueva forma de utilizar el tiempo. A este cambio ha contribuido la dinámica que se va imponiendo en muchas empresas y unas reformas que estoy haciendo en mi casa. De ese cambio quiero hablaros aquí.

Muchas empresas enfocan su trabajo a prestar servicios encaminados a ofrecer un producto final a unos clientes. Pero desde hace unos años ha ido cobrando fuerza el concepto de clientes internos, y así lo he experimentado en el SAS (Servicio Andaluz de Salud), donde trabajo como médico de familia. El SAS trabaja para que su producto, la salud, llegue a los andaluces. Pero ya no focaliza su atención solo en los usuarios. Ha empezado a tomar iniciativas dirigidas a sus propios trabajadores.

Mirando los dos lados de la ecuación, la celebración reciente del Día Uno de Mayo fue una buena fecha para recordarme, y recordaros, que es bueno trabajar por y para los trabajadores. Y si extrapolo la situación de mi empresa y la de la obra de mi casa a mi situación personal, me doy cuenta de que, desde hace unos años, también estoy haciendo reformas en mi vida.

La palabra “obra” tiene doce acepciones en el Diccionario de la RAE. Ahí es nada. Me encantó el descubrimiento, porque casi todas me sirven para argumentar lo que os quiero contar sobre mi peculiar visión de trabajar para nosotros mismos.

Recursos

En la primera acepción se dice que obra es cualquier cosa hecha o producida por un agente. Por tanto, el punto de partida debería consistir en buscar los recursos con los que pondremos en marcha cualquier proyecto. Para mi obra he contado con el asesoramiento de buenos profesionales. Sobre todo, del arquitecto y de los albañiles. Los planos del arquitecto y los presupuestos de los distintos oficios están sobre la mesa. Ya tengo material y métodos. De modo que la siguiente pregunta sería: ¿y qué hago ahora?

Programación y ejecución

Pues la respuesta es evidente. Ahora toca empezar a trabajar. Al revisar armarios y cajones me he dado cuenta de la cantidad de tonterías que he acumulado y que no he utilizado en muchos años. Lo comenté con una amiga y me respondió que posiblemente estaba en camino de descubrir la belleza del feng shui. No voy a extenderme en eso, pero sí que nombraré una trilogía de palabras que encuentro muy prácticas para la obra y para mí: vacía, ordena y limpia.

Mientras de mi casa van saliendo tiestos y trastos, tengo la impresión de que en mi mente se van quedando espacios amplios, que no vacíos. Y me gusta. Mientras embalo, friego, tiro y ordeno, me doy cuenta de que en los últimos años ya había empezado a hacer eso sin ser muy consciente de ello. Por ejemplo, hace casi un año decidí dejar de hacer guardias. Gano un poco menos, pero vivo mucho mejor. Y no ha sido lo único que ha cambiado en mi vida. En el escritorio de mi ordenador, por poneros otro ejemplo, he quitado los accesos directos a muchos juegos para sustituirlos por otros como el de este blog.

Me gustaría daros aquí una especie de receta sobre cómo modificar la programación de algunas partes de nuestra vida y cómo instaurar los cambios que deseamos o que necesitamos, pero no puedo ofreceros lo que no tengo. Por eso me limito a contaros un poco mi propia trayectoria que, por cierto, ha tenido mucho de intuitiva y muy poco de programada.

En la vida, como en la escritura, podemos hablar de trabajadores o escritores de brújula o de mapa. Está bien dejarse llevar por la inspiración cuando surge, pero también conviene tener un mapa que nos ayude a saber si nos estamos desviando del camino a la meta que queremos alcanzar. En este sentido es muy interesante el artículo de Ana González Duque, Escritor de mapa, escritor jardinero y escritor paisajista. No somos robots, por suerte, aunque supongo que también el azar pinta algo en esta historia. En mi caso, y sigo con ejemplos de mi evolución personal, lo primero fue conseguir una estabilidad personal y laboral. Con mis hijos ya criados, y un trabajo estable y satisfactorio, decidí que había llegado mi turno y mi afición por la escritura subió en la lista de mis prioridades.

Como el día tiene veinticuatro horas, supongo que poco a poco el tiempo que he venido dedicando a la escritura se ha encargado de demoler intereses antiguos que no echo de menos. Porque está claro que para construir lo que tengo ahora he necesitado destruir mucha paja inútil que consumía buena parte de mi tiempo y de mis recursos.

Resultados

Empezar a escribir, matricularme en cursos de escritura, conocer a mis amigas, formar parte de este blog y de este proyecto está siendo un camino por el que me gusta transitar cada vez más. Porque sigo de obra. En la de casa, va quedando menos. Y en la personal, el proyecto crece y crece, y disfruto tanto que creo que nunca le pondré fin.

Porque, si lo pienso bien, a lo largo de mi vida he seguido la misma sistemática. Al principio mis padres lo hicieron por mí. Me dieron una educación en casa, y una formación fuera de casa, que han sido y son mis mejores recursos. Y sobre la base de su ejemplo, ya adulta e independiente, he seguido planificando mi vida para alcanzar mis metas y objetivos, y he aplicado en mi trabajo las enseñanzas que antes adquirí.

Ahora mismo, para mí, la escritura se ha convertido en un trabajo no remunerado si nos atenemos al aspecto económico. Pero en todo lo demás, no puede ser más gratificante. Puedo calificarla como mi mejor empleo, en el que me doy el gusto de ser a la vez empresaria y cliente, de ser yo misma y hacer lo que hago por el puro y simple placer de querer hacerlo. Y, vista así, como un trabajo placentero, se cumple eso de que “el trabajo es salud” ¡Es cierto! Y como médico os digo que la escritura es para mí hoy una de mis mejores medicinas.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay