EL BAILE DE SALOMÉ

UN CAPITEL DEL MAESTRO DE AGÜERO

De las fragolinas de mis ayeres

Valera a sus diez años ya solía llegar tarde a la escuela. Recorría las calles acariciando las piedras de las casas como si quisiera descifrar las historias de antaño. Se paraba con las mujeres que estaban barriendo las calles. Contaba las herraduras de las esquinas en las que los hombres atarían los machos cuando volvieran del monte. Y es que todo eso le interesaba más que la caligrafía y las cuentas.

Si por casualidad algún día llegaba antes de la hora, se iba a esperar a El Fosal, el cementerio de San Nicolás que rodeaba la iglesia y que hacía las veces de patio de recreo. Subía la escalinata y caminaba hasta el fondo, donde nadie pudiera verla. Se sentaba en un poyo, justo enfrente de la puerta mayor, se cogía la barbilla con las manos y escuchaba las historias que le contaban las figuras del tímpano, las de las arquivoltas y las de los capiteles.

Se pasaba las horas debajo de un capitel con una danzarina. Intentaba adivinar quién era aquella joven que, con las manos en jarras, doblaba la cintura y dejaba caer su cabellera hasta el suelo. No era ninguna moza del pueblo, no. Que ya las había repasado todas. Pensó que igual era la bailarina de alguna compañía ambulante, de esas que de vez en cuando venían a hacer comedias a la plaza. Pero no se parecía a ninguna de las que ella había visto. Preguntó a los más viejos del lugar y tampoco ellos se acordaban.

—Si hubiera llegado alguna moza como esa se habría comentado en los carasoles —le dijo el abuelo de casa Fontabanas.

Un día se armó de valor y se lo preguntó a la maestra. Doña Matilde no se sorprendió, como pensaba Valera. Al revés, era como si estuviera esperando la pregunta.

—Menos mal que alguna de vosotras se ha fijado en el pórtico de la iglesia.

Entonces las otras niñas levantaron la cabeza, abandonaron la caligrafía y se miraron en silencio. Y doña Matilde continúo.

— Habéis de saber que las piedras hablan tanto como los libros. O más.

Les mandó guardar los cuadernos en los cajones de los pupitres, las llevó a El Fosal y las colocó en un corro debajo del capitel de la bailarina. Les dijo que esa figura era una de las maravillas de un antiguo escultor. Un maestro cantero procedente de Agüero que supo moldear la danza de una Salomé adolescente con un movimiento de caderas casi acrobático. Que hoy se habían olvidado de ella y del escultor, pero que en los tiempos antiguos, cuando se representaba el teatro en las puertas de las iglesias, siempre había una moza del pueblo que salía a bailar como Salomé había bailado delante de Herodes.

Y tanto le gustaba esa escena al Maestro de Agüero que hizo varias copias y las repartió por las iglesias de las Cinco Villas y hasta puso una en la catedral de Huesca. De este modo la Salomé fragolina es hermana de la de Agüero, de la de Ejea, de la de Biota y de la de Huesca. Y además tiene muchas primas por el Camino de Santiago.

Ese día, Valera salió corriendo a contarle la historia al abuelo de Fontabanas. Al día siguiente ya la conocían todas las mujeres que barrían las calles. Y ella seguía acariciando las piedras que guardaban secretos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. Maestro de Agüero: La danza de Salomé. Capitel románico de la iglesia de San Nicolás de Bari de El Frago (Zaragoza), siglo XII.

 

A continuación, os dejo los otros capiteles del Maestro de Agüero en los que se representa La danza de Salomé o La bailarina, como la llaman en los pueblos de las Cinco Villas.

Salomé. Agüero. 1

Capitel de la iglesia de Santiago de Agüero (Huesca)

Salomé. Ejea. 1

Capitel de la iglesia de El Salvador de Ejea de los Caballeros (Zaragoza)

Salomé. Biota. 1

Capitel de la iglesia de San Miguel de Biota (Zaragoza)

Salomé. Huesca.

Capitel de San Pedro el Viejo (Huesca)

 

Mi Ramoné

De Las fragolinas de mis ayeres

A mi hermana Maruja y a Carmen Ardevines que me bordó el faldón de cristianar

Siempre me ha producido gran ternura esta foto en la que mi hermana y yo estamos con nuestros muñecos preferidos. Mi hermana se empeña en hacerme recordar el día de la foto.

—Sí, mujer. Era en la arboleda. Justo te ibas sola. Yo estrenaba una muñeca articulada y tú tenías en brazos a mi Paquito.

Pero no lo consigue. Ella quiere que me crea que aquella niña peduga, de menos de dos años, se había apoderado de su muñeco favorito.

—Y eso que no te llegaban los brazos para rodearle el cuerpo.

Era la primera foto en la que aparecíamos juntas. El muñeco y yo éramos del mismo tamaño. Yo lo agarraba con fuerza y estaba vigilante.

—Nadie me quitará mi Ramoné —dicen que le contestaba con lengua de trapo.

—Cuántas veces te tengo que decir que se llama Paquito —me contestaba mi hermana y me zarandeaba por los hombros.

Muchas disputas debió costarme lo de Ramoné. Porque recuerdo el día que le contesté con rabia.

—Lo llamarás como quieras el día que te deje jugar con él. Pero para mí será Ramoné, como el niño que nació después de morir su padre y ahora solo tiene madre. Además, Ramoné será siempre mío. Que las madres no se comparten.

—Pues mamá es de las dos.

—Eso. Dos niñas pueden tener la misma mamá. Pero una no puede tener dos.

Desde que cumplí seis años ya no me lo volvió a disputar más. Ramoné dormía junto a mi cama en el que fue mi propio moisés. Y, cuando oía roncar a mis padres, en la alcoba de al lado, lo subía a mi cama con grandes apuros, le cerraba los ojos, le acariciaba la barriga y lo abrazaba fuerte. Esas noches no tenía pesadillas.

Por las mañanas mi madre me despertaba con la misma monserga.

—Carmelina, no es bueno que duermas con Ramoné. Lo puedes aplastar. Y lo que es peor, si te aplasta él te puede asfixiar.

—¿Es que no te das cuenta de que eso es imposible?

Ramoné era un muñeco de trapo muy blandito. Mi madre lo había rellenado de lana de cordero, y, aunque me lo apretara contra la cara siempre me dejaba respirar. A la vez, era desmadejado. Si no le sujetaba los brazos y las piernas contra el cuerpo, se desmayaba. Pero lo peor era aquella cabeza tan grande. Siempre la tenía caída hacia atrás, tanto que parecía que en cualquier momento se podría desnucar. Y todo porque mi madre había hecho una bola demasiado grande y le había cosido una cara de porcelana.

Yo le tapaba los costurones con mis gorritos de recién nacida, esos que llevaban puntillas alrededor de la cara. El que más me gustaba era uno blanco con flores bordadas, matizadas en grises y rosas. Hacía juego con el faldón. Yo sabía que me los había bordado una alumna de mi madre, Carmen de Cipriano, antes de que yo naciera. Por eso se lo ponía los domingos cuando lo sacaba a la calle después de la misa mayor.

Con mi traje de cristianar y una mantilla blanca de mi madre que hacía de tul, lo metía en el moisés, y de repente acudía un montón de niñas. Pero yo no las dejaba acercarse.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss! No lo despertéis ni dejéis que le entren moscas. —La mantilla ya estaba llena de cagaditas negras.

Antes de despedirnos, lo sentaba y le movía la manita de porcelana y les cantaba eso de Cinco lobitos tiene la loba.

Por las tardes, cuando volvía de la escuela, le daba un biberón, y lo colocaba enfrente del fuego, junto a mi sillica de anea en la que los dos hacíamos los deberes.

A los diez años me llevaron interna a un colegio de monjas a la ciudad. No me podía llevar a Ramoné. Hice mi cama con la cubierta de ganchillo de mi abuela. Lo coloqué encima, le cerré los ojos y lo cubrí con la mantilla-tul.

Todos los días escribía a mi casa preguntando por él. Mi madre me decía que le cambiaba los vestidos y que le dejaba abiertas las cortinas de la alcoba para que no tuviera miedo. Y cosas así. Hasta que, de repente, unos días antes de las vacaciones de Semana Santa dejó de nombrarlo.

Antes de llegar a casa conocí la tragedia. A mis amigas les faltó tiempo para contármelo. Una niña, aprovechando que mi madre estaba en el huerto, subió hasta mi cama y se lo llevó. Corría con él en los brazos, se cayó de bruces y la carita de porcelana se hizo trizas. Los ojos de cristal de agua marina desaparecieron para siempre.

Mi madre intentó comprar otra cara en el quincallero de la plaza. Pero ya no las hacían. A cambio compró una cabecita de un muñeco de baquelita. Era completamente desproporcionada. Y todos los gorros le resbalaban.

El mismo día que lo vi, fui a la tienda de Cipriano y le pedí una caja de madera, de esas en las que traían los paquetes precintados. Tuve que darle muchas explicaciones, pero al final me la regaló con un bote de pintura blanca empezado. Pinté la tapa y metí dentro a Ramoné con sus vestidos. Los envolví con papel de celofán. Encima dibujé una calavera: No tocar. Aquí duerme Ramoné. Que nadie lo despierte.

Limpié la parte baja del armario de luna de mis padres y lo coloqué allí, debajo de todos los mantones y ropajes de mi madre.

A los pocos años, como acostumbraba, volví a casa para Semana Santa. El viaje era largo y cansado. Un trayecto de tren, otro de autobús y, finalmente, cuatro horas a lomo de caballería. Cuando llegué noté que mi madre quería contarme algo. Estaba demasiado cansada y le dije que a la mañana siguiente hablaríamos. Pero no nos dio tiempo. Estaba amaneciendo cuando nos despertaron los aldabonazos de la señora Pilar, la madre de los gitanillos que tenían acampada la tartana debajo del puente.

—Buenos días, señoras, ya perdonarán que venga tan pronto. Es que el asunto es urgente.

—Usted dirá —contestó mi madre

—Pues tiene que ver con su hija Carmelina y mi recién nacido Juan. Yo lo querría bautizar antes de que lleguen las riadas que nos obligarán a levantar el campamento.

—¿Y qué tengo que ver en eso? —contesté un poco apurada

—Pues que si aceptara sería la mejor madrina para mi Juan

Sentí un cosquilleo por dentro.

—¿Pero no se llaman Juan todos sus hijos?

—Sí, claro. Así cuando llamo a uno vienen todos y no se pierde ninguno.

—Bien, pues este se llamará Ramoné. Será mi Ramoné y le pondré mis ropas de cristianar, que aún las guardo.

Con los años nadie recordaba la foto de la arboleda, ni a la señora Pilar con sus ocho Juanes. Pero todas las chicas andaban enamoradas de Ramoné, el hijo amadrinado de Carmelina, el de los ojos negros y cabellos ensortijados, el que había adoptado la madre de Carmelina cuando levantaron el campamento los gitanos.

El Frago, 1950. Arboleda de la fuente. Carmen y Maruja. Foto: Gregorio Romeo Berges.

Carmen Romeo Pemán

Conserva de lagarto

#relatofragolino

Hacía más de un año que los de casa Luriés le dijeron a mi padre que ya no lo necesitaban de pastor. Y todo por culpa de unos ingenieros que habían puesto alambre  de espino alrededor de los campos. Como mi padre no tenía escopeta, plantaba lazos y cada día traía media docena de conejos. A la mañana siguiente, mi madre los metía en unas cestas y los llevaba a vender a los pueblos de la redolada. Con las cuatro perras que conseguía, nos llegaba justo para pagar al panadero y la luz de la única bombilla que alumbraba toda la casa. Ese año solo comimos sopas de ajo y la leche de una cabra que nos cuidaba el dulero.

Con menos de diez años, me las arreglé para que los chicos mayores me dejaran ir con ellos a cazar fardachos.

—Que no se llaman fardachos, que se llaman lagartos —nos decía el maestro cuando nos oía hablar.

—Pues esos serán otros, que en El Frago solo hay fardachos. Bueno, y algún gardacho. Pero de esos que dice usted no hay —le contestaba Cajeta.

Cuando salíamos de la escuela, nos juntábamos en la plaza y bajábamos hasta San Miguel. Allí había muchos tomando el sol en la peña de la ermita y al atardecer se escondían entre las grietas. Entonces, Cajeta metía varas de mimbre y los lagartos, creyendo que eran culebras, las mordían tan fuerte que los dientes se les quedaban enganchados y no podían soltar la vara. En ese momento tiraba con fuerza y los demás, en cuanto aparecía la cabeza, le golpeábamos la nuca con una piedra. Al poco rato yo llegaba a casa con un saquete lleno.

Mi madre se frotaba las manos en el delantal y afilaba el cuchillo en la losa del hogar. Los pobres animales morían sin saber que pronto se iban a retorcer encima de las brasas y que nosotros nos íbamos a relamer con una carne tan fina y tan blanca.

Mientras tanto, mi madre despellejaba los más gordos, los salaba y los metía en una olla con garbanzos. Y si le quedaba alguno, lo ponía en una orza de barro bien cubierto con sal, mejor dicho, con el salitre, que no le llegaba para comprar sal.

Una tarde el correo nos trajo una carta de Francia. Como mis padres no sabían leer, fuimos los tres a casa del maestro. Nos abrazamos cuando nos dijo que mi tío, el que se había ido después de la Guerra, había encontrado un trabajo de pastor para mi padre en un pueblo cerca de Somport. Que el viaje y los papeleos correrían por nuestra cuenta, aunque eso del pasaporte lo íbamos a tener difícil con un hermano fugado.

Los días siguientes fueron de un intenso trajín. Mi madre limpió las latas de sardinas que le dieron en la tienda y las fue llenando de conserva de lagarto. El panadero nos regaló un pan. Mi padre le prometió que con los primeros duros que ganara le pagaría los panes que le debíamos.

A la semana ya estaba todo listo. Le dejamos la llave a una vecina y, antes de amanecer, emprendimos el camino que llevaba a Sierra Mayor. Mi madre hizo tres bultos con tres sábanas de lino. Allí metió la ropa y el calcero. Se puso el grande en la cabeza y los otros dos los llevaría colgando de los brazos. Mi padre con un colchón en la espalda, caminaba apoyándose en una vara. Yo llevaba la alforja con el pan que nos había regalado el panadero y tres latas de conserva.

Antes las cinco de la mañana ya habíamos llegado al punto de la carretera donde paraba el Ayerbense que venía de Biel. Como faltaba mucho rato, nos sentamos debajo de unos cajicos. Justo en el momento que mi padre sacó la navaja para cortar el pan asomó el morro un fardacho.

—Madre, no saque las latas. Igual comemos un bocado caliente —le dije en voz baja para que no se espantara.

Con cuidado, siguiendo las instrucciones de Cajeta, le acerqué una rama y él la mordió. Le di un golpe con el canto de una piedra, lo metí en la alforja y encendí una hoguera.

Con el humo se acercaron dos hombres con barba de varios días y envueltos en mantas zamoranas. Nos dijeron que eran guardias del monte.

—Nunca habíamos visto a un niño cazando lagartos —me dijo el más joven.

—¿Y qué tiene de malo?  —le contesté sosteniéndole la mirada

—Nada, nada —Se quedó pensativo—. ¿Es que no sabes que está prohibido?

—No lo sabía. Además llevamos muchas horas sin comer.

Sin mediar más palabras, me registraron la alforja y me quitaron las latas de conserva.

—Esto les va a costar treinta duros.

—¿Cómo? —dijo mi padre—. Pues no llevamos ni un real.

Se hicieron los sordos y, con una navaja, abrieron el colchón. Se llevaron los ahorros de mi madre.

Como nos habían dejado sin blanca, decidimos continuar andando y cogimos el camino de Bailo. Tardamos casi tres días en llegar al puerto por el que íbamos a cruzar a Francia. El último tramo lo hicimos por trochas muy pendientes. Subíamos mezclados con los rebaños y con otras gentes que tampoco querían ver a los gendarmes

Cuando ya bajábamos por el Valle de Aspe, en lo alto de una roca vi un lagarto tomando el sol. Nadie se fijó en él. Cuando le acerqué un palo, noté una mano que me cogía por detrás.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada, nada.

Rápidamente me incorporé a la fila de los que huíamos de España, mezclados con los rebaños, como si fuéramos bandoleros.

Al anochecer nos metimos en una corraliza. Nos habían dado permiso para descansar unos días a cambio de que mi padre guardara unos rebaños mientras los pastores iban a buscar otros. Nos dieron un poco de pan y queso. Me tumbé en el colchón que mi madre había puesto en una esquina del fondo para que no lo pisotearan las cabras. Esa noche pensé en Cajeta y soñé que los fardachos nos mordían los intestinos y se les quedaban los dientes agarrotados.

Alberto Luna, “Cajeta”. El Frago, 2011. Foto de Dolores Garmendia.

Alberto, eras de mi pandilla, de chicos y chicas, desde que íbamos a la escuela. De tu mano aprendimos a cazar lagartos y a segar espliego. Alguno se llevó una gusanera con tu puntería jugando al tejo. Nos hicimos mayores y aprendimos a volar. Tú navegaste cien mares y atracaste en El Frago, tu puerto más seguro.

Con tu bonhomía y buen decir llenaste estas calles que hoy se sienten huérfanas sin ti. Te has ido como querías, sin hacer ruido y con los bolsillos vacíos. Nos lo regalaste todo, tu corazón y tu sabiduría.

Y cuando llegue el día del último viaje/ Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, / ligero de equipaje, casi desnudo,/ como los hijos de la mar. (Antonio Machado)

Alberto Luna Montori. (El Frago, 28/02/1947-19/01/2021). En 1946, constaban como nuevos residentes de El Frago, Segundo Luna Luna y María Antonia Montori Garisa, de Biel, y su hija, Nuria (1945). En la calle Infantes 2, nacieron Alberto (1947) y Carlos (1949), que falleció antes de un año. Al poco tiempo también murió su madre. Alberto y su padre se fueron a vivir a casa Casildo, con su abuela Juana y sus tíos. A Nuria se la llevaron otros tíos, pero vivió poco. (Notas de archivo)

Lacertilla>Timon lepidus>Lagarto ocelado es fardacho de El Frago. Imagen de Pinterest.

Carmen Romeo Pemán.

¡Ojalá te parta un rayo!

De las fragolinas de mis ayeres

Mi madre, desde que se quedó viuda, cuando se enfadaba con alguien, le decía: “¡Ojalá te parta un rayo!”. Con el tiempo supe que aquello tenía que ver con la muerte de mi padre. Eso me lo contó Vicente, un día que subíamos atortolados por el camino de la fuente y tuvimos que correr por una tormenta.

Siempre había creído que la frase de mi madre era un conjuro contra las tormentas. Me contaba que las brujas fabricaban las nubes negras en la Punta de San Jorge y luego nos traían las tronadas y las  suflinas, que era como llamaba al viento racheado que llegaba delante de los rayos.

En cuanto el cielo se ennegrecía por esos parajes, corría a casa y me llamaba a gritos. Si no le contestaba se mesaba los cabellos como una loca. Cuando yo daba señales de vida atrancaba la puerta de la calle y, antes de cerrar las ventanas, en cada una ponía un cuchillo con el filo hacia el cielo. A continuación quitaba los plomos del contador, encendía una lamparilla y nos arrodillábamos delante de un cuadro de Santa Bárbara que tenía en la cabecera de su cama.

—Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Y en el árbol de la Cruz, paternóster, amén, Jesús —rezábamos las dos a la vez.

—Santa Bárbara bendita, líbranos de las chispas y centellas —continuaba ella.

Y volvíamos a empezar. Pero, con el primer trueno, me dejaba rezando y subía al granero, donde los ratones corrían a sus anchas entre los montones de trigo. Una tarde la seguí a ver dónde se metía y la encontré en el rincón de los trastos viejos. Estaba acurrucada entre los colchones de lana, con las manos se tapaba las orejas y a la vez bisbiseaba el santabárbarabendita.

Un día cayó una chispa en nuestro tejado, atravesó toda la casa por los cables de la luz y fue a morir en la lana de los colchones donde estaba mi madre escondida. Cuando olí la chamusquina, subí corriendo, pero ya no pude hacer nada. Todo estaba calcinado con ella dentro. Las llamas se extendían muy deprisa. Pero aún me dio tiempo de salir a la calle gritando. Acudieron los vecinos y antes de que llegara la noche ya habían sofocado el incendio.

Después de eso, me quedé como alunada y no podía seguir en aquella casa. A los pocos meses, me despedí de Vicente y me fui a servir con unos ricachones de Sierra de Luna.

La primera tormenta que viví allí me dejó completamente asombrada: no caían rayos en las casas y la gente se asomaba a las ventanas a escuchar los truenos. Al principio pensé que era un pueblo con mucha devoción a Santa Bárbara. A la mañana siguiente le fui a preguntar al cura:

—Mosén, querría que me explicara por qué Santa Bárbara atiende a las peticiones de los de Sierra de Luna y, en cambio, tiene abandonados a los de El Frago.

Me contestó que eso pasaba desde que habían puesto un artilugio en la torre. Me dijo que ya nadie se acordaba de la santa y que su cajeta estaba vacía.

Tanto me llamó la atención que empecé a abandonar las tareas  y me pasaba el tiempo yendo de casa en casa preguntando por el nuevo esconjuradero. Antes de tres meses me despidieron por malchandra. Decían que no me gustaba trabajar.

Aquello me revolvió las entrañas y pensé en Vicente. A los pocos días hice un macuto con mis cosas y me volví a El Frago. Como tenía que ganarme la vida, empecé a subir agua de la fuente para las familias ricas. Por la calle iba con la cabeza baja y solo comía los mendrugos de pan que me daban cuando llegaba con los cántaros.

Una tarde, estaba arrancando una lechuga de un huerto del camino de la fuente y se me acercó Vicente. Al verlo retrocedí. Cuando oí su voz me paré en seco.

—Tranquila, no te asustes.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—¿Qué he de hacer? Pues esperarte. Sabía que algún día volverías.

Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Me puse nerviosa y no acertaba a contestarle.

—Pues yo pensaba que les ibas a hacer caso a tus padres, que no querían que salieras con la hija de una bruja. —Noté cómo me subían los colores.

Nos quedamos hablando contra la tapia, a lado de mis cántaros, y nos volvimos a besar como antes de lo de mi madre. Después, todo pasó muy deprisa. El noviazgo, la boda, la casa, la niña y el día de la carrasca de Paradís. Justo cuando Vicente volvía a casa con el rebaño lo cogió una tronada en la Luba y se refugió debajo de la carrasca. Todavía se notan en el tronco las marcas negras del rayo que mató a más de veinte ovejas. Él se salvó de milagro, pero aún lleva el susto en el cuerpo.

Como le había hablado mucho del esconjuradero de Sierra de Luna, ese que don Valero Arbigosta, el médico, llamaba pararrayos, decidimos ir al Ayuntamiento.

—¡Buenas, señor alcalde! —dijo mi marido—. Venimos a quejarnos de que las tormentas son la gran amenaza en este pueblo. El otro día perdí la mitad de las ovejas y a mí casi me partió un rayo.

—¡Vaya descubrimiento si no me dices otra cosa! Rezad a Santa Bárbara y no perdamos tiempo que es hora de ir a soltar la dula.

—No, es que no se ha explicado bien. —Me ajusté la toquilla antes de seguir—. Mi Vicente quería decir que no tenemos que echar la culpa a las brujas ni rezar a Santa Bárbara, que eso no soluciona nada.

—Mira, creo que, en lugar de venir aquí, tendríais que haber ido a ver al cura.

—Déjeme acabar, se lo suplico. —La voz me empezaba a temblar—. Yo creo que la única solución es que el pueblo se una y compre un esconjuradero, uno como ese que don Valero llama pararrayos.

El alcalde comenzó a dar vueltas y nos dijo que teníamos unas ideas muy descabelladas por culpa de tantas desgracias familiares. Pero insistimos y volvimos varias veces con el médico. Después de mucho rogar y de hablar con otros vecinos, conseguimos que el Ayuntamiento pagara un pararrayos.

La otra noche una chispa rompió el reloj de la torre y todo el pueblo salió en desbandada. Nosotros nos quedamos en casa y le contamos a nuestra hija, que aún no tenía nueve años, que aquellas gentes corrían porque creían que las brujas de San Jorge andaban revueltas con el pararrayos, que lo confundían con un amuleto.

—Mamá, los truenos nos van a dejar sordos —dijo la niña, con las manos en las orejas.

—Eso es que tu abuela está cambiando los muebles de sitio. Seguro que se quiere meter en un armario con santa Bárbara y todo

2021. El Frago, torre de la iglesia con pararrayos. Colección de la autora.

Carmen Romeo Pemán.

La topografía de la centella del comienzo es de La nueva mañana, Córdoba, 23/02/2017.

Nacido en El Frago, de una tal Ambrosia

De las fragolinas de mis ayeres

Aquella nota, ¡puta nota!, la encontré en la escribanía de mi madre cuando revolví sus papeles después del entierro: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”.

A los cincuenta años, mi vida se volvía del revés. ¿No era mi madre esa señora rubia, de alta cuna, que me había criado con tanto cariño y esmero? ¿No era yo el hijo de un cirujano muy conocido en la ciudad? ¿No era yo mismo un médico famoso gracias a los esfuerzos de mis padres? ¿Quién era mi madre verdadera? ¿La habrían echado de su casa conmigo en los brazos? Mil preguntas sin respuesta se enredaban en mi cabeza. Tenía que ir a El Frago. Quería saber quién era la tal Ambrosia.

A los pocos días aparqué el coche en la entrada del pueblo, justo donde acababa la carretera de tierra y comenzaban las calles estrechas de roca viva. Subí una cuesta y solo me encontré con un viejo que estaba dormitando al sol. Se había sentado en un banco de piedra enfrente de una barbacana que daba al río. Me acerqué, lo desperté con cuidado y entablamos una conversación sobre el tiempo. Mientras escuchábamos el ruido del agua, le pregunté si conocía a Ambrosia.

—¿Así que pregunta por la señora Ambrosia?

—Sí, dicen que me parezco a ella.

—Puede que se dé un aire, sí. Pero ella era más guapa.

—¿Cómo que era?

—Pues claro, ya va para tres años que se murió. ¡Pobre Ambrosia! No fue nadie al entierro.

Se quitó la gorra y me acompañó hasta una puerta entreabierta y desvencijada. La empujé con fuerza y chirriaron los goznes. Un rayo de luz que entraba por la rendija de un ventanuco iluminó las losas del patio, cubiertas de zarzas, en las que corrían a sus anchas unas lagartijas verdes. Un olor ácido de estiércol y maderas podridas me hizo retroceder. Entonces, me saqué un pañuelo blanco del bolsillo y me tapé la nariz. En cuanto me acostumbré a la oscuridad, subí las escaleras estrechas y empinadas que llevaban hasta la cocina.

Aún estaban los tizones a medio quemar y del calderiz, o llares o como se llame, colgaba una marmita negra, de esas que se empleaban para calentar agua. A los lados dos bancos de madera carcomida y una silla baja de anea. Una de esas en las que las amas de cría amamantaban a los hijos de los ricachones. Me vino un mal pensamiento: ¿Y si mi madre les hubiera vendido mi leche? No podía ser. Pero, aun así, me cagué en los muertos de esa panda de caciques.

El ruido del bastón y los resoplidos del viejo, que apenas podía subir las escaleras, me sacaron de mi ensimismamiento.

—Entonces, ¿es usted el niño que se llevaron a la inclusa?

Noté una punzada en la boca del estómago. Tardé un momento en reaccionar.

—¿Qué dice?, ¿usted qué sabe?

—Pues, ¿qué he de saber? Lo mismo que todo el pueblo.

Me senté en el poyo de piedra que había debajo de la ventana y me cogí la cabeza con las manos. Empecé a imaginarme mi historia. Que a mi madre la habían echado de casa por haberse quedado preñada. Que se vio en apuros y me dio en adopción en casa de un médico sonado. Que les había pedido que fueran buenos padres y que le guardaran el secreto.

—¿Y qué es lo que sabe todo el pueblo? —Se lo preguntaba a él, pero, en realidad,  me lo estaba preguntando a mí mismo.

Le costó arrancar. A final me dijo que mi madre estuvo sirviendo en casa Navascués desde muy joven, casi una niña.

—Ya sabe usted cómo eran las cosas entonces. —Con tono de complicidad.

—Pues no lo sé. Es más, no tenía noticia de que existiera El Frago. Y menos casa Navascués.

—Verá. Como yo era un crío, no me enteraba bien. Pero luego lo oí contar muchas veces. Aquí se decía que los amos tenían derecho de pernada.

—¿Derecho de qué?

—Mire, que viene de la capital. No se haga el tonto. Pues eso. Que se podían tirar a todas las que servían en sus casas cuando quisieran y sin dar que hablar. Que todo se quedaba en casa.

Noté cómo, alrededor de mí, giraban el candil y los cacharros de la chimenea. Me apoyé en la pared y me cayó encima la tierra de los adobes. El viejo no callaba y seguía con la historia.

Habló del parto de mi madre en el camastro de paja que se veía al otro lado de la puerta de la cocina. Me dijo que la atendió mi abuela, que era partera. Que ella me inscribió en el registro y, esa misma noche, sin dejar que mi madre me viera ni me cogiera en brazos, me llevó a la inclusa en el carro de Navascués. El criado que la acompañó, ni siquiera se apeó. Ella me depositó en el torno, envuelto con un trozo de manta zamorana, y dentro, en medio de los pañales, metió una nota escrita de su puño y letra: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”. Y que ya nunca se supo nada más de mí en el pueblo. También me dijo que a los pocos días, antes de que se le secara la leche a mi madre, nació el primogénito de Navascués, mi medio hermano, y ella lo amamantó hasta que la dejó seca y se le mustió la mirada.

—¡Basta, basta! —Me acerqué para zarandearlo, pero él me apartó con el bastón.

—Pues aún no sabe toda la verdad.

Siguió y siguió. A mi madre la mandaron a la puta calle cuando se le aflojaron las carnes. Vivió de la caridad hasta que una mañana la encontró una vecina. Ya llevaba más de una semana muerta y nadie la había echado en falta. Se había entufado con un brasero. Como no podía comprar carbón, recogía los trozos que quedaban alrededor de las caberas, esos que iban mezclados con tierra y ardían mal.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillado con la cabeza apoyada en la silla de anea. Cuando me levanté el viejo había desaparecido.

Carmen Romeo Pemán

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

Gadea Castán, amanuense de Hildegarda de Bingen

#relato

Subí la cuesta del monasterio de Rupertsberg, así llamado porque se asienta en el promontorio rocoso donde está enterrado san Ruperto. Al llegar me quité las alpargatas mojadas, las puse a secar al sol, me ajusté la toca y me senté en un banco de piedra junto a otros que también estaban esperando entrar.

—No intentes colarte —me dijo un fraile, al que debajo de los hábitos le asomaba una pata de palo—. Todos hemos hecho largas jornadas por caminos embarrados. Todos confiamos en las profecías y los poderes de la abadesa Hildegarda. Ha curado a la mismísima Leonor de Aquitania.

—Yo no vengo a buscar ningún favor. Solo quiero entrar en el servicio.

—Pues más vale que te vayas. Ese es un privilegio reservado a personas nobles con dotes excepcionales. Hace años que no entra ninguna monja. Solo viven las veinte que vinieron a fundar con la madre superiora —contestó una mujer desdentada.

Me callé e intenté dormir un poco entre los suspiros y los olores purulentos de las llagas de esos mendigos harapientos. Se pasaron la noche hablando de los peligros de sus viajes y de la fama de santa curandera que había adquirido la abadesa.

Yo me aparté un poco para recuperarme de la última visión, la que me había llevado hasta allí. Durante varios días había visto cómo caían del cielo lenguas de fuego que incendiaban el promontorio del monasterio y sus gentes. Solo se salvaba la abadesa y una joven amanuense recién llegada.

No les dije que era una de las muchas hijas bastardas de don Castán de Biel. Ni que mi abuela había sido una camarera de la reina Felicia. Ni que yo me crié en las calles de Biel a la sombra de un castillo rocoso, en cuyas cuevas se reunían las brujas de la redolada. De esto les habría podido dar noticias ciertas. Que las brujas me visitaron desde que, a los tres años, comencé con las visiones, como le pasó a Hildegarda de Bingen, que se había convertido en la abadesa más famosa de toda la cristiandad. Tendría unos trece años cuando las brujas del castillo me subieron a un aquelarre a Monte Alto, justo en la explanada de la ermita de Santo Domingo. Nunca había visto tantas juntas. Y eso que solo acudieron las del Sobrepuerto.

Al acabar el aquelarre, les conté mis visiones. Según ellas, tenía que aprovechar ese don que tenía muy poca gente. Todas coincidieron en que era urgente que me enseñaran a leer y a escribir, y que contara por escrito mis profecías.

Me advirtieron que las mantuviera en secreto y que las escribiera yo, sin acudir a ningún amanuense. Que los hombres lo trastocaban todo. En realidad, se aprovechaban de que estaba prohibido que las mujeres leyeran y escribieran. Esa era una tarea plebeya estaba reservada a los secretarios y amanuenses, hombres que cambiaban adaptaban los escritos a sus gustos e intereses. Además, estaba penalizado que las mujeres nobles aprendieran a leer y a escribir, por eso las reinas exhibían su analfabetismo como señal de verdadera nobleza.

El día que me vino la regla mi padre me prometió al señor de El Frago, un rudo caballero, con pintas de forajido, al que solo le interesaban los arneses, los cascos y las espuelas. Esa misma noche me fui a la cueva del castillo e invoqué a mis amigas para que me sacaran de las garras de un matrimonio que no deseaba. Con ellas crucé los Pirineos y los Alpes. Y me dejaron en la orilla del Rin, cerca del monasterio de Hildegarda de Bingen.

—No es bueno que te llevemos hasta el monasterio. Tienes que acudir como una mendiga y conseguir ver a la abadesa con tus habilidades.

Hildegarda era famosa por sus visiones, pero nunca confesó que la visitaban las brujas. Y a mí me habían elegido para liberarla de unos amanuenses que no lograban entrar en los secretos de su corazón.

Hildegarda, una abadesa mística, médica, poeta y compositora musical, entre otras cosas, fue conocida más allá de las fronteras del Rin. Llegó a ser consejera de príncipes y reyes y la primera mujer que compartió con los frailes la predicación de la reforma del clero. No era usual ver en el púlpito de un pueblo a una abadesa con hábitos blancos y negros que había llegado a lomos de una burra.

Cuando me tocó el turno, me acerqué a la hermana tornera, me saqué de los refajos un trozo de cuero escrito y firmado con mi puño. Se lo entregué para que se lo hiciera llegar a la madre abadesa.

“Soy Gadea Castán, hija de un noble español. Desearía abrazar la regla benedictina y me gustaría entrar en Rupertsberg. Aceptaré las condiciones y trabajos que imponga la regla. Además me ofrezco como amanuense, porque tengo noticias de que ninguna de sus monjas sabe escribir”.

Esa noche dormí en el poyo de piedra con nuevos peregrinos igual de bullangueros y malolientes que los de la noche anterior. Al día siguiente la hermana tornera me hizo pasar. La abadesa estaba interesada en mis servicios y le había dado el beneplácito el abad de Disibodenberg, de quien dependían las monjas. Así fue como me inicié en la vida monacal y en la tarea de amanuense. Los otros frailes me miraban de reojo cuando entraba en la biblioteca. A través de sus hábitos se adivinaban los movimientos de reproche. Pero enseguida bajaban las cabezas y solo se veían capuchas inclinadas sobre las mesas y plumas que se movían con lentitud por los pergaminos.

A los pocos meses, Hildegarda quería que comenzáramos con su libro más querido: el Scivias, abreviatura de Scito vías Domini o Conoce los caminos del Señor. Allí pensaba contar sus visiones y quería escribirlo ella a solas conmigo. Me adjudicó una celda junto a la suya. Hacíamos el trabajo en su celda entre las horas de los rezos nocturnos. Aunque tratamos de no levantar sospechas, pronto aparecieron los celos y las envidias.

Los otros amanuenses hicieron públicos algunos fragmentos de los que íbamos escribiendo. Y les parecieron provocadores aquellos en los que defendía que la mujer disfruta en el ayuntamiento sexual tanto como el hombre. Causaron tal escándalo que me acusaron a mí. Según ellos la mente de Hildegarda no podía concebir semejante dislate. Decidieron apartarme de ella y someterme a  juicios de los prelados. A los pocos días iban a trasladarme a un monasterio lejano en el que había celdas de castigo.

Una tarde le pedí permiso a la abadesa para bajar con otras novicias a buscar agua al Rin. Y en un momento de barullo desaparecí por el camino que había llegado.

Invoqué a mis amigas, pero no acudieron. Emprendí una peregrinación de regreso que me costó casi dos años llenos de incidentes y peripecias. Cuando llegué a Biel nadie me esperaba, así que me alojé en casa de unos antiguos lacayos de mi padre. No tardé en enterarme que ya iba para un año que se había roturado la explanada de la ermita donde las brujas celebraban sus bacanales. Las busqué en la cueva, pero no las encontré. Si ellas no me daban señales yo no podría saber qué había pasado.

Me encerré en casa, en una habitación desde la que se veía el torreón el castillo. Solo salía para ir al guarnicionero a buscar los trozos de cuero que le sobraban cuando hacía los aparejos de las caballerías. En esos retazos fui escribiendo visiones y recuerdos hasta que me fallaron la vista y el oído. Y los metí todos en un talego que guardo en la falsa.

Ahora me siento en el banquero de la puerta y les cuento a los niños mis aventuras. Ellos se ríen a carcajadas y creen que son patrañas de vieja. Ya nadie sabrá nada de las brujas sabias que vivían en las peñas del castillo. Nadie recordará a Gadea Castán, una hija bastarda de don Gastón de Biel que llegó a ser secretaria personal de Hildegarda de Bingen, la mujer más poderosa del segundo siglo del primer milenio.

Carmen Romeo Pemán

Mujeres y más mujeres

A mi hermana Maruja. Por todo.

Alodia, nunca llegué a decirte cuánto te agradecí que me contestaras a mi carta. La guardo en el cajón de mis recuerdos favoritos.

Hoy, al releerla, ¡como tantas veces!, me he puesto un poco nostálgica y me he parado a pensar en aquellos miedos que se nos quedaban mezclados con las gotas de saliva que no podíamos tragar.

Antes de dormir, mamá nos leía cuentos de príncipes encantados que luchaban contra dragones y monstruos. En ese momento nosotras apretábamos los dientes y tragábamos saliva. Cerrábamos los ojos para que pensara que teníamos sueño. Nos hacíamos las dormidas y ella se iba. Cuando todo estaba en silencio, comenzábamos nuestro parloteo.

En realidad no nos daban miedo los dragones. Al revés. Cuando el príncipe encantado los vencía sentíamos una gran satisfacción, como si hubiera vencido al malo. Pero nosotras sabíamos que los dragones eran de papel y que el malo existía de verdad. Ese miedo no nos venía de los cuentos, aunque alguna vez llorábamos con las desgracias de Padín.

En cambio, nos hacían temblar las aventuras de Felisa. Una niña de unos doce años, que venía con nosotras a la escuela. En su casa nunca había nadie. A su padre se lo habían llevado cuando la guerra y su madre se ganaba la vida lavando en el río. Y ella se pasaba los días por los descampados con chicos y con algún mozo. Yo vomitaba cuando nos decía que muchos la obligaban a que les chupara esa cosa como si fuera un caramelo. Pero lo peor llegaba con eso de que le arrancaban las bragas y le dejaban manchas de semen en las enaguas. Entonces me encogía y me apretaba los brazos contra el estómago jurando que no dejaría que me tocara ningún hombre.

Aquellas conversaciones nos iban dejando un sabor amargo. Una noche nos pinchamos con una aguja de coser en la yema del dedo corazón y juntamos nuestras gotas de sangre: “Nunca tendremos relaciones con un hombre”.

Alodia, a ti se te ocurrió buscar vidas de mujeres que nunca hubieron tenido relaciones con hombres en la enciclopedia de papá. Pronto llegamos coleccionar un montón de santas. Pero eso empeoró las cosas. A casi todas las habían martirizado por no querer relaciones sexuales. Ni tú ni yo queríamos que nos pasara lo mismo que a santa Úrsula y a las once mil vírgenes que la acompañaban.

Con las vidas de las santas conocimos los artilugios con los que las habían torturado. El clavo de santa Engracia, la rueda dentada de santa Catalina y la hoguera de Juana de Arco. El cuchillo con el que le cortaron los pechos a santa Águeda. El hacha con la que decapitaron a santa Cecilia. Los ganchos con los que desgarraron la carne de santa Eulalia. ¡A santa Inés y a santa Emerenciana las llevaron a un prostíbulo y después las quemaron vivas! ¿Y todo era por ser mujeres? Nos preguntábamos tiritando, a la vez que un sudor frío nos recorría la espalda.

Entonces, quisimos saber más y buscamos nombres de mujeres que hubieran vencido obstáculos. Manoseamos la enciclopedia varias veces, pero nada. Un día, por casualidad, nos paramos en Hildegarda de Bingen, una monja escritora. Leímos y releímos su biografía.

—Si hubo una en la Edad Media tuvo que haber otras antes y después –me dijiste agarrándome las manos.

—Pues para encontrarlas tendremos que volver a pasar las hojas muy despacio –te respondí. Aunque yo no estaba convencida.

Nos pasábamos tardes enteras recorriendo aquellas páginas con el dedo. ¡Qué emoción cuándo encontrábamos alguna!

En nuestro cuaderno crecía la lista de nombres y por las noches cuchicheábamos sobre nuestros descubrimientos. Y, de tanto hablar de ellas, llegamos a creer que a muchas les había pasado lo mismo que a nosotras.

—¿Te has dado cuenta? —Te tirabas del flequillo como hacías siempre que ibas a contarme algo importante—. Podemos agruparlas por equipos.

—Vale —te respondí. Como un resorte, me levanté de la cama a buscar el cuaderno y el lápiz que teníamos escondidos en el fondo del cajón de los zapatos.

—¡Ya lo tengo! —levantaste tanto la voz que tuve miedo a que despertaras a papá y a mamá—. El primero será el equipo de las Mujeres castas que lucharon con uñas y dientes. Las que no se dejaron violar. Aquí te van los primeros fichajes: Susana, Sarah, Rebeca, Ruth, Penélope.

—¡Anda! ¿Te has dado cuenta de que casi todas son de la Biblia? ¿Y si cogemos la que mamá tiene en su mesilla? Seguro que le gustará que queramos leerla.

—Pues a mí me gustan más las de la enciclopedia —me dijiste—. Y ya sé cómo las voy a llamar: Mujeres guerreras que lucharon por la paz. ¿A qué suena bien? Van a la guerra para conseguir lo contrario que los hombres.

—¡Bravo! —Aplaudí.

A la noche siguiente continuamos con nuestros equipos.

—Vamos a empezar con unas cuantas y ya nos irán saliendo más —me dijiste metiéndote el dedo por la nariz—. De momento vamos a fichar a Nicaula, Fredegunda, Blanca, Semiramis, Pentesilea, Artemisa, Camila y Berenice.

—¡Vaya nombres, Alodia! No sabemos ni pronunciarlos.

—Pues nosotras las haremos famosas. Ya verás que cara ponen nuestras amigas cuando les hablemos de Fredegunda. Igual la confunden con la señora Raimunda.

Nos echamos a reír las dos a la vez, tapándonos la boca, para no despertar a nuestros padres que dormían en la alcoba de al lado.

—Bueno, pues ahora yo te propongo otro equipo. El de las mujeres sabias. Y ficho por Cornificia, Porba, Safo, Medea, Circe, Minerva, Ceres, Isis, Aracne, Pánfila y Tamaris. ¿A qué no sabes de dónde las he sacado?  —En mi tono había cierto retintín.

—¿Y lo has hecho sin decírmelo, traidora? —me contestaste decepcionada de que no te hubiera dejado participar en mi nueva aventura.

—Es que he aprovechado un rato que papá ha salido del comedor y he mirado en un diccionario de mitología. Allí se han quedado muchas más. Y encima ya estaban hechos los equipos. A unas las llamaban Damas de templado juicio, como por ejemplo a Dido y a Lavinia. Y a otras, Mujeres de visión profética, como a las diez sibilas, a Deborah, a la reina de Saba y a Casandra.

—Pues para que te chinches, en el misal de mamá he encontrado a Afra de Hausburgo, una prostituta que llegó a ser santa, como la María Magdalena de los Evangelios.

—¡Anda, la osa! ¡Igual resulta que algún día Felisa llega a ser santa! —exclamé, sin poder contener el grito. Y tú me pellizcaste en la mejilla. Habíamos quedado que hablaríamos en voz baja y que nadie se enteraría de nuestro secreto.

Unas noches después le contamos a mamá lo de Felisa y del miedo que nos daban los hombres. Pero no nos contestó. Después de mirarnos un rato en silencio, cogió nuestras cabezas, nos dio un beso en la frente y nos dijo:

—Mis princesas, estos miedos se os pasarán el día que os encontréis con un príncipe encantado que haya matado muchos dragones.

Carmen Romeo Pemán

Barullo en el tranvía

A Inmaculada Martín, que me lo inspiró con su cuaderno de dibujos

Estaban dando las nueve de la mañana en el reloj de la audiencia cuando llegué a la Facultad de Filosofía muy sofocada. Acababa de tocar el timbre de entrada a clase, pero algunas de mis compañeras se habían quedado rezagadas en la escalinata principal.

—Chicas, esperadme, que ya llego.

Subí las escaleras de dos en dos y me uní al grupo.

—¡Menos mal que me habéis esperado! Así mejor. —Tomé aliento—. Este profesor es muy raro y no le gusta que lleguemos tarde. Si abrimos la puerta todas juntas yo creo que nos dejará pasar

—Pues no lo sé —me contestó la de la cazadora vaquera—. Ya sabéis que no quiere que nadie entre detrás de él.

—Y luego se pasa la clase charra que te charra con los alumnos. Siempre nos cuenta las mismas batallas —dijo otra, que ese día se había puesto tacones. Las demás llevábamos deportivas.

Como yo llegaba muy excitada, comencé a hablar sin parar.

—Perdonad el retraso. Pero no he podido correr más. ¿A qué no sabéis qué me acaba de pasar? ¡Jo, qué fuerte!

Cuenta, cuenta, dijo la de mi izquierda.

—Pues nada. Que venía en el tranvía, de repente ha frenado en seco y nos ha tirado al suelo. Todo el mundo ha empezado a gritar. El tranvía se ha parado y hemos bajado a ver qué pasaba. Y, justo delante, había una señora temblando de miedo. No la ha atropellado. Pero le ha ido por los pelos. ¡Menos mal! El tranvía ni la ha rozado.

Un ¡oh! generalizado me animó a seguir.

—Entonces, al ver que estaba bien, la gente ha comenzado a gritarle y he oído a uno que decía: “Una vieja tenía que ser. Y además mujer. No hay derecho que no respeten los semáforos y pongan en peligro la vida de los demás”.

—¡Joder! Siempre lo mismo —terció la que tenía justo enfrente de mí—. Estas cosas me encorajinan.

—Pues espera —continué—. Me he acercado a ver a la vieja. Y resulta que no era tan vieja. Mirad qué casualidad, era mi amiga Pilar, que tiene unos treinta años.

—Esa que nos contaste que la habían operado de un pecho —volvió a intervenir la de los tacones.

—Sí, esa. Lo que pasa es que con eso de la quimio la han dejado hecha una piltrafa. A mí también me ha parecido muy mayor.

—¡Pobre! —me contestó la misma

—Es que llevaba un pañuelo que le tapaba toda la cabeza y un sujetador que, como se le adaptaba mal a la teta que le queda, la inclinaba hacia adelante.

Les conté que cuando me acerqué a ella me quedé de una pieza. Que casi no me atrevía a decirle nada. Que había desaparecido la universitaria que hacía unos meses solo pensaba en mejorar su inglés y hacer varios másteres. También les dije que supe reaccionar a tiempo. Cuando le pregunté:

—Pilar, ¿qué te ha pasado?

Se volvió hacia mí y me reconoció.

—Pues, nada. Estaba en las musarañas y no me he dado cuenta de que pasaba por delante del tranvía. Yo creía que los males siempre les ocurrían a los demás. Nunca hubiera pensado que un cáncer me podría tocar a mí. Y ¿sabes que es lo peor? Pues que no me he dado cuenta de que cruzaba la calle. Que siempre, siempre, voy por el paso de peatones.

Mis compañeras miraron sus relojes y yo abrevié:

—Así que la he acompañado hasta su casa, un par de calles más arriba. Por el camino me ha dicho que eso le ha pasado en el momento en que se acababa de enamorar y había encontrado trabajo. Al despedirnos me ha soltado: “La vida no es justa. ¡Tantos años estudiando y luchando para conseguir un trabajo! Y ahora, de repente, todo se me viene abajo”.

La de la cazadora vaquera me apretó el brazo y dijo.

—¡Vaya putada! No sabes cómo lo siento.

Yo me pasé las manos por la cara, ajusté los papeles de la carpeta y comenzamos a caminar hacia el aula. Cuando íbamos a llamar a la puerta, les dije:

—Bueno, el caso es que con todo este barullo se me ha hecho tarde. Y ¡vaya susto que llevo! Aunque esto es solo un aviso, cualquier día nos puede pasar a nosotras.

—¡Anda ya! No pienses en eso. Ya veremos qué nos toca. De momento carpe diem, como dice el profesor de Latín —contestó una que había estado escuchando sin decir nada.

Mientas tanto la de los tacones golpeó con los nudillos y salió el profesor con cara de pocos amigos. De repente oí una voz ronca:

—Que sea la última vez. La próxima, aunque vengáis en grupo, no os dejaré pasar.

Carmen Romeo Pemán