A un profesor en la cuarentena

#covid-19 #todoirabien #telenseñando

Hola, Juan, Elena, Javier, Gisela, Alejandro, Ana, Paula, Estefanía, o como te llames. Tengo delante una foto, un selfie, en el que estás dando clase online. Las pantuflas y el chándal de andar por casa contrastan con la camisa de lino recién planchada. La sonrisa y los ojos radiantes que se reflejan en la pantalla del ordenador no pueden ocultar unas ojeras que hablan de muchas noches en blanco.

Con los dedos de tu mano izquierda tamborileas la mesa. Al otro lado del teclado, junto a una humeante taza de café, están los paracetamoles que te mantienen en pie.

Yo también fui profesora. Me gustaba entrar al barro y, a veces, sueño que estoy en el aula. Mis alumnos inmigrantes me escribían un email todas las noches buscando calor en mis palabras. Poco a poco fuimos moldeando su capacidad de escritura.

Y, ¿qué tiene que ver esto contigo? Pues mucho. Más de lo que te piensas.

Cuando leí: “se cierran las clases sine díe”, me acordé de ti. La noticia me sacudió. “No, no se cierran las clases ni los centros”, pensé. Todo seguirá funcionando de forma bastante natural con tu esfuerzo y el de todos tus compañeros. Se mantendrán el horario de las clases, las reuniones de profesores, las tutorías con los alumnos y con los padres.

En pocas horas, a marchas forzadas, magnis itineribus, como contaba César en La guerra de las Galias, tienes que aprender nuevas aplicaciones informáticas. Con gran esfuerzo te pones al día. Pero te resulta duro cambiar la pizarra por la pantalla del ordenador y la vida del aula por fotografías fijas. Ahora sí que te sientes solo ante el peligro.

En los días que llevamos de cuarentena, tenemos abundante tinta de periódico sobre los efectos de  la nueva forma de enseñar. Se pone el acento en la “brecha social” que provoca la enseñanza a distancia entre los alumnos. ¿Acaso no existía una brecha mayor cuando yo iba a la escuela y cuando estudié Bachillerato como alumna libre desde un pueblo de la España rural? Muchas de mis compañeras acabaron sirviendo en familias de ricos. Sin hablar de todos los alumnos que, por sus problemas de salud, tuvieron que hacer todos los estudios a distancia, por correo.

Después, con el nuevo Estado de Bienestar y con la emigración a las ciudades, nos pareció que esa distancia se había acortado. Y se acuño el término “fracaso escolar”. Un nuevo punto de vista para acercase al mismo problema. Pero, con el fracaso, el dedo acusador apuntaba hacia los profesores. Era nuestra culpa, no sabíamos motivar a unos alumnos que venían desmotivados de fuera. Con los nuevos inmigrantes extranjeros se volvió a hablar de “brecha social” y con la pandemia del coronavirus se ha añadido un matiz a esa brecha: las dificultades de muchas familias para adquirir las tabletas que exigen las clases online. En mis tiempos, esas mismas dificultades eran para comprar la Enciclopedia Álvarez.

No es que con estas comparaciones quiera quitar hierro a los fenómenos actuales. Tan importantes siguen siendo hoy como lo fueron en su día.

Simplemente quiero subrayar que en todos los casos se olvidan de nosotros, de los maestros y profesores, que nos dejamos la piel para sacar a nuestros alumnos de las brechas y fracasos.

Sé que hoy tu esfuerzo es extraordinario. No es fácil aguantar el tipo, vencer el miedo propio y abrir una plataforma en la que unos niños, o unos adolescentes, esperan tus palabras de aliento. Porque ellos también sufren en silencio. Porque con el aislamiento se les ha despertado una nueva sensibilidad y unas nuevas ganas de aprender.

Sé que no te resulta fácil nadar por esas endiabladas aguas de las redes en las que, dando bocanadas como los peces atrapados, buscas la manera de salir y sacar contigo a tus alumnos.

—Buenos días, por la mañana. Todo va a salir bien. —Son las primeras palabras que pronuncias desde la noche anterior.

Te has pasado gran parte de la noche buscando nuevas formas de llegar a todos y telenseñar con éxito. Esta reclusión te pesa más por tus alumnos que por ti. Eso te motiva y das las clases con mucha rasmia. Además, te pasas horas muertas chateando con tus pupilos y les abres un camino a la esperanza.

En la soledad y en la distancia física, has llorado las muertes que han flagelado a las familias y tus palabras son el mejor consuelo que han recibido.

Te podría despedir con grandes epítetos. Te podría decir que eres un héroe, un ángel de la guarda, una estrella que ilumina el camino. Pero no. Es algo más sencillo y más grande. Esta pandemia ha sacado lo mejor de ti y nos has demostrado que eres un enseñante de pura raza. Que eres capaz de desafiar a las bolitas rojas que llenan las calles como los vilanos de la primavera.

Carmen Romeo Pemán

Los narvileños

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

Cuando llegué a Narvil, una pardina cerca de El Frago, conocí a los narvileños, una tribu de sedientos que se irritaban si se encontraban con un extraño.

Vivían en un terreno enlodado y pantanoso, con abundantes charcas de aguas cenagosas. Las llamaban balsas, si eran grandes, y balsones, si eran pequeñas. Todas estaban cubiertas con pan de rana de un verde brillante. Por encima sobrevolaban las libélulas a sus anchas y  el zumbido de los mosquitos resultaba ensordecedor.

Intenté cruzar la balsa que había a la entrada. Metí los pies en el agua, se me hundieron en el barro y apenas pude avanzar. Estaba en plena lucha titánica con el fango cuando se me acercó un narvileño. Tenía la piel resquebrajada y le faltaban todos los dientes. Me pareció un leproso. Pero, cuando le vi sacar la lengua, como hacen los perros, me di cuenta de que estaba sediento. Se me acercó mucho y noté el calor del fuego que salía de sus ojos. Intenté retroceder. A duras penas pude salir de aquel balsón y alejarme de aquella mirada que amenazaba con abrasarme.

Envuelta en légamo y rodeada por una nube de abejorros, tomé el camino del pinar. Era más pedregoso y el lodo desaparecía a medida que ascendía por la ladera del monte. No pude avanzar mucho. De los troncos de los árboles salían unos brazos sarmentosos que acababan en ganchos. Todos intentaban arrancarme la cantimplora que colgaba de mi espalda. Si me la quitaban, yo me volvería un sediento como ellos.

De repente sentí mucha sed, se me nublaron los ojos y me caí de bruces. Oí cómo rodaba la cantimplora por el suelo. Con el estruendo de mi cuerpo al chocar contra una roca, desaparecieron todos. Se esfumaron entre las sombras de los pinos. Si no lograba alcanzar la cantimplora, yo también desaparecía como el humo en el aire.

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Carmen Romeo Pemán

Día del libro. Presentación. Pilar Martínez Barca, “En luna llena”

#Yomequedoencasa

Estamos confinados por la pandemia del coronavirus. Hemos aprendido sustituir los actos presenciales por los virtuales. Hemos cambiado el contacto por escritos e imágenes virtuales.

Así que, desde mi casa, voy a imaginarme la presentación de En luna llena, un poemario  de Pilar Martínez Barca, editado por PRAMES.

Carmen Serrano. 1

Carmen Serrano acompañando a María Pilar en una de sus presentaciones

Llego apresurada al FNAC y en la puerta me espera Pilar Martínez Barca con Carmen Serrano, empujando su silla de ruedas. Las conozco por separado. Nunca las había relacionado. Las saludo con efusión.

—Anda, ¿así que os conocéis? —Carmen se vuelve hacia mí—: ¿Y tú, de qué conoces a María Pilar?

—Desde hace muchos años. Fue uno de esos momentos mágicos que nunca se olvidan.

—Es que María Pilar siempre cautiva. Pero, cuenta, cuenta.

Le cuento que conservo una imagen fotográfica de nuestro primer encuentro.

Era el curso 1978-1979, yo acababa de llegar de Teruel al Instituto Goya de Zaragoza. Una tarde, un poco antes de Navidad, al acabar mis clases, fui a dejar la libreta de notas en mi armario del Departamento de Lengua. Me sorprendió que estuviera la puerta entornada, Y aún me sorprendí más cuando vi a una adolescente en una silla de ruedas, sola. Estaba tan concentrada en su escrito que ni se enteró de que yo había aparecido.

Sin que lo notara, me apoyé en una estantería, como si me hubiera dado un mareo. Y es que en su lugar estaba viendo a Pili Rizo, una alumna de Teruel, también con parálisis cerebral. Las dos tenían tetraparesia con más de un 80% de discapacidad reconocida. Pili había sido mi alumna más querida y más brillante.

La volví a mirar, me acerqué y le toqué el hombro. La saqué de su ensimismamiento, y sus ojos me cautivaron.

—Es que soy alumna del Instituto Nacional de Bachillerato a Distancia (INBAD) y estoy haciendo un examen de Lengua con Carmen Sender —a la vez que me hablaba le temblaban las manos.

—Tranquila —Le acaricié el hombro—. Veo que Carmen Sender te ha dejado tu tiempo y no quiero molestarte.

Guardé mi libreta. Le di un beso en la mejilla y me fui. En el camino a mi casa se cruzaban dos sillas de ruedas, dos miradas inquisitivas, dos almas grandes atrapadas en unos cuerpos que no les correspondían. O sí. Esa limitación externa podría ser el acicate que moldea personas fuera de lo corriente, personas talentosas con valores interiores muy profundos.

Después vinieron más relaciones. En 1989 celebramos un acto hermoso en el Instituto. Fuimos combinando los poemas de su libro Historia de amor en Florencia con cuadros de Isabel Guerra. Rosa Palacios, la profesora de Arte, comentaba los cuadros y yo sus poemas.

De repente, me doy cuenta de que María Pilar está callada en la silla y me mira como si yo fuera una aparición.

—¿Te acuerdas? —me dirijo a ella.

—Pues claro que me acuerdo. Me has hecho recordar a Bernardo Bayona, a Pilar Idoipe y a la madre Paz González Moro, que tanto me marcó.

Entonces saco una cuartilla del bolso y le digo:

—Seguro que no te esperas esto que te voy a leer. Lo escribiste en 2014 cuando falleció la madre Paz.

In memoriam. Paz González Moro. En 1978, comenzaba yo el BUP en el INBAD. “No sabíamos cómo hacerte los exámenes, pero el Director del INBAD en el Goya me dijo que eras inteligente, que te diera una oportunidad. Y decidimos hacértelos tipo test”. Del casi autodidactismo –con las clases de mis padres en casa– y la oportunidad de sacar el Graduado Escolar con la asociación Auxilia, a la Universidad, tres grandes profesoras y mujeres me marcaron en el Bachillerato: Carmen Sender Garcés, Lengua y Literatura; Mari Paz González Moro, Matemáticas; Rosa Palacios Gil, Historia e Historia del Arte. Belleza, voluntad y creación.

—Y un poco más adelante seguías:

Fui a presentar mi libro La fuerza de los límites en el Episcopio y en el IES abulense López Aranguren, donde la madre Paz me acompañó y me dijo; “Lo más bonito que he hecho en toda mi carrera ha sido ayudarte a sacar los estudios”.

María Pilar se quedó pensando sin mover un músculo. Y, sin darle tiempo, aproveché para dar un giro a nuestra conversación:

—Oye, ya sé que como niña solitaria te refugiaste pronto en la poesía. Pero me gustaría saber qué te supuso el Instituto Goya.

—Jejeje, —Se ríe y cierra los ojazos—. Eres tramposilla —me dice—. Creo que lo sabes de sobra. Carmen Sender me influyó mucho. Iba a tutoría con ella y cada día me repetía lo mismo: “Tienes que escribir porque tienes mucho que decir”.

—Pues fue clarividente. Entonces tenías mucho que decir. Y hoy te lo repito yo. Ya has dicho muchas cosas, pero aún te quedan muchas más en el tintero. Así que, sin perder tiempo, vamos a ver de qué va En luna nueva. Un poemario que ha estado esperando esta publicación desde que el año 2015 ganó XXIII Premio Nacional de Poesía “Acordes”.

—Vamos —me responde, con una voz aterciopelada que guarda para los que más quiere.

Foto portada

 

Si sus primeros libros, Epifanía de la luz de 1988 e Historia de amor en Florencia de 1989, fueron para mí una gran revelación, los doce libros siguientes han sido la consolidación y la profundización de aquella voz incipiente.

Desde su primer poemario pensé: “¡Madre mía, qué buena es!”. Pilar es un ser de luz que nos ilumina con su poesía y hace realidad los deseos de Carmen Conde en sus libros Sea la luz y Ansia de la gracia.

A Pilar, cualquier rayo de luz le sirve para iluminar los abismos de nuestro ser. Su último libro, En luna llena, la luz nos llega de la luna, la diosa Astarté, la diosa madre, la diosa femenina por excelencia. La que exalta los valores del amor y la transcendencia de los placeres carnales. Pero Pilar transciende el mito, y todos los placeres nos llevan al conocimiento y a la plenitud de la gracia

Encabeza el libro con dos citas, dos agujas para navegantes. Así el lector no pierde el hilo poético con el que teje esta madeja de finas hebras.

…siempre fuiste viciosa de la luna y de las historias que se inventan o se recuerdan bajo sus efectos narcóticos. Carmen Martín Gaite.

Amar es compartir la luna llena. María Jesús Sanjuán.

En sus poemas de juventud ya estaban las semillas de los frutos que hoy recoge En luna llena. En este, y en todos sus libros, oímos una voz de altos vuelos literarios. Tan altos que Pilar ya es una referencia en la poesía española contemporánea. Y una voz única entre las personas con discapacidad funcional.

La primera vez que leí el libro, cuando lo cerré, se me quedaron colgando unos versos que sintetizan el sentido de los trece poemas que lo integran.  Y, si me apuráis, son la clave de toda su andadura poética.

    • Mi Señora, la Luna, me ha invocado.
    • Presagios de gaviotas entrecruzan los sueños,
    • ese estrecho sin luz de la memoria.
    • Y me va renaciendo tanta pasión antigua,
    • comunión con la Diosa de la Tierra,
    • del Agua y de la Sangre.

El mensaje poético

En luna llena es un libro introspectivo y de memoria nostálgica de su pasado. Por aquí desfilan las personas y los objetos que fueron significativos en su vivir cotidiano. Esas personas y objetos que ya solo perduran en su recuerdo.

Su poesía, como la de Carmen Conde, brota de un arraigo religioso, de una voluntad ascética, de un vitalismo existencial y de una fe muy segura. En las dos, se une la conciencia de ser mujeres, su vocación de escritoras y su condición de creyentes.

María Pilar depura la realidad y cultiva las grietas. Fractura la realidad o espera a que se agriete para captar lo que está más allá del simulacro. Parte de lo concreto y se abre a un mundo imaginario. Con la palabra llega a la esencialidad de los objetos de su entorno.

Algunos recursos literarios

Utiliza un yo poético objetivado, siempre en tercera persona, que es el trasunto de su personalidad y el portavoz de las verdades eternas. Su madre se convierte en la madre y su admirada Victoria Atencia en la niña que toca el arpa.

El ritmo brota del fluir de natural de las palabras, acompañado por estructuras sintácticas y semánticas rítmicas.

—¿Cómo trabajas la métrica, Pilar? —le pregunté en una de nuestras frecuentes charlas.

—Los metros me salen espontáneos, después de mucha práctica. Últimamente intento romperlos a conciencia por innovar.

Y los rompe bien. Porque en ningún caso se pierde el ritmo dominante.

Trabaja mucho el vocabulario. Junto al uso dominante de palabras cotidianas, nos asaltan palabras inesperadas que dan un nuevo punto de vista a todo el poema: calmo, hondo, entrerrosado,

Sintagmas en los que junta dos palabras que cobran un nuevo significado: entrañada de otoño.

Invierte las frases hechas para darles un nuevo sentido: Hablamos de lo humano y lo celeste-

Usa la intertextualidad con gran dominio, especialmente el poema Postal en las páginas, en el que explícitamente su voz se mezcla con la de María Victoria Atencia.

Estructura general del libro

Si escribir es hacer arquitectura, como decía Pedro Salinas, nunca hubo una casa mejor construida que este poemario. Los poemas parece que están puestos al azar. Pero no, en ese camino hacia la ascensión final, unos sustentan a otros. Y todos tienen sentido cuando los hemos leído en el orden que ha elegido su autora.

  1. Crepúsculo interior

En este crepúsculo interior, la luz del alma de Pilar brilla mil veces más que la del exterior. Y, a diferencia del crepúsculo de fuera, nunca se apaga.

Podríamos considerarlo como un poema prólogo en el que parte de un yo presente en constante experimentación y evolución. Un yo atento a la realidad exterior y a las cosas. Como en muchos poemas de Juan Ramón, los objetos nos llevan a la transcendencia.

    • Ahí están los tejados, tan diversos
    • y las suaves estrías de las nubes,
    • y el reflejo irisado del crepúsculo.

A partir de estos tres elementos, con un suave ritmo ternario, llegamos a un interior en el yo comulga con lo trascendente. Esta actitud nos recuerda al poema Intelijencia de Juan Ramón: “Que por mí vayan todos/los que no las conocen, a las cosas” (Eternidades)

En Crepúsculo interior iniciamos un viaje como el de Carmen Conde  en el Ansia de la gracia. Iremos disfrutando del camino a la transcendencia.

Pilar siempre parte de un aquí y un ahora, desde donde levanta el vuelo. El atardecer del interior de la casa nos lleva al atardecer dentro del alma. Los objetos y las experiencias corporales le sirven de trampolines para abrirnos el yo más bello y más calmo, el que se produce en los abismos del yo poético.

    • Pero es más bello contemplar muy calmo
    • cómo atardece dentro, allá en lo hondo
    • Contemplo la ventana, ya es de noche
    • y se acerca la hora de la entrega,
    • de la dádiva hermosa, de los frutos.

Y toda la experiencia interior está vivida como una entrega amorosa corporal. Como el ansia de encuentro de los enamorados. Qué cerca estamos de la experiencia mística de San Juan de la Cruz.

  1. Mesa de trabajo

La mesa de trabajo trasciende todas las fronteras de un cuadrado de madera y nos muestra la riqueza que puede esconderse en esa superficie: todo un mundo que la autora comparte con nosotros y lo hace, también, un poco nuestro.

Además le sirve para reflexionar sobre la inspiración poética. La escritora ya no se siente un médium, como en la concepción romántica. Ella, en la soledad de su mesa de trabajo. lucha con el papel en blanco para que la lleve a encuentro con su yo más íntimo.

    • Se dora ya la mesa y sus contornos,
    • mientras la luz se posa tan callada
    • como el aire entrañable de poniente.

Los objetos cambian con luz, como en la pintura impresionista. Y como los impresionistas  tiene predilección por el poniente y por el otoño. Por la naturaleza en su estado pleno, como en el poema de Juan Ramón Jiménez, “El otoñado”.

  1. Postal en las páginas

Encuentra una vieja postal en el libro De Marta y María de María Victoria Atencia, al que pertenece el poema: Que tu mirada colme mi pecho de ternura, uno de los versos del poema.

Esa postal es un poema visual entre otros muchos escritos en las páginas del libro. Pilar nos traduce ese poema en bellas frases que nos hacen ser, como ella, parte del libro, parte de la postal, y parte de la música del arpa hecha poesía.

    • La niña tañe el arpa, y un acorde
    • de cálida armonía va fluyendo
    • de su mirada ausente y silenciosa.

Hasta tal punto se siente ensimismada en el libro que hace suyos algunos versos de María Victoria Atencia.

    • A veces, sin quererlo, los instantes,
    • los versos entrañados, las figuras,
    • pasaron a ser carne en nuestra carne,
    • aliento consagrado en nuestro espíritu.

El mar de Atencia entrando en su casa es a la vez un sueño fantástico y un símbolo de la poderosa intensidad de la naturaleza y su efecto dominante sobre los hombres.

María Victoria Atencia también se servía de referentes concretos y de experiencias vividas. A partir de ellos, con esquemas simbólicos y con imágenes visionarias, llegaba a la transcendencia. No nos extraña, pues, que sea una de las autoras preferidas de Pilar.

  1. Tarde de domingo.

Tarde de domingo que ahora, en estos tiempos de confinamiento, es una llamada a la esperanza, a disfrutar de nuevo de cosas que, quizá, con las prisas de correr siempre al exterior, habíamos dejado olvidadas. Y un homenaje a la familia que devuelve a ese centro de nuestra vida todo su valor.

Cuando comienzo la lectura me invade el espíritu sosegado de la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León y no me abandona hasta el final.

    • Hace frío del lado de la noche,
    • y todo se recoge en la salita
    • con esa sencillez que impregna la costumbre.

No me resisto, y voy a copiar el retrato de la madre.

    • La madre, reposada, repasa los periódicos,
    • la sombra tras la sombra, las miserias
    • del hombre y su contorno. Todo es cálido
  1. Nostalgia naif

Un cuadro detallado, color, luz y vida que la autora convierte en frases, en párrafos, que nos hacen entender cómo se puede ver con los ojos del alma la nostalgia.

Este poema de estructura circular pretende atrapar para siempre la belleza que encuentra en un paseo por el parque.

  1. Cuarto de baño

¿Cómo puede sentirse el inicio de una jornada con esa intensidad? En ese cuarto de baño la imaginación de la autora se prepara, se acicala y se viste de gala para salir de allí dispuesta a que mil cosas se derramen, hechas palabra y luz, en esa jornada a la que se enfrenta día tras día.

Uno de los poemas más bellos en el que sentimos nostalgia de la madre que tantas veces nos ayudó en el baño de la mañana.

  1. De cine

Sea cual fuere la película que inspiró este poema, desluce si se compara a esa historia de película que se nos narra en estos versos. Porque da igual lo que hubiera en la cartelera del cine. Es mucho más bonito lo que proyecta la autora en el poema.

No obstante, tras varias lecturas, caigo en la cuenta de que la autora parte de una tarde con uno de sus amigos, después de ver la película argentina “Un lugar en el mundo”.

    • ¿Recuerdas?, sucedía en la Argentina,
    • bajo la piel más pobre del planeta
    • y los astros más puros.
    • Los padres, la otra hermana, el visitante,
    • o ese joven ingenuo que iniciaba
    • su marcha hacia un espacio hermoso, digno.
  1. Canción de cuna

Nunca, ningún regalo, tuvo tanto valor como las palabras de una madre, de todas las madres del mundo, a esos hijos que todavía están dentro del vientre. Porque se gestan a la vez el hijo y el amor. Y ese amor tan perfecto se puede sentir y respirar en cada una de las palabras de este hermoso poema.

  1. Nocturno

Siempre fue la noche el reino de los sueños. Y este nocturno hermoso y rico nos hace desear que se retrase el amanecer, para seguir disfrutando del banquete de sensaciones que nos evoca cada verso.

Sensaciones que nacieron de las notas de un Nocturno de Chopin tocado por sus hermanos.

  1. Confidente

En este poema cada uno de nosotros se convierte en un privilegiado confidente de emociones puestas en palabras que nos hacen sentirnos afortunados al tener la ocasión de recibirlas

  1. Rosaleda

Sumergirnos en la lectura de este poema es como pasear por la Rosaleda del Paque Grande de Zaragoza, disfrutar de los olores, de la luz, de los sonidos. Y todo eso es posible, sin levantar la vista del papel, porque la autora nos conduce de la mano y nos deja sentados allí, generosa y gentil, para que también sintamos que estamos en un lugar al aire libre.

  1. En plena luna

Fuego, palabra, agua y pan. Vocablos poderosos, alimento del cuerpo y del espíritu que la autora engarza, como las perlas de un collar, en esa plena luna, colmada de riquezas y emociones. Y, como los cuatro puntos cardinales, nos deja una vez más el regalo de sus versos.

Y como siempre, todo presidido por la nostalgia y el recuerdo de la vida que vuelve. Aquí los cuatro puntos cardinales están relacionados con los momentos de la Pascua Juvenil que vivió en el Santuario de Nuestra Señora de Misericordia.

  1. Preludio íntimo

Un perfecto final para un perfecto poemario. La luna, esa hechicera que inspira a los poetas, es el broche más puro y brillante de estos versos, la mejor despedida, con esa bendición que alcanza a la autora y, por ende, a todos y cada uno de los que le hemos leído.

Para terminar

Los comentarios de los poemas son un resultado de una larga conversación con Adela Castañon Baquera, a quien pertenecen algunas frases. Adela es escritora, poeta, compañera de Letras desde Mocade, y, sobre todo, la madre de Javi, un joven con autismo. Su Javi, nuestro Javi, como ahora nuestra Pilar, son dos seres de luz. Con su simple presencia iluminan nuestras vidas.

Para mí, En luna llena es un espléndido poemario con el que he realizado un apasionante viaje desde los objetos que me rodean hasta el interior de mí misma. El mismo viaje que realizó Pilar mientras lo iba escribiendo.

En luna llena es un libro introspectivo y de memoria nostálgica del pasado de su autora. Por aquí desfilan las personas y los objetos que fueron significativos en su vivir cotidiano. Esas personas y objetos que ya solo perduran en su recuerdo.

Los poemas de Pilar son fruto de una sensibilidad exquisita y de un gran conocimiento de la literatura. Y, por encima de todo, llevan el sello luminoso de su personalidad. Por eso son tan buenos. Porque los ha escrito una persona con el don que solo Dios concede a sus elegidos.

Pilar y sus nuevos libros.

 

CURRICULUM. Elaborado por la Asociación Aragonesa de Escritores

María Pilar Martínez Barca (Zaragoza, agosto 1962). Doctora en Filosofía y Letras, Filología Hispánica (Lengua y Literatura, 1997). Poetisa y escritora.

Es crítica literaria y articulista de opinión en diversos diarios. Colabora en Heraldo de Aragón y en la revista Humanizar (Madrid), donde lleva la sección sobre discapacidad “La fuerza de los límites”. Medalla a los Valores Humanos (DGA, 1989). Premio Tiflos de Periodismo 2008.

LIBROS

Epifanía de la luz, Zaragoza, 1988. Poemario editado con la subvención económica de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual Ibercaja).

Historia de amor en Florencia, Madrid. Col. Altazor, Asociación Prometeo de Poesía, 1989. Patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza.

Flor de agua, Zaragoza. Institución Fernando el Católico, Diputación Provincial de Zaragoza, 1994. Poemario premiado con una Ayuda a la Creación Literaria, concedida por el Ministerio de Cultura.

Manuel Pinillos o la consagración a la poesía, Zaragoza, Diputación Provincial, Institución Fernando el Católico, 2000.

Se está muy bien aquí. Diario de una amistad, Madrid, Huerga y Fierro editores, 2002. Accésit XVIII Premio Internacional de Poesía Fernando Rielo (Madrid, diciembre 2000).

El corazón en vilo, Madrid, adamaRamada ediciones, 2005.

Poesía completa (1948-1982) de Manuel Pinillos, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, Colección Larumbe de Textos Aragoneses, 2008.

La manzana o el vértigo, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2009.

Del Verbo y la Belleza, Madrid, Setelee, 2012. Accésit XXV Premio Internacional de Poesía Fernando Rielo (Madrid, diciembre 2007).

La fuerza de los límites, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2012.

Cuentos desde la diversidad (Ed.), Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2013.

Fando y Lis (Ed.), de Fernando Arrabal, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2015.

En luna llena, XXIII Premio Nacional de Poesía Acordes, Ayuntamiento de Espiel –Córdoba–, Concejalía de Cultura, 2016.

Pájaros de silencio, XXXV Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”, Madrid, Verbum, 2016.

El bosque circular, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2019.

De la noche al Ángelus, Zaragoza, Imperium Ediciones, Col. Imperatrix, 2020.

En luna llena, XXIII Premio Nacional de Poesía Acordes, Zaragoza, Prames, Col. Las tres sórores poéticas, 2020.

TEXTOS EN COLECTIVOS Y ANTOLOGÍAS

Breve Antología Poética, Zaragoza, 1984. Junto a otros compañeros poetas.

Incluida en el «I Indice de Poetas en Lengua Española» (Madrid, 1988).

Rerum Novarum. Antología de poetas jóvenes aragoneses, Revista Rolde, Zaragoza, 1989.

Penúltimos poetas de Aragón, Zaragoza, Col. Veruela, Diputación de Zaragoza, 1989.

Antología Poética General, de la Asociación Prometeo de Poesía, Madrid, 1990 (junto con una cincuentena de poetas de España e Iberoamérica).

“Me sedujiste, Señor”, Sal terrae (Revista de teología pastoral), Valladolid, febrero de 1992.

«Llama viva. Taller de poesía religiosa», en Imágenes de la fe, Núms. 261-262 (1992).

Poesía-relato 1991, con «Septenario de amor», Primer Premio de Poesía en el III Certamen Literario «Universidad de Zaragoza», Universidad de Zaragoza, 1992.

Antología. Poemas a viva voz, tomo III (Sesiones Poéticas de los cursos 1988-89, 1989-90 y 1990-91), Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», Diputación Provincial de Zaragoza.

Los nuevos poetas, Barcelona, Seuba Ediciones, septiembre 1994.

Incluida en el Apéndice III (1997) de la Gran Enciclopedia Aragonesa, Zaragoza, U.N.A.L.I., 1982.

Frac poético, arte y cultura, segundo volumen, Zaragoza, Diputación Provincial de Zaragoza, 1998. Coordinación de Feli Burillo Baliestra.

Ecos de la Bahía, II, Círculo Poético (Juventud Idente, Islas Baleares), Mallorca, 2001.

Poemas 2002 (XX Premio Ciudad de Zaragoza, Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza, octubre de 2002).

POEMAS EN REVISTAS

En varios números de Cuadernos de Poesía Nueva, de la Asociación Prometeo de Poesía.

Desde otro punto de vista, Madrid, CEAPAT (Centro Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas), 2003. Con motivo del Año Europeo de las Personas con Discapacidad.

Historias de la vida. De amor, ilusión, humor, nostalgia. Y siempre verdaderas, Madrid, J de J Editores, 2009. Del programa radiofónico “Historias de la vida”, Cadena COPE, a beneficio de Manos Unidas.

Javier Barreiro, Ed., Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos, Zaragoza, Centro del Libro en Aragón, 2010.

Ángel Guinda y Nacho Escuín, Eds., YIN. Poetas aragonesas (1960-2010), Tarazona (Zaragoza), Olifante. Ediciones de Poesía, 2010.

José Antonio Conde y Raúl Herrero, Eds., La luz escondida (Una poética de los ángeles), Zaragoza, Libros del Innombrable, col. Biblioteca Golpe de Dados, 2010.

“Amor y maternidad. La voluntad de ser”, prólogo a Maternidad adaptada, Estrella Gil García, Alicante, Editorial Club Universitario, 2010.

III Concurso Nacional de Relatos “Mujeres Viajeras”, Madrid, Ediciones Casiopea, 2011.

“Camilo y la diversidad funcional. Un nuevo concepto de salud”, en Francisco Álvarez, MI y José Carlos Bermejo, MI (Ed.), Diez miradas sobre Camilo de Lellis, Santander, Sal Terrae, 2013.

VIII Encuentro de Poesía en la Red. Antología poética IV, Santiago de Compostela, abril 2013.

“Pleno de Presupuestos sobre ruedas”, en Crónicas Parlamentarias (28.12.2011–28.12.2012) VIII Legislatura, Zaragoza, Cortes de Aragón, 2013.

Juan Domínguez Lasierra (Dir.), Los cisnes aragoneses. De Marcial a los penúltimos poetas, Delsan Libros, Zaragoza, 2013.

Cuentos para compartir, Zaragoza, edición de los autores –en beneficio de ASPANOA–, 1.ª edición, diciembre 2013.

Antología I Concurso de Narrativa “Deseos”, Madrid, Asociación Letras con Arte –www.letrascnarte.es.tl–, abril 2014.

Versos y Agua, Murcia, Asociación de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios de Cartagena, septiembre 2014.

I Antología de Poesía Navideña Leopoldo Guzmán Álvarez, Sevilla, Asociación Literaria de Alanis y Sierra Norte (ALAS), diciembre 2014.

I Certamen de Microrrelatos “Valores Humanos”, Letras como Espadas, febrero de 2015.

La quinta-esencia de Albada, Zaragoza, Libros Certeza, 2015.

Habitando el Olvido. Cuentos y Poemas, Cuaderno Literario N.º 22, Iniesta –Cuenca–, 2015.

Antología poética. XIII Encuentro de Poesía en la Red, Pontevedra, septiembre 2015.

Parnaso 2.0. Antología de poesía aragonesa del siglo XXI, Zaragoza, Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, mayo 2016.

Teresa de Jesús. De Goya a los académicos de hoy, Zaragoza, Museo Goya – Colección IberCaja, septiembre 2016.

Amantes. 88 poetas aragoneses, Zaragoza, Olifante. Ediciones de Poesía, 2017.

Sendas hacia la igualdad, Zaragoza, Asociación Aragonesa de Escritores –Feria del Libro, 31 mayo – 4 junio–, 2017.

Ahora que calienta el corazón. Poemas a las estaciones del año, Madrid, Editorial Verbum, 2017.

AA. (Antonio Astorgano Abajo, Coord.), “Homenaje a Juan Meléndez Valdés en el bicentenario de su muerte (1754-1817)”, en Revista de Estudios Extremeños, 2 vols., Año 2017 – Tomo LXXIII, Número Extraordinario, Centro de Estudios Extremeños, Diputación de Badajoz.

Enjambre. 36 relatos vividos en Aragón, Zaragoza, Editorial Comuniter, 2018.

Mujerarte (Poemas y Relatos), Premios XXV Edición – 2017, Delegación de Igualdad, Lucena –Córdoba–, 26 abril 2018.

Relatos en 90 segundos, Zaragoza, La Fragua del Trovador, 2018.

La danza de la muerte, Natalio Bayo et la santa compaña, Zaragoza, Prames, col. Las tres sórores – imagen y palabra, noviembre de 2019.

Enjambre 2 Panal de prosa y verso, Zaragoza, La Fragua del Trovador, febrero de 2020.

PREMIOS

Medalla a los Valores Humanos (DGA, 1989). Premio Tiflos de Periodismo 2008. Premio Nacional de Poesía Acordes (2015). Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide (2016). Premio Mujerarte de Poesía (2017). Primer premio categoría Crónica en el Concurso Helen Keller de discapacidad (Bogotá, 2018), entre otros. Dos veces finalista del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

COLUMNISTA

Reseñas literarias y columnas de actualidad en El Día de Aragón (1988-90), El Periódico de Aragón (1991-94), El Diario de Ávila (1992-94), Trébede. Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura (2001-2003). Actualmente colabora de forma asidua en Heraldo de Aragón, desde 2000 (aunque mi primer trabajo largo publicado en el medio, precisamente sobre discapacidad, data de 1982), y en la revista Humanizar a partir de 1994. Madrid, Centro de Humanización de la Salud, http://www.humanizar.es, donde coordina y dirige la sección sobre diversidad funcional: La fuerza de los límites.

DIRECTORA

Colección Joseph Merrick sobre diversidad Funcional (discapacidad), en la editorial Libros del innombrable.

Blogs: La lámpara encendida

Revista Digital Humanizar

Presentación PMBarca.7

Carmen Romeo Pemán

Que trata de amores

#relatosescolares

De las fragolinas de mis ayeres

La maestra nos mandó un relato como los que ella escribía para nosotras.

—Ahora os toca a vosotras. Lo quiero para la semana que viene.

A mí aquello me pareció imposible. Como no quería defraudar a doña Pascuala, empecé a dar vueltas a ver qué se me ocurría.

Por la tarde, cuando llegué a casa estaba pariendo la tocina. Fui corriendo, me puse junto a la señora Isabel, que era la partera, y vi cómo nacieron los seis tocinicos. Por la noche me senté junto al fuego y en una hoja de papel conté cómo salieron de la tripa de su madre y cómo tetaron antes de abrir los ojos. Cuando lo leyó la maestra me echó un rapapolvo:

—Macaria, así no. Esto no es un relato. No tiene pies ni cabeza. Os dije que os fijarais en los míos.

—Pero es muy difícil, doña Pascuala —respondí.

— Tenía que tratar de amores. Es lo más fácil para comenzar. Además, los amores interesan a mucha gente, pero a nadie le importa cómo nacen los tocinos.

Bajé los ojos y no le contesté. A mí me importaban más los tocinos recién nacidos que esas historias de personas desconocidas.

Que no se empeñara doña Pascuala. Que no. Que yo no tenía imaginación para inventarme cosas que nunca había visto. Yo solo podía escribir sobre lo que pasaban en el pueblo. Pero ella, dale que te pego que mis historias eran cosas que le ocurrían a la gente, sin más. Que tenía que intentar otra cosa. Me dijo que me inventara unos amantes que no pudieran verse, que tuvieran celos y que, al final, acabaran como Romeo y Julieta. Entonces me vino a la cabeza una historia que había pasado en el pueblo. Esa sí que trataba de amores. Y de amores verdaderos. Aunque no era fantástica. Pensé que igual colaba.

Comenzó el sábado de Pascua Florida por la tarde. Todos los del pueblo nos teníamos que confesar y al día siguiente comulgar en la misa mayor. Al acabar la misa, pasaríamos por la sacristía y el cura nos pondría una cruz en una lista. Y a todos nos despediría igual:

—Hasta el año que viene. No olvides que la Santa Madre Iglesia manda cumplir con parroquia. El que no se confiesa y comulga una vez al año muere en pecado mortal.

Pues bien, como estaba previsto, el sábado después de comer empezaron las confesiones. Primero las mujeres, después los niños y, al final, los hombres.

Cuando se estaba confesando la última mujer, el sacristán nos llamó a los críos, que estábamos jugando en la plaza, y nos colocó a las chicas en el primer banco, al lado del confesonario, y a los chicos detrás. Así el cura no perdería tiempo esperando. A nosotras nos gustaba estar allí, porque, como el mosén era un poco sordo, las mujeres tenían que gritar y nos enterábamos de los secretos. Precisamente por eso, el sacristán no nos llamó hasta que ya llevaba un rato confesándose la última mujer. Cuando llegamos al banco oímos los gritos del cura que la amenazaba:

—Dilo todo. Si no me lo cuentas todo no te daré la absolución

No pudimos oír qué le dijo la mujer en voz baja, pero sí los nuevos gritos del cura:

—Me lo tienes que decir. No me mientas. Que todas las noches, justo cuando vuelve tu marido del bar, yo veo saltar a Vicente por la ventana del corral.

Oímos a la mujer que se sonaba los mocos. De repente se levantó y se fue. Al pasar por delante de nosotras la reconocimos. Era la señora Orosia, la que vendía la leche. Detrás de ella salió el cura gritando con los brazos levantados.

—Vete de aquí, mala pécora. Una noche os voy a matar a los tres. A ti por puta. A tu marido por cornudo y a Vicente por entrometido.

Entonces el sacristán nos despachó y nos dijo que podríamos comulgar sin confesarnos. Y que, como éramos pequeños, sólo teníamos pecados veniales, esos que se perdonaban rezando un señormíojesucristo.

A los pocos días se montó un gran revuelo en el pueblo. Una mañana el cura se levantó enloquecido y, después de matar a Vicente y al marido de Orosia, se disparó la escopeta de caza en la boca. A Orosia le dio un ataque de locura y se la llevaron al manicomio.

Durante muchos días las mujeres del carasol siguieron hablando de Orosia, de su marido, de Vicente y del cura. Y decían que todo había sido por culpa de los amores.

Entonces pensé que, si acertaba a escribirlo todo en orden y sin faltas, sería un buen relato. Cogí un papel y empecé a escribir lo que había visto y oído. Y añadí lo que las gentes contaban. Cuando acabé le puse el título que nos había dicho la maestra: Que trata de amores. Y, la verdad, me pareció que quedaba muy bien.

Cuando doña Pascuala lo leyó, me llamó a su mesa:

—Macaria, te perdono el relato. Déjalo ya. Veo que no estás dotada para escribir.

Yo la miraba y no le podía contestar. Pero ella siguió;

—Además te dejas llevar por las habladurías. Si no, ¿de dónde te has sacado que el cura los mató y se mató por amores? ¿Qué sabes tú de todo eso? Y por si no lo sabes, tal y como lo cuentas es mentira.

Yo seguía escuchando y notaba cómo se me hinchaban las venas del cuello.

—Y, ¡vaya título! Te dije que tenía que tratar de amores, pero que te inventaras un título.

Cuando acabó volví a mí mesa con una opresión en el pecho. Yo sabía que no tenía imaginación, pero quería complacer a mi maestra. A partir de ese día comencé a inventarme historias fantásticas que trataban de amores, y todas le gustaron mucho. Pero ninguno de mis amantes imaginarios llegó a querer a su amada tanto como el mosén a la señora Orosia.

Carmen Romeo Pemán

Del coronavirus. Carta a un médico aragonés

#Aplausosanitario

Un aplauso especial para Adela, mi amiga y compañera en “Letras desde Mocade”, que estos días está dando lo mejor de sí misma a los enfermos de Marbella.

rayaaaaa

Detrás de una mascarilla improvisada y de un traje hecho con bolsas de plástico verde, no te puedo poner cara. Pero sé qué estás allí, que eres uno de los héroes que están luchando por mí y por todos los que sentimos amenazadas nuestras vidas por este letal coronavirus.

Sé que hoy solo tienes ojos para este enemigo minúsculo y mortífero. Y también sé que tú te sientes en peligro. Que a lo mejor tienes tanto miedo como yo, pero lo escondes detrás de ese traje desharrapado. Y a mí solo me muestras tu valentía. Por eso eres un héroe, porque eres de carne y hueso.

Esto nos ha pillado de repente, sin referentes. Y solo podemos entenderlo en términos bélicos. Porque de una guerra se trata. De una guerra que tenemos que ganar entre todos. Te recuerdo que en España los grandes ejércitos siempre han caído ante nuestra forma de guerrear. Ningún ejército pudo nunca contra nuestra guerra de guerrillas, cuyo nombre no tiene traducción a otro idioma.

Para esta guerrilla, sin uniformes de gala, solo valéis los corazones valientes. Los que lucháis por una causa que os sale de las entrañas. Los que creéis que existe la humanidad.

Esta guerra ya no se libra en los campos de batalla. Hoy el enemigo se ha atrincherado en nuestros cuerpos. Y nuestros héroes sois los que nos sanáis y los que salváis a todos los hombres sin distinción de razas ni de ideologías.

Los que estáis en las trincheras de los hospitales sois unos verdaderos titanes. Ya no nos sirven los soldados de los viejos ejércitos ni los sermones de los políticos. Y esto que nos parece tan nuevo no lo es. Nos habíamos olvidado de las grandes batallas de la historia. Por ejemplo, las de los Sitios de Zaragoza las libraron los médicos y las enfermeras luchando contra el tifus. Cuando huyeron las tropas francesas no quedó olor a pólvora sino que Zaragoza apestaba desde lejos por el olor a cadaverina. Se ha hablado mucho de los cañones y de Agustina de Aragón y poco de la entrega de los médicos y de las enfermeras anónimas al mando de la Madre Rafols.

He traído esto a colación para decirte que, entre los cadáveres anónimos, estaban muchos de tus antecesores. Y por eso tú estás aquí, sin temer al enemigo letal, porque tu forma de luchar la llevas en la sangre y en los genes.

Quizá es un buen momento para glosarte, como hace mi querida Irene Vallejo, un discurso de Pericles, el político más famoso de la Grecia Clásica. Me refiero al que pronunció cuando una epidemia parecida al coronavirus invadió Atenas.

Si a la ciudad le va bien en su conjunto, eso beneficia a los ciudadanos particulares. Pero si toda la ciudad enferma, de nada le sirve la prosperidad de los individuos. En ese momento solo se gana la batalla con una comunidad fuerte y unida. Con una comunidad guiada por los médicos que sustituyen a los soldados de los campos de batalla.

Bien, pues nosotros, hijos de la sociedad del bienestar, habíamos olvidado las lecciones de la historia. Nosotros, que no habíamos vivido ni epidemias ni guerras, pensábamos que habíamos conquistado la paz en la tierra, que nada podría quitarnos la felicidad que nos daban los bienes conseguidos con dinero.

Esta, como siempre sucede con las plagas, nos ha pillado por sorpresa. Y nos ha entrado pánico. En unos días nuestra vida ha dado la vuelta. Nos sentimos desamparados. No sabemos qué hacer. Desde nuestro confinamiento queremos hacer algo, y no sabemos qué. Queremos ser solidarios, pero nos sale mal porque no lo habíamos aprendido ni en las escuelas ni en nuestras casas.

Desde el miedo de nuestro aislamiento hemos descubierto que solo nos podéis salvar los que lleváis batas blancas. Con vuestros rostros anónimos, sois los hermanos que os dejáis la piel por nosotros. Hoy sois nuestra única esperanza y nuestra tabla de salvación.

De repente he abierto la ventana y he tirado mis soldaditos de plomo. En mi interior vosotros ibais creciendo como los gigantes buenos de los cuentos.

Sin saber cómo he empezado a aplaudir. Y he oído todos los aplausos de mis vecinos. Se me han puesto los pelos de punta y se me han enrasado los ojos.

Cuando he cerrado la ventana, me he puesto a escribir esta carta. A la vez anónima e íntima. Escrita desde las entrañas y a golpe de emoción.

A ti, que cuando he ido a hacerme la prueba no he podido ni siquiera oír tu voz, te digo sencillamente, gracias.

No sé si el test me dará positivo o negativo. Pero, después de ver tu entrega, no me preocupa. Sé que tú y tus compañeros me salvaréis, aunque tengáis que arriesgar vuestras vidas.

Audentes fortuna iuvat.

Carmen Romeo Pemán

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

#relatosdelascincovillas

De las fragolinas de mis ayeres

Ese día no fui al campo con mi padre. Tenía que llevar dos mulas a la herrería y arreglar la hortaliza del huerto. Él se llevó el caballo. Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a mi abuela con los brazos en cruz, arrodillada delante de la hornacina, donde siempre había estado del Corazón de Jesús. Desde la entrada oí la jaculatoria que todos nos sabíamos de memoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.

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—¿A quién le rezas, abuela? ¿No ves que ya no está el santo? —Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—¡Qué desgracia, hijo mío! Llevaba aquí desde que me casé. Tu abuelo le hizo esta capillica, así lo veíamos siempre que salíamos de la cocina.

—Anda, abuela, cálmate. Lo entiendo, pero ahora no podemos hacer nada.

—No, no lo entiendes. El Corazón de Jesús nos protegía sin tener que ir a la iglesia.

—Pero era solo un santo de escayola pintada. Podremos poner otro.

—¡No, hijo, no! Los santos tienen vida. Por eso les rezamos y nos corresponden. Y no nos perdonan que los olvidemos.

—Abuela, ¿no te das cuenta de que la gente ya no cree en estas cosas?

—¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

Entonces la abuela siguió hablando. Que el Corazón de Jesús era lo más importante que teníamos. Que cada vez que pasaba por delante se santiguaba, rezaba una jaculatoria y hacía una genuflexión. Que así se sentía segura. Que sabía que mientras él estuviera en casa no nos pasaría nada a nosotros.

—Compréndelo, abuela. Ha sido un accidente. Se le ha caído a mi madre cuando lo estaba limpiando.

—Claro, al final tenía que pasar. Mira que le advertí que tuviera cuidado. Que no fuera tan aturullada.

También me dijo que ni a ella ni a mi padre les gustaba tener un santo en casa.

—¡Que no es eso, abuela! A ver cómo te lo explico. Era como un muñeco. Y, como tú nos has dicho muchas veces, los santos mutilados son de mal agüero y…

—¡Jesús, María y José! —No me dejó terminar—. ¡Qué herejes! Eso es lo que sois. Ahora, ¿quién nos socorrerá en los malos trances?

—Abuela, por favor, cálmate. No sé, creo que…

—Y tú, ¿qué sabrás? Ya veo que no te ha contado tu padre lo de las fiebres de malta.

—Ya sé, ya sé lo que me vas a decir. Que tú me lo has contado muchas veces. Pero él dice que se curó gracias al médico.

La abuela cogió la pila del agua bendita que tenía al lado de su cama y echó gotas en las ventanas, para que no entraran los malos espíritus. Mientras tanto me senté junto al hogar. Cuando acabó se acercó y me dijo.

—¿Tampoco sabes que malparió la yegua? ¿No te han contado que el Corazón de Jesús salvó a la madre y al potro? Pues bien asustados que estaban todos. Yo misma le oí decir al veterinario que no había nada que hacer.

—¡Vuelta con la burra al trigo! ¿Sabes lo que va diciendo el veterinario? ¡Eh! Pues que tú y tus jaculatorias sois sus peores enemigos.

—¿Tampoco sabes lo de la muerte repentina? —siguió, como si no me hubiera oído.

Se secó las manos en el delantal negro que le llegaba hasta los pies y me habló muy seria.

—Mira, aunque te quieran comer la mollera, no les hagas caso. Solo hay una manera de no morir en el monte de repente. Hay que ver a un santo y santiguarse antes de salir del pueblo. Yo se lo decía a todo el mundo, pero no me creían. Y a los dos criados de casa Picaruela, a esos que se reían de mí, los encontraron muertos de un cólico miserere.

—Abuela, sería porque comerían algo en malas condiciones.

—Mira que eres tozudo, hijo mío.

San Cristobalón de Moral de Calatrava

San Critobalón de Moral de Calatrava

Entonces me contó otra vez la historia de san Cristobalón. Que en la puerta de la iglesia habían pintado un san Cristóbal muy grande. Así se podía ver desde todos los caminos que llegaban al pueblo. Así los hombres lo veían cuando salían y aseguraban que ese día volverían vivos.

—Y todo era normal hasta que un rayo rompió la puerta. A los pocos días, tu abuelo, que en paz descanse, fue a Zaragoza y compró un Corazón de Jesús. Me dijo que era tan milagroso como san Cristóbalón y que nos protegería sin salir de casa

—Abuela, pues a mí me parece que tienes miedo.

—¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Corazón de Jesús, perdónalo, que no sabe lo que dice!

—¿Lo ves? Es lo que yo te digo.

—¿Qué maneras de hablar son esas? Esas palabras no son tuyas.

—Es que también lo dice mi padre. Y mucha gente.

—Pues llámalo cómo quieras. Pero esto nos traerá alguna desgracia. Por eso llevo aquí rezando desde que he visto el chandrío que ha hecho tu madre. Espero que haya roto el santo después de salir tu padre.

—¡Shist! ¡chiss!¡chss! Oigo relinchar un caballo. Se acerca. —le dije interrumpiéndola.

—Seguro que viene asustado —me contestó—. Los caballos vuelven a casa cuando huelen la muerte.

Bajó la cabeza y comenzó a repetir la jaculatoria: “Sagrado corazón de Jesús, en Vos confío”. Noté que sus rezos no tenían el tono de otros días, como si hubieran perdido el sentido con la hornacina vacía. El caballo volvía solo, sin el amo.

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María Pemán Casajús

Biel, 1930. María Pemán Casajús (Biel, 1855-1931). En 1872 se casó con Andrés Ferrández Arenaz (Biel, 1853-1917), de oficio pelaire, domiciliados en la calle del Jesús. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Simón, Petra y Benita. Eran los de casa El Moreno.

Carmen Romeo Pemán

La tornaboda de Bárbara de Farasdués

#leyendasaragonesas

Compairón. 2, Recortada

Detalle de un compairón o manta de lana que se ponía debajo de la silla de la novia el día de la tornboda, o viaje de la novia a su futuro hogar, la casa del novio.  Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

—¿Qué hace la señora Bárbara a sus sesenta y ocho años vestida de novia a la antigua usanza? —pensé la primera vez que vi la foto—. ¿Adónde va montada en un burro aparejado con silla de novia y un compairón?

No podía dejar de dar vueltas a esas preguntas. De repente me di una palmada en la frente y pensé: “Está clarísimo”. Todo se relacionaba con el viaje de las tornabodas.

Este no es un relato fantástico, no. Es la transcripción casi literal de unas costumbres aragonesas. Unas costumbres que tenían mucho que ver con los matrimonios entre las personas de las casas ricas y con la dote que aportaba la novia en una boda concertada por los padres, a través de un aponderador, que exageraba los bienes y las virtudes de la novia. Es que las hijas eran una carga para la familia y había que casarlas cuanto antes. Pero casarlas bien.

Seguramente nada de esto le pasó a la señora Bárbara de Farasdués. Es posible que en su treintena, moza vieja ya, se apañara con un pastor cinco años más joven y que se fueran a vivir a una de esas casas pobres de la Peñeta. Es posible que se hubieran casado en una misa antes del amanecer sin invitados ni ceremonias. Es posible que, cada vez que viera una boda con la comitiva de la tornaboda, o vuelta a casa del novio, se imaginara a sí misma como la reina de aquella ceremonia que tanto había deseado.

Y también es posible que ella no quisiera morirse sin que alguien la retratara como a las grandes novias, aunque fuera en un burro viejo y no en una yegua.

Los primeros contactos

Y la señora Bárbara no tuvo a nadie que la presentara, ni que la aponderara. Un día que iba a lavar se encontró en el camino con Fulgencio que iba a soltar el rebaño.

—Oye, Barbara, ya va siendo hora de que nos recojamos.

—Pues cuando quieras.

Y así estuvieron unos meses, con encuentros en el camino, en los que se contentaban con una mirada. Un día Fulgencio apoyó la barbilla en la vara con la que dirigía a las ovejas, y sin rodeos le dijo:

—Tendríamos que hablar con el cura para que nos amonestara.

—Lo que tú digas, Fulgencio.

Pero las cosas no se hacían así. Si ella hubiera sido de buena familia, sus padres habrían hecho un contrato con una casa de posibles y con un heredero. Y, si no hubiera habido en el pueblo, habrían hablado con los tratantes y arrieros que todos los días pasaban hacia Ayerbe por el camino de los Trajineros.

Es más, si hubiera hecho falta, habrían ido a la romería de la Virgen de la Sierra de Biel, que allí se concertaban buenas y ricas bodas entre casas en las que el heredero era el rey. Pero seguía viviendo con sus padres y con sus hermanos solteros, los tiones, que trabajaban por la cama y por la comida. A poco más tenía derecho un solterón.

La comitiva

Los novios de esas familias celebraban la boda en la casa de la novia. Unas veces en el mismo pueblo. Otras en un pueblo cercano. Y pocas veces en tierras lejanas. Que así reza el refrán: “El que lejos va a casar o va engañado o lo engañan”.

Pocas comitivas han hecho largas distancias. Algunas fueron notables, como la que fue desde Barcelona hasta un pueblo del Pirineo, en el Valle de la Garcipollera, cerca de Canfranc. En estas distancias, la comitiva se retrasaba hasta el día siguiente de madrugada.

Comitiva desde Barcelona

Comitiva de una boda a su llegada a los Pirineos. Venían desde Barcelona. A pesar del largo viaje, siguen con los caballos enjalbegados y las personas con las ropas de la boda del día anterior. Publicada en Fotos Antiguas de Aragón.

Si eran de pueblos distintos, el novio tenía que pagar la manta a los mozos del pueblo de su novia por haberles robado a una moza. Y, si se negaba, comenzaban las bromas, las cencerrada, o esquilada. Desde el anochecer hasta la madrugada sonaban los cencerros y las esquilas del pueblo en la puerta de la recién casada.

En todos los casos se formaba un largo cortejo, con hombres y mujeres montados en caballerías de gala y ataviados de fiesta. A la llegada recibían a la novia con más festejos. Así la nueva vida de la recién desposada comenzaba como en un cuento de hadas.

A caballo en una yegua engalanada

Y eso es lo que añoraban la mirada triste y el gesto adusto de la señora Bárbara. Pero Fulgencio vivía en una especie de cueva. Para la cama bastarían unas pieles de cabra por el suelo. Y ella llevaría sayas de estameña y una toca negra en la cabeza.

Le habría gustado ser una novia engalanada en una cabalgadura elegante y no conformarse con el viejo burro que con tantos apuros compraron en la feria de Ayerbe.

Le habría gustado lucir un compairón debajo de la silla de la novia y presumir de una manta de lana blanca, tejida en forma de sarga, adornada con gallos, guirnaldas y otros símbolos que aludían la fertilidad que se deseaba para la novia. La futura descendencia aseguraba la continuidad de la casa. Pero eso era un privilegio de las grandes haciendas. La gran aspiración del heredero, conseguir una buena hembra paridora.

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En el compairón nunca faltaba el gallo. En Aragón era el símbolo de la dedicación de la mujer al hogar. Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

Pero el compairón y la silla no estaban al alcance de todos. Entre los ricos se prestaban estos arreos, que era caros para lucirlos solo un día. Lo malo era que todos sabían a quién pertenecían. A veces llevaban la marca de la casa, como los aperos de labranza, las talegas y los ganados.

La silla se encargaba a un buen ebanista. Lo más seguro es que la tallara con el tronco de unos nogales que guardaban para la ocasión. Podría estar pintada de colores y adornada con ramos en forma de corazones. Todo estaba pensado para trasladar a la novia a la casa del que ya era su marido.

Silla de nogal. Recortada

Silla de novia. Museo Ángel Orensanz y Artes del Serrablo.

La señora Bárbara se imaginaba que la ayudaba a subir a una yegua blanca un joven elegido entre los amigos de su novio. Por primera vez en su vida montaba en una silla, a la mujeriegas, y no a escarramanchón, como le había tocado ir siempre encima de una albarda.

A la señora Bárbara no la seguía una comitiva, no. En la foto se ve a unas niñas que miran asombradas, como si estuvieran en las fiestas de Carnaval.

—Marchad todas de aquí —gritó—. Y no me espantéis al caballo que viene detrás con el baúl con mi dote. O con mi pliega, o como la queráis llamar. Que lo importante es lo que lleva dentro.

En ese momento alguien disparó la foto. Y quedó inmortalizada como un fantoche. Pero a sus años la vista le fallaba y la guardó en el fondo de un arca como un tesoro.

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Foto de la entrada sin recortar.

Novia de Farasdués

Publicada por Fernando Ciudad Lacima el 27 de diciembre de 2019, en el grupo de FB, Fotos Antiguas de Aragón, del que soy miembro. Se la cedió José Luis Mincholé Alastuey, de Farasdués. El fotógrafo fue Elias Año Alastuey, un gran aficionado a la fotografía, tío abuelo de Pilar Campos Fornell.

Esta foto, y sus comentarios,  me inspiraron  este artículo. Desde aquí os doy las gracias a todos los del grupo por vuestras extraordinarias colaboraciones.

1929, Farasdués. Comarca de las Cinco Villas. (Zaragoza). Ese año Bárbara Fernández Garcés tenía 68 años. Su marido, Fulgencio Melero Pardo, de profesión pastor, era cinco años más joven. Vivían en la calle Ramón y Cajal, número 8.

Carmen Romeo Pemán

Visita de inspección

De las fragolinas de mis ayeres

Para Anuncia Romeo

Anuncia de la Fábrica, así la llamábamos nosotras, sus amigas, porque vivía con sus padres y sus hermanos en una vieja fábrica de harinas, en medio de unos montes, a cuatro kilómetros del pueblo por el camino de Biel. Todos los días venía andando por unas trochas estrechas y pedregosas. Al principio la acompañaban sus hermanos, pero pronto los sacaron a estudiar a la ciudad, y , a los ocho años, tenía que hacer sola el camino dos veces al día. En invierno salía de casa antes de que se hiciera de día y volvía con la noche cerrada.

Por las mañanas no solía ser puntual y, si hacía mal tiempo, faltaba. Esos días nos poníamos nerviosas y nos preguntábamos si su madre no la habría dejado salir o si le habría sucedido algo.

Un día la maestra recibió la noticia de que la semana siguiente vendría un inspector. Nos dijo que sería una visita rutinaria, pero a nosotras nos alborotó. No parábamos de movernos de un sito a otro. Y doña Asunción nos gritaba más que de costumbre.

—Anuncia, la semana que viene no faltes ni llegues tarde ningún día.

—No se preocupe. Le diré a mi madre que me despierte antes.

—Si quieres puedes quedarte en mi casa —le dijo la maestra.

Entonces montamos una gran algarabía. Todas queríamos que se quedara en nuestras casas.

—Pues yo prefiero ir a la mía. Es que esta semana mi madre está sola, que mi padre ha ido a comprar trigo a otros pueblos —dijo Anuncia.

A los pocos días llegó el inspector, un señor alto, con traje y zapatos negros bien lustrados. La maestra lo saludó y se volvió hacia nosotras:

—Niñas, por favor, saludad como hacéis siempre.

De repente, gritamos todas a una:

—Buenos días, señor inspector.

Él, ni siquiera nos miró, hizo como si no nos hubiera oído. Entró dando pasos largos y las suelas de sus zapatos retumbaban en la tarima. Se sentó en la mesa de la maestra. Doña Asunción se quedó de pie a su lado y se tapaba las manos con los puños de la rebeca para que no viéramos que le temblaban.

Él cogió la lista y nos fue llamando una por una. Todas respondíamos lo mejor que sabíamos para no dejar en mal lugar a nuestra maestra. Intentamos recitar las tablas de multiplicar sin titubear y contestar a sus preguntas con rapidez. Pero, sobre todo, queríamos lucirnos en la lectura en voz alta. Cada una de nosotras tenía que leer una hoja de la cartilla.

A eso de media mañana, cuando ya habíamos leído casi todas, se abrió la puerta y Anuncia entró con la respiración agitada. Llevaba los pies mojados, la falda salpicada de barro y las trenzas un poco despeinadas. Nos volvimos a mirarla con un suspiro de alivio. Por fin llegaba, sin que le hubiera pasado nada.

Pero nos cayó como un jarro de agua fría que ese señor ceñudo le regañara en voz alta a nuestra maestra. Le dijo que ya veía que no se ocupaba de la disciplina de sus alumnas.

—¡Qué formas son estas de dejar entrar una alumna sin llamar y con esos modales!

La maestra intentó darle explicaciones, pero él le hizo un gesto para que se retirara hacia atrás y se callara.

—A ver, tú, la que acabas de llegar, ven aquí a leer —dijo el inspector levantando el tono un poco más.

Anuncia se puso colorada y se le enrasaron los ojos. Desde mi asiento pude ver cómo le temblaban las piernas. Pero se levanto con aplomo y se acercó muy despacio a la mesa.

—Aquí, lea esta página —le señaló la última hoja a la que aún no habíamos llegado.

Nos quedamos boquiabiertas cuando la oímos leer de tirón, con buena entonación y dando un sentido a lo que leía.

El inspector dio un respingo en el sillón y dijo:

—Es increíble cómo lee esta niña

Estábamos todas radiantes por la victoria de Anuncia, creíamos que había conseguido vengar la insolencia de un señor que se había metido en nuestra escuela y en nuestras vidas.

Pero nos quedamos petrificadas y sin entender nada cuando oímos la voz serena de doña Asunción:

—Señor inspector, para que usted vea la importancia de una maestra, esta es la única niña que ha aprendido a leer sola.

Al salir de la escuela Anuncia nos contó que, como esa noche había llovido, tuvo que cruzar varios barrancos. Y que en el último se enfangó y la ayudó a salir un hombre que iba a moler. Que le dijo él la llevaba a casa, pero ella, que no, que ese día no podía faltar a la escuela.

Cuando llegamos a nuestras casas contamos de pe a pa lo que había pasado. Y lo seguimos comentando muchos años más.

Desde aquella visita del inspector, Anuncia entró en nuestras vidas como un mito, mejor dicho, como una parte del mito que entre todas hemos ido tejiendo en torno a nuestra escuela y a nuestra maestra.

Carmen Romeo Pemán

 

Comentario a la imagen de entrada.

Anuncia Romeo Extremar (El Frago, 1949), hija de Luisa y Emeterio, era la hermana pequeña de Enrique y Abelardo. Vivían en La Fábrica y, cuando ella venía a la escuela, sus hermanos ya habían salido a estudiar.

Foto de Gregorio Romeo Berges, El Frago, 1957.

Don Juan Lanzarote, maestro de Alagón

#gentesdebiel01. Firma

Un día hablando con Inma Callén en la Biblioteca de Alagón, después de la presentación de un libro, nos dimos cuenta de la cantidad de personas conocidas que teníamos en común, algunas de las cuales habían tenido durante muchos años una gran influencia en la vida de Alagón. Además, Inma conocía mi libro De las escuelas de El Frago y me preguntó sobre él.

—Carmen, ¿cómo es que has escrito un libro sobre las escuelas de El Frago?

—Pues verás, mi padre era de El Frago y mi madre de Biel. Mis abuelos y mis padres fueron maestros de Biel, Mis padres acabaron en El Frago, y yo fui con ellos a la escuela. Por eso me interesaba tanto y recopilé mucha información para ese libro. Pero no la he agotado. Lo de Biel lo tengo sin tocar. Esa es una de mis deudas pendientes.

—Pues mira, Carmen, también en Alagón hubo un maestro que era de Biel, don Juan Lanzarote. Mi padre fue alumno suyo y siempre le he oído hablar con mucho cariño de él. La gente lo recuerda porque fue muchos años maestro aquí e incluso una de las calles de nuestro pueblo lleva su nombre desde hace más de cuarenta años.

—¡Nada! De ese maestro no tengo noticia —le contesté—. Pero es una grata coincidencia. Estoy segura de que esta casualidad es una llamada de don Juan. Entre las dos tenemos que hacer algo por recuperar su figura y su memoria.

—Espera. Aún no lo sabes todo. La salud de nuestro pueblo también estuvo durante muchos años en manos de dos médicos de Biel: don Luis Marco Bueno, sobrino de don Juan, y don Octavio Lanzarote Marco, su hijo. Eran los dos médicos de mi infancia. Aún recuerdo cuando íbamos a la consulta, o cuando venían a casa de visita si estábamos malitos en la cama.

—Pues más a mi favor. Estoy segura de que fue una figura clave en el pueblo.

—¡Claro que sí! —me respondió Inma.

—¿Te animas? —le contesté yo

—¿Buscamos? —me dijo ella.

—Buscamos —le respondí.

Y hasta aquí hemos llegado hoy con lo que hemos podido rescatar. Nos hemos servido de las memorias de los que conocieron los hechos, de las fotos guardadas en los fondos de los baúles, de las notas de prensa amarillentas y de los documentos de los Ayuntamientos de Biel y Alagón. Hemos buscado los expedientes de los alumnos de la Universidad de Zaragoza, los de la Escuela de Magisterio de Huesca, los boletines de educación y las noticias de la prensa histórica, local y nacional. Pero sobre todo, hemos llegado a los documentos y fotografías que la familia de don Juan, representada por su nieta Peña Lanzarote, conserva en su casa de Biel.

03. Calle con Placa. 1

Calle D. Juan Lanzarote.

Como no podía ser de otra manera, este artículo-homenaje está escrito con cuatro manos. Mejor dicho, con seis. Con las de Inmaculada Callén Romero, con las de Peña Lanzarote Subías y con las mías. Y usaré un narrador en primera persona del plural que nos incluya a las tres.

Inma Callén, la bibliotecaria de Alagón, me sugirió el trabajo, me dio el empuje que necesitaba y me ha acompañado en todo el proceso. Inma ha contactado con las instituciones de Alagón, ha entrevistado a los alumnos de don Juan y ha redactado parte de sus notas y recuerdos. De su mano se han llenado de vida estas páginas.

Peña Lanzarote, una de las nietas de don Juan, se ha esforzado en sus aportaciones exhaustivas y generosas. Sin su colaboración este trabajo carecería de verdadera entidad. Peña, como buena historiadora, es la fiel guardiana de los documentos, de la historia y de las esencias de la familia. Lo tiene todo. Ha sido un gozo disponer de su documentación rigurosa y ordenada.  Nos ha aportado casi todas las fotos y, además, ha escrito de su puño y letra las biografías de los tres hijos de don Juan. ¡Gracias, Peña!

1965 album Juan Lanzarote1965

1965. Don Juan Lanzarote Pemán

Don Juan llegó a Alagón el año 1933, cuando estaba en expansión la nueva línea educativa de la II República, que se basaba en los principios de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Una muestra del nuevo clima en las escuelas de Alagón lo recoge el siguiente artículo de la Voz de Aragón.

04. Escuelas de don Juan. Color

Escuelas Viejas de Alagón.

Alagón. Exposiciones escolares

Lector: no por mi modesto relato, sino porque sé que eres amante de la niñez, porque anhelas que España salga del marasmo cultural y educacional en que estaba remansada, hazme acreedor de coser tu amistad por estas líneas en las que pretendo aportar mi grano de arena al homenaje popular que merecen unos maestros y unos niños que aplican sus conocimientos y su voluntad férrea a su formación en la pedagógica moderna.

Un homenaje a unos maestros y niños que aplican su interés a la elevación del nivel cultural de un pueblo que hasta hace muy pocos años era casi yermo. A 25 km de Zaragoza existe una importante villa, cuyo nombre será el Edén conocido de mis lectores: Alagón.

Está situado en el corazón de la provincia. Regado por el Ebro, el Jalón y el Canal Imperial, con cuyas aguas hacen feracísimas sus tierras. Además de sus excelentes medios de comunicación, existen una fábrica azucarera y otra harinera que asimilan y que aprovechan los productos que rinde esta hermosa vega que, asociada al rigor y a la laboriosidad de sus habitantes, constituye una gran riqueza agrícola.

05. Escuelas. Letrero . 2

Las Escuelas Viejas ocuparon el antiguo Seminario Menor de la Compañía de Jesús, incautado por Carlos III. Todavía se conserva el escudo de la Compañía.

En esta hermosa y populosa villa existen dos grupos de escuelas. Unas unitarias y otras graduadas. En estas escuelas hay unos niños que quieren a sus maestros, y unos maestros que quieren a sus niños y que se complacen en prepararlos para pasar por el borde de la vida sin caer en los vicios que los acechan. Y unas maestras que enseñan a las niñas a mirar más allá de su tocador.

Pues, bien, en estas escuelas se han expuesto durante los días 8 y 9 del corriente mes los trabajos realizados durante el curso 1933 a 1934. Dos días inolvidables para el vecindario, que ha concurrido en pleno a contemplar una exposición, en la que hemos admirado las limpias planas de escritura, los complicados cálculos de matemáticas, las intrincadas artísticas y útiles labores, un verdadero torbellino de preciosos objetos de uso doméstico diario. Y junto a ellos irreprochables adornos.

Estas muestras son fruto de una forma de enseñanza puramente intuitiva, en la que se hace dificilísimo el olvido.

La colaboración y solidaridad humana, ejercitada por estos maestros en los futuros hombres y mujeres alagoneses, nos ha sacado de los recovecos de la rutina. Enseñan al niño a ver, a observar y a concentrar su atención ante las cosas complicadas-

Consiguen unas mentes cultivadas. En pocas horas aprenden más y mejor que durante muchos días de estudios doctrinales.

La entrega del premio a Pascual Sayos se celebrará coincidiendo con uno de los días de las fiestas de septiembre. Y, con este motivo, quiero hacer una observación a nuestro Ayuntamiento: ¿No hay personas que en una u otra forma han contribuido a la consecución de este feliz resultado? ¡No hay duda!

Hay quienes, como nuestro ilustre paisano residente en Barcelona, demuestran que los años de ausencia no mitigan el amor a su pueblo. Y además está el complemento en el celo y entusiasmo que los maestros ponen en la educación de nuestros pequeños.

Y, siendo así, ¿por qué no un homenaje popular que evidencie el agradecimiento y el amor que los alagoneses sentimos por quiénes contribuyen a elevar nuestra vida al nivel de pueblo culto y civilizado?

Vaya mi modesta felicitación, desde estas columnas de la Voz de Aragón, para las maestras doña Paciencia Villacampa, doña Pilar Usón, doña Paquita Zuaza, doña Adelaida Abad, doña Guadalupe Loscos, doña Carmen, doña Amelia N y doña Dolores Serraller. Y para los maestros, don Vicente Orpi, don Francisco Villa, don Mariano Cortés, don Pedro López, don Juan Lanzarote y don Julio Ricarte.

Al Ayuntamiento, a los señores que integran el Consejo Local de Primera Enseñanza y a todos, mi modesto aliento para que sigan con el mismo empeño por el cambio emprendido, que es el camino recto de la noble causa para llegar la redención de nuestra querida España. EL CORRESPONSAL. 14 de julio de 1934.

05. Pascual Sayos. 1

Pascual Sayos, Zaragoza, 1869-Alagón, 1948.

 Pascual Sayos Cantín fue un filántropo aragonés que demostró gran amor a su tierra. Recibió la Medalla de Oro de Zaragoza, Alagón lo nombró hijo adoptivo y predilecto, y puso su nombre a una plaza, la antigua plaza del Paredor.

En 1909, don Pascual fundó el Centro Aragonés en Barcelona. En 1934, con 6000 pesetas, creó en Alagón una fundación, para premiar a los niños que se distinguieran durante el curso. En las fiestas de 1934, se repartieron entre los niños de la escuela veinticuatro cartillas de ahorro, con 10 pesetas cada una, producto de los intereses de la fundación. Correspondieron a los siguientes niños: Manuel Jarabo, Antonio Lacámara, Manuel López, Justo Álvarez, Ricardo Sánchez, Luis Laserrada, Hilario Sánchez, Eugenio Roy, Enrique Latorre, José Aparicio, Mariano Pablo, Antonio González, Josefa Ade, María Pascual, Luisa Sobreviela, Margarita Álvarez, Josefina Barca, Josefina Yela, Lucía Bona, Ángela Pascual, Carmen Laserrada y Fernanda Zamora.

Testimonios de sus alumnos

Este ambiente educativo fue el acicate que empujó a don Juan a sacar lo mejor de sí mismo y entregarlo a sus alumnos. Esa, y no otra, es la razón por la que todavía los que fueron sus alumnos lo recuerdan y nos deleitan con anécdotas enternecedoras.

Todos aquellos con los que hemos contactado hablan de él como un maestro serio, recto y con mucho interés por sus alumnos.

Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan. Mientras visitamos el edificio, oímos una voz que dice: “cuando don Juan subía las escaleras de dos en dos, ese día no se oía una mosca en clase”.

Julio Callén Mora solo estuvo en su clase un curso. Don Juan le encomendó la tarea de preparar la leche en polvo que enviaban los americanos. Cada día echaba en una cuba el agua y la leche en polvo y removía mientras se calentaba. Luego la colaban para quitar los grumos. Al salir al recreo repartían la leche y la mantequilla entre los alumnos y “qué rica nos sabía”, dice él.

Don Juan era maestro en las escuelas viejas, situadas en la plaza de San Antonio, en lo que hoy es la casa de Cultura. Su clase estaba en la tercera planta, y los balcones daban al patio del recreo. Eran clases separadas por sexos. Los niños y las niñas no se mezclaban. Don Juan era maestro de niños de seis a catorce años. También impartía clases de repaso para ampliar estudios y preparar a algunos de sus alumnos para hacer estudios superiores. Eran clases muy numerosas, entre cincuenta y sesenta alumnos, en las que había niños de distintas edades.

Mi padre estuvo con él como maestro de 1950 a 1953. Las clases eran de lunes a sábado, de 9 a 12 de la mañana y de 2 a 4 de la tarde, menos los jueves, que por la tarde había fiesta. También iba a repaso después de clase, donde se hacían problemas y se recitaba poesía en voz alta. Se pagaban 30 pesetas al mes. Recuerdo la sorpresa cuando descubrí que mi padre conocía muchos poemas de memoria, como la “Canción del pirata” de Espronceda, que se había aprendido en su época de colegio y que aún recordaba.

Con otros profesores se salía a la plaza a cantar el “Cara el sol”, pero con él no. 

Escaleras de casa de don Juan

Escaleras de la escuela de don Juan, con una pintura de Goya.

Roberto Casbas, otro de sus alumnos, vivía en la misma plaza que don Juan, justo enfrente, en el Paradero. Un día por la mañana, desde su casa, don Juan vio salir a Roberto. Supuso que iba hacia el colegio, pero aquel día Roberto había decidido hacer pimienta y no asistir a clase. Don Juan, al ver que no había ido a clase, mandó aviso a la madre con algún alumno. Cuando Roberto llegó a casa su madre lo estaba esperando, conocedora de todo. Nunca más faltó a clase.

Ángel Luis Abós Santabárbara también nos cuenta sus recuerdos de la época en que fue alumno suyo:

De los dos cursos, 1949 a 1951, en que asistí a la clase de don Juan, guardo un grato recuerdo de él. Mi memoria lejana está todavía fresca por lo que me resulta fácil exponer la mayor parte de lo acontecido. Comenzaré por pergeñar algunas consideraciones que permitan hacernos una idea de cómo era la educación primaria en ese periodo en el que a don Juan le tocó enseñar.

A grandes rasgos todavía estaba en vigor la Ley Moyano que en 1857 había impulsado la enseñanza primaria obligatoria de los seis a los nueve años con un programa  que comprendía: leer, escribir, contar. Las llamadas cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y rezar. En los años treinta del siglo XX se amplió hasta los doce años y en Alagón ya funcionaban los llamados parvularios mixtos, chicos y chicas, de cuatro a siete años en que se pasaban a los cursos preceptivos con estricta separación de sexos. A petición de los padres los alumnos podían alargar su educación hasta los catorce años.

Escuelas Viejas Reformadas

Las Escuelas Viejas, hoy restauradas. Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan.

Existían dos escuelas públicas: las “nuevas” o graduadas de la época de Primo de Rivera y las “viejas” ubicadas en el antiguo seminario menor de la Compañía de Jesús incautado por Carlos III que curiosamente lo había patrocinado, como muestra el escudo de la portada. Una línea imaginaria, atravesando la calle Mayor, iba desde la antigua fábrica de tejidos a la Portalada, señalando qué alumnos debían asistir a unas o a otras.

Las Escuelas Viejas estaban estructuradas en tres aulas de párvulos, en la planta baja, y seis, tres de chicas y tres de chicos, en las dos plantas superiores. Unas daban al recreo y otras a la plaza de la Alhóndiga. En esos años no se hacía ningún acto de homenaje a la bandera en las Escuelas Viejas por la sencilla razón de que no teníamos. En cambio se salía de clase en fila entonado canciones patrióticas como “Montañas nevadas, banderas al viento”, “Juventud española descendiente de Fernando e Isabel” o su preferida, “Es tan hermoso ser cadete de nuestra Patria”. Sin embargo, jamás escuché en los labios de don Juan el  “Cara al Sol”, himno de la Falange Española.

La distribución del horario era casi prusiana: de las nueve de la mañana hasta las doce, lloviera, nevara o acantaleara. La rosada y un viento helador en invierno nos ponían las piernas moradas pues llevábamos pantalones cortos de pana. Por la tarde, de dos a cuatro. Por la mañana, las asignaturas más fuertes y por la tarde, Historia Sagrada, catecismo, dibujo y lecturas históricas. El jueves por la tarde era festivo, pero en cambio, el sábado era lectivo incluso por la tarde, que se dedicaba a explicar el Evangelio que después copiábamos de la pizarra en la que don Juan lo había escrito con una esmerada caligrafía. Recuerdo cómo despertó nuestros sentimientos al narrar la parábola del hijo pródigo que dilapidó la herencia y tuvo que comer las bellotas dadas a los cerdos como porquerizo.

El dibujo era una de las actividades que más apreciaba. De su clase salieron excelentes dibujantes que ganaron premios en competiciones escolares.  En aquellos años no había exámenes escritos. O, mejor dicho, el examen era diario pues don Juan preguntaba la lección, corregía las cuentas, la caligrafía, el dibujo y los cuadernos de clase recorriendo los excelentes pupitres bipersonales donados por los hermanos Sayos, verdaderos mecenas del pueblo, cuya placa en la plaza “El Paradero” fue sustituida por la de “Fernando el Católico” en un acto de ingratitud tan corriente en nuestra sociedad.

El sistema que nos motivaba al conocimiento era el puesto que se ocupaba después de la rueda de preguntas. Si uno fallaba pasaba al siguiente que esperaba ansioso por adelantar a su compañero  con una sonrisa malévola. Si faltabas a clase te ponías a la cola. La clase de don Juan funcionaba como una unitaria. Tenía alumnos entre siete y catorce años, en tres secciones. Cada una llevaba una enciclopedia editada por Dalmau Carles Pla: grado Preparatorio, Medio y Superior. Las hojas poco mejor que el papel de estraza y unos dibujos negruzcos y horrorosos.

A la lectura comprensiva y en voz alta formando corro se daba siempre un tiempo importante. Don Juan se acercaba de vez en cuando y hacía preguntas sobre lo leído. A veces enviaba a alguno de los mayores. Los libros de lectura eran muy interesantes. Tenían siempre un sentido moralizante. Fábulas de Esopo, de Tomás Iriarte y de Félix María de Samaniego. Recuerdo uno de la editorial Ezequiel Solana titulado “Lecturas y dibujos”, en el que aparecía una conversación entre un chico mentiroso, Melitón, y su compañero. El diálogo más o menos era el siguiente:

—Mi tío ha cultivado en su huerto una col enorme. Ha utilizado abono y ha crecido tanto que tiene una altura como la ermita de la plaza.

—Es posible, le contestó su amigo. Pues yo este verano he visto en una fundición de los altos hornos fabricar una caldera de acero tan grande que cabe la iglesia y la casa del cura juntas.

—¡Qué barbaridad! Eso no me lo creo. ¿Y para qué iban a querer una caldera tan grande?

—Pues para cocer la col de tu tío.

Recuerdo a don Juan Lanzarote frisando los cincuenta. Debió tomar posesión de su plaza como docente hacia los primeros años treinta ya que presidió la mesa electoral en la que mi padre actuó como secretario en 1933. Elegante, espigado, enjuto, cano, solía subir las escaleras de la clase de dos en dos. Nada más abrir la puerta se hacía un silencio que se podía cortar. Vestía chaleco con corbata y americana. En clase, se enfundaba en una bata grisácea, a modo de guardapolvos. Una alianza de oro siempre reluciente era su única joya en unas manos fibrosas y huesudas.

Una de las anécdotas que me quedó grabada estaba relacionada con un libro de lecturas. Estábamos leyendo en corro, como siempre, en el lateral de la clase en cuyo muro colgaba un gran reloj visible desde el último rincón. En aquellos años teníamos la risa fácil. Cualquier cosa nos hacía soltar la carcajada pero en clase procurábamos contenernos, sobre todo si don Juan lanzaba su penetrante mirada. Todavía estaba vigente el racionamiento del pan, aceite y alimentos de primera necesidad. Alagón disfrutaba de una red de acequias que fecundaba una rica huerta proporcionando abundancia de verduras, frutas y hortalizas. Muchas casas tenían su propio huerto.

Pues bien, en segundo año de primaria estábamos leyendo una poesía titulada “La tentación”. Un canto al respeto por la propiedad privada muy en consonancia con el décimo mandamiento del Decálogo o Tablas de la Ley Mosaica: “no codiciarás los bienes ajenos”. Si no recuerdo mal decía así:

“Qué linda en la rama la fruta se ve./ Si lanzo una piedra tendrá que caer./ No es mío ese huerto. No es mío lo sé./ Mas yo de esa fruta quisiera comer./ Más no, no me atrevo. Yo no sé por qué. / Parece que siempre sus ojos me ven. / Papá no querría besarme otra vez /Mamá lloraría de pena /Mis buenos maestros dirían tal vez / Que niño tan malo, no jueguen con él. / No, no me atrevo yo nunca lo he de hacer./ Llegando a mi casa sonrisas tendré, abrazos y besos y frutas también”.

Unos días antes habíamos echado la habitual “barda”, es decir, saltar los setos de los huertos para comer fruta. Esta vez entramos en el “huerto del cura” y nos arrastramos por un desvío de la acequia del “Cascajo” para hurtar unos olorosos y amarillentos membrillos. La lectura de aquellos versos provocó en mi compañero de aventuras una risa desternillante que terminó por contagiarse al resto del corro. La algarabía atrajo a don Juan que nos obligó a contarle los hechos mientras él mismo esbozaba una sonrisa indulgente. Eso sí, tras el correspondiente reniego y la promesa de que no volveríamos a perpetrar tan abominable crimen. 

Antonio Higueras García nos trae una fotografía de su época de estudiante con don Juan, y su libro de escolaridad, escrito y firmado por el maestro.

Antonio Higueras GarcíaCartila de escolaridad. 1 hojaCartilla de escolaridad de Antonio Huigueras

Cartilla de escolaridad. Notas

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¿Quién era y de dónde venía don Juan Lanzarote?

08. 1902 Los lanzarote

Algunos de los hermanos Lanzarote Pemán en Zaragoza en 1902. Don Juan, abajo a la izquierda de la fotografía, con sus padres: Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912), casado en 1882 con Felicia Pemán Navarro, (Biel, 1862-1926). De pie y con toca negra, “el ama seca” de casa el Moreno.

Juan Lanzarote Pemán, natural de Biel, en 1933, llegó de maestro a Alagón con el empuje de su juventud y con una familia recién creada. En 1929, estando de maestro en Pradilla de Ebro, se casó con Isabel Marco Sampietro, la hija de su maestro.

06. 1958 circa album Juan e Isabel

Juan Lanzarote Pemán, (Biel, 1895-Alagón, 1992) y su mujer Isabel Marco Sampietro, (Biel, 1895-Alagón, 1974).

Juan Lanzarote Pemán

En la villa de Biel a las once de la mañana del día 22 de junio de 1895 ante don  Fernando Sánchez, juez municipal, y don Felipe Coiduras, secretario, compareció don Francisco Lanzarote Artieda, natural y vecino de esta villa, casado, de oficio Comerciante, y que vive en la Calle del Burgo nº. 4.

07. 1902 Frco Lanzarote Artieda

Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912). Zaragoza, 1902.

Presentándose con el objeto de hacer la inscripción en el Registro Civil de un niño y al objeto, como padre del mismo, declaró: Que dicho niño nació en la casa del declarante el día 22 del corriente mes a las 11 de la mañana. Que es hijo legítimo del declarante y de su mujer doña Felicia Pemán. Que es nieto por línea paterna de los ya difuntos don Mariano Lanzarote Piteus y María Artieda, esta natural que fue de Isuerre y vecina de esta Villa, de oficio pelaires que fueron. Y por línea materna de Mauricio Pemán y de Rosa Navarro. Que al expresado niño se le había puesto el nombre de Juan sin que haya expresado otras circunstancias. Todo lo cual presenciaron como testigos Celedonio Arenaz y Francisco Navarro de este domicilio. Leída la presente acta, e invitadas las personas a que la leyesen por sí mismas, deben suscribirla si así lo estimaban por conveniente. Se estampó en ella el sello del juzgado municipal y la firmaron el señor Juan, declarante, y los testigos de todo ello. Como Secretario, certifico. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Estudios y destinos

Realizó los estudios primarios en Biel con don Manuel Marco Bonaluque, un maestro que tanto iba a significar en su  vida profesional y familiar.

23. Manuel Marco Bonaluque

Manuel Marco Bonaluque, maestro de maestros, (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Don Juan estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Zaragoza. Ingresó en 1909 y obtuvo el título de Maestro Superior en 1917. Ese mismo año fue de interino a Fanlo, Huesca. Al año siguiente, 1918, aprobó oposiciones en Huesca. Y, como era la norma,  en 1919 lo nombraron interino por un año y lo mandaron a Ceresuela, Huesca. Al año siguiente le dieron el destino definitivo en Alforque, donde estuvo cuatro años.

En 1923 llegó por traslado a Remolinos, allí ejerció cinco años, hasta que consiguió una permuta a Pradilla de Ebro.

Desde 1927  hasta 1933, cinco años en Pradilla.

09. 1927. Alumnos Pradilla 1927_1933

1927. Don Juan con los alumnos de Pradilla de Ebro.

Se aprueban las permutas de cargos entre Juan Lanzarote, maestro de Remolinos, y don Timoteo Mustiones, de Pradilla de Ebro, Zaragoza. (El Sol. 29/4/1927).

PARTIDA DE MATRIMONIO. AÑO 1929. El 17 de junio, Juan Lanzarote Pemán, maestro, de 33 años, domiciliado en Pradilla de Ebro, hijo de  Francisco y Felicia, comerciantes, se casó con Isabel Marco Sampietro, de 34 años, hija de Manuel Marco Bonaluque, natural de El Frago, maestro propietario de Biel, y doña Isabel Sampietro Gállego, vecinos de esta localidad. (Cfr. Archivo del Ayuntamiento de Biel).

10. Libro de familia

La Voz de Aragón también recogía la noticia.

Han contraído matrimonial enlace en Biel, el culto maestro nacional, don Juan Lanzarote Pemán, con la bellísima señorita, Isabel Marco. Por el reciente luto de la familia de la novia, la boda se celebró en la intimidad. Los recién casados salieron de viaje de novios para Zaragoza, Madrid, Barcelona y París. (18/06/1929).

11, 1929. Boda de Juan e Isabel

Foto de novios.

La novia estaba de luto porque el 13 de febrero de 1927 había muerto su padre, Manuel Marco Bonaluque, y el 19 de septiembre del mismo año su hermano Marino Marco Sampietro. Lucía un vestido de crep de seda negro. Se lo hizo su amiga Ramona Longás, conocida como Montxa, (Biel, 1900-Barcelona 1985). Ramona se colocó de modista en Barcelona y, en 1938, se casó con el arquitecto Josep Luis Sert. Sus nietos conservan el vestido de su abuela como una auténtica pieza de museo.

1933-1955. Veintidós años de maestro en Alagón

13. Casa de don Juan en Alagó

Postal  antigua de Alagón. Cuando llegaron, don Juan y su familia se instalaron en la segunda casa, la de los balcones. Después se mudaron varias veces: a la Avenida de Zaragoza 3, a una casa encima del bar Avenida y, finalmente, al 23 de la misma calle.

De Pradilla a Alagón. Don Juan Lanzarote Pemán que ocupaba el grupo C, desde el 19 de mayo de 1927, fue destinado a Alagón, a la escuela unitaria número 3, serie B. (El magisterio español: junio de 1933).

Ha tomado posesión de la escuela de Alagón don Juan Lanzarote. (La Voz de Aragón: 22/09/1933).

12. Escuelas viejas. Don Juan

Al crecer el pueblo se dividieron las escuelas en dos grupos escolares: las escuelas nuevas y las viejas. Y don Juan se quedó en las viejas.

Desde 1955 hasta 1962: once años maestro en Zaragoza

Cuando su hijo Octavio iba a comenzar la carrera de Medicina, don Juan solicitó el traslado a Zaragoza, pero no se lo concedieron hasta que ya la había terminado. Lo destinaron al grupo Alférez Rojas, una sección dependiente del de Juan José Lorente, la escuela del Barrio Oliver.

A su sobrino Luis Marco le tocó la lotería

12. Luis Marco Bueno 1962 el 6 de Enero Lotería_2

Don Juan, su mujer y su hija Carmen, junto con otros familiares de Biel, acudieron a la celebración del evento y pasaron allí unos días de las vacaciones de Navidad.

13, Luis Marco con su 600

El coche del médico.

En 1965 le llegó la jubilación

Un año antes, el 27 de noviembre de 1964, Día del Maestro, recibió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.

Y en 1965 se jubiló en el grupo escolar Alférez Rojas, una sección del grupo Juan José Lorente. Como premio a su trayectoria educativa, recibió el diploma de Maestro Distinguido, dotado con un premio de 10.000 pesetas. (BOE, 31/08/1965).

14. 1965 jubilacion restaurante Eliseos Zaragoza

En la comida de jubilación. Don Juan y su esposa en el restaurante Elíseos de Zaragoza.

En este punto, la familia Lanzarote nos ha facilitado un documento excepcional, que no podemos transcribir de forma completa por razones de espacio.

Se trata de una carta personal que Marino le escribió a su hermana Carmen, que no pudo asistir a los actos. En esos momentos se estaba formando para monja en Instituto Misionero Secular, en la casa de Vitoria.

La carta da noticias por lo menudo de los actos de la jubilación. Comienza con las actividades de los alumnos en el colegio. Reseña la misa en la que el cura comparó a don Juan con la figura del Evangelio. También da cuenta del vermú, en el Club Radio Zaragoza, donde se juntaron con otros maestros. Son sabrosos y originales los detalles de  la comida en el Restaurante Elíseos. ¡Hasta la disposición de los comensales!

Resulta muy jugosa la síntesis de los discursos. Don Juan fue piropeado por todos los que tomaron la palabra. El director llegó a decir que preferiría no seguir de director a no tener a don Juan. El concejal, como buen político, anduvo por las ramas.

Sus palabras fueron totalmente ególatras. No hizo más que elogiarse a sí mismo como libertador de los maestros del Barrio Oliver, que los sacó del inmundo grupo que tenían y que, gracias a él, se habían hecho tantas y tantas cosas en las escuelas de Zaragoza.

El discurso certero lo llevaba en sus labios el inspector, que conocía bien a los dos maestros sobresalientes de Biel: a don Juan y a don Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968), mi abuelo materno.

El broche lo dio el señor Marín, inspector y director del grupo Escolar Gascón y Marín. Un señor extraordinario que habló poco, pero nos llegó a todos muy profundo. Lo comparó con don Constantino.

En fin, todo terminó allí, con las despedidas de rigor y las emociones por parte de todos.

Juan Lanzarote. Tarjeta comprador 1955 Zaragoza

Siguieron viviendo en Zaragoza hasta que en 1970 fijaron su residencia con su hijo Octavio, médico de Alagón, donde pasaron los últimos años.

En los veintiún años de Zaragoza, cambiaron varias veces de domicilio. Mientras trabajó vivieron cerca de la escuela. Primero en la Avenida de Madrid 116 y luego en la avenida Navarra 36. Cuando jubiló pasaron algunas temporadas intermitentes entre   Sagasta 78 y Alagón.

De nuevo en Alagón

Ya estaban jubilados, pero volvieron a vivir a Alagón con Octavio, a la Avenida de Zaragoza 3. El mismo año que murió Isabel, 1974, Octavio se casó con Olga Borges y se cambiaron a un nuevo piso, donde don Juan vivió los últimos años de su vida.

02. Placa de la calle. 2

En 1973, en la sesión celebrada en el Ayuntamiento de Alagón el día 13 de febrero, se leyó un escrito firmado por numerosos vecinos de la localidad en el que solicitaban que se le dedicara una calle a don Juan Lanzarote Pemán: En atención a los numerosísimos méritos a que se hizo acreedor durante los años que prestó sus servicios.

El merecido descanso en Biel

Cementerio de Biel

Cementerio de Biel  A la derecha las Lezas y a la izquierda, abajo, el cauce del Arba.

Cuando falleció don Juan, exhumaron el cadáver de su  mujer, que estaba enterrada en Alagón, y los llevaron al cementerio de Biel. Desde allí, con sus tres hijos, escuchan el rumor del agua del Arba y contemplan las Lezas, cerca de la casa que conserva vivos sus recuerdos.

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El entramado familiar. Hermanos, cuñados, sobrinos y sus tres hijos

A finales del siglo XIX, los padres de don Juan construyeron una casa en la calle El Burgo, 4, conocida como casa Lanzarote. Cuando la heredó su hija Julia, casada con Victorino Mallén, un veterinario destinado en Biel, pasó a llamarse casa el Veterinario, como la conocemos hoy.

Como ya hemos dicho, era hijo de Francisco Lanzarote Artieda, confitero, y de Felicia Pemán Navarro, de casa Mauricio, una familia de clase emergente.

Los hermanos

18, Casa el Veterinario. Rebajada

Aquí nacieron don Juan y sus hermanos.

De los doce hermanos solo sobrevivieron ocho. El año 1911, en el libro del Cumplimiento Pascual de Biel, podemos leer una relación de los padres y de los hermanos supervivientes.

Francisco Lanzarote 59, casado. Felicia Pemán 48, casada. María Lanzarote 29. Enrique Lanzarote 23. Mariano Lanzarote 21. Julia Lanzarote 18. Juan Lanzarote 15. Francisco Lanzarote 12. Encarnación Lanzarote 10. Valentín Lanzarote 6.

María Candelaria (1883-1884), murió al año de nacer.

María Anunciación (1884-1886), vivió dos años.

09. 1930. Biel. Lanzarote, María y Marco, Isabel. 5 de julio

 

María Magdalena (Biel, 1885-1974), se casó en 1913 con Celedonio García Alvarado (Biel, 1874-1950), secretario del Ayuntamiento. Fueron los padres de Manuel García Lanzarote (Biel, 1914-1946), un químico con un puesto importante en Bilbao.

Biel, 1930. Las cuñadas. Detrás, de pie, María, la hermana de don Juan. Delante, sentada, Isabelita, su esposa. Viste de negro porque año anterior se habían muerto su padre y su hermano.

Pedro Enrique (Biel, 1887-Argentina). Emigró y no volvió.

Mariano (Biel, 1888-Buenos Aires, cementerio de las Chacaritas, 1955).

Francisco (Biel, 1890-1891). Murió al año. Después, para recordarlo, según la costumbre, llamaron Francisco a otro de sus hijos.

Esquela Julia Lanzarote 1982

Julia (Biel, 1892-1982). Se casó con Victorino Mallén Moreno (Murillo de Gállego, 1892-Biel, 1959), un veterinario destinado en Biel.

Fueron los abuelos de los hermanos Duque Mallén. Desde aquí mi recuerdo a las que fueron mis alumnas en el instituto Goya de Zaragoza.

Antonia Moreno, de Mallen

Antonia Moreno (Alagón, 1868-Murilo de Gállego, 1929), Madre de Victorino.

 

 

Gracias a Ricardo López Mallén, sabemos que la madre y la abuela de Vitorino Mallén, cuñado de don Juan, fueron maestras en ejercicio y nacieron en Alagón.

Victorino Mallén. Cuadro recortado

 

Juan (Biel, 1895-Alagón, 1992). Maestro. Se casó con Isabel Marco Sampietro (Biel, 1894-Alagón, 1974).

31. 1925 Juan y Francisco Lanzarote. Victorino Mallén y otro.

 

Biel. 1925, En el centro está don Juan con su hermano Francisco y con su cuñado Victorino a la derecha. No reconocemos a los otros de la foto.

 

 

 

Francisco, “don Paco”, (Biel, 1898-Huesca, 1996). Se casó con Josefina Lasheras Navarro (Biel, 1907-1990), de casa Manolete. Tuvieron tres hijos: Francisco, María Pilar y Rosario. Estuvo de maestro en Biel en dos ocasiones. En su última etapa sustituyó a Constantino Pemán Otal cuando se jubiló.

Esquela Francisco (Paco) Lanzarote

Ana Felicia (Biel, 1900-Zaragoza, 1901). Murió al año.

Encarnación (Zaragoza, 1902-Biel, 1919), murió soltera.

Valentín (Biel, 1903-¿?), falleció en el Seminario de Jaca, donde estaba estudiando.

La casa de Manuel Marco

En 1898 Manuel Marco Bonaluque  le compró una casa a Daniel Dieste Morlans, de casa Perico Matías, en la calle Mayor, 24. La tiró y construyó una nueva. Así nació la casa de Manuel Marco, en su momento una de las más altas de Biel.

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Casa de Manuel Marco, 1898. Entre el balcón de casa Caudevilla que atraviesa la calle y la carnicería vieja

Después, en 1909, su hijo Marino, con motivo de su matrimonio, la amplío con la carnicería. Y así la he conocido yo siempre. En esta casa de la calle Mayor, 24, nacieron los tres hijos de don Juan.

22. 1912 JManuel Marco 1912 circa

Casa de Manuel Marco. Calle Mayor 24, Biel.

La familia de su mujer: Isabel Marco Sampietro

20. 1930. Isabelita Marco

Isabelita en 1930.

 

Era hija de Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), maestro, recaudador de impuestos y juez de paz, y de  Isabel Sampietro Gállego, (Biel, 1863-1938).

De los nueve hijos de Manuel Marco Bonaluque, solo sobrevivieron Marino e Isabel Manuela Pabla.

En 1884, ya casada y residente en Fuencalderas, se matriculó en la Escuela de Maestras de Huesca. Ese mismo año nació su primogénito, Marino, y abandonó los estudios.

Cuñados y sobrinos

Marino Marco Sampietro se casó con Delfina Bueno Garza maestra titular de Biel y fueron padres de sus cinco sobrinos:

Rosario (Biel, 1911-Alagón, 1966), Teresa (Biel, 1913-Madrid, 1977), José Manuel (Biel, 1916-Sabadell, 1978), Marino (Biel, 1918-Zaragoza, 1973) y Luis (Biel, 1919 -1982).

24. 1910 Marino y Delfina 1910 Boda

Boda de Marino Marco Sampietro (Biel, 1884-Biel, 1927) y Delfina Bueno Garza (Agüero,1882-Alagón, 1963).

25. Delfina y sus cinco hijos

Biel, 1923. Doña Delfina con sus cinco hijos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pequeño, casado con Escolástica Marco Marco (Biel, 1922-Alcañiz, 2005), ejerció de médico en Alagón desde 1944 hasta que falleció a los 62 años.

Escolástica y sus amigas de Alagón

Escolástica, con abrigo blanco, y un grupo de amigas de Alagón.

Luis Marco Marco, el hijo de Luis Marco Bueno, nos comentaba:

Mi padre estuvo en Ansó y se trasladó a Alagón porque mi tío Juan le dijo que allí había mucho trabajo y se ganaba bien. Todavía no existía la Seguridad Social. Lo importante eran  las “igualas” y la actividad privada. Me acuerdo perfectamente de nuestro tío Juan rellenando los recibos que se cobraban a las familias según su poder adquisitivo.  El que más pagaba, 25 pesetas al mes, era un tal “Santos el Gitano”, tratante de ganado, porque eran muchos de familia. Estas cosas se las oía comentar a mi padre con mi tío Juan, mientras yo ponía un sello con la firma de mi padre.

Los tres descendientes de don Juan

Sus tres hijos nacieron en Biel, atendidos por Amado Mínguez Biel, (Sos, 1897-Biel, 1984). Llegó de médico en 1923 y en 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-Biel, 1981), de casa Mauricio, es decir, con una prima hermana de don Juan.

Este es un buen momento para recordar a la saga de parteras de Biel, todas bien experimentadas, que acompañaban, o sustituían, a los médicos en los partos. Eran las que inscribían a los expósitos y a los hijos de padres desconocidos en el registro civil. En 1898, a los ochenta años, falleció la primera de la que tenemos noticia, María Salias Gastón, hija de los maestros Francisco Salias, natural de Jaca, y Ramona Gastón, de Ansó. En 1892 su hija Dionisia Muñoz Salías ya aparece en algunos partos como sustituta de su madre. Y en los años cuarenta, una de las últimas fue Melchora de Matiero.

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Octavio (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), Marino (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y Carmen (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Foto de 1940.

Octavio Lanzarote Marco nació en la casa de sus abuelos maternos. En la partida de nacimiento consta así:

Hijo de don Juan Lanzarote Pemán y doña Isabel Marco Sampietro de 35 años ambos de edad. Él Maestro Nacional y ella dedicada a sus labores, naturales de esta villa y vecinos de Pradilla de Ebro (Archivo del Ayuntamiento de Biel, nacimientos de 1930).

Estudió Medicina, entre 1947 y 1953. Se casó en 1974 con Olga Borges Barreto (Máguez, Lanzarote, 1939), una joven que había sido la madrina en la Inauguración del Campo Fútbol Máguez, una aldea de Haria, en el norte de la isla de Lanzarote. En 1972, Olga vino de excursión a la Península, conoció a Octavio en Zaragoza, en la plaza de la Seo. Se casaron en Las Palmas de Gran Canaria y fijaron su residencia en Alagón.

La historia laboral de Octavio resultó un poco movida. En 1954, comenzó en el Hospital Militar de Melilla. Pero al año siguiente, 1955, ya estaba en Torres de Berrellén.

30. 1959 Octavio Lanzarote en la consulta Castejon de Valdejasa

1959, Octavio Lanzarote Marco (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), en la consulta de Castejón de Valdejasa.

En 1957 aprobó las oposiciones a Médico Titular y estuvo dos años en el Sanatorio de Agramonte, donde ejerció de forma privada. En 1959 lo nombraron Médico Titular de Castejón de Valdejasa.

Diez años después ejerció en Pradilla de Ebro, como su padre, y durante muchos años, hasta que murió su primo Luis, compartieron la consulta la Avenida de Zaragoza de Alagón.

En 1979 le concedieron la titularidad de Alagón. Y durante un tiempo tuvo agregado Cabañas de Ebro.

Marino Lanzarote Marco. También nació en la casa de sus abuelos maternos. En 1952, aprobó el grado de Perito Mercantil en la Escuela Profesional de Comercio de Zaragoza. Desde 1944 su padre lo preparó en casa y se examinó como alumno libre.

A la vez que estudiaba comenzó a trabajar de recadista en la La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (CAZAR) de Alagón. En 1949 ingresó de auxiliar, por oposición, en el Cuerpo de Empleados de la CAZAR. De los 138 candidatos, y de los 15 aprobados, obtuvo el número uno.

En 1954 se licenció del servicio militar y lo nombraron comisionado para aclarar la campaña de remolacha. Por su buena gestión, lo eligieron delegado de la sucursal de nueva creación en Fuentes de Ebro. En 1958 se trasladó a Graus, Huesca, como delegado de comarca. Allí se casó con María Peña Subías Borgoñó y fueron los padres de: Peña, Isabel, Pilar, Marino y Javier Lanzarote Subías

35, 1960. Marino y Peña

Marino Lanzarote Marco (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y María Peña Subías Borgoñó (Graus, 1939).

En 1969 ascendió a jefe de la Cuarta y lo trasladaron a Calatayud. Allí fue director de la sucursal de Calatayud y zona.

En 1972 pasó a la sucursal de la Plaza de La Seo de Zaragoza. Precisamente allí conoció a su futura cuñada Olga Borges.

Y posteriormente a la Avenida de Madrid donde su hija Isabel, siguiendo sus pasos, encontró a muchas personas que lo recordaban con mucho cariño

En 1992, se jubiló en la Central de la Plaza de Basilio Paraíso.

Carmen Lanzarote Marco (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Maestra Nacional y Guía Turística de Mallorca.

33, 1941 Comunion de Carmita

1941. Primera Comunión de Carmen, conocida como “Carmita”.

En marzo de 1957 aprobó las oposiciones en Huesca y en septiembre de 1958 se incorporó a la escuela de Biscarrués. En 1959 estuvo en Aladrén y en 1960 en Alcubierre.

En 1962 solicitó una excedencia de tres meses para estudiar Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Volvió a acabar el curso a su escuela y solicitó una excedencia voluntaria para incorporarse al Instituto de Misioneras Seculares (IMS). Desde 1963 hasta 1965 siguió estudiando en el Centro de Cultura Religiosa de Vitoria y obtuvo el título de profesora de Religión Católica.

En 1966 la admitieron a participar en el examen de Guías de la provincia de Mallorca, con la condición de que presentara el título de Maestra Nacional y que el Consejo Nacional de Educación equiparara dicho título al de Bachiller elemental.

Desde 1969 hasta 1974 en el Patronato de Villacarlos, Baleares. En mayo de 1969 reingresó en los Patronatos Diocesanos. A través del Centro Fernando el Católico de Zaragoza, se incorporó en el Patronato de Villacarlos, donde estuvo hasta 1973. Ese año la destinaron a un patronato de Manacor, también en Baleares, sin consumir la plaza. Así que su destino seguía siendo Villacarlos hasta agosto de 1974

11. Carmita. La segunda. Lleva las trenzas

Carmen, la segunda por la derecha, lleva coletas.

Como su madre se encontraba muy débil, intentó acercarse a Zaragoza. En 1974, siempre con el Patronato, consiguió colegio nacional “Onésimo Redondo”, actualmente CP Gaudí, de Barcelona. Y en enero de 1979 ganó la plaza por concurso.

Para complementar su carrera, estudió catalán y francés. Realizó algunos cursos oficiales con la Generalitat y obtuvo el Certificado de Nivel que le permitía dar clases en catalán en asignaturas de primaria. Además, había cursado hasta tercero de francés en la Escuela Oficial de Idiomas.

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Hoja de servicios de Carmen Lanzarote.

En 1995 se jubiló. Pero su vida siguió con una actividad frenética. Trabajó como voluntaria social en las cárceles de mujeres de Barcelona y en la casa de acogida Lligam, destinada a las mujeres maltratadas y a las presas para reinserción.

Jubilación de Carmita en Biel

Jubilación de Carmen en la sala del piano de su casa de Biel. Junto a ella, sus compañeras de piso Justa y Covadonga, su hermano Marino, su cuñada Olga y la familia. Biel, 1995.

Y, sin desaliento, se siguió formando para obtener todos los requisitos que exigía su nueva labor. Al mismo tiempo, se involucró en la vida de su barrio de La Sagrera. Entre otras cosas, asistía a la coral de padres que tenía la escuela del barrio.

1940 Juan Lanzarote_0003 Tres hijos Escuela 1940

Los hermanos Lanzarote Marco  fueron a las escuelas públicas de Alagón.

Para terminar

Don Juan llegó a Alagón en plena efervescencia de una educación influida por el modelo de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y supo conjugar los principios educativos institucionistas con su preocupación social y su bondad natural. Era un hombre machadiano, “en el buen sentido de la palabra bueno”.

Nunca olvidó sus raíces rurales ni la buena preparación que recibió en la escuela de Biel. Y quiso repetir, de forma renovada, el modelo de su maestro, don Manuel Marco Bonaluque, de quien fueron dos alumnos destacados él y su buen amigo, Constantino Pemán Otal. Precisamente los dos juntos fueron recordados y elogiados por el inspector en la jubilación de don Juan.

Además de un buen maestro, ejerció de mentor, dio clases particulares y preparó a muchos de sus alumnos para que obtuvieran el premio Pascual Sayos y a otros para que salieran a estudiar fuera. Incluso preparó a su hijo Marino en los estudios de Perito Mercantil, que los realizó como alumno libre desde Alagón.

Su última etapa la dedicó a alfabetizar el Barrio Oliver, y recibió el diploma de Maestro Distinguido.

Junto con otros maestros contribuyó a elevar el nivel cultural de Alagón. Sus ideas calaron muy hondo. Hoy los hijos de sus alumnos, al calor de Inma Callén, hija de Jesus Callén Bazán, un alumno de don Juan, han hecho un nido de gran altura humana y cultural en la Biblioteca de Alagón.

Carmen Romeo Pemán

 

Nota sobre la foto del comienzo. 1934. Don Juan Lanzarote con sus alumnos de Alagón.

El gigante Degusoro

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De las fragolinas de mis ayeres

Todas las vacaciones, desde muy pequeña, recorría las tres leguas que separaban El Frago de Biel. Iba con mi familia a pasar unos días a casa de mi abuelo, mis tíos y mis primos. Y todos esperábamos estos encuentros muy alborozados.

Hacíamos el camino andando, y nos turnábamos para montarnos a horcajadas en el lomo de Cascabela, que así se llamaba nuestra burra.

En particular, recuerdo el último viaje de Semana Santa. Como hicimos muchas paradas, tardamos más de medio día en llegar. Hacia la mitad del camino descansamos mucho rato en las tierras del gigante Degusoro. Mientras todos dormitaban a la sombra de un nogal, mi madre me contó la historia del gigante.

—Por el día duerme en su cueva y, cuando respira, le salen por la nariz unas burbujas de agua que van llenando este pozo. —Señaló con la mano donde bebía la burra.

—Pues eso no me lo contaste así el año pasado —repliqué con cara enfurruñada.

—Sí, Alodia, sí que te lo conté así, pero igual estabas distraída cogiendo margaritas. —Me sujetó por los brazos y me asomó al agua—. Mira, ¿ves las burbujas? Suben como cuando echamos polvos en un vaso de agua para hacer una gaseosa.

—Sí, sí, lo veo muy bien. —Y me volví a mi madre—. Pues sí que respira deprisa.

Me apoyé la mano en la barbilla y me quedé pensativa. Al poco le contesté:

—Degusoro debe ser muy grande.

Entonces me dijo que en las montañas había muchos gigantes como él haciendo pozos en los que bebían los rebaños. Y que la gente los llamaba ibones.

—Pues a este lo llamaremos el ibón de Degusoro —dije y vi que mi madre se sonreía.

Seguimos hablando del gigante bueno y de que algunas veces salía a regar los prados y hacía crecer las violetas. Aún no habíamos acabado nuestra cháchara, cuando se acercó mi padre:

—Venga, que ya llevamos aquí más de media hora. Si no nos damos prisa, se nos hará de noche antes de llegar.

—Pues yo no me quiero ir tan pronto.

—¡Calla y no protestes! Enseguida nos pararemos a coger manzanetas de pastor en Valdemanzana,

—¡Bien! ¿Veremos el árbol donde se escondía la madrastra de Blancanieves?

—Y la cueva de los enanitos —me contestó mi madre.

—Pero si el año pasado me dijiste que la cueva estaba en la fuente de Arbisuelo —protesté contra la mala memoria de mi madre.

—Es que se suelen cambiar de sitio para que la madrastra no encuentre a Blancanieves.

Me di cuenta de que burra levantaba las orejas y escuchaba con atención. Entonces me acerqué corriendo, me abracé a su cuello y le di montones de besos.

Llegamos a la Plaza Nueva de Biel justo en el momento en que la luna aparecía por detrás de torre del castillo. La luz de la luna atravesaba las ventanas y dibujaba grandes sombras que llegaban hasta nosotros. En cualquier momento podría salir un ogro, como en los castillos encantados de los cuentos. Entonces me eché a temblar y,  para que no me lo notaran, me agarré muy fuerte a Cascabela.

Ya llevábamos varios días en Biel, cuando una noche, a eso de las tres de la mañana, oí muchos pasos por la casa y la voz del veterinario. Me acerqué a escuchar detrás de la puerta. No oía bien lo que decían, pero la burra bramaba fuerte, como si le doliera algo o estuviera muy enfadada. Y además no dejaba de dar coces contra las paredes.

Me puse de rodillas al lado de la mesilla y le recé a san Antón. Pero solo me salía: “Glorioso San Antón haz que Cascabela vomite toda el agua que el otro día bebió en el ibón de Degusoro. Glorioso San Antón, cura a mi Cascabela como curaste a los hijos de una jabalina”. Y no paré de repetirlo en toda la noche.

Como no podía dormir y nadie venía a contarme qué pasaba, en cuanto se hizo de día salí al pasillo y escuché algunas frases de los hombres que estaban en la cuadra.

—Ha sido una pena, pero no he podido hacer nada. Llevaba varios días con el cólico. Me han llamado demasiado tarde —dijo el veterinario.

Siguió un murmullo de voces apesadumbradas entre las que distinguí la de mi padre:

—La llevaremos al muladar antes de que se despierte Alodia.

Entonces me metí en la cama, me tapé hasta la cabeza, y lloré y lloré.

Hicimos el viaje de vuelta con el burro de tío Esteban de Avellanas. Yo no consentí en montarme y volví todo el camino sin levantar la mirada del suelo y sin hablar con nadie. Solo me paraba de vez en cuando a coger  flores. Cuando llegamos a casa llevaba los bolsillos llenos de violetas. Las saqué en un puñado y se las di a tío Esteban.

—Usted que sabe dónde está la burra, échele estas violetas encima.

—Descuida, se las llevaré mañana por la mañana. Tu Cascabela duerme Detrás del Cerro.

Ese día se secó la fuente de Arbisuelo y los enanitos ya no encontraron refugio. Y el gigante Degusoro se disfrazó de buitre, se comió a la burra y abandonó el ibón para siempre.

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01.Con el burro de tio Esteban

El Frago, junio de 1950. Autor, Jesús Pemán Marco (Biel, 1918-Madrid, 1991). En El Peñazal, junto a las Eras Badías. El burro de tío Esteban  de Avellanas preparado para emprender el viaje.

Encima del burro. Detrás, asoma la cabeza, Maruja Romeo Pemán (Ejea, 1944), y delante Conchita Pemán Dieste (Biel, 1942). Alrededor del burro: de izquierda a derecha. Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Mari Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017), Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969) Lorenza Berges Laguarta (El Frago, 1931), Martín Esteban Biesa Solana (Biel, 1892 -1977), conocido como Esteban de Avellanas, por ser de casa Avellanas de Biel.

Carmen Romeo Pemán