¡Quiero aprender a leer!

De las fragolinas de mis ayeres

 

A Anuncia Alegre, que me regaló la historia, y a María Victoria Pociello, que bautizó a la protagonista.

 

lacasta. vista. sergio arbués garrido. 2014

Vista del camino que llega a Lacasta. Foto de Santiago Arbués Garrido, 2014.

Por el camino que llegaba a Lacasta, solo cabía una caballería o las mujeres que subían en hilera desde el barranco, con sus canastos debajo del brazo. Era una trocha pedregosa, llena de zarzas y recodos en los que los chicos escondían sus tesoros.

Como no había luz eléctrica ni candiles de carburo, se trajinaba a la luz del día. Cuando llegaba la noche, las trancas cerraban las puertas y comenzaban los murmullos alrededor de unos fuegos mortecinos. En casa Silvestre todos escuchaban las consejas de los viejos, menos Balbina, que no creía en los sacamantecas ni en que las tijeras cruzadas sobre la ceniza espantaban a las brujas.

Balbina faltaba mucho a la escuela. Solo iba algunas tardes sueltas. Como era la mayor, tenía que ayudar en casa. Por las mañanas la mandaban con las cabras al monte y por las tardes tenía que lavar la ropa en el barranco y cuidar a Ángel, que así se llamaba su hermano pequeño. Una de esas tardes que pudo ir a la escuela, doña Gala leyó un cuento que hablaba de amores. Desde ese día Balbina pensó que las mejores historias estaban en los libros. Cuando acabó la clase, se fue corriendo a su casa, bajó al cobertizo y esperó a que su madre, que estaba arrodillada en el suelo, acabara de golpear las judías. Sin darle tiempo a incorporarse, le dijo de tirón:

—Madre, quiero aprender a leer.

Entonces su madre se limpió las manos en el delantal y las levantó con aspavientos.

—¡Anda, Balbina, no me vengas con tonterías! —Le señaló el montón de vainas secas y vacías—. Ayúdame a recogerlas que amenaza tormenta. Y, si se mojan las hilazas, no podremos encender el fuego.

—Madreeeeee, no es ningunaaaa tonteríaaa. —Se agachó y comenzó a meter las vainas en un saco de arpillera—. Hace muchos días que le estoy dando vueltas. Necesito que usted me ayude. Que se lo pida a doña Gala.

La madre se puso de pie, se cruzó la toquilla en el pecho y le dijo:

—Mira, en este pueblo no saben leer ni los hombres. Así que, si llegara el caso, antes le enseñaríamos a tu hermano que a ti.

Balbina se echó el saco al hombro sin decir ni mu, lo llevó al corral y lo dejó junto a la leña. A la mañana siguiente, ni corta ni perezosa, se fue a hablar con doña Gala y le contó lo que le había dicho su madre.

Hablaron mucho rato. A final, la maestra le prometió que le traería una cartilla de Zaragoza cuando bajara a ver a su familia. Eso sí, tendría que buscarle un buen escondite porque iba a ser un secreto entre las dos.

—No se preocupe, doña Gala. —Bajó mucho la voz como si hablara a escuchetes—. En la última revuelta del camino hay una piedra muy grande tapada con un arto pinchudo. Nadie se atreve a guardar nada allí. Es que, sabe, creen que las víboras hacen sus nidos en las piedras que tienen artos de manzanetas. Pero yo sé que es mentira.

Balbina progresaba deprisa. Por las mañanas enfilaba el sendero con las cabras y, antes de comenzar la cuesta de las Guarnabas, se paraba delante de su losa. Sin que nadie la viera se metía el libro en el morral y seguía hasta el prado de la Carbonera. Y allí se pasaba las horas muertas juntando letras. En unos meses ya las dibujaba con trozos de carbón en las piedras de las eras.

TI-MO-TE-O ME A-MA

En menos de un año leía los cuentos que la maestra le entregaba envueltos en papel de estraza, ese de la tienda de ultramarinos. Siempre llevaba uno en el refajo.

Con cada historia, crecía su pasión por los libros. Y el tiempo que pasaba en el monte le sabía a poco. “¡Tengo que arreglármelas como pueda!”, pensaba mientras hacía los recados.

Una noche, cuando todos dormían, a través de los agujeros de la tarima vio una luz que se movía en las escaleras. Oyó el andar cansino de su padre que bajaba a echar de comer a las caballerías. Se tumbó en el suelo y miró por una rendija. Llevaba una vela encendida en la mano. Esperó hasta que volvió. Y vio cómo la guardaba en un hueco debajo del último peldaño, donde su madre metía las cerillas.

Cuando desapareció el padre, Balbina salió con cuidado. Cogió la vela con las cerillas, las apretó contra su pecho y se volvió a su camastro. Y no le costó mucho hacer una especie de casetón.

—¡Lo he conseguido, lo he conseguido! —se decía en silencio, mientras escuchaba el ronroneo de sus hermanos.

Se metió en la madriguera. Encendió la vela, sacó un libro y se ensimismó. Hasta tal punto se quedó embobada que no se dio cuenta de nada hasta que oyó los gritos.

El colchón comenzó a arder con uno de los chisporroteos de la vela y, en un santiamén, las llamas invadieron la habitación. Ángel, que dormía en otro camastro de paja muy pegado al suyo, la arrastró de los pies hasta la cocina.

De repente sintió un dolor muy intenso en la cara y en las manos. Las tenía chamuscadas. Sus padres no se pudieron contener y comenzaron a gritarle.

—Ya sabía yo que tus tejemanejes con la maestra nos traerían malas consecuencias —le dijo su madre, sin parar de echar pozales de agua en las llamas.

—No sé por qué le gritas si la culpa la tienes tú —terció el padre, dirigiéndose a la madre—. Sé que muchas tardes se quedaban las cabras en el corral para que ella fuera a la escuela. Y no me hacías caso cuando te decía que esas aficiones de Balbina nos traerían alguna desgracia. —Se secaba el sudor con el pañuelo y seguía—: En ninguna casa decente dejan que sus hijas aprendan a leer.

Mientras los padres apagaban el fuego y seguían discutiendo, Balbina se acurrucó en un rincón del patio. Al poco rato notó una mano que le acariciaba la cabeza.

—No llores—le dijo su hermano—. Ahora ya no irás al monte. Te quedarás en casa y leerás todo lo que quieras.

—Pero… —Balbina intentaba hablar entre hipidos—. ¡Mírame! Con estas quemaduras nunca encontraré un príncipe azul.

Entonces Ángel le contó una historia de las del abuelo. La de una chica que se quitaba el rostro mientras dormía. Lo guardaba en una caja y al día siguiente lo encontraba lozano. Pero tenía que hacerlo durante la noche, sin que la viera su amante, porque, si la descubría, perdería todo su amor.

Así fue como Balbina empezó a inventar mundos para su cara. Leía y leía. Y, poco a poco, fue poblando sus mundos de fantasía de grandes amores con rostros muy bellos.

lacasta. cabras. josé ramó catán pérez. 2016

Lacasta. Rebaño de cabras saliendo al monte. Foto de José Ramón Castán Pérez, 2016.

 

IMAGEN PRINCIPAL Lacasta, 1910. Abuelos de la familia Alegre Bernués.

Publicada en FB por Ángel Alegre Bernués y los identificaba así: Arriba: Pabla, Joaquina, Gabriel, Félix. Segunda fila: Julia, Regina, la abuela Magdalena, el abuelo Angel, Juan. Y  las niñas de abajo;  Felipa y Polonia.  Ese año aún faltaban dos por nacer. Regina y Marino, que debía estar en la barriga.

Ángel y sus cinco hermanos,  entre los que están Anuncia, la mayor, y Esther, la pequeña, son hijos de Félix Alegre y Emilia Bernués, la última familia que abandonó Lacasta.

 

Carmen Romeo Pemán

 

Carmen Romeo. Firma invitada en el Cinco Villas

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

El día de San Nicolás, el patrón de El Frago y de los niños de las escuelas, el día del santo que trae los regalos a los niños de gran parte de Europa, José Ramón me regaló el espacio de la firma invitada en el blog cincovillas.com

http://www.cincovillas.com/firma-invitada-carmen-romeo-peman/

Hoy reproduzco el artículo que me publicó, precedido de la introducción que me dedicó.  Y al final os dejo mi currículum, que él lo ponía como introducción, pero yo, por esa timidez propia de la gente de mi tierra, lo he pasado al final. No es que me avergüence, pero tampoco es cosa de presumir.

¡Gracias José Ramón!

Introducción de José Ramón Gaspar

Sigo los escritos de Carmen Romeo en Letras desde Mocade y había leído su libro De las Escuelas del Frago, reconociendo en él, que solo una mujer amante de la enseñanza, a la que ha dedicado su vida y vivió su alegre niñez en aquellas escuelas de El Frago, junto a la románica iglesia de San Nicolás, podía escribir con tanta sensibilidad y cariño sobre ellas.

Le gustó en uno de mis post, la fotografía de una antigua escuela que conservan como “Museo de las Escuelas” en Lacorvilla y  que  hoy  su estufa de leña, sería objeto de decoración.

En sus escritos se adivina el respeto y admiración que tiene hacia estos pequeños lugares de las Cinco Villas de intachable historia, llenos de sencillez y cordura entre sus semejantes, y sobre todo, de la belleza y encanto que prima por doquier.

Creí oportuno que llegase a enriquecer mi blog con su pluma y le pedí que fuese FIRMA INVITADA en él.

Con toda amabilidad y prontitud en su aceptación, me envía su colaboración sobre algo que siempre he admirado: la unidad y afán de progreso para nuestra comarca, que hombres de distintos pueblos, con grandes esperanzas y anhelos, proyectaban pantanos, carreteras y hasta el tren, marcando una época, y dejando su sentir en las páginas de un periódico, el Cinco-Villas nacido en 1912. Y Carmen Romeo me cuenta:

Se me ha ocurrido hacerte este artículo, a propósito de una carta que me proporcionó Alberto Giménez Ara, ex alcalde El Frago, y que, en 1913,  el Secretario, Benjamín Biescas Guillén, la había mandado al periódico Cinco-Villas. Aquí reproduzco la carta, basada en hechos históricos y envuelta en un marco ficticio que yo he puesto en boca de Gerardo Miguel Dehesa, el director del periódico.

Agradezco su atención, y esta es su Pagina como FIRMA INVITADA.

José Ramón Gaspar

cabecera del cinco villa

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

Cuando en 1913 recibimos una carta de El Frago, yo llevaba casi un año de director del “Cinco-Villas. Periódico regional independiente bimensual”. Lo llamamos así por Ejea de los Caballeros, Tauste, Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico. Las cinco villas que dieron nombre a nuestra extensa comarca.

Tres años antes, en 1910, yo, como era natural de Ejea, me había juntado con mi paisano el famoso abogado Manuel Maynar Barnolas, y con el farmacéutico Eloy Chóliz Sánchez, natural de Valpalmas. Queríamos dar soluciones a los problemas de nuestra comarca, sobre todo a la falta de riegos y a las malas comunicaciones de los pueblos. Para eso fundamos la Junta de Defensa de las Cinco Villas. Y, dos años después, en 1912, creamos el periódico Cinco Villas para dar voz a esa Junta y vida a los pueblos de la comarca. Nuestras publicaciones se orientaban a exponer las reivindicaciones, a denunciar las injusticias y a permitir que nuestros paisanos manifestaran sus opiniones.

Íbamos a publicar el número 24. Sabíamos que existía El Frago. Allí teníamos un suscriptor que nos había adelantado las 2,50 pesetas de la cuota anual, cosa que era poco frecuente. Pero no habíamos llegado a recoger noticias de esa zona porque el Cinco-Villas lo llevábamos los tres solos y no dábamos abasto.

—Oye, Gerardo ¿has visto la carta que ha llegado de El Frago?

La había leído y me había sorprendido mucho. Tanto que estaba decidido a incluirla en el número que iba a salir en unos días. Me llamaron la atención la buena prosa y la claridad de ideas. Incluso había pensado que ese Benjamín Biescas podría ser un buen redactor.

—Sí, sí. La he comentado con Eloy. —Me volví hacia Manuel que se había quedado de pie esperando mi respuesta—. La verdad es que el tipo da en el clavo. Escribe bien, con una prosa rigurosa, fresca y moderna. Y con gran sentido del humor, que buena falta nos hace. Tiene pinta de ser algún estudiante que esté pasando las vacaciones por allí.

—¡No, hombre, no! —Manuel apoyó las manos en la mesa y adelantó un poco el cuerpo—. Es el Secretario del Ayuntamiento. ¿No te acuerdas de que estaba en la lista cuando nombramos corresponsales a todos los secretarios? Se nota que es un hombre bien formado y muy interesado en los temas que afectan al pueblo y a la comarca. —Hizo una pausa y siguió—: ¿Puedes leérmela?

El Frago, 8 de Febrero de 1913

Sr. D. Gerardo Miguel Dehesa

Muy señor mío: aunque tan solo sea para dar señales de vida, tengo el sumo gusto de dirigir a usted estos mal hilvanados renglones (si lo merecen) en el periódico de su dirección.

Desde el primero al último número de “Cinco-Villas” que se han publicado los he recibido sin el menor retraso ni falta, y han sido leídos por mí con tal avidez y entusiasmo, que creo no haberme dejado sin leer, en ninguno de ellos, ni el título de imprenta. Con esto tan solo quiero decir la satisfacción que me produce su lectura, por la que veo que su constante afán es hacer bien a sus semejantes y en especial a los de las Cinco Villas.

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de Orés y El Frago no suenan por ninguna parte, y no sé si esto será debido a la situación topográfica que ocupamos, a que no chillamos, a la apatía o a la indiferencia de sus convivientes, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal en el que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, ni tan apáticos, ni tan indiferentes, porque son muchas las cosas que nos hacen falta y que deben publicarse para que se sepa que las necesitamos, porque está visto que el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.

Por mi parte, puedo decir que este pueblo pidió al Gobierno (no sin razón) un premio por el fomento del arbolado y se le concedió; pidió un trozo de camino vecinal y por Real Orden de 9 de noviembre último también se le ha concedido. Lo que no se sabe es por qué no se está haciendo ya ni cuándo se hará; pero sí sé que el pedir las cosas y tener confianza en alcanzarlas es tener conseguido más de la mitad.

Tampoco debemos dejarlo todo a la acción del Gobierno nacional, porque este tiene muchos puntos donde acudir, sino que nosotros, por nuestra parte, debemos hacer muchas cosas que no hacemos, y lo poco o mucho bueno que cada uno hace debe publicarlo para que lo imiten los demás. Véase cómo nosotros, sin el auxilio del presupuesto de la nación, hemos hecho de nueva planta una escuela de niños que dudo haya en la provincia otra que reúna mejores condiciones higiénicas y pedagógicas que la nuestra. Tenemos un vivero municipal para la repoblación del arbolado, de donde todos los años se saca una multitud de planta y la que le sobra al Ayuntamiento la distribuye entre sus convecinos. Desde el año 1906 venimos celebrando, cada vez con mayor solemnidad, la Fiesta del Árbol, y esto ha despertado tal estímulo entre los vecinos que oficial y particularmente se hacen plantaciones inmensas, que dentro de pocos años han de reportar muchos beneficios.

Ahora se trata de implantar la mutualidad escolar, y de su resultado daremos cuenta oportunamente a los lectores de las “Cinco-Villas”. Esto que a nosotros nos parecen obras buenas nos hace pensar algunas veces que hacemos el ridículo por falta de imitadores.

Réstame decir que, según noticias particulares, he sabido que personas de muchos conocimientos y verdadero interés por esta comarca, van a Luna, al objeto de asistir a la reunión que en esta villa se trata de celebrar el día 23 del mes actual sobre el pantano de Luna, y aprovechando esta excursión, entiendo que sería muy conveniente que la ampliasen hasta Biel y así verían sobre el terreno que la carretera de Zuera a Murillo debe variarse, si ya no se ha hecho desde Luna, para que en vez de seguir su primitivo trazado, vaya por el cauce del río Arba a enlazar en el término municipal de la villa de Biel con la de Uncastillo a Murillo, que indudablemente tienen que ser de mucho menos coste y de muchísimo más provecho que por donde se trataba de llevar, advirtiendo que no basta variar el trazado, sino ejecutar la obra, y cuanto antes mejor. A la vez dichos señores excursionistas verían en Biel este hermoso pantano que  tiene allí improvisado la Naturaleza y que tan solo hace falta aplicarle las tajaderas.

Temiendo haberme hecho molesto, doy punto final a esta carta, por cuya publicación le quedará sumamente agradecido su afmo. S. s. s., q. e. s. m.,

Benjamín Biescas.

Manuel me dijo que teníamos que publicar la carta con una respuesta. Así que, en la misma columna, incorporamos una nota que yo mismo redacté.

—¿Qué te parece?

—Anda, léemela.

Cartas como la del Sr. Biescas hacen falta, tenían venir de los pueblos para su publicación en todos los números. Esa es nuestra campaña, arrancar del indiferentismo.

—¿Crees que voy por buen camino?

—Sí, sigue, sigue.

Los representantes en el Municipio, en la Diputación, ya provincial como a Cortes, necesitan orientación comarcal, por el camino del progreso al bienestar de todos, y para todos está el Cinco-Villas, siempre dispuesto a cooperar con energía, con oportunidad y con amor.

—Yo creo que el señor Biescas se quedará satisfecho. Además le podríamos solicitar que nos mandara noticias de El Frago, Biel, Orés, Lacasta y Júnez. Que no es fácil llegar a esos pueblos.

—Me parece bien. Ese Benjamín piensa como nosotros y conoce la zona. Me da que se está adelantando a algunos problemas. Me refiero a las pegas que pone a que se haga el pantano de Villaverde. —Se quedó pensativo un momento—. No sé, pero, a lo mejor don Ramón Ríos, el ingeniero que ha hecho las mediciones en Villaverde, tendría que hacer otras en Biel. Sería bueno que tuviera en cuenta lo que dice el señor Biescas que conoce bien la zona y hace una propuesta muy razonable.

—Estoy de acuerdo contigo, pero los mandamases no darán su brazo a torcer —le contestó Gerardo, que en ese momento estaba secando el plumín en el papel secante.

—Es que lo he meditado mucho. Las grandes proporciones de la obra de Villaverde podrían condenarla al fracaso. No está mal eso que dice de trasladar la presa encima de Biel, cerca de lo que se llama el “Pozo Tronco” o “Después del Cerro”, unos veintitantos kilómetros más arriba del Castillo de Villaverde. Pero, como tú dices, estos ingenieros, aunque no conocen la zona, no se dejarán convencer por el secretario de un pueblo.

—Y menos por una persona desconocida. Si hasta nosotros pensábamos que era algún estudiante de cura. —Se rieron los dos.

—Pues es bastante racional en lo que expone. Aunque lo encuentro un poco exagerado en lo de las escuelas. —Manuel se quedó callado un momento antes de continuar—. Creo recordar que hace unos años hicieron mucho ruido pidiendo subvenciones. Y sé de buena tinta que hace seis o siete años arreglaron la escuela de chicos. “La arreglaron digo”, y nada de hacer una de nueva planta, que no tenían dinero. De hecho la de chicas ni la tocaron.

—¿Y cómo conoces tantos detalles de ese pueblo? Ahora sí que me sorprendes.

—No olvides que nuestro amigo Carlos Guzmán vive en El Frago. Y que anda muy metido en esto de las escuelas. Me cuenta que cada año tienen que alquilar algún local cochambroso para la escuela de las niñas. Y que lo sabe de primera mano porque le han pedido una casa que tiene medio arruinada para meter a las crías.

—Pero, ¡cuánta información privilegiada consigues!

—Pues aún te diré más, Carlos Guzmán me dijo que la maestra, doña Simona, está desesperada y no sabe a quién acudir —se santiguó—. Espero que no se le ocurra escribir al Cinco Villas. Que no estamos para enfrentarnos a los ayuntamientos.

—¡Qué secretario tan astuto! Se calla el tema que más quebraderos de cabeza le da.

Después, ya no tuvimos ocasión de publicar otros artículos del Secretario de El Frago. Nuestro periódico sólo tuvo cuarenta y ocho números y murió por asfixia económica. Manuel, Eloy y yo le habíamos alargado un poco la vida con nuestros ahorros, pero no pudimos hacerlo sobrevivir. El Cinco-Villas había nacido en marzo de 1912 y su último número salió en marzo de 1914. Fue un periódico adelantado para su época. Igual que Benjamín Biescas Guillén, el Secretario de El Frago, que sintonizaba bien con la línea del periódico como lo hizo constar en la única carta que le pudimos publicar.

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Para una comprensión cabal de la carta y del relato que le sirve de marco, contextualizaré a los personajes históricos que han ido apareciendo.

Gerardo Miguel Dehesa (Ejea de los Caballeros, 1852-1938). Ex militar. Presidió la Junta de Defensa y dirigió el periódico Cinco Villas. Solía firmar con el pseudónimo de “Camarales”, nombre de un término en la vega de Ejea.

Manuel Maynar Barnolas (Ejea de los Caballeros, 1875-Zaragoza, 1961). Fue decano del Colegio Profesional de Abogados, diputado provincial y regidor del Ayuntamiento de Zaragoza. Un hombre de inquietudes intelectuales y vasta cultura.

Eloy Chóliz Sánchez (Valpalmas, 1870-Zaragoza, 1966). Un notorio farmacéutico que junto con Miguel Rived Aburnies, otro cincovillano de Uncastillo, crearon la firma comercial Rived y Chóliz. Eloy fue un importante soporte moral y económico para el periódico, donde firmaba con los pseudónimos “Lucio”, “X”, “Z”, “A”, y con anagramas como “El Hoy”.

Ramón Ríos Balaguer (Zaragoza, ca.1884-1950). Ingeniero militar que en 1913 se encargó del proyecto de la llamada “presa de Luna”. No aceptó la propuesta de subir la presa a encima de Biel.

Carlos Guzmán Alamán (Ejea de los Caballeros, 1875-¿?), un terrateniente de Ejea con posesiones en Sádaba. En 1905, se casó en El Frago con Josefa Dorotea Murillo Senao (El Frago, 1886-¿?) y varios de sus hijos fueron a la escuela en El Frago.

Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874-Bata, Guinea, 1953). Secretario del Ayuntamiento de El Frago durante más de treinta años. Desde 1904 hasta que, al acabar la Guerra Civil, fue condenado a un silencio administrativo por un expediente de responsabilidades políticas.

Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, Navarra, 1935). Ella y su marido Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1840–Petilla de Aragón, Navarra, 1917), estuvieron treinta años de maestros en El Frago y dieron una gran estabilidad educativa al pueblo. Simona llegó por traslado en 1883 y se jubiló en El Frago en 1913.

Carmen Romeo Pemán

 

periódico con carta de benjamínEn este número apareció la carta

(Copia de la Edición del Centro de Estudios Cinco-Villas. 1989)

Y todo lo anterior iba precedido por este currículum.

Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), catedrática de Lengua y literatura, fue alumna de la escuela de El Frago hasta los 13 años. Es Maestra de Primera Enseñanza y Licenciada en Lenguas Románicas. Fue profesora de la Universidad de Zaragoza, del Instituto Francés de Aranda de Teruel y del Instituto Goya de Zaragoza. Ha participado en programas de investigación y educativos, nacionales e internacionales; ha pronunciado conferencias; ha asistido a congresos y mesas redondas; y es autora de numerosas publicaciones pedagógicas y literarias. En 1977 recibió el premio “Bernardo Zapater Marconell”, de ámbito nacional, por su trabajo de investigación en la zona de Albarracín, que reflejó en su libro Los Mayos de la Sierra de Albarracín (1980), CSIC.

Desde que, en 1972, se ocupó de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en sus publicaciones posteriores han menudeado las referencias a El Frago y a las Cinco Villas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, el año 2014, obtuvo un premio nacional con el relato De la roca nacida, de la serie “Las fragolinas de mis ayeres”. Ese mismo año el Centro de Estudios de las Cinco Villas, con la IFC, le publicó De las Escuelas de El Frago, su primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, publica relatos y artículos relacionados con El Frago y las Cinco Villas en el blog Letras desde Mocade, que comparte con tres escritoras más.

Entre sus numerosas publicaciones destacan, Estado general de las escuelas de Primeras Letras en la comarca de Borja antes de la Ley de 1838 (1980), Universidad de Zaragoza. Acceso al magisterio de Retórica y Gramática de Borja en 1774 (1980), Universidad de Zaragoza. Corrección y creación idiomática en los medios de comunicación de la Comunidad Autónoma aragonesa (1995), (coautora), Universidad de Zaragoza. Varias guías de lectura: En torno a Goya y Muñoz Puelles (1996) (coautora), MEC; Guía de lectura para “Cinco mujeres en la vida de un hombre” de Ramón Acín (2007), MEC; Una lectura de la obra de María Ángeles de Irisarri (2008), MEC.

Es coautora de: María Zambrano y sor Juana Inés de la Cruz. La pasión por el conocimiento (2010), PUZ. Reinas, señoras y Damas Enfermeras en la Cruz Roja de Zaragoza (1870–1986) (2011), Cruz Roja. Rosalía de Castro y Carmen Conde: emisarias de lo sagrado eterno (2014), Bubok.

Forma parte de un equipo de investigadoras, autoras del primer material didáctico en formato digital, Acortando distancias. Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres (1998), Instituto Aragonés de la Mujer y Universidad de Zaragoza. De un estudio sistemático de la presencia de la mujer en espacios urbanos, La Zaragoza de las mujeres, Callejero (2010), Ayuntamiento de Zaragoza, que ya lleva la segunda edición. De los carteles de una exposición y de la historia de WILPF (Women’s International League for Peace and Freedom), 2015. Y de Paseos por la Zaragoza de las mujeres, que en breve  verán la luz, editados por el Ayuntamiento de Zaragoza.

Papa Jamin

Relato fragolino

Papá Jamín llegó a Bata desde muy lejos. Desde tan lejos que nadie sabía de dónde había venido. Si hubieran tenido mapas, tampoco lo habrían sabido, porque El Frago era tan pequeño, tan pequeño, que no figuraba ni en los de los liliputienses.

Muchos años antes Papa Jamín ya se había quejado de que su pueblo no apareciera ni en el periódico de la comarca:

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de El Frago, Biel y Orés no suenan por ninguna parte, y no sé si esto se deberá a nuestra situación geográfica, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, porque nos hacen falta muchas cosas.

Es que a Papá Jamín siempre le gustó ayudar a la gente que no figuraba en los mapas ni en los libros de historia. A gente como la de su pueblo o la de la selva.

Papá Jamín en realidad se llamaba Benjamín porque así lo decidió su madre. Y no porque fuera el más pequeño. Era el cuarto de ocho hermanos, Tomasa, Francisco, Jacinto, Benjamín, Eulalia, Mariano, Lázaro y Carmen. Aunque en su pueblo hasta el juez decía que habían sido cinco. Entonces era costumbre descontar a los que habían muerto de recién nacidos. Pero Benjamín se acordaba de que él ya tenía once años cuando el cólera de 1895 se llevó a su hermano Lázaro, de tres años, con casi sesenta fragolinos más. Como lo mandaron al Limbo con Carmen y Eulalia, nadie volvió a mentarlos.

El cura quería que le pusieran el santo del día. La noche del dieciséis de febrero su madre no durmió repasando el santoral. Y no le gustaron ni Faustino, ni Onésimo, ni Honesto, ni Simeón, ni Pánfilo, ni Teodulo, ni Flaviano. Pensó que si le ponían un nombre de esos iba a ser el hazmerreír del pueblo. También estaba san Elías, pero Elías ni hablar. En menos de dos años se habían muerto los dos Elías del comercio de la calle de Zaragoza.

Gregoria sabía que su hijo se llamaría Benjamín desde el día que le faltó la regla. Salía de cuentas el treinta y uno de marzo, justo el día de San Benjamín, pero se le adelantó el parto cuando se cayó de la burra. Además, en el Año Cristiano, leyó que Benjamín significaba el predilecto y el que hace relucir los talentos de los demás. Así que con ese nombre por lo menos llegaría a ser maestro de escuela o cura de pueblo.

Los parientes de Benjamín formaban una red tan tupida que era difícil saber quién era y quién no era de su clan familiar. Y menos mal que la familia de su padre era corta y venía de otros pueblos. Si no, habría necesitado una guía como la que llevaba Úrsula Iguarán en Cien años de soledad para identificar a sus parientes de Macondo.

La familia materna extendía sus tentáculos y se colaba en todas las casas de El Frago. Su abuelo Francisco era hermano del de casa Pichón. Su abuela Tomasa tenía una hermana en casa la Pancha y otra en casa Leandra. Y los hermanos de su padre lo emparentaban con casa el Boticario, casa Picos y casa Braulio.

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Como su padre iba entrando en años y tenía muchas bocas que alimentar, se llevaba a los chicos al campo. Que todas las manos eran pocas. A Benjamín lo libraron del monte sus hermanos Francisco y Mariano, que dejaron de ir a la escuela muy pronto. Por las noches iban al repaso a casa del maestro don Manuel Marco a cambio de algún saco de carbón para la estufa.

Su otro hermano, Jacinto, tenía muchas ganas de volar. Así que al cumplir los catorce años se fue a Zaragoza a trabajar a una carbonería. Y a los veintiuno abrió la suya. En la pared, al lado de la puerta, con un trozo de carbón escribió: “CARBONERÍA NUEVA. JACINTO BIESCAS GUILLÉN”.

Pronto cambió el anuncio por otro grande encima de la puerta y se dio a conocer en los periódicos.

CARBONERÍA NUEVA. Procedente de El Frago, se vende carbón vegetal superior de carrasca, desde un kilo hasta un quintal métrico, a precio corriente. En la plaza de San Miguel, 3. Propietario Jacinto Biescas Guillén.

Las carbonerías eran un negocio seguro y, además, el carbón de carrasca de El Frago llevaba fama. Había carreteros que iban a buscarlo desde Zaragoza. Cuando subían de vacío llevaban los ultramarinos a las tiendas.

La de Jacinto subió como la espuma y se quiso llevar a sus hermanos, pero estaban demasiado apegados a la tierra. Solo Benjamín estaba esperando cumplir los años para irse con él.

—Mira, Jacinto, yo solo iré a trabajar contigo si me dejas tiempo libre y me puedo pagar los estudios —le dijo un día que Jacinto subió a buscar una carretada de carbón.

Es que su maestro le había metido tal afición por las letras que estaba enloquecido con eso de salir a estudiar.

—Bueno, en principio de acuerdo. Pero, si las ventas aumentan, igual tendrás que ayudarme más. —Le dio un apretón de manos como cuando se sella un pacto entre caballeros.

—¡Eso sí que no! Muchas noches sueño con que soy un maestro como don Manuel.

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Sin comerlo ni beberlo, en 1883 se desató la guerra del Rif y movilizaron a Jacinto. Aprovechó la ocasión para hacerse militar y traspasó la carbonería a José Romeo Guillén, un fragolino de casa Braulio, que se quedó a Benjamín de recadero.

Benjamín, siempre que podía, acompañaba a José al monte de la Carbonera, cerca de El Frago, a comprar caberas de carbón.

Con el olor de las carrascas y los pinos sentía la llamada de la tierra y una punzada en el pecho. Siempre pensó en volver, pero aún no había acabado los estudios y no tenía dinero, ni a nadie que lo respaldara. La marcha de Jacinto lo dejó como huérfano.

Muchos años después, cuando el exilio lo llevó hasta Bata, les contaba las historias de su infancia y de su pueblo a los niños de la selva. Y todos creían que Papa Jamín estaba dotado de gran talento para inventarse aquellos cuentos maravillosos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

Gregoria Brun, la maestra de Concepción Gimeno Gil

#nuestrasmaestras

Andaba buscando genealogías femeninas y cayó en mis manos La mujer española (1877), un libro de Concepción Gimeno Gil en el que dedicaba un capítulo a su maestra Gregoria Brun, cuando todavía vivía. Lo leí muchas veces y siempre me provocaba la misma emoción: por la grandeza de la maestra y por la generosidad de una alumna que en ese momento ya era una periodista famosa.

En varias publicaciones se hace referencia a ese capítulo, incluso se glosan algunas de sus partes, pero pocas lo transcriben y ninguna se acerca a la biografía de la maestra que lo inspiró.

Tendré en cuenta lo que otros han dicho, aunque, en mis palabras, pondré el énfasis en doña Gregoria y, para su biografía, recuperaré los datos fragmentarios que me ofrecen los archivos que he podido consultar. También daré cuenta de la convulsa vida de su familia, como consecuencia de los acontecimientos políticos del momento.

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La mujer española. Portada. 2

Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850-Buenos Aires, 1919), más conocida como Concepción Gimeno de Flaquer, por su matrimonio, en 1879, con el periodista catalán Francisco de Paula Flaquer i Fraise.

Fue una mujer adelantada a su tiempo: maestra, escritora, periodista, fundadora y directora de varios periódicos en España y América. Luchó por los derechos de la mujer y defendió un feminismo moderado. Buscó un punto medio entre las avanzadas ideas feministas y las tendencias tradicionales. Y lo encontró en la defensa de la dignidad intelectual y humana de la mujer.

Desde los cinco años hasta los dieciocho vivió en Zaragoza y fue a la escuela con doña Gregoria, de la que nos dejó este magnífico retrato:

Doña Gregoria Brun, que así se llamaba, era el tipo más acabado de la distinción y la superioridad: su estatura bastante elevada, su figura majestuosa. Como en la infancia lo más leve más impresiona, la suave severidad de mi directora, su noble altivez, su dignidad y hasta su belleza escultural contribuían a formar en mi fantasía una ilusión que me la hacía considerar como un ser superior, castigado a vivir en la tierra; como un ser algo más que mujer, cual una divinidad de los antiguos tiempos.

Favorecía a mi ilusión su carácter,  distinto completamente al de todas las mujeres, pues mi directora hubiera podido decir en voz alta: “Tengo el honor de parecerme más que a mí misma”.

Era sumamente original y, por eso, odiaba la rutina; su lenguaje era fácil, elevado y persuasivo, pero muy sencillo; jamás olvidaba que hablaba con la infancia.

Como su voz era buena, su palabra armoniosa y vibrante, conseguía apoderarse de nuestro corazón y nuestro criterio: mi afecto hacia mi directora era un culto.

Cuando se rodeaba de niñas, y ante un mapa nos explicaba geografía, parecía Minerva distribuyendo el pan de la inteligencia.

Sus ojos eran dos astros que arrojaban ígneo resplandor, porque asomaba de ellos el genio. Su frente espaciosa parecía trasparente cuando intentaba inculcarnos grandes ideas. Y su semblante, de líneas correctas y severas, pero nunca duras, se animaba al percibir que habíamos comprendido sus lecciones.

Tenía varias auxiliares pasantas, porque, como directora de la Normal, el mayor cuidado la consagraba a las jóvenes que estudiaban para maestras, pero nadie podía relevarla dignamente.

Encontrábamos pobre y confusa la explicación de la que la representaba. Y, como la sabiduría se impone tanto, a nadie concedíamos la respetuosa atención que a nuestra directora. Donde podían haberla admirado los hombres más eminentes, era en las clases de las aspirantes al título de maestra. El número de estas era inmenso, y entre ellas se encontraban algunas de más edad que mi directora. Otras sumamente ilustradas. Bastantes de familias aristocráticas, que, sin necesitar esa carrera, anhelaban un título que tanto enaltece a la mujer y que es el único que no le está vedado en España.

Como siempre he tenido afición de aprender, en las horas de recreo abandonaba los juegos infantiles y me ocultaba en un rincón del salón de las maestras para escuchar a mi directora en las clases superiores. Entonces lucía ella sus vastísimos conocimientos, su elocuencia ciceroniana, sus brillantes disposiciones para la oratoria. Aquel auditorio exigente se entusiasmaba tanto que, inconscientemente y turbando el silencio de los regios salones de aquella gran escuela, prorrumpía en bravos y aplausos, cuyo eco detenía por un momento el bullicio de las traviesas niñas que revoloteaban por los patios destinados a correr y jugar.

Aquella sublime mujer dominaba con la palabra a más de cien mujeres despejadas, altivas, orgullosas, audaces o irónicas las más.

Un día me sorprendió oculta por el caballete de la pizarra en un ángulo del salón. Y, al observar mi atención y verme convertida en estatua, del asombro, por la expresión de mi rostro, me concedió el título de oyente. Y desde entonces tuve un puesto en el salón de aquella clase, cuyas alumnas estaban cursando el último año de la carrera.

Confieso que me enorgullecí ante tal deferencia y me di toda la importancia que pude entre mis condiscípulas. Este rasgo era, indudablemente, un desbordamiento de mi amor a la gloria.

Mi directora era una gran literata, pero sus ocupaciones no le permitían escribir libros. Se limitaba a transmitir su ciencia a nuestro entendimiento.

Concepción_Gimeno_de_Flaquer,_en_Caras_y_Caretas

Al salir del colegio, mi directora tuvo una gran pena. Sus primeras deferencias para conmigo se habían trocado en cariño.

Más tarde, cuando he obtenido algún triunfo superior a los triunfos escolares, mi directora ha gozado extraordinariamente en ese triunfo. Y yo jamás la he olvidado.

Afortunadamente existe todavía, aunque no sé si se halla al frente de aquella escuela de maestras y niñas. Sean estas líneas el eco de mi agradecido corazón a sus beneficios, el débil testimonio de mi entusiasmo y cariño eternal.

¡Benditas maestras!

¡Cuántas veces debemos a una maestra un porvenir lisonjero, una brillante posición social!

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Gregoria Brun Catarecha (Hecho, Huesca, 1833–Zaragoza, 1885) era la segunda hija de Juan Brun Val y María Josefa Catarecha López. Sus abuelos paternos fueron Mariano Brun y Juliana Val. Y los maternos, Agustín Catarecha y Teresa López. En 1831 había nacido  su hermano Juan Manuel.

Su padre, Juan Brun Val, administrador de la aduana de Siresa, falleció en 1834, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en los violentos sucesos de Hecho.

El día 27 de junio, huyendo del poder de los facciosos, fueron asesinados, D. Juan Brun Val, administrador de Siresa, residente en Hecho, D. Mariano Brun primo del anterior, hacendado, y D. Juan Antonio Pétriz, hacendado. (Cfr. La Revista Española, 12 de julio de 1834)

En 1837 la madre de Gregoria se volvió a casar y un tutor, Juan Antonio Brun, se hizo cargo de la educación de los dos hermanos. Ese año, a instancias del tutor, las Cortes permitieron que la pensión de viudedad de Doña María Josefa Catarecha, 750 reales, pasara a sus dos hijos, Juan Manuel y Gregoria, menores de cinco años.  Esta pensión había sido otorgada por la valentía con que don Juan Brun y Val se había batido en la defensa del valle contra los carlistas. (Cfr. La Gaceta de Madrid, 7 de noviembre de 1837)

Gregoria debió de estudiar en una escuela privada de formación de maestras. Su hermano cursó los estudios en Huesca: bachillerato, en el Instituto Ramón y Cajal, y Magisterio en la Escuela Normal de Maestros.

En 1856 se creó en Zaragoza la Escuela Normal de Maestras y Gregoria, a sus veintitrés años, fue la primera directora y la primera maestra de una escuela pública del Ayuntamiento, que estaba anexa a la Normal.

Según la Guía de Zaragoza de 1860, dirigía una escuela laica del Ayuntamiento en la plaza Linán, 181, en la que se estudiaba para ser maestra. En esa escuela tuvo de alumna a Concepción Gimeno Gil.

En Zaragoza conoció a su futuro marido, Joaquín Lacambra Murillo, otro montañés, un farmacéutico carlista de Coscojuela de Sobrarbe, que tenía abierta una de las cinco Farmacias Centrales de España, en la calle Don Jaime Primero, 61. En 1865 figuraban juntos en varias colectas para bienes sociales. En 1866, Valentín Zabala Argote, un maestro zaragozano, en su libro La organización de las escuelas, la citaba como Gregoria Brun de Lacambra. Ese mismo año nació su hijo, Joaquín Lacambra Brun, un brillante abogado que estudió derecho en Zaragoza y llegó a ser Magistrado de la Audiencia Nacional.

En 1875 su carrera docente se vio alterada unos meses. Estuvo suspendida de empleo y sueldo en Estella:

La directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, ha sido desterrada a Estella por haberse negado a firmar no sabemos qué juramento (Cfr. El Magisterio Balear, 4 de septiembre de 1875, p. 6).

Esta ausencia pudo estar condicionada por las consecuencias de la insurrección de su marido en Cantavieja (Teruel). En 1876 volvió a su cargo de directora de la Escuela Normal de Maestras y a ejercer de maestra de la escuela aneja.

Joaquín Lacambra Murillo fue un boticario muy brillante, conocido en toda España, no olvidemos que tenia una Farmacia Central, por sus pastillas febrífugas. En la Exposición Aragonesa de 1868, obtuvo una mención honorífica por su jarabe de rábano yodado. Pero, por encima de todo, fue un carlista convencido y una persona influyente. Difundió su ideología como redactor de Perseverancia, un periódico fundado en 1867 por Bienvenido Comín y Sarté, jefe del partido carlista en Zaragoza. Y en 1870 dirigió La Concordia, un nuevo periódico destinado a la misma causa.

En 1873, con motivo de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), lo nombraron gobernador de Cantavieja, responsable de un hospital de sangre y director de la escuela de cadetes que se estableció allí para formar oficiales. En 1874 provocó una insurrección de dos batallones contra don Alfonso de Borbón y fue sometido a un consejo de guerra, en el que lo condenaron a muerte. Pero los informes médicos lo declararon demente y, en lugar de fusilarlo, lo llevaron preso a la cárcel de La Cenia (Tarragona).

En 1885 doña Gregoria Brun Catarecha, a los cincuenta y dos años, falleció víctima del cólera en plena actividad profesional.

En 1886, para cubrir su vacante, nombraron directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a Pilar Lacambra Brun, que había sido Regente en los años anteriores. La coincidencia de apellidos me hace pensar en su hija, pero para asegurarlo tendré que esperar alguna documentación que lo acredite.

En la memoria colectiva quedó una brillante profesora que educó a muchas generaciones de maestras y permaneció en el recuerdo de alumnas como Concepción Gimeno Gil.

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Antonio Martínez Valero me sugiere que Pilar Lacambra Brun era hija de Gregoria Brun, dada la coincidencia de datos familiares que se desprenden de la esquela que publicó La Vanguardia.

Pilar Lacambra Brun

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Fuentes principales.

Documentos de varios archivos provinciales y locales.

Noticias de la prensa histórica.

Domínguez Cabrejas, Rosa María (1989): Sociedad y educación en Zaragoza durante la Restauración (1874-1902). Ayuntamiento de Zaragoza, Vol. I y II.

Gimeno Gil, María de la Concepción (1877): La mujer española, estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales. Prólogo de Leopoldo Agustín de Cueto. Imprenta y librería de Miguel Guarro. Propiedad de la autora.

Pintos, Margarita (2016): Concepción Gimeno de Flaquer. Del sí de las niñas al sí de las mujeres. Plaza y Valdés Editores.

Romeo Pemán, Carmen (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó,  Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en:

http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Imagen principal: La desaparecida Universidad de Zaragoza de la plaza de la Magdalena. Archivo GAZA, Ayuntamiento de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

El alguacil que todo lo zafumaba

Leyenda fragolina

Al alguacil de casa Moliné y al de casa Picos. Y a la alguacila de casa Calistro.

Evaristo, el alguacil, llegaba muy temprano al Ayuntamiento y todos los días se preguntaba lo mismo:

—¿De quién sería la idea de poner la Secretaría en este local con tan poca ventilación? —suspiró resignado—. Seguro que al mismo que se le ocurrió poner la escuela en un piso alto, y con las escaleras justo aquí al lado.

Sí, era cierto que estaba a piso llano con la plaza y que en invierno los hombres entraban a calentarse y a charlar un rato con él. Eso le gustaba porque estaba al tanto de todo lo que pasaba en el pueblo.

Lo que no le gustaba era encender aquella estufa que tiraba tan mal. El tubo de hierro no podía subir recto al tejado porque tenía que pasar por la Escuela de Niñas. Así estaba al principio hasta que un día comenzó a salir humo de la tarima. Y menos mal que no era hora de clase, si no, menudo chandrío.

—Esto se pasa de castaño oscuro —le dijo la maestra—. Y que sea la última vez que enciendes.

Evaristo se fue a ver al herrero y entre los dos se las ingeniaron para sacar el tubo directamente a la calle. Agujeraron el cristal de la ventana, lo atravesaron con un codo de hierro y empalmaron dos tubos en forma de L.

—Creo que no se ha visto un tiro como este en toda la redolada —le decía el herrero. Y miraba complacido su obra de arte.

Lo que no se esperaban era que el primer día que salió calmado una gran humareda llenara la plaza y bajara por la calle Mayor hasta El Terrao. Las mujeres se asomaban a las ventanas a ver de dónde venía, por si había que correr. Y el sacristán estaba preparado para tocar a fuego.

—No te preocupes, Evaristo, esto solo pasará hasta que se mueva un poco de aire.

A los pocos días, empezó a silbar el cierzo y un humo denso revocaba hacia adentro. Entonces el alguacil abría la puerta del pasillo y dejaba que subiera escaleras arriba. Al momento oía las toses de las niñas y los pasos de la maestra que bajaba los escalones de piedra de dos en dos. En un santiamén se plantaba en la puerta y parecía un fantasma en medio de aquella nube negra.

—Evaristo, no te das cuenta de que nos estás atufando. —Doña Simona se tapaba la nariz con un pañuelo de batista—. Además, estás ennegreciendo toda la fachada. Y hace menos de un mes que la blanquearon.

—¡Tranquila, mujer, tranquila! En cuanto se caliente el hierro todo se pasará.

Cuando se fue la maestra, Evaristo se quedó pensando cómo arreglar el asunto. “Tendré que madrugar más y encender antes de que ella se despierte”. Pero, como doña Simona dormía en la escuela y tenía el sueño ligero, tendría que andarse con cuidado.

Así fue como se acostumbró a salir de casa al rayar el alba. Subía por la cuesta de El Terrao, atravesaba el arco medieval y se asomaba a la barbacana. Aspiraba el aroma de los pinos mientras escuchaba el ajetreo de la herrería. Por mucho que madrugara, siempre le ganaba el herrero. Las caballerías no podían esperar.

En las paredes de la Placeta, el herrero había colocado varias argollas para atar a las mulas. Los días que había muchas, a Evaristo le daba miedo pasar cerca de las patas de los animales y se iba dando un rodeo por el Plano.

Esos días aprovechaba para ver salir el salir sol por el camino de Lacasta. Al llegar a La Cruz, se quedaba embobado mirando el manto rosáceo que cubría los campos del barranco de Cervera. Después daba la vuelta por el ábside de la iglesia y al enfilar la calle que llevaba al centro del pueblo le llegaba un olor agridulce. Tenía que andarse con cuidado y no pisar los vertidos de los orinales ni los excrementos de las cabras que estaban esperando al dulero.

Cuando llegaba a la plaza metía la llave en la cerradura del portón del edificio escolar, y procuraba no hacer mucho ruido para no despertar a la maestra. Entraba por el pasillo, casi a tientas, y abría la puerta de la derecha. Entonces se sacaba una caja de cerillas del bolsillo y encendía una vela que tenía preparada. Al momento salía con unos tizones hacia la Secretaría, que estaba justo enfrente del leñero. Cargaba la estufa y con la llama de la vela prendía las teas que había colocado en la parte baja. Abría el tiro y lograba que el fuego prendiera, pero controlar el humo era harina de otro costal. Y no tardaba en oír un grito ronco que bajaba por las escaleras:

—Ahora no moriremos de un incendio, pero con esas trazas de encender acabaremos todos zafumados.

Carmen Romeo Pemán

Evaristo, el alguacil, llegaba muy temprano al Ayuntamiento y todos los días se preguntaba lo mismo:

—¿De quién sería la idea de poner la Secretaría en este local con tan poca ventilación? —suspiró resignado—. Seguro que al mismo que se le ocurrió poner la escuela en un piso alto, y con las escaleras justo aquí al lado.

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WhatsApp Image 2018-06-29 at 09.13.43 (1)Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos

 

Quería salir a estudiar

Leyendas escolares de las Cinco Villas

Don Mateo acostumbraba a ir a la escuela una hora antes que sus alumnos. Así a las nueve ya tenía las pizarras limpias, los cuadernos en orden y la estufa encendida.

Una mañana llegó antes de lo habitual. A eso de las siete, le sorprendió ver a Casiano acurrucado en la puerta. Si no lo hubiera conocido, habría pensado que era un rapazuelo entrometido. Se acercó, le pasó la mano por sus bucles rubios y le dijo:

—¿Qué haces aquí tan temprano? Tendrías que estar durmiendo.

—Es que me he escapado de casa cuando me ha llamado mi padre para que fuera al monte con mis hermanos.

—¿Qué te has escapado? —El maestro abrió unos ojos más grandes que los del niño.

—Sí. —No pudo reprimir un hipido—. Me ha dicho que tenía que ir a cuidar las ovejas. Que eso era más importante que venir a la escuela.

Don Mateo se quedó un momento en silencio. Lo ayudó a ponerse de pie y le dijo:

—Bueno, pues hoy vete con tus hermanos. Y yo hablaré con tu padre.

Ese día Casiano anduvo muy despistado. Se olvidó de llevar a abrevar el rebaño y perdió un cordero recién nacido. Por la noche se fue a la cama sin cenar. Desde la cocina le llegaban los gritos de su padre:

—¡Qué se habrá creído este mocoso, Gregoria! Con nueve años ya se atreve a llevarme la contraria.

—¡Por Dios, Jacinto! ¿No ves que es un niño? Ten paciencia. Poco a poco lo haremos entrar en razón.

—¡Que no, Gregoria, que no! Sus hermanos no me plantaron cara. Todos entendieron que somos muchas bocas y pocas manos.

—Es que tiene que estar todo el día solo por esos montes y es muy miedoso.

—No te confundas, Gregoria. Aquí pasa otra cosa. El bueno de don Mateo le ha metido muchos pajaricos en la cabeza. Y ahora anda loco con eso de aprender a leer y a hacer cuentas. —Jacinto se levantó la boina, se rascó la cabeza y comenzó a dar patadas a los tizones del hogar.

Al día siguiente, Casiano se levantó sin hacer ruido y se fue otra vez a la puerta de la escuela. Cuando vio aparecer al maestro, se acercó y le dijo.

—Don Mateo, vengo a pedirle perdón por el susto que le di ayer. Solo quería hablar con usted.

—No te preocupes. Entendí lo que querías. Hoy he visto a tu padre, pero no le he dicho nada porque me ha parecido que no estaba el horno para bollos.

—Pero yo quería decirle otra cosa más. —Se quedó cortado. No acertaba a seguir hablando.

—A ver, dime. ¿Qué le pasa por aquí dentro a esta cabecica?

—Verá es que yo quiero ser maestro de El Frago, como usted.

—¡Anda, anda! Déjate de tonterías. Ahora lo importante es que vengas a la escuela y aprendas. Después ya veremos.

Don Mateo lo cogió por los hombros, lo estrechó con fuerza y le habló a la oreja:

—Mis padres tampoco querían que viniera a la escuela y me mandaban a hacer los recados del comercio. —El maestro suspiró—. Al final se convencieron.

—Eso ya me lo contó el abuelo de casa el Royo, ese que vive al lado de su casa. Por eso he pensado que usted me podría ayudar.

Esa tarde, don Mateo esperó a que Jacinto llegara del monte y fue a hablarle de su hijo. Después de una tensa conversación, llegaron a un acuerdo.

—¡Que no, don Mateo! —Jacinto seguía desaparejando la yegua sin mirar al maestro.

—Jacinto, no sea tan terco. Usted se las puede arreglar sin Casiano. —Hizo una pausa—. En esto me recuerda a mi padre.

—Mire, no se meta en los asuntos familiares. En cada casa nos arreglamos como podemos. —Soltó la cincha que llevaba en la mano—. Y perdone que le diga, pero es más fácil mantener un comercio sin ayuda que unos campos y unas ovejas. ¡Y encima se saca menos!

—¡No lo haga por mí, sino por su hijo! —Se quedó mirando al suelo y siguió—:Con los estudios lo librará de ir calzado con abarcas,

Jacinto entró con la yegua en la cuadra. Cuando salió, Mateo lo seguía esperando. Entonces Jacinto le dijo:

—Está bien, Casiano ira a la escuela. Pero ya que no me va a ayudar a mí, que libere se lleve a su hermano Lorenzo. Así su madre no tendrá que cuidarlo y podrá bajar a lavar al río y sacarse un jornal.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Usted no tiene que agradecerme nada, que es la vida de mi hijo —le contestó Jacinto levantando la horca que llevaba en la mano—. ¡Ah! Y le repito que no se meta tanto en la vida de las familias.

Al día siguiente, a las nueve en punto, estaban los dos hermanos cogidos de la mano esperando a que se abriera la puerta de la escuela. Entraron, se sentaron juntos y, al poco rato, Lorenzo le dijo que se aburría. No paró de enredar en toda la mañana. Casiano lo sujetaba para que no se levantara. Le habría gustado contagiarle la inquietud que él llevaba dentro.

Casiano era como una esponja. Todo le interesaba y todo lo asimilaba. Antes de cumplir los catorce años le preguntó a don Mateo si lo dejaría ir por las tardes al repaso de su casa, que así podría prepararse mejor, porque se quería ir a estudiar a Zaragoza. Le dijo que le pagaría con unos ahorrillos que tenía escondidos. Desde que dejó de ir al monte, de vez en cuando le ayudaba al herrero a sujetar las patas de las caballerías cuando les ponía las herraduras. No le daba todas las propinas a su madre y se guardaba algunas debajo de una baldosa de su habitación. Y era difícil que se las encontraran porque se movían todas.

—¿Usted cree que podré estudiar si voy un poco adelantado y me gano el jornal en la carbonería de mi hermano?

—¡Claro que podrás!

—¿Y tendré que hacer mucho esfuerzo?

—¡Mucho, Casiano! Pero te prepararás bien y llegarás lejos. Tú llegarás a ser algo más que un maestro de El Frago.

Cuando cumplió los catorce años se despidió de sus padres. Aprovechó el viaje de un carro que subió a comprar carbón y se fue a Zaragoza. En un morral llevaba una muda limpia, muchos papeles con las notas de las clases de don Mateo y las propinas que había sisado. Las contó varias veces.

—Sí, me llegan. Con esto ya puedo pagarme la matrícula del Ingreso de Magisterio.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Museo de las escuelas de Lacorvilla (Zaragoza).

Mi obstinación fragolina

Siempre he dedicado la mayor parte de mis afanes a El Frago, a sus tradiciones y a sus gentes. Menos a su historia, por mi formación filológica y por mi profesión de enseñante.

Desde que, en 1972, me ocupé de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en mis posteriores publicaciones han menudeado las referencias fragolinas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, en 2014, recibí un gran estímulo. Petra, una fragolina de mis ayeres, obtuvo un Premio Nacional con el relato De la roca nacida. Ese mismo año publiqué De las escuelas de El Frago, mi primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, vengo publicando relatos y artículos relacionados con El Frago en el blog Letras desde Mocade.

Hasta que cumplí trece años El Frago fue mi medida del mundo. Con los once recién estrenados me monté por primera vez en un autobús. Iba a Zaragoza a examinarme libre de Ingreso de Bachillerato. En mi cabeza no cabía otro río que el Arba. Al cruzar el Ebro, un montón de cabezas se volvieron con mi grito:

—¡Qué arbada tan grande!

Carmen Escuela

Cartilla de Escolaridad, 1954

Con el tiempo maduré y mi mundo se fue haciendo ancho y ajeno. Los estudios universitarios y mi trabajo posterior me alejaron del nido. Pero siempre me quedó la mirada de aquella niña que anhelaba fundirse con la roca de su pueblo. Precisamente me hice esta reflexión en el año 2015, cuando me eligieron pregonera para las fiestas de agosto. Me pillaron desprevenida y la sorpresa me llevó a preguntarme:

—¿Por qué estoy aquí?

Estaba hablando desde la ventana, hoy balcón, de la Escuela de Niñas, mi escuela hasta los trece años. La misma ventana desde la que don Bruno y doña Angelita, los maestros de nuestros padres, pronunciaron el discurso de inauguración de las Escuelas. Embargada por la emoción, compartí mi respuesta con los que me escuchaban:

—No sé muy bien por qué estoy en esta ventana. Supongo que algo tendrá que ver con que haya rendido un homenaje a El Frago en muchos de mis trabajos. Por lo menos, así lo sentía cuando los escribía. Y con que toda mi vida haya llevado a El Frago por bandera.

Hoy volvería a repetir aquel pregón con algunas matizaciones. Volvería a decir que siempre que me acerco a temas tradicionales lo hago a través de El Frago, el pueblo donde nací. Porque lo local es universal. Y entendemos los valores universales cuando se materializan en hechos concretos.

Busco los temas que me ayudan a entender mejor mi identidad como mujer y como fragolina. Quiero prestar mi voz a los que no tuvieron la oportunidad de hablar. Pretendo sacar del olvido mis raíces y las de todos los fragolinos. Unas raíces profundas que compartimos con los habitantes de la España Vacía y que nos han convertido en lo que somos hoy.

Una de nuestras historias, para mí la más significativa y emocionante, está enterrada entre los sillares del edificio escolar. Era una costumbre ancestral hacer algunas obras del pueblo entre todos los vecinos. A eso se le llamaba “ir a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Así se construyeron las escuelas en 1926.

Soy nieta de aquella generación que escribió una de las páginas más hermosas de nuestra historia, y de la educación española. Nuestros abuelos aunaron sus esfuerzos y se convirtieron en micro mecenas. Unos mecenas que subsistían con menguados jornales y que se alimentaban de los escasos recursos que daba una tierra adusta: la de las Altas Cinco Villas aragonesas.

Carmen nos hizo partícipes a todos, embarcó al pueblo entero, creo que nunca antes estuvimos tan unidos, más al descubrir la labor que realizaron nuestros antepasados y que condicionó el futuro de todos nosotros. Nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien que con la ignorancia no llegaríamos a ninguna parte y apostaron por los maestros, por las escuelas. (María José Romeo, Un canto a la enseñanza. Prólogo al libro De las escuelas de El Frago).

Seguramente que en otros pueblos se escribieron páginas muy parecidas. Conocemos algunas, como el caso de Agustina Rodríguez, una maestra que, en 1948, cuando llegó a su destino en Santa Isabel (Zaragoza), se encontró con que no tenía local para dar clases ni había viviendas de alquiler en el pueblo. Agustina construyó una casa escuela, la pagó de su bolsillo y la alquiló al Ayuntamiento. Otras historias nos sorprenderán cuando alguien las descubra.

Me gustaría recordar que en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) más de 5.000 pueblos de España recibieron ayuda del Estado para edificaciones escolares. En esas fechas a El Frago le negaron la subvención porque el proyecto de Regino Borobio no se ajustaba a las exigencias. Como el Ayuntamiento era pobre, no pudo realizar las obras. El milagro fue que en un pleno extraordinario los vecinos acordaron construirlas por su cuenta. En las obras trabajaron todas las casas, sin excepción. Incluso las viudas y los más pobres, Y todos los que tenían algún ahorro lo empeñaron en la educación de sus hijos.

Como anécdota reseñaré que a los grupos escolares que recibieron subvenciones les pusieron el nombre de Miguel Primo de Rivera. Pero como a El Frago esa ayuda no llegó, se llamaron Escuelas de El Frago, así, a secas.

Hoy, como en el pregón del año 2015, también hablaría de las fiestas patronales y de su historia. De las fiestas del primer domingo de octubre en honor a la Virgen del Rosario.

Octubre no era un buen mes para fiestas, porque no había terminado la siembra. Por eso, en 1907, siendo alcalde Hermenegildo Beamonte Oruj, a petición de muchos vecinos, se trasladaron al día seis de diciembre, al día de San Nicolás, al verdadero patrón del pueblo. Aunque se alegó que tenía más prestigio un patrón que una patrona, la realidad era que San Nicolás coincidía con un momento del invierno en el que no había que atender las faenas del campo. Pero la Virgen del Rosario reclamó sus festejos y el cambio duró pocos años.

Con el éxodo rural de los años 60, no quedó gente en el pueblo para celebrar las fiestas. Y se trasladaron al mes de agosto, cuando llegaban los veraneantes. Una historia que se repite con las fiestas en muchos pueblos de España.

Pasaron los años y el tiempo fue dando a cada cual lo suyo. A la Virgen del Rosario, las fiestas de octubre. A san Nicolás, la de los niños de la escuela. Y a la Asociación Cultural y Recreativa “La Fragolina”, las de agosto, sin patrón ni tradición.

Podría extenderme con más noticias interesantes que he encontrado en el Archivo del Ayuntamiento. De eso ya conté algo en Voces dormidas. Además tengo que guardarme algunas cosas en el tintero para ocasiones futuras.

A las historias dormidas entre el polvo de los legajos, como las notas del arpa de Bécquer, tendría que añadir otras muchas que oí contar junto al fuego por las noches, mientras desgranábamos panizo o judías. Pero esas me irán saliendo poco a poco en las fragolinas de mis ayeres y en los relatos de la tradición oral.

Otras veces, como si fuera una ladrona de biblioteca y sin que él lo note, busco la inspiración en Celedonio Fontabanas, el blog de Manuel Pérez Berges. Allí encuentro los escritos fragolinos de Manuel, que conoce mejor que yo los entresijos de un mundo rural que se nos fue.

Entonces, ¿por qué me atraen los temas fragolinos y los de las Altas Cinco Villas? Pues porque el viento, aunque sea huracanado, no puede arrancar las ramas de una gran carrasca si está bien enraizada.

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El Frago, desde el Huerto de la Sorda. 2018.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen principal. Carmen Romeo, El Frago, 1980. Calle Cubillo. A la izquierda, casa Juandelés, hoy desaparecida.

La noche que se murió Pascual

De las fragolinas de mis ayeres

Anselma sintió que su marido se estaba muriendo antes de que el reloj de la torre tocara las doce.

—¡Pascual, mira que morirte en la noche de las ánimas! ¿A quién se le ocurre?

Cuando lo notó frío, abandonó la alcoba y se sentó junto al fuego hasta que rayó el alba. En realidad estuvo esperando a que se hiciera de día para avisar a Epifanio del Molinaz, porque así se lo mandó Pascual antes de cerrar los ojos.

Mientras avivaba las brasas del hogar, entre las llamas y el humo, se le iban apareciendo mujeres de otros tiempos. Sus caras se fueron superponiendo y formaron un corro. Cada una quería contar algo de su vida. Anselma no se asustó. Al revés, escuchó sus voces y se sintió reconfortada con estas parientas que venían a hacerle compañía.

La primera que llegó fue la abuela Blasa, pero Anselma no le hizo mucho caso. Había sido muy gruñona y había vivido demasiados años. Enseguida llegó su tía Juana, una hermana de su padre, que se murió dos años antes de que ella naciera. Fue una mujer triste y después de su muerte nadie la volvió a mentar. Esa noche fue la única que no habló.  Llegó en silencio, como se había ido, y se limitó a escuchar.

La más dicharachera era una tía lejana a la que Anselma no había conocido.

—Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿De parte de quién vienes? Es que no me suenas.

—A ver, lo tienes que entender, Anselma. Es muy fácil. Yo era hermana de Felipa, la abuela de tu padre, y de tu tía Dominica, esa que parió tantos hijos. Sí mujer sí, la tía Dominica, la madre de Brígida, Evarista y Juliana.

Pero Anselma, erre que erre, que a ella los nombres de los parientes antiguos no le sonaban de nada. Que justo le venía para acordarse de su abuelo Nicolás y de su abuela Rosa.

Eso sí, echó de menos a su tía Dionisia, la tía soltera que se ahogó en una acequia cuando fue a buscar agua para los hombres que estaban segando en Sancharrén. Nadie supo cómo pasó, pero Anselma siempre lo sospechó. Como hacía poco que la visitaba el nuncio, siempre andaba con la oreja pegada, y oyó decir que su tía llevaba por los menos dos meses sin regla.

Cuando se murió Dionisa se montó mucho alboroto. Vinieron los del juzgado, le hicieron la autopsia y en la partida de defunción escribieron: “asfixia por inmersión”. Y nadie quiso mentar lo que eso daba a entender.

Los hombres en los campos y las mujeres en los carasoles dijeron cosas muy raras, pero ninguno, ni siquiera Anselma, acertó a saber qué había pasado por la cabeza de Dionisia. Después estuvo toda la vida dando vueltas a lo de su tía.

Ahora veía las cosas de otra manera. Cuando se ahogó su tía, ella aún iba a la escuela. De eso sí que se acuerda porque Dionisia iba a ver a doña Simona mientras ella jugaba en el recreo. El día del chandrío apareció el alguacil y habló con la maestra. Después, doña Simona se le acercó y le dijo con una voz muy dulce:

—Anselma, no llores ni grites. Es mejor así.

Cuando se cerró la noche, las mujeres se fueron marchando con el humo. Anselma arrimó los tizones y se quedó embobada con el chisporroteo del fuego. Intentaba olvidarlas y recordar sus más de cincuenta años de soledad junto a Pascual, pero no podía. Sólo le venían jirones de pensamientos desordenados empañados por sus últimas palabras.

—Mira Anselma, la tierra me llama. A mí me toca volver antes. Tú aún tendrás que esperar un poco. Ahora dame un beso, quítame los dientes y déjame tranquilo. Quédate junto al fuego hasta que se haga de día. No llores ni grites. Cuando raye el alba, antes de que Epifanio vaya a soltar el ganado, dile que venga y entre los dos vestidme para el entierro. Cuando oigas que se abren las ventanas de las cocinas, avisa a la gente y haz todo como se ha hecho siempre.

Antes de acabar de recordar las palabras de Pascual, se dio la vuelta, metió la mano debajo del hueco de la fregadera, sacó una botella de anís que tenía escondida entre las de detergente y se echó un trago.

—Esto sí que consuela. Ahora aguantaré mejor hasta la madrugada.

Giró la silla de anea en la que estaba sentada, estiró el brazo y volvió a dejar la botella en su sitio para que ninguna vecina curiosa pudiera verla cuando vinieran a darle el pésame por la muerte de su marido.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

“Antiguo sol naciente” de Pablo Gómez Soria

De mi baúl de lecturas

Hace un año os hablaba de Pablo y de su Navío en aguas turbias. Entonces os decía que su libro anterior había sido una revelación. Hoy, después de releerlo varias veces, sigo pensando que con Antiguo sol naciente nació un gran poeta. Por eso he vuelto, dispuesta a animaros a su lectura. Y me servirán de preámbulo las palabras de Gloria Cartagena, catedrática de literatura.

“Es una poesía de tono muy lírico, con emociones delicadamente sugeridas, y un lenguaje elaborado, que busca provocar extrañeza, y fuerza la expresión para extraer todo el contenido a las palabras. Los poemas están dotados de ritmo poético, cadencioso y solemne. Todos están envueltos en un léxico muy elaborado y culto, de expresión muy sugeridora, con un evidente eco del español clásico: hacer correr la sangre en resumido modo. El joven poeta llega incluso a crear neologismos como luz bañante, grandía de la vida, rituariamente”.

Los aspectos temáticos más sobresalientes son el tiempo como captura del instante, la fugacidad de la vida y su futilidad: Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir. Y el recuerdo y el ubi sunt planteado más como respuesta que como pregunta: Convendrás que murieron,/ su gallardía, su tesón, sus méritos perecieron con ellos. La reflexión sobre el tiempo va ligada a la reflexión sobre la vida en algún poema de final manriqueño: En deteniéndonos veremos/ que los pensamientos de magia/ Desaparecen, / que el vivir es silente”.

A continuación os dejo algunas notas de mi libreta de lecturas. Tomadlas como lo que son, unas anotaciones al margen de los poemas para despertar la curiosidad lectora.

Antiguo sol naciente

Es un título que nos hace sentir evocaciones de un espacio y un tiempo lejanos. Lo antiguo se convierte en actual con naciente. Un adjetivo que mira hacia el futuro. Desde la portada del libro nos asaltan las connotaciones míticas y un ritmo binario en el que se basan muchos de sus recursos estilísticos.

Antiguo sol naciente nos invita a entrar en un mundo de luz, presidido por un sol que une el pasado con el futuro. Es como la aguja de una brújula que orienta a los lectores. Desde el primer momento sabemos que nos aventuramos a un viaje de gran belleza estética por el mundo de la reflexión.

Cuando se nace

El primer poema es una reescritura del Carpe diem a la luz de los clásicos. Es un gran acierto comenzar con unos versos de Francisco Umbral: De los que olvidaron,/ el nombre de algunas flores,/ el perfume de algunas muchachas. Desde el primer verso Pablo levanta el vuelo hacia experiencias poéticas más profundas. Las imágenes y el decir son modernos, pero el contenido meditativo nos hace pensar en poetas clásicos, sobre todo en San Juan, y en la literatura medieval.

Algunas querrán recuperar el tiempo perdido,/ y será tarde/ ya habrán caído las nieves.

El tiempo perdido y las nieves nos recuerdan a Garcilaso, pero aquí enmarcan la expresión coloquial y será tarde. Basta con poner al lector sobre la pista, no hay que dar lecciones eruditas.

Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir.

Una verdad tan aplastante que resulta difícil de sintetizar. Estos dos versos se quedan colgados del lector y lo perseguirán en la lectura de todo el libro.

Al final del poema, oímos al yo poético que convierte la experiencia personal en antiguas leyendas, en una comunión del pasado y el presente como anunciaba en el título.

El vocabulario y el ritmo son muy ricos, operan por contraste. Detrás de una aparente sencillez se adivina su trabajo de selección.

Cuando contemplo el retrato

Aquí despliega gran poder de imaginación y trasforma la hermosura de la chica sonriente. Va más allá que Juan Ramón o Petrarca que no podían recordar a sus musas. Pablo sí que puede hacerlo y se imagina el cambio.

En deteniéndonos veremos

Ese verso nos deja clavados con el atrevimiento de este gerundio arcaico. Y el último verso es como un aldabonazo que se queda grabado a fuego:

El vivir es silente.

Los caballos del mar

Un poema con una anécdota narrativa que nos lleva a una lectura engañosa. Cuenta la historia de la escultura que mata a quienes se acercan.

Parece una alegoría o el relato de un mito clásico. Pero no. Debajo, agazapadas, están las verdades que trascienden el poema. Las verdades sociales y las personales. El yo social y el yo íntimo. La estética antigua y la moderna.

Imagino sus pasos

Con qué facilidad recupera el recuerdo de esta linda muchacha. Un marco poemático perfecto. Evoca un mundo que ya no es posible. Un ubi sunt renovado. Una gran capacidad para recrear mundos del pasado y del presente, personales y sociales.

Si mi ciudad fuese

Es un poema mayor, de grandes vuelos y grandes aciertos. Una reflexión muy madura, desde un punto de vista muy joven y con una arquitectura muy sólida. Cada una de las tres partes comienza con si mi ciudad fuese. A partir de esta estructura la composición se amplía en olas concéntricas.

Una triste reminiscencia

Es muy emotiva la pérdida de mis primeros amigos. En un ejercicio de contención poética, el poema sugiere más que dice. Evoca muy bien el ambiente culto de las aulas.

Sé de mi rostro

En este poema corto juega con los ritmos breves, con el contrapunto y con la complicidad del lector. La ironía es tan fina que en la primera lectura, ¡ingenua lectora!, he creído que era un autorretrato. Pronto me he dado cuenta de que era una máscara más para hablar de relaciones existenciales profundas.

Del funcionamiento científico del amor

¡Qué bien ha leído a San Juan! ¡Qué conocimiento del Cantar de los Cantares! y ¡Qué bien lo combina con las experiencias jóvenes!

El título es, una vez más, engañoso, como el propio amor. Porque, de científico no tiene nada. De experiencia mística y espiritual, mucho. Y en contra de lo que sugiere el título, el poema no es prosaico.

Una tarde en Alemania

Un joven se pasea por una ciudad moderna. La poca naturaleza que queda entre el cemento le despierta los sentidos adormecidos. El tratamiento paisajístico es realmente magistral. Me atrevo a decir que Pablo ha aprendido y superado la lección de los surrealistas.

De paseo por Alemania

¿Y esta canción de invierno contada en primera persona? Un buen recurso para acercarnos las experiencias eternas. ¿Y el ritmo? Le brota con mucha fuerza de una forma que parece natural. Casi nos abruman las anáforas, los paralelismos, la sintaxis yuxtapositiva, los versículos ordenados, los versos medidos. Esta belleza literaria es la verdadera salvación de la sombra entre cuatro paredes.

La profesora Josefina López eligió este poema para la sección El poema de la semana, en El hacedor de sueños, el blog del IES Goya de Zaragoza.

Este fin de vacaciones

De nuevo vuelve a encontrar la belleza en las situaciones anodinas y molestas. Esa es la gran lección de su poesía. Le da la vuelta a la vida. El comienzo reflexivo, de un ritmo pausado, se va agilizando a medida que cambia la experiencia. De una vivencia cotidiana extrae una lección vital. Aunque parece un poema moderno, es muy clásico. Me recuerda a muchos poemas de la Generación del 27 y de los años 60.

Tal como se empuja la puerta

Aquí no hay montañas,/ ni existe el mar,/ hay un desierto,/ donde crece solitaria la flor.

Sólo con este acierto poético bastaría. Pero no, que el poema se extiende en grandes olas: estaré yo, morando entre la decrepitud de las plantas. Agazapado, como al despiste, el autor se retrata. Poco a poco va desnudando su alma. El resultado es una poesía de compromiso profundo con el lector.

Si existe algún destino

Parece que me engaño a mí mismo,/ o que a otros confundo,/ cuando consigo algo que a otros faltaba.

Aquí, sin pretensiones doctrinales, se esconde una lección de solidaridad y de humanidad.

A la misa acudieron

Parte de una experiencia cotidiana, levanta el vuelo y atrapa la nostalgia. Como venimos apreciando, cualquier acontecimiento le sirve de pretexto poético para transmitir hondas sensaciones.

No podré conocerlos, por la vida que se lleva y por las tradiciones perdidas

Cuando la vida entra

La primera seudoestrofa es una declaración de esa inspiración que le llega por sorpresa, como a Juan Ramón, y lo convierte en ese hombre desasido adonde parece que ha llegado por la casualidad.

Firme y cadenciosamente

Un cierre del libro magistral. Esa nada-amada-lejana se ha convertido en nada, pero, como el ave fénix, renace de la nada y camina hacia la grandía de la vida.

Para terminar

De nuevo me acompañan las palabras con las que Gloria Cartagena cerró la presentación del libro.

Antiguo sol naciente recoge la pluralidad de corrientes y el eclecticismo poético que diversificaron la lírica española de fin de siglo. Desde el subjetivismo con un ligero desengaño indolente hasta el culturalismo y la poesía como exploración metafísica de gran depuración formal, pasando por la poesía de la experiencia, todo parece tener cabida en esta primera obra de Gómez Soria.

Tendremos que felicitarnos de que en esta sociedad marcada por los intereses monetarios y por crisis profundas haya surgido una voz nueva que reflexiona sobre el tiempo, el amor, el paisaje y la belleza, la ciudad, el arte y lo cotidiano. Este joven poeta, delicado y culto, trae un soplo de aire fresco a la vida cultural aragonesa y española”.

A todos los amantes de la poesía os recomiendo la lectura de Antiguo sol naciente, en Editorial Vitrubio, Colección, Baños del Carmen.

Notas

El 12 de mayo de 2010, Gloria Cartagena acompañó a Pablo en la presentación de Antiguo sol naciente, en la Librería Cálamo de Zaragoza.

El 7 de junio de 2017, Gloria Cartagena y Carmen Romeo lo acompañaron en la presentación de Navío en aguas turbias, en la Casa del Libro de Zaragoza.

El 26 de junio de 2017, en Letras desde Mocade, Carmen Romeo publicó el artículo A Pablo Gómez Soria por su Navío en aguas turbias.

El 2 de julio de 2017, El hacedor de sueños publicó su poema Muerte de la poesía.

El 30 de julio de 2017, Pablo fue la firma invitada de Uno y cero ediciones.

El 11 de diciembre de 2017, asistió en el Goya a la tertulia literaria, Leer juntos.

El 10 de enero de 2018, El hacedor de sueños publicó una reseña de la sesión de lectura con Pablo Gómez Soria.

Carmen Romeo Pemán

 

Gregoria la partera

De las fragolinas de mis ayeres

A Gregoria nunca le había gustado su nombre. Cuando era niña, en la escuela le decían que tenía nombre de chico. No conocían a ninguna otra Gregoria, pero sí a muchos Gregorios. Y todo porque en El Frago había mucha devoción al santo llovedor. Todos los años el día nueve de mayo se salía en procesión hasta la Cruz. El cura bendecía los campos y pedía agua para las cosechas. Después todos en hilera bajaban hasta la ermita más cercana cantando las rogativas, y las lluvias no se hacían esperar. A los pocos días los campos se cubrían con verdes intensos.

Unos años más tarde, un día que el sacerdote se estaba revistiendo con la capa pluvial para comenzar la procesión, entró Gregoria en la sacristía y le dijo:

—Mosén, a ver si este año no se olvida de rezar a Santa Gregoria.

—Anda, calla, no me vengas con las monsergas de siempre —le respondió el cura sin mirarla.

—Pero, ¿por qué es tan terco?, ¿por qué no me hace caso? —insistió ella tirándole del sobrepelliz.

—¿Por qué ha de ser? Porque no está en el santoral. Y suéltame.

—Pues nómbrela cuando llegue a las santas. Bien fácil se lo pongo. Por ejemplo después de Sancta Ágata, diga Sancta Gregoria. Y todos le contestaremos: Ora pro nobis.

—Más te valía meterte en tus asuntos.

—¡Moséééén! Esto es asunto de todos. Las mujeres también queremos santas para nuestros nombres.

—¡Claro, claro! Pero a una partera tan bulliciosa no le conviene el nombre de una santa.

—Pues, aunque no vengo a misa, sepa que tengo temor de Dios y “cumplo con parroquia”, como manda la Santa Madre Iglesia, que todos los años vengo a comulgar en Pascua de Resurrección y usted me apunta en el libro.

—¡No sé a quién se le ocurriría ponerte ese nombre!

—Pues a cualquiera. Que a todo santo le corresponde una santa. Si existe san Babil, también tiene que existir santa Babila.

Mosén Teodoro le dijo a un monaguillo que cogiera el hisopo con el acetre y al otro que fuera saliendo con la cruz procesional. Entonces Gregoria se interpuso y continuó:

—Además, santa Gregoria fue una de las once mil vírgenes que acompañaron a santa Úrsula. —No pudo contener una carcajada—. ¡Once mil vírgenes juntas lanzadas al martirio!

—¡Largooooo! ¡Fueraaaa! ¡Anatemaaa! —Por debajo de la capa salía un brazo que señalaba la puerta.

Gregoria sabía que la mala fama le venía del día que parió Juana del Corronchal. Juana estaba trillando en Carcaños cuando notó que le venían los dolores. Le dijo a su marido que estaba de parto. Y él, sin soltar la horca con la que estaba allanando la parva, le contestó:

—¡Coño, Juana! ¿Qué dices? No ves que no puedes parir aquí en la era. Eso nos traería muy mala suerte y nos arruinaría la cosecha.

Entonces ella bajó la cabeza y sin decir nada cogió el camino que llevaba hasta El Frago. Dos leguas a buen paso costaban casi tres horas. Y le costó mucho más porque los dolores aumentaban y la obligaban a pararse cada poco rato. No sabía cómo se las arreglaría sola si la criatura decidía salir antes de llegar al pueblo. ¡Imposible! Todos sus hijos habían nacido en la cama, bien asistidos por Gregoria y todas las vecinas. Mientras andaba en estas cavilaciones, se ataba la cincha de la yegua a la cintura y se la pasaba bien apretaba por debajo de la barriga. Intentaba hacerse una especie de braguero, para que, llegado el caso, lo que venía no se le cayera al suelo. Es que tenía miedo de que aprovechara una de sus zancadas para empujar con más fuerza.

Cuando acabó el repecho del camino de San Miguel, cada vez más encorvada, siguió andando hasta el Plano, donde vivía Gregoria. Llamó a la puerta, pero Gregoria no le contestó. Se apoyó en el quicio y la oyó gritar en el corral de los cerdos. Juana sacó fuerzas de flaqueza:

—¡Gregoria, ábreme! Date prisa, que ha llegado la hora de los empujones.

Con el guirigay de los cerdos Gregoria no oyó bien qué le decía Juana. Y, sin volver la cabeza, le contestó:

—Vete a tu casa y espérame. Ahora no puedo ir que está pariendo la tocina. Aún tardaré un poco porque trae muchos.

Juana, a duras penas, pudo andar un poco más. Se acuclilló junto a una peña y allí nació su hija su hija Gregoria. Cuando le cortó el cordón umbilical con las tijeras de escardar que llevaba en la faltriquera, la niña comenzó a chillar y montó un alboroto mayor que los tocinos.

Al rato llegó Gregoria, pero la niña ya tenía el melico atado con un trozo de cordel que su madre les había robado a los hombres en la era.

—¡Ves como no era para tanto! Tú podías parir sola, pero la tocina no —le dijo a la vez que la ayudaba a incorporarse.

—Pues esto ha sido un milagro de santa Gregoria —le dijo Juana—. Yo me encargaré de que el cura la incluya en las rogativas del año que viene.

Desde ese día hubo dos Gregorias. Luego llegaron más.

Sancta Gregoria —dice el cura, el nueve de mayo, al llegar a la “Peña que parió Juana”. Y Todos responden: —Ora pro nobis

Santa Ursula et undecim millia virginun.  —El mosén levanta más la voz. Y todos gritan:—Orate pro nobis.

Carmen Romeo Pemán

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WhatsApp Image 2018-06-29 at 09.13.43 (1)Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.