Camping de las Nieves

Desde entonces tengo pesadillas todas las noches y la imagen del barro sobre la piel me provoca arcadas. Todo empezó la semana que acabamos el último curso de la carrera y cuatro amigos nos fuimos a pasar una semana en los ibones del Pririneo.

Como estábamos cansados del viaje desde Madrid, nos dimos prisa en montar la tienda en el primer camping en el que encontramos plazas libres. Comimos unos bocatas y nos acostamos. A las cinco de la mañana ya estábamos en ruta. Dejamos el coche en el parking del Balneario de Panticosa. Con el resuello del último repecho nos tumbamos en la orilla del ibón de Oridicuso, debajo de un nevero y cerca de un acantilado rocoso desde donde se veían ríos que discurrían por los valles y las carreteras que, como sogas metidas en un saco, salvaban los grandes desniveles. Me sentí muy pequeño, con ganas de volar y saltar al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia. Caminé como flotando por el borde de las rocas. No notaba el peso del cuerpo y tenía la cabeza llena de algodones. Me entró un sopor placentero mirando a las nubes que bajaban por las laderas. Pero, en pocos minutos, el cielo se ennegreció, oí los rugidos de la montaña que nos amenazaba y salí de mi ensimismamiento.

Nos pusimos los chubasqueros, y con pintas de pájaros asustados, bajamos corriendo por unas trochas de cabras. No nos dio tiempo a llegar al coche. Cuando estábamos delante de la escalinata principal del balneario, se desató una tromba de agua y nos refugiamos en el vestíbulo del hotel. Por delante de los ventanales pasaban a gran velocidad las mesas y las sillas de la terraza. Con un estruendo, como el que hacen los aludes, se desprendieron los pinos y los abetos de las laderas. Algunos coches flotaban con las ruedas hacia arriba.

Más de un centenar de montañeros nos apiñamos en el hall. A eso de las siete se fue la luz y las agitadas conversaciones del principio se convirtieron en gritos. Todos pensamos que el agua se iba a llevar el hotel. Como estábamos atrapados, nos dispusimos a pasar allí la noche. Poco a poco nos fuimos acomodando en el suelo y los bisbiseos convivían con respiraciones entrecortadas. A mi lado, uno de mis amigos me abrazaba intentando contener el temblor de su cuerpo. Y yo no podía aguantar el tembleque de mis piernas. Intentaba respirar profundamente pero solo me llegaban bocanadas de pánico, que se hicieron más intensas cuando, antes de las once de la noche, sonaron las alarmas del hotel.

—Se ha desbordado el barranco de Arás y ha arrasado el camping de las Nieves. Es una catástrofe de enormes dimensiones. Casi todos los ocupantes estaban descansando. El aluvión apenas ha durado unos minutos, pero ha arrastrado caravanas, coches y tiendas. También ha arrancado los postes de la luz y muchos árboles. Se necesitan voluntarios para el rescate. —Esta noticia se repetía sin cesar en todos los altavoces.

En unos minutos nos encontramos en medio de una larga fila de coches que serpenteaba la bajada del valle. Los cuatro hablábamos sin parar, como si con las palabras quisiéramos sacar el miedo de nuestros cuerpos.

Con la luz de las linternas y el agua a la cintura arañábamos el barro y quitábamos las piedras que habían llenado la piscina. Sacamos a cuatro niños sin vida. Sus padres habían desaparecido. Yo me quedé paralizado, agarrado a una niña inerte, envuelta en barro. No sé cuánto tiempo llevaba así cuando oí  una voz que me gritaba:

—Déjala en la entrada para que se la lleven a la morgue. Tenemos que darnos prisa, hay  demasiados cadáveres.

Acabamos en la piscina y nos dirigimos al cauce del río. A las tres de la madrugada,  habíamos sacado más de veinte personas muertas, retenidas entre las marañas de troncos y ramas. Una chica que intentaba agarrarse a unos matojos sin éxito, me cogió el cuello vomitando barro. Entre los cuatro tiramos de ella con fuerza y la metimos en el coche de uno de los voluntarios.

Uno de mis amigos se desmayó y lo llevamos al polideportivo del pueblo, donde habían montado una pantalla de televisión gigante para coordinar nuestros trabajos. De repente, en medio de un torbellino neveras, cantimploras, zapatos y personas que sacaban medio cuerpo entre el ramaje y los troncos que el agua se llevaba a la deriva, vi flotando La reina de las nieves, la novela que estaba leyendo, en la que había guardado mi documentación.

Por un momento la portada del libro ocupó toda la pantalla de la televisión. En un primer plano se veía una mujer contemplaba una gran tormenta desatada en el mar. Todo se lo tragaban aquellas olas gigantes que rompían contra el acantilado. El mar estaba a punto de tragase en barco del que solo se veía el velamen. Esa mujer contemplando la tormenta me recordó a los que se llevó el barranco de Arrás mientras miraban al cielo esperando que dejara de llover. Es que en Biescas, una tarde del siete de agosto de mil novecientos noventa y seis, una ola gigantesca de piedras, fango, maleza arrasó el camping.

Yo estaba impactado, pero tenía remordimientos de no sentirme peor. Los cadáveres se apilaban en la entrada, debajo del rótulo del camping de Nuestra Señora de las Nieves, y los coches no daban abasto para transportar heridos. El paisaje idílico de un prado del Pirineo se había convertido en un depósito de chatarra. Era como si hubiera llegado el Apocalipsis. En esos momentos tenía el corazón frío, como la nieve engañosa de esas montañas, que me hacía sentir bien porque dejaba de sentir.

Entonces supe que, como el del protagonista de La reina de las nieves, mi corazón se descongelaría cuando llegara a casa y que el recuerdo de la primera niña que saqué del barro me acompañaría el resto de mi vida. Esa niña me lanzó al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia.

Todo sucedió en Biescas el 7 de agosto de 1996.

Carmen Romeo Pemán

¡Oh bella, ciao!

Al rayar el alba dos pastores llegaron a la frontera francesa. Parecían dos fantasmas salidos de la niebla que bajaba de las montañas.

A lo lejos oyeron las voces de los gendarmes que se dirigían a sus puestos cantando Lili Marleen. Más cerca sonaban las esquilas de las vacas que pasaban de un país a otro, indiferentes a los movimientos de los hombres.

Francisco, de unos cincuenta años, y Juan, de unos cuarenta, estaban llegando a los mojones que separaban España de Francia. Justo cuando iban a entrar a la paridera, se encontraron con un joven que andaba como perdido. A Juan le llamaron la atención la barba y la coleta sebosa que le caían por encima de una manta de cuadros. Llevaba un morral en la espalda y por debajo del hombro derecho le asomaba la punta de un fusil.

—Buenos días —le dijo Francisco.

El mozo respondió con una especie de gruñido.

—Pues sí que estamos bien. Este trae malas pulgas —replicó Juan.

—Aunque no seas del pueblo, no tienes que ser tan desconfiado —terció Francisco—. Mira, chaval, aquí todos somos gente honrada y tratamos bien a los forasteros

El joven los miró de arriba abajo. Y Francisco siguió:

—Seguro que has pasado la noche en algún corral y que alguien te ha ayudado a conseguir el recado que llevas.

Le señaló el morral y le dio una palmada en la espalda. Entonces el joven reaccionó:

—Pues aunque abulta mucho, llevo poca comida. Sólo algunos panes que conseguí robar a media noche. Los tenía el panadero en la parte trasera de la tahona. No creo que los eche en falta, que están duros y ratonados.

—Hombre, no te pongas así —dijo Francisco.

—Nosotros podemos compartir el almuerzo. Aunque es un poco escaso, que los malos tiempos son para todos —dijo Juan.

—El almuerzo precisamente no. Que ya he comido un poco de cecina con pan. Pero si me dieran una cabra, no vendríamos a importunarlos.

—¡Una cabra! —Juan se quedó parado un momento.

—Sí, una cabra.

Se hizo un silencio. Francisco le dijo que eso de la cabra era desmedido. Entonces el joven les contó que era el encargado de conseguir comida para una partida de maquis. Juan dio un paso atrás con cara de susto. Pero Francisco le dijo a lo mejor podrían hacer algo.

—Es que, verán. Si me dieran una cabra por las buenas, les diría a mis compañeros que no atacaran el corral.

—¿Pensabais atacar el corral? Pero si no os hemos hecho nada —A Juan le temblaba la voz.

—Es que ya va para medio año que no probamos la carne.

—Pues tendréis carne, pero no por la amenaza. Tendréis carne porque sois de los nuestros —contestó Francisco.

—Bueno, Francisco, no te pases. Tanto como de los nuestros no diría yo —replicó Juan.

Francisco se dirigió a la puerta de las cabras con paso lento y a Juan se le soltó la lengua.

—Francisco, en el fondo tú y yo no somos de nadie. Somos pastores y sólo nos debemos al monte. Aquí todos vienen a pedir, pero a echarnos una mano no viene ni Dios. Y todos los que se nos acercan llegan con la misma cantinela: “Hombre, que una cabra no es para tanto”. Y vaya si lo es. Que a ver cómo le digo a mi Manuela que cada día hay menos leche y que de carne, nada de nada. Que esta temporada ni siquiera malparen las ovejas. Que antes de que malparan ya nos las han robado. Este, como todos, mucho cuando vienen a buscar, pero luego si te he visto no me acuerdo.

—No te pongas así, Juan. Este no es de la pasta de los del tricornio. Basta con mirarlo a los ojos.

—Lo que tú digas, Francisco. Ya sabes que no me gusta llevarte la contraria. Pero también sabes que no pensamos igual.

Cuando llegaron al corral, Francisco mató una cabra. Entre los tres la desollaron, la partieron en cuartos y la metieron en un saco. El joven se echó el fardo al hombro y les dijo:

—Esto de la cabra es de mucho agradecer. Pero aún les querría pedir otro favor.

—¿Otro favor? Si es que ya te caté en cuanto te vi —Juan hizo el ademán de meterse en el aprisco.

—Escúcheme, por favor—suplicó el joven.

—Venga, desembucha, que tenemos que soltar el ganado y se nos está haciendo tarde.

Les contó que iban huyendo de un destacamento de la guardia civil y que sabían que ese día iban a dar la batida por los montes.

—No les pido que hagan nada. Solo que, cuando les pregunten no digan que me han visto. ¡Ah! Y que los encaminen en dirección contraria a la mía.

Lo vieron alejarse por el alto de la collada. Entonces Juan se encaró a Francisco.

—Eres demasiado blando con estas gentes. Se nos comen el pan de nuestros hijos y tú, encima, les regalas una cabra. Y, si no me equivoco, ahora estás pensando en mentir a la guardia civil.

—Juan, ¿es que no te das cuenta de que no se quieren encontrar? ¿No ves que llevan muchos meses jugando al ratón y al gato? ¿No has notado que se tienen tanto miedo los unos como los otros? ¿No ves que son todos unos críos?

—Pues por las tardes bien que te las das de tipo duro en la taberna. Se conoce que el vino hace sus efectos. Me gustaría que los del pueblo te vieran acojonado delante de los que tú llamas críos. Y encima me vienes a mí con monsergas de padrazo.

—Juan, ¿es que no te das cuenta? ¿Dónde te crees que está mi hijo? ¿Nunca lo has sospechado? Hace más medio año que se fue a trabajar a Francia y no hemos vuelto a tener noticias.

Se hizo un silencio embarazoso. Mientras sacaban el rebaño, sólo se oía la voz ronca de Francisco que, por lo bajo, tarareaba:

¡O bella, ciao! ¡Bella, ciao! ¡Bella ciao, ciao, ciao!

Esta mañana me he despertado y he encontrado al invasor.

Carmen Romeo Pemán

Foto del comienzo. Ricardo Compairé, 1934. Pastores en Formigal, Sallent de Gállego. Fuente: Heraldo de Aragón. La canción italiana y esta foto en la frontera con Francia me inspiraron el relato.

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

.

Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

Camino del internado

Nos levantamos antes de rayar el alba y, por unas trochas de cabras, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren. Dejamos la burra en casa de un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara. Así, al día siguiente, cuando mi madre volviera no tendría que hacer las siete leguas a pie.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de otro pueblo que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas. Enseguida nos pusimos al corriente. La otra chica tenía mi edad y se llamaba Petronila. Su padre y el mío habían muerto hacía unos años.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué es bonito? Pero a ella no le gusta —terció su madre.

Y habla que te habla nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la misma reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela. Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Íbamos en un vagón de tercera, de esos con compartimentos y bancos de madera. Encima, en el portaequipajes de enfrente, una señora había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas, que se pasaron todo el viaje cacareando y sin parar de aletear. Cuando llegamos a Zaragoza estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la pobre mujer:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptan a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos las ropas, pero no pudimos quitarnos todas aquellas plumas. Con esa facha, nos plantamos delante una puerta de madera de caoba y herrajes de bronce. Más que la de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo las sayas, los delantales de nuestras madres, los pañuelos que llevaban anudados debajo de la barbilla y los piojuelos de las gallinas que corrían por la tela.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí. Miren, tienen que salir a la calle y, en la esquina de la izquierda, verán un portal pequeño, de esos por los que entra el servicio.

1929. Valencia. Entrada principal del Colegio de Santa Ana. Propiedad de la autora.

Estaba claro que no nos iban a tratar como a unas colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Y sin hacer ruido. Nos había reservado dos sitios en la última fila, en una clase de primero de bachiller. También nos advirtió que tendríamos estar muy atentas porque dispondríamos de poco tiempo para estudiar. Sólo de algún rato libre de los fines de semana.

Luego, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevaban gris. Entonces caí en la cuenta: éramos escolanas, o fámulas. Tendríamos que servir a las niñas ricas.

Me compré una linterna con unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas y las mantas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de estar siempre durmiéndome por los rincones.

El día que fui a buscar el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la mía. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Había dejado la escuela cuando cumplió catorce años, unos días ante de que yo llegara.

Me contó que por las mañanas me espiaba por la cerradura de la puerta y le gustaban mucho mis clases. Luego, se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Ya se marchaba, pero se dio la vuelta y me dijo que en realidad había venido a pedirme que la ayudara a salir de aquel agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas las plumas de gallina que se les habían adherido a las ropas.

Carmen Romeo Pemán

Imagen del comienzo. Dormitorio de internas del Colegio de Santa Ana de Zaragoza. Propiedad de la autora.

Nocturnos para Xiaowei. De su amiga Miaoli

A mis alumnas chinas

1

Cuando Xiaowei se despertó entre pilas de cajas de un almacén, en un colchón en el suelo. Junto a ella, se hacinaban su abuelo, su padre y su hermano. El aire era denso y olía a cloaca. Se restregó los ojos y recordó que el día anterior había llegado a Barcelona desde China. También recordó que su madre, los había despedido con los ojos enrasados.

—Xiaowei, hija mía, cuídate mucho. En cuanto me operen del corazón iré a reunirme con vosotros.

Desde que le llegó la regla, hacía menos de un año, su madre le advertía de los nuevos peligros. Y ella dejó de soñar con los ositos de peluche. Esa mañana, de repente, comprendió las palabras de su madre.

2

El ojo de la cerradura estaba tapado y yo no podía ver qué ocurría dentro. Desde la habitación de al lado oí los gemidos de Xiaowei.

Al día siguiente supe que se había quedado malherida al intentar saltar por la ventana. Con una mirada muy triste me dijo que tenía que contentar a todos los hombres de su familia. Y que fue el abuelo el que había puesto la cera en la cerradura.

3

Todos nos lamentamos de no haberlo visto venir, aunque era una crónica anunciada. Xiaowei llevaba dos años encerrada en el almacén de nuestra tienda de todo a cien cuando su padre decidió mandarla a la escuela.

La semana pasada faltó a clase y aproveché para decirle a la maestra que el padre le pegaba y la obligaba a dormir con él. La maestra lo denunció. Ayer, al sacar los libros de la mochila, se le cayó un pañuelo anudado en el que vi las marcas de sus dientes.

Hoy, en el silencio de la noche, sólo se oía una fina lluvia de estrellas.

Carmen Romeo Pemán

Foto. Dos amigas chinas. Publicada en Freepick.

Heraldo de Aragón, 11 de junio de 2021
El silencio de la nieve, la columna de Irene Vallejo, también alumna del Goya, es un excelente colofón para este relato de incestos y violaciones. Casandra, por no ceder a los caprichos de Apolo, fue condenada a que nadie creería sus palabras. Así fue, y así es. Hoy somos todas casandras.

Alfonso Gracia Saz, “Alfonsito”, en el Goya

Aún recuerdo el día que Carmen Valenzuela nos contó en la sala de profesores que un niño de unos tres años, que lo llevaban a la consulta pediátrica de su marido, en una celebración navideña, recitó completo un soneto de Lope de Vega: Pues andáis entre las palmas. Dejó mudos y asombrados a todos los asistentes.

Diez años después, ese niño se matriculó en el Instituto Goya. Era un niño ávido de conocimientos que siguió creciendo en nuestras manos. Cuando se fue seguimos hablando y hablando de él. Alfonso nos había ganado a todos y se convirtió en una leyenda de inteligencia.

Hoy en el Club de Lectura del Instituto hemos compartido nuestros recuerdos de “Alfonsito”, Alfonso Gracia Saz, con motivo de su fallecimiento por covid. Sé que otros compañeros tendréis más. Dejaré abierta la conversación para incorporar las nuevas voces que me vayan llegando.

—Carmen, no recordaba quien era hasta que lo has llamado Alfonsito. Otro alumno único. Yo no fui profesora suya, pero era imposible no saber de su existencia en el Goya. Empezando por su hermosa imagen con gran melena rubia. Cubría con sus andanzas todos los espacios del centro y las bocas de muchos profesores hablaban comentando y celebrando sus andanzas. Siento mucha tristeza por su muerte siendo tan joven y tan gran persona. El currículum que ha publicado la Universidad de Toronto es impresionante. Sólo me ha fallado que su imagen ya no estuviera culminada por su inolvidable melena rubia —Inocencia Torres Martínez.

Inocencia, catedrática de Filosofía, es una de las pocas del Departamento que queda de aquellos tiempos. Este es un momento oportuno para recordar a Bernardo Bayona, Jesús Mir y José Mari Pellitero, tres filósofos, y amigos, que también se nos fueron muy pronto. A Alfonso le dieron Filosofía: Carmen Garcés en Tercero de BUP y Javier García Valiño en COU.

—A estas alturas nadie cuestiona que era superdotado. Yo además de darle Filosofía fui su tutor en COU. Me entregó brillantísimo trabajo sobre Platón. Después lo vi una vez en el café Levante y me contó muchas cosas de su vida — Javier García Valiño.

—¡Cómo no acordarme de Alfonsito! Fue siempre un excelente alumno, no solo por sus resultados. También por su manera de estar y colaborar cuando hacía falta —Cristina Baselga Mantecón, catedrática de Inglés, fue su profesora en COU:

—Recuerdo perfectamente a Alfonso —interviene Charo Royo Valdearcos—. Hizo los dos bachilleratos a la par: Ciencias y Letras. Yo le daba música y unas actividades de danza. Bailaba muy bien y estaba muy enfadado porque quería aprender más danzas. Y no podía ser. No había tiempo. Fue un genio. Estoy muy impactada. Ha muerto demasiado joven.

—Estoy impresionado. Solo digo que fue el alumno más brillante de mi etapa en el Goya —Jesús Oliver Domingo, exdirector del Goya.

—Los que lo conocimos lo llamábamos “Alfonsito” y seguro que no lo habéis olvidado. Al resto de compañeros, quiero deciros que ha sido uno de los más brillantes alumnos que hemos tenido durante nuestra etapa en el Goya —en un email, nos cuenta José Antonio Ruiz Llop, catedrático de Física y Química, que fue director después de marcharse Alfonso. Y continúa—: Yo no le di clase porque era compañero de mi hija Elena, pero siempre le he seguido la pista. Me enorgullece que uno de nuestros alumnos consiguiera unos éxitos tan brillantes. José Ramón Blasco fue su profesor de Física en COU. Y, en las otras tres asignaturas de Ciencias le dieron clase, los añorados Carlos Garcés de Matemáticas, Mari Cruz González de Química, y Eugenio Estrada de Dibujo Técnico.

Con Carmen Valenzuela y conmigo inició sus viajes al extranjero. El año que él hacía Tercero de Bachillerato, preparamos un encuentro con jóvenes europeos, promovido por la Fundación Rickevelde, Tomamos el avión en Barcelona y a todos nos sorprendió su nerviosismo en el viaje. Se desabrochaba el cinturón y corría de una ventanilla a otra. Nos llamaba ilusionado para compartir con nosotros lo que veía. Era la primera vez que volaba.

—Lo señalaban con el dedo. Los demás nada teníamos que hacer frente a Alfonso en la convocatoria a premio extraordinario de Bachillerato por aquel año 94. Lo conocí ese día y al poco tiempo lo encontré en la Facultad. Cursaba las carreras de Físicas y Matemáticas al mismo tiempo, impensable para los comunes mortales que a duras penas podíamos con una. “No tendrá vida social”, decíamos. Burdo consuelo de envidiosos. Pero sí la tenía, sí. Alfonso podía con todo. Un día, por azares de la vida, terminamos en su casa viendo Gran Hermano. La amabilidad de su madre y sus risas inundaron el salón —Esther García Giménez, una de sus compañeras de carrera.

—Alfonso formó parte de una etapa muy bonita de mi vida. En el Goya era de un curso superior al mío. Pero todos lo conocíamos: era muy famoso. Coincidí con él en muchas clases de la carrera de Físicas y en las charlas de pasillo. De aquellos momentos solo tengo buenos recuerdos. Como persona diría que era inteligente, bueno y divertido. Cuando acabamos seguimos distintos caminos. Hoy, al conocer su muerte, he sentido una tristeza enorme. Es injusto que se lo haya llevado la covid cuando parece que estamos tocando el fin de la pandemia. Alfonso, te echaremos de menos —María Villarroya Gaudó.

—Fuimos compañeros de curso en el Instituto y en la Facultad de Matemáticas. El que no lo haya conocido no puede hacerse a la idea de su mente prodigiosa. Se planteaba y solucionaba problemas que los demás no llegábamos a intuir. Mientras algunos sudábamos para sacar la carrera de Matemáticas, a Alfonso le sobraba tiempo para ser el mejor de nuestra promoción y, a la vez, el mejor de la la carrera de Físicas, En las dos obtuvo Premio Extraordinario. Al mismo tiempo ganaba torneos de ajedrez. El covid se lo ha llevado demasiado pronto. Alfonso estaba destinado a hacer grandes cosas y contribuir al avance de la Matemáticas —Javier Arenzana Romeo.

Una Inteligencia en estado puro, una memoria prodigiosa y una brillantez científica tejían su personalidad, que no dejaba a nadie indiferente. Y menos a mí cuando, en una de las estancias cerca de Bruselas, a media noche irrumpió en mi habitación y me despertó de un sueño profundo:

—Carmen, dime una palabra francesa que comience por X.

—¿Y para qué la quieres?

—Para el trabajo sobre la paz. Yo voy a participar con un poema que lleve como versos acrósticos PAIX. Ya tengo escritos los tres primeros y me falta el último.

—Anda, mira el diccionario y mañana hablaremos.

—Es que ya lo he mirado. Si quieres te recito todas las palabras francesas que empiezan por X. Y me las recitó, menos mal que no eran demasiadas. —A pesar del sueño no salía de mi asombro.

A la mañana siguiente, cuando llegue a la mesa del comedor, debajo de mi servilleta tenía un excelente poema de Alfonso.

—¿Y ahora explícame por qué lo has hecho en francés si podías hacerlo también en inglés y en español? —le pregunté.

—Porque es la lengua que aún me cuesta esfuerzo. Y a mí me gustan los retos.

Cumpliendo retos, con una cabeza y unos sentimientos sin igual, llegó a las altas cimas de las Matemáticas. El día seis de mayo, el covid se lo llevó hasta las estrellas, cuyas distancias calculó muchas veces en su vida.

Carmen Romeo Pemán

Alfonso Gracia Saz (Zaragoza, 13 de marzo de 1976-Toronto, Canadá, 6 de mayo de 2021)

ALGUNOS ENLACES DE INTERÉS.

http://www.math.toronto.edu/cms/alfonso-memorial/

En esta página del Departamento de Matemáticas de Toronto, además del In Memoriam y las condolencias de sus compañeros y alumnos, podéis dejar las vuestras. Y les enviaré este artículo con todos los comentarios de los lectores.

In Memoriam: Professor Aflonso Gracia-Saz, 13 de marzo de 1976 – 6 de mayo de 2021

Estamos profundamente entristecidos por el fallecimiento del profesor Alfonso Gracia-Saz, quien ha estado enseñando en el Departamento de Matemáticas de la Universidad de Toronto desde 2013. Alfonso era un maestro muy querido e innovador que estaba a punto de recibir la Excelencia en la Enseñanza 2021 Premio de la Sociedad Matemática Canadiense.

Nacido en Zaragoza, España, el 13 de marzo de 1976, Alfonso ha vivido y trabajado en España, América, Japón y Canadá. El interés de Alfonso por las matemáticas y la física se remonta a su adolescencia, cuando fue ganador de la V Olimpiada Española de Física, lo que le llevó a participar en el Concurso Internacional de Pekín en 1994. Obtuvo una Licenciatura (BSc) tanto en Física como en Matemáticas de la Universidad de Zaragoza (España), en 2000-2001, y Doctor en Matemáticas de la Universidad de California en Berkeley en 2006 (donde fue supervisado por el profesor Alan Weinstein). Ocupó puestos postdoctorales en la Universidad de Keio (Japón) y la Universidad de Toronto antes de ocupar puestos docentes, primero en la Universidad de Victoria y luego en la Universidad de Toronto, donde fue profesor asociado (Teaching Stream).

Alfonso creía en el poder de la educación más allá de su labor de enseñar matemáticas en la universidad. Su canal de YouTube de cálculo con 200 videos tiene más de 10,000 suscriptores y más de 3 millones de visitas. Participó activamente en el alcance de las matemáticas a través de concursos, campamentos de matemáticas, ferias de ciencias e investigación de pregrado. Codirigió el reclutamiento y la capacitación del equipo de la Competencia de Matemáticas Putnam de la Universidad de Toronto, que ocupó el cuarto lugar en 2017. Durante más de 10 años, fue Asesor Académico e instructor para el Mathcamp de Canadá / EE. UU. También se ofreció como instructor para el Proyecto de la Universidad de Prisiones en la Prisión Estatal de San Quentin (ahora Mount Tamalpais College).

Deja atrás a su amado compañero de seis años, Nick Remedios. Alfonso y Nick disfrutaron de los contra bailes y los complejos juegos de mesa. Les encantaba cocinar juntos. En España están de luto por Alfonso: su madre, Carmen; su padre, Antonio; su hermana Rebeca y sus hijos Mario y Carla.

Departamento de Matemáticas de la Universidad de Toronto.

https://espanadiario.net/actualidad/fallece-profesor-matematicas-alfonso-gracia-saz

Irene Vallejo: Discurso del Premio Aragón

Irene, yo fui una de las que te escuché pegada a la pantalla del televisor de mi casa. Y no estaba en mis cosas, no. Estaba en las tuyas. En tu vestido blanco cual túnica griega, en el marco de lacerías trenzadas que te cobijaba. En todo momento me sentí arropada y acunada por tus palabras aladas que traspasaban muros, cristales y fronteras.

¡Qué delicadeza! Nunca había escuchado nada igual. Cada frase superaba la anterior en un tono cálido que iba in crescendo. Te ibas apoderando de mí de tal forma que en un momento me desapareció toda la puesta en escena. Las cadencias de tu voz y tus ojos parlanchines me hicieron entrar en éxtasis.

Me habían dicho que Aragón te premiaba con su más alta condecoración. Pero yo sentí lo contrario. Sentí que tú premiabas a Aragón y que contigo caminábamos hacia lo universal sin dejar de pisar el suelo aragonés.

Aunque no es lo mismo la palabra oral que la escrita, y de eso tú eres la maestra, he querido recoger en mi biblioteca este discurso para que algún día vengan a rescatarlo los corceles del cierzo y, quizá, ¿por qué no?, alguna bibliotecaria lo lleve a rincones inesperados.

1917. Instituto Goya de Zaragoza. María Moliner, con coletas, abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila. Luis Buñuel, arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila. Ramón J. Sender, abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila. Con el profesor Miguel Allué Salvador.

Buenas tardes autoridades, autores,  público autorizado. A quienes nos escuchan en sus casas en sus cosas, mi abrazo prudente y cariñoso.

Aunque este día de San Jorge, como se decía en los cuentos de los mapas antiguos, “aquí hay dragones”, seguimos celebrando el Día de Aragón y del Libro que muy simbólicamente coinciden y confluyen en la misma fecha. Frente a la amenaza cierta de las fieras, volvemos a reunirnos en esta fiesta primaveral, nuestro día de acción de gracias a las palabras, a nuestras raíces y a nuestras alas.

Hoy, me gustaría encontrar en la biblioteca secreta de un antiguo palacio un diccionario que albergara mil formas posibles de expresar gratitud.

Gracias al presidente, Javier Lambán, por su confianza generosa. Al jurado, personas que considero maestras y referentes, por haber contemplado mis posibilidades más que mis realidades, por premiar la esperanza más que la experiencia. A quienes me abrieron las puertas del periodismo –Guillermo Fatás, Encarna Samitier-, y a las Artes y las Letras –Antón Castro, José Luis Melero-. Pienso que esta es una tierra de cierzo bondadoso y, a veces, desmesurado.

Debo estar a la altura de este espléndido regalo –quizás-merecerlo en los años venideros. En los caminos inciertos del porvenir, este regalo será siempre un respaldo, un impulso cuando tiemble el pulso sobre el papel, una mano tendida. Me emociona que esta dulce exageración suceda aquí, en mi tierra. Recuerdo un mito griego que retrata este misterioso cordón umbilical que nos une al lugar donde nacimos. Anteo era un gigante, hijo de la diosa Tierra, y con solo tocarla sacaba de ella una fuerza extraordinaria: se llenaba de vida.

Su madre le transmitía una corriente invisible de vigor. Igual que el secreto poder de Sansón era su melena, el de Anteo era su arraigo. Cierta vez luchó cuerpo a cuerpo con Hércules. El gran forzudo griego solo pudo vencerlo levantándolo en vilo y separando sus pies del suelo. Hasta el último aliento, cuenta la leyenda, Anteo buscó agónicamente la caricia de su tierra materna. Sí, en la antigua mitología aprendí que hasta los gigantes agradecen jugar en casa y que todo gran viaje necesita una Ítaca añorada.

En la última década, he recorrido los caminos y las comarcas de Aragón, trazando rutas zigzagueantes por una recóndita geografía de institutos y bibliotecas rurales, allí donde los clubes de lectura desembocan en el ritual de la tortilla de patata y las croquetas compartidas. Desde los Pirineos al Maestrazgo, entre maestros y bibliotecarias, he conocido a los herederos contemporáneos de los antiguos bardos al amor del fuego. La lectura puede parecer una actividad sedentaria, pero en realidad nos devuelve a la condición nómada y andariega de las buenas historias. 

Durante estas peregrinaciones he aprendido que se hace camino al leer, y, a veces, en las carreteras azuladas al atardecer, me he sentido hechizada por las brujas de Trasmoz, o descendiente de aquel viajero somarda, Pedro Saputo, oriundo de Almudévar. En nuestros pueblos, en nuestros barrios, he conocido la hospitalidad desbordante de quienes aman los libros: a cada empanada, mis bocados de gratitud. Por eso, me gustaría que este premio se lea como una reivindicación de la cultura aragonesa

Vivimos en una tierra de viento, huellas, desierto y cimas. Lugar de paso y de pasión artística. De gente que resiste, bromea, viaja y crea. Es imposible olvidarlo en esta Aljafería de yeserías trenzadas y cielos de oro, arquitectura bilingüe, vivienda de poderosos y hoy palacio de nuestras convicciones democráticas.  La primera idea, la semilla inicial para escribir El infinito en un junco brotó precisamente aquí, en este palacio, en esas conversaciones literarias que organiza nuestro querido Fernando Sanmartín.  El lugar justo: un edificio que, tras una larga historia conflictiva, acoge la esperanza de forjar acuerdos.

Nuestras palabras aprendieron a volar con el cierzo, son viajeras, buenas conversadoras. Nos lo recuerdan los artistas mudéjares, que inventaron una belleza mestiza en el umbral de dos civilizaciones. Goya, que pintó las sombras del siglo de las luces. Y la irreverencia de Buñuel, que revolucionó nuestros sueños a ambas orillas del océano. Por esas mágicas alineaciones que a veces suceden en una misma época en un territorio de pronto favorecido, hay una increíble foto del año 1917 que retrata a los alumnos del Instituto General y Técnico de Zaragoza –hoy Instituto Goya, donde yo estudiaría décadas más tarde–. 

En esa imagen posan Buñuel, Sender y María Moliner. De Buñuel y Sender se sabe que no se llevaban bien. Los dos eran rebeldes, pero cada uno a su manera. El de Calanda era peleón y pendenciero, mientras que Ramón escribía ya sus primeros pensamientos anarquistas. Todos se vieron obligados a viajar: unas veces, demasiado lejos; otras, en rincones de profundo silencio.

Nuestros vientos desenterraron incluso antiguas ciudades. Pompeya, Herculano y Estabia, vivían olvidadas en su burbuja de tiempo, ceniza y lava, hasta que un Zaragozano excavó ese mundo petrificado. El ingeniero Roque Joaquín de Alcubierre pidió permiso al rey para investigar unos eriales donde se habían hallado algunas esculturas. Tuvo que insistir fervientemente para emprender una excavación a gran escala, dada la escasez de herramientas y de personal disponible. Y, así, un fragmento de la antigua Roma emergió ante los ojos maravillados del mundo.  La terquedad aragonesa, motivo de infinitas bromas, también es madera de descubrimientos.

Precisamente, ya desde tiempos romanos fue Bílbilis capital de la poesía. Marcial, el poeta con más sorna e ingenio tuitero del antiguo imperio nació aquí. Y también fue bilbilitana la viuda Marcela, su mecenas. Cuando el maduro poeta regresó a su tierra natal después de décadas en Roma, ella le regaló una finca con prados, rosales, hortalizas, acequia, anguilas y un blanco palomar, para que viviera y escribiese. Y Marcial cuenta en su último libro, escrito en Hispania, que se dedicó a holgazanear, levantarse tarde, retozar con Marcela, comer a dos carrillos y hacer rabiar a los envidiosos. Un hechizo de palabras debió quedar flotando en el aire, pues a poca distancia de allí, en Belmonte de Calatayud, nacería otro mago del ingenio, Baltasar Gracián.

Aragón fue pronto paisaje de imprentas y librerías. Zaragoza se cuenta entre las primeras capitales europeas en albergar el invento que cambiaría el mundo.  Desembarcaron en la ciudad artesanos flamencos y alemanes, como Mateo Flandro y Jorge Cocci, que editó aquí algunos de los libros más bellos del siglo XVI. Más de ciento cincuenta incunables nacieron de las manos de aquellos maestros, que hicieron arte con láminas iluminadas y el delicado encaje de los tipos, igual que antes los constructores mudéjares escribieron renglones de ladrillo y cerámica en sus muros. 

Además, las imprentas aragonesas publicaban obras prohibidas en el Reino de Castilla, donde regían normas de censura que no se aplicaron hasta mucho después en la Corona de Aragón. Los libros eran más libres entre nosotros. A estos pagos hospitalarios con las páginas, han acudido innumerables personajes literarios. Y nosotros, acogedores, les hemos dado incluso lo que no tenemos: siendo tierra interior, regalamos a Sancho Panza una ínsula Barataria en Alcalá de Ebro-

En nuestras calles empieza El manuscrito encontrado en Zaragoza, una de las novelas europeas más fascinantes, poblada por bandidos, enamorados endemoniados, almas en pena, conspiradores, impíos y peregrinos.


Librerías, escritores y tejedoras de relatos nunca han faltado en esta tierra. Crecen tenaces, como esas flores que brotan cada primavera en las grietas de los peñascos, destellos en rebelión contra la piedra y contra el invierno. 

Así revivimos en sus libros los monstruos amables de Javier Tomeo, el duelo amarillo del añorado Félix Romeo, los versos de los hermanos Labordeta y del exiliado Ildefonso Manuel Gil que, en un hermoso poema, pidió a quien lo leyese: “cobíjame en tus sueños/ donde yo velaré mientras tú duermes”. 


Si cerramos los ojos, escucharemos esas voces que acunan nuestros sueños, esas palabras que no se lleva el viento.

En este Día del Libro y de la gente de palabra, quisiera evocar nuestro idilio con los jardineros de la lengua –Moliner, Blecua, Alvar, Lázaro Carreter, Egido, Mainer, Sánchez Vidal–. Del apasionado deseo de hablarnos unos a otras nace, por ejemplo, ese sonoro verbo “charrar”, que ruge en la boca, o esos irresistibles capazos que cogemos en la calle, sin quererlo ni planearlo, de pie, estoicamente bajo un sol justiciero o los mordiscos del frío, por puro amor a la conversación. 

Sí, las palabras son aire movido por los labios, y aquí somos expertos en besar el cierzo. Me atrevo a soñar un capazo imaginario con el fantasma de María Moliner. María, sigilosa hilandera de palabras, bibliotecaria, amazona de los libros en las Misiones Pedagógicas, siempre admiraré el telar de tu mente que tejió un diccionario entero, el mejor. 

Estudié en tu mismo instituto, en tu misma universidad. Tu casa estuvo en la calle Central, hoy Zumalacárregui, muy cerca del piso de mi infancia. Pensar en tu labor original, renovadora y tenaz frente a los obstáculos y las represalias siempre me ha insuflado fuerzas e ilusión: así es como el pasado nos impulsa hacia el futuro. María, gracias.

Sé que te preocupan esos discursos agoreros que susurran a los jóvenes humanistas que es inútil este oficio tejido de arte, palabras y memoria. Con esa terca y suave convicción que siembre te caracterizó, tú, que tanto sabes de derrotas transformadas en logros, les dirías que persigan sus sueños. El futuro les necesita. Os necesita.

En esta época de temibles dragones, no quiero dejar de mencionar a nuestros mayores, que hoy recibís un merecido reconocimiento. 

Los libros son cofres de palabras que salvaguardan la memoria de quienes nos preceden, invitaciones a escuchar las palabras de quienes albergáis el tesoro de la experiencia. Ojalá aprendamos algo de estos tiempos ásperos: cuidar a nuestros padres y abuelos, significa también cuidar sus palabras y su recuerdo.

Y para cuidarnos, unas a otros, protejamos la conversación común y el lenguaje, esta fabulosa herramienta con que edificamos hallazgos tan felices como los derechos, la justicia y la democracia, que son palabras mayores. 


Durante la terrible peste de Atenas, Pericles edificó sus mejores discursos ensalzando la ayuda mutua.  No es extraño que de la palabra lector derive el término elector: nuestras decisiones se sostienen en las letras, los discursos, el diálogo compartido. 

Tal vez por eso, llamamos parlamento al espacio parlanchín de la palabra, el lugar donde se celebra esa sorprendente ceremonia que engendra los debates y las leyes, los textos que hilan el tapiz de lo que somos.


No me extiendo más. Don Quijote nos enseñó que la justicia, la aventura, la bondad y la utopía hay que inventarlas primero para vivir en ellas, como se vive en las páginas de un libro. 

Por eso, quiero terminar con unas palabras de gratitud a los oficios que, cada día, nos acercan a la utopía: la educación y la sanidad.

Gracias infinitas al Servicio de Neonatología del Hospital Miguel Servet, al doctor Segundo Rite y su equipo, que salvaron la vida a mi hijo.  Y a las maestras del Colegio Tomás Alvira, que hoy le acompañan en su pequeña aventura.  Mi homenaje a los hospitales, a los colegios y a la sociedad que los soñó para todos.

Junto a la tierra materna de Anteo, el humor somarda de Marcial, la generosidad de Marcela, las brujas de Trasmoz, la magia de la imprenta, el desencanto lúcido de Goya, los exilios de Sender y Buñuel, la silenciosa rebeldía de María Moliner, la cárcel de Félix Romeo y los dragones contra los que hoy luchamos, el futuro está todavía por escribir. 

En los libros, donde vive y sueña nuestra familia de papel, nos aguardan las ideas y las palabras que tejerán el relato que seremos. 

Contra cierzo y marea. 

Con cuidados, con consensos, con capazos, con cuentos. 

Contra cierzo y marea. Agua y viento en el barrio de Miralbueno. Infografía de Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Irene, gracias, por este hermoso discurso. Hoy me he sentido un poco vanidosilla por el privilegio de haberte tenido en mis clases del Instituto Goya. Como no podía ser de otra manera, has desplegado tus alas de diosa y, con una grandeza sin igual, nos has impregnado de la sabiduría que atesoras.

Gracias por ser tan universal y tan aragonesa. Gracias por ser tan cosmopolita con los pies en esta tierra, como te enseñó el gigante Anteo.

Gracias por incluirnos, incluirme, en tu familia de papel y ayudarnos a tejer el relato de lo que ya estamos siendo y de lo que seremos.

Marzo de 2021 en la biblioteca del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Irene Vallejo con tres de sus profesoras, catedráticas del Instituto Goya. De ida. a dcha.: Inocencia Torres Martínez de Filosofía; Carmen Romeo Pemán de Lengua y literatura; Irene Vallejo Moreu, escritora; y Cristina Baselga Mantecón de Inglés.

El discurso completo con el video en:

https://www.cartv.es/aragonnoticias/noticias/discurso-integro-de-irene-vallejo-en-la-aljaferia

Carmen Romeo Pemán

#50añoscuidandodeti

50 aniversario Hospital Materno Infantil y traumatología

Hoy quiero ampliar mi biblioteca añadiendo otro discurso de Irene. El discurso de Acción de Gracias al Hospital Infantil. Sus palabras arrullan a los bebés y a sus cuidadores. Son palabras que nos emocionan hasta la lágrima.

“Cuando nace un bebé, depositamos en su vida, aún minúscula, todas las promesas, todas las esperanzas. Los familiares que reciben a un recién nacido desearían ser murallas salvadoras contra la enfermedad y el dolor, quisieran proteger al nuevo huésped del mundo frente al más leve roce de la desgracia.

Según una antigua leyenda griega, la diosa Tetis emprendió junto a su hijo mortal, el pequeño Aquiles, un aventurado viaje hasta el río del Más Allá. Esas aguas tenían el don de volver invulnerables a quienes se zambullían en ellas. Afrontando todos los peligros, Tetis sumergió al bebé en la corriente mágica sosteniéndolo por el talón y, sin darse cuenta, impidió que las aguas milagrosas bañasen esa parte de su cuerpo. Los dedos de la madre dejaron desprotegido un recoveco del pie, carne desvalida que podía ser herida o sufrir.

Desde entonces, el talón de Aquiles encarna la secreta flaqueza que acompaña nuestras vidas, es un símbolo del imposible sueño de ser invencibles. Los niños son frágiles, especialmente frágiles. Los padres desearíamos conocer el sortilegio para detener el daño, para impedir el paso al dolor. La poeta Sylvia Plath, madre y enferma ella misma, escribió: “¿Cuánto más podré ser el muro/ que mantiene al viento fuera?/ Las voces de la soledad, las voces de tristeza/ lamen mi espalda inevitablemente./ ¿Cómo podría suavizarlas esta cancioncita de cuna?/ ¿Cuánto más podrán ser mis manos/ vendaje para su daño, y mis palabras/ pájaros brillantes en el cielo, un consuelo, un consuelo?”

No podemos evitar que los pequeños enfermen. Nuestras manos de madre, padre, abuela, tío, no son capaces de conjurar todas las amenazas. Las aguas que nos vuelven invulnerables solo existen en los mitos. Ser fuerte significa aceptar la fragilidad. Sin embargo, sobre esa capa de hielo quebradizo, nuestra sociedad ha erigido un logro fabuloso: atendemos a todos los niños, cuidamos todos los talones de Aquiles, sin fijarnos en el talonario de sus padres. Este Hospital Infantil de Zaragoza, como cada rincón de la sanidad pública, abre sus puertas a quien necesita ayuda, sin excepción, sin exclusión. Sabemos hacer hospitales hospitalarios. Aquí lo hemos querido y lo hemos logrado. Juntos.

Érase una vez, en un país lejano, una niña que tenía un tozudo sueño: contar cuentos, escribir historias. Esa niña, voraz lectora, creció y creció, y trató de salir adelante tocando muchas teclas, emborronando papeles con sus fantasías. El camino del bosque no era sencillo: letra a letra, paso a paso, fue subiendo peldaños: de simple precaria, buhonera de palabras y parlanchina ambulante, a autónoma de la literatura. Con el tiempo, aquella joven tuvo un hijo. A causa de un perverso maleficio, el bebé llegó al mundo con una extraña enfermedad: no podía respirar. La pócima mágica para curarlo costaba cien cofres de oro, un precio inalcanzable para una juntaletras y su familia. En ese país lejano, las deudas hubieran asfixiado su futuro.
Aquí, una noche de invierno de hace siete años, este hospital salvó la vida de mi hijo. Y yo, sin más deudas que mil cofres de gratitud, pude cumplir el temerario deseo de mi infancia. La sanidad pública me hizo libre, me permitió hacer realidad el sueño. Gracias al esfuerzo de todos, al trabajo de muchos, aquel síndrome raro no encadenó nuestras vidas. Hoy, mi hijo respira y yo escribo.

La primera vez que entré supe que no lo olvidaría nunca. La puerta se abrió a una jungla eléctrica con sus lianas de cables y sus palmeras de goteros. Como animales encaramados en ramas, los monitores silbaban alarmas agudas y parpadeaban. Los bebés –pequeñísimos– descansaban en sus burbujas. En la selva de la UCI Neonatal, esos niños diminutos centelleaban como orquídeas rojas. Y no lo he olvidado.

Viví en este hospital. Donde está la cuna de tu niño, está tu casa. Aprendí palabras desconocidas y nuevos sentidos de palabras corrientes: ‘coma’ dejó de ser solo un signo de puntuación. Aspiré el olor a desinfectante, esperé mi turno en el lactario, clavé los ojos en el monitor durante horas suplicando a aquellos dígitos feroces que mi hijo no volviese a desaturar.

Aunque yo no estaba enferma, me sentí constantemente cuidada: recibí en vena palabras terapéuticas contra la angustia, miradas amables, regalos felices como ese transistor que una enfermera trajo de casa para que el niño, aislado, escuchara música, y sus constantes empezaron a bailar a un ritmo más alegre. En el páramo de las noches, si me despertaban las pesadillas, una voz serena confirmaba que el pequeño respiraba y dormía.

Mi hijo conoció la sonda nasogástrica antes que el chupete, los palos de gotero antes que los árboles, la anestesia antes que la luna. Pero superó el peligro, y todas las noches estrelladas y todos los bosques de su vida futura son el regalo de aquellos profesionales y de aquellas máquinas de aspecto hostil. Mis ojos han visto la fabulosa alianza de medios humanos, científicos y tecnológicos para salvar las vidas, minúsculas y frágiles, de niños ricos o pobres. La decisión colectiva de no abandonar a nadie. Y no voy a olvidarlo.

Este es nuestro cuento en bata y zuecos de plástico, con padres cenicientos, niños dormidos en urnas de cristal, mujeres sabias –como llaman los hermanos Grimm a las hadas– y magos Gandalf de guardia. Un relato sin atracón de perdices porque la historia no ha acabado: el futuro está por escribir. Ojalá sepamos proteger estos prodigios.

Duendes y elfos, hadas y magos del Hospital Infantil de Zaragoza a lo largo de estos años: feliz medio siglo. Gracias a todos los equipos, a todos los oficios, desde las tierras de penumbra de las ucis a la psiquiatría o la oncología, desde triaje a quirófano, de laboratorios a paritorios, de radiología a dietética, de consultas a rehabilitación, de las oficinas al voluntariado. Gracias a quienes conducís ambulancias y empujáis camillas, a quienes limpiáis habitaciones, a quienes cocináis en el estrépito de las ollas y a quienes acudís silenciosamente a comprobar un gotero. A la gente que contiene los bostezos de noche, a la que toma decisiones difíciles, a la que escucha con calma preguntas angustiadas, a la que atiende ese terremoto que es un parto, a la que corre para ayudar en una urgencia, a la que anestesia y a la que acude a dar noticias sedantes sobre una operación que se alarga.

Hoy celebramos el aniversario de una ilusión. Cuando el temor nos pisa los talones de Aquiles, sois vosotros –todos y cada una– quienes hacéis realidad el deseo protector de Tetis. Gracias a este empeño común, al sueño imposible de una sociedad generosa, la salud no es patrimonio de héroes ni semidioses. Por primera vez en nuestra historia milenaria, esta esperanza es colectiva. La enfermedad y el miedo nos siguen acompañando, pero aquí nadie está excluido de la protección.
En tiempos de tormentas y fragilidades, no olvidemos defender lo que nos salva. No descuidemos a quienes nos cuidáis. Que la utopía de este Hospital Infantil continúe sanando el futuro; mañana emprendemos camino hacia cien años de hospitalidad.”

Irene Vallejo Moreu
8 de Mayo 2021
Sala Mozart Auditorio de Zaragoza
50 aniversario Hospital Materno Infantil y traumatología.

Sor Juana: el ansia libre de saber

A Iris Zabala que nos dejó la Segunda Carta Atenagórica. En una noche oscura se la llevó el coronavirus.

El obispo de Puebla estaba tan sofocado que intentaba abrir el balcón del locutorio de las Jerónimas. Dejó en una silla los papeles con los que se abanicaba. Sin ningún esfuerzo se podía leer: Carta Atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz, escrita en mil seiscientos noventa.

Sentado en un sofá verde, como los cortinones de la sala, el señor Inquisidor tabaleaba los nudillos en la mesita de nogal que tenía a su derecha.

—¿Cuánto tiempo llevamos esperando, Excelencia?

—Ilustrísima, casi dos horas —le contestó el Obispo.

—Esto es un desacato a la autoridad. —El Inquisidor se puso de pie—. ¡La monjita se las trae!

—Seguro que se está acicalando, es un poco presumida. Y ya sabe, ponerse los hábitos con refajos y estolas lleva su tiempo.

—No sea ingenuo, señor Obispo, que anunciamos nuestra visita hace más de quince días. Seguro que Sor Juana se trae alguna trapisonda con sus escritos. —Se ponía y se quitaba el añillo—.Y aún le diré más, no me extrañaría que hubiera venido en su ayuda el obispo de Yucatán. ¡Y de ese sí que no me fío!

—No creo. La autoridad de un inquisidor impone mucho respeto. Estará nerviosa ajustándose el escudo de monja que le regaló la Virreina.

—Allí, allí está el problema. No tuvimos que haberle dado permiso para cambiar de orden. Las Carmelitas tienen una regla más estricta. Estas Jerónimas han convertido el convento en una réplica de la corte virreinal. No tienen medida. Tendremos que llamarlas al orden.

—Perdone, Ilustrísima, pero aquí no se dan saraos. Solo tertulias de sesudos intelectuales a las que acuden muchos clérigos de bonete.

—Pues ese es el peligro. Sor Juana no ha entendido que la pasión desmedida por el conocimiento es el mayor de los pecados. Dios echó al hombre del Paraíso por comer frutos del árbol de la ciencia y expulsó del cielo a Satanás, el ángel más inteligente, por querer ser como Él.

—En esto lleva toda la razón.

—Pues en esos papeles con los que se abanica, Sor Juana ha querido superar a los grandes predicadores, aun a costa de caer en alguna herejía. ¡Qué mujer tan osada! —El Inquisidor se volvió a sentar.

—Ya veo que se refiere a la teoría de los favores negativos que Dios nos da. O mejor dicho, a la postura que defiende que Dios no nos pide que correspondamos a su amor, que nos deja de la mano y así aumenta nuestra libertad de corresponderle o no.

—Exactamente. Me alegra que los prelados estén al día en el molinismo. Y que entiendan que Dios nunca nos abandona. Porque si nos abandonara nos haría un favor negativo.

—El molinismo acecha en las almas más puras —continúo el Obispo.

—Excelencia, esta es una herejía muy corriente en nuestros tiempos y hay que reprimirla. Recuerde que, gracias a los jesuitas, desde que ese Luis de Molina la predicó, no ha dejado de extenderse. Y ahora, un siglo después, estamos en las mismas y la Iglesia no ha conseguido erradicarla.

En ese momento oyeron el frú frú de unos hábitos que rozaban la alfombra roja de la gran escalinata que subía al primer piso. En los primeros peldaños una radiante Sor Juana lucía un hábito marfileño de seda salvaje. Encima llevaba una estola negra, también de seda, que estaba rematada por un escudo de monja: un óvalo de cobre enmarcado en el que destacaban los colores de una Anunciación pintada al óleo.

Cuando la vio, el Inquisidor no pudo reprimir una exclamación.

—¡Cuánta soberbia! Ninguna mujer se atrevería a presentarse ante mí como si fuera a una fiesta.

Sor Juana bajó las escaleras con el porte de una virreina. Se acercó al obispo, le besó el anillo. Después se volvió al Inquisidor.

—¿A qué se debe el honor de que su Ilustrísima venga a visitarme en mi locutorio?

Entonces, el Inquisidor, indignado por el trato, le contestó de forma cortante.

—No soy hombre de tertulias ni de saraos. Represento a la máxima autoridad de la Iglesia y me ha traído un asunto grave.

Sor Juana hizo una reverencia y los invitó a sentarse en torno a una mesa labrada con figuras religiosas.

—Vayamos al grano  —comenzó el Inquisidor.

Hizo una pausa y siguió hablando.

—En este mismo locutorio tuvo lugar un encendido debate sobre el Sermón del Mandato, el que el jesuita Antonio Vieyra pronunció en Lisboa antes de que vuesa merced naciera.

—Así es —contestó Sor Juana.

—¿Y vuesa merced le replicó con estos papeles? —El Inquisidor puso sobre la mesa la Carta Atenagórica— ¿Los reconoce?

—Sí, Ilustrísima. Y estaba muy orgullosa de su éxito. Sin ir más lejos, tanto le gustaron al excelentísimo Obispo de Puebla, aquí presente, que los mandó publicar a su costa.

Entonces el Obispo notó que se le hinchaba la vena del cuello. Sacó la Carta Atenagórica y leyó el prólogo que él había añadido por su cuenta. Lo había escrito con su puño y letra y lo firmaba con el pseudónimo de Sor Filotea de la Cruz.

En ese prólogo reprendía a Sor Juana por escribir tantas letras profanas y le pedía que abandonara la teoría de que Dios nos abandona para hacernos más libres. El Inquisidor, satisfecho con la postura del Obispo, inclinó la cabeza en señal de aprobación. A continuación le dijo a la monja que dejara de escribir y que abandonara las tertulias, en las que parecía que solo le interesaba brillar con su sabiduría.

Sor Juana bajó la cabeza y acató las órdenes, pero se sintió como si llevara un solimán en el pecho que no la dejaba respirar. La habían herido donde más le dolía, en su vocación literaria y en su afán de conocimiento. Eso no se lo pensaba perdonar.

Al cabo de unos meses la monja sorprendió a todos con la publicación de un nuevo libro: Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Una enardecida defensa de las letras profanas, y en particular de las escritas por mujeres.

El Inquisidor interpretó la Respuesta como un acto de rebeldía y dictó una orden contra Sor Juana. Mandó a dos súbitos del Santo Oficio a recoger todos sus libros y objetos.

—Ilustrísima, las estanterías estaban vacías. No hemos encontrado nada en todo el convento —le dijo uno de los súbditos, cuando volvió del convento.

—¿Y no les dieron ninguna explicación?

—Sí, Ilustrísima, la madre Juana nos dijo que los había prestado a personas cultas que tenían sed de conocimiento.

—De este caso me ocuparé personalmente —respondió el Inquisidor—. Tengo que mandar quemar esos libros y darle un buen escarmiento. A partir de ahora la encerraré en el convento y solo podrá salir con otra hermana. ¡Se acabaron las tertulias de las Jerónimas! ¡Qué se dedique a la oración y al cuidado de los enfermos como todas las hermanas!

Eso fue un golpe muy duro para Sor Juana. Hasta entonces había vivido dedicada al estudio y a la escritura. De joven había ingresado en la corte virreinal por su inteligencia y sagacidad. Allí se formó y se hizo famosa con el apoyo de la virreina doña Leonor Carreto. Brilló en las tertulias de la Corte y fue a la universidad vestida de hombre. Después se metió monja porque se sentía más inclinada al estudio que al matrimonio. Y en el convento se lo permitieron porque gracias a sus publicaciones entraban pingües beneficios.

Siempre había deseado verse impresa en letras de molde. En vida consiguió publicar la mejor y la mayor parte de sus escritos. Esos que el Inquisidor deseó mandar a la hoguera, sin contar que en los tejemanejes andaba implicado el obispo de Yucatán. El excelentísimo don Juan Ignacio María de Castorena era muy amigo de Sor Juana supuso que iba a tener problemas con la Inquisición. En unas conversaciones privadas entre obispos se enteró de que el Todopoderoso Arzobispo de Méjico, don Francisco Aguiar y Seijas, se había visto retratado en la Carta Atenagórica. Sin pensárselo, el de Yucatán, mandó ensillar su caballo y se presentó en las Jerónimas unas horas antes que el Inquisidor y el Obispo de Puebla.

—¡Buenos días! —le dijo a la hermana portera—. Si es tan amable, dígale a Sor Juana que la espera Juan Ignacio María de Castorena.

Al poco rato apareció con el hábito de lujo, el que se ponía para asistir a los villancicos de la catedral.

—Perdone, Excelencia, pero no lo puedo atender. Estoy esperando la visita del señor Inquisidor y el obispo de Puebla.

—De eso se trata. —Tomó aliento—. Tenemos que poner a salvo sus libros antes de que lleguen.

La tarea les llevó más tiempo del previsto. Cuando Sor Juana bajó al locutorio el Obispo y el Inquisidor llevaban más de dos horas esperando.

A los pocos años, el obispo de Yucatán, publicó reunidas todas sus obras en España.

Se non è vero, è ben trovato.

Carmen Romeo Pemán

Imagen del comienzo. En Wikipedia y varios puntos de la red.

Soy la pluma de doña Angelita

A los hijos y nietos de doña Angelita, que me regalaron su pluma

Desde que Alodia me sonrió con cara de ratón supe que acabaría robándome. Ese día Alodia estaba castigada a no salir al recreo y vio cómo su maestra me sacó del cajón de su mesa. Y no se perdió detalle cuando abrió el cuaderno, me apretó la panza y yo escupí un cuento por mi plumín.

Estaba a punto de acabarlo cuando oí que las chicas volvían. Como no me gustan los barullos, mi punta se cerró de golpe y una gota de tinta cayó al papel. Doña Angelita la limpió con un papel secante. Me puso el capuchón, me colocó encima de un libro.

 —Hala, a dormir, que se te ha acabado la tinta.

Cerró el cajón con llave. Yo pienso que no quería abrir mis tripas delante de sus alumnas, que estaban hartas de las plumas de mojar en tintero. Esas sí que lo manchaban todo. Y no yo. Aunque se me escapaba algún estornudo, era más limpia y estaba preñada de historias maravillosas.

Pero todo empezó un jueves por la tarde. Como no había clase, las chicas venían a limpiar la escuela. Mientras barrían el suelo y borraban las pizarras, doña Angelita se sentaba en un pupitre al lado de la ventana, sacaba una libreta de tapas de hule, me agitaba un poco. Y yo conseguía que los dragones volaran y los duendes encantaran a las princesas.

Aún siento el cosquilleo que me producía la suavidad de aquellos dedos. Y el frío que me entraba por todos los respiraderos si me quitaba el capuchón. Pero en cuanto me lo ponía detrás y me tapaba el culote, la tinta hervía en mis entrañas y empezaban a reñir los personajes que doña Angelita inventaba para sus alumnas. ¿Quién saldría el primero? Pues el que empujara más fuerte.

Pero ese jueves doña Angelita no vino. Precisamente ese día se olvidó de echar la llave. Nada más entrar, Alodia notó que el cajón estaba mal cerrado:

— Hoy yo limpiaré el polvo —les dijo a sus compañeras.

Como restregaba el trapo con mucho brío por encima de la mesa, yo empecé a dar vueltas y me resbalé al fondo. Al momento, tenía encima unos ojos muy abiertos.

—¡Si estás aquí! ¡Vaya sorpresa!

—No te hagas la tonta —le dije. Y se me escaparon unas babas negras por la ranura del plumín.

—¡Quiero que tus historias sean solo para mí!

Sin darme tiempo a contestar, una de las chicas se acercó y le dijo:

—Ni se te ocurra tocarla, que si la echa en falta doña Angelita nos castigará a todas.

Pero Alodia no le hizo caso. Aprovechó un descuido y me metió en su bolsillo. Cuando llegó a casa se escondió en la habitación. De repente noté que mi punta resbalaba por un papel rugoso. Además, Alodia no me cogía con la suavidad de doña Angelita ni me sujetaba bien. Y yo me sentía incómoda y disgustada. Así que empecé a vomitar personajes sucios de tanto navegar por la tinta. Los sacaba envueltos en una nube de humo y parecían deshollinadores.

—¿Qué te has creído? No me tomes el pelo. Sácame a Supermán o a Pocahontas —me ordenó muy enfadada.

Ella quería historias modernas y yo solo me sabía las antiguas. Creía que si me apretaba más la barriga acabarían saliendo. Y me la apretó tanto que me sentí como un calamar acorralado. Le solté un chorro de tinta y le emborroné las cuartillas. Entonces se echó a llorar, me golpeó contra las tapas de su cuaderno y me metió en un plumier que adornaba una estantería al lado de su cama. Esa noche la oí llorar.

Al día siguiente, estaba muy decepcionada conmigo y le contó todo a doña Angelita. Y le pidió perdón.

—Alodia, lo que pasa es que no la has acariciado como a ella le gusta. Por eso saca los chorros de tinta.

—Pues yo creía que estaba preñada. Que nadie le sabía sacar las historias enteras y que siempre le quedaba algún trozo dentro.

Abrió la cartera y me colocó en las manos de su maestra, que se echó a reír y le acarició las coletas.

—Ya veo que no os habéis entendido. Es que las estilográficas solo nos hacen caso a los mayores. Cuando sea muy mayor, te la regalaré. Entonces os entenderéis bien. —Como Alodia no quería hacerse vieja, esto no le gustó.

Al año siguiente, Alodia cumplió once años y se la llevaron a estudiar a un colegio de monjas, justo el mismo año que yo me fui con doña Angelita a un nuevo destino. Allí seguí enhebrando unas historias con otras. Pero, cuando le entraron temblores en las manos, me escondió en una escribanía. De vez en cuando venía a visitarme. Con sus caricias, las caperucitas y los pulgarcitos se desperezaban. Pero ella ya no tenía fuerza para arrastrarme por el papel.

En los últimos Reyes Magos, uno de sus hijos me envolvió con una nota: “Alodia, mi madre siempre quiso que esta pluma fuera para ti”. Encima escribió la dirección y me mandó al PaísdeNuncaJamás.

Estuve varios meses en una estantería. Alodia me miraba pero se hacía la tonta.Se pasaba las tardes leyendo historias de Harry Potter, hasta que un jueves se acercó con un bote de tinta y me dijo:

—Tengo que arrancarte un cuento maravilloso. Uno como esos de mi maestra. Un cuento largo, muy largo, hasta que no te quede nada en el tintero.

Yo no me pude reprimir. Solté un escupitajo negro y, como antaño, le emborroné todas las hojas de su libreta.

—No te lo contaré nunca. Tú no crees en princesas ni en castillos encantados. Yo no tengo las historias que te gustan. Esas igual las encuentras en los bolígrafos.

A los pocos días me vendió a un anticuario. Mis historias y yo nos habíamos convertido en antiguallas.

Ya llevo mucho tiempo en el escaparate viendo pasar a la gente. Ayer entró una niña que arrastraba una mochila rosa con un dibujo de Mickey Mouse y creí que me sonreía. Aprovechó un despiste del dependiente y metió en la mochila el bolígrafo Parker que estaba a mi lado.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía propiedad de la autora. La pluma de doña Angelita. Jerez de la Frontera, 2015.

Eva se rebela

A Gloria Álvarez Roche

¡Oh, Dios de la ira, cuán severo que fuiste tú conmigo! Carmen Conde, Mujer sin Edén, 1947.

Como todos los días, Caín madrugó y salió de caza. Adán fue a entrecavar el huerto, pero encontró la tierra reseca y apenas podía deshacer los terrones con la azada. Levantó la cabeza para limpiarse el sudor y vio a Eva que se acercaba por el sendero

—¡Aléjate de mí! —le gritó Adán cuando notó que su mujer ya estaba a su lado.

—Por favor, escúchame —le contestó con tono lastimero.

—¡Fuera! ¡Lejos!

—Yo no soy la culpable, Adán. Me engañó la serpiente.

— Fuiste débil. Te dejaste seducir.

Eva se arrodilló, juntó las manos, miró al cielo y rezó en voz alta.

—Señor, devuélveme a la nada. Devuélveme a la nada, por favor te lo pido.

—Pero, ¿qué tonterías dices? ¿No te das cuenta de que has desobedecido a Dios?

Entonces ella se levantó y lo miró a los ojos.

—Adán, Dios se ha pasado con nosotros. Sobre todo conmigo. Y no era para tanto.

—Estás blasfemando, Eva. Y esto nos puede traer malas consecuencias.

—¿Peores todavía? —Se apartó la melena de la cara y siguió—: ¿Te parece poco que uno de nuestros hijos haya matado al otro?

—Eva, entra en razones, por Dios. Cuántas veces te lo tengo que decir. Caín tiene la sangre envenenada.

Eva dejó de titubear y se encaró a Adán.

—Tú preferías a Abel. Y se lo hacías notar a Caín.

Hizo el ademán de marcharse, pero Adán la cogió de un brazo y la retuvo con fuerza.

—¿Es qué no te das cuenta de la maldad de Caín?

—Estás demasiado ofuscado. Un padre no puede mostrar predilección por un hijo. Eso es muy peligroso.

—No lo defiendas. —Levantó la azada en señal de amenaza.

—No lo querías porque era como tú. —Envalentonada—. Los dos teníais la misma ira.

—¡Zorra!

—Los dos erais como el dios de la ira que nos echó del Paraíso.

—¡Puta!

—Tus insultos ya no me dan miedo. —El tono de Eva era cada vez era más firme y más sereno.

—No sé de dónde sacas esas cosas. —Adán se rascó la frente.

—A los dos los había parido y a los dos los quería por igual. Los dos eran hijos de mis entrañas.

—Pues ya te puedes ir olvidando de Caín. —Adán se acercó a Eva con los ojos enrojecidos—. ¿Cómo te tengo que meter en la mollera que somos padres de un asesino? A terca no te gana nadie.

—No, Adán. Caín no es un asesino. Si tú no hubieras mostrado tanta debilidad por Abel, no habría pasado nada. Los celos lo volvieron loco.

—No puedes sacar la cara por él. Pero las madres sois débiles y siempre habláis de lo mismo. Sois unas marrulleras.

Adán volvió a cavar imitando la forma de hablar de su mujer: “Pobrecito, el hijo de mis entrañas”. Y seguía: “Que entrañas ni que mandangas. Las mujeres lo confunden todo”.

—Caín era como yo, sumiso, callado y trabajador —contestó Eva con voz muy baja. Era más una reflexión que una respuesta.

—¿Qué dices? Habla más claro para que te oiga ―le dijo su marido volviendo a levantar la azada.

—Que no se puede humillar tanto a la gente.

—Lo que no se puede es ser tan altanera.

—Llevo muchos años callada, Adán. Y ya va siendo hora de que te enteres de lo que pasaba en casa.

—Lo sé mejor que tú.

—¿Tú? Eso sí que no. Tú no sabes nada. Abel y tú habéis sido unos prepotentes.

—Encima de que nos preocupamos por vosotros. Solo queríamos llevaros por el buen camino.

—¡Basta ya, Adán! —Golpeó el suelo con el pie—. Si Caín hubiera sido un asesino, habría estado al acecho esperando a su hermano. Pero no. No fue así. A ver si te enteras de una vez. Caín estaba limpiando el muladar cuando se le acercó Abel. Y tanto lo hartó con sus acusaciones que le pegó con lo primero que encontró.

—¿Cómo puedes estar tan ofuscada?

—Es que, como a ti nunca te ha tosido nadie, no puedes ponerte en la piel del ofendido.

—No me dirás que te trato mal —le contestó Adán.

—Por si acaso, no lo intentes. Si Caín tuvo a mano una quijada, yo también sabré defenderme. La serpiente me pilló despistada una vez. Pero no me dejaré engañar dos veces. Ahora ya conozco las artimañas viperinas.

En ese momento Caín se acercó huyendo como si unas sombras lo persiguieran. Eva corrió a su encuentro. Lo abrazó con fuerza y lo arrulló como si fuera un niño asustado.

Carmen Romeo Pemán.

Dibujo del comienzo del blog Compartiendo por amor.