Un poco más sobre la muerte

No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo. Michael de Montaigne

Este mes he estado en contacto estrecho con la muerte. Personas cercanas han estado enfermas, amigos han perdido a sus seres queridos, eventos atroces han ocurrido en mi país. La muerte ronda como un cáncer silencioso y yo me pregunto si es el momento de que algunas cosas abandonen esta realidad, si es verdad que estamos atravesando por una etapa de transformación y si todos estos eventos desafortunados forman parte de esa patada que necesitamos para despertar, para ver la vida con otros ojos y avanzar hacía nuevos escenarios.

El año pasado, un poco al azar, leí un libro que me provocó una meditación profunda: El libro tibetano de la vida y la muerte. Su título me atrajo. Había oído hablar del libro de los muertos, pero del libro de la vida y la muerte, jamás. Lo compré en un centro comercial y, mientras caminaba en el pasillo de la Librería Nacional, sentí como si algo me llamara. Tenía tiempo, entonces entré y pregunté por él. Era el único ejemplar que tenían, así que lo compré sin vacilar. Esa noche comencé a leerlo. El prólogo, escrito por el Dalái Lama, me cautivó aún más: “Para tener la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz tanto en nuestra mente como en nuestra manera de vivir”. Esa frase aún da vueltas en mi cabeza.

La muerte me ha llamado la atención desde siempre. Cuando era niña pasaba horas derramando lágrimas porque algún día me iba a morir. Sentía mucha curiosidad y a la vez un miedo enfermizo por lo que había más allá de la muerte. A mis diez años quería resolver el enigma para poder vivir en paz, obviamente a mis casi cuarenta no lo he resuelto. A veces hablo con mis amigos del tema, cuando sus vidas están de cabeza, y siempre les digo que la muerte no es una opción, porque por más teorías y personas que hayan tenido encuentros cercanos con el otro lado, nadie puede afirmar qué hay más allá de la vida. O al menos eso es lo que yo pienso. Para mí no hay garantía de que sea mejor o peor de lo que estamos viviendo ahora.

Según el Dalái Lama, mientras estamos vivos consideramos la muerte de dos maneras: elegimos ignorarla o hacemos frente a la perspectiva de nuestra propia muerte e intentamos, mediante una reflexión lúcida, minimizar el sufrimiento que conlleva. Ninguna de estas opciones nos permitirá triunfar sobre ella, porque nada evita que llegue ese momento; ni la transferencia de consciencia que muestran en las películas de ciencia ficción, ni la criogenia, ni la fuente de la eterna juventud. Por todo esto, considero que hacerle frente quizás nos permita verla como un proceso normal, natural y una verdad que debemos aceptar.

Los budistas ven la vida y la muerte como un todo inseparable. La muerte es el inicio de otro capítulo de la vida y un espejo en el que se refleja todo su sentido. El sufrimiento y el dolor que conlleva forman parte de un profundo proceso natural de purificación. La mayor parte de los seres humanos vivimos aterrorizados por la muerte o negándola. Hablar de ella puede considerarse hasta morboso y para algunas personas el solo hecho de mencionarla podría atraerla. Cuando mueren personas cercanas o somos testigos de accidentes o nos toca vivir cerca de enfermedades incurables nos cuesta mucho pensar que la muerte no es un hecho atroz y nefasto, incluso muy injusto.

Algunos quisiéramos vivir eternamente en este planeta y que todas las personas que son importantes para nosotros jamás envejecieran o murieran, pero comparto la idea de Sogyal Rimpoché, autor del Libro tibetano de la vida y la muerte, de que la muerte no es deprimente ni seductora; es sencillamente un hecho de nuestro ciclo vital. Forma parte de un proceso natural que muchos preferiríamos negar, pero con el que tarde o temprano tendremos que lidiar. Y si no podemos escapar de ella, ¿por qué no mejor centrar nuestros esfuerzos en lo que podemos controlar? Amar intensamente a todas las personas que hacen parte de nuestra realidad y vivir de forma tal que morir sea la cúspide de nuestra existencia.

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se agudiza cada vez más. ¡Qué amargura! ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente. Chuang Tzu

 

Mónica Solano

 

Imagen de Gerd Altmann

Desgarro

Te preguntas si haces bien en ir a la cena de antiguos alumnos. No estabas seguro y te sorprendes pensando en lo que te vas a poner. Le has dicho a Pablo, el organizador, que a última hora le confirmarás si puedes ir o no porque tu mujer está embarazada, y ya cumplida. No es cierto, no del todo, al menos, pero de ese grupo sólo lo sabe Eric que, por ti, es capaz de enterrar un cadáver sin hacer preguntas. Después de dudarlo mucho y de un mensaje de Eric animándote a ir, le envías un mensaje a Pablo con la confirmación (<<Parece que mi hija aún no quiere salir, jeje>>). Y te arreglas.

Te miras al espejo y te gusta lo que ves. Sabes que esos pantalones te favorecen y que ese jersey marca los hombros y los pectorales.

No quieres admitirlo pero lo estás anhelando.

Llegas quince minutos antes de la hora acordada. Te quedas alejado, en un lugar desde el que puedes ver sin ser visto. No hay ni rastro de Eric y le mandas un mensaje furioso. No por el contenido, que no puede ser más aséptico, sino por cómo aporreas la pantalla del móvil con los dedos.

Te preguntas si él se acuerda. Si los demás se acuerdan. Te dices que lo tienes olvidado, y la mayor parte del tiempo es así, aunque bufas por la nariz cuando aparecen ciertas caras en Facebook.

Ahora todos parecen tan preocupados. Tan comprometidos.

Te preguntas, mientras te metes otro chicle de menta en la boca, si será verdad que tus antiguos compañeros han madurado o si es solo una pose más, como sospechas. Qué más da. Lo descubrirás pronto.

Solo esperas que Eric no se acuerde. Te da demasiada vergüenza.

Llega la hora y te acercas a la puerta del restaurante. Ya hay un grupo charlando en corro en la puerta. Sientes calor en el pecho cuando te reciben con sonrisas amplias y cálidas, y en ese momento piensas que quizá no te has equivocado al acudir a la reunión. Te sientes un poco incómodo, eso sí, porque la mayoría va de traje y tú demasiado sport.

Pero no pasa nada. Estás bien, y eso te da seguridad. Por fin, Eric llega entre perdones y se sienta en el sitio que le has reservado a tu lado. Divides la mesa en dos: a tu derecha el territorio hostil, aunque parece que todos han venido tranquilos, con perfil bajo. A tu izquierda, el neutro. Además de Eric, hay un par de personas a las que has seguido viendo después del instituto y que consideras tus aliados, aunque no son amigos de verdad.

Elegís los platos y coméis entre puestas al día. Una compañera en la que no habías pensado desde que os graduasteis se lamenta de que estés a punto de tener una hija. Quiere algo contigo y no es lo suficientemente hábil como para mostrártelo con delicadeza. O igual es que no le hace falta. La rechazas con gracia y empiezas a relajarte. Lo justo, claro. Puede que tus compañeros hayan crecido, puede que lo hayan olvidado.

Pero tú no.

Tenías que demostrártelo. Dejarte claro que aquello era agua pasada, que fueron niñerías. Cosas de niños, que se decía entonces. Es curioso que nunca se lo hayas contado a tu mujer. Alguna vez lo has pensado pero, ¿para qué decírselo? Han pasado demasiados años como para que tenga importancia.

¿De verdad que no tiene importancia?

Y de repente, entre el segundo y el postre, nueve botellas de vino después, llega la pregunta.

—Oye, Mateo, ¿y tú por qué estabas tan gordo?

Se hace el silencio, pero solo en tu cabeza. El lado hostil de la mesa está atento a tu respuesta. Algunos se ríen sin disimulo, otros miran atentamente sus copas. Tú no reaccionas porque, aunque te has imaginado centenares de veces una respuesta inteligente y cortante a cualquier pregunta malintencionada de aquellos que te jodieron en el instituto, en realidad no estabas preparado para que ocurriera. Así que sonríes y te encoges de hombros, como si el adolescente que fuiste no estuviera desgarrado por dentro, y contestas con un ‘cosas que pasan’.

En el otro lado de la mesa oyes una voz, una de las dos que esperabas tener a tu lado, que habla con la calidez que da el vino.

—¡Mírate ahora, Croqueto! ¡Estás cojonudo! ¿Con qué te cebaba tu madre? La grasa se ha convertido toda en músculo, ¿eh?

Te quedas medio segundo en silencio y después te ríes, como el resto de la mesa. Afortunadamente, Ruth está ahora explicando algo que no te interesa, pero su carisma hace que todos se olviden de ti.

Aprovechas el momento para observar a tus antiguos compañeros. Hasta esa noche, pensabas que lo que eran cosas de niños no se repetirían en la treintena. Que, si lo hacían, tú sabrías reaccionar como el hombre maduro que eres. Sin embargo ahora sabes que quien es gilipollas de crío lo sigue siendo de adulto. Menuda enseñanza de vida.

Si al menos las cosas les hubieran ido mal. A ti, de hecho, te han ido muy bien. Entraste en la universidad, conociste a la que hoy es tu mujer, hiciste nuevos amigos y te reconciliaste contigo mismo. O eso creías.

Porque resulta que, para tus antiguos compañeros, sigues siendo Croqueto, el niño gordo. Y sí, te desgarra por dentro cuando te vas y cuando llegas a casa y le besas la barriga a tu mujer y también sus labios.

No, no tendrías que haber ido a la cena.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

Imagen: Photo by Kat J on Unsplash

Buenos propósitos

“Año Nuevo, vida nueva”. Yo sigo el refrán y la costumbre de hacer buenos propósitos para el año que comienza. Así que, cuando me planteo los nuevos objetivos, comienzo por un balance. Una costumbre muy generalizada entre los escritores de los blogs que sigo.

Soy poco dada a mirar hacia atrás y cada vez lo hago menos. Quizá porque lo que veo delante me gusta y por eso no me apetece perder el tiempo echando sal en heridas que curarán, antes y mejor, si no me dedico a lamerlas, a menos que sea para extraer enseñanzas de las experiencias, aunque no sean agradables.

Si la retrospectiva me recrea vivencias positivas, la cosa cambia. Soy de las personas que piensan que hay que dar mucho más peso a lo bueno. Eso siempre está en nuestra mano. Y a la gente positiva que conozco le suelen ocurrir más cosas buenas que a los pesimistas. O tal vez lo viven de otro modo, y por eso la balanza siempre se inclina a su favor. No aspiro a imitar a Paulo Coelho o a Jorge Bucay, a los que, dicho sea de paso, leo de vez en cuando y no me avergüenza decirlo, aunque sé que las cosas no son tan sencillas.

De todos los personajes mediáticos a los que leo me quedo con lo que me convence. Tengo ya una edad en la que mis criterios están bastante claros, ¡pobre de mí si no fuera así! Y puedo escribir con seguridad acerca de mis propias opiniones y experiencias sin recurrir a copiar y pegar textos. Voy, pues, a los propósitos que me he planteado y me basaré en lo que ya he dejado atrás.

Mejorar mi forma física

Topicazo donde los haya, lo sé. Pero no me negaréis que su ausencia en mi lista de deberes dejaría un hueco enorme. Tan enorme como algunos de los bizcochos que me he comido en estas fechas y que se han empadronado gustosos, en sentido literal y metafórico, en distintas regiones de mi anatomía.

Nunca he sido lo que se llama una sílfide. Ni de lejos. La tía de un noviete que tuve le decía a su sobrino que se había echado una novia que era demasiado “jaquetona” para él. Aquello me hizo sangre en su día y, no sé si por eso, o por otros motivos, el romance murió a los tres meses de nacer. Pero ser grandota y aparentar más edad también tiene sus ventajas. Con quince años, si me hacía un moño bajo, podía entrar al cine a ver películas para mayores de dieciocho años sin que me pidieran el DNI. Porque, aunque algunos jóvenes no se lo crean, hubo una época, allá en la prehistoria de hace no tantos años, donde esas cosas pasaban. En fin, para no irme por las ramas, diré que uno de mis buenos propósitos es recuperar mi línea perdida. Que tras dos partos y muchos años rellenita, conseguí hace unos pocos quedarme bastante mona, pero me fui relajando y… bueno, ya podéis suponer la continuación de la historia. Espero que, en enero de 2020, podré contaros otras cosas y, además, poner una foto mía cuando escriba un artículo parecido a este, jeje.

Escribir

Seguro que a este propósito le estaréis dando más credibilidad que al anterior, y no os culpo. Pero tengo que ponerlo aquí, porque echando la vista atrás me doy cuenta de que no me lo he propuesto nunca de modo consciente, como estoy haciendo ahora. No cabe duda de que es algo que vengo cumpliendo cada vez más y mejor y no me importa decirlo aunque alguien piense que es faltar a la modestia. Estoy orgullosa de mi trayectoria como escritora. He dejado de padecer el síndrome del impostor en cuyas garras había caído sin saber bien cómo. Así que ahora disfruto de mi recién estrenada salud como autora y me enfrento al agradable reto de mantener una continuidad en mi relación con la escritura. Porque es muy bonito participar en las redes sociales con mis relatos y artículos y encontrarme con esos regalos en forma de comentarios y de “me gusta” de personas que me leen. Algunos son de amigos y conocidos, pero otros, cada vez más, son de personas a las que no les pongo cara, pero que me leen, me escriben e interaccionan conmigo, me regalan su tiempo. Y eso es algo que, desde aquí, aprovecho para agradecer.

Este propósito de escribir va a tener este año mucho peso específico porque lo de escribir era y sigue siendo una meta. Y necesito plantearme objetivos concretos para alcanzarla. Meta y objetivos no son palabras sinónimas, y ya hablé sobre eso en este artículo de hace un año. Porque los objetivos son los adoquines que alfombran nuestro camino hacia la deseada meta. Y aquí, a riesgo de volver a parecerme a Coelho o a Bucay, tengo que deciros que la felicidad, en cuanto a escribir se refiere, la estoy encontrando en el camino y lo de la meta es más que nada un añadido teórico. No tengo que generar ingresos con la escritura, puesto que mi trabajo como médico es lo que me paga las facturas. Ni tengo una meta concreta del tipo “publicar mi primera novela”, o algo así, aunque lo cierto es que acabo de empezar a revisar el borrador de mi primer proyecto y tengo dos borradores más descansando hasta que les vuelva a poner la vista encima. Pero me he propuesto conceder más importancia a objetivos concretos. Por ejemplo, revisar al menos dos capítulos por semana del borrador. Y en ello estoy.

También pienso mantener mi ritmo de publicaciones en este Letras desde Mocade que es para mí una escuela y mi segunda casa, aunque sea virtual. Y, como Mocade nació gracias a las amigas a las que conocí en la Escuela de Escritores, en pocos días volveremos a ser compañeras de pupitre en el curso de Relato Breve que vamos a comenzar. Con la alegría añadida de que también se ha matriculado un compañero de cursos anteriores al que las mocadianas queremos mucho, y una compañera mía de sufridas guardias con la que me encantará compartir letras gracias a la proximidad que nos dará esta enseñanza on line.

Y yo creo que con esos dos propósitos voy bien servida. Todos los días del año son buenos para hacer borrón y cuenta nueva, pero en estas fechas parece que esa posibilidad de cambio se ve más al alcance de la mano.

Bueno, pues ya me contaréis cuáles son vuestros buenos propósitos. Los míos me gustan y me apetecen. Y eso es ya un estupendo comienzo.

¡Feliz año nuevo!

Adela Castañón

Imagen: Photo by Green Chameleon on Unsplash

Querido Roberto

No sé cuándo empecé a quedarme en silencio cada vez que me dices te amo.

Sonrío y te abrazo como si fuéramos hermanos, pero de mi boca no sale nada, ni una frase, ni una palabra.

Te amo. Es posible. No lo sé. Creo que amo nuestro pasado. En nuestro presente juntos no sé qué somos, si una pareja que se enamoró demasiado joven o dos personas que perdieron el rumbo y ahora son dos desconocidos.

Sé que esta no es la forma de iniciar una carta. Lo siento, pero llevo meses, años con este sentimiento atascado en la garganta. Con la sensación de que si no te lo digo me voy a ahogar en mis propias mentiras y mi vida se desvanecerá como algunos de los recuerdos de nuestra infancia.

Intento recordar cuándo fue la última vez que te escribí una carta. Quizás fue hace poco o hace mucho, no lo sé, pero sí puedo recordar tu rostro cuando teníamos diez años y estábamos en la escuela. Te sentabas en la parte de atrás, en la última fila, en el pupitre que daba justo al lado del ventanal. Cada que me giraba para mirarte estabas ahí con los ojos clavados en el paisaje más allá de la ventana. Recuerdo que estaba obsesionaba con los pensamientos que rondaban por tu cabeza. Mis primeros relatos fueron el fruto de esa obsesión. En esa época de nuestras vidas, aunque sabías que existía, porque era tu compañera de clase, no formaba parte de tu mundo. No fue hasta la salida pedagógica en el parque del café, cuando ya teníamos quince años. Ese día me miraste por primera vez. Se me eriza la piel cuando cierro los ojos y te veo en mis recuerdos con la camisa del colegio ligeramente desabotonada y el cabello negro azulado agitándose con el viento. Desde los diez años estaba enamorada de ti, pero fue solo hasta ese momento que descubrí que mi corazón era tuyo.

Ese año nos hicimos novios y me convertí en tu chica.

Eras el niño más popular de la clase y de la escuela. Todas querían salir contigo, pero tú me escogiste a mí. De cierta forma me sentía bendecida y afortunada. Pero, bueno, era una adolescente, ¿qué más podía sentir?

El paso por la universidad no pudo separarnos. Tuvimos muchas peleas, nos distanciábamos por semanas, pero siempre volvíamos. Yo solía pensar que nuestro amor era fuerte y real y que nada podría cambiarlo.

Estaba equivocada. Muy equivocada.

Un día, a pocos meses de graduarnos de Derecho me pediste que nos casáramos. Mientras escribo esta carta, pienso en que jamás debimos estudiar lo mismo. Yo quería escribir, soñaba con ser escritora, pero tú me convenciste de estudiar Derecho porque la escritura no me serviría para tener una vida de lujos y socialmente activa. Pero yo nunca quise esa vida. Odio tener que vivir así desde hace años.

Volviendo con nuestra historia, ese día estábamos invitados a la finca de Paco y organizaste todo para pedírmelo frente a tus mejores amigos. Cuando pronunciaste las palabras yo me lancé a tus brazos y dije que sí entre lágrimas, sin saber que ese era el principio del fin de nuestro cuento de hadas.

Nos casamos un 15 de septiembre. Escogimos el mes del amor y la amistad porque estábamos convencidos de que nuestro amor sería eterno y cada aniversario celebraríamos como recién casados nuestra unión perfecta y singular.

Vernos los fines de semana y de vez en cuando dormir juntos en tu habitación era perfecto, pero vernos todos los días y compartir el mismo espacio todo el tiempo fue algo muy diferente a lo que me imaginé. Creo que había visto muchas películas románticas y tenía expectativas demasiado altas, porque la vida, nuestra vida después del matrimonio, nunca fue así.

Pasaron los años y el tiempo nos cambió. No puedes decirme que no, que aún eres el mismo chico del que me enamoré en la escuela, porque es el curso natural de las cosas. Crecemos y evolucionamos o involucionamos, sinceramente no lo sé. El punto es que cambiamos por las circunstancias, por el entorno, por ley. Y como tenía que suceder dejamos de ser las personas que éramos antes de casarnos.

Sin darnos cuenta, una brecha empezó a crecer entre nosotros. Las noches de comernos a besos disminuyeron día tras día, las conversaciones en el comedor bajo el calor de un café humeante se volvieron recuerdos lejanos. Y las discusiones, esas sí, crecieron como la maleza de nuestro jardín.

Pasábamos tanto tiempo juntos, que no tuvimos la oportunidad de extrañarnos y nos fundimos con los demás enseres de la casa y de la oficina. Los te amo y los abrazos de despedida se volvieron automáticos, como parte de un protocolo bien estudiado para mantener nuestra relación a flote.

No puedo y no quiero seguir fingiendo que todo es perfecto cuando mi corazón me grita que me estoy marchitando entre estas paredes, que la vida me toma ventaja mientras la miro pasar deprisa sentada en este escritorio.

Esta no es una carta de reconciliación por nuestra pelea de esta mañana, ni una carta de súplica para que esta relación retome el curso que tenía cuando éramos novios adolescentes. Es una carta de despedida.

¡Ya recuerdo cuándo fue la última vez que te escribí! También fue la primera y la única. Fue después de nuestro primer beso. Te escribí un poema, me besaste por segunda vez y lo dejaste olvidado en una banca del patio de la escuela. Ese día dejé de escribir y mis sueños se fusionaron con los tuyos.

No podrás cambiar mi decisión. Esta mañana, cuando saliste de casa empaqué mis cosas y ahora están en el auto. Toda mi vida contigo está en una maleta. No hay marcha atrás. Prefiero vivir con el recuerdo de lo que fuimos en algún momento de nuestras vidas a seguir pretendiendo que puedo vivir en esta rutina, que puedo vivir en la miseria que llevamos construyendo desde que nos casamos y decidimos que el título de señor y señora podría con todo.

Te quiero mantener vivo en mi memoria, como el niño de ojos azules que miraba por la ventana mientras la maestra explicaba las multiplicaciones con fracciones. Quiero rescatar a la escritora que duerme en mi interior y quiero dejar atrás el vacío con el que me despierto todas las mañanas, aunque estés a mi lado.

Te deseo una mejor vida sin mí.

Con amor, Amalia.

 

 

Mónica Solano

Imagen de Mohamed Hassan

Gregoria Brun, la maestra de Concepción Gimeno Gil

#nuestrasmaestras

Andaba buscando genealogías femeninas y cayó en mis manos La mujer española (1877), un libro de Concepción Gimeno Gil en el que dedicaba un capítulo a su maestra Gregoria Brun, cuando todavía vivía. Lo leí muchas veces y siempre me provocaba la misma emoción: por la grandeza de la maestra y por la generosidad de una alumna que en ese momento ya era una periodista famosa.

En varias publicaciones se hace referencia a ese capítulo, incluso se glosan algunas de sus partes, pero pocas lo transcriben y ninguna se acerca a la biografía de la maestra que lo inspiró.

Tendré en cuenta lo que otros han dicho, aunque, en mis palabras, pondré el énfasis en doña Gregoria y, para su biografía, recuperaré los datos fragmentarios que me ofrecen los archivos que he podido consultar. También daré cuenta de la convulsa vida de su familia, como consecuencia de los acontecimientos políticos del momento.

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La mujer española. Portada. 2

Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850-Buenos Aires, 1919), más conocida como Concepción Gimeno de Flaquer, por su matrimonio, en 1879, con el periodista catalán Francisco de Paula Flaquer i Fraise.

Fue una mujer adelantada a su tiempo: maestra, escritora, periodista, fundadora y directora de varios periódicos en España y América. Luchó por los derechos de la mujer y defendió un feminismo moderado. Buscó un punto medio entre las avanzadas ideas feministas y las tendencias tradicionales. Y lo encontró en la defensa de la dignidad intelectual y humana de la mujer.

Desde los cinco años hasta los dieciocho vivió en Zaragoza y fue a la escuela con doña Gregoria, de la que nos dejó este magnífico retrato:

Doña Gregoria Brun, que así se llamaba, era el tipo más acabado de la distinción y la superioridad: su estatura bastante elevada, su figura majestuosa. Como en la infancia lo más leve más impresiona, la suave severidad de mi directora, su noble altivez, su dignidad y hasta su belleza escultural contribuían a formar en mi fantasía una ilusión que me la hacía considerar como un ser superior, castigado a vivir en la tierra; como un ser algo más que mujer, cual una divinidad de los antiguos tiempos.

Favorecía a mi ilusión su carácter,  distinto completamente al de todas las mujeres, pues mi directora hubiera podido decir en voz alta: “Tengo el honor de parecerme más que a mí misma”.

Era sumamente original y, por eso, odiaba la rutina; su lenguaje era fácil, elevado y persuasivo, pero muy sencillo; jamás olvidaba que hablaba con la infancia.

Como su voz era buena, su palabra armoniosa y vibrante, conseguía apoderarse de nuestro corazón y nuestro criterio: mi afecto hacia mi directora era un culto.

Cuando se rodeaba de niñas, y ante un mapa nos explicaba geografía, parecía Minerva distribuyendo el pan de la inteligencia.

Sus ojos eran dos astros que arrojaban ígneo resplandor, porque asomaba de ellos el genio. Su frente espaciosa parecía trasparente cuando intentaba inculcarnos grandes ideas. Y su semblante, de líneas correctas y severas, pero nunca duras, se animaba al percibir que habíamos comprendido sus lecciones.

Tenía varias auxiliares pasantas, porque, como directora de la Normal, el mayor cuidado la consagraba a las jóvenes que estudiaban para maestras, pero nadie podía relevarla dignamente.

Encontrábamos pobre y confusa la explicación de la que la representaba. Y, como la sabiduría se impone tanto, a nadie concedíamos la respetuosa atención que a nuestra directora. Donde podían haberla admirado los hombres más eminentes, era en las clases de las aspirantes al título de maestra. El número de estas era inmenso, y entre ellas se encontraban algunas de más edad que mi directora. Otras sumamente ilustradas. Bastantes de familias aristocráticas, que, sin necesitar esa carrera, anhelaban un título que tanto enaltece a la mujer y que es el único que no le está vedado en España.

Como siempre he tenido afición de aprender, en las horas de recreo abandonaba los juegos infantiles y me ocultaba en un rincón del salón de las maestras para escuchar a mi directora en las clases superiores. Entonces lucía ella sus vastísimos conocimientos, su elocuencia ciceroniana, sus brillantes disposiciones para la oratoria. Aquel auditorio exigente se entusiasmaba tanto que, inconscientemente y turbando el silencio de los regios salones de aquella gran escuela, prorrumpía en bravos y aplausos, cuyo eco detenía por un momento el bullicio de las traviesas niñas que revoloteaban por los patios destinados a correr y jugar.

Aquella sublime mujer dominaba con la palabra a más de cien mujeres despejadas, altivas, orgullosas, audaces o irónicas las más.

Un día me sorprendió oculta por el caballete de la pizarra en un ángulo del salón. Y, al observar mi atención y verme convertida en estatua, del asombro, por la expresión de mi rostro, me concedió el título de oyente. Y desde entonces tuve un puesto en el salón de aquella clase, cuyas alumnas estaban cursando el último año de la carrera.

Confieso que me enorgullecí ante tal deferencia y me di toda la importancia que pude entre mis condiscípulas. Este rasgo era, indudablemente, un desbordamiento de mi amor a la gloria.

Mi directora era una gran literata, pero sus ocupaciones no le permitían escribir libros. Se limitaba a transmitir su ciencia a nuestro entendimiento.

Concepción_Gimeno_de_Flaquer,_en_Caras_y_Caretas

Al salir del colegio, mi directora tuvo una gran pena. Sus primeras deferencias para conmigo se habían trocado en cariño.

Más tarde, cuando he obtenido algún triunfo superior a los triunfos escolares, mi directora ha gozado extraordinariamente en ese triunfo. Y yo jamás la he olvidado.

Afortunadamente existe todavía, aunque no sé si se halla al frente de aquella escuela de maestras y niñas. Sean estas líneas el eco de mi agradecido corazón a sus beneficios, el débil testimonio de mi entusiasmo y cariño eternal.

¡Benditas maestras!

¡Cuántas veces debemos a una maestra un porvenir lisonjero, una brillante posición social!

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Gregoria Brun Catarecha (Hecho, Huesca, 1833–Zaragoza, 1885) era la segunda hija de Juan Brun Val y María Josefa Catarecha López. Sus abuelos paternos fueron Mariano Brun y Juliana Val. Y los maternos, Agustín Catarecha y Teresa López. En 1831 había nacido  su hermano Juan Manuel.

Su padre, Juan Brun Val, administrador de la aduana de Siresa, falleció en 1834, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en los violentos sucesos de Hecho.

El día 27 de junio, huyendo del poder de los facciosos, fueron asesinados, D. Juan Brun Val, administrador de Siresa, residente en Hecho, D. Mariano Brun primo del anterior, hacendado, y D. Juan Antonio Pétriz, hacendado. (Cfr. La Revista Española, 12 de julio de 1834)

En 1837 la madre de Gregoria se volvió a casar y un tutor, Juan Antonio Brun, se hizo cargo de la educación de los dos hermanos. Ese año, a instancias del tutor, las Cortes permitieron que la pensión de viudedad de Doña María Josefa Catarecha, 750 reales, pasara a sus dos hijos, Juan Manuel y Gregoria, menores de cinco años.  Esta pensión había sido otorgada por la valentía con que don Juan Brun y Val se había batido en la defensa del valle contra los carlistas. (Cfr. La Gaceta de Madrid, 7 de noviembre de 1837)

Gregoria debió de estudiar en una escuela privada de formación de maestras. Su hermano cursó los estudios en Huesca: bachillerato, en el Instituto Ramón y Cajal, y Magisterio en la Escuela Normal de Maestros.

En 1856 se creó en Zaragoza la Escuela Normal de Maestras y Gregoria, a sus veintitrés años, fue la primera directora y la primera maestra de una escuela pública del Ayuntamiento, que estaba anexa a la Normal.

Según la Guía de Zaragoza de 1860, dirigía una escuela laica del Ayuntamiento en la plaza Linán, 181, en la que se estudiaba para ser maestra. En esa escuela tuvo de alumna a Concepción Gimeno Gil.

En Zaragoza conoció a su futuro marido, Joaquín Lacambra Murillo, otro montañés, un farmacéutico carlista de Coscojuela de Sobrarbe, que tenía abierta una de las cinco Farmacias Centrales de España, en la calle Don Jaime Primero, 61. En 1865 figuraban juntos en varias colectas para bienes sociales. En 1866, Valentín Zabala Argote, un maestro zaragozano, en su libro La organización de las escuelas, la citaba como Gregoria Brun de Lacambra. Ese mismo año nació su hijo, Joaquín Lacambra Brun, un brillante abogado que estudió derecho en Zaragoza y llegó a ser Magistrado de la Audiencia Nacional.

En 1875 su carrera docente se vio alterada unos meses. Estuvo suspendida de empleo y sueldo en Estella:

La directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, ha sido desterrada a Estella por haberse negado a firmar no sabemos qué juramento (Cfr. El Magisterio Balear, 4 de septiembre de 1875, p. 6).

Esta ausencia pudo estar condicionada por las consecuencias de la insurrección de su marido en Cantavieja (Teruel). En 1876 volvió a su cargo de directora de la Escuela Normal de Maestras y a ejercer de maestra de la escuela aneja.

Joaquín Lacambra Murillo fue un boticario muy brillante, conocido en toda España, no olvidemos que tenia una Farmacia Central, por sus pastillas febrífugas. En la Exposición Aragonesa de 1868, obtuvo una mención honorífica por su jarabe de rábano yodado. Pero, por encima de todo, fue un carlista convencido y una persona influyente. Difundió su ideología como redactor de Perseverancia, un periódico fundado en 1867 por Bienvenido Comín y Sarté, jefe del partido carlista en Zaragoza. Y en 1870 dirigió La Concordia, un nuevo periódico destinado a la misma causa.

En 1873, con motivo de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), lo nombraron gobernador de Cantavieja, responsable de un hospital de sangre y director de la escuela de cadetes que se estableció allí para formar oficiales. En 1874 provocó una insurrección de dos batallones contra don Alfonso de Borbón y fue sometido a un consejo de guerra, en el que lo condenaron a muerte. Pero los informes médicos lo declararon demente y, en lugar de fusilarlo, lo llevaron preso a la cárcel de La Cenia (Tarragona).

En 1885 doña Gregoria Brun Catarecha, a los cincuenta y dos años, falleció víctima del cólera en plena actividad profesional.

En 1886, para cubrir su vacante, nombraron directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a Pilar Lacambra Brun, que había sido Regente en los años anteriores. La coincidencia de apellidos me hace pensar en su hija, pero para asegurarlo tendré que esperar alguna documentación que lo acredite.

En la memoria colectiva quedó una brillante profesora que educó a muchas generaciones de maestras y permaneció en el recuerdo de alumnas como Concepción Gimeno Gil.

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Fuentes principales.

Documentos de varios archivos provinciales y locales.

Noticias de la prensa histórica.

Domínguez Cabrejas, Rosa María (1989): Sociedad y educación en Zaragoza durante la Restauración (1874-1902). Ayuntamiento de Zaragoza, Vol. I y II.

Gimeno Gil, María de la Concepción (1877): La mujer española, estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales. Prólogo de Leopoldo Agustín de Cueto. Imprenta y librería de Miguel Guarro. Propiedad de la autora.

Pintos, Margarita (2016): Concepción Gimeno de Flaquer. Del sí de las niñas al sí de las mujeres. Plaza y Valdés Editores.

Romeo Pemán, Carmen (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó,  Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en:

http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Imagen principal: La desaparecida Universidad de Zaragoza de la plaza de la Magdalena. Archivo GAZA, Ayuntamiento de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

El chiringuito de las ideas

Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido despejado y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral. Tanto que los dos habíamos dejado las sudaderas en el coche y llevábamos los brazos al aire, absorbiendo el calor del sol.

Era sábado, apenas nos cruzábamos con gente y caminábamos en un silencio cómodo, o eso me pareció. Espié a Marta con el rabillo del ojo. Iba sonriendo, con la mirada perdida en la línea de la costa. Su sonrisa se desdobló y una de las mitades saltó hasta mi cara y se quedó allí. Seguí la dirección de sus ojos. Me conocía de memoria el panorama. Allí estaba la parte trasera del Hotel Paraíso, donde algunos huéspedes imitaban a los lagartos en las tumbonas de la piscina, el puesto donde alquilaban las tablas de surf y los aparatos de gimnasia que el Ayuntamiento había colocado para disfrute de los menos perezosos en una zona más ancha del paseo, y que yo jamás había probado. Mis ojos se detuvieron en el chiringuito de Víctor y clavé la mirada en él.

Tenía un letrero distinto. Un trozo rectangular de madera clara colgaba de dos cadenas que se movían con suavidad agitadas por la brisa. En el centro, como si las hubieran escrito con humo, leí cuatro palabras: “Chiringuito de las ideas”.

Cuando llegamos a su altura me detuve con los brazos en jarras. Las puertas se abrieron solas, como si me hubieran estado esperando, y un olor a jazmines, acompañado del tintineo de muchas campanillas, tiró de mí hacia el interior. Avancé, envuelto por el aroma y por el sonido, y me encontré en medio de una habitación mayor que la del chiringuito original, aunque desde fuera se veía como siempre. Al fondo, entre un mostrador y una pared repleta de casilleros vacíos como los de las recepciones de los hoteles, descubrí a un genio.

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Supe que era un genio porque cuando crucé el umbral estaba en un extremo, pero se deslizó hasta el centro al verme entrar. Me pareció el hermano gemelo del de la película de Aladdin. Su barba era una fina línea negra que al llegar al mentón se prolongaba en un ridículo mechón de pelo, tan escuchimizado como la coleta que nacía del centro de su enorme calva azul. Puso las manos sobre el mostrador y me obsequió con una sonrisa gigante.

–Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?

–Buenas. La verdad es que he entrado solo a mirar.

Señalé mi indumentaria. Una camiseta de manga corta y un pantalón de chándal cómodo, sin bolsillos, con la llave de casa enganchada en el cordel de la cinturilla. No había cogido dinero y ni siquiera llevaba encima el DNI. No se me ocurrió lo absurdo de mi respuesta hasta que me escuché pronunciar en voz alta las palabras. ¿Mirar? ¿Mirar qué? Allí solo estábamos el genio, el mostrador, los casilleros vacíos y yo. Sin embargo no pareció extrañarle. Señaló los casilleros que estaban a su espalda.

–Puede elegir. Todo está a disposición de aquellos clientes que crucen mi puerta.

–Ya. Pues ya puestos, verá…–Me quedé callado sin saber qué añadir. Y de pronto pensé que por pedir no perdía nada–.  Me gustaría una buena historia.

–Espléndido.

Los dos guardamos silencio. Empecé a pensar que ese genio era un poco limitado. Por lo visto también su especie se había ido deteriorando con los años y me había topado con un ejemplar senil. Por si servía de algo, le di una pequeña pista.

–El letrero de la puerta dice que esto es ahora el chiringuito de las ideas.

–Así es.

–¿Y puede saberse dónde están?

El genio paseó su mirada por toda la habitación. La cabeza hizo un giro inverosímil de 360 grados hasta volver a su posición original. Me contempló con una expresión inescrutable.

–Puede elegir –repitió–. Todo está a su disposición.

–¿Me toma el pelo? Aquí no hay nada.

–¿Está seguro?

–Tan seguro como de que lo estoy mirando.

–¿Seguro?

Abrí la boca pero no llegué a decir nada. ¿Qué hacía yo allí, hablando con una mala copia de un personaje de Disney, en lo que toda la vida había sido el chiringuito de Víctor? Ahora fue el genio clonado el que acudió en mi ayuda.

–Estamos nosotros, ¿no?

–Sí. Pero aparte de nosotros, aquí no hay nada. –De pronto recordé el olor a jazmines y el tintineo. La lógica volvió a sacudirme los hombros–. Oiga, ¿tiene flores escondidas por algún sitio? ¿O campanillas?

–¿Ve por aquí algo de eso?

Me hizo una seña para que me asomara adonde él estaba, detrás del mostrador. Obedecí y me agaché a mirar. Allí no había nada.

–¿Y por qué olía tan bien cuando me detuve en la puerta?

–¿Oler bien? ¿A qué olía?

–A jazmines. Y además se escuchaba…

Me interrumpí. ¡El genio se tapaba la bocaza con una mano para que no me diera cuenta de que se estaba riendo de mí! Era el colmo del descaro.

–¡Oiga! Le digo que olía a jazmines. Y se escuchaba música de campanitas.

–Si usted lo dice, será verdad. ¿Se le ocurre alguna explicación?

–¡Pues podría darle muchas! Otra cosa sería que acertara.

–Pruebe.

–Que pruebe, ¿a qué?

–A darme una explicación. Una de esas muchas. Quizá quiera usar esta –señaló a un casillero vacío–, o esta otra, o…

–¡Ya está bien! –le interrumpí–. Mejor me marcho. No sé por qué se me ha ocurrido entrar aquí.

Di media vuelta para salir, pero antes de que diera un paso el genio me llamó.

–¡Espere!

Se agachó un momento y de debajo del mostrador sacó una libreta blanca con una rosa en la portada y un bolígrafo, salidos de no sé dónde, y me los ofreció.

–Tenga, señor. Su cambio.

–¿Mi cambio?

–Así es. Podría haber elegido otra de las historias, pero me gusta la que se lleva. No es de las mejores, pero tampoco está mal.

–Papá. ¡Papá! ¡Papáaaaa! –la voz de Marta me sacó de mi abstracción–. No te estás enterando de nada de lo que te estoy contando, ¿verdad?

Miré hacia atrás. El chiringuito de Víctor había recuperado su aspecto de siempre, letrero incluido. El hotel, los turistas y los artilugios de gimnasia estaban en el mismo sitio. Miré a mi hija y le revolví el pelo con la mano.

–Perdona, Marta, estaba distraído.

–Ya, papi. No hace falta que lo jures.

Mi hija me regaló otra sonrisa y la atesoré con la anterior. Ahora que solo las recibía los fines de semana alternos, las valoraba mucho más. Sentí que sus dedos buscaban los míos y entrelazamos las manos. Marta apretó la mía y sentí la corriente de amor que me llegaba desde ese cuerpecito de menos de cuarenta kilos.

–Tranquilo, papi. Yo no soy mamá. No me importa que la cabeza se te llene de pájaros, en serio. A mí también me pasa a veces, y mami se enfada porque dice que soy como tú en eso.

–Ya. –No supe qué más decirle.

–¿Me cuentas un cuento?

–¿Ahora?

–Sí. Y cuando lleguemos a casa puedes escribirlo y luego me lo regalas. Así me lo llevaría a casa de mamá para leerlo por las noches, cuando no me toca estar contigo.

–Trato hecho.

Empecé a contarle el cuento de Pulgarcito, que siempre le había gustado. Marta me escuchó con atención, pero me di cuenta de que la había decepcionado, aunque, como me quiere tanto, no me lo dijo. Ella esperaba otra cosa. Un cuento distinto, solo para ella, para leérselo en la cama, como solíamos hacer antes de que Isabel y yo nos separásemos y mis huesos fueran a parar a un apartamento frío y solitario. Cuando terminé, le pedí perdón.

–Lo siento, chiquitina. Es que me has pillado por sorpresa. Pero luego me invento un cuento distinto para ti sola, ¿vale?

–Vale, papi. No importa.

Llegamos a casa y me duché mientras mi hija veía una película en la tele. Salí del baño dispuesto a cumplir mi promesa. Marta se había quedado dormida en el sofá, seguramente cansada por la larga caminata. Entré en mi dormitorio, donde una mesa de Ikea hacía el papel de despacho, y al ir a sentarme delante ella me detuve sorprendido.

Sobre la mesa, una libreta blanca, con una rosa dibujada en el centro, me estaba esperando. A su lado, había un bolígrafo que no recordaba haber dejado allí cuando salimos.

Me senté, quité el capuchón del bolígrafo, abrí la libreta, y empecé a escribir:

“Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido sin una nube en el cielo y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral…”

Adela Castañón

Imagen cabecera: Photo by Derek Thomson on Unsplash

Imagen genio: Pixabay