#MOLPEcon. Un cuento de hadas del siglo XXI

La #MOLPEcon, un evento organizado por Ana González Duque, se celebró en Madrid el pasado 17 de noviembre. Marketing On Line Para Escritores. Doce ponentes de lujo y cuarenta y cuatro asistentes con muchas ganas de aprender y de interactuar. Eso, dicho de modo conciso. Pero este híbrido entre relato y artículo no va a ser breve porque trata de mi experiencia personal como escritora en ese encuentro del que tengo mucho que contar. Sobre las ponencias, los ponentes, los contenidos y el evento ya hay un montón de entradas, tuits y artículos de Facebook. Así que prefiero contaros aquí las cosas desde un punto de vista diferente y personal.

Crónica de los hechos

Allá por septiembre me llegó la información sobre un evento que Ana estaba organizando. Los ojos se me pusieron como bolillas de gaseosa, pero lo primero que escuché fue la vocecita de mi yo comodón susurrándome aquello de “ni mires el almanaque, que será entre semana y no vas a pedirte un día libre para eso”, “seguro que es muy caro”, “no te preocupes, que luego encontrarás toda la información en las redes sin moverte de casa”, y cosas así.

Empecé por mirar el calendario y se esfumó el primer obstáculo: el 17 de noviembre caía en sábado. El segundo asalto también lo perdí por KO: había un precio reducido que, además, daba opción a apuntarse a una comida con los asistentes. ¿Hace falta que os cuente que el punto tres ya ni me lo planteé? Y eso que Ana lo tenía todo calculado y había pensado también en los que no pudieran asistir. Para ellos estarían disponibles las charlas y videos cuando la #MOLPEcon se clausurara. Y, hasta el 17 de diciembre, podéis encontrarlas aquí. Pero a esas alturas yo tenía muy claro que iría. Necesitaba ir. Y fui.

Me apunté, hice mi reserva de hotel y saqué los billetes del AVE con mucha antelación. Y tan relajada estaba al tenerlo todo previsto que, a punto de entrar en la autopista, me di cuenta de que me había dejado en casa la documentación: billetes, localizador de hotel… y como siempre pienso que puedo perder el móvil, todo lo tenía impreso, claro. Di media vuelta, lo recogí todo, y no perdí el tren por poco.

Llegué a Madrid la noche del viernes 16, con la hora justa para acudir a una cena que Ana había organizado. Mi autoestima subió puntos porque me tocó una taxista algo novata pero conseguí no retrasarme demasiado a costa de ir guiándola con el navegador de mi móvil. Me dejó en la misma puerta del restaurante El Buey, donde cené como una mula. Y entre el buey, la mula, y la cantidad de figuras que había allí reunidas, me sentí como si estuviera en un Belén viviente y mi Navidad acabara de empezar en ese instante.

La cena… ¿cómo os contaría yo la cena? No es que me falten palabras, eso nunca, y ya lo sabe todo el que me conoce. Pero no siempre es fácil dibujar las emociones o describir voces, gestos, chascarrillos, comentarios, olores… A estas alturas ya sé que mostrar es mejor que contar, pero a veces la cosa se pone dificililla. De todos modos, ahí os van unas cuantas pinceladas.

En la cena me senté al lado de Jaume Vicent. Lo imaginaba más mayor, no sé, más en plan intelectual, y me encantó descubrir a un chaval divertido y muy sociable que al día siguiente me sorprendió por sus conocimientos técnicos y por lo bien que supo transmitirlos. Solo el hecho de conversar así, en plan distendido y relajado, con personas como él, de carne y hueso, que para mí eran blogs anónimos de consulta y aprendizaje hasta esa noche, ya hizo que valiera la pena el viaje a Madrid.

No fui la última en llegar al restaurante. A los pocos minutos de sentarme, entró Mariana Eguaras y se colocó justo frente a mí. Me quedé enamorada con su acento, porque como solo la conocía a través de las redes me la imaginaba, no sé por qué, con una dicción de Madrid o de Barcelona. Solo me costó medio segundo hacer los ajustes de mi disco duro mental: ahora pienso que Mariana solo puede hablar y expresarse tal y como lo hace. Tiene una personalidad arrolladora y un magnetismo más inmenso que el dibujo de Argentina en cualquier mapa. Es grande entre las grandes.

A la derecha de Mariana estaba Yolanda Barambio. No la reconocí por el nombre, pero cuando habló de El Tintero Editorial, me encantó ponerle cara a la persona que hay detrás de un sitio web al que me he asomado más de una vez porque siempre he encontrado cosas que valen la pena. Aprendí un montón de cosas charlando con ella. Y le pedí una tarjeta, que me parece que hablaremos más de una vez. Porque si no hubiera estado convencida de la importancia de contar con alguien que corrija nuestros textos, en ese momento me habría hecho cambiar de opinión.

A mi derecha se sentó Pilar Navarro Colorado y a su lado estuvo Mavi Pastor. No las conocía antes de nuestro encuentro en la #MOLPEcon, pero algo hizo click en mi interior mientras hablábamos. Porque, a pesar de ser para mí personas anónimas, descubrí en ellas el mismo fuego, el mismo entusiasmo, la misma pasión por la escritura, en suma, que la que presuponía y confirmé en los ponentes a los que ya admiraba y seguía por las redes. Y de ese click, que merece un apartado para él solito, os hablaré en la última parte del artículo. Sigamos ahora con los hechos.

En la cabecera de mi mesa estaba David Generoso. Lo reconocí por la gorra. Bueno, por lo que había debajo de la gorra, para ser más exactos. En el AVE, camino de Madrid, había empezado a leerme D.I.O.S., su libro de relatos y me encantó tenerlo tan a mano. Hoy ya me he leído el libro entero y estoy terminando el segundo, Crohnicas, con H, que me está haciendo disfrutar con la misma intensidad.

En el restaurante había dos mesas alargadas porque todos no cabíamos en una. En la otra mesa, además de Ana, se sentaban más personas a las que yo estaba deseando conocer y que tengo que nombrar aquí porque, si no lo hiciera, mi relato estaría inacabado. Allí vi a David Olier, el Celestino que consiguió que mi relación tóxica con Scrivener se transformara en romance. Y a Pablo Ferradas, que me ha hecho pasar tan buenos ratos cuando me he asomado a su web. Reconocí a Mónica Gutiérrez Artero, que me enamoró con su libro “Un hotel en ninguna parte” y a Victor Sellés, otro personaje al que estaba deseando ponerle cara y que no me defraudó en absoluto. También tuve la alegría de saludar a Chiki Fabregat, un encanto de persona a la que conozco desde hace tiempo gracias a la Escuela de Escritores.

Hubo copas después de esa cena del viernes 16. Y, aunque el 17 el acto empezó con una puntualidad británica, tengo que decir en honor a los que estuvimos de picos pardos que cumplimos como los buenos a la mañana siguiente.

Todo empezó a su hora. Hay que felicitar a Ana González Duque por una perfecta organización. Los ponentes se ciñeron a su tiempo. Las charlas, tal y como se había anunciado, fueron breves, dejando mucho margen a las preguntas, que no faltaron y que fueron tan interesantes como las propias ponencias. Aprendí mucho con las cuestiones que planteó Valeria Marcon. Y del contenido técnico podéis encontrar información por las redes, tal y como os he dicho antes.

Ya he mencionado a alguno de los ponentes. Con  Ana Bolox, a la que estaba deseando conocer para hablar de su Sra. Starling, compartí charla en la pausa de café, en la que también puse voz y cara a María José Moreno, en cuyo blog he encontrado mucho material útil. Apenas crucé un saludo con Lluvia Beltrán, cuyo blog pienso visitar. Quedé impresionada por la energía que desprendía Alberto Marcos, y disfruté con la exposición de otros como Óscar Feito o J.C. Sánchez con los que no tuve tiempo de hablar. Pero mi crónica sobre ese encuentro es diferente, porque creo que el mejor granito de arena que puedo aportar es, precisamente, esa visión personal y subjetiva que añada una pincelada de color a lo que resultó un cuadro precioso, un puzle donde todo encajó como la seda.

Cuando concluyó la última ponencia de la jornada nos fuimos de cañas. ¡Más placer para el cuerpo y para la mente! Entre cervecita y cervecita pude hablar con Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina. Me saqué una espinita porque, aunque vivo a menos de cincuenta kilómetros de ella, hasta ahora siempre que había organizado algún acto me pillaba de viaje como si el destino se empeñara en que no llegáramos jamás a vernos las caras. Nos las vimos, y me encantaron las de los tres: la de Gabriella, la de José Antonio y la de Radar, una cabra de personalidad apabullante que merecería un artículo aparte.

Para rematar, después de las birras, todo el que quiso se apuntó a otra cena comunitaria. Frente a mí se sentó Jaume Vicent y todavía me entra la risa al acordarme de cómo nos contó las mil y una versiones de su nombre que se ha encontrado por todos lados. Que si Vincent, Vincesc, y no sé cuántas variantes más. Algo parecido, aunque en menor escala, a lo de Víctor Sellés con sus encuentros y desencuentros con la tilde y con las batallas entre la “ll” y la “y” según qué fuente se consultara. Y disfruté a rabiar con el fino humor de Víctor y su exquisita diplomacia al comentar algún libro o película como “muy bueno” o “apoteósico”. Os prometo que, dichos por él, esos apelativos tienen un profundo significado. Pero hay que verlo y escucharlo para captar los matices. Ejem.

Me encantó que a esa cena no fueran solo Ana y la mayoría de los ponentes, sino que también estuviéramos otros asistentes anónimos que nos sentimos absolutamente integrados. A mi derecha estaba Iñigo Tabar Lusarreta que pareció pasarlo tan bien como yo, y con el que me encantó cambiar impresiones.

Lo que me traje de allí

En esas cenas y copas, hablando de igual a igual con desconocidos como Pilar, Mavi o Iñigo, con medio conocidos como Yolanda o M.J. Moreno y con conocidos, aunque fuera unilateralmente y de modo virtual, como Mariana, David, Jaume, Víctor, Gabriella, o la propia Ana, tuvo lugar una metamorfosis privada en mi persona: el capullo se convirtió en mariposa. Vale. Igual me he pasado. Pero las metáforas eran el 90% de mi producción literaria cuando empecé a escribir, y de vez en cuando dejo que alguna se escape del arcón de siete llaves donde tanto me costó encerrarlas. Lo que quiero deciros es que, en principio, yo iba muy metida en mi papel de alumna que va a conocer a todos aquellos a los que admira y sigue. Pero cuando esa primera velada terminó, salí del restaurante El Buey sintiéndome parte de una comunidad de escritores.

Mariana Eguaras, toda una señora, no tuvo reparo en resolverme una duda que ahora me produce tanta hilaridad como vergüenza, pero no me importa contarlo aquí como prueba del “buen rollito” del encuentro: En su ponencia mencionó de pasada algo sobre la tipografía y los remates y yo, novata todavía en tantas cosas, descubrí gracias a ella que lo de Sans Serif no es un tipo de letra como la Helvética, o Times New Roman, sino que alude a si la fuente lleva o no el “remate”, esa curvita final que puede facilitar o dificultar la lectura. Hasta ese día yo estaba convencida de que Sans Serif era un modelito más de grafología. Igual otra persona se hubiera reído de mi pregunta, pero ella me respondió como si le hubiera hecho una consulta sesuda.

A mi lado, durante las ponencias, estaba David Generoso y le conté con humor mi descubrimiento sobre la Sans Serif. Mis comentarios debieron resultarle simpáticos y hace unos días me sentí levitar al verme mencionada en un artículo suyo, donde dice que se queda, entre otras muchas cosas, “con el arte de Adela Castañón y sus ganas de aprender”. Gracias, David. Y sí, ganas de aprender tengo a toneladas.

Después de lo de David, y en mi continuo atracón de leer todo lo que he visto publicado sobre ese magnífico día molpeconiano, he tropezado con mi nombre y apellido en una entrada de Yolanda Barambio que menciona mi “maravillosa efusividad”. Gracias, Yolanda.

Alguno que otro se carcajeó cuando dije, sin pensarlo demasiado, que la #MOLPEcon había sido para mí como la Boda Roja de Juego de Tronos, con la nada despreciable diferencia de que allí corrió el tinto en lugar de la sangre. Ver reunidos a todos los “grandes” era una tentación a la que no me pude resistir y me siento feliz por haber sucumbido a ella.

Porque ahora han dejado de ser para mí personajes para convertirse en personas. Personas que puede que estén a años luz de mí, o quizá no, pero me da igual porque la distancia, si es que existe, se ha convertido en algo horizontal. Yo estoy dentro de ese mundo. Me siento parte de un universo lleno de magia donde todos orbitamos y, por lo mismo, nadie está por encima de nadie en cuanto a un orgullo de clases mal entendido.

Supongo que cuando Mónica Gutierrez Artero habló de la Comunidad del Anillo no se imaginaba que estaba haciendo una especie de apostolado mucho más amplio de lo que pensó. He vuelto a casa con la sensación de que todos los que allí estuvimos hemos tenido una vivencia parecida.

Y llego al final de este cuento maravilloso sobre escritura, o mejor, sobre escritores. Porque la escritura no es nada sin nosotros. Y, aunque escribir sea algo solitario, siempre se enriquecerá si estamos rodeados de una comunidad.

Para mí ese fin de semana ha sido como un cuento dentro de otro cuento del que me he sentido coprotagonista. Así que solo puedo acabar diciendo que ojalá haya una #MOLPEcon II.

¡Y que nos veamos allí!

Adela Castañón

Imagen tomada del grupo de Facebook #MOLPEcon

Una historia de súper héroes

Hace unas semanas asistí a una jornada sobre autismo organizada por la Asociación Principito. Me emocionó tanto la intervención inaugural de Rosa María Benítez que le pedí permiso para compartir sus palabras. No solo me autorizó, sino que también tuvo la generosidad de enviarme el texto de su intervención. Y ese texto viste hoy de gala nuestro blog. Os dejo con Rosa y con su historia. No necesita más presentación.

*****

UNA HISTORIA DE SÚPER HÉROES

Como decía, soy Rosa y soy mamá y soy maestra y mi mundo es azul.

Si me lo permitís os voy a robar unos minutos para contaros una historia. No una de príncipes y princesas sino de superhéroes, pero de esos sin capa ni antifaz, sólo con su incansable espíritu de lucha como bandera. Os voy a contar una historia de papás y mamás luchadores.

Había una vez una hermosa pareja con un hermoso proyecto en común: querían tener un bebé. Después de nueve largos meses de espera llegó a casa… llamémosle Juan e iluminó a todos con su presencia.

Juan crecía en una preciosa familia llena de amor, cariño y comprensión. Todos admiraban lo grande que era, cómo sonreía o incluso cómo comenzaba a balbucear:

—Cualquier día se nos arranca con una palabra— decían felices los abuelos.

Pero ese día no llegaba.

Mamá y Papá mostraban con orgullo lo listo que era su retoño. Tanto que, apenas comenzó a comer purés, cogía su cuchara y comía solo y se enfadaba si Papá intentaba dársela. Y por supuesto el biberón también se lo tomaba solo, porque era un bebé súper independiente.

No anduvo de los primeros en el grupo de amigos, pero al final lo hizo y era un experto en dar vueltas alrededor del columpio en el parque.

Pero Juan todavía no se arrancaba a hablar.

—Ya verás que cuando menos lo esperes se arranca, tú tampoco fuiste el más rápido entre tus primos— comentaba la abuela, orgullosa con Juan en los brazos.

Una tarde, mientras Juan jugaba a hacer torres y filas de colores con sus bloques, Mamá lo llamó para darle su merienda y ni se inmutó. Lo volvió a llamar, se acercó y lo tocó y Juan la miró con una mirada perdida, como si fuera una extraña.

Ya habían pasado unos dieciocho meses desde que lo pusieran por primera vez en sus brazos. Y la sonrisa brillante de Mamá se puso un poco gris. Porque Juan:

  • No habla.
  • Le gusta correr dando vueltas.
  • Lo llamas y no te mira.

La sonrisa de Mamá es gris y decide consultarlo con Papá:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a la abuela:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta al pediatra:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a Google:

Y lo que ve le da miedo, tanto, que un frio helado entra por sus pies y lentamente le recorre todo el cuerpo y la paraliza. Y por un tiempo deja de preguntar.

Todos la aconsejan, todos le dicen que ve fantasmas. Las personas más mayores incluso le dicen que de tanto nombrar a la calamidad le va a llegar. Pero Mamá sabe que pasa algo.  No le pone etiqueta, pero pasa algo.

Por no escuchar más consejos, porque tiene que volver a trabajar, o porque cree que estando con otros niños se disiparán todos los fantasmas decide llevarlo a la guardería. Y con esa experiencia conoce una nueva faceta de Juan.

Siempre tienen que ir por las mismas calles y, si eligen otra, le entra una cólera incontrolable. Entonces el sentimiento de culpa invade a Mamá porque piensa que esa rabieta es de niño malcriado.

Cuando entra en la guarde, aunque Mamá pone la más alegre de sus sonrisas, Juan se agarra a ella como si entrar en aquel lugar fuera una tortura para todos sus sentidos. Y el sentimiento de culpa de Mamá crece porque siente que lo está abandonado en manos de unas extrañas.

Y así día a día con infinita paciencia. Y nada cambia. Pero un día Papá se acerca con sigilo a Mamá y le comenta con voz preocupada que ve algo extraño en Juan, que hay veces que está en su propio mundo, que se evade del de ellos.

Mamá suspira aliviada, ya no está sola en su lucha interna. Y, como un torbellino, le cuenta de nuevo a Papá todas sus preocupaciones. Deciden ir a la guarde y hablar con su seño. Quieren compartir con ella sus desvelos y la seño les confirma sus sospechas. Y en ese momento descubren que en su vida hay un monstruo.

Un monstruo enorme contra el que tienen que luchar. Además saben que cuanto antes lo identifiquen más fácil será su lucha, porque solo así:

  • Podrán ponerle ojos y cara.
  • Podrán mirarlo de frente.
  • Y podrán buscar herramientas para combatirlo.

Ahora sí que vuelven al pediatra con la fuerza suficiente para no aceptar un no, con la seguridad de que necesitan buscar ayuda, y finalmente salen de la consulta con una derivación al Centro de Atención Temprana.

Preparados para esa primera cita Mamá y Papá toman de la mano a Juan y, aunque tiemblan como hojas, llevan su sonrisa puesta. La sonrisa de lo transitorio, la sonrisa que cree que allí está la solución a todos sus problemas, la sonrisa que les da la esperanza de que en un par de meses todo se arreglará.

Pero, como en las horas anteriores al alba, salen de allí con un destino más oscuro. Después de una hora de intensas preguntas y de un continuo cuestionarse si lo que han hecho hasta ahora con Juan está bien, les entra la duda de si allí está la solución a todos sus problemas, si van a ser capaces de afrontar todos los retos que les han planteado. Aunque salen con unas energías desbordantes para comenzar a trabajar con Juan porque quieren ver ya los resultados.

Pero, como en las horas anteriores al alba, sigue estando todo muy oscuro y trabajar con Juan no es tan sencillo, “traerlo a nuestro mundo” o “conectar con el suyo” no es posible todos los días. Y Mamá y Papá siguen luchando.

Pero, como en las horas anteriores al alba, la oscuridad persiste y al final se ve al monstruo.

Un día, después de varios meses de evaluación, de numerosas sesiones, pautas y de mucho trabajo, la psicóloga del Centro los llama a su despacho. Un despacho de paredes blancas y muebles claros, un despacho con muchas imágenes colocadas de forma estratégica en cajas, en la pared, en la mesa,… y se sienta y les habla y de repente comienza a hablar de su monstruo:

  • Le pone ojos cuando dice que Juan no fija la mirada.
  • Le pone boca cuando habla del escaso desarrollo del lenguaje de Juan.
  • Le pone manos cuando habla de la hipersensibilidad al tacto.
  • Le pone cuerpo cuando habla de la necesidad de Juan de llevar ropa holgada.
  • Le pone pies cuando explica por qué Juan a veces corre y se balancea de manera descontrolada.
  • Y le pone nombre cuando lo llama AUTISMO.

Entonces dejan de escuchar, vuelven a casa con un sueño roto, con una pesadilla en sus manos y comienzan su duelo porque se les ha caído ese castillo de naipes que era su futuro idealizado.

Llegados a este punto debo pararme. Cuando empecé a hilar este cuento, no quería que fuera una historia triste, porque yo, hoy, ya no estoy triste con mi cuento, ni creo que nadie deba estarlo. Pero sí creo que para sentir una alegría plena primero se ha tenido que carecer de ella. De este modo podremos saborearla cuando está cerca. Sentirla y disfrutarla cuando nos llega. Por eso creo que este cuento no estaría completo si hubiera obviado la parte triste, ya que, aunque no nos guste, la tristeza también es necesaria.

Como os iba contando, aunque en las horas anteriores al alba todo es oscuro, siempre llega el alba y detrás de ella también la luz radiante de un nuevo día. Esto también les pasó a la Mamá y el Papá de Juan. Les llegó el alba y con ella todo un trabajo enorme: leyeron, se informaron, iniciaron terapias (algunas más fructíferas que otras) y empezaron a ser muy críticos con toda la información que les llegaba, porque no todo vale, porque cada persona es única porque nadie mejor que ellos conoce a Juan y sabe lo que realmente le funciona.

Poco a poco Mamá y Papá iban dominando al monstruo, porque sabían que solo trabajando con Juan lo mantendrían a raya. Juan cambió, aunque no fue sencillo ni inmediato. Un día, así sin pensarlo, Juan miró a Mamá a los ojos y le regaló una sonrisa. Otro día, Juan señaló a Papá el coche con el que quería jugar aquella tarde. Y otro día, los cogió de la mano y mirándolos a los ojos les dijo MAMÁ y PAPÁ.

Durante este tiempo Mamá y Papá aprendieron que la vida era como una montaña rusa, unas veces estaban arriba disfrutando y otras abajo luchando, pero siempre juntos sentados en la misma vagoneta. Mamá y Papá también aprendieron que el monstruo muchas veces cambia de cara y hay que volver a identificarlo:

A veces es una entrevista en la USMI, a veces una cita en el neurólogo, a veces toda la burocracia que hay que vivir para solicitar una beca, una ayuda o llegados al caso la Ley de Dependencia o la tramitación de la Discapacidad (que ya la palabra es horrible de por sí).

Mamá y Papá siempre recuerdan uno de los monstruos que más miedo les dio: El día que Juan entró al cole. Además este monstruo tenía muchos brazos. Brazos como tentáculos que los atrapaban:

  • El dictamen de escolarización previo, con el rosario de nuevas entrevistas con psicólogos para volver a contar como era Juan, el rosario de fotocopias de todos los informes que había que adjuntar, el rosario de medidas que iban a poner a Juan en el cole.
  • El no saber cómo iba a estar Juan en el cole: ¿Lo comprenderá su seño? ¿Tendrá amiguitos? ¿Sabrán dejarle su espacio cuando lo necesite? ¿Sabrán animarlo para unirse al grupo? ¿Soportará bien el ruido de una clase con más niños? ¿Estará preparado para recibir tantos estímulos?
  • ¿Se habrá planteado todas estas cuestiones algún docente cuando le ha llegado un niño autista a su aula?

A pesar de todo, finalmente Mamá y Papá le pusieron cara también a este monstruo. Aunque siempre con el pellizquito, hoy respiran y disfrutan nuevamente de la subida de la montaña rusa. Juan es feliz en su cole. Juan tiene amigos. Juan se relaciona con los niños, Juan es Juan, es Valentina, es Adrián, es Amir, es Álvaro, es Pablo, es José, es Carlos, es Víctor, es Nico, es Myriam, es Lucía.

Y en esa subida de la montaña rusa Mamá y Papá pasan tres años, cuatro años, cinco años en esa vagoneta siempre juntos y con esa barra de seguridad que es la psicóloga del Centro de Atención Temprana, sus terapias y sus desvelos para que Juan y su familia siempre avancen, nunca se rindan y continúen dentro de la montaña rusa que es su vida.

Un día, así como en un suspiro, llega el sexto cumpleaños de Juan y lo que debería ser una semana frenética de preparativos para la fiesta se convierte en algo lúgubre y triste porque, no se sabe bien por la decisión de qué experto, después de cumplir los seis años Juan tiene que salir del CAIT. Y para ese monstruo a día de hoy nadie tiene herramientas con las que ayudar a ponerle cara. Y contra ese monstruo nadie puede luchar…

O puede que ya no sea así, puede que en esa montaña rusa Mamá y Papá ya no estén solos en su vagoneta. Es que, poco a poco, esa montaña rusa se ha ido convirtiendo en un punto de encuentro. En un hermoso tren azul lleno de ilusiones y esperanzas.

En ese tren todas las Mamás y los Papás se sienten acompañados en este nuevo camino. Al fin y al cabo, van en un tren azul donde las familias que se suben se sienten seguras y comprendidas, entendidas y apoyadas.

Para finalizar, me gustaría citar un fragmento de “El Principito”, de Antonie de Saint-Exupéry.  Ese libro nos ha enseñado muchas cosas a mis hijas y a mí:

—Adiós— dijo el Principito.

—Adiós— dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos—. Repitió el principito, a fin de acordarse.

*****

Creo que sobran comentarios. Solo me queda una cosa por decir: Gracias, Rosa.

Adela Castañón

Imagen: Asociación Principito

Cinco cosas que sé gracias al NaNoWriMo

Un mes escribiendo sin parar. Un mes para conseguir plasmar una historia que no cuente, sino que muestre; que entretenga y, a la vez, que emocione hasta la lágrima o hasta la carcajada. Y todo con palabras. Cincuenta mil palabras, exactamente. Esperad, que lo pongo en números, que es más impresionante. 50.000.

50.000 palabras.

A principios de noviembre os hablé del NaNoWriMo, ese reto internacional que nació en Estados Unidos y que propone a los escritores noveles que se demuestren a sí mismos que son capaces de escribir el borrador de su novela en un mes.

Os confieso una cosa: no terminé el borrador de Dioses impíos, mi primera novela. Resulta que cincuenta mil palabras no fueron suficientes, cosa que ya suponía. Sin embargo, completé el reto y, al hacerlo, sentí un subidón emocional porque había conseguido algo de lo que no sabía si era capaz.

Nunca me importó equivocarme pero, ante algo así, me encantó haberlo hecho. Porque participar en el NaNoWriMo (NaNo a partir de ahora, por acortar) me enseñó muchísimas cosas, sobre mí y sobre la gente que me rodea.

Este es mi resumen.

NaNoWriMo Winner 2017  Dioses impíos Carla Campos

Puedo escribir prácticamente cada día

Ser una mujer independiente, con inquietudes y que no vive de rentas hace muy complicado esto de escribir. Sería muy guay tener una entrada de dinero mientras estoy en casa delante de la pantalla en blanco, lo reconozco. ¿Os imagináis? Me pasaría ocho horas escribiendo o, quizá, seis escribiendo y dos documentándome.

Sin embargo, para bien o para mal trabajo en algo que me gusta y, además, lo necesito, así que no tengo tantísimo tiempo. O eso creía.

Pensaba que no sería capaz de encontrar más tiempo para escribir que las tres horitas semanales que le dedicaba antes del NaNo.

Y era mentira. Solo hubo un día durante el mes de Noviembre en el que no pude escribir: el que pasé en Pompeya inspirándome para mi novela. Solo uno y, bueno, no se podía decir que no estaba trabajando en mi novela.

Como veis, todo lo que creía y me decía era puro autoengaño.

Escribir me ayuda a desconectar

Antes del NaNo, solía ponerme muchísimas excusas: “¿Escribir ahora que Valeria hace la siesta? Uff, no, mejor me tiro en el sofá y veo Netflix un ratito, sigo leyendo este libro o le doy caña al Candy Crush. Que, jo, yo también necesito descansar”.

Era cierto. En la época previa al reto, me sentía agotada por todas las cosas que tenía en la cabeza (el trabajo, la niña, la casa que me estoy intentando construir, la universidad…) y creía que el esfuerzo mental de escribir lo empeoraría. Gracias al NaNo, descubrí que todo lo que me quitaba el sueño y me acompañaba siempre desaparecía en cuanto me enfrentaba a mi novela. No solo no empeoraba mi cansancio mental sino que lo disipaba.

Creo que es el mes que me he sentido más relajada en últimos… no sé, ¿cinco años? ¿Diez?

La planificación es imprescindible para poder trabajar

Definitivamente, soy escritora de mapa. O una “Planster”, una escritora que ha encontrado el punto intermedio entre lanzarse a lo loco y tenerlo todo organizado al detalle. Para no quedarme en blanco necesito saber de dónde vengo, qué quiero decir y adónde voy. En caso contrario, me paralizo y no puedo aprovechar el poco rato que he conseguido arañar del resto de quehaceres diarios.

Con el NaNo aprendí que, teniendo un punto de partida y un pequeño esbozo de lo que debía pasar, no necesitaba saber exactamente qué recursos iba a usar aquí o allá porque la historia me pedía cómo desarrollarla para no atascarme. Le pateé el culo, con fuerza y saña, al bloqueo del escritor.

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Necesito presión para avanzar

Sé que mis obras no son perfectas, que no lo serían ni aunque le dedicara una hora a cada párrafo y que estoy muy lejos de conseguir la calidad que me gustaría. Es absurdo, por tanto, buscar esa perfección en el primer borrador, ¿no os parece?

Pues bien. Antes del NaNo, podía estar dos días para llenar media página porque escribía, me releía, reescribía, volvía a releer y lo borraba todo porque me parecía una mierda soberana.

Con el NaNo, debía llegar a las mil seiscientas sesenta y seis palabras al día para alcanzar las cincuenta mil, sin presiones y sin sprints. Eso me obligó a hacerlo sin pararme a revisar y dejar que las letras fluyan con calma pero sin pausa.

¡Qué bien me sentó! Fue muy liberador escribir una palabra tras otra sabiendo que aún había muchísimo tiempo para releerlo, dejarlo madurar, reescribirlo y corregirlo. Y decidí que, a partir de ahora, iba a trabajar así.

Tengo una familia que no me merezco

Aunque siempre intentaba escribir mientras mi hija dormía, no siempre era posible y, menos aún, entre semana. Y, los sábados y los domingos, escribir mientras dormía implicaba no aprovechar ese tiempo para estar con mi marido. Él, que estaba bastante acostumbrado (los dos lo estábamos, de hecho) a que estuviera ocupada haciendo otras cosas, aceptó perfectamente que pasara aún menos tiempo con él para poder escribir. Además de hartarse de verme delante de la hoja en blanco, me apoyó, me ayudó cuando tuve alguna duda y me escuchó mil veces hablarle de “Dioses impíos” hasta que tuvo que pedirme que parara porque se lo quería leer y, claro, se lo estaba destripando todo.

Además, aunque él llegara cansado o tuviera trabajo o le apeteciera, simplemente, estar a lo suyo con sus cosas, ha dejado de hacerlo para entretener a nuestra hija y regalarme lo único que no se paga con dinero: tiempo. Cada día.

En resumen

El NaNoWriMo fue una experiencia absolutamente fantástica, que me sirvió para conocerme mejor como persona y como escritora. Fue agotador, lo reconozco. Un par de veces, incluso, llegué a escribir tres mil palabras al día y, aunque en el momento me sentí muy bien, al terminar pensaba que el cerebro me caería hecho papilla por las orejas.

Sin embargo, recomendaría esta experiencia a cualquiera que le guste escribir. Más aún si tiene la suerte de rodearse de gente maravillosa (como el grupo que formamos para competir en el reto de La Maldición del Escritor para ver quién escribía más. ¡Hola, Brujulillas!) que comparten el reto.

El año que viene repetiré, seguramente con otra novela de fantasía que ya tengo en mente. Sin embargo, primero, debo acabar “Dioses impíos”. Reescribirla, corregirla. Pero de eso ya hablaremos.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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NaNoWriMo: un mes para escribir el borrador de mi novela

NaNoWriMo 2017

En 1999, veintiuna personas sin nada mejor que hacer decidieron crear un grupo de escritura que diera que hablar. Según sus propias palabras, era un punto intermedio entre un club literario y una fiesta, y descubrieron que, en un mes, se podía escribir una novela.

No fueron los primeros en darse cuenta de eso. Muchos autores sacan novelas cada año, incluso aquellos que escriben alta literatura o Literatura en mayúsculas.

Otros, en cambio, ni escribimos (aún) alta literatura ni somos rápidos escribiendo.

Desde entonces, aquel grupo de escritores fue creciendo hasta que fundaron el National Novel Writing Month o NaNoWriMo. Como casi todo lo que nace en Estados Unidos, no tardó mucho en sobrepasar sus fronteras y, ahora, ya son muchos los escritores que se apuntan cada año a este reto.

Sin ir más lejos, los participantes españoles escribimos 3.974.109 palabras en tres días. La meta es escribir 50.000 palabras en un mes. Eso es más de 1.600 palabras al día. Impresionante, ¿verdad?

¿Por qué me he apuntado al NaNoWriMo?

Suelo ponerme metas elevadas y, en un futuro, me gustaría que mi nombre se asociara a literatura de alta calidad. Para conseguirlo es necesario estudiar y practicar. Lo primero ya lo estoy haciendo. Lo segundo, menos de lo que me gustaría. Y es frustrante porque escribir no solo me gusta, sino que es mi válvula de escape cuando me siento estresada por el trabajo, la carrera o el día a día.

La primera vez que escuché hablar del NaNoWriMo todavía estaba al principio de mi formación como escritora y no me sentía con ánimos ni con fuerzas. Pensaba: “¿Escribir una novela en un mes? ¿Estamos locos o qué?” Tenía una idea para un libro pero no creía que fuera capaz de cumplir el reto.

Este año, sin embargo, ha sido distinto. Gracias a las redes sociales leo y conozco a un montón de escritores que me inspiran cada día para encontrar la mejor versión de mí misma. Sé que estoy lejos de ella, pero ver que otros luchan por la misma meta me ha inspirado y, sobre todo, picado. Si ellos lo hacen, ¿por qué no yo? Al fin y al cabo, se trata de esforzarme, y de eso sé un rato.

El 31 de octubre me metí en la página del NaNoWriMo y me di de alta. Inmediatamente después, sentí una alegría que no esperaba. ¡Un nuevo reto! ¡Uno relacionado con la escritura! Y, además, una meta que me va a ayudar a escribir aquella primera novela que me llevó a estudiar técnicas narrativas y demás. El culmen de cuatro años de esfuerzo.

Si esto no es emocionante ya me diréis qué puede serlo.

¿Cómo encarar el NaNoWriMo? La preparación

Para algunos nos es imprescindible tener planeado qué vamos a escribir para alcanzar las cincuenta mil palabras en un mes. Muchos Wrimos (así nos llaman a quienes seguimos este reto) preparamos previamente una escaleta o pequeños resúmenes antes de empezar.

En mi caso he de confesar que he hecho trampas. Más o menos. No pensaba apuntarme al NaNoWriMo así que no preparé nada expresamente para ese reto. Sin embargo, tenía una idea que maduré a lo largo del año pasado. La penúltima semana de octubre preparé una escaleta con un pequeño resumen de las tramas por capítulos y escribí algunas páginas para pillar la voz y el tono de la novela. Con todo eso, me sentía preparada para enfrentarme al mes de escritura.

National_Novel_Writing_Month Letras desde Mocade

El logo del NaNoWriMo es lo que necesita todo escritor: algo para escribir y café. Montones de café.

Los inicios: el encuentro con compañeros.

Como ya explicó Mónica en este artículo, nosotras somos lobas de manada. Por eso, cuando decidí convertirme en Wrimo, no quise hacerlo sola. Pronto vi que Coral y Rafa, los jefes del blog “La maldición del escritor”, animaron a todos sus seguidores a que hiciéramos grupos para compartir experiencias y competir entre nosotros para ver quién o quiénes escribíamos más en un mes. La verdad es que el hecho de ganar a los otros equipos me importa mucho menos que vivir la experiencia y hacerlo acompañada por personas tan locas como yo. Gracias a Twitter, nos juntamos diez escritores en un grupo que hemos llamado “Brújulas locas”, por aquello de ser escritores de brújula o de mapa, ya sabéis. Está siendo muy divertido compartir esta aventura con Laura, Carla, Elsa, Marta, Dalila, Bea, CeMonA, José de la Sierra y Lorena. Cada uno tenemos proyectos muy interesantes, ambición, ganas de escribir y de disfrutar. Además, nos pedimos ayuda, nos damos consejos e intentamos alcanzar a Marta o, al menos, escribir entre nueve tantas palabras como ella sola.

La experiencia, mi deseos y mis metas.

Por un lado, el NaNoWriMo me está obligando a escribir sin revisión. Para una persona como yo, muy dada a la autocrítica extrema y a pararme a reescribir lo mismo mil veces antes de pasarlo a corregir, es un ejercicio muy interesante. Es la primera vez que me dejo llevar sin releer el mismo párrafo cuarenta veces. Ya solo por esto es una experiencia que me merece la pena.

Por supuesto, no significa que lo que salga de esto merezca ser publicado. No. Aquí estamos trabajando todos en un borrador. Después hará falta reescribir, revisarlo, corregirlo, volver a reescribir algunas cosas y revisarlo de nuevo. Sin embargo, tener listo un borrador en un mes me parece un ejercicio fantástico.

Por otro lado, estaba bastante segura de que al segundo día pincharía. “¿Escribir mil seiscientas sesenta palabras en cada sesión?”, pensaba. “Ni de coña”. Bien, la realidad es que llego a las mil setecientas sin despeinarme, y paro porque también tengo otras cosas que hacer durante el día. Sin embargo, igual que esos veintiún locos que se juntaron en 1999, he descubierto que se puede hacer. Que lo puedo hacer. ¿No es maravilloso?

Dicen que solo hacen falta tres semanas para asumir un hábito. ¿Me ayudará el NaNoWriMo a consolidar el hábito de la escritura? Eso espero. En todo caso, el 4 de diciembre os lo contaré.

Carla Campos

@CarlaCamplosBlog

 

Que de imposturas se trata

Yo nací de la impostura. José Saramago

Pascuala Castán notaba que, con los años, sus clases se habían vuelto muy aburridas. “¡Basta ya de rollos! Desde mañana practicaré la creación literaria. Lo más eficaz será que mis alumnos piensen que soy experta en eso de los relatos”. Aunque todos se darían cuenta de la mentira, porque era sabido que doña Pascuala carecía de la imaginación necesaria para elaborar un relato.

Comenzó por inventarse la personalidad que habría deseado tener. Por la noche, mientras preparaba la clase del día siguiente, iba escribiendo su nueva biografía y la iba adaptando a lo que le habría gustado ser. Comenzó cambiando los datos de su DNI: la fecha y lugar de nacimiento, el nombre de sus padres, su estado civil y la dirección de su domicilio. Al llegar al apartado de los estudios cambió el colegio de monjas, donde había estado interna más de nueve años, por un instituto; la licenciatura en historia, por un doctorado en filología; y sus verdaderos gustos literarios por otros que estaban de moda. Se inventó una larga lista de publicaciones en las que firmaba con pseudónimos, para evitar que sus compañeros descubrieran sus imposturas.

Este apartado fue el más engorroso. Consultó muchas páginas de internet para hacerlo creíble. Buscaba títulos de críticos famosos y les introducía pequeños cambios, los suficientes para que no la acusaran de plagio. Después llegaba lo más difícil: encajar el nuevo título en una editorial real. Como no encontraba solución, decidió inventarse los nombres de las editoriales, pero como no tenía imaginación no le salía ninguno.

Doña Pascuala, que era un poco supersticiosa, cuando llegaba a la sala de profesores, se sentaba en un rincón, abría el periódico por la página del horóscopo y se ensimismaba soñando en aquellas predicciones. De repente pensó que si deformaba un poco los signos del zodiaco sonarían bien para nombres de editoriales eruditas. Así fue como comenzó a llenar páginas y páginas de bibliografía personal inventada: Florentina del Mar, “Por el camino sin mirar las orillas”, editorial Ariete, Murcia. María Barbeito, “Fiestas populares en la literatura gallega”, editorial Virginal, Padrón (La Coruña). Juana Abarca de Bolea, “Octavas de las horas místicas”, editorial Promesa, Huesca. Cuando acabó, imprimió su nueva biografía, y la miró con regocijo. ¡Así, sí! Así le gustaba más.

Una noche se puso muy nerviosa porque acababan de traerle una lavadora nueva. Una de esas que llevan programación electrónica y que no hay quién las entienda. Para colmo de males, tenía la ropa de una semana sin lavar y las clases del día siguiente sin preparar. “Bueno, iremos por orden. Primero la lavadora y mientras lava, la clase. Pero antes tengo que leerme las instrucciones”. Miró el reloj. Ya eran las doce. “No me da tiempo. Mañana tengo clase a las ocho. Bueno, pues aprovecharé las instrucciones de la lavadora para las clases. En el fondo tiene que ser lo mismo lavar los trapos sucios que escribir un relato”. Y comenzó a copiar las instrucciones de la lavadora. Después, igual que había hecho con el apartado de las publicaciones, iba cambiando los tecnicismos mecánicos por tecnicismos literarios. Al acabar, imprimió sus nuevos apuntes, los leyó y pensó: “Bueno, pues no están tan mal, pueden dar el pego”. Al día siguiente, leyó sus “instrucciones para escribir un relato” y, cuando acabó la clase, todos sus alumnos estaban convencidos de que doña Pascuala Castán era una escritora famosa.

A partir de ese momento, decidió abandonar sus textos basados en imposturas. Se matriculó en cursos de creación literaria, participó en tertulias de escritores y comenzó a escribir de forma compulsiva. Lo más sorprendente fue que aquellas primeras imposturas habían sido el origen del cambio. En ellas estaba el germen de sus mejores relatos.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Francisco de Goya, Aún aprendo. Hacia 1826. Lápiz negro, Lápiz litográfico sobre papel verjurado, agrisado, 192 x 145 mm. Era la imagen que doña Pascuala tenía colgada encima de la mesa de su despacho.

 

Alumnos  en la clase de un instituto