Andresa la Muda

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando dieron las seis en el reloj de la torre, me levanté de un salto y me quité las legañas con el agua que quedaba en el barreño de fregar las cazuelas. Me asomé a la ventana y vi que el humo de las chimeneas ya se disolvía en la luz clara de la mañana. Así que, sin perder tiempo, cogí la escoba y bajé a barrer la calle. Aproveché que aún no había salido mi vecina y me asomé a la barbacana del Terrao. Achiqué los ojos y miré el camino de Valzargas. Como teníamos miedo a los maquis, me puse a mirar a ver si venía algún hombre por la Collada de San Jorge. En esas estaba, cuando Andresa, la que teníamos por muda, me tocó en el hombro.

—Buenos días, Andresa.

Pronuncié despacio y claro, por tenía que leer en los labios. Pero oía bien, que sin mirarme, levantó el puño.

—A mí no me saludes así, hijaputa.

Como yo no era de las que levantaba el puño ni me gustaban broncas, me puse a barrer rezongando: “Si ya lo digo yo, con eso de que todos dicen que es muda, parece que no se entera de nada. Y es la más alcahueta del pueblo. Que ninguno sabemos si era muda antes de llegar al pueblo. Que ya era moza cuando vino con unos arrieros y aquí la dejaron sola”.

Mientras tanto ella se metió al patio y salió con una hoz roñosa. Avanzó hasta la pared del huerto y cortó las hierbas que asomaban. Cuando acabó recogió la hoz en su casa.

Al poco volvió a salir y me soltó un gruñido. Como la noté más alborotada que otros días, le pregunté:

—Oye, ¿has oído el barullo que se ha montado esta noche con el caballo negro de casa Fontabanas?

Movió la cabeza de un lado a otro, como cuando se niega algo con fuerza.

—Pues verás, a eso de las doce nos han despertado unos relinchos y unas coces en la pared.

Andresa se acercó un poco. Se sujetaba la cara con las manos.

—No te hagas la tonta. Que tú también los has tenido que oír. Desde mi ventana se veía una sombra en tu ventanuco. Seguro que estabas escuchando.

Se tapó la boca como si fuera a dar un grito. Yo seguí hablando.

—Al principio creímos que José había muerto en el monte y que el caballo volvía enloquecido.

Las muecas de Andresa le estaban deformando la cara por momentos.

—Además la madre de José nos dijo que sabía que le iba a pasar algo, que ese día se había ido al monte sin santiguarse ni tocar el San Cristóbal de la puerta.

Andresa se tapó la cara con las manos, como si fuera a llorar. Pero yo no me amilané con sus gestos.

—Mira, la vieja se equivocó. José no está muerto. O por lo menos eso dijeron unos embozados que llegaron corriendo detrás del caballo.

Se quitó las manos de la cara y se me acercó aún más. Ahora no se perdía ni un detalle de lo que le contaba.

—Tú sabías lo que iba a pasar. Por eso no te asomaste por la mañana, cuando la vieja salió a la calle rogándole a su hijo que no fuera a Valzargas.

Sin dejarme acabar, se dio media vuelta. Por debajo del delantal le asomaban unas zapatillas agujeradas y una saya pardusca que le llegaba hasta los tobillos.

—Me da igual lo que hagas. Sé que tú avisaste a los de la Resistencia, a los que iban buscando a José. Sé que tú les dijiste que ese día iba a ir a segar a la partida de Valzargas.

Cuando estaba entrando en el patio, levanté la voz un poco más.

—No te vayas, mala pécora. Tienes que escucharme.

Se volvió con los ojos encendidos.

—Llegaron dos embozados y nos contaron que lo tenían preso en el corral de Valzargas. Que si los del pueblo no les mandaban panes, le pegarían un tiro. ¡Ah! Y que tú sabías por qué.

Se persignó varias veces y se besó las manos.

—Mira lleva toda la noche echando humo la chimenea de casa el hornero. Esta tarde ya estarán listos los panes

Andresa se metió en su casa. Y yo seguí hablándole. En realidad quería que me oyeran todas las vecinas.

—Anda, que pareces una mosca muerta, pero todos sabemos que eres la chivata. Que si no les hubieras contado tantos cuentos ellos no se habrían ensañado con la gente de este pueblo. ¿Se puede saber a qué vas contando tantas mentiras?

Es que Andresa lo revolvió todo. En el pueblo siempre habíamos tratado bien a los maquis. Nunca los habíamos denunciado a la autoridad.

—Menuda trifulca has montado. Y por tu culpa han cazado a José. Para que desembuche. Por eso han soltado al caballo.

Ella seguía sin aparecer. Y yo dale que te pego.

—Lianta. Eres una lianta. Ya verás, ya. Cuando se corra la voz, entre todos te vamos a dar una somanta de palos.

Entonces bajó corriendo las escaleras. Me dio un empujón y casi me tiró al suelo. Con paso ligero tomó el camino que lleva a Valzargas. Yo volví a la barbacana y achiqué los ojos. Al poco rato la vi que desaparecía por la Collada de San Jorge. Seguro que encontró pronto a sus compañeros.

A la mañana siguiente un grupo de hombres armados pasó la Collada. Venían hacia el pueblo. Cerré la puerta y las ventanas. Y no tardé en oír el tiroteo en la calle.

Muchos años perduró el recuerdo de los muertos inocentes. En los carasoles se siguió hablando de la desaparición de José y de una mujer muda que se fue por la Collada.

Carmen Romeo Pemán

Las fotos publicadas por Lorien La Hoz en su página de Facebook.

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”

De la peste al coronavirus

#relatoaragonés  #cuentomaravilloso

De las fragolinas de mis ayeres

A finales de marzo llevábamos encerrados casi un mes en casa por culpa del coronavirus. Cerraron la escuela y la maestra se marchó a Zaragoza. Los mayores hablaban en voz baja para que los niños no nos enteráramos. Al anochecer apagaban las televisiones y todas las luces de las casas, por si aquel bicho era como las mariposas.

Una noche, ya estaba acostada con mis hermanas en el cuarto de arriba cuando oí el susurro de la conversación de mis padres. Noté que subía por las grietas de la tarima.

Me arrastré hasta la rendija que caía encima del hogar y ajusté la oreja para escuchar lo que decían.

—Mira, Antonia, ya has oído al alcalde. Aquí el peligro está en los niños, que no enferman, pero nos contagian a todos.

—¿Qué quieres decir, Martín?

—Pues eso. Que les van a buscar un sitio seguro lejos del pueblo. Y, como son listos, se las arreglarán.

Entonces pensé que igual era una trampa. Que a lo mejor nos llevarían a un sitio donde moriríamos muchos, como pasó con los animales del Arca de Noe.

Me esperé hasta que se fueron a la cama. Y, a tientas, me puse las sayas y el abrigo, cogí los zapatos en la mano, bajé las escaleras y, sin hacer ruido, salí a la calle. Casi no podía respirar, no me entraba el aire en los pulmones y se me nubló la cabeza. Al llegar al Terrao, me dirigí a la ermita de las Cheblas, en la que había estado algunas veces cuando íbamos a segar espliego. Ese sí que era un lugar escondido. Como estaba cerca del Arba, no me faltaría agua. Además, siempre había algo que comer en los huertos cercanos.

Caminé por las trochas a la luz de la luna. Cada vez que volaba una lechuza o se movían los árboles me acurrucaba en el suelo. Cuando vi la ermita eché a correr, pero de repente desapareció. Y para no perder el rumbo, caminé por el lecho del río. Al poco, volvió a aparecer la misma ermita en lo alto de otra colina.

Capitel, médico de la pese.

Gárgola. pinterest.com

 

Era como una iglesia fantasma colgada del cielo. Al final, subí por una ladera en la que los enebros y las zarzas no me dejaban avanzar. Llegué con los pies destrozados y me tumbé en un banco de piedra, justo debajo de un capitel en el que sobresalía un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro.

Me estaba venciendo el sueño, cuando la cabeza del capitel se me acerco y yo comencé a gritar:

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss —Cruzó el dedo índice delante del pico.

—¿No eres el monstruo del capitel? —Me incorporé temblando

—Tú lo has dicho. Llevaba esperándote más de quinientos años.

—¿Qué dices? No entiendo nada.

—No te preocupes. Pronto lo entenderás. —Me acercó un botijo—. Anda, bebe un poco que te hará bien.

Médico de la peste. 2

plaguedoctormasks.com

Antes de sentarse a mi lado, se quitó un abrigo de cuero encerado que le llegaba hasta los pies, lo dobló y lo dejo en el banco. Encima colocó una vara que acababa  en tiras de badana, como si fuera un látigo. Se quedó en mangas de camisa. Era una camisa de piel fina, arremetida en unos pantalones de la misma piel. Unas calzas altas, de cuero marroquí, le recogían los pantalones, de tal forma que no quedaba ninguna parte de su cuerpo al descubierto.

Con parsimonia se quitó unos guantes de cabritilla y el sombrero. En la parte de la nuca le sobresalían las hebillas que sujetaban una mascarilla hecha por un guarnicionero. Llevaba incorporados unos anteojos y debajo dos orificios, tapados con una especie de gasa, que le permitían respirar. Encima de la boca le salía una nariz, larga, larga, como la de Pinocho, y puntiaguda como el pico de un ave. Cuando se la quitó se le cayeron unas hierbas que rellenaban el pico. La guardó entre sus manos y me llegó un aroma tan intenso que me hizo estornudar.

Máscarilla hecha por un guarnicionero. Buena

Mascarilla hecha por un guarnicionero. nuevatribuna.es

Me contó que lo llamaban el médico de la peste. Porque solo él, y los que iban vestidos como él, atendían a los enfermos contagiosos, a los que era muy peligroso acercarse. Y los que se acercaban morían antes de una semana.

—Anda, pues eso mismo dicen ahora. Que los médicos necesitan trajes y mascarillas para defenderse del coronavirus.

—Lo sé, lo sé. Y más cosas que te iré contando. Ahora tenéis mucha suerte los niños. En cambio la peste se cebó con ellos.

—Sí, pero ahora se quieren deshacer de nosotros. —Me quedé un momento pensando—. Dicen que los pequeños somos los culpables de que todos se pongan malos.

—¿Por ese te has escapado?

—Sí, claro.

Se echó a reír, acercó un poco más a mí y me contó que cada vez que un cometa se acerca mucho a la Tierra, su cola deja grandes desgracias. Que desde hacía quinientos años ninguno se había acercado tanto. Y que justo antes de llegar el coronavirus pasó un cometa que tenía una cola. Como la estrella que guió a los Reyes Magos que venían de Oriente.

—¿De allí viene lo de la corona? —Me di una palmada en la frente—. ¡Anda! El coronavirus también viene del Lejano Oriente.

Antes de dormirnos, hicimos un pacto. Por el día, él se ocuparía de los enfermos y de cómo sacar a los niños del pueblo. Mientras tanto, yo tendría que esperar allí y encargarme de buscar agua en el río y comida en los huertos cercanos.

—Mira —me dijo—, somos muchos médicos, pero por las noches cada uno se va a su casa, menos los que se quedan de guardia. —Señaló con el dedo los huecos de los capiteles—. Yo vivo allí desde que se construyó la ermita. Uno de los canteros me hizo un sitio y me concedió el don de convertirme en piedra cuando no tuviera que acudir a ninguna desgracia.

—¿Y por eso has dejado de ser piedra ahora?

—Veo que lo has entendido muy bien. Cuando todo termine volveré a mi sitio hasta que se acerque otro cometa a la Tierra.

Me cubrí con el abrigo y me dormí profundamente junto al rescoldo de las brasas de la hoguera, recién apagada.

Los días siguientes, en un rincón junto al altar, fue guardando bellotas que encontraba por el monte, patatas y acelgas de los huertos. Un atardecer oí un griterío que subía del Arba. Por si acaso, me escondí en una grieta de la pared. Estaba muy encogida, conteniendo la respiración, cuando entraron todos los niños del pueblo seguidos del médico con cara de pájaro.

Carmen Romeo Pemán

Ishiro y el rey del mar

 

Hace mucho tiempo, en una isla de China, vivía Ishiro, un joven pescador, que soñaba con conocer tierras lejanas desde que era un niño. Pero su padre falleció pronto y él tuvo que seguir pescando para mantener a su madre y a sus hermanas. A menudo pensaba que la juventud se le escapaba entre los dedos como el agua del mar por los agujeros de su red, y suspiraba mientras se decía que ojalá hubiera alguna manera de seguir siendo siempre joven para tener tiempo de alcanzar sus sueños.

Todos los habitantes del pueblo querían a Ishiro. El joven siempre estaba dispuesto a ayudar a arreglar una red, o a reparar un tejado, o a compartir algo de su pesca cuando algún padre de familia regresaba a la playa con su barca vacía. Pero el cariño de todos ellos no era suficiente para calmar sus anhelos de aventuras.

Un día regresó a tierra más tarde que el resto de los pescadores. Se había alejado bastante mar adentro porque los peces escaseaban. Y, además de volver casi de vacío, se le había enganchado la red en unas rocas y se había agujereado hasta el punto de quedar casi inservible. Cuando llegó a la orilla de la playa vio que unos muchachos maltrataban a una tortuga a la que habían volteado sobre su caparazón. Ishiro sintió lástima del pobre animal y echó mano de las últimas monedas que tenía, y que le hubieran servido para comprar una red nueva. Total, se dijo, podría remendar la vieja para que aguantara un poco más, y era una pena que una criatura tan hermosa tuviera ese triste final. Los muchachos aceptaron venderle el animal, y las monedas y la tortuga cambiaron de manos. Ishiro la cogió en brazos, le dio la vuelta y la depositó en la orilla, donde rompían las olas. Y, cuando la vio alejarse mar adentro, regresó a su casa.

La pesca seguía escaseando e Ishiro se alejaba cada vez más del poblado para buscar nuevos bancos de peces. Un día, cuando estaba en alta mar, un vendaval lo sorprendió. Las olas movían su barca como si fuera una brizna de paja y una de ellas la hizo zozobrar. Nadó durante un rato y cuando estaba a punto de ahogarse sintió que algo duro le levantaba el pecho y lo mantenía a flote. Giró el cuello y descubrió que era una tortuga.

–Ishiro, ¿me reconoces?

El pescador, asombrado, recordó lo que había ocurrido hacía varias semanas y, sin fuerzas para hablar, afirmó con la cabeza. Entonces la tortuga volvió a dirigirse a él.

–Tengo una deuda contigo y ha llegado el momento de pagarla. Si quieres, puedo llevarte directamente hasta la playa de tu poblado. Pero también podrías acompañarme al fondo del mar. Soy la consejera del rey del mar, y sé que estaría encantado de agradecerte en persona que me salvaras la vida.

–Eso es imposible, amiga tortuga –dijo Ishiro. Iba recuperando las fuerzas y la voz–. Nada me gustaría más, porque siempre soñé con conocer otros lugares y vivir alguna aventura antes de llegar a viejo, pero no puede ser. Aún soy joven y aguanto mucho la respiración, pero dudo que lograra resistir tanto tiempo bajo el agua. Terminaría ahogado, ¿y quién cuidaría entonces de mi madre y mis hermanas?

–Te equivocas, Ishiro. La magia de mi rey es poderosa y sus invitados pueden respirar bajo el agua sin problemas. Además, mientras seas su huésped, nada le faltará a los tuyos. Él puede hacer eso y mucho más, pero tú eres libre de elegir. Te llevaré donde me ordenes, a la playa o a ver a mi rey. ¿Qué decides?

Ishiro no lo pensó más. No tenía motivos para desconfiar de la tortuga que, al fin y al cabo, le había salvado la vida como él hizo con ella, así que aprovechó la oportunidad.

–Vayamos con tu príncipe.

Se agarró al caparazón y contuvo la respiración. Al poco de sumergirse notó que respiraba como si estuviera en tierra. Se relajó, abrió mucho los ojos y descubrió maravillas increíbles: bosques de corales de todos los colores que despedían un brillo mágico cuando algunas medusas luminosas pasaban entre ellos, caballitos de mar jugando a perseguirse, un coro de sirenas de voces armoniosas… Y la tortuga seguía su ruta hacia el fondo, con él a las espaldas.

Después de un viaje que tanto pudo durar horas como segundos, la tortuga se detuvo por fin. En un coral gigantesco con forma de trono se sentaba un hombre de elevada estatura. Tenía barba y bigote, y el pelo no se le veía porque sobre la cabeza llevaba una enorme corona dorada que se apoyaba sobre dos orejas puntiagudas. Un camino recto, hecho de estrellas de mar, avanzaba hasta el trono. El rey hizo una seña a Ishiro para que bajara de la tortuga y se acercara a él. El pescador miró hacia el suelo y, en lugar de andar, se aproximó al trono nadando para no pisar a las estrellas, que se apartaron cuando él llegó junto al rey.

–Veo que mi consejera no me engañó al hablarme de tu bondad, Ishiro –dijo el príncipe, y señaló la alfombra de estrellas–. No has querido lastimar a mis pequeñas amigas. Sé bienvenido a mi reino.

El rey, visto de cerca, impresionaba todavía más. En la mano derecha tenía un tridente y en la izquierda sujetaba un escudo que parecía hecho de espuma de mar mezclada con estrellas y corales. Ishiro, abrumado, pensó si no habría sido una locura aceptar la invitación de la tortuga. Recordó entonces a su madre y sus hermanas y se preguntó que pensarían al ver que no regresaba. El rey volvió a hablarle:

–No temas por tu familia ni por tus amigos. Mi consejera no mentía cuando te dijo que velo por mis invitados y por los suyos.

Ishiro, asombrado, se preguntó cómo había sabido el rey lo que él estaba pensando. Entonces el rey se levantó, caminó hasta aproximarse al pescador y dio dos golpes en el suelo con el tridente. Las aguas parecieron separarse y el joven vio al fondo una imagen de su poblado. Los habitantes, incluidas su madre y sus hermanas, parecían felices. Se sintió algo más tranquilo y la imagen se disolvió.

–En agradecimiento por lo que hiciste, te invito a permanecer con nosotros todo el tiempo que quieras y a que explores mi reino todo cuanto desees. Y, cuando tú lo pidas, mi consejera te llevará de nuevo a tu pueblo.  

Ishiro aceptó la invitación y el tiempo pasó volando. Todas las criaturas marinas lo amaban y se mostraban siempre deseosas de complacerlo. Pero llegó el día en que Ishiro empezó a echar de menos su mundo, y así se lo dijo al rey del mar.

–Majestad, habéis sido muy generoso conmigo. No quiero ofenderos, pero creo que debería volver con los míos. Estoy seguro de que me habrán echado de menos.

–No temas por eso, Ishiro –contestó el rey–. Nadie ha sufrido por tu ausencia. Cuando viniste a mi reino lancé un hechizo sobre tu poblado para que se olvidaran de que habías existido. No todos los mortales tienen la oportunidad de vivir dos vidas, pero eres libre de elegir. Si te marchas, todos te echaremos de menos, pero no puedo negarme a tus deseos, amigo mío. Mi consejera te llevará a la superficie.

El rey, entonces, se puso en pie y arrancó algo de su escudo. Se acercó a Ishiro llevando en la mano una fina cadena de oro con una joya ovalada.

–He llegado a quererte como a un hijo, Ishiro, así que deseo hacerte un regalo antes de que te marches. –El rey colgó la joya alrededor del cuello de su amigo, y añadió–: Todos volverán a recordarte y será como si nunca hubieras estado lejos de allí. Y, si algún día quieres volver a mi reino, serás bienvenido. Solo te pido que nunca abras esta joya.  

–No lo haré, majestad. Os lo prometo. –Ishiro miró la joya por todos lados, y no logró ver ninguna cerradura, pero tampoco le importó porque pensaba cumplir su promesa y el estuche ya era hermoso por sí solo.

Así Ishiro regresó a su pueblo. Al principio todo fue bien, pero pronto la gente empezó a envidiar aquella joya que nunca se quitaba del cuello. Murmuraban que con el dinero que valía se podría alimentar a todo el poblado durante mucho tiempo. Pero, cuando un grupo de pescadores le propusieron venderla, Ishiro no quiso desprenderse de ella.

–Es el regalo de un amigo querido. Pedidme el fruto de mi pesca, mi trabajo, lo que queráis, pero no puedo daros esto.

La envidia creció y una noche algunos hombres entraron en la choza de Ishiro para intentar apoderarse de la joya. El pescador, que tenía el sueño ligero, los oyó acercarse y trató de huir hacia la playa. Pensó en la tortuga y, como si su mente la hubiera invocado, la vio en la orilla. Pero antes de llegar junto a ella unas manos lo agarraron del cuello, la cadena se rompió y la joya quedó en tierra. Ishiro quiso dar media vuelta, pero la tortuga lo llamó.

–¡Sube a mi caparazón, Ishiro, o será demasiado tarde!

El pescador no vaciló, e hizo lo que su amiga le pedía. Mientras se adentraban en el mar, Ishiro volvió la vista atrás y lo que vio hizo que se olvidara hasta de respirar. Los hombres habían abierto la joya, y un pájaro de mil colores había escapado de su interior y estaba alzando el vuelo en ese momento.

Ishiro vio entonces cómo las chozas del poblado empezaban a deshacerse como si fueran polvo, y los hombres que lo habían perseguido comenzaron a encorvarse a la vez que su pelo se volvía blanco. Los árboles perdieron las hojas y lo que había sido hasta entonces un vergel se convirtió en una playa escabrosa llena de piedras y de troncos muertos. Entonces la tortuga volvió a hablar:

–Ishiro, el regalo de mi rey fue la eterna juventud. Él sabía que era uno de tus deseos más preciados y, cuando quisiste marcharte, la encerró en esa joya para que fuera contigo. La única condición era que se mantuviera a salvo dentro del estuche.

Ishiro se preguntó cómo había podido escapar el pájaro maravilloso, y la tortuga le dio la respuesta sin necesidad de que él se lo preguntara.

–La llave para abrir el estuche no era otra que la envidia y la maldad. Y tus vecinos la han usado. Por eso vine a buscarte, para ponerte a salvo y que no siguieras su triste destino. Y no temas por tu madre y tus hermanas. Durante su sueño, mi rey ha enviado a otras compañeras mías para ponerlas a salvo, y te están esperando en mi mundo.

Ishiro miró sus manos y vio que seguían siendo jóvenes. Entonces volvió la vista hacia el mar, se abrazó con más fuerza al cuello de su amiga y sonrió mientras se sumergían juntos.

Adela Castañón

Imagen de currens en Pixabay 

Los narvileños

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

Cuando llegué a Narvil, una pardina cerca de El Frago, conocí a los narvileños, una tribu de sedientos que se irritaban si se encontraban con un extraño.

Vivían en un terreno enlodado y pantanoso, con abundantes charcas de aguas cenagosas. Las llamaban balsas, si eran grandes, y balsones, si eran pequeñas. Todas estaban cubiertas con pan de rana de un verde brillante. Por encima sobrevolaban las libélulas a sus anchas y  el zumbido de los mosquitos resultaba ensordecedor.

Intenté cruzar la balsa que había a la entrada. Metí los pies en el agua, se me hundieron en el barro y apenas pude avanzar. Estaba en plena lucha titánica con el fango cuando se me acercó un narvileño. Tenía la piel resquebrajada y le faltaban todos los dientes. Me pareció un leproso. Pero, cuando le vi sacar la lengua, como hacen los perros, me di cuenta de que estaba sediento. Se me acercó mucho y noté el calor del fuego que salía de sus ojos. Intenté retroceder. A duras penas pude salir de aquel balsón y alejarme de aquella mirada que amenazaba con abrasarme.

Envuelta en légamo y rodeada por una nube de abejorros, tomé el camino del pinar. Era más pedregoso y el lodo desaparecía a medida que ascendía por la ladera del monte. No pude avanzar mucho. De los troncos de los árboles salían unos brazos sarmentosos que acababan en ganchos. Todos intentaban arrancarme la cantimplora que colgaba de mi espalda. Si me la quitaban, yo me volvería un sediento como ellos.

De repente sentí mucha sed, se me nublaron los ojos y me caí de bruces. Oí cómo rodaba la cantimplora por el suelo. Con el estruendo de mi cuerpo al chocar contra una roca, desaparecieron todos. Se esfumaron entre las sombras de los pinos. Si no lograba alcanzar la cantimplora, yo también desaparecía como el humo en el aire.

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Carmen Romeo Pemán

Que trata de amores

#relatosescolares

De las fragolinas de mis ayeres

La maestra nos mandó un relato como los que ella escribía para nosotras.

—Ahora os toca a vosotras. Lo quiero para la semana que viene.

A mí aquello me pareció imposible. Como no quería defraudar a doña Pascuala, empecé a dar vueltas a ver qué se me ocurría.

Por la tarde, cuando llegué a casa estaba pariendo la tocina. Fui corriendo, me puse junto a la señora Isabel, que era la partera, y vi cómo nacieron los seis tocinicos. Por la noche me senté junto al fuego y en una hoja de papel conté cómo salieron de la tripa de su madre y cómo tetaron antes de abrir los ojos. Cuando lo leyó la maestra me echó un rapapolvo:

—Macaria, así no. Esto no es un relato. No tiene pies ni cabeza. Os dije que os fijarais en los míos.

—Pero es muy difícil, doña Pascuala —respondí.

— Tenía que tratar de amores. Es lo más fácil para comenzar. Además, los amores interesan a mucha gente, pero a nadie le importa cómo nacen los tocinos.

Bajé los ojos y no le contesté. A mí me importaban más los tocinos recién nacidos que esas historias de personas desconocidas.

Que no se empeñara doña Pascuala. Que no. Que yo no tenía imaginación para inventarme cosas que nunca había visto. Yo solo podía escribir sobre lo que pasaban en el pueblo. Pero ella, dale que te pego que mis historias eran cosas que le ocurrían a la gente, sin más. Que tenía que intentar otra cosa. Me dijo que me inventara unos amantes que no pudieran verse, que tuvieran celos y que, al final, acabaran como Romeo y Julieta. Entonces me vino a la cabeza una historia que había pasado en el pueblo. Esa sí que trataba de amores. Y de amores verdaderos. Aunque no era fantástica. Pensé que igual colaba.

Comenzó el sábado de Pascua Florida por la tarde. Todos los del pueblo nos teníamos que confesar y al día siguiente comulgar en la misa mayor. Al acabar la misa, pasaríamos por la sacristía y el cura nos pondría una cruz en una lista. Y a todos nos despediría igual:

—Hasta el año que viene. No olvides que la Santa Madre Iglesia manda cumplir con parroquia. El que no se confiesa y comulga una vez al año muere en pecado mortal.

Pues bien, como estaba previsto, el sábado después de comer empezaron las confesiones. Primero las mujeres, después los niños y, al final, los hombres.

Cuando se estaba confesando la última mujer, el sacristán nos llamó a los críos, que estábamos jugando en la plaza, y nos colocó a las chicas en el primer banco, al lado del confesonario, y a los chicos detrás. Así el cura no perdería tiempo esperando. A nosotras nos gustaba estar allí, porque, como el mosén era un poco sordo, las mujeres tenían que gritar y nos enterábamos de los secretos. Precisamente por eso, el sacristán no nos llamó hasta que ya llevaba un rato confesándose la última mujer. Cuando llegamos al banco oímos los gritos del cura que la amenazaba:

—Dilo todo. Si no me lo cuentas todo no te daré la absolución

No pudimos oír qué le dijo la mujer en voz baja, pero sí los nuevos gritos del cura:

—Me lo tienes que decir. No me mientas. Que todas las noches, justo cuando vuelve tu marido del bar, yo veo saltar a Vicente por la ventana del corral.

Oímos a la mujer que se sonaba los mocos. De repente se levantó y se fue. Al pasar por delante de nosotras la reconocimos. Era la señora Orosia, la que vendía la leche. Detrás de ella salió el cura gritando con los brazos levantados.

—Vete de aquí, mala pécora. Una noche os voy a matar a los tres. A ti por puta. A tu marido por cornudo y a Vicente por entrometido.

Entonces el sacristán nos despachó y nos dijo que podríamos comulgar sin confesarnos. Y que, como éramos pequeños, sólo teníamos pecados veniales, esos que se perdonaban rezando un señormíojesucristo.

A los pocos días se montó un gran revuelo en el pueblo. Una mañana el cura se levantó enloquecido y, después de matar a Vicente y al marido de Orosia, se disparó la escopeta de caza en la boca. A Orosia le dio un ataque de locura y se la llevaron al manicomio.

Durante muchos días las mujeres del carasol siguieron hablando de Orosia, de su marido, de Vicente y del cura. Y decían que todo había sido por culpa de los amores.

Entonces pensé que, si acertaba a escribirlo todo en orden y sin faltas, sería un buen relato. Cogí un papel y empecé a escribir lo que había visto y oído. Y añadí lo que las gentes contaban. Cuando acabé le puse el título que nos había dicho la maestra: Que trata de amores. Y, la verdad, me pareció que quedaba muy bien.

Cuando doña Pascuala lo leyó, me llamó a su mesa:

—Macaria, te perdono el relato. Déjalo ya. Veo que no estás dotada para escribir.

Yo la miraba y no le podía contestar. Pero ella siguió;

—Además te dejas llevar por las habladurías. Si no, ¿de dónde te has sacado que el cura los mató y se mató por amores? ¿Qué sabes tú de todo eso? Y por si no lo sabes, tal y como lo cuentas es mentira.

Yo seguía escuchando y notaba cómo se me hinchaban las venas del cuello.

—Y, ¡vaya título! Te dije que tenía que tratar de amores, pero que te inventaras un título.

Cuando acabó volví a mí mesa con una opresión en el pecho. Yo sabía que no tenía imaginación, pero quería complacer a mi maestra. A partir de ese día comencé a inventarme historias fantásticas que trataban de amores, y todas le gustaron mucho. Pero ninguno de mis amantes imaginarios llegó a querer a su amada tanto como el mosén a la señora Orosia.

Carmen Romeo Pemán

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

#relatosdelascincovillas

De las fragolinas de mis ayeres

Ese día no fui al campo con mi padre. Tenía que llevar dos mulas a la herrería y arreglar la hortaliza del huerto. Él se llevó el caballo. Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a mi abuela con los brazos en cruz, arrodillada delante de la hornacina, donde siempre había estado del Corazón de Jesús. Desde la entrada oí la jaculatoria que todos nos sabíamos de memoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.

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—¿A quién le rezas, abuela? ¿No ves que ya no está el santo? —Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—¡Qué desgracia, hijo mío! Llevaba aquí desde que me casé. Tu abuelo le hizo esta capillica, así lo veíamos siempre que salíamos de la cocina.

—Anda, abuela, cálmate. Lo entiendo, pero ahora no podemos hacer nada.

—No, no lo entiendes. El Corazón de Jesús nos protegía sin tener que ir a la iglesia.

—Pero era solo un santo de escayola pintada. Podremos poner otro.

—¡No, hijo, no! Los santos tienen vida. Por eso les rezamos y nos corresponden. Y no nos perdonan que los olvidemos.

—Abuela, ¿no te das cuenta de que la gente ya no cree en estas cosas?

—¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

Entonces la abuela siguió hablando. Que el Corazón de Jesús era lo más importante que teníamos. Que cada vez que pasaba por delante se santiguaba, rezaba una jaculatoria y hacía una genuflexión. Que así se sentía segura. Que sabía que mientras él estuviera en casa no nos pasaría nada a nosotros.

—Compréndelo, abuela. Ha sido un accidente. Se le ha caído a mi madre cuando lo estaba limpiando.

—Claro, al final tenía que pasar. Mira que le advertí que tuviera cuidado. Que no fuera tan aturullada.

También me dijo que ni a ella ni a mi padre les gustaba tener un santo en casa.

—¡Que no es eso, abuela! A ver cómo te lo explico. Era como un muñeco. Y, como tú nos has dicho muchas veces, los santos mutilados son de mal agüero y…

—¡Jesús, María y José! —No me dejó terminar—. ¡Qué herejes! Eso es lo que sois. Ahora, ¿quién nos socorrerá en los malos trances?

—Abuela, por favor, cálmate. No sé, creo que…

—Y tú, ¿qué sabrás? Ya veo que no te ha contado tu padre lo de las fiebres de malta.

—Ya sé, ya sé lo que me vas a decir. Que tú me lo has contado muchas veces. Pero él dice que se curó gracias al médico.

La abuela cogió la pila del agua bendita que tenía al lado de su cama y echó gotas en las ventanas, para que no entraran los malos espíritus. Mientras tanto me senté junto al hogar. Cuando acabó se acercó y me dijo.

—¿Tampoco sabes que malparió la yegua? ¿No te han contado que el Corazón de Jesús salvó a la madre y al potro? Pues bien asustados que estaban todos. Yo misma le oí decir al veterinario que no había nada que hacer.

—¡Vuelta con la burra al trigo! ¿Sabes lo que va diciendo el veterinario? ¡Eh! Pues que tú y tus jaculatorias sois sus peores enemigos.

—¿Tampoco sabes lo de la muerte repentina? —siguió, como si no me hubiera oído.

Se secó las manos en el delantal negro que le llegaba hasta los pies y me habló muy seria.

—Mira, aunque te quieran comer la mollera, no les hagas caso. Solo hay una manera de no morir en el monte de repente. Hay que ver a un santo y santiguarse antes de salir del pueblo. Yo se lo decía a todo el mundo, pero no me creían. Y a los dos criados de casa Picaruela, a esos que se reían de mí, los encontraron muertos de un cólico miserere.

—Abuela, sería porque comerían algo en malas condiciones.

—Mira que eres tozudo, hijo mío.

San Cristobalón de Moral de Calatrava

San Critobalón de Moral de Calatrava

Entonces me contó otra vez la historia de san Cristobalón. Que en la puerta de la iglesia habían pintado un san Cristóbal muy grande. Así se podía ver desde todos los caminos que llegaban al pueblo. Así los hombres lo veían cuando salían y aseguraban que ese día volverían vivos.

—Y todo era normal hasta que un rayo rompió la puerta. A los pocos días, tu abuelo, que en paz descanse, fue a Zaragoza y compró un Corazón de Jesús. Me dijo que era tan milagroso como san Cristóbalón y que nos protegería sin salir de casa

—Abuela, pues a mí me parece que tienes miedo.

—¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Corazón de Jesús, perdónalo, que no sabe lo que dice!

—¿Lo ves? Es lo que yo te digo.

—¿Qué maneras de hablar son esas? Esas palabras no son tuyas.

—Es que también lo dice mi padre. Y mucha gente.

—Pues llámalo cómo quieras. Pero esto nos traerá alguna desgracia. Por eso llevo aquí rezando desde que he visto el chandrío que ha hecho tu madre. Espero que haya roto el santo después de salir tu padre.

—¡Shist! ¡chiss!¡chss! Oigo relinchar un caballo. Se acerca. —le dije interrumpiéndola.

—Seguro que viene asustado —me contestó—. Los caballos vuelven a casa cuando huelen la muerte.

Bajó la cabeza y comenzó a repetir la jaculatoria: “Sagrado corazón de Jesús, en Vos confío”. Noté que sus rezos no tenían el tono de otros días, como si hubieran perdido el sentido con la hornacina vacía. El caballo volvía solo, sin el amo.

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María Pemán Casajús

Biel, 1930. María Pemán Casajús (Biel, 1855-1931). En 1872 se casó con Andrés Ferrández Arenaz (Biel, 1853-1917), de oficio pelaire, domiciliados en la calle del Jesús. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Simón, Petra y Benita. Eran los de casa El Moreno.

Carmen Romeo Pemán

Visita de inspección

De las fragolinas de mis ayeres

Para Anuncia Romeo

Anuncia de la Fábrica, así la llamábamos nosotras, sus amigas, porque vivía con sus padres y sus hermanos en una vieja fábrica de harinas, en medio de unos montes, a cuatro kilómetros del pueblo por el camino de Biel. Todos los días venía andando por unas trochas estrechas y pedregosas. Al principio la acompañaban sus hermanos, pero pronto los sacaron a estudiar a la ciudad, y , a los ocho años, tenía que hacer sola el camino dos veces al día. En invierno salía de casa antes de que se hiciera de día y volvía con la noche cerrada.

Por las mañanas no solía ser puntual y, si hacía mal tiempo, faltaba. Esos días nos poníamos nerviosas y nos preguntábamos si su madre no la habría dejado salir o si le habría sucedido algo.

Un día la maestra recibió la noticia de que la semana siguiente vendría un inspector. Nos dijo que sería una visita rutinaria, pero a nosotras nos alborotó. No parábamos de movernos de un sito a otro. Y doña Asunción nos gritaba más que de costumbre.

—Anuncia, la semana que viene no faltes ni llegues tarde ningún día.

—No se preocupe. Le diré a mi madre que me despierte antes.

—Si quieres puedes quedarte en mi casa —le dijo la maestra.

Entonces montamos una gran algarabía. Todas queríamos que se quedara en nuestras casas.

—Pues yo prefiero ir a la mía. Es que esta semana mi madre está sola, que mi padre ha ido a comprar trigo a otros pueblos —dijo Anuncia.

A los pocos días llegó el inspector, un señor alto, con traje y zapatos negros bien lustrados. La maestra lo saludó y se volvió hacia nosotras:

—Niñas, por favor, saludad como hacéis siempre.

De repente, gritamos todas a una:

—Buenos días, señor inspector.

Él, ni siquiera nos miró, hizo como si no nos hubiera oído. Entró dando pasos largos y las suelas de sus zapatos retumbaban en la tarima. Se sentó en la mesa de la maestra. Doña Asunción se quedó de pie a su lado y se tapaba las manos con los puños de la rebeca para que no viéramos que le temblaban.

Él cogió la lista y nos fue llamando una por una. Todas respondíamos lo mejor que sabíamos para no dejar en mal lugar a nuestra maestra. Intentamos recitar las tablas de multiplicar sin titubear y contestar a sus preguntas con rapidez. Pero, sobre todo, queríamos lucirnos en la lectura en voz alta. Cada una de nosotras tenía que leer una hoja de la cartilla.

A eso de media mañana, cuando ya habíamos leído casi todas, se abrió la puerta y Anuncia entró con la respiración agitada. Llevaba los pies mojados, la falda salpicada de barro y las trenzas un poco despeinadas. Nos volvimos a mirarla con un suspiro de alivio. Por fin llegaba, sin que le hubiera pasado nada.

Pero nos cayó como un jarro de agua fría que ese señor ceñudo le regañara en voz alta a nuestra maestra. Le dijo que ya veía que no se ocupaba de la disciplina de sus alumnas.

—¡Qué formas son estas de dejar entrar una alumna sin llamar y con esos modales!

La maestra intentó darle explicaciones, pero él le hizo un gesto para que se retirara hacia atrás y se callara.

—A ver, tú, la que acabas de llegar, ven aquí a leer —dijo el inspector levantando el tono un poco más.

Anuncia se puso colorada y se le enrasaron los ojos. Desde mi asiento pude ver cómo le temblaban las piernas. Pero se levanto con aplomo y se acercó muy despacio a la mesa.

—Aquí, lea esta página —le señaló la última hoja a la que aún no habíamos llegado.

Nos quedamos boquiabiertas cuando la oímos leer de tirón, con buena entonación y dando un sentido a lo que leía.

El inspector dio un respingo en el sillón y dijo:

—Es increíble cómo lee esta niña

Estábamos todas radiantes por la victoria de Anuncia, creíamos que había conseguido vengar la insolencia de un señor que se había metido en nuestra escuela y en nuestras vidas.

Pero nos quedamos petrificadas y sin entender nada cuando oímos la voz serena de doña Asunción:

—Señor inspector, para que usted vea la importancia de una maestra, esta es la única niña que ha aprendido a leer sola.

Al salir de la escuela Anuncia nos contó que, como esa noche había llovido, tuvo que cruzar varios barrancos. Y que en el último se enfangó y la ayudó a salir un hombre que iba a moler. Que le dijo él la llevaba a casa, pero ella, que no, que ese día no podía faltar a la escuela.

Cuando llegamos a nuestras casas contamos de pe a pa lo que había pasado. Y lo seguimos comentando muchos años más.

Desde aquella visita del inspector, Anuncia entró en nuestras vidas como un mito, mejor dicho, como una parte del mito que entre todas hemos ido tejiendo en torno a nuestra escuela y a nuestra maestra.

Carmen Romeo Pemán

 

Comentario a la imagen de entrada.

Anuncia Romeo Extremar (El Frago, 1949), hija de Luisa y Emeterio, era la hermana pequeña de Enrique y Abelardo. Vivían en La Fábrica y, cuando ella venía a la escuela, sus hermanos ya habían salido a estudiar.

Foto de Gregorio Romeo Berges, El Frago, 1957.

La sombra que no tenía dueño

Había una vez una sombra que era pariente lejana de otra sombra más famosa, la de Peter Pan. Pero la de nuestra historia no tuvo la suerte de tropezar con Wendy para que la cosiera a su dueño y se despertó un día, sin saber cómo, completamente sola. Miró a su alrededor y, por más que se restregó el lugar donde solemos tener los ojos, el resultado era el mismo: no estaba unida a nada ni a nadie.

Una sombra sin dueño debe sentirse como un títere sin cabeza, o como un jardín sin flores, o como queráis imaginar. Que todo lo que os diga es poco. Así que nuestra sombra no tardó ni dos segundos en ponerse en pie de un salto y salir a la calle desesperada en busca de su otra mitad.

Se ofreció a todo el que se cruzaba con ella, preguntó si habían visto a alguien sin sombra, pero casi nadie le hacía caso. Las otras sombras, además, le ponían zancadillas y le daban empujones para impedir que aquella intrusa desparejada les robara a sus dueños.

Nuestra sombra pasó así todo el día, corriendo de un lado a otro y se fue sintiendo más desesperada a medida que pasaba el tiempo. Empezó incluso a buscar animales, o árboles, y al llegar la noche se hubiera conformado hasta con ser la sombra de una farola, pero ni siquiera los objetos la aceptaban.

La noche llegó cargada de viento y la sombra, que se había ido sintiendo más pequeña cada vez, se dejó mecer como si fuera una hoja y se abandonó a las ráfagas que la empujaron hasta que se coló por la rendija de una ventana abierta.

Cuando la sombra detuvo su revoloteo, vio que estaba en una habitación amueblada con bastante sencillez. Un hombre dormía sobre una cama modesta, vuelto hacia la pared. La luz que entraba por la ventana era tan tenue que nuestra protagonista creyó que había encontrado por fin a un hombre sin sombra, pero el reflejo de la luna, que asomó en ese momento detrás de una nube, se coló por la ventana y la sombra vio que el durmiente no la necesitaría.

Empezó a gemir y a pensar que su vida ya no tenía sentido. La luna volvió a ocultarse y la sombra decidió arrastrarse otra vez hacia la ventana para morir. Esperaría a que la oscuridad se adueñara por completo de la noche, y se dejaría caer caer al pavimento para que la nada la engullera. Al comenzar a moverse escuchó un chisteo.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss!

Miró hacia la cama. El hombre seguía durmiendo. En la habitación no había nadie más. Solo el lecho, una mesilla de noche, una bombilla en el techo y, en el centro de la habitación, una mesa y una silla arrimada a ella. Sobre la mesa había un folio de papel y una pluma a su lado. La sombra hizo un giro completo sin identificar al dueño de la voz. Cuando acabó, aguzó el oído y comprobó que el sonido venía del centro de la mesa. Miró allí y vio que el que le hablaba era el folio.

—¿Por qué lloras?

—He perdido a mi dueño. Y una sombra sin dueño no tiene cabida en este mundo. No sé qué hacer. Soy la criatura más desgraciada del universo.

—¿No tienes dueño?

La sombra negó con lo que hubiera sido su cabeza. El folió, sin moverse, le habló.

—Hay más criaturas desgraciadas. No eres la única, ¿sabes? Yo, por ejemplo, sufro de soledad.

—Vaya, lo siento mucho. Debe ser algo parecido a lo mío.

—Eso creo yo también. Mi dueño lleva días sin acercarse a mí, me siento abandonado. Mi única compañía era esta pluma que ves, pero ahora está seca y languidece igual que yo.

La sombra suspiró, y el folio suspiró a la vez. Se observaron sorprendidos por esa compenetración inesperada. Entonces el folio volvió a dirigirse a la sombra.

—No puedo ofrecerte mucho. Llevo tantos días aquí que estoy pegado a la mesa. Y se me ocurre que eso puede tener un lado bueno.

—¿Sí? —la sombra no sabía qué quería decir el folio—. ¿Qué?

—Pues que como estoy tan plano, ni siquiera hago sombra.

—¡Ohhh!

La sombra se subió de un salto a la mesa. Era cierto. El folio volvió a hablar.

—No tengo mucha experiencia en sombras y ahora mismo apenas hay luz de luna, pero sí que entiendo de soledad. Así que se me ocurre que te acuestes encima de mí y mañana ya pensaremos algo.

—Está bien. Me has salvado, amigo.

La sombra se echó sobre el folio y lo cubrió por completo, y los dos se quedaron dormidos enseguida.

Al día siguiente el hombre despertó. Al abrir los ojos miró al techo y lo primero que recordó fue que llevaba muchos días sin saber qué escribir. Entonces dirigió su mirada a la mesa y se restregó los párpados. El folio que llevaba varios días en blanco estaba entonces completamente negro. El hombre se puso de pie y se acercó a la mesa. Retiró la silla, se sentó, y miró la pluma. Se le ocurrió que podía haberse derramado la tinta sobre el papel, pero la punta de la pluma estaba seca y, además, la mancha negra tenía la forma de un cuadrado perfecto, igual que el folio.

El hombre se rascó la cabeza. No entendía muy bien qué podía haber ocurrido. Cogió la pluma y con la punta dio un pequeño toque en la esquina del folio. La sombra, que estaba completamente dormida, se despertó al sentir un cosquilleo. Notó que algo suave la rozaba y se arrugó un poco sobre sí misma dejando al descubierto un trocito del papel.

El hombre abrió mucho los ojos sin poder creer lo que veía. Levantó entonces la pluma y dio un toque cerca de donde lo acababa de hacer. La sombra, divertida, volvió a notar las cosquillas y se encogió de nuevo. El folio, al notar el movimiento, se despertó y empezó a mirar a su nueva amiga y a su dueño, y a sentir en su interior que las cosas iban a cambiar.

Y vaya si cambiaron. El escritor, porque eso era el hombre que vivía en aquella habitación, siguió moviendo la pluma cada vez más deprisa. Y la sombra, contenta por haber encontrado casa y compañero, se ondulaba, giraba y se retorcía más y más, y dejaba caer aquí y allá pequeños trocitos que se abrazaban al folio.

Y cuando cayó la tarde, el hombre se puso en pie y sonrió satisfecho. El folio sintió que la sombra se había fundido con él en muchos sitios, y la sombra se sintió feliz con su nueva forma. Pensó que ni siquiera su prima famosa, la sombra de Peter, había conseguido hacer lo que ella había logrado.

Porque no todas las sombras son capaces de tener fe y cambiar su forma para convertirse en letras que, ahora, son como las que viven felices para siempre abrazadas a este papel.

Adela Castañón

Imagen de cabecera: Augustine Wong en Unsplas

El amor y los celos

Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo infinito, mil veces mayor que el que todos conocemos, poblado por míticas criaturas de todas clases, nacieron dos pequeños, un niño y una niña, que crecieron juntos desde su más tierna infancia.

Sol, que así se llamaba el chico, poseía la magia del fuego. Todo el que se acercaba a él podía notar su calor y hasta las almas más frías hallaban consuelo si Sol andaba cerca.

La magia de Luna, su amiga, era la luz. Cuando Luna paseaba por ese mundo, cobraban vida muchas criaturas menores que, alimentadas por su brillo, se convertían en estrellas que comenzaban a tener su propio resplandor. Luna era modesta, sencilla, y todos la querían.

Sol y Luna compartían juegos y risas, y los dioses de aquel mundo antiguo disfrutaban mientras veían cómo crecían en armonía y cómo desarrollaban sus dones cada vez más. Cuando Luna se acercaba a Sol, en su interior crecía un calor que dejaba pequeño al que emanaba de su amigo. Nada le gustaba tanto como tomar su mano para, con los dedos entrelazados, seguirlo en todas sus aventuras. Y Sol se descubría pensando cada vez más en cuánto le gustaba compartir con Luna cada instante. La felicidad de las dos criaturas crecía a la vez que lo hacían sus dones, y era tan intensa y pura que se contagiaba a todos cuantos los rodeaban.

Un buen día, cuando Sol y Luna eran todavía muy jóvenes, apareció una joven desconocida que hizo de aquel universo su hogar. Se llamaba Tierra, y tenía el don de crear vida. Su aspecto, muy diferente del de Sol y del de Luna, cambiaba con el tiempo, vestía un traje de mil colores donde el azul de los océanos formaba dibujos maravillosos al combinarse con el oro de las arenas del desierto o el verde de sus bosques infinitos. Llegó sola, y Sol y Luna la adoptaron enseguida como compañera de juegos y aventuras.

Todo parecía ir bien entre los tres, hasta que en la superficie de Tierra empezaron a crecer unos puntitos minúsculos, casi invisibles, que solo ella percibía como una especie de picor interior. A veces era un picor agradable, pero con el paso del tiempo se fue convirtiendo en algo mucho más complejo. Había ocasiones en que sentía algo dulce y cálido y otras en las que un sentimiento incómodo, como el rumor de una colmena, la hacía encontrarse mal.

Tierra aprendió a escuchar el murmullo de esos miles de criaturas y descubrió el significado de palabras que hasta entonces habían sido desconocidas para ella. Supo lo que era el amor, y la dulzura, pero también averiguó que todo tenía su contrapunto, y los celos se adueñaron de ella.

Porque Tierra comprendió que Sol y Luna se amaban.

Loca de rabia, Tierra empezó a girar sobre sí misma para arrancar de su interior esa negrura. Pero su envidia era tan fuerte que cada vez daba vueltas a más velocidad. Tanto giró que a su alrededor se formaron remolinos de viento que separaron a Sol y a Luna que, por más que lo intentaban, no conseguían acercarse el uno al otro.

Entonces Tierra, al ver que su giro mantenía a los amantes separados, se propuso no parar de dar vueltas y consiguió que Sol y Luna no lograran encontrarse.

Los dioses contemplaban impotentes la tragedia porque sus normas no les permitían interferir en los actos de sus criaturas. Pero el dios del Amor, compadecido de Sol y de Luna, esperó con paciencia. Sabía que llegaría un momento, alguna vez cada muchos, muchos años, en que Tierra tendría que dar la espalda a sus amigos para tomar aliento.

Y llegó el día en que Tierra se detuvo unos segundos, mientras miraba hacia otro lado. Entonces el dios Amor creó un eclipse.

Y, durante unos minutos, Sol y Luna pudieron volver a besarse antes de regresar cada uno al destierro de su eterno día y de su noche eterna.

Y la Tierra, impotente, contempla cada muchos años como, en toda su superficie, miles de ojos se alzan al cielo para admirar el beso de dos amantes que se vuelven a encontrar.

Adela Castañón

Imagen: Guillaume Preat en Pixabay