Escribir de otro modo

Porque hace poco dije que a la escritura se llega de muchas maneras y que nunca es tarde. Porque no todo es prosa. Y porque, además, hay días que me despierto con hambre de poesía, hoy voy a escribir de otro modo.

Quisiera ser capaz

de aprender a escribir en otro sitio

que no fuera el papel.

Utilizar como pluma mis dedos

paseando por tu piel,

y, como tinta,

lo que tú me pidieras:

mis suspiros,

la hiel, que en los momentos más amargos

derramé por tu culpa,

las lágrimas que nunca te he mostrado,

lo que fuera,

por tal de terminar aquel poema

que quedó inacabado.

 

Pero he de resignarme,

y aquí sigo.

Sentada en mi sillón,

delante del teclado.

Tengo que conformarme con soñar

que tú estás a mi lado.

Si alguna vez, amor, oyes al viento,

no olvides que es mi voz que te ha llamado.

Adela Castañón

Sueños en luna roja

Corres sin mirar atrás en medio de la noche. Te abres camino entre la oscuridad a grandes saltos. Le gritas a la luna que te espere, que estás cerca. Son solo unos pasos para llegar a la punta del risco, quieres que se detenga mientras avanzas a toda prisa. Te tiemblan las extremidades y sientes que los jadeos no te dejan respirar. Los pulmones se te contraen y expanden con fuerza en cada inhalación, te duelen las costillas. Ya no eres tan ágil, has perdido el toque mágico de la juventud.

El viaje hasta la cima parece eterno, como si llevaras días corriendo sin descanso. Te detienes y bebes agua de un pequeño manantial que brota a un lado del camino. Respiras. El aire ya no se te pega en la garganta, has ganado unos minutos extra. Sacudes la cabeza y aceleras el paso. De repente los recuerdos te invaden, es como si tu cuerpo avanzara hacía el futuro y tus ojos se hubieran quedado en el pasado, contemplando las buenas y las malas decisiones. Las lágrimas se amontan en tus ojos, la visión se te nubla y la luna… la luna palidece.

El final del risco desaparece entre sollozos, el tiempo se detiene entre los gemidos y la tierra rasgándote la piel.

Es tarde. La luna estará completamente teñida de rojo antes de que llegues. Tendrás que verla desde la distancia. Tendrás que esperar tres años más, atrapada en esta forma, maldiciendo tu suerte, rogando a las almas puras que se apiaden de ti y te dejen deambular de nuevo por el planeta.

No quieres darte por vencida, pero la fatiga no te deja continuar.

Faltan pocos metros. Estás tan cerca. Te arrastras como las serpientes en el desierto. Un poco más. Te estiras, arañas la tierra con el último quejido. Ahí está.

Te quedas inmóvil mirando la luna. Un pequeño resplandor plateado se asoma en una de sus esquinas. Contra todo pronóstico has llegado a tiempo.

Cierras los ojos y sientes cómo el aire inunda tu vientre. El corazón se sacude con tanta fuerza que lo escuchas latir en todos los rincones de tu cuerpo cansado, moribundo.

—¡Aquí estoy! —gritas.

Te rasgas la piel del pecho con tus uñas afiladas. Dejas correr la sangre que se esparce con rapidez por los límites del risco.

La luna está en su máximo esplendor. Destella en un rojo escarlata que te reconforta.

Te pones de pie con el pecho goteando y aúllas hasta quedarte sin aliento.

La piel que te cubre se rasga y de las entrañas de tus lamentos emerge un nuevo ser.

Tu sacrificio ha dado frutos en abundancia. Valió la pena cada gota de sangre, el sudor, el cansancio.

Te dejas caer sobre el suelo. Con cada respiración la luna retoma su color plateado. Cierras los ojos y disfrutas del aroma de la hierba húmeda, de las flores en primavera, de la tierra bajo tu cuerpo inerme. El sonido de los grillos te arrulla y te dejas mecer por la calidez del viento en la cima de la montaña.

La brisa se siente como dedos reptando entre tu nuevo pelaje. Así es como te gusta que te acaricien. Te estremeces ante el toque de aquellas manos conocidas. Abres los ojos. Ahí está tu alma gemela, su rostro resplandece de alegría mientras te mira con dulzura.

La luna se ha ido. El dolor de otras vidas se ha escabullido entre los sueños. Ahora solo está ella para darte amor, acariciarte el lomo y llenarte de besos cada mañana.

Mónica Solano

 

Imagen de Rahul Yadav

 

No todo es prosa: poema de otoño

Cuando dejo volar mi imaginación, escribo relatos.

Cuando hago trabajar a mi razón, redacto artículos.

Pero a veces dejo aflorar sentimientos y entonces escribo poemas como este poema de otoño.

Otoño,
caen las hojas,
siento penumbra en mi alma.

Hoy la naturaleza, complaciente,
ha vuelto a regalarme cobre y oro.
Unas hojas caídas, el ruido color sepia
que producen mis pies en los senderos,
cuando bajo mis dedos siento el suelo
alfombrado con esas hojas secas,
hojas tristes,
esas hojas sin vida,
desgajadas del tronco
que las alimentaba con su savia.
Savia que, generosa,
las vestía con una capa verde.

Ahora son solo restos en el suelo
que anuncian la llegada del otoño.

Y mi alma, desgajada como las hojas muertas,
le pone falta al sol, a ese sol que no llega,
que no logra atravesar ese muro de nubes
para darme el calor que yo quisiera.

Se me ha caído una lágrima dorada,
de polvo de hojas secas
que va dejando un surco en mi mejilla,
un surco que se llena de más lágrimas
y huellas de tristeza.

El chasquido de un ave haciendo nido
me hace elevar los ojos hacia el cielo.
Pero el niño verano ya se ha ido
y yo lo añoro triste, aquí, en el suelo
Porque su vuelo
nunca supe seguirlo.

Otoño traicionero, viejo, triste,
Otoño que te llevas mis quimeras,
Dime, ¿por qué viniste?

Adela Castañón

Imagen: Pixabay