En la sala de los tapices de la Seo de Zaragoza

Una noticia que revolucionó las Altas Cinco Villas.

Don José Iriarte, canónigo penitenciario de Zaragoza, era natural de Biel (Zaragoza) y don Felipe Sánchez estaba de maestro de El Frago, un pueblo vecino.

Salvadora, menos mal que nos tenemos para poder hablar entre nosotras, que, si no, sería muy dura esta vida de sirvientas diciendo amén, amén a nuestros amos. ¿Qué haría sin ti y con don José recién enterrado?

Ya te decía que aquel asunto nos seguiría trayendo desgracias. La culpa la tuvieron aquellas habladurías de que don José protegía a un sobrino que no llevaba buenos pasos. Y claro, esos chismes tenían que llegar hasta el obispo, que encima se los creyó. ¡Mira que quitarle al pobre la canonjía y mandarlo al destierro! Y eso de que llevara una vida discreta y se dejara ver poco se lo tendría que haber dicho al sobrino, digo yo. En fin, que fue un mazazo para un hombre de su talla.

Y créete lo que te diga yo. Antes de que se desataran la lenguas, buena culpa tuvo don Felipe, que sin ningún miramiento se plantó en la puerta de la casa y le pidió que le ayudara a meter a su hijo en el Seminario. ¡Claro, como era el maestro de El Frago estaba seguro que don José le atendería su ruego! Y yo que no lo había visto nunca ni sabía cómo era no lo dejaba entrar. Pero me insistió mucho. Me dijo que era un pariente cercano y que sus familias vivían en pueblos vecinos. Al final lo pasé al cuarto de estar, los dejé hablando y me quedé escuchando detrás de la puerta.

—Échale una mano, José, que no te arrepentirás —le decía con voz lastimera—. Ya verás cómo mi Mariano será un buen cura y presumirá de ser tu sobrino. —Se acercó un poco y subió el tono—. Eres el orgullo de toda la familia. Muy pocos tienen el honor de tener un tío que sea canónigo penitenciario.

A mí no me gustaron aquellas zalamerías de don Felipe. Si no, mira con qué nos ha salido su hijo.

El tiempo me ha dado la razón. Don José estuvo muy alterado los últimos meses, sobre todo, cada vez que recibía visitas de su sobrino, Algunas veces hasta los oía pelearse. Después don José andaba con un humor de perros y no quería probar bocado. Hasta el punto de que la semana pasada, de un manotazo, me tiró una bandeja de plata con una jícara de chocolate humeante y unos churros recién hechos.

Que tuviste que oír el ruido, Salvadora, que vuestro comedor está pared con pared con el nuestro. Y no me digas que no oíste mis gritos. Es que me pudieron los nervios y no tuve más remedio que contestarle.

—Pero bueno, don José, ¿a qué vienen estos modales? ¡Si usted nunca me había perdido el respeto!

Salvadora, tú y yo sabemos que estaba fuera de sus casillas desde que se había hecho público el caso del Mariano. Era normal que le afectara. A fin y al cabo era su sobrino protegido. Pero no me pude contener. Y él, sorprendido de que le levantara la voz, me contestó como un niño al que coges con las manos en la masa.

—Perdona, pero es que he visto esta bola de papel amarillento y he curioseado.

—Don José, usted nunca se había atrevido a revolver mi cestillo de costura.

Es que sabes, sin que él se enterara, había hecho un rebujo con la página de El Imparcial y lo había escondido entre los ovillos. Yo sabía que a él no le gustaba ese periódico de tufillo liberal, que se regodeaba en los asuntos anticlericales. Y, mira, ¡qué casualidad!, en un descuido me dejé el costurero abierto.

Bueno, el caso es que, cuando lo vi con la bola de papel en las manos, me puse tan nerviosa que le solté una parrafada sin respirar.

—Mire, don José, que yo entiendo que tenga miedo a lo que diga la prensa, pero tiene motivos para estar tranquilo. Si alguien creyera que usted tiene algo que ver con el asesinato, con esta noticia lo desmentiríamos. Si habla de usted como una persona de gran cultura y solo dice que don Mariano Sánchez era sobrino del canónigo penitenciario de la Seo de Zaragoza.

Don José se me quedó mirando sin decir nada. Y yo, aprovechando que tenía la palabra, continué.

—A mí me parece que, cuando usted vio los titulares, le entró tal soponcio que ya no leyó más. —Entonces cogí más aliento—. Así que ahora, quiera o no quiera, se la voy a leer entera, aunque sea a trompicones, porque a mí eso de la lectura no se me da bien.

El Imparcial. Madrid, 3 de agosto de 1900. Doble asesinato en la Sala de los Tapices de la Catedral de la Seo de Zaragoza. La prensa de Zaragoza trae los detalles de uno de los crímenes más espeluznantes que se recuerdan.

El criminal. Don Mariano Sánchez, sacerdote, natural de El Frago, había cursado Magisterio. Más tarde estudió en el Seminario de Zaragoza, donde llegó a secretario del Cabildo. Es hijo de don Felipe Sánchez, maestro de El Frago, y sobrino de don José Iriarte, natural de Biel y canónigo penitenciario de Zaragoza, persona de gran virtud y mucha ilustración.

Las víctimas. Josefa Salas, de veintisiete años, natural de El Frago, y su hija de tres meses, sin registrar ni bautizar. Mariano Sánchez les pasaba una pensión mensual de treinta pesetas. Josefa la completaba confeccionando blondas. El juzgado encontró un marco de plata con un retrato del sacerdote en la mesilla de Josefa.

La autopsia. El médico forense tuvo que trasladar los cadáveres al aire libre, por el insoportable hedor que exhalaban, dada su avanzada descomposición. Tenían las piernas cruzadas y los tobillos atados. La muerte se produjo por estrangulación. Cada uno llevaba alrededor del cuello siete vueltas de un cordel de seda dorado, procedente del tapiz de la “Degollación de los Inocentes”. El criminal metió los dos cuerpos en un saco y lo escondió en la sala de los tapices de la Catedral, detrás del tapiz de la “Decapitación de Holofernes”.

Salvadora, no quieras saber la cara que ponía y cómo se sujetaba la oreja con la mano para que no se le perdiera ni una palabra. Así que, ya puesta, y como lo vi más tranquilo, me atreví a acabar de decirle todo lo que pensaba.

—Lo que yo digo, don José, este crimen me produce náuseas. ¡Mire que descubrir los cadáveres por la pestilencia! Al principio pensaron que el tufo venía de las cloacas que bajan al Ebro. ¡Qué zopencos! No se puede llegar a más, confundir el olor de cloaca con el de cadaverina.

Mientras le echaba esta perorata, no le quitaba ojo de encima. De repente vi cómo empezaba a farfullar y a temblar. Por la boca echaba unos borbotones de espuma, como los de los endemoniados de Santa Orosia cuando él los rociaba con agua bendita. Entre sus balbuceos oí algo como cobarde. Y no me extrañó porque siempre pensé que don José se sentía avergonzado de haber metido a Mariano en el Seminario.

Cuando lo vi caer al suelo, me entraron escalofríos y me quedé como alelada, pensando en aquellas gentes de El Frago y en el pobre don José.

Masacre inocentes. 2

León Cogniet, Masacre de los Inocentes, (1824). Museo de Bellas Artes, Rennes (Francia)

Este es un relato ficticio, inspirado en personas reales y en los hechos que se publicaron en El Imparcial de Madrid, el día tres de agosto de 1900.

Todos los personajes, nombres, biografías, hechos, documentos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Catedral de San Salvador de Zaragoza, conocida popularmente como La Seo.

 

Mi primer diario de gratitud

En esta época es costumbre tomarnos unos minutos para reflexionar. Evaluamos los objetivos que nos propusimos cuando comenzó el año, hacemos un balance de lo bueno y de lo malo, y nos planteamos nuevas metas. Para mí es, además, una excelente oportunidad para agradecer. Y para contarles que este año he descubierto una herramienta maravillosa que se puede emplear todos los días.

El diario de gratitud

Esta herramienta nos permite centrarnos en esos pequeños detalles que nos traen alegría y satisfacción, en esos detalles que ocurren a lo largo del día y que a menudo pasamos por alto. Con el diario de gratitud podemos reencontrar el equilibrio, abandonar el papel de víctimas y aprender a quejarnos menos. Y de este modo asumimos una actitud más proactiva.

La gratitud es un sentimiento muy beneficioso. Cuando la cultivamos, cambiamos nuestra forma de pensar, dejamos de centrarnos solo en lo negativo y aprendemos a valorar las cosas positivas. De esta manera desarrollamos una perspectiva global.

Un diario es una bitácora, un registro donde anotamos las cosas que nos suceden día tras día. También sirve para anotar nuestros deseos y secretos, o para, de alguna forma, crear un relato de vida. La psicología positiva utiliza el diario de gratitud para ayudarnos a conocernos mejor y para que reconozcamos las cosas maravillosas de la vida. Con un buen uso del diario podemos alcanzar el bienestar, la salud mental y emocional, y así podremos enfrentarnos de una mejor manera a los problemas cotidianos.

“Plasmar pensamientos y sentimientos en un papel es una de las mejores formas de apaciguar nuestros estados mentales y emocionales. Nos proporciona claridad, equilibrio y serenidad”. Mindful Science

Desde hace unos meses sigo en Facebook a Mindful Science, un grupo que se dedica a ofrecer programas online para fomentar la practicas de atención plena (mindfulness), y en su blog descubrí el diario de gratitud. Le dedicaban un artículo y planteaban un reto. Se trataba de escribir las cosas por las que nos sentimos agradecidos. Al menos durante 21 días. Y, como adoro los retos, sin pensarlo mucho me sumé a la idea. Compré una libreta, escogí un horario y empecé. A medida que iba escribiendo comenzaron a pasarme cosas interesantes.

Primero me di cuenta de que tengo mucho de que sentirme agradecida y comencé a ver la vida desde otra perspectiva. Me hice más consciente de todo lo bueno que me rodea y de lo que realmente me hace feliz. También me di cuenta de que hay cosas que no necesito para estar bien, como un auto de lujo o una casa más grande. Muchas veces nos pasamos el tiempo deseando lo que ya tenemos. Bueno, no tengo un auto de lujo, pero sí tengo uno en el que puedo viajar a todas partes.

Durante estas semanas he podido comprobar que, como dicen los psicólogos Robert Emmons y Michael McCullough, el diario de gratitud nos sitúa en las circunstancias reales, nos reorganiza el pensamiento y nos hace conscientes de todas aquellas cosas positivas y deseables que tenemos en nuestra vida. Estos estudios han identificado una amplia gama de beneficios derivados del simple acto de escribir todo aquello por lo que estamos agradecidos como, por ejemplo, una mejor calidad de sueño, menos enfermedades, un sentido positivo de bienestar, empatía con otras personas y un mejor desarrollo de habilidades cognitivas, entre otros.

La gratitud es una actitud con la que reconocemos un beneficio y lo damos por hecho. Tenemos muchas razones para agradecer. Debemos mirar todo lo bueno que tenemos como un regalo. Cuando somos agradecidos nuestra mente se centra en lo que tenemos y no en lo que nos falta. Ese simple hecho nos hace mucho más felices.

“La gratitud puede transformar lo que tenemos en suficiente, una comida en un banquete, una casa en un hogar, y un extraño en un amigo. Por muy difíciles que sean tus circunstancias, estoy seguro que siempre existe algo por lo cual puedes estar agradecido.” El buscador

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Diario de la gratitud – Palabras Aladas

¿Cómo hacer un diario de gratitud?

A continuación, expongo doce sencillos pasos para crear y mantener un diario de gratitud, que me han funcionado de maravilla para no desfallecer en el intento:

  1. Lo primero, tu actitud: decide conscientemente que quieres ser más agradecido, y establece el firme propósito de rellenar tu diario cada día.
  2. Crea una meta: establecer metas nos ayuda a motivarnos e inspirarnos. Puedes plantearte un objetivo inicial de varios días, varias semanas, varios meses, lo que resta de año.
  3. Elimina toda excusa que te impida escribir: cuando las excusas aparezcan, recuérdate interiormente lo importante que es para ti esta prioridad que has establecido en tu vida. Son solo unos minutos y los beneficios personales y sociales son innumerables.
  4. Dedica un cuaderno o libreta exclusivamente a tus notas de gratitud: esto le confiere a tu diario su propia entidad, de modo que se convertirá en un símbolo de gratitud.
  5. Escoge un momento del día para escribir: escribir en tu diario de gratitud cada noche, antes de acostarte, puede ayudarte a ver con mayor claridad lo que ha sucedido en una secuencia temporal completa. Escribir al despertarte puede ayudarte a enfocar tu día con una actitud más amable. Tú decides cuándo hacerlo. Sé consciente de lo que mejor funciona para ti.
  6. Crea recordatorios: alarmas en tu teléfono, marcas en tu calendario, una nota en la cabecera de tu cama o tu mesita de noche.
  7. Agradece libremente y sin restricciones: dicen los expertos que 5 o 10 cosas por las que sientes gratitud son un buen número. Sin embargo, esto es solo una orientación. Puedes escribir tanto como quieras en tu diario de gratitud. 
  8. La belleza de las pequeñas cosas: aunque puedes agradecer por tu familia, tu trabajo o tu salud, a veces pequeños detalles son suficientes para marcar la diferencia (te encontraste con ese amigo, viste aquella película, te gustó tu almuerzo, aquel suceso te hizo reír…).
  9. Entra en detalle: elabora en detalle cada cosa en particular por la que estás agradecido. Esto te puede reportar mayores beneficios que crear grandes listas superficiales con muchos elementos. Mejor tómate tu tiempo para profundizar y dedícale unas cuantas líneas a cada parte.
  10. Personaliza: centrarse en las personas por las que nos sentimos agradecidos tiene más impacto que enfocarse solo en cosas materiales.
  11. Sorpresa, sorpresa: al parecer, los eventos inesperados o sorprendentes tienden a suscitar mayores niveles de gratitud.
  12. Sé constante, escribe a diario: este estudio de Sonja Lyubomirsky y sus colegas encontró que las personas que escribieron en sus diarios de gratitud una vez al día durante ocho semanas reportaron aumentos de felicidad y bienestar; la gente que escribió tres veces por semana no lo hizo.

Como les contaba al principio, cuando comencé a escribir mi diario de gratitud el reto consistía en escribir 21 días seguidos, ya llevo más de 60 y se ha convertido en una práctica innegociable. Todas las mañanas, antes de iniciar mi rutina, escribo cinco cosas por las cuales me siento agradecida (un nuevo día, escribir, mi familia, una buena peli, Mocade …). Lo más interesante del ejercicio es que todos los días encuentro algo diferente por lo que estar agradecida. Para cerrar este artículo, quiero compartir con ustedes este poema del libro En todo, dar las gracias, que nos permite identificar momentos de gratitud.

Ser Agradecido

Agradece el no tener hoy todo lo que deseas. Si lo tuvieras, ¿qué ilusión quedaría para mañana?

Se agradecido cuando no sepas algo. Pues ello te da la oportunidad de aprender.

Se agradecido en los momentos difíciles. Son una enorme oportunidad para crecer.

Se agradecido en tus limitaciones. Porque te dan la oportunidad de mejorar.

Se agradecido en cada nuevo reto. Porque van a construir tu fuerza y tu carácter.

Se agradecido con tus errores. Ellos te enseñarán lecciones valiosas.

Se agradecido cuando estés cansado y fatigado. Eso significará que ese día has marcado una diferencia.

Es fácil ser agradecido por las cosas buenas. Una vida verdaderamente plena viene para aquellos que también agradecen los contratiempos.

La GRATITUD puede convertir lo negativo en positivo.

Encuentra una manera de estar agradecido por tus problemas, pues pueden llegar a convertirse en tus bendiciones.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

 

Pies de barro

—Bueno —empecé ante el micrófono, mientras colocaba sobre el atril el diario del abuelo.

De entre sus hojas extraje un papel manoseado y lo alisé todo lo que el temblor de mis manos me permitió. Respiré hondo y me enfrenté a la audiencia.

—Quiero daros las gracias, de mi parte y de parte de toda la familia, por haber venido a despedir a mi abuelo. Él me pidió que hablara ante todos vosotros. Estaría agradecido de veros hoy aquí.

En la primera fila, mi madre se sonó la nariz y mi padre la estrechó con un abrazo. Me concentré en el papel.

—Abuelo, te echamos de menos.

Hice una pausa y expulsé aire por la boca, intentando contener la emoción que amenazaba con paralizarme.

—Esta familia no hubiera podido salir adelante sin ti y, la verdad, no me imagino qué va a ser de nosotros a partir de ahora. Supongo que seguiremos tu ejemplo, y nos preguntaremos qué harías cuando tengamos algún problema. Siempre encontrabas una solución, aunque no solía ser la más elegante. Recuerdo aquella vez en la que te olvidaste de comprar un árbol de Navidad y acabamos decorando una palmera, o cuando usaste mantequilla para desatascar la cabeza de Mateo, que se había quedado enganchado en los barrotes de la escalera.

Con esos recuerdos provoqué un cambio en el ambiente de la sala. Seguía siendo un mar de caras enrojecidas pero habían dejado de oírse los hipidos y el resonar de narices.

—La abuela decía que eras muy cabezón y que, cuando querías algo, no parabas hasta conseguirlo. También decía que esa fue la razón por la que pudiste empezar una nueva vida aquí, en Argentina, cuando dejaste atrás tu país natal, asolado por la guerra. No hablabas mucho de aquella época y, cuando te preguntábamos, solías responder con evasivas. Cambiabas hábilmente de tema y nos explicabas cómo te habías plantado ante la puerta del bisabuelo al enterarte de que era médico. No te moviste hasta que accedió a aceptarte como su pupilo.

Aclaré mi garganta con un carraspeo.

—¿Sabéis? —dije, y volví a levantar la cabeza para dirigirme al público.

Busqué a mis compañeros de trabajo, médicos y enfermeras que se habían colocado respetuosamente en la parte de atrás.

—En el hospital, cuando los más mayores se enteran de que soy su nieto, me cuentan anécdotas de aquella época. Parece ser que era corriente ver a mi bisabuelo intentando enseñarle cosas que mi abuelo ya sabía. Y más habitual aún ver al pupilo dando lecciones a los maestros. En fin— Suspiré y volví a mi hoja, pero antes lancé una mirada al ataúd negro que estaba cerrado y cubierto de flores rojas y blancas—. También te aceptó, el bisabuelo se entiende, como su yerno cuando le pediste la mano de la abuela. Os regalasteis once hijos a los que amasteis con locura, y ellos os dieron veintiséis nietos, a quienes cuidasteis mejor incluso que a vuestros propios niños.

Me volví hacia mis hermanos, mis tíos y mis primos.

—Todos, hijos y nietos, esperamos que os hayáis vuelto a encontrar allá donde estéis, para que no os tengáis que separar nunca más.

Tragué saliva e hice una pequeña pausa. Llevaba un rato balanceándome de un pie a otro y no había sido consciente hasta ese momento.

—Abuelo, me había sentido muy orgulloso por haber seguido tus pasos. Tuve la suerte de conocer las que creía que eran todas tus facetas: la de esposo, padre, abuelo y médico. Yo, y tantos otros, te hemos admirado toda la vida, aunque nunca te gustó que te lo hiciéramos saber. Fruncías el ceño y hacías gestos con la mano, como si no te lo merecieras. Te ofendías si alguien insistía, incluso, hasta llegar a enfadarte. Siempre hemos pensado que no había nadie más modesto que tú.

De pronto, lo que llevaba escrito en la hoja me parecía absurdo, así que la arrugué e hice una bola. Cuando abrí los ojos, decidí que fueran los demás los que sentenciaran a mi abuelo por sus actos de juventud. Sin llegar a dar la espalda al público, giré sobre mí mismo para hablar directamente a los restos mortales de mi abuelo.

—Dicen que los actos hacen a los hombres y tus actos, desde que llegaste al Mar del Plata, te hicieron el mejor hombre del mundo. —Cerré los ojos y respiré hondo. —Ojalá pudiera decir lo mismo de tu vida anterior, aquella que llevaste en Alemania. Tenías un potencial enorme como médico y, cuando  te dieron a elegir entre la investigación médica y el ejército, apostaste por la primera. Pones en tu diario que pensabas que así podrías ayudar a los demás, aunque sabías que ibas a hacer daño a algunas personas. Pero eras joven, y cumplías órdenes. O eso quiero creer.

Mi madre y mis tíos me miraban extrañados, sin saber qué era lo que estaba haciendo. La verdad es que yo tampoco estaba seguro. Solo sabía que debía continuar.

—Abuelo, no sé si lo entiendo. Tampoco quiero juzgarte, aunque tú me lo pediste. Me diste tu diario y me rogaste que lo hiciera público, porque era la única manera que tenías de irte en paz. Te lo juré antes de leer tus memorias escritas de tu puño y letra, y no sabes cuántas veces me he arrepentido desde entonces.

Abrí su diario por la página que él había marcado y que exponía, demasiado bien, todo lo que le atormentaba de su pasado en la Alemania nazi.

—Abuelo… Ojalá no me hubieras pedido que hiciera esto.

Y, con voz temblorosa, empecé a leer.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Mark Duffel en Unsplash.

Mi escaleta de escritura

Nos acercamos al final del año y a sus tradiciones. Comer turrón, por ejemplo. Pero como no me hace ilusión empezar a ganar kilos, prefiero acogerme a otra costumbre clásica y hacer balance de mis buenos propósitos y de mi escritura.

Estoy cursando el tercer año de un itinerario de novela. Y la palabra escaleta, que hace veinticuatro meses me sonaba a “escalera” escrita con una errata, ha pasado de ser desconocida a convertirse en aliada. Eso es lo bueno de los cursos de escritura. Que nos ayudan a pensar, estimulan nuestra creatividad, y nos dan ideas para muchas cosas, así que se me ha ocurrido que sería interesante aplicar eso de la escaleta a cualquier tipo de escritura, y no solo a las novelas. De modo que os contaré como intento estructurarme a la hora de escribir.

Hablemos de terminología

En mis incursiones por distintos blogs y páginas literarias he tropezado más de una vez con vocablos engañosos o, si no engañosos, que pueden llevarnos a confusión. Pero es cierto que también hay artículos geniales que aclaran muy bien el significado de dichos términos. Me refiero a palabras como objetivos, metas y hábitos. Y no añado una cuarta, sueños, porque ya entraría en camisa de once varas. Para meter los tres conceptos en el mismo saco os diría que mi meta es ser escritora, y que para llegar a esa meta necesito ir fijándome objetivos que, como en el clásico juego infantil, me lleven de oca a oca para ir acercándome a ella. Y que los dados que hacen progresar el juego son, ni más ni menos, que los hábitos. No sé cuánto hay de cierto en lo de que el hábito no hace al monje… pero si cambiamos monje por escritor la cosa cambia. Eso, explicado así, sería como la sinopsis de mi propia novela sobre la escritura. Y, para desarrollar esa explicación telegráfica, nada mejor que recordar lo que nos contaba Carla sobre sobre encender el hábito de la escritura. Para mí fue un artículo genial que sigue siendo de rabiosa actualidad. Y mientras buscaba esa entrada di con otra que escribí yo cuando nuestro blog estaba dando sus primeros pasos y que me ha puesto en la cara una sonrisita nostálgica y satisfecha al ver que sigo manteniendo los mismos principios.

Dije que no iba a hablar de sueños, pero tengo que hacer una pequeña excepción, aunque os parezca que tiene poca cabida en un artículo que pretende ser mucho más práctico que teórico. Porque desde que empecé a escribir me ronda una frase que me gusta mucho: haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad. Y como esa es la filosofía que va entre las líneas de este artículo, dejaré que esa idea tenga su pequeño momento de gloria.

Volvamos pues a lo práctico. Tengo una meta clara: escribir, ser escritora, que la escritura forme parte de mi vida cotidiana. Para eso me voy marcando objetivos concretos y específicos: publicar en Mocade dos veces al mes, sacar adelante mi curso de escritura y mi novela, apuntarme el año que viene al NaNoWriMo (¡Gracias, Carla!).

Y como lo de los objetivos a veces se me va por las ramas, mi último reto consistirá en crearme hábitos que me ayuden a cumplir los objetivos que me lleven a la meta. Me acabo de comprar un programa de Ana Bolox, El escritor organizado, que creo que me va a dar un buen empujón en esa tarea de afianzar unas rutinas que hagan que me ocurra lo que dijo Picasso: Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando. Y en eso estoy. Intentando hacerle caso a mi paisano para llevar a la práctica consejos de blogs como este de Sinjania que nos explica más y mejor esto que os he contado.

Obstáculos y apoyos

Ya tenemos claro de qué estamos hablando ¿ok? El paso siguiente es pararnos a pensar qué nos ayuda a llevar a buen puerto nuestros proyectos, y cuáles son las piedras que pueden hacernos tropezar. Empecemos por lo malo.

Ya lo dijo Carla: excusas no nos van a faltar. Que para eso los escritores somos creativos y nos inventamos las mejores. La falta de tiempo. Los niños. El trabajo. Las guardias. El cansancio. El bloqueo. Candy Crush. Juego de Tronos… ¿queréis más? Pues a ver si nos hacemos listas y empezamos a establecer prioridades. Yo, por ejemplo, decidí dejar de hacer guardias hace unos meses. Y no me ha tocado la lotería ni nada de eso, ¡ojo! Pero mi madre me dijo que iba a guardar todos los meses cincuenta o cien eurillos en una hucha para darme el dinero cuando juntara el precio de una guardia. Y así, de vez en cuando, yo podría dejar de hacer alguna. Ufff… Eso me emocionó y me dolió a partes iguales. Y me hizo pensar. Comprender que mi madre quería regalarme tiempo para estar con mis hijos y para mí me hizo darme cuenta de lo que me estaba perdiendo. Así que el mejor regalo que le he hecho en su noventa cumpleaños ha sido decir NO a las guardias. Y hoy día disfruto de un montón de tiempo que no se paga ni con una Visa Platino. Si de algo me arrepiento es de no haber tomado antes esa decisión.

Y ahora viene lo bonito. Aquí podría escribir también una lista interminable, así que me quedaré con lo mejor. O, al menos, con lo que para mí ha sido lo mejor. El trabajo en equipo. Hace un rato chateaba con mi amiga Carmen, en plena tarea de revisión y corrección de uno de sus borradores, y le decía que trabajar con ella, con Carla y con Mónica me ha proporcionado una seguridad y unas tablas que, en solitario, no habría llegado a conseguir de ninguna de las maneras. De eso también hablé a principios de este año, cuando se me ocurrió una historia que escribí en forma de Carta a los Reyes Magos. Mis amigas son el mejor apoyo externo que se pueda soñar. Y desde aquí, les doy las gracias. Pero hay otro aspecto interior que defiendo siempre porque ponerlo en práctica me ha dado y me sigue dando muchas alegrías y satisfacciones, y es tomar conciencia de que saber no es suficiente si no tenemos en cuenta otras cosas. Y lo dejo ahí.

Conclusión

Cada uno de nosotros tendrá que encontrar y diseñar su propia escaleta, que será la que le ayude a avanzar en su crecimiento como escritor. Eso es algo bastante personal, pero se me ocurre que podríamos continuar con un ejercicio de creatividad, y aplicar a la escritura esa famosa regla del periodismo de las cinco “W”.

Esas “5W” hacen referencia a What, Who, Where, When, Why y How: qué, quién, dónde, cuándo, por qué y cómo. Que cada cual piense qué quiere escribir, quién quiere ser como escritor, dónde va a poder trabajar mejor, en qué momento, por qué vale la pena hacerlo, y cómo puede organizarse para conseguirlo. Si tenemos respuesta a esas cuestiones, creo que vamos por buen camino.

Para terminar, os diría que escribáis para vosotros mismos. Es un error intentar escribir para gustar a todo el mundo, porque, aunque hagamos la mejor paella del universo, siempre habrá alguien a quien no le guste su sabor. Cuando empecé a publicar, me daba pánico pensar que podría encontrarme con comentarios ofensivos, o dolorosos, o injustificados desde mi punto de vista. Y eso hizo que algunos artículos no llegaran a ver la luz. Así que, como despedida, os dejo otra de mis frases preferidas: Tened cuidado con los miedos, porque les encanta robar sueños.

Adela Castañón

Foto: Pinterest

Y, ¿si es una niña?

—Mami, ¿mi hermanito cuándo va a salir de ahí? —preguntó Mariano y acarició la barriga de Alicia.

—¿Hermanito? ¿Por qué crees que será un niño?

—No va a ser una niña mamá. ¡A ver! —el tono de voz de Mariano aumentó ligeramente.

—Pero, ¿y si es una niña?

—Mira mamá, no va a ser una niña, porque yo le pedí al Niño Dios que, para navidad, me trajera un hermanito. Un hermanito con el que voy a jugar fútbol y nos va a gustar lo mismo. Por eso no va a ser una niña.

—Bueno, pero, ¿y si es una niña?

—Una niña no, mamá. ¡Qué asco! Las niñas son aburridas, lloronas y fastidiosas. No, no, no. ¡Es un niño!

—Muy bien, pero deberías pensar qué pasaría si fuera una hermosa niñita.

—¡Sería horrible!

Mariano dio media vuelta y caminó hasta su habitación. Alicia se quedó pensativa en medio del corredor. Su hijo estaba empecinado en que tendría un hermanito, pero la última ecografía había confirmado que sería una niña. ¿Y ahora? ¿Cómo se lo iba a decir? Y, sobre todo, se preguntó cómo le haría entender que, hiciera lo que hiciera, no dejaría de ser una niña.

Pasaron los días y Mariano seguía con los planes para la llegada de su hermanito. Tenía preparada una bolsa de juguetes con carros, balones, figuras de acción y juegos de hombres, como solía llamar a todo lo que, según él, solo les gusta jugar a los niños. Detrás de la puerta tenía pegado un calendario, que le había regalado su padre, en el que marcaba los días que iban pasando. Una tarde se paró enfrente de él y se dio cuenta de que había muchos días marcados.

—¿Cuántos días faltan, mami? He marcado muchos, muchos días y mi hermanito nada que sale de ahí —afirmó Mariano señalando la prominente barriga de Alicia.

—Falta poco. No te preocupes —respondió Alicia y le sacudió los cabellos dorados.

El veintitrés de diciembre, por la mañana, Alicia sintió una fuerte punzada en el vientre bajo. Caminó hasta la cocina, donde había dejado su celular y le marcó a Julián.

—Ya es hora. Corre que me duele mucho.

Julián salió del trabajo sin fijarse en todos los pendientes que tenía que resolver, se subió al auto y transitó por la avenida a más de cien kilómetros por hora. Recogió a Alicia en la casa y la llevo a la clínica. Antes de entrar al quirófano, llamó a su madre para que recogiera a Mariano en el jardín de niños.

Cuando Mariano llegó a la clínica, Alicia ya había dado a luz y estaba en una habitación, llena de flores, globos y osos de felpa. Mariano se acercó a su madre y vio que entre sus brazos había un pequeño bebé que tenía en la cabeza un gorro rosado.

—Mamá, ¿por qué mi hermanito tiene un gorro rosado?

—Porque no es un niño, es una niña. Acércate para que conozcas a tu hermanita.

Mariano retrocedió unos pasos.

—No mamá, ese no es mi hermanito. Recuerda que te dije que el Niño Dios me iba a traer un hermanito.

Julián miró a Alicia, antes de que ella pronunciara alguna palabra y con la mirada le dejó claro que él se haría cargo de la situación.

—Mariano, tener una hermanita también es genial, también podrán hacer muchas cosas juntos. Yo tengo una hermana y es la mejor del mundo. O ¿no te parece genial tu tía Aida?

—No papá, es que… —Mariano se detuvo y empezó a llorar— es que las niñas son horribles. Lloran por todo, ponen quejas… En el jardín… tú no sabes cómo son de fastidiosas.

—Pero esta niña es tu hermana, eso la hace la niña más especial de todas las niñas del mundo. También podrán jugar las cosas que te gustan, compartir secretos y hacer pijamadas. Y cuando seas más grande descubrirás que las mujeres son maravillosas.

Mariano se limpió la nariz con la manga de la camisa, hizo un esfuerzo por contener los sollozos y miró de reojo a la bebé. Julián lo tomó de la mano y se acercaron a la cama donde estaba Alicia. Julian cargó a su hija y se sentó en el sofá que estaba a un lado de la cama. Mariano se acercó con cautela y miró a su hermanita. Cuando sus miradas se encontraron una sonrisa se dibujó en el rostro de la bebé. En ese momento Mariano pensó que no estaba tan mal tener una hermanita.

—Papi, ¿puedo escoger el nombre?

 

Mónica Solano 

 

Imagen de Virvoreanu Laurentiu

Primeras doctoras de Ciencias de España. Las tres alumnas de Zaragoza que rompieron el techo de cristal

Del 19 de octubre al 17 de noviembre la Universidad de Zaragoza rindió un homenaje a las tres primeras doctoras en Ciencias en España: Ángela García de la Puerta, Jenara Vicenta Arnal Yarza y María Antonia Zorraquino Zorraquino, brillantes alumnas de Universidad de Zaragoza que defendieron sus tesis doctorales entre los años 1929 y 1930.

Del acto se ocuparon varios periódicos nacionales y regionales, entre otros el Heraldo de Aragón en los artículos La Facultad de Ciencias de Zaragoza homenajea a las primeras doctoras en España y Pioneras en las Ciencias desde las aulas de Zaragoza.

Este homenaje fue un detonante importante para conocer a las que nos abrieron caminos y para investigar sobre el papel de las mujeres en la Ciencia. Es un tópico decir que el género ha sido un obstáculo importante para acceder a la Ciencia y para hacer Ciencia, pero los comienzos fueron así. Y los obstáculos continúan.

Las llamamos pioneras porque fueron las primeras, pocas y singulares. Por su  esfuerzo incalculable para abrirse un hueco en los estudios científicos, cuando estudiar e investigar estaba pensado solo para los hombres.

Con su excepcional inteligencia, con su gran capacidad de trabajo y con su brillante trayectoria académica e investigadora, consiguieron una posición destacada en la investigación de la Química.

Angela G. de la Puerta y Jenara Arnal

Ángela García de la Puerta (1903-1992) y Jenara Vicenta Arnal Yarza (1902-1959)

Las primeras licenciadas en Químicas

Los estudios de Ciencias en la Universidad de Zaragoza comenzaron en 1874, pero hasta 1915 no hemos encontrado ninguna chica. Las primeras licenciadas en Ciencias estudiaron Ciencias Químicas.

Donaciana Cano Iriarte, de la promoción 41, cursó la carrera entre 1915 y 1919.

Isabel León Pueyo, natural de Valladolid, estudió en Zaragoza entre 1918 y 1922.

María del Carmen Estremiana Antolín, natural de Logroño, se licenció en 1923.

Ángela García de la Puerta acabó en 1926 y en 1928 se convirtió en la primera doctora en Ciencias Químicas y en la primera catedrática de Física y Química.

Jenara Vicenta Arnal, era del curso de Ángela García de la Puerta, pero se doctoró y aprobó las oposiciones de cátedras en 1930.

María Antonia Zorraquino Zorraquino, se licenció en 1925 y en 1930 leyó su tesis en Bioquímica.

Las tres primeras doctoras en Químicas en España

ÁNGELA GARCÍA DE LA PUERTA (Soria, 26 de diciembre de 1903-Zaragoza, abril, 1992)

Angela G. de la Puerta. 4

 

Su padre era Maestro Nacional y ella cursó los estudios primarios en las escuelas graduadas. Estudió bachillerato en Soria, con premio extraordinario, y en 1922 acabó los estudios de Maestra Superior en la Escuela de Maestras de Soria. Después se trasladó a Zaragoza a estudiar Ciencias Químicas. En 1926 se licenció con premio extraordinario. En Zaragoza realizó la tesis doctoral Contribución al estudio de los potenciales de oxidación, dirigida por el profesor A. Ríus, catedrático de Química Analítica y, como muchos de sus compañeros, la defendió en Madrid en 1928.

Por la excepcionalidad de su carácter y de su expediente, recibió numerosos homenajes. Uno de ellos, en 1928, junto con Jenara Arnal, por su nombramiento como profesoras auxiliares de la Facultad, en el Casino de Zaragoza. Ese mismo año el Ayuntamiento de Soria le rindió un homenaje por su cátedra. El rector de la Universidad de Zaragoza le impuso la medalla de catedrática y glosó sus extraordinarios méritos.

Ejerció en los institutos de Ciudad Real y en el femenino de Madrid. En septiembre de 1932, se trasladó al recién creado Instituto Miguel Servet de Zaragoza, donde permaneció hasta su jubilación en 1973. El mismo año que se incorporó la nombraron secretaria y, desde 1936 hasta 1942, fue directora. Así se convirtió en una de las primeras directoras de instituto de España y la única del Instituto Miguel Servet, hasta que en el año 2.000 fue elegida Marina Sanz.

Se casó con el soriano Agustín Alfaro, un ingeniero agrónomo que investigaba en la Fitopatología Agrícola para acabar con las hambrunas del campo español.

La profesora García de la Puerta también destacó por su importante tarea investigadora. Entre 1926 y 1928, cuando era ayudante de clases prácticas y auxiliar de Química Analítica, trabajó en los Laboratorios de Química Teórica y Electroquímica de la Facultad de Ciencias y en el  Laboratorio de Electroquímica de la Escuela Industrial de Zaragoza.

Entre 1930 y 1931 realizó investigaciones en el Laboratorio de Electroquímica de la Escuela Superior del Trabajo.

En 1932 solicitó una beca de la JAE para trabajar en la Technische Hochschule de Dresde sobre Electroquímica, con el profesor Müller.

JENARA VICENTA ARNAL YARZA (Zaragoza, 10 de septiembre de1902-Madrid, 27 de mayo de 1959).

Jenara Arnal. 1

Era hija de un jornalero. En 1921 obtuvo el título de Magisterio. En 1923 terminó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Continuó los estudios en la Universidad de Zaragoza y en 1926 acabó la Licenciatura en Ciencias Químicas con sobresaliente.

El día 6 de septiembre de 1929, defendió con gran brillantez su tesis, Estudio potenciométrico del ácido hipocloroso y de sus sales, y se convirtió en la segunda doctora en Ciencias Químicas de España. En 1930 le concedieron el premio extraordinario de doctorado. Fue compañera de Ángela García de la Puerta, a quien le dedicó la fotografía con que ilustramos esta biografía. Las dos amigas tenían un currículum parecido y compartieron estudios, investigaciones, publicaciones y homenajes.

Desde 1926 fue ayudante y auxiliar de Química Inorgánica y Ampliación de Física de la Facultad de Ciencias de Zaragoza.

En 1930 aprobó las oposiciones a Cátedras de Física y Química, en las que obtuvo una plaza en el recién creado Instituto de Calatayud (Zaragoza). A continuación solicitó puestos interinos en varios institutitos: en el Instituto Infanta María Cristina de Barcelona, en el de Bilbao y en el Velázquez de Madrid. En este último, desde 1932 hasta 1936.

Estando en Velázquez estalló la Guerra Civil y la dejaron sin funciones docentes hasta septiembre de 1937. Doña Jenara, desde Zaragoza, solicitaba la rehabilitación en su cargo. Pero no lo conseguía porque la Comisión de Depuración estaba investigando su conducta y las actividades que había realizado desde julio de 1936.

En noviembre de 1937, la Delegación de Orden Público de Zaragoza decía en un informe que la profesora Arnal gozaba de la protección del diputado de Izquierda Republicana, Honorato de Castro, y que sus actividades habían sido dudosas durante su estancia en Madrid. Ella negó todas las acusaciones.

En su defensa, contó con los informes favorables de Gonzalo Calamita, profesor de Químicas y rector de la Universidad de Zaragoza, y de Miguel Allué Salvador, catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Goya de Zaragoza y presidente de la Diputación. Los dos habían sido profesores de Jenara Arnal y, en ese momento,  los dos eran miembros de las Comisiones de Depuración de docentes.

El 5 de noviembre de 1940 la Comisión de Depuración de Madrid proponía su readmisión, sin imposición de sanción, como catedrática del Instituto Beatriz Galindo de Madrid, donde fue vicedirectora y directora y ejerció hasta su muerte.

En 1930 había estado pensionada por la Junta para la Ampliación de estudios en Alemania y en Basilea (Suiza), en el Instituto de Química Inorgánica, dirigido por el profesor Fichter. Allí orientó su trabajo a la investigación científica en Físico-Química y Electroquímica. Visitó distintos centros de enseñanza de Suiza, Francia, Bélgica, Inglaterra y Holanda.

En 1947, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas le concedió una pensión para viajar a Japón y a otros países del Extremo Oriente como delegada de la sección de Intercambios Internacionales.

Revistas españolas y extranjeras se hicieron eco de muchos de sus trabajos de investigación y de sus experiencias pedagógicas. Publicó también algunos manuales de Física y Química. Y tradujo del alemán la Historia de la Química de Bauer y la Historia de la Física de Kistner.

MARÍA ANTONIA ZORRAQUINO ZORRAQUINO (Zaragoza 29 de marzo de 1904-22 de noviembre de 1993)

Antonia Zorraquino. 2

Era hija de un destacado industrial zaragozano, propietario de una conocida fábrica de chocolates. Cursó los estudios primarios, y parte de los secundarios, en colegios privados. En 1921, junto con María Buj Luna y Margarita Palomar, acabó el Bachillerato como alumna oficial del Instituto General y Técnico de Zaragoza, actual Instituto Goya. Esta destacada alumna, aficionada al estudio, decidió continuar con su formación universitaria.

En una visita al laboratorio del doctor Antonio de Gregorio Rocasolano, amigo de su padre, tuvo ocasión de mirar a través del microscopio: “Me causó una impresión enorme ver todo aquel mundo inapreciable a simple vista. La cantidad de partículas que se movían. Era emocionante. A partir de ahí decidí estudiar Químicas”.

Cusó los estudios desde 1921 hasta 1925, en la promoción 47. Era la única chica en un curso de veinticuatro alumnos. Acabó la licenciatura, realizó la tesis doctoral en Zaragoza, dirigida por el doctor don Antonio Gregorio Rocasolano, sobre Investigaciones sobre estabilidad y carga eléctrica de los coloides, y la defendió en Madrid en 1930.

Su formación académica y el interés de sus trabajos de investigación hacían suponer que iba a desarrollar una brillante carrera profesional: “Me hubiera encantado, pero mi marido no me dejó. En aquella época el trabajo de la mujer fuera de casa suponía un menoscabo para el hombre”.

María Antonia Marín Zorraquino

María Antonia Marín Zorraquino

Se había casado con Juan Martín Sauras, catedrático de Química Inorgánica destinado en Santiago de Compostela que, en 1936, volvió a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza. En esa misma universidad, su hija, María Antonia Martín Zorraquino, catedrática de Lengua Española en el departamento de Lingüística General e Hispánica, realizaría la brillante carrera que no pudo hacer su madre.

Principales fuentes de información

Prácticamente todo lo que sabemos sobre estas científicas se lo debemos a cinco catedráticas de dos institutos de Zaragoza: Cristina Baselga Mantecón, Piluca Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó e Inocencia Torres Martínez, mis compañeras del Instituto Goya. Y a Carmen Magallón Portolés, del Instituto Avempace, cuya tesis doctoral, en 1996, trató sobre las pioneras españolas en las ciencias.

Piluca Fernández Llamas, catedrática de Matemáticas,  es un ejemplo vivo de pionera en las genealogías femeninas. En 1980, el Ministerio de Asuntos Sociales le subvencionó su estudio Mujeres en la Ciencia. A finales de los ochenta, rastreó los archivos del Instituto Goya con sus alumnos buscando a las primeras alumnas, cuando el Goya era mixto por primera vez. En 1990, su estudio, Influye el sexo en las elecciones académicas (Tercer premio de Investigación Educativa), fue una revelación. En 1996, organizó un exitoso homenaje a las primeras alumnas del Goya.

Carmen Magallón Portolés, catedrática de Física y Química, biografió a estas tres científicas en Pioneras españolas en las ciencias. Las mujeres del Instituto nacional de Física y Química, publicado en 1998 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Este libro sacó a la luz las aportaciones de las mujeres a las ciencias físico-químicas en España en el primer tercio del siglo XX.

Cristina Baselga Mantecón, catedrática de Inglés, Piluca Fernández Llamas, catedrática de Matemáticas, Concha Gaudó Gaudó, catedrática de Historia, e Inocencia Torres Martínez, catedrática de Filosofía, completaron las biografías de estas científicas con datos de archivos y entrevistas personales, en la exposición Pioneras de la educación en Aragón. Y ampliaron el contexto y las biografías en el artículo Pioneras en la educación secundaria en Aragón: “Las primeras bachilleres, las primeras profesoras y las primeras directoras de Instituto en Zaragoza”

María Ángeles Delgado Martínez y José Damián López Martínez, en 2004, aportaron muchos datos de interés con su estudio De analfabetas científicas a catedráticas de Física y Química de Instituto de España: el esfuerzo de un grupo de mujeres para alcanzar un reconocimiento profesional y científico.

Para terminar

Con este artículo quiero reconocer y divulgar el mérito de las mujeres que han conseguido sobresalir luchando a contracorriente.

Me gustaría contribuir a que nuestras pioneras fueran un modelo a las nuevas generaciones. Y me consideraría muy afortunada si mis palabras sirvieran de estímulo para que otras sigan sus pasos. Aquellas mujeres sabían que estaban abriendo un camino, porque experimentaron en sus propias carnes las dificultades que les ponía un sistema educativo concebido solo para los hombres. Hoy no hemos acabado de recorrerlo y los obstáculos, aunque de nuevo signo, siguen siendo los mismos.

Antes de acabar, quiero dar las gracias a mis compañeras por haber abierto este camino en la investigación feminista. Con su esfuerzo y con sus publicaciones mis líneas se han visto muy enriquecidas.

Carmen Romeo Pemán

Tríptico por detrás

Mi última carta de amor

María:

(Sonrío, porque no sé cómo empezar. –Suelto el bolígrafo y miro tu foto–. ¿Querida María? ¿Hola, María? ¿Qué tal, María?)

A lo largo de mi vida he maldecido y bendecido Internet a partes iguales, pero nunca tanto como cuando se ha tratado de ti.

En nuestra época de críos,

(sí, críos, esa rara especie, hoy en peligro de extinción porque se van convirtiendo en adultos en miniatura que a los diez años ya están de vuelta de tantas cosas –Miro tu foto otra vez y me parece verte sonreír.)

no podíamos imaginarnos que el futuro derribaría barreras que creíamos eternas, como el tiempo o el espacio, y que surgirían nuevas tecnologías como las de hoy. Cuando la vida nos separó, no podíamos soñar con que Internet, como una varita mágica, sería capaz de poner en contacto a personas muy distantes. En aquella época trasladaron a tu padre a otra ciudad, y tu partida nos supuso el adiós definitivo. Entonces solo existía Correos o, en contadas ocasiones, el teléfono. Y tú y yo, con lo cortos de genio que éramos, ni siquiera contábamos con esos recursos. ¡Cómo iba a pensar en llamarte o escribirte cuando te mudaste con tus padres a casi mil kilómetros de mí! Si yo era tímido, tú lo eras más. Con quince años nuestra timidez era tan extrema

(porque quiero pensar que a ti te ocurría lo mismo que a mí)

que apenas nos mirábamos cuando estábamos en la misma habitación. Me daba terror pensar que pudieras adivinar mis sentimientos, que mi amor por ti, ese amor primero, irrepetible, quedara expuesto, desnudo…

María…

Si lo nuestro hubiera empezado alguna vez, si al menos te hubiera pedido salir contigo, a lo mejor a estas alturas estaríamos ya hasta los pelos el uno del otro. Pero nuestra historia nunca llegó a ser nada, no pasó de ser un sueño, un deseo, una fantasía. Y se quedó fuera del tiempo, congelada en un milagro de eterna juventud, de ilusión imperecedera, donde la magia del futuro vive a salvo de la monotonía y de la desilusión del pasado. De un pasado que es solo un folio en blanco porque la vida no escribió nada en él. Separarnos, sin habernos llegado a juntar, me ha dejado

(¿y a ti? ¡Ojalá lo supiera!)

siempre abierta una puerta a la esperanza, al millón de historias que podríamos haber vivido. Y no importa lo que pase porque, en cada instante y en cada segundo, mi mente y mi corazón pueden echar a volar sin ataduras, y pueden construir un universo cuyo punto de partida hubiéramos sido, ¡cómo no!, tú y yo…

María…

Me haces desbarrar. Da igual que hayan pasado treinta años. Pero esta vez no puedo callarme, María. Después de tanto tiempo, has usado la llave de Internet para volver a abrir la puerta de mi alma y entrar en mi vida sin invitación.

(¿Te duele esto último? ¿Temes que no te guste lo que te voy a decir? –La mente me gasta una broma cuando miro tu foto. Ahora veo una arruga vertical en mitad de tu frente.)

Te iba a decir que lo siento. Iba a tachar esas dos palabras, “sin invitación”, pero no voy a hacerlo. Porque yo también te he buscado en Google. He intentado seguir tu estela, pero no a costa de romperla, como has hecho tú con la mía. Lo mío ha sido un ir detrás, igual que una mascota, sabiendo que tú siempre mirabas hacia delante y ni siquiera me veías. Lo tuyo ha sido otra cosa. Tú me has buscado, te has plantado delante de mi cara. Eres un fueraborda y has revuelto esas aguas tranquilas por las que mi vida transcurría. Y no tenías derecho. Al menos, no de esa forma.

(Sé lo que vas a decirme. –Tus labios parece que se mueven, y tapo la imagen de tu boca con mis dedos–.  Pero deja que lo diga yo por ti.)

Ahora me dirás que no hay nada de malo en localizar viejas amistades por Internet para saber de ellas. Cierto. Yo también quise agarrarme a esa frase y estuve a punto de teclear más de una vez para ponerme en contacto contigo. Pero al final, me pudo la prudencia. O el cariño. O el respeto. Porque siempre me frenaba el mismo pensamiento: no sé nada de ella. Si está casada, o divorciada, si es feliz, si se acuerda o no de mí, si… si puedo hacerle daño. Hasta ahí llegaba yo, María. Y por eso, por no querer arriesgarme a lastimarte, me llevaba las manos a la boca, y me mordía las uñas, y me tragaba las lágrimas haciendo un llamamiento a la razón para pedirle que esas lágrimas bajaran a mi estómago. Y que allí ahogaran a esas mariposas tan tópicas y típicas de las novelas rosas que, a mis años, volvían a hacer su nido en ese sitio.

María… ¡ah, María!…

En este último año has hecho de mi vida un torbellino. Los WhatsApp, los emails, ese encuentro improbable pero que, por milagro, fue posible, a mitad de camino entre nuestras ciudades. A mitad de camino de ese año. Esa tarde delante de un café, desgranando recuerdos…

(Dos encuentros en treinta años no son muchos ¿verdad? Pero pueden ser casi toda una vida. –Ahora, desde tu foto, me llega desvaído el olor del perfume que usabas–. Deberías leer la novela de “Los puentes de Madison County”. Tal vez así me entenderías)

María…

Esa tarde de hace solo seis meses es para mí un antes y un después. Un café compartido que iba a durar apenas media hora, que al final fueron cuatro. No me lo podía creer. Tú y yo hablando sin parar, dejando salir a borbotones, disfrazadas de anécdotas de críos, todas aquellas cosas que nunca nos dijimos. Yo, riendo y bromeando, envalentonado con la risa que bailaba en tus ojos, y diciéndote cómo bebía los vientos por tus huesos. Y tú… y tú, María, callando y asintiendo. Y yo, pobre de mí, alimentando la hoguera de tu vanidad

(o eso creo ahora)

con el único combustible de mi cariño eterno…

Y luego, al darnos cuenta de lo tarde que era, tuviste que irte a toda prisa. Perdías el autobús. Y entonces, a punto de subirte, ya con la mano puesta en la barra de la puerta, me robaste lo que habías venido a buscar: un solo beso. Que casi ni fue un beso. Un roce de un segundo. Pero no en la mejilla. Tus labios en mis labios.

(Te llevaste contigo ese momento, lo mismo que un ladrón. Y no tenías derecho).

Sé que somos adultos, María, pero eso no se hace. Has jugado conmigo. Has dejado que yo, cegado por el brillo del pasado, me haya planteado incluso tirar por la borda mi vida de ahora, ¡qué locura!

Esta vez no he callado. No he querido callar. Tú has dado el primer paso y, como un náufrago, me he agarrado a ese cabo que has lanzado desde tu altura. Pero me has engañado. No me querías a bordo de tu barco. Has dejado que ponga mi alma al descubierto, que te escriba, que te cuente lo mucho que te quise, lo mucho que te quiero.

Pero eso ha sido todo.

Y cuando has comprendido lo que habías desatado, has dado marcha atrás. Me dices que lo único que querías era tener noticias de tu amigo de infancia, que eso soy para ti, un simple amigo…

María…

No sé si ha sido el miedo. Posiblemente, yo me haya equivocado al juzgar tus acciones. Pero tus actos, lo que has hecho, y mucho peor aún, lo que no has hecho, lo que no has dicho… Me has herido de muerte.

Pero no te preocupes. Que ya estoy terminando de contártelo todo.

Mi amigo más querido se ha negado a dejarme en la estacada. Le duelen mis heridas,

(no como a ti, a pesar de ser tú quien me las ha causado. –Ahora en tu foto, sin poder evitarlo, escondes tu vergüenza tras tu pelo y agachas la cabeza.)

ha pasado a mi lado, día tras día, el duelo que he tenido que vivir por ese amor que ha muerto. ¡Mataste tantas cosas, María! Convertiste en cenizas algo que yo tenía, algo que era inmortal. Arrasaste mi rincón más privado, el altar que mantenía viva mi fe, mis esperanzas, mis sueños, ¡sí, mis sueños!, porque ya se encargaba la razón de decirme que de nada me iban a servir todas mis fantasías. Todo eso lo rompiste, María. Lo que vivía en tu ausencia ha muerto por culpa de tu presencia. ¡Y me da tanta pena…!

Eso quería decirte, María. Después de treinta años de silencio, tú has abierto la caja de Pandora, y eso me da derecho.

Y yo no estoy dispuesto a pasar otra vez la misma historia, ni a aguantar un segundo silencio durante otros treinta años.

Te debía estas palabras. Me las debía a mí mismo.

No he tirado mi vida por la borda. Y sigo vivo.

Puedo escribir todo lo que te he escrito, y el pulso no me tiembla.

Hoy mi único regalo para ti es esta indiferencia. Ni amor, ni odio, María.

(Por si quieres saberlo. –No debería seguir. Esta carta debería acabar aquí. Y, sin embargo…)

Pero anoche soñé que tenía otra vez quince años. Que estabas a mi lado. Desperté con el murmullo de mi mujer dormida junto a mí, como todas las noches.

Sin embargo… ¡era tan vivo el sueño, que ni siquiera supe al principio donde estaba!

La razón me abrazó con su manto, volví a cerrar los ojos para intentar recuperar el sueño. Para dejarte ir, y que tú me dejaras.

(Mi mano tocó entonces la almohada. Y su humedad, allí donde había estado mi cara, convirtió en un borrón toda esta carta.)

 

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Cinco cosas que sé gracias al NaNoWriMo

Un mes escribiendo sin parar. Un mes para conseguir plasmar una historia que no cuente, sino que muestre; que entretenga y, a la vez, que emocione hasta la lágrima o hasta la carcajada. Y todo con palabras. Cincuenta mil palabras, exactamente. Esperad, que lo pongo en números, que es más impresionante. 50.000.

50.000 palabras.

A principios de noviembre os hablé del NaNoWriMo, ese reto internacional que nació en Estados Unidos y que propone a los escritores noveles que se demuestren a sí mismos que son capaces de escribir el borrador de su novela en un mes.

Os confieso una cosa: no terminé el borrador de Dioses impíos, mi primera novela. Resulta que cincuenta mil palabras no fueron suficientes, cosa que ya suponía. Sin embargo, completé el reto y, al hacerlo, sentí un subidón emocional porque había conseguido algo de lo que no sabía si era capaz.

Nunca me importó equivocarme pero, ante algo así, me encantó haberlo hecho. Porque participar en el NaNoWriMo (NaNo a partir de ahora, por acortar) me enseñó muchísimas cosas, sobre mí y sobre la gente que me rodea.

Este es mi resumen.

NaNoWriMo Winner 2017  Dioses impíos Carla Campos

Puedo escribir prácticamente cada día

Ser una mujer independiente, con inquietudes y que no vive de rentas hace muy complicado esto de escribir. Sería muy guay tener una entrada de dinero mientras estoy en casa delante de la pantalla en blanco, lo reconozco. ¿Os imagináis? Me pasaría ocho horas escribiendo o, quizá, seis escribiendo y dos documentándome.

Sin embargo, para bien o para mal trabajo en algo que me gusta y, además, lo necesito, así que no tengo tantísimo tiempo. O eso creía.

Pensaba que no sería capaz de encontrar más tiempo para escribir que las tres horitas semanales que le dedicaba antes del NaNo.

Y era mentira. Solo hubo un día durante el mes de Noviembre en el que no pude escribir: el que pasé en Pompeya inspirándome para mi novela. Solo uno y, bueno, no se podía decir que no estaba trabajando en mi novela.

Como veis, todo lo que creía y me decía era puro autoengaño.

Escribir me ayuda a desconectar

Antes del NaNo, solía ponerme muchísimas excusas: “¿Escribir ahora que Valeria hace la siesta? Uff, no, mejor me tiro en el sofá y veo Netflix un ratito, sigo leyendo este libro o le doy caña al Candy Crush. Que, jo, yo también necesito descansar”.

Era cierto. En la época previa al reto, me sentía agotada por todas las cosas que tenía en la cabeza (el trabajo, la niña, la casa que me estoy intentando construir, la universidad…) y creía que el esfuerzo mental de escribir lo empeoraría. Gracias al NaNo, descubrí que todo lo que me quitaba el sueño y me acompañaba siempre desaparecía en cuanto me enfrentaba a mi novela. No solo no empeoraba mi cansancio mental sino que lo disipaba.

Creo que es el mes que me he sentido más relajada en últimos… no sé, ¿cinco años? ¿Diez?

La planificación es imprescindible para poder trabajar

Definitivamente, soy escritora de mapa. O una “Planster”, una escritora que ha encontrado el punto intermedio entre lanzarse a lo loco y tenerlo todo organizado al detalle. Para no quedarme en blanco necesito saber de dónde vengo, qué quiero decir y adónde voy. En caso contrario, me paralizo y no puedo aprovechar el poco rato que he conseguido arañar del resto de quehaceres diarios.

Con el NaNo aprendí que, teniendo un punto de partida y un pequeño esbozo de lo que debía pasar, no necesitaba saber exactamente qué recursos iba a usar aquí o allá porque la historia me pedía cómo desarrollarla para no atascarme. Le pateé el culo, con fuerza y saña, al bloqueo del escritor.

National_Novel_Writing_Month NaNoWriMo 2017 Badges Planster

Necesito presión para avanzar

Sé que mis obras no son perfectas, que no lo serían ni aunque le dedicara una hora a cada párrafo y que estoy muy lejos de conseguir la calidad que me gustaría. Es absurdo, por tanto, buscar esa perfección en el primer borrador, ¿no os parece?

Pues bien. Antes del NaNo, podía estar dos días para llenar media página porque escribía, me releía, reescribía, volvía a releer y lo borraba todo porque me parecía una mierda soberana.

Con el NaNo, debía llegar a las mil seiscientas sesenta y seis palabras al día para alcanzar las cincuenta mil, sin presiones y sin sprints. Eso me obligó a hacerlo sin pararme a revisar y dejar que las letras fluyan con calma pero sin pausa.

¡Qué bien me sentó! Fue muy liberador escribir una palabra tras otra sabiendo que aún había muchísimo tiempo para releerlo, dejarlo madurar, reescribirlo y corregirlo. Y decidí que, a partir de ahora, iba a trabajar así.

Tengo una familia que no me merezco

Aunque siempre intentaba escribir mientras mi hija dormía, no siempre era posible y, menos aún, entre semana. Y, los sábados y los domingos, escribir mientras dormía implicaba no aprovechar ese tiempo para estar con mi marido. Él, que estaba bastante acostumbrado (los dos lo estábamos, de hecho) a que estuviera ocupada haciendo otras cosas, aceptó perfectamente que pasara aún menos tiempo con él para poder escribir. Además de hartarse de verme delante de la hoja en blanco, me apoyó, me ayudó cuando tuve alguna duda y me escuchó mil veces hablarle de “Dioses impíos” hasta que tuvo que pedirme que parara porque se lo quería leer y, claro, se lo estaba destripando todo.

Además, aunque él llegara cansado o tuviera trabajo o le apeteciera, simplemente, estar a lo suyo con sus cosas, ha dejado de hacerlo para entretener a nuestra hija y regalarme lo único que no se paga con dinero: tiempo. Cada día.

En resumen

El NaNoWriMo fue una experiencia absolutamente fantástica, que me sirvió para conocerme mejor como persona y como escritora. Fue agotador, lo reconozco. Un par de veces, incluso, llegué a escribir tres mil palabras al día y, aunque en el momento me sentí muy bien, al terminar pensaba que el cerebro me caería hecho papilla por las orejas.

Sin embargo, recomendaría esta experiencia a cualquiera que le guste escribir. Más aún si tiene la suerte de rodearse de gente maravillosa (como el grupo que formamos para competir en el reto de La Maldición del Escritor para ver quién escribía más. ¡Hola, Brujulillas!) que comparten el reto.

El año que viene repetiré, seguramente con otra novela de fantasía que ya tengo en mente. Sin embargo, primero, debo acabar “Dioses impíos”. Reescribirla, corregirla. Pero de eso ya hablaremos.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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