O mío o de nadie

Cierra la puerta de madera azul silenciosamente y se dirige al salón. Allí están los envoltorios rasgados de los dos paquetes que le han entregado a primera hora de la mañana.

***

Abrió primero el más voluminoso. Había especificado que lo entregaran en ese horario. Así podría abrirlo a solas, cuando Antonio estuviera en el trabajo. Quería probarse su traje de novia sin testigos al menos una vez. Luego lo subiría al piso de Violeta, su mejor amiga, que vivía justo encima, en su mismo bloque. El día anterior las dos habían estado haciendo sitio en el armario de Violeta para guardarlo allí hasta el domingo, el día de la boda. Pero primero necesitaba vérselo puesto sin nadie más opinando a su alrededor. Entró al dormitorio, cerró la puerta azul, y se lo probó absolutamente todo. La ropa interior sin estrenar, la liga azul, los zapatos forrados de satén color blanco roto, a juego con la preciosa mantilla del vestido. Incluso se hizo un moño apresurado para poder ponerse también el tocado del pelo. Y con todo puesto volvió al salón a abrir el otro paquete, el pequeño.

Venía sin remite. Vestida de novia entró a la cocina y regresó con unas tijeras con las que cortó el hilo. Sonrió pensando si serían las primeras invitaciones de boda, las que no llegaron y le costaron un disgusto hasta que en la imprenta hicieron una nueva tirada a mitad de precio. ¡Vaya mal rato que habían pasado Antonio y ella! Estaría bueno que Correos hubiera decidido ahora enmendar la plana. Las guardaría como recuerdo de una anécdota que contar a sus nietos cuando los tuviera. Rasgó el papel sin contemplaciones y sacó lo que venía dentro de un sobre.

No eran invitaciones. Eran fotos. Un portal. Un coche. Un hombre saliendo del coche. Una cara visible en escorzo, a pesar de la capucha de la sudadera subida. Otro coche. Una mujer. Gafas de sol enormes, y unos pendientes que nadie más sería capaz de llevar puestos. El rótulo con el nombre del hotel. La puerta de una habitación. El número 123. Ropa tirada en el interior de la habitación. La sudadera en el respaldo de un sillón. Las gafas en el asiento. Una zapatilla deportiva de hombre. Unos tacones de mujer. La cama. Antonio. Violeta. Sus cuerpos mezclados. Sus ropas mezcladas. Pero sus cuerpos y sus prendas separados. Los unos entrelazados en la cama. Las otras desparramadas, vacías, obscenas.

***

Piensa que al cuadro de esa mañana solo le faltaba su ramo de novia. Nardos blancos. Pero ya no lo necesitará. Por su cara, maquillada solo con una sonrisa vacía, su pérdida se escurre en hilos de sal que escuecen y queman. Ahora el vestido parece aún más brillante por las manchas rojas que lo adornan, de un rojo más vivo que el de cualquier rosa. No soltó las tijeras en ningún momento desde que cortó el cordón del paquete. Ni mientras miraba las fotos, ni cuando se sentó en el sofá durante no sabe cuánto tiempo, ni al escuchar la llave de Antonio en la cerradura, ni cuando Antonio se acercó a ella con los ojos abiertos y asombrados al descubrirla vestida de novia.

Ahora, por fin, deja las tijeras húmedas de dolor y rabia roja sobre la mesa. Coge el móvil y llama a la policía. Tardan poco en llegar. Ella misma les abre. No se ha cambiado de ropa. Los agentes se miran, descubren las tijeras y el móvil sobre la mesa. Y ella, al ver que dan un paso hacia la puerta azul del dormitorio, pronuncia las primeras palabras desde hace varias horas.

–Deberían llamar al forense y esperar en el salón. –Se da cuenta de que los agentes son demasiado jóvenes, se compadece de ellos, y los tutea–. Ya he terminado. Mejor que no entréis ahí.

Adela Castañón

Imagen: Unsplash

Los viajes de Polonia

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

En la duermevela Polonia pensaba cómo había llegado hasta allí, desde el día que,  pasada la medianoche, se escapó de casa. Y  todo porque aquella tarde oyó a su madre que le decía a su padre que ya le había llegado la regla y  tenían que casarla pronto. Que las hijas solteras daban muchos quebraderos de cabeza. Además, aún les quedaban muchas bocas que alimentar.

Ese mismo día por la mañana había oído gritar por las calles:

—A componer sillas, el silleeero. Apresúrense, señoras, que es el último día.

Era la señal de que los gitanos, que llevaban varios días en la arboleda, iban a levantar el campamento.

Sin pensárselo dos veces, se levantó, salió en camisón y cogió el camino del puente. Cada vez que oía un ruido intentaba correr, pero avanzaba poco, que no estaba acostumbrada a andar descalza.

Cuando se acercó a la carreta se le echaron dos perros encima. Detrás llegó un chico de unos quince años, los cogió por el cuello y les hizo caricias en el lomo. Miró a Polonia y le preguntó:

—¿Te has perdido? —A la vez que le miraba las heridas de los pies.

—No, no —respondió Polonia con  resuello—. Es que no quiero seguir en mi casa. Me quiero ir con vosotros.

—¿Qué dices?

—Lo que has oído.

—¿Cómo te llamas?

—Polonia. ¿Y tú?

—Pues no lo sé. Todos me llaman Mundo. No sé si de Segundo o de Segismundo, que los dos son nombres corrientes.

Mundo cogió a Polonia de la mano y la ayudó a subir al carromato.

—¡Chist!, ¡chiss!, ¡chsss! A ver si no despertamos a nadie. Si te arrepientes, tiene que ser ahora. En menos de dos horas arrancaremos. Y, como este viaje no nos ha ido bien, mi padre dice que no volveremos más a este pueblo.

Se acostaron encima del saco de la paja de las mulas. Polonia temblaba, pero se quedó dormida cuando una mano la acarició con suavidad.

Al amanecer, el padre de Mundo los descubrió. Entonces Polonia le dijo que era una de las hijas del alcalde y que se quería ir de su casa.

—Así que eres hija del que nos ha denunciado por robar tomates en un huerto. —Le salía espuma por las comisuras de los labios—Sal ahora mismo de aquí, ¡zorra! Que antes de llegar a Luna nos detendrá por haber robado a su hija. —Abrió el toldo y la tiró al camino de un empujón.

Aún no se había repuesto del golpe, cuando pasó una caravana de trajineros y les pidió que la dejaran ir con ellos. Que se le habían roto las alpargatas y no había podido seguir a los pastores con los que bajaba desde Monte Alto. Estaba segura de que ya estarían cerca de Gurrea. Le pusieron unas abarcas, le dieron un trozo de pan seco y la dejaron dormir hasta Gurrea.

Allí se bajó y callejeando llegó a las afueras donde se encontró con una mujer que iba a coger el tren. Le contó lo mismo que a los arrieros y, además, que sus padres estaban de criados en Zaragoza, en casa de un ganadero que tenía los corrales cerca la estación. Y siguieron hablando hasta que oyeron el pitido del tren.

—Bueno, pues convenceremos al revisor. A ver si te deja viajar sin pagar. Ya verás como sí.

Ya en Zaragoza, justo al salir de la estación, se despidió de la mujer de Gurrea y se dirigió al Puente de Piedra. Pero antes de llegar, unos mozos muy jaraneros le dieron un susto. Así que, aunque las abarcas le estaban grandes, corrió que se las peló hasta que llegó al Pilar. Se notaba cansada y con dolor de estómago. Se sentó en el suelo y comenzó a pedir en la puerta del templo. Al momento unos mendigos la echaron a muletazos.

—¿Qué te has creído? Llegas la última y te saltas la cola. Además tú no estás tullida y puedes trabajar —le dijo uno que hacía alarde de sus muñones.

En eso estaban cuando una señora, con mantilla de blonda y rosario de nácar, echó una moneda al primero de la fila y siguió adelante.

—¿No necesitará usted los servicios de una doncella? —le dijo Polonia, cortándole el paso—. Sé hacer de todo. Y tengo muy buena mano para los niños.

Hablaron un poco al paso de la señora. Polonia la siguió hasta los bancos y se quedó junto a ella, durante la misa. A la salida volvió a seguirla. Como la buena mujer notó que Polonia ponía mucho interés, le dijo que vivía cerca y que podría cuidar a su niño de pocos meses a cambio del alojamiento. Eso sí, tendría que dormir en un camastro junto al lavadero. Y que si se portaba bien, como había hecho en misa, la dejaría asistir con las otras criadas a las escuelas dominicales.

Una mañana, cuando apenas llevaba una semana de niñera, al salir de casa con el crío, reconoció a uno de El Frago. Se dio cuenta de que él también la había visto y miraba fijamente el número de la casa. Así que cruzó la calle, en una esquina de la plaza más cercana abandonó el carricoche con el niño dentro y puso pies en polvorosa. Las otras niñeras dieron la voz de alarma. La señora buscó a los mozos de asalto y la denunció por haber atentado contra la vida de su hijo. Antes de llegar al Puente de Piedra, la detuvieron y la llevaron a un calabozo. A los dos días, estaba pensando en cómo escaparse a Barcelona, cuando se abrió la puerta de golpe y vio que se le acercaba un bulto. Enseguida reconoció la voz de su padre.

Hicieron el camino de regreso en silencio. Su padre no paró de gritar y azotar a las mulas. Desde ese día Polonia supo que pronto la casarían con un hombre de otro pueblo, que en el El Frago  había cogido fama de moza brava. Y también supo que su nuevo viaje no sería a tierras lejanas.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen. Carro de El Frago. Tarjeta postal. Foto de Ricardo Vila.

La niñez en el desván

Conduje despacio. Doblé el último recodo del camino, detuve el coche, me bajé y abrí la cancela de hierro. Cuando vi la casa al final del sendero de gravilla, acudió a mi memoria la primera frase de Rebeca, una novela de Daphne du Maurier: “Anoche soñé que había vuelto a Manderley”. La imagen de la casa se superpuso a la última que conservaba de ella en mis recuerdos: una mansión que se iba empequeñeciendo ante los ojos del niño de ocho años que yo era, de rodillas sobre el asiento trasero del coche de mi madre mientras nos alejábamos de allí. Aquel día ella me obligó a subir y nos marchamos con tanta prisa que ni siquiera dejó que me despidiera de nadie.

Dejé mi coche aparcado y me acerqué caminando despacio. La casa y las dos esculturas de los leones que flanqueaban la entrada principal fueron aumentando de tamaño a medida que me aproximaba, pero cuando llegué a la escalinata de acceso me sorprendí al encontrar que todo era más pequeño de lo que recordaba. Entonces empezó a soplar el viento y su rumor devolvió a las cosas el tamaño original. La voz del bosque que rodeaba la mansión, esa voz que solo un niño puede escuchar, se coló por mis oídos y violó mis defensas de adulto. Cuando puse el pie en el primer peldaño volví a sentirme sobrecogido por el susurro de unas hojas que me contaban mil historias cuando era un crío.

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscar la llave y mis dedos tropezaron con la carta del despacho de abogados. Me sabía su contenido casi de memoria y podría haberla dejado en el hotel, pero tocarla en ese momento me reconfortó. Era un consuelo absurdo, como si los folios fueran un lastre que impidiera que el viento me arrastrara por aquellos parajes que llevaba tantos años sin pisar. La carta era el recordatorio de que ya era un hombre adulto, el único heredero de la mansión de mi abuela. Suspiré, saqué la llave y terminé de subir los escalones mientras me aflojaba la corbata. Al llegar a la explanada me recibieron las ráfagas de polvo que siempre daban la bienvenida a cualquiera que pisara aquellas tierras en otoño. Miré al cielo. Las nubes se movían a mucha velocidad y me pareció que era la casa la que se desplazaba. El viento cambió y los rumores del bosque y del salto de agua que se escondía detrás de los jardines golpearon sin piedad las puertas de mi memoria.

En el interior todo estaba igual que entonces, aunque la habitación parecía haber encogido, quizá por culpa de las sábanas blancas que cubrían todos los muebles y les daban el aspecto de pequeños fantasmas. Cerré la puerta y abrí las ventanas mientras caminaba hacia la escalera que llevaba al piso superior. Acaricié con el dedo la barandilla de caoba por la que tantas veces me había deslizado cuando los adultos no me veían, me detuve en el descansillo y volví la cabeza. Abajo, los cristales abiertos dejaban pasar motas de polvo en suspensión que parecían bailar al ritmo de los sonidos que se colaban en la casa enganchados a ellas.

Recorrí las habitaciones una por una y llegué al final del pasillo del piso superior. Allí, al fondo, estaba la escalera volante que llevaba al desván. La trampilla estaba cerrada, pero habían dejado la escalera colgando, como una tentación que me llamaba. Tragué saliva, me acerqué y subí despacio. El tercer peldaño seguía crujiendo, igual que en mi niñez. Entonces ese ruido me avisaba cada vez que un adulto se acercaba a mi santuario, y el tiempo que tardaban en subir los cinco peldaños restantes me proporcionaba los segundos justos para preparar un recibimiento modélico. Casi nunca necesitaba hacer nada, pero a veces tenía que esconder a toda prisa algún trozo de chocolate robado de la cocina cuando me castigaban sin cenar, o la barra de labios de la abuela que cogía prestada de vez en cuando para pintar en mis soldados de juguete la sangre que daba verosimilitud a las batallas que libraban en mis manos. Allí, en aquellas alturas, junto a los papeles y cachivaches familiares, se apilaban mis recuerdos. En mi refugio siempre había ruidos. El salto de agua se escuchaba sin parar, y las ramas de los árboles eran allí más habladoras. Supongo que al ser más livianas y estar más altas, no les costaba trabajo hacerse oír.

Di media vuelta y, a punto de bajar, recordé mi escondite secreto. Sonreí, me quité la corbata y me agaché para levantar una tabla suelta que había en el rincón del fondo. No esperaba encontrar nada. Aunque me fui de la casa de modo precipitado, no había dejado escondido ningún tesoro importante. Por eso ahora, al asomarme a ver el hueco, me sorprendió encontrar un montón de cartas cubiertas de polvo y atadas por un lazo.

Me senté en el suelo y crucé las piernas igual que hacían los indios alrededor de una hoguera en las películas de mi infancia. Mi sonrisa se hizo más amplia al darme cuenta de que no adoptaba esa postura desde que salí de la mansión. Deshice con facilidad el lazo y empecé a leer.

Eran cartas de amor. A las voces del viento y del agua se sumó ahora el rumor del papel, de los folios que crujían cuando los sacaba de sus sobres, de sus tumbas de silencio. El sol se fue escondiendo y me acerqué al tragaluz para poder seguir leyendo. Me asomé al exterior y la casita de los botes apareció ante mis ojos. Entonces di un salto, miré la fecha de la primera carta y todo encajó en su lugar.

Las cartas, entre susurros, me estaban contando la verdad después de tantos años.

Reconocí la letra de mi padre en muchas, pero no lo reconocí a él en las palabras del hombre atormentado que asomaba entre las cuartillas apropiándose de su letra, de su forma de hablar. Y sin embargo era él.

De la letra de mi abuela no me acordaba y no la reconocí. Pero me costaba trabajo reconciliar su imagen con la de la autora de la otra parte de la correspondencia. Para mí, la abuela era eso: la abuela. Aunque no llevara moño, ni tuviera el pelo blanco. Aunque me contara los cuentos al volver de cenar con sus amigas sin detenerse ni a quitarse los tacones ni la pintura de labios. Pero la que se carteaba con mi padre era y no era esa mujer.

La primera carta estaba fechada al día siguiente de mi precipitada marcha con mamá. Papá no regresó con nosotros ese día a la ciudad, ni llegó a casa al día siguiente, ni al otro, ni al mes siguiente. Sencillamente, yo me quedé esperándolo, pero nunca regresó.

Y es que ese día, en la buhardilla, mi yo de ocho años solo recordaba lo divertido que estaba mientras espiaba con mis prismáticos a papá y a la abuela. Estaban en la casita de los botes, donde guardábamos todos los aparejos para cuando salíamos a pescar. Papá estaba colocado igual que cuando me enseñaba a lanzar la caña, y abrazaba a la abuela por la espalda. Recuerdo que pensé que era estupendo que le estuviera enseñando también a ella, y que quizá, por fin, la abuela habría decidido acceder a mis continuas peticiones para que viniera con papá y conmigo cuando íbamos de pesca.

Me sentía feliz, y estaba tan concentrado observándolos que no escuché crujir el tercer escalón. Y entonces mamá entró, me vio y me quitó los prismáticos para mirar ella.

Acaricié las cartas. Me llevé el montón de sobres a los labios y, por fin, pude decir adiós a muchas cosas. Me despedí de mi niñez, y la imagen de espejo del lago en el que pescábamos se hizo añicos, dejándome ver ahora la historia del amor culpable que se escondía aquel día en la caseta y que mis ojos de niño vistieron de inocencia. Me despedí también de mi padre y de mi abuela. De mi padre, siempre serio, y de mi abuela, siempre guapa y con su sonrisa como el mejor maquillaje. Y perdoné a mi madre, siempre triste, al comprender que ella fue quien perdió más.

Salí del desván y cerré la trampilla. Y mi infancia, después de tantos años cautiva, encerrada en la buhardilla, escapó por el tragaluz y me dejó marchar.

Adela Castañón

 

rectangular brown wooden framed window at daytime

Imágenes: cabecera, Денис Токарь en Unsplash; final, matthew Feeney en Unsplash

La terraza de la calle Pasadena

“¡Buenos días, buenos días! Bienvenidos sean todos. Niños, niñas, señoras y señores, señoritas, jóvenes y ancianos. Bienvenidos a mi último día en la Tierra” gritaba Alegría desde la terraza de un edificio de cinco pisos.

—¡Alegría! ¡Desactivar! —gritaba Luciano desde el otro lado de la calle, con la voz crispada, rodeado por los transeúntes curiosos que se detenían a mirar el espectáculo.

—¿Pero miren quién ha venido a verme en mi última morada? Mi creador, el hombre que insiste en que yo, ¡yo!, señoras y señores, soy solo un arrumaje de cables y de programaciones mal instaladas. ¡Luciano! ¡Aplausos para Luciano!

Alegría aplaudió con fuerza sin quitarle la mirada a Luciano. Luego sacó una navaja de uno de los bolsillos del pantalón y se cortó el antebrazo. La sangre que brotaba a borbotones le baño el rostro, algunas gotas alcanzaron el suelo arrancando gritos y quejidos de las personas que la observaban.

—¿Te parece que las máquinas sangran así? ¿Te parece Luciano?

—¡Alegría! Es suficiente, por favor, baja de la terraza de inmediato.

—Ya te lo dije Luciano, hoy es mi último día en la Tierra, mi último día como la máquina que crees que soy. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estoy segura de que no lo recuerdas, para los hombres no es fácil recordar las fechas especiales. Yo sí lo recuerdo y lo recuerdo muy bien. Fue en esta misma calle, el 13 de septiembre de 2099. Traías puesta esa gabardina azul oscuro de cuero que te hace ver más bajo, unos lentes oscuros y ese sombrero trilby que tanto odio. Me crucé en tu camino y tropezamos. Mi bolsa se cayó al piso, te agachaste para recogerla y luego me preguntaste la hora. Las doce menos cuarto te respondí. Faltan pocos minutos para que sea la misma hora en que nos conocimos. Esa, Luciano, será la hora oficial de mi deceso.

—Alegría, baja de la terraza, no quiero volver a repararte, esta es la tercera vez en la semana que saltas en este mismo lugar, a la misma hora.

—¿Es decir que hemos vivido este momento más de una vez? ¡Pero qué mal ingeniero eres, Luciano! Tan malo que no puedes cambiar el resultado y tu estúpida máquina se suicida una y otra vez. ¡Bravo! Aplaudan al señor que verá morir a su creación una vez más.

Luciano se agarraba el cabello con fuerza y suspiraba. Sin quitarle la mirada a Alegría digitó el número de la oficina de Innovatroniks en su reloj de pulsera:

—Innovatroniks, buenos días, habla Samantha.

—Samantha, habla Luciano Conde, por favor, comunícame con el área de innovación y desarrollo.

—En un momento, señor.

—Innovación y desarrollo.

—¿Cristóbal? —pregunta Luciano.

—Hola, Luciano. ¿Cómo estás?

—Otra vez Alegría está en la terraza de la calle Pasadena.

—¡Mierda! ¿Y esta vez qué pasó?

—Creo que lo mismo de siempre, no lo sé. Esta mañana la activé como a las nueve horas, después de cargar los ajustes en la programación que me enviaste ayer. Parecía normal, se puso el pantalón blanco con la camisa naranja, se pintó los labios con el labial carmesí y se sentó en la sala, en silencio. Te juro que solo me fui a servir un café y cuando volví ya no estaba. Me imaginé que había vuelto a la terraza y, por supuesto, aquí está. Creo que la idea de implantarle que nos conocimos en una calle cualquiera de la ciudad, en un día soleado, acompañados por el sonido de los autos pasando a toda velocidad… ¡Esa estúpida idea de mostrarme como un caballero de resplandeciente armadura, fue una completa mierda! Y antes de que me lo digas, sí, sé que dije que era un buen recuerdo para marcar el instante en que empezaba a formar parte de mi vida, pero, Cristóbal, terminó siendo un virus, ¡le implantaste un puto virus! Ella utiliza ese recuerdo para lanzarse al vacío cada que se le cruza algún cable. Si no la reparas tendrán que devolverme el dinero o darme otra máquina, una que sí funcione.

El sonido de la navaja golpeando el piso interrumpió la conversación telefónica de Luciano con la empresa de tecnología que fabricaba a las androides desde el 2099, para cubrir el déficit en la población femenina desde que empezaron a nacer menos mujeres.

—¡Luciano! Quedan diez minutos para que me veas morir y quede en tu consciencia que no hiciste nada para evitarlo.

—A la mierda, Alegría, ¡salta! Salta de una vez, te prometo que no te volveré a reparar.

Las personas que estaban al lado de Luciano lo empujaban y le reclamaban que no la dejara morir, le reprochaban por ser insensible y no valorar la vida. “¡No la deje morir, por favor, haga algo!” le gritaban.

—¡Es solo una máquina!

—¿Estás seguro de que yo soy la máquina, Luciano? ¿Estás seguro?

 

Mónica Solano

 

Imagen de S. Hermann & F. Richter

 

La mejor elección

A veces, en la vida, llegamos a encrucijadas en las que hay que elegir. Y se me ocurrió imaginar un poema sobre una posible decisión que podría ser, o no…

La mejor elección

Mejor llenarme el alma con ese aire de vida

que consigue que las ramas de un árbol

susurren mil historias,

a dejar que mi boca se llene

de tierra de sepulcro que me asfixie.

 

Mejor buscar el verde de las hojas,

a dejar que me ahoguen los recuerdos

que, aunque son mis raíces,

ya están en el pasado,

y el pasado está muerto.

 

Mejor buscar valor en el futuro

y aprovechar mi vida,

que empeñarme en buscar en el ayer

a un fantasma que surge de la rabia

y del dolor de una ilusión perdida.

 

Pues tú abriste la puerta de esta historia

y dejaste que entraran en mi alma

primero, la esperanza,

y luego, la añoranza y la tristeza,

sin importarte mucho que me hirieran.

 

Y por eso te digo, aunque me duela,

que la historia y la puerta

hoy las cerraré yo.

Y lo mejor será que, desde ahora,

nos digamos adiós.

 

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

Jacinta del Esquilador

De las fragolinas de mis ayeres

Por las tardes Ramón trababa las caballerías en la arboleda de la fuente y se sentaba en la orilla del Arba hasta que oía las risas de Jacinta. La veía cómo escondía el cántaro entre los juncos y se acercaba hasta él dando saltos. Entonces se acariciaban hasta el anochecer. Cuando asomaba Venus, el lucero de la tarde lo llamaban ellos, Jacinta se arreglaba los pelos y llenaba el cántaro. Ramón se remetía la camisa, soltaba las patas de los animales y los abrevaba en el río. Después emprendían la subida al pueblo entre miradas furtivas y algún beso de escapadizo que Ramón le robaba. Se gustaban desde niños y no recordaban cuándo habían comenzado sus escarceos. Jacinta echaba cuentas: “Si ahora tengo veinte años, seguro que llevamos más de cinco”.

—¿Se puede saber qué te pasa hoy? —Preguntó Jacinta. Ramón miró al suelo y no le contestó.

—Pues, chico, te noto muy raro. —Siguió unos pasos en silencio—. Mira, hoy no me has hecho ni una caricia. Ni siquiera me has cogido de la mano.

—Anda, déjalo —le contestó sin levantar la mirada.

—¿Cómo quieres que lo deje? —Con voz entrecortada

Intentó besarlo en la mejilla, pero él apartó la cara. Y, al cabo de un rato, le contestó:

—Te he dicho que lo dejes. —Tiró del ronzal de la yegua que andaba rezagada—. Y no le des vueltas, por favor. Será que me ha atontado el aire de la tormenta que asoma por San Jorge. Que las tronadas de agosto son las peores.

—Mira, Ramón, no solo no lo voy a dejar, sino que quiero que me expliques algunas cosas que va contando la gente.

—¿Qué dices ahora? No entiendo nada. De verdad.

—¡Eres un cínico! Eso es lo que eres. Y además un mentiroso.

—Jacinta, por favor.

—Ni por favor, ni por nada. Vas a desembuchar todo ahora mismo. Ya sé que me la has pegado con otras, pero esta vez te estás pasando de la raya.

Ramón bajó aún más la cabeza. Jacinta dio un traspié, se le cayó el cántaro y se remojó entera.

—Bueno, pues con esta mojadura me tengo que ir corriendo no vaya a pillar una pulmonía. —Lo cogió por el brazo para darle un beso, pero él la apartó con un movimiento brusco.

Esa noche Jacinta no pegó ojo. Soñaba que lo tenía entre sus brazos, que se reían, que hablaban del futuro, que se casarían y tendrían hijos. Sabía que Ramón había tenido algún desliz con otras chicas. Eso no le importaba, estaba muy segura de que a ninguna le daba los besos como a ella. Que con ninguna le temblaban las entrañas. Pero esa tarde lo había notado arisco, como si se hubiera tragado un solimán.

Los días siguientes Ramón ya no volvió a abrevar las caballerías y Jacinta subía de la fuente por un atajo, así se alejaba las habladurías de las mozas y no tenía que dar explicaciones.

Antes de la sanmiguelada, el primer domingo de septiembre, los que fueron a la misa mayor oyeron las amonestaciones. Cuando el cura dejo de hablar se hizo un silencio general. La gente se acababa de enterar de que Ramón se casaba con la hija de Rocaforte, el cacique más poderoso de la redolada. Y todo había sucedido de la noche a la mañana.

Pero Jacinta no se enteró, que ese día había ido a la misa a las seis de la mañana. Así le dio tiempo a soltar el rebaño. Además, desde última vez que estuvo con Ramón, no quería encontrarse con nadie.

Por la tarde, cuando volvía al pueblo, una vecina que estaba mirando al río, se volvió y se hizo se hizo la encontradiza.

—Seguro que eres la única del pueblo que no se ha enterado —le dijo a bocajarro.

—Mala pécora, no me vengas a revolver las tripas.

Jacinta intentó deshacerse de ella y se arrimó a la pared, pero la vecina se le cruzó delante.

—Es que lo tienes que saber, Jacinta. No se habla de otra cosa en el pueblo.

—Pues no me interesan las habladurías de las chismosas como tú.

—Pero esto es una campanada muy gorda. Esta mañana han amonestado a Ramón.

Jacinta la miró con un rictus severo y aceleró el paso. Entonces la vecina la siguió y, levantando la voz cada vez más, le decía:

—Mira, es que estabas muy ciega. Tú dale que te pego con mi Ramón. Y se notaba mucho que él buscaba algo más. Has de saber que tú no eres de casa rica ni tienes las carnes prietas.

—¡Alcahuetaaaaa! —Jacinta se metió en su casa, dio un portazo y echó la tranca.

—Pues entérate de una vez. No es lo mismo ser Jacinta del Esquilador que la heredera de casa Rocaforte —gritó la vecina. Y el eco se fue metiendo en todas las cocinas.

A la mañana siguiente Jacinta del Esquilador se levantó temprano y, en lugar de coger el camino del corral de Vadarrey, donde encerraba las cabras, se fue andando por los ruejos del río. Y emprendió el camino Arba arriba.

Las noches serenas de agosto, cuando se esconde el lucero de la tarde, llega el eco de un canto hasta el Terrao. Dicen que baja por el Arba desde la fuente de Vallangosta, mientras Ramón abreva a las mulas.

Carmen Romeo Pemán

Historias encadenadas

Bárbara Gil, mi profesora del curso de Relato Breve en la Escuela de Escritores, me propuso el reto de enlazar tres microrrelatos que entregué en uno de los ejercicios. Acepté su propuesta y escribí este relato breve en el que mezclé esas tres historias con alguna cosa más. Y el resultado han sido mis Historias Encadenadas: 

No sabes con quién has dormido esta noche. He vivido a tu lado treinta años, pero solo he estado viva el último mes. Desde el día que entró el otoño. Desde el último día de vacaciones. Desde que partió tu tren y descubrí que me habías engañado. Desde que lloré por última vez.

Y desde que conocí al hombre de mi vida, aunque todavía no sé su nombre.

Mañana te despertarás al lado de este cuerpo que tanto te gusta, con su piel cuidada y su pelo teñido. Y entonces descubrirás que el alma que vivía encerrada en su interior, llena de costurones mal cicatrizados, ha alzado el vuelo y, esta vez, es para siempre. Porque hoy es el primer día del resto de mi vida y me marcharé de casa al anochecer.

***

Me marcho de casa al anochecer. Porque, por fin, he reunido el valor suficiente para seguir al hombre de mi historia. Camino detrás de él, a una distancia prudente, hasta la boca de metro. Dejo que se interpongan más viajeros trasnochadores para que no me descubra.

Cuando voy a acceder al andén, el torniquete de paso se bloquea.

Él sube al tren, las puertas se cierran, y veo cómo se aleja mi historia dentro del vagón.

***

Dentro del vagón del siguiente tren, mi cuerpo se desplaza persiguiendo mi sueño, pero la distancia entre nosotros no se acorta. Sin moverme del asiento, mi mente se pone en marcha y mis dedos emprenden una ruta de kilómetros de tinta mientras escribo esta historia en un cuadernillo ajado que siempre llevo encima.

***

En el cuadernillo ajado que siempre llevo encima dejo salir mi pena. Al vagón sube una mujer de pelo verde y, en la parada siguiente, una niña de la mano de un hombre. La niña mira el pelo, sonríe y le hace una pregunta a la mujer:

–¿Por qué tienes el pelo de color verde?

La mujer solo lo piensa dos segundos antes de responder:

–Porque soy medio elfa.

Y yo, que he dejado de lado mi dolor, empiezo una hoja nueva del cuadernillo. Allí, sobre el papel, la mujer del pelo verde se sentará frente a un ordenador y empezará a escribir una historia maravillosa sobre una tal Zoila, una chica medio humana y medio elfa.

***

El metro llega a final de trayecto. Cierro el cuadernillo y me bajo. Ahora mi dolor y mis historias pertenecerán a otro día y a otro vagón.

***

Cover Image

 

A veces salen historias sorprendentes cuando se mezcla la realidad con la ficción. Mi relato de hoy es ficticio salvo en un pequeño detalle: la mujer de pelo verde existe. Se llama Chiki Fabregat, es profesora de la Escuela de Escritores y ha escrito una trilogía preciosa cuya protagonista es Zoila, una muchacha medio humana y medio elfa. Os la recomiendo. 

Adela Castañón

 

Imagen de Manuel Alvarez en Pixabay

Todo sea por el amor

La noche que Diandra conoció a Ismael vio en sus labios carnosos y piel canela la personificación del amor. El amor medía uno con ochenta, tenía el cabello lacio y la barba tupida. Olía a colonia de Hugo Boss y se escuchaba como Vicente Fernández.

Como todos los viernes en la noche, Diandra se sentó en la barra del bar que frecuentaba desde hacía tres meses. Le pidió al barman un shot de tequila con limón y, como acostumbraba, observó con detenimiento a todas las almas que ocupaban el recinto. Esa noche había secretarias con sus jefes acariciándose bajo las mesas, compañeros que calmaban el estrés de una larga jornada de trabajo con jarras de cerveza. Amigos, novios, esposos, parejas que podían compartir sus miserias. Y ella. La única mujer solitaria en el bar, tomando tequila y preguntándose dónde estaría su media naranja, el príncipe azul del que hablaban los cuentos de hadas de su infancia. Mientras se tomaba el segundo shot de un solo trago, sintió que algo le rozaba la punta de los dedos. La respuesta a su pregunta estaba frente a ella, vestía una camisa blanca y pantalón de paño gris.

—Hola. Me gustaría invitarte a la próxima ronda. ¿Puedo? —dijo Ismael y se sentó en la silla que estaba desocupada junto a ella.

Diandra se quedó en silencio por unos instantes en un intento de procesar lo que estaba sucediendo. El amor quería pagarle el siguiente trago. ¿Podría ser verdad? Tantos años de espera y, ahora, por fin, estaba ahí, a unos cuantos centímetros y la miraba con deseo. Aunque Diandra no encontraba las palabras, asintió con una sonrisa y, en ese momento, Ismael le pidió al barman que sirviera los tragos.

Con los shots servidos sobre la barra intercambiaron algunas palabras. Cuando estuvo muy cerca de Ismael y pudo sentir la calidez que cubría toda su fisionomía, entonces supo que haría todo, todo lo que fuera necesario para tenerlo. “Así son las cosas del amor”, pensó, “entregarse por completo”. Si tenía que darle su vida entera servida con aderezo de almendras lo haría sin titubeos, dejaría que saboreara cada pedazo de su existencia, cada parte de su cuerpo. Para Diandra, entregarse por completo no sería un precio tan alto si así podía disfrutar de la compañía de Ismael y dejar de estar sola.

Desde aquella noche de septiembre se reunieron todos los fines de semana en el bar. Ocupaban las mismas sillas de la barra y se tomaban varias rondas de tequila. Los besos iban y venían, las caricias, las palabras susurradas al oído, el sexo. La mejor parte de todo fue cuando llegó el sexo, cuando pudo sentir la lengua de Ismael tocándole algo más que la boca.

Después de un mes de te amos y no puedo vivir sin ti, Ismael se fue a vivir con Diandra. ¡Qué días tan maravillosos! Cocinaban juntos, comían desnudos en la cama mientras veían películas de las novelas de Nicholas Sparks, se daban largos besos de despedida en la puerta. Diandra dormía con la camisa de Ismael y respiraba su aroma hasta quedarse dormida. Se esmeraba todos los días en ser la mujer perfecta, en tener el hogar ideal para vivir eternamente con el hombre ideal. La magia del amor inundaba cada rincón del nido que había construido con su príncipe.

—Diandra, necesito pedirte algo importante —dijo Ismael mientras jugaba con las manos de su amada.

—Puedes pedirme lo que sea, Ismael, sabes que haría cualquier cosa por ti.

—Diandra, sabes que te amo como eres, ¿verdad?

—Por supuesto. Lo sé, amor. Dime qué pasa —preguntó Diandra mientras le acariciaba la barba.

—Hermosa, es que —Ismael hizo una pausa, inhaló profundamente, se armó de valor y continuó—: Es que no soporto ver el dedo pequeño de tu pie, ¡es horrible! Es la parte más horrible de tu cuerpo, siento nauseas cuando lo veo. Si te lo quitaras serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo perpleja. Era una petición bastante peculiar, pero podía hacerlo. Podía entregarle cada parte de su cuerpo si era necesario para hacerlo feliz. El amor requiere sacrificios y mutilarse no sería un problema.

—Claro, Ismael. Eres mi vida. Si no te gusta mi dedo, mañana mismo buscaré un cirujano.

Ismael sonrió complacido.

La mañana siguiente, Diandra se puso en la tarea de buscar el cirujano que le amputaría el dedo del pie. No sería una tarea fácil, no había muchos cirujanos en Medellín que estuvieran dispuestos a mutilar partes del cuerpo por simple capricho, pero por dinero siempre había alguien dispuesto a hacer cualquier cosa, lo que fuera, y ella encontraría a esa persona. Y así fue, después de varias citas con especialistas, que le insinuaban que acudiera a terapia, encontró al cirujano que le cumpliría el sueño de ser perfecta para Ismael. Aunque tuvo que usar sandalias para poder caminar y sentía un dolor intenso que serpenteaba por su pierna adormecida, el esfuerzo valió la pena, había cumplido los deseos de su hombre.

Ismael la esperaba en la puerta mientras ella se acercaba renqueante con una sonrisa que le atravesaba el rostro. La cadencia de su cojera hizo que Ismael se lanzará a los brazos de Diandra a toda prisa. La sujetó con fuerza y luego se arrodilló para besar el vendaje ensangrentado. Estaba pletórico porque su amada había cumplido con sus demandas, pero al ver que solo se había cortado el dedo de un pie sintió una desilusión que lo dejó helado.

—Y, ¿el otro? ¿Por qué no te cortaste también el otro? —Preguntó Ismael con la voz crispada.

Diandra sintió un vacío en la boca del estómago. ¿Cómo había sido tan estúpida? Era obvio que tenía que cortarse los dos.

—¡Mañana! —dijo de repente, sin pensar en la procedencia de sus justificaciones—. El cirujano dijo que mañana, porque no podía cortarme los dos dedos el mismo día.

—Bueno —dijo Ismael aliviado y se puso la mano en el pecho. Recuperó el ritmo de la respiración y añadió—: Por un momento pensé que solo te habías cortado el del pie derecho.

Ismael se levantó y la abrazó de nuevo. Caminaron de la mano hasta la habitación y se recostaron en la cama. Se quedaron mirándose por horas, diciendo cuánto se amaban.

Al día siguiente, ella se cortó el dedo pequeño del pie izquierdo.

Pasaron los días y Diandra pudo quitarse las vendas. No estaba tan mal, en realidad esos dedos no cumplían ninguna función en sus pies y si hacía feliz a su hombre que no existieran ¿qué más podía pedir? Felices por siempre a cambio de unos dedos no era gran cosa.

—Diandra

—Dime, Ismael.

—¿Harías otra cosa por mí?

—Claro mi vida, lo que quieras, sabes que haría lo que fuera por ti, por verte feliz —contestó Diandra y se aferró al cuerpo sudoroso de Ismael.

—Es que… Es que cuando dormimos en cucharita, y tú eres la que me abraza, me estorba mucho tu brazo derecho. Sabes cuánto me gusta dormir así. ¿Podrías hablar con el cirujano para que te lo quite también? —Ismael se incorporó en la cama para expresar con mayor elocuencia lo maravillosa de su idea—. Podrías ponerte una prótesis para los quehaceres y en la noche te la quitarías y dormiríamos más cómodos, estaríamos más cerca y, además, serías aún más perfecta.

Diandra se quedó mirándolo por un instante y luego asintió varias veces con la cabeza. Lo abrazó con las lágrimas empapándole el cuello y le susurró al oído:

—Puedo darte un brazo, una pierna, la cabeza si eso te hace feliz. Pídeme lo que quieras.

Diandra no tuvo ningún reparo en las peticiones de Ismael. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, para que siempre estuviera a su lado, porque para ella eso era el amor, hacer todo por el ser amado y eso incluía quitarse cualquier parte inservible de su cuerpo.

Después de un año, cuando Diandra había mutilado más partes de su cuerpo y no quedaba mucho para cercenar, Ismael se fue de viaje y no regresó.

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

Escuelas dedicadas a maestras

 

#nuestrasmaestras

A Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó e Inocencia Torres Matínez. Mucho más que amigas. A ellas les debo parte de este y de otros trabajos.

Entrega Premios.1

El caso de Zaragoza

En el siglo XIX y principios del XX las escuelas recibían el nombre de la calle que las acogía. Así la escuela de la calle de las Armas, angular con la calle de la Golondrina, se llamó Escuela de las Armas, y también de la Golondrina, y a sus alumnas las golondrinas. Y lo mismo ocurría con la del Buen Pastor, en la calle del mismo nombre, y con la del Castillo, en un espacio que había pertenecido al Castillo de Palomar.

En Zaragoza, esta costumbre empezó a cambiar con el nacimiento de los grupos escolares de enseñanza graduada y la desaparición de las escuelas unitarias.

En 1914 el Ayuntamiento condecoró a Eulogia Lafuente, a Rosa Arjó y a Marcelino Lopez Ornat, y acordó poner sus nombres a tres grupos escolares de la ciudad. En 1919, a propuesta del concejal señor Faci, eligieron el nombre de dos maestras, Andresa Recarte y María Díaz, para dos escuelas.

A lo largo de un siglo se han ido bautizando los grupos escolares de la ciudad, pero solo siete han llevado el nombre de una maestra. A las anteriores les siguieron Ana Mayayo en 1969, Gloria Arenillas en 1981 y Patrocinio Ojuel en 2019.

En la mayoría de los centros optaron por nombres de maestros, como Cándido Domingo o Joaquín Soler, o por nombres de hombres célebres como Gascón y Marín, Joaquín Costa o Miguel de Cervantes.

A continuación expongo las semblanzas de las siete maestras que merecieron las placas en las puertas de las escuelas. La historia de estas mujeres, destacadas en su tiempo, se ha ido diluyendo con los años y, por eso, hoy nos cuesta recuperar las trayectorias de sus vidas y la memoria de sus trabajos.

rayaaaaa

Gloria Arenillas Galán (Zaragoza, 18 de noviembre de 1910-Zaragoza, 25 de febrero de 2005).

Gloria Arenillas.

El periódico La Voz de Aragón se hacía eco del triunfo obtenido por la asilada señorita Arenillas en los Cursillos de Magisterio de 1932. El presidente daba cuenta de su  éxito en las oposiciones, fue el número uno, y proponía que se le concediera el derecho a ocupar la primera vacante que se produjera en el Hospicio, cuando se renovara la enseñanza en el centro. (La Voz de Aragón, 18/12/1932).

En 1948 estaba destinada en la escuela de San Juan de Mozarrifar, cuando se adscribió al barrio del Cascajo. Posteriormente fue directora del Colegio Cándido Domingo, en el Arrabal, hasta que se jubiló.

En 1974 el Ministerio le concedió el ingreso en la orden de Alfonso X, en atención a los servicios de mérito extraordinario prestados como maestra nacional.

Colegio Gloria Arenillas

Gloria Arenillas en la Antigua Azucarera.

El actual Colegio Gloria Arenillas se construyó a finales de los años 70 en los terrenos de la Azucarera del Gállego, en el Arrabal. Al principio se llamó Colegio Nacional Mixto Urbanización Ríos de Aragón. En 1981, según Ángel López Folgar, que fue director del centro. se le puso el nombre de Gloria Arenillas, en recuerdo de la que fue directora del colegio Cándido Domingo, el otro grupo escolar del barrio. (Cfr. BOE, 7/10/1981)

Placa. Foto buena

Foto realizada en septiembre de 2019. Propiedad de Esther Carbó Carbonel, profesora del colegio Gloria Arenillas.

En 1919 las viejas escuelas del Arrabal, convertidas en un grupo escolar graduado, recibieron el nombre de Cándido Domingo, un célebre maestro.

rayaaaaa

Rosa Arjó Pérez (Huesca, 1876-Zaragoza, 1918)

Rosa Arjó-1

Doña Eulogia Lafuente nos habla de las satisfacciones que le ha dado la enseñanza. El día 6 de abril de 1914 le impusieron la Medalla de la Ciudad. En aquel acto le impusieron la Cruz de la Beneficencia a una discípula suya llamada Rosa Arjó, malograda en plena juventud, por su comportamiento heroico con unas niñas atacadas de tifus, entre las que se encontraba una hermana del actual jefe de la Guardia Municipal, señor Lloré. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente”. La Voz de Aragón, 03/09/1930)

Rosa Arjó Pérez era hija de Esteban Arjó Fraguas, un militar nacido en 1846, y de Amalia Pérez Mayo, nacida en 1852. Su hermano Esteban cursó el bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca, estudió Medicina en Zaragoza y fue médico titular de Alcampel, (Huesca). En 1934. Amalia Pérez, su madre de 82 años, María Arjó, una hermana de 56 años y profesión sus labores; y María Josefa, otra hermana, maestra nacional de 53 años, vivían en Zaragoza, en la calle Sobrarbe, 59.

Rosa estudió Magisterio en Zaragoza y comenzó a trabajar como auxiliar con Patrocinio Ojuel, la parvulista que introdujo el método Montessori en Zaragoza. En 1906, con la carrera recién acabada, la destinaron a Almazán (Soria), en 1907 aprobó las oposiciones y en 1908 llegó a la escuela El Castillo en el barrio de las Delicias, donde era directora cuando murió a los 32 años, víctima de la gripe.

En 1914 se casó con Julio Gargallo un contratista de obras de San Sebastián, que, en 1913, junto con Arturo Nicolás, llevó a cabo la construcción del edificio de la Caja de Ahorros de la calle San Jorge. El proyecto era de los arquitectos Ramón Cortázar y Luis Elizalde, también de San Sebastián. Julio Gargallo, además, era copropietario y consejero La Voz de Guipúzcoa, un periódico que vivió desde 1885 hasta 1928.

En 1915 nació su hija Ignacia. Y la niña aún no había cumplido tres años cuando murió su madre. Ignacia Gargallo Arjó se casó con Mateo Lacarte Álvarez, de una conocida familia de industriales zaragozanos. En 1933 Julio Gargallo residía accidentalmente en Zaragoza en casa de su hija.

Don Julio Gargallo está enfermo en casa de sus hijos los señores Lacarte Gargallo. (Cfr. La Voz de Aragón, 04/01/1933)

Rosa Arjó y las colonias escolares de verano

Desde 1912 tenemos noticias de su participación en las colonias escolares de verano. Ese año estuvo de directora de las de Biescas, y con ella fue de auxiliar su hermana Pilar Arjó, (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 28/8/1912).

En 1913 fue a las de Segura de Baños (Teruel) con 30 niñas. A los pocos días de llegar se declaró una epidemia de tifus. Se evacuaron las niñas no afectadas, pero Rosa se quedó en Segura con las enfermas. Durante todo el tiempo que estuvieron allí las cuidaba y todos los días mandaba una crónica al Heraldo de Aragón para mantener informados a sus padres.

En 1914 el Ayuntamiento de Zaragoza, en el mismo acto que otorgó la medalla de oro de la ciudad a Marcelino López Ornat y a Eulogia Lafuente Querejeta, le impuso a Rosa Arjó Pérez las insignias de la Cruz de Beneficencia por su comportamiento en Segura de Baños. Ese mismo año, el ministro Francisco Bergamín, que había asistido al acto de Zaragoza, les concedió a los tres la Cruz de Alfonso XII.

El Colegio Rosa Arjó

Colegio Rosa Arjó

En 1914 el Ayuntamiento puso el nombre de Rosa Arjó a la escuela del Castillo, donde ella estaba destinada.

Durante la II República se construyó una nueva escuela nacional mixta, llamada Pablo Iglesias, al final de la calle de San Antonio. Esta escuela, junto con la de Andrés Manjón, venía a sustituir a las antiguas escuelas del Castillo.

Al comenzar la Guerra Civil. se quitó el nombre de Pablo Iglesias y se recuperó el nombre de Rosa Arjó para el nuevo edificio.

El año 2000 se cerró el colegio por falta de alumnos, pero el edificio se siguió llamando Rosa Arjó.

Allí están ahora el Consejo Escolar de Aragón (CEA), el Centro Aragonés de Recursos para la educación inclusiva (CAREI) y la Prevención de Riesgos Laborales, Junta de Personal y Confederación San Jorge (FAPAR).

rayaaaaa

María Díaz Lizardi (1856-¿?)

María, hija de Rafael Díaz y Narcisa Lizardi, era la mediana de seis hermanos. Pero, hasta ahora, he encontrado pocos datos sobre sus orígenes y su formación inicial.

María Díaz Lizardi. FOTO.1

Los comienzos profesionales

En 1890 estaba destinada de maestra en Zaragoza, con título superior, sueldo 2.000 pesetas, 8 años, 7 meses y 18 días de servicios, cuatro oposiciones. En 1891 iba la sexta en una lista de maestras propuestas para cubrir una vacante en una escuela de niñas de Madrid. Después estuvo destinada en Teruel, en Barcelona y en Tarragona, como maestra de la Escuela Normal.

1905-1926: veintiún años en la Escuela Normal de Zaragoza

En 1905 volvió a Zaragoza como Maestra de la Sección de Ciencias de la Escuela Normal de Maestras, donde ejerció veinte años, hasta que se jubiló en 1926.

Había asentado su vivienda en la plaza de Lanuza 20, cercana a la escuela del Buen Pastor, que lleva su nombre. Después de su jubilación mantuvo gran actividad en la Acción Católica de la Mujer de Zaragoza, donde figuraba como presidenta de la Sección de Magisterio.

Un incidente en 1908

No se sabe por qué motivo, en 1908 fue agredida por unas alumnas de la Escuela Normal. Y así se contaba en la Gaceta de Instrucción Pública:

SOBRE LA NORMAL DE ZARAGOZA Tenemos gusto en notificar a La Educación, nuestro estimado colega zaragozano, algún detalle de lo que ocurrió en la Normal de Maestras de Zaragoza en el mes de junio pasado. Doña María Guadalupe del Llano y Doña María Díaz Lizardi fueron dos profesoras agredidas. La primera en la calle al dirigirse a la Normal. La segunda dentro de la Escuela. Las citadas profesoras pueden informar a La educación, nuestro colega zaragozano, en lo relativo al nombre y número de las alumnas ofensoras. (Cfr. Gaceta de instrucción pública y bellas artes, 25/9/1908, p. 4).

Guadalupe del Llano Armengol, una profesora de la Escuela Normal de Maestras que, desde 1928 hasta 1931, fue directora de la Normal y jefe de la escuela de prácticas.

La Escuela María Díaz Lizardi

En 1919 se puso su nombre a la escuela de niñas de la calle el Buen Pastor. En una placa con su efigie aún podemos leer:

Homenaje de gratitud a la excelsa maestra que con gran abnegación guió a centenares de niñas hacia el bien y la instrucción. Sus discípulas perpetúan el nombre de quien les iluminó el corazón y la inteligencia con sus sabias enseñanzas y ejemplares virtudes. Zaragoza 21 de octubre de 1919. DOÑA MARÍA DIAZ LIZARDI

En 1929, se modificó el sexto grupo de la escuela nacional  María Díaz Lizardi. Hasta entonces tenía con cinco grupos grados. Y un sexto en régimen unitario.  Ese año pasó también al régimen graduado. (Cfr. La Voz de Aragón, 10 Marzo 1929)

En 1987 desaparecieron el colegio y el nombre. Hoy el edificio alberga el Centro de Formación de Profesores Juan de Lanuza.

rayaaaaa

Eulogia Lafuente y Querejeta (Roncal, Navarra, 1863-Zaragoza, 1932)

1930. Eulogia Lafuente. 1

Figuras zaragozanas. Doña Eulogia Lafuente, la mujer que estuvo 47 años al servicio de la enseñanza.

—¿Dónde ha ejercido los 47 años de profesión?

—En Zaragoza, todos en Zaragoza. He sido directora del Colegio de la calle de las Armas y del grupo escolar Gascón y Marín. ¡La de niñas que han pasado ante mí! ¡La de mujeres a quienes he enseñado de niñas! ¡Qué satisfacción tan intensa me proporciona pensar en esto! En mis primeros años de maestra solo existían en Zaragoza cinco o seis escuelas unitarias de niñas y teníamos una matrícula que no descendía de 130 y 140 alumnas. Y en estas condiciones, poco se podía hacer. (Cfr. A. Ruiz Castillo, “Figuras zaragozanas. Entrevista a Eulogia Lafuente con motivo de su jubilación”. La Voz de Aragón, 03/09/1930. De esta entrevista voy desgranando más cita en las líneas de este artículo).

Eulogia Lafuente se casó con Pedro Gómez Cuartero (Tabuenca, Zaragoza, 1857-Zaragoza, 1943), también maestro condecorado con la Medalla de Oro de la ciudad. Era hijo de una familia de agricultores y tiene dedicada una calle en su pueblo natal.

Pedro y Eulogia establecieron su domicilio en la calle San Miguel 52 y fueron padres de tres hijos: Eulogia y Pedro, profesores de la Escuela Normal de Zaragoza, y Mariano, médico. Y abuelos de cuatro nietos.

El día 6 de abril de 1914 Eulogia recibió la Medalla de Oro de la ciudad por ser maestra ejemplar y, ese mismo año, la de Alfonso XII:

Aquel acto fue brillantísimo y emocionante. También impusieron la misma distinción a aquel maestro de maestros que se llamó Marcelino López Ornat. Y la cruz de la Beneficencia a Rosa Arjó.

En abril de 1919, La escuela moderna publicaba el siguiente artículo:

Doña Eulogia Lafuente Querejeta ocupa la dirección de la graduada “Las Armas”, con título de Maestra  Superior. Ingresó por oposición. Posee muchos votos de gracias y comunicaciones laudatorias; está propuesta por la Junta Provincial para una recompensa especial por sus brillantes servicios docentes. Ha obtenido Medalla y Diploma de primera clase en Exposiciones, y la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza en recompensa a su excelente labor profesional. Tomó parte como vocal en oposiciones y coadyuvó en exposiciones, conferencias, fiestas escolares.

Se jubiló en 1930, a los 67 años, sin cumplir la edad reglamentaria, por motivos de salud. En ese momento era la directora del Gascón y Marín.

He cumplido 67 años y la gente dice: doña Eulogia, se conserva muy bien. Y es que muchos de los que me conocen creen que tengo bastantes más años. ¡Qué se le va a hacer!

Doña Eulogia. Por Juan Moneva

Juan Moneva y Puyol (1871-1951), catedrático de Derecho de la Universidad de Zaragoza, fue un escritor de prestigio. Si tenemos en cuenta que don Juan no se prodigaba en este tipo de alabanzas, debió ver grandes virtudes en doña Eulogia. Por razones de espacio, solo reproduzco algunos fragmentos y he omitido el signo convencional (…) de corte, para facilitar la lectura. En ningún caso los fragmentos quedan descontextualizados.

Mi primera memoria de maestras y maestros de la escuela pública de Zaragoza son doña Estefanía Castaños, aragonesa, notabilidad en su tiempo, pensionada por la Diputación. Don Epi- y doña Boni-, él –fanio y ella –facia, abnegada conyugia, que consumió su vida en educar párvulos. Doña Eugenia Azcoaga y Tellería, baska, creo que bergaresa, de faz sin pizca de hermosura, pero que se le iluminaba frecuentemente con una sonrisa de santidad y de una voz dulce, como acaso no he oído otra. La infeliz Paca Carnicer, si es infeliz quien muere joven, aunque muera piadosamente.

Doña Eulogia, si no de mis años, pues tenía algunos más que yo, era contemporánea mía. Del Roncal, su patria, en donde había usado el traje bello y rico, de las mujeres de allá, y el peinado de trenzas largas atadas al final con cintas de colores. Vino muy pronto a Zaragoza, maestra por oposición de una escuela pública. La señalaban como sobresaliente en su carrera. Desde las primeras veces que hablé con ella, noté que tenían razón.

No recuerdo dónde fue su primera escuela, ni cuándo se casó, sí cuándo tuvo cada crío, que hoy una es docente de Magisterio y otros dos son doctores. Ni me interesan esos datos del registro parroquial o civil. Voy a hablar aquí de cómo era, de cuerpo y alma. Pero, sobre todo, de aquello suyo que no perece, porque es inmortal.

Era alta, lo más que sirve para realzar la gallardía de una figura robusta en proporción. Erguida, de faz en óvalo prolongado, grandes ojos serenos, buen color, andar tranquilo, el decir como el andar, y una seguridad en los conceptos muy conforme a su andar y a su decir.

No era una purista del decir. Sabía hablar gratamente, correctamente, sin poner aristas vivas en las palabras esdrújulas, sin propender a los polisílabos eruditos, sin sacar el armario reservado de la Gramática los exotismos de algunos verbos irregulares. Y precisamente aquella señora era una especialista en Gramática.

Yo la traté mucho y en intimidad. Nunca la noté asustada por una osadía de concepto, ni deslumbrada por una frase brillante. Contestaba siempre tranquila, siempre a tono, cuando no con razones teóricas con atestados de experiencia.

Presencié su jubilación De aquella sesión recuerdo el discurso, todo emoción y afecto bondadoso de la inspectora Leonor Serrano.

Supe tiempo después, como el cuerpo de mi compañera y amiga era trabajado por una enfermedad horrible. (Cfr. La Voz de Aragón, 1932)

El Colegio Gómez Lafuente

En 1858, en la esquina con la antigua calle de la Golondrina se abrió la primera escuela de niñas del barrio, llamada de la Golondrina, dirigida por Antonina Vicente. Posteriormente la dirigió Eulogia Lafuente Querejeta (1863-1932), una eminente maestra que, junto a su marido Pedro Gómez Cuartero (1857-1943), dan nombre a la escuela desde 1933. Hablamos del centro de educación de personas adultas Gómez-Lafuente.

rayaaaaa

Ana Mayayo Salvo, “Doña Anita” (Buenos Aires, 1880-Zaragoza, 1968)

Ana Mayayo

Era hija de Andrés Mayayo (Layana, 1835-1905) y Ana Salvo Aguerri (Sádaba, 1845-1914), que emigraron a .Argentina como muchos de las Cinco Villas. Se casó con Pablo Punsac Causi (1878-1933), un comerciante, delegado de La Ibérica, una firma de seguros de incendios, que en 1910 ya estaba instalado en Zaragoza, en la calle San Carlos.

Ana y Pablo vivieron en la calle Cinco de Marzo, 4, y tuvieron dos hijos: María Teresa (1915-1998) y Jesús (¿?-1975). Su hija Teresa desde 1941 hasta su jubilación fue bibliotecaria de la Universidad de Zaragoza. Teresa Punsac Mayayo, a los licenciados de mi generación, nos inculcó el amor a los libros y nos enseñó las sendas de la investigación.

Trayectoria profesional

Ana Mayayo obtuvo el título de Maestra Superior en la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a los diecisiete años. Desde 1902 hasta 1907 estuvo destinada en Zaragoza. En 1907 se trasladó a Madrid y en 1909 regresó a Zaragoza.

En esos años obtuvo el título en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, donde se formaban los profesores de las Escuelas Normales y los Inspectores. En 1913 la nombraron directora del grupo escolar Los Graneros, así llamado por ocupar el antiguo almudí de la ciudad. En ese edificio está hoy el centro de personas adultas Concepción Arenal.

En 1923 pasó a dirigir  la escuela aneja a la Normal de Maestras. En 1929 también le adjudicaron la de los chicos cuando se quedó vacante. Y fue directora de las dos anejas hasta su jubilación en 1950. Como reunía la doble condición, maestra nacional y profesora de Escuela Normal, demostró una extraordinaria valía como directora de las escuelas anejas, donde tenía que enseñar a los niños y formar a las maestras en prácticas.

Otros cargos

Formó parte de la Junta Municipal de Primera Enseñanza. Desde allí impulsó el ropero escolar, la cantina y las colonias escolares. Como presidenta de la Asociación de Huérfanos de Magisterio, en los años 40, consiguió la construcción del Colegio de Huérfanos de Nuestra Señora del Pilar, edificio en el que hoy está el Instituto Miguel Catalán.

Ana Mayayo fue la “Habilitada” de Magisterio para los partidos de Sos, Ejea y La Almunia. En su época la figura del habilitado era muy importante. El habilitado, un intermediario con la administración, pagaba las nóminas a los maestros en las cuestiones económicas. Además, el habilitado en clases pasivas asesoraba y tramitaba las pensiones. En esta cuestión, los maestros estaban organizados por distritos judiciales y cada distrito tenía su habilitado, que era un cargo electivo y requería una preparación específica. En 1957 Ana Mayayo fue destituida porque se retrasó en el pago a algunos maestros. (Cfr. BOE, 03/06/1957)

Colegio Ana Mayayo

Se llama así desde 1969 el grupo escolar del Parque Palomar. Es el primero que se construyó después de su muerte. En el obituario que le dedicó Pedro Orós solicitaba que se pusiera su nombre al primer Grupo escolar que se construyera en Zaragoza.

rayaaaaa

Patrocinio Ojuel Pellejero (Zaragoza, 1877-1961)

Patrocinio Ojuel. 2

Mi abuela paterna, Patrocinio Ojuel, era maestra especializada en párvulos. Estudió en Francia y se trajo, entre otras cosas, el método Montessori. No te dabas cuenta de que estabas leyendo y a los tres años lo encontrabas tan natural como hablar, reír o llorar. (Cfr. Guillermo Fatás Cabeza, Pregón de la feria del libro de Zaragoza, 2013).

Guillermo y su yaya Patro

Mi abuela era una maestra fantástica. Ignoro cómo, pero había logrado estudiar en Nantes, de soltera. Nació en 1877 y en alguna foto que hay por casa parece que tendría como veinte años. Su padre, José Ojuel, era médico y no tuvo más que hijas de su mujer, Juana Pellejero. Imagino que intentó darles una buena educación, más allá de la consabida “cultura general” con la que se adornaba a las jovencitas de clase media. No sé cómo lo hizo, porque yo no tenía conciencia de estar aprendiendo nada, pero a los tres años me había enseñado a leer y a contar. Ella debía de tener unos setenta, era el colmo de la dulzura y de la paciencia. Tenía buen humor, hacía bromas, cantaba canciones muy graciosas y tocaba el piano. Ejerció muchos años como maestra especializada en párvulos, Insistía mucho en que se dotase a las aulas de mobiliario adecuado, móvil, para poder adaptarlo según momentos del día y del año, variar la disposición de los peques para que no se cansasen por la rutina, dar la clase en el exterior si hacía buen tiempo.

La Montessori era solo un poco mayor que mi abuela Patrocinio Ojuel, se llevaban unos siete años, así que la yaya Patro fue muy pionera, debió de enterarse enseguida de esa renovación. La Montessori empezó a ser famosa hacia 1910, o cosa así. Lo que no sé es dónde conectó la abuela con esas enseñanzas. (Entrevista a Guillermo Fatás Cabeza. Por Juan Domínguez Lasierra)

De su familia

José Ojuel Vela (1848-1908) médico y propietario y Juana Pellejero (¿?-1906) tuvieron varias hijas: Encarnación (¿?-1955), Pilar (¿?-1958) y Patrocinio (1877-1961). En 1874, don José ejercía en el hospital del Burgo de Osma, pero en 1892, ya estaba instalado en Zaragoza en la calle Cerdán, 10.

Patrocinio se casó con Guillermo Fatás Montes (1869-1940), también maestro. Vivieron en la calle Ramón y Cajal, 38. Precisamente en la escuela de esa calle ella ya era directora de la Escuela de Párvulos en 1908, es decir, antes de que aparecieran los grupos escolares. Y su marido fue director del grupo Escolar Ramón y Cajal desde 1913 hasta 1919, que pasó a dirigir el Gascón y Marín. Su hijo Guillermo (1919-1989) fue un destacado fotógrafo y director de cine, que en 1967 se quedó incapacitado por una operación quirúrgica. Su hija María, en 1941, como única heredera en este derecho, solicitaba la fianza que su padre prestó para garantizar su cargo de habilitado. (Cfr. BO, 02/11/1941)

De su profesión

En 1895 obtuvo el título de maestra en la Escuela Central de Maestros de Madrid. Además, se formó en Nantes donde aprendió el método Motessori.

En 1897 aprobó las oposiciones y le adjudicaron una escuela de Zaragoza. Justo al año siguiente también llegó a Zaragoza el que después sería su marido. En 1900, con menos de dos años de servicios, había aprobado dos oposiciones y tenía varios votos laudatorios.

Directora de la Escuela Maternal de Zaragoza

Este centro se había creado en 1896 en la plaza de la Libertad, donde había escuelas de primera enseñanza. Muchas maestras de las escuelas municipales se ofrecieron a dar clases gratuitas. Eran estudios de dos años. Desde el principio se encargó de dar las clases de francés Patrocinio Ojuel. María Díaz se ocupó de la caligrafía y dibujo. D. Dehesa, maestra de escuela privada, daba Régimen, gobierno y economía de la familia. Y la maestra Avelina Roque, costura, remiendo y bordado.

La directora de la Escuela Maternal de Zaragoza, doña Patrocinio Ojuel nos remite la siguiente nota: Queda abierta la matrícula de esta escuela en los locales de la de párvulos de Ramón y Cajal, todos los días laborables de 10 a 12 hasta el 22 del actual. Podrán ingresar como alumnas las jóvenes mayores de 12 años que posean los conocimientos de la primera enseñanza.

La tendencia de este centro es procurar la cultura necesaria a toda mujer, y muy especialmente a las madres, para dirigir la educación y la instrucción de los niños de 2 a 6 años. Serán pues objeto preferente de estudio la higiene infantil y demás enseñanzas, ya teóricas, ya prácticas, relacionados con la vida de los niños. Al terminar estos estudios las alumnas tendrán derecho a solicitar de la administración un certificado de aptitud que justificará su competencia para dedicarse al cuidado de la infancia. (Cfr. La Voz de Aragón, 15/12/1931).

La cantina de la Escuela Maternal

Ojuel. Cantina. 1

Hoy queda clausurada la cantina de la escuela maternal que funciona en el grupo de Ramón y Cajal. Ha sido servida con esmerado cariño por la bondadosa maestra señora Cruz y bajo la dirección de la cultísima y competente directora, doña Patrocinio Ojuel.

No puede pasar desapercibida esta escuela maternal y debe ayudarse a su directora con locales a propósito para que pueda desarrollar con menos esfuerzo todo su afán y todos sus desvelos que, en unión de sus jóvenes maestras, manifiesta para el bien de estas tiernas criaturas que algunas no han cumplido los cuatro años. (Cfr. La Voz de Aragón, 01/07/1931)

En 1932 doña Patrocinio dejó de ser la directora de la Escuela Maternal, que pasó a depender del grupo Joaquín Costa. La nueva directora fue Carmen Mayayo Borbón que, a su vez, era la directora de graduada de niñas y de la escuela de párvulos del Costa. Pedro Arnal Cavero dirigía la graduada de niños.

Parvulario de Santa Isabel; Patrocinio Ojuel

En mayo del año 2019 se puso el nombre de Patrocinio Ojuel al parvulario del barrio de Santa Isabel que pertenece al grupo escolar Guillermo Fatás Montes.

Se aprovechó la celebración del cincuenta aniversario del grupo escolar para unir los nombres de Guillermo Fatás Montes y Patrocinio Ojuel Pellejero, que a principios del siglo XX estuvieron juntos en las escuelas de la calle Ramón y Cajal, Guillermo como director del grupo escolar y Patrocinio como directora del parvulario, hasta que el año 1919 Guillermo pasó a dirigir el Gascón y Marín.

¡Al fin, como al principio!

rayaaaaa

Andresa Recarte y Amezqueta (Villafranca de Navarra, 1834-Madrid, 1923),

Doña Andresa Recarte, —Andresa, en habla de Aragón, como Miguela, solo aquí las hay—, figura un tanto apaisada por su mediana estatura, la falda amplia y el mantón poco ceñido de las señoras formales de su tiempo. Sentada producía la impresión y el respeto de una buena imagen de Santa Ana. Y hablando no desmerecía eso. (Cfr. Figuras zaragozanas. Por Juan Moneva y Puyol, 1932)

De su familia

Era hija de Esteban Recarte y Josefa Amezqueta. En 1875, durante la Tercera Guerra Carlista, su hermano Cándido y otros vecinos de Caparroso enviaron hilas para socorrer a los heridos. Era el año que Julio Lacambra, un reconocido carlista y  marido de Gregoria Brun, fue hecho prisionero.

Andresa Recarte casó con Santiago Díaz García (1844-1898) y establecieron su vivienda en la Plaza del Pueblo, 9, hoy Plaza del Carmen.

Ha fallecido en Zaragoza el digno empleado de la Diputación Provincial don Santiago Díaz y García esposo de nuestra distinguida amiga y compañera doña Andresa Recarte, regente de la escuela Normal de Maestras. Era auxiliar de contaduría y encargado del negociado de apremios. (Cfr. El Diario de Huesca, 21/07/1898. Y El Magisterio Español, 02/08/1898).

Andresa se jubiló por edad en 1904, cuando cumplió 70 años.

Con motivo de su defunción, el 13 de noviembre de 1923, el diario La provincia publicó una nota del Ayuntamiento de Zaragoza.

Recuerdo a una maestra. Pasado mañana se celebrará una misa en sufragio de doña Andresa Recarte, figura relevante del Magisterio zaragozano. El Ayuntamiento le dedica este recuerdo a tan benemérita maestra, a cuyo acto invitó  el alcalde a todos los profesores de Primera Enseñanza.

En 1896 su hija Luisa Díaz Recarte, natural de Villafranca (Navarra), aprobó las oposiciones en Zaragoza y fue nombrada maestra del patronato de beneficencia de Maquirriain. (Cfr. El Aralar, diario católico fuerista, 02/06/1896). En 1899 se trasladó a Escuela Normal Guadalajara y en 1900 a la de Gupúzcoa.

En 1912, su hijo Santiago Díaz Recarte era maestro de Tudela.

De su profesión

Obtuvo los títulos de Maestra Elemental y Superior en Pamplona. Comenzó de maestra en Falces y en 1876 estaba en Villafranca, su pueblo natal, cuando consiguió una plaza de maestra en Zaragoza. Ese mismo año, durante unos meses, sustituyó a Gregoria Brun Catarecha en el cargo de directora de la Escuela Normal.

En 1880 llegó a la escuela aneja de la Normal de Maestras de Zaragoza. En 1886 se presentó a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Zaragoza, pero las ganó Encarnación del Águila Sánchez.

Se han presentado a las oposiciones para directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, doña Andresa Recarte, doña María del Remedio Torroella Prats, doña María Diáz y doña Encarnación del Águila. (Cfr. La unión. Periódico de Primera Enseñanza, 28/03/1886).

Andresa fue regente de la escuela de prácticas de la Normal desde 1880 hasta su jubilación en 1904.

La regente de la escuela de prácticas, Andresa Recarte, era la única persona con una formación y unas prácticas calificadas de innovadoras. (Cfr. Agulló Díaz, Carmen y Molina Beneyto, Pilar: Antonia Maymón, anarquista, maestra naturista, 2014, Virus Editorial, p. 18)

Además de ser regente de las escuelas anejas, dirigía una escuela en su propia casa:

Hoy a las diez de la mañana habrá finalizado el primer ejercicio práctico de la escuela pública de niñas que dirige doña Andresa Recarte, situada en la plaza del Pueblo. (Cfr. La Crónica, Huesca, 29/09/1892)

En 1892, era la única mujer en la Junta de las Conferencias Pedagógicas que organizó la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza. Y su actuación fue muy aplaudida.

A las nueve y media disertará doña Andresa Recarte y, como es tan conocida y tan ilustrada maestra, puede asegurarse que la concurrencia será muy numerosa, no solo de profesores sino de las personas que se interesen por la educación de la niñez. La conferencia, que se referirá a las labores, llamará, sin duda alguna, la atención de las señoras. (Cfr. La Crónica, Huesca, 26/08/1892)

En 1898, el Ayuntamiento premió a Andresa Recarte Amezqueta, a don Marcelino López Ornat y a doña María Díaz Lizardi, tres maestros que se distinguieron por sus resultados en la enseñanza. Recibieron los premios en sus escuelas con la presencia de los alumnos.

De la escuela aneja Andresa Recarte al Colegio Recarte y Ornat

ceip-recarte-y-ornat

El Colegio Recarte y Ornat se formó con la fusión de las dos escuelas anejas, en las que se hacían las prácticas de la Escuela de Magisterio. La escuela femenina se llamaba Andresa Recarte, que había sido regente. La escuela masculina se llamó Marcelino López Ornat (1848-1923), un maestro muy reconocido en la ciudad. Cuando se unificaron las dos escuelas anejas, conservaron los apellidos de estos dos maestros renovadores. Con el nuevo nombre se encubrieron las figuras de dos grandes figuras de la enseñanza zaragozana.

WhatsApp Image 2019-05-31 at 21.38.56

En nuestro libro Paseos por la Zaragoza de las mujeres, damos cuenta de las maestras que han dejado alguna huella en nuestra ciudad. Allí y en La Zaragoza de las mujeres, recogemos once calles dedicadas a maestras. Están todas en los barrios, donde hasta fechas muy recientes seguían las escuelas unitarias. Es decir, todos los niveles en la misma aula y con un maestro o una maestras.

Con las placas de las calles los vecinos quisieron reconocer la labor de unas maestras que, además de enseñar a las niñas, dinamizaron la cultura y prepararon a muchas alumnas para que  pudieran acceder a estudios superiores.

A continuación, como un nuevo homenaje, las nombro a ellas y los barrios en los que están sus calles.

En el Actur, Pilar Cuartero Molinero. En el Arrabal, Matilde Sangüesa Castañosa, En Garrapinillos, Águeda Centenera Gómez. En Juslibol, Pilar Figueras Talamas y doña Manolita Marco Monge. En Montañana, María Teresa Giral Pérez, En Movera, Pilar Almenar Bases y Pilar Gea García. En el Picarral, María Sánchez Arbós. Y en Santa Isabel, Agustina Rodríguez Rodríguez y Avelina Tovar Andrade.

Este fenómeno no se repitió en el centro de la ciudad, donde en 1913 se pasó de las escuelas unitarias a las graduadas, es decir, se graduó la enseñanza.

En las unitarias los niños de todas las edades estaban juntos con un solo maestro o una sola maestra.  En las escuelas graduadas los alumnos, como ahora, se agrupaban por cursos o grados.

Había escuelas graduadas de niños, con un director, y escuelas graduadas de niñas, con una directora. Y comenzó la costumbre de bautizar a los grupos escolares con los nombres de los directores y de los hombres ilustres. Entre ellos, en cien años, solo siete directoras se han hecho un hueco en Zaragoza.

Eulogia Lafuente Querejeta, Rosa Arjó Pérez, Andresa Recarte.Amezqueta, María Díaz Lizardi, Ana Mayayo Salvo, Gloria Arenillas Galán y Patrocinio Ojuel Pellejero.

De esas siete, el nombre de María Díaz ha desaparecido. Y los de Eulogia Lafuente y Andresa Recarte están escondidos en su apellido. Es más, cuando nos referimos a los grupos Gómez Lafuente y Recarte y Ornat, muchos piensan que son los dos apellidos de un maestro.

El colegio de Rosa Arjó, a pesar de los avatares del edificio, mantiene su nombre.

La conclusión es demasiado evidente. Sabemos que el caso de Zaragoza no es único y que la enseñanza fue, y es, una profesión feminizada. Y que sobre las maestras pesó, y aún pesa, un grueso techo de cristal

Carmen Romeo Pemán

PS. La imagen principal: Patrocinio en la escuela de Párvulos Ramón y Cajal, la he tomado del Museo pedagógico de Aragón.

Cobardía

Hoy pensé en que no estamos obligados a ser héroes. Y por eso, porque no siempre el valor tiene que ser protagonista, escribí esta poesía. 

Qué fácil es hablar si no se sabe

de lo que se está hablando.

Y qué fácil juzgar cuando se es juez

en vez de condenado.

 

Tan fácil es, como esconder la pena

detrás de una careta sonriente,

para poder pensar que se está a salvo

del resto de la gente.

 

Y revestirse, a los ojos del mundo,

de una armadura falsa,

de una seguridad tan frágil

como una telaraña.

 

Intentar defenderse de ese modo

de algunos sentimientos

es algo así como querer parar

con las manos al viento.

 

Y entre ofrecer preguntas o respuestas

no es fácil la elección.

Y tampoco es sencillo cuando habla

el corazón en vez de la razón.

 

Y por eso, cuando alguien me pregunta,

me pongo la careta y la armadura,

porque a veces el dolor más intenso

tiene su origen en la emoción más pura.

 

No te valdrán de nada mis respuestas

si no aceptas la vida que he vivido.

Pero a pesar de todo sigo hablando

porque prefiero mi dolor a tu olvido.

Adela Castañón

Imagen de Lars_Nissen_Photoart en Pixabay