Sobre El Frago y su nombre

San Isidoro, Etymologías

Me emociona entrar en la historia de las palabras. Saber de dónde vienen, cómo han convivido con sus vecinas y quiénes las llevaron en sus labios. Y si una de ellas es el nombre del pueblo, de la roca, que me vio nacer, comprenderéis que le haya dado muchas vueltas. ¿Cuándo se bautizó?, ¿cuál fue el nombre primitivo?, ¿qué cambios ha sufrido?, ¿por qué lo llamaron El Frago y no La Peña?

El Frago es un topónimo tan antiguo que no tenemos su partida de bautismo. Así que me inventaré una que resulte razonable y escribiré un relato que parezca verdadero.

No voy a ser la primera. Desde hace años, algunos hombres sesudos se vienen acercando a su nombre. Y casi todos lo relacionan con fragosus. Entre ellos están ni más ni menos que don Joan Corominas, autor del Diccionario etimológico de la lengua castellana, y don Wilhelm Meyer Lübke, un alemán muy afamado, considerado el padre de las lenguas románicas.

Como veréis, mi relato sobre Illo Fragum no es del todo original. Me he inspirado en las pistas del filólogo don Vicente García de Diego, director de la Real Academia Española, porque se ajustan bien a la manera de nombrar en la zona y a la fisonomía del pueblo.

Illo Fragum

Es un sustantivo que podríamos traducir por el peñasco, la peña grande o la roca. Y creo que lo eligieron con acierto. Cuando queremos bautizar a alguien le ponemos un nombre y no un adjetivo. Y procuramos que tenga un aire de familia.

Me parece que fragosus, con el signifcado de fragoso, peñascoso, no le sentaba tan bien. Porque era un adjetivo, ¡y muy culto! Lo utilizaban los poetas y era poco frecuente en la lengua popular. A mí me resulta raro que mis antepasados eligieran un adjetivo poético para nombrar un paraje bárbaro e inculto.

Si a esto le sumamos que fragum era una palabra corriente en toda España y que en los primeros documentos ya aparece como Fragum o Frago, mi propuesta va cobrando fuerza. Y si nos acercamos hasta el pueblo y vemos la roca en la que se asienta, ya no nos cabe ninguna duda.

Fragum. Una palabra latina anterior a las Lenguas Románicas

De esto nos dan cuenta los restos del naufragio del latín clásico. Muchas palabras latinas desaparecieron, pero dejaron señales de su existencia en las nuevas lenguas. Algo del antiguo fragun se quedó en el francés Frai y en el provenzal Frau y Afrau, con el sentido de “rocas y tierras escarpadas”. En la vieja Hispania se quedaron Fraga y Frago. Además, fraga, como peña y roca, y frago como “peñasco grande” se conservan en los dialectos de Zamora. (Cfr. García de Diego, Etimologías). Y todas ellas tienen un matiz de rotura y están relacionadas con el verbo frangere, resquebrajar.

Era costumbre dar nombre a los pueblos con palabras corrientes, de un significado claro. Estoy convencida de que fragum era moneda común en la zona.

El artículo

En este caso forma parte del nombre y hay que escribirlo con mayúscula. Es una pista clave que hace pensar que era un nombre descriptivo y que con el tiempo fue perdiendo el significado primitivo.

El artículo resulta natural si va delante de un nombre. Pero, ¿cómo justificamos que vaya delante del adjetivo fragosus? Un poco difícil, ¿no? Bueno, algunos me dirán que se puede hablar de una sustantivación, pero eso resulta muy complicado.

En general, los nombres de lugar con artículo suelen referirse a un significado muy concreto. En este caso a la gran peña sobre la que se asienta el pueblo.

El Frago y El Peñazal

El pueblo y su barrio son dos nombres semejantes y diferentes. Y los dos llevan artículo.

El Peñazal es un antiguo barrio en uno de los extremos de la roca del pueblo. Como había que diferenciarlos bien, al núcleo importante se le puso fragum, y al barrio un nombre derivado de peña.

¿Por qué El Frago y no La Peña?

El Frago y La Peña, en su origen, eran sinónimos. Pero El Frago era menos corriente y, por lo tanto, identificaba mejor. Se debió elegir para no confundirlo con las abundantes peñas de la zona.

En el propio término municipal están: Peñamigalo, Peñasaya, PeñafigueraPeña Caballera, Peña Cervera, Peña del Cubilar de Ferrero, Peña el Santo Cristo, Peña el Zarrampullo, Peña Esturruzadera, Peña Gato, Peña os Arroyos, Peña os Cuervos, Peña Paseo, Peña Pozalera, Peña Redonda, Corral d’a Peña, Pozo a Peña, Paco Peña.

Peña era una palabra tan antigua como frago. Derivaba de arcaico penn— , pinn—, y no del posterior, y metafórico, pinna, “almena”, como defiende Corominas. ¡Otra vez contra don Joan! Es que el temprano fragum nos lleva a aceptar el origen precéltico de peña, una voz que gustó mucho a los aragoneses. Tanto que hoy aún se habla de peña y no de piedra, y de peñazo en lugar de pedrada.

Entre tantas peñas es natural que el pueblo sea el peñasco por excelencia y que proceda de una palabra que lo distinga.

Para terminar

El Frago es un nombre más antiguo que la documentación histórica que se conserva. Cuando se fundaba un pueblo se solía bautizar con el nombre  que ya circulaba por la zona. Y nos resulta muy plausible que este cerro, en realidad gran peñasco, fuera conocido como fragum antes de que se asentara allí la población.

Se non è vero, è ben trovato.

Carmen Romeo Pemán

Canciones de la noche de San Juan

Eva sabía que se había pasado con la sangría. Se preguntó por enésima vez qué hacía allí. En el fondo pensaba que sus compañeros de oficina ya eran mayorcitos para organizar una noche en la playa alrededor de la hoguera de San Juan, como si fueran todavía adolescentes con las hormonas revueltas por la gilipollez de la supuesta magia de esa fecha. Pero hubiera sido la única en no asistir, y no tenía ganas de destacar. A algún lumbreras se le había ocurrido la idea de darle esta fiesta de bienvenida al nuevo director de la empresa que, para colmo, a última hora había puesto la excusa del retraso de su vuelo. Todos decidieron ver amanecer en la playa y ninguno se había rajado, así que le iba a tocar aguantar el tirón y exponerse a pillar una pulmonía o un lumbago por pasar la noche sobre la arena en un saco de dormir. Y todo para hacerle la pelota colectiva a un jefazo del que ni siquiera conocía el nombre, pero al que la plantilla quería agradar. Según se rumoreaba, era un nuevo fichaje que convertía en oro todo lo que tocaba. Y nadie comprendía cómo había elegido precisamente esa oficina, cuando se lo rifaban en sucursales muchísimo más brillantes.

Eva pensó que, por lo menos, la mezcla de la sangría con el rumor de las olas le estaba haciendo más efecto que el orfidal que se tomaba todas las noches y que se le había olvidado en el cajón de su mesilla. Los párpados le pesaban y la música de una radio se sobrepuso a la música del mar. Sonaba a un volumen muy bajo, pero a Eva le pareció que las notas entraban en su cuerpo a través de la piel en lugar de hacerlo por el oído.

Reconoció la voz de Roberta Flack desgranando “Killing me softly with this song” y sonrió. El recuerdo de Rafa se coló en su sueño al ritmo de la melodía. Eva había empezado a salir con Rafa cuando tenía quince años, solo para demostrarle a Manu que era mentira lo que sus amigos del grupo de la parroquia consideraban un secreto a voces: que a Eva le gustaba Manu. Mucho. Y Rafa, que pensaba que se iba a encontrar con una calabaza mayor que la carroza de Cenicienta cuando le pidió que saliera con él, bendijo su suerte al encontrarse con un “sí”. Eva escuchó esa canción por primera vez en el club que el hermano mayor de Rafa había montado en un viejo garaje para reunirse con su pandilla. Cuando Rafa cumplió dieciséis, su hermano le abrió las puertas de ese mundillo de sofás con tapizados dispares, tocadiscos siempre en marcha, y un ambiente donde las mortecinas luces de colores se atenuaban todavía más por el humo de los cigarrillos clandestinos. La primera y única vez que Rafa se atrevió a llevar a Eva al club de su hermano, a la chica se le rompieron los esquemas. Envalentonado por el ambiente, y sin las restricciones que el párroco ponía en los bailes de su juventud, Rafa se aventuró a algún beso pecaminoso en el terreno prohibido del cuello, y empujó los codos de Eva hacia arriba para que los brazos de su novia le rodearan el cuello y dejaran de ser una barrera entre los cuerpos. Pero lo malo fue que Eva comprendió que esos cambios, que sabía que el cura jamás habría aprobado, le hubieran parecido el paraíso si su pareja de baile hubiera sido Manu. El romance con Rafa, que no duró ni un trimestre, murió sin pena ni gloria al día siguiente cuando Eva se armó de valor y le dijo que solo había salido con él porque pensó que se pondría muy triste si le hubiera dicho que no.

El graznido de una gaviota sacó a Eva de su sueño. Tenía la mejilla apoyada sobre la mano, y se sorprendió al notar que estaba sonriendo. ¡Qué cría era, Señor! Una niña bien, de colegio de monjas, tan boba y tan apocada que se asustó de la intensidad del primer amor que sintió por Manu. Y el miedo le hizo esconder la cabeza en otro amorío con el que su corazón no corriera riesgos. El recuerdo de Manu la había enternecido tanto que no le importó haberse despertado.

Prestó atención a los sonidos que la rodeaban. La misma radio seguía emitiendo y, para sorpresa de Eva, reconoció las voces de Alan Parsons Project entonando “Don’t answer me”. Ahora fue Edu el que se coló dentro de Eva de la mano de la melodía. Los ojos se le cerraron de nuevo. Edu. Su novio durante ocho años. Un novio formal de los de entonces, con el que empezó a hablar de planes de boda. Un novio confortable. Un novio comprensivo, que la dejó viajar a la ciudad donde vivió en su adolescencia para visitar a su mejor amiga, recién separada. Al verse allí, en aquellas calles, decidió pasar a saludar a algunos viejos amigos. No a todos, claro. Y, casualmente, estaba a dos pasos del portal de la casa de Manu. Echó a andar y se dijo que lo más probable era que ya ni siquiera viviera con sus padres. Seguramente habría terminado sus estudios y estaría trabajando Dios sabía dónde. Levantó la mano sin decidirse a pulsar el timbre. Un hombre que pasaba la miró extrañado y Eva lo apretó para no parecer boba. Abrió una tía soltera que la reconoció, a pesar de que había pasado más de una década, y la llenó de aquellos besos que todos temían porque les pinchaban con los cuatro pelos tiesos que tenía en el bigote, pero a Eva ya no le importó. Ni siquiera lo notó cuando oyó que llamaba al sobrino, y lo vio aparecer aún más guapo de lo que recordaba. Eva alegó que había ido a visitar a María ese fin de semana, y que al estar por la zona se le había ocurrido pasar para saludar “un momentito”. El momentito se convirtió en una invitación a tomar café, un paseo por el parque y una cena que terminó casi de madrugada porque Eva no tenía llave de la casa de María y no pudieron prolongarla más. Charlaron con la familiaridad que jamás habían conseguido cuando eran adolescentes. Se confesaron entre risas que los dos se habían gustado en el pasado, y la despedida en el portal de María se prolongó casi una hora. Ninguno quería ser el primero en decir adiós. Y Eva, de pronto, se dio cuenta de que llevaba horas con una amnesia selectiva. Había olvidado que tenía novio, que existía una persona llamada Edu a la que se suponía que debía respetar porque lo quería. Y el beso en los labios que los dos se morían por darse se convirtió, por culpa de la memoria recuperada, en un par de besos en la mejilla.

Cuando Eva regresó a su ciudad, Edu la notó distinta. Tan distinta, que entonces la prisa por hablar de boda le entró a él. Pero el daño ya estaba hecho. La ruptura le dolió a ella tanto como a él, que la sorprendió con un último regalo: el disco de Alan Parson Projects. Pero, como decía la letra de la canción, ni ella ni él podían cambiar ya nada de lo que habían dicho y hecho.

La gaviota insomne volvió a tirar de la conciencia de Eva, que abrió los ojos otra vez. La mano seguía bajo su mejilla y la notó húmeda. Quiso culpar al rocío de la madrugada, pero el picor de sus ojos lo desmentía. Pensó que ojalá se hubiera casado con Edu. Seguramente hubiera sido mil veces mejor que el infierno del matrimonio con Gerardo. El vello de los brazos se le erizó, y se arrebujó más en su saco de dormir. Recordó el falso paternalismo de su exmarido, su tiranía disfrazada de cariño, y se estremeció al comprender lo cerca que había estado de quedar anulada bajo el yugo de Gerardo. Menos mal que no habían tenido hijos. A pesar de los preservativos pinchados que ella descubrió, a pesar de la insistencia de Gerardo en hacer el amor durante sus días fértiles, a pesar de su pasividad de muñeca hinchable cuando dejaba su cuerpo en la cama de matrimonio para huir con su mente a los días de su adolescencia, de las reuniones de amigos alrededor de Manu y de su guitarra…

Un silencio súbito la sacó de sus ensoñaciones. La radio había perdido la señal, y ahora solo se escuchaba el crepitar de la estática. Eva pensó que ella, como la radio, también había perdido la señal en su vida. Se clavó las uñas en las palmas de las manos para abrir un agujero por donde la tristeza pudiera escapar de su interior. Pero el aparato se empeñó en llevarle la contraria y escuchó la voz de Alberto Cortez diciendo “cuando un amigo se va…” El rumor del mar había arreciado y la asaltó una oleada de autocompasión. Lloró durante un rato hasta que, por fin, se quedó dormida con la imagen de Manu como única compañía.

Faltaba poco para la salida del sol. La gaviota noctámbula debía haberse rendido al sueño y la despertaron unas hormigas madrugadoras que se paseaban con descaro por su cuello. Sus compañeros sacudían los sacos de dormir y los más previsores plegaban las telas de un par de tiendas de campaña que se habían llevado. Uno de ellos vio que Eva se incorporaba y la saludó con una sonrisa que jamás llevaba puesta entre las cuatro paredes de la oficina. Le dio los buenos días y encendió la radio, que alguien debió apagar durante la noche.

Estaba terminando una canción. Eva rezó porque sonara algo pachanguero, pero sus plegarias no llegaron a despegarse de la arena. El “Amor eterno” de Rocío Durcal acabó de darle la puntilla. Antes de que la melancolía volviera a escocerle en la piel, el ruido de una moto acalló a la radio perversa. Justo en el límite donde empezaba la arena, el motorista, sin quitarse el casco, se bajó y avanzó hacia donde estaba el grupo. Se colocó en el centro y quedó de espaldas a ella. Empezó a hablar mientras tiraba del guante de una mano con la otra, aún con el casco puesto.

–Buenos días a todos. Más vale tarde que nunca, dice el refrán, así que hice que me llevaran la moto al aeropuerto. No quería empezar a trabajar con mi nuevo equipo con mal pie, y el amanecer es un momento perfecto para que nos vayamos presentando. Antes de aceptar la oferta revisé las fichas de toda la plantilla. –Hizo una pausa y tomó aire antes de seguir–. Soy un desconocido para casi todos vosotros. Pero eso va a cambiar.

El recién llegado se quitó el casco y se dio media vuelta. Eva tenía el saco de dormir a medio enrollar y sintió como si toda la sangre de su rostro se escurriera de golpe. Los ojos no le habían cambiado con los años.

–Hola, Eva. –Sin el casco, la voz no sonaba ya distorsionada. Seguía siendo exactamente la voz de Manu, tal y como la recordaba.

Comprendió que se había equivocado. Sí que existía la magia en la noche de San Juan.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

Los primeros cigarrillos

De las fragolinas de mis ayeres.

Pili estaba jugando en el fosal y se le pasó la hora de la comida. Cuando vio que eran cerca de las dos en el reloj de sol de la pared de la iglesia, echó a correr y llegó a su casa muy acalorada. Sus padres ya estaban sentados en la mesa con las manos juntas, como cuando se ponían de rodillas en el primer banco de la iglesia para seguir la misa con más atención. Su madre había levantado las cortinillas que tapaban el aparato de radio. Así llegaba la voz con más claridad y no tenía que oír siempre la misma monserga de su marido dando la matraca de que con ese trapo por encima no se enteraban de nada.

A la vez que ella se acomodaba en la silla, la voz del locutor invadió el comedor: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes!

A continuación sonaron las primeras notas del himno nacional y los tres se quedaron callados escuchando el parte, que así se llamaba al diario hablado de Radio Nacional de España.

Pili no había entendido nada, además la abstraía la corbata raída de su padre. La sacó de su ensimismamiento el andar entrapado de su madre y el olor a garbanzos que despedía el puchero humeante. Lo llevaba cogido del asa con un trapo de lino. En ese momento, su padre levantó los ojos y se dirigió a su madre:

—Felisa, por favor, ¿puedes apagar ese cacharro? Ahora que ya ha acabado el parte tenemos que hablar. — La madre dejó el puchero en la mesa, apagó la radio y se sentó.

—Y tú, Pili, a ver si desembuchas, que ya me he enterado de tus andanzas.

—No sé a qué se refiere, padre. —Pili se esforzó en hablar con un tono de niña sumisa.

—Pues, ¿a qué me voy a referir? A que me he enterado de que te pasas todas las tardes fumando en un cobertizo con los chicos de la escuela.

—¿Quién le ha contado semejante mentira? —No pudo evitar que le subieran los colores.

—Quieres que te dé nombres, ¿verdad? Pues, no. Que de esto se ha enterado todo el pueblo, ¡menos nosotros! —Entonces se volvió a su mujer y le dijo: —Acabo de venir del estanco, ¿sabes?

—¿Pero a qué ha ido al estanco? —le preguntó su hija. Y abrió mucho los ojos—. ¡Si usted no fumaaa! —El rojo de las mejillas cada vez era más brillante.

—¿Pues a qué crees que he ido? —Sin darle tiempo a contestar siguió hablando: —A enterarme de quién le compra el tabaco al cura.

Pili hizo ademán de contestar, pero se tapó la boca con las manos. Su padre la fulminó con la mirada.

—¡Y vaya sorpresa! Cuando me lo dijeron lo negué. No me cabía en la cabeza que fueras tú. —Comenzó a chafar las migas de pan con el pulgar.

—Padre, déjame que se lo cuente. —Pili apartó el plato de sopa que tenía delante.

—¿Qué me vas a contar? ¿Más trápalas? ¡Menuda liante estás hecha! —Levantó la mano— ¡Cállate y escúchame!

—Escúcheme usted a mí, por favor. —Casi le saltaban las lágrimas.

—¡Que no, que no! Que ya sé que le has dicho al estanquero que el cura te manda a comprar cuarterones de picadura y librillos.

—¡Y es cierto! —Levantó la cabeza y lo miró de frente—. Muchas tardes, cuando va al bar, me lo encuentro en la plaza y me dice: “Anda, Pili, hazme un recado. Cómprame tabaco. No te olvides de decir que es para mí”

—Sí, sí… antes se coge a un mentiroso que a un cojo —le dijo su padre con retintín.

—Padre, es que necesito que me crea. —Juntó las manos.

—Pues has de saber que también le he preguntado al cura, y me ha dicho que te ha mandado algún día, pero no tantos. —El padre iba subiendo el tono de voz. Pili se volvió su madre. Pero Felisa siguió en silencio.

—Así que ahora mismo vas a decirme de dónde sacas el dinero y dónde escondes el tabaco. —Se limpió los labios y dejó la servilleta a un lado.

—Es que es un poco largo de contar. —Pili no pudo contener los hipidos.

—No te preocupes, puedo esperar. Tengo todo el tiempo del mundo —le contestó su padre. Se arrellanó un poco en la silla y cruzó los brazos.

—Pues verá. —Se quedó callada. No podía arrancar.

—Sigue, sigue, que te escucho.

—Pues verá. Resulta que usted, en la escuela, amenazó a los chicos. Les dijo que, si se enteraba de que fumaban, los castigaría y avisaría a sus padres.

—¡Pero yo no hice nada! Además no entiendo que tienen que ver aquí los chicos.

—Pues que ellos pensaron que yo me iba a chivar.

—¿Cómo? A ver, a ver.

—Sí, le digo que fue culpa de los chicos. Entre todos me obligaron a fumar. —Como si acabaran de darle cuerda, no se podía parar—. Además me dijeron que tenía que arreglármelas para conseguir el tabaco sin que el estanquero sospechara que era para ellos.

—¡Ah, claro! —El padre se golpeó la frente—. ¡Ya entiendo! Entonces te ofreciste a ir a comprar el tabaco del cura, ¿no?

—¡Pues no! En eso está usted muy equivocado. Está mezclando dos cosas. Una son los chicos y otra lo que el mosén me pidió.

—¿Y tú también vas con los que le quitan las colillas que se deja guardadas para después de la misa en un agujero de las piedras de la pared de la iglesia?

—¡Pero qué mentiroso es este cura! —Se puso de pie—. Si las deja tan chupadas y mojadas que ya no hay quien se las fume.

En ese momento terció la madre que hasta entonces no había metido baza.

—No hace falta que saquéis tantos trapos sucios —Se giró un poco y se dirigió a su hija: —Mira, yo ya me había dado cuenta de que la ropa te olía a humo.

—¡Lo que me faltabaaa! —exclamó el padre.

Pero la madre hizo como que no lo oía y le siguió hablando a su hija:

—Y tú que no, madre, que es del humo del hogar. Y yo haciéndome la tonta, como si no supiera la diferencia que hay entre el olor del humo de la leña y el del tabaco. Y, si no, ¿de dónde te viene esa afición a masticar raíz de regaliz para quitarte el mal aliento?

El padre dio un puñetazo en la mesa y las dos mujeres se quedaron con la palabra en la boca.

—Tú, Felisa, empieza a servir la comida y calla, que nadie te ha dado vela en este entierro. —Su mujer bajó la cabeza y él se dirigió a su hija: —Ahora, Pili, vas a confesarme con quién vas y de dónde sacáis el dinero.

—¡Eso sí que no! Usted mismo me ha enseñado que no tengo que ser acusica. Y menos aún soplona de mis amigos.

—Pero esto no es una travesura de niños. Esto es un pecado muy grave. Y te lo tienes que confesar.

—¡Grave será para usted!

—¿Qué formas son esas de contestar a tu padre? Y además al maestro de todos esos golfos que te has echado de amigos. Más te valdría ir con las chicas.

—¡Que aproveche! —Le contestó Pili y dejó doblada la servilleta junto al plato de sopa que su madre le acababa de servir.

A continuación salió del comedor y, mientras bajaba las escaleras, se sacó un cigarrillo, aplastado y mal liado, que lleva escondido en el sujetador. Salió a la calle y, en la esquina del fumadero de casa Casiano, divisó a unos colegas que le estaban dando la bienvenida con eso de “Una marcha en fa, una marcha en fa mayor, una marcha por favor, para la hija del amor”.

Carmen Romeo Pemán

Serendipias y sincronías. Cuando el universo nos guía

Hace poco estaba sentada enfrente de mi escritorio y miraba por la ventana. El sol iluminaba a los niños que jugaban en el parque. Sonreían muy alegres y sin preocupaciones. Mientras veía pasar la vida me vino a la mente lo maravilloso que sería hacer un retiro. Tener unos minutos de introspección, no pensar en nada concreto y relajarme. Salir de la ciudad durante un fin de semana, recibir los rayos del sol y estar sonriente, ¡tan alegre como aquellos niños! Tenía mucho trabajo, así que continué con mis actividades. Después de unos minutos hice otra pausa y, de repente, mientras leía una información en Google, apareció. ¡No lo podía creer! Tenía la idea en la mente. Era un “me gustaría”, no lo estaba buscando en realidad, pero llegó como si lo hubiera pedido en voz alta. Como si le hubiera contado a un amigo: “oye, quiero hacer un retiro, ¿sabes de alguno para este fin de semana?”. Fue igual que cuando pienso mucho en una persona y a los pocos minutos me llama o cuando llueve a cantaros y olvido la sombrilla, pero el sol resplandece en el horizonte al momento de salir. Llegar en el instante perfecto. ¡La vida está llena de sincronías!, pensé.

El descubrimiento consiste en ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie ha pensado. Albert Szent-Gyorgy

Carl Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, fue quien creó el término “sincronicidad” para hacer referencia a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero no de manera casual”. Después de muchos años de estudios e investigación, Jung concluyó que existe una conexión entre el individuo y su entorno y que esta conexión en determinados momentos genera una atracción que termina por crear circunstancias coincidentes, que tienen un valor específico para las personas que las viven, con un significado simbólico. En sus análisis observó que una experiencia sincrónica suele aparecer en momentos inesperados, siempre en el momento exacto, cambiando incluso la dirección de nuestras vidas e influyendo en nuestros pensamientos. Pero para que esto suceda tenemos que estar atentos a las señales y al mundo.

Jung escribió “Synchronicity” con el apoyo de Wolfgang Ernst Pauli, físico teórico y ganador del Premio Nobel de Física en 1945. En esta obra expone su teoría y aplica el concepto a la parapsicología, la previsión y la premonición, incluso al I Ching, a la astrología y a otros campos que no son científicos. Estaba convencido de que la vida no consiste en una serie de eventos inconexos, sino que es la expresión de un orden más profundo al que él y Pauli llamaban Unus mundus (un mundo)realidad unitaria a partir de la cual todo emerge y a la cual todo retorna. No hay una traducción lineal del significado de estas coincidencias. Su interpretación es abierta, cercana a la interpretación de los sueños. Como afirma el psicoterapeuta Piero Ferruci: “es la intuición la que capta la sincronía y la dota de significado”.

Si no experimentas casualidades, algo va mal. Deepak Chopra

Para Deepak Chopra las coincidencias o casualidades son sincrónicas. Son el comportamiento fundamental de la naturaleza. Todas las señales son sincronías que nos marcan el camino a seguir. Serendipias, descubrimientos o hallazgos afortunados e inesperados.

Algunos estudios revelan que nuestro cerebro tiene la capacidad de abstraerse a realidades específicas, dejando fuera una mezcla de experiencias a fin de enfocar la atención hacia lo que desea nuestra conciencia. A esto se le llama “atención selectiva”, pero la información a la que el cerebro aparentemente no está prestándole atención queda registrada dentro de los circuitos neuronales, por lo que al empezar a observar de forma holística un suceso podríamos recordar detalles que antes no tuvimos en cuenta.

Muchos críticos de las ideas de Jung han tratado de demostrar que lo que proponía no es cierto. Y aunque existen quienes desvirtúan sus ideas, también ha tenido muchos adeptos que con el paso del tiempo han fortalecido su teoría, porque la sincronicidad es un principio que funciona fuera de las leyes de causa y efecto. Son coincidencias que llegan en el momento oportuno, como si alguien estuviera leyéndonos la mente. Como si el universo estuviera tratando de guiar nuestros pasos y nos ofreciera un poco de ayuda.

Para mí, sincronía y serendipia son palabras mágicas que abren la puerta a un mundo de experiencias inesperadas y, a su vez, deseadas. Estoy convencida de que, con mucha práctica, podemos llegar a entrenar nuestra intuición y darle un nuevo sentido a todas esas situaciones que llamamos casualidades.

La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. John Lennon

 

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

Una historia de súper héroes

Hace unas semanas asistí a una jornada sobre autismo organizada por la Asociación Principito. Me emocionó tanto la intervención inaugural de Rosa María Benítez que le pedí permiso para compartir sus palabras. No solo me autorizó, sino que también tuvo la generosidad de enviarme el texto de su intervención. Y ese texto viste hoy de gala nuestro blog. Os dejo con Rosa y con su historia. No necesita más presentación.

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UNA HISTORIA DE SÚPER HÉROES

Como decía, soy Rosa y soy mamá y soy maestra y mi mundo es azul.

Si me lo permitís os voy a robar unos minutos para contaros una historia. No una de príncipes y princesas sino de superhéroes, pero de esos sin capa ni antifaz, sólo con su incansable espíritu de lucha como bandera. Os voy a contar una historia de papás y mamás luchadores.

Había una vez una hermosa pareja con un hermoso proyecto en común: querían tener un bebé. Después de nueve largos meses de espera llegó a casa… llamémosle Juan e iluminó a todos con su presencia.

Juan crecía en una preciosa familia llena de amor, cariño y comprensión. Todos admiraban lo grande que era, cómo sonreía o incluso cómo comenzaba a balbucear:

—Cualquier día se nos arranca con una palabra— decían felices los abuelos.

Pero ese día no llegaba.

Mamá y Papá mostraban con orgullo lo listo que era su retoño. Tanto que, apenas comenzó a comer purés, cogía su cuchara y comía solo y se enfadaba si Papá intentaba dársela. Y por supuesto el biberón también se lo tomaba solo, porque era un bebé súper independiente.

No anduvo de los primeros en el grupo de amigos, pero al final lo hizo y era un experto en dar vueltas alrededor del columpio en el parque.

Pero Juan todavía no se arrancaba a hablar.

—Ya verás que cuando menos lo esperes se arranca, tú tampoco fuiste el más rápido entre tus primos— comentaba la abuela, orgullosa con Juan en los brazos.

Una tarde, mientras Juan jugaba a hacer torres y filas de colores con sus bloques, Mamá lo llamó para darle su merienda y ni se inmutó. Lo volvió a llamar, se acercó y lo tocó y Juan la miró con una mirada perdida, como si fuera una extraña.

Ya habían pasado unos dieciocho meses desde que lo pusieran por primera vez en sus brazos. Y la sonrisa brillante de Mamá se puso un poco gris. Porque Juan:

  • No habla.
  • Le gusta correr dando vueltas.
  • Lo llamas y no te mira.

La sonrisa de Mamá es gris y decide consultarlo con Papá:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a la abuela:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta al pediatra:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a Google:

Y lo que ve le da miedo, tanto, que un frio helado entra por sus pies y lentamente le recorre todo el cuerpo y la paraliza. Y por un tiempo deja de preguntar.

Todos la aconsejan, todos le dicen que ve fantasmas. Las personas más mayores incluso le dicen que de tanto nombrar a la calamidad le va a llegar. Pero Mamá sabe que pasa algo.  No le pone etiqueta, pero pasa algo.

Por no escuchar más consejos, porque tiene que volver a trabajar, o porque cree que estando con otros niños se disiparán todos los fantasmas decide llevarlo a la guardería. Y con esa experiencia conoce una nueva faceta de Juan.

Siempre tienen que ir por las mismas calles y, si eligen otra, le entra una cólera incontrolable. Entonces el sentimiento de culpa invade a Mamá porque piensa que esa rabieta es de niño malcriado.

Cuando entra en la guarde, aunque Mamá pone la más alegre de sus sonrisas, Juan se agarra a ella como si entrar en aquel lugar fuera una tortura para todos sus sentidos. Y el sentimiento de culpa de Mamá crece porque siente que lo está abandonado en manos de unas extrañas.

Y así día a día con infinita paciencia. Y nada cambia. Pero un día Papá se acerca con sigilo a Mamá y le comenta con voz preocupada que ve algo extraño en Juan, que hay veces que está en su propio mundo, que se evade del de ellos.

Mamá suspira aliviada, ya no está sola en su lucha interna. Y, como un torbellino, le cuenta de nuevo a Papá todas sus preocupaciones. Deciden ir a la guarde y hablar con su seño. Quieren compartir con ella sus desvelos y la seño les confirma sus sospechas. Y en ese momento descubren que en su vida hay un monstruo.

Un monstruo enorme contra el que tienen que luchar. Además saben que cuanto antes lo identifiquen más fácil será su lucha, porque solo así:

  • Podrán ponerle ojos y cara.
  • Podrán mirarlo de frente.
  • Y podrán buscar herramientas para combatirlo.

Ahora sí que vuelven al pediatra con la fuerza suficiente para no aceptar un no, con la seguridad de que necesitan buscar ayuda, y finalmente salen de la consulta con una derivación al Centro de Atención Temprana.

Preparados para esa primera cita Mamá y Papá toman de la mano a Juan y, aunque tiemblan como hojas, llevan su sonrisa puesta. La sonrisa de lo transitorio, la sonrisa que cree que allí está la solución a todos sus problemas, la sonrisa que les da la esperanza de que en un par de meses todo se arreglará.

Pero, como en las horas anteriores al alba, salen de allí con un destino más oscuro. Después de una hora de intensas preguntas y de un continuo cuestionarse si lo que han hecho hasta ahora con Juan está bien, les entra la duda de si allí está la solución a todos sus problemas, si van a ser capaces de afrontar todos los retos que les han planteado. Aunque salen con unas energías desbordantes para comenzar a trabajar con Juan porque quieren ver ya los resultados.

Pero, como en las horas anteriores al alba, sigue estando todo muy oscuro y trabajar con Juan no es tan sencillo, “traerlo a nuestro mundo” o “conectar con el suyo” no es posible todos los días. Y Mamá y Papá siguen luchando.

Pero, como en las horas anteriores al alba, la oscuridad persiste y al final se ve al monstruo.

Un día, después de varios meses de evaluación, de numerosas sesiones, pautas y de mucho trabajo, la psicóloga del Centro los llama a su despacho. Un despacho de paredes blancas y muebles claros, un despacho con muchas imágenes colocadas de forma estratégica en cajas, en la pared, en la mesa,… y se sienta y les habla y de repente comienza a hablar de su monstruo:

  • Le pone ojos cuando dice que Juan no fija la mirada.
  • Le pone boca cuando habla del escaso desarrollo del lenguaje de Juan.
  • Le pone manos cuando habla de la hipersensibilidad al tacto.
  • Le pone cuerpo cuando habla de la necesidad de Juan de llevar ropa holgada.
  • Le pone pies cuando explica por qué Juan a veces corre y se balancea de manera descontrolada.
  • Y le pone nombre cuando lo llama AUTISMO.

Entonces dejan de escuchar, vuelven a casa con un sueño roto, con una pesadilla en sus manos y comienzan su duelo porque se les ha caído ese castillo de naipes que era su futuro idealizado.

Llegados a este punto debo pararme. Cuando empecé a hilar este cuento, no quería que fuera una historia triste, porque yo, hoy, ya no estoy triste con mi cuento, ni creo que nadie deba estarlo. Pero sí creo que para sentir una alegría plena primero se ha tenido que carecer de ella. De este modo podremos saborearla cuando está cerca. Sentirla y disfrutarla cuando nos llega. Por eso creo que este cuento no estaría completo si hubiera obviado la parte triste, ya que, aunque no nos guste, la tristeza también es necesaria.

Como os iba contando, aunque en las horas anteriores al alba todo es oscuro, siempre llega el alba y detrás de ella también la luz radiante de un nuevo día. Esto también les pasó a la Mamá y el Papá de Juan. Les llegó el alba y con ella todo un trabajo enorme: leyeron, se informaron, iniciaron terapias (algunas más fructíferas que otras) y empezaron a ser muy críticos con toda la información que les llegaba, porque no todo vale, porque cada persona es única porque nadie mejor que ellos conoce a Juan y sabe lo que realmente le funciona.

Poco a poco Mamá y Papá iban dominando al monstruo, porque sabían que solo trabajando con Juan lo mantendrían a raya. Juan cambió, aunque no fue sencillo ni inmediato. Un día, así sin pensarlo, Juan miró a Mamá a los ojos y le regaló una sonrisa. Otro día, Juan señaló a Papá el coche con el que quería jugar aquella tarde. Y otro día, los cogió de la mano y mirándolos a los ojos les dijo MAMÁ y PAPÁ.

Durante este tiempo Mamá y Papá aprendieron que la vida era como una montaña rusa, unas veces estaban arriba disfrutando y otras abajo luchando, pero siempre juntos sentados en la misma vagoneta. Mamá y Papá también aprendieron que el monstruo muchas veces cambia de cara y hay que volver a identificarlo:

A veces es una entrevista en la USMI, a veces una cita en el neurólogo, a veces toda la burocracia que hay que vivir para solicitar una beca, una ayuda o llegados al caso la Ley de Dependencia o la tramitación de la Discapacidad (que ya la palabra es horrible de por sí).

Mamá y Papá siempre recuerdan uno de los monstruos que más miedo les dio: El día que Juan entró al cole. Además este monstruo tenía muchos brazos. Brazos como tentáculos que los atrapaban:

  • El dictamen de escolarización previo, con el rosario de nuevas entrevistas con psicólogos para volver a contar como era Juan, el rosario de fotocopias de todos los informes que había que adjuntar, el rosario de medidas que iban a poner a Juan en el cole.
  • El no saber cómo iba a estar Juan en el cole: ¿Lo comprenderá su seño? ¿Tendrá amiguitos? ¿Sabrán dejarle su espacio cuando lo necesite? ¿Sabrán animarlo para unirse al grupo? ¿Soportará bien el ruido de una clase con más niños? ¿Estará preparado para recibir tantos estímulos?
  • ¿Se habrá planteado todas estas cuestiones algún docente cuando le ha llegado un niño autista a su aula?

A pesar de todo, finalmente Mamá y Papá le pusieron cara también a este monstruo. Aunque siempre con el pellizquito, hoy respiran y disfrutan nuevamente de la subida de la montaña rusa. Juan es feliz en su cole. Juan tiene amigos. Juan se relaciona con los niños, Juan es Juan, es Valentina, es Adrián, es Amir, es Álvaro, es Pablo, es José, es Carlos, es Víctor, es Nico, es Myriam, es Lucía.

Y en esa subida de la montaña rusa Mamá y Papá pasan tres años, cuatro años, cinco años en esa vagoneta siempre juntos y con esa barra de seguridad que es la psicóloga del Centro de Atención Temprana, sus terapias y sus desvelos para que Juan y su familia siempre avancen, nunca se rindan y continúen dentro de la montaña rusa que es su vida.

Un día, así como en un suspiro, llega el sexto cumpleaños de Juan y lo que debería ser una semana frenética de preparativos para la fiesta se convierte en algo lúgubre y triste porque, no se sabe bien por la decisión de qué experto, después de cumplir los seis años Juan tiene que salir del CAIT. Y para ese monstruo a día de hoy nadie tiene herramientas con las que ayudar a ponerle cara. Y contra ese monstruo nadie puede luchar…

O puede que ya no sea así, puede que en esa montaña rusa Mamá y Papá ya no estén solos en su vagoneta. Es que, poco a poco, esa montaña rusa se ha ido convirtiendo en un punto de encuentro. En un hermoso tren azul lleno de ilusiones y esperanzas.

En ese tren todas las Mamás y los Papás se sienten acompañados en este nuevo camino. Al fin y al cabo, van en un tren azul donde las familias que se suben se sienten seguras y comprendidas, entendidas y apoyadas.

Para finalizar, me gustaría citar un fragmento de “El Principito”, de Antonie de Saint-Exupéry.  Ese libro nos ha enseñado muchas cosas a mis hijas y a mí:

—Adiós— dijo el Principito.

—Adiós— dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos—. Repitió el principito, a fin de acordarse.

*****

Creo que sobran comentarios. Solo me queda una cosa por decir: Gracias, Rosa.

Adela Castañón

Imagen: Asociación Principito

Un sueño que se desvanece

Acostada sobre la cama puedo escuchar mi respiración agitada. La frazada está caliente. Todavía huele a ti.

Otra vez estabas en mis sueños.

Con los ojos aún cerrados puedo ver tu sonrisa. Te iluminas cuando curvas los labios y me miras fijamente. Estoy entre tus brazos. Te estremeces junto a mí y no puedo dejar de mirarte. Te abrazo con más fuerza. No hay besos, ni caricias apasionadas. Abrazarnos es suficiente.

El despertador suena como todos los días y la luz se asoma entre las cortinas. Sumerjo la cabeza en la almohada y suspiro, no quiero despertar.

Con los ojos abiertos ya no puedo sentirte a mi lado. La tristeza aparece. Me siento perdida, estoy sola.

Quisiera que no fuera un sueño, sino un recuerdo. El recuerdo de cuando nos encontramos en la calle un día cualquiera y nos perdimos entre la multitud en ese instante en el que nos dijimos todo sin palabras.

Cada vez que sueño contigo me pregunto ¿por qué te desvaneces al amanecer? ¿Dónde estás?

Me paso la mano por el rostro para secar el sudor de una noche agitada. Aún tengo tu aroma en mis dedos.

Me oculto entre las cobijas y puedo sentir tu piel muy cerca de la mía. Esta vez es diferente, aún estás aquí.

Me quedo inmóvil, en silencio. Cierro los ojos y puedo verte de nuevo.

 

Mónica Solano

 

Entrada de Pete Linforth

Un viaje al pasado aragonés. Francisca Vilella y sus objetos con historia

De mi baúl de lecturas

  • Que por mí vayan todos
  • los que no las conocen, a las cosas.
  • Que por mí vayan todos
  • los que las olvidan, a las cosas;
  • Que por mí vayan todos
  • los mismos que las aman, a las cosas. Juan Ramón Jiménez, 1918.

Solo lo que ha muerto es nuestro. Solo es nuestro lo que perdimos. “Posesión del Ayer”. Jorge Luis Borges, 1985.

Estos objetos y los años en que eran de uso cotidiano ya se han ido. En estas páginas está mi vida. La mía, la de mi madre y la de mis abuelos. Francisca Vilella, 2018.

Cepillera (1)

Antiguo cepillero bordado a mano. Se colocaba en una de las paredes de la sala que estaba junto a la alcoba. Colección particular de la autora.

Juan Ramón nos devuelve el sentido de la vida a través de las cosas. Borges, un hacedor de sueños, nos devuelve la vida que nos robó el tiempo. En la misma línea, Francisca Vilella recupera un tiempo que se fue en su reciente libro Objetos con historia. En estas páginas selecciona unos objetos que llevan adheridas sus raíces. Y las nuestras, porque muchos de ellos también estuvieron presentes en la vida de otros pueblos de Aragón.

La autora, con sus objetos debajo del brazo, como cuando las mujeres de antaño llevaban las cestas, recorre la vida rural a partir de una casa de su Mequinenza natal. De su mano conocemos el pasado con sus grandezas y sinsabores, pero sobre todo con las prisas y los olvidos de la gente que tuvo que abandonar sus casas cuando, en 1971, comenzó a invadirlas el agua del pantano de Ribarroja.

Tres libros nacidos de las aguas

El libro que hoy comentamos es el tercero de una serie que, como las viejas norias, intenta sacar agua del Ebro. Cada libro es un momento significativo en un mundo que Francisca Vilella, una historiadora de raza, siempre metida entre legajos, se ha empeñado en rescatar.

En el año 2007, en su primer libro, La lleuda de Tortosa en el siglo XV, recogía el trasiego comercial por el Ebro, y las aduanas y aranceles que lo controlaban.

Desde Tortosa, con embarcaciones fluviales, se trasportaba fibra de esparto y artículos ya elaborados a Mequinenza y otras localidades ribereñas del Ebro. También, desde el puerto fluvial de Tortosa, con embarcaciones marítimas se destinaban importantes partidas de esparto a otros puntos del Mediterráneo Occidental. A partir de la documentación de los libros de cuentas de la lleuda de Tortosa se ha podido hacer un estudio de los útiles domésticos.

Unos años más tarde publicó el segundo libro, Cocina con Historia, que era una consecuencia natural de su gran conocimiento de los productos que subían y bajaban por el Ebro. Las recetas fueron una excusa para contar toda la vida de las mujeres de su pueblo en torno a los fogones.

En ese libro recogí relatos, dichos y curiosidades, como la forma tradicional de hacer el dulce de membrillo, y seguí con la idea de escribir algo centrado en los objetos.

El tercer libro, Objetos con historia, el que acaba de ver la luz hace unos meses, se desprende de los dos anteriores. De los fogones a la casa entera. De las recetas a los objetos que se utilizaban en las faenas rurales. En esta nueva publicación, concibe la casa como un elemento espacial y temporal alrededor del que se articula todo el contenido. La autora nos invita a visitar una vivienda y nos da la mano para ayudarnos a profundizar en la historia cotidiana que duerme bajo las aguas del pantano. Así lo contaba en una entrevista del Heraldo de Aragón:

Los “Objetos con historia” en realidad nacieron cuando inicié la investigación de mi tesis doctoral sobre el comercio terrestre, fluvial y marítimo en la Corona de Aragón el siglo XV. Ahí vi que ya en aquella época había un ingente comercio de artesanía, que se exportaba desde Tortosa o que llegaba allí procedente de otros puntos del Mediterráneo. Y me quedé con las ganas de poner cara a esos útiles que transitaban de un punto a otro.

En el espacio de lo doméstico

Casa final.1

Recreación de una vivienda de Mequinenza en 3D. Dibujo propiedad de la autora.

Nunca me habían invitado a una casa del Bajo Aragón. Vamos a recorrerla juntos en un viaje virtual y recrearemos la vida que se esconde detrás de cada detalle.

Accedemos por la parte baja al recibidor. La puerta está abierta. Allí puede entrar la gente del pueblo con cierta libertad. Nos sentamos un poco junto a la cantarera y vemos las puertas que llevan a la despensa y a la cuadra.

Subimos a la primera planta, a la intimidad de la casa, adonde solo se podía llegar si te invitaban. Entramos en la cocina, que encierra todo un mundo. Y pasamos a la alcoba, donde tenían lugar los acontecimientos más importantes de la vida. Allí se nacía, se moría, y se celebraban las comidas de las comuniones y las bodas. Abrimos los baúles y nos sorprende la riqueza de los vestidos tradicionales y de los ajuares de la novia.

Seguimos subiendo hasta la algorfa donde se guardaban pequeñas cantidades de grano y alimentos. También hay habitaciones con camas.

En la algorfa se solían guardar barriles, cajas, cajones, la máquina de embutir carne y la artesa de la matanza (…) También los calderos de cobre, de hierro y las cazuelas mondongueras.

Y acabamos nuestra visita en la falsa, un espacio abierto que se solía emplear de secadero.

Toda la complejidad del mundo cabía entre estas cuatro paredes. Y todo tenía su sentido y su porqué. Un botijo no era cualquier cosa. Se hacía con una arcilla porosa especial para que el agua estuviera más fresca.

Botijos

Los botijos se colocaban en una esquina de la cocina, próxima a la ventana. Se han utilizado durante siglos para mantener el agua hasta diez grados centígrados por debajo de la temperatura ambiente. Colección particular de la autora.

La casa aragonesa ha sido una empresa autosuficiente y con pocos cambios a lo largo de la historia. Por ejemplo, la portadora, que se empleó hasta el siglo XX para transportar las uvas, aparecía en documentos del siglo XV, pero todo se perdió casi de repente como nos lo cuentan estas palabras de la autora:

En Mequinenza, cuando comenzaron a inundar el pueblo, las personas que se habían resistido a salir salieron corriendo de casa. Con las prisas no tuvieron tiempo para llevarse todo lo que les hubiera gustado. Y se quedaron muchas cosas en el camino, sobre todo estos objetos a los que ya no se les daba valor.

Me he propuesto recuperarlos por justicia histórica. Porque son los testimonios de un tipo de vida que ha desparecido. Ha cambiado más la vida en cincuenta años que antes en quinientos. Y las nuevas generaciones ya no los conocen ni saben de qué estoy hablando.

Y no solo pretende eso. También aspira a conocer los secretos de las personas que les dieron la vida y los tuvieron en sus manos.

He querido valorar a unas personas que hicieron historia y que han desaparecido. Detrás de cada objeto hay muchas vidas, una gran lucha por salir adelante, unas veces con éxito y otras con frustraciones. Y llegar a imaginarme esas vidas ha sido una aventura apasionante, a veces imaginativa, pero siempre emotiva.

Portadora

Con este tipo de portadoras se transportaba la uva.  Colección particular de la autora.

Para terminar

Con unos cuantos objetos que se salvaron de las aguas del pantano que inundó su pueblo, Francisca ha recuperado algo más. Ha convertido aquella vida gris, en blanco y negro, como las fotografías del NO-DO, en un recuerdo lleno de colores. Con las descripciones minuciosas y precisas, y con las fotografías modernas, nos transporta a una Mequinenza en la que, a través de los brillos del agua, podemos oír el trajín de sus gentes, y los objetos desperdigados van cobrando sentido en todas las estancias de la casa. De repente nos encontramos en medio de un parto, hablamos con las mujeres que hacen pan, nos vestimos con los ropajes antiguos y nos sentamos cerca de los novios en su banquete de bodas.

El día 21 de junio de 2018, en Los portadores de sueños, una librería zaragozana, Francisca nos ayudó a atravesar el espejo. Con ella nos paseamos por el pueblo que duerme bajo las aguas. De su mano volvimos a recorrer el Camino de Sirga que en 1988 habíamos transitado con Jesús Moncada, otro mequinenzano. Una aventura apasionante. ¡De verdad!

Ficha técnica

Francisca Vilella Vila, Mequinenza, Zaragoza (1950). En 1974 se licenció en Historia en la Universidad de Zaragoza, donde se doctoró en 1995. Se jubiló como catedrática de Educación Secundaria en el Instituto Virgen del Pilar de Zaragoza. Lleva escritos tres libros en los que combina un meticuloso rigor histórico, basado directamente en las fuentes documentales, con la tradición oral de su familia y de sus vecinos.

La lleuda de Tortosa en el siglo XV: aportación al conocimiento del comercio interior y exterior de la Corona de Aragón. Arxiu Històric Comarcal de les Terres de l’Ebre, 2007

Cocina con Historia. Recetas, dichos y saberes populares de Mequinenza. Editorial Círculo Rojo, 2014. Óleo de la portada de Mariano Montori Supervía.

Objetos con historia La vida cotidiana en la antigua villa de Mequinenza. Editorial Círculo Rojo, 2018. Óleo de la portada de Mariano Montori Supervía.

Pedid y se os dará

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

Ella asiente con los ojos bajos. Sabe muchas cosas. Sabe que a él no le gusta que lo mire de frente. Nota la mano de su marido en el hombro, inclina el mentón un poco más para que no la vea tragar saliva y consigue mantener el control de su cuerpo. Cuando la mano asciende y le roza la mejilla, no se estremece ni mueve un músculo. Vuelve a escucharlo:

—La próxima vez, si el pediatra del niño va con tanto retraso, te vuelves a casa. Antes paras en la farmacia, le compras cualquier cosa para la fiebre, y sacas cita para otro día. Tienes que usar la cabeza para algo más que para ponerte los rulos, mujer, que no es tan difícil. Así el niño cena a su hora y su padre, que soy yo, también. Y todos contentos.

El silencio dura un segundo. Dos. Tres. Ella cuenta mentalmente. Eso significa que le toca responder. Abre la boca, esperando acertar.

—Tienes razón. Eso haré.

El roce de los dedos en su mejilla se repite. Menos mal. En su cerebro, una bombilla imaginaria, como la de algunos concursos de la tele, se pone en verde. “¡Respuesta correcta!” Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—Ea, para que veas que no pasa nada llama por teléfono y encarga una pizza, anda. Que si te pones ahora a preparar algo, en lugar de cenar vamos a desayunar.

Siente que la mano deja de rozar su piel. Por fin. Él se tumba en el sofá y aprieta un botón del mando de la tele. El partido de futbol está a punto de empezar. Gira el cuello un poco para gritarle dos palabras antes de prestar atención a la pantalla:

—¡De pepperoni!

Ella descuelga el teléfono fijo. Marca lo más despacio que puede, intentando mantener una cadencia constante, a la vez que cuenta mentalmente: “uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Cuando llega al seis, aprieta el botón que tiene dibujado un minúsculo teléfono rojo, para colgar. Se esfuerza en abrir un poco más el ojo derecho y una gota de sudor le cae por el párpado izquierdo. Menos mal, porque ese lado de la cara es lo que tiene peor y así el ojo no le escuece. El párpado está tan hinchado por el hematoma que por ese lado no ve, y el sudor ni siquiera atraviesa las pestañas. Manteniendo el ritmo intenta que los dedos no le tiemblen al marcar los tres últimos números. Sabe que él es capaz de estar escuchando el click cada vez que pulsa una tecla, y que lleva la cuenta de las veces que ha marcado. Pero ya es tarde para volver atrás. Su ojo bueno se concentra en el teclado, y su dedo teclea como un metrónomo los tres últimos números: 112. Contiene la respiración mientras escucha como se repiten los tonos de llamada. Cuando alguien descuelga, suelta el aire procurando no hacer ruido.

—112. Le atiende Jose. —la voz pone el acento en la primera sílaba. Suena cercano—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas noches. —Ella se sorprende de la firmeza de su voz. Se escucha hablar como si se hubiera desdoblado en dos, y su otro yo estuviera observándola—. Por favor, quería encargar una pizza a domicilio.

—Disculpe, se ha equivocado. Ha llamado al 112.

—Espere un momento, por favor, que voy a preguntar. —Gira el cuello y eleva el volumen para que su marido la escuche. Mantiene el auricular cerca de su boca—. ¿Mediana o familiar?

Su marido le contesta sin apartar la vista de la imagen de la tele. “¡Familiar! Me muero de hambre, joder”. Ella siente deslizarse una lágrima por debajo del párpado derecho, el único que está medio abierto, y se pone de espaldas al salón, aunque sabe que su marido no puede verla desde donde está. Pero toda precaución es poca. Aprieta tanto el auricular que los nudillos despellejados se le abren y el del meñique empieza a sangrar.

—Sí. Familiar. Por favor.

—Señora, está hablando con un servicio de emergencias.

—Sí. Vale. —Traga saliva. Se arrepiente de lo que está haciendo. Esto no puede salir bien. Piensa en su hijo, encerrado en su dormitorio—. Por favor, con doble de tomate.

Al otro lado del hilo, el teleoperador siente como si alguien hubiera bajado varios grados la temperatura del aire acondicionado de la sala.

—¿Está sola en su casa?

—No. —¡Por favor, por favor! Su cerebro empieza a salmodiar ese mantra mientras su voz continúa hablando por libre—. No hace falta ningún otro extra.

—¿Está en peligro? Diga solamente sí o no, si no puede darme más información.

—Sí. —Los dientes empiezan a castañear. Aprieta con fuerza la mandíbula. ¡No puede echar a perder todo ahora! Consigue controlar el temblor y recuerda la contestación que le ha dado su marido—. Nos vamos a morir de hambre. ¿Tardará mucho?

—Deme la dirección. No se preocupe. Voy a mandarle ayuda. Tranquila. No la pondrán en más peligro, se lo aseguro.

Ella le da la dirección, y cuelga. Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—¿Cuánto van a tardar?

La mujer se queda bloqueada. Los dientes vuelven a sonar como castañuelas. El volumen de la tele funciona como una barrera de seguridad de doble dirección. Él cree que ella no lo ha oído, y ella siente el alivio de que él no escuche el tableteo de su pánico.

—¿Estás sorda, o qué? ¿Para cuándo la dichosa pizza?

—Media hora. —Ha dicho lo primero que se le ha ocurrido—. Tienen muchos pedidos.

—Claro. El puto futbol. Pon más cerveza a enfriar.

*****

Dos semanas después suena el timbre de la puerta y ella se levanta del sofá de un salto, completamente desorientada. Ha cambiado de sitio los muebles del salón. Ha comprado una funda nueva para el sofá, y ya hasta se recuesta allí por la noche, con la cabeza de su hijo apoyada sobre sus muslos. Los dos se alimentan del contacto físico. Desde hace dos semanas no hay nadie en la casa que le diga al pequeño que su madre lo va a convertir en maricón con tanto sobeteo. Posiblemente el hombre siga gritando, pero el sonido de la cárcel no llega hasta el refugio que son ahora las cuatro paredes. La mujer se pone de pie y se acerca a la puerta. Abre una rendija, sin quitar la cadena de seguridad. Al otro lado de una caja de cartón con publicidad de Tele Pizza, un hombre joven sonríe. De la caja emana un olor que la hace salivar. Se relame sin darse cuenta. El hombre piensa que nunca ha visto un gesto que le resulte a la vez tan erótico como tierno.

—Buenas tardes.

Ella no contesta. Se muerde el labio inferior con los incisivos superiores. Sus ojos se mueven a toda velocidad. Van desde el suelo hasta la barbilla del supuesto pizzero, sin atreverse a mirar más allá de su nariz. El de la pizza se ruboriza, aunque sabe que él no tiene la culpa de que ella esté tan asustada. Baja un poco la caja hacia su cintura y da un paso atrás. Para evitar que esa mujer, a la que ahora le pone cara después de imaginarla dos semanas, se asuste más, sigue hablando:

—Me temo que hace quince días dejé medio pedido sin atender.

Ella abre mucho los ojos. No va maquillada, aunque uno de los párpados todavía luce una sombra malva que le embellece el iris. La mujer parpadea muy deprisa, pero no puede evitar que sus mejillas se humedezcan. Sube una mano a la cadena de seguridad despacio, muy despacio, armándose de valor para ordenarles a sus dedos que descorran el cerrojo. El olor de la pizza es una tentación añadida. Y la voz del hombre suena aún más hermosa que por teléfono.

—Veo que le llegó la ayuda. Pero me temo que lo de la pizza se me olvidó. —Adelanta la caja con las dos manos como una ofrenda—. Tenga. Familiar.

A ella vuelve a llegarle el aroma. Piensa que la felicidad huele a Pepperoni, y sonríe.

 

Adela Castañón

Imagen: La voz del muro

 

No quiero ser monja, no

De las fragolinas de mis ayeres

No quiero ser monja, no

que niña namoradica so.

Anónimo. Lírica tradicional. La malmonjada.

Llevaba una semana nevando y el peatón correo no podía pasar el puerto con su saca al hombro. Aquella tarde llegó sin que nadie lo esperara: “¡Cartaaa de Sevillaaa!”.

Filomena se sobresaltó, dejó el costurero en el suelo y bajó corriendo al patio. Volvió a la cocina rasgando el sobre. Mientras su marido se calentaba los pies en el hogar, corrió los visillos del balcón para aprovechar bien la luz, se quedó de pie, apoyada contra los cristales, y comenzó a leer la carta en voz alta.

JHS

Queridos Babil y Filomena: espero que al recibo de la presente estéis todos bien, incluidos los niños, especialmente Isabel. Yo bien, gracias a Dios.

Cuando su hermana María se fue al convento, Filomena pensó que ya no los importunaría más. Por eso, cuando vio aquella letra picuda explotó. Nunca le perdonaría que se hubiera metido monja para tapar semejante chanchullo.

—Babil, ya te lo decía yo —dijo acercándose al hogar para que su marido la oyera bien—. ¿No ves qué beata se ha vuelto María?

Y, sin dar tiempo a que le contestara, comentó lo que acababa de leer:

—Yo bien, gracias a Dios —dijo con retintín—. ¿A qué viene eso de gracias a Dios? ¡Gracias a nosotros, que hemos cargado con su mochuelo! Y encima le dimos una dote como a la mejor novia del pueblo.

Babil, que conocía los estallidos de Filomena, agacho la cabeza. Como siempre repetía lo mismo, se sabía de memoria lo que iba a decir. Así que, en lugar de escucharla, dejó volar sus pensamientos: “Vuelta con la burra al trigo. ¿Qué querrá que le diga ahora? No se da cuenta de que María nos ha hecho un favor huyendo”.

Se revolvía un poco en la cadiera y seguía con su martingala: “Desde el primer momento la vi venir. Cuando la caté me dejó encandilado. No había conocido a ninguna moza que follara como María. Y a la mañana siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¡Hala! todos a rezar el rosario. Hasta que se marchó tenía mortificada a la pequeña Isabel con tantas oraciones. Como si quisiera que la niña purgara sus culpas”

Filomena seguía con la carta en la mano esperando que le dijera algo. Pero él cada vez se concentraba más en sus cavilaciones: “Digan lo que digan, yo la echo de menos. Desde que se fue tengo que buscar alivio en otros andurriales. El médico me advierte que tenga cuidado, que puedo coger algún chancro”.

Se apretó las sienes con las yemas de los pulgares como si le doliera la cabeza.

“¡Todavía no he cumplido los cuarenta y ya estoy hecho un viejo! ¡Todo por culpa de esta mujer que me tiene en ayunas! Si no fuera la epilepsia, seguro que encontraría otra excusa”.

Filomena, se sacó un pañuelo de batista del bolsillo, se limpió una legaña, carraspeó un poco y siguió leyendo.

El motivo de la presente es comunicaros algunas decisiones de la Madre Superiora con respecto a mi caso.

—Si ya lo sabía yo, Babil —subió el tono de voz, como si le hablara a un sordo—. Sabía que no nos iba a dejar en paz ni a mil leguas de distancia. Como está muy reconcomida por dentro, andará revolviendo Roma con Santiago para salirse con la suya. Como si lo viera.

Dejó a un lado la carta y se rascó con fuerza los brazos, como si tuviera una urticaria. Tragó saliva y siguió:

Resulta que cuando acabé el noviciado y profesé los primeros votos, Babil me liquidó la herencia con dos hábitos nuevos, dos velos y cien pesetas

A Filomena se le quebraba la voz a medida que seguía leyendo.

Ahora, con motivo de los votos perpetuos, el señor Vicario ha revisado mis condiciones de ingreso y entiende que lo que vosotros me disteis era solo una dote, como la de una novia, pero no la mitad de un patrimonio familiar que había que repartir entre dos hermanas.

—¿No te lo decía yo, Babil? Es que no me hace falta seguir leyendo. Me dan ganas de quemar la carta. Mira, mira lo que dice la muy pécora.

Yo no recibí lo que me correspondía por haber fallecido mi hermano mayor, el heredero, sin descendencia ni testamento. Y, antes de que la Congregación emprenda una reclamación legal, me gustaría haceros una propuesta.

Como su marido estaba tan ensimismado y con la cabeza tan baja que casi le rozaba las rodillas, le espetó:

—¿Es que no piensas decir nada? ¡Como siempre! ¿No? Bueno, como siempre, no. —Entonces un ligero temblor de barbilla la hizo tartamudear—. Des…desde que que María se fue al con… convento

Antes de que Filomena acabara el párrafo, Babil comenzó a atizar el fuego. Con el chisporroteo de las llamas, recordó las primeras imágenes de las dos hermanas en el velatorio de su hermano, el heredero, al que había acudido con otros mozos del pueblo.

“No me explico cómo me pude ofuscar tanto. La noche que vine a darles el pésame, me pareció que necesitaban un hombre. ¡Vaya ocasión! ¡No una, sino dos! ¡Y encima las dueñas de la mejor hacienda de la redolada! Así que aproveché el momento y, a los pocos días, me decidí a dar el paso. Filomena no se hizo de rogar. Aunque era la mayor, no había tenido ningún pretendiente”.

Filomena se giró hacia el hogar y notó que Babil tenía los ojos húmedos. Creyó que, como estaba demasiado cerca del fuego, se le habrían irritado por el humo. Si se hubiera fijado con más atención, habría podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza.

A estas alturas Babil ya no la escuchaba, ni le interesaba lo que decía la carta.

Como quiero servir a Dios, y no será posible si no recibo lo que me corresponde, y como ahora vais a tener más gastos con los estudios de los niños, la Madre General me dice que si vosotros entregáis mi parte, en pago a vuestro esfuerzo, la comunidad se encargará de la educación de Isabel.

Estas palabras la irritaron tanto que sus gritos se podían oír desde la calle.

—Mira que os resultó fácil esconder el embarazo de María. Que ni yo me enteré. Me dijiste que la llevabas a Jaca con los endemoniados para que santa Orosia le sacara el Gran Mal. Y cuando vi tu lunar en la espalda de la niña no me lo podía creer.

Filomena se frotó la nariz y bebió un sorbo de agua.

—El día que decidiste adoptar a la niña, María se fue a hablar con el cura para que le buscara una orden religiosa. Y ese día, las que estaban lavando con ella en el Arba la oyeron cantar eso de: “No quiero ser monja, no, que niña namoradica, so”.

De repente Filomena comenzó a echar espuma por la boca. Su marido la vio que se desplomaba y pensó: “¡Ojala sea el último ataque! Que aún tengo redaños para buscar otra hembra”.

Sin nada más que deciros, se despide vuestra hermana, que lo es, María  Iriarte.

Religiosa profesa de velo y coro en la Congregación de las Hermanas de la Caridad

Babil acabó de leer la carta en silencio y la echó al fuego.

Inmaculada. No quiero ser monja

Carmen Romeo Pemán

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

 

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¿Nuestros niños son de todos?

La entrada en vigor de la nueva Ley de Protección de Datos ha afectado, entre otros, a los usuarios de las redes sociales. En mi caso, por poner un ejemplo concreto, he tenido que dar mi consentimiento por activa y por pasiva para seguir recibiendo información de mi banco, noticias de asociaciones a las que pertenezco y publicaciones de blogs de escritura a los que estoy suscrita. Por suerte ha sido algo puntual y, salvo el incordio de tener que leer lo mismo de mil maneras distintas y asegurarme de que mi consentimiento llegaba a buen puerto, las cosas han vuelto a la normalidad. Pero ese bombardeo me ha hecho reflexionar sobre las consecuencias de compartir imágenes de menores en Internet. Porque en plena marea de salvaguarda de ese derecho a la intimidad que todos defendemos se siguen publicando imágenes de niños.

Las redes sociales tienen muchas aplicaciones. Entre ellas la del sharenting, palabra que procede de dos vocablos ingleses: share, compartir, y parenting, crianza.  En términos simplistas esa práctica sería lo que se ha hecho siempre, en versión virtual del siglo XXI. Es decir, presentar un bebé recién nacido a amigos y familiares, o enviar a los abuelos imágenes de los cumpleaños y fiestas escolares de nietos a los que no pueden ver todos los días. Pero la nueva realidad dista mucho de la esa forma de hacerlo en el pasado. Para mucha gente exponer en público los progresos de sus hijos se ha convertido casi en una norma social. Es cierto que los padres actúan de buena fe, llevados por el deseo de compartir sus experiencias con otros padres que también desean interactuar, pero la realidad es que el sharenting se lleva a cabo sin el consentimiento expreso de los niños. No cabe duda de que la ley otorga la autoridad a los padres o tutores legales hasta que sus hijos lleguen a la mayoría de edad, porque interpreta que su entendimiento y su capacidad de razonamiento son inferiores a los de los adultos. Pero no deberíamos olvidarnos de que los niños crecerán. Y cuando sean adultos estaremos obligados a dar explicaciones que podrán o no satisfacer a los que ya han dejado de ser nuestros “niños”.

Artículos como el de Niños sin privacidad, de La Vanguardia, nos alertan sobre ese tema. Como padres podemos impedir que se publiquen imágenes de nuestros hijos menores, pero si somos nosotros los que las difundimos corremos el riesgo de abrir la veda. Está bien insistir en el control parental del uso de las redes, pero me pregunto si no estaremos cometiendo el error de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. ¿Qué pasa con los derechos legales del menor en el futuro? ¿Qué opinarán nuestros hijos si ven fotos suyas correteando desnudos por la playa cuando tenían dos añitos? ¿Quién podrá hacer uso de esas fotos? ¿Con qué fin? ¿De qué manera? ¿Es que la infancia no tiene también su derecho a la privacidad? Y, en el futuro, ¿qué autoridad tendrán unos padres para decir a sus hijos que no compartan su propia vida en Internet cuando ellos lo han estado haciendo antes?

Está bien acudir a Internet en busca de ayuda sobre cuestiones de crianza. Comprendo que muchos padres busquen soluciones a problemas de sueño de sus niños, de dificultades con la alimentación, y que participen en foros que les hagan sentirse menos solos a la hora de educar. Pero eso puede hacerse sin necesidad de ilustrar sus publicaciones con imágenes de los pequeños.

Además de ese aspecto privado sobre lo que opine el menor cuando crezca, no deberíamos olvidar que el sharenting tiene ciertos peligros a corto plazo. Si acompañamos las fotos de comentarios, aportamos información y datos sobre menores que cualquiera podría usar con fines fraudulentos como suplantación de identidad, por no hablar del riesgo de la geolocalización con la vulnerabilidad que supone. Al fin y al cabo, los secuestros no se producen solamente en las películas, y cualquiera puede contactar con nuestros hijos a través de la puerta que nosotros abrimos.

Cuando se regula la patria potestad queda claro que los hijos deben ser siempre oídos antes de adoptar decisiones que les afecten, en cuanto tienen suficiente juicio. Y los padres somos quienes debemos protegerlos y velar por sus derechos. Que no nos puedan reprochar en el futuro que fuimos nosotros los que vulneramos su intimidad y les complicamos la vida.

Adela Castañón

Imagen: Foto Annie Spratt en Unsplash