La mujer en la ventana

Estrella se sienta en el interior de su habitación con los bártulos de dibujo y desde allí, con la puerta abierta como todas las tardes, observa a su madre apoyada en el alféizar de la ventana. Le gusta dibujarla así, sin que ella se dé cuenta, absorta en esa contemplación del mar tarde tras tarde.

Ángeles, ignorante de su papel de modelo, permanece inmóvil mientras espera que la puesta de sol le devuelva a Pedro. Desde que se casó con él, hace ya dieciséis años, no ha faltado nunca a esa cita con sus pensamientos. Sabe que es una superstición absurda, pero cree que, si no se asoma, ese universo de agua la castigará por su ausencia y se quedará con su marido para siempre.

Cuando piensa en el mar siente que la invade un vaivén de sentimientos que se superponen unos a otros, como las olas que acarician la orilla y se baten luego en retirada. El agradecimiento sigue ahí, claro, que al fin y al cabo el mar fue quien propició que conociera a Pedro. Pero también queda un poco del viejo rencor contra ese mar que no la quiso cuando, embarazada, sola y asustada, se internó en sus aguas grises para hundirse en lo más hondo con sus miedos y su desesperación. El mar no la quiso, no, pero Pedro sí. Él estaba allí, sobre su barca, la misma en la que sigue saliendo a pescar a diario, aunque ahora las cuadernas, como los huesos de Pedro, crujan más de lo que crujían entonces. Él la llama su sirena desde que la agarró del pelo para subirla a su barca, aunque no se lo confesó hasta mucho después de nacer Estrella. Ángeles, al escucharlo, sonrió y le respondió que más que sirena era una foca de piel helada y vientre abombado. Y, desde entonces, los ojos de ese hombre de manos rudas y besos de espuma le dicen a diario que aquella noche, que ninguno de los dos olvida, él hizo su mejor pesca.

Pero a veces Ángeles mira el agua y no es ya el mar lo que ve, sino la mar, su rival, la que suspira con tanta fuerza que hace llegar hasta su ventana susurros que le erizan el vello de los brazos en oleadas de celos feroces. La espuma de las olas, al retirarse, deja escrito en la orilla su mensaje, “puedo quedarme con tu hombre, él fue mío antes que tuyo”, y Ángeles se sujeta los codos con las manos porque sabe que es verdad. Entonces parpadea y se obliga a pensar que lo que ve no es más que agua salada como la que, a veces, marca surcos en su cara cuando Pedro se retrasa. Y, tarde tras tarde, al ponerse el sol acude a su cita con la ventana, fuerza la vista y trata de ver si la barca está ya en el muelle. Así el mar puede ver que sigue viva y que espera el regreso de su amor. 

Mientras dibuja, Estrella trata de adivinar los pensamientos de su madre. A veces le gustaría que volviera el rostro para leer ahí las palabras calladas. ¿Qué sueña su madre, acodada en la ventana, cada tarde? La muchacha deja el pincel en suspenso y se pierde en sus propios sueños. Ojalá se atreva a plantearle a sus padres que quiere salir del pueblo, irse a la capital a estudiar Bellas Artes. No es que lo quiera, es que lo necesita. Al darse cuenta de lo que ha pensado, Estrella suspira tan fuerte que su madre gira la cabeza y la ve.

–¿Qué haces ahí, mi niña? –Ángeles se fija en los pinceles, en el caballete, y rectifica su pregunta– ¿Qué dibujas?

–A ti. –Estrella sonríe­–. Llevo más de una semana pintándote, mamá.

–¿A mí? –Ángeles le devuelve la sonrisa–. Pero, chiquilla, ¿a quién se le ocurre? ¡Y encima de espaldas, con este trasero mío tan hermoso! Miedo me da.

La sonrisa desdice sus palabras. Sabe desde hace tiempo que Estrella sueña con convertirse en pintora, lo sabe desde que Pedro se lo dijo. Es curioso que fuera él el primero en darse cuenta, con todo el tiempo que pasa fuera de casa. Pero entre padre e hija existe un lazo invisible desde que ella vino al mundo, un lazo más fuerte aún que el de la sangre que no comparten.

–Mamá –la voz de Estrella la devuelve a la habitación­–, ¿por qué te asomas a la ventana todas las tardes?

–No sé, por costumbre, supongo.

Ángeles ha tardado un poco más de lo normal en contestar, y Estrella sabe que la respuesta es de compromiso. Es fácil hablar con su padre, pero a su madre la rodea siempre un velo invisible y hoy, precisamente hoy, a Estrella le apetece rasgar un poco ese velo y asomarse para descubrir qué hay tras él. ¿Será posible que su madre tenga las mismas ganas que ella de volar fuera del nido?

–Dime una cosa, ¿te apetecería viajar? No sé, conocer mundo…

–¿Qué? –Ángeles se sorprende. ¿De dónde habrá sacado su hija semejante idea? Su casa es su refugio, allí está segura­–. No, no, qué va. Para nada.

–Pues entonces –­insiste Estrella–, ¿qué piensas ahí, asomada todas las tardes? Ni siquiera te has dado cuenta de que te estaba pintando. ¡Estás tan ausente! A ver, no es que me importe, yo también sueño con salir de casa, ir a otros sitios… ¡Quiero comerme el mundo, mamá!

Ángeles mira a su hija y se da cuenta de que la niñez se va escapando por la ventana abierta. Piensa que algún día tendrá que contarle a Estrella la historia de una joven como ella, que estuvo a punto de perderlo todo cuando cayó en la trampa más antigua del mundo y descubrió, al quedarse embarazada, que el hombre que le había jurado amor eterno tenía ya una familia. Sus amigos, su familia, todos le dieron la espalda. Todos, menos Pedro. La mujer se da cuenta de que no puede proteger a su niña, como tampoco puede proteger a su hombre cuando sale a pescar cada mañana. Los ojos se le empiezan a enrasar y vuelve la cara hacia el exterior para disimular. Al hacerlo, ve que la barca de Pedro ya está en el puerto y que el sol, en lugar de ponerse, parece que brilla más.

La mujer se incorpora y deja su sitio junto a la ventana. Se acerca a su hija y ve el cuadro, casi terminado. Se reconoce en la línea de la cintura perdida, en la punta del pie apoyada sobre el suelo, en el pelo. Acaricia el rostro de Estrella y la besa en la cabeza.

–¿Te acuerdas de los cuentos que te leía cuando eras pequeña?

–Claro.

–Pues esta noche, cuando tu padre esté en casa, te contaré una historia. Ya eres mayor para cuentos, ¿no crees?

–¿Una historia?

Estrella tiene un presentimiento. Esa noche va a cambiar algo. Lo nota en la piel. Coge un trapo con aguarrás y quita una mancha del caballete. Tose un poco y vuelve a hablar.

–Yo también os quiero contar algo a papá y a ti, ¿sabes?

Ángeles asiente, vuelve acariciar a su hija y empieza a poner la mesa. Se da cuenta de que esa noche su marido, su hija y ella van a compartir algo más que la cena y al pensar en eso empieza a sonreír.

Adela Castañón

Imagen del cuadro de Salvador Dalí tomada de Pinterest

Vacío

Hubo días en los que me sentí
una casa vacía,
que a los ojos del mundo se veía
hueca y llena de polvo.
Y a los ojos del alma, sin embargo,
aparecía repleta de un silencio
en el que resonaban tristes ecos
de palabras de más
y de besos de menos.
Demasiadas palabras pronunciadas
cuando no era oportuno.
Demasiados silencios provocados
por la duda y el miedo.
Y una ausencia de todos esos besos
que jamás existieron
y pesan en mi alma
y son como un recuerdo
de que, si están conmigo,
es porque, a ti, llegar no consiguieron.

Soñaba que mi casa,
esa casa vacía,
dejaba de ser mía para ser nuestra.
Y entonces se llenaba
del ruido de tus risas,
del tacto de tus labios en los míos,
tu cuerpo acomodado
en el lado derecho del sofá,
donde solo hay un hueco,
el que deja mi cuerpo,
que siempre tiene frío.

A falta de recuerdos
solo tenía mis sueños.
Ojalá que en mi piel hubiera un mapa
hecho de cicatrices
de momentos felices que se fueron.
Ojalá que tuviera
memoria de un pasado
de algún amor vivido,
aunque ahora hubiera muerto.
Ojalá que tú y yo
hubiéramos tenido alguna historia
aunque mi corazón, al terminarla,
se hubiera hecho pedazos.
Ojalá por lo menos una vez
me hubiese refugiado entre tus brazos.

Hubo días en los que me sentí
como un libro no escrito.
Nunca viví una historia de amor
más allá de mis sueños.
Pero también en sueños
el corazón se siente destrozado,
se rompe en mil cristales de dolor
que lastiman mi piel y me provocan
lágrimas por pensar en muchas cosas.
Se me negó luchar por no perder
lo que, ojalá, hubiéramos tenido.
Nunca pude afirmar
que no volvería a arder en otra hoguera,
que no querría sentir
caricias de otras manos
ni besos de otros labios
que no fueran los tuyos.
Nunca pude decirte que mi boca
no querría pronunciar otro nombre.
Y me hubiese gustado
poder haber perdido todo eso
porque hubiera existido,
¿lo comprendes?
Qué triste es no poder perder
lo que no se ha tenido.

Hubo días en los que me sentí
como una estatua muerta,
con el mundo girando mientras yo
quedaba detenida en un suspiro,
presa de los recuerdos de un instante
que tan solo en mi sueño había existido.
Y el tiempo se paraba,
se burlaba de mí y me recordaba
lo que había en mi vacío:
besos que no te di,
hijos que no tuvimos,
notas que no bailamos,
el roce de tu piel contra mi piel
que nunca tuve,
despertar los dos juntos,
abrazos enredados,
la luz del sol naciente
dibujando en tu piel y en la mía
las luces y las sombras de una canción de amor.
¿Comprendes mi tristeza?
Solo tengo la ausencia
de aquello que no tuve.

Y así, por no tener todo eso,
mi amor se fue vistiendo de cansancio
y se batió en lenta retirada
dejando un corazón que aún no había muerto,
que, como un ave fénix,
consiguió renacer de sus cenizas.

Y el corazón le suplicó a la mano
que escribiera estos versos
y cerrara esa puerta
para luego
recuperar la risa,
reencontrarse con la felicidad
y seguir adelante con la vida.

Adela Castañón

Imagen: Peter H en Pixabay

Mujeres y más mujeres

A mi hermana Maruja. Por todo.

Alodia, nunca llegué a decirte cuánto te agradecí que me contestaras a mi carta. La guardo en el cajón de mis recuerdos favoritos.

Hoy, al releerla, ¡como tantas veces!, me he puesto un poco nostálgica y me he parado a pensar en aquellos miedos que se nos quedaban mezclados con las gotas de saliva que no podíamos tragar.

Antes de dormir, mamá nos leía cuentos de príncipes encantados que luchaban contra dragones y monstruos. En ese momento nosotras apretábamos los dientes y tragábamos saliva. Cerrábamos los ojos para que pensara que teníamos sueño. Nos hacíamos las dormidas y ella se iba. Cuando todo estaba en silencio, comenzábamos nuestro parloteo.

En realidad no nos daban miedo los dragones. Al revés. Cuando el príncipe encantado los vencía sentíamos una gran satisfacción, como si hubiera vencido al malo. Pero nosotras sabíamos que los dragones eran de papel y que el malo existía de verdad. Ese miedo no nos venía de los cuentos, aunque alguna vez llorábamos con las desgracias de Padín.

En cambio, nos hacían temblar las aventuras de Felisa. Una niña de unos doce años, que venía con nosotras a la escuela. En su casa nunca había nadie. A su padre se lo habían llevado cuando la guerra y su madre se ganaba la vida lavando en el río. Y ella se pasaba los días por los descampados con chicos y con algún mozo. Yo vomitaba cuando nos decía que muchos la obligaban a que les chupara esa cosa como si fuera un caramelo. Pero lo peor llegaba con eso de que le arrancaban las bragas y le dejaban manchas de semen en las enaguas. Entonces me encogía y me apretaba los brazos contra el estómago jurando que no dejaría que me tocara ningún hombre.

Aquellas conversaciones nos iban dejando un sabor amargo. Una noche nos pinchamos con una aguja de coser en la yema del dedo corazón y juntamos nuestras gotas de sangre: “Nunca tendremos relaciones con un hombre”.

Alodia, a ti se te ocurrió buscar vidas de mujeres que nunca hubieron tenido relaciones con hombres en la enciclopedia de papá. Pronto llegamos coleccionar un montón de santas. Pero eso empeoró las cosas. A casi todas las habían martirizado por no querer relaciones sexuales. Ni tú ni yo queríamos que nos pasara lo mismo que a santa Úrsula y a las once mil vírgenes que la acompañaban.

Con las vidas de las santas conocimos los artilugios con los que las habían torturado. El clavo de santa Engracia, la rueda dentada de santa Catalina y la hoguera de Juana de Arco. El cuchillo con el que le cortaron los pechos a santa Águeda. El hacha con la que decapitaron a santa Cecilia. Los ganchos con los que desgarraron la carne de santa Eulalia. ¡A santa Inés y a santa Emerenciana las llevaron a un prostíbulo y después las quemaron vivas! ¿Y todo era por ser mujeres? Nos preguntábamos tiritando, a la vez que un sudor frío nos recorría la espalda.

Entonces, quisimos saber más y buscamos nombres de mujeres que hubieran vencido obstáculos. Manoseamos la enciclopedia varias veces, pero nada. Un día, por casualidad, nos paramos en Hildegarda de Bingen, una monja escritora. Leímos y releímos su biografía.

—Si hubo una en la Edad Media tuvo que haber otras antes y después –me dijiste agarrándome las manos.

—Pues para encontrarlas tendremos que volver a pasar las hojas muy despacio –te respondí. Aunque yo no estaba convencida.

Nos pasábamos tardes enteras recorriendo aquellas páginas con el dedo. ¡Qué emoción cuándo encontrábamos alguna!

En nuestro cuaderno crecía la lista de nombres y por las noches cuchicheábamos sobre nuestros descubrimientos. Y, de tanto hablar de ellas, llegamos a creer que a muchas les había pasado lo mismo que a nosotras.

—¿Te has dado cuenta? —Te tirabas del flequillo como hacías siempre que ibas a contarme algo importante—. Podemos agruparlas por equipos.

—Vale —te respondí. Como un resorte, me levanté de la cama a buscar el cuaderno y el lápiz que teníamos escondidos en el fondo del cajón de los zapatos.

—¡Ya lo tengo! —levantaste tanto la voz que tuve miedo a que despertaras a papá y a mamá—. El primero será el equipo de las Mujeres castas que lucharon con uñas y dientes. Las que no se dejaron violar. Aquí te van los primeros fichajes: Susana, Sarah, Rebeca, Ruth, Penélope.

—¡Anda! ¿Te has dado cuenta de que casi todas son de la Biblia? ¿Y si cogemos la que mamá tiene en su mesilla? Seguro que le gustará que queramos leerla.

—Pues a mí me gustan más las de la enciclopedia —me dijiste—. Y ya sé cómo las voy a llamar: Mujeres guerreras que lucharon por la paz. ¿A qué suena bien? Van a la guerra para conseguir lo contrario que los hombres.

—¡Bravo! —Aplaudí.

A la noche siguiente continuamos con nuestros equipos.

—Vamos a empezar con unas cuantas y ya nos irán saliendo más —me dijiste metiéndote el dedo por la nariz—. De momento vamos a fichar a Nicaula, Fredegunda, Blanca, Semiramis, Pentesilea, Artemisa, Camila y Berenice.

—¡Vaya nombres, Alodia! No sabemos ni pronunciarlos.

—Pues nosotras las haremos famosas. Ya verás que cara ponen nuestras amigas cuando les hablemos de Fredegunda. Igual la confunden con la señora Raimunda.

Nos echamos a reír las dos a la vez, tapándonos la boca, para no despertar a nuestros padres que dormían en la alcoba de al lado.

—Bueno, pues ahora yo te propongo otro equipo. El de las mujeres sabias. Y ficho por Cornificia, Porba, Safo, Medea, Circe, Minerva, Ceres, Isis, Aracne, Pánfila y Tamaris. ¿A qué no sabes de dónde las he sacado?  —En mi tono había cierto retintín.

—¿Y lo has hecho sin decírmelo, traidora? —me contestaste decepcionada de que no te hubiera dejado participar en mi nueva aventura.

—Es que he aprovechado un rato que papá ha salido del comedor y he mirado en un diccionario de mitología. Allí se han quedado muchas más. Y encima ya estaban hechos los equipos. A unas las llamaban Damas de templado juicio, como por ejemplo a Dido y a Lavinia. Y a otras, Mujeres de visión profética, como a las diez sibilas, a Deborah, a la reina de Saba y a Casandra.

—Pues para que te chinches, en el misal de mamá he encontrado a Afra de Hausburgo, una prostituta que llegó a ser santa, como la María Magdalena de los Evangelios.

—¡Anda, la osa! ¡Igual resulta que algún día Felisa llega a ser santa! —exclamé, sin poder contener el grito. Y tú me pellizcaste en la mejilla. Habíamos quedado que hablaríamos en voz baja y que nadie se enteraría de nuestro secreto.

Unas noches después le contamos a mamá lo de Felisa y del miedo que nos daban los hombres. Pero no nos contestó. Después de mirarnos un rato en silencio, cogió nuestras cabezas, nos dio un beso en la frente y nos dijo:

—Mis princesas, estos miedos se os pasarán el día que os encontréis con un príncipe encantado que haya matado muchos dragones.

Carmen Romeo Pemán

Demasiado amor

No puede estar mirándome a mí. Imposible. Será la novedad. A lo mejor en este bar los parroquianos son fijos y, claro, como yo es la primera vez que entro…

… deja de pensar tonterías, Paco. ¿Mirarte a ti? Anda, paga y lárgate ya…

Vale, Cabeza, vale. Vámonos. Seguro que el sábado que viene ni siquiera estará…

*****

¡Qué larga se me está haciendo la semana…! Tengo que acordarme de comprar colonia…

… Paco, ¡no seas gilipollas! Aunque la mona se vista de seda…

De todos modos, me hacía falta colonia. Así que ¡toma chorreón, Cabeza! A ver si así te ahogas y te callas. Vamos a ir al bar. Hoy mando yo, ¿te enteras?

¿Y si está cerrado? ¡Qué nervios!

Uf, abierto… ¿Entro o doy media vuelta?

… Paco…

¡Cállate, Cabeza! Vamos a entrar. Y hueles muy bien. Por favor, por una vez, no me fastidies.

Mira, ahí está, y es tan guapa… Y yo tengo un poco de barriga y tú poco pelo, ¿y qué? Me mira a mí, ¡nos está mirando!

*****

–Francisco, ¡Francisco! –La voz de la abogada interrumpe el monólogo de Paco, que mira a su alrededor extrañado. Había olvidado que estaba en la celda–. Le decía que si puedo grabar su declaración.

–Claro, grabe, grabe.

La abogada saca una grabadora del bolso, la pone sobre la mesa y pulsa un botón. Un diminuto punto rojo empieza a parpadear. Los ojos de su cliente vuelven a nublarse. Un hilo de baba chorrea por la comisura izquierda de su boca. La letrada se estremece, aunque en la celda no hay aire acondicionado y el ambiente está cargado de olor a sudor y a otras cosas que prefiere no identificar. Se siente invisible. Su cliente la mira, pero no parece verla. Habla como si ella no estuviera allí. Pero necesita conocer los detalles, las circunstancias, el móvil, si quiere preparar una defensa aceptable. Tendría que haber puesto la grabadora en marcha al principio de la entrevista. ¡Maldito turno de oficio! Le tocan todos los locos. Pero hay muchos recibos que pagar a fin de mes.

–¿Por qué lo hizo?

–En defensa propia. Ella tenía el arma más poderosa del mundo, y yo era su objetivo. Tenía demasiado amor. Me quería demasiado…

… Paco, eres una causa perdida…

¡Que te calles, Cabeza! eras la que estaba equivocada, acuérdate. Al final todo fue bien, no me dejó en ridículo delante de nadie, no había ninguna apuesta de esas de cómo enamorar a un tonto en una semana ni nada de eso…

Qué guapa eras, María, ¡tan guapa…!

 Y me querías de verdad, con toda tu alma. ¡Qué pena que toda tu alma fuera demasiado! Al principio me gustaba que sonrieras así, con la boca abierta, cuando entrabas adonde yo estaba. Me morí de gusto cuando comprendí que tenías que hacerlo porque necesitabas suspirar al verme, y yo nunca había inspirado unos suspiros tan profundos, tan intensos, tan…

… dilo, Paco, dilo de una vez, ¡cojones!…

Eran suspiros absorbentes. Como tú. Creo que como no podías respirarme a mí lo intentabas con mi espacio, con mi olor, como si mis ideas y mis sentimientos me rodearan y así, respirando hondo, pudieras quedártelos solo para ti. Sin compartirme con nadie. Me querías demasiado. Tenías demasiado amor…

La abogada ha estado en mil celdas antes, pero esta le parece la más pequeña de todas. La porra de un vigilante golpea de refilón un barrote y el ruido le suena como la nota desafinada de una canción de amor obsesiva y extraña en la que su cliente es el autor de la partitura. Aun así, esos argumentos no van a sacarlo de la cárcel. Él podía haberle dicho algo, piensa la letrada.

–Le dije cómo me sentía.

La mujer da un respingo. “¿Lo habré dicho en voz alta?”, piensa. No, no lo ha hecho. Seguro. Él continúa hablando y su mirada se pierde de nuevo.

¡Eras tan buena, María! Me dejaste espacio. Ir de pesca con mis amigos, cañas en el bar, todo. Sin whatsapps, sin mensajes. Y cuando volvía a verte no había reproches, ni preguntas, ni suspiros ni ojeras. Y todo marchó bien hasta que fuiste a aquella despedida de soltera. Fue la noche más larga de mi vida. Al día siguiente tú estabas igual que siempre, pero supe que no podría pasar otra noche así en mi vida, y te pedí matrimonio y aceptaste. Y nos casamos.

… acuérdate de los niños, Paco…

¡Cállate, Cabeza!

Ay, María, si no hubieras tenido aquellos abortos, si yo hubiera podido repartir el peso de tu amor con uno o dos niños…

No debiste decirme que era tonto seguir intentándolo, que te los seguirías quitando y que lo hacías por mí, para que nadie me robara tu cariño, que era y sería siempre solo mío…

La abogada se estremece. Consulta sus notas. Según los vecinos eran el matrimonio ideal, con mala suerte en los embarazos. El dato cobra ahora un significado macabro. Mira a su cliente y se echa hacia atrás en la silla con fuerza. Sus ojos no son opacos. Ahora son dos puñales. Y la taladran.

–La maté para no faltar al juramento que le hice cuando nos casamos –la voz del acusado ha bajado una octava–: que nunca estaría con otra mujer mientras ella viviera. Me acostumbré a vivir casi sin aire, y cuando ella se dio cuenta me quiso devolver lo que era mío. Me hablaba a todas horas, me hablaba sin parar. Me envolvía con su aliento, con sus mimos. El forense dijo que María murió porque le reventó el corazón, pero lo que le reventaron por dentro fueron todas las palabras que no pudo soltar cuando le tapé la cabeza con el cojín. Si las hubiera dejado salir habrían terminado por robarme el poco aire que me quedaba.

Paco mira a la letrada, y termina su declaración:

–María murió por culpa del amor. Fue una sobredosis. Tenía demasiado amor. Me quería demasiado.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Por qué lloras. Una historia detrás de un libro

Mi publicación de hoy no es una reseña de un libro en sentido estricto. Tampoco es un artículo. Ni un relato. Si pretendiera hacer con esta entrada cualquiera de esas tres cosas, no le haría justicia a la historia que Iciar de Alfredo comparte con todos nosotros en su primera novela: Por qué lloras. Así que lo que voy a contaros es otra historia, o una parte de ella: la parte que conozco personalmente. Porque creo que vosotros, lectores, quizá podáis saborear todavía más el libro si tenéis acceso a los preliminares que rodearon su gestación. Será un poco como esas películas en las que, a veces, se añaden simpáticas tomas falsas que las enriquecen sin lugar a dudas. Así que vamos al lío.

Mis motivos

No sé hacer reseñas de libros. Es más, creo que sería una pésima reseñadora porque tengo el inoportuno don de hacer spoilers a las primeras de cambio. Tampoco me he esforzado nunca en explicar los puntos fuertes por los que me gusta o me deja de gustar una novela. Me limito a disfrutar, o no, de su lectura, si bien es cierto que desde hace unos años, de manera inconsciente, se me sube al hombro un pequeño diablillo crítico que, a veces, solo a veces, me señala algún fallo en la coherencia de la historia, o en el narrador, o en la técnica. Por suerte no es lo habitual, y sigo siendo capaz de saborear una historia sin tener que ponerme unas “gafas de bruja” de las que os hablaré luego.

Entonces, me preguntaréis, si no sé hacer reseñas, ¿qué es lo que os voy a contar, y por qué quiero contarlo? La respuesta es bien sencilla. He tenido la inmensa alegría y el honor de haber sido lectora cero de la novela de mi amiga Iciar. Y, como he visto de cerca el crecimiento de la historia, de sus capítulos, como la he visto crecer hasta convertirse en el precioso libro del que os hablo, necesito que sepáis cómo y por qué se gestó. Así. Sin más.

La autora. Iciar de Alfredo

Conocí a Iciar en 2016. Las dos nos habíamos matriculado en el segundo curso del Itinerario de Novela de la Escuela de Escritores. Por aquel entonces, el itinerario eran tres cursos; ahora son dos que se complementan con un curso adicional pero independiente, el Laboratorio de Novela. El nuestro fue un conocimiento virtual, ya que la Escuela está en Madrid y todos los cursos que he hecho, y ya van unos cuantos, han sido online. Tengo de ese curso, como de casi todos los cursos de la Escuela, un recuerdo maravilloso. El profesor, Fernando Maremar, se dejaba la piel en los comentarios que nos hacía, en sus explicaciones, y no solo era eso; consiguió, al menos en mi caso, y creo que en el de otros compañeros, que nos enamorásemos de lo que es “escribir”, del mundo que nos ofrece un folio en blanco cuando se entrega sin reservas para que volquemos en él lo que queramos. Iciar estaba repitiendo ese curso y recuerdo que eso me llamó mucho la atención. No negaré que, al principio, compartí esa extrañeza con Carmen, Carla y Mónica, compañeras de cursos anteriores que también estaban matriculadas en ese, pero pronto comprendí sus motivos: había repetido por el profesor, y lo cierto es que valía la pena. Ya lo he dicho, pero lo repetiré: Fernando Maremar no solo sabía enseñar. Sabía también transmitir el amor por la escritura.

Iciar y yo pronto empezamos a llamarnos entre nosotras “gemelilla”. Nuestra manera de escribir, nuestros estilos, eran de una similitud alucinante. A las dos se nos escapaban los adjetivos como churros, por no hablar de las explicaciones innecesarias. Éramos incapaces de sacrificar una palabra bonita, una aclaración de algo, y nos costaba la misma vida sacar las tijeras de podar para mejorar nuestros textos y despojarlos de toda floritura superflua que no les aportara nada. ¡Cómo dolía eso!

Mi gemela literaria y yo teníamos otra cosa en común: las dos éramos madres de unos seres especiales. Para mí, mi Javi, con su autismo y su alegría de vivir. Para ella, su Ici, protagonista de Por qué lloras, con la misma alegría de vivir que conservó hasta el final y que dejó, como regalo increíble, a su familia.

Iciar y yo nos conocimos en el segundo año de los tres que formaban entonces el Itinerario de Novela y me extrañó que, a finales del curso, ella dejara de entregar los ejercicios. En mi experiencia, los abandonos de alumnos se suelen dar al principio, pero tampoco teníamos entonces confianza como para preguntar. La eché de menos también al comienzo del curso siguiente. Me había acostumbrado a sus acertados comentarios a mis ejercicios y admito que también yo disfrutaba lo mío comentando sus tareas. Nos parecíamos tanto que, creo yo, las dos detectábamos en la otra los fallos que no sabíamos ver cuando los cometíamos al escribir. Éramos a veces tan exhaustivas en buscarnos los errores que acuñamos esa expresión, la de ponernos “las gafas de bruja”, para referirnos a esas críticas que podrían parecer despiadadas a quien no nos conociera, pero que nosotras adorábamos porque siempre iban repletas de cariño y de afán constructivo.

A poco de empezar el tercer año del itinerario de novela, Iciar volvió a aparecer por los foros. Todos nos quedamos destrozados cuando supimos el motivo por el que había estado ausente: su niña, su Ici, ya era un ángel.

Mentiría si dijera cómo me sentí al saberlo. De aquello solo recuerdo mi pena. Una pena enorme y una admiración sin fin por mi amiga, por esa amiga que volvía a buscar en las letras un consuelo que su alma necesitaba. Creo que lo encontró, y la prueba es la imagen que acompaña a este texto: empezó a escribir, y escribió, y escribió. Y llegamos a Por qué lloras.

El libro. Por qué lloras

Terminamos el tercer año del itinerario de novela. En junio de ese año, 2018, varios alumnos fuimos a la fiesta de la Escuela de Escritores en Madrid, y allí nos pusimos cara y voz. Mis amigas de Letras desde Mocade, Carmen, Carla y Mónica, y yo misma, ya nos habíamos conocido físicamente en la fiesta de dos años antes. Pero ese año fue todavía más especial. Iciar, que vive en Madrid, se encargó de organizar una cena para todo el grupo después de la fiesta de la Escuela de Escritores. Aparte de las cuatro “mocadianas” estuvo también nuestro profe de ese año, Ismael Martínez Biurrun, otro “crack” que pasó con nota la prueba de superar el listón tan alto que había dejado Fernando Maremar. Carmen llegó desde Zaragoza, Carla desde Barcelona, Mónica nada menos que desde Bogotá, ¡era la segunda vez que nuestra Moni cruzaba el charco, y para asistir de nuevo a una reunión mágica! Y, además, estuvo Mila, nuestra compañera y artista polifacética, que ya ha publicado su novela, Mukimono, que podéis conseguir y disfrutar aquí, y que, además, se ha alzado hace pocos días como ganadora del premio Latino Best Book Award, en la categoría libros de misterio. Ahí es nada, ¡ganar un premio entre todos los libros escritos en español en los Estados Unidos!

Cena de amigos después de la fiesta de la Escuela de Escritores

Recuerdo la jornada con un cariño especial. Mi hijo, Javi, me había acompañado, y pasar el día con él, con mi profe y con mis amigas, fue aún mejor de lo que esperaba, ¡y esperaba mucho! La química entre el grupo fue perfecta. Y cuando nos separamos todos nos sentíamos más unidos, si era posible.

Iciar nos comentó entonces que estaba escribiendo un libro porque necesitaba contar la historia de Ici. Yo andaba también entonces hilvanando lo que sería el borrador de mi primera novela, ¡a la que estoy poniendo ya el punto final de la fase de corrección!, y las demás, Carmen, Carla, Moni y Mila, también compartieron con nosotros sus proyectos. Mila ha sido la primera en publicar, y su Mukimono ocupa hoy un puesto de honor en mi biblioteca.

La cosa podría haber quedado ahí, pero poco después Iciar se puso en contacto conmigo para pedirme un favor: quería que fuese su lectora cero y que le ayudara a corregir su novela.

A mí me hizo mucha ilusión porque, entre otras cosas, yo no sabía lo que era eso de “lector cero” hasta que me metí en estos fregados de escritura. Y lo de meterme a correctora, pues casi que tres cuartos de lo mismo. Pero que mi gemelilla me pidiera eso me llegó al alma y le dije que sí, sin darle más vueltas y con una alegría tonta y loca. Creo que no pensé bien en dónde me metía. Aunque os digo una cosa: me alegro de no haberlo meditado y de haber aceptado del tirón. Me hubiera perdido una experiencia de vida maravillosa.

El caso es que Iciar fue muy clara al decirme lo que esperaba de mí. Si mal no recuerdo, sus palabras fueron algo así como “Mira, gemelilla, tú sabes de qué va mi novela de sobra, se la he dado a leer a mi familia y amigos, y todos me dicen que está genial porque, claro, ¿qué van a decir? Pero yo quiero contar una historia, no escribir un folletín al estilo de “La casa de la pradera” (una serie de televisión de hace más años de los que quiero acordarme, en los que raro era el episodio en que los telespectadores no acabábamos nadando en llanto ante los dramones de la familia Ingalls). La historia de Ici, su vida, está llena de momentos muy duros, pero también de luz, de alegrías, de batallas ganadas, y yo quiero contar eso”. Comprendí enseguida lo que Iciar me pedía: que me calara las gafas de bruja y que le corrigiera todo lo que quisiera sin reparos. Y yo, inconsciente y con un subidón de autoestima por lo que se me pedía, dije que sí, hale, que me tiraba a la piscina.

Y vaya si me tiré. Es más, en cierto sentido, casi casi hasta lo hice en sentido literal. Que ya lo vais a entender cuando pase al siguiente apartado:

Orcas en la piscina

Al principio, mi labor de correctora fue sobre ruedas. Al tener un estilo tan parecido, no me costaba trabajo descubrir, por ejemplo, los adjetivos sobrantes o las explicaciones de más. Recuerdo uno de los primeros capítulos, cuando Iciar escribió que volvía de la cocina al dormitorio de Ici con el dalsy y el termómetro en una mano, y un vaso de agua en la otra, o algo así. Le dije entonces que bastaba con decir que volvió de la cocina con esas cosas, y que no hacía falta que dijera que las llevaba en la mano, que el lector sería capaz de suponer que no se había puesto el vaso sobre la cabeza ni que llevaría el termómetro en la boca. En fin, esos comentarios con vena humorística creo que nos salvaron a las dos a lo largo de los meses que duró nuestro trabajo en común. Cuando llegaban los momentos duros solo teníamos que recordar cualquier chorrada de esas para sonreír y seguir avanzando. Y os voy a contar aquí cuál fue el momento cumbre de esa labor de corrección, porque el chascarrillo nos hizo reír tanto que me apetece compartirlo con todos vosotros.

Veréis, en un capítulo Iciar cuenta que Ici se está bañando con amigas y primos en la piscina, y explica que alrededor de los niños revoloteaban pequeños insectos de un tamaño así, y asá, y que esos bichitos abundaban en esa época del año, y que era por la humedad, y que se llamaban “aclaraguas”, creo recordar, y no sé cuántas cosas más que no sé si las buscaría en algún artículo de Wikipedia de zoología de insectos piscineros. El caso es que el párrafo, porque era todo un párrafo, zumbaba en mis oídos lectores como debían zumbar los dichosos bichejos aquella tarde. Y, para no andarme por las ramas, creo que lo señalé entero y, al margen, puse algo así como comentario: “Mira, gemelilla, ya puedes quitar todo esto. Basta que digas que por la piscina revoloteaban unos insectos incordiosos, aclaraguas, y punto pelota. Aunque elimines esa explicación no corres el peligro de que el lector piense que lo que había en tu piscina eran orcas”.

Bueno, todavía hoy, cuando nos acordamos de aquello, a las dos nos entra la risa floja. A veces hemos llegado incluso a bromear con escribir algún relato de humor que se titule así, “Orcas en la piscina”.

Para terminar, o casi, que todavía queda algo más

Iciar me mandó hace unos días por Whatsapp la foto de los ejemplares de su libro que, por fin, ha recibido. Y me entró tanta alegría que le dije que me apetecía escribir una reseña de su libro, aunque, como advertí al principio, esto no es propiamente una reseña, pero me da igual.

Hace poco publiqué una entrada compartiendo con vosotros, lectores, la noticia de que mi novela está también ya cerca del canal del parto. Quizá por eso soy ahora más capaz de entender cómo ha debido sentirse mi querida Iciar durante estos meses de espera. Es una sensación que, al menos a mí, me recuerda a los últimos meses de embarazo. Siento que mi criatura ya tiene forma y sé que se acerca el momento en que dejará de pertenecerme para ser propiedad de los lectores, para formar parte de ellos, que volará lejos de mí. Y ahora, al ver que Por qué lloras llega a mis manos, esa sensación de duelo extraño se desvanece, se convierte en una alegría compartida y en un estímulo para ese último empujón que me queda hasta conseguir ver mi historia igual que he visto ya las de Mila e Iciar.

Y por eso, porque adoro escribir, porque he tenido los mejores profesores y compañeros en mi aprendizaje, y porque estos cursos no solo me enriquecen como escritora, sino también como persona, quería contaros lo que os he contado.

Y aquí viene el algo más

Terminé de escribir esta reseña y me acordé de todas esas personas maravillosas que he mencionado, de todos los que hemos acompañado a Iciar en su viaje por la escritura, y pensé que ahora se sentirían felices al saber que Por qué lloras ha visto la luz. Así que se me ocurrió preguntarles si querrían aprovechar este artículo para decirle algo. Por supuesto hay muchos más de los que aquí menciono, y a todos ellos también les dedico un cariñoso recuerdo. No están aquí por razones de espacio, porque solo he convocado a los que escriben a continuación. Quiero aclararlo para que nadie piense que hay ausencias voluntarias. Sé que, si me hubiera puesto en contacto con más personas, este artículo tendría, como mínimo, la extensión de una novela. Por eso tuve que conformarme con elegir una pequeña muestra de ese gran mundo de amigos de letras.

Así que, Iciar, aquí hay algunas personas que tienen algo que decirte. Te dejo con ellas:

TUS AMIGAS

Carla Campos

Desde siempre se ha dicho que los novelistas deben escribir sobre lo que conocen. Si nos guiamos por ese consejo, se supone que lo más sencillo sería escribir sobre tu propia vida. Sencillo. Pero para mí es una de las tareas más arduas que hay. Pocas cosas son más complicadas que ponerle palabras al amor por un hijo, a la calidez de una mirada, al sabor de un abrazo espontáneo. Tan difícil y, sin embargo, Iciar lo hace con soltura, con un amor que supura en cada palabra, que baila con cada letra. Ha sido un honor ver crecer esta historia y, sobre todo, compartir un pedacito de la vida de Ici.

 Carmen Romeo Pemán

No siempre la verdad de los hechos coincide con la verosimilitud literaria. Si esto sucede estamos ante un texto excepcional, por su calidad literaria y por la fuerza de la verdad.

Pues este es el caso de Por qué lloras de Iciar de Alfredo. Ha conseguido contar con distancia, y con desgarro, las vivencias de una enfermedad incurable que se llevó muy pronto a su hija Ici. Lo realmente impactante son el tono sereno y la invitación a celebrar la vida. Por qué lloras, además es un libro de ayuda, no de autoayuda. La Ici que aparece en estas páginas puede ayudar a otras Icis a llevar mejor su problema y a aceptar con alegría el paso de convertirse en ángeles.

Solo un alma grande y generosa, con una inteligencia fuera de lo común, es capaz de sobreponerse a un dolor trascendente y ofrecer en unas páginas, muy bien escritas, una invitación a seguir celebrando la vida. Gracias a una madre coraje, gracias a Iciar de Alfredo, Ici ha conseguido entrar en la inmortalidad. Porque esa es una de las virtudes de la literatura, convertir en inmortal lo que celebra en sus páginas.

Os invito a leer una novela hermosa, bien escrita y bien construida. Os invito a descubrir como del mayor dolor humano pueden surgir las páginas más bellas.

Gracias, Iciar de Alfredo, por este regalo. Gracias por escribir tan bien. Gracias por ser como eres.

Mónica Solano

Cuando Iciar nos compartió que su novela estaba lista, me dio un salto en el corazón y todos lo vellitos de los brazos se me erizaron, como si una corriente eléctrica me inundará todo el cuerpo de repente. Era una noticia maravillosa, porque había tenido la oportunidad de compartir una parte importante de la gestación de su obra y enterarme de que había salido a la luz me llenó de felicidad. Ver nacer esta historia y ser testigo de cómo Iciar nos deleitaba con la dulzura de sus palabras en cada avance de Por qué lloras, fue algo muy especial para mí. Siempre me ha costado montones mostrarle al mundo mis textos, porque temo que en mis palabras se desnude demasiado mi alma y ver como Iciar en cada párrafo se entregaba por completo, entregaba lo mejor de ella, de su historia, de esa parte tan intima de su vida, me hizo recordar, muchas veces, por qué me gusta tanto escribir. El tiempo pasa y a veces es inevitable volver de nuevo a la oscuridad en donde los miedos abrazan como un corsé victoriano. Por fortuna, llegan a nuestras vidas obras como Por qué lloras que nos devuelven a la luz, que nos llenan de amor y nos inspiran. Solo resta decir: gracias, hermosa Iciar, por regalarnos tanta luz con tu novela y por recordarme la importancia de la escritura como herramienta de sanación.   

Mila Tapperi Hajjar

En noviembre del 2019, en la mesa de un restaurante de Madrid, los comensales hablaban y decidían entusiasmados qué comer. Todos menos dos mujeres. Ellas estaban extasiadas, una al lado de la otra, viendo la pantalla de un celular. Esas mujeres éramos Iciar y yo y en la pantalla estaba el boceto de la portada y la contraportada de “Por qué lloras”. Ella veía a su bebé y yo a mi “sobrino”.

No es fácil explicar lo que me une a Iciar y a ese grupo tan especial que menciona Adela. Creo que escribir y dejarnos leer por la otra ha sido un poco salir de nuestra zona de confort y mostrar nuestro yo más vulnerable. Nos hemos expuesto y, por lo menos para mí, ha sido liberador. Por eso, a pesar de la distancia física, se ha creado una forma de intimidad profunda que no se siente con cualquiera.

Esa noche me sentía honrada de haber recorrido junto a Iciar una parte del camino que la llevó a transformar su pena en un acto de amor. 

No veo la hora de tener ese “sobrino” en mis manos, reconocer parte de sus páginas y descubrir otras. Sé que a este se sumarán los otros bebés del grupo, los espero con los brazos abiertos y los lentes puestos.

TUS PROFESORES

Fernando Maremar

Como ocurre a menudo con las personas que merecen la pena, Iciar cambió mi vida. Ella fue la primera alumna a distancia a la que conocí en persona. Tras varios años impartiendo cursos en internet para la Escuela de Escritores, rechazaba una y otra vez las propuestas de encuentros que me proponían los alumnos. Pero Iciar, además de apuntar buenas maneras como escritora y de ser una persona ejemplar, poseía ese suave tesón, franco, inocente, hermoso en su pureza, parecido al de una niña cuando insiste en tirar de tu camiseta para que, sí o sí, pruebes su helado de frambuesa.

Así que allá fui, a tomar un café con Iciar.

Y lo que hallé fue, efectivamente, una persona maravillosa, que me hizo ver a mis alumnos, para siempre, de una forma muy distinta a cómo los había concebido hasta entonces. Sin que ella dijese mucho, porque como buena escritora escucha más que habla, el brillo de sus ojos oscuros me confirmó su pasión por las palabras, así como su compromiso con el camino de la escritura, que a mi parecer empieza y acaba en uno mismo, aunque pase por numerosos lectores.

Tiempo después, tras los muchos vericuetos de la vida y de la literatura, me dijo que iba a escribir sobre su hija, Ici, que nos había dejado hacía unos meses tras una larga enfermedad. Entonces comprendí que lo lograría. Que por fin traduciría esa suave insistencia suya en el libro con el que soñaba, y que hallaría en la escritura lo que siempre sentí que buscaba en ella: un camino de aprendizaje, verdadero, que te abre la consciencia a la vez que te revela los misterios del universo.

Ese es el libro que ahora me ofrece, con su elegante inocencia, tirándome otra vez de la camiseta. Y me vuelvo hacia ella y lo recibo con las palmas abiertas y una sonrisa plena, como quien va a acoger en sus brazos, por primera vez, a uno de sus nietos.

Su hija, convertida en ángel, bate las alas desde el cielo. Se la ve encantada de que su madre también haya aprendido a volar, y de que ella, Ici, haya ejercido como instructora principal durante las lecciones finales de vuelo.

Ismael Martínez Biurrun

Cuando alguien pone un trozo de su alma en lo que escribe se nota inmediatamente. No importa si la historia tiene forma de thriller y todos los personajes llevan nombres inventados: la verdad está ahí. Con una serenidad insólita para una primera novela, Iciar ha sabido plasmar en estas páginas el vértigo y la luz, la emoción y el dolor del simple acto de vivir…, sobre todo cuando ese vivir supone sobrevivir a quienes más amamos. Fue un privilegio ser testigo de la gestación de esta historia, y estoy seguro de que sus lectores encontrarán en ella la misma autenticidad. Te deseo toda la suerte del mundo, Iciar.

Despedida

Por qué lloras tiene una historia detrás. Y os he dejado entrever un trocito de ella.

Pero no os engañéis. Lo mejor de todo, sin lugar a dudas, es dejaros ganar por la historia. Si queréis disfrutar de Por qué lloras, podéis obtenerla aquí. Y para conocer un poco más a la autora, podéis asomaros a esta entrevista con ella.

Dos joyas en mi biblioteca

Adela Castañón

Imágenes: cedidas por Iciar de Alfredo, Mila Tapperi Hajjar y Adela Castañón

Barullo en el tranvía

A Inmaculada Martín, que me lo inspiró con su cuaderno de dibujos

Estaban dando las nueve de la mañana en el reloj de la audiencia cuando llegué a la Facultad de Filosofía muy sofocada. Acababa de tocar el timbre de entrada a clase, pero algunas de mis compañeras se habían quedado rezagadas en la escalinata principal.

—Chicas, esperadme, que ya llego.

Subí las escaleras de dos en dos y me uní al grupo.

—¡Menos mal que me habéis esperado! Así mejor. —Tomé aliento—. Este profesor es muy raro y no le gusta que lleguemos tarde. Si abrimos la puerta todas juntas yo creo que nos dejará pasar

—Pues no lo sé —me contestó la de la cazadora vaquera—. Ya sabéis que no quiere que nadie entre detrás de él.

—Y luego se pasa la clase charra que te charra con los alumnos. Siempre nos cuenta las mismas batallas —dijo otra, que ese día se había puesto tacones. Las demás llevábamos deportivas.

Como yo llegaba muy excitada, comencé a hablar sin parar.

—Perdonad el retraso. Pero no he podido correr más. ¿A qué no sabéis qué me acaba de pasar? ¡Jo, qué fuerte!

Cuenta, cuenta, dijo la de mi izquierda.

—Pues nada. Que venía en el tranvía, de repente ha frenado en seco y nos ha tirado al suelo. Todo el mundo ha empezado a gritar. El tranvía se ha parado y hemos bajado a ver qué pasaba. Y, justo delante, había una señora temblando de miedo. No la ha atropellado. Pero le ha ido por los pelos. ¡Menos mal! El tranvía ni la ha rozado.

Un ¡oh! generalizado me animó a seguir.

—Entonces, al ver que estaba bien, la gente ha comenzado a gritarle y he oído a uno que decía: “Una vieja tenía que ser. Y además mujer. No hay derecho que no respeten los semáforos y pongan en peligro la vida de los demás”.

—¡Joder! Siempre lo mismo —terció la que tenía justo enfrente de mí—. Estas cosas me encorajinan.

—Pues espera —continué—. Me he acercado a ver a la vieja. Y resulta que no era tan vieja. Mirad qué casualidad, era mi amiga Pilar, que tiene unos treinta años.

—Esa que nos contaste que la habían operado de un pecho —volvió a intervenir la de los tacones.

—Sí, esa. Lo que pasa es que con eso de la quimio la han dejado hecha una piltrafa. A mí también me ha parecido muy mayor.

—¡Pobre! —me contestó la misma

—Es que llevaba un pañuelo que le tapaba toda la cabeza y un sujetador que, como se le adaptaba mal a la teta que le queda, la inclinaba hacia adelante.

Les conté que cuando me acerqué a ella me quedé de una pieza. Que casi no me atrevía a decirle nada. Que había desaparecido la universitaria que hacía unos meses solo pensaba en mejorar su inglés y hacer varios másteres. También les dije que supe reaccionar a tiempo. Cuando le pregunté:

—Pilar, ¿qué te ha pasado?

Se volvió hacia mí y me reconoció.

—Pues, nada. Estaba en las musarañas y no me he dado cuenta de que pasaba por delante del tranvía. Yo creía que los males siempre les ocurrían a los demás. Nunca hubiera pensado que un cáncer me podría tocar a mí. Y ¿sabes que es lo peor? Pues que no me he dado cuenta de que cruzaba la calle. Que siempre, siempre, voy por el paso de peatones.

Mis compañeras miraron sus relojes y yo abrevié:

—Así que la he acompañado hasta su casa, un par de calles más arriba. Por el camino me ha dicho que eso le ha pasado en el momento en que se acababa de enamorar y había encontrado trabajo. Al despedirnos me ha soltado: “La vida no es justa. ¡Tantos años estudiando y luchando para conseguir un trabajo! Y ahora, de repente, todo se me viene abajo”.

La de la cazadora vaquera me apretó el brazo y dijo.

—¡Vaya putada! No sabes cómo lo siento.

Yo me pasé las manos por la cara, ajusté los papeles de la carpeta y comenzamos a caminar hacia el aula. Cuando íbamos a llamar a la puerta, les dije:

—Bueno, el caso es que con todo este barullo se me ha hecho tarde. Y ¡vaya susto que llevo! Aunque esto es solo un aviso, cualquier día nos puede pasar a nosotras.

—¡Anda ya! No pienses en eso. Ya veremos qué nos toca. De momento carpe diem, como dice el profesor de Latín —contestó una que había estado escuchando sin decir nada.

Mientas tanto la de los tacones golpeó con los nudillos y salió el profesor con cara de pocos amigos. De repente oí una voz ronca:

—Que sea la última vez. La próxima, aunque vengáis en grupo, no os dejaré pasar.

Carmen Romeo Pemán

La playa de los cinco sentidos

Te veo al dar la curva, antes, incluso, de bajar del coche.

Me vuelvo a preguntar, una vez más,

cómo es posible ese milagro diario.

Esa gama de azules, y de grises,

y de verde coral, y verde lima,

y ese blanco tan blanco de la espuma

que viste tus orillas

con el encaje de los más finos trajes

de alguna emperatriz de las antiguas.

Y mis ojos se gozan, un día más,

en tu eterna paleta de colores.

 

Y conforme me acerco, empiezo a oírte.

Ese rumor del agua, con las olas que corren sin respiro

para ser las primeras en llegar a la orilla

y contarle a la arena las historias de amor que,

a lomos de sus crestas,

viajan desde los mares más profundos

en busca de las nubes.

Historias que quieren llegar al cielo

cabalgando en las olas.

Y llegan a la orilla para besar el suelo,

y esperar a las aves, que, en su vuelo,

las eleven, por fin, a las alturas.

 

Cierro los ojos. Me tapo los oídos.

Y respiro, llenando mis pulmones

con ese olor a sal y algas marinas.

Que nada me distraiga.

Ni el azul que llega hasta el horizonte,

ni el canto de sirena de las olas.

Mi playa es ahora aroma.

Y no quiero perder

ni siquiera una gota de esa esencia.

Porque en mi playa, el aire es diferente

y quiero que se cuele por mis venas

llenándome de vida.

 

Y retraso el momento de meterme en el agua.

El placer de la espera es casi tan inmenso

como el momento en que, por fin,

me adentro entre las olas.

Sumerjo la cabeza.

Y, cuando salgo, siento el sabor de la sal en mis labios.

Y los lamo, y la sal sabe a besos.

Y me hundo una y mil veces en el agua

solo por el placer de volver a mojarme,

y que el agua del mar

deje en mi cuerpo ese sabor intenso,

por si luego otros labios

quieren calmar su sed bebiendo de mi piel

o besando mi pelo.

 

Y, cuando salgo, me siento en la orilla.

Cojo un poco de arena

y dejo que se escurra, poco a poco,

igual que una caricia entre mis dedos.

Recojo las rodillas porque quiero

sentir como la arena, grano a grano,

va, igual que los chiquillos,

por ese tobogán que va de mi rodilla a mi tobillo.

Y mi piel se estremece,

pues no hay otra caricia que tenga esa dulzura.

Lágrimas de calor

que acarician mi piel, todavía húmeda.

 

Las acuarelas que son el mar y el cielo,

la música que arrulla las orillas,

el olor de las algas, el sabor de la sal,

el calor de la arena,

la caricia del sol,

la sombra de las nubes,

son un regalo para los sentidos.

 

Que todo eso es verdad, solo lo sabe

aquél que lo ha vivido.

Adela Castañón

Imagen: David Mark en Pixabay

Andresa la Muda

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando dieron las seis en el reloj de la torre, me levanté de un salto y me quité las legañas con el agua que quedaba en el barreño de fregar las cazuelas. Me asomé a la ventana y vi que el humo de las chimeneas ya se disolvía en la luz clara de la mañana. Así que, sin perder tiempo, cogí la escoba y bajé a barrer la calle. Aproveché que aún no había salido mi vecina y me asomé a la barbacana del Terrao. Achiqué los ojos y miré el camino de Valzargas. Como teníamos miedo a los maquis, me puse a mirar a ver si venía algún hombre por la Collada de San Jorge. En esas estaba, cuando Andresa, la que teníamos por muda, me tocó en el hombro.

—Buenos días, Andresa.

Pronuncié despacio y claro, por tenía que leer en los labios. Pero oía bien, que sin mirarme, levantó el puño.

—A mí no me saludes así, hijaputa.

Como yo no era de las que levantaba el puño ni me gustaban broncas, me puse a barrer rezongando: “Si ya lo digo yo, con eso de que todos dicen que es muda, parece que no se entera de nada. Y es la más alcahueta del pueblo. Que ninguno sabemos si era muda antes de llegar al pueblo. Que ya era moza cuando vino con unos arrieros y aquí la dejaron sola”.

Mientras tanto ella se metió al patio y salió con una hoz roñosa. Avanzó hasta la pared del huerto y cortó las hierbas que asomaban. Cuando acabó recogió la hoz en su casa.

Al poco volvió a salir y me soltó un gruñido. Como la noté más alborotada que otros días, le pregunté:

—Oye, ¿has oído el barullo que se ha montado esta noche con el caballo negro de casa Fontabanas?

Movió la cabeza de un lado a otro, como cuando se niega algo con fuerza.

—Pues verás, a eso de las doce nos han despertado unos relinchos y unas coces en la pared.

Andresa se acercó un poco. Se sujetaba la cara con las manos.

—No te hagas la tonta. Que tú también los has tenido que oír. Desde mi ventana se veía una sombra en tu ventanuco. Seguro que estabas escuchando.

Se tapó la boca como si fuera a dar un grito. Yo seguí hablando.

—Al principio creímos que José había muerto en el monte y que el caballo volvía enloquecido.

Las muecas de Andresa le estaban deformando la cara por momentos.

—Además la madre de José nos dijo que sabía que le iba a pasar algo, que ese día se había ido al monte sin santiguarse ni tocar el San Cristóbal de la puerta.

Andresa se tapó la cara con las manos, como si fuera a llorar. Pero yo no me amilané con sus gestos.

—Mira, la vieja se equivocó. José no está muerto. O por lo menos eso dijeron unos embozados que llegaron corriendo detrás del caballo.

Se quitó las manos de la cara y se me acercó aún más. Ahora no se perdía ni un detalle de lo que le contaba.

—Tú sabías lo que iba a pasar. Por eso no te asomaste por la mañana, cuando la vieja salió a la calle rogándole a su hijo que no fuera a Valzargas.

Sin dejarme acabar, se dio media vuelta. Por debajo del delantal le asomaban unas zapatillas agujeradas y una saya pardusca que le llegaba hasta los tobillos.

—Me da igual lo que hagas. Sé que tú avisaste a los de la Resistencia, a los que iban buscando a José. Sé que tú les dijiste que ese día iba a ir a segar a la partida de Valzargas.

Cuando estaba entrando en el patio, levanté la voz un poco más.

—No te vayas, mala pécora. Tienes que escucharme.

Se volvió con los ojos encendidos.

—Llegaron dos embozados y nos contaron que lo tenían preso en el corral de Valzargas. Que si los del pueblo no les mandaban panes, le pegarían un tiro. ¡Ah! Y que tú sabías por qué.

Se persignó varias veces y se besó las manos.

—Mira lleva toda la noche echando humo la chimenea de casa el hornero. Esta tarde ya estarán listos los panes

Andresa se metió en su casa. Y yo seguí hablándole. En realidad quería que me oyeran todas las vecinas.

—Anda, que pareces una mosca muerta, pero todos sabemos que eres la chivata. Que si no les hubieras contado tantos cuentos ellos no se habrían ensañado con la gente de este pueblo. ¿Se puede saber a qué vas contando tantas mentiras?

Es que Andresa lo revolvió todo. En el pueblo siempre habíamos tratado bien a los maquis. Nunca los habíamos denunciado a la autoridad.

—Menuda trifulca has montado. Y por tu culpa han cazado a José. Para que desembuche. Por eso han soltado al caballo.

Ella seguía sin aparecer. Y yo dale que te pego.

—Lianta. Eres una lianta. Ya verás, ya. Cuando se corra la voz, entre todos te vamos a dar una somanta de palos.

Entonces bajó corriendo las escaleras. Me dio un empujón y casi me tiró al suelo. Con paso ligero tomó el camino que lleva a Valzargas. Yo volví a la barbacana y achiqué los ojos. Al poco rato la vi que desaparecía por la Collada de San Jorge. Seguro que encontró pronto a sus compañeros.

A la mañana siguiente un grupo de hombres armados pasó la Collada. Venían hacia el pueblo. Cerré la puerta y las ventanas. Y no tardé en oír el tiroteo en la calle.

Muchos años perduró el recuerdo de los muertos inocentes. En los carasoles se siguió hablando de la desaparición de José y de una mujer muda que se fue por la Collada.

Carmen Romeo Pemán

Las fotos publicadas por Lorien La Hoz en su página de Facebook.

¿Quién mató a Laura Crowning?

La Retaguardia. El Diario de todos. Domingo 28 junio 2015. AÑO XXII. Edición Nacional. 2,50 €

FALLECE ANOCHE EN SU DOMICILIO LA HIJA DEL PRESIDENTE DE GOBIERNO EN MISTERIOSAS CIRCUNSTANCIAS

Exclusiva de L. Redrum

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Foto de archivo. Laura Crowning baila un vals en su aristocrática fiesta de puesta de largo con el hombre que, dos años después, se convertiría en su esposo

La noticia del hallazgo del cuerpo sin vida de Laura Crowning, descubierto esta mañana por la empleada de hogar a su llegada a la villa, ha causado un profundo estupor en todos cuántos la conocían. “Me extrañó que la señora no bajara a desayunar, y subí a la habitación. No contestó cuando llamé a la puerta, y por eso abrí. Y allí estaba la pobre señora, tendida en la cama, completamente vestida”, ha declarado la mujer entre sollozos.

Esta muerte inesperada ha desatado rumores que chocan con un muro de silencio por parte de sus familiares, que han rehusado hacer declaraciones. No obstante, personas cercanas al círculo familiar, que prefieren permanecer en el anonimato, han comentado que la fallecida pasaba por una delicada situación personal y estaba en tratamiento médico por un cuadro depresivo atribuido a los rumores de crisis en su matrimonio, rumores  desmentidos por parte de su esposo.

Fuentes policiales han confirmado que la cerradura del domicilio no mostraba signos de violencia, pero se mantienen abiertas varias líneas de investigación. No se puede descartar aún la hipótesis del robo, muerte accidental o natural, e incluso se baraja la posibilidad del suicidio como causa del fallecimiento. A las 12.00 horas tuvo lugar el levantamiento del cadáver. El cuerpo ha sido trasladado a las dependencias forenses para practicarle la autopsia. Por el momento no hay más información acerca de lo sucedido, aunque este periódico se mantiene a la espera de nuevas noticias, que podrán seguir en directo en nuestra cadena televisiva.

rayaaaaa

***** Raymond Black sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Casi le parecía oír las notas de aquel vals, que luego habían bailado juntos tantas veces a lo largo de sus cinco años de matrimonio. Hundió los hombros y agachó la cabeza al recordar las preguntas absurdas que Laura le planteó cuando se enteró de su aventura: “¿Por qué has tenido que bailar con ella precisamente ese vals? ¿No podías haberme dejado algún recuerdo sin mancillar?” Parecía que a Laura le había dolido más un simple baile, que el hecho de que él se hubiera acostado con otra. Nunca entendería a las mujeres, y a la suya menos que a ninguna. El imprevisto embarazo de su amante había sido tan inoportuno, como oportuno el fallecimiento de su esposa. Frunció el ceño al pensar que los trámites para heredar a Laura podrían retrasarse debido a las circunstancias de la muerte. Se rascó la nuca y empezó a sudar un poco. La paciencia no era el punto fuerte de sus acreedores. Y además el esposo era siempre el primer sospechoso en estos casos. Pero él tenía una coartada perfecta. O no tan perfecta. ¡Mira que ir a morirse Laura mientras él echaba el polvo del siglo! Pero para convencer a su amante de que el aborto era la salida más conveniente, utilizó su mejor argumento: el sexo. ¡Joder, joder, joder…! A ver si ahora, al cambiar su estado civil de casado a viudo, se empeñaba la otra en tener el crío… Raymond se permitió una carcajada a solas. ¡Precisamente por joder tanto y sin precauciones, ahora era él el que estaba bien jodido! Había metido la pata –y lo que no era la pata– hasta el fondo. ¡Maldita suerte…! Los nervios aguzaron la parte más cínica de su sentido del humor. “Raymond Black”, pensó para sí, “la cosa se te puede poner muy negra…”

***** Helen Fall sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Recordaba el día de la puesta de largo de su mejor amiga, y la boda donde ella fue dama de honor. Derramó una lágrima que nada tenía que ver con la pequeña punzada en el vientre que la hizo encogerse un poco. ¡Pobre Laura! Tanto dinero, y no poder comprar ni un gramo de felicidad. La vida, en sus planes para Laura, olvidó decirle que su nombre no era el único en la agenda de Raymond. La lágrima solitaria dejó de serlo; los ojos de Helen se convirtieron en un manantial cuando evocó los ratos de conversaciones bobas entre Laura y ella. “Lauri, mi querida y pobre Lauri, si aún vivieras me verías llorar por ambas. Y me soltarías una chorrada de esas tuyas, dirías algo tan tonto como que mi ojo izquierdo llora por ti, y el derecho por mí. Y daría lo que fuera porque pudiéramos las dos compartir las carcajadas”. El rímel se le había corrido a Helen; y no sólo el rímel. Helen pasó revista a las juergas que se había corrido, a sus deslices, a sus caídas en las tentaciones de la carne, y se preguntó por primera vez cómo iba a vivir con sus recuerdos a cuestas. Lo sucedido había sido inevitable; ella no lo había hecho a propósito. Y todos los días ocurrían accidentes, ¿o no?

***** El policía sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Ojeaba el ejemplar mientras se afeitaba. Su teléfono echaba humo. Las primeras investigaciones prometían complicar el tema. Las finanzas del marido no eran todo lo boyantes que parecían, y estaban a punto de descubrir la identidad de la mujer misteriosa que había torpedeado la navegación del matrimonio por debajo de la línea de flotación. Y algo le decía que el resultado no le iba a agradar ni lo más mínimo. Su móvil sonó, y en la pantalla apareció el número del médico forense. El inspector escuchó en silencio las novedades, mientras se rasuraba con la otra mano. Cuando colgó, le habló a su reflejo en el espejo: “Andrew Thorpe, más te vale andar listo en este caso si no quieres que el comisario haga rodar cabezas, empezando por la tuya si cometes un solo error…”. A ese tipo de personajes encumbrados, que siempre parece que mean colonia, había que cogérsela con papel de fumar. Uno no podía meter la pata con gente así.

***** El periodista sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Posiblemente le ofrecieran un ascenso por el artículo, aunque no lo iba a poder disfrutar. Había tenido un acceso privilegiado a la información. Laura Crowning lo había enamorado desde el día en que la coronaron reina del papel couché. Él fue el primer sorprendido de que aquella princesa de la alta sociedad le abriera años después las puertas de su corazón. El camarero del restaurante se acercó a tomar la comanda y Lionel encargó, como siempre, un plato único, bebida y postre. Se aseguró de que nadie lo estuviera observando y sacó de su bolsillo el móvil de Laura. Era lo único que se había llevado de la casa. Necesitaba disfrutar por última vez de las imágenes de su amada. La única foto en que ambos aparecían juntos la habían tomado dos días antes, con el móvil de Laura, como única concesión por parte de ella para compensarle el daño que le estaba ocasionando con su ruptura. El periodista soportó con cara de poker la confesión de Laura. Tuvo que escuchar de sus labios cómo lo había utilizado para averiguar que la amante de Raymond no era otra que Helen, su amiga, su confidente, a la que había confiado sus temores más ocultos. ¡Qué sensación de ridículo al enterarse de que era con ella, precisamente con ella, con quién la estaba engañando su marido! ¡Cómo le había dolido a ella el papel vejatorio que le tocó representar! ¡Lo que debería haberse reído Helen con Raymond a sus espaldas! Con la misma inmovilidad de estatua recibió el periodista las disculpas de una Laura ruborizada y cabizbaja; lo había utilizado también para intentar darle celos a Raymond, pero ella quería realmente a su marido. Y Raymond le había prometido que dejaría a Helen, se lo había prometido esa misma tarde. Por eso, le explicó Laura entre tartamudeos, tenía que poner fin a su relación con él.

El camarero le sirvió la comida. Saboreó el plato único, el vino, el postre. Pagó, salió del restaurante y borró del móvil la foto donde aparecían Laura y él juntos. El parking estaba desierto; colocó con cuidado el teléfono detrás de la rueda trasera del coche, y los mil cien kilos de su Ford fiesta aplastaron el aparato cuando salió marcha atrás. Llegó a su casa y sacó del bolsillo del pantalón el bote de pastillas. Después de haber puesto algunas en el vino de Laura, que no pudo negarle ese brindis final de despedida, ella se había quedado adormilada, y ni siquiera se enteró cuando él le clavó la jeringuilla en la flexura del codo, en esa piel de alabastro que días antes había besado.  Si, posiblemente le ofrecieran un ascenso. Tal vez, incluso, volvieran a darle su antiguo puesto en la cadena televisiva. Aún se preguntaba el motivo por el que su jefe y sus compañeros lo miraban de modo extraño algunas veces. Como la vez que sugirió que la retransmisión en directo de la primera ejecución de una sentencia de muerte se hiciera con un ligero desfase de unos siete minutos como medida de precaución por si se presentaba algún imprevisto en la retransmisión. Y cuando le preguntaron por el tipo de imprevisto que podía surgir, dijo lo primero que se le ocurrió: que si el condenado sufría en los minutos previos una relajación de esfínteres, sería mejor cortar ese plano para no ofender la sensibilidad de los espectadores. Todos lo habían mirado de modo extraño, y cuando se lo contó a Laura vio reflejada en sus preciosos ojos verdes la misma expresión de desconcierto. Finalmente la dirección había decidido no retransmitir la ejecución, pero una semana después el periodista se vio catapultado al vagón de cola de la empresa, la sección de sucesos del periódico propiedad de la poderosa multinacional, y que era como el hermano pobre de toda la corporación.

El periodista pensó que el mundo se había vuelto del revés. Nadie lo comprendía; todos lo miraban como si estuviera loco. Incluso Laura. Sin embargo se sentía satisfecho de haberse mantenido fiel a sus principios. “Nunca tomo un segundo plato. Ni soy ni seré jamás un segundo plato para ninguna mujer”, pensó. Se tomó tres o cuatro pastillas, más por compartir con Laura sus últimos actos que por necesitar tranquilizarse. Jamás se había sentido tan calmado. Se arremangó la camisa, y desinfectó su piel; sonrió al seguir el mismo ritual que había ejecutado con su princesa, y se esmeró con el betadine a pesar de saber que no tendría tiempo de contagiarse de ninguna hipotética enfermedad. Lionel Redrum no sintió nada cuando el émbolo de la jeringa se deshizo de su carga letal impulsándola por sus venas. Levantó la mirada y vio reflejada en el espejo la portada del periódico. Pensó con ironía que no solo el mundo se había vuelto del revés: el artículo firmado por L. Redrum se reflejaba de forma invertida en el espejo de manera profética. Su firma lo decía todo. Había sido su destino:  “murdeR . L”

rayaaaaa

La Retaguardia. El Diario de todos. Martes 30 junio 2015. AÑO XXII. Edición Nacional. 2,50 €

SORPRENDENTES NOVEDADES EN LA INVESTIGACIÓN DEL FALLECIMIENTO DE LAURA CROWNING

El caso Laura Crowning sufre un giro inesperado al descubrirse hoy en su domicilio el cadáver del periodista que publicó la exclusiva del suceso. La policía abre nuevas líneas de investigación, y no ha emitido ningún comunicado para los medios de comunicación. El juez encargado del caso ha decretado secreto de sumario.

Adela Castañón

Imágenes: Pixabay , Pexels

En blanco y negro

Llamas a mi vida después de treinta años de silencio y tumbas mis defensas con un simple rectángulo de papel, el de una fotografía en blanco y negro que me mandas al email.

Pero ya no tenemos dieciséis años.

Salgo de mi cuerpo de mujer adulta, de abogada de éxito, y se invierten los mundos. La foto fija es ahora mi despacho, los libros alineados a mi espalda, en la biblioteca. El ruido del mar no es ya el de la playa de la costa de Cádiz que escucho desde mi casa, sino otro, el de las olas rompiendo en la arena del Cabo de Gata, una melodía nostálgica que pone música a la voz del muchacho rubio que eras y que se acerca a la muchacha con coletas en la que yo me he vuelto a convertir. El despacho, la letrada, se difuminan. Una brisa con olor a algas se los lleva muy lejos y dejan de existir.

Estoy en Cabo de Gata, posando cerca de la orilla mientras mi hermano trata de enfocar la cámara para hacerme una foto de recuerdo de nuestra primera excursión con el grupo Scout. Te veo venir con el rabillo del ojo, sin moverme. El carrete tiene veinticuatro fotos y no es cuestión de desperdiciar ninguna. Antes de que Pablo apriete el botón, te escucho pronunciar unas palabras imposibles:

–¿Puedo ponerme, o se enfadará Rafa?

Trago saliva sin saber qué contestar. Bebo los vientos por ti, pero me moriría de vergüenza si lo supieras. Por eso, y porque Rafa me regala piropos que yo no sabía ni que existían, he dejado que se sentara a mi lado en el autobús y permito que me acompañe a casa a la salida de las reuniones. Y por eso hablo tanto con él, para obligar a mis ojos a no girarse cada vez que tú entras en los salones, o cuando llegas a los ensayos con la guitarra. Y no sé qué hacer para que no parezca que Rafa y yo estamos saliendo. Cuando entré en el grupo, Chari me dijo que te arrimabas a mí porque te daba pena verme como la “nueva”, la que, recién mudada a la ciudad, todavía no había sido capaz de hacer ni un amigo. Y yo, que no sabía que el cielo existía hasta que te vi, sé que podré soportarlo todo, cualquier cosa, excepto tu compasión. Y Rafa es mi armadura, pero en lugar de sentirme defendida me oprime, me asfixia, me roba el aire que te pertenece a ti, y no a él.

Y eso cambia de pronto allí, de pie, en la arena de la playa, cuando tú, sin esperar respuesta, te pones a mi lado y dices dos frases que son todavía más imposibles:

–Si se enfada, que se enfade. Vale la pena.

Y ahora, después de treinta años, me has buscado en internet, me has llamado y, cuando me has pedido mi dirección de email y te la he dado, (¡cómo no dártela!), lo primero que me mandas es esa foto escaneada.

Y me toco las yemas de los dedos. Ya no hay callos, los surcos que dejaban las cuerdas de tu guitarra cuando me la prestabas se borraron hace mucho. Recuerdo que mis dedos se empeñaban en dibujar acordes para que la huella de tus dedos se alojara en los míos que luego, a solas, besaba mil veces. ¿Qué habrá sido de aquella guitarra tuya, cómplice silenciosa de mis ritos de amor adolescente?

Abro los ojos, salgo de la foto y me pregunto por qué me buscas ahora.

Estás jugando con ventaja, lo sabes y lo sé, y sé que no me importa. La foto en blanco y negro lo ha trastocado todo. El color está allí, en Cabo de Gata, en la orilla del mar. En ese cosquilleo que me subía desde los pies y que yo achacaba a la arena que se coló en mis zapatos, con tal de no admitir que alguien con ojos como el mar y con trigo por pelo se había adueñado de todo lo que yo era. De todo lo que soy. Y mi trabajo fijo, mi vida, mis logros de estos años no son más que cenizas si los comparo con esa foto nuestra.

Me escribes. Te respondo. Me vuelves a escribir. Vienes a verme aprovechando un viaje que haces por otra causa. Tu pelo ya no es trigo. Ahora es nieve. Tus ojos son los mismos, eso sí. Mojamos los recuerdos en dos o tres cafés, toda una tarde hablando sin parar. Ahora no hay ningún Rafa entre nosotros, el tiempo se ha encargado de que ya no haga falta. Nos sobra con tu vida, con la mía. En tu cara hay arrugas y quisiera besarlas para beber en ellas las historias que has escrito y en las que yo no he estado. Y me muero de ganas de entregarte el tiempo que me quede.

Las horas del reloj se nos escapan. Nos levantamos y te acompaño al autobús. Pero antes de llegar me paro en una esquina y, por sorpresa, se abre el baúl de todo aquello que no hice. Y hoy soy yo la de las frases imposibles:

–¿Te enfadas si te pido un solo beso para decirte adiós?

Y, antes de que reacciones, mis labios rozan los tuyos casi sin tocarlos. No me respondes, tampoco me rechazas. Te quedas quieto, pero veo o quiero ver una sonrisa. Da igual. El autobús no espera. Te mando por whatsapp cuatro folios que me entretuve en escribir anoche, por si no me atrevía a decirte todo lo que te he escrito.

Y, después, solo ausencia. No hay respuesta.

De adolescente te perdí por callar. Y ahora creo que te he vuelto a perder por hablar demasiado. Es la vida, supongo. Pero tengo ese beso robado y ahora me quiero más por haberme atrevido a terminar mi escrito con las dos palabras que te debo desde hace treinta años: Te quiero.

Y paso del orgullo y te vuelvo a escribir. Y tu respuesta ya no me cosquillea: ahora somos “amigos”, eso soy para ti. Dices que me buscaste por curiosidad.

¿Después de treinta años? Permite que lo dude.

Y entonces me doy cuenta de que, a pesar de todo, he salido ganando. Porque si lo nuestro hubiera seguido, si hubiera siquiera empezado, entonces o ahora, a lo mejor ya estaríamos hartos uno del otro. Pero, como nunca llegó a ser nada, se quedó congelado en el tiempo, convertido en un milagro de eterna juventud donde la magia del futuro sigue estando a salvo de la monotonía y la desilusión del pasado, de un pasado que no llegó a existir porque no hubo presente. Solo sueños.

Esa foto, ahora lo veo, siempre dejó la puerta abierta a la esperanza, al millón de historias que pudimos tener y no tuvimos.

Y no sé qué creer, pero no importa. Porque tal vez estaba equivocada.

Y no quiero entregarte ya mi vida, la quiero para mí.

Y ya no os necesito ni a ti ni a tu guitarra. Me basta con la chica de la imagen, aunque ya no me peine con coletas.

La foto me ha devuelto mil historias que algún día escribiré. Y, pensándolo bien, quizá, solo quizá, acabo de ponerle la palabra “fin” a la primera de ellas.

Porque, a pesar del tiempo, hay puertas que nunca se podrán cerrar del todo.

Adela Castañón