Perseguir un arcoíris

Mi color es el gris. Se me subió a la espalda el primer día de trabajo en la oficina y, desde entonces, lo llevo puesto como una segunda piel, aunque en mi armario no exista ni una sola prenda de ese color.

Me casé hace siete años. Mi marido y yo compramos un piso y lo arreglamos entre los dos. Elegimos en la tienda una pintura que allí se veía dorada, luminosa y cálida, pero que se convirtió en color humo sobre las paredes del dormitorio. Parecía que los tabiques se la tragaban y convertían los rayos de luz que se colaban incautos en brochazos de cenizas.

De lunes a viernes voy a la oficina andando. Los días que hace mal tiempo, cuando camino por la tercera avenida, tiendo a inclinarme y encojo un poco los hombros sin llegar a caerme mientras peleo con el viento que me empuja y me grita al oído que vuelva atrás, que cambie el rumbo. Pero nunca le hago caso. Ni a los plásticos de las bolsas de basura que me susurran lo mismo con su triste soniquete. Mis pasos se acompasan al ritmo metálico de las tapas de los cubos abollados, que resuenan como campanas con un eterno y cansino repique a muerto.

Mi historia no es solo monocromática. También es plana, como los folios que sufren cadena perpetua en los archivadores de nuestra oficina, con sus mesas colocadas en hileras en un gran salón central, simétricas, ordenadas, nuestro propio cementerio de Arlington con mobiliario de formica.

Casi a diario veo a una mosca que es parte de la plantilla, o quizá son varias y se turnan, no sé. Choca con la ventana una vez, y otra, y otra más. El concepto de cristal no debe de existir en su cerebro de alfiler. El zumbido de sus alas me atraviesa el tímpano y se superpone al del aparato de aire acondicionado, que desafina y suelta vaharadas de calor cuando debería refrescarnos, y al revés.

Desde que despidieron al botones sudo cada vez que me acerco al ascensor. Si estoy sola tendré tocar con los dedos esa placa grasienta, donde los números se adivinan más que se ven, para pulsar el número 14. Y, si entra alguien más, me tocará aguantar la respiración para que el olor a ajo del aliento de algunos no me haga lagrimear y me provoque arcadas. Eso contando con que me pregunte a qué piso voy y lo pulse.

Sea como sea entro en la oficina con los labios apretados, en una batalla perdida contra el olor a tinta y a polvo milenario. Intento no abrir la boca para no vomitar el desayuno que tomo en casa. Aquí, aunque me ofrecieran champán francés, lo rechazaría. A mi estómago solo llega el tufo de la chaqueta de mi vecino de mesa, colgada junto a nuestros bolsos de plástico barato y bufandas ajadas en un perchero de madera a punto de quebrarse bajo su carga. A veces desayuna en su mesa un perrito caliente, y yo parpadeo para espantar la imagen de una salchicha que escapa del pan y se convierte en serpiente para abrazarse a mi cuello hasta asfixiarme.

Mi vida es una tontería sin sentido, pero cuesta trabajo querer morirse solo a golpes de fuerza de voluntad. Salgo de casa. Llego a la oficina. Trabajo. Salgo de la oficina. Llego a casa. Mi marido y yo cenamos. Vemos la televisión. Algunas noches, nos acoplamos. Llamar a eso hacer el amor le viene grande. Dormimos. Despertamos. Desayunamos. Salgo de casa. Llego a la oficina…

Hasta que, un buen día, internet lo cambia todo. Mi historia deja de escribirse y empieza a esculpirse en tres dimensiones, en un arcoíris que borra el anonimato de todo lo que me rodea. Organizo muy bien mi trabajo y resuelvo pronto mis tareas, así que tengo tiempo para navegar en busca de no sé qué. El teclado de mi ordenador se convierte en los mandos de una nave espacial, mi sillón es ahora la alfombra de Aladino. El “clac-clac-clac” de mis dedos sobre las teclas ha tropezado con las palabras mágicas, “¡Ábrete, sésamo!”, y al otro lado del monitor, un buen día, aparece “ÉL”. Nos conocemos por azar en ese mundo virtual. Sus palabras están vivas: atraviesan la pantalla de mi ordenador, erizan el vello de mis brazos y me producen escalofríos que contrastan con el calor de mi sangre, convertida en lava cuando chateamos.

Nuestra relación virtual gana fuerza. Una tarde, aparece en el monitor una frase que me golpea como una bala: “Quiero que nos encontremos”. Esas cuatro palabras se me enroscan en las papilas gustativas, me roban la saliva. Mi boca se seca, y rompo a sudar, aunque tengo los pies como dos bloques de hielo. Nunca hemos intercambiado fotos. Me dice que él pondrá las condiciones para el encuentro. Y acepto.

A veces, por mi trabajo, tengo que acompañar a algunos jefes a otras ciudades para asistirlos en reuniones de negocios. Pasar una noche fuera de casa no me supone ningún problema.

Voy a la habitación del hotel, y sigo sus instrucciones. Me siento en el sofá, apago la luz, y espero con los ojos cerrados. Me llega un aroma a jazmín y siento el frío de lo que puede ser el tapón de cristal de un bote de perfume que roza los dos lados de mi cuello. El olor se intensifica. Cierro aún más los ojos e inhalo con fuerza. Desde atrás, unas manos suaves tapan mis ojos con un tejido de seda, un pañuelo, supongo, que me ata en la nuca. El frío del tejido es bienvenido, pero me acalora en lugar de refrescarme. Abro la boca para hablar, y algo con tacto de terciopelo presiona apenas mis labios suplicándome silencio. El olor ha cambiado. ¿Podría ser una rosa? Sí, creo que sí. Y, mientras roza mi boca, escucho un siseo casi inaudible, o quizá lo estoy soñando. No importa.

La cordura intenta hablarme, pero la encierro en un baúl y tiro la llave lejos, muy lejos. Unas manos invisibles me quitan el abrigo. Mi desconocido fantasma me pone de pie, y empieza a desabrocharme la blusa. Al llegar al tercer botón se detiene. Coge mis manos y las guía hacia su pecho. Imito sus movimientos y despacio, muy despacio, botones y ojales empiezan a separarse. Se detiene unos segundos. Cuando empiezo a preguntarme si algo va mal, unas notas invaden el aire. Comienza a sonar el tema de una de mis películas favoritas, “Picnic”. Él es William Holden, y yo una sexy Kim Novak que nada tiene que ver con la mujer que protagoniza la película de mi triste vida de oficinista. Sus manos me rozan casi sin tocarme. Me llega el calor de su cuerpo, que presiento a pocos milímetros del mío, y empiezo a almacenar recuerdos para después. Cuando vuelva a casa, día tras día, hora tras hora, podré reconstruir cada instante de esa mágica noche: el frío de las fresas con champán, mi lengua descubriendo sobre su piel sabores tan antiguos como el mundo, el olor de jazmines y de rosas, “Picnic”, Ravel y su bolero… Todos esos recuerdos los atesoro envueltos en el pañuelo de seda que en ningún momento abandonó mis ojos. Es lo único que, según sus condiciones, podré llevarme cuando nuestro encuentro acabe.

Al día siguiente regreso a mi vida. Camino, erguida por la tercera avenida, con el abrigo desabrochado, sin sentir frío. Hoy la basura huele a jazmines y a rosas, los cubos han cambiado de partitura y me regalan melodías hechas de campanitas navideñas y villancicos. No me había dado cuenta de que estamos casi en Navidad.

Cuando llego a mi mesa lo primero que hago es encender el monitor. El chat está desierto. Mi ordenador se ha quedado ciego, sordo y mudo. Se burla de mí, una y otra vez, con la misma frase abúlica: “Mail delivery failed: returning message to sender”. La mosca sigue chocando contra el cristal. Trabajo. Vuelvo a casa.

Pongo la mesa de manera mecánica. Me siento delante de la comida. De pronto me doy cuenta de que todo está oscuro. Se ha hecho de noche y ni siquiera lo he notado. Mi marido debería haber llegado hace rato, siempre vuelve a casa antes que yo. Estoy tan cansada que me deja indiferente su retraso. Entro al dormitorio. Solo quiero derramar mi desesperación en la almohada. Enciendo la luz para cambiarme de ropa y me quedo parada en la puerta.

Hay una maleta pequeña abierta sobre la cama. Me acerco a ella, y los ojos se me enrasan.

En el interior hay un pañuelo de seda rojo, copia exacta del que llevo conmigo en el bolso desde ayer. Un frasco de perfume de jazmín, una rosa roja, que parece recién cortada, y un CD con la banda sonora de Picnic. Todo eso ocupa uno de los lados de la maleta. En el otro lado solo hay un papel, una tarjeta con la dirección del hotel de ayer, y la llave de la misma habitación. Y en el folio, solo cuatro palabras escritas:

Te quiero. Vuelve conmigo.

Adela Castañón

Imagen: Domenico Cervini en Pixabay

Día del libro. Presentación. Pilar Martínez Barca, “En luna llena”

#Yomequedoencasa

Estamos confinados por la pandemia del coronavirus. Hemos aprendido sustituir los actos presenciales por los virtuales. Hemos cambiado el contacto por escritos e imágenes virtuales.

Así que, desde mi casa, voy a imaginarme la presentación de En luna llena, un poemario  de Pilar Martínez Barca, editado por PRAMES.

Carmen Serrano. 1

Carmen Serrano acompañando a María Pilar en una de sus presentaciones

Llego apresurada al FNAC y en la puerta me espera Pilar Martínez Barca con Carmen Serrano, empujando su silla de ruedas. Las conozco por separado. Nunca las había relacionado. Las saludo con efusión.

—Anda, ¿así que os conocéis? —Carmen se vuelve hacia mí—: ¿Y tú, de qué conoces a María Pilar?

—Desde hace muchos años. Fue uno de esos momentos mágicos que nunca se olvidan.

—Es que María Pilar siempre cautiva. Pero, cuenta, cuenta.

Le cuento que conservo una imagen fotográfica de nuestro primer encuentro.

Era el curso 1978-1979, yo acababa de llegar de Teruel al Instituto Goya de Zaragoza. Una tarde, un poco antes de Navidad, al acabar mis clases, fui a dejar la libreta de notas en mi armario del Departamento de Lengua. Me sorprendió que estuviera la puerta entornada, Y aún me sorprendí más cuando vi a una adolescente en una silla de ruedas, sola. Estaba tan concentrada en su escrito que ni se enteró de que yo había aparecido.

Sin que lo notara, me apoyé en una estantería, como si me hubiera dado un mareo. Y es que en su lugar estaba viendo a Pili Rizo, una alumna de Teruel, también con parálisis cerebral. Las dos tenían tetraparesia con más de un 80% de discapacidad reconocida. Pili había sido mi alumna más querida y más brillante.

La volví a mirar, me acerqué y le toqué el hombro. La saqué de su ensimismamiento, y sus ojos me cautivaron.

—Es que soy alumna del Instituto Nacional de Bachillerato a Distancia (INBAD) y estoy haciendo un examen de Lengua con Carmen Sender —a la vez que me hablaba le temblaban las manos.

—Tranquila —Le acaricié el hombro—. Veo que Carmen Sender te ha dejado tu tiempo y no quiero molestarte.

Guardé mi libreta. Le di un beso en la mejilla y me fui. En el camino a mi casa se cruzaban dos sillas de ruedas, dos miradas inquisitivas, dos almas grandes atrapadas en unos cuerpos que no les correspondían. O sí. Esa limitación externa podría ser el acicate que moldea personas fuera de lo corriente, personas talentosas con valores interiores muy profundos.

Después vinieron más relaciones. En 1989 celebramos un acto hermoso en el Instituto. Fuimos combinando los poemas de su libro Historia de amor en Florencia con cuadros de Isabel Guerra. Rosa Palacios, la profesora de Arte, comentaba los cuadros y yo sus poemas.

De repente, me doy cuenta de que María Pilar está callada en la silla y me mira como si yo fuera una aparición.

—¿Te acuerdas? —me dirijo a ella.

—Pues claro que me acuerdo. Me has hecho recordar a Bernardo Bayona, a Pilar Idoipe y a la madre Paz González Moro, que tanto me marcó.

Entonces saco una cuartilla del bolso y le digo:

—Seguro que no te esperas esto que te voy a leer. Lo escribiste en 2014 cuando falleció la madre Paz.

In memoriam. Paz González Moro. En 1978, comenzaba yo el BUP en el INBAD. “No sabíamos cómo hacerte los exámenes, pero el Director del INBAD en el Goya me dijo que eras inteligente, que te diera una oportunidad. Y decidimos hacértelos tipo test”. Del casi autodidactismo –con las clases de mis padres en casa– y la oportunidad de sacar el Graduado Escolar con la asociación Auxilia, a la Universidad, tres grandes profesoras y mujeres me marcaron en el Bachillerato: Carmen Sender Garcés, Lengua y Literatura; Mari Paz González Moro, Matemáticas; Rosa Palacios Gil, Historia e Historia del Arte. Belleza, voluntad y creación.

—Y un poco más adelante seguías:

Fui a presentar mi libro La fuerza de los límites en el Episcopio y en el IES abulense López Aranguren, donde la madre Paz me acompañó y me dijo; “Lo más bonito que he hecho en toda mi carrera ha sido ayudarte a sacar los estudios”.

María Pilar se quedó pensando sin mover un músculo. Y, sin darle tiempo, aproveché para dar un giro a nuestra conversación:

—Oye, ya sé que como niña solitaria te refugiaste pronto en la poesía. Pero me gustaría saber qué te supuso el Instituto Goya.

—Jejeje, —Se ríe y cierra los ojazos—. Eres tramposilla —me dice—. Creo que lo sabes de sobra. Carmen Sender me influyó mucho. Iba a tutoría con ella y cada día me repetía lo mismo: “Tienes que escribir porque tienes mucho que decir”.

—Pues fue clarividente. Entonces tenías mucho que decir. Y hoy te lo repito yo. Ya has dicho muchas cosas, pero aún te quedan muchas más en el tintero. Así que, sin perder tiempo, vamos a ver de qué va En luna nueva. Un poemario que ha estado esperando esta publicación desde que el año 2015 ganó XXIII Premio Nacional de Poesía “Acordes”.

—Vamos —me responde, con una voz aterciopelada que guarda para los que más quiere.

Foto portada

 

Si sus primeros libros, Epifanía de la luz de 1988 e Historia de amor en Florencia de 1989, fueron para mí una gran revelación, los doce libros siguientes han sido la consolidación y la profundización de aquella voz incipiente.

Desde su primer poemario pensé: “¡Madre mía, qué buena es!”. Pilar es un ser de luz que nos ilumina con su poesía y hace realidad los deseos de Carmen Conde en sus libros Sea la luz y Ansia de la gracia.

A Pilar, cualquier rayo de luz le sirve para iluminar los abismos de nuestro ser. Su último libro, En luna llena, la luz nos llega de la luna, la diosa Astarté, la diosa madre, la diosa femenina por excelencia. La que exalta los valores del amor y la transcendencia de los placeres carnales. Pero Pilar transciende el mito, y todos los placeres nos llevan al conocimiento y a la plenitud de la gracia

Encabeza el libro con dos citas, dos agujas para navegantes. Así el lector no pierde el hilo poético con el que teje esta madeja de finas hebras.

…siempre fuiste viciosa de la luna y de las historias que se inventan o se recuerdan bajo sus efectos narcóticos. Carmen Martín Gaite.

Amar es compartir la luna llena. María Jesús Sanjuán.

En sus poemas de juventud ya estaban las semillas de los frutos que hoy recoge En luna llena. En este, y en todos sus libros, oímos una voz de altos vuelos literarios. Tan altos que Pilar ya es una referencia en la poesía española contemporánea. Y una voz única entre las personas con discapacidad funcional.

La primera vez que leí el libro, cuando lo cerré, se me quedaron colgando unos versos que sintetizan el sentido de los trece poemas que lo integran.  Y, si me apuráis, son la clave de toda su andadura poética.

    • Mi Señora, la Luna, me ha invocado.
    • Presagios de gaviotas entrecruzan los sueños,
    • ese estrecho sin luz de la memoria.
    • Y me va renaciendo tanta pasión antigua,
    • comunión con la Diosa de la Tierra,
    • del Agua y de la Sangre.

El mensaje poético

En luna llena es un libro introspectivo y de memoria nostálgica de su pasado. Por aquí desfilan las personas y los objetos que fueron significativos en su vivir cotidiano. Esas personas y objetos que ya solo perduran en su recuerdo.

Su poesía, como la de Carmen Conde, brota de un arraigo religioso, de una voluntad ascética, de un vitalismo existencial y de una fe muy segura. En las dos, se une la conciencia de ser mujeres, su vocación de escritoras y su condición de creyentes.

María Pilar depura la realidad y cultiva las grietas. Fractura la realidad o espera a que se agriete para captar lo que está más allá del simulacro. Parte de lo concreto y se abre a un mundo imaginario. Con la palabra llega a la esencialidad de los objetos de su entorno.

Algunos recursos literarios

Utiliza un yo poético objetivado, siempre en tercera persona, que es el trasunto de su personalidad y el portavoz de las verdades eternas. Su madre se convierte en la madre y su admirada Victoria Atencia en la niña que toca el arpa.

El ritmo brota del fluir de natural de las palabras, acompañado por estructuras sintácticas y semánticas rítmicas.

—¿Cómo trabajas la métrica, Pilar? —le pregunté en una de nuestras frecuentes charlas.

—Los metros me salen espontáneos, después de mucha práctica. Últimamente intento romperlos a conciencia por innovar.

Y los rompe bien. Porque en ningún caso se pierde el ritmo dominante.

Trabaja mucho el vocabulario. Junto al uso dominante de palabras cotidianas, nos asaltan palabras inesperadas que dan un nuevo punto de vista a todo el poema: calmo, hondo, entrerrosado,

Sintagmas en los que junta dos palabras que cobran un nuevo significado: entrañada de otoño.

Invierte las frases hechas para darles un nuevo sentido: Hablamos de lo humano y lo celeste-

Usa la intertextualidad con gran dominio, especialmente el poema Postal en las páginas, en el que explícitamente su voz se mezcla con la de María Victoria Atencia.

Estructura general del libro

Si escribir es hacer arquitectura, como decía Pedro Salinas, nunca hubo una casa mejor construida que este poemario. Los poemas parece que están puestos al azar. Pero no, en ese camino hacia la ascensión final, unos sustentan a otros. Y todos tienen sentido cuando los hemos leído en el orden que ha elegido su autora.

  1. Crepúsculo interior

En este crepúsculo interior, la luz del alma de Pilar brilla mil veces más que la del exterior. Y, a diferencia del crepúsculo de fuera, nunca se apaga.

Podríamos considerarlo como un poema prólogo en el que parte de un yo presente en constante experimentación y evolución. Un yo atento a la realidad exterior y a las cosas. Como en muchos poemas de Juan Ramón, los objetos nos llevan a la transcendencia.

    • Ahí están los tejados, tan diversos
    • y las suaves estrías de las nubes,
    • y el reflejo irisado del crepúsculo.

A partir de estos tres elementos, con un suave ritmo ternario, llegamos a un interior en el yo comulga con lo trascendente. Esta actitud nos recuerda al poema Intelijencia de Juan Ramón: “Que por mí vayan todos/los que no las conocen, a las cosas” (Eternidades)

En Crepúsculo interior iniciamos un viaje como el de Carmen Conde  en el Ansia de la gracia. Iremos disfrutando del camino a la transcendencia.

Pilar siempre parte de un aquí y un ahora, desde donde levanta el vuelo. El atardecer del interior de la casa nos lleva al atardecer dentro del alma. Los objetos y las experiencias corporales le sirven de trampolines para abrirnos el yo más bello y más calmo, el que se produce en los abismos del yo poético.

    • Pero es más bello contemplar muy calmo
    • cómo atardece dentro, allá en lo hondo
    • Contemplo la ventana, ya es de noche
    • y se acerca la hora de la entrega,
    • de la dádiva hermosa, de los frutos.

Y toda la experiencia interior está vivida como una entrega amorosa corporal. Como el ansia de encuentro de los enamorados. Qué cerca estamos de la experiencia mística de San Juan de la Cruz.

  1. Mesa de trabajo

La mesa de trabajo trasciende todas las fronteras de un cuadrado de madera y nos muestra la riqueza que puede esconderse en esa superficie: todo un mundo que la autora comparte con nosotros y lo hace, también, un poco nuestro.

Además le sirve para reflexionar sobre la inspiración poética. La escritora ya no se siente un médium, como en la concepción romántica. Ella, en la soledad de su mesa de trabajo. lucha con el papel en blanco para que la lleve a encuentro con su yo más íntimo.

    • Se dora ya la mesa y sus contornos,
    • mientras la luz se posa tan callada
    • como el aire entrañable de poniente.

Los objetos cambian con luz, como en la pintura impresionista. Y como los impresionistas  tiene predilección por el poniente y por el otoño. Por la naturaleza en su estado pleno, como en el poema de Juan Ramón Jiménez, “El otoñado”.

  1. Postal en las páginas

Encuentra una vieja postal en el libro De Marta y María de María Victoria Atencia, al que pertenece el poema: Que tu mirada colme mi pecho de ternura, uno de los versos del poema.

Esa postal es un poema visual entre otros muchos escritos en las páginas del libro. Pilar nos traduce ese poema en bellas frases que nos hacen ser, como ella, parte del libro, parte de la postal, y parte de la música del arpa hecha poesía.

    • La niña tañe el arpa, y un acorde
    • de cálida armonía va fluyendo
    • de su mirada ausente y silenciosa.

Hasta tal punto se siente ensimismada en el libro que hace suyos algunos versos de María Victoria Atencia.

    • A veces, sin quererlo, los instantes,
    • los versos entrañados, las figuras,
    • pasaron a ser carne en nuestra carne,
    • aliento consagrado en nuestro espíritu.

El mar de Atencia entrando en su casa es a la vez un sueño fantástico y un símbolo de la poderosa intensidad de la naturaleza y su efecto dominante sobre los hombres.

María Victoria Atencia también se servía de referentes concretos y de experiencias vividas. A partir de ellos, con esquemas simbólicos y con imágenes visionarias, llegaba a la transcendencia. No nos extraña, pues, que sea una de las autoras preferidas de Pilar.

  1. Tarde de domingo.

Tarde de domingo que ahora, en estos tiempos de confinamiento, es una llamada a la esperanza, a disfrutar de nuevo de cosas que, quizá, con las prisas de correr siempre al exterior, habíamos dejado olvidadas. Y un homenaje a la familia que devuelve a ese centro de nuestra vida todo su valor.

Cuando comienzo la lectura me invade el espíritu sosegado de la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León y no me abandona hasta el final.

    • Hace frío del lado de la noche,
    • y todo se recoge en la salita
    • con esa sencillez que impregna la costumbre.

No me resisto, y voy a copiar el retrato de la madre.

    • La madre, reposada, repasa los periódicos,
    • la sombra tras la sombra, las miserias
    • del hombre y su contorno. Todo es cálido
  1. Nostalgia naif

Un cuadro detallado, color, luz y vida que la autora convierte en frases, en párrafos, que nos hacen entender cómo se puede ver con los ojos del alma la nostalgia.

Este poema de estructura circular pretende atrapar para siempre la belleza que encuentra en un paseo por el parque.

  1. Cuarto de baño

¿Cómo puede sentirse el inicio de una jornada con esa intensidad? En ese cuarto de baño la imaginación de la autora se prepara, se acicala y se viste de gala para salir de allí dispuesta a que mil cosas se derramen, hechas palabra y luz, en esa jornada a la que se enfrenta día tras día.

Uno de los poemas más bellos en el que sentimos nostalgia de la madre que tantas veces nos ayudó en el baño de la mañana.

  1. De cine

Sea cual fuere la película que inspiró este poema, desluce si se compara a esa historia de película que se nos narra en estos versos. Porque da igual lo que hubiera en la cartelera del cine. Es mucho más bonito lo que proyecta la autora en el poema.

No obstante, tras varias lecturas, caigo en la cuenta de que la autora parte de una tarde con uno de sus amigos, después de ver la película argentina “Un lugar en el mundo”.

    • ¿Recuerdas?, sucedía en la Argentina,
    • bajo la piel más pobre del planeta
    • y los astros más puros.
    • Los padres, la otra hermana, el visitante,
    • o ese joven ingenuo que iniciaba
    • su marcha hacia un espacio hermoso, digno.
  1. Canción de cuna

Nunca, ningún regalo, tuvo tanto valor como las palabras de una madre, de todas las madres del mundo, a esos hijos que todavía están dentro del vientre. Porque se gestan a la vez el hijo y el amor. Y ese amor tan perfecto se puede sentir y respirar en cada una de las palabras de este hermoso poema.

  1. Nocturno

Siempre fue la noche el reino de los sueños. Y este nocturno hermoso y rico nos hace desear que se retrase el amanecer, para seguir disfrutando del banquete de sensaciones que nos evoca cada verso.

Sensaciones que nacieron de las notas de un Nocturno de Chopin tocado por sus hermanos.

  1. Confidente

En este poema cada uno de nosotros se convierte en un privilegiado confidente de emociones puestas en palabras que nos hacen sentirnos afortunados al tener la ocasión de recibirlas

  1. Rosaleda

Sumergirnos en la lectura de este poema es como pasear por la Rosaleda del Paque Grande de Zaragoza, disfrutar de los olores, de la luz, de los sonidos. Y todo eso es posible, sin levantar la vista del papel, porque la autora nos conduce de la mano y nos deja sentados allí, generosa y gentil, para que también sintamos que estamos en un lugar al aire libre.

  1. En plena luna

Fuego, palabra, agua y pan. Vocablos poderosos, alimento del cuerpo y del espíritu que la autora engarza, como las perlas de un collar, en esa plena luna, colmada de riquezas y emociones. Y, como los cuatro puntos cardinales, nos deja una vez más el regalo de sus versos.

Y como siempre, todo presidido por la nostalgia y el recuerdo de la vida que vuelve. Aquí los cuatro puntos cardinales están relacionados con los momentos de la Pascua Juvenil que vivió en el Santuario de Nuestra Señora de Misericordia.

  1. Preludio íntimo

Un perfecto final para un perfecto poemario. La luna, esa hechicera que inspira a los poetas, es el broche más puro y brillante de estos versos, la mejor despedida, con esa bendición que alcanza a la autora y, por ende, a todos y cada uno de los que le hemos leído.

Para terminar

Los comentarios de los poemas son un resultado de una larga conversación con Adela Castañon Baquera, a quien pertenecen algunas frases. Adela es escritora, poeta, compañera de Letras desde Mocade, y, sobre todo, la madre de Javi, un joven con autismo. Su Javi, nuestro Javi, como ahora nuestra Pilar, son dos seres de luz. Con su simple presencia iluminan nuestras vidas.

Para mí, En luna llena es un espléndido poemario con el que he realizado un apasionante viaje desde los objetos que me rodean hasta el interior de mí misma. El mismo viaje que realizó Pilar mientras lo iba escribiendo.

En luna llena es un libro introspectivo y de memoria nostálgica del pasado de su autora. Por aquí desfilan las personas y los objetos que fueron significativos en su vivir cotidiano. Esas personas y objetos que ya solo perduran en su recuerdo.

Los poemas de Pilar son fruto de una sensibilidad exquisita y de un gran conocimiento de la literatura. Y, por encima de todo, llevan el sello luminoso de su personalidad. Por eso son tan buenos. Porque los ha escrito una persona con el don que solo Dios concede a sus elegidos.

Pilar y sus nuevos libros.

 

CURRICULUM. Elaborado por la Asociación Aragonesa de Escritores

María Pilar Martínez Barca (Zaragoza, agosto 1962). Doctora en Filosofía y Letras, Filología Hispánica (Lengua y Literatura, 1997). Poetisa y escritora.

Es crítica literaria y articulista de opinión en diversos diarios. Colabora en Heraldo de Aragón y en la revista Humanizar (Madrid), donde lleva la sección sobre discapacidad “La fuerza de los límites”. Medalla a los Valores Humanos (DGA, 1989). Premio Tiflos de Periodismo 2008.

LIBROS

Epifanía de la luz, Zaragoza, 1988. Poemario editado con la subvención económica de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual Ibercaja).

Historia de amor en Florencia, Madrid. Col. Altazor, Asociación Prometeo de Poesía, 1989. Patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza.

Flor de agua, Zaragoza. Institución Fernando el Católico, Diputación Provincial de Zaragoza, 1994. Poemario premiado con una Ayuda a la Creación Literaria, concedida por el Ministerio de Cultura.

Manuel Pinillos o la consagración a la poesía, Zaragoza, Diputación Provincial, Institución Fernando el Católico, 2000.

Se está muy bien aquí. Diario de una amistad, Madrid, Huerga y Fierro editores, 2002. Accésit XVIII Premio Internacional de Poesía Fernando Rielo (Madrid, diciembre 2000).

El corazón en vilo, Madrid, adamaRamada ediciones, 2005.

Poesía completa (1948-1982) de Manuel Pinillos, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, Colección Larumbe de Textos Aragoneses, 2008.

La manzana o el vértigo, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2009.

Del Verbo y la Belleza, Madrid, Setelee, 2012. Accésit XXV Premio Internacional de Poesía Fernando Rielo (Madrid, diciembre 2007).

La fuerza de los límites, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2012.

Cuentos desde la diversidad (Ed.), Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2013.

Fando y Lis (Ed.), de Fernando Arrabal, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2015.

En luna llena, XXIII Premio Nacional de Poesía Acordes, Ayuntamiento de Espiel –Córdoba–, Concejalía de Cultura, 2016.

Pájaros de silencio, XXXV Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”, Madrid, Verbum, 2016.

El bosque circular, Zaragoza, Libros del Innombrable, Col. Joseph Merrick, 2019.

De la noche al Ángelus, Zaragoza, Imperium Ediciones, Col. Imperatrix, 2020.

En luna llena, XXIII Premio Nacional de Poesía Acordes, Zaragoza, Prames, Col. Las tres sórores poéticas, 2020.

TEXTOS EN COLECTIVOS Y ANTOLOGÍAS

Breve Antología Poética, Zaragoza, 1984. Junto a otros compañeros poetas.

Incluida en el «I Indice de Poetas en Lengua Española» (Madrid, 1988).

Rerum Novarum. Antología de poetas jóvenes aragoneses, Revista Rolde, Zaragoza, 1989.

Penúltimos poetas de Aragón, Zaragoza, Col. Veruela, Diputación de Zaragoza, 1989.

Antología Poética General, de la Asociación Prometeo de Poesía, Madrid, 1990 (junto con una cincuentena de poetas de España e Iberoamérica).

“Me sedujiste, Señor”, Sal terrae (Revista de teología pastoral), Valladolid, febrero de 1992.

«Llama viva. Taller de poesía religiosa», en Imágenes de la fe, Núms. 261-262 (1992).

Poesía-relato 1991, con «Septenario de amor», Primer Premio de Poesía en el III Certamen Literario «Universidad de Zaragoza», Universidad de Zaragoza, 1992.

Antología. Poemas a viva voz, tomo III (Sesiones Poéticas de los cursos 1988-89, 1989-90 y 1990-91), Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», Diputación Provincial de Zaragoza.

Los nuevos poetas, Barcelona, Seuba Ediciones, septiembre 1994.

Incluida en el Apéndice III (1997) de la Gran Enciclopedia Aragonesa, Zaragoza, U.N.A.L.I., 1982.

Frac poético, arte y cultura, segundo volumen, Zaragoza, Diputación Provincial de Zaragoza, 1998. Coordinación de Feli Burillo Baliestra.

Ecos de la Bahía, II, Círculo Poético (Juventud Idente, Islas Baleares), Mallorca, 2001.

Poemas 2002 (XX Premio Ciudad de Zaragoza, Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza, octubre de 2002).

POEMAS EN REVISTAS

En varios números de Cuadernos de Poesía Nueva, de la Asociación Prometeo de Poesía.

Desde otro punto de vista, Madrid, CEAPAT (Centro Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas), 2003. Con motivo del Año Europeo de las Personas con Discapacidad.

Historias de la vida. De amor, ilusión, humor, nostalgia. Y siempre verdaderas, Madrid, J de J Editores, 2009. Del programa radiofónico “Historias de la vida”, Cadena COPE, a beneficio de Manos Unidas.

Javier Barreiro, Ed., Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos, Zaragoza, Centro del Libro en Aragón, 2010.

Ángel Guinda y Nacho Escuín, Eds., YIN. Poetas aragonesas (1960-2010), Tarazona (Zaragoza), Olifante. Ediciones de Poesía, 2010.

José Antonio Conde y Raúl Herrero, Eds., La luz escondida (Una poética de los ángeles), Zaragoza, Libros del Innombrable, col. Biblioteca Golpe de Dados, 2010.

“Amor y maternidad. La voluntad de ser”, prólogo a Maternidad adaptada, Estrella Gil García, Alicante, Editorial Club Universitario, 2010.

III Concurso Nacional de Relatos “Mujeres Viajeras”, Madrid, Ediciones Casiopea, 2011.

“Camilo y la diversidad funcional. Un nuevo concepto de salud”, en Francisco Álvarez, MI y José Carlos Bermejo, MI (Ed.), Diez miradas sobre Camilo de Lellis, Santander, Sal Terrae, 2013.

VIII Encuentro de Poesía en la Red. Antología poética IV, Santiago de Compostela, abril 2013.

“Pleno de Presupuestos sobre ruedas”, en Crónicas Parlamentarias (28.12.2011–28.12.2012) VIII Legislatura, Zaragoza, Cortes de Aragón, 2013.

Juan Domínguez Lasierra (Dir.), Los cisnes aragoneses. De Marcial a los penúltimos poetas, Delsan Libros, Zaragoza, 2013.

Cuentos para compartir, Zaragoza, edición de los autores –en beneficio de ASPANOA–, 1.ª edición, diciembre 2013.

Antología I Concurso de Narrativa “Deseos”, Madrid, Asociación Letras con Arte –www.letrascnarte.es.tl–, abril 2014.

Versos y Agua, Murcia, Asociación de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios de Cartagena, septiembre 2014.

I Antología de Poesía Navideña Leopoldo Guzmán Álvarez, Sevilla, Asociación Literaria de Alanis y Sierra Norte (ALAS), diciembre 2014.

I Certamen de Microrrelatos “Valores Humanos”, Letras como Espadas, febrero de 2015.

La quinta-esencia de Albada, Zaragoza, Libros Certeza, 2015.

Habitando el Olvido. Cuentos y Poemas, Cuaderno Literario N.º 22, Iniesta –Cuenca–, 2015.

Antología poética. XIII Encuentro de Poesía en la Red, Pontevedra, septiembre 2015.

Parnaso 2.0. Antología de poesía aragonesa del siglo XXI, Zaragoza, Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, mayo 2016.

Teresa de Jesús. De Goya a los académicos de hoy, Zaragoza, Museo Goya – Colección IberCaja, septiembre 2016.

Amantes. 88 poetas aragoneses, Zaragoza, Olifante. Ediciones de Poesía, 2017.

Sendas hacia la igualdad, Zaragoza, Asociación Aragonesa de Escritores –Feria del Libro, 31 mayo – 4 junio–, 2017.

Ahora que calienta el corazón. Poemas a las estaciones del año, Madrid, Editorial Verbum, 2017.

AA. (Antonio Astorgano Abajo, Coord.), “Homenaje a Juan Meléndez Valdés en el bicentenario de su muerte (1754-1817)”, en Revista de Estudios Extremeños, 2 vols., Año 2017 – Tomo LXXIII, Número Extraordinario, Centro de Estudios Extremeños, Diputación de Badajoz.

Enjambre. 36 relatos vividos en Aragón, Zaragoza, Editorial Comuniter, 2018.

Mujerarte (Poemas y Relatos), Premios XXV Edición – 2017, Delegación de Igualdad, Lucena –Córdoba–, 26 abril 2018.

Relatos en 90 segundos, Zaragoza, La Fragua del Trovador, 2018.

La danza de la muerte, Natalio Bayo et la santa compaña, Zaragoza, Prames, col. Las tres sórores – imagen y palabra, noviembre de 2019.

Enjambre 2 Panal de prosa y verso, Zaragoza, La Fragua del Trovador, febrero de 2020.

PREMIOS

Medalla a los Valores Humanos (DGA, 1989). Premio Tiflos de Periodismo 2008. Premio Nacional de Poesía Acordes (2015). Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide (2016). Premio Mujerarte de Poesía (2017). Primer premio categoría Crónica en el Concurso Helen Keller de discapacidad (Bogotá, 2018), entre otros. Dos veces finalista del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

COLUMNISTA

Reseñas literarias y columnas de actualidad en El Día de Aragón (1988-90), El Periódico de Aragón (1991-94), El Diario de Ávila (1992-94), Trébede. Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura (2001-2003). Actualmente colabora de forma asidua en Heraldo de Aragón, desde 2000 (aunque mi primer trabajo largo publicado en el medio, precisamente sobre discapacidad, data de 1982), y en la revista Humanizar a partir de 1994. Madrid, Centro de Humanización de la Salud, http://www.humanizar.es, donde coordina y dirige la sección sobre diversidad funcional: La fuerza de los límites.

DIRECTORA

Colección Joseph Merrick sobre diversidad Funcional (discapacidad), en la editorial Libros del innombrable.

Blogs: La lámpara encendida

Revista Digital Humanizar

Presentación PMBarca.7

Carmen Romeo Pemán

Que trata de amores

#relatosescolares

De las fragolinas de mis ayeres

La maestra nos mandó un relato como los que ella escribía para nosotras.

—Ahora os toca a vosotras. Lo quiero para la semana que viene.

A mí aquello me pareció imposible. Como no quería defraudar a doña Pascuala, empecé a dar vueltas a ver qué se me ocurría.

Por la tarde, cuando llegué a casa estaba pariendo la tocina. Fui corriendo, me puse junto a la señora Isabel, que era la partera, y vi cómo nacieron los seis tocinicos. Por la noche me senté junto al fuego y en una hoja de papel conté cómo salieron de la tripa de su madre y cómo tetaron antes de abrir los ojos. Cuando lo leyó la maestra me echó un rapapolvo:

—Macaria, así no. Esto no es un relato. No tiene pies ni cabeza. Os dije que os fijarais en los míos.

—Pero es muy difícil, doña Pascuala —respondí.

— Tenía que tratar de amores. Es lo más fácil para comenzar. Además, los amores interesan a mucha gente, pero a nadie le importa cómo nacen los tocinos.

Bajé los ojos y no le contesté. A mí me importaban más los tocinos recién nacidos que esas historias de personas desconocidas.

Que no se empeñara doña Pascuala. Que no. Que yo no tenía imaginación para inventarme cosas que nunca había visto. Yo solo podía escribir sobre lo que pasaban en el pueblo. Pero ella, dale que te pego que mis historias eran cosas que le ocurrían a la gente, sin más. Que tenía que intentar otra cosa. Me dijo que me inventara unos amantes que no pudieran verse, que tuvieran celos y que, al final, acabaran como Romeo y Julieta. Entonces me vino a la cabeza una historia que había pasado en el pueblo. Esa sí que trataba de amores. Y de amores verdaderos. Aunque no era fantástica. Pensé que igual colaba.

Comenzó el sábado de Pascua Florida por la tarde. Todos los del pueblo nos teníamos que confesar y al día siguiente comulgar en la misa mayor. Al acabar la misa, pasaríamos por la sacristía y el cura nos pondría una cruz en una lista. Y a todos nos despediría igual:

—Hasta el año que viene. No olvides que la Santa Madre Iglesia manda cumplir con parroquia. El que no se confiesa y comulga una vez al año muere en pecado mortal.

Pues bien, como estaba previsto, el sábado después de comer empezaron las confesiones. Primero las mujeres, después los niños y, al final, los hombres.

Cuando se estaba confesando la última mujer, el sacristán nos llamó a los críos, que estábamos jugando en la plaza, y nos colocó a las chicas en el primer banco, al lado del confesonario, y a los chicos detrás. Así el cura no perdería tiempo esperando. A nosotras nos gustaba estar allí, porque, como el mosén era un poco sordo, las mujeres tenían que gritar y nos enterábamos de los secretos. Precisamente por eso, el sacristán no nos llamó hasta que ya llevaba un rato confesándose la última mujer. Cuando llegamos al banco oímos los gritos del cura que la amenazaba:

—Dilo todo. Si no me lo cuentas todo no te daré la absolución

No pudimos oír qué le dijo la mujer en voz baja, pero sí los nuevos gritos del cura:

—Me lo tienes que decir. No me mientas. Que todas las noches, justo cuando vuelve tu marido del bar, yo veo saltar a Vicente por la ventana del corral.

Oímos a la mujer que se sonaba los mocos. De repente se levantó y se fue. Al pasar por delante de nosotras la reconocimos. Era la señora Orosia, la que vendía la leche. Detrás de ella salió el cura gritando con los brazos levantados.

—Vete de aquí, mala pécora. Una noche os voy a matar a los tres. A ti por puta. A tu marido por cornudo y a Vicente por entrometido.

Entonces el sacristán nos despachó y nos dijo que podríamos comulgar sin confesarnos. Y que, como éramos pequeños, sólo teníamos pecados veniales, esos que se perdonaban rezando un señormíojesucristo.

A los pocos días se montó un gran revuelo en el pueblo. Una mañana el cura se levantó enloquecido y, después de matar a Vicente y al marido de Orosia, se disparó la escopeta de caza en la boca. A Orosia le dio un ataque de locura y se la llevaron al manicomio.

Durante muchos días las mujeres del carasol siguieron hablando de Orosia, de su marido, de Vicente y del cura. Y decían que todo había sido por culpa de los amores.

Entonces pensé que, si acertaba a escribirlo todo en orden y sin faltas, sería un buen relato. Cogí un papel y empecé a escribir lo que había visto y oído. Y añadí lo que las gentes contaban. Cuando acabé le puse el título que nos había dicho la maestra: Que trata de amores. Y, la verdad, me pareció que quedaba muy bien.

Cuando doña Pascuala lo leyó, me llamó a su mesa:

—Macaria, te perdono el relato. Déjalo ya. Veo que no estás dotada para escribir.

Yo la miraba y no le podía contestar. Pero ella siguió;

—Además te dejas llevar por las habladurías. Si no, ¿de dónde te has sacado que el cura los mató y se mató por amores? ¿Qué sabes tú de todo eso? Y por si no lo sabes, tal y como lo cuentas es mentira.

Yo seguía escuchando y notaba cómo se me hinchaban las venas del cuello.

—Y, ¡vaya título! Te dije que tenía que tratar de amores, pero que te inventaras un título.

Cuando acabó volví a mí mesa con una opresión en el pecho. Yo sabía que no tenía imaginación, pero quería complacer a mi maestra. A partir de ese día comencé a inventarme historias fantásticas que trataban de amores, y todas le gustaron mucho. Pero ninguno de mis amantes imaginarios llegó a querer a su amada tanto como el mosén a la señora Orosia.

Carmen Romeo Pemán

Historias detrás del lienzo

¿No se os ha ocurrido nunca imaginar qué historias se esconden detrás de cada cuadro? Pues a mí se me ocurrió hoy inventar una de esas historias posibles al ver el cuadro de Joaquín Sorolla, Cosiendo las velas. Y aquí os la dejo. 

rayaaaaa

Se reúnen siempre debajo del emparrado, buscando la sombra y el frescor que dan las macetas recién regadas. Además, no se puede coser al sol. La tela perdería ese punto de humedad, y la sal, como un escudo, no dejaría entrar las puntadas con las que las mujeres amarran sus sueños a la vela.

Ellas se quedan siempre en tierra. Esperando. Son sus hombres los que salen a la mar. Y ellos no saben que en los hilos van prendidos los deseos y las historias de esas Penélopes, con sus ojos de arrugas precoces de tanto mirar al horizonte para verlos regresar.

Solo hay dos barcas en el pueblecito. De ellas y de un huerto escuálido comen las pocas familias que viven allí.

Y, si se rompe una vela, hay que arreglarla. Como la vida. Y se zurce y se remienda a base de retales. Porque es mejor sacrificar un pedazo de tela que irse a la cama sin un pescado en el estómago por no haber podido salir a faenar.

Una de las muchachas, Lucía, la del vestido verde y pañuelo blanco al cuello, que cose en la cabecera, está más agachada que las demás para que no la vean llorar. Ha llevado su velo de novia y canta bajito para despedirse de él. Lo dobla varias veces. Así la tela cogerá cuerpo y tendrá la fuerza suficiente para tapar el agujero más gordo, por el que puede colarse un mal aire y hacer volcar la barca. Que de qué le iba a servir el velo si su hombre no regresa de la mar.

A su lado, discutiendo con el marido, está Eugenia. Que ella dice que esa sábana no, que es la de la cuna del niño, y ya se le murieron dos de pulmonía por no dormir bien abrigados. Y, junto a ella, otra cose en silencio, y se pincha sin querer en un dedo porque su mente se ha ido lejos, con el marido que enterró, y que no le dejaron amortajar con la lona que ahora cose en la esquina de la vela. Que ese paño era muy bueno para regalárselo a la tierra, le dijeron. Pero no era un regalo para la tierra, que era para su hombre, y no le dejaron. Y el pinchazo le sirve de excusa para dejar resbalar una lágrima que se mezcla con la sangre. Y ella piensa que en la vela irán su sangre y su llanto, y puede que ahí le lleguen a su hombre, que ahora es brisa, o espuma de mar, y suspira y sigue cosiendo en silencio.

La de la cofia blanca pone más atención en las flores que en la vela, y las demás la dejan hacer y le siguen la corriente. Apareció en el pueblo un buen día y nadie sabe de dónde vino, pero no tiene muy bien la cabeza y la dejan estar allí. Lo único que conocen de ella es su nombre, Mariana. No sabe apenas coser, pero tiene buena mano con las flores y el pequeño huerto comunal está empezando a dar frutos desde que ella lo cuida.

Y frente a ella, como quien no quiere la cosa, Manuel hace como que repasa las costuras. Es el único que quedará soltero en el pueblo cuando Andrés se case con Lucía, y tampoco tiene muchas más luces que Mariana. Todas las mujeres piensan que harían buena pareja, pero ya se sabe que esas cosas llevan su tiempo.

Las puntadas son lentas. El ruido del mar, el canto de los grillos y de las cigarras componen un soniquete que invita a la siesta. Y, del huerto, va llegando un olor a azahar que hace que más de una respire hondo para quedarse con el aroma, pareciendo que suspira pensando en Dios sabe qué.

Por la puerta entreabierta se cuela algo de calor, y es que el sol castiga la arena y la calima se arrastra perezosa buscando la sombra bajo el emparrado. Lucía le dice a Eugenia que cierre la puerta, pero la otra le contesta que no, que sería peor, porque ni una brisa de aire les llegaría entonces.

Yo soy la que aparece en primer plano, aunque nunca he tenido una blusa rosa tan bonita. Me cunde menos que a las demás, pero porque me distraigo mucho. Dicen que tengo la cabeza llena de pájaros, pero a mi marido le da igual y piensa que quienes dicen eso es porque no me conocen bien. Y es verdad, porque el único que sabe cómo soy es él. Sabe que no me distraigo. Al revés, me fijo en todo. Y por eso soy la única que se ha dado cuenta de que hay un hombre a lo lejos que nos mira y se pasea con un caballete debajo del brazo un día sí y otro también. Cuando ya ha ido tantas veces que parece formar parte del paisaje, lo veo sentarse un día algo retirado y empezar a pintar algo en una tela.

Y una tarde que voy a Valencia con mi marido, pasamos por una casa muy grande, con las puertas abiertas, donde se anuncia una exposición de cuadros. Hemos acabado pronto de hacer los mandados, y entramos a curiosear. De pronto me veo frente a una lona donde adivino las caras de mis vecinas en los trazos de pintura. Mi marido coge un folleto y me dice que el autor de los cuadros es un tal Sorolla. En el folleto hay escritas explicaciones de los cuadros, de cómo el autor captura la luz del Mediterráneo en sus colores. Y, por la noche, cuando mi marido se acuesta y se duerme, pienso en la historia que hay debajo de esos trazos de color, en la luz que hay en el cuadro y en las sombras que tapa la vela. Y giro la cabeza, veo sonreír en sueños a mi marido, y cierro los ojos.

Y la vida sigue.

Adela Castañón

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Imagen completa. Cosiendo la vela. Joaquín Sorolla

Imagen: tomada de wikipedia

Del coronavirus. Carta a un médico aragonés

#Aplausosanitario

Un aplauso especial para Adela, mi amiga y compañera en “Letras desde Mocade”, que estos días está dando lo mejor de sí misma a los enfermos de Marbella.

rayaaaaa

Detrás de una mascarilla improvisada y de un traje hecho con bolsas de plástico verde, no te puedo poner cara. Pero sé qué estás allí, que eres uno de los héroes que están luchando por mí y por todos los que sentimos amenazadas nuestras vidas por este letal coronavirus.

Sé que hoy solo tienes ojos para este enemigo minúsculo y mortífero. Y también sé que tú te sientes en peligro. Que a lo mejor tienes tanto miedo como yo, pero lo escondes detrás de ese traje desharrapado. Y a mí solo me muestras tu valentía. Por eso eres un héroe, porque eres de carne y hueso.

Esto nos ha pillado de repente, sin referentes. Y solo podemos entenderlo en términos bélicos. Porque de una guerra se trata. De una guerra que tenemos que ganar entre todos. Te recuerdo que en España los grandes ejércitos siempre han caído ante nuestra forma de guerrear. Ningún ejército pudo nunca contra nuestra guerra de guerrillas, cuyo nombre no tiene traducción a otro idioma.

Para esta guerrilla, sin uniformes de gala, solo valéis los corazones valientes. Los que lucháis por una causa que os sale de las entrañas. Los que creéis que existe la humanidad.

Esta guerra ya no se libra en los campos de batalla. Hoy el enemigo se ha atrincherado en nuestros cuerpos. Y nuestros héroes sois los que nos sanáis y los que salváis a todos los hombres sin distinción de razas ni de ideologías.

Los que estáis en las trincheras de los hospitales sois unos verdaderos titanes. Ya no nos sirven los soldados de los viejos ejércitos ni los sermones de los políticos. Y esto que nos parece tan nuevo no lo es. Nos habíamos olvidado de las grandes batallas de la historia. Por ejemplo, las de los Sitios de Zaragoza las libraron los médicos y las enfermeras luchando contra el tifus. Cuando huyeron las tropas francesas no quedó olor a pólvora sino que Zaragoza apestaba desde lejos por el olor a cadaverina. Se ha hablado mucho de los cañones y de Agustina de Aragón y poco de la entrega de los médicos y de las enfermeras anónimas al mando de la Madre Rafols.

He traído esto a colación para decirte que, entre los cadáveres anónimos, estaban muchos de tus antecesores. Y por eso tú estás aquí, sin temer al enemigo letal, porque tu forma de luchar la llevas en la sangre y en los genes.

Quizá es un buen momento para glosarte, como hace mi querida Irene Vallejo, un discurso de Pericles, el político más famoso de la Grecia Clásica. Me refiero al que pronunció cuando una epidemia parecida al coronavirus invadió Atenas.

Si a la ciudad le va bien en su conjunto, eso beneficia a los ciudadanos particulares. Pero si toda la ciudad enferma, de nada le sirve la prosperidad de los individuos. En ese momento solo se gana la batalla con una comunidad fuerte y unida. Con una comunidad guiada por los médicos que sustituyen a los soldados de los campos de batalla.

Bien, pues nosotros, hijos de la sociedad del bienestar, habíamos olvidado las lecciones de la historia. Nosotros, que no habíamos vivido ni epidemias ni guerras, pensábamos que habíamos conquistado la paz en la tierra, que nada podría quitarnos la felicidad que nos daban los bienes conseguidos con dinero.

Esta, como siempre sucede con las plagas, nos ha pillado por sorpresa. Y nos ha entrado pánico. En unos días nuestra vida ha dado la vuelta. Nos sentimos desamparados. No sabemos qué hacer. Desde nuestro confinamiento queremos hacer algo, y no sabemos qué. Queremos ser solidarios, pero nos sale mal porque no lo habíamos aprendido ni en las escuelas ni en nuestras casas.

Desde el miedo de nuestro aislamiento hemos descubierto que solo nos podéis salvar los que lleváis batas blancas. Con vuestros rostros anónimos, sois los hermanos que os dejáis la piel por nosotros. Hoy sois nuestra única esperanza y nuestra tabla de salvación.

De repente he abierto la ventana y he tirado mis soldaditos de plomo. En mi interior vosotros ibais creciendo como los gigantes buenos de los cuentos.

Sin saber cómo he empezado a aplaudir. Y he oído todos los aplausos de mis vecinos. Se me han puesto los pelos de punta y se me han enrasado los ojos.

Cuando he cerrado la ventana, me he puesto a escribir esta carta. A la vez anónima e íntima. Escrita desde las entrañas y a golpe de emoción.

A ti, que cuando he ido a hacerme la prueba no he podido ni siquiera oír tu voz, te digo sencillamente, gracias.

No sé si el test me dará positivo o negativo. Pero, después de ver tu entrega, no me preocupa. Sé que tú y tus compañeros me salvaréis, aunque tengáis que arriesgar vuestras vidas.

Audentes fortuna iuvat.

Carmen Romeo Pemán

Los otros héroes del coronavirus

En estos días en los que la palabra coronavirus es sinónimo de saturación, he pensado mucho si escribir o no este artículo. Y ha ganado el sí porque voy a tratar un aspecto que, quizá, se ha dejado un poco de lado.

No creáis que voy a hablar de los sanitarios, aunque lo haré solo un poquito, por la parte que me afecta. Y también pasaré de puntillas sobre otros colectivos, aunque también les rendiré mi pequeño homenaje. Mi artículo quiere ser un aplauso para quienes, como mi hijo, encuentran motivo de superación en cualquier experiencia de vida. Aunque se llame coronavirus.

He pensado mucho el título, y la palabra héroes me vino enseguida a la mente. No cabe duda de que, después de los enfermos, los sanitarios hemos sido los segundos protagonistas. La actitud de todo el mundo, esos aplausos que nos regalan desde los balcones, la respuesta de los ciudadanos a ese lema de #YoMeQuedoEnCasa son, para nosotros, el mejor de los regalos. Ni todos los salarios del mundo valen lo que vale sentirnos apoyados por la gente de a pie, que no por los responsables políticos, ni por su gestión, ni por la escasez de mascarillas, ni por… pero he dicho que no iba a hablar de eso, así que mejor me quedo en el aplauso que os quiero dedicar, en nombre de mis compañeros y mío, porque, para nosotros, que estamos en primera línea en la trinchera, vosotros sois nuestro gran refuerzo en la retaguardia.

Y después de los sanitarios quiero agradecer la labor de muchos otros, aunque seguro que alguno se me olvida, por lo que me disculpo de antemano. Me refiero a las fuerzas de seguridad, a todos los que trabajan en cualquier campo de la industria de la alimentación, desde el agricultor o el ganadero hasta el que nos atiende, armado de valor, guantes y mascarilla, en la carnicería o en el súper, guardando la distancia de seguridad. Pasando, claro está, por transportistas, distribuidores, etc. A los equipos de limpieza, a los empleados de las funerarias, a los cuidadores de personas dependientes, a los voluntarios que se ofrecen para hacer recados, comprar medicinas, a los que atienden las gasolineras. A los profesionales que atienden a mi hijo y a otros como él que, sin tener obligación, le envían un video para saludarlo, le envían fichas para hacer en el ordenador y que se las devuelva por correo, o le piden una foto como la que cierra este artículo para juntarla con otras fotos de otros compañeros y formar entre todos una piña que difunda ese mensaje tan importante para ganar esta lucha.

Y ahora voy con esos otros héroes que me han inspirado este artículo y que, en mi caso, están representados a la perfección por mi hijo.

Los que me conocen saben que soy madre de un joven con TEA (Trastorno de Espectro Autista) que ha roto todas las estadísticas. Su pronóstico era desolador, pero nos pusimos el mundo por montera y hoy es un chico feliz, un habitante del mundo con pleno derecho, porque hemos peleado como leones y nos hemos ganado a pulso todo lo que tenemos. Y, en esta crisis del coronavirus, hemos tenido dos momentos puntuales que lo convierten, a mi parecer, en un héroe. A él, y a los que son como él. El primero que os voy a contar es más anecdótico, pero servirá como pincelada para que quienes no conocen bien las características del autismo se hagan una idea. Y el segundo… bueno, ese es otra historia. Pero vamos por partes.

Cuando se declaró el estado de alarma, Javi, que todos los días tiende su albornoz después de la ducha, me preguntó:

–Mamá, ¿tiendo el albornoz dentro, en el lavadero?

Yo miré por la ventana. Hacía sol, no vi nubes por ningún sitio, y, al pronto, no comprendí la razón de su pregunta. Debéis saber que las personas con autismo son muy literales, no entienden de dobles sentidos, ni cosas así, pero estoy tan compenetrada con Javi que a veces se me olvida y me pilla despistada, así que le respondí con otra pregunta:

–¿Por qué ibas a tender dentro de casa, Javi? Hace buen día y no creo que llueva.

–Pues para mantener el confinamiento, mamá.

Por poco me derrito allí mismo de ternura. Le expliqué que el confinamiento se refería a no salir de casa, pero que podía subir a la terraza cuantas veces quisiera, a mirar el mar. A Javi le encanta caminar, damos paseos de dos horas varias veces a la semana, y adora todo lo relacionado con la playa, el paseo marítimo, el viento, el clima, etc. Por suerte vivo cerca de la playa y desde nuestra terraza puede ver el mar. Ya podréis imaginar lo contento que se puso.

Bueno, pues hasta ahí, esa es la primera noticia, que da paso a la siguiente, que se produjo hace solo dos días.

El escenario es muy parecido: todos en casa, llevamos ya varios días de confinamiento, yo estoy con el ordenador y él viene a mi despacho.

–Mamá.

–Dime, Javi.

–He escuchado en la tele una noticia muy interesante.

–¿Ah, sí? –Tampoco le hago excesivo caso. Al fin y al cabo hablamos mucho todos los días y le encanta conversar de todo, de modo que estoy acostumbrada a interacciones variadas–. ¿Y qué han dicho?

–Que quien tenga autismo puede salir a dar paseos acompañado de un familiar si lleva su certificado.

Él sabe que es una persona con autismo. Lo tiene tan asumido como yo, por ejemplo, sé que soy una persona habladora, o que su abuela sonríe a todas horas. Y su lenguaje es siempre muy formal y correcto, como saben quienes lo conocen, y más cuando se trata de comentar noticias o acontecimientos. Le hemos trabajado mucho la comunicación, y le encanta y nos encanta que se exprese a su manera, tan personal y “académica”, por llamarlo de algún modo. Así que su comentario no me extraña, pero sé que espera una respuesta por mi parte y se la doy en forma de otra pregunta:

–¿Y tú qué opinas de eso?

En el fondo espero que me diga algo como “¡qué bien!” o “entonces podemos salir a dar paseítos” o algo así, pero su respuesta me desarma por completo.

–Pues me parece muy bien, pero yo creo que eso debe servir para niños pequeños que se pongan nerviosos si se quedan en casa, como me pasaba a mí cuando era pequeño, o para los que no entiendan bien lo que está pasando. Pero yo estoy muy bien informado y además estamos haciendo estiramientos en casa y me asomo a la terraza muchas veces al día, así que creo que es mejor que no salgamos y nos quedemos en casa para dar ejemplo y ayudar a que todos hagan lo correcto.

A ver, ¿es, o no es para comérselo a besos?

Por eso, porque hay gestos como el suyo en miles de hogares, porque hay personas que no salen en las noticias pero que aportan su grano de arena, he querido hoy rendir un homenaje a esos héroes silenciosos.

Por eso hoy aplaudo yo también. Por todos nosotros, por los sanos y por los enfermos, por vosotros que estáis regalándome vuestro tiempo al leer esto, y por ellos, por todos ellos, que, en la lucha contra el coronavirus, están también hombro a hombro, a nuestro lado.

Gracias.

Adela Castañón

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Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

#relatosdelascincovillas

De las fragolinas de mis ayeres

Ese día no fui al campo con mi padre. Tenía que llevar dos mulas a la herrería y arreglar la hortaliza del huerto. Él se llevó el caballo. Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a mi abuela con los brazos en cruz, arrodillada delante de la hornacina, donde siempre había estado del Corazón de Jesús. Desde la entrada oí la jaculatoria que todos nos sabíamos de memoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.

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—¿A quién le rezas, abuela? ¿No ves que ya no está el santo? —Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—¡Qué desgracia, hijo mío! Llevaba aquí desde que me casé. Tu abuelo le hizo esta capillica, así lo veíamos siempre que salíamos de la cocina.

—Anda, abuela, cálmate. Lo entiendo, pero ahora no podemos hacer nada.

—No, no lo entiendes. El Corazón de Jesús nos protegía sin tener que ir a la iglesia.

—Pero era solo un santo de escayola pintada. Podremos poner otro.

—¡No, hijo, no! Los santos tienen vida. Por eso les rezamos y nos corresponden. Y no nos perdonan que los olvidemos.

—Abuela, ¿no te das cuenta de que la gente ya no cree en estas cosas?

—¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

Entonces la abuela siguió hablando. Que el Corazón de Jesús era lo más importante que teníamos. Que cada vez que pasaba por delante se santiguaba, rezaba una jaculatoria y hacía una genuflexión. Que así se sentía segura. Que sabía que mientras él estuviera en casa no nos pasaría nada a nosotros.

—Compréndelo, abuela. Ha sido un accidente. Se le ha caído a mi madre cuando lo estaba limpiando.

—Claro, al final tenía que pasar. Mira que le advertí que tuviera cuidado. Que no fuera tan aturullada.

También me dijo que ni a ella ni a mi padre les gustaba tener un santo en casa.

—¡Que no es eso, abuela! A ver cómo te lo explico. Era como un muñeco. Y, como tú nos has dicho muchas veces, los santos mutilados son de mal agüero y…

—¡Jesús, María y José! —No me dejó terminar—. ¡Qué herejes! Eso es lo que sois. Ahora, ¿quién nos socorrerá en los malos trances?

—Abuela, por favor, cálmate. No sé, creo que…

—Y tú, ¿qué sabrás? Ya veo que no te ha contado tu padre lo de las fiebres de malta.

—Ya sé, ya sé lo que me vas a decir. Que tú me lo has contado muchas veces. Pero él dice que se curó gracias al médico.

La abuela cogió la pila del agua bendita que tenía al lado de su cama y echó gotas en las ventanas, para que no entraran los malos espíritus. Mientras tanto me senté junto al hogar. Cuando acabó se acercó y me dijo.

—¿Tampoco sabes que malparió la yegua? ¿No te han contado que el Corazón de Jesús salvó a la madre y al potro? Pues bien asustados que estaban todos. Yo misma le oí decir al veterinario que no había nada que hacer.

—¡Vuelta con la burra al trigo! ¿Sabes lo que va diciendo el veterinario? ¡Eh! Pues que tú y tus jaculatorias sois sus peores enemigos.

—¿Tampoco sabes lo de la muerte repentina? —siguió, como si no me hubiera oído.

Se secó las manos en el delantal negro que le llegaba hasta los pies y me habló muy seria.

—Mira, aunque te quieran comer la mollera, no les hagas caso. Solo hay una manera de no morir en el monte de repente. Hay que ver a un santo y santiguarse antes de salir del pueblo. Yo se lo decía a todo el mundo, pero no me creían. Y a los dos criados de casa Picaruela, a esos que se reían de mí, los encontraron muertos de un cólico miserere.

—Abuela, sería porque comerían algo en malas condiciones.

—Mira que eres tozudo, hijo mío.

San Cristobalón de Moral de Calatrava

San Critobalón de Moral de Calatrava

Entonces me contó otra vez la historia de san Cristobalón. Que en la puerta de la iglesia habían pintado un san Cristóbal muy grande. Así se podía ver desde todos los caminos que llegaban al pueblo. Así los hombres lo veían cuando salían y aseguraban que ese día volverían vivos.

—Y todo era normal hasta que un rayo rompió la puerta. A los pocos días, tu abuelo, que en paz descanse, fue a Zaragoza y compró un Corazón de Jesús. Me dijo que era tan milagroso como san Cristóbalón y que nos protegería sin salir de casa

—Abuela, pues a mí me parece que tienes miedo.

—¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Corazón de Jesús, perdónalo, que no sabe lo que dice!

—¿Lo ves? Es lo que yo te digo.

—¿Qué maneras de hablar son esas? Esas palabras no son tuyas.

—Es que también lo dice mi padre. Y mucha gente.

—Pues llámalo cómo quieras. Pero esto nos traerá alguna desgracia. Por eso llevo aquí rezando desde que he visto el chandrío que ha hecho tu madre. Espero que haya roto el santo después de salir tu padre.

—¡Shist! ¡chiss!¡chss! Oigo relinchar un caballo. Se acerca. —le dije interrumpiéndola.

—Seguro que viene asustado —me contestó—. Los caballos vuelven a casa cuando huelen la muerte.

Bajó la cabeza y comenzó a repetir la jaculatoria: “Sagrado corazón de Jesús, en Vos confío”. Noté que sus rezos no tenían el tono de otros días, como si hubieran perdido el sentido con la hornacina vacía. El caballo volvía solo, sin el amo.

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María Pemán Casajús

Biel, 1930. María Pemán Casajús (Biel, 1855-1931). En 1872 se casó con Andrés Ferrández Arenaz (Biel, 1853-1917), de oficio pelaire, domiciliados en la calle del Jesús. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Simón, Petra y Benita. Eran los de casa El Moreno.

Carmen Romeo Pemán

Vida

Hoy solo os dejo palabras. Porque la historia la vais a saber escribir vosotros.

A mi hijo.

Mi infancia. La infancia con mis amigas. Cuentos de hadas en los que todas, por turnos o a la vez, somos las protagonistas. Nosotras, de princesas. Los niños, de vaqueros y de indios. Bicicletas para ellos. Futbol. Barbies para nosotras. Jugar a las casitas. El colegio. Algodón rosa en la feria.

Las manillas del reloj. El tiempo medido en segundos.

La universidad. Las muñecas olvidadas. Las bicicletas oxidadas. Maquillajes. Barras de labios compartidas. Fiestas de pijama. La pandilla, numerosa y divertida. Excursiones con los chicos. Los bailes. La pandilla, cada vez más reducida. Las primeras parejas. Los cuentos transformados en novelas rosas. Algodón blanco para desmaquillarse.

Amaneceres y anocheceres. El tiempo medido en días.

Las primeras bodas. Mis amigas, de blanco. Yo, de blanco. Casas propias. Mi casa. Sus casas. Barbacoas compartidas. Mi marido. Sus maridos. Coches. Trabajos. Peluquería. Recetas de cocina de una casa a otra. Sábanas de algodón.

Las hojas del almanaque. El tiempo medido en meses.

El embarazo de la primera. La emoción del resto de nosotras. Sus embarazos. Mi propio embarazo. Tiendas de ropita de bebé. Ecografías. Lista de nombres. Unas, de niña. Otras, de niño, igual que yo. Preparar las canastillas. Partos. Cesáreas. Visitas, regalos. Cajas de bombones. Pañales. Amor. Amor a raudales. Cuentos más olvidados. Novelas llenas de polvo. La vida. La película de la vida. Mil veces mejor que mil cuentos y novelas.

Paseos por el parque con niños abrigados en sus cochecitos en invierno. Primavera. Cochecitos guardados. Sillitas de paseo. Pequeños que empiezan a dar sus primeros pasos. Mi pequeño sentado en el césped. Ropa que se queda pequeña. Niños que se acercan a otros niños para jugar. Niños que sonríen a los niños que se les acercan. Niños acercándose al mío. Mi niño, que llora cuando llegan los otros. Niños que corren. Un niño sentado en el césped. Mi niño. Niños que ríen. Un niño que grita. Mi niño. Las mismas mujeres. Amigas de antes. Vecinas de ahora. Miradas de reojo. Sonrisas forzadas. Palabras amables. Mentiras amables.

Las cuatro estaciones. El tiempo medido en años.

Calendarios en la pared de las cocinas. Fiestas de cumpleaños marcadas en rosa en los suyos. Citas médicas en el mío. Padres que llevan a sus hijos al fútbol. El padre de mi hijo. Partidos en el televisor, con auriculares. La puerta del salón cerrada. Mi casa, que cada vez parece más pequeña. El mundo exterior, que cada vez parece más grande.

Niños de otras llorando por heridas en las rodillas. Peleas y reconciliaciones de chiquillos que duran lo que un suspiro. Mi niño con heridas. Rabietas. Autoagresiones. Vigilar las uñas, que siempre estén cortas. Arañazos. Noches de insomnio. Aullidos a la luna.

Niños comiendo helados. Niños gorditos. Niños inquietos. Niños sudorosos. Mi niño. Percentil bajo de peso. Preocupaciones del pediatra. Soluciones que no lo son.

Supermercado. Carrito de la compra. Madres llenándolos de compresas, de lazos para el pelo, de cuchillas de afeitar. Mi propio carrito. Pañales de bebé. Talla extra grande. Tiritas. Betadine. Farmacia después del supermercado. Vitaminas solubles. Batallas a la hora de comer. Impotencia frente a la báscula. Sus kilos, cada vez menos. Mis kilos, cada vez más. Su ayuno. Su anorexia. Mi gula desesperada.

Actividades extraescolares de los hijos de otras. Clases de inglés. Baile. Kárate. Mis actividades y las de mi niño. Logopeda. Psicólogo. Estimulación. Fisioterapia. Regar las plantas del jardín, aunque no crezcan. Cambiar la hora de la compra. Ir al súper después de comer. Dinero justo. Sin tarjetas de crédito.

Primavera en el barrio. Invierno en mi hogar.

Casas en las que cada vez hay más habitantes. Nuevos bebés. Madres de otros niños sin tiempo para más cosas. Intercambios de recetas de cocina que no llegan a la mía. Mi casa, ahora más vacía desde que nos quedamos solos los dos. Mirada que nunca me corresponde. Música que escapa por las ventanas de otras casas. Cristales cerrados en la mía para mantener presos los gritos, los llantos, las rabietas, las autolesiones. Ambulancias en la puerta de mi casa. Hospitales. Ida y vuelta.

Mujeres del barrio que ahora ven su vida a través de sus hijos. Niños que vuelven a protagonizar cuentos de hadas como los nuestros. Que van al colegio. A la universidad. Mi niño. Internet. Búsquedas. Programas de modificación de conducta. Dietas. Logopeda. Psicólogo. Siempre. Seguir regando las macetas.

El tiempo se detiene. La primera noche de seis horas de sueño sin interrupciones. Salir de casa. Paseos cortos dando la vuelta a la manzana. Viajes al contenedor de basura con bolsas llenas de objetos inútiles. Decoración de la casa. Pizarras en todas las habitaciones. Fotos clavadas con chinchetas en las pizarras. Rutinas. Seguridad. Apoyo en una asociación. Madres como yo. Nuevas amigas.

Ya no hay reloj, ni almanaques, ni estaciones. El tiempo se mide en objetivos alcanzados.

Adolescentes que llegan de madrugada. Reproches. Chicas bebidas. Madres con arrugas y patas de gallo. Divorcios y heridas nuevas en sus vidas. Cicatrices que ya son historia en la mía. Ya no hay luces naranjas giratorias reflejadas en los cristales de mi casa. A veces, luces azules frente a las casas de otros en mitad de la noche. Policía llevando a adolescentes bamboleantes y despeinados.

Gritos y discusiones que escapan a través de las ventanas de otras casas. Silencio que reina dentro de la mía. Sin música. Sin diálogos. Silencio bendito. Silencio anhelado. Silencio sin gritos, sin llantos. Silencio sin rabietas. Paz. Macetas que empiezan a florecer.

Pasar de largo por los pañales del supermercado. Empezar a comprar verduras. Experimentos en la cocina. Sus kilos, que suben. Mis kilos, que bajan. Natación. Descubrimiento del agua. Juegos en la piscina. Reencuentro con músculos de la cara que creíamos perdidos. Sonrisas frente al espejo. Sonrisas frente a frente. Contacto visual.

Ventanas abiertas. Silencio que escapa. Palabras que entran. “Mamá”. “Agua”. “Pelota”. Palabras que se multiplican. Fotos quitadas de las pizarras. Noches sin pesadillas. Noches blancas.

Verano. Calor. Luz. Aunque en el barrio y en el mundo esté nevando.

Programas específicos. Prácticas adaptadas. Más sonrisas. Más palabras. Un viaje en tren. Felicidad. Riesgo. Un viaje en avión. Campeones. Un viaje en barco. Aprender a montar en bicicleta. Besos. Abrazos. Te quiero. Te quiero.

El mismo barrio. Casas que ahora son nidos vacíos. Mi casa, llena.

Mi vida.

Sus ojos en mis ojos.

Su mano en la mía.

Mi niño.

Te quiero.

Adela Castañón

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Imagen de cabecera:  ArtTower en Pixabay

Imagen de cierre: chiplanay en Pixabay

La tornaboda de Bárbara de Farasdués

#leyendasaragonesas

Compairón. 2, Recortada

Detalle de un compairón o manta de lana que se ponía debajo de la silla de la novia el día de la tornboda, o viaje de la novia a su futuro hogar, la casa del novio.  Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

—¿Qué hace la señora Bárbara a sus sesenta y ocho años vestida de novia a la antigua usanza? —pensé la primera vez que vi la foto—. ¿Adónde va montada en un burro aparejado con silla de novia y un compairón?

No podía dejar de dar vueltas a esas preguntas. De repente me di una palmada en la frente y pensé: “Está clarísimo”. Todo se relacionaba con el viaje de las tornabodas.

Este no es un relato fantástico, no. Es la transcripción casi literal de unas costumbres aragonesas. Unas costumbres que tenían mucho que ver con los matrimonios entre las personas de las casas ricas y con la dote que aportaba la novia en una boda concertada por los padres, a través de un aponderador, que exageraba los bienes y las virtudes de la novia. Es que las hijas eran una carga para la familia y había que casarlas cuanto antes. Pero casarlas bien.

Seguramente nada de esto le pasó a la señora Bárbara de Farasdués. Es posible que en su treintena, moza vieja ya, se apañara con un pastor cinco años más joven y que se fueran a vivir a una de esas casas pobres de la Peñeta. Es posible que se hubieran casado en una misa antes del amanecer sin invitados ni ceremonias. Es posible que, cada vez que viera una boda con la comitiva de la tornaboda, o vuelta a casa del novio, se imaginara a sí misma como la reina de aquella ceremonia que tanto había deseado.

Y también es posible que ella no quisiera morirse sin que alguien la retratara como a las grandes novias, aunque fuera en un burro viejo y no en una yegua.

Los primeros contactos

Y la señora Bárbara no tuvo a nadie que la presentara, ni que la aponderara. Un día que iba a lavar se encontró en el camino con Fulgencio que iba a soltar el rebaño.

—Oye, Barbara, ya va siendo hora de que nos recojamos.

—Pues cuando quieras.

Y así estuvieron unos meses, con encuentros en el camino, en los que se contentaban con una mirada. Un día Fulgencio apoyó la barbilla en la vara con la que dirigía a las ovejas, y sin rodeos le dijo:

—Tendríamos que hablar con el cura para que nos amonestara.

—Lo que tú digas, Fulgencio.

Pero las cosas no se hacían así. Si ella hubiera sido de buena familia, sus padres habrían hecho un contrato con una casa de posibles y con un heredero. Y, si no hubiera habido en el pueblo, habrían hablado con los tratantes y arrieros que todos los días pasaban hacia Ayerbe por el camino de los Trajineros.

Es más, si hubiera hecho falta, habrían ido a la romería de la Virgen de la Sierra de Biel, que allí se concertaban buenas y ricas bodas entre casas en las que el heredero era el rey. Pero seguía viviendo con sus padres y con sus hermanos solteros, los tiones, que trabajaban por la cama y por la comida. A poco más tenía derecho un solterón.

La comitiva

Los novios de esas familias celebraban la boda en la casa de la novia. Unas veces en el mismo pueblo. Otras en un pueblo cercano. Y pocas veces en tierras lejanas. Que así reza el refrán: “El que lejos va a casar o va engañado o lo engañan”.

Pocas comitivas han hecho largas distancias. Algunas fueron notables, como la que fue desde Barcelona hasta un pueblo del Pirineo, en el Valle de la Garcipollera, cerca de Canfranc. En estas distancias, la comitiva se retrasaba hasta el día siguiente de madrugada.

Comitiva desde Barcelona

Comitiva de una boda a su llegada a los Pirineos. Venían desde Barcelona. A pesar del largo viaje, siguen con los caballos enjalbegados y las personas con las ropas de la boda del día anterior. Publicada en Fotos Antiguas de Aragón.

Si eran de pueblos distintos, el novio tenía que pagar la manta a los mozos del pueblo de su novia por haberles robado a una moza. Y, si se negaba, comenzaban las bromas, las cencerrada, o esquilada. Desde el anochecer hasta la madrugada sonaban los cencerros y las esquilas del pueblo en la puerta de la recién casada.

En todos los casos se formaba un largo cortejo, con hombres y mujeres montados en caballerías de gala y ataviados de fiesta. A la llegada recibían a la novia con más festejos. Así la nueva vida de la recién desposada comenzaba como en un cuento de hadas.

A caballo en una yegua engalanada

Y eso es lo que añoraban la mirada triste y el gesto adusto de la señora Bárbara. Pero Fulgencio vivía en una especie de cueva. Para la cama bastarían unas pieles de cabra por el suelo. Y ella llevaría sayas de estameña y una toca negra en la cabeza.

Le habría gustado ser una novia engalanada en una cabalgadura elegante y no conformarse con el viejo burro que con tantos apuros compraron en la feria de Ayerbe.

Le habría gustado lucir un compairón debajo de la silla de la novia y presumir de una manta de lana blanca, tejida en forma de sarga, adornada con gallos, guirnaldas y otros símbolos que aludían la fertilidad que se deseaba para la novia. La futura descendencia aseguraba la continuidad de la casa. Pero eso era un privilegio de las grandes haciendas. La gran aspiración del heredero, conseguir una buena hembra paridora.

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En el compairón nunca faltaba el gallo. En Aragón era el símbolo de la dedicación de la mujer al hogar. Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

Pero el compairón y la silla no estaban al alcance de todos. Entre los ricos se prestaban estos arreos, que era caros para lucirlos solo un día. Lo malo era que todos sabían a quién pertenecían. A veces llevaban la marca de la casa, como los aperos de labranza, las talegas y los ganados.

La silla se encargaba a un buen ebanista. Lo más seguro es que la tallara con el tronco de unos nogales que guardaban para la ocasión. Podría estar pintada de colores y adornada con ramos en forma de corazones. Todo estaba pensado para trasladar a la novia a la casa del que ya era su marido.

Silla de nogal. Recortada

Silla de novia. Museo Ángel Orensanz y Artes del Serrablo.

La señora Bárbara se imaginaba que la ayudaba a subir a una yegua blanca un joven elegido entre los amigos de su novio. Por primera vez en su vida montaba en una silla, a la mujeriegas, y no a escarramanchón, como le había tocado ir siempre encima de una albarda.

A la señora Bárbara no la seguía una comitiva, no. En la foto se ve a unas niñas que miran asombradas, como si estuvieran en las fiestas de Carnaval.

—Marchad todas de aquí —gritó—. Y no me espantéis al caballo que viene detrás con el baúl con mi dote. O con mi pliega, o como la queráis llamar. Que lo importante es lo que lleva dentro.

En ese momento alguien disparó la foto. Y quedó inmortalizada como un fantoche. Pero a sus años la vista le fallaba y la guardó en el fondo de un arca como un tesoro.

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Foto de la entrada sin recortar.

Novia de Farasdués

Publicada por Fernando Ciudad Lacima el 27 de diciembre de 2019, en el grupo de FB, Fotos Antiguas de Aragón, del que soy miembro. Se la cedió José Luis Mincholé Alastuey, de Farasdués. El fotógrafo fue Elias Año Alastuey, un gran aficionado a la fotografía, tío abuelo de Pilar Campos Fornell.

Esta foto, y sus comentarios,  me inspiraron  este artículo. Desde aquí os doy las gracias a todos los del grupo por vuestras extraordinarias colaboraciones.

1929, Farasdués. Comarca de las Cinco Villas. (Zaragoza). Ese año Bárbara Fernández Garcés tenía 68 años. Su marido, Fulgencio Melero Pardo, de profesión pastor, era cinco años más joven. Vivían en la calle Ramón y Cajal, número 8.

Carmen Romeo Pemán

Gramática del amor

Puedo conjugar un verbo,

puedo consultar un libro,

puedo buscar en las redes

ese pronombre furtivo,

o mis dudas con las comas,

o algún adjetivo esquivo.

 

Mas, si se trata de amor,

no conozco ningún sitio

donde encontrar los remedios,

o herramientas, o utensilios,

que me ayuden a explicarlo,

o que puedan describirlo.

 

Y entonces pienso en tus manos

y con mis manos escribo

mientras sueño que mis dedos

con los tuyos hacen nido,

y es la prosa del amor

que se vuelca en un escrito.

 

Y a veces sueño tus ojos

y aprieto fuerte los míos

e intento no despertarme

por no enfrentarme al vacío

y al dolor que me produce

saber que no estás conmigo.

 

Y entonces, en esos sueños,

me miras, y yo te miro,

y el amor, escrito en prosa,

se convierte en un suspiro,

y el suspiro se hace beso,

y el beso busca su sitio,

pero no encuentra tus labios

y se pierde, despacito,

y yo lo miro alejarse,

perderse en el infinito,

y despierto, y estoy sola

y regreso a mis escritos.

 

Y no hay ningún diccionario

ni conozco ningún libro

donde venga la receta

para conjugar contigo

el verbo amar en presente,

en futuro o participio.

 

Y por eso, hace algún tiempo,

escribo mi propio libro,

y poco a poco comprendo

que me equivoqué contigo

y hoy ya conjugo en pasado

lo mucho que te he querido.

Adela Castañón

Imagen: DarkWorkX en Pixabay