Irene Vallejo: Discurso del Premio Aragón

Irene, yo fui una de las que te escuché pegada a la pantalla del televisor de mi casa. Y no estaba en mis cosas, no. Estaba en las tuyas. En tu vestido blanco cual túnica griega, en el marco de lacerías trenzadas que te cobijaba. En todo momento me sentí arropada y acunada por tus palabras aladas que traspasaban muros, cristales y fronteras.

¡Qué delicadeza! Nunca había escuchado nada igual. Cada frase superaba la anterior en un tono cálido que iba in crescendo. Te ibas apoderando de mí de tal forma que en un momento me desapareció toda la puesta en escena. Las cadencias de tu voz y tus ojos parlanchines me hicieron entrar en éxtasis.

Me habían dicho que Aragón te premiaba con su más alta condecoración. Pero yo sentí lo contrario. Sentí que tú premiabas a Aragón y que contigo caminábamos hacia lo universal sin dejar de pisar el suelo aragonés.

Aunque no es lo mismo la palabra oral que la escrita, y de eso tú eres la maestra, he querido recoger en mi biblioteca este discurso para que algún día vengan a rescatarlo los corceles del cierzo y, quizá, ¿por qué no?, alguna bibliotecaria lo lleve a rincones inesperados.

1917. Instituto Goya de Zaragoza. María Moliner, con coletas, abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila. Luis Buñuel, arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila. Ramón J. Sender, abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila. Con el profesor Miguel Allué Salvador.

Buenas tardes autoridades, autores,  público autorizado. A quienes nos escuchan en sus casas en sus cosas, mi abrazo prudente y cariñoso.

Aunque este día de San Jorge, como se decía en los cuentos de los mapas antiguos, “aquí hay dragones”, seguimos celebrando el Día de Aragón y del Libro que muy simbólicamente coinciden y confluyen en la misma fecha. Frente a la amenaza cierta de las fieras, volvemos a reunirnos en esta fiesta primaveral, nuestro día de acción de gracias a las palabras, a nuestras raíces y a nuestras alas.

Hoy, me gustaría encontrar en la biblioteca secreta de un antiguo palacio un diccionario que albergara mil formas posibles de expresar gratitud.

Gracias al presidente, Javier Lambán, por su confianza generosa. Al jurado, personas que considero maestras y referentes, por haber contemplado mis posibilidades más que mis realidades, por premiar la esperanza más que la experiencia. A quienes me abrieron las puertas del periodismo –Guillermo Fatás, Encarna Samitier-, y a las Artes y las Letras –Antón Castro, José Luis Melero-. Pienso que esta es una tierra de cierzo bondadoso y, a veces, desmesurado.

Debo estar a la altura de este espléndido regalo –quizás-merecerlo en los años venideros. En los caminos inciertos del porvenir, este regalo será siempre un respaldo, un impulso cuando tiemble el pulso sobre el papel, una mano tendida. Me emociona que esta dulce exageración suceda aquí, en mi tierra. Recuerdo un mito griego que retrata este misterioso cordón umbilical que nos une al lugar donde nacimos. Anteo era un gigante, hijo de la diosa Tierra, y con solo tocarla sacaba de ella una fuerza extraordinaria: se llenaba de vida.

Su madre le transmitía una corriente invisible de vigor. Igual que el secreto poder de Sansón era su melena, el de Anteo era su arraigo. Cierta vez luchó cuerpo a cuerpo con Hércules. El gran forzudo griego solo pudo vencerlo levantándolo en vilo y separando sus pies del suelo. Hasta el último aliento, cuenta la leyenda, Anteo buscó agónicamente la caricia de su tierra materna. Sí, en la antigua mitología aprendí que hasta los gigantes agradecen jugar en casa y que todo gran viaje necesita una Ítaca añorada.

En la última década, he recorrido los caminos y las comarcas de Aragón, trazando rutas zigzagueantes por una recóndita geografía de institutos y bibliotecas rurales, allí donde los clubes de lectura desembocan en el ritual de la tortilla de patata y las croquetas compartidas. Desde los Pirineos al Maestrazgo, entre maestros y bibliotecarias, he conocido a los herederos contemporáneos de los antiguos bardos al amor del fuego. La lectura puede parecer una actividad sedentaria, pero en realidad nos devuelve a la condición nómada y andariega de las buenas historias. 

Durante estas peregrinaciones he aprendido que se hace camino al leer, y, a veces, en las carreteras azuladas al atardecer, me he sentido hechizada por las brujas de Trasmoz, o descendiente de aquel viajero somarda, Pedro Saputo, oriundo de Almudévar. En nuestros pueblos, en nuestros barrios, he conocido la hospitalidad desbordante de quienes aman los libros: a cada empanada, mis bocados de gratitud. Por eso, me gustaría que este premio se lea como una reivindicación de la cultura aragonesa

Vivimos en una tierra de viento, huellas, desierto y cimas. Lugar de paso y de pasión artística. De gente que resiste, bromea, viaja y crea. Es imposible olvidarlo en esta Aljafería de yeserías trenzadas y cielos de oro, arquitectura bilingüe, vivienda de poderosos y hoy palacio de nuestras convicciones democráticas.  La primera idea, la semilla inicial para escribir El infinito en un junco brotó precisamente aquí, en este palacio, en esas conversaciones literarias que organiza nuestro querido Fernando Sanmartín.  El lugar justo: un edificio que, tras una larga historia conflictiva, acoge la esperanza de forjar acuerdos.

Nuestras palabras aprendieron a volar con el cierzo, son viajeras, buenas conversadoras. Nos lo recuerdan los artistas mudéjares, que inventaron una belleza mestiza en el umbral de dos civilizaciones. Goya, que pintó las sombras del siglo de las luces. Y la irreverencia de Buñuel, que revolucionó nuestros sueños a ambas orillas del océano. Por esas mágicas alineaciones que a veces suceden en una misma época en un territorio de pronto favorecido, hay una increíble foto del año 1917 que retrata a los alumnos del Instituto General y Técnico de Zaragoza –hoy Instituto Goya, donde yo estudiaría décadas más tarde–. 

En esa imagen posan Buñuel, Sender y María Moliner. De Buñuel y Sender se sabe que no se llevaban bien. Los dos eran rebeldes, pero cada uno a su manera. El de Calanda era peleón y pendenciero, mientras que Ramón escribía ya sus primeros pensamientos anarquistas. Todos se vieron obligados a viajar: unas veces, demasiado lejos; otras, en rincones de profundo silencio.

Nuestros vientos desenterraron incluso antiguas ciudades. Pompeya, Herculano y Estabia, vivían olvidadas en su burbuja de tiempo, ceniza y lava, hasta que un Zaragozano excavó ese mundo petrificado. El ingeniero Roque Joaquín de Alcubierre pidió permiso al rey para investigar unos eriales donde se habían hallado algunas esculturas. Tuvo que insistir fervientemente para emprender una excavación a gran escala, dada la escasez de herramientas y de personal disponible. Y, así, un fragmento de la antigua Roma emergió ante los ojos maravillados del mundo.  La terquedad aragonesa, motivo de infinitas bromas, también es madera de descubrimientos.

Precisamente, ya desde tiempos romanos fue Bílbilis capital de la poesía. Marcial, el poeta con más sorna e ingenio tuitero del antiguo imperio nació aquí. Y también fue bilbilitana la viuda Marcela, su mecenas. Cuando el maduro poeta regresó a su tierra natal después de décadas en Roma, ella le regaló una finca con prados, rosales, hortalizas, acequia, anguilas y un blanco palomar, para que viviera y escribiese. Y Marcial cuenta en su último libro, escrito en Hispania, que se dedicó a holgazanear, levantarse tarde, retozar con Marcela, comer a dos carrillos y hacer rabiar a los envidiosos. Un hechizo de palabras debió quedar flotando en el aire, pues a poca distancia de allí, en Belmonte de Calatayud, nacería otro mago del ingenio, Baltasar Gracián.

Aragón fue pronto paisaje de imprentas y librerías. Zaragoza se cuenta entre las primeras capitales europeas en albergar el invento que cambiaría el mundo.  Desembarcaron en la ciudad artesanos flamencos y alemanes, como Mateo Flandro y Jorge Cocci, que editó aquí algunos de los libros más bellos del siglo XVI. Más de ciento cincuenta incunables nacieron de las manos de aquellos maestros, que hicieron arte con láminas iluminadas y el delicado encaje de los tipos, igual que antes los constructores mudéjares escribieron renglones de ladrillo y cerámica en sus muros. 

Además, las imprentas aragonesas publicaban obras prohibidas en el Reino de Castilla, donde regían normas de censura que no se aplicaron hasta mucho después en la Corona de Aragón. Los libros eran más libres entre nosotros. A estos pagos hospitalarios con las páginas, han acudido innumerables personajes literarios. Y nosotros, acogedores, les hemos dado incluso lo que no tenemos: siendo tierra interior, regalamos a Sancho Panza una ínsula Barataria en Alcalá de Ebro-

En nuestras calles empieza El manuscrito encontrado en Zaragoza, una de las novelas europeas más fascinantes, poblada por bandidos, enamorados endemoniados, almas en pena, conspiradores, impíos y peregrinos.


Librerías, escritores y tejedoras de relatos nunca han faltado en esta tierra. Crecen tenaces, como esas flores que brotan cada primavera en las grietas de los peñascos, destellos en rebelión contra la piedra y contra el invierno. 

Así revivimos en sus libros los monstruos amables de Javier Tomeo, el duelo amarillo del añorado Félix Romeo, los versos de los hermanos Labordeta y del exiliado Ildefonso Manuel Gil que, en un hermoso poema, pidió a quien lo leyese: “cobíjame en tus sueños/ donde yo velaré mientras tú duermes”. 


Si cerramos los ojos, escucharemos esas voces que acunan nuestros sueños, esas palabras que no se lleva el viento.

En este Día del Libro y de la gente de palabra, quisiera evocar nuestro idilio con los jardineros de la lengua –Moliner, Blecua, Alvar, Lázaro Carreter, Egido, Mainer, Sánchez Vidal–. Del apasionado deseo de hablarnos unos a otras nace, por ejemplo, ese sonoro verbo “charrar”, que ruge en la boca, o esos irresistibles capazos que cogemos en la calle, sin quererlo ni planearlo, de pie, estoicamente bajo un sol justiciero o los mordiscos del frío, por puro amor a la conversación. 

Sí, las palabras son aire movido por los labios, y aquí somos expertos en besar el cierzo. Me atrevo a soñar un capazo imaginario con el fantasma de María Moliner. María, sigilosa hilandera de palabras, bibliotecaria, amazona de los libros en las Misiones Pedagógicas, siempre admiraré el telar de tu mente que tejió un diccionario entero, el mejor. 

Estudié en tu mismo instituto, en tu misma universidad. Tu casa estuvo en la calle Central, hoy Zumalacárregui, muy cerca del piso de mi infancia. Pensar en tu labor original, renovadora y tenaz frente a los obstáculos y las represalias siempre me ha insuflado fuerzas e ilusión: así es como el pasado nos impulsa hacia el futuro. María, gracias.

Sé que te preocupan esos discursos agoreros que susurran a los jóvenes humanistas que es inútil este oficio tejido de arte, palabras y memoria. Con esa terca y suave convicción que siembre te caracterizó, tú, que tanto sabes de derrotas transformadas en logros, les dirías que persigan sus sueños. El futuro les necesita. Os necesita.

En esta época de temibles dragones, no quiero dejar de mencionar a nuestros mayores, que hoy recibís un merecido reconocimiento. 

Los libros son cofres de palabras que salvaguardan la memoria de quienes nos preceden, invitaciones a escuchar las palabras de quienes albergáis el tesoro de la experiencia. Ojalá aprendamos algo de estos tiempos ásperos: cuidar a nuestros padres y abuelos, significa también cuidar sus palabras y su recuerdo.

Y para cuidarnos, unas a otros, protejamos la conversación común y el lenguaje, esta fabulosa herramienta con que edificamos hallazgos tan felices como los derechos, la justicia y la democracia, que son palabras mayores. 


Durante la terrible peste de Atenas, Pericles edificó sus mejores discursos ensalzando la ayuda mutua.  No es extraño que de la palabra lector derive el término elector: nuestras decisiones se sostienen en las letras, los discursos, el diálogo compartido. 

Tal vez por eso, llamamos parlamento al espacio parlanchín de la palabra, el lugar donde se celebra esa sorprendente ceremonia que engendra los debates y las leyes, los textos que hilan el tapiz de lo que somos.


No me extiendo más. Don Quijote nos enseñó que la justicia, la aventura, la bondad y la utopía hay que inventarlas primero para vivir en ellas, como se vive en las páginas de un libro. 

Por eso, quiero terminar con unas palabras de gratitud a los oficios que, cada día, nos acercan a la utopía: la educación y la sanidad.

Gracias infinitas al Servicio de Neonatología del Hospital Miguel Servet, al doctor Segundo Rite y su equipo, que salvaron la vida a mi hijo.  Y a las maestras del Colegio Tomás Alvira, que hoy le acompañan en su pequeña aventura.  Mi homenaje a los hospitales, a los colegios y a la sociedad que los soñó para todos.

Junto a la tierra materna de Anteo, el humor somarda de Marcial, la generosidad de Marcela, las brujas de Trasmoz, la magia de la imprenta, el desencanto lúcido de Goya, los exilios de Sender y Buñuel, la silenciosa rebeldía de María Moliner, la cárcel de Félix Romeo y los dragones contra los que hoy luchamos, el futuro está todavía por escribir. 

En los libros, donde vive y sueña nuestra familia de papel, nos aguardan las ideas y las palabras que tejerán el relato que seremos. 

Contra cierzo y marea. 

Con cuidados, con consensos, con capazos, con cuentos. 

Contra cierzo y marea. Agua y viento en el barrio de Miralbueno. Infografía de Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Irene, gracias, por este hermoso discurso. Hoy me he sentido un poco vanidosilla por el privilegio de haberte tenido en mis clases del Instituto Goya. Como no podía ser de otra manera, has desplegado tus alas de diosa y, con una grandeza sin igual, nos has impregnado de la sabiduría que atesoras.

Gracias por ser tan universal y tan aragonesa. Gracias por ser tan cosmopolita con los pies en esta tierra, como te enseñó el gigante Anteo.

Gracias por incluirnos, incluirme, en tu familia de papel y ayudarnos a tejer el relato de lo que ya estamos siendo y de lo que seremos.

Marzo de 2021 en la biblioteca del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Irene Vallejo con tres de sus profesoras, catedráticas del Instituto Goya. De ida. a dcha.: Inocencia Torres Martínez de Filosofía; Carmen Romeo Pemán de Lengua y literatura; Irene Vallejo Moreu, escritora; y Cristina Baselga Mantecón de Inglés.

El discurso completo con el video en:

https://www.cartv.es/aragonnoticias/noticias/discurso-integro-de-irene-vallejo-en-la-aljaferia

Carmen Romeo Pemán

Los días perdidos

Regresarán los días

en los que sentimientos sin nombre

pugnarán por salir de algún rincón del alma.

Días de letargo erótico

de siestas en la playa,

el color y el calor de los rayos del sol

que visten a mi piel con mil tonos de arena.

Días de una brisa cómplice

que se escapa del mar

porque me quiere,

y quiere susurrarme historias como esta,

la historia de un poema

que surge de un cuerpo en cautiverio

y un alma en libertad.

 

Regresarán los días

y, cuando vuelvan,

serán los mismos días y no serán los mismos,

tal vez porque nosotros

sí que habremos cambiado

y seremos distintos.

 

Regresarán los días

y las tardes nubladas del otoño,

serenas y tan grises,

con ventiscas que entonan melodías

hechas de notas tristes,

mil canciones cantadas

por el crujir de muchas hojas secas,

notas escritas sobre el polvo dorado

de una puesta de sol

que se disfruta a la orilla del mar,

o en la cumbre de un cerro,

o en un campo de trigo,

o en el porche de una casa de pueblo.

 

Regresarán los días

cubiertos por la nieve,

con una blanca capa

que tejerá el olvido.

El frío convertirá los riachuelos en hielo,

y cerraré los ojos

y volveré a acordarme de que tú ya te has ido.

 

Regresarán los días

de flores y de aromas,

y volveré a sentirme primavera.

Y atrás se quedarán esas quimeras

que me hicieron llorar.

Y llevaré de nuevo en mi equipaje

la experiencia, los sueños,

la parte más hermosa de mi vida.

 

Regresarán los días

y dará igual que sea

primavera, verano, otoño o invierno.

Nadie podrá quitarme lo que tuve,

y me siento feliz con lo que tengo.

 

Y, en cualquier estación,

y en cualquier día,

yo seguiré escribiendo.

Adela Castañón

Imagen: Erik Tanghe en Pixabay 

Amor intemporal

Mi abogada me ha dicho que es probable que mañana acabe todo. No cree que el jurado necesite más tiempo para reunirse y solo espera que el juez no sea demasiado duro con la sentencia. Porque, eso lo tengo claro, el mío es un caso perdido. No cabe la más mínima duda que he transgredido la ley. Y la culpa, eso también lo tengo claro, fue de mi trabajo.

Es inconcebible que en pleno siglo XXII los genetistas cometan errores, pero a veces ocurre, y yo soy una prueba de ello. La equivocación en mi codificación genética no hubiera sido un problema si yo hubiese trabajado en otro campo; es probable, incluso, que no hubiera llegado a darme cuenta de que era un poco diferente a los demás. Pero también es bastante probable que ese pequeño error en mis códigos influyera en mi elección cuando me llegó el turno de acceder al mercado laboral.

No se me había inmunizado contra la lectura.

Claro que todos los ciudadanos leíamos: por las mañanas, en los monitores de todas las viviendas de la ciudad, aparecían escritas las instrucciones, las novedades y las informaciones de interés general. Eso no era un problema. El problema fue que mi pequeña imperfección genética se convirtió a la vez en la causa y en la consecuencia de que mañana vayan a juzgarme, y es que la lectura me atraía como una droga. Creo que quizá, por eso mismo, yo no estaba preparado para ser el guardián de la biblioteca interactiva. ¡Si alguien lo hubiera sabido!, ¡si por lo menos se me hubiera ocurrido pensar en eso! Tal vez, en ese caso, hoy seguiría sido un sujeto prototípico y feliz. Pero, una vez que me dieron el empleo y empecé a trabajar con los libros, solo era cuestión de tiempo que cayera en la trampa. Y, claro está, caí.

Mi abogada me ha dicho que mi caso se ha mencionado en las noticias, pero solo para informar de que los equipos de genética trabajan en un nuevo protocolo de corrección de errores. Imagino que, como mucho, mis antiguos compañeros se habrán limitado a suponer que estoy en algún centro de salud genética para reparar el gen defectuoso. Es lo que yo hubiera pensado hace unos meses si estuviera en su lugar. No se lo reprocho. Pero tampoco puedo evitar una sonrisa triste al pensar qué diría Lydia si supiera lo que me está pasando. ¡Es tan distinta de todos nosotros! Ella, su mundo, resultarían incomprensibles para cualquiera de mis conciudadanos, habitantes perfectos de este mundo supuestamente igual de perfecto. Debí hablarle a Lydia de mi viaje en el tiempo cuando tuve ocasión. Fue un error no hacerlo, dejarla creer que todo lo que yo escribía eran historias de ficción futurista. Pero si le hubiese dicho que mis crónicas eran ciertas, que yo tenía en realidad cien años más que ella, o que su mundo del siglo XXI era historia en las bibliotecas de mi tiempo, me habría tomado por loco y tal vez me habría dejado. Y eso era algo que yo no estaba dispuesto a soportar. ¡Mi pobre y querida Lydia! Me estará echando de menos. Seguro que se pregunta por qué no he vuelto con ella.

Mi abogada no entiende por qué hice lo que hice. No entiende que yo haya puesto en juego mi existencia en nuestra perfecta civilización. Hemos alcanzado unas cotas de orden y una serie de comodidades materiales que nuestros antepasados no se habrían ni atrevido a soñar. ¿Puede haber algo mejor que tener asegurados los alimentos tanto en el trabajo como en casa en las horas indicadas?, ¿tener acceso al ocio solo con rellenar la correspondiente solicitud on line?, ¿disponer de una pareja con un simple clic en el formulario previsto para necesidades básicas? Hemos alcanzado cosas que eran verdaderas utopías en el siglo en el que está Lydia, lo sé. Pero, aún así, no puedo evitar ver mi mundo como una copia desvaída en blanco y negro del universo de color que es el mundo de su tiempo.

Ni mi abogada, ni los miembros del jurado, ni el juez comprenden las razones de que yo incurriera en una falta tan básica. No les cabe en la cabeza que cayera en la tentación de ojear las portadas de algunos libros cuando los llevaban a la biblioteca para ser almacenados y custodiados en la zona de alta seguridad. Y, para ser sinceros, yo tampoco sabría explicarles qué me hizo abrir un día uno de aquellos ejemplares antiguos, concretamente el que estaba catalogado en el locci temporal del siglo XXI. Mi abogada ha tratado de basar su defensa en el hecho de que el genetista encargado de mi programación cometió un error y no abolió el gen de la curiosidad lectora cuya alta carga viral se ha podido detectar en los análisis que me han realizado. Pero el fiscal ha jugado con ese dato para ponerlo en mi contra, y ha alegado que esos niveles tan elevados son la consecuencia de mi delito, y no la causa de él. Y posiblemente tenga razón, porque, desde que me descubrieron infringiendo la norma, el número de preguntas que invaden mi mente se multiplica sin cesar, incluso aquí, en mi confortable celda, mientras espero ser juzgado mañana.

Sabía que estaba terminantemente prohibido abrir un libro. Sabía que, si lo hacía, correría el riesgo de viajar sin protección en el tiempo, y me expondría a riesgos desconocidos. Lo sabía. Y, a pesar de eso, lo hice. Porque de un modo impreciso empezaba a ser consciente de que algo me diferenciaba de las demás personas.

Elegí un día en el que no había nadie más conmigo. “Solo será una miradita”, pensé. Me engañé y traté de justificar lo que iba a hacer diciéndome que así, al ver de cerca todas las imperfecciones e incomodidades de los humanos que nos habían precedido, quizá encontraría el modo de abortar esa molesta mutación que se iba apoderando de mis células y me provocaba una incómoda inquietud, como un cosquilleo debajo de la piel, que me hacía plantearme desear no sabía bien qué cosas.

Vivo, ¿o debería decir que “vivía”?, en un mundo feliz. Sin guerras. Sin hambre. Sin desempleo. Sin enfermedades. Sin incomodidades.

¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué lo hice?

Y, en el fondo, ¿qué más da? Me estoy haciendo la pregunta equivocada. La correcta, la que me mantiene entero, es esta: ¿Volvería a hacerlo?

Y la respuesta es que sí.

Por eso tengo un plan. No sé si funcionará, pero me aferro a la esperanza de que así sea. Esperanza. Otra palabra que se perdió en el diccionario cuando el siglo XXI dio paso al XXII. Otro regalo increíble de Lydia que, ojalá, me ayude ahora.

Voy a decirle a mi abogada que todo empezó por un tremendo error. Que el libro se me resbaló de las manos por accidente y cayó al suelo abierto. Y que al cogerlo y tratar de cerrarlo mis manos se posaron en las páginas y viajé sin querer cien años atrás. Tengo la esperanza de que ni ella, ni el juez, ni el jurado hayan pensado que ese no era ni mucho menos mi primer viaje. Si consigo convencerlos de que ha sido solo una vez, puede que tenga una oportunidad. Si me absuelven es muy probable que recupere mi empleo. Y entonces, a la primera ocasión, arrancaré y mezclaré todas las páginas de los libros del locci del siglo XXI, y les prenderé fuego para que nadie pueda seguirme hasta allí. Cerraré definitivamente la puerta entre nuestros mundos, el de Lydia y el mío.

En el siglo pasado me espera ella. Con Lydia no practico un coito perfecto, con ella hago el amor. Echo de menos los chirridos de la cama cuando se da la vuelta dormida, comer lo que prepara, sin saber si el punto de sal estará bien, acostarnos cada día a una hora distinta. Disfrutar de eso que ella llama vacaciones de fin de semana. Hasta echo de menos sus reproches cuando me acusa de no querer contarle nada de ese trabajo mío que me aleja de ella casi la mitad del tiempo. Al principio, acercarme a Lydia fue solo parte del experimento. Iba a ser algo provisional. Pero se adueñó de mí algo desconocido y tan fuerte que empecé a prolongar mi estancia en su tiempo y mis viajes fueron cada vez más arriesgados.

Por eso me atraparon. Porque volví de uno de esos viajes demasiado feliz, demasiado distraído, demasiado relajado.

Ella me había puesto una flor en la oreja, y no me di cuenta.

Y ellos la vieron enseguida.

Ojalá se crean mi mentira. Ojalá salga todo bien.

Ojalá pueda volver con Lydia y seguir escribiendo y escribiendo todo lo que le cuento de mi época, sin decirle que es cierto. Y ojalá pueda hacerla feliz. Ella dice que mis historias se están vendiendo muy bien y sueña con el día en que deje mi supuesto trabajo para convertirme en escritor y pasar a su lado todo el tiempo, y no la mitad, como hice hasta ahora. Porque he descubierto que me gusta incluso eso que ella llama celos, y no quiero que esos celos por el tiempo que paso en mi siglo terminen por hacer que se aleje de mí.

Quizá, a fin de cuentas, mi error se convierta en mi salvación.

Ojalá.

Ya no hay vuelta atrás ni, aunque la hubiera, la querría. Mañana me juego mi futuro. O, quizá, me juego mi pasado.

Lydia. Tan perfectamente imperfecta. Tan viva.

Tengo que volver con ella.

Lydia. Encontraré la manera.

Lydia. Mi Lydia.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

El jarrón de porcelana

Me sobresalté y di un bote en la silla al escuchar el ruido de algo que se rompía. Dejé el lápiz sobre mi cuaderno escolar y me levanté. La abuela Chang, con los ojos desbordados, caminaba hacia su cuarto con toda la rapidez que le permitían sus pequeños pies. Cuando era niña se los habían vendado en China y usaba zapatillas mucho más pequeñas que las mías, a pesar de que yo solo tenía diez años y los pies pequeños. Abrí mucho los ojos.

–Mamá, ¿por qué llora la abuela?

Mi madre estaba arrodillada de espaldas a mí y recogía los fragmentos del jarrón que acababa de romperse al caer al suelo. Los dejó sobre la mesa con mucho cuidado, se volvió y me miró. Abrí los ojos todavía un poco más y contuve la respiración. Nunca había visto llorar a la vez a mi madre y a mi abuela, las dos mujeres de mi vida. Vale que la abuela veía regular sin gafas, y que había tropezado con el mueble donde estaba el jarrón, pero tampoco creía yo que la cosa fuera para tanto. Al ver cómo brillaban los ojos de mi madre, los míos me empezaron a picar. Sin embargo, no tuve que preguntar nada. Mamá era un hada que me leía el pensamiento y habló en voz muy bajita:

–No te preocupes, Yu-Lin. Tu abuela llora porque ahora mismo le sangra el corazón.

–Pero si ni siquiera se ha cortado, mamá. Y tú tampoco te has enfadado. ¿Por qué estáis así? –Mi cara también era transparente para mamá, que me regaló una sonrisa triste–. No es para tanto, ¿no?

–Anda, preciosa –me dijo–, ayúdame a recoger y luego intentaremos pegar los pedazos. Y te contaré una historia mientras recogemos.

Mamá sacó un pañuelo del bolsillo de su bata y se secó las lágrimas. Me puse a echarle una mano y ella empezó a hablar sin mirarme.

–Hace muchos, muchos años, nuestros antepasados vivían en China. Y el jarrón que se ha roto ha acompañado a nuestra familia desde que lo fabricó un tataratatarabuelo tuyo. En ese jarrón, aparte de las flores que ponemos muchas veces, estaban, en cierto modo, las raíces de nuestra familia. Por eso llora tu abuela.

–Pero no es más que un jarrón.

–Te equivocas. Parece, parecía –mamá suspiró– un simple jarrón. Pero en realidad era la prueba de una historia de amor.

–¡Hala!

Cogí uno de los trozos con algo más de cuidado. No me había fijado nunca en que tenía un brillo distinto a todos los brillos. Era como si estuviera cubierto de una piel de bebé perfecta. Miré con atención y vi parte del dibujo de la cola de un pavo real. Las plumas estaban tan bien dibujadas que estuve a punto de soplar para ver si se movían. ¿Y mamá decía que ahí había una historia? ¡Guau!  La cosa empezaba a interesarme. Mamá comenzó a narrar:

–Zhang, que así se llamaba nuestro antepasado, vivía en China y dirigía una fábrica de porcelana en la que se creaban piezas únicas y exclusivas para el emperador Minh Mang, último de la dinastía Song, conocido por la ferocidad y la severidad con la que gobernaba. Una de las cosas de las que más se enorgullecía era de que ningún otro país poseía el secreto de la fabricación de unas porcelanas como las suyas. Ese secreto era un misterio muy bien guardado al que solo unos pocos tenían acceso, y Zhang era uno de los elegidos. Su fábrica era la mejor de China, y él se encargaba de que funcionara a la perfección para que todo estuviera a gusto de Minh Mang.

–¡Hala! –repetí.

–Para guardar el secreto, Zhang distribuía el trabajo de forma que cada grupo de obreros tenía siempre la misma tarea, y además contrataba siempre a operarios que no se conocían entre ellos. El emperador estaba orgulloso de su trabajo y la familia de Zhang se sentía igual porque era un gran honor que el cabeza de familia sirviera tan bien a su majestad imperial.

–¿Y qué pasó?

–Verás, el hijo del emperador se enamoró de la princesa de un país vecino. Decidió pedir su mano y quiso hacerle un regalo tan bello que no existiera otro igual en el mundo. Y entonces le encargó a Zhang que fabricara un jarrón que fuera tan delicado como el cutis de su amada, y brillara igual que ella, como una joya preciosa bajo la luz de la luna.

–¿Y lo hizo? –miré de reojo los trozos de jarrón. La verdad es que eran bien bonitos, a pesar de estar rotos.

–Bueno, Yu-Lin, la tarea no era fácil, ¿sabes? Zhang probó y probó fórmulas distintas, intentó combinar a diferentes temperaturas los minerales con los que se fabricaba la porcelana. Algún día tu padre te lo explicará, él entiende mucho de esto. De momento solo necesitas saber que Zhang mezcló tres minerales que algún día estudiarás, cuarzo, caolín y feldespato, y, aunque obtenía piezas de una hermosura nunca vista, ninguna llegaba a satisfacer del todo los deseos del príncipe.

–¿Y qué pasó? –repetí. Me fijé en más piezas; los dibujos, aunque no se veían enteros, parecían vivos. Empecé a entender la pena de mamá y de la abuela y suspiré.

–Zhang estaba desesperado, y su esposa veía cómo pasaba las noches sin dormir, pensando cómo resolver aquel problema. Ella era una mujer buena y había oído historias sobre lo mucho que sabía el hombre más anciano del pueblo, así que acudió a pedirle consejo.  El anciano, agradecido porque la mujer de Zhang siempre le había dado comida y bebida cuando lo necesitó, le contó entonces un secreto que ni siquiera Zhang conocía.

–¡Ohhh! –aquello era mejor que los dibujos animados de la tele.

–Había una porcelana que se fabricaba con un cuarto ingrediente.

–¿Sí? ¿Cuál?

–Con huesos.

Mamá se detuvo y me miró a los ojos. Yo había perdido el habla. ¿Con huesos…?

–Tenían que ser huesos puros, de un alma buena. Ni siquiera Zhang conocía ese secreto. Entonces la mujer de Zhang, que sufría al ver la preocupación de su esposo, le pidió al anciano que le cortara las piernas por la rodilla, que triturara sus huesos y se los ofreciera a Zhang sin confesar su origen. El hombre, sabiendo lo mucho que Zhang y su familia se jugaban si no conseguían satisfacer al príncipe, hizo lo que le pedía tu tataratatarabuela. Le llevó el polvo de huesos a Zhang, que no supo lo que su esposa había hecho por él porque no salía de su taller ni de día ni de noche, ocupado a todas horas en buscar una solución. Con ese cuarto ingrediente, Zhang fabricó un jarrón maravilloso porque el calcio de los huesos añadido a los otros materiales dio como resultado una porcelana de una pureza excepcional que, además, era traslúcida y brillante como el cutis de la princesa.

–¿Y el jarrón que se ha roto era…?

–Sí, Yu-Lin. Era ese jarrón, que ha pasado de mano en mano por todas las generaciones de nuestra familia.

–¿Y por qué lo tenemos nosotros? ¿Acaso no le gustó a la princesa?

–Claro que le gustó. De hecho, ella y el hijo del emperador se casaron. Pero cuando el emperador supo lo que había hecho la mujer de Zhang, su duro corazón se enterneció y decidió que ese amor merecía tener la más bella recompensa. Lo habló con su hijo y con su prometida, y todos estuvieron de acuerdo en que el jarrón merecía quedarse en nuestra familia como recompensa por el sacrificio que la mujer de Zhang había hecho por su esposo, y que era la prueba de un amor infinito.

–Mamá…

–Dime, Yu-Lin.

–Voy a ayudarte a pegar el jarrón. Y se lo daremos a la abuela. Creo que ahora tiene más valor, ¿sabes? No importa que se haya roto, eso no lo hace menos bello, y seguro que Zhang todavía quiso más a su esposa, aunque ella perdiera las piernas. Lo más bonito no es siempre lo más bello, ¿no crees, mamá?

Mi madre dejó el último fragmento sobre la mesa y me acarició la cara con las dos manos. Su sonrisa me calentó como el sol y, antes de hablar, me dio un beso en la frente.

–Claro que sí, Yu-Lin. Eres una niña sabia y buena. Anda, ve a la habitación de tu abuela y dile lo mismo que me has dicho a mí.

Obedecí, entré en el cuarto y hablé con mi abuela.

Cuando salí, mamá y ella habían dejado de llorar, aunque a las tres nos seguían brillando los ojos casi casi tanto como brillaba la porcelana del jarrón de mi familia.  

Adela Castañón

Imagen: succo en Pixabay 

Los renglones torcidos del amor

—¿Cree usted en mi inocencia?

La pregunta de Humberto, mi cliente, me descolocó por la manera que tuvo de plantearla. A diferencia de otros a los que había defendido antes, el profesor me miraba de frente, sin ese arrepentimiento o ese falso orgullo que solían mostrar los acusados independientemente de su inocencia o culpabilidad. Antes de que se me ocurriera una respuesta, Humberto volvió a hablar.

—Si no es así, no quiero que me defienda. No soy un delincuente. No he hecho nada malo. El problema no es mío, ni de ella. El problema es del mundo. Nos amamos. No hay más.

—Profesor, soy abogado. La presunción de inocencia es siempre mi punto de partida.

El tono de mi respuesta debió de resultarle convincente. Una lágrima casi invisible se deslizó por la comisura de su ojo derecho y ni siquiera intentó secársela. Me miró y dijo solo una palabra:

—Adelante.

Saqué mi pequeña libreta y una grabadora y las puse sobre la mesa.

—¿Le importa? —pregunté. Él negó con la cabeza.

Miré al guardia de la puerta que interpretó mi gesto y salió de la habitación dejándonos a solas. Pulsé el botón de grabar, abrí la libreta y comencé a interrogarle.

—¿Cuándo conoció a la…? —rectifiqué. No hubiera sido un buen comienzo—. ¿Cuándo la conoció?

—A mediados de septiembre. Hace nueve meses. Cielito… —suspiró y rectificó—, María del Cielo destacaba entre todas las demás como una espiga de trigo entre la cizaña. Supe desde el principio que entre ella y yo habría algo especial. Y ella sintió lo mismo. Si no me cree, pregúnteselo. No la dejan verme, pero quizá le permitan a usted hablar con ella. —Echó el cuerpo sobre la mesa y me agarró la muñeca—. Inténtelo, por favor. Hágalo. Dígale que la quiero, que no dejo de pensar en ella y que…

Unos golpes en la puerta interrumpieron su frase. Seguramente el guardia, tras el cristal unidireccional, no nos quitaba la vista de encima a pesar de que el profesor era treinta años mayor que yo y pesaría unos veinte kilos menos. Humberto volvió a apoyarse en el respaldo de la silla, y vi cómo la nuez de Adán le subía y le bajaba un par de veces.

—¡Cómo la echo de menos! —suspiró.

Me entrevisté con Humberto en tres ocasiones más. Siempre me preguntaba por ella, y no quise contarle lo que había averiguado. La denuncia contra él no era la primera que había interpuesto Serena en nombre de su hija, María del Cielo. Las otras tres, cada una en una ciudad diferente, contra otros hombres que tenían en común solo unas saneadas cuentas bancarias, las habían ganado sin dificultad. Yo hubiera querido subir a las dos al estrado, pero Humberto solo consintió en que declarara Serena.

—No. Rotundamente, no. No puedo hacerle eso a Cielito —me dijo con la mirada borrosa—. Si usted la conociera… ¡ah! Entonces lo entendería.

Me preguntaba qué estrategia sería la mejor para tener alguna posibilidad de ganar. Podía alegar enajenación transitoria. De hecho, estaba convencido de que no sería solo un argumento, sino la pura realidad, pero Humberto también se opuso. No renegaría de su amor, me dijo.

Teníamos en contra a la opinión pública. Decidí que necesitaba una medida drástica si no quería que condenaran a Humberto y llamé por teléfono a Serena. Intentaría ofrecerles un trato. Habían ganado tres demandas similares antes, pero averigüé que había existido una cuarta y que la habían retirado. Supuse que el precio habría sido una importante compensación económica y decidí que ese sería el menor de los males para mi cliente. Serena aceptó y concertamos una cita en su casa.

Me sorprendió su aspecto. Era más joven de lo que esperaba, aunque tenía un aplomo propio de una mujer con bastante mundo. Me recibió en compañía de un hombre al que presentó como su abogado. Pasamos al salón y le expuse brevemente el motivo de mi visita. Al fin y al cabo, con otro letrado allí, no tenía sentido dar demasiados rodeos. Al escuchar la cifra de mi oferta, Serena se echó a reír y encendió un cigarrillo.

—¿Está de broma? —Exhaló despacio el humo, formando anillos perfectos—. Si ganamos, o mejor dicho, cuando ganemos, esa cantidad será calderilla. Y lo sabe.

—Puede. —Decidí jugar mi baza—. Pero puede ser también que el punto de vista del jurado se modifique si saben que esta es su tercera… —Fingí dudar—. No, su cuarta denuncia. O su quinta intentona, si profundizamos en lo que he averiguado sobre ustedes dos.

Ella debía de ser una actriz consumada. No hubo ni un solo parpadeo que denotara nerviosismo al darse cuenta de lo que yo sabía.

—Ha hecho bien los deberes, ¿verdad? —Se puso de pie—. Si me permite, voy a tener una breve conversación privada con mi abogado. Volvemos en seguida.

Salieron de la habitación y me quedé allí sentado. Pasaron menos de cinco minutos cuando se abrió la puerta que comunicaba el salón con el resto de la casa. Por ella entró una criatura que no parecía de este mundo. La melena rubia, con un color que parecía tan natural como sus rizos, le caía un poco por debajo de los hombros. Iba envuelta en una toalla de baño que la cubría púdicamente desde las axilas hasta las rodillas. La sorpresa me paralizó en ese momento y me aflojé el cuello de la camisa al notar que estaba empezando a sudar. Se acercó a la mesa y cogió un bote de esmalte de uñas de color rojo en el que yo no me había fijado.

—Vaya, me lo había dejado aquí —dijo por todo saludo.

Se sentó en el otro extremo del sofá y, sin decir ni una palabra, subió las piernas al asiento y empezó a pintarse una a una las uñas del pie izquierdo. Tragué saliva. Estaba claro que me había visto al entrar, pero no había vacilado en acercarse. Tosí un poco. Me sentía cada vez más incómodo por la situación. Ella terminó de pintarse la última uña y estiró la pierna. La planta del pie quedó a unos milímetros de mi muslo.

—¿Le gusta? —me preguntó.

Arrugué la frente. ¿Qué clase de pregunta era esa? Ella sonrió, y sus labios dejaron entrever una dentadura uniforme que no parecía haber necesitado jamás los cuidados de un dentista. Su brillo casi igualaba al del esmalte. En vista de mi silencio, volvió a hablar.

—El color de la pintura. ¿Le gusta?

—No está mal —contesté.

Arrastró el cuerpo por el asiento del sofá y se acercó más a mí. Su pie quedó encima de mis piernas y mis ojos se dirigieron a sus muslos sin poder evitarlo. Al moverse, la toalla se había arrugado y los había dejado expuestos. Dejó el esmalte en el suelo y clavó sus pupilas en las mías. Sentí que podría ahogarme en su azul. Se inclinó hacia mí, y sus manos reposaron en mi pecho.

—Yo prefiero el color rosa. Pero funcionaría peor. O eso dice ella.

—¿Ella?

—Mi madre.

La otra puerta, por la que habían salido minutos antes Serena y el abogado, se abrió, y los vi regresar caminando despacio. El hombre traía algo en la mano. Vi que era una cámara de fotos y empecé a exudar miedo por cada poro de mi piel. Caí en la cuenta de lo extraño que era el silencio de mi colega y me resultó raro que fuese ella la que había estado llevando la negociación. Esos pensamientos aumentaron mi intranquilidad. La pareja ni siquiera miró a la adolescente. Serena se sentó.

—La única negociación posible es que tire la toalla y deje que las cosas sigan su curso. Eso incluye, por supuesto, que ganaremos el caso. Creo que la opinión pública hasta se compadecerá de usted. Podrá seguir trabajando; a veces inspirar lástima puede convertirse en una ventaja.

Guardé silencio. Aquello no me podía estar pasando. Serena volvió a hablar.

—¿Se imagina lo que pensaría el jurado si viera que usted, todo un letrado, aparece en varias fotos junto a una menor cubierta solo por una toalla? ¿Ha pensado en todas las explicaciones que podríamos dar sobre eso?

Miré al abogado de arriba abajo, y permaneció impasible. Me dirigí a él y traté de apelar a la cordura y a la ética.

—Ningún letrado querría verse acusado de hacer lo que imagino que acaba de hacer. No soy el único que puede ver en peligro su carrera.

El tipo se echó a reír.

—¿Cómo se puede ser tan ingenuo? Creí que para sacarse un título haría falta ser más espabilado. ¡Letrado! ¿Tengo yo cara de picapleitos, amigo? —Miró a la mujer con sonrisa de tiburón— ¡Esta parte es la que más me gusta de todo, Serena! Ya que hablamos de carreras, la mía debería haber sido la de actor. —Clavó sus ojos en los míos—. Créame, soy el mejor en mi trabajo. Encontrará pocos fotógrafos que capturen imágenes como las mías. ¡Letrado, yo! —Soltó una carcajada—. Ni siquiera he pisado una facultad de audiovisuales en mi vida. Soy autodidacta, oiga.

Serena se puso de pie.

—Empiezo a aburrirme de esta conversación. Olvidaré su oferta. Usted, sin embargo, piense en la mía. Recuerde que Cielito tiene solo trece años.

Pensé en Humberto. Pensé en la acusación a la que se enfrentaba. Pensé en mí como acusado en potencia. Una garra invisible me agarró la garganta cuando me imaginé preguntándole a otro hipotético letrado si creía en mi inocencia.

—María del Cielo —Serena pareció reparar en su hija por primera vez—, acompaña al señor a la puerta. Ya se marcha.

Cielito, ajena a nuestra conversación, había terminado de pintarse las uñas del otro pie. Tapó el bote de pintauñas y lo dejó sobre la mesa. Se ajustó la toalla y me precedió hasta la puerta. Cuando ya casi estábamos, me miró con una sonrisa triste, como la de un niño que se compadece de otro al que han castigado sin motivo, y me dijo:

—Algunas veces sueño que el rojo de mis uñas no es pintura. —No supe qué decir, pero ella siguió sin esperar respuesta—. Si no fuera porque debe doler mucho, me las arrancaría. Así estarían siempre rojas y no tendría que volver a pintármelas jamás.

Adela Castañón

Imagen: tookapic en Pixabay 

Fuertes como las rocas

#coronavirus

#ancianos

Petrificados en las rocas de la playa, los ancianos que se habían escapado de las garras del coronavirus recordaban la imagen de Filoctetes, un guerrero griego al que le había mordido una serpiente. El aqueo al que sus amigos abandonaron en la playa por miedo a que los contagiara con el hedor de su herida. Filoctetes, en su podredumbre, guardaba la única flecha con la que se podía ganar la guerra de Troya. La flecha que le había regalado Hércules por atreverse a encender la pira funeraria que lo convirtió de un héroe en un inmortal.

Todo empezó cuando las bolitas rojas del coronavirus invadieron el universo. Llegaron sin avisar, como las pestes del pasado. En realidad eran invisibles, pero la gente se las imaginó así, porque decían que chupaban la sangre.

Cuando llenaron las calles, se oyeron los cerrojos que atrancaban las puertas.

Don Augusto, el viejo rector de la Universidad, estaba echando la falleba del balcón del comedor, cuando oyó unos golpes la puerta.

—¿Vive aquí don Augusto? —gritó una voz desde fuera.

Acabó de cerrar y con esfuerzo llegó a la entrada. Abrió y se encontró con dos figuras que llevaban capuchas y batas blancas.

—Sí, yo soy. ¿En qué puedo ayudarles?

—Póngase ropa de casa y las zapatillas de andar entrapado. Y síganos.

—Imposible. Estoy esperando a la enfermera que me atiende por las noches. Además no puedo ni vestirme solo.

—Pues no podemos esperar. Hala, deprisa, véngase con nosotros tal y como está.

—Esperen, por favor, tengo que avisar a mis hijos, que, si vienen y no me encuentran se van a asustar.

Un empujón lo tiró al suelo y ya no recordaba nada más. No sabía cómo había llegado hasta aquel barracón improvisado junto al Auditorio. Era una especie de tienda de campaña gigante y estaba muy cerca de los escarpados del puerto. Al principio tenía la vista nublada y creía que estaba solo. Pero, poco a poco, se fue haciendo a la oscuridad y distinguió los bultos de los catres cercanos.

Antes de amanecer se montó un gran barullo y le costó varios días entender a qué se debía aquel trajín. A lo largo de la noche iban llegando nuevos ancianos y después desaparecían de forma misteriosa. Pero lo que más le costó fue identificar las explosiones que lo despertaron al rayar el alba.

En la semana que llevaba allí, don Augusto no había podido pegar ojo. Una de esas   noches en vela, vio que el hombre que estaba cerca de la puerta se removía entre las mantas y le hizo señas. Enseguida, el otro anciano, que  tampoco dormía, arrastrándose por el suelo, llegó hasta don Augusto y se pusieron a cuchichear.

—Estos ruidos me taladran el alma —le dijo el hombre, tapándose las orejas con las manos—. Hoy he podido ver las llamas de una pira con cuerpos humanos. Las explosiones de los vientres eran ensordecedoras.

—Nunca había oído nada semejante. Y eso que me tocó vivir una guerra —le dijo don Augusto.

—Pues gracias a que los verdugos rebajaban el estruendo pinchándoles los costados con lanzas.

Alrededor de esas hogueras enormes, unos hombres desharrapados con corbatas de colores echaban ancianos muertos y moribundos. Tenían órdenes de acabar con todos.

De repente, un altavoz gigante comenzó a repetir la misma frase.

—¡Queremos una sociedad joven y sana!

Era el eslogan de unos políticos que se desgañitaban con sus discursos y se enardecían con una oratoria cada vez más incoherente y absurda.

Don Augusto seguía su parloteo con el hombre del camastro.

—A ver si entre los dos, y alguno que se nos una, podemos saber qué van a hacer con nosotros —dijo don Augusto.

—Ayer le oí decir a uno de los guardias que vamos a desaparecer en un orden riguroso. Irán delante los que más bolitas rojas hayan ingerido —le contestó el hombre.

—¡A ver si tenemos suerte! Yo no sé si he tomado alguna. Es que, como no se ven, ni huelen ni saben a nada, no te enteras. —Don Augusto se palpó la tripa y la tenía vacía.

Según los expertos, aquellos vilanos incoloros, como los de los álamos en primavera, se colaban por todas las rendijas.

Esa misma noche se volvieron a oír los gruñidos de los perros que mordisqueaban las bolsas de basura apiladas por las calles. En cada una, un anciano esperaba la ceremonia de un adiós que nunca llegaría.

A los dos días, don Augusto, y los que con él estaban a punto de entrar en esa mojiganga, aprovecharon un descuido de los vigilantes y acertaron a entrar en una alcantarilla que los llevó hasta una playa cerca del puerto.

Ellos sabían que llevaban dentro un poder salvador, como la flecha de Filoctetes, pero la edad los había vuelto malditos.

Eran como las aves de mal agüero que ya no sabían trinar. Los cantos se morían en sus gargantas antes de nacer y se convertían en toses que anunciaban grandes desgracias.

Se instalaron en los cobijos de los acantilados y decidieron pasar los días comiendo algunos frutos de una vereda cercana en la que un riachuelo descendía lento hasta el mar. Por las mañanas, cuando salían de sus escondites, hacían el recuento. Cada día eran menos. Al cabo de una semana ya estaban todos petrificados.

Carmen Romeo Pemán

La imagen de Filoctetes petrificado está tomada de la Wikipedia.

Las manías de mamá

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre llevaba siempre manga larga. Suponía que era una más de sus manías, y por eso, porque creí que esa era la respuesta, nunca se lo pregunté. Mi madre era así.

Se casó con mi padre, un trabajador agrícola, y desdeñó al militar que la pretendía y que era, según decían todos, más rico, más guapo, más apuesto y más de todo. Mamá escuchaba mucho y hablaba poco, y papá era justo lo contrario. Recuerdo que un día papá nos contó a mi hermano y a mí que, cuando le preguntaba a mamá que por qué lo escogió a él, ella solo contestaba: “Ya sabes, manías mías. Pero lo que importa es que te quiero y que nos va muy bien”.

Mamá se empeñó en que yo fuera al instituto en vez de al colegio de las monjas, y eso que papá había progresado, teníamos dinero y podíamos permitírnoslo. A mí me hubiera gustado ir allí; las alumnas de ese centro se reconocían a la legua por su clase, por sus preciosos uniformes y a mí me parecía genial, pero mamá fue inflexible. Me dijo que yo podría tener las mismas actividades extraescolares que las niñas del colegio sin necesidad de asistir a él. Y cumplió su palabra, tuve clases de baile, de equitación, de música y de todo lo que pedí. Sin embargo, su única respuesta cuando le preguntaba por qué no me había dejado ir a un colegio tan selecto era siempre la misma: “manías mías”.

Mi hermano quiso hacer la primera comunión vestido de almirante, pero no sé cómo se las apañó mamá para convencerlo de que lo hiciera con un simple traje de chaqueta. Y eso que seguíamos siendo bastante ricos. Cuando le pregunté a Paco que qué le había dicho mamá para que cambiara de opinión, mi hermano se encogió de hombros y me dio una respuesta bien simple: “no me acuerdo, supongo que es una manía suya y a mí, la verdad, tampoco me importa demasiado darle gusto”.

Cuando mamá enfermó, todo ocurrió demasiado rápido. Al comprender que no saldría con vida del hospital, me pidió que hiciera dos cosas por ella. Una, que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo: “manías mías, ya sabes”. Y la otra, que le evitara a mi padre el dolor de tener que ocuparse de sus cosas, que me hiciera cargo de todo, y que quemara los papeles que tenía en una sombrerera en lo alto de su armario.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud. Al volver del cementerio quemé en la chimenea los papeles de la sombrerera. Mis ojos se emborronaron mientras veía retorcerse y convertirse en cenizas un montón de instantáneas en blanco y negro, con unos hornos gigantescos al fondo y, en primer plano, un grupo de militares gallardos y uniformados que custodiaban a un rebaño de esqueletos, todos vestidos de gris.

Al día siguiente busqué un trabajo donde no necesitara llevar uniforme.

Adela Castañón

Imagen de kalhh en Pixabay 

Soy

Soy aire cuando respiro,

soy música cuando escucho

y soy agua cuando bebo.

Soy el sol si miro al cielo,

la luz juega con mi cara

y la brisa con mi pelo.

Soy historia cuando escribo,

soy descanso cuando sueño

y soy sueños cuando leo.

Soy lo que yo quiero ser,

soy lo que quieras que sea,

si me quieres y te quiero.

Y soy amor infinito

cuando les lleno a mis hijos

toda la cara de besos.

Adela Castañón

Imágenes: Marco Ceschi en Unsplash. Gerd Altmann en Pixabay 

Cuidado con tus deseos

Después de lo ocurrido en Central Park tenía dos opciones: olvidarlo y seguir adelante, o permitir que aquello se convirtiera en un punto de giro en su vida que marcara un antes y un después. Eligió lo primero, pero cambió su decisión cuando la regla no le llegó. Era una señal del destino, pensó. Ahora tendría el niño y dedicaría su vida a buscar al hombre para hacer justicia. El dibujo se le daba bien y plasmó en un folio las dos imágenes para no olvidarlas, aunque dudaba que eso pudiera ocurrir: el tatuaje de un dragón que escupía fuego en el lado derecho del cuello de su agresor, y el unicornio de ojos angelicales, tatuado en el lado izquierdo, con el que contrastaba.

Continuó trabajando como si todo siguiera igual. Nunca había sido muy sociable, pero se volvió aún más reservada. Ni siquiera se percató de que sus compañeros la evitaban, porque no se miraba al espejo el tiempo suficiente como para estremecerse por el vacío que reflejaban sus pupilas en el cristal.

La noche de la violación no puso ninguna denuncia. Al salir a trompicones del parque solo quería llegar a su casa para frotarse la piel debajo de la ducha y que el miedo y el asco se marcharan por el desagüe. Y al día siguiente pensó que acudir a la policía sin más pruebas que la descripción de dos tatuajes no serviría para capturar a su agresor en una ciudad tan grande. Además, la investigación solo hubiera sido un recordatorio continuo y doloroso de algo que había decidido borrar de su mente solo con el poder de su voluntad. Y ahora, al comprobar que estaba embarazada, se alegró de su decisión. Su nuevo yo no iba a perder el tiempo en nimiedades. No se arriesgaría a que la justicia se quedara corta. La única respuesta válida tenía otro nombre, venganza, y ella se aseguraría de encontrarla.

Se apuntó a clases de defensa personal. Para ocultar su estado se fajaba el vientre. Su hijo tendría que ser un luchador, igual que ella, si quería sobrevivir en el mundo. Si lograba dar con el hombre antes de que el bebé naciera, cerraría ese paréntesis de su vida que había tenido que reabrir. Si no, más le valía a ese niño, destinado a compartir su venganza, nacer fuerte.

Nueva York era demasiado grande. Contrató a un detective privado, buscó locales de tatuadores, sin éxito. La falta de resultados le obsesionaba cada día más. Buceó en páginas de internet, sitios webs oscuros que ni sabía que existían. Su búsqueda la llevó una noche a un barrio que jamás había visitado, a un sótano en el que se atendían deseos que hacían que el suyo no resultara extraño.

No esperaba encontrar un llamador en forma de calavera, pero tampoco algo tan anodino como esa entrada pequeña, con un perchero de tres ganchos atornillado en la pared y un clavo del que colgaba un llavero con un único par de llaves. El hombre que le abrió vestía completamente de negro. La única nota de color era un alfiler de corbata con una piedra hexagonal de color rojo oscuro, como el de la sangre o el vino vertidos. Tenía los párpados entornados, como si le pesaran. Extendió la mano y ella la estrechó sin vacilar. Entonces él cogió el llavero, inclinó la cabeza unos milímetros y, sin pronunciar ni una palabra, la invitó a pasar a otra habitación más amplia que podía haberse encontrado en cualquier piso corriente de Nueva York. Allí, detrás de un cortinaje que apartó con la mano, había una puerta. Abrió con una de las llaves, entraron, y la mujer no pudo evitar sonreír cuando él cerró la puerta. Ella llevaba un abrigo amplio, con un cuchillo en el bolsillo izquierdo y, en el derecho, la Taser que se había convertido en su compañera inseparable. Si la entrevista iba bien, sacaría de su bolso el dinero exigido por el hombre. Si algo fallaba, la moneda de cambio sería otra, pensó ella. Metió las manos en los bolsillos.

–Siéntese. Si quiere, puede dejarse puesto el abrigo. Pero cuando terminemos no necesitará pagarme con ninguna de esas dos cosas.

Ella aguantó la respiración un par de segundos, pero se rehízo enseguida. El tipo debía tener psicología, eso seguro. No respondió, Se limitó a sentarse muy despacio, sin sacar las manos de los bolsillos, mientras sostenía la mirada de su anfitrión.

–¿Qué precio está dispuesta a pagar?

–El acordado. No voy a regatear.

–No me refiero a mis honorarios –aclaró el hombre–. Lo que quiere tiene otro precio que no se paga en dinero.

–¿Qué insinúa?

–Yo solo actúo como mediador de otras fuerzas. Lo que usted quiere exige otro tipo de compensaciones, y solo podré ayudarle si está dispuesta a asumirlo.

–Explíquese.

–No se puede alterar el equilibrio del universo. Una vida exige otra vida.

–¿Qué intenta decirme?

–Que si usted lleva a cabo sus propósitos habrá otra muerte a cambio, de la que usted será responsable. Puede que llegue a saber los detalles o puede que no, pero esté segura de que ocurrirá. Morirá alguien más, eso no lo dude.

El niño se movió en su vientre. Ella lo interpretó como otra señal. Su hijo estaba con ella. Los dos unidos conseguirían que se hiciera justicia.

Nada más pensar en eso, la piedra de corbata del hombre cambió de color. Emitió un fulgor rojo tan intenso que toda la habitación se iluminó como si acabara de prenderse fuego. Sin que ella tuviera que decir nada, el hombre habló.

–Si quiere, puede pagarme. Su encargo ha sido aceptado –la miró con pena.

–Podré vivir con ello –levantó la barbilla.

–Ojalá. Nunca se sabe.

La mujer recordó las normas y lo que había leído en internet. El trato estaba sellado. Pagó, se puso de pie y se marchó sin añadir nada a la conversación. Ahora solo quedaba esperar.

Desde la entrevista se mantuvo vigilante a todas horas. Incluso dormida se sumergía en una especie de duermevela alerta. La seguridad de que el día estaba cerca anidó en su vientre, junto a su útero grávido.

Semanas después, la mujer salió de casa para hacer unas gestiones en un edificio de oficinas al que no había acudido nunca. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba una muda melodía de números descendientes a toda velocidad: 52, 48, 31, 20, 9… A pesar del gentío, solo un hombre y ella entraron en el ascensor. El hombre pulsó uno de los números de un piso alto y ella hizo lo mismo. Al girarse hacia él, sus ojos tropezaron con dos tatuajes simétricos, un unicornio y un dragón, uno a cada lado del cuello.

El hombre miró a la embarazada que lo contemplaba con fijeza y se hundió en dos pozos de negrura. Lo envolvió la misma oscuridad que la noche en que, ciego de coca, siguió a una mujer por Central Park. El ataque fue breve, no llegó ni a media hora, el tiempo que tardó en sorprenderla, arrastrarla tras unos matorrales y huir a toda carrera después de dejarla tirada, desarticulada y rota, sin saber siquiera si seguiría viva. Desde aquella noche, que formaba parte de sus peores pesadillas desde hacía más de ocho meses, no había vuelto a probar ni una raya.

El espejo de la pared devolvió una imagen de los dos pasajeros del ascensor: una mujer erguida, con las manos en los bolsillos de su abrigo y, en la otra esquina, un espectro pálido cuya frente se empezaba a poblar de perlas de sudor. El embarazo había agudizado el olfato de la mujer, que tragó saliva para evitar las arcadas que le provocaba el olor, cada vez más acre y fuerte, del hombre. Un letrero en la pared indicaba que la capacidad era para cuarenta personas, pero, de pronto, el aire en el interior de la cabina resultó insuficiente para ellos dos.

El hombre se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las manos tapándole la cara. Ella vio que el pelo le empezaba a clarear en la coronilla, sintió que un líquido caliente le empezaba a chorrear por las piernas y tomó una decisión. Pulsó un botón para detener el ascensor y, antes de salir, pulsó el del piso más alto del edificio. Desde fuera vio encenderse los números en orden ascendente y tomó otro ascensor que la dejó en el lobby. Ya en la acera consiguió que un taxi se detuviera, dio la dirección del hospital con voz milagrosamente firme y se sujetó el vientre con las manos. Notó algo extraño en los ojos y, sorprendida, comprendió que eran lágrimas. Llevaba nueve meses sin derramar ni una sola. Parpadeó para tratar de aclarar su visión y se fijó en la fecha y la hora que se marcaban en la radio del taxi.

El vehículo se estremeció como si una mano gigante lo hubiera levantado en el aire y, una fracción de segundo después, un estruendo imposible le hizo llevarse las manos a las orejas y volver la vista atrás mientras su cerebro procesaba la información. Eran las 08:45 del 11 de septiembre de 2001. En el lugar donde minutos antes se alzaba una de las torres del World Trade Center, ahora solo había una nube de polvo que avanzaba hacia el coche a toda velocidad.

Las arcadas que no había dejado de notar ganaron la batalla. Vomitó sobre su abdomen y el dolor de una nueva contracción pareció partirla por la mitad. Entonces supo que se había equivocado cuando le dijo al mago que, fuera cual fuera el precio, podría vivir con eso.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

La mujer en la ventana

Estrella se sienta en el interior de su habitación con los bártulos de dibujo y desde allí, con la puerta abierta como todas las tardes, observa a su madre apoyada en el alféizar de la ventana. Le gusta dibujarla así, sin que ella se dé cuenta, absorta en esa contemplación del mar tarde tras tarde.

Ángeles, ignorante de su papel de modelo, permanece inmóvil mientras espera que la puesta de sol le devuelva a Pedro. Desde que se casó con él, hace ya dieciséis años, no ha faltado nunca a esa cita con sus pensamientos. Sabe que es una superstición absurda, pero cree que, si no se asoma, ese universo de agua la castigará por su ausencia y se quedará con su marido para siempre.

Cuando piensa en el mar siente que la invade un vaivén de sentimientos que se superponen unos a otros, como las olas que acarician la orilla y se baten luego en retirada. El agradecimiento sigue ahí, claro, que al fin y al cabo el mar fue quien propició que conociera a Pedro. Pero también queda un poco del viejo rencor contra ese mar que no la quiso cuando, embarazada, sola y asustada, se internó en sus aguas grises para hundirse en lo más hondo con sus miedos y su desesperación. El mar no la quiso, no, pero Pedro sí. Él estaba allí, sobre su barca, la misma en la que sigue saliendo a pescar a diario, aunque ahora las cuadernas, como los huesos de Pedro, crujan más de lo que crujían entonces. Él la llama su sirena desde que la agarró del pelo para subirla a su barca, aunque no se lo confesó hasta mucho después de nacer Estrella. Ángeles, al escucharlo, sonrió y le respondió que más que sirena era una foca de piel helada y vientre abombado. Y, desde entonces, los ojos de ese hombre de manos rudas y besos de espuma le dicen a diario que aquella noche, que ninguno de los dos olvida, él hizo su mejor pesca.

Pero a veces Ángeles mira el agua y no es ya el mar lo que ve, sino la mar, su rival, la que suspira con tanta fuerza que hace llegar hasta su ventana susurros que le erizan el vello de los brazos en oleadas de celos feroces. La espuma de las olas, al retirarse, deja escrito en la orilla su mensaje, “puedo quedarme con tu hombre, él fue mío antes que tuyo”, y Ángeles se sujeta los codos con las manos porque sabe que es verdad. Entonces parpadea y se obliga a pensar que lo que ve no es más que agua salada como la que, a veces, marca surcos en su cara cuando Pedro se retrasa. Y, tarde tras tarde, al ponerse el sol acude a su cita con la ventana, fuerza la vista y trata de ver si la barca está ya en el muelle. Así el mar puede ver que sigue viva y que espera el regreso de su amor. 

Mientras dibuja, Estrella trata de adivinar los pensamientos de su madre. A veces le gustaría que volviera el rostro para leer ahí las palabras calladas. ¿Qué sueña su madre, acodada en la ventana, cada tarde? La muchacha deja el pincel en suspenso y se pierde en sus propios sueños. Ojalá se atreva a plantearle a sus padres que quiere salir del pueblo, irse a la capital a estudiar Bellas Artes. No es que lo quiera, es que lo necesita. Al darse cuenta de lo que ha pensado, Estrella suspira tan fuerte que su madre gira la cabeza y la ve.

–¿Qué haces ahí, mi niña? –Ángeles se fija en los pinceles, en el caballete, y rectifica su pregunta– ¿Qué dibujas?

–A ti. –Estrella sonríe­–. Llevo más de una semana pintándote, mamá.

–¿A mí? –Ángeles le devuelve la sonrisa–. Pero, chiquilla, ¿a quién se le ocurre? ¡Y encima de espaldas, con este trasero mío tan hermoso! Miedo me da.

La sonrisa desdice sus palabras. Sabe desde hace tiempo que Estrella sueña con convertirse en pintora, lo sabe desde que Pedro se lo dijo. Es curioso que fuera él el primero en darse cuenta, con todo el tiempo que pasa fuera de casa. Pero entre padre e hija existe un lazo invisible desde que ella vino al mundo, un lazo más fuerte aún que el de la sangre que no comparten.

–Mamá –la voz de Estrella la devuelve a la habitación­–, ¿por qué te asomas a la ventana todas las tardes?

–No sé, por costumbre, supongo.

Ángeles ha tardado un poco más de lo normal en contestar, y Estrella sabe que la respuesta es de compromiso. Es fácil hablar con su padre, pero a su madre la rodea siempre un velo invisible y hoy, precisamente hoy, a Estrella le apetece rasgar un poco ese velo y asomarse para descubrir qué hay tras él. ¿Será posible que su madre tenga las mismas ganas que ella de volar fuera del nido?

–Dime una cosa, ¿te apetecería viajar? No sé, conocer mundo…

–¿Qué? –Ángeles se sorprende. ¿De dónde habrá sacado su hija semejante idea? Su casa es su refugio, allí está segura­–. No, no, qué va. Para nada.

–Pues entonces –­insiste Estrella–, ¿qué piensas ahí, asomada todas las tardes? Ni siquiera te has dado cuenta de que te estaba pintando. ¡Estás tan ausente! A ver, no es que me importe, yo también sueño con salir de casa, ir a otros sitios… ¡Quiero comerme el mundo, mamá!

Ángeles mira a su hija y se da cuenta de que la niñez se va escapando por la ventana abierta. Piensa que algún día tendrá que contarle a Estrella la historia de una joven como ella, que estuvo a punto de perderlo todo cuando cayó en la trampa más antigua del mundo y descubrió, al quedarse embarazada, que el hombre que le había jurado amor eterno tenía ya una familia. Sus amigos, su familia, todos le dieron la espalda. Todos, menos Pedro. La mujer se da cuenta de que no puede proteger a su niña, como tampoco puede proteger a su hombre cuando sale a pescar cada mañana. Los ojos se le empiezan a enrasar y vuelve la cara hacia el exterior para disimular. Al hacerlo, ve que la barca de Pedro ya está en el puerto y que el sol, en lugar de ponerse, parece que brilla más.

La mujer se incorpora y deja su sitio junto a la ventana. Se acerca a su hija y ve el cuadro, casi terminado. Se reconoce en la línea de la cintura perdida, en la punta del pie apoyada sobre el suelo, en el pelo. Acaricia el rostro de Estrella y la besa en la cabeza.

–¿Te acuerdas de los cuentos que te leía cuando eras pequeña?

–Claro.

–Pues esta noche, cuando tu padre esté en casa, te contaré una historia. Ya eres mayor para cuentos, ¿no crees?

–¿Una historia?

Estrella tiene un presentimiento. Esa noche va a cambiar algo. Lo nota en la piel. Coge un trapo con aguarrás y quita una mancha del caballete. Tose un poco y vuelve a hablar.

–Yo también os quiero contar algo a papá y a ti, ¿sabes?

Ángeles asiente, vuelve acariciar a su hija y empieza a poner la mesa. Se da cuenta de que esa noche su marido, su hija y ella van a compartir algo más que la cena y al pensar en eso empieza a sonreír.

Adela Castañón

Imagen del cuadro de Salvador Dalí tomada de Pinterest