De tontos y locos

#relatoaragonés

A los fragolinos y castinos que sufrieron estos atropellos.

A Anuncia Alegre, la de la buena memoria.

Desde que murió el padre de Águeda, Lorenzo se pasaba los días vigilando las lindes de los Rocaforte. Aquella misma noche le había dicho a su ama:

—Mire, señorita Águeda, por mis muertos que las ovejas del tonto de Basilio no comerán ni una hierba de sus prados. —Se santiguaba y se besaba el dedo gordo.

—Lorenzo, no te acalores. Si pasan la barrera dímelo. Tú no te preocupes. Yo lo arreglaré con la justicia.

Águeda había notado que cuando le mentaba a Basilio, a Lorenzo se le hinchaban las venas del cuello y se ponía como un loco. Por eso no lo nombró.

Lorenzo se echó al hombro el morral y una escopeta, a la que le había recortado los caños.

—¿Adónde vas con eso a estas horas? —Águeda le señaló los aparejos.

—Los voy a guardar en la entrada del corral. Así no se me olvidarán mañana. Por las mañanas, cuando salgo con las cabras y ellas están tranquilas, aprovecho para cazar algún gazapo.

—Ya sabes que no me gusta que vayas armado. Sería mejor que te llevaras los hurones.

—Es que no lo entiende, señorita. A mí no me gustan esos bichos que sacan todo lo que se mueve en las madrigueras. Más de una vez me han sacado hasta culebras.

—Anda, no me vengas ahora con esas, que te he visto muchas veces con hurones en el morral. —Hizo ademán de quitarle la escopeta, pero Lorenzo se escabulló.

—No se preocupe que esta noche no me acercaré a la linde. Solo voy a echar forraje a los animales.

—Pues no te entretengas. No me gusta estar sola en esta casa tan destartalada—le advirtió cuando lo vio con las llaves del corral en la mano.

—¡Cuántas veces se lo tengo que repetir, señorita! —Lorenzo le señaló una escopeta de caza que había dejado en un rincón de la cocina—. Si se ve en un apuro, apunte.

El día que se murió su padre, Águeda, a sus más de cincuenta años, se hizo cargo de la gran hacienda de los Rocaforte y de Lorenzo, que había heredado el nombre y el puesto de mayoral de su abuelo y de su padre. Un poco raros los Lorenzos, sí. Pero más fieles que los perros ovejeros.

Cuando se quedó sola fregó los platos amarillentos, limpió la sartén de los huevos con el papel de un periódico viejo y lo echó al fuego. Se sentó delante del hogar. Estaba ensimismada con el crepitar de las llamas cuando le llegó el eco de un disparo. Se asomó a la ventana y vio abierta la puerta del corral. Más lejos, allá en el fondo, estaban los alambres con los que su padre había delimitado las posesiones de la casa, harto de altercados con los Basilios, sus vecinos, los propietarios de un exiguo ganado.

Estaba segura de que el eco había venido de allí. Lorenzo le decía que en esa zona había mucha caza. Que los conejos habían hecho muchas madrigueras en los hoyos del cercado.

Las cabras corrían hacia la casa. Primero llegó una. Después otra. Y, al final, todas en tropel. Encendió la luz y se pararon debajo de la ventana. La bombilla se multiplicaba en sus pupilas y era como si se hubieran encendido las luces de un pueblo entero. Eran las mismas cabras que las que se escaparon el día que riñeron el padre de Lorenzo, de una familia conocida desde siempre como la de los locos, y el de Basilio, como la de la de los tontos.

Nadie sabía cómo habían pasado a mayores los viejos enfrentamientos familiares. A los pocos meses de empezar la guerra, los locos se hicieron de derechas y los tontos de izquierdas. Y en una noche sin luna, el abuelo de Basilio mató al abuelo de Lorenzo que andaba poniendo cepos cerca de las tapias del cementerio.

Con el paso del tiempo ya casi se habían olvidado los hechos, hasta que el padre de Basilio siguió a una cabra que se le había metido en la propiedad de los Rocaforte. Cuando lo vio el padre de Lorenzo, salió hecho un basilisco y, sin mediar palabra, le ensartó un ojo con la horca de sacar fiemo y lo echó fuera de la linde como si fuera un espantapájaros.

Así lo recordaba Águeda. Sabía que Basilio había heredado las malas entendederas de sus antepasados. Y no le gustaba verlo siempre detrás de su Lorenzo haciéndole momos.

Águeda seguía asomada a la ventana y notó cómo subía una bruma que, en unos momentos, lo invadió todo. Se tapó la cabeza con un mantón negro y se anudó las puntas de la toquilla en la cintura. Sacó medio cuerpo hacia adelante pero no distinguió qué era lo que se movía en el prado. Estaba tan inclinada que casi se cayó cuando oyó el vozarrón de Lorenzo.

—Esta vez sí que le huele el culo a pólvora. Pero, con esta niebla tan espesa, puede que no le haya acertado.

Carmen Romeo Pemán

La foto principal, la de cabecera. 2010. Lacasta por Miguel Casabona.

Años 70. Lacasta. Foto de Eloi Alegre Aubets, tomada desde las Eras de las Viudas. El ganado de la familia Alegre Bernués, por el Costerazo.

Por qué lloras. Una historia detrás de un libro

Mi publicación de hoy no es una reseña de un libro en sentido estricto. Tampoco es un artículo. Ni un relato. Si pretendiera hacer con esta entrada cualquiera de esas tres cosas, no le haría justicia a la historia que Iciar de Alfredo comparte con todos nosotros en su primera novela: Por qué lloras. Así que lo que voy a contaros es otra historia, o una parte de ella: la parte que conozco personalmente. Porque creo que vosotros, lectores, quizá podáis saborear todavía más el libro si tenéis acceso a los preliminares que rodearon su gestación. Será un poco como esas películas en las que, a veces, se añaden simpáticas tomas falsas que las enriquecen sin lugar a dudas. Así que vamos al lío.

Mis motivos

No sé hacer reseñas de libros. Es más, creo que sería una pésima reseñadora porque tengo el inoportuno don de hacer spoilers a las primeras de cambio. Tampoco me he esforzado nunca en explicar los puntos fuertes por los que me gusta o me deja de gustar una novela. Me limito a disfrutar, o no, de su lectura, si bien es cierto que desde hace unos años, de manera inconsciente, se me sube al hombro un pequeño diablillo crítico que, a veces, solo a veces, me señala algún fallo en la coherencia de la historia, o en el narrador, o en la técnica. Por suerte no es lo habitual, y sigo siendo capaz de saborear una historia sin tener que ponerme unas “gafas de bruja” de las que os hablaré luego.

Entonces, me preguntaréis, si no sé hacer reseñas, ¿qué es lo que os voy a contar, y por qué quiero contarlo? La respuesta es bien sencilla. He tenido la inmensa alegría y el honor de haber sido lectora cero de la novela de mi amiga Iciar. Y, como he visto de cerca el crecimiento de la historia, de sus capítulos, como la he visto crecer hasta convertirse en el precioso libro del que os hablo, necesito que sepáis cómo y por qué se gestó. Así. Sin más.

La autora. Iciar de Alfredo

Conocí a Iciar en 2016. Las dos nos habíamos matriculado en el segundo curso del Itinerario de Novela de la Escuela de Escritores. Por aquel entonces, el itinerario eran tres cursos; ahora son dos que se complementan con un curso adicional pero independiente, el Laboratorio de Novela. El nuestro fue un conocimiento virtual, ya que la Escuela está en Madrid y todos los cursos que he hecho, y ya van unos cuantos, han sido online. Tengo de ese curso, como de casi todos los cursos de la Escuela, un recuerdo maravilloso. El profesor, Fernando Maremar, se dejaba la piel en los comentarios que nos hacía, en sus explicaciones, y no solo era eso; consiguió, al menos en mi caso, y creo que en el de otros compañeros, que nos enamorásemos de lo que es “escribir”, del mundo que nos ofrece un folio en blanco cuando se entrega sin reservas para que volquemos en él lo que queramos. Iciar estaba repitiendo ese curso y recuerdo que eso me llamó mucho la atención. No negaré que, al principio, compartí esa extrañeza con Carmen, Carla y Mónica, compañeras de cursos anteriores que también estaban matriculadas en ese, pero pronto comprendí sus motivos: había repetido por el profesor, y lo cierto es que valía la pena. Ya lo he dicho, pero lo repetiré: Fernando Maremar no solo sabía enseñar. Sabía también transmitir el amor por la escritura.

Iciar y yo pronto empezamos a llamarnos entre nosotras “gemelilla”. Nuestra manera de escribir, nuestros estilos, eran de una similitud alucinante. A las dos se nos escapaban los adjetivos como churros, por no hablar de las explicaciones innecesarias. Éramos incapaces de sacrificar una palabra bonita, una aclaración de algo, y nos costaba la misma vida sacar las tijeras de podar para mejorar nuestros textos y despojarlos de toda floritura superflua que no les aportara nada. ¡Cómo dolía eso!

Mi gemela literaria y yo teníamos otra cosa en común: las dos éramos madres de unos seres especiales. Para mí, mi Javi, con su autismo y su alegría de vivir. Para ella, su Ici, protagonista de Por qué lloras, con la misma alegría de vivir que conservó hasta el final y que dejó, como regalo increíble, a su familia.

Iciar y yo nos conocimos en el segundo año de los tres que formaban entonces el Itinerario de Novela y me extrañó que, a finales del curso, ella dejara de entregar los ejercicios. En mi experiencia, los abandonos de alumnos se suelen dar al principio, pero tampoco teníamos entonces confianza como para preguntar. La eché de menos también al comienzo del curso siguiente. Me había acostumbrado a sus acertados comentarios a mis ejercicios y admito que también yo disfrutaba lo mío comentando sus tareas. Nos parecíamos tanto que, creo yo, las dos detectábamos en la otra los fallos que no sabíamos ver cuando los cometíamos al escribir. Éramos a veces tan exhaustivas en buscarnos los errores que acuñamos esa expresión, la de ponernos “las gafas de bruja”, para referirnos a esas críticas que podrían parecer despiadadas a quien no nos conociera, pero que nosotras adorábamos porque siempre iban repletas de cariño y de afán constructivo.

A poco de empezar el tercer año del itinerario de novela, Iciar volvió a aparecer por los foros. Todos nos quedamos destrozados cuando supimos el motivo por el que había estado ausente: su niña, su Ici, ya era un ángel.

Mentiría si dijera cómo me sentí al saberlo. De aquello solo recuerdo mi pena. Una pena enorme y una admiración sin fin por mi amiga, por esa amiga que volvía a buscar en las letras un consuelo que su alma necesitaba. Creo que lo encontró, y la prueba es la imagen que acompaña a este texto: empezó a escribir, y escribió, y escribió. Y llegamos a Por qué lloras.

El libro. Por qué lloras

Terminamos el tercer año del itinerario de novela. En junio de ese año, 2018, varios alumnos fuimos a la fiesta de la

en Madrid, y allí nos pusimos cara y voz. Mis amigas de Letras desde Mocade, Carmen, Carla y Mónica, y yo misma, ya nos habíamos conocido físicamente en la fiesta de dos años antes. Pero ese año fue todavía más especial. Iciar, que vive en Madrid, se encargó de organizar una cena para todo el grupo después de la fiesta de la Escuela de Escritores. Aparte de las cuatro “mocadianas” estuvo también nuestro profe de ese año, Ismael Martínez Biurrun, otro “crack” que pasó con nota la prueba de superar el listón tan alto que había dejado Fernando Maremar. Carmen llegó desde Zaragoza, Carla desde Barcelona, Mónica nada menos que desde Bogotá, ¡era la segunda vez que nuestra Moni cruzaba el charco, y para asistir de nuevo a una reunión mágica! Y, además, estuvo Mila, nuestra compañera y artista polifacética, que ya ha publicado su novela, Mukimono, que podéis conseguir y disfrutar aquí, y que, además, se ha alzado hace pocos días como ganadora del premio Latino Best Book Award, en la categoría libros de misterio. Ahí es nada, ¡ganar un premio entre todos los libros escritos en español en los Estados Unidos!

Cena de amigos después de la fiesta de la Escuela de Escritores

Recuerdo la jornada con un cariño especial. Mi hijo, Javi, me había acompañado, y pasar el día con él, con mi profe y con mis amigas, fue aún mejor de lo que esperaba, ¡y esperaba mucho! La química entre el grupo fue perfecta. Y cuando nos separamos todos nos sentíamos más unidos, si era posible.

Iciar nos comentó entonces que estaba escribiendo un libro porque necesitaba contar la historia de Ici. Yo andaba también entonces hilvanando lo que sería el borrador de mi primera novela, ¡a la que estoy poniendo ya el punto final de la fase de corrección!, y las demás, Carmen, Carla, Moni y Mila, también compartieron con nosotros sus proyectos. Mila ha sido la primera en publicar, y su Mukimono ocupa hoy un puesto de honor en mi biblioteca.

La cosa podría haber quedado ahí, pero poco después Iciar se puso en contacto conmigo para pedirme un favor: quería que fuese su lectora cero y que le ayudara a corregir su novela.

A mí me hizo mucha ilusión porque, entre otras cosas, yo no sabía lo que era eso de “lector cero” hasta que me metí en estos fregados de escritura. Y lo de meterme a correctora, pues casi que tres cuartos de lo mismo. Pero que mi gemelilla me pidiera eso me llegó al alma y le dije que sí, sin darle más vueltas y con una alegría tonta y loca. Creo que no pensé bien en dónde me metía. Aunque os digo una cosa: me alegro de no haberlo meditado y de haber aceptado del tirón. Me hubiera perdido una experiencia de vida maravillosa.

El caso es que Iciar fue muy clara al decirme lo que esperaba de mí. Si mal no recuerdo, sus palabras fueron algo así como “Mira, gemelilla, tú sabes de qué va mi novela de sobra, se la he dado a leer a mi familia y amigos, y todos me dicen que está genial porque, claro, ¿qué van a decir? Pero yo quiero contar una historia, no escribir un folletín al estilo de “La casa de la pradera” (una serie de televisión de hace más años de los que quiero acordarme, en los que raro era el episodio en que los telespectadores no acabábamos nadando en llanto ante los dramones de la familia Ingalls). La historia de Ici, su vida, está llena de momentos muy duros, pero también de luz, de alegrías, de batallas ganadas, y yo quiero contar eso”. Comprendí enseguida lo que Iciar me pedía: que me calara las gafas de bruja y que le corrigiera todo lo que quisiera sin reparos. Y yo, inconsciente y con un subidón de autoestima por lo que se me pedía, dije que sí, hale, que me tiraba a la piscina.

Y vaya si me tiré. Es más, en cierto sentido, casi casi hasta lo hice en sentido literal. Que ya lo vais a entender cuando pase al siguiente apartado:

Orcas en la piscina

Al principio, mi labor de correctora fue sobre ruedas. Al tener un estilo tan parecido, no me costaba trabajo descubrir, por ejemplo, los adjetivos sobrantes o las explicaciones de más. Recuerdo uno de los primeros capítulos, cuando Iciar escribió que volvía de la cocina al dormitorio de Ici con el dalsy y el termómetro en una mano, y un vaso de agua en la otra, o algo así. Le dije entonces que bastaba con decir que volvió de la cocina con esas cosas, y que no hacía falta que dijera que las llevaba en la mano, que el lector sería capaz de suponer que no se había puesto el vaso sobre la cabeza ni que llevaría el termómetro en la boca. En fin, esos comentarios con vena humorística creo que nos salvaron a las dos a lo largo de los meses que duró nuestro trabajo en común. Cuando llegaban los momentos duros solo teníamos que recordar cualquier chorrada de esas para sonreír y seguir avanzando. Y os voy a contar aquí cuál fue el momento cumbre de esa labor de corrección, porque el chascarrillo nos hizo reír tanto que me apetece compartirlo con todos vosotros.

Veréis, en un capítulo Iciar cuenta que Ici se está bañando con amigas y primos en la piscina, y explica que alrededor de los niños revoloteaban pequeños insectos de un tamaño así, y asá, y que esos bichitos abundaban en esa época del año, y que era por la humedad, y que se llamaban “aclaraguas”, creo recordar, y no sé cuántas cosas más que no sé si las buscaría en algún artículo de Wikipedia de zoología de insectos piscineros. El caso es que el párrafo, porque era todo un párrafo, zumbaba en mis oídos lectores como debían zumbar los dichosos bichejos aquella tarde. Y, para no andarme por las ramas, creo que lo señalé entero y, al margen, puse algo así como comentario: “Mira, gemelilla, ya puedes quitar todo esto. Basta que digas que por la piscina revoloteaban unos insectos incordiosos, aclaraguas, y punto pelota. Aunque elimines esa explicación no corres el peligro de que el lector piense que lo que había en tu piscina eran orcas”.

Bueno, todavía hoy, cuando nos acordamos de aquello, a las dos nos entra la risa floja. A veces hemos llegado incluso a bromear con escribir algún relato de humor que se titule así, “Orcas en la piscina”.

Para terminar, o casi, que todavía queda algo más

Iciar me mandó hace unos días por Whatsapp la foto de los ejemplares de su libro que, por fin, ha recibido. Y me entró tanta alegría que le dije que me apetecía escribir una reseña de su libro, aunque, como advertí al principio, esto no es propiamente una reseña, pero me da igual.

Hace poco publiqué una entrada compartiendo con vosotros, lectores, la noticia de que mi novela está también ya cerca del canal del parto. Quizá por eso soy ahora más capaz de entender cómo ha debido sentirse mi querida Iciar durante estos meses de espera. Es una sensación que, al menos a mí, me recuerda a los últimos meses de embarazo. Siento que mi criatura ya tiene forma y sé que se acerca el momento en que dejará de pertenecerme para ser propiedad de los lectores, para formar parte de ellos, que volará lejos de mí. Y ahora, al ver que Por qué lloras llega a mis manos, esa sensación de duelo extraño se desvanece, se convierte en una alegría compartida y en un estímulo para ese último empujón que me queda hasta conseguir ver mi historia igual que he visto ya las de Mila e Iciar.

Y por eso, porque adoro escribir, porque he tenido los mejores profesores y compañeros en mi aprendizaje, y porque estos cursos no solo me enriquecen como escritora, sino también como persona, quería contaros lo que os he contado.

Y aquí viene el algo más

Terminé de escribir esta reseña y me acordé de todas esas personas maravillosas que he mencionado, de todos los que hemos acompañado a Iciar en su viaje por la escritura, y pensé que ahora se sentirían felices al saber que Por qué lloras ha visto la luz. Así que se me ocurrió preguntarles si querrían aprovechar este artículo para decirle algo. Por supuesto hay muchos más de los que aquí menciono, y a todos ellos también les dedico un cariñoso recuerdo. No están aquí por razones de espacio, porque solo he convocado a los que escriben a continuación. Quiero aclararlo para que nadie piense que hay ausencias voluntarias. Sé que, si me hubiera puesto en contacto con más personas, este artículo tendría, como mínimo, la extensión de una novela. Por eso tuve que conformarme con elegir una pequeña muestra de ese gran mundo de amigos de letras.

Así que, Iciar, aquí hay algunas personas que tienen algo que decirte. Te dejo con ellas:

TUS AMIGAS

Carla Campos

Desde siempre se ha dicho que los novelistas deben escribir sobre lo que conocen. Si nos guiamos por ese consejo, se supone que lo más sencillo sería escribir sobre tu propia vida. Sencillo. Pero para mí es una de las tareas más arduas que hay. Pocas cosas son más complicadas que ponerle palabras al amor por un hijo, a la calidez de una mirada, al sabor de un abrazo espontáneo. Tan difícil y, sin embargo, Iciar lo hace con soltura, con un amor que supura en cada palabra, que baila con cada letra. Ha sido un honor ver crecer esta historia y, sobre todo, compartir un pedacito de la vida de Ici.

 Carmen Romeo Pemán

No siempre la verdad de los hechos coincide con la verosimilitud literaria. Si esto sucede estamos ante un texto excepcional, por su calidad literaria y por la fuerza de la verdad.

Pues este es el caso de Por qué lloras de Iciar de Alfredo. Ha conseguido contar con distancia, y con desgarro, las vivencias de una enfermedad incurable que se llevó muy pronto a su hija Ici. Lo realmente impactante son el tono sereno y la invitación a celebrar la vida. Por qué lloras, además es un libro de ayuda, no de autoayuda. La Ici que aparece en estas páginas puede ayudar a otras Icis a llevar mejor su problema y a aceptar con alegría el paso de convertirse en ángeles.

Solo un alma grande y generosa, con una inteligencia fuera de lo común, es capaz de sobreponerse a un dolor trascendente y ofrecer en unas páginas, muy bien escritas, una invitación a seguir celebrando la vida. Gracias a una madre coraje, gracias a Iciar de Alfredo, Ici ha conseguido entrar en la inmortalidad. Porque esa es una de las virtudes de la literatura, convertir en inmortal lo que celebra en sus páginas.

Os invito a leer una novela hermosa, bien escrita y bien construida. Os invito a descubrir como del mayor dolor humano pueden surgir las páginas más bellas.

Gracias, Iciar de Alfredo, por este regalo. Gracias por escribir tan bien. Gracias por ser como eres.

Mónica Solano

Cuando Iciar nos compartió que su novela estaba lista, me dio un salto en el corazón y todos lo vellitos de los brazos se me erizaron, como si una corriente eléctrica me inundará todo el cuerpo de repente. Era una noticia maravillosa, porque había tenido la oportunidad de compartir una parte importante de la gestación de su obra y enterarme de que había salido a la luz me llenó de felicidad. Ver nacer esta historia y ser testigo de cómo Iciar nos deleitaba con la dulzura de sus palabras en cada avance de Por qué lloras, fue algo muy especial para mí. Siempre me ha costado montones mostrarle al mundo mis textos, porque temo que en mis palabras se desnude demasiado mi alma y ver como Iciar en cada párrafo se entregaba por completo, entregaba lo mejor de ella, de su historia, de esa parte tan intima de su vida, me hizo recordar, muchas veces, por qué me gusta tanto escribir. El tiempo pasa y a veces es inevitable volver de nuevo a la oscuridad en donde los miedos abrazan como un corsé victoriano. Por fortuna, llegan a nuestras vidas obras como Por qué lloras que nos devuelven a la luz, que nos llenan de amor y nos inspiran. Solo resta decir: gracias, hermosa Iciar, por regalarnos tanta luz con tu novela y por recordarme la importancia de la escritura como herramienta de sanación.   

Mila Tapperi Hajjar

En noviembre del 2019, en la mesa de un restaurante de Madrid, los comensales hablaban y decidían entusiasmados qué comer. Todos menos dos mujeres. Ellas estaban extasiadas, una al lado de la otra, viendo la pantalla de un celular. Esas mujeres éramos Iciar y yo y en la pantalla estaba el boceto de la portada y la contraportada de “Por qué lloras”. Ella veía a su bebé y yo a mi “sobrino”.

No es fácil explicar lo que me une a Iciar y a ese grupo tan especial que menciona Adela. Creo que escribir y dejarnos leer por la otra ha sido un poco salir de nuestra zona de confort y mostrar nuestro yo más vulnerable. Nos hemos expuesto y, por lo menos para mí, ha sido liberador. Por eso, a pesar de la distancia física, se ha creado una forma de intimidad profunda que no se siente con cualquiera.

Esa noche me sentía honrada de haber recorrido junto a Iciar una parte del camino que la llevó a transformar su pena en un acto de amor. 

No veo la hora de tener ese “sobrino” en mis manos, reconocer parte de sus páginas y descubrir otras. Sé que a este se sumarán los otros bebés del grupo, los espero con los brazos abiertos y los lentes puestos.

TUS PROFESORES

Fernando Maremar

Como ocurre a menudo con las personas que merecen la pena, Iciar cambió mi vida. Ella fue la primera alumna a distancia a la que conocí en persona. Tras varios años impartiendo cursos en internet para la Escuela de Escritores, rechazaba una y otra vez las propuestas de encuentros que me proponían los alumnos. Pero Iciar, además de apuntar buenas maneras como escritora y de ser una persona ejemplar, poseía ese suave tesón, franco, inocente, hermoso en su pureza, parecido al de una niña cuando insiste en tirar de tu camiseta para que, sí o sí, pruebes su helado de frambuesa.

Así que allá fui, a tomar un café con Iciar.

Y lo que hallé fue, efectivamente, una persona maravillosa, que me hizo ver a mis alumnos, para siempre, de una forma muy distinta a cómo los había concebido hasta entonces. Sin que ella dijese mucho, porque como buena escritora escucha más que habla, el brillo de sus ojos oscuros me confirmó su pasión por las palabras, así como su compromiso con el camino de la escritura, que a mi parecer empieza y acaba en uno mismo, aunque pase por numerosos lectores.

Tiempo después, tras los muchos vericuetos de la vida y de la literatura, me dijo que iba a escribir sobre su hija, Ici, que nos había dejado hacía unos meses tras una larga enfermedad. Entonces comprendí que lo lograría. Que por fin traduciría esa suave insistencia suya en el libro con el que soñaba, y que hallaría en la escritura lo que siempre sentí que buscaba en ella: un camino de aprendizaje, verdadero, que te abre la consciencia a la vez que te revela los misterios del universo.

Ese es el libro que ahora me ofrece, con su elegante inocencia, tirándome otra vez de la camiseta. Y me vuelvo hacia ella y lo recibo con las palmas abiertas y una sonrisa plena, como quien va a acoger en sus brazos, por primera vez, a uno de sus nietos.

Su hija, convertida en ángel, bate las alas desde el cielo. Se la ve encantada de que su madre también haya aprendido a volar, y de que ella, Ici, haya ejercido como instructora principal durante las lecciones finales de vuelo.

Ismael Martínez Biurrun

Cuando alguien pone un trozo de su alma en lo que escribe se nota inmediatamente. No importa si la historia tiene forma de thriller y todos los personajes llevan nombres inventados: la verdad está ahí. Con una serenidad insólita para una primera novela, Iciar ha sabido plasmar en estas páginas el vértigo y la luz, la emoción y el dolor del simple acto de vivir…, sobre todo cuando ese vivir supone sobrevivir a quienes más amamos. Fue un privilegio ser testigo de la gestación de esta historia, y estoy seguro de que sus lectores encontrarán en ella la misma autenticidad. Te deseo toda la suerte del mundo, Iciar.

Despedida

Por qué lloras tiene una historia detrás. Y os he dejado entrever un trocito de ella.

Pero no os engañéis. Lo mejor de todo, sin lugar a dudas, es dejaros ganar por la historia. Si queréis disfrutar de Por qué lloras, podéis obtenerla aquí. Y para conocer un poco más a la autora, podéis asomaros a esta entrevista con ella.

Dos joyas en mi biblioteca

Adela Castañón

Imágenes: cedidas por Iciar de Alfredo, Mila Tapperi Hajjar y Adela Castañón

La playa de los cinco sentidos

Te veo al dar la curva, antes, incluso, de bajar del coche.

Me vuelvo a preguntar, una vez más,

cómo es posible ese milagro diario.

Esa gama de azules, y de grises,

y de verde coral, y verde lima,

y ese blanco tan blanco de la espuma

que viste tus orillas

con el encaje de los más finos trajes

de alguna emperatriz de las antiguas.

Y mis ojos se gozan, un día más,

en tu eterna paleta de colores.

 

Y conforme me acerco, empiezo a oírte.

Ese rumor del agua, con las olas que corren sin respiro

para ser las primeras en llegar a la orilla

y contarle a la arena las historias de amor que,

a lomos de sus crestas,

viajan desde los mares más profundos

en busca de las nubes.

Historias que quieren llegar al cielo

cabalgando en las olas.

Y llegan a la orilla para besar el suelo,

y esperar a las aves, que, en su vuelo,

las eleven, por fin, a las alturas.

 

Cierro los ojos. Me tapo los oídos.

Y respiro, llenando mis pulmones

con ese olor a sal y algas marinas.

Que nada me distraiga.

Ni el azul que llega hasta el horizonte,

ni el canto de sirena de las olas.

Mi playa es ahora aroma.

Y no quiero perder

ni siquiera una gota de esa esencia.

Porque en mi playa, el aire es diferente

y quiero que se cuele por mis venas

llenándome de vida.

 

Y retraso el momento de meterme en el agua.

El placer de la espera es casi tan inmenso

como el momento en que, por fin,

me adentro entre las olas.

Sumerjo la cabeza.

Y, cuando salgo, siento el sabor de la sal en mis labios.

Y los lamo, y la sal sabe a besos.

Y me hundo una y mil veces en el agua

solo por el placer de volver a mojarme,

y que el agua del mar

deje en mi cuerpo ese sabor intenso,

por si luego otros labios

quieren calmar su sed bebiendo de mi piel

o besando mi pelo.

 

Y, cuando salgo, me siento en la orilla.

Cojo un poco de arena

y dejo que se escurra, poco a poco,

igual que una caricia entre mis dedos.

Recojo las rodillas porque quiero

sentir como la arena, grano a grano,

va, igual que los chiquillos,

por ese tobogán que va de mi rodilla a mi tobillo.

Y mi piel se estremece,

pues no hay otra caricia que tenga esa dulzura.

Lágrimas de calor

que acarician mi piel, todavía húmeda.

 

Las acuarelas que son el mar y el cielo,

la música que arrulla las orillas,

el olor de las algas, el sabor de la sal,

el calor de la arena,

la caricia del sol,

la sombra de las nubes,

son un regalo para los sentidos.

 

Que todo eso es verdad, solo lo sabe

aquél que lo ha vivido.

Adela Castañón

Imagen: David Mark en Pixabay

Hasta en el árbol de Navidad

#soñandoconvirus

Los altavoces de las calles pedían que todos nos cubriéramos las caras con trapos. Que nos dejásemos dos agujeros en lugar de los ojos. Una especie de burka, pero solo de cabeza. Los amantes que en ese momento se estaban besando en un rincón oculto del jardín se apresuraron a quitarse las caras. Las guardaron en una maceta y las cubrieron con pétalos de rosa. Entonces sus cabezas no tenían ni derecho ni revés. Bueno, se notaba lo que había sido la nuca porque les creció el pelo hasta la cintura y se les enredó con las hojas del emparrado. Por delante era medio balón color carne. Cuando ella dejó su cara en la maceta, se le metieron semillas entre las uñas y, al rascarse los ojos con las manos, le cayeron las semillas dentro de las cuencas vacías. En menos de dos horas unas tupidas madreselvas le ocultaron la cara.

Una hiedra abundante les cubrió la espalda y les enredó los brazos. Estaban paralizados e integrados en la naturaleza cuando una rama de madroño comenzó a lanzar bolas rojas y pinchudas que con el aire se volvían invisibles. Intentaron atraparlas con las manos, pero se les clavaban y los dejaban inútiles.

Las rosas perdieron los pétalos y los girasoles miraron al suelo. Las bolas atacaron a las azucenas y les perforaron las hojas blancas, como cuando caen grandes bolas de granizo.

Las gentes corrían despavoridas. Aquella lluvia invisible que se calaba hasta los huesos les hacía tiritar. Intentaron entrar en sus casas. Todas estaban cubiertas por un musgo blanco, agarrado con ganchos. Se montó una gran algarabía. Nadie reconocía a sus padres ni a sus hijos. Y los que eran atrapados por las bolas se volvían invisibles. Los niños mordían las manos de los abuelos, los jóvenes escupían en las caras de los viejos.

En plena batalla, se hizo de noche y una cara con barba de chivo y dos ojos achinados brillaron en el cielo. Poco a poco volvió la oscuridad y una lluvia de bolas pinchudas de colores cayó sobre nuestro árbol de Navidad cuando estábamos cantando villancicos.

Carmen Romeo Pemán

Encerrada en Vallangosta

#MitologíasFragolinas

De la serie Mis micros

Como todas las noches, me acosté mirando al techo de mi alcoba. La cal de los maderos se resquebrajaba en dibujos caprichosos. En las partes nudosas se abrían rendijas que cobijaban mis sueños. Como era una niña larguirucha no me costó ningún trabajo escabullirme sin que nadie lo notara. Al otro lado de la rendija se abrió un camino que me llevó hasta un valle muy estrecho. Tan estrecho que las hadas que lo habitaban lo llamaban Vallangosta. A mí me pareció una exageración. Pero, de repente apareció un hombre corpulento y alto, mayor que los gigantes de los cuentos.

El hombretón me miró desde arriba y, de repente, comencé a crecer. Mi cuerpo se esponjó como la masa que crece deprisa cuando se le echa la levadura. Llegó un momento en que las laderas del Valle me aprisionaron y me quedé inmóvil sin atreverme a dar un paso. Noté cómo me iba convirtiendo en piedra. Y ahora, desde el silencio del valle, puedo oír a los viajeros que desde lejos me señalan con el dedo.

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A la izquierda del Arba, se entra a Vallangosta

Carmen Romeo Pemán

Sueños enredados

Recostada en la playa,

mis codos en la arena,

la cabeza dejándose vencer

por el peso del pelo

para que así mi cara

reciba sin problemas

esos rayos de sol transformados en besos

que acarician mi piel.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

La brisa sopla suave

y, al rato, se convierte en un viento

que enreda mis cabellos

y enreda mis recuerdos.

Y la arena, y el sol,

y mi pelo y el viento

van trenzando

las historias que fueron

con las historias que pudieron nacer

y no nacieron.

Y respiro muy hondo

a la vez que sonrío.

Por fin me he dado cuenta

de que todo,

tanto lo que he vivido

como lo que he soñado

y lo que aún sueño

consiguen el milagro

de que, quieras o no,

tú sigas siendo mío.

Porque ya no hace falta

que estés aquí, a mi lado.

Porque es mejor quererte siendo libre

que tenerte si te sientes atado.

Y, en lugar de pensar que te he perdido

comprendo de repente

dónde estuvo mi error.

El premio no eras tú ni tu cariño,

porque el premio era yo

y hoy, por fin, me he ganado.

Y sigo sonriendo.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

Y el corazón

deja de ser un pájaro enjaulado.

Mis sueños y mi vida,

lo mismo que mi pelo,

se han trenzado.

Y es hermoso sentir que soy feliz

estés o no a mi lado.

Adela Castañón

Imagen: Marcin Jozwiak en Unsplash

Luces y sombras de mi estirpe materna

#sagasfamiliares #madrinadeRamónyCajal

A los Pemanes de casa Machín

Biel. Antigua

1959. Biel, Zaragoza.

Llevo años dando vueltas a una foto familiar del álbum de mi madre Mejor dicho, daba vueltas a las anotaciones de su hermano Jesús treinta años después de la foto. Cuando él las escribió, muchos ya habían muerto.

En mi casa, mi madre no me habló de todos. Unos, como los Cardesa, se habían alejado de nuestras vidas, por razones que desconozco. Y otros desaparecieron para siempre envueltos en un halo de misterio.

No fue fácil encontrar la clave de una reunión tan variopinta el año 1923 en casa Machín, la casa de mis abuelos maternos.

Desempolvé documentos en los archivos, revolví las cajas de mi madre, pregunte a las gentes cercanas. Nada. Solo noticias aisladas y algunas innombrables.

Un día, sin venir a cuento, alguien me habló de la quebrada salud de mi abuela Pascuala. La única que no sale en la foto. Mi abuela, la gran ausente, dio un nuevo sentido a esta historia, como lo hubiera dado a la vida de su familia si no hubiera muerto demasiado pronto.

Pascuala Marco Castán

Pascuala. Coiné

Pascuala Marco Castán (Biel, 27/10/1877-26/10/1926)

En 1923, tres años antes de su muerte, sufrió otra de sus crisis de corazón. Acudieron a verla familiares de fuera que posaron delante de su alcoba. Se ve la puerta cuidadosamente cerrada. Que las alcobas de casa Machín tenían, y tienen, puertas en lugar de cortinas.

En 1877 la llegada de Pascuala, con sus correteos, alegró una casa llena de gente mayor que guardaba luto por una hija adolescente, otra Pascuala.

La niña nació en la Caudevilla 28, donde vivían: su bisabuela, Josefa Luna Marco, de 72 años, viuda de Manuel Castán Giménez, que si hubiera vivido tendría 76 años. Con sus abuelos José Castán Luna, de 52, y Salvadora Aguas Iriarte, de 54. Con sus padres, Pedro Marco Dueso, de 32, su madre Ana María Castán Aguas, de 19.  Y con su tío José Castán Aguas, de 22, que en ese momento era cura regente de Biel

Mosén José Aguas, el tío que bajó de Petilla, la bautizó, igual que, diecinueve años antes,  había bautizado a su madre. Le puso el nombre de una tía recién fallecida,  Pascuala Castán Aguas (Biel, 1861-1876).

Yo. José Aguas, párroco de Biel, bautice a una niña que había nacido a las cinco de la mañana del mismo día y le puse por nombre Pascuala. Hija de Pedro Marco y Ana María Castán, naturales y vecinos de Biel. Abuelos paternos, Juan Marco de Biel y Blasa Dueso de San Felices, vecinos de Biel.  Abuelos maternos, José Castán y Salvadora Aguas de Petilla. Fueron padrinos, don José Castán, coadjutor, y María Cardesa Aguas. Testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera.

En el bautizo iba envuelta en ricas mantillas, cubierta por un manto de seda blanca, el mismo con el que habían bautizado a su bisabuela en Isuerre. Toda la mañana se oyó el alegre tañido de las campanas pequeñas que decían: “no es niño que es niña”. La bisabuela Josefa se asomó al balcón y llenó la Caudevilla de peladillas, de esas que fabricaban los confiteros de Biel.

A los festejos llegaron puntuales todos los Cardesa Aguas y los parientes de Petilla. Es decir, acudieron los abuelos, los padres, los tíos y los hermanos de los que vemos en la fotografía de 1923.

A los dos años, me imagino a la niña Pascuala, nerviosa y vivaracha, con un vestido blanco de volantes, como los que después ella misma le cosería a su niña Asunción. La veo cogida de la mano de su tío José Castán, subiendo por la calle San Juan. Irían a ver a  a mosén José Aguas que pasó sus últimos años en casa Plaza con su hermana Manuela. Allí Pascuala se sentiría la reina entre sus tías las Cardesa Aguas.

Unos años más tarde, se le acabaron los mimos de hija, nieta y bisnieta única, con el nacimiento de sus hermanos. José (Biel, 1882-1918), el único varón, llamado a ser el heredero. Elena (Biel, 1885-1949), de salud quebradiza, que necesitó muchas atenciones. Y Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971), una benjamina muy avispada.

 Mi abuela y sus hermanas, aprendieron las primeras letras en la escuela de Biel con doña Gala Cenarro Córdoba (Ablitas, Navarra, 1847-Orense, 1912). Su hermano José fue alumno de don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Más tarde, en Jaca, de nuevo de la mano de su tío, recibió una formación refinada en el arte de bordar y decorar la casa. Manejaba con soltura una sombrilla blanca que hacía juego con los encajes de sus enaguas. Y fue una alumna aventajada en los estudios. Se examinó de Magisterio en Huesca como alumna libre. Estudiaba en Jaca con una una profesora particular.

En 1895, Antonia Claver avalaba las solicitudes de su hermana Ana y la de Pascuala para ingresar en la Escuela de Maestras de Huesca, donde ella misma había estudiado hacía pocos años.

La Infrascrita que abajo firma, Maestra en propiedad de la Escuela Municipal de Niñas de esta ciudad de Jaca, certifica: Que doña Pascuala Marco Castán, aspirante a la profesión de Maestra de Primera Enseñanza, se ha ejercitado en la práctica de la enseñanza durante el presente curso en la Escuela de mi cargo. Y para que conste en donde más convenga, y a petición de la interesada, firmo la presente en Jaca 6 de Mayo de 1895. La Maestra. Antonia Claver.

Estudió Magisterio como alumna libre en Huesca. La preparó Antonia Claver Pascual (Lanuza,1871-1896), una hija del maestro de Lanuza que había llegado de maestra a la Escuela de Niñas de Jaca en 1891.

Don José eligió a Antonia, una brillante maestra, que en esos momentos estaba preparando para el ingreso de Magisterio a su propia hermana, Ana Concepción (Lanuza, 1877-¿?).

La muerte de Antonia, justo al segundo año de hacer las prácticas con ella, fue un golpe duro para Pascuala y Ana. Dos compañeras y amigas que se separaron cuando Pascuala volvió a Biel y Ana se incorporó a su destino como maestra. Pasó casi toda su vida de maestra en Pina de Ebro. Se jubiló en 1948.

Ilma.  Sra: Pascuala Marco Castán, natural de Biel, provincia de Zaragoza, de quince años de edad, con cédula personal nº. 1936, con el debido respeto expone: que desea abrazar la honrosa profesión de Maestra de Primera Enseñanza, y creyéndose con aptitud bastante para poder seguir con fruto las lecciones de esa Escuela. A V.S. encarecidamente suplica: que teniendo esta por presentada con las demás documentos necesarios al efecto, se digne admitirla en la matrícula de primer año, previo el examen de ingreso, según se acredita por certificación que se acompaña y pago de los derechos señalados. Gracia que espera merecer de la bondad de V.S. cuya vida guarde Dios muchos años. Jaca 6 de mayo de 1895.

Mi abuela era hija de una familia de posibles muy influenciada por el clero, era sobrina mosén José Aguas y hermana de José, que, en 1885, llegó a ser canónigo penitenciario de Jaca.

Le afectó mucho la temprana muerte de su madre, cuando Emilia tenía solo 10 años. Se la llevó a Jaca, donde hacía varios años que ella residía con su tío. Pero la muerte de José Castán dos años después, impidió que Emilia realizara estudios superiores en Jaca.

El día 5 de junio de 1902, Pedro Marco Dueso, labrador de 56 años labrador, compareció a declarar la muerte de su esposa Ana María Castán Aguas, por bronconeumonía. Hija de José Castán Luna y Salvadora Aguas Iriarte. Dejó cuatro hijos: Pascuala, Elena, José y Emilia Marco Castán. Otorgó testamento el día de su fallecimiento ante el cura ecónomo don Vicente Esco.

Tres años después de la foto que me movió a reconstruir la historia familiar, Pascuala falleció a los cuarenta y siete años, dejó cuatro niños huérfanos y un viudo más joven que ella.

Como era costumbre en nuestras tierras, mi abuelo Constantino, a los dos años de morir su esposa, en 1928, se volvió a casar con Elena, la hermana soltera de Pascuala que se había quedado en casa. De tiona, decían en el pueblo, y por eso los hijos de Pascuala la llamaban “tía Elena”.

Pero antes, los dos clérigos

Las dos personas más influyentes en la evolución de mi familia materna fueron,  mosén José Aguas Iriarte y José Castán Aguas, dos tíos de mi abuela Pascuala.

Mosén José Aguas Iriarte

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José Aguas Iriarte (Petilla, 1817-Biel, 1881).

Año 1881, día 4 de enero. Yo, José Castán, coadjutor de esta Parroquia, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de don José Aguas, cura párroco de Biel, natural de Petilla de Aragón, de sesenta y tres años. Hijo legítimo de José Pascual Aguas Arilla y Ana María Iriarte Puyal vecinos que fueron de Petilla. Se le hizo entierro mayor. Tenía hecho testamento nombrando heredera de sus bienes a su alma. Fueron testigos del sepelio don Mateo Echeverría, cura párroco de Castiliscar, y don Mariano Alamán, párroco de Luesia.

Sus abuelos maternos fueron don José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre, una de las familias de mayor abolengo en la diócesis de Jaca, de esas que influian en el nombramiento de los abades de San Juan de la Peña.

A los 32 años lo nombraron cura párroco a Biel y allí ejerció casi otros 32 años, hasta su muerte. Llegó ya maduro. No sé dónde había estado hasta 1849. En mis delirios familiares he pensado que en mis venas corre sangre de un cura guerrillero carlista.

Antes de su llegada a Biel fueron tiempos revueltos en la Val de Onsella, donde mosén José vivió en primera persona la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

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Estos dos curas paseando me recuerdan a mosén José Aguas con su sobrino José Castán.

El joven cura de Petilla pudo estar muy cerca, o a las órdenes, de los Iriarte. Sobre todo, de León Iriarte (Pamplona, 1790-1837), el coronel carlista fusilado en 1837. Y de Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1820-1880), su hijo, uno de los soldados de la revolución contra Isabel II, sentenciado a muerte y exiliado a Francia.

Precisamente, en Petilla vivía Casiano Zugasti Iriarte. (Petilla, 1850-Zaragoza, 1895), nieto de León Iriarte y sobrino Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1821-1828), por parte de madre.

Es fácil suponer que mosén José mantuvo relaciones de vecindario, y quizá de parentesco, con estos Iriarte. Al final de la guerra, todos fueron perseguidos. Y a mitad de la Segunda Guerra Carlista (1846.1859), en septiembre de 1849, mosén José se incorporó a la parroquia de Biel.

¿Se refugió con su familia en un pueblo que ya conocía, alejado de las tensiones carlistas?

Su madre, Salvadora Iriarte Puyal, tenía primos hermanos en Biel con los que mantenía buenas relaciones. Sobre todo, con los hijos de su tía Ángela: Joaquina y Matías Iriarte Idoipe. Y también con los Otal Idoipe,  los hijos del primer matrimonio de su tía.

Es que, en 1797, su tío abuelo, Antonio Iriarte Lampérez, de Ruesta, se casó con Ángela Idoype Miguel, de Biel,  viuda de Francisco Otal. El primer Otal, que llegó a Biel desde de Aniés.

Como vemos, Mosén José contaba con suficientes lazos familiares en Biel para colocar a sus hermanos y a sus sobrinos en buenas casas de labradores.

Según el padrón de 1859, vivía en la abadía una sobrina, Agustina Aguas, de 12 años, y con su madre Ana María, viuda de José Pascual Aguas Arilla. En 1873 murió su madre, pero él continuó en la abadía con sus sobrinos Antonia Aguas Aguas y Juan Aguas Arilla.

Ana María Iriarte Puyal (Isuerre, 1792-Biel, 1873) Como acabamos de ver, era hija de José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre. Fueron sus padrinos Manuel Sánchez de Longás y Fermina Asa de Ochagavía.

Era una mujer de gran prestigio en toda la Val de Onsella. Su abuela Manuela Nicuesa era de casa Nicuesa de Undués Pintano, de la misma casa que Miguel Nicuesa, abad de San Juan de la Peña desde 1793, el que recogió los restos del Conde Aranda.

Y ella misma fue elegida como madrina de bautismo de Santiago Ramón y Cajal.

Ramón y Cajal. Bautismo

El original está en el Archivo Parroquial de Petilla.

Año de 1852. Santiago Felipe Ramón y Cajal. A las nueve de la noche del día primero de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos nació y al día siguiente fue bautizado solemnemente por mí en infrascripto Vicario un niño que se llamó Santiago Felipe: hijo legítimo de Justo Ramón, cirujano y de Antonia Cajal naturales de Larrés provincia de Huesca y residentes en esta Villa. Abuelos paternos Esteban Ramón, labrador, natural de Isin provincia de Huesca y Rosa Casasús natural de Larrés provincia de Huesca. Abuelos maternos, Lorenzo Cajal, tejedor, natural de Asso provincia de Huesca e Isabel Puente, natural de Larrés provincia de Huesca. Fueron padrinos Franco Sánchez, labrador natural de Petilla provincia de Navarra y Ana María Iriarte, natural de Isuerre provincia de Zaragoza, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Y para que conste, firmé en Petilla a dos de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos. Toribio Barrecha Vicario de Petilla. (Archivo Parroquial de Petilla).

Mi bisabuela Ana María, con los bienes materiales, también heredó el nombre de su bisabuela de Isuerre, la madrina de Ramón y Cajal. Y a mí, su bisnieta fragolina, ¿por qué no me llamaron Ana María  si mi madre se puso de parto el día de Santa Ana? 

Con el nuevo ambiente religioso, la casa se llenó de velas y arraigaron las viejas tradiciones. Pero, por debajo del aceite de las lamparillas, corrían las aguas de otras pulsiones que el cura de Petilla nunca sospechó.

Con los arreglos matrimoniales de sus familiares, mosén José se convirtió en un personaje importante entre las casas hacendadas del pueblo. Este cura casamentero, pronto consiguió que dos de sus hermanas, Salvadora y Manuela, fueran dueñas de casa Machín y de casa Plaza, la de los Cardesa. También casó en Biel a su hermano Antonio y a sus sobrinas Antonia y Manuela Aguas Aguas.

1943. Biel. Asunción y Gregorio

1943. Altar mayor de la iglesia de Biel donde se celebraban todas las bodas. En este caso los novios eran Asunción Pemán Marco, de casa Machín, (Biel, 1916-Zaragoza, 2003) y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969), los dos maestros de Biel.

A los cinco años de su estancia en Biel, en 1854, casó a su hermana mayor, Salvadora Aguas Iriarte (Petilla, 1823-Biel, 1899), con José Castán Luna (Biel, 1825-1901), de casa Machín.

Y cuatro años más tarde, en 1858, concertó un matrimonio de cambio, o cambeo, entre sus hermanos y dos hijos de los Cardesa de casa Plaza. Ese mismo día casó a su hermana Manuela con Juan José Cardesa, que fueron los padres de los Cardesa Aguas. Y a su hermano Antonio, que era viudo de Francisca Arilla, con Francisca Cardesa, y se fueron a vivir a Petilla. Eran los padres de los Aguas Cardesa de Petilla.

En estas bodas de cambio las familias se libraban de grandes gastos. Con ellas se ahorraban la comida de la fiesta y la dote de la novia.

En 1878, tres años antes de su muerte, mosén José volvió a pactar dos matrimonios, pero esta vez sin cambio. Casó a dos hermanos Otal Castán, de casa la Morena. A Mariano con su sobrina Antonia Aguas Aguas, la que vivía con él en la abadía. Y a Marcos Otal con Juana Aibar Burguete, la heredera de casa Suesa.

Con esta última maniobra, entraba en juego casa La Morena, la de la madre de mi abuelo Constantino. Así nació un nuevo hilo que ayudó a consolidar la trama de este tupido tapiz de los Aguas, Castanes, Cardesas y Otales. Y una parte de ese tejido asoma en la fotografía del verano de 1923.

José Castán Aguas

Castán Aguas, José.

José Castán Aguas (Biel, 1855-Jaca, 1905)

En 1899 Pedro Marco Dueso (Biel, 1847-1917) declaraba que había fallecido Salvadora Aguas Iriarte, su madre política:

Que estaba casada en el momento de su fallecimiento con D. José Castán Luna natural y vecino de esta villa, de oficio labrador, de cuyo matrimonio tienen dos hijos llamados don José y doña Ana María Castán Aguas; el primero se encuentra en Jaca de Canónigo y la segunda en Biel en compañía de sus padres. Que no otorgó testamento y que a su cadáver se habrá de dar sepultura en el cementerio de la parroquia de esta villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Desde que acabó los estudios hasta 1883,  José Castán fue regente en Biel. Compareció en el juzgado para comunicar la muerte de su tío José Aguas y acabó los conciertos matrimoniales que el cura de Petilla había preparado.

Casó a Gregorio Otal Callau, hermano de mi bisabuela Manuela, la madre de mi abuelo Constantino. Así el cerco de las relaciones familiares se estrechó aún más.

En la Villa de Biel, provincia de Zaragoza y obispado de Jaca, el día 14 de junio de 1883, yo, don José Castán, regente parroquial, con la intervención expresa del señor párroco de Petilla, desposé y casé por palabra y de presente a Gregorio Otal Callau, viudo de Tomasa Charles, natural y vecino de Biel, de oficio labrador de 33 años de edad, hijo legitimo de Francisco Otal y María Callau, naturales y vecinos de Biel, y a Manuela Aguas Aguas, soltera natural y vecina de Petilla de 21 años, de edad hija legitima de Francisco Aguas y Francisca Aguas, actuales vecinos de Petilla.  Y acto continuo oyeron la misa nupcial.

Cuando José Castán subió al Seminario de Jaca, dejó de heredera a su hermana Ana María Castán (Biel, 1853-1902), tres años más joven que él.

Aunque la nueva heredera era una mujer, la casa sería gobernada por un varón. Primero  seguiría  su padre, José Castán Luna (1831-1901). Después su marido Pedro Marco Dueso (1847-1917) y, finalmente, su hijo, José Marco Castán (1882-1918), que murió con la gripe del 18. Con su fallecimiento la herencia volvía a las mujeres, a sus hermanas Pascuala, Elena y Emilia. Pero, la casa, más fuerte que los deseos de las personas, encontró nuevos recovecos para sobrevivir. A la muerte de José Marco, se hizo cargo del patrimonio su cuñado, mi abuelo Constantino Pemán Otal (1881-1968), el marido de mi abuela Pascuala. Después tomó las riendas su hijo, mi tío José Pemán Marco (1914-1996) y, finalmente, su nieto, mi primo Pedro Pemán Dieste (Biel, 1944).

Ahora, los descendientes de casa Machín, somos los nietos de Pascuala y  Constantino. Los cinco hijos de José y Eulalia Dieste Añanós (Biel, 1914–2002): Concepción, Pedro, Pilar, Carmen y Maria Jesús Pemàn Dieste. Las dos hijas de Asunción y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912–1969): Maruja y Carmen Romeo Pemán. Y los cuatro hijos de Jesús y María Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017):  Salvador, José María, Javier y Jesús Pemán García.

Los años de Jaca

En 1881 sucedió a su tío, y tuvo como auxiliar a Mateo Echeverría.  Desde 1893 hasta 1895 fue párroco de Biota.  Ese año se presentó a las oposiciones a canónigo penitenciario. Cuando se incorporó lo nombraron profesor del Seminario. Al principio vivió en la calle del Carmen, 2. Con el tiempo se trasladó a la calle Bellido, 24.

A los pocos años se llevó con él a sus sobrinas Pascuala y Emilia. Les procuró una educación esmerada en las monjas de Santa Ana, de las que él mismo era predicador.

Pascuala estudió Magisterio desde Jaca, con preceptoras privadas, y se examinó libre en Huesca. En 1897 obtuvo el título de Maestra Superior.

Algunos documentos del expediente de Pascuala Marco

Un examen de caligrafía, realizado con primor y esmero.

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Una muestra de sus calificaciones.

Notas de tercero. Las mejores

Y una de las muchas instancias que escribió

Solicitud

En 1905 las hermanas volvieron a Biel

Castán, José. EsquelaNecrológica. El penitenciario de Jaca. ¡Ha muerto! Dos palabras son estas que condensan amargamente todo nuestro sentir y llenan de pena el corazón de todos cuantos conocieron y trataron al dignísimo canónigo don José Castán y Aguas. (Cfr. El Pirineo Aragonés, 10/06/1905)

El temprano e inesperado derrame cerebral que se llevó a su tío a los 50 años, frustró la carrera y la vida social de Pascuala y Emilia. Levantaron la casa de la calle Bellido, 24, y volvieron a Biel. Desde entonces, el tresillo dorado en el que recibían a las visitas ilustres, la vajilla de la Cartuja de Sevilla y la cubertería de plata, con las que comían todos los días, se convirtieron en objetos de culto. Y don José en un mito familiar.

La boda de mis abuelos

Abuelo

Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968)

Mariano Pemán Alvarado (Biel, 1843-ca. 1899), de casa Loy, y Manuela Otal Callau (Biel, 1846-1918), de casa la Morena, fueron los padres de Mariano, Pabla y Constantino.

Mariano Pemán Otal (Biel, 1872-1930), casado con Teresa Biesa Dieste (Biel, 1874-1939). Pabla Pemán Otal (Biel, 1879-1913), que se casó con Gregorio Lanzarote Lasheras (Biel, 1878-¿?).

 Constantino que se casó con Pascuala, a los tres años de su regreso de Jaca. La novia estaba de luto, hacía seis años que se había muerto su madre, a los 41, años y tres su tío José Castán, a los 50. En esos años el luto por un familiar directo duraba por lo menos cinco años. 

En 1908, Pascuala abandonó casa y hacienda, y acompañó a su marido, que ya era maestro de Larraga por oposición. En 1912 volvió a Biel, donde nació su hijo Pedro. En su casa se sentía acompañada por su padre y sus dos hermanas solteras.

Constantino realizó los estudios primarios en Biel y heredó la vocación de su maestro  don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927). En 1906 obtuvo el título de Maestro Superior en la Escuela Normal de Zaragoza. En una hoja de servicios consta como Grado Bachiller, del plan de 1901.

En 1907 aprobó las oposiciones y lo destinaron a Larraga. En 1912, el año que nació su hijo Pedro, reclamó contra el anuncio del concurso de traslados que no incluía la escuela de Luna, pero su reclamación fue desestimada Era clara su intención de acercarse a Biel.

En 1913, gracias a una real orden, pudo salir de Navarra y, por concurso de traslado, llegó a Aguarón, donde estuvo unos ocho meses. Ese mismo año lo obligaron concursar de nuevo y le concedieron Blesa (Teruel), pero no se llegó a incorporar, porque entre tanto había conseguido una permuta con Ricardo Luna Carné (Alhama de Aragón, 1877-Tarragona, 1930), maestro de Biel.

Desde 1913 hasta que se jubiló en 1952 ejerció en la escuela unitaria de Biel. En esos 39 años pasaron muchas generaciones por sus manos.

Fue un maestro de referencia y prestigio entre los maestros de la provincia.  En 1935 fue uno de los elegidos para los Cursillos de perfeccionamiento del Magisterio, que tuvieron lugar en la Escuela Normal de Maestros de Zaragoza. Y en la jubilación de don Juan Lanzarote, el inspector comparó a don Juan con don Constantino. Dos alumnos brillantes, los dos alumnos de Manuel Marco.

Llegó a Biel en 1913, en un momento en que se estaban consiguiendo importante mejoras para el pueblo, en las que participó. Se construyeron las escuelas nuevas, las carreteras de Ayerbe y Sádaba y se llevó la luz eléctrica. Primero la llevaban desde Sibirana y después desde Murillo. Por esas fechas llegó el agua corriente al pueblo y comenzó a funcionar la Fábrica de Harinas. En 1923 creó la Mutualidad Escolar.

Cuando llegaron a Biel,  mis abuelos y su hijo Pedro se instalaron en casa el Bastero, calle La Torre 20. Allí nacieron José, Asunción y Jesús. Con la epidemia de gripe de 1918, murió José Marco Castán, el heredero de casa Machín. Entonces Constantino, Pascuala y sus cuatro hijos se trasladaron a la Caudevilla 28 y vivieron con Elena y Emilia, las dos hermanas solteras de Pascuala.

Y así, de la noche a la mañana, mi abuelo se convirtió en maestro-labrador con una gran hacienda que administrar.

Mi abuela nunca fue maestra titular de Biel, pero hizo las sustituciones necesarias, de soltera y de casada. Era una mujer delicada y sensible. Una gran lectora que inculcó en sus niños unos valores emocionales intensos, una moral severa, de tradición senequista, y unos sólidos principios cristianos. Junto al amor por el estudio, los preparó para afrontar una orfandad que ella intuía cercana.

Pemán Marco. Coloreada

Pedro (Biel, 1911-Balaguer, Lérida 1938), José (Biel, 1914-1996), Asunción (Biel, 1916-Zaragoza, 2002) y Jesús (Biel, 1918-Madrid, 1991). Los cuatro hijos de Constantino y Pascuala.

En el centro de la foto de 1923, la que da entrada a este artículo, mi abuelo está rodeado de sus dos hijos mayores, Pedro  y José. Sentado en sus rodillas, Jesús, el pequeño. Y Asunción, con un vestido blanco, está sentada en una silla, al lado de Felisín.

Emilia Marco Castán

Emilia

Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971).

Emilia es otra ausente en la foto de 1923.  En 1922 se metió monja de Santa Ana, con las que ya estaba familiarizada desde su estancia en Jaca. La regla de la orden era estricta y no las dejaba volver a sus casas ni para la muerte de los padres. Así que no pudo acompañar a su hermana, con la que había tenido un convivencia muy estrecha, ni pudo asistir a su entierro.

Ocupó cargos importantes en la congregación. No sabemos dónde adquirió el buen acento de su francés, seguramente en su estancia Jaca, una ciudad casi fronteriza, donde no era difícil conseguir profesoras nativas. También era fácil pasar temporadas en algún colegio de Pau. Todo esto correría por cuenta de su tío.

En 1929, se llevó a Valencia a su sobrina Asunción, mi madre, que vivió con ella en el Colegio del Parque, en Valencia, donde era directora, hasta que acabó Magisterio.

1929. Asun Cole. 2

1929. Valencia. Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Recién llegada a Valencia. Pasó un curso en el colegio de Santa Ana, antes de comenzar Magisterio.

Aunque mi madre pudo haber hecho los estudios de la iglesia en el Colegio, su tía, demostró un talante liberal y la matriculó en la Escuela Normal de Valencia, en los tiempos de la República. Mi madre obtuvo el título de maestra republicana. En esos años se quitó la religión como asignatura. Por eso, cuando en 1940 se quiso presentar a oposiciones, tuvo que trasladar su expediente a Huesca y cursar las asignaturas de religión, obligatorias para las oposiciones en ese momento.

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1932, Valencia. Asunción, a nuestra derecha. Saliendo de la Escuela Normal, con una compañera.

Elena Marco Castán

1948. Casa Machin. Altar

1948. Día 2 de septiembre.  Altar en la puerta de casa Machín para recibir a la Virgen de Fátima. Asomada al balcón Elena Marco Castán (Biel, 1885-1949). En la calle, entre otros, Juliana de Tintau, Eulalia Dieste, Gregorio Romeo, Jesús Pemán. Las niñas: Alicia y Rosario Pemán, de luto. Conchita Pemán y Maruja Romeo, de blanco.

1923, Elena

Elena Marco (Biel, 1885-1949), y  Antonio Cardesa (Biel, 1908-Huesca, 1993). Delante, Constantino Pemán (Biel, 1881-1968).

Elena, aquejada de epilepsia, no fue a Jaca con sus hermanas, ni se le conoció ningún novio. Nunca salió de Biel y siempre vivió en casa Machín. Era una de esas mujeres solteras y abnegadas que entregó la vida a sus sobrinos. Era la madrina de bautismo de su sobrino Antonio Cardesa Remón, el joven que está junto a ella en la foto. Y de su sobrino, el malogrado Pedro Pemán, justo delante de Antonio.

Antonio Cardesa Remón (Biel, 1908-Huesca, 1993), en la foto es un adolescente contento al lado de su madrina. Llegó a ser ilustre médico de Huesca. Se casó con Pilar García Bragado y tuvieron una larga descendencia.

Perfecto Cardesa y las otras personas de la foto

Seguramente, Perfecto Cardesa Cardesa, en realidad Perfecto Cardesa Aguas, con su familia, acudió a Biel el verano de 1923 a visitar a su tía Pascuala, y quiso hacerse una foto como recuerdo. Los otros Cardesa de la foto acompañaron a Perfecto, a su mujer y a su hija, que en esos momentos eran personas relevantes en la sociedad zaragozana.

1923, Constantino y Perfecto. Recortada

Perfecto, con sombreo, Marino Sampietro, con bigote, Pablo Arenaz y Felisa Arambillet. Las niñas,  Felisín Cardesa y Asunción Pemán.

Perfecto Cardesa Cardesa (Biel, 1890-Zaragoza, 1925). Era hijo de María Cardesa Aguas, la madrina de mi abuela. El 14 de febrero de 1921 se casó en la Seo de Zaragoza con Felisa Arambillet. Había sido maestro de El Frago, de Erpiol y de las Escuelas Anejas a la Normal de Maestros de Zaragoza.

Según sus partidas de nacimiento y bautismo, sus orígenes nos resultan un poco liosos. En el juzgado lo inscribió la partera, María Salias, con el nombre de Perfecto Cardesa, como un niño de padres desconocidos. Adelantándonos al futuro, esta partera, hija de Ramona Gastón, también partera fue una abuela lejana del que con el tiempo sería el famoso en la pandemia del coronavirus, el doctor Fernando Simón.

En cambio, en la partida de bautismo primero se identifica a la madrina y, después, en otra partida añadida, a su madre y a sus padres.

En la Villa de Biel, el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño de padres desconocidos y le puse el nombre de Perfecto. Siendo madrina Bibiana Lanzarote.

Esta primera declaración estaba sin firmar y con un barreado //////. A continuación en la misma hoja se repite la misma partida de bautismo con más datos.

En la villa de Biel el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño, hijo natural de María Caredesa, soltera natural y vecina de esta villa. Siendo sus abuelos maternos Juan José Cardesa y Manuela Aguas . Se llamo el bautizado Perfecto y fue su madrina Bibiana Lanzarote. Fueron testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera. Firmado por José Les, presbítero

En 1913, María Cardesa Aguas acudió al juzgado de Biel, se identificó como la madre de Perfecto y le dio sus dos apellidos. Este cambio solo constó en el expediente de Magisterio. Él siguió firmando como Perfecto Cardesa Cardesa, y así aparecía en los nombramientos de maestro y en el cementerio de Torrero. (Cf. Archivos de Biel, de la Universidad y del Cementerio de Zaragoza).

En 1976, 41 años después de su muerte, su mujer solicitó un nuevo cambio en la partida de nacimiento: Perfecto Cardesa Aguas hijo de Perfecto y de María.

La temprana muerte de Perfecto y el empeño de Felisa por aclarar los orígenes de su marido, ciernen sobre su vida un halo de misterio. Misterio que me asombró cuando consulté el árbol genealógico de los Arambillet Oficialdegui. Felisa, a diferencia de sus hermanos, no consta ni como casada ni como madre de una hija.

Felisa Arambillet Oficialdegui (Artajona, 1893-Zaragoza, 1992), pertenecía a una linajuda familia navarra. Era maestra del grupo escolar Buen Pastor de Zaragoza y hermana de Delfina, la mujer de Pedro Arnal Cavero, un famoso maestro de Zaragoza nacido en Huesca. Gozó de gran fama entre los maestros de su época.

Felisa Cardesa Arambillet, “Felisín” (Zaragoza, 1922). En la foto, con menos de dos años, está sentada encima de su madre. Realizó los estudios primarios en la escuela del Buen Pastor, donde ejercía su madre.

En la asamblea anual de la Mutualidad Escolar de El Buen Pastor, las niñas Carmen Panzano y Felisa Cardesa recitaron el diálogo “Sucursal del Manicomio”. (Cfr. La Voz de Aragón, 27/05/1930)

Cursó el bachillerato en el Instituto Miguel Servet y los estudios superiores en la Universidad de Zaragoza.

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De izquierda a derecha. Marcelina Serrano, Ramira Cardesa, monja, Felisa Cardesa Arambillet y María Serrano. De “Fotos antiguas de Lobera de Onsella”. Sin fecha. 

Fue religiosa Escolapia: madre general, directora del colegio y profesora de Matemáticas. También daba Ciencias Naturales. El año 2013 residía con las monjas de su congregación en Chile. Sus alumnas la recuerdan como una excelente profesora con grandes cualidades humanas. También recuerdan a su madre como una señora de mucho estilo que vivía en un pequeño apartamento dentro del colegio del Arco de San Roque, en Zaragoza.

Los novios del Solano

1923, Los novios

Pascual Samper (Biel, 1896-1924) e Irene Cardesa (Biel, 1898- 1924).

Irene y Pascual murieron juntos cerca de la casa de Irene. Su presencia en esta foto me hace pensar que era un noviazgo avanzado y aceptado por la familia.

En las anotaciones de mi tío, esta pareja está sin nombre. O no los recordaba al cabo de tantos años, o no quiso nombrarlos. En Biel, Irene y Pascual estaban estigmatizados. Después de su muerte, nadie habló de ellos en público. Circularon los hechos de boca en boca, pero nunca en en voz alta, porque nadie sabía a ciencia cierta qué había sucedido. No se sabe quién disparó. Las gentes dijeron que habían sonado dos tiros de pistola. De las actas de defunción no se deduce nada.

Samper Bagüés Pascual. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Pascual Samper Bagüés soltero de 28 años de edad de oficio Comerciante hijo legítimo de Francisco y de Leonor, fallecido a las 23 del día 21 de julio actual por disparo de arma de fuego en la plaza del Solano de esta Villa. Según dictamen de autopsia verificada por orden judicial por los Profesores Médicos D. Donato Emiliano Ladrero y D. Amado Mínguez Biel aquel médico forense del partido y este titular de esta Villa.

Cardesa Lanzarote, Irene. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El Señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Irene Cardesa Lanzarote, soltera, dedicada a sus labores, de 26 años de edad, hija legítima de Juan José y Viviana, fallecida a las 23 del día 21 del corriente mes, por disparo de arma de fuego, en la plaza del Solano de esta Villa, según dictamen de autopsia, verificada por orden judicial, por los Profesores Médicos don Donato Emiliano Ladrero, médico forense del partido y don Amado Minguez Biel, titular de esta Villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Isabelita, don Amado, Marino y Pablo

1923, Isabelita, don Amado

A nuestra izquierda, Isabel Marco Sampietro, “Isabelita”, (Biel, 1895-Alagón, 1974). Y a nuestra derecha, Amado Mínguez Biel (Sos, 1897-Biel, 1984)

¿Me he preguntado muchas veces qué hace en el centro de la foto un médico recién llegado? Pues muy fácil, su presencia era casi continua en casa Machín para atender a mi abuela.

Amado Minguez Biel. Su segundo apellido era como una premonición. Con su llegada a Biel, su vida cambió. Estaba llamado a ser una figura importante en el pueblo. En 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-1981), de casa Mauricio, una de las casas más prósperas. De este matrimonio nacieron ocho hijos

¿Y a qué se debía la presencia de Isabelita y Marino?

Eran los hijos Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), el maestro que había formado a mi abuelo y a otros maestros de Biel.

Marino Marco Sampietro era fotógrafo. Hizo la foto con un trípode y dio un poco de tiempo antes de que se disparara automáticamente. Se dejó un sitio preparado. Por eso aparece detrás, entre el hueco de Perfecto y Pablo.

Isabelita Marco Sampietro era hermana de Marino y visitaba con frecuencia a mi abuela. En 1923 ya debía ser la novia de Juan Lanzarote (Biel, 1895-Alagón, 1992), un reconocido maestro en Alagón.

¿Qué hacía Pablo entre tantos Cardesas?

Pablo Arenaz Arenaz (1895-?) era el organista de Biel. Aprendió su oficio con don Amado Cardesa Remón (Biel, 1890-Zaragoza, 1991), que llegó a ser canónigo del Pilar. Pablo siempre conservó su amistad y su gratitud con los Cardesa.

rayaaaaa

Tras la aparente calma de aquel verano fijado en el papel couché, latían grandes pulsiones que condujeron las vidas.

Unos estaban destinados a ser triunfadores y a otros ya los había elegido el fatuum de la tragedia. Sus vidas estaban tejidas con hilos de la misma madeja, pero los tapices resultaron muy diferentes.

He conseguido identificar a las personas, pero sus vidas me han dejado un mar de dudas.

¿Fue don José Aguas Iriarte un cura guerrillero que acabo buscando refugio para él y su familia en Biel, en unos tiempos revueltos en la Val de Onsella? ¿Quiso mantener los principios tradicionales arraigados en casas de buena hacienda? ¿Por su influencia llegó a ser Biel un pueblo más carlista que isabelino?

¿A quién ocultaba María Cardesa Aguas cuando mando inscribir a su hijo como hijo de padres desconocidos? ¿Qué la movió a reconocer a su hijo darle sus apellido cuando Perfecto ya tenía 23 años? ¿Que movió a Felisa Arambillet, su esposa, a volver a cambiar la partida de nacimiento cuando Perfecto llevaba más de cincuenta años muerto?

¿A qué se debió la muerte trágica de Irene y Pascual?

Con estas semblanzas me he acercado un poco a las vidas de algunas personas  relacionadas con mi familia, pero mi versión nunca será la misma que ellos vivieron. Todos, como los personajes de don Ramón del Valle Inclán, se han  paseado por la deformación de mis espejos cóncavos. Y en la distorsión de las figuras se adivina lo que un día pudieron ser.

En la reconstrucción de mi estirpe, como en todas las familias de la montaña aragonesa, por encima de las personas, prima la casa y la hacienda. Lo más importante era mantener un heredero que conservara, o aumentara, el patrimonio y que protegiera a la casa y a sus padres.

2016. Casa Machín

Biel, 2016. Casa Machín

En casa Machín, los nombres de los herederos fueron cambiando con los años, pero el nombre de la casa ha permanecido desde que se lo diera Machín de Villarreal en 1495. Según mi profesor Antonio Serrano Montalvo, en el fogaje de aquel año, Machín de Villarreal, jurado, era dueño de uno de los 113 fuegos de Biel, que en esos momentos pertenecía al Arzobispado de Zaragoza. Los jurados, dos infanzones y uno del estado llano, encabezaban a los hombres principales de la villa. No pudo comenzar mi estirpe con mejores augurios.

Carmen Romeo Pemán

1923, Constantino y Perfecto

Y mi novela alza el vuelo…

Hoy mi entrada no va de poesía, ni de cuentos, ni de relatos. O, al menos, no de relatos en el sentido tradicional. Porque, en realidad, sí que es un relato basado, como suele decirse, en hechos reales. Y, si me apuráis, afinaré un poco más: es un relato propio, absolutamente cierto, sobre una experiencia personal:

He terminado de escribir y corregir el borrador de mi primera novela.

Una docena de palabras que podrían ser el principio y el final de mi artículo. Y os lo digo así de claro porque, como lectores, os debo un respeto y un agradecimiento que crece día a día y merecéis que sea sincera con vosotros. Estaba haciendo otras cosas y, de pronto, me he dado cuenta de que anoche, por fin, había terminado de crear algo. ¡Uf! Ha sido una sensación comparable a la que tuve cuando aprobé la última asignatura de la carrera. Recuerdo que llegué a mí casa exultante y feliz y le dije a mi padre, médico también, «¡Papá, ya soy médico!». Entonces él, después de darme un abrazo, me contestó algo que hoy, muchos años después, me sigue pareciendo uno de los mejores consejos de mi vida: «Enhorabuena, hija, estoy orgulloso de ti, pero no te confundas. No eres médico. Tienes un título de licenciada en medicina que significa que sabes manejar síntomas, diagnósticos, tratamientos y cosas así. Pero eso es solo el primer paso. Serás de verdad médico cuando pienses en primer lugar que, en la camilla, o al otro lado de la mesa de la consulta, tienes a una persona. Ni siquiera un enfermo, fíjate bien. Una persona que necesita algo de ti. Si tienes eso siempre presente, entonces, solo entonces, serás médico”.

Bueno, pues esta mañana, como os decía, he vuelto a sentirme igual como escritora. No quiero menospreciar mis relatos, mis poemas, mis artículos, ni que se sientan ninguneados si los comparo con mi primera novela, porque no van por ahí los tiros. Ellos han sido y seguirán siendo siempre mi primer amor en el sentido literario, ¿y quién de nosotros no sabe que el primer amor es algo inigualable y único? Pues eso: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Porque si mis escritos previos han sido las herramientas que me han ayudado a escribir un cuento, ahora, con mi novela, me adentro en un terreno desconocido que es, ni más ni menos, que lo que viene detrás de “Y fueron felices y comieron perdices”. Ese es el final de los cuentos clásicos. Y, en la vida, cuando los novios salen de la iglesia o del juzgado pletóricos de felicidad, no son perdices lo que aguardan en la calle. Son las hipotecas, los hijos, el levantarse con los pelos de punta y mal aliento, y también, claro está, el detalle de un desayuno en la cama, o el placer de compartir un café en bata y zapatillas sin salir de casa en un día de lluvia.

Por eso he dejado de hacer lo que estaba haciendo y me he puesto a escribir como loca esta entrada. Porque acabo de bajar los escalones del templo del brazo de mi novela, jeje.

Me siento, a partes iguales, feliz y asustada. Y necesito compartirlo con vosotros.

Mi libro de cuentos seguirá creciendo sin límite. Durante todo este tiempo he repartido las horas, como una buena madre, entre mi novela y los demás. Y así pienso seguir. Pero le he mandado mi borrador a mi hija, a mi hermana, a mis primas, a tres amigas y a un amigo, y a mi correctora, que se lo va a pasar a su lector cero. Y siento muchas cosas.

Uno de mis talones de Aquiles como escritora es mi amor desmesurado por las metáforas. Lo saben los magníficos compañeros de mis cursos de escritura a los que tanto debo y que ahora sonreirán cuando lean que me siento como un piloto en su primer vuelo, cuando toma conciencia de que ahora es aire, y no suelo, lo que tiene debajo de los pies.

Y es que, como dice el título, que he cambiado varias veces, dicho sea de paso, acabo de darme cuenta de que mi novela ha alzado el vuelo. Y me toca quedarme en tierra, esperando a que regrese con anotaciones al margen, con críticas constructivas y cariñosas que me ayudarán a dar ese último retoque. Pero es que, y sigo con las metáforas, es igual que si se hubiera casado un hijo o una hija: mi novela, mi criatura, ya no me pertenece del todo. Va a conocer a otras personas, va a cambiar, a evolucionar… y eso me da tanta alegría como miedo, ¿verdad que me comprendéis?

En fin, todo este artículo no es más que para eso, para contaros que he terminado de escribir mi primera novela. Que ahora me encuentro en un punto de inflexión y me adentro en territorio desconocido después de salir de la zona de confort que eran y siguen siendo mi ordenador y mi sillón. Y que, como en los cuentos, la protagonista se enfrenta mejor al bosque si se siente acompañada.

Me encantará contaros lo que queráis saber, responder a cualquier pregunta, por superficial o intrascendente que parezca, recibir vuestros comentarios, vuestras aportaciones, que me deis ideas o sugerencias. Estoy abierta a todo.

Porque solo saber que habéis leído hasta aquí, ya me ha hecho sentirme arropada. Y ha aumentado mi alegría y ha disminuido un poco mi miedo. Que por algo el título lo he puesto con puntos suspensivos, porque representan la incertidumbre de lo que pasará a partir de aquí.

Mi novela ha despegado, empieza a alzar el vuelo, aunque todavía nos faltan algunos pasos para llegar al destino. Y sin vosotros, lectores, yo no escribiría, así que gracias por haber sido y seguir siendo el combustible que impulsa mis dedos sobre el teclado.

Gracias. Os quiero.

Adela Castañón

Imagen de Mystic Art Design en Pixabay 

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”

La bisabuela del doctor Simón era hija de una partera de Biel

A don Fernando Simón Soria, portavoz del Ministerio de Sanidad en esta pandemia de coronavirus.

Estimado doctor Simón:

Hemos estado confinados, como nunca lo estuvimos antes. Ya, desconfinados. Y aún seguimos dando vueltas por nuestras casas sin saber qué hacer. Todavía nos sentimos atemorizados por la cólera de los dioses. Durante la cuarentena, de forma automática encendíamos las televisiones con ansias de conocer algo del virus que nos azotaba sin piedad. Cuando aparecía usted en la pantalla, nuestra actividad se paralizaba y nuestra esperanza pendía del hilo de su quebrada voz.

Detrás de esa voz, ronca y pausada, se escondía la figura de un hombre que quería pasar desapercibido. Pero ya no era posible. Usted se había convertido en un personaje público, se había metido en nuestras mesas de comedor. Y ya que había llegado hasta nuestras cocinas, queríamos saber quién era usted. Las noticias de su familia han cundido en blogs y revistas. Los periodistas afanaron en reconstruir su genealogía y su trayectoria profesional.

Biel. General con Casa Marieta
Biel, años 20. Vista desde la Corraliza, encima de los lavaderos de la Mina. Foto de la familia Marco, publicadas en FB. Abajo a la izquierda, cerca del Arba, casa Mariquita junto a otra blanqueada. Delante se aprecia el antiguo hospital.

Pues aquí entro yo. No voy a repetir los artículos de prensa ni voy a glosar su currículum. Solo traigo una notas mal hilvanadas de sus ancestros relacionados con  la villa de Biel. Me refiero a los antecedentes de su bisabuela Carmen Muñoz Salias, hija y hermana de las dos parteras más famosas de Biel. Carmen, a su vez, era nieta de un maestro de Biel, nacido en Ferrol, Galicia, hijo de un Salias de Cádiz y de una Miguel de Burgos.

Hace años que conocí a sus familiares cuando desempolvaba legajos en los ayuntamientos de El Frago y Biel. Buscaba maestros. Mis abuelos y mis padres habían sido maestros de Biel. Y quería reconstruir la vida de unas escuelas, ya desaparecidas, en las que estudié hasta mis trece años.

Como los archivos son adictivos, a la vez que iba descubriendo maestros, seguí algunas sagas familiares, entre otras, la mía. Me cautivaron dos parteras, María Salias y Dionisia Muñoz Salias, madre e hija. María Salias fue partera y testigo del bautismo de mi abuela Pascuala Marco Castán. Me encariñé con ella y quise saber más.

Mariquita, como entonces se llamaba a las Marías, ayudó a venir al mundo a muchos niños y niñas de Biel, inscribió en el registro a los hijos naturales o de padres desconocidos, que no fueron pocos. Y siempre luchó con los párrocos. Los persuadía para que inscribieran a los “hijos del pecado” en los libros parroquiales y para que los bautizaran.

Estas parteras me sedujeron tanto que les escribí un relato. Como entonces yo no lo conocía a usted, por reglas de convención literaria, las unifiqué en un solo nombre y me las bajé a El Frago, donde ya habitan Las fragolinas de mis ayeres. Así nació Gregoria la partera, una fragolina que en realidad era de Biel, como mi madre. Si hoy volviera a escribir ese relato lo llamaría Mariquita la partera, la bisabuela que el doctor Simón no conoció.

Casa Marieta parcelada. Mejor calidad
Casa Mariquita, detras del hospital.

Mariquita tuvo una personalidad tan destacada que dio nombre a su casa. Lo normal era que llevaran el nombren de los varones.

Hoy todavía existe casa Mariquita y pocos saben que debe su nombre a una mujer popular y muy querida. La casa sigue en el barrio de la Torre, 14, entre la torre y el Arba, está junto al hospital. Aunque las mujeres y los animales domésticos, a los que también atendían las parteras, daban a luz en las casas, Mariquita quiso estar cerca de los enfermos.

El hospital de Biel

En Biel, desde el siglo XII hasta el XIV hubo un hospital de peregrinos relacionado con el de Santa Cristina de Somport, en el que sus rectores pusieron en funcionamiento un sistema de cofradías que ayudaban en la financiación del hospital.  La cofradía de Biel existía ya en 1314. Los cofrades, en vida, ofrecían su apoyo y bienes materiales a cambio de los servicios perpetuos y espirituales que esperaban después de la muerte.

Con el desuso y el paso del tiempo el edificio se deterioró. Lo restauraron en la segunda mitad de siglo XIX, aprovechando el momento en que se construian dos obras de nueva creación: el lavadero y la de la fuente los caños, al otro lado del Arba.

Hospital de Biel
Hospital reconstruido en el siglo XIX.

Quizá es soñar un poco, pero la puesta en marcha del viejo hospital pudo estar motivada por las calamidades del siglo XIX.  En 1812 y, después, se pasó hambruna y murieron muchas personas, sobre todo casadas. Se refleja en la frecuencia de matrimonios de viudos y viudas en el registro civil.

En la epidemias, sobre todo en la del cólera de 1885, resultó muy importante como sala para aislar a los enfermos

¿Que cómo llegue hasta usted? Pues por azar

Mariquita era hija de uno de los primeros maestros de Biel y de Ramona Gastón, natural de Ansó. Su padre, Francisco de Paula de Salias, fue el padrino de bautismo de José Castán Luna, uno de mis  antepasados. Y María Salias, la madrina de mi abuela Pascuala Marco Castán (Biel, 1877-1926).

José Castán Luna, nació el 6 de febrero de 1825. Era hijo de Manuel Castán y Juana Luna. Sus abuelos paternos, Manuel Castán y Josefa Giménez. Y los maternos, Valentín Luna, de Fuencalderas, y Francisca Marco de esta villa. Fueron sus padrinos de Bautismo, Francisco de Paula de Salias Natural de El Ferrol y Francisca Marco, su abuela. (Archivo Diocesano de Jaca).

Más tarde, en 1854, José Castán Luna (Biel, 1825-1901) se casó con Salvadora Aguas Iriarte (Petilla, 1823-Biel, 1899), una hija de Ana María Iriarte (Isuerre, 1792-Biel, 1873), la madrina de bautismo de don Santiago Ramón y Cajal (Petilla, 1852-Madrid, 1934). Cfr. partida de nacimiento de Santiago Felipe Ramón y Cajal en el Archivo diocesano de Jaca.

Con esta sobredosis, seguí estudiando las conexiones de mis ancestros con los de este maestro de El Ferrol. Y, un día, por casualidad, al final de la cuarentena del coronavirus, leí en el grupo de Facebook Pelaires de Biel que usted era descendiente de Carmen Muñoz Salinas. Entonces caí. Había una errata en el apellido, no era Salinas, era Salias. Y ese nombre me resultaba muy familiar. Carmen era hija de Juan Muñoz Arenaz y María Salias Gastón.

De sus antepasados de Biel

Libro de los ganaderos. Portada

Pues, bien, partiendo de esos datos, intentaré reconstruir esta rama a la que también llegué por casualidad. En un documento de 1820 encontré a Francisco Salias, que ejercía de maestro en Biel, y que además era el secretario de la Casa de Ganaderos de Biel.

Según dos documentos del Archivo Histórico de Zaragoza, su padre, Inocencio Salias, natural de Burgos, en 1801 era notario de Uncastillo y solicitaba poder formar parte de la curia. En 1819, estaba destinado en Jaca y tuvo un pleito por su conducta política.

En 1828 se abrió el libro de la Casa de Ganaderos de Biel y Francisco de Paula Salías figuraba como primer secretario. En 1833 dejó de escribir, quizá fue el año que murió. Tenía cuarenta cabezas de ganado, de la dote ansotana de su mujer.

Libro de los Ganaderos. Final
Primera página del libro en la que firma Francisco Salias.

En 1820 llegó a Biel con su muj con su hijo Fermín, que más tarde sería maestro de Salinas.

Al año siguiente nació en Biel su hija María de la Merced, la que llegaría a ser una de las parteras más famosas de la redolada.

Le siguieron Matea y Petra, que, según el padrón de 1857, estaba casada en Ejea de los Caballeros.

Segundas nupcias de Ramona Gastón

Francisco Salias falleció joven y su mujer se volvió a casar con el viudo Ramón Arenaz. Así consta en un listado del Archivo de Biel que transcribo a continuación.

1939. Listado de Biel
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En 1839, Ramona y su nueva familia vivían en la calle San Juan, 18. Al lado de la Casa de la Villa. En reformas posteriores la puerta se cambió de sitio.

Ramón Arenaz, de 45 años, casado, natural de Biel, de oficio pelaire. Ramona Gastón de 38 años, casada, natural de Ansó. María Salias, de 16 años, soltera, natural de Biel. Matea Salias, de 14 años, soltera, natural de Biel. Petra Salias, de 12 años, natural de Biel. Fermín Salias, de 19 años, natural de Ansó y maestro de Salinas Jaca.

Nuestra partera

Según el decir de las gentes, Ramona aprendió el oficio cuando se quedó viuda. Pero yo no lo he podido documentar. En cambió sí que sigue viva en la memoria de algunas gentes, su hija Mariquita. Y he podido localizar sus partidas de nacimiento, matrimonio y defunción.

María de las Mercedes Salias Gastón, (1814-1904) conocida como María Salias y Mariquita, era hija de Francisco de Paula Salias y de Ramona Gastón. Aquel de El Ferrol de Galicia, maestro, y esta de Ansó. Sus abuelos paternos: Inocencio Salias, de Cádiz, y Petra Miguel, esta de Burgos. Y los maternos: Joaquín Gastón y Engracia Añaños, naturales y vecinos de Hecho. Sus padrinos eran los dueños de casa el Marqués. Miguel Ramón Acín Jiménez,  y Ana Navarro Longás. (Archivo Diocesano de Jaca).

El 22 de septiembre de 1843, en la iglesia de San Martín de Biel, se casaron el viudo Juan Muñoz Arenaz y la viuda María Salias Gastón.

Casa Marieta Ahora. Mejor calidad
Casa Mariquita hoy. Ha cambiado de propietarios y los actuales quizá desconozcan el origen del nombre y la historia de la casa.

En el censo de 1869 en la calle La Torre, 14, en casa Mariquita, vivían: Juan Muñoz Arenaz de 46 años, casado. María Salias, de 46 años, su mujer. Y sus hijos: Francisco Muñoz, de 17 años. Ramón Muñoz, de 12 años. Carmen Muñoz, de 10 años. Y Mónica, de 7 años.

El día 29 de septiembre de 1894, falleció María Salias Gastón a los 80 años. Compareció su hija Dionisia Muñoz Salias casada, que vivía con sus madre en la calle La Torre 14. Su señora madre María Salias Gastón falleció en el referido domicilio de una hemorragia cerebral. Era hija legítima de los difuntos Francisco Salias, maestro de instrucción primaria, y Ramona Gastón. Era viuda de Juan Muñoz de oficio labrador de cuyo matrimonio tuvieron cinco hijos llamados Francisco, Ramona, Carmen, Mónica y Dionisia Muñoz Salias. (Archivo Diocesano de Jaca).

El nueve de septiembre de 1885, hubo un accidente que conmovió a todos los vecinos de Biel. Juan, un hijo de María Salias murió ahogado en el Arba. Por eso no consta entre los descendientes de la partida de defunción.

Juan Muñoz Arenaz, labrador, calle La Torre 14, manifestó que su hijo Juan Muñoz Salias, natural y vecino de esta villa de Biel, se había caído a un pozo. La autoridad lo encontró ya cadáver en el sitio llamado el Taconar, término y jurisdición de esta villa y partida de la Arbolera de Raimundo Longá. (Archivo de Biel)

Dionisia se quedó en Biel y siguió el oficio de su madre. Pero pronto se trasladó a Ejea de los Caballeros, donde viven sus bisnietos, entre otros Fernando Ciudad Lacima, nieto de Jorja, hija de Dionisia.

Y Carmen, la bisabuela del doctor Simón, se fue a Zaragoza.

Y llegamos a nuestra pista inicial

Carmen Muñoz Salias, (Biel, 1859-Zaragoza, 05/03/1942) era nieta, hija y hermana de las parteras de Biel. En 1886 se casó en Zaragoza con Ángel Simón San Clemente (Zaragoza, 1855-1924), de oficio dorador. En 1890 vivian en la calle de la Verónica, 29; en 1892, en la plaza de Santa Marta y en 1910 en la plaza del Pilar 13. Están enterrados juntos en el mismo nicho de Torrero.

José Simón Muñoz (Zaragoza, 29/10/1896-19/02/1989), de profesión veterinario, se casó con Antonia Ramiro Lancina (Zaragoza, 06/11/1899-27/01/2000). Regentaron un comercio en la calle Heroísmo, 25. Con ellos vivía Ángeles Simón Muñoz, soltera, de 40 años, que falleció en Zaragoza en 1974.

Antonio Simón Ramiro (Zaragoza 1931) y la primera de sus tres mujeres, María Luz Soria Ruiz (Vera de Moncayo, ¿?-Zaragoza, 18/04/1972), fueron los padres del doctor Fernando Simón Soria (Zaragoza, 1963), casado con María Romay-Barja. Son padres de tres hijos.

Simón y su mujer

Para terminar

María Salias, la bisabuela del doctor Simón, fue la partera más famosa de Biel. Todas eran mujeres sabias y bien experimentadas que acompañaban, o sustituían, a los médicos en los partos. Solía ser un oficio heredado de madres a hijas. Eran las que inscribían a los expósitos y a los hijos de padres desconocidos en el registro. En 1898, a los ochenta años, falleció Mariquita, la primera de la que tenemos noticia en el Registro Civil. En 1892, su hija Dionisia Muñoz Salias ya figuraba en algunos partos como sustituta de su madre. Y en los años cuarenta, una de las últimas fue Melchora de Matiero.

Carmen Romeo Pemán