Buenos propósitos

“Año Nuevo, vida nueva”. Yo sigo el refrán y la costumbre de hacer buenos propósitos para el año que comienza. Así que, cuando me planteo los nuevos objetivos, comienzo por un balance. Una costumbre muy generalizada entre los escritores de los blogs que sigo.

Soy poco dada a mirar hacia atrás y cada vez lo hago menos. Quizá porque lo que veo delante me gusta y por eso no me apetece perder el tiempo echando sal en heridas que curarán, antes y mejor, si no me dedico a lamerlas, a menos que sea para extraer enseñanzas de las experiencias, aunque no sean agradables.

Si la retrospectiva me recrea vivencias positivas, la cosa cambia. Soy de las personas que piensan que hay que dar mucho más peso a lo bueno. Eso siempre está en nuestra mano. Y a la gente positiva que conozco le suelen ocurrir más cosas buenas que a los pesimistas. O tal vez lo viven de otro modo, y por eso la balanza siempre se inclina a su favor. No aspiro a imitar a Paulo Coelho o a Jorge Bucay, a los que, dicho sea de paso, leo de vez en cuando y no me avergüenza decirlo, aunque sé que las cosas no son tan sencillas.

De todos los personajes mediáticos a los que leo me quedo con lo que me convence. Tengo ya una edad en la que mis criterios están bastante claros, ¡pobre de mí si no fuera así! Y puedo escribir con seguridad acerca de mis propias opiniones y experiencias sin recurrir a copiar y pegar textos. Voy, pues, a los propósitos que me he planteado y me basaré en lo que ya he dejado atrás.

Mejorar mi forma física

Topicazo donde los haya, lo sé. Pero no me negaréis que su ausencia en mi lista de deberes dejaría un hueco enorme. Tan enorme como algunos de los bizcochos que me he comido en estas fechas y que se han empadronado gustosos, en sentido literal y metafórico, en distintas regiones de mi anatomía.

Nunca he sido lo que se llama una sílfide. Ni de lejos. La tía de un noviete que tuve le decía a su sobrino que se había echado una novia que era demasiado “jaquetona” para él. Aquello me hizo sangre en su día y, no sé si por eso, o por otros motivos, el romance murió a los tres meses de nacer. Pero ser grandota y aparentar más edad también tiene sus ventajas. Con quince años, si me hacía un moño bajo, podía entrar al cine a ver películas para mayores de dieciocho años sin que me pidieran el DNI. Porque, aunque algunos jóvenes no se lo crean, hubo una época, allá en la prehistoria de hace no tantos años, donde esas cosas pasaban. En fin, para no irme por las ramas, diré que uno de mis buenos propósitos es recuperar mi línea perdida. Que tras dos partos y muchos años rellenita, conseguí hace unos pocos quedarme bastante mona, pero me fui relajando y… bueno, ya podéis suponer la continuación de la historia. Espero que, en enero de 2020, podré contaros otras cosas y, además, poner una foto mía cuando escriba un artículo parecido a este, jeje.

Escribir

Seguro que a este propósito le estaréis dando más credibilidad que al anterior, y no os culpo. Pero tengo que ponerlo aquí, porque echando la vista atrás me doy cuenta de que no me lo he propuesto nunca de modo consciente, como estoy haciendo ahora. No cabe duda de que es algo que vengo cumpliendo cada vez más y mejor y no me importa decirlo aunque alguien piense que es faltar a la modestia. Estoy orgullosa de mi trayectoria como escritora. He dejado de padecer el síndrome del impostor en cuyas garras había caído sin saber bien cómo. Así que ahora disfruto de mi recién estrenada salud como autora y me enfrento al agradable reto de mantener una continuidad en mi relación con la escritura. Porque es muy bonito participar en las redes sociales con mis relatos y artículos y encontrarme con esos regalos en forma de comentarios y de “me gusta” de personas que me leen. Algunos son de amigos y conocidos, pero otros, cada vez más, son de personas a las que no les pongo cara, pero que me leen, me escriben e interaccionan conmigo, me regalan su tiempo. Y eso es algo que, desde aquí, aprovecho para agradecer.

Este propósito de escribir va a tener este año mucho peso específico porque lo de escribir era y sigue siendo una meta. Y necesito plantearme objetivos concretos para alcanzarla. Meta y objetivos no son palabras sinónimas, y ya hablé sobre eso en este artículo de hace un año. Porque los objetivos son los adoquines que alfombran nuestro camino hacia la deseada meta. Y aquí, a riesgo de volver a parecerme a Coelho o a Bucay, tengo que deciros que la felicidad, en cuanto a escribir se refiere, la estoy encontrando en el camino y lo de la meta es más que nada un añadido teórico. No tengo que generar ingresos con la escritura, puesto que mi trabajo como médico es lo que me paga las facturas. Ni tengo una meta concreta del tipo “publicar mi primera novela”, o algo así, aunque lo cierto es que acabo de empezar a revisar el borrador de mi primer proyecto y tengo dos borradores más descansando hasta que les vuelva a poner la vista encima. Pero me he propuesto conceder más importancia a objetivos concretos. Por ejemplo, revisar al menos dos capítulos por semana del borrador. Y en ello estoy.

También pienso mantener mi ritmo de publicaciones en este Letras desde Mocade que es para mí una escuela y mi segunda casa, aunque sea virtual. Y, como Mocade nació gracias a las amigas a las que conocí en la Escuela de Escritores, en pocos días volveremos a ser compañeras de pupitre en el curso de Relato Breve que vamos a comenzar. Con la alegría añadida de que también se ha matriculado un compañero de cursos anteriores al que las mocadianas queremos mucho, y una compañera mía de sufridas guardias con la que me encantará compartir letras gracias a la proximidad que nos dará esta enseñanza on line.

Y yo creo que con esos dos propósitos voy bien servida. Todos los días del año son buenos para hacer borrón y cuenta nueva, pero en estas fechas parece que esa posibilidad de cambio se ve más al alcance de la mano.

Bueno, pues ya me contaréis cuáles son vuestros buenos propósitos. Los míos me gustan y me apetecen. Y eso es ya un estupendo comienzo.

¡Feliz año nuevo!

Adela Castañón

Imagen: Photo by Green Chameleon on Unsplash

Gregoria Brun, la maestra de Concepción Gimeno Gil

#nuestrasmaestras

Andaba buscando genealogías femeninas y cayó en mis manos La mujer española (1877), un libro de Concepción Gimeno Gil en el que dedicaba un capítulo a su maestra Gregoria Brun, cuando todavía vivía. Lo leí muchas veces y siempre me provocaba la misma emoción: por la grandeza de la maestra y por la generosidad de una alumna que en ese momento ya era una periodista famosa.

En varias publicaciones se hace referencia a ese capítulo, incluso se glosan algunas de sus partes, pero pocas lo transcriben y ninguna se acerca a la biografía de la maestra que lo inspiró.

Tendré en cuenta lo que otros han dicho, aunque, en mis palabras, pondré el énfasis en doña Gregoria y, para su biografía, recuperaré los datos fragmentarios que me ofrecen los archivos que he podido consultar. También daré cuenta de la convulsa vida de su familia, como consecuencia de los acontecimientos políticos del momento.

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La mujer española. Portada. 2

Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850-Buenos Aires, 1919), más conocida como Concepción Gimeno de Flaquer, por su matrimonio, en 1879, con el periodista catalán Francisco de Paula Flaquer i Fraise.

Fue una mujer adelantada a su tiempo: maestra, escritora, periodista, fundadora y directora de varios periódicos en España y América. Luchó por los derechos de la mujer y defendió un feminismo moderado. Buscó un punto medio entre las avanzadas ideas feministas y las tendencias tradicionales. Y lo encontró en la defensa de la dignidad intelectual y humana de la mujer.

Desde los cinco años hasta los dieciocho vivió en Zaragoza y fue a la escuela con doña Gregoria, de la que nos dejó este magnífico retrato:

Doña Gregoria Brun, que así se llamaba, era el tipo más acabado de la distinción y la superioridad: su estatura bastante elevada, su figura majestuosa. Como en la infancia lo más leve más impresiona, la suave severidad de mi directora, su noble altivez, su dignidad y hasta su belleza escultural contribuían a formar en mi fantasía una ilusión que me la hacía considerar como un ser superior, castigado a vivir en la tierra; como un ser algo más que mujer, cual una divinidad de los antiguos tiempos.

Favorecía a mi ilusión su carácter,  distinto completamente al de todas las mujeres, pues mi directora hubiera podido decir en voz alta: “Tengo el honor de parecerme más que a mí misma”.

Era sumamente original y, por eso, odiaba la rutina; su lenguaje era fácil, elevado y persuasivo, pero muy sencillo; jamás olvidaba que hablaba con la infancia.

Como su voz era buena, su palabra armoniosa y vibrante, conseguía apoderarse de nuestro corazón y nuestro criterio: mi afecto hacia mi directora era un culto.

Cuando se rodeaba de niñas, y ante un mapa nos explicaba geografía, parecía Minerva distribuyendo el pan de la inteligencia.

Sus ojos eran dos astros que arrojaban ígneo resplandor, porque asomaba de ellos el genio. Su frente espaciosa parecía trasparente cuando intentaba inculcarnos grandes ideas. Y su semblante, de líneas correctas y severas, pero nunca duras, se animaba al percibir que habíamos comprendido sus lecciones.

Tenía varias auxiliares pasantas, porque, como directora de la Normal, el mayor cuidado la consagraba a las jóvenes que estudiaban para maestras, pero nadie podía relevarla dignamente.

Encontrábamos pobre y confusa la explicación de la que la representaba. Y, como la sabiduría se impone tanto, a nadie concedíamos la respetuosa atención que a nuestra directora. Donde podían haberla admirado los hombres más eminentes, era en las clases de las aspirantes al título de maestra. El número de estas era inmenso, y entre ellas se encontraban algunas de más edad que mi directora. Otras sumamente ilustradas. Bastantes de familias aristocráticas, que, sin necesitar esa carrera, anhelaban un título que tanto enaltece a la mujer y que es el único que no le está vedado en España.

Como siempre he tenido afición de aprender, en las horas de recreo abandonaba los juegos infantiles y me ocultaba en un rincón del salón de las maestras para escuchar a mi directora en las clases superiores. Entonces lucía ella sus vastísimos conocimientos, su elocuencia ciceroniana, sus brillantes disposiciones para la oratoria. Aquel auditorio exigente se entusiasmaba tanto que, inconscientemente y turbando el silencio de los regios salones de aquella gran escuela, prorrumpía en bravos y aplausos, cuyo eco detenía por un momento el bullicio de las traviesas niñas que revoloteaban por los patios destinados a correr y jugar.

Aquella sublime mujer dominaba con la palabra a más de cien mujeres despejadas, altivas, orgullosas, audaces o irónicas las más.

Un día me sorprendió oculta por el caballete de la pizarra en un ángulo del salón. Y, al observar mi atención y verme convertida en estatua, del asombro, por la expresión de mi rostro, me concedió el título de oyente. Y desde entonces tuve un puesto en el salón de aquella clase, cuyas alumnas estaban cursando el último año de la carrera.

Confieso que me enorgullecí ante tal deferencia y me di toda la importancia que pude entre mis condiscípulas. Este rasgo era, indudablemente, un desbordamiento de mi amor a la gloria.

Mi directora era una gran literata, pero sus ocupaciones no le permitían escribir libros. Se limitaba a transmitir su ciencia a nuestro entendimiento.

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Al salir del colegio, mi directora tuvo una gran pena. Sus primeras deferencias para conmigo se habían trocado en cariño.

Más tarde, cuando he obtenido algún triunfo superior a los triunfos escolares, mi directora ha gozado extraordinariamente en ese triunfo. Y yo jamás la he olvidado.

Afortunadamente existe todavía, aunque no sé si se halla al frente de aquella escuela de maestras y niñas. Sean estas líneas el eco de mi agradecido corazón a sus beneficios, el débil testimonio de mi entusiasmo y cariño eternal.

¡Benditas maestras!

¡Cuántas veces debemos a una maestra un porvenir lisonjero, una brillante posición social!

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Gregoria Brun Catarecha (Hecho, Huesca, 1833–Zaragoza, 1885) era la segunda hija de Juan Brun Val y María Josefa Catarecha López. Sus abuelos paternos fueron Mariano Brun y Juliana Val. Y los maternos, Agustín Catarecha y Teresa López. En 1831 había nacido  su hermano Juan Manuel.

Su padre, Juan Brun Val, administrador de la aduana de Siresa, falleció en 1834, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en los violentos sucesos de Hecho.

El día 27 de junio, huyendo del poder de los facciosos, fueron asesinados, D. Juan Brun Val, administrador de Siresa, residente en Hecho, D. Mariano Brun primo del anterior, hacendado, y D. Juan Antonio Pétriz, hacendado. (Cfr. La Revista Española, 12 de julio de 1834)

En 1837 la madre de Gregoria se volvió a casar y un tutor, Juan Antonio Brun, se hizo cargo de la educación de los dos hermanos. Ese año, a instancias del tutor, las Cortes permitieron que la pensión de viudedad de Doña María Josefa Catarecha, 750 reales, pasara a sus dos hijos, Juan Manuel y Gregoria, menores de cinco años.  Esta pensión había sido otorgada por la valentía con que don Juan Brun y Val se había batido en la defensa del valle contra los carlistas. (Cfr. La Gaceta de Madrid, 7 de noviembre de 1837)

Gregoria debió de estudiar en una escuela privada de formación de maestras. Su hermano cursó los estudios en Huesca: bachillerato, en el Instituto Ramón y Cajal, y Magisterio en la Escuela Normal de Maestros.

En 1856 se creó en Zaragoza la Escuela Normal de Maestras y Gregoria, a sus veintitrés años, fue la primera directora y la primera maestra de una escuela pública del Ayuntamiento, que estaba anexa a la Normal.

Según la Guía de Zaragoza de 1860, dirigía una escuela laica del Ayuntamiento en la plaza Linán, 181, en la que se estudiaba para ser maestra. En esa escuela tuvo de alumna a Concepción Gimeno Gil.

En Zaragoza conoció a su futuro marido, Joaquín Lacambra Murillo, otro montañés, un farmacéutico carlista de Coscojuela de Sobrarbe, que tenía abierta una de las cinco Farmacias Centrales de España, en la calle Don Jaime Primero, 61. En 1865 figuraban juntos en varias colectas para bienes sociales. En 1866, Valentín Zabala Argote, un maestro zaragozano, en su libro La organización de las escuelas, la citaba como Gregoria Brun de Lacambra. Ese mismo año nació su hijo, Joaquín Lacambra Brun, un brillante abogado que estudió derecho en Zaragoza y llegó a ser Magistrado de la Audiencia Nacional.

En 1875 su carrera docente se vio alterada unos meses. Estuvo suspendida de empleo y sueldo en Estella:

La directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, ha sido desterrada a Estella por haberse negado a firmar no sabemos qué juramento (Cfr. El Magisterio Balear, 4 de septiembre de 1875, p. 6).

Esta ausencia pudo estar condicionada por las consecuencias de la insurrección de su marido en Cantavieja (Teruel). En 1876 volvió a su cargo de directora de la Escuela Normal de Maestras y a ejercer de maestra de la escuela aneja.

Joaquín Lacambra Murillo fue un boticario muy brillante, conocido en toda España, no olvidemos que tenia una Farmacia Central, por sus pastillas febrífugas. En la Exposición Aragonesa de 1868, obtuvo una mención honorífica por su jarabe de rábano yodado. Pero, por encima de todo, fue un carlista convencido y una persona influyente. Difundió su ideología como redactor de Perseverancia, un periódico fundado en 1867 por Bienvenido Comín y Sarté, jefe del partido carlista en Zaragoza. Y en 1870 dirigió La Concordia, un nuevo periódico destinado a la misma causa.

En 1873, con motivo de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), lo nombraron gobernador de Cantavieja, responsable de un hospital de sangre y director de la escuela de cadetes que se estableció allí para formar oficiales. En 1874 provocó una insurrección de dos batallones contra don Alfonso de Borbón y fue sometido a un consejo de guerra, en el que lo condenaron a muerte. Pero los informes médicos lo declararon demente y, en lugar de fusilarlo, lo llevaron preso a la cárcel de La Cenia (Tarragona).

En 1885 doña Gregoria Brun Catarecha, a los cincuenta y dos años, falleció víctima del cólera en plena actividad profesional.

En 1886, para cubrir su vacante, nombraron directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a Pilar Lacambra Brun, que había sido Regente en los años anteriores. La coincidencia de apellidos me hace pensar en su hija, pero para asegurarlo tendré que esperar alguna documentación que lo acredite.

En la memoria colectiva quedó una brillante profesora que educó a muchas generaciones de maestras y permaneció en el recuerdo de alumnas como Concepción Gimeno Gil.

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Antonio Martínez Valero me sugiere que Pilar Lacambra Brun era hija de Gregoria Brun, dada la coincidencia de datos familiares que se desprenden de la esquela que publicó La Vanguardia.

Pilar Lacambra Brun

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Fuentes principales.

Documentos de varios archivos provinciales y locales.

Noticias de la prensa histórica.

Domínguez Cabrejas, Rosa María (1989): Sociedad y educación en Zaragoza durante la Restauración (1874-1902). Ayuntamiento de Zaragoza, Vol. I y II.

Gimeno Gil, María de la Concepción (1877): La mujer española, estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales. Prólogo de Leopoldo Agustín de Cueto. Imprenta y librería de Miguel Guarro. Propiedad de la autora.

Pintos, Margarita (2016): Concepción Gimeno de Flaquer. Del sí de las niñas al sí de las mujeres. Plaza y Valdés Editores.

Romeo Pemán, Carmen (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó,  Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en:

http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Imagen principal: La desaparecida Universidad de Zaragoza de la plaza de la Magdalena. Archivo GAZA, Ayuntamiento de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

Una buena noticia

En estos días han ocurrido dos cosas que me han hecho reflexionar, y quiero compartir con vosotros mi opinión. Una ha sido la celebración, el pasado 3 de diciembre, del Día Internacional de las Personas con Discapacidad. La otra, una noticia aparecida en la prensa local de mi ciudad, uno de cuyos protagonistas es mi hijo.

Compartí la noticia en mi Facebook y me ha emocionado recibir más de cien interacciones, con el consabido “me gusta” o “me encanta”. Y esa gran cantidad de respuestas me ha inspirado este artículo. Por una parte para agradecer el apoyo de todas esas personas. Y por otra para contribuir a seguir dando visibilidad a quienes tienen necesidades especiales y a toda la gente que trabaja para que su vida sea tan plena y feliz como la del resto de la humanidad.

En 1992 la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) estableció una efeméride para informar y concienciar a la sociedad sobre la realidad de la vida de las personas con discapacidad, incidiendo no solo en sus necesidades, sino también en los beneficios que aporta su integración en todos los ámbitos de la sociedad, para ellos y para el resto de los que nos llamamos “normales”. En estos más de veinte años existen términos que todavía siguen generando confusión, y sobre ellos quiero hablar. La noticia cuya imagen comparto es un ejemplo magnífico para aclarar ideas sobre cuatro conceptos importantes: exclusión, segregación, integración e inclusión.

Exclusión

Según el Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo, la exclusión social es el proceso mediante el cual los individuos o grupos son total o parcialmente excluidos de una participación plena en la sociedad en la que viven. El concepto surgió en Francia, en los años 70, y hacía referencia a un 10% de población que vivía al margen del resto y que incluía grupos como discapacitados, ancianos, niños víctimas de abusos y toxicómanos.

Es un concepto muy amplio, multidimensional, que no voy a desarrollar en profundidad, pero en esencia supone la marginación de una serie de individuos que, por decirlo de algún modo, se volverían semi invisibles para el resto de la sociedad.

Las personas excluidas carecerían así de los derechos, recursos y capacidades básicas que les darían acceso al mercado laboral, a la educación, a sistemas de salud y protección social y a todo aquello que hace posible una participación social plena.

En el contexto de la Unión Europea la exclusión social es un factor clave a la hora de abordar las situaciones de pobreza, desigualdad, vulnerabilidad y marginación que padece parte de la población y entre las que se incluye el grupo de personas con discapacidad o con necesidades especiales.

Segregación

Según la ONU, se puede considerar segregación a cualquier acción que pretenda de manera clara y contundente someter a personas a torturas, que les niegue el derecho a la vida y a la libertad, que divida a la población por razas, que impida que determinados grupos raciales participen en la vida social y que les imponga una serie de condiciones vitales que vayan destinadas a hacer desaparecer a aquellos.

Aunque la exclusión y la segregación tienen muchos puntos en común, uno de los matices que las diferencia es el de grupo. Si la exclusión se lleva a cabo de modo individual, la segregación se ejerce de modo más colectivo contra determinadas minorías, ya sean religiosas, sexuales o de otro tipo, aunque pueda darse a veces el caso inverso, como cuando la minoría blanca de Sudáfrica estableció las condiciones del apartheid contra la mayoría de color.

Integración

Esta palabra, de origen latino, conlleva la acción y el efecto de integrar o integrarse, es decir, de constituir un todo con muchas partes que pueden estar ausentes, o de hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo. Así entendida, la integración vendría a ser lo opuesto a la discriminación, es decir, la acción y el efecto que involucran a muchos factores con el fin de agrupar a personas pertenecientes a distintos grupos, colectivos o creencias, desarrollando la tolerancia para que toda esa diversidad tenga cabida en el todo. Así, en el proceso de integración, un determinado elemento se incorpora a una unidad mayor.

Hasta aquí, la cosa va mejorando. Y parecería que el paso siguiente, la inclusión, es casi un sinónimo de la integración. Pero si profundizamos un poco veremos que no es así, y conviene llamar la atención sobre ese dato.

Cuando se habla de integración del colectivo de personas con discapacidad, nos encontramos a veces con que hay niños con discapacidad que pueden estar en una clase, por ejemplo, pero no llegan a ser parte activa en muchas de las acciones que llevan a cabo sus compañeros sin discapacidad. Es decir, están “dentro” del aula, pero se les destinan espacios exclusivos o tareas diferentes. En ese sentido, lo que en principio podría parecer algo positivo, corre el riesgo de convertirse en algo que no lo es tanto porque en el fondo acabaría fomentando la discriminación.

Y eso me lleva al cuarto concepto que considero el más importante.

Inclusión

Aunque esta palabra se emplea a veces como sinónimo de la integración, tiene con ella diferencias importantísimas. Si la integración ponía el acento en el individuo diferente, la inclusión, por el contrario, persigue que todas las personas participemos y compartamos los mismos ámbitos. No se centra tanto en el individuo que se sale de la norma, como en adaptar el ambiente a las distintas personas. Porque si el que es diferente tiene problemas o dificultades para participar en las tareas, entonces es el ambiente el que debería modificarse o adaptarse llevando a cabo los ajustes necesarios.

La inclusión se centra en las capacidades de la persona en lugar de hacerlo en su diagnóstico o en su discapacidad. Y si nos referimos al ambiente educativo o laboral, no se dirige a la educación especial o a meras actividades ocupacionales, sino a la educación en general y al mercado laboral en toda su amplitud, aunque para eso no baste con algunos cambios superficiales y el sistema deba sufrir profundas transformaciones.

Si solo nos basamos en principios como la igualdad o la competición, estaremos abocados al fracaso. Hay que ir más allá e incorporar también los principios de solidaridad, cooperación y equidad, que no es lo mismo que igualdad. No se trata de dar a todos lo mismo, sino de dar a cada uno lo que necesita para disfrutar de los mismos derechos y oportunidades. Porque no es justo intentar cambiar o corregir a los que son diferentes, y sí lo es, en cambio, intentar enriquecernos y enriquecerlos en base a sus diferencias, ya que la inclusión no disfraza unas limitaciones que son reales. Lo que hay que modificar no es al niño o a la persona diferente, sino las barreras que impiden su acceso a participar en el ambiente educativo, social o laboral.

Para terminar

Si habéis leído hasta aquí, comprenderéis que la noticia que he compartido con vosotros es un ejemplo a seguir en cuanto a poner en práctica la inclusión. FUNDATUL es una fundación tutelar que contacta con empresas que ofrecen a personas con discapacidad la oportunidad de trabajar dentro de los mismos ámbitos que los demás. Las personas realizan entrevistas, aprenden a llevar a cabo las tareas de los distintos trabajos y se suman a actividades acordes a su perfil, para lo cual se realizan las adaptaciones necesarias en el ámbito laboral con apoyos y ajustes razonables.

Ojalá haya más organizaciones y empresas que se sumen a iniciativas como la de FUNDATUL. Mi hijo Javier está orgulloso de su oportunidad, y lo cito textualmente, para “prepararse para el mundo laboral”, gracias a las prácticas que realiza en Worten. Pero si faltaba una guinda para este pastel, os cuento que tengo una paciente que trabaja en esta empresa y el otro día, cuando vino a mi consulta, me dijo que ojalá muchos de los chicos se queden porque da alegría trabajar con ellos, y cito también textualmente, “por la buena disposición que tienen, lo pronto que lo pillan todo y las ganas de trabajar que demuestran”.

¿Verdad que el título del artículo le hace honor al texto? Para mí, al menos, que pasen cosas como esas es, rotundamente, una buena noticia.

Imagen tomada de Internet

Javier Plaza y su Canción de otoño al Pirineo

Javier Plaza, un alumno del Instituto Goya de Zaragoza, de mi instituto, hace unos meses llamó a mi puerta con su segunda novela.

—Hola, Carmen, me gustaría que me presentaras Canción de otoño.

—Por supuesto, cuenta conmigo.

Como profesora de literatura, no pude sentirme más emocionada.

—Podría ser la semana que viene.

—No, dame tiempo. Tendré que releerla con calma.

Y ese fue el gran regalo. El tiempo para una relectura pausada. Tan pausada que en muchos pasajes me sorprendía a mí misma leyendo en voz alta. Entonces pensaba: ¡claro!, es una canción.

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Javier Plaza y Carmen Romeo en el Instituto Goya. Presentación de La urraca en la nieve

Me había puesto en plan lector y no tomé ni una nota. Pero me dejó una huella tan marcada que me ha permitido redactar estas líneas.

 

 

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Desde la primera página un narrador omnisciente nos acompaña hasta la mente atormentada de Rosa y entona una triste canción de amor y muerte. Un canto lírico a los Pirineos. Y todo transcurre en el final de la guerra de la Independencia, cuando los personajes aún tienen abiertas las heridas de unas batallas inútiles.

Empezamos luchando contra los ingleses, con los franceses de nuestro lado, y ahora nos tienen que ayudar los ingleses a echar a los franceses. Tal vez mañana se unan y se repartan el país (p. 123).

Javier Plaza, con la seguridad de un narrador que ya se hizo adulto en La urraca en la nieve, selecciona las técnicas narrativas que mejor convienen al tema y al entorno. Si en La urraca estaba asombrado por el mundo impresionista, en Canción de otoño inmortaliza los valles del Pirineo y a sus gentes con la estética de los impresionistas.

El otoño, en realidad, El otoño en Argenteuil, era el nombre de dos cuadros. Uno de Claude Monet y otro de Pierre-Auguste Renoir. Y, siguiendo la lección de estos grandes maestros, encontramos las pinceladas y los colores de la rivera del Sena en las tonalidades otoñales del Pirineo Aragonés.

La bruma, que se aferraba a los barrancos y se enraizaba en lo frondoso del bosque, ya no levantaría hasta la mañana siguiente y ocultaba, en gris, los amarillos, los ocres y los rojizos (p. 12).

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La bruma en el bosque del Señor de Fanlo. Foto de Javier Plaza, 2018.

El título

Canción de otoño parece un acortamiento de Canción de otoño en primavera, el título de un poema de Rubén Darío, incluido en Cantos de vida y esperanza (1905). Como en el poema, la voz narrativa se mueve entre la añoranza de los viejos amores del pasado y el desencanto de haber perdido los años jóvenes. La experiencia amorosa va de la inocencia al desengaño y a los excesos. El final, como el último verso de Rubén Darío, mas es mía el Alba de oro, se abre a la esperanza.

Canción de otoño es un título que sugiere más que dice. Es una canción poética que lleva el eco de los trovadores medievales. Aquí en el Pirineo, como allá en Provenza, los poetas hablan de amores truncados, de anhelos casi imposibles. Aquí y allá, las belles dammes sans merçi se pasean por escenarios bucólicos.

Cuestión de ritmo

Hay novelas que respiran como gacelas y otras que respiran como ballenas, o como elefantes. (Umberto Eco, Apostillas al nombre de la rosa).

La respiración lenta de Canción de otoño tiene que ver con su lirismo, con los abundantes pasajes descriptivos y con las reflexiones sobre la vida interior de los personajes que se cuelan en sus páginas.

El tiempo narrativo

El presente y el pasado de los personajes, las acciones paralelas y el tiempo detenido son fruto de un rico juego temporal.

Como en Doña Rosita la soltera de Lorca, la acción comienza y acaba en el prólogo. Durante toda la novela, la protagonista conserva un tiempo interior estático, tan real para ella como el tiempo externo.

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Foto de Javier Plaza.

En esta novela se narra un fragmento de la vida de Rosa, solo cinco años, desde 1810 hasta 1815. Y los acontecimientos de estos cinco años se combinan con los recuerdos de su pasado en el Valle de Vió y con los de los Sitios de Zaragoza. Y, a su vez, todo está recordado desde un tiempo posterior sin fechar. En el epílogo la voz de Alfonso, su marido, le pide que recuerde, que no olvide.

 

La disposición cronológica

Los capítulos se disponen como en una novela histórica y eso nos hace pensar en una narración lineal.

  1. Prólogo. Otoño. Rosa ha vuelto al valle.
  2. Primavera. Con los recuerdos de los Sitios de Zaragoza nace el conflicto dramático: la muerte de su hijo, Gabriel, y de su marido, Alfonso.
  3. Verano. Escenas del valle.
  4. Invierno, primavera y otoño. El tiempo detenido. Aparece Mateo.
  5. Primavera y verano. Viaje a Zaragoza. Mateo en un lugar relevante.
  6. Otoño. Una boda es el símbolo de la puerta a la esperanza.

Sin fecha. Epilogo. En un tiempo posterior. Desde allí se ha recordado toda la novela.

Todo en un tiempo recordado

El encaje temporal es fruto de una tupida red de recuerdos que se encadenan. El olor de los plateros en Zaragoza le trajo a la memoria a Gabriel y a las veces que lo había recordado en Fanlo.

El difuminado olor de la plata ardiente también le golpeó el corazón con la misma crueldad de aquella tarde en que creyó ver a su Gabriel entre los chiquillos de Fanlo (p. 181).

Le basta un detalle para evocar las costumbres ancestrales, la que aún forman una parte importante de la vida del pueblo.

La casa Quílez hacía las veces de taberna en la noche de los sábados, y en ella se reunían los hombres del pueblo, sólo los hombres (p. 241).

Elementos de composición: la trama y las subramas

Javier Plaza vuelve a una estructura clásica, como en La urraca. Comienza por el desenlace, sigue con el planteamiento, el nudo y el desenlace ampliado. Acaba con el cierre.

En el prólogo encontramos un aparente desenlace: Rosa ha vuelto al valle y pasea por el bosque acompañada de unos recuerdos que le humedecen los ojos. Una voz la saca de su ensimismamiento y la devuelve a la vida. En el planteamiento y el nudo, predomina el tiempo presente de la protagonista: su nueva etapa en el Pirineo y el viaje a Zaragoza. El desenlace lo ocupan las relaciones tormentosas con Mateo. Y el cierre, el epílogo, una voz del más allá para que sea feliz, sin olvidar su pasado.

Consigue mantener la tensión dosificando los acontecimientos. Adelanta las situaciones de forma sutil, pero no cuenta antes de tiempo. Por ejemplo, habla del viaje que prepara Rosa¸ pero en ningún momento sospechamos el motivo. Solo lo descubrimos al final. Y el lector se sorprende cuando Pedro María Ric explica cómo habían dispuesto todo con mucha antelación.

Los puntos de giro están estratégicamente calculados para seguir sorprendiendo al lector. Nadie podría pensar que Mateo fuera un viejo conocido de don Pedro María Ric. Y hasta el desenlace no entendemos la despedida de la condesa de Bureta cuando le dice a Rosa que es joven y que tiene que pensar en su vida futura, como hizo ella.

Las subtramas

La línea argumental está enriquecida con los recuerdos de los personajes y las subtramas que la prolongan. De esta forma el tejido narrativo se densifica y se amplía el horizonte social de la novela.

Tronco de una navata

Los troncos de una navata. Foto de Javier Plaza

La relación de Rosa con la condesa de Bureta es una subrama importante. A través de la Condesa entran los personajes ilustres. Y Rosa se convierte en una heroína de los Sitios. De su mano conocemos los horrores de la guerra. Unos horrores como los de las pinturas negras de Goya, como los de la Zaragoza de Galdós y como los de La Artillera de María Ángeles de Irisarri.

La boda de Simón y Cecilia, la vida y el arte de los navateros, la subida de los rebaños a puerto, la bajada a la Hoya de Huesca y los episodios de las gentes del valle son subtramas que interesan por sí mismas y que aportan mayor sentido a la vida de Rosa.

Una historia de vida

En las primeras páginas ya percibimos que es una historia de vida, enmarcada y amplificada con digresiones ornamentales. Las digresiones o epífrasis consisten en ir abriendo unas anécdotas dentro de otras. En ir formando una tupida red de relaciones entre muchos personajes del valle hasta crear una especie de marasmo. Casi nos mareamos con las peripecias de los habitantes de las casas del valle. Los familiares que se acercan desde los pueblos vecinos a darle el pésame a Rosa la hilvanaban con su familia, con su casa, con su valle y con su vida (p. 29). Así afloran las relaciones ancestrales entre las familias. La novela se puebla de abundantes personajes que van configurando la epopeya del valle.

Los niños de la casa Barrau, pelirrojos, andaban siempre apedreando a los gatos y no había anciano en el pueblo que no les hubiera dado con el bastón, y los niños de la casa Borruel eran los más listos del valle y habían bajado a Boltaña a estudiar con un tío, que era jesuita, y hacía poco se habían ido con él a Italia, y los de la casa Clara, pastoreaban ya antes de andar y conocían todas las plantas, y por eso decían que su abuela, Anselma, era bruja (p. 247).

También sabemos de la crecida del río Bellós que se llevó la rueda del molino de Ansó e hicieron falta tres bueyes y una docena de hombres para que de nuevo la muela moliera (p. 14).

Poco a poco se van encadenando los acontecimientos como en los cronicones medievales. A final todo alcanza una dimensión épica en la que es imposible distinguir lo real de lo ficticio.

Una novela histórica

Los hechos históricos son el cañamazo sobre el que se teje la vida de Rosa. La originalidad descansa en el nuevo enfoque de los Sitios de Zaragoza y de las partidas de guerrilleros en todo Aragón. También la historia está recordada. Las batallas se cuentan desde el final del dominio napoleónico en España. Y redime la historia con la ironía.

En el fondo no somos tan buen negocio, este es un país arruinado. Nos invadieron casi por casualidad, porque se lo encontraron hecho (p. 28).

Un drama de amor y muerte

Canción de otoño es también un drama de amor y muerte. Un conflicto entre la tradición hispánica del amor más allá de la muerte y el instinto de la sangre. Un drama poético que nos trae a la memoria el soneto de Quevedo, Amor más allá de la muerte, y los versos del Romance de la Fontefrida:

—Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor.

—Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde,  ni en prado que tenga flor.

Rosa, como la tortolica viuda del romancero, es un personaje dramático. Está azotada por el dolor del pasado y atormentada por el nuevo amor que llama a la puerta:

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Las escaleras de la casa de la Pardina del Señor de Fanlo. Foto de Javier Plaza

Rosa caminaba ya escaleras arriba, asfixiada, agotada, escuchando a aquella voz angustiada que la perseguía y la golpeaba (p. 243).

Como doña Rosita de Lorca es mansa por fuera y requemada por dentro, y se deshace en un mar de dudas y contradicciones.

Su mayor crisis personal coincide simbólicamente con la muerte de Napoleón, con el final de una etapa. En esta novela la historia y la vida van paralelas.

Una novela costumbrista

Canción de otoño es una novela costumbrista que supera el baturrismo. Cambia el punto de vista folclórico por el antropológico. Por los poros de sus páginas respira una documentación concienzuda y un conocimiento exhaustivo del Pirineo y de sus costumbres. Y todo está hecho con un gran amor a la tierra y a sus gentes.

Con vocación de antropólogo describe una pardina casi abandonada. La casa está en condiciones, tuve que retejar y tapar una grieta, pero el resto, muy abandonado. En el granero entra el agua, sobre todo en la parte de atrás, y el muro del corral se vendrá abajo cualquier día. La ermita está algo mejor, pero también con grietas (p. 143).

Bosque de la Pardina del Señor de Fanlo. Por Javier paza

Bosque de la Pardina del Señor de Fanlo. Foto de Javier Plaza

Rescata el mundo de los tratantes de madera y de los navateros. Tratantes viejos y resabiados, astutos como hurones y curtidos en generaciones de negociar con las serrerías, con los peones, con el Cinca y con el bosque (p. 124).

Este costumbrismo montañés nos trae a la memoria escenas de José María de Pereda y de los mejores realistas del siglo XIX.

Los leñadores no se quejan de su suerte porque ven a los navateros entrelazar los troncos con las sargas, en las playas del río, y subirse sobre ellos para empaparse durante días en las aguas heladas (p. 140).

Una novela romántica

Como en el Romanticismo, el paisaje deja de ser un telón de fondo y subraya los sentimientos de los personajes. Los elementos de la naturaleza se convierten en una metáfora de situación continuada.

Salieron a su encuentro las hojas redondeadas que el otoño hacía volar (p. 117).

Rosa, una hoja otoñal, también pondrá su mirada en un álamo frondoso.

Ruinas románticas

Edificios  propios del Romanticismo. Ruinas de la casa de la Pardina del Señor de Fanlo. Foto de Javier Plaza

De gusto romántico son las leyendas y mitos de los Pirineos, muy explicitadas en un pasaje en el que cuenta que Pyrene fue amada por el poderoso Heracles, que las Tres Hermanas se convirtieron en roca. Que Rolando huyó herido de Roncesvalles y que Mandrónius era  el gigante bueno de Garós (p. 162).

Como Javier Reverte, conoce el presente y el pasado de los paisajes que pisa. Los personajes de carne y hueso conviven con los héroes legendarios. Así los héroes y el paisaje cobran vida y las vidas se inmortalizan.

La importancia del paisaje

El paisaje se personifica y llega a detener el avance narrativo.

Caía una nieve perezosa, monótona e indiferente que con su constancia escondía los matices de cada tejado y de cada casa (p. 79).

Otras veces las descripciones enmarcan anécdotas narrativas breves, pero importantes.

En Zuera en la casa de Domingo Used supieron de la rendición del fuerte de Benasque; apenas quedaban ya algunos franceses por Cataluña (p. 179).

Casi todos los capítulos comienzan por una ambientación espacio-temporal. Se sirve de cualquier detalle para evocar un paisaje completo.

Desmenuzó entre sus dedos una diminuta rúsula que había asomado entre el mar de hojas porque quiso sentir el calor en su tallo. El aroma amargo y húmedo se impregnó en su piel (p. 11).

El paisaje y el ambiente humano se funden y se confunden. Florecen los cerezos y vuelven los mozos de las partidas aprovechando el privilegio de Palafox que les permitía regresar al valle a defender el boquete de Góriz cuando se derretían las nieves. Los pastores suben los rebaños al puerto y con ellos se mezclan los chicos que llevan munición a las partidas de guerrilleros.

La verosimilitud de los nombres propios

Los nombres propios nos acercan a un mundo familiar y conocido. El narrador lleva toda la geografía y todas las casas del valle en la cabeza. Muchos párrafos son dignos de figurar en las guías del Pirineo. Porque, aunque no sean reales, son verosímiles.

Se desbordaba el barranco de Comairal, el de Cortaravalle y el del río Chate, (…) El uno hablaba de los llanos de Planduviar, del batán de Lacor y de las tierras de Jánovas y Boltaña, y el otro de sus cabriolas bajo la ermita de San Úrbez, de los farallones del cañón de Añisclo y de Laspuña (p. 16).

Para terminar

Canción de otoño es una novela rica y polisémica. No se deja constreñir en un género ni adscribir a un estilo. De todos participa y en ninguno se encasilla.

Es difícil distinguir lo real de lo ficticio. No sabemos dónde acaba lo histórico ni dónde comienzan las leyendas de lo local. De esta forma lo local se transforma en universal de forma natural y verosímil.

El narrador, sin prisa, ha ido adaptando su discurso a los acontecimientos del valle y de la guerra. Y todo en una estructura musical que produce gran deleite cuando el oído se acostumbra al ritmo narrativo.

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Foto de Javier Plaza

  • Las hayas parecen celebrarlo y comienzan a colorear sus hojas en amarillo y anaranjado, y a volarlas como cometas para que desciendan diminutas hasta el río, rodando sobre el musgo (p. 133).

Maravillado por la naturaleza y la vida del Pirineo, adapta su discurso a las texturas, a los colores y a los olores de la naturaleza. El resultado es un bel canto que nos llena de emoción.

De balada la califica Antón Castro en el prólogo que precede a la novela.

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Francisco Javier Plaza Beiztegui (Pamplona, 1974) estudió bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Se licenció en Derecho y se diplomó en Ciencias Empresariales, en la Universidad de Zaragoza.

Es autor de varios relatos cortos: La otra noche, Ya me olvidé de ti y El germen. Con este último, ganó el III concurso de relatos cortos en contra de la violencia machista del Ayuntamiento de Terrassa.

Es colaborador habitual de dos webs literarias, La boca del libro y Lecturas Sumergidas.

Ha publicado dos novelas:

La urraca en la nieve. Ediciones Hades, 2014.

Canción de otoño. Autoedición, 2018.

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Imagen principal: Bosque del Señor de Fanlo en otoño. Fotografía de Pablo Pérez Álvarez, publicada por Javier Plaza en su página de Facebook.

Carmen Romeo Pemán

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Cartel Alagón

¡Buenas tardes!

Antes de comenzar quiero dar las gracias a Javier Plaza y a Inma Callén, por haber pensado en mí como acompañante en esta presentación.

Estoy encantada de volver a esta biblioteca con este grupo de lectores tan motivados. Y con una bibliotecaria tan dinámica. Aquí me siento como en mi casa. Recuerdo con mucho agrado vuestra cariñosa acogida de hace dos años cuando vine a presentar a Teresa Garbí.

Y antes de seguir quiero daros la enhorabuena por todos esos premios y reconocimientos que vais cosechando sin cesar. Sois un orgullo para las Bibliotecas Aragonesas.

También estoy encantada de volver a presentar a Javier Plaza, a quien ya le presenté su primera novela, La urraca en la nieve.

—¡Javier! No sabes la alegría que me diste el día que me escribiste para ver si quería venir contigo.

Conocí a Javier en el Instituto Goya a finales de los años 80. Pero no tuve la suerte de ser su profesora de Literatura. ¡Lo que me perdí!

Su profesor, Luis Gómez Egido, me hablaba de él y de sus aficiones literarias. Hoy me gustaría tener un recuerdo para este gran profesor, que hace más de dos años que se nos fue de repente.

 Fui su compañera de curso en la Facultad y treinta años compañera de Departamento en el Instituto Goya, de él y de su mujer, Francisca Soria. Sea este mi reconocimiento y mi homenaje.

En el instituto veía a Javier por los pasillos y, además, frecuentaba el Departamento de Lengua y Literatura. Solía venir con una compañera de curso, Clara Fuertes, hoy también escritora. Dos alumnos con clara vocación literaria, que orientaron sus estudios en otra dirección.

Javier es abogado. Y algo se nota en el estilo de sus novelas. Sobre todo, en el gusto por el detalle preciso junto al circunloquio de gusto ciceroniano. En algunos párrafos sus oraciones hacen nidos, y consigue un ese estilo envolvente que tanto le gusta a Muñoz Molina.

Javier, además, es una firma nueva, una firma aragonesa que promete mucho. Hace solo cuatro años, publicó su primera novela, La urraca en la nieve, que no dejó a nadie indiferente. Después leer La urraca, un paseo por el París de finales del siglo XIX, a través de los ojos de los pintores impresionista, nos acercamos a estos pintores con otra mirada. Las descripciones de los cuadros salpican todo el libro. Yo las leía con los cuadros delante. Y me sorprendía la capacidad que tiene Javier para repetir un cuadro con palabras. En su novela se hacía realidad la máxima de Horacio: Ut pictura poesis (Como la pintura, así es la poesía)

Y algo de esto habréis notado en Canción de otoño. Nunca los paisajes aragoneses se habían descrito con una sensibilidad semejante. Vemos los paisajes del Pirineo aragonés cambiantes con la luz, los tonos del otoño y los detalles están seleccionados como si fueran los trazos del puntillismo. Las descripciones, de una gran voluntad poética, son los momentos en los que la novela remansa su ritmo y nos invitan a la relectura. Y, después, cuando vemos las magníficas fotografías de Javier, entendemos que en su retina la pintura y la vocación poética se funden.

La estructura de La urraca, esa mezcla de diario evocado, con un encuadre histórico, está detrás de la nueva estructura de Canción de otoño.

En fin, podría ir señalando más rasgos de unas novelas que me he leído con atención y pasión. Con estos que he señalado, quiero apuntar al arte literario de Javier. Creo que ya ha encontrado su voz y su estilo. Su coherente mundo narrativo y sus sólidos recursos literarios le dan una personalidad de escritor, que ya se ha consolidado en estas dos novelas.

Pero hoy hemos venido a hablar de Canción de otoño.

Poco nuevo os puedo decir. Ya apunté lo fundamental en el artículo que le dediqué la semana pasada en Letras desde Mocade, el que precede a esta presentación.  Ese que veo, para mi sorpresa, que todos lo lleváis fotocopiado. ¡Gracias!

Allí, para no hacer de spoilar (destripar la novela), no hablé del desarrollo narrativo. Mantuve una complicidad con los silencios del autor. Así que, hoy que todos habéis leído la novela, apuntaré algo que me callé. Para situarnos todos en el mismo punto, comenzaré contando el argumento de forma sucinta.

Rosa, la Señora de Fanlo, en el otoño de 1810, a sus 33 años, al año de su vuelta a Fanlo, en un paseo por el bosque evoca los acontecimientos que habían cambiado su vida. A partir de ese momento intentará reordenar de forma intercalada los acontecimientos desde 1811 hasta 1815. Es decir, los cuatro años, que corresponden a la retirada de las partidas, al final de la guerra de la Independencia.

Rosa evoca su vida en el valle de Vió, la reciente y la lejana. Y su vida en Zaragoza, sobre todo las batallas de los Sitios. En el primer Sitio murió su hijo Gabriel de 12 años y en el segundo su marido Alfonso. Después se cuenta el viaje que hizo Rosa a Zaragoza, en 1914, para desenterrar a su hijo y a su marido. Iba acompañada por el tío Ramón, un figura entrañable y paternal, y el joven Mateo. Se alojaron en casa de los condes de Bureta. A la vuelta se produjeron el enamoramiento y beso con Mateo, lleno de remordimientos y culpas.

A final, vence el nuevo amor. Rosa siente la paz cuando desde la ultratumba Alfonso le pide que sea feliz, pero que lo recuerde. En realidad, la novela ha sido una confesión a raíz de las palabras de Alfonso.

El motivo del viaje de Rosa a Zaragoza, que se desvela muy tarde en la novela, nos hace pensar en el tema romántico de las Noches lúgubres de Cadalso.

Las escenas de los Sitios, yo diría que tienen un punto naturalista que las lleva más allá del realismo de Galdós. Pero no falta el guiño a Galdós y a su Episodio de Zaragoza. Gabriel el hijo de Rosa es un personaje galdosiano. Si Gabriel de Araceli era un muchacho que llevaba el hilo conductor de la primera serie de Episodios Nacionales, en Canción de otoño, Gabriel conduce permanentemente el pensamiento y la narración de su madre.

Los otros nombres de los personajes principales también tienen raíces literarias. Son simbólicos y evocadores. Y están en relación directa con la progresión temática.

Rosa. Nos recuerda a doña Rosita de Lorca. Y su propio nombre nos remite al carpe diem (vive la vida, vive el momento) de Garcilaso. Eso es precisamente lo que le dice Alfonso desde la ultratumba. A la vez es el símbolo de la delicadeza en el tosco mundo rural.

Alfonso. Nos hace pensar en todos los Alfonsos que protagonizaron gestas épicas, como el Poema de Alfonso Onceno, o las gestas de Alfonso VIII el vencedor de las Navas de Tolosa. Y por encima de todos, Alfonso el Batallador, rey aragonés por todos bien conocido. Pero aquí, de forma irónica, Alfonso murió entre una multitud, como un héroe anónimo. De hecho, en la novela constituye un largo episodio la búsqueda del cadáver. Uno de los momentos de mayor impacto.

Mateo. Aquí no puedo por menos que recordar la Escena VI de Valle Inclán en Luces de Bohemia. El paria catalán le dice a Max que se llama Mateo. Y en un juego de equívocos Max le dice: Yo te bautizo Saulo.

Javier, que conoce muy bien nuestra literatura, hace un guiño a ese hombre nuevo con el que se va a iniciar una nueva vida.

Precisamente, Rosa, atraída por Mateo se comporta como una belle dame sans merçi o bella dama sin piedad. Su actitud altiva y despótica, como la de las damas a las que contaban los trovadores de Provenza, es un recurso para esconder la atracción por este adolescente. Al final, como en Lorca, vence el instinto y se entrega.

Pero, dentro de la tradición hispánica, de la viuda que debe ser fiel a su marido más allá de la muerte, el tema clave de esta novela, tiene grandes remordimientos.

Creo que con estas pinceladas y con las palabras de Inma Callén y las de Javier Plaza, el debate va a ser animado y fructífero.

¡Y así lo fue! Aprendí muchísimo de esos lectores que habían llegado a todos los rincones de la novela. ¡Gracias a todos!

Carmen Romeo Pemán

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Biblioteca de Alagón, diciembre, 2018. Javier Plaza y Carmen Romeo

Presentación de “Canción de otoño” de Javier Plaza

El viernes pasado tuvimos el placer de recibir en la Biblioteca de Alagón a Javier Plaza para presentarnos y charlar sobre la última novela que ha publicado: Canción de otoño. Lo acompañó Carmen Romeo Pemán, catedrática de Lengua y Literatura, a quien admiramos y queremos desde que la conocimos hace dos años cuando estuvo con nosotros presentando a la escritora, Teresa Garbí.

Carmen hizo un análisis preciso de la novela de Javier. Ambientada durante la Guerra de la Independencia, Rosa, la protagonista de la novela, tras haber sobrevivido al infierno de los Sitios de Zaragoza, regresa al pueblo del Pirineo que la vio nacer para intentar rehacer su vida. Allí se reencuentra con la familia y los amigos que quedaron en las montañas. También tendrá que hacerse cargo de la casa y la hacienda de su familia, sin poder olvidar en ningún momento a los que no pudieron acompañarla en aquel regreso, su marido y su hijo.

 Canción de otoño describe de una forma maravillosa los paisajes del Pirineo, concretamente de Fanlo y el Valle de Vió, sus bosques y pueblos, en los que el autor demuestra el amor que siente por esos paisajes.

Inmaculada Callén

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Biblioteca de Alagón, diciembre, 2018. Inmaculada Callén, Javier Plaza y Carmen Romeo.

#MOLPEcon. Un cuento de hadas del siglo XXI

La #MOLPEcon, un evento organizado por Ana González Duque, se celebró en Madrid el pasado 17 de noviembre. Marketing On Line Para Escritores. Doce ponentes de lujo y cuarenta y cuatro asistentes con muchas ganas de aprender y de interactuar. Eso, dicho de modo conciso. Pero este híbrido entre relato y artículo no va a ser breve porque trata de mi experiencia personal como escritora en ese encuentro del que tengo mucho que contar. Sobre las ponencias, los ponentes, los contenidos y el evento ya hay un montón de entradas, tuits y artículos de Facebook. Así que prefiero contaros aquí las cosas desde un punto de vista diferente y personal.

Crónica de los hechos

Allá por septiembre me llegó la información sobre un evento que Ana estaba organizando. Los ojos se me pusieron como bolillas de gaseosa, pero lo primero que escuché fue la vocecita de mi yo comodón susurrándome aquello de “ni mires el almanaque, que será entre semana y no vas a pedirte un día libre para eso”, “seguro que es muy caro”, “no te preocupes, que luego encontrarás toda la información en las redes sin moverte de casa”, y cosas así.

Empecé por mirar el calendario y se esfumó el primer obstáculo: el 17 de noviembre caía en sábado. El segundo asalto también lo perdí por KO: había un precio reducido que, además, daba opción a apuntarse a una comida con los asistentes. ¿Hace falta que os cuente que el punto tres ya ni me lo planteé? Y eso que Ana lo tenía todo calculado y había pensado también en los que no pudieran asistir. Para ellos estarían disponibles las charlas y videos cuando la #MOLPEcon se clausurara. Y, hasta el 17 de diciembre, podéis encontrarlas aquí. Pero a esas alturas yo tenía muy claro que iría. Necesitaba ir. Y fui.

Me apunté, hice mi reserva de hotel y saqué los billetes del AVE con mucha antelación. Y tan relajada estaba al tenerlo todo previsto que, a punto de entrar en la autopista, me di cuenta de que me había dejado en casa la documentación: billetes, localizador de hotel… y como siempre pienso que puedo perder el móvil, todo lo tenía impreso, claro. Di media vuelta, lo recogí todo, y no perdí el tren por poco.

Llegué a Madrid la noche del viernes 16, con la hora justa para acudir a una cena que Ana había organizado. Mi autoestima subió puntos porque me tocó una taxista algo novata pero conseguí no retrasarme demasiado a costa de ir guiándola con el navegador de mi móvil. Me dejó en la misma puerta del restaurante El Buey, donde cené como una mula. Y entre el buey, la mula, y la cantidad de figuras que había allí reunidas, me sentí como si estuviera en un Belén viviente y mi Navidad acabara de empezar en ese instante.

La cena… ¿cómo os contaría yo la cena? No es que me falten palabras, eso nunca, y ya lo sabe todo el que me conoce. Pero no siempre es fácil dibujar las emociones o describir voces, gestos, chascarrillos, comentarios, olores… A estas alturas ya sé que mostrar es mejor que contar, pero a veces la cosa se pone dificililla. De todos modos, ahí os van unas cuantas pinceladas.

En la cena me senté al lado de Jaume Vicent. Lo imaginaba más mayor, no sé, más en plan intelectual, y me encantó descubrir a un chaval divertido y muy sociable que al día siguiente me sorprendió por sus conocimientos técnicos y por lo bien que supo transmitirlos. Solo el hecho de conversar así, en plan distendido y relajado, con personas como él, de carne y hueso, que para mí eran blogs anónimos de consulta y aprendizaje hasta esa noche, ya hizo que valiera la pena el viaje a Madrid.

No fui la última en llegar al restaurante. A los pocos minutos de sentarme, entró Mariana Eguaras y se colocó justo frente a mí. Me quedé enamorada con su acento, porque como solo la conocía a través de las redes me la imaginaba, no sé por qué, con una dicción de Madrid o de Barcelona. Solo me costó medio segundo hacer los ajustes de mi disco duro mental: ahora pienso que Mariana solo puede hablar y expresarse tal y como lo hace. Tiene una personalidad arrolladora y un magnetismo más inmenso que el dibujo de Argentina en cualquier mapa. Es grande entre las grandes.

A la derecha de Mariana estaba Yolanda Barambio. No la reconocí por el nombre, pero cuando habló de El Tintero Editorial, me encantó ponerle cara a la persona que hay detrás de un sitio web al que me he asomado más de una vez porque siempre he encontrado cosas que valen la pena. Aprendí un montón de cosas charlando con ella. Y le pedí una tarjeta, que me parece que hablaremos más de una vez. Porque si no hubiera estado convencida de la importancia de contar con alguien que corrija nuestros textos, en ese momento me habría hecho cambiar de opinión.

A mi derecha se sentó Pilar Navarro Colorado y a su lado estuvo Mavi Pastor. No las conocía antes de nuestro encuentro en la #MOLPEcon, pero algo hizo click en mi interior mientras hablábamos. Porque, a pesar de ser para mí personas anónimas, descubrí en ellas el mismo fuego, el mismo entusiasmo, la misma pasión por la escritura, en suma, que la que presuponía y confirmé en los ponentes a los que ya admiraba y seguía por las redes. Y de ese click, que merece un apartado para él solito, os hablaré en la última parte del artículo. Sigamos ahora con los hechos.

En la cabecera de mi mesa estaba David Generoso. Lo reconocí por la gorra. Bueno, por lo que había debajo de la gorra, para ser más exactos. En el AVE, camino de Madrid, había empezado a leerme D.I.O.S., su libro de relatos y me encantó tenerlo tan a mano. Hoy ya me he leído el libro entero y estoy terminando el segundo, Crohnicas, con H, que me está haciendo disfrutar con la misma intensidad.

En el restaurante había dos mesas alargadas porque todos no cabíamos en una. En la otra mesa, además de Ana, se sentaban más personas a las que yo estaba deseando conocer y que tengo que nombrar aquí porque, si no lo hiciera, mi relato estaría inacabado. Allí vi a David Olier, el Celestino que consiguió que mi relación tóxica con Scrivener se transformara en romance. Y a Pablo Ferradas, que me ha hecho pasar tan buenos ratos cuando me he asomado a su web. Reconocí a Mónica Gutiérrez Artero, que me enamoró con su libro “Un hotel en ninguna parte” y a Victor Sellés, otro personaje al que estaba deseando ponerle cara y que no me defraudó en absoluto. También tuve la alegría de saludar a Chiki Fabregat, un encanto de persona a la que conozco desde hace tiempo gracias a la Escuela de Escritores.

Hubo copas después de esa cena del viernes 16. Y, aunque el 17 el acto empezó con una puntualidad británica, tengo que decir en honor a los que estuvimos de picos pardos que cumplimos como los buenos a la mañana siguiente.

Todo empezó a su hora. Hay que felicitar a Ana González Duque por una perfecta organización. Los ponentes se ciñeron a su tiempo. Las charlas, tal y como se había anunciado, fueron breves, dejando mucho margen a las preguntas, que no faltaron y que fueron tan interesantes como las propias ponencias. Aprendí mucho con las cuestiones que planteó Valeria Marcon. Y del contenido técnico podéis encontrar información por las redes, tal y como os he dicho antes.

Ya he mencionado a alguno de los ponentes. Con  Ana Bolox, a la que estaba deseando conocer para hablar de su Sra. Starling, compartí charla en la pausa de café, en la que también puse voz y cara a María José Moreno, en cuyo blog he encontrado mucho material útil. Apenas crucé un saludo con Lluvia Beltrán, cuyo blog pienso visitar. Quedé impresionada por la energía que desprendía Alberto Marcos, y disfruté con la exposición de otros como Óscar Feito o J.C. Sánchez con los que no tuve tiempo de hablar. Pero mi crónica sobre ese encuentro es diferente, porque creo que el mejor granito de arena que puedo aportar es, precisamente, esa visión personal y subjetiva que añada una pincelada de color a lo que resultó un cuadro precioso, un puzle donde todo encajó como la seda.

Cuando concluyó la última ponencia de la jornada nos fuimos de cañas. ¡Más placer para el cuerpo y para la mente! Entre cervecita y cervecita pude hablar con Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina. Me saqué una espinita porque, aunque vivo a menos de cincuenta kilómetros de ella, hasta ahora siempre que había organizado algún acto me pillaba de viaje como si el destino se empeñara en que no llegáramos jamás a vernos las caras. Nos las vimos, y me encantaron las de los tres: la de Gabriella, la de José Antonio y la de Radar, una cabra de personalidad apabullante que merecería un artículo aparte.

Para rematar, después de las birras, todo el que quiso se apuntó a otra cena comunitaria. Frente a mí se sentó Jaume Vicent y todavía me entra la risa al acordarme de cómo nos contó las mil y una versiones de su nombre que se ha encontrado por todos lados. Que si Vincent, Vincesc, y no sé cuántas variantes más. Algo parecido, aunque en menor escala, a lo de Víctor Sellés con sus encuentros y desencuentros con la tilde y con las batallas entre la “ll” y la “y” según qué fuente se consultara. Y disfruté a rabiar con el fino humor de Víctor y su exquisita diplomacia al comentar algún libro o película como “muy bueno” o “apoteósico”. Os prometo que, dichos por él, esos apelativos tienen un profundo significado. Pero hay que verlo y escucharlo para captar los matices. Ejem.

Me encantó que a esa cena no fueran solo Ana y la mayoría de los ponentes, sino que también estuviéramos otros asistentes anónimos que nos sentimos absolutamente integrados. A mi derecha estaba Iñigo Tabar Lusarreta que pareció pasarlo tan bien como yo, y con el que me encantó cambiar impresiones.

Lo que me traje de allí

En esas cenas y copas, hablando de igual a igual con desconocidos como Pilar, Mavi o Iñigo, con medio conocidos como Yolanda o M.J. Moreno y con conocidos, aunque fuera unilateralmente y de modo virtual, como Mariana, David, Jaume, Víctor, Gabriella, o la propia Ana, tuvo lugar una metamorfosis privada en mi persona: el capullo se convirtió en mariposa. Vale. Igual me he pasado. Pero las metáforas eran el 90% de mi producción literaria cuando empecé a escribir, y de vez en cuando dejo que alguna se escape del arcón de siete llaves donde tanto me costó encerrarlas. Lo que quiero deciros es que, en principio, yo iba muy metida en mi papel de alumna que va a conocer a todos aquellos a los que admira y sigue. Pero cuando esa primera velada terminó, salí del restaurante El Buey sintiéndome parte de una comunidad de escritores.

Mariana Eguaras, toda una señora, no tuvo reparo en resolverme una duda que ahora me produce tanta hilaridad como vergüenza, pero no me importa contarlo aquí como prueba del “buen rollito” del encuentro: En su ponencia mencionó de pasada algo sobre la tipografía y los remates y yo, novata todavía en tantas cosas, descubrí gracias a ella que lo de Sans Serif no es un tipo de letra como la Helvética, o Times New Roman, sino que alude a si la fuente lleva o no el “remate”, esa curvita final que puede facilitar o dificultar la lectura. Hasta ese día yo estaba convencida de que Sans Serif era un modelito más de grafología. Igual otra persona se hubiera reído de mi pregunta, pero ella me respondió como si le hubiera hecho una consulta sesuda.

A mi lado, durante las ponencias, estaba David Generoso y le conté con humor mi descubrimiento sobre la Sans Serif. Mis comentarios debieron resultarle simpáticos y hace unos días me sentí levitar al verme mencionada en un artículo suyo, donde dice que se queda, entre otras muchas cosas, “con el arte de Adela Castañón y sus ganas de aprender”. Gracias, David. Y sí, ganas de aprender tengo a toneladas.

Después de lo de David, y en mi continuo atracón de leer todo lo que he visto publicado sobre ese magnífico día molpeconiano, he tropezado con mi nombre y apellido en una entrada de Yolanda Barambio que menciona mi “maravillosa efusividad”. Gracias, Yolanda.

Alguno que otro se carcajeó cuando dije, sin pensarlo demasiado, que la #MOLPEcon había sido para mí como la Boda Roja de Juego de Tronos, con la nada despreciable diferencia de que allí corrió el tinto en lugar de la sangre. Ver reunidos a todos los “grandes” era una tentación a la que no me pude resistir y me siento feliz por haber sucumbido a ella.

Porque ahora han dejado de ser para mí personajes para convertirse en personas. Personas que puede que estén a años luz de mí, o quizá no, pero me da igual porque la distancia, si es que existe, se ha convertido en algo horizontal. Yo estoy dentro de ese mundo. Me siento parte de un universo lleno de magia donde todos orbitamos y, por lo mismo, nadie está por encima de nadie en cuanto a un orgullo de clases mal entendido.

Supongo que cuando Mónica Gutierrez Artero habló de la Comunidad del Anillo no se imaginaba que estaba haciendo una especie de apostolado mucho más amplio de lo que pensó. He vuelto a casa con la sensación de que todos los que allí estuvimos hemos tenido una vivencia parecida.

Y llego al final de este cuento maravilloso sobre escritura, o mejor, sobre escritores. Porque la escritura no es nada sin nosotros. Y, aunque escribir sea algo solitario, siempre se enriquecerá si estamos rodeados de una comunidad.

Para mí ese fin de semana ha sido como un cuento dentro de otro cuento del que me he sentido coprotagonista. Así que solo puedo acabar diciendo que ojalá haya una #MOLPEcon II.

¡Y que nos veamos allí!

Adela Castañón

Imagen tomada del grupo de Facebook #MOLPEcon

Tanto tienes, tanto vales

Siempre me han gustado los refranes. Algunos los interpreto sin dificultad y no se me ocurre que tengan más de un sentido. Pero el otro día pensé que hay otros que merece la pena analizar porque encierran más sabiduría de la que parece a primera vista. Y la riqueza a la que alude el refrán “Tanto tienes, tanto vales” ha dado mucho de qué hablar y es protagonista de bastantes escritos, como se ve en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Según el Diccionario de la RAE, un refrán no es más que un dicho agudo y sentencioso de uso común. La primera lectura de este refrán es de un significado evidente. Supongamos que se acerca una persona a cualquiera de nosotros para pedir ayuda. Posiblemente le hagamos más caso si es alguien bien vestido y aseado que si es un mendigo desharrapado y con barba de varios días. Experimentos como el del diario The Washington Post lo demuestran sin lugar a dudas. La apariencia es uno de los criterios que mas pesa a la hora de establecer el valor que le atribuimos a una persona.

Pero si me paro a pensar sobre eso, en especial sobre la primera parte del refrán que nos ocupa, me pregunto si hemos ido recortando el criterio de lo que es realmente valioso para dejarlo al final en el dinero. Podemos ser titulares de una cuenta corriente con muchos ceros y sentirnos desgraciados, o sudar tinta para llegar a fin de mes y considerarnos personas bastante felices. Y creo que eso ocurre porque en ocasiones se le puede dar la vuelta al refrán y pensar que tanto valgo, tanto tengo. Entonces, en esos casos, si fijo mi atención en mis valores más que en mis posesiones, mi actitud ante la vida puede dar un giro.

Nuestro bagaje material, nuestra “base imponible”, por decirlo así, es la que es. Salvo que nos toque la primitiva, todos somos conscientes de los recursos que tenemos. Podemos analizarlos cuantas veces queramos. Habrá cosas con las que nos sentiremos satisfechos y otras que nos gustaría suprimir. Cosas que podremos modificar y otras que, por mucho que nos empeñemos, no estará en nuestra mano cambiar o eliminar. Y entonces descubriremos que, como ya manifesté en un artículo hace tiempo, saber eso no basta.

Creo que a todos nos iría mejor si aprendiéramos a gestionar nuestras posesiones y nuestras emociones por igual. Y también seríamos más felices si aplicáramos ciertos matices a la forma en la que juzgamos a los demás o a nosotros mismos. Porque si usamos otras varas de medir, ese “Tanto tienes, tanto vales” sigue manteniendo su vigencia, pero el resultado final será distinto al modificar la primera frase de esa ecuación.

Porque no es lo mismo aceptar algo que tolerarlo. Hoy se habla mucho de tolerancia, y no es que me parezca mal. Pero opino que la tolerancia es mucho más pobre que la aceptación. Por eso la RAE, en su definición de tolerar, emplea frases como “llevar con paciencia”, “resistir, soportar” o “permitir algo sin aprobarlo expresamente”. No quiero decir con eso que la tolerancia no sea necesaria. Claro que la necesitamos. Pero ante un problema deberíamos plantearnos si no es mejor aceptarlo que tolerarlo, si tenemos esa alternativa. Y hablo por experiencia. Conozco a personas que tienen un hijo con autismo, como yo. Y me sangra el corazón cuando veo que solo tienen fuerza para tolerarlo. Por supuesto que ese primer paso es necesario, yo también pasé por ahí y sé de lo que hablo. Pero mi vida cambió cuando conseguí aceptar el hecho de que el autismo iba a ser un miembro más de mi familia me gustara o no. Aceptar algo implica recibir ese algo sin oposición, aprobarlo, darlo por bueno. También la RAE pone la gota de hiel cuando dice que aceptar es “Asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación”, no nos engañemos. Pero al pasar de tolerarlo a asumirlo puedes conseguir que lo que era un obstáculo se convierta en una ventaja. Y si aceptas eso te das cuenta de que avanzas mucho más cuando en lugar de luchar contra ello, luchas con ello.

Y si dejo que mis pensamientos sigan en esa línea, empiezo a pensar que lo que tengo, aparte de mi casa, mi trabajo y mi familia, son también mis propios valores, mis actitudes, mi libre albedrío para decidir escribir o apuntarme a un curso de cocina, para gobernar mi vida, en resumen.

Mi criterio para juzgar lo que tienen los demás ha ido cambiando. Y lo mismo para juzgarme a mí misma.

Quizá por eso pienso que vivo en un mundo muy rico, porque tengo mucho, y valoro en mucho lo que tienen los demás, independientemente de sus posesiones materiales. Aunque me equivoque muchas veces y pase de lado ante un violinista magistral sin darme cuenta. Pero el primer paso es ir con los ojos y los oídos abiertos, y en eso estoy.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Mi obstinación fragolina

Siempre he dedicado la mayor parte de mis afanes a El Frago, a sus tradiciones y a sus gentes. Menos a su historia, por mi formación filológica y por mi profesión de enseñante.

Desde que, en 1972, me ocupé de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en mis posteriores publicaciones han menudeado las referencias fragolinas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, en 2014, recibí un gran estímulo. Petra, una fragolina de mis ayeres, obtuvo un Premio Nacional con el relato De la roca nacida. Ese mismo año publiqué De las escuelas de El Frago, mi primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, vengo publicando relatos y artículos relacionados con El Frago en el blog Letras desde Mocade.

Hasta que cumplí trece años El Frago fue mi medida del mundo. Con los once recién estrenados me monté por primera vez en un autobús. Iba a Zaragoza a examinarme libre de Ingreso de Bachillerato. En mi cabeza no cabía otro río que el Arba. Al cruzar el Ebro, un montón de cabezas se volvieron con mi grito:

—¡Qué arbada tan grande!

Carmen Escuela

Cartilla de Escolaridad, 1954

Con el tiempo maduré y mi mundo se fue haciendo ancho y ajeno. Los estudios universitarios y mi trabajo posterior me alejaron del nido. Pero siempre me quedó la mirada de aquella niña que anhelaba fundirse con la roca de su pueblo. Precisamente me hice esta reflexión en el año 2015, cuando me eligieron pregonera para las fiestas de agosto. Me pillaron desprevenida y la sorpresa me llevó a preguntarme:

—¿Por qué estoy aquí?

Estaba hablando desde la ventana, hoy balcón, de la Escuela de Niñas, mi escuela hasta los trece años. La misma ventana desde la que don Bruno y doña Angelita, los maestros de nuestros padres, pronunciaron el discurso de inauguración de las Escuelas. Embargada por la emoción, compartí mi respuesta con los que me escuchaban:

—No sé muy bien por qué estoy en esta ventana. Supongo que algo tendrá que ver con que haya rendido un homenaje a El Frago en muchos de mis trabajos. Por lo menos, así lo sentía cuando los escribía. Y con que toda mi vida haya llevado a El Frago por bandera.

Hoy volvería a repetir aquel pregón con algunas matizaciones. Volvería a decir que siempre que me acerco a temas tradicionales lo hago a través de El Frago, el pueblo donde nací. Porque lo local es universal. Y entendemos los valores universales cuando se materializan en hechos concretos.

Busco los temas que me ayudan a entender mejor mi identidad como mujer y como fragolina. Quiero prestar mi voz a los que no tuvieron la oportunidad de hablar. Pretendo sacar del olvido mis raíces y las de todos los fragolinos. Unas raíces profundas que compartimos con los habitantes de la España Vacía y que nos han convertido en lo que somos hoy.

Una de nuestras historias, para mí la más significativa y emocionante, está enterrada entre los sillares del edificio escolar. Era una costumbre ancestral hacer algunas obras del pueblo entre todos los vecinos. A eso se le llamaba “ir a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Así se construyeron las escuelas en 1926.

Soy nieta de aquella generación que escribió una de las páginas más hermosas de nuestra historia, y de la educación española. Nuestros abuelos aunaron sus esfuerzos y se convirtieron en micro mecenas. Unos mecenas que subsistían con menguados jornales y que se alimentaban de los escasos recursos que daba una tierra adusta: la de las Altas Cinco Villas aragonesas.

Carmen nos hizo partícipes a todos, embarcó al pueblo entero, creo que nunca antes estuvimos tan unidos, más al descubrir la labor que realizaron nuestros antepasados y que condicionó el futuro de todos nosotros. Nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien que con la ignorancia no llegaríamos a ninguna parte y apostaron por los maestros, por las escuelas. (María José Romeo, Un canto a la enseñanza. Prólogo al libro De las escuelas de El Frago).

Seguramente que en otros pueblos se escribieron páginas muy parecidas. Conocemos algunas, como el caso de Agustina Rodríguez, una maestra que, en 1948, cuando llegó a su destino en Santa Isabel (Zaragoza), se encontró con que no tenía local para dar clases ni había viviendas de alquiler en el pueblo. Agustina construyó una casa escuela, la pagó de su bolsillo y la alquiló al Ayuntamiento. Otras historias nos sorprenderán cuando alguien las descubra.

Me gustaría recordar que en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) más de 5.000 pueblos de España recibieron ayuda del Estado para edificaciones escolares. En esas fechas a El Frago le negaron la subvención porque el proyecto de Regino Borobio no se ajustaba a las exigencias. Como el Ayuntamiento era pobre, no pudo realizar las obras. El milagro fue que en un pleno extraordinario los vecinos acordaron construirlas por su cuenta. En las obras trabajaron todas las casas, sin excepción. Incluso las viudas y los más pobres, Y todos los que tenían algún ahorro lo empeñaron en la educación de sus hijos.

Como anécdota reseñaré que a los grupos escolares que recibieron subvenciones les pusieron el nombre de Miguel Primo de Rivera. Pero como a El Frago esa ayuda no llegó, se llamaron Escuelas de El Frago, así, a secas.

Hoy, como en el pregón del año 2015, también hablaría de las fiestas patronales y de su historia. De las fiestas del primer domingo de octubre en honor a la Virgen del Rosario.

Octubre no era un buen mes para fiestas, porque no había terminado la siembra. Por eso, en 1907, siendo alcalde Hermenegildo Beamonte Oruj, a petición de muchos vecinos, se trasladaron al día seis de diciembre, al día de San Nicolás, al verdadero patrón del pueblo. Aunque se alegó que tenía más prestigio un patrón que una patrona, la realidad era que San Nicolás coincidía con un momento del invierno en el que no había que atender las faenas del campo. Pero la Virgen del Rosario reclamó sus festejos y el cambio duró pocos años.

Con el éxodo rural de los años 60, no quedó gente en el pueblo para celebrar las fiestas. Y se trasladaron al mes de agosto, cuando llegaban los veraneantes. Una historia que se repite con las fiestas en muchos pueblos de España.

Pasaron los años y el tiempo fue dando a cada cual lo suyo. A la Virgen del Rosario, las fiestas de octubre. A san Nicolás, la de los niños de la escuela. Y a la Asociación Cultural y Recreativa “La Fragolina”, las de agosto, sin patrón ni tradición.

Podría extenderme con más noticias interesantes que he encontrado en el Archivo del Ayuntamiento. De eso ya conté algo en Voces dormidas. Además tengo que guardarme algunas cosas en el tintero para ocasiones futuras.

A las historias dormidas entre el polvo de los legajos, como las notas del arpa de Bécquer, tendría que añadir otras muchas que oí contar junto al fuego por las noches, mientras desgranábamos panizo o judías. Pero esas me irán saliendo poco a poco en las fragolinas de mis ayeres y en los relatos de la tradición oral.

Otras veces, como si fuera una ladrona de biblioteca y sin que él lo note, busco la inspiración en Celedonio Fontabanas, el blog de Manuel Pérez Berges. Allí encuentro los escritos fragolinos de Manuel, que conoce mejor que yo los entresijos de un mundo rural que se nos fue.

Entonces, ¿por qué me atraen los temas fragolinos y los de las Altas Cinco Villas? Pues porque el viento, aunque sea huracanado, no puede arrancar las ramas de una gran carrasca si está bien enraizada.

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El Frago, desde el Huerto de la Sorda. 2018.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen principal. Carmen Romeo, El Frago, 1980. Calle Cubillo. A la izquierda, casa Juandelés, hoy desaparecida.

“Antiguo sol naciente” de Pablo Gómez Soria

De mi baúl de lecturas

Hace un año os hablaba de Pablo y de su Navío en aguas turbias. Entonces os decía que su libro anterior había sido una revelación. Hoy, después de releerlo varias veces, sigo pensando que con Antiguo sol naciente nació un gran poeta. Por eso he vuelto, dispuesta a animaros a su lectura. Y me servirán de preámbulo las palabras de Gloria Cartagena, catedrática de literatura.

“Es una poesía de tono muy lírico, con emociones delicadamente sugeridas, y un lenguaje elaborado, que busca provocar extrañeza, y fuerza la expresión para extraer todo el contenido a las palabras. Los poemas están dotados de ritmo poético, cadencioso y solemne. Todos están envueltos en un léxico muy elaborado y culto, de expresión muy sugeridora, con un evidente eco del español clásico: hacer correr la sangre en resumido modo. El joven poeta llega incluso a crear neologismos como luz bañante, grandía de la vida, rituariamente”.

Los aspectos temáticos más sobresalientes son el tiempo como captura del instante, la fugacidad de la vida y su futilidad: Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir. Y el recuerdo y el ubi sunt planteado más como respuesta que como pregunta: Convendrás que murieron,/ su gallardía, su tesón, sus méritos perecieron con ellos. La reflexión sobre el tiempo va ligada a la reflexión sobre la vida en algún poema de final manriqueño: En deteniéndonos veremos/ que los pensamientos de magia/ Desaparecen, / que el vivir es silente”.

A continuación os dejo algunas notas de mi libreta de lecturas. Tomadlas como lo que son, unas anotaciones al margen de los poemas para despertar la curiosidad lectora.

Antiguo sol naciente

Es un título que nos hace sentir evocaciones de un espacio y un tiempo lejanos. Lo antiguo se convierte en actual con naciente. Un adjetivo que mira hacia el futuro. Desde la portada del libro nos asaltan las connotaciones míticas y un ritmo binario en el que se basan muchos de sus recursos estilísticos.

Antiguo sol naciente nos invita a entrar en un mundo de luz, presidido por un sol que une el pasado con el futuro. Es como la aguja de una brújula que orienta a los lectores. Desde el primer momento sabemos que nos aventuramos a un viaje de gran belleza estética por el mundo de la reflexión.

Cuando se nace

El primer poema es una reescritura del Carpe diem a la luz de los clásicos. Es un gran acierto comenzar con unos versos de Francisco Umbral: De los que olvidaron,/ el nombre de algunas flores,/ el perfume de algunas muchachas. Desde el primer verso Pablo levanta el vuelo hacia experiencias poéticas más profundas. Las imágenes y el decir son modernos, pero el contenido meditativo nos hace pensar en poetas clásicos, sobre todo en San Juan, y en la literatura medieval.

Algunas querrán recuperar el tiempo perdido,/ y será tarde/ ya habrán caído las nieves.

El tiempo perdido y las nieves nos recuerdan a Garcilaso, pero aquí enmarcan la expresión coloquial y será tarde. Basta con poner al lector sobre la pista, no hay que dar lecciones eruditas.

Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir.

Una verdad tan aplastante que resulta difícil de sintetizar. Estos dos versos se quedan colgados del lector y lo perseguirán en la lectura de todo el libro.

Al final del poema, oímos al yo poético que convierte la experiencia personal en antiguas leyendas, en una comunión del pasado y el presente como anunciaba en el título.

El vocabulario y el ritmo son muy ricos, operan por contraste. Detrás de una aparente sencillez se adivina su trabajo de selección.

Cuando contemplo el retrato

Aquí despliega gran poder de imaginación y trasforma la hermosura de la chica sonriente. Va más allá que Juan Ramón o Petrarca que no podían recordar a sus musas. Pablo sí que puede hacerlo y se imagina el cambio.

En deteniéndonos veremos

Ese verso nos deja clavados con el atrevimiento de este gerundio arcaico. Y el último verso es como un aldabonazo que se queda grabado a fuego:

El vivir es silente.

Los caballos del mar

Un poema con una anécdota narrativa que nos lleva a una lectura engañosa. Cuenta la historia de la escultura que mata a quienes se acercan.

Parece una alegoría o el relato de un mito clásico. Pero no. Debajo, agazapadas, están las verdades que trascienden el poema. Las verdades sociales y las personales. El yo social y el yo íntimo. La estética antigua y la moderna.

Imagino sus pasos

Con qué facilidad recupera el recuerdo de esta linda muchacha. Un marco poemático perfecto. Evoca un mundo que ya no es posible. Un ubi sunt renovado. Una gran capacidad para recrear mundos del pasado y del presente, personales y sociales.

Si mi ciudad fuese

Es un poema mayor, de grandes vuelos y grandes aciertos. Una reflexión muy madura, desde un punto de vista muy joven y con una arquitectura muy sólida. Cada una de las tres partes comienza con si mi ciudad fuese. A partir de esta estructura la composición se amplía en olas concéntricas.

Una triste reminiscencia

Es muy emotiva la pérdida de mis primeros amigos. En un ejercicio de contención poética, el poema sugiere más que dice. Evoca muy bien el ambiente culto de las aulas.

Sé de mi rostro

En este poema corto juega con los ritmos breves, con el contrapunto y con la complicidad del lector. La ironía es tan fina que en la primera lectura, ¡ingenua lectora!, he creído que era un autorretrato. Pronto me he dado cuenta de que era una máscara más para hablar de relaciones existenciales profundas.

Del funcionamiento científico del amor

¡Qué bien ha leído a San Juan! ¡Qué conocimiento del Cantar de los Cantares! y ¡Qué bien lo combina con las experiencias jóvenes!

El título es, una vez más, engañoso, como el propio amor. Porque, de científico no tiene nada. De experiencia mística y espiritual, mucho. Y en contra de lo que sugiere el título, el poema no es prosaico.

Una tarde en Alemania

Un joven se pasea por una ciudad moderna. La poca naturaleza que queda entre el cemento le despierta los sentidos adormecidos. El tratamiento paisajístico es realmente magistral. Me atrevo a decir que Pablo ha aprendido y superado la lección de los surrealistas.

De paseo por Alemania

¿Y esta canción de invierno contada en primera persona? Un buen recurso para acercarnos las experiencias eternas. ¿Y el ritmo? Le brota con mucha fuerza de una forma que parece natural. Casi nos abruman las anáforas, los paralelismos, la sintaxis yuxtapositiva, los versículos ordenados, los versos medidos. Esta belleza literaria es la verdadera salvación de la sombra entre cuatro paredes.

La profesora Josefina López eligió este poema para la sección El poema de la semana, en El hacedor de sueños, el blog del IES Goya de Zaragoza.

Este fin de vacaciones

De nuevo vuelve a encontrar la belleza en las situaciones anodinas y molestas. Esa es la gran lección de su poesía. Le da la vuelta a la vida. El comienzo reflexivo, de un ritmo pausado, se va agilizando a medida que cambia la experiencia. De una vivencia cotidiana extrae una lección vital. Aunque parece un poema moderno, es muy clásico. Me recuerda a muchos poemas de la Generación del 27 y de los años 60.

Tal como se empuja la puerta

Aquí no hay montañas,/ ni existe el mar,/ hay un desierto,/ donde crece solitaria la flor.

Sólo con este acierto poético bastaría. Pero no, que el poema se extiende en grandes olas: estaré yo, morando entre la decrepitud de las plantas. Agazapado, como al despiste, el autor se retrata. Poco a poco va desnudando su alma. El resultado es una poesía de compromiso profundo con el lector.

Si existe algún destino

Parece que me engaño a mí mismo,/ o que a otros confundo,/ cuando consigo algo que a otros faltaba.

Aquí, sin pretensiones doctrinales, se esconde una lección de solidaridad y de humanidad.

A la misa acudieron

Parte de una experiencia cotidiana, levanta el vuelo y atrapa la nostalgia. Como venimos apreciando, cualquier acontecimiento le sirve de pretexto poético para transmitir hondas sensaciones.

No podré conocerlos, por la vida que se lleva y por las tradiciones perdidas

Cuando la vida entra

La primera seudoestrofa es una declaración de esa inspiración que le llega por sorpresa, como a Juan Ramón, y lo convierte en ese hombre desasido adonde parece que ha llegado por la casualidad.

Firme y cadenciosamente

Un cierre del libro magistral. Esa nada-amada-lejana se ha convertido en nada, pero, como el ave fénix, renace de la nada y camina hacia la grandía de la vida.

Para terminar

De nuevo me acompañan las palabras con las que Gloria Cartagena cerró la presentación del libro.

Antiguo sol naciente recoge la pluralidad de corrientes y el eclecticismo poético que diversificaron la lírica española de fin de siglo. Desde el subjetivismo con un ligero desengaño indolente hasta el culturalismo y la poesía como exploración metafísica de gran depuración formal, pasando por la poesía de la experiencia, todo parece tener cabida en esta primera obra de Gómez Soria.

Tendremos que felicitarnos de que en esta sociedad marcada por los intereses monetarios y por crisis profundas haya surgido una voz nueva que reflexiona sobre el tiempo, el amor, el paisaje y la belleza, la ciudad, el arte y lo cotidiano. Este joven poeta, delicado y culto, trae un soplo de aire fresco a la vida cultural aragonesa y española”.

A todos los amantes de la poesía os recomiendo la lectura de Antiguo sol naciente, en Editorial Vitrubio, Colección, Baños del Carmen.

Notas

El 12 de mayo de 2010, Gloria Cartagena acompañó a Pablo en la presentación de Antiguo sol naciente, en la Librería Cálamo de Zaragoza.

El 7 de junio de 2017, Gloria Cartagena y Carmen Romeo lo acompañaron en la presentación de Navío en aguas turbias, en la Casa del Libro de Zaragoza.

El 26 de junio de 2017, en Letras desde Mocade, Carmen Romeo publicó el artículo A Pablo Gómez Soria por su Navío en aguas turbias.

El 2 de julio de 2017, El hacedor de sueños publicó su poema Muerte de la poesía.

El 30 de julio de 2017, Pablo fue la firma invitada de Uno y cero ediciones.

El 11 de diciembre de 2017, asistió en el Goya a la tertulia literaria, Leer juntos.

El 10 de enero de 2018, El hacedor de sueños publicó una reseña de la sesión de lectura con Pablo Gómez Soria.

Carmen Romeo Pemán

 

Por qué nos gusta tanto la literatura fantástica

La literatura fantástica, que no debemos confundir con la ciencia ficción, es un género que cada día gana más adeptos. Está viviendo una especie de edad de oro y me pregunto por qué.

A veces me gusta comparar el placer de la lectura con el de la comida. Llenar el estómago me produce una satisfacción similar, salvando las distancias, a la que siento cuando mis ojos devoran las páginas de un buen libro. Dejando al margen que la sensación que me deja la lectura es mucho más duradera y, además, no me hace engordar, esta clase de nutrición tiene una magia especial porque funciona en más de un sentido: lo que leo me alimenta desde fuera, pero cuando lo proceso y lo interiorizo mi cerebro, mi persona, se alimentan desde dentro con un producto que ya es diferente de lo que esta impreso en las páginas que he leído. Creo que ahí está el quid de la cuestión.

No hace tantos años que viajar era algo a lo que solo tenían acceso unos pocos. Los aviones, las carreteras, la tecnología eran barreras físicas para conocer el mundo. En ese contexto, leer una novela de Emilio Salgari era una aventura maravillosa que nos permitía viajar con la imaginación a parajes de ensueño en los mares del sur en los que, si cerrábamos los ojos, cualquier fantasía o cualquier historia podía ser real. Pero en la actualidad es difícil otorgar ese halo mágico a sitios a los que podemos llegar en un vuelo transatlántico de pocas horas, para encontrar que el misterio oriental se desmorona cuando nos enfrentamos a la realidad. Es difícil creer en la magia al ver muchas de esas playas enfermas de un cáncer con metástasis en forma de macro complejos hoteleros al servicio del cliente. El mundo se ha convertido en un lugar demasiado pequeño donde cada vez tienen menos cabida los sueños.

¿Qué nos queda entonces?

Pues nos queda un mundo virtual donde todo sigue siendo territorio virgen e inexplorado: el mundo de la fantasía. En sus reinos podemos aceptar que ocurra cualquier cosa y recuperamos el placer de volver a ser niños. La ciencia ficción, a diferencia de la literatura fantástica, se desarrolla dentro de un contexto físico y tecnológico que podríamos ubicar en el mundo que conocemos. Pero en el caso de la fantasía nos moveremos siempre por tierras que solo existen en nuestra imaginación. Allí, los seres mitológicos y la magia desplazan a la más sofisticada tecnología, cualquier historia entra dentro de lo posible y esa es una golosina a la que, como los niños, es difícil resistirse.

Vivimos en más de un plano. En el físico, estamos donde estamos, con los pies sobre la tierra, en nuestra casa, en nuestra ciudad, en nuestro lugar de vacaciones. Pero la película que nos montamos en la mente es otra historia. La vida es lo que es, lo que son las cosas, y eso es lo que va llenando nuestra cabeza para que después, con ese material, que cada cual construya lo que quiera o lo que pueda. Y la literatura fantástica nos otorga esa libertad de movimientos que nos ayuda tanto a que no nos ahoguen los problemas cotidianos, el llegar a fin de mes, el saber si nos van a renovar o no el contrato de trabajo.

Cuando leemos una buena historia pasa a ser algo nuestro. Y eso, igual que los recuerdos, se convierte en parte de nuestro capital, en una especie de propiedad privada que nos hace sentirnos más ricos tanto si la guardamos celosamente como si la compartimos. Lo importante es que está ahí.

Me considero una persona afortunada. Mi padre me enseñó a amar la lectura. Tengo salud, trabajo, familia. Conozco varios países. Y os confieso que entre mis itinerarios favoritos sigue destacando el mapa de la Tierra Media. Porque cuando el cine nos la mostró, yo ya la conocía. Había viajado hasta allí con el libro de El Señor de los Anillos entre las manos, sin moverme del sillón.

He volado a lomos de Fujur y de Eragon. He atravesado la puerta del armario para entrar en Narnia. Me he perdido por los pasillos de la biblioteca de Hogwarts. El hielo ha mordido mis carnes en Invernalia.

De cada viaje, he regresado con un botín.

Y sé que hay muchos más mundos esperando mi visita.

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

A nuestros maestros. A los 26 que pasaron por El Frago

 

Y sigo dedicando mis desvelos a las Escuelas de El Frago, donde estudié desde los seis hasta los trece años, cuando mis padres estaban allí de maestros. Esas escuelas fueron mi casa desde que nací. Allí inicié mis primeros juegos y mis primeras travesuras. Allí recibí las semillas de lo que desarrollé en mi vida adulta. Siempre me sentiré en deuda con mis primeros amigos y con todas las gentes de El Frago.

Enfrente de la Escuela de Niñas estaba la de Niños, separada por un pasillo muy pequeño. Cuando la maestra se ausentaba, dejaba abiertas las puertas de las dos escuelas para que nos vigilara el maestro. A mí me parecía una clase muy grande, con los chicos en el lado que daba a Santa Ana, donde hoy funciona un bar de jóvenes, y las chicas en el de la plaza. A nosotras esos momentos nos gustaban mucho. Nos levantábamos a sacar punta a los lapiceros, a borrar la pizarra o a rellenar el tintero. Cualquier excusa era buena para conseguir que nos miraran los chicos. Entonces iba subiendo el murmullo en las dos escuelas hasta que oíamos el grito del maestro:

—¡Silenciooooo!

Esa voz potente nos amilanaba y nos quedábamos muy quietas con las risitas congeladas, esperando la hora del recreo para defendernos de los que nos habían acusado.

Desde mediados del siglo XIX hasta final de los años 60, El Frago tenía dos escuelas unitarias, una de niños, con un local propio, y otra de niñas, sin local. Las maestras daban sus clases en las habitaciones o las cocinas del pueblo que cada año alquilaba el Ayuntamiento. Todo cambió en 1928 cuando se inauguraron las Nuevas Escuelas. Las que fueron mi casa. Estas sí que tenían un local para los chicos y otro para las chicas. Y además viviendas para los maestros. Se hicieron en la época de don Bruno y doña Angelita, y se construyeron “a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Pero esta es otra historia, muy muy emotiva y muy larga.

En mi época, el maestro se encargaba de los chicos desde los seis hasta los catorce años. Y la maestra de las chicas. En los pueblos vecinos, si tenían menos de quinientos habitantes, una maestra se encargaba de una escuela mixta. Eso es lo que pasó unos años después, cuando se murió mi padre y se quedó mi madre con la escuela mixta.

Como toda la vida me ha picado el gusanillo de las Escuelas de El Frago, les he dedicado muchas horas de estudio. Consultando los archivos del Ayuntamiento, me enteré de que en 1838 ya teníamos una escuela dotada con 1.600 reales, pero no encontré el nombre del primer maestro hasta 1848. Y no me topé con ninguna maestra hasta 1874. Eso sí, me encontré con nombres de alumnos, y alumnas, que a los pocos años de haberse fundado la escuela ya tenían títulos de Magisterio. Eso me llevó a pensar que desde el principio también se daba clase a las niñas y que a lo mejor hubo una escuela parroquial anterior a la pública.

En otras ocasiones he rendido mi homenaje a las maestras. Hoy quiero completarlo con el de los maestros. Con todos los que, como ellas, entregaron lo mejor de sus vidas a los niños de El Frago. Además, ellos se implicaron en la vida cultural del pueblo. Unos ejercieron de secretarios, otros de concejales, y todos se ocuparon de las clases de adultos. Enseñaron a leer a los hombres cuando volvían del monte por las noches. Casi todos aprendieron a firmar y a llevar las cuentas de sus menguadas haciendas.

Manuel Marco, Felicia, Isabel...

Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1859–Biel, 1927). Fotografía cedida por la familia Marco.

Siglo XIX. Los comienzos de la escuela pública

1847-1872. José Sánchez Murillo. (Castiliscar, 1828–El Frago, 1872). El primer maestro. En 1855 ya era Secretario del Ayuntamiento. En 1871, cuando se inauguró el registro civil, se nombró secretario a Casiano Romeo Soteras. Pero José Sánchez, con residencia en la calle Mayor número 4, fue testigo de todas las actas de ese año.

Era hijo de Domingo Sánchez, labrador, y Manuela Murillo, naturales y vecinos de Castiliscar. Se casó con María Ardevines Boned (El Frago, 1840-Ídem, 1902), de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: Paulino, Generoso, Juliana y Vicenta. En septiembre de 1872 falleció su hija Vicenta (1868–1872) de tosferina y al poco tiempo don José fue víctima de una epidemia de tifus. En 1874, su viuda, María Ardevines se casó en segundas nupcias con el también viudo Valero Callau Beamonte (1843–1902), de cuyo matrimonio no quedó ningún hijo.

En El Frago se casaron sus hijos Generoso y Juliana. Generoso Sánchez Ardevines (1866- ¿?) con Luisa Laguarta Bonaluque (1879-¿?), hija de Juana Bonaluque Gállego (1850–1889), maestra que fue de El Frago. Y Juliana Sánchez Ardevines (1867-1925) con Silvestre Ara Cuartero (Lacasta, 1858 –El Frago, 1922).

1872-1872. Mariano Sánchez Barrio. (El Frago, 1851–Bayona, Francia, 1899). Estudió bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca y en 1872 ingresó en la Escuela Normal. Ese año, cuando falleció de forma inesperada don José, el Ayuntamiento lo contrató para que se ocupara de la escuela hasta final de curso.

Por la prensa de Madrid, sabemos que Mariano Sánchez Barrio llegó a ser un importante funcionario de Correos de Madrid. “Por la presente llamo y emplazo a Mariano Sánchez Barrio, natural de El Frago, provincia de Zaragoza, hijo de don Segundo y doña Ana, de 47 años, casado con Cristobalina Pueyo, oficial del Correo Central de Madrid. (Diario oficial de avisos de Madrid, 04/10/1898, p. 1). Al año siguiente el cónsul de España en Bayona comunicaba el fallecimiento del súbdito español Mariano Sánchez Barrio, empleado de Correos de Madrid y residente en Bayona desde el 14 de febrero de 1899.

1872-1877. Diego Laporta Soler. (Bailo, ¿?-¿?). Estaba casado con Inés Cervera,  la primera maestra que hasta ahora conocemos. Una de sus hijas que falleció en El Frago. Así lo recoge el registro civil: “A las 6 de la mañana del 9 de junio de 1876, ante don Serapio Les Giménez, juez municipal, y don Casiano Romeo Soteras, secretario, comparece Manuela Biescas, soltera, natural de El Frago, domiciliada en la calle de los Infantes 10, manifestando que Abelina Laporta Cervera, natural de Asín, provincia de Zaragoza, de cinco años de edad, domiciliada en El Frago, en la calle de los Infantes 18, falleció a las 4 de la mañana del día de ayer de una fiebre subsiguiente a la superación del sarampión. Que la finada era hija legítima de don Diego Laporta, natural del pueblo de Bailo, provincia de Huesca, y doña Inés Cervera, natural de Luesia, provincia de Zaragoza, mayores de edad, maestros de Instrucción Primaria de este pueblo”. Manuela Biescas (1857–1928), de casa Presijo, declaraba en su calidad de sirvienta.

Su hijo Miguel, (Triste, 1867-Jaca, 1885) falleció de gastroenteritis en el Seminario de Jaca, el año que cursaba cuarto de Teología.

1877-1879. Medardo Ros Vallés. (Benabarre, Huesca, 1856–Épila, 1915). Estudió en los Escolapios de Madrid y en 1874 obtuvo el título en la Escuela Normal de Huesca. En 1875 fue destinado a Fet, cerca de Benabarre, y en 1877 en Loscorrales (Huesca). Ese mismo año lo destinaron a El Frago y se alojó con su familia en casa del maestro Manuel Marco Bonaluque, en la calle Zaragoza, 1. Después ejerció en Mainar, Fuendetodos y en Plasencia de Jalón.

Estaba casado con Joaquina Lapuente Maza de Lizana (Apiés, Huesca, 1852–Lupiñén, 1941). Estando de maestro en El Frago nació y murió su hijo Pedro. Según consta en el registro civil era nieto por línea paterna de José Ros, natural de Latas (Huesca), y de Francisca Vallés de Benabarre (Huesca). Por línea materna de Guillermo Lapuente, de Arrudi (Francia) y de Nicolasa Maza de Lupiñén (Huesca). También nacieron de este matrimonio: Silvestre (¿?-¿?), Carmen (¿?-¿?), Medardo (Fuendetodos, 1882–1936) y Joaquín (1888–1945).

1879-1881. Manuel Marco Bonaluque

1926. Marco Bonaluque, Manuel

Manuel Marco Bonaluque con pajarita, en el centro, primera fila. Virgen de la Sierra, Biel, 1929. Fotografía cedida por la familia Marco.

(El Frago, 1859–Biel, 1927). Maestro y secretario del juzgado. Era hijo de Francisco Marco Ceballos (La Almolda, 1825-¿?) y Manuela Bonaluque Giménez (El Frago, 1830–Ídem. 1878), dueños de un comercio en la Calle Zaragoza, 1. Estudió Magisterio en la escuela Normal de Huesca. En 1878 compareció en el juzgado de El Frago para declarar la defunción de su madre: “Ante el juez don Sebastián Ángel y el secretario don Casiano Romeo Soteras, compareció Manuel Marco, hijo de la difunta, natural de El Frago, domiciliado en la calle Zaragoza 1, mayor de edad, soltero, maestro de instrucción primaria, e hizo la declaración en los siguientes términos: Manuela Bonaluque Giménez, de 47 años, estuvo casada con Francisco Marco, dedicado al comercio. Tuvieron tres hijos: Manuel, Elías y Elías, de los cuales fallecieron los dos últimos, viviendo el primero en compañía de su señor padre. Manuela era hija legítima de Juan Francisco Bonaluque natural de El Frago de y Bárbara Giménez, natural de Orés, domiciliados en El Frago.

En 1881 Manuel Marco obtuvo la plaza de la Escuela de Niños de Biel y en 1882 se casó con Isabel Sampietro Gállego (Biel, 1863–Ídem, 1938), hija de Juan Sampietro Torres (Sallent de Gállego, 1813–Huesca, 1899), maestro de Instrucción Pública, y de su segunda mujer Mariana Gállego Pétriz (Murillo de Gállego, 1836-¿?). Manuel e Isabel fueron los padres de Marino Marco Sampietro (1884–1927), casado con Delfina Bueno Garza (Agüero, ¿?–Alagón, 1953), maestra propietaria de la Escuela de Niñas de Biel. Su hija Isabel Marco Sampietro estudió Magisterio en Huesca.

1881-1883. Manuel Romeo Beamonte. (El Frago, 1863–Ídem, 1891). De casa Romeo, falleció de una herida en el pecho. Era hijo de Casiano Romeo Soteras (1828–1904), secretario del Ayuntamiento, y de Nicolasa Beamonte Larroy (1830–1892). En 1885 se casó con Carmen Les Biesa (1865-¿?), de casa Juan de Les, de cuyo matrimonio tuvieron dos hijas, Amadea (1886-¿?) y María de los Milagros Baltasara (1889-¿?). En 1881 el Ayuntamiento contrató a este “instructor no titulado”, porque no se cubrió la vacante que dejó Manuel Marco Bonaluque y porque no había ningún maestro ni ningún estudiante de Magisterio en el pueblo a los que se les pudiera conceder un certificado de aptitud.

1883-1910. Pedro Uhalte Alegre. (Villarreal de la Canal, Huesca, 1851–Petilla de Aragón, 1917). Este hijo de Gabriel Uhalte, de Transvillar (Francia), de profesión carpintero, y de Joaquina Alegre de Martes (Huesca), en 1877 obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca.

Desde 1872 hasta 1880 fue maestro, con certificado de aptitud, de las escuela “incompletas” de Mojones (Huesca) y Cubel (Zaragoza). En ese momento los pueblos de menos de 500 habitantes tenían escuelas llamadas “incompletas” a cargo de un maestro con un certificado de aptitud, que solía otorgar el municipio. El aspirante se había formado como “pasante” de otro maestro. Las escuelas denominadas “completas”, a cargo de un maestro titulado por una escuela Normal, eran obligatorias en los pueblos de más de 500 habitantes. La ley de 1857 recomendaba que todas las escuelas incompletas se transformaran en completas. En 1880, la escuela incompleta de Cubel ascendió a completa y se hizo cargo Pedro Uhalte, que en esa fecha ya tenía el título de Maestro Elemental por la Escuela Normal de Huesca. En 1883 llegó a El Frago por concurso y en 1910 se fue a Petilla de Aragón (Navarra), también por concurso.

Según consta en su hoja de servicios, en los veintisiete años de maestro de El Frago lo felicitó la Inspección en dos ocasiones por la educación que daba a sus alumnos y la Junta Local le otorgó tres premios: uno el cinco de junio de 1885, otro el 6 de marzo de 1886 y otro el 8 de junio de 1890.

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Examen de Caligrafía. Archivo Histórico de Huesca.

Estaba casado con Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, ca. 1939), también maestra de El Frago, vivían en el local de la ruinosa Escuela de los Niños y participaron activamente en la vida del pueblo. Dieron clases de repaso, prepararon a muchos de sus alumnos para que salieran a estudiar fuera. Don Pedro, además, se ocupó de la Secretaría del Ayuntamiento en varias ocasiones. Y formó como secretario a su antiguo alumno, Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874–Bata, Guinea, 1952).

De su matrimonio con Simona nacieron tres hijos: María Teresa (Villarreal 1874–Sádaba, 1918), en 1897 obtuvo el título de Magisterio en Huesca y en 1899 se casó con Bonifacio Guillén Luna, (El Frago, 1975-¿?) de casa Pichón. Pedro (El Frago, 1884–Petilla de Aragón, Navarra, 1951), practicante, casado con Juana Arilla Aguas. Y María Esperanza (El Frago, 1888–Ídem, 1889), que falleció a los seis meses de una gastroenteritis.

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Escuelas Nuevas de El Frago. Foto de Bruno Gracia Sieso, 1929.

Siglo XX. Hasta 1936: las Escuelas Nuevas

1910-1910. Perfecto Cárdena. Este maestro interino cubrió la vacante que dejó don Pedro Uhalte. En 1912 estaba el las listas de las oposiciones de Valencia.

1910-1924. Manuel Olivares Muñoz: primera etapa fragolina. (Pobeda de la Obispalía, Cuenca, 1888–El Frago, 1950). Fue maestro de El Frago en dos ocasiones: interino (1910-1924) y propietario (1944–1950). Estudió Magisterio Elemental en Cuenca. Estuvo destinado en Rosalén del Monte (Cuenca) y en Abanades (Guadalajara). Se casó con Inocencia Romeo Alvarado (El Frago, 1882–Ídem, 1963), viuda, y no tuvieron hijos. Vivían en la Plaza, en la casa que actualmente ocupa el bar “4 Reyes”. En 1950, estando en activo, falleció de un infarto.

En 1910 llegó a El Frago donde, además de su labor docente, desarrolló una intensa activad pública. Desde 1912 hasta 1914 fue recaudador de contribuciones, en cuyo cargo le sucedió su padre, Eusebio Olivares Muñoz de las Heras (Belmontejo, Cuenca-El Frago, 1916), viudo de Eusebia Muñoz. Entre 1913 y 1915 fundó la Mutualidad Escolar “La Fragolina”. En 1918 fue elegido concejal, siendo alcalde Segundo Romeo Navarro. En 1924 aprobó las oposiciones y fue destinado a Córdoba.

En 1933, cuando salió a concurso la escuela de El Frago, quiso volver, pero le pisó la plaza Francisco Celma. En 1944 consiguió regresar y en 1945 fundó el Coto Escolar “Guion”, en el paraje de La Fuente.

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Segunda etapa de Manuel Olivares en El Frago. En 1948, en la puerta del Coto Escolar con un grupo de alumnos. Foto de Gregorio Romeo Berges.

1924-1925. Constantino Cristóbal Rabinal. (Mozota, 1896–Uncastillo, 1936). Estuvo de interino un año. Después ejerció en varios pueblos hasta que llegó a Uncastillo, donde fue nombrado director de la Escuela Graduada en 1935. Su nombre figura entre los maestros afiliados a la UGT fusilados en 1936.

1925-1931. Bruno Gracia Sieso.

55. 1929. Niños

Bruno Gracia Sieso con sus alumnos de El Frago, 1929.

(Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1962). Maestro y escritor. En 1925 llegó a El Frago por derecho de consorte. Entre 1926 y 1928, con permiso del Gobierno Civil y de la Inspección de Primera Enseñanza, él y su mujer abandonaron la escuela porque no encontraron vivienda en el pueblo y porque los locales en los que tenía que dar clase amenazaban ruina. Volvió en 1928, cuando las Nuevas Escuelas estaban a punto de terminarse. Y siguió hasta 1931, año en que se trasladó a Ronda (Málaga). En 1930, siendo maestro de El Frago, recibió un premio nacional por su labor educativa. Fue un escritor reconocido entre los costumbristas aragoneses de la época. Junto con Gil Losilla fundó la “Novela de viajes aragonesa”. De su etapa fragolina son muy interesantes los artículos sobre educación y las estampas fragolinas.

1926-1928. Benjamín Biescas Guillén. (El Frago, 1874–Bata, Guinea Ecuatorial, 1951). Secretario del Ayuntamiento desde 1901 hasta 1936. Había estudiado Magisterio y sustituyó a Bruno Gracia Sieso, desde 1926 hasta 1928, cuando tuvo que abandonar el pueblo.

Era hijo de Mariano Biescas Asín y Gregoria Guillén Casabona. En la escuela de El Frago fue alumno de Manuel Marco, Manuel Romeo y Pedro Uhalte, que lo preparó para su ingreso de Magisterio. Se casó en Zaragoza con Elisa Carrascón, en 1900, y se establecieron de comerciantes en El Frago, porque no encontraba trabajo de maestro. Durante sus años de Secretario del Ayuntamiento firmaba con la siguiente coletilla: “de profesión Maestro de Primera Enseñanza y de oficio Secretario”. En El Frago nacieron todos sus hijos, Guadalupe (El Frago, 1902–Ídem, 1902), Gregorio (El Frago, 1904–Ídem, 1907), Clara Alicia (El Frago, 1905-Luna, 1991), Valeriana (El Frago, 1907– Zaragoza, 1980), y Segundo Benjamín (El Frago, 1911–Ídem, 1912).

Desde 1899 hasta 1936 dio repasos en su casa, enseñó a leer a los adultos y preparó a los alumnos que querían salir a estudiar. Dada su quebrantada salud, tuvo varias licencias por enfermedad en las que siempre dejó un sustituto pagado de su propio sueldo. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid por motivos de salud, y no pudo regresar “hasta la completa liberación de España”, por cuyo motivo le fue incoado un expediente y no le permitieron volver a ocupar la Secretaría de El Frago. En 1939, desde su residencia accidental en Guaro (Málaga) solicitaba la jubilación por “una anemia cerebral que lo incapacitaba para el ejercicio de su profesión”. Sobre 1950 llegó a Bata acompañado de su hija Valeriana y con sus cuatro nietos, Juan, Luis, Pilar y Elisa. Murió en Bata, donde su yerno Juan Sánchez Mariscal era el Secretario del Ayuntamiento. En 1957 el Ayuntamiento de El Frago le concedió a su viuda una pensión de viudedad de trescientas pesetas al mes.

1931-1933. Gonzalo López García.

Gonzalo López García

Gonzalo López García (Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Foto de Gregorio Romeo Berges, 1932.

(Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Soria. Estando en El Frago aprobó los cursillos de 1933 y lo destinaron a Caspe.

En 1933, participó en el homenaje a la vejez. Ocupaban la presidencia del acto el alcalde, el juez municipal, el cura párroco y los maestros de las respectivas escuelas con el Ayuntamiento en pleno. Los niños de las escuelas entonaron el himno de Riego y los himnos Ama a los viejos, La legión, En ruta por la vida, La mariposa y la flor y A trabajar. La maestra Raimunda Casabón pronunció el discurso Amemos a los viejos y el maestro Gonzalo López García, Los viejos y el asilo. Varias niñas de la escuela representaron el sainete La Pordiosera, y cierto número de niños el sainete La flauta mágica. Después de los discursos de las autoridades, para terminar, los niños de las escuelas entonaron nuevamente el himno de Riego. (La Voz de Aragón, 1 de junio de 1933).

1932-1932. Gregorio Romeo Berges.

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Gregorio Romeo Berges, 1931.Saliendo de clase. Zaragoza. Plaza de la Magdalena.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969). Estudiante en prácticas, sustituyó a Gonzalo López García en una baja por una larga enfermedad. Esta interinidad nunca constó en su hoja de servicios, pero la inspección la hizo constar en un certificado. Fue maestro propietario de El Frago desde 1951 hasta 1969.

1933-1936. Francisco Celma Felipe. (Brieva de Cameros, Logroño, 1905-Zaragoza, 1936). Era hijo de Joaquín Celma Giner, también maestro, y de Patrocinio Felipe. Comenzó los estudios a los quince años, cuando todavía regía el plan de 1914 y aprobó las oposiciones en 1930. En 1931 fue nombrado propietario provisional de Cenzano (Logroño), y en 1933 llegó a El Frago por traslado. Estaba casado con Juanita Gracia del Río, natural de Calatayud, y tuvieron tres hijos, Joaquín (Cenzano, 1932), María Pilar (El Frago, 1934), cuya madrina de bautismo fue la maestra Ángela Romeo Idoipe, y Blanca Fe (El Frago, 1935), a quien también amadrinó otra maestra: Isabel Peribañez Sánchez.

Colaboró con el Ayuntamiento del Frente Popular y con la UGT. Estaba bien integrado en el pueblo y tenía bunas relaciones con todo el mundo: “Las fiestas acabaron con un banquete en la “Peña de Amigos”, compuesta por el médico, Bernardino Pérez, el cura párroco, don Teodoro Jiménez Coli, el maestro nacional, don Francisco Celma Felipe, el secretario del Ayuntamiento, don Felipe Soria Ransanz y otros jóvenes entusiastas” (La Voz de Aragón, 11 de octubre de 1933). Cuando estalló la Guerra Civil desapareció de El Frago. Unos meses más tarde fue fusilado en su casa de Zaragoza, en la calle Borao número 8.

La Guerra Civil: sin maestros

1936-1936. Restituto Ara Romeo. (El Frago, 1893–Ídem, 1960). Practicante y barbero, domiciliado en la calle Infantes 18. Era hijo de Juan Ara Cuartero (Lacasta, 1843–El Frago, 1922) y de su segunda mujer Pascuala Romeo Ardevines (1850 – 1942). Se casó con Josefa Morlans Tolosana (1889-1967).

El Ayuntamiento lo contrató como “instructor no titulado” para sustituir a don Francisco Celma Felipe. “Habiendo quedado vacante la escuela, se acuerda que don Restituto Ara Romeo, como practicante titular, se haga cargo provisionalmente de la Escuela de Niños, hasta tanto sea promovida por el rectorado universitario de forma legal” (Acta del Ayuntamiento, 14/11/1936. Archivo Municipal de El Frago)

1936-1938. Ángela Sarasa Lasierra. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1908–Zaragoza, 1991). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1938-1943. Ángela Falo Piazuelo. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1914-¿?). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1941-1941. Mecedes Laguarta Dieste. (El Frago, 1921–Valencia, 2009). Realizó sustituciones en la escuela de las chicas y en la de los chicos.

13. 1951-Exposición productos

Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-Ídem, 1969) con sus alumnos en una exposición de productos del huerto escolar en el Fosal, en 1953.

Después de la Guerra Civil: vuelven los maestros

1942-1943. Félix Armendáriz Virto. (Corella, 1916–Ídem, 1997). Hijo de Jesús Armendáriz Arrivillaga y de Josefina Virto. En 1943 se fue por traslado a Corella, donde se jubiló.

1943-1944. Luis Alós Falcón. Solo estuvo unos meses, porque ese año el concurso de traslado se resolvió en diciembre

1944-1950. Manuel Olivares Muñoz: segunda etapa fragolina.

1950-1951. Bonifacio Gómez Barrio. Estuvo unos meses y fue cesado por haber sido nombrado para otra escuela de la provincia de Segovia.

1951-1951. Diego José Lorenzo Germán. Estuvo unos meses de propietario provisional.

1951-1951. Mariano Marco Gota. (Alcubierre, Huesca, 1911–Huesca, 1978). Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Candelaria Palacio Domec y tuvieron dos hijos, Antonio y Jaime.

1951-1969. Gregorio Romeo Berges.

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1967. Excursión escolar a Ordesa. Gregorio Romeo Berges con un grupo de alumnos de El Frago.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969) El último maestro propietario. Estuvo un año de sustituto (1932), y dieciocho como propietario (1951–1969). Era hijo de Francisco Romeo Palacio (1855-1926) y de Antonia Berges Beamonte (1885–1950). Estudió Magisterio en Zaragoza (1929–1933) y aprobó las oposiciones de 1941. Fue maestro interino de El Frago (1932), Fuentes de Ebro (1937) y Biel (1938–1940). Propietario provisional de Biel (1940 –1943) y propietario definitivo de las escuelas graduadas de Ejea de los Caballeros (1943–1945), de la de niños de Erla (1946–1950) y de la de El Frago (1951–1969).

En 1943 se había casado con Asunción Pemán Marco en Biel, donde ambos estaban en propiedad provisional. Tuvieron dos hijas: Concepción “Maruja” (Ejea de los Caballeros, 1944) y Carmen (El Frago, 1948). En 1969, con la emigración a la ciudad, se estaban vaciando las escuelas y, a su muerte, la escuela de El Frago se convirtió en mixta.

Desde 1969 hasta 1990. Solo maestras

La Escuela Mixta y la Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza fueron las dos últimas etapas de una escuela que agonizaba y que estaba a cargo de maestras. Pero encontramos dos excepciones: un maestro sustituto de Nieves Escartín y otro nombrado para la guardería.

1978-1979. Alfonso Ortiz Herrera. De la etapa de la Escuela Mixta. Sustituyó a Nieves Escartín desde octubre de 1978 hasta febrero de 1979.

1985-1987. Antonio Berdor Bailo. El único maestro de Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza. Estuvo tres meses en el curso 1985–86 y todo el curso 1986 –1987.

Para terminar

Algunas maestras y maestros echaron raíces, se implicaron en la vida del pueblo, consiguieron erradicar el analfabetismo y lograron que las gentes valoraran la enseñanza como un bien muy preciado.

José Sánchez Murillo, el primer maestro que conocemos, llegó como propietario en 1847, se casó con María Ardevines y ejerció veinticinco años, hasta que se lo llevó una epidemia de tifus en 1872. Gregorio Romeo Berges, el último propietario, estuvo diecinueve años, y también se lo llevó un accidente casual en 1969. José y Gregorio, el primero y el último, son dos de los veintiséis eslabones de esta cadena de relevos que duró ciento veintidós años.

Pedro Uhalte vivió veintisiete años en El Frago. Entre 1883 y 1910, preparó a muchos alumnos para que salieran a estudiar fuera. En sus clases de repaso consiguió que casi todos los hombres de El Frago aprendieran a firmar. Después recogió el testigo su alumno Benjamín Biescas, el gran protector de la cultura fragolina.

La década dorada de los años 20: Ángela García Alegre y Bruno Gracia Sieso. Este matrimonio de maestros-escritores estimuló la cultura y consiguió que se levantara un edificio escolar con dos escuelas y viviendas para los maestros. Todo el pueblo colaboró en este proyecto, unos con su trabajos y otros con sus ahorros. De la mano de estos maestros salió una generación de licenciados fragolinos.

Durante la Guerra Civil, con el maestro titular fusilado y sin maestros disponibles, porque unos habían muerto y otros estaban en el frente, el rector, que era el encargado de la Educación Primaria, recurrió a Restituto Ara, una persona del pueblo no titulada. Y luego, de forma excepcional, nombró maestras para cubrir las vacantes de la Escuela de Niños.

En la posguerra, dos maestros recuperaron el pulso. Los seis años de Manuel Olivares, casado con la fragolina Inocencia Romeo, y los dieciocho de Gregorio Romeo, natural de El Frago, dieron como fruto una nutrida generación de titulados universitarios.

Los años de la escuela mixta coincidieron con el momento en que los pueblos de España se estaban vaciando del todo. Y esa fue la razón por la que se cerró una escuela que se había levantado y mantenido con tanto esfuerzo y entusiasmo. Sirvan estas líneas para que nunca muera del todo.

Camen Romeo Pemán

Imagen principal. 1929. Bruno Gracia Sieso en la Escuela de Niños de El Frago.

Presentación libro