María Moliner en Zaragoza

#InstitutoGoya

El sábado día 30 de marzo, María Moliner Ruiz cumplió 119 años. Fue una de las primeras alumnas del Instituto Goya, en ese momento llamado Instituto General y Técnico de Zaragoza, que durante mucho tiempo estuvo situado en la vieja Universidad de la Magdalena, un edificio hoy desaparecido.

Fachada de la Universidad

Fachada de la desaparecida Universidad de la Magdalena. En este complejo universitario estaba el Instituto de Zaragoza.  En 1933 se trasladó al edificio de los jesuitas y se llamó Instituto Goya. En 1936 estuvo un tiempo en la Escuela de Comercio y después volvió a la Magdalena. En 1959, el mismo día que el Hospital Miguel Servet, se inauguró el edificio tal y como se conserva en la avenida Goya, 45.

Movida por el honor de haber impartido clases en el instituto donde ella estuvo de alumna, quiero recordar sus andanzas por Zaragoza, y los homenajes que la ciudad le ha dedicado poniendo su nombre a edificios, organizaciones y calles. Así, María Moliner sigue presente, de forma habitual y natural, en la ciudad de su adolescencia.

María Moliner Ruiz. (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981). Lexicógrafa. Licenciada en Historia, archivera, bibliotecaria y una infatigable trabajadora de la lengua española. Era hija de Matilde y Enrique, un médico rural que en 1902 se trasladó a Almazán (Soria) y en 1904 a Madrid. En 1914 María regresó a Zaragoza.

Comenzó los estudios de bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, y se examinó, como alumna libre, en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (1910-1915). En 1915 pasó, también como alumna libre, al Instituto General y Técnico de Zaragoza. En 1917 figuraba como alumna oficial y en 1918 obtuvo el título. Fue una de las primeras alumnas que cursó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza.

María Moliner. Certificado

Como se aprecia en la foto de 1917, la que encabeza esta reseña, ese curso solo había seis alumnas, en la foto todas están junto al profesor don Miguel Allué Salvador —en 1917 era director don Pedro Marcolaín— . María Moliner lleva trenzas y está abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila—. Entre sus compañeros del Goya reconocemos a Luis Buñuel —arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila— y a Ramón J. Sender —abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila.

En 1921 obtuvo premio extraordinario en la licenciatura de Historia, en la Universidad De Zaragoza Unizar, que entonces tenía la sede en la Plaza de la Magdalena, en el mismo edificio que estaba el instituto.

Carnet del Goya

Carné de la Universidad de Zaragoza

Desde 1917 hasta 1921, María Moliner, además de cursar Historias en la Facultad de Filosofía y Letras, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva. Allí colaboró en la realización del Diccionario aragonés y adquirió un método de trabajo que después le resultaría muy útil para la redacción de su Diccionario.

En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y comenzó a trabajar en el archivo de Simancas. Desde 1924 hasta 1930 estuvo destinada en Murcia, donde conoció a Fernando Ramón Ferrando, un catedrático de Física, con quien se casó en 1925. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia. Allí nacieron sus dos hijos mayores: Enrique y Fernando. En 1930 se trasladaron a  Valencia, donde nacieron Carmen y Pedro.

Ya en Valencia, María, Fernando y otros matrimonios fundaron la Escuela Cossío, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, para educar a sus hijos de forma moderna y europea. Dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas y escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Realizó importantes aportaciones para la política bibliotecaria de la II República.

Al acabar la Guerra Civil fueron expedientados y degradados en el escalafón. Fernando perdió la cátedra y lo trasladaron a Murcia. Y a María la rebajaron dieciocho niveles en el escalafón y la destinaron al Archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 su marido fue rehabilitado y destinado a la Universidad de Salamanca. Finalmente, la familia se instaló en Madrid y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Desde 1951 hasta 1966, ella sola definió en español actual, con paciencia y con un método riguroso, una a una todas las palabras del diccionario de la Real Academia Española. Y otras que todavía no estaban admitidas.

El resultado fue el Diccionario de uso del español (1966), uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos de la lexicografía española del siglo XX, reeditado constantemente desde su publicación.

Marcapáginas

Un marcapáginas para libros

 

En 1972 no fue admitida en la Real Academia Española por su condición de mujer. María Moliner, trabajadora, inteligente y utópica, fue víctima de una sociedad que no era generosa con las mujeres.

Reconocimientos en Zaragoza

El antiguo camino de las Alcachoferas, en 1935 se llamó calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 hasta 1979 calle del General Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se le puso el nombre de María Moliner.

Mapa de la calle

En Zaragoza, también lleva su nombre la asociación de mujeres “María Moliner”, con sede en la calle Alcalde Burriel.

El logotipo de la Asociación de Mujeres María Moliner

Logotipo de la asociación

El instituto de educación secundaria María Moliner está en el Barrio Oliver.

Instituto de Edudación secundaria en el Barrio Oliver

Y los zaragozanos le han dedicado dos bibliotecas: la Biblioteca María Moliner del Campus Universitario de la plaza de San Francisco.

Biblioteca María Moliner

Biblioteca María Moliner en el Campus de la plaza de San Francisco de Zaragoza.

Y la Biblioteca Pública Municipal María Moliner, en la plaza de San Agustín.

Blblioteca Pública Municpal en la plaza de San Agustín

Biblioteca Pública María Moliner, en la plaza de San Agustín de Zaragoza.

 

Para terminar

Cinco catedráticas del Instituto Goya, Cristina Baselga Mantecón, Pilar Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez, y Gloria Álvarez Roche del Instituto Avempace, le hemos rendido nuestro homenaje en libros y charlas, y en una exposición sobre las Pioneras en la educación en Aragón. Por iniciativa de Pilar Fernández Llamas rescatamos su expediente del olvido, junto con los de otras alumnas. A María Moliner le hemos dedicado un espacio importante en dos libros: en La Zaragoza de las Mujeres. Callejero y en los Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Carmen Romeo Pemán

Goya Actual

Instituto Goya hoy

Babila Millán, la hornera de la plaza

De las fragolinas de mis ayeres

A Sara Puente

Cuando Babila Millán se quedó viuda con ocho criaturas, alquiló el horno de la plaza. Le pagaban poco y encima tenía que hacerse cargo de los desperfectos del local. Su vecina Andresa le dijo que más le valdría ir a lavar al río con ella, que los ricachones eran más generosos que los del Ayuntamiento. Además, si iba por las casas, siempre podría quitar el hambre de sus hijos con las patatas que sobraban en los calderos de los cerdos.

—Mira, Andresa, ya me gustaría, pero tengo muchas quebrazas. —Se sacó las manos de los bolsillos del delantal y le enseño las heridas—. Con el jabón se me abren más y no me dejan dormir por la noche.

A Andresa eso del horno no le gustaba. Le decía que tendría que levantarse antes del alba y trabajar todo el día sin parar hasta bien entrada la noche. Y que ser fogonera era mal oficio.

—Babila, ¿has pensado que si estás todo el tiempo junto al fuego te saldrán cabras en las piernas?

—Pero son más llevaderas que los sabañones que salen con el frío.

Aquella ocurrencia de Andresa le trajo a la memoria su noviazgo con Nicolás, que estaba loco con sus piernas. Entonces pensó que no le gustaría verla con manchas rojas asomando por debajo de la saya.

—Bueno, pero luego no me vengas diciendo que no les puedes dar un mendrugo de pan a los críos —le contestó Andresa, la vez que se sujetaba el balde de ropa que llevaba en la cabeza.

—Lo que tú no sabes es que mi marido, que en paz descanse, quería coger el horno. No solo por el pan. Que ya sabemos que no da para vivir. Y menos aquí que las mujeres nunca dejan la poya. Dicen que no es obligatoria como en otros pueblos.

—A ver, Babila, entra en razón. Eso pasa porque el alcalde se ocupa del horno. Y además, lo de la poya era antes, cuando los que iban a cocer el pan pagaban en especie. Pero los tiempos han cambiado.

—Pues a lo que iba, Andresa, que de una nos vamos a otra,

Entonces Babila habló y habló de lo importante que era el cáñamo. De los fajos de las eras que se ataban con sogas y soguetas. De los sacos y las talegas que se empleaban para llevar el grano a las casas. De los toldos de los carros y de las sábanas que tejía Benito y de las mujeres que andaban todo el día hilando.

—Como comprenderás, me puedo sacar un buen jornal secando fajos de cáñamo, sobre todo en tiempos de lluvia. —Babila se metió debajo de la toca unas greñas que se le habían salido.

—Pero eso es peligroso —le dijo Andresa—. Acuérdate de la Jerónima. Menos mal que solo se le quemaron los refajos.

—Eso le pasó porque era un poco zafia y no tenía buenas trazas de tizonera. Pero yo me he criado haciendo carbón en el monte. Desde cría domino bien el fuego.

Así fue como Babila, la viuda de Nicolás Puente, se convirtió en una hornera famosa. Venían las gentes de la redolada con burros cargados. Sobre todo de los pueblos en los que los alcaldes habían prohibido que se secara el cáñamo junto al fuego.

Tanta fue la fama del horno de El Frago que la hornera no daba abasto ni le cabían todos los fajos en aquel cuchitril. Y las mujeres del pueblo le montaban trifulcas diciendo que ellas eran las primeras. Un día se le presentaron todas con grandes fajos y los pusieron a secar muy cerca de la boca del horno, justo delante de otros que estaban extendidos por el suelo.

Mientras se cocían los panes, Babila intentaba quitarlos, pero no tenía bastantes fuerzas. En estas estaba cuando sintió un olor penetrante y un tufo que casi la ahogaba.

—Babilaaaaaa, que se te queman los panes, que llega el olor a socarrado hasta la plaza —gritó una voz ronca por el ventano que daba al callejón de la herrería.

Se sobresaltó y, sin pensarlo dos veces, abrió la puerta del horno. Cogió la pala y comenzó a sacar panes carbonizados. No se dio cuenta de que algunos llevaban brasas pegadas. En ese trajín se le prendió un trozo de estopa y en unos segundos ya estaba ardiendo todo el edificio.

Los vecinos, lograron apagar el fuego con grandes esfuerzos, pero no pudieron salvar a Babila. El primero que llegó hasta ella, desafiando a las llamas, la encontró cadáver. Después vinieron los llantos, la autopsia y el certificado del juez.

Acta de defunción de Babila Millán de treinta y ocho años, viuda de Nicolás Puente y madre de ocho hijos. Falleció, dentro del horno de la plaza, por asfixia y por el extremo dolor que le produjeron las quemaduras en todo el cuerpo. Así lo certificaron los médicos que le realizaron la autopsia.

Hasta el río llegó el eco de las mujeres que lloraban por Babila Antes de una semana, las autoridades se llevaron a sus hijos al hospicio y, en menos de un año,  construyeron un horno con dos partes separadas por un tabique. En un lado se cocía el pan y en el otro se secaba el cáñamo. Las gentes se acostumbraron a pagar la poya del pan y los costes del secado del cáñamo. Y en la memoria de todos quedó la leyenda de Babila, la hornera que desafío los peligros para dar de comer a sus hijos.

Carmen Romeo Pemán

Lacasta. Horno. José Ramón Castán Pérez. 2016

Horno público de Lacasta (Zaragoza). Foto de José Ramón Castán Perez, 2016.

 

Imagen principal. Ricardo Compairé Escartín. Ayerbe. Mujeres en el horno, antes de 1936.

El calendario egipcio. Una curiosa historia

La última semana de febrero estuve en Egipto con un viaje de grupo, y es una experiencia que recomendaría a cualquier persona con los ojos cerrados. Intentar recoger en un artículo todo lo que aprendí es misión imposible, pero me apetece compartir al menos una de las muchas cosas interesantes que desconocía: el origen del calendario.

Mi descubrimiento se produjo durante la visita al templo de Kom Ombo. El guía de nuestro grupo, Tarek, egiptólogo de profesión, se paró delante de un mural y nos hizo una pregunta a bocajarro:

–¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué febrero tiene veintiocho días y los demás meses tienen treinta o treinta y uno?

Ninguno de nosotros levantó la mano para responder ya que, como es natural, no teníamos la respuesta. Ojalá yo hubiera tenido una grabadora para haber conservado todos los detalles de una explicación magnífica. Y, aunque no soy egiptóloga, trataré de contaros aquí esa historia que me pareció apasionante.

Se piensa que el calendario egipcio del templo de Kom Ombo, con más de dos mil años de antigüedad, es el primero conocido en la historia de la humanidad. La vida de los egipcios estaba regida por el Nilo, y el estudio de algunos papiros nos ha permitido saber que medían el tiempo en función de un hecho trascendental para ellos: las crecidas y los desbordamientos anuales de su río, al que consideraban la fuente de la vida. Por eso concibieron un calendario más agrícola que astronómico, a diferencia de otros pueblos, como el babilónico, que fijaba la duración del año en función de observaciones sobre los astros.

Para los egipcios el año constaba de 365 días, divididos en doce meses, de treinta días cada uno. Eso nos daría un total de 360 días a los que añadían cinco días adicionales, llamados los días muertos o días olvidados, que los griegos llamaron días epagómenos o añadidos, del verbo επαγω (epago), añadir. Esos cinco días se introducían después del mes doce y antes del día de año nuevo, y se consideraban una especie de festivos dedicados a honrar a los dioses. En egipcio se llamaban “heru repenet (Hrw rpnt)” y en ellos se festejaban los nacimientos de OsirisHorusSethIsis y Neftis, porque en esos días la diosa Nut pudo dar a luz a sus cinco hijos, ya que el dios Ra le había prohibido tenerlos durante el año.

El año se dividía en tres estaciones, de cuatro meses cada una. Y cada mes tenía tres semanas denominadas décadas, “(tp-ra-mD)”, de diez días, en lugar de los siete que tienen hoy las nuestras. Las tres estaciones eran:

  • Inundación (Akhet o Ajet), entre mitad de julio y mitad de noviembre.
  • Siembra o germinación (Peret o invierno), que transcurría desde la mitad de noviembre hasta la mitad de marzo.
  • Recolección o cosecha (Shemu o verano) de mitad de marzo a mitad de julio.

Dado que para ellos la vida era la cosecha, el año empezaba en marzo. Y teniendo en cuenta esa mentalidad agrícola, empezaban a contar el año con marzo como el mes uno. También el calendario romano, posterior, comenzaba el mismo mes. Y eso hace que sean lógicos los nombres actuales de algunos de nuestros meses: septiembre (mes séptimo), octubre (octavo), noviembre (noveno) y diciembre (décimo). En los escritos egipcios, para nombrar las fechas se usaba el número del mes en vez de el nombre propio. Así, por ejemplo, encontramos “Día siete del tercer mes de la inundación”. Al final de los doce meses, como he señalado antes, se añadían los cinco días olvidados.

Más tarde Julio César impuso en todo el territorio controlado por Roma el calendario juliano. Para ello contó con la ayuda de un egipcio, Sosígenes. Distribuyó los cinco días olvidados y los añadió a meses alternos. A esto hay que añadir un rasgo de la mentalidad imperial romana: Julio César y Augusto quisieron que les dedicaran un mes del calendario. Así permanecerían en el recuerdo de las gentes y se harían inmortales, y de ahí vienen los nombres actuales de nuestros meses de julio y agosto. Y, para darles mayor importancia, a estos dos meses imperiales se les atribuyó uno de los días olvidados. Por eso los meses van alternando entre treinta y treinta y un días, salvo julio y agosto que son los dos únicos consecutivos que tienen treinta y un días cada uno. Y al repartir de ese modo los días olvidados, cuando la cuenta llegó a febrero, que era el último mes del calendario, le tocó quedarse solo con sus veintiocho días actuales. Lo de los 29 días de los años bisiestos ya es por razones astronómicas, que no tienen que ver con el calendario egipcio.

Os he contado esto de memoria, ateniéndome a lo que recuerdo de los comentarios de nuestro guía. Así que, si algún especialista en el tema me pilla algún error, vaya por delante que este artículo lo he concebido más como una historia interesante que como un documento con aspiraciones de perfección técnica. Pero no me negaréis que la pregunta que nos hizo Tarek no da lugar a reflexiones interesantes.

Ojalá mi viaje hubiera durado una semana de las de entonces. En lugar de siete días habría disfrutado de tres más para conocer y admirar una cultura cuyo conocimiento me hace sentirme mucho más rica, a pesar del dinero que me gasté en el viaje.

Hay cosas que valen la pena, y Egipto es una de ellas.

Adela Castañón

Foto de la autora. Templo de Kom Ombo

Cándida. Los agitados comienzos del feminismo en España

#demibauldelecturas

El viernes, 8 de febrero de 2019,  asistí en Facultad de Educación de Zaragoza al seminario, Las mujeres votan por la paz, que se inscribía en el proyecto europeo Programa Europa de la ciudadanía.

Lo convocaba La liga internacional de las mujeres por la paz y la libertad  (WILPF), con el apoyo del Observatorio de igualdad de la Universidad de Zaragoza.

En una de las sesiones se presentó el libro De Madrid a Ginebra. El feminismo español y el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, escrito por Isabel Lizarraga y Juan Aguilera.

En ese mismo acto tuve la oportunidad de presentar Cándida, la novela con la que Isabel da vida a todo el ambiente en el que se gestó el Congreso de Ginebra de 1919

El interés que me despertó la lectura, las palabras de su autora y la buena acogida entre el público me han animado a escribir este artículo con la intención de contagiaros mi entusiasmo.

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Cándida es la historia de una maestra riojana, cuyo periplo vital se teje con los convulsos orígenes del feminismo en España.

De su mano conocemos las trayectorias de la marquesa del Ter, de María Lejárraga, de María Espinosa y otras mujeres famosas entre 1918 y 1921.

Utiliza con gran acierto la ficción literaria para revivir unos entresijos históricos difíciles de contar. Con los trajines de los personajes, reales y ficticios, entendemos los bastidores en los que se fueron urdiendo los movimientos feministas.

Antes de la lectura, ¿quién recordaba a la marquesa del Ter, a María Lejárraga, a Celsia Regis, a María Espinosa, a Carmen de Burgos, a María de Echarri, a María de Lluria, a Magda Donato, a María de Maeztu, a Amparo Cebrián de Zulueta, a Benita Asas Monterola o a las hermanas Ana y Amalia Carvia? ¿Y quién conocía a Paulina Luisi, Mary Sheepshanks, Anna Wicksell, Carrie Chapman Catt, Chrystal MacMillan, importantes mujeres europeas relacionadas con Alianza Internacional por el Sufragio?

Cuando cerramos el libro, nos quedamos pegados a ese elenco de mujeres que brillaron en los salones, en las tertulias y en los despachos de Madrid y que a los pocos años cayeron en el olvido.

El título

Cándida es un título irónico.

Me llamo Cándida, Cándida Sanz Pedriza, se dijo en voz baja. Aún no hace frío en este día 15 de septiembre de 1918 y estoy sola en la estación del tren de Logroño.

Con este arranque novelesco, desde la primera página nos damos cuenta de que esa maestra, que está en la estación de Logroño esperando el tren de Madrid, no es ni ingenua ni inocente. Que abandona al novio y el ambiente provinciano para luchar contra una sociedad que considera injusta con sus escritos, como corresponsal del diario La Rioja, en la sección “Los Jueves de la Mujer”, que mantiene al día a las mujeres riojanas. Pero, a los pocos días de su estancia en Madrid, y de la mano de María Lejárraga, se involucra en las intrigas de los nuevos círculos feministas.

Cándida era el nombre de una abuela de Isabel Lizarraga, pero en la novela funciona como el espejo en el que se desdobla María Lejárraga. De esta forma, el personaje de ficción profundiza e inmortaliza a los personajes reales  Si conocemos estas referencias, la lectura adquiere una nueva dimensión.

Además, este título apunta a una intertextualidad con el de Cándido de Voltaire. En las dos novelas la objetividad histórica, respaldada por los datos documentales, es un potente recurso contra la intolerancia, el fanatismo y los abusos del poder.

El contenido novelesco: el argumento

En una trama simple en torno a las relaciones de Cándida y Beatriz, se engarzan todos los entresijos del naciente feminismo español.

Cándida, a sus veinticuatro años, decide cambiar el rumbo de su vida. Va a Madrid a sustituir a su antigua profesora de Magisterio, Pilar, actual corresponsal del diario La Rioja, que siente que su tiempo se ha acabado y quiere dejar paso a las nuevas generaciones. Cándida lleva en el bolsillo una carta de recomendación del párroco para María Lejárraga, quien la acoge como a una hija: le busca alojamiento y la introduce en los círculos en los que las ideas feministas están en plena efervescencia.

De esta forma, entra en contacto con las fundadoras de la Unión de Mujeres de España (UME), con las de la Asociación Nacional de Mujeres de España (ANME), con las de la Liga Española para el Progreso de la Mujer, la primera asociación feminista que se fundó en Valencia, en torno a la revista Redención y con las de la Alianza Internacional para el Sufragio (International Woman Suffrage Alliance), que publicaban la revista Ius Suffragii. Cándida conoce de primera mano a todas las feministas, con sus grandezas y sus miserias, con sus nobles aspiraciones y con las rencillas entre ellas.

En Madrid se hace amiga de Beatriz, la hija de Louisa Grapple de Modeiras, con quien vive momentos felices y atroces. Hasta se la lleva unos meses a Logroño para alejarla de un grave problema familiar.

Este primer regreso a Logroño va precedido de un interludio: el diario de la marquesa del Ter, la fundadora de la UME. Estas memorias son un remanso narrativo que amplía, en olas concéntricas, el contexto histórico, y siembra nuevos datos con los que aumenta la tensión de la trama.

Cuando Beatriz se repone, regresa a Madrid con Cándida, y se reencuentra con su novio Fermín, que le cuenta el verdadero motivo por el que se truncaron sus relaciones. Después, las dos amigas asisten al congreso de Ginebra. Al acabar, Beatriz se va a Londres y Cándida regresa a Logroño, donde sigue trabajando como maestra.

La acción narrativa termina en 1921, con una manifestación feminista organizada por María Lejárraga y la marquesa del Ter.

Y todo se acaba en un epílogo. Lo cuenta una cuidadora de Cándida, después de su muerte a los ciento cuatro años. Sintetiza el rumbo posterior de los acontecimientos, cierra las vidas de los personajes principales y explica las claves narrativas de todo el relato.

El feminismo

Es el tema central de la novela. Así se lo explicaba Isabel Lizarraga a Pilar Laura Mateo en una entrevista para el “Club de lectura Palabra de Mujer”, cuando publicó La canción de mi añoranza. Isabel Oyarzábal. Embajadora de la República:

Pilar Laura Mateo. Tus dos novelas son una exhaustiva investigación sobre la vida de mujeres intelectuales poco o nada reconocidas por la historia oficial. ¿Piensas que queda mucha historia por recuperar de las mujeres de este periodo?

Isabel Lizarraga. Indudablemente. Todas ellas han sido silenciadas por un doble motivo: por ser mujeres y por ser las perdedoras de una guerra que les arrebató todo aquello por lo que habían luchado. La historia oficial las ha ignorado tanto por motivos políticos (la gran mayoría tuvo que exiliarse) como por la secular negación y ocultamiento de la mujer a lo largo del tiempo.

P. LM. Las asociaciones de mujeres de principios del XX desplegaron mucha actividad pero obtuvieron pocos resultados. ¿Cuál crees que fue su error?

I. L. Las mujeres de principios del siglo XX hicieron todo lo que pudieron, pero tenían muchas cosas en su contra: las leyes, la costumbre, la falta de educación en relación con el hombre… El principal error que cometieron fue el de no ser capaces de aunar sus fuerzas en una asociación común a todas las mujeres que deseaban lo mismo.

P. LM. una cosa que quizá puede chocar a las lectoras/es de hoy, y es que casi todas estas mujeres pertenecían a las clases acomodadas, algunas incluso tenían título nobiliario, ¿cómo valoras esta cuestión?

I. L. Me parece normal que las pioneras pertenecieran a las clases acomodadas. Las mujeres pobres tenían suficiente con sobrevivir.

Para reclamar algunos derechos hace falta saber que existen (o que existen en otros lugares), saber leer, saber escribir, y tener tiempo y fuerzas como para luchar por ellos. El hecho simple de fundar una asociación donde reunirse requiere tener dinero para alquilar el local, para editar una simple hoja reivindicativa o revista o para prever cualquier actividad, y no hay que olvidar que en esa época las mujeres casadas ni siquiera tenían la potestad de gestionar su propio dinero.

P. LMEllas fundaron el Comité Nacional de Mujeres contra la guerra y el fascismo en vísperas de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué opinas de esto?

A mí me conmueve el hecho de que las mujeres de esa época se proclamasen pacifistas. Estaban horrorizadas por los efectos de la Primera Guerra Mundial y suponían ingenuamente que, si las mujeres llegaban a gobernar, serían capaces de evitar las guerras, ya que, siendo madres, no consentirían que sus hijos murieran en ellas.

El tempo lento

Hay novelas que respiran como gacelas y otras como ballenas, o como elefantes. (Umberto Eco, Apostillas al Nombre de la rosa).

Isabel, interesada por el trasfondo histórico, escribe una novela de respiración lenta. El lector se va recreando en el ambiente y en las noticias de los periódicos que la autora intercala con gran acierto y oportunidad en la trama. Nosotros, como don Ramón Cabrera, el marido de la marquesa del Ter, leemos sin prisa. De vez en cuando, volvemos a releer en voz alta y lo comentamos. Porque, en esta novela hay encerradas muchas horas con la prensa de principios de siglo. Y la prensa se comenta con los cercanos.

Este tempo lento se refleja en la estructura y en la aparente falta de proporción entre las partes narrativas. Pero todo está en función de la historia y de la trama, de las vivencias y de los acontecimientos

La disposición cronológica

Ocupa tres años de la larga vida de Cándida (San Millán, 1894-Logroño, 1998). Justo el tiempo en el que Beatriz entró en la vida de Cándida. La acción avanza en tres bloques temporales, pero no se corresponden exactamente con los años.

1919-1919. Crónica de un amanecer. Un amanecer lleno de anhelos y deseos, de titubeos y frustraciones. El nacimiento de la amistad entre las protagonistas coincide con el de los movimientos feministas y con la ruptura con sus novios.

1918-1920. El diario olvidado de la marquesa del Ter. Completa los acontecimientos de 1920 desde un nuevo punto de vista. Y progresa con una información muy detallada sobre el octavo Congreso de la Alianza, celebrado en Ginebra del 8 al 12 de junio de 1920.

1920. Fulgor opaco de mediodía. (marzo-junio). Es el desenlace novelesco, en tres tiempos y en tres lugares.

Las dos amigas se refugian en Logroño, después del desastre de la familia de Beatriz. Cuando Beatriz cumple veintitrés años se convierte en mayor de edad y vuelven a Madrid para arreglar los asuntos que quedaron pendientes. Finalmente,  llega la semana del Congreso de Ginebra y la separación de las amigas. Beatriz se va a Londres. La marquesa del Ter desaparece y se deja el diario en el hotel. María Lejárraga y Cándida regresan juntas a Madrid.

1921. La sonrisa triste. Encontramos a Cándida en el tren que va a Logroño donde de nuevo ejerce de maestra. Vuelve de Madrid, de una manifestación feminista que han organizado la marquesa de Ter y María Lejárraga. Sus aventuras madrileñas le han dejado un poso de tristeza.

1984-1998. Epílogo nocturno: cola de cometa. Los últimos años de Cándida en una residencia en Logroño.

El juego de narradoras

Todo lo ha contado una narradora omnisciente que conoció los hechos a través de los documentos que encontró y de lo que la propia Cándida le contó.

Día a día, con mi insistencia, conseguí rescatar una parte de ese pasado, y así he sabido que la Marquesa del Ter murió en Madrid en abril de 1936 y que su esposo, arruinado, la sobrevivió hasta 1940.

Que María Lejárraga fue abandonando paulatinamente su labor de escritora para comprometerse cada vez más en la vida política.

Que Carmen de Burgos conservó su carácter combativo y resuelto durante toda su vida: murió en octubre de 1932, mientras pronunciaba una conferencia en el Círculo Radical Socialista.

Que Clara Campoamor, después de distintos trabajos y oposiciones, comenzó los estudios de Derecho y se licenció a los 36 años.

De Consuelo González, la Celsia Regis de los años veinte, Cándida no sabía nada, y tampoco de Magda Donato.

Cándida apenas me quiso hablar de Beatriz, pero entre sus papeles leí que marchó a Londres, se casó y tuvo cuatro hijos. Nunca volvió a España. (P. 199 y ss.)

Esta narradora, encontró en el armario una caja en cuyo interior había:

Recortes de periódico apilados en un escrupuloso orden cronológico, cartas con fechas antiguas, un viejo diario de tapas gastadas con la letra de Cándida, un cuaderno de la Marquesa del Ter y, al fondo del todo, en testimonio nebuloso de lo que no pudo ser, una fotografía con la firma de un amigo. (P. 198).

Y de forma abierta confiesa cómo ha construido la novela.

La historia que antecede a estas páginas ha nacido de la revisión de los documentos que Cándida guardaba en su caja escondida, que muchas veces recojo en su forma textual, a partir de las noticias de los periódicos de la época y, especialmente, a partir de los manuscritos de su propio diario y del texto de la Marquesa del Ter. (P. 198).

Isabel ha bebido en fuentes clásicas para construir esta novela: ha reescrito desde un nuevo punto de vista el viejo tópico del manuscrito encontrado que tan famoso se hizo con El Quijote.

Una novela histórica

Está contada como una historia de vida y enmarcada con abundantes digresiones documentales. La atmósfera feminista es el cañamazo sobre el que se teje la vida de Cándida, el alter ego de María Lejárraga. Y todo sembrado con abundantes detalles del vivir cotidiano que le confieren la impresión de historia verdadera.

María Espinosa de los Monteros y Díaz de Santiago. Todo el mundo sabe que es la representante de la Casa Yost en España desde hace veinte años y que el Consejo de Instrucción Pública le concedió la Cruz de Alfonso XII. … con su traje negro ceñido con una banda en la cintura y la famosa Cruz en el pecho. También llevaba un collar de perlas y un moño bastante discreto. (P. 12).

Las páginas están salpicadas de juicios hechos desde una cercanía y un conocimiento profundo de los personajes.

La cocinera, adusta, miraba a Anita, con la toca de doncellita prendida sobre su pelo moreno, pensaba en la dueña de la casa, la Marquesa feminista, y en el fondo no comprendía nada de la vida moderna. (P. 19).

Para terminar

Isabel Lizarraga combina con acierto la documentación histórica con los elementos narrativos. En esta novela prima el docere, enseñar, sobre el delectare, deleitar, pero en ningún momento descuida los elementos literarios. Cándida cuenta los orígenes del feminismo en España de una manera hermosa y didáctica y se convierte en una referencia imprescindible para los estudios de los movimientos anteriores a 1921. Aquí están los moldes y patrones de comportamientos posteriores.

Antes de esta novela escribió un ensayo pensado para un público especializado. Con Cándida divulgó esas ideas y consiguió que muchos lectores vibraran con las aspiraciones de unos ideales feministas que todavía no se han cumplido.

Isabel Lizarraga es una escritora que se documenta exhaustivamente. Es una ávida lectora de periódicos de la época para reconstruir con fidelidad los hechos, los ambientes y los escenarios. En fin, es una escritora a la que le rebosa el saber por los poros de cada letra.

20190208. Isabel Lizarraga. Al iniciar la biografía

Isabel Lizarraga y Carmen Romeo visitando la exposición “Cien años de feminismo pacifista”. Zaragoza, Facultad de Educación, 8 de febrero de 2019.

Isabel Lizarraga (Tudela, 1958). Profesora, investigadora y escritora. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y en Derecho por la Universidad de La Rioja. Ha sido profesora del instituto de Teror, Gran Canaria, en el de Lodosa y en el Escultor Daniel de Logroño. Es autora de un gran número de publicaciones académicas, de abundantes relatos literarios y de cinco novelas. Su nombre va indisolublemente unido al de María Lejárraga a quien descubrió en varios estudios y a la que quiso inmortalizar en la novela Cándida. Esta unión viene reforzada por la paronomasia de los apellidos: Lejárraga-Lizárraga.

De su extensa producción destacaré algunas obras representativas.

Investigaciones académicas

María Lejárraga, pedagoga. Cuentos breves y otros textos, IER, Logroño, 2004. En colaboración con Juan Aguilera Sastre.

De Madrid a Ginebra. El feminismo español y el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, Icaria, Barcelona, 2010. En colaboración con Juan Aguilera Sastre.

Federico García Lorca y el teatro clásico. La versión escénica de la dama boba. Universidad de La Rioja, Logroño, 2009.

El derecho de rectificación, Aranzadi, Pamplona, 2005.

Textos de creación literaria

“Estos últimos tiempos he abandonado los estudios enjundiosos para probar con algo que me resulta mucho más divertido y me devuelve a los primeros años de amor sencillo por las letras: he comenzado a componer literatura de ficción”. (Autobiografía del blog literario de Isabel Lizarraga)

Novelas

  1. Escrito está en mi alma. Finalista del VII Concurso de Narrativa Femenina “Princesa Galiana”, del Ayuntamiento de Toledo.
  2. Cándida. Finalista del V “Premi Delta de narrativa escrita per dones”, en 2009. Publicada en Buscarini, Logroño, 2012. Reeditada en 2018.
  3. La canción de mi añoranza. Isabel Oyarzábal. Embajadora de la República. Siníndice, Logroño.
  4. La tierra era esto. Las aventuras de Austin y Amalíss. Ciencia ficción. Editorial Atlantis, Aranjuez.
  5. La escuela de la vida. Siníndice, Logroño.
  6. Pájaros de cuenta. La Cabaña del Loco, Zaragoza-Logroño,

Cuentos

Corazón loco, Asamblea de Mujeres y Ayuntamiento de Estella-Lizarra, 28 de noviembre de 2008 (edición no venal).

Escorzo en el aire, en La inauguración, Ayuntamiento de Logroño y Fundación Caja Rioja, Logroño, 2009.

Imago hominis, Ayuntamiento de Zaragoza, 2010 (edición no venal).

Había una vez…, en Cuentos con el mismo papel, Ayuntamiento de Logroño, 2010.

Venturoso viaje de vuelta, De Buena Fuente, 15 de julio de 2011,

Las letras y las voces, en Miradas y letras II en el Camino de la Lengua castellana, Fundación Camino de la Lengua Castellana, Logroño, 2011.

La rosa de los tiempos, en Antología de Ciencia Ficción 2099, edición de Miguel Ángel de Rus y Félix Díaz González, Madrid, Ediciones Irreverentes, 2012.

Mitad y mitad, igual a medio, en Cuando quieras mirar a las nubes, Miami USA, La Pereza Ediciones, 2013.

“El viejo factor”, en Turia, revista cultural, núm. 113-114, Teruel, Instituto de Estudios Turolenses, marzo-mayo de 2015, pp.72-79.

Premios Literarios

Este nuevo camino no le ha ido mal. Desde el año 2008 ha cosechado numerosos premios.

Premio del XII Certamen Literario “María de Maeztu” de Estella, en 2008. Con el cuento Corazón loco.

Premio del XIV concurso de Relatos “8 de marzo Día Internacional de la Mujer”, Ayuntamiento de Zaragoza, en 2010. Con Imago hominis.

Premio en el XXIV Premio de Narración Breve “De Buena Fuente” de Logroño, en 2011. Con Venturoso viaje de vuelta.

Carmen Romeo Pemán

¡Quiero aprender a leer!

De las fragolinas de mis ayeres

 

A Anuncia Alegre, que me regaló la historia, y a María Victoria Pociello, que bautizó a la protagonista.

 

lacasta. vista. sergio arbués garrido. 2014

Vista del camino que llega a Lacasta. Foto de Santiago Arbués Garrido, 2014.

Por el camino que llegaba a Lacasta, solo cabía una caballería o las mujeres que subían en hilera desde el barranco, con sus canastos debajo del brazo. Era una trocha pedregosa, llena de zarzas y recodos en los que los chicos escondían sus tesoros.

Como no había luz eléctrica ni candiles de carburo, se trajinaba a la luz del día. Cuando llegaba la noche, las trancas cerraban las puertas y comenzaban los murmullos alrededor de unos fuegos mortecinos. En casa Silvestre todos escuchaban las consejas de los viejos, menos Balbina, que no creía en los sacamantecas ni en que las tijeras cruzadas sobre la ceniza espantaban a las brujas.

Balbina faltaba mucho a la escuela. Solo iba algunas tardes sueltas. Como era la mayor, tenía que ayudar en casa. Por las mañanas la mandaban con las cabras al monte y por las tardes tenía que lavar la ropa en el barranco y cuidar a Ángel, que así se llamaba su hermano pequeño. Una de esas tardes que pudo ir a la escuela, doña Gala leyó un cuento que hablaba de amores. Desde ese día Balbina pensó que las mejores historias estaban en los libros. Cuando acabó la clase, se fue corriendo a su casa, bajó al cobertizo y esperó a que su madre, que estaba arrodillada en el suelo, acabara de golpear las judías. Sin darle tiempo a incorporarse, le dijo de tirón:

—Madre, quiero aprender a leer.

Entonces su madre se limpió las manos en el delantal y las levantó con aspavientos.

—¡Anda, Balbina, no me vengas con tonterías! —Le señaló el montón de vainas secas y vacías—. Ayúdame a recogerlas que amenaza tormenta. Y, si se mojan las hilazas, no podremos encender el fuego.

—Madreeeeee, no es ningunaaaa tonteríaaa. —Se agachó y comenzó a meter las vainas en un saco de arpillera—. Hace muchos días que le estoy dando vueltas. Necesito que usted me ayude. Que se lo pida a doña Gala.

La madre se puso de pie, se cruzó la toquilla en el pecho y le dijo:

—Mira, en este pueblo no saben leer ni los hombres. Así que, si llegara el caso, antes le enseñaríamos a tu hermano que a ti.

Balbina se echó el saco al hombro sin decir ni mu, lo llevó al corral y lo dejó junto a la leña. A la mañana siguiente, ni corta ni perezosa, se fue a hablar con doña Gala y le contó lo que le había dicho su madre.

Hablaron mucho rato. A final, la maestra le prometió que le traería una cartilla de Zaragoza cuando bajara a ver a su familia. Eso sí, tendría que buscarle un buen escondite porque iba a ser un secreto entre las dos.

—No se preocupe, doña Gala. —Bajó mucho la voz como si hablara a escuchetes—. En la última revuelta del camino hay una piedra muy grande tapada con un arto pinchudo. Nadie se atreve a guardar nada allí. Es que, sabe, creen que las víboras hacen sus nidos en las piedras que tienen artos de manzanetas. Pero yo sé que es mentira.

Balbina progresaba deprisa. Por las mañanas enfilaba el sendero con las cabras y, antes de comenzar la cuesta de las Guarnabas, se paraba delante de su losa. Sin que nadie la viera se metía el libro en el morral y seguía hasta el prado de la Carbonera. Y allí se pasaba las horas muertas juntando letras. En unos meses ya las dibujaba con trozos de carbón en las piedras de las eras.

TI-MO-TE-O ME A-MA

En menos de un año leía los cuentos que la maestra le entregaba envueltos en papel de estraza, ese de la tienda de ultramarinos. Siempre llevaba uno en el refajo.

Con cada historia, crecía su pasión por los libros. Y el tiempo que pasaba en el monte le sabía a poco. “¡Tengo que arreglármelas como pueda!”, pensaba mientras hacía los recados.

Una noche, cuando todos dormían, a través de los agujeros de la tarima vio una luz que se movía en las escaleras. Oyó el andar cansino de su padre que bajaba a echar de comer a las caballerías. Se tumbó en el suelo y miró por una rendija. Llevaba una vela encendida en la mano. Esperó hasta que volvió. Y vio cómo la guardaba en un hueco debajo del último peldaño, donde su madre metía las cerillas.

Cuando desapareció el padre, Balbina salió con cuidado. Cogió la vela con las cerillas, las apretó contra su pecho y se volvió a su camastro. Y no le costó mucho hacer una especie de casetón.

—¡Lo he conseguido, lo he conseguido! —se decía en silencio, mientras escuchaba el ronroneo de sus hermanos.

Se metió en la madriguera. Encendió la vela, sacó un libro y se ensimismó. Hasta tal punto se quedó embobada que no se dio cuenta de nada hasta que oyó los gritos.

El colchón comenzó a arder con uno de los chisporroteos de la vela y, en un santiamén, las llamas invadieron la habitación. Ángel, que dormía en otro camastro de paja muy pegado al suyo, la arrastró de los pies hasta la cocina.

De repente sintió un dolor muy intenso en la cara y en las manos. Las tenía chamuscadas. Sus padres no se pudieron contener y comenzaron a gritarle.

—Ya sabía yo que tus tejemanejes con la maestra nos traerían malas consecuencias —le dijo su madre, sin parar de echar pozales de agua en las llamas.

—No sé por qué le gritas si la culpa la tienes tú —terció el padre, dirigiéndose a la madre—. Sé que muchas tardes se quedaban las cabras en el corral para que ella fuera a la escuela. Y no me hacías caso cuando te decía que esas aficiones de Balbina nos traerían alguna desgracia. —Se secaba el sudor con el pañuelo y seguía—: En ninguna casa decente dejan que sus hijas aprendan a leer.

Mientras los padres apagaban el fuego y seguían discutiendo, Balbina se acurrucó en un rincón del patio. Al poco rato notó una mano que le acariciaba la cabeza.

—No llores—le dijo su hermano—. Ahora ya no irás al monte. Te quedarás en casa y leerás todo lo que quieras.

—Pero… —Balbina intentaba hablar entre hipidos—. ¡Mírame! Con estas quemaduras nunca encontraré un príncipe azul.

Entonces Ángel le contó una historia de las del abuelo. La de una chica que se quitaba el rostro mientras dormía. Lo guardaba en una caja y al día siguiente lo encontraba lozano. Pero tenía que hacerlo durante la noche, sin que la viera su amante, porque, si la descubría, perdería todo su amor.

Así fue como Balbina empezó a inventar mundos para su cara. Leía y leía. Y, poco a poco, fue poblando sus mundos de fantasía de grandes amores con rostros muy bellos.

lacasta. cabras. josé ramó catán pérez. 2016

Lacasta. Rebaño de cabras saliendo al monte. Foto de José Ramón Castán Pérez, 2016.

 

IMAGEN PRINCIPAL Lacasta, 1910. Abuelos de la familia Alegre Bernués.

Publicada en FB por Ángel Alegre Bernués y los identificaba así: Arriba: Pabla, Joaquina, Gabriel, Félix. Segunda fila: Julia, Regina, la abuela Magdalena, el abuelo Angel, Juan. Y  las niñas de abajo;  Felipa y Polonia.  Ese año aún faltaban dos por nacer. Regina y Marino, que debía estar en la barriga.

Ángel y sus cinco hermanos,  entre los que están Anuncia, la mayor, y Esther, la pequeña, son hijos de Félix Alegre y Emilia Bernués, la última familia que abandonó Lacasta.

 

Carmen Romeo Pemán

 

Sueños en luna roja

Corres sin mirar atrás en medio de la noche. Te abres camino entre la oscuridad a grandes saltos. Le gritas a la luna que te espere, que estás cerca. Son solo unos pasos para llegar a la punta del risco, quieres que se detenga mientras avanzas a toda prisa. Te tiemblan las extremidades y sientes que los jadeos no te dejan respirar. Los pulmones se te contraen y expanden con fuerza en cada inhalación, te duelen las costillas. Ya no eres tan ágil, has perdido el toque mágico de la juventud.

El viaje hasta la cima parece eterno, como si llevaras días corriendo sin descanso. Te detienes y bebes agua de un pequeño manantial que brota a un lado del camino. Respiras. El aire ya no se te pega en la garganta, has ganado unos minutos extra. Sacudes la cabeza y aceleras el paso. De repente los recuerdos te invaden, es como si tu cuerpo avanzara hacía el futuro y tus ojos se hubieran quedado en el pasado, contemplando las buenas y las malas decisiones. Las lágrimas se amontan en tus ojos, la visión se te nubla y la luna… la luna palidece.

El final del risco desaparece entre sollozos, el tiempo se detiene entre los gemidos y la tierra rasgándote la piel.

Es tarde. La luna estará completamente teñida de rojo antes de que llegues. Tendrás que verla desde la distancia. Tendrás que esperar tres años más, atrapada en esta forma, maldiciendo tu suerte, rogando a las almas puras que se apiaden de ti y te dejen deambular de nuevo por el planeta.

No quieres darte por vencida, pero la fatiga no te deja continuar.

Faltan pocos metros. Estás tan cerca. Te arrastras como las serpientes en el desierto. Un poco más. Te estiras, arañas la tierra con el último quejido. Ahí está.

Te quedas inmóvil mirando la luna. Un pequeño resplandor plateado se asoma en una de sus esquinas. Contra todo pronóstico has llegado a tiempo.

Cierras los ojos y sientes cómo el aire inunda tu vientre. El corazón se sacude con tanta fuerza que lo escuchas latir en todos los rincones de tu cuerpo cansado, moribundo.

—¡Aquí estoy! —gritas.

Te rasgas la piel del pecho con tus uñas afiladas. Dejas correr la sangre que se esparce con rapidez por los límites del risco.

La luna está en su máximo esplendor. Destella en un rojo escarlata que te reconforta.

Te pones de pie con el pecho goteando y aúllas hasta quedarte sin aliento.

La piel que te cubre se rasga y de las entrañas de tus lamentos emerge un nuevo ser.

Tu sacrificio ha dado frutos en abundancia. Valió la pena cada gota de sangre, el sudor, el cansancio.

Te dejas caer sobre el suelo. Con cada respiración la luna retoma su color plateado. Cierras los ojos y disfrutas del aroma de la hierba húmeda, de las flores en primavera, de la tierra bajo tu cuerpo inerme. El sonido de los grillos te arrulla y te dejas mecer por la calidez del viento en la cima de la montaña.

La brisa se siente como dedos reptando entre tu nuevo pelaje. Así es como te gusta que te acaricien. Te estremeces ante el toque de aquellas manos conocidas. Abres los ojos. Ahí está tu alma gemela, su rostro resplandece de alegría mientras te mira con dulzura.

La luna se ha ido. El dolor de otras vidas se ha escabullido entre los sueños. Ahora solo está ella para darte amor, acariciarte el lomo y llenarte de besos cada mañana.

Mónica Solano

 

Imagen de Rahul Yadav

 

Carmen Romeo. Firma invitada en el Cinco Villas

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

El día de San Nicolás, el patrón de El Frago y de los niños de las escuelas, el día del santo que trae los regalos a los niños de gran parte de Europa, José Ramón me regaló el espacio de la firma invitada en el blog cincovillas.com

http://www.cincovillas.com/firma-invitada-carmen-romeo-peman/

Hoy reproduzco el artículo que me publicó, precedido de la introducción que me dedicó.  Y al final os dejo mi currículum, que él lo ponía como introducción, pero yo, por esa timidez propia de la gente de mi tierra, lo he pasado al final. No es que me avergüence, pero tampoco es cosa de presumir.

¡Gracias José Ramón!

Introducción de José Ramón Gaspar

Sigo los escritos de Carmen Romeo en Letras desde Mocade y había leído su libro De las Escuelas del Frago, reconociendo en él, que solo una mujer amante de la enseñanza, a la que ha dedicado su vida y vivió su alegre niñez en aquellas escuelas de El Frago, junto a la románica iglesia de San Nicolás, podía escribir con tanta sensibilidad y cariño sobre ellas.

Le gustó en uno de mis post, la fotografía de una antigua escuela que conservan como “Museo de las Escuelas” en Lacorvilla y  que  hoy  su estufa de leña, sería objeto de decoración.

En sus escritos se adivina el respeto y admiración que tiene hacia estos pequeños lugares de las Cinco Villas de intachable historia, llenos de sencillez y cordura entre sus semejantes, y sobre todo, de la belleza y encanto que prima por doquier.

Creí oportuno que llegase a enriquecer mi blog con su pluma y le pedí que fuese FIRMA INVITADA en él.

Con toda amabilidad y prontitud en su aceptación, me envía su colaboración sobre algo que siempre he admirado: la unidad y afán de progreso para nuestra comarca, que hombres de distintos pueblos, con grandes esperanzas y anhelos, proyectaban pantanos, carreteras y hasta el tren, marcando una época, y dejando su sentir en las páginas de un periódico, el Cinco-Villas nacido en 1912. Y Carmen Romeo me cuenta:

Se me ha ocurrido hacerte este artículo, a propósito de una carta que me proporcionó Alberto Giménez Ara, ex alcalde El Frago, y que, en 1913,  el Secretario, Benjamín Biescas Guillén, la había mandado al periódico Cinco-Villas. Aquí reproduzco la carta, basada en hechos históricos y envuelta en un marco ficticio que yo he puesto en boca de Gerardo Miguel Dehesa, el director del periódico.

Agradezco su atención, y esta es su Pagina como FIRMA INVITADA.

José Ramón Gaspar

cabecera del cinco villa

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

Cuando en 1913 recibimos una carta de El Frago, yo llevaba casi un año de director del “Cinco-Villas. Periódico regional independiente bimensual”. Lo llamamos así por Ejea de los Caballeros, Tauste, Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico. Las cinco villas que dieron nombre a nuestra extensa comarca.

Tres años antes, en 1910, yo, como era natural de Ejea, me había juntado con mi paisano el famoso abogado Manuel Maynar Barnolas, y con el farmacéutico Eloy Chóliz Sánchez, natural de Valpalmas. Queríamos dar soluciones a los problemas de nuestra comarca, sobre todo a la falta de riegos y a las malas comunicaciones de los pueblos. Para eso fundamos la Junta de Defensa de las Cinco Villas. Y, dos años después, en 1912, creamos el periódico Cinco Villas para dar voz a esa Junta y vida a los pueblos de la comarca. Nuestras publicaciones se orientaban a exponer las reivindicaciones, a denunciar las injusticias y a permitir que nuestros paisanos manifestaran sus opiniones.

Íbamos a publicar el número 24. Sabíamos que existía El Frago. Allí teníamos un suscriptor que nos había adelantado las 2,50 pesetas de la cuota anual, cosa que era poco frecuente. Pero no habíamos llegado a recoger noticias de esa zona porque el Cinco-Villas lo llevábamos los tres solos y no dábamos abasto.

—Oye, Gerardo ¿has visto la carta que ha llegado de El Frago?

La había leído y me había sorprendido mucho. Tanto que estaba decidido a incluirla en el número que iba a salir en unos días. Me llamaron la atención la buena prosa y la claridad de ideas. Incluso había pensado que ese Benjamín Biescas podría ser un buen redactor.

—Sí, sí. La he comentado con Eloy. —Me volví hacia Manuel que se había quedado de pie esperando mi respuesta—. La verdad es que el tipo da en el clavo. Escribe bien, con una prosa rigurosa, fresca y moderna. Y con gran sentido del humor, que buena falta nos hace. Tiene pinta de ser algún estudiante que esté pasando las vacaciones por allí.

—¡No, hombre, no! —Manuel apoyó las manos en la mesa y adelantó un poco el cuerpo—. Es el Secretario del Ayuntamiento. ¿No te acuerdas de que estaba en la lista cuando nombramos corresponsales a todos los secretarios? Se nota que es un hombre bien formado y muy interesado en los temas que afectan al pueblo y a la comarca. —Hizo una pausa y siguió—: ¿Puedes leérmela?

El Frago, 8 de Febrero de 1913

Sr. D. Gerardo Miguel Dehesa

Muy señor mío: aunque tan solo sea para dar señales de vida, tengo el sumo gusto de dirigir a usted estos mal hilvanados renglones (si lo merecen) en el periódico de su dirección.

Desde el primero al último número de “Cinco-Villas” que se han publicado los he recibido sin el menor retraso ni falta, y han sido leídos por mí con tal avidez y entusiasmo, que creo no haberme dejado sin leer, en ninguno de ellos, ni el título de imprenta. Con esto tan solo quiero decir la satisfacción que me produce su lectura, por la que veo que su constante afán es hacer bien a sus semejantes y en especial a los de las Cinco Villas.

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de Orés y El Frago no suenan por ninguna parte, y no sé si esto será debido a la situación topográfica que ocupamos, a que no chillamos, a la apatía o a la indiferencia de sus convivientes, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal en el que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, ni tan apáticos, ni tan indiferentes, porque son muchas las cosas que nos hacen falta y que deben publicarse para que se sepa que las necesitamos, porque está visto que el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.

Por mi parte, puedo decir que este pueblo pidió al Gobierno (no sin razón) un premio por el fomento del arbolado y se le concedió; pidió un trozo de camino vecinal y por Real Orden de 9 de noviembre último también se le ha concedido. Lo que no se sabe es por qué no se está haciendo ya ni cuándo se hará; pero sí sé que el pedir las cosas y tener confianza en alcanzarlas es tener conseguido más de la mitad.

Tampoco debemos dejarlo todo a la acción del Gobierno nacional, porque este tiene muchos puntos donde acudir, sino que nosotros, por nuestra parte, debemos hacer muchas cosas que no hacemos, y lo poco o mucho bueno que cada uno hace debe publicarlo para que lo imiten los demás. Véase cómo nosotros, sin el auxilio del presupuesto de la nación, hemos hecho de nueva planta una escuela de niños que dudo haya en la provincia otra que reúna mejores condiciones higiénicas y pedagógicas que la nuestra. Tenemos un vivero municipal para la repoblación del arbolado, de donde todos los años se saca una multitud de planta y la que le sobra al Ayuntamiento la distribuye entre sus convecinos. Desde el año 1906 venimos celebrando, cada vez con mayor solemnidad, la Fiesta del Árbol, y esto ha despertado tal estímulo entre los vecinos que oficial y particularmente se hacen plantaciones inmensas, que dentro de pocos años han de reportar muchos beneficios.

Ahora se trata de implantar la mutualidad escolar, y de su resultado daremos cuenta oportunamente a los lectores de las “Cinco-Villas”. Esto que a nosotros nos parecen obras buenas nos hace pensar algunas veces que hacemos el ridículo por falta de imitadores.

Réstame decir que, según noticias particulares, he sabido que personas de muchos conocimientos y verdadero interés por esta comarca, van a Luna, al objeto de asistir a la reunión que en esta villa se trata de celebrar el día 23 del mes actual sobre el pantano de Luna, y aprovechando esta excursión, entiendo que sería muy conveniente que la ampliasen hasta Biel y así verían sobre el terreno que la carretera de Zuera a Murillo debe variarse, si ya no se ha hecho desde Luna, para que en vez de seguir su primitivo trazado, vaya por el cauce del río Arba a enlazar en el término municipal de la villa de Biel con la de Uncastillo a Murillo, que indudablemente tienen que ser de mucho menos coste y de muchísimo más provecho que por donde se trataba de llevar, advirtiendo que no basta variar el trazado, sino ejecutar la obra, y cuanto antes mejor. A la vez dichos señores excursionistas verían en Biel este hermoso pantano que  tiene allí improvisado la Naturaleza y que tan solo hace falta aplicarle las tajaderas.

Temiendo haberme hecho molesto, doy punto final a esta carta, por cuya publicación le quedará sumamente agradecido su afmo. S. s. s., q. e. s. m.,

Benjamín Biescas.

Manuel me dijo que teníamos que publicar la carta con una respuesta. Así que, en la misma columna, incorporamos una nota que yo mismo redacté.

—¿Qué te parece?

—Anda, léemela.

Cartas como la del Sr. Biescas hacen falta, tenían venir de los pueblos para su publicación en todos los números. Esa es nuestra campaña, arrancar del indiferentismo.

—¿Crees que voy por buen camino?

—Sí, sigue, sigue.

Los representantes en el Municipio, en la Diputación, ya provincial como a Cortes, necesitan orientación comarcal, por el camino del progreso al bienestar de todos, y para todos está el Cinco-Villas, siempre dispuesto a cooperar con energía, con oportunidad y con amor.

—Yo creo que el señor Biescas se quedará satisfecho. Además le podríamos solicitar que nos mandara noticias de El Frago, Biel, Orés, Lacasta y Júnez. Que no es fácil llegar a esos pueblos.

—Me parece bien. Ese Benjamín piensa como nosotros y conoce la zona. Me da que se está adelantando a algunos problemas. Me refiero a las pegas que pone a que se haga el pantano de Villaverde. —Se quedó pensativo un momento—. No sé, pero, a lo mejor don Ramón Ríos, el ingeniero que ha hecho las mediciones en Villaverde, tendría que hacer otras en Biel. Sería bueno que tuviera en cuenta lo que dice el señor Biescas que conoce bien la zona y hace una propuesta muy razonable.

—Estoy de acuerdo contigo, pero los mandamases no darán su brazo a torcer —le contestó Gerardo, que en ese momento estaba secando el plumín en el papel secante.

—Es que lo he meditado mucho. Las grandes proporciones de la obra de Villaverde podrían condenarla al fracaso. No está mal eso que dice de trasladar la presa encima de Biel, cerca de lo que se llama el “Pozo Tronco” o “Después del Cerro”, unos veintitantos kilómetros más arriba del Castillo de Villaverde. Pero, como tú dices, estos ingenieros, aunque no conocen la zona, no se dejarán convencer por el secretario de un pueblo.

—Y menos por una persona desconocida. Si hasta nosotros pensábamos que era algún estudiante de cura. —Se rieron los dos.

—Pues es bastante racional en lo que expone. Aunque lo encuentro un poco exagerado en lo de las escuelas. —Manuel se quedó callado un momento antes de continuar—. Creo recordar que hace unos años hicieron mucho ruido pidiendo subvenciones. Y sé de buena tinta que hace seis o siete años arreglaron la escuela de chicos. “La arreglaron digo”, y nada de hacer una de nueva planta, que no tenían dinero. De hecho la de chicas ni la tocaron.

—¿Y cómo conoces tantos detalles de ese pueblo? Ahora sí que me sorprendes.

—No olvides que nuestro amigo Carlos Guzmán vive en El Frago. Y que anda muy metido en esto de las escuelas. Me cuenta que cada año tienen que alquilar algún local cochambroso para la escuela de las niñas. Y que lo sabe de primera mano porque le han pedido una casa que tiene medio arruinada para meter a las crías.

—Pero, ¡cuánta información privilegiada consigues!

—Pues aún te diré más, Carlos Guzmán me dijo que la maestra, doña Simona, está desesperada y no sabe a quién acudir —se santiguó—. Espero que no se le ocurra escribir al Cinco Villas. Que no estamos para enfrentarnos a los ayuntamientos.

—¡Qué secretario tan astuto! Se calla el tema que más quebraderos de cabeza le da.

Después, ya no tuvimos ocasión de publicar otros artículos del Secretario de El Frago. Nuestro periódico sólo tuvo cuarenta y ocho números y murió por asfixia económica. Manuel, Eloy y yo le habíamos alargado un poco la vida con nuestros ahorros, pero no pudimos hacerlo sobrevivir. El Cinco-Villas había nacido en marzo de 1912 y su último número salió en marzo de 1914. Fue un periódico adelantado para su época. Igual que Benjamín Biescas Guillén, el Secretario de El Frago, que sintonizaba bien con la línea del periódico como lo hizo constar en la única carta que le pudimos publicar.

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Para una comprensión cabal de la carta y del relato que le sirve de marco, contextualizaré a los personajes históricos que han ido apareciendo.

Gerardo Miguel Dehesa (Ejea de los Caballeros, 1852-1938). Ex militar. Presidió la Junta de Defensa y dirigió el periódico Cinco Villas. Solía firmar con el pseudónimo de “Camarales”, nombre de un término en la vega de Ejea.

Manuel Maynar Barnolas (Ejea de los Caballeros, 1875-Zaragoza, 1961). Fue decano del Colegio Profesional de Abogados, diputado provincial y regidor del Ayuntamiento de Zaragoza. Un hombre de inquietudes intelectuales y vasta cultura.

Eloy Chóliz Sánchez (Valpalmas, 1870-Zaragoza, 1966). Un notorio farmacéutico que junto con Miguel Rived Aburnies, otro cincovillano de Uncastillo, crearon la firma comercial Rived y Chóliz. Eloy fue un importante soporte moral y económico para el periódico, donde firmaba con los pseudónimos “Lucio”, “X”, “Z”, “A”, y con anagramas como “El Hoy”.

Ramón Ríos Balaguer (Zaragoza, ca.1884-1950). Ingeniero militar que en 1913 se encargó del proyecto de la llamada “presa de Luna”. No aceptó la propuesta de subir la presa a encima de Biel.

Carlos Guzmán Alamán (Ejea de los Caballeros, 1875-¿?), un terrateniente de Ejea con posesiones en Sádaba. En 1905, se casó en El Frago con Josefa Dorotea Murillo Senao (El Frago, 1886-¿?) y varios de sus hijos fueron a la escuela en El Frago.

Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874-Bata, Guinea, 1953). Secretario del Ayuntamiento de El Frago durante más de treinta años. Desde 1904 hasta que, al acabar la Guerra Civil, fue condenado a un silencio administrativo por un expediente de responsabilidades políticas.

Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, Navarra, 1935). Ella y su marido Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1840–Petilla de Aragón, Navarra, 1917), estuvieron treinta años de maestros en El Frago y dieron una gran estabilidad educativa al pueblo. Simona llegó por traslado en 1883 y se jubiló en El Frago en 1913.

Carmen Romeo Pemán

 

periódico con carta de benjamínEn este número apareció la carta

(Copia de la Edición del Centro de Estudios Cinco-Villas. 1989)

Y todo lo anterior iba precedido por este currículum.

Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), catedrática de Lengua y literatura, fue alumna de la escuela de El Frago hasta los 13 años. Es Maestra de Primera Enseñanza y Licenciada en Lenguas Románicas. Fue profesora de la Universidad de Zaragoza, del Instituto Francés de Aranda de Teruel y del Instituto Goya de Zaragoza. Ha participado en programas de investigación y educativos, nacionales e internacionales; ha pronunciado conferencias; ha asistido a congresos y mesas redondas; y es autora de numerosas publicaciones pedagógicas y literarias. En 1977 recibió el premio “Bernardo Zapater Marconell”, de ámbito nacional, por su trabajo de investigación en la zona de Albarracín, que reflejó en su libro Los Mayos de la Sierra de Albarracín (1980), CSIC.

Desde que, en 1972, se ocupó de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en sus publicaciones posteriores han menudeado las referencias a El Frago y a las Cinco Villas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, el año 2014, obtuvo un premio nacional con el relato De la roca nacida, de la serie “Las fragolinas de mis ayeres”. Ese mismo año el Centro de Estudios de las Cinco Villas, con la IFC, le publicó De las Escuelas de El Frago, su primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, publica relatos y artículos relacionados con El Frago y las Cinco Villas en el blog Letras desde Mocade, que comparte con tres escritoras más.

Entre sus numerosas publicaciones destacan, Estado general de las escuelas de Primeras Letras en la comarca de Borja antes de la Ley de 1838 (1980), Universidad de Zaragoza. Acceso al magisterio de Retórica y Gramática de Borja en 1774 (1980), Universidad de Zaragoza. Corrección y creación idiomática en los medios de comunicación de la Comunidad Autónoma aragonesa (1995), (coautora), Universidad de Zaragoza. Varias guías de lectura: En torno a Goya y Muñoz Puelles (1996) (coautora), MEC; Guía de lectura para “Cinco mujeres en la vida de un hombre” de Ramón Acín (2007), MEC; Una lectura de la obra de María Ángeles de Irisarri (2008), MEC.

Es coautora de: María Zambrano y sor Juana Inés de la Cruz. La pasión por el conocimiento (2010), PUZ. Reinas, señoras y Damas Enfermeras en la Cruz Roja de Zaragoza (1870–1986) (2011), Cruz Roja. Rosalía de Castro y Carmen Conde: emisarias de lo sagrado eterno (2014), Bubok.

Forma parte de un equipo de investigadoras, autoras del primer material didáctico en formato digital, Acortando distancias. Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres (1998), Instituto Aragonés de la Mujer y Universidad de Zaragoza. De un estudio sistemático de la presencia de la mujer en espacios urbanos, La Zaragoza de las mujeres, Callejero (2010), Ayuntamiento de Zaragoza, que ya lleva la segunda edición. De los carteles de una exposición y de la historia de WILPF (Women’s International League for Peace and Freedom), 2015. Y de Paseos por la Zaragoza de las mujeres, que en breve  verán la luz, editados por el Ayuntamiento de Zaragoza.

Un poco más sobre la muerte

No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo. Michael de Montaigne

Este mes he estado en contacto estrecho con la muerte. Personas cercanas han estado enfermas, amigos han perdido a sus seres queridos, eventos atroces han ocurrido en mi país. La muerte ronda como un cáncer silencioso y yo me pregunto si es el momento de que algunas cosas abandonen esta realidad, si es verdad que estamos atravesando por una etapa de transformación y si todos estos eventos desafortunados forman parte de esa patada que necesitamos para despertar, para ver la vida con otros ojos y avanzar hacía nuevos escenarios.

El año pasado, un poco al azar, leí un libro que me provocó una meditación profunda: El libro tibetano de la vida y la muerte. Su título me atrajo. Había oído hablar del libro de los muertos, pero del libro de la vida y la muerte, jamás. Lo compré en un centro comercial y, mientras caminaba en el pasillo de la Librería Nacional, sentí como si algo me llamara. Tenía tiempo, entonces entré y pregunté por él. Era el único ejemplar que tenían, así que lo compré sin vacilar. Esa noche comencé a leerlo. El prólogo, escrito por el Dalái Lama, me cautivó aún más: “Para tener la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz tanto en nuestra mente como en nuestra manera de vivir”. Esa frase aún da vueltas en mi cabeza.

La muerte me ha llamado la atención desde siempre. Cuando era niña pasaba horas derramando lágrimas porque algún día me iba a morir. Sentía mucha curiosidad y a la vez un miedo enfermizo por lo que había más allá de la muerte. A mis diez años quería resolver el enigma para poder vivir en paz, obviamente a mis casi cuarenta no lo he resuelto. A veces hablo con mis amigos del tema, cuando sus vidas están de cabeza, y siempre les digo que la muerte no es una opción, porque por más teorías y personas que hayan tenido encuentros cercanos con el otro lado, nadie puede afirmar qué hay más allá de la vida. O al menos eso es lo que yo pienso. Para mí no hay garantía de que sea mejor o peor de lo que estamos viviendo ahora.

Según el Dalái Lama, mientras estamos vivos consideramos la muerte de dos maneras: elegimos ignorarla o hacemos frente a la perspectiva de nuestra propia muerte e intentamos, mediante una reflexión lúcida, minimizar el sufrimiento que conlleva. Ninguna de estas opciones nos permitirá triunfar sobre ella, porque nada evita que llegue ese momento; ni la transferencia de consciencia que muestran en las películas de ciencia ficción, ni la criogenia, ni la fuente de la eterna juventud. Por todo esto, considero que hacerle frente quizás nos permita verla como un proceso normal, natural y una verdad que debemos aceptar.

Los budistas ven la vida y la muerte como un todo inseparable. La muerte es el inicio de otro capítulo de la vida y un espejo en el que se refleja todo su sentido. El sufrimiento y el dolor que conlleva forman parte de un profundo proceso natural de purificación. La mayor parte de los seres humanos vivimos aterrorizados por la muerte o negándola. Hablar de ella puede considerarse hasta morboso y para algunas personas el solo hecho de mencionarla podría atraerla. Cuando mueren personas cercanas o somos testigos de accidentes o nos toca vivir cerca de enfermedades incurables nos cuesta mucho pensar que la muerte no es un hecho atroz y nefasto, incluso muy injusto.

Algunos quisiéramos vivir eternamente en este planeta y que todas las personas que son importantes para nosotros jamás envejecieran o murieran, pero comparto la idea de Sogyal Rimpoché, autor del Libro tibetano de la vida y la muerte, de que la muerte no es deprimente ni seductora; es sencillamente un hecho de nuestro ciclo vital. Forma parte de un proceso natural que muchos preferiríamos negar, pero con el que tarde o temprano tendremos que lidiar. Y si no podemos escapar de ella, ¿por qué no mejor centrar nuestros esfuerzos en lo que podemos controlar? Amar intensamente a todas las personas que hacen parte de nuestra realidad y vivir de forma tal que morir sea la cúspide de nuestra existencia.

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se agudiza cada vez más. ¡Qué amargura! ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente. Chuang Tzu

 

Mónica Solano

 

Imagen de Gerd Altmann

Buenos propósitos

“Año Nuevo, vida nueva”. Yo sigo el refrán y la costumbre de hacer buenos propósitos para el año que comienza. Así que, cuando me planteo los nuevos objetivos, comienzo por un balance. Una costumbre muy generalizada entre los escritores de los blogs que sigo.

Soy poco dada a mirar hacia atrás y cada vez lo hago menos. Quizá porque lo que veo delante me gusta y por eso no me apetece perder el tiempo echando sal en heridas que curarán, antes y mejor, si no me dedico a lamerlas, a menos que sea para extraer enseñanzas de las experiencias, aunque no sean agradables.

Si la retrospectiva me recrea vivencias positivas, la cosa cambia. Soy de las personas que piensan que hay que dar mucho más peso a lo bueno. Eso siempre está en nuestra mano. Y a la gente positiva que conozco le suelen ocurrir más cosas buenas que a los pesimistas. O tal vez lo viven de otro modo, y por eso la balanza siempre se inclina a su favor. No aspiro a imitar a Paulo Coelho o a Jorge Bucay, a los que, dicho sea de paso, leo de vez en cuando y no me avergüenza decirlo, aunque sé que las cosas no son tan sencillas.

De todos los personajes mediáticos a los que leo me quedo con lo que me convence. Tengo ya una edad en la que mis criterios están bastante claros, ¡pobre de mí si no fuera así! Y puedo escribir con seguridad acerca de mis propias opiniones y experiencias sin recurrir a copiar y pegar textos. Voy, pues, a los propósitos que me he planteado y me basaré en lo que ya he dejado atrás.

Mejorar mi forma física

Topicazo donde los haya, lo sé. Pero no me negaréis que su ausencia en mi lista de deberes dejaría un hueco enorme. Tan enorme como algunos de los bizcochos que me he comido en estas fechas y que se han empadronado gustosos, en sentido literal y metafórico, en distintas regiones de mi anatomía.

Nunca he sido lo que se llama una sílfide. Ni de lejos. La tía de un noviete que tuve le decía a su sobrino que se había echado una novia que era demasiado “jaquetona” para él. Aquello me hizo sangre en su día y, no sé si por eso, o por otros motivos, el romance murió a los tres meses de nacer. Pero ser grandota y aparentar más edad también tiene sus ventajas. Con quince años, si me hacía un moño bajo, podía entrar al cine a ver películas para mayores de dieciocho años sin que me pidieran el DNI. Porque, aunque algunos jóvenes no se lo crean, hubo una época, allá en la prehistoria de hace no tantos años, donde esas cosas pasaban. En fin, para no irme por las ramas, diré que uno de mis buenos propósitos es recuperar mi línea perdida. Que tras dos partos y muchos años rellenita, conseguí hace unos pocos quedarme bastante mona, pero me fui relajando y… bueno, ya podéis suponer la continuación de la historia. Espero que, en enero de 2020, podré contaros otras cosas y, además, poner una foto mía cuando escriba un artículo parecido a este, jeje.

Escribir

Seguro que a este propósito le estaréis dando más credibilidad que al anterior, y no os culpo. Pero tengo que ponerlo aquí, porque echando la vista atrás me doy cuenta de que no me lo he propuesto nunca de modo consciente, como estoy haciendo ahora. No cabe duda de que es algo que vengo cumpliendo cada vez más y mejor y no me importa decirlo aunque alguien piense que es faltar a la modestia. Estoy orgullosa de mi trayectoria como escritora. He dejado de padecer el síndrome del impostor en cuyas garras había caído sin saber bien cómo. Así que ahora disfruto de mi recién estrenada salud como autora y me enfrento al agradable reto de mantener una continuidad en mi relación con la escritura. Porque es muy bonito participar en las redes sociales con mis relatos y artículos y encontrarme con esos regalos en forma de comentarios y de “me gusta” de personas que me leen. Algunos son de amigos y conocidos, pero otros, cada vez más, son de personas a las que no les pongo cara, pero que me leen, me escriben e interaccionan conmigo, me regalan su tiempo. Y eso es algo que, desde aquí, aprovecho para agradecer.

Este propósito de escribir va a tener este año mucho peso específico porque lo de escribir era y sigue siendo una meta. Y necesito plantearme objetivos concretos para alcanzarla. Meta y objetivos no son palabras sinónimas, y ya hablé sobre eso en este artículo de hace un año. Porque los objetivos son los adoquines que alfombran nuestro camino hacia la deseada meta. Y aquí, a riesgo de volver a parecerme a Coelho o a Bucay, tengo que deciros que la felicidad, en cuanto a escribir se refiere, la estoy encontrando en el camino y lo de la meta es más que nada un añadido teórico. No tengo que generar ingresos con la escritura, puesto que mi trabajo como médico es lo que me paga las facturas. Ni tengo una meta concreta del tipo “publicar mi primera novela”, o algo así, aunque lo cierto es que acabo de empezar a revisar el borrador de mi primer proyecto y tengo dos borradores más descansando hasta que les vuelva a poner la vista encima. Pero me he propuesto conceder más importancia a objetivos concretos. Por ejemplo, revisar al menos dos capítulos por semana del borrador. Y en ello estoy.

También pienso mantener mi ritmo de publicaciones en este Letras desde Mocade que es para mí una escuela y mi segunda casa, aunque sea virtual. Y, como Mocade nació gracias a las amigas a las que conocí en la Escuela de Escritores, en pocos días volveremos a ser compañeras de pupitre en el curso de Relato Breve que vamos a comenzar. Con la alegría añadida de que también se ha matriculado un compañero de cursos anteriores al que las mocadianas queremos mucho, y una compañera mía de sufridas guardias con la que me encantará compartir letras gracias a la proximidad que nos dará esta enseñanza on line.

Y yo creo que con esos dos propósitos voy bien servida. Todos los días del año son buenos para hacer borrón y cuenta nueva, pero en estas fechas parece que esa posibilidad de cambio se ve más al alcance de la mano.

Bueno, pues ya me contaréis cuáles son vuestros buenos propósitos. Los míos me gustan y me apetecen. Y eso es ya un estupendo comienzo.

¡Feliz año nuevo!

Adela Castañón

Imagen: Photo by Green Chameleon on Unsplash

Gregoria Brun, la maestra de Concepción Gimeno Gil

#nuestrasmaestras

Andaba buscando genealogías femeninas y cayó en mis manos La mujer española (1877), un libro de Concepción Gimeno Gil en el que dedicaba un capítulo a su maestra Gregoria Brun, cuando todavía vivía. Lo leí muchas veces y siempre me provocaba la misma emoción: por la grandeza de la maestra y por la generosidad de una alumna que en ese momento ya era una periodista famosa.

En varias publicaciones se hace referencia a ese capítulo, incluso se glosan algunas de sus partes, pero pocas lo transcriben y ninguna se acerca a la biografía de la maestra que lo inspiró.

Tendré en cuenta lo que otros han dicho, aunque, en mis palabras, pondré el énfasis en doña Gregoria y, para su biografía, recuperaré los datos fragmentarios que me ofrecen los archivos que he podido consultar. También daré cuenta de la convulsa vida de su familia, como consecuencia de los acontecimientos políticos del momento.

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La mujer española. Portada. 2

Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850-Buenos Aires, 1919), más conocida como Concepción Gimeno de Flaquer, por su matrimonio, en 1879, con el periodista catalán Francisco de Paula Flaquer i Fraise.

Fue una mujer adelantada a su tiempo: maestra, escritora, periodista, fundadora y directora de varios periódicos en España y América. Luchó por los derechos de la mujer y defendió un feminismo moderado. Buscó un punto medio entre las avanzadas ideas feministas y las tendencias tradicionales. Y lo encontró en la defensa de la dignidad intelectual y humana de la mujer.

Desde los cinco años hasta los dieciocho vivió en Zaragoza y fue a la escuela con doña Gregoria, de la que nos dejó este magnífico retrato:

Doña Gregoria Brun, que así se llamaba, era el tipo más acabado de la distinción y la superioridad: su estatura bastante elevada, su figura majestuosa. Como en la infancia lo más leve más impresiona, la suave severidad de mi directora, su noble altivez, su dignidad y hasta su belleza escultural contribuían a formar en mi fantasía una ilusión que me la hacía considerar como un ser superior, castigado a vivir en la tierra; como un ser algo más que mujer, cual una divinidad de los antiguos tiempos.

Favorecía a mi ilusión su carácter,  distinto completamente al de todas las mujeres, pues mi directora hubiera podido decir en voz alta: “Tengo el honor de parecerme más que a mí misma”.

Era sumamente original y, por eso, odiaba la rutina; su lenguaje era fácil, elevado y persuasivo, pero muy sencillo; jamás olvidaba que hablaba con la infancia.

Como su voz era buena, su palabra armoniosa y vibrante, conseguía apoderarse de nuestro corazón y nuestro criterio: mi afecto hacia mi directora era un culto.

Cuando se rodeaba de niñas, y ante un mapa nos explicaba geografía, parecía Minerva distribuyendo el pan de la inteligencia.

Sus ojos eran dos astros que arrojaban ígneo resplandor, porque asomaba de ellos el genio. Su frente espaciosa parecía trasparente cuando intentaba inculcarnos grandes ideas. Y su semblante, de líneas correctas y severas, pero nunca duras, se animaba al percibir que habíamos comprendido sus lecciones.

Tenía varias auxiliares pasantas, porque, como directora de la Normal, el mayor cuidado la consagraba a las jóvenes que estudiaban para maestras, pero nadie podía relevarla dignamente.

Encontrábamos pobre y confusa la explicación de la que la representaba. Y, como la sabiduría se impone tanto, a nadie concedíamos la respetuosa atención que a nuestra directora. Donde podían haberla admirado los hombres más eminentes, era en las clases de las aspirantes al título de maestra. El número de estas era inmenso, y entre ellas se encontraban algunas de más edad que mi directora. Otras sumamente ilustradas. Bastantes de familias aristocráticas, que, sin necesitar esa carrera, anhelaban un título que tanto enaltece a la mujer y que es el único que no le está vedado en España.

Como siempre he tenido afición de aprender, en las horas de recreo abandonaba los juegos infantiles y me ocultaba en un rincón del salón de las maestras para escuchar a mi directora en las clases superiores. Entonces lucía ella sus vastísimos conocimientos, su elocuencia ciceroniana, sus brillantes disposiciones para la oratoria. Aquel auditorio exigente se entusiasmaba tanto que, inconscientemente y turbando el silencio de los regios salones de aquella gran escuela, prorrumpía en bravos y aplausos, cuyo eco detenía por un momento el bullicio de las traviesas niñas que revoloteaban por los patios destinados a correr y jugar.

Aquella sublime mujer dominaba con la palabra a más de cien mujeres despejadas, altivas, orgullosas, audaces o irónicas las más.

Un día me sorprendió oculta por el caballete de la pizarra en un ángulo del salón. Y, al observar mi atención y verme convertida en estatua, del asombro, por la expresión de mi rostro, me concedió el título de oyente. Y desde entonces tuve un puesto en el salón de aquella clase, cuyas alumnas estaban cursando el último año de la carrera.

Confieso que me enorgullecí ante tal deferencia y me di toda la importancia que pude entre mis condiscípulas. Este rasgo era, indudablemente, un desbordamiento de mi amor a la gloria.

Mi directora era una gran literata, pero sus ocupaciones no le permitían escribir libros. Se limitaba a transmitir su ciencia a nuestro entendimiento.

Concepción_Gimeno_de_Flaquer,_en_Caras_y_Caretas

Concepción Gimeno Gil

Al salir del colegio, mi directora tuvo una gran pena. Sus primeras deferencias para conmigo se habían trocado en cariño.

Más tarde, cuando he obtenido algún triunfo superior a los triunfos escolares, mi directora ha gozado extraordinariamente en ese triunfo. Y yo jamás la he olvidado.

Afortunadamente existe todavía, aunque no sé si se halla al frente de aquella escuela de maestras y niñas. Sean estas líneas el eco de mi agradecido corazón a sus beneficios, el débil testimonio de mi entusiasmo y cariño eternal.

¡Benditas maestras!

¡Cuántas veces debemos a una maestra un porvenir lisonjero, una brillante posición social!

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Gregoria Brun Catarecha (Hecho, Huesca, 1833–Zaragoza, 1885) era la segunda hija de Juan Brun Val y María Josefa Catarecha López. Sus abuelos paternos fueron Mariano Brun y Juliana Val. Y los maternos, Agustín Catarecha y Teresa López. En 1831 había nacido  su hermano Juan Manuel.

Su padre, Juan Brun Val, administrador de la aduana de Siresa, falleció en 1834, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en los violentos sucesos de Hecho.

El día 27 de junio, huyendo del poder de los facciosos, fueron asesinados, D. Juan Brun Val, administrador de Siresa, residente en Hecho, D. Mariano Brun primo del anterior, hacendado, y D. Juan Antonio Pétriz, hacendado. (Cfr. La Revista Española, 12 de julio de 1834)

En 1837 la madre de Gregoria se volvió a casar y un tutor, Juan Antonio Brun, se hizo cargo de la educación de los dos hermanos. Ese año, a instancias del tutor, las Cortes permitieron que la pensión de viudedad de Doña María Josefa Catarecha, 750 reales, pasara a sus dos hijos, Juan Manuel y Gregoria, menores de cinco años.  Esta pensión había sido otorgada por la valentía con que don Juan Brun y Val se había batido en la defensa del valle contra los carlistas. (Cfr. La Gaceta de Madrid, 7 de noviembre de 1837)

Gregoria debió de estudiar en una escuela privada de formación de maestras. Su hermano cursó los estudios en Huesca: bachillerato, en el Instituto Ramón y Cajal, y Magisterio en la Escuela Normal de Maestros.

En 1856 se creó en Zaragoza la Escuela Normal de Maestras y Gregoria, a sus veintitrés años, fue la primera directora y la primera maestra de una escuela pública del Ayuntamiento, que estaba anexa a la Normal.

Según la Guía de Zaragoza de 1860, dirigía una escuela laica del Ayuntamiento en la plaza Linán, 181, en la que se estudiaba para ser maestra. En esa escuela tuvo de alumna a Concepción Gimeno Gil.

En Zaragoza conoció a su futuro marido, Joaquín Lacambra Murillo, otro montañés, un farmacéutico carlista de Coscojuela de Sobrarbe, que tenía abierta una de las cinco Farmacias Centrales de España, en la calle Don Jaime Primero, 61. En 1865 figuraban juntos en varias colectas para bienes sociales. En 1866, Valentín Zabala Argote, un maestro zaragozano, en su libro La organización de las escuelas, la citaba como Gregoria Brun de Lacambra. Ese mismo año nació su hijo, Joaquín Lacambra Brun, un brillante abogado que estudió derecho en Zaragoza y llegó a ser Magistrado de la Audiencia Nacional.

En 1875 su carrera docente se vio alterada unos meses. Estuvo suspendida de empleo y sueldo en Estella:

La directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, ha sido desterrada a Estella por haberse negado a firmar no sabemos qué juramento (Cfr. El Magisterio Balear, 4 de septiembre de 1875, p. 6).

Esta ausencia pudo estar condicionada por las consecuencias de la insurrección de su marido en Cantavieja (Teruel). Durante su ausencia, Andresa Recarte se encargó de la dirección de la Escuela Normal. En 1876, según la Guía Oficial de España, volvió a su cargo de directora de la Escuela Normal de Maestras y a ejercer de maestra de la escuela aneja.

Joaquín Lacambra Murillo fue un boticario muy brillante, conocido en toda España, no olvidemos que tenia una Farmacia Central, por sus pastillas febrífugas. En la Exposición Aragonesa de 1868, obtuvo una mención honorífica por su jarabe de rábano yodado. Pero, por encima de todo, fue un carlista convencido y una persona influyente. Difundió su ideología como redactor de Perseverancia, un periódico fundado en 1867 por Bienvenido Comín y Sarté, jefe del partido carlista en Zaragoza. Y en 1870 dirigió La Concordia, un nuevo periódico destinado a la misma causa.

En 1873, con motivo de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), lo nombraron gobernador de Cantavieja, responsable de un hospital de sangre y director de la escuela de cadetes que se estableció allí para formar oficiales. En 1874 provocó una insurrección de dos batallones contra don Alfonso de Borbón y fue sometido a un consejo de guerra, en el que lo condenaron a muerte. Pero los informes médicos lo declararon demente y, en lugar de fusilarlo, lo llevaron preso a la cárcel de La Cenia (Tarragona).

En 1885 doña Gregoria Brun Catarecha, a los cincuenta y dos años, falleció víctima del cólera en plena actividad profesional.

En 1886, siempre según la Guía Oficial de España, para cubrir su vacante, nombraron directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a Pilar Lacambra Brun, que había sido Regente en los años anteriores. La coincidencia de apellidos me hace pensar en su hija, pero para asegurarlo tendré que esperar alguna documentación que lo acredite.

En la memoria colectiva quedó una brillante profesora que educó a muchas generaciones de maestras y permaneció en el recuerdo de alumnas como Concepción Gimeno Gil.

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Antonio Martínez Valero me sugiere que Pilar Lacambra Brun era hija de Gregoria Brun, dada la coincidencia de datos familiares que se desprenden de la esquela que publicó La Vanguardia.

Pilar Lacambra Brun

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Fuentes principales.

Documentos de varios archivos provinciales y locales.

Noticias de la prensa histórica.

Domínguez Cabrejas, Rosa María (1989): Sociedad y educación en Zaragoza durante la Restauración (1874-1902). Ayuntamiento de Zaragoza, Vol. I y II.

Gimeno Gil, María de la Concepción (1877): La mujer española, estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales. Prólogo de Leopoldo Agustín de Cueto. Imprenta y librería de Miguel Guarro. Propiedad de la autora.

Pintos, Margarita (2016): Concepción Gimeno de Flaquer. Del sí de las niñas al sí de las mujeres. Plaza y Valdés Editores.

Romeo Pemán, Carmen (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó,  Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en:

http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Imagen principal: La desaparecida Universidad de Zaragoza de la plaza de la Magdalena. Archivo GAZA, Ayuntamiento de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán