El cuento sin fin

Invéntame un cuento, hijo, inventa una historia para mí, ahora soy yo la que te lo pide, ahora entiendo tu necesidad cuando me pedías eso, ahora te toca, te toca a ti, mi niño. Inventa algo para mí, yo lo dejaba todo para crearte una historia, la plancha, la comida, todo pasaba a un segundo plano, te contaba mil cuentos aunque nunca te los escribía, ahora tienes que hacerlo tú por mí, volver de dónde quiera que estés, da igual tu cuerpo en esa caja forrada de blanco, ese eres tú y no eres tú, tú no eres eso, o sí, eres eso, eres más que eso, eres el cuento que flota invisible entre las cuatro velas, cuéntame ese cuento, mi niño, sopla para que llegue a mi piel, solo eso puede mantener a raya a la muerte, ladrona de hijos, muerte, criatura sin alma, sin útero, que quiere robarte, mi niño, no la dejes, no me dejes, quédate conmigo, hijo, quédate conmigo, cuéntame un cuento, cuéntame el cuento del árbol que quería ser inmortal, que quería moverse, y ver el mundo, como tú y como yo, que hemos visto el mundo, este mundo, muchos mundos, sin movernos del sofá.

No me acuerdo de cómo era ese cuento, hijo mío, tengo que acordarme. Si no me acuerdo te irás del todo, te irás y yo me moriré y me iré también, pero no quiero irme sin saber si llegaré al mismo sitio, no te vayas, mi niño, no te vayas todavía, yo soy el tronco, no puedo vivir sin las ramas, no puedo vivir sin ti. Las ramas, eso era, gracias, tesoro, era eso, claro, era eso, las ramas que cortaba un hombre, y hacía con ellas una cuna, la cuna en la que te mecía de pequeño, y el árbol era árbol y era cuna y era las dos cosas, y quería más, quería ser más, como tú, mi niño, querías ser muchas cosas, querías ser pirata, y el árbol te daba la madera para el palo mayor de tu barco, y me llevabas a tierras lejanas, y entonces naufragábamos en una isla, eso era, cómo he podido olvidarlo, eso era mi niño, te quiero, te quiero tanto, tantísimo, qué bueno eres quedándote conmigo, estabas perdido con tanta gente alrededor, pobre niño mío, todos mirando sin verte dentro de esa caja forrada de blanco, y tú buscándome, y no me veías con tanta gente, ya se han ido todos, tesoro, ya solo estamos tú y yo, y tú no me veías entre tanta gente y yo no te podía escuchar con tanto ruido, y por qué lloran, no saben, me miran raro, qué saben ellos, no saben nada de nosotros, de ti y de mí y de nuestras historias inventadas, ni saben nada del árbol que quería vivir para siempre, y tú eres ese árbol y eres tu cuna y mi palo mayor. Y en la isla de nuestro cuento cae la noche y hace frío, y los dos nos reímos con el cuento inventado, y quemamos el palo para hacer una hoguera y vivimos en la isla comiendo cocos y plátanos, y con la ceniza de la hoguera nos acordamos del árbol y tú coges la ceniza, y arena y agua y hojas de palmera porque en la isla te has hecho un hombre y lo conviertes todo en papel y yo sigo a tu lado y estoy igual que ahora y tú eres más alto que yo y eres mi niño y te cojo en brazos porque en nuestro cuento cambiamos de tamaño porque sabemos hacerlo como Alicia en el país de las maravillas, y espera, no te vayas, son solo pasos, tesoro mío, son pasos, de tu padre o de la abuela o del abuelo y no te vayas, mi niño, no te marches, no puedo decirles que no entren, ellos también quieren verte, rey mío, pero no inventaron cuentos contigo y por eso no encuentran el camino.

No dejes que me levanten de aquí, no los dejes, no quiero dejarte solo, no quiero quedarme sola, no sé que me están diciendo, no entiendo las palabras, diles que me dejen, mi niño, diles que me dejen aquí contigo, hace frío, no quiero marcharme, tenemos que terminar el cuento, o ya lo terminamos aquel día, no me acuerdo, no puedo acordarme, si no me acuerdo te irás del todo no te vayas, no te vayas todavía, no te vayas sin mí, llévame contigo si te vas, no me dejes sola, no te quedes solo, y eso era, en la isla hacíamos papel con las cenizas y tú te reías y decías que el árbol había sido muchas cosas, árbol, rama, cuna, palo mayor, leña, papel, y que ese cuento sería un cuento inacabado porque no querías ponerle fin, y qué listo eras, mi niño, qué listo eres, siempre has sido muy listo y tenías razón, ese cuento no puede acabar, y quiero que dejen de decirme que me vaya a dormir, que tengo que descansar, es que no lo ven, que mi descanso es escribir contigo el cuento del árbol que quería ser inmortal, y no nos dejan en paz, y no puedo acordarme de cómo sigue y me estás escribiendo con tu dedo de aire las palabras en mi piel y se me pone la carne de gallina y te estoy sintiendo y ya no hay hielo en el centro de mi pecho y estás soplando la hoguera de la isla que ahora me calienta por dentro y me estás diciendo que cierre los ojos para verte, que puedo hacerlo, y lo hago y te veo, y veo el papel que has fabricado en la isla y me estás contando el cuento, mi niño, ese cuento que no se acabó y ahora sé por qué no se acabó porque mientras ese cuento no esté terminado tú no te irás, te vas a quedar conmigo, te quiero, hijo, te quiero tantísimo, qué bien que la gente se fue, que ya me ves, que ya te siento, y pobre abuelo, mira cómo llora, el abuelo te leía cuentos, él decía que los inventores somos tú y yo y lo haré por ti y le contaré al abuelo el cuento del árbol, y a la abuela y a papá, y lo escribiré en un papel que brillará cuando escriba sobre él porque será el papel que antes fue ceniza y palo y cuna y árbol y cuento y tú sigues aquí, mi niño, y ahora entiendo que nuestro cuento inventado no tenía final y yo voy a seguir escribiendo, hijo mío, y escribiré hasta que la vista me abandone y escribiré porque tú y yo somos la rama y el árbol del cuento que nunca se acaba y por eso no te vas a morir nunca, y qué torpe he sido, que no lo entendí hasta ahora, y eres tan bueno, mi niño, eres un ángel, y te prometo que voy a seguir escribiendo y que nuestro cuento inventado y tú y yo seremos inmortales y esto no es un adiós, mi niño, y cerraré los ojos y tú me soplarás en la piel cuando quieras hablarme y estaremos los dos en nuestra isla y te diré todos los días que te quiero, mi niño vivo, mi cuento inacabado, mi vida, te quiero.

Adela Castañón

Imagen: Yuri_B en Pixabay

Mujeres azules

Ese martes amanece nublado.

­­—Mami —dice Lucía—, ¿por qué no me tocó a mí ser como Ángel? —La pregunta coge desprevenida a Alicia.

—¿Por qué me preguntas eso, chiquitina?

La niña ladea un poco la cabeza, igual que hace su perrita cuando la ve comer chocolate. Señala el panel de corcho que hay en una pared del salón, se pone en pie, se acerca y toca con el índice extendido el letrero que hay escrito con rotulador grueso en el marco superior: “CALENDARIO DE ANGEL”. Al lado de esas tres palabras está pegada una etiqueta con el día de la semana, que su mamá cambia todos los días. 

—Yo también quiero tener una agenda con muchas clases para que me tengas que llevar.

Alicia no sabe qué responder. Besa a Lucía en el pelo y le empuja con suavidad la espalda.

—Ea, bonita, lávate los dientes y dibujamos un ratito si quieres.

En el corcho, pegadas con velcro, se alinean las imágenes plastificadas de las actividades que le tocan a Ángel los martes. Lucía y él terminaron de comer hace un rato. Alicia los recoge de la guardería porque, aunque hay comedor escolar, prefiere que almuercen en casa. Así es más fácil o, para no mentir, menos difícil. Ángel acabó el postre, se levantó, quitó del corcho la foto correspondiente a la comida y la guardó en la caja que hay junto al tablero. En esa caja están todas las fotografías y dibujos que le ayudan a organizar su día a día. Luego se cepilló los dientes y volvió al tablero para quitar la foto de la pasta y del cepillo, siguiendo su ritual. Ahora el pequeño duerme la siesta antes de empezar con las terapias de apoyo de esa tarde que aguardan su turno en la fila de imágenes del corcho: logopedia, piscina y fisioterapia.

Alicia ve como Lucía entra en el cuarto de baño y echa un vistazo a la caja. Se queda quieta y se le escapa un suspiro, entre el miedo y la esperanza, al ver que la foto del cepillo ha quedado un poco torcida. Sabe que Ángel ha debido notar ese pequeño desorden, a su hijo no se le escapa nada, y, pese a ello, no ha protestado por esa alteración del ritual. “Dios mío, ¡ojalá sea señal de que las terapias van sirviendo de algo!”, piensa Alicia. Hace unos meses, ese desplazamiento de un par de milímetros entre las dos cartulinas hubiera provocado una rabieta más, y de las gordas. “¡Qué pasos de gigante está dando mi pequeño!”.

Hace casi un mes que Ángel toma parte activa en la organización de su agenda. Ya va siendo capaz de quitar y poner las fotos correspondientes, aunque para ello necesite ayuda. Ese sistema de agenda visual que les aconsejó el psicólogo está consiguiendo que la vida en casa empiece a ser más llevadera para todos. El milagro de la comunicación va surgiendo poco a poco.

En el butacón, la abuela finge dormir. Se alegra de haber cerrado los ojos. Aún recuerda la tensa conversación con su hija hace unos días; es más, le asalta la duda de si su nieta habría estado escuchando cuando discutieron. “No puede ser. Lucía es muy pequeña y, además, en ese momento estaba jugando en el jardín. A lo mejor fui demasiado dura con Alicia, pero… ¡hija de mi vida! ¿No te das cuenta de que tienes DOS hijos? ¡Que también has parido a esa niña! ¡Que la has traído al mundo con los mismos dolores!”

Lucía vuelve al salón y la abuela sigue haciéndose la dormida mientras escucha a su nieta.

—Mami —la niña habla bajito—, ¿se puede ser azafata, aunque se tenga un hermano que esté malito?

Los puños de la abuela agarran con fuerza los brazos de la butaca en un burdo intento de no apretar más los ojos. Pero si no los cierra con fuerza, las lágrimas acabarán por delatarla. El silencio es tal, que la anciana puede oír el ruido que hace su hija Alicia al tragar. A ella, sin embargo, la boca se le ha quedado como si la tuviera llena de arena. Sus párpados cerrados no impiden que su mente vuelva a ver, con la misma intensidad del primer día, aquel párrafo del informe del psicólogo: “Juicio clínico: trastorno de espectro autista, con retraso mental asociado”.

A partir de aquella fecha, Jaime, su yerno, tiró la toalla. Y ya puede Alicia decir misa, que el niño, desde ese momento, ha pasado de tener un problema a convertirse en el principal problema de su padre. “¡Pobre hija mía! ¡Pobre Alicia! La más callada y tímida de mis hijos… y te toca el premio gordo de la lotería”. Ahora la abuela, al pensar en sus nietos, tiene que esforzarse para no sonreír. Aunque, si abriera los ojos, vería que ni su hija ni su nieta le prestan atención. Porque esos niños son ni más ni menos que eso: dos premios del gordo de Navidad. Y, si no, que se lo digan a ella. Y el imbécil de su yerno, sordo y ciego, sin disfrutar esos dos diamantes que la vida le ha regalado. “¡Señor, Señor! ¡Nunca entenderé cómo, en Tu infinita sabiduría, les regalas margaritas a los cerdos! No sé quién es más autista, si mi Ángel, o ese majadero de Jaime…”

Otra vez se ha perdido la memoria de la abuela por los caminos del amor a sus chiquillos. Un toque en su mano derecha le hace abrir los ojos. Su hija está de pie, junto a la butaca. La mujer mira alrededor.

—¿Dónde está Lucia, Ali?

—Se ha ido al jardín a jugar, mamá.

Alicia, más que sentarse, se deja caer al suelo a los pies de su madre. Igual que cuando era pequeña, apoya la cabeza en el regazo materno para sentir los dedos de la anciana acariciando su cabello. Nada en el mundo la relaja tanto. Ese suave masaje actúa como un bálsamo sobre la tormenta de pensamientos que no deja en paz a su cerebro. “Mi pobre niña”, piensa la abuela, “mi Ali, que no sabe que bajo su piel de cordero tiene un corazón de león”. Pero la abuela se equivoca. Alicia lo acaba de descubrir.      

—Mamá, voy a dejar a Jaime.

Alicia no le dice “¿qué te parece que deje a Jaime?”, ni “estoy pensando en dejar a Jaime”. Su voz y su rostro irradian seguridad. La abuela, sin poder creer lo que ocurre, se da cuenta de que los labios de su hija se han curvado en una sonrisa. La cara de Alicia es, a sus ojos, un arcoíris de esperanza.

Para Alicia, a partir de ahora, sus hijos y su madre serán su motor. Jaime, su marido, es, y ha sido, su ancla. O eso creía ella. Pero la vida no es una nave varada, y ella tiene que deshacerse de lo que le impide avanzar. Jaime, con su egoísmo maquillado de falsa seguridad e interés paternal, ha sido, en realidad, un lastre. ¡Cómo ha podido estar tan ciega!          

Alicia no le contará a su madre la conversación que mantuvo la noche anterior con su marido. No le dirá que Jaime le propuso ingresar a Ángel en una institución para niños discapacitados. Tampoco le dirá que más que una conversación fue un monólogo. Que Jaime hablaba y ella escuchaba. Alicia sabe que no hace falta contarle nada de eso.

En el jardín, Lucía juega con sus muñecas. Una en cada uno de sus bracitos. En ese momento está hablando con su favorita, la que tiene el pie roto: “No tengas miedo, Ariel. Mamá me ha dicho que puedo ser azafata, aunque Ángel esté malito. Que da igual que papá me dijera que lo tengo que cuidar toda la vida. Ella lo arreglará todo. También me dijo que puedo ser piloto, o astronauta, o lo que yo quiera ser. ¿Verdad que mami es un hada?”

En ese instante un rayo de sol encuentra hueco entre las nubes. Alicia gira el cuello. Ángel se ha despertado de su siesta y, en lugar de empezar a hacer los ruidos de costumbre, se ha levantado solito e irrumpe en el salón iluminándolo más que ese rayo despistado. La abuela sigue la dirección de la mirada de Alicia, y las dos se amarran con un hilo invisible a los ojos de Lucía, que acaba de entrar con sus muñecas en brazos, y también contempla a su hermano con arrobo. Las tres mujeres sonríen. No necesitan hablarse. Ángel, por primera vez en su vida, responde con otra sonrisa. Y, cada uno de ellos, a su manera, piensa lo mismo: “A partir de ahora, todo va a ir mejor”.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

Uno más uno igual a tres

El traqueteo del vagón de metro siempre me da sueño. Esas cabezadas diarias, camino de mi trabajo, son las que más disfruto en todo el día. Pero hoy se han interrumpido por culpa de un golpe en mi cadera. Entreabro apenas un párpado; dos chicas jóvenes, muy concentradas en su charla, se han sentado justo enfrente de mí. Una de ellas me ha dado un rodillazo al pasar. Debe de ser la que está hablando con las cejas fruncidas, y creo que no se ha dado cuenta porque está enfrascada en la conversación y ni siquiera ha hecho un gesto de disculpa. Entorno otra vez los párpados, y continúo en la misma postura, con el bolso apretado entre mis brazos y mi cuerpo, pero el sueño se ha bajado en la parada donde se han subido las muchachas.

—…pues créetelo, Toñi.

El ruido de una cremallera tira de mi párpado, que se despega del otro unos milímetros, arrastrado por la curiosidad. La que está hablando saca de su mochila una bolsa con el logotipo de una farmacia.

—¡Mira, no puede estar más claro!

—¡Joé, tía! —Toñi abre mucho los ojos—. ¡Me cago en tó lo que se menea! ¿Se lo has dicho ya? Porque pa mí que le va a sentá como una patá en los guevos. —Las dos cabezas, muy juntas, se inclinan sobre el misterioso contenido de la bolsa.

—¿Tú crees? —La que habló primero se lleva el pulgar a la boca, y muerde la piel del dedo.

—O sea, que no le has dicho ná entoavía. Pos pa mí que lo tiés claro, Loles. —Aprieta los labios y se calla.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me llames Loles, joder! Que llevamos ya dos años en Madrid y sigues hablando igual de cateto que si acabaras de llegar del pueblo. ¿Qué trabajo te cuesta decirme Dolores?

—¿Pos y a ti qué más da? Yo hablo como me da la gana, bonita. Y tú habrás aprendío a hablar finolis, pero eso no te ha librao de meter la pata hasta el fondo. —Toñi se ablanda al ver que Loles hace un puchero—. No llores, tonta. ¿Y cuándo piensas decírselo?

Toñi obtiene el silencio por toda respuesta. Las cejas de Loles se elevan en el centro de la frente, como el tejado de una casa. Su nombre es un fiel reflejo de la expresión de su cara, mientras sigue tirando del padrastro con los dientes. “Como siga así, esta chica va a morir despellejada”, pienso.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me atrevo! Le va a sentar como un tiro. ¿Y si me dice que me lo quite? ¡Con lo que quiero a mi Lucas… y ahora esto! Si es que tampoco hemos hablado nunca de este tema y…

Toñi abre mucho la boca y agarra la mano de Loles con tanta fuerza, que su amiga se para a mitad de la frase. En vista de que Toñi no dice nada, Loles le sacude el brazo.

—¿Toñi? ¡Toñi! ¡Que parece que te ha dao un pasmo!

“Vaya, vaya”. Al oír la pronunciación de la última frase tengo que hacer un esfuerzo para no reír. Desde luego los nervios se han cargado la capa de barniz de chica de capital que luce la tal Loles.

—¡Loles, tía! Ya lo tengo. ¡Mándale un guasa!

—¿Quéeee? —Loles deja de morderse la piel del pulgar.

—Que le mandes un guasa, alelá. Échale una foto ar cacharro ese, y se la mandas.

—¿Estás tonta, o qué? —Ahora las cejas siguen oblicuas, pero en sentido inverso. Les faltan dos milímetros para juntarse en el entrecejo formando una “V” mayúscula.

Yo las sigo espiando con disimulo. Toñi calla. Las cejas de Loles deciden de una vez quedarse en horizontal. Deja de morderse el padrastro y manosea su mochila con las dos manos.

—¿Mandarle un WhatsApp?  ¿Tú crees…?

Toñi sonríe con ganas. Tiene una dentadura preciosa del primer molar al último. Por toda respuesta, mete mano en la mochila de su amiga y saca el móvil. Veo a las dos manipular el teléfono y el contenido del paquete de la farmacia. Tengo que esforzarme para no inclinar mi cuerpo hacia delante y cotillear yo también. Mi otro párpado se levantó hace rato para imitar al primero, y puedo disfrutar del duelo de miradas de mis vecinas de asiento. Por suerte para mí, sigo siendo la mujer invisible.

—¡Hala! ¡Ya está!

La tregua del padrastro toca a su fin. Se suspende el indulto, Loles vuelve a las andadas, muerde que te muerde, y el pobre trozo de piel vuelve a sufrir el ataque de los dientes mientras su longitud va menguando. Por la cara de Loles pasa todo un muestrario de expresiones, que Toñi observa en silencio mientras suspira y espera a que su amiga asimile lo que ha hecho. Después de un minuto que parece eterno, Loles despega los labios del pulgar y habla por fin:

—¡Ay, Toñi! ¡Yo te mato! ¿Pero qué he hecho, Dios mío? ¿Cómo se te ha ocurrido darme esa idea? ¿Y tú dices que eres mi amiga?

—Pos claro que sí, tontarra, que eres una tontarra. Por eso, porque soy tu amiga, te he tenío que empujá. Si fuera sío yo, otro gallo cantaría. A ti se te va toa la fuersa por la boca, tía, pero a la hora de la verdá te fartan ovario. Además, ¿qué es lo peó que pué pasá? ¿Qué te mande a tomá por culo? ¡Pos que se joda, que tú no te quéas sola, leñe, que pa eso tiés a tu familia en el pueblo, me tiés a mí aquí…! —Toñi le da un pellizco cariñoso en la mejilla a su amiga y sonríe con media boca solamente—. Aunque entre porvo y porvo ya podíais haber hablao un poquito de los posibles ¿no? ¿Qué pasa? ¿Qué no había tiempo de hablá, ni tiempo pa ponerse un condón…?

El timbre del móvil las hace dar un respingo. Mejor dicho, el respingo lo damos las tres, aunque del mío ni se enteran. Loles todavía tiene el móvil en la mano, y por poco no se le cae al suelo del vagón.

—¡Toñi! ¡Ay, madre…!

 —¡Contesta, tonta!

Loles atiende la llamada con un “¿Si?” y yo abro del todo los ojos aún a riesgo de perder mi incógnito. Veo cómo se chupa los labios y parpadea, sin dejar de morderse el padrastro. Empieza a respirar hondo y los botones de su blusa se tensan. No dice nada en todo el rato, y se despide con un “Vale”. Si Toñi no le pregunta en cinco segundos, lo haré yo aunque me mande a la mierda. Pero Toñi la interroga en ese instante. Nuestras rodillas se tocan, pero ni ella ni yo nos damos cuenta de que nos hemos echado hacia delante.

—¿Qué? ¿Era el Lucas? ¿Qué te ha dicho?

La sonrisa de Loles habla por sí sola. Le brillan los ojos.

—Que si es niña, Carmela. Como su madre.

Adela Castañón

Imagen: Nick Walker en Pixabay 

Nocturnos para Xiaowei. De su amiga Miaoli

A mis alumnas chinas

1

Cuando Xiaowei se despertó entre pilas de cajas de un almacén, en un colchón en el suelo. Junto a ella, se hacinaban su abuelo, su padre y su hermano. El aire era denso y olía a cloaca. Se restregó los ojos y recordó que el día anterior había llegado a Barcelona desde China. También recordó que su madre, los había despedido con los ojos enrasados.

—Xiaowei, hija mía, cuídate mucho. En cuanto me operen del corazón iré a reunirme con vosotros.

Desde que le llegó la regla, hacía menos de un año, su madre le advertía de los nuevos peligros. Y ella dejó de soñar con los ositos de peluche. Esa mañana, de repente, comprendió las palabras de su madre.

2

El ojo de la cerradura estaba tapado y yo no podía ver qué ocurría dentro. Desde la habitación de al lado oí los gemidos de Xiaowei.

Al día siguiente supe que se había quedado malherida al intentar saltar por la ventana. Con una mirada muy triste me dijo que tenía que contentar a todos los hombres de su familia. Y que fue el abuelo el que había puesto la cera en la cerradura.

3

Todos nos lamentamos de no haberlo visto venir, aunque era una crónica anunciada. Xiaowei llevaba dos años encerrada en el almacén de nuestra tienda de todo a cien cuando su padre decidió mandarla a la escuela.

La semana pasada faltó a clase y aproveché para decirle a la maestra que el padre le pegaba y la obligaba a dormir con él. La maestra lo denunció. Ayer, al sacar los libros de la mochila, se le cayó un pañuelo anudado en el que vi las marcas de sus dientes.

Hoy, en el silencio de la noche, sólo se oía una fina lluvia de estrellas.

Carmen Romeo Pemán

Foto. Dos amigas chinas. Publicada en Freepick.

Heraldo de Aragón, 11 de junio de 2021
El silencio de la nieve, la columna de Irene Vallejo, también alumna del Goya, es un excelente colofón para este relato de incestos y violaciones. Casandra, por no ceder a los caprichos de Apolo, fue condenada a que nadie creería sus palabras. Así fue, y así es. Hoy somos todas casandras.

Una copa más

Marcos, acodado en la barra del bar, mira a su alrededor. En el extremo del mostrador el camarero está secando vasos y suspira de vez en cuando echando miradas de reojo a los pocos clientes que quedan. La pareja que hay en una mesa de la esquina quizá se marche pronto, porque ella no para de mirar el reloj. Y el vigilante de seguridad que casi ha terminado el bocadillo y la cerveza tiene aspecto de estar a punto de comenzar un turno de noche. Todos parecen personas normales, piensa Marcos, con vidas normales, como la suya hasta hace poco tiempo. Las horas que lleva en ese bar le van pesando, pero tampoco tiene ganas de marcharse, ¿para qué? Espera a que el camarero mire hacia donde está él y, cuando lo hace, levanta la mano.

—Camarero, otro vodka, por favor. —Al ver que el hombre vacila, intenta sonreír sin conseguirlo del todo—. Me marcharé pronto, oiga, pero póngame otra, amigo —susurra dos palabras, más para sí que para el otro—. La necesito.

El camarero le sirve otro vodka y vuelve a su tarea. Marcos sujeta el vaso con la mano derecha y se inclina como si se asomara al interior de un pozo. El alcohol que circula por sus venas le juega una mala pasada, la misma que le han jugado las copas anteriores. Parpadea al ver que el líquido transparente del cubilete se agranda y toma la forma de un espejo circular que abarca todo su campo visual. Eso le recuerda los cuentos de hadas que le lee a su hija. En ellos existen criaturas fantásticas que ven el pasado y el futuro en piletas de piedra llenas de líquidos con extraños poderes, que suelen estar escondidas en cuevas misteriosas. Los dragones de esas historias son fáciles de identificar, siempre tienen alas y echan fuego por la boca, no como los monstruos de la vida real, esos que se camuflan bajo la piel de tu mejor amigo, con el que compartes cervezas y confidencias muchos sábados en el campo de golf.

Ahora la cueva de Marcos es el bar, y los vasos de vodka son su pasaporte para viajar en el tiempo.

Cuando apuró la primera copa, hace ya un par de horas, contempló ensimismado el fondo como si, en vez de contener restos de vodka, fueran los posos de una taza de té. Allí, en ese círculo mágico, se reencontró con las imágenes del día en que empezó todo. El día en el que su vida comenzó a escurrirse cuesta abajo con la misma determinación irrevocable del alcohol que baja hoy por su gaznate.

Conducía de camino a una cita de trabajo y, al parar en un semáforo, vio salir a su mujer de un hotel en compañía de Eugenio. Ellos no se dieron ni cuenta. Caminaban con las cabezas muy juntas, como conspiradores, ajenos a todo lo que no fuera su conversación. Ni siquiera levantaron la vista al escuchar la pitada que le dio el coche de atrás al ver que él no arrancaba cuando el semáforo cambió a verde. Mercedes y Eugenio se conocían desde mucho antes. Los dos eran ya parte de la plantilla de la oficina cuando él entró a trabajar allí. Estaba claro que su puesto siempre era el último, aunque hasta entonces no se hubiera dado cuenta.

El ruido de una silla al arrastrarse atrae la atención de Marcos. El vigilante ha terminado de cenar, se ha acercado a la barra y está pidiendo la cuenta.

Con la segunda copa, Marcos recordó su alegría y su incredulidad de diez años atrás cuando Mercedes, la chica más guapa de la oficina, quince años menor que él, aceptó su propuesta de matrimonio. Y no es que a ella le faltaran pretendientes, que había muchos con más pelo y menos barriga que él. Se armó de valor y le pidió una cita al notar que ella casi siempre sonreía cuando sus miradas se cruzaban. Él le hacía muchos favores, claro, pero igual que se los hacía al resto de compañeros, a los que siempre estaba dispuesto a ayudar. La secretaria del director, Encarna, una mujer casi de la edad de Marcos, siempre decía que, si él faltara, la oficina haría aguas. Encarna también le sonreía a menudo, pero sus muestras de simpatía, en comparación con las de Mercedes, tenían el brillo de una bombilla de cuarenta vatios que no podía competir con la luz del sol. Marcos se casó con su Mercedes dispuesto a apurar la copa de su felicidad mientras durase, porque tenía el convencimiento de que antes o después, posiblemente más temprano que tarde, llegaría alguien que lo desbancaría en el corazón de su mujer. Y no se equivocó. Alguien llegó, recordó Marcos mientras daba sorbos al tercer chupito, pero no fue como él esperaba. Su hija le demostró que el corazón de Mercedes tenía sitio para una persona más, y él se sintió feliz al compartirlo con su niña.

Un suspiro del camarero lo arranca de sus recuerdos. La pareja de la mesa se ha marchado y Marcos no se ha dado ni cuenta.

El cuarto vodka encendió un fuego ardiente y negro en su garganta y en su cabeza. La felicidad tenía la culpa de que él hubiera bajado la guardia. El día que descubrió lo de los cuernos se tragó su rabia y disimuló al llegar a su casa. Aquella noche no pudo dormir, y le pareció increíble que su mujer fuera capaz de conciliar el sueño con esa facilidad. Ni siquiera se despertó cada vez que él se removía en la cama. De madrugada, Marcos tuvo la sensación de haber pasado mil horas tendido sobre un colchón de clavos. Le ardía la cabeza. Reuniría pruebas, seguiría a ese par de traidores, y cuando lo tuviera todo atado pensaría cómo vengarse. Contrataría a un detective. Acusaría a Eugenio delante de los compañeros, aunque él quedara como un pobre cornudo. Le diría a Mercedes que se veía con otra mujer. Cualquier cosa. Ninguna. Todas. Era como si todo lo que imaginaba lo viera a través de un velo rojo, deformado, como cuando uno se mira en los espejos de la feria y no se reconoce al enfrentarse a unas imágenes desproporcionadas y absurdas.

El camarero ha terminado de secar los vasos y mueve las botellas de sitio haciendo un poco más de ruido de lo necesario. Marcos finge que no se da cuenta.

En el reflejo del quinto vodka se vio a sí mismo en el coche de alquiler, vigilando a su mujer los días posteriores al de su descubrimiento. Le invadió una satisfacción amarga al confirmar que Eugenio y Mercedes se veían varias veces. Una mañana se atrevió incluso a seguir a su mujer cuando caminaba. Ella entró en una tienda de artículos deportivos y, desde un portal cercano, Marcos observó cómo pagaba un juego de palos de golf de una marca bastante cara. La pena se le agarró a la garganta y le robó el aire cuando vio acercarse a su rival a la puerta de la tienda, y recibir de manos de su mujer el regalo primorosamente envuelto. 

Una mosca estúpida choca una y otra vez con una botella de cristal, y rebota contra el vidrio igual que los recuerdos de Marcos dentro de su cerebro.

Ahora, con el sexto vodka delante, acaricia el borde del vaso con la yema de su dedo índice. No quiere terminarlo. Mira a su alrededor y confirma que los demás clientes se han marchado. El camarero, prudente y resignado, se ha sentado en un taburete que hay tras la esquina de la barra y desliza los ojos por la pantalla de su móvil. Marcos comprende que, si no se levanta y se marcha ya, terminará por perder la poca dignidad que le queda y se echará a llorar. Saca un billete de la cartera.

—Cóbreme, ¿quiere?

Al ver la sonrisa agradecida del hombre, y la presteza con la que se levanta del taburete, una lágrima escapa de su ojo derecho. Al menos esa noche ha hecho feliz a alguien. Aunque sea mínimamente, y se trate de un simple camarero.

Paga, se pone de pie con vacilación y camina hacia su casa. Durante el trayecto, va pasando revista a todo lo que ha evocado con cada copa. Deja salir una carcajada solitaria, rota como él. Al fin y al cabo, admite, desde que se casó con Mercedes estaba esperando que pasara lo que ha pasado. No debería ponerse así, no tendría que estar sorprendido. Y diez años ha sido mucho más tiempo del que imaginaba. Además, está Sonia, su niña, ese regalo inesperado. Y fue Mercedes la que planteó lo de convertirse en padres. Él, aunque lo deseaba, no se atrevía a pedirlo, no fuera a ser que con eso asustara a su joven esposa y acelerara su marcha.

Tropieza y está a punto de caerse. Menos mal que al alcance de su brazo hay una farola y se puede agarrar a ella antes de dar con la cara en el suelo. Las gafas se le resbalan, pero frenan de milagro al llegar a la punta de la nariz. Menos mal. Son nuevas y los cristales cuestan un dineral. Él se hubiera comprado unas gafas menos caras, pero Mercedes se negó. Ahora, con una sonrisa torcida, Marcos piensa que seguramente lo hizo porque así, de alguna manera mitigaría su culpabilidad. Las gafas son caras, sí, pero seguro que los palos de golf lo son todavía más.

Si lleva a cabo cualquiera de las burradas que ha estado planeando desde que descubrió el secreto de su mujer, ¿qué pasará con su hija? Sonia hace el año que viene la primera comunión y está igual de unida a su padre que a su madre. Con una lucidez inesperada se da cuenta de que no puede lastimar a su pequeña. Las lágrimas se le escapan ahora sin control. Al doblar una esquina choca con alguien y pierde el equilibrio. Queda sentado en el suelo de culo, con la cabeza gacha y las piernas abiertas, en una postura muy poco digna. La persona con la que ha tropezado extiende la mano y le ayuda a levantarse. Sus caras quedan a un palmo de distancia y la sorpresa es mutua:

—¡Pero… Marcos! —Eugenio tiene las cejas levantadas—. ¿Estás bien?

Marcos restriega la manga de su chaqueta por la cara y solo consigue extender los mocos. Menea la cabeza de lado a lado. No puede hablar. Eso es demasiado para una noche. Eugenio tiene todo lo que a él le falta: mejor sueldo, menos años, diez centímetros más de altura… Y Mercedes, su Mercedes, ¡es tan guapa y vale tanto! Quizá le permitan seguir estando en sus vidas, tendrán que hacerlo, porque a lo que no está dispuesto es a renunciar a Sonia.

Marcos se siente liberado. Por una vez en su vida va a ser el protagonista. Con esfuerzo, levanta el brazo derecho, que le pesa como nunca, y pone la mano en el hombro de Eugenio:

—Eugggeniooo… —Las sílabas se le alargan sin que lo pueda evitar. Tose un poco. Las seis copas le pasan factura y la garganta le arde—. Lo sé todo, pero no me importa.

—¿Que sabes qué?

—Lo tuyo con mi mujerrr. Os llevo vigilando varios diasss. Os he visssto. Sé en qué hotel os, os citáis. Y te, te ha regalado los palos de golf, os vi también ese día…

Eugenio se quita del hombro la mano de su amigo como si fuera una cagada de paloma. Las comisuras de su boca se tuercen hacia abajo y da un paso atrás. Empieza a lloviznar, pero ninguno se mueve. Por fin, Eugenio rompe el silencio.

—Eres un mierda, Marcos. Un mierda con suerte. Dile a Mercedes que me quite de la lista de invitados del día 30 y que avise al hotel que pongan un cubierto menos. O igual la llamo yo para decirle que le mandaré los putos palos a vuestra casa; ya no hace falta que se los guarde en mi piso. Total, le has jodido la sorpresa…

—¿Qué?

—Ya me has oído. ¿No es tu cumpleaños el 30? —La nuez de Eugenio sube y baja un par de veces—. ¡Ojalá las cosas fueran como tú piensas, cabrón! No sé qué coño vio Mercedes en ti. —Da media vuelta para marcharse, pero antes murmura—: Ya quisiera yo estar en tu pellejo…

De pronto Marcos siente que el alcohol ha dejado de quemarle. Le invade un frío hecho de mil cuchillas de hielo. A pesar de sus gafas caras, lo ha estado mirando todo con el cristal equivocado. Saber que Mercedes no le engaña le consuela solo unos segundos. Los mismos que tarda en pensar qué hará ella al enterarse de lo que ha pasado.

Marcos vuelve a tener miedo. En un reflejo de lucidez comprende que el peor rival, el que al final puede dar al traste con su matrimonio, lleva su nombre y su cara. Y no sabe cómo va a poder lidiar con eso.

La lluvia arrecia. Y el llanto de Marcos lo hace a la vez.

Adela Castañón

Imagen: Anastasia Zhenina en Unsplash

Punto de ebullición

Andrea lo estuvo meditando durante meses.

Al principio solo era una idea, pero cuando él le pidió una copia del DNI y de la última nómina para firmar otro préstamo pequeño, “solo para nivelar los gastos un poco”, Andrea se atrevió a dar el paso.

—No —susurró más que hablar—. Dijiste hace dos meses que aquel sería el último préstamo que firmaríamos —carraspeó—. No quiero firmar más trampas…

—¿Esas tenemos? —Ramón se encogió de hombros y apretó los puños. La miró, con los ojos entornados—. Pues que sepas que algo hay que hacer. Si no piensas firmar, entonces habrá que reducir gastos…

—Vale…

—Pues tú misma, Andrea. Ya puedes ir avisando a la logopeda y al fisio de Tere, que la niña no necesita tantas tonterías y esos cabrones cobran un huevo. Así que el mes que viene no me pidas ni un euro para eso.

Desde que se casaron, las nóminas de los dos están domiciliadas en el Banco Popular, donde Ramón trabaja desde hace años. Andrea ni siquiera tiene tarjeta de crédito, ¿para qué? Cuando necesita dinero para la compra, o para las terapias de Tere, se lo dice a Ramón, que lo saca y se lo da.

La conversación terminó ahí, y al día siguiente Ramón ni le preguntó por el tema. Él, como siempre, había dicho la última palabra y ni siquiera se planteaba que no se hiciera lo que había decidido. Así que ella, en su oficina, aprovechó la media hora del desayuno para cruzar la calle y abrirse una cuenta bancaria en el BBVA que veía desde su escritorio. Esa mañana le faltó valor para hacer algo más, pero después de dos días de dolores de cabeza y de dos noches de insomnio, se acercó a la oficina de personal y cambió la domiciliación de su nómina. Si malo era no haber movido un dedo desde hacía tanto tiempo, peor le pareció quedarse a mitad de camino después de abrirse la cuenta.

Ahora, tres semanas después de aquella conversación y de su salto sin red, Andrea traga saliva. Tere ha tenido una mañana mala en el colegio, y la acaba de acostar para que duerma la siesta. Vuelve a la cocina y pone una olla con agua en la vitrocerámica para preparar macarrones. Ya es día 27 y no puede tardar en decirle a Ramón lo que ha hecho. El tiempo ha pasado volando y ella no ha encontrado el momento. Pero, si no se lo confiesa, cuando él vea que no ingresan su sueldo en la cuenta común será peor.

De pronto, como si el pensamiento de Andrea fuera un imán, escucha abrirse y cerrarse la puerta de la casa y, al poco rato, Ramón entra en la cocina. Ni siquiera saluda, hace tiempo que esa costumbre se perdió. Se sienta y la mira sin decir nada. Ella suelta el paquete de macarrones y saca de la nevera una cerveza que coloca en la mesa, delante de él.

—A ver si este mes cobráis pronto —dice Ramón, dando un sorbo—. El mes pasado nos quedamos en descubierto dos días porque cargaron la VISA antes de que te pagaran.

Como Andrea no responde, su marido continúa:

—Siempre os ingresan alrededor del 28 o 29.

Ella se encoge de hombros. Nunca ha sabido qué día le pagan. Bastante tiene con llevar en la cabeza todas las citas y las cosas de Tere.

—Pregúntale mañana a algún compañero si ha cobrado ya. Que necesito organizarme.

—Pero hay saldo, ¿no? —Andrea recuerda que hizo muchas horas extra el mes pasado.

—Ya, pero este mes la VISA viene alta.

Ella lo mira sin decir nada.

—No pongas esa cara de pánfila —resopla Ramón—. Hemos tenido muchos imprevistos.

Ella calla. Por lo visto, el móvil nuevo de él y el canal plus para ver los partidos ahora se llaman imprevistos… Piensa en Tere… Es ahora o nunca… La ocasión está ahí…

—Igual este mes cobro antes.

Él la mira y a su boca, que no a sus ojos, asoma un atisbo de sonrisa.

—¿Y eso? No me habías dicho nada.

—Te lo digo ahora.

—¿Y eso por…? —él repite la pregunta.

—Porque en el BBVA ingresan antes.

—No jodas. Eso ya lo sé. Anda qué… ¡Has descubierto la pólvora…! Pero a los demás bancos nos llega siempre con uno o dos días de retraso. Y te recuerdo que el mío no se llama BBVA.

—Ya. Pero es que van a pagarme por allí.

—¿Qué? Explícate, Andrea, que no me entero. Algunas veces eres tan difícil de entender como la niña.

—He abierto una cuenta en el BBVA y he domiciliado allí la nómina.

—¡Joder! Si al final va a resultar que hasta piensas, ¡se me tenía que haber ocurrido a mí! Mira por dónde has tenido una idea buena por una vez en tu vida. —Ella se envara y él arruga la frente—. Pero… a ver, ¿cómo has abierto la cuenta? Yo no he firmado nada.

—Está a mi nombre.

—¿Qué? ¿Qué está…? ¿Se puede saber qué has hecho?

Ella calla y aprieta los labios. Él se levanta y se pone a dar zancadas por la cocina.

—¡Que me digas qué coño has hecho! ¿Eres tonta o qué?

Ella sigue callada. Los labios se mantienen apretados, pero levanta la barbilla y le sostiene la mirada. Él aprieta los puños y acerca mucho la cara a la de ella, que hace un esfuerzo para no retroceder.

—A ver… Vamos a calmarnos un poco —dice él, con la voz una octava más baja—. Mañana mismo vamos al BBVA de los cojones y me pongo también de titular. Así podré hacer transferencias online cuando vea que te han ingresado, y disponemos antes del dinero. Todo tiene remedio.

—No —ella lo dice en voz baja, pero no tanto como para que él no la oiga.

—¿Qué? ¿Que no qué?

—Que no…

—¿A qué juegas?

—A nada… Cobraré antes… Y el mismo día que cobre, sacaré el dinero y te lo daré. Y tú lo ingresas en tu banco.

Dice “tu banco”, no “nuestro banco”, y los dos se dan cuenta, aunque ninguno lo dice. Durante unos instantes, el único ruido es el borboteo del agua, que está empezando a hervir. Ramón bebe otro sorbo de cerveza antes de hacer otra pregunta:

—¿Y entonces para qué has hecho esa gilipollez? No tiene sentido. 

—Para mí, sí.

—¡Habrase visto…! Mira, más vale que me lo expliques, que no me chupo el dedo. Hasta tú, con tus cortas luces, sabes que eso es liar las cosas para nada. —Como ella calla, él se rasca la frente y repite—: Más vale que me lo expliques, porque no me creo que hayas hecho eso así porque sí.

Ella se sienta. Es como si sus piernas no existieran y el suelo se hubiera esfumado debajo de sus pies.

—Todo seguirá igual —Andrea trata de justificarse—. Tendrás el mismo dinero que hasta ahora.

—Que me digas la verdad, coño.

—He pedido hacer más horas extras y me han aceptado la petición.

—Cojonudo. ¿Y qué?

—Que lo que me paguen de más se quedará en esa cuenta. —Él la mira como si no hubiera entendido sus palabras, y ella se obliga a añadir—. Será para gastos extra, pero solo para Tere.

Él pone los brazos en jarras y suelta un gruñido.

—¿Conque esas tenemos? —Rememora la conversación de semanas atrás y no tarda en atar cabos—. Me la tenías guardada, ¿no? Claro, como tú no tienes que preocuparte de controlar los gastos, ni la luz, ni el agua, ni… Manda cojones… ¿Así que tu dinero se va a ir a los bolsillos de unos comecocos, en lugar de servir de ayuda para que no falte agua caliente ni un plato de comida en esta casa?

Ella baja la cabeza, pero se mantiene en un silencio firme.

—Mira —sigue él—, no me cabrees… Todos podemos equivocarnos. Mañana a la hora del desayuno me acerco a tu oficina y…

—No.

—Te digo que mañana vamos los dos al BBVA y arreglamos esto.

—No.

Él da dos o tres vueltas alrededor de la mesa. Ella no levanta los ojos. Solo ve los zapatos de Ramón, que aparecen y desaparecen de su campo visual. Siente las manos de su marido que le masajean el cuello.

—Nena…

El masaje es suave, pero hace que sus hombros se tensen más en lugar de relajarse. Él, aunque lo nota, sigue masajeando. Siempre se le ha dado bien.

—Mira, mujer, no hay que ponerse así. Si quieres que la niña siga con las dichosas clases, pues vale. Ya ahorraremos por otro lado. Pero en la cuenta nos vamos a poner los dos. Piensa un poco. Mis compañeros se preguntarían por qué, de pronto, la nómina de mi mujer deja de estar domiciliada. Y no podría decirles que te has quedado en el paro, porque verían luego el ingreso del dinero.

Ella, efectivamente, se da cuenta de que no ha pensado en eso. Él interpreta mal su silencio y sigue:

—No pasa nada, Andrea. Pero por eso te lo estoy explicando. ¿No comprendes que eso me pondría en ridículo? Piénsalo.

Andrea nota en su estómago el burbujeo de una risa histérica y se muerde la lengua para contenerla. ¡Que lo piense! ¡Pero si lleva un mes en el que su cabeza no para de dar vueltas!

—Tengo mi orgullo, ¿o es que no lo entiendes?

Ella suspira. Claro que lo entiende. ¡Cómo no lo va a entender! Mucho mejor de lo que él cree. Nota en el corazón dos latidos a destiempo y siente como si en su interior se hubiera abierto una jaula y un pajarillo asustado alzara el vuelo. Sacude los hombros y se libera de las manos de él.

—La cuenta se quedará a mi nombre. Y si tu autoestima se cae por los suelos, que salude allí a la mía, que lleva mucho tiempo bajo mínimos…

Andrea no puede creer que haya dicho eso, y se da cuenta de que Ramón también parece incrédulo. Él hace un último intento:

—¿Es que no te has enterado de todo lo que te acabo de explicar?

—Sí. Perfectamente.

—¿Y…?

Ella se encoge de hombros.

—Me da igual.

Se levanta y sale de la cocina. Se da cuenta de que hoy ha sido ella la que ha pronunciado la última palabra. A su espalda escucha el borboteo del agua, que lleva un rato hirviendo y ha empezado a derramarse sobre la vitro. O, quizá, lo que escucha es el nuevo brío con el que la sangre recorre su cuerpo, haciéndola sentir una alegría que se desborda como el agua de los macarrones.

Adela Castañón

Imagen: Holger Schué en Pixabay

Cadenas de amor

Te veo venir con esos andares de oca que fueron lo primero que me llamó la atención de ti el día que nos conocimos. Aquel día, hace ya de eso seis años, tu hijo Enrique te seguía como un patito y sentí un poco de envidia al verlo caminar suelto, sin que tuvieras que llevarlo cogido de la mano como tenía que hacer yo con mi Jaime. ¡Seis años ya!, ¿te acuerdas, Puri? La psicóloga aquella del colegio nos había reunido a varios padres y allí estábamos todos, perdidos como frikis en la Edad Media y con nuestros niños a cuestas, claro. En aquella época era disparatado pensar en ir a ningún sitio si no era con ellos, porque, ¿a quién se los íbamos a dejar? La Cruz Roja nos había dejado un local para reunirnos, y había dos señoras voluntarias con pinta de abuelitas que se encargaron de cuidar a los pequeños en la sala de al lado, mientras todos nosotros, pobres padres náufragos, hablábamos.

Pero eso fue hace seis años y mil vidas. Hoy he quedado contigo para tomar un café como dos madres “normales”. Volvemos a tener vida propia, Puri. Eso que nunca creímos que podríamos recuperar. Veo que te acercas sonriendo, como siempre, y me levanto para darte un beso porque hace siglos que no nos vemos. Eso no importa, porque cuando nos encontramos siempre parece que nos acabamos de despedir. Es lo que tiene compartir esa experiencia de ser mamás de unos hijos especiales. Me miras y tus ojos me preguntan el motivo de mi llamada, de esta cita para tomar ese café que siempre aplazamos. 

Disfruto un poco con el suspense. Espero a que el camarero venga a tomar nota y, hasta que no pone los cafés sobre la mesa, no entro en materia. Uno con leche y sin azúcar para mí. Para ti, uno con doble azucarillo y tu sempiterna palmera de chocolate.

—Sigo siendo una gordita feliz —me dices al verme levantar las cejas.

Yo me río. Las dos nos acordamos de que cuando nos conocimos yo tenía encima quince kilos más que ahora. Te reíste como una loca cuando te dije que no sabía qué hacer para ayudar a mi hijo, y que tenía el problema añadido de que mi frigorífico no tenía candado y mis visitas a su interior, buscando ahí un consuelo inexistente, superaban a las de los videos de Madona en el Youtube. “El chocolate puede ser terapéutico”, me dijiste entonces. Y por lo que veo, te sigues recetando la misma medicina.

Al final te lo cuento sin que me preguntes nada. Sabes de sobra que si te he hecho venir es por una buena razón y que mi noticia caerá por su peso. Cuando te digo que me ha llamado por teléfono la madre de un niño con autismo, tus ojos empiezan a brillar el doble de lo normal, y eso que no te está dando el sol en ellos. Intuyo que adivinas mi historia, pero ninguna de las dos nos queremos privar del placer de compartirla.

Te confieso que he citado a esa madre en este mismo sitio dentro de media hora, y tu sonrisa me confirma que no te importa lo más mínimo. Yo lo sé. Te digo que necesito que estés conmigo para dar credibilidad a lo que voy a contarle. Si somos dos, será menos difícil que nos crea.

—Mira, Puri —te digo—, tenemos que contarle a esa mamá que tú me llamaste por teléfono para invitarme a ir a tu casa hace seis años, después de aquella primera reunión, ¿te acuerdas? Y contarle también lo que te contesté, que sepa que te dije que no, que, si querías, vinieras tú a la mía. —Te miro y sonrío—. ¡Menuda carcajada soltaste, guapa! Todavía no se me ha olvidado. ¡Anda que…!

—Te tendí una trampa —me interrumpes y no me importa—. Sabía que, tal y como estaba entonces tu Jaime, no te atreverías a salir de tu casa para ir a otro sitio de visita. ¡Eso era impensable!

—Por eso te he llamado, Puri. Me ha costado la misma vida convencer a esta mamá para que venga hoy, y sé que no se va a quedar mucho tiempo. Así que necesitaba refuerzos.

Guardo silencio mientras te veo disfrutar con tu palmera. Una mota de chocolate se queda en la comisura de tu boca y pienso que tu sonrisa es lo más dulce del mundo. Parpadeo de prisa cuando recuerdo que aquella primera vez viniste tú a mi casa, con tu marido y con Enrique. Y al ver que no ponías cara de acelga cuando Jaime empezó con una de sus rabietas y a darse golpes en la cabeza, comprendí que todo iba a salir bien. Mientras yo sujetaba a mi niño, tal y como nos había dicho la psicóloga que había que hacer para extinguir esa conducta autolesiva, tú seguiste hablando como si nada. Y tu marido, igual. A veces pienso que aquella rabieta duró tan poco rato porque hasta el mismo Jaime debió extrañarse de que su comportamiento no atrajera tu atención ni lo más mínimo. ¡Pobrecito! Qué poco sabía yo entonces que esas autoagresiones eran una desesperada llamada de ayuda. La intención de sus golpes era la mejor del mundo: reclamar atención. Pero lo hacía de un modo totalmente equivocado, porque no tenía otras herramientas para comunicarse con nosotros. ¡Cuánto hemos aprendido desde entonces!

Estoy tan perdida en mis reflexiones que no me percato de que me estás mirando. Te ríes con ganas.

—¿Te acuerdas de la cara que pusiste cuando te dije aquello, Alicia?

—¿El qué?

—Lo de que tu Jaime me recordaba una barbaridad a mi Enrique cuando tenía su edad. —Me guiñas un ojo—. Pensaste que te estaba regalando una mentira piadosa, ¿eh, amiga?

—¡Cómo no iba a pensarlo, mujer! Que Enrique tenía entonces doce años, hablaba y se portaba como un hombrecito, ¡y mi Jaime, con seis, no decía ni mú y no podíamos casi ni pisar la calle con él, con aquellas rabietas y aquellos pollos que montaba! —Suspiro, pero es un suspiro feliz porque ahora es un muchachito distinto—. Parece mentira que pudiera formar aquellos espectáculos, con lo chico que era entonces.

—Aquello era la guerra, Alicia.

—Y tanto. ¡Si hasta me peleé un día con un vigilante del Hipercor!

—¡Anda ya! Eso no me lo habías contado nunca.

—Bah, fue una de tantas. El pobre hombre se me acercó cuando estaba yo por el pasillo de los congelados. Jaime había pillado una rabieta y como era enero o febrero, no me acuerdo bien, por esa zona no había casi clientes. Me metí allí para ver si se le pasaba, pero una mujer le dijo al vigilante que había una loca en la zona de los congelados que debía haber raptado a un niño, porque lo llevaba sentado en el carrito de la compra sin hacerle ni puñetero caso…

Las dos rompemos a reír tan fuerte que el camarero nos mira y levanta las cejas. Es normal que yo no te creyera entonces, Puri. Ahora lo sé. Jaime ha cumplido hace poco doce años. Tiene ahora la edad que tenía tu hijo cuando lo conocí, y es un perfecto calco de Enrique en aquella época. Seis años me ha costado convencerme de que no me mentías, de que tu Enrique, a la edad de mi Jaime, también pillaba rabietas y se daba golpe tras golpe, quizá luchando como un jabato contra ese autismo que nos vino a todos sin esperarlo, en lugar de aprender a vivir con él para encontrar su lugar en el mundo.

Puri, tesoro, cuando venga esta madre nueva tienes que ayudarme a contarle todo esto. Seguramente no nos va a creer del todo, pero yo tampoco te creí a ti, y sin embargo conseguiste convencerme de que había luz al final del túnel.

Su niño tiene ahora seis años. El otro día fui a su casa a tomar café con ella, porque la invité a la mía, como hiciste tú, y la respuesta fue la misma: “prefiero que vengas tú a mi casa, si no te importa”. Hay que ver como se repite la historia, amiga.

—¿Cuento contigo? —te pregunto.

Mueves la cabeza en una afirmación que no necesito escuchar. Y levantas la mano y le pides al camarero otra palmera de chocolate.

Adela Castañón

Imagen: Analogicus en Pixabay 

Cuidado con tus deseos

Después de lo ocurrido en Central Park tenía dos opciones: olvidarlo y seguir adelante, o permitir que aquello se convirtiera en un punto de giro en su vida que marcara un antes y un después. Eligió lo primero, pero cambió su decisión cuando la regla no le llegó. Era una señal del destino, pensó. Ahora tendría el niño y dedicaría su vida a buscar al hombre para hacer justicia. El dibujo se le daba bien y plasmó en un folio las dos imágenes para no olvidarlas, aunque dudaba que eso pudiera ocurrir: el tatuaje de un dragón que escupía fuego en el lado derecho del cuello de su agresor, y el unicornio de ojos angelicales, tatuado en el lado izquierdo, con el que contrastaba.

Continuó trabajando como si todo siguiera igual. Nunca había sido muy sociable, pero se volvió aún más reservada. Ni siquiera se percató de que sus compañeros la evitaban, porque no se miraba al espejo el tiempo suficiente como para estremecerse por el vacío que reflejaban sus pupilas en el cristal.

La noche de la violación no puso ninguna denuncia. Al salir a trompicones del parque solo quería llegar a su casa para frotarse la piel debajo de la ducha y que el miedo y el asco se marcharan por el desagüe. Y al día siguiente pensó que acudir a la policía sin más pruebas que la descripción de dos tatuajes no serviría para capturar a su agresor en una ciudad tan grande. Además, la investigación solo hubiera sido un recordatorio continuo y doloroso de algo que había decidido borrar de su mente solo con el poder de su voluntad. Y ahora, al comprobar que estaba embarazada, se alegró de su decisión. Su nuevo yo no iba a perder el tiempo en nimiedades. No se arriesgaría a que la justicia se quedara corta. La única respuesta válida tenía otro nombre, venganza, y ella se aseguraría de encontrarla.

Se apuntó a clases de defensa personal. Para ocultar su estado se fajaba el vientre. Su hijo tendría que ser un luchador, igual que ella, si quería sobrevivir en el mundo. Si lograba dar con el hombre antes de que el bebé naciera, cerraría ese paréntesis de su vida que había tenido que reabrir. Si no, más le valía a ese niño, destinado a compartir su venganza, nacer fuerte.

Nueva York era demasiado grande. Contrató a un detective privado, buscó locales de tatuadores, sin éxito. La falta de resultados le obsesionaba cada día más. Buceó en páginas de internet, sitios webs oscuros que ni sabía que existían. Su búsqueda la llevó una noche a un barrio que jamás había visitado, a un sótano en el que se atendían deseos que hacían que el suyo no resultara extraño.

No esperaba encontrar un llamador en forma de calavera, pero tampoco algo tan anodino como esa entrada pequeña, con un perchero de tres ganchos atornillado en la pared y un clavo del que colgaba un llavero con un único par de llaves. El hombre que le abrió vestía completamente de negro. La única nota de color era un alfiler de corbata con una piedra hexagonal de color rojo oscuro, como el de la sangre o el vino vertidos. Tenía los párpados entornados, como si le pesaran. Extendió la mano y ella la estrechó sin vacilar. Entonces él cogió el llavero, inclinó la cabeza unos milímetros y, sin pronunciar ni una palabra, la invitó a pasar a otra habitación más amplia que podía haberse encontrado en cualquier piso corriente de Nueva York. Allí, detrás de un cortinaje que apartó con la mano, había una puerta. Abrió con una de las llaves, entraron, y la mujer no pudo evitar sonreír cuando él cerró la puerta. Ella llevaba un abrigo amplio, con un cuchillo en el bolsillo izquierdo y, en el derecho, la Taser que se había convertido en su compañera inseparable. Si la entrevista iba bien, sacaría de su bolso el dinero exigido por el hombre. Si algo fallaba, la moneda de cambio sería otra, pensó ella. Metió las manos en los bolsillos.

–Siéntese. Si quiere, puede dejarse puesto el abrigo. Pero cuando terminemos no necesitará pagarme con ninguna de esas dos cosas.

Ella aguantó la respiración un par de segundos, pero se rehízo enseguida. El tipo debía tener psicología, eso seguro. No respondió, Se limitó a sentarse muy despacio, sin sacar las manos de los bolsillos, mientras sostenía la mirada de su anfitrión.

–¿Qué precio está dispuesta a pagar?

–El acordado. No voy a regatear.

–No me refiero a mis honorarios –aclaró el hombre–. Lo que quiere tiene otro precio que no se paga en dinero.

–¿Qué insinúa?

–Yo solo actúo como mediador de otras fuerzas. Lo que usted quiere exige otro tipo de compensaciones, y solo podré ayudarle si está dispuesta a asumirlo.

–Explíquese.

–No se puede alterar el equilibrio del universo. Una vida exige otra vida.

–¿Qué intenta decirme?

–Que si usted lleva a cabo sus propósitos habrá otra muerte a cambio, de la que usted será responsable. Puede que llegue a saber los detalles o puede que no, pero esté segura de que ocurrirá. Morirá alguien más, eso no lo dude.

El niño se movió en su vientre. Ella lo interpretó como otra señal. Su hijo estaba con ella. Los dos unidos conseguirían que se hiciera justicia.

Nada más pensar en eso, la piedra de corbata del hombre cambió de color. Emitió un fulgor rojo tan intenso que toda la habitación se iluminó como si acabara de prenderse fuego. Sin que ella tuviera que decir nada, el hombre habló.

–Si quiere, puede pagarme. Su encargo ha sido aceptado –la miró con pena.

–Podré vivir con ello –levantó la barbilla.

–Ojalá. Nunca se sabe.

La mujer recordó las normas y lo que había leído en internet. El trato estaba sellado. Pagó, se puso de pie y se marchó sin añadir nada a la conversación. Ahora solo quedaba esperar.

Desde la entrevista se mantuvo vigilante a todas horas. Incluso dormida se sumergía en una especie de duermevela alerta. La seguridad de que el día estaba cerca anidó en su vientre, junto a su útero grávido.

Semanas después, la mujer salió de casa para hacer unas gestiones en un edificio de oficinas al que no había acudido nunca. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba una muda melodía de números descendientes a toda velocidad: 52, 48, 31, 20, 9… A pesar del gentío, solo un hombre y ella entraron en el ascensor. El hombre pulsó uno de los números de un piso alto y ella hizo lo mismo. Al girarse hacia él, sus ojos tropezaron con dos tatuajes simétricos, un unicornio y un dragón, uno a cada lado del cuello.

El hombre miró a la embarazada que lo contemplaba con fijeza y se hundió en dos pozos de negrura. Lo envolvió la misma oscuridad que la noche en que, ciego de coca, siguió a una mujer por Central Park. El ataque fue breve, no llegó ni a media hora, el tiempo que tardó en sorprenderla, arrastrarla tras unos matorrales y huir a toda carrera después de dejarla tirada, desarticulada y rota, sin saber siquiera si seguiría viva. Desde aquella noche, que formaba parte de sus peores pesadillas desde hacía más de ocho meses, no había vuelto a probar ni una raya.

El espejo de la pared devolvió una imagen de los dos pasajeros del ascensor: una mujer erguida, con las manos en los bolsillos de su abrigo y, en la otra esquina, un espectro pálido cuya frente se empezaba a poblar de perlas de sudor. El embarazo había agudizado el olfato de la mujer, que tragó saliva para evitar las arcadas que le provocaba el olor, cada vez más acre y fuerte, del hombre. Un letrero en la pared indicaba que la capacidad era para cuarenta personas, pero, de pronto, el aire en el interior de la cabina resultó insuficiente para ellos dos.

El hombre se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las manos tapándole la cara. Ella vio que el pelo le empezaba a clarear en la coronilla, sintió que un líquido caliente le empezaba a chorrear por las piernas y tomó una decisión. Pulsó un botón para detener el ascensor y, antes de salir, pulsó el del piso más alto del edificio. Desde fuera vio encenderse los números en orden ascendente y tomó otro ascensor que la dejó en el lobby. Ya en la acera consiguió que un taxi se detuviera, dio la dirección del hospital con voz milagrosamente firme y se sujetó el vientre con las manos. Notó algo extraño en los ojos y, sorprendida, comprendió que eran lágrimas. Llevaba nueve meses sin derramar ni una sola. Parpadeó para tratar de aclarar su visión y se fijó en la fecha y la hora que se marcaban en la radio del taxi.

El vehículo se estremeció como si una mano gigante lo hubiera levantado en el aire y, una fracción de segundo después, un estruendo imposible le hizo llevarse las manos a las orejas y volver la vista atrás mientras su cerebro procesaba la información. Eran las 08:45 del 11 de septiembre de 2001. En el lugar donde minutos antes se alzaba una de las torres del World Trade Center, ahora solo había una nube de polvo que avanzaba hacia el coche a toda velocidad.

Las arcadas que no había dejado de notar ganaron la batalla. Vomitó sobre su abdomen y el dolor de una nueva contracción pareció partirla por la mitad. Entonces supo que se había equivocado cuando le dijo al mago que, fuera cual fuera el precio, podría vivir con eso.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

La mujer en la ventana

Estrella se sienta en el interior de su habitación con los bártulos de dibujo y desde allí, con la puerta abierta como todas las tardes, observa a su madre apoyada en el alféizar de la ventana. Le gusta dibujarla así, sin que ella se dé cuenta, absorta en esa contemplación del mar tarde tras tarde.

Ángeles, ignorante de su papel de modelo, permanece inmóvil mientras espera que la puesta de sol le devuelva a Pedro. Desde que se casó con él, hace ya dieciséis años, no ha faltado nunca a esa cita con sus pensamientos. Sabe que es una superstición absurda, pero cree que, si no se asoma, ese universo de agua la castigará por su ausencia y se quedará con su marido para siempre.

Cuando piensa en el mar siente que la invade un vaivén de sentimientos que se superponen unos a otros, como las olas que acarician la orilla y se baten luego en retirada. El agradecimiento sigue ahí, claro, que al fin y al cabo el mar fue quien propició que conociera a Pedro. Pero también queda un poco del viejo rencor contra ese mar que no la quiso cuando, embarazada, sola y asustada, se internó en sus aguas grises para hundirse en lo más hondo con sus miedos y su desesperación. El mar no la quiso, no, pero Pedro sí. Él estaba allí, sobre su barca, la misma en la que sigue saliendo a pescar a diario, aunque ahora las cuadernas, como los huesos de Pedro, crujan más de lo que crujían entonces. Él la llama su sirena desde que la agarró del pelo para subirla a su barca, aunque no se lo confesó hasta mucho después de nacer Estrella. Ángeles, al escucharlo, sonrió y le respondió que más que sirena era una foca de piel helada y vientre abombado. Y, desde entonces, los ojos de ese hombre de manos rudas y besos de espuma le dicen a diario que aquella noche, que ninguno de los dos olvida, él hizo su mejor pesca.

Pero a veces Ángeles mira el agua y no es ya el mar lo que ve, sino la mar, su rival, la que suspira con tanta fuerza que hace llegar hasta su ventana susurros que le erizan el vello de los brazos en oleadas de celos feroces. La espuma de las olas, al retirarse, deja escrito en la orilla su mensaje, “puedo quedarme con tu hombre, él fue mío antes que tuyo”, y Ángeles se sujeta los codos con las manos porque sabe que es verdad. Entonces parpadea y se obliga a pensar que lo que ve no es más que agua salada como la que, a veces, marca surcos en su cara cuando Pedro se retrasa. Y, tarde tras tarde, al ponerse el sol acude a su cita con la ventana, fuerza la vista y trata de ver si la barca está ya en el muelle. Así el mar puede ver que sigue viva y que espera el regreso de su amor. 

Mientras dibuja, Estrella trata de adivinar los pensamientos de su madre. A veces le gustaría que volviera el rostro para leer ahí las palabras calladas. ¿Qué sueña su madre, acodada en la ventana, cada tarde? La muchacha deja el pincel en suspenso y se pierde en sus propios sueños. Ojalá se atreva a plantearle a sus padres que quiere salir del pueblo, irse a la capital a estudiar Bellas Artes. No es que lo quiera, es que lo necesita. Al darse cuenta de lo que ha pensado, Estrella suspira tan fuerte que su madre gira la cabeza y la ve.

–¿Qué haces ahí, mi niña? –Ángeles se fija en los pinceles, en el caballete, y rectifica su pregunta– ¿Qué dibujas?

–A ti. –Estrella sonríe­–. Llevo más de una semana pintándote, mamá.

–¿A mí? –Ángeles le devuelve la sonrisa–. Pero, chiquilla, ¿a quién se le ocurre? ¡Y encima de espaldas, con este trasero mío tan hermoso! Miedo me da.

La sonrisa desdice sus palabras. Sabe desde hace tiempo que Estrella sueña con convertirse en pintora, lo sabe desde que Pedro se lo dijo. Es curioso que fuera él el primero en darse cuenta, con todo el tiempo que pasa fuera de casa. Pero entre padre e hija existe un lazo invisible desde que ella vino al mundo, un lazo más fuerte aún que el de la sangre que no comparten.

–Mamá –la voz de Estrella la devuelve a la habitación­–, ¿por qué te asomas a la ventana todas las tardes?

–No sé, por costumbre, supongo.

Ángeles ha tardado un poco más de lo normal en contestar, y Estrella sabe que la respuesta es de compromiso. Es fácil hablar con su padre, pero a su madre la rodea siempre un velo invisible y hoy, precisamente hoy, a Estrella le apetece rasgar un poco ese velo y asomarse para descubrir qué hay tras él. ¿Será posible que su madre tenga las mismas ganas que ella de volar fuera del nido?

–Dime una cosa, ¿te apetecería viajar? No sé, conocer mundo…

–¿Qué? –Ángeles se sorprende. ¿De dónde habrá sacado su hija semejante idea? Su casa es su refugio, allí está segura­–. No, no, qué va. Para nada.

–Pues entonces –­insiste Estrella–, ¿qué piensas ahí, asomada todas las tardes? Ni siquiera te has dado cuenta de que te estaba pintando. ¡Estás tan ausente! A ver, no es que me importe, yo también sueño con salir de casa, ir a otros sitios… ¡Quiero comerme el mundo, mamá!

Ángeles mira a su hija y se da cuenta de que la niñez se va escapando por la ventana abierta. Piensa que algún día tendrá que contarle a Estrella la historia de una joven como ella, que estuvo a punto de perderlo todo cuando cayó en la trampa más antigua del mundo y descubrió, al quedarse embarazada, que el hombre que le había jurado amor eterno tenía ya una familia. Sus amigos, su familia, todos le dieron la espalda. Todos, menos Pedro. La mujer se da cuenta de que no puede proteger a su niña, como tampoco puede proteger a su hombre cuando sale a pescar cada mañana. Los ojos se le empiezan a enrasar y vuelve la cara hacia el exterior para disimular. Al hacerlo, ve que la barca de Pedro ya está en el puerto y que el sol, en lugar de ponerse, parece que brilla más.

La mujer se incorpora y deja su sitio junto a la ventana. Se acerca a su hija y ve el cuadro, casi terminado. Se reconoce en la línea de la cintura perdida, en la punta del pie apoyada sobre el suelo, en el pelo. Acaricia el rostro de Estrella y la besa en la cabeza.

–¿Te acuerdas de los cuentos que te leía cuando eras pequeña?

–Claro.

–Pues esta noche, cuando tu padre esté en casa, te contaré una historia. Ya eres mayor para cuentos, ¿no crees?

–¿Una historia?

Estrella tiene un presentimiento. Esa noche va a cambiar algo. Lo nota en la piel. Coge un trapo con aguarrás y quita una mancha del caballete. Tose un poco y vuelve a hablar.

–Yo también os quiero contar algo a papá y a ti, ¿sabes?

Ángeles asiente, vuelve acariciar a su hija y empieza a poner la mesa. Se da cuenta de que esa noche su marido, su hija y ella van a compartir algo más que la cena y al pensar en eso empieza a sonreír.

Adela Castañón

Imagen del cuadro de Salvador Dalí tomada de Pinterest

Mujeres y más mujeres

A mi hermana Maruja. Por todo.

Alodia, nunca llegué a decirte cuánto te agradecí que me contestaras a mi carta. La guardo en el cajón de mis recuerdos favoritos.

Hoy, al releerla, ¡como tantas veces!, me he puesto un poco nostálgica y me he parado a pensar en aquellos miedos que se nos quedaban mezclados con las gotas de saliva que no podíamos tragar.

Antes de dormir, mamá nos leía cuentos de príncipes encantados que luchaban contra dragones y monstruos. En ese momento nosotras apretábamos los dientes y tragábamos saliva. Cerrábamos los ojos para que pensara que teníamos sueño. Nos hacíamos las dormidas y ella se iba. Cuando todo estaba en silencio, comenzábamos nuestro parloteo.

En realidad no nos daban miedo los dragones. Al revés. Cuando el príncipe encantado los vencía sentíamos una gran satisfacción, como si hubiera vencido al malo. Pero nosotras sabíamos que los dragones eran de papel y que el malo existía de verdad. Ese miedo no nos venía de los cuentos, aunque alguna vez llorábamos con las desgracias de Padín.

En cambio, nos hacían temblar las aventuras de Felisa. Una niña de unos doce años, que venía con nosotras a la escuela. En su casa nunca había nadie. A su padre se lo habían llevado cuando la guerra y su madre se ganaba la vida lavando en el río. Y ella se pasaba los días por los descampados con chicos y con algún mozo. Yo vomitaba cuando nos decía que muchos la obligaban a que les chupara esa cosa como si fuera un caramelo. Pero lo peor llegaba con eso de que le arrancaban las bragas y le dejaban manchas de semen en las enaguas. Entonces me encogía y me apretaba los brazos contra el estómago jurando que no dejaría que me tocara ningún hombre.

Aquellas conversaciones nos iban dejando un sabor amargo. Una noche nos pinchamos con una aguja de coser en la yema del dedo corazón y juntamos nuestras gotas de sangre: “Nunca tendremos relaciones con un hombre”.

Alodia, a ti se te ocurrió buscar vidas de mujeres que nunca hubieron tenido relaciones con hombres en la enciclopedia de papá. Pronto llegamos coleccionar un montón de santas. Pero eso empeoró las cosas. A casi todas las habían martirizado por no querer relaciones sexuales. Ni tú ni yo queríamos que nos pasara lo mismo que a santa Úrsula y a las once mil vírgenes que la acompañaban.

Con las vidas de las santas conocimos los artilugios con los que las habían torturado. El clavo de santa Engracia, la rueda dentada de santa Catalina y la hoguera de Juana de Arco. El cuchillo con el que le cortaron los pechos a santa Águeda. El hacha con la que decapitaron a santa Cecilia. Los ganchos con los que desgarraron la carne de santa Eulalia. ¡A santa Inés y a santa Emerenciana las llevaron a un prostíbulo y después las quemaron vivas! ¿Y todo era por ser mujeres? Nos preguntábamos tiritando, a la vez que un sudor frío nos recorría la espalda.

Entonces, quisimos saber más y buscamos nombres de mujeres que hubieran vencido obstáculos. Manoseamos la enciclopedia varias veces, pero nada. Un día, por casualidad, nos paramos en Hildegarda de Bingen, una monja escritora. Leímos y releímos su biografía.

—Si hubo una en la Edad Media tuvo que haber otras antes y después –me dijiste agarrándome las manos.

—Pues para encontrarlas tendremos que volver a pasar las hojas muy despacio –te respondí. Aunque yo no estaba convencida.

Nos pasábamos tardes enteras recorriendo aquellas páginas con el dedo. ¡Qué emoción cuándo encontrábamos alguna!

En nuestro cuaderno crecía la lista de nombres y por las noches cuchicheábamos sobre nuestros descubrimientos. Y, de tanto hablar de ellas, llegamos a creer que a muchas les había pasado lo mismo que a nosotras.

—¿Te has dado cuenta? —Te tirabas del flequillo como hacías siempre que ibas a contarme algo importante—. Podemos agruparlas por equipos.

—Vale —te respondí. Como un resorte, me levanté de la cama a buscar el cuaderno y el lápiz que teníamos escondidos en el fondo del cajón de los zapatos.

—¡Ya lo tengo! —levantaste tanto la voz que tuve miedo a que despertaras a papá y a mamá—. El primero será el equipo de las Mujeres castas que lucharon con uñas y dientes. Las que no se dejaron violar. Aquí te van los primeros fichajes: Susana, Sarah, Rebeca, Ruth, Penélope.

—¡Anda! ¿Te has dado cuenta de que casi todas son de la Biblia? ¿Y si cogemos la que mamá tiene en su mesilla? Seguro que le gustará que queramos leerla.

—Pues a mí me gustan más las de la enciclopedia —me dijiste—. Y ya sé cómo las voy a llamar: Mujeres guerreras que lucharon por la paz. ¿A qué suena bien? Van a la guerra para conseguir lo contrario que los hombres.

—¡Bravo! —Aplaudí.

A la noche siguiente continuamos con nuestros equipos.

—Vamos a empezar con unas cuantas y ya nos irán saliendo más —me dijiste metiéndote el dedo por la nariz—. De momento vamos a fichar a Nicaula, Fredegunda, Blanca, Semiramis, Pentesilea, Artemisa, Camila y Berenice.

—¡Vaya nombres, Alodia! No sabemos ni pronunciarlos.

—Pues nosotras las haremos famosas. Ya verás que cara ponen nuestras amigas cuando les hablemos de Fredegunda. Igual la confunden con la señora Raimunda.

Nos echamos a reír las dos a la vez, tapándonos la boca, para no despertar a nuestros padres que dormían en la alcoba de al lado.

—Bueno, pues ahora yo te propongo otro equipo. El de las mujeres sabias. Y ficho por Cornificia, Porba, Safo, Medea, Circe, Minerva, Ceres, Isis, Aracne, Pánfila y Tamaris. ¿A qué no sabes de dónde las he sacado?  —En mi tono había cierto retintín.

—¿Y lo has hecho sin decírmelo, traidora? —me contestaste decepcionada de que no te hubiera dejado participar en mi nueva aventura.

—Es que he aprovechado un rato que papá ha salido del comedor y he mirado en un diccionario de mitología. Allí se han quedado muchas más. Y encima ya estaban hechos los equipos. A unas las llamaban Damas de templado juicio, como por ejemplo a Dido y a Lavinia. Y a otras, Mujeres de visión profética, como a las diez sibilas, a Deborah, a la reina de Saba y a Casandra.

—Pues para que te chinches, en el misal de mamá he encontrado a Afra de Hausburgo, una prostituta que llegó a ser santa, como la María Magdalena de los Evangelios.

—¡Anda, la osa! ¡Igual resulta que algún día Felisa llega a ser santa! —exclamé, sin poder contener el grito. Y tú me pellizcaste en la mejilla. Habíamos quedado que hablaríamos en voz baja y que nadie se enteraría de nuestro secreto.

Unas noches después le contamos a mamá lo de Felisa y del miedo que nos daban los hombres. Pero no nos contestó. Después de mirarnos un rato en silencio, cogió nuestras cabezas, nos dio un beso en la frente y nos dijo:

—Mis princesas, estos miedos se os pasarán el día que os encontréis con un príncipe encantado que haya matado muchos dragones.

Carmen Romeo Pemán