En blanco y negro

Llamas a mi vida después de treinta años de silencio y tumbas mis defensas con un simple rectángulo de papel, el de una fotografía en blanco y negro que me mandas al email.

Pero ya no tenemos dieciséis años.

Salgo de mi cuerpo de mujer adulta, de abogada de éxito, y se invierten los mundos. La foto fija es ahora mi despacho, los libros alineados a mi espalda, en la biblioteca. El ruido del mar no es ya el de la playa de la costa de Cádiz que escucho desde mi casa, sino otro, el de las olas rompiendo en la arena del Cabo de Gata, una melodía nostálgica que pone música a la voz del muchacho rubio que eras y que se acerca a la muchacha con coletas en la que yo me he vuelto a convertir. El despacho, la letrada, se difuminan. Una brisa con olor a algas se los lleva muy lejos y dejan de existir.

Estoy en Cabo de Gata, posando cerca de la orilla mientras mi hermano trata de enfocar la cámara para hacerme una foto de recuerdo de nuestra primera excursión con el grupo Scout. Te veo venir con el rabillo del ojo, sin moverme. El carrete tiene veinticuatro fotos y no es cuestión de desperdiciar ninguna. Antes de que Pablo apriete el botón, te escucho pronunciar unas palabras imposibles:

–¿Puedo ponerme, o se enfadará Rafa?

Trago saliva sin saber qué contestar. Bebo los vientos por ti, pero me moriría de vergüenza si lo supieras. Por eso, y porque Rafa me regala piropos que yo no sabía ni que existían, he dejado que se sentara a mi lado en el autobús y permito que me acompañe a casa a la salida de las reuniones. Y por eso hablo tanto con él, para obligar a mis ojos a no girarse cada vez que tú entras en los salones, o cuando llegas a los ensayos con la guitarra. Y no sé qué hacer para que no parezca que Rafa y yo estamos saliendo. Cuando entré en el grupo, Chari me dijo que te arrimabas a mí porque te daba pena verme como la “nueva”, la que, recién mudada a la ciudad, todavía no había sido capaz de hacer ni un amigo. Y yo, que no sabía que el cielo existía hasta que te vi, sé que podré soportarlo todo, cualquier cosa, excepto tu compasión. Y Rafa es mi armadura, pero en lugar de sentirme defendida me oprime, me asfixia, me roba el aire que te pertenece a ti, y no a él.

Y eso cambia de pronto allí, de pie, en la arena de la playa, cuando tú, sin esperar respuesta, te pones a mi lado y dices dos frases que son todavía más imposibles:

–Si se enfada, que se enfade. Vale la pena.

Y ahora, después de treinta años, me has buscado en internet, me has llamado y, cuando me has pedido mi dirección de email y te la he dado, (¡cómo no dártela!), lo primero que me mandas es esa foto escaneada.

Y me toco las yemas de los dedos. Ya no hay callos, los surcos que dejaban las cuerdas de tu guitarra cuando me la prestabas se borraron hace mucho. Recuerdo que mis dedos se empeñaban en dibujar acordes para que la huella de tus dedos se alojara en los míos que luego, a solas, besaba mil veces. ¿Qué habrá sido de aquella guitarra tuya, cómplice silenciosa de mis ritos de amor adolescente?

Abro los ojos, salgo de la foto y me pregunto por qué me buscas ahora.

Estás jugando con ventaja, lo sabes y lo sé, y sé que no me importa. La foto en blanco y negro lo ha trastocado todo. El color está allí, en Cabo de Gata, en la orilla del mar. En ese cosquilleo que me subía desde los pies y que yo achacaba a la arena que se coló en mis zapatos, con tal de no admitir que alguien con ojos como el mar y con trigo por pelo se había adueñado de todo lo que yo era. De todo lo que soy. Y mi trabajo fijo, mi vida, mis logros de estos años no son más que cenizas si los comparo con esa foto nuestra.

Me escribes. Te respondo. Me vuelves a escribir. Vienes a verme aprovechando un viaje que haces por otra causa. Tu pelo ya no es trigo. Ahora es nieve. Tus ojos son los mismos, eso sí. Mojamos los recuerdos en dos o tres cafés, toda una tarde hablando sin parar. Ahora no hay ningún Rafa entre nosotros, el tiempo se ha encargado de que ya no haga falta. Nos sobra con tu vida, con la mía. En tu cara hay arrugas y quisiera besarlas para beber en ellas las historias que has escrito y en las que yo no he estado. Y me muero de ganas de entregarte el tiempo que me quede.

Las horas del reloj se nos escapan. Nos levantamos y te acompaño al autobús. Pero antes de llegar me paro en una esquina y, por sorpresa, se abre el baúl de todo aquello que no hice. Y hoy soy yo la de las frases imposibles:

–¿Te enfadas si te pido un solo beso para decirte adiós?

Y, antes de que reacciones, mis labios rozan los tuyos casi sin tocarlos. No me respondes, tampoco me rechazas. Te quedas quieto, pero veo o quiero ver una sonrisa. Da igual. El autobús no espera. Te mando por whatsapp cuatro folios que me entretuve en escribir anoche, por si no me atrevía a decirte todo lo que te he escrito.

Y, después, solo ausencia. No hay respuesta.

De adolescente te perdí por callar. Y ahora creo que te he vuelto a perder por hablar demasiado. Es la vida, supongo. Pero tengo ese beso robado y ahora me quiero más por haberme atrevido a terminar mi escrito con las dos palabras que te debo desde hace treinta años: Te quiero.

Y paso del orgullo y te vuelvo a escribir. Y tu respuesta ya no me cosquillea: ahora somos “amigos”, eso soy para ti. Dices que me buscaste por curiosidad.

¿Después de treinta años? Permite que lo dude.

Y entonces me doy cuenta de que, a pesar de todo, he salido ganando. Porque si lo nuestro hubiera seguido, si hubiera siquiera empezado, entonces o ahora, a lo mejor ya estaríamos hartos uno del otro. Pero, como nunca llegó a ser nada, se quedó congelado en el tiempo, convertido en un milagro de eterna juventud donde la magia del futuro sigue estando a salvo de la monotonía y la desilusión del pasado, de un pasado que no llegó a existir porque no hubo presente. Solo sueños.

Esa foto, ahora lo veo, siempre dejó la puerta abierta a la esperanza, al millón de historias que pudimos tener y no tuvimos.

Y no sé qué creer, pero no importa. Porque tal vez estaba equivocada.

Y no quiero entregarte ya mi vida, la quiero para mí.

Y ya no os necesito ni a ti ni a tu guitarra. Me basta con la chica de la imagen, aunque ya no me peine con coletas.

La foto me ha devuelto mil historias que algún día escribiré. Y, pensándolo bien, quizá, solo quizá, acabo de ponerle la palabra “fin” a la primera de ellas.

Porque, a pesar del tiempo, hay puertas que nunca se podrán cerrar del todo.

Adela Castañón

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”

El muñeco

Regresé de Haití ligero de equipaje. Había viajado solo con la maleta de cabina, y lo único nuevo a mi vuelta era el muñeco. Un souvenir inofensivo en apariencia. Había pagado por él una buena parte de mis ahorros y esperaba que el precio hubiera valido la pena.

Vicente y yo nos despedimos al salir del aeropuerto de Barajas con un abrazo y le agradecí una vez más que me hubiera acompañado en el viaje. Era mi mejor amigo y, a pesar de que me había repetido una y mil veces que estaba cometiendo una locura, no quiso dejarme ir solo. Pero yo llevaba años enamorado de Elena y cada día soportaba peor nuestra relación de “solo amigos”, así que había decidido cruzar una línea sin retorno y buscar ayuda en la magia.

Subí a un taxi para llegar a mi casa cuanto antes. Y, antes de subir al piso, entré en el súper del barrio y compré todo lo necesario. Las instrucciones que me había dado en Haití aquel personaje apergaminado estaban grabadas a fuego en mi mente. Solo tenía que cerrar los ojos para recordar aquellos iris tan negros que no se distinguían de las pupilas, la boca medio desdentada y la abundante melena, tan chocante en ese ser sin edad, cuya blancura se notaba más por el contraste con el color chocolate de una piel arrugada que cubría un esqueleto descarnado.

Cerré la puerta con llave, corté la luz, apagué el móvil y entré a tientas en mi dormitorio. Encendí una de las velas que había comprado y, antes de prender las otras, bajé la persiana y corrí las cortinas. Entonces di comienzo al ritual.

En el centro del círculo de velas puse en un cuenco el coletero que le había robado a Elena en un descuido. A ella le gustaba juguetear con su pelo. A menudo, cuando Vicente, ella y yo salíamos, llevaba el pelo recogido y, de vez en cuando, se soltaba la melena y usaba los coleteros como pulseras para dejarlos luego en cualquier sitio sin acordarse de ellos. Abrí el colgante que llevaba al cuello y que me había servido para pasar en su interior el polvo que me había entregado el brujo. Vertí apenas dos granos sobre el coletero y le prendí fuego. El muñeco tenía en su interior unas hebras del pelo de Elena que habían quedado enganchadas en su coletero. Lo cogí con mucha suavidad y empecé a pasarlo despacio sobre el humo que se desprendía del cuenco mientras recitaba el ensalmo que había memorizado.

Hice lo mismo durante varios días. Mi espíritu se elevaba al ver cómo Elena me hacía cada vez más caso cuando salíamos los tres. Sentía tal felicidad que el corazón me dolía de puro gozo. Algo, una dicha increíble, un sentimiento desconocido, oprimía mi pecho tanto que a veces hasta me costaba trabajo respirar.

Todo iba de acuerdo con mis planes hasta una noche en la que los tres estábamos cenando. Le había dicho a Vicente que esa noche me lanzaría y le declararía a Elena mi amor. A los postres, mi amigo me dedicó una mirada cómplice y dijo que tenía que marcharse, que habían convocado una reunión on line de su empresa con carácter de urgencia, pero no había querido fastidiarnos la cena. Se levantó de la mesa, se despidió de nosotros y vi cómo caminaba en dirección al baño. El pelo de Elena brillaba casi tanto como sus ojos y su perfume me embriagaba más que el vino que habíamos pedido y que yo apenas había probado. Me incliné hacia delante y, antes de poder cogerle la mano, sentí como si un hierro candente me atravesara desde la espalda hasta el pecho.

Mi rostro se estampó contra la fuente de ensalada que había en el centro de la mesa. Al caer golpeé la botella de vino, que se estrelló contra el suelo con un ruido de cristales rotos que hizo que toda la sala guardara silencio. Después, vino la algarabía. Escuché, como en sueños, gritos y carreras. Vicente volvió del baño y lo vi sacar el teléfono y hacer una llamada. Al cabo de un rato, no sé si fueron horas o segundos, entraron unos desconocidos y me pusieron sobre una camilla que se bamboleó inmisericorde en su breve recorrido hasta el interior de la ambulancia.

En el hospital siguieron las carreras, aunque con un silencio más profesional. Me metieron en un box y, desde la camilla, me quedó en la retina la imagen de Vicente que rodeaba a Elena con un abrazo protector, mientras las puertas del box se cerraban y nos separaban.

Hurgaron en mis venas, me hicieron toda clase de pruebas y, por fin, me llevaron a una habitación. Al entrar, vi que Elena y Vicente me estaban esperando y se pusieron de pie para recibirme. Ella estaba medio desmadejada en un sofá y él se había sentado a los pies de la cama. La auxiliar me ayudó a acostarme y Elena fue la primera que se aproximó a mí para dejar en mi frente un beso miedoso. Se sentó en el filo de la cama, donde antes había estado Vicente, y él tomó asiento en el sofá.

–¡Qué susto nos has dado, Mario! Los médicos no saben qué es lo que te ha pasado; creíamos que era un infarto, pero todas las pruebas han salido bien.

Sonreí sin saber qué decir. Me sentía a gusto con Elena tan pendiente de mí, y el dolor había desaparecido por completo. Ella siguió hablando.

–Menos mal que lo que sea te ha pasado cenando en el restaurante. Si hubieras estado solo en tu casa, igual ni lo cuentas. Y suerte también de que Vicente no hubiera llegado a marcharse todavía, porque creo que ha sido el único que ha conservado la calma, ¿sabes? Llamó a la ambulancia en seguida y no ha querido dejarme sola ni un momento. Y eso que su reunión era muy importante, ha tenido que llamar a sus jefes y pedir disculpas, pero mira, aquí está, como cada vez que lo necesito. No sé cómo voy a pagarle todo lo que hace por mí.

Las palabras de Elena me desconcertaron y fruncí un poco el ceño. Yo sabía que Vicente no tenía ninguna reunión aquella noche. Es más, incluso le había dicho que llamaría a Elena para cenar los dos solos, pero él me sugirió que saliéramos los tres, como siempre, para que ella no sospechara nada. Y me dijo que pondría una reunión como excusa para marcharse en el momento oportuno. ¿Y qué era eso de estar al lado de Elena cada vez que ella lo necesitaba? Ella sonrió y continuó con sus caricias. Sus ojos estaban fijos en los míos.

Elena le daba la espalda a Vicente. Desde mi cama lo vi levantarse y sacar del bolsillo un muñeco parecido al que yo tenía en mi casa. Tenía un cinturón hecho con la correa de un viejo reloj mío que había echado en falta.

Sus ojos y mis ojos se encontraron. Me dedicó una sonrisa impersonal, levantó una ceja y empezó a apretar el pecho del muñeco entre el índice y el pulgar.

El dolor, mucho más fuerte, me atravesó de nuevo.

Y, entonces, antes de que mi pecho estallara, comprendí por qué había querido acompañarme a Haití.

Adela Castañón

Imagen: Nitish Patel en Pixabay

Perseguir un arcoíris

Mi color es el gris. Se me subió a la espalda el primer día de trabajo en la oficina y, desde entonces, lo llevo puesto como una segunda piel, aunque en mi armario no exista ni una sola prenda de ese color.

Me casé hace siete años. Mi marido y yo compramos un piso y lo arreglamos entre los dos. Elegimos en la tienda una pintura que allí se veía dorada, luminosa y cálida, pero que se convirtió en color humo sobre las paredes del dormitorio. Parecía que los tabiques se la tragaban y convertían los rayos de luz que se colaban incautos en brochazos de cenizas.

De lunes a viernes voy a la oficina andando. Los días que hace mal tiempo, cuando camino por la tercera avenida, tiendo a inclinarme y encojo un poco los hombros sin llegar a caerme mientras peleo con el viento que me empuja y me grita al oído que vuelva atrás, que cambie el rumbo. Pero nunca le hago caso. Ni a los plásticos de las bolsas de basura que me susurran lo mismo con su triste soniquete. Mis pasos se acompasan al ritmo metálico de las tapas de los cubos abollados, que resuenan como campanas con un eterno y cansino repique a muerto.

Mi historia no es solo monocromática. También es plana, como los folios que sufren cadena perpetua en los archivadores de nuestra oficina, con sus mesas colocadas en hileras en un gran salón central, simétricas, ordenadas, nuestro propio cementerio de Arlington con mobiliario de formica.

Casi a diario veo a una mosca que es parte de la plantilla, o quizá son varias y se turnan, no sé. Choca con la ventana una vez, y otra, y otra más. El concepto de cristal no debe de existir en su cerebro de alfiler. El zumbido de sus alas me atraviesa el tímpano y se superpone al del aparato de aire acondicionado, que desafina y suelta vaharadas de calor cuando debería refrescarnos, y al revés.

Desde que despidieron al botones sudo cada vez que me acerco al ascensor. Si estoy sola tendré tocar con los dedos esa placa grasienta, donde los números se adivinan más que se ven, para pulsar el número 14. Y, si entra alguien más, me tocará aguantar la respiración para que el olor a ajo del aliento de algunos no me haga lagrimear y me provoque arcadas. Eso contando con que me pregunte a qué piso voy y lo pulse.

Sea como sea entro en la oficina con los labios apretados, en una batalla perdida contra el olor a tinta y a polvo milenario. Intento no abrir la boca para no vomitar el desayuno que tomo en casa. Aquí, aunque me ofrecieran champán francés, lo rechazaría. A mi estómago solo llega el tufo de la chaqueta de mi vecino de mesa, colgada junto a nuestros bolsos de plástico barato y bufandas ajadas en un perchero de madera a punto de quebrarse bajo su carga. A veces desayuna en su mesa un perrito caliente, y yo parpadeo para espantar la imagen de una salchicha que escapa del pan y se convierte en serpiente para abrazarse a mi cuello hasta asfixiarme.

Mi vida es una tontería sin sentido, pero cuesta trabajo querer morirse solo a golpes de fuerza de voluntad. Salgo de casa. Llego a la oficina. Trabajo. Salgo de la oficina. Llego a casa. Mi marido y yo cenamos. Vemos la televisión. Algunas noches, nos acoplamos. Llamar a eso hacer el amor le viene grande. Dormimos. Despertamos. Desayunamos. Salgo de casa. Llego a la oficina…

Hasta que, un buen día, internet lo cambia todo. Mi historia deja de escribirse y empieza a esculpirse en tres dimensiones, en un arcoíris que borra el anonimato de todo lo que me rodea. Organizo muy bien mi trabajo y resuelvo pronto mis tareas, así que tengo tiempo para navegar en busca de no sé qué. El teclado de mi ordenador se convierte en los mandos de una nave espacial, mi sillón es ahora la alfombra de Aladino. El “clac-clac-clac” de mis dedos sobre las teclas ha tropezado con las palabras mágicas, “¡Ábrete, sésamo!”, y al otro lado del monitor, un buen día, aparece “ÉL”. Nos conocemos por azar en ese mundo virtual. Sus palabras están vivas: atraviesan la pantalla de mi ordenador, erizan el vello de mis brazos y me producen escalofríos que contrastan con el calor de mi sangre, convertida en lava cuando chateamos.

Nuestra relación virtual gana fuerza. Una tarde, aparece en el monitor una frase que me golpea como una bala: “Quiero que nos encontremos”. Esas cuatro palabras se me enroscan en las papilas gustativas, me roban la saliva. Mi boca se seca, y rompo a sudar, aunque tengo los pies como dos bloques de hielo. Nunca hemos intercambiado fotos. Me dice que él pondrá las condiciones para el encuentro. Y acepto.

A veces, por mi trabajo, tengo que acompañar a algunos jefes a otras ciudades para asistirlos en reuniones de negocios. Pasar una noche fuera de casa no me supone ningún problema.

Voy a la habitación del hotel, y sigo sus instrucciones. Me siento en el sofá, apago la luz, y espero con los ojos cerrados. Me llega un aroma a jazmín y siento el frío de lo que puede ser el tapón de cristal de un bote de perfume que roza los dos lados de mi cuello. El olor se intensifica. Cierro aún más los ojos e inhalo con fuerza. Desde atrás, unas manos suaves tapan mis ojos con un tejido de seda, un pañuelo, supongo, que me ata en la nuca. El frío del tejido es bienvenido, pero me acalora en lugar de refrescarme. Abro la boca para hablar, y algo con tacto de terciopelo presiona apenas mis labios suplicándome silencio. El olor ha cambiado. ¿Podría ser una rosa? Sí, creo que sí. Y, mientras roza mi boca, escucho un siseo casi inaudible, o quizá lo estoy soñando. No importa.

La cordura intenta hablarme, pero la encierro en un baúl y tiro la llave lejos, muy lejos. Unas manos invisibles me quitan el abrigo. Mi desconocido fantasma me pone de pie, y empieza a desabrocharme la blusa. Al llegar al tercer botón se detiene. Coge mis manos y las guía hacia su pecho. Imito sus movimientos y despacio, muy despacio, botones y ojales empiezan a separarse. Se detiene unos segundos. Cuando empiezo a preguntarme si algo va mal, unas notas invaden el aire. Comienza a sonar el tema de una de mis películas favoritas, “Picnic”. Él es William Holden, y yo una sexy Kim Novak que nada tiene que ver con la mujer que protagoniza la película de mi triste vida de oficinista. Sus manos me rozan casi sin tocarme. Me llega el calor de su cuerpo, que presiento a pocos milímetros del mío, y empiezo a almacenar recuerdos para después. Cuando vuelva a casa, día tras día, hora tras hora, podré reconstruir cada instante de esa mágica noche: el frío de las fresas con champán, mi lengua descubriendo sobre su piel sabores tan antiguos como el mundo, el olor de jazmines y de rosas, “Picnic”, Ravel y su bolero… Todos esos recuerdos los atesoro envueltos en el pañuelo de seda que en ningún momento abandonó mis ojos. Es lo único que, según sus condiciones, podré llevarme cuando nuestro encuentro acabe.

Al día siguiente regreso a mi vida. Camino, erguida por la tercera avenida, con el abrigo desabrochado, sin sentir frío. Hoy la basura huele a jazmines y a rosas, los cubos han cambiado de partitura y me regalan melodías hechas de campanitas navideñas y villancicos. No me había dado cuenta de que estamos casi en Navidad.

Cuando llego a mi mesa lo primero que hago es encender el monitor. El chat está desierto. Mi ordenador se ha quedado ciego, sordo y mudo. Se burla de mí, una y otra vez, con la misma frase abúlica: “Mail delivery failed: returning message to sender”. La mosca sigue chocando contra el cristal. Trabajo. Vuelvo a casa.

Pongo la mesa de manera mecánica. Me siento delante de la comida. De pronto me doy cuenta de que todo está oscuro. Se ha hecho de noche y ni siquiera lo he notado. Mi marido debería haber llegado hace rato, siempre vuelve a casa antes que yo. Estoy tan cansada que me deja indiferente su retraso. Entro al dormitorio. Solo quiero derramar mi desesperación en la almohada. Enciendo la luz para cambiarme de ropa y me quedo parada en la puerta.

Hay una maleta pequeña abierta sobre la cama. Me acerco a ella, y los ojos se me enrasan.

En el interior hay un pañuelo de seda rojo, copia exacta del que llevo conmigo en el bolso desde ayer. Un frasco de perfume de jazmín, una rosa roja, que parece recién cortada, y un CD con la banda sonora de Picnic. Todo eso ocupa uno de los lados de la maleta. En el otro lado solo hay un papel, una tarjeta con la dirección del hotel de ayer, y la llave de la misma habitación. Y en el folio, solo cuatro palabras escritas:

Te quiero. Vuelve conmigo.

Adela Castañón

Imagen: Domenico Cervini en Pixabay

Historias detrás del lienzo

¿No se os ha ocurrido nunca imaginar qué historias se esconden detrás de cada cuadro? Pues a mí se me ocurrió hoy inventar una de esas historias posibles al ver el cuadro de Joaquín Sorolla, Cosiendo las velas. Y aquí os la dejo. 

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Se reúnen siempre debajo del emparrado, buscando la sombra y el frescor que dan las macetas recién regadas. Además, no se puede coser al sol. La tela perdería ese punto de humedad, y la sal, como un escudo, no dejaría entrar las puntadas con las que las mujeres amarran sus sueños a la vela.

Ellas se quedan siempre en tierra. Esperando. Son sus hombres los que salen a la mar. Y ellos no saben que en los hilos van prendidos los deseos y las historias de esas Penélopes, con sus ojos de arrugas precoces de tanto mirar al horizonte para verlos regresar.

Solo hay dos barcas en el pueblecito. De ellas y de un huerto escuálido comen las pocas familias que viven allí.

Y, si se rompe una vela, hay que arreglarla. Como la vida. Y se zurce y se remienda a base de retales. Porque es mejor sacrificar un pedazo de tela que irse a la cama sin un pescado en el estómago por no haber podido salir a faenar.

Una de las muchachas, Lucía, la del vestido verde y pañuelo blanco al cuello, que cose en la cabecera, está más agachada que las demás para que no la vean llorar. Ha llevado su velo de novia y canta bajito para despedirse de él. Lo dobla varias veces. Así la tela cogerá cuerpo y tendrá la fuerza suficiente para tapar el agujero más gordo, por el que puede colarse un mal aire y hacer volcar la barca. Que de qué le iba a servir el velo si su hombre no regresa de la mar.

A su lado, discutiendo con el marido, está Eugenia. Que ella dice que esa sábana no, que es la de la cuna del niño, y ya se le murieron dos de pulmonía por no dormir bien abrigados. Y, junto a ella, otra cose en silencio, y se pincha sin querer en un dedo porque su mente se ha ido lejos, con el marido que enterró, y que no le dejaron amortajar con la lona que ahora cose en la esquina de la vela. Que ese paño era muy bueno para regalárselo a la tierra, le dijeron. Pero no era un regalo para la tierra, que era para su hombre, y no le dejaron. Y el pinchazo le sirve de excusa para dejar resbalar una lágrima que se mezcla con la sangre. Y ella piensa que en la vela irán su sangre y su llanto, y puede que ahí le lleguen a su hombre, que ahora es brisa, o espuma de mar, y suspira y sigue cosiendo en silencio.

La de la cofia blanca pone más atención en las flores que en la vela, y las demás la dejan hacer y le siguen la corriente. Apareció en el pueblo un buen día y nadie sabe de dónde vino, pero no tiene muy bien la cabeza y la dejan estar allí. Lo único que conocen de ella es su nombre, Mariana. No sabe apenas coser, pero tiene buena mano con las flores y el pequeño huerto comunal está empezando a dar frutos desde que ella lo cuida.

Y frente a ella, como quien no quiere la cosa, Manuel hace como que repasa las costuras. Es el único que quedará soltero en el pueblo cuando Andrés se case con Lucía, y tampoco tiene muchas más luces que Mariana. Todas las mujeres piensan que harían buena pareja, pero ya se sabe que esas cosas llevan su tiempo.

Las puntadas son lentas. El ruido del mar, el canto de los grillos y de las cigarras componen un soniquete que invita a la siesta. Y, del huerto, va llegando un olor a azahar que hace que más de una respire hondo para quedarse con el aroma, pareciendo que suspira pensando en Dios sabe qué.

Por la puerta entreabierta se cuela algo de calor, y es que el sol castiga la arena y la calima se arrastra perezosa buscando la sombra bajo el emparrado. Lucía le dice a Eugenia que cierre la puerta, pero la otra le contesta que no, que sería peor, porque ni una brisa de aire les llegaría entonces.

Yo soy la que aparece en primer plano, aunque nunca he tenido una blusa rosa tan bonita. Me cunde menos que a las demás, pero porque me distraigo mucho. Dicen que tengo la cabeza llena de pájaros, pero a mi marido le da igual y piensa que quienes dicen eso es porque no me conocen bien. Y es verdad, porque el único que sabe cómo soy es él. Sabe que no me distraigo. Al revés, me fijo en todo. Y por eso soy la única que se ha dado cuenta de que hay un hombre a lo lejos que nos mira y se pasea con un caballete debajo del brazo un día sí y otro también. Cuando ya ha ido tantas veces que parece formar parte del paisaje, lo veo sentarse un día algo retirado y empezar a pintar algo en una tela.

Y una tarde que voy a Valencia con mi marido, pasamos por una casa muy grande, con las puertas abiertas, donde se anuncia una exposición de cuadros. Hemos acabado pronto de hacer los mandados, y entramos a curiosear. De pronto me veo frente a una lona donde adivino las caras de mis vecinas en los trazos de pintura. Mi marido coge un folleto y me dice que el autor de los cuadros es un tal Sorolla. En el folleto hay escritas explicaciones de los cuadros, de cómo el autor captura la luz del Mediterráneo en sus colores. Y, por la noche, cuando mi marido se acuesta y se duerme, pienso en la historia que hay debajo de esos trazos de color, en la luz que hay en el cuadro y en las sombras que tapa la vela. Y giro la cabeza, veo sonreír en sueños a mi marido, y cierro los ojos.

Y la vida sigue.

Adela Castañón

Cosiendo_la_vela

Imagen completa. Cosiendo la vela. Joaquín Sorolla

Imagen: tomada de wikipedia

Pido la palabra: #WeChat# ¿Lo entiendes?

Hoy Letras desde Mocade abre sus puertas a una nueva colaboración en nuestro espacio “Pido la Palabra”. Pilar Borraz Rozas nos regala un relato en memoria de alguien que ha jugado un papel importante en la pandemia que asola al mundo. Pilar, maestra y madre, nos cuenta lo siguiente:

“Escribo porque lo necesito para vivir, porque es lo que me permite entenderme y entender la incertidumbre y la angustia que, a veces, me rodean. Aunque siempre me gustó escribir, desde que me jubilé se ha convertido en un reto personal y un alimento esencial para mi salud. Y a él le dedico buena parte de mi tiempo”.

Gracias, Pilar, por acercarte a nosotras y compartir este precioso relato homenaje en nuestro blog. Tienes la palabra.

Mónica, Carmen, Carla y Adela

 

#WeChat# ¿Lo entiendes?

Homenaje a Li Wenliang. In memoriam

 

Desde la única abertura de la celda, el prisionero alcanza a leer un cartel descomunal.

Administración de Orden Público. Estación de policía Zhangnan de la Oficina de Seguridad Pública de Wuhan. Sucursal de Wuchang. Centro de detención. Sección: Investigaciones Lealtad política de los ciudadanos.

Desde que lo detuvieron y aislaron, ese letrero es lo único que puede vislumbrar del exterior. Ostentoso y excesivo, las pomposas letras brillan inconscientes sin saber cuánto desentonan en este lugar. De vez en cuando, amortiguados por el grosor de las paredes, también le llegan ecos de voces lastimeras y gritos.

Abren la puerta de la pulcra mazmorra y da comienzo la ceremonia que precede al primer interrogatorio de la noche:

—Cuarto día del primer mes lunar del año Genzi de la Rata. Lugar: Sala de interrogatorio B.2. Hora: 00:30. Duración: Según obstinación acusado. Interrogado: Zhao Liu. Médico. Acusación: Propagar falsos rumores que perturban severamente el orden social. Policías: Y. H.

—¿A cuántos agitadores has enviado mensajes en WeChat difundiendo los rumores?

—Sólo a mis amigos. Lo juro. No son agitadores. Siguen las normas con honradez. Igual que yo.

—¿Niegas también tus mensajes y cartas en Sina Weibo? ¿Reconoces tus comentarios falsos sobre un nuevo y peligroso virus? Has inventado contagios y pacientes. ¿Por qué has publicado tantas mentiras? ¡Habla!

 —No son mentiras. Es mi responsabilidad. Soy médico, sé reconocer el peligro de contagio. La gente tiene que saber, deben tomar medidas.

—¡Silencio! Te lo advertimos seriamente. Si sigues siendo obstinado, tus padres y tu mujer pueden salir perjudicados por tu terquedad. ¡Admite tus mentiras!

—No, no lo son. Ya en el dos mil tres vi un virus parecido. Entonces murieron demasiadas personas. ¡Demasiadas!

—¡Tapa tu sucia boca! ¡Admite tu culpa y no difundas más bulos! Aún puedes evitar el castigo. Deja tu impertinencia y colabora.

—Soy buen ciudadano. Obedezco las normas. ¿Acaso no llevo la insignia del partido cosida en mis batas? ¿Por qué voy a mentir?

—Eres listo, pero no vas a engañarnos. Declara que los mensajes son ficticios y que nunca debiste escribirlos. Firma tu confesión y solo serás un vulgar chismoso.

—No puedo hacerlo. No son embustes. Es un peligro real. No firmaré.

—Eres demasiado testarudo. No escuchas.

—¿No me corresponde acaso decir la verdad? ¿Qué clase de médico soy si guardo silencio?

—Un buen ciudadano no extiende rumores. Has alterado la estabilidad colectiva.

—¿Habéis pensado en la humillación de mis padres al ver mi detención en televisión?

—Tus infundios se han extendido por todo el país. Hay que apaciguar a la población.

—Es un virus muy contagioso, hay que advertir. Los sanitarios necesitan protegerse.

—¡Cállate de una vez! Tus mentiras alertan innecesariamente ¿Lo entiendes? Debes entenderlo.

—No. No lo entiendo. Solo escribí lo que mis ojos vieron. Nunca antes un contagio…

—¡Que te calles!

—Tengo que hablar. Si no actuamos, pronto será una epidemia fuera de control…

 —¡Deja de engañar! Tienes que cambiar tu forma de pensar. No seas obstinado.

—¡Es verdad lo que escribí en WeChat y en Weibo! Yo no difundo rumores.

—Debes reconocer tu culpabilidad ¿Lo entiendes? ¿Verdad que lo entiendes?

El prisionero, agotado tras horas de interrogatorio, se desmaya. Los dos policías salen para hacer el cambio de turno. Mientras tanto, el acusado se repondrá y continuará la intimidación. A solas de nuevo, Zaho Liu abre los ojos. Las últimas palabras que recuerda son como un martillo golpeando en sus oídos: ¿Lo entiendes? ¿Lo has entendido?

 Necesito combatir el miedo, vencer la ofensa, piensa. ¿Cómo fui tan ingenuo Cuando compartí los mensajes y les dije que eran privados? Les pedí que no los difundieran y que no me implicaran. Nunca quise esto. No hay nada más que yo pueda hacer. Lo entiendo. Sí, ahora lo entiendo.

El acusado solicita un nuevo interrogatorio. Les dará lo que quieran. Los dos policías entran y da comienzo el ritual que precede al sexto interrogatorio de la noche:

Cuarto día del primer mes lunar del año Genzi de la Rata. Lugar: Sala de interrogatorio B.2. Hora: 7:00.  Duración: Según obstinación acusado. Interrogado: Zaho Liu. Médico. Acusación: Propagar falsos rumores que perturban severamente el orden social. Policías interrogadores: K, X.

La CCTV abre el informativo matutino con una noticia de última hora:

 Zaho Liu, el médico de Wuhan ha confesado difundir falsos mensajes y rumores que han alterado gravemente el orden público. Reconoce haber cometido delitos de habla y actos ilegales con intención fraudulenta. En la carta que ha firmado, el acusado entiende la gravedad de la infracción y admite su culpa.

En la comisaría, desde la única abertura de la celda, el joven médico escucha el sonido de la CCTV dando la noticia de su confesión. Y siente como si envejeciera de repente. Tumbado en la fría litera, se incorpora ante el repentino ataque de tos. Otro más en poco rato. La fiebre ha empezado a subir. Y cada vez respira peor.

Pilar Borraz Rozas

Imagen: Diario16.com

Vida

Hoy solo os dejo palabras. Porque la historia la vais a saber escribir vosotros.

A mi hijo.

Mi infancia. La infancia con mis amigas. Cuentos de hadas en los que todas, por turnos o a la vez, somos las protagonistas. Nosotras, de princesas. Los niños, de vaqueros y de indios. Bicicletas para ellos. Futbol. Barbies para nosotras. Jugar a las casitas. El colegio. Algodón rosa en la feria.

Las manillas del reloj. El tiempo medido en segundos.

La universidad. Las muñecas olvidadas. Las bicicletas oxidadas. Maquillajes. Barras de labios compartidas. Fiestas de pijama. La pandilla, numerosa y divertida. Excursiones con los chicos. Los bailes. La pandilla, cada vez más reducida. Las primeras parejas. Los cuentos transformados en novelas rosas. Algodón blanco para desmaquillarse.

Amaneceres y anocheceres. El tiempo medido en días.

Las primeras bodas. Mis amigas, de blanco. Yo, de blanco. Casas propias. Mi casa. Sus casas. Barbacoas compartidas. Mi marido. Sus maridos. Coches. Trabajos. Peluquería. Recetas de cocina de una casa a otra. Sábanas de algodón.

Las hojas del almanaque. El tiempo medido en meses.

El embarazo de la primera. La emoción del resto de nosotras. Sus embarazos. Mi propio embarazo. Tiendas de ropita de bebé. Ecografías. Lista de nombres. Unas, de niña. Otras, de niño, igual que yo. Preparar las canastillas. Partos. Cesáreas. Visitas, regalos. Cajas de bombones. Pañales. Amor. Amor a raudales. Cuentos más olvidados. Novelas llenas de polvo. La vida. La película de la vida. Mil veces mejor que mil cuentos y novelas.

Paseos por el parque con niños abrigados en sus cochecitos en invierno. Primavera. Cochecitos guardados. Sillitas de paseo. Pequeños que empiezan a dar sus primeros pasos. Mi pequeño sentado en el césped. Ropa que se queda pequeña. Niños que se acercan a otros niños para jugar. Niños que sonríen a los niños que se les acercan. Niños acercándose al mío. Mi niño, que llora cuando llegan los otros. Niños que corren. Un niño sentado en el césped. Mi niño. Niños que ríen. Un niño que grita. Mi niño. Las mismas mujeres. Amigas de antes. Vecinas de ahora. Miradas de reojo. Sonrisas forzadas. Palabras amables. Mentiras amables.

Las cuatro estaciones. El tiempo medido en años.

Calendarios en la pared de las cocinas. Fiestas de cumpleaños marcadas en rosa en los suyos. Citas médicas en el mío. Padres que llevan a sus hijos al fútbol. El padre de mi hijo. Partidos en el televisor, con auriculares. La puerta del salón cerrada. Mi casa, que cada vez parece más pequeña. El mundo exterior, que cada vez parece más grande.

Niños de otras llorando por heridas en las rodillas. Peleas y reconciliaciones de chiquillos que duran lo que un suspiro. Mi niño con heridas. Rabietas. Autoagresiones. Vigilar las uñas, que siempre estén cortas. Arañazos. Noches de insomnio. Aullidos a la luna.

Niños comiendo helados. Niños gorditos. Niños inquietos. Niños sudorosos. Mi niño. Percentil bajo de peso. Preocupaciones del pediatra. Soluciones que no lo son.

Supermercado. Carrito de la compra. Madres llenándolos de compresas, de lazos para el pelo, de cuchillas de afeitar. Mi propio carrito. Pañales de bebé. Talla extra grande. Tiritas. Betadine. Farmacia después del supermercado. Vitaminas solubles. Batallas a la hora de comer. Impotencia frente a la báscula. Sus kilos, cada vez menos. Mis kilos, cada vez más. Su ayuno. Su anorexia. Mi gula desesperada.

Actividades extraescolares de los hijos de otras. Clases de inglés. Baile. Kárate. Mis actividades y las de mi niño. Logopeda. Psicólogo. Estimulación. Fisioterapia. Regar las plantas del jardín, aunque no crezcan. Cambiar la hora de la compra. Ir al súper después de comer. Dinero justo. Sin tarjetas de crédito.

Primavera en el barrio. Invierno en mi hogar.

Casas en las que cada vez hay más habitantes. Nuevos bebés. Madres de otros niños sin tiempo para más cosas. Intercambios de recetas de cocina que no llegan a la mía. Mi casa, ahora más vacía desde que nos quedamos solos los dos. Mirada que nunca me corresponde. Música que escapa por las ventanas de otras casas. Cristales cerrados en la mía para mantener presos los gritos, los llantos, las rabietas, las autolesiones. Ambulancias en la puerta de mi casa. Hospitales. Ida y vuelta.

Mujeres del barrio que ahora ven su vida a través de sus hijos. Niños que vuelven a protagonizar cuentos de hadas como los nuestros. Que van al colegio. A la universidad. Mi niño. Internet. Búsquedas. Programas de modificación de conducta. Dietas. Logopeda. Psicólogo. Siempre. Seguir regando las macetas.

El tiempo se detiene. La primera noche de seis horas de sueño sin interrupciones. Salir de casa. Paseos cortos dando la vuelta a la manzana. Viajes al contenedor de basura con bolsas llenas de objetos inútiles. Decoración de la casa. Pizarras en todas las habitaciones. Fotos clavadas con chinchetas en las pizarras. Rutinas. Seguridad. Apoyo en una asociación. Madres como yo. Nuevas amigas.

Ya no hay reloj, ni almanaques, ni estaciones. El tiempo se mide en objetivos alcanzados.

Adolescentes que llegan de madrugada. Reproches. Chicas bebidas. Madres con arrugas y patas de gallo. Divorcios y heridas nuevas en sus vidas. Cicatrices que ya son historia en la mía. Ya no hay luces naranjas giratorias reflejadas en los cristales de mi casa. A veces, luces azules frente a las casas de otros en mitad de la noche. Policía llevando a adolescentes bamboleantes y despeinados.

Gritos y discusiones que escapan a través de las ventanas de otras casas. Silencio que reina dentro de la mía. Sin música. Sin diálogos. Silencio bendito. Silencio anhelado. Silencio sin gritos, sin llantos. Silencio sin rabietas. Paz. Macetas que empiezan a florecer.

Pasar de largo por los pañales del supermercado. Empezar a comprar verduras. Experimentos en la cocina. Sus kilos, que suben. Mis kilos, que bajan. Natación. Descubrimiento del agua. Juegos en la piscina. Reencuentro con músculos de la cara que creíamos perdidos. Sonrisas frente al espejo. Sonrisas frente a frente. Contacto visual.

Ventanas abiertas. Silencio que escapa. Palabras que entran. “Mamá”. “Agua”. “Pelota”. Palabras que se multiplican. Fotos quitadas de las pizarras. Noches sin pesadillas. Noches blancas.

Verano. Calor. Luz. Aunque en el barrio y en el mundo esté nevando.

Programas específicos. Prácticas adaptadas. Más sonrisas. Más palabras. Un viaje en tren. Felicidad. Riesgo. Un viaje en avión. Campeones. Un viaje en barco. Aprender a montar en bicicleta. Besos. Abrazos. Te quiero. Te quiero.

El mismo barrio. Casas que ahora son nidos vacíos. Mi casa, llena.

Mi vida.

Sus ojos en mis ojos.

Su mano en la mía.

Mi niño.

Te quiero.

Adela Castañón

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Imagen de cabecera:  ArtTower en Pixabay

Imagen de cierre: chiplanay en Pixabay

Diálogo de oficinistas

Luis vio que Pedro se acercaba a su mesa y puso los ojos en blanco. Eso no frenó el avance de su compañero de oficina, que se inclinó para hablarle al oído.

—¿Te has enterado? —le preguntó en susurros.

—¿De qué?

—De lo de mañana.

—¿Qué pasa mañana, si puede saberse?

Luis resopló con fuerza. Le fastidiaban los rodeos de Pedro para darse importancia cada vez que quería contar algo. A pesar del soplido, Pedro siguió hablando con aire conspirador.

—Viene el gran jefe. Va a haber movida en la oficina. Lo sé de muy buena tinta.

—¡Bah! Mientras no nos toquen la nómina, me importa un rábano quién venga.

—No hablarías así si supieras lo que yo sé.

La pausa de Pedro no alcanzó su objetivo. Luis movió su sillón de ruedas y empezó a trastear con el ratón del ordenador. A pesar de eso, Pedro volvió a hablar. Lo que había descubierto era demasiado sabroso como para mantenerlo oculto. Y sabía que, al final, Luis le prestaría atención.

—Las nóminas no creo que las toquen. Que los sindicatos tienen el convenio bien amarrado. Pero va a correr aire en la oficina.

—Pedro, tío, mira que eres pesado. Dime de una vez lo que tengas que decir.

Su compañero se echó hacia atrás con expresión ofendida.

—Aquí no. —Pedro miró a su alrededor. Aunque nadie les prestaba atención, volvió a hablarle a Luis al oído—. Si quieres saberlo, nos tomamos una caña. Total, ya es hora de salir a desayunar.

Luis abrió la boca para negarse y el otro se jugó la última baza.

—Invito yo. Y, cuando sepas lo que voy a contarte, no te arrepentirás de haberme escuchado.

Estaban a fin de mes y la economía de Luis no andaba en su mejor momento. Se levantó y bajó a la cafetería acompañado de Pedro, mientras los demás compañeros le dedicaban con más o menos disimulo miradas compasivas. Al llegar a la cafetería, Pedro pidió un café y Luis una caña.

—A ver, Pedro. Que tengo muchas cosas pendientes y no me sobran horas. —Bebió un sorbo de cerveza—. Que siempre tienes algo que decir, hombre. Parece mentira.

—No, no. Si piensas eso, si crees que lo que digo no tiene interés, me callo. Que ya sé que me tenéis puesto el mote de La Gaceta. Pero luego, a la hora de la verdad, cuando alguien necesita saber algo… ¿eh?… entonces todos os acordáis del cotilla de Pedro.

Pedro enarcó las cejas y Luis se sintió magnánimo. Había pedido una tapa con la cerveza sin que Pedro se opusiera.

—Venga, hombre, no te mosquees. Es que das más vueltas que los burros en las norias de mi pueblo. A ver, ¿qué es eso de que va a correr aire?

—Despidos.

Luis dio un bote. Faltó poco para que se volcara la caña de cerveza. Se atragantó y empezó a toser. Las cejas de Pedro habían vuelto a la horizontal, y una sonrisa se instaló en su cara.

—Ya me figuraba que no te habías enterado. Por eso te he dicho lo de tomarnos algo. Porque si lo hubieras sabido no estarías tan tranquilo.

—¡Despidos!… Pero… ¿quién? ¿Cómo has sabido…?

—Júrame que no se lo dirás a nadie.

—Sí, sí. Te lo juro. ¿Estás seguro, Pedro? Oye, que somos amigos desde hace veinte años. Esta no será una de tus ocurren… —De pronto, a Luis se le erizaron los pelos de la nuca y dejó la frase a medias—¿No será a mí?

—No, hombre, ¡no digas bobadas! ¿Tú crees que si te fueran a echar iba a venir yo a restregártelo en la cara? —Luis pensó que no tendría nada extraño, pero se reservó la opinión. Pedro volvió a acercar la cara, y esta vez Luis se acercó también—. Van a largar a Revilla.

—¡No!

—Espérate a mañana, y ya verás. El pobre no tiene ni idea. De nada le ha servido pasarse el último año como lameculos oficial del gran jefe.

—¡Hombre, Pedro…! ¿Revilla, dices? Vale que sea un pelota, pero es una máquina trabajando. No creo que haya mucha gente capaz de sustituirlo. ¡Si ha conseguido él solo casi la mitad de los objetivos de toda la oficina! ¿Seguro que no te equivocas?

—Y tan seguro, Luis.

—¿Y cómo te has enterado esta vez? Si apenas se oían rumores, y lo que se escucha es que hasta dentro de unos meses no se iban a plantear lo de remodelar la oficina y todo ese rollo. ¿A qué vendrán ahora esas prisas de los jefes? —Revilla ocupaba una mesa junto a la de Luis, y le asaltó el miedo absurdo de que el despido fuera algo contagioso—. Oye, Perico… ¿y sabes si alguien más se irá a la calle?

—Verás… seguro no estoy, pero me parece que solo echarán al pobre de Revilla.

Los dos compañeros quedaron en silencio unos instantes, rumiando los datos.

—Pedro…

—Dime.

—No es que dude de ti, amigo, pero me extraña que echen precisamente a Revilla. Lo lógico sería que se fuera Macarena. Si nos van a dejar solo con un jefe de sección, ella ha sido la última en llegar. Y no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. La verdad, no me explico qué criterio habrán seguido.

Pedro volvió a sonreír con la expresión de un gato delante de un plato de leche. Lo que había contado hasta entonces solo había sido el aperitivo del plato principal. Tomó aire y se lanzó:

—Sí que es verdad que Macarena no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. Pero llega a donde tiene que llegar.

—Ahora sí que no te entiendo, Perico. ¿Qué quieres decirme con eso?

—Que la mosquita muerta de Macarena, tiene de mosquita lo que yo de chino, Luis. Y, para conservar el puesto, en vez de llegar a los talones de Revilla, ha apuntado más alto, y ha llegado a la bragueta del director.

El labio inferior de Luis descendió en picado como si tuviera vida propia. Los botones de la camisa de Pedro parecían a punto de reventar cuando cogió aire para seguir hablando.

—Luisito, el otro día vi a Macarena entrar en el despacho del director. Llevaba un sobre en la mano. No estuvo dentro ni dos minutos, pero cuando salió, se iba limpiando las gafas.

—¿Las gafas? ¿Qué tienen que ver las gafas con…?

—¡Ay, hijo! ¡Que pareces tonto, leñe! Que, si se iba limpiando las gafas, quiere decir que el sobre lo había dejado en el despacho.

—¿Y…?

—Pues que a los cinco minutos el director salió con la cara como la pared. Y dos minutos después sonó el móvil de Macarena, y dijo que bajaba un momento a la farmacia a comprar gelocatil. Pero se dejó el bolso colgado en su silla. Y cuando subió, no tenía cara de que le doliera ni la cabeza ni nada de nada.

—Pedro, chico… no sé adónde quieres ir a parar.

—Pues prepárate, que lo que voy a decirte es un bombazo. Y verás cómo, cuando te lo diga, no te extraña ver que mañana es Revilla el que se va al paro. —La cara de Luis era toda ojos y boca—. Me entretuve recogiendo para salir el último de la oficina. Y, antes de irme, entré un momento al despacho del director para dejar un expediente encima de su mesa. Hice como que se me caían las llaves, me agaché, y ¡bingo! El sobre estaba en la papelera.

—¿Y tú…?

Pedro asintió con aire de suficiencia.

—Te doy mi palabra. No te lo puedo enseñar, porque no me atreví a llevármelo. Pero…

—¿Pero…?

—Era un sobre de la farmacia. Un análisis de orina a nombre de Macarena. —Pedro se mordió el pulgar, y Luis lo imitó sin darse cuenta. Volvieron a juntar las cabezas—. Luisito, majo, la mosquita muerta está preñada. Los próximos meses vamos a tener un culebrón. Y si no, ya te iré contando, ya…

¡Macarena embarazada! Pedro, una vez más, había acertado. Revilla no tenía nada que hacer ante eso. ¡Pobre hombre!

Adela Castañón

 

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Despedidas

–No te he preguntado por qué, sino para qué.

–No te entiendo. –Fernando curvó los labios en un intento de sonrisa que se quedó a medias–. De todos modos, ¿es importante eso?

–Sí. Mucho. Al menos para mí.

Mercedes miró al que fuera su primer amor cuando los dos rondaban los quince años. Había puesto demasiadas expectativas en el encuentro, comprendió. Se fijó en los pies de Fernando, calzados con unos Gucci. Nunca lo había visto con otra cosa que no fueran tenis. Los zapatos, más que las canas, que las entradas en el pelo o la insinuación de barriga que tensaba el cinturón de sus pantalones, fueron lo que le hizo pensar que tenía frente a ella a un adulto desconocido, a un hombre que, casi con toda seguridad, había ahogado al adolescente que fue para ella el centro de su universo durante un año.

Fernando la miró y supo que ella estaba perdida en sus pensamientos. En ese mundo interior al que él siempre quiso entrar sin conseguirlo. Cuando Mercedes levantó los ojos, se limitó a sonreírle. Ella, por su parte, sintió un ramalazo de nostalgia al recuperar parte del pasado: con nadie habían sido tan cómodos los silencios como con Fernando. Él seguía utilizando la misma estrategia, esperar y callar.

–Mira –ella habló primero–, también yo te he buscado en Google muchas veces durante estos años.

–Pero he sido yo el que te ha escrito, Merche.

–Y por eso te lo pregunto. Imagino que me has buscado por curiosidad, como yo a ti. Hasta ahí no importa, lo admito. Entiendo que solo queríamos saber algo de nuestras vidas, vale. –Mercedes hizo una pausa–. Pero, repito, ¿para qué?

–¿Y qué más da? Yo no veo la diferencia.

–Si yo te hubiera escrito, si me hubiera metido en tu vida, habría sido para algo. –“Para pedirte respuestas que nunca me atreví a pedir”, pensó ella. “Para decirte cosas que no tuve el valor de decirte”–. Pero me quedé en el por qué. Dar ese paso de más, hacer añicos la distancia con un email, con un SMS, con lo que fuera, habría supuesto una especie de compromiso. A ver, no me malinterpretes. Aparecer de pronto, buscarte después de casi treinta años de silencio, al menos te hubiera planteado alguna duda, ¿no? Por lo menos es lo que me ha pasado a mí. Así que la pregunta lógica es, ¿para qué me buscas ahora?

–¿No te vale quedarte en que me apetecía saber cómo te va la vida?

–No. Para eso podías haberle preguntado a Clara, o a Luis, o a cualquiera de nuestros amigos de entonces. Con alguno de ellos sigo en contacto.

–¿Tú lo has hecho?

–¿Hacer? ¿El qué?

–Preguntarles a ellos por mí.

–No, claro que no. –Mercedes se mordió el labio inferior y Fernando, por primera vez en toda la tarde, reconoció en ese gesto a la adolescente que lo enamoró, a pesar de que ahora escondía los labios bajo el carmín–. Si les hubiera preguntado puede que te lo hubieran dicho. Y, por otro lado, me parecía ridículo pedirles que me guardaran el secreto.

–Por eso mismo yo he ido directo a la fuente. A ver, ¿qué tiene de extraño que dos amigos se reencuentren al cabo de los años? Y si eso te molesta, que es lo que parece, ¿por qué has accedido a esta cita?

–Porque…

Mercedes se calló. No quiso poner en el ataúd de sus ilusiones el clavo de una mentira. ¿Qué podría decirle? ¿Que llevaba treinta años añorándolo? ¿Que dormía con un hombre mientras soñaba con otro? ¿Que estaba dispuesta a tirar su vida por la ventana si él chascaba los dedos?

–Mis motivos no importan. Yo no he sido la que te ha buscado. Y si insistes en que da igual el porqué o el para qué… bueno… –Mercedes sonrió y se encogió de hombros–, me vale. Da igual. Tienes razón. Siempre he sido una retorcida.

–Te equivocas, mujer. A mí no me lo has parecido nunca. Yo diría, más bien, que has sido complicada. –Ahora fue Fernando el que sonrió como en el pasado–. Pero eso es lo que me gusta de ti.

Mercedes tomó un trago de su café para intentar deshacer el nudo que se le acababa de formar en la garganta. Fernando, el puñetero Fernando, hablando en presente. ¡Maldita estampa! Siempre había sabido hacerle daño sin tener intención. Fernando, ajeno al efecto de su empleo de los tiempos verbales, removía su té para disimular que se sentía de nuevo como un adolescente inseguro y lleno de granos. Echaba de menos a la Mercedes tímida y callada que se ruborizaba por cualquier cosa.

A los quince años Mercedes vivía sola con su madre, que no pudo rechazar un traslado para mejorar su situación laboral. No había podido despedirse de Fernando. Su primer suspenso, culpa del mal de amores al saber que se iría a vivir muy lejos, le acarreó un castigo sin salir. Fernando, que había ido al parque donde siempre se encontraba con la pandilla durante toda la semana, había visto pasar los días sin que Mercedes apareciera. Y ella se fue antes de poder decirse lo mucho que se gustaban.

–Bueno… –los dos pronunciaron a la vez la misma palabra.

–No me hagas caso, Fer. –El diminutivo en esos labios pintados le sonó a Fernando teñido de nostalgia–. Sigo siendo complicada, lo que pasa es que ahora he perdido la vergüenza. Y tienes razón, le busco siempre seis pies al gato.

Mercedes abrió el bolso, y Fernando la detuvo. Puso su mano sobre la de ella, y el tiempo quedó en suspenso unos segundos. Sus pieles tenían memoria.

–Deja. Invito yo. Para eso fui el que te llamó.

Se pusieron en pie y cambiaron un par de frases banales. Echaron a andar, y las palabras y las frases no dichas se quedaron en la mesa, con los restos del café. Al llegar a la puerta, antes de empezar a caminar en direcciones opuestas, Fernando se fijó en los tacones de Mercedes. Era la primera vez que no la veía con tenis.

Adela Castañón

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Monólogo desde una cornisa

¡Tanto esquivarte durante treinta años para que al final hayas logrado alcanzarme en treinta días y ponerme en esta cornisa en treinta segundos! Te odio, cabrón de mierda. ¡Cobarde! ¡Egoísta!

¡Joder! Malditas rachas de viento, si solo es un quinto piso, maldito viento, no me tires, no seas cabrón tú también, y tú, gorda imbécil, ¿qué haces mirándome con esos ojos de pez?, ¿es que no has visto nunca a una tía normal subida a una cornisa normal de un puto edificio normal?, ¿y si no haces nada, so idiota, para qué miras?, ¿acaso he gritado? Quiero tirarme yo sola, pero esta película no es para ti, gorda, mueve tu culo, que esto es para ti, cabronazo, mi amor, que no tenías derecho, ningún derecho a hacerme esto, que he sabido vivir sin ti estos treinta años, sí, ríete si quieres, pero te jode, te jode escucharlo, o te jodería escucharlo si me oyeras, pero no, cómo iba a joderte, la gilipollas soy yo, que predicando desde este púlpito me cargo mi sermón, porque a ver qué hago aquí, si es verdad que no me importas, Jaime, que paso de ti mil pueblos, y entonces qué coño hago aquí, quién me mandaría hacerte caso ahora, con lo bien que yo he vivido estos treinta años, y tú, capullo, qué narices, quién te manda a ti buscarme en las putas redes sociales, que tampoco tengo tanta actividad y a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza hacer lo mismo contigo, total, para qué, si agua pasada no mueve molino.

Y a esta pobre maceta le falta agua, como a mí me faltas tú. Y pensar que hace un mes yo solo abría la ventana para regarla, quién me iba a decir que hoy la iba a estar mirando desde arriba, y hay que ver, que las flores parecen otra cosa desde aquí y nunca me di cuenta de que por dentro son tan rojas que se diría que están llenas de sangre, y como no te quites, gorda de mierda, voy a saltar con más impulso para que mi sangre te ponga perdido ese abrigo tan feísimo que llevas, que te hace más gorda todavía, ¡no, idiota, no saques el teléfono, joder! ¿Por qué todo el mundo se empeña en tomar decisiones por mí, para mí? ¡Jaime, que te folle un pez! Y a otro perro con ese hueso, que no se hace lo que has hecho tú para “saber cómo está una vieja amiga”, que de sobra sabes que yo bebía los vientos por ti, y que el tren de los quince años pasó, se fue, se largó, y nos quedamos en tierra, uno a cada lado de la vía, y yo seguí mi camino y tú el tuyo, y cada uno a su casa y Dios en la de todos, y así treinta años, treinta putos años, treinta felices años, treinta normales años, y vienes tú y en un mes me pones la cabeza en los pies y los pies en la cabeza, y metes el dedo en mi alma y le das la vuelta como si fuera un guante de plástico, y yo, tan lista, con mi éxito como escritora, con mi vida de película, y me dejo llevar y me creo que el tren ha dado marcha atrás, y tú dejas que me lo crea, y te inflas como un pavo cuando babeo porque resulta que no escribo ficción, que lo que escribo es verdad, que la vida puede ser de color rosa y que los príncipes azules pueden llegar y despertar a Blancanieves con un beso, pero tú eres otra cosa, eres malo, no eres el príncipe, eres la manzana envenenada, que sí, que si te pica escuchar eso, te jodes y te aguantas como estoy haciendo yo, que para qué apareces y me comes la oreja con lo mucho que me admiras y que me quieres y luego largas eso que siempre nos atribuyen a las tías del puto “como amigos”.

Y tengo más cojones que tú, más valor que tú, porque ahora te has agarrado a la apuesta segura, a tu Carmencita, tan buena, tan linda, tan perfecta, que hay que tener una piedra por corazón para presentármela como otra buena amiga y ahora sumo dos y dos, que en el whatsapp estáis en línea y os desconectáis a la misma hora, y ha sido una guarrada dejarme que volviera a decirte que te quiero, y déjate de mandangas, que lo de la amistad a mí me la trae floja, y a ti te faltan huevos pero a mí me sobran ovarios y ojalá no se te empine cuando te acuerdes en mitad de un polvo con ella de que yo me tiré por la ventana.

Si me tiro, me harán la autopsia. Pero el forense no sabrá leer la causa de mi muerte en mis tripas ni en mi corazón. Para eso, yo tendría que haber nacido hace siglos, cuando el futuro se leía en las cartas y no en las redes sociales. Y no sé por qué pienso ahora esta gilipollez, como si no tuviera bastante con el presente, como si yo tuviera futuro, que no lo tengo.

¿Y si te juzgo mal? Que igual solo querías aspirar el aroma de la dulce flor de una juventud perdida para devolverle el color a unos recuerdos desvaídos. Y en vez de una flor soy una hiedra empeñada en agarrarme a tu piel, y te asfixio y me asfixio. O igual soy un árbol equivocado y llevo un mes mirando al suelo y he dejado que la boca se me llene de tierra y me he enredado yo en esos putos recuerdos, en esas raíces podridas que has venido a desenterrar, con lo feliz que yo estaba contemplando mis hojas, y el sol, y dejando que el viento me acariciara, el puto viento que ahora se empeña en soplar más fuerte para arrancarme de aquí antes de tiempo.

Pero es mejor mirar al cielo o al suelo porque si miro en mi interior veo un monstruo deshecho de dolor en el que me cuesta reconocerme, a un hada triste que no soy yo.

Y están estirando una lona ahí abajo y se creen que entiendo lo del megáfono, pero con este vendaval no se oye nada, o sí, que oigo a mi corazón que protesta y me grita que no mereces que me tire por ti…

¡Mi sabio y herido corazón! ¡Tiene razón! ¡Quiero ver más amaneceres! ¡Quiero escribir más historias! ¡Quiero vivir! He estado loca, ¡estirad la lona! ¡Ayudadme! ¡No me quiero caer ahora y tengo mucho miedo de moverme!…

Adela Castañón

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