La leyenda de las mil luces

Alisha era la mejor danzarina de su poblado y vivía con sus padres en una casa construida sobre pilares altos, como todas las del pueblo, para protegerse así de las inundaciones frecuentes. Siguiendo una antigua tradición hindú, en las semanas en las que había luna llena todos los jóvenes se reunían para bailar en un claro del bosque y Alisha era la primera en llegar y la última en retirarse. Aquello, sin embargo, no le agradaba a su padre.

—Alisha, esto no puede seguir así —le dijo un día—. Volverás a casa a la misma hora que las demás muchachas, o llegará el día en que no podrás ayudarle a tu madre por haber malgastado toda tu energía en el baile. Tenemos que empezar a trabajar en cuanto que sale el sol, porque de noche no hay luz. Y, si regresas con el alba, apenas duermes.

—Pero, padre —respondió ella—, bailar no me cansa. Y es como si la luna me pidiera que no parase jamás.

—¡Respétame, niña! —insistió su padre—. Basta de tonterías. Si vuelves a hacerlo dejarás de pertenecer a esta familia.

La jovencita bajó la cabeza y se propuso no disgustar a su padre. Pero cuando llegó la siguiente luna llena, embriagada por la danza, no se dio cuenta del paso del tiempo y volvió a quedarse sola. Regresó a su casa y vio, con pena y sorpresa, que habían retirado la escalera colgante de cuerda para subir hasta ella. Llamó y suplicó, pero solo obtuvo silencio.

Se alejó sintiendo que el corazón le pesaba como si se hubiera convertido en piedra, se tendió sobre una roca musgosa para pasar allí la noche y miró al cielo rezando para que al día siguiente su familia la perdonara. Entonces le pareció ver en el firmamento una estrella mucho más brillante que las demás: era el carruaje de plata de Yamir, el Príncipe de las Estrellas, que, como todas las noches, realizaba su recorrido por el firmamento. Alisha suspiró y se dijo en silencio: “Ojalá pudiera subir al cielo y danzar entre las estrellas. Si mi familia no me vuelve a aceptar, por lo menos no me sentiré tan sola”.

Nada más pensarlo, vio descender del cielo una sillita de plata, como la de un columpio, con el respaldo y los apoyabrazos forrados de terciopelo brillante, que colgaba de unas cuerdas que parecían hechas con luz de luna. La joven vaciló, su casa tiraba de su mente como un imán, pero su corazón se impuso y ella se subió a la silla, que empezó a ascender. Al llegar a la altura de la puerta de la casa, la silla, como si conociera las dudas de la joven, se detuvo un momento. Alisha miró al interior y vio a su familia dormida. Recordó entonces las duras palabras de su padre, se agarró con fuerza a las cuerdas y, como si esa hubiera sido una señal, la silla empezó a elevarse. Ella no lo sabía, pero su danza era un motivo de admiración para todos los habitantes de las alturas, tanto en el Reino del Sol, gobernado por el Príncipe Pawan, como en el de las Estrellas, donde reinaba su hermano Yamir.

La muchacha cerró los ojos y, cuando los abrió, vio ante ella a un joven muy apuesto que emanaba una luz suave que la envolvió como una caricia. Era Yamir, y le habló con una voz que sonaba a música.

—Alisha —le dijo el príncipe mientras se inclinaba ante ella—, he admirado tu baile en el claro del bosque, y me sentía feliz pensando que, cuando danzabas la noche entera hasta la salida de los primeros rayos de sol, quizá lo hacías para mí. Hace mucho que te amo, presentía que algún día me llamarías y hoy, por fin, he podido reunirme contigo.

El corazón de Alisha comprendió entonces el motivo por el que no podía parar de bailar en las noches de luna. Sin saberlo, ella también se había enamorado de Yamir cuando miraba hacia el cielo, y él, en ese mismo instante, leyó en los ojos de la joven que su amor era correspondido.

Alisha aceptó casarse con Yamir y no hubo ni un habitante en el Reino que no participara en los preparativos de la ceremonia. La boda se celebró con todos los lujos celestiales y aquella noche, en la Tierra, todo el mundo se asombró al ver en el firmamento una cantidad de estrellas brillantes como no habían contemplado jamás.

La vida de los recién casados transcurría dichosa. Alisha danzaba entre las estrellas para deleite de sus súbditos y de su esposo, que seguía recorriendo el cielo las noches de luna llena para llevar a la tierra luz a las criaturas que lo necesitaban. La nueva princesa se ganó el cariño de las estrellas y disfrutaba al saber que no había quien pusiera límites a su baile, que tanto gustaba a todos.

Pero no todo era felicidad. Pawan, el Príncipe del Sol, también amaba a la mujer de su hermano. Solo pudo contemplar los festejos de la boda desde un lugar alejado, en la otra orilla del río Azul, que era la frontera entre el Reino del Sol y el Reino de las Estrellas, pues su cuerpo desprendía un calor mucho más intenso que el de su hermano y nadie podía acercarse demasiado a él si no quería morir abrasado. Además, los celos lo consumían al no poder disfrutar nada más que de unos segundos del baile de Alisha, que siempre se retiraba a su casa con los primeros rayos del alba.

Al cabo de un tiempo, Alisha empezó a echar de menos a su familia, pero no se lo quiso decir a Yamir para que él no se sintiera desgraciado. Y él, al viajar en su carro, escuchaba el llanto del padre de Alisha cuando sobrevolaba su poblado y comprendía que el pobre hombre añoraba a su hija, pero tampoco se lo decía a Alisha para no entristecerla.

Una noche en la que Yamir estaba ausente surcando el cielo, el baile de Alisha la llevó hasta la orilla del Río Azul. Maravillada ante la limpieza y la frescura del agua, la joven estuvo danzando y mojando sus pies en la orilla, hasta que el sueño la rindió.

Pawan, que estaba a punto de cruzar el cielo a bordo de su carro de fuego, tirado por cuatro caballos de oro líquido, divisó a la mujer de su hermano dormida al borde del agua, y su soledad encendió en él una sed de venganza que no pudo resistir. Tomó una flecha incandescente de su carcaj, la disparó con fuerza y vio cómo se clavaba en el corazón de la joven, que murió al instante. La última estrella de la mañana, que fue testigo de todo, corrió a avisar a su príncipe, que regresaba en ese momento, pero nada pudieron hacer por la bailarina.

Todas las estrellas lloraron a Alisha, porque habían aprendido a quererla cuando bailaban con ella, y Yamir, que notaba un hueco en mitad del pecho, lloró abrazado a su esposa. Cuando sus lágrimas tocaron la piel de Alisha, el cuerpo de ella se cubrió de un montón de estrellas que brillaban como la plata. Entonces, pensando en los astros que vivían en los confines de su reino y que apenas habían podido disfrutar de la compañía de Alisha, Yamir tomó en sus manos un puñado de esas nuevas estrellas y las lanzó con fuerza al firmamento. Y así, en la Tierra, los hombres que solo tenían luz en las noches de luna llena vieron nacer en el cielo un resplandor blanco y brillante, formado por constelaciones luminosas que no se ocultaban nunca y que les servían de guía en las noches que antes eran de total oscuridad.  

El príncipe suspiró y pensó que él tendría siempre el consuelo de la presencia de su esposa en las nuevas constelaciones que había creado, pero recordó con pena al padre de Alisha. Entonces tomó en su mano la última estrella que quedaba en el cuerpo de su mujer y la partió en miles de fragmentos muy pequeños. Los tomó en sus manos, sopló sobre ellos, y los dejó caer sobre la Tierra mientras pronunciaba unas palabras:

—¡Volad, pequeñas, volad y llevadle a los padres de mi amada la luz de su alma!

Los fragmentos de luz se posaron en el suelo y se convirtieron en pequeños insectos con luz propia que comenzaron a revolotear. Las amigas de Alisha, que bailaban en el claro del bosque, detuvieron su danza para observar mejor aquellas lucecitas.

—¡Qué hermosas son! —dijo una de ellas.

—¡Y con qué gracia se mueven! Su baile es único —dijo otra.

—Podríamos imitar sus movimientos —sugirió una tercera—, y aprender su danza. ¿No os recuerda a cómo bailaba Alisha?

El padre de Alisha, desde la altura de su casa, vio brillar luces en el bosque y, asombrado, comprobó que se movían y se juntaban formando la figura de su añorada hija. Comprendió que, de alguna manera, Alisha había vuelto a él y, después de tanto tiempo, su corazón encontró algo de consuelo.

Yamir, desde el cielo, sintió que el espíritu de Alisha le daba su bendición y, compadecido de su suegro y de los demás mortales, decidió dejar que aquellos pequeños mensajeros de luz, a los que llamó luciérnagas, se quedaran a vivir en la Tierra.

Pawan, arrepentido de su crimen, intentó acercarse a su hermano para pedirle perdón, pero Yamir, con el alma rota de dolor, le volvió la espalda en el instante en que murió Alisha.  Desde aquel día, el Príncipe del Sol se vio condenado a la soledad más absoluta porque, cuando subía a su carro, su hermano abandonaba el cielo para no coincidir con él. Solo muy de vez en cuando se cruzan los caminos de los príncipes y, cuando se enfrentan, la Tierra se oscurece durante unos minutos porque el dolor de Yamir es capaz de eclipsar al mismo sol por mucho que sea su brillo.

Y, desde entonces, cuando hay un eclipse o en algunas noches sin luna, podemos ver a las luciérnagas que iluminan la oscuridad para recordarnos que la luz volverá a brillar en nuestras vidas.

Adela Castañón

Imagen de Artie_Navarre en Pixabay 

Amor intemporal

Mi abogada me ha dicho que es probable que mañana acabe todo. No cree que el jurado necesite más tiempo para reunirse y solo espera que el juez no sea demasiado duro con la sentencia. Porque, eso lo tengo claro, el mío es un caso perdido. No cabe la más mínima duda que he transgredido la ley. Y la culpa, eso también lo tengo claro, fue de mi trabajo.

Es inconcebible que en pleno siglo XXII los genetistas cometan errores, pero a veces ocurre, y yo soy una prueba de ello. La equivocación en mi codificación genética no hubiera sido un problema si yo hubiese trabajado en otro campo; es probable, incluso, que no hubiera llegado a darme cuenta de que era un poco diferente a los demás. Pero también es bastante probable que ese pequeño error en mis códigos influyera en mi elección cuando me llegó el turno de acceder al mercado laboral.

No se me había inmunizado contra la lectura.

Claro que todos los ciudadanos leíamos: por las mañanas, en los monitores de todas las viviendas de la ciudad, aparecían escritas las instrucciones, las novedades y las informaciones de interés general. Eso no era un problema. El problema fue que mi pequeña imperfección genética se convirtió a la vez en la causa y en la consecuencia de que mañana vayan a juzgarme, y es que la lectura me atraía como una droga. Creo que quizá, por eso mismo, yo no estaba preparado para ser el guardián de la biblioteca interactiva. ¡Si alguien lo hubiera sabido!, ¡si por lo menos se me hubiera ocurrido pensar en eso! Tal vez, en ese caso, hoy seguiría sido un sujeto prototípico y feliz. Pero, una vez que me dieron el empleo y empecé a trabajar con los libros, solo era cuestión de tiempo que cayera en la trampa. Y, claro está, caí.

Mi abogada me ha dicho que mi caso se ha mencionado en las noticias, pero solo para informar de que los equipos de genética trabajan en un nuevo protocolo de corrección de errores. Imagino que, como mucho, mis antiguos compañeros se habrán limitado a suponer que estoy en algún centro de salud genética para reparar el gen defectuoso. Es lo que yo hubiera pensado hace unos meses si estuviera en su lugar. No se lo reprocho. Pero tampoco puedo evitar una sonrisa triste al pensar qué diría Lydia si supiera lo que me está pasando. ¡Es tan distinta de todos nosotros! Ella, su mundo, resultarían incomprensibles para cualquiera de mis conciudadanos, habitantes perfectos de este mundo supuestamente igual de perfecto. Debí hablarle a Lydia de mi viaje en el tiempo cuando tuve ocasión. Fue un error no hacerlo, dejarla creer que todo lo que yo escribía eran historias de ficción futurista. Pero si le hubiese dicho que mis crónicas eran ciertas, que yo tenía en realidad cien años más que ella, o que su mundo del siglo XXI era historia en las bibliotecas de mi tiempo, me habría tomado por loco y tal vez me habría dejado. Y eso era algo que yo no estaba dispuesto a soportar. ¡Mi pobre y querida Lydia! Me estará echando de menos. Seguro que se pregunta por qué no he vuelto con ella.

Mi abogada no entiende por qué hice lo que hice. No entiende que yo haya puesto en juego mi existencia en nuestra perfecta civilización. Hemos alcanzado unas cotas de orden y una serie de comodidades materiales que nuestros antepasados no se habrían ni atrevido a soñar. ¿Puede haber algo mejor que tener asegurados los alimentos tanto en el trabajo como en casa en las horas indicadas?, ¿tener acceso al ocio solo con rellenar la correspondiente solicitud on line?, ¿disponer de una pareja con un simple clic en el formulario previsto para necesidades básicas? Hemos alcanzado cosas que eran verdaderas utopías en el siglo en el que está Lydia, lo sé. Pero, aún así, no puedo evitar ver mi mundo como una copia desvaída en blanco y negro del universo de color que es el mundo de su tiempo.

Ni mi abogada, ni los miembros del jurado, ni el juez comprenden las razones de que yo incurriera en una falta tan básica. No les cabe en la cabeza que cayera en la tentación de ojear las portadas de algunos libros cuando los llevaban a la biblioteca para ser almacenados y custodiados en la zona de alta seguridad. Y, para ser sinceros, yo tampoco sabría explicarles qué me hizo abrir un día uno de aquellos ejemplares antiguos, concretamente el que estaba catalogado en el locci temporal del siglo XXI. Mi abogada ha tratado de basar su defensa en el hecho de que el genetista encargado de mi programación cometió un error y no abolió el gen de la curiosidad lectora cuya alta carga viral se ha podido detectar en los análisis que me han realizado. Pero el fiscal ha jugado con ese dato para ponerlo en mi contra, y ha alegado que esos niveles tan elevados son la consecuencia de mi delito, y no la causa de él. Y posiblemente tenga razón, porque, desde que me descubrieron infringiendo la norma, el número de preguntas que invaden mi mente se multiplica sin cesar, incluso aquí, en mi confortable celda, mientras espero ser juzgado mañana.

Sabía que estaba terminantemente prohibido abrir un libro. Sabía que, si lo hacía, correría el riesgo de viajar sin protección en el tiempo, y me expondría a riesgos desconocidos. Lo sabía. Y, a pesar de eso, lo hice. Porque de un modo impreciso empezaba a ser consciente de que algo me diferenciaba de las demás personas.

Elegí un día en el que no había nadie más conmigo. “Solo será una miradita”, pensé. Me engañé y traté de justificar lo que iba a hacer diciéndome que así, al ver de cerca todas las imperfecciones e incomodidades de los humanos que nos habían precedido, quizá encontraría el modo de abortar esa molesta mutación que se iba apoderando de mis células y me provocaba una incómoda inquietud, como un cosquilleo debajo de la piel, que me hacía plantearme desear no sabía bien qué cosas.

Vivo, ¿o debería decir que “vivía”?, en un mundo feliz. Sin guerras. Sin hambre. Sin desempleo. Sin enfermedades. Sin incomodidades.

¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué lo hice?

Y, en el fondo, ¿qué más da? Me estoy haciendo la pregunta equivocada. La correcta, la que me mantiene entero, es esta: ¿Volvería a hacerlo?

Y la respuesta es que sí.

Por eso tengo un plan. No sé si funcionará, pero me aferro a la esperanza de que así sea. Esperanza. Otra palabra que se perdió en el diccionario cuando el siglo XXI dio paso al XXII. Otro regalo increíble de Lydia que, ojalá, me ayude ahora.

Voy a decirle a mi abogada que todo empezó por un tremendo error. Que el libro se me resbaló de las manos por accidente y cayó al suelo abierto. Y que al cogerlo y tratar de cerrarlo mis manos se posaron en las páginas y viajé sin querer cien años atrás. Tengo la esperanza de que ni ella, ni el juez, ni el jurado hayan pensado que ese no era ni mucho menos mi primer viaje. Si consigo convencerlos de que ha sido solo una vez, puede que tenga una oportunidad. Si me absuelven es muy probable que recupere mi empleo. Y entonces, a la primera ocasión, arrancaré y mezclaré todas las páginas de los libros del locci del siglo XXI, y les prenderé fuego para que nadie pueda seguirme hasta allí. Cerraré definitivamente la puerta entre nuestros mundos, el de Lydia y el mío.

En el siglo pasado me espera ella. Con Lydia no practico un coito perfecto, con ella hago el amor. Echo de menos los chirridos de la cama cuando se da la vuelta dormida, comer lo que prepara, sin saber si el punto de sal estará bien, acostarnos cada día a una hora distinta. Disfrutar de eso que ella llama vacaciones de fin de semana. Hasta echo de menos sus reproches cuando me acusa de no querer contarle nada de ese trabajo mío que me aleja de ella casi la mitad del tiempo. Al principio, acercarme a Lydia fue solo parte del experimento. Iba a ser algo provisional. Pero se adueñó de mí algo desconocido y tan fuerte que empecé a prolongar mi estancia en su tiempo y mis viajes fueron cada vez más arriesgados.

Por eso me atraparon. Porque volví de uno de esos viajes demasiado feliz, demasiado distraído, demasiado relajado.

Ella me había puesto una flor en la oreja, y no me di cuenta.

Y ellos la vieron enseguida.

Ojalá se crean mi mentira. Ojalá salga todo bien.

Ojalá pueda volver con Lydia y seguir escribiendo y escribiendo todo lo que le cuento de mi época, sin decirle que es cierto. Y ojalá pueda hacerla feliz. Ella dice que mis historias se están vendiendo muy bien y sueña con el día en que deje mi supuesto trabajo para convertirme en escritor y pasar a su lado todo el tiempo, y no la mitad, como hice hasta ahora. Porque he descubierto que me gusta incluso eso que ella llama celos, y no quiero que esos celos por el tiempo que paso en mi siglo terminen por hacer que se aleje de mí.

Quizá, a fin de cuentas, mi error se convierta en mi salvación.

Ojalá.

Ya no hay vuelta atrás ni, aunque la hubiera, la querría. Mañana me juego mi futuro. O, quizá, me juego mi pasado.

Lydia. Tan perfectamente imperfecta. Tan viva.

Tengo que volver con ella.

Lydia. Encontraré la manera.

Lydia. Mi Lydia.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

¡Ayúdame, lector!

Sí, me refiero a ti que me estás leyendo. En serio. ¡Necesito tu ayuda, y ahora te explico por qué!

Verás, estoy haciendo un curso de escritura online, y hace un rato empecé a escribir mi ejercicio de esta semana. Todo iba muy bien, el narrador de mi historia era muy cercano, tan real que ya casi parecía de la familia. Yo estaba tan entusiasmada que no me di cuenta de que era muy tarde. La espalda me dolía y me picaban los ojos. Los cerré y me estiré en el sillón durante un tiempo que no creo que llegara ni a medio minuto. Al abrirlos, mis dedos se quedaron en el aire, sin llegar a tocar el teclado, cuando vi en el monitor una frase que no recordaba haber escrito:

—¿Por qué has parado de escribir?

Me froté los párpados. Debía de estar más cansada de lo que creía.

—¿Qué…? —Sabía que estaba sola, pero no pude evitar preguntarme eso en voz alta. En la pantalla, mientras yo parpadeaba, había aparecido otra frase:

—Que por qué has parado de escribir.

Te prometo, lector, que yo no había tocado el teclado. Pero la frase, surgida de la nada, estaba ahí, delante de mis ojos. Pensarás que es cansancio, lo sé, es lo que yo te hubiera dicho, así que intenté relajarme. Cerré los ojos, ahora sin apretarlos, e hice dos o tres respiraciones profundas y lentas. Los abrí despacio mientras empezaba a sonreír y a burlarme de mí misma y de mis paranoias, y la sonrisa se me convirtió en trocitos de cristal que se escurrieron garganta abajo.  

—¿Vas a dejar ya de hacer tonterías, o qué? —Esta frase tenía incluso un tamaño de fuente mayor que las dos anteriores.

Ay, amigo lector, esto que te cuento pasó en menos de un minuto. Me puse tan nerviosa que decidí que lo mejor era irme a dormir y dejar la tarea para el día siguiente, así que eché el sillón hacia atrás con idea de levantarme, pero me quedé clavada en él.

Estaba tan concentrada en las frases fantasmas que había dejado de prestar atención a todo lo demás a mi alrededor. Y cuando aparté la vista del monitor… a ver cómo te lo cuento… Mi cuarto no estaba. La estantería con mis libros, la lámpara, mi cajonera con los bolígrafos de colores, todo había desaparecido. Volví a mirar la pantalla, y se había convertido en una especie de cuadro, un grabado con el fondo difuso en el que una mujer con rasgos muy parecidos a los míos tecleaba en lo que parecía una máquina de escribir antigua. Me puse de pie y me levanté para acercarme al grabado y, en efecto, ¡la mujer de la foto tenía mi cara! Y el fondo, aunque desdibujado, parecía el de mi cuarto.

Pero si mi cuarto se había convertido en un cuadro, conmigo dentro…, ¿dónde me encontraba yo ahora? ¡Ay, tú que me estás leyendo, si lo averiguas házmelo saber, por favor, échame una mano!

Miré a mi alrededor, desorientada. Lo primero que noté fue que hacía frío. Un frío muy distinto al de mi Marbella en el mes de diciembre. Los muebles eran antiguos, de madera oscura. Había varias mesitas bajas distribuidas en lo que parecía la recepción o el salón de un hotel o un balneario de los del siglo pasado. En una de las paredes un fuego bastante vivo ardía en una chimenea. Me puse de pie y me acerqué en busca de algo de calor. Delante del hogar había un par de sillones de respaldo muy alto y rodeé el de la izquierda para sentarme. Al hacerlo, me di cuenta de que el otro sillón estaba ocupado. Una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, tan erguida que la espalda ni siquiera tocaba el respaldo, contemplaba absorta la danza de las llamas. Vestía una ropa pasada de moda, con medias negras, zapatos cerrados y abotinados y un discreto vestido de color gris con un cuello cerrado de encaje.

Dime, tú que me lees, ¿no has tenido nunca la sensación de conocer a una persona cuando la ves por primera vez? Pues eso me pasó a mí. Su cara me resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Me senté y vacilé un segundo, pero me pudo la buena educación.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió, con una pequeña inclinación de cabeza.

Callé sin saber qué más decir. Delante de nuestros sillones había una mesita baja y, sobre ella, una libreta, seguramente de la dama del sillón, con algo garabateado a lápiz. Junto a la libreta había un periódico. Me incliné hacia delante y lo cogí, más que nada por no saber qué otra cosa hacer. Lo sacudí un poco para estirar la página inicial y mis ojos se clavaron en la fecha:

The Daily News, Saturday, December 11, 1926

¿Puedes creerlo? ¿Qué diablos hacía ahí un periódico con una antigüedad de casi un siglo? Y, además, parecía recién impreso, palabra. Tragué saliva al darme cuenta de lo que acababa de pensar: si el periódico era reciente… Y esos muebles más propios de un museo o de la tienda de un anticuario… Y la indumentaria de mi vecina de sillón…

—Disculpe —me dirigí a ella en voz baja—. ¿Puede decirme qué día es hoy?

—Doce de diciembre. —Miró el periódico que temblaba entre mis manos—. A veces el servicio se retrasa al traer la prensa. Ese número es el de ayer.

—Oh. —No supe qué decir, pero tenía que saber. Me arriesgué—. Le parecerá raro, pero… ¿dónde estamos?

Si le pareció extraño, no lo manifestó. Hacía gala de una flema envidiable. Me respondió como si le hubiera preguntado una simple dirección:

—En Yorkshire. En el balneario de Harrogate.

Volví a mirar el periódico y me acordé de mi curso de escritura. Pero el ejercicio ni siquiera trataba sobre escribir un relato de misterio. ¿Qué demonios me estaba pasando?

—Esto no tiene gracia —dije, sin darme cuenta de que lo hice en voz alta.

—¿Está bien, querida? —La mujer me miró por encima de unas gafas redondas que habían resbalado hasta la mitad de su nariz.

—Sí, claro, disculpe.

No debí de sonar muy convincente, a juzgar por sus siguientes palabras:

—¿Quiere que le pida una taza de té? Parece necesitarlo. —Dudó un momento. Supongo que se debatía entre la educación y la curiosidad, y creo que ganó la segunda— ¿Puedo ayudarla en algo?

—Pues… ya que lo dice… sí. Necesito regresar a…

Como puedes suponer, callé de golpe. Si decía la verdad, me tomaría por loca. Volví a cerrar los ojos durante unos segundos y apreté los puños. Me concentré todo lo que pude en respirar otra vez de manera controlada y me dije que, cuando los abriera, estaría otra vez devanándome los sesos con el ejercicio de esta semana. Tenía que funcionar.

Abrí los ojos de nuevo. ¡Y continúo aquí!

Las llamas siguen crepitando. La mujer se ha inclinado hacia delante y tiene su mano sobre mi antebrazo. Se ha quitado las gafas con la otra mano. Me está mirando con expresión preocupada, y me habla:

—Querida, cálmese. Todo se arreglará, sea lo que sea. ¿Cómo se llama?

Empiezo a llorar, soy incapaz de contestarle. Una doncella de cofia almidonada se acerca con una taza humeante, imagino que mi interlocutora ha debido pedirla con un gesto. Te echo de menos, lector, seas quien seas. Por favor, por favor, no me dejes aquí. Ella sigue hablando.

—Soy Mrs. Christie. Cálmese, por favor —repite—. Venga, cuénteme lo que le pasa. Vamos. Si quiere, puede llamarme Agatha.

Mis ojos se fijan en el cuadernillo de la mesa. Son notas manuscritas. Veo un poco borroso por culpa de las lágrimas, pero alcanzo a distinguir un par de frases: “Decidir el nombre del protagonista: ¿Arcadio Pierrot? ¿Valentin Poirot? ¿Hércules Pontiac?”

Mi llanto se convierte en una risa histérica. Las palabras escapan de mi boca sin que pueda hacer nada por evitarlo:

—Se llamará Hércules Poirot.

Ella abre los ojos y la boca y no dice nada. Su flema británica se ha evaporado, y mi calma también.

—Creo que tomaré otro té. —Me mira y respira hondo. Se recuesta en el sillón. Parece que se prepara para mantener una larga conversación.

¡Lector, estoy metida en un lío! ¡Necesito tu ayuda! ¡No quiero convertirme en un personaje de novela de misterio! ¡Por favor, sácame de aquí!

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

De la peste al coronavirus

#relatoaragonés  #cuentomaravilloso

De las fragolinas de mis ayeres

A finales de marzo llevábamos encerrados casi un mes en casa por culpa del coronavirus. Cerraron la escuela y la maestra se marchó a Zaragoza. Los mayores hablaban en voz baja para que los niños no nos enteráramos. Al anochecer apagaban las televisiones y todas las luces de las casas, por si aquel bicho era como las mariposas.

Una noche, ya estaba acostada con mis hermanas en el cuarto de arriba cuando oí el susurro de la conversación de mis padres. Noté que subía por las grietas de la tarima.

Me arrastré hasta la rendija que caía encima del hogar y ajusté la oreja para escuchar lo que decían.

—Mira, Antonia, ya has oído al alcalde. Aquí el peligro está en los niños, que no enferman, pero nos contagian a todos.

—¿Qué quieres decir, Martín?

—Pues eso. Que les van a buscar un sitio seguro lejos del pueblo. Y, como son listos, se las arreglarán.

Entonces pensé que igual era una trampa. Que a lo mejor nos llevarían a un sitio donde moriríamos muchos, como pasó con los animales del Arca de Noe.

Me esperé hasta que se fueron a la cama. Y, a tientas, me puse las sayas y el abrigo, cogí los zapatos en la mano, bajé las escaleras y, sin hacer ruido, salí a la calle. Casi no podía respirar, no me entraba el aire en los pulmones y se me nubló la cabeza. Al llegar al Terrao, me dirigí a la ermita de las Cheblas, en la que había estado algunas veces cuando íbamos a segar espliego. Ese sí que era un lugar escondido. Como estaba cerca del Arba, no me faltaría agua. Además, siempre había algo que comer en los huertos cercanos.

Caminé por las trochas a la luz de la luna. Cada vez que volaba una lechuza o se movían los árboles me acurrucaba en el suelo. Cuando vi la ermita eché a correr, pero de repente desapareció. Y para no perder el rumbo, caminé por el lecho del río. Al poco, volvió a aparecer la misma ermita en lo alto de otra colina.

Capitel, médico de la pese.

Gárgola. pinterest.com

 

Era como una iglesia fantasma colgada del cielo. Al final, subí por una ladera en la que los enebros y las zarzas no me dejaban avanzar. Llegué con los pies destrozados y me tumbé en un banco de piedra, justo debajo de un capitel en el que sobresalía un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro.

Me estaba venciendo el sueño, cuando la cabeza del capitel se me acerco y yo comencé a gritar:

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss —Cruzó el dedo índice delante del pico.

—¿No eres el monstruo del capitel? —Me incorporé temblando

—Tú lo has dicho. Llevaba esperándote más de quinientos años.

—¿Qué dices? No entiendo nada.

—No te preocupes. Pronto lo entenderás. —Me acercó un botijo—. Anda, bebe un poco que te hará bien.

Médico de la peste. 2

plaguedoctormasks.com

Antes de sentarse a mi lado, se quitó un abrigo de cuero encerado que le llegaba hasta los pies, lo dobló y lo dejo en el banco. Encima colocó una vara que acababa  en tiras de badana, como si fuera un látigo. Se quedó en mangas de camisa. Era una camisa de piel fina, arremetida en unos pantalones de la misma piel. Unas calzas altas, de cuero marroquí, le recogían los pantalones, de tal forma que no quedaba ninguna parte de su cuerpo al descubierto.

Con parsimonia se quitó unos guantes de cabritilla y el sombrero. En la parte de la nuca le sobresalían las hebillas que sujetaban una mascarilla hecha por un guarnicionero. Llevaba incorporados unos anteojos y debajo dos orificios, tapados con una especie de gasa, que le permitían respirar. Encima de la boca le salía una nariz, larga, larga, como la de Pinocho, y puntiaguda como el pico de un ave. Cuando se la quitó se le cayeron unas hierbas que rellenaban el pico. La guardó entre sus manos y me llegó un aroma tan intenso que me hizo estornudar.

Máscarilla hecha por un guarnicionero. Buena

Mascarilla hecha por un guarnicionero. nuevatribuna.es

Me contó que lo llamaban el médico de la peste. Porque solo él, y los que iban vestidos como él, atendían a los enfermos contagiosos, a los que era muy peligroso acercarse. Y los que se acercaban morían antes de una semana.

—Anda, pues eso mismo dicen ahora. Que los médicos necesitan trajes y mascarillas para defenderse del coronavirus.

—Lo sé, lo sé. Y más cosas que te iré contando. Ahora tenéis mucha suerte los niños. En cambio la peste se cebó con ellos.

—Sí, pero ahora se quieren deshacer de nosotros. —Me quedé un momento pensando—. Dicen que los pequeños somos los culpables de que todos se pongan malos.

—¿Por ese te has escapado?

—Sí, claro.

Se echó a reír, acercó un poco más a mí y me contó que cada vez que un cometa se acerca mucho a la Tierra, su cola deja grandes desgracias. Que desde hacía quinientos años ninguno se había acercado tanto. Y que justo antes de llegar el coronavirus pasó un cometa que tenía una cola. Como la estrella que guió a los Reyes Magos que venían de Oriente.

—¿De allí viene lo de la corona? —Me di una palmada en la frente—. ¡Anda! El coronavirus también viene del Lejano Oriente.

Antes de dormirnos, hicimos un pacto. Por el día, él se ocuparía de los enfermos y de cómo sacar a los niños del pueblo. Mientras tanto, yo tendría que esperar allí y encargarme de buscar agua en el río y comida en los huertos cercanos.

—Mira —me dijo—, somos muchos médicos, pero por las noches cada uno se va a su casa, menos los que se quedan de guardia. —Señaló con el dedo los huecos de los capiteles—. Yo vivo allí desde que se construyó la ermita. Uno de los canteros me hizo un sitio y me concedió el don de convertirme en piedra cuando no tuviera que acudir a ninguna desgracia.

—¿Y por eso has dejado de ser piedra ahora?

—Veo que lo has entendido muy bien. Cuando todo termine volveré a mi sitio hasta que se acerque otro cometa a la Tierra.

Me cubrí con el abrigo y me dormí profundamente junto al rescoldo de las brasas de la hoguera, recién apagada.

Los días siguientes, en un rincón junto al altar, fue guardando bellotas que encontraba por el monte, patatas y acelgas de los huertos. Un atardecer oí un griterío que subía del Arba. Por si acaso, me escondí en una grieta de la pared. Estaba muy encogida, conteniendo la respiración, cuando entraron todos los niños del pueblo seguidos del médico con cara de pájaro.

Carmen Romeo Pemán

Ishiro y el rey del mar

 

Hace mucho tiempo, en una isla de China, vivía Ishiro, un joven pescador, que soñaba con conocer tierras lejanas desde que era un niño. Pero su padre falleció pronto y él tuvo que seguir pescando para mantener a su madre y a sus hermanas. A menudo pensaba que la juventud se le escapaba entre los dedos como el agua del mar por los agujeros de su red, y suspiraba mientras se decía que ojalá hubiera alguna manera de seguir siendo siempre joven para tener tiempo de alcanzar sus sueños.

Todos los habitantes del pueblo querían a Ishiro. El joven siempre estaba dispuesto a ayudar a arreglar una red, o a reparar un tejado, o a compartir algo de su pesca cuando algún padre de familia regresaba a la playa con su barca vacía. Pero el cariño de todos ellos no era suficiente para calmar sus anhelos de aventuras.

Un día regresó a tierra más tarde que el resto de los pescadores. Se había alejado bastante mar adentro porque los peces escaseaban. Y, además de volver casi de vacío, se le había enganchado la red en unas rocas y se había agujereado hasta el punto de quedar casi inservible. Cuando llegó a la orilla de la playa vio que unos muchachos maltrataban a una tortuga a la que habían volteado sobre su caparazón. Ishiro sintió lástima del pobre animal y echó mano de las últimas monedas que tenía, y que le hubieran servido para comprar una red nueva. Total, se dijo, podría remendar la vieja para que aguantara un poco más, y era una pena que una criatura tan hermosa tuviera ese triste final. Los muchachos aceptaron venderle el animal, y las monedas y la tortuga cambiaron de manos. Ishiro la cogió en brazos, le dio la vuelta y la depositó en la orilla, donde rompían las olas. Y, cuando la vio alejarse mar adentro, regresó a su casa.

La pesca seguía escaseando e Ishiro se alejaba cada vez más del poblado para buscar nuevos bancos de peces. Un día, cuando estaba en alta mar, un vendaval lo sorprendió. Las olas movían su barca como si fuera una brizna de paja y una de ellas la hizo zozobrar. Nadó durante un rato y cuando estaba a punto de ahogarse sintió que algo duro le levantaba el pecho y lo mantenía a flote. Giró el cuello y descubrió que era una tortuga.

–Ishiro, ¿me reconoces?

El pescador, asombrado, recordó lo que había ocurrido hacía varias semanas y, sin fuerzas para hablar, afirmó con la cabeza. Entonces la tortuga volvió a dirigirse a él.

–Tengo una deuda contigo y ha llegado el momento de pagarla. Si quieres, puedo llevarte directamente hasta la playa de tu poblado. Pero también podrías acompañarme al fondo del mar. Soy la consejera del rey del mar, y sé que estaría encantado de agradecerte en persona que me salvaras la vida.

–Eso es imposible, amiga tortuga –dijo Ishiro. Iba recuperando las fuerzas y la voz–. Nada me gustaría más, porque siempre soñé con conocer otros lugares y vivir alguna aventura antes de llegar a viejo, pero no puede ser. Aún soy joven y aguanto mucho la respiración, pero dudo que lograra resistir tanto tiempo bajo el agua. Terminaría ahogado, ¿y quién cuidaría entonces de mi madre y mis hermanas?

–Te equivocas, Ishiro. La magia de mi rey es poderosa y sus invitados pueden respirar bajo el agua sin problemas. Además, mientras seas su huésped, nada le faltará a los tuyos. Él puede hacer eso y mucho más, pero tú eres libre de elegir. Te llevaré donde me ordenes, a la playa o a ver a mi rey. ¿Qué decides?

Ishiro no lo pensó más. No tenía motivos para desconfiar de la tortuga que, al fin y al cabo, le había salvado la vida como él hizo con ella, así que aprovechó la oportunidad.

–Vayamos con tu príncipe.

Se agarró al caparazón y contuvo la respiración. Al poco de sumergirse notó que respiraba como si estuviera en tierra. Se relajó, abrió mucho los ojos y descubrió maravillas increíbles: bosques de corales de todos los colores que despedían un brillo mágico cuando algunas medusas luminosas pasaban entre ellos, caballitos de mar jugando a perseguirse, un coro de sirenas de voces armoniosas… Y la tortuga seguía su ruta hacia el fondo, con él a las espaldas.

Después de un viaje que tanto pudo durar horas como segundos, la tortuga se detuvo por fin. En un coral gigantesco con forma de trono se sentaba un hombre de elevada estatura. Tenía barba y bigote, y el pelo no se le veía porque sobre la cabeza llevaba una enorme corona dorada que se apoyaba sobre dos orejas puntiagudas. Un camino recto, hecho de estrellas de mar, avanzaba hasta el trono. El rey hizo una seña a Ishiro para que bajara de la tortuga y se acercara a él. El pescador miró hacia el suelo y, en lugar de andar, se aproximó al trono nadando para no pisar a las estrellas, que se apartaron cuando él llegó junto al rey.

–Veo que mi consejera no me engañó al hablarme de tu bondad, Ishiro –dijo el príncipe, y señaló la alfombra de estrellas–. No has querido lastimar a mis pequeñas amigas. Sé bienvenido a mi reino.

El rey, visto de cerca, impresionaba todavía más. En la mano derecha tenía un tridente y en la izquierda sujetaba un escudo que parecía hecho de espuma de mar mezclada con estrellas y corales. Ishiro, abrumado, pensó si no habría sido una locura aceptar la invitación de la tortuga. Recordó entonces a su madre y sus hermanas y se preguntó que pensarían al ver que no regresaba. El rey volvió a hablarle:

–No temas por tu familia ni por tus amigos. Mi consejera no mentía cuando te dijo que velo por mis invitados y por los suyos.

Ishiro, asombrado, se preguntó cómo había sabido el rey lo que él estaba pensando. Entonces el rey se levantó, caminó hasta aproximarse al pescador y dio dos golpes en el suelo con el tridente. Las aguas parecieron separarse y el joven vio al fondo una imagen de su poblado. Los habitantes, incluidas su madre y sus hermanas, parecían felices. Se sintió algo más tranquilo y la imagen se disolvió.

–En agradecimiento por lo que hiciste, te invito a permanecer con nosotros todo el tiempo que quieras y a que explores mi reino todo cuanto desees. Y, cuando tú lo pidas, mi consejera te llevará de nuevo a tu pueblo.  

Ishiro aceptó la invitación y el tiempo pasó volando. Todas las criaturas marinas lo amaban y se mostraban siempre deseosas de complacerlo. Pero llegó el día en que Ishiro empezó a echar de menos su mundo, y así se lo dijo al rey del mar.

–Majestad, habéis sido muy generoso conmigo. No quiero ofenderos, pero creo que debería volver con los míos. Estoy seguro de que me habrán echado de menos.

–No temas por eso, Ishiro –contestó el rey–. Nadie ha sufrido por tu ausencia. Cuando viniste a mi reino lancé un hechizo sobre tu poblado para que se olvidaran de que habías existido. No todos los mortales tienen la oportunidad de vivir dos vidas, pero eres libre de elegir. Si te marchas, todos te echaremos de menos, pero no puedo negarme a tus deseos, amigo mío. Mi consejera te llevará a la superficie.

El rey, entonces, se puso en pie y arrancó algo de su escudo. Se acercó a Ishiro llevando en la mano una fina cadena de oro con una joya ovalada.

–He llegado a quererte como a un hijo, Ishiro, así que deseo hacerte un regalo antes de que te marches. –El rey colgó la joya alrededor del cuello de su amigo, y añadió–: Todos volverán a recordarte y será como si nunca hubieras estado lejos de allí. Y, si algún día quieres volver a mi reino, serás bienvenido. Solo te pido que nunca abras esta joya.  

–No lo haré, majestad. Os lo prometo. –Ishiro miró la joya por todos lados, y no logró ver ninguna cerradura, pero tampoco le importó porque pensaba cumplir su promesa y el estuche ya era hermoso por sí solo.

Así Ishiro regresó a su pueblo. Al principio todo fue bien, pero pronto la gente empezó a envidiar aquella joya que nunca se quitaba del cuello. Murmuraban que con el dinero que valía se podría alimentar a todo el poblado durante mucho tiempo. Pero, cuando un grupo de pescadores le propusieron venderla, Ishiro no quiso desprenderse de ella.

–Es el regalo de un amigo querido. Pedidme el fruto de mi pesca, mi trabajo, lo que queráis, pero no puedo daros esto.

La envidia creció y una noche algunos hombres entraron en la choza de Ishiro para intentar apoderarse de la joya. El pescador, que tenía el sueño ligero, los oyó acercarse y trató de huir hacia la playa. Pensó en la tortuga y, como si su mente la hubiera invocado, la vio en la orilla. Pero antes de llegar junto a ella unas manos lo agarraron del cuello, la cadena se rompió y la joya quedó en tierra. Ishiro quiso dar media vuelta, pero la tortuga lo llamó.

–¡Sube a mi caparazón, Ishiro, o será demasiado tarde!

El pescador no vaciló, e hizo lo que su amiga le pedía. Mientras se adentraban en el mar, Ishiro volvió la vista atrás y lo que vio hizo que se olvidara hasta de respirar. Los hombres habían abierto la joya, y un pájaro de mil colores había escapado de su interior y estaba alzando el vuelo en ese momento.

Ishiro vio entonces cómo las chozas del poblado empezaban a deshacerse como si fueran polvo, y los hombres que lo habían perseguido comenzaron a encorvarse a la vez que su pelo se volvía blanco. Los árboles perdieron las hojas y lo que había sido hasta entonces un vergel se convirtió en una playa escabrosa llena de piedras y de troncos muertos. Entonces la tortuga volvió a hablar:

–Ishiro, el regalo de mi rey fue la eterna juventud. Él sabía que era uno de tus deseos más preciados y, cuando quisiste marcharte, la encerró en esa joya para que fuera contigo. La única condición era que se mantuviera a salvo dentro del estuche.

Ishiro se preguntó cómo había podido escapar el pájaro maravilloso, y la tortuga le dio la respuesta sin necesidad de que él se lo preguntara.

–La llave para abrir el estuche no era otra que la envidia y la maldad. Y tus vecinos la han usado. Por eso vine a buscarte, para ponerte a salvo y que no siguieras su triste destino. Y no temas por tu madre y tus hermanas. Durante su sueño, mi rey ha enviado a otras compañeras mías para ponerlas a salvo, y te están esperando en mi mundo.

Ishiro miró sus manos y vio que seguían siendo jóvenes. Entonces volvió la vista hacia el mar, se abrazó con más fuerza al cuello de su amiga y sonrió mientras se sumergían juntos.

Adela Castañón

Imagen de currens en Pixabay 

Los narvileños

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

Cuando llegué a Narvil, una pardina cerca de El Frago, conocí a los narvileños, una tribu de sedientos que se irritaban si se encontraban con un extraño.

Vivían en un terreno enlodado y pantanoso, con abundantes charcas de aguas cenagosas. Las llamaban balsas, si eran grandes, y balsones, si eran pequeñas. Todas estaban cubiertas con pan de rana de un verde brillante. Por encima sobrevolaban las libélulas a sus anchas y  el zumbido de los mosquitos resultaba ensordecedor.

Intenté cruzar la balsa que había a la entrada. Metí los pies en el agua, se me hundieron en el barro y apenas pude avanzar. Estaba en plena lucha titánica con el fango cuando se me acercó un narvileño. Tenía la piel resquebrajada y le faltaban todos los dientes. Me pareció un leproso. Pero, cuando le vi sacar la lengua, como hacen los perros, me di cuenta de que estaba sediento. Se me acercó mucho y noté el calor del fuego que salía de sus ojos. Intenté retroceder. A duras penas pude salir de aquel balsón y alejarme de aquella mirada que amenazaba con abrasarme.

Envuelta en légamo y rodeada por una nube de abejorros, tomé el camino del pinar. Era más pedregoso y el lodo desaparecía a medida que ascendía por la ladera del monte. No pude avanzar mucho. De los troncos de los árboles salían unos brazos sarmentosos que acababan en ganchos. Todos intentaban arrancarme la cantimplora que colgaba de mi espalda. Si me la quitaban, yo me volvería un sediento como ellos.

De repente sentí mucha sed, se me nublaron los ojos y me caí de bruces. Oí cómo rodaba la cantimplora por el suelo. Con el estruendo de mi cuerpo al chocar contra una roca, desaparecieron todos. Se esfumaron entre las sombras de los pinos. Si no lograba alcanzar la cantimplora, yo también desaparecía como el humo en el aire.

WhatsApp Image 2020-05-01 at 17.18.07

Carmen Romeo Pemán

El espejo

Lo primero que le dio problemas fue la barba. Los cortes de la cuchilla y la cara de espanto de sus compañeros al verlo aparecer en la oficina con aquellas heridas le habían convencido para que se dejara crecer el vello de la cara. Más adelante tuvo un encontronazo con su jefe, que lo convocó en su despacho y le dijo que parecía un animal sucio y piojoso. Decidió ir a un barbero dos veces al mes para que se la arreglara. Escogió uno que había visto centenares de ocasiones de camino a casa de Victoria. Apenas tenía espejos. El peluquero, además, parecía tener la mente abierta para aceptar, sin hacer muchas preguntas, que Marcos no quería verse. Y es que las superficies de vidrio transparente no eran problemáticas, no. Lo peor eran los reflejos traicioneros que acechaban en cualquier lugar. Una cuchara, un escaparate… Incluso la pantalla del ordenador cuando se ennegrecía de improvisto y, pensaba él, con alevosía, devolviéndole una mirada acusadora que se columpiaba entre el asco y la decepción.

Convencer a Lola, su esposa, había sido sencillo. Ella no solía oponerse a sus ocurrencias. Marcos cogía una idea, le tomaba las medidas y la vestía con las mejores sedas para ofrecerla como buena. Además, era capaz de hacer creer a la otra persona que la idea había sido suya, algo que había querido toda la vida. Por eso, cuando él habló a Lola de la dictadura de la imagen en la sociedad moderna y lo beneficioso que sería para su estado de ánimo y para su relación hacer el experimento de verse únicamente reflejados en los ojos de sus seres queridos, Lola, la niña de pueblo que nunca había crecido del todo, se tiró a sus brazos y le prometió que esa misma tarde descolgarían todos los espejos de la casa, incluido el del baño.

Por las noches, cuando la vejiga le apretaba o un movimiento de Lola lo despertaba, le asaltaba la imagen que el espejo del ascensor de Victoria le había devuelto después de acostarse con ella por primera vez. En aquel momento, fue tal la impresión que le dio la espalda. Después atribuyó aquella visión al cansancio de una tarde llena de sexo y se enfrentó de nuevo a sí mismo con su ensayada mueca de soberbia. De nuevo se encontró con una mirada de odio tan violenta que casi podía esperar que su doble saliera de su prisión de cristal y se abalanzara sobre él.

En algún momento durante todo aquel tiempo pensó en dejar a su amante y contarle toda la verdad a Lola. Quería volver a ser él mismo, ver cómo le quedaba el traje o mirarse a los ojos que, antes, sonreían orgullosos. Pero la cama de Victoria era demasiado caliente y acogedora. Y a ella no le picaba su barba.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

tumblr_inline_nlrm2cmZco1scgxmd_250-2

Imagen de Erik Eastman

 

Danos hoy nuestro pan

Miré el plato y me asaltó un sabor amarillo y amargo. Sobre la porcelana, decenas de gusanos se enroscaban en terrones de tierra mohosa; bailaban al son de la música de los cubiertos del resto de comensales mientras los míos aún descansaban sobre la servilleta. A mi derecha, mi hermano pequeño sorbía uno de aquellos bichos gruesos como su meñique mientras sus labios y mejillas se salpicaban descuidadamente de barro.

—Come, Claudia, por favor —dijo mi madre con voz suave y pausada, la que se utiliza cuando se habla con un demente o con un animal salvaje a punto de devorarte. Mi padre permanecía ajeno a todo, como siempre en los últimos tiempos, riéndose de algo que le acababa de llegar al móvil y engullendo lombrices con la boca abierta.

—No puedo —musité.

—Si la Tata no se lo come lo haré yo —contestó Marc sin parar de enrollar los gusanos con el tenedor. Se los llevaba a la boca sin importarle que siguieran moviéndose. No pude disimular una arcada al preguntarme si seguirían vivos mientras bajaban, escurridizos, por su esófago.

Mi madre reparó en aquel acto involuntario y sacó aire por las narices, expulsando mocos transparentes como el agua.

—Hija, déjate ya de tonterías —el sonido llegó amortiguado por la servilleta de tela con la que se estaba secando—. ¿Sabes cuánto hace que no comes? Sergi, por favor, dile algo a tu hija.

Mi padre miró a mi madre con la misma expresión que si se hubiera despertado solo en medio del desierto. Se le escapó un “¿eh?”, antes de que mi madre volviera a resollar.

El afán de mamá por servirnos aquellas inmundicias empezó unos meses atrás, cuando estaba preparándome para la selectividad. Me acuerdo porque la primera vez que me saqué de la boca un caparazón duro y alargado de algo que no pude reconocer fue después de un examen preparatorio de química. También recuerdo mi sorpresa y el asco que sentí. Tanto, que dejé la tartera sobre el suelo del rincón del patio en el que  mis amigos y yo estábamos comiendo y, sin poder dar ninguna explicación, corrí a vomitar al baño más cercano. En aquel momento pensé que debía de haberse colado algún insecto en las hojas de lechuga de bolsa con la que mi madre había preparado mi fiambrera.

Pero aquellos hallazgos fueron a más. Las hormigas reemplazaron a las semillas de mostaza negra y las cucarachas eran la única proteína que encontraba en los guisos marrones que me llevaba al instituto. Por la noche, sentados todos a la mesa, veía cómo el resto de la familia disfrutaba de aquel inusual festín mientras yo deslizaba furtivamente las viandas hasta la boca de mi perra, que tragaba como un pavo.  Las pocas veces que acababa metiéndome algo en el estómago conseguía expulsarlo minutos después con solo acariciarme la campanilla.

No es que me quejara. Antes de aquello, dejar de comer había supuesto un reto titánico. Recuerdo los días en los que me dolía tanto la barriga que me parecía que mi estómago se estaba comiendo a sí mismo. Después, con el hallazgo del primer insecto vivo subiendo por mi tenedor y correteando por mi brazo, el hambre cesó. Por fin podía concentrarme en los estudios sin tener la tentación de asaltar la nevera cuando los nervios me enjaulaban el estómago.

Todo cambió en junio, después de examinarme. Se acabaron las clases y los pretextos para no almorzar en casa. A la semana ya no me quedaban excusas para no comer, y mi madre enloqueció. ¡Hasta me llevó al médico! Aunque eso fue mi culpa porque me descuidé de ir cogiendo y tirando las compresas y tampones del baño que compartíamos. El doctor Fuentes, al oír que se me había retirado la regla, me llevó a un aparte y me preguntó qué estaba pasando. ¿Cómo se lo iba a contar? Y lo que es peor, ¿qué le podía decir? Si descubría la verdad, o encerraban a mi madre en un psiquiátrico o me encerraban a mí.

Desde ese momento dormía mal, y me levantaba cada mañana con taquicardia solo de pensar en tener que enfrentarme a aquel potro de tortura vestido con un mantel. Además, me sentía débil por el ayuno. Antes, aquellas veces en que el hambre era más fuerte que yo, iba a la frutería y me compraba un par de manzanas. Pero ya me había gastado todos mis ahorros y no me daban más dinero. Mi madre había leído demasiadas cosas por internet sobre qué se puede hacer con él cuando no quieres engordar. Tampoco dejaban que Tara estuviera a mis pies. Siempre que nos sentábamos a comer desterraban al pobre animal al jardín. Me veía obligada a darle un bocado a lo que me ponían delante y no me dejaban refugiarme en el baño hasta pasadas dos horas, ni siquiera para lavarme los restos de patitas que quedaban entre los dientes. Y cuando iba, mi madre me acompañaba y tiraba de la cadena por mí.

Aún quedaba un mes para que empezara la universidad y volver a ser libre. Un mes de saltamontes para comer y gusanos para cenar.

El plato seguía ante mí. Mi hermano ya se había acabado su ración de lombrices y también mi padre, que se había ido al salón en cuanto mi madre había dejado de abroncarle. ¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Cuándo fue la última vez que habían salido a cenar? ¿La última vez que se ducharon juntos? Antes lo hacían a diario. Pero ahora casi ni se hablaban, y cuando lo hacían era para echarse en cara cosas como que el otro había cerrado mal la bolsa de basura. Papá solo tenía ojos para el móvil y mamá… Mamá estaba todo el día conmigo.

Nos quedamos las dos solas en la mesa, mi plato levantándose entre nosotras como un muro de la vergüenza. Mamá miraba a papá de reojo con la misma expresión que cuando se para frente a la foto enmarcada del abuelo. Estaba tan encorvada, como si siempre tuviera los huesos fríos, que me dieron ganas de abrazarla y decirle que no pasaba nada, que todo estaba bien. Por un segundo me recordó a mí.

Por eso, quizá, cogí el tenedor.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

tumblr_inline_nlrm2cmZco1scgxmd_250-2

Imagen de Jayden Yoon

 

Historia de un relato

Héctor parpadeó. Frente a él, un hombre de edad indefinida y barba blanca, muy cuidada, le sostenía la mirada.

–Bienvenido.

–¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?

–¿No te acuerdas? –El hombre se mesó la barba. Héctor se sorprendió de que lo tuteara de forma tan natural–. Creo que te has despertado demasiado pronto. Duerme un poco más.

Héctor sintió que los párpados le pesaban. Durante una fracción de segundo le agobió una somnolencia irresistible, pero en seguida notó que el descanso lo arropaba como una bata vieja. Ya con los ojos cerrados, frunció las cejas. ¿Qué había dicho el tipo aquel sobre acordarse de algo? De pronto, todo volvió a su memoria.

Lo había conseguido. Había superado el bloqueo. Ese temido bloqueo del escritor que lo tenía en dique seco desde hacía varias semanas. Los detalles de su historia le llegaron en tropel. ¡Cómo podía haber olvidado algo así! ¿Se estaría haciendo viejo?

Era una historia única. Increíble. Irrepetible. Olía a éxito. A premio seguro. Todavía se preguntaba cómo se le había podido ocurrir una idea tan brillante. Había inventado un protagonista único, y le había entregado sin reservas todas y cada una de sus ilusiones, sus defectos y virtudes. Lejos quedaban los personajes planos y aburridos, los eternos segundones. El suyo era un personaje redondo. ¡Los lectores se enamorarían de él, estaba seguro!

Su historia arrancaba con el protagonista conduciendo su coche, en un vano intento de huir de sí mismo. Había creado un hombre atormentado, que soñaba con dejar atrás su fracaso como escritor. Y que un buen día decidía irse a vivir a otro sitio, con la esperanza de salir de aquella sequía mental, donde cada trago de ginebra, en lugar de refrescar, dejaba en su garganta un sabor a arena. El protagonista metía sus escasas pertenencias en un coche, y arrancaba el motor para poner rumbo a cualquier lugar. El destino era lo de menos. Lo importante era poner tierra por medio entre su pasado y su futuro.

Héctor abrió los ojos. El caballero seguía allí, y sonreía.

–¿Te acuerdas ahora, Héctor?

–¡Claro! Es la historia perfecta. Sabía que se me ocurriría. Solo tenía que ponerme en marcha.

–¿Recuerdas el final?

–¡Cómo no voy a …!

Héctor guardó silencio. ¿Cómo podía haber olvidado el final de su novela? Abrió y cerró la boca. ¿Y quién era ese sujeto tan extraño? Miró alrededor, pero solo distinguía a su interlocutor. El resto era una especie de niebla muy densa que parecía haberse introducido también en su cerebro.

–El final… el final… –Héctor se restregó los ojos con los puños cerrados–. Me acordaré en seguida.

El hombre dibujó un semicírculo con el brazo derecho, y ese gesto hizo que la niebla se disipara. Héctor siguió la dirección de su mirada. Debajo de los dos, a mucha distancia, se veía un turismo convertido en chatarra. Las luces azules de un coche de policía daban la bienvenida a otras de color naranja, que giraban como locas sobre el techo de una ambulancia que se aproximaba a toda velocidad. Los ocupantes del vehículo ignoraban que llegaban demasiado tarde. Héctor sintió que un ciempiés calzado con esquirlas de hielo bajaba por su columna vértebra a vértebra.

–Ese coche no puede ser mi coche. Tiene que ser una alucinación. Me debo estar haciendo viejo.

–Te equivocas, Héctor. Nunca serás viejo.

Héctor lo miró a la cara, y volvió a bajar la vista. Era imposible. Estaban flotando en el aire sin nada que los sostuviera. Movió la cabeza de un lado a otro.

–¿Qué…?

Calló, sin saber cómo continuar. El tipo barbudo suspiró.

–Tenías una buena historia, Héctor. Lástima que soñaras con ella mientras conducías. Y es una pena que la ginebra sea transparente, porque nadie podrá leer lo que has escrito con ella. Aunque, ¡quién sabe!, tal vez alguien termine de escribir tu historia. No será la primera vez que alguien usa la sangre como tinta.

Héctor recordó que el protagonista de su novela se preguntaba si los muertos podían llorar. Se pasó la mano por la mejilla, y encontró la respuesta.

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay