Las dosdedos

Las fragolinas de mis ayeres

Siempre nos había llamado la atención la cantidad de mujeres a las que les faltaban tres dedos de la mano derecha. Les quedaban el índice y el pulgar, que los utilizaban a modo de pinzas, con tanta fuerza y agilidad como los cangrejos que pescaba en el río con mi abuelo.

Nadie hablaba de las dosdedos, como eran conocidas, pero nosotras lo comentábamos en clase.

—A lo mejor es propio de alguna casa —decía una que siempre se estaba tocando la cola de caballo.

—Hija, no ves que no puede ser, que no son parientes —le contestaba su compañera de pupitre.

—Esto te lo creerás tú, que en este pueblo todos somos parientes. Mira, mi madre me dice que llame tíos a todos y así acertaré —respondía la de la cola de caballo dándole un codazo.

Las dosdedos, cuando no trabajaban, solían llevar las manos metidas en el bolsillo del delantal, pero nosotras aprovechábamos cualquier descuido para fijarnos en sus muñones deformes. Los pellejos se habían unido formando bultos, entre rojizos y morados, que resultaban repelentes. Se notaba que no las había atendido el médico. Si las hubiera atendido les habría dado puntos y los muñones no serían tan feos.

En la misa de los domingos, llevaban unos guantes de cabritilla con los dedos rellenos de trapos y sus manos parecían normales. Mientras bisbiseaban sus rezos a santa Rita, las juntaban para que todo el mundo las viera. Con el pulgar iban pasando las cuentas de un rosario.

El caso era que a estas casi-mancas las consideraban más fuertes que a las demás. Por las tardes íbamos a los carasoles a verlas hilar. El huso giraba entre sus dedos como las peonzas de los chicos en la plaza. Yo me quedaba mirando, extasiada, como si viera un milagro.

Un año, mi madre habló con la señora María, mondonguera muy nombrada, le dijo que si nos podía echar una mano en la matacía, que le pagaría bien. Con sus dos dedos ágiles le cundía mucho el trabajo. Nadie le ganaba a embutir las morcillas ni a dar vueltas a la capoladora.

Cuando la vi entrar, volví a pensar que, si su defecto era de nacimiento, ya no echaría en falta los otros dedos. Yo creía que, a cambio, Dios le había dado un don. Pero una me iba y otra me venía. También pensaba que no podía ser de nacimiento, que todas las chicas teníamos los cinco dedos.

Llegó al punto de la mañana y puso a hervir los calderos de agua, con los que escaldaría la piel del cerdo. Así era más fácil pelarlo. A continuación siguió dando órdenes para tener todo a punto cuando llegara el matarife. En el momento que lo oyó llamar, me dijo;

—Venga, prepárate, que hoy vas a ser tú la mondonguera.

Me pilló de sorpresa. Seguro que lo habría hablado con mi madre, pero a mí no me habían dicho nada. Me colocó una toca blanca, me ató un delantal, también blanco, y me dio un barreño de porcelana, especial para recoger la sangre.

—¿No tendrás la regla?

—No, aún no me ha llegado. ¿No ve que solo tengo trece años?

—Pues a tu edad yo ya la tenía. Pero ya me habían enseñado estos menesteres.

Como vio que me salían los colores, continuó:

—Es que si sale sangre de tu cuerpo se corta la del cerdo y se echa todo a perder. Aquí no pueden cogerla ni las mozas ni las casadas, por si acaso. Solo las jóvenes como tú y las viejas como yo. Que a veces el nuncio llega de repente.

Tienes que prestar mucha atención. Es una faena muy delicada. A medida que caiga la sangre caliente, como de una fuente, tienes que removerla con la mano derecha y, sin parar de dar vueltas, quitar las venillas y coágulos que vayan apareciendo. No puedes dejarla quieta hasta que se enfríe. Si se coagula hemos perdido todas las bolas y morcillas de este año.

El animal salió de la pocilga chillando. El matarife lo agarraba por la papada con la punta picuda de un gancho y lo arrastraba hacia la bacía, o gamella. Yo que ya estaba de rodillas, intenté levantarme y echar a correr. Pero la señora María me cogía la nuca con los dos dedos y me clavaba sus uñas de garduña. Con la otra mano colocó el barreño muy cerca de la bacía.

De repente el cataclismo. Echaron al cerdo encima de la bacía, puesta del revés, como si fuera una mesa baja. Entonces, el matarife se colocó la punta redondeada del gancho en su pantorrilla y con un golpe certero le clavó en el cuello un cuchillo cachicuerno. Entre seis hombres forzudos casi no podían sujetar al bicho, cuyos chillidos se oyeron en todas las casas del pueblo. Algunos dirían: “Mira, en casa Puyal hoy es fiesta, están de matacía”.

Cuando el cuchillo le penetró por el cuello hasta el corazón, saltó al barreño un chorro de sangre. Sentí miedo y otra vez me quise levantar, pero la mondonguera seguía sujetándome la nuca y no me dejaba mover.

—Anda, acércate más, tienes que poner la mano justo debajo del chorro.

—No puedo, no puedo. Creo que el cerdo se me va a comer la mano.

—Que no se diga que una moceta de casa Puyal no se atreve a coger la sangre. Quedarías marcada para toda tu vida y ni siquiera encontrarías novio.

Con el corazón en las sienes seguí sus órdenes. Hasta que el cerdo dejó de chillar y yo comencé a aullar.

—¡Se me ha comido la mano!

—No será para tanto. Sigue, sigue, no puedes pararte ahora

Yo notaba cómo se mezclaba mi sangre con la del cerdo. La señora María, sabedora de lo que pasaba, metió su mano. Comenzó a dar vueltas y en lugar de coágulo saco tres dedos, los enseñó como un trofeo y los echó a la pocilga

Tardó más de un año en curarme la mano. Tía Petronila, que también era una dosdedos, me ponía pañicos de lino empapados en cera virgen. Los guardaba en una lata de Mantecadas de Astorga bien cerrada.

En cuanto pude volver a la escuela, el tiempo me faltó para para contar en voz bien alta lo que me había pasado. Un alarido salió por la ventana, recorrió las calles del pueblo y siguió por el camino de Santa Ana hasta que hizo eco con el ábside de la iglesia.

Yo soy la última dosdedos del pueblo.

Carmen Romeo Pemán.

Caminando hacia Ítaca

#relatos covid

Con el cansancio me quedé dormida. Me despertó una sacudida. Alguien me movió los brazos. Cuando abrí los ojos, una máscara antigás se acercó a mi cara. Con mis gritos, casi no oí qué me decía aquél artilugio nacido en un campo de batalla. “Rápido… fiebre alta… mala saturación… algo se le ha metido en los pulmones”. Me sacaron de un sueño denso, poblado por escarabajos negros. Esas frases metálicas, como los zumbidos de los escarabajos, vibraban dentro de mi cabeza y me la estaban taladrando. Intenté dormir un poco más.

Me despertó el ¡niinoo, niinoo” de la ambulancia. No sabía cómo había llegado allí, ni quién me había colocado boca arriba, mirando al cielo. Por el grueso cristal del techo, veía los edificios que giraban a gran velocidad, en un remolino que me iba a succionar en cualquier momento. El vértigo me aumentó cuando el conductor pisó el acelerador con más fuerza y comenzó a sortear obstáculos. Reconocí las siluetas de los edificios del barrio obrero de las Delicias. Atravesamos un dédalo de calles embarradas, llenas de socavones y alcantarillas rotas. Oí los aleteos de los pájaros, que huían de las ramas de los árboles, y los ladridos de los perros asustados. El sonido de la sirena los sorprendió orinando en los alcorques. Con ese ajetreo, las patas de un pulpo, que se me habían adherido a la nariz, soltaban chorros de un gas picante. Alguien me había amarrado con sogas y no me podía mover. De repente, una negrura me sajó los párpados. Acabábamos de entrar en un túnel estrecho.

A la salida del túnel la ambulancia paró en seco. Otro robot, al que tampoco le vi la cara, llevaba una máscara amarilla y empujaba mi camilla a gran velocidad. Recorrimos unos pasillos muy largos y en las curvas derrapábamos, como si estuviéramos en el Mundial de Fórmula 1. Nos llevamos arrastrando los zuecos de una enfermera, que se quedó dando saltos de dolor. Tiramos unas cajas de cartón amontonadas y empujamos a unos pacientes que hacían cola en la puerta de Rayos. Atravesamos un arco con unas letras luminosas: “Zona covid. Prohibido el paso”. Me recordaron a las que había encima de la puerta del Infierno de la Divina Comedia: “Vosotros, los que entráis, abandonad aquí toda la esperanza”.

Como en la obra de Dante, bajo un cielo sin estrellas, comenzó nuestra carrera por un pasillo ancho y desangelado, franqueado por dos puertas enormes, abiertas de par en par, que dejaban libre el paso a los vendavales del cierzo. Allí, en ese espacio libre de covid, la condena, como en el noveno círculo dantesco, era morir congelados.

El ¡fiu, fiu! del viento amortiguaba las toses, suspiros, gemidos y quejas que resonaban en las habitaciones. Y eso que tenían las puertas cerradas. Al lado de cada una, una caja de cartón, con los medicamentos y apósitos que necesitaban los pacientes, hacía de mesilla. Una racha de cierzo tiró una hilera de cajas. Nunca se cumplió mejor aquello de que estábamos como en un hospital robado.

Mi robot-camillero empujó una puerta y me metió en una habitación con dos camas. En la primera, de un bulto envuelto con una sábana blanca, salía una tos seca y persistente. Era todo tan pequeño que, entre las dos camas, apenas cabía uno perchero metálicos con ganchos amenazantes. En la pared de enfrente, dos ventanas muy altas estaban cerradas.

—Por favor, puede abrirlas un poco. El olor fétido de los esputos mezclado con la acidez  del sudor me produce náuseas —dije con una hilillo de voz, a la vez que comenzaba a vomitar.

—Imposible. Es normativa del hospital. Queremos evitar los suicidios.

Al momento apareció una legión de robots, todos iguales, vestidos de verde. El más alto enchufó el pulpo de mis narices a un aparato y comenzó a rugir. De los ganchos bajaron pulpos, y más pulpos, que se incrustaban en mis brazos y me dejaban unos moratones que parecían de tinta indeleble.

Las voces robóticas discutían qué iban a hacer conmigo. Un foco del techo me deslumbró y cerré los ojos. Entré en un estado de duermevela y comencé a verme desde lejos, como si fuera otra persona, haciendo lo que otra persona haría. Me levanté y llegué hasta un arco de piedra, como los viejos arcos de triunfo. Al otro lado, vi una playa y un horizonte iluminado por una luz brillante e intensa, que me rodeó con un halo, como esos de las postales de santos. Me invadió una gran paz y no podía dejar de avanzar. Me tapé los oídos para no dejarme engañar por el canto de las sirenas. Con cada paso empezó a crecerme una melena. Cuando me llegó a los talones, siguió creciendo y formó una alfombra. Notaba que su peso era como el de un velo de novia. Por fin Eros y Tánatos se iban a fundir en un abrazo nupcial.

De repente, un viento airado se me llevó en volandas por el firmamento, mi cabellera se convirtió en un paracaídas que me soltó en la cama de un hospital. Caí boca abajo en  una cuna con barandillas. Como no cabía bien, me dejó con la cabeza fuera penduleando,

Los robots verdes estaban esperándome. Entre varios me colocaron boca arriba. Entonces, en uno de los ganchos del perchero metálico, vi un calendario en el que habían ido anotando los cambios de tratamientos y mi evolución.. Me di cuenta de que había estado quince días frente a las costas de Ítaca. El tiempo suficiente para que el tono de los robots dejara de ser tan chirriante “Le sube la saturación… le baja la fiebre…tos menos seca… podemos ir desenchufando”.

Esta vez no llegué a Ítaca, pero supe que sus arenas doradas me seguirían esperando. Y entoné el canto de Dante al final de su viaje por el infierno: “volveré a ver las cosas bellas, a contemplar de nuevo las estrellas”.

Carmen Romeo Pemán

Mia

La niña que no tenía nombre ni tenía casa era muy pequeña. Tan pequeña, que cabía dentro de una pompa de jabón.

La pompa de jabón le servía para viajar por su universo, donde había enormes rascacielos de libros apilados, separados por avenidas planas formadas por muchos folios en blanco. De vez en cuando se desataban tormentas repentinas en las que gotas de tinta caían desde el cielo y manchaban las calles. Tras las tormentas, llegaban rachas de viento que levantaban los folios del suelo, haciendo que formaran remolinos y que terminaran uniéndose por uno de los bordes como si un imán invisible orquestara su danza. Así muchos folios, después del vendaval, formaban un nuevo libro que venía a posarse en la terraza de alguno de los rascacielos, o sobre el suelo, dando lugar a una nueva casita de planta baja.

La pompa de jabón era bastante cómoda, pero el tiempo pasaba y la niña se aburría de estar allí. Estaba cansada de no ser nadie y de vivir en una esfera vacía, así que decidió empezar a hacer paradas en su viaje sin paradas para ir explorando el mundo que había a sus pies. Su plan era conseguir un nombre y una casa, aunque para eso tuviera que meterse dentro de cualquier personaje que viviera allí abajo. Era tan pequeña que no le costaría nada hacer algo así, y por fin sería alguien con nombre y tendría un lugar donde vivir.

La primera escala fue en uno de los rascacielos. La niña atravesó la pared de la pompa, apartado el jabón como quien abre una cortina, y se dejó caer sobre el libro más alto de la pila que formaba el edificio. Más que dejarse caer, se dejó flotar. Aunque saltara desde una gran altura, era tan pequeña que nunca se hacía daño porque el descenso era tan suave que, como mucho, lo que sentía eran cosquillas en la tripa.

Cuando sobrevolaba todos los edificios, había elegido ese porque el libro del tejado tenía un título que le gustó. Y había un agujero pequeñito en el punto de una letra “i” que le serviría como puerta de entrada a lo que hubiera detrás de la portada.

Al principio tuvo una sensación extraña. En aquel mundo había más rectas que curvas y echaba de menos la redondez infinita de las paredes de su pompa. Pero, por el contrario, había muchas más cosas que compensaban el vacío de su morada anterior. La niña empezó a recorrer despacio los senderos de letras y se sumergió en la historia de otra niña, casi tan pequeña como ella. Suspiró y sonrió feliz. El comienzo de sus exploraciones no podía ser mejor. Pero al adentrarse en ese mundo descubrió que la niña protagonista se metía en problemas que ya no le gustaron tanto. Y, además, tenía un nombre ridículamente largo para una niña tan pequeña: se llamaba Pulgarcita. La niña sin nombre y sin casa puso morritos, ni la casa ni el nombre le hacían ninguna gracia, y volvió a salir por donde había entrado. Se subió de nuevo a su pompa y buscó un nuevo sitio para explorar.

En otra avenida encontró que uno de los libros de un edificio estaba en vertical, y en la portada había un paisaje en el que unas niñas estaban en una barca, escuchando embelesadas a un hombre al que no se le veía la cara y que, al parecer, les narraba algo la mar de interesante. Nuestra niña sin nombre ni casa volvió a deslizarse y se coló en la escena con la esperanza aleteando dentro de ella. Una de las chiquillas que escuchaban le llamó la atención por el brillo de sus ojos, y pensó que sería una buena idea formar parte de alguien así. Aprovechó que su elegida abrió la boca para tomar aire en un momento de enorme sorpresa, y se coló dentro de ella. Vio que estaban dormidas, a los pies de un árbol, arrulladas por una brisa agradable y traviesa que agitó el pelo de esa niña grande que ahora también era ella. Un mechón se agitó con la brisa y le rozó las mejillas, haciendo que se despertara. Mientras se restregaba los ojos para espantar al sueño, un conejo blanco, vestido con un elegante chaleco rojo y con un reloj de cadena en la mano, pasó corriendo delante de ella gritando como loco: “¡Llego tarde, llego tarde!” La curiosidad hizo que la niña, porque ahora nuestra niña y la niña mayor eran una sola, echara a correr detrás del conejo blanco. La pequeña sin nombre ni casa escuchó cómo las otras niñas, las de la barca, le preguntaban impacientes al hombre: “¿Y qué le pasó a Alicia, Lewis?” “¿Dónde quería ir el conejo?” “¿A qué llegaba tarde?” A nuestra protagonista le gustó el nombre. Alicia. Sonaba bien. Y allí no había ogros, como en el barrio de Pulgarcita. Aunque es cierto que todos parecían un poco locos, pero, al fin y al cabo, se dijo la pequeña, tampoco era necesario alcanzar una perfección absoluta. Con esa buena disposición, abrió los ojos, los oídos y todos los sentidos y se dispuso a disfrutar de esa zona de la ciudad. Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse. Allí nada tenía ni pies ni cabeza, y, si eso hubiera sido todo, quizá nuestra niña habría hecho un esfuerzo para adaptarse. ¡Pero Alicia mordió una galleta y su tamaño empezó a cambiar! ¡Eso era horrible! ¡Intolerable! ¡Innegociable! ¡Nuestra pequeña no iba a abandonar su vida anterior para dar un salto al vacío a un mundo que la hiciera pasar de mosca a elefanta en apenas unos segundos! Escapó con toda la rapidez que pudo de ese país de los horrores, aunque en el libro pusiera que era el país de las maravillas, y volvió a subirse a su pompa de jabón.

La pequeña aventurera visitó muchos países porque el deseo de encontrar un lugar que pudiera llamar suyo crecía con el tiempo. No había zona que no estuviera dispuesta a explorar. Hizo incluso lo que nunca había hecho, sumergir su pompa en el mar que había en el límite sur de su universo, y solo consiguió un nuevo desengaño. La única criatura que hubiera sido una buena candidata se llamaba Ariel, pero tenía una cola de pez en vez de dos piernas, y la niña no estaba dispuesta a sacrificar esa parte de su anatomía. A estas alturas nuestra pequeña estaba cansada y había perdido bastante la paciencia, lo cuál era una pena porque, si se hubiera quedado un poco más, habría visto que al final Ariel se salía con la suya y conseguía unas piernas, pero… en fin, mis queridos oyentes, la impaciencia es una mala compañera de viaje, y nuestra niña sin nombre y sin casa perdió una buena oportunidad.

Llegó un momento en el que la niñita decidió tirar la toalla. Hizo que su pompa de jabón se posara en una de las avenidas de folios blancos y se bajó con desgana. Estaba tan triste que decidió esperar a la próxima tormenta de tinta, para ver si, con un poco de suerte, se ahogaba en los goterones y ponía así fin a sus sufrimientos. Daba pena verla así, tan pequeñita e indefensa, un puntito minúsculo entre montañas y montañas de libros donde otras niñas vivían en sus casas, y tenían sus nombres, y eran felices. La niña, desesperada del todo, alzó la barbilla y miró al cielo para ver si la tormenta llegaba de una vez. Y entonces…

¡Ah! No vais a creer lo que ocurrió entonces…

¡Me vio!

¡A mí!

No sé cuál de las dos se sorprendió más. Nos quedamos inmóviles y nos miramos fijamente. Entonces vi que la niña sin nombre y sin casa estaba moviendo los labios. ¡Trataba de decirme algo! Era tan pequeña que no conseguía escucharla. Me agaché muy despacio, para no asustarla, y conseguí interpretar sus palabras. Me preguntaba que quién era yo, y que si sabía si tardaría mucho en llegar la siguiente tormenta de tinta porque quería acabar con todo. Tapé mi pluma con mucho cuidado, ¡no quería ser responsable de la muerte por ahogamiento de una niña tan bonita y tan pequeña! Y entonces, de pronto, lo entendí todo. Cogí a la niña con mucho cuidado y la puse a salvo en la terraza de uno de los edificios de libros más altos. Destapé mi pluma, y empecé a escribir esta historia en los folios del suelo mientras que la niña sin nombre y sin casa se asomaba al borde de la terraza, con cuidado para no caerse, e iba leyendo lo que yo escribía. No puedo describiros lo grande que se iba haciendo su sonrisa, a pesar de ser una niña tan pequeña.

Escribí, escribí y escribí. Y al llegar a este punto vi que la niña hacía bocina con las manos para decirme algo importante. Me acerqué de nuevo a ella, y escuché la risa que había en sus palabras cuando me dijo lo siguiente:

¡Es mi historia! ¡Es mi casa! ¡Ahí sí que tengo un lugar de honor! ¡Lo he conseguido con tu ayuda! ¡Gracias, gracias!

La mirada de la niña tenía un brillo que eclipsaba todo lo demás. Pero, de pronto, fue como si una nube ocultara el sol y la niña dejó de sonreír.

Quiero quedarme aquí, en este sitio, en esta historia, pero todavía no tengo nombre, no sé de quién soy, ni cómo me llamo.

Está bien le respondí. Creo que puedo arreglar eso.

¿Siiii? ¿De verdad?

Afirmé con la cabeza. Tenía un nudo extraño en la garganta y tragué saliva para poder hablar. En realidad, bastaba con susurrar mis palabras porque a la niña debían retumbarle aunque no mostraba ni un signo de incomodidad. La cogí con suavidad y la deposité en los folios que acababa de escribir. Entonces, muy despacito, supe qué nombre debía tener la pequeña, tenía que ser algo pequeñito, como ella, y que le diera la seguridad de tener raíces, de pertenecer a alguien. Así que la miré a los ojos y pronuncié las palabras más importantes de esta historia.

Desde hoy, te llamas Mia.

Las gotas de tinta dejaron de llover de mi pluma. Soplé para secar lo que había escrito, y los folios revolotearon y se juntaron por un lado para formar un nuevo libro. Lo cogí con reverencia y con cariño y, antes de ponerlo sobre una de las pilas de libros, escribí en el primer folio, que había quedado en blanco, el título de este cuento:

“La historia de Mia”

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

La leyenda de las mil luces

Alisha era la mejor danzarina de su poblado y vivía con sus padres en una casa construida sobre pilares altos, como todas las del pueblo, para protegerse así de las inundaciones frecuentes. Siguiendo una antigua tradición hindú, en las semanas en las que había luna llena todos los jóvenes se reunían para bailar en un claro del bosque y Alisha era la primera en llegar y la última en retirarse. Aquello, sin embargo, no le agradaba a su padre.

—Alisha, esto no puede seguir así —le dijo un día—. Volverás a casa a la misma hora que las demás muchachas, o llegará el día en que no podrás ayudarle a tu madre por haber malgastado toda tu energía en el baile. Tenemos que empezar a trabajar en cuanto que sale el sol, porque de noche no hay luz. Y, si regresas con el alba, apenas duermes.

—Pero, padre —respondió ella—, bailar no me cansa. Y es como si la luna me pidiera que no parase jamás.

—¡Respétame, niña! —insistió su padre—. Basta de tonterías. Si vuelves a hacerlo dejarás de pertenecer a esta familia.

La jovencita bajó la cabeza y se propuso no disgustar a su padre. Pero cuando llegó la siguiente luna llena, embriagada por la danza, no se dio cuenta del paso del tiempo y volvió a quedarse sola. Regresó a su casa y vio, con pena y sorpresa, que habían retirado la escalera colgante de cuerda para subir hasta ella. Llamó y suplicó, pero solo obtuvo silencio.

Se alejó sintiendo que el corazón le pesaba como si se hubiera convertido en piedra, se tendió sobre una roca musgosa para pasar allí la noche y miró al cielo rezando para que al día siguiente su familia la perdonara. Entonces le pareció ver en el firmamento una estrella mucho más brillante que las demás: era el carruaje de plata de Yamir, el Príncipe de las Estrellas, que, como todas las noches, realizaba su recorrido por el firmamento. Alisha suspiró y se dijo en silencio: “Ojalá pudiera subir al cielo y danzar entre las estrellas. Si mi familia no me vuelve a aceptar, por lo menos no me sentiré tan sola”.

Nada más pensarlo, vio descender del cielo una sillita de plata, como la de un columpio, con el respaldo y los apoyabrazos forrados de terciopelo brillante, que colgaba de unas cuerdas que parecían hechas con luz de luna. La joven vaciló, su casa tiraba de su mente como un imán, pero su corazón se impuso y ella se subió a la silla, que empezó a ascender. Al llegar a la altura de la puerta de la casa, la silla, como si conociera las dudas de la joven, se detuvo un momento. Alisha miró al interior y vio a su familia dormida. Recordó entonces las duras palabras de su padre, se agarró con fuerza a las cuerdas y, como si esa hubiera sido una señal, la silla empezó a elevarse. Ella no lo sabía, pero su danza era un motivo de admiración para todos los habitantes de las alturas, tanto en el Reino del Sol, gobernado por el Príncipe Pawan, como en el de las Estrellas, donde reinaba su hermano Yamir.

La muchacha cerró los ojos y, cuando los abrió, vio ante ella a un joven muy apuesto que emanaba una luz suave que la envolvió como una caricia. Era Yamir, y le habló con una voz que sonaba a música.

—Alisha —le dijo el príncipe mientras se inclinaba ante ella—, he admirado tu baile en el claro del bosque, y me sentía feliz pensando que, cuando danzabas la noche entera hasta la salida de los primeros rayos de sol, quizá lo hacías para mí. Hace mucho que te amo, presentía que algún día me llamarías y hoy, por fin, he podido reunirme contigo.

El corazón de Alisha comprendió entonces el motivo por el que no podía parar de bailar en las noches de luna. Sin saberlo, ella también se había enamorado de Yamir cuando miraba hacia el cielo, y él, en ese mismo instante, leyó en los ojos de la joven que su amor era correspondido.

Alisha aceptó casarse con Yamir y no hubo ni un habitante en el Reino que no participara en los preparativos de la ceremonia. La boda se celebró con todos los lujos celestiales y aquella noche, en la Tierra, todo el mundo se asombró al ver en el firmamento una cantidad de estrellas brillantes como no habían contemplado jamás.

La vida de los recién casados transcurría dichosa. Alisha danzaba entre las estrellas para deleite de sus súbditos y de su esposo, que seguía recorriendo el cielo las noches de luna llena para llevar a la tierra luz a las criaturas que lo necesitaban. La nueva princesa se ganó el cariño de las estrellas y disfrutaba al saber que no había quien pusiera límites a su baile, que tanto gustaba a todos.

Pero no todo era felicidad. Pawan, el Príncipe del Sol, también amaba a la mujer de su hermano. Solo pudo contemplar los festejos de la boda desde un lugar alejado, en la otra orilla del río Azul, que era la frontera entre el Reino del Sol y el Reino de las Estrellas, pues su cuerpo desprendía un calor mucho más intenso que el de su hermano y nadie podía acercarse demasiado a él si no quería morir abrasado. Además, los celos lo consumían al no poder disfrutar nada más que de unos segundos del baile de Alisha, que siempre se retiraba a su casa con los primeros rayos del alba.

Al cabo de un tiempo, Alisha empezó a echar de menos a su familia, pero no se lo quiso decir a Yamir para que él no se sintiera desgraciado. Y él, al viajar en su carro, escuchaba el llanto del padre de Alisha cuando sobrevolaba su poblado y comprendía que el pobre hombre añoraba a su hija, pero tampoco se lo decía a Alisha para no entristecerla.

Una noche en la que Yamir estaba ausente surcando el cielo, el baile de Alisha la llevó hasta la orilla del Río Azul. Maravillada ante la limpieza y la frescura del agua, la joven estuvo danzando y mojando sus pies en la orilla, hasta que el sueño la rindió.

Pawan, que estaba a punto de cruzar el cielo a bordo de su carro de fuego, tirado por cuatro caballos de oro líquido, divisó a la mujer de su hermano dormida al borde del agua, y su soledad encendió en él una sed de venganza que no pudo resistir. Tomó una flecha incandescente de su carcaj, la disparó con fuerza y vio cómo se clavaba en el corazón de la joven, que murió al instante. La última estrella de la mañana, que fue testigo de todo, corrió a avisar a su príncipe, que regresaba en ese momento, pero nada pudieron hacer por la bailarina.

Todas las estrellas lloraron a Alisha, porque habían aprendido a quererla cuando bailaban con ella, y Yamir, que notaba un hueco en mitad del pecho, lloró abrazado a su esposa. Cuando sus lágrimas tocaron la piel de Alisha, el cuerpo de ella se cubrió de un montón de estrellas que brillaban como la plata. Entonces, pensando en los astros que vivían en los confines de su reino y que apenas habían podido disfrutar de la compañía de Alisha, Yamir tomó en sus manos un puñado de esas nuevas estrellas y las lanzó con fuerza al firmamento. Y así, en la Tierra, los hombres que solo tenían luz en las noches de luna llena vieron nacer en el cielo un resplandor blanco y brillante, formado por constelaciones luminosas que no se ocultaban nunca y que les servían de guía en las noches que antes eran de total oscuridad.  

El príncipe suspiró y pensó que él tendría siempre el consuelo de la presencia de su esposa en las nuevas constelaciones que había creado, pero recordó con pena al padre de Alisha. Entonces tomó en su mano la última estrella que quedaba en el cuerpo de su mujer y la partió en miles de fragmentos muy pequeños. Los tomó en sus manos, sopló sobre ellos, y los dejó caer sobre la Tierra mientras pronunciaba unas palabras:

—¡Volad, pequeñas, volad y llevadle a los padres de mi amada la luz de su alma!

Los fragmentos de luz se posaron en el suelo y se convirtieron en pequeños insectos con luz propia que comenzaron a revolotear. Las amigas de Alisha, que bailaban en el claro del bosque, detuvieron su danza para observar mejor aquellas lucecitas.

—¡Qué hermosas son! —dijo una de ellas.

—¡Y con qué gracia se mueven! Su baile es único —dijo otra.

—Podríamos imitar sus movimientos —sugirió una tercera—, y aprender su danza. ¿No os recuerda a cómo bailaba Alisha?

El padre de Alisha, desde la altura de su casa, vio brillar luces en el bosque y, asombrado, comprobó que se movían y se juntaban formando la figura de su añorada hija. Comprendió que, de alguna manera, Alisha había vuelto a él y, después de tanto tiempo, su corazón encontró algo de consuelo.

Yamir, desde el cielo, sintió que el espíritu de Alisha le daba su bendición y, compadecido de su suegro y de los demás mortales, decidió dejar que aquellos pequeños mensajeros de luz, a los que llamó luciérnagas, se quedaran a vivir en la Tierra.

Pawan, arrepentido de su crimen, intentó acercarse a su hermano para pedirle perdón, pero Yamir, con el alma rota de dolor, le volvió la espalda en el instante en que murió Alisha.  Desde aquel día, el Príncipe del Sol se vio condenado a la soledad más absoluta porque, cuando subía a su carro, su hermano abandonaba el cielo para no coincidir con él. Solo muy de vez en cuando se cruzan los caminos de los príncipes y, cuando se enfrentan, la Tierra se oscurece durante unos minutos porque el dolor de Yamir es capaz de eclipsar al mismo sol por mucho que sea su brillo.

Y, desde entonces, cuando hay un eclipse o en algunas noches sin luna, podemos ver a las luciérnagas que iluminan la oscuridad para recordarnos que la luz volverá a brillar en nuestras vidas.

Adela Castañón

Imagen de Artie_Navarre en Pixabay 

Amor intemporal

Mi abogada me ha dicho que es probable que mañana acabe todo. No cree que el jurado necesite más tiempo para reunirse y solo espera que el juez no sea demasiado duro con la sentencia. Porque, eso lo tengo claro, el mío es un caso perdido. No cabe la más mínima duda que he transgredido la ley. Y la culpa, eso también lo tengo claro, fue de mi trabajo.

Es inconcebible que en pleno siglo XXII los genetistas cometan errores, pero a veces ocurre, y yo soy una prueba de ello. La equivocación en mi codificación genética no hubiera sido un problema si yo hubiese trabajado en otro campo; es probable, incluso, que no hubiera llegado a darme cuenta de que era un poco diferente a los demás. Pero también es bastante probable que ese pequeño error en mis códigos influyera en mi elección cuando me llegó el turno de acceder al mercado laboral.

No se me había inmunizado contra la lectura.

Claro que todos los ciudadanos leíamos: por las mañanas, en los monitores de todas las viviendas de la ciudad, aparecían escritas las instrucciones, las novedades y las informaciones de interés general. Eso no era un problema. El problema fue que mi pequeña imperfección genética se convirtió a la vez en la causa y en la consecuencia de que mañana vayan a juzgarme, y es que la lectura me atraía como una droga. Creo que quizá, por eso mismo, yo no estaba preparado para ser el guardián de la biblioteca interactiva. ¡Si alguien lo hubiera sabido!, ¡si por lo menos se me hubiera ocurrido pensar en eso! Tal vez, en ese caso, hoy seguiría sido un sujeto prototípico y feliz. Pero, una vez que me dieron el empleo y empecé a trabajar con los libros, solo era cuestión de tiempo que cayera en la trampa. Y, claro está, caí.

Mi abogada me ha dicho que mi caso se ha mencionado en las noticias, pero solo para informar de que los equipos de genética trabajan en un nuevo protocolo de corrección de errores. Imagino que, como mucho, mis antiguos compañeros se habrán limitado a suponer que estoy en algún centro de salud genética para reparar el gen defectuoso. Es lo que yo hubiera pensado hace unos meses si estuviera en su lugar. No se lo reprocho. Pero tampoco puedo evitar una sonrisa triste al pensar qué diría Lydia si supiera lo que me está pasando. ¡Es tan distinta de todos nosotros! Ella, su mundo, resultarían incomprensibles para cualquiera de mis conciudadanos, habitantes perfectos de este mundo supuestamente igual de perfecto. Debí hablarle a Lydia de mi viaje en el tiempo cuando tuve ocasión. Fue un error no hacerlo, dejarla creer que todo lo que yo escribía eran historias de ficción futurista. Pero si le hubiese dicho que mis crónicas eran ciertas, que yo tenía en realidad cien años más que ella, o que su mundo del siglo XXI era historia en las bibliotecas de mi tiempo, me habría tomado por loco y tal vez me habría dejado. Y eso era algo que yo no estaba dispuesto a soportar. ¡Mi pobre y querida Lydia! Me estará echando de menos. Seguro que se pregunta por qué no he vuelto con ella.

Mi abogada no entiende por qué hice lo que hice. No entiende que yo haya puesto en juego mi existencia en nuestra perfecta civilización. Hemos alcanzado unas cotas de orden y una serie de comodidades materiales que nuestros antepasados no se habrían ni atrevido a soñar. ¿Puede haber algo mejor que tener asegurados los alimentos tanto en el trabajo como en casa en las horas indicadas?, ¿tener acceso al ocio solo con rellenar la correspondiente solicitud on line?, ¿disponer de una pareja con un simple clic en el formulario previsto para necesidades básicas? Hemos alcanzado cosas que eran verdaderas utopías en el siglo en el que está Lydia, lo sé. Pero, aún así, no puedo evitar ver mi mundo como una copia desvaída en blanco y negro del universo de color que es el mundo de su tiempo.

Ni mi abogada, ni los miembros del jurado, ni el juez comprenden las razones de que yo incurriera en una falta tan básica. No les cabe en la cabeza que cayera en la tentación de ojear las portadas de algunos libros cuando los llevaban a la biblioteca para ser almacenados y custodiados en la zona de alta seguridad. Y, para ser sinceros, yo tampoco sabría explicarles qué me hizo abrir un día uno de aquellos ejemplares antiguos, concretamente el que estaba catalogado en el locci temporal del siglo XXI. Mi abogada ha tratado de basar su defensa en el hecho de que el genetista encargado de mi programación cometió un error y no abolió el gen de la curiosidad lectora cuya alta carga viral se ha podido detectar en los análisis que me han realizado. Pero el fiscal ha jugado con ese dato para ponerlo en mi contra, y ha alegado que esos niveles tan elevados son la consecuencia de mi delito, y no la causa de él. Y posiblemente tenga razón, porque, desde que me descubrieron infringiendo la norma, el número de preguntas que invaden mi mente se multiplica sin cesar, incluso aquí, en mi confortable celda, mientras espero ser juzgado mañana.

Sabía que estaba terminantemente prohibido abrir un libro. Sabía que, si lo hacía, correría el riesgo de viajar sin protección en el tiempo, y me expondría a riesgos desconocidos. Lo sabía. Y, a pesar de eso, lo hice. Porque de un modo impreciso empezaba a ser consciente de que algo me diferenciaba de las demás personas.

Elegí un día en el que no había nadie más conmigo. “Solo será una miradita”, pensé. Me engañé y traté de justificar lo que iba a hacer diciéndome que así, al ver de cerca todas las imperfecciones e incomodidades de los humanos que nos habían precedido, quizá encontraría el modo de abortar esa molesta mutación que se iba apoderando de mis células y me provocaba una incómoda inquietud, como un cosquilleo debajo de la piel, que me hacía plantearme desear no sabía bien qué cosas.

Vivo, ¿o debería decir que “vivía”?, en un mundo feliz. Sin guerras. Sin hambre. Sin desempleo. Sin enfermedades. Sin incomodidades.

¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué lo hice?

Y, en el fondo, ¿qué más da? Me estoy haciendo la pregunta equivocada. La correcta, la que me mantiene entero, es esta: ¿Volvería a hacerlo?

Y la respuesta es que sí.

Por eso tengo un plan. No sé si funcionará, pero me aferro a la esperanza de que así sea. Esperanza. Otra palabra que se perdió en el diccionario cuando el siglo XXI dio paso al XXII. Otro regalo increíble de Lydia que, ojalá, me ayude ahora.

Voy a decirle a mi abogada que todo empezó por un tremendo error. Que el libro se me resbaló de las manos por accidente y cayó al suelo abierto. Y que al cogerlo y tratar de cerrarlo mis manos se posaron en las páginas y viajé sin querer cien años atrás. Tengo la esperanza de que ni ella, ni el juez, ni el jurado hayan pensado que ese no era ni mucho menos mi primer viaje. Si consigo convencerlos de que ha sido solo una vez, puede que tenga una oportunidad. Si me absuelven es muy probable que recupere mi empleo. Y entonces, a la primera ocasión, arrancaré y mezclaré todas las páginas de los libros del locci del siglo XXI, y les prenderé fuego para que nadie pueda seguirme hasta allí. Cerraré definitivamente la puerta entre nuestros mundos, el de Lydia y el mío.

En el siglo pasado me espera ella. Con Lydia no practico un coito perfecto, con ella hago el amor. Echo de menos los chirridos de la cama cuando se da la vuelta dormida, comer lo que prepara, sin saber si el punto de sal estará bien, acostarnos cada día a una hora distinta. Disfrutar de eso que ella llama vacaciones de fin de semana. Hasta echo de menos sus reproches cuando me acusa de no querer contarle nada de ese trabajo mío que me aleja de ella casi la mitad del tiempo. Al principio, acercarme a Lydia fue solo parte del experimento. Iba a ser algo provisional. Pero se adueñó de mí algo desconocido y tan fuerte que empecé a prolongar mi estancia en su tiempo y mis viajes fueron cada vez más arriesgados.

Por eso me atraparon. Porque volví de uno de esos viajes demasiado feliz, demasiado distraído, demasiado relajado.

Ella me había puesto una flor en la oreja, y no me di cuenta.

Y ellos la vieron enseguida.

Ojalá se crean mi mentira. Ojalá salga todo bien.

Ojalá pueda volver con Lydia y seguir escribiendo y escribiendo todo lo que le cuento de mi época, sin decirle que es cierto. Y ojalá pueda hacerla feliz. Ella dice que mis historias se están vendiendo muy bien y sueña con el día en que deje mi supuesto trabajo para convertirme en escritor y pasar a su lado todo el tiempo, y no la mitad, como hice hasta ahora. Porque he descubierto que me gusta incluso eso que ella llama celos, y no quiero que esos celos por el tiempo que paso en mi siglo terminen por hacer que se aleje de mí.

Quizá, a fin de cuentas, mi error se convierta en mi salvación.

Ojalá.

Ya no hay vuelta atrás ni, aunque la hubiera, la querría. Mañana me juego mi futuro. O, quizá, me juego mi pasado.

Lydia. Tan perfectamente imperfecta. Tan viva.

Tengo que volver con ella.

Lydia. Encontraré la manera.

Lydia. Mi Lydia.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

¡Ayúdame, lector!

Sí, me refiero a ti que me estás leyendo. En serio. ¡Necesito tu ayuda, y ahora te explico por qué!

Verás, estoy haciendo un curso de escritura online, y hace un rato empecé a escribir mi ejercicio de esta semana. Todo iba muy bien, el narrador de mi historia era muy cercano, tan real que ya casi parecía de la familia. Yo estaba tan entusiasmada que no me di cuenta de que era muy tarde. La espalda me dolía y me picaban los ojos. Los cerré y me estiré en el sillón durante un tiempo que no creo que llegara ni a medio minuto. Al abrirlos, mis dedos se quedaron en el aire, sin llegar a tocar el teclado, cuando vi en el monitor una frase que no recordaba haber escrito:

—¿Por qué has parado de escribir?

Me froté los párpados. Debía de estar más cansada de lo que creía.

—¿Qué…? —Sabía que estaba sola, pero no pude evitar preguntarme eso en voz alta. En la pantalla, mientras yo parpadeaba, había aparecido otra frase:

—Que por qué has parado de escribir.

Te prometo, lector, que yo no había tocado el teclado. Pero la frase, surgida de la nada, estaba ahí, delante de mis ojos. Pensarás que es cansancio, lo sé, es lo que yo te hubiera dicho, así que intenté relajarme. Cerré los ojos, ahora sin apretarlos, e hice dos o tres respiraciones profundas y lentas. Los abrí despacio mientras empezaba a sonreír y a burlarme de mí misma y de mis paranoias, y la sonrisa se me convirtió en trocitos de cristal que se escurrieron garganta abajo.  

—¿Vas a dejar ya de hacer tonterías, o qué? —Esta frase tenía incluso un tamaño de fuente mayor que las dos anteriores.

Ay, amigo lector, esto que te cuento pasó en menos de un minuto. Me puse tan nerviosa que decidí que lo mejor era irme a dormir y dejar la tarea para el día siguiente, así que eché el sillón hacia atrás con idea de levantarme, pero me quedé clavada en él.

Estaba tan concentrada en las frases fantasmas que había dejado de prestar atención a todo lo demás a mi alrededor. Y cuando aparté la vista del monitor… a ver cómo te lo cuento… Mi cuarto no estaba. La estantería con mis libros, la lámpara, mi cajonera con los bolígrafos de colores, todo había desaparecido. Volví a mirar la pantalla, y se había convertido en una especie de cuadro, un grabado con el fondo difuso en el que una mujer con rasgos muy parecidos a los míos tecleaba en lo que parecía una máquina de escribir antigua. Me puse de pie y me levanté para acercarme al grabado y, en efecto, ¡la mujer de la foto tenía mi cara! Y el fondo, aunque desdibujado, parecía el de mi cuarto.

Pero si mi cuarto se había convertido en un cuadro, conmigo dentro…, ¿dónde me encontraba yo ahora? ¡Ay, tú que me estás leyendo, si lo averiguas házmelo saber, por favor, échame una mano!

Miré a mi alrededor, desorientada. Lo primero que noté fue que hacía frío. Un frío muy distinto al de mi Marbella en el mes de diciembre. Los muebles eran antiguos, de madera oscura. Había varias mesitas bajas distribuidas en lo que parecía la recepción o el salón de un hotel o un balneario de los del siglo pasado. En una de las paredes un fuego bastante vivo ardía en una chimenea. Me puse de pie y me acerqué en busca de algo de calor. Delante del hogar había un par de sillones de respaldo muy alto y rodeé el de la izquierda para sentarme. Al hacerlo, me di cuenta de que el otro sillón estaba ocupado. Una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, tan erguida que la espalda ni siquiera tocaba el respaldo, contemplaba absorta la danza de las llamas. Vestía una ropa pasada de moda, con medias negras, zapatos cerrados y abotinados y un discreto vestido de color gris con un cuello cerrado de encaje.

Dime, tú que me lees, ¿no has tenido nunca la sensación de conocer a una persona cuando la ves por primera vez? Pues eso me pasó a mí. Su cara me resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Me senté y vacilé un segundo, pero me pudo la buena educación.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió, con una pequeña inclinación de cabeza.

Callé sin saber qué más decir. Delante de nuestros sillones había una mesita baja y, sobre ella, una libreta, seguramente de la dama del sillón, con algo garabateado a lápiz. Junto a la libreta había un periódico. Me incliné hacia delante y lo cogí, más que nada por no saber qué otra cosa hacer. Lo sacudí un poco para estirar la página inicial y mis ojos se clavaron en la fecha:

The Daily News, Saturday, December 11, 1926

¿Puedes creerlo? ¿Qué diablos hacía ahí un periódico con una antigüedad de casi un siglo? Y, además, parecía recién impreso, palabra. Tragué saliva al darme cuenta de lo que acababa de pensar: si el periódico era reciente… Y esos muebles más propios de un museo o de la tienda de un anticuario… Y la indumentaria de mi vecina de sillón…

—Disculpe —me dirigí a ella en voz baja—. ¿Puede decirme qué día es hoy?

—Doce de diciembre. —Miró el periódico que temblaba entre mis manos—. A veces el servicio se retrasa al traer la prensa. Ese número es el de ayer.

—Oh. —No supe qué decir, pero tenía que saber. Me arriesgué—. Le parecerá raro, pero… ¿dónde estamos?

Si le pareció extraño, no lo manifestó. Hacía gala de una flema envidiable. Me respondió como si le hubiera preguntado una simple dirección:

—En Yorkshire. En el balneario de Harrogate.

Volví a mirar el periódico y me acordé de mi curso de escritura. Pero el ejercicio ni siquiera trataba sobre escribir un relato de misterio. ¿Qué demonios me estaba pasando?

—Esto no tiene gracia —dije, sin darme cuenta de que lo hice en voz alta.

—¿Está bien, querida? —La mujer me miró por encima de unas gafas redondas que habían resbalado hasta la mitad de su nariz.

—Sí, claro, disculpe.

No debí de sonar muy convincente, a juzgar por sus siguientes palabras:

—¿Quiere que le pida una taza de té? Parece necesitarlo. —Dudó un momento. Supongo que se debatía entre la educación y la curiosidad, y creo que ganó la segunda— ¿Puedo ayudarla en algo?

—Pues… ya que lo dice… sí. Necesito regresar a…

Como puedes suponer, callé de golpe. Si decía la verdad, me tomaría por loca. Volví a cerrar los ojos durante unos segundos y apreté los puños. Me concentré todo lo que pude en respirar otra vez de manera controlada y me dije que, cuando los abriera, estaría otra vez devanándome los sesos con el ejercicio de esta semana. Tenía que funcionar.

Abrí los ojos de nuevo. ¡Y continúo aquí!

Las llamas siguen crepitando. La mujer se ha inclinado hacia delante y tiene su mano sobre mi antebrazo. Se ha quitado las gafas con la otra mano. Me está mirando con expresión preocupada, y me habla:

—Querida, cálmese. Todo se arreglará, sea lo que sea. ¿Cómo se llama?

Empiezo a llorar, soy incapaz de contestarle. Una doncella de cofia almidonada se acerca con una taza humeante, imagino que mi interlocutora ha debido pedirla con un gesto. Te echo de menos, lector, seas quien seas. Por favor, por favor, no me dejes aquí. Ella sigue hablando.

—Soy Mrs. Christie. Cálmese, por favor —repite—. Venga, cuénteme lo que le pasa. Vamos. Si quiere, puede llamarme Agatha.

Mis ojos se fijan en el cuadernillo de la mesa. Son notas manuscritas. Veo un poco borroso por culpa de las lágrimas, pero alcanzo a distinguir un par de frases: “Decidir el nombre del protagonista: ¿Arcadio Pierrot? ¿Valentin Poirot? ¿Hércules Pontiac?”

Mi llanto se convierte en una risa histérica. Las palabras escapan de mi boca sin que pueda hacer nada por evitarlo:

—Se llamará Hércules Poirot.

Ella abre los ojos y la boca y no dice nada. Su flema británica se ha evaporado, y mi calma también.

—Creo que tomaré otro té. —Me mira y respira hondo. Se recuesta en el sillón. Parece que se prepara para mantener una larga conversación.

¡Lector, estoy metida en un lío! ¡Necesito tu ayuda! ¡No quiero convertirme en un personaje de novela de misterio! ¡Por favor, sácame de aquí!

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

De la peste al coronavirus

#relatoaragonés  #cuentomaravilloso

De las fragolinas de mis ayeres

A finales de marzo llevábamos encerrados casi un mes en casa por culpa del coronavirus. Cerraron la escuela y la maestra se marchó a Zaragoza. Los mayores hablaban en voz baja para que los niños no nos enteráramos. Al anochecer apagaban las televisiones y todas las luces de las casas, por si aquel bicho era como las mariposas.

Una noche, ya estaba acostada con mis hermanas en el cuarto de arriba cuando oí el susurro de la conversación de mis padres. Noté que subía por las grietas de la tarima.

Me arrastré hasta la rendija que caía encima del hogar y ajusté la oreja para escuchar lo que decían.

—Mira, Antonia, ya has oído al alcalde. Aquí el peligro está en los niños, que no enferman, pero nos contagian a todos.

—¿Qué quieres decir, Martín?

—Pues eso. Que les van a buscar un sitio seguro lejos del pueblo. Y, como son listos, se las arreglarán.

Entonces pensé que igual era una trampa. Que a lo mejor nos llevarían a un sitio donde moriríamos muchos, como pasó con los animales del Arca de Noe.

Me esperé hasta que se fueron a la cama. Y, a tientas, me puse las sayas y el abrigo, cogí los zapatos en la mano, bajé las escaleras y, sin hacer ruido, salí a la calle. Casi no podía respirar, no me entraba el aire en los pulmones y se me nubló la cabeza. Al llegar al Terrao, me dirigí a la ermita de las Cheblas, en la que había estado algunas veces cuando íbamos a segar espliego. Ese sí que era un lugar escondido. Como estaba cerca del Arba, no me faltaría agua. Además, siempre había algo que comer en los huertos cercanos.

Caminé por las trochas a la luz de la luna. Cada vez que volaba una lechuza o se movían los árboles me acurrucaba en el suelo. Cuando vi la ermita eché a correr, pero de repente desapareció. Y para no perder el rumbo, caminé por el lecho del río. Al poco, volvió a aparecer la misma ermita en lo alto de otra colina.

Capitel, médico de la pese.

Gárgola. pinterest.com

 

Era como una iglesia fantasma colgada del cielo. Al final, subí por una ladera en la que los enebros y las zarzas no me dejaban avanzar. Llegué con los pies destrozados y me tumbé en un banco de piedra, justo debajo de un capitel en el que sobresalía un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro.

Me estaba venciendo el sueño, cuando la cabeza del capitel se me acerco y yo comencé a gritar:

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss —Cruzó el dedo índice delante del pico.

—¿No eres el monstruo del capitel? —Me incorporé temblando

—Tú lo has dicho. Llevaba esperándote más de quinientos años.

—¿Qué dices? No entiendo nada.

—No te preocupes. Pronto lo entenderás. —Me acercó un botijo—. Anda, bebe un poco que te hará bien.

Médico de la peste. 2

plaguedoctormasks.com

Antes de sentarse a mi lado, se quitó un abrigo de cuero encerado que le llegaba hasta los pies, lo dobló y lo dejo en el banco. Encima colocó una vara que acababa  en tiras de badana, como si fuera un látigo. Se quedó en mangas de camisa. Era una camisa de piel fina, arremetida en unos pantalones de la misma piel. Unas calzas altas, de cuero marroquí, le recogían los pantalones, de tal forma que no quedaba ninguna parte de su cuerpo al descubierto.

Con parsimonia se quitó unos guantes de cabritilla y el sombrero. En la parte de la nuca le sobresalían las hebillas que sujetaban una mascarilla hecha por un guarnicionero. Llevaba incorporados unos anteojos y debajo dos orificios, tapados con una especie de gasa, que le permitían respirar. Encima de la boca le salía una nariz, larga, larga, como la de Pinocho, y puntiaguda como el pico de un ave. Cuando se la quitó se le cayeron unas hierbas que rellenaban el pico. La guardó entre sus manos y me llegó un aroma tan intenso que me hizo estornudar.

Máscarilla hecha por un guarnicionero. Buena

Mascarilla hecha por un guarnicionero. nuevatribuna.es

Me contó que lo llamaban el médico de la peste. Porque solo él, y los que iban vestidos como él, atendían a los enfermos contagiosos, a los que era muy peligroso acercarse. Y los que se acercaban morían antes de una semana.

—Anda, pues eso mismo dicen ahora. Que los médicos necesitan trajes y mascarillas para defenderse del coronavirus.

—Lo sé, lo sé. Y más cosas que te iré contando. Ahora tenéis mucha suerte los niños. En cambio la peste se cebó con ellos.

—Sí, pero ahora se quieren deshacer de nosotros. —Me quedé un momento pensando—. Dicen que los pequeños somos los culpables de que todos se pongan malos.

—¿Por ese te has escapado?

—Sí, claro.

Se echó a reír, acercó un poco más a mí y me contó que cada vez que un cometa se acerca mucho a la Tierra, su cola deja grandes desgracias. Que desde hacía quinientos años ninguno se había acercado tanto. Y que justo antes de llegar el coronavirus pasó un cometa que tenía una cola. Como la estrella que guió a los Reyes Magos que venían de Oriente.

—¿De allí viene lo de la corona? —Me di una palmada en la frente—. ¡Anda! El coronavirus también viene del Lejano Oriente.

Antes de dormirnos, hicimos un pacto. Por el día, él se ocuparía de los enfermos y de cómo sacar a los niños del pueblo. Mientras tanto, yo tendría que esperar allí y encargarme de buscar agua en el río y comida en los huertos cercanos.

—Mira —me dijo—, somos muchos médicos, pero por las noches cada uno se va a su casa, menos los que se quedan de guardia. —Señaló con el dedo los huecos de los capiteles—. Yo vivo allí desde que se construyó la ermita. Uno de los canteros me hizo un sitio y me concedió el don de convertirme en piedra cuando no tuviera que acudir a ninguna desgracia.

—¿Y por eso has dejado de ser piedra ahora?

—Veo que lo has entendido muy bien. Cuando todo termine volveré a mi sitio hasta que se acerque otro cometa a la Tierra.

Me cubrí con el abrigo y me dormí profundamente junto al rescoldo de las brasas de la hoguera, recién apagada.

Los días siguientes, en un rincón junto al altar, fue guardando bellotas que encontraba por el monte, patatas y acelgas de los huertos. Un atardecer oí un griterío que subía del Arba. Por si acaso, me escondí en una grieta de la pared. Estaba muy encogida, conteniendo la respiración, cuando entraron todos los niños del pueblo seguidos del médico con cara de pájaro.

Carmen Romeo Pemán

Ishiro y el rey del mar

 

Hace mucho tiempo, en una isla de China, vivía Ishiro, un joven pescador, que soñaba con conocer tierras lejanas desde que era un niño. Pero su padre falleció pronto y él tuvo que seguir pescando para mantener a su madre y a sus hermanas. A menudo pensaba que la juventud se le escapaba entre los dedos como el agua del mar por los agujeros de su red, y suspiraba mientras se decía que ojalá hubiera alguna manera de seguir siendo siempre joven para tener tiempo de alcanzar sus sueños.

Todos los habitantes del pueblo querían a Ishiro. El joven siempre estaba dispuesto a ayudar a arreglar una red, o a reparar un tejado, o a compartir algo de su pesca cuando algún padre de familia regresaba a la playa con su barca vacía. Pero el cariño de todos ellos no era suficiente para calmar sus anhelos de aventuras.

Un día regresó a tierra más tarde que el resto de los pescadores. Se había alejado bastante mar adentro porque los peces escaseaban. Y, además de volver casi de vacío, se le había enganchado la red en unas rocas y se había agujereado hasta el punto de quedar casi inservible. Cuando llegó a la orilla de la playa vio que unos muchachos maltrataban a una tortuga a la que habían volteado sobre su caparazón. Ishiro sintió lástima del pobre animal y echó mano de las últimas monedas que tenía, y que le hubieran servido para comprar una red nueva. Total, se dijo, podría remendar la vieja para que aguantara un poco más, y era una pena que una criatura tan hermosa tuviera ese triste final. Los muchachos aceptaron venderle el animal, y las monedas y la tortuga cambiaron de manos. Ishiro la cogió en brazos, le dio la vuelta y la depositó en la orilla, donde rompían las olas. Y, cuando la vio alejarse mar adentro, regresó a su casa.

La pesca seguía escaseando e Ishiro se alejaba cada vez más del poblado para buscar nuevos bancos de peces. Un día, cuando estaba en alta mar, un vendaval lo sorprendió. Las olas movían su barca como si fuera una brizna de paja y una de ellas la hizo zozobrar. Nadó durante un rato y cuando estaba a punto de ahogarse sintió que algo duro le levantaba el pecho y lo mantenía a flote. Giró el cuello y descubrió que era una tortuga.

–Ishiro, ¿me reconoces?

El pescador, asombrado, recordó lo que había ocurrido hacía varias semanas y, sin fuerzas para hablar, afirmó con la cabeza. Entonces la tortuga volvió a dirigirse a él.

–Tengo una deuda contigo y ha llegado el momento de pagarla. Si quieres, puedo llevarte directamente hasta la playa de tu poblado. Pero también podrías acompañarme al fondo del mar. Soy la consejera del rey del mar, y sé que estaría encantado de agradecerte en persona que me salvaras la vida.

–Eso es imposible, amiga tortuga –dijo Ishiro. Iba recuperando las fuerzas y la voz–. Nada me gustaría más, porque siempre soñé con conocer otros lugares y vivir alguna aventura antes de llegar a viejo, pero no puede ser. Aún soy joven y aguanto mucho la respiración, pero dudo que lograra resistir tanto tiempo bajo el agua. Terminaría ahogado, ¿y quién cuidaría entonces de mi madre y mis hermanas?

–Te equivocas, Ishiro. La magia de mi rey es poderosa y sus invitados pueden respirar bajo el agua sin problemas. Además, mientras seas su huésped, nada le faltará a los tuyos. Él puede hacer eso y mucho más, pero tú eres libre de elegir. Te llevaré donde me ordenes, a la playa o a ver a mi rey. ¿Qué decides?

Ishiro no lo pensó más. No tenía motivos para desconfiar de la tortuga que, al fin y al cabo, le había salvado la vida como él hizo con ella, así que aprovechó la oportunidad.

–Vayamos con tu príncipe.

Se agarró al caparazón y contuvo la respiración. Al poco de sumergirse notó que respiraba como si estuviera en tierra. Se relajó, abrió mucho los ojos y descubrió maravillas increíbles: bosques de corales de todos los colores que despedían un brillo mágico cuando algunas medusas luminosas pasaban entre ellos, caballitos de mar jugando a perseguirse, un coro de sirenas de voces armoniosas… Y la tortuga seguía su ruta hacia el fondo, con él a las espaldas.

Después de un viaje que tanto pudo durar horas como segundos, la tortuga se detuvo por fin. En un coral gigantesco con forma de trono se sentaba un hombre de elevada estatura. Tenía barba y bigote, y el pelo no se le veía porque sobre la cabeza llevaba una enorme corona dorada que se apoyaba sobre dos orejas puntiagudas. Un camino recto, hecho de estrellas de mar, avanzaba hasta el trono. El rey hizo una seña a Ishiro para que bajara de la tortuga y se acercara a él. El pescador miró hacia el suelo y, en lugar de andar, se aproximó al trono nadando para no pisar a las estrellas, que se apartaron cuando él llegó junto al rey.

–Veo que mi consejera no me engañó al hablarme de tu bondad, Ishiro –dijo el príncipe, y señaló la alfombra de estrellas–. No has querido lastimar a mis pequeñas amigas. Sé bienvenido a mi reino.

El rey, visto de cerca, impresionaba todavía más. En la mano derecha tenía un tridente y en la izquierda sujetaba un escudo que parecía hecho de espuma de mar mezclada con estrellas y corales. Ishiro, abrumado, pensó si no habría sido una locura aceptar la invitación de la tortuga. Recordó entonces a su madre y sus hermanas y se preguntó que pensarían al ver que no regresaba. El rey volvió a hablarle:

–No temas por tu familia ni por tus amigos. Mi consejera no mentía cuando te dijo que velo por mis invitados y por los suyos.

Ishiro, asombrado, se preguntó cómo había sabido el rey lo que él estaba pensando. Entonces el rey se levantó, caminó hasta aproximarse al pescador y dio dos golpes en el suelo con el tridente. Las aguas parecieron separarse y el joven vio al fondo una imagen de su poblado. Los habitantes, incluidas su madre y sus hermanas, parecían felices. Se sintió algo más tranquilo y la imagen se disolvió.

–En agradecimiento por lo que hiciste, te invito a permanecer con nosotros todo el tiempo que quieras y a que explores mi reino todo cuanto desees. Y, cuando tú lo pidas, mi consejera te llevará de nuevo a tu pueblo.  

Ishiro aceptó la invitación y el tiempo pasó volando. Todas las criaturas marinas lo amaban y se mostraban siempre deseosas de complacerlo. Pero llegó el día en que Ishiro empezó a echar de menos su mundo, y así se lo dijo al rey del mar.

–Majestad, habéis sido muy generoso conmigo. No quiero ofenderos, pero creo que debería volver con los míos. Estoy seguro de que me habrán echado de menos.

–No temas por eso, Ishiro –contestó el rey–. Nadie ha sufrido por tu ausencia. Cuando viniste a mi reino lancé un hechizo sobre tu poblado para que se olvidaran de que habías existido. No todos los mortales tienen la oportunidad de vivir dos vidas, pero eres libre de elegir. Si te marchas, todos te echaremos de menos, pero no puedo negarme a tus deseos, amigo mío. Mi consejera te llevará a la superficie.

El rey, entonces, se puso en pie y arrancó algo de su escudo. Se acercó a Ishiro llevando en la mano una fina cadena de oro con una joya ovalada.

–He llegado a quererte como a un hijo, Ishiro, así que deseo hacerte un regalo antes de que te marches. –El rey colgó la joya alrededor del cuello de su amigo, y añadió–: Todos volverán a recordarte y será como si nunca hubieras estado lejos de allí. Y, si algún día quieres volver a mi reino, serás bienvenido. Solo te pido que nunca abras esta joya.  

–No lo haré, majestad. Os lo prometo. –Ishiro miró la joya por todos lados, y no logró ver ninguna cerradura, pero tampoco le importó porque pensaba cumplir su promesa y el estuche ya era hermoso por sí solo.

Así Ishiro regresó a su pueblo. Al principio todo fue bien, pero pronto la gente empezó a envidiar aquella joya que nunca se quitaba del cuello. Murmuraban que con el dinero que valía se podría alimentar a todo el poblado durante mucho tiempo. Pero, cuando un grupo de pescadores le propusieron venderla, Ishiro no quiso desprenderse de ella.

–Es el regalo de un amigo querido. Pedidme el fruto de mi pesca, mi trabajo, lo que queráis, pero no puedo daros esto.

La envidia creció y una noche algunos hombres entraron en la choza de Ishiro para intentar apoderarse de la joya. El pescador, que tenía el sueño ligero, los oyó acercarse y trató de huir hacia la playa. Pensó en la tortuga y, como si su mente la hubiera invocado, la vio en la orilla. Pero antes de llegar junto a ella unas manos lo agarraron del cuello, la cadena se rompió y la joya quedó en tierra. Ishiro quiso dar media vuelta, pero la tortuga lo llamó.

–¡Sube a mi caparazón, Ishiro, o será demasiado tarde!

El pescador no vaciló, e hizo lo que su amiga le pedía. Mientras se adentraban en el mar, Ishiro volvió la vista atrás y lo que vio hizo que se olvidara hasta de respirar. Los hombres habían abierto la joya, y un pájaro de mil colores había escapado de su interior y estaba alzando el vuelo en ese momento.

Ishiro vio entonces cómo las chozas del poblado empezaban a deshacerse como si fueran polvo, y los hombres que lo habían perseguido comenzaron a encorvarse a la vez que su pelo se volvía blanco. Los árboles perdieron las hojas y lo que había sido hasta entonces un vergel se convirtió en una playa escabrosa llena de piedras y de troncos muertos. Entonces la tortuga volvió a hablar:

–Ishiro, el regalo de mi rey fue la eterna juventud. Él sabía que era uno de tus deseos más preciados y, cuando quisiste marcharte, la encerró en esa joya para que fuera contigo. La única condición era que se mantuviera a salvo dentro del estuche.

Ishiro se preguntó cómo había podido escapar el pájaro maravilloso, y la tortuga le dio la respuesta sin necesidad de que él se lo preguntara.

–La llave para abrir el estuche no era otra que la envidia y la maldad. Y tus vecinos la han usado. Por eso vine a buscarte, para ponerte a salvo y que no siguieras su triste destino. Y no temas por tu madre y tus hermanas. Durante su sueño, mi rey ha enviado a otras compañeras mías para ponerlas a salvo, y te están esperando en mi mundo.

Ishiro miró sus manos y vio que seguían siendo jóvenes. Entonces volvió la vista hacia el mar, se abrazó con más fuerza al cuello de su amiga y sonrió mientras se sumergían juntos.

Adela Castañón

Imagen de currens en Pixabay 

Los narvileños

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

Cuando llegué a Narvil, una pardina cerca de El Frago, conocí a los narvileños, una tribu de sedientos que se irritaban si se encontraban con un extraño.

Vivían en un terreno enlodado y pantanoso, con abundantes charcas de aguas cenagosas. Las llamaban balsas, si eran grandes, y balsones, si eran pequeñas. Todas estaban cubiertas con pan de rana de un verde brillante. Por encima sobrevolaban las libélulas a sus anchas y  el zumbido de los mosquitos resultaba ensordecedor.

Intenté cruzar la balsa que había a la entrada. Metí los pies en el agua, se me hundieron en el barro y apenas pude avanzar. Estaba en plena lucha titánica con el fango cuando se me acercó un narvileño. Tenía la piel resquebrajada y le faltaban todos los dientes. Me pareció un leproso. Pero, cuando le vi sacar la lengua, como hacen los perros, me di cuenta de que estaba sediento. Se me acercó mucho y noté el calor del fuego que salía de sus ojos. Intenté retroceder. A duras penas pude salir de aquel balsón y alejarme de aquella mirada que amenazaba con abrasarme.

Envuelta en légamo y rodeada por una nube de abejorros, tomé el camino del pinar. Era más pedregoso y el lodo desaparecía a medida que ascendía por la ladera del monte. No pude avanzar mucho. De los troncos de los árboles salían unos brazos sarmentosos que acababan en ganchos. Todos intentaban arrancarme la cantimplora que colgaba de mi espalda. Si me la quitaban, yo me volvería un sediento como ellos.

De repente sentí mucha sed, se me nublaron los ojos y me caí de bruces. Oí cómo rodaba la cantimplora por el suelo. Con el estruendo de mi cuerpo al chocar contra una roca, desaparecieron todos. Se esfumaron entre las sombras de los pinos. Si no lograba alcanzar la cantimplora, yo también desaparecía como el humo en el aire.

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Carmen Romeo Pemán

El espejo

Lo primero que le dio problemas fue la barba. Los cortes de la cuchilla y la cara de espanto de sus compañeros al verlo aparecer en la oficina con aquellas heridas le habían convencido para que se dejara crecer el vello de la cara. Más adelante tuvo un encontronazo con su jefe, que lo convocó en su despacho y le dijo que parecía un animal sucio y piojoso. Decidió ir a un barbero dos veces al mes para que se la arreglara. Escogió uno que había visto centenares de ocasiones de camino a casa de Victoria. Apenas tenía espejos. El peluquero, además, parecía tener la mente abierta para aceptar, sin hacer muchas preguntas, que Marcos no quería verse. Y es que las superficies de vidrio transparente no eran problemáticas, no. Lo peor eran los reflejos traicioneros que acechaban en cualquier lugar. Una cuchara, un escaparate… Incluso la pantalla del ordenador cuando se ennegrecía de improvisto y, pensaba él, con alevosía, devolviéndole una mirada acusadora que se columpiaba entre el asco y la decepción.

Convencer a Lola, su esposa, había sido sencillo. Ella no solía oponerse a sus ocurrencias. Marcos cogía una idea, le tomaba las medidas y la vestía con las mejores sedas para ofrecerla como buena. Además, era capaz de hacer creer a la otra persona que la idea había sido suya, algo que había querido toda la vida. Por eso, cuando él habló a Lola de la dictadura de la imagen en la sociedad moderna y lo beneficioso que sería para su estado de ánimo y para su relación hacer el experimento de verse únicamente reflejados en los ojos de sus seres queridos, Lola, la niña de pueblo que nunca había crecido del todo, se tiró a sus brazos y le prometió que esa misma tarde descolgarían todos los espejos de la casa, incluido el del baño.

Por las noches, cuando la vejiga le apretaba o un movimiento de Lola lo despertaba, le asaltaba la imagen que el espejo del ascensor de Victoria le había devuelto después de acostarse con ella por primera vez. En aquel momento, fue tal la impresión que le dio la espalda. Después atribuyó aquella visión al cansancio de una tarde llena de sexo y se enfrentó de nuevo a sí mismo con su ensayada mueca de soberbia. De nuevo se encontró con una mirada de odio tan violenta que casi podía esperar que su doble saliera de su prisión de cristal y se abalanzara sobre él.

En algún momento durante todo aquel tiempo pensó en dejar a su amante y contarle toda la verdad a Lola. Quería volver a ser él mismo, ver cómo le quedaba el traje o mirarse a los ojos que, antes, sonreían orgullosos. Pero la cama de Victoria era demasiado caliente y acogedora. Y a ella no le picaba su barba.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Erik Eastman

 

Danos hoy nuestro pan

Miré el plato y me asaltó un sabor amarillo y amargo. Sobre la porcelana, decenas de gusanos se enroscaban en terrones de tierra mohosa; bailaban al son de la música de los cubiertos del resto de comensales mientras los míos aún descansaban sobre la servilleta. A mi derecha, mi hermano pequeño sorbía uno de aquellos bichos gruesos como su meñique mientras sus labios y mejillas se salpicaban descuidadamente de barro.

—Come, Claudia, por favor —dijo mi madre con voz suave y pausada, la que se utiliza cuando se habla con un demente o con un animal salvaje a punto de devorarte. Mi padre permanecía ajeno a todo, como siempre en los últimos tiempos, riéndose de algo que le acababa de llegar al móvil y engullendo lombrices con la boca abierta.

—No puedo —musité.

—Si la Tata no se lo come lo haré yo —contestó Marc sin parar de enrollar los gusanos con el tenedor. Se los llevaba a la boca sin importarle que siguieran moviéndose. No pude disimular una arcada al preguntarme si seguirían vivos mientras bajaban, escurridizos, por su esófago.

Mi madre reparó en aquel acto involuntario y sacó aire por las narices, expulsando mocos transparentes como el agua.

—Hija, déjate ya de tonterías —el sonido llegó amortiguado por la servilleta de tela con la que se estaba secando—. ¿Sabes cuánto hace que no comes? Sergi, por favor, dile algo a tu hija.

Mi padre miró a mi madre con la misma expresión que si se hubiera despertado solo en medio del desierto. Se le escapó un “¿eh?”, antes de que mi madre volviera a resollar.

El afán de mamá por servirnos aquellas inmundicias empezó unos meses atrás, cuando estaba preparándome para la selectividad. Me acuerdo porque la primera vez que me saqué de la boca un caparazón duro y alargado de algo que no pude reconocer fue después de un examen preparatorio de química. También recuerdo mi sorpresa y el asco que sentí. Tanto, que dejé la tartera sobre el suelo del rincón del patio en el que  mis amigos y yo estábamos comiendo y, sin poder dar ninguna explicación, corrí a vomitar al baño más cercano. En aquel momento pensé que debía de haberse colado algún insecto en las hojas de lechuga de bolsa con la que mi madre había preparado mi fiambrera.

Pero aquellos hallazgos fueron a más. Las hormigas reemplazaron a las semillas de mostaza negra y las cucarachas eran la única proteína que encontraba en los guisos marrones que me llevaba al instituto. Por la noche, sentados todos a la mesa, veía cómo el resto de la familia disfrutaba de aquel inusual festín mientras yo deslizaba furtivamente las viandas hasta la boca de mi perra, que tragaba como un pavo.  Las pocas veces que acababa metiéndome algo en el estómago conseguía expulsarlo minutos después con solo acariciarme la campanilla.

No es que me quejara. Antes de aquello, dejar de comer había supuesto un reto titánico. Recuerdo los días en los que me dolía tanto la barriga que me parecía que mi estómago se estaba comiendo a sí mismo. Después, con el hallazgo del primer insecto vivo subiendo por mi tenedor y correteando por mi brazo, el hambre cesó. Por fin podía concentrarme en los estudios sin tener la tentación de asaltar la nevera cuando los nervios me enjaulaban el estómago.

Todo cambió en junio, después de examinarme. Se acabaron las clases y los pretextos para no almorzar en casa. A la semana ya no me quedaban excusas para no comer, y mi madre enloqueció. ¡Hasta me llevó al médico! Aunque eso fue mi culpa porque me descuidé de ir cogiendo y tirando las compresas y tampones del baño que compartíamos. El doctor Fuentes, al oír que se me había retirado la regla, me llevó a un aparte y me preguntó qué estaba pasando. ¿Cómo se lo iba a contar? Y lo que es peor, ¿qué le podía decir? Si descubría la verdad, o encerraban a mi madre en un psiquiátrico o me encerraban a mí.

Desde ese momento dormía mal, y me levantaba cada mañana con taquicardia solo de pensar en tener que enfrentarme a aquel potro de tortura vestido con un mantel. Además, me sentía débil por el ayuno. Antes, aquellas veces en que el hambre era más fuerte que yo, iba a la frutería y me compraba un par de manzanas. Pero ya me había gastado todos mis ahorros y no me daban más dinero. Mi madre había leído demasiadas cosas por internet sobre qué se puede hacer con él cuando no quieres engordar. Tampoco dejaban que Tara estuviera a mis pies. Siempre que nos sentábamos a comer desterraban al pobre animal al jardín. Me veía obligada a darle un bocado a lo que me ponían delante y no me dejaban refugiarme en el baño hasta pasadas dos horas, ni siquiera para lavarme los restos de patitas que quedaban entre los dientes. Y cuando iba, mi madre me acompañaba y tiraba de la cadena por mí.

Aún quedaba un mes para que empezara la universidad y volver a ser libre. Un mes de saltamontes para comer y gusanos para cenar.

El plato seguía ante mí. Mi hermano ya se había acabado su ración de lombrices y también mi padre, que se había ido al salón en cuanto mi madre había dejado de abroncarle. ¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Cuándo fue la última vez que habían salido a cenar? ¿La última vez que se ducharon juntos? Antes lo hacían a diario. Pero ahora casi ni se hablaban, y cuando lo hacían era para echarse en cara cosas como que el otro había cerrado mal la bolsa de basura. Papá solo tenía ojos para el móvil y mamá… Mamá estaba todo el día conmigo.

Nos quedamos las dos solas en la mesa, mi plato levantándose entre nosotras como un muro de la vergüenza. Mamá miraba a papá de reojo con la misma expresión que cuando se para frente a la foto enmarcada del abuelo. Estaba tan encorvada, como si siempre tuviera los huesos fríos, que me dieron ganas de abrazarla y decirle que no pasaba nada, que todo estaba bien. Por un segundo me recordó a mí.

Por eso, quizá, cogí el tenedor.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Jayden Yoon

 

Historia de un relato

Héctor parpadeó. Frente a él, un hombre de edad indefinida y barba blanca, muy cuidada, le sostenía la mirada.

–Bienvenido.

–¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?

–¿No te acuerdas? –El hombre se mesó la barba. Héctor se sorprendió de que lo tuteara de forma tan natural–. Creo que te has despertado demasiado pronto. Duerme un poco más.

Héctor sintió que los párpados le pesaban. Durante una fracción de segundo le agobió una somnolencia irresistible, pero en seguida notó que el descanso lo arropaba como una bata vieja. Ya con los ojos cerrados, frunció las cejas. ¿Qué había dicho el tipo aquel sobre acordarse de algo? De pronto, todo volvió a su memoria.

Lo había conseguido. Había superado el bloqueo. Ese temido bloqueo del escritor que lo tenía en dique seco desde hacía varias semanas. Los detalles de su historia le llegaron en tropel. ¡Cómo podía haber olvidado algo así! ¿Se estaría haciendo viejo?

Era una historia única. Increíble. Irrepetible. Olía a éxito. A premio seguro. Todavía se preguntaba cómo se le había podido ocurrir una idea tan brillante. Había inventado un protagonista único, y le había entregado sin reservas todas y cada una de sus ilusiones, sus defectos y virtudes. Lejos quedaban los personajes planos y aburridos, los eternos segundones. El suyo era un personaje redondo. ¡Los lectores se enamorarían de él, estaba seguro!

Su historia arrancaba con el protagonista conduciendo su coche, en un vano intento de huir de sí mismo. Había creado un hombre atormentado, que soñaba con dejar atrás su fracaso como escritor. Y que un buen día decidía irse a vivir a otro sitio, con la esperanza de salir de aquella sequía mental, donde cada trago de ginebra, en lugar de refrescar, dejaba en su garganta un sabor a arena. El protagonista metía sus escasas pertenencias en un coche, y arrancaba el motor para poner rumbo a cualquier lugar. El destino era lo de menos. Lo importante era poner tierra por medio entre su pasado y su futuro.

Héctor abrió los ojos. El caballero seguía allí, y sonreía.

–¿Te acuerdas ahora, Héctor?

–¡Claro! Es la historia perfecta. Sabía que se me ocurriría. Solo tenía que ponerme en marcha.

–¿Recuerdas el final?

–¡Cómo no voy a …!

Héctor guardó silencio. ¿Cómo podía haber olvidado el final de su novela? Abrió y cerró la boca. ¿Y quién era ese sujeto tan extraño? Miró alrededor, pero solo distinguía a su interlocutor. El resto era una especie de niebla muy densa que parecía haberse introducido también en su cerebro.

–El final… el final… –Héctor se restregó los ojos con los puños cerrados–. Me acordaré en seguida.

El hombre dibujó un semicírculo con el brazo derecho, y ese gesto hizo que la niebla se disipara. Héctor siguió la dirección de su mirada. Debajo de los dos, a mucha distancia, se veía un turismo convertido en chatarra. Las luces azules de un coche de policía daban la bienvenida a otras de color naranja, que giraban como locas sobre el techo de una ambulancia que se aproximaba a toda velocidad. Los ocupantes del vehículo ignoraban que llegaban demasiado tarde. Héctor sintió que un ciempiés calzado con esquirlas de hielo bajaba por su columna vértebra a vértebra.

–Ese coche no puede ser mi coche. Tiene que ser una alucinación. Me debo estar haciendo viejo.

–Te equivocas, Héctor. Nunca serás viejo.

Héctor lo miró a la cara, y volvió a bajar la vista. Era imposible. Estaban flotando en el aire sin nada que los sostuviera. Movió la cabeza de un lado a otro.

–¿Qué…?

Calló, sin saber cómo continuar. El tipo barbudo suspiró.

–Tenías una buena historia, Héctor. Lástima que soñaras con ella mientras conducías. Y es una pena que la ginebra sea transparente, porque nadie podrá leer lo que has escrito con ella. Aunque, ¡quién sabe!, tal vez alguien termine de escribir tu historia. No será la primera vez que alguien usa la sangre como tinta.

Héctor recordó que el protagonista de su novela se preguntaba si los muertos podían llorar. Se pasó la mano por la mejilla, y encontró la respuesta.

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

La niña de plata y el niño de oro

–Abuela, no quiero acostarme –El pequeño se removía en la silla de la cocina mientras la anciana terminaba de recoger los platos de la cena.

–Pues hay que dormir, Pedrito.

–¡Pero es que por la noche tengo pesadillas! ¡La noche es mala!

–Y el día también, hijo. ¿O qué te crees? –La abuela colocó un plato y se acercó para darle un beso en la frente–. De noche y de día ocurren cosas malas y buenas, aunque no siempre ha sido así.

–¿Ah, no? ¿Y cómo era antes, abuela?

–Verás, la historia que voy a contarte pasó hace tanto, tantísimo tiempo, que la Tierra era solo una enorme bola marrón hecha de piedras y rocas donde no había ninguna clase de vida. No hacía ni calor, ni frío. No tenía luz ni color. Ni siquiera existían las estaciones. Pero había un planeta donde las cosas eran muy distintas. Estaba gobernado por un rey que se elegía cada doscientos años entre los pocos niños nacidos en ese tiempo.

–¿Doscientos años, abuela? ¡Eso es muchísimo! ¿Y por qué nacían pocos niños?

–Verás, tesoro, en Argengold, que así se llamaba el planeta, ese tiempo era casi como un suspiro. En realidad, nacían muchos niños, pero el rey se elegía solo entre los que eran de raza homain. Y esos eran los menos numerosos del planeta. Los homain eran muy sabios, pero no tenían poderes mágicos como el resto de los habitantes. Porque en Argengold había magos, druidas, dragones, y muchas, muchísimas más criaturas.

–¡Pero, abuela, eso no mola nada! ¿Un rey sin poderes? ¿En medio de tantos súper héroes? –Pedrito pensó que su abuela había olvidado parte del cuento. “¡Menudo rollo!”, pensó, aunque no lo dijo para no herirla.

–Pues sí, mira, y todos tenían sus motivos para querer que el rey fuera un homain. Porque cada vez que alguno de otra raza se había alzado con la corona, el reino había terminado envuelto en mil batallas. Solo los homain lograban mantener la paz entre tantas criaturas diferentes. Pero, en la época en la que transcurre mi historia, el rey enfermó sin que nadie supiera el motivo, y eso que solo llevaba cien años de reinado. Y todos los súbditos estaban muy preocupados.

–¿Y qué tenía?

–Estaba enfermo de melancolía, porque la ley obligaba al rey a dejar de relacionarse con los suyos. Podía contraer matrimonio con cualquier mujer, con tal que no fuera una homain.

–¡Vaya tontería! ¿Por qué tenían esa ley? ¡Sería más fácil que se casaran entre ellos y que sus hijos fueran luego los reyes! –Pedrito achicó tanto los ojos, que parecía un chino. Decididamente la abuela se estaba despistando un poco–. ¿Estás segura, abuela? Mira que en los demás cuentos siempre ocurre así.

–Y así había sido en Argengold al principio de los tiempos. Pero no todos los príncipes homain fueron buenos en el pasado, y por eso el consejo decidió que los lazos de sangre no debían influir en la elección de los reyes. Y si la reina también hubiera sido homain, siempre existiría el peligro de que quisieran pasar el trono a sus hijos, aunque hubiera otro mejor para sucederlos.

–¿Y por eso estaba triste el rey?

–Sí. Porque el rey de mi cuento amaba a una homain y cuando lo eligieron tuvo que renunciar a ella. La víspera de su coronación, se reunieron por la noche para despedirse, y ella le regaló un huevo de mil colores como prueba de su amor.

–¡Seguro que era mágico, abuela! –La cosa empezaba a ponerse interesante para Pedrito–. ¿El huevo tenía poderes?

–Sí y no. La muchacha le contó que de ese huevo nacería un dragón azul. Si ella alguna vez dejaba de amarlo, el color cambiaría a amarillo. Pero si ella moría antes que el rey y lo seguía amando, el dragón se volvería rojo porque su pasión perduraría hasta en el más allá. Cuando terminó la ceremonia de la coronación, el rey descubrió que a los pies de su cama lo estaba esperando un pequeño dragón del color del cielo. Eso mantuvo su corazón latiendo los primeros cien años, pero un día el dragón se volvió rojo y el monarca empezó a languidecer porque el rostro de su amada se iba borrando de su memoria.

–¡Qué pena! –Pedrito suspiró–. ¿Y qué pasó entonces?

–El consejo decidió que había llegado el momento de que el rey tomara esposa. Se enviaron heraldos a todos los rincones del reino y en la fecha señalada se presentaron muchas mujeres para probar suerte. Entre ellas había una maga que deseaba ser reina sobre todas las cosas. Tenía el poder de leer los corazones, pero ese poder desaparecería el día en que naciera su primer hijo. La maga aprovechó su don para leer en el corazón del príncipe y adivinó su secreto. Al amparo de la noche se acercó a la cueva de uno de los druidas del reino y robó una poción mágica. Quien la tomara, vería el rostro de su amada en la persona que se la diera a beber.

–¡Pero eso es un engaño, abuela!

–Yo también lo creo, Pedrito. Pero la maga ofreció al rey una copa cuando le tocó presentarle sus respetos, y el hechizo funcionó. El monarca creyó que su amada había encontrado el modo de regresar a él, y eligió a la maga como esposa. La boda se celebró por todo lo alto y, al cabo de un año, la reina se quedó embarazada. No le importó perder su don, porque ya había hecho realidad su deseo de reinar. El pueblo recibió la noticia con mucha alegría, y la felicidad fue aún mayor cuando dio a luz dos criaturas maravillosas: una niña de plata y un niño de oro.

Pedrito esta vez ni siquiera se acordó de interrumpir. ¡Una niña de plata y un niño de oro! Eso sí que no lo había leído antes en ningún cuento. La abuela terminó de guardar los cacharros, y se llevó las manos a los riñones.

–Estoy cansada de estar de pie tanto rato, hijo. Si quieres oír el final te lo contaré en tu cuarto. Pero solo si te metes en la cama y dejas que yo me siente en la mecedora.

El niño se levantó de la silla con un salto, y cuando la abuela entró en el dormitorio solo vio la cabeza entre el embozo y la almohada. Arrimó la mecedora a la cama, se sentó y siguió hablando.

–En todo el planeta solo hubo una persona que no se alegró por el nacimiento de los niños: el druida al que la maga le había robado la poción. Porque lo que ella no sabía era que el druida preparaba también encantamientos para descubrir a los ladrones.

–¡Qué listo!

–¡Claro que era listo! ¡No era fácil llegar a ser druida en Argengold! La poción que la reina había robado también tenía la virtud de hacer que quien la bebiera tuviera dos hijos: uno de oro y otro de plata. Y, desde que descubrió el robo, el druida había estado atento a cualquier noticia sobre un nacimiento así. Imagínate cómo se quedó al descubrir que la ladrona había sido la reina.

–¿Y qué hizo entonces, abuela?

–Empezó a preparar su venganza con mucho tiempo. Los niños siempre estaban juntos, y crecieron bastante consentidos porque todo el mundo los adoraba. Nadie les negaba nada, y podían quitar cualquier juguete a cualquier niño sin ser castigados, o tirarle de las barbas a sus tutores sin que sus padres les riñeran por ello. Por fin, el día del décimo cumpleaños de los niños, el druida encontró la ocasión que tanto había esperado. Al llegar a esa edad era tradición hacer una celebración especial, así que el rey y la reina invitaron a todo el pueblo a un gran festejo. El druida, con ayuda de uno de sus bebedizos, adoptó el aspecto de una amable viejecita y acudió a la fiesta. Ofreció un libro lleno de hermosas historias como regalo para los niños, y esperó. Vio cómo acercaban sus caritas a las imágenes y cómo se les abrían los ojos cuando empezaron a leer y descubrieron que los relatos no tenían escrito el final. Entonces fueron corriendo a decírselo a su padre, que hizo llamar a la viejecita. Y cuando la tuvo ante él, le pidió que se quedara a vivir en palacio para ayudar a cuidar a sus hijos y para que les fuera contando el final de todas las historias.

–¡Ay, abuela! ¡Esto se pone interesante!

–Y que lo digas, Pedrito. Y aún se va a complicar más. El druida se comportaba siempre como una viejecita inofensiva y cariñosa, y no le costó trabajo ganarse la confianza de los niños con las historias que les contaba. Mira, el cuento preferido de los niños, el que más les repetía la falsa ancianita, era uno que decía que podrían tener todo lo que quisieran si se bañaban en sangre de dragón. Y el único dragón que los niños conocían era el de su padre.

–¡Abuela! Pero los niños no se creerían eso de que bañarse en sangre de dragón… –la abuela levantó las cejas y apretó los labios por toda respuesta, y Pedrito se llevó las manos a la cara–. ¡No vayas a decirme que…!

La abuela suspiró, y ladeó la cabeza.

–Eres muy listo, Pedrito. La vieja convenció a los niños de que todos los dragones tenían sangre de sobra, y no pasaba nada por quitarles un poquito. Ellos lo creyeron y entonces les dio otra de sus pociones para hacer dormir al dragón.

–¡Pobrecito dragón! ¿No sospechó nada?

–No, porque era bueno y no desconfiaba de los hijos de su amo. Después de desayunar, cuando el dragón se quedó dormido, le hicieron dos grandes cortes en sus alas y empezaron a recoger la sangre.

–¡No, abuela! ¡No quiero que al dragón le pase nada! ¿Es que los niños no lo querían? ¡Yo nunca le hubiera hecho algo así!

–No sabría decirte. Supongo que lo querrían, pero recuerda que eran muy caprichosos y mimados. Se entretuvieron llenando las botellas y no se dieron cuenta de que el dragón se iba quedando completamente blanco.

–¡Abuela!

–¿Ves? Era de día, y ocurrió algo malo.

–Pero yo no quiero que muera el dragón. ¿No había una magia para hacerlo resucitar?

–Sí y no. Si dejas que termine el cuento, lo sabrás –Pedrito apretó los labios y abrió los ojos, y la abuela siguió con el relato–. El druida consiguió así llevar a cabo su venganza por el robo de la poción. Porque para romper el hechizo del filtro de amor que la reina había robado, hacía falta que dos inocentes mataran a alguien a quien el enamorado quisiera con toda su alma.

–¡Pobre rey! Perdió lo único que le quedaba de su amiga.

–Así fue. Imagínate cómo se puso al darse cuenta de lo que habían hecho sus hijos. No daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Su amigo, su dragón, se había vuelto blanco del todo y yacía en un suelo lleno de sangre! “¡Qué habéis hecho!”, gritó. Los niños, asustados por las voces de su padre, empezaron a llorar y a chillar. La reina, al oír la algarabía, entró corriendo en el salón. Cuando el rey miró a su esposa, se encontró con el rostro de una desconocida. ¡El encantamiento se había roto! Entonces comprendió que la reina lo había engañado, y montó en cólera.

–¡Sigue hablando, abuela! Este cuento se complica cada vez más. ¡Quiero saber cómo acaba!

–En Argengold, el crimen estaba castigado con la muerte. Pero el rey no tenía corazón para ordenar ejecutarlos, así que cambió el castigo por el destierro. Pero a su pueblo, el castigo le pareció suave. Con el tiempo los caprichos de los niños se habían ido volviendo peores. Mandaban quemar cosechas solo para ver danzar las llamas, o desviar el curso de un río para llenar un estanque donde bañarse solo una o dos veces. Todos protestaron porque sabían que los niños serían felices si estaban juntos. Entonces el rey demostró una vez más que era sabio. Llamó a un mago y le ordenó que hiciera un hechizo con sus hijos.

–¿Qué clase de hechizo, abuela?

–Le pidió que enviara a los niños a una enorme roca que flotaba en los límites de su universo. Y que los transformara en una bola de oro y otra de plata. Y que los condenara a moverse en círculos, sin llegar a encontrarse jamás. El mago cumplió la orden, y los envió a este mundo, y aquí les pusimos nombre. Los llamamos sol y luna, y por eso cuando uno sale, el otro se oculta sin que lleguen a coincidir. La reina, al ver lo que había conseguido con sus malas artes, lloró arrepentida y el llanto llegó hasta donde estaban los niños, y mojó la roca, y empezaron a crecer plantas y flores, y el planeta cobró vida. El rey hizo construir en la torre más alta de su castillo un nido de mármol, y allí depositó a su dragón para que nadie olvidara lo que había sucedido. Y cuando los vientos soplan fuerte en Argengold, algunas escamas del dragón llegan hasta aquí convertidas en nieve.

La abuela se levantó, arropó a Pedrito y puso junto a él en la almohada un dragón de peluche de color blanco. El niño se abrazó a su muñeco y bostezó.

–Abuela. Te quiero mucho. Buenas noches.

La anciana besó al niño en la frente, y salió apagando la luz.

Adela Castañón

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Imagen: Whatpadd

Carta a los Reyes Magos

Si este fuera un cuento tradicional, tendría como protagonista a un niño. Pero no lo es, así que vamos a imaginar a una mujer que ya ha dejado atrás la juventud. Sabe que las hojas del almanaque no pueden volver a atrás. Lo asume y lo acepta. El problema no es ese. No le pesan los años. Pero echa de menos la ilusión de la infancia, ese desear algo con una intensidad que casi, casi, hace que el corazón parezca de mayor tamaño que el pecho. Se siente afortunada. Lo tiene todo: salud, trabajo y unos hijos maravillosos. Pero quiere recuperar aquellas mariposas que todo el mundo conoce cuando llega el primer amor. Y escribe esa carta a los Reyes pidiendo eso: algo que ponga en su vida un aliciente nuevo, diferente, cualquier cosa que sus majestades crean que la puede sorprender, pero no es capaz de poner nombre a su deseo.

Los Reyes reciben la misiva. Se reúnen los tres para hablar. Es un caso diferente de los que suelen tenerlos atareados todos los eneros. Desde su país pueden ver el mundo entero. Se asoman al corazón de esa mujer, y allí encuentran lo que ella pide, tan escondido que ni la propia interesada lo ve. Ahora tienen que lograr que ella lo descubra. Y, como son magos, se les ocurre la solución. Buscarán en la Tierra pajes que les ayuden a dar respuesta a esa carta.

Melchor, el portador de la luz y del oro, es el primero en encontrar una aliada. No vive cerca de la mujer de la carta; ni siquiera se conocen, pero eso no es problema. Una noche, convertido en una mota de mágico polvo dorado, siembra una semilla en el corazón de otra mujer, un poco mayor que la de la carta. Esa mujer, que ha dedicado su vida a llenar de conocimiento las vidas de otras personas, empieza a sentir un gusanillo diferente. Le apetece probar otras cosas, ponerse al otro lado del pupitre. De pronto, tiene más preguntas que respuestas. Y una idea empieza a rondarle por la mente.

Gaspar también se decide pronto. Su elegida tampoco conoce a las otras dos. Pero sabe, igual que Melchor, que eso no es problema. Este Rey pelirrojo escoge a una mujer joven. Comprende que Melchor, más anciano y sesudo, tiene buenas intenciones. Pero piensa que un poco de sangre joven dará color al cuadro que está dibujando con sus dos reales colegas. Para que ese equipo que están formando no sea efímero, busca una mente inquieta. Melchor no acaba de estar de acuerdo. “Gaspar, hijo, ¿tú crees que nuestra remitente y mi paje van a poder seguir el ritmo de esta jovenzana que estás proponiendo?”. Gaspar ríe con ganas y se muestra decidido al contestarle. “Mira, Melchor, que esta conversación la hemos tenido otras veces. Fíate de mí, que yo sé lo que hago”. Melchor se encoge de hombros, y lo deja hacer. Gaspar elige una noche, se convierte en un soplo de incienso, y se cuela por la nariz de una joven que duerme. Una joven a la que le gusta innovar, que se mueve como pez en el agua por las tecnologías del siglo XXI, y que sueña con dar forma a un montón de proyectos.

Baltasar es el último en aportar su granito de arena. Quizá porque, como viene de tan lejos, se ha ido a buscar a su paje particular al otro lado del océano. Pero la espera ha valido la pena. Ha viajado hasta un lejano país y allí, convertido en una gota de mirra, se ha deslizado a través de la piel de otra joven que también duerme. Llega hasta su corazón y siembra allí su particular semilla. Esa joven, un buen día, decide que va a hacer algo distinto en su vida y empieza a navegar por internet, aunque no sabe bien qué es lo que debe buscar. De pronto siente que necesita compartir su gran imaginario interior. Y por la mañana, después de la visita de Baltasar, aparece en la pantalla de su ordenador lo que estaba anhelando.

Los Magos ven crecer sus semillas en los corazones de las elegidas. Y sonríen al ver sus primeros frutos.

El paje de Melchor, la mayor de las tres, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Gaspar, sin tener ni idea de en qué puede acabar eso, se matricula en un curso de escritura on line.

El paje de Baltasar, aunque vive al otro lado del mundo, piensa que en internet los kilómetros no existen, y se matricula en un curso de escritura on line.

Y la mujer de la historia, sin acordarse de que escribió una carta a los Reyes Magos que no llegó más allá de la papelera, decide que los Reyes no existen y se autorregala un curso de escritura on line.

Y las cuatro, ¡qué casualidad! eligen el mismo curso. Y se conocen. Y, después del primer curso, se matriculan en otro. Y en otro. Y en un tercero. Y, un buen día, a una de ellas se le ocurre dar un paso más, porque los cursos tienen la palabra “fin”, y esa palabra no tiene cabida en la relación que han establecido entre las cuatro.

Y los Reyes Magos, que estaban cada vez más contentos en Oriente, se dan las manos y se felicitan por haber hecho bien su trabajo. Dejan a sus cuatro personajes en la Tierra, mucho más felices de lo que estaban antes de conocerse, y les regalan una estrella. Pero, como Belén queda muy lejos y allí ya va mucha gente, esta estrella las lleva a otro maravilloso portal: el portal de un mundo lleno de posibilidades, donde las cuatro verán cómo se hace realidad su ilusión de escribir. Y eligen un nombre para ese nuevo mundo: Mocade.

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¡Historias como esta hacen creer que existe la magia!

Adela Castañón

Fotos: PhotoPin. Aaron Burden

El lienzo de Claudia

Claudia sintió cómo le temblaban las rodillas y trastabilló, pero logró sujetarse al mueble del lavabo. Era un baño anexo a su dormitorio, tan pequeño que podría ducharse y, a la vez, escupir la pasta de dientes en la pila. Con los ojos cerrados, se sentó donde sabía que estaba la taza. No podía controlar la agitación de su cuerpo. Tomó aire antes de volver a levantarse y a enfrentarse con el espejo medio empañado.

Su cara. Su cara no estaba. Su boca era una línea que se abría y se cerraba. La nariz se intuía por los dos agujeros en medio del óvalo de piel, tan solos e inquietantes como los puntitos negros que habían sido sus ojos. Quiso gritar, pero tenía miedo a que también le hubiera desaparecido la voz.

Se dejó caer sobre el suelo del baño y apoyó la espalda contra la puerta. Intentó recordar cuándo había tenido cara por última vez. Suponía que la noche anterior, pero no le sonaba habérsela visto. Había llegado demasiado decepcionada y dolida a casa después de discutir con Sophie, su mejor amiga. Ni siquiera cenó antes de quitarse la ropa, poner en hora los despertadores y meterse en la cama.

Fue la segunda alarma la que le recordó que, con o sin cara, era hora de vestirse. Tuvo la tentación de apagarla y volver a meterse en la cama, pero nunca había huido de sus problemas. Mientras pensaba en qué podía hacer, se dio una ducha rápida, porque no quería sumar la peste a su cara ausente. Por inercia, sacó su neceser de maquillaje y, al darse cuenta de lo que hacía, se echó a reír. Pero eso le dio una idea.

Rebuscó en el armario de los trastos, un espacio que habría enorgullecido a Diógenes, y sacó el maletín con los tubos, la paleta y los pinceles de pintura sobre lienzo.

Usó de modelo una foto del móvil y empezó a trabajar en su cara. Como tenía buen color, no era necesario que se empleara en el fondo. Aprovechó para engordar un poco los labios, hacer su nariz más fina y dibujar pestañas espesas. Pero, al mirarse, sintió que faltaba algo. Tenía una expresión demasiado anodina, demasiado débil para la reunión de proveedores. De ella dependía el presupuesto anual. Y era la primera vez que su jefe le encargaba que la liderara, así que Claudia le había prometido que sería una negociadora tenaz como el hierro. Meditó unos instantes. Volvió a coger los pinceles para hacerse unos ojos que parecieran no confiar ni en su madre, y unas cejas gruesas que le dieran aspecto de enfadada. La boca dura, de la que no se pudieran esperar palabras amables.

Metió el disolvente, las pinturas y los pinceles dentro de su maletín y salió de casa.

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Julien, su jefe, la felicitó al acabar la reunión. Después, se la quedó mirando unos instantes y le preguntó si se encontraba bien.

Estaban en la sala de reuniones, un espacio rectangular con una mesa ovalada en la que cabían veinte personas. Claudia hizo crujir sus dedos entrelazándolos, aún nerviosa y emocionada. Se sentía pletórica. Su exterior había contagiado a su interior, y durante el encuentro se había mostrado firme y no cedió ni un centímetro, para sorpresa de todos.

Intentó sonreír con su boca repintada y notó que su jefe se controlaba para dominar la cara de disgusto. Sin embargo, Julien no pudo evitar echarse hacia atrás en el asiento, como si huyera de ella. Claudia pensó que quizá su expresión era demasiado agresiva para estar con sus compañeros de oficina. Se levantó, a la vez que se disculpaba, y se encerró en el baño.

Sacó el disolvente y se pintó una cara más amable. Se dibujó una sonrisa profesional y unos ojos serios que inspiraran confianza. Se pobló un poco más las pestañas, y salió con la intención de encantarlos.

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Poco después de las tres y media apareció su compañero con un par de cafés. Compartían teléfono y chascarrillos en un despacho con dos escritorios enfrentados en el centro, estanterías desde el suelo hasta el techo y paredes de cristal. Claudia, que simulaba concentración ante su ordenador, lo miró por el rabillo del ojo. Estaba junto a su silla, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa ladeada, de niño a punto de hacer una travesura.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia.

—No sé. Dímelo tú. Hoy tienes una mirada diferente.

Claudia sintió temblar de nuevo las rodillas. Las cruzó bajo la mesa.

—No sé qué quieres decir.

—Venga, no te cortes. Ayer saliste con Ron, ¿no? ¿Y? ¿Pasó ya…?

—Al final no nos vimos —cortó ella —. Anda, siéntate, que se me enfría el café.

Se había olvidado de Ron por completo. Se suponía que el día anterior tendrían que haber ido a cenar pero, un par de horas antes de su cita, Ron le había enviado un mensaje. Le decía que no podía quedar y que si lo cambiaban para el día siguiente. El plan iba a seguir en pie: la recogería en el trabajo para ir a un japonés que estaba de moda y, si después seguían con ganas, irían a tomar un copa. Claudia se masajeó el entrecejo mientras pensaba en su mala suerte. Primero, su novio la había dejado medio plantada. Después, había aprovechado el plantón para quedar con Sophie, que había acabado diciéndole que, desde que estaba tan ocupada, no sabía comportarse como una buena amiga. Y por último, había perdido su cara.

Pero aún podía darle la vuelta. Al fin y al cabo, la reunión había salido mucho mejor de lo que pensaba.

Durante el resto de la tarde estuvo pensando en la cara que se pintaría. Pensó en los gustos de Ron. Sabía que él prefería mujeres fuertes y decididas, pero a la vez sensibles y con vocación de amar. Así que, antes de que dieran las seis, se metió en el baño, disolvente en mano, con la intención de encontrar una cara que hiciera que la relación funcionara. Se arreboló las mejillas y, con mucho blanco y plata, consiguió que su mirada brillara. Se alargó las pestañas, que nunca estaba de más, y se dibujó una boca que pedía tantos mordiscos como una manzana embrujada.

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En el restaurante, Claudia notaba cómo sus labios embelesaban a los hombres y el recelo de las mujeres cuando la miraban a los ojos. Pero Ron estaba centrado en disolver el wasabi en la soja. Se alegró de llevar pintada la cara para que su chico no notara su desconcierto. Y fue aún mejor cuando por fin retiraron los platillos y Ron no pudo seguir removiendo la salsa. Claudia pensó que debía estar nervioso.

—¿Te apetece un mochi? —preguntó Claudia. La forma esférica y el tacto gomoso del postre le recordaban a un pecho, y pensó que igual a Ron también. Y una cosa podía llevar a la otra.

—No, gracias.

—Bueno, dicen que todos los postres están buenísimos. Te prometo que solo te cogeré un poquito de lo que pidas.

Ron observaba la carta, pero cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no la estaba leyendo. Claudia pensó que estudiaba el menú a conciencia. Él la miró a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Tengo que decirte algo.

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Claudia bajó del taxi y, ante la puerta de sus padres, se borró la cara. Le daba vergüenza que su madre la viera. Se sentó en el suelo, a los pies de los tres escalones que subían al porche de la casa de estilo victoriano, apoyó el móvil en el bolso para usarlo como linterna y preparó todo el material.

Y ahí estuvo, con el pincel en la mano, inmóvil, durante unos minutos. No sabía qué dibujar. No le servía la cara agresiva de la reunión, ni la profesional del trabajo. Y mucho menos la que pretendía ser sexy y que tan poco resultado había dado. Solo quería una cara, su cara. La que su madre reconociera.

Pero no sabía cuál era.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Lia Leslie Photography

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Estatua blanca mármol

EL FONENDO

Lucas Sotomayor encendió el ordenador de la consulta. Le dio a la opción de “Imprimir listado”, sin mirar siquiera la pantalla, y empezó a sacar objetos de su maletín: el sello con su nombre y número de colegiado, el bolígrafo, el otoscopio, el aparato de la tensión, la botella de agua que paseaba por insistencia de su mujer y que nunca se bebía. Revolvió entre los papeles de la cartera en busca de su fonendo, sin encontrarlo. Frunció el ceño. Abrió los cajones de la mesa con la esperanza de haberlo dejado olvidado allí. Se rascó la coronilla. No tenía ni idea de dónde podría estar el dichoso fonendo. “¡Mal empezamos!”, pensó.

Cogió el papel de la impresora y echó un vistazo a los nombres de los pacientes. “¡No me lo puedo creer! ¡María Antonia otra vez! ¿Pero, qué querrá esta mujer? ¡A ver cómo me la quito hoy de en medio!” Dejó el listado sobre la mesa y se agachó por si el fonendo se le hubiera caído al suelo el día anterior. En esa postura estaba, cuando se abrió la puerta de la consulta. Quiso incorporarse deprisa y se dio un coscorrón con el cajón que había dejado abierto. “No, si cuando un día viene torcido…”

—¿Se encuentra bien?

El que preguntaba, un desconocido con bata blanca y sin nada llamativo en su aspecto, dudaba entre quedarse en la puerta o entrar a la consulta. Lucas terminó de levantarse. “Se ha lucido éste con la preguntita. Me encuentro fantásticamente. No hay nada mejor que un porrazo en la crisma para sentirse genial. ¡No te jode!” Sin responder, se pasó la mano por la dolorida nuca. El otro volvió a hablar.

—Vaya, perdone. Le he hecho una pregunta tonta —A Lucas le sorprendió que el recién llegado pareciera haberle leído el pensamiento—. Vengo a hacer una sustitución de un día y estoy un poco nervioso. No sé a cuál consulta tengo que ir —Miró el cajón abierto—. ¿Ha perdido algo?

—Pues la verdad es que sí —“Éste va para adivino”, pensó Lucas con ironía—. Aunque no sé cómo. Siempre guardo el fonendo con el resto de mis cosas, pero ha desaparecido.

—Espere —El colega abrió el maletín que llevaba en la otra mano y sacó un fonendo para dejarlo en la mesa de Lucas—. Yo siempre llevo uno de más. Soy bastante despistado, y a veces se me queda olvidado en los avisos a domicilio.

Lucas miró el reloj de pared. Ya iba a empezar con retraso. El nuevo se dio cuenta y se despidió con un “hasta luego”. Salió y cerró la puerta. Lucas pensó que debería haberse ofrecido a acompañarlo, pero le pudo la prisa. Suspiró y cogió el listado para llamar al primer paciente. Menos mal que María Antonia era la cuarta y la podría despachar pronto. Si la hubiera tenido que ver al final de la mañana, seguro que habría necesitado un par de cápsulas de Nolotil, para sobrevivir. Miró el primer nombre.

—Adelante, Manuel. —Un hombre de campo entró quitándose el sombrero. Empezó a darle vueltas entre los dedos y esperó a que el médico se sentara, para hacerlo él también.

—Buenas, doctor.

—Usted dirá. ¿Qué le ocurre?

—Pues, verá, que me dice mi mujer que sigo tosiendo por la noche y no la dejo dormir. Yo no hubiera venido a molestar por eso. Le dije a Eloísa que le pidiera ella algún jarabe cuando viniera a por sus recetas, pero me dijo que no, que esa tos sonaba muy cogida al pecho. Que viniera yo, por si a usted le parecía bien echarme las gomas.

“Menos mal que el nuevo me ha dejado el fonendo. Que si no…”. Lucas se levantó y le indicó a Manuel con un gesto que se sentara en la camilla. Si no lo auscultaba, al día siguiente tendría a Eloísa en la consulta, posiblemente con Manuel a remolque, y al final sería peor.

—A ver, Manuel, respire por la boca, hondo y despacio —Manuel obedeció. Lucas se fijó en una cajetilla de tabaco que asomaba por el borde del bolsillo de la camisa. Le había dicho montones de veces que no debería fumar. Empezó a auscultarlo. Se quitó el fonendo y, antes de pensar en lo que hacía, le puso la mano en el hombro—. Manuel, ¿a ti te gustaría dejar de fumar, o no estás por la labor?

Manuel, que acababa de cerrar la boca, volvió a abrirla. Se quedó mirando al médico con ojos de búho. Que él recordara, era la primera vez que el médico lo tocaba de modo no profesional, y que se dirigía a él tuteándolo. Tragó saliva sin saber cómo responder.

—Los pulmones están bien, Manuel. ¿Toses también de día?

—No. Sí. No.

Lucas, en lugar de volver a su sillón, se sentó en la camilla junto a un Manuel cada vez más asombrado.

—¿Sí y no, a qué? ¿Te gustaría o no dejar de fumar? ¿Y toses tanto como dice Eloísa?

Lucas jugueteó un poco con el fonendo. Le sorprendió el tacto de la goma, más cálido de lo que esperaba. Un cosquilleo extraño y leve, muy leve, como el roce de una mariposa, empezó a subirle por los dedos. Manuel le estaba hablando, pero lo que oía no se correspondía con el movimiento de sus labios. En la cabeza del médico, la voz de su paciente entonaba una cantinela extraña. “A mí, la verdad, lo de fumar me da igual. Pero, desde que murió nuestro hijo, el bendito tabaco ha sido lo único que ha conseguido que Eloísa vuelva a preocuparse por mí. Y tampoco es que yo haya vuelto a fumar por eso. No debí pedirle aquel cigarro a mi compadre el día del entierro, pero no es de hombres llorar, y lo único que se me ocurrió fue aguantarme las lágrimas a fuerza de caladas. ¡Y mira que comprar un paquete al día siguiente, con lo que me costó dejar de fumar! Y andarme escondiendo de Eloísa, después de tantos años… ¡Dos semanas tardó en darse cuenta de que me había vuelto a enganchar! Pero el caso es que ha vuelto a hablarme, aunque solo sea para regañarme y para echarme la bronca”.

La voz de Manuel pareció desdoblarse. El cerebro de Lucas dejó de percibirla, pero sus oídos, por el contrario, detectaron un súbito aumento de volumen que hizo que el médico parpadeara al escuchar su nombre.

—¡Don Lucas! ¡Doctor! ¡Doctor! —Manuel lo miraba con la cara desencajada— ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a otro doctor?

Lucas parpadeó. “Me he debido distraer por llevar sueño atrasado. O eso, o me estoy haciendo viejo. Lo que me falta para tener un día perfecto, es empezar con alucinaciones”, pensó. “¡Vaya mañanita!” Restó importancia al episodio. Sin quitar la mano del hombro de Manuel lo acompañó a la silla. En lugar de rodear la mesa, se apoyó en ella. Tuvo la impresión de que el verdadero Lucas estaba en otra parte, como espectador de la escena donde un doble suyo representaba su papel. Se vio a sí mismo en esa postura desenfadada, nada acorde con su seriedad habitual. Y ese doble seguía hablando, como si no haberse enterado de lo que Manuel le había estado contando, no le importara nada.

—Manuel, yo estoy bien, y creo que usted… que tú también lo estás. Dile a Eloísa que se pase mañana por aquí. Si no hay cita, que venga sin número al final de la consulta. Tu mujer está muy asustada después de lo de vuestro hijo, pero tenemos que ayudarla a entender que la vida sigue. Y dile de mi parte que no se preocupe por tu tos.

Manuel se levantó y se rascó los ojos como si le picaran. Volvió a darle vueltas al sombrero, que no había soltado en ningún momento, y salió con una carraspera mucho más real que la supuesta tos que había sido el motivo de consulta.

El siguiente paciente era una adolescente muy delgada, de tez pálida y ojos de color desconocido porque nunca levantaba la mirada del suelo. La acompañaba su madre, como siempre, que era la que llevaba la voz cantante.

—Buenas, doctor. Otra vez le traigo a la niña. Que no come nada, y eso que le he dado ya dos botes de un jarabe para las ganas de comer. Ella dice que está bien, pero algo tendrá. Porque se deja más de la mitad de la comida en el plato, aunque le ponga por delante lo que más le gusta. Pero ni por esas. Y nunca ha sido delicada para comer.

—A ver… —Lucas miró la lista. No se acordaba del nombre de la niña— Lucía. Pasa ahí, detrás del biombo, y túmbate en la camilla.

La chiquilla obedeció sin levantar la mirada. Lucas se acercó, con el aliento de la madre a pocos centímetros de su cuello. “¡Qué desconfiada!”, pensó. Con la mujer al lado, empezó a palpar el vientre por encima del vestido. Al inclinarse, el fonendo rozó la ropa de Lucía, y Lucas volvió a notar una extraña sensación de déjà vu cuando los dedos empezaron a cosquillearle. De nuevo escuchó su voz como si no fuera él quien hablaba.

—¿Te duele aquí? —la niña, con los párpados tan bajos que parecía que tuviera los ojos cerrados, negó con la cabeza sin despegar los labios. Lucas siguió palpando el abdomen— ¿Y aquí? —nueva negación—. ¿Te duele en algún sitio? —otra vez el mismo gesto mudo. Lucas dejó de explorar—. Lucía, ¿cómo llevas la regla?

Lucas se dio cuenta de dos cosas a la vez. La primera, que Lucía había apretado los puños, y la segunda, que tenía los ojos como la morena piconera. Dos pozos demasiado profundos para tan pocos años. Porque Lucía, al escuchar la pregunta, había clavado la mirada en la de su madre como pidiendo instrucciones.

—¡Doctor! La niña lleva la regla estupendamente —la madre hablaba sin mirar a Lucas. Solo tenía ojos para Lucía—. ¿Verdad, hija? Venga, díselo al doctor —Se volvió hacia el médico—. La ha tenido hace unos días.

Los párpados volvieron a bajar como el telón de un escenario. Y Lucas, aunque no había oído hablar nunca a Lucía, reconoció al instante su tono de voz en su cerebro. “Me va a pegar en cuanto que entremos en casa. Estoy segura. Tenía que haber dicho en seguida que no. Y ojalá se quede tranquila con eso y no se lo cuente a papá. Igual puedo llamar a María para que me invite a dormir esta noche en su casa, y quitarme de en medio por si acaso. No quiero ni pensar en tener que aguantarlo otra noche más en mi cama, y menos si está enfadado. Ojalá mamá se calle la boca, o al menos le deje claro que yo no he soltado prenda. Con suerte la creerá y sabrá que mantengo su secreto a salvo”.

Lucas sintió como un bloque de hielo se instalaba en su estómago. Se volvió hacia la madre con la primera excusa que se le ocurrió.

—Ana, puede que lo de Lucía sea una infección de orina. Si no le importa, acérquese al mostrador de recepción y pida un bote de orina de mi parte.

La madre titubeó. Y su respuesta no sorprendió al médico.

—Bueno… doctor… —Sonrió con los labios apretados y parpadeó varias veces—. Si no le importa… suele haber cola. Y si me cuelo me van a llamar la atención. Si quiere me da el volante y mañana traigo yo la muestra a primera hora…

Lucas rellenó de forma mecánica una petición de analítica y se la entregó a Ana. No le extrañó comprobar que la madre no quería dejarlo a solas con su hija. Fuera cual fuera el resultado del análisis, iba a tener que tomar medidas. En cuanto acabara la consulta, tramitaría un parte judicial por sospecha de violencia de género por más que eso le trajera complicaciones a más de uno, empezando por él mismo. Pero no podía mirar hacia otro lado. Cualquier cosa sería mejor que cargar con ese bloque de hielo. Y esa carga no debía de ser nada en comparación con la piedra que, casi con seguridad, llevaba a cuestas Lucía.

El tercer nombre de la lista hizo que Lucas soltara un bufido. Engracia era casi tan pesada como María Antonia.

—Buenos días, Engracia.

—Pues no sé si pensará igual cuando le diga lo que tengo que decirle, doctor —Engracia, acostumbrada a que el médico no la dejase apenas hablar, se sorprendió ante el atento silencio del galeno. Dudó un momento antes de continuar—. Le voy a poner una reclamación —Lucas jugueteó con el fonendo y mantuvo la misma expresión neutra en su semblante. Engracia se encontraba cada vez más descolocada—. ¿Qué? ¿No va a preguntarme el motivo?

—Imagino que ha pedido cita hoy porque me lo quiere contar en persona. Si no, habría bastado una reclamación por escrito a la dirección. Pero ya que está aquí, ¡adelante!  Lo que me diga puede servirme para intentar no cometer el mismo error con otros pacientes. La escucho.

—Pues como no ha querido mandar al urólogo a mi marido, lo he llevado a uno de pago. Y le ha encontrado algo malo en la próstata, para que lo sepa.

—¿El adenoma? —Engracia abrió mucho los ojos. Lucas tecleó algo y giró el monitor para que la mujer pudiera verlo—. Su marido tiene esa cita pedida. Preferente. Y está pendiente de resultados de analítica y de ecografía que se han hecho ya.

El color de Engracia iba y venía del rojo al blanco.

—¿Y por qué no me dijo usted eso cuando se lo pregunté la semana pasada?

—Porque mi paciente es su marido, Engracia. Y, como médico, no puedo dar información a otras personas, ni siquiera a usted, aunque sea su mujer. Imagino que él no le habrá dicho nada por no preocuparla, pero eso es cosa de ustedes. ¿No le comentó él nada cuando fueron al urólogo privado?

—Pues… —Engracia levantó el mentón— pues no me dijo nada, porque la cita se la saqué yo por mi cuenta. Porque cuando le pregunté a él si le había contado a usted que de noche orina mucho, me dijo que lo dejara tranquilo. Que él ya es mayorcito para cuidarse. Así que pensé que no le habría dicho nada. Y como luego usted tampoco soltó prenda, me figuré que… yo que sé lo que me figuré. El caso es que pedí la cita y simplemente le dije que tenía que acompañarme a un sitio. Y como el médico nos recibió en seguida, ni tiempo tuvo de decir “esta boca es mía”.

Lucas sintió que el rostro le ardía. “Debería cantarle las cuarenta a esta sabihonda”. Nada más pensar eso, notó que el fonendo le pesaba en el cuello como si fuera de plomo y se tragó sus reproches.

—Bueno, Engracia…

—Don Lucas… Yo… Yo solo estaba preocupada por Andrés. Es que usted y él son tan reservados que me sacan de mis casillas —Engracia se tapó la boca con la mano. El médico sonrió, levantó las cejas e hizo un gesto, a medio camino entre la comprensión y la resignación, que hizo disminuir la tensión entre ambos. Engracia bajó los ojos—. Imagino que preferirá que yo me cambie de médico. A mi marido no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere del motivo. Y yo sé que Andrés va a querer seguir con usted, pero, claro, yo… —bajó los ojos.

—Engracia, puede usted cambiarse a otro cupo, o seguir en el mío. Decida con toda libertad. Para mí no es ningún problema lo que ha pasado. Es más, me gusta la gente que va de frente por la vida y dice las cosas a la cara.

La conversación se prolongó unos minutos, y cuando Engracia salió de la consulta, Lucas se frotó los ojos. “Debo estar incubando un resfriado. Parece que hoy no estoy del todo en mis cabales”. Nombró a la siguiente paciente, y entró María Antonia que notó que algo raro pasaba. Encogió los ojos y, en seguida, los abrió de par en par. ¡Don Lucas la estaba recibiendo con una sonrisa! Y la miraba de frente, en vez de estar con cara de prisa pendiente del ordenador. Al poco rato, por primera vez en su vida, al terminar la consulta, María Antonia salió sin un montón de recetas en la mano, pero sintiéndose mejor que nunca. El que la había atendido parecía, por el físico, don Lucas. Pero, por lo demás… ¡bien podría ser el gemelo bueno! A ella se le había ido el tiempo de su cita hablando de sus nietos, de sus hijos en paro, de cómo con su pensión comían seis personas, de que, con ese plan, no podía llevar del todo bien la dieta del azúcar, y por eso los análisis salían siempre como salían… ¡Señor, Señor! Y el mismo médico, desde la consulta, le había sacado cita con la trabajadora social y, además, le había hecho un informe que pensaba fotocopiar antes de entregarlo en el mostrador, para enseñárselo a sus vecinas.

Al final de la mañana, Lucas dejó las cosas sobre la mesa de la consulta. Cogió el fonendo, lo miró como si no supiera para lo que servía, y salió en busca del médico nuevo para devolvérselo. Pero, cuando le preguntó al celador que en qué consulta había pasado, el hombre puso cara de extrañado.

—¿Un médico nuevo, dice usted? Pero si hoy no ha faltado nadie, don Lucas—. Miró a los dos administrativos del mostrador de citas, que asintieron para darle la razón.

Lucas se dio media vuelta. Dejó el fonendo sobre la mesa y miró en el ordenador los listados de sus compañeros. Todas las consultas las habían pasado los habituales. Lucas empezó a guardarlo todo, y, cuando quiso coger el fonendo prestado, no logró encontrarlo. Como en un sueño, abrió el cajón. Allí estaba su fonendo, el de siempre, con su nombre en la etiqueta identificativa. Pero el fonendo nuevo, igual que su propietario, se había desvanecido.

Lucas recogió todo de forma mecánica. Tramitó el parte de Lucía. Fue a tirar el agua de la botella por el lavabo, pero lo pensó mejor y salió cinco minutos más tarde después de haberse bebido todo su contenido. Esa noche invitaría a cenar a su mujer. Hacía mucho tiempo que solo le contestaba con monosílabos cuando le preguntaba por su trabajo. Y tenía mucho que contarle.

Adela Castañón

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