Parapente

La mañana del martes, 14 de febrero, programé a la vez mi último capricho y mi suicidio.  Marga me había dejado destrozado hacía un mes al romper conmigo, mi trabajo se había resentido y mis ilusiones y mi ascenso en la empresa se esfumaron como el polvo en mitad de la tormenta que había sacudido mi vida.

Lo organicé todo: al día siguiente por la mañana volaría en parapente, al menos cumpliría mi sueño más antiguo, el que me acompañaba desde la infancia como una segunda piel. Por la tarde me metería en la bañera con el agua muy caliente, una copa de vino, el álbum de fotos y la cuchilla de afeitar. Un suicidio al estilo de un patricio romano sería una buena despedida, aunque no estaba seguro del todo de ser capaz de apretar la cuchilla. No le escribí a Marga ninguna carta. Mis últimos regalos para ella serían la culpa y la duda.

Llegué al club de parapente con tiempo. Mientras esperaba a que llegara la hora de mi vuelo, hice tiempo en el bar con un café con leche. A mi espalda, un tipo hablaba por el móvil.

—Tranquilo, campeón —decía—. Hoy volveré pronto, te prometo que llegaré a tiempo de soplar las velas contigo. —Hubo una pausa y una risa—. ¡Por supuesto que tengo un regalo para ti, no todos los días se cumplen ocho años, pero es una sorpresa, colega!

Miré hacia atrás de reojo. El tipo me daba la espalda. Llevaba puesta una cazadora marrón, con el cuello y los puños desgastados, y en el dorso de la mano que sujetaba el teléfono entreví el tatuaje de un delfín. Removí el café con la cucharilla y mis pensamientos se removieron a la vez hechos un torbellino. Había puesto mi vida en manos de Marga y ella me había cortado las alas sin importarle que yo cayera en picado.

Al poco rato, me dirigí hacia la zona que me habían indicado para mi vuelo final. Seguí las instrucciones del chico que me acomodó en el asiento. Me puso el casco y una especie de arnés, y enseguida escuché un “Hola” a mi espalda. “Soy su piloto”, me dijo el dueño de la voz, y añadió que yo no tenía que hacer nada, solo dejarme llevar, olvidarme de que él estaba sentado detrás y disfrutar de la experiencia. Asentí con la cabeza y despegamos.

Al principio todo fue bien. La previsión del tiempo había anunciado algo de viento, pero no tan fuerte como para interrumpir las salidas, según me habían dicho. Sin embargo, en cuestión de minutos, lo que había sido una leve brisa se convirtió en un vendaval que ninguna app de meteorología había previsto. El viento arrastró hacia nosotros una masa de nubes espesas, parecía que un alud de nieve se precipitaba sobre nuestras cabezas. El piloto era hábil, mantenía la estabilidad del aparato, pero lo que no esperábamos era encontrarnos dentro de la nube con una bandada de gaviotas de gran tamaño. Una de ellas se estrelló de lleno contra el pequeño motor de nuestro parapente, y la máquina empezó a girar sin control.

Caímos a tierra casi en picado. Yo tenía los dientes apretados en un rictus, mitad risa y mitad llanto. Al final me quedaría con la duda de si hubiera sido capaz o no de cortarme las venas.

—¡Levante los pies y agárrese fuerte! —escuché a mi espalda—. Voy a aprovechar esta puta ventolera para intentar planear. ¡Todavía tenemos una oportunidad!

Obedecí y me agarré a las correas con todas mis fuerzas. Cerré los ojos, de todos modos apenas veía nada entre la masa de nubes. La marcha fúnebre del aleteo de los pájaros quedó atrás cuando empezamos nuestra caída libre y ahora solo el aire silbaba en mis oídos y me hacía consciente del retumbar de mi corazón.

El golpe fue brutal, perdí el conocimiento, no sé si durante segundos, minutos u horas. Cuando me recuperé, vi brillar a mi lado un cristal afilado: el antifaz que me habían puesto antes del vuelo se había roto, y había un trozo de vidrio al alcance de mi mano. Moví despacio los brazos y las piernas sin sentir más que un dolor bastante soportable. Giré entonces el cuello hacia el otro lado. El piloto estaba sin sentido, o tal vez muerto. Se había dado la vuelta cuando estábamos llegando a tierra, haciendo que yo quedara encima de él, y su cuerpo absorbió toda la fuerza del impacto. Me dieron ganas de decirle que no había hecho falta su sacrificio, que me hubiera hecho un favor intentando salvarse él. Miré de nuevo hacia el cristal del otro lado, y lo agarré con firmeza. Al final, sí que iba a salirme con la mía, aunque fuera sin bañera, ni vino, ni fotos. Cuando estaba a punto de apretar el vidrio contra mi piel, un gemido me hizo mirar al piloto. Su pecho subía y bajaba muy despacio, y se llevó la mano derecha al cuello de la cazadora, que estaba tan desgastado como los puños. Miré con más atención y vi un delfín tatuado.

Solté el cristal muy despacio, y me di la vuelta. Observé el cielo, escuché el piar de algunos pájaros, una ráfaga de brisa me rozó la mejilla como la caricia de algún ángel invisible. Respiré hondo y sentí cómo el aire llegaba hasta mis pulmones. La barbilla me empezó a temblar.

Metí la mano en el bolsillo de mi propia cazadora y saqué el móvil. Lo desbloqueé con un dedo y comprobé que funcionaba. Entonces, cuando empecé a marcar el número de emergencias, me pregunté cuál sería el regalo de cumpleaños de un niño que esperaba soplar sus velas y empecé a llorar sintiéndome vivo.  

Adela Castañón

Imagen: Gerhard Bögner en Pixabay

Vestido de novia y vestido de luto

Las fragolinas de mis ayeres

LUGAR. Una sala grande con varias alcobas a la izquierda, en el trozo de pared entre las alcobas, dos armarios de luna abiertos y desvencijados. En el suelo dos vestidos polvorientos, mezclados con sayas de lana. En la pared de enfrente, varios baúles alineados también abiertos. Al fondo, un ventanuco, sin cristal, por el que entran la luz y el cierzo.

VESTIDO DE LUTO. ¿Has oído los gritos de Encarnita?

VESTIDO DE NOVIA. ¡Síí! Y me he asustado tanto que se me ha encogido el canesú.

VESTIDO DE LUTO. ¡Siempre ha sido una caprichosa!

VESTIDO DE NOVIA. Es que está muy mal criada.

VESTIDO DE LUTO. Ahora viene con estas.

VESTIDO DE NOVIA. ¿Con qué?

VESTIDO DE LUTO. Pues, ¿con qué ha de ser? Dice que se va del pueblo y que antes se quiere deshacer de todas las antiguallas de la casa.

VESTIDO DE NOVIA. (Movido por el cierzo se acerca al vestido de luto) Pero ella no sabía que estábamos aquí. Su madre nos tapó con otras sayas y nos colocó en armarios distintos, así no nos podríamos ir de la lengua.

VESTIDO DE LUTO. Esta mañana ha encontrado la llave de los armarios y he oído cuando se la daba a la doncella.

VESTIDO DE NOVIA. ¡Cómo!

VESTIDO DE LUTO. Le ha dicho que hiciera una buena limpieza.

VESTIDO DE NOVIA. Creo que nosotros aún tenemos buena pinta. Y la doncella sabe que conservamos la memoria de la familia.

VESTIDO DE LUTO. Pues eso es justamente lo que no quiere Encarnita. Quiere que todo el mundo se olvide de sus padres.

VESTIDO DE NOVIA. Está tonta, ¿o qué?

VESTIDO DE LUTO. Como todos los jóvenes. (Bajando la voz) La he visto de cerca cuando me descolgaba la doncella. Está bastante gorda y ha perdido la cintura.

VESTIDO DE NOVIA. (Bajando la voz un poco más y juntando los puños). Pues nosotros de eso sabemos mucho. ¿Te acuerdas de las bodas de sus padres y de sus abuelos?

VESTIDO DE LUTO. Sí, pero ella solo sabe lo de sus padres. A sus abuelos no los ha nombrado nunca nadie.

VESTIDO DE NOVIA. ¡Malditos sean!

(Una ráfaga de cierzo abre de golpe el ventanuco. En el fondo se oye el rumor del viento)

VESTIDO DE LUTO. ¡Con lo que a mí me costó traer la paz a esta casa! Veían a su abuela tan negra que todos se espantaban. Desde el día de su boda no ha vuelto a pisar nadie esta casa.

VESTIDO DE NOVIA. Yo fui testigo de las dos muertes. Con el revuelo que se montó, nadie encontró al que le dio una puñalada a su abuelo al bajar del altar. Las rosas de mis bajos tapan las manchas caprichosas de aquella sangre.

VESTIDO DE LUTO. Si no hubieras sido tan llamativo la boda habría pasado desapercibida. Pero la abuela era de ringo rango y le gustaba lucirse. Se quiso casar de blanco, como las actrices de Hollywood. Y eso fue una provocación, hasta entonces todas las novias se habían vestido de negro. Vino mucha gente a ver la boda. (El cierzo remueve el vuelo de los bajos del vestido de novia y se ven el fino bordado de las rosas rosas). ¡Y no escarmentó! Que luego, cuando la madre de Encarnita se quiso vestir contigo, no le quitó la idea.

VESTIDO DE NOVIA. Sí, la abuela me eligió y buscó a las mejores bordadoras. Quería que todos los pueblos se enteraran de que emparentaban con una de las casas más nombradas de la redolada. Aunque la verdad era que esta novia tampoco amaba al novio. Desde siempre había estado enamorada de un mozo de menor rango. Pero de eso chitón.

VESTIDO DE LUTO. Los desaires y los celos son muy malos y no hay que provocarlos.

VESTIDO DE NOVIA. No se puede traicionar tan a la ligera.

ESTIDO DE LUTO. ¡Menudas trifulcas tuvieron los recién casados con sus padres! Yo sospechaba que me iban a sacar pronto del armario. (Bajando el tono) Oye, ¿tú sabías que su abuela y su madre se casaron embarazadas?

VESTIDO DE NOVIA. ¡Cómo no lo iba a saber! Por eso no tengo talle.

VESTIDO DE LUTO. ¡Anda! Pues no había caído.

VESTIDO DE NOVIA. Es que con esta forma de túnica griega se disimula mucho.

VESTIDO DE LUTO. Anunciando la tragedia, ¡eh!

VESTIDO DE NOVIA. ¡chist!; ¡chiss!; ¡chsss! Que oigo pasos cerca

VESTIDO DE LUTO. No te preocupes, no se acercarán mucho. Apestamos a naftalina y a todo el mundo le recuerda el olor de los trajes de los entierros.

VESTIDO DE NOVIA. Nunca he entendido por qué me guardaron, si les traía tan malos recuerdos.

VESTIDO DE LUTO. En realidad ellas te querían para los verdaderos padres de sus hijas.

VESTIDO DE NOVIA. Sí, pero las dos me usaron en bodas equivocadas.

VESTIDO DE LUTO. Por eso yo sabía que me iba a convertir en la segunda piel de las mujeres de esta casa.

VESTIDO DE NOVIA. Yo creo que a mí me guardaron para que las amortajaran.

VESTIDO DE LUTO. Sí, pero las dos se lo callaron. Y sus hijas no cayeron en eso.b

VESTIDO DE NOVIA. Cuando acuchillaron al abuelo, me puse muy nervioso. Y después me pasó lo mismo cuando dispararon al novio en la boda de su hija. El amor y la muerte, como nosotros, siempre cerca.

VESTIDO DE LUTO. Pues ya lo ves. Ni Encarnita se acordó de ti el día que murió su madre, ni tampoco se había acordado su madre cuando enterró a la abuela. Como era la costumbre, a las dos las amortajaron con una sábana de lino del ajuar que habían bordado para sus bodas y ataron en los extremos con cintas de terciopelo juntas. ¡Un horror! Parecían fardos.

VESTIDO DE NOVIA. Pues yo estuve a punto de desaparecer el día que le dijeron a la madre de Encarnita que era hija de otro padre. Me quiso romper a dentelladas.

VESTIDO DE LUTO. También yo tuve miedo cuando la abuela se quitó el luto y quemó todos los recuerdos de su novio. Y luego hizo lo mismo la madre de Encarnita.

VESTIDO DE NOVIA. (Se acerca el ruido de los pasos. Encarnita lleva un jersey muy ceñido que le marca la barriga). Otra vez nos llegan malos tiempos.

VESTIDO DE LUTO. ¡Ojala no nos descubra!

(Encarnita coge los dos vestidos del suelo. Sale a la cocina y echa el vestido de novia al fuego. La doncella le arranca de las manos el vestido de luto).

VESTIDO DE NOVIA. (Crepitando en las llamas del hogar) Era mi destino.

VESTIDO DE LUTO. (Dentro arrugado en las manos de la doncella ¡Desgraciada! No sabe qué ha hecho salvándome del fuego. A mí me tejieron las Parcas.

Carmen Romeo Pemán