La noche que se murió Pascual

De las fragolinas de mis ayeres

Anselma sintió que su marido se estaba muriendo antes de que el reloj de la torre tocara las doce.

—¡Pascual, mira que morirte en la noche de las ánimas! ¿A quién se le ocurre?

Cuando lo notó frío, abandonó la alcoba y se sentó junto al fuego hasta que rayó el alba. En realidad estuvo esperando a que se hiciera de día para avisar a Epifanio del Molinaz, porque así se lo mandó Pascual antes de cerrar los ojos.

Mientras avivaba las brasas del hogar, entre las llamas y el humo, se le iban apareciendo mujeres de otros tiempos. Sus caras se fueron superponiendo y formaron un corro. Cada una quería contar algo de su vida. Anselma no se asustó. Al revés, escuchó sus voces y se sintió reconfortada con estas parientas que venían a hacerle compañía.

La primera que llegó fue la abuela Blasa, pero Anselma no le hizo mucho caso. Había sido muy gruñona y había vivido demasiados años. Enseguida llegó su tía Juana, una hermana de su padre, que se murió dos años antes de que ella naciera. Fue una mujer triste y después de su muerte nadie la volvió a mentar. Esa noche fue la única que no habló.  Llegó en silencio, como se había ido, y se limitó a escuchar.

La más dicharachera era una tía lejana a la que Anselma no había conocido.

—Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿De parte de quién vienes? Es que no me suenas.

—A ver, lo tienes que entender, Anselma. Es muy fácil. Yo era hermana de Felipa, la abuela de tu padre, y de tu tía Dominica, esa que parió tantos hijos. Sí mujer sí, la tía Dominica, la madre de Brígida, Evarista y Juliana.

Pero Anselma, erre que erre, que a ella los nombres de los parientes antiguos no le sonaban de nada. Que justo le venía para acordarse de su abuelo Nicolás y de su abuela Rosa.

Eso sí, echó de menos a su tía Dionisia, la tía soltera que se ahogó en una acequia cuando fue a buscar agua para los hombres que estaban segando en Sancharrén. Nadie supo cómo pasó, pero Anselma siempre lo sospechó. Como hacía poco que la visitaba el nuncio, siempre andaba con la oreja pegada, y oyó decir que su tía llevaba por los menos dos meses sin regla.

Cuando se murió Dionisa se montó mucho alboroto. Vinieron los del juzgado, le hicieron la autopsia y en la partida de defunción escribieron: “asfixia por inmersión”. Y nadie quiso mentar lo que eso daba a entender.

Los hombres en los campos y las mujeres en los carasoles dijeron cosas muy raras, pero ninguno, ni siquiera Anselma, acertó a saber qué había pasado por la cabeza de Dionisia. Después estuvo toda la vida dando vueltas a lo de su tía.

Ahora veía las cosas de otra manera. Cuando se ahogó su tía, ella aún iba a la escuela. De eso sí que se acuerda porque Dionisia iba a ver a doña Simona mientras ella jugaba en el recreo. El día del chandrío apareció el alguacil y habló con la maestra. Después, doña Simona se le acercó y le dijo con una voz muy dulce:

—Anselma, no llores ni grites. Es mejor así.

Cuando se cerró la noche, las mujeres se fueron marchando con el humo. Anselma arrimó los tizones y se quedó embobada con el chisporroteo del fuego. Intentaba olvidarlas y recordar sus más de cincuenta años de soledad junto a Pascual, pero no podía. Sólo le venían jirones de pensamientos desordenados empañados por sus últimas palabras.

—Mira Anselma, la tierra me llama. A mí me toca volver antes. Tú aún tendrás que esperar un poco. Ahora dame un beso, quítame los dientes y déjame tranquilo. Quédate junto al fuego hasta que se haga de día. No llores ni grites. Cuando raye el alba, antes de que Epifanio vaya a soltar el ganado, dile que venga y entre los dos vestidme para el entierro. Cuando oigas que se abren las ventanas de las cocinas, avisa a la gente y haz todo como se ha hecho siempre.

Antes de acabar de recordar las palabras de Pascual, se dio la vuelta, metió la mano debajo del hueco de la fregadera, sacó una botella de anís que tenía escondida entre las de detergente y se echó un trago.

—Esto sí que consuela. Ahora aguantaré mejor hasta la madrugada.

Giró la silla de anea en la que estaba sentada, estiró el brazo y volvió a dejar la botella en su sitio para que ninguna vecina curiosa pudiera verla cuando vinieran a darle el pésame por la muerte de su marido.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

Gregoria la partera

De las fragolinas de mis ayeres

A Gregoria nunca le había gustado su nombre. Cuando era niña, en la escuela le decían que tenía nombre de chico. No conocían a ninguna otra Gregoria, pero sí a muchos Gregorios. Y todo porque en El Frago había mucha devoción al santo llovedor. Todos los años el día nueve de mayo se salía en procesión hasta la Cruz. El cura bendecía los campos y pedía agua para las cosechas. Después todos en hilera bajaban hasta la ermita más cercana cantando las rogativas, y las lluvias no se hacían esperar. A los pocos días los campos se cubrían con verdes intensos.

Unos años más tarde, un día que el sacerdote se estaba revistiendo con la capa pluvial para comenzar la procesión, entró Gregoria en la sacristía y le dijo:

—Mosén, a ver si este año no se olvida de rezar a Santa Gregoria.

—Anda, calla, no me vengas con las monsergas de siempre —le respondió el cura sin mirarla.

—Pero, ¿por qué es tan terco?, ¿por qué no me hace caso? —insistió ella tirándole del sobrepelliz.

—¿Por qué ha de ser? Porque no está en el santoral. Y suéltame.

—Pues nómbrela cuando llegue a las santas. Bien fácil se lo pongo. Por ejemplo después de Sancta Ágata, diga Sancta Gregoria. Y todos le contestaremos: Ora pro nobis.

—Más te valía meterte en tus asuntos.

—¡Moséééén! Esto es asunto de todos. Las mujeres también queremos santas para nuestros nombres.

—¡Claro, claro! Pero a una partera tan bulliciosa no le conviene el nombre de una santa.

—Pues, aunque no vengo a misa, sepa que tengo temor de Dios y “cumplo con parroquia”, como manda la Santa Madre Iglesia, que todos los años vengo a comulgar en Pascua de Resurrección y usted me apunta en el libro.

—¡No sé a quién se le ocurriría ponerte ese nombre!

—Pues a cualquiera. Que a todo santo le corresponde una santa. Si existe san Babil, también tiene que existir santa Babila.

Mosén Teodoro le dijo a un monaguillo que cogiera el hisopo con el acetre y al otro que fuera saliendo con la cruz procesional. Entonces Gregoria se interpuso y continuó:

—Además, santa Gregoria fue una de las once mil vírgenes que acompañaron a santa Úrsula. —No pudo contener una carcajada—. ¡Once mil vírgenes juntas lanzadas al martirio!

—¡Largooooo! ¡Fueraaaa! ¡Anatemaaa! —Por debajo de la capa salía un brazo que señalaba la puerta.

Gregoria sabía que la mala fama le venía del día que parió Juana del Corronchal. Juana estaba trillando en Carcaños cuando notó que le venían los dolores. Le dijo a su marido que estaba de parto. Y él, sin soltar la horca con la que estaba allanando la parva, le contestó:

—¡Coño, Juana! ¿Qué dices? No ves que no puedes parir aquí en la era. Eso nos traería muy mala suerte y nos arruinaría la cosecha.

Entonces ella bajó la cabeza y sin decir nada cogió el camino que llevaba hasta El Frago. Dos leguas a buen paso costaban casi tres horas. Y le costó mucho más porque los dolores aumentaban y la obligaban a pararse cada poco rato. No sabía cómo se las arreglaría sola si la criatura decidía salir antes de llegar al pueblo. ¡Imposible! Todos sus hijos habían nacido en la cama, bien asistidos por Gregoria y todas las vecinas. Mientras andaba en estas cavilaciones, se ataba la cincha de la yegua a la cintura y se la pasaba bien apretaba por debajo de la barriga. Intentaba hacerse una especie de braguero, para que, llegado el caso, lo que venía no se le cayera al suelo. Es que tenía miedo de que aprovechara una de sus zancadas para empujar con más fuerza.

Cuando acabó el repecho del camino de San Miguel, cada vez más encorvada, siguió andando hasta el Plano, donde vivía Gregoria. Llamó a la puerta, pero Gregoria no le contestó. Se apoyó en el quicio y la oyó gritar en el corral de los cerdos. Juana sacó fuerzas de flaqueza:

—¡Gregoria, ábreme! Date prisa, que ha llegado la hora de los empujones.

Con el guirigay de los cerdos Gregoria no oyó bien qué le decía Juana. Y, sin volver la cabeza, le contestó:

—Vete a tu casa y espérame. Ahora no puedo ir que está pariendo la tocina. Aún tardaré un poco porque trae muchos.

Juana, a duras penas, pudo andar un poco más. Se acuclilló junto a una peña y allí nació su hija su hija Gregoria. Cuando le cortó el cordón umbilical con las tijeras de escardar que llevaba en la faltriquera, la niña comenzó a chillar y montó un alboroto mayor que los tocinos.

Al rato llegó Gregoria, pero la niña ya tenía el melico atado con un trozo de cordel que su madre les había robado a los hombres en la era.

—¡Ves como no era para tanto! Tú podías parir sola, pero la tocina no —le dijo a la vez que la ayudaba a incorporarse.

—Pues esto ha sido un milagro de santa Gregoria —le dijo Juana—. Yo me encargaré de que el cura la incluya en las rogativas del año que viene.

Desde ese día hubo dos Gregorias. Luego llegaron más.

Sancta Gregoria —dice el cura, el nueve de mayo, al llegar a la “Peña que parió Juana”. Y Todos responden: —Ora pro nobis

Santa Ursula et undecim millia virginun.  —El mosén levanta más la voz. Y todos gritan:—Orate pro nobis.

Carmen Romeo Pemán

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

 

A nuestros maestros. A los 26 que pasaron por El Frago

Y sigo dedicando mis desvelos a las Escuelas de El Frago, donde estudié desde los seis hasta los trece años, cuando mis padres estaban allí de maestros. Esas escuelas fueron mi casa desde que nací. Allí inicié mis primeros juegos y mis primeras travesuras. Allí recibí las semillas de lo que desarrollé en mi vida adulta. Siempre me sentiré en deuda con mis primeros amigos y con todas las gentes de El Frago.

Enfrente de la Escuela de Niñas estaba la de Niños, separada por un pasillo muy pequeño. Cuando la maestra se ausentaba, dejaba abiertas las puertas de las dos escuelas para que nos vigilara el maestro. A mí me parecía una clase muy grande, con los chicos en el lado que daba a Santa Ana, donde hoy funciona un bar de jóvenes, y las chicas en el de la plaza. A nosotras esos momentos nos gustaban mucho. Nos levantábamos a sacar punta a los lapiceros, a borrar la pizarra o a rellenar el tintero. Cualquier excusa era buena para conseguir que nos miraran los chicos. Entonces iba subiendo el murmullo en las dos escuelas hasta que oíamos el grito del maestro:

—¡Silenciooooo!

Esa voz potente nos amilanaba y nos quedábamos muy quietas con las risitas congeladas, esperando la hora del recreo para defendernos de los que nos habían acusado.

Desde mediados del siglo XIX hasta final de los años 60, El Frago tenía dos escuelas unitarias, una de niños, con un local propio, y otra de niñas, sin local. Las maestras daban sus clases en las habitaciones o las cocinas del pueblo que cada año alquilaba el Ayuntamiento. Todo cambió en 1928 cuando se inauguraron las Nuevas Escuelas. Las que fueron mi casa. Estas sí que tenían un local para los chicos y otro para las chicas. Y además viviendas para los maestros. Se hicieron en la época de don Bruno y doña Angelita, y se construyeron “a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Pero esta es otra historia, muy muy emotiva y muy larga.

En mi época, el maestro se encargaba de los chicos desde los seis hasta los catorce años. Y la maestra de las chicas. En los pueblos vecinos, si tenían menos de quinientos habitantes, una maestra se encargaba de una escuela mixta. Eso es lo que pasó unos años después, cuando se murió mi padre y se quedó mi madre con la escuela mixta.

Como toda la vida me ha picado el gusanillo de las Escuelas de El Frago, les he dedicado muchas horas de estudio. Consultando los archivos del Ayuntamiento, me enteré de que en 1838 ya teníamos una escuela dotada con 1.600 reales, pero no encontré el nombre del primer maestro hasta 1848. Y no me topé con ninguna maestra hasta 1874. Eso sí, me encontré con nombres de alumnos, y alumnas, que a los pocos años de haberse fundado la escuela ya tenían títulos de Magisterio. Eso me llevó a pensar que desde el principio también se daba clase a las niñas y que a lo mejor hubo una escuela parroquial anterior a la pública.

En otras ocasiones he rendido mi homenaje a las maestras. Hoy quiero completarlo con el de los maestros. Con todos los que, como ellas, entregaron lo mejor de sus vidas a los niños de El Frago. Además, ellos se implicaron en la vida cultural del pueblo. Unos ejercieron de secretarios, otros de concejales, y todos se ocuparon de las clases de adultos. Enseñaron a leer a los hombres cuando volvían del monte por las noches. Casi todos aprendieron a firmar y a llevar las cuentas de sus menguadas haciendas.

Manuel Marco, Felicia, Isabel...

Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1859–Biel, 1927). Fotografía cedida por la familia Marco.

Siglo XIX. Los comienzos de la escuela pública

1847-1872. José Sánchez Murillo. (Castiliscar, 1828–El Frago, 1872). El primer maestro. En 1855 ya era Secretario del Ayuntamiento. En 1871, cuando se inauguró el registro civil, se nombró secretario a Casiano Romeo Soteras. Pero José Sánchez, con residencia en la calle Mayor número 4, fue testigo de todas las actas de ese año.

Era hijo de Domingo Sánchez, labrador, y Manuela Murillo, naturales y vecinos de Castiliscar. Se casó con María Ardevines Boned (El Frago, 1840-Ídem, 1902), de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: Paulino, Generoso, Juliana y Vicenta. En septiembre de 1872 falleció su hija Vicenta (1868–1872) de tosferina y al poco tiempo don José fue víctima de una epidemia de tifus. En 1874, su viuda, María Ardevines se casó en segundas nupcias con el también viudo Valero Callau Beamonte (1843–1902), de cuyo matrimonio no quedó ningún hijo.

En El Frago se casaron sus hijos Generoso y Juliana. Generoso Sánchez Ardevines (1866- ¿?) con Luisa Laguarta Bonaluque (1879-¿?), hija de Juana Bonaluque Gállego (1850–1889), maestra que fue de El Frago. Y Juliana Sánchez Ardevines (1867-1925) con Silvestre Ara Cuartero (Lacasta, 1858 –El Frago, 1922).

1872-1872. Mariano Sánchez Barrio. (El Frago, 1851–Bayona, Francia, 1899). Estudió bachillerato en el Instituto Ramón y Cajal de Huesca y en 1872 ingresó en la Escuela Normal. Ese año, cuando falleció de forma inesperada don José, el Ayuntamiento lo contrató para que se ocupara de la escuela hasta final de curso.

Por la prensa de Madrid, sabemos que Mariano Sánchez Barrio llegó a ser un importante funcionario de Correos de Madrid. “Por la presente llamo y emplazo a Mariano Sánchez Barrio, natural de El Frago, provincia de Zaragoza, hijo de don Segundo y doña Ana, de 47 años, casado con Cristobalina Pueyo, oficial del Correo Central de Madrid. (Diario oficial de avisos de Madrid, 04/10/1898, p. 1). Al año siguiente el cónsul de España en Bayona comunicaba el fallecimiento del súbdito español Mariano Sánchez Barrio, empleado de Correos de Madrid y residente en Bayona desde el 14 de febrero de 1899.

1872-1877. Diego Laporta Soler. (Bailo, ¿?-¿?). Estaba casado con Inés Cervera,  la primera maestra que hasta ahora conocemos. Una de sus hijas que falleció en El Frago. Así lo recoge el registro civil: “A las 6 de la mañana del 9 de junio de 1876, ante don Serapio Les Giménez, juez municipal, y don Casiano Romeo Soteras, secretario, comparece Manuela Biescas, soltera, natural de El Frago, domiciliada en la calle de los Infantes 10, manifestando que Abelina Laporta Cervera, natural de Asín, provincia de Zaragoza, de cinco años de edad, domiciliada en El Frago, en la calle de los Infantes 18, falleció a las 4 de la mañana del día de ayer de una fiebre subsiguiente a la superación del sarampión. Que la finada era hija legítima de don Diego Laporta, natural del pueblo de Bailo, provincia de Huesca, y doña Inés Cervera, natural de Luesia, provincia de Zaragoza, mayores de edad, maestros de Instrucción Primaria de este pueblo”. Manuela Biescas (1857–1928), de casa Presijo, declaraba en su calidad de sirvienta.

Su hijo Miguel, (Triste, 1867-Jaca, 1885) falleció de gastroenteritis en el Seminario de Jaca, el año que cursaba cuarto de Teología.

1877-1879. Medardo Ros Vallés. (Benabarre, Huesca, 1856–Épila, 1915). Estudió en los Escolapios de Madrid y en 1874 obtuvo el título en la Escuela Normal de Huesca. En 1875 fue destinado a Fet, cerca de Benabarre, y en 1877 en Loscorrales (Huesca). Ese mismo año lo destinaron a El Frago y se alojó con su familia en casa del maestro Manuel Marco Bonaluque, en la calle Zaragoza, 1. Después ejerció en Mainar, Fuendetodos y en Plasencia de Jalón.

Estaba casado con Joaquina Lapuente Maza de Lizana (Apiés, Huesca, 1852–Lupiñén, 1941). Estando de maestro en El Frago nació y murió su hijo Pedro. Según consta en el registro civil era nieto por línea paterna de José Ros, natural de Latas (Huesca), y de Francisca Vallés de Benabarre (Huesca). Por línea materna de Guillermo Lapuente, de Arrudi (Francia) y de Nicolasa Maza de Lupiñén (Huesca). También nacieron de este matrimonio: Silvestre (¿?-¿?), Carmen (¿?-¿?), Medardo (Fuendetodos, 1882–1936) y Joaquín (1888–1945).

1879-1881. Manuel Marco Bonaluque

1926. Marco Bonaluque, Manuel

Manuel Marco Bonaluque con pajarita, en el centro, primera fila. Virgen de la Sierra, Biel, 1929. Fotografía cedida por la familia Marco.

(El Frago, 1859–Biel, 1927). Maestro y secretario del juzgado. Era hijo de Francisco Marco Ceballos (La Almolda, 1825-¿?) y Manuela Bonaluque Giménez (El Frago, 1830–Ídem. 1878), dueños de un comercio en la Calle Zaragoza, 1. Estudió Magisterio en la escuela Normal de Huesca. En 1878 compareció en el juzgado de El Frago para declarar la defunción de su madre: “Ante el juez don Sebastián Ángel y el secretario don Casiano Romeo Soteras, compareció Manuel Marco, hijo de la difunta, natural de El Frago, domiciliado en la calle Zaragoza 1, mayor de edad, soltero, maestro de instrucción primaria, e hizo la declaración en los siguientes términos: Manuela Bonaluque Giménez, de 47 años, estuvo casada con Francisco Marco, dedicado al comercio. Tuvieron tres hijos: Manuel, Elías y Elías, de los cuales fallecieron los dos últimos, viviendo el primero en compañía de su señor padre. Manuela era hija legítima de Juan Francisco Bonaluque natural de El Frago de y Bárbara Giménez, natural de Orés, domiciliados en El Frago.

En 1881 Manuel Marco obtuvo la plaza de la Escuela de Niños de Biel y en 1882 se casó con Isabel Sampietro Gállego (Biel, 1863–Ídem, 1938), hija de Juan Sampietro Torres (Sallent de Gállego, 1813–Huesca, 1899), maestro de Instrucción Pública, y de su segunda mujer Mariana Gállego Pétriz (Murillo de Gállego, 1836-¿?). Manuel e Isabel fueron los padres de Marino Marco Sampietro (1884–1927), casado con Delfina Bueno Garza (Agüero, ¿?–Alagón, 1953), maestra propietaria de la Escuela de Niñas de Biel. Su hija Isabel Marco Sampietro estudió Magisterio en Huesca.

1881-1883. Manuel Romeo Beamonte. (El Frago, 1863–Ídem, 1891). De casa Romeo, falleció de una herida en el pecho. Era hijo de Casiano Romeo Soteras (1828–1904), secretario del Ayuntamiento, y de Nicolasa Beamonte Larroy (1830–1892). En 1885 se casó con Carmen Les Biesa (1865-¿?), de casa Juan de Les, de cuyo matrimonio tuvieron dos hijas, Amadea (1886-¿?) y María de los Milagros Baltasara (1889-¿?). En 1881 el Ayuntamiento contrató a este “instructor no titulado”, porque no se cubrió la vacante que dejó Manuel Marco Bonaluque y porque no había ningún maestro ni ningún estudiante de Magisterio en el pueblo a los que se les pudiera conceder un certificado de aptitud.

1883-1910. Pedro Uhalte Alegre. (Villarreal de la Canal, Huesca, 1851–Petilla de Aragón, 1917). Este hijo de Gabriel Uhalte, de Transvillar (Francia), de profesión carpintero, y de Joaquina Alegre de Martes (Huesca), en 1877 obtuvo el título de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca.

Desde 1872 hasta 1880 fue maestro, con certificado de aptitud, de las escuela “incompletas” de Mojones (Huesca) y Cubel (Zaragoza). En ese momento los pueblos de menos de 500 habitantes tenían escuelas llamadas “incompletas” a cargo de un maestro con un certificado de aptitud, que solía otorgar el municipio. El aspirante se había formado como “pasante” de otro maestro. Las escuelas denominadas “completas”, a cargo de un maestro titulado por una escuela Normal, eran obligatorias en los pueblos de más de 500 habitantes. La ley de 1857 recomendaba que todas las escuelas incompletas se transformaran en completas. En 1880, la escuela incompleta de Cubel ascendió a completa y se hizo cargo Pedro Uhalte, que en esa fecha ya tenía el título de Maestro Elemental por la Escuela Normal de Huesca. En 1883 llegó a El Frago por concurso y en 1910 se fue a Petilla de Aragón (Navarra), también por concurso.

Según consta en su hoja de servicios, en los veintisiete años de maestro de El Frago lo felicitó la Inspección en dos ocasiones por la educación que daba a sus alumnos y la Junta Local le otorgó tres premios: uno el cinco de junio de 1885, otro el 6 de marzo de 1886 y otro el 8 de junio de 1890.

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Examen de Caligrafía. Archivo Histórico de Huesca.

Estaba casado con Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, ca. 1939), también maestra de El Frago, vivían en el local de la ruinosa Escuela de los Niños y participaron activamente en la vida del pueblo. Dieron clases de repaso, prepararon a muchos de sus alumnos para que salieran a estudiar fuera. Don Pedro, además, se ocupó de la Secretaría del Ayuntamiento en varias ocasiones. Y formó como secretario a su antiguo alumno, Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874–Bata, Guinea, 1952).

De su matrimonio con Simona nacieron tres hijos: María Teresa (Villarreal 1874–Sádaba, 1918), en 1897 obtuvo el título de Magisterio en Huesca y en 1899 se casó con Bonifacio Guillén Luna, (El Frago, 1975-¿?) de casa Pichón. Pedro (El Frago, 1884–Petilla de Aragón, Navarra, 1951), practicante, casado con Juana Arilla Aguas. Y María Esperanza (El Frago, 1888–Ídem, 1889), que falleció a los seis meses de una gastroenteritis.

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Escuelas Nuevas de El Frago. Foto de Bruno Gracia Sieso, 1929.

Siglo XX. Hasta 1936: las Escuelas Nuevas

1910-1910. Perfecto Cárdena. Este maestro interino cubrió la vacante que dejó don Pedro Uhalte. En 1912 estaba el las listas de las oposiciones de Valencia.

1910-1924. Manuel Olivares Muñoz: primera etapa fragolina. (Pobeda de la Obispalía, Cuenca, 1888–El Frago, 1950). Fue maestro de El Frago en dos ocasiones: interino (1910-1924) y propietario (1944–1950). Estudió Magisterio Elemental en Cuenca. Estuvo destinado en Rosalén del Monte (Cuenca) y en Abanades (Guadalajara). Se casó con Inocencia Romeo Alvarado (El Frago, 1882–Ídem, 1963), viuda, y no tuvieron hijos. Vivían en la Plaza, en la casa que actualmente ocupa el bar “4 Reyes”. En 1950, estando en activo, falleció de un infarto.

En 1910 llegó a El Frago donde, además de su labor docente, desarrolló una intensa activad pública. Desde 1912 hasta 1914 fue recaudador de contribuciones, en cuyo cargo le sucedió su padre, Eusebio Olivares Muñoz de las Heras (Belmontejo, Cuenca-El Frago, 1916), viudo de Eusebia Muñoz. Entre 1913 y 1915 fundó la Mutualidad Escolar “La Fragolina”. En 1918 fue elegido concejal, siendo alcalde Segundo Romeo Navarro. En 1924 aprobó las oposiciones y fue destinado a Córdoba.

En 1933, cuando salió a concurso la escuela de El Frago, quiso volver, pero le pisó la plaza Francisco Celma. En 1944 consiguió regresar y en 1945 fundó el Coto Escolar “Guion”, en el paraje de La Fuente.

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Segunda etapa de Manuel Olivares en El Frago. En 1948, en la puerta del Coto Escolar con un grupo de alumnos. Foto de Gregorio Romeo Berges.

1924-1925. Constantino Cristóbal Rabinal. (Mozota, 1896–Uncastillo, 1936). Estuvo de interino un año. Después ejerció en varios pueblos hasta que llegó a Uncastillo, donde fue nombrado director de la Escuela Graduada en 1935. Su nombre figura entre los maestros afiliados a la UGT fusilados en 1936.

1925-1931. Bruno Gracia Sieso.

55. 1929. Niños

Bruno Gracia Sieso con sus alumnos de El Frago, 1929.

(Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1962). Maestro y escritor. En 1925 llegó a El Frago por derecho de consorte. Entre 1926 y 1928, con permiso del Gobierno Civil y de la Inspección de Primera Enseñanza, él y su mujer abandonaron la escuela porque no encontraron vivienda en el pueblo y porque los locales en los que tenía que dar clase amenazaban ruina. Volvió en 1928, cuando las Nuevas Escuelas estaban a punto de terminarse. Y siguió hasta 1931, año en que se trasladó a Ronda (Málaga). En 1930, siendo maestro de El Frago, recibió un premio nacional por su labor educativa. Fue un escritor reconocido entre los costumbristas aragoneses de la época. Junto con Gil Losilla fundó la “Novela de viajes aragonesa”. De su etapa fragolina son muy interesantes los artículos sobre educación y las estampas fragolinas.

1926-1928. Benjamín Biescas Guillén. (El Frago, 1874–Bata, Guinea Ecuatorial, 1951). Secretario del Ayuntamiento desde 1901 hasta 1936. Había estudiado Magisterio y sustituyó a Bruno Gracia Sieso, desde 1926 hasta 1928, cuando tuvo que abandonar el pueblo.

Era hijo de Mariano Biescas Asín y Gregoria Guillén Casabona. En la escuela de El Frago fue alumno de Manuel Marco, Manuel Romeo y Pedro Uhalte, que lo preparó para su ingreso de Magisterio. Se casó en Zaragoza con Elisa Carrascón, en 1900, y se establecieron de comerciantes en El Frago, porque no encontraba trabajo de maestro. Durante sus años de Secretario del Ayuntamiento firmaba con la siguiente coletilla: “de profesión Maestro de Primera Enseñanza y de oficio Secretario”. En El Frago nacieron todos sus hijos, Guadalupe (El Frago, 1902–Ídem, 1902), Gregorio (El Frago, 1904–Ídem, 1907), Clara Alicia (El Frago, 1905-Luna, 1991), Valeriana (El Frago, 1907– Zaragoza, 1980), y Segundo Benjamín (El Frago, 1911–Ídem, 1912).

Desde 1899 hasta 1936 dio repasos en su casa, enseñó a leer a los adultos y preparó a los alumnos que querían salir a estudiar. Dada su quebrantada salud, tuvo varias licencias por enfermedad en las que siempre dejó un sustituto pagado de su propio sueldo. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Madrid por motivos de salud, y no pudo regresar “hasta la completa liberación de España”, por cuyo motivo le fue incoado un expediente y no le permitieron volver a ocupar la Secretaría de El Frago. En 1939, desde su residencia accidental en Guaro (Málaga) solicitaba la jubilación por “una anemia cerebral que lo incapacitaba para el ejercicio de su profesión”. Sobre 1950 llegó a Bata acompañado de su hija Valeriana y con sus cuatro nietos, Juan, Luis, Pilar y Elisa. Murió en Bata, donde su yerno Juan Sánchez Mariscal era el Secretario del Ayuntamiento. En 1957 el Ayuntamiento de El Frago le concedió a su viuda una pensión de viudedad de trescientas pesetas al mes.

1931-1933. Gonzalo López García.

Gonzalo López García

Gonzalo López García (Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Foto de Gregorio Romeo Berges, 1932.

(Clares de Ribota, ca. 1909–Sanatorio de Pineta-Bielsa, 1936). Estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Soria. Estando en El Frago aprobó los cursillos de 1933 y lo destinaron a Caspe.

En 1933, participó en el homenaje a la vejez. Ocupaban la presidencia del acto el alcalde, el juez municipal, el cura párroco y los maestros de las respectivas escuelas con el Ayuntamiento en pleno. Los niños de las escuelas entonaron el himno de Riego y los himnos Ama a los viejos, La legión, En ruta por la vida, La mariposa y la flor y A trabajar. La maestra Raimunda Casabón pronunció el discurso Amemos a los viejos y el maestro Gonzalo López García, Los viejos y el asilo. Varias niñas de la escuela representaron el sainete La Pordiosera, y cierto número de niños el sainete La flauta mágica. Después de los discursos de las autoridades, para terminar, los niños de las escuelas entonaron nuevamente el himno de Riego. (La Voz de Aragón, 1 de junio de 1933).

1932-1932. Gregorio Romeo Berges.

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Gregorio Romeo Berges, 1931.Saliendo de clase. Zaragoza. Plaza de la Magdalena.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969). Estudiante en prácticas, sustituyó a Gonzalo López García en una baja por una larga enfermedad. Esta interinidad nunca constó en su hoja de servicios, pero la inspección la hizo constar en un certificado. Fue maestro propietario de El Frago desde 1951 hasta 1969.

1933-1936. Francisco Celma Felipe. (Brieva de Cameros, Logroño, 1905-Zaragoza, 1936). Era hijo de Joaquín Celma Giner, también maestro, y de Patrocinio Felipe. Comenzó los estudios a los quince años, cuando todavía regía el plan de 1914 y aprobó las oposiciones en 1930. En 1931 fue nombrado propietario provisional de Cenzano (Logroño), y en 1933 llegó a El Frago por traslado. Estaba casado con Juanita Gracia del Río, natural de Calatayud, y tuvieron tres hijos, Joaquín (Cenzano, 1932), María Pilar (El Frago, 1934), cuya madrina de bautismo fue la maestra Ángela Romeo Idoipe, y Blanca Fe (El Frago, 1935), a quien también amadrinó otra maestra: Isabel Peribañez Sánchez.

Colaboró con el Ayuntamiento del Frente Popular y con la UGT. Estaba bien integrado en el pueblo y tenía bunas relaciones con todo el mundo: “Las fiestas acabaron con un banquete en la “Peña de Amigos”, compuesta por el médico, Bernardino Pérez, el cura párroco, don Teodoro Jiménez Coli, el maestro nacional, don Francisco Celma Felipe, el secretario del Ayuntamiento, don Felipe Soria Ransanz y otros jóvenes entusiastas” (La Voz de Aragón, 11 de octubre de 1933). Cuando estalló la Guerra Civil desapareció de El Frago. Unos meses más tarde fue fusilado en su casa de Zaragoza, en la calle Borao número 8.

La Guerra Civil: sin maestros

1936-1936. Restituto Ara Romeo. (El Frago, 1893–Ídem, 1960). Practicante y barbero, domiciliado en la calle Infantes 18. Era hijo de Juan Ara Cuartero (Lacasta, 1843–El Frago, 1922) y de su segunda mujer Pascuala Romeo Ardevines (1850 – 1942). Se casó con Josefa Morlans Tolosana (1889-1967).

El Ayuntamiento lo contrató como “instructor no titulado” para sustituir a don Francisco Celma Felipe. “Habiendo quedado vacante la escuela, se acuerda que don Restituto Ara Romeo, como practicante titular, se haga cargo provisionalmente de la Escuela de Niños, hasta tanto sea promovida por el rectorado universitario de forma legal” (Acta del Ayuntamiento, 14/11/1936. Archivo Municipal de El Frago)

1936-1938. Ángela Sarasa Lasierra. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1908–Zaragoza, 1991). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1938-1943. Ángela Falo Piazuelo. (Alcalá de Gurrea, Huesca, 1914-¿?). Fue nombrada para cubrir la vacante de la escuela de niños.

1941-1941. Mecedes Laguarta Dieste. (El Frago, 1921–Valencia, 2009). Realizó sustituciones en la escuela de las chicas y en la de los chicos.

13. 1951-Exposición productos

Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-Ídem, 1969) con sus alumnos en una exposición de productos del huerto escolar en el Fosal, en 1953.

Después de la Guerra Civil: vuelven los maestros

1942-1943. Félix Armendáriz Virto. (Corella, 1916–Ídem, 1997). Hijo de Jesús Armendáriz Arrivillaga y de Josefina Virto. En 1943 se fue por traslado a Corella, donde se jubiló.

1943-1944. Luis Alós Falcón. Solo estuvo unos meses, porque ese año el concurso de traslado se resolvió en diciembre

1944-1950. Manuel Olivares Muñoz: segunda etapa fragolina.

1950-1951. Bonifacio Gómez Barrio. Estuvo unos meses y fue cesado por haber sido nombrado para otra escuela de la provincia de Segovia.

1951-1951. Diego José Lorenzo Germán. Estuvo unos meses de propietario provisional.

1951-1951. Mariano Marco Gota. (Alcubierre, Huesca, 1911–Huesca, 1978). Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Candelaria Palacio Domec y tuvieron dos hijos, Antonio y Jaime.

1951-1969. Gregorio Romeo Berges.

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1967. Excursión escolar a Ordesa. Gregorio Romeo Berges con un grupo de alumnos de El Frago.

(El Frago, 1912–Ídem, 1969) El último maestro propietario. Estuvo un año de sustituto (1932), y dieciocho como propietario (1951–1969). Era hijo de Francisco Romeo Palacio (1855-1926) y de Antonia Berges Beamonte (1885–1950). Estudió Magisterio en Zaragoza (1929–1933) y aprobó las oposiciones de 1941. Fue maestro interino de El Frago (1932), Fuentes de Ebro (1937) y Biel (1938–1940). Propietario provisional de Biel (194 –1943) y propietario definitivo de las escuelas graduadas de Ejea de los Caballeros (1944–1945), de la de niños de Erla (1946–1950) y de la de El Frago (1951–1969).

En 1943 se había casado con Asunción Pemán Marco en Biel, donde ambos estaban en propiedad provisional. Tuvieron dos hijas: Concepción “Maruja” (Ejea de los Caballeros, 1944) y Carmen (El Frago, 1948). En 1969, con la emigración a la ciudad, se estaban vaciando las escuelas y, a su muerte, la escuela de El Frago se convirtió en mixta.

Desde 1969 hasta 1990. Solo maestras

La Escuela Mixta y la Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza fueron las dos últimas etapas de una escuela que agonizaba y que estaba a cargo de maestras. Pero encontramos dos excepciones: un maestro sustituto de Nieves Escartín y otro nombrado para la guardería.

1978-1979. Alfonso Ortiz Herrera. De la etapa de la Escuela Mixta. Sustituyó a Nieves Escartín desde octubre de 1978 hasta febrero de 1979.

1985-1987. Antonio Berdor Bailo. El único maestro de Guardería de la Diputación Provincial de Zaragoza. Estuvo tres meses en el curso 1985–86 y todo el curso 1986 –1987.

Para terminar

Algunas maestras y maestros echaron raíces, se implicaron en la vida del pueblo, consiguieron erradicar el analfabetismo y lograron que las gentes valoraran la enseñanza como un bien muy preciado.

José Sánchez Murillo, el primer maestro que conocemos, llegó como propietario en 1847, se casó con María Ardevines y ejerció veinticinco años, hasta que se lo llevó una epidemia de tifus en 1872. Gregorio Romeo Berges, el último propietario, estuvo diecinueve años, y también se lo llevó un accidente casual en 1969. José y Gregorio, el primero y el último, son dos de los veintiséis eslabones de esta cadena de relevos que duró ciento veintidós años.

Pedro Uhalte vivió veintisiete años en El Frago. Entre 1883 y 1910, preparó a muchos alumnos para que salieran a estudiar fuera. En sus clases de repaso consiguió que casi todos los hombres de El Frago aprendieran a firmar. Después recogió el testigo su alumno Benjamín Biescas, el gran protector de la cultura fragolina.

La década dorada de los años 20: Ángela García Alegre y Bruno Gracia Sieso. Este matrimonio de maestros-escritores estimuló la cultura y consiguió que se levantara un edificio escolar con dos escuelas y viviendas para los maestros. Todo el pueblo colaboró en este proyecto, unos con su trabajos y otros con sus ahorros. De la mano de estos maestros salió una generación de licenciados fragolinos.

Durante la Guerra Civil, con el maestro titular fusilado y sin maestros disponibles, porque unos habían muerto y otros estaban en el frente, el rector, que era el encargado de la Educación Primaria, recurrió a Restituto Ara, una persona del pueblo no titulada. Y luego, de forma excepcional, nombró maestras para cubrir las vacantes de la Escuela de Niños.

En la posguerra, dos maestros recuperaron el pulso. Los seis años de Manuel Olivares, casado con la fragolina Inocencia Romeo, y los dieciocho de Gregorio Romeo, natural de El Frago, dieron como fruto una nutrida generación de titulados universitarios.

Los años de la escuela mixta coincidieron con el momento en que los pueblos de España se estaban vaciando del todo. Y esa fue la razón por la que se cerró una escuela que se había levantado y mantenido con tanto esfuerzo y entusiasmo. Sirvan estas líneas para que nunca muera del todo.

Camen Romeo Pemán

Imagen principal. 1929. Bruno Gracia Sieso en la Escuela de Niños de El Frago.

Presentación libro

Agua del cántaro

De las fragolinas de mis ayeres

Dionisia bajaba todas las tardes a la fuente a buscar agua fresca para los hombres que llegaban sudorosos del monte. Ese día, como los anteriores, cogió el cántaro que guardaba en el brocal del aljibe del patio y se lo puso en la cadera. A las siete en punto salió por la puerta delantera de su casa, que estaba a las afueras del pueblo, y enfiló la pendiente que llevaba hasta el Arba. Anduvo sola hasta la Peña de Tolosana. Allí se sentó y esperó a que llegaran sus amigas.

Dionisia era la más puntual. No perdía tiempo en arreglarse como sus amigas. Y todo porque su madre, que pensaba aún no le había venido la regla, a los catorce años no la dejaba pintarse ni usar enaguas almidonadas.

—Ya tendrás tiempo cuando seas moza casadera. Entonces sí que tendrás que engalanarte para que se te acerque algún mozo y no quedarte para vestir santos.

—¡Calle, madre! —Dionisia se tapaba las orejas con las manos.

—¿Qué me calle? Vamos, no se puede llegar a más. —Entonces levantaba el índice amenazante—. Un solterón aun sirve para algo, pero una solterona es la peor desgracia que le puede caer a una familia.

Cuando vio llegar a las amigas por la revuelta del Peñazal, se unió a ellas y continuaron todas juntas, quitándose la palabra las unas a las otras:

—Mirad, este lazo rojo me lo regaló Juan para la sanmiguelada —decía Quiteria.

—Pues a mí me dijo Jorge que me traería unos pendientes de la feria de Ayerbe — contaba Jacoba.

—Anda, eso no es nada. A mí Felipe me va a comprar el anillo de pedida —terciaba Blasa.

En medio del griterío Dionisia callaba y miraba al suelo para no tropezar con las piedras del camino. Pues sabía que si se le rompía el cántaro su madre no le compraría otro.

En la bajada se daban prisa para llegar antes que los mozos. Hacia las siete y media ya habían llenado los cántaros y se divertían remojándose con el agua de la fuente. Ese día Dionisia se alejó del grupo y se sentó pensativa. Al poco rato llegaron los mozos a abrevar las caballerías. Les soltaron los ramales y las dejaron beber mientras ellos se acercaban a las mozas. Con el reencuentro se acabaron los juegos y comenzaron las conversaciones pícaras. Dionisia los miraba como si nada de eso fuera con ella.

Cuando las caballerías dejaron de beber, emprendieron la vuelta al pueblo. En la subida, las mozas ya no iban tan dicharacheras ni tan alegres. Caminaban muy concentradas, junto a los mozos. De vez en cuando alguna pareja se apartaba un poco para hablar a solas.

A Dionisia, que iba rezagada y encogida, como si se avergonzara de su cuerpo de niña, se le acercó el mozo más joven y le dijo:

—Yo sé lo que te pasa. Y te voy a esperar.

Se puso tan nerviosa que dejó de mirar al suelo. Entonces tropezó, se le cayó el cántaro y se hizo añicos. Notó algo húmedo entre las piernas. Se decepcionó al ver que sólo era el agua del cántaro que se le escurría por las enaguas.

Dionisia no dijo nada, siguió andando unos pasos, volvió la cabeza y vio el charco junto a una piedra, en el último recodo del camino. Sintió una punzada en el pecho. Sólo ella sabía que hacía tres meses que había tenido la regla por primera vez y que después del encuentro con Manuel ya no le había vuelto a venir.

Cuando llegaban al pueblo sonaban las campanadas del reloj de la torre. A esa hora llegaban los hombres del monte y su madre esperaba el agua para llevarla a la mesa. A las ocho en punto entró en su casa, se apoyó en el brocal, contempló su cara en el agua negra del pozo y oyó el eco lejano de los gritos de su madre:

—¡Dionisiaaaaa!, ¿dónde está el agua del cántaro?

Por las rendijas de la puerta entraban los silbidos del cierzo que arremolinaba las flores en el camino.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. “Llenando el cántaro en la fuente de El Frago”, de Carmen Romeo Pemán.

Los primeros cigarrillos

De las fragolinas de mis ayeres

A los que aprendieron a fumar en la Casianería

Pili estaba jugando en El Fosal y se le pasó la hora de la comida. Cuando vio que eran cerca de las dos en el reloj de sol de la pared de la iglesia, echó a correr y llegó a su casa muy acalorada. Sus padres ya estaban sentados en la mesa con las manos juntas, como cuando se ponían de rodillas en el primer banco de la iglesia para seguir la misa con más atención. Su madre había levantado las cortinillas que tapaban el aparato de radio. Así llegaba la voz con más claridad y no tenía que oír siempre la misma monserga de su marido dando la matraca de que con ese trapo por encima no se enteraban de nada.

A la vez que ella se acomodaba en la silla, la voz del locutor invadió el comedor: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes!

A continuación sonaron las primeras notas del himno nacional y los tres se quedaron callados escuchando el parte, que así se llamaba al diario hablado de Radio Nacional de España.

Pili no había entendido nada, además la abstraía la corbata raída de su padre. La sacó de su ensimismamiento el andar entrapado de su madre y el olor a garbanzos que despedía el puchero humeante. Lo llevaba cogido del asa con un trapo de lino. En ese momento, su padre levantó los ojos y se dirigió a su madre:

—Felisa, por favor, ¿puedes apagar ese cacharro? Ahora que ya ha acabado el parte tenemos que hablar. — La madre dejó el puchero en la mesa, apagó la radio y se sentó.

—Y tú, Pili, a ver si desembuchas, que ya me he enterado de tus andanzas.

—No sé a qué se refiere, padre. —Pili se esforzó en hablar con un tono de niña sumisa.

—Pues, ¿a qué me voy a referir? A que me he enterado de que te pasas todas las tardes fumando en un cobertizo con los chicos de la escuela.

—¿Quién le ha contado semejante mentira? —No pudo evitar que le subieran los colores.

—Quieres que te dé nombres, ¿verdad? Pues, no. Que de esto se ha enterado todo el pueblo, ¡menos nosotros! —Entonces se volvió a su mujer y le dijo: —Acabo de venir del estanco, ¿sabes?

—¿Pero a qué ha ido al estanco? —le preguntó su hija. Y abrió mucho los ojos—. ¡Si usted no fumaaa! —El rojo de las mejillas cada vez era más brillante.

—¿Pues a qué crees que he ido? —Sin darle tiempo a contestar siguió hablando: —A enterarme de quién le compra el tabaco al cura.

Pili hizo ademán de contestar, pero se tapó la boca con las manos. Su padre la fulminó con la mirada.

—¡Y vaya sorpresa! Cuando me lo dijeron lo negué. No me cabía en la cabeza que fueras tú. —Comenzó a chafar las migas de pan con el pulgar.

—Padre, déjeme que se lo cuente. —Pili apartó el plato de sopa que tenía delante.

—¿Qué me vas a contar? ¿Más trápalas? ¡Menuda liante estás hecha! —Levantó la mano— ¡Cállate y escúchame!

—Escúcheme usted a mí, por favor. —Casi le saltaban las lágrimas.

—¡Que no, que no! Que ya sé que le has dicho al estanquero que el cura te manda a comprar cuarterones de picadura y librillos.

—¡Y es cierto! —Levantó la cabeza y lo miró de frente—. Muchas tardes, cuando va al bar, me lo encuentro en la plaza y me dice: “Anda, Pili, hazme un recado. Cómprame tabaco. No te olvides de decir que es para mí”

—Sí, sí… antes se coge a un mentiroso que a un cojo —le dijo su padre con retintín.

—Padre, es que necesito que me crea. —Juntó las manos.

—Pues has de saber que también le he preguntado al cura, y me ha dicho que te ha mandado algún día, pero no tantos. —El padre iba subiendo el tono de voz. Pili se volvió hacia su madre. Pero Felisa siguió en silencio.

—Así que ahora mismo vas a decirme de dónde sacas el dinero y dónde escondes el tabaco. —Se limpió los labios y dejó la servilleta a un lado.

—Es que es un poco largo de contar. —Pili no pudo contener los hipidos.

—No te preocupes, puedo esperar. Tengo todo el tiempo del mundo —le contestó su padre. Se arrellanó un poco en la silla y cruzó los brazos.

—Pues verá. —Se quedó callada. No podía arrancar.

—Sigue, sigue, que te escucho.

—Pues verá. Resulta que usted, en la escuela, amenazó a los chicos. Les dijo que, si se enteraba de que fumaban, los castigaría y avisaría a sus padres.

—¡Pero yo no hice nada! Además, no entiendo qué tienen que ver aquí los chicos.

—Pues que ellos pensaron que yo me iba a chivar.

—¿Cómo? A ver, a ver.

—Sí, le digo que fue culpa de los chicos. Entre todos me obligaron a fumar. —Como si acabaran de darle cuerda, no se podía parar—. Me dijeron que tenía que arreglármelas para conseguir el tabaco sin que el estanquero sospechara que era para ellos.

—¡Ah, claro! —El padre se golpeó la frente—. ¡Ya entiendo! Entonces te ofreciste a ir a comprar el tabaco del cura, ¿no?

—¡Pues no! En eso está usted muy equivocado. Está mezclando dos cosas. Una son los chicos y otra lo que el mosén me pidió.

—¿Y tú también vas con los que le quitan las colillas que se deja guardadas para después de la misa en un agujero de las piedras de la pared de la iglesia?

—¡Pero qué mentiroso es este cura! —Se puso de pie—. Si las deja tan chupadas y mojadas que ya no hay quien se las fume.

En ese momento terció la madre que hasta entonces no había metido baza.

—No hace falta que saquéis tantos trapos sucios —Se giró un poco y se dirigió a su hija: —Mira, yo ya me había dado cuenta de que la ropa te olía a humo.

—¡Lo que me faltabaaa! —exclamó el padre.

Pero la madre hizo como que no lo oía y le siguió hablando a su hija:

—Y tú que no, madre, que es del humo del hogar. Y yo haciéndome la tonta, como si no supiera la diferencia que hay entre el olor del humo de la leña y el del tabaco. Y, si no, ¿de dónde te viene esa afición a masticar raíz de regaliz para quitarte el mal aliento?

El padre dio un puñetazo en la mesa y las dos mujeres se quedaron con la palabra en la boca.

—Tú, Felisa, empieza a servir la comida y calla, que nadie te ha dado vela en este entierro. —Su mujer bajó la cabeza y él se dirigió a su hija: —Ahora, Pili, vas a confesarme con quién vas y de dónde sacáis el dinero.

—¡Eso sí que no! Usted mismo me ha enseñado que no tengo que ser acusica. Y menos aún soplona de mis amigos.

—Pero esto no es una travesura de niños. Esto es un pecado muy grave. Y te lo tienes que confesar.

—¡Grave será para usted!

—¿Qué formas son esas de contestar a tu padre? ¿No te das cuenta de que también el maestro de todos esos golfos que te has echado de amigos? Más te valdría ir con las chicas.

—¡Que aproveche! —le contestó Pili y dejó doblada la servilleta junto al plato de sopa que su madre le acababa de servir.

A continuación salió del comedor y, mientras bajaba las escaleras, se sacó un cigarrillo, aplastado y mal liado, que lleva escondido en el sujetador. Salió a la calle y, en la esquina del fumadero de casa Casiano, divisó a unos colegas que le estaban dando la bienvenida con eso de Una marcha en fa, una marcha en fa mayor, una marcha por favor, para la hija del amor.

Carmen Romeo Pemán

No quiero ser monja, no

Las fragolinas de mis ayeres

No quiero ser monja, no

que niña namoradica so.

Anónimo. Lírica tradicional. La malmonjada.

Llevaba una semana nevando y el peatón correo no podía pasar el puerto con su saca al hombro. Aquella tarde llegó sin que nadie lo esperara: “¡Cartaaa de Sevillaaa!”.

Filomena se sobresaltó, dejó el costurero en el suelo y bajó corriendo al patio. Volvió a la cocina rasgando el sobre. Mientras su marido se calentaba los pies en el hogar, corrió los visillos del balcón para aprovechar bien la luz, se quedó de pie, apoyada contra los cristales, y comenzó a leer la carta en voz alta.

JHS

Queridos Babil y Filomena: espero que al recibo de la presente estéis todos bien, incluidos los niños, especialmente Isabel. Yo bien, gracias a Dios.

Cuando su hermana María se fue al convento, Filomena pensó que ya no los importunaría más. Por eso, cuando vio aquella letra picuda explotó. Nunca le perdonaría que se hubiera metido monja para tapar semejante chanchullo.

—Babil, ya te lo decía yo —dijo acercándose al hogar para que su marido la oyera bien—. ¿No ves qué beata se ha vuelto María?

Y, sin dar tiempo a que le contestara, comentó lo que acababa de leer:

—Yo bien, gracias a Dios —dijo con retintín—. ¿A qué viene eso de gracias a Dios? ¡Gracias a nosotros, que hemos cargado con su mochuelo! Y encima le dimos una dote como a la mejor novia del pueblo.

Babil, que conocía los estallidos de Filomena, agacho la cabeza. Como siempre repetía lo mismo, se sabía de memoria lo que iba a decir. Así que, en lugar de escucharla, dejó volar sus pensamientos: “Vuelta con la burra al trigo. ¿Qué querrá que le diga ahora? No se da cuenta de que María nos ha hecho un favor huyendo”.

Se revolvía un poco en la cadiera y seguía con su martingala: “Desde el primer momento la vi venir. Cuando la caté me dejó encandilado. No había conocido a ninguna moza que follara como María. Y a la mañana siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¡Hala! todos a rezar el rosario. Hasta que se marchó tenía mortificada a la pequeña Isabel con tantas oraciones. Como si quisiera que la niña purgara sus culpas”

Filomena seguía con la carta en la mano esperando que le dijera algo. Pero él cada vez se concentraba más en sus cavilaciones: “Digan lo que digan, yo la echo de menos. Desde que se fue tengo que buscar alivio en otros andurriales. El médico me advierte que tenga cuidado, que puedo coger algún chancro”.

Se apretó las sienes con las yemas de los pulgares como si le doliera la cabeza.

“¡Todavía no he cumplido los cuarenta y ya estoy hecho un viejo! ¡Todo por culpa de esta mujer que me tiene en ayunas! Si no fuera la epilepsia, seguro que encontraría otra excusa”.

Filomena, se sacó un pañuelo de batista del bolsillo, se limpió una legaña, carraspeó un poco y siguió leyendo.

El motivo de la presente es comunicaros algunas decisiones de la Madre Superiora con respecto a mi caso.

—Si ya lo sabía yo, Babil —subió el tono de voz, como si le hablara a un sordo—. Sabía que no nos iba a dejar en paz ni a mil leguas de distancia. Como está muy reconcomida por dentro, andará revolviendo Roma con Santiago para salirse con la suya. Como si lo viera.

Dejó a un lado la carta y se rascó con fuerza los brazos, como si tuviera una urticaria. Tragó saliva y siguió:

Resulta que cuando acabé el noviciado y profesé los primeros votos, Babil me liquidó la herencia con dos hábitos nuevos, dos velos y cien pesetas

A Filomena se le quebraba la voz a medida que seguía leyendo.

Ahora, con motivo de los votos perpetuos, el señor Vicario ha revisado mis condiciones de ingreso y entiende que lo que vosotros me disteis era solo una dote, como la de una novia, pero no la mitad de un patrimonio familiar que había que repartir entre dos hermanas.

—¿No te lo decía yo, Babil? Es que no me hace falta seguir leyendo. Me dan ganas de quemar la carta. Mira, mira lo que dice la muy pécora.

Yo no recibí lo que me correspondía por haber fallecido mi hermano mayor, el heredero, sin descendencia ni testamento. Y, antes de que la Congregación emprenda una reclamación legal, me gustaría haceros una propuesta.

Como su marido estaba tan ensimismado y con la cabeza tan baja que casi le rozaba las rodillas, le espetó:

—¿Es que no piensas decir nada? ¡Como siempre! —Entonces un ligero temblor de barbilla la hizo tartamudear—. Des…desde que que María se fue al con… convento

Antes de que Filomena acabara el párrafo, Babil comenzó a atizar el fuego. Con el chisporroteo de las llamas, recordó las primeras imágenes de las dos hermanas en el velatorio de su hermano, el heredero, al que había acudido con otros mozos del pueblo.

“No me explico cómo me pude ofuscar tanto. La noche que vine a darles el pésame, me pareció que necesitaban un hombre. ¡Vaya ocasión! ¡No una, sino dos! ¡Y encima las dueñas de la mejor hacienda de la redolada! Así que aproveché el momento y, a los pocos días, me decidí a dar el paso. Filomena no se hizo de rogar. Aunque era la mayor, no había tenido ningún pretendiente”.

Filomena se giró hacia el hogar y notó que Babil tenía los ojos húmedos. Creyó que, como estaba demasiado cerca del fuego, se le habrían irritado por el humo. Si se hubiera fijado con más atención, habría podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza.

A estas alturas Babil ya no la escuchaba, ni le interesaba lo que decía la carta.

Como quiero servir a Dios, y no será posible si no recibo lo que me corresponde, y como ahora vais a tener más gastos con los estudios de los niños, la Madre General me dice que si vosotros entregáis mi parte, en pago a vuestro esfuerzo, la comunidad se encargará de la educación de Isabel.

Estas palabras la irritaron tanto que sus gritos se podían oír desde la calle.

—Mira que os resultó fácil esconder el embarazo de María. Que ni yo me enteré. Me dijiste que la llevabas a Jaca con los endemoniados para que santa Orosia le sacara el Gran Mal. Y cuando vi tu lunar en la espalda de la niña no me lo podía creer.

Filomena se frotó la nariz y bebió un sorbo de agua.

—El día que decidiste adoptar a la niña, María se fue a hablar con el cura para que le buscara una orden religiosa. Y ese día, las que estaban lavando con ella en el Arba la oyeron cantar eso de: “No quiero ser monja, no, que niña namoradica, so”.

De repente Filomena comenzó a echar espuma por la boca. Su marido la vio que se desplomaba y pensó: “¡Ojalá sea el último ataque! Que aún tengo redaños para buscar otra hembra”.

Sin nada más que deciros, se despide vuestra hermana, que lo es, María  Iriarte.

Religiosa profesa de velo y coro en la Congregación de las Hermanas de la Caridad

Babil acabó de leer la carta en silencio y la echó al fuego.

Inmaculada. No quiero ser monja

Carmen Romeo Pemán

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

Pan para los rebeldes

De las fragolinas de mis ayeres

Era una tarde soleada y todas estábamos calladas en la clase de labores, escuchando los cuentos de doña Simona. De repente se abrió la puerta y entró un hombre con una escopeta en un hombro y una manta de cuadros en el otro. Con la mano le hizo una señal a doña Simona para que saliera. Entonces ella se levantó con sobresalto, salió al pasillo y estuvo un buen rato conversando con el señor de la manta. Aunque no podíamos oír lo que decían, nos llegabael tono excitado de la maestra. Cuando volvió, tenía la voz rara.

—Ahora vamos a suspender la clase y cerraré la escuela. Vosotras os vais a casa sin pararos en ningún sitio. Y no tengáis miedo que no os pasará nada, os lo prometo yo, y también este señor que está a mi lado. —Se giró a señalarlo y vio que no estaba solo.

Aquella aparición fantasmagórica nos hizo temblar a todas. Obedecimos a doña Simona y, en una fila muy ordenada, sin empujones, salimos a la plaza. Y ¡qué sorpresa! Allí estaban nuestras madres cosiendo botones en las camisas de unos hombres que habían venido del monte. Enfrente de la puerta de la escuela, el banquero que iba de un lado al otro de la plaza estaba lleno de panes de kilo y medio. Yo nunca había visto tantos panes juntos. No sé cuántos había, pero, desde luego, eran muchos, como si hubieran juntado los de todas las masadas de todas las casas del pueblo.

Cada una de nosotras se acurrucó junto a su madre, menos las dos chicas de casa Zarrampullo que, como no tenían madre, se quedaron junto a la maestra.

De repente oímos a Dominica del Corronchal que se dirigía a un grupo de hombres armados:

—¡Oigan, ustedes! Nosotras les llevaremos la comida que podamos recoger y les amasaremos pan. También les lavaremos la ropa y les remendaremos las camisas. Pero no vengan al pueblo, que nuestros hijos se ponen nerviosos. Nosotras iremos al monte con el recado.

Antes de que nadie le replicara continuó con un tono más enérgico:

—Saquen ahora las mulas de nuestras cuadras y váyanse antes de que vuelvan nuestros maridos del campo, que aquí se armará la de san Quintín si no tienen sitio donde meter las nuestras cuando lleguen.

El grupo de hombres sacó las caballerías de las cuadras, recogió los panes y, con calma, tomó el camino que llevaba a la Sierra de la Carbonera. De todos era sabido que allí había un importante campamento de maquis.

Las mujeres esperaron a que los maquis desaparecieran por la collada. No faltaba ninguna. Ellas iban a arreglar este asunto. Ya bastaba de violencia. Si los hombres tenían que ir al monte, Dominica haría las veces de alcaldesa y las otras estarían con ella. Todas juntas conseguirían acabar con un enfrentamiento que azotaba a Valzargas y a la redolada desde hacía más de cuatro años.

Desde entonces se tuvo en cuenta la voz de las mujeres valzargueñas. Cuando llegaron las elecciones, Valzargas tuvo un Ayuntamiento solo de mujeres.

Y doña Raimunda escribió un relato para que nunca se olvidara esta gesta. Hoy en las clases de costura las niñas le piden a la nueva maestra:

—Por favor, léanos el cuento que dice cómo nuestras abuelas amasaban el pan para los rebeldes.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

20170209. Inmaculada en el Pablo Gargallo

Inmaculada Martín Catalán dibujando en el museo Pablo Gargallo

Y las niñas en una cocina

De las fragolinas de mis ayeres

Como en El Frago no había ningún local disponible para la escuela de las niñas, doña Simona, que se alojaba en casa de la señora María del Socarrau, le pidió que le dejara dar las clases en la cocina.

—Bueno, pero los padres tendrán que traer la leña del fuego, que cada vez tengo menos fuerza. —Se ajustó bien la toca por detrás de las orejas—. Mire, ya no puedo venir del monte con un fajo en la cabeza y otro en las costillas.

—De acuerdo, hablaré con los padres y haremos el cambio cuanto antes, que en la Herrería Vieja estamos pasando mucho frío —le dijo doña Simona.

—¿A quién se le ocurriría meter a las niñas en la Herrería? —Se santiguó como siempre que le venía un mal pensamiento—. ¡Vamos, ni al que asó la manteca!

—Bien, pues mañana vendremos aquí.

Entre las dos movieron las cadieras que rodeaban el hogar para hacer más sitio. Pusieron la mesa de comer debajo de la ventana. Colgaron el crucifijo detrás de la puerta, así no se ahumaría. Y el retrato de la Reina Madre encima de la fregadera.

Doña Simona se quedó mirando el esplendoroso vestido blanco y la corona de brillantes de la Regente. Pensó que era buena señal que gobernara una mujer. La austriaca María Cristina había sabido hacerse un hueco en el corazón de Alfonso XII, a pesar de que toda su vida siguió llorando a Merceditas. Al menos así se lo cantaban las niñas de El Frago cuando jugaban al corro en la hora del recreo:

—¿Dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti?—Voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi.

rayaaaaa

Al día siguiente la casa se llenó con el bullicio de las niñas. Cada una llevó su banquico y les costó un buen rato acomodarlos en una cocina tan pequeña.

Aquellas clases alrededor del fuego se llenaron de magia, sobre todo para Victoria de casa Melchor.

Se quedó alelada cuando una mula le abrió la cabeza de una coz. Pero le gustaba que, por las tardes, la llevaran a la escuela. Escuchaba los cuentos de doña Simona mientras intentaba bordar flores de cruceta en los trapos viejos que le daba su madre. Y se excitaba con el revuelo que se montaba cuando la maestra leía cuentos de amores.

Qué griterío se armaba por saber si Casilda había hecho bien o mal al rechazar a Ramón. Y qué lloros por el cantarico que había roto la caprichosa Lucía. Victoria deseaba que sus tías se parecieran a la cariñosa tía Julia. Y quería ser inteligente y fuerte, como la niña de Isabel, la protagonista de uno de sus cuentos preferidos.

Sus ojos se llenaban de lágrimas cuando doña Simona acababa el cuento “España, flor” con aquello de “que nos quede en medio de tanto barro y de tanto dolor, un recuerdo amable, por lo menos un trocico del Edén”. Porque Victoria, que ya sabía mucho del dolor, también sabía que ese trocico del Edén lo encontraba al lado de su maestra.

El día de la coz los ojos se le quedaron muy abiertos y casi no se le entendía lo que decía.

—¿Estás enferma?—le preguntó su madre un día que la vio cerrar los ojos.

Y ella, con un balbuceo casi inaudible, le dijo que no, que los cerraba para ver mejor los recuerdos que guardaba escondidos. Además, así podía volver a escribir todos los cuentos con unas alas de ensueño que le había regalado su maestra.

Doña Simona se pasaba las tardes escribiendo historias para sus alumnas. Antes de ir a dormir se las leía a la señora María. Un día, al acabar, su casera le dijo:

—Doña Simona, nunca es tarde para aprender a leer. No me canso de escucharla desde esta sillica detrás de la cadiera. Y ya me están saliendo unas alas como las de Victoria de casa Melchor.

1921-Victoria de Melchor

Víctoria Romeo Berges, (El Frago, 1914-1926), conocida como Víctoria de casa Melchor, falleció a consecuencia de la coz de un caballo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen pincicial: El Frago (Zaragoza). Foto de Carmen Romeo Pemán

 

El arte de hacer jabón

Las fragolinas de mis ayeres

Un día que estaba haciendo jabón en el fuego, llegó Andrés con un fajo de aliagas que había cogido cerca del cementerio. Como se pasaba el día holgazaneando por las calles, yo solía mandarlo a que me hiciera recados.

—Señora María, creo que, con estas matas que están bien secas, podrá hacer una buena fogata y el agua del caldero empezará a hervir enseguida.

—Muchas gracias. —Me acabé de ajustar la toca—. Si me ayudas a dar vueltas, te prepararé un poco de sopa caliente.

—Es que con esta leña verde solo consigue hacer mucho humo y llenar las calles de olor a chamusquina—me dijo Andrés. Y me dejó las aliagas al lado del hogar.

Mientras me limpiaba las manos en el delantal y atizaba el fuego, pensaba que no había ningún joven en el pueblo tan atento como él.

Cuando conseguí que prendieran las aliagas, mientras se calentaba la sopa, nos sentamos y nos quedamos los dos embobados, mirando las llamas y los borbotones que hacía la sosa al mezclarse con el sebo.

Siempre que Andrés se quedaba callado, le rezumaba una especie de espumilla por las comisuras del labio de abajo y, de vez en cuando, se la limpiaba con el revés de la mano. Con voz babeante me dijo:

—Oiga, señora María, ¿ha pensado lo fácil que sería matar a un hombre y hacer desaparecer el cuerpo con la sosa? Y, si al final quedara algo, rematarlo con cal.

Me revolví como una lagarta y lo miré a los ojos. Pero él seguía hablando sin inmutarse.

—Si matas a uno y lo metes en este caldero no se entera nadie.

—¡Andrééés….! ¿No habrás pensado matar a un hombre?

—No, mujer, no. No se asuste. Desde el primer día que la vi hacer jabón no hago más que darle vueltas a eso de que la sosa se lo come todo. Y se me vuelven los sesos agua.

—Por Dios, Andrés, ¡qué cosas dices!

—¿Se cree que no noto que las mozas me hacen momos cuando paso por delante de ellas?

—Eso te parecerá a ti. —Le dejé en la mesa de la cadiera una escudilla con caldo de gallina—. Anda, tómate esto y no pienses en esas cosas.

—Pues es verdad. —Se levantó a coger el palo con el que yo removía el caldero—. Es que me ha venido a la memoria mi padre. Y, ¿sabe lo que le digo? Que desde hace tiempo pienso que él sí que fue tonto. Que todo habría sido más fácil si hubiera empleado la sosa.

Andrés comenzó a dar vueltas a la pasta blanca y cuando tropezaba con algún hueso, me lo enseñaba como un trofeo.

—Mire qué blanquecino está. Nadie puede saber si es de un hombre o de un animal. Y si ahora lo tiramos al muladar del Soto, se mezclará con restos de carroña que dejan los buitres. Y sanseacabó.

—Y a ti, ¿cómo se te ocurren estas cosas?

—¡Ande, no se haga la tonta! Que lo de mi tío Pedro lo saben hasta en Madrid.

—No me vengas con más enredos —le contesté.

—¡Que esto no es mentira!—Se santiguó—. Hace dos años el forestal nos trajo unos papeles de un periódico. Mientras él se los leía a mi madre, yo abría bien las orejas y me lo iba grabando todo aquí, en la mollera. —Con la mano que le quedaba libre se tocaba la frente.

—¿Dónde están esos papeles?

—Pues, ¿dónde han de estar? En casa, debajo de un ladrillo, con el dinero. Yo sí que sé en qué ladrillo están, pero mi madre no, que cada día los cambia de sitio, por si las moscas, y luego no se acuerda dónde los ha puesto.

—A ver, Andrés. Tu madre nunca me ha nombrado nada de lo que dices.

—Es que dice que esto no hay que mentarlo, que trae mala suerte.

Entonces se levantó y me espetó:

—Como usted sabe leer, le voy a traer un papel. —Se rascó la cabeza—. Pero tiene que quedar entre nosotros, que si mi madre se entera que los he tocado igual me manda otra vez al hospicio.

Ni corto ni perezoso, se fue a su casa y en un santiamén volvió con un recorte de periódico amarillento, lleno de manchas negruzcas, como cagadas de mosca. Las letras estaban desdibujadas y no se podía leer todo.

Un hermano mata a otro. En día… en el pueblo de…, riñeron los hermanos Pedro y Juan Vadanuez, solteros, de… años de… El primero, y primogénito, le dio una puñalada al segundo y lo dejó muerto… en la cocina de Macario, que es el hermano mediano… delante de su mujer y de su hijo de pocos años… unos creen que… por la herencia de unos campos y otros… Juan sacó a bailar a la novia de Pedro. El fratricida fue detenido por el juez de paz. (Febus).

En el pueblo, todos sabíamos que Pedro dijo muchas marrullerías, que se las arregló para echarle la culpa al muerto y así lo sacaron del calabozo en pocos meses.

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Entonces me quedé pensando que una desdicha siempre trae cola. Y la muerte de Juan trajo más desgracias. La primera, la noche que Pedro salió de la cárcel. Esa noche sin luna se presentó otra vez en casa de Macario con gritos y amenazas para que no se fuera de la lengua. Todo eso lo vi desde el ventano de la escalera. Al oír que Pedro llamaba de malos modos, asomé un poco la cabeza. Como la calle era muy estrecha, no me perdí ni una sola palabra. Así se lo conté al juez el día que me llamaron a declarar.

Que Pedro le dijo a Macario que volvería para matarlo y violaría a su mujer si contaba a alguien que le había mentido al juez. Total, como Juan estaba muerto, ya no le iba a importar que hubiera desvirgado a su novia. Y que Macario gritó: “¡Bastaaa yaaa! ¡Esto es demasiadoooo!

Y sin pensárselo dos veces, se levantó, cogió el cuchillo de matar las ovejas y le asestó dos cuchilladas a Pedro por la espalda, delante de su hijo que acababa de cumplir cinco años. Mientras su mujer intentaba esconder el cuchillo lleno de sangre debajo de un ladrillo, él bajó las escaleras y se fue a entregar al juez. Y se lo llevaron al penal de San José.

Como su mujer estaba un poco alunada, un día me preguntó si podía ir yo a llevarle un macuto con las mudas limpias y un poco de comida. Y no pude contener una llorera cuando Macario soltó las manos de la reja del locutorio y farfulló:

—María, algunos de los que han venido a verme me han contado que se han llevado a mi hijo al hospicio y que mi mujer anda por los pinares como si estuviera alelada.

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Cuando salí de mis cavilaciones, Andrés seguía de pie con el papel de periódico en la mano.

—Señora María, también sé que mi padre mató a mi tío Pedro. De eso me acuerdo muy bien.

Miró las llamas del hogar y dejó el palo de revolver el caldero. Se dio la vuelta y enfiló escaleras abajo arrastrando los pies y rezongando:

—Si mi padre hubiera sabido hacer jabón como la señora María no se hubiera pasado toda la vida en el penal y a mí no me hubieran tenido tantos años en el hospicio.

Carmen Romeo Pemán

Escaleras de casa

Escalera y patio de casa Melchor. El Frago, Zaragoza. Foto de Carmen Romeo Pemán.

Imagen destacada. https://www.directodelolivar.com/hacer-jabon-casero/

En la sala del tifus

De las fragolinas de mis ayeres

A don Valero de Arbigosta, el médico que consiguió una sala de aislamiento en la epidemia de tifus que se llevó a casi todos los fragolinos.

Antes de acostarse, doña Pascuala se pasó por la sala de los enfermos para ver si podía echar una mano a la que se encargaba de las noches. Quería ayudarla a sacar al sereno los baldes con la ropa sucia para que Máxima los tuviera preparados antes del canto del gallo y se los llevara a lavar al Arba.

El Ayuntamiento había aprovechado el desván del horno público como sala de aislamiento. Así no tenían que andar encendiendo fuegos y los humos no aumentaban el concierto de toses.

A esas alturas ya había muchas niñas afectadas. A doña Pascuala no le extrañaba que los piojos camparan a sus anchas. Sus alumnas no paraban de rascarse y, por mucho que les insistiera, no se cambiaban de ropa, incluso algunas dormían vestidas, amontonadas con toda su familia en unos camastros de paja que cambiaban de año en año.

—¡Escuchadme todas! —les decía en clase—. Es muy importante que os lavéis el cuerpo y la ropa. Y que vuestras madres limpien la casa y frieguen la vajilla con jabón.

Cada día una madre tenía que llevar un cántaro de agua a la escuela y doña Pascuala les obligaba a lavarse las manos en un barreño descascarillado que había colocado en la entrada. Luego las sentaba en la puerta que daba a la calle y les iba pasando una peineta para despiojarlas. Pero algunas familias protestaron al alcalde.

—Es que no se da cuenta que con esas cosas nos está llamando guarros a todos.

Esa tarde, al entrar en la sala, oyó llorar a una niña de seis años que llevaba dos días aislada. El médico saludó a la maestra desde el fondo y se acercó.

—Buenas noches, doña Pascuala. Usted siempre tan preocupada por sus chicas.

Antes de responderle, se le achicaron los ojos, se le hundió el hoyuelo y comenzó a temblarle la barbilla.

—Buenas, don Valero. Lo mismo le digo a usted con sus enfermos. Estas no son horas de pasar visita. A no ser que haya algún caso de extrema gravedad.

—No, no. Por lo menos por ahora. Hemos tenido suerte de que sean casos de tabardillo, y no de fiebres tifoideas, como los del año pasado.

—No entiendo bien la diferencia, la verdad.

—Pues si no le importa, la acompañaré hasta su casa, que están las calles como boca de lobo, y se la explicaré por el camino.

Doña Pascuala enrojeció tanto que parecía que sus mejillas se habían contagiado con las erupciones de los enfermos.

—Será un honor, don Valero. Pero no tiene que molestarse por mí. No tengo miedo a la oscuridad y me protejo bien para no contagiarme.

—Bueno, en cualquier caso, la acompañaré.

Esa noche doña Pascuala estuvo muy atorada. No se puso guantes ni encontró el balde de zinc para echar la ropa. Tampoco acertó a ponerles a sus alumnas los trapos mojados en agua fría para bajarles la fiebre. Cuando le tocó la frente a la más pequeña para ver cómo andaban sus calenturas, oyó que le decía en voz muy baja:

—Doña Pascuala, no se ponga tan colorada, que todos sabemos lo de usted y don Valero.

La maestra creyó que estaba delirando.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. El Frago, el huerto de la Barbera: la mujer del barbero y practicante, ayudante de don Valero.  Foto de Chesus Asín.