Los ruejos del Arba

A mi nieto Sergio, que tanto le gusta andar por los ruejos.

Estábamos comiendo en silencio, todos atentos al parte en la radio, que así se llamaba el boletín de noticias. Cuando acabó el locutor, mi padre apoyó los codos en la mesa y me dijo en tono solemne:

—Alodia, tenemos que hablar muy en serio.

Me pilló tan despistada que no sabía de dónde podían venir los tiros. Llevaba muchos días portándome bien para que no me castigara.

—¿Qué he hecho ahora?

Se me cayó cuchara al plato y la sopa salpicó el mantel. Mi madre corrió a buscar una bayeta, ronroneando: “esta Alodia es una patosa. Mira que manchar el mantel que tejió el señor Benito”.

—No, no me mires con esa cara de susto que hoy no te voy a reprender. Hoy quiero hablarte de tu futuro. —Yo me puse en guardia. Aquellas palabras me sonaban peor que un castigo.

—¿De mi futuro? ¿Ha cambiado algo? ¿Ha pasado algo?

—No, hasta ahora nada, pero vas a cumplir diez años y tendremos que pensar en llevarte interna a la ciudad.

—¿Quéé? Pero si yo he quedado con mamá que no iría a las monjas hasta los catorce años.

—Eso son cosas de tu madre que no para de darme la murga con que ella te va a echar de menos y tú vas a pasar muchos cariños.

—Por favor te lo pido —junté las palmas de las manos—. Prepárame tú para el bachillerato como haces con los chicos.

—¿Lo ves? Lo que le digo a tu madre. —Se limpió los labios con la servilleta y siguió—: Aquí no puedes seguir con esa vida de chicazo.

La verdad es que solo pensaba en bajar a pescar al río. En verano los acompañaba a cortar espliego y se lo vendíamos al esplieguero. Yo llevaba media hoz roñosa que día me encontré en el Corronchal. A la vuelta la escondía entre unas matas de ortigas. Así no me la quitaría nadie.

—A ver, levántate la falda. Tu madre me ha dicho que llevas un corte en el muslo.

Cuando se lo enseñé me saltaron las lágrimas de rabia. No por la herida, que no me preocupaba, sino por mi madre. Me acababa de defraudar: “Palabrita del Niño Jesús.   A partir de ahora, nunca, nunca le contaré ningún secreto”, me prometí en silencio.

—Y tú callada, ¿eh? Mira, me he enterado por casualidad. Se le ha escapado a tu madre. ¡Basta ya de patrañas entre vosotras!

—Ahora sí que no entiendo nada. Tú siempre me has dicho que tus alumnos son más nobles que las chichas. Y también sabes que voy con ellos pero no hacemos nada raro. Puedes preguntárselo mañana en la escuela.

—A ellos no les tengo que preguntar nada. Aquí la que mea fuera de tiesto eres tú.

—Estoy segura de que sabías que iba con ellos al espliego. Y lo de la hoz ha sido poca cosa.

—Eso de poca cosa lo dirás tú. Ahora mismo vamos a casa del médico a que te ponga una inyección contra el tétanos. Y le explicarás cómo te lo hiciste.

—¡No puedo más! Me estoy sofocando mucho.

—Eso son lágrimas de cocodrilo.

—Pues el médico lo entenderá. Que no será la primera herida de una hoz que vea en este pueblo.

—¿Pero qué formas son esas de hablar a tu padre?, ¿no te das cuenta de que solo aprendes malos modales? Nunca serás una señorita como Dios manda.

—Es que yo no quiero ser una señorita. No quiero llevar faldas de tubo ni zapatos de tacón. No me quiero pasar las tardes apoyada en las paredes del baile esperando a que los mozos me saquen a bailar.

—¡Basta ya! Lo que me faltaba, una mocosa metida entre las parejas del baile.

De unas nos fuimos a otras y la discusión subió el tono. En un momento, empezaron los gritos. Mi madre se azoró, se le cayó la sopera con las albóndigas y le salpicó la camisa.

—Y tú, podrías tener más cuidado. —Mi madre se apretaba las manos escaldadas con el delantal.

—Pues ahora voy a hablar yo —dijo mi madre—. No sé a cuento de qué has sacado esta conversación del internado si yo ya había hablado con Alodia. Y tú estabas de acuerdo en que siguiera en casa tres años más. Esto es que te han contado algún chisme nuevo o te ha dado una tarantela.

—¡Y tú no le des la razón a la niña! ¿Es que no te das cuenta de que aquí ni va estudiar ni nos podremos hacer con ella?

—Pues claro que voy a estudiar, como hacen todos los que se examinan libres. Y no sé a qué te refieres con que no os podréis hacer conmigo. ¿Acaso es malo coger renacuajos y tenerlos en casa mientras se les caen las colas y les salen las patas? ¿Es malo ir a ver cómo crecen las crías de los picatroncos?

—No, eso no es malo —dijo mi padre—, pero no es propio de una chica.

Yo había hablado muchas veces con mi madre de la desazón que sentía cada vez que pensaba en un colegio de monjas.

—Bueno, pues que este año se examine libre de Ingreso y luego volveremos a hablar. Hoy estamos demasiado acalorados los tres para tomar decisiones —dijo mi madre.

Mi padre dio un puñetazo en la mesa, se levantó y, antes de salir del comedor, se volvió hacia nosotras:

—Aquí mando yo. ¿Me habéis oído?

A los pocos días me subí al coche de línea y me senté en la última fila. Por el cristal trasero veía cómo se alejaba la roca sobre la que se asentaba el pueblo. Llevaba en el bolsillo dos piedras redondas del Arba. Me las había dado el abuelo de casa Garriancho, que estaba ciego y aún vestía calzón.

—Toma, moceta, estos ruejos que te caben en la mano. No los sueltes que así no te marearás. Y guárdalos hasta que nos volvamos a ver.

En las primeras vacaciones volví a devolverle los ruejos. Pero hacía dos meses que lo habían enterrado. Me los volví a meter en los bolsillos y aún los conservo. Esos cantos rodados desprendidos de la gran roca que me vio nacer- De tanto acariciarlos cuando escribo, se han convertido en brillantes pisapapeles.

Carmen Romeo Pemán.

Curando con sanguijuelas

De Las fragolinas de mis ayeres

Ya llevaba una semana vendiendo carbón en el Monte de la Carbonera mientras tú estabas de pastor en la Cruz del Pinarón. Esa noche se nos hizo muy tarde y cuando volvimos se me apoderó el cansancio. Menos mal que por la mañana me levanté antes de que saliera el sol y me dejé preparada la cena de los criados, que se la llevaron a sus casas en las alforjas. Como tú estabas de pastor y no pensabas volver en una quincena, eché la tranca y me metí en la cama, sin desnudarme.

Aún no llevaba cuatro horas en la cama cuando oí los gritos de Francisco, un vecino que compartía contigo la paridera de ganado.

—Teodora, abre de una puta vez o echamos la puerta abajo.

—Ya voy, ya voy. —Mientras quitaba la tranca—. ¿A qué vienen esos modales?

—Abre y no te alargues. Mira que te traemos a tu marido en parihuelas. Que al poco de cenar le ha dado un torzón.

—¡Ay, mi Resti, podrías haber esperado un poco más! Ya sabes que estos días tengo mucho trajín con el carbón y no puedo con mi alma.

—Tú no podrás con tu alma, pero nosotros nos acabábamos de dormir y casi no nos hemos dado cuenta —dijo Francisco—. Gracias a que los perros han echado a ladrar.

Los cuatro pastores que te trajeron te dejaron encima de la cama, que estaba hecha un revoltijo. Yo, sin saber qué hacer, daba vueltas alrededor. De vez en cuando te estiraba las sábanas y te decía sin parar: “¡Estoy muy harta, Restituto! Cada semana me tienes que dar un soponcio. Ahora a ver qué mosca te ha picado ahora”. Los pastores se quedaron como pasmarotes contra la pared y, en estas, llegó el médico, al que habían mandado aviso antes de llegar a nuestra casa. Don Amancio te puso la oreja en el pecho y después te hizo ventosas con un vaso.

—Bueno, parece que no va a ser nada grave. Ahora necesita estar tranquilo. Poco a poco irá recuperando el pulso. —Se volvió hacia mí—. Teodora, antes de mediodía vendré a darme una vuelta y, si no ha vuelto en sí, le haré unos cortes y le pondré unas sanguijuelas. A ver si consigo que le baje la sangre de la cabeza.

Los despedí a todos y mientras te arreglaba la cama no paré de rezongar.

—Es que te tenía que pasar… Mira que te lo había advertido un montón de veces. Y tú a la tuya… Si protesta Teodora, ya se le pasará. Pero esta vez has ido muy lejos y este susto no te lo perdonaré en la vida.

Como había hecho don Amancio, coloque la oreja en tu pecho, pero no te oía los latidos del corazón. Entonces me entraron los sudores.

—Oye, ¿no la irás a palmar ahora?

Me asomé a la ventana a que me diera el aire.

—Que no, que no… que no tienes remedio. Seguro que anoche despellejaste alguna cabra. De esas que dices que se te caen por los peñascos, y te diste un atracón. Que eres el pastor más tonto que conozco. Cada día tenemos menos cabras.

Me volví y me pareció que estabas mirando al techo.

—No, no pongas los ojos en blanco, no te hagas el moca muerta. Que nos conocemos bien y aún tiene que nacer un hombre con menos… que tú. ¡Eso! A los de casa Vilantona os parece que podéis con todo. Pero tú no puedes con nada. Siempre te tengo que sacar las castañas del fuego.

Te dejé solo y bajé a la cuadra a hacer mis necesidades. No sé si con tantos refajos o con el calor de los animales, sentí que me ahogaban los sofocos. No podía seguir callando más. Pero, ¿a quién le podría contar todo lo nuestro? Pues solo a ti. Y ya que había empezado me ibas a oír hasta el final.

—Ya sé que todos hablan mal de mí y también sé que tú te lo has creído. ¿O es que crees que no me entero de las habladurías? Unos dicen que me tiro a los maquis, otros que a la guardia civil y otros a que a los carboneros. Que no le hago asco a nada. ¡Pues sí! Entérate de una vez. Que buena honra a mis carnes, que con tu cachaza comeríamos ruejos del Arba.

En ese momento cerraste un poco los ojos y yo aproveché para arremeter con más fuerza.

—Ahora no te hagas ni el enfermo ni aparentes lo que no eres. Parece que estás con un pie en el más allá, pero no, a mí no me la pegas más. Sé que aún te quedan muchos redaños.

Entonces de una tirada me salió lo que se me clavaba en el pecho desde hacía tantos años. Te dije que la noche de bodas ya noté que llegabas fresco y con poca pasión. Que me había costado mucho saber qué te pasaba hasta que indagué lo de la Cabrera. Una moza del pueblo de al lado que se había hecho con el mayor rebaño de cabras de la redolada. Hasta en la panadería comentaban que los hombres de estos pueblos estabais como posesos. Y yo sin caer en la cuenta. ¡Tonta de mí! Me miraba mis carnes prietas y no entendía que no te atrajeran. De repente entendí por qué nos desaparecían tantas cabras. ¡No me podía creer que tú también le pagaras con cabras!

Entonces me decidí. Aún podía disfrutar de mi cuerpo y sacar un buen jornal. Si ella había conseguido un buen rebaño, yo iba a conseguir una de las mejores haciendas. Y como era tiempo de los maquis, me saqué mis buenos duros amadeos de plata, esos que circularon en la II República y que luego ya no valían. Pero a mí, en una casa de empeños, me pagaron un buen dineral a peso. Tú veías cómo aumentaban las arcas y callabas.

¿O es que te creías que sacaba tanto dinero del carbón? Pues ya ves, todo fue gracias a que contentaba a todos. Los carboneros solo trabajaban por una muda limpia al mes, por unos panes y por mis favores. Y tú mirando para otro lado.

 Pues que sepas que ahora que voy entrando en años ya no puedo más. Que nuestra hija que en paz descanse llevaba nuestro apellido, pero ni yo sabría decir quién era su padre.

En esas estábamos cuando oí al médico que subía las escaleras. Me pidió un barreño de sangrar. Te puso unas cuantas sanguijuelas en el cuello y echó otras en el bacín. A continuación te hizo una incisión en el cuello.

A medida que se iban engordando los bichos y caía sangre al lebrillo, comenzaste a removerte. En ese momento me dijo el médico: “Ten paciencia, Teodora, volveré dentro de un rato. Tú marido va a salir de esta”.

Eso ya no lo pude soportar. Habría preferido que te hubieran traído muerto. “Sí, tu marido saldrá de esta”. Pero se calló que te había dado un paralís y que yo tendría que cargar con un tullido que se había pasado la vida dando placer a otras mujeres.

Recordé lo que decía mi abuela que en paz descanse: “No hay remedio más aparente que un par de sanguijuelas para calmar los golpes de sangre que traen al paralís”.

Cogí la navaja ensangrentada que se había dejado preparada al lado de la bacinilla y, con cuidado, hice la incisión más profunda. Inmediatamente vi que me había pasado. Salía la sangre a borbotones y no había bastantes sangoneras para chuparla toda. Entonces me puse a rezar: “Señor, haz que  don Amancio se retrase”. Fui apartando los bichos que había de reserva en el barreño y eché la sangre en un pozal. Bajé a la cuadra y la tire en el fiemo, entre las patas de la caballerías.

Cuando llegó el médico las sanguijuelas se habían reventado y tú estabas extasiado, mirando al techo con los ojos muy abiertos. Yo me tapaba la cara con las manos y bisbiseaba el Yo pecador.

Carmen Romeo Pemán

Madre, y solo madre

Las fragolinas de mis ayeres

Hacía más de diez años que se habían muerto mi marido y mi hija. Y dos que Gregorio, mi único hijo, se había ido a la guerra. Dos años ya encargándome de una menguada hacienda, con las esperanzas puestas en un hijo al que me habían arrancado con un toque de queda. Ni siquiera sabía a qué bando se lo habían llevado. Eso me daba igual. A nosotros no nos quedaba tiempo para las cavilaciones políticas, bastante faena teníamos con arañarle a la tierra lo justo para poder comer.

Una tarde cuando volvía del monte, sin darme tiempo a desaparejar las caballerías, vino a verme mí hermano. “¿Qué querrá este ahora?”, pensé.

—Antonia, vengo a buscar la escopeta de Gregorio.

—No te la daré. Es lo que más aprecia.

—¿Es que no te das cuenta, Antonia? Tu hijo no volverá. No sabemos dónde está ni con quién. Si está con los sublevados, lo tendrán en primera línea de fuego y morirá pronto. Si está con los de la República, lo pasarán a cuchillo antes de devolverlo a un pueblo de zona nacional.

—Mira, no sé con quién está, ni mi importa. Pero mi corazón me dice que está vivo y que volverá.

Apreté contra mi pecho la foto que le hicieron cuando iba a la escuela. Estaba rugosa y descolorida de tantos besos y lágrimas. Desde que se fue siempre la llevaba en la faltriquera.

—Pero, Antonia, ¿no ves que son falsas ilusiones de madre? Tienes que aceptar la realidad. Tienes que estar preparada para el día que te den la noticia o te lo traigan muerto.

—¡Noo! Y ahora, por favor, vete y no vuelvas.

Al amanecer, cuando salía de casa montada en la yegua, siempre había alguno que me veía pasar y me decía; “No te mates tanto, Antonia. Tu hijo no volverá. Tanto esfuerzo por mantenerle esos cuatro campos y un puñado de ovejas no te servirá de nada”. Yo bajaba la cabeza y decía para mis adentros: “Mi hijo volverá”.

Cuando lo llamaron a filas me calcé las abarcas y aprendí a manejar los aperos de labranza. No sé de dónde sacaba tanta fuerza. Bueno sí que lo sé, me la daba la certeza de que volvería.

Un día cuando volvía del monte me esperaba una vecina en la plaza.

—¡Antonia, Antonia! El cartero te ha traído esta carta. Va sin remite.

Reconocí la letra de Gregorio y me puse tan nerviosa que no acertaba a abrirla. Lo primero que vi fue la foto y no pude contener un grito de alegría.

Se diría que no estaba en la guerra. Llevaba una camisa y unos pantalones que eran más propios de trabajo que de soldado. En lugar de botas, unas alpargatas. Y parecía un señorito. Limpio y bien peinado, había sustituido el morral por una bandolera con correa de cuero. Apoyado contra una pared de piedra seca, en medio del campo, era como si estuviera vigilando las ovejas o controlando las faenas del campo.

Con la fotografía venían unas letras. Como no sabía leer, corrí a casa de mi hermano. Yo me despellejaba los nudillos mientras él examinaba la foto y leía la carta.

—Bueno, Antonia, esto es lo peor que nos puede pasar. Dice que está bien y sin peligro. También dice que tiene prohibido mandar su dirección.

—Pues son muy buenas noticias. —Me saltaron las lágrimas y el corazón se me subió a las sienes.

—Eso es lo malo, que te hagas ilusiones, que no hayas entendido que está en el frente de batalla y que cualquier día puede desaparecer sin dejar rastro.

A partir de ese día comenzó mi zozobra. Me tumbaba en su cama para oler sus ropas, como si no esperara volver a verlo. Me imaginaba que un vagabundo me traía la noticia. Que se había quedado muerto en una cuneta y que los buitres darían cuenta de sus huesos. De repente, me levanté y grité: “Noo. Esto es mentira. Es una mala pesadilla por culpa de mi hermano”.

Corrí a la iglesia y me arrodillé delante de San Francisco Javier, le canté los gozos y repetí varias veces el estribillo: “Ignacio os hizo soldado, Jesús os dio compañía, dad a nuestros corazones, apóstol Javier, consuelo”. En estas estaba cuando entraron otras mujeres a rezar el rosario.

—Canta, canta, Antonia. Pero tu hijo volverá acribillado como San Sebastián.

No pude aguantar más. Llegué a casa, preparé un hato y me fui al corral de Fontabanas. No quería ver a nadie hasta que estuviera mi hijo conmigo. Solo pensaba volver  de vez en cuando a buscar pan, si el panadero me lo quería prestar hasta que yo volviera a amasar en casa.

Entre los cuidados del campo y los de las ovejas pasaba los días, siempre acompañada por esas fotos de Gregorio. Por las noches encendía una hoguera en una esquina del corral y me quedaba haciendo peduques hasta que me vencía el sueño. Entonces me acurrucaba en un colchón de paja cerca del calor de los animales.

Ya llevaba casi dos años en Fontabanas cuando una noche me pareció oír su voz.  Me pasé la mano por la frente. “Vaya por Dios, otra pesadilla, más vale que me levante”. Me asomé a la puerta. Los gritos cada vez se acercaban más.

—¡Madre, madre!

Lo vi a distancia. No tenía nada que ver con el joven de la foto que me mandó desde el frente. Despeinado y mugriento, con la ropa hecha jirones. Iba descalzo, con los pies envueltos en sangre. Nos fundimos en un abrazo. A ninguno de los dos nos salían las palabras. Al final le dije al oído:

—Sabía que volverías, que estabas con los que iban a ganar.

—Pues ha sido un milagro poder huir. He abandonado la trinchera llena de heridos y cadáveres. Y has de saber que no soy de los que han ganado, que una guerra no la gana nadie.

Cuando me enseñó la herida de una bala que le había atravesado el tórax, pensé en mi hermano, y en San Sebastián. Ni la presencia de mi hijo me sacó el miedo del cuerpo.

Carmen Romeo Pemán

Gregorio Romeo Berges (El Frago, Zaragoza, 1912-1969). Foto de 1926.

La foto de soldado que ilustra el texto está hecha en algún lugar del Frente del Ebro en 1938. Las dos fotografías son propiedad de la autora.,

Romería en la Virgen de la Sierra

Don Jenaro era un médico afamado en los pueblos de la redolada. Una noche sí y otra también, llamaban con urgencia a su puerta gentes que venían buscando sus remedios. Igual curaba un cólico miserere que un carbunco y, si se presentaba el caso, el torzón de alguna caballería. Cuando oía los golpes de la puerta, Valentina, una niña vivaracha, se levantaba y le llevaba la palmatoria a su abuelo. Después escuchaba desde los rincones hasta que el abuelo la oía respirar.

—¿Qué haces levantada a estas horas? Venga, a la cama.

A Valentina le gustaba acompañar a su abuelo cuando iba a visitar a los enfermos con la yegua. Don Jenaro la montaba delante de él, a mujeriegas, y le hacía sujetar un maletín de cuero marrón. Valentina se lo apretaba contra el pecho y se sentía más poderosa que la diosa Pandora. En esos viajes fue alimentando su deseo de acompañar a su abuelo a la romería de la Virgen de la Sierra.

Valentina estaba un poco harta de que a sus padres no les gustara que la hija de casa Navascués se mezclara con rapazuelos de El Frago, que así los llamaban ellos. Cuando iba a misa los domingos, se apiñaban todos en la puerta mayor, y ella los miraba de reojo esbozando una sonrisa, pero todos daban un paso atrás con la mirada severa de su madre. Todos, menos Juanín:

—¡Qué guapa está doña Luisa! A ver si algún día me deja acompañarlas.

Entonces la madre se apretaba el misal contra el pecho y se volvía con la cara desencajada:

—¡Largo! ¿Cómo te atreves a dirigirnos la palabra?

Juanín era de una casa rica venida a menos. Su padre murió antes de que él naciera y su madre tuvo que ganarse la vida lavando en el río. Casi siempre llevaba chichones en la cabeza. Como era el más bajo, los chicos lo forzaban a saltar tapias o a correr descalzo por los ruejos del río. Acabó por no ir con ellos. Se pasaba las tardes detrás de la tapia de casa Navascués imaginando qué haría Valentina encerrada allí dentro. Algunas veces la veía salir montada en la yegua con el abuelo. Ella le sonreía y don Jenaro le decía con un vozarrón que traicionaba su bondad.

—Juanín, deberías ir con los chicos de tu edad. No es bueno que andes siempre solo por estos andurriales.

Él bajaba la cabeza y se iba a casa pensando en Valentina. Si algún día…

El año que Valentina cumplió dieciséis años fue con su abuelo a la Virgen de la Sierra.

—Abre bien los ojos, hija mía —le dijo su madre cuando le dio permiso—. Allí van los jóvenes de las mejores casas de la zona. Muchos noviazgos y matrimonios de posibles han salido de esa romería. Te pondremos las mejores galas y todos sabrán que, además de la nieta de don Jenaro, eres la heredera de casa Navascués.

Las vísperas fueron días de ajetreo. Lavar y planchar las enaguas de hilo. Ventilar la mantilla de la abuela, que en paz descanse. Desempolvar los guantes de cabritilla. Limpiar el misal y el rosario de nácar. Colocaron todo encima de un arca y una tarde las amigas de Valentina fueron a ver el ajuar de romera. A la salida, se quitaban la palabra las unas a las otras y montaron tanta algarabía que ninguna se dio cuenta de que las seguía Juanín. Al llegar al primer recodo, él se fue a su casa y no salió hasta el día de la romería.

Por fin llegó el esperado domingo de mayo. Al amanecer, mientras el abuelo ensillaba la yegua, doña Luisa vestía a Valentina y le daba recomendaciones para que se portara como una señorita.

—Sobre todo, no les muestres demasiado interés a los pretendientes. Hazte de valer. Que después ya vendrán ellos a buscarte a El Frago.

El día fue largo. Don Jenaro conocía a mucha gente. Todos lo querían obsequiar y presentarle a sus hijos. Valentina estaba desbordada. Tenía razón su madre, no era un día para enseñar sus sentimientos. Aunque, durante mucho tiempo pensaría en los ojos los del heredero de casa Puyal de Isuerre.

En estas estaba cuando vio deambular a Juanín entre aquellos forasteros. Se hacía el encontradizo, pero, en realidad, no lo conocía nadie.

—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo Valentina sorprendida.

—Pues lo mismo que tú. Rezar a la Virgen para ver si saco novia, que en El Frago no lo tengo fácil.

Valentina vio que tenía los pies desollados por las aliagas que cerraban las trochas. Entonces se dio cuenta de que Juanín había hecho más de tres leguas andando y había llegado antes que ellos. Por el monte se movía como un gamo.

Antes de que cayera el sol, el abuelo y la nieta volvieron a cabalgar camino de casa. El uno hablaba de todos los pacientes que había visitado y de los exvotos que habían dejado en el altar de la ermita. La nieta le iba describiendo a  los chicos y chicas que había conocido.

—¿Abuelo, me traerás otro año?

Seguían enfrascados en su conversación sin darse cuenta de que en medio del camino ardían unas aliagas. La yegua comenzó a cabriolar hasta que dio con don Jenaro y su nieta en el suelo. Valentina se quedó entre las patas del animal que de una coz le abrió la cabeza. Al instante apareció Juanín, tomó el ronzal de la yegua y la calmó. Cuando consiguió monta al abuelo y la nieta, cogió las riendas y poco a poco llegaron hasta casa Navascués.

Valentina vivió más de cinco años paralítica con la fontanela abierta. Juanín le construyó un carretón y todas las tardes la bajaba hasta la orilla del Arba. De vez en cuando le limpiaba las babas con un trozo de arpillera y le sonreía con cara de bobalicón.

Carmen Romeo Pemán

Ermita de la Virgen de la Sierra de Biel. Años 40, por Jesús Pemán. Propiedad de la autora y de los Pemanes de Biel.

Los cuentos de Martina

De las fragolinas de mis ayeres.

A Martina Berges, de hoy. La última niña de casa Martina.

Martina dormía en una de las dos alcobas que daban al cuarto de estar, con cortinas de flores y vigas encaladas. En la otra dormían sus padres.

Colgaba sus vestidos preferidos en una percha a los pies de su cama niquelada. Delante de todos, el blanco que le ponían los domingos para ir a misa. Justo debajo, en el suelo muy ordenaditos, los zapatos y los calcetines de perlé que le había tejido su madre junto a la estufa, cuando se sentaba a descansar. Encima de una mesilla de madera de pino, apilaba los libros que le prestaba la maestra. El primero era su favorito: Cuentos de Padín. Por las noches, su madre, antes de irse a dormir, lo abría al azar y le leía uno. Algunos los había oído tantas veces que se los sabía de memoria.

Con el calor que llegaba del cuarto, la cal de los maderos se resquebrajaba en figuras caprichosas. Cuando su madre acababa el cuento, le daba las buenas noches y ella se quedaba con la mirada fija en uno de esos dibujos. Se inventaba una historia y después se la contaba a Padín, el cachorrillo que la seguía a todas las partes. Hasta dormía en la alfombra junto a su cama. Lo llamaba Padín, como su autor preferido.

Una mañana, cuando Martina se despertó, lo primero que vio fue el agujero de la viga que estaba justo encima de su cabeza. Lo había hecho la noche anterior. Primero probó con las tijeras de los recortables, pero se le doblaron. Al final, lo consiguió dando vueltas con un lápiz como si fuera un destornillador. “Ahora sí que podré pasar”, pensó.

El viaje por las rendijas comenzaba cuando se iba su madre. Padín se sentaba sobre las patas traseras, levantaba las orejas y escuchaba los cuentos que Martina inventaba para él. Todo se complicó el día que Martina desapareció por el agujero. El cachorro comenzó a ladrar. Más que a ladrar, a lloriquear mirando al techo. Enseguida llegaron sus padres, que esa noche estaban desgranando maíz junto al hogar. No habían oído ningún ruido ni la habían visto pasar por la cocina hacia la calle. La buscaron por todos los rincones. Como la noche avanzaba y no aparecía, cerraron la puerta de la calle:

—Seguramente andará en alguno de sus juegos al escondite con Padín —comentó la madre. —Déjala que cuando se canse de jugar se irá sola a la cama, que ya se va haciendo mayor.

Al amanecer, Padin vio a Martina que se descolgaba por el agujero del madero con el camisón desgarrado y dejó de lloriquear.  Martina lo miró a los ojos y le habló con tono de enfado:

—Mira, si vuelves a ladrar, yo no te dejaré dormir a mi lado. Tendrás que ir a la cuadra con los mastines del ganado. —A la vez que se lo decía, se le enrasaban los ojos.

Ese día, en la escuela tampoco quiso jugar en el recreo. Se sentó en el rincón de la puerta que daba a la iglesia. Sacó del bolsillo una libreta de tapas de hule negro y, con su torpe letra, se puso a escribir. Cuando sus compañeras la vieron acurrucada y concentrada, se acercaron:

—Eso lo haces para hacerte la interesante —le dijo una de coletas pelirrojas.

—Anda, déjala, que no se atreve a saltar a la comba —terció otra.

Entonces se acercó la maestra:

—¿Ya estamos como todos los días? Dejadla en paz —y volviéndose a Martina le dijo—: Sería mejor que jugaras con ellas.

—Pero si son ellas las que no me dejan. Me dicen que soy pequeña y que no sé correr ni jugar al “tú la llevas”.

Martina a sus casi nueve años era una niña con un pelo muy liso, tan liso que para su primera comunión no le pudieron hacer tirabuzones. Siempre había ido peinada con coletas, hasta el día en que se llenó de piojillo buscando nidos con los chicos. Su madre se enfadó y le espolvoreó la cabeza con DDT Chas, los polvos que usaba para las gallinas. A continuación le cortó el pelo a tijeretazos. Al día siguiente, antes de llegar a la plaza, oyó a las chicas: “Pareces un chico”. Pasó de largo y se acercó al grupo de los chicos. Pero, como no  los podía seguir en sus correrías, todos a una le cantaron eso de: “meonaa, cagonaa”.

Martina se las apañó sola y buscó un escondite apartado del pueblo. Cuando salía de la escuela, cogía la libreta y el lápiz, llamaba a Padín y juntos tomaban el camino del río.

Allí, como si fuera una comadreja, se metía dentro del tronco de un viejo árbol arrastrado por la corriente hasta la orilla del río. Y, escribe que te escribe, perdía la noción del tiempo. Una tarde notó que algo se movía a sus pies, le pareció una serpiente y gritó.

Padín, que estaba fuera sentado sobre sus patas traseras, comenzó a ladrar dando vueltas alrededor del tronco. Al poco rato, Martina vio los ojillos del abuelo que asomaban por un hueco del árbol.

—Abuelo, perdona, es que me he encontrado con esta cueva encantada.

—Déjate de encantamientos y vámonos a casa. Ya casi es hora de cenar. Todos te estábamos buscando.

En la puerta de la casa la esperaba su madre con el delantal recogido en la cintura. Le dio una buena zurra y la mandó a la cama sin cenar. Martina lloró y lloró, sin saber por qué lloraba.

Cuando su madre acabó de zurcir un pantalón de su padre, se acercó a darle las buenas noches. Ella le pidió que le leyera un cuento de Padín. El que siempre la hacía llorar.

—Y colorín, colorado. —Su madre cerró el libro y le dijo al oído—Prométeme que mañana serás buena

—Te lo prometo. Palabrita del Niño Jesús. —Cruzó los índices y se los besó. Su madre le dio un beso y salió de la alcoba.

Al poco rato Padín comenzó a ladrar.

Carmen Romeo Pemán.

Camping de las Nieves

Desde entonces tengo pesadillas todas las noches y la imagen del barro sobre la piel me provoca arcadas. Todo empezó la semana que acabamos el último curso de la carrera y cuatro amigos nos fuimos a pasar una semana en los ibones del Pririneo.

Como estábamos cansados del viaje desde Madrid, nos dimos prisa en montar la tienda en el primer camping en el que encontramos plazas libres. Comimos unos bocatas y nos acostamos. A las cinco de la mañana ya estábamos en ruta. Dejamos el coche en el parking del Balneario de Panticosa. Con el resuello del último repecho nos tumbamos en la orilla del ibón de Oridicuso, debajo de un nevero y cerca de un acantilado rocoso desde donde se veían ríos que discurrían por los valles y las carreteras que, como sogas metidas en un saco, salvaban los grandes desniveles. Me sentí muy pequeño, con ganas de volar y saltar al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia. Caminé como flotando por el borde de las rocas. No notaba el peso del cuerpo y tenía la cabeza llena de algodones. Me entró un sopor placentero mirando a las nubes que bajaban por las laderas. Pero, en pocos minutos, el cielo se ennegreció, oí los rugidos de la montaña que nos amenazaba y salí de mi ensimismamiento.

Nos pusimos los chubasqueros, y con pintas de pájaros asustados, bajamos corriendo por unas trochas de cabras. No nos dio tiempo a llegar al coche. Cuando estábamos delante de la escalinata principal del balneario, se desató una tromba de agua y nos refugiamos en el vestíbulo del hotel. Por delante de los ventanales pasaban a gran velocidad las mesas y las sillas de la terraza. Con un estruendo, como el que hacen los aludes, se desprendieron los pinos y los abetos de las laderas. Algunos coches flotaban con las ruedas hacia arriba.

Más de un centenar de montañeros nos apiñamos en el hall. A eso de las siete se fue la luz y las agitadas conversaciones del principio se convirtieron en gritos. Todos pensamos que el agua se iba a llevar el hotel. Como estábamos atrapados, nos dispusimos a pasar allí la noche. Poco a poco nos fuimos acomodando en el suelo y los bisbiseos convivían con respiraciones entrecortadas. A mi lado, uno de mis amigos me abrazaba intentando contener el temblor de su cuerpo. Y yo no podía aguantar el tembleque de mis piernas. Intentaba respirar profundamente pero solo me llegaban bocanadas de pánico, que se hicieron más intensas cuando, antes de las once de la noche, sonaron las alarmas del hotel.

—Se ha desbordado el barranco de Arás y ha arrasado el camping de las Nieves. Es una catástrofe de enormes dimensiones. Casi todos los ocupantes estaban descansando. El aluvión apenas ha durado unos minutos, pero ha arrastrado caravanas, coches y tiendas. También ha arrancado los postes de la luz y muchos árboles. Se necesitan voluntarios para el rescate. —Esta noticia se repetía sin cesar en todos los altavoces.

En unos minutos nos encontramos en medio de una larga fila de coches que serpenteaba la bajada del valle. Los cuatro hablábamos sin parar, como si con las palabras quisiéramos sacar el miedo de nuestros cuerpos.

Con la luz de las linternas y el agua a la cintura arañábamos el barro y quitábamos las piedras que habían llenado la piscina. Sacamos a cuatro niños sin vida. Sus padres habían desaparecido. Yo me quedé paralizado, agarrado a una niña inerte, envuelta en barro. No sé cuánto tiempo llevaba así cuando oí  una voz que me gritaba:

—Déjala en la entrada para que se la lleven a la morgue. Tenemos que darnos prisa, hay  demasiados cadáveres.

Acabamos en la piscina y nos dirigimos al cauce del río. A las tres de la madrugada,  habíamos sacado más de veinte personas muertas, retenidas entre las marañas de troncos y ramas. Una chica que intentaba agarrarse a unos matojos sin éxito, me cogió el cuello vomitando barro. Entre los cuatro tiramos de ella con fuerza y la metimos en el coche de uno de los voluntarios.

Uno de mis amigos se desmayó y lo llevamos al polideportivo del pueblo, donde habían montado una pantalla de televisión gigante para coordinar nuestros trabajos. De repente, en medio de un torbellino neveras, cantimploras, zapatos y personas que sacaban medio cuerpo entre el ramaje y los troncos que el agua se llevaba a la deriva, vi flotando La reina de las nieves, la novela que estaba leyendo, en la que había guardado mi documentación.

Por un momento la portada del libro ocupó toda la pantalla de la televisión. En un primer plano se veía una mujer contemplaba una gran tormenta desatada en el mar. Todo se lo tragaban aquellas olas gigantes que rompían contra el acantilado. El mar estaba a punto de tragase en barco del que solo se veía el velamen. Esa mujer contemplando la tormenta me recordó a los que se llevó el barranco de Arrás mientras miraban al cielo esperando que dejara de llover. Es que en Biescas, una tarde del siete de agosto de mil novecientos noventa y seis, una ola gigantesca de piedras, fango, maleza arrasó el camping.

Yo estaba impactado, pero tenía remordimientos de no sentirme peor. Los cadáveres se apilaban en la entrada, debajo del rótulo del camping de Nuestra Señora de las Nieves, y los coches no daban abasto para transportar heridos. El paisaje idílico de un prado del Pirineo se había convertido en un depósito de chatarra. Era como si hubiera llegado el Apocalipsis. En esos momentos tenía el corazón frío, como la nieve engañosa de esas montañas, que me hacía sentir bien porque dejaba de sentir.

Entonces supe que, como el del protagonista de La reina de las nieves, mi corazón se descongelaría cuando llegara a casa y que el recuerdo de la primera niña que saqué del barro me acompañaría el resto de mi vida. Esa niña me lanzó al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia.

Todo sucedió en Biescas el 7 de agosto de 1996.

Carmen Romeo Pemán

¡Oh bella, ciao!

Al rayar el alba dos pastores llegaron a la frontera francesa. Parecían dos fantasmas salidos de la niebla que bajaba de las montañas.

A lo lejos oyeron las voces de los gendarmes que se dirigían a sus puestos cantando Lili Marleen. Más cerca sonaban las esquilas de las vacas que pasaban de un país a otro, indiferentes a los movimientos de los hombres.

Francisco, de unos cincuenta años, y Juan, de unos cuarenta, estaban llegando a los mojones que separaban España de Francia. Justo cuando iban a entrar a la paridera, se encontraron con un joven que andaba como perdido. A Juan le llamaron la atención la barba y la coleta sebosa que le caían por encima de una manta de cuadros. Llevaba un morral en la espalda y por debajo del hombro derecho le asomaba la punta de un fusil.

—Buenos días —le dijo Francisco.

El mozo respondió con una especie de gruñido.

—Pues sí que estamos bien. Este trae malas pulgas —replicó Juan.

—Aunque no seas del pueblo, no tienes que ser tan desconfiado —terció Francisco—. Mira, chaval, aquí todos somos gente honrada y tratamos bien a los forasteros

El joven los miró de arriba abajo. Y Francisco siguió:

—Seguro que has pasado la noche en algún corral y que alguien te ha ayudado a conseguir el recado que llevas.

Le señaló el morral y le dio una palmada en la espalda. Entonces el joven reaccionó:

—Pues aunque abulta mucho, llevo poca comida. Sólo algunos panes que conseguí robar a media noche. Los tenía el panadero en la parte trasera de la tahona. No creo que los eche en falta, que están duros y ratonados.

—Hombre, no te pongas así —dijo Francisco.

—Nosotros podemos compartir el almuerzo. Aunque es un poco escaso, que los malos tiempos son para todos —dijo Juan.

—El almuerzo precisamente no. Que ya he comido un poco de cecina con pan. Pero si me dieran una cabra, no vendríamos a importunarlos.

—¡Una cabra! —Juan se quedó parado un momento.

—Sí, una cabra.

Se hizo un silencio. Francisco le dijo que eso de la cabra era desmedido. Entonces el joven les contó que era el encargado de conseguir comida para una partida de maquis. Juan dio un paso atrás con cara de susto. Pero Francisco le dijo a lo mejor podrían hacer algo.

—Es que, verán. Si me dieran una cabra por las buenas, les diría a mis compañeros que no atacaran el corral.

—¿Pensabais atacar el corral? Pero si no os hemos hecho nada —A Juan le temblaba la voz.

—Es que ya va para medio año que no probamos la carne.

—Pues tendréis carne, pero no por la amenaza. Tendréis carne porque sois de los nuestros —contestó Francisco.

—Bueno, Francisco, no te pases. Tanto como de los nuestros no diría yo —replicó Juan.

Francisco se dirigió a la puerta de las cabras con paso lento y a Juan se le soltó la lengua.

—Francisco, en el fondo tú y yo no somos de nadie. Somos pastores y sólo nos debemos al monte. Aquí todos vienen a pedir, pero a echarnos una mano no viene ni Dios. Y todos los que se nos acercan llegan con la misma cantinela: “Hombre, que una cabra no es para tanto”. Y vaya si lo es. Que a ver cómo le digo a mi Manuela que cada día hay menos leche y que de carne, nada de nada. Que esta temporada ni siquiera malparen las ovejas. Que antes de que malparan ya nos las han robado. Este, como todos, mucho cuando vienen a buscar, pero luego si te he visto no me acuerdo.

—No te pongas así, Juan. Este no es de la pasta de los del tricornio. Basta con mirarlo a los ojos.

—Lo que tú digas, Francisco. Ya sabes que no me gusta llevarte la contraria. Pero también sabes que no pensamos igual.

Cuando llegaron al corral, Francisco mató una cabra. Entre los tres la desollaron, la partieron en cuartos y la metieron en un saco. El joven se echó el fardo al hombro y les dijo:

—Esto de la cabra es de mucho agradecer. Pero aún les querría pedir otro favor.

—¿Otro favor? Si es que ya te caté en cuanto te vi —Juan hizo el ademán de meterse en el aprisco.

—Escúcheme, por favor—suplicó el joven.

—Venga, desembucha, que tenemos que soltar el ganado y se nos está haciendo tarde.

Les contó que iban huyendo de un destacamento de la guardia civil y que sabían que ese día iban a dar la batida por los montes.

—No les pido que hagan nada. Solo que, cuando les pregunten no digan que me han visto. ¡Ah! Y que los encaminen en dirección contraria a la mía.

Lo vieron alejarse por el alto de la collada. Entonces Juan se encaró a Francisco.

—Eres demasiado blando con estas gentes. Se nos comen el pan de nuestros hijos y tú, encima, les regalas una cabra. Y, si no me equivoco, ahora estás pensando en mentir a la guardia civil.

—Juan, ¿es que no te das cuenta de que no se quieren encontrar? ¿No ves que llevan muchos meses jugando al ratón y al gato? ¿No has notado que se tienen tanto miedo los unos como los otros? ¿No ves que son todos unos críos?

—Pues por las tardes bien que te las das de tipo duro en la taberna. Se conoce que el vino hace sus efectos. Me gustaría que los del pueblo te vieran acojonado delante de los que tú llamas críos. Y encima me vienes a mí con monsergas de padrazo.

—Juan, ¿es que no te das cuenta? ¿Dónde te crees que está mi hijo? ¿Nunca lo has sospechado? Hace más medio año que se fue a trabajar a Francia y no hemos vuelto a tener noticias.

Se hizo un silencio embarazoso. Mientras sacaban el rebaño, sólo se oía la voz ronca de Francisco que, por lo bajo, tarareaba:

¡O bella, ciao! ¡Bella, ciao! ¡Bella ciao, ciao, ciao!

Esta mañana me he despertado y he encontrado al invasor.

Carmen Romeo Pemán

Foto del comienzo. Ricardo Compairé, 1934. Pastores en Formigal, Sallent de Gállego. Fuente: Heraldo de Aragón. La canción italiana y esta foto en la frontera con Francia me inspiraron el relato.

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

Camino del internado

Nos levantamos antes de rayar el alba y, por unas trochas de cabras, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren. Dejamos la burra en casa de un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara. Así, al día siguiente, cuando mi madre volviera no tendría que hacer las siete leguas a pie.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de otro pueblo que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas. Enseguida nos pusimos al corriente. La otra chica tenía mi edad y se llamaba Petronila. Su padre y el mío habían muerto hacía unos años.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué es bonito? Pero a ella no le gusta —terció su madre.

Y habla que te habla nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la misma reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela. Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Íbamos en un vagón de tercera, de esos con compartimentos y bancos de madera. Encima, en el portaequipajes de enfrente, una señora había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas, que se pasaron todo el viaje cacareando y sin parar de aletear. Cuando llegamos a Zaragoza estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la pobre mujer:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptan a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos las ropas, pero no pudimos quitarnos todas aquellas plumas. Con esa facha, nos plantamos delante una puerta de madera de caoba y herrajes de bronce. Más que la de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo las sayas, los delantales de nuestras madres, los pañuelos que llevaban anudados debajo de la barbilla y los piojuelos de las gallinas que corrían por la tela.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí. Miren, tienen que salir a la calle y, en la esquina de la izquierda, verán un portal pequeño, de esos por los que entra el servicio.

1929. Valencia. Entrada principal del Colegio de Santa Ana. Propiedad de la autora.

Estaba claro que no nos iban a tratar como a unas colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Y sin hacer ruido. Nos había reservado dos sitios en la última fila, en una clase de primero de bachiller. También nos advirtió que tendríamos estar muy atentas porque dispondríamos de poco tiempo para estudiar. Sólo de algún rato libre de los fines de semana.

Luego, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevaban gris. Entonces caí en la cuenta: éramos escolanas, o fámulas. Tendríamos que servir a las niñas ricas.

Me compré una linterna con unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas y las mantas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de estar siempre durmiéndome por los rincones.

El día que fui a buscar el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la mía. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Había dejado la escuela cuando cumplió catorce años, unos días ante de que yo llegara.

Me contó que por las mañanas me espiaba por la cerradura de la puerta y le gustaban mucho mis clases. Luego, se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Ya se marchaba, pero se dio la vuelta y me dijo que en realidad había venido a pedirme que la ayudara a salir de aquel agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas las plumas de gallina que se les habían adherido a las ropas.

Carmen Romeo Pemán

Imagen del comienzo. Dormitorio de internas del Colegio de Santa Ana de Zaragoza. Propiedad de la autora.

Soy la pluma de doña Angelita

A los hijos y nietos de doña Angelita, que me regalaron su pluma

Desde que Alodia me sonrió con cara de ratón supe que acabaría robándome. Ese día Alodia estaba castigada a no salir al recreo y vio cómo su maestra me sacó del cajón de su mesa. Y no se perdió detalle cuando abrió el cuaderno, me apretó la panza y yo escupí un cuento por mi plumín.

Estaba a punto de acabarlo cuando oí que las chicas volvían. Como no me gustan los barullos, mi punta se cerró de golpe y una gota de tinta cayó al papel. Doña Angelita la limpió con un papel secante. Me puso el capuchón, me colocó encima de un libro.

 —Hala, a dormir, que se te ha acabado la tinta.

Cerró el cajón con llave. Yo pienso que no quería abrir mis tripas delante de sus alumnas, que estaban hartas de las plumas de mojar en tintero. Esas sí que lo manchaban todo. Y no yo. Aunque se me escapaba algún estornudo, era más limpia y estaba preñada de historias maravillosas.

Pero todo empezó un jueves por la tarde. Como no había clase, las chicas venían a limpiar la escuela. Mientras barrían el suelo y borraban las pizarras, doña Angelita se sentaba en un pupitre al lado de la ventana, sacaba una libreta de tapas de hule, me agitaba un poco. Y yo conseguía que los dragones volaran y los duendes encantaran a las princesas.

Aún siento el cosquilleo que me producía la suavidad de aquellos dedos. Y el frío que me entraba por todos los respiraderos si me quitaba el capuchón. Pero en cuanto me lo ponía detrás y me tapaba el culote, la tinta hervía en mis entrañas y empezaban a reñir los personajes que doña Angelita inventaba para sus alumnas. ¿Quién saldría el primero? Pues el que empujara más fuerte.

Pero ese jueves doña Angelita no vino. Precisamente ese día se olvidó de echar la llave. Nada más entrar, Alodia notó que el cajón estaba mal cerrado:

— Hoy yo limpiaré el polvo —les dijo a sus compañeras.

Como restregaba el trapo con mucho brío por encima de la mesa, yo empecé a dar vueltas y me resbalé al fondo. Al momento, tenía encima unos ojos muy abiertos.

—¡Si estás aquí! ¡Vaya sorpresa!

—No te hagas la tonta —le dije. Y se me escaparon unas babas negras por la ranura del plumín.

—¡Quiero que tus historias sean solo para mí!

Sin darme tiempo a contestar, una de las chicas se acercó y le dijo:

—Ni se te ocurra tocarla, que si la echa en falta doña Angelita nos castigará a todas.

Pero Alodia no le hizo caso. Aprovechó un descuido y me metió en su bolsillo. Cuando llegó a casa se escondió en la habitación. De repente noté que mi punta resbalaba por un papel rugoso. Además, Alodia no me cogía con la suavidad de doña Angelita ni me sujetaba bien. Y yo me sentía incómoda y disgustada. Así que empecé a vomitar personajes sucios de tanto navegar por la tinta. Los sacaba envueltos en una nube de humo y parecían deshollinadores.

—¿Qué te has creído? No me tomes el pelo. Sácame a Supermán o a Pocahontas —me ordenó muy enfadada.

Ella quería historias modernas y yo solo me sabía las antiguas. Creía que si me apretaba más la barriga acabarían saliendo. Y me la apretó tanto que me sentí como un calamar acorralado. Le solté un chorro de tinta y le emborroné las cuartillas. Entonces se echó a llorar, me golpeó contra las tapas de su cuaderno y me metió en un plumier que adornaba una estantería al lado de su cama. Esa noche la oí llorar.

Al día siguiente, estaba muy decepcionada conmigo y le contó todo a doña Angelita. Y le pidió perdón.

—Alodia, lo que pasa es que no la has acariciado como a ella le gusta. Por eso saca los chorros de tinta.

—Pues yo creía que estaba preñada. Que nadie le sabía sacar las historias enteras y que siempre le quedaba algún trozo dentro.

Abrió la cartera y me colocó en las manos de su maestra, que se echó a reír y le acarició las coletas.

—Ya veo que no os habéis entendido. Es que las estilográficas solo nos hacen caso a los mayores. Cuando sea muy mayor, te la regalaré. Entonces os entenderéis bien. —Como Alodia no quería hacerse vieja, esto no le gustó.

Al año siguiente, Alodia cumplió once años y se la llevaron a estudiar a un colegio de monjas, justo el mismo año que yo me fui con doña Angelita a un nuevo destino. Allí seguí enhebrando unas historias con otras. Pero, cuando le entraron temblores en las manos, me escondió en una escribanía. De vez en cuando venía a visitarme. Con sus caricias, las caperucitas y los pulgarcitos se desperezaban. Pero ella ya no tenía fuerza para arrastrarme por el papel.

En los últimos Reyes Magos, uno de sus hijos me envolvió con una nota: “Alodia, mi madre siempre quiso que esta pluma fuera para ti”. Encima escribió la dirección y me mandó al PaísdeNuncaJamás.

Estuve varios meses en una estantería. Alodia me miraba pero se hacía la tonta.Se pasaba las tardes leyendo historias de Harry Potter, hasta que un jueves se acercó con un bote de tinta y me dijo:

—Tengo que arrancarte un cuento maravilloso. Uno como esos de mi maestra. Un cuento largo, muy largo, hasta que no te quede nada en el tintero.

Yo no me pude reprimir. Solté un escupitajo negro y, como antaño, le emborroné todas las hojas de su libreta.

—No te lo contaré nunca. Tú no crees en princesas ni en castillos encantados. Yo no tengo las historias que te gustan. Esas igual las encuentras en los bolígrafos.

A los pocos días me vendió a un anticuario. Mis historias y yo nos habíamos convertido en antiguallas.

Ya llevo mucho tiempo en el escaparate viendo pasar a la gente. Ayer entró una niña que arrastraba una mochila rosa con un dibujo de Mickey Mouse y creí que me sonreía. Aprovechó un despiste del dependiente y metió en la mochila el bolígrafo Parker que estaba a mi lado.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía propiedad de la autora. La pluma de doña Angelita. Jerez de la Frontera, 2015.