El gigante Degusoro

#relatofragolino

De las fragolinas de mis ayeres

Todas las vacaciones, desde muy pequeña, recorría las tres leguas que separaban El Frago de Biel. Iba con mi familia a pasar unos días a casa de mi abuelo, mis tíos y mis primos. Y todos esperábamos estos encuentros muy alborozados.

Hacíamos el camino andando, y nos turnábamos para montarnos a horcajadas en el lomo de Cascabela, que así se llamaba nuestra burra.

En particular, recuerdo el último viaje de Semana Santa. Como hicimos muchas paradas, tardamos más de medio día en llegar. Hacia la mitad del camino descansamos mucho rato en las tierras del gigante Degusoro. Mientras todos dormitaban a la sombra de un nogal, mi madre me contó la historia del gigante.

—Por el día duerme en su cueva y, cuando respira, le salen por la nariz unas burbujas de agua que van llenando este pozo. —Señaló con la mano donde bebía la burra.

—Pues eso no me lo contaste así el año pasado —repliqué con cara enfurruñada.

—Sí, Alodia, sí que te lo conté así, pero igual estabas distraída cogiendo margaritas. —Me sujetó por los brazos y me asomó al agua—. Mira, ¿ves las burbujas? Suben como cuando echamos polvos en un vaso de agua para hacer una gaseosa.

—Sí, sí, lo veo muy bien. —Y me volví a mi madre—. Pues sí que respira deprisa.

Me apoyé la mano en la barbilla y me quedé pensativa. Al poco le contesté:

—Degusoro debe ser muy grande.

Entonces me dijo que en las montañas había muchos gigantes como él haciendo pozos en los que bebían los rebaños. Y que la gente los llamaba ibones.

—Pues a este lo llamaremos el ibón de Degusoro —dije y vi que mi madre se sonreía.

Seguimos hablando del gigante bueno y de que algunas veces salía a regar los prados y hacía crecer las violetas. Aún no habíamos acabado nuestra cháchara, cuando se acercó mi padre:

—Venga, que ya llevamos aquí más de media hora. Si no nos damos prisa, se nos hará de noche antes de llegar.

—Pues yo no me quiero ir tan pronto.

—¡Calla y no protestes! Enseguida nos pararemos a coger manzanetas de pastor en Valdemanzana,

—¡Bien! ¿Veremos el árbol donde se escondía la madrastra de Blancanieves?

—Y la cueva de los enanitos —me contestó mi madre.

—Pero si el año pasado me dijiste que la cueva estaba en la fuente de Arbisuelo —protesté contra la mala memoria de mi madre.

—Es que se suelen cambiar de sitio para que la madrastra no encuentre a Blancanieves.

Me di cuenta de que burra levantaba las orejas y escuchaba con atención. Entonces me acerqué corriendo, me abracé a su cuello y le di montones de besos.

Llegamos a la Plaza Nueva de Biel justo en el momento en que la luna aparecía por detrás de torre del castillo. La luz de la luna atravesaba las ventanas y dibujaba grandes sombras que llegaban hasta nosotros. En cualquier momento podría salir un ogro, como en los castillos encantados de los cuentos. Entonces me eché a temblar y,  para que no me lo notaran, me agarré muy fuerte a Cascabela.

Ya llevábamos varios días en Biel, cuando una noche, a eso de las tres de la mañana, oí muchos pasos por la casa y la voz del veterinario. Me acerqué a escuchar detrás de la puerta. No oía bien lo que decían, pero la burra bramaba fuerte, como si le doliera algo o estuviera muy enfadada. Y además no dejaba de dar coces contra las paredes.

Me puse de rodillas al lado de la mesilla y le recé a san Antón. Pero solo me salía: “Glorioso San Antón haz que Cascabela vomite toda el agua que el otro día bebió en el ibón de Degusoro. Glorioso San Antón, cura a mi Cascabela como curaste a los hijos de una jabalina”. Y no paré de repetirlo en toda la noche.

Como no podía dormir y nadie venía a contarme qué pasaba, en cuanto se hizo de día salí al pasillo y escuché algunas frases de los hombres que estaban en la cuadra.

—Ha sido una pena, pero no he podido hacer nada. Llevaba varios días con el cólico. Me han llamado demasiado tarde —dijo el veterinario.

Siguió un murmullo de voces apesadumbradas entre las que distinguí la de mi padre:

—La llevaremos al muladar antes de que se despierte Alodia.

Entonces me metí en la cama, me tapé hasta la cabeza, y lloré y lloré.

Hicimos el viaje de vuelta con el burro de tío Esteban de Avellanas. Yo no consentí en montarme y volví todo el camino sin levantar la mirada del suelo y sin hablar con nadie. Solo me paraba de vez en cuando a coger  flores. Cuando llegamos a casa llevaba los bolsillos llenos de violetas. Las saqué en un puñado y se las di a tío Esteban.

—Usted que sabe dónde está la burra, échele estas violetas encima.

—Descuida, se las llevaré mañana por la mañana. Tu Cascabela duerme Detrás del Cerro.

Ese día se secó la fuente de Arbisuelo y los enanitos ya no encontraron refugio. Y el gigante Degusoro se disfrazó de buitre, se comió a la burra y abandonó el ibón para siempre.

rayaaaaa

01.Con el burro de tio Esteban

El Frago, junio de 1950. Autor, Jesús Pemán Marco (Biel, 1918-Madrid, 1991). En El Peñazal, junto a las Eras Badías. El burro de tío Esteban  de Avellanas preparado para emprender el viaje.

Encima del burro. Detrás, asoma la cabeza, Maruja Romeo Pemán (Ejea, 1944), y delante Conchita Pemán Dieste (Biel, 1942). Alrededor del burro: de izquierda a derecha. Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Mari Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017), Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969) Lorenza Berges Laguarta (El Frago, 1931), Martín Esteban Biesa Solana (Biel, 1892 -1977), conocido como Esteban de Avellanas, por ser de casa Avellanas de Biel.

Carmen Romeo Pemán

Regalos de Año Nuevo

Sería bonito que pudiésemos reinventar el calendario y conseguir que todos los días fueran como el primero de año. Me gustaría por el significado y las posibilidades que esa fecha tiene para muchos de nosotros. De eso quiero hablaros hoy.

La Navidad y el Año Nuevo vienen cargados de tradiciones y de regalos. Los tiempos cambian, la comunicación evoluciona, y entre los muchos whatsapps que he recibido en estas fiestas me gustó uno en el que aparecía un cantaor con una guitarra y decía, medio recitando y medio cantando, algo así:

Cada vez que acaba el año

el tiempo va y te regala

una pizarra y esponja

p’a que esta noche tú cojas

y borres las cosas malas.

Y entre copas y sonrisas

enero llega corriendo

y te regala una tiza

p’a que sigas escribiendo

La coplilla viene cargada de razón. Y por eso me gustaría que cada mañana, al abrir los ojos, pudiéramos sentirnos dueños de algo así.

Estas palabras se quedaron dando vueltas en mi mente y me llevaron a reflexionar sobre el valor simbólico de esos objetos que son, ni más ni menos, que la maravillosa capacidad que tenemos las personas para poder elegir, y la libertad de usarla según queramos.

Adoro las metáforas. Eso es tanto un inconveniente, como cariñosamente me señalan mis compañeros y profesores en los cursos de escritura, como una ventaja. La metáfora es un arma poderosa para transmitir información de modo creativo. Así que hoy, por ser las fechas que son, me voy a permitir tirar de ella. Ya que hablo de regalos, me merezco ese.

Hasta ahora no he sido consciente de que en mi vida han existido muchos más “primeros de año” que los que corresponden a mi edad. Darme cuenta de eso hace que me sienta afortunada. Cuando miro atrás, veo que he sabido encontrar a mi alrededor obsequios como esa esponja y esa tiza. Y aún hay más: como he dicho antes, los tiempos cambian, las personas evolucionamos, y lo que en mi adolescencia o en mi juventud eran una pizarra, una tiza y un borrador, se han convertido ahora en herramientas mucho más potentes, en verdaderos procesadores de texto.

En mi adolescencia solo cabía el blanco y negro. Las cosas, muchas veces, no tenían término medio. Descubrir el amor ofrecía dos alternativas: que el chico que me gustaba se fijara en mí, o pensar cada día que moriría de pena al llegar la noche porque nadie puede sobrevivir al sufrimiento de no ser correspondida. No morí, claro está, o no estaríais leyendo esto. Pero mi memoria no me engaña y en aquellos lejanos años mi vida era como una clase de matemáticas sencillas donde las ecuaciones o los problemas tenían dos o tres alternativas como mucho. A, B o, a lo sumo, C.

Cuando me convertí en madre la cosa empezó a cambiar. La relación con mi hija, por ejemplo, era un arcoíris de colores y posibilidades. Todavía me tiemblan los dientes cuando recuerdo su adolescencia, sus dudas, su querer presumir de ir de vuelta de todo, cuando en realidad todavía estaba empezando a saber poco de nada. Mis propias dudas también, mi inseguridad, mi falta de tiempo, robándole siempre a ella los minutos que necesitaba para pelear contra la hidra de siete cabezas que era entonces el autismo de su hermano. Mis momentos de felicidad, cuando acabó la relación con su primer noviete y acudió a mi hombro para llorar su pena. Creo que ya entonces, no sé si por sabiduría o por puro azar, empecé a manejar con más soltura mi borrador y mi tiza. Ya no escribía cosas sencillas, no, pero cada borrón y cada línea me convertían en una persona un poco mejor, o eso quiero creer.

Y, si me paro a recordar el milagro de mi Javi, descubro que lo mío ya no ha sido esa escritura sencilla de escuela de primaria. Ni mucho menos. Porque con siete años mi hijo no hablaba, se autolesionaba, apenas masticaba, no llegaba al percentil cinco de peso y tenía alteraciones severas en el patrón de sueño entre otros muchos problemas. A Javi le debo mucho, porque con él, gracias a él, sí que aprendí a base de bien. Tuvimos que borrar muchos errores y reescribir muchas cosas los dos juntos. Pero lo hicimos. Y hoy habrá pocas madres tan felices como yo y pocos hijos tan felices como él. Es una persona integrada en el mundo, un chico satisfecho de tener amigos y de su participación en el programa Cualifícame de preparación laboral.

Y conste que no todos los regalos tienen que ser así de contundentes, aunque los míos me encantan. Hay más, muchos más. Como que reaparezcan en mi vida amigos de la infancia, incluso aquel primer amor que no llegó ni a serlo y que ahora es amistad, y que, por obra y gracia de las redes sociales, me haya podido reencontrar con esas personas a las que quiero, y que vuelven a ser parte de mi historia. O que, de pronto, mis hijos sean mayores y a mí me quede tiempo para volver a ser un poquito yo misma, y se me ocurra apuntarme a cursos de escritura que me han traído nuevas amistades y hasta un blog donde escribir.

Y todo eso que os he contado me hace sentirme viva. Y día a día comprendo que tengo en mis manos la potestad de borrar y de escribir en cada página de mi historia lo que más me apetezca. Y eso hago.

Así que ojalá este año esté para vosotros lleno de primeros de enero. Y si algo no se puede corregir, si hay manchurrones de tinta imposibles de borrar, terminaré con otra frase que no es mía pero que me hizo reflexionar bastante, aunque desconozco el autor: Lo que no se soluciona pasando página, se soluciona cambiando de libro. A veces es así, y no pasa nada. Un libro nuevo está lleno de promesas, de hojas en blanco para rellenar.

Feliz escritura en vuestra vida.

Adela Castañón

birthday-2478096_1920

Imagen cabecera: George Dolgikh en Pixabay

Imagen final: Thanks for your Like • donations welcome en Pixabay

Don Bruno y doña Angelita. Los maestros de nuestros padres

 

Los recuerdos son eslabones de una larga cadena que une el pasado con el presente y tienden un puente de plata por el que gustamos andar con el mayor desembarazo hasta confundir las dos orillas…

Bruno Gracia Sieso, Maestro de El Frago, “Recuerdos”, 1933.

Cartel de la Historia que nos une

Lo que os voy a contar ya lo conocen los fragolinos que lo vivieron y otros que me han ayudado a preparar estas notas. ¡Gracias a todos por esta colaboración tan entusiasta! Y es que en El Frago se hacen las cosas así. Hacen falta unas escuelas, pues las haremos entre todos. Si Carmen prepara algo, pues todos le ayudaremos.

Recuperar los casi 175 años de vida de las escuelas supone desempolvar las vidas de todos los maestros y maestras que pasaron por sus aulas. Todos se dejaron la piel y una parte importante de sus vidas a los niños de El Frago.

En este artículo me centraré en Bruno Gracia Sieso y Ángela García Alegre, don Bruno y doña Angelita, como siempre los oí nombrar en mi casa. En 1926, este matrimonio logró embarcar a todo el pueblo en los gastos de la construcción de unas escuelas hechas “a vecinal”, crowdfunding diríamos hoy. Con motivo de la inauguración del edificio don Bruno pronunció una charla: “El niño, la escuela, el maestro y los padres de familia”; y doña Angelita otra: “La enseñanza de la mujer”. Hoy solo conservamos los títulos, pero su espíritu moderno nos llega con los testimonios orales de los que fueron sus alumnos.

Además de conseguir escuelas con viviendas para los maestros, elevaron el nivel cultural del pueblo. Estimularon a muchas familias a que sacaran a sus hijos a estudiar y potenciaron la enseñanza de adultos. Y, además, nos dejaron una significativa obra literaria escrita desde, o sobre, El Frago.

Doña Angelita García Alegre

Doña Angelita fue la maestra de nuestras madres, es decir, de las niñas nacidas entre 1909 y 1924; y don Bruno de los niños nacidos entre 1912 y 1926. Entre otros, de mi padre.

1933-Calatayud-Angelita-1

1933. Calatayud. Ángela Garía Alegre. Foto de Gregorio Romeo Berges

Zaragoza, 1894–Ronda, Málaga, 1971. Era hija de Carlos, empleado de Correos y Telégrafos, y de Ángela, natural de Gurrea de Gállego. En unos tiempos en los que no era habitual que las mujeres estudiaran, convenció a sus padres y comenzó Magisterio a los 19 años. En 1918 aprobó las oposiciones en Huesca. Estuvo un año en Casbas y al año siguiente llegó a El Frago.

Maestra de El Frago: 1919–1929

Entre 1921 y 1935 nacieron sus hijos: Angelina, María Rosa, Blanca, Gabriel, Ana María, Carlos, Miguel Ángel y María del Carmen.

Maestra de Calatayud: 1929-1935. Y de Ronda: 1935–1964

En 1929 murieron su hermana Carmen, de una hernia inguinal, y su hijo Gabriel, de difteria. Estas muertes trágicas, unidas a la deficiente atención médica de El Frago, influyeron en su decisión de abandonar el pueblo. Se presentó a unas oposiciones y le dieron Calatayud. Su marido no consiguió traslado y siguió en El Frago dos cursos más.

Cuando ella se despidió de El Frago, don Bruno le dejó al alcalde varias fotografías y algunas tarjetas postales del pueblo con la siguiente nota.

Querido amigo Manuel: ahí le mando una colección de las fotografías obtenidas para que el Ayuntamiento haga con ellas el uso que estime oportuno. Las restantes, menos otra colección que nos quedamos nosotros, las he mandado al Heraldo, a una revista madrileña y a otra zaragozana. Saludos de su buen amigo, B. G. Sieso Hoy 19-X –929.

Desde 1935 hasta 1964 ejerció en Ronda, donde había sido destinado su marido en 1931.

Don Bruno Gracia Sieso

1933-Calatayud-Bruno

1933. Calatayud. Bruno Gracia Sieso. Foto de Gregorio Romeo Berges

Zaragoza, 1893–Ronda, Málaga, 1968. Este hombre, paciente, tolerante y “en el buen sentido de la palabra bueno”, era hijo de Francisco y Carmen, un matrimonio de clase media. Su hermana Pilar lo emparentó con las familias de importantes científicos aragoneses, con los Loscos y con los Pardo Sastrón.

Su primer trabajo: dependiente de sederías

Su padre lo destinó al floreciente mundo del comercio zaragozano y lo colocó en la Sedería de Santiago Sorrosal en la calle Torrenueva. Después estuvo en la de Monreal en la calle Pignatelli.

Estudios y destinos. Berrioplano, Gallipienzo, Las Fraguas y El Frago

En 1910 empezó Magisterio en Zaragoza. En 1914 obtuvo plaza en Berrioplano Navarra; de allí pasó a Gallipienzo, Navarra. En 1923 ya estaba en Las Fraguas, Soria, y en 1925 se trasladó a El Frago por el turno de consortes. Allí ejerció seis años, hasta que en 1931 le dieron traslado a Ronda (Málaga).

En 1930 obtuvo un premio del Patronato de Mutualidades de Aragón por su labor educativa.

De la larga y fructífera etapa de Ronda resaltaré su colaboración con la Institución Libre de Enseñanza (ILE). En 1934, participo en las Misiones Pedagógicas y ese mismo año realizó un viaje de ampliación de estudios con otros compañeros de las Misiones.

Maestros escritores

Titulo Maestra Ángela García Alegre - Anverso

Sin romper los estereotipos que la crítica literaria había impuesto a las mujeres, consiguió una voz literaria propia. Así lo recordaba su hija Blanca:

En Calatayud, mi madre se forjó una gran personalidad como escritora y como conferenciante. Era la única mujer que daba conferencias con los Académicos de la Lengua en la Biblioteca Gracián de Calatayud.

Obra y premios de Ángela García Alegre

Publicó abundantes relatos en periódicos, ganó un accésit y dos premios literarios, y colaboró en La novela de viaje aragonesa.

Destacamos los relatos: Blanca (1924), Isabel (1930), La tía Julia (1930), España, flor (1931), De fino encaje (1934), Entereza (1934).

En 1924, recibió un premio por el relato “Blanca” en un certamen literario de Calatayud. Ese mismo año otro premio en Zaragoza, cuyo nombre no figura en la estatuilla que conserva su familia. En 1926, un premio por “Gabrielín” (inédito). En 1935, accésit a “Y por enseñar a otros niños perdí a mi niño”, en el Certamen Pedagógico Nacional. En 1947, un premio de 5000 pesetas por “Consejo de amor”.

Publicaciones de Bruno Gracia Sieso

Trabajos literarios de Don Bruno

Trabajos literarios de don Bruno

Fue un versificador precoz. En Zaragoza se relacionó con los escritores y periodistas del círculo de: Luis López Allué, el patriarca de la literatura regionalista, Manolo Casanova, Fernando Castán Palomar, Arturo Gil Losilla, Tomás Royo Barandiarán, Anselmo Gascón de Gotor Giménez, Pedro Galán Bergua, Ramón Lacadena Brualla y Ramón Celma Bernal.

Más de ciento cincuenta artículos en varios periódicos

Divulgó con entusiasmo la Novela de viaje aragonesa, de la que fue co-fundador. Colaboró de forma habitual en: El Heraldo de Aragón, El Avisador Numantino, El Heraldo de Madrid, La Tierra de Huesca, El Diario de Almería, El Diario de Córdoba y de El Noticiero Gaditano.

Aunque fue contemporáneo del Novecentismo y de la Generación del 27, su prosa lleva el sello postmodernista. En ese momento las vanguardistas intentaban abrirse paso entre un modernismo que había arraigado con fuerza en medio de unos gustos regionalistas que renacían.

En 1927 le dedicó elocuentes palabras a Arturo Gil Losilla, en un homenaje en el Casino Mercantil, cuyo testimonio fotográfico recogió la revista Blanco y Negro. Además, presidió el homenaje al escritor Luis Franco de Espés, barón de Mora.

En 1929 fue reportero de la inauguración del grupo escolar Costa de Zaragoza. En 1928 con el artículo, “Goya. En torno a un centenario”, estimulaba a estudiar a sus alumnos recreando los orígenes rurales de Goya.

Se reveló como un perspicaz lector, muy atento a las novedades literarias aragonesas. De la fama y prestigio de don Bruno dan fe las caricaturas que de él se hicieron en la prensa

Un idilio en Cesárea, en colaboración con Arturo Gil Losilla

En 1927 publicaron Un idilio en Cesárea, una novela ambientada en “Cesárea”, el nombre literario de Zaragoza, a la manera de los realistas del siglo XIX.

En una trama de novela rosa iban incardinando acontecimientos épicos del pasado zaragozano y personajes célebres de la Zaragoza contemporánea.

Para terminar

Hará unos cien años, llegaron a El Frago los Reyes Magos, disfrazados de maestros. Y se hicieron realidad las ilusiones muchos niños. Esos que hoy son nuestros padres y abuelos.

El año 2007, el pregonero de la Feria de Ronda se enorgullecía de haber tenido como primer maestro a don Bruno. Y los fragolinos nos enorgullecemos de que don Bruno y doña Angelita fueran los maestros de nuestros padres. Gracias a ellos las generaciones siguientes nos hemos beneficiado de sus semillas.

No para desmerecer su labor, sino para entender mejor su calado, quiero resaltar encontraron un terreno abonado. Simona Paúles y Pedro Uhalte, también matrimonio, fueron maestros de El Frago desde 1884 hasta 1913 y alfabetizaron a nuestros abuelos. Mi propia abuela, sólo con lo que aprendió en la escuela, y no asistía regularmente porque desde niña trabajaba como pastora, tenía una letra primorosa –con faltas de ortografía, claro- y llevaba las cuentas de la casa en sus “cuadernos de apuntaciones”.

50. 1932-Cuaderno Antonia

Cuaderno de Antonia Berges Beamonte (El Frago, 1885-1951)

Fuentes documentales

Archivo del Ayuntamiento de El Frago.

Archivo de la familia Gracia García.

Prensa histórica local y nacional.

Carmen Romeo Pemán, Los maestros de nuestros padres. Conferencia impartida en el Ayuntamiento de El Frago, el 9 de noviembre de 2013.

Carmen Romeo Pemán, De las escuelas de El Frago, IFC, Zaragoza, 2014. Presentado en El Frago, el 24 de enero de 2015.

Javier Arenzana Romeo, De ronda por las escuelas de El Frago. En instinto lógico, el 1 de febrero de 2015.

Carmen Romeo Pemán, A todas las maestras. A las 35 que pasaron por El Frago. En Letras desde Mocade.

Carmen Romeo Pemán, A todos los maestros. A los 25 que pasaron por El Frago. En Letras desde Mocade.

Fuentes orales

Conversaciones y entrevistas con los alumnos de don Bruno y las alumnas de doña Angelita. Anécdotas de estos maestros que se han mitificado en el pueblo.

De las escuelas de El Frago-1

 

Carmen Romeo Pemán

 

 

Versos de antes de dormir

Hoy quiero daros las gracias a todos vosotros. A los que nos leéis y comentáis. A los que nos seguís en esta aventura de letras que es Mocade, que sigue siendo para mí una fuente de alegrías. Y además de daros las gracias, quiero desearos un feliz Año Nuevo, que vuestros deseos se hagan realidad y que nunca dejéis de soñar. Son fechas familiares, así que no os robaré mucho tiempo y os dejo unos versos cortitos que escribí hace bastante pero que no publiqué. ¡Feliz 2020, y gracias por vuestra compañía!

Adela

Versos de antes de dormir

Anoche,

cuando ya estaba a punto de dormir,

vinieron a mi mente los versos que ahora escribo.

Y no es casualidad que me asaltaran,

porque soñé contigo.

 

Y es que la vida intenta

mantener a mis sueños amarrados

y que la realidad sea su cadena.

Pero yo, cuando escribo,

dejo volar en libertad mis versos

y les doy rienda suelta.

 

Y puedo imaginar que estás conmigo,

puedo soñar despierta.

Con los ojos cerrados sigo viva,

y después, al abrirlos,

comprendo que vivir vale la pena.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Gregoria de Michela

#relatoaragonés

De las fragolinas de mis ayeres

Todos los días, a las cinco de la tarde, cuando las pequeñas salíamos de clase, la señora Gregoria de Michela, hila que te hila, apuraba los últimos rayos del sol en el banquero de la puerta de la escuela. Le gustaba estar sola. Y no iba al carasol.

A todos los críos nos decía algo sobre todo a mí, que me sentaba a su lado y me ensimismaba viendo cómo daba vueltas el huso.

—Cuando sea mayor, ¿me enseñará a hilar? —le pregunté.

—Entonces yo ya me habré muerto.

—Usted nunca se morirá. Yo lo sé —le contesté.

Ella me miró, soltó el huso y apretó mi mano con la suya.

Es que la vida de la señora Gregoria se había convertido en un misterio. Hacía muchos años que era viuda y pocos se acordaban de su marido. Unos decían que una tormenta lo había despeñado por un barranco. En cambio las mujeres del carasol decían que nunca se había casado, que siempre había estado amancebada.

—Me parece que sois un poco lenguaraces —dijo una que estaba haciendo jersey.

—¿Es que no sabéis que los hombres no se fían de las mujeres que se pasan la vida hilando? Dicen que se parecen a las mujeres de la muerte, a esas que hilan nuestras vidas —contestó otra.

—¿Qué te sabrás tú? —replicó la que hacía jersey.

—Pues mucho. Aún me acuerdo de que nos lo contaba doña Simona en la escuela. Creo que las llamaba las parcas o algo parecido.

En cambio, mis amigas y yo pensábamos que la señora Gregoria llevaba allí desde siempre y que no se moriría mientras hilara. Nuestra maestra nos explicó que las parcas, que ese era el nombre de las que hilaban, eran inmortales.

Como hacía varios días que la señora Gregoria no daba señales de vida, su sobrina llamó al alguacil y echaron la puerta abajo. Subieron a tientas y la encontraron en un camastro de paja con sudores fríos y delirando. Al momento la sobrina volvió a la calle gritando:

—Solo la puede salvar un milagro. Que venga el cura con la unción.

Yo estaba sentada en el banquero esperándola. Así que, cuando oí a su sobrina, salté como un resorte y fui corriendo a buscar a mosén Teodoro que estaba jugando al guiñote.

—Mosén, venga conmigo. —Yo le tiraba de la manga de la sotana.

—¿Qué pasa, Felisa?, ¿qué te ocurre?

—Que la señora Gregoria se está muriendo.

—Anda, vete a jugar. Seguro que son cosas de mujeres. Que son un poco exageradas.

—Mosen, tiene que dejar las cartas. —le dije con la voz entrecortada—. Dicen que le han puesto una vela delante la nariz y que la llama casi no se mueve.

—Pues tendrían que haberme avisado antes de empezar la partida.

El cura tiró las cartas encima de la mesa y se levantó.

Como yo seguía plantada delante de él, me dijo:

—Anda, muévete. Vete a buscar a los dos monaguillos y diles que corre prisa.

Al poco rato salieron por la puerta de la iglesia dos monaguillos. Uno llevaba la cruz procesional y el otro, el acetre y el hisopo en una mano y la campanilla en la otra. Detrás iba el cura revestido con roquete, estola morada y sobrepelliz. Entre las manos llevaba una crismera de plata con el aceite de los enfermos. Para darle más solemnidad, la había cubierto con un paño blanco de lino, seguramente hilado por la señora Gregoria.

Las mujeres lo esperaban arrodilladas en dos filas, con mantillas negras y velas encendidas. Los hombres estaban de pie con las boinas en la mano. Y todos los críos íbamos detrás.

Mosén Teodoro entró en el patio y comenzó a dar hisopazos, a la vez que gritaba:

—¡Afuera, Satanás!

Subió por unas escaleras empinadas y yo me las apañé para ponerme a su lado. En la habitación, habían colocado una mesa con un crucifijo. El cura dejó allí la urna de los óleos y acercó la cruz a los labios de la enferma. Pero se encontró con un esqueleto desdentado.

Entonces, sin querer, se me escapó un “¡ooh!”, cuando vi aquellas manos, tan ágiles con el huso, convertidas en una gavilla de venas y nervios, envueltos en una piel acartonada.

La señora Gregoria, que ya no oía nada, agitaba las manos y roncaba fuerte. Entonces el cura mojó el dedo pulgar en el aceite y le hizo cruces en la orejas, en la nariz, en la boca, en las manos, en los pies y en el ombligo.

Para acabar, le puso la estola en los labios. Y, justo en ese momento, a la señora Gregoria le vino una arcada y le manchó el roquete al cura con un vómito sanguinolento. A mosén Teodoro se le escapó un juramento y se fue escaleras abajo.

Las mujeres colocaron velas alrededor de la cama y echaron esencia de espliego para matar la pestilencia.

Yo me fui a casa y me senté en el hogar al lado de mi madre. Sin venir a cuento, le pregunté:

 —¿Por qué los muertos no pueden cerrar los ojos ni la boca?

—¿De dónde has sacado eso?

—No, nada, es que lo quería saber.

—Anda, cómete la tostada y deja de pensar en esas cosas.

—Es que… la alcoba de la señora Gregoria huele peor que la cuadra.

—Felisa, ¿a qué viene todo esto?

—Pues, ¿a qué ha de venir? A que he acompañado a mosén Teodoro a llevar la unción.

—Este cura se las tendrá que ver conmigo. ¿Qué es eso de llevar a los críos a esos sitios?

Le supliqué que no se enfadara, que él nos dejaba ir. Que yo me colé. Y que no era para tanto,  que ya tenía diez años y era la primera vez que había visto a un muerto. Que fui porque pensaba que todos mentían y yo creía que la señora Gregoria no se podía morir.

—¡Basta ya! Y que no se vuelva a repetir —me contestó mi madre muy seria.

—Pues mañana pienso subir al cementerio a ver cómo bajan la caja a la fosa. Y me pondré en primera fila.

rayaaaaa

Julio Pablos. Mujer hilando

Foto del inicio sin recortar. Julio Pablos. Tarjeta postal de Biel. Sin fecha. Sobre los años cincuenta.

Julio Pablos Gomez (¿?-Zaragoza, 21/07/1991), pasaba los veranos en Biel, hacía las fotos oficiales del pueblo, retrataba a las gentes en el huerto de casa el Santo, en la Caudevilla. Y dejó una colección de postales del pueblo, de los años cincuenta.

Carmen Romeo Pemán

 

Despedidas

–No te he preguntado por qué, sino para qué.

–No te entiendo. –Fernando curvó los labios en un intento de sonrisa que se quedó a medias–. De todos modos, ¿es importante eso?

–Sí. Mucho. Al menos para mí.

Mercedes miró al que fuera su primer amor cuando los dos rondaban los quince años. Había puesto demasiadas expectativas en el encuentro, comprendió. Se fijó en los pies de Fernando, calzados con unos Gucci. Nunca lo había visto con otra cosa que no fueran tenis. Los zapatos, más que las canas, que las entradas en el pelo o la insinuación de barriga que tensaba el cinturón de sus pantalones, fueron lo que le hizo pensar que tenía frente a ella a un adulto desconocido, a un hombre que, casi con toda seguridad, había ahogado al adolescente que fue para ella el centro de su universo durante un año.

Fernando la miró y supo que ella estaba perdida en sus pensamientos. En ese mundo interior al que él siempre quiso entrar sin conseguirlo. Cuando Mercedes levantó los ojos, se limitó a sonreírle. Ella, por su parte, sintió un ramalazo de nostalgia al recuperar parte del pasado: con nadie habían sido tan cómodos los silencios como con Fernando. Él seguía utilizando la misma estrategia, esperar y callar.

–Mira –ella habló primero–, también yo te he buscado en Google muchas veces durante estos años.

–Pero he sido yo el que te ha escrito, Merche.

–Y por eso te lo pregunto. Imagino que me has buscado por curiosidad, como yo a ti. Hasta ahí no importa, lo admito. Entiendo que solo queríamos saber algo de nuestras vidas, vale. –Mercedes hizo una pausa–. Pero, repito, ¿para qué?

–¿Y qué más da? Yo no veo la diferencia.

–Si yo te hubiera escrito, si me hubiera metido en tu vida, habría sido para algo. –“Para pedirte respuestas que nunca me atreví a pedir”, pensó ella. “Para decirte cosas que no tuve el valor de decirte”–. Pero me quedé en el por qué. Dar ese paso de más, hacer añicos la distancia con un email, con un SMS, con lo que fuera, habría supuesto una especie de compromiso. A ver, no me malinterpretes. Aparecer de pronto, buscarte después de casi treinta años de silencio, al menos te hubiera planteado alguna duda, ¿no? Por lo menos es lo que me ha pasado a mí. Así que la pregunta lógica es, ¿para qué me buscas ahora?

–¿No te vale quedarte en que me apetecía saber cómo te va la vida?

–No. Para eso podías haberle preguntado a Clara, o a Luis, o a cualquiera de nuestros amigos de entonces. Con alguno de ellos sigo en contacto.

–¿Tú lo has hecho?

–¿Hacer? ¿El qué?

–Preguntarles a ellos por mí.

–No, claro que no. –Mercedes se mordió el labio inferior y Fernando, por primera vez en toda la tarde, reconoció en ese gesto a la adolescente que lo enamoró, a pesar de que ahora escondía los labios bajo el carmín–. Si les hubiera preguntado puede que te lo hubieran dicho. Y, por otro lado, me parecía ridículo pedirles que me guardaran el secreto.

–Por eso mismo yo he ido directo a la fuente. A ver, ¿qué tiene de extraño que dos amigos se reencuentren al cabo de los años? Y si eso te molesta, que es lo que parece, ¿por qué has accedido a esta cita?

–Porque…

Mercedes se calló. No quiso poner en el ataúd de sus ilusiones el clavo de una mentira. ¿Qué podría decirle? ¿Que llevaba treinta años añorándolo? ¿Que dormía con un hombre mientras soñaba con otro? ¿Que estaba dispuesta a tirar su vida por la ventana si él chascaba los dedos?

–Mis motivos no importan. Yo no he sido la que te ha buscado. Y si insistes en que da igual el porqué o el para qué… bueno… –Mercedes sonrió y se encogió de hombros–, me vale. Da igual. Tienes razón. Siempre he sido una retorcida.

–Te equivocas, mujer. A mí no me lo has parecido nunca. Yo diría, más bien, que has sido complicada. –Ahora fue Fernando el que sonrió como en el pasado–. Pero eso es lo que me gusta de ti.

Mercedes tomó un trago de su café para intentar deshacer el nudo que se le acababa de formar en la garganta. Fernando, el puñetero Fernando, hablando en presente. ¡Maldita estampa! Siempre había sabido hacerle daño sin tener intención. Fernando, ajeno al efecto de su empleo de los tiempos verbales, removía su té para disimular que se sentía de nuevo como un adolescente inseguro y lleno de granos. Echaba de menos a la Mercedes tímida y callada que se ruborizaba por cualquier cosa.

A los quince años Mercedes vivía sola con su madre, que no pudo rechazar un traslado para mejorar su situación laboral. No había podido despedirse de Fernando. Su primer suspenso, culpa del mal de amores al saber que se iría a vivir muy lejos, le acarreó un castigo sin salir. Fernando, que había ido al parque donde siempre se encontraba con la pandilla durante toda la semana, había visto pasar los días sin que Mercedes apareciera. Y ella se fue antes de poder decirse lo mucho que se gustaban.

–Bueno… –los dos pronunciaron a la vez la misma palabra.

–No me hagas caso, Fer. –El diminutivo en esos labios pintados le sonó a Fernando teñido de nostalgia–. Sigo siendo complicada, lo que pasa es que ahora he perdido la vergüenza. Y tienes razón, le busco siempre seis pies al gato.

Mercedes abrió el bolso, y Fernando la detuvo. Puso su mano sobre la de ella, y el tiempo quedó en suspenso unos segundos. Sus pieles tenían memoria.

–Deja. Invito yo. Para eso fui el que te llamó.

Se pusieron en pie y cambiaron un par de frases banales. Echaron a andar, y las palabras y las frases no dichas se quedaron en la mesa, con los restos del café. Al llegar a la puerta, antes de empezar a caminar en direcciones opuestas, Fernando se fijó en los tacones de Mercedes. Era la primera vez que no la veía con tenis.

Adela Castañón

Imagen de StockSnap en Pixabay

 

 

 

Laurentina Frías. Una alcaldesa de la que todos se olvidaron

#nuestrasmaestras

Laurentina con sus alumnas. De Sandra Abad Orós

Laurentina Frías Gil con sus alumnas. Alforque, 1928. Foto cedida por Sandra Abad Orós.

A finales de enero de 1933 cesaron a todos los integrantes de los viejos ayuntamientos, de aquellos que habían sido elegidos por el artículo 29 de la Ley Maura, que todavía estaba vigente. En España afectó a 2500 pueblos y en la provincia de Zaragoza a 129. Uno de ellos, Alforque.

A principios de febrero se nombraron unas comisiones gestoras, que durarían solo dos meses y medio, hasta las elecciones de abril de 1933. Con la intención de preparar unas elecciones limpias y transparentes.

En esas gestoras, en la provincia de Zaragoza, entraron 18 alcaldesas y 34 concejalas.

De la elección de 17 alcaldesas se dio noticia en todos los periódicos locales y en muchos nacionales. Se habló del recibimiento que les hizo el gobernador y del banquete que les ofreció. Pero por alguna razón, de Laurentina Frías Gil, la alcaldesa de Alforque no se habló en ningún momento.

Yo la encontré por casualidad cuando estaba rastreando las comisiones de todos los pueblos. En realidad buscaba a las concejalas, de las que nadie se había ocupado. Y de repente la vi. Allí estaba ella, presidiendo una gestora.

La comisión Gestora y el nuevo ayuntamiento de Alforque

Presidente, Laurentina Frías Gil, de 49 años, calle Horno 4. Vocales, José Tesán García, de 27 años, carpintero, calle Mayor, y Agustín Lucea Lanuza, de 24 años, labrador, calle Barriete.

Como alcaldesa cumplió con rigor la principal función para la que fue nombrada: lograr que las elecciones de abril de 1933 fueran limpias y transparentes. Y así recogía su actuación La Voz de Aragón:

Presidió las elecciones y estuvo en la constitución del nuevo ayuntamiento. Después de unas elecciones tranquilas y dignas, con las formalidades de rigor previas, fueron posesionados de los cargos de concejales los señores siguientes:

Mariano Lucea García, 45 años, labrador, calle Barriete; Miguel Clavero Giménez, 60 años, retirado, calle Mayor; Martín Tesán García, 27 años, carbonero, calle Mayor; Julián Clavero Jiménez, 46 años, herrero, calle Mayor; Francisco Artal Giménez, 59 años, del campo, calle Alta; y Bernardino Pertusa Artal, 31 años, jornalero, calle Barriete;. Mediante elección se nombró alcalde a Mariano Lucea. (Cfr. La Voz de Aragón, 08/06/1933).

Laurentina Frías Gil

Monteagudo de las Vicarías, Soria, 3/2/1884-Alforque, 28/1/1952

Recordarotio Laurentina

Tenemos pocas noticias de su familia. Algunos datos sueltos, que nos van apareciendo aquí y allá.

En 1890, Afrodisia Gil Beltrán, quizá una hermana de su madre, vivía en Monteagudo, Soria, de donde procedían los Gil Beltrán, y falleció en Zaragoza el 30/10/1962. Su hermana María Frías Gil (Monteagudo, 1893-Zaragoza, 20/10/1968), se casó con Valeriano Pascual Condado, (¿?-Zaragoza, 28/12/1950.) un guarda de seguridad, y vivían en la calle López Toral 12, de Zaragoza. Su hermano Antonio A. Frías Gil fue secretario de varios pueblos de Soria. En 1929 estaba destinado en Moral de Calatrava, Ciudad Real, y pertenecía a la Unión Patriótica de Primo de Rivera.

Estudios y primeros destinos en Soria

Laurentina, hija de Pedro y Juliana, cursó Magisterio en la Escuela de Maestras de Soria. Acabó a los 18 años y comenzó su carrera profesional en tierras sorianas.

En 1902 la nombraron maestra interina de Villaciervitos. En 1904 seguía en Villaciervitos, con un sueldo de 200 pesetas, y solicitó entrar en las listas maestras del Rectorado de Valladolid, pero la excluyeron por ser menor de 21 años. En 1905 estaba en la escuela mixta de Mazarovel. Desde 1906 hasta 1908, en Vilviestre de los Nabos, un pueblo de 110 habitantes, agregado a Orteruelos.

1907 le habían dado por concurso de traslado Santa Cruz de Moncayo, Zaragoza. Pero María Yerobi Olaechea, con el número 94 de la clasificación general, reclamó su derecho a la escuela de Santa Cruz de Moncayo. Y Laurentina, con el número 101, tuvo que continuar un año más en Vilviestre.

Destino definitivo: Alforque: desde 1908 hasta 1952

En marzo de 1908, por concurso único, consiguió Alforque, Zaragoza. En este traslado le cambió su vida para siempre.

Ha quedado vacante la escuela de Vilviestre de los Navos por haberse posesionado doña Laurentina Frías en la de Alforque, en la provincia de Zaragoza. (El defensor escolar, 21 de marzo de 1908)

Al poco tiempo de llegar se casó con Mariano Giménez Cristóbal (Alforque, 02/06/1877-Ídem, 14/02/1947), un labrador emparentado con casi todo el pueblo. Su hermano Cristóbal Giménez Cristóbal era el carpintero de la calle Mayor, 36. Y en el expediente de responsabilidades políticas contra Gabriel Sena Lucea (Alforque, 21/03/ 1909-Ídem, 14/02/1984). se le  acusa  de haber ayudado a Mariano Giménez a salir de la cárcel. (Cfr. Responsabilidades políticas de la provincia de Zaragoza. Expediente, 4562, contra Gabriel Sena Lucea de Alforque)

Laurentina y Mariano fueron los padres de:

Recordartorio Mariano, su Marido

Manuel (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981). Siguiendo una costumbre aragonesa, al primer hijo que nació después de su muerte le pusieron su nombre.

Afrodisio (Alforque, 11/03/ 1912-Zaragoza, 20/01/1981), cuyo nombre se lo debía a su familia materna. Se casó con Carmen, era contable, aunque en el censo de 1934, figuraba como jornalero. Según los datos que  Manuel Ballarín Aured obtuvo en el AHGC de Salamanca y de la Causa General.

Afrodisio Giménez Frías fue secretario general de la UGT en 1937. Se afilió al PCE el 1-8-1937 y fue secretario general del PCE en 1937 y primeros de 1938. Al parecer, no fue asesinado por los rebeldes, ya que, según la Causa General, “se encontraba en el Ejército”.

Herminio Lafoz Rabaza también recoge el dato de la UGT en la Fundación Bernardo Aladrén.

Manuel, (Alforque, 14/10/1916-Zaragoza, 28/01/1932). Está en cementerio de Torrero, en el mismo nicho de su hermano Afrodisio.

José Luis, (Alforque, 31/12/1921-Zaragoza, 22/01/2005). Licenciado en Químicas, trabajó en el Servicio Comercial de Urruzola. Se casó con Amparo Pérez Plo (Zaragoza, ¿?-Madrid, 4/10/1986) y no tuvieron hijos. Amparo está enterrada en el cementerio de Torrero de Zaragoza, con sus hermanas Julia y María Pilar.

Maestra de Alforque

En los 44 años que ejerció allí, pasaron varias generaciones de niñas. Sabemos que profesionalmente era muy activa y que recibió felicitaciones de la inspección. A continuación, de unas notas ordenadas cronológicamente, que son como la punta de un iceberg, se desprende su talante activo y comprometido.

  1. La Asociación de maestros del partido de Pina decidió admitirla entre sus miembros (Cfr. El magisterio español, 8/8/1914).
  2. Laurentina y Manuela Blasco Pardillos, la futura alcaldesa de Torrellas, solicitaron participar en unas oposiciones restringidas. Estas oposiciones servían para ascender en el escalafón y aumentar el sueldo.
  3. Las niñas de la escuela y su maestra hicieron sendos donativos para las obras del templo del Pilar.
  4. Se dio de alta en la Confederación Nacional de Maestros, en la Sección de Socorros.
  5. Recibió alabanzas del inspector que visitó su escuela.

Visita de inspección. El 26 del pasado mes, realizó la visita reglamentaria el culto señor inspector de la zona, don Emilio Moreno Calvete, a las escuelas nacionales de niños y niñas, desempeñadas por los competentes profesores de Primera Enseñanza, don Generoso Hernando Borreguero y doña Laurentina Frías Gil, quedando altamente satisfecho del estado de la cultura que poseen los niños y las niñas, alentándolos para que sigan ampliando sus conocimiento a fin de ser mañana hombres útiles al pueblo y a la patria que los vio nacer.

Rogó a las autoridades, maestros y niños que procuren poner de su parte para que la asistencia sea más normal, inculcando en los padres los perjuicios que originarán a sus hijos al retenerlos en casa en lugar de enviarlos a las escuelas, según la ley y su conciencia les ordenan. (La Voz de Aragón, 08/06/1933).

1952. Falleció antes de jubilarse y en su necrológica ya solo figuraban dos de sus cuatro hijos Afrodisio y José Luis.

Compromiso político

Dos hechos nos sirven para hacernos una idea de sus inquietudes.

El 28 de enero de 1938 se afilió a la FETE (Cfr. Herminio Lafoz Rabaza).

En 1939 estaba en una lista con 93 maestros de la provincia de Zaragoza, propuestos para ser depurados. Junto a ella figuraban: José María Velilla Membrado, maestro de Alforque, Rosa Arilla Albar, maestra de Gelsa, que había sido concejala de Quinto de Ebro, e Isabel Pemán Cardesa, parvulista de La Almolda, que, en 1933, había sido alcaldesa de Magallón. El 7 de mayo de 1938, Segundo Año de la Victoria. El presidente de la comisión de depuración, Miguel Allué Salvador. (Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 10/05/1938).

A la vez que Laurentina, ocuparon la escuela de niños, entre otros: Tarsicio Vega, que había llegado de interino en 1907. Joaquín García Miguel, en 1931, se trasladó a Carballiño (Orense). Ese mismo año llegó Generoso Hernando Borreguero, procedente de Caniego de Mena (Burgos), un activo asociacionista de la prensa de Magisterio. En 1935 Generoso permutó con José María Velilla Membrado (Castelserás, Teruel, 26/2/1871-Zaragoza, (5/12/1962), que estaba en Juslibol. Y en 1938, estando en Alforque, lo depuraron.

Para terminar

Laurentina Frías fue una brillante maestra de Soria, pasó la mayor parte de su vida en Alforque, donde se casó con un labrador, y se comprometió con los ideales de la II República. Fue alcaldesa en 1933, en 1938 se afilió a la FETE, y ese mismo año fue depurada.

Con este artículo he querido rescatar la memoria de esta mujer valiente. Sacar a la luz la figura de una alcaldesa republicana de la que se olvidaron hasta los periódicos de su época.

En la recuperación de los datos de Alforque he contado la inestimable colaboración de Sandra Abad Orós, gran conocedora de los archivos y de la vida del pueblo.

Estoy segura de que, con su vida humilde y con su gran vocación por la enseñanza, entregó lo mejor de sí misma a las niñas de Alforque. Y también estoy segura de que algunas lograrían hacer estudios superiores gracias al empuje y al modelo de su maestra. De esto tendrían que hablarnos las que fueron sus alumnas.

Carmen Romeo Pemán

La sombra que no tenía dueño

Había una vez una sombra que era pariente lejana de otra sombra más famosa, la de Peter Pan. Pero la de nuestra historia no tuvo la suerte de tropezar con Wendy para que la cosiera a su dueño y se despertó un día, sin saber cómo, completamente sola. Miró a su alrededor y, por más que se restregó el lugar donde solemos tener los ojos, el resultado era el mismo: no estaba unida a nada ni a nadie.

Una sombra sin dueño debe sentirse como un títere sin cabeza, o como un jardín sin flores, o como queráis imaginar. Que todo lo que os diga es poco. Así que nuestra sombra no tardó ni dos segundos en ponerse en pie de un salto y salir a la calle desesperada en busca de su otra mitad.

Se ofreció a todo el que se cruzaba con ella, preguntó si habían visto a alguien sin sombra, pero casi nadie le hacía caso. Las otras sombras, además, le ponían zancadillas y le daban empujones para impedir que aquella intrusa desparejada les robara a sus dueños.

Nuestra sombra pasó así todo el día, corriendo de un lado a otro y se fue sintiendo más desesperada a medida que pasaba el tiempo. Empezó incluso a buscar animales, o árboles, y al llegar la noche se hubiera conformado hasta con ser la sombra de una farola, pero ni siquiera los objetos la aceptaban.

La noche llegó cargada de viento y la sombra, que se había ido sintiendo más pequeña cada vez, se dejó mecer como si fuera una hoja y se abandonó a las ráfagas que la empujaron hasta que se coló por la rendija de una ventana abierta.

Cuando la sombra detuvo su revoloteo, vio que estaba en una habitación amueblada con bastante sencillez. Un hombre dormía sobre una cama modesta, vuelto hacia la pared. La luz que entraba por la ventana era tan tenue que nuestra protagonista creyó que había encontrado por fin a un hombre sin sombra, pero el reflejo de la luna, que asomó en ese momento detrás de una nube, se coló por la ventana y la sombra vio que el durmiente no la necesitaría.

Empezó a gemir y a pensar que su vida ya no tenía sentido. La luna volvió a ocultarse y la sombra decidió arrastrarse otra vez hacia la ventana para morir. Esperaría a que la oscuridad se adueñara por completo de la noche, y se dejaría caer caer al pavimento para que la nada la engullera. Al comenzar a moverse escuchó un chisteo.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss!

Miró hacia la cama. El hombre seguía durmiendo. En la habitación no había nadie más. Solo el lecho, una mesilla de noche, una bombilla en el techo y, en el centro de la habitación, una mesa y una silla arrimada a ella. Sobre la mesa había un folio de papel y una pluma a su lado. La sombra hizo un giro completo sin identificar al dueño de la voz. Cuando acabó, aguzó el oído y comprobó que el sonido venía del centro de la mesa. Miró allí y vio que el que le hablaba era el folio.

—¿Por qué lloras?

—He perdido a mi dueño. Y una sombra sin dueño no tiene cabida en este mundo. No sé qué hacer. Soy la criatura más desgraciada del universo.

—¿No tienes dueño?

La sombra negó con lo que hubiera sido su cabeza. El folió, sin moverse, le habló.

—Hay más criaturas desgraciadas. No eres la única, ¿sabes? Yo, por ejemplo, sufro de soledad.

—Vaya, lo siento mucho. Debe ser algo parecido a lo mío.

—Eso creo yo también. Mi dueño lleva días sin acercarse a mí, me siento abandonado. Mi única compañía era esta pluma que ves, pero ahora está seca y languidece igual que yo.

La sombra suspiró, y el folio suspiró a la vez. Se observaron sorprendidos por esa compenetración inesperada. Entonces el folio volvió a dirigirse a la sombra.

—No puedo ofrecerte mucho. Llevo tantos días aquí que estoy pegado a la mesa. Y se me ocurre que eso puede tener un lado bueno.

—¿Sí? —la sombra no sabía qué quería decir el folio—. ¿Qué?

—Pues que como estoy tan plano, ni siquiera hago sombra.

—¡Ohhh!

La sombra se subió de un salto a la mesa. Era cierto. El folio volvió a hablar.

—No tengo mucha experiencia en sombras y ahora mismo apenas hay luz de luna, pero sí que entiendo de soledad. Así que se me ocurre que te acuestes encima de mí y mañana ya pensaremos algo.

—Está bien. Me has salvado, amigo.

La sombra se echó sobre el folio y lo cubrió por completo, y los dos se quedaron dormidos enseguida.

Al día siguiente el hombre despertó. Al abrir los ojos miró al techo y lo primero que recordó fue que llevaba muchos días sin saber qué escribir. Entonces dirigió su mirada a la mesa y se restregó los párpados. El folio que llevaba varios días en blanco estaba entonces completamente negro. El hombre se puso de pie y se acercó a la mesa. Retiró la silla, se sentó, y miró la pluma. Se le ocurrió que podía haberse derramado la tinta sobre el papel, pero la punta de la pluma estaba seca y, además, la mancha negra tenía la forma de un cuadrado perfecto, igual que el folio.

El hombre se rascó la cabeza. No entendía muy bien qué podía haber ocurrido. Cogió la pluma y con la punta dio un pequeño toque en la esquina del folio. La sombra, que estaba completamente dormida, se despertó al sentir un cosquilleo. Notó que algo suave la rozaba y se arrugó un poco sobre sí misma dejando al descubierto un trocito del papel.

El hombre abrió mucho los ojos sin poder creer lo que veía. Levantó entonces la pluma y dio un toque cerca de donde lo acababa de hacer. La sombra, divertida, volvió a notar las cosquillas y se encogió de nuevo. El folio, al notar el movimiento, se despertó y empezó a mirar a su nueva amiga y a su dueño, y a sentir en su interior que las cosas iban a cambiar.

Y vaya si cambiaron. El escritor, porque eso era el hombre que vivía en aquella habitación, siguió moviendo la pluma cada vez más deprisa. Y la sombra, contenta por haber encontrado casa y compañero, se ondulaba, giraba y se retorcía más y más, y dejaba caer aquí y allá pequeños trocitos que se abrazaban al folio.

Y cuando cayó la tarde, el hombre se puso en pie y sonrió satisfecho. El folio sintió que la sombra se había fundido con él en muchos sitios, y la sombra se sintió feliz con su nueva forma. Pensó que ni siquiera su prima famosa, la sombra de Peter, había conseguido hacer lo que ella había logrado.

Porque no todas las sombras son capaces de tener fe y cambiar su forma para convertirse en letras que, ahora, son como las que viven felices para siempre abrazadas a este papel.

Adela Castañón

Imagen de cabecera: Augustine Wong en Unsplas

El crismón de Yom Tob

Tom Yob. Lápida. 1

Esta es la tumba de rabí Yom Tob, hijo de… Desde junio de 2001, está declarada “Bien de Interés Cultural”.

#relatofragolino

Yo estaba revoloteando con otros ángeles por las obras de la iglesia de El Frago, cuando oímos un gran algarabía.

—Remiel, seguro que te has hecho notar y has asustado a los albañiles —me dijo mi compañero Uriel, que vigilaba los templos.

Le contesté que no era mi culpa, que el alboroto lo montaron las gentes del pueblo cuando vieron el nuevo crismón del tímpano. Lo habían labrado unos canteros judíos y no habían seguido el modelo ortodoxo, el que usaban los canteros cristianos en las iglesias de la redolada.

En el rollo del maestro de obras, estaba bien claro el patrón. Un círculo dividido en cuatro partes por la X, la inicial de Xpistos, el nombre de Cristo en griego. Además, la segunda letra, la P, en cuyo pie se enrollaba la S, la letra final del nombre, lo partía en dos mitades. Por eso se llamaba crismón, o dibujo con algunas letras de Cristo. Y para avisar del breve paso por la vida, en el cuarto de la izquierda se colocaba una alfa mayúscula, A, y en el de la derecha una omega minúscula, ω, que simbolizaban el principio y el fin de la vida y de los tiempos.

Crismón de las Cheblas

Crismón ortodoxo. San Miguel de las Cheblas. Foto: Carmen Romeo. 2019

—¡Abajo! Que hagan uno nuevo. Este nos traerá grandes desgracias —gritaban los vecinos.

—¡Serán zopencos! Seguro que han puesto la plantilla del revés —dijo un cantero cristiano que era muy minucioso.

—Eso me pareció a mí cuando vi semejante zancocho. Pero no. ¿No ves que la X y la P están bien? —le contestó otro cantero que se ganaba la vida tallando crismones de pueblo en pueblo.

—Pero ¿qué me dices?, ¿la omega, delante de la Alfa? Y encima minúscula —insistió el minucioso.

—Y la S está al revés, enroscada como una serpiente. —El cantero que iba de pueblo en pueblo la señaló con un palo.

—Estos cabrones de judíos se han querido burlar de nosotros. —El minucioso levantó el tono.

—Seguro que nos quieren afrentar con alguna de sus herejías. Eso no se lo habrían permitido en ningún sitio.

—La culpa la tenemos nosotros por haberlos acogido tan bien. Hasta les hemos dado un barrio y un fosal —replicó el minucioso.

En realidad los fragolinos andaban escarmentados con los judíos. Como eran malos tiempos, los estaban dejando sin trabajo.

Lo del crismón hizo saltar a las piedras. Los más bravucones se dirigieron a casa del rabino Yom Tob y le rompieron la puerta a pedradas. Entonces llegó San Nicolás. Como lo habían elegido el patrón de la iglesia, intentó poner paz y convencer a sus feligreses de que esos cambios no eran malos, que cifraban un mensaje nuevo. Pero las gentes no lo escucharon y siguieron con las pedradas.

Como el asunto se ponía cada vez más feo, el Santo habló con el rabino y le pidió que mandara esculpir dos arcángeles sujetando el crismón. Así las gentes se sentirían cobijadas por sus alas.

—Pero, ¿yo tengo que elegir a dos entre los siete arcángeles?  —le preguntó Yom Tob, que conocía bien el santoral y sabía mucho de categorías celestiales.

—Mañana te lo diré. —A San Nicolás se le escapó un suspiro—. Tengo que pesar los pros y los contras de cada uno. Ahora no podemos meter la pata con los arcángeles.

El Santo tenía que tomar una decisión rápida. Pensaba que los judíos habían metido cizaña, aprovechado que el arquitecto, al que todos llamaban Maestro de Agüero, se había ido a vigilar las obras de otros pueblos.

Al amanecer, se sentó en un poyo cerca de la iglesia, sacó un pergamino y lo fue desenrollando hasta que llegó a los arcángeles. Leyó y releyó sus oficios y virtudes. Y, en lugar de elegir, descartó a los que no serían buenos vigilantes. Los ángeles del crismón tendrían que defenderlo contra viento y marea hasta el día del juicio final. Si no, caerían plagas sobre El Frago.

El primero que se le ocurrió fue Gabriel, el mensajero celestial. Pero no era de fiar. Siempre estaba danzando de aquí para allá. Y llevaría mal eso de vivir inmóvil en un cuerpo de piedra. Y lo mismo le pasó con Rafael, que se pasaba la vida corriendo detrás de los viajeros. Excluyó a Raquel y a Sariel por despistados. Pensó que Miguel lo haría bien. Pero, como era el jefe, igual no quería compartir el trabajo con otro de menor categoría. Y se necesitaban dos. Que el crismón era redondo y, si solo lo sujetaba uno, podría salir rodando. Así que solo quedábamos Uriel y yo, que tendría que separar a los buenos de los malos cuando llegara el Apocalipsis.

Ese día San Nicolás no paró de dar vueltas por las calles. Iba cabizbajo, sin mirar a nadie. Antes de anochecer se acercó a mí.

—Remiel, no sé si estás al corriente de lo que está pasando con el crismón —me dijo tanteando el terreno.

—¿Cómo no lo voy a saber si afecta directamente a mi trabajo? Yo mismo le inspiré los cambios a Yom Tob en un sueño—le respondí.

—¡Tendría que haber caído antes! —Se dio una palmada en la frente.

Entonces le expliqué mi plan. Todos, los cristianos y los judíos, sabían que el crismón anticipaba el futuro del pueblo. Con la nueva disposición, las gentes de El Frago no irían de la Alfa a la omega. No. El tiempo avanzaría al revés. De la omega minúscula, es decir, de la muerte, a la Alfa mayúscula, al día de la Resurrección de la Carne. Y para burla de Satanás, la A mayúscula incluía a todos. Nadie iría al infierno.  Además, la S al revés estaba dibujada como la serpiente que se salva del fuego.

El Santo no salía de su asombro. Sobre todo cuando le dije que así el día de la Resurrección de los Muertos yo no tendría que separar a los fragolinos buenos de los malos.

—Entonces, ¿me das permiso para que te petrifique con Uriel? —me preguntó San Nicolás.

—Pues claro. Estamos deseando.

Por orden del Santo, el rabino aprovechó la ausencia del Maestro de Agüero y nos mandó esculpir. Yo estoy a la izquierda. Uriel, el que vela los templos, me mira desde el otro lado con los ojos muy abiertos, sin párpados. Y nos sonreímos cada vez que se cruzan nuestras miradas.

Solo nosotros sabemos que el rabino Yom Tob quiso detener el curso de la historia y abrir de par en par las puertas del cielo. Quiso abolir el juicio final y que todo el mundo, sin excepción, pudiera pasear por los Campos Elíseos.

Tom Yob. Lápida y ventana

Lápida de Yob Tom reutilizada en la fachada de casa Luis. En la calle Mayor, cerca de la Placeta.

Carmen Romeo Pemán.

Letra de médico. La ilusión de un relato publicado

¿Sabéis aquello que se siente cuando se tienen quince años y el chico que te gusta te mira a los ojos y te dice que estás muy guapa? ¿O cuando un test de embarazo da positivo después de meses de intentar tener un hijo? ¿O si un décimo de lotería resulta premiado con el gordo? Yo sí lo sé. Al menos las dos primeras cosas, que la tercera es pura ficción, aunque todas las Navidades lo siga intentando. Y, a pesar de que sea una frase tópica, he vuelto a sentir esas mariposas en el estómago que siempre desprenden felicidad cuando se ponen a mover sus alas. Y os voy a contar por qué.

Leo desde que tengo memoria. No recuerdo una época de mi vida en la que no haya estado leyendo algo, lo que fuera. Y escribo desde hace unos cuantos años, aunque el gusanillo me estuviera mordiendo mucho tiempo antes. Pero lo de escribir siempre lo conjugaba en futuro, ya se sabe, lo típico de “algún día escribiré”. Sin embargo, gracias a mi amigo Curro, al que nunca se lo agradeceré lo bastante, comencé a escribir como quien no quiere la cosa. Todo empezó al intercambiar emails sobre distintas cuestiones, tanto médicas como legales. Yo soy su médico y él es mi abogado, pero pronto esa relación profesional se convirtió en una amistad sincera. En cierto momento, cuando le escribí algo humorístico en alguno de nuestros correos, empezó a preguntarme que por qué no me decidía a escribir. Le dije que era uno de mis proyectos, y en nuestros correos, o mejor dicho en los suyos, empezó a aparecer siempre una graciosa coletilla de despedida: “¡Escribe, leches! ¡Escribe!” Medio en serio, medio en broma, no dejó de chincharme y pincharme hasta que le hice caso y empecé a hacer pinitos y a tontear con la literatura. Me matriculé en un curso on line de escritura, y ahí me perdí. O, mejor dicho, ahí me gané a mí misma la partida contra mis aplazamientos. El gusanillo logró, por fin, hincarme los dientes y la escritura se hizo un hueco en mi vida.

A ese primer curso siguieron otros. Tengo que mencionar con especial cariño los que he realizado con la Escuela de Escritores, donde conocí a tres amigas, Carmen, Carla y Mónica, con las que comparto el blog, “Letras desde Mocade”, que creamos para mantenernos en contacto y seguir avanzando juntas en nuestro hacer como escritoras. Allí compartí también aprendizaje con más compañeros y compañeras y estoy segura de que en algún curso futuro volveremos a coincidir. Dos de ellas, Mila e Iciar, ya han hecho realidad sus novelas, y yo estoy trabajando en la corrección del borrador de mi primer proyecto largo. Mientras tanto he acumulado un buen montón de relatos, cuentos, artículos y poesías que he ido publicando en Letras desde Mocade.

La Escuela de Escritores realiza todos los años un encuentro de fin de curso y publica anualmente un libro con la recopilación de relatos de los alumnos. Yo he participado ya en cinco, además de haber resultado finalista en algún concurso y de tener en los libros de otras escuelas mi rinconcito de gloria, como los demás compañeros. También me siento orgullosa de haber traducido el libro “Habla signada para alumnos no verbales”, publicado por Alianza Editorial.

¿Y por qué os cuento todo esto? Pues muy sencillo: porque acabo de recibir los ejemplares de cortesía de un libro, “Letra de médico”, en el que también colaboro como autora de un relato. Y este libro es especial porque, por primera vez, me llamaron para pedirme que colaborase con un escrito mío. Un compañero médico que me sigue y me lee en el blog me pidió permiso para darle mi teléfono a otro médico jubilado que escribe y que ha sido el promotor del libro. Y este médico, el Dr. Ángel Rodríguez Cabezas, me llamó y me pidió que le enviara algunos relatos para ver si daba el perfil y lo incluían en la obra. Lo hice así, y el resultado ha sido que una de mis historias sea parte de este libro recopilatorio de relatos escritos por médicos que, como yo, aman la literatura.

Una cosa, bien linda por cierto, es tener en mi biblioteca varios libros en los que figuro como una de las autoras. Pero que, por primera vez, me hayan venido a buscar para un proyecto literario, ha conseguido que vuelva a sentir en el estómago esas mariposillas de emoción que os mencionaba al principio al ver ese proyecto convertido en realidad. El próximo 26 de noviembre tendrá lugar la presentación de la obra en el Colegio de Médicos de Málaga, y me siento feliz y emocionada al asistir por primera vez a un acto así como protagonista junto a los demás autores.

Y como me gusta compartir mi felicidad siempre que puedo, he querido dedicar hoy mi publicación en el blog a contaros esa buena noticia. Abrir el paquete y ver la obra impresa es leña que aviva la hoguera de mi deseo de seguir creando historias. Continuaré escribiendo más relatos, mi novela, más poesías… Y todo lo que escriba será siempre un homenaje y un agradecimiento a vosotros, lectores.

Os dejo el enlace al relato incluido en Letra de Médico, La mirada equivocada, puesto que es uno de los que publiqué en su día en Letras desde Mocade. Y espero que lo disfrutéis como lo he hecho yo al poder saborearlo en letra impresa, aunque sea bastante más legible que la tradicional letra de médico.

Así que aprovecharé también para daros a todos las gracias. Porque la escritura no sería lo que es si no contara con lectores. Y en ese sentido me considero afortunada porque he tenido el apoyo de todos vosotros, los que me leéis o me comentáis, desde el principio de mi andadura. No estaría aquí sin eso, de modo que sois parte de mi éxito y de mi satisfacción de hoy al ver publicado este libro.

Y, cómo no, agradecer también al Grupo Editorial 33, y a todos los que han hecho posible que el libro Letra de Médico sea una realidad, por haber querido contar conmigo para este precioso proyecto.

A todos, gracias. Os quiero.

Adela Castañón

 

 

 

Imágenes tomadas por la autora