No quiero ser monja, no

De las fragolinas de mis ayeres

No quiero ser monja, no

que niña namoradica so.

Anónimo. Lírica tradicional. La malmonjada.

Llevaba una semana nevando y el peatón correo no podía pasar el puerto con su saca al hombro. Aquella tarde llegó sin que nadie lo esperara: “¡Cartaaa de Sevillaaa!”.

Filomena se sobresaltó, dejó el costurero en el suelo y bajó corriendo al patio. Volvió a la cocina rasgando el sobre. Mientras su marido se calentaba los pies en el hogar, corrió los visillos del balcón para aprovechar bien la luz, se quedó de pie, apoyada contra los cristales, y comenzó a leer la carta en voz alta.

JHS

Queridos Babil y Filomena: espero que al recibo de la presente estéis todos bien, incluidos los niños, especialmente Isabel. Yo bien, gracias a Dios.

Cuando su hermana María se fue al convento, Filomena pensó que ya no los importunaría más. Por eso, cuando vio aquella letra picuda explotó. Nunca le perdonaría que se hubiera metido monja para tapar semejante chanchullo.

—Babil, ya te lo decía yo —dijo acercándose al hogar para que su marido la oyera bien—. ¿No ves qué beata se ha vuelto María?

Y, sin dar tiempo a que le contestara, comentó lo que acababa de leer:

—Yo bien, gracias a Dios —dijo con retintín—. ¿A qué viene eso de gracias a Dios? ¡Gracias a nosotros, que hemos cargado con su mochuelo! Y encima le dimos una dote como a la mejor novia del pueblo.

Babil, que conocía los estallidos de Filomena, agacho la cabeza. Como siempre repetía lo mismo, se sabía de memoria lo que iba a decir. Así que, en lugar de escucharla, dejó volar sus pensamientos: “Vuelta con la burra al trigo. ¿Qué querrá que le diga ahora? No se da cuenta de que María nos ha hecho un favor huyendo”.

Se revolvía un poco en la cadiera y seguía con su martingala: “Desde el primer momento la vi venir. Cuando la caté me dejó encandilado. No había conocido a ninguna moza que follara como María. Y a la mañana siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¡Hala! todos a rezar el rosario. Hasta que se marchó tenía mortificada a la pequeña Isabel con tantas oraciones. Como si quisiera que la niña purgara sus culpas”

Filomena seguía con la carta en la mano esperando que le dijera algo. Pero él cada vez se concentraba más en sus cavilaciones: “Digan lo que digan, yo la echo de menos. Desde que se fue tengo que buscar alivio en otros andurriales. El médico me advierte que tenga cuidado, que puedo coger algún chancro”.

Se apretó las sienes con las yemas de los pulgares como si le doliera la cabeza.

“¡Todavía no he cumplido los cuarenta y ya estoy hecho un viejo! ¡Todo por culpa de esta mujer que me tiene en ayunas! Si no fuera la epilepsia, seguro que encontraría otra excusa”.

Filomena, se sacó un pañuelo de batista del bolsillo, se limpió una legaña, carraspeó un poco y siguió leyendo.

El motivo de la presente es comunicaros algunas decisiones de la Madre Superiora con respecto a mi caso.

—Si ya lo sabía yo, Babil —subió el tono de voz, como si le hablara a un sordo—. Sabía que no nos iba a dejar en paz ni a mil leguas de distancia. Como está muy reconcomida por dentro, andará revolviendo Roma con Santiago para salirse con la suya. Como si lo viera.

Dejó a un lado la carta y se rascó con fuerza los brazos, como si tuviera una urticaria. Tragó saliva y siguió:

Resulta que cuando acabé el noviciado y profesé los primeros votos, Babil me liquidó la herencia con dos hábitos nuevos, dos velos y cien pesetas

A Filomena se le quebraba la voz a medida que seguía leyendo.

Ahora, con motivo de los votos perpetuos, el señor Vicario ha revisado mis condiciones de ingreso y entiende que lo que vosotros me disteis era solo una dote, como la de una novia, pero no la mitad de un patrimonio familiar que había que repartir entre dos hermanas.

—¿No te lo decía yo, Babil? Es que no me hace falta seguir leyendo. Me dan ganas de quemar la carta. Mira, mira lo que dice la muy pécora.

Yo no recibí lo que me correspondía por haber fallecido mi hermano mayor, el heredero, sin descendencia ni testamento. Y, antes de que la Congregación emprenda una reclamación legal, me gustaría haceros una propuesta.

Como su marido estaba tan ensimismado y con la cabeza tan baja que casi le rozaba las rodillas, le espetó:

—¿Es que no piensas decir nada? ¡Como siempre! ¿No? Bueno, como siempre, no. —Entonces un ligero temblor de barbilla la hizo tartamudear—. Des…desde que que María se fue al con… convento

Antes de que Filomena acabara el párrafo, Babil comenzó a atizar el fuego. Con el chisporroteo de las llamas, recordó las primeras imágenes de las dos hermanas en el velatorio de su hermano, el heredero, al que había acudido con otros mozos del pueblo.

“No me explico cómo me pude ofuscar tanto. La noche que vine a darles el pésame, me pareció que necesitaban un hombre. ¡Vaya ocasión! ¡No una, sino dos! ¡Y encima las dueñas de la mejor hacienda de la redolada! Así que aproveché el momento y, a los pocos días, me decidí a dar el paso. Filomena no se hizo de rogar. Aunque era la mayor, no había tenido ningún pretendiente”.

Filomena se giró hacia el hogar y notó que Babil tenía los ojos húmedos. Creyó que, como estaba demasiado cerca del fuego, se le habrían irritado por el humo. Si se hubiera fijado con más atención, habría podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza.

A estas alturas Babil ya no la escuchaba, ni le interesaba lo que decía la carta.

Como quiero servir a Dios, y no será posible si no recibo lo que me corresponde, y como ahora vais a tener más gastos con los estudios de los niños, la Madre General me dice que si vosotros entregáis mi parte, en pago a vuestro esfuerzo, la comunidad se encargará de la educación de Isabel.

Estas palabras la irritaron tanto que sus gritos se podían oír desde la calle.

—Mira que os resultó fácil esconder el embarazo de María. Que ni yo me enteré. Me dijiste que la llevabas a Jaca con los endemoniados para que santa Orosia le sacara el Gran Mal. Y cuando vi tu lunar en la espalda de la niña no me lo podía creer.

Filomena se frotó la nariz y bebió un sorbo de agua.

—El día que decidiste adoptar a la niña, María se fue a hablar con el cura para que le buscara una orden religiosa. Y ese día, las que estaban lavando con ella en el Arba la oyeron cantar eso de: “No quiero ser monja, no, que niña namoradica, so”.

De repente Filomena comenzó a echar espuma por la boca. Su marido la vio que se desplomaba y pensó: “¡Ojala sea el último ataque! Que aún tengo redaños para buscar otra hembra”.

Sin nada más que deciros, se despide vuestra hermana, que lo es, María  Iriarte.

Religiosa profesa de velo y coro en la Congregación de las Hermanas de la Caridad

Babil acabó de leer la carta en silencio y la echó al fuego.

Inmaculada. No quiero ser monja

Carmen Romeo Pemán

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

 

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¿Nuestros niños son de todos?

La entrada en vigor de la nueva Ley de Protección de Datos ha afectado, entre otros, a los usuarios de las redes sociales. En mi caso, por poner un ejemplo concreto, he tenido que dar mi consentimiento por activa y por pasiva para seguir recibiendo información de mi banco, noticias de asociaciones a las que pertenezco y publicaciones de blogs de escritura a los que estoy suscrita. Por suerte ha sido algo puntual y, salvo el incordio de tener que leer lo mismo de mil maneras distintas y asegurarme de que mi consentimiento llegaba a buen puerto, las cosas han vuelto a la normalidad. Pero ese bombardeo me ha hecho reflexionar sobre las consecuencias de compartir imágenes de menores en Internet. Porque en plena marea de salvaguarda de ese derecho a la intimidad que todos defendemos se siguen publicando imágenes de niños.

Las redes sociales tienen muchas aplicaciones. Entre ellas la del sharenting, palabra que procede de dos vocablos ingleses: share, compartir, y parenting, crianza.  En términos simplistas esa práctica sería lo que se ha hecho siempre, en versión virtual del siglo XXI. Es decir, presentar un bebé recién nacido a amigos y familiares, o enviar a los abuelos imágenes de los cumpleaños y fiestas escolares de nietos a los que no pueden ver todos los días. Pero la nueva realidad dista mucho de la esa forma de hacerlo en el pasado. Para mucha gente exponer en público los progresos de sus hijos se ha convertido casi en una norma social. Es cierto que los padres actúan de buena fe, llevados por el deseo de compartir sus experiencias con otros padres que también desean interactuar, pero la realidad es que el sharenting se lleva a cabo sin el consentimiento expreso de los niños. No cabe duda de que la ley otorga la autoridad a los padres o tutores legales hasta que sus hijos lleguen a la mayoría de edad, porque interpreta que su entendimiento y su capacidad de razonamiento son inferiores a los de los adultos. Pero no deberíamos olvidarnos de que los niños crecerán. Y cuando sean adultos estaremos obligados a dar explicaciones que podrán o no satisfacer a los que ya han dejado de ser nuestros “niños”.

Artículos como el de Niños sin privacidad, de La Vanguardia, nos alertan sobre ese tema. Como padres podemos impedir que se publiquen imágenes de nuestros hijos menores, pero si somos nosotros los que las difundimos corremos el riesgo de abrir la veda. Está bien insistir en el control parental del uso de las redes, pero me pregunto si no estaremos cometiendo el error de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. ¿Qué pasa con los derechos legales del menor en el futuro? ¿Qué opinarán nuestros hijos si ven fotos suyas correteando desnudos por la playa cuando tenían dos añitos? ¿Quién podrá hacer uso de esas fotos? ¿Con qué fin? ¿De qué manera? ¿Es que la infancia no tiene también su derecho a la privacidad? Y, en el futuro, ¿qué autoridad tendrán unos padres para decir a sus hijos que no compartan su propia vida en Internet cuando ellos lo han estado haciendo antes?

Está bien acudir a Internet en busca de ayuda sobre cuestiones de crianza. Comprendo que muchos padres busquen soluciones a problemas de sueño de sus niños, de dificultades con la alimentación, y que participen en foros que les hagan sentirse menos solos a la hora de educar. Pero eso puede hacerse sin necesidad de ilustrar sus publicaciones con imágenes de los pequeños.

Además de ese aspecto privado sobre lo que opine el menor cuando crezca, no deberíamos olvidar que el sharenting tiene ciertos peligros a corto plazo. Si acompañamos las fotos de comentarios, aportamos información y datos sobre menores que cualquiera podría usar con fines fraudulentos como suplantación de identidad, por no hablar del riesgo de la geolocalización con la vulnerabilidad que supone. Al fin y al cabo, los secuestros no se producen solamente en las películas, y cualquiera puede contactar con nuestros hijos a través de la puerta que nosotros abrimos.

Cuando se regula la patria potestad queda claro que los hijos deben ser siempre oídos antes de adoptar decisiones que les afecten, en cuanto tienen suficiente juicio. Y los padres somos quienes debemos protegerlos y velar por sus derechos. Que no nos puedan reprochar en el futuro que fuimos nosotros los que vulneramos su intimidad y les complicamos la vida.

Adela Castañón

Imagen: Foto Annie Spratt en Unsplash

Desde la ventana

Emilia se peina el cabello delante del espejo.

En la calle se oye un estallido y un grito ahogado que le eriza la piel. Se pone de pie y aparta con fuerza la silla del tocador. Corre hacia la ventana y asoma la cabeza para ver qué pasó.

En la esquina ve un automóvil que ha atropellado a una mujer. Su cuerpo ha quedado tendido en medio de la calle. Lleva un traje ejecutivo de color gris y unos zapatos rojos de tacón puntilla. “Yo tengo unos zapatos iguales”, piensa.

Tiene el pelo tan enmarañado que no se le puede ver el rostro. Emilia siente una punzada en el corazón y se lleva la mano al pecho. El cepillo se le cae de la mano y rueda por el suelo. Siente como si el alma le abandonara el cuerpo.

Sacude la cabeza y algunas gotas de sudor se le escurren por la sien. Se pasa las manos temblorosas por la frente. Todo comienza a dar vueltas a su alrededor. Mientras respira siente que el aire sale con fuerza, como si hubiera estado aprisionándolo en su boca todo el día. La imagen de la calle es aterradora, pero no tiene fuerzas para alejarse de la ventana. Desde el tercer piso, mira cómo las personas se abren camino con prisa, cómo tropiezan unas con otras y gritan despavoridas.

Un corrillo se forma alrededor del conductor que, sentado sobre el andén, oculta su cabeza entre las piernas. A pesar de la distancia puede ver que se le escurren las lágrimas por la cara. El hombre no hace ningún esfuerzo para contenerlas. Es comprensible, acaba de arrebatar una vida.

¿Qué se sentirá cuando se le quita la vida a otro ser humano? ¿Y qué sensación producirá ver cómo se entumece cada extremidad con el último aliento?

“Pude ser yo”, piensa Emilia mientras abre más la ventana para observar mejor. “Ese cuerpo sin vida pudo ser el mío. ¡Pobre mujer! Salió un día más a trabajar y jamás pensó que la muerte la alcanzaría en una esquina. ¿Y si soy yo? ¿Y si en el instante en el que sentí que mi alma volaba del cuerpo estuviera dejando atrás una de mis vidas? ¿Y si cada accidente que ocurre cerca de nosotros es realmente el nuestro? Siempre me he preguntado por qué todas las cosas horribles del mundo les pasan a los demás y nunca me han pasado a mí. Si esa persona que está tendida en la calle soy realmente yo, o una parte de mí: ¿no sería una oportunidad para comenzar de nuevo? El cuerpo de la mujer se ve como si estuviera dormida, tranquila, como si nada la perturbara. Sería fascinante tener esa paz”.

Emilia no puede dejar de pensar que una de sus vidas pudo quedar en el cuerpo de aquella mujer. Pero no sabe si fue la última o quizá la primera. Antes había sentido esa misma sensación de abandono y se había hecho la misma pregunta sin obtener una respuesta, pero no entendía por qué esta vez se sentía tan diferente.

“¿Qué pasará con la vida de los demás cuando no están formando parte de mi realidad? ¿Sus vidas de verdad existirán? ¿Vivirán en un mundo paralelo o solo dejarán de existir por unos instantes? Todo cobra sentido cuando forman parte mi mundo. Lo que hagan en mi ausencia lo desconozco, es como si toda su existencia fuera una ilusión”. Emilia se pasa la mano por el cabello mientras explora las posibilidades.

La madre de Emilia se acerca a la ventana para ver más de cerca lo que ha ocurrido en la calle. Un grito desgarrador se oye por toda la casa.

Sofía sale a toda prisa y, sin darse cuenta, deja la puerta abierta. Tiene puestas unas sandalias y el delantal de la cocina. Estaba cocinando una paella para Emilia, su favorita. Se abre camino entre la multitud y se pone de rodillas junto al cadáver. Recoge con sus manos el cabello de la mujer para verle el rostro. Le toma con fuerza la mano sin vida y se la lleva al pecho. Las lágrimas salen a raudales y se deslizan por sus mejillas mojándole el cuello.

–¡Mi Emilia!

 

Mónica Solano

Imagen de Polski

 

Un callejero con brecha de género. Segunda edición de La Zaragoza de las mujeres

¿Qué mujeres están representadas en las placas de nuestras calles? ¿Desde cuándo existe la costumbre de bautizarlas con nombres propios? ¿Quién era Teresa Gil, la primera de la que tenemos noticia? ¿Y Desideria Giménez, una de las últimas ¿Cuándo entraron las primeras heroínas de los Sitios? ¿Por qué hay tantas placas de joteras, santas y advocaciones marianas? ¿Por qué se concentran escritoras y feministas contemporáneas en una zona del barrio del Actur? ¿Quién apadrina los nombres? ¿Qué papel desempeñan los equipos de gobierno de los Ayuntamientos? ¿Cuál es la historia de cada una de nuestras calles?

Las autoras, cinco amigas y compañeras que llevábamos mucho  tiempo trabajado juntas en temas de mujeres, nos habíamos hecho este tipo de preguntas. Precisamente, el libro que hoy os traigo se originó cuando intentamos dar respuesta a muchos de estos interrogantes. Comenzamos poco a poco, por curiosidad, y acabamos con un trabajo al que le hemos dedicado muchas horas de investigación.

¿Qué es La Zaragoza de las mujeres?

Un estudio en el que intentamos dar a conocer la historia del urbanismo de Zaragoza desde la perspectiva de género.

En el año 2016, le dediqué un artículo en el que analizaba con detenimiento el contenido del libro. Hoy, con motivo de la segunda edición, vuelvo a dar vueltas y a pasear por la Zaragoza de las mujeres.

Aguadoras

Fuente de las aguadoras, de Luisa Granero (1980), a la entrada del barrio de Las Fuentes.

¿Por qué hemos hecho una segunda edición?

Por el gran éxito de la primera, que se agotó antes de un año, y porque estábamos interesadas en dar cuenta de cómo ha evolucionado la presencia de las mujeres en la ciudad en estos ocho años. Gracias al empuje de la primera edición Enriqueta Castejón, la farmacéutica del Paso de la Independencia, ha conquistado una placa.

Con esta segunda edición actualizamos la del 2010 y colaboramos con el II Plan de Igualdad de la ciudad de Zaragoza 2018-2021 que pretende hacer visible la imagen pública de las mujeres, en este caso, a través de la denominación de las calles.

Además, este callejero ve a Zaragoza como una Ciudad Educadora, tal y como la ha concebido una reciente iniciativa de la Concejalía de Educación e Inclusión. Es decir,  consideramos los espacios públicos como recursos pedagógicos privilegiados. Y serán actividades importantes pasear por las calles con nombres de mujeres y descubrir los referentes femeninos que salen a nuestro encuentro: edificios, esculturas, murales, parques, zonas de juegos, entre otros.

Del 2010 al 2018

Esta segunda edición es una radiografía de cómo hemos seguido conquistando espacios públicos en los últimos ocho años.

Desde el año 2010, el número de calles con nombres femeninos ha aumentado en un 35%. Hemos pasado de 170 a 229. No obstante, en Zaragoza, como en todas las ciudades españolas y europeas, sigue existiendo una brecha de género. De las 3.230 calles registradas oficialmente, 1.463 llevan nombre de personas concretas y, de estas, 1.234 tienen nombre de varón, un 84%, y 229 de mujer, es decir, un 16%. Y, de estas, 41 son santas. Los otros topónimos femeninos que recogemos en el libro se refieren a oficios, como la Pastora, a nombres mitológicos, como las Pléyades, y a monasterios y advocaciones de la Virgen. Entre estos últimos se llevan la palma los referidos a la Virgen del Pilar. Y son muy interesantes los que se fundaron en la Edad Media.

Nuestros deseos

Con esta publicación queremos rendir, de nuevo, un homenaje a las mujeres que han sido protagonistas y reclamar un espacio para las que aún pueden serlo. Queremos recuperar la memoria de las menos conocidas y reivindicar a las que brillaron en su día para que no se vuelvan invisibles con el paso del tiempo, como le ocurrió a Teresa Gil, una dama importante del siglo XV cuya biografía ha sido irrecuperable.

¿Por qué La Zaragoza de las mujeres?

El título es un guiño a la Ciudad de las damas de Cristina de Pizan, escritora del siglo XV. Y el libro un exhaustivo trabajo de recopilación e investigación sobre nuestra ciudad. En sus 207 páginas, recogemos todas las calles que llevan nombre de mujer, incluidas algunas de las que lo llevaron y que hoy han desaparecido. Un caso ilustrativo es el de la Baronesa de Purroy, cuya calle desapareció. Después le dedicaron una al Barón de Purroy, que fue barón consorte.

Damos a conocer las biografías de todas estas mujeres y el contexto en el que fueron propuestas. Y, a partir de ese contexto, hacemos un estudio detallado del urbanismo y de la historia social de la ciudad.

Ayuda de navegantes

Dorotea _Arnal

El libro es como un puzle en el que sus partes se complementan. Una vez que las hemos ajustado cobra más sentido la totalidad. Las más relevantes son la introducción teórica, las biografías y los cinco apéndices.

Introducción. Nos planteamos el significado de los topónimos y el contexto histórico de las calles. Vemos como ha crecido el entramado urbano y cómo han ido entrando las mujeres en los callejeros desde la Edad Media.

Las biografías y la explicación de todos los nombres de mujeres que aparecen en alguna placa están concebidas como el núcleo del libro. Entre todas forman un auténtico diccionario enciclopédico de las mujeres que pueblan las calles de Zaragoza. Algunas de ellas, como María Zambrano, Flora Tristán o Emmeline Pankhurst, por su talla, son también moradoras de otras ciudades españolas y europeas. En cambio, Agustina Rodríguez, maestra del barrio de Santa Isabel, Dorotea Arnal, comadrona de Casetas y Aurora Tarragual, una jotera natural de Luesia, son figuras locales muy entrañables.

Cada biografía acaba con una reseña de la historia de la calle. De esta manera, la peripecia vital de las mujeres se completa con una historia urbana de la ciudad.

Por ejemplo, el antiguo Camino de las Alcachoferas en 1935 pasó a llamarse calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 de Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se convirtió en calle de María Moliner. También están dedicados a María Moliner un Instituto de Educación Secundaria en el Barrio Oliver y dos bibliotecas de Zaragoza: la del Campus de San Francisco y la del Ayuntamiento, en la plaza de San Agustín.

Apéndices. Cada uno de los cinco apéndices cumple una función diferente.

  1. Lista de las calles desaparecidas y de las reubicadas.
  2. Lista de calles por la fecha de entrada en los callejeros.
  3. Calles por distritos urbanos, con localización en los planos.
  4. Calles dedicadas a mujeres concretas, clasificadas por la época histórica en la que vivieron, por sus profesiones y por sus actividades.
  5. Un nomenclátor con todos los topónimos por orden alfabético.

Con estos cinco apartados, hemos pretendido hacer una radiografía, clara y sencilla, de cómo se han ido asomando las mujeres a las calles de Zaragoza. Una ojeada rápida nos permite ver que hay más nombres femeninos en los barrios que en el centro de la ciudad. O que en los barrios rurales hay muchas calles dedicadas a profesionales, especialmente a las maestras, reivindicadas por sus vecinos.

Para terminar

Os propongo un juego, una especie de yinkana en clave femenina por los distritos que aparecen en los apéndices.

Las Fuentes.1

Abrid el libro por uno al azar. A mí me ha salido el de Las Fuentes. Me siento en la fuente de las Aguadoras que da nombre al barrio. Enciendo el móvil, intento averiguar en internet algo sobre las esculturas que adornan la fuente, pero no encuentro casi nada. Bebo un trago de agua y comienzo caminar buscando referencias a mujeres: nombres de calles y edificios, esculturas que representen a mujeres o que hayan sido hechas por ellas. Me detengo en los espacios abiertos y me imagino cómo fue el vivir cotidiano en el pasado. Cuando estoy a punto de terminar, me asaltan muchas dudas y reflexiones sobre cómo condicionaba nuestras vidas el urbanismo.

Si os ha gustado, podéis continuar con el juego en los catorce distritos restantes. Cada día con uno. Y cuando lleguéis a casa, os podéis informar un poco más. Por ejemplo, os podéis sentar delante del ordenador y consultar los datos que os hayan quedado pendientes.

A partir de este callejero hemos profundizado en la presencia de las mujeres en nuestra ciudad. Ya nos hemos paseado por los distritos y hemos hecho varias yinkanas. Ya nos ha picado el gusanillo y hemos sentido la necesidad de hablar de nuestros paseos por la Zaragoza de las mujeres. Y de esos paseos y esa necesidad ha nacido el germen de una nueva publicación que pronto verá la luz: Los paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Es que la historia de las mujeres está en mantillas. Basta con tirar el ovillo y, de forma natural, se va desenredando.

Ficha técnica

Callejero. Color

Carmen Romeo Pemán (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó, Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Edita: Ayuntamiento de Zaragoza.

Fotos y maquetación: Aurora Verón.

Disponible en: http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Otras fuentes

Carmen Romeo Pemán (2009): La Zaragoza de las mujeres. La conquista del espacio público. Edita: Instituto Goya de Zaragoza. Disponible en: https://issuu.com/instituto_goya/docs/prueba_publicacion_8-3

Carmen Romeo Pemán (dir), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón y Concha Gaudó (2010): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Edita: Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en: https://www.zaragoza.es/contenidos/mujer/callejero_mujeres.pdf

Carmen Romeo Pemán (2016): La Zaragoza de las mujeres. Edita: Letras desde Mocade. Disponible en: https://letrasdesdemocade.com/2016/09/19/la-zaragoza-de-las-mujeres

Carmen Romeo Pemán

Brindo por ti

Luis abrió la bandeja de correo y vio el email de su jefe. Llevaba seis meses robando horas al sueño para sacar adelante el proyecto que le había encargado Alfredo. Seis meses enganchado a la cafeína y a la nicotina. Seis meses sin probar una gota de alcohol. Seis meses esperando y deseando cruzarse con Sonia para ver la cara de sorpresa que pondría cuando se diera cuenta de que estaba sobrio. Y todo para que ahora el idiota del jefe le dijera que estaba despedido con un correo impersonal. ¡Cobarde! Ni siquiera había tenido huevos para decírselo en persona.

Apagó el ordenador de un botonazo sin molestarse en cerrar lo que tenía abierto. Se quitó de una patada las zapatillas y se calzó los tenis para bajar al supermercado. Las luces del Holland no conseguían poner una nota de color en su día gris. Comenzaba a lloviznar. Luis no se había dado cuenta, pero, como solo tenía que cruzar la calle, no volvió a buscar el paraguas. Entró en el súper y fue directo al pasillo de las botellas, que llevaba medio año sin pisar. Cogió una de ginebra, se dio la vuelta y, al doblar la esquina, se encontró cara a cara con Sonia.

Lo primero que pensó fue que cada día estaba más guapa. Lo segundo, que, contra todo pronóstico, el día podía empeorar todavía un poco más. Cruzó las manos en la espalda y agarró la botella con fuerza. Las palmas le empezaron a sudar y temió que se le resbalara. Dijo la primera banalidad que se le ocurrió.

–¿Qué tal, Sonia?

Después de un instante de vacilación, ella hizo amago de acercar la cara, pero él cambió el peso de un pie al otro de forma inconsciente. No sabía cómo saludarla y maldijo su torpeza. Le hubiera encantado recibir un par de besos protocolarios, a falta de aquellos otros de tornillo que ya solo vivían en su memoria, pero se le ocurrió que sería mejor no hacerlo. Jamás había besado a nadie sin ponerle la mano en el hombro, y no se atrevía a quedarse con la botella en una mano para tocar a Sonia con la otra.

–¡Vaya, Luis…!

Su ex no dijo nada más, pero por lo menos le había hablado. Los dos guardaron un incómodo silencio, que rompieron a la vez.

–¿Cómo va tu vida?

–¿Qué te cuentas?

Volvieron a guardar silencio. Esta vez, Luis habló primero.

–Te veo muy bien, chica. ¿Qué tal te va?

–No me quejo. Al final me han trasladado. ¿Y tú? Tienes buena pinta.

¡Mentirosa!, pensó Luis. Notó un calor incómodo que ascendía hasta su cara y forzó un movimiento para intentar adelantar los hombros sin quitar las manos de la espalda. Notó que el sudor le empezaba a inundar las axilas y rezó para que los cercos no se hicieran visibles en su gastada camiseta. Bajó la vista un segundo y se dio cuenta de que llevaba los tenis más viejos y sucios de toda su colección.

–Gracias. Pero sigues mintiendo muy mal.

Se mordió los labios nada más terminar de pronunciar la frase. Sin embargo, Sonia le respondió con una sonrisa que lo dejó desarmado. Hablaron dos minutos de cosas intrascendentes en un tono tan relajado que dejó atrás la tensión anterior. Si a Luis le hubieran dicho que mantendría una conversación tan civilizada con su ex, no lo habría creído. Seguía con los brazos en la espalda escondiendo la ginebra, y decidió acabar a la conversación antes de que Sonia se extrañara de su postura.

–Tengo que irme.

Se arriesgó a soltar una de las manos para señalar la puerta del super. Sonia miró en la dirección de su dedo, y él aprovechó esa momentánea distracción para pasar la botella por su costado. Empezó a andar, tapando con su cuerpo la compra delatora. Había dado un par de pasos hacia la caja cuando oyó a Sonia que lo llamaba.

–Luis…

–¿Sí?

Espero que no se me acerque, pensó. Al final me va a pillar con la maldita ginebra en la mano. Suspiró cuando vio que le hablaba sin moverse del sitio.

–Siento… siento mucho lo que te ha pasado.

–¡Bah! No es nada.

–En fin… Ya sabes cómo son las cosas. Ojalá… –Sonia se detuvo en seco–. Seguro que encuentras algo pronto. En fin… –repitió–: suerte, y me alegro de haberte visto.

Luis sintió alivio al notar el frío de la calle en el rostro. Respiró hondo mientras se felicitaba de que Sonia no lo hubiera pillado comprando alcohol. Echó a andar hacia su casa y pensó que no era la misma persona que había salido de su piso un poco antes. Se olvidó del correo de Alfredo y se perdió en sus propias reflexiones:

“¡Mira que toparme a Sonia en el Holland! Era la última persona que esperaba encontrar allí. ¿Qué se le habrá perdido por mi barrio? ¡Menos mal que no le solté eso al verla! Me hubiera mandado a… bueno… habríamos discutido, como siempre, para no salir de ese círculo vicioso que era nuestra relación”.

Luis miró hacia atrás con el rabillo del ojo. Durante un segundo deseó y temió que Sonia lo siguiera, pero estaba solo en la calle. Recuperó el hilo de sus pensamientos.

“¿Por qué nunca acerté al hablar con ella? ¡Y mira que la quiero! Debería decir que la quise, pero confundo los tiempos verbales nada más verla. Tiene gracia: ahora que ya no somos pareja hemos mantenido una conversación sin pelearnos. Una charla informal, vale. ¡Hay que joderse! No sé por qué cuando vivíamos juntos éramos incapaces de mantener ese tipo de charlas entre nosotros”.

Llegó al portal y entró en el ascensor. La cabeza no dejaba de darle vueltas. Había una parte de la conversación que no lograba recordar.

“Tendría que haberme interesado más por ella, haberle preguntado por sus viajes, incluso por su madre, a pesar de que esa bruja tuvo mucho que ver con que lo nuestro explotara, o por su traslado en el trabajo…”

Luis llegó a su piso. Metió la llave en la cerradura y frenó en seco. Aguantó la respiración, abrió la puerta y, sin llegar a soltar la botella, se acercó a encender el ordenador. Miró la bandeja del correo. El email de Alfredo estaba escrito hacía menos de una hora. ¿Cómo sabía Sonia…?

El traslado de su antigua novia adquirió sentido. Sonia no podía saber nada del despido todavía a menos que… a menos que… La evidencia lo aplastó como una losa. A menos que el jefe se lo hubiera dicho antes a ella. Y eso abría un abanico de posibilidades a cuál peor. Luis maldijo la idea de bajar a buscar ginebra. Si malos habían sido el odio y la ira de Sonia, su compasión era aún peor. Por no hablar del ridículo papel que Alfredo y ella le habían adjudicado en esta historia.

Colocó la botella sin abrir sobre la mesa de la cocina, y se la quedó mirando. Inspiró y espiró muy despacio un par de veces y sopesó sus alternativas.

Podía ir con la botella a casa de Sonia, estrellarla contra un mueble y cortarle el cuello a ella con el cristal roto. Podía abrir la botella en ese instante, y empezar a beber directamente sin molestarse en coger un vaso. O podía abrirla, ponerse de pie, y entrar al cuarto de baño para vaciarla entera en el inodoro y tirar de la cisterna.

Sonrió. Se decidió. Cerró los ojos y en su mente brindó por Sonia.

Adela Castañón

Imagen: Photo by Emanuel Feruzi on Unsplash

Pan para los rebeldes

De las fragolinas de mis ayeres

Era una tarde soleada y todas estábamos calladas en la clase de labores, escuchando los cuentos de doña Simona. De repente se abrió la puerta y entró un hombre con una escopeta en un hombro y una manta de cuadros en el otro. Con la mano le hizo una señal a doña Simona para que saliera. Entonces ella se levantó con sobresalto, salió al pasillo y estuvo un buen rato conversando con el señor de la manta. Aunque no podíamos oír lo que decían, nos llegabael tono excitado de la maestra. Cuando volvió, tenía la voz rara.

—Ahora vamos a suspender la clase y cerraré la escuela. Vosotras os vais a casa sin pararos en ningún sitio. Y no tengáis miedo que no os pasará nada, os lo prometo yo, y también este señor que está a mi lado. —Se giró a señalarlo y vio que no estaba solo.

Aquella aparición fantasmagórica nos hizo temblar a todas. Obedecimos a doña Simona y, en una fila muy ordenada, sin empujones, salimos a la plaza. Y ¡qué sorpresa! Allí estaban nuestras madres cosiendo botones en las camisas de unos hombres que habían venido del monte. Enfrente de la puerta de la escuela, el banquero que iba de un lado al otro de la plaza estaba lleno de panes de kilo y medio. Yo nunca había visto tantos panes juntos. No sé cuántos había, pero, desde luego, eran muchos, como si hubieran juntado los de todas las masadas de todas las casas del pueblo.

Cada una de nosotras se acurrucó junto a su madre, menos las dos chicas de casa Zarrampullo que, como no tenían madre, se quedaron junto a la maestra.

De repente oímos a Dominica del Corronchal que se dirigía a un grupo de hombres armados:

—¡Oigan, ustedes! Nosotras les llevaremos la comida que podamos recoger y les amasaremos pan. También les lavaremos la ropa y les remendaremos las camisas. Pero no vengan al pueblo, que nuestros hijos se ponen nerviosos. Nosotras iremos al monte con el recado.

Antes de que nadie le replicara continuó con un tono más enérgico:

—Saquen ahora las mulas de nuestras cuadras y váyanse antes de que vuelvan nuestros maridos del campo, que aquí se armará la de san Quintín si no tienen sitio donde meter las nuestras cuando lleguen.

El grupo de hombres sacó las caballerías de las cuadras, recogió los panes y, con calma, tomó el camino que llevaba a la Sierra de la Carbonera. De todos era sabido que allí había un importante campamento de maquis.

Las mujeres esperaron a que los maquis desaparecieran por la collada. Entonces se reunieron en la plaza. No faltaba ninguna. Ellas iban a arreglar este asunto. Ya bastaba de violencia. Si los hombres tenían que ir al monte, Dominica haría las veces de alcaldesa y las otras estarían con ella. Todas juntas conseguirían acabar con un enfrentamiento que azotaba a Valzargas y a la redolada desde hacía más de cuatro años.

Desde entonces se tuvo en cuenta la voz de las mujeres valzargueñas. Cuando llegaron las elecciones, Valzargas tuvo un Ayuntamiento solo de mujeres.

Y doña Raimunda escribió un relato para que nunca se olvidara esta gesta. Hoy en las clases de costura las niñas le piden a la nueva maestra:

—Por favor, léanos el cuento que dice cómo nuestras abuelas amasaban el pan para los rebeldes.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

20170209. Inmaculada en el Pablo Gargallo

Inmaculada Martín Catalán dibujando en el museo Pablo Gargallo

Organizando un mundo imaginario

Hace unas semanas, a esta misma hora, me preparaba para viajar. Llevaba muchos meses planeando un viaje de treinta días. El check list era bastante extenso: ¿tenía el pasaporte al día? ¿Qué requisitos debía preparar para entrar a los países que quería visitar? ¿Cuáles serían las exigencias de las aerolíneas? ¿Cuánto equipaje podría llevar? ¿Qué lugares no podía dejar de visitar? ¿Qué idioma?…

La última semana, mientras organizaba una carpeta con todo lo que debía presentar en inmigración, me vino a la mente lo complicado que es viajar para algunas personas, dependiendo de su nacionalidad. Aunque en Colombia ahora es más fácil que hace algunos años. Todavía se me sube la bilis cuando voy a abordar un avión para salir del país. Pero me encanta viajar, así que vale la pena lidiar con las náuseas.

Como les he contado en varias oportunidades, estoy escribiendo una novela en la que los personajes viajan a través de portales o con cristales de teletransportación. ¡Qué fácil sería si pudiéramos viajar así! ¿Verdad? No necesitan Visa, solo un cristal que les dan a los once años y caminar al portal más cercano y, ¡ya está! Pueden ir adónde quieran. ¡Qué linda sería la vida si no existieran las fronteras! Y si no tuviéramos que hacer tantos trámites para recorrer el mundo.

Uno de mis personajes preparara un viaje más o menos así:

Empacaría una mochila con bocadillos, tinta y una libreta. Iría al portal más cercano, pondría el cristal sobre una torre, digitaría las coordenadas en el tablero, entraría y listo. ¡Ya está!

La respuesta a la pregunta: ¿cuántos días me voy a quedar? En realidad, no importaría.

Esto no significa que no haya leyes en mi planeta, claro que las hay, pero no limitan conocer e interactuar con otras culturas. Esta es una de las cosas maravillosas de mis historias de ficción, que todo siempre puede ser como lo sueño. Como me gustaría que la vida real fuera también.

Cuando me enfrenté a esa parte de mi novela en la que debía decidir cómo convivirían todos los habitantes del planeta, un segmento muy importante fue la organización política, y ahí entraban el estado y las naciones, los órganos para mantener la soberanía, el territorio ocupado, la política internacional y por supuesto las leyes.

Primero inicié con una extensa lista de preguntas como, por ejemplo: ¿mi civilización tendrá unas leyes que en nuestra sociedad serían corrientes? ¿Reflejarán la moral de la época? ¿Estarán implícitas? O ¿Serán explícitas? ¿Serán iguales en todas las comunidades?

Cuando terminé la lista y empecé a darle respuesta a cada pregunta, descubrí que, independiente de las respuestas, las leyes que definiera tenían que ser importantes para el argumento y para la vida de la población.

La estructura política es lo que define a una civilización como grupo y cómo se relaciona con las demás. Puede que no sea determinante para la historia, pero tenerla clara nos ayuda a sentar sus bases. Lo primero que debemos hacer es constituir un estado, porque los habitantes tienen que organizarse y tener una identidad común, reconocible a partir de creencias y símbolos comunes. Hay muchos tipos de estados, desde monarquías, parlamentos plurales, oligarquías o incluso anarquías. Para establecer el tipo de estado debemos tener en cuenta tres aspectos fundamentales: la administración, el orden jurídico y quién ejerce el poder. También debemos comprender desde un punto de vista histórico, cómo ha llegado un estado a ser como es y no podemos olvidar el aspecto evolutivo, por ejemplo, si en la actualidad existe una democracia, ¿qué era antes?

Toda civilización debe tener métodos para mantener el orden. Un estado, independientemente de la relación que tenga con la población, siempre se asegurará de tener órganos que le ayuden a preservar el orden. Conocer estas fuerzas y la manera en que actúan en relación gobierno-sociedad nos ayudará a crear ambientes más realistas. Aunque existen tres principales poderes en un estado, que pueden estar divididos y formar órganos independientes o estar centralizados en la cabeza del poder, las posibilidades son infinitas. No hay restricción para divertirnos creando la forma que más nos guste.

Debemos tener en cuenta que los habitantes de una civilización podrían no tener un origen común. Tener una lengua, una cultura y una idiosincrasia diferentes. Por ejemplo, en Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin, en Poniente, donde están los Siete Reinos, impera un único estado, concretamente una dictadura, cuya capital es Desembarco del Rey, pero en ella conviven diferentes naciones, como por ejemplo Invernalia y Dorne.

Al crear nuestras civilizaciones y las leyes que las rigen debemos tener en cuenta que existen naciones que se agrupan formando un estado, naciones que forman un único estado y naciones sin estado en las que gobierna el desorden. A la hora de planificar esta parte en una historia podemos optar por crear una guía para cada nación en la que se describan las características. Esto nos ayudará a administrarla y a comprenderla mejor. Cuando creamos nuestra civilización y definimos su estructura política, es momento de preguntarnos qué relaciones tendrá con las civilizaciones vecinas. Esto es determinante para saber cuál es la vida de la población, puesto que en estados de guerra el panorama cambia.

Conocer el estado de la política internacional es fundamental, porque la vida de los habitantes depende de las decisiones que se tomen hacia el exterior. Así como en la planeación de mi viaje, aunque en la historia no se detalle toda la estructura de la comunidad, si alguien va a visitar otro lugar del planeta debe conocer cuáles son los requisitos para poder entrar en ese territorio, además de cuáles son las características, la cultura, las costumbres y si en esa época del año hace frío o calor. Porque no está de más conocer si es invierno y necesitará un buen abrigo.

Mónica Solano

 

Imagen de jessica45

 

 

 

 

Seducir y enamorar con la escritura

Cuando hablamos de amor abrimos un universo de posibilidades. Uno de mis amores es la escritura y de ella voy a hablar por activa y por pasiva. Porque hace unos años la escritura me seducía a ratos y de tanto frecuentarla acabé enamorándome de ella, y porque me gustaría que mi escritura sedujera y enamorase a quienes me lean. Así que he reflexionado sobre qué clase de escritura puede ofrecer un autor y qué puede ofrecer la escritura a las personas que la amamos.

Seducir, enamorar, o las dos cosas

Hay muchos motivos que nos mueven a escribir. Uno de ellos es que nos lean. Cuando un lector potencial se acerca a un libro, empieza un coqueteo, un romance, que puede acabar de mil maneras. Lo peor, lo más triste, es que abandone el libro sin llegar al final. También puede ocurrir que le guste, lo termine de leer y luego lo olvide. Y el sueño de cualquier autor es que cuando alguien llegue a la última página haya disfrutado tanto que quiera más y vaya en busca de otras obras suyas. En ese trayecto de peor a mejor, el tren se detendrá en una u otra estación dependiendo de nuestra capacidad para seducir y enamorar a quienes nos lean.

No nos engañemos. He usado dos palabras que en ocasiones se confunden o se superponen, pero tienen matices de significación que las alejan. Según el DRAE, seducir significa persuadir a alguien con argucias para conducirlo al lugar donde lo queremos tener. Hasta ahí, vale.

Enamorar, sin embargo, es excitar la pasión del amor en alguien, aficionarse a algo, decir amores. Y en el diccionario, en la palabra amores, encuentro un enlace que le otorga múltiples significados. De modo que no es lo mismo seducir que enamorar.

La escritura del autor

Todos sabemos que hay escritores que seducen y escritores que enamoran. Pero eso no ocurre por puro azar, así que vale la pena indagar en las razones.

Uno de los motivos que inclinan la balanza hacia seducir o enamorar tiene que ver con el tiempo. La seducción es algo pasajero, transitorio, mientras que el enamoramiento se puede prolongar, como en las mejores historias de amor, hasta que la muerte nos separe. Y, aunque se termine antes, siempre durará más el amor que la mera seducción.

Otro motivo se refiere a la calidad o a la naturaleza de la relación entre la obra y el lector. El fruto de la seducción, entendida como conquista, es la rendición. El conquistado depone sus armas y pierde la fuerza que le llevaría a seguir luchando. Y ahí acaba todo.  Enamorar es otra historia, porque el enamorado se entrega, no se rinde. Y el que se entrega lo da todo de sí, libre y voluntariamente, y quiere que esa relación con el amado, ya sea libro o persona, tenga una continuidad.

¿Quién no ha tenido la experiencia de leer un libro que le ha parecido estupendo, pero una vez que lo ha acabado no ha vuelto a acordarse de él? ¿Y por qué otras veces al llegar a la palabra fin nos ponemos como locos a buscar algo más que haya escrito la misma persona?

Con esto no quiero decir que la seducción sea algo malo, porque en la escritura es necesario seducir. Ese será el gancho que tendremos que trabajar y desarrollar para que el lector, sin darse cuenta, se vaya enamorando de nuestros escritos. Porque, si conseguimos que una novela empiece seduciendo y acabe enamorando, tendremos un lector fiel.

El seductor desarrolla su capacidad de observación para detectar y captar los puntos flacos de su presa, llamémoslo así, y conducirla adonde él quiere. Sabe vender su mejor versión, adaptándola a lo que esperan de él, para triunfar y conquistar. Pero si queremos transformar ese chispazo inicial y fugaz en algo más duradero deberemos emplear a fondo nuestra creatividad y nuestra habilidad narrativa. Solo de esta forma conseguiremos que el interés del lector no decaiga y se enamore de nuestras historias, de nuestro estilo, de nuestra manera de escribir.

En otros tiempos se habría podido dejar ahí el tema, pero en la época que vivimos la cosa es más compleja. Porque si queremos abarcar más tendremos que aplicar la misma filosofía a todo lo que rodee a nuestra escritura, es decir, tendremos que crear un blog (¡gracias, Carla!), hacernos visibles en las redes sociales y llegar a tener nuestra marca personal. Ahí os dejo esto para que sigáis reflexionando.

La escritura para el autor. O mejor, para la autora, que soy yo.

No puedo hablar por los demás, así que ahora os hablaré de la otra cara de la luna desde mi experiencia personal. He dicho antes que escribimos para que nos lean, eso es evidente. Pero ¿por qué escribimos? ¿Qué tiene de atractiva la escritura para que nos convirtamos en adictos? ¿Qué esperamos de nuestra relación con ella?

Habrá quien quiera vivir de la escritura. Lo admiro y lo respeto. Habrá quien se la tome como un pasatiempo para ratos perdidos, y lo respeto igualmente. Los habrá que se dejen seducir un cierto tiempo y empiecen a teclear para dejarlo al cabo de unos días o unos meses. Y habrá otros que cada vez robarán más minutos a su día para dedicarlos a escribir.

Yo estoy en un prudente y feliz término medio. Ya os he confesado que la escritura primero me sedujo y luego me enamoró. Todavía estoy en la fase en la que Cenicienta baila con el príncipe, en la que Blancanieves conoce al misterioso cazador que le arranca suspiros de felicidad, en la que Bella baila con Bestia, ajena al resto del universo. Estoy lejos de llegar al matrimonio y a los hijos, lo sé, pero tampoco está mal regodearme en este primer romance de adolescente a mi edad, que para eso he quemado otras etapas de mi vida de las que no me arrepiento, pero a las que me consta que no podré volver.

No sé si algún día escribiré aquello de “y vivieron felices y comieron perdices”, pero no me preocupa. Si decido dar ese paso, igual que en la vida real, sé que llegarán los equivalentes a las hipotecas o a los problemas con los hijos, en forma de editores (sí, soy optimista, qué se le va a hacer), plazos de entregas, mantenimiento de redes sociales y todo el cortejo acompañante. Ya tuve una visión preliminar cuando me entusiasmé tanto al comenzar a escribir que empecé a picotear en miles de blogs y me agobié. Me di de alta en FB, Twitter, Instagram, entre otros, sin tener ni pajolera idea de lo que hacía ni de para qué lo hacía. Y me di cuenta de que por culpa de los árboles estaba dejando de disfrutar mi paseo por el bosque.

Así que por ahora me quedo en Letras desde Mocade, que para mí está siendo la mejor escuela de iniciación en esto de la escritura. Porque creo que las letras y yo vamos a tener un noviazgo largo, largo…

Adela Castañón

Imagen: Photo by Maarten Deckers on Unsplash

Ya es solo un recuerdo

Hacía meses que soñaba con aquel día.

Se me eriza la piel solo con imaginar cómo me saltaba el corazón dentro del pecho y cómo se me revolvía la bilis en el estómago mientras esperaba impaciente.

¡Cuánto anhelaba caminar por aquellas avenidas!

Después de deambular por parajes repletos de historias, deseaba sentarme en una silla de mimbre, junto a una mesita de metal, con uno de esos manteles de cuadros coloridos, en un callejón escondido. Solos, mi libreta de cuero y yo, dando pequeños sorbos a un chocolate caliente y con la mirada fija sin pensar en nada.

En este momento puedo sentir el humo de la bebida acariciándome el rostro y el aroma del cacao filtrándose por mi nariz.

Oigo un sonido.

 

El instante se desvaneció de mi mente cuando Víctor interrumpió mis pensamientos con el golpe de sus nudillos en la puerta de cristal. Me sacó del ensueño.

­—¿Cómo estás, amigo? ¿Qué tal las vacaciones?

—Hola, Víctor —le respondí con una sonrisa, disimulando mi mal humor—. Bien, hombre. Aunque se me hicieron cortas.

—¡Cortas! Pero si estuviste fuera de la oficina más de un mes.

—Lo sé, pero creo que me faltó tiempo para hacer más cosas.

Cuando Víctor pensaba que alguien decía algo estúpido, se encogía de hombros y arrugaba toda la cara, como si se hubiera comido algo con mal sabor. Al ver que los ojos se le perdían entre los pómulos y las cejas, supe que mi respuesta no era de su agrado. Se me quedó mirando unos instantes más con el ceño fruncido y continuó:

—Bueno, y ¿qué dijo tu noviecita después de tantos días de ausencia?

—Pues no te lo creerás. El día que me fui me dijo que si me iba no volvería a verla jamás, que ella no iba a esperarme. Y apenas llegué anoche, ahí estaba, al pie de la puerta con un letrero de bienvenida y una torta de chocolate en la mano. No te sabría decir cuánto tiempo lloró mientras me abrazaba. Después de las disculpas y las lágrimas me dijo que no nos volviéramos a separar, que entendía por qué me había ido, pero que era la última vez que le hacía algo así. Ya sabes cómo son las mujeres.

—¡Qué drama! ¿Entonces no terminaron?

—No. Ayer durmió conmigo y hoy estuvo como si nada, como si no me hubiera tirado el jarrón que me regaló la tía Elena cuando me fui a vivir solo y no me hubiera gritado que soy un perdedor, un poca cosa y su peor decisión.

Nos echamos a reír. Entre carcajada y carcajada pude ver que la reacción de Víctor era sincera. Se le notaba que le divertía mucho mi situación.

—Bueno, Luciano. Es genial que estés de vuelta. Hay mucho trabajo. Ya te echábamos de menos. Aquí te dejo los informes que debes actualizar para la junta del viernes —dijo con tono grave y los puso sobre mi escritorio.

El sonido de las carpetas al caer sobre la madera aumentó mi mal humor. Me esperaban varios días con trabajo hasta la madrugada.

—Después tenemos que armar un plan para que nos muestres las fotos de tu viaje. Podemos tomarnos unas cervecitas en tu casa. ¿Podría ser el próximo fin de semana, apenas acabemos la entrega de los informes?

—Cuenta con ello.

Víctor salió de la oficina silbando una canción de Rubén Blades y acompañaba la melodía con un leve movimiento de los hombros.

Cuando el sonido se convirtió en un susurro, me sentí aliviado. Quería estar solo. Además, me molestaba la forma en que Víctor me adjudicaba tareas. Sí, era mi jefe, pero a veces pensaba que, además de mi trabajo, me tocaba también hacerle el suyo.

Me volteé para mirar por la ventana.

Solo veía edificios y más edificios. Grandes rascacielos con ventanas que parecían espejos, que no reflejaban nada. “Esto debe sentirse cuando se mira el vacío. Una sensación desgarradora de oscuridad y desolación”, pensé, mientras intentaba mirar el último piso, que apenas lograba divisarse desde mi oficina.

Ver todos los días la misma imagen, el mismo montón de ladrillos apilados, me deprimía. Quería estar en aquella callecita de París, sin preocupaciones, escribiendo en mi libreta de apuntes algunas historias que jamás verían la luz. Me gustaba ser otra persona, no este despojo de ser humano que estaba sentado con una pila de estados financieros por revisar, prisionero entre cuatro paredes adornadas con diplomas y certificaciones, enfrente de un computador que nunca se apagaba.

Tomé la taza de café que Lucy me había entregado al llegar y le di un sorbo. Estaba frío. Tan frío como mis aspiraciones a poeta.

¿Qué habría dicho mi tía Elena si le hubiera confesado que quería ser poeta y no contador? Seguro le hubiera dado un infarto fulminante. ¡Pobre tía! Lo sé. Tuvo la ardua tarea de criarme cuando nadie más quiso hacerlo. Todo lo que había llegado a ser se lo debía a ella. No podía mancillar su legado por el deseo de ser un poeta vagabundo. Así me lo repetía cada vez que tocábamos el tema. “Los escritores son unos vagos. No tienen aspiraciones y se dedican a eso porque no quieren hacer cosas importantes. No son como nosotros, los que trabajamos con los números. ¡Eso sí que es tener una profesión!”. Y se le hinchaba el pecho como a una paloma cuando ponía el acento en la palabra “profesión”. Se sentía orgullosa de ser contadora y de haber trabajado toda su vida en el Ayuntamiento. Y yo seguí sus pasos, en agradecimiento a su dedicación a mi crianza.

Fueron años de estudios, años de trabajos mediocres hasta que logré convertirme en el mejor de la ciudad. Pero yo nunca me sentí satisfecho.

Hice muy feliz a mi tía, sí. Le encantaba alardear delante de todas sus amigas de su sobrino el contador. El hijo que nunca tuvo. Decía que yo era su vivo retrato.

En realidad, no pasó mucho tiempo hasta que empecé a crecer profesionalmente, a hacerme un nombre de peso en el gremio de contadores. Pero cuanto más escalaba más miserable me sentía.

Sentí un sabor amargo cuando me di cuenta de que llevaba años cumpliendo los sueños de mi tía. Estaba viviendo una vida que no era la mía.

¿Y mis sueños? ¿Dónde se habían quedado mis sueños?

Me quedé en silencio. Pensativo. Eso fue lo último que me pregunté mientras miraba por aquella ventana del piso diecinueve.

 

—¿Desea algo más, señor?

—No, gracias.

Respiro profundo. Mi nariz se deleita con el aroma del cacao que emana de la taza con chocolate caliente que acaba de dejar la camarera sobre la mesa. Todos los malos recuerdos se desvanecen con el dulzor de la primavera.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Engin_Akyurt

 

El vestido rojo

Estrené mi primer vestido rojo el día uno de nuestro calendario de la libertad. De ese calendario privado que solo nos pertenecía a mamá, a Jaime, a Lucas y a mí.

Después de aquello, me lo ponía casi todos los meses. Y, cuando lo llevaba, celebraba los aniversarios de ese día, a solas, en mi habitación. Del día en que la felicidad atravesó nuestra puerta. El día que llegó de la forma más inesperada, para quedarse con nosotros. La felicidad entró con tanta fuerza que en casa no cabían mi padre y ella. Ese día, mi padre bajó a empujones por la escalera de nuestro bloque. Fue la primera vez que me vestí de gala. En las novelas rosas que robaba o cogía prestadas de la biblioteca municipal leía a menudo eso del “rojo pasión”. Casi siempre se usaba esa expresión para describir los labios de las protagonistas, pero aquel día entendí que era mucho más: el rojo era el color de la vida, arrollador, adictivo. Como mi vestido. Como la vida sin mi padre.

Mis fiestas secretas duraron años. Jaime y Lucas crecieron, se emanciparon y emprendieron el vuelo. De vez en cuando venían a visitarnos a mamá y a mí, que seguimos viviendo juntas. Yo tenía con ella una deuda que no podría saldar en lo que me quedara de vida. Esa deuda que la tuvo en el hospital casi un mes, reponiéndose de la paliza de papá, cuando por primera, única y última vez se enfrentó a él.

Muy a menudo, solía venir borracho. Cuando oíamos golpes en los rellanos de la escalera, corríamos a meternos en los dormitorios, aunque esas noches no eran las más peligrosas. Casi siempre se le iba la fuerza por la boca, en gritos y blasfemias contra el mundo y su injusticia por no haberle dado lo que se merecía.

Tampoco las voces eran lo peor para mí. No sé si a mis hermanos les ocurriría lo mismo. Quizá no. Su cuarto estaba separado del de papá y mamá por el mío. Los tabiques eran endebles. Para mí, los ruidos más aterradores eran los chirridos del colchón del cuarto de mis padres. En el silencio de la noche, ese sonido que me robaba el aire se clavaba en mi piel como los muelles debían clavarse en la espalda de mi madre a cada embestida.

Las noches que regresaba en silencio, sin que lo oyésemos llegar, eran las verdaderamente malas. Las peores. Porque esas noches no había gritos. Solo su mirada, atravesando la gastada tela de nuestra ropa, que nos hacía sentir un frío peor que el del más crudo invierno. Teníamos que sentarnos a la mesa con él y cenar juntos. En familia, decía. Cada vez que cortaba el aire con el cuchillo para partir la comida, todos conteníamos la respiración. Esas noches, esas cenas, se hacían eternas. Cuando terminaban, todos entonábamos una muda acción de gracias por haber sentido solo el frío del comedor, mil veces más cálido que el del filo de su cuchillo.

Una de esas noches ocurrió todo. Llegó sin que lo oyéramos. Entró, y con él entraron el silencio y el miedo. Cenamos. Terminamos. Nos pusimos de pie para irnos a nuestro cuarto. Y cuando yo estaba cruzando la puerta del mío, algo me hizo girar el cuello.

Mi padre miraba en mi dirección. Inspiré hondo, muy hondo, sin hacer ruido. Inspiré tan hondo que los botones de la blusa se tensaron sobre mi pecho. La mirada de mi padre bajó por mi cara hasta la blusa. Se rascó la parte delantera del pantalón y empezó a rodear la mesa. Mi madre, salida de no sé dónde, se interpuso entre nosotros.

No sé quién llamó a la policía, ni dónde pasamos esa noche. Solo recuerdo los ruidos. Los golpes. Los gritos de Jaime y de Lucas agarrados a mi pantalón. No pude abrir los ojos ni un segundo. Después de que mamá se interpusiera en el camino de mi padre, la primera imagen que conservo en la memoria es la de ella en la cama del hospital cuando la fui a visitar con mis hermanos.

En casa no se volvió a hablar de mi padre. Cuando mamá regresó, continuamos viviendo como antes. Mejor dicho, continuamos haciendo las mismas cosas de antes. Ahora, sin papá allí, sí que se le podía llamar a eso vida. Mis celebraciones mensuales siguieron siendo mi propia fiesta privada. El rojo era solo para mí.

Luego he sabido que mi padre estuvo en la cárcel esos años. Y me enteré de que salió porque el día que lo pusieron en libertad vino a casa. Daba igual que mamá se hubiera divorciado y que él hubiera firmado los papeles en prisión. A él le daba lo mismo. No sé si mamá sabía la fecha del final de su condena, pero desde luego no esperaba verlo allí.

Traía puesta la mirada de los días malos. De los silenciosos. La cárcel se había quedado con parte de sus carnes y con parte de su pelo, pero no con su mirada. Mamá me metió en mi cuarto de un empujón y me dijo que cerrara la puerta. No recuerdo si lo hice. No recuerdo si estuve parada segundos u horas. Solo recuerdo que esta vez al primer chirrido del colchón le siguieron unos golpes que hacían temblar el tabique. Supongo que salí de mi cuarto, supongo también que cogí el cuchillo de la cocina y que mi padre no había cerrado la puerta de su antiguo dormitorio. No pude decirle más al juez. De verdad que no me acordaba ni me acuerdo de nada.

Estuve menos de un año en prisión. Mes tras mes echaba de menos mi vestido rojo. Sin él me sentía anémica, como si me hubiera convertido en un dibujo descolorido. Mamá me visitó. Jaime y Lucas formaron piña con ella. Pagaron al mejor abogado. Recurrieron.

El día que mamá vino a recogerme para llevarme a casa otra vez con ella, estaba tan nerviosa que le pedí que me esperase un momento. Entré al baño y pensé que mis ojos me engañaban. Casi no podía creerlo: después de tantos meses, había vuelto. Como el día que lo estrené, el día que papá casi mató a mamá. Ahí estaba de nuevo, volviendo a regalarme esa pasión que calentaba la sangre de mis venas.

Salí del baño y me acerqué a mamá. Le susurré algo al oído. Ella todavía era joven. Abrió el bolso y con disimulo, para que no se diera cuenta nadie, sacó una compresa y me la dio.

Vestida de gala, vestida de rojo, volví a ser mujer. Del brazo de mamá, salí de la cárcel y regresé a mi vida.

Adela Castañón

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