Un poco más sobre la muerte

No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo. Michael de Montaigne

Este mes he estado en contacto estrecho con la muerte. Personas cercanas han estado enfermas, amigos han perdido a sus seres queridos, eventos atroces han ocurrido en mi país. La muerte ronda como un cáncer silencioso y yo me pregunto si es el momento de que algunas cosas abandonen esta realidad, si es verdad que estamos atravesando por una etapa de transformación y si todos estos eventos desafortunados forman parte de esa patada que necesitamos para despertar, para ver la vida con otros ojos y avanzar hacía nuevos escenarios.

El año pasado, un poco al azar, leí un libro que me provocó una meditación profunda: El libro tibetano de la vida y la muerte. Su título me atrajo. Había oído hablar del libro de los muertos, pero del libro de la vida y la muerte, jamás. Lo compré en un centro comercial y, mientras caminaba en el pasillo de la Librería Nacional, sentí como si algo me llamara. Tenía tiempo, entonces entré y pregunté por él. Era el único ejemplar que tenían, así que lo compré sin vacilar. Esa noche comencé a leerlo. El prólogo, escrito por el Dalái Lama, me cautivó aún más: “Para tener la esperanza de una muerte apacible, debemos cultivar la paz tanto en nuestra mente como en nuestra manera de vivir”. Esa frase aún da vueltas en mi cabeza.

La muerte me ha llamado la atención desde siempre. Cuando era niña pasaba horas derramando lágrimas porque algún día me iba a morir. Sentía mucha curiosidad y a la vez un miedo enfermizo por lo que había más allá de la muerte. A mis diez años quería resolver el enigma para poder vivir en paz, obviamente a mis casi cuarenta no lo he resuelto. A veces hablo con mis amigos del tema, cuando sus vidas están de cabeza, y siempre les digo que la muerte no es una opción, porque por más teorías y personas que hayan tenido encuentros cercanos con el otro lado, nadie puede afirmar qué hay más allá de la vida. O al menos eso es lo que yo pienso. Para mí no hay garantía de que sea mejor o peor de lo que estamos viviendo ahora.

Según el Dalái Lama, mientras estamos vivos consideramos la muerte de dos maneras: elegimos ignorarla o hacemos frente a la perspectiva de nuestra propia muerte e intentamos, mediante una reflexión lúcida, minimizar el sufrimiento que conlleva. Ninguna de estas opciones nos permitirá triunfar sobre ella, porque nada evita que llegue ese momento; ni la transferencia de consciencia que muestran en las películas de ciencia ficción, ni la criogenia, ni la fuente de la eterna juventud. Por todo esto, considero que hacerle frente quizás nos permita verla como un proceso normal, natural y una verdad que debemos aceptar.

Los budistas ven la vida y la muerte como un todo inseparable. La muerte es el inicio de otro capítulo de la vida y un espejo en el que se refleja todo su sentido. El sufrimiento y el dolor que conlleva forman parte de un profundo proceso natural de purificación. La mayor parte de los seres humanos vivimos aterrorizados por la muerte o negándola. Hablar de ella puede considerarse hasta morboso y para algunas personas el solo hecho de mencionarla podría atraerla. Cuando mueren personas cercanas o somos testigos de accidentes o nos toca vivir cerca de enfermedades incurables nos cuesta mucho pensar que la muerte no es un hecho atroz y nefasto, incluso muy injusto.

Algunos quisiéramos vivir eternamente en este planeta y que todas las personas que son importantes para nosotros jamás envejecieran o murieran, pero comparto la idea de Sogyal Rimpoché, autor del Libro tibetano de la vida y la muerte, de que la muerte no es deprimente ni seductora; es sencillamente un hecho de nuestro ciclo vital. Forma parte de un proceso natural que muchos preferiríamos negar, pero con el que tarde o temprano tendremos que lidiar. Y si no podemos escapar de ella, ¿por qué no mejor centrar nuestros esfuerzos en lo que podemos controlar? Amar intensamente a todas las personas que hacen parte de nuestra realidad y vivir de forma tal que morir sea la cúspide de nuestra existencia.

El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se agudiza cada vez más. ¡Qué amargura! ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente. Chuang Tzu

 

Mónica Solano

 

Imagen de Gerd Altmann

Querido Roberto

No sé cuándo empecé a quedarme en silencio cada vez que me dices te amo.

Sonrío y te abrazo como si fuéramos hermanos, pero de mi boca no sale nada, ni una frase, ni una palabra.

Te amo. Es posible. No lo sé. Creo que amo nuestro pasado. En nuestro presente juntos no sé qué somos, si una pareja que se enamoró demasiado joven o dos personas que perdieron el rumbo y ahora son dos desconocidos.

Sé que esta no es la forma de iniciar una carta. Lo siento, pero llevo meses, años con este sentimiento atascado en la garganta. Con la sensación de que si no te lo digo me voy a ahogar en mis propias mentiras y mi vida se desvanecerá como algunos de los recuerdos de nuestra infancia.

Intento recordar cuándo fue la última vez que te escribí una carta. Quizás fue hace poco o hace mucho, no lo sé, pero sí puedo recordar tu rostro cuando teníamos diez años y estábamos en la escuela. Te sentabas en la parte de atrás, en la última fila, en el pupitre que daba justo al lado del ventanal. Cada que me giraba para mirarte estabas ahí con los ojos clavados en el paisaje más allá de la ventana. Recuerdo que estaba obsesionaba con los pensamientos que rondaban por tu cabeza. Mis primeros relatos fueron el fruto de esa obsesión. En esa época de nuestras vidas, aunque sabías que existía, porque era tu compañera de clase, no formaba parte de tu mundo. No fue hasta la salida pedagógica en el parque del café, cuando ya teníamos quince años. Ese día me miraste por primera vez. Se me eriza la piel cuando cierro los ojos y te veo en mis recuerdos con la camisa del colegio ligeramente desabotonada y el cabello negro azulado agitándose con el viento. Desde los diez años estaba enamorada de ti, pero fue solo hasta ese momento que descubrí que mi corazón era tuyo.

Ese año nos hicimos novios y me convertí en tu chica.

Eras el niño más popular de la clase y de la escuela. Todas querían salir contigo, pero tú me escogiste a mí. De cierta forma me sentía bendecida y afortunada. Pero, bueno, era una adolescente, ¿qué más podía sentir?

El paso por la universidad no pudo separarnos. Tuvimos muchas peleas, nos distanciábamos por semanas, pero siempre volvíamos. Yo solía pensar que nuestro amor era fuerte y real y que nada podría cambiarlo.

Estaba equivocada. Muy equivocada.

Un día, a pocos meses de graduarnos de Derecho me pediste que nos casáramos. Mientras escribo esta carta, pienso en que jamás debimos estudiar lo mismo. Yo quería escribir, soñaba con ser escritora, pero tú me convenciste de estudiar Derecho porque la escritura no me serviría para tener una vida de lujos y socialmente activa. Pero yo nunca quise esa vida. Odio tener que vivir así desde hace años.

Volviendo con nuestra historia, ese día estábamos invitados a la finca de Paco y organizaste todo para pedírmelo frente a tus mejores amigos. Cuando pronunciaste las palabras yo me lancé a tus brazos y dije que sí entre lágrimas, sin saber que ese era el principio del fin de nuestro cuento de hadas.

Nos casamos un 15 de septiembre. Escogimos el mes del amor y la amistad porque estábamos convencidos de que nuestro amor sería eterno y cada aniversario celebraríamos como recién casados nuestra unión perfecta y singular.

Vernos los fines de semana y de vez en cuando dormir juntos en tu habitación era perfecto, pero vernos todos los días y compartir el mismo espacio todo el tiempo fue algo muy diferente a lo que me imaginé. Creo que había visto muchas películas románticas y tenía expectativas demasiado altas, porque la vida, nuestra vida después del matrimonio, nunca fue así.

Pasaron los años y el tiempo nos cambió. No puedes decirme que no, que aún eres el mismo chico del que me enamoré en la escuela, porque es el curso natural de las cosas. Crecemos y evolucionamos o involucionamos, sinceramente no lo sé. El punto es que cambiamos por las circunstancias, por el entorno, por ley. Y como tenía que suceder dejamos de ser las personas que éramos antes de casarnos.

Sin darnos cuenta, una brecha empezó a crecer entre nosotros. Las noches de comernos a besos disminuyeron día tras día, las conversaciones en el comedor bajo el calor de un café humeante se volvieron recuerdos lejanos. Y las discusiones, esas sí, crecieron como la maleza de nuestro jardín.

Pasábamos tanto tiempo juntos, que no tuvimos la oportunidad de extrañarnos y nos fundimos con los demás enseres de la casa y de la oficina. Los te amo y los abrazos de despedida se volvieron automáticos, como parte de un protocolo bien estudiado para mantener nuestra relación a flote.

No puedo y no quiero seguir fingiendo que todo es perfecto cuando mi corazón me grita que me estoy marchitando entre estas paredes, que la vida me toma ventaja mientras la miro pasar deprisa sentada en este escritorio.

Esta no es una carta de reconciliación por nuestra pelea de esta mañana, ni una carta de súplica para que esta relación retome el curso que tenía cuando éramos novios adolescentes. Es una carta de despedida.

¡Ya recuerdo cuándo fue la última vez que te escribí! También fue la primera y la única. Fue después de nuestro primer beso. Te escribí un poema, me besaste por segunda vez y lo dejaste olvidado en una banca del patio de la escuela. Ese día dejé de escribir y mis sueños se fusionaron con los tuyos.

No podrás cambiar mi decisión. Esta mañana, cuando saliste de casa empaqué mis cosas y ahora están en el auto. Toda mi vida contigo está en una maleta. No hay marcha atrás. Prefiero vivir con el recuerdo de lo que fuimos en algún momento de nuestras vidas a seguir pretendiendo que puedo vivir en esta rutina, que puedo vivir en la miseria que llevamos construyendo desde que nos casamos y decidimos que el título de señor y señora podría con todo.

Te quiero mantener vivo en mi memoria, como el niño de ojos azules que miraba por la ventana mientras la maestra explicaba las multiplicaciones con fracciones. Quiero rescatar a la escritora que duerme en mi interior y quiero dejar atrás el vacío con el que me despierto todas las mañanas, aunque estés a mi lado.

Te deseo una mejor vida sin mí.

Con amor, Amalia.

 

 

Mónica Solano

Imagen de Mohamed Hassan

Una mujer que escribe

Y llega ese momento en el que tienes que dejar salir las palabras.

Preferirías quedarte callada y enterrar en las profundidades de tu memoria esa voz que, para ti, no tiene sentido que la levantes.

Sentada en el escritorio miras inexpresiva el ordenador. El corazón te late con fuerza, desbocado. Puedes oír los latidos y el sonido de la sangre mientras navega por tus venas. El líquido vigoroso guarda en cada célula el miedo a ser la mujer que deseas. Una mujer libre y sin temores absurdos. Una mujer que expresa su visión del mundo a través de los relatos.

Cierras los ojos y oyes un llanto.

Una niña pequeña llora en algún lugar de tus recuerdos. Respiras profundamente y dejas que el aire inunde tu zona abdominal. Cada inhalación te reviste con una inesperada valentía y decides avanzar hacia la fuente de los sollozos.

Después de unos pocos pasos te das cuenta de que estás en la habitación de tu infancia. Sonríes cuando ves la cama rosada con blanco con un nochero a cada lado. Odiabas esa cama, pero no podías decírselo a tu madre porque fue su regalo cuando te dio tu habitación propia. Cerca de la ventana está el tocador. Todas las mañanas te peinabas enfrente de él antes de ir al colegio. Una luz tenue ilumina parte de la estancia. Siempre la dejabas encendida para poder dormir cuando las pesadillas te acechaban.

Te reconoces en la pequeña que está recostada sobre la cama, la que suspira y se abraza las piernas. Las lágrimas se le han escurrido por el rostro hasta empaparle el cuello y parte del cabello.

Te estremeces. Sientes que la agonía de su llanto serpentea por tus brazos.

Intentas acercarte aún más, pero dudas. Cuando crees que estás lista para dar el paso te cuestionas si sería mejor retroceder.

Sacudes los pensamientos con un ligero movimiento de la cabeza y te acercas. Te sientas a su lado y le preguntas por qué está llorando.

—Porque no quiero ser mujer —responde.

—Y, ¿por qué no quieres ser mujer?

—¡Ser mujer es horrible! No tiene nada fantástico. Lavar, planchar, tener hijos, casarme. ¡No quiero casarme! Además, si fuera un hombre podría hacer lo que me diera la gana todo el tiempo, igual que mi hermano que ni siquiera pide permiso para salir a jugar.

Le apartas la mirada con la sorpresa desprendiéndose de tus pupilas.

No recuerdas ese momento de tu vida en el que odiabas tanto ser mujer.

¿O sí?

¡Claro que sí! No puedes engañarte.

Lo tienes tatuado en la piel y te supura como una herida abierta cada vez que quieres hacer algo que amas. Cuando tomas la pluma para escribir, la tinta se deshace en las ansias de haber nacido en un planeta sin géneros y de habitar en otro cuerpo, en uno con menos prejuicios.

Miras de nuevo a la niña y puedes ver en sus ojos que ahí empezó todo. El dolor, la lucha, el eterno deseo de ser alguien más.

Llevas muchos años aferrada a su filosofía de vida insana. Ha llegado el momento de dejarla que se vaya. De cortar la cuerda que te ata a esa parte de tu pasado, en el que ser mujer fue el resultado de algún maleficio que le lanzaron a tu madre.

Te despides, sonríes y la sueltas.

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La pequeña se desvanece cuando abres los ojos y la hoja en blanco resplandece ante ti. Estás lista para enfrentarte a las palabras de nuevo y sumergirte en el sueño de la ficción, en el que no importa si eres hombre, mujer o gato.

Después de tu pequeño viaje interior te aferras al presente. Eres libre. Puedes saborear sin juicios el instante perfecto en el que todo es posible y nada es demasiado importante. Escribes.

Mónica Solano

 

Imágenes de StartupStockPhotos y Lisa Runnels

Uno de esos días

Y entonces tienes uno de esos días de terror.

Estás muy enojada, no sabes por qué. Solo sientes la ira viajando por tus venas.

Quieres gritar, correr, maldecir, pero te quedas callada, en silencio, mirando por la ventana. Te gustaría abrirla y soltarles a todos que se jodan y luego saltar y sentir como el aire te rasga la piel y el contacto con el suelo te arrebata la vida. Pero no, aún no has llegado a ese nivel de cobardía.

Te tomas unos instantes para sentir la estupidez de tus pensamientos.

—¿Quién decide qué es estúpido y qué no? —te preguntas.

El deseo de acabar con una vida de desilusiones y despropósitos podría ser una revelación divina. Podría ser. Aunque también podría ser la voz maquiavélica de tu subconsciente que se ha tomado unas cuantas margaritas.

Haces una pausa. Juntas las palmas y pones las manos cerquita de la boca. Ese roce sutil y satinado te hace sentir mejor.

En ese toque acompasado sabes que estás lista para dar el salto. Pero no el salto por la ventana sino el salto a una nueva realidad.

Ahora te observas en el reflejo de la pantalla del ordenador. Ahí está esa mirada cómplice y decidida, la mirada que te gusta ver mientras escribes.

Puedes ver a esa mujer maravillosa y perfecta que está lista para luchar contra demonios y maleficios.

Tus ojos resplandecen y de repente las palabras se te amontonan en la cabeza. Te pican los dedos y te liberas cuando los pones sobre el teclado. ¡Eso es lo que amas hacer! Aunque el miedo a equivocarte te aceche y el deseo de perfección te acose en cada frase que escribes.

Te pones de pie y abres la ventana. Dejas que el aire entre y desordene las hojas que tienes sobre el escritorio.

Un olor a madera quemada se instala en la habitación. Proviene de una casa que está a un lado de la montaña. Te gusta ese olor, te recuerda de dónde vienes y hacia dónde quieres ir.

Inhalas hasta sentir que el aire se acuartela en tu vientre.

Renuevas tus anhelos con cada respiración.

El trágico deseo de morir se desvanece en la esperanza de vivir sin límites. De vivir.

Tantas noches preocupándote por el hacer cuando solo había una preocupación importante, que después de todo no era un problema.

Solo tenías que ser.

Abrir tus alas y volar.

Recordar que no eras, que nunca has sido, una víctima del mundo, una mártir de la nada. Que solo tenías que ponerte de pie y echarte a andar.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

Exceso de equipaje

Cuando miro por la ventana aún puedo ver tu reflejo. Ya no estás, pero siento tu presencia inundando la habitación. Cada libro, cada cuadro, la cama. Todo en esta casa sigue oliendo a ti.

Lo sé, quería que te marcharas.

Ya habíamos tenido demasiados dramas y quejas. No quería seguir siendo esa persona horrible. Tenía que dejarte ir para recuperar mi vida. Para empezar a vivirla como siempre soñé.

Ahora que no estás me ronda la idea de que tal vez fue una mala decisión. Quizás fue acertada, quizás no. Pero, a pesar de lo lúgubre de esta habitación y de la sensación constante de vacío en la boca del estómago, sé que así tenía que ser.

Recuerdo la noche en que te conocí. Eras la persona más magnética de toda la discoteca. Se había formado un corrillo a tu alrededor. Hacías chistes y tus amigos se reían a carcajadas y yo sonreía desde una esquina sin dejar de mirarte como una tonta. Me tenían cautivada tu carisma y el resplandor en tus ojos cuando me mirabas de soslayo.

¡Cómo me gustaba que te fijaras así en mí! Como si nada más existiera en tu mundo.

Fue inevitable que esa noche termináramos juntos. Te acercaste a la barra y pediste un Martini seco. Yo estaba bebiendo lo mismo.

—¿También te gusta el Martini seco? —te pregunté.

Desde ese momento solo fuimos tú y yo. El universo se detuvo entre risas y coqueteos que terminaron en tu apartamento. Esa noche me dijiste que nunca me dejarías ir.

¡Qué mentira!

Pasaron los años y la rutina convirtió las sonrisas en sollozos y la espiral de la muerte nos abrazó hasta despedazarnos.

Y llegó el momento, una tarde de octubre. Llegó el instante que, desde hacía días, sabíamos que sería inevitable. Los dos queríamos negarlo, pero el estado de negación no fue suficiente para mantener nuestra relación en marcha hacia la eternidad.

Aquel día no hubo lágrimas ni recriminaciones. Nos dijimos lo suficiente. Luego empacaste la maleta en silencio y cuando te paraste en el umbral de la puerta me miraste por última vez. En ese instante pude ver de nuevo el resplandor que me cautivó. Quise detenerte, ¡estaba decidida a detenerte! Quería intentarlo de nuevo, pero me quedé paralizada en el corredor y tan solo miré cómo cerrabas la puerta y te marchabas.

Esa fue una noche de amores y odios. Las paredes de la casa parecían encogerse y me sentía asfixiada entre los trastos viejos de nuestro rincón de amor. Me mareo con tan solo recordar el bochorno y el temblor que me recorrían el cuerpo. No pude más y abrí todas las ventanas. Dejé que el viento helado me erizara la piel y me recordara que aún estaba viva. Puse nuestra canción preferida en el tocadiscos. ¡A todo volumen! Luego saqué la escoba y dejé que sus cerdas se llevaran las malas energías que dejaron unos cuantos meses de miseria. Limpié todos los rincones de la casa. Moví los muebles. Empaqué en bolsas negras los viejos recuerdos. Me tomé tres, cuatro, cinco martinis y, cuando salió de nuevo el sol, lloré hasta quedarme seca como nuestros últimos días juntos.

Al amanecer, me duché y salí a caminar. Sin rumbo. Me acerqué a un teléfono público y deposité una moneda. Iba a llamarte. Pero algo me detuvo. Cuando colgué la bocina te dejé partir.

Han pasado tres semanas desde que te fuiste. He movido los muebles cientos de veces, he cantado nuestra canción hasta el cansancio. He maldecido mi mala suerte, he bailado entre deseos. He llorado y he gritado. He ansiado con todas mis fuerzas que vuelvas a estar conmigo. Y estas últimas horas me he despedido de nuestro pasado juntos.

Miro de nuevo la ventana y ahora puedo ver cómo tu reflejo se desvanece. Tú olor sigue presente, pero cada vez es más sutil y se funde con los otros aromas de la casa. Se esfuma con cada respiración y le abre paso a una versión mejorada de mi misma. Estoy lista para ser una mujer decidida que no necesita depender de un hombre para ser feliz. Una mujer que no teme vivir la vida que desea, la vida que merece. Una mujer sin ataduras, libre, que puede mirar hacia atrás y escarbar en su pasado sin remordimientos, sin culpa. Que puede caminar con un equipaje más liviano.

 

Mónica Solano

 

Imagen de StockSnap

Sinfonías del universo

El universo me susurra secretos al oído. Besa mis manos y bendice mi voz cada vez que me preparo para salir a escena. Puedo sentir los latidos del corazón en la garganta. Pero no estoy asustada, por el contrario, me siento pletórica.

Falta poco para presentarme en un escenario diferente. Nunca había estado aquí, en esta ciudad, en este país.

Sé que no hay rostros conocidos entre los asistentes y aun así puedo sentir su efervescencia tras las bambalinas. Demandan mi versión de carne y hueso.

Respiro profundo. Inhalo, exhalo. Me miro en el espejo del camerino y deslizo los dedos por mi cabello suelto. Estoy lista.

A unos pasos de la tarima elevo una plegaría al cielo y me lanzo a la escena. Las luces me encandilan, pero no son un impedimento para abrazar el instante perfecto en el que los aplausos disipan el silencio.

Sonrío al horizonte y me pongo de rodillas sobre el tapete de flores que forma parte de la escenografía. Agarro mi guitarra y suspiro. Me siento segura. Es mi talismán, mi amuleto de buena suerte, mi cable a tierra. Mi conexión con la mejor versión de mi misma.

Ajusto las clavijas y toco algunas notas para saber si mi compañera de viaje está afinada. El sonido es perfecto.

Las luces disminuyen su intensidad. Ha llegado la hora de entregarme.

Me llevo un mechón de cabello detrás de la oreja y en el momento en que mis manos tocan las cuerdas de la guitarra el universo expande a través de mi sus alegrías y desventuras.

Cierro los ojos y lo escucho. Me estremezco con la tibieza de su voz. No me detengo. Me dejo llevar. Canto mientras me rodea con sus brazos y me acaricia los labios con su aliento.

Todo a mi alrededor desaparece con su toque. Solo somos el universo y yo en una danza de alabanzas y mimos.

Aunque el tiempo se ha desvanecido ante el cortejo, la tercera estrofa llega para desgarrarme la garganta. Me duele el pecho y ahora el silencio me embriaga. Es el momento de cantar la última canción. Nunca quiero llegar hasta ella. Quiero cantar por siempre, en este escenario o en cualquier otro, en la calle, en la ducha, en el metro, en el tranvía, en la puerta de mi casa o en el parque de la esquina. El lugar no es esencial. Solo cantar. Cantar aferrada a algo más poderoso que mi voz. Abrazada al universo.

Respiro profundo.

El último acorde sale de mi guitarra. No es más por esta noche.

Abro lo ojos y todos los asistentes siguen ahí. Están sentados y me miran absortos como si les hubiera hablado en lenguas, como si hubieran presenciado un acto de magia. Sonrío y mi expresión descongela el silencio. Se deshacen en aplausos, se ponen de pie y dejan que las lágrimas salgan a raudales. ¡Nada importa! Lo puedo sentir. Se miran los unos a los otros y aplauden con más fuerza.

Piden una canción más, ¡están eufóricos!

¡Ellos tampoco quieren que el momento termine! Ansían extenderlo todo lo que sea posible.

Miro al productor y las luces se disipan de nuevo.

Tomo mi guitarra y la pongo sobre mi regazo. Cierro los ojos y me entrego una vez más a los caprichos del universo.

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

Serendipias y sincronías. Cuando el universo nos guía

Hace poco estaba sentada enfrente de mi escritorio y miraba por la ventana. El sol iluminaba a los niños que jugaban en el parque. Sonreían muy alegres y sin preocupaciones. Mientras veía pasar la vida me vino a la mente lo maravilloso que sería hacer un retiro. Tener unos minutos de introspección, no pensar en nada concreto y relajarme. Salir de la ciudad durante un fin de semana, recibir los rayos del sol y estar sonriente, ¡tan alegre como aquellos niños! Tenía mucho trabajo, así que continué con mis actividades. Después de unos minutos hice otra pausa y, de repente, mientras leía una información en Google, apareció. ¡No lo podía creer! Tenía la idea en la mente. Era un “me gustaría”, no lo estaba buscando en realidad, pero llegó como si lo hubiera pedido en voz alta. Como si le hubiera contado a un amigo: “oye, quiero hacer un retiro, ¿sabes de alguno para este fin de semana?”. Fue igual que cuando pienso mucho en una persona y a los pocos minutos me llama o cuando llueve a cantaros y olvido la sombrilla, pero el sol resplandece en el horizonte al momento de salir. Llegar en el instante perfecto. ¡La vida está llena de sincronías!, pensé.

El descubrimiento consiste en ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie ha pensado. Albert Szent-Gyorgy

Carl Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, fue quien creó el término “sincronicidad” para hacer referencia a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero no de manera casual”. Después de muchos años de estudios e investigación, Jung concluyó que existe una conexión entre el individuo y su entorno y que esta conexión en determinados momentos genera una atracción que termina por crear circunstancias coincidentes, que tienen un valor específico para las personas que las viven, con un significado simbólico. En sus análisis observó que una experiencia sincrónica suele aparecer en momentos inesperados, siempre en el momento exacto, cambiando incluso la dirección de nuestras vidas e influyendo en nuestros pensamientos. Pero para que esto suceda tenemos que estar atentos a las señales y al mundo.

Jung escribió “Synchronicity” con el apoyo de Wolfgang Ernst Pauli, físico teórico y ganador del Premio Nobel de Física en 1945. En esta obra expone su teoría y aplica el concepto a la parapsicología, la previsión y la premonición, incluso al I Ching, a la astrología y a otros campos que no son científicos. Estaba convencido de que la vida no consiste en una serie de eventos inconexos, sino que es la expresión de un orden más profundo al que él y Pauli llamaban Unus mundus (un mundo)realidad unitaria a partir de la cual todo emerge y a la cual todo retorna. No hay una traducción lineal del significado de estas coincidencias. Su interpretación es abierta, cercana a la interpretación de los sueños. Como afirma el psicoterapeuta Piero Ferruci: “es la intuición la que capta la sincronía y la dota de significado”.

Si no experimentas casualidades, algo va mal. Deepak Chopra

Para Deepak Chopra las coincidencias o casualidades son sincrónicas. Son el comportamiento fundamental de la naturaleza. Todas las señales son sincronías que nos marcan el camino a seguir. Serendipias, descubrimientos o hallazgos afortunados e inesperados.

Algunos estudios revelan que nuestro cerebro tiene la capacidad de abstraerse a realidades específicas, dejando fuera una mezcla de experiencias a fin de enfocar la atención hacia lo que desea nuestra conciencia. A esto se le llama “atención selectiva”, pero la información a la que el cerebro aparentemente no está prestándole atención queda registrada dentro de los circuitos neuronales, por lo que al empezar a observar de forma holística un suceso podríamos recordar detalles que antes no tuvimos en cuenta.

Muchos críticos de las ideas de Jung han tratado de demostrar que lo que proponía no es cierto. Y aunque existen quienes desvirtúan sus ideas, también ha tenido muchos adeptos que con el paso del tiempo han fortalecido su teoría, porque la sincronicidad es un principio que funciona fuera de las leyes de causa y efecto. Son coincidencias que llegan en el momento oportuno, como si alguien estuviera leyéndonos la mente. Como si el universo estuviera tratando de guiar nuestros pasos y nos ofreciera un poco de ayuda.

Para mí, sincronía y serendipia son palabras mágicas que abren la puerta a un mundo de experiencias inesperadas y, a su vez, deseadas. Estoy convencida de que, con mucha práctica, podemos llegar a entrenar nuestra intuición y darle un nuevo sentido a todas esas situaciones que llamamos casualidades.

La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. John Lennon

 

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

Un sueño que se desvanece

Acostada sobre la cama puedo escuchar mi respiración agitada. La frazada está caliente. Todavía huele a ti.

Otra vez estabas en mis sueños.

Con los ojos aún cerrados puedo ver tu sonrisa. Te iluminas cuando curvas los labios y me miras fijamente. Estoy entre tus brazos. Te estremeces junto a mí y no puedo dejar de mirarte. Te abrazo con más fuerza. No hay besos, ni caricias apasionadas. Abrazarnos es suficiente.

El despertador suena como todos los días y la luz se asoma entre las cortinas. Sumerjo la cabeza en la almohada y suspiro, no quiero despertar.

Con los ojos abiertos ya no puedo sentirte a mi lado. La tristeza aparece. Me siento perdida, estoy sola.

Quisiera que no fuera un sueño, sino un recuerdo. El recuerdo de cuando nos encontramos en la calle un día cualquiera y nos perdimos entre la multitud en ese instante en el que nos dijimos todo sin palabras.

Cada vez que sueño contigo me pregunto ¿por qué te desvaneces al amanecer? ¿Dónde estás?

Me paso la mano por el rostro para secar el sudor de una noche agitada. Aún tengo tu aroma en mis dedos.

Me oculto entre las cobijas y puedo sentir tu piel muy cerca de la mía. Esta vez es diferente, aún estás aquí.

Me quedo inmóvil, en silencio. Cierro los ojos y puedo verte de nuevo.

 

Mónica Solano

 

Entrada de Pete Linforth

Desde la ventana

Emilia se peina el cabello delante del espejo.

En la calle se oye un estallido y un grito ahogado que le eriza la piel. Se pone de pie y aparta con fuerza la silla del tocador. Corre hacia la ventana y asoma la cabeza para ver qué pasó.

En la esquina ve un automóvil que ha atropellado a una mujer. Su cuerpo ha quedado tendido en medio de la calle. Lleva un traje ejecutivo de color gris y unos zapatos rojos de tacón puntilla. “Yo tengo unos zapatos iguales”, piensa.

Tiene el pelo tan enmarañado que no se le puede ver el rostro. Emilia siente una punzada en el corazón y se lleva la mano al pecho. El cepillo se le cae de la mano y rueda por el suelo. Siente como si el alma le abandonara el cuerpo.

Sacude la cabeza y algunas gotas de sudor se le escurren por la sien. Se pasa las manos temblorosas por la frente. Todo comienza a dar vueltas a su alrededor. Mientras respira siente que el aire sale con fuerza, como si hubiera estado aprisionándolo en su boca todo el día. La imagen de la calle es aterradora, pero no tiene fuerzas para alejarse de la ventana. Desde el tercer piso, mira cómo las personas se abren camino con prisa, cómo tropiezan unas con otras y gritan despavoridas.

Un corrillo se forma alrededor del conductor que, sentado sobre el andén, oculta su cabeza entre las piernas. A pesar de la distancia puede ver que se le escurren las lágrimas por la cara. El hombre no hace ningún esfuerzo para contenerlas. Es comprensible, acaba de arrebatar una vida.

¿Qué se sentirá cuando se le quita la vida a otro ser humano? ¿Y qué sensación producirá ver cómo se entumece cada extremidad con el último aliento?

“Pude ser yo”, piensa Emilia mientras abre más la ventana para observar mejor. “Ese cuerpo sin vida pudo ser el mío. ¡Pobre mujer! Salió un día más a trabajar y jamás pensó que la muerte la alcanzaría en una esquina. ¿Y si soy yo? ¿Y si en el instante en el que sentí que mi alma volaba del cuerpo estuviera dejando atrás una de mis vidas? ¿Y si cada accidente que ocurre cerca de nosotros es realmente el nuestro? Siempre me he preguntado por qué todas las cosas horribles del mundo les pasan a los demás y nunca me han pasado a mí. Si esa persona que está tendida en la calle soy realmente yo, o una parte de mí: ¿no sería una oportunidad para comenzar de nuevo? El cuerpo de la mujer se ve como si estuviera dormida, tranquila, como si nada la perturbara. Sería fascinante tener esa paz”.

Emilia no puede dejar de pensar que una de sus vidas pudo quedar en el cuerpo de aquella mujer. Pero no sabe si fue la última o quizá la primera. Antes había sentido esa misma sensación de abandono y se había hecho la misma pregunta sin obtener una respuesta, pero no entendía por qué esta vez se sentía tan diferente.

“¿Qué pasará con la vida de los demás cuando no están formando parte de mi realidad? ¿Sus vidas de verdad existirán? ¿Vivirán en un mundo paralelo o solo dejarán de existir por unos instantes? Todo cobra sentido cuando forman parte mi mundo. Lo que hagan en mi ausencia lo desconozco, es como si toda su existencia fuera una ilusión”. Emilia se pasa la mano por el cabello mientras explora las posibilidades.

La madre de Emilia se acerca a la ventana para ver más de cerca lo que ha ocurrido en la calle. Un grito desgarrador se oye por toda la casa.

Sofía sale a toda prisa y, sin darse cuenta, deja la puerta abierta. Tiene puestas unas sandalias y el delantal de la cocina. Estaba cocinando una paella para Emilia, su favorita. Se abre camino entre la multitud y se pone de rodillas junto al cadáver. Recoge con sus manos el cabello de la mujer para verle el rostro. Le toma con fuerza la mano sin vida y se la lleva al pecho. Las lágrimas salen a raudales y se deslizan por sus mejillas mojándole el cuello.

–¡Mi Emilia!

 

Mónica Solano

Imagen de Polski

 

Organizando un mundo imaginario

Hace unas semanas, a esta misma hora, me preparaba para viajar. Llevaba muchos meses planeando un viaje de treinta días. El check list era bastante extenso: ¿tenía el pasaporte al día? ¿Qué requisitos debía preparar para entrar a los países que quería visitar? ¿Cuáles serían las exigencias de las aerolíneas? ¿Cuánto equipaje podría llevar? ¿Qué lugares no podía dejar de visitar? ¿Qué idioma?…

La última semana, mientras organizaba una carpeta con todo lo que debía presentar en inmigración, me vino a la mente lo complicado que es viajar para algunas personas, dependiendo de su nacionalidad. Aunque en Colombia ahora es más fácil que hace algunos años. Todavía se me sube la bilis cuando voy a abordar un avión para salir del país. Pero me encanta viajar, así que vale la pena lidiar con las náuseas.

Como les he contado en varias oportunidades, estoy escribiendo una novela en la que los personajes viajan a través de portales o con cristales de teletransportación. ¡Qué fácil sería si pudiéramos viajar así! ¿Verdad? No necesitan Visa, solo un cristal que les dan a los once años y caminar al portal más cercano y, ¡ya está! Pueden ir adónde quieran. ¡Qué linda sería la vida si no existieran las fronteras! Y si no tuviéramos que hacer tantos trámites para recorrer el mundo.

Uno de mis personajes preparara un viaje más o menos así:

Empacaría una mochila con bocadillos, tinta y una libreta. Iría al portal más cercano, pondría el cristal sobre una torre, digitaría las coordenadas en el tablero, entraría y listo. ¡Ya está!

La respuesta a la pregunta: ¿cuántos días me voy a quedar? En realidad, no importaría.

Esto no significa que no haya leyes en mi planeta, claro que las hay, pero no limitan conocer e interactuar con otras culturas. Esta es una de las cosas maravillosas de mis historias de ficción, que todo siempre puede ser como lo sueño. Como me gustaría que la vida real fuera también.

Cuando me enfrenté a esa parte de mi novela en la que debía decidir cómo convivirían todos los habitantes del planeta, un segmento muy importante fue la organización política, y ahí entraban el estado y las naciones, los órganos para mantener la soberanía, el territorio ocupado, la política internacional y por supuesto las leyes.

Primero inicié con una extensa lista de preguntas como, por ejemplo: ¿mi civilización tendrá unas leyes que en nuestra sociedad serían corrientes? ¿Reflejarán la moral de la época? ¿Estarán implícitas? O ¿Serán explícitas? ¿Serán iguales en todas las comunidades?

Cuando terminé la lista y empecé a darle respuesta a cada pregunta, descubrí que, independiente de las respuestas, las leyes que definiera tenían que ser importantes para el argumento y para la vida de la población.

La estructura política es lo que define a una civilización como grupo y cómo se relaciona con las demás. Puede que no sea determinante para la historia, pero tenerla clara nos ayuda a sentar sus bases. Lo primero que debemos hacer es constituir un estado, porque los habitantes tienen que organizarse y tener una identidad común, reconocible a partir de creencias y símbolos comunes. Hay muchos tipos de estados, desde monarquías, parlamentos plurales, oligarquías o incluso anarquías. Para establecer el tipo de estado debemos tener en cuenta tres aspectos fundamentales: la administración, el orden jurídico y quién ejerce el poder. También debemos comprender desde un punto de vista histórico, cómo ha llegado un estado a ser como es y no podemos olvidar el aspecto evolutivo, por ejemplo, si en la actualidad existe una democracia, ¿qué era antes?

Toda civilización debe tener métodos para mantener el orden. Un estado, independientemente de la relación que tenga con la población, siempre se asegurará de tener órganos que le ayuden a preservar el orden. Conocer estas fuerzas y la manera en que actúan en relación gobierno-sociedad nos ayudará a crear ambientes más realistas. Aunque existen tres principales poderes en un estado, que pueden estar divididos y formar órganos independientes o estar centralizados en la cabeza del poder, las posibilidades son infinitas. No hay restricción para divertirnos creando la forma que más nos guste.

Debemos tener en cuenta que los habitantes de una civilización podrían no tener un origen común. Tener una lengua, una cultura y una idiosincrasia diferentes. Por ejemplo, en Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin, en Poniente, donde están los Siete Reinos, impera un único estado, concretamente una dictadura, cuya capital es Desembarco del Rey, pero en ella conviven diferentes naciones, como por ejemplo Invernalia y Dorne.

Al crear nuestras civilizaciones y las leyes que las rigen debemos tener en cuenta que existen naciones que se agrupan formando un estado, naciones que forman un único estado y naciones sin estado en las que gobierna el desorden. A la hora de planificar esta parte en una historia podemos optar por crear una guía para cada nación en la que se describan las características. Esto nos ayudará a administrarla y a comprenderla mejor. Cuando creamos nuestra civilización y definimos su estructura política, es momento de preguntarnos qué relaciones tendrá con las civilizaciones vecinas. Esto es determinante para saber cuál es la vida de la población, puesto que en estados de guerra el panorama cambia.

Conocer el estado de la política internacional es fundamental, porque la vida de los habitantes depende de las decisiones que se tomen hacia el exterior. Así como en la planeación de mi viaje, aunque en la historia no se detalle toda la estructura de la comunidad, si alguien va a visitar otro lugar del planeta debe conocer cuáles son los requisitos para poder entrar en ese territorio, además de cuáles son las características, la cultura, las costumbres y si en esa época del año hace frío o calor. Porque no está de más conocer si es invierno y necesitará un buen abrigo.

Mónica Solano

 

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