Las Narvilas

De la serie: mitologías fragolinas.

Rowan o Serbal. Dicen que con sus ramas se hizo la primera mujer. Maggie O´Farrell, Hammet.

Iba camino de Narvil con mi madre, que ya había entrado en dolores de parto. Mientras caminábamos en silencio, me acordé de mi abuela Narvila, nacida en el bosque como sus antepasadas.

Según mi madre, mi abuela se solía perder por los senderos que no pisaban los niños ni las mujeres. Cocía bebedizos como las brujas y giraba el huso como una peonza. Manejaba la rueca, trenzaba los hilos blancos y negros a su antojo. Y los cortaba también a su antojo, como las Parcas. Mi abuela era una Narvila que vivía en el bosque. Alta y fuerte, calzaba abarcas y se cubría la cabeza con una toca negra.

Un día, cuando estaba descuidada mirándose en la balsa de Narvil, mi abuelo vio el reflejo de unas hebras negras y se sintió hechizado. Antes de un mes la desposó y, antes de un año, con la luna en cuarto creciente saltó por la ventana y se escapó a la balsa. Cuando mi abuelo notó su vacío en la cama, corrió al bosque y la encontró envuelta en la hojarasca amamantando a una niña.

—¿Cómo la llamaremos? —le preguntó.

—Pues, ¿cómo va a ser? —Mi abuela sonrió y lo miró a los ojos buscando su aquiescencia—. Narvila como yo. Narvila, hija de Narvil, el pinar sagrado que nos da la vida y nos protege.

Me pasé la mano por la frente, intenté apartar los recuerdos de mi abuela.

En ese momento tenía que centrarme en mi madre, la segunda Narvila que yo había conocido.

—Mira, hija, ya te vas haciendo mayor y te tienes que preparar para lo que te tocará pronto. —Me apretó la mano con fuerza—. Acaban de empezarme los dolores y quiero que me acompañes a Narvil.

Por las venas de mi madre, como por las de mi abuela, corría la savia campesina. A mí me recordaban a unas mozas fuertes y libres de las que nos hablaba la maestra, creo que las llamaba serranas y, a veces, serranillas, como si fueran niñas que solo supieran vivir en el monte.

Siguiendo los consejos de mi madre, metí todo lo necesario en un gran pañuelo de cuadros y me lo colgué a la espalda. No se me olvidaron las tijeras, ni el cordel, ni la ceniza para secar el ombligo.

El camino nos resultó difícil. Mi madre, cada vez tenía más baja la barriga y de vez en cuando se quedaba sin respiración. Cuando le llegaban los apretones se apoyaba en las piedras. Al llegar a Peña Saya oímos croar a las ranas en la balsa.

—Eso es un buen augurio  —dijo sujetándose el bajo vientre con las manos.

Al momento llegamos a un claro en forma de círculo, se paró en seco. “Aquí”, me dijo. Era un trozo de tierra calcinada en el que ululaban las lechuzas y entre la hierba crecían amapolas. En realidad este lugar mágico era el lecho de una antigua cabera en la que se hacía el carbón vegetal. En el plenilunio aún se pueden escuchar las voces de antiguos aquelarres y los susurros de ánimas que vagan perdidas. Allí, el lodo ahumado acaricia los cuerpos y acoge en su seno a los recién nacidos.

En el centro seguía tumbado un pino que había derribado un rayo. Desde muy niña me lo imaginaba como un gigante dormido. Tenía las raíces al aire y, justo debajo, en el lugar que ellas habían ocupado, había un gran agujero que daba cobijo a las comadrejas. Por entonces pensaba escaparme de casa, como Alicia, y refugiarme en ese escondite.

Cuando llegábamos al pino, mi madre perdió el resuello y se apoyó en el tronco. Abrió las caderas y fue doblando las rodillas hasta que se quedó en cuclillas. Cada vez jadeaba con más fuerza. Con los empujones no pudo contener un grito que espantó a los zorzales. Entre sus piernas asomó un cogotillo. Entonces contuvo el jadeo y me dijo:

—Narvila, hija mía. Apresúrate. Sujétale la cabeza y ayúdale a salir. Cuando tengas el cuerpo en tus brazos, toma las tijeras, corta el cordón de la placenta y anúdalo con la liza.

Puse sobre sus senos un bulto sanguinolento que no dejaba de llorar. Después, até la placenta a una raíz y tiré con fuerza, como si fuera una soga, hasta que salió toda. Al acabar el niño ya no lloraba, estaba desmadejado y sus labios tenían el dulzor amargo del malvavisco.

—Mira, Narvila, esto es un secreto entre las dos. Es un niño débil que ha nacido antes de tiempo. —Se calló un momento—. Cuando te toque a ti, vendrás sola.

Metí al niño en el mismo hoyo que la placenta, lo cubrí de musgo y semillas de amapolas. No me olvidé de los abozos, esas plantas, alimento de los muertos, que los griegos llamaban asfódelos y los cristianos gamones.

Unos años después, mi madre volvió a desaparecer de casa. Grité, lloré. Nada. Había cumplido el ciclo. Entonces entendí aquello de “vendrás sola”: la gente tenía miedo de que las Narvilas pudieran llegar a ser tan poderosas como los hombres.

En esas fechas, yo ya andaba en amores con Florián, y no tardamos en casarnos.

Si mi marido no hubiera estado tan concentrado en sus asuntos se habría dado cuenta de que su semilla no granaba en mí y de que yo buscaba otras simientes en los hombres que frecuentaban el bosque. Se habría enterado de mi embarazo incipiente. Y, si no se hubiera muerto de un cólico miserere, se habría enterado de que cuando murió yo estaba de siete meses y no de cinco.

Por eso, cuando me puse de parto solo lo sospechó la panadera, pero no dijo nada. Es que ella nos vigilaba desde que ponía la levadura junto al fuego, antes de que rayara el alba.

—Buenos días, Narvila. —Me miró de arriba abajo—. Será el madrugón, pero te encuentro un poco pálida. No sé, no sé.

—Es que ayer fue un día de mucho trajín. —Me eché la toquilla hacia adelante y crucé los brazos por encima del vientre—. Hoy hace años que murió mi madre y voy a visitar su tumba.

Clavé el estribo en los ijares de la yegua pero la panadera la sujetó por el ronzal y la paró en seco.

—Narvila, hija y nieta de Narvilas, a mí no me engañas. Algún día conoceremos el secreto y todas seremos Narvilas.

Sin responderle, aspiré el olor a pan caliente, mientras el zumbido del sol me subía el corazón a las sienes.

Con apuros llegué a la tierra calcinada y me recosté en el árbol caído. Me acaricié la piel con unas hojas de beleño. Al momento, el mundo comenzó a dar vueltas. Hasta las copas de los árboles ascendió el llanto de una nueva Narvila y pronto se mezcló con el susurro del viento.

Carmen Romeo Pemán.

‘Hamnet’, de Maggie O’Farrell. Cuaderno de bitácora: guía que nos orienta en el bosque de personajes, por Carmen Romeo.

El serbal. «The Rowan Tree»: Will protect us from the devil and all his wiles, canción tradicional escocesa. En la mitología celta, árbol sagrado mágico relacionado con la fertilidad y una nueva vida.

La niebla

La niebla empezó a invadir el mundo, y el mundo no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde. Los primeros en notarlo fueron los animales, pero sus dueños no supieron darse cuenta de las señales y, si alguno lo hizo, tampoco le dio importancia. A gatos y perros se les erizaba el pelo del lomo, acudían a la voz que los llamaba desde las esquinas de una habitación, o buscaban refugio en el susurro que se escurría desde debajo de las camas y les siseaba que allí, tal vez, estarían seguros y la niebla no los alcanzaría.

Los humanos seguían cabalgando el calendario a lomos de sus coches, de trenes y autobuses, dentro de la gigantesca batidora del tiempo que los hacía girar sin que fueran conscientes de los cambios que los devoraban poco a poco. Eran cambios tan sutiles que no los relacionaban con la niebla.

Algunos empezaban a ver el mundo como a través de un velo desgastado. Los médicos les decían que seguramente tenían cataratas, y entonces ya no se extrañaban ni les asustaba esa ceguera progresiva, porque había pasado por la pila de bautismo de la ciencia y, al ponerle nombre, dejaba de ser una amenaza.

Otros se quejaban de una sensación molesta y poco definida, la tela de la ropa les molestaba, los ruidos del tráfico se paseaban por la piel de sus brazos y les provocaban un cosquilleo desagradable, como si arañas invisibles circularan por sus miembros igual que ellos hacían por las autopistas. A veces aparecía en alguna parte del cuerpo un sarpullido con un leve olor a ciénaga, pero también los médicos tenían un nombre para eso, alergia. Y, con el nombre, llegaba la parálisis mental, esa que apagaba el interruptor que el miedo mantiene encendido, y los afectados se relajaban y se atiborraban de antihistamínicos que, aunque no los curaban, aumentaban su sopor y su falsa seguridad.

En algunos casos la niebla se colaba por los oídos de la gente, que dejaba de escuchar tan poco a poco que, antes de llegar a darse cuenta, se habían dormido mecidos por las olas del silencio nebuloso en el que flotaban. La niebla empujaba a los recuerdos hacia atrás y terminaban por creer que de nuevo estaban inmersos en el líquido amniótico, y se iban quedando en sus casas, y en sus camas, y se enroscaban sobre sí mismos y así se quedaban, en posición fetal. Y a sus perros y a sus gatos se les erizaba más el pelo y huían de debajo de las camas porque ya no se encontraban seguros ni allí.

Cuando ya no quedaron criaturas vivas en las que hospedarse, la niebla empezó a apoderarse de las cosas. Lo hacía con más velocidad que cuando se nutría de personas y animales, porque las cosas no calmaban el hambre de la niebla con tanta facilidad. Primero fueron los bosques, luego la arena del desierto y, por último, las casas y los objetos que tanto enorgullecían a los hombres por haberlos creado.

La prisa tuvo un efecto sobre la niebla, y es que la volvió descuidada. Ya no era sigilosa, ni lenta, porque los objetos no se resistían a su encantamiento. Y entonces, un día, la niebla cometió su primer y único error: se coló entre las páginas de un libro escrito en braille. Estaba cansada por haber corrido tanto y aburrida porque ya le quedaba poco con lo que divertirse, así que decidió echarse una siesta y se durmió arropada por los folios. El libro era propiedad del único niño que quedaba en la tierra inmune a la niebla. El niño era ciego y sordo, y vivía en sus libros las vidas que los demás habían dejado escapar por no estar en guardia cuando la niebla llegó. Cuando la niebla se durmió, sus defensas se relajaron y sus sueños y su memoria empaparon los puntos y las rayas de las páginas. Así fue como el pequeño se enteró de lo que había pasado en el mundo.

El niño se quedó quieto durante mucho rato. Él sabía que la prisa no era buena, acababa de confirmarlo con lo que le había pasado a la niebla, así que no quiso precipitarse. Seguía leyendo con los dedos su libro, como hacía a diario, y comprobó que la niebla, confiada, se dormía allí noche tras noche. Entonces tomó una decisión.

Cada medianoche escribía una página con su máquina braille. Tecleaba con mucho cuidado puntos y letras para formar palabras y frases que luego imprimía. Llenó páginas y páginas con los encantamientos de muchos de los libros que había leído hasta entonces, y, cada noche, colocaba uno de los folios entre las páginas del libro en el que la niebla, ajena a todo, dejaba escapar ronquidos húmedos que sonaban como un chapoteo. Cuando el niño metía uno de sus folios, arrancaba con mucho cuidado otra de las páginas que la niebla utilizaba como abrigo y así, poco a poco, con paciencia y con constancia, consiguió ir cambiando la historia escrita.

Un día de tormenta cayó un rayo cerca de la casa y la niebla despertó antes de tiempo por culpa del ruido. Sobresaltada, sintió pánico al verse desnuda. Se removió asustada en busca de sus recuerdos y de su memoria, y suspiró con alivio al darse cuenta de que las páginas estaban húmedas. Gorgoteó y se removió hasta sentir que volvía a recubrirse de piel. Lo hizo tan rápido que no se dio cuenta de que se estaba vistiendo en realidad con otra ropa, la que el niño había tejido para ella con sus puntos y su escritura. Y, cuando vino a notar algo extraño, ya era tarde. La historia que el niño había escrito la había envuelto y la tenía atrapada, ya no se acordaba de que era todopoderosa, ni de que el mundo había sido suyo. Solo sabía que era eso, niebla, la niebla que todos conocemos. Únicamente quedó un pequeño recuerdo que se había pegado a una de las nuevas páginas del libro del niño. Cuando la niebla encontró ese recuerdo, comprendió que había sido víctima de su exceso de confianza y ahora se había convertido en gusano después de haber sido un dragón. Empezó a llorar y a hacerse más pequeña a medida que lloraba. En cada lágrima perdía un poco más de su poder, y todos aquellos a los que había conquistado iban regresando al mundo, otra vez libre de niebla.

La Tierra volvió a poblarse poco a poco, la gente iba despertando como si hubieran vivido dentro del cuento de la Bella Durmiente y hubieran estado cien años con los ojos cerrados. Nadie recordaba muy bien lo que había pasado, solo el niño lo sabía.

Un día, en su colegio, la maestra pidió a cada uno de los alumnos que inventaran un cuento y el niño relató esta historia que no había compartido con nadie. A la maestra le gustó tanto que lo escribió en el alfabeto tradicional. Y por eso ahora ya sabéis algunos cómo esta historia dejó de ser un secreto.

Adela Castañón


Imagen de Stefan Keller en Pixabay

Y a la mujer buen marido

La desdicha por la honra. Novelas a Marcia Leonarda. Lope de Vega.

Al anochecer la metí en una talega, la coloqué encima de una mula y, tirando con fuerza del ronzal, emprendí la bajada que lleva de Montealto a Biel, por unas trochas cubiertas de maleza. Unas de esas por las que solo pasan los jabalíes. Nadie podría adivinar qué llevaba en la talega. Por si las pulgas, había echado judías alrededor del cuerpo, y lo coloqué encima del baste. La luna nos convertía en unas sombras alargadas, como las de la Santa Compaña.

Mi hermana Marcela siempre me había puesto en aprietos. Uno muy gordo fue el de su boda con un viudo de El Frago. Y el otro día me dio este soponcio. Sin más ni más, se me murió en el monte cuando íbamos a encerrar las ovejas. No la había visto en toda la tarde y, a la hora de encerrar, llegó sin aliento, sangrando de sus partes y farfullando incoherencias. Cuando la cogí se quedó muerta en mis brazos.

Menos mal que era muy tarde y los pastores, con los que compartíamos los pastos, no vieron nada. Así que, me apresuré a meterla en una talega y llevármela a escondidas, antes de que alguien avisara al médico. No quería que me metieran en líos con lo de la autopsia. Si lo llamaba yo cuando ya la tuviera amortajada, todo sería más fácil. Le diría que se había muerto de un cólico miserere y él se lo creería.

En las seis horas que nos costó bajar, no le quité ojo a la talega. Como no me podía olvidar de los chandríos que me había hecho pasar, le gritaba, y el silencio de la noche me devolvía el eco de mis palabras.

—Mira, Marcela, desde que se murió nuestro padre en la epidemia de tifus, soy el responsable de tu honra. Te quise prometer en una buena casa de Petilla, pero tú, erre que erre, que no te vestirías de finolis ni calzarías chapines. Fui tanteando posibles maridos entre los mejores pastores de Montealto y tú, que nones. Bueno, ¿es que te creías que era fácil colocar a una hermana que se las campaba sola? Pero en el fondo eras una asustadiza. Eso es lo que te pasaba, que te las dabas de libertaria pero tenías miedo.

Me callé un momento y escuché los gruñidos de unos jabatos que se habían perdido. Tenían tanto miedo como tú. Nos alejamos sin hacer ruido y yo volví a mi cantinela.

—Naciste con casi siete kilos y nuestra madre murió de sobreparto. Otra en tu lugar se había amilanado. Pero tú, nada. Que ella tenía la culpa por ser estrecha de caderas. Mira, Marcela, me saca de quicio que te hayas pasado la vida echando culpas a los demás. Es que me enciendo cada vez que pienso cómo me has truncado la vida.

Di tal suspiro que la mula dio un respingo. Menos mal que ni te canteaste.

—A mí no me convenía una hermana tan brava. A tus veinte años aún no habías tenido ningún pretendiente. No te dabas cuenta de que eras una boca más que alimentar ni de que yo me quería casar.

A medida que desembuchaba me iba calmando y comencé a recordar cómo había llegado a enrabietarme tanto contigo.

—Un día entré en tratos con el viudo de El Frago. Aunque un poco bullanguero, era el que tenía más cabezas de ganado en toda la redolada, pero la desgracia se había cebado con su primera mujer. A los pocos días de casados se le murió de difteria. Al viudo y a mí nos pareció bien el apaño y te apalabré. Decidimos que para San Gil Abad, cuando se acaban los pastos del verano, te casarías en Biel y celebraríamos las tornabodas en El Frago. Llegó la boda. Como te casabas con un viudo, los mozos te dieron una cencerrada con todas las esquilas del pueblo. Es que eso del viudo tenía su aquél. La misa tenía que ser a las cuatro de la mañana y teníamos que emprender el viaje de las tornabodas antes de amanecer. El madrugón no te importó cuando viste los preparativos. Antes de la misa ya habían llegado los hombres y las mujeres montados en caballos adornados para la ocasión. Una yegua te esperaba adornada con el pairón, es decir, con una manta especial bordada para esta ocasión y una silla de novia. Cuando te ayudé a montar, noté que te brillaban los ojos y me susurraste: “Hermano, siento un cosquilleo debajo del sayal. Las gentes de El Frago se van a enterar de lo que es capaz una moza enamorada”.  Yo moví la cabeza. Sabía que te casabas por interés. A mí, no me la colabas.

Al llegar a las Eras Badías, viste unas casas que parecían corrales alrededor de la torre. Te cambió la cara. No tenían nada que ver con las mansiones y los escudos nobiliarios de Biel. Entonces oí a una de las acompañantes que te decía:

—Marcela, por si no lo sabes, aquí no hay luz ni agua corriente. Las mozas tenemos que ir con cántaros a la fuente que está allá abajo, junto al río.

—¿Qué me dices? —Yo noté que te quedabas helada.

Los mozos descargaron la dote en la casa del viudo y comenzaron unas tornabodas que duraron hasta el anochecer.

A final, el viudo, que ya no podía aguantar las premuras de su sexo, te llevó a una alcoba, que aún conservaba el aroma de los membrillos de su primera mujer. Tú te pusiste el camisón de satén que habías bordado para la ocasión. Entonces él se desnudó y te tomó por la cintura enseñándote un colgajo tan grande que te dejó sin aliento. Te deshiciste de las garras de tu marido, sin pensárselo dos veces, saltaste por la ventana y huiste despavorida.

Él se quedó pasmado. Se asomó y ya no te vio. A lo lejos adivinó una larga cabellera movida por el cierzo. Pensó que la luna te había desorientado y te habías perdido por los montes. Se dio la vuelta y se tumbó en la cama con el vergajo apuntando al techo. Sabía que era famoso por tener un miembro que espantaba a las mozas casaderas. Se decía que su mujer había muerto con los embistes de un marido montaraz y no de la difteria como él había declarado en el juzgado.

En estas estaba yo, cuando la mula se paró delante de la entrada del corral de nuestra casa. Me cargué la talega al hombro, subí a Marcela a la sala grande y la enrollé con una sábana de lino. Hice un fardo bien atado con cordeles y salí a buscar al médico por la puerta principal. Allí me esperaba el viudo de El Frago, con el que Marcela había contraído un matrimonio ratum sed non consummatum. Nos miramos a los ojos y con voz ronca me dijo:

—Ahora el matrimonio de Marcela, como el de mi primera mujer, ya está consumado.

En ese instante, supe que tendría que seguir luchando por la honra de mi hermana muerta como mandaban las leyes ancestrales.

Carmen Romeo Pemán

Las cadenas

Alba sudaba, pese a que ese diciembre hacía más frío que otros años. O eso le parecía a ella. Entró en el dormitorio de su madre mirando a su alrededor en estado de alerta. Solo podía contar con sus ojos. En los oídos le retumbaba un redoble de tambor, como si mil caballos al galope estuvieran invadiendo el centro de su pecho. Ya sería mala suerte que justo esa tarde su madre regresara antes de la cita con Sombra. Así llamaba ella al amigo de su madre, Sombra. Porque se empeñaba en sentarse en el sillón de papá, en beber en el vaso de papá, en llamarla Peque, igual que la llamaba papá, pero lo único que conseguía con eso era oscurecerse, convertirse en una sombra frente la luz del recuerdo de su padre muerto.

Se acercó despacio al joyero que había sobre la cómoda y lo abrió. Allí estaba. La cadenita de oro que le habían regalado papá y ella a mamá la navidad anterior, aquella navidad tan lejana que parecía haber ocurrido hacía siglos y siglos. Salieron en secreto papá y ella para hacerse las fotos que luego, reducidas al tamaño de una moneda de cinco céntimos, llevaron a la joyería donde las colocaron dentro del colgante, un círculo también de oro, que al abrirse mostraba las dos imágenes.

Papá había bromeado cuando lo compraron. Camino a casa, con el paquete oculto en el bolsillo de su abrigo, le había dicho:

—A mamá le va a encantar el regalo, Peque, ya lo verás. En la vida hay muchas cadenas, ¿sabes? Unas se ven y otras no, pero todas son importantes. La que le vamos a regalar es una cadena de amor. Cuando la lleve puesta, será como si tú y yo estuviéramos abrazados a su cuello, dándonos besos sin que ella se dé cuenta, y será una manera de estar juntos los tres. Pero eso no se lo diremos, será nuestro secreto.

A Alba le había encantado oír a papá. ¡Tenían tantos secretos compartidos! Como que papá le estaba enseñando a montar en bicicleta. O que le ponía cuatro cucharadas de azúcar en el Cola Cao cuando mamá no miraba. O que se comía a escondidas el tomate de la ensalada, que ella detestaba, pero que, según mamá, estaba lleno de vitaminas que le venían muy bien. O que le dejaba tener chocolatinas en la casita del jardín sin que mamá lo supiera.

Alba se mordió el labio para ahuyentar esos recuerdos que ahora la distraían. Sacó el colgante del joyero. Le costó abrochárselo porque los dedos le temblaban, pero lo consiguió al fin. Bajó a la cocina, sacó un tomate del frigorífico y, con la nariz arrugada, lo partió en rodajas, igual que hacía siempre mamá. Abrió una lata de atún, otra de aceitunas, y picó una lechuga que mezcló con el resto de los ingredientes. Lo regó todo con un chorrito de aceite y unas gotitas de vinagre, lo justito, como decía papá siempre, porque él era el que preparaba siempre la ensalada. Eso era lo último que le quedaba por llevar a la mesa baja del salón. Ya había puesto un centro pequeño con un ramito de violetas, las galletitas saladas y el queso en cuñas que había comprado con sus ahorros. Mamá compraba el queso entero, pero Alba no había querido cortarlo porque siempre le salía torcido. También había fregado con mucho cuidado las copas de cristal que solo se usaban en ocasiones especiales y que brillaban en la mesa, entre el centro de flores y el cestito con las rebanadas de pan.

Fue al baño, se peinó y se puso un poco de colonia detrás de las orejas, como hacía mamá todas las tardes antes de salir. Alisó una arruga inexistente en su vestido de flores y se sentó en el salón a esperar. Mamá y Sombra siempre pasaban allí un ratito cuando volvían de esos paseos que se habían convertido ya en una costumbre diaria y que cada día se prolongaban más. El día anterior, cuando Sombra se marchó, mamá le había acariciado la cara antes de hablar:

—Alba, tesoro, deberías ser más cariñosa con Raúl. Ha sido muy bueno con nosotras desde que papá… desde lo de papá. Sé que lo echas de menos, vida mía, yo también, mucho, muchísimo, pero a las dos nos viene bien que alguien cuide de nosotras ahora que él no está, ¿no crees?

Mamá lo había dejado ahí. Pareció que quería añadir algo más, pero se limitó a darle un beso en la frente y a levantarse con un suspiro para ir a preparar la cena. Alba se había quedado pensando en lo que mamá le dijo y, sobre todo, en lo que no le dijo. Y por eso había decidido sorprender a mamá y a Sombra esa tarde con una merienda. Quería demostrarle a mamá que las dos podían cuidarse solas, quería que mamá la mirase a ella más que a Sombra, que se fijara en cómo iba vestida, en lo que llevaba puesto. Que la viera comerse el tomate sin protestar.

La cara de mamá al entrar al salón seguida por Sombra despertó una tímida llama de calidez en el pecho de Alba. Su sonrisa la arropó como el pijama blanco de felpa, se levantó de la silla y fue a la cocina para regresar con una botella de vino y el sacacorchos, que dejó sobre la mesa porque no quería ofrecérselo al tal Raúl. Eso era pedirle demasiado.

Merendaron hablando de varias cosas los tres: del colegio, del frío de diciembre, de planes imprecisos para la navidad, del trabajo de mamá, del coche de él…

Al terminar de merendar su madre le dio un beso en la mejilla y Sombra le acarició el hombro con la mano. Alba se levantó, recogió las cosas y las llevó a la cocina. Tiró las sobras a la basura y fregó los cacharros mientras pensaba en el tomate que se había tragado haciendo un esfuerzo sin que nadie dijera nada, en la cadenita que había oscilado todo el tiempo sobre su escote sin que su madre se diera cuenta, en que Sombra se había ido de la casa más tarde que ningún día.

Esperó a que su madre se acostara. Cuando pensó que se había dormido, Alba se levantó en silencio, cogió la mochila que había dejado preparada, besó la miniatura de su padre en el colgante que no se había quitado del cuello y salió a la calle. Abrió la puerta del garaje y se acercó a la bicicleta de papá. Ya le llegaban los pies al suelo. Revisó que la cadena estuviera bien engrasada, como le había enseñado a él y, con la mochila colgada a su espalda, subió a la bicicleta y empezó a pedalear alejándose de su casa. Papá tenía razón. Había muchas cadenas que era mejor romper.

Adela Castañón

Imagen: Rudy and Peter Skitterians en Pixabay

Vestido de novia y vestido de luto

Las fragolinas de mis ayeres

LUGAR. Una sala grande con varias alcobas a la izquierda, en el trozo de pared entre las alcobas, dos armarios de luna abiertos y desvencijados. En el suelo dos vestidos polvorientos, mezclados con sayas de lana. En la pared de enfrente, varios baúles alineados también abiertos. Al fondo, un ventanuco, sin cristal, por el que entran la luz y el cierzo.

VESTIDO DE LUTO. ¿Has oído los gritos de Encarnita?

VESTIDO DE NOVIA. ¡Síí! Y me he asustado tanto que se me ha encogido el canesú.

VESTIDO DE LUTO. ¡Siempre ha sido una caprichosa!

VESTIDO DE NOVIA. Es que está muy mal criada.

VESTIDO DE LUTO. Ahora viene con estas.

VESTIDO DE NOVIA. ¿Con qué?

VESTIDO DE LUTO. Pues, ¿con qué ha de ser? Dice que se va del pueblo y que antes se quiere deshacer de todas las antiguallas de la casa.

VESTIDO DE NOVIA. (Movido por el cierzo se acerca al vestido de luto) Pero ella no sabía que estábamos aquí. Su madre nos tapó con otras sayas y nos colocó en armarios distintos, así no nos podríamos ir de la lengua.

VESTIDO DE LUTO. Esta mañana ha encontrado la llave de los armarios y he oído cuando se la daba a la doncella.

VESTIDO DE NOVIA. ¡Cómo!

VESTIDO DE LUTO. Le ha dicho que hiciera una buena limpieza.

VESTIDO DE NOVIA. Creo que nosotros aún tenemos buena pinta. Y la doncella sabe que conservamos la memoria de la familia.

VESTIDO DE LUTO. Pues eso es justamente lo que no quiere Encarnita. Quiere que todo el mundo se olvide de sus padres.

VESTIDO DE NOVIA. Está tonta, ¿o qué?

VESTIDO DE LUTO. Como todos los jóvenes. (Bajando la voz) La he visto de cerca cuando me descolgaba la doncella. Está bastante gorda y ha perdido la cintura.

VESTIDO DE NOVIA. (Bajando la voz un poco más y juntando los puños). Pues nosotros de eso sabemos mucho. ¿Te acuerdas de las bodas de sus padres y de sus abuelos?

VESTIDO DE LUTO. Sí, pero ella solo sabe lo de sus padres. A sus abuelos no los ha nombrado nunca nadie.

VESTIDO DE NOVIA. ¡Malditos sean!

(Una ráfaga de cierzo abre de golpe el ventanuco. En el fondo se oye el rumor del viento)

VESTIDO DE LUTO. ¡Con lo que a mí me costó traer la paz a esta casa! Veían a su abuela tan negra que todos se espantaban. Desde el día de su boda no ha vuelto a pisar nadie esta casa.

VESTIDO DE NOVIA. Yo fui testigo de las dos muertes. Con el revuelo que se montó, nadie encontró al que le dio una puñalada a su abuelo al bajar del altar. Las rosas de mis bajos tapan las manchas caprichosas de aquella sangre.

VESTIDO DE LUTO. Si no hubieras sido tan llamativo la boda habría pasado desapercibida. Pero la abuela era de ringo rango y le gustaba lucirse. Se quiso casar de blanco, como las actrices de Hollywood. Y eso fue una provocación, hasta entonces todas las novias se habían vestido de negro. Vino mucha gente a ver la boda. (El cierzo remueve el vuelo de los bajos del vestido de novia y se ven el fino bordado de las rosas rosas). ¡Y no escarmentó! Que luego, cuando la madre de Encarnita se quiso vestir contigo, no le quitó la idea.

VESTIDO DE NOVIA. Sí, la abuela me eligió y buscó a las mejores bordadoras. Quería que todos los pueblos se enteraran de que emparentaban con una de las casas más nombradas de la redolada. Aunque la verdad era que esta novia tampoco amaba al novio. Desde siempre había estado enamorada de un mozo de menor rango. Pero de eso chitón.

VESTIDO DE LUTO. Los desaires y los celos son muy malos y no hay que provocarlos.

VESTIDO DE NOVIA. No se puede traicionar tan a la ligera.

ESTIDO DE LUTO. ¡Menudas trifulcas tuvieron los recién casados con sus padres! Yo sospechaba que me iban a sacar pronto del armario. (Bajando el tono) Oye, ¿tú sabías que su abuela y su madre se casaron embarazadas?

VESTIDO DE NOVIA. ¡Cómo no lo iba a saber! Por eso no tengo talle.

VESTIDO DE LUTO. ¡Anda! Pues no había caído.

VESTIDO DE NOVIA. Es que con esta forma de túnica griega se disimula mucho.

VESTIDO DE LUTO. Anunciando la tragedia, ¡eh!

VESTIDO DE NOVIA. ¡chist!; ¡chiss!; ¡chsss! Que oigo pasos cerca

VESTIDO DE LUTO. No te preocupes, no se acercarán mucho. Apestamos a naftalina y a todo el mundo le recuerda el olor de los trajes de los entierros.

VESTIDO DE NOVIA. Nunca he entendido por qué me guardaron, si les traía tan malos recuerdos.

VESTIDO DE LUTO. En realidad ellas te querían para los verdaderos padres de sus hijas.

VESTIDO DE NOVIA. Sí, pero las dos me usaron en bodas equivocadas.

VESTIDO DE LUTO. Por eso yo sabía que me iba a convertir en la segunda piel de las mujeres de esta casa.

VESTIDO DE NOVIA. Yo creo que a mí me guardaron para que las amortajaran.

VESTIDO DE LUTO. Sí, pero las dos se lo callaron. Y sus hijas no cayeron en eso.b

VESTIDO DE NOVIA. Cuando acuchillaron al abuelo, me puse muy nervioso. Y después me pasó lo mismo cuando dispararon al novio en la boda de su hija. El amor y la muerte, como nosotros, siempre cerca.

VESTIDO DE LUTO. Pues ya lo ves. Ni Encarnita se acordó de ti el día que murió su madre, ni tampoco se había acordado su madre cuando enterró a la abuela. Como era la costumbre, a las dos las amortajaron con una sábana de lino del ajuar que habían bordado para sus bodas y ataron en los extremos con cintas de terciopelo juntas. ¡Un horror! Parecían fardos.

VESTIDO DE NOVIA. Pues yo estuve a punto de desaparecer el día que le dijeron a la madre de Encarnita que era hija de otro padre. Me quiso romper a dentelladas.

VESTIDO DE LUTO. También yo tuve miedo cuando la abuela se quitó el luto y quemó todos los recuerdos de su novio. Y luego hizo lo mismo la madre de Encarnita.

VESTIDO DE NOVIA. (Se acerca el ruido de los pasos. Encarnita lleva un jersey muy ceñido que le marca la barriga). Otra vez nos llegan malos tiempos.

VESTIDO DE LUTO. ¡Ojala no nos descubra!

(Encarnita coge los dos vestidos del suelo. Sale a la cocina y echa el vestido de novia al fuego. La doncella le arranca de las manos el vestido de luto).

VESTIDO DE NOVIA. (Crepitando en las llamas del hogar) Era mi destino.

VESTIDO DE LUTO. (Dentro arrugado en las manos de la doncella ¡Desgraciada! No sabe qué ha hecho salvándome del fuego. A mí me tejieron las Parcas.

Carmen Romeo Pemán

Sentencia

No hace falta que me sujetéis por los codos, desgraciaos, no me van a flojear los remos. Tampoco hacían falta las esposas, pero sois funcionarios, qué sabréis vosotros de la vida. Sé de sobra adónde vamos, pero los tengo bien puestos. Seguro que a ti, payo, sí que te tiemblan ahora mismo las piernas. Te preguntaría si es la primera ejecución que vas a ver, pero, total, para qué. Debes de ser nuevo, os conozco a todos y a ti no te he visto en ningún turno de vigilancia.


¿Cómo coño llamarán al cuarto? ¿Sala de ejecuciones? ¿Habitación de la silla? ¿Y qué más me da cómo lo llamen?


¿Y por qué se me ocurren esas gilipolleces? ¿Será que no tengo cerebro para pensar en otra cosa en un momento así?


¿Habrán venido todos? ¿Y los otros?


Venga, Manuel, respira hondo, que ya estamos aquí.
Me cago en to. Este cuarto es lo más feo que he visto en mi puta vida. Y la silla es más fea todavía que el cuarto. Y las luces… ¿es que no había de más vatios? Joder, igual lo hacen para deslumbrar a posta. No distingo nada. Si no fuera por lo que es, me echaría a reír, pero mejor que no lo haga, vayan a creerse que soy un cagado.


Ahí están los guardias, joder, desde aquí huelo su miedo, que parece que saltan chispas en el pasillo. Funcionarios de mierda, os jiñáis solo de pensar que cualquiera de los que están ahí saque una faca.


Mierda, ya veo a los demás. Están todos. Mis Matagallos a la izquierda, mi gente, mi sangre. Cómo los quiero, está todo el clan, no llores, Manuel, por lo que más quieras, no llores. Mantén el tipo igual que están haciendo ellos. Y mira, ahí están también los cabrones de los Picapiedras, a la derecha. Venga, Manuel, aprieta los dientes, cojones, y pálmala como un hombre. No les regales a esos hijos de puta un espectáculo.


Ahí está mi Juanillo. Olé mi niño. Dieciséis años son pocos para convertirse en jefe del clan, que cuando yo me puse al frente acababa de cumplir los dieciocho y fui el más joven de la historia. Pero mi Juanillo, no, mi Juan, ahora ya es Juan, tiene los mismos cojones que yo. Di que sí, hijo, sujeta a tu madre del codo, igual que estos pringados me sujetan a mí, aunque a ella tampoco le haga falta. Mi Mercedes es mucha mujer. No les dará el gusto a esos hijos de puta Picapiedras de venirse abajo. Que su llanto es del de verdad, de agua y sal, y va por dentro, no como el vinagre que chorrea por los ojos de la cabrona de la Picapiedra esa, la Marcela, lágrimas de cocodrilo por su Rafa, que le dolerá, no digo que no le duela, que un hijo es un hijo, aunque su madre sea una puta, si sabré yo lo que duele un hijo, que no sé si mi Luci saldrá del coma o se morirá sin llegar a abrir los ojos… Hija puta, Marcela, tendrías que estar enseñando los dientes de rabia y de alegría al verme, al saber que voy a palmarla por haberme llevado por delante a ese cabrón de tu Rafa, que lo volvería a hacer una y mil veces por lo que le hizo a mi hija.


Debería haber aprovechado la oportunidad de la última visita. Debería haberme despedido. Pero eso hubiera matado a mi Mercedes, que no sé ni cómo le quedan lágrimas después de llorar tanto por la niña, Dios mío, que la Luci salga del coma, que se despierte, joder, aunque yo no lo vea. Si es verdad que estás ahí arriba, por lo menos haz eso. Me lo debes. Que yo ya voy a pagar con mi vida por haber hecho justicia, así que estamos en paz. Y te juro que si lo volviera a ver lo volvería a matar. ¿Sabes qué? Que ojalá me lo encuentre en el infierno y pueda volver a coserlo otra vez a puñaladas por lo que le hizo a mi Luci. Y tampoco te costaba tanto haber hecho el milagro de que mi niña se despertara, aunque fuera nada más que para poder restregárselo al Rafa por la puta boca cuando los dos nos estemos quemando vivos allí abajo.


Igual hubiera parado de apuñalarlo si se hubiera quedado callado. Pero es igual de bocazas que su padre. Míralo, Manuel, míralo. El Anselmo se ha echado de golpe veinte años encima. Me alegro. Me alegro de que haya venido, de verlo así. Ahora que se joda, que como la Marcela solo le dio un macho a ver quién va a mandar cuando él la espiche. Porque, además, mira que es fea la única hembra que tienen, igual de fea y de poca cosa que su madre, no como mi Luci, la niña de mis ojos, la alegría de mi casa, de mi Mercedes, de mi Juan, de mi Pedro y de mi Paco. Yo sí que dejo abonada mi tierra, malnacío, que eres un malnacío, Anselmo, y tenías que haber espabilado más al capullo de tu hijo, haberle enseñado que un hombre no abusa nunca en la vida de una mujer que no quiera abrirle las piernas. Que eso no es ser hombre, sino todo lo contrario. Y cuando yo di con él, cuando se meó por las patas abajo al ver que yo lo sabía todo, le perdió la boca. Porque cuando yo iba por la tercera puñalada tuvo que decir aquello de “¡Ojalá Lucía se muera de una puta vez!” Y ahí me cegué. Y ya no me bastaba con rajarlo y cortarle los huevos.


¿Qué os creíais, Picapiedras de mierda? ¿Qué no me iba a enterar?


Vuestro Rafa, vuestro asesino, sí, porque él sí que ha sido un asesino, ni siquiera supo terminar bien su faena. ¡Creerse que mi Luci ya estaba muerta y dejarla allí tirada, en el vertedero! ¡Cabronazo! ¡Hijo de puta! ¡Me cago en sus muertos!


Pero mi Luci es como su madre, es mucha Luci. No sé de dónde sacó las fuerzas para arrastrarse, ni sé cómo la encontró mi Juan medio muerta cuando trataba de llegar a casa. Antes de entrar en coma le dio tiempo de contarle a su hermano la verdad, Picapiedras cabrones. Lo único que mi niña quería era decirle al Rafa que la había dejado preñada el día que la violó. No quería más que eso. Escupirle en la cara.


¡Si mi Luci no se hubiera quedado en coma después de la paliza de ese desgraciado! ¡Si nos hubiera dicho, a su madre o a mí, lo que había pasado…! Aunque creo que hubiera dado lo mismo. Por más que estemos en el siglo XXI, la honra es la honra y hay cosas que solo se pagan con la sangre y con la vida.


¿Qué hubieras hecho, mi niña? Te habríamos apoyado en to, se hubiera hecho lo que tú quisieras, que no hay deshonra en lo que te hicieron nada más que para ese malnacido. Tú eres inocente, corazón mío, como inocente hubiera sido el niño o la niña que ese hijo de puta te sacó de la barriga a patadas. Pero eso sí que te dio tiempo de decírselo a tu hermano. Y menos mal que vi a Juan coger la faca, que, si no lo llego a ver, sería él el que estaría ahora aquí sentado, y tu madre no puede perder otro trozo de su vida, que igual tu hermana está ya con Dios y yo no he podido ni enterarme, y enterrar a dos hijos hubiera sido como enterrarse ella en vida.


¡Mi madre! ¿Cómo no te he visto, mama? ¡El alma del clan, y te has sentado al fondo! Que escucho desde aquí tu corazón a la par que el mío, que no sé cómo te han dejado venir. O sí, que les habrás dicho que tú fuiste la que me trajo al mundo y que tienes que estar conmigo cuando me vaya de él. Como si te oyera. ¡Mamá! Ayuda a la Mercedes, cuida de tus nietos, qué digo, si no hace falta que te lo pida, si lo estoy viendo en tus ojos desde aquí.


¿Y ahora qué coño pasa? ¿Quién es el tío que acaba de entrar? ¿Qué pinta aquí con un papel en la mano?


¡Guardias cabrones, sacad las pipas, imbéciles, que los Picapiedra se están levantando! ¿Qué?… ¿Qué hace ese otro tío corriendo por el pasillo? ¡Suelta a mi mujer, gilipollas, suéltala te digo!


¡Mercedes! ¡Mercedes! ¡Mierda! No puedo gritar, tengo la garganta llena de polvo, ¡Mercedes! ¡Mercedes!


—Manuel, ¡Manuel!


¡Suéltame, guardia cabrón! ¡Dile al cabrón de tu compañero que suelte a mi mujer! ¡Que no saquen las facas los Picapiedra! ¡Mercedes!


—¡Manuel! ¡Escúcheme, Manuel! El juez ha ordenado detener la ejecución. Van a revisar su caso.


¿Qué?


—Manuel, que no hay ejecución, ¡quédese quieto, coño!


¿Qué no hay ejecución? Pero ¿cómo es posible? ¿Por qué la han suspendío? Tié que haber pasao algo, pero el abogao no tenía más defensa pa mí, no había más testigos de toa la historia. La única que hubiera podío decir algo hubiera sío…


Mama, te lo juro, mama, no vuelvo a ponerte cara larga cuando reces el rosario. Que vas a tener razón en que hay un Dios. Que la única que podía decir algo más está en coma, pero ¿y si se ha despertao?


Dios, haz que me sujeten los guardias, por lo que más quieras, que ahora sí que las piernas no me sostienen más.


Que me maten o me enchironen otra vez, pero, por Dios, que me alguien me diga que mi Luci está despierta.

Adela Castañón


Imagen de rsossat en Pixabay

Los mandamases y la maestra

Las fragolinas de mis ayeres.

A mi madre y a todas las maestras que han pasado por El Frago.

Aquella tarde estaba jugando al guiñote con el maestro, contra el secretario y el veterinario. Durante la partida, en el café de Rosendo, no se habló de otra cosa. De doña Filomena, la nueva maestra. La tercera en lo que iba de curso. Eran todas iguales, unas postineras. Pero esta, además de joven y presumida, era una sabelotodo que se enfrentaba al lucero del alba. Y eso yo no lo podía permitir en un pueblo de orden y la mandé llamar.

—¡Buenos días, doña Filomena! No tenga miedo que no le voy echar ninguna regañina.

—¡Buenos días, mosén! La verdad es que no sé por qué me ha llamado.

Me llamó la atención la calma con que me respondió.

—Pues verá. Me parece que no presta mucha atención a la enseñanza religiosa.

—No se confunda, mosén. Yo soy creyente y rezo con las niñas que quieren.

—Pues a eso voy. En religión hay que obligar. Estas libertades pueden traernos libertinajes.

—Yo… yo creo que si les damos un poco de libertad sus creencias se harán más fuertes.

—Espero que me haga caso. Además, le guardo mismo regalo que a las maestras anteriores. —Me giré hacia la mesa de la sacristía y tomé dos libros—. Aquí tiene El Año Cristiano y Flos sanctorum para lecturas de clase.

Antes de seguir con el asunto, me callé un momento. Esperé a que el veterinario, el maestro y el secretario levantaran la vista de las cartas.

Les conté cómo, aquella misma mañana, me había rechazado los libros. De forma altanera me dijo que solo ella se ocupaba de los asuntos de la escuela. Pero yo no lo tomé a mal, que el confesonario me había enseñado mucho en eso de la soberbia de las mujeres. Es más, para ver si la traía a buenas, a media mañana me acerqué a la escuela con La perfecta casada de Fray Luis de León. Y delante de las chicas me dijo que no pensaba leer ese panfleto.

En ese momento todos dejaron las cartas encima de la mesa. Y el maestro, que había notado que la nueva maestra solo tenía ojos para el médico, se animó.

—No llevaba aquí ni dos días cuando los chicos ya me dijeron que no querían rezar. Y uno de los pequeños fue el que se atrevió a decirme que la maestra había colgado un crucifijo pero que ella no rezaba ni obligaba a las chicas.

—Esto es motivo para echarla del pueblo —exclamó el dueño del café desde el mostrador.

Yo, como si no lo hubiera oído, seguí con mi cantinela.

—A mí no me la pega. Que cuando le he preguntado por qué se había llevado el crucifijo en la cartera y no lo había dejado en la escuela, me ha contestado: “Es que no quiero que se manché con el hollín de las paredes de ese antro que me han asignado como escuela. Además, en mi casa estará mejor guardado”.

Respiré un poco para ver las caras. Se estaba caldeando el ambiente, y seguí:

—Pues yo sé de buena tinta que los masones arramblan con las vírgenes y santos. Así que igual estaba metida en el robo del Niño Jesús de Praga, que acababa de desaparecer de la iglesia.

Al oír esto el veterinario y el maestro, que iba de pareja conmigo, se santiguaron.

—Bueno, mosén, que esto son palabras mayores. Vamos a acabar la partida y luego hablaremos —dijo el veterinario.

—¡Las cuarenta! —grité.

Entonces el secretario, que jugaba contra mí, se puso de pie.

—Espero que no se haya inventado la patraña del Niño Jesús para despistarnos y ganarnos la partida.

—Y yo espero que esto sea un arrebato de mal perdedor. —Me puse de pie y levanté la voz—. No me gustaría tener que ir a la caza de brujas y de masones.

—¡Por Dios, mosén Genaro! —me respondió el secretario y yo me volví a sentar—. No me esperaba esto de usted después de tantos años juntos.

—Tenga cuidado con lo que dice —le contesté—. Aquí sabemos de qué pie cojea cada uno. Y más cuando usted prefiere ir a confesarse con otros curas fuera del pueblo.

—Venga, sigamos con lo nuestro. Que me parece a mí que esta maestra nos está sacando a todos de nuestras casillas —dijo el maestro.

—No será para tanto. —El dueño del bar le pasó una mano por el hombro al secretario—. Todos conocemos a mosén Genaro y gracias a él van las cosas bien en este pueblo.

Rosendo se sentó a mirar en una esquina de la mesa y cuando acabamos de jugar comenzó con una de sus monsergas.

—¡Dónde se ha visto que unas alumnas manden más que la maestra! Si ustedes que tienen autoridad no tercian en el asunto, pronto se nos habrán subido a las barbas las crías, la maestra y las mujeres.

—¡Eso no lo permitiremos nunca! No dejaremos que Satanás entre en nuestras casas. —Me subía tanto calor desde el pecho que me sofocaba—. Lo mejor será que el domingo la amoneste desde el púlpito.

—¡Un poco de calma! —terció el veterinario—.No saquemos las cosas de quicio.

—A mí me va bien que sigan viniendo a mi café. Pero, si algún día me las tengo que ver con mi mujer y con mis hijas y ustedes no han hecho nada, me cagaré en sus muertos —se envalentonó el dueño del bar.

Entonces entró el médico. Rosendo volvió al mostrador a servirle un carajillo bien cargado de ron. Mientras se lo preparaba pensaba: “Con este, como con el secretario, no sé a qué carta quedarme. Unas veces la critican y otras dicen que con ella ha llegado un aire fresco. No sé, no sé, me tienen un poco mosca”.

Don Valero aprovechó la espera y me dijo al oído:

—He hablado con doña Filomena y está descontenta con lo que le ha dicho esta mañana.

Acto seguido, continuó en voz alta para que lo oyéramos todos:

—Esto se está pasando de castaño oscuro.

El medico se acercó a la estufa y mientras se calentaba las manos y me contestó:

—Pues ahora el que me voy a pasar soy yo. Quiero que sepa que a mí, y a muchos del pueblo que no se atreven a hablar, nos parece que la Iglesia no tendría que meterse tanto en estos asuntillos mundanos, como los  llaman ustedes.

—¡Quéé diice! Hasta hace unos años las escuelas estaban en manos de la Iglesia para evitar los desatinos de los liberales en la formación de las almas de los niños. Cuando nos las quitaron nos pareció mal que entraran maestros, pero luego, con las maestras, las cosas fueron de mal en peor. Y no sé adónde nos llevara el señor Romanones con el nuevo Ministerio de Educación. Algún día se acordarán de mosén Genaro.

Después de aquella tarde me pareció que la maestra se había calmado, aunque el cartero me dijo que un día sin otro enviaba cartas de protesta a la Inspección. Así que una mañana, cerca ya de Semana Santa, me presenté en el Ayuntamiento. Cuando comencé a hablar el alcalde me alcanzó una nota que acababa de escribir.

El mes que viene, con el comienzo de la Semana Santa prescindiremos de sus servicios. Ya tenemos contratada otra maestra para la vuelta de vacaciones. El Frago, 12 de febrero de 1902.

Cuando el alguacil le llevó la nota, la vi que salía de su casa hacia El Terrao. Aproveché que estaba ensimismada, escuchando el ruido del río desde la barbacana, y me acerqué. Oyó mis pasos y se volvió como una gripiona.

—Mire, mosén Genaro, por su culpa y los mandamases como usted, las mujeres de este pueblo no irán a la escuela y se pasarán la vida subiendo cántaros de agua por esta trocha de cabras.

Se dio la vuelta y se fue pisando barro con unos zapatos rojos de tacón alto.

Carmen Romeo Pemán

Relato publicado en la revista cultural de El Frago, Entre picarazones. Número III, octubre de 2922Foto de Modesto Montoto.

La casa nueva


Lunes:


Es el primer día en mi nuevo hogar. He dejado temblando la cuenta del banco con la hipoteca, pero lo he conseguido. Nada puede enturbiar mi alegría. ¡Mi primera casa! Me va a tocar chuparme la reforma yo sola, menos mal que siempre he sido manitas y no hay nada que se me resista. Es una de las cosas que le molestaba a Darío, que no lo necesitara para colgar un cuadro o cambiar una bombilla, y es que el amor puede resultar asfixiante a veces. En fin, el pasado ya no importa: tengo en la cocina la hornilla de camping y el colchón en el dormitorio, así que no necesito más para empezar mi nueva vida. La fontanería funciona genial a pesar de que la casa tiene no sé cuántos años, o igual es gracias a eso, que antes hacían las casas de otra manera. Empezaré por rascar el papel de las paredes, que da pena verlo. Iré de arriba abajo, así que declaro inaugurado mi diario y me voy a la buhardilla a empezar a trabajar.


Martes:


Ayer empecé a rascar el papel pintado por la esquina de la izquierda y me llevé una sorpresa. El primer trozo salió con facilidad, y debajo, sobre la pared, había algo escrito. La curiosidad me pudo y bajé a la cocina en busca de un trapo para limpiar el ojo de buey, que es lo único que da luz a la buhardilla. Tengo que acordarme de comprar una bombilla para este sitio, porque en cuanto oscurece cuesta trabajo ver bien, y más en días lluviosos como hoy, pero me entretuve tanto intentando descifrar lo que había escrito que se me hizo tarde para ir hasta una tienda. Vivir en un sitio tan aislado es un sueño, siempre quise algo así, pero también tiene sus inconvenientes. A pesar de que el cristal cierra de maravilla, a veces noto una corriente de aire que no sé de dónde viene.


Miércoles:


Mi casa debe de tener más años de los que yo suponía. Lo de la pared está escrito en un castellano muy antiguo, es como si estuviera leyendo una novela de época. La letra es redondeada, como de señorita de escuela privada. Pensé que sería alguna anotación aislada, pero empiezo a creer que ocupa toda la pared. Me da la sensación de que también es una especie de diario, como el que yo he empezado a escribir. Y he aplazado el resto de la reforma porque la historia me tiene enganchada. Parece que también en esa época, sea la que sea, existían los novios cabrones, porque lo que escribió la autora apunta todo en esa dirección: no la deja conceder bailes a otros caballeros, no quiere que vaya a comprar cintas y encajes (eso me ha hecho partirme de risa) ni siquiera con la gobernanta; solo quiere que salga con él. Al avanzar en la lectura me va entrando cada vez más frío, no soy supersticiosa, pero la criatura que escribió todo eso podría haber estado espiando mi vida hasta llegar aquí.


Jueves:


Esa tía era idiota, se dejó convencer para venir a ver esta casa por no discutir con sus padres. El capullo le ha pedido matrimonio y se la quiere camelar presumiendo de casoplón. ¡Pero, por muy buen partido que sea, hay que estar loca para ceder! ¡Jope! ¡El muy cabrón la ha encerrado en esta buhardilla! Anda que menos mal que yo no soy supersticiosa, porque el color de la tinta, con este tono de óxido que tiene, se me ha figurado que igual era sangre. ¡Menuda imaginación tengo! He seguido leyendo y ahora sí que se me han puesto los pelos de punta: el tío le ha dicho que vivirá aquí para siempre, como una reina, que él procurará que no le falte de nada, ¡pero no la deja salir y es el único que entra en esta zona! Mañana sin falta tengo que ir a comprar la bombilla. Estoy tan enganchada a la lectura que me paso las horas muertas aquí. A este paso no sé cuándo terminaré mi reforma.


Viernes:


Me parece que voy a dejar de arrancar el papel, y a taparlo todo con pintura impermeabilizada. Me estoy volviendo paranoica. Ayer leí que el monstruo, porque no lo puedo llamar de otra manera, le había hecho un poema a la pobre prisionera y me pareció que la corriente de aire era en realidad un susurro de alguien a mis espaldas. ¡Menudo susto me di! Se me quitaron las ganas de seguir leyendo y bajé por pies a la cocina para hacerme un chocolate caliente. Me vi de refilón en el espejo del pasillo, no parezco yo, con esos ojos desorbitados, con el pelo enmarañado. Mejor me doy una ducha y ya veré mañana cómo se le daba la poesía al cabronazo ese. La chica ha escrito con trazos más gruesos una sola palabra, toda en mayúsculas: ¡HUYE! Debe estar tan desesperada que ya habla consigo misma, pobrecilla, qué pena me da.


Sábado:


No puede ser. El poema alaba los ojos pardos de la chica y los puntitos verdes que rodean el iris, su pelo castaño, rizado y suave que le llega a los hombros, el lunar que tiene en la mejilla derecha y el antojo con forma de fresa que, desde que nació, es la única marca de su cuerpo perfecto y está en la muñeca izquierda. He parado de leer. No puede ser. Yo tengo un lunar así, y tengo esa marca, la tiene también mi abuela, la he visto en fotos de cuando era joven. Tengo que preguntar a mi madre por mi abuela, es curioso, no recuerdo que se hable de ella en la familia y solo sé que murió joven. ¿O que desapareció? ¡Pero qué tonterías pienso! Debería haber prestado más atención a las historias familiares, sé que tuvimos antepasados con dinero, pero… ¿esta casa…? Mejor sigo leyendo mañana, que a este paso acabaré loca.


Domingo:


El viernes debí hacer lo que pensé: pintarlo todo y clausurar esta buhardilla. Ahora es tarde. Esta mañana subí y terminé de leer el poema. Es la declaración de amor de un loco que promete repetir eternamente en el oído de la chica sus promesas de amor. La puerta se ha cerrado y no consigo abrirla, tengo las uñas destrozadas. Me equivoqué al no hablarle a nadie de la nueva casa porque primero quería sentirme segura. La soledad, que pensé que sería mi aliada, se ha convertido en mi enemiga.
Ahora la corriente de aire viene de todas partes. Y está cargada de susurros.

Adela Castañón


Imagen de Wolfgang Eckert en Pixabay

Y juntamos nuestros dedos

De Las fragolinas de mis ayeres

Aquella tarde, como otras, Felicia faltó a la escuela. Su madre se pasaba el día regando los huertos de los ricos y ella, antes de sus doce años, se las campaba sola. La maestra nos mandaba a buscarla y siempre volvíamos con un no sabemosdóndeestá.

—Eso es que no buscáis bien —nos contestaba—. O me mentís.

La verdad era que no sabíamos dónde se metía. Así que un día decidimos no ir a la escuela y hacer guardia en la entrada del pueblo. Nos sentamos en la Peña del Santocristo con los bastidores, como si estuviéramos bordando.

Al poco rato, vimos pasar a un pastor hacia la era de Prisco y lo seguimos de puntillas. Cuando llegamos a la era, lo vimos entrar en el pajar. Dejó la puerta entornada. En silencio, nos pusimos a mirar por las rendijas y vimos dos bultos agarrados que se movían con rapidez.

—Pobre pastor —dijo una de las pequeñas que se había colado entre nosotras—. Igual se ha encontrado con un bicho. Tendríamos que avisar a los hombres.

—Anda, calla —le contestó la que estaba a mi lado achicando los ojos para ver mejor—. No sé a qué has venido si tú no entiendes de estas cosas.

Poco a poco veíamos mejor los movimientos, pero no entendíamos los suspiros  que salían de aquellos bultos arrinconados.

Como se pasaba el rato, nos aburrimos de espiar y volvimos corriendo a la clase de labores.

—Perdónenos, doña Isabel. Hemos ido a buscar a Felicia, pero no sabemos dónde puede estar. Y eso que hemos preguntado a los que pasaban por la Cruz —le dijo una con un jersey verde.

Colocamos las telas en los bastidores, las tensamos con el tornillo que llevaban en el aro y nos sentamos en corro. De vez en cuando nos mirábamos de reojo.

A la salida nos esperaban los chicos. Les contamos todo. Nos pareció que no nos escuchaban, porque enseguida dejaron las carteras en un montón y se pusieron a saltar al burro. A nosotras no nos gustaba jugar con ellos, que siempre nos hacían trampas y, sin echar suertes, nos ponían de burros y ellos saltaban.

En el primer salto, A la una, salta la mula, nos echaban toda la fuerza encima y a veces nos dábamos una morrada contra el suelo. En el segundo, A las dos, pegó la coz, nos daban puntapiés en el vientre. Como antes de los tres saltos ya rodábamos por el suelo, se partida acababa allí. Por si fuera poco, nos acordábamos del día que le dieron una patada a la nieta del Luriés y comenzó a sangrar por sus partes.

Esa tarde, antes de que ellos acabaran de jugar, nosotras nos fuimos a casa. Sabíamos que lo de Felicia traería cola. Y así fue. Al día siguiente, después de comer no apareció ninguno por la escuela y el maestro vino a la nuestra hecho un basilisco.

—Con vuestras trapisondas me habéis alterado a los chicos. Esto se merece un castigo. —Sin decir nada más, se metió las manos en los bolsillos de un guardapolvo grisáceo y se fue.

Cuando sonaron las cinco en el reloj de la torre, corrimos hacia el pajar de Prisco. La puerta estaba entreabierta. Dos de los mayores le daban patadas al pastor. Lo habían atado con fencejos y le habían llenado la boca con excrementos de cabras.

—Viejo cabrón, tírate a las mozas de tu pueblo —era la voz del que llevaba un chaleco hecho de la zamarra de su padre.

En la otra esquina, cuatro estaban con Felicia. Los demás miraban con cara de bobalicones. A ella no la ataron, pero le metieron las bragas en la boca y le sujetaron los brazos y las piernas como si fuera un santocristo. Nos quedamos inmóviles y nos tapábamos la boca con las manos.

Luego siguieron los otros. Se quitaban los pantalones, cogían palos y se turnaban alrededor de Felicia. No podíamos ver qué le hacían. Por los movimientos bruscos y los ojos ensangrentados, suponíamos que le estaban dando una paliza.

—Y tú, puta, a ver si aprendes a no quedar con mozos de fuera. Entérate de una vez por todas que no permitiremos que nadie toque a nuestras mozas —la amenazó uno al que llamábamos el Moreno.

Felicia consiguió escupir las bragas, dio un grito como las mujeres cuando paren y  los chicos desaparecieron.

Entonces, unas desatamos al pastor y otras fueron con Felicia que, envuelta en una paja sanguinolenta, casi no respiraba. La limpiamos con los trapos de las labores, pero la sangre seguía manando entre sus piernas.

—Tranquila, seguro que te ha venido la regla —le dijo una de las mayores.

—No, no me ha venido aún —contestó con un hilillo de voz—. Mi madre dice que cuando me venga ya no podré esperar al pastor.

Antes de llevar a Felicia a su casa, una a una nos fuimos pinchando nuestros dedos índices con un alfiler de los de bordar. Yo pinché el de Felicia. Cuando brotaron las gotas rojas y brillantes, las juntamos y pronunciamos un conjuro:

Con esta sangre nos convertimos en hermanas. Nunca nos separaremos y nos defenderemos de los que se atrevan a tocarnos.

Dejamos a Felicia en su cama antes de que volviera su madre. La arropamos bien. Cuando volvíamos a nuestras casas, oímos unas risas en la Placeta. Los chicos estaban escondidos en el arco del Terrau.

—Esperamos que hayáis escarmentado en cabeza ajena —nos dijeron a coro, como si fuera una frase ensayada.

Echamos a correr sin volvernos a mirar. Desde ese día, nuestros juegos cambiaron. Nunca nos volvimos a juntar con ellos. Los maestros intentaron saber qué había pasado, pero nadie despegó el pico. Ese día las chicas, sin saberlo, nos hicimos feministas.

Carmen Romeo Pemán-

Sobre dos ruedas

Me levanto en silencio, trato de no despertar a Jorge, que ronca a mi lado. Ayer, mientras discutíamos, se bebió cuatro Johnny Walker bien servidos. Su límite está en dos. A partir de ahí, los ronquidos están garantizados. Y aún así me muevo con sigilo por la habitación. Saco del armario mis zapatillas deportivas y me acerco a la puerta del dormitorio con ellas en la mano. Tardo medio minuto en cerrar por fuera, el clic del picaporte apenas se escucha y suspiro muy despacio. Bajo descalza las escaleras, entro al garaje por la puerta de la cocina y descuelgo mi bici del gancho de la pared en el que lleva varios meses suspendida.

Regreso a la cocina. Prefiero salir por la puerta de la calle. La del garaje es demasiado ruidosa y además no he cogido el mando a distancia. Espero hasta alejarme de casa una distancia prudencial. Después de tantos meses es fácil que las ruedas chirríen al principio. Miro hacia atrás. No se ve ninguna luz y el alivio me hace soltar otro suspiro, esta vez algo ruidoso. Me subo en la bici y, después de casi un año, empiezo a pedalear. Al principio, mi cuerpo extraña un poco la vieja sensación de inestabilidad al ir sobre dos ruedas, me he acostumbrado al coche, con Jorge al volante y yo siempre de copiloto, a las rutas bien marcadas, sobre el asfalto, sin nada que haga peligrar mi equilibrio exterior. El interior es otra cosa, pero creo que no me había dado cuenta hasta ahora.

Tengo que decidirme. Alberto no deja de presionarme. Dice que está harto, que él ya ha dejado a su mujer por mí, y que ahora me toca a mí dar el paso. Pero yo no le prometí nada, no hemos firmado ningún contrato, le dije que esperase, que teníamos que pensarlo, que la precipitación no iba a llevarnos a ningún sitio, pero no. Tomó la decisión de manera unilateral. En eso es igual que Jorge, que siempre es quien elige a qué restaurante vamos, qué viaje haremos, qué nuevo aparato compraremos para la casa.

Pedaleo cada vez más deprisa. Me alejo de la urbanización por una de las calles laterales, entre dos casas, para no pasar por la barrera de la entrada aunque lo más probable es que el vigilante esté dando una cabezada a estas horas. No llevo nada encima, ni documentación, ni móvil, ni siquiera las llaves de casa, las he dejado detrás de la maceta que hay en la puerta del jardín. Si pudiera, ni siquiera llevaría puesto nada de ropa. Hasta mi propia piel me asfixia, ¿qué diablos me ha pasado? ¿Dónde, cuándo, me he perdido de mí misma?

No puedo seguir así. Alberto se lo ha jugado todo por mí, se lo debo. No para de repetírmelo y tiene razón. Debería sentirme contenta, él se va a ocupar de todo, ¡si hasta está pensando en hablar él con Jorge! Jura que cuidará de mí, pero eso es lo que también hace Jorge, o lo que hacía. ¡Ay, por favor, qué tonterías estoy pensando! Lo de Jorge ya han dejado de ser cuidados, ahora es otra cosa, ahora… me va a reventar la cabeza, no sé cómo llamar a lo que Jorge hace por mí, igual al principio sí que eran demostraciones de cariño, todo para protegerme, para hacer que me sintiera segura. Porque así es como yo me sentía, ¿o no? Segura, protegida, pero, entonces, ¿qué nombre le pongo ahora a lo de Alberto? Porque no es lo mismo que Jorge, ¿no? ¡Maldita memoria! Soy incapaz de recordar con objetividad cómo era todo antes. Y necesito aclararme, pero no hay manera. Me van a volver loca entre los dos.

La rueda delantera tropieza en un bache y estoy a punto de caerme. Me está bien empleado por ir así, a tontas y a locas, dejando que mis pensamientos me distraigan y sin fijarme en nada. Es curioso, a pesar de llevar un año viviendo aquí nunca había explorado esta zona. El camino es de tierra, apenas está marcado, y se bifurca cada dos por tres. Y no me había fijado en la abundancia de árboles. Bajo un poco el ritmo para mirar hacia el cielo unos segundos y freno de golpe. Estoy a punto de caerme, pero solo me doy un golpe con la barra en la ingle que me hace ver las estrellas. O eso quisiera yo, ver las estrellas. Porque cuando llegué a casa hacía una noche preciosa, despejada. Pero ahora, de pronto, me doy cuenta de que no sé dónde estoy, no veo el cielo y, sobre mi cabeza, solo distingo las sombras de árboles que se mueven y susurran. Aguzo el oído. Antes solo escuchaba de vez en cuando un chirrido al pedalear, pero el silencio se rompe con el ulular de un búho. Un perro aúlla a lo lejos. Siento alivio, los perros son sinónimos de civilización. De pronto, aunque la temperatura es cálida, el vello de los brazos se me eriza. Los lobos también aúllan. Y no sé cuántos kilómetros habré recorrido. Me miro la muñeca izquierda y recuerdo que no llevo reloj. Una rama cruje detrás de mí. Doy un salto y empiezo a pedalear como una loca, sin llegar ni siquiera a sentarme en el sillín.

Parece que el camino se estrecha, pienso que el faro de la bici ha perdido fuerza, aunque sé que es mi imaginación. Estoy perdida en todos los sentidos, literal y metafórico. Empiezo a llorar. Giro a tontas y a locas en cada cruce, en cada bifurcación. Cuando llego a ellas mis ojos me traicionan y veo flechas indicadoras inexistentes con los dos nombres: Alberto, Jorge. Derecha, Alberto. Izquierda, Jorge. Sé que son alucinaciones y sigo pedaleando, cada vez más perdida.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy helada. Hace rato que empecé a sudar y ahora las gotas de sudor sobre mi piel se han enfriado. Me bajo de la bicicleta. Vuelvo a mirar al cielo, y me da la impresión de que hay un leve atisbo de claridad. Respiro hondo un par de veces y observo lo que me rodea. Elijo un árbol que hay a unos tres metros, y trepo a él. Me muerdo el labio cuando una rama me araña la rodilla, pero me agarro al tronco con más fuerza. Ahora no puedo dejarme caer. De pronto, veo a mi izquierda, a no mucha distancia, una línea de plata que me parece una varita mágica. Es la autopista. Y sí, está empezando a amanecer.

Me bajo del árbol. El camino vuelve a tentarme con una encrucijada, pero lo ignoro. Sujeto la bici y me abro paso entre los matorrales. Empiezo a pensar en alternativas y, de pronto, se me ocurre una tercera vía, como esa autopista hacia la que me dirijo, y en la que solo estoy yo.

Adela Castañón

Imagen de pexels en Pixabay

Las dosdedos

Las fragolinas de mis ayeres

Siempre nos había llamado la atención la cantidad de mujeres a las que les faltaban tres dedos de la mano derecha. Les quedaban el índice y el pulgar, que los utilizaban a modo de pinzas, con tanta fuerza y agilidad como los cangrejos que pescaba en el río con mi abuelo.

Nadie hablaba de las dosdedos, como eran conocidas, pero nosotras lo comentábamos en clase.

—A lo mejor es propio de alguna casa —decía una que siempre se estaba tocando la cola de caballo.

—Hija, no ves que no puede ser, que no son parientes —le contestaba su compañera de pupitre.

—Esto te lo creerás tú, que en este pueblo todos somos parientes. Mira, mi madre me dice que llame tíos a todos y así acertaré —respondía la de la cola de caballo dándole un codazo.

Las dosdedos, cuando no trabajaban, solían llevar las manos metidas en el bolsillo del delantal, pero nosotras aprovechábamos cualquier descuido para fijarnos en sus muñones deformes. Los pellejos se habían unido formando bultos, entre rojizos y morados, que resultaban repelentes. Se notaba que no las había atendido el médico. Si las hubiera atendido les habría dado puntos y los muñones no serían tan feos.

En la misa de los domingos, llevaban unos guantes de cabritilla con los dedos rellenos de trapos y sus manos parecían normales. Mientras bisbiseaban sus rezos a santa Rita, las juntaban para que todo el mundo las viera. Con el pulgar iban pasando las cuentas de un rosario.

El caso era que a estas casi-mancas las consideraban más fuertes que a las demás. Por las tardes íbamos a los carasoles a verlas hilar. El huso giraba entre sus dedos como las peonzas de los chicos en la plaza. Yo me quedaba mirando, extasiada, como si viera un milagro.

Un año, mi madre habló con la señora María, mondonguera muy nombrada, le dijo que si nos podía echar una mano en la matacía, que le pagaría bien. Con sus dos dedos ágiles le cundía mucho el trabajo. Nadie le ganaba a embutir las morcillas ni a dar vueltas a la capoladora.

Cuando la vi entrar, volví a pensar que, si su defecto era de nacimiento, ya no echaría en falta los otros dedos. Yo creía que, a cambio, Dios le había dado un don. Pero una me iba y otra me venía. También pensaba que no podía ser de nacimiento, que todas las chicas teníamos los cinco dedos.

Llegó al punto de la mañana y puso a hervir los calderos de agua, con los que escaldaría la piel del cerdo. Así era más fácil pelarlo. A continuación siguió dando órdenes para tener todo a punto cuando llegara el matarife. En el momento que lo oyó llamar, me dijo;

—Venga, prepárate, que hoy vas a ser tú la mondonguera.

Me pilló de sorpresa. Seguro que lo habría hablado con mi madre, pero a mí no me habían dicho nada. Me colocó una toca blanca, me ató un delantal, también blanco, y me dio un barreño de porcelana, especial para recoger la sangre.

—¿No tendrás la regla?

—No, aún no me ha llegado. ¿No ve que solo tengo trece años?

—Pues a tu edad yo ya la tenía. Pero ya me habían enseñado estos menesteres.

Como vio que me salían los colores, continuó:

—Es que si sale sangre de tu cuerpo se corta la del cerdo y se echa todo a perder. Aquí no pueden cogerla ni las mozas ni las casadas, por si acaso. Solo las jóvenes como tú y las viejas como yo. Que a veces el nuncio llega de repente.

Tienes que prestar mucha atención. Es una faena muy delicada. A medida que caiga la sangre caliente, como de una fuente, tienes que removerla con la mano derecha y, sin parar de dar vueltas, quitar las venillas y coágulos que vayan apareciendo. No puedes dejarla quieta hasta que se enfríe. Si se coagula hemos perdido todas las bolas y morcillas de este año.

El animal salió de la pocilga chillando. El matarife lo agarraba por la papada con la punta picuda de un gancho y lo arrastraba hacia la bacía, o gamella. Yo que ya estaba de rodillas, intenté levantarme y echar a correr. Pero la señora María me cogía la nuca con los dos dedos y me clavaba sus uñas de garduña. Con la otra mano colocó el barreño muy cerca de la bacía.

De repente el cataclismo. Echaron al cerdo encima de la bacía, puesta del revés, como si fuera una mesa baja. Entonces, el matarife se colocó la punta redondeada del gancho en su pantorrilla y con un golpe certero le clavó en el cuello un cuchillo cachicuerno. Entre seis hombres forzudos casi no podían sujetar al bicho, cuyos chillidos se oyeron en todas las casas del pueblo. Algunos dirían: “Mira, en casa Puyal hoy es fiesta, están de matacía”.

Cuando el cuchillo le penetró por el cuello hasta el corazón, saltó al barreño un chorro de sangre. Sentí miedo y otra vez me quise levantar, pero la mondonguera seguía sujetándome la nuca y no me dejaba mover.

—Anda, acércate más, tienes que poner la mano justo debajo del chorro.

—No puedo, no puedo. Creo que el cerdo se me va a comer la mano.

—Que no se diga que una moceta de casa Puyal no se atreve a coger la sangre. Quedarías marcada para toda tu vida y ni siquiera encontrarías novio.

Con el corazón en las sienes seguí sus órdenes. Hasta que el cerdo dejó de chillar y yo comencé a aullar.

—¡Se me ha comido la mano!

—No será para tanto. Sigue, sigue, no puedes pararte ahora

Yo notaba cómo se mezclaba mi sangre con la del cerdo. La señora María, sabedora de lo que pasaba, metió su mano. Comenzó a dar vueltas y en lugar de coágulo saco tres dedos, los enseñó como un trofeo y los echó a la pocilga

Tardó más de un año en curarme la mano. Tía Petronila, que también era una dosdedos, me ponía pañicos de lino empapados en cera virgen. Los guardaba en una lata de Mantecadas de Astorga bien cerrada.

En cuanto pude volver a la escuela, el tiempo me faltó para para contar en voz bien alta lo que me había pasado. Un alarido salió por la ventana, recorrió las calles del pueblo y siguió por el camino de Santa Ana hasta que hizo eco con el ábside de la iglesia.

Yo soy la última dosdedos del pueblo.

Carmen Romeo Pemán.

Mosen Matías

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas Aragonesas

Como todas las tardes, me senté debajo del emparrado que había a la entrada del pueblo. El ruido de un coche rojo me sacó del sopor de la siesta. Subía renqueante por la cuesta, el tufo de la gasolina inundó el ambiente y pensé: «¡Se acabó la tranquilidad! Estos veraneantes son una plaga. Llegan como si fueran los dueños del pueblo».

Como de natural soy un poco curioso, me levanté del poyo con ayuda del bastón. En ese momento, el coche paró delante de mí y se abrió la puerta del conductor. Con el sol de cara no podía ver bien. Me puse las manos en forma de visera y distinguí la silueta de una mujer de unos cuarenta y pocos años.

–¡Buenas tardes, mosén! –me dijo mientras se quitaba las gafas de sol, se ajustaba la bandolera al hombro y se echaba la melena rubia hacia atrás.

De repente me quedé parado. Entonces ella cerró la puerta y desapareció por la calle que llevaba a la plaza.

Esa voz me decía algo. Se parecía a la de María, la hija de la Bernarda, que ya descansaba en paz. Pero había pasado tanto tiempo después de todo aquello que ya no estaba seguro de nada. Si no hubiera sido por el lumbago, me habría acercado para asegurarme.

Hacía muchos años que María se había marchado del pueblo. Me acuerdo muy bien. Se fue llorando por el camino del puente y ya no volvimos a verla. Fue el día que se enteró de mis relaciones con su madre.

Como era una joven impulsiva y rebelde no quiso atender a razones. ¡Y mira que intenté explicárselo! Pero ella que no, que yo había querido engañar a la Bernarda y que se avergonzaba de su madre. Era demasiado joven para entender lo difícil que le resultaba a su madre vivir con un borracho que le pegaba. Por eso se vino a confesar. Quería decirme que iba a abandonar a su marido. Y yo que no, que la obligación de la esposa era estar sujeta al marido. Pero la vi tan empecinada que comencé a darle vueltas y a pensar cómo podría ayudarla. Porque la Bernarda era una de esas mujeres bondadosas, incapaces de levantar la voz a nadie.

Después de mucho cavilar, un día le propuse que viniera a hacerme las faenas de casa. Que le pagaría bien y ella podría llevarle dinero a su marido. Que así la dejaría tranquila si tenía asegurados los cuartos del vino y del juego. En esa conversación me enteré de que la Bernarda, y todo el pueblo, estaban al corriente de que yo aliviaba mis necesidades de hombre con algunas mujeres que no llevaban buena fama. Porque, de repente, me espetó:

–Mosén, si me paga bien, no tendrá que comprar favores a nadie. Usted me arregla la vida a mí y yo se la arreglaré a usted.

Así fue como entró en mi casa. Después, poco a poco, nos fuimos encariñando, que los dos andábamos faltos de afecto. Al cabo de un tiempo, estábamos enamorados como dos tórtolos. Y ya no nos importaba nada ni nadie. Pero el día que me dijo que estaba preñada sentí una punzada en la boca del estómago.

Al principio fue fácil ocultarlo y hacerle creer al marido que era el padre de la criatura. Con el tiempo, se desataron las lenguas. Se empezó a correr que la niña se me parecía, y que hasta tenía un gran lunar en la mejilla izquierda, como el mío. Pero todo se desbarató cuando uno de los pretendientes de la muchacha le dijo que era hija del cura y que su madre era una barragana.

Vino hecha un basilisco y se descaró conmigo.

–¡Usted mismo me enseñó los Mandamientos de la ley de Dios. Creo que el octavo era No dirás falso testimonio ni mentirás. El noveno, No consentirás pensamientos ni deseos impuros. Y el décimo, No desearás a la mujer de tu prójimo. Pues usted ha cometido tres pecados mortales. Ha pecado contra el octavo, el noveno y el décimo. Y, como no se puede confesar, que en el pueblo no hay otro cura, se va a quemar en el fuego eterno.

Yo intenté explicarle la verdad. Decirle que no era hija del pecado. Pero no me escuchó. Me escupió a la cara y empezó a correr por el camino que llevaba al pueblo más cercano. Desde ese día la estoy esperando para contarle la verdad.

Aquella tarde, la mujer del coche rojo me revolvió las entrañas. Cuando la vi alejarse del pueblo, me senté de nuevo en el poyo, justo en el otro lado del emparrado, desde donde podían divisar los cipreses del cementerio. Y, como todos los días, le conté a la Bernarda que desde que ella se murió la vida había dejado de tener sentido.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Fotograma de la película Journal d’un curé de campagne (1951)

Parapente

La mañana del martes, 14 de febrero, programé a la vez mi último capricho y mi suicidio.  Marga me había dejado destrozado hacía un mes al romper conmigo, mi trabajo se había resentido y mis ilusiones y mi ascenso en la empresa se esfumaron como el polvo en mitad de la tormenta que había sacudido mi vida.

Lo organicé todo: al día siguiente por la mañana volaría en parapente, al menos cumpliría mi sueño más antiguo, el que me acompañaba desde la infancia como una segunda piel. Por la tarde me metería en la bañera con el agua muy caliente, una copa de vino, el álbum de fotos y la cuchilla de afeitar. Un suicidio al estilo de un patricio romano sería una buena despedida, aunque no estaba seguro del todo de ser capaz de apretar la cuchilla. No le escribí a Marga ninguna carta. Mis últimos regalos para ella serían la culpa y la duda.

Llegué al club de parapente con tiempo. Mientras esperaba a que llegara la hora de mi vuelo, hice tiempo en el bar con un café con leche. A mi espalda, un tipo hablaba por el móvil.

—Tranquilo, campeón —decía—. Hoy volveré pronto, te prometo que llegaré a tiempo de soplar las velas contigo. —Hubo una pausa y una risa—. ¡Por supuesto que tengo un regalo para ti, no todos los días se cumplen ocho años, pero es una sorpresa, colega!

Miré hacia atrás de reojo. El tipo me daba la espalda. Llevaba puesta una cazadora marrón, con el cuello y los puños desgastados, y en el dorso de la mano que sujetaba el teléfono entreví el tatuaje de un delfín. Removí el café con la cucharilla y mis pensamientos se removieron a la vez hechos un torbellino. Había puesto mi vida en manos de Marga y ella me había cortado las alas sin importarle que yo cayera en picado.

Al poco rato, me dirigí hacia la zona que me habían indicado para mi vuelo final. Seguí las instrucciones del chico que me acomodó en el asiento. Me puso el casco y una especie de arnés, y enseguida escuché un “Hola” a mi espalda. “Soy su piloto”, me dijo el dueño de la voz, y añadió que yo no tenía que hacer nada, solo dejarme llevar, olvidarme de que él estaba sentado detrás y disfrutar de la experiencia. Asentí con la cabeza y despegamos.

Al principio todo fue bien. La previsión del tiempo había anunciado algo de viento, pero no tan fuerte como para interrumpir las salidas, según me habían dicho. Sin embargo, en cuestión de minutos, lo que había sido una leve brisa se convirtió en un vendaval que ninguna app de meteorología había previsto. El viento arrastró hacia nosotros una masa de nubes espesas, parecía que un alud de nieve se precipitaba sobre nuestras cabezas. El piloto era hábil, mantenía la estabilidad del aparato, pero lo que no esperábamos era encontrarnos dentro de la nube con una bandada de gaviotas de gran tamaño. Una de ellas se estrelló de lleno contra el pequeño motor de nuestro parapente, y la máquina empezó a girar sin control.

Caímos a tierra casi en picado. Yo tenía los dientes apretados en un rictus, mitad risa y mitad llanto. Al final me quedaría con la duda de si hubiera sido capaz o no de cortarme las venas.

—¡Levante los pies y agárrese fuerte! —escuché a mi espalda—. Voy a aprovechar esta puta ventolera para intentar planear. ¡Todavía tenemos una oportunidad!

Obedecí y me agarré a las correas con todas mis fuerzas. Cerré los ojos, de todos modos apenas veía nada entre la masa de nubes. La marcha fúnebre del aleteo de los pájaros quedó atrás cuando empezamos nuestra caída libre y ahora solo el aire silbaba en mis oídos y me hacía consciente del retumbar de mi corazón.

El golpe fue brutal, perdí el conocimiento, no sé si durante segundos, minutos u horas. Cuando me recuperé, vi brillar a mi lado un cristal afilado: el antifaz que me habían puesto antes del vuelo se había roto, y había un trozo de vidrio al alcance de mi mano. Moví despacio los brazos y las piernas sin sentir más que un dolor bastante soportable. Giré entonces el cuello hacia el otro lado. El piloto estaba sin sentido, o tal vez muerto. Se había dado la vuelta cuando estábamos llegando a tierra, haciendo que yo quedara encima de él, y su cuerpo absorbió toda la fuerza del impacto. Me dieron ganas de decirle que no había hecho falta su sacrificio, que me hubiera hecho un favor intentando salvarse él. Miré de nuevo hacia el cristal del otro lado, y lo agarré con firmeza. Al final, sí que iba a salirme con la mía, aunque fuera sin bañera, ni vino, ni fotos. Cuando estaba a punto de apretar el vidrio contra mi piel, un gemido me hizo mirar al piloto. Su pecho subía y bajaba muy despacio, y se llevó la mano derecha al cuello de la cazadora, que estaba tan desgastado como los puños. Miré con más atención y vi un delfín tatuado.

Solté el cristal muy despacio, y me di la vuelta. Observé el cielo, escuché el piar de algunos pájaros, una ráfaga de brisa me rozó la mejilla como la caricia de algún ángel invisible. Respiré hondo y sentí cómo el aire llegaba hasta mis pulmones. La barbilla me empezó a temblar.

Metí la mano en el bolsillo de mi propia cazadora y saqué el móvil. Lo desbloqueé con un dedo y comprobé que funcionaba. Entonces, cuando empecé a marcar el número de emergencias, me pregunté cuál sería el regalo de cumpleaños de un niño que esperaba soplar sus velas y empecé a llorar sintiéndome vivo.  

Adela Castañón

Imagen: Gerhard Bögner en Pixabay

El intruso

Cuentas los días para matarlo a sangre fría. Mientras tanto, intentas vivir, en silencio, mirando a la cara a los tuyos para disimular. Pero cuentas los días. Esperas. A veces, solo a veces, consigues dormir.

Vigilo tu sueño, tus ojos danzan como locos y hacen que tus párpados se muevan y vibren a toda velocidad. Entonces sé que estás en ese mundo gris en el que has ido un paso más allá, lo sé porque cuando estás despierta nunca sonríes, pero, cuando duermes, bajas la guardia y el inconsciente olvida cerrar una grieta por la que tu sonrisa se asoma a tu rostro, desesperada por una bocanada de oxígeno que le recuerde que aún existe. Y esa sonrisa me cuenta lo que tus labios se empeñan en callar y en negarme por mucho que te lo pida de mil maneras sin hablar, sin descubrirte que lo sé todo acerca de ese invitado no deseado que se ha colado en tu vida.

Cuando te despiertas, siempre lo haces boqueando, como un pez fuera del agua. ¿Dónde te sumerges mientras sueñas? ¿Compartes acaso con él o con ella ese líquido amniótico en el que reina el silencio? ¿Le hablas? ¿Te habla? ¿Qué os decís?

No sabes que los del laboratorio llamaron por teléfono antes de que llegara la carta con el resultado de la analítica. Dijeron tu nombre y yo me limité a responder “Sí”, como siempre que llaman al fijo para dejarte algún recado desde que los chicos del instituto se empezaron a fijar en ti. No necesité más para imaginarlo todo. Entendí de pronto tu interés por mirar el buzón de la casa, tu esfuerzo por disimular el asco cuando te pongo de comer cosas que siempre te han encantado. A mí me pasó igual contigo durante los tres primeros meses, y luego me ocurrió también con tus dos hermanos. Después se pasaba, gracias a Dios. Pero, aunque los nueve meses hubieran sido igual de malos, me habría dado igual. Los tres sois lo mejor que tengo. Quisiera decírtelo, pero tengo miedo de descubrirme, de que sepas que lo sé, de que eso te impulse a tomar la decisión equivocada.

Yo también conté los días para matarte a sangre fría, también disimulé, también vomité a escondidas, sobre todo a escondidas de mi padre. Creía que la solución de aquello solo pasaba por matar a alguien, que tenía que elegir entre tú y yo. O tú desaparecías, o yo dejaba de pertenecer a mi familia, qué cosas, ¿verdad? Iba a decirte que eran otros tiempos, que mi familia era mucho más intransigente, pero no sé si te serviría. Creo que, ante una encrucijada como la tuya, todo sigue siendo más o menos igual de confuso, igual de amenazante, igual de difícil.

Suspiro de alivio cada vez que arranco una hoja del calendario. El tiempo juega a mi favor. Y al tuyo, y al suyo, aunque tú no lo sepas. Espero que él o ella siga agarrado al cordón invisible que estáis tejiendo. Aunque lo ignores. El alimento le llega por el cordón umbilical, pero el amor va por el otro, por el invisible, por el que rezo para que no se rompa.

Hoy, mientras dormías, he tenido esperanza por primera vez. Tu mano derecha ha ido hasta tu vientre, todavía plano, y lo ha acariciado. He cruzado los brazos con fuerza para no tocarte yo también, para resistir el deseo de comprobar si eso significa lo que creo que significa. Sí, seguro que sí. Tiene que ser eso. Mis oraciones tienen que haber dado fruto.

Hija mía, ojalá abrieras ahora mismo los ojos. Entonces lo entenderías todo, sabrías cuál es la decisión correcta sobre la vida o la muerte de ese intruso. Lo sabrías con la misma certeza absoluta que yo sentí la primera vez que noté que te movías en mi interior.

Adela Castañón

Imagen: Sergei Tokmakov Terms.Law en Pixabay

Mi vestido de comunión

A Pilar Abós que me lo inspiró

De las fragolinas de mis ayeres

Desde que murió mi padre, tengo la foto de mi primera comunión en la mesilla. Dos semanas antes habíamos ido a Zaragoza en la tartana que nos prestó el abuelo, un médico famoso en El Frago y en los pueblos de la redolada.

Aparcamos en la plaza del Pilar. A las nueve en punto entrábamos en La Casa Blanca, una tienda especializada en vestidos de comunión. A mi padre todos le parecían caros y mi madre refunfuñaba:

—Joaquín, no seas tacaño que hoy paga el abuelo y me ha dicho que le compremos el mejor vestido. Un vestido de princesa.

Me pasé media mañana probando y probando. A mi madre no le gustó ninguno hasta que nos sacaron uno exclusivo de una modista de Barcelona. Era de seda salvaje, en un blanco roto. La falda caía en tres volantes rematados en borlas de seda. De un canesú de guipur salían tres volantes, como los de la falda, y una manga ablusonada. Lo remataba un tul de novia que se ajustaba a la cabeza con una diadema de plumas. Sobre esa, me colocaron otra de diamantes que llevaba mi madre en el bolso. Las plumas y los diamantes me daban un aire aristocrático.

Mi madre le pidió a la dependienta que me vistiera y me ajustara la faltriquera, el misal y el rosario de mi abuela. Con esta guisa llegamos a Fotos Ismael. En la fotografía que conservo, me veo sentada leyendo en un Libro de Horas, con guantes y un crucifijo grande. Parezco más una abadesa que una princesa.

Durante el mes que faltaba, hubo de un gran trajín en mi casa. Yo me pasaba los recreos hablando de mi vestido. Y, además, les decía a mis amigas que me lo había pagado el abuelo y que pasaría a comulgar la primera, con él y con mi abuela.

—¡Claro! Eso lo haces porque tu abuelo es el único que no viste calzón —me contestó una niña con las alpargatas remendadas

—Pues las demás iremos con nuestros padres, como se ha hecho siempre —terció otra con rodetes en la cabeza.

Por fin, llegó el día. En la entrada de la iglesia, el cura organizó la procesión de las comulgantas. A mí, como era la más alta me colocó la última, justo detrás de una niña vestida de negro, acompañada por los maestros. ¡Y eso que faltaba mucho a la escuela! Tiré de la manga del abuelo y bajó la cabeza para oír lo que le decía en susurros. Él me contestó:

—Es María, la hija de los pastores de la Corraliza. No pude hacer nada por aliviar a su madre de los dolores de un cáncer que le corroía las entrañas.

A final del verano, mi padre cogió el tifus y mi abuelo tampoco pudo hacer nada. Me vistieron de luto como a María. Me tiré encima de la cama y lloré y lloré. El suelo se abrió bajo mis pies. Quería olvidarme de los poderes mágicos del maletín de mi abuelo. Desde entonces ya no lo acompañé cuando iba a ver a que vivían en las pardinas y parideras del monte. Fue por entonces cuando empecé a jugar sola en el desván.

Me pasaba, horas y horas, sola inventando historias con los cachivaches. Un día decidí cumplir mi sueño. Me imaginé que era una princesa y que iba la primera en la fila de comulgantas. Por algo era la nieta de un médico famoso. Ya no pensaba jugar más con las chicas pobres. Así que, para empezar, tenía que ponerme el vestido de la comunión. Rebusqué los armarios y no lo encontré. Bajé las escaleras deprisa y le pregunté a mi madre.

—No lo busques más. Hace dos meses se lo pusieron de mortaja a María. Tu abuelo no pudo hacer nada contra el carbunco que le transmitieron las cabras.

No le contesté. Volví al desván. Rompí todos mis juguetes. Y, sin decir nada, salí a la plaza a jugar con las niñas del pueblo. En un rincón de mi memoria guardé el vestido de comunión junto a la tartana y el maletín de mi abuelo.

Carmen Romeo Pemán

Pilar Abós Torres. Fotos Ismael. Barbastro, 1952. Es propiedad de la autora.

La mejor arma

Por fin me había llegado el turno del campamento de iniciación. Mi padre y mi madre fueron, en sus respectivos años, campeones de su promoción y yo me sentía a la vez exaltado y acobardado. Ser el hijo de dos altos cargos de la realeza no era un peso fácil de llevar, pero por otro lado tenía la necesidad de no decepcionarlos, de superarlos, incluso. Yo había temido no poder ir, la amenaza de la guerra con otros países, que antes solo era una posibilidad remota, se había convertido en algo cada vez más próximo y el campamento estuvo a punto de cancelarse. Hasta última hora mis compañeros y yo no tuvimos la seguridad de poder asistir.

El acceso al lugar donde se ubicaba el campamento estaba siempre vigilado. No en vano era el lugar más sagrado de nuestra civilización, el jardín de los secretos. Estaba en el fondo de un valle. Desde arriba, al cruzar un paso de montaña, mis compañeros y yo lo vimos a nuestros pies, como una enorme serpiente de cuerpo sinuoso que delimitaban un montón de cabañas a cada lado, como si fueran escamas de piel. Lo que hubiera sido la cabeza de la serpiente se perdía dentro de una gruta con la entrada sellada por una cortina de agua cuyo rumor se escuchaba incluso desde nuestro mirador.

Nadie había contado nunca cuáles eran las pruebas que allí se planteaban. Lo único que trascendía al público era que todos salíamos cambiados de aquel lugar, con una profesión ya marcada que iba en función del resultado que obteníamos.

Aquel verano todos nos quedamos como estatuas al escuchar al monitor que nos recibió a nuestra llegada con estas palabras:

Las reglas de este año son sencillas. Hay una profecía que dice que en algún lugar de este campamento está el arma que puede evitar la guerra. Aquel de vosotros que la encuentre, será designado como futuro gobernante de la coalición de naciones que necesitamos formar para alejar definitivamente ese tipo de conflictos que acabarían por eliminar a la humanidad de la faz de la tierra. Hizo una pausa solemne y terminó diciendo: Eso es todo lo que van a escuchar de mí. Ahora, comiencen.

Mis compañeros y yo nos dirigimos a las cabañas. Todas estaban equipadas de la misma manera, solo se distinguían por el número de la puerta. Dejamos nuestros enseres y empezamos a explorar. Durante dos semanas descubrimos por los bosques circundantes todo tipo de armamento, pero ninguno tenía nada que lo hiciera parecer distinto de los demás. Pistolas y rifles con increíbles velocidades de disparo, más precisión en algunas automáticas, escudos que resistían proyectiles casi tan grandes como ellos…

Pensé en el desconocimiento que teníamos sobre las costumbres de los demás países que nos rodeaban, pensé en los motivos que podían haber provocado la chispa que prendió el incendio mundial, pensé en los muros que se alzaban entre las distintas fronteras, pensé que hacía falta tener una visión global, de conjunto, de muchas cosas que estaba fuera de mi alcance comprender.

Entonces miré al cielo. Entre el verde de las ramas de un árbol enorme, casi milenario, entreví algo de color más oscuro que se agitaba con la suave brisa de la tarde. Empecé a trepar y encontré algo que solo había visto en algunas ilustraciones antiguas en el desván de mi casa: un libro distinto al resto de los libros. Me acomodé en lo alto de la rama, lo cogí y me lo puse sobre las rodillas. Se me ocurrió que quizá en algún lugar de otro país habría en este momento otro chico leyendo un libro parecido.

El título del libro era “Diccionario multilingüe” y supe con total seguridad que allí estaba la mejor arma del mundo. Bajé del árbol con el libro entre mis brazos.

Aquel campamento marcó mi futuro y ahora soy el gobernante de mi país. La guerra nunca llegó a estallar, y hoy solo se la puede encontrar en los textos de historia.

Adela Castañón

Imagen: Walter Böhm en Pixabay 

Los ruejos del Arba

A mi nieto Sergio, que tanto le gusta andar por los ruejos.

Estábamos comiendo en silencio, todos atentos al parte en la radio, que así se llamaba el boletín de noticias. Cuando acabó el locutor, mi padre apoyó los codos en la mesa y me dijo en tono solemne:

—Alodia, tenemos que hablar muy en serio.

Me pilló tan despistada que no sabía de dónde podían venir los tiros. Llevaba muchos días portándome bien para que no me castigara.

—¿Qué he hecho ahora?

Se me cayó cuchara al plato y la sopa salpicó el mantel. Mi madre corrió a buscar una bayeta, ronroneando: “esta Alodia es una patosa. Mira que manchar el mantel que tejió el señor Benito”.

—No, no me mires con esa cara de susto que hoy no te voy a reprender. Hoy quiero hablarte de tu futuro. —Yo me puse en guardia. Aquellas palabras me sonaban peor que un castigo.

—¿De mi futuro? ¿Ha cambiado algo? ¿Ha pasado algo?

—No, hasta ahora nada, pero vas a cumplir diez años y tendremos que pensar en llevarte interna a la ciudad.

—¿Quéé? Pero si yo he quedado con mamá que no iría a las monjas hasta los catorce años.

—Eso son cosas de tu madre que no para de darme la murga con que ella te va a echar de menos y tú vas a pasar muchos cariños.

—Por favor te lo pido —junté las palmas de las manos—. Prepárame tú para el bachillerato como haces con los chicos.

—¿Lo ves? Lo que le digo a tu madre. —Se limpió los labios con la servilleta y siguió—: Aquí no puedes seguir con esa vida de chicazo.

La verdad es que solo pensaba en bajar a pescar al río. En verano los acompañaba a cortar espliego y se lo vendíamos al esplieguero. Yo llevaba media hoz roñosa que día me encontré en el Corronchal. A la vuelta la escondía entre unas matas de ortigas. Así no me la quitaría nadie.

—A ver, levántate la falda. Tu madre me ha dicho que llevas un corte en el muslo.

Cuando se lo enseñé me saltaron las lágrimas de rabia. No por la herida, que no me preocupaba, sino por mi madre. Me acababa de defraudar: “Palabrita del Niño Jesús.   A partir de ahora, nunca, nunca le contaré ningún secreto”, me prometí en silencio.

—Y tú callada, ¿eh? Mira, me he enterado por casualidad. Se le ha escapado a tu madre. ¡Basta ya de patrañas entre vosotras!

—Ahora sí que no entiendo nada. Tú siempre me has dicho que tus alumnos son más nobles que las chichas. Y también sabes que voy con ellos pero no hacemos nada raro. Puedes preguntárselo mañana en la escuela.

—A ellos no les tengo que preguntar nada. Aquí la que mea fuera de tiesto eres tú.

—Estoy segura de que sabías que iba con ellos al espliego. Y lo de la hoz ha sido poca cosa.

—Eso de poca cosa lo dirás tú. Ahora mismo vamos a casa del médico a que te ponga una inyección contra el tétanos. Y le explicarás cómo te lo hiciste.

—¡No puedo más! Me estoy sofocando mucho.

—Eso son lágrimas de cocodrilo.

—Pues el médico lo entenderá. Que no será la primera herida de una hoz que vea en este pueblo.

—¿Pero qué formas son esas de hablar a tu padre?, ¿no te das cuenta de que solo aprendes malos modales? Nunca serás una señorita como Dios manda.

—Es que yo no quiero ser una señorita. No quiero llevar faldas de tubo ni zapatos de tacón. No me quiero pasar las tardes apoyada en las paredes del baile esperando a que los mozos me saquen a bailar.

—¡Basta ya! Lo que me faltaba, una mocosa metida entre las parejas del baile.

De unas nos fuimos a otras y la discusión subió el tono. En un momento, empezaron los gritos. Mi madre se azoró, se le cayó la sopera con las albóndigas y le salpicó la camisa.

—Y tú, podrías tener más cuidado. —Mi madre se apretaba las manos escaldadas con el delantal.

—Pues ahora voy a hablar yo —dijo mi madre—. No sé a cuento de qué has sacado esta conversación del internado si yo ya había hablado con Alodia. Y tú estabas de acuerdo en que siguiera en casa tres años más. Esto es que te han contado algún chisme nuevo o te ha dado una tarantela.

—¡Y tú no le des la razón a la niña! ¿Es que no te das cuenta de que aquí ni va estudiar ni nos podremos hacer con ella?

—Pues claro que voy a estudiar, como hacen todos los que se examinan libres. Y no sé a qué te refieres con que no os podréis hacer conmigo. ¿Acaso es malo coger renacuajos y tenerlos en casa mientras se les caen las colas y les salen las patas? ¿Es malo ir a ver cómo crecen las crías de los picatroncos?

—No, eso no es malo —dijo mi padre—, pero no es propio de una chica.

Yo había hablado muchas veces con mi madre de la desazón que sentía cada vez que pensaba en un colegio de monjas.

—Bueno, pues que este año se examine libre de Ingreso y luego volveremos a hablar. Hoy estamos demasiado acalorados los tres para tomar decisiones —dijo mi madre.

Mi padre dio un puñetazo en la mesa, se levantó y, antes de salir del comedor, se volvió hacia nosotras:

—Aquí mando yo. ¿Me habéis oído?

A los pocos días me subí al coche de línea y me senté en la última fila. Por el cristal trasero veía cómo se alejaba la roca sobre la que se asentaba el pueblo. Llevaba en el bolsillo dos piedras redondas del Arba. Me las había dado el abuelo de casa Garriancho, que estaba ciego y aún vestía calzón.

—Toma, moceta, estos ruejos que te caben en la mano. No los sueltes que así no te marearás. Y guárdalos hasta que nos volvamos a ver.

En las primeras vacaciones volví a devolverle los ruejos. Pero hacía dos meses que lo habían enterrado. Me los volví a meter en los bolsillos y aún los conservo. Esos cantos rodados desprendidos de la gran roca que me vio nacer- De tanto acariciarlos cuando escribo, se han convertido en brillantes pisapapeles.

Carmen Romeo Pemán.

Amor fraterno

Me gusta ser el primero de mi clase. Me gusta liderar el equipo de baloncesto del instituto. Me gusta destacar en el club de judo. Me gustan la mecánica y los coches. Me gusta saber que las chicas me encuentran atractivo. Me gusta caerle bien a la gente. Pero, sobre todo, me gusta ser el hermano mayor de Ada.

El diminutivo se lo puse yo. Cuando ella nació, yo tenía cinco años y me pareció lo más bonito del mundo. Siempre me han gustado las historias de fantasía, aquella criatura era la encarnación de todas las hadas de mis cuentos favoritos, y nuestros padres estuvieron encantados de ponerle el nombre que yo elegí para ella, Inmaculada, aunque desde que salió del hospital, a los dos días de nacer, ha sido Ada para todos.

Le enseñé a montar en bicicleta. Curé todos sus rasguños. Le ayudé con los deberes del colegio. Una vez llegué hasta hablar con su profesora de historia sin que lo supieran ni ella ni mis padres. Ada me dijo que le había salido mal un examen importante, ese año compartíamos instituto: ella estaba en primero, y yo en el último curso. En el recreo me restregué los ojos con jabón hasta que me escocieron y luego me hice el encontradizo con su profesora. Ella, al verme, preguntó qué me pasaba y le conté, con expresión de absoluta inocencia, que la migraña llevaba varios días atacándome, que Ada me había estado cuidando y que me preocupaba que eso le hubiera robado tiempo de estudio. Mi hermanita sacó un notable alto. Y cuando tuvo problemas de sueño por culpa del perro del vecino, que ladraba de noche a todo lo que se moviera, le quité a mamá un montón de pastillas de Orfidal y un pegote de carne picada de la que usaba para preparar albóndigas. Y Ada durmió sin problemas desde entonces.

Éramos dos contra el mundo. Yo hacía lo que fuera por proteger a mi hermana, por verla siempre feliz.

Llegó su adolescencia, empezó a tontear con chicos y me hizo cómplice de sus andanzas. Eso me ayudó a encargarme de que sus novietes la trataran bien. Con algunos tuve que mantener conversaciones que no fueron precisamente cómodas, pero siempre eran críos más pequeños y débiles que yo. Y si veía que no le convenían a mi hermana siempre encontraba la manera de que se portaran de forma que ella tomara la decisión de romper. El asunto funcionó hasta que llegó Mario al instituto. Se incorporó a mitad de curso, su familia se había mudado tras la muerte de un hermano y querían empezar en otra ciudad. A pesar de la tragedia, o quizá por ella, Mario no tuvo problemas de adaptación en su nuevo instituto. Me recordaba a mí mismo con unos años menos y eso me provocaba sentimientos ambivalentes. Mario se fijó en Ada y ella en él, era casi inevitable. Pronto se convirtieron en los reyes de las fiestas adolescentes, dos personajes de cuento de hadas, su historia hacía que mi hermana brillara como nunca. Seguíamos estando unidos, claro que sí. Yo empecé a salir con Laura e incluso tuvimos algunas citas dobles los cuatro. Todo iba bien, en serio, yo era y soy un tipo maduro, y si mi hermana era feliz, yo también. Así de sencillo.

Al cabo de unos meses empecé a notar cierta tensión entre ellos. Ada insistía en decirme que todo iba bien y yo quería creerla. Tardé en darme cuenta de mi error porque el problema era, precisamente, que todo iba demasiado bien. Estaban de acuerdo en cualquier tema, les gustaban las mismas cosas, lo hacían todo juntos. Y la consecuencia fue que los dos empezaron a desdibujarse, dejaron de ser Ada y Mario para ser la pareja perfecta. Mi hermana se había convertido en la mitad de una entidad. Era como si pasara el día mirándose a un espejo donde el cristal era Mario, y viceversa. A los ojos del mundo podía parecer que se desvivían el uno por el otro, pero en realidad se estaban fagocitando sin darse cuenta.

Aproveché que Ada tuvo que ingresar en el hospital para una operación de urgencia de apendicitis y manipulé los frenos del coche que le acababan de regalar a Mario sus padres. Era un conductor novato, apenas hacía dos meses que se había sacado el carnet de conducir, y me pareció una irresponsabilidad que le compraran un BMW tan potente. Pero eso jugó a mi favor, nadie se extrañó del accidente ni de sus fatales resultados.

Después del entierro de Mario, Ada empezó a apagarse. Nada la hacía reaccionar, ni mis mimos, ni nuestros padres, ni sus amigas. Solo hablaba a veces con Laura, con la que desde el principio había congeniado mucho. Le pedí ayuda a mi novia, necesitaba saber cómo ayudar a mi hermanita, cómo sacarla del pozo en el que cada vez se hundía más. Por fin, después de varias semanas, Laura me contó algo que me hizo concebir esperanzas. Quizá habría una manera de ayudar a Ada.

Laura me dijo que Ada se sentía vacía. Mi pequeña le había confesado a mi novia que con Mario se sentía útil, sabía que él la necesitaba, que ella era la persona más importante en la vida de su chico, y no podía vivir así, sin nadie a quien entregarse, sin nadie a quien dar apoyo, sin nadie que la necesitara cada día para seguir viviendo. Mario, a pesar de su aparente fortaleza, había llegado a Ada con el corazón roto, y solo ella supo adivinar el dolor que arrastraba el muchacho. Y sanar ese dolor había sido el faro definitivo en la vida de mi hermana.

Laura me contó todo eso la noche que salimos a cenar para celebrar nuestro aniversario. En el restaurante, mientras ella compartía conmigo las confidencias que Ada le había hecho, la quise más que nunca. Durante toda la cena le dediqué caricias en las manos, miradas de amor, y luego, al despedirnos en la puerta de su casa, la besé una y mil veces agradecido por su ayuda.

Al día siguiente aproveché que Laura estaba en el trabajo para pasarme por el garaje donde guardaba su coche. Era un Fiat de segunda mano, bastante antiguo, y los frenos me dieron menos problemas que los del BMW a pesar de que las lágrimas empañaban mis ojos y no me dejaban trabajar en condiciones. Pero no podía evitar llorar y sonreír a la vez. Sabía que el día siguiente sería duro para mí. Me derrumbaría.

Pero también sabía que habría ayudado a Ada y que ella sería el hada que acudiría en mi ayuda. Porque lo mejor de mi vida, lo que mejor se me da, lo que más me gusta, siempre ha sido y será ser el hermano mayor de Ada.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Caminando hacia Ítaca

#relatos covid

Con el cansancio me quedé dormida. Me despertó una sacudida. Alguien me movió los brazos. Cuando abrí los ojos, una máscara antigás se acercó a mi cara. Con mis gritos, casi no oí qué me decía aquél artilugio nacido en un campo de batalla. “Rápido… fiebre alta… mala saturación… algo se le ha metido en los pulmones”. Me sacaron de un sueño denso, poblado por escarabajos negros. Esas frases metálicas, como los zumbidos de los escarabajos, vibraban dentro de mi cabeza y me la estaban taladrando. Intenté dormir un poco más.

Me despertó el ¡niinoo, niinoo” de la ambulancia. No sabía cómo había llegado allí, ni quién me había colocado boca arriba, mirando al cielo. Por el grueso cristal del techo, veía los edificios que giraban a gran velocidad, en un remolino que me iba a succionar en cualquier momento. El vértigo me aumentó cuando el conductor pisó el acelerador con más fuerza y comenzó a sortear obstáculos. Reconocí las siluetas de los edificios del barrio obrero de las Delicias. Atravesamos un dédalo de calles embarradas, llenas de socavones y alcantarillas rotas. Oí los aleteos de los pájaros, que huían de las ramas de los árboles, y los ladridos de los perros asustados. El sonido de la sirena los sorprendió orinando en los alcorques. Con ese ajetreo, las patas de un pulpo, que se me habían adherido a la nariz, soltaban chorros de un gas picante. Alguien me había amarrado con sogas y no me podía mover. De repente, una negrura me sajó los párpados. Acabábamos de entrar en un túnel estrecho.

A la salida del túnel la ambulancia paró en seco. Otro robot, al que tampoco le vi la cara, llevaba una máscara amarilla y empujaba mi camilla a gran velocidad. Recorrimos unos pasillos muy largos y en las curvas derrapábamos, como si estuviéramos en el Mundial de Fórmula 1. Nos llevamos arrastrando los zuecos de una enfermera, que se quedó dando saltos de dolor. Tiramos unas cajas de cartón amontonadas y empujamos a unos pacientes que hacían cola en la puerta de Rayos. Atravesamos un arco con unas letras luminosas: “Zona covid. Prohibido el paso”. Me recordaron a las que había encima de la puerta del Infierno de la Divina Comedia: “Vosotros, los que entráis, abandonad aquí toda la esperanza”.

Como en la obra de Dante, bajo un cielo sin estrellas, comenzó nuestra carrera por un pasillo ancho y desangelado, franqueado por dos puertas enormes, abiertas de par en par, que dejaban libre el paso a los vendavales del cierzo. Allí, en ese espacio libre de covid, la condena, como en el noveno círculo dantesco, era morir congelados.

El ¡fiu, fiu! del viento amortiguaba las toses, suspiros, gemidos y quejas que resonaban en las habitaciones. Y eso que tenían las puertas cerradas. Al lado de cada una, una caja de cartón, con los medicamentos y apósitos que necesitaban los pacientes, hacía de mesilla. Una racha de cierzo tiró una hilera de cajas. Nunca se cumplió mejor aquello de que estábamos como en un hospital robado.

Mi robot-camillero empujó una puerta y me metió en una habitación con dos camas. En la primera, de un bulto envuelto con una sábana blanca, salía una tos seca y persistente. Era todo tan pequeño que, entre las dos camas, apenas cabía uno perchero metálicos con ganchos amenazantes. En la pared de enfrente, dos ventanas muy altas estaban cerradas.

—Por favor, puede abrirlas un poco. El olor fétido de los esputos mezclado con la acidez  del sudor me produce náuseas —dije con una hilillo de voz, a la vez que comenzaba a vomitar.

—Imposible. Es normativa del hospital. Queremos evitar los suicidios.

Al momento apareció una legión de robots, todos iguales, vestidos de verde. El más alto enchufó el pulpo de mis narices a un aparato y comenzó a rugir. De los ganchos bajaron pulpos, y más pulpos, que se incrustaban en mis brazos y me dejaban unos moratones que parecían de tinta indeleble.

Las voces robóticas discutían qué iban a hacer conmigo. Un foco del techo me deslumbró y cerré los ojos. Entré en un estado de duermevela y comencé a verme desde lejos, como si fuera otra persona, haciendo lo que otra persona haría. Me levanté y llegué hasta un arco de piedra, como los viejos arcos de triunfo. Al otro lado, vi una playa y un horizonte iluminado por una luz brillante e intensa, que me rodeó con un halo, como esos de las postales de santos. Me invadió una gran paz y no podía dejar de avanzar. Me tapé los oídos para no dejarme engañar por el canto de las sirenas. Con cada paso empezó a crecerme una melena. Cuando me llegó a los talones, siguió creciendo y formó una alfombra. Notaba que su peso era como el de un velo de novia. Por fin Eros y Tánatos se iban a fundir en un abrazo nupcial.

De repente, un viento airado se me llevó en volandas por el firmamento, mi cabellera se convirtió en un paracaídas que me soltó en la cama de un hospital. Caí boca abajo en  una cuna con barandillas. Como no cabía bien, me dejó con la cabeza fuera penduleando,

Los robots verdes estaban esperándome. Entre varios me colocaron boca arriba. Entonces, en uno de los ganchos del perchero metálico, vi un calendario en el que habían ido anotando los cambios de tratamientos y mi evolución.. Me di cuenta de que había estado quince días frente a las costas de Ítaca. El tiempo suficiente para que el tono de los robots dejara de ser tan chirriante “Le sube la saturación… le baja la fiebre…tos menos seca… podemos ir desenchufando”.

Esta vez no llegué a Ítaca, pero supe que sus arenas doradas me seguirían esperando. Y entoné el canto de Dante al final de su viaje por el infierno: “volveré a ver las cosas bellas, a contemplar de nuevo las estrellas”.

Carmen Romeo Pemán

Venecia y yo

Hay quien sueña con historias, o con personas, o con quimeras. Yo sueño con todo eso. Y con ciudades. Sobre todo, con Venecia.

Recuerdo una época dura de mi vida hace algo más de diez años. Recuerdo estar al borde del precipicio de la desesperación, caminando por una delgada línea, como la cuerda de un funambulista, que separaba la cordura de la locura. El trabajo me desbordaba. El tiempo me faltaba. El autismo de mi hijo, empeorado, me superaba. Llegaba el momento de mis vacaciones anuales y, por primera vez, me daba absolutamente igual tener que ir a trabajar o quedarme el mes entero encerrada en casa. Incluso había empezado a plantearme la opción de empezar con medicación, no sé si para mi hijo, para mí, o para los dos. Ignoro qué fue lo que sacó a flote las pocas fuerzas que aún me quedaban y que me hicieron pensar, antes de rendirme del todo, en entonar el último canto del cisne.

Siempre había querido hacer un crucero y siempre había soñado con conocer Venecia, así que, diez días antes de que comenzaran mis vacaciones, me detuve al salir del trabajo en la primera agencia de viajes que encontré y me limité a decirle a la persona que me atendió:

Quiero hacer un crucero. Quiero zarpar en dos semanas como mucho. Y solo quiero que una de las escalas sea Venecia.

Así, sin anestesia ni nada. Puesta a ahogarme, ¿qué mejor sitio que ese?

Pero la vida me tenía preparada una sorpresa y en Venecia aprendí a nadar.

Perderme de noche en sus callejuelas y esperar toparme, a la vuelta de cualquier esquina, con un caballero embozado en su capa, con una espada al cinto y un sombrero de ala ancha con pluma que cubriría una melena negra y brillante. Alzar los ojos al cielo y descubrir que las estrellas me regalaban guiños de luz que espantaban a mis sombras interiores. Embutirme en el disfraz de turista tópica y típica y darme cuenta de que ese papel, que nunca creí que fuera para mí, me sentaba tan bien como una segunda piel. Pasear en góndola, escuchar la melodía de la voz del gondolero recorrer el pentagrama de las rayas blancas y negras de su camiseta mientras desgranaba para nosotros historias al ritmo de sus remadas. Respirar un aire puro, desprovisto de los malos olores que, según decía todo el mundo, podían esperarse en pleno verano en esa ciudad serenísima. Cruzar el Gran Canal, de orilla a orilla, paseando por el Puente de Rialto. Llorar al escuchar la historia del Puente de los Suspiros, donde los condenados, al cruzarlo para ir a la prisión en un viaje sin retorno, suspiraban de pena. Sentir el arrullo de las palomas de San Marcos como acordes de una canción de esperanza. Saborear el helado más dulce y medicinal de toda mi vida durante un paseo. Detenerme en el escaparate de una tienda de máscaras y pensar que detrás escondían lágrimas o sonrisas, tan bellas las unas como las otras…

Vivir todo eso y mucho más bajo la luz del milagro de mi hijo, que caminaba junto a mi madre y junto a mí con una sonrisa que recogió no sé ni cuándo ni dónde, pero que se quedó a vivir en su cara. Ver la luz en los ojos de mi madre, esa abuela, hada particular de mi Javi, que llenaba de magia con su varita invisible cada instante que compartíamos cuando nuestras miradas se cruzaban…

Si digo que Venecia me robó el corazón, os mentiría. Me lo devolvió. Y, a mi regreso, me traje en mi maleta los tesoros que yo sí que le robé: el color de su cielo, el brillo de sus canales, las manchas y los desconchones de sus paredes, las leyendas de su historia, el susurro de los remos de los gondoleros, el sonido de la vida y mil cosas más que no tienen nombre.

Y con todo eso me vestí de colores, de ilusión y de energía. Le dije adiós a las pastillas que ni Javi ni yo llegamos a tomar nunca y empecé a coser este traje de escritora que ahora luzco para presentarme ante vosotros.

En Venecia renací. Volví dos años después y regresé a España más enamorada de ella. Y ojalá el futuro me regale otra oportunidad para vivir con esa ciudad mágica una tercera historia de amor.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay