Las tensinas

A mi prima Maite Hernández Aguilar, de la Unidad de Lactancia Materna.

Unas cincuenta mujeres, entradas en carnes y en años, posaban en la escalinata de la Diputación Provincial de Zaragoza, en la concurrida plaza de España. Como muchas llevaban vestidos del Valle de Tena, las llamaban las tensinas, pero venían de los rincones más aislados de Aragón. Todas mostraban sus enormes pechos y los ofrecían al público, como los vendedores de sartenes y pucheros en la plaza de El Frago. Por delante pasaban grupos de gentes endomingadas, que ni siquiera las miraban. De vez en cuando algún matrimonio emperifollado, ella con pamela y él con pajarita y leontina se acercaban interesados. Al instante se veían envueltos en un remolino de pezones chorreantes, que expandían su hedor agrio, como de establo.

Cuando me acercaba al grupo con mi madre, me pidió que la esperara en un banco de enfrente. Desde allí pude ver cómo se colocaba, de forma natural, en un lugar que debía ser su sitio. Se desabotonó la blusa, sacó sus pechos y levantó la voz:

—¡Leche de recién parida, puro calostro! No dejen pasar la ocasión.

A mi madre lo de hembra paridora le venía de casta. A las pocas horas de cada uno de sus ocho partos, animada por mi abuela, se ocupó de las cosas de casa:

—Así, así. El parto no es una enfermedad y la leche te subirá enseguida con el movimiento.

Cuando nació mi último hermano, mi madre me pidió que la acompañara a Zaragoza. Mi abuela se ocuparía del niño y de la casa, como había hecho siempre.

—Mira, hija, como ya eres mujer, va siendo hora de que hagas algo de provecho. Me ayudarás a que no se me retire la leche y, de paso, encontrarás algún trabajo con el que podremos mandar más dinero a casa. Tenemos tantas bocas que no podemos taparlas con la caridad del Ayuntamiento.

Hacía un par de años que mi padre se pasaba los días en la cama o tumbado en la cadiera. Cada vez tosía más y, cuando vomitaba, mi abuela corría a mirar el barreño a ver si era vino, pero no, no era vino, era sangre roja.

Mi abuela rondaba por la casa maldiciendo la mala suerte de mi madre con ese hombre que siempre había sido un gandul. Nos decía que, antes de caer enfermo, se pasaba la vida en la cantina o apurando a su mujer. Nosotros esto no lo entendíamos muy bien, solo sabíamos que nuestra madre pasaba largas temporadas fuera de casa y que, cuando volvía, no se levantaba de un sillón. La recuerdo siempre envuelta en un peinador. Ella nos decía que tenía hidropesía, pero yo pronto descubrí que estaba siempre embarazada.

—Si no fuera por Luciano, que se bajó de campanero a la Magdalena, haría años que todos estaríamos criando malvas. —repetía la abuela a todas las horas—. Luciano sí que es un buen hijo. Y mejor hermano. —Me cogía las manos—. Hija, no sé si sabes que le da cobijo a tu madre las temporadas que va a Zaragoza a ganarse un jornal como ama de cría.

Me contaba que ser ama de cría se ponía cada vez más difícil; que, con los malos tiempos que corrían, se ofrecían muchas mujeres y las señoras se habían vuelto muy exigentes a la hora de elegir. Además, lo perdían todo si se les retiraba la leche los días que estaban esperando una casa para la crianza. Por eso, mientras buscaban trabajo, algunas vivían juntas y se amamantaban unas a otras. Mi madre, vivía con su hermano Luciano en el desván de la torre de la Magdalena y, lo amamantaba por las noches. Cuando yo fui a vivir con ellos, mi tío siguió con la costumbre. Es que le había cogido gusto a eso de tetar a sus más de cuarenta años.

Aún no llevábamos una semana en Zaragoza cuando mi madre entró de nodriza a un chalet del paseo de Sagasta. Una casa modernista, de tres pisos, en la que vivía más gente que en El Frago. Tenían dos amas a la vez, una cocinera, una planchadora y dos lavanderas. Les pagaban poco, pero comían bien y tenían un techo.

Tardó poco en convencer a las lavanderas de la resistencia de mis manos para restregar las ropas sucias y resistir a la lejía. El primer día entré con ella por la puerta de servicio y me llevó a un cuartucho en el que, a los lados de una pila muy grande, se inclinaban dos cabezas y cuatro manos ágiles frotaban unas sábanas de lino.

—¡Oh! —Se me quedó la boca tan abierta que no me la podía tapar con la palma de la mano—. ¡Aquí las tienen encerradas! En El Frago estábamos al aire libre, nos reíamos y hasta jugábamos con el agua del Arba.

La mandamás de las lavanderas se acercó y me dio un abrazo.

—Quédate con nosotras, nos hacen falta unas risas cuando lavamos los calzoncillos amarronados del amo.

Mi madre estaba interna y yo ocupaba su sitio en el desván del campanario de la Magdalena. Entre las dos, cada semana reuníamos algunas perrillas de lo que nos pagaban y de lo que sisábamos. Además de dinero, también sisábamos azúcar, galletas y golosinas. Con todo, hacíamos un paquete y lo llevábamos al recadero de El Frago. Cuando lo recibían, mis hermanos montaban tal revuelo que en el pueblo pensaban que nadábamos en las aguas de la fortuna.

Ya llevábamos casi un año cuando mi madre empezó con una tos perruna. Si le llegaba un ataque con el niño en brazos, le pedía a la otra ama que le cediera un poco de su leche. Pero, aun así, el raquitismo estaba haciendo de las suyas. Ella lo intentaba ocultar envolviendo al niño en muchos ropajes, pero todo se destapó el día que. dando de mamar, le vino un vómito grande. En el cuarto de las amas se montó tanto revuelo que vino la señora y se puso hecha un basilisco.

Ese mismo día, los señores se deshicieron de nosotras. La mandamás de las lavanderas nos acompañó a la facultad de Medicina, donde atendían a los transeúntes y desharrapados. No nos dejaron entrar con mi madre. Yo iba todas las mañanas a preguntar, pero nadie sabía dónde estaba. Una tarde me encontré con una de las lavanderas y me dijo que los señores la habían dejado en la morgue. Me explicó que allí metían a todos los muertos en formol y los preparaban para que las manipularan los estudiantes en las clases de anatomía.

Se lo conté a mi tío y me dijo que era mejor no reclamar ni decir nada, que si nos la daban no podríamos pagar el entierro. Pensamos que era mejor así.

Desde que volví a casa, por las noches me persigue la imagen de las tensinas ordeñándose delante de la gente que las mira con indiferencia. Todas sienten la amenaza de quedarse sin leche o de que se les vuelva sangre.

Las imágenes de este relato están sacadas de la web, de varias páginas en las que no se identifican los derechos de las mismas.

La fotografía principal es una tarjeta postal de las nodrizas Pasiegas. Y la última una nodriza de 1837.

Carmen Romeo Pemán

Dragones

Odio conducir de noche y con niebla, pero no me queda otra. El abuelo podía haber elegido otro momento para morirse, ¡qué narices!, aunque para él debe de ser un alivio. Total, desde el ictus está ciego, medio sordo, se le traban las palabras… y con la cabeza en perfectas condiciones, qué putada… En fin… imagino que el destino reparte sus cartas como le da la real gana.
¡Mierda! ¡El cabronazo del camión no quita las luces largas! ¡Será…! Cálmate, Eva, cálmate o te caerás por el barranco de esta asquerosa carretera de montaña… Solo faltaría eso, que tuvieras un accidente y te quedaras como él, y para toda la vida. Todavía, si te mataras, vale. Pero ¿y si te rompieras el cuello y te quedaras tetrapléjica? O aún peor: imagina que te tienen que amputar varios miembros y, además, te lesionas una parte del cerebro, como el protagonista de Johnny cogió su fusil. No pienses esas cosas, Eva, que al final vas a tener un accidente por idiota.
Maldito invierno. Estoy helada, la calefacción del coche está de adorno. Como me despeñe, me mato, fijo. Pero si no… No, Eva, deja de obsesionarte. No vas a acabar como él. Eso nunca. Ni lo pienses, no pienses en eso, no te puedes distraer…
Limítate a recordar que el abuelo se está muriendo. Pronto acabará todo. Eso es. Céntrate, Eva, céntrate. Todos tenemos que morirnos, antes o después. Mira papá y mamá, quién lo iba a pensar, y todo porque un desgraciado que conducía borracho se saltó el semáforo. Irse ellos antes que el abuelo…

Ya no estoy sentada en sus rodillas mientras me lee Juego de Tronos a escondidas de mis padres, que creen que soy demasiado pequeña para esas historias. ¡Qué ilusos! ¡Como si Drogon, Rhaegal y Viserion pudieran asustarme, cuando fue todo lo contrario! Ellos me salvaron de las otras garras. Podía olvidarme de aquellos dedos añosos si me imaginaba volando a lomos de cualquiera de ellos, sobrevolando países, alejándome del mal… Pero no podía irme muy lejos, claro. El peligro estaba debajo de mis muslos, y yo no lo sabía…
Me hablaba de los Targaryen y de las alianzas de la sangre mientras su lengua se deslizaba por mi cuello y el vello de mi nuca se erizaba. Me decía que su vida estaba ligada a la mía, que seguiría el mismo destino que él, que eso sería nuestro secreto…
¿Por qué me acuerdo ahora de esas cosas? Hace mil vidas de aquello. Si ni siquiera he querido ver la serie de Juego de Tronos, me basta con acordarme de los libros. Claro que algún video que otro sí que se me ha puesto por delante, pero tampoco les he prestado mucha atención, aunque tengo que reconocer que los dragones son tal y como los imaginé de niña.

Cuando mis padres me enviaron a estudiar fuera, fue como si me hubiera mudado a otro planeta. En vacaciones ellos venían a verme a los campamentos de verano en los que me matriculaban, o hacíamos algún viaje. Nunca volví a casa. Ahora que lo pienso, debería haberme extrañado, pero lo asumí como algo natural; jamás hablábamos de ello.
Me gradué como periodista. Mi vida era como la superficie del lago Michigan en enero: blanca, serena, sin fisuras. Yo vivía patinando sobre la capa de hielo, engañada por su falsa solidez, sin saber que, por debajo, las aguas corrían turbulentas, amenazando con quebrar el suelo bajo mis pies.
El ictus del abuelo fue la primera grieta. Papá y mamá aún vivían, pero no fueron ellos los que me lo contaron, sino mi hermano Juan. Recuerdo que fue el treinta de agosto y que, cuando colgué el teléfono, puse la calefacción del piso a casi treinta grados porque me quedé helada; tan helada como hoy, si lo pienso bien. ¡Por Dios! No recordaba que el pueblo estuviera tan lejos…
Todo el mundo creyó que no sobreviviría al ictus, y menos cuando su hija y su yerno murieron, pero lo hizo. Llevaba un año así. Aguantando sin que nadie supiera cómo era posible aquello. Nadie, salvo yo. Yo conocía la razón, aunque me negaba a pensar en ella: quería verme antes de morir. No me explico cómo fue capaz de hacerse entender, pero el caso es que lo hizo, está claro. La llamada de mi hermano me cogió por sorpresa.
—Eva, tienes que venir. El abuelo se muere y quiere verte. Ni siquiera le hiciste una visita cuando viniste al entierro de papá y mamá, y te lo perdoné porque estábamos todos hechos polvo. Pero ya va siendo hora de que te acuerdes de que tienes una familia. Solo quedamos los tres, Eva.
¡Pobre Juan! Nació cuando yo tenía diez años. A él no le leyó cuentos el abuelo.

Ahora, dentro de mi coche, conduzco aferrada al volante, casi echada sobre él, en mi afán de ver algo entre la ventisca, la niebla y la nieve. Ojalá haya alguna señal de tráfico cerca, algo que me indique si voy bien; estoy casi segura de que no me he despistado, pero con este tiempo infernal capaz soy de haber tomado algún desvío equivocado. ¡Sería el colmo! Arrugo los ojos para enfocar mejor. Como si la hubiera convocado, veo que un poco más adelante hay una señal. Al acercarme descubro que no es la que esperaba, sino una de esas que avisan de algún peligro, las triangulares con fondo blanco y bordes rojos. Me parece que es la que ponen cuando hay animales sueltos.
La rebaso sin fijarme demasiado, y mi cerebro tarda unos segundos de más en darse cuenta de lo que he visto: dentro del triángulo no había un ciervo, ni una vaca, bi siquiera un jabalí.
Había un dragón.

El coche ha patinado sobre el hielo de la carretera. Los tambores que hay dentro de mi pecho ahogan el rugido de la tormenta del exterior. El motor se ha calado y me he quedado atravesada sobre el asfalto. Unas luces se aproximan. La mano me tiembla y no consigo arrancar mi vehículo. ¡Las luces están cada vez más cerca!
¡Por fin! El ronroneo del encendido resuena en mis oídos como un villancico. Aprieto los dientes, me aferro al volante y consigo enderezar el Ford hasta que queda bien situado en el carril contrario al que circulaba.
Avanzo despacio. Me cruzo con el coche de las luces encendidas. Llego hasta donde estaba la señal y paro en el arcén. A pesar del frío, me bajo, cruzo la carretera con cuidado y la miro.
El dragón del interior es Drogon, mi favorito.
Me acerco y beso su cabeza a escala.
Vuelvo a cruzar la carretera, abro la puerta de mi coche y, ahora sin temblar, conduzco de vuelta a casa.
Estoy a salvo. Por fin, estoy a salvo.

Adela Castañón

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Al final era sencillo

Si hubiera sabido que matar era tan fácil, lo habría asesinado hace mucho. El problema es que nadie me explicó eso jamás. Y, claro está, seguí aguantando y aguantando paliza tras paliza, borrachera tras borrachera, insulto tras insulto.
De soltera, cuando veía en las noticias casos de mujeres maltratadas, siempre pensaba en ellas con lástima y con un sentimiento de superioridad. ¡Pobrecillas!, me decía a mí misma, lo siento por ellas, pero en el fondo son tontas por consentirlo. ¡Cualquier día iba yo a dejar que me pusieran la mano encima de ese modo!
¿Saben eso de que por la boca muere el pez? Pues eso fue justo lo que me pasó. Por eso pintan a Cupido ciego, ahora lo sé. ¿No quieres caldo?, pues toma tres tazas: otra patada en la boca por haber caído yo también en esa trampa del “amorparatodalavida”.
¿Saben quién me enseñó lo de que matar es fácil? ¿No? Está clarísimo: me lo enseñó él. No tuvo que explicarme nada, fue una lección práctica que aprendí el día que, estando embarazada de cuatro meses, me mató al crío en la barriga a base de patadas. Pero me la aprendí bien.
Por eso ahora estoy en el cementerio.
No, no. No se equivoquen. A mí no pudo matarme. Pero en la siguiente borrachera, miren que mala suerte, dio la casualidad de que se cayó por las escaleras del piso. ¡Cosas que pasan! En fin… Descanse en paz. Amén.

Adela Castañón

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La piscina

Entro en casa. Voy al baño y abro el cajón donde guardo los medicamentos. Hay una caja de Valium sin empezar. Cojo el vaso donde tengo mi cepillo de dientes, saco el cepillo y lleno el vaso de agua. Con ayuda de pequeños sorbos, me voy tragando las pastillas de tres en tres. Al terminar, voy a la cocina y escondo la caja vacía en el fondo del cubo de basura.
Regreso a la piscina. ¡Qué monas y quietas están las crías!
En la tumbona al borde de la piscina, recostada, con los ojos entornados pese al incógnito que les otorgan los cristales oscuros de mis gafas de sol, doy sorbos a la pajita de mi granizado de café y dedico el tiempo que me queda a pensar en las niñas: dos extrañas que hace un rato nadaban en mi piscina mientras John, su padre, se fue sin prisa a hacer la compra, pensando que ellas y yo aprovecharíamos su ausencia para empezar a conocernos.
Hasta hoy, no había traído a ningún hombre a mi santuario. Mi casa está aislada, sobre una colina con vistas al mar. Ni siquiera se ve desde la carretera. Se confunde con el paisaje: ladrillo visto, hiedra en los muros y, por dentro, una blancura de quirófano, todo minimalista, líneas rectas y ventanales que ocupan casi toda la fachada que da a la piscina. Mi casa soy yo: el mundo no sabe verme, pero, si alguien logra cruzar la puerta, todo queda a la vista.
El sol, a las órdenes de agosto, calienta obediente lo que está a su alcance. O lo intenta, al menos. Fracasa al rebotar en mi piel, anestesiada e insensible, aunque su ardor invade mi cerebro. Casi escucho el crepitar de mis neuronas, veo las chispas que saltan cuando las terminaciones nerviosas de mi cerebro se enredan y se entrecruzan entre el caos de mis pensamientos, que sufren cortocircuitos y entran en bucle. Mi mente es un coche de Fórmula 1 con el motor recalentado; puedo oler el humo que atraviesa mi pamela y que es invisible para ellas, pero no para mí.
El corazón debería tomar el mando. Lo que circula por mis venas ahora mismo es mucho más gélido que el hielo picado que contiene mi vaso. Es un vaso de tubo, alto, elegante, como mis piernas. Unas buenas piernas son parte importante del arsenal para conquistar a un tipo; eso decía mi madre que en gloria esté, aunque lo dudo. Más méritos hizo para arder en el fuego de mil soles como el de hoy, que para empadronarse en ese azul que hay sobre nuestras cabezas, un azul como el agua de la piscina, pero sin su movimiento, sin el chispeo de burbujas que provocaban las crías hace un rato al mover los pies. ¿Será por eso que no incluyeron el instinto maternal en mi equipaje genético?
Miro a la piscina y las observo. Veo el pasado. Me veo a mí misma a su edad. Soy ellas, pero yo no era como ellas. Miro al cielo, al futuro. Intento imaginarme con la edad de mi madre. Soy como ella, pero ahora tengo la certeza de que no seré como ella.
Solo necesité dos de mis armas para conquistar a John: mis piernas y mis ojos. O eso creía. Descubrí demasiado tarde que lo hubiera logrado incluso desarmada. En eso, mi madre fracasó al entrenarme; no me enseñó a detectar en mis antagonistas los defectos ocultos, secretos como, por ejemplo, tener dos hijas.
Me llevo el vaso helado a la frente. Mi cuerpo se recompone. Las temperaturas, como los astros, se alinean. Cierro del todo los ojos y es cuando veo el cuadro con toda claridad: no he sido cazadora, he sido presa.
Durante una fracción de segundo admiro a John. Ha sido un digno oponente. Empiezo a rebobinar nuestra historia y me descubro ante su habilidad para traerme hasta aquí, hasta mi casa, hasta mi piscina, con esas dos extrañas que destrozaban con sus gritos y sus risas mis tímpanos y mi calma.
La última media hora pasa por mi mente como si fuera una película. Me veo a mí misma y, en silencio, repito gesto a gesto mis acciones: veo cómo abro los ojos, dejo el vaso en la mesita que hay junto a la tumbona y entro en el agua sin importarme que me salpiquen. Fuerzo una sonrisa. Mis ojos siguen a cubierto tras las gafas de sol.
Pongo mis manos en sus cabezas, y empujo hacia el fondo de la piscina. Solo necesito un par de minutos. El silencio me arropa; soy un feto nadando en la placidez del líquido amniótico.
Cuando los cuerpos emergen, continúa la quietud, la calma, la paz. No hay ningún ruido fuera de mí. El rugido está en mi interior: acabo de perder al único hombre al que he admirado. Así de sencillo. No podía estar con él y con sus hijas, y ahora sé que tampoco podremos estar juntos sin ellas.
Me recuesto en la tumbona, cojo de la mesa la granizada de café y le doy un sorbo. Me dejo arropar por la quietud. Luego vuelvo a dejar el vaso en su sitio. No quiero que el café se derrame sobre mi traje de baño blanco cuando el Valium me haga efecto. A John no le gustaría verme así.

Adela Castañón

Imagen: Pexels en Pixabay

Al final, era sencillo

Si hubiera sabido que matar era tan fácil, lo habría asesinado hace mucho. El problema es que nadie me explicó eso jamás. Y, claro está, seguí aguantando y aguantando paliza tras paliza, borrachera tras borrachera, insulto tras insulto.
De soltera, cuando veía en las noticias casos de mujeres maltratadas, siempre pensaba en ellas con lástima y con un sentimiento de superioridad. ¡Pobrecillas!, me decía a mí misma, lo siento por ellas, pero en el fondo son tontas por consentirlo. ¡Cualquier día iba yo a dejar que me pusieran la mano encima de ese modo!
¿Saben eso de que por la boca muere el pez? Pues eso fue justo lo que me pasó. Por eso pintan a Cupido ciego, ahora lo sé. ¿No quieres caldo?, pues toma tres tazas: otra patada en la boca por haber caído yo también en esa trampa del “amorparatodalavida”.
¿Saben quién me enseñó lo de que matar es fácil? ¿No? Está clarísimo: me lo enseñó él. No tuvo que explicarme nada, fue una lección práctica que aprendí el día que, estando embarazada de cuatro meses, me mató al crío en la barriga a base de patadas. Pero me la aprendí bien.
Por eso ahora estoy en el cementerio.
No, no. No se equivoquen. A mí no pudo matarme. Pero en la siguiente borrachera, miren que mala suerte, dio la casualidad de que se cayó por las escaleras del piso. ¡Cosas que pasan! En fin… Descanse en paz. Amén.

Adela Castañón

La nota desafinada

La viuda que vivía en el primero izquierda salió a comprar el pan a las nueve de la mañana, como todos los días. Volvió a su casa despacio para no cansarse y, por el camino, meneó la cabeza y maldijo una vez más al presidente de la comunidad. Claro, como él vivía en el bajo se negaba a la propuesta de una derrama extra para poner un ascensor. Virtudes iba a las reuniones de comunidad con la intención de insistir en la necesidad de la obra, pero al final se quedaba callada. Era la vecina más reciente, solo llevaba cuatro años allí, desde que le pasó lo de Valencia y tuvo que irse, y aún le daba miedo llamar la atención.
Entró en el portal y se cruzó con un hombre grueso, con gafas de concha y una barba que le tapaba hasta el cuello de la camisa, que iba mirando al suelo.
—Buenos días —dijo ella.
No era ninguno de sus vecinos, pero era una mujer educada y el saludo no se le niega a nadie. El otro se limitó a llevarse la mano al gorro de lana que le cubría la cabeza y dejó salir una especie de gruñido por toda respuesta. Ella subió con paso cansino los dieciocho escalones que había hasta su puerta y, al llegar al rellano, escuchó chistar a la vecina del primero derecha que la miraba con los ojos muy abiertos desde su puerta, entreabierta apenas una rendija.
—¡Virtudes!, ¡Virtudes! —Sin esperar respuesta añadió en voz baja—: Le han entrado en el piso hace menos de diez minutos. Lo he visto todo por la mirilla y estaba a punto de llamar por teléfono a la policía cuando he oído ruido y la he visto llegar.
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué me está diciendo, señora Engracia?
—Lo que oye. Ya se han ido, o se ha ido, que solo vi a uno, pero yo que usted no entraría por si acaso. —Miró con los hombros encogidos la puerta abierta a la izquierda, y luego a su vecina—. Pase si quiere, pero dese prisa, que estoy más muerta que viva del susto.
Virtudes se apresuró a entrar y llamó al 112 mientras Engracia seguía vigilando por la rendija. Pronto llegó una patrulla formada por un policía alto y delgado, que no tendría más de treinta años, y una agente bajita y risueña que parecía cubana o latina por lo atezado de su piel. Engracia, sin llegar a abrir del todo la puerta de su casa, les contó lo mismo que le había dicho a Virtudes, y los agentes entraron en el piso a paso lento, mirando en todas direcciones. A los pocos minutos salieron y tranquilizaron a las dos mujeres.
—Puede entrar, señora —dijo el alto—. No hay nadie y no parece que hayan revuelto gran cosa. Tranquila, que la acompañamos. Dé un vistazo y díganos si echa algo en falta. Parece que le han entrado a robar, pero igual no les ha dado tiempo.
Virtudes entró con ellos. Fue derecha al dormitorio y abrió el cajón de la mesilla, donde guardaba el dinero que sacaba los días uno y quince de cada mes de la cuenta del banco donde le ingresaban la pensión, y contó los billetes y las monedas. Había más o menos lo de siempre. Al fondo del cajón también estaba la alianza de su difunto marido y la pulsera de pedida, las únicas joyas que conservaba. En el salón y en la cocina tampoco echó nada de menos.
La pareja se marchó, no sin decirle antes que la llamarían para rellenar unos papeles y que si notaba cualquier cosa los llamara ella antes. Se despidieron, Virtudes cerró la puerta y echó la llave. Tenía el corazón acelerado. Entró en el baño para coger un Lexatín del cajón de las medicinas y entonces lo vio:
En la repisa, junto al vaso con el cepillo de dientes y las pastillas de corega para su prótesis, estaba la cajita de música. Las piernas se le aflojaron y se sentó sobre la tapa del inodoro sin quitar la vista del objeto.
Ojalá se hubieran llevado hasta los cubiertos, pensó. No faltaba nada en casa, era mucho peor: la caja de música sobraba.
La habían encontrado.

Adela Castañón

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Seguridad cuadriculada

Basado en una anécdota real de mi primer viaje a Nueva York

En 1990 Internet y yo no nos conocemos aún. Todavía busco y encuentro mis sueños en los folletos de viaje. En el que me dio la agencia, Nueva York se ve muy alta. Beso la imagen antes de cerrar la maleta para ir al aeropuerto con el resto del grupo de viajeros.

Cuando, por fin, estoy allí, me maravillo al ver que no es solo altura lo que tiene. Al caminar por sus calles, me doy cuenta también de lo ancha que es.

Los edificios, flechas que arañan el cielo, son aún más impresionantes de lo que esperaba. Todos los del grupo siguen el paraguas cerrado que el guía lleva en la mano, levantada como la de la Estatua de la Libertad, mientras tuercen el cuello en ángulos inverosímiles para empaparse de la visión de los rascacielos. Yo miro a mi alrededor y mi siento una hormiga entre las moles de ladrillos y cristales que ocupan toda una manzana. Me distraigo sin poderlo evitar.

Estamos llegando al edificio Chrysler, intersección de la calle 42 con Lexington Avenue. Enfoco la cámara de fotos: bocas de incendios, vapor que sale de las rejillas del suelo, peatones con movimientos robóticos, una mujer con abrigo de pieles y zapatillas deportivas, cacofonía hecha de acelerones de motor, de pitadas de claxon, taxis amarillos. Todo queda inmortalizado en las imágenes. Cuando miro a mi alrededor, solo hay desconocidos. Me he despistado del grupo, pero no hay problema. Saco el mapa del bolso. El edificio Chrysler corta la calle, solo tengo que rodearlo y encontrar al grupo al otro lado. La construcción es simétrica, me encojo de hombros y lo rodeo por el lado izquierdo. Dejo de mirar a mi alrededor mientras procuro doblar bien el mapa (Google Maps aún vive en el futuro en esa época) para guardarlo en la mochila. Doblo la esquina.

El ruido es aquí mucho menor. Casi inexistente. La luz también es mínima, no porque haya menos farolas, sino porque casi todas tienen los cristales rotos. Apenas pasan coches. Escucho pasos detrás de mí, el vello de mis brazos se eriza. Acelero el paso, las suelas de mis zapatillas deportivas pesan, me dicen que no corra. El aire que sopla es más frío que el de hace un rato. Losetas levantadas en las aceras, una boca de incendios rota. La esquina de la calle está lejos, muy lejos. Mis fosas nasales se dilatan, olor a cubos de basura mal tapados, olor a sudor, a mi sudor. El miedo huele a sudor. Tropiezo con una loseta, se me dobla el tobillo, pero no me caigo. Fuego que sube desde mi pie a mi garganta. Tengo sed. Llevo una botella de agua en la mochila, pero no me detengo para sacarla.

La esquina se acerca. El ruido de los pasos también. No vuelvo la cabeza.

Echo a correr, doblo la esquina. Diviso a mi grupo. Veo borroso. Sudor en mi cara, lágrimas. Alivio. Vergüenza. Los labios del guía se mueven. No me han echado en falta. Ahora, tarde, recuerdo su voz por la mañana, en el desayuno, advirtiendo que hay cuadrículas de calles seguras y otras peligrosas. A partir de ahora prestaré atención a sus charlas, mucha más atención.

Miro hacia atrás. El sol se refleja en los cristales y creo que el edificio Chrysler me está dedicando un guiño burlón. Pero no importa. Acabo de cruzar la frontera de peligro. He ganado yo la batalla.

Nueva York no es solo alta o ancha. También es fría o calurosa. Ruidosa o silenciosa. Acogedora o amenazante.

A veces todo depende de rodear el edificio Chrysler por la derecha o por la izquierda.

Me incorporo al grupo. En apenas unos minutos, he aprendido más de la ciudad que con todas las charlas del guía.

Adela Castañón

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Revolución

Yuna era la gestora del Banco de Palabras, una de las divisiones más importantes del Sistema Central del Gobierno de Muta. Su trabajo se limitaba a mecanizar la cuota mensual de términos asignados a los ciudadanos, y vigilar el ordenador central que analizaba todas las grabaciones diarias en busca de desvíos. Llevaba dos años en ese puesto y, hasta ese día, todo había ido a la perfección.

Esa mañana saltó la alarma por primera vez en años. El Protocolo estaba claro: diez términos al mes para cuestiones íntimas, cinco para términos abstractos (a los ciudadanos que habían logrado ascender a puestos de gobierno) y cuota ilimitada para aspectos laborales y de productividad comunitaria. Y, en Muta, nadie decía nada que no fuera necesario.

Yuna volvió a ponerse los auriculares y escuchó. La grabación no estaba clara porque, nada más empezar, un siseo había silenciado al hablante. Pero los primeros segundos seguían sonando igual:

—Lo siento mu…

Era una voz infantil, no cabía duda. Enseguida se acallaba cuando un adulto, posiblemente su madre, lo había interrumpido con el siseo antes de empezar a hablar de manera algo acelerada:

—Jori, repásalo de nuevo. Limítate a eso. Dentro de tres días cumples siete años y debes leer tu Manifiesto de Intenciones Productivas delante de la Comisión. Si te equivocas te reasignarán a Reprogramación Lingüística.

Después de aquello, solo se escuchaba la voz del niño recitando a la perfección un Manifiesto que era un modelo de corrección absoluta. Yuma sabía que debía dar la alerta de inmediato, pero… ¡un niño! ¿Cómo podía un niño haber tenido acceso al verbo “sentir”? ¡Esa palabra estaba reservada a unos pocos! Para tener acceso a ella, el ciudadano debería haber sido una de las escasas criaturas capaces de ahorrar durante años un número elevado de sus palabras asignadas. Solo los que lograban alcanzar los suficientes Créditos de Silencio podían acceder a las palabras reservadas. ¡Y ese niño solo tenía siete años! A ella misma le había llevado años acumular los créditos para convertirse en propietaria de su palabra favorita.

Yuna decidió que, antes de dar entrada al registro de una incidencia así, sería mejor comprobar que no había sido un error. Vivía sola, así que nadie se inquietaría si llegaba a su casa más tarde. Al salir del trabajo, se colgó al hombro su maletín y fue hasta la dirección de los rebeldes. Se identificó ante la mujer que le abrió la puerta y preguntó por Jori.

—Es mi hijo —dijo la mujer—. Pero no está autorizado a hablar con nadie que no conozca. Aún no ha leído su Manifiesto.

Yuna observó que la mujer mantenía los brazos demasiado pegados al cuerpo; unos cercos oscuros asomaban por sus axilas. Sobre los labios, vio aparecer diminutas perlas líquidas.

—Yo le preguntaré a usted. Y usted le preguntará a él. —Yuma entró sin esperar invitación—. Avísele.

La mujer se dirigió a otra habitación, de donde regresó con un niño cogido de la mano. El niño mantenía los ojos bajos, respetando la norma de no mirar a los extraños. Yuma decidió ser directa y miró a la madre.

—Pregúntele qué siente.

—No puedo usar palabras prohibidas. —La cara de la mujer se mantuvo impasible—. No tengo créditos de silencio.

—De acuerdo. Pregúntele qué ha dicho esta mañana, antes de que usted le dijera que debería limitarse a repasar su Manifiesto.

Gotas de sudor poblaron la frente de la mujer, que permaneció con los labios cerrados. Yuma vio que la mano que aferraba la del niño tenía los dedos blancos de tanto apretar.

—He venido a valorar la situación. Aún no he abierto ningún expediente. Si usted no le pregunta a su hijo, tomaré las medidas establecidas.

—Jori… —dijo la mujer.

Calló, incapaz de continuar. Si no obedecía, esa gestora se llevaría a su hijo. Pero si hacía lo que le pedía… sabía que se lo llevaría igualmente. Trató de pensar algo, pero su cerebro estaba bloqueado. Se arrepintió de haber accedido a la petición de su marido cuando se casaron: los dos habían decidido ahorrar al máximo sus cuotas, y habían transferido todo su capital a su hijo hacía apenas unos días. Creían que con ese capital estaría protegido, y tenían que entregárselo antes de su séptimo cumpleaños porque después de la lectura de su Manifiesto su mente sería ya un libro abierto para el Sistema Central. No se les había ocurrido que Jori…

—Estoy esperando.

La voz de Yuma sacó a la madre de su abstracción. Entonces, cuando las dos mujeres empezaban a pensar cómo salir de ese callejón sin salida, Jori miró directamente a los ojos a Yuma y le hizo un gesto para que se acercara. La gestora lo hizo, el niño se puso de puntillas y ella se agachó. Él le cogió la mano, tiró de ella hasta acercar la boca a su oreja y deslizó en voz muy baja una sola palabra en el oído de ella.

Yuma se levantó de un salto y trastabilló tanto que estuvo a punto de caerse de espaldas. Sacó de su maletín el ordenador portátil y pulsó el inhibidor de grabaciones con un margen de dos metros alrededor de donde estaban. La alerta solo saltaba cuando el bloqueo se extendía a más de tres metros de los hablantes.

—Repítelo —le ordenó a Jori.

—Sueños. —El niño le dirigió una mirada de adulto—. Con el regalo de mis padres, he comprado la misma palabra que tú. Te he visto cuando dormía, pero no sabía que a eso se le llamaba soñar.

Yuma lo recordó todo de pronto. Le flojearon las piernas y se sentó en el suelo, muy cerca de Jori y de su madre.

Ella también había soñado con Jori. En sus sueños, el niño ya se había hecho mayor y le daba las gracias por haberlo ayudado a cumplir su misión. Los dos parecían borrachos, de sus labios brotaban las palabras sin ningún tipo de dique o contención. Muta no existía, ni existía el Sistema Central ni, por supuesto, el Banco de Palabras.

—¿Me ayudarás, Yuma? —A pesar de que su nombre no se había pronunciado en ningún momento, a ella no le extrañó que Jori lo supiera.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Recordó de nuevo ese sueño, y recordó también los otros, los sueños proféticos, las visiones del futuro que estaba en sus manos y en las de Jori.

Abrió los ojos y afirmó con la cabeza. Jori le sonrió sin mostrar sorpresa. Los dos oyeron un suspiro ahogado y miraron a la madre de Jori que, asombrada, se tocaba dos regueros líquidos que bajaban de sus ojos por las mejillas.

Jori y Yuma los señalaron a la vez, y pronunciaron al unísono la primera palabra de la revolución: Lágrimas.

Adela Castañón

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El regalo

Aquello tenía que ser una broma, pensó Pedro. Llevaba medio año sin escribir, cierto, pero solo lo sabían unas pocas personas y ese regalo no era propio de ninguna. Podría venir de su editor, claro, pero no era su estilo. Jaime se limitaba a repetir que, aunque hubiera ganado el Premio Planeta, debería estar ya con la siguiente novela, así que quedaba descartado.

¿Alguien de su familia? No creía que su novia, demasiado ocupada con su protagonismo en la prensa del corazón por ser “la pareja de”, hubiera tenido esa idea. ¿Sus padres? No, a ellos no les importaba tanto la carrera literaria de su hijo como su felicidad y estaban a años luz de imaginar su bloqueo creativo.

¿A quién diablos se le ocurría regalarle al ganador del Planeta un curso online de escritura creativa? ¡Y de manera anónima!

¿Sería una broma? No tenía gracia. ¿Y si era una trampa, un regalo envenenado? ¿Qué pensaría el público si supiera que un autor consagrado hacía un curso así?

Añoró el anonimato de meses atrás cuando era un desconocido, un grano de arena más en la inmensa playa de escritores que, como él, aspiraban a la gloria.

Desde que ganó el premio, no necesitaba huir al café de su barrio para escribir sin las interrupciones de sus compañeros de piso. Ya no tenía que estirar la consumición y beberse un café con leche, largo de café, que estaba helado después de dos horas de darle a las teclas en la mesa de la esquina, esa que la camarera pelirroja siempre limpiaba cuando lo veía entrar al local con el ordenador viejo debajo del brazo. Ahora vivía solo, tenía un despacho, un ordenador nuevo, una editorial que le lamía el culo un día sí y otro también.

Volvió a mirar el email. Estaba claro. Era un correo de confirmación que le informaba de que estaba matriculado en el dichoso curso. Las palabras de Jaime al presionarle para que se pusiera las pilas retumbaban en su cerebro. Parecía que habían pasado de ser la parte de texto de un párrafo anónimo al anuncio en letras de neón, rojas y gigantes, de un cartel publicitario clavado en su cabeza:

“Tienesqueponerteaescribirya, tienesqueponerteaescribirya, tienesqueponerte…”

Quizá podría entrar en la página de la Escuela y cotillear. Su apellido, Martín, era bastante corriente. Nadie tenía por qué pensar que era el ganador del Planeta. Añadir una foto al perfil era optativo, podía usar un avatar.

O quizá lo que necesitaba era, sencillamente, ponerse a escribir de una maldita vez. A lo mejor el silencio de su piso era lo que le provocaba la parálisis. Siguiendo un impulso, cerró el ordenador, lo agarró y salió del piso. Caminó hasta la vieja cafetería, ocupó la mesa del rincón y respondió con una mueca distraída a la sonrisa con la que la camarera le dio una silenciosa bienvenida.

—¿Café con leche, largo de café? —preguntó la chica.

—Sí, gracias. Y tostada con aceite y tomate, por favor.

Ahora me lo puedo permitir, pensó Pedro. Sonrió. Abrió el ordenador. Entró en la página del curso. Algunos compañeros ya se habían presentado. Leyó con desgana sus palabras hasta que llegó a las de una chica, una tal Ana:

“Hola, me llamo Ana. Me he apuntado a este curso porque conozco a alguien que me ha demostrado que escribir no tiene por qué ser un sueño. No sé si llegaré a publicar algo, pero sí sé que aspiro a ser autora de la novela de mi propia vida. Ojalá encuentre en este curso la ayuda que necesito, porque no quiero seguir siendo una simple camarera cuyo momento más emocionante del día sea servirle a un cliente especial un café con leche, largo de café. Esta presentación podría ser el comienzo de mi historia”.

Pedro volvió a leer el texto. Miró la foto de la alumna. Era demasiado pequeña para distinguir bien los rasgos, pero el pelo, ese pelo que parecía fuego…

Buscó la barra con los ojos. La mirada de la camarera se cruzó con la suya. Y la cara de ella adquirió un color casi tan rojo como el de su pelo.

Adela Castañón

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El señor de Luriés

Tengo tantos hijos en estas aldeas como estrellas hay en el cielo y arenas en el mar. Don Juan Manuel de Montenegro, en Romance de lobos, Ramón del Valle Inclán.

Desde lejos se podía ver al señor de Luriés, erguido sobre las piedras de la era de Sancharrén, cómo vigilaba el trajín de los que nos afanábamos en la trilla. Hacía poco que me había nombrado su capataz y no me quitaba los ojos de la nuca. Se pasaba los días dándome órdenes absurdas. Que si dile a fulano que ate mejor los fajos de la mies, que no quiero perder ni una espiga en el acarreo. Que si mengano no azuza a los bueyes y se queda dormido dando vueltas encima del trillo.

En una de esas peroratas me mandó a buscar a Dionisia. Hacía rato que había ido al barranco de Cervera con el cántaro y ya tendría que estar de vuelta.

—Estos días se entretiene mucho. —Me apuntó al pecho con su bastón—. A mí no me la pega. Estoy seguro de que tiene líos con alguno de vosotros.

—¿No se referirá a mí?

—Pues podría ser. También me he dado cuenta de que, cuando no la ves, no te concentras en las faenas.

—Pensaba que usted me tenía en otra estima.

—¡Pues no te podrás quejar! Por la estima en que te tengo, te nombré el mandamás de toda esta pandilla. Pero cuando se cruzan las mujeres, el mundo se pone patas arriba.

—Por Dios, don Fernando, se lo juro por mis muertos.

—Anda, que no me hace falta que jures. Haz lo que te digo. ¡Ah! Y no tardes en volver tanto como ella.

—Descuide. Lo haré lo más rápido que pueda. Pero tenga en cuenta que el pozo de la Faja Canal cae algo lejos, está ya en barranco de San Andrés —Se rascó la cabeza—. Además, sacar el agua del pozo con una cuerda vieja y con una lata roñosa lleva su tiempo.

Eché a correr. A mí también se me había retorcido el estómago. No era su Dionisia. Era mi Dionisia, y nos pensábamos casar. Y, si don Fernando se opusiera a nuestra boda, teníamos planeado huir por el camino que, escondido entre los pinos, lleva a la Collada.

En estas estaba mientras iba hacia el barranco. El pulso se me subió a las sienes cuando vi el cántaro arrimado a una carrasca, al lado sus zapatillas, rotas por la punta y llenas de barro.

Me acerqué con cuidado hasta la bajada del pozo. La vi antes de llegar. Aún no flotaba. Tenía una mano atrapada en las zarzas y el cuerpo se estaba hundiendo entre el pan de rana. Como en una danza macabra, sus sayas se le habían subido y flotaban moviéndose alrededor de su cintura.

Me quedé paralizado, sin poder respirar. Me daba pellizcos en las manos para comprobar si estaba vivo, quería asegurarme de que no era una alucinación ni una pesadilla.

Sin darme cuenta, me puse a hablar solo, o con ella, que no lo sé.

Dionisia, ya sabía yo que no te podías caer al llenar el cántaro. Recuerda que preparamos juntos la lata con la que lo llenabas. Le atamos una cuerda larga y le pusimos una piedra dentro, así la podrías tirar desde lejos, sin acercarte al borde del barranco. Nos inventamos el artilugio porque la orilla estaba muy resbaladiza, tanto que ya nos había dado un susto a más de uno y decían que hasta se había caído una caballería. Mira, Dionisia, yo sabía que, aunque hiciera calor, tú nunca intentarías refrescarte. A ti, tan pudorosa, nunca se te habría ocurrido subirte las faldas y remojarte las piernas. ¡Qué desvergüenza! Así que al verte metida dentro del agua me ha dado un aire. Yo sé que no te has caído. Eso es imposible. Hemos hablado muchas veces de estos barrizales cubiertos de hierba, donde las culebras de agua están a sus anchas. ¿Te acuerdas que siempre me decías que les tenías mucho miedo?

No sé cuánto tiempo pasamos así. Tú en el agua y yo mirándote desde la orilla, embelesado en tu piel blanca y en tu cabellera enredada en las zarzas. De repente, unas moscas verdes me sacaron de mi ensimismamiento y comencé a correr hacia la era. Cuando vi al señor de Luriés, se me doblaron las piernas y se me mojaron los pantalones. No pude hablar, pero él lo entendió todo. Me quedé perplejo con sus lamentos, como si le hubiera ocurrido algo a alguien de su familia.

En la era se montó mucho revuelo y todos corrieron. Pensaron que yo no había podido salvarte.

Todo ocurrió muy rápido. Echaron un arpón al pozo y lo ataron a dos mulas. Entre gritos y empujones lograron sacar tu cuerpo y lo arrastraron hasta la carrasca donde habías dejado el cántaro apoyado. Te cubrieron con una sábana grande, de las que se usaban en la era para recoger la paja. Esa noche los hombres velamos tu cadáver a la luz de la luna.

Al día siguiente, el forense certificó lo que todos sabíamos, que la muerte te había llegado por ahogamiento. En un momento, yo me hice adelante y le pedí que te hiciera más pruebas, que te mirara la madre por delante y por detrás.

—Si se refiere usted a un frotis vaginal y otro anal, ya he hecho las investigaciones pertinentes y he sacado mis conclusiones —me contestó.

 Don Fernando de Luriés se me encaró por semejante desvergüenza, pero el forense realizó su trabajo y también certificó lo que no nosotros no sabíamos: “la víctima ha sido violada y hay signos de un embarazo incipiente”.

Entre todos los presentes no me pudieron sujetar. Yo escupía al suelo y gritaba.

—¡Canalla, viejo canalla! Has engendrado una camada de lobos que acabarán contigo.

Entonces, aproveché que aún estabas de cuerpo presente y te dije todo lo que me había callado hasta entonces.

—Y tú, Dionisia, no eres inocente, que lo sabías todo. Yo mismo te lo conté. Recuerda que te advertí que el señor de Luriés había mancillado a todas las novias de sus dominios, que ninguna se pudo casar virgen. Sí, se creía con derecho sobre todas. También decía que lo amparaba el derecho de pernada. ¡Sí, eso decía y eso se sigue creyendo! Pero todos sabemos que eso no es un derecho, que es un abuso. Y todo esto te ha pasado por terca. ¿Qué es eso de buscarle agua fresca al señor? Por algo te decía yo que teníamos que marcharnos del pueblo antes de anunciar la boda.

Cuando te colocaron encima de la yegua que te iba a llevar a tu casa, yo cogí una horca de hierro afilada y apunté a la barriga de don Fernando. Con los ojos ensangrentados le dije:

—¡Usted ya no tendrá más vástagos! Se acabaron los aullidos de los lobos.

Carmen Romeo Pemán

ElDíaQueMeHiceMujer

A principios de la década de los setenta, tener doce años era, en cuanto a grado de espabilamiento, como ahora tener unos seis o siete. Nuestros padres eran Padres, así, con mayúscula. Solo Dios y el Papa estaban por encima de ellos. Los hermanos y hermanas mayores, oráculos que habían tenido la suerte de llegar al mundo antes que los demás, eran ídolos para el resto. Los había de todas clases y colores, claro. Estaban los que se dedicaban a esclavizar a los “enanos” y les encargaban toda clase de tareas, desde hacerles la cama hasta ir a comprar una barra de labios. Y estaban los otros, los que se sentían magnánimos y protectores con sus hermanos pequeños. Yo era de estos últimos, quizá porque mi mejor amiga era la menor de cinco hermanos, y yo, la mayor de tres.
En aquellos tiempos casi todas las conversaciones de los recreos en el patio del colegio eran cuchicheos, y no porque el contenido de las charlas fuera escabroso. Éramos simples hasta el aburrimiento. Baste decir que, hasta que no tuve once años largos, la regla era para mí un instrumento rígido y rectangular útil solo para trazar líneas rectas o medir la distancia más corta entre dos puntos. Sin ningún otro significado, claro. Empecé a sospechar que había algo más ahí cuando me di cuenta de que esa palabra hacía que los decibelios de los cuchicheos se redujeran al mínimo.
Por supuesto que, cuando llegó “ese” día, lo peor no fue el manchurrón entre marrón y rojizo de mis braguitas blancas de algodón, ni el retortijón de tripa como si me hubiera puesto morada de chocolate, ni pasar las dos últimas horas de clase con las rodillas tan apretadas que casi me dio un calambre al levantarme para ir a casa. No. Lo peor fue pensar cómo se lo diría a mi madre. Era invierno, pero cuando entré en casa tenía la cara tan roja como si hubiese corrido desde el colegio hasta allí en pleno mes de agosto. Al final, opté por lo más breve:
—Mamá —le dije sin soltar siquiera la cartera—. Me…
Me quedé bloqueada. Mi madre, al ver que no seguía, me cogió de la barbilla para que la mirase:
—¿Qué, Isabelita? ¿Qué te pasa, chica?
Yo bajé la cabeza hasta casi agujerearme el esternón con la barbilla y susurré:
—Me ha venido la regla en el recreo… creo.
No sé si mi madre lo tomó como tartamudez o como duda, pero se limitó a suspirar y a decir:
—Vaya, chiquita. Pronto llega, pero en fin…
Me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio. Abrió el último cajón de la cómoda, sacó unos trapos blancos y fuimos a mi cuarto. Los guardó entre mis bragas y mis calcetines.
—Mira, Isabelita. Tienes que ponerte estos pañitos para que la braga no se te manche, ¿entiendes? Cámbialos cada poco, si no lo haces la… si no lo haces puede mancharse hasta la ropa, ¿vale? Cuando te quites uno, lo enjuagas en la pila del lavadero con agua fría. Luego le das con el jabón verde y lo dejas un ratito en agua con lejía, en la palangana blanca chiquita.
Yo asentí con la cabeza. Hasta hablar me daba vergüenza, ¡qué mal rato, Señor! Mi madre se inclinó y me dio un beso en la frente.
—Bueno… pues ya tenemos otra mujercita en la familia.
Por la tarde no quise salir a jugar con mis amigas. Me daba vergüenza pensar que, si se me manchaba la ropa, todos lo verían y yo me querría morir.
Antes de cenar, me entraron ganas de hacer pipí y cuando fui al cuarto de baño casi me echo a llorar. ¡Era mucho peor que por la mañana! Además, se me había olvidado coger un pañito del cajón. Llamar a mi madre quedaba descartado. Gasté más de medio rollo de papel higiénico en fabricar un ovillo informe que me puse entre las piernas. Me subí las bragas como pude, asomé la cabeza por la puerta del baño para asegurarme de que el pasillo estaba despejado y di una carrera hasta mi cuarto. Cerré la puerta, cambié el ovillo de papel, que ya era de dos colores, rojo y blanco, por un pañito limpio y metí el paño sucio y el papel manchado en la bolsa del bocadillo del colegio que saqué de mi mochila. La escondí debajo de mi camiseta y entré en la cocina. No había nadie. Escondí el papel higiénico manchado debajo de las cáscaras de patata que había en la basura y fui al lavadero.
Aquello fue lo peor. El pañito sucio olía a rayos. Lo cogí por una esquina y abrí el grifo de la pila. Dejé que el agua empapara la tela, pero sin mancharme los dedos. Al principio pareció que funcionaba, pero luego el agua empezó a caer clara… y el pañito seguía con un color rosa vivo. No sé cuánto estuve así, pero aquello acabó cuando mamá, asustada al escuchar las arcadas que yo daba, entro en el lavadero.
—Pero, Isabelita, hija… que tampoco es para tanto, chica.
Sin embargo, lo dijo con poco convencimiento. A mis arcadas se sumaron unos hipidos incontrolables y mamá me quitó el pañito de la mano.
—Anda, trae, que ya lo hago yo.
Ese primer mes, mi madre fue mi ángel de la guarda. El siguiente intenté lavar mis pañitos, pero las arcadas me empezaban incluso antes de llegar al lavadero. Mamá volvió a hacerse cargo de la tarea y, al mes siguiente, antes de que me llegara la dichosa regla, entró en mi cuarto con una bolsa de la farmacia. Abrió el cajón de mi ropa interior, sacó los pañitos y metió allí lo que llevaba en la bolsa. Era un paquete grande, de plástico, que llevaba escrito “compresas”.
—Mira, te he comprado esto. Sale más caro, pero qué le vamos a hacer… ¡Ay, Señor, qué pronto has empezado…!
Las compresas fueron para mí una liberación. Lo único bueno de aquella época y de aquel asunto. Porque cuando llegó el verano y me enteré de que no podía bañarme en la playa ni en la piscina se me cayó el alma a los pies. Raro era el día en no había alguna niña vestida de cabo a rabo cerca del agua, poniendo como excusa para no bañarse aquello de que estaba resfriada. No sé a qué nivel estarían los conocimientos de los chicos sobre sexualidad femenina y si se tragaban nuestra excusa, pero me da a mí que, si nosotras éramos torpes, lo de ellos rayaba con el retraso profundo. Y, para muestra, un botón: mi hermano vio un día un anuncio de Evax en la revista Hola que compraba mi madre, y me soltó:
—Mira, Isa, ya no saben qué inventar. ¿Para qué servirá esta tontería?
Yo me puse como la grana. Y, para que quede claro que era de las hermanas mayores que se enrollaban, le di a mi hermano un cursillo acelerado sobre la menstruación femenina que hizo que, al final, él se pusiera incluso más rojo que yo.
Así fue cómo cambió mi vida ElDíaQueMeHiceMujer. Espero que, en el futuro, si me caso, no me vendan milongas sobre ElDíaMásFelizDeTuVida… porque menuda faena, ¿o no?

Adela Castañón

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La elección correcta

Me miro en el espejo de la entrada, me aseguro de que no llevo la corbata torcida y salgo de casa. Mi abogado dice que hay que cuidar los detalles y esa era una de las cosas que Luisa hacía por mí antes de que le entrara esa tontería de emanciparse, cuando aún era una esposa como Dios manda, una madre modelo, y todo iba bien.

Avanzo por el camino de piedras del jardín hasta la acera. Dejé el coche ahí porque no valía la pena meterlo en el garaje cuando regresé de la oficina para cambiarme. Pulso el mando, abro la puerta y arranco el motor. De pronto, siento algo frío y metálico en la nuca y escucho una voz medio velada:

—No se te ocurra moverte.

El frío camina por mi espalda como si un ciempiés de goma estuviera clavando sus patas en cada una de mis vértebras. Sin mover el cuello, veo en el retrovisor una cabeza cubierta por un pasamontañas de color marrón oscuro. El estómago se me encoge, y el café que acabo de tomarme a toda prisa en la cocina amenaza con subir hasta mi boca. Aprieto los labios y lo único que acude a mi cabeza es un pensamiento absurdo: como vomite, me mancharé la corbata.

—Arranca despacio y mete el coche en el garaje.

Intento tragar saliva sin conseguirlo y obedezco. Meto primera y avanzo a cámara lenta. Hago inventario de lo que llevo encima. Me armo de valor.

—Escuche, tengo casi seiscientos euros en la cartera, y dos tarjetas de crédito. Puedo darle…

—Calla y obedece —me interrumpe—. Y cierra la puerta al entrar.

Conduzco despacio, meto el coche y escucho cómo empieza a cerrarse la puerta. El aire vuelve a acariciarme la nuca, dejo de estar encañonado. Mi asaltante se baja, abre mi puerta y me invita a salir. Obedezco, aunque las piernas me sostienen con dificultad. Asombrado, veo que el hombre se lleva una mano al cuello y agarra el borde del pasamontañas. En la otra mano, tiene un cilindro de metal de unos cinco centímetros de largo que parece un inofensivo trozo de cañería, pero nunca se sabe. Miro al suelo, no entiendo nada, pero no quiero ver su cara; eso sería peligroso para mí.

—Deja de hacer el gilipollas y mírame, Travolta.

Aprieto los dientes sin poder creer lo que veo. El único que me llama así es mi suegro desde que Luisa y yo nos conocimos en un concurso de baile. ¡El muy cabrón me ha dado un susto de muerte! Me mira de frente, a cara descubierta, y me da un empujón tan fuerte que me doy un cabezazo con el marco de la puerta y vuelvo a quedar sentado de lado en el asiento del conductor.

—Escucha bien. —Se guarda el cilindro en el bolsillo—: Vas a ir ahora a la cita con los abogados. Vas a saludar a mi hija con mucha educación. Vas a firmar el documento en el que renuncias a la custodia de Dani y a olvidarte de tus amenazas a Luisa sobre lo de quedarte con mi nieto.

—Pero ¿qué te has creído? —contraataco—. ¡Eres gilipollas!

—Puede, pero soy un gilipollas vivo y tú puedes ser un hijoputa muerto si no lo haces.

Algo en su tono hace que mi ira se esfume y vuelva el miedo.

—Mira, Travolta. —Levanta la mano izquierda, extiende el meñique y repite—. Uno: le cederás a Luisa la custodia y la patria potestad de Dani, sin tocar ni una coma del acuerdo. —Extiende el anular—. Dos: lo que hagáis con el dinero, la casa, los coches y esas mierdas me la suda. Igual que a Luisa, por cierto. —Alza el dedo corazón—. Tres: tocarle los cojones a un suegro con entrenamiento militar, rico, y dueño de una cadena de ferreterías puede no ser buena idea. Este tercer punto es de regalo. Imagino que ya lo sabías, pero por si acaso. —Escupe al suelo y añade—: Espero que, por primera vez en tu vida, sepas elegir lo que te conviene.

Pulsa el botón de apertura de la puerta del garaje, me da la espalda y se marcha sin mirar atrás.

Me quedo sentado en el coche unos minutos hasta que me tranquilizo un poco. Pienso que, al fin y al cabo, tampoco iba a saber qué hacer con Dani. Arranco. Lo único que me jode es saber que mi suegro se sentirá feliz con mi elección.

Adela Castañón

Cena para dos

Habían quedado en un lugar neutral: un restaurante en el que ninguno de los dos había estado antes. Cuando Elena lo llamó proponiendo la cita, David sugirió la pizzería a la que solían ir, pero ella dijo que le apetecía probar algo distinto y mencionó La Guarida del Corsario. Tenían buen pescado, comentó, y no quería saltarse su plan de comidas; lo llamó así, plan de comidas, no dieta, como cuando estaban juntos.
—¿Y carne? —le había replicado él—. Ya sabes que no soy muy fan del mar, Elena.
—También. Me han dado buenas referencias, David, no seas tan quisquilloso. Y sé que tienen carne porque miré la carta en internet. —Suspiró—. Sabía que lo preguntarías.
David aceptó. Sentía curiosidad, ¿qué querría Elena? Las últimas veces que había ido recoger a los niños, ella había abierto la cancela del jardín, y no solo eso. Él había llegado a entrar en el recibidor. Volver a pisar su casa le hizo darse cuenta de cómo añoraba su hogar. Aunque ahora no era su casa, se dijo, al menos no en sentido estricto, claro, era la de Elena y sus hijos. David suspiró. Había calculado mal con Elena al pensar que le perdonaría los cuernos una vez más, pero no había sido así. Era la primera vez que la postdata de una infidelidad duraba tantos meses y que, además, le había puesto las maletas en la puerta. Y ahora, de pronto, Elena movía ficha. Quizá, por fin, se estaba ablandando. La cita prometía.
El restaurante tenía un aspecto engañosamente sencillo. La decoración estaba calculada al milímetro para dar esa impresión, pero, a poco que uno se fijara, era fácil percibir los detalles sofisticados y discretos: luces indirectas, no tanto que impidieran ver los platos o las caras; manteles de un blanco impecable; flores naturales de aromas discretos, y una música casi tan inaudible como el sonido del cristal caro chocando con la porcelana.
David llegó veinte minutos antes. Elena odiaba las esperas y a él le interesaba quedar bien. Le sorprendió que ella, en lugar de aparecer con adelanto, como solía, se acercara a la mesa justo cuando las manecillas de un antiguo reloj de pared marcaban las nueve, hora de la cita. Él había pedido ya una botella de Protos y se había bebido casi media copa mientras aguardaba. Se levantó, le apartó la silla para que se sentara y luego tomó asiento frente a ella. Se había cortado el pelo y le dio la impresión de que había perdido algunos kilos.
—Te ves estupenda, Elena —dijo por todo saludo.
—Gracias. —Ella sonrió con suavidad—. El tiempo me trata bien.
El camarero se acercó, tomó el pedido y se retiró con discreción. Hubo un silencio breve. David apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Me dijeron que has estado fuera… —dejó la frase inacabada. Esperaba que Elena le preguntara cómo lo había sabido.
—Sí. —Ella se limitó al monosílabo sin dar más explicaciones—. Unos días. A veces viene bien un cambio de ambiente, ya sabes.
David no esperaba un comentario así, pero no detectó acritud en el tono. Le sirvió vino sin preguntarle, para ganar tiempo. Lo había pedido porque sabía que era su marca favorita.
—¿Qué tal los niños? —Intentó sonar desenfadado y sonrió—. ¿Me echan de menos?
—Están bien. —Le devolvió la sonrisa y se encogió ligeramente de hombros—. Lo otro tendrás que preguntárselo a ellos.
—Lo haré cuando los vea. Las vacaciones de verano están a la vuelta de la esquina, tendremos que hablar del tema, ¿no? Si no te apetece ahora o si te parece precipitado podemos quedar otro día. Aunque estoy bastante ocupado, seguro que encuentro un rato para estudiarlo.
—Eso espero. Siempre se te dio bien.
—¿El qué? ¿Los niños?
—No. Lo de mantenerte ocupado.
—Alguien tenía que ganar dinero, ¿no?
—No lo digo como un reproche, David. —Elena alzó la copa en un brindis silencioso—. Solo constato el hecho. Ocuparte de tu trabajo se te ha dado siempre bien.
—Como a ti tomar distancia. —No pudo evitar la réplica.
—Entonces estamos en igualdad de condiciones, ¿no crees?
—Lo hemos estado siempre, Elena. —Trató de arreglarlo—. Somos un equipo.
—Supongo que sí, que éramos algo así. —Ella soltó la copa sin añadir nada más.
A David no le pasó desapercibido el cambio de tiempo verbal de presente a pasado, pero lo dejó correr. El camarero llegó con la comida y, durante un breve rato, hablaron de cosas inofensivas: proyectos, noticias, recuerdos asépticos que podían mencionarse sin dolor… Incluso hubo algunas risas compartidas y espontáneas.
Mientras esperaban el segundo plato, David levantó la copa y le hizo a Elena un gesto pidiendo un brindis. Ella alzó la suya, pero no bebió.
—¿Sabes, Elena? Creí que esta cena sería más difícil, ya ves.
—¿Difícil en qué sentido?
—No sé, más incómoda, quizá. Más… más vacía, o más llena de reproches por tu parte, reproches que me he ganado a pulso, lo reconozco. Pero veo que todavía podemos hablar con calma.
—Eso es bueno, supongo.
—Claro. —David dio un sorbo a su copa—. Te vi el otro día en el parque, con los niños.
—¿En serio? —Elena entornó los párpados—. ¿Y por qué no te acercaste?
—No sé, no quería interrumpir. Me pareció que tal vez esperabas a alguien. ¿Acierto?
—Qué tontería. No hubieras interrumpido nada.
—Elena, me pregunto… bueno, me pregunto si lo que nos ha pasado era inevitable. Sé que he metido la pata varias veces y…
—Ya no creo en lo inevitable, David. Ni en dejar pasar las cosas. Mi vida, la de los niños… no puede consistir siempre en unos puntos suspensivos. Lo pensé durante mi viaje.
—¿Y si intentamos ver las cosas desde otro ángulo?
—¿Desde cuál? —Ahora Elena sí dio un buen sorbo a su copa.
—Desde el que nos permita reconstruir nuestras vidas. —David se inclinó hacia adelante.
—¿Y si ya no hay nada que reconstruir?
—Siempre lo hay, Elena. Aunque sea algo distinto, ¿no crees?
—¿Estás seguro? Tal vez hemos cambiado demasiado.
—Puede. Pero podemos encontrar la manera. Estamos aquí, cenando juntos. Eso significa algo, ¿no? —David se relajó. Ya era hora de que las cosas empezaran a mejorar.
—Sí, estoy de acuerdo. —Elena señaló al plato de él—. ¿Qué tal la carne?
—Exquisita.
Entre los dos se instaló un silencio lleno de palabras que ninguno estaba dispuesto a decir. Se concentraron en la comida y no pidieron postre. Cuando el camarero dejó la cuenta en la mesa, ella se apresuró a sacar el monedero de su bolso.
—Deja que te invite —dijo él.
—No hace falta. Es mejor así.
Elena dejó la mitad del importe sobre la mesa y se puso en pie sin darle tiempo a insistir. Él la imitó y ella lo detuvo con un gesto.
—He venido en coche, no hace falta que me acompañes.
Le sostuvo la mirada un instante y luego rebuscó en el bolso. Sacó un sobre y se lo tendió con una sonrisa.
— Me alegro de que hayamos podido hablar —dijo Elena. Señaló el sobre—. Llámame en unos días.
Él se quedó en la mesa unos minutos más, acabándose el vino mientras la veía marchar. Dio la vuelta al sobre. El remite llevaba el membrete de una firma de abogados. Sintió un peso extraño en el pecho, como si el último bocado de carne se le hubiera quedado atascado.
Salió a la calle. Se arrebujó en su abrigo. Hacía un par de horas, cuando llegó a La Guarida del Corsario, no había notado que el aire frío era tan cortante que atravesaba la piel.

Adela Castañón

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Joaquina Bernués, una golondrina fragolina

Su padre la sacó de la escuela el día que se despidió el repatán, el aprendiz de pastor que había trabajado casi tres años por un real a la semana. La patera y la modorra les habían matado a muchas ovejas y el padre de Joaquina no podía pagar a otro ayudante. Así fue cómo ella se pasó la juventud detrás del rebaño, tragándose el polvo del camino y durmiendo en parideras. Por las noches, mientras amamantaba a los corderos o hacía callar a los perros, soñaba con una buena dote. Y todo porque ningún mozo la sacaba a bailar, cuando bajaba al baile de las fiestas de la Virgen del Rosario. Con estas ideas en la cabeza entro en la veintena. Y, una tarde, mientras le servía la sopa a su padre, se atrevió a decirle:

—Mire, padre, tendríamos que buscar un repatán nuevo, que yo me voy haciendo moza vieja y ya no estoy para este trabajo de críos.

Él dio un manotazo en la mesa, tiró la escudilla al suelo y le gritó:

—¡Desgraciada! ¿Qué dices? Tú nunca saldrás de estas tierras, que no tienes donde caerte muerta. —Se sentó otra vez en el banco—. Y de esto ya no hablaremos más.

—Pues no, no hablaremos más. —le replicó Joaquina mientras se calzaba unas abarcas viejas—. ¿Ha oído hablar de las golondrinas alpargateras? Sé que dentro de un par de días salen las de Agüero, que me lo ha dicho el pastor de casa el Bastero.

—¡Noo! Esa sería nuestra mayor vergüenza.

Pero Joaquina salió de la paridera donde pasaba largas temporadas con su padre y ya no oyó los bramidos. En el camino hacia casa se fue haciendo el plan. Ella no se uniría a las que iban a Mauleón, que estaba demasiado lejos y no conocía a ninguna de las que hacían el viaje hasta allí. Mejor, así se quedaría en Olorón, más cerca de la frontera donde también había mucho trabajo. Y esto lo sabía de buena tinta, que había muchos fragolinos allí. Aunque pagaban menos que en otros pueblos, siempre aceptaban a los españoles en las fábricas de boinas y alpargatas del Bearne. Desde hacía varios años, el padre y las dos hijas de casa el Molinaz iban de temporeros a  las boinas. Salían cuando acababan de sembrar los campos, al empezar el otoño, y volvían cuando maduraban los trigos.

Llegó a casa y extendió un pañuelo de cuadros encima de la cama. Escogió el que guardaba en la alacena para hacer el macuto de los viajes. En el centro colocó y una muda completa. No tenía muchas cosas más, pero mejor. Así, le quedaría sitio libre para traer telas, hilos de colores, agujas, dedales y hasta un bastidor. Y a la vuelta, con lo que se ganara como golondrina, se bordaría uno de los mejores ajuares del pueblo. Sin darse cuenta se había llamado a sí misma golondrina. Claro, ese era el nombre con el que todos conocían a las alpargateras, vestidas con sayas y toquilla negras, que emigraban en octubre y volvían en primavera, como las golondrinas.

Antes de anudar el macuto, colocó encima de la ropa cuatro reales que tenía ahorrados de unas ovejas que se habían despeñado y las vendió a unos trajineros, sin que se enterara su padre. Para que nadie los descubriera los dobló y los escondió en el recordatorio de la muerte de su madre. Era uno de esos de doble hoja. Delante se veía la foto de un santo Cristo, como el de El Frago, y detrás una santa Quiteria, protectora de los caminantes y de la rabia. Se santiguó y le pidió protección a su madre. A continuación se puso una saya, que de tanto usarla se había vuelto parduzca, y unas alpargatas raídas. Se echó el bulto al hombro y tomó el camino de Agüero, el que va por el barranco de Cervera.

En menos de cuatro horas llegó a la Cruz del Pinarón. Pero, un poco antes se le habían unido dos mozas de Lacasta. Cerca de Santa Eulalia se añadieron las cuatro de Agüero, y todas juntas emprendieron la subida por la cañada del Puerto de Monrepós. Yo ese camino me lo sabía de memoria, lo había escuchado muchas veces a las mujeres que iban andando, desde El Frago hasta el Pantano de la Peña, a llevar el companaje a sus maridos que estaban de pastores en el Pirineo. Ellos bajaban a buscarlo hasta allí y les traían los quesos que hacían en la montaña. Ellas los vendían en el camino de vuelta.

En tres días, a marchas forzadas, como los soldados de César en las Galias, por trochas estrechas cubiertas de matorrales, recorrieron más de cien leguas. Como ellos, iban mal calzadas. Muchas perdían las uñas, y, de tantas rozaduras, tenían los pies en carne viva.

A la entrada de Olorón se despidió de sus compañeras de viaje, que siguieron hasta otros pueblos más lejanos, en los que pagaban mejor por menos horas. Atravesó el río Gave y subió la cuesta hasta la catedral. Allí, en el barrio de los españoles, enseguida encontró a unos fragolinos que le dieron razón de dónde se alojaban los del Molinaz. En una habitación oscura y estrecha se acomodaron los cuatro. A la mañana siguiente llegó puntual a la fábrica de alpargatas, no lejos de la de las boinas.

Sentadas en unas mesas muy largas, trabajaban  a destajo, más de doce horas al día. Hablaban y hablaban, sin perder el ritmo de unas manos ágiles, llenas de ampollas. A ella tocó en una que se tejían suelas de esparto. En la de al lado, cosían las punteras y los talones de yute con punzones y, un poco más allá,  trenzaban los cordones.

Joaquina, por primera vez, oyó las risotadas de un grupo de chicas jóvenes y se atrevió a hablar de los mozos de su pueblo y de sus deseos de atraerlos con un buen ajuar. Ya estaba pensando en los pretendientes que tendría en el baile de las fiestas de octubre cuando regresara con unos buenos ahorros.

A la vuelta, como no podía pasar los francos que había ganado en la fabrica, los dejó escondidos la última paridera francesa, la que estaba justo antes de la muga del Somport, donde pasaban los meses de verano unos pastores conocidos. A ellos les resultaría más fácil cambiarlos a reales y pasarlos en sus zamarras. Los carabineros, preocupados por el orden de los rebaños, no prestaban mucha atención a la indumentaria los pastores.

Debajo de la toca. que la protegía de la solanera, se puso unos pendientes de plata, que había comprado en un anticuario cerca de la iglesia de Santa María, y en la faltriquera se metió unos diez reales que había conseguido cambiar con unos traficantes de contrabando.

Ese año hubo grandes nevadas hasta pasado el mes de mayo y los pastores no pudieron pasar a Francia. La nieve sepultó para siempre la paridera del Somport.

A Joaquina, de aquel vuelo equivocado, solo le quedaron unos pendientes de plata que miraba con nostalgia.

Las golondrinas alpargateras aprovechaban las cañadas de los pastores.

La migración de las alpargateras se produjo entre 1870 y 1940.

La primera documentada en las fábricas francesas es una de Salvatierra de Escá, en 1831. Sus principales destinos fuero Mauléon-Licharre, Oloron Sainte Marie y otras ciudades del Sur de Francia.

Grupos de mujeres, aragonesas y navarras, muchas de ellas jóvenes y niñas, caminaban cientos de kilómetros hasta Francia a trabajar en las fábricas de alpargatas. Vestidas de negro con sus macutos, iban por las rutas de los pastores. Las llamaban golondrinas alpargateras porque sus viajes, de otoño a primavera, coincidían los de las golondrinas.

Sus peripecias fueron divulgadas en Ainarak o Golondrinas, un documental protagonizado por Anne Etchegoyen. La Ronda de Boltaña las recuerda en su canción La tumba de la golondrina.

***

Descendientes de nuestra golondrina fragolina fueron los Bernués, asentados en Olorón, que llegaron a ser dueños de zapaterías famosas.

La pelotilla

Mi madre decía que el destino solo metió la pata con ella al programar su fecha de nacimiento. 

—No es que la vida me haya tratado mal —se apresuraba a aclarar—. He sido feliz, pero me hubiera gustado ser la Bella Durmiente para dormir cien años y despertarme ahora siendo joven todavía.

Cuando la gente la escuchaba decir que nació demasiado pronto, y no porque fuera sietemesina o algo así, sino porque le fastidiaba tener tan poco tiempo para disfrutar de las maravillas tecnológicas que este siglo traía a manos llenas, la miraban raro. Pero, cuando seguía hablando, se rendían a su encanto con una sonrisa.  

—Es que digo yo que los españoles siempre vamos con retraso, qué se le va a hacer. No hay más que ver lo que pasa con los Reyes Magos, y conste que yo soy de ellos y no del gordo de la barba blanca, el del trineo, que mira que vestir de rojo, con lo que engorda ese color… pero bueno… Tiene más sentido común. Porque mira que poner nosotros los juguetes la noche del cinco de enero, cuando el siete o el ocho hay que volver al cole… ¿Tengo razón o no? —Aquí solía suspirar—.  Y eso me pasa a mí con las cosas nuevas que hay ahora, que tengo que ir más rápida que el Correcaminos porque ya me diréis… Que con noventa años soy un yogurín, sí, pero a punto de caducar.

Mi hija dijo una vez que su abuela no era vieja ni lo sería nunca porque no se vestía de negro ni con un moño apretado, le gustaba hacer tonterías, se reía mucho y se ponía una gorra roja de Mickey Mouse en los viajes. Es una de las mejores definiciones que he escuchado de ella.

Sus frases lapidarias, como esa de que hubiera querido más tiempo para disfrutar de mil cosas, nunca sonaban a queja. Ni de lejos. Se bebía la vida a sorbos, empinándola como si fuera un botijo y dejando que el agua fresca le corriera por la cara mientras se atragantaba con sus risas.

Se apuntaba a todo. Cuando salieron los móviles, le faltó tiempo para comprarse uno. Los primeros días, hasta se le pasaba ver el programa de Ana Rosa Quintana en Telecinco porque se le iban las horas toqueteándolo. Una tarde vino a mi cuarto con el móvil en la mano.

—Oye, Ade, ¿por qué hay señoras que quieren ser mis amigas?

—¿Qué? —Yo no tenía ni idea de a qué se refería.

—Mira. —Me dio el teléfono—. Aparecen cuando quieren. Casi todas tienen unos pechos enormes ¡y van casi sin ropa!

Cogí el móvil y me entró la risa. Mi madre, con la osadía de los ignorantes, se había dedicado a navegar a su aire y estaba sufriendo un bombardeo de páginas de contactos.

Si algo triunfó en su nuevo juguete, fue, sin dudarlo, el WhatsApp. Una de las primeras veces me hizo una videollamada en lugar de una llamada normal y, cuando contesté, le solté:

—Mamá, llevas el pendiente desabrochado y tienes cerilla en la oreja.

—¿Qué? —Pausa de dos segundos—. ¡Ay, hija, que va!

—Mamá, tócate la otra oreja. Y coge el móvil como si fuera un espejo. 

—¡Hala, Ade! ¡Pero si te veo!

—Pues igual de bien veía yo tu oreja, guapa —contesté entre risas.

—Eso ha sido mi ángel de la guarda, para que no perdiera el pendiente. ¿Qué has hecho para verme? ¡Esto parece magia!

—Yo no he hecho nada. Has sido tú. Le has dado a videollamada.

Seguir sus avances era divertidísimo, aunque hubo algo que nunca aceptó. A mis hermanos y a mí nos lo dejó bien claro.

—Niños, me podéis llamar por video, por WhatsApp, mandarme fotos o escribirme… ¡pero haced el favor de no marearme con la pelotilla!

—¿La pelotilla?

—Sí. La pelotilla.

Abrió la primera conversación que encontró y levantó mucho las cejas mientras nos mostraba un audio.

—Esta pelotilla. A mí no me mandéis esto. Que el otro día, en el súper, le di a la pelotilla y era uno de vosotros diciendo no sé qué, y me puse a contestarte y él dale que te pego, sin dejarme hablar. Soy vuestra madre. ¡Que sea la última vez que me hacéis parecer tonta hablando sola! Ea.

Aquello fue innegociable.

Adela Castañón

Obsesión

—¿Nerón? Explíqueme eso de que todo empezó por Nerón.

—Me decepciona, doctor. —Marcial chasqueó la lengua—. Aunque recuerdo lo que es empezar a ejercer recién terminada la carrera, ¿ya ha olvidado las principales lecciones? Me decepciona —repitió—. Pero se lo explicaré por los viejos tiempos. 

—Adelante, pues.

Luis maldijo su suerte. No necesitaba leer la anamnesis en la historia clínica que tenía en la mesa. La sabía de memoria: Marcial Villiers, catedrático de Psiquiatría de la Sorbona, presidente de mil sociedades científicas, director de un Psiquiátrico de élite, era ahora su paciente.

—¿Qué recuerda de Nerón? —preguntó Marcial—. ¿Cómo lo definiría?

—¿Qué tiene que ver…?

—Si quiere respuestas, doctor, empecemos por las preguntas —interrumpió Marcial—. Conteste.

El silencio entre los dos zumbaba como un cable de alta tensión.

—Incendió Roma. Fue un personaje histórico.

—Pobre. Una respuesta muy pobre. Fue uno de los pocos genios capaces de apresar la inspiración, de hacerla su esclava, pese a pagar por ello un alto precio.

—Sigo sin entender.

—Ahí va otra pista. Mi primera y única novela.

—¿Ha escrito usted una obra de ficción?

—¿Lo ve? Seguro que conoce todos mis ensayos. Todos son éxitos, pero… —Marcial suspiró—. Mi novela frente a mis publicaciones. Arte frente a ciencia. Yo como paradigma del doctor Jeckyll y mister Hyde.

Luis guardó un silencio desconcertado. Marcial siguió:

—¿Aún no lo ve? Mis ensayos se nutren de datos, de raciocinio. Por eso triunfan. Pero ¿dónde radica el éxito de una novela?

—No le sigo, doctor Villiers.

—Su ceguera mental ofende mi capacidad docente. ¡Un alumno tan prometedor, y no logra bucear en mi intelecto…!

—No estamos aquí para hablar de mí. —Luis se recompuso. Debía recuperar las riendas de la conversación—. Se trata de usted, Marcial.

Llamarlo por su nombre marcaría las distancias y pondría a cada uno en su lugar. Marcial Villiers ahora era solo su paciente, y su responsabilidad era evaluar la salud mental de ese hombre. Debía recordarlo. Porque solo era un hombre.

La sonrisa del viejo profesor le recordó a la de Anthony Hopkins en El silencio de los corderos. Hannibal Lecter. Hannibal el caníbal. Se aflojó la corbata. El aparato de aire acondicionado marcaba 23ºC. Agradeció que su bata tuviera manga larga. El vello de los brazos se le había erizado y, pese a eso, un calor asfixiante que nada tenía que ver con la canícula infernal de ese día de agosto le subía desde el pecho hasta el cuello. Temió que las gafas resbalaran por su nariz si empezaba a sudar. Se las quitó y las dejó sobre la mesita. Trató de disimular una inspiración profunda. Joder. Él no se parecía en nada a Jodie Foster.

—¿Por qué crees que fracasó mi novela, Luis? —Marcial le devolvió el golpe con el tuteo inesperado. No esperó respuesta—. Porque era mala. Le faltaba algo.

—¿Y…?

—Razona, doctor. ¿Por qué es mala una obra?

—Por mil motivos.

—Mal. Busca el origen. Eres psiquiatra.

—Ilumíneme. Usted también lo es.

—Bravo. Eso está mejor. No es tan difícil, ¿verdad? Hagamos que sea el paciente el que busque las respuestas. Me devuelve la fe en mí como docente. —Marcial se levantó y empezó a dar vueltas por el despacho—. Veamos, el origen de la bondad o no de una obra está en su autor. En este caso, yo como novelista. ¿Me sigue?

—Le sigo. Continúe.

—Profundicemos. ¿Qué necesita el autor? —Hizo una pausa—. Venga, no me deje todo el trabajo a mí.

—Pues… —Luis meditó unos segundos—: ¿Técnica e inspiración?

—¡Bravo, doctor! —repitió Marcial—. Mi técnica es perfecta. No así mi inspiración.

—¿Qué tiene que ver eso con sus actos?

 —¿Sigue sin ver? La búsqueda. La búsqueda del genio. La inspiración es esquiva y hay que pagar un alto precio para poseerla. Nerón me dio la clave, necesitó un incendio, y no uno cualquiera, sino el de Roma. Hay nobleza en los grandes sacrificios.

—Usted no es un pirómano —tragó saliva—, sino un asesino.

—Empecé por la ciencia. Asistí a la autopsia de un escritor. Palpé su cerebro. Lo olí. Hasta lo saboreé en un descuido del forense. ¿Sabe que, al morir, el cerebro pierde unos gramos de peso?

Luis tragó saliva y contuvo una arcada. Solo con eso, el abogado defensor ya podría alegar locura.

—Pero no funcionó, tal vez porque la inspiración es algo vivo y se lleva mal con la muerte. Necesitaba genios vivos.

—¿Por eso los mató? ¿Para morder sus cerebros, comerse sus lenguas, beberse su sangre…? —No pudo seguir enumerando la lista de atrocidades.

—¿Quiere saberlo? Hagamos un trato. Sé que usted también escribe, que su novela ha triunfado. Por eso pedí que fuera mi psiquiatra. Cuénteme su truco y colaboraré en todo.

Luis suspiró. Negociar con ese demente podía ayudarle.

—El punto de vista. Poseer mirada de escritor.

El corazón de Marcial se aceleró. ¡Por fin! Suerte que su alumno se hubiera quitado las gafas. Se le acercó por detrás, con las manos a la espalda. En la derecha, llevaba el bisturí que acababa de coger de una vitrina.

Adela Castañón

Imagen: Curious Hunter en Pixabay

A oscuras

Igual que otras noches de tormenta, saltaron los fusibles y se fue la luz. Era el primer apagón en meses, el primero desde el día del telegrama y, esta vez, a Virtudes le dio igual. Paco y ella siguieron mirando el televisor, como si la telenovela aún se desarrollara, plana y en dos dimensiones, en esa pantalla muda tras el fundido en negro.

Se acordó de que había puesto la lavadora hacía menos de quince minutos. Sin decirle nada a Paco, que seguía con la vista perdida en un vacío infinito, se levantó del sofá para ir al lavadero a detener el programa de lavado, pero se detuvo a mitad de camino, en la cocina. No creía que la lavadora se estropeara si no la paraba, y si ocurría, bueno, si ocurría, la verdad es que le daba igual.

Abrió el grifo y cogió la tetera. La puso encima de la placa de vitrocerámica y se quedó con la mano a medio camino hacia el botón de encendido. ¿Qué hacía? Estaba tonta. No había luz y no habría té. Suspiró, le daba igual.

Cuando su Jesús era niño, mucho antes de que se alistara, mucho antes de Bosnia, mucho antes de que les regalara a sus padres la reforma de la cocina con la placa de vitro y otras modernidades, antes, mucho antes de todo eso, tenían una vieja hornilla de butano. Y cuando se iba la luz no importaba, también daba igual, sí, pero era diferente, no como ahora, porque podían cocinar.

Regresó al salón, las manos vacías, los brazos colgando, y se sentó otra vez al lado de Paco. Los cuerpos, a pocos centímetros y las almas a años luz. Y el silencio entre los dos como un intruso no invitado, una tercera presencia entre ellos mientras cada uno veía su propia película, de párpados para adentro, unidos y separados por ese silencio denso, oscuro como el salón tras el apagón; un silencio que violaba el cojín vacío del centro del sofá, ese cojín mudo desde que su ocupante se marchó.

Sonó un trueno. Dos segundos después, en el breve instante que duró un relámpago, Virtudes vio junto al televisor la foto enmarcada de Jesús vestido de marinero, el día de su Primera Comunión, como si la hubiera iluminado el flash del fotógrafo que se la hizo. Al lado estaba la otra foto, la que puso Paco luego, en la que se le veía muy serio con el uniforme de teniente, con el puto lazo en el marco.

—Mañana es lo del homenaje, ¿no? —le preguntó Paco. Sacó un pañuelo del bolsillo de la bata y se sonó—. ¿A qué hora dijeron que era?

—La misa, a las once. Y que luego habría un desfile, creo, o un discurso o algo así.

—Ojalá arreglen pronto la puñetera avería eléctrica y pare de llover. Como tenga que afeitarme a oscuras, me corto, seguro. Y no es plan ir hecho una mierda. —Se rascó la nariz—. ¿A qué hora te parece que salgamos?

—No sé. Sal cuando quieras. Yo no voy a ir.

—Eres… —Calló y meneó la cabeza—. Serás la única madre que falte, qué pasa, ¿eh? ¿Te la suda?

Virtudes no se molestó en contestar. Ojalá algo se la sudara. Ojalá le quedaran en el cuerpo gotas de agua y sal para poder sudar, ojalá algo encontrara el camino hasta sus ojos, secos y agrietados como el huerto, sin regar ni cuidar desde hacía varios meses, desde…

Miró por la ventana. Otro relámpago. Otro trueno. Ojalá cayera un rayo que fulminara la casa. El golpeteo de la lluvia sobre la uralita del patio sonaba como un réquiem burlón. Clavó en el cielo su mirada yerma y lo envidió, igual que envidiaba a Paco, porque tanto él como el cielo eran capaces de llorar.

Sonó otro trueno. Virtudes cerró los ojos. Los abrió. Coincidiendo con el fogonazo del siguiente relámpago, volvió la luz.

Virtudes miró la foto de su hijo vestido de teniente. Durante un segundo, la imagen de Jesús mostró una sonrisa que iluminó la habitación. Junto a ella, Paco se secó la cara con la manga y con el pañuelo, que aún tenía en la mano, volvió a sonarse.

Sus miradas se encontraron, él tendió la mano sobre el cojín vacío y Virtudes, por fin, recordó cómo era llorar.

Adela Castañón

Imagen: Peter H en Pixabay

El corazón averiado

El cirujano jefe salió de quirófano y se secó la frente con la manga de la bata desechable. Se quitó los guantes y se alisó el pelo antes de cruzar las puertas abatibles. Era el número uno en cirugía cardiovascular. Su adjunto y una residente de primer año lo seguían en silencio, manteniendo una distancia rigurosa de un par de pasos. Los tres se detuvieron en la puerta de la sala de espera de familiares porque el marido y la hija de la paciente que acababa de fallecer en la mesa de operaciones estaban de pie y se habían acercado a ellos nada más verlos.
—Lo siento —dijo el cirujano—. No se ha podido hacer nada. La pared del aneurisma era demasiado frágil y se rompió antes de que llegásemos a él.
La hija enlazó a su padre por la cintura y lo miró a los ojos, y la residente pensó que, de no haberlo hecho, el hombre habría caído al suelo. La joven doctora hubiera querido tocar el hombro de cualquiera de los dos, pero la actitud fría y profesional de su jefe la intimidaba. El cirujano siguió hablando con tono neutro y los brazos a lo largo del cuerpo.
—Ahora vendrá un administrativo para explicarles lo que deben hacer a continuación. Si tienen alguna duda, alguna pregunta sobre la intervención, díganselo y les dará una cita conmigo en menos de cuarenta y ocho horas.
La hija miró al médico durante un instante y se limitó a asentir con la cabeza antes de volver a clavar los ojos en su padre, y el cirujano se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. El adjunto y la residente lo vieron marcharse, erguido y a buen paso, sin volver la vista atrás. Se miraron entre ellos. La joven doctora, ahora sí, puso una mano sobre el brazo de la hija y parpadeó para contener las lágrimas que ahora, en ausencia de su jefe, se empeñaban en brotar. Era curioso. Con otros doctores no le costaba tanto trabajo controlar sus sentimientos, pero con este… ¡Aquel control absoluto de todas las situaciones no era normal! Se preguntó, y no por primera vez, si lo que corría por las venas de ese hombre sería hielo en vez de sangre. Personas así la hacían dudar de la existencia del alma y de si ella estaría preparada para ejercer esa profesión.
El cirujano caminó con paso firme hasta la zona de las taquillas. Abrió la suya, descolgó su ropa, se cambió y miró el reloj. Pasaban treinta minutos de su hora de salida. Si no hubiera intentado clampar la vena rota como último recurso, habría salido puntual. Se frotó la frente e hizo una respiración profunda antes de dirigirse al aparcamiento para coger su coche y salir disparado hacia su casa. Odiaba romper sus rutinas.
Al abrir la puerta le asaltó una sensación inquietante. La luz que llegaba al recibidor desde el salón era la de siempre, la temperatura era la misma que de costumbre, los escasos objetos que veía estaban en su sitio. Todo parecía normal. Todo salvo… eso era… salvo el silencio.
Colgó la chaqueta en el perchero que había junto a la puerta y entró en el salón.
Pinkfloid, su canario, estaba tendido con las patitas apuntando al cielo en el fondo de la jaula. En la ventana, la planta que había comprado hacía unas semanas seguía perdiendo hojas mustias. Abrió la jaula, cogió al canario y lo tiró a la basura. Sacó del congelador unas lentejas y las puso en el microondas. Regó la maceta y recogió las hojas secas.
El microondas pitó al cabo de un minuto. Sacó las lentejas, las puso en la mesa y se sentó. Cogió la cuchara. ¿Si hubiera llegado antes, habría podido salvarlo? Era un pensamiento absurdo, lo sabía.
El silencio le golpeó de nuevo, soltó la cuchara y empujó el plato de lentejas hacia el centro de la mesa.
Entonces apoyó los brazos sobre el mantel, dejó caer la cabeza sobre ellos y se echó a llorar.

Adela Castañón

Image by Tom from Pixabay

Malacate, maqui, malacatón

A la memoria Celedonio Fontabanas,  que siempre me hablaba de estas cosillas.

—Tonto, malacate, maqui, malacatón, traidor.

En ese momento oí la falleba de la ventana de la cocina. Me quedé parado cuando escuché los gritos de mi madre.

—¿Qué palabras son esas? ¿He oído bien?

—¡Nada, madre! Es que este me ha puesto la zancadilla justo en el momento que estaba meando la yegua y he me caído de morros en el charco que ha dejado en medio de la calle.

—¡Basta ya! Siempre con excusas. Ahora mismo te tienes que ir a confesar.

—¿Cómo? Si vengo de confesarme.

—Pues tienes que volver, que mañana es el día de tu Primera Comunión y acabas de soltar una rastra de juramentos. Así no puedes recibir el pan de los ángeles.

Me hice el remolón, pero mi madre bajó con la escoba y yo eché a correr. Cuando me vieron aparecer los que aún estaban en la cola del confesonario soltaron una carcajada.

—¿Seguro que se te ha olvidado contarle al cura que ayer pellizcaste a la chica que vino con los maquis? —me dijo Celedonio que siempre estaba de guasa.

—No seas cabrón. He vuelto porque me ha obligado mi madre.

Le entró la risa floja y me dejó pasar.

—Ah, y no te olvides de confesarte que me acabas de llamar cabrón.

Cuando le conté al mosén lo que me había pasado, escuché su risa de conejo. Me dio la absolución y me dijo:

—Anda zagal, reza un padrenuestro y tres avemarías. A ver si rezando te contienes y no dices tacos hasta que hayas comulgado.

Sin darme tiempo a levantarme, me puso una punta de la estola en un hombro y me mandó arrodillarme.

—Espera. ¿En la lista de insultos también has dicho maqui? Es que hablabas tan deprisa que me has hecho dudar.

—Sí, así llamamos, desde que vienen por aquí, a estos pedigüeños a los que la gente llama maquis.

—Pues yo no veo dónde está la gracia —con voz grave

—Bueno, pero son cosas nuestras sin mala intención. ¿No ve que maqui casa muy bien con malacate y malacatón? El maestro diría que casi riman.

—Pues con rima o sin rima, me vas a prometer que no lo dirás más y que no dejarás que lo digan tus amigos. Este insulto tan gordo vale doble que los otros —se santiguó antes de mandarme más penitencia—. Rezarás un padrenuestro y tres avemarías de propina.

A la salida me estaban esperando los amigos en la puerta de la Trastera. Cuando les conté que no había entendido por qué eran insultos esas palabras, empezamos a discutir.

En lo de tonto, malacatón y traidor nos pusimos de acuerdo. Todos creíamos que no eran juramentos, pero que podrían molestar a las personas. En cambio, en lo de malacate y maqui no pensábamos igual.

Con malacate subimos el tono. Según unos, era la máquina nueva que había comprado el panadero para hacer la masa. Decía que le quitaba mucho esfuerzo y que el pan salía más esponjoso. Así que este no era un insulto, al revés, una cosa buena. Según otros, significaba  otra cosa. Que ya lo habían buscado ellos en el diccionario: “persona retorcida, con malas intenciones”. El Pecas no la había oído nunca y propuso preguntársela al maestro.

—Ni se te ocurra —le gritó Celedonio—. Luego pensará que estamos todo el día hablando de juramentos y guarradas.

Después, en lo de maqui nos acaloramos. Unos decían que los maquis eran unos pordioseros que vivían en la Carbonera. Esos que venían todas las tardes a buscar recado. Esos a los que las mujeres les cosían los botones de las camisas y les remendaban los pantalones. Tía Gregoria de Michela les hacía los peduques y en algunas casas les daban hasta tocino blanco. Además, mientras las mujeres les ayudaban, ellos entretenían a la chiquillería. Nos dejaban mirar por unos gemelos que colocaban en unos artefactos en la plaza. Nos poníamos en fila y nos empujábamos para estar más rato. Nos gustaba contar los pinos de la Punta de San Jorge.

—Mira, si apuntas bien, puedes ver hasta los nidos —dijo uno de los pequeños.

Otros decían que no nos podíamos fiar de los maquis, que se parecían mucho a los malacates.

En eso estábamos cuando desconecté. La cierto es que me callé porque no sabía a qué carta quedarme. Y al hilo de la conversación me vino a la cabeza el caso de José María de casa Diego.

Aún no hacía medio año que lo habían matado los maquis. Juraron que había sido por error y fueron a pedir disculpas a su familia. Pero mucha gente se quedó con la mosca detrás de la oreja. Y todo porque coincidieron muchas cosas.

En ese momento estaba cumpliendo el servicio militar y acababa de llegar a casa con permiso. Iba vestido de soldado. Al acabar de cenar le dijo a su padre que pasaba a ver a sus primos, que vivían en la casa de al lado.

—No salgas sin cambiarte de ropa —le dijo su padre muy serio.

—Anda, no me venga con estas cosas. Me buscaré una muda limpia para mañana.

—Pues no deberías salir así —insistió su padre—. El pueblo está lleno de maquis y no me gustaría tener un disgusto. Dicen que se les ponen las cosas feas con los militares y sospechan que alguien los denuncia.

—¡Vaya tontería! Yo le digo que no, y lo sé de buena tinta. Además, es de noche y ni siquiera voy a cruzar la calle. —Se rió—. De noche todos los gatos son pardos.

Cuando salió de su casa, antes de dar dos pasos, justo debajo de la bombilla de la esquina de la calle Mayor con la Placeta, unos maquis que estaban apostados en el cubierto del Terrau le asestaron varios tiros. El ruido resonó hasta en la torre. Y como alguno apuntó a la bombilla, se cayó el casquillo, chisporrotearon los cables y se fue la luz de todo el pueblo.

En la plaza había otro grupo. Todos bajaron corriendo a ver qué había pasado. Discutieron entre ellos y enseguida desaparecieron por la bajada del Terrau. Es que habían dejado las caballerías cerca de la era de Boné.

Cuando se oyeron los disparos, nosotros estábamos cenando judías secas. Las mujeres se asomaron con candiles a los ventanucos y, en susurros, de ventana en ventana, la noticia llegó a todas las cocinas.

—¡Acaban de matar a José María de Diego!

Yo me quedé tan impresionado que no me pude dormir. Estuve toda la noche asomado a la ventana del granero. Tenía que hacer algo y sentía que lo arropaba con mi vigilancia.

Al día siguiente, antes de ir a la escuela, me acerqué a ver el charco de sangre. Allí nos encontramos todos los chavales llorando. La mancha de sangre tardó muchos días en desaparecer. Yo creo que, si miras bien, aún se ve una sombra de color rojizo. O es que me lo hace mi imaginación.

No sé cuánto rato estuve pensando en esto. Pero me desperezó el vozarrón de Celedonio:

—No os empeñéis en que melocotón y malacatón no son lo mismo.

Noté que tenía los ojos enrasados y me pasé la mano por la frente. Al momento metí baza en la conversación para aparentar que me había enterado.

—Pues yo seguiré diciendo malacate, malacatón, y traidor. Y, si me sale, también cabrón. Pero ya no llamaré maqui a nadie. Que así se lo he prometido al mosén.

Nunca supe si el cura era amigo o enemigo de los maquis. Pero siempre supe que rezumaba bondad y que, con su sonrisa y con su ego te absolvo, nos perdonaba a todos por igual.

Carmen Romeo Pemán

Foto: Chesus Asín,

Crónica de una metamorfosis

El mes pasado asistí en Valencia al II Congreso Escrivivir en el que, entre otras cosas interesantes, había una convocatoria de microrelatos que, para honrar a Kafka, tenían que empezar por una frase suya especificada en las bases. Participé y no gané, aunque admito que mi microrelato era un poco raro porque lo escribí en un rapto de inspiración y en verso libre. De todos modos, me divertí tanto al escribirlo que hoy os lo dejo aquí para arrancaros, o eso espero, una sonrisilla.

Crónica de una metamorfosis

Un escritor que no escribe es un monstruo que corteja la locura

y yo, pobre mortal,

era uno más entre los pretendientes

de la diosa Escritura,

un sueño inalcanzable.

Tuve miedo.

Me casé con la rutina.

Viví durante años en la cárcel segura y confortable

de un remedo del sueño de las masas:

un empleo estable.

El aire se espesaba,

respirar, cada día, costaba más.

Los alimentos ya no me saciaban,

la ilusión fue perdiendo sus fuerzas,

se ahogaba poco a poco.

Mi vida naufragaba

en la espuma impoluta

de mil folios en blanco,

las olas de un mar mudo,

amordazado,

un desierto incoloro

hecho de dunas

donde ninguna huella

dejé nunca.

Pero quemé mis naves,

lo dejé todo atrás.

O cambiar, o morir,

solo era eso.

Tomé mi decisión y, al despertar,

no era una cucaracha, ni un insecto,

y tampoco era yo, pobre Gregorio…

Por eso ahora…

Ahora me llaman loco

aquellos que no saben

que conseguí escapar de la locura

y, en brazos de mi amante,

la Escritura,

por fin puedo volar.

Adela Castañón

Imagen: Dmitry Abramov en Pixabay