Las manías de mamá

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre llevaba siempre manga larga. Suponía que era una más de sus manías, y por eso, porque creí que esa era la respuesta, nunca se lo pregunté. Mi madre era así.

Se casó con mi padre, un trabajador agrícola, y desdeñó al militar que la pretendía y que era, según decían todos, más rico, más guapo, más apuesto y más de todo. Mamá escuchaba mucho y hablaba poco, y papá era justo lo contrario. Recuerdo que un día papá nos contó a mi hermano y a mí que, cuando le preguntaba a mamá que por qué lo escogió a él, ella solo contestaba: “Ya sabes, manías mías. Pero lo que importa es que te quiero y que nos va muy bien”.

Mamá se empeñó en que yo fuera al instituto en vez de al colegio de las monjas, y eso que papá había progresado, teníamos dinero y podíamos permitírnoslo. A mí me hubiera gustado ir allí; las alumnas de ese centro se reconocían a la legua por su clase, por sus preciosos uniformes y a mí me parecía genial, pero mamá fue inflexible. Me dijo que yo podría tener las mismas actividades extraescolares que las niñas del colegio sin necesidad de asistir a él. Y cumplió su palabra, tuve clases de baile, de equitación, de música y de todo lo que pedí. Sin embargo, su única respuesta cuando le preguntaba por qué no me había dejado ir a un colegio tan selecto era siempre la misma: “manías mías”.

Mi hermano quiso hacer la primera comunión vestido de almirante, pero no sé cómo se las apañó mamá para convencerlo de que lo hiciera con un simple traje de chaqueta. Y eso que seguíamos siendo bastante ricos. Cuando le pregunté a Paco que qué le había dicho mamá para que cambiara de opinión, mi hermano se encogió de hombros y me dio una respuesta bien simple: “no me acuerdo, supongo que es una manía suya y a mí, la verdad, tampoco me importa demasiado darle gusto”.

Cuando mamá enfermó, todo ocurrió demasiado rápido. Al comprender que no saldría con vida del hospital, me pidió que hiciera dos cosas por ella. Una, que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo: “manías mías, ya sabes”. Y la otra, que le evitara a mi padre el dolor de tener que ocuparse de sus cosas, que me hiciera cargo de todo, y que quemara los papeles que tenía en una sombrerera en lo alto de su armario.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud. Al volver del cementerio quemé en la chimenea los papeles de la sombrerera. Mis ojos se emborronaron mientras veía retorcerse y convertirse en cenizas un montón de instantáneas en blanco y negro, con unos hornos gigantescos al fondo y, en primer plano, un grupo de militares gallardos y uniformados que custodiaban a un rebaño de esqueletos, todos vestidos de gris.

Al día siguiente busqué un trabajo donde no necesitara llevar uniforme.

Adela Castañón

Imagen de kalhh en Pixabay 

Nacido en El Frago, de una tal Ambrosia

De las fragolinas de mis ayeres

Aquella nota, ¡puta nota!, la encontré en la escribanía de mi madre cuando revolví sus papeles después del entierro: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”.

A los cincuenta años, mi vida se volvía del revés. ¿No era mi madre esa señora rubia, de alta cuna, que me había criado con tanto cariño y esmero? ¿No era yo el hijo de un cirujano muy conocido en la ciudad? ¿No era yo mismo un médico famoso gracias a los esfuerzos de mis padres? ¿Quién era mi madre verdadera? ¿La habrían echado de su casa conmigo en los brazos? Mil preguntas sin respuesta se enredaban en mi cabeza. Tenía que ir a El Frago. Quería saber quién era la tal Ambrosia.

A los pocos días aparqué el coche en la entrada del pueblo, justo donde acababa la carretera de tierra y comenzaban las calles estrechas de roca viva. Subí una cuesta y solo me encontré con un viejo que estaba dormitando al sol. Se había sentado en un banco de piedra enfrente de una barbacana que daba al río. Me acerqué, lo desperté con cuidado y entablamos una conversación sobre el tiempo. Mientras escuchábamos el ruido del agua, le pregunté si conocía a Ambrosia.

—¿Así que pregunta por la señora Ambrosia?

—Sí, dicen que me parezco a ella.

—Puede que se dé un aire, sí. Pero ella era más guapa.

—¿Cómo que era?

—Pues claro, ya va para tres años que se murió. ¡Pobre Ambrosia! No fue nadie al entierro.

Se quitó la gorra y me acompañó hasta una puerta entreabierta y desvencijada. La empujé con fuerza y chirriaron los goznes. Un rayo de luz que entraba por la rendija de un ventanuco iluminó las losas del patio, cubiertas de zarzas, en las que corrían a sus anchas unas lagartijas verdes. Un olor ácido de estiércol y maderas podridas me hizo retroceder. Entonces, me saqué un pañuelo blanco del bolsillo y me tapé la nariz. En cuanto me acostumbré a la oscuridad, subí las escaleras estrechas y empinadas que llevaban hasta la cocina.

Aún estaban los tizones a medio quemar y del calderiz, o llares o como se llame, colgaba una marmita negra, de esas que se empleaban para calentar agua. A los lados dos bancos de madera carcomida y una silla baja de anea. Una de esas en las que las amas de cría amamantaban a los hijos de los ricachones. Me vino un mal pensamiento: ¿Y si mi madre les hubiera vendido mi leche? No podía ser. Pero, aun así, me cagué en los muertos de esa panda de caciques.

El ruido del bastón y los resoplidos del viejo, que apenas podía subir las escaleras, me sacaron de mi ensimismamiento.

—Entonces, ¿es usted el niño que se llevaron a la inclusa?

Noté una punzada en la boca del estómago. Tardé un momento en reaccionar.

—¿Qué dice?, ¿usted qué sabe?

—Pues, ¿qué he de saber? Lo mismo que todo el pueblo.

Me senté en el poyo de piedra que había debajo de la ventana y me cogí la cabeza con las manos. Empecé a imaginarme mi historia. Que a mi madre la habían echado de casa por haberse quedado preñada. Que se vio en apuros y me dio en adopción en casa de un médico sonado. Que les había pedido que fueran buenos padres y que le guardaran el secreto.

—¿Y qué es lo que sabe todo el pueblo? —Se lo preguntaba a él, pero, en realidad,  me lo estaba preguntando a mí mismo.

Le costó arrancar. A final me dijo que mi madre estuvo sirviendo en casa Navascués desde muy joven, casi una niña.

—Ya sabe usted cómo eran las cosas entonces. —Con tono de complicidad.

—Pues no lo sé. Es más, no tenía noticia de que existiera El Frago. Y menos casa Navascués.

—Verá. Como yo era un crío, no me enteraba bien. Pero luego lo oí contar muchas veces. Aquí se decía que los amos tenían derecho de pernada.

—¿Derecho de qué?

—Mire, que viene de la capital. No se haga el tonto. Pues eso. Que se podían tirar a todas las que servían en sus casas cuando quisieran y sin dar que hablar. Que todo se quedaba en casa.

Noté cómo, alrededor de mí, giraban el candil y los cacharros de la chimenea. Me apoyé en la pared y me cayó encima la tierra de los adobes. El viejo no callaba y seguía con la historia.

Habló del parto de mi madre en el camastro de paja que se veía al otro lado de la puerta de la cocina. Me dijo que la atendió mi abuela, que era partera. Que ella me inscribió en el registro y, esa misma noche, sin dejar que mi madre me viera ni me cogiera en brazos, me llevó a la inclusa en el carro de Navascués. El criado que la acompañó, ni siquiera se apeó. Ella me depositó en el torno, envuelto con un trozo de manta zamorana, y dentro, en medio de los pañales, metió una nota escrita de su puño y letra: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”. Y que ya nunca se supo nada más de mí en el pueblo. También me dijo que a los pocos días, antes de que se le secara la leche a mi madre, nació el primogénito de Navascués, mi medio hermano, y ella lo amamantó hasta que la dejó seca y se le mustió la mirada.

—¡Basta, basta! —Me acerqué para zarandearlo, pero él me apartó con el bastón.

—Pues aún no sabe toda la verdad.

Siguió y siguió. A mi madre la mandaron a la puta calle cuando se le aflojaron las carnes. Vivió de la caridad hasta que una mañana la encontró una vecina. Ya llevaba más de una semana muerta y nadie la había echado en falta. Se había entufado con un brasero. Como no podía comprar carbón, recogía los trozos que quedaban alrededor de las caberas, esos que iban mezclados con tierra y ardían mal.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillado con la cabeza apoyada en la silla de anea. Cuando me levanté el viejo había desaparecido.

Carmen Romeo Pemán

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

¡Ayúdame, lector!

Sí, me refiero a ti que me estás leyendo. En serio. ¡Necesito tu ayuda, y ahora te explico por qué!

Verás, estoy haciendo un curso de escritura online, y hace un rato empecé a escribir mi ejercicio de esta semana. Todo iba muy bien, el narrador de mi historia era muy cercano, tan real que ya casi parecía de la familia. Yo estaba tan entusiasmada que no me di cuenta de que era muy tarde. La espalda me dolía y me picaban los ojos. Los cerré y me estiré en el sillón durante un tiempo que no creo que llegara ni a medio minuto. Al abrirlos, mis dedos se quedaron en el aire, sin llegar a tocar el teclado, cuando vi en el monitor una frase que no recordaba haber escrito:

—¿Por qué has parado de escribir?

Me froté los párpados. Debía de estar más cansada de lo que creía.

—¿Qué…? —Sabía que estaba sola, pero no pude evitar preguntarme eso en voz alta. En la pantalla, mientras yo parpadeaba, había aparecido otra frase:

—Que por qué has parado de escribir.

Te prometo, lector, que yo no había tocado el teclado. Pero la frase, surgida de la nada, estaba ahí, delante de mis ojos. Pensarás que es cansancio, lo sé, es lo que yo te hubiera dicho, así que intenté relajarme. Cerré los ojos, ahora sin apretarlos, e hice dos o tres respiraciones profundas y lentas. Los abrí despacio mientras empezaba a sonreír y a burlarme de mí misma y de mis paranoias, y la sonrisa se me convirtió en trocitos de cristal que se escurrieron garganta abajo.  

—¿Vas a dejar ya de hacer tonterías, o qué? —Esta frase tenía incluso un tamaño de fuente mayor que las dos anteriores.

Ay, amigo lector, esto que te cuento pasó en menos de un minuto. Me puse tan nerviosa que decidí que lo mejor era irme a dormir y dejar la tarea para el día siguiente, así que eché el sillón hacia atrás con idea de levantarme, pero me quedé clavada en él.

Estaba tan concentrada en las frases fantasmas que había dejado de prestar atención a todo lo demás a mi alrededor. Y cuando aparté la vista del monitor… a ver cómo te lo cuento… Mi cuarto no estaba. La estantería con mis libros, la lámpara, mi cajonera con los bolígrafos de colores, todo había desaparecido. Volví a mirar la pantalla, y se había convertido en una especie de cuadro, un grabado con el fondo difuso en el que una mujer con rasgos muy parecidos a los míos tecleaba en lo que parecía una máquina de escribir antigua. Me puse de pie y me levanté para acercarme al grabado y, en efecto, ¡la mujer de la foto tenía mi cara! Y el fondo, aunque desdibujado, parecía el de mi cuarto.

Pero si mi cuarto se había convertido en un cuadro, conmigo dentro…, ¿dónde me encontraba yo ahora? ¡Ay, tú que me estás leyendo, si lo averiguas házmelo saber, por favor, échame una mano!

Miré a mi alrededor, desorientada. Lo primero que noté fue que hacía frío. Un frío muy distinto al de mi Marbella en el mes de diciembre. Los muebles eran antiguos, de madera oscura. Había varias mesitas bajas distribuidas en lo que parecía la recepción o el salón de un hotel o un balneario de los del siglo pasado. En una de las paredes un fuego bastante vivo ardía en una chimenea. Me puse de pie y me acerqué en busca de algo de calor. Delante del hogar había un par de sillones de respaldo muy alto y rodeé el de la izquierda para sentarme. Al hacerlo, me di cuenta de que el otro sillón estaba ocupado. Una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, tan erguida que la espalda ni siquiera tocaba el respaldo, contemplaba absorta la danza de las llamas. Vestía una ropa pasada de moda, con medias negras, zapatos cerrados y abotinados y un discreto vestido de color gris con un cuello cerrado de encaje.

Dime, tú que me lees, ¿no has tenido nunca la sensación de conocer a una persona cuando la ves por primera vez? Pues eso me pasó a mí. Su cara me resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Me senté y vacilé un segundo, pero me pudo la buena educación.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió, con una pequeña inclinación de cabeza.

Callé sin saber qué más decir. Delante de nuestros sillones había una mesita baja y, sobre ella, una libreta, seguramente de la dama del sillón, con algo garabateado a lápiz. Junto a la libreta había un periódico. Me incliné hacia delante y lo cogí, más que nada por no saber qué otra cosa hacer. Lo sacudí un poco para estirar la página inicial y mis ojos se clavaron en la fecha:

The Daily News, Saturday, December 11, 1926

¿Puedes creerlo? ¿Qué diablos hacía ahí un periódico con una antigüedad de casi un siglo? Y, además, parecía recién impreso, palabra. Tragué saliva al darme cuenta de lo que acababa de pensar: si el periódico era reciente… Y esos muebles más propios de un museo o de la tienda de un anticuario… Y la indumentaria de mi vecina de sillón…

—Disculpe —me dirigí a ella en voz baja—. ¿Puede decirme qué día es hoy?

—Doce de diciembre. —Miró el periódico que temblaba entre mis manos—. A veces el servicio se retrasa al traer la prensa. Ese número es el de ayer.

—Oh. —No supe qué decir, pero tenía que saber. Me arriesgué—. Le parecerá raro, pero… ¿dónde estamos?

Si le pareció extraño, no lo manifestó. Hacía gala de una flema envidiable. Me respondió como si le hubiera preguntado una simple dirección:

—En Yorkshire. En el balneario de Harrogate.

Volví a mirar el periódico y me acordé de mi curso de escritura. Pero el ejercicio ni siquiera trataba sobre escribir un relato de misterio. ¿Qué demonios me estaba pasando?

—Esto no tiene gracia —dije, sin darme cuenta de que lo hice en voz alta.

—¿Está bien, querida? —La mujer me miró por encima de unas gafas redondas que habían resbalado hasta la mitad de su nariz.

—Sí, claro, disculpe.

No debí de sonar muy convincente, a juzgar por sus siguientes palabras:

—¿Quiere que le pida una taza de té? Parece necesitarlo. —Dudó un momento. Supongo que se debatía entre la educación y la curiosidad, y creo que ganó la segunda— ¿Puedo ayudarla en algo?

—Pues… ya que lo dice… sí. Necesito regresar a…

Como puedes suponer, callé de golpe. Si decía la verdad, me tomaría por loca. Volví a cerrar los ojos durante unos segundos y apreté los puños. Me concentré todo lo que pude en respirar otra vez de manera controlada y me dije que, cuando los abriera, estaría otra vez devanándome los sesos con el ejercicio de esta semana. Tenía que funcionar.

Abrí los ojos de nuevo. ¡Y continúo aquí!

Las llamas siguen crepitando. La mujer se ha inclinado hacia delante y tiene su mano sobre mi antebrazo. Se ha quitado las gafas con la otra mano. Me está mirando con expresión preocupada, y me habla:

—Querida, cálmese. Todo se arreglará, sea lo que sea. ¿Cómo se llama?

Empiezo a llorar, soy incapaz de contestarle. Una doncella de cofia almidonada se acerca con una taza humeante, imagino que mi interlocutora ha debido pedirla con un gesto. Te echo de menos, lector, seas quien seas. Por favor, por favor, no me dejes aquí. Ella sigue hablando.

—Soy Mrs. Christie. Cálmese, por favor —repite—. Venga, cuénteme lo que le pasa. Vamos. Si quiere, puede llamarme Agatha.

Mis ojos se fijan en el cuadernillo de la mesa. Son notas manuscritas. Veo un poco borroso por culpa de las lágrimas, pero alcanzo a distinguir un par de frases: “Decidir el nombre del protagonista: ¿Arcadio Pierrot? ¿Valentin Poirot? ¿Hércules Pontiac?”

Mi llanto se convierte en una risa histérica. Las palabras escapan de mi boca sin que pueda hacer nada por evitarlo:

—Se llamará Hércules Poirot.

Ella abre los ojos y la boca y no dice nada. Su flema británica se ha evaporado, y mi calma también.

—Creo que tomaré otro té. —Me mira y respira hondo. Se recuesta en el sillón. Parece que se prepara para mantener una larga conversación.

¡Lector, estoy metida en un lío! ¡Necesito tu ayuda! ¡No quiero convertirme en un personaje de novela de misterio! ¡Por favor, sácame de aquí!

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

Gadea Castán, amanuense de Hildegarda de Bingen

#relato

Subí la cuesta del monasterio de Rupertsberg, así llamado porque se asienta en el promontorio rocoso donde está enterrado san Ruperto. Al llegar me quité las alpargatas mojadas, las puse a secar al sol, me ajusté la toca y me senté en un banco de piedra junto a otros que también estaban esperando entrar.

—No intentes colarte —me dijo un fraile, al que debajo de los hábitos le asomaba una pata de palo—. Todos hemos hecho largas jornadas por caminos embarrados. Todos confiamos en las profecías y los poderes de la abadesa Hildegarda. Ha curado a la mismísima Leonor de Aquitania.

—Yo no vengo a buscar ningún favor. Solo quiero entrar en el servicio.

—Pues más vale que te vayas. Ese es un privilegio reservado a personas nobles con dotes excepcionales. Hace años que no entra ninguna monja. Solo viven las veinte que vinieron a fundar con la madre superiora —contestó una mujer desdentada.

Me callé e intenté dormir un poco entre los suspiros y los olores purulentos de las llagas de esos mendigos harapientos. Se pasaron la noche hablando de los peligros de sus viajes y de la fama de santa curandera que había adquirido la abadesa.

Yo me aparté un poco para recuperarme de la última visión, la que me había llevado hasta allí. Durante varios días había visto cómo caían del cielo lenguas de fuego que incendiaban el promontorio del monasterio y sus gentes. Solo se salvaba la abadesa y una joven amanuense recién llegada.

No les dije que era una de las muchas hijas bastardas de don Castán de Biel. Ni que mi abuela había sido una camarera de la reina Felicia. Ni que yo me crié en las calles de Biel a la sombra de un castillo rocoso, en cuyas cuevas se reunían las brujas de la redolada. De esto les habría podido dar noticias ciertas. Que las brujas me visitaron desde que, a los tres años, comencé con las visiones, como le pasó a Hildegarda de Bingen, que se había convertido en la abadesa más famosa de toda la cristiandad. Tendría unos trece años cuando las brujas del castillo me subieron a un aquelarre a Monte Alto, justo en la explanada de la ermita de Santo Domingo. Nunca había visto tantas juntas. Y eso que solo acudieron las del Sobrepuerto.

Al acabar el aquelarre, les conté mis visiones. Según ellas, tenía que aprovechar ese don que tenía muy poca gente. Todas coincidieron en que era urgente que me enseñaran a leer y a escribir, y que contara por escrito mis profecías.

Me advirtieron que las mantuviera en secreto y que las escribiera yo, sin acudir a ningún amanuense. Que los hombres lo trastocaban todo. En realidad, se aprovechaban de que estaba prohibido que las mujeres leyeran y escribieran. Esa era una tarea plebeya estaba reservada a los secretarios y amanuenses, hombres que cambiaban adaptaban los escritos a sus gustos e intereses. Además, estaba penalizado que las mujeres nobles aprendieran a leer y a escribir, por eso las reinas exhibían su analfabetismo como señal de verdadera nobleza.

El día que me vino la regla mi padre me prometió al señor de El Frago, un rudo caballero, con pintas de forajido, al que solo le interesaban los arneses, los cascos y las espuelas. Esa misma noche me fui a la cueva del castillo e invoqué a mis amigas para que me sacaran de las garras de un matrimonio que no deseaba. Con ellas crucé los Pirineos y los Alpes. Y me dejaron en la orilla del Rin, cerca del monasterio de Hildegarda de Bingen.

—No es bueno que te llevemos hasta el monasterio. Tienes que acudir como una mendiga y conseguir ver a la abadesa con tus habilidades.

Hildegarda era famosa por sus visiones, pero nunca confesó que la visitaban las brujas. Y a mí me habían elegido para liberarla de unos amanuenses que no lograban entrar en los secretos de su corazón.

Hildegarda, una abadesa mística, médica, poeta y compositora musical, entre otras cosas, fue conocida más allá de las fronteras del Rin. Llegó a ser consejera de príncipes y reyes y la primera mujer que compartió con los frailes la predicación de la reforma del clero. No era usual ver en el púlpito de un pueblo a una abadesa con hábitos blancos y negros que había llegado a lomos de una burra.

Cuando me tocó el turno, me acerqué a la hermana tornera, me saqué de los refajos un trozo de cuero escrito y firmado con mi puño. Se lo entregué para que se lo hiciera llegar a la madre abadesa.

“Soy Gadea Castán, hija de un noble español. Desearía abrazar la regla benedictina y me gustaría entrar en Rupertsberg. Aceptaré las condiciones y trabajos que imponga la regla. Además me ofrezco como amanuense, porque tengo noticias de que ninguna de sus monjas sabe escribir”.

Esa noche dormí en el poyo de piedra con nuevos peregrinos igual de bullangueros y malolientes que los de la noche anterior. Al día siguiente la hermana tornera me hizo pasar. La abadesa estaba interesada en mis servicios y le había dado el beneplácito el abad de Disibodenberg, de quien dependían las monjas. Así fue como me inicié en la vida monacal y en la tarea de amanuense. Los otros frailes me miraban de reojo cuando entraba en la biblioteca. A través de sus hábitos se adivinaban los movimientos de reproche. Pero enseguida bajaban las cabezas y solo se veían capuchas inclinadas sobre las mesas y plumas que se movían con lentitud por los pergaminos.

A los pocos meses, Hildegarda quería que comenzáramos con su libro más querido: el Scivias, abreviatura de Scito vías Domini o Conoce los caminos del Señor. Allí pensaba contar sus visiones y quería escribirlo ella a solas conmigo. Me adjudicó una celda junto a la suya. Hacíamos el trabajo en su celda entre las horas de los rezos nocturnos. Aunque tratamos de no levantar sospechas, pronto aparecieron los celos y las envidias.

Los otros amanuenses hicieron públicos algunos fragmentos de los que íbamos escribiendo. Y les parecieron provocadores aquellos en los que defendía que la mujer disfruta en el ayuntamiento sexual tanto como el hombre. Causaron tal escándalo que me acusaron a mí. Según ellos la mente de Hildegarda no podía concebir semejante dislate. Decidieron apartarme de ella y someterme a  juicios de los prelados. A los pocos días iban a trasladarme a un monasterio lejano en el que había celdas de castigo.

Una tarde le pedí permiso a la abadesa para bajar con otras novicias a buscar agua al Rin. Y en un momento de barullo desaparecí por el camino que había llegado.

Invoqué a mis amigas, pero no acudieron. Emprendí una peregrinación de regreso que me costó casi dos años llenos de incidentes y peripecias. Cuando llegué a Biel nadie me esperaba, así que me alojé en casa de unos antiguos lacayos de mi padre. No tardé en enterarme que ya iba para un año que se había roturado la explanada de la ermita donde las brujas celebraban sus bacanales. Las busqué en la cueva, pero no las encontré. Si ellas no me daban señales yo no podría saber qué había pasado.

Me encerré en casa, en una habitación desde la que se veía el torreón el castillo. Solo salía para ir al guarnicionero a buscar los trozos de cuero que le sobraban cuando hacía los aparejos de las caballerías. En esos retazos fui escribiendo visiones y recuerdos hasta que me fallaron la vista y el oído. Y los metí todos en un talego que guardo en la falsa.

Ahora me siento en el banquero de la puerta y les cuento a los niños mis aventuras. Ellos se ríen a carcajadas y creen que son patrañas de vieja. Ya nadie sabrá nada de las brujas sabias que vivían en las peñas del castillo. Nadie recordará a Gadea Castán, una hija bastarda de don Gastón de Biel que llegó a ser secretaria personal de Hildegarda de Bingen, la mujer más poderosa del segundo siglo del primer milenio.

Carmen Romeo Pemán

Cuidado con tus deseos

Después de lo ocurrido en Central Park tenía dos opciones: olvidarlo y seguir adelante, o permitir que aquello se convirtiera en un punto de giro en su vida que marcara un antes y un después. Eligió lo primero, pero cambió su decisión cuando la regla no le llegó. Era una señal del destino, pensó. Ahora tendría el niño y dedicaría su vida a buscar al hombre para hacer justicia. El dibujo se le daba bien y plasmó en un folio las dos imágenes para no olvidarlas, aunque dudaba que eso pudiera ocurrir: el tatuaje de un dragón que escupía fuego en el lado derecho del cuello de su agresor, y el unicornio de ojos angelicales, tatuado en el lado izquierdo, con el que contrastaba.

Continuó trabajando como si todo siguiera igual. Nunca había sido muy sociable, pero se volvió aún más reservada. Ni siquiera se percató de que sus compañeros la evitaban, porque no se miraba al espejo el tiempo suficiente como para estremecerse por el vacío que reflejaban sus pupilas en el cristal.

La noche de la violación no puso ninguna denuncia. Al salir a trompicones del parque solo quería llegar a su casa para frotarse la piel debajo de la ducha y que el miedo y el asco se marcharan por el desagüe. Y al día siguiente pensó que acudir a la policía sin más pruebas que la descripción de dos tatuajes no serviría para capturar a su agresor en una ciudad tan grande. Además, la investigación solo hubiera sido un recordatorio continuo y doloroso de algo que había decidido borrar de su mente solo con el poder de su voluntad. Y ahora, al comprobar que estaba embarazada, se alegró de su decisión. Su nuevo yo no iba a perder el tiempo en nimiedades. No se arriesgaría a que la justicia se quedara corta. La única respuesta válida tenía otro nombre, venganza, y ella se aseguraría de encontrarla.

Se apuntó a clases de defensa personal. Para ocultar su estado se fajaba el vientre. Su hijo tendría que ser un luchador, igual que ella, si quería sobrevivir en el mundo. Si lograba dar con el hombre antes de que el bebé naciera, cerraría ese paréntesis de su vida que había tenido que reabrir. Si no, más le valía a ese niño, destinado a compartir su venganza, nacer fuerte.

Nueva York era demasiado grande. Contrató a un detective privado, buscó locales de tatuadores, sin éxito. La falta de resultados le obsesionaba cada día más. Buceó en páginas de internet, sitios webs oscuros que ni sabía que existían. Su búsqueda la llevó una noche a un barrio que jamás había visitado, a un sótano en el que se atendían deseos que hacían que el suyo no resultara extraño.

No esperaba encontrar un llamador en forma de calavera, pero tampoco algo tan anodino como esa entrada pequeña, con un perchero de tres ganchos atornillado en la pared y un clavo del que colgaba un llavero con un único par de llaves. El hombre que le abrió vestía completamente de negro. La única nota de color era un alfiler de corbata con una piedra hexagonal de color rojo oscuro, como el de la sangre o el vino vertidos. Tenía los párpados entornados, como si le pesaran. Extendió la mano y ella la estrechó sin vacilar. Entonces él cogió el llavero, inclinó la cabeza unos milímetros y, sin pronunciar ni una palabra, la invitó a pasar a otra habitación más amplia que podía haberse encontrado en cualquier piso corriente de Nueva York. Allí, detrás de un cortinaje que apartó con la mano, había una puerta. Abrió con una de las llaves, entraron, y la mujer no pudo evitar sonreír cuando él cerró la puerta. Ella llevaba un abrigo amplio, con un cuchillo en el bolsillo izquierdo y, en el derecho, la Taser que se había convertido en su compañera inseparable. Si la entrevista iba bien, sacaría de su bolso el dinero exigido por el hombre. Si algo fallaba, la moneda de cambio sería otra, pensó ella. Metió las manos en los bolsillos.

–Siéntese. Si quiere, puede dejarse puesto el abrigo. Pero cuando terminemos no necesitará pagarme con ninguna de esas dos cosas.

Ella aguantó la respiración un par de segundos, pero se rehízo enseguida. El tipo debía tener psicología, eso seguro. No respondió, Se limitó a sentarse muy despacio, sin sacar las manos de los bolsillos, mientras sostenía la mirada de su anfitrión.

–¿Qué precio está dispuesta a pagar?

–El acordado. No voy a regatear.

–No me refiero a mis honorarios –aclaró el hombre–. Lo que quiere tiene otro precio que no se paga en dinero.

–¿Qué insinúa?

–Yo solo actúo como mediador de otras fuerzas. Lo que usted quiere exige otro tipo de compensaciones, y solo podré ayudarle si está dispuesta a asumirlo.

–Explíquese.

–No se puede alterar el equilibrio del universo. Una vida exige otra vida.

–¿Qué intenta decirme?

–Que si usted lleva a cabo sus propósitos habrá otra muerte a cambio, de la que usted será responsable. Puede que llegue a saber los detalles o puede que no, pero esté segura de que ocurrirá. Morirá alguien más, eso no lo dude.

El niño se movió en su vientre. Ella lo interpretó como otra señal. Su hijo estaba con ella. Los dos unidos conseguirían que se hiciera justicia.

Nada más pensar en eso, la piedra de corbata del hombre cambió de color. Emitió un fulgor rojo tan intenso que toda la habitación se iluminó como si acabara de prenderse fuego. Sin que ella tuviera que decir nada, el hombre habló.

–Si quiere, puede pagarme. Su encargo ha sido aceptado –la miró con pena.

–Podré vivir con ello –levantó la barbilla.

–Ojalá. Nunca se sabe.

La mujer recordó las normas y lo que había leído en internet. El trato estaba sellado. Pagó, se puso de pie y se marchó sin añadir nada a la conversación. Ahora solo quedaba esperar.

Desde la entrevista se mantuvo vigilante a todas horas. Incluso dormida se sumergía en una especie de duermevela alerta. La seguridad de que el día estaba cerca anidó en su vientre, junto a su útero grávido.

Semanas después, la mujer salió de casa para hacer unas gestiones en un edificio de oficinas al que no había acudido nunca. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba una muda melodía de números descendientes a toda velocidad: 52, 48, 31, 20, 9… A pesar del gentío, solo un hombre y ella entraron en el ascensor. El hombre pulsó uno de los números de un piso alto y ella hizo lo mismo. Al girarse hacia él, sus ojos tropezaron con dos tatuajes simétricos, un unicornio y un dragón, uno a cada lado del cuello.

El hombre miró a la embarazada que lo contemplaba con fijeza y se hundió en dos pozos de negrura. Lo envolvió la misma oscuridad que la noche en que, ciego de coca, siguió a una mujer por Central Park. El ataque fue breve, no llegó ni a media hora, el tiempo que tardó en sorprenderla, arrastrarla tras unos matorrales y huir a toda carrera después de dejarla tirada, desarticulada y rota, sin saber siquiera si seguiría viva. Desde aquella noche, que formaba parte de sus peores pesadillas desde hacía más de ocho meses, no había vuelto a probar ni una raya.

El espejo de la pared devolvió una imagen de los dos pasajeros del ascensor: una mujer erguida, con las manos en los bolsillos de su abrigo y, en la otra esquina, un espectro pálido cuya frente se empezaba a poblar de perlas de sudor. El embarazo había agudizado el olfato de la mujer, que tragó saliva para evitar las arcadas que le provocaba el olor, cada vez más acre y fuerte, del hombre. Un letrero en la pared indicaba que la capacidad era para cuarenta personas, pero, de pronto, el aire en el interior de la cabina resultó insuficiente para ellos dos.

El hombre se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las manos tapándole la cara. Ella vio que el pelo le empezaba a clarear en la coronilla, sintió que un líquido caliente le empezaba a chorrear por las piernas y tomó una decisión. Pulsó un botón para detener el ascensor y, antes de salir, pulsó el del piso más alto del edificio. Desde fuera vio encenderse los números en orden ascendente y tomó otro ascensor que la dejó en el lobby. Ya en la acera consiguió que un taxi se detuviera, dio la dirección del hospital con voz milagrosamente firme y se sujetó el vientre con las manos. Notó algo extraño en los ojos y, sorprendida, comprendió que eran lágrimas. Llevaba nueve meses sin derramar ni una sola. Parpadeó para tratar de aclarar su visión y se fijó en la fecha y la hora que se marcaban en la radio del taxi.

El vehículo se estremeció como si una mano gigante lo hubiera levantado en el aire y, una fracción de segundo después, un estruendo imposible le hizo llevarse las manos a las orejas y volver la vista atrás mientras su cerebro procesaba la información. Eran las 08:45 del 11 de septiembre de 2001. En el lugar donde minutos antes se alzaba una de las torres del World Trade Center, ahora solo había una nube de polvo que avanzaba hacia el coche a toda velocidad.

Las arcadas que no había dejado de notar ganaron la batalla. Vomitó sobre su abdomen y el dolor de una nueva contracción pareció partirla por la mitad. Entonces supo que se había equivocado cuando le dijo al mago que, fuera cual fuera el precio, podría vivir con eso.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

Sin escuela para las niñas

Acababan de dar las doce del mediodía en el reloj de la torre cuando el alcalde levantó la sesión. Matilde fue la primera que abandonó la sala de juntas. Al pasar por delante del secretario le dijo en voz baja:

—El cura no se saldrá con la suya. Yo conseguiré un local para las niñas.

El alcalde, el secretario y el médico, don Valero, se quedaron rezagados y se volvieron a sentar. Pensaban que con el enfrentamiento entre el cura y la maestra todos saldrían perdiendo.

—Si no nos llegan las subvenciones tendremos que cerrar las dos escuelas —dijo el alcalde.

—Pero ya ha oído a mosén Teodoro: “La enseñanza de las niñas no puede estar fuera de la Iglesia. Y menos en manos de una mujer” —dijo el secretario

—Este cura no se ha enterado de que ahora mandan los liberales y no sabe que los del Gobierno Civilno se andan por las ramas —terció el médico—Tendrán que tragarse a doña Matilde.

—Si no hacemos lo que nos dicen, nos embargarán todos los bienes. Y si no llegan los del Ayuntamiento, requisarán los de la Iglesia. —El secretario se quitó los anteojos y miró al médico —Nos tendremos que tomar en serio lo del local para dar clase a las niñas.

—En lugar de pagar multas por hacer mal las cosas, más les valdría pagar los sueldos que nos deben y construir un local nuevo para la escuela —replicó el médico con retintín.

—Ha venido usted un poco revuelto, don Valero. —le contestó el alcalde, apoyando las manos callosas en la mesa de madera renegrida.

—Es que yo no pienso abandonar el local que tanto me ha costado coseguir—contestó don Valero.

—¡Bueno, bueno! Si le decimos esto a doña Matilde se va a poner hecha un basilisco —apostilló el secretario que se estaba poniendo el guardapolvo gris.

—No se preocupen. Esto corre de mi cuenta. Yo  me encargaré de traer a buenas a doña Matilde. —El médico se removió en el sillón y se oyó cómo crujía la madera.

Don Valero se puso el sombrero de bombín y salió a la plaza con el maletín en la mano. Dudó hacia dónde ir. Pensó que antes de comenzar la visita le vendría bien despejarse oyendo correr el agua del río en el Terrao.

Cuando llegó, se encontró a Matilde asomada a la barbacana. Todos los días, a la hora de comer, descansaba la vista en la mole de San Jorge antes de entrar en casa.

—Qué sorpresa encontrarla aquí. —Don Valero dejó el maletín en el banquero y se colocó cerca de la maestra.

—Me da la impresión de que le gusta hacer teatro. —Se dio la vuelta y lo miró de frente.

—Por Dios, doña Matilde, creía que me tenía en otra estima.

—Eso era antes de darme cuenta de que usted es un traidor.

—¿No le parece una acusación un poco fuerte?

—Mire, don Valero, creo que me quedo corta. Usted me ha traicionado. Se ha aprovechado del local que yo conseguí para mi escuela. —Se refirmó en la barbacana sin dejar de dar golpecitos en el suelo con el tacón del zapato.

—Creo que es muy injusta. Sabe que ese local era necesario para luchar contra el tifus.

—No me malentienda, don Valero. No me refiero a la época de la epidemia. Yo misma se lo ofrecí. Pero ahora lo que necesita es una sala para pasar consulta. —Matilde no pudo controlar el tic del labio de abajo—. Usted tendría que luchar contra estos caciques. Igual que hago yo.

—¿No querrá comparar la importancia de la salud con la enseñanza de las niñas?

—Pues no. Y sí. —Matilde subió el tono—. Es más importante la salud cuando la enfermedad ya ha estallado. Pero antes se puede prevenir educando a las niñas en la higiene.

—Ya salió su higienismo. —Don Valero hablaba con un tono seco—. Pues sepa que la higiene es importante, pero no lo cura todo. Solo con jabón, aún estaríamos enterrando cadáveres del tifus. Si no se nos hubiera llevado a nosotros por delante.

—Pues ya que lo ha sacado le diré lo que pienso. Mire, esos cirujanos que vinieron de Zaragoza no hicieron más que el ridículo con sus caretas de pajarracos. —Matilde dejó escapar un suspiro y continuó—: Si no hubiera sido por la colaboración de las mujeres, usted no habría podido con el avance de la epidemia—continuó.

Matilde volvió a hacer otra pausa y jugaba con los botones de su rebeca azul. Con el silencio se oía el murmullo de los pinos.

—Doña Matilde, por favor, no diga tontadas. No conoce la importancia de esas máscaras. Es verdad que el jabón y el agua ayudan a curar. Pero los medicamentos y la purificación con el fuego son igual de importantes. Son remedios que se suman.

De pronto, Matilde miró el reloj de sol de la esquina de casa Legüita. Era más de la una. Recogió sus libros y se despidió con un “usted lo pase bien”. Don Valero le respondió lo mismo. Matilde tomo aire, y don Valero aprovechó para continuar.

—Espere, doña Matilde. Se me ha olvidado comentarle que ayer recibí un telegrama. No, nada importante. Pero a lo mejor se arregla el problema de su local.

—Vaya, hombre, resulta que se guardaba una carta en el bolsillo.

El médico se quedó un poco pensativo. Miró al suelo y arrancó:

—Es que no sé si sabe que llevo medio año sin cobrar. Estos del Ayuntamiento dicen que no les llega el dinero. Total, que como estaba un poco apurado solicité una plaza en el Hospital Provincial de Zaragoza y…

Matilde contuvo el aliento y se dio media vuelta sin decir nada.

Carmen Romeo Pemán

Biel, 1908. Foto propiedad de la familia Marco Bueno.

Delfina Bueno Garza (Agüero, 1882-Alagón 1953), fue maestra de Biel desde 1907 hasta 1929. Su hermano Valero Bueno Garza (Agüero, 1888-Zaragoza, 1990) estuvo de médico en El Frago en la década de 1910. Eran hijos de Valero Bueno Abad, secretario de Agüero, y de Antonia Garza Ramos, maestra de Agüero, natural de Arándiga.

La mujer en la ventana

Estrella se sienta en el interior de su habitación con los bártulos de dibujo y desde allí, con la puerta abierta como todas las tardes, observa a su madre apoyada en el alféizar de la ventana. Le gusta dibujarla así, sin que ella se dé cuenta, absorta en esa contemplación del mar tarde tras tarde.

Ángeles, ignorante de su papel de modelo, permanece inmóvil mientras espera que la puesta de sol le devuelva a Pedro. Desde que se casó con él, hace ya dieciséis años, no ha faltado nunca a esa cita con sus pensamientos. Sabe que es una superstición absurda, pero cree que, si no se asoma, ese universo de agua la castigará por su ausencia y se quedará con su marido para siempre.

Cuando piensa en el mar siente que la invade un vaivén de sentimientos que se superponen unos a otros, como las olas que acarician la orilla y se baten luego en retirada. El agradecimiento sigue ahí, claro, que al fin y al cabo el mar fue quien propició que conociera a Pedro. Pero también queda un poco del viejo rencor contra ese mar que no la quiso cuando, embarazada, sola y asustada, se internó en sus aguas grises para hundirse en lo más hondo con sus miedos y su desesperación. El mar no la quiso, no, pero Pedro sí. Él estaba allí, sobre su barca, la misma en la que sigue saliendo a pescar a diario, aunque ahora las cuadernas, como los huesos de Pedro, crujan más de lo que crujían entonces. Él la llama su sirena desde que la agarró del pelo para subirla a su barca, aunque no se lo confesó hasta mucho después de nacer Estrella. Ángeles, al escucharlo, sonrió y le respondió que más que sirena era una foca de piel helada y vientre abombado. Y, desde entonces, los ojos de ese hombre de manos rudas y besos de espuma le dicen a diario que aquella noche, que ninguno de los dos olvida, él hizo su mejor pesca.

Pero a veces Ángeles mira el agua y no es ya el mar lo que ve, sino la mar, su rival, la que suspira con tanta fuerza que hace llegar hasta su ventana susurros que le erizan el vello de los brazos en oleadas de celos feroces. La espuma de las olas, al retirarse, deja escrito en la orilla su mensaje, “puedo quedarme con tu hombre, él fue mío antes que tuyo”, y Ángeles se sujeta los codos con las manos porque sabe que es verdad. Entonces parpadea y se obliga a pensar que lo que ve no es más que agua salada como la que, a veces, marca surcos en su cara cuando Pedro se retrasa. Y, tarde tras tarde, al ponerse el sol acude a su cita con la ventana, fuerza la vista y trata de ver si la barca está ya en el muelle. Así el mar puede ver que sigue viva y que espera el regreso de su amor. 

Mientras dibuja, Estrella trata de adivinar los pensamientos de su madre. A veces le gustaría que volviera el rostro para leer ahí las palabras calladas. ¿Qué sueña su madre, acodada en la ventana, cada tarde? La muchacha deja el pincel en suspenso y se pierde en sus propios sueños. Ojalá se atreva a plantearle a sus padres que quiere salir del pueblo, irse a la capital a estudiar Bellas Artes. No es que lo quiera, es que lo necesita. Al darse cuenta de lo que ha pensado, Estrella suspira tan fuerte que su madre gira la cabeza y la ve.

–¿Qué haces ahí, mi niña? –Ángeles se fija en los pinceles, en el caballete, y rectifica su pregunta– ¿Qué dibujas?

–A ti. –Estrella sonríe­–. Llevo más de una semana pintándote, mamá.

–¿A mí? –Ángeles le devuelve la sonrisa–. Pero, chiquilla, ¿a quién se le ocurre? ¡Y encima de espaldas, con este trasero mío tan hermoso! Miedo me da.

La sonrisa desdice sus palabras. Sabe desde hace tiempo que Estrella sueña con convertirse en pintora, lo sabe desde que Pedro se lo dijo. Es curioso que fuera él el primero en darse cuenta, con todo el tiempo que pasa fuera de casa. Pero entre padre e hija existe un lazo invisible desde que ella vino al mundo, un lazo más fuerte aún que el de la sangre que no comparten.

–Mamá –la voz de Estrella la devuelve a la habitación­–, ¿por qué te asomas a la ventana todas las tardes?

–No sé, por costumbre, supongo.

Ángeles ha tardado un poco más de lo normal en contestar, y Estrella sabe que la respuesta es de compromiso. Es fácil hablar con su padre, pero a su madre la rodea siempre un velo invisible y hoy, precisamente hoy, a Estrella le apetece rasgar un poco ese velo y asomarse para descubrir qué hay tras él. ¿Será posible que su madre tenga las mismas ganas que ella de volar fuera del nido?

–Dime una cosa, ¿te apetecería viajar? No sé, conocer mundo…

–¿Qué? –Ángeles se sorprende. ¿De dónde habrá sacado su hija semejante idea? Su casa es su refugio, allí está segura­–. No, no, qué va. Para nada.

–Pues entonces –­insiste Estrella–, ¿qué piensas ahí, asomada todas las tardes? Ni siquiera te has dado cuenta de que te estaba pintando. ¡Estás tan ausente! A ver, no es que me importe, yo también sueño con salir de casa, ir a otros sitios… ¡Quiero comerme el mundo, mamá!

Ángeles mira a su hija y se da cuenta de que la niñez se va escapando por la ventana abierta. Piensa que algún día tendrá que contarle a Estrella la historia de una joven como ella, que estuvo a punto de perderlo todo cuando cayó en la trampa más antigua del mundo y descubrió, al quedarse embarazada, que el hombre que le había jurado amor eterno tenía ya una familia. Sus amigos, su familia, todos le dieron la espalda. Todos, menos Pedro. La mujer se da cuenta de que no puede proteger a su niña, como tampoco puede proteger a su hombre cuando sale a pescar cada mañana. Los ojos se le empiezan a enrasar y vuelve la cara hacia el exterior para disimular. Al hacerlo, ve que la barca de Pedro ya está en el puerto y que el sol, en lugar de ponerse, parece que brilla más.

La mujer se incorpora y deja su sitio junto a la ventana. Se acerca a su hija y ve el cuadro, casi terminado. Se reconoce en la línea de la cintura perdida, en la punta del pie apoyada sobre el suelo, en el pelo. Acaricia el rostro de Estrella y la besa en la cabeza.

–¿Te acuerdas de los cuentos que te leía cuando eras pequeña?

–Claro.

–Pues esta noche, cuando tu padre esté en casa, te contaré una historia. Ya eres mayor para cuentos, ¿no crees?

–¿Una historia?

Estrella tiene un presentimiento. Esa noche va a cambiar algo. Lo nota en la piel. Coge un trapo con aguarrás y quita una mancha del caballete. Tose un poco y vuelve a hablar.

–Yo también os quiero contar algo a papá y a ti, ¿sabes?

Ángeles asiente, vuelve acariciar a su hija y empieza a poner la mesa. Se da cuenta de que esa noche su marido, su hija y ella van a compartir algo más que la cena y al pensar en eso empieza a sonreír.

Adela Castañón

Imagen del cuadro de Salvador Dalí tomada de Pinterest

Mujeres y más mujeres

A mi hermana Maruja. Por todo.

Alodia, nunca llegué a decirte cuánto te agradecí que me contestaras a mi carta. La guardo en el cajón de mis recuerdos favoritos.

Hoy, al releerla, ¡como tantas veces!, me he puesto un poco nostálgica y me he parado a pensar en aquellos miedos que se nos quedaban mezclados con las gotas de saliva que no podíamos tragar.

Antes de dormir, mamá nos leía cuentos de príncipes encantados que luchaban contra dragones y monstruos. En ese momento nosotras apretábamos los dientes y tragábamos saliva. Cerrábamos los ojos para que pensara que teníamos sueño. Nos hacíamos las dormidas y ella se iba. Cuando todo estaba en silencio, comenzábamos nuestro parloteo.

En realidad no nos daban miedo los dragones. Al revés. Cuando el príncipe encantado los vencía sentíamos una gran satisfacción, como si hubiera vencido al malo. Pero nosotras sabíamos que los dragones eran de papel y que el malo existía de verdad. Ese miedo no nos venía de los cuentos, aunque alguna vez llorábamos con las desgracias de Padín.

En cambio, nos hacían temblar las aventuras de Felisa. Una niña de unos doce años, que venía con nosotras a la escuela. En su casa nunca había nadie. A su padre se lo habían llevado cuando la guerra y su madre se ganaba la vida lavando en el río. Y ella se pasaba los días por los descampados con chicos y con algún mozo. Yo vomitaba cuando nos decía que muchos la obligaban a que les chupara esa cosa como si fuera un caramelo. Pero lo peor llegaba con eso de que le arrancaban las bragas y le dejaban manchas de semen en las enaguas. Entonces me encogía y me apretaba los brazos contra el estómago jurando que no dejaría que me tocara ningún hombre.

Aquellas conversaciones nos iban dejando un sabor amargo. Una noche nos pinchamos con una aguja de coser en la yema del dedo corazón y juntamos nuestras gotas de sangre: “Nunca tendremos relaciones con un hombre”.

Alodia, a ti se te ocurrió buscar vidas de mujeres que nunca hubieron tenido relaciones con hombres en la enciclopedia de papá. Pronto llegamos coleccionar un montón de santas. Pero eso empeoró las cosas. A casi todas las habían martirizado por no querer relaciones sexuales. Ni tú ni yo queríamos que nos pasara lo mismo que a santa Úrsula y a las once mil vírgenes que la acompañaban.

Con las vidas de las santas conocimos los artilugios con los que las habían torturado. El clavo de santa Engracia, la rueda dentada de santa Catalina y la hoguera de Juana de Arco. El cuchillo con el que le cortaron los pechos a santa Águeda. El hacha con la que decapitaron a santa Cecilia. Los ganchos con los que desgarraron la carne de santa Eulalia. ¡A santa Inés y a santa Emerenciana las llevaron a un prostíbulo y después las quemaron vivas! ¿Y todo era por ser mujeres? Nos preguntábamos tiritando, a la vez que un sudor frío nos recorría la espalda.

Entonces, quisimos saber más y buscamos nombres de mujeres que hubieran vencido obstáculos. Manoseamos la enciclopedia varias veces, pero nada. Un día, por casualidad, nos paramos en Hildegarda de Bingen, una monja escritora. Leímos y releímos su biografía.

—Si hubo una en la Edad Media tuvo que haber otras antes y después –me dijiste agarrándome las manos.

—Pues para encontrarlas tendremos que volver a pasar las hojas muy despacio –te respondí. Aunque yo no estaba convencida.

Nos pasábamos tardes enteras recorriendo aquellas páginas con el dedo. ¡Qué emoción cuándo encontrábamos alguna!

En nuestro cuaderno crecía la lista de nombres y por las noches cuchicheábamos sobre nuestros descubrimientos. Y, de tanto hablar de ellas, llegamos a creer que a muchas les había pasado lo mismo que a nosotras.

—¿Te has dado cuenta? —Te tirabas del flequillo como hacías siempre que ibas a contarme algo importante—. Podemos agruparlas por equipos.

—Vale —te respondí. Como un resorte, me levanté de la cama a buscar el cuaderno y el lápiz que teníamos escondidos en el fondo del cajón de los zapatos.

—¡Ya lo tengo! —levantaste tanto la voz que tuve miedo a que despertaras a papá y a mamá—. El primero será el equipo de las Mujeres castas que lucharon con uñas y dientes. Las que no se dejaron violar. Aquí te van los primeros fichajes: Susana, Sarah, Rebeca, Ruth, Penélope.

—¡Anda! ¿Te has dado cuenta de que casi todas son de la Biblia? ¿Y si cogemos la que mamá tiene en su mesilla? Seguro que le gustará que queramos leerla.

—Pues a mí me gustan más las de la enciclopedia —me dijiste—. Y ya sé cómo las voy a llamar: Mujeres guerreras que lucharon por la paz. ¿A qué suena bien? Van a la guerra para conseguir lo contrario que los hombres.

—¡Bravo! —Aplaudí.

A la noche siguiente continuamos con nuestros equipos.

—Vamos a empezar con unas cuantas y ya nos irán saliendo más —me dijiste metiéndote el dedo por la nariz—. De momento vamos a fichar a Nicaula, Fredegunda, Blanca, Semiramis, Pentesilea, Artemisa, Camila y Berenice.

—¡Vaya nombres, Alodia! No sabemos ni pronunciarlos.

—Pues nosotras las haremos famosas. Ya verás que cara ponen nuestras amigas cuando les hablemos de Fredegunda. Igual la confunden con la señora Raimunda.

Nos echamos a reír las dos a la vez, tapándonos la boca, para no despertar a nuestros padres que dormían en la alcoba de al lado.

—Bueno, pues ahora yo te propongo otro equipo. El de las mujeres sabias. Y ficho por Cornificia, Porba, Safo, Medea, Circe, Minerva, Ceres, Isis, Aracne, Pánfila y Tamaris. ¿A qué no sabes de dónde las he sacado?  —En mi tono había cierto retintín.

—¿Y lo has hecho sin decírmelo, traidora? —me contestaste decepcionada de que no te hubiera dejado participar en mi nueva aventura.

—Es que he aprovechado un rato que papá ha salido del comedor y he mirado en un diccionario de mitología. Allí se han quedado muchas más. Y encima ya estaban hechos los equipos. A unas las llamaban Damas de templado juicio, como por ejemplo a Dido y a Lavinia. Y a otras, Mujeres de visión profética, como a las diez sibilas, a Deborah, a la reina de Saba y a Casandra.

—Pues para que te chinches, en el misal de mamá he encontrado a Afra de Hausburgo, una prostituta que llegó a ser santa, como la María Magdalena de los Evangelios.

—¡Anda, la osa! ¡Igual resulta que algún día Felisa llega a ser santa! —exclamé, sin poder contener el grito. Y tú me pellizcaste en la mejilla. Habíamos quedado que hablaríamos en voz baja y que nadie se enteraría de nuestro secreto.

Unas noches después le contamos a mamá lo de Felisa y del miedo que nos daban los hombres. Pero no nos contestó. Después de mirarnos un rato en silencio, cogió nuestras cabezas, nos dio un beso en la frente y nos dijo:

—Mis princesas, estos miedos se os pasarán el día que os encontréis con un príncipe encantado que haya matado muchos dragones.

Carmen Romeo Pemán