¡Quiero aprender a leer!

De las fragolinas de mis ayeres

 

A Anuncia Alegre, que me regaló la historia, y a María Victoria Pociello, que bautizó a la protagonista.

 

lacasta. vista. sergio arbués garrido. 2014

Vista del camino que llega a Lacasta. Foto de Santiago Arbués Garrido, 2014.

Por el camino que llegaba a Lacasta, solo cabía una caballería o las mujeres que subían en hilera desde el barranco, con sus canastos debajo del brazo. Era una trocha pedregosa, llena de zarzas y recodos en los que los chicos escondían sus tesoros.

Como no había luz eléctrica ni candiles de carburo, se trajinaba a la luz del día. Cuando llegaba la noche, las trancas cerraban las puertas y comenzaban los murmullos alrededor de unos fuegos mortecinos. En casa Silvestre todos escuchaban las consejas de los viejos, menos Balbina, que no creía en los sacamantecas ni en que las tijeras cruzadas sobre la ceniza espantaban a las brujas.

Balbina faltaba mucho a la escuela. Solo iba algunas tardes sueltas. Como era la mayor, tenía que ayudar en casa. Por las mañanas la mandaban con las cabras al monte y por las tardes tenía que lavar la ropa en el barranco y cuidar a Ángel, que así se llamaba su hermano pequeño. Una de esas tardes que pudo ir a la escuela, doña Gala leyó un cuento que hablaba de amores. Desde ese día Balbina pensó que las mejores historias estaban en los libros. Cuando acabó la clase, se fue corriendo a su casa, bajó al cobertizo y esperó a que su madre, que estaba arrodillada en el suelo, acabara de golpear las judías. Sin darle tiempo a incorporarse, le dijo de tirón:

—Madre, quiero aprender a leer.

Entonces su madre se limpió las manos en el delantal y las levantó con aspavientos.

—¡Anda, Balbina, no me vengas con tonterías! —Le señaló el montón de vainas secas y vacías—. Ayúdame a recogerlas que amenaza tormenta. Y, si se mojan las hilazas, no podremos encender el fuego.

—Madreeeeee, no es ningunaaaa tonteríaaa. —Se agachó y comenzó a meter las vainas en un saco de arpillera—. Hace muchos días que le estoy dando vueltas. Necesito que usted me ayude. Que se lo pida a doña Gala.

La madre se puso de pie, se cruzó la toquilla en el pecho y le dijo:

—Mira, en este pueblo no saben leer ni los hombres. Así que, si llegara el caso, antes le enseñaríamos a tu hermano que a ti.

Balbina se echó el saco al hombro sin decir ni mu, lo llevó al corral y lo dejó junto a la leña. A la mañana siguiente, ni corta ni perezosa, se fue a hablar con doña Gala y le contó lo que le había dicho su madre.

Hablaron mucho rato. A final, la maestra le prometió que le traería una cartilla de Zaragoza cuando bajara a ver a su familia. Eso sí, tendría que buscarle un buen escondite porque iba a ser un secreto entre las dos.

—No se preocupe, doña Gala. —Bajó mucho la voz como si hablara a escuchetes—. En la última revuelta del camino hay una piedra muy grande tapada con un arto pinchudo. Nadie se atreve a guardar nada allí. Es que, sabe, creen que las víboras hacen sus nidos en las piedras que tienen artos de manzanetas. Pero yo sé que es mentira.

Balbina progresaba deprisa. Por las mañanas enfilaba el sendero con las cabras y, antes de comenzar la cuesta de las Guarnabas, se paraba delante de su losa. Sin que nadie la viera se metía el libro en el morral y seguía hasta el prado de la Carbonera. Y allí se pasaba las horas muertas juntando letras. En unos meses ya las dibujaba con trozos de carbón en las piedras de las eras.

TI-MO-TE-O ME A-MA

En menos de un año leía los cuentos que la maestra le entregaba envueltos en papel de estraza, ese de la tienda de ultramarinos. Siempre llevaba uno en el refajo.

Con cada historia, crecía su pasión por los libros. Y el tiempo que pasaba en el monte le sabía a poco. “¡Tengo que arreglármelas como pueda!”, pensaba mientras hacía los recados.

Una noche, cuando todos dormían, a través de los agujeros de la tarima vio una luz que se movía en las escaleras. Oyó el andar cansino de su padre que bajaba a echar de comer a las caballerías. Se tumbó en el suelo y miró por una rendija. Llevaba una vela encendida en la mano. Esperó hasta que volvió. Y vio cómo la guardaba en un hueco debajo del último peldaño, donde su madre metía las cerillas.

Cuando desapareció el padre, Balbina salió con cuidado. Cogió la vela con las cerillas, las apretó contra su pecho y se volvió a su camastro. Y no le costó mucho hacer una especie de casetón.

—¡Lo he conseguido, lo he conseguido! —se decía en silencio, mientras escuchaba el ronroneo de sus hermanos.

Se metió en la madriguera. Encendió la vela, sacó un libro y se ensimismó. Hasta tal punto se quedó embobada que no se dio cuenta de nada hasta que oyó los gritos.

El colchón comenzó a arder con uno de los chisporroteos de la vela y, en un santiamén, las llamas invadieron la habitación. Ángel, que dormía en otro camastro de paja muy pegado al suyo, la arrastró de los pies hasta la cocina.

De repente sintió un dolor muy intenso en la cara y en las manos. Las tenía chamuscadas. Sus padres no se pudieron contener y comenzaron a gritarle.

—Ya sabía yo que tus tejemanejes con la maestra nos traerían malas consecuencias —le dijo su madre, sin parar de echar pozales de agua en las llamas.

—No sé por qué le gritas si la culpa la tienes tú —terció el padre, dirigiéndose a la madre—. Sé que muchas tardes se quedaban las cabras en el corral para que ella fuera a la escuela. Y no me hacías caso cuando te decía que esas aficiones de Balbina nos traerían alguna desgracia. —Se secaba el sudor con el pañuelo y seguía—: En ninguna casa decente dejan que sus hijas aprendan a leer.

Mientras los padres apagaban el fuego y seguían discutiendo, Balbina se acurrucó en un rincón del patio. Al poco rato notó una mano que le acariciaba la cabeza.

—No llores—le dijo su hermano—. Ahora ya no irás al monte. Te quedarás en casa y leerás todo lo que quieras.

—Pero… —Balbina intentaba hablar entre hipidos—. ¡Mírame! Con estas quemaduras nunca encontraré un príncipe azul.

Entonces Ángel le contó una historia de las del abuelo. La de una chica que se quitaba el rostro mientras dormía. Lo guardaba en una caja y al día siguiente lo encontraba lozano. Pero tenía que hacerlo durante la noche, sin que la viera su amante, porque, si la descubría, perdería todo su amor.

Así fue como Balbina empezó a inventar mundos para su cara. Leía y leía. Y, poco a poco, fue poblando sus mundos de fantasía de grandes amores con rostros muy bellos.

lacasta. cabras. josé ramó catán pérez. 2016

Lacasta. Rebaño de cabras saliendo al monte. Foto de José Ramón Castán Pérez, 2016.

 

IMAGEN PRINCIPAL Lacasta, 1910. Abuelos de la familia Alegre Bernués.

Publicada en FB por Ángel Alegre Bernués y los identificaba así: Arriba: Pabla, Joaquina, Gabriel, Félix. Segunda fila: Julia, Regina, la abuela Magdalena, el abuelo Angel, Juan. Y  las niñas de abajo;  Felipa y Polonia.  Ese año aún faltaban dos por nacer. Regina y Marino, que debía estar en la barriga.

Ángel y sus cinco hermanos,  entre los que están Anuncia, la mayor, y Esther, la pequeña, son hijos de Félix Alegre y Emilia Bernués, la última familia que abandonó Lacasta.

 

Carmen Romeo Pemán

 

Sueños en luna roja

Corres sin mirar atrás en medio de la noche. Te abres camino entre la oscuridad a grandes saltos. Le gritas a la luna que te espere, que estás cerca. Son solo unos pasos para llegar a la punta del risco, quieres que se detenga mientras avanzas a toda prisa. Te tiemblan las extremidades y sientes que los jadeos no te dejan respirar. Los pulmones se te contraen y expanden con fuerza en cada inhalación, te duelen las costillas. Ya no eres tan ágil, has perdido el toque mágico de la juventud.

El viaje hasta la cima parece eterno, como si llevaras días corriendo sin descanso. Te detienes y bebes agua de un pequeño manantial que brota a un lado del camino. Respiras. El aire ya no se te pega en la garganta, has ganado unos minutos extra. Sacudes la cabeza y aceleras el paso. De repente los recuerdos te invaden, es como si tu cuerpo avanzara hacía el futuro y tus ojos se hubieran quedado en el pasado, contemplando las buenas y las malas decisiones. Las lágrimas se amontan en tus ojos, la visión se te nubla y la luna… la luna palidece.

El final del risco desaparece entre sollozos, el tiempo se detiene entre los gemidos y la tierra rasgándote la piel.

Es tarde. La luna estará completamente teñida de rojo antes de que llegues. Tendrás que verla desde la distancia. Tendrás que esperar tres años más, atrapada en esta forma, maldiciendo tu suerte, rogando a las almas puras que se apiaden de ti y te dejen deambular de nuevo por el planeta.

No quieres darte por vencida, pero la fatiga no te deja continuar.

Faltan pocos metros. Estás tan cerca. Te arrastras como las serpientes en el desierto. Un poco más. Te estiras, arañas la tierra con el último quejido. Ahí está.

Te quedas inmóvil mirando la luna. Un pequeño resplandor plateado se asoma en una de sus esquinas. Contra todo pronóstico has llegado a tiempo.

Cierras los ojos y sientes cómo el aire inunda tu vientre. El corazón se sacude con tanta fuerza que lo escuchas latir en todos los rincones de tu cuerpo cansado, moribundo.

—¡Aquí estoy! —gritas.

Te rasgas la piel del pecho con tus uñas afiladas. Dejas correr la sangre que se esparce con rapidez por los límites del risco.

La luna está en su máximo esplendor. Destella en un rojo escarlata que te reconforta.

Te pones de pie con el pecho goteando y aúllas hasta quedarte sin aliento.

La piel que te cubre se rasga y de las entrañas de tus lamentos emerge un nuevo ser.

Tu sacrificio ha dado frutos en abundancia. Valió la pena cada gota de sangre, el sudor, el cansancio.

Te dejas caer sobre el suelo. Con cada respiración la luna retoma su color plateado. Cierras los ojos y disfrutas del aroma de la hierba húmeda, de las flores en primavera, de la tierra bajo tu cuerpo inerme. El sonido de los grillos te arrulla y te dejas mecer por la calidez del viento en la cima de la montaña.

La brisa se siente como dedos reptando entre tu nuevo pelaje. Así es como te gusta que te acaricien. Te estremeces ante el toque de aquellas manos conocidas. Abres los ojos. Ahí está tu alma gemela, su rostro resplandece de alegría mientras te mira con dulzura.

La luna se ha ido. El dolor de otras vidas se ha escabullido entre los sueños. Ahora solo está ella para darte amor, acariciarte el lomo y llenarte de besos cada mañana.

Mónica Solano

 

Imagen de Rahul Yadav

 

Historia de un deseo

Emilia ni siquiera soñaba con ser escritora. Se conformaba con escribir cosas sueltas a escondidas. Cosas que compartía con amigos imaginarios en su otra vida, en la que vivía por las noches cuando estaba en la cama con los ojos cerrados y la imaginación abierta.

De día trabajaba con Paco en el restaurante del que eran dueños. Y por las noches, cuando lograba acostarse sin despertar a su marido, se quedaba muy quieta, apretaba los párpados y se convertía en otra mujer.

Cuando abrieron el restaurante, Emilia aportó el dinero y Paco el cerebro y la autoridad. Sus padres y su marido le dijeron que no necesitaba seguir estudiando después de la boda y ella aceptó, aunque hubiera querido terminar la carrera. Pero se consoló al pensar que, con Paco al frente del negocio, tendría más tiempo para escribir.

De soltera, la benevolente compasión de su familia le paralizaba los dedos cada vez que intentaba dar vida a un relato. Todavía se mordía el labio inferior cuando recordaba el día que les leyó un borrador. Su padre le acarició la mejilla y le dijo:

—Nenita, creo que las únicas letras que puedes digerir son las de los sobres de sopita de letras.

Y una de sus hermanas, llorando de risa, puso otro clavo en el ataúd de sus ilusiones:

—Papi, no le digas eso a Emi. Que seguro que también puede con las sopas de letras de los pasatiempos del periódico.

El resto de su familia ni siquiera se dignó enriquecer la tertulia con sus comentarios. Y Emilia no supo qué le dolió más, si los consejos de unos, que decían que eran por su bien, o la indiferencia de los otros.

Cuando se casó con Paco disfrutó de la boda, pero no fue lo que más ilusión le hizo. Agradeció todos los regalos, más por cortesía que por verdadera emoción. Organizó la decoración, se ocupó de las invitaciones, del banquete y de lo que hizo falta. Pero todo eso no eran más que trámites previos, baldosas amarillas que alfombraban su camino hacia Oz. Porque durante su noviazgo había compartido con Paco su pasión por escribir. Y él la besaba y le decía a todo que sí.

Al regreso del viaje de novios le enseñó un relato sobre ellos dos. Y, cuando Paco le acarició la mejilla, quiso taparse los oídos. Pero no lo hizo y no pudo evitar escucharlo:

—No está mal, nena. Es bonito. Pero ahora eres una mujer casada y no deberías perder el tiempo en niñerías.

Emilia hizo como que lo obedecía. No dejó de escribir, pero no se le ocurrió volver a compartir nada más allá de la lista de la compra o de las cartas de menú del restaurante.

El negocio progresó, la familia creció y llegaron los hijos. Y Emilia seguía escribiendo a escondidas en la cárcel de sus días, y soñando con los ojos cerrados y con la imaginación abierta en la libertad de sus noches.

Y un domingo, a la hora de los postres, su hija pequeña se puso de pie. Les leyó un trabajo escolar con el que había ganado un premio en el colegio y les dijo que, de mayor, quería ser escritora. Emilia creyó que le había puesto al bizcocho sal en lugar de azúcar cuando notó un sabor extraño en los labios sin comprender que era el orgullo materno que le chorreaba por los ojos. Y también creyó que la harina del bizcocho se le había atascado en la garganta cuando escuchó a Paco que le decía a María del Mar que esas bobadas no daban de comer a nadie.

Esa noche Emilia entró en el cuarto de su hija y se sentó en el borde de la cama dispuesta a consolarla. Nunca le importó ser una gatita para Paco, pero, tratándose de las ilusiones de su pequeña, estaba dispuesta a convertirse en una leona. Se agachó y vio que María del Mar tenía los ojos cerrados, pero la traicionaban los hoyuelos que se le formaban cuando se hacía la dormida.

—¿Duermes, mi niña?

—Ya sabes que no, mami.

A Emilia le sorprendió el tamaño de la sonrisa de María del Mar. Se acercó más a su rostro y no encontró las lágrimas que esperaba.

—¿No estás triste por lo que te ha dicho papá?

—¿Yo? —La niña le echó los brazos al cuello—. ¡Qué va! ¿Por qué?

—Pues…

Emilia calló. María del Mar le acarició la mejilla, y ella estuvo a punto de decirle que no lo hiciera. Pero como la caricia venía de su niña, le hizo sitio en su corazón y se dispuso a escuchar las palabras que vendrían detrás.

—Mami, puede que papá tenga razón. Pero escribir no es una bobada. Si me diera para comer, maravilloso. Pero si quiero hacerlo es porque amo la escritura. —Maria del Mar le hizo un guiño a su madre—. El pobre papi no tiene ni idea de lo que se pierde y, además, no me va a frenar. Seguro que, si te lo hubiera dicho a ti, tampoco le habrías hecho caso.

Al día siguiente Emilia le enseñó a su hija tres cajas de zapatos y dos sombrereras llenas con todo lo que había escrito a lo largo de su vida.

Y una semana después, Emilia y María del Mar se apuntaron a un curso de escritura en el que este podría ser el ejercicio de María del Mar, y el de Emilia… bueno, el de Emilia podría ser otra historia.

Adela Castañón

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Fotos: Aaron Burden on UnsplashJohn-Mark Smith on Unsplash

 

 

Papa Jamin

Relato fragolino

Papá Jamín llegó a Bata desde muy lejos. Desde tan lejos que nadie sabía de dónde había venido. Si hubieran tenido mapas, tampoco lo habrían sabido, porque El Frago era tan pequeño, tan pequeño, que no figuraba ni en los de los liliputienses.

Muchos años antes Papa Jamín ya se había quejado de que su pueblo no apareciera ni en el periódico de la comarca:

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de El Frago, Biel y Orés no suenan por ninguna parte, y no sé si esto se deberá a nuestra situación geográfica, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, porque nos hacen falta muchas cosas.

Es que a Papá Jamín siempre le gustó ayudar a la gente que no figuraba en los mapas ni en los libros de historia. A gente como la de su pueblo o la de la selva.

Papá Jamín en realidad se llamaba Benjamín porque así lo decidió su madre. Y no porque fuera el más pequeño. Era el cuarto de ocho hermanos, Tomasa, Francisco, Jacinto, Benjamín, Eulalia, Mariano, Lázaro y Carmen. Aunque en su pueblo hasta el juez decía que habían sido cinco. Entonces era costumbre descontar a los que habían muerto de recién nacidos. Pero Benjamín se acordaba de que él ya tenía once años cuando el cólera de 1895 se llevó a su hermano Lázaro, de tres años, con casi sesenta fragolinos más. Como lo mandaron al Limbo con Carmen y Eulalia, nadie volvió a mentarlos.

El cura quería que le pusieran el santo del día. La noche del dieciséis de febrero su madre no durmió repasando el santoral. Y no le gustaron ni Faustino, ni Onésimo, ni Honesto, ni Simeón, ni Pánfilo, ni Teodulo, ni Flaviano. Pensó que si le ponían un nombre de esos iba a ser el hazmerreír del pueblo. También estaba san Elías, pero Elías ni hablar. En menos de dos años se habían muerto los dos Elías del comercio de la calle de Zaragoza.

Gregoria sabía que su hijo se llamaría Benjamín desde el día que le faltó la regla. Salía de cuentas el treinta y uno de marzo, justo el día de San Benjamín, pero se le adelantó el parto cuando se cayó de la burra. Además, en el Año Cristiano, leyó que Benjamín significaba el predilecto y el que hace relucir los talentos de los demás. Así que con ese nombre por lo menos llegaría a ser maestro de escuela o cura de pueblo.

Los parientes de Benjamín formaban una red tan tupida que era difícil saber quién era y quién no era de su clan familiar. Y menos mal que la familia de su padre era corta y venía de otros pueblos. Si no, habría necesitado una guía como la que llevaba Úrsula Iguarán en Cien años de soledad para identificar a sus parientes de Macondo.

La familia materna extendía sus tentáculos y se colaba en todas las casas de El Frago. Su abuelo Francisco era hermano del de casa Pichón. Su abuela Tomasa tenía una hermana en casa la Pancha y otra en casa Leandra. Y los hermanos de su padre lo emparentaban con casa el Boticario, casa Picos y casa Braulio.

rayaaaaa

Como su padre iba entrando en años y tenía muchas bocas que alimentar, se llevaba a los chicos al campo. Que todas las manos eran pocas. A Benjamín lo libraron del monte sus hermanos Francisco y Mariano, que dejaron de ir a la escuela muy pronto. Por las noches iban al repaso a casa del maestro don Manuel Marco a cambio de algún saco de carbón para la estufa.

Su otro hermano, Jacinto, tenía muchas ganas de volar. Así que al cumplir los catorce años se fue a Zaragoza a trabajar a una carbonería. Y a los veintiuno abrió la suya. En la pared, al lado de la puerta, con un trozo de carbón escribió: “CARBONERÍA NUEVA. JACINTO BIESCAS GUILLÉN”.

Pronto cambió el anuncio por otro grande encima de la puerta y se dio a conocer en los periódicos.

CARBONERÍA NUEVA. Procedente de El Frago, se vende carbón vegetal superior de carrasca, desde un kilo hasta un quintal métrico, a precio corriente. En la plaza de San Miguel, 3. Propietario Jacinto Biescas Guillén.

Las carbonerías eran un negocio seguro y, además, el carbón de carrasca de El Frago llevaba fama. Había carreteros que iban a buscarlo desde Zaragoza. Cuando subían de vacío llevaban los ultramarinos a las tiendas.

La de Jacinto subió como la espuma y se quiso llevar a sus hermanos, pero estaban demasiado apegados a la tierra. Solo Benjamín estaba esperando cumplir los años para irse con él.

—Mira, Jacinto, yo solo iré a trabajar contigo si me dejas tiempo libre y me puedo pagar los estudios —le dijo un día que Jacinto subió a buscar una carretada de carbón.

Es que su maestro le había metido tal afición por las letras que estaba enloquecido con eso de salir a estudiar.

—Bueno, en principio de acuerdo. Pero, si las ventas aumentan, igual tendrás que ayudarme más. —Le dio un apretón de manos como cuando se sella un pacto entre caballeros.

—¡Eso sí que no! Muchas noches sueño con que soy un maestro como don Manuel.

rayaaaaa

Sin comerlo ni beberlo, en 1883 se desató la guerra del Rif y movilizaron a Jacinto. Aprovechó la ocasión para hacerse militar y traspasó la carbonería a José Romeo Guillén, un fragolino de casa Braulio, que se quedó a Benjamín de recadero.

Benjamín, siempre que podía, acompañaba a José al monte de la Carbonera, cerca de El Frago, a comprar caberas de carbón.

Con el olor de las carrascas y los pinos sentía la llamada de la tierra y una punzada en el pecho. Siempre pensó en volver, pero aún no había acabado los estudios y no tenía dinero, ni a nadie que lo respaldara. La marcha de Jacinto lo dejó como huérfano.

Muchos años después, cuando el exilio lo llevó hasta Bata, les contaba las historias de su infancia y de su pueblo a los niños de la selva. Y todos creían que Papa Jamín estaba dotado de gran talento para inventarse aquellos cuentos maravillosos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

Desgarro

Te preguntas si haces bien en ir a la cena de antiguos alumnos. No estabas seguro y te sorprendes pensando en lo que te vas a poner. Le has dicho a Pablo, el organizador, que a última hora le confirmarás si puedes ir o no porque tu mujer está embarazada, y ya cumplida. No es cierto, no del todo, al menos, pero de ese grupo sólo lo sabe Eric que, por ti, es capaz de enterrar un cadáver sin hacer preguntas. Después de dudarlo mucho y de un mensaje de Eric animándote a ir, le envías un mensaje a Pablo con la confirmación (<<Parece que mi hija aún no quiere salir, jeje>>). Y te arreglas.

Te miras al espejo y te gusta lo que ves. Sabes que esos pantalones te favorecen y que ese jersey marca los hombros y los pectorales.

No quieres admitirlo pero lo estás anhelando.

Llegas quince minutos antes de la hora acordada. Te quedas alejado, en un lugar desde el que puedes ver sin ser visto. No hay ni rastro de Eric y le mandas un mensaje furioso. No por el contenido, que no puede ser más aséptico, sino por cómo aporreas la pantalla del móvil con los dedos.

Te preguntas si él se acuerda. Si los demás se acuerdan. Te dices que lo tienes olvidado, y la mayor parte del tiempo es así, aunque bufas por la nariz cuando aparecen ciertas caras en Facebook.

Ahora todos parecen tan preocupados. Tan comprometidos.

Te preguntas, mientras te metes otro chicle de menta en la boca, si será verdad que tus antiguos compañeros han madurado o si es solo una pose más, como sospechas. Qué más da. Lo descubrirás pronto.

Solo esperas que Eric no se acuerde. Te da demasiada vergüenza.

Llega la hora y te acercas a la puerta del restaurante. Ya hay un grupo charlando en corro en la puerta. Sientes calor en el pecho cuando te reciben con sonrisas amplias y cálidas, y en ese momento piensas que quizá no te has equivocado al acudir a la reunión. Te sientes un poco incómodo, eso sí, porque la mayoría va de traje y tú demasiado sport.

Pero no pasa nada. Estás bien, y eso te da seguridad. Por fin, Eric llega entre perdones y se sienta en el sitio que le has reservado a tu lado. Divides la mesa en dos: a tu derecha el territorio hostil, aunque parece que todos han venido tranquilos, con perfil bajo. A tu izquierda, el neutro. Además de Eric, hay un par de personas a las que has seguido viendo después del instituto y que consideras tus aliados, aunque no son amigos de verdad.

Elegís los platos y coméis entre puestas al día. Una compañera en la que no habías pensado desde que os graduasteis se lamenta de que estés a punto de tener una hija. Quiere algo contigo y no es lo suficientemente hábil como para mostrártelo con delicadeza. O igual es que no le hace falta. La rechazas con gracia y empiezas a relajarte. Lo justo, claro. Puede que tus compañeros hayan crecido, puede que lo hayan olvidado.

Pero tú no.

Tenías que demostrártelo. Dejarte claro que aquello era agua pasada, que fueron niñerías. Cosas de niños, que se decía entonces. Es curioso que nunca se lo hayas contado a tu mujer. Alguna vez lo has pensado pero, ¿para qué decírselo? Han pasado demasiados años como para que tenga importancia.

¿De verdad que no tiene importancia?

Y de repente, entre el segundo y el postre, nueve botellas de vino después, llega la pregunta.

—Oye, Mateo, ¿y tú por qué estabas tan gordo?

Se hace el silencio, pero solo en tu cabeza. El lado hostil de la mesa está atento a tu respuesta. Algunos se ríen sin disimulo, otros miran atentamente sus copas. Tú no reaccionas porque, aunque te has imaginado centenares de veces una respuesta inteligente y cortante a cualquier pregunta malintencionada de aquellos que te jodieron en el instituto, en realidad no estabas preparado para que ocurriera. Así que sonríes y te encoges de hombros, como si el adolescente que fuiste no estuviera desgarrado por dentro, y contestas con un ‘cosas que pasan’.

En el otro lado de la mesa oyes una voz, una de las dos que esperabas tener a tu lado, que habla con la calidez que da el vino.

—¡Mírate ahora, Croqueto! ¡Estás cojonudo! ¿Con qué te cebaba tu madre? La grasa se ha convertido toda en músculo, ¿eh?

Te quedas medio segundo en silencio y después te ríes, como el resto de la mesa. Afortunadamente, Ruth está ahora explicando algo que no te interesa, pero su carisma hace que todos se olviden de ti.

Aprovechas el momento para observar a tus antiguos compañeros. Hasta esa noche, pensabas que lo que eran cosas de niños no se repetirían en la treintena. Que, si lo hacían, tú sabrías reaccionar como el hombre maduro que eres. Sin embargo ahora sabes que quien es gilipollas de crío lo sigue siendo de adulto. Menuda enseñanza de vida.

Si al menos las cosas les hubieran ido mal. A ti, de hecho, te han ido muy bien. Entraste en la universidad, conociste a la que hoy es tu mujer, hiciste nuevos amigos y te reconciliaste contigo mismo. O eso creías.

Porque resulta que, para tus antiguos compañeros, sigues siendo Croqueto, el niño gordo. Y sí, te desgarra por dentro cuando te vas y cuando llegas a casa y le besas la barriga a tu mujer y también sus labios.

No, no tendrías que haber ido a la cena.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

Imagen: Photo by Kat J on Unsplash

Querido Roberto

No sé cuándo empecé a quedarme en silencio cada vez que me dices te amo.

Sonrío y te abrazo como si fuéramos hermanos, pero de mi boca no sale nada, ni una frase, ni una palabra.

Te amo. Es posible. No lo sé. Creo que amo nuestro pasado. En nuestro presente juntos no sé qué somos, si una pareja que se enamoró demasiado joven o dos personas que perdieron el rumbo y ahora son dos desconocidos.

Sé que esta no es la forma de iniciar una carta. Lo siento, pero llevo meses, años con este sentimiento atascado en la garganta. Con la sensación de que si no te lo digo me voy a ahogar en mis propias mentiras y mi vida se desvanecerá como algunos de los recuerdos de nuestra infancia.

Intento recordar cuándo fue la última vez que te escribí una carta. Quizás fue hace poco o hace mucho, no lo sé, pero sí puedo recordar tu rostro cuando teníamos diez años y estábamos en la escuela. Te sentabas en la parte de atrás, en la última fila, en el pupitre que daba justo al lado del ventanal. Cada que me giraba para mirarte estabas ahí con los ojos clavados en el paisaje más allá de la ventana. Recuerdo que estaba obsesionaba con los pensamientos que rondaban por tu cabeza. Mis primeros relatos fueron el fruto de esa obsesión. En esa época de nuestras vidas, aunque sabías que existía, porque era tu compañera de clase, no formaba parte de tu mundo. No fue hasta la salida pedagógica en el parque del café, cuando ya teníamos quince años. Ese día me miraste por primera vez. Se me eriza la piel cuando cierro los ojos y te veo en mis recuerdos con la camisa del colegio ligeramente desabotonada y el cabello negro azulado agitándose con el viento. Desde los diez años estaba enamorada de ti, pero fue solo hasta ese momento que descubrí que mi corazón era tuyo.

Ese año nos hicimos novios y me convertí en tu chica.

Eras el niño más popular de la clase y de la escuela. Todas querían salir contigo, pero tú me escogiste a mí. De cierta forma me sentía bendecida y afortunada. Pero, bueno, era una adolescente, ¿qué más podía sentir?

El paso por la universidad no pudo separarnos. Tuvimos muchas peleas, nos distanciábamos por semanas, pero siempre volvíamos. Yo solía pensar que nuestro amor era fuerte y real y que nada podría cambiarlo.

Estaba equivocada. Muy equivocada.

Un día, a pocos meses de graduarnos de Derecho me pediste que nos casáramos. Mientras escribo esta carta, pienso en que jamás debimos estudiar lo mismo. Yo quería escribir, soñaba con ser escritora, pero tú me convenciste de estudiar Derecho porque la escritura no me serviría para tener una vida de lujos y socialmente activa. Pero yo nunca quise esa vida. Odio tener que vivir así desde hace años.

Volviendo con nuestra historia, ese día estábamos invitados a la finca de Paco y organizaste todo para pedírmelo frente a tus mejores amigos. Cuando pronunciaste las palabras yo me lancé a tus brazos y dije que sí entre lágrimas, sin saber que ese era el principio del fin de nuestro cuento de hadas.

Nos casamos un 15 de septiembre. Escogimos el mes del amor y la amistad porque estábamos convencidos de que nuestro amor sería eterno y cada aniversario celebraríamos como recién casados nuestra unión perfecta y singular.

Vernos los fines de semana y de vez en cuando dormir juntos en tu habitación era perfecto, pero vernos todos los días y compartir el mismo espacio todo el tiempo fue algo muy diferente a lo que me imaginé. Creo que había visto muchas películas románticas y tenía expectativas demasiado altas, porque la vida, nuestra vida después del matrimonio, nunca fue así.

Pasaron los años y el tiempo nos cambió. No puedes decirme que no, que aún eres el mismo chico del que me enamoré en la escuela, porque es el curso natural de las cosas. Crecemos y evolucionamos o involucionamos, sinceramente no lo sé. El punto es que cambiamos por las circunstancias, por el entorno, por ley. Y como tenía que suceder dejamos de ser las personas que éramos antes de casarnos.

Sin darnos cuenta, una brecha empezó a crecer entre nosotros. Las noches de comernos a besos disminuyeron día tras día, las conversaciones en el comedor bajo el calor de un café humeante se volvieron recuerdos lejanos. Y las discusiones, esas sí, crecieron como la maleza de nuestro jardín.

Pasábamos tanto tiempo juntos, que no tuvimos la oportunidad de extrañarnos y nos fundimos con los demás enseres de la casa y de la oficina. Los te amo y los abrazos de despedida se volvieron automáticos, como parte de un protocolo bien estudiado para mantener nuestra relación a flote.

No puedo y no quiero seguir fingiendo que todo es perfecto cuando mi corazón me grita que me estoy marchitando entre estas paredes, que la vida me toma ventaja mientras la miro pasar deprisa sentada en este escritorio.

Esta no es una carta de reconciliación por nuestra pelea de esta mañana, ni una carta de súplica para que esta relación retome el curso que tenía cuando éramos novios adolescentes. Es una carta de despedida.

¡Ya recuerdo cuándo fue la última vez que te escribí! También fue la primera y la única. Fue después de nuestro primer beso. Te escribí un poema, me besaste por segunda vez y lo dejaste olvidado en una banca del patio de la escuela. Ese día dejé de escribir y mis sueños se fusionaron con los tuyos.

No podrás cambiar mi decisión. Esta mañana, cuando saliste de casa empaqué mis cosas y ahora están en el auto. Toda mi vida contigo está en una maleta. No hay marcha atrás. Prefiero vivir con el recuerdo de lo que fuimos en algún momento de nuestras vidas a seguir pretendiendo que puedo vivir en esta rutina, que puedo vivir en la miseria que llevamos construyendo desde que nos casamos y decidimos que el título de señor y señora podría con todo.

Te quiero mantener vivo en mi memoria, como el niño de ojos azules que miraba por la ventana mientras la maestra explicaba las multiplicaciones con fracciones. Quiero rescatar a la escritora que duerme en mi interior y quiero dejar atrás el vacío con el que me despierto todas las mañanas, aunque estés a mi lado.

Te deseo una mejor vida sin mí.

Con amor, Amalia.

 

 

Mónica Solano

Imagen de Mohamed Hassan

El chiringuito de las ideas

Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido despejado y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral. Tanto que los dos habíamos dejado las sudaderas en el coche y llevábamos los brazos al aire, absorbiendo el calor del sol.

Era sábado, apenas nos cruzábamos con gente y caminábamos en un silencio cómodo, o eso me pareció. Espié a Marta con el rabillo del ojo. Iba sonriendo, con la mirada perdida en la línea de la costa. Su sonrisa se desdobló y una de las mitades saltó hasta mi cara y se quedó allí. Seguí la dirección de sus ojos. Me conocía de memoria el panorama. Allí estaba la parte trasera del Hotel Paraíso, donde algunos huéspedes imitaban a los lagartos en las tumbonas de la piscina, el puesto donde alquilaban las tablas de surf y los aparatos de gimnasia que el Ayuntamiento había colocado para disfrute de los menos perezosos en una zona más ancha del paseo, y que yo jamás había probado. Mis ojos se detuvieron en el chiringuito de Víctor y clavé la mirada en él.

Tenía un letrero distinto. Un trozo rectangular de madera clara colgaba de dos cadenas que se movían con suavidad agitadas por la brisa. En el centro, como si las hubieran escrito con humo, leí cuatro palabras: “Chiringuito de las ideas”.

Cuando llegamos a su altura me detuve con los brazos en jarras. Las puertas se abrieron solas, como si me hubieran estado esperando, y un olor a jazmines, acompañado del tintineo de muchas campanillas, tiró de mí hacia el interior. Avancé, envuelto por el aroma y por el sonido, y me encontré en medio de una habitación mayor que la del chiringuito original, aunque desde fuera se veía como siempre. Al fondo, entre un mostrador y una pared repleta de casilleros vacíos como los de las recepciones de los hoteles, descubrí a un genio.

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Supe que era un genio porque cuando crucé el umbral estaba en un extremo, pero se deslizó hasta el centro al verme entrar. Me pareció el hermano gemelo del de la película de Aladdin. Su barba era una fina línea negra que al llegar al mentón se prolongaba en un ridículo mechón de pelo, tan escuchimizado como la coleta que nacía del centro de su enorme calva azul. Puso las manos sobre el mostrador y me obsequió con una sonrisa gigante.

–Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?

–Buenas. La verdad es que he entrado solo a mirar.

Señalé mi indumentaria. Una camiseta de manga corta y un pantalón de chándal cómodo, sin bolsillos, con la llave de casa enganchada en el cordel de la cinturilla. No había cogido dinero y ni siquiera llevaba encima el DNI. No se me ocurrió lo absurdo de mi respuesta hasta que me escuché pronunciar en voz alta las palabras. ¿Mirar? ¿Mirar qué? Allí solo estábamos el genio, el mostrador, los casilleros vacíos y yo. Sin embargo no pareció extrañarle. Señaló los casilleros que estaban a su espalda.

–Puede elegir. Todo está a disposición de aquellos clientes que crucen mi puerta.

–Ya. Pues ya puestos, verá…–Me quedé callado sin saber qué añadir. Y de pronto pensé que por pedir no perdía nada–.  Me gustaría una buena historia.

–Espléndido.

Los dos guardamos silencio. Empecé a pensar que ese genio era un poco limitado. Por lo visto también su especie se había ido deteriorando con los años y me había topado con un ejemplar senil. Por si servía de algo, le di una pequeña pista.

–El letrero de la puerta dice que esto es ahora el chiringuito de las ideas.

–Así es.

–¿Y puede saberse dónde están?

El genio paseó su mirada por toda la habitación. La cabeza hizo un giro inverosímil de 360 grados hasta volver a su posición original. Me contempló con una expresión inescrutable.

–Puede elegir –repitió–. Todo está a su disposición.

–¿Me toma el pelo? Aquí no hay nada.

–¿Está seguro?

–Tan seguro como de que lo estoy mirando.

–¿Seguro?

Abrí la boca pero no llegué a decir nada. ¿Qué hacía yo allí, hablando con una mala copia de un personaje de Disney, en lo que toda la vida había sido el chiringuito de Víctor? Ahora fue el genio clonado el que acudió en mi ayuda.

–Estamos nosotros, ¿no?

–Sí. Pero aparte de nosotros, aquí no hay nada. –De pronto recordé el olor a jazmines y el tintineo. La lógica volvió a sacudirme los hombros–. Oiga, ¿tiene flores escondidas por algún sitio? ¿O campanillas?

–¿Ve por aquí algo de eso?

Me hizo una seña para que me asomara adonde él estaba, detrás del mostrador. Obedecí y me agaché a mirar. Allí no había nada.

–¿Y por qué olía tan bien cuando me detuve en la puerta?

–¿Oler bien? ¿A qué olía?

–A jazmines. Y además se escuchaba…

Me interrumpí. ¡El genio se tapaba la bocaza con una mano para que no me diera cuenta de que se estaba riendo de mí! Era el colmo del descaro.

–¡Oiga! Le digo que olía a jazmines. Y se escuchaba música de campanitas.

–Si usted lo dice, será verdad. ¿Se le ocurre alguna explicación?

–¡Pues podría darle muchas! Otra cosa sería que acertara.

–Pruebe.

–Que pruebe, ¿a qué?

–A darme una explicación. Una de esas muchas. Quizá quiera usar esta –señaló a un casillero vacío–, o esta otra, o…

–¡Ya está bien! –le interrumpí–. Mejor me marcho. No sé por qué se me ha ocurrido entrar aquí.

Di media vuelta para salir, pero antes de que diera un paso el genio me llamó.

–¡Espere!

Se agachó un momento y de debajo del mostrador sacó una libreta blanca con una rosa en la portada y un bolígrafo, salidos de no sé dónde, y me los ofreció.

–Tenga, señor. Su cambio.

–¿Mi cambio?

–Así es. Podría haber elegido otra de las historias, pero me gusta la que se lleva. No es de las mejores, pero tampoco está mal.

–Papá. ¡Papá! ¡Papáaaaa! –la voz de Marta me sacó de mi abstracción–. No te estás enterando de nada de lo que te estoy contando, ¿verdad?

Miré hacia atrás. El chiringuito de Víctor había recuperado su aspecto de siempre, letrero incluido. El hotel, los turistas y los artilugios de gimnasia estaban en el mismo sitio. Miré a mi hija y le revolví el pelo con la mano.

–Perdona, Marta, estaba distraído.

–Ya, papi. No hace falta que lo jures.

Mi hija me regaló otra sonrisa y la atesoré con la anterior. Ahora que solo las recibía los fines de semana alternos, las valoraba mucho más. Sentí que sus dedos buscaban los míos y entrelazamos las manos. Marta apretó la mía y sentí la corriente de amor que me llegaba desde ese cuerpecito de menos de cuarenta kilos.

–Tranquilo, papi. Yo no soy mamá. No me importa que la cabeza se te llene de pájaros, en serio. A mí también me pasa a veces, y mami se enfada porque dice que soy como tú en eso.

–Ya. –No supe qué más decirle.

–¿Me cuentas un cuento?

–¿Ahora?

–Sí. Y cuando lleguemos a casa puedes escribirlo y luego me lo regalas. Así me lo llevaría a casa de mamá para leerlo por las noches, cuando no me toca estar contigo.

–Trato hecho.

Empecé a contarle el cuento de Pulgarcito, que siempre le había gustado. Marta me escuchó con atención, pero me di cuenta de que la había decepcionado, aunque, como me quiere tanto, no me lo dijo. Ella esperaba otra cosa. Un cuento distinto, solo para ella, para leérselo en la cama, como solíamos hacer antes de que Isabel y yo nos separásemos y mis huesos fueran a parar a un apartamento frío y solitario. Cuando terminé, le pedí perdón.

–Lo siento, chiquitina. Es que me has pillado por sorpresa. Pero luego me invento un cuento distinto para ti sola, ¿vale?

–Vale, papi. No importa.

Llegamos a casa y me duché mientras mi hija veía una película en la tele. Salí del baño dispuesto a cumplir mi promesa. Marta se había quedado dormida en el sofá, seguramente cansada por la larga caminata. Entré en mi dormitorio, donde una mesa de Ikea hacía el papel de despacho, y al ir a sentarme delante ella me detuve sorprendido.

Sobre la mesa, una libreta blanca, con una rosa dibujada en el centro, me estaba esperando. A su lado, había un bolígrafo que no recordaba haber dejado allí cuando salimos.

Me senté, quité el capuchón del bolígrafo, abrí la libreta, y empecé a escribir:

“Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido sin una nube en el cielo y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral…”

Adela Castañón

Imagen cabecera: Photo by Derek Thomson on Unsplash

Imagen genio: Pixabay

Quería salir a estudiar

Leyendas escolares de las Cinco Villas

Don Mateo acostumbraba a ir a la escuela una hora antes que sus alumnos. Así a las nueve ya tenía las pizarras limpias, los cuadernos en orden y la estufa encendida.

Una mañana llegó antes de lo habitual. A eso de las siete, le sorprendió ver a Casiano acurrucado en la puerta. Si no lo hubiera conocido, habría pensado que era un rapazuelo entrometido. Se acercó, le pasó la mano por sus bucles rubios y le dijo:

—¿Qué haces aquí tan temprano? Tendrías que estar durmiendo.

—Es que me he escapado de casa cuando me ha llamado mi padre para que fuera al monte con mis hermanos.

—¿Qué te has escapado? —El maestro abrió unos ojos más grandes que los del niño.

—Sí. —No pudo reprimir un hipido—. Me ha dicho que tenía que ir a cuidar las ovejas. Que eso era más importante que venir a la escuela.

Don Mateo se quedó un momento en silencio. Lo ayudó a ponerse de pie y le dijo:

—Bueno, pues hoy vete con tus hermanos. Y yo hablaré con tu padre.

Ese día Casiano anduvo muy despistado. Se olvidó de llevar a abrevar el rebaño y perdió un cordero recién nacido. Por la noche se fue a la cama sin cenar. Desde la cocina le llegaban los gritos de su padre:

—¡Qué se habrá creído este mocoso, Gregoria! Con nueve años ya se atreve a llevarme la contraria.

—¡Por Dios, Jacinto! ¿No ves que es un niño? Ten paciencia. Poco a poco lo haremos entrar en razón.

—¡Que no, Gregoria, que no! Sus hermanos no me plantaron cara. Todos entendieron que somos muchas bocas y pocas manos.

—Es que tiene que estar todo el día solo por esos montes y es muy miedoso.

—No te confundas, Gregoria. Aquí pasa otra cosa. El bueno de don Mateo le ha metido muchos pajaricos en la cabeza. Y ahora anda loco con eso de aprender a leer y a hacer cuentas. —Jacinto se levantó la boina, se rascó la cabeza y comenzó a dar patadas a los tizones del hogar.

Al día siguiente, Casiano se levantó sin hacer ruido y se fue otra vez a la puerta de la escuela. Cuando vio aparecer al maestro, se acercó y le dijo.

—Don Mateo, vengo a pedirle perdón por el susto que le di ayer. Solo quería hablar con usted.

—No te preocupes. Entendí lo que querías. Hoy he visto a tu padre, pero no le he dicho nada porque me ha parecido que no estaba el horno para bollos.

—Pero yo quería decirle otra cosa más. —Se quedó cortado. No acertaba a seguir hablando.

—A ver, dime. ¿Qué le pasa por aquí dentro a esta cabecica?

—Verá es que yo quiero ser maestro de El Frago, como usted.

—¡Anda, anda! Déjate de tonterías. Ahora lo importante es que vengas a la escuela y aprendas. Después ya veremos.

Don Mateo lo cogió por los hombros, lo estrechó con fuerza y le habló a la oreja:

—Mis padres tampoco querían que viniera a la escuela y me mandaban a hacer los recados del comercio. —El maestro suspiró—. Al final se convencieron.

—Eso ya me lo contó el abuelo de casa el Royo, ese que vive al lado de su casa. Por eso he pensado que usted me podría ayudar.

Esa tarde, don Mateo esperó a que Jacinto llegara del monte y fue a hablarle de su hijo. Después de una tensa conversación, llegaron a un acuerdo.

—¡Que no, don Mateo! —Jacinto seguía desaparejando la yegua sin mirar al maestro.

—Jacinto, no sea tan terco. Usted se las puede arreglar sin Casiano. —Hizo una pausa—. En esto me recuerda a mi padre.

—Mire, no se meta en los asuntos familiares. En cada casa nos arreglamos como podemos. —Soltó la cincha que llevaba en la mano—. Y perdone que le diga, pero es más fácil mantener un comercio sin ayuda que unos campos y unas ovejas. ¡Y encima se saca menos!

—¡No lo haga por mí, sino por su hijo! —Se quedó mirando al suelo y siguió—:Con los estudios lo librará de ir calzado con abarcas,

Jacinto entró con la yegua en la cuadra. Cuando salió, Mateo lo seguía esperando. Entonces Jacinto le dijo:

—Está bien, Casiano ira a la escuela. Pero ya que no me va a ayudar a mí, que libere se lleve a su hermano Lorenzo. Así su madre no tendrá que cuidarlo y podrá bajar a lavar al río y sacarse un jornal.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Usted no tiene que agradecerme nada, que es la vida de mi hijo —le contestó Jacinto levantando la horca que llevaba en la mano—. ¡Ah! Y le repito que no se meta tanto en la vida de las familias.

Al día siguiente, a las nueve en punto, estaban los dos hermanos cogidos de la mano esperando a que se abriera la puerta de la escuela. Entraron, se sentaron juntos y, al poco rato, Lorenzo le dijo que se aburría. No paró de enredar en toda la mañana. Casiano lo sujetaba para que no se levantara. Le habría gustado contagiarle la inquietud que él llevaba dentro.

Casiano era como una esponja. Todo le interesaba y todo lo asimilaba. Antes de cumplir los catorce años le preguntó a don Mateo si lo dejaría ir por las tardes al repaso de su casa, que así podría prepararse mejor, porque se quería ir a estudiar a Zaragoza. Le dijo que le pagaría con unos ahorrillos que tenía escondidos. Desde que dejó de ir al monte, de vez en cuando le ayudaba al herrero a sujetar las patas de las caballerías cuando les ponía las herraduras. No le daba todas las propinas a su madre y se guardaba algunas debajo de una baldosa de su habitación. Y era difícil que se las encontraran porque se movían todas.

—¿Usted cree que podré estudiar si voy un poco adelantado y me gano el jornal en la carbonería de mi hermano?

—¡Claro que podrás!

—¿Y tendré que hacer mucho esfuerzo?

—¡Mucho, Casiano! Pero te prepararás bien y llegarás lejos. Tú llegarás a ser algo más que un maestro de El Frago.

Cuando cumplió los catorce años se despidió de sus padres. Aprovechó el viaje de un carro que subió a comprar carbón y se fue a Zaragoza. En un morral llevaba una muda limpia, muchos papeles con las notas de las clases de don Mateo y las propinas que había sisado. Las contó varias veces.

—Sí, me llegan. Con esto ya puedo pagarme la matrícula del Ingreso de Magisterio.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Museo de las escuelas de Lacorvilla (Zaragoza).

Una mujer que escribe

Y llega ese momento en el que tienes que dejar salir las palabras.

Preferirías quedarte callada y enterrar en las profundidades de tu memoria esa voz que, para ti, no tiene sentido que la levantes.

Sentada en el escritorio miras inexpresiva el ordenador. El corazón te late con fuerza, desbocado. Puedes oír los latidos y el sonido de la sangre mientras navega por tus venas. El líquido vigoroso guarda en cada célula el miedo a ser la mujer que deseas. Una mujer libre y sin temores absurdos. Una mujer que expresa su visión del mundo a través de los relatos.

Cierras los ojos y oyes un llanto.

Una niña pequeña llora en algún lugar de tus recuerdos. Respiras profundamente y dejas que el aire inunde tu zona abdominal. Cada inhalación te reviste con una inesperada valentía y decides avanzar hacia la fuente de los sollozos.

Después de unos pocos pasos te das cuenta de que estás en la habitación de tu infancia. Sonríes cuando ves la cama rosada con blanco con un nochero a cada lado. Odiabas esa cama, pero no podías decírselo a tu madre porque fue su regalo cuando te dio tu habitación propia. Cerca de la ventana está el tocador. Todas las mañanas te peinabas enfrente de él antes de ir al colegio. Una luz tenue ilumina parte de la estancia. Siempre la dejabas encendida para poder dormir cuando las pesadillas te acechaban.

Te reconoces en la pequeña que está recostada sobre la cama, la que suspira y se abraza las piernas. Las lágrimas se le han escurrido por el rostro hasta empaparle el cuello y parte del cabello.

Te estremeces. Sientes que la agonía de su llanto serpentea por tus brazos.

Intentas acercarte aún más, pero dudas. Cuando crees que estás lista para dar el paso te cuestionas si sería mejor retroceder.

Sacudes los pensamientos con un ligero movimiento de la cabeza y te acercas. Te sientas a su lado y le preguntas por qué está llorando.

—Porque no quiero ser mujer —responde.

—Y, ¿por qué no quieres ser mujer?

—¡Ser mujer es horrible! No tiene nada fantástico. Lavar, planchar, tener hijos, casarme. ¡No quiero casarme! Además, si fuera un hombre podría hacer lo que me diera la gana todo el tiempo, igual que mi hermano que ni siquiera pide permiso para salir a jugar.

Le apartas la mirada con la sorpresa desprendiéndose de tus pupilas.

No recuerdas ese momento de tu vida en el que odiabas tanto ser mujer.

¿O sí?

¡Claro que sí! No puedes engañarte.

Lo tienes tatuado en la piel y te supura como una herida abierta cada vez que quieres hacer algo que amas. Cuando tomas la pluma para escribir, la tinta se deshace en las ansias de haber nacido en un planeta sin géneros y de habitar en otro cuerpo, en uno con menos prejuicios.

Miras de nuevo a la niña y puedes ver en sus ojos que ahí empezó todo. El dolor, la lucha, el eterno deseo de ser alguien más.

Llevas muchos años aferrada a su filosofía de vida insana. Ha llegado el momento de dejarla que se vaya. De cortar la cuerda que te ata a esa parte de tu pasado, en el que ser mujer fue el resultado de algún maleficio que le lanzaron a tu madre.

Te despides, sonríes y la sueltas.

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La pequeña se desvanece cuando abres los ojos y la hoja en blanco resplandece ante ti. Estás lista para enfrentarte a las palabras de nuevo y sumergirte en el sueño de la ficción, en el que no importa si eres hombre, mujer o gato.

Después de tu pequeño viaje interior te aferras al presente. Eres libre. Puedes saborear sin juicios el instante perfecto en el que todo es posible y nada es demasiado importante. Escribes.

Mónica Solano

 

Imágenes de StartupStockPhotos y Lisa Runnels

Lola

Hay personas que no saben que existen los hospitales. Bueno, lo saben, pero para ellas son algo tan remoto como Marte. Lola, mi mujer, es una de esas personas. O quizá debería decir mejor que lo era. Me he expresado fatal, y eso que se supone que el escritor soy yo. Hablo como si hubiera muerto, y todavía está viva. A lo que me refería, valga la redundancia, es a que ahora muchas de las referencias de Lola son sus hospitales de referencia.

Lola es mucha Lola. Si sale de esta, pienso decirle que escriba. Otra vez he metido la pata. No debería haber dicho si sale de esta, sino cuando salga de esta. Porque saldrá. Tiene que salir. Aunque solo sea para que yo pueda verla descojonarse de risa cuando mi ego se dé de bruces contra el suelo y me vea obligado a admitir en su cara que ella escribe mil veces mejor que yo.

Me gano la vida escribiendo. Soy escritor. De los de ahora. De los modernos. De los que escriben en un teclado. Aunque a veces lo hago en folios, en posits, con lápiz o boli. Lola no. Ella escribe en relieve, en tres dimensiones. Con su aliento. Con la tinta de sus venas, de sus pobres venas castigadas por la quimio. Cada pelo que abandona su cabeza es un renglón más en el libro increíble de su vida sobre el que sigue escribiendo sin desfallecer.

A veces, cuando la veo bromear con el enfermero que le coge la vía, me meto en el baño de la habitación, aunque no tenga ninguna necesidad. Pero cuando la oigo decirle que con esta experiencia se está dando cuenta de que no tiene ni un pelo de tonta, se me abren las carnes y necesito esconderme ahí para llorar a solas. Me avergüenzo de no necesitar un sombrero para defenderme del frío, de que mis ideas no puedan huir de mi cerebro porque la cárcel de mi melena las mantiene a todas prietas y no las deja escapar. Y, cuando el torbellino de pensamientos se vuelve insoportable y no puedo darle salida por mis ojos, busco otra vía de escape. Entonces mis miedos emprenden una ruta más larga hasta las yemas de mis dedos que golpean el teclado y descargan sobre él mi rabia mientras escribo.

Porque yo escribo. Y lo mío se puede borrar, cambiar o reescribir. Lo de mi Lola, no. Porque ella graba en piedra, aunque no se dé ni cuenta. Y lo hace sin pestañear, esculpiendo a golpes de sonrisa, de esa sonrisa que no me explico de dónde le sale, pero que sigue iluminando su cara, aunque a veces haga sangrar un poco sus labios agrietados por la medicación. Escribo porque Lola me lo pide. Por ella. Para ella. Sobre ella. Y le enseño esos escritos maquillados con mentiras, mientras estos, los que queman, los que muerden mis entrañas, me los reservo para mí.

Durante meses escribo como poseso. Como un adicto. Me salto comidas. Robo horas al sueño. Escribo para mi revista. Para mis lectores. Para proyectos futuros que luego le llevo a Lola para que los lea, como siempre, porque no deja de pedírmelos. Y mi otro yo escribe para mí, porque estos escritos son mi única medicina. Mi asidero a la cordura. Son la alcantarilla que se lleva cada noche mis miedos y los arrastra lejos, muy lejos, dejando mi alma un poco menos atormentada y mi cara disfrazada de normalidad para que Lola me vea igual que siempre cuando cruce la puerta de su habitación de hospital.

He pasado meses escribiendo así. Notas sueltas, documentos sin ton ni son, sin orden ni concierto. Uno detrás de otro, folio tras folio, como el eslabón de una cadena. Pero hoy esa cadena se ha convertido en un collar al que tengo que ponerle el cierre.

Hoy, contra todo pronóstico, le han dado el alta.

De casos como el suyo sobreviven uno de cada mil. O casi. Y ella ha sido la ganadora.

Mi Lola ha vuelto a casa. Curada. Y hoy he reunido el valor que necesitaba para enseñarle esto. Me ha sonreído como solo ella sabe hacerlo. Y esta vez sus labios no se han agrietado. Sus mejillas han recuperado algo de carne, aunque no creo que las arruguitas que hay ahora en las esquinas de sus ojos, y que no estaban cuando salió de aquí para ir al hospital, vayan a desaparecer. Tampoco es que eso me importe. Son arrugas de luchadora. Arrugas que nacieron de sonrisas ganadas a la batalla de la muerte. Arrugas regadas por lágrimas que ha debido derramar a solas, porque nunca, ni un solo día, la he visto llorar. Pero ha tenido que hacerlo. Ella, que en todas las películas románticas gasta un paquete de Kleenex, ha ganado su guerra sin desfallecer. Sé que ha lamido a solas la sangre de sus heridas. Y, aunque eso es casi imposible, todavía la quiero más. Es que Lola es mucha Lola. Pero me voy sin querer de lo que quiero decir.

Le he enseñado a Lola mis escritos oscuros. Los de las noches sin luz. Porque mi luz, que era y sigue siendo ella, estaba en el hospital, lejos de mí. Le he pedido perdón por la amargura, por la tristeza, por ese pesimismo, más negro que la tinta, y ha vuelto a sonreírme.

–Esto no es pesimismo, amor –me ha dicho–. Esto es la vida misma.

Y, haciendo su sonrisa todavía más brillante, me ha pedido un deseo que voy a concederle:

–Quiero que lo publiques.

Y lo he hecho. Porque es un homenaje para todas las Lolas del mundo.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay