Carta a mi madre

Hay que ver cómo eres, mamá. Desde luego has vivido noventa y cuatro años alucinantes, oye. Yo, si me dejas en herencia tus genes y tu alegría, me doy por muy bien servida.

Nunca hubiera creído que se podía elegir la manera de dejar este mundo, pero resulta que sí. Por lo menos en tu caso. Has tenido una despedida a la carta, como el que pide platos en un restaurante. Siempre dijiste que tú no querías irte de golpe, sin enterarte, ni acostarte y no despertarte a la mañana siguiente. No, para nada. Con lo que te gusta y te ha gustado el teatro, decías que querías saber con tiempo tu fecha aproximada de caducidad para tener la oportunidad de despedirte de tu gente y de organizarte, y vaya si ha sido así. Desde que empezaste a decir que se te hacía un nudo en la garganta, y en noviembre le pusimos al nudo el nombre de cáncer de esófago, has hecho exactamente lo que siempre dijiste que harías: prepararte y disfrutar hasta el último minuto.

Has sido un ejemplo. No puedo escribir que has sido una enferma ejemplar porque no nos has mostrado para nada la enfermedad, ni te hemos visto en baja forma en ningún momento. La víspera de tu partida todavía ibas caminando del salón al dormitorio, aunque fuera con ayuda, porque solo podías tragar líquido o papillas muy blanditas y eso, con lo que te ha gustado comer siempre, te debilitaba. Lo que no se debilitó nunca fue tu sentido del humor. Ni tu coquetería. Decías que te gustaría volver a tener tu peso de soltera, y hace pocos días te pesaste y te echaste a reír diciendo que habías conseguido que la báscula te diera ese capricho. Y eso que llevabas el collar y las pulseras puestas. La oncóloga que te vio no podía creer cómo eras. Menuda cara puso cuando trataba de decirte que no era operable, y le contestaste que tú no querías eso de “quirófano a vida o muerte, como en las películas”, y que tampoco querías quimio ni radio porque no te iban a ayudar, y lo único que iba a pasar, muy probablemente, sería que te caerían encima de golpe los noventa y cuatro años que, hasta ese día, no te habían pesado nada. ¡Si este verano, como todos los veranos, nos hemos hartado de reír en la playa cada vez que te metías y tragabas agua al venir una ola!

Tuve tiempo de llegar a ver esa sonrisa tuya tan hermosa, y esa cara de sorpresa y alegría que ponías cada vez que nos presentábamos en Murcia sin avisar. Tuve tiempo de decirte que tu nieto Javier estaba allí, contigo, y que tu nieta Marta llegaría desde Londres en menos de cuarenta y ocho horas. Tuve tiempo de pasar la última noche en el sofá cama de tu salón, junto a tu cama articulada, y ver que descansabas tranquila.

Y a tu nieto Pablo se le ocurrió que nos juntáramos todos, hijos y nietos, para rezar el rosario junto a ti, que sabía que eso te gustaría, y así lo hicimos el sábado. Respirabas tranquila, ningún estertor, con una expresión que no podía ser más serena. Había familia hasta en el pasillo, que hay que ver la que liasteis papá y tu… seis hijos, quince nietos… ahí es nada. Y, añadidos, nueras, yernos, novias y novios de los nietos y nietas… Creo que si hubiera pasado un policía y se le hubiera ocurrido mirar hacia el balcón, habría subido pensando que allí estábamos tramando, como poco, un golpe de estado. Y fue decir el “Amén” final del rezo, y escucharte dar un suspiro más profundo, ver la sombra de una sonrisa en tu cara, y comprobar que habías dejado de respirar.

Hubo tiempo de que viniera Abel, que si hay un cura “apañao” en el mundo, es él. Vino la semana anterior, te dijo una misa en casa, te dio los óleos… Y el domingo, como a ti no te gustaba el tanatorio de Murcia, se te dijo la misa de corpore in sepulto como tú querías, en tu parroquia del Padre Joseico, oficiada por Abel, y entrando tú como la reina que eras y que eres a hombros de tus hijos y de tus nietos. Y con un coro que te cantó como los ángeles…

Lo que yo te digo: una muerte a la carta, a tu gusto hasta el último detalle. Y es que tú no te merecías menos.

El domingo después de la misa, ya en tu casa, empezaron a pasar cosas por la noche: en el flexo de la ducha se debió de picar la goma, y aquello parecía una fuente. Menos mal que lo apañamos hasta la mañana siguiente con cinta aislante hasta que compramos uno nuevo. El wifi se fue de paseo, inexplicablemente, y hasta llamé a mis hermanos por si habían dado ya de baja tu teléfono. No lo habían hecho, y apagando y encendiendo el router varias veces acabó por regresar el internet. Y luego tu yerno, que se iba en el autobús nocturno porque yo, que soy la que conduce el coche, decidí quedarme en Murcia, decidió mirar no se qué en su maleta y la trajo al salón “porque hay más luz que en la entrada”, dijo. Y fue decirlo, y quedarnos a oscuras. Ya te imaginas la carcajada que se nos escapó a todos. Tenías que habernos visto, con las linternas de los móviles, tratando de encontrar el cuadro eléctrico, que nadie sabía dónde estaba. Y luego, cuando dimos con él, buscando una escalera porque la dichosa caja de fusibles estaba casi en el techo… Por suerte tu nieta Marta encontró una escalera, pudo subirse a ella, tocar no sé qué cosa, y volvió a hacerse la luz. ¿Y sabes qué? Pues que Marta me dijo algo que va a hacer que te mueras de risa cuando lo leas (además de reír allí arriba con lo de “morirte” de risa, que me ha salido así, del tirón, y no lo voy a borrar, claro, que te privaría de una carcajada). Tu nieta me cogió del brazo con aire misterioso y me dijo al oído:

 —Mami, yo creo que como a la abuela le gusta tanto hablar por teléfono y poner Whatsapps, y allí arriba no debe tener cobertura, está mandándonos señales para que nos marquemos unas risas a su salud…

¿Y sabes, mamá? Estoy de acuerdo con mi niña. Nos sentimos reconfortados, te sentimos, sentimos tu cariño, tu alegría, tus ganas de juerga, de pasarlo bien, de inventar cosas absurdas y sorprendentes.

Y ya está. Ni he empezado con un encabezamiento ni voy a terminar con una despedida. Porque físicamente han sido noventa y cuatro años plenos, pero en el alma vas a estar siempre.

Voy a copiar ahora el último párrafo de algo que ha escrito mi sobrina Patricia, tu nieta, en Facebook. La que tiene fama de escritora en la familia soy yo, pero Patri me deja en mantillas con lo que te ha escrito ahí, que la niña pone los pelos de punta y calienta el corazón con cada frase. Esto es lo que tu nieta pone al final de su publicación, y no se me ocurre un final mejor para esta carta:

“Gracias, gracias y gracias. Dejas el mayor legado que se pueda imaginar, una familia maravillosa, un poco cuadriculada y peculiar, pero unida y que te quiere con locura. Dale recuerdos al abuelo y a las titas. Id preparando una ración de pescaíto. Nosotros nos quedamos aquí, juntos, cuidando de tía Trini y cantando “Como una ola”, “Marinero de luces” y “La gata bajo la lluvia”.

Eres eterna, abuela, te queremos.”

Adela Castañón Baquera

Como un vilano de la primavera

#relatoscovid

Redondo, picudo, una veces rojo, otras verde y otras blanco como un vilano que sale de la nada. Nadie lo ha visto. Pero inunda las calles y lleva armas letales. Mata sin cuchillos ni navajas. No tiene bombas ni arsenales de armas. Tampoco señales de alarma. Basta con un suspiro de la persona que tengo sentada a mi lado en un banco del parque para que empiece una guerra cuerpo a cuerpo. Pero, ¿una guerra?, ¿contra quién? Nadie lo sabe y todos lo sabemos. Me aparto de la gente, me cubro la cara con una máscara y busco con desespero un grifo donde lavarme las manos. Como si hubiera cometido un crimen. Cuando alguien se acerca, me sube un sofoco que me impide respirar. Huyo corriendo. Me acerco al  banco más solitario del parque, en un rincón oculto por el ramaje. Miro en los alrededores. No veo nada. No lo encuentro. Pero puede estar agazapado en cualquier grieta. A lo mejor entre las hojas de los árboles. Decido no sentarme y volver a mi casa.

Nadie lo conoce ni sabe cómo se mueve entre nosotros. No es un ninja ni un gnomo. Tampoco tiene efectos mágicos, aunque lo parece.

Aún es pronto para comer. Enciendo la televisión y veo a un mago que dibuja curvas y habla del número de muertos. Entonces empiezo con las llamadas de teléfono.

—¿Qué hago? ¿Qué vas a hacer? —le pregunto a mi hermana

—Nada. Yo me quedo en casa. Y tú quédate en la tuya. ¡Ah!, y no abras a nadie —me contesta con un temblor en la voz.

Doy vueltas por las habitaciones. Miro los vasos. Nada. Entonces me pregunto: “¿Nos estaremos volviendo locos?” Pero no. Los muertos son reales. Se apilan en bolsas de plástico negro en un palacio de hielo, como si estuvieran dispuestos a patinar. Nadie se atreve a enterrarlos.

Cierro las ventanas. Coloco mantas y toallas enrolladas en las rendijas. Convierto mi casa en un fuerte, como los refugios antiaéreos. Entonces empuño la antigua máquina de Flit, pero está vacía. Ya no venden Flit ni DDT. Cojo una palangana y voy rociando la casa con gotas de lejía, como hago en Semana Santa con el agua bendita: Asperges me, Domine. No sé por qué pienso que el olor de la lavandina ahuyentará a mi enemigo para siempre. Entonces, con calma disuelvo jabón en un tarro y comienzo  a hacer pompas detrás de los cristales. Son mi bandera contra el miedo.

Por la tarde me coloco un yelmo con barbuta y, como don Quijote, salgo a buscar aventuras en las calles vacías. Acaricio las estatuas. Me tumbo junto a la Mujer dormida de una avenida y pierdo el conocimiento. Sin saber cómo, unos extraterrestres me cogen y me meten en una nave espacial que lleva puesto el ¡uuuuh, uuuuh! ensordecedor de una sirena. Al final del túnel, me despiertan los  borboringos de mis entrañas. ¡Puajj!, ¡puajj! Los tubos que me atraviesan la garganta solo dejan escapar algún ¡bzzz!, como si me hubieran metido mosquitos molestos. Unas luces de colores se encienden y apagan como en un festival de cabaret. Cuando se encienden todas a la vez se me acercan unos ojos gatunos que me miran desde dentro de una máscara de carnaval. Poco a poco voy entrando en un sopor. De momento la partida se queda en tablas. Y yo me siento encapsulada por un vilano invisible, por un vilano de la primavera cuyas plumas vuelan hacia la nada.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía principal, la que encabeza el artículo: VILANO DE SENECIO. Del blog de Montse. Botanic Serrat. Propiedad de la autora. Disponible en: https://letrasdesdemocade.files.wordpress.com/2022/01/6ed0b-botanic2bserrat2bvilano2bsenecio1.jpg

El otro planeta azul

He vivido siempre en un planeta azul. Lo supe hace poco. Ahora también vivo en un planeta azul. Me gusta el color azul.

Se me da mejor escribir que hablar. Puedo escribir mi historia. No estoy seguro de saber narrar mi historia, pero voy a intentarlo. Para eso necesito organizarme. La escribiré en tres carpetas con nombre. Poner nombre a las cosas siempre ayuda.  

Las tres carpetas se llamarán secuestro, cambio y liberación.

Primero fue mi secuestro.

Estuve secuestrado en el primer planeta azul desde que nací, pero no lo sabía. Lo averigüé poco a poco. Como cuando voy al dentista y el efecto de la anestesia se va pasando. El dolor llega poco a poco, como el conocimiento. Eso es una metáfora, pero entonces yo no sabía que era una metáfora.

Lo primero que llegó fue el caos. Desconocía las normas de aquel sitio. A mi alrededor no encontraba a nadie como yo. No estaba solo, pero estaba solo. No sabía si hacía lo correcto en cada momento. No podía averiguar cómo se iban a comportar los habitantes que me rodeaban. No me gustan las situaciones impredecibles, y ese lugar estaba lleno de ellas. Muchas veces los demás me pedían cosas sin ningún sentido. Muchas veces yo no hacía esas cosas sin sentido. Entonces las personas se enfadaban muchas veces. Me pedían tareas extrañas que no entendía. Eso me irritaba mucho. Entonces muchas veces me golpeaba. No sabía bien por qué me golpeaba. Ahora ya lo sé: era por aburrimiento o por irritación. A veces me envolvían en un albornoz desde el cuello hasta los tobillos. No podía moverme. No me gustaba. Aprendí que solo me lo quitaban cuando paraba de gritar o de golpearme.

Al principio del caos era como tener un teléfono en la mano, pero sin cobertura y sin nadie al otro lado de la línea. Eso es otra metáfora. Me gustan las metáforas.

Ese planeta invisible no me gustaba. No sabía que era un planeta azul. Había demasiado ruido, poco orden, demasiado movimiento, poca tranquilidad. Quería escapar de allí.

Lo segundo fue el cambio.

Apareció una pizarra grande en la pared. Ahora sé que era una pizarra, pero al principio yo no sabía que se llamaba así, para mí era un cuadrado grande de corcho. Me gusta el tacto del corcho. En el corcho pinchaban cuadrados más pequeños. Javi estaba en muchos. Se llaman fotos. Lo sé ahora. Yo me llamo Javi. También lo sé ahora. Es bueno tener un nombre.

Gracias a la pizarra empecé a aprender cosas. Me gustó aprender cosas. Descubrí que vivía en una especie de cárcel, eso es otra metáfora. Pero también descubrí que las paredes no eran indestructibles, aunque cuando intentaba abrir agujeros para hacer ventanas o puertas y poder escapar de allí me salían torcidos.

Después del caos llegó el miedo. Veía a las personas acercarse a mí. Lo primero que recuerdo eran los círculos grandes con media sandía. Ahora ya sé que los círculos se llaman caras, y las medias sandías se llaman bocas. Pero entonces no sabía los nombres y pensaba en círculos y en sandías. Cuando la sandía tenía los picos levantados significaba que todo estaba bien. Yo había hecho algo bien. Era una clave. Ahora es más fácil y ya sé que eso se llama sonrisa. Cuando todo estaba mal la sandía, que es la boca, estaba recta. O con los picos para abajo, y entonces había dos líneas de agua en las caras. Se llaman lágrimas. Yo tampoco sabía eso entonces. Las lágrimas eran otras claves, pero yo no las podía interpretar. No tenía un diccionario. Entonces no sabía lo que era un diccionario. Ahora lo sé, y tengo varios diccionarios: de fotos, y de palabras, y de frases.

Otras veces un habitante más pequeño se acercaba a mí. Daba más miedo, pero también me atraía más. Su boca siempre sonreía, pero hacía mucho ruido y se movía demasiado deprisa. Pronto tuve más claves. El habitante pequeño se llamaba hermana. O también Marta. Era un poco confuso que tuviera dos nombres. De los habitantes grandes, el que más me gustaba se llamaba mamá. Me hacía sentirme tranquilo, porque siempre hacía las cosas despacio, con orden, y eso me gustaba. Ella sabía asustar al miedo. Eso me gustaba también. Ella ponía y quitaba muchas fotos de la pizarra, y eso era bueno porque ayudaba a que el miedo se fuera.

Aprendí que conseguía más cosas señalando las fotos de la pizarra que golpeándome. Eso fue algo muy bueno. Empecé a golpearme menos. Empecé a utilizar más la pizarra. Mis ventanas y mis puertas empezaron a salirme derechas. Esa es otra de mis metáforas favoritas. Ya os he dicho que me gustan las metáforas. Las bocas sonreían más a menudo. Casi nunca había ya agua en las caras. Eso me gustaba. Se llamaba llorar, y eso no me gustaba. Yo nunca lloro.

Lo tercero fue la liberación.

Después del caos y del miedo vino la alegría.

La alegría es bonita. Me gusta mucho. Es como una llave y encerró al caos y al miedo. Es otra metáfora. Esa me la ha enseñado mamá.

Soy diferente. Eso también me lo ha enseñado mamá. Pero hermana Marta también es diferente. Y mamá también es diferente. Ser diferente no es malo, solo es diferente. Solo es malo cuando estás secuestrado en un planeta azul que no se ve. Hay otro planeta que sí se ve. También es azul. Se llama Tierra, y es redondo. Me gusta la tierra. También me gusta mi otro planeta azul porque ya no estoy prisionero y sé moverme por él. Ese se llama autismo.

Sé lo que es una persona ciega y sé que no es fácil explicarle los colores. Sé lo que es una persona sorda y no es fácil explicarle la música. Sé que yo no soy una persona ciega ni sorda, pero hay cosas que no es fácil explicarme porque mi interior es de color azul, como el planeta invisible. Sé que hermana Marta y mamá pueden viajar entre los dos planetas azules. Ellas me ayudan y ahora yo también viajo al planeta azul Tierra sin tener que moverme de mi casa. Es divertido. Eso es una metáfora y también es una broma. Estoy aprendiendo a hacer bromas. Las bromas me gustan, aunque son más difíciles que las metáforas. Pero hacen reír, y la risa también me gusta. Me hace sentir como cuando estoy recién bañado o como cuando me dan un bombón de una caja roja que se llama Nestlé.

Leer es fácil. Me gusta mucho leer. Las palabras escritas siempre están ahí, no se escapan como las otras. Por eso es más fácil escribir mi historia. Sé escribir mi historia. No sé si sabría contar mi historia. Ya os lo he dicho antes.

Mamá dice que hay muchos más planetas. Y muchas más historias. A mamá le gusta mucho escribir. A mí también me gusta mucho escribir. Mamá escribe relatos y novelas y poemas. Yo escribo resúmenes de las noticias que veo en la tele todos los días. Y resúmenes cuando hacemos un viaje. Luego mamá y mis profes leen mis resúmenes.

Ahora también me gusta mucho hablar.

Mamá dice que hablar es bueno y escribir también.

Por eso hablamos mucho y escribimos mucho.

Y nos queremos y nos sentimos muy bien.

Eso es bueno.

Esa es mi historia escrita. Me gusta. Eso no es una metáfora. Es real. Como mi vida en los planetas azules.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Romería en la Virgen de la Sierra

Don Jenaro era un médico afamado en los pueblos de la redolada. Una noche sí y otra también, llamaban con urgencia a su puerta gentes que venían buscando sus remedios. Igual curaba un cólico miserere que un carbunco y, si se presentaba el caso, el torzón de alguna caballería. Cuando oía los golpes de la puerta, Valentina, una niña vivaracha, se levantaba y le llevaba la palmatoria a su abuelo. Después escuchaba desde los rincones hasta que el abuelo la oía respirar.

—¿Qué haces levantada a estas horas? Venga, a la cama.

A Valentina le gustaba acompañar a su abuelo cuando iba a visitar a los enfermos con la yegua. Don Jenaro la montaba delante de él, a mujeriegas, y le hacía sujetar un maletín de cuero marrón. Valentina se lo apretaba contra el pecho y se sentía más poderosa que la diosa Pandora. En esos viajes fue alimentando su deseo de acompañar a su abuelo a la romería de la Virgen de la Sierra.

Valentina estaba un poco harta de que a sus padres no les gustara que la hija de casa Navascués se mezclara con rapazuelos de El Frago, que así los llamaban ellos. Cuando iba a misa los domingos, se apiñaban todos en la puerta mayor, y ella los miraba de reojo esbozando una sonrisa, pero todos daban un paso atrás con la mirada severa de su madre. Todos, menos Juanín:

—¡Qué guapa está doña Luisa! A ver si algún día me deja acompañarlas.

Entonces la madre se apretaba el misal contra el pecho y se volvía con la cara desencajada:

—¡Largo! ¿Cómo te atreves a dirigirnos la palabra?

Juanín era de una casa rica venida a menos. Su padre murió antes de que él naciera y su madre tuvo que ganarse la vida lavando en el río. Casi siempre llevaba chichones en la cabeza. Como era el más bajo, los chicos lo forzaban a saltar tapias o a correr descalzo por los ruejos del río. Acabó por no ir con ellos. Se pasaba las tardes detrás de la tapia de casa Navascués imaginando qué haría Valentina encerrada allí dentro. Algunas veces la veía salir montada en la yegua con el abuelo. Ella le sonreía y don Jenaro le decía con un vozarrón que traicionaba su bondad.

—Juanín, deberías ir con los chicos de tu edad. No es bueno que andes siempre solo por estos andurriales.

Él bajaba la cabeza y se iba a casa pensando en Valentina. Si algún día…

El año que Valentina cumplió dieciséis años fue con su abuelo a la Virgen de la Sierra.

—Abre bien los ojos, hija mía —le dijo su madre cuando le dio permiso—. Allí van los jóvenes de las mejores casas de la zona. Muchos noviazgos y matrimonios de posibles han salido de esa romería. Te pondremos las mejores galas y todos sabrán que, además de la nieta de don Jenaro, eres la heredera de casa Navascués.

Las vísperas fueron días de ajetreo. Lavar y planchar las enaguas de hilo. Ventilar la mantilla de la abuela, que en paz descanse. Desempolvar los guantes de cabritilla. Limpiar el misal y el rosario de nácar. Colocaron todo encima de un arca y una tarde las amigas de Valentina fueron a ver el ajuar de romera. A la salida, se quitaban la palabra las unas a las otras y montaron tanta algarabía que ninguna se dio cuenta de que las seguía Juanín. Al llegar al primer recodo, él se fue a su casa y no salió hasta el día de la romería.

Por fin llegó el esperado domingo de mayo. Al amanecer, mientras el abuelo ensillaba la yegua, doña Luisa vestía a Valentina y le daba recomendaciones para que se portara como una señorita.

—Sobre todo, no les muestres demasiado interés a los pretendientes. Hazte de valer. Que después ya vendrán ellos a buscarte a El Frago.

El día fue largo. Don Jenaro conocía a mucha gente. Todos lo querían obsequiar y presentarle a sus hijos. Valentina estaba desbordada. Tenía razón su madre, no era un día para enseñar sus sentimientos. Aunque, durante mucho tiempo pensaría en los ojos los del heredero de casa Puyal de Isuerre.

En estas estaba cuando vio deambular a Juanín entre aquellos forasteros. Se hacía el encontradizo, pero, en realidad, no lo conocía nadie.

—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo Valentina sorprendida.

—Pues lo mismo que tú. Rezar a la Virgen para ver si saco novia, que en El Frago no lo tengo fácil.

Valentina vio que tenía los pies desollados por las aliagas que cerraban las trochas. Entonces se dio cuenta de que Juanín había hecho más de tres leguas andando y había llegado antes que ellos. Por el monte se movía como un gamo.

Antes de que cayera el sol, el abuelo y la nieta volvieron a cabalgar camino de casa. El uno hablaba de todos los pacientes que había visitado y de los exvotos que habían dejado en el altar de la ermita. La nieta le iba describiendo a  los chicos y chicas que había conocido.

—¿Abuelo, me traerás otro año?

Seguían enfrascados en su conversación sin darse cuenta de que en medio del camino ardían unas aliagas. La yegua comenzó a cabriolar hasta que dio con don Jenaro y su nieta en el suelo. Valentina se quedó entre las patas del animal que de una coz le abrió la cabeza. Al instante apareció Juanín, tomó el ronzal de la yegua y la calmó. Cuando consiguió monta al abuelo y la nieta, cogió las riendas y poco a poco llegaron hasta casa Navascués.

Valentina vivió más de cinco años paralítica con la fontanela abierta. Juanín le construyó un carretón y todas las tardes la bajaba hasta la orilla del Arba. De vez en cuando le limpiaba las babas con un trozo de arpillera y le sonreía con cara de bobalicón.

Carmen Romeo Pemán

Ermita de la Virgen de la Sierra de Biel. Años 40, por Jesús Pemán. Propiedad de la autora y de los Pemanes de Biel.

Tardes en la estación. Por Vanesa Sánchez Martín-Mora

Hoy nos visita de nuevo Vanesa Sánchez Martín-Mora. En las redes se define como «Escritora, ilustradora y mamá de Martina», y en las tres facetas brilla por igual. Este relato que ha querido compartir en Letras desde Mocade es buena prueba de ello. Bienvenida, Vanesa, y aquí tienes tu casa.

TARDES EN LA ESTACIÓN

Sam, era un niño de nueve años, pelirrojo, de profundos ojos verdes y la cara salpicada de pecas. Su madre lo peinaba cada día marcándole la raya en el centro y minutos después Sam lo alborotaba de cualquier forma porque decía que con ese peinado los niños se reían de él. Siempre llevaba la ropa limpia, los zapatos brillantes y olía a jabón de violetas que su abuela Ruth hacía en casa.

—¿Qué haces cada día en la estación, cariño? —preguntó Anna, su madre.

—Bueno, observo a las personas y luego invento historias sobre ellos.

—¿Eso es lo que haces todo el tiempo, escribir?

—Sí, a veces llega el viejo Bobby y comparto con él mi merienda. Al pobre le quedan solo cuatro dientes ¿sabes? Mastica fatal el chocolate.

—¿Bobby?, ¿quién es Bobby? —dijo Anna preocupada.

—Ah, es el perro del guardia. Es muy viejo para jugar; se queda dormido por todas partes. Solo sabe roncar.

   Mientras Anna sonreía por la charla con Sam, lo agarró por los hombros para darle un beso en la frente, ponerle bien las mangas de la camisa y un fallido intento por volver a peinarlo. Le dijo que no volviese tarde para la cena, pues prepararía espaguetis, pero Sam no la escuchó. Había echado a correr.

   Eran las cuatro de la tarde cuando Sam llegó a la estación ferrovial. El tren de línea Paris-Lyon, tenía prevista la salida a las cuatro y media. Como cada día, el pequeño era fiel a su cita para ver partir aquella máquina de grandes ruedas. Él nunca había salido de la ciudad, pero había muchas personas que sí, que iban y venían a todas horas. Y él envidiaba a cualquiera que lo hiciera.

   Sam sacó de su cartera verde un cuaderno y varios lápices, también sacó un trozo de pan y una onza de chocolate que colocó de forma ordenada a su lado izquierdo, y un trozo de tela bien doblada que usaba para amortiguar un poco la dureza del suelo. Se sentó en el mismo lugar de siempre, en el andén, junto a una papelera.

   Faltaba poco para que el tren se pusiera en marcha, ya se notaba el traqueteo de los zapatos de los caminantes cuando se escuchó el silbato que lo anunciaba. El tren se iba. Vio subir a mucha gente después de ver bajar a otras tantas que, a veces, llegaban a chocar por las prisas.

—Hola, pequeño —dijo la mujer que llevaba sobre su cabeza un canotier con plumas de colores llamativos y un vestido rojo bastante elegante—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo.

—Vengo cada semana para ver a mi hermana que está enferma, y siempre te encuentro aquí. ¿Qué anotas en ese cuaderno?

—Cosas —espetó sin levantar la vista del papel que tenía delante.

—¿Y puedo saber qué tipo de cosas?

—Historias que invento cuando veo a la gente de la estación.

—¿Hay alguna historia que hable de mí? —dijo la mujer entusiasmada.

—Sí, y de esa cosa tan rara que lleva siempre en la cabeza, pero quizá no le guste lo que escribí sobre eso.

   La mujer echo a reír a carcajadas. El niño arrugó el entrecejo y la miró sin entender que era lo que le hacía tanta gracia. Le revolvió un poco más si cabe su peculiar cabello y se despidió de él.

   Tres días más tarde a la misma hora de siempre, Sam se encontraba preparando su zona de trabajo cuando vio que la señora del sombrero raro se mantenía en el andén, observándolo. Tenía en la mano dos billetes de tren y un paquete envuelto en papel Kraft sujeto con una cuerda. Sam se dio cuenta de que aquel día se estaba mordiendo las uñas de la mano que tenía libre, un gesto que antes no le vio hacer.

—Hola, pequeño. Soy Sara. ¿Me recuerdas?

—Sí, señora, la recuerdo, y a su sombrero también.

—¿Cuál es tu nombre?

—Sam.

—Bueno, Sam. Tengo un regalo para ti —le dijo mostrando el paquete marrón.

—¿Un regalo, para mí? Mamá dice que son lujos que no puedo tener siempre, solo en mi cumpleaños y en algunas navidades que papá gana algo más de dinero.

Sam se quedó un poco extrañado, las únicas personas que le habían hecho regalos eran sus padres y la abuela Ruth. Pensó que quizás esa señora era muy rica y les hacía regalos a los niños, regalos que escondía en la gran maleta que la acompañaba.

—¿Alguna vez has montado en tren?

—No, señora. No tenemos dinero para viajar, y tampoco a nadie a quien pudiésemos visitar.

—Podrías venir conmigo, te encantaría. Cerca de mi casa hay una gran tienda de dulces, ¿te gustan los caramelos, Sam?

—Nunca los he probado, pero los veo cada día en el escaparate de la tienda del señor Ford, de camino a la escuela.

—Te compraré varios si vienes conmigo. ¿Qué te parece la idea?

   El niño se quedó callado, pensando. Le había dicho muchas veces a su madre que le llevase a algún lugar para poder montar en tren, pero su madre le decía que no había dinero para esos lujos. Por una parte, deseaba subir a ese cacharro que tanto le gustaba, pero también estaba preocupado por su madre, no le gustaba que hablase con extraños, y si se enteraba se enfadaría mucho con él.

—Solo si promete que volveremos pronto —dijo al fin—. A mi madre no le gusta que me retrase para la cena, y a mí no me gusta tomarla fría. Se preocupará mucho si llego tarde, siempre lo hace.

—Prometido —dijo Sara.

Rígida como una estatua, esperó a que Sam recogiese sus cosas mientras le escuchaba decirle al viejo Bobby que le esperase, que volvería en un rato.  La señora lo cogió de la mano y subió con él al tercer vagón, desde el que se veía la garita del señor Robinson, el guardia y amigo del padre del pequeño. Una vez se hubieron acomodado le tendió el paquete, Sam lo cogió de buen agrado y lo abrió.

—¿¡Un cuaderno!? Ya tengo cuadernos, no necesito más —dijo decepcionado.

—Este será especial, a partir de ahora escribirás tu propia historia —le dijo dándole una palmadita en la pierna.

—Mi historia, ¿por qué mi historia? —preguntó sorprendido. Pero Sara no contestó, solo saco de su bolsa el libro que estaba leyendo y se acomodó en su asiento.

   En ese instante, Sam no dijo nada más, giró la mirada hacia la ventanilla para observar el paisaje cuando el tren avanzase. Observó al viejo Bobby que ladraba sin descanso junto a su ventanilla y le extrañó. Preocupado por no volver tarde a casa, pues su madre había preparado para la cena su plato favorito, ratatouille, no se dio cuenta que el guardia había salido corriendo hacia su vagón mientras gritaba palabras que se perdieron con el ruido de la máquina al ponerse en marcha, y que se disiparon tan rápido como el humo del tren.

Aquella noche sí se quedaría fría su cena; y el corazón de su madre.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen: Javad Esmaeili en Pixabay

 

Los cuentos de Martina

De las fragolinas de mis ayeres.

A Martina Berges, de hoy. La última niña de casa Martina.

Martina dormía en una de las dos alcobas que daban al cuarto de estar, con cortinas de flores y vigas encaladas. En la otra dormían sus padres.

Colgaba sus vestidos preferidos en una percha a los pies de su cama niquelada. Delante de todos, el blanco que le ponían los domingos para ir a misa. Justo debajo, en el suelo muy ordenaditos, los zapatos y los calcetines de perlé que le había tejido su madre junto a la estufa, cuando se sentaba a descansar. Encima de una mesilla de madera de pino, apilaba los libros que le prestaba la maestra. El primero era su favorito: Cuentos de Padín. Por las noches, su madre, antes de irse a dormir, lo abría al azar y le leía uno. Algunos los había oído tantas veces que se los sabía de memoria.

Con el calor que llegaba del cuarto, la cal de los maderos se resquebrajaba en figuras caprichosas. Cuando su madre acababa el cuento, le daba las buenas noches y ella se quedaba con la mirada fija en uno de esos dibujos. Se inventaba una historia y después se la contaba a Padín, el cachorrillo que la seguía a todas las partes. Hasta dormía en la alfombra junto a su cama. Lo llamaba Padín, como su autor preferido.

Una mañana, cuando Martina se despertó, lo primero que vio fue el agujero de la viga que estaba justo encima de su cabeza. Lo había hecho la noche anterior. Primero probó con las tijeras de los recortables, pero se le doblaron. Al final, lo consiguió dando vueltas con un lápiz como si fuera un destornillador. “Ahora sí que podré pasar”, pensó.

El viaje por las rendijas comenzaba cuando se iba su madre. Padín se sentaba sobre las patas traseras, levantaba las orejas y escuchaba los cuentos que Martina inventaba para él. Todo se complicó el día que Martina desapareció por el agujero. El cachorro comenzó a ladrar. Más que a ladrar, a lloriquear mirando al techo. Enseguida llegaron sus padres, que esa noche estaban desgranando maíz junto al hogar. No habían oído ningún ruido ni la habían visto pasar por la cocina hacia la calle. La buscaron por todos los rincones. Como la noche avanzaba y no aparecía, cerraron la puerta de la calle:

—Seguramente andará en alguno de sus juegos al escondite con Padín —comentó la madre. —Déjala que cuando se canse de jugar se irá sola a la cama, que ya se va haciendo mayor.

Al amanecer, Padin vio a Martina que se descolgaba por el agujero del madero con el camisón desgarrado y dejó de lloriquear.  Martina lo miró a los ojos y le habló con tono de enfado:

—Mira, si vuelves a ladrar, yo no te dejaré dormir a mi lado. Tendrás que ir a la cuadra con los mastines del ganado. —A la vez que se lo decía, se le enrasaban los ojos.

Ese día, en la escuela tampoco quiso jugar en el recreo. Se sentó en el rincón de la puerta que daba a la iglesia. Sacó del bolsillo una libreta de tapas de hule negro y, con su torpe letra, se puso a escribir. Cuando sus compañeras la vieron acurrucada y concentrada, se acercaron:

—Eso lo haces para hacerte la interesante —le dijo una de coletas pelirrojas.

—Anda, déjala, que no se atreve a saltar a la comba —terció otra.

Entonces se acercó la maestra:

—¿Ya estamos como todos los días? Dejadla en paz —y volviéndose a Martina le dijo—: Sería mejor que jugaras con ellas.

—Pero si son ellas las que no me dejan. Me dicen que soy pequeña y que no sé correr ni jugar al “tú la llevas”.

Martina a sus casi nueve años era una niña con un pelo muy liso, tan liso que para su primera comunión no le pudieron hacer tirabuzones. Siempre había ido peinada con coletas, hasta el día en que se llenó de piojillo buscando nidos con los chicos. Su madre se enfadó y le espolvoreó la cabeza con DDT Chas, los polvos que usaba para las gallinas. A continuación le cortó el pelo a tijeretazos. Al día siguiente, antes de llegar a la plaza, oyó a las chicas: “Pareces un chico”. Pasó de largo y se acercó al grupo de los chicos. Pero, como no  los podía seguir en sus correrías, todos a una le cantaron eso de: “meonaa, cagonaa”.

Martina se las apañó sola y buscó un escondite apartado del pueblo. Cuando salía de la escuela, cogía la libreta y el lápiz, llamaba a Padín y juntos tomaban el camino del río.

Allí, como si fuera una comadreja, se metía dentro del tronco de un viejo árbol arrastrado por la corriente hasta la orilla del río. Y, escribe que te escribe, perdía la noción del tiempo. Una tarde notó que algo se movía a sus pies, le pareció una serpiente y gritó.

Padín, que estaba fuera sentado sobre sus patas traseras, comenzó a ladrar dando vueltas alrededor del tronco. Al poco rato, Martina vio los ojillos del abuelo que asomaban por un hueco del árbol.

—Abuelo, perdona, es que me he encontrado con esta cueva encantada.

—Déjate de encantamientos y vámonos a casa. Ya casi es hora de cenar. Todos te estábamos buscando.

En la puerta de la casa la esperaba su madre con el delantal recogido en la cintura. Le dio una buena zurra y la mandó a la cama sin cenar. Martina lloró y lloró, sin saber por qué lloraba.

Cuando su madre acabó de zurcir un pantalón de su padre, se acercó a darle las buenas noches. Ella le pidió que le leyera un cuento de Padín. El que siempre la hacía llorar.

—Y colorín, colorado. —Su madre cerró el libro y le dijo al oído—Prométeme que mañana serás buena

—Te lo prometo. Palabrita del Niño Jesús. —Cruzó los índices y se los besó. Su madre le dio un beso y salió de la alcoba.

Al poco rato Padín comenzó a ladrar.

Carmen Romeo Pemán.

Información, por favor

Carlos pasó dos años de su infancia en aquel pueblo gallego, en una casona de muebles sólidos, pesados, de noble madera antigua. Con una cocina que olía a besos de vainilla, tan amplia que la mayor parte de la vida de todos se desarrollaba allí. La gran mesa central fue escenario de las comidas familiares, de sus deberes escolares, y de acontecimientos que, en el futuro, recordaría siempre con una sonrisa silenciosa, más expresiva que cualquier palabra.  

Aquella tarde de enero, mientras veía teñirse de blanco todo lo que había más allá de los cristales, Carlos lloraba sentado en el suelo de la cocina. Si no terminaba los deberes esa tarde, no le comprarían la bicicleta con la que soñaba desde hacía meses. Pero sus padres dormían la siesta y papá había olvidado sacar de su biblioteca, siempre cerrada con llave, la enciclopedia que necesitaba para hacer la tarea. Papá y mamá se habían ido a dormir, enfadados con él después de la llamada de su profesora. Secándose las mejillas con el puño del jersey, Carlos miró con un fruncimiento de cejas al teléfono de la pared de la cocina, portador de las malas noticias acerca de sus resultados escolares. Su casa era una de las pocas del pueblo que contaba con aquel moderno adelanto, todavía novedoso en la década de los cincuenta.

El teléfono parecía devolverle la mirada. Aquel trasto de color blanco, colgado en alto en la pared que había junto al frigorífico, se burlaba de él con su disco redondo lleno de agujeritos como ventanas a las que se asomaban las cifras del uno al cero. Y sobre la horquilla del cajetín, como dos orejeras de las que su abuela le había tejido para combatir el frío, se posaba con aire de suficiencia el auricular con aquel ridículo cable en uno de sus extremos que al chiquillo se le figuraba una lengua burlona.

De pronto una imagen se abrió paso entre su desconsuelo: su madre descolgando el auricular, marcando el cero, y diciendo: «Con información, por favor». El chiquillo pensó que valía la pena intentar cualquier cosa, por desesperada que fuera, con tal de resolver su problema. Respiró hondo, se puso en pie, y acercó con esfuerzo una de las pesadas sillas de la cocina a la pared donde estaba el teléfono. Se subió al asiento sin hacer ruido, cuidando de no caerse, y descolgó el auricular. Esperó unos segundos y, como no sucedía nada, hizo lo que tantas veces había visto hacer a su madre. Marcó el cero y esperó.

Al otro lado de la línea, en la centralita telefónica del pueblo, la operadora introdujo la clavija correspondiente en el panel que tenía frente a ella mientras decía rutinariamente: «¿Dígame?». La luz indicaba que la llamada procedía de la casa de uno de los terratenientes del lugar. Le sorprendió escuchar después de una pequeña pausa una tímida vocecilla que balbuceaba: «¿Con información, por favor?». La mujer sonrió, pese a que estaba sola, y le siguió la conversación al interlocutor inesperado: «¿En qué puedo ayudarte?». Escuchó lo que le parecieron unos sorbetones de mocos, y la misma voz infantil que decía: «Papá no me ha dado la enciclopedia, y está durmiendo con mamá. Y no puedo entrar en la biblioteca porque está cerrada. Dime, información, ¿tú sabes cuál es la capital de Suecia?». «Estocolmo», respondió ella. Al otro lado del hilo se escuchó un audible suspiro. La misma voz infantil, ahora con entonación más curiosa que lastimera, continuó: «¿Y me puedes ayudar a hacer hoy los deberes? Es que si no, me quedo sin la bici».

La mujer sintió expandirse por su pecho un calor desconocido que le hizo olvidar la nevada que estaba cayendo en el exterior. En su vida la habían llamado de varias formas, pero ninguna le sonó tan bonita como ese «Información». Ayudó a Carlos en esa ocasión, y en bastantes otras: cuando se cortó el dedo al querer prepararse la merienda sin esperar a que su madre regresara –dándole instrucciones para presionar el pequeño corte con un paño de cocina hasta la llegada de un adulto–; o el día en que Carlos le contó que sus amigos y él habían untado de miel la silla de la profesora de lengua, y no sabía si confesar o no su fechoría porque iban a culpar a otro. Escuchó también al pequeño cuando la llamó para preguntar si su mascota fallecida iría a un cielo distinto, o al mismo donde le decían que estaban sus abuelos. Día tras día, mientras la mujer atendía las llamadas de los vecinos tejiendo con sus cables y clavijas una red que los comunicaba entre ellos, vigilaba con el rabillo del ojo el indicador de llamada de la casa de aquel niño que había vestido de colores su trabajo en un monocromático día invernal.

Al cabo de un par de años, el padre de Carlos vendió la casona y la familia se trasladó a vivir a otra ciudad. Las llamadas se interrumpieron, y la vida siguió su curso.

En ese mismo pueblo, dos décadas después, una mujer a la que la jubilación se le hacía eterna escuchó sonar el timbre de la puerta de su casa. Dudó si levantarse o no de la butaca dado que no solía recibir visitas. Tenía los pies helados, envueltos en una manta, pero le pudo la curiosidad. Dejó al presentador de la televisión con la manta por único oyente en el brazo del asiento, y se acercó a la puerta. Por la mirilla vio a un joven bien vestido, con un abrigo con pinta de valer su paga de todo un mes, y un ramo de flores en la mano. Sonrió pensando que se trataba de una equivocación y que esas flores serían para alguna vecina, y descorrió el pestillo para sacar de su error al visitante. La calle estaba transitada, era de día, y el despistado desconocido no parecía peligroso. Abrió la puerta para preguntar a aquel buen mozo en qué podía ayudarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, el joven se le adelantó. Tragó saliva, extendió los antebrazos con las flores reposando en ellos y, con una timidez inesperada en alguien tan apuesto y trajeado, preguntó:

–¿Información, por favor?

Nevaba fuera. Pero la antigua telefonista había dejado de sentir frío.

Adela Castañón

Imagen: lisa runnels en Pixabay 

Todo es relativo

El número 619734521 no está disponible. Por favor, grabe su mensaje al oír la señal.


Nuria duda entre colgar o dejar el mensaje. Ha tenido un día horrible en el trabajo, al coche se le ha encendido un chivato que amenaza con una visita al taller nada barata y, para colmo, le acaba de bajar la regla. Si no habla explotará allí mismo, y opta por desahogarse.

–Macarena –emplea el nombre completo de su hija, en lugar del diminutivo habitual–, llámame cuando oigas mi mensaje. O no me llames si no quieres, pero procura no volver tarde porque tenemos que hablar –inspira y continúa–. Te he dicho mil veces que cuando cojas mis cosas las guardes después de usarlas. Te has dejado otra vez el secador al lado del lavabo. Y ha debido de mojarse porque cuando he ido a secarme el pelo me ha soltado un chispazo que por poco me mata del susto. –Nuria toma aliento de nuevo, incapaz de parar de hablar–. Lo peor es que nos hemos quedado sin luz en casi toda la casa. Acaba de irse el electricista y por tu culpa nos hemos quedado sin frigorífico, sin lavadora, sin microondas, y sin la mitad de los aparatos que dependían de no sé qué fase. Así que vete preparando porque vamos a tener una conversación seria. Esta vez te has pasado.

Nuria vuelve a respirar hondo y cuelga. Es la primera vez que no se despide de su hija con un “besitos”, “te quiero”, o una frase similar. Pero en esta ocasión la irresponsabilidad de Maca ha tenido consecuencias desastrosas. Deja el móvil sobre la mesa y pulsa de modo mecánico el mando de la tele del salón, con un resultado nulo porque también la televisión ha muerto víctima de la sobrecarga eléctrica. “¡Mierda!”, piensa. Se va a la cocina, tampoco enciende la luz allí, y sube la persiana para aprovechar lo que quede de luz del día. Mira con el ceño fruncido a su vecina, ajena a todo en el jardín, cortando el césped, y envidia su frigorífico, la tele de su salón, su secador de pelo… La invade el desaliento. A saber si el seguro se hará responsable del desaguisado.

Nuria lleva casi medio año sin fumar, pero empieza a revolver como una loca los cajones de la cocina y da con un paquete olvidado donde quedan dos cigarrillos. Enciende uno de ellos y da una calada profunda que le provoca un ataque de tos después de tanto tiempo de abstinencia. La tele pequeña que tienen en la cocina parece burlarse de ella con su pantalla de color negro, como un luto riguroso. Nuria mueve la cabeza en un gesto de resignación, y pulsa por pulsar el botón de encendido del mando. Deja el cigarrillo en un plato de café, ni se acuerda de donde puso los ceniceros, y se da la vuelta para empezar a fregar. Un tenedor se le cae de las manos cuando oye una voz a su espalda. Se vuelve asustada, y comprueba que, por esos misterios de la tecnología del siglo XXI, la tele de la cocina funciona. Debe de estar en la fase buena de la casa donde, seguro, están conectados los electrodomésticos y trastos más inútiles de todo el bagaje hogareño. Mira por la ventana mientras enjabona cubiertos y platos, y sigue envidiando a la vecina.

La voz del locutor llega a sus oídos como un ruido de fondo, y algo que escucha le hace darse la vuelta para mirar las imágenes. Parpadea sin dar crédito a lo que está viendo en pantalla, pero la voz en off la sacude confirmando lo que muestra el pequeño televisor. La asalta un pensamiento absurdo: una catástrofe de tal magnitud no puede tener cabida en esas pocas pulgadas. Coge el mando, y sube el volumen.

“…en la capital nepalí, millares de personas han pasado la noche al raso, pese a la lluvia que cae sobre la ciudad, debido al derrumbe de numerosos edificios y al temor de que se produzcan nuevos temblores. Más de una veintena de réplicas han sacudido el país tras el primer seísmo. Según han confirmado fuentes oficiales, en la zona del epicentro, en Barpak Larpak, un noventa por ciento de aproximadamente un millar de casas y cabañas han quedado destruidas…”

Nuria mira de nuevo por la ventana y sigue viendo a su vecina, cuyos electrodomésticos envidiaba hace unos segundos. Vuelve la vista a la pantalla. Allí no hay ningún aparato eléctrico reconocible entre los escombros. Las imágenes hacen que su estómago se encoja con un dolor desconocido que le recuerda las contracciones del parto de Macarena. Oye la voz del locutor, pero deja de entender lo que dice. Los subtítulos son estremecedores. El primer plano de una mujer joven llena la diminuta pantalla, y el pie de imagen dice que ha perdido a su marido, a sus dos hijas, y a su madre.

Nuria parpadea de nuevo varias veces. Como cuando rompió aguas en el parto, siente que algo se hace añicos en su interior. La pena baja por sus mejillas como arañazos, y le deja un regusto de sal al llegar a los labios. No siente las gotas que caen sobre su muñeca, donde el mando de la tele parece mirarla y rogarle que pulse el botón de “off”. El dolor que le llega a través de sus dedos los deja helados e inútiles.

El sonido del móvil, que se ha dejado en el salón, la saca de su trance. Suelta el mando de la tele, se restriega las manos en los vaqueros y va en busca del teléfono. La llamada entrante es de su hija. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano y descuelga. La voz de Maca le llega antes de que pueda decir nada:

–Mami, ¡perdóname! Lo siento mucho. Llego en diez minutos, acabo de oír tu mensaje. ¡Lo siento mucho, mami! –repite.

–Maca…

–No digas nada, mamá –su hija la interrumpe; le tiembla la voz al hablar, y puede oír que está llorando–. Solo he llamado para decirte que ya voy para casa. ¡Te prometo que ha sido sin querer!

–Hija… –Nuria quiere hablar, pero Maca no le deja.

–¡Trabajaré este verano, mamá! Y no me des mi paga hasta que esté todo pagado, mami. Te prometo que…

–¡Maca! ¡Escúchame!

Nuria ha subido el volumen, y logra por fin que su hija le preste atención.

–Hija…

Ahora que puede hablar, no sabe bien qué decirle a su pequeña. A su niña del alma, que está viva, hablando y llorando a pocos metros de su casa, y a la que podrá dar un abrazo de oso en unos minutos. Esa niña que va camino de su hogar, un hogar cuyas paredes y techo se asientan con firmeza sobre el suelo, rodeado de otros hogares igual de sólidos y firmes.

–Anda, nena, no digas nada más, y ven a casa. Hablaremos tranquilamente ¿vale? –De pronto es Nuria la que se pone a llorar–. Te quiero mucho, mi vida. No tardes. Te quiero mucho.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay

Camping de las Nieves

Desde entonces tengo pesadillas todas las noches y la imagen del barro sobre la piel me provoca arcadas. Todo empezó la semana que acabamos el último curso de la carrera y cuatro amigos nos fuimos a pasar una semana en los ibones del Pririneo.

Como estábamos cansados del viaje desde Madrid, nos dimos prisa en montar la tienda en el primer camping en el que encontramos plazas libres. Comimos unos bocatas y nos acostamos. A las cinco de la mañana ya estábamos en ruta. Dejamos el coche en el parking del Balneario de Panticosa. Con el resuello del último repecho nos tumbamos en la orilla del ibón de Oridicuso, debajo de un nevero y cerca de un acantilado rocoso desde donde se veían ríos que discurrían por los valles y las carreteras que, como sogas metidas en un saco, salvaban los grandes desniveles. Me sentí muy pequeño, con ganas de volar y saltar al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia. Caminé como flotando por el borde de las rocas. No notaba el peso del cuerpo y tenía la cabeza llena de algodones. Me entró un sopor placentero mirando a las nubes que bajaban por las laderas. Pero, en pocos minutos, el cielo se ennegreció, oí los rugidos de la montaña que nos amenazaba y salí de mi ensimismamiento.

Nos pusimos los chubasqueros, y con pintas de pájaros asustados, bajamos corriendo por unas trochas de cabras. No nos dio tiempo a llegar al coche. Cuando estábamos delante de la escalinata principal del balneario, se desató una tromba de agua y nos refugiamos en el vestíbulo del hotel. Por delante de los ventanales pasaban a gran velocidad las mesas y las sillas de la terraza. Con un estruendo, como el que hacen los aludes, se desprendieron los pinos y los abetos de las laderas. Algunos coches flotaban con las ruedas hacia arriba.

Más de un centenar de montañeros nos apiñamos en el hall. A eso de las siete se fue la luz y las agitadas conversaciones del principio se convirtieron en gritos. Todos pensamos que el agua se iba a llevar el hotel. Como estábamos atrapados, nos dispusimos a pasar allí la noche. Poco a poco nos fuimos acomodando en el suelo y los bisbiseos convivían con respiraciones entrecortadas. A mi lado, uno de mis amigos me abrazaba intentando contener el temblor de su cuerpo. Y yo no podía aguantar el tembleque de mis piernas. Intentaba respirar profundamente pero solo me llegaban bocanadas de pánico, que se hicieron más intensas cuando, antes de las once de la noche, sonaron las alarmas del hotel.

—Se ha desbordado el barranco de Arás y ha arrasado el camping de las Nieves. Es una catástrofe de enormes dimensiones. Casi todos los ocupantes estaban descansando. El aluvión apenas ha durado unos minutos, pero ha arrastrado caravanas, coches y tiendas. También ha arrancado los postes de la luz y muchos árboles. Se necesitan voluntarios para el rescate. —Esta noticia se repetía sin cesar en todos los altavoces.

En unos minutos nos encontramos en medio de una larga fila de coches que serpenteaba la bajada del valle. Los cuatro hablábamos sin parar, como si con las palabras quisiéramos sacar el miedo de nuestros cuerpos.

Con la luz de las linternas y el agua a la cintura arañábamos el barro y quitábamos las piedras que habían llenado la piscina. Sacamos a cuatro niños sin vida. Sus padres habían desaparecido. Yo me quedé paralizado, agarrado a una niña inerte, envuelta en barro. No sé cuánto tiempo llevaba así cuando oí  una voz que me gritaba:

—Déjala en la entrada para que se la lleven a la morgue. Tenemos que darnos prisa, hay  demasiados cadáveres.

Acabamos en la piscina y nos dirigimos al cauce del río. A las tres de la madrugada,  habíamos sacado más de veinte personas muertas, retenidas entre las marañas de troncos y ramas. Una chica que intentaba agarrarse a unos matojos sin éxito, me cogió el cuello vomitando barro. Entre los cuatro tiramos de ella con fuerza y la metimos en el coche de uno de los voluntarios.

Uno de mis amigos se desmayó y lo llevamos al polideportivo del pueblo, donde habían montado una pantalla de televisión gigante para coordinar nuestros trabajos. De repente, en medio de un torbellino neveras, cantimploras, zapatos y personas que sacaban medio cuerpo entre el ramaje y los troncos que el agua se llevaba a la deriva, vi flotando La reina de las nieves, la novela que estaba leyendo, en la que había guardado mi documentación.

Por un momento la portada del libro ocupó toda la pantalla de la televisión. En un primer plano se veía una mujer contemplaba una gran tormenta desatada en el mar. Todo se lo tragaban aquellas olas gigantes que rompían contra el acantilado. El mar estaba a punto de tragase en barco del que solo se veía el velamen. Esa mujer contemplando la tormenta me recordó a los que se llevó el barranco de Arrás mientras miraban al cielo esperando que dejara de llover. Es que en Biescas, una tarde del siete de agosto de mil novecientos noventa y seis, una ola gigantesca de piedras, fango, maleza arrasó el camping.

Yo estaba impactado, pero tenía remordimientos de no sentirme peor. Los cadáveres se apilaban en la entrada, debajo del rótulo del camping de Nuestra Señora de las Nieves, y los coches no daban abasto para transportar heridos. El paisaje idílico de un prado del Pirineo se había convertido en un depósito de chatarra. Era como si hubiera llegado el Apocalipsis. En esos momentos tenía el corazón frío, como la nieve engañosa de esas montañas, que me hacía sentir bien porque dejaba de sentir.

Entonces supe que, como el del protagonista de La reina de las nieves, mi corazón se descongelaría cuando llegara a casa y que el recuerdo de la primera niña que saqué del barro me acompañaría el resto de mi vida. Esa niña me lanzó al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia.

Todo sucedió en Biescas el 7 de agosto de 1996.

Carmen Romeo Pemán

El cuento sin fin

Invéntame un cuento, hijo, inventa una historia para mí, ahora soy yo la que te lo pide, ahora entiendo tu necesidad cuando me pedías eso, ahora te toca, te toca a ti, mi niño. Inventa algo para mí, yo lo dejaba todo para crearte una historia, la plancha, la comida, todo pasaba a un segundo plano, te contaba mil cuentos aunque nunca te los escribía, ahora tienes que hacerlo tú por mí, volver de dónde quiera que estés, da igual tu cuerpo en esa caja forrada de blanco, ese eres tú y no eres tú, tú no eres eso, o sí, eres eso, eres más que eso, eres el cuento que flota invisible entre las cuatro velas, cuéntame ese cuento, mi niño, sopla para que llegue a mi piel, solo eso puede mantener a raya a la muerte, ladrona de hijos, muerte, criatura sin alma, sin útero, que quiere robarte, mi niño, no la dejes, no me dejes, quédate conmigo, hijo, quédate conmigo, cuéntame un cuento, cuéntame el cuento del árbol que quería ser inmortal, que quería moverse, y ver el mundo, como tú y como yo, que hemos visto el mundo, este mundo, muchos mundos, sin movernos del sofá.

No me acuerdo de cómo era ese cuento, hijo mío, tengo que acordarme. Si no me acuerdo te irás del todo, te irás y yo me moriré y me iré también, pero no quiero irme sin saber si llegaré al mismo sitio, no te vayas, mi niño, no te vayas todavía, yo soy el tronco, no puedo vivir sin las ramas, no puedo vivir sin ti. Las ramas, eso era, gracias, tesoro, era eso, claro, era eso, las ramas que cortaba un hombre, y hacía con ellas una cuna, la cuna en la que te mecía de pequeño, y el árbol era árbol y era cuna y era las dos cosas, y quería más, quería ser más, como tú, mi niño, querías ser muchas cosas, querías ser pirata, y el árbol te daba la madera para el palo mayor de tu barco, y me llevabas a tierras lejanas, y entonces naufragábamos en una isla, eso era, cómo he podido olvidarlo, eso era mi niño, te quiero, te quiero tanto, tantísimo, qué bueno eres quedándote conmigo, estabas perdido con tanta gente alrededor, pobre niño mío, todos mirando sin verte dentro de esa caja forrada de blanco, y tú buscándome, y no me veías con tanta gente, ya se han ido todos, tesoro, ya solo estamos tú y yo, y tú no me veías entre tanta gente y yo no te podía escuchar con tanto ruido, y por qué lloran, no saben, me miran raro, qué saben ellos, no saben nada de nosotros, de ti y de mí y de nuestras historias inventadas, ni saben nada del árbol que quería vivir para siempre, y tú eres ese árbol y eres tu cuna y mi palo mayor. Y en la isla de nuestro cuento cae la noche y hace frío, y los dos nos reímos con el cuento inventado, y quemamos el palo para hacer una hoguera y vivimos en la isla comiendo cocos y plátanos, y con la ceniza de la hoguera nos acordamos del árbol y tú coges la ceniza, y arena y agua y hojas de palmera porque en la isla te has hecho un hombre y lo conviertes todo en papel y yo sigo a tu lado y estoy igual que ahora y tú eres más alto que yo y eres mi niño y te cojo en brazos porque en nuestro cuento cambiamos de tamaño porque sabemos hacerlo como Alicia en el país de las maravillas, y espera, no te vayas, son solo pasos, tesoro mío, son pasos, de tu padre o de la abuela o del abuelo y no te vayas, mi niño, no te marches, no puedo decirles que no entren, ellos también quieren verte, rey mío, pero no inventaron cuentos contigo y por eso no encuentran el camino.

No dejes que me levanten de aquí, no los dejes, no quiero dejarte solo, no quiero quedarme sola, no sé que me están diciendo, no entiendo las palabras, diles que me dejen, mi niño, diles que me dejen aquí contigo, hace frío, no quiero marcharme, tenemos que terminar el cuento, o ya lo terminamos aquel día, no me acuerdo, no puedo acordarme, si no me acuerdo te irás del todo no te vayas, no te vayas todavía, no te vayas sin mí, llévame contigo si te vas, no me dejes sola, no te quedes solo, y eso era, en la isla hacíamos papel con las cenizas y tú te reías y decías que el árbol había sido muchas cosas, árbol, rama, cuna, palo mayor, leña, papel, y que ese cuento sería un cuento inacabado porque no querías ponerle fin, y qué listo eras, mi niño, qué listo eres, siempre has sido muy listo y tenías razón, ese cuento no puede acabar, y quiero que dejen de decirme que me vaya a dormir, que tengo que descansar, es que no lo ven, que mi descanso es escribir contigo el cuento del árbol que quería ser inmortal, y no nos dejan en paz, y no puedo acordarme de cómo sigue y me estás escribiendo con tu dedo de aire las palabras en mi piel y se me pone la carne de gallina y te estoy sintiendo y ya no hay hielo en el centro de mi pecho y estás soplando la hoguera de la isla que ahora me calienta por dentro y me estás diciendo que cierre los ojos para verte, que puedo hacerlo, y lo hago y te veo, y veo el papel que has fabricado en la isla y me estás contando el cuento, mi niño, ese cuento que no se acabó y ahora sé por qué no se acabó porque mientras ese cuento no esté terminado tú no te irás, te vas a quedar conmigo, te quiero, hijo, te quiero tantísimo, qué bien que la gente se fue, que ya me ves, que ya te siento, y pobre abuelo, mira cómo llora, el abuelo te leía cuentos, él decía que los inventores somos tú y yo y lo haré por ti y le contaré al abuelo el cuento del árbol, y a la abuela y a papá, y lo escribiré en un papel que brillará cuando escriba sobre él porque será el papel que antes fue ceniza y palo y cuna y árbol y cuento y tú sigues aquí, mi niño, y ahora entiendo que nuestro cuento inventado no tenía final y yo voy a seguir escribiendo, hijo mío, y escribiré hasta que la vista me abandone y escribiré porque tú y yo somos la rama y el árbol del cuento que nunca se acaba y por eso no te vas a morir nunca, y qué torpe he sido, que no lo entendí hasta ahora, y eres tan bueno, mi niño, eres un ángel, y te prometo que voy a seguir escribiendo y que nuestro cuento inventado y tú y yo seremos inmortales y esto no es un adiós, mi niño, y cerraré los ojos y tú me soplarás en la piel cuando quieras hablarme y estaremos los dos en nuestra isla y te diré todos los días que te quiero, mi niño vivo, mi cuento inacabado, mi vida, te quiero.

Adela Castañón

Imagen: Yuri_B en Pixabay