Papa Jamin

Relato fragolino

Papá Jamín llegó a Bata desde muy lejos. Desde tan lejos que nadie sabía de dónde había venido. Si hubieran tenido mapas, tampoco lo habrían sabido, porque El Frago era tan pequeño, tan pequeño, que no figuraba ni en los de los liliputienses.

Muchos años antes Papa Jamín ya se había quejado de que su pueblo no apareciera ni en el periódico de la comarca:

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de El Frago, Biel y Orés no suenan por ninguna parte, y no sé si esto se deberá a nuestra situación geográfica, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, porque nos hacen falta muchas cosas.

Es que a Papá Jamín siempre le gustó ayudar a la gente que no figuraba en los mapas ni en los libros de historia. A gente como la de su pueblo o la de la selva.

Papá Jamín en realidad se llamaba Benjamín porque así lo decidió su madre. Y no porque fuera el más pequeño. Era el cuarto de ocho hermanos, Tomasa, Francisco, Jacinto, Benjamín, Eulalia, Mariano, Lázaro y Carmen. Aunque en su pueblo hasta el juez decía que habían sido cinco. Entonces era costumbre descontar a los que habían muerto de recién nacidos. Pero Benjamín se acordaba de que él ya tenía once años cuando el cólera de 1895 se llevó a su hermano Lázaro, de tres años, con casi sesenta fragolinos más. Como lo mandaron al Limbo con Carmen y Eulalia, nadie volvió a mentarlos.

El cura quería que le pusieran el santo del día. La noche del dieciséis de febrero su madre no durmió repasando el santoral. Y no le gustaron ni Faustino, ni Onésimo, ni Honesto, ni Simeón, ni Pánfilo, ni Teodulo, ni Flaviano. Pensó que si le ponían un nombre de esos iba a ser el hazmerreír del pueblo. También estaba san Elías, pero Elías ni hablar. En menos de dos años se habían muerto los dos Elías del comercio de la calle de Zaragoza.

Gregoria sabía que su hijo se llamaría Benjamín desde el día que le faltó la regla. Salía de cuentas el treinta y uno de marzo, justo el día de San Benjamín, pero se le adelantó el parto cuando se cayó de la burra. Además, en el Año Cristiano, leyó que Benjamín significaba el predilecto y el que hace relucir los talentos de los demás. Así que con ese nombre por lo menos llegaría a ser maestro de escuela o cura de pueblo.

Los parientes de Benjamín formaban una red tan tupida que era difícil saber quién era y quién no era de su clan familiar. Y menos mal que la familia de su padre era corta y venía de otros pueblos. Si no, habría necesitado una guía como la que llevaba Úrsula Iguarán en Cien años de soledad para identificar a sus parientes de Macondo.

La familia materna extendía sus tentáculos y se colaba en todas las casas de El Frago. Su abuelo Francisco era hermano del de casa Pichón. Su abuela Tomasa tenía una hermana en casa la Pancha y otra en casa Leandra. Y los hermanos de su padre lo emparentaban con casa el Boticario, casa Picos y casa Braulio.

rayaaaaa

Como su padre iba entrando en años y tenía muchas bocas que alimentar, se llevaba a los chicos al campo. Que todas las manos eran pocas. A Benjamín lo libraron del monte sus hermanos Francisco y Mariano, que dejaron de ir a la escuela muy pronto. Por las noches iban al repaso a casa del maestro don Manuel Marco a cambio de algún saco de carbón para la estufa.

Su otro hermano, Jacinto, tenía muchas ganas de volar. Así que al cumplir los catorce años se fue a Zaragoza a trabajar a una carbonería. Y a los veintiuno abrió la suya. En la pared, al lado de la puerta, con un trozo de carbón escribió: “CARBONERÍA NUEVA. JACINTO BIESCAS GUILLÉN”.

Pronto cambió el anuncio por otro grande encima de la puerta y se dio a conocer en los periódicos.

CARBONERÍA NUEVA. Procedente de El Frago, se vende carbón vegetal superior de carrasca, desde un kilo hasta un quintal métrico, a precio corriente. En la plaza de San Miguel, 3. Propietario Jacinto Biescas Guillén.

Las carbonerías eran un negocio seguro y, además, el carbón de carrasca de El Frago llevaba fama. Había carreteros que iban a buscarlo desde Zaragoza. Cuando subían de vacío llevaban los ultramarinos a las tiendas.

La de Jacinto subió como la espuma y se quiso llevar a sus hermanos, pero estaban demasiado apegados a la tierra. Solo Benjamín estaba esperando cumplir los años para irse con él.

—Mira, Jacinto, yo solo iré a trabajar contigo si me dejas tiempo libre y me puedo pagar los estudios —le dijo un día que Jacinto subió a buscar una carretada de carbón.

Es que su maestro le había metido tal afición por las letras que estaba enloquecido con eso de salir a estudiar.

—Bueno, en principio de acuerdo. Pero, si las ventas aumentan, igual tendrás que ayudarme más. —Le dio un apretón de manos como cuando se sella un pacto entre caballeros.

—¡Eso sí que no! Muchas noches sueño con que soy un maestro como don Manuel.

rayaaaaa

Sin comerlo ni beberlo, en 1883 se desató la guerra del Rif y movilizaron a Jacinto. Aprovechó la ocasión para hacerse militar y traspasó la carbonería a José Romeo Guillén, un fragolino de casa Braulio, que se quedó a Benjamín de recadero.

Benjamín, siempre que podía, acompañaba a José al monte de la Carbonera, cerca de El Frago, a comprar caberas de carbón.

Con el olor de las carrascas y los pinos sentía la llamada de la tierra y una punzada en el pecho. Siempre pensó en volver, pero aún no había acabado los estudios y no tenía dinero, ni a nadie que lo respaldara. La marcha de Jacinto lo dejó como huérfano.

Muchos años después, cuando el exilio lo llevó hasta Bata, les contaba las historias de su infancia y de su pueblo a los niños de la selva. Y todos creían que Papa Jamín estaba dotado de gran talento para inventarse aquellos cuentos maravillosos de los tiempos de Maricastaña.

Carmen Romeo Pemán

Desgarro

Te preguntas si haces bien en ir a la cena de antiguos alumnos. No estabas seguro y te sorprendes pensando en lo que te vas a poner. Le has dicho a Pablo, el organizador, que a última hora le confirmarás si puedes ir o no porque tu mujer está embarazada, y ya cumplida. No es cierto, no del todo, al menos, pero de ese grupo sólo lo sabe Eric que, por ti, es capaz de enterrar un cadáver sin hacer preguntas. Después de dudarlo mucho y de un mensaje de Eric animándote a ir, le envías un mensaje a Pablo con la confirmación (<<Parece que mi hija aún no quiere salir, jeje>>). Y te arreglas.

Te miras al espejo y te gusta lo que ves. Sabes que esos pantalones te favorecen y que ese jersey marca los hombros y los pectorales.

No quieres admitirlo pero lo estás anhelando.

Llegas quince minutos antes de la hora acordada. Te quedas alejado, en un lugar desde el que puedes ver sin ser visto. No hay ni rastro de Eric y le mandas un mensaje furioso. No por el contenido, que no puede ser más aséptico, sino por cómo aporreas la pantalla del móvil con los dedos.

Te preguntas si él se acuerda. Si los demás se acuerdan. Te dices que lo tienes olvidado, y la mayor parte del tiempo es así, aunque bufas por la nariz cuando aparecen ciertas caras en Facebook.

Ahora todos parecen tan preocupados. Tan comprometidos.

Te preguntas, mientras te metes otro chicle de menta en la boca, si será verdad que tus antiguos compañeros han madurado o si es solo una pose más, como sospechas. Qué más da. Lo descubrirás pronto.

Solo esperas que Eric no se acuerde. Te da demasiada vergüenza.

Llega la hora y te acercas a la puerta del restaurante. Ya hay un grupo charlando en corro en la puerta. Sientes calor en el pecho cuando te reciben con sonrisas amplias y cálidas, y en ese momento piensas que quizá no te has equivocado al acudir a la reunión. Te sientes un poco incómodo, eso sí, porque la mayoría va de traje y tú demasiado sport.

Pero no pasa nada. Estás bien, y eso te da seguridad. Por fin, Eric llega entre perdones y se sienta en el sitio que le has reservado a tu lado. Divides la mesa en dos: a tu derecha el territorio hostil, aunque parece que todos han venido tranquilos, con perfil bajo. A tu izquierda, el neutro. Además de Eric, hay un par de personas a las que has seguido viendo después del instituto y que consideras tus aliados, aunque no son amigos de verdad.

Elegís los platos y coméis entre puestas al día. Una compañera en la que no habías pensado desde que os graduasteis se lamenta de que estés a punto de tener una hija. Quiere algo contigo y no es lo suficientemente hábil como para mostrártelo con delicadeza. O igual es que no le hace falta. La rechazas con gracia y empiezas a relajarte. Lo justo, claro. Puede que tus compañeros hayan crecido, puede que lo hayan olvidado.

Pero tú no.

Tenías que demostrártelo. Dejarte claro que aquello era agua pasada, que fueron niñerías. Cosas de niños, que se decía entonces. Es curioso que nunca se lo hayas contado a tu mujer. Alguna vez lo has pensado pero, ¿para qué decírselo? Han pasado demasiados años como para que tenga importancia.

¿De verdad que no tiene importancia?

Y de repente, entre el segundo y el postre, nueve botellas de vino después, llega la pregunta.

—Oye, Mateo, ¿y tú por qué estabas tan gordo?

Se hace el silencio, pero solo en tu cabeza. El lado hostil de la mesa está atento a tu respuesta. Algunos se ríen sin disimulo, otros miran atentamente sus copas. Tú no reaccionas porque, aunque te has imaginado centenares de veces una respuesta inteligente y cortante a cualquier pregunta malintencionada de aquellos que te jodieron en el instituto, en realidad no estabas preparado para que ocurriera. Así que sonríes y te encoges de hombros, como si el adolescente que fuiste no estuviera desgarrado por dentro, y contestas con un ‘cosas que pasan’.

En el otro lado de la mesa oyes una voz, una de las dos que esperabas tener a tu lado, que habla con la calidez que da el vino.

—¡Mírate ahora, Croqueto! ¡Estás cojonudo! ¿Con qué te cebaba tu madre? La grasa se ha convertido toda en músculo, ¿eh?

Te quedas medio segundo en silencio y después te ríes, como el resto de la mesa. Afortunadamente, Ruth está ahora explicando algo que no te interesa, pero su carisma hace que todos se olviden de ti.

Aprovechas el momento para observar a tus antiguos compañeros. Hasta esa noche, pensabas que lo que eran cosas de niños no se repetirían en la treintena. Que, si lo hacían, tú sabrías reaccionar como el hombre maduro que eres. Sin embargo ahora sabes que quien es gilipollas de crío lo sigue siendo de adulto. Menuda enseñanza de vida.

Si al menos las cosas les hubieran ido mal. A ti, de hecho, te han ido muy bien. Entraste en la universidad, conociste a la que hoy es tu mujer, hiciste nuevos amigos y te reconciliaste contigo mismo. O eso creías.

Porque resulta que, para tus antiguos compañeros, sigues siendo Croqueto, el niño gordo. Y sí, te desgarra por dentro cuando te vas y cuando llegas a casa y le besas la barriga a tu mujer y también sus labios.

No, no tendrías que haber ido a la cena.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

Imagen: Photo by Kat J on Unsplash

Querido Roberto

No sé cuándo empecé a quedarme en silencio cada vez que me dices te amo.

Sonrío y te abrazo como si fuéramos hermanos, pero de mi boca no sale nada, ni una frase, ni una palabra.

Te amo. Es posible. No lo sé. Creo que amo nuestro pasado. En nuestro presente juntos no sé qué somos, si una pareja que se enamoró demasiado joven o dos personas que perdieron el rumbo y ahora son dos desconocidos.

Sé que esta no es la forma de iniciar una carta. Lo siento, pero llevo meses, años con este sentimiento atascado en la garganta. Con la sensación de que si no te lo digo me voy a ahogar en mis propias mentiras y mi vida se desvanecerá como algunos de los recuerdos de nuestra infancia.

Intento recordar cuándo fue la última vez que te escribí una carta. Quizás fue hace poco o hace mucho, no lo sé, pero sí puedo recordar tu rostro cuando teníamos diez años y estábamos en la escuela. Te sentabas en la parte de atrás, en la última fila, en el pupitre que daba justo al lado del ventanal. Cada que me giraba para mirarte estabas ahí con los ojos clavados en el paisaje más allá de la ventana. Recuerdo que estaba obsesionaba con los pensamientos que rondaban por tu cabeza. Mis primeros relatos fueron el fruto de esa obsesión. En esa época de nuestras vidas, aunque sabías que existía, porque era tu compañera de clase, no formaba parte de tu mundo. No fue hasta la salida pedagógica en el parque del café, cuando ya teníamos quince años. Ese día me miraste por primera vez. Se me eriza la piel cuando cierro los ojos y te veo en mis recuerdos con la camisa del colegio ligeramente desabotonada y el cabello negro azulado agitándose con el viento. Desde los diez años estaba enamorada de ti, pero fue solo hasta ese momento que descubrí que mi corazón era tuyo.

Ese año nos hicimos novios y me convertí en tu chica.

Eras el niño más popular de la clase y de la escuela. Todas querían salir contigo, pero tú me escogiste a mí. De cierta forma me sentía bendecida y afortunada. Pero, bueno, era una adolescente, ¿qué más podía sentir?

El paso por la universidad no pudo separarnos. Tuvimos muchas peleas, nos distanciábamos por semanas, pero siempre volvíamos. Yo solía pensar que nuestro amor era fuerte y real y que nada podría cambiarlo.

Estaba equivocada. Muy equivocada.

Un día, a pocos meses de graduarnos de Derecho me pediste que nos casáramos. Mientras escribo esta carta, pienso en que jamás debimos estudiar lo mismo. Yo quería escribir, soñaba con ser escritora, pero tú me convenciste de estudiar Derecho porque la escritura no me serviría para tener una vida de lujos y socialmente activa. Pero yo nunca quise esa vida. Odio tener que vivir así desde hace años.

Volviendo con nuestra historia, ese día estábamos invitados a la finca de Paco y organizaste todo para pedírmelo frente a tus mejores amigos. Cuando pronunciaste las palabras yo me lancé a tus brazos y dije que sí entre lágrimas, sin saber que ese era el principio del fin de nuestro cuento de hadas.

Nos casamos un 15 de septiembre. Escogimos el mes del amor y la amistad porque estábamos convencidos de que nuestro amor sería eterno y cada aniversario celebraríamos como recién casados nuestra unión perfecta y singular.

Vernos los fines de semana y de vez en cuando dormir juntos en tu habitación era perfecto, pero vernos todos los días y compartir el mismo espacio todo el tiempo fue algo muy diferente a lo que me imaginé. Creo que había visto muchas películas románticas y tenía expectativas demasiado altas, porque la vida, nuestra vida después del matrimonio, nunca fue así.

Pasaron los años y el tiempo nos cambió. No puedes decirme que no, que aún eres el mismo chico del que me enamoré en la escuela, porque es el curso natural de las cosas. Crecemos y evolucionamos o involucionamos, sinceramente no lo sé. El punto es que cambiamos por las circunstancias, por el entorno, por ley. Y como tenía que suceder dejamos de ser las personas que éramos antes de casarnos.

Sin darnos cuenta, una brecha empezó a crecer entre nosotros. Las noches de comernos a besos disminuyeron día tras día, las conversaciones en el comedor bajo el calor de un café humeante se volvieron recuerdos lejanos. Y las discusiones, esas sí, crecieron como la maleza de nuestro jardín.

Pasábamos tanto tiempo juntos, que no tuvimos la oportunidad de extrañarnos y nos fundimos con los demás enseres de la casa y de la oficina. Los te amo y los abrazos de despedida se volvieron automáticos, como parte de un protocolo bien estudiado para mantener nuestra relación a flote.

No puedo y no quiero seguir fingiendo que todo es perfecto cuando mi corazón me grita que me estoy marchitando entre estas paredes, que la vida me toma ventaja mientras la miro pasar deprisa sentada en este escritorio.

Esta no es una carta de reconciliación por nuestra pelea de esta mañana, ni una carta de súplica para que esta relación retome el curso que tenía cuando éramos novios adolescentes. Es una carta de despedida.

¡Ya recuerdo cuándo fue la última vez que te escribí! También fue la primera y la única. Fue después de nuestro primer beso. Te escribí un poema, me besaste por segunda vez y lo dejaste olvidado en una banca del patio de la escuela. Ese día dejé de escribir y mis sueños se fusionaron con los tuyos.

No podrás cambiar mi decisión. Esta mañana, cuando saliste de casa empaqué mis cosas y ahora están en el auto. Toda mi vida contigo está en una maleta. No hay marcha atrás. Prefiero vivir con el recuerdo de lo que fuimos en algún momento de nuestras vidas a seguir pretendiendo que puedo vivir en esta rutina, que puedo vivir en la miseria que llevamos construyendo desde que nos casamos y decidimos que el título de señor y señora podría con todo.

Te quiero mantener vivo en mi memoria, como el niño de ojos azules que miraba por la ventana mientras la maestra explicaba las multiplicaciones con fracciones. Quiero rescatar a la escritora que duerme en mi interior y quiero dejar atrás el vacío con el que me despierto todas las mañanas, aunque estés a mi lado.

Te deseo una mejor vida sin mí.

Con amor, Amalia.

 

 

Mónica Solano

Imagen de Mohamed Hassan

El chiringuito de las ideas

Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido despejado y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral. Tanto que los dos habíamos dejado las sudaderas en el coche y llevábamos los brazos al aire, absorbiendo el calor del sol.

Era sábado, apenas nos cruzábamos con gente y caminábamos en un silencio cómodo, o eso me pareció. Espié a Marta con el rabillo del ojo. Iba sonriendo, con la mirada perdida en la línea de la costa. Su sonrisa se desdobló y una de las mitades saltó hasta mi cara y se quedó allí. Seguí la dirección de sus ojos. Me conocía de memoria el panorama. Allí estaba la parte trasera del Hotel Paraíso, donde algunos huéspedes imitaban a los lagartos en las tumbonas de la piscina, el puesto donde alquilaban las tablas de surf y los aparatos de gimnasia que el Ayuntamiento había colocado para disfrute de los menos perezosos en una zona más ancha del paseo, y que yo jamás había probado. Mis ojos se detuvieron en el chiringuito de Víctor y clavé la mirada en él.

Tenía un letrero distinto. Un trozo rectangular de madera clara colgaba de dos cadenas que se movían con suavidad agitadas por la brisa. En el centro, como si las hubieran escrito con humo, leí cuatro palabras: “Chiringuito de las ideas”.

Cuando llegamos a su altura me detuve con los brazos en jarras. Las puertas se abrieron solas, como si me hubieran estado esperando, y un olor a jazmines, acompañado del tintineo de muchas campanillas, tiró de mí hacia el interior. Avancé, envuelto por el aroma y por el sonido, y me encontré en medio de una habitación mayor que la del chiringuito original, aunque desde fuera se veía como siempre. Al fondo, entre un mostrador y una pared repleta de casilleros vacíos como los de las recepciones de los hoteles, descubrí a un genio.

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Supe que era un genio porque cuando crucé el umbral estaba en un extremo, pero se deslizó hasta el centro al verme entrar. Me pareció el hermano gemelo del de la película de Aladdin. Su barba era una fina línea negra que al llegar al mentón se prolongaba en un ridículo mechón de pelo, tan escuchimizado como la coleta que nacía del centro de su enorme calva azul. Puso las manos sobre el mostrador y me obsequió con una sonrisa gigante.

–Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?

–Buenas. La verdad es que he entrado solo a mirar.

Señalé mi indumentaria. Una camiseta de manga corta y un pantalón de chándal cómodo, sin bolsillos, con la llave de casa enganchada en el cordel de la cinturilla. No había cogido dinero y ni siquiera llevaba encima el DNI. No se me ocurrió lo absurdo de mi respuesta hasta que me escuché pronunciar en voz alta las palabras. ¿Mirar? ¿Mirar qué? Allí solo estábamos el genio, el mostrador, los casilleros vacíos y yo. Sin embargo no pareció extrañarle. Señaló los casilleros que estaban a su espalda.

–Puede elegir. Todo está a disposición de aquellos clientes que crucen mi puerta.

–Ya. Pues ya puestos, verá…–Me quedé callado sin saber qué añadir. Y de pronto pensé que por pedir no perdía nada–.  Me gustaría una buena historia.

–Espléndido.

Los dos guardamos silencio. Empecé a pensar que ese genio era un poco limitado. Por lo visto también su especie se había ido deteriorando con los años y me había topado con un ejemplar senil. Por si servía de algo, le di una pequeña pista.

–El letrero de la puerta dice que esto es ahora el chiringuito de las ideas.

–Así es.

–¿Y puede saberse dónde están?

El genio paseó su mirada por toda la habitación. La cabeza hizo un giro inverosímil de 360 grados hasta volver a su posición original. Me contempló con una expresión inescrutable.

–Puede elegir –repitió–. Todo está a su disposición.

–¿Me toma el pelo? Aquí no hay nada.

–¿Está seguro?

–Tan seguro como de que lo estoy mirando.

–¿Seguro?

Abrí la boca pero no llegué a decir nada. ¿Qué hacía yo allí, hablando con una mala copia de un personaje de Disney, en lo que toda la vida había sido el chiringuito de Víctor? Ahora fue el genio clonado el que acudió en mi ayuda.

–Estamos nosotros, ¿no?

–Sí. Pero aparte de nosotros, aquí no hay nada. –De pronto recordé el olor a jazmines y el tintineo. La lógica volvió a sacudirme los hombros–. Oiga, ¿tiene flores escondidas por algún sitio? ¿O campanillas?

–¿Ve por aquí algo de eso?

Me hizo una seña para que me asomara adonde él estaba, detrás del mostrador. Obedecí y me agaché a mirar. Allí no había nada.

–¿Y por qué olía tan bien cuando me detuve en la puerta?

–¿Oler bien? ¿A qué olía?

–A jazmines. Y además se escuchaba…

Me interrumpí. ¡El genio se tapaba la bocaza con una mano para que no me diera cuenta de que se estaba riendo de mí! Era el colmo del descaro.

–¡Oiga! Le digo que olía a jazmines. Y se escuchaba música de campanitas.

–Si usted lo dice, será verdad. ¿Se le ocurre alguna explicación?

–¡Pues podría darle muchas! Otra cosa sería que acertara.

–Pruebe.

–Que pruebe, ¿a qué?

–A darme una explicación. Una de esas muchas. Quizá quiera usar esta –señaló a un casillero vacío–, o esta otra, o…

–¡Ya está bien! –le interrumpí–. Mejor me marcho. No sé por qué se me ha ocurrido entrar aquí.

Di media vuelta para salir, pero antes de que diera un paso el genio me llamó.

–¡Espere!

Se agachó un momento y de debajo del mostrador sacó una libreta blanca con una rosa en la portada y un bolígrafo, salidos de no sé dónde, y me los ofreció.

–Tenga, señor. Su cambio.

–¿Mi cambio?

–Así es. Podría haber elegido otra de las historias, pero me gusta la que se lleva. No es de las mejores, pero tampoco está mal.

–Papá. ¡Papá! ¡Papáaaaa! –la voz de Marta me sacó de mi abstracción–. No te estás enterando de nada de lo que te estoy contando, ¿verdad?

Miré hacia atrás. El chiringuito de Víctor había recuperado su aspecto de siempre, letrero incluido. El hotel, los turistas y los artilugios de gimnasia estaban en el mismo sitio. Miré a mi hija y le revolví el pelo con la mano.

–Perdona, Marta, estaba distraído.

–Ya, papi. No hace falta que lo jures.

Mi hija me regaló otra sonrisa y la atesoré con la anterior. Ahora que solo las recibía los fines de semana alternos, las valoraba mucho más. Sentí que sus dedos buscaban los míos y entrelazamos las manos. Marta apretó la mía y sentí la corriente de amor que me llegaba desde ese cuerpecito de menos de cuarenta kilos.

–Tranquilo, papi. Yo no soy mamá. No me importa que la cabeza se te llene de pájaros, en serio. A mí también me pasa a veces, y mami se enfada porque dice que soy como tú en eso.

–Ya. –No supe qué más decirle.

–¿Me cuentas un cuento?

–¿Ahora?

–Sí. Y cuando lleguemos a casa puedes escribirlo y luego me lo regalas. Así me lo llevaría a casa de mamá para leerlo por las noches, cuando no me toca estar contigo.

–Trato hecho.

Empecé a contarle el cuento de Pulgarcito, que siempre le había gustado. Marta me escuchó con atención, pero me di cuenta de que la había decepcionado, aunque, como me quiere tanto, no me lo dijo. Ella esperaba otra cosa. Un cuento distinto, solo para ella, para leérselo en la cama, como solíamos hacer antes de que Isabel y yo nos separásemos y mis huesos fueran a parar a un apartamento frío y solitario. Cuando terminé, le pedí perdón.

–Lo siento, chiquitina. Es que me has pillado por sorpresa. Pero luego me invento un cuento distinto para ti sola, ¿vale?

–Vale, papi. No importa.

Llegamos a casa y me duché mientras mi hija veía una película en la tele. Salí del baño dispuesto a cumplir mi promesa. Marta se había quedado dormida en el sofá, seguramente cansada por la larga caminata. Entré en mi dormitorio, donde una mesa de Ikea hacía el papel de despacho, y al ir a sentarme delante ella me detuve sorprendido.

Sobre la mesa, una libreta blanca, con una rosa dibujada en el centro, me estaba esperando. A su lado, había un bolígrafo que no recordaba haber dejado allí cuando salimos.

Me senté, quité el capuchón del bolígrafo, abrí la libreta, y empecé a escribir:

“Caminaba por el paseo marítimo con mi hija, aprovechando que le tocaba estar conmigo ese fin de semana. Había amanecido sin una nube en el cielo y, a pesar de que estábamos en diciembre, la temperatura era primaveral…”

Adela Castañón

Imagen cabecera: Photo by Derek Thomson on Unsplash

Imagen genio: Pixabay

Quería salir a estudiar

Leyendas escolares de las Cinco Villas

Don Mateo acostumbraba a ir a la escuela una hora antes que sus alumnos. Así a las nueve ya tenía las pizarras limpias, los cuadernos en orden y la estufa encendida.

Una mañana llegó antes de lo habitual. A eso de las siete, le sorprendió ver a Casiano acurrucado en la puerta. Si no lo hubiera conocido, habría pensado que era un rapazuelo entrometido. Se acercó, le pasó la mano por sus bucles rubios y le dijo:

—¿Qué haces aquí tan temprano? Tendrías que estar durmiendo.

—Es que me he escapado de casa cuando me ha llamado mi padre para que fuera al monte con mis hermanos.

—¿Qué te has escapado? —El maestro abrió unos ojos más grandes que los del niño.

—Sí. —No pudo reprimir un hipido—. Me ha dicho que tenía que ir a cuidar las ovejas. Que eso era más importante que venir a la escuela.

Don Mateo se quedó un momento en silencio. Lo ayudó a ponerse de pie y le dijo:

—Bueno, pues hoy vete con tus hermanos. Y yo hablaré con tu padre.

Ese día Casiano anduvo muy despistado. Se olvidó de llevar a abrevar el rebaño y perdió un cordero recién nacido. Por la noche se fue a la cama sin cenar. Desde la cocina le llegaban los gritos de su padre:

—¡Qué se habrá creído este mocoso, Gregoria! Con nueve años ya se atreve a llevarme la contraria.

—¡Por Dios, Jacinto! ¿No ves que es un niño? Ten paciencia. Poco a poco lo haremos entrar en razón.

—¡Que no, Gregoria, que no! Sus hermanos no me plantaron cara. Todos entendieron que somos muchas bocas y pocas manos.

—Es que tiene que estar todo el día solo por esos montes y es muy miedoso.

—No te confundas, Gregoria. Aquí pasa otra cosa. El bueno de don Mateo le ha metido muchos pajaricos en la cabeza. Y ahora anda loco con eso de aprender a leer y a hacer cuentas. —Jacinto se levantó la boina, se rascó la cabeza y comenzó a dar patadas a los tizones del hogar.

Al día siguiente, Casiano se levantó sin hacer ruido y se fue otra vez a la puerta de la escuela. Cuando vio aparecer al maestro, se acercó y le dijo.

—Don Mateo, vengo a pedirle perdón por el susto que le di ayer. Solo quería hablar con usted.

—No te preocupes. Entendí lo que querías. Hoy he visto a tu padre, pero no le he dicho nada porque me ha parecido que no estaba el horno para bollos.

—Pero yo quería decirle otra cosa más. —Se quedó cortado. No acertaba a seguir hablando.

—A ver, dime. ¿Qué le pasa por aquí dentro a esta cabecica?

—Verá es que yo quiero ser maestro de El Frago, como usted.

—¡Anda, anda! Déjate de tonterías. Ahora lo importante es que vengas a la escuela y aprendas. Después ya veremos.

Don Mateo lo cogió por los hombros, lo estrechó con fuerza y le habló a la oreja:

—Mis padres tampoco querían que viniera a la escuela y me mandaban a hacer los recados del comercio. —El maestro suspiró—. Al final se convencieron.

—Eso ya me lo contó el abuelo de casa el Royo, ese que vive al lado de su casa. Por eso he pensado que usted me podría ayudar.

Esa tarde, don Mateo esperó a que Jacinto llegara del monte y fue a hablarle de su hijo. Después de una tensa conversación, llegaron a un acuerdo.

—¡Que no, don Mateo! —Jacinto seguía desaparejando la yegua sin mirar al maestro.

—Jacinto, no sea tan terco. Usted se las puede arreglar sin Casiano. —Hizo una pausa—. En esto me recuerda a mi padre.

—Mire, no se meta en los asuntos familiares. En cada casa nos arreglamos como podemos. —Soltó la cincha que llevaba en la mano—. Y perdone que le diga, pero es más fácil mantener un comercio sin ayuda que unos campos y unas ovejas. ¡Y encima se saca menos!

—¡No lo haga por mí, sino por su hijo! —Se quedó mirando al suelo y siguió—:Con los estudios lo librará de ir calzado con abarcas,

Jacinto entró con la yegua en la cuadra. Cuando salió, Mateo lo seguía esperando. Entonces Jacinto le dijo:

—Está bien, Casiano ira a la escuela. Pero ya que no me va a ayudar a mí, que libere se lleve a su hermano Lorenzo. Así su madre no tendrá que cuidarlo y podrá bajar a lavar al río y sacarse un jornal.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Usted no tiene que agradecerme nada, que es la vida de mi hijo —le contestó Jacinto levantando la horca que llevaba en la mano—. ¡Ah! Y le repito que no se meta tanto en la vida de las familias.

Al día siguiente, a las nueve en punto, estaban los dos hermanos cogidos de la mano esperando a que se abriera la puerta de la escuela. Entraron, se sentaron juntos y, al poco rato, Lorenzo le dijo que se aburría. No paró de enredar en toda la mañana. Casiano lo sujetaba para que no se levantara. Le habría gustado contagiarle la inquietud que él llevaba dentro.

Casiano era como una esponja. Todo le interesaba y todo lo asimilaba. Antes de cumplir los catorce años le preguntó a don Mateo si lo dejaría ir por las tardes al repaso de su casa, que así podría prepararse mejor, porque se quería ir a estudiar a Zaragoza. Le dijo que le pagaría con unos ahorrillos que tenía escondidos. Desde que dejó de ir al monte, de vez en cuando le ayudaba al herrero a sujetar las patas de las caballerías cuando les ponía las herraduras. No le daba todas las propinas a su madre y se guardaba algunas debajo de una baldosa de su habitación. Y era difícil que se las encontraran porque se movían todas.

—¿Usted cree que podré estudiar si voy un poco adelantado y me gano el jornal en la carbonería de mi hermano?

—¡Claro que podrás!

—¿Y tendré que hacer mucho esfuerzo?

—¡Mucho, Casiano! Pero te prepararás bien y llegarás lejos. Tú llegarás a ser algo más que un maestro de El Frago.

Cuando cumplió los catorce años se despidió de sus padres. Aprovechó el viaje de un carro que subió a comprar carbón y se fue a Zaragoza. En un morral llevaba una muda limpia, muchos papeles con las notas de las clases de don Mateo y las propinas que había sisado. Las contó varias veces.

—Sí, me llegan. Con esto ya puedo pagarme la matrícula del Ingreso de Magisterio.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Museo de las escuelas de Lacorvilla (Zaragoza).

Una mujer que escribe

Y llega ese momento en el que tienes que dejar salir las palabras.

Preferirías quedarte callada y enterrar en las profundidades de tu memoria esa voz que, para ti, no tiene sentido que la levantes.

Sentada en el escritorio miras inexpresiva el ordenador. El corazón te late con fuerza, desbocado. Puedes oír los latidos y el sonido de la sangre mientras navega por tus venas. El líquido vigoroso guarda en cada célula el miedo a ser la mujer que deseas. Una mujer libre y sin temores absurdos. Una mujer que expresa su visión del mundo a través de los relatos.

Cierras los ojos y oyes un llanto.

Una niña pequeña llora en algún lugar de tus recuerdos. Respiras profundamente y dejas que el aire inunde tu zona abdominal. Cada inhalación te reviste con una inesperada valentía y decides avanzar hacia la fuente de los sollozos.

Después de unos pocos pasos te das cuenta de que estás en la habitación de tu infancia. Sonríes cuando ves la cama rosada con blanco con un nochero a cada lado. Odiabas esa cama, pero no podías decírselo a tu madre porque fue su regalo cuando te dio tu habitación propia. Cerca de la ventana está el tocador. Todas las mañanas te peinabas enfrente de él antes de ir al colegio. Una luz tenue ilumina parte de la estancia. Siempre la dejabas encendida para poder dormir cuando las pesadillas te acechaban.

Te reconoces en la pequeña que está recostada sobre la cama, la que suspira y se abraza las piernas. Las lágrimas se le han escurrido por el rostro hasta empaparle el cuello y parte del cabello.

Te estremeces. Sientes que la agonía de su llanto serpentea por tus brazos.

Intentas acercarte aún más, pero dudas. Cuando crees que estás lista para dar el paso te cuestionas si sería mejor retroceder.

Sacudes los pensamientos con un ligero movimiento de la cabeza y te acercas. Te sientas a su lado y le preguntas por qué está llorando.

—Porque no quiero ser mujer —responde.

—Y, ¿por qué no quieres ser mujer?

—¡Ser mujer es horrible! No tiene nada fantástico. Lavar, planchar, tener hijos, casarme. ¡No quiero casarme! Además, si fuera un hombre podría hacer lo que me diera la gana todo el tiempo, igual que mi hermano que ni siquiera pide permiso para salir a jugar.

Le apartas la mirada con la sorpresa desprendiéndose de tus pupilas.

No recuerdas ese momento de tu vida en el que odiabas tanto ser mujer.

¿O sí?

¡Claro que sí! No puedes engañarte.

Lo tienes tatuado en la piel y te supura como una herida abierta cada vez que quieres hacer algo que amas. Cuando tomas la pluma para escribir, la tinta se deshace en las ansias de haber nacido en un planeta sin géneros y de habitar en otro cuerpo, en uno con menos prejuicios.

Miras de nuevo a la niña y puedes ver en sus ojos que ahí empezó todo. El dolor, la lucha, el eterno deseo de ser alguien más.

Llevas muchos años aferrada a su filosofía de vida insana. Ha llegado el momento de dejarla que se vaya. De cortar la cuerda que te ata a esa parte de tu pasado, en el que ser mujer fue el resultado de algún maleficio que le lanzaron a tu madre.

Te despides, sonríes y la sueltas.

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La pequeña se desvanece cuando abres los ojos y la hoja en blanco resplandece ante ti. Estás lista para enfrentarte a las palabras de nuevo y sumergirte en el sueño de la ficción, en el que no importa si eres hombre, mujer o gato.

Después de tu pequeño viaje interior te aferras al presente. Eres libre. Puedes saborear sin juicios el instante perfecto en el que todo es posible y nada es demasiado importante. Escribes.

Mónica Solano

 

Imágenes de StartupStockPhotos y Lisa Runnels

Lola

Hay personas que no saben que existen los hospitales. Bueno, lo saben, pero para ellas son algo tan remoto como Marte. Lola, mi mujer, es una de esas personas. O quizá debería decir mejor que lo era. Me he expresado fatal, y eso que se supone que el escritor soy yo. Hablo como si hubiera muerto, y todavía está viva. A lo que me refería, valga la redundancia, es a que ahora muchas de las referencias de Lola son sus hospitales de referencia.

Lola es mucha Lola. Si sale de esta, pienso decirle que escriba. Otra vez he metido la pata. No debería haber dicho si sale de esta, sino cuando salga de esta. Porque saldrá. Tiene que salir. Aunque solo sea para que yo pueda verla descojonarse de risa cuando mi ego se dé de bruces contra el suelo y me vea obligado a admitir en su cara que ella escribe mil veces mejor que yo.

Me gano la vida escribiendo. Soy escritor. De los de ahora. De los modernos. De los que escriben en un teclado. Aunque a veces lo hago en folios, en posits, con lápiz o boli. Lola no. Ella escribe en relieve, en tres dimensiones. Con su aliento. Con la tinta de sus venas, de sus pobres venas castigadas por la quimio. Cada pelo que abandona su cabeza es un renglón más en el libro increíble de su vida sobre el que sigue escribiendo sin desfallecer.

A veces, cuando la veo bromear con el enfermero que le coge la vía, me meto en el baño de la habitación, aunque no tenga ninguna necesidad. Pero cuando la oigo decirle que con esta experiencia se está dando cuenta de que no tiene ni un pelo de tonta, se me abren las carnes y necesito esconderme ahí para llorar a solas. Me avergüenzo de no necesitar un sombrero para defenderme del frío, de que mis ideas no puedan huir de mi cerebro porque la cárcel de mi melena las mantiene a todas prietas y no las deja escapar. Y, cuando el torbellino de pensamientos se vuelve insoportable y no puedo darle salida por mis ojos, busco otra vía de escape. Entonces mis miedos emprenden una ruta más larga hasta las yemas de mis dedos que golpean el teclado y descargan sobre él mi rabia mientras escribo.

Porque yo escribo. Y lo mío se puede borrar, cambiar o reescribir. Lo de mi Lola, no. Porque ella graba en piedra, aunque no se dé ni cuenta. Y lo hace sin pestañear, esculpiendo a golpes de sonrisa, de esa sonrisa que no me explico de dónde le sale, pero que sigue iluminando su cara, aunque a veces haga sangrar un poco sus labios agrietados por la medicación. Escribo porque Lola me lo pide. Por ella. Para ella. Sobre ella. Y le enseño esos escritos maquillados con mentiras, mientras estos, los que queman, los que muerden mis entrañas, me los reservo para mí.

Durante meses escribo como poseso. Como un adicto. Me salto comidas. Robo horas al sueño. Escribo para mi revista. Para mis lectores. Para proyectos futuros que luego le llevo a Lola para que los lea, como siempre, porque no deja de pedírmelos. Y mi otro yo escribe para mí, porque estos escritos son mi única medicina. Mi asidero a la cordura. Son la alcantarilla que se lleva cada noche mis miedos y los arrastra lejos, muy lejos, dejando mi alma un poco menos atormentada y mi cara disfrazada de normalidad para que Lola me vea igual que siempre cuando cruce la puerta de su habitación de hospital.

He pasado meses escribiendo así. Notas sueltas, documentos sin ton ni son, sin orden ni concierto. Uno detrás de otro, folio tras folio, como el eslabón de una cadena. Pero hoy esa cadena se ha convertido en un collar al que tengo que ponerle el cierre.

Hoy, contra todo pronóstico, le han dado el alta.

De casos como el suyo sobreviven uno de cada mil. O casi. Y ella ha sido la ganadora.

Mi Lola ha vuelto a casa. Curada. Y hoy he reunido el valor que necesitaba para enseñarle esto. Me ha sonreído como solo ella sabe hacerlo. Y esta vez sus labios no se han agrietado. Sus mejillas han recuperado algo de carne, aunque no creo que las arruguitas que hay ahora en las esquinas de sus ojos, y que no estaban cuando salió de aquí para ir al hospital, vayan a desaparecer. Tampoco es que eso me importe. Son arrugas de luchadora. Arrugas que nacieron de sonrisas ganadas a la batalla de la muerte. Arrugas regadas por lágrimas que ha debido derramar a solas, porque nunca, ni un solo día, la he visto llorar. Pero ha tenido que hacerlo. Ella, que en todas las películas románticas gasta un paquete de Kleenex, ha ganado su guerra sin desfallecer. Sé que ha lamido a solas la sangre de sus heridas. Y, aunque eso es casi imposible, todavía la quiero más. Es que Lola es mucha Lola. Pero me voy sin querer de lo que quiero decir.

Le he enseñado a Lola mis escritos oscuros. Los de las noches sin luz. Porque mi luz, que era y sigue siendo ella, estaba en el hospital, lejos de mí. Le he pedido perdón por la amargura, por la tristeza, por ese pesimismo, más negro que la tinta, y ha vuelto a sonreírme.

–Esto no es pesimismo, amor –me ha dicho–. Esto es la vida misma.

Y, haciendo su sonrisa todavía más brillante, me ha pedido un deseo que voy a concederle:

–Quiero que lo publiques.

Y lo he hecho. Porque es un homenaje para todas las Lolas del mundo.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

La noche que se murió Pascual

De las fragolinas de mis ayeres

Anselma sintió que su marido se estaba muriendo antes de que el reloj de la torre tocara las doce.

—¡Pascual, mira que morirte en la noche de las ánimas! ¿A quién se le ocurre?

Cuando lo notó frío, abandonó la alcoba y se sentó junto al fuego hasta que rayó el alba. En realidad estuvo esperando a que se hiciera de día para avisar a Epifanio del Molinaz, porque así se lo mandó Pascual antes de cerrar los ojos.

Mientras avivaba las brasas del hogar, entre las llamas y el humo, se le iban apareciendo mujeres de otros tiempos. Sus caras se fueron superponiendo y formaron un corro. Cada una quería contar algo de su vida. Anselma no se asustó. Al revés, escuchó sus voces y se sintió reconfortada con estas parientas que venían a hacerle compañía.

La primera que llegó fue la abuela Blasa, pero Anselma no le hizo mucho caso. Había sido muy gruñona y había vivido demasiados años. Enseguida llegó su tía Juana, una hermana de su padre, que se murió dos años antes de que ella naciera. Fue una mujer triste y después de su muerte nadie la volvió a mentar. Esa noche fue la única que no habló.  Llegó en silencio, como se había ido, y se limitó a escuchar.

La más dicharachera era una tía lejana a la que Anselma no había conocido.

—Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿De parte de quién vienes? Es que no me suenas.

—A ver, lo tienes que entender, Anselma. Es muy fácil. Yo era hermana de Felipa, la abuela de tu padre, y de tu tía Dominica, esa que parió tantos hijos. Sí mujer sí, la tía Dominica, la madre de Brígida, Evarista y Juliana.

Pero Anselma, erre que erre, que a ella los nombres de los parientes antiguos no le sonaban de nada. Que justo le venía para acordarse de su abuelo Nicolás y de su abuela Rosa.

Eso sí, echó de menos a su tía Dionisia, la tía soltera que se ahogó en una acequia cuando fue a buscar agua para los hombres que estaban segando en Sancharrén. Nadie supo cómo pasó, pero Anselma siempre lo sospechó. Como hacía poco que la visitaba el nuncio, siempre andaba con la oreja pegada, y oyó decir que su tía llevaba por los menos dos meses sin regla.

Cuando se murió Dionisa se montó mucho alboroto. Vinieron los del juzgado, le hicieron la autopsia y en la partida de defunción escribieron: “asfixia por inmersión”. Y nadie quiso mentar lo que eso daba a entender.

Los hombres en los campos y las mujeres en los carasoles dijeron cosas muy raras, pero ninguno, ni siquiera Anselma, acertó a saber qué había pasado por la cabeza de Dionisia. Después estuvo toda la vida dando vueltas a lo de su tía.

Ahora veía las cosas de otra manera. Cuando se ahogó su tía, ella aún iba a la escuela. De eso sí que se acuerda porque Dionisia iba a ver a doña Simona mientras ella jugaba en el recreo. El día del chandrío apareció el alguacil y habló con la maestra. Después, doña Simona se le acercó y le dijo con una voz muy dulce:

—Anselma, no llores ni grites. Es mejor así.

Cuando se cerró la noche, las mujeres se fueron marchando con el humo. Anselma arrimó los tizones y se quedó embobada con el chisporroteo del fuego. Intentaba olvidarlas y recordar sus más de cincuenta años de soledad junto a Pascual, pero no podía. Sólo le venían jirones de pensamientos desordenados empañados por sus últimas palabras.

—Mira Anselma, la tierra me llama. A mí me toca volver antes. Tú aún tendrás que esperar un poco. Ahora dame un beso, quítame los dientes y déjame tranquilo. Quédate junto al fuego hasta que se haga de día. No llores ni grites. Cuando raye el alba, antes de que Epifanio vaya a soltar el ganado, dile que venga y entre los dos vestidme para el entierro. Cuando oigas que se abren las ventanas de las cocinas, avisa a la gente y haz todo como se ha hecho siempre.

Antes de acabar de recordar las palabras de Pascual, se dio la vuelta, metió la mano debajo del hueco de la fregadera, sacó una botella de anís que tenía escondida entre las de detergente y se echó un trago.

—Esto sí que consuela. Ahora aguantaré mejor hasta la madrugada.

Giró la silla de anea en la que estaba sentada, estiró el brazo y volvió a dejar la botella en su sitio para que ninguna vecina curiosa pudiera verla cuando vinieran a darle el pésame por la muerte de su marido.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

Uno de esos días

Y entonces tienes uno de esos días de terror.

Estás muy enojada, no sabes por qué. Solo sientes la ira viajando por tus venas.

Quieres gritar, correr, maldecir, pero te quedas callada, en silencio, mirando por la ventana. Te gustaría abrirla y soltarles a todos que se jodan y luego saltar y sentir como el aire te rasga la piel y el contacto con el suelo te arrebata la vida. Pero no, aún no has llegado a ese nivel de cobardía.

Te tomas unos instantes para sentir la estupidez de tus pensamientos.

—¿Quién decide qué es estúpido y qué no? —te preguntas.

El deseo de acabar con una vida de desilusiones y despropósitos podría ser una revelación divina. Podría ser. Aunque también podría ser la voz maquiavélica de tu subconsciente que se ha tomado unas cuantas margaritas.

Haces una pausa. Juntas las palmas y pones las manos cerquita de la boca. Ese roce sutil y satinado te hace sentir mejor.

En ese toque acompasado sabes que estás lista para dar el salto. Pero no el salto por la ventana sino el salto a una nueva realidad.

Ahora te observas en el reflejo de la pantalla del ordenador. Ahí está esa mirada cómplice y decidida, la mirada que te gusta ver mientras escribes.

Puedes ver a esa mujer maravillosa y perfecta que está lista para luchar contra demonios y maleficios.

Tus ojos resplandecen y de repente las palabras se te amontonan en la cabeza. Te pican los dedos y te liberas cuando los pones sobre el teclado. ¡Eso es lo que amas hacer! Aunque el miedo a equivocarte te aceche y el deseo de perfección te acose en cada frase que escribes.

Te pones de pie y abres la ventana. Dejas que el aire entre y desordene las hojas que tienes sobre el escritorio.

Un olor a madera quemada se instala en la habitación. Proviene de una casa que está a un lado de la montaña. Te gusta ese olor, te recuerda de dónde vienes y hacia dónde quieres ir.

Inhalas hasta sentir que el aire se acuartela en tu vientre.

Renuevas tus anhelos con cada respiración.

El trágico deseo de morir se desvanece en la esperanza de vivir sin límites. De vivir.

Tantas noches preocupándote por el hacer cuando solo había una preocupación importante, que después de todo no era un problema.

Solo tenías que ser.

Abrir tus alas y volar.

Recordar que no eras, que nunca has sido, una víctima del mundo, una mártir de la nada. Que solo tenías que ponerte de pie y echarte a andar.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

Cristales rotos

6.00 de la madrugada

El vagón de cola se pierde de vista cuando el tren sale de la curva a toda velocidad. El maquinista, si es que aún hay maquinista y no un piloto automático, ni siquiera se habrá enterado de que los cascos de su caballo de hierro han hecho añicos una botella de Chivas de veinte años y mis planes.

Salgo de detrás de los arbustos y me acerco a la vía. Me agacho. A la luz legañosa de un amanecer que empieza a bostezar, veo que en una enorme hoja con color de otoño se ha formado un charco de whisky, y no sé ni cómo. Acerco la mano a esa tentación dorada para hacer un brindis burlón y me detengo un segundo antes de tocarla. Una hormiga patalea en el centro, en lo que para ella debe ser una bañera gigante. Me planteo sacarla de ahí pero al final decido no hacerlo. Dejaré que muera feliz, borracha como una cuba. Si alguien va a palmarla hoy por culpa del alcohol, mejor que sea ella. Aunque hace unas horas yo no pensaba así.

El reflejo de mi ojo izquierdo me mira desde uno de los trozos más grandes de vidrio. Me incomoda su mirada y muevo un poco la cabeza con un resultado aún peor. Ahora es la mitad de mi boca la que me habla de pronto desde el cristal:

Menudo cambio de planes, tío. Lo del tren con el Chivas no ha sido nada comparado con el revoleo que te acaba de dar la vida. Hay que joderse. O no. Porque no creo que se pueda estar más chingado de lo que ya estás.

Giro el cuello y la boca de vidrio vuelve a ser un simple trozo de botella rota. Al lado de la hoja seca hay otro cristal. Lo cojo y le doy vueltas entre mis dedos. Un rayo de sol rebota en su superficie y durante un segundo me provoca un deslumbramiento extraño. Me pregunto cómo es posible que esté viendo tantas imágenes de mi vida de hace unos meses en una cosa tan pequeña. Cuando asoma el rostro de Lupe, vuelvo a revivir el día del parto. La memoria me trae en susurros mi propia voz y la escucho como si fuera un extraño:

–Lupe, flaca, achucha un poco más.

Veo mi propia imagen en el cristal, al lado de la de Lupe, y todo vuelve a suceder en este instante. Ella tiene la cara bañada en sudor mientras puja soltando una ristra de tacos encadenados. La matrona, al escucharla, la mira y arruga tanto el entrecejo que parece que tiene dos frentes. Abre la boca y creo que va a cagarse en sus muertos, pero lo único que le dice es que empuje un poco más, que ya asoma la cabeza del crío. De ese crío sin picha que resulta ser una cría. Una enana con el dedo meñique torcido, igual que su madre.

–Ya podías haber ido al médico por lo menos una vez, loca –le digo. Estoy sudando igual que ella.

–¡Puaj! –Levanta un poco la cabeza, mira primero a la cría, luego a mí y sonríe–. ¿Y ya “pa” qué?

–Pues que hubiéramos sabido que viene sin algo. –Me pone cara de pasmo y se lo explico enseguida–. Que es un chochete, flaca. Pero tú erre que erre con que no te hacía ninguna falta.

Me río. La matrona levanta las cejas y vuelve a tener solo una frente. Sonríe también y me doy cuenta de que es joven y está hasta buenorra. Sigo hablando para darme pisto.

–Los colegas se van a mear cada vez que se acuerden del cachondeo que nos traíamos con el picha floja que llevabas en el bombo.

¡Cómo me lastima volver a ver esa película del pasado en este trozo cristal! Duele mucho. Y para huir del dolor vuelvo a mirar a la hormiga. Me parece que nada más despacio. Contemplo otra vez el trozo de vidrio. El borde tiene pinta de cortar como un diamante. Me lo acerco a la piel de la muñeca, pero no aprieto. Si lo hago y me desangro aquí mismo, seguro que no tardan mucho en encontrarme. Habrá trenes que no vayan a toda pastilla y además algún encargado tendrá que repasar las vías de vez en cuando, digo yo. Pero, si no aviso a alguien, pueden pasar meses antes de que encuentren a Lupe. Todavía no entiendo cómo he podido ver su mano asomando entre la hojarasca, con ese meñique suyo doblado y la uña tan mordida que seguro que la de la cría es ahora del mismo tamaño. Pensar en ella hace que vea un poco borroso. Pero solo un poco, porque puedo distinguir la cara de Lupe en varios vidrios, como el día que nos colamos en los espejos de la feria y parecía que éramos un batallón. Tiene los labios apretados, pero no le aguanto la mirada. Ojalá me hablara aunque fuera para mandarme a la mierda. Pero como eso es imposible le hablo yo.

–Joder, Lupe, tía, no sé cómo has podido hacerme esto. Yo pensando que estabas en la puta clínica desenganchándote y tú aquí, sirviendo de merienda a los gusanos. Soy un gilipollas. Mira que tragarme el cuento que me ha colado tu madre…

Tiro el cristal muy lejos y rebota contra una vía. ¡Qué cabrona es la vieja! Menudo rollo se ha inventado para quedarse con la cría. Me la ha metido doblada. Últimamente he estado tan fumado que no sé ni cuánto tiempo hace que aporreé la puerta de la madre de Lupe. Y lo que más me jode es no acordarme de si le pedí o no ver a la cría. Tengo claro que no me la hubiera enseñado, no soy tan gilipollas, pero jode mucho saber que igual ni se me ocurrió intentarlo por si colaba.

Pensar en la enana me duele todavía más que acordarme del día del parto. ¡Vaya días, cuando nos estrenamos como padres! Por primera vez en mi vida no me hizo falta meterme nada para estar flotando. Pero esta vida es una mierda y nos duró poco la alegría. La vieja nos puso delante la zanahoria y picamos como dos idiotas. “Podéis venir a bañar aquí a mi nieta”, dijo. ¡Cabrona! “Mi nieta”. No “vuestra hija”. Eso debería de habernos dado la pista, pero estábamos tan enchochados con la enana que ni lo vimos venir. Y mira que les costó trabajo quitárnosla de las manos, pero la vieja, la trabajadora social y el puto mundo nos tumbaron por KO.

Ahora soy yo el que mira un cristal detrás de otro intentando encontrar en ellos la cara de mi niña. Sí. Porque, aunque diga “la cría”, se ha convertido en mi niña en un momento que no puedo identificar, pero da lo mismo. Empiezo a llorar y se me caen los mocos. No puedo ver su cara en los cristales porque no sé qué cara tendrá ahora mismo. ¡Le hemos jodido bien la vida desde el principio, su madre y yo! Yo por dejar que me la quitaran, como si fuera un escupitajo que se deja atrás nada más soltarlo. Y Lupe… Lupe por morirse aquí, sola como un perro. Igual su vieja ni siquiera intentó meterla en un centro, o lo mismo es verdad que la metió y luego mi flaca se fugó, o yo qué sé. No puedo ordenar los hechos en mi cabeza. Pienso que la puta nieve me ha dejado el cerebro en blanco, y me río yo solo del chiste malo que he hecho. Total: no hay nadie más que pueda reírse conmigo, porque los muertos no tienen sentido del humor.

Sé que dentro de poco pasará otro tren. Cuando salí del supermercado después de mangar el Chivas sin que me pillaran, la idea era venir aquí a ponerme ciego de whisky y a cagarme en los muertos de Lupe, de la madre de Lupe, y de toda su parentela y la mía, y tirarme a la vía si conseguía emborracharme antes de que llegara el tren. También fue mala suerte que me entraran ganas de mear un momento antes de que apareciera, y que no me diera cuenta de que había soltado la botella tan cerca de las vías.

Y lo peor ha sido que por poco no me meo encima de Lupe. Vi el meñique en el último momento, con el tiempo justo de echarme la polla a un lado antes de caerme de culo.

Ahora veo en cada cristal una cosa diferente. El robo. El paseo hasta las vías. El tren. La meada. El cuerpo de Lupe. La botella saltando por los aires. La hormiga.

A lo lejos escucho un silbido. El otro tren debe estar al caer.

Puedo dar dos o tres pasos a la derecha y tumbarme en la vía justo a la salida de la curva.

O puedo echar a andar hacia la izquierda.

Me limpio los mocos con la manga de la sudadera. Con el dedo, saco a la hormiga borracha. Todavía está viva, la hijaputa. La dejo en el suelo. Cojo la hoja y le doy la vuelta hasta que el whisky empapa la tierra y desaparece.

El silbido del tren ya lo conozco de sobra. Pero no sé cómo suena el llanto de mi niña. Ni su risa. Y quiero saberlo. Necesito saberlo.

Me levanto y miro hacia la izquierda. Pienso que tengo un largo camino por delante. Respiro hondo y doy el primer paso.

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Imagen: Pixabay

Adela Castañón

Imagen: Pixabay