Mi hermano Daniel

Me llamo Esperanza, pero todos me dicen Espe. Mamá dice que me puso ese nombre porque pensaba que ya no iba a tener una niña. Daniel es el más pequeño de mis hermanos. Bueno, en realidad la más pequeña soy yo porque nací la última, después de que mamá tuviera a Jose, Luis, Pedro, Marcos y Daniel. Yo creo que Daniel es muy divertido. Mamá dice que con razón le pusieron a una película el título de Daniel el travieso. A mí Daniel no me parece travieso, pero los mayores a veces son así de raros. O a lo mejor es que mamá estaba cansada el día que dijo eso, aunque no creo, porque lo ha dicho más de una vez. Claro que, ahora que lo pienso, mamá está cansada muchas veces, así que a lo mejor he acertado.

Una de las veces que la oí decir eso fue un día que habló con papá. Se habían dejado la puerta del despacho mal cerrada. Yo no lo habría notado si papá no se hubiera estado riendo como yo cuando mamá me hace cosquillas. Me gusta mucho reírme, y la risa de las cosquillas es una de las mejores, así que me acerqué a la puerta para oír lo que decían y reírme yo también. Papá estaba sentado en su sillón, y mamá daba paseos delante de la mesa muy deprisa. Cuando ya parecía que iba a chocar con una de las estanterías llenas de libros, se daba la vuelta y se embalaba hasta que casi tocaba la estantería de enfrente con la nariz. Y así una vez y otra vez, moviendo los brazos mientras hablaba. Pensé que a lo mejor papá se reía por eso, porque lo que oí no me pareció especialmente divertido.

–¡…no sé qué vamos a hacer con ese niño! –mamá hablaba con la voz de regañar–. ¡Pepe! ¿Me estás oyendo, o qué?

–Claro que te oigo, mujer, pero es que…

Papá no pudo seguir hablando. Le entró otra vez el ataque de risa. Mamá paró de dar paseos y puso los brazos en jarras, como cuando hacemos alguna trastada y se prepara para castigarnos. Me asomé un poco a ver si alguno de mis hermanos estaba allí, pero no vi a ninguno. Me tapé la boca con la mano porque me estaba entrando la risa al ver que mamá también le regañaba a papá, y era tan divertido que no quería que me descubrieran. La postura de enfado de mamá funcionó con papá igual de mal que con nosotros. Los ojos de papá seguían muertos de risa, aunque consiguió frenar la boca y pudo hablar:

–Admite que tiene su lógica, Ana.

–¡¿Quéeeee?! –Mamá miró al techo y levantó las manos como si fuera a tender ropa–. ¡Lo que me faltaba por oír! Y no se te ocurra decirme que es solo una travesura más de las suyas.

Vi que papá abría la boca, pero la cerró sin decir nada al ver la cara de mamá. Yo solo veía su moño desde mi sitio, pero al escucharla me imaginaba la arruga de su frente. La espalda de mamá se puso más grande. ¡Oh, oh! Estaba cogiendo carrerilla para seguir hablando. Cuando se pone así, no hay quien la pare.

–Claro, como tú no eres el que ha tenido que hacerle una tila a Rosarito… Por no hablar de que no sé si doña Encarna querrá seguir viniendo a darle clase…

Papá se levantó y rodeó la mesa para abrazar a mamá. Empezó a decirle no sé qué de que Daniel era un niño con imaginación, y como eso me pareció aburrido me fui a buscar a mi hermano. Lo encontré en la cocina. Había arrimado una silla a la encimera y se había subido en lo alto del mármol. Estaba de puntillas, con la mano cerca del bote de las galletas de chocolate. Iba a dar una palmada para asustarlo, pero lo pensé mejor y me quedé quieta. Así, cuando me viera, tendría que darme una galleta para que no me chivara. Y si nos pillaban, yo podría decir que no tenía la culpa. Mi hermano alcanzó el bote, lo dejó en la encimera y se bajó a la silla. Restregó la manga de su sudadera por el mármol para quitar la huella de su zapatilla y entonces me vio.

–¡Hola, Espe! –Abrió el bote de las galletas y me dio la primera que sacó–. Toma.

Daniel es así. Me arrepentí de haber pensado en amenazarlo para que me diera la galleta. Le di un bocado. ¡Estaba riquísima! Nadie hace unas galletas tan buenas como nuestra tata Rosarito. Si mamá no las escondiera en un estante alto, no llegarían ni a enfriarse. Me acordé de lo que quería preguntarle a mi hermano.

–Oye, ¿qué has hecho esta vez? Mamá le estaba contando a papá no sé qué. ¿Te han castigado por algo?

–¿A mí?

A Daniel se le escaparon por la boca trocitos de la galleta que estaba masticando. Se limpió con la misma manga de antes, y se rascó la cabeza.

–Todavía no. ¿Qué he hecho?

–Eso es lo que quiero que me digas. –Suspiré. A veces parecía que yo fuera mayor, y Daniel más pequeño–. Tú sabrás.

Mi hermano siguió comiendo galletas y se encogió de hombros.

–De verdad que no, Espe.

–A ver, Daniel, ¿has hecho que se enfade la tata Rosarito? ¿O doña Encarna?

–Mo.

Lo interpreté como un no. Con la boca llena no se le entendía casi nada, pero movió la cabeza de lado a lado con tanta fuerza que sembró el suelo de miguitas. Me armé de paciencia. Menos mal que la que estaba en la cocina era yo. Si llega a ser mamá, seguro que Daniel se hubiera ganado una buena. Estaba dispuesta a enterarme de todo. Miré el reloj de la pared. Hacía poco que había aprendido a leer las horas, y estaba muy orgullosa. Todavía era temprano y a esa hora a doña Encarna le quedaba un rato para terminar de darle a Daniel su clase en la cocina.

–¿Por qué se ha ido antes doña Encarna?

Se encogió de hombros. Estaba muy ocupado con la cuarta galleta. A este paso le iba a doler la barriga de tanto comer, y el culo por los azotes. Tantas galletas desaparecidas iban a ser imposibles de disimular. Me mordisqueé una uña. Mamá dice que eso no se hace, pero a mí me ayuda a pensar.

–Algo habrás hecho, o algo habrás dicho. Venga, cuéntame si habéis hablado de algo.

–No. Bueno, solo de lo de su padre. –Mamá nos había dicho que teníamos que ser cariñosos cuando doña Encarna viniera a casa porque su padre se había ido al cielo–. Te prometo que he sido buenísimo. Le he hecho caso a mamá. Pero doña Encarna se ha enfadado cuando la he consolado, y luego ha venido la tata Rosarito y cuando se lo he contado, se ha enfadado también y se ha ido corriendo a buscar a mamá. –Cogió otra galleta y se comió la mitad de un solo bocado.

–Pero ¿qué le has dicho a doña Encarna? ¿Y por qué se ha enfadado la tata?

Intentó contestarme con la boca llena y no pudo porque se le escapaban más miguitas. Cogió una bien gorda del suelo, se la volvió a meter en la boca y se encogió de hombros otra vez. Esperé a que terminara de tragar. Soltó uno de esos eructos que a mí no me salen nunca, y suspiró satisfecho antes de seguir hablando.

—Solo le he preguntado a doña Encarna que si está triste porque su papá se ha ido al cielo. Y he hablado suave y sin gritar, como dijo mamá.

Me quedé mirando a mi hermano y puse ojos de china para que Daniel supiera que no me iba a conformar con eso. Se dio cuenta, claro. Él y yo nos entendemos a veces así, con la boca cerrada, porque tenemos poderes en los ojos. Siguió con la explicación.

–Doña Encarna me ha dicho que sí, porque le gustaría estar al lado de su papá. Y entonces se me ha ocurrido una idea chula y se la he contado. Le he dicho que voy a pedirle al Señor que ella se muera pronto para que puedan estar juntos. ¡Y yo podré jugar más rato con mis amigos, y todos contentos!

–¡Daniel! –Yo sabía que algo fallaba, pero no daba con lo que era. Siguió hablando.

–Doña Encarna se ha puesto muy colorada, ha llamado a la tata, le ha dicho no sé qué y entonces se ha ido. La tata me ha preguntado que qué ha pasado con doña Encarna, y se lo he dicho. Y entonces ha empezado a regañarme y a decirme que a este paso voy a matar a mamá a disgustos.  Y como siempre me está diciendo lo mismo, he pensado que si se ha muerto el padre de doña Encarna a lo mejor es verdad que mamá también se puede morir un día de estos.

–¿Quéeee…?

–Pues eso. Así que le he dicho a la tata que si mamá se muere le voy a decir a papá que se case con ella, porque yo a la tata Rosarito la quiero mucho, pero no me hace ninguna gracia tener una madrastra. Que ya sabes lo que pasa con las madrastras, Espe…

En mi cabeza no cabían tantas cosas y no sabía que contestar. Daniel continuó con sus explicaciones.

–Entonces la tata se ha puesto muy nerviosa, y ha llamado a mamá. Le ha dicho que estoy como una cabra, y le ha contado lo de doña Encarna, y que yo le iba a decir a papá un disparate, y que a ella se le iba a caer la cara de vergüenza y no sé qué más. Y entonces se ha ido a su cuarto, mamá me ha mirado raro y se ha ido al despacho de papá.

–Pero… –callé. Seguía sin saber qué decir.

–Como falta un rato para merendar y me muero de hambre, he pensado coger alguna galleta. Y entonces has llegado tú.

En ese momento papá y mamá entraron en la cocina. Vieron la silla arrimada a la encimera, las miguitas por el suelo, y a Daniel con la pechera llena de restos de galletas de chocolate. Los cuatro nos miramos con cara de estatuas. Mamá fue la primera en hablar.

–¡Pepe! Haz algo, por lo que más quieras. Yo no puedo más. –Mamá se echó a llorar y se dio la vuelta para salir de la cocina–. ¡Cualquier día llamo a Herodes!

Yo ya sabía quién era Herodes. A Daniel le encantaban las historias que les contaban en la catequesis, y las compartía conmigo. Papá miró a mi hermano como diciendo “ya hablaremos luego”, y salió detrás de mamá.

Miré a mi hermano. Se agarraba el cuello con las manos y creí que estaba preocupado por el castigo que seguramente le caería encima, pero por una vez no era eso lo que le inquietaba. Lo comprendí cuando abrió la boca y me preguntó con la cara muy seria:

–Espe… ¿tú crees que Herodes tendrá teléfono?

Adela Castañón

Imagen: Shutterstock

Agua del cántaro

De las fragolinas de mis ayeres

Dionisia bajaba todas las tardes a la fuente a buscar agua fresca para los hombres que llegaban sudorosos del monte. Ese día, como los anteriores, cogió el cántaro que guardaba en el brocal del aljibe del patio y se lo puso en la cadera. A las siete en punto salió por la puerta delantera de su casa, que estaba a las afueras del pueblo, y enfiló la pendiente que llevaba hasta el Arba. Anduvo sola hasta la Peña de Tolosana. Allí se sentó y esperó a que llegaran sus amigas.

Dionisia era la más puntual. No perdía tiempo en arreglarse como sus amigas. Y todo porque su madre, que pensaba aún no le había venido la regla, a los catorce años no la dejaba pintarse ni usar enaguas almidonadas.

—Ya tendrás tiempo cuando seas moza casadera. Entonces sí que tendrás que engalanarte para que se te acerque algún mozo y no quedarte para vestir santos.

—¡Calle, madre! —Dionisia se tapaba las orejas con las manos.

—¿Qué me calle? Vamos, no se puede llegar a más. —Entonces levantaba el índice amenazante—. Un solterón aun sirve para algo, pero una solterona es la peor desgracia que le puede caer a una familia.

Cuando vio llegar a las amigas por la revuelta del Peñazal, se unió a ellas y continuaron todas juntas, quitándose la palabra las unas a las otras:

—Mirad, este lazo rojo me lo regaló Juan para la sanmiguelada —decía Quiteria.

—Pues a mí me dijo Jorge que me traería unos pendientes de la feria de Ayerbe — contaba Jacoba.

—Anda, eso no es nada. A mí Felipe me va a comprar el anillo de pedida —terciaba Blasa.

En medio del griterío Dionisia callaba y miraba al suelo para no tropezar con las piedras del camino. Pues sabía que si se le rompía el cántaro su madre no le compraría otro.

En la bajada se daban prisa para llegar antes que los mozos. Hacia las siete y media ya habían llenado los cántaros y se divertían remojándose con el agua de la fuente. Ese día Dionisia se alejó del grupo y se sentó pensativa. Al poco rato llegaron los mozos a abrevar las caballerías. Les soltaron los ramales y las dejaron beber mientras ellos se acercaban a las mozas. Con el reencuentro se acabaron los juegos y comenzaron las conversaciones pícaras. Dionisia los miraba como si nada de eso fuera con ella.

Cuando las caballerías dejaron de beber, emprendieron la vuelta al pueblo. En la subida, las mozas ya no iban tan dicharacheras ni tan alegres. Caminaban muy concentradas, junto a los mozos. De vez en cuando alguna pareja se apartaba un poco para hablar a solas.

A Dionisia, que iba rezagada y encogida, como si se avergonzara de su cuerpo de niña, se le acercó el mozo más joven y le dijo:

—Yo sé lo que te pasa. Y te voy a esperar.

Se puso tan nerviosa que dejó de mirar al suelo. Entonces tropezó, se le cayó el cántaro y se hizo añicos. Notó algo húmedo entre las piernas. Se decepcionó al ver que sólo era el agua del cántaro que se le escurría por las enaguas.

Dionisia no dijo nada, siguió andando unos pasos, volvió la cabeza y vio el charco junto a una piedra, en el último recodo del camino. Sintió una punzada en el pecho. Sólo ella sabía que hacía tres meses que había tenido la regla por primera vez y que después del encuentro con Manuel ya no le había vuelto a venir.

Cuando llegaban al pueblo sonaban las campanadas del reloj de la torre. A esa hora llegaban los hombres del monte y su madre esperaba el agua para llevarla a la mesa. A las ocho en punto entró en su casa, se apoyó en el brocal, contempló su cara en el agua negra del pozo y oyó el eco lejano de los gritos de su madre:

—¡Dionisiaaaaa!, ¿dónde está el agua del cántaro?

Por las rendijas de la puerta entraban los silbidos del cierzo que arremolinaba las flores en el camino.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal. “Llenando el cántaro en la fuente de El Frago”, de Carmen Romeo Pemán.

Sinfonías del universo

El universo me susurra secretos al oído. Besa mis manos y bendice mi voz cada vez que me preparo para salir a escena. Puedo sentir los latidos del corazón en la garganta. Pero no estoy asustada, por el contrario, me siento pletórica.

Falta poco para presentarme en un escenario diferente. Nunca había estado aquí, en esta ciudad, en este país.

Sé que no hay rostros conocidos entre los asistentes y aun así puedo sentir su efervescencia tras las bambalinas. Demandan mi versión de carne y hueso.

Respiro profundo. Inhalo, exhalo. Me miro en el espejo del camerino y deslizo los dedos por mi cabello suelto. Estoy lista.

A unos pasos de la tarima elevo una plegaría al cielo y me lanzo a la escena. Las luces me encandilan, pero no son un impedimento para abrazar el instante perfecto en el que los aplausos disipan el silencio.

Sonrío al horizonte y me pongo de rodillas sobre el tapete de flores que forma parte de la escenografía. Agarro mi guitarra y suspiro. Me siento segura. Es mi talismán, mi amuleto de buena suerte, mi cable a tierra. Mi conexión con la mejor versión de mi misma.

Ajusto las clavijas y toco algunas notas para saber si mi compañera de viaje está afinada. El sonido es perfecto.

Las luces disminuyen su intensidad. Ha llegado la hora de entregarme.

Me llevo un mechón de cabello detrás de la oreja y en el momento en que mis manos tocan las cuerdas de la guitarra el universo expande a través de mi sus alegrías y desventuras.

Cierro los ojos y lo escucho. Me estremezco con la tibieza de su voz. No me detengo. Me dejo llevar. Canto mientras me rodea con sus brazos y me acaricia los labios con su aliento.

Todo a mi alrededor desaparece con su toque. Solo somos el universo y yo en una danza de alabanzas y mimos.

Aunque el tiempo se ha desvanecido ante el cortejo, la tercera estrofa llega para desgarrarme la garganta. Me duele el pecho y ahora el silencio me embriaga. Es el momento de cantar la última canción. Nunca quiero llegar hasta ella. Quiero cantar por siempre, en este escenario o en cualquier otro, en la calle, en la ducha, en el metro, en el tranvía, en la puerta de mi casa o en el parque de la esquina. El lugar no es esencial. Solo cantar. Cantar aferrada a algo más poderoso que mi voz. Abrazada al universo.

Respiro profundo.

El último acorde sale de mi guitarra. No es más por esta noche.

Abro lo ojos y todos los asistentes siguen ahí. Están sentados y me miran absortos como si les hubiera hablado en lenguas, como si hubieran presenciado un acto de magia. Sonrío y mi expresión descongela el silencio. Se deshacen en aplausos, se ponen de pie y dejan que las lágrimas salgan a raudales. ¡Nada importa! Lo puedo sentir. Se miran los unos a los otros y aplauden con más fuerza.

Piden una canción más, ¡están eufóricos!

¡Ellos tampoco quieren que el momento termine! Ansían extenderlo todo lo que sea posible.

Miro al productor y las luces se disipan de nuevo.

Tomo mi guitarra y la pongo sobre mi regazo. Cierro los ojos y me entrego una vez más a los caprichos del universo.

Mónica Solano

 

Imagen de Mónica Solano

Canciones de la noche de San Juan

Eva sabía que se había pasado con la sangría. Se preguntó por enésima vez qué hacía allí. En el fondo pensaba que sus compañeros de oficina ya eran mayorcitos para organizar una noche en la playa alrededor de la hoguera de San Juan, como si fueran todavía adolescentes con las hormonas revueltas por la gilipollez de la supuesta magia de esa fecha. Pero hubiera sido la única en no asistir, y no tenía ganas de destacar. A algún lumbreras se le había ocurrido la idea de darle esta fiesta de bienvenida al nuevo director de la empresa que, para colmo, a última hora había puesto la excusa del retraso de su vuelo. Todos decidieron ver amanecer en la playa y ninguno se había rajado, así que le iba a tocar aguantar el tirón y exponerse a pillar una pulmonía o un lumbago por pasar la noche sobre la arena en un saco de dormir. Y todo para hacerle la pelota colectiva a un jefazo del que ni siquiera conocía el nombre, pero al que la plantilla quería agradar. Según se rumoreaba, era un nuevo fichaje que convertía en oro todo lo que tocaba. Y nadie comprendía cómo había elegido precisamente esa oficina, cuando se lo rifaban en sucursales muchísimo más brillantes.

Eva pensó que, por lo menos, la mezcla de la sangría con el rumor de las olas le estaba haciendo más efecto que el orfidal que se tomaba todas las noches y que se le había olvidado en el cajón de su mesilla. Los párpados le pesaban y la música de una radio se sobrepuso a la música del mar. Sonaba a un volumen muy bajo, pero a Eva le pareció que las notas entraban en su cuerpo a través de la piel en lugar de hacerlo por el oído.

Reconoció la voz de Roberta Flack desgranando “Killing me softly with this song” y sonrió. El recuerdo de Rafa se coló en su sueño al ritmo de la melodía. Eva había empezado a salir con Rafa cuando tenía quince años, solo para demostrarle a Manu que era mentira lo que sus amigos del grupo de la parroquia consideraban un secreto a voces: que a Eva le gustaba Manu. Mucho. Y Rafa, que pensaba que se iba a encontrar con una calabaza mayor que la carroza de Cenicienta cuando le pidió que saliera con él, bendijo su suerte al encontrarse con un “sí”. Eva escuchó esa canción por primera vez en el club que el hermano mayor de Rafa había montado en un viejo garaje para reunirse con su pandilla. Cuando Rafa cumplió dieciséis, su hermano le abrió las puertas de ese mundillo de sofás con tapizados dispares, tocadiscos siempre en marcha, y un ambiente donde las mortecinas luces de colores se atenuaban todavía más por el humo de los cigarrillos clandestinos. La primera y única vez que Rafa se atrevió a llevar a Eva al club de su hermano, a la chica se le rompieron los esquemas. Envalentonado por el ambiente, y sin las restricciones que el párroco ponía en los bailes de su juventud, Rafa se aventuró a algún beso pecaminoso en el terreno prohibido del cuello, y empujó los codos de Eva hacia arriba para que los brazos de su novia le rodearan el cuello y dejaran de ser una barrera entre los cuerpos. Pero lo malo fue que Eva comprendió que esos cambios, que sabía que el cura jamás habría aprobado, le hubieran parecido el paraíso si su pareja de baile hubiera sido Manu. El romance con Rafa, que no duró ni un trimestre, murió sin pena ni gloria al día siguiente cuando Eva se armó de valor y le dijo que solo había salido con él porque pensó que se pondría muy triste si le hubiera dicho que no.

El graznido de una gaviota sacó a Eva de su sueño. Tenía la mejilla apoyada sobre la mano, y se sorprendió al notar que estaba sonriendo. ¡Qué cría era, Señor! Una niña bien, de colegio de monjas, tan boba y tan apocada que se asustó de la intensidad del primer amor que sintió por Manu. Y el miedo le hizo esconder la cabeza en otro amorío con el que su corazón no corriera riesgos. El recuerdo de Manu la había enternecido tanto que no le importó haberse despertado.

Prestó atención a los sonidos que la rodeaban. La misma radio seguía emitiendo y, para sorpresa de Eva, reconoció las voces de Alan Parsons Project entonando “Don’t answer me”. Ahora fue Edu el que se coló dentro de Eva de la mano de la melodía. Los ojos se le cerraron de nuevo. Edu. Su novio durante ocho años. Un novio formal de los de entonces, con el que empezó a hablar de planes de boda. Un novio confortable. Un novio comprensivo, que la dejó viajar a la ciudad donde vivió en su adolescencia para visitar a su mejor amiga, recién separada. Al verse allí, en aquellas calles, decidió pasar a saludar a algunos viejos amigos. No a todos, claro. Y, casualmente, estaba a dos pasos del portal de la casa de Manu. Echó a andar y se dijo que lo más probable era que ya ni siquiera viviera con sus padres. Seguramente habría terminado sus estudios y estaría trabajando Dios sabía dónde. Levantó la mano sin decidirse a pulsar el timbre. Un hombre que pasaba la miró extrañado y Eva lo apretó para no parecer boba. Abrió una tía soltera que la reconoció, a pesar de que había pasado más de una década, y la llenó de aquellos besos que todos temían porque les pinchaban con los cuatro pelos tiesos que tenía en el bigote, pero a Eva ya no le importó. Ni siquiera lo notó cuando oyó que llamaba al sobrino, y lo vio aparecer aún más guapo de lo que recordaba. Eva alegó que había ido a visitar a María ese fin de semana, y que al estar por la zona se le había ocurrido pasar para saludar “un momentito”. El momentito se convirtió en una invitación a tomar café, un paseo por el parque y una cena que terminó casi de madrugada porque Eva no tenía llave de la casa de María y no pudieron prolongarla más. Charlaron con la familiaridad que jamás habían conseguido cuando eran adolescentes. Se confesaron entre risas que los dos se habían gustado en el pasado, y la despedida en el portal de María se prolongó casi una hora. Ninguno quería ser el primero en decir adiós. Y Eva, de pronto, se dio cuenta de que llevaba horas con una amnesia selectiva. Había olvidado que tenía novio, que existía una persona llamada Edu a la que se suponía que debía respetar porque lo quería. Y el beso en los labios que los dos se morían por darse se convirtió, por culpa de la memoria recuperada, en un par de besos en la mejilla.

Cuando Eva regresó a su ciudad, Edu la notó distinta. Tan distinta, que entonces la prisa por hablar de boda le entró a él. Pero el daño ya estaba hecho. La ruptura le dolió a ella tanto como a él, que la sorprendió con un último regalo: el disco de Alan Parson Projects. Pero, como decía la letra de la canción, ni ella ni él podían cambiar ya nada de lo que habían dicho y hecho.

La gaviota insomne volvió a tirar de la conciencia de Eva, que abrió los ojos otra vez. La mano seguía bajo su mejilla y la notó húmeda. Quiso culpar al rocío de la madrugada, pero el picor de sus ojos lo desmentía. Pensó que ojalá se hubiera casado con Edu. Seguramente hubiera sido mil veces mejor que el infierno del matrimonio con Gerardo. El vello de los brazos se le erizó, y se arrebujó más en su saco de dormir. Recordó el falso paternalismo de su exmarido, su tiranía disfrazada de cariño, y se estremeció al comprender lo cerca que había estado de quedar anulada bajo el yugo de Gerardo. Menos mal que no habían tenido hijos. A pesar de los preservativos pinchados que ella descubrió, a pesar de la insistencia de Gerardo en hacer el amor durante sus días fértiles, a pesar de su pasividad de muñeca hinchable cuando dejaba su cuerpo en la cama de matrimonio para huir con su mente a los días de su adolescencia, de las reuniones de amigos alrededor de Manu y de su guitarra…

Un silencio súbito la sacó de sus ensoñaciones. La radio había perdido la señal, y ahora solo se escuchaba el crepitar de la estática. Eva pensó que ella, como la radio, también había perdido la señal en su vida. Se clavó las uñas en las palmas de las manos para abrir un agujero por donde la tristeza pudiera escapar de su interior. Pero el aparato se empeñó en llevarle la contraria y escuchó la voz de Alberto Cortez diciendo “cuando un amigo se va…” El rumor del mar había arreciado y la asaltó una oleada de autocompasión. Lloró durante un rato hasta que, por fin, se quedó dormida con la imagen de Manu como única compañía.

Faltaba poco para la salida del sol. La gaviota noctámbula debía haberse rendido al sueño y la despertaron unas hormigas madrugadoras que se paseaban con descaro por su cuello. Sus compañeros sacudían los sacos de dormir y los más previsores plegaban las telas de un par de tiendas de campaña que se habían llevado. Uno de ellos vio que Eva se incorporaba y la saludó con una sonrisa que jamás llevaba puesta entre las cuatro paredes de la oficina. Le dio los buenos días y encendió la radio, que alguien debió apagar durante la noche.

Estaba terminando una canción. Eva rezó porque sonara algo pachanguero, pero sus plegarias no llegaron a despegarse de la arena. El “Amor eterno” de Rocío Durcal acabó de darle la puntilla. Antes de que la melancolía volviera a escocerle en la piel, el ruido de una moto acalló a la radio perversa. Justo en el límite donde empezaba la arena, el motorista, sin quitarse el casco, se bajó y avanzó hacia donde estaba el grupo. Se colocó en el centro y quedó de espaldas a ella. Empezó a hablar mientras tiraba del guante de una mano con la otra, aún con el casco puesto.

–Buenos días a todos. Más vale tarde que nunca, dice el refrán, así que hice que me llevaran la moto al aeropuerto. No quería empezar a trabajar con mi nuevo equipo con mal pie, y el amanecer es un momento perfecto para que nos vayamos presentando. Antes de aceptar la oferta revisé las fichas de toda la plantilla. –Hizo una pausa y tomó aire antes de seguir–. Soy un desconocido para casi todos vosotros. Pero eso va a cambiar.

El recién llegado se quitó el casco y se dio media vuelta. Eva tenía el saco de dormir a medio enrollar y sintió como si toda la sangre de su rostro se escurriera de golpe. Los ojos no le habían cambiado con los años.

–Hola, Eva. –Sin el casco, la voz no sonaba ya distorsionada. Seguía siendo exactamente la voz de Manu, tal y como la recordaba.

Comprendió que se había equivocado. Sí que existía la magia en la noche de San Juan.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

Los primeros cigarrillos

De las fragolinas de mis ayeres

A los que aprendieron a fumar en la Casianería

Pili estaba jugando en El Fosal y se le pasó la hora de la comida. Cuando vio que eran cerca de las dos en el reloj de sol de la pared de la iglesia, echó a correr y llegó a su casa muy acalorada. Sus padres ya estaban sentados en la mesa con las manos juntas, como cuando se ponían de rodillas en el primer banco de la iglesia para seguir la misa con más atención. Su madre había levantado las cortinillas que tapaban el aparato de radio. Así llegaba la voz con más claridad y no tenía que oír siempre la misma monserga de su marido dando la matraca de que con ese trapo por encima no se enteraban de nada.

A la vez que ella se acomodaba en la silla, la voz del locutor invadió el comedor: Gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Presentes!

A continuación sonaron las primeras notas del himno nacional y los tres se quedaron callados escuchando el parte, que así se llamaba al diario hablado de Radio Nacional de España.

Pili no había entendido nada, además la abstraía la corbata raída de su padre. La sacó de su ensimismamiento el andar entrapado de su madre y el olor a garbanzos que despedía el puchero humeante. Lo llevaba cogido del asa con un trapo de lino. En ese momento, su padre levantó los ojos y se dirigió a su madre:

—Felisa, por favor, ¿puedes apagar ese cacharro? Ahora que ya ha acabado el parte tenemos que hablar. — La madre dejó el puchero en la mesa, apagó la radio y se sentó.

—Y tú, Pili, a ver si desembuchas, que ya me he enterado de tus andanzas.

—No sé a qué se refiere, padre. —Pili se esforzó en hablar con un tono de niña sumisa.

—Pues, ¿a qué me voy a referir? A que me he enterado de que te pasas todas las tardes fumando en un cobertizo con los chicos de la escuela.

—¿Quién le ha contado semejante mentira? —No pudo evitar que le subieran los colores.

—Quieres que te dé nombres, ¿verdad? Pues, no. Que de esto se ha enterado todo el pueblo, ¡menos nosotros! —Entonces se volvió a su mujer y le dijo: —Acabo de venir del estanco, ¿sabes?

—¿Pero a qué ha ido al estanco? —le preguntó su hija. Y abrió mucho los ojos—. ¡Si usted no fumaaa! —El rojo de las mejillas cada vez era más brillante.

—¿Pues a qué crees que he ido? —Sin darle tiempo a contestar siguió hablando: —A enterarme de quién le compra el tabaco al cura.

Pili hizo ademán de contestar, pero se tapó la boca con las manos. Su padre la fulminó con la mirada.

—¡Y vaya sorpresa! Cuando me lo dijeron lo negué. No me cabía en la cabeza que fueras tú. —Comenzó a chafar las migas de pan con el pulgar.

—Padre, déjeme que se lo cuente. —Pili apartó el plato de sopa que tenía delante.

—¿Qué me vas a contar? ¿Más trápalas? ¡Menuda liante estás hecha! —Levantó la mano— ¡Cállate y escúchame!

—Escúcheme usted a mí, por favor. —Casi le saltaban las lágrimas.

—¡Que no, que no! Que ya sé que le has dicho al estanquero que el cura te manda a comprar cuarterones de picadura y librillos.

—¡Y es cierto! —Levantó la cabeza y lo miró de frente—. Muchas tardes, cuando va al bar, me lo encuentro en la plaza y me dice: “Anda, Pili, hazme un recado. Cómprame tabaco. No te olvides de decir que es para mí”

—Sí, sí… antes se coge a un mentiroso que a un cojo —le dijo su padre con retintín.

—Padre, es que necesito que me crea. —Juntó las manos.

—Pues has de saber que también le he preguntado al cura, y me ha dicho que te ha mandado algún día, pero no tantos. —El padre iba subiendo el tono de voz. Pili se volvió hacia su madre. Pero Felisa siguió en silencio.

—Así que ahora mismo vas a decirme de dónde sacas el dinero y dónde escondes el tabaco. —Se limpió los labios y dejó la servilleta a un lado.

—Es que es un poco largo de contar. —Pili no pudo contener los hipidos.

—No te preocupes, puedo esperar. Tengo todo el tiempo del mundo —le contestó su padre. Se arrellanó un poco en la silla y cruzó los brazos.

—Pues verá. —Se quedó callada. No podía arrancar.

—Sigue, sigue, que te escucho.

—Pues verá. Resulta que usted, en la escuela, amenazó a los chicos. Les dijo que, si se enteraba de que fumaban, los castigaría y avisaría a sus padres.

—¡Pero yo no hice nada! Además, no entiendo qué tienen que ver aquí los chicos.

—Pues que ellos pensaron que yo me iba a chivar.

—¿Cómo? A ver, a ver.

—Sí, le digo que fue culpa de los chicos. Entre todos me obligaron a fumar. —Como si acabaran de darle cuerda, no se podía parar—. Me dijeron que tenía que arreglármelas para conseguir el tabaco sin que el estanquero sospechara que era para ellos.

—¡Ah, claro! —El padre se golpeó la frente—. ¡Ya entiendo! Entonces te ofreciste a ir a comprar el tabaco del cura, ¿no?

—¡Pues no! En eso está usted muy equivocado. Está mezclando dos cosas. Una son los chicos y otra lo que el mosén me pidió.

—¿Y tú también vas con los que le quitan las colillas que se deja guardadas para después de la misa en un agujero de las piedras de la pared de la iglesia?

—¡Pero qué mentiroso es este cura! —Se puso de pie—. Si las deja tan chupadas y mojadas que ya no hay quien se las fume.

En ese momento terció la madre que hasta entonces no había metido baza.

—No hace falta que saquéis tantos trapos sucios —Se giró un poco y se dirigió a su hija: —Mira, yo ya me había dado cuenta de que la ropa te olía a humo.

—¡Lo que me faltabaaa! —exclamó el padre.

Pero la madre hizo como que no lo oía y le siguió hablando a su hija:

—Y tú que no, madre, que es del humo del hogar. Y yo haciéndome la tonta, como si no supiera la diferencia que hay entre el olor del humo de la leña y el del tabaco. Y, si no, ¿de dónde te viene esa afición a masticar raíz de regaliz para quitarte el mal aliento?

El padre dio un puñetazo en la mesa y las dos mujeres se quedaron con la palabra en la boca.

—Tú, Felisa, empieza a servir la comida y calla, que nadie te ha dado vela en este entierro. —Su mujer bajó la cabeza y él se dirigió a su hija: —Ahora, Pili, vas a confesarme con quién vas y de dónde sacáis el dinero.

—¡Eso sí que no! Usted mismo me ha enseñado que no tengo que ser acusica. Y menos aún soplona de mis amigos.

—Pero esto no es una travesura de niños. Esto es un pecado muy grave. Y te lo tienes que confesar.

—¡Grave será para usted!

—¿Qué formas son esas de contestar a tu padre? ¿No te das cuenta de que también el maestro de todos esos golfos que te has echado de amigos? Más te valdría ir con las chicas.

—¡Que aproveche! —le contestó Pili y dejó doblada la servilleta junto al plato de sopa que su madre le acababa de servir.

A continuación salió del comedor y, mientras bajaba las escaleras, se sacó un cigarrillo, aplastado y mal liado, que lleva escondido en el sujetador. Salió a la calle y, en la esquina del fumadero de casa Casiano, divisó a unos colegas que le estaban dando la bienvenida con eso de Una marcha en fa, una marcha en fa mayor, una marcha por favor, para la hija del amor.

Carmen Romeo Pemán

Pido la palabra: Mamá no se esconde

Hoy, en Pido la Palabra, tenemos el gusto de compartir con vosotros un relato que su autora, Vanesa Sánchez Martín-Mora, ha publicado hace poco en Moon Magazine. Vanesa nació en 1982, en un rincón de Extremadura, y ha sido alumna de técnicas narrativas del escritor y profesor Néstor Belda. Como ella misma nos cuenta, “siempre he sentido una gran pasión por las historias que duermen entre las tapas de un libro, pero fue hace poco cuando decidí que era hora de contar las mías”.

Le agradecemos que haya querido visitar nuestro blog para traernos esta historia que es breve en palabras, pero intensa en contenido. Y seguro que la disfrutaréis tanto como nosotras.

***

MAMÁ NO SE ESCONDE

Cuando lo he oído llegar dando golpes como siempre, he corrido a esconderme. Esta vez he cambiado de escondite porque casi siempre me encuentra, y cuando lo hace, al día siguiente, no puedo ni moverme. Ha preguntado: “¿Dónde está mi cena?”, y ha tirado la cazadora al sillón que hay cerca del televisor, en el que no nos deja sentarnos ni a mamá ni a mí. Mamá está en la ducha, no creo que lo haya oído. Hace unos minutos me ha dicho: “ponte el pijama, cielo”, y ha entrado corriendo al baño. Sabe que algunos días papá tarda en acostarse y tengo que dormir en mi escondite. Cuando llega se enfada si no está aseada para encerrarse con él en la habitación durante un rato. Y cuando pasa eso, los golpes que le da a mamá son más fuertes. Mamá siempre me dice: “tranquilo, cielo. No duelen mucho. Pero sé que no es verdad. A mí me duelen que te cagas. Hoy, desde donde me he escondido, puedo ver la puerta del baño. Papá la ha roto de una patada, ha sacado a mamá de la bañera, la ha agarrado del pelo y le ha dicho: “eres una hija de puta con suerte porque vengo muy cachondo”. No sé lo que significa puta, pero se lo dice todos los días. A lo mejor no es algo malo y se lo diga para que mamá no llore tanto. Papá ha dado tal portazo al entrar en la habitación que se han movido las perchas que hay encima de mi cabeza. Sé que ha sido él. Últimamente mamá no tiene fuerzas ni para sujetarme la mochila cuando me recoge en el cole. Estoy oyendo mucho ruido. Es raro. Cuando se encierran en la habitación no suelo oír nada. Papá acaba de decir: “verás como ya no te quejas más, zorra”, y ha salido de la habitación. Lo sé porque le he visto cruzar a la cocina. Se ha manchado la ropa de algo rojo. Se acaba de sentar en su sillón con un botellín en la mano. A mamá ya no la oigo, seguro que se ha quedado dormida de cansancio.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen: Pixabay

Una historia de súper héroes

Hace unas semanas asistí a una jornada sobre autismo organizada por la Asociación Principito. Me emocionó tanto la intervención inaugural de Rosa María Benítez que le pedí permiso para compartir sus palabras. No solo me autorizó, sino que también tuvo la generosidad de enviarme el texto de su intervención. Y ese texto viste hoy de gala nuestro blog. Os dejo con Rosa y con su historia. No necesita más presentación.

*****

UNA HISTORIA DE SÚPER HÉROES

Como decía, soy Rosa y soy mamá y soy maestra y mi mundo es azul.

Si me lo permitís os voy a robar unos minutos para contaros una historia. No una de príncipes y princesas sino de superhéroes, pero de esos sin capa ni antifaz, sólo con su incansable espíritu de lucha como bandera. Os voy a contar una historia de papás y mamás luchadores.

Había una vez una hermosa pareja con un hermoso proyecto en común: querían tener un bebé. Después de nueve largos meses de espera llegó a casa… llamémosle Juan e iluminó a todos con su presencia.

Juan crecía en una preciosa familia llena de amor, cariño y comprensión. Todos admiraban lo grande que era, cómo sonreía o incluso cómo comenzaba a balbucear:

—Cualquier día se nos arranca con una palabra— decían felices los abuelos.

Pero ese día no llegaba.

Mamá y Papá mostraban con orgullo lo listo que era su retoño. Tanto que, apenas comenzó a comer purés, cogía su cuchara y comía solo y se enfadaba si Papá intentaba dársela. Y por supuesto el biberón también se lo tomaba solo, porque era un bebé súper independiente.

No anduvo de los primeros en el grupo de amigos, pero al final lo hizo y era un experto en dar vueltas alrededor del columpio en el parque.

Pero Juan todavía no se arrancaba a hablar.

—Ya verás que cuando menos lo esperes se arranca, tú tampoco fuiste el más rápido entre tus primos— comentaba la abuela, orgullosa con Juan en los brazos.

Una tarde, mientras Juan jugaba a hacer torres y filas de colores con sus bloques, Mamá lo llamó para darle su merienda y ni se inmutó. Lo volvió a llamar, se acercó y lo tocó y Juan la miró con una mirada perdida, como si fuera una extraña.

Ya habían pasado unos dieciocho meses desde que lo pusieran por primera vez en sus brazos. Y la sonrisa brillante de Mamá se puso un poco gris. Porque Juan:

  • No habla.
  • Le gusta correr dando vueltas.
  • Lo llamas y no te mira.

La sonrisa de Mamá es gris y decide consultarlo con Papá:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a la abuela:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta al pediatra:

Le dice que exagera, que no es nada. Pero Mamá que siempre duda pregunta a Google:

Y lo que ve le da miedo, tanto, que un frio helado entra por sus pies y lentamente le recorre todo el cuerpo y la paraliza. Y por un tiempo deja de preguntar.

Todos la aconsejan, todos le dicen que ve fantasmas. Las personas más mayores incluso le dicen que de tanto nombrar a la calamidad le va a llegar. Pero Mamá sabe que pasa algo.  No le pone etiqueta, pero pasa algo.

Por no escuchar más consejos, porque tiene que volver a trabajar, o porque cree que estando con otros niños se disiparán todos los fantasmas decide llevarlo a la guardería. Y con esa experiencia conoce una nueva faceta de Juan.

Siempre tienen que ir por las mismas calles y, si eligen otra, le entra una cólera incontrolable. Entonces el sentimiento de culpa invade a Mamá porque piensa que esa rabieta es de niño malcriado.

Cuando entra en la guarde, aunque Mamá pone la más alegre de sus sonrisas, Juan se agarra a ella como si entrar en aquel lugar fuera una tortura para todos sus sentidos. Y el sentimiento de culpa de Mamá crece porque siente que lo está abandonado en manos de unas extrañas.

Y así día a día con infinita paciencia. Y nada cambia. Pero un día Papá se acerca con sigilo a Mamá y le comenta con voz preocupada que ve algo extraño en Juan, que hay veces que está en su propio mundo, que se evade del de ellos.

Mamá suspira aliviada, ya no está sola en su lucha interna. Y, como un torbellino, le cuenta de nuevo a Papá todas sus preocupaciones. Deciden ir a la guarde y hablar con su seño. Quieren compartir con ella sus desvelos y la seño les confirma sus sospechas. Y en ese momento descubren que en su vida hay un monstruo.

Un monstruo enorme contra el que tienen que luchar. Además saben que cuanto antes lo identifiquen más fácil será su lucha, porque solo así:

  • Podrán ponerle ojos y cara.
  • Podrán mirarlo de frente.
  • Y podrán buscar herramientas para combatirlo.

Ahora sí que vuelven al pediatra con la fuerza suficiente para no aceptar un no, con la seguridad de que necesitan buscar ayuda, y finalmente salen de la consulta con una derivación al Centro de Atención Temprana.

Preparados para esa primera cita Mamá y Papá toman de la mano a Juan y, aunque tiemblan como hojas, llevan su sonrisa puesta. La sonrisa de lo transitorio, la sonrisa que cree que allí está la solución a todos sus problemas, la sonrisa que les da la esperanza de que en un par de meses todo se arreglará.

Pero, como en las horas anteriores al alba, salen de allí con un destino más oscuro. Después de una hora de intensas preguntas y de un continuo cuestionarse si lo que han hecho hasta ahora con Juan está bien, les entra la duda de si allí está la solución a todos sus problemas, si van a ser capaces de afrontar todos los retos que les han planteado. Aunque salen con unas energías desbordantes para comenzar a trabajar con Juan porque quieren ver ya los resultados.

Pero, como en las horas anteriores al alba, sigue estando todo muy oscuro y trabajar con Juan no es tan sencillo, “traerlo a nuestro mundo” o “conectar con el suyo” no es posible todos los días. Y Mamá y Papá siguen luchando.

Pero, como en las horas anteriores al alba, la oscuridad persiste y al final se ve al monstruo.

Un día, después de varios meses de evaluación, de numerosas sesiones, pautas y de mucho trabajo, la psicóloga del Centro los llama a su despacho. Un despacho de paredes blancas y muebles claros, un despacho con muchas imágenes colocadas de forma estratégica en cajas, en la pared, en la mesa,… y se sienta y les habla y de repente comienza a hablar de su monstruo:

  • Le pone ojos cuando dice que Juan no fija la mirada.
  • Le pone boca cuando habla del escaso desarrollo del lenguaje de Juan.
  • Le pone manos cuando habla de la hipersensibilidad al tacto.
  • Le pone cuerpo cuando habla de la necesidad de Juan de llevar ropa holgada.
  • Le pone pies cuando explica por qué Juan a veces corre y se balancea de manera descontrolada.
  • Y le pone nombre cuando lo llama AUTISMO.

Entonces dejan de escuchar, vuelven a casa con un sueño roto, con una pesadilla en sus manos y comienzan su duelo porque se les ha caído ese castillo de naipes que era su futuro idealizado.

Llegados a este punto debo pararme. Cuando empecé a hilar este cuento, no quería que fuera una historia triste, porque yo, hoy, ya no estoy triste con mi cuento, ni creo que nadie deba estarlo. Pero sí creo que para sentir una alegría plena primero se ha tenido que carecer de ella. De este modo podremos saborearla cuando está cerca. Sentirla y disfrutarla cuando nos llega. Por eso creo que este cuento no estaría completo si hubiera obviado la parte triste, ya que, aunque no nos guste, la tristeza también es necesaria.

Como os iba contando, aunque en las horas anteriores al alba todo es oscuro, siempre llega el alba y detrás de ella también la luz radiante de un nuevo día. Esto también les pasó a la Mamá y el Papá de Juan. Les llegó el alba y con ella todo un trabajo enorme: leyeron, se informaron, iniciaron terapias (algunas más fructíferas que otras) y empezaron a ser muy críticos con toda la información que les llegaba, porque no todo vale, porque cada persona es única porque nadie mejor que ellos conoce a Juan y sabe lo que realmente le funciona.

Poco a poco Mamá y Papá iban dominando al monstruo, porque sabían que solo trabajando con Juan lo mantendrían a raya. Juan cambió, aunque no fue sencillo ni inmediato. Un día, así sin pensarlo, Juan miró a Mamá a los ojos y le regaló una sonrisa. Otro día, Juan señaló a Papá el coche con el que quería jugar aquella tarde. Y otro día, los cogió de la mano y mirándolos a los ojos les dijo MAMÁ y PAPÁ.

Durante este tiempo Mamá y Papá aprendieron que la vida era como una montaña rusa, unas veces estaban arriba disfrutando y otras abajo luchando, pero siempre juntos sentados en la misma vagoneta. Mamá y Papá también aprendieron que el monstruo muchas veces cambia de cara y hay que volver a identificarlo:

A veces es una entrevista en la USMI, a veces una cita en el neurólogo, a veces toda la burocracia que hay que vivir para solicitar una beca, una ayuda o llegados al caso la Ley de Dependencia o la tramitación de la Discapacidad (que ya la palabra es horrible de por sí).

Mamá y Papá siempre recuerdan uno de los monstruos que más miedo les dio: El día que Juan entró al cole. Además este monstruo tenía muchos brazos. Brazos como tentáculos que los atrapaban:

  • El dictamen de escolarización previo, con el rosario de nuevas entrevistas con psicólogos para volver a contar como era Juan, el rosario de fotocopias de todos los informes que había que adjuntar, el rosario de medidas que iban a poner a Juan en el cole.
  • El no saber cómo iba a estar Juan en el cole: ¿Lo comprenderá su seño? ¿Tendrá amiguitos? ¿Sabrán dejarle su espacio cuando lo necesite? ¿Sabrán animarlo para unirse al grupo? ¿Soportará bien el ruido de una clase con más niños? ¿Estará preparado para recibir tantos estímulos?
  • ¿Se habrá planteado todas estas cuestiones algún docente cuando le ha llegado un niño autista a su aula?

A pesar de todo, finalmente Mamá y Papá le pusieron cara también a este monstruo. Aunque siempre con el pellizquito, hoy respiran y disfrutan nuevamente de la subida de la montaña rusa. Juan es feliz en su cole. Juan tiene amigos. Juan se relaciona con los niños, Juan es Juan, es Valentina, es Adrián, es Amir, es Álvaro, es Pablo, es José, es Carlos, es Víctor, es Nico, es Myriam, es Lucía.

Y en esa subida de la montaña rusa Mamá y Papá pasan tres años, cuatro años, cinco años en esa vagoneta siempre juntos y con esa barra de seguridad que es la psicóloga del Centro de Atención Temprana, sus terapias y sus desvelos para que Juan y su familia siempre avancen, nunca se rindan y continúen dentro de la montaña rusa que es su vida.

Un día, así como en un suspiro, llega el sexto cumpleaños de Juan y lo que debería ser una semana frenética de preparativos para la fiesta se convierte en algo lúgubre y triste porque, no se sabe bien por la decisión de qué experto, después de cumplir los seis años Juan tiene que salir del CAIT. Y para ese monstruo a día de hoy nadie tiene herramientas con las que ayudar a ponerle cara. Y contra ese monstruo nadie puede luchar…

O puede que ya no sea así, puede que en esa montaña rusa Mamá y Papá ya no estén solos en su vagoneta. Es que, poco a poco, esa montaña rusa se ha ido convirtiendo en un punto de encuentro. En un hermoso tren azul lleno de ilusiones y esperanzas.

En ese tren todas las Mamás y los Papás se sienten acompañados en este nuevo camino. Al fin y al cabo, van en un tren azul donde las familias que se suben se sienten seguras y comprendidas, entendidas y apoyadas.

Para finalizar, me gustaría citar un fragmento de “El Principito”, de Antonie de Saint-Exupéry.  Ese libro nos ha enseñado muchas cosas a mis hijas y a mí:

—Adiós— dijo el Principito.

—Adiós— dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos—. Repitió el principito, a fin de acordarse.

*****

Creo que sobran comentarios. Solo me queda una cosa por decir: Gracias, Rosa.

Adela Castañón

Imagen: Asociación Principito

Un sueño que se desvanece

Acostada sobre la cama puedo escuchar mi respiración agitada. La frazada está caliente. Todavía huele a ti.

Otra vez estabas en mis sueños.

Con los ojos aún cerrados puedo ver tu sonrisa. Te iluminas cuando curvas los labios y me miras fijamente. Estoy entre tus brazos. Te estremeces junto a mí y no puedo dejar de mirarte. Te abrazo con más fuerza. No hay besos, ni caricias apasionadas. Abrazarnos es suficiente.

El despertador suena como todos los días y la luz se asoma entre las cortinas. Sumerjo la cabeza en la almohada y suspiro, no quiero despertar.

Con los ojos abiertos ya no puedo sentirte a mi lado. La tristeza aparece. Me siento perdida, estoy sola.

Quisiera que no fuera un sueño, sino un recuerdo. El recuerdo de cuando nos encontramos en la calle un día cualquiera y nos perdimos entre la multitud en ese instante en el que nos dijimos todo sin palabras.

Cada vez que sueño contigo me pregunto ¿por qué te desvaneces al amanecer? ¿Dónde estás?

Me paso la mano por el rostro para secar el sudor de una noche agitada. Aún tengo tu aroma en mis dedos.

Me oculto entre las cobijas y puedo sentir tu piel muy cerca de la mía. Esta vez es diferente, aún estás aquí.

Me quedo inmóvil, en silencio. Cierro los ojos y puedo verte de nuevo.

 

Mónica Solano

 

Entrada de Pete Linforth

Pedid y se os dará

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

Ella asiente con los ojos bajos. Sabe muchas cosas. Sabe que a él no le gusta que lo mire de frente. Nota la mano de su marido en el hombro, inclina el mentón un poco más para que no la vea tragar saliva y consigue mantener el control de su cuerpo. Cuando la mano asciende y le roza la mejilla, no se estremece ni mueve un músculo. Vuelve a escucharlo:

—La próxima vez, si el pediatra del niño va con tanto retraso, te vuelves a casa. Antes paras en la farmacia, le compras cualquier cosa para la fiebre, y sacas cita para otro día. Tienes que usar la cabeza para algo más que para ponerte los rulos, mujer, que no es tan difícil. Así el niño cena a su hora y su padre, que soy yo, también. Y todos contentos.

El silencio dura un segundo. Dos. Tres. Ella cuenta mentalmente. Eso significa que le toca responder. Abre la boca, esperando acertar.

—Tienes razón. Eso haré.

El roce de los dedos en su mejilla se repite. Menos mal. En su cerebro, una bombilla imaginaria, como la de algunos concursos de la tele, se pone en verde. “¡Respuesta correcta!” Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—Ea, para que veas que no pasa nada llama por teléfono y encarga una pizza, anda. Que si te pones ahora a preparar algo, en lugar de cenar vamos a desayunar.

Siente que la mano deja de rozar su piel. Por fin. Él se tumba en el sofá y aprieta un botón del mando de la tele. El partido de futbol está a punto de empezar. Gira el cuello un poco para gritarle dos palabras antes de prestar atención a la pantalla:

—¡De pepperoni!

Ella descuelga el teléfono fijo. Marca lo más despacio que puede, intentando mantener una cadencia constante, a la vez que cuenta mentalmente: “uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Cuando llega al seis, aprieta el botón que tiene dibujado un minúsculo teléfono rojo, para colgar. Se esfuerza en abrir un poco más el ojo derecho y una gota de sudor le cae por el párpado izquierdo. Menos mal, porque ese lado de la cara es lo que tiene peor y así el ojo no le escuece. El párpado está tan hinchado por el hematoma que por ese lado no ve, y el sudor ni siquiera atraviesa las pestañas. Manteniendo el ritmo intenta que los dedos no le tiemblen al marcar los tres últimos números. Sabe que él es capaz de estar escuchando el click cada vez que pulsa una tecla, y que lleva la cuenta de las veces que ha marcado. Pero ya es tarde para volver atrás. Su ojo bueno se concentra en el teclado, y su dedo teclea como un metrónomo los tres últimos números: 112. Contiene la respiración mientras escucha como se repiten los tonos de llamada. Cuando alguien descuelga, suelta el aire procurando no hacer ruido.

—112. Le atiende Jose. —la voz pone el acento en la primera sílaba. Suena cercano—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas noches. —Ella se sorprende de la firmeza de su voz. Se escucha hablar como si se hubiera desdoblado en dos, y su otro yo estuviera observándola—. Por favor, quería encargar una pizza a domicilio.

—Disculpe, se ha equivocado. Ha llamado al 112.

—Espere un momento, por favor, que voy a preguntar. —Gira el cuello y eleva el volumen para que su marido la escuche. Mantiene el auricular cerca de su boca—. ¿Mediana o familiar?

Su marido le contesta sin apartar la vista de la imagen de la tele. “¡Familiar! Me muero de hambre, joder”. Ella siente deslizarse una lágrima por debajo del párpado derecho, el único que está medio abierto, y se pone de espaldas al salón, aunque sabe que su marido no puede verla desde donde está. Pero toda precaución es poca. Aprieta tanto el auricular que los nudillos despellejados se le abren y el del meñique empieza a sangrar.

—Sí. Familiar. Por favor.

—Señora, está hablando con un servicio de emergencias.

—Sí. Vale. —Traga saliva. Se arrepiente de lo que está haciendo. Esto no puede salir bien. Piensa en su hijo, encerrado en su dormitorio—. Por favor, con doble de tomate.

Al otro lado del hilo, el teleoperador siente como si alguien hubiera bajado varios grados la temperatura del aire acondicionado de la sala.

—¿Está sola en su casa?

—No. —¡Por favor, por favor! Su cerebro empieza a salmodiar ese mantra mientras su voz continúa hablando por libre—. No hace falta ningún otro extra.

—¿Está en peligro? Diga solamente sí o no, si no puede darme más información.

—Sí. —Los dientes empiezan a castañear. Aprieta con fuerza la mandíbula. ¡No puede echar a perder todo ahora! Consigue controlar el temblor y recuerda la contestación que le ha dado su marido—. Nos vamos a morir de hambre. ¿Tardará mucho?

—Deme la dirección. No se preocupe. Voy a mandarle ayuda. Tranquila. No la pondrán en más peligro, se lo aseguro.

Ella le da la dirección, y cuelga. Vuelve a escuchar la voz de su marido.

—¿Cuánto van a tardar?

La mujer se queda bloqueada. Los dientes vuelven a sonar como castañuelas. El volumen de la tele funciona como una barrera de seguridad de doble dirección. Él cree que ella no lo ha oído, y ella siente el alivio de que él no escuche el tableteo de su pánico.

—¿Estás sorda, o qué? ¿Para cuándo la dichosa pizza?

—Media hora. —Ha dicho lo primero que se le ha ocurrido—. Tienen muchos pedidos.

—Claro. El puto futbol. Pon más cerveza a enfriar.

*****

Dos semanas después suena el timbre de la puerta y ella se levanta del sofá de un salto, completamente desorientada. Ha cambiado de sitio los muebles del salón. Ha comprado una funda nueva para el sofá, y ya hasta se recuesta allí por la noche, con la cabeza de su hijo apoyada sobre sus muslos. Los dos se alimentan del contacto físico. Desde hace dos semanas no hay nadie en la casa que le diga al pequeño que su madre lo va a convertir en maricón con tanto sobeteo. Posiblemente el hombre siga gritando, pero el sonido de la cárcel no llega hasta el refugio que son ahora las cuatro paredes. La mujer se pone de pie y se acerca a la puerta. Abre una rendija, sin quitar la cadena de seguridad. Al otro lado de una caja de cartón con publicidad de Tele Pizza, un hombre joven sonríe. De la caja emana un olor que la hace salivar. Se relame sin darse cuenta. El hombre piensa que nunca ha visto un gesto que le resulte a la vez tan erótico como tierno.

—Buenas tardes.

Ella no contesta. Se muerde el labio inferior con los incisivos superiores. Sus ojos se mueven a toda velocidad. Van desde el suelo hasta la barbilla del supuesto pizzero, sin atreverse a mirar más allá de su nariz. El de la pizza se ruboriza, aunque sabe que él no tiene la culpa de que ella esté tan asustada. Baja un poco la caja hacia su cintura y da un paso atrás. Para evitar que esa mujer, a la que ahora le pone cara después de imaginarla dos semanas, se asuste más, sigue hablando:

—Me temo que hace quince días dejé medio pedido sin atender.

Ella abre mucho los ojos. No va maquillada, aunque uno de los párpados todavía luce una sombra malva que le embellece el iris. La mujer parpadea muy deprisa, pero no puede evitar que sus mejillas se humedezcan. Sube una mano a la cadena de seguridad despacio, muy despacio, armándose de valor para ordenarles a sus dedos que descorran el cerrojo. El olor de la pizza es una tentación añadida. Y la voz del hombre suena aún más hermosa que por teléfono.

—Veo que le llegó la ayuda. Pero me temo que lo de la pizza se me olvidó. —Adelanta la caja con las dos manos como una ofrenda—. Tenga. Familiar.

A ella vuelve a llegarle el aroma. Piensa que la felicidad huele a Pepperoni, y sonríe.

 

Adela Castañón

Imagen: La voz del muro

 

No quiero ser monja, no

Las fragolinas de mis ayeres

No quiero ser monja, no

que niña namoradica so.

Anónimo. Lírica tradicional. La malmonjada.

Llevaba una semana nevando y el peatón correo no podía pasar el puerto con su saca al hombro. Aquella tarde llegó sin que nadie lo esperara: “¡Cartaaa de Sevillaaa!”.

Filomena se sobresaltó, dejó el costurero en el suelo y bajó corriendo al patio. Volvió a la cocina rasgando el sobre. Mientras su marido se calentaba los pies en el hogar, corrió los visillos del balcón para aprovechar bien la luz, se quedó de pie, apoyada contra los cristales, y comenzó a leer la carta en voz alta.

JHS

Queridos Babil y Filomena: espero que al recibo de la presente estéis todos bien, incluidos los niños, especialmente Isabel. Yo bien, gracias a Dios.

Cuando su hermana María se fue al convento, Filomena pensó que ya no los importunaría más. Por eso, cuando vio aquella letra picuda explotó. Nunca le perdonaría que se hubiera metido monja para tapar semejante chanchullo.

—Babil, ya te lo decía yo —dijo acercándose al hogar para que su marido la oyera bien—. ¿No ves qué beata se ha vuelto María?

Y, sin dar tiempo a que le contestara, comentó lo que acababa de leer:

—Yo bien, gracias a Dios —dijo con retintín—. ¿A qué viene eso de gracias a Dios? ¡Gracias a nosotros, que hemos cargado con su mochuelo! Y encima le dimos una dote como a la mejor novia del pueblo.

Babil, que conocía los estallidos de Filomena, agacho la cabeza. Como siempre repetía lo mismo, se sabía de memoria lo que iba a decir. Así que, en lugar de escucharla, dejó volar sus pensamientos: “Vuelta con la burra al trigo. ¿Qué querrá que le diga ahora? No se da cuenta de que María nos ha hecho un favor huyendo”.

Se revolvía un poco en la cadiera y seguía con su martingala: “Desde el primer momento la vi venir. Cuando la caté me dejó encandilado. No había conocido a ninguna moza que follara como María. Y a la mañana siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¡Hala! todos a rezar el rosario. Hasta que se marchó tenía mortificada a la pequeña Isabel con tantas oraciones. Como si quisiera que la niña purgara sus culpas”

Filomena seguía con la carta en la mano esperando que le dijera algo. Pero él cada vez se concentraba más en sus cavilaciones: “Digan lo que digan, yo la echo de menos. Desde que se fue tengo que buscar alivio en otros andurriales. El médico me advierte que tenga cuidado, que puedo coger algún chancro”.

Se apretó las sienes con las yemas de los pulgares como si le doliera la cabeza.

“¡Todavía no he cumplido los cuarenta y ya estoy hecho un viejo! ¡Todo por culpa de esta mujer que me tiene en ayunas! Si no fuera la epilepsia, seguro que encontraría otra excusa”.

Filomena, se sacó un pañuelo de batista del bolsillo, se limpió una legaña, carraspeó un poco y siguió leyendo.

El motivo de la presente es comunicaros algunas decisiones de la Madre Superiora con respecto a mi caso.

—Si ya lo sabía yo, Babil —subió el tono de voz, como si le hablara a un sordo—. Sabía que no nos iba a dejar en paz ni a mil leguas de distancia. Como está muy reconcomida por dentro, andará revolviendo Roma con Santiago para salirse con la suya. Como si lo viera.

Dejó a un lado la carta y se rascó con fuerza los brazos, como si tuviera una urticaria. Tragó saliva y siguió:

Resulta que cuando acabé el noviciado y profesé los primeros votos, Babil me liquidó la herencia con dos hábitos nuevos, dos velos y cien pesetas

A Filomena se le quebraba la voz a medida que seguía leyendo.

Ahora, con motivo de los votos perpetuos, el señor Vicario ha revisado mis condiciones de ingreso y entiende que lo que vosotros me disteis era solo una dote, como la de una novia, pero no la mitad de un patrimonio familiar que había que repartir entre dos hermanas.

—¿No te lo decía yo, Babil? Es que no me hace falta seguir leyendo. Me dan ganas de quemar la carta. Mira, mira lo que dice la muy pécora.

Yo no recibí lo que me correspondía por haber fallecido mi hermano mayor, el heredero, sin descendencia ni testamento. Y, antes de que la Congregación emprenda una reclamación legal, me gustaría haceros una propuesta.

Como su marido estaba tan ensimismado y con la cabeza tan baja que casi le rozaba las rodillas, le espetó:

—¿Es que no piensas decir nada? ¡Como siempre! —Entonces un ligero temblor de barbilla la hizo tartamudear—. Des…desde que que María se fue al con… convento

Antes de que Filomena acabara el párrafo, Babil comenzó a atizar el fuego. Con el chisporroteo de las llamas, recordó las primeras imágenes de las dos hermanas en el velatorio de su hermano, el heredero, al que había acudido con otros mozos del pueblo.

“No me explico cómo me pude ofuscar tanto. La noche que vine a darles el pésame, me pareció que necesitaban un hombre. ¡Vaya ocasión! ¡No una, sino dos! ¡Y encima las dueñas de la mejor hacienda de la redolada! Así que aproveché el momento y, a los pocos días, me decidí a dar el paso. Filomena no se hizo de rogar. Aunque era la mayor, no había tenido ningún pretendiente”.

Filomena se giró hacia el hogar y notó que Babil tenía los ojos húmedos. Creyó que, como estaba demasiado cerca del fuego, se le habrían irritado por el humo. Si se hubiera fijado con más atención, habría podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza.

A estas alturas Babil ya no la escuchaba, ni le interesaba lo que decía la carta.

Como quiero servir a Dios, y no será posible si no recibo lo que me corresponde, y como ahora vais a tener más gastos con los estudios de los niños, la Madre General me dice que si vosotros entregáis mi parte, en pago a vuestro esfuerzo, la comunidad se encargará de la educación de Isabel.

Estas palabras la irritaron tanto que sus gritos se podían oír desde la calle.

—Mira que os resultó fácil esconder el embarazo de María. Que ni yo me enteré. Me dijiste que la llevabas a Jaca con los endemoniados para que santa Orosia le sacara el Gran Mal. Y cuando vi tu lunar en la espalda de la niña no me lo podía creer.

Filomena se frotó la nariz y bebió un sorbo de agua.

—El día que decidiste adoptar a la niña, María se fue a hablar con el cura para que le buscara una orden religiosa. Y ese día, las que estaban lavando con ella en el Arba la oyeron cantar eso de: “No quiero ser monja, no, que niña namoradica, so”.

De repente Filomena comenzó a echar espuma por la boca. Su marido la vio que se desplomaba y pensó: “¡Ojalá sea el último ataque! Que aún tengo redaños para buscar otra hembra”.

Sin nada más que deciros, se despide vuestra hermana, que lo es, María  Iriarte.

Religiosa profesa de velo y coro en la Congregación de las Hermanas de la Caridad

Babil acabó de leer la carta en silencio y la echó al fuego.

Inmaculada. No quiero ser monja

Carmen Romeo Pemán

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.