No todo es prosa: poema de otoño

Cuando dejo volar mi imaginación, escribo relatos.

Cuando hago trabajar a mi razón, redacto artículos.

Pero a veces dejo aflorar sentimientos y entonces escribo poemas como este poema de otoño.

Otoño,
caen las hojas,
siento penumbra en mi alma.

Hoy la naturaleza, complaciente,
ha vuelto a regalarme cobre y oro.
Unas hojas caídas, el ruido color sepia
que producen mis pies en los senderos,
cuando bajo mis dedos siento el suelo
alfombrado con esas hojas secas,
hojas tristes,
esas hojas sin vida,
desgajadas del tronco
que las alimentaba con su savia.
Savia que, generosa,
las vestía con una capa verde.

Ahora son solo restos en el suelo
que anuncian la llegada del otoño.

Y mi alma, desgajada como las hojas muertas,
le pone falta al sol, a ese sol que no llega,
que no logra atravesar ese muro de nubes
para darme el calor que yo quisiera.

Se me ha caído una lágrima dorada,
de polvo de hojas secas
que va dejando un surco en mi mejilla,
un surco que se llena de más lágrimas
y huellas de tristeza.

El chasquido de un ave haciendo nido
me hace elevar los ojos hacia el cielo.
Pero el niño verano ya se ha ido
y yo lo añoro triste, aquí, en el suelo
Porque su vuelo
nunca supe seguirlo.

Otoño traicionero, viejo, triste,
Otoño que te llevas mis quimeras,
Dime, ¿por qué viniste?

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Uno de esos días

Y entonces tienes uno de esos días de terror.

Estás muy enojada, no sabes por qué. Solo sientes la ira viajando por tus venas.

Quieres gritar, correr, maldecir, pero te quedas callada, en silencio, mirando por la ventana. Te gustaría abrirla y soltarles a todos que se jodan y luego saltar y sentir como el aire te rasga la piel y el contacto con el suelo te arrebata la vida. Pero no, aún no has llegado a ese nivel de cobardía.

Te tomas unos instantes para sentir la estupidez de tus pensamientos.

—¿Quién decide qué es estúpido y qué no? —te preguntas.

El deseo de acabar con una vida de desilusiones y despropósitos podría ser una revelación divina. Podría ser. Aunque también podría ser la voz maquiavélica de tu subconsciente que se ha tomado unas cuantas margaritas.

Haces una pausa. Juntas las palmas y pones las manos cerquita de la boca. Ese roce sutil y satinado te hace sentir mejor.

En ese toque acompasado sabes que estás lista para dar el salto. Pero no el salto por la ventana sino el salto a una nueva realidad.

Ahora te observas en el reflejo de la pantalla del ordenador. Ahí está esa mirada cómplice y decidida, la mirada que te gusta ver mientras escribes.

Puedes ver a esa mujer maravillosa y perfecta que está lista para luchar contra demonios y maleficios.

Tus ojos resplandecen y de repente las palabras se te amontonan en la cabeza. Te pican los dedos y te liberas cuando los pones sobre el teclado. ¡Eso es lo que amas hacer! Aunque el miedo a equivocarte te aceche y el deseo de perfección te acose en cada frase que escribes.

Te pones de pie y abres la ventana. Dejas que el aire entre y desordene las hojas que tienes sobre el escritorio.

Un olor a madera quemada se instala en la habitación. Proviene de una casa que está a un lado de la montaña. Te gusta ese olor, te recuerda de dónde vienes y hacia dónde quieres ir.

Inhalas hasta sentir que el aire se acuartela en tu vientre.

Renuevas tus anhelos con cada respiración.

El trágico deseo de morir se desvanece en la esperanza de vivir sin límites. De vivir.

Tantas noches preocupándote por el hacer cuando solo había una preocupación importante, que después de todo no era un problema.

Solo tenías que ser.

Abrir tus alas y volar.

Recordar que no eras, que nunca has sido, una víctima del mundo, una mártir de la nada. Que solo tenías que ponerte de pie y echarte a andar.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

“Antiguo sol naciente” de Pablo Gómez Soria

De mi baúl de lecturas

Hace un año os hablaba de Pablo y de su Navío en aguas turbias. Entonces os decía que su libro anterior había sido una revelación. Hoy, después de releerlo varias veces, sigo pensando que con Antiguo sol naciente nació un gran poeta. Por eso he vuelto, dispuesta a animaros a su lectura. Y me servirán de preámbulo las palabras de Gloria Cartagena, catedrática de literatura.

“Es una poesía de tono muy lírico, con emociones delicadamente sugeridas, y un lenguaje elaborado, que busca provocar extrañeza, y fuerza la expresión para extraer todo el contenido a las palabras. Los poemas están dotados de ritmo poético, cadencioso y solemne. Todos están envueltos en un léxico muy elaborado y culto, de expresión muy sugeridora, con un evidente eco del español clásico: hacer correr la sangre en resumido modo. El joven poeta llega incluso a crear neologismos como luz bañante, grandía de la vida, rituariamente”.

Los aspectos temáticos más sobresalientes son el tiempo como captura del instante, la fugacidad de la vida y su futilidad: Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir. Y el recuerdo y el ubi sunt planteado más como respuesta que como pregunta: Convendrás que murieron,/ su gallardía, su tesón, sus méritos perecieron con ellos. La reflexión sobre el tiempo va ligada a la reflexión sobre la vida en algún poema de final manriqueño: En deteniéndonos veremos/ que los pensamientos de magia/ Desaparecen, / que el vivir es silente”.

A continuación os dejo algunas notas de mi libreta de lecturas. Tomadlas como lo que son, unas anotaciones al margen de los poemas para despertar la curiosidad lectora.

Antiguo sol naciente

Es un título que nos hace sentir evocaciones de un espacio y un tiempo lejanos. Lo antiguo se convierte en actual con naciente. Un adjetivo que mira hacia el futuro. Desde la portada del libro nos asaltan las connotaciones míticas y un ritmo binario en el que se basan muchos de sus recursos estilísticos.

Antiguo sol naciente nos invita a entrar en un mundo de luz, presidido por un sol que une el pasado con el futuro. Es como la aguja de una brújula que orienta a los lectores. Desde el primer momento sabemos que nos aventuramos a un viaje de gran belleza estética por el mundo de la reflexión.

Cuando se nace

El primer poema es una reescritura del Carpe diem a la luz de los clásicos. Es un gran acierto comenzar con unos versos de Francisco Umbral: De los que olvidaron,/ el nombre de algunas flores,/ el perfume de algunas muchachas. Desde el primer verso Pablo levanta el vuelo hacia experiencias poéticas más profundas. Las imágenes y el decir son modernos, pero el contenido meditativo nos hace pensar en poetas clásicos, sobre todo en San Juan, y en la literatura medieval.

Algunas querrán recuperar el tiempo perdido,/ y será tarde/ ya habrán caído las nieves.

El tiempo perdido y las nieves nos recuerdan a Garcilaso, pero aquí enmarcan la expresión coloquial y será tarde. Basta con poner al lector sobre la pista, no hay que dar lecciones eruditas.

Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir.

Una verdad tan aplastante que resulta difícil de sintetizar. Estos dos versos se quedan colgados del lector y lo perseguirán en la lectura de todo el libro.

Al final del poema, oímos al yo poético que convierte la experiencia personal en antiguas leyendas, en una comunión del pasado y el presente como anunciaba en el título.

El vocabulario y el ritmo son muy ricos, operan por contraste. Detrás de una aparente sencillez se adivina su trabajo de selección.

Cuando contemplo el retrato

Aquí despliega gran poder de imaginación y trasforma la hermosura de la chica sonriente. Va más allá que Juan Ramón o Petrarca que no podían recordar a sus musas. Pablo sí que puede hacerlo y se imagina el cambio.

En deteniéndonos veremos

Ese verso nos deja clavados con el atrevimiento de este gerundio arcaico. Y el último verso es como un aldabonazo que se queda grabado a fuego:

El vivir es silente.

Los caballos del mar

Un poema con una anécdota narrativa que nos lleva a una lectura engañosa. Cuenta la historia de la escultura que mata a quienes se acercan.

Parece una alegoría o el relato de un mito clásico. Pero no. Debajo, agazapadas, están las verdades que trascienden el poema. Las verdades sociales y las personales. El yo social y el yo íntimo. La estética antigua y la moderna.

Imagino sus pasos

Con qué facilidad recupera el recuerdo de esta linda muchacha. Un marco poemático perfecto. Evoca un mundo que ya no es posible. Un ubi sunt renovado. Una gran capacidad para recrear mundos del pasado y del presente, personales y sociales.

Si mi ciudad fuese

Es un poema mayor, de grandes vuelos y grandes aciertos. Una reflexión muy madura, desde un punto de vista muy joven y con una arquitectura muy sólida. Cada una de las tres partes comienza con si mi ciudad fuese. A partir de esta estructura la composición se amplía en olas concéntricas.

Una triste reminiscencia

Es muy emotiva la pérdida de mis primeros amigos. En un ejercicio de contención poética, el poema sugiere más que dice. Evoca muy bien el ambiente culto de las aulas.

Sé de mi rostro

En este poema corto juega con los ritmos breves, con el contrapunto y con la complicidad del lector. La ironía es tan fina que en la primera lectura, ¡ingenua lectora!, he creído que era un autorretrato. Pronto me he dado cuenta de que era una máscara más para hablar de relaciones existenciales profundas.

Del funcionamiento científico del amor

¡Qué bien ha leído a San Juan! ¡Qué conocimiento del Cantar de los Cantares! y ¡Qué bien lo combina con las experiencias jóvenes!

El título es, una vez más, engañoso, como el propio amor. Porque, de científico no tiene nada. De experiencia mística y espiritual, mucho. Y en contra de lo que sugiere el título, el poema no es prosaico.

Una tarde en Alemania

Un joven se pasea por una ciudad moderna. La poca naturaleza que queda entre el cemento le despierta los sentidos adormecidos. El tratamiento paisajístico es realmente magistral. Me atrevo a decir que Pablo ha aprendido y superado la lección de los surrealistas.

De paseo por Alemania

¿Y esta canción de invierno contada en primera persona? Un buen recurso para acercarnos las experiencias eternas. ¿Y el ritmo? Le brota con mucha fuerza de una forma que parece natural. Casi nos abruman las anáforas, los paralelismos, la sintaxis yuxtapositiva, los versículos ordenados, los versos medidos. Esta belleza literaria es la verdadera salvación de la sombra entre cuatro paredes.

La profesora Josefina López eligió este poema para la sección El poema de la semana, en El hacedor de sueños, el blog del IES Goya de Zaragoza.

Este fin de vacaciones

De nuevo vuelve a encontrar la belleza en las situaciones anodinas y molestas. Esa es la gran lección de su poesía. Le da la vuelta a la vida. El comienzo reflexivo, de un ritmo pausado, se va agilizando a medida que cambia la experiencia. De una vivencia cotidiana extrae una lección vital. Aunque parece un poema moderno, es muy clásico. Me recuerda a muchos poemas de la Generación del 27 y de los años 60.

Tal como se empuja la puerta

Aquí no hay montañas,/ ni existe el mar,/ hay un desierto,/ donde crece solitaria la flor.

Sólo con este acierto poético bastaría. Pero no, que el poema se extiende en grandes olas: estaré yo, morando entre la decrepitud de las plantas. Agazapado, como al despiste, el autor se retrata. Poco a poco va desnudando su alma. El resultado es una poesía de compromiso profundo con el lector.

Si existe algún destino

Parece que me engaño a mí mismo,/ o que a otros confundo,/ cuando consigo algo que a otros faltaba.

Aquí, sin pretensiones doctrinales, se esconde una lección de solidaridad y de humanidad.

A la misa acudieron

Parte de una experiencia cotidiana, levanta el vuelo y atrapa la nostalgia. Como venimos apreciando, cualquier acontecimiento le sirve de pretexto poético para transmitir hondas sensaciones.

No podré conocerlos, por la vida que se lleva y por las tradiciones perdidas

Cuando la vida entra

La primera seudoestrofa es una declaración de esa inspiración que le llega por sorpresa, como a Juan Ramón, y lo convierte en ese hombre desasido adonde parece que ha llegado por la casualidad.

Firme y cadenciosamente

Un cierre del libro magistral. Esa nada-amada-lejana se ha convertido en nada, pero, como el ave fénix, renace de la nada y camina hacia la grandía de la vida.

Para terminar

De nuevo me acompañan las palabras con las que Gloria Cartagena cerró la presentación del libro.

Antiguo sol naciente recoge la pluralidad de corrientes y el eclecticismo poético que diversificaron la lírica española de fin de siglo. Desde el subjetivismo con un ligero desengaño indolente hasta el culturalismo y la poesía como exploración metafísica de gran depuración formal, pasando por la poesía de la experiencia, todo parece tener cabida en esta primera obra de Gómez Soria.

Tendremos que felicitarnos de que en esta sociedad marcada por los intereses monetarios y por crisis profundas haya surgido una voz nueva que reflexiona sobre el tiempo, el amor, el paisaje y la belleza, la ciudad, el arte y lo cotidiano. Este joven poeta, delicado y culto, trae un soplo de aire fresco a la vida cultural aragonesa y española”.

A todos los amantes de la poesía os recomiendo la lectura de Antiguo sol naciente, en Editorial Vitrubio, Colección, Baños del Carmen.

Notas

El 12 de mayo de 2010, Gloria Cartagena acompañó a Pablo en la presentación de Antiguo sol naciente, en la Librería Cálamo de Zaragoza.

El 7 de junio de 2017, Gloria Cartagena y Carmen Romeo lo acompañaron en la presentación de Navío en aguas turbias, en la Casa del Libro de Zaragoza.

El 26 de junio de 2017, en Letras desde Mocade, Carmen Romeo publicó el artículo A Pablo Gómez Soria por su Navío en aguas turbias.

El 2 de julio de 2017, El hacedor de sueños publicó su poema Muerte de la poesía.

El 30 de julio de 2017, Pablo fue la firma invitada de Uno y cero ediciones.

El 11 de diciembre de 2017, asistió en el Goya a la tertulia literaria, Leer juntos.

El 10 de enero de 2018, El hacedor de sueños publicó una reseña de la sesión de lectura con Pablo Gómez Soria.

Carmen Romeo Pemán

 

Cristales rotos

6.00 de la madrugada

El vagón de cola se pierde de vista cuando el tren sale de la curva a toda velocidad. El maquinista, si es que aún hay maquinista y no un piloto automático, ni siquiera se habrá enterado de que los cascos de su caballo de hierro han hecho añicos una botella de Chivas de veinte años y mis planes.

Salgo de detrás de los arbustos y me acerco a la vía. Me agacho. A la luz legañosa de un amanecer que empieza a bostezar, veo que en una enorme hoja con color de otoño se ha formado un charco de whisky, y no sé ni cómo. Acerco la mano a esa tentación dorada para hacer un brindis burlón y me detengo un segundo antes de tocarla. Una hormiga patalea en el centro, en lo que para ella debe ser una bañera gigante. Me planteo sacarla de ahí pero al final decido no hacerlo. Dejaré que muera feliz, borracha como una cuba. Si alguien va a palmarla hoy por culpa del alcohol, mejor que sea ella. Aunque hace unas horas yo no pensaba así.

El reflejo de mi ojo izquierdo me mira desde uno de los trozos más grandes de vidrio. Me incomoda su mirada y muevo un poco la cabeza con un resultado aún peor. Ahora es la mitad de mi boca la que me habla de pronto desde el cristal:

Menudo cambio de planes, tío. Lo del tren con el Chivas no ha sido nada comparado con el revoleo que te acaba de dar la vida. Hay que joderse. O no. Porque no creo que se pueda estar más chingado de lo que ya estás.

Giro el cuello y la boca de vidrio vuelve a ser un simple trozo de botella rota. Al lado de la hoja seca hay otro cristal. Lo cojo y le doy vueltas entre mis dedos. Un rayo de sol rebota en su superficie y durante un segundo me provoca un deslumbramiento extraño. Me pregunto cómo es posible que esté viendo tantas imágenes de mi vida de hace unos meses en una cosa tan pequeña. Cuando asoma el rostro de Lupe, vuelvo a revivir el día del parto. La memoria me trae en susurros mi propia voz y la escucho como si fuera un extraño:

–Lupe, flaca, achucha un poco más.

Veo mi propia imagen en el cristal, al lado de la de Lupe, y todo vuelve a suceder en este instante. Ella tiene la cara bañada en sudor mientras puja soltando una ristra de tacos encadenados. La matrona, al escucharla, la mira y arruga tanto el entrecejo que parece que tiene dos frentes. Abre la boca y creo que va a cagarse en sus muertos, pero lo único que le dice es que empuje un poco más, que ya asoma la cabeza del crío. De ese crío sin picha que resulta ser una cría. Una enana con el dedo meñique torcido, igual que su madre.

–Ya podías haber ido al médico por lo menos una vez, loca –le digo. Estoy sudando igual que ella.

–¡Puaj! –Levanta un poco la cabeza, mira primero a la cría, luego a mí y sonríe–. ¿Y ya “pa” qué?

–Pues que hubiéramos sabido que viene sin algo. –Me pone cara de pasmo y se lo explico enseguida–. Que es un chochete, flaca. Pero tú erre que erre con que no te hacía ninguna falta.

Me río. La matrona levanta las cejas y vuelve a tener solo una frente. Sonríe también y me doy cuenta de que es joven y está hasta buenorra. Sigo hablando para darme pisto.

–Los colegas se van a mear cada vez que se acuerden del cachondeo que nos traíamos con el picha floja que llevabas en el bombo.

¡Cómo me lastima volver a ver esa película del pasado en este trozo cristal! Duele mucho. Y para huir del dolor vuelvo a mirar a la hormiga. Me parece que nada más despacio. Contemplo otra vez el trozo de vidrio. El borde tiene pinta de cortar como un diamante. Me lo acerco a la piel de la muñeca, pero no aprieto. Si lo hago y me desangro aquí mismo, seguro que no tardan mucho en encontrarme. Habrá trenes que no vayan a toda pastilla y además algún encargado tendrá que repasar las vías de vez en cuando, digo yo. Pero, si no aviso a alguien, pueden pasar meses antes de que encuentren a Lupe. Todavía no entiendo cómo he podido ver su mano asomando entre la hojarasca, con ese meñique suyo doblado y la uña tan mordida que seguro que la de la cría es ahora del mismo tamaño. Pensar en ella hace que vea un poco borroso. Pero solo un poco, porque puedo distinguir la cara de Lupe en varios vidrios, como el día que nos colamos en los espejos de la feria y parecía que éramos un batallón. Tiene los labios apretados, pero no le aguanto la mirada. Ojalá me hablara aunque fuera para mandarme a la mierda. Pero como eso es imposible le hablo yo.

–Joder, Lupe, tía, no sé cómo has podido hacerme esto. Yo pensando que estabas en la puta clínica desenganchándote y tú aquí, sirviendo de merienda a los gusanos. Soy un gilipollas. Mira que tragarme el cuento que me ha colado tu madre…

Tiro el cristal muy lejos y rebota contra una vía. ¡Qué cabrona es la vieja! Menudo rollo se ha inventado para quedarse con la cría. Me la ha metido doblada. Últimamente he estado tan fumado que no sé ni cuánto tiempo hace que aporreé la puerta de la madre de Lupe. Y lo que más me jode es no acordarme de si le pedí o no ver a la cría. Tengo claro que no me la hubiera enseñado, no soy tan gilipollas, pero jode mucho saber que igual ni se me ocurrió intentarlo por si colaba.

Pensar en la enana me duele todavía más que acordarme del día del parto. ¡Vaya días, cuando nos estrenamos como padres! Por primera vez en mi vida no me hizo falta meterme nada para estar flotando. Pero esta vida es una mierda y nos duró poco la alegría. La vieja nos puso delante la zanahoria y picamos como dos idiotas. “Podéis venir a bañar aquí a mi nieta”, dijo. ¡Cabrona! “Mi nieta”. No “vuestra hija”. Eso debería de habernos dado la pista, pero estábamos tan enchochados con la enana que ni lo vimos venir. Y mira que les costó trabajo quitárnosla de las manos, pero la vieja, la trabajadora social y el puto mundo nos tumbaron por KO.

Ahora soy yo el que mira un cristal detrás de otro intentando encontrar en ellos la cara de mi niña. Sí. Porque, aunque diga “la cría”, se ha convertido en mi niña en un momento que no puedo identificar, pero da lo mismo. Empiezo a llorar y se me caen los mocos. No puedo ver su cara en los cristales porque no sé qué cara tendrá ahora mismo. ¡Le hemos jodido bien la vida desde el principio, su madre y yo! Yo por dejar que me la quitaran, como si fuera un escupitajo que se deja atrás nada más soltarlo. Y Lupe… Lupe por morirse aquí, sola como un perro. Igual su vieja ni siquiera intentó meterla en un centro, o lo mismo es verdad que la metió y luego mi flaca se fugó, o yo qué sé. No puedo ordenar los hechos en mi cabeza. Pienso que la puta nieve me ha dejado el cerebro en blanco, y me río yo solo del chiste malo que he hecho. Total: no hay nadie más que pueda reírse conmigo, porque los muertos no tienen sentido del humor.

Sé que dentro de poco pasará otro tren. Cuando salí del supermercado después de mangar el Chivas sin que me pillaran, la idea era venir aquí a ponerme ciego de whisky y a cagarme en los muertos de Lupe, de la madre de Lupe, y de toda su parentela y la mía, y tirarme a la vía si conseguía emborracharme antes de que llegara el tren. También fue mala suerte que me entraran ganas de mear un momento antes de que apareciera, y que no me diera cuenta de que había soltado la botella tan cerca de las vías.

Y lo peor ha sido que por poco no me meo encima de Lupe. Vi el meñique en el último momento, con el tiempo justo de echarme la polla a un lado antes de caerme de culo.

Ahora veo en cada cristal una cosa diferente. El robo. El paseo hasta las vías. El tren. La meada. El cuerpo de Lupe. La botella saltando por los aires. La hormiga.

A lo lejos escucho un silbido. El otro tren debe estar al caer.

Puedo dar dos o tres pasos a la derecha y tumbarme en la vía justo a la salida de la curva.

O puedo echar a andar hacia la izquierda.

Me limpio los mocos con la manga de la sudadera. Con el dedo, saco a la hormiga borracha. Todavía está viva, la hijaputa. La dejo en el suelo. Cojo la hoja y le doy la vuelta hasta que el whisky empapa la tierra y desaparece.

El silbido del tren ya lo conozco de sobra. Pero no sé cómo suena el llanto de mi niña. Ni su risa. Y quiero saberlo. Necesito saberlo.

Me levanto y miro hacia la izquierda. Pienso que tengo un largo camino por delante. Respiro hondo y doy el primer paso.

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Imagen: Pixabay

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

 

 

Gregoria la partera

De las fragolinas de mis ayeres

A Gregoria nunca le había gustado su nombre. Cuando era niña, en la escuela le decían que tenía nombre de chico. No conocían a ninguna otra Gregoria, pero sí a muchos Gregorios. Y todo porque en El Frago había mucha devoción al santo llovedor. Todos los años el día nueve de mayo se salía en procesión hasta la Cruz. El cura bendecía los campos y pedía agua para las cosechas. Después todos en hilera bajaban hasta la ermita más cercana cantando las rogativas, y las lluvias no se hacían esperar. A los pocos días los campos se cubrían con verdes intensos.

Unos años más tarde, un día que el sacerdote se estaba revistiendo con la capa pluvial para comenzar la procesión, entró Gregoria en la sacristía y le dijo:

—Mosén, a ver si este año no se olvida de rezar a Santa Gregoria.

—Anda, calla, no me vengas con las monsergas de siempre —le respondió el cura sin mirarla.

—Pero, ¿por qué es tan terco?, ¿por qué no me hace caso? —insistió ella tirándole del sobrepelliz.

—¿Por qué ha de ser? Porque no está en el santoral. Y suéltame.

—Pues nómbrela cuando llegue a las santas. Bien fácil se lo pongo. Por ejemplo después de Sancta Ágata, diga Sancta Gregoria. Y todos le contestaremos: Ora pro nobis.

—Más te valía meterte en tus asuntos.

—¡Moséééén! Esto es asunto de todos. Las mujeres también queremos santas para nuestros nombres.

—¡Claro, claro! Pero a una partera tan bulliciosa no le conviene el nombre de una santa.

—Pues, aunque no vengo a misa, sepa que tengo temor de Dios y “cumplo con parroquia”, como manda la Santa Madre Iglesia, que todos los años vengo a comulgar en Pascua de Resurrección y usted me apunta en el libro.

—¡No sé a quién se le ocurriría ponerte ese nombre!

—Pues a cualquiera. Que a todo santo le corresponde una santa. Si existe san Babil, también tiene que existir santa Babila.

Mosén Teodoro le dijo a un monaguillo que cogiera el hisopo con el acetre y al otro que fuera saliendo con la cruz procesional. Entonces Gregoria se interpuso y continuó:

—Además, santa Gregoria fue una de las once mil vírgenes que acompañaron a santa Úrsula. —No pudo contener una carcajada—. ¡Once mil vírgenes juntas lanzadas al martirio!

—¡Largooooo! ¡Fueraaaa! ¡Anatemaaa! —Por debajo de la capa salía un brazo que señalaba la puerta.

Gregoria sabía que la mala fama le venía del día que parió Juana del Corronchal. Juana estaba trillando en Carcaños cuando notó que le venían los dolores. Le dijo a su marido que estaba de parto. Y él, sin soltar la horca con la que estaba allanando la parva, le contestó:

—¡Coño, Juana! ¿Qué dices? No ves que no puedes parir aquí en la era. Eso nos traería muy mala suerte y nos arruinaría la cosecha.

Entonces ella bajó la cabeza y sin decir nada cogió el camino que llevaba hasta El Frago. Dos leguas a buen paso costaban casi tres horas. Y le costó mucho más porque los dolores aumentaban y la obligaban a pararse cada poco rato. No sabía cómo se las arreglaría sola si la criatura decidía salir antes de llegar al pueblo. ¡Imposible! Todos sus hijos habían nacido en la cama, bien asistidos por Gregoria y todas las vecinas. Mientras andaba en estas cavilaciones, se ataba la cincha de la yegua a la cintura y se la pasaba bien apretaba por debajo de la barriga. Intentaba hacerse una especie de braguero, para que, llegado el caso, lo que venía no se le cayera al suelo. Es que tenía miedo de que aprovechara una de sus zancadas para empujar con más fuerza.

Cuando acabó el repecho del camino de San Miguel, cada vez más encorvada, siguió andando hasta el Plano, donde vivía Gregoria. Llamó a la puerta, pero Gregoria no le contestó. Se apoyó en el quicio y la oyó gritar en el corral de los cerdos. Juana sacó fuerzas de flaqueza:

—¡Gregoria, ábreme! Date prisa, que ha llegado la hora de los empujones.

Con el guirigay de los cerdos Gregoria no oyó bien qué le decía Juana. Y, sin volver la cabeza, le contestó:

—Vete a tu casa y espérame. Ahora no puedo ir que está pariendo la tocina. Aún tardaré un poco porque trae muchos.

Juana, a duras penas, pudo andar un poco más. Se acuclilló junto a una peña y allí nació su hija su hija Gregoria. Cuando le cortó el cordón umbilical con las tijeras de escardar que llevaba en la faltriquera, la niña comenzó a chillar y montó un alboroto mayor que los tocinos.

Al rato llegó Gregoria, pero la niña ya tenía el melico atado con un trozo de cordel que su madre les había robado a los hombres en la era.

—¡Ves como no era para tanto! Tú podías parir sola, pero la tocina no —le dijo a la vez que la ayudaba a incorporarse.

—Pues esto ha sido un milagro de santa Gregoria —le dijo Juana—. Yo me encargaré de que el cura la incluya en las rogativas del año que viene.

Desde ese día hubo dos Gregorias. Luego llegaron más.

Sancta Gregoria —dice el cura, el nueve de mayo, al llegar a la “Peña que parió Juana”. Y Todos responden: —Ora pro nobis

Santa Ursula et undecim millia virginun.  —El mosén levanta más la voz. Y todos gritan:—Orate pro nobis.

Carmen Romeo Pemán

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.