El amor no es eso: contra la literatura romántica machista

Dentro de la literatura, la novela romántica tal y como se escribe hoy se considera un subgénero, una categoría menor de libros fáciles y planos. Fast-books los llaman, como llaman fast-food al Burger King porque es comida y, a la vez, no lo es.

En realidad, da igual. No se puede considerar alta literatura a todo lo que se escribe, independientemente del género, y no me voy a meter en este tema del que ya hablé la semana pasada en Origen cuántico. Sin embargo, quiero que nos paremos a pensar en la literatura romántica que se vende porque, si bien no es un género que me entusiasme (ni siquiera me interesa especialmente), me preocupa el mensaje que transmiten los últimos best-sellers que se han publicado, especialmente a sus consumidores más jóvenes.

Hace unos años, aprovechando que la daban por televisión, vi la segunda parte de Crepúsculo. No era mi intención, pues fui engañada al cine a ver la primera dispuesta a pasar un rato ameno con una película palomitera de vampiros y hombres lobos pegándose zarpazos y mordiscos. Podéis imaginaros mi decepción cuando me encontré con una historia sobre la relación de un hombre centenario que va al instituto y se enamora de una niña tan frágil que se aferra a él como una garrapata pensando que el control es amor.

Pero una amiga me dijo que la segunda parte era tan ridícula, con la protagonista gritando en sueños como si la estuviera desgarrando un zombie por dentro, que me iba a parecer divertidísima. Me dejé convencer, sí. Recuerdo que estábamos mi pareja y yo en casa, él con la boca abierta y yo con el ceño fruncido igual que una Anastasia Steele cualquiera*. No entendía nada. No me entraba en la cabeza que una chica tan joven tuviera necesidad de un chico al que apenas conocía y que, además, había llegado a hacerle daño aunque fuera “sin querer”. No entendía, tampoco, por qué se ponía en peligro solo para sentirlo unos segundos, en una suerte de chantaje emocional hacia él. Menos aún, por qué quería morir por no tenerlo al lado. Para mí eso no era amor, era una depresión de caballo por no entender cómo funcionaban las relaciones interpersonales y me agobiaba pensar que esa niña estuviera pasándolo tan mal sin que su padre la llevara a un psiquiatra.

Y entonces, cuando lo hablé con otras personas y les expliqué que me había sentido angustiada, agobiada, viendo la película, me contestaron con una frase lapidaria: “tía, es que tú no eres nada romántica”.

Pensaba que el problema era mío. En serio. Lo tenía completamente asumido. Pensaba que yo tenía un concepto del amor extraño o que yo no había sentido amor de verdad porque, a juzgar por lo que leía o veía, el amor de verdad te anulaba hasta el suicidio si no era correspondido.

Hasta que empecé a leer sobre relaciones tóxicas.

Esto no es amor

Me di cuenta de que el agobio que sentí con Crepúsculo fue una reacción lógica al ver a una niña en una relación enfermiza, donde un individuo controla a otro que se anula en una suerte de amor mal entendido.

Y lo llamaban romanticismo.

No penséis que este “romanticismo” se ve únicamente en novelas para adolescentes, no. Esta suerte de amor romántico de personas anuladas y controladas acecha detrás de muchas portadas, esperando agazapado a que un lector despistado las levante.

Después de mi experiencia con Crepúsculo creí que nunca mas me iban a pillar con la guardia baja, pero me equivocaba. En 2017 volví a caer en la trampa.

Si cuando fui a ver Crepúsculo pensé que estaba ante una nueva Underworld, cuando leí El descubrimiento de las brujas, de Deborah Karkness, pensé que se trataba de un libro de fantasía donde las mujeres y la magia tendrían un papel central en la trama. Os podéis imaginar mi decepción al darme cuenta de que era una novela romántica donde la magia era una excusa para mostrarnos a un vampiro que hace yoga (ejem) y que se empeña en encerrar a una bruja mucho más poderosa que él porque tiene miedo de que le pase algo. Iba leyendo y solo me imaginaba a un tío muy blanco con los colmillos alargados y en cuclillas sobre un pedrusco, dándose golpes en el pecho como un gorila mientras gritaba: “soy un hombre muy macho y protejo a mi novia aunque podría matarme con solo pensarlo”.

Me preocupa que este sea el mensaje que se transmite en este tipo de literatura. Sin embargo, estoy convencida de que muchas otras novelas que no tienen tanta publicidad detrás presentan relaciones normales. Y por normal me refiero a una relación sana en la que ninguna de las partes está anulada, una relación donde hay un equilibrio de poder. Donde los individuos se quieren y se respetan como iguales, independientemente de su sexo, género o raza.

Una relación de amor normal y sana. O como debería serlo.

Empieza febrero y volveremos a ver en el cine películas cuyo mensaje es que si lo aguantas todo, palizas incluidas, tu pareja cambiará por ti.

Empieza febrero e intentarán enseñarnos que el amor es una dinámica de poder donde uno ordena y el otro obedece.

Empieza febrero, sí. Y tenemos la oportunidad de decirles a los demás que el amor no es eso que pretenden vendernos.

Por eso os propongo algo. Me gustaría que este mes recomendemos libros, películas o cómics en las que el amor no sea una relación de autoridad y abuso. Si es del género romántico mejor, porque es el que más sufre de estos roles machistas y agresivos pero, en realidad, creo que puede valer cualquier novela que pueda llegar a jóvenes. No podemos dejar que aprendan que el amor es eso que pretenden venderles.

Esto sí es amor: La visita del Selkie

Voy a empezar con una presentación. Como os he dicho antes, no soy muy de literatura romántica actual y cuando la leo, suelo llevarme unos chascos como el que he descrito arriba.

Sin embargo, no hace mucho tuve la suerte de que Libertad Delgado confiara en mí para poner en mis manos su novela. Me sorprendí siendo lectora cero de La visita del Selkie y disfruté mucho de la experiencia.

En La visita del Selkie, Berenice, una mujer que vive sola en su gran casa familiar e intenta obviar los rumores de sus vecinos sobre brujería, recibe la visita de Iszak, un joven al que conoció cuando solo era una cría y que desapareció sin dejar rastro. Casi a la vez, unos perros de aspecto imponente y ojos rojos como ascuas, seres sobrenaturales que el folklore de la zona relaciona con las malas noticias y un futuro complicado, aparecen en los alrededores de su casa y solo ella puede verlos.

La visita del Selkie es un libro que podría encajar dentro del género fantástico y del romántico. El tema básico, el de aquellos que solo se quedan en la superficie, es el amor. Amor de familia, tanto de la familia de Berenice hacia ella como el de Iszak hacia la suya. Sin embargo, hay otro tema, y quizá el que más me interesa, que es cómo la soledad puede convertirte en una persona desconfiada y huraña, y eso afecta a las relaciones más básicas entre Berenice y el resto del mundo.

Los personajes están bien construidos. Berenice es una mujer dañada en su interior y con una fuerte necesidad de amor, no necesariamente romántico, y a la vez es una persona lógica y con confianza en sus capacidades y sus rutinas. Seria, centrada. Iszak es como un niño juguetón que sabe vivir y disfrutar de la vida, e intenta contagiarle algo a la muchacha. Y Beatrix, la nueva amiga de Berenice, es una cabra loca que vive sin preocupaciones y que ha decidido disfrutar de la vida después de una horrible relación amorosa como aquellas que vemos en algunos best-sellers.

Tiene tres tramas bien perfiladas que hablan de amor, de obligaciones familiares y tradiciones y magia. Están bien construidas e hiladas y se trenzan y se desunen de manera amena gracias a una prosa bien conseguida, con un narrador al que difícilmente se lo pilla en un renuncio y con un tono perfecto para la novela.

Esta es mi primera recomendación, pero pienso hacerme eco de todas las novelas de las que queráis hablarme durante este mes. Creo que es importante que dejemos claro, tanto a editores como a editoriales, qué es amor y qué queremos consumir. Ayudadme a conseguirlo.

*Esta es la única mención que voy a hacer sobre 50 sombras de Grey porque esa cosa no es literatura y no pienso hablar más de ella.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Clem Onojeghuo en Unsplash

La Mamesa

De las fragolinas de mis ayeres

Un día la Mamesa le vendió a Antonia de Melchor un almirez, y una alacena grande, de dos puertas, con cuarterones sobrios. Es esa alacena que conservan los de casa el Maestro en el granero del patio. La había hecho un buen carpintero de Biel con los mejores pinos de la Sierra de Santo Domingo.

Muchos años antes, allí había guardado la dote una moza de Biel. Aquella de casa Bretos a la que sus padres habían casado con Florencio de Mamés, un mozo de El Frago que estaba de pastor en Santo Domingo.

La moza, la alacena, el almirez y un montón de sábanas bajaron a El Frago por el Arba en una carreta de bueyes. Los de casa Mamés colocaron la alacena en la sala que daba al Plano, enfrente de la cama de Florencio.

En esa alcoba, Florencio había recibido a una novia montaraz y asustadiza. Y de verdad que era asustadiza, pues cuando vio el gran colgajo del novio le impresionó tanto que se escapó despavorida por la ventana y se perdió entre los montes en una noche sin luna. Nadie volvió a saber nada de ella. Como las gentes son olvidadizas, ni los más viejos del lugar se acuerdan de su nombre.

Florencio se quedó con el vergajo apuntando al techo, pensando qué podía hacer, porque era tanta la fama de su miembro viril que tenía espantadas a todas las mozas de la redolada.

Desde que se había escapado su mujer las cosas estaban empeorando. Ya no tenía nada que hacer en el pueblo. Las fragolinas eran estrechas y eso de las cabras no le atraía mucho. Que para un apuro valía, pero para todos los días no. Él prefería una moza de carnes prietas.

Le daba vueltas a lo de su matrimonio y cada vez estaba más seguro de que había sido nulo. Que no se había consumado. Que la novia huyó del susto antes de tocarla. Que no había habido violación ni malos tratos. Pero de eso ya no iba a poder convencer a nadie. Así que él, el mozo mejor dotado y más envidiado del pueblo, se había convertido en un hazmerreír. En todos los hogares y carasoles se contaba su historia.

Como no había manera de conseguir otra moza en El Frago ni en Biel, se fue a Orés y se trajo a Petra de criada. No era de las de buena fama pero, a esas alturas, eso ya no le importaba.

Con el amontonamiento, Petra se convirtió, así, a secas, en la Mamesa, sin nombre ni apellido. Luchó contra las malas lenguas y llego a ser una de las mujeres más bravas que se recuerdan en el pueblo.

Era pequeña y diminuta, pero fue la mejor hembra paridora del lugar. Para parir a Nicolás y a Jenara, no necesitó del médico ni de la partera. Ella sola los trajo al mundo y les ató el melico, que así llamaban al ombligo. También consiguió que el cura los bautizara. Esto le costó más porque eran hijos de amontonados y porque ella solo fue a la iglesia el día que la enterraron.

***

Cuando se murió Florencio, vendió la dote que había traído la moza de Biel y todos los trastes de labrar.

Como en las sábanas de lino estaba bordada la “M” de Mamés, pensó que Antonia se las podría comprar y hacerlas pasar por la “M” de Melchor. Pero no la pudo convencer, porque Antonia, que había nacido en casa Fontabanas, había bordado su dote con la “F”. Y es que Antonia también tenía su propia historia. La habían casado con un viudo viejo de casa Melchor, que ya tenía un hijo y una hija.

Estuvieron muchos días discutiendo el trato. La Mamesa que sí, que se las tenía que comprar. Y Antonia que no.

—Mira, si te compro estas sábanas los entenados pensarán que ya estaban en la casa antes de llegar yo. —Se limpió una legaña con una esquina del tapabocas y continuó—. Y me las vendrán a reclamar.

Así que, como no le pudo vender las sábanas a Antonia, tuvo que buscar otras casas que empezaran por la “M”. Pero no había muchas. Les vendió bastantes a los de Martina y a los de Manuelico. También le compraron los del Piquero, porque llevaban la “M” de “Meregildo”. Y colocó algunas sueltas en otras casas a cambio de nueces y trigo. Y es que eso de que llevaran la “M” era un estorbo muy grande. En cambio, con los trastes que estaban sin marcar tuvo más suerte.

Para hacerse la importante, se fue de la lengua diciendo que Florencio le había dejado la casa en herencia. Todos sabían que era mentira. Que ni ella ni sus hijos podían heredarla porque nunca se había formalizado el matrimonio. Los del Ayuntamiento la sacaron a subasta, pero no consiguieron echarla. Atrancó la puerta y se pasó la vida esperando con la escopeta de Florencio cargada. Del ventanuco de la cocina siempre asomaba una cabeza con una toca negra atada a la nuca de la que parecían escaparse una cara vivaracha y una nariz puntiaguda.

***

De la Mamesa solo queda la leyenda y, como testigos mudos, el almirez y la alacena de casa Melchor, y algunas sábanas de lino repartidas por las falsas de las casas más antiguas.

Pero su vivo retrato está en la fotografía del nicho de su hijo Nicolás, a quien unos cazadores furtivos confundieron con un jabalí, una noche sin luna, en los prados de Santo Domingo en los que crecía el lino, junto al pinar de la alacena.

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Este es un relato ficticio, inspirado en personas y sucesos reales. Todos los personajes, nombres, acontecimientos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Imagen principal. Biel. Casa Bretos en la calle Barrio Verde.

Carmen Romeo Pemán

Descripciones precisas o genéricas: ubicando al lector

Quiero iniciar este artículo con una confesión: desde hace varios meses estoy intentando escribirlo. Algunos temas se me resisten de modo especial cuando me enfrento a la hoja en blanco. Y eso es lo que me pasa con los detalles concretos, me resultan muy muy difíciles.

Cuando recibí la primera critica profesional a uno de mis relatos, vi resaltada en negrita y con mayúsculas, aunque no de forma literal, la frase: “mejor usa detalles concretos”. Todavía la puedo ver titilando sobre la pantalla en estos momentos. Es como el karma, no me abandona.

Aunque sigo siendo muy abstracta, para muchas cosas en realidad, trato de mantener presente esa premisa. Ahora que estoy en el proceso de escritura de mi primera novela, cada vez que intento retomar el hilo de la trama, me doy cuenta de que en algunos apartados tengo que ser más concreta. Por eso me animé a escribir este artículo, para enfrentarme a ese demonio.

Algunas personas pueden sentirse más cómodas recreando escenas o narrando con elementos concretos. En cambio, yo, cuando los utilizo, me siento como si estuviera escribiendo una enciclopedia o haciendo una lista de pormenores al azar.

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Las obras de Douglas Adams me encantan por la simplicidad de su prosa y porque tiene un imaginario bastante nutrido. Pero lo que más me gusta de él es su capacidad de sumergirnos en la historia con el uso muy cuidado de los detalles:

“La casa se alzaba en un pequeño promontorio, justo en las afueras del pueblo. Estaba sola y daba a una ancha extensión cultivable de la campiña occidental. No era una casa admirable en sentido alguno; tenía unos treinta años de antigüedad, era achaparrada, más bien cuadrada, de ladrillo, con cuatro ventanas en la fachada delantera y de tamaño y proporciones que conseguían ser bastante desagradables a la vista”.

En este fragmento de “Guía del autoestopista galáctico” podemos ver cómo hace una descripción de la casa de Arthur Dent completa, a la vez que sencilla. En este párrafo, gracias a la buena selección de detalles, podemos imaginarnos cómo es y dónde está ubicada. Como podemos apreciar, Douglas no solo incluye detalles concretos, sino que los enlaza con la historia de forma que en ningún momento salgamos del sueño de la ficción. Si suprimiéramos que la casa es de ladrillo y con cuatro ventanas y, además, omitiéramos que era de un tamaño y proporciones desagradables a la vista, estaríamos hablando de cualquier casa, no de la casa de Arthur Dent. Veamos cómo quedaría el párrafo si elimináramos los detalles concretos:

“La casa estaba en el monte. Era la única casa de la zona. No era una casa bonita. Era antigua y fea”.

No tiene nada qué ver, lo sé. Pero, ¿qué es lo abstracto y qué es lo concreto? En este segmento del artículo de Sinjania: “Lo concreto y lo abstracto al escribir”, nos regalan una explicación muy completa de estos dos términos:

“Las palabras concretas describen cosas que la gente experimenta con sus sentidos (naranja, gato, calor). Al usarlas, logramos que el lector obtenga una «fotografía» de aquello sobre lo que el texto está hablando y, en consecuencia, le resulta más sencillo entender su significado.

Mientras, las palabras abstractas se refieren a conceptos o sentimientos (libertad, felicidad, amor) intangibles y que pueden despertar ideas diferentes en diferentes lectores. Además, por su carácter inasible, los conceptos que representan pueden pasar por la mente del lector sin desencadenar una respuesta sensorial”.

Este tema me apasiona porque, aunque tengo claros los conceptos, en mis escritos tiendo a abusar de lo abstracto.

Quizás ofrecer detalles de lugares o elementos que complementen una escena sea una tarea más sencilla, pero cuando se trata de recrear emociones, para mí son palabras mayores. ¿Cómo describir la felicidad o la tristeza? ¿O el comportamiento errático de uno de nuestros personajes?

 

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Sin duda lo más fácil sería decir que están tristes, pues todos sabemos qué es la tristeza y cómo se siente, pero eso no nos dice nada del personaje y de cómo le afecta ese sentimiento, porque puede que se quede impávido o que llore desconsolado.

Hay muchas sensaciones asociadas a la tristeza. Podemos sentir un fuerte dolor en el pecho, quedarnos sin aire por unos segundos o simplemente convertir toda esta emoción en un estado de ánimo permanente que nos mantenga en completa pasividad. Por eso, decir que nuestro personaje se siente triste no es suficiente, hay que mostrarlo.

La “Guía del autoestopista galáctico” nos aporta más ideas interesantes:

“Este planeta tiene o, mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices”.

Es un pasaje lleno de sarcasmo, sí, pero no deja de ser verdad que muchos seres humanos son infelices, la mayor parte del tiempo, por culpa del dinero. El manejo del detalle concreto es muy sugestivo porque el autor no habla de dinero específicamente, ni tampoco dice que los seres humanos creamos que se necesita tener montones de dinero para ser felices. El detalle de los pequeños trozos de papel verde es suficiente. El autor no tuvo que contarlo todo. Con ese símbolo especifico, tan bien seleccionado, nos sugiere toda la relación del personaje con el dinero.

Para ilustrarles lo que me pasa a menudo cuando escribo, utilizaré este ejemplo de un artículo de Diana P. Morales, “El detalle concreto: la varita mágica de la escritura – con Anne Tyler”, sobre el uso de los detalles concretos en la escritura:

EJEMPLO

“Él se levantó temprano aquel día, se vistió y tomó un autobús al trabajo”

Muy bien, la frase está bien redactada, claro, pero lo que se nos cuenta nos deja un poco… fríos. No vemos a ese personaje; aunque parece que se nos dicen cosas de él, en realidad, es todo tan general que podría aplicarse a cientos, a miles de personajes.

¿No entraría este personaje perfectamente dentro de la frase anterior?

PERSONAJE 1: “Javier se levantó a las seis de la mañana, se puso su mono azul y tomó el autobús que le dejaba en la fábrica de Wolsvagen, donde trabajaba”

Considero que el ejemplo de Diana es bastante claro. Y, como les decía, me recuerda a algunos de mis relatos en los que, acosada por el miedo, he tomado la vía fácil: “Se levantó, se vistió, salió, se subió, llegó”. Más que una historia parecía la bitácora de viaje de un personaje cualquiera.

Como les decía al principio de este artículo, soy abstracta para muchas cosas. Y lo que a veces me pasa con la escritura también me ocurre cuando le pido algo al universo: me siento en mi lugar de meditación con las piernas cruzadas y la espalda recta. Tomo tres inhalaciones profundas en las que mi estómago se infla y se desinfla. Entonces intento poner claras las intenciones en mi mente, pero la verdad es que no están claras, porque pienso en que quiero viajar, pero no adónde. Luego me digo a mi misma que algún día quiero ser una gran escritora, pero, ¿qué es ser una gran escritora?

Es muy divertido aplicar este concepto de lo concreto a la vida diaria, a algo tan cotidiano como nuestros sueños, porque nos damos cuenta de que nos pasamos mucho tiempo deseando cosas, pero no siempre estamos seguros de qué queremos. Lo que pretendemos alcanzar no tiene forma, ni color, ni tamaño. No hay una intención clara y, así como nuestros personajes o escenarios, sin el detalle concreto nuestros sueños terminan siendo cualquier cosa. Y el universo ama la claridad, así que es imposible verlos manifestados en nuestra realidad si para nosotros no son algo concreto que se pueda alcanzar.

Creo que en este punto ya comprenderán por qué me ha costado tanto escribir este artículo. Y es que compartir nuestras debilidades no es una tarea fácil, pero cuando les plantamos cara nos ayudan a entender cómo podemos mejorar y cómo podemos lograr que todo lo que nos proponemos se manifieste de la manera que esperamos. Como, por ejemplo, escribir usando detalles concretos.

 

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Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos y ShiftGraphiX

Verde esmeralda

Laura miró su pendiente, el tesoro que arañó de la herencia de su madre cuando aun yacía en la cama. Alguien había dejado abierto el joyero junto al cadáver y rebuscó dentro hasta encontrar las dos piedras verdes en forma de lágrima. Había querido asegurarse de que no todo fuera a caer en las manos equivocadas con el reparto que haría su padre entre las hermanas. Desde entonces, esos pendientes eran su fetiche y los llevaba siempre que deseaba tener suerte.

Ajustó el cierre antes de ponerse el pijama y esconder las prendas que había usado para seguir a su marido aquella tarde. Miró el reloj, uno de los premios de consolación que le había dado su padre por aceptar que su hermana Helena, la favorita, se llevara el  collar de esmeraldas, y se sentó en el sofá a esperar. Víctor estaba a punto de llegar.

Repasó el abanico de opciones que se abría ante ella. Cada posible final la dejaría satisfecha: pasara lo que pasara, él tendría que arrodillarse y suplicar perdón. En su mente lo había ensayado todo aquel día en que, harta de que el móvil de su marido vibrara sin parar sobre la mesita de noche, se había levantado sigilosa para averiguar quién tenía la desfachatez de molestarlo a altas horas de la madrugada. Acabó sentada en el suelo de mármol, desnuda y con el teléfono entre las manos, sin poder desviar la vista de la pantalla mientras trazaba todo el plan que iba a culminar en ese momento.

El tintineo de las llaves anunció la llegada de Víctor. Laura se puso en pie para recibirlo en el rellano, como hacía desde que se casaron. Él la besó distraídamente en los labios, dejó su gabardina en el armario y volvió al salón. Ella lo seguía de cerca.

—¿Qué tal el día? —le preguntó a su marido.

Víctor se había sentado en el sofá y leía el periódico en el iPad.

—Bien, como siempre, ya sabes. 

—Pero anteayer me dijiste que esta tarde te reunirías en la oficina con los italianos.

—¿Los italianos? —Víctor la miró desorientado y volvió a concentrarse en la pantalla—. Ah, sí, tienes razón. Ha ido muy bien, les ha encantado.

—Pues he llamado a tu oficina y me han dicho que no estabas. Le he preguntado a Adrián si se había cancelado y él no sabía de qué le hablaba. Qué raro, ¿no?

Laura dejó la pregunta en el aire, saboreando el momento igual que un león se relame los labios ante una gacela exhausta. Acorralarlo de aquella manera era un premio a su astucia, un preámbulo satisfactorio antes del final. 

—Ya conoces a Adrián —contestó él entre dientes—. Suele tener la cabeza en las nubes. Habrá pensado que había salido porque me he reunido en la sala de juntas del ático.

—Ah, claro —contestó Laura como si hubiera zanjado el tema.

Se levantó para coger su móvil a la vez que la tensión en los hombros de Víctor desaparecía.

Volvió a sentarse delante de él con la espalda muy erguida y con dedos hábiles adjuntó una foto al mensaje que aparecería en el iPad. Era una imagen de Víctor abrazando a Helena, su hermana, con una bolsa en la mano. Estaban saliendo de su joyería favorita, esa a la que Laura arrastraba a Víctor al escaparate cuando pasaban ante ella.

Tal como había planeado, la cara de su marido se convirtió en un abanico de emociones. Primero sorpresa, al ver que el mensaje provenía de Laura. Después expectación, pues ella solía enviarle fotos sugerentes cuando estaba en casa. Por último pánico, cuando la imagen conquistó toda la pantalla.

—Quizá, si cambias italianos por mi hermana Helena y sala de juntas por joyería, podría empezar a creerte —repuso Laura con una sonrisa triunfal.

Era una invitación a que se arrodillara y empezara a pagar su traición.

Víctor se puso en pie, dejó a su lado el iPad, y miró a su mujer antes de dirigirse al armario. De entre los pliegues de su gabardina sacó la bolsa que Helena llevaba en la fotografía, y se la tendió.

Laura abrió con dedos temblorosos la caja cuadrada y plana que había dentro y liberó el fulgor del collar de esmeraldas que contenía. Hacía juego con sus pendientes. Admiró su belleza durante varios segundos hasta que reparó en el sobrecito blanco con un ribete dorado que acompañaba a la joya. En su interior, una tarjeta con la caligrafía de su marido le deseaba un feliz cumpleaños. Era el próximo sábado y, por una vez, Laura se había olvidado.

—Víctor, es maravilloso. Yo…

Dejó la frase en el aire. Estaba tan concentrada en su regalo que no se había dado cuenta de que su marido había salido de la habitación. Lo buscó por la casa, collar en mano, sin éxito. Al llegar al salón, descubrió el mensaje de Víctor en el móvil.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Stux en Pixabay

Nuestra imagen en las redes

Hace un par de meses leí un artículo de Cris Mandarica: Por qué no quiero ser como Ana González Duque. Es una reflexión sobre esa especie de envidia, no sé si sana o patológica, que hace que muchas personas quieran ser como otras a las que admiran. La autora derrocha sentido común e incluye una cita textual de Jaume Vicent: “Deja de intentar hacer lo que hacen ellas. No quieras copiar a nadie. Si no tienes el mismo talento, no te saldrá bien y, si lo tienes, no lo desperdicies copiando a nadie”. La idea me gustó y empecé a escribir un comentario. Pero era tan largo que al final acabé redactando este artículo. Y es que eso tan traído y llevado de la “imagen” siempre ha dado de qué hablar.

Hace pocos años, la opinión que teníamos de los demás o, incluso, la cara que decidíamos mostrar al mundo podía apoyarse en unos pocos pilares: intercambio de cartas con amigos, cotilleos con el compañero de pupitre del cole, o del compañero de trabajo y alguna que otra cosilla. Recuerdo la increíble emoción que me producía tener que esperar unos días o unas horas el revelado de un carrete de treinta y seis fotos en la tienda para saber si en alguna salíamos tan favorecidos como los actores de la cartelera de cine local.

Peeeeroooo, hoy las cosas han cambiado. Y mucho.

Han cambiado tanto que casi podemos elegir a la carta la imagen que queremos que el mundo tenga de nosotros. Como médico os diría que pensarais en los avances de la cirugía estética, pero este artículo me ha venido inspirado por mi pasión, la escritura, y no por mi profesión, así que prefiero tocar otros aspectos más generales que el simple cambio físico.

Ya no dependemos de esas fotos planas de dos dimensiones. Hoy contamos con herramientas para crear un perfil tridimensional y con múltiples facetas. De hecho, esas facetas son tantas que me limitaré a dos de ellas: cómo vendemos nuestra imagen y cómo consiguen los demás que compremos la suya.

La imagen propia

Para los valientes, están los quirófanos. Para los cobardes, la resignación o el Photoshop. Total, hay amigos virtuales a los que nunca veremos cara a cara, así que siempre está la posibilidad de hacerse miles de selfies sabiendo que, igual que cuando escribes mil artículos te saldrá uno genial, en una de las fotos aparecerá tu imagen ideal. Y ya solo nos quedará usar esa foto en nuestro perfil. Listo. Ojo, y si nuestra autoestima estuviera bajo mínimos, siempre podríamos usar un maravilloso paisaje o una frase zen escrita sobre un fondo de mariposas de colores.

Y ya con la foto fija, pasemos a la película. Si tenemos un blog, hay que currarse muy bien el apartado “Sobre mí”, o “Acerca de mí”, o como queramos llamarlo. En Google he encontrado un artículo de Javi Pastor que hablaba sobre esto y que me ha hecho sonreír porque empieza directamente con un enlace a la primera versión de su “Sobre mí”. Me ha picado la curiosidad y me ha sorprendido la gran diferencia entre las dos versiones, antigua y nueva, de ese apartado. A continuación, he pensado que soy una persona afortunada, porque cuando me embarqué con tanta alegría en nuestro proyecto de Letras desde Mocade no tenía ni pajolera idea de dónde me estaba metiendo. Menos mal que el apartado sobre nosotras lo escribió Carla, con tanto cariño como arte, y me libró así de un marrón que ni siquiera sabía que existía. Porque no es fácil escribir sobre una misma, la verdad.

Lo de tener un blog, por supuesto, no es imprescindible. Cualquiera, aunque no lo tenga, puede venderse como guste escribiendo sobre lo humano y lo divino en las redes sociales y desnudar su alma ante el mundo. Que ese desnudo sea sincero o real es otra historia. Y no es fácil descubrir a un mentiroso, salvo que nuestro vecino publique en su Facebook que canta como un ángel, y estemos hartos de oírlo desafinar en la ducha a través del tabique.

Y eso nos lleva a profundizar más en el tema: ¿qué cuento, de qué hablo?, ¿de mis gustos?, ¿de mis méritos?, ¿de mis ideas? Pueeessss… a ver, eso depende. ¿A quién quiero llegar?, ¿a muchos?, ¿conocidos?, ¿desconocidos?, ¿estoy aquí por hobby, o quiero que esto sea para mí un trabajo lucrativo? Yo, por ejemplo, iba a escribir la pregunta anterior terminando con “¿quiero que sea para mí un trabajo serio?” Y he cambiado lo de serio por lo de lucrativo porque pretendo seguir ganándome el pan como médico, pero me tomo la escritura cada vez más en serio, aunque tengo clarísimo que se trata de una afición.

Es decir que, a pesar de que mi artículo va de la imagen en plan teórico, no quiero dar la impresión de que escribo a la ligera. Mientras estoy dándole a las teclas sé que cada palabra es una pincelada que hará que quien me lea se forme de mí una imagen concreta. Y con eso me convierto en un ejemplo práctico de lo que intento transmitir aquí.

La imagen ajena

Cualquier persona que decida convertirse en personaje, más o menos público, cuando se integre en las redes sociales se encontrará con un montón de congéneres que andan en lo mismo que él, es decir, en busca de relaciones. Y esas relaciones, ya sean amorosas, laborales o de amistad, se basarán en la imagen que nos formemos de la otra persona. Fácil, diréis. Pues no. Y voy a usar como ejemplo las relaciones de pareja, aunque la idea se puede generalizar a las demás.

Hace años conocías a alguien, te enamorabas, y cuando llegabas a los dos o tres años de noviazgo y tu chico dejaba de comprarte flores, o te invitaba a ver una peli del Oeste en lugar de la de Brad Pitt, simplemente te mosqueabas con él, o le ponías morros, hasta que al final aclarabais las cosas. O, si el amor no era muy sólido, cortabas la relación y punto.

Hoy, si se presenta un problema con tu costilla, basta con sumergirte en las redes en busca de un sustituto. En el mundo virtual hay tantos príncipes y princesas azules, rosas, y de color indefinido, que estamos convencidos de que podemos dar con nuestro ideal. Y tarde o temprano esa nueva pareja también mostrará alguna grieta que hará que perdamos de nuevo la ilusión. Y vuelta a empezar. Que el amor al principio siempre es algo romántico, pero luego entra en juego la versión 2.0 y ya no es tan fácil amar también los defectos del amado. Quiero aclarar que echo mano de este ejemplo parcial y extremo para poner el dedo en la llaga. Porque, por supuesto, las redes sociales son mucho más que ese lugar virtual de encuentros sentimentales. Yo las defiendo, las uso y las disfruto. Y la prueba evidente es que estáis leyendo mi artículo.

Por otra parte, me parece un poco irónico que esas redes que, en principio, fueron una manera de acortar distancias entre seres queridos, se hayan convertido a veces en pequeños, o no tan pequeños, enfants terribles. Os pondré algunas pinceladas:

Whatsapp. ¿Por qué sentimos como un agravio personal que no nos respondan cuando vemos las dos líneas azules y sabemos que nos han leído? ¿Por qué usamos a veces nuestro estado para lastimar a alguien con indirectas o alusiones que cualquiera puede interpretar a voluntad? ¿Y qué diríais de los bloqueos y desbloqueos pasionales? Si no aplicamos un poco de sentido común a las conversaciones de Whatsapp, posiblemente nuestro mundo se asemeje al caos de una clase de párvulos con la profesora ausente. Y lo malo es cuando se trata de adultos y no de niños. Mirad si no esta parodia sobre la conversación de Whatsapp en un grupo de padres de un colegio.

Twitter. De este, ni hablo. Que es mi asignatura pendiente y el pajarito me tiene loca. Y conste que me encantaría dominarlo, porque lo de los 280 caracteres sería un extraordinario campo de entrenamiento para conseguir dominar mi tendencia a extenderme cuando escribo sobre lo que sea.

Instagram. Quien sepa sacarle partido tiene ahí una espléndida herramienta de marketing. Puede vendernos cualquier historia, y da igual que sea verdadera o falsa. Y podemos enamorarnos de alguien que se pasa la vida colgando fotos de museos y luego a lo mejor resulta que en su vida ha puesto el pie en ninguno.

Facebook. Quizá es la estrella de la película. Es algo así como la Wikipedia de lo personal. ¿Queremos saber por dónde anda nuestro ex? Pues a cotillear se ha dicho. ¿Nos vamos de viaje? Pues a colgar cuantas más fotos mejor, que la envidia ajena hace que algunos sientan que ascienden en el escalafón del valor personal. ¿Vemos una foto del novio de nuestra mejor amiga sonriendo, y sabemos que acaban de terminar? En seguida llegamos a la conclusión de que seguro que hay “otra” que le hace sonreír así después de haberle partido el corazón a nuestra compañera del alma. Porque no se nos puede ocurrir que, a lo mejor, también está tan triste que su madre le ha comprado un perro, o un mono, y por eso sonríe… ¿Verdad? Todos somos expertos en interpretar señales sin pensar que podemos equivocarnos al hacerlo.

Dejar de vivir de cara a la galería

Los avances tecnológicos han hecho que las relaciones entre las personas hayan evolucionado mucho en muy poco tiempo. Pero yo sigo defendiendo la idea de que vale la pena tener una buena imagen de nosotros mismos y de los demás. Sigue vigente eso de que “la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo”. Y una buena imagen solo se consigue si nos cuidamos para obtenerla. Ojalá tengamos todos sentido común para el manejo emocional de todas esas herramientas que hacen de la imagen propia y ajena una plastilina que cada vez podemos moldear más y mejor… o más y peor. De nosotros dependerá.

Adela Castañón

Foto: Pixabay

La vocación de Ricardo

Tictac, tictac, tictac…

Un sonido se extiende por toda la casa. Se abre paso entre las paredes, se arrastra por debajo de la puerta. Llega hasta los oídos de Lía y se acompasa con los latidos de su corazón, como si los segundos se le metieran entre las venas y marcaran el inicio de otra noche de insomnio.

Se frota los ojos con las manos y busca el interruptor a tientas. Le toma unos segundos acostumbrarse al resplandor de la bombilla. Se pasa dos dedos por la boca y aprieta el labio inferior entre los dientes. Mira de reojo el sobre que está en la mesita de noche. “¿A quién se le ocurre mandar una carta cuando se puede mandar un mail?”, piensa.

Se sacude las manos. Se rasca un poco la cabeza y finalmente se levanta. Camina en círculos y hace estaciones en la ventana, en el armario y en la puerta. Sale de la habitación hacia la cocina. Prepara un poco de té negro y regresa a la cama. Se queda unos minutos sentada en silencio. Mira la carta y repara en la caligrafía con la que está escrito su nombre. Señorita Lía Consuegra. “Debió hacer un curso de caligrafía si iba a mandar cartas” piensa mientras se calienta las manos con la taza.

Los pensamientos de Lía vienen y van. No se atreve a abrir la carta que Ricardo le dejó por la mañana. “Cinco años de noviazgo y ayer me decís que esto no sigue adelante porque te vas al seminario. Con lo mujeriego que sos, ya quisiera verte con sotana. A menos que ahora resulte que te afloró la vocación por mi culpa. ¡A la mierda!”. Lía aprieta la taza con las manos temblorosas. El té le salpica los dedos. La deja sobre la mesita y coge la carta. La arruga con fuerza y rompe parte del sobre. Se pasa la mano por la frente, suspira y la abre.

“Amor. Sé que no quieres verme y no te culpo. Si yo estuviera en tu lugar también estaría muy disgustado. Hemos vivido momentos maravillosos. Eres, sin temor a equivocarme, la mejor mujer que he conocido en mi vida”.

La carta tiembla entre las manos de Lía. “Después de todo resultó poeta este malnacido, ni sé para qué leo esta farsa”. A pesar del malhumor que tiene, Lía sigue leyendo, incapaz de detenerse. Se propone llegar hasta la última línea o la curiosidad terminará por devorarla.

“Sé que te estarás preguntando: ¿Por qué me escribe una carta y no me manda un mail? Pero tengo una buena explicación. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Esa noche que tenías puesto el vestidito azul que tanto me gusta, con el que se te ven las nalgas todas paraditas? De solo imaginarte. ¡Ay, Lía, qué ganas me dan de tenerte entre mis brazos! ¿Te acuerdas de aquel diciembre? Cuando nos hicimos novios hacía poco que había estado de cumpleaños y me regalaste un cuaderno con hojas blancas para que escribiera nuestra historia. Te quedó sonando que te dije que quería ser escritor algún día, pero cuando me viste la letra soltaste una carcajada que casi no pudiste decirme que tenía la letra más fea que habías visto, que habría sido mejor si me hubieras regalado un computador. Te puedo imaginar en este momento maldiciendo mi mala letra con esta carta en tus manos. ¡Cómo te quiero! Ayer no quería despedirme así, ni siquiera me dejaste terminar. Quizá debería haberlo hecho de otra manera, pero es que apenas te dije que me iba al seminario y que necesitaba tiempo, empezaste a gritar como una loca y a pegarme. Se me retorcieron las tripas cuando la señora Flora intervino al oírte, que hasta marica me llamaste. Cuando se puso en medio de los dos, me gritó con los ojos encendidos: “No se deje mijo. Muy bueno que se va a separar de esta loca”, pero tú sabes que te quiero. Te amo. Anoche no te pude contar mis planes. No me dejaste. Y la mejor parte era que no solo eran míos, mi amor. Eran, y son, de los dos. Espero que todavía estés leyendo, porque te iba a contar que me voy a un seminario para escritores. Mi tío Arnulfo me consiguió una beca, los estudios son en Italia y se demoran tres años. Mi vida, voy a empezar a trabajar en mi sueño, a ver si dejo de escribir como la mierda. ¿No te sientes muy feliz por mí? Por fin voy a dar un paso verdadero para hacer lo que me gusta. Te quiero proponer que nos vayamos juntos. Yo arranco primero y me instalo y después tú llegas y nos casamos allá. ¿Te imaginas? Asómate a la ventana que voy a estar esperándote hasta la madrugada del viernes, para que me digas que sí. Vive este sueño conmigo, mi amor. Te amo. Siempre tuyo. Richi”.

Lía suelta un grito que retumba por toda la casa. Se levanta de la cama abrazando la carta y dando saltos. La señora Flora sale de su dormitorio con los rulos en la cabeza y una levantadora que deja ver sus brotadas pantorrillas. Se ajusta el cinturón y mira la puerta de la habitación de Lía.

—¡Deja de gritar maldita loca! ¡Eh! ¿Cuándo me libraré de esta desquiciada? ¡Señor, dale oficio a ver si me deja de joder!

Lía abre la puerta y le responde con los brazos levantados.

—¡Tía Flora! ¡Me voy pa’ Italia! ¡Bien lejos pa’ que vos dejes de joderme la vida! ¡Te imaginas la dicha!

—¡Siempre es que hay mucho entelerido en este mundo, mija, y mucha boba con suerte! ¡Que Dios la bendiga pues y que desocupe rapidito la casa!

Lía se apresura a asomarse a la ventana y saca la cabeza. Ve sentado a Ricardo en el suelo, recostado sobre la pared, frotándose los hombros con las manos para ahuyentar el frío. Ricardo voltea la cabeza y se levanta al oír a su enamorada. Lía hace señas para que la espere y baja las escaleras deprisa.

—Cómo pude ser tan idiota, mi amor. Perdóname. Yo pensé que te ibas de cura y tenía tanta rabia contigo que, cuando llegó la carta, quería romperla y matarte con ella.

Ricardo sonríe ante las explicaciones de Lía. Se pierde en el abrir y cerrar de sus labios, en el brillo de sus ojos y en el incansable movimiento de sus manos que acompaña cada palabra. Su amada vuelve a ser suya. Es en lo único que puede pensar.

—Entonces, amor, ¿te vienes conmigo?

Lía se lanza a los brazos de Ricardo y entre besos y caricias le dice que sí. Jacinto, el mejor amigo de Ricardo, pasa por la acera de enfrente y participa de la escena. Entre risas le grita a su amigo:

—¡Llévatela para un motel!

Se escuchan las carcajadas de lado a lado. Ricardo sujeta el cuerpo de Lía contra el suyo y mira a Jacinto.

—¡Dijo que sí!

Mónica Solano

 

 

Imagen de Mikali

 

Profesoras aragonesas en un callejero paritario

En el año 1948 Agustina Rodríguez obtuvo el traslado al barrio zaragozano de Santa Isabel. Cuando llegó no tenía local para dar clases ni tampoco vivienda. Construyó, con su marido, una casa escuela y la alquiló al Ayuntamiento. Dedicaron la planta baja a vivienda y usaron la primera como aula. Agustina es un ejemplo más de los muchos maestros que dejaron lo mejor de sus vidas enseñando a los niños, aunque para ello tuvieran que realizar actos heroicos que, en principio, nada tenían que ver con su profesión.

Agustina Rodríguez, diez maestras más, dos profesoras de instituto y tres de universidad, se han ganado a pulso estar en el callejero de Zaragoza. Las dieciséis han sido unas campeonas. O mejor dicho, unas heroínas, por aquello de que en el Callejero de 1863 se honraba, con nombres y apellidos, a las primeras “Heroínas de los Sitios”: mujeres que defendieron la ciudad de los ataques de los franceses en los dos sitios que sufrió Zaragoza durante la Guerra de la Independencia.

Estas dieciséis profesoras han entrado tarde, muy tarde, más de cien años después que las heroínas. Casi todas están en los barrios rurales, donde más se reconoció la labor de alfabetización.

En 1983: Manolita Marco y Pilar Figueras, dos maestras carismáticas del barrio de Juslibol, fueron las primeras.

En 1997: Matilde Sangüesa, la maestra del Arrabal. Y dos del barrio de Santa Isabel: Agustina Rodríguez, maestra, y Pilar Lapuente, profesora universitaria.

En 1999: Águeda Centenera, maestra de Garrapinillos.

En 2006: Pilar Cuartero, maestra, y Joaquina Zamora, profesora de instituto, en el Actur. Avelina Tovar, maestra, en Santa Isabel.

En 2007: Angela López, profesora universitaria, en el distrito de su Universidad.

En 2009: María Teresa Giral, maestra de Montañana, y María Sánchez Arbós, maestra, en un camino que lleva a Juslibol. Ese mismo año se cambió el nombre de una calle del Picarral por el de Sara Maynar, profesora de instituto.

En 2010: María Pilar Almenar, María Pilar Gea, maestras, en Movera.

En 2011: María Jesús Ibáñez, profesora universitaria, en unos jardines de la zona de la Expo.

ONCE MAESTRAS

Marco Monge, Doña Manolita. (Morata de Jiloca, 1906-Zaragoza, 1994). Era la mayor de los cuatro hijos de Florencio Marco y Petra Monje. Estudió Magisterio en el Colegio de Santa Ana de Zaragoza y comenzó su carrera profesional en Caspe. Desde los veintiún años hasta casi su jubilación estuvo de maestra en Juslibol, en la escuela “Juan Enrique Iranzo”. Alfabetizó a tres generaciones, realizó una gran labor social y dejó una profunda huella entre sus alumnas y en el barrio. Tres años antes de jubilarse se trasladó al grupo escolar “Santo Domingo”, en la calle Predicadores. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una de las calles más céntricas del barrio de Juslibol, que había sido solicitada por los vecinos para conservar su memoria.

Marco Monge. Lápida. Recortada

Detalle de la tumba de doña Manolita en el cementerio de Torrero de Zaragoza

Figueras Talamas, Pilar. (Zaragoza, 1908-1997). Era la segunda de los cuatro hijos de Domingo Figueras y de Lorenza Talamas. En 1930 acabó Magisterio en Zaragoza. Ejerció en Villanueva de Gállego, Lobera de Onsella, Letux y Alagón. En 1975 se jubiló en el grupo “Juan Enrique Iranzo” de Juslibol, donde había sido maestra y directora. En 1983 el Ayuntamiento le dedicó una calle que había sido solicitada por los vecinos para mantener vivo su recuerdo.

Centenera Gómez, Águeda. (Alovera, Guadalajara, 1902-Zaragoza, 1992). Estudió en Zaragoza, donde vivía con sus tíos: el canónigo Rafael Centenera y su hermana Isabel. Se casó con un empleado de la Confederación Hidrográfica del Ebro. En 1999, los vecinos de Garrapinillos le concedieron una calle para recordar su dedicación a las gentes del barrio.

Rodríguez Rodríguez, Agustina. (Quintana de Sanabria, Zamora, 1915-Barcelona, 2008). Hija Francisco y Encarnación, labradores, estudió magisterio en Zamora. Comenzó haciendo una sustitución en San Román de Sanabria, pero su vida profesional estuvo ligada a Aragón. Sus destinos fueron: Espés Alto, entonces conoció a su futuro marido, Alfredo Ruiz, también maestro, Riglos, Cerveruela, Peraltilla y el barrio de Santa Isabel de Zaragoza, donde estuvo en una escuela mixta con más de sesenta y tres alumnos desde 1948 hasta su jubilación en 1980. Daba repasos y clases de adultos. También preparaba a los alumnos que querían estudiar bachillerato y realizó muchas actividades culturales. A sus ochenta años escribió en ordenador unas memorias en las que da una visión del importante papel de la mujer y de las duras condiciones de vida en el primer cuarto del siglo XX. Pasó de ser una niña que estudiaba con candil a usar tecnologías modernas. Unos días antes de su muerte  se comunicaba por e-mail con sus antiguas alumnas. En 1997 la Comisión de Cultura del barrio de Santa Isabel propuso su nombre para una calle, por su gran labor pedagógica y social.

Sangüesa Castañosa, Matilde. (Zaragoza, 1910-1996). Conocida como la maestra del Arrabal. Pasó su infancia en Jaca y estudió Magisterio en Huesca. Fundó y dirigió su propia escuela privada, “Santa Teresita”, en la plaza de san Gregorio. Según uno de sus antiguos alumnos: “La escuela particular de doña Matilde fue muy popular en el barrio y, además, contó con muchos alumnos que venían desde otras partes de la ciudad. Comenzó a dar clases en su propia casa en tiempos de la guerra. Según la edad, cobraba 3 ó 5 pesetas mensuales. Cada alumno se llevaba su silla. Daban clase con ella dos maestras, también muy populares, Presentación Lanaspa y Pilarín Tovar”. En 1997, a título póstumo y gracias a las gestiones de sus ex-alumnos, se le concedió la medalla de Santa Isabel de Portugal y se puso su nombre a una calle del barrio, justo al lado de la Estación del Norte donde había trabajado su padre como ferroviario.

Cuartero Molinero, Pilar. (Tarazona, 1906-Zaragoza, 1995). Estudió Bachillerato y Magisterio en Zaragoza. En 1929 comenzó a dar clases en su domicilio y, dada la afluencia de alumnos, abrió un colegio privado. En el curso 1932-33 fundó el Colegio Femenino de la Sagrada Familia. Ese mismo año su tío, el sacerdote Salvador Labastida Povar, fundó el Colegio Central-Masculino. El colegio de la Sagrada Familia nació como un centro de preparación para la Escuela de Comercio, Bachillerato, Magisterio y la Academia General Militar. Estuvo ubicado, sucesivamente, en la calle Cuatro de Agosto, Casa Jiménez, Independencia, Sagasta y Bruno Solano. Después tuvo otros emplazamientos y actualmente está en la orilla del Canal Imperial. Pilar Cuartero recibió la Cruz de Alfonso X el Sabio. El año 2006, el Ayuntamiento le dedicó un andador en el barrio del Actur.

Tovar y Andrade, Avelina. (Pontevedra, 1878-Huesca, 1973). Maestra, catedrática y directora de la Escuela Normal de Huesca. Se casó con Miguel Sánchez de Castro, periodista, maestro y profesor de la Normal. Los dos estuvieron ligados a la Institución Libre de Enseñanza. Acabó los estudios de Magisterio en 1901, y opositó a párvulos. Hasta 1906 ejerció de maestra en Galicia. En 1909, ingresó en el cuerpo de Profesoras Numerarias de Escuelas Normales en Castellón. En 1912 obtuvo una comisión de servicios, cuando la Escuela Normal Femenina de Huesca se trasladó de edificio. En 1915 estuvo en Segovia, de 1916 a 1929 de nuevo en Huesca, de 1929 a 1936 en Zaragoza y, finalmente, otra vez en Huesca hasta 1949, cuando se jubiló como catedrática de Geografía e Historia. Además, como diplomada en sordomudos y ciegos, trabajó con el Colegio de Madrid. Por su labor y por su dedicación al magisterio aragonés fue condecorada con el Lazo de la Cruz Roja y con la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el barrio de Santa Isabel

Giral Pérez, María Teresa. (Burgasé: Huesca, 1907-Barrio de Montañana, Zaragoza, 2003). El curso 1933-1934 estuvo en Ansó (Huesca). En 1934 fue destinada a Montañana donde ejerció hasta 1968. Ese año se trasladó Colegio Público “María Díaz” donde permaneció hasta su jubilación en 1973. Se casó con Lorenzo Oro, maestro del grupo “Venta del Olivar”. Tuvieron dos hijos: Luis Antonio, destacado científico aragonés a quien el Ayuntamiento le concedió la Medalla de Oro (2007) y le dedicó una calle (2009); y Luis Lorenzo, director de colegio “Tío Jorge”. El año 2009 los vecinos del barrio de Montañana quisieron honrar su memoria con el nombre de una de sus calles.

Sánchez Arbós, María. (Huesca, 1889-Madrid, 1976). Estudió Magisterio y Filosofía y Letras. Estuvo muy ligada a la Institución Libre de Enseñanza, colaboró con Menéndez Pidal y asistió a las clases que impartía María Goyri. En 1926 tomó posesión como profesora de la Escuela Normal de Huesca, puesto que abandonó en 1928 para volver a Madrid, donde aprobó unas oposiciones a la dirección de Grupos Escolares. Al final de la guerra fue encarcelada en Ventas, cárcel que dirigía con mano de hierro Carmen Castro, que había sido su alumna en la Escuela Normal de Huesca. Allí coincidió con el fusilamiento de “las trece rosas”, un grupo de trece jóvenes, entre los 18 y 29 años, la mayoría de ellas afiliadas a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). El 5 de agosto de 1939, las jóvenes fueron fusiladas en Madrid por el régimen franquista, acusadas de adhesión a la rebelión. Hoy su nombre preside una glorieta de un parque de Zaragoza. María fue excarcelada en diciembre de 1939. Dos años después fue absuelta por un tribunal militar, pero expulsada del Magisterio, aunque fue rehabilitada en 1952. El año 2009, su nombre sustituyó al del General Varela en una calle que comienza en el camino de Juslibol.

Almenar Bases, María Pilar. (Barrio de Santa Isabel, Zaragoza, 1953). Esta hija de Alejandro y Rosario, conocidos agricultores del barrio, fue alumna de Agustina Rodríguez, que desde 1997 también tiene dedicada una calle en el barrio. Después de los primeros destinos, desde 1982 hasta su jubilación, estuvo en Movera. Veinticinco años en el grupo “Pedro Orós”, cuyo huerto lleva su nombre, y después en “El Espartidero”, donde se jubiló el año 2013. Se especializó en Preescolar y realizó abundantes trabajos de Educación Infantil con María Pilar Gea García. El año 2010, a propuesta de los vecinos, la Alcaldía de Movera solicitó al Ayuntamiento de Zaragoza que dedicara sendas calles a dos de sus maestras: a María Pilar Almenar Bases y a María Pilar Gea García.

Gea García, María Pilar. (Zaragoza, 1953). Pasó su infancia en Ariño (Teruel) donde su madre, Isabel, era maestra y su padre, Aurelio, trabajaba de carpintero en SAMCA. Ejerció en varios pueblos de Teruel y obtuvo destino definitivo en la Escuela Mixta de Ariño. Desde 1978 hasta 2011, estuvo en Movera, en la escuela “Pedro Orós” de la que su marido, José Manuel Ontoria fue director veinticinco años. Una de sus hijas, María Pilar, estuvo de maestra de Ariño, como su madre y su abuela. La otra, Ana Isabel, es veterinaria. La ilusión por la enseñanza que María Pilar recibió de su madre la llevó a una entrega completa a sus alumnos. Se especializó en Preescolar y trabajó principalmente en Primer Ciclo de Primaria. Realizó actividades conjuntas con María Pilar Almenar Bases de Educación Infantil. El año 2010 se dio su nombre a una calle del barrio de Movera.

DOS PROFESORAS DE INSTITUTO

Zamora Sarrate, Joaquina. (Zaragoza, 1898-1999). Fue profesora de dibujo en el Instituto de Enseñanza Media de Zaragoza (1930), en la Escuela Superior de San Fernando (1931), en el colegio “Jesús y María” (1934-36), en Calatayud (1938) y en Tarazona (1950). En 1960 aprobó las oposiciones a cátedras de institutos técnicos. Estudió dibujo y pintura con Enrique Gregorio Rocasolano y se especializó en paisajes, bodegones y retratos. En 1924 obtuvo una beca de pintura de la Diputación Provincial de Zaragoza para estudiar en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando en Madrid. En 1919 participó en una exposición colectiva y en 1933 realizó su primera individual. En 1943 recibió el Primer Premio del Ayuntamiento de Zaragoza en la exposición-concurso “Rincones y jardines” y en 1944 el Primer Premio de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. En 1963 fue nombrada consejera del Centro de Estudios Turiasonenses. Desde el año 2006 tiene dedicada una calle en el Actur.

Sara Maynar

Sara Maynar, profesora del Instituto de Alcañiz

Maynar Escanilla, Sara. (Zaragoza, 1906-Burbáguena, Teruel, 1986). Fue la primera abogada de Zaragoza, una de las primeras de España y del mundo. Sara, una chica muy brillante, era la mayor de los cinco hijos de Manuel, un famoso abogado, y de Pilar. Estudió bachillerato en el Instituto Goya, se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras en Zaragoza. En 1930 comenzó a trabajar de abogada civilista en Zaragoza. Al acabar la Guerra Civil ejerció como profesora de Griego y de Lengua en los Institutos de Calatayud, Teruel y Alcañiz. Fue la primera directora del Instituto de Alcañiz y sirvió de modelo a las profesoras posteriores: después de ella hubo cuatro directoras en ese instituto. Cuando se jubiló, acabó su etapa de concejala del Ayuntamiento de Alcañiz y pasó unos años en Zaragoza. Al final de su vida vivió en Burbáguena con su hermana Raquel en el convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. El año 2009 la calle del Picarral que se llamaba Crucero de Baleares pasó a denominarse Sara Maynar.

TRES PROFESORAS DE UNIVERSIDAD

María Jesús IbáñezIbáñez Marcellán, María Jesús (Ateca, 1941-Zaragoza, 1985) Catedrática de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza. Su temprana muerte truncó una brillante carrera docente e investigadora. En 1960 estudio el bachillerato en el Colegio de Santa Ana y Filosofía y Letras en la facultad de Zaragoza. Completó su formación en varias universidades europeas. En 1984 obtuvo la cátedra de Geografía General Física de Zaragoza, donde desarrolló toda su labor docente. Sus trabajos de investigación son un referente en el campo de la Geomorfología y la época Cuaternaria. En 1991 la Asociación Española para Estudios del Cuaternario y la Asociación Española de Geomorfología crearon el premio M. ª Jesús Ibáñez para tesis doctorales sobre dichos temas. Desde el año 2011 lleva su nombre un jardín acuático entre el puente del Tercer Milenio y el Pabellón Puente.

Pilar Lapuente

Pilar Lapuente, profesora de Geológicas

Lapuente Mercadal, Pilar. (Zaragoza, 1959). Desde 1999 es Profesora Titular de Petrología y Geoquímica- Ha publicado numerosas obras y artículos científicos y tiene un reconocido prestigio nacional e internacional. Su infancia y juventud transcurrieron en el seno de una familia (“la de los esquiladores”) asentada en el entonces barrio rural de Santa Isabel. Estudió Geología en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza y se doctoró en 1991. Disfrutó de una Beca Posdoctoral en diversas universidades de Inglaterra donde tuvo la oportunidad de especializarse en el campo de la Mineralogía y Geoquímica aplicadas al estudio del Patrimonio Histórico y Arqueológico. En Junio de 1994, presentó, en la XIV Sesión Científica de la Sociedad Española de Mineralogía, el trabajo “Estudio mineralógico y textural de ladrillos de tres monumentos mudéjares de Calatayud (Zaragoza)”, financiado por la Institución Fernando El Católico de la Diputación de Zaragoza. Por este estudio, desarrollado en la Universidad de Oxford con técnicas de datación por termoluminiscencia, le fue concedido el premio “Medalla Jóvenes investigadores” de la Sociedad Española de Mineralogía, como reconocimiento y estímulo por su aportación en el campo de la Mineralogía Aplicada. La divulgación del premio por los medios de comunicación locales motivó que en 1997 la Comisión de Cultura de Santa Isabel propusiera que le fuese concedido su nombre a una calle.

López Jiménez, Ángela. (Pamplona, 1945-Zaragoza, 2007). Profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Zaragoza, socióloga y feminista, Presidenta del Consejo Económico y Social de Aragón, miembro del Comité Internacional de Expertos para asesorar al Ayuntamiento en materia de innovación urbana y desarrollo de la sociedad de la información. Era licenciada en Sociología Urbana y del Desarrollo por la Universidad Católica de Lovaina y doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó numerosas publicaciones, entre otras: Zaragoza ciudad hablada, Memoria colectiva de las mujeres y los hombres, Arte y parte: jóvenes, cultura y compromiso. Presidió el club de opinión de mujeres La Sabina, perteneció al SIEM (Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer de la Universidad de Zaragoza). Desde el año 2007 tiene dedicada una calle en el distrito de la Universidad.

Para terminar

En realidad, lo de un callejero paritario es un poco irónico. Más que una consecución es una aspiración. En la preparación de la segunda edición de La Zaragoza de las mujeres. Callejero, las autoras hemos constatado que los datos no son alentadores.

De las 3.230 calles de nuestra ciudad, 1.234 llevan nombres propios de varón y sólo 189 están dedicadas a mujeres de carne y hueso. Además, hay 40 dedicadas a santas y 142 a otro tipo de mujeres: reinas, princesas, nombres de películas, cuadros de Goya… Si este es el resultado de una ciudad que ha apostado por la presencia de las mujeres, ¿qué pasará en otras ciudades?

La presencia de estas profesoras nos suscita los nombres de otras muchas que también tuvieron, y tienen, méritos para dar nombre a una calle. Me gustaría que este artículo os sirviera de acicate. Que os animarais a buscar nombres de mujeres con méritos suficientes para denominar las calles de vuestras ciudades y que los propusierais a los ayuntamientos. La conquista de las placas de los espacios públicos es todavía una de nuestras asignaturas pendientes.

Carmen Romeo Pemán

Fuente documental. Romeo Pemán, Carmen (dir), Álvarez Roche, Gloria, Baselga Mantecón, Cristina, Gaudó Gaudó, Concha (2011): Callejero. La Zaragoza de las mujeres. Ayuntamiento de Zaragoza.

callejero-foto-principal

Imagen principal. Agustina Rodríguez, del archivo de la familia Ruiz-Rodríguez.

Los cuentos de la luna

Ríete, niño, que te traigo la luna cuando es preciso.
Miguel Hernández

Desde su cama del hospital el pequeño se conforma con el brillo que queda atrapado en la pared de su habitación. Sabe que, por la noche, la luna le envía un manto de plata, tan tenue que el ojo humano no puede apreciarlo. Pero los ojos del niño son diferentes. Ojos sabios, con mirada de eternidad. Ojos que saben que van a vivir toda una vida en cinco años, seis a lo sumo, si la quimio funciona en esta última intentona. Y ese vivir acelerado dota a sus pupilas de una percepción que va más allá de los sentidos.

Por eso el niño, desde su cama, ve todas las noches un trocito de la luna en la pared de su habitación. Y se enamora de ella. Aunque no sepa que lo que siente se llama amor, porque sus cinco años no manejan todavía esos términos del diccionario. Si pudiera llegar a adulto, lo sabría. Pero el amor y la muerte tampoco entienden de calendarios.

La madre, día tras día y noche tras noche, le da medicinas que ningún médico ha prescrito. Enjuga con sus besos el sudor frío que las drogas hacen nacer en la frente de su pequeño. Deja un reguero de mariposas en forma de caricias que se van posando en esas venas castigadas, venas de soldado veterano que sabe que está perdiendo su última batalla. Rastrilla con sus dedos el cráneo de su ángel, que antes era un mar de trigo rubio con tacto de seda y ahora es un erial reseco. Arropa una piel, frágil como un papel de fumar, que deja adivinar bajo ella ríos azules por los que viajan veloces microscópicas partículas, mensajeras de la muerte.

Y la mejor medicina de su madre, la que él prefiere, es la anestesia. La que noche tras noche pone en fuga al dolor. Llega como la lluvia, en forma de una voz que va desgranando en sus oídos historias dulces como la miel, cálidas como el sol en una mañana de verano, perfumadas como el algodón que le compraron en la última feria. La música de los cuentos le recuerda el eco de su risa y la de su madre cada vez que jugaban en el campo a tirarse en la hierba para hacerse cosquillas. La madre habla y habla, noche tras noche. Entra en la habitación, cuelga la rebeca en la percha que hay detrás de la puerta, y recoge las historias que teje hora a hora durante su espera. De día, la madre permanece muda. Pero por la noche las palabras escapan desde su alma hasta su boca, para llevarle a su pequeño los cuentos de la luna.

Y así miden el tiempo. En hojas de los árboles que cambian de color. En hojas de almanaque que van cayendo al suelo.

Una tarde el enfermo recibe una visita. Dos o tres compañeros de su clase llegan con la maestra. Es una chica joven. Lleva un ramo de flores y la madre, confusa, se queda con él entre las manos, sin saber qué hacer. El pequeño la observa y le sonríe. Se miran y se hablan sin hablar. Los dos piensan lo mismo: esas flores, mensajeras de un futuro de luto, llegan antes de tiempo. Son una avanzadilla del ejército que, meses o semanas después, acudirá con retraso a la batalla final. A esa última batalla, perdida de antemano. La que se librará, cuando sea tarde, sobre la tierra gris de un camposanto sembrado de lápidas torcidas en memoria de los que ya lucharon y perdieron.

Cuando por fin se marchan, la madre se levanta de la silla. Coge el ramo de flores, que le quema en los dedos, y se lo lleva fuera. Cuando regresa, trae las manos vacías y la boca rebosante de historias. Se sienta en el sillón y lo acerca a la cama para hablarle a su hijo.

–¿Qué te apetece, vida mía? ¿Qué quieres que te traiga?

El niño le sonríe y la sonrisa hace brotar una minúscula gota de sangre de sus labios resecos.

–Ahora no quiero nada, mamá. –Mirando a la pared, suspira. Y el suspiro suena a felicidad–. Ya tengo lo que quiero. Mira. –Los dos comparten el secreto de la luz de la luna en la pared–. Nuestro trozo de luna, el de todas las noches. Ese es nuestro regalo, tuyo y mío.

Rayos de plata entran por la ventana. El niño hace una pausa, y luego sigue hablando.

–Ahora no quiero nada. Pero cuando me muera…

La madre abre la boca, pero no puede hablar. Su voz, horrorizada, ha huido por la ventana a lomos de los rayos.

–Mamá, cuando me muera, conseguiré la luna. Quiero tenerla entera, y no solo un trocito.

***

No ha pasado ni un mes desde esa charla cuando se cierra el libro de una vida. La vida de su niño. Por fin se han ido todos. “Por fin”, piensa la madre, “podré cerrar los ojos”. Es la primera noche de una serie de noches en las que ya no harán más falta sus historias. Sale del cuarto de su hijo, ese cuarto que lleva tanto tiempo con eco, a falta de la risa del diablillo travieso que dormía entre sus cuatro paredes tiempo atrás. Cierra la puerta con cuidado, como hacía noche a noche para no despertarlo cada vez que el sueño lo rendía. Antes de aquel vacío. Antes de que sus sueños se cobijaran en las sábanas sin dibujos infantiles de una cama de hospital.

Se quita los zapatos. Sube muy despacito hasta el último piso. Abre la puerta y sale a la azotea. Allí, en el tendedero, unas sábanas blancas se agitan suavemente. Cierra los ojos para no ver esos sudarios, pero sigue oyendo sus susurros. Abre la puerta de un pequeño trastero y saca una escalera. La apoya en el pretil de la terraza y, lentamente, empieza a ascender peldaño tras peldaño. Sus rodillas llegan a la altura del muro. Levanta la mirada. Hay luna llena. Alza los brazos, las manos y los dedos extendidos, pero aún le faltan unos pocos centímetros para alcanzar la luna. Sube un peldaño más. Otra vez intenta elevarse, y casi lo consigue. Se pone de puntillas, ¡está llegando a esa bola brillante!

Inclina su cuerpo hacia delante. Por fin puede rodear la luna con sus manos. Cuando la tiene atrapada sonríe. Y justo antes de inclinarse oye una voz a su espalda:

–Mami, yo también quiero poder coger la luna.

La madre siente que la luna se derrite entre sus dedos. Se convierte en helados ríos de plata que bajan por sus brazos.

–Ayúdame, mamá.

La voz de su pequeña convierte en fuego el hielo que la invade. La madre siente que la sangre, esa sangre que ha quedado empapando la tumba de su hijo, vuelve a correr por sus venas, y al llegar a los ojos se desborda. Su amor se le derrama en lágrimas de culpa, de una culpa caliente que le escuece y le duele. Baja de la escalera, la pliega, la deja sobre el suelo y se aleja de ella igual que debió hacerlo Eva con la serpiente. Se acerca a su pequeña y se agacha a su lado. Con sus manos abraza las de ella para formar un círculo, y en su interior encierran a la luna.

La chiquilla se vuelve y le da un beso.

–Mamá, ¿no tienes frío? –Le rodea el cuello con los brazos–. Anda, vamos abajo. Me dijo el hermanito que cuidara de ti. Y me dijo también que te pidiera los cuentos de la luna. ¿Me acuestas y me arropas, y me cuentas un cuento?

La madre respira hondo. El pelo de su niña huele a hierba. En el cielo, donde antes estaba la luna, la cara de su hijo le manda una sonrisa.

–Claro, princesa.

Y con su niña en brazos, vuelve a entrar en su casa. De su boca se va el sabor a tierra y el aliento infantil le devuelve la vida. Y el alma de su niño las abraza y regresa con ellas.

Adela Castañón

Foto: Pixabay