Carmen Romeo. Firma invitada en el Cinco Villas

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

El día de San Nicolás, el patrón de El Frago y de los niños de las escuelas, el día del santo que trae los regalos a los niños de gran parte de Europa, José Ramón me regaló el espacio de la firma invitada en el blog cincovillas.com

http://www.cincovillas.com/firma-invitada-carmen-romeo-peman/

Hoy reproduzco el artículo que me publicó, precedido de la introducción que me dedicó.  Y al final os dejo mi currículum, que él lo ponía como introducción, pero yo, por esa timidez propia de la gente de mi tierra, lo he pasado al final. No es que me avergüence, pero tampoco es cosa de presumir.

¡Gracias José Ramón!

Introducción de José Ramón Gaspar

Sigo los escritos de Carmen Romeo en Letras desde Mocade y había leído su libro De las Escuelas del Frago, reconociendo en él, que solo una mujer amante de la enseñanza, a la que ha dedicado su vida y vivió su alegre niñez en aquellas escuelas de El Frago, junto a la románica iglesia de San Nicolás, podía escribir con tanta sensibilidad y cariño sobre ellas.

Le gustó en uno de mis post, la fotografía de una antigua escuela que conservan como “Museo de las Escuelas” en Lacorvilla y  que  hoy  su estufa de leña, sería objeto de decoración.

En sus escritos se adivina el respeto y admiración que tiene hacia estos pequeños lugares de las Cinco Villas de intachable historia, llenos de sencillez y cordura entre sus semejantes, y sobre todo, de la belleza y encanto que prima por doquier.

Creí oportuno que llegase a enriquecer mi blog con su pluma y le pedí que fuese FIRMA INVITADA en él.

Con toda amabilidad y prontitud en su aceptación, me envía su colaboración sobre algo que siempre he admirado: la unidad y afán de progreso para nuestra comarca, que hombres de distintos pueblos, con grandes esperanzas y anhelos, proyectaban pantanos, carreteras y hasta el tren, marcando una época, y dejando su sentir en las páginas de un periódico, el Cinco-Villas nacido en 1912. Y Carmen Romeo me cuenta:

Se me ha ocurrido hacerte este artículo, a propósito de una carta que me proporcionó Alberto Giménez Ara, ex alcalde El Frago, y que, en 1913,  el Secretario, Benjamín Biescas Guillén, la había mandado al periódico Cinco-Villas. Aquí reproduzco la carta, basada en hechos históricos y envuelta en un marco ficticio que yo he puesto en boca de Gerardo Miguel Dehesa, el director del periódico.

Agradezco su atención, y esta es su Pagina como FIRMA INVITADA.

José Ramón Gaspar

cabecera del cinco villa

Desde El Frago. Carta de Benjamín Biescas

Cuando en 1913 recibimos una carta de El Frago, yo llevaba casi un año de director del “Cinco-Villas. Periódico regional independiente bimensual”. Lo llamamos así por Ejea de los Caballeros, Tauste, Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico. Las cinco villas que dieron nombre a nuestra extensa comarca.

Tres años antes, en 1910, yo, como era natural de Ejea, me había juntado con mi paisano el famoso abogado Manuel Maynar Barnolas, y con el farmacéutico Eloy Chóliz Sánchez, natural de Valpalmas. Queríamos dar soluciones a los problemas de nuestra comarca, sobre todo a la falta de riegos y a las malas comunicaciones de los pueblos. Para eso fundamos la Junta de Defensa de las Cinco Villas. Y, dos años después, en 1912, creamos el periódico Cinco Villas para dar voz a esa Junta y vida a los pueblos de la comarca. Nuestras publicaciones se orientaban a exponer las reivindicaciones, a denunciar las injusticias y a permitir que nuestros paisanos manifestaran sus opiniones.

Íbamos a publicar el número 24. Sabíamos que existía El Frago. Allí teníamos un suscriptor que nos había adelantado las 2,50 pesetas de la cuota anual, cosa que era poco frecuente. Pero no habíamos llegado a recoger noticias de esa zona porque el Cinco-Villas lo llevábamos los tres solos y no dábamos abasto.

—Oye, Gerardo ¿has visto la carta que ha llegado de El Frago?

La había leído y me había sorprendido mucho. Tanto que estaba decidido a incluirla en el número que iba a salir en unos días. Me llamaron la atención la buena prosa y la claridad de ideas. Incluso había pensado que ese Benjamín Biescas podría ser un buen redactor.

—Sí, sí. La he comentado con Eloy. —Me volví hacia Manuel que se había quedado de pie esperando mi respuesta—. La verdad es que el tipo da en el clavo. Escribe bien, con una prosa rigurosa, fresca y moderna. Y con gran sentido del humor, que buena falta nos hace. Tiene pinta de ser algún estudiante que esté pasando las vacaciones por allí.

—¡No, hombre, no! —Manuel apoyó las manos en la mesa y adelantó un poco el cuerpo—. Es el Secretario del Ayuntamiento. ¿No te acuerdas de que estaba en la lista cuando nombramos corresponsales a todos los secretarios? Se nota que es un hombre bien formado y muy interesado en los temas que afectan al pueblo y a la comarca. —Hizo una pausa y siguió—: ¿Puedes leérmela?

El Frago, 8 de Febrero de 1913

Sr. D. Gerardo Miguel Dehesa

Muy señor mío: aunque tan solo sea para dar señales de vida, tengo el sumo gusto de dirigir a usted estos mal hilvanados renglones (si lo merecen) en el periódico de su dirección.

Desde el primero al último número de “Cinco-Villas” que se han publicado los he recibido sin el menor retraso ni falta, y han sido leídos por mí con tal avidez y entusiasmo, que creo no haberme dejado sin leer, en ninguno de ellos, ni el título de imprenta. Con esto tan solo quiero decir la satisfacción que me produce su lectura, por la que veo que su constante afán es hacer bien a sus semejantes y en especial a los de las Cinco Villas.

Lo que sí me llama la atención es que los nombres de los pueblos de Orés y El Frago no suenan por ninguna parte, y no sé si esto será debido a la situación topográfica que ocupamos, a que no chillamos, a la apatía o a la indiferencia de sus convivientes, a que somos muy sufridos o a que vivimos en un paraíso terrenal en el que nada nos hace falta. Y creo, pues, que no debemos ser ni tan callados, ni tan sufridos, ni tan apáticos, ni tan indiferentes, porque son muchas las cosas que nos hacen falta y que deben publicarse para que se sepa que las necesitamos, porque está visto que el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.

Por mi parte, puedo decir que este pueblo pidió al Gobierno (no sin razón) un premio por el fomento del arbolado y se le concedió; pidió un trozo de camino vecinal y por Real Orden de 9 de noviembre último también se le ha concedido. Lo que no se sabe es por qué no se está haciendo ya ni cuándo se hará; pero sí sé que el pedir las cosas y tener confianza en alcanzarlas es tener conseguido más de la mitad.

Tampoco debemos dejarlo todo a la acción del Gobierno nacional, porque este tiene muchos puntos donde acudir, sino que nosotros, por nuestra parte, debemos hacer muchas cosas que no hacemos, y lo poco o mucho bueno que cada uno hace debe publicarlo para que lo imiten los demás. Véase cómo nosotros, sin el auxilio del presupuesto de la nación, hemos hecho de nueva planta una escuela de niños que dudo haya en la provincia otra que reúna mejores condiciones higiénicas y pedagógicas que la nuestra. Tenemos un vivero municipal para la repoblación del arbolado, de donde todos los años se saca una multitud de planta y la que le sobra al Ayuntamiento la distribuye entre sus convecinos. Desde el año 1906 venimos celebrando, cada vez con mayor solemnidad, la Fiesta del Árbol, y esto ha despertado tal estímulo entre los vecinos que oficial y particularmente se hacen plantaciones inmensas, que dentro de pocos años han de reportar muchos beneficios.

Ahora se trata de implantar la mutualidad escolar, y de su resultado daremos cuenta oportunamente a los lectores de las “Cinco-Villas”. Esto que a nosotros nos parecen obras buenas nos hace pensar algunas veces que hacemos el ridículo por falta de imitadores.

Réstame decir que, según noticias particulares, he sabido que personas de muchos conocimientos y verdadero interés por esta comarca, van a Luna, al objeto de asistir a la reunión que en esta villa se trata de celebrar el día 23 del mes actual sobre el pantano de Luna, y aprovechando esta excursión, entiendo que sería muy conveniente que la ampliasen hasta Biel y así verían sobre el terreno que la carretera de Zuera a Murillo debe variarse, si ya no se ha hecho desde Luna, para que en vez de seguir su primitivo trazado, vaya por el cauce del río Arba a enlazar en el término municipal de la villa de Biel con la de Uncastillo a Murillo, que indudablemente tienen que ser de mucho menos coste y de muchísimo más provecho que por donde se trataba de llevar, advirtiendo que no basta variar el trazado, sino ejecutar la obra, y cuanto antes mejor. A la vez dichos señores excursionistas verían en Biel este hermoso pantano que  tiene allí improvisado la Naturaleza y que tan solo hace falta aplicarle las tajaderas.

Temiendo haberme hecho molesto, doy punto final a esta carta, por cuya publicación le quedará sumamente agradecido su afmo. S. s. s., q. e. s. m.,

Benjamín Biescas.

Manuel me dijo que teníamos que publicar la carta con una respuesta. Así que, en la misma columna, incorporamos una nota que yo mismo redacté.

—¿Qué te parece?

—Anda, léemela.

Cartas como la del Sr. Biescas hacen falta, tenían venir de los pueblos para su publicación en todos los números. Esa es nuestra campaña, arrancar del indiferentismo.

—¿Crees que voy por buen camino?

—Sí, sigue, sigue.

Los representantes en el Municipio, en la Diputación, ya provincial como a Cortes, necesitan orientación comarcal, por el camino del progreso al bienestar de todos, y para todos está el Cinco-Villas, siempre dispuesto a cooperar con energía, con oportunidad y con amor.

—Yo creo que el señor Biescas se quedará satisfecho. Además le podríamos solicitar que nos mandara noticias de El Frago, Biel, Orés, Lacasta y Júnez. Que no es fácil llegar a esos pueblos.

—Me parece bien. Ese Benjamín piensa como nosotros y conoce la zona. Me da que se está adelantando a algunos problemas. Me refiero a las pegas que pone a que se haga el pantano de Villaverde. —Se quedó pensativo un momento—. No sé, pero, a lo mejor don Ramón Ríos, el ingeniero que ha hecho las mediciones en Villaverde, tendría que hacer otras en Biel. Sería bueno que tuviera en cuenta lo que dice el señor Biescas que conoce bien la zona y hace una propuesta muy razonable.

—Estoy de acuerdo contigo, pero los mandamases no darán su brazo a torcer —le contestó Gerardo, que en ese momento estaba secando el plumín en el papel secante.

—Es que lo he meditado mucho. Las grandes proporciones de la obra de Villaverde podrían condenarla al fracaso. No está mal eso que dice de trasladar la presa encima de Biel, cerca de lo que se llama el “Pozo Tronco” o “Después del Cerro”, unos veintitantos kilómetros más arriba del Castillo de Villaverde. Pero, como tú dices, estos ingenieros, aunque no conocen la zona, no se dejarán convencer por el secretario de un pueblo.

—Y menos por una persona desconocida. Si hasta nosotros pensábamos que era algún estudiante de cura. —Se rieron los dos.

—Pues es bastante racional en lo que expone. Aunque lo encuentro un poco exagerado en lo de las escuelas. —Manuel se quedó callado un momento antes de continuar—. Creo recordar que hace unos años hicieron mucho ruido pidiendo subvenciones. Y sé de buena tinta que hace seis o siete años arreglaron la escuela de chicos. “La arreglaron digo”, y nada de hacer una de nueva planta, que no tenían dinero. De hecho la de chicas ni la tocaron.

—¿Y cómo conoces tantos detalles de ese pueblo? Ahora sí que me sorprendes.

—No olvides que nuestro amigo Carlos Guzmán vive en El Frago. Y que anda muy metido en esto de las escuelas. Me cuenta que cada año tienen que alquilar algún local cochambroso para la escuela de las niñas. Y que lo sabe de primera mano porque le han pedido una casa que tiene medio arruinada para meter a las crías.

—Pero, ¡cuánta información privilegiada consigues!

—Pues aún te diré más, Carlos Guzmán me dijo que la maestra, doña Simona, está desesperada y no sabe a quién acudir —se santiguó—. Espero que no se le ocurra escribir al Cinco Villas. Que no estamos para enfrentarnos a los ayuntamientos.

—¡Qué secretario tan astuto! Se calla el tema que más quebraderos de cabeza le da.

Después, ya no tuvimos ocasión de publicar otros artículos del Secretario de El Frago. Nuestro periódico sólo tuvo cuarenta y ocho números y murió por asfixia económica. Manuel, Eloy y yo le habíamos alargado un poco la vida con nuestros ahorros, pero no pudimos hacerlo sobrevivir. El Cinco-Villas había nacido en marzo de 1912 y su último número salió en marzo de 1914. Fue un periódico adelantado para su época. Igual que Benjamín Biescas Guillén, el Secretario de El Frago, que sintonizaba bien con la línea del periódico como lo hizo constar en la única carta que le pudimos publicar.

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Para una comprensión cabal de la carta y del relato que le sirve de marco, contextualizaré a los personajes históricos que han ido apareciendo.

Gerardo Miguel Dehesa (Ejea de los Caballeros, 1852-1938). Ex militar. Presidió la Junta de Defensa y dirigió el periódico Cinco Villas. Solía firmar con el pseudónimo de “Camarales”, nombre de un término en la vega de Ejea.

Manuel Maynar Barnolas (Ejea de los Caballeros, 1875-Zaragoza, 1961). Fue decano del Colegio Profesional de Abogados, diputado provincial y regidor del Ayuntamiento de Zaragoza. Un hombre de inquietudes intelectuales y vasta cultura.

Eloy Chóliz Sánchez (Valpalmas, 1870-Zaragoza, 1966). Un notorio farmacéutico que junto con Miguel Rived Aburnies, otro cincovillano de Uncastillo, crearon la firma comercial Rived y Chóliz. Eloy fue un importante soporte moral y económico para el periódico, donde firmaba con los pseudónimos “Lucio”, “X”, “Z”, “A”, y con anagramas como “El Hoy”.

Ramón Ríos Balaguer (Zaragoza, ca.1884-1950). Ingeniero militar que en 1913 se encargó del proyecto de la llamada “presa de Luna”. No aceptó la propuesta de subir la presa a encima de Biel.

Carlos Guzmán Alamán (Ejea de los Caballeros, 1875-¿?), un terrateniente de Ejea con posesiones en Sádaba. En 1905, se casó en El Frago con Josefa Dorotea Murillo Senao (El Frago, 1886-¿?) y varios de sus hijos fueron a la escuela en El Frago.

Benjamín Biescas Guillén (El Frago, 1874-Bata, Guinea, 1953). Secretario del Ayuntamiento de El Frago durante más de treinta años. Desde 1904 hasta que, al acabar la Guerra Civil, fue condenado a un silencio administrativo por un expediente de responsabilidades políticas.

Simona Paúles Bescós (Aísa, Huesca, 1843-Petilla de Aragón, Navarra, 1935). Ella y su marido Pedro Uhalte Alegre (Villarreal de la Canal, Huesca, 1840–Petilla de Aragón, Navarra, 1917), estuvieron treinta años de maestros en El Frago y dieron una gran estabilidad educativa al pueblo. Simona llegó por traslado en 1883 y se jubiló en El Frago en 1913.

Carmen Romeo Pemán

 

periódico con carta de benjamínEn este número apareció la carta

(Copia de la Edición del Centro de Estudios Cinco-Villas. 1989)

Y todo lo anterior iba precedido por este currículum.

Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), catedrática de Lengua y literatura, fue alumna de la escuela de El Frago hasta los 13 años. Es Maestra de Primera Enseñanza y Licenciada en Lenguas Románicas. Fue profesora de la Universidad de Zaragoza, del Instituto Francés de Aranda de Teruel y del Instituto Goya de Zaragoza. Ha participado en programas de investigación y educativos, nacionales e internacionales; ha pronunciado conferencias; ha asistido a congresos y mesas redondas; y es autora de numerosas publicaciones pedagógicas y literarias. En 1977 recibió el premio “Bernardo Zapater Marconell”, de ámbito nacional, por su trabajo de investigación en la zona de Albarracín, que reflejó en su libro Los Mayos de la Sierra de Albarracín (1980), CSIC.

Desde que, en 1972, se ocupó de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en sus publicaciones posteriores han menudeado las referencias a El Frago y a las Cinco Villas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, el año 2014, obtuvo un premio nacional con el relato De la roca nacida, de la serie “Las fragolinas de mis ayeres”. Ese mismo año el Centro de Estudios de las Cinco Villas, con la IFC, le publicó De las Escuelas de El Frago, su primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, publica relatos y artículos relacionados con El Frago y las Cinco Villas en el blog Letras desde Mocade, que comparte con tres escritoras más.

Entre sus numerosas publicaciones destacan, Estado general de las escuelas de Primeras Letras en la comarca de Borja antes de la Ley de 1838 (1980), Universidad de Zaragoza. Acceso al magisterio de Retórica y Gramática de Borja en 1774 (1980), Universidad de Zaragoza. Corrección y creación idiomática en los medios de comunicación de la Comunidad Autónoma aragonesa (1995), (coautora), Universidad de Zaragoza. Varias guías de lectura: En torno a Goya y Muñoz Puelles (1996) (coautora), MEC; Guía de lectura para “Cinco mujeres en la vida de un hombre” de Ramón Acín (2007), MEC; Una lectura de la obra de María Ángeles de Irisarri (2008), MEC.

Es coautora de: María Zambrano y sor Juana Inés de la Cruz. La pasión por el conocimiento (2010), PUZ. Reinas, señoras y Damas Enfermeras en la Cruz Roja de Zaragoza (1870–1986) (2011), Cruz Roja. Rosalía de Castro y Carmen Conde: emisarias de lo sagrado eterno (2014), Bubok.

Forma parte de un equipo de investigadoras, autoras del primer material didáctico en formato digital, Acortando distancias. Un viaje hacia la voz, el trabajo y el voto de las mujeres (1998), Instituto Aragonés de la Mujer y Universidad de Zaragoza. De un estudio sistemático de la presencia de la mujer en espacios urbanos, La Zaragoza de las mujeres, Callejero (2010), Ayuntamiento de Zaragoza, que ya lleva la segunda edición. De los carteles de una exposición y de la historia de WILPF (Women’s International League for Peace and Freedom), 2015. Y de Paseos por la Zaragoza de las mujeres, que en breve  verán la luz, editados por el Ayuntamiento de Zaragoza.

Buenos propósitos

“Año Nuevo, vida nueva”. Yo sigo el refrán y la costumbre de hacer buenos propósitos para el año que comienza. Así que, cuando me planteo los nuevos objetivos, comienzo por un balance. Una costumbre muy generalizada entre los escritores de los blogs que sigo.

Soy poco dada a mirar hacia atrás y cada vez lo hago menos. Quizá porque lo que veo delante me gusta y por eso no me apetece perder el tiempo echando sal en heridas que curarán, antes y mejor, si no me dedico a lamerlas, a menos que sea para extraer enseñanzas de las experiencias, aunque no sean agradables.

Si la retrospectiva me recrea vivencias positivas, la cosa cambia. Soy de las personas que piensan que hay que dar mucho más peso a lo bueno. Eso siempre está en nuestra mano. Y a la gente positiva que conozco le suelen ocurrir más cosas buenas que a los pesimistas. O tal vez lo viven de otro modo, y por eso la balanza siempre se inclina a su favor. No aspiro a imitar a Paulo Coelho o a Jorge Bucay, a los que, dicho sea de paso, leo de vez en cuando y no me avergüenza decirlo, aunque sé que las cosas no son tan sencillas.

De todos los personajes mediáticos a los que leo me quedo con lo que me convence. Tengo ya una edad en la que mis criterios están bastante claros, ¡pobre de mí si no fuera así! Y puedo escribir con seguridad acerca de mis propias opiniones y experiencias sin recurrir a copiar y pegar textos. Voy, pues, a los propósitos que me he planteado y me basaré en lo que ya he dejado atrás.

Mejorar mi forma física

Topicazo donde los haya, lo sé. Pero no me negaréis que su ausencia en mi lista de deberes dejaría un hueco enorme. Tan enorme como algunos de los bizcochos que me he comido en estas fechas y que se han empadronado gustosos, en sentido literal y metafórico, en distintas regiones de mi anatomía.

Nunca he sido lo que se llama una sílfide. Ni de lejos. La tía de un noviete que tuve le decía a su sobrino que se había echado una novia que era demasiado “jaquetona” para él. Aquello me hizo sangre en su día y, no sé si por eso, o por otros motivos, el romance murió a los tres meses de nacer. Pero ser grandota y aparentar más edad también tiene sus ventajas. Con quince años, si me hacía un moño bajo, podía entrar al cine a ver películas para mayores de dieciocho años sin que me pidieran el DNI. Porque, aunque algunos jóvenes no se lo crean, hubo una época, allá en la prehistoria de hace no tantos años, donde esas cosas pasaban. En fin, para no irme por las ramas, diré que uno de mis buenos propósitos es recuperar mi línea perdida. Que tras dos partos y muchos años rellenita, conseguí hace unos pocos quedarme bastante mona, pero me fui relajando y… bueno, ya podéis suponer la continuación de la historia. Espero que, en enero de 2020, podré contaros otras cosas y, además, poner una foto mía cuando escriba un artículo parecido a este, jeje.

Escribir

Seguro que a este propósito le estaréis dando más credibilidad que al anterior, y no os culpo. Pero tengo que ponerlo aquí, porque echando la vista atrás me doy cuenta de que no me lo he propuesto nunca de modo consciente, como estoy haciendo ahora. No cabe duda de que es algo que vengo cumpliendo cada vez más y mejor y no me importa decirlo aunque alguien piense que es faltar a la modestia. Estoy orgullosa de mi trayectoria como escritora. He dejado de padecer el síndrome del impostor en cuyas garras había caído sin saber bien cómo. Así que ahora disfruto de mi recién estrenada salud como autora y me enfrento al agradable reto de mantener una continuidad en mi relación con la escritura. Porque es muy bonito participar en las redes sociales con mis relatos y artículos y encontrarme con esos regalos en forma de comentarios y de “me gusta” de personas que me leen. Algunos son de amigos y conocidos, pero otros, cada vez más, son de personas a las que no les pongo cara, pero que me leen, me escriben e interaccionan conmigo, me regalan su tiempo. Y eso es algo que, desde aquí, aprovecho para agradecer.

Este propósito de escribir va a tener este año mucho peso específico porque lo de escribir era y sigue siendo una meta. Y necesito plantearme objetivos concretos para alcanzarla. Meta y objetivos no son palabras sinónimas, y ya hablé sobre eso en este artículo de hace un año. Porque los objetivos son los adoquines que alfombran nuestro camino hacia la deseada meta. Y aquí, a riesgo de volver a parecerme a Coelho o a Bucay, tengo que deciros que la felicidad, en cuanto a escribir se refiere, la estoy encontrando en el camino y lo de la meta es más que nada un añadido teórico. No tengo que generar ingresos con la escritura, puesto que mi trabajo como médico es lo que me paga las facturas. Ni tengo una meta concreta del tipo “publicar mi primera novela”, o algo así, aunque lo cierto es que acabo de empezar a revisar el borrador de mi primer proyecto y tengo dos borradores más descansando hasta que les vuelva a poner la vista encima. Pero me he propuesto conceder más importancia a objetivos concretos. Por ejemplo, revisar al menos dos capítulos por semana del borrador. Y en ello estoy.

También pienso mantener mi ritmo de publicaciones en este Letras desde Mocade que es para mí una escuela y mi segunda casa, aunque sea virtual. Y, como Mocade nació gracias a las amigas a las que conocí en la Escuela de Escritores, en pocos días volveremos a ser compañeras de pupitre en el curso de Relato Breve que vamos a comenzar. Con la alegría añadida de que también se ha matriculado un compañero de cursos anteriores al que las mocadianas queremos mucho, y una compañera mía de sufridas guardias con la que me encantará compartir letras gracias a la proximidad que nos dará esta enseñanza on line.

Y yo creo que con esos dos propósitos voy bien servida. Todos los días del año son buenos para hacer borrón y cuenta nueva, pero en estas fechas parece que esa posibilidad de cambio se ve más al alcance de la mano.

Bueno, pues ya me contaréis cuáles son vuestros buenos propósitos. Los míos me gustan y me apetecen. Y eso es ya un estupendo comienzo.

¡Feliz año nuevo!

Adela Castañón

Imagen: Photo by Green Chameleon on Unsplash

Gregoria Brun, la maestra de Concepción Gimeno Gil

#nuestrasmaestras

Andaba buscando genealogías femeninas y cayó en mis manos La mujer española (1877), un libro de Concepción Gimeno Gil en el que dedicaba un capítulo a su maestra Gregoria Brun, cuando todavía vivía. Lo leí muchas veces y siempre me provocaba la misma emoción: por la grandeza de la maestra y por la generosidad de una alumna que en ese momento ya era una periodista famosa.

En varias publicaciones se hace referencia a ese capítulo, incluso se glosan algunas de sus partes, pero pocas lo transcriben y ninguna se acerca a la biografía de la maestra que lo inspiró.

Tendré en cuenta lo que otros han dicho, aunque, en mis palabras, pondré el énfasis en doña Gregoria y, para su biografía, recuperaré los datos fragmentarios que me ofrecen los archivos que he podido consultar. También daré cuenta de la convulsa vida de su familia, como consecuencia de los acontecimientos políticos del momento.

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La mujer española. Portada. 2

Concepción Gimeno Gil (Alcañiz, 1850-Buenos Aires, 1919), más conocida como Concepción Gimeno de Flaquer, por su matrimonio, en 1879, con el periodista catalán Francisco de Paula Flaquer i Fraise.

Fue una mujer adelantada a su tiempo: maestra, escritora, periodista, fundadora y directora de varios periódicos en España y América. Luchó por los derechos de la mujer y defendió un feminismo moderado. Buscó un punto medio entre las avanzadas ideas feministas y las tendencias tradicionales. Y lo encontró en la defensa de la dignidad intelectual y humana de la mujer.

Desde los cinco años hasta los dieciocho vivió en Zaragoza y fue a la escuela con doña Gregoria, de la que nos dejó este magnífico retrato:

Doña Gregoria Brun, que así se llamaba, era el tipo más acabado de la distinción y la superioridad: su estatura bastante elevada, su figura majestuosa. Como en la infancia lo más leve más impresiona, la suave severidad de mi directora, su noble altivez, su dignidad y hasta su belleza escultural contribuían a formar en mi fantasía una ilusión que me la hacía considerar como un ser superior, castigado a vivir en la tierra; como un ser algo más que mujer, cual una divinidad de los antiguos tiempos.

Favorecía a mi ilusión su carácter,  distinto completamente al de todas las mujeres, pues mi directora hubiera podido decir en voz alta: “Tengo el honor de parecerme más que a mí misma”.

Era sumamente original y, por eso, odiaba la rutina; su lenguaje era fácil, elevado y persuasivo, pero muy sencillo; jamás olvidaba que hablaba con la infancia.

Como su voz era buena, su palabra armoniosa y vibrante, conseguía apoderarse de nuestro corazón y nuestro criterio: mi afecto hacia mi directora era un culto.

Cuando se rodeaba de niñas, y ante un mapa nos explicaba geografía, parecía Minerva distribuyendo el pan de la inteligencia.

Sus ojos eran dos astros que arrojaban ígneo resplandor, porque asomaba de ellos el genio. Su frente espaciosa parecía trasparente cuando intentaba inculcarnos grandes ideas. Y su semblante, de líneas correctas y severas, pero nunca duras, se animaba al percibir que habíamos comprendido sus lecciones.

Tenía varias auxiliares pasantas, porque, como directora de la Normal, el mayor cuidado la consagraba a las jóvenes que estudiaban para maestras, pero nadie podía relevarla dignamente.

Encontrábamos pobre y confusa la explicación de la que la representaba. Y, como la sabiduría se impone tanto, a nadie concedíamos la respetuosa atención que a nuestra directora. Donde podían haberla admirado los hombres más eminentes, era en las clases de las aspirantes al título de maestra. El número de estas era inmenso, y entre ellas se encontraban algunas de más edad que mi directora. Otras sumamente ilustradas. Bastantes de familias aristocráticas, que, sin necesitar esa carrera, anhelaban un título que tanto enaltece a la mujer y que es el único que no le está vedado en España.

Como siempre he tenido afición de aprender, en las horas de recreo abandonaba los juegos infantiles y me ocultaba en un rincón del salón de las maestras para escuchar a mi directora en las clases superiores. Entonces lucía ella sus vastísimos conocimientos, su elocuencia ciceroniana, sus brillantes disposiciones para la oratoria. Aquel auditorio exigente se entusiasmaba tanto que, inconscientemente y turbando el silencio de los regios salones de aquella gran escuela, prorrumpía en bravos y aplausos, cuyo eco detenía por un momento el bullicio de las traviesas niñas que revoloteaban por los patios destinados a correr y jugar.

Aquella sublime mujer dominaba con la palabra a más de cien mujeres despejadas, altivas, orgullosas, audaces o irónicas las más.

Un día me sorprendió oculta por el caballete de la pizarra en un ángulo del salón. Y, al observar mi atención y verme convertida en estatua, del asombro, por la expresión de mi rostro, me concedió el título de oyente. Y desde entonces tuve un puesto en el salón de aquella clase, cuyas alumnas estaban cursando el último año de la carrera.

Confieso que me enorgullecí ante tal deferencia y me di toda la importancia que pude entre mis condiscípulas. Este rasgo era, indudablemente, un desbordamiento de mi amor a la gloria.

Mi directora era una gran literata, pero sus ocupaciones no le permitían escribir libros. Se limitaba a transmitir su ciencia a nuestro entendimiento.

Concepción_Gimeno_de_Flaquer,_en_Caras_y_Caretas

Al salir del colegio, mi directora tuvo una gran pena. Sus primeras deferencias para conmigo se habían trocado en cariño.

Más tarde, cuando he obtenido algún triunfo superior a los triunfos escolares, mi directora ha gozado extraordinariamente en ese triunfo. Y yo jamás la he olvidado.

Afortunadamente existe todavía, aunque no sé si se halla al frente de aquella escuela de maestras y niñas. Sean estas líneas el eco de mi agradecido corazón a sus beneficios, el débil testimonio de mi entusiasmo y cariño eternal.

¡Benditas maestras!

¡Cuántas veces debemos a una maestra un porvenir lisonjero, una brillante posición social!

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Gregoria Brun Catarecha (Hecho, Huesca, 1833–Zaragoza, 1885) era la segunda hija de Juan Brun Val y María Josefa Catarecha López. Sus abuelos paternos fueron Mariano Brun y Juliana Val. Y los maternos, Agustín Catarecha y Teresa López. En 1831 había nacido  su hermano Juan Manuel.

Su padre, Juan Brun Val, administrador de la aduana de Siresa, falleció en 1834, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en los violentos sucesos de Hecho.

El día 27 de junio, huyendo del poder de los facciosos, fueron asesinados, D. Juan Brun Val, administrador de Siresa, residente en Hecho, D. Mariano Brun primo del anterior, hacendado, y D. Juan Antonio Pétriz, hacendado. (Cfr. La Revista Española, 12 de julio de 1834)

En 1837 la madre de Gregoria se volvió a casar y un tutor, Juan Antonio Brun, se hizo cargo de la educación de los dos hermanos. Ese año, a instancias del tutor, las Cortes permitieron que la pensión de viudedad de Doña María Josefa Catarecha, 750 reales, pasara a sus dos hijos, Juan Manuel y Gregoria, menores de cinco años.  Esta pensión había sido otorgada por la valentía con que don Juan Brun y Val se había batido en la defensa del valle contra los carlistas. (Cfr. La Gaceta de Madrid, 7 de noviembre de 1837)

Gregoria debió de estudiar en una escuela privada de formación de maestras. Su hermano cursó los estudios en Huesca: bachillerato, en el Instituto Ramón y Cajal, y Magisterio en la Escuela Normal de Maestros.

En 1856 se creó en Zaragoza la Escuela Normal de Maestras y Gregoria, a sus veintitrés años, fue la primera directora y la primera maestra de una escuela pública del Ayuntamiento, que estaba anexa a la Normal.

Según la Guía de Zaragoza de 1860, dirigía una escuela laica del Ayuntamiento en la plaza Linán, 181, en la que se estudiaba para ser maestra. En esa escuela tuvo de alumna a Concepción Gimeno Gil.

En Zaragoza conoció a su futuro marido, Joaquín Lacambra Murillo, otro montañés, un farmacéutico carlista de Coscojuela de Sobrarbe, que tenía abierta una de las cinco Farmacias Centrales de España, en la calle Don Jaime Primero, 61. En 1865 figuraban juntos en varias colectas para bienes sociales. En 1866, Valentín Zabala Argote, un maestro zaragozano, en su libro La organización de las escuelas, la citaba como Gregoria Brun de Lacambra. Ese mismo año nació su hijo, Joaquín Lacambra Brun, un brillante abogado que estudió derecho en Zaragoza y llegó a ser Magistrado de la Audiencia Nacional.

En 1875 su carrera docente se vio alterada unos meses. Estuvo suspendida de empleo y sueldo en Estella:

La directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza, ha sido desterrada a Estella por haberse negado a firmar no sabemos qué juramento (Cfr. El Magisterio Balear, 4 de septiembre de 1875, p. 6).

Esta ausencia pudo estar condicionada por las consecuencias de la insurrección de su marido en Cantavieja (Teruel). En 1876 volvió a su cargo de directora de la Escuela Normal de Maestras y a ejercer de maestra de la escuela aneja.

Joaquín Lacambra Murillo fue un boticario muy brillante, conocido en toda España, no olvidemos que tenia una Farmacia Central, por sus pastillas febrífugas. En la Exposición Aragonesa de 1868, obtuvo una mención honorífica por su jarabe de rábano yodado. Pero, por encima de todo, fue un carlista convencido y una persona influyente. Difundió su ideología como redactor de Perseverancia, un periódico fundado en 1867 por Bienvenido Comín y Sarté, jefe del partido carlista en Zaragoza. Y en 1870 dirigió La Concordia, un nuevo periódico destinado a la misma causa.

En 1873, con motivo de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), lo nombraron gobernador de Cantavieja, responsable de un hospital de sangre y director de la escuela de cadetes que se estableció allí para formar oficiales. En 1874 provocó una insurrección de dos batallones contra don Alfonso de Borbón y fue sometido a un consejo de guerra, en el que lo condenaron a muerte. Pero los informes médicos lo declararon demente y, en lugar de fusilarlo, lo llevaron preso a la cárcel de La Cenia (Tarragona).

En 1885 doña Gregoria Brun Catarecha, a los cincuenta y dos años, falleció víctima del cólera en plena actividad profesional.

En 1886, para cubrir su vacante, nombraron directora de la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza a Pilar Lacambra Brun, que había sido Regente en los años anteriores. La coincidencia de apellidos me hace pensar en su hija, pero para asegurarlo tendré que esperar alguna documentación que lo acredite.

En la memoria colectiva quedó una brillante profesora que educó a muchas generaciones de maestras y permaneció en el recuerdo de alumnas como Concepción Gimeno Gil.

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Antonio Martínez Valero me sugiere que Pilar Lacambra Brun era hija de Gregoria Brun, dada la coincidencia de datos familiares que se desprenden de la esquela que publicó La Vanguardia.

Pilar Lacambra Brun

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Fuentes principales.

Documentos de varios archivos provinciales y locales.

Noticias de la prensa histórica.

Domínguez Cabrejas, Rosa María (1989): Sociedad y educación en Zaragoza durante la Restauración (1874-1902). Ayuntamiento de Zaragoza, Vol. I y II.

Gimeno Gil, María de la Concepción (1877): La mujer española, estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales. Prólogo de Leopoldo Agustín de Cueto. Imprenta y librería de Miguel Guarro. Propiedad de la autora.

Pintos, Margarita (2016): Concepción Gimeno de Flaquer. Del sí de las niñas al sí de las mujeres. Plaza y Valdés Editores.

Romeo Pemán, Carmen (dir.), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Concha Gaudó Gaudó,  Inocencia Torres Martínez (2018): La Zaragoza de las mujeres. Callejero. Ayuntamiento de Zaragoza. Disponible en:

http://www.zaragoza.es/contenidos/sectores/mujer/callejero-mujeres18.pdf

Imagen principal: La desaparecida Universidad de Zaragoza de la plaza de la Magdalena. Archivo GAZA, Ayuntamiento de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

Una buena noticia

En estos días han ocurrido dos cosas que me han hecho reflexionar, y quiero compartir con vosotros mi opinión. Una ha sido la celebración, el pasado 3 de diciembre, del Día Internacional de las Personas con Discapacidad. La otra, una noticia aparecida en la prensa local de mi ciudad, uno de cuyos protagonistas es mi hijo.

Compartí la noticia en mi Facebook y me ha emocionado recibir más de cien interacciones, con el consabido “me gusta” o “me encanta”. Y esa gran cantidad de respuestas me ha inspirado este artículo. Por una parte para agradecer el apoyo de todas esas personas. Y por otra para contribuir a seguir dando visibilidad a quienes tienen necesidades especiales y a toda la gente que trabaja para que su vida sea tan plena y feliz como la del resto de la humanidad.

En 1992 la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) estableció una efeméride para informar y concienciar a la sociedad sobre la realidad de la vida de las personas con discapacidad, incidiendo no solo en sus necesidades, sino también en los beneficios que aporta su integración en todos los ámbitos de la sociedad, para ellos y para el resto de los que nos llamamos “normales”. En estos más de veinte años existen términos que todavía siguen generando confusión, y sobre ellos quiero hablar. La noticia cuya imagen comparto es un ejemplo magnífico para aclarar ideas sobre cuatro conceptos importantes: exclusión, segregación, integración e inclusión.

Exclusión

Según el Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo, la exclusión social es el proceso mediante el cual los individuos o grupos son total o parcialmente excluidos de una participación plena en la sociedad en la que viven. El concepto surgió en Francia, en los años 70, y hacía referencia a un 10% de población que vivía al margen del resto y que incluía grupos como discapacitados, ancianos, niños víctimas de abusos y toxicómanos.

Es un concepto muy amplio, multidimensional, que no voy a desarrollar en profundidad, pero en esencia supone la marginación de una serie de individuos que, por decirlo de algún modo, se volverían semi invisibles para el resto de la sociedad.

Las personas excluidas carecerían así de los derechos, recursos y capacidades básicas que les darían acceso al mercado laboral, a la educación, a sistemas de salud y protección social y a todo aquello que hace posible una participación social plena.

En el contexto de la Unión Europea la exclusión social es un factor clave a la hora de abordar las situaciones de pobreza, desigualdad, vulnerabilidad y marginación que padece parte de la población y entre las que se incluye el grupo de personas con discapacidad o con necesidades especiales.

Segregación

Según la ONU, se puede considerar segregación a cualquier acción que pretenda de manera clara y contundente someter a personas a torturas, que les niegue el derecho a la vida y a la libertad, que divida a la población por razas, que impida que determinados grupos raciales participen en la vida social y que les imponga una serie de condiciones vitales que vayan destinadas a hacer desaparecer a aquellos.

Aunque la exclusión y la segregación tienen muchos puntos en común, uno de los matices que las diferencia es el de grupo. Si la exclusión se lleva a cabo de modo individual, la segregación se ejerce de modo más colectivo contra determinadas minorías, ya sean religiosas, sexuales o de otro tipo, aunque pueda darse a veces el caso inverso, como cuando la minoría blanca de Sudáfrica estableció las condiciones del apartheid contra la mayoría de color.

Integración

Esta palabra, de origen latino, conlleva la acción y el efecto de integrar o integrarse, es decir, de constituir un todo con muchas partes que pueden estar ausentes, o de hacer que algo o alguien pase a formar parte de un todo. Así entendida, la integración vendría a ser lo opuesto a la discriminación, es decir, la acción y el efecto que involucran a muchos factores con el fin de agrupar a personas pertenecientes a distintos grupos, colectivos o creencias, desarrollando la tolerancia para que toda esa diversidad tenga cabida en el todo. Así, en el proceso de integración, un determinado elemento se incorpora a una unidad mayor.

Hasta aquí, la cosa va mejorando. Y parecería que el paso siguiente, la inclusión, es casi un sinónimo de la integración. Pero si profundizamos un poco veremos que no es así, y conviene llamar la atención sobre ese dato.

Cuando se habla de integración del colectivo de personas con discapacidad, nos encontramos a veces con que hay niños con discapacidad que pueden estar en una clase, por ejemplo, pero no llegan a ser parte activa en muchas de las acciones que llevan a cabo sus compañeros sin discapacidad. Es decir, están “dentro” del aula, pero se les destinan espacios exclusivos o tareas diferentes. En ese sentido, lo que en principio podría parecer algo positivo, corre el riesgo de convertirse en algo que no lo es tanto porque en el fondo acabaría fomentando la discriminación.

Y eso me lleva al cuarto concepto que considero el más importante.

Inclusión

Aunque esta palabra se emplea a veces como sinónimo de la integración, tiene con ella diferencias importantísimas. Si la integración ponía el acento en el individuo diferente, la inclusión, por el contrario, persigue que todas las personas participemos y compartamos los mismos ámbitos. No se centra tanto en el individuo que se sale de la norma, como en adaptar el ambiente a las distintas personas. Porque si el que es diferente tiene problemas o dificultades para participar en las tareas, entonces es el ambiente el que debería modificarse o adaptarse llevando a cabo los ajustes necesarios.

La inclusión se centra en las capacidades de la persona en lugar de hacerlo en su diagnóstico o en su discapacidad. Y si nos referimos al ambiente educativo o laboral, no se dirige a la educación especial o a meras actividades ocupacionales, sino a la educación en general y al mercado laboral en toda su amplitud, aunque para eso no baste con algunos cambios superficiales y el sistema deba sufrir profundas transformaciones.

Si solo nos basamos en principios como la igualdad o la competición, estaremos abocados al fracaso. Hay que ir más allá e incorporar también los principios de solidaridad, cooperación y equidad, que no es lo mismo que igualdad. No se trata de dar a todos lo mismo, sino de dar a cada uno lo que necesita para disfrutar de los mismos derechos y oportunidades. Porque no es justo intentar cambiar o corregir a los que son diferentes, y sí lo es, en cambio, intentar enriquecernos y enriquecerlos en base a sus diferencias, ya que la inclusión no disfraza unas limitaciones que son reales. Lo que hay que modificar no es al niño o a la persona diferente, sino las barreras que impiden su acceso a participar en el ambiente educativo, social o laboral.

Para terminar

Si habéis leído hasta aquí, comprenderéis que la noticia que he compartido con vosotros es un ejemplo a seguir en cuanto a poner en práctica la inclusión. FUNDATUL es una fundación tutelar que contacta con empresas que ofrecen a personas con discapacidad la oportunidad de trabajar dentro de los mismos ámbitos que los demás. Las personas realizan entrevistas, aprenden a llevar a cabo las tareas de los distintos trabajos y se suman a actividades acordes a su perfil, para lo cual se realizan las adaptaciones necesarias en el ámbito laboral con apoyos y ajustes razonables.

Ojalá haya más organizaciones y empresas que se sumen a iniciativas como la de FUNDATUL. Mi hijo Javier está orgulloso de su oportunidad, y lo cito textualmente, para “prepararse para el mundo laboral”, gracias a las prácticas que realiza en Worten. Pero si faltaba una guinda para este pastel, os cuento que tengo una paciente que trabaja en esta empresa y el otro día, cuando vino a mi consulta, me dijo que ojalá muchos de los chicos se queden porque da alegría trabajar con ellos, y cito también textualmente, “por la buena disposición que tienen, lo pronto que lo pillan todo y las ganas de trabajar que demuestran”.

¿Verdad que el título del artículo le hace honor al texto? Para mí, al menos, que pasen cosas como esas es, rotundamente, una buena noticia.

Imagen tomada de Internet

#MOLPEcon. Un cuento de hadas del siglo XXI

La #MOLPEcon, un evento organizado por Ana González Duque, se celebró en Madrid el pasado 17 de noviembre. Marketing On Line Para Escritores. Doce ponentes de lujo y cuarenta y cuatro asistentes con muchas ganas de aprender y de interactuar. Eso, dicho de modo conciso. Pero este híbrido entre relato y artículo no va a ser breve porque trata de mi experiencia personal como escritora en ese encuentro del que tengo mucho que contar. Sobre las ponencias, los ponentes, los contenidos y el evento ya hay un montón de entradas, tuits y artículos de Facebook. Así que prefiero contaros aquí las cosas desde un punto de vista diferente y personal.

Crónica de los hechos

Allá por septiembre me llegó la información sobre un evento que Ana estaba organizando. Los ojos se me pusieron como bolillas de gaseosa, pero lo primero que escuché fue la vocecita de mi yo comodón susurrándome aquello de “ni mires el almanaque, que será entre semana y no vas a pedirte un día libre para eso”, “seguro que es muy caro”, “no te preocupes, que luego encontrarás toda la información en las redes sin moverte de casa”, y cosas así.

Empecé por mirar el calendario y se esfumó el primer obstáculo: el 17 de noviembre caía en sábado. El segundo asalto también lo perdí por KO: había un precio reducido que, además, daba opción a apuntarse a una comida con los asistentes. ¿Hace falta que os cuente que el punto tres ya ni me lo planteé? Y eso que Ana lo tenía todo calculado y había pensado también en los que no pudieran asistir. Para ellos estarían disponibles las charlas y videos cuando la #MOLPEcon se clausurara. Y, hasta el 17 de diciembre, podéis encontrarlas aquí. Pero a esas alturas yo tenía muy claro que iría. Necesitaba ir. Y fui.

Me apunté, hice mi reserva de hotel y saqué los billetes del AVE con mucha antelación. Y tan relajada estaba al tenerlo todo previsto que, a punto de entrar en la autopista, me di cuenta de que me había dejado en casa la documentación: billetes, localizador de hotel… y como siempre pienso que puedo perder el móvil, todo lo tenía impreso, claro. Di media vuelta, lo recogí todo, y no perdí el tren por poco.

Llegué a Madrid la noche del viernes 16, con la hora justa para acudir a una cena que Ana había organizado. Mi autoestima subió puntos porque me tocó una taxista algo novata pero conseguí no retrasarme demasiado a costa de ir guiándola con el navegador de mi móvil. Me dejó en la misma puerta del restaurante El Buey, donde cené como una mula. Y entre el buey, la mula, y la cantidad de figuras que había allí reunidas, me sentí como si estuviera en un Belén viviente y mi Navidad acabara de empezar en ese instante.

La cena… ¿cómo os contaría yo la cena? No es que me falten palabras, eso nunca, y ya lo sabe todo el que me conoce. Pero no siempre es fácil dibujar las emociones o describir voces, gestos, chascarrillos, comentarios, olores… A estas alturas ya sé que mostrar es mejor que contar, pero a veces la cosa se pone dificililla. De todos modos, ahí os van unas cuantas pinceladas.

En la cena me senté al lado de Jaume Vicent. Lo imaginaba más mayor, no sé, más en plan intelectual, y me encantó descubrir a un chaval divertido y muy sociable que al día siguiente me sorprendió por sus conocimientos técnicos y por lo bien que supo transmitirlos. Solo el hecho de conversar así, en plan distendido y relajado, con personas como él, de carne y hueso, que para mí eran blogs anónimos de consulta y aprendizaje hasta esa noche, ya hizo que valiera la pena el viaje a Madrid.

No fui la última en llegar al restaurante. A los pocos minutos de sentarme, entró Mariana Eguaras y se colocó justo frente a mí. Me quedé enamorada con su acento, porque como solo la conocía a través de las redes me la imaginaba, no sé por qué, con una dicción de Madrid o de Barcelona. Solo me costó medio segundo hacer los ajustes de mi disco duro mental: ahora pienso que Mariana solo puede hablar y expresarse tal y como lo hace. Tiene una personalidad arrolladora y un magnetismo más inmenso que el dibujo de Argentina en cualquier mapa. Es grande entre las grandes.

A la derecha de Mariana estaba Yolanda Barambio. No la reconocí por el nombre, pero cuando habló de El Tintero Editorial, me encantó ponerle cara a la persona que hay detrás de un sitio web al que me he asomado más de una vez porque siempre he encontrado cosas que valen la pena. Aprendí un montón de cosas charlando con ella. Y le pedí una tarjeta, que me parece que hablaremos más de una vez. Porque si no hubiera estado convencida de la importancia de contar con alguien que corrija nuestros textos, en ese momento me habría hecho cambiar de opinión.

A mi derecha se sentó Pilar Navarro Colorado y a su lado estuvo Mavi Pastor. No las conocía antes de nuestro encuentro en la #MOLPEcon, pero algo hizo click en mi interior mientras hablábamos. Porque, a pesar de ser para mí personas anónimas, descubrí en ellas el mismo fuego, el mismo entusiasmo, la misma pasión por la escritura, en suma, que la que presuponía y confirmé en los ponentes a los que ya admiraba y seguía por las redes. Y de ese click, que merece un apartado para él solito, os hablaré en la última parte del artículo. Sigamos ahora con los hechos.

En la cabecera de mi mesa estaba David Generoso. Lo reconocí por la gorra. Bueno, por lo que había debajo de la gorra, para ser más exactos. En el AVE, camino de Madrid, había empezado a leerme D.I.O.S., su libro de relatos y me encantó tenerlo tan a mano. Hoy ya me he leído el libro entero y estoy terminando el segundo, Crohnicas, con H, que me está haciendo disfrutar con la misma intensidad.

En el restaurante había dos mesas alargadas porque todos no cabíamos en una. En la otra mesa, además de Ana, se sentaban más personas a las que yo estaba deseando conocer y que tengo que nombrar aquí porque, si no lo hiciera, mi relato estaría inacabado. Allí vi a David Olier, el Celestino que consiguió que mi relación tóxica con Scrivener se transformara en romance. Y a Pablo Ferradas, que me ha hecho pasar tan buenos ratos cuando me he asomado a su web. Reconocí a Mónica Gutiérrez Artero, que me enamoró con su libro “Un hotel en ninguna parte” y a Victor Sellés, otro personaje al que estaba deseando ponerle cara y que no me defraudó en absoluto. También tuve la alegría de saludar a Chiki Fabregat, un encanto de persona a la que conozco desde hace tiempo gracias a la Escuela de Escritores.

Hubo copas después de esa cena del viernes 16. Y, aunque el 17 el acto empezó con una puntualidad británica, tengo que decir en honor a los que estuvimos de picos pardos que cumplimos como los buenos a la mañana siguiente.

Todo empezó a su hora. Hay que felicitar a Ana González Duque por una perfecta organización. Los ponentes se ciñeron a su tiempo. Las charlas, tal y como se había anunciado, fueron breves, dejando mucho margen a las preguntas, que no faltaron y que fueron tan interesantes como las propias ponencias. Aprendí mucho con las cuestiones que planteó Valeria Marcon. Y del contenido técnico podéis encontrar información por las redes, tal y como os he dicho antes.

Ya he mencionado a alguno de los ponentes. Con  Ana Bolox, a la que estaba deseando conocer para hablar de su Sra. Starling, compartí charla en la pausa de café, en la que también puse voz y cara a María José Moreno, en cuyo blog he encontrado mucho material útil. Apenas crucé un saludo con Lluvia Beltrán, cuyo blog pienso visitar. Quedé impresionada por la energía que desprendía Alberto Marcos, y disfruté con la exposición de otros como Óscar Feito o J.C. Sánchez con los que no tuve tiempo de hablar. Pero mi crónica sobre ese encuentro es diferente, porque creo que el mejor granito de arena que puedo aportar es, precisamente, esa visión personal y subjetiva que añada una pincelada de color a lo que resultó un cuadro precioso, un puzle donde todo encajó como la seda.

Cuando concluyó la última ponencia de la jornada nos fuimos de cañas. ¡Más placer para el cuerpo y para la mente! Entre cervecita y cervecita pude hablar con Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina. Me saqué una espinita porque, aunque vivo a menos de cincuenta kilómetros de ella, hasta ahora siempre que había organizado algún acto me pillaba de viaje como si el destino se empeñara en que no llegáramos jamás a vernos las caras. Nos las vimos, y me encantaron las de los tres: la de Gabriella, la de José Antonio y la de Radar, una cabra de personalidad apabullante que merecería un artículo aparte.

Para rematar, después de las birras, todo el que quiso se apuntó a otra cena comunitaria. Frente a mí se sentó Jaume Vicent y todavía me entra la risa al acordarme de cómo nos contó las mil y una versiones de su nombre que se ha encontrado por todos lados. Que si Vincent, Vincesc, y no sé cuántas variantes más. Algo parecido, aunque en menor escala, a lo de Víctor Sellés con sus encuentros y desencuentros con la tilde y con las batallas entre la “ll” y la “y” según qué fuente se consultara. Y disfruté a rabiar con el fino humor de Víctor y su exquisita diplomacia al comentar algún libro o película como “muy bueno” o “apoteósico”. Os prometo que, dichos por él, esos apelativos tienen un profundo significado. Pero hay que verlo y escucharlo para captar los matices. Ejem.

Me encantó que a esa cena no fueran solo Ana y la mayoría de los ponentes, sino que también estuviéramos otros asistentes anónimos que nos sentimos absolutamente integrados. A mi derecha estaba Iñigo Tabar Lusarreta que pareció pasarlo tan bien como yo, y con el que me encantó cambiar impresiones.

Lo que me traje de allí

En esas cenas y copas, hablando de igual a igual con desconocidos como Pilar, Mavi o Iñigo, con medio conocidos como Yolanda o M.J. Moreno y con conocidos, aunque fuera unilateralmente y de modo virtual, como Mariana, David, Jaume, Víctor, Gabriella, o la propia Ana, tuvo lugar una metamorfosis privada en mi persona: el capullo se convirtió en mariposa. Vale. Igual me he pasado. Pero las metáforas eran el 90% de mi producción literaria cuando empecé a escribir, y de vez en cuando dejo que alguna se escape del arcón de siete llaves donde tanto me costó encerrarlas. Lo que quiero deciros es que, en principio, yo iba muy metida en mi papel de alumna que va a conocer a todos aquellos a los que admira y sigue. Pero cuando esa primera velada terminó, salí del restaurante El Buey sintiéndome parte de una comunidad de escritores.

Mariana Eguaras, toda una señora, no tuvo reparo en resolverme una duda que ahora me produce tanta hilaridad como vergüenza, pero no me importa contarlo aquí como prueba del “buen rollito” del encuentro: En su ponencia mencionó de pasada algo sobre la tipografía y los remates y yo, novata todavía en tantas cosas, descubrí gracias a ella que lo de Sans Serif no es un tipo de letra como la Helvética, o Times New Roman, sino que alude a si la fuente lleva o no el “remate”, esa curvita final que puede facilitar o dificultar la lectura. Hasta ese día yo estaba convencida de que Sans Serif era un modelito más de grafología. Igual otra persona se hubiera reído de mi pregunta, pero ella me respondió como si le hubiera hecho una consulta sesuda.

A mi lado, durante las ponencias, estaba David Generoso y le conté con humor mi descubrimiento sobre la Sans Serif. Mis comentarios debieron resultarle simpáticos y hace unos días me sentí levitar al verme mencionada en un artículo suyo, donde dice que se queda, entre otras muchas cosas, “con el arte de Adela Castañón y sus ganas de aprender”. Gracias, David. Y sí, ganas de aprender tengo a toneladas.

Después de lo de David, y en mi continuo atracón de leer todo lo que he visto publicado sobre ese magnífico día molpeconiano, he tropezado con mi nombre y apellido en una entrada de Yolanda Barambio que menciona mi “maravillosa efusividad”. Gracias, Yolanda.

Alguno que otro se carcajeó cuando dije, sin pensarlo demasiado, que la #MOLPEcon había sido para mí como la Boda Roja de Juego de Tronos, con la nada despreciable diferencia de que allí corrió el tinto en lugar de la sangre. Ver reunidos a todos los “grandes” era una tentación a la que no me pude resistir y me siento feliz por haber sucumbido a ella.

Porque ahora han dejado de ser para mí personajes para convertirse en personas. Personas que puede que estén a años luz de mí, o quizá no, pero me da igual porque la distancia, si es que existe, se ha convertido en algo horizontal. Yo estoy dentro de ese mundo. Me siento parte de un universo lleno de magia donde todos orbitamos y, por lo mismo, nadie está por encima de nadie en cuanto a un orgullo de clases mal entendido.

Supongo que cuando Mónica Gutierrez Artero habló de la Comunidad del Anillo no se imaginaba que estaba haciendo una especie de apostolado mucho más amplio de lo que pensó. He vuelto a casa con la sensación de que todos los que allí estuvimos hemos tenido una vivencia parecida.

Y llego al final de este cuento maravilloso sobre escritura, o mejor, sobre escritores. Porque la escritura no es nada sin nosotros. Y, aunque escribir sea algo solitario, siempre se enriquecerá si estamos rodeados de una comunidad.

Para mí ese fin de semana ha sido como un cuento dentro de otro cuento del que me he sentido coprotagonista. Así que solo puedo acabar diciendo que ojalá haya una #MOLPEcon II.

¡Y que nos veamos allí!

Adela Castañón

Imagen tomada del grupo de Facebook #MOLPEcon

Tanto tienes, tanto vales

Siempre me han gustado los refranes. Algunos los interpreto sin dificultad y no se me ocurre que tengan más de un sentido. Pero el otro día pensé que hay otros que merece la pena analizar porque encierran más sabiduría de la que parece a primera vista. Y la riqueza a la que alude el refrán “Tanto tienes, tanto vales” ha dado mucho de qué hablar y es protagonista de bastantes escritos, como se ve en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Según el Diccionario de la RAE, un refrán no es más que un dicho agudo y sentencioso de uso común. La primera lectura de este refrán es de un significado evidente. Supongamos que se acerca una persona a cualquiera de nosotros para pedir ayuda. Posiblemente le hagamos más caso si es alguien bien vestido y aseado que si es un mendigo desharrapado y con barba de varios días. Experimentos como el del diario The Washington Post lo demuestran sin lugar a dudas. La apariencia es uno de los criterios que mas pesa a la hora de establecer el valor que le atribuimos a una persona.

Pero si me paro a pensar sobre eso, en especial sobre la primera parte del refrán que nos ocupa, me pregunto si hemos ido recortando el criterio de lo que es realmente valioso para dejarlo al final en el dinero. Podemos ser titulares de una cuenta corriente con muchos ceros y sentirnos desgraciados, o sudar tinta para llegar a fin de mes y considerarnos personas bastante felices. Y creo que eso ocurre porque en ocasiones se le puede dar la vuelta al refrán y pensar que tanto valgo, tanto tengo. Entonces, en esos casos, si fijo mi atención en mis valores más que en mis posesiones, mi actitud ante la vida puede dar un giro.

Nuestro bagaje material, nuestra “base imponible”, por decirlo así, es la que es. Salvo que nos toque la primitiva, todos somos conscientes de los recursos que tenemos. Podemos analizarlos cuantas veces queramos. Habrá cosas con las que nos sentiremos satisfechos y otras que nos gustaría suprimir. Cosas que podremos modificar y otras que, por mucho que nos empeñemos, no estará en nuestra mano cambiar o eliminar. Y entonces descubriremos que, como ya manifesté en un artículo hace tiempo, saber eso no basta.

Creo que a todos nos iría mejor si aprendiéramos a gestionar nuestras posesiones y nuestras emociones por igual. Y también seríamos más felices si aplicáramos ciertos matices a la forma en la que juzgamos a los demás o a nosotros mismos. Porque si usamos otras varas de medir, ese “Tanto tienes, tanto vales” sigue manteniendo su vigencia, pero el resultado final será distinto al modificar la primera frase de esa ecuación.

Porque no es lo mismo aceptar algo que tolerarlo. Hoy se habla mucho de tolerancia, y no es que me parezca mal. Pero opino que la tolerancia es mucho más pobre que la aceptación. Por eso la RAE, en su definición de tolerar, emplea frases como “llevar con paciencia”, “resistir, soportar” o “permitir algo sin aprobarlo expresamente”. No quiero decir con eso que la tolerancia no sea necesaria. Claro que la necesitamos. Pero ante un problema deberíamos plantearnos si no es mejor aceptarlo que tolerarlo, si tenemos esa alternativa. Y hablo por experiencia. Conozco a personas que tienen un hijo con autismo, como yo. Y me sangra el corazón cuando veo que solo tienen fuerza para tolerarlo. Por supuesto que ese primer paso es necesario, yo también pasé por ahí y sé de lo que hablo. Pero mi vida cambió cuando conseguí aceptar el hecho de que el autismo iba a ser un miembro más de mi familia me gustara o no. Aceptar algo implica recibir ese algo sin oposición, aprobarlo, darlo por bueno. También la RAE pone la gota de hiel cuando dice que aceptar es “Asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación”, no nos engañemos. Pero al pasar de tolerarlo a asumirlo puedes conseguir que lo que era un obstáculo se convierta en una ventaja. Y si aceptas eso te das cuenta de que avanzas mucho más cuando en lugar de luchar contra ello, luchas con ello.

Y si dejo que mis pensamientos sigan en esa línea, empiezo a pensar que lo que tengo, aparte de mi casa, mi trabajo y mi familia, son también mis propios valores, mis actitudes, mi libre albedrío para decidir escribir o apuntarme a un curso de cocina, para gobernar mi vida, en resumen.

Mi criterio para juzgar lo que tienen los demás ha ido cambiando. Y lo mismo para juzgarme a mí misma.

Quizá por eso pienso que vivo en un mundo muy rico, porque tengo mucho, y valoro en mucho lo que tienen los demás, independientemente de sus posesiones materiales. Aunque me equivoque muchas veces y pase de lado ante un violinista magistral sin darme cuenta. Pero el primer paso es ir con los ojos y los oídos abiertos, y en eso estoy.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Mi obstinación fragolina

Siempre he dedicado la mayor parte de mis afanes a El Frago, a sus tradiciones y a sus gentes. Menos a su historia, por mi formación filológica y por mi profesión de enseñante.

Desde que, en 1972, me ocupé de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en mis posteriores publicaciones han menudeado las referencias fragolinas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, en 2014, recibí un gran estímulo. Petra, una fragolina de mis ayeres, obtuvo un Premio Nacional con el relato De la roca nacida. Ese mismo año publiqué De las escuelas de El Frago, mi primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, vengo publicando relatos y artículos relacionados con El Frago en el blog Letras desde Mocade.

Hasta que cumplí trece años El Frago fue mi medida del mundo. Con los once recién estrenados me monté por primera vez en un autobús. Iba a Zaragoza a examinarme libre de Ingreso de Bachillerato. En mi cabeza no cabía otro río que el Arba. Al cruzar el Ebro, un montón de cabezas se volvieron con mi grito:

—¡Qué arbada tan grande!

Carmen Escuela

Cartilla de Escolaridad, 1954

Con el tiempo maduré y mi mundo se fue haciendo ancho y ajeno. Los estudios universitarios y mi trabajo posterior me alejaron del nido. Pero siempre me quedó la mirada de aquella niña que anhelaba fundirse con la roca de su pueblo. Precisamente me hice esta reflexión en el año 2015, cuando me eligieron pregonera para las fiestas de agosto. Me pillaron desprevenida y la sorpresa me llevó a preguntarme:

—¿Por qué estoy aquí?

Estaba hablando desde la ventana, hoy balcón, de la Escuela de Niñas, mi escuela hasta los trece años. La misma ventana desde la que don Bruno y doña Angelita, los maestros de nuestros padres, pronunciaron el discurso de inauguración de las Escuelas. Embargada por la emoción, compartí mi respuesta con los que me escuchaban:

—No sé muy bien por qué estoy en esta ventana. Supongo que algo tendrá que ver con que haya rendido un homenaje a El Frago en muchos de mis trabajos. Por lo menos, así lo sentía cuando los escribía. Y con que toda mi vida haya llevado a El Frago por bandera.

Hoy volvería a repetir aquel pregón con algunas matizaciones. Volvería a decir que siempre que me acerco a temas tradicionales lo hago a través de El Frago, el pueblo donde nací. Porque lo local es universal. Y entendemos los valores universales cuando se materializan en hechos concretos.

Busco los temas que me ayudan a entender mejor mi identidad como mujer y como fragolina. Quiero prestar mi voz a los que no tuvieron la oportunidad de hablar. Pretendo sacar del olvido mis raíces y las de todos los fragolinos. Unas raíces profundas que compartimos con los habitantes de la España Vacía y que nos han convertido en lo que somos hoy.

Una de nuestras historias, para mí la más significativa y emocionante, está enterrada entre los sillares del edificio escolar. Era una costumbre ancestral hacer algunas obras del pueblo entre todos los vecinos. A eso se le llamaba “ir a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Así se construyeron las escuelas en 1926.

Soy nieta de aquella generación que escribió una de las páginas más hermosas de nuestra historia, y de la educación española. Nuestros abuelos aunaron sus esfuerzos y se convirtieron en micro mecenas. Unos mecenas que subsistían con menguados jornales y que se alimentaban de los escasos recursos que daba una tierra adusta: la de las Altas Cinco Villas aragonesas.

Carmen nos hizo partícipes a todos, embarcó al pueblo entero, creo que nunca antes estuvimos tan unidos, más al descubrir la labor que realizaron nuestros antepasados y que condicionó el futuro de todos nosotros. Nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien que con la ignorancia no llegaríamos a ninguna parte y apostaron por los maestros, por las escuelas. (María José Romeo, Un canto a la enseñanza. Prólogo al libro De las escuelas de El Frago).

Seguramente que en otros pueblos se escribieron páginas muy parecidas. Conocemos algunas, como el caso de Agustina Rodríguez, una maestra que, en 1948, cuando llegó a su destino en Santa Isabel (Zaragoza), se encontró con que no tenía local para dar clases ni había viviendas de alquiler en el pueblo. Agustina construyó una casa escuela, la pagó de su bolsillo y la alquiló al Ayuntamiento. Otras historias nos sorprenderán cuando alguien las descubra.

Me gustaría recordar que en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) más de 5.000 pueblos de España recibieron ayuda del Estado para edificaciones escolares. En esas fechas a El Frago le negaron la subvención porque el proyecto de Regino Borobio no se ajustaba a las exigencias. Como el Ayuntamiento era pobre, no pudo realizar las obras. El milagro fue que en un pleno extraordinario los vecinos acordaron construirlas por su cuenta. En las obras trabajaron todas las casas, sin excepción. Incluso las viudas y los más pobres, Y todos los que tenían algún ahorro lo empeñaron en la educación de sus hijos.

Como anécdota reseñaré que a los grupos escolares que recibieron subvenciones les pusieron el nombre de Miguel Primo de Rivera. Pero como a El Frago esa ayuda no llegó, se llamaron Escuelas de El Frago, así, a secas.

Hoy, como en el pregón del año 2015, también hablaría de las fiestas patronales y de su historia. De las fiestas del primer domingo de octubre en honor a la Virgen del Rosario.

Octubre no era un buen mes para fiestas, porque no había terminado la siembra. Por eso, en 1907, siendo alcalde Hermenegildo Beamonte Oruj, a petición de muchos vecinos, se trasladaron al día seis de diciembre, al día de San Nicolás, al verdadero patrón del pueblo. Aunque se alegó que tenía más prestigio un patrón que una patrona, la realidad era que San Nicolás coincidía con un momento del invierno en el que no había que atender las faenas del campo. Pero la Virgen del Rosario reclamó sus festejos y el cambio duró pocos años.

Con el éxodo rural de los años 60, no quedó gente en el pueblo para celebrar las fiestas. Y se trasladaron al mes de agosto, cuando llegaban los veraneantes. Una historia que se repite con las fiestas en muchos pueblos de España.

Pasaron los años y el tiempo fue dando a cada cual lo suyo. A la Virgen del Rosario, las fiestas de octubre. A san Nicolás, la de los niños de la escuela. Y a la Asociación Cultural y Recreativa “La Fragolina”, las de agosto, sin patrón ni tradición.

Podría extenderme con más noticias interesantes que he encontrado en el Archivo del Ayuntamiento. De eso ya conté algo en Voces dormidas. Además tengo que guardarme algunas cosas en el tintero para ocasiones futuras.

A las historias dormidas entre el polvo de los legajos, como las notas del arpa de Bécquer, tendría que añadir otras muchas que oí contar junto al fuego por las noches, mientras desgranábamos panizo o judías. Pero esas me irán saliendo poco a poco en las fragolinas de mis ayeres y en los relatos de la tradición oral.

Otras veces, como si fuera una ladrona de biblioteca y sin que él lo note, busco la inspiración en Celedonio Fontabanas, el blog de Manuel Pérez Berges. Allí encuentro los escritos fragolinos de Manuel, que conoce mejor que yo los entresijos de un mundo rural que se nos fue.

Entonces, ¿por qué me atraen los temas fragolinos y los de las Altas Cinco Villas? Pues porque el viento, aunque sea huracanado, no puede arrancar las ramas de una gran carrasca si está bien enraizada.

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El Frago, desde el Huerto de la Sorda. 2018.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen principal. Carmen Romeo, El Frago, 1980. Calle Cubillo. A la izquierda, casa Juandelés, hoy desaparecida.

Por qué nos gusta tanto la literatura fantástica

La literatura fantástica, que no debemos confundir con la ciencia ficción, es un género que cada día gana más adeptos. Está viviendo una especie de edad de oro y me pregunto por qué.

A veces me gusta comparar el placer de la lectura con el de la comida. Llenar el estómago me produce una satisfacción similar, salvando las distancias, a la que siento cuando mis ojos devoran las páginas de un buen libro. Dejando al margen que la sensación que me deja la lectura es mucho más duradera y, además, no me hace engordar, esta clase de nutrición tiene una magia especial porque funciona en más de un sentido: lo que leo me alimenta desde fuera, pero cuando lo proceso y lo interiorizo mi cerebro, mi persona, se alimentan desde dentro con un producto que ya es diferente de lo que esta impreso en las páginas que he leído. Creo que ahí está el quid de la cuestión.

No hace tantos años que viajar era algo a lo que solo tenían acceso unos pocos. Los aviones, las carreteras, la tecnología eran barreras físicas para conocer el mundo. En ese contexto, leer una novela de Emilio Salgari era una aventura maravillosa que nos permitía viajar con la imaginación a parajes de ensueño en los mares del sur en los que, si cerrábamos los ojos, cualquier fantasía o cualquier historia podía ser real. Pero en la actualidad es difícil otorgar ese halo mágico a sitios a los que podemos llegar en un vuelo transatlántico de pocas horas, para encontrar que el misterio oriental se desmorona cuando nos enfrentamos a la realidad. Es difícil creer en la magia al ver muchas de esas playas enfermas de un cáncer con metástasis en forma de macro complejos hoteleros al servicio del cliente. El mundo se ha convertido en un lugar demasiado pequeño donde cada vez tienen menos cabida los sueños.

¿Qué nos queda entonces?

Pues nos queda un mundo virtual donde todo sigue siendo territorio virgen e inexplorado: el mundo de la fantasía. En sus reinos podemos aceptar que ocurra cualquier cosa y recuperamos el placer de volver a ser niños. La ciencia ficción, a diferencia de la literatura fantástica, se desarrolla dentro de un contexto físico y tecnológico que podríamos ubicar en el mundo que conocemos. Pero en el caso de la fantasía nos moveremos siempre por tierras que solo existen en nuestra imaginación. Allí, los seres mitológicos y la magia desplazan a la más sofisticada tecnología, cualquier historia entra dentro de lo posible y esa es una golosina a la que, como los niños, es difícil resistirse.

Vivimos en más de un plano. En el físico, estamos donde estamos, con los pies sobre la tierra, en nuestra casa, en nuestra ciudad, en nuestro lugar de vacaciones. Pero la película que nos montamos en la mente es otra historia. La vida es lo que es, lo que son las cosas, y eso es lo que va llenando nuestra cabeza para que después, con ese material, que cada cual construya lo que quiera o lo que pueda. Y la literatura fantástica nos otorga esa libertad de movimientos que nos ayuda tanto a que no nos ahoguen los problemas cotidianos, el llegar a fin de mes, el saber si nos van a renovar o no el contrato de trabajo.

Cuando leemos una buena historia pasa a ser algo nuestro. Y eso, igual que los recuerdos, se convierte en parte de nuestro capital, en una especie de propiedad privada que nos hace sentirnos más ricos tanto si la guardamos celosamente como si la compartimos. Lo importante es que está ahí.

Me considero una persona afortunada. Mi padre me enseñó a amar la lectura. Tengo salud, trabajo, familia. Conozco varios países. Y os confieso que entre mis itinerarios favoritos sigue destacando el mapa de la Tierra Media. Porque cuando el cine nos la mostró, yo ya la conocía. Había viajado hasta allí con el libro de El Señor de los Anillos entre las manos, sin moverme del sillón.

He volado a lomos de Fujur y de Eragon. He atravesado la puerta del armario para entrar en Narnia. Me he perdido por los pasillos de la biblioteca de Hogwarts. El hielo ha mordido mis carnes en Invernalia.

De cada viaje, he regresado con un botín.

Y sé que hay muchos más mundos esperando mi visita.

Adela Castañón

 

Imagen: Pixabay

El poder de las palabras

Hace unos días estrené la camiseta que me compré en Madrid, en la fiesta de fin de curso de la Escuela de Escritores. Es negra y delante lleva una frase en letras blancas: “Ten cuidado o acabarás en mi novela”. De vuelta al hotel, mientras la doblaba y la guardaba en la maleta, pensé que había sido boba al seguir el impulso de comprarla. “Seguro que no me la voy a poner nunca”, me dije. Pero estaba equivocada.

Tengo familia en casa, les he cedido mi habitación, y una noche no me acordé de sacar ropa limpia para ir a mi trabajo al día siguiente. Cuando me levanté, como mis visitantes dormían, entré con sigilo, abrí una rendija del armario y tiré de lo primero que pillé que fue, como podéis imaginar, la famosa camiseta. Me resigné, me la puse, y salí a la calle. Todavía sonrío cuando me acuerdo de las consecuencias, y quiero compartir con vosotros esas sonrisas.

La primera surgió cuando, camino del centro de salud, volví a sentirme adolescente. Me di cuenta de que hacía años que nadie miraba tanto mi delantera. Y, como no me he operado el pecho, le atribuí el mérito a la frase de mi camiseta. Pero solo por eso no se me hubiera ocurrido escribir un artículo. Las reacciones de mis compañeros de trabajo fueron más divertidas que las miradas de los desconocidos de la calle. Los comentarios jocosos pusieron una nota simpática en la jornada laboral. Alguno que otro descubrió, gracias a la pista de la camiseta, que escribir está dentro de mis aficiones, y no digo nada del más ocurrente ni de su pregunta sobre cuál era la puerta de entrada a la novela mencionada, ¡jeje!

De todos modos, tampoco esas reacciones ni el toque de humor laboral habrían merecido unas letras. Mientras pasaba consulta, por supuesto con la bata puesta, me olvidé de la camiseta. Al regresar a casa a mediodía se repitieron otra vez las miradas de algunas personas, y, cuando llegué adonde había aparcado el coche, el germen de un futuro relato o, ¡quién sabe!, de una novela corta, ya estaba echando raíces. Se formó una especie de triángulo entre mi cerebro, mis ojos, y los de las personas con las que me cruzaba: Mis ojos se fijaban en sus caras mientras los suyos se clavaban en mi pecho. Bueno, en mi camiseta, que tampoco tengo que pasarme de lista. Y de mi camiseta a mi cerebro parecían subir interpretaciones, a cual más variada, de las expresiones de los curiosos lectores callejeros. ¿Y sabéis lo que pasó? Pues que cada interpretación daba para una pequeña historia. En una de ellas el mirón de turno me paraba, o paraba a la hipotética protagonista de mi novela, con una camiseta igual que la mía, para preguntarle que qué tenía que hacer para que la frase fuera cierta. En otra, era un escritor fracasado el que se cruzaba conmigo, o con ella, y al llegar a su casa empezaba a escribir como loco, con su creatividad espoleada por la frasecita impresa. En otra… bueno, ya ni me acuerdo. Pero había muchas, muchísimas posibilidades de escritura.

Alguna extraña asociación de ideas trajo a mi memoria el recuerdo de una valla publicitaria que vi hace muchos años en la ciudad donde viví de jovencita con mi familia. Estaba formada por rectángulos verticales que giraban sobre sí mismos de modo que en realidad se leían dos mensajes, uno por cada cara, cuando los tablones giraban y se volvían a ensamblar, igual que algunas persianas de esas que tienen lamas horizontales, pero en vertical. Era algo así como esto:

Imagen vallas

La imagen es de Pixabay. La composición de letras, mía.
(Seguro que sabéis lo que decía la otra cara que era, claro está, la versión para torpes)

Esas dos anécdotas, la de las vallas y la del estreno de mi camiseta, me han hecho reflexionar sobre el don de la palabra como algo exclusivo de la raza humana. Creo que a veces no nos damos cuenta del poder que nos otorga ese don único. Ser capaces de hablar, de escribir, es una maravillosa herramienta para dar salida a la creatividad que llevamos dentro.

Suele decirse que la información es poder. Y la palabra, sea hablada o escrita, es un vehículo fantástico a bordo del cuál viaja un caudal inmenso de conocimientos. También suele decirse que muchas veces no valoramos aquello que poseemos. Y creo que no siempre nos damos cuenta de lo afortunados que somos al disponer de ese medio de comunicación.

Así que al pensar en todo lo que se me ha ocurrido, únicamente porque ha habido quienes han leído una frase impresa en una simple camiseta, quiero que este artículo sea un pequeño homenaje a todos los que con su escritura o con sus palabras han hecho que hoy me pusiera a teclear delante del ordenador. Porque creo que si hablamos, leemos y escribimos también nos sentiremos más capaces de hacer del mundo un lugar mejor. El mío, al menos, es más rico gracias a eso.

Adela Castañón

Imagen: Foto de la autora. (Bueno, de la camiseta de la autora…)

Sobre El Frago y su nombre

San Isidoro, Etymologías

Me emociona entrar en la historia de las palabras. Saber de dónde vienen, cómo han convivido con sus vecinas y quiénes las llevaron en sus labios. Y si una de ellas es el nombre del pueblo, de la roca, que me vio nacer, comprenderéis que le haya dado muchas vueltas. ¿Cuándo se bautizó?, ¿cuál fue el nombre primitivo?, ¿qué cambios ha sufrido?, ¿por qué lo llamaron El Frago y no La Peña?

El Frago es un topónimo tan antiguo que no tenemos su partida de bautismo. Así que me inventaré una que resulte razonable y escribiré un relato que parezca verdadero.

No voy a ser la primera. Desde hace años, algunos hombres sesudos se vienen acercando a su nombre. Y casi todos lo relacionan con fragosus. Entre ellos están ni más ni menos que don Joan Corominas, autor del Diccionario etimológico de la lengua castellana, y don Wilhelm Meyer Lübke, un alemán muy afamado, considerado el padre de las lenguas románicas.

Como veréis, mi relato sobre Illo Fragum no es del todo original. Me he inspirado en las pistas del filólogo don Vicente García de Diego porque se ajustan bien a fisonomía del pueblo y a la manera de nombrar en la zona. Don Vicente perteneció a la Real Academia Española desde 1926 y en 1932 fue designado para dirigir el Diccionario Histórico de la Lengua Española.

Illo Fragum

Es un sustantivo que podríamos traducir por el peñasco, la peña grande o la roca. Y creo que lo eligieron con acierto. Cuando queremos bautizar a alguien le ponemos un nombre y no un adjetivo. Y procuramos que tenga un aire de familia.

Me parece que fragosus, con el signifcado de fragoso, peñascoso, no le sentaba tan bien. Porque era un adjetivo, ¡y muy culto! Lo utilizaban los poetas y era poco frecuente en la lengua popular. A mí me resulta raro que mis antepasados eligieran un adjetivo poético para nombrar un paraje bárbaro e inculto.

Si a esto le sumamos que fragum era una palabra corriente en toda España y que en los primeros documentos ya aparece como Fragum o Frago, mi propuesta va cobrando fuerza. Y si nos acercamos hasta el pueblo y vemos la roca en la que se asienta, ya no nos cabe ninguna duda.

Fragum. Una palabra latina anterior a las Lenguas Románicas

De esto nos dan cuenta los restos del naufragio del latín clásico. Muchas palabras latinas desaparecieron, pero dejaron señales de su existencia en las nuevas lenguas. Algo del antiguo fragum se quedó en el francés Frai y en el provenzal Frau y Afrau, con el sentido de “rocas y tierras escarpadas”. En la vieja Hispania se quedaron Fraga y Frago. Además, fraga, como peña y roca, y frago como “peñasco grande” se conservan en los dialectos de Zamora. (Cfr. García de Diego, Etimologías). Y todas ellas tienen un matiz de rotura y están relacionadas con el verbo frangere, resquebrajar.

Era costumbre dar nombre a los pueblos con palabras corrientes, de un significado claro. Estoy convencida de que fragum era moneda común en la zona.

El artículo

En este caso forma parte del nombre y hay que escribirlo con mayúscula. Es una pista clave que hace pensar que era un nombre descriptivo y que con el tiempo fue perdiendo el significado primitivo.

El artículo resulta natural si va delante de un nombre. Pero, ¿cómo justificamos que vaya delante del adjetivo fragosus? Un poco difícil, ¿no? Bueno, algunos me dirán que se puede hablar de una sustantivación, pero eso resulta muy complicado.

En general, los nombres de lugar con artículo suelen referirse a un significado muy concreto. En este caso a la gran peña sobre la que se asienta el pueblo.

El Frago y El Peñazal

El pueblo y su barrio son dos nombres semejantes y diferentes. Y los dos llevan artículo.

El Peñazal es un antiguo barrio en uno de los extremos de la roca del pueblo. Como había que diferenciarlos bien, al núcleo importante se le puso fragum, y al barrio un nombre derivado de peña.

¿Por qué El Frago y no La Peña?

El Frago y La Peña, en su origen, eran sinónimos. Pero El Frago era menos corriente y, por lo tanto, identificaba mejor. Se debió elegir para no confundirlo con las abundantes peñas de la zona.

En el propio término municipal están: Peñamigalo, Peñasaya, PeñafigueraPeña Caballera, Peña Cervera, Peña del Cubilar de Ferrero, Peña el Santo Cristo, Peña el Zarrampullo, Peña EsturruzaderaPeña que parió Juana, Peña Gato, Peña os Arroyos, Peña os Cuervos, Peña Paseo, Peña Pozalera, Peña Redonda, Corral d’a Peña, Pozo a Peña, Paco Peña.

Peña era una palabra tan antigua como frago. Derivaba de arcaico penn— , pinn—, y no del posterior, y metafórico, pinna, “almena”, como defiende Corominas. ¡Otra vez contra don Joan! Es que el temprano fragum nos lleva a aceptar el origen precéltico de peña, una voz que gustó mucho a los aragoneses. Tanto que hoy aún se habla de peña y no de piedra, y de peñazo en lugar de pedrada.

Entre tantas peñas es natural que el pueblo sea el peñasco por excelencia y que proceda de una palabra que lo distinga.

Para terminar

El Frago es un nombre más antiguo que la documentación histórica que se conserva. Cuando se fundaba un pueblo se solía bautizar con el nombre  que ya circulaba por la zona. Y nos resulta muy plausible que este cerro, en realidad gran peñasco, fuera conocido como fragum antes de que se asentara allí la población.

Se non è vero, è ben trovato.

Carmen Romeo Pemán