La mejor arma

Por fin me había llegado el turno del campamento de iniciación. Mi padre y mi madre fueron, en sus respectivos años, campeones de su promoción y yo me sentía a la vez exaltado y acobardado. Ser el hijo de dos altos cargos de la realeza no era un peso fácil de llevar, pero por otro lado tenía la necesidad de no decepcionarlos, de superarlos, incluso. Yo había temido no poder ir, la amenaza de la guerra con otros países, que antes solo era una posibilidad remota, se había convertido en algo cada vez más próximo y el campamento estuvo a punto de cancelarse. Hasta última hora mis compañeros y yo no tuvimos la seguridad de poder asistir.

El acceso al lugar donde se ubicaba el campamento estaba siempre vigilado. No en vano era el lugar más sagrado de nuestra civilización, el jardín de los secretos. Estaba en el fondo de un valle. Desde arriba, al cruzar un paso de montaña, mis compañeros y yo lo vimos a nuestros pies, como una enorme serpiente de cuerpo sinuoso que delimitaban un montón de cabañas a cada lado, como si fueran escamas de piel. Lo que hubiera sido la cabeza de la serpiente se perdía dentro de una gruta con la entrada sellada por una cortina de agua cuyo rumor se escuchaba incluso desde nuestro mirador.

Nadie había contado nunca cuáles eran las pruebas que allí se planteaban. Lo único que trascendía al público era que todos salíamos cambiados de aquel lugar, con una profesión ya marcada que iba en función del resultado que obteníamos.

Aquel verano todos nos quedamos como estatuas al escuchar al monitor que nos recibió a nuestra llegada con estas palabras:

Las reglas de este año son sencillas. Hay una profecía que dice que en algún lugar de este campamento está el arma que puede evitar la guerra. Aquel de vosotros que la encuentre, será designado como futuro gobernante de la coalición de naciones que necesitamos formar para alejar definitivamente ese tipo de conflictos que acabarían por eliminar a la humanidad de la faz de la tierra. Hizo una pausa solemne y terminó diciendo: Eso es todo lo que van a escuchar de mí. Ahora, comiencen.

Mis compañeros y yo nos dirigimos a las cabañas. Todas estaban equipadas de la misma manera, solo se distinguían por el número de la puerta. Dejamos nuestros enseres y empezamos a explorar. Durante dos semanas descubrimos por los bosques circundantes todo tipo de armamento, pero ninguno tenía nada que lo hiciera parecer distinto de los demás. Pistolas y rifles con increíbles velocidades de disparo, más precisión en algunas automáticas, escudos que resistían proyectiles casi tan grandes como ellos…

Pensé en el desconocimiento que teníamos sobre las costumbres de los demás países que nos rodeaban, pensé en los motivos que podían haber provocado la chispa que prendió el incendio mundial, pensé en los muros que se alzaban entre las distintas fronteras, pensé que hacía falta tener una visión global, de conjunto, de muchas cosas que estaba fuera de mi alcance comprender.

Entonces miré al cielo. Entre el verde de las ramas de un árbol enorme, casi milenario, entreví algo de color más oscuro que se agitaba con la suave brisa de la tarde. Empecé a trepar y encontré algo que solo había visto en algunas ilustraciones antiguas en el desván de mi casa: un libro distinto al resto de los libros. Me acomodé en lo alto de la rama, lo cogí y me lo puse sobre las rodillas. Se me ocurrió que quizá en algún lugar de otro país habría en este momento otro chico leyendo un libro parecido.

El título del libro era “Diccionario multilingüe” y supe con total seguridad que allí estaba la mejor arma del mundo. Bajé del árbol con el libro entre mis brazos.

Aquel campamento marcó mi futuro y ahora soy el gobernante de mi país. La guerra nunca llegó a estallar, y hoy solo se la puede encontrar en los textos de historia.

Adela Castañón

Imagen: Walter Böhm en Pixabay 

Amor fraterno

Me gusta ser el primero de mi clase. Me gusta liderar el equipo de baloncesto del instituto. Me gusta destacar en el club de judo. Me gustan la mecánica y los coches. Me gusta saber que las chicas me encuentran atractivo. Me gusta caerle bien a la gente. Pero, sobre todo, me gusta ser el hermano mayor de Ada.

El diminutivo se lo puse yo. Cuando ella nació, yo tenía cinco años y me pareció lo más bonito del mundo. Siempre me han gustado las historias de fantasía, aquella criatura era la encarnación de todas las hadas de mis cuentos favoritos, y nuestros padres estuvieron encantados de ponerle el nombre que yo elegí para ella, Inmaculada, aunque desde que salió del hospital, a los dos días de nacer, ha sido Ada para todos.

Le enseñé a montar en bicicleta. Curé todos sus rasguños. Le ayudé con los deberes del colegio. Una vez llegué hasta hablar con su profesora de historia sin que lo supieran ni ella ni mis padres. Ada me dijo que le había salido mal un examen importante, ese año compartíamos instituto: ella estaba en primero, y yo en el último curso. En el recreo me restregué los ojos con jabón hasta que me escocieron y luego me hice el encontradizo con su profesora. Ella, al verme, preguntó qué me pasaba y le conté, con expresión de absoluta inocencia, que la migraña llevaba varios días atacándome, que Ada me había estado cuidando y que me preocupaba que eso le hubiera robado tiempo de estudio. Mi hermanita sacó un notable alto. Y cuando tuvo problemas de sueño por culpa del perro del vecino, que ladraba de noche a todo lo que se moviera, le quité a mamá un montón de pastillas de Orfidal y un pegote de carne picada de la que usaba para preparar albóndigas. Y Ada durmió sin problemas desde entonces.

Éramos dos contra el mundo. Yo hacía lo que fuera por proteger a mi hermana, por verla siempre feliz.

Llegó su adolescencia, empezó a tontear con chicos y me hizo cómplice de sus andanzas. Eso me ayudó a encargarme de que sus novietes la trataran bien. Con algunos tuve que mantener conversaciones que no fueron precisamente cómodas, pero siempre eran críos más pequeños y débiles que yo. Y si veía que no le convenían a mi hermana siempre encontraba la manera de que se portaran de forma que ella tomara la decisión de romper. El asunto funcionó hasta que llegó Mario al instituto. Se incorporó a mitad de curso, su familia se había mudado tras la muerte de un hermano y querían empezar en otra ciudad. A pesar de la tragedia, o quizá por ella, Mario no tuvo problemas de adaptación en su nuevo instituto. Me recordaba a mí mismo con unos años menos y eso me provocaba sentimientos ambivalentes. Mario se fijó en Ada y ella en él, era casi inevitable. Pronto se convirtieron en los reyes de las fiestas adolescentes, dos personajes de cuento de hadas, su historia hacía que mi hermana brillara como nunca. Seguíamos estando unidos, claro que sí. Yo empecé a salir con Laura e incluso tuvimos algunas citas dobles los cuatro. Todo iba bien, en serio, yo era y soy un tipo maduro, y si mi hermana era feliz, yo también. Así de sencillo.

Al cabo de unos meses empecé a notar cierta tensión entre ellos. Ada insistía en decirme que todo iba bien y yo quería creerla. Tardé en darme cuenta de mi error porque el problema era, precisamente, que todo iba demasiado bien. Estaban de acuerdo en cualquier tema, les gustaban las mismas cosas, lo hacían todo juntos. Y la consecuencia fue que los dos empezaron a desdibujarse, dejaron de ser Ada y Mario para ser la pareja perfecta. Mi hermana se había convertido en la mitad de una entidad. Era como si pasara el día mirándose a un espejo donde el cristal era Mario, y viceversa. A los ojos del mundo podía parecer que se desvivían el uno por el otro, pero en realidad se estaban fagocitando sin darse cuenta.

Aproveché que Ada tuvo que ingresar en el hospital para una operación de urgencia de apendicitis y manipulé los frenos del coche que le acababan de regalar a Mario sus padres. Era un conductor novato, apenas hacía dos meses que se había sacado el carnet de conducir, y me pareció una irresponsabilidad que le compraran un BMW tan potente. Pero eso jugó a mi favor, nadie se extrañó del accidente ni de sus fatales resultados.

Después del entierro de Mario, Ada empezó a apagarse. Nada la hacía reaccionar, ni mis mimos, ni nuestros padres, ni sus amigas. Solo hablaba a veces con Laura, con la que desde el principio había congeniado mucho. Le pedí ayuda a mi novia, necesitaba saber cómo ayudar a mi hermanita, cómo sacarla del pozo en el que cada vez se hundía más. Por fin, después de varias semanas, Laura me contó algo que me hizo concebir esperanzas. Quizá habría una manera de ayudar a Ada.

Laura me dijo que Ada se sentía vacía. Mi pequeña le había confesado a mi novia que con Mario se sentía útil, sabía que él la necesitaba, que ella era la persona más importante en la vida de su chico, y no podía vivir así, sin nadie a quien entregarse, sin nadie a quien dar apoyo, sin nadie que la necesitara cada día para seguir viviendo. Mario, a pesar de su aparente fortaleza, había llegado a Ada con el corazón roto, y solo ella supo adivinar el dolor que arrastraba el muchacho. Y sanar ese dolor había sido el faro definitivo en la vida de mi hermana.

Laura me contó todo eso la noche que salimos a cenar para celebrar nuestro aniversario. En el restaurante, mientras ella compartía conmigo las confidencias que Ada le había hecho, la quise más que nunca. Durante toda la cena le dediqué caricias en las manos, miradas de amor, y luego, al despedirnos en la puerta de su casa, la besé una y mil veces agradecido por su ayuda.

Al día siguiente aproveché que Laura estaba en el trabajo para pasarme por el garaje donde guardaba su coche. Era un Fiat de segunda mano, bastante antiguo, y los frenos me dieron menos problemas que los del BMW a pesar de que las lágrimas empañaban mis ojos y no me dejaban trabajar en condiciones. Pero no podía evitar llorar y sonreír a la vez. Sabía que el día siguiente sería duro para mí. Me derrumbaría.

Pero también sabía que habría ayudado a Ada y que ella sería el hada que acudiría en mi ayuda. Porque lo mejor de mi vida, lo que mejor se me da, lo que más me gusta, siempre ha sido y será ser el hermano mayor de Ada.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Venecia y yo

Hay quien sueña con historias, o con personas, o con quimeras. Yo sueño con todo eso. Y con ciudades. Sobre todo, con Venecia.

Recuerdo una época dura de mi vida hace algo más de diez años. Recuerdo estar al borde del precipicio de la desesperación, caminando por una delgada línea, como la cuerda de un funambulista, que separaba la cordura de la locura. El trabajo me desbordaba. El tiempo me faltaba. El autismo de mi hijo, empeorado, me superaba. Llegaba el momento de mis vacaciones anuales y, por primera vez, me daba absolutamente igual tener que ir a trabajar o quedarme el mes entero encerrada en casa. Incluso había empezado a plantearme la opción de empezar con medicación, no sé si para mi hijo, para mí, o para los dos. Ignoro qué fue lo que sacó a flote las pocas fuerzas que aún me quedaban y que me hicieron pensar, antes de rendirme del todo, en entonar el último canto del cisne.

Siempre había querido hacer un crucero y siempre había soñado con conocer Venecia, así que, diez días antes de que comenzaran mis vacaciones, me detuve al salir del trabajo en la primera agencia de viajes que encontré y me limité a decirle a la persona que me atendió:

Quiero hacer un crucero. Quiero zarpar en dos semanas como mucho. Y solo quiero que una de las escalas sea Venecia.

Así, sin anestesia ni nada. Puesta a ahogarme, ¿qué mejor sitio que ese?

Pero la vida me tenía preparada una sorpresa y en Venecia aprendí a nadar.

Perderme de noche en sus callejuelas y esperar toparme, a la vuelta de cualquier esquina, con un caballero embozado en su capa, con una espada al cinto y un sombrero de ala ancha con pluma que cubriría una melena negra y brillante. Alzar los ojos al cielo y descubrir que las estrellas me regalaban guiños de luz que espantaban a mis sombras interiores. Embutirme en el disfraz de turista tópica y típica y darme cuenta de que ese papel, que nunca creí que fuera para mí, me sentaba tan bien como una segunda piel. Pasear en góndola, escuchar la melodía de la voz del gondolero recorrer el pentagrama de las rayas blancas y negras de su camiseta mientras desgranaba para nosotros historias al ritmo de sus remadas. Respirar un aire puro, desprovisto de los malos olores que, según decía todo el mundo, podían esperarse en pleno verano en esa ciudad serenísima. Cruzar el Gran Canal, de orilla a orilla, paseando por el Puente de Rialto. Llorar al escuchar la historia del Puente de los Suspiros, donde los condenados, al cruzarlo para ir a la prisión en un viaje sin retorno, suspiraban de pena. Sentir el arrullo de las palomas de San Marcos como acordes de una canción de esperanza. Saborear el helado más dulce y medicinal de toda mi vida durante un paseo. Detenerme en el escaparate de una tienda de máscaras y pensar que detrás escondían lágrimas o sonrisas, tan bellas las unas como las otras…

Vivir todo eso y mucho más bajo la luz del milagro de mi hijo, que caminaba junto a mi madre y junto a mí con una sonrisa que recogió no sé ni cuándo ni dónde, pero que se quedó a vivir en su cara. Ver la luz en los ojos de mi madre, esa abuela, hada particular de mi Javi, que llenaba de magia con su varita invisible cada instante que compartíamos cuando nuestras miradas se cruzaban…

Si digo que Venecia me robó el corazón, os mentiría. Me lo devolvió. Y, a mi regreso, me traje en mi maleta los tesoros que yo sí que le robé: el color de su cielo, el brillo de sus canales, las manchas y los desconchones de sus paredes, las leyendas de su historia, el susurro de los remos de los gondoleros, el sonido de la vida y mil cosas más que no tienen nombre.

Y con todo eso me vestí de colores, de ilusión y de energía. Le dije adiós a las pastillas que ni Javi ni yo llegamos a tomar nunca y empecé a coser este traje de escritora que ahora luzco para presentarme ante vosotros.

En Venecia renací. Volví dos años después y regresé a España más enamorada de ella. Y ojalá el futuro me regale otra oportunidad para vivir con esa ciudad mágica una tercera historia de amor.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Lluvias

Miro por la ventana. Llueve.

Llueven los pensamientos. Salpican como gotas mi cerebro. Caen sin prisa y sin pausa, con un ritmo monótono y anárquico. ¿Por qué cansa el pensar? Carece de sentido, pensar es casi, casi, igual que respirar, debería suceder sin más complicaciones y no causar agobio.

Llueven también reproches que estaban escondidos. Gritos y discusiones sobre quién puso más en cada historia retumban como truenos. Jaqueca, vieja amiga, me robarás la fuerza si me alcanzas, el cansancio no me dejará huir y volverá a entrar “Él”. El que quise tener y nunca tuve. El que me dio la paz y me llevó a la guerra, al cielo y al infierno sin tener que hacer nada, solo por existir. Recuerdo mis pecados y los suyos. Por acción y omisión. Lo que debió decirme y nunca dijo. Lo que debí callarme y no callé. ¡Se conjuga tan mal el verbo amar en primera persona! Da como resultado un texto malo, frases con recriminaciones, faltas de ortografía en el diccionario del cariño, signos de puntuación mal colocados que desgarran la piel como cuchillos y producen heridas en el alma por las que la tristeza sale a chorro, enturbiada por muchos desengaños.

Llueven muchos recuerdos que llegan de la mano junto a los pensamientos y reproches. Deslumbran como rayos, fogonazos que de pronto iluminan verdades del pasado y dan luz a las sombras de todas las mentiras que yo dije y también, por qué no, de las que me dijeron.

Llueven los sentimientos. Que la lluvia, sin ellos, sería como una partitura inacabada, un libro al que le faltan varias páginas. Y yo, pobre escritora, no puedo permitir que eso suceda. Revuelvo entre mis letras para ver qué me encuentro y salen del bolsillo varias cosas: el dolor y el deseo, la dicha ya vivida, las deudas no pagadas. Decisiones y dudas. Y todo con la D, como Dios y destino. Y como dejadez. Y es que estoy muy cansada.

¿Y qué más da que llueva? Al fin y al cabo, la lluvia solo es lluvia. Debería descolgar del armario las ganas de vivir, calzarme los zapatitos rojos de la ilusión, o, mejor aún, enfundar mis pies en unas botas de siete leguas que me alejen de lo que me hace daño. Y así, armada de valor, sentirme invencible y salir a pisar con fuerza los charcos de la vida, igual que hacen los niños.

Llueve, pero no dejaré que esas lluvias levanten en mi alma tempestades que no me llevarán a ningún puerto.

Me voy a fabricar un paraguas con folios de papel que me protegerá para que no me moje. Mi pluma será el mango del paraguas. Ya solo necesito unas cuantas varillas que lo mantengan firme. “Vamos”, me digo, “vamos, valiente, vamos”. Y el alfabeto me presta otra letra, ahora es la V, la de mi vocación para ser escritora. Y me lanzo a la arena con todo lo que puedo: Voluntad y victoria. Valor para volar. Y volver a vivir, día tras día, la historia que yo elija.

Lo haré sola, sin él, lo haré sin nadie. Y así, conmigo misma, siendo yo mi aliada, encontraré mi gloria.

Miro por la ventana. Ya no llueve.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Divagaciones

Beber de tu aliento,

bañarme en tus ojos,

sentir lo que siento.





Pensar en besarte,

soñarte de noche,

pasar por tu calle.





Seguir a tu sombra,

querer ser el aire

que aspira tu boca.





Escribirte eso

con una sonrisa,

mirando hacia el cielo.





Y, así, divagar

para que mi alma

no grite «Te quiero».

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

A orillas del Rin

Por Vanesa Sánchez Martín Mora

Vanesa Sánchez Martín Mora es nuestra invitada de hoy con un precioso relato: A orillas del Rin.

Este relato lo publicó, hace dos años, en la antología solidaria «Canfranc. Relatos de ida y vuelta», en beneficio de la Asociación AlMa, que trabaja en favor de los niños con discapacidad física e intelectual severa, y de sus familias.

Vanessa, bienvenida de nuevo a Mocade, y gracias por compartir este relato con nuestros lectores.

A orillas del Rin

Por fin mamá fue valiente y me compró el libro, sabiendo que le iba a costar una disputa con papá porque no le gustaba que me consintiera. Yo no lo consideraba un capricho. Les decía mil veces que eran referencias para cuando yo escribiera mis propias obras literarias, pero la realidad era que escuché a una profesora que lo había leído y no se había enterado de nada; me entró curiosidad.

Durante la cena, papá nos puso al día de todos los soldados que se había encontrado en la ciudad, que la gente estaba preocupada porque no pintaba nada bien la cosa. Se escuchaba, ya entonces, que a los judíos los estaban llevando a campos de concentración, y papá decía que acabaríamos abandonando Praga algún día.

Me subí a mi cuarto sin tomar postre. Le dije a mamá que el puré me había dejado la barriga bastante llena, pero era mentira.Subí porque estaba deseando leer “La Metamorfosis» de Franz Kafka. Estaba tan ansiosa por saber de qué trataba, que no pude comer el pastel de zanahorias, con todo lo que me gustaba. Hasta mi hermana Sophie se extrañó. Siempre nos estábamos peleando por comer un poco más.

A la mañana siguiente, después de leer el relato de Kafka, me desperté con ganas de ir al nuevo cementerio a visitar su tumba y decirle, al pobre, que me había gustado mucho y que sí que la había entendido, pero, al poner los pies en la calle, vi una avalancha de gente que venía en mi dirección. Varios soldados estaban reclutando a judíos, y sabía que lo eran porque nos obligaban a llevar, desde hacía unos años, una estrella amarilla de seis puntas cosida a la altura del pecho. Había gente que temía llevarla y que les pudiese pasar algo. A mí, en cambio, me gustaba. Estaba muy orgullosa de mi familia y de ser judía.

El caso es que no pude ir al cementerio. Papá tiró de mi brazo con tanta fuerza que casi me lo disloca. Dijo que no se podía salir de casa, pero él salió con la excusa de que iba a buscar una vía de escape. No entendía entonces para qué queríamos escapar, si en Praga se vivía muy bien.

Unas horas más tarde entró en casa como un cachorrillo asustado, y menos mal, porque, de no ser así, se habría dado cuenta de que había cogido uno de sus libros que me tenía prohíbo leer porque era para adultos.

—Tenemos que hacer las maletas, pero coged solo cosas necesarias. Martha, nada de libros, son muy pesados y ocupan mucho espacio.

—Pero papá, yo no puedo vivir sin los libros, me moriré si no leo y también me moriré si me voy de Praga. ¿Por qué tenemos que irnos tan rápido?

—No puedo deciros mucho más ahora. Haced las maletas. Nos vamos en dos horas.

No estaba dispuesta a salir de allí sin libros, y menos a no llevar conmigo mi cuaderno verde y la pluma que me trajo de España la abuela en su última visita.

—Martha, cariño, —dijo mamá al entrar en mi cuarto—. ¿Te ayudo a cerrar la maleta? —Pero no quería que viera lo que llevaba y me senté encima para terminar de cerrarla.

—No, gracias.

La estación de tren estaba llena de gente. Había muchos niños llorando y asustados. Muchas personas despidiéndose de sus seres queridos. No entendía por qué se despedían y no se iban todos juntos si era cierto que corríamos tanto peligro.

De repente, se oyó un silbido muy fuerte, a continuación, la gente empezó a chillar y a correr como loca. Sin sentido. Papá dijo que no entráramos en pánico, que nos agarrásemos fuerte de las manos para no perdernos entre la multitud. Avanzamos unos pasos, pero era imposible no chocarse con la gente. Un señor alto sujetó a Sophie del brazo.

—¡Suelta a mi hermana, imbécil!

—Aparta, mocosa. Tenemos ordenes de enviaros a Auschwitz y vais a venir todos conmigo.

Papá tiró de nosotras y echamos a correr hacia el pelotón de gente que se estaba concentrando en el medio.

—Pero papá, yo no quiero que ese soldado nos lleve a Auschwitz.

—Mezclaos con la gente mientras busco un sitio por el que no nos vean abandonar la estación, ya veremos luego a donde nos dirigimos. Lo que está claro es que estos trenes solo tienen un destino.

Papá se dio la vuelta, buscando con desesperación y, justo cuando un señor levantó la mano llamándolo, el soldado vino de nuevo, pero esta vez con refuerzos.

—Suban todos al tren, es una orden.

—¿Y quién lo ordena? —le solté de golpe.

—Cariño —dijo mamá mientras me tapaba la boca—, no seas desobediente.

—Suban todos al tren, es una orden. —Y esa vez estaba mucho más enfadado.

Caminamos en dirección a los vagones y no dejé de mirar a papá. No comprendía como él se había podido quedar callado, y por qué no estaba buscando esa vía de escape.  Era muy extraño verlo hacer caso de lo que decía un soldado nazi, pero no quise decir nada por si era parte de su plan para escapar.

Los vagones eran oscuros, no tenían ninguna ventana. El suelo estaba lleno de paja y olía a pis de rata, como en aquella granja que visité en una excursión del colegio. No dejaba de subir gente, aunque apenas cabían más personas. Cuando entramos, algunos estaban sentados en el suelo, pero empezaban a pisotearlos y era mejor ir de pie.

—Papá, ¿qué hacemos aquí, a donde nos llevan? —preguntó Sophie.

—No te preocupes, cariño, cuando lleguemos a ese sitio podremos coger otro tren a donde queramos. ¿Dónde os gustaría ir?

Intentaba que no tuviésemos miedo, yo sabía que estaba mintiendo porque siempre que lo hacía se daba pequeños pellizcos en la barba. Mamá se quedó muda con nosotras, solo hablaba bajito al oído de papá y asentía de vez en cuando, eso sí, casi me rompió la mano de tanto apretármela.

Junto a nosotros había un señor que no me quitaba ojo desde que subió al vagón, de vez en cuando se le caía una lágrima. Sí, solo una lágrima, parecía como si el otro ojo no le funcionase. Me daba un poco de vergüenza preguntarle si necesitaba algo, no quería ser impertinente otra vez y que papá me regañase, pero es que me daba tanta lástima…

—¿Está enfermo, señor? —solté de repente y sin poder evitarlo.

—Te pareces mucho a mi nieta, ¿sabes? Ella murió hace unos meses mientras jugaba en el parque. Un soldado le disparó por intentar proteger a su madre. Quisieron enviarla a un campo de concentración y ellas se negaron. Tenía solo nueve años.

—Lo siento mucho.

—Ojalá tú tengas más suerte, pequeña.

—Disculpe —dijo papá—, no va a morir nadie. Deje de asustar a las niñas.

—Ojalá todos tengamos más suerte —dijo el señor mientras nos daba la espalda.

El camino se nos hizo mucho más largo de lo que realmente fue. Era asfixiante tantísima gente en un vagón para ganado y sin ventilar. Los inviernos en Polonia eran muy duros, lo pudimos comprobar durante el viaje, ya que íbamos mirando por una ranura que había en el suelo del vagón, por la que entraba un frio horrible.

Papá no habló durante el trayecto, y tampoco separaba sus pies de aquella ranura del suelo, pero entonces no sabíamos de sus intenciones.

—Tengo muchísima sed, me muero de sed —dije de repente— si no paramos pronto se me va a quedar la garganta tan pegada que me asfixiaré de todos modos porque no entrará aire a mis pulmones.

—Sirves para el teatro —dijo Sophie, cruzándose de brazos. Estaba graciosa cuando fruncía el ceño—. Eres una teatrera.

No pude más que reírme, aun corriendo el riesgo de que se me pegase la garganta, pero entonces papá sacó una cantimplora de su macuto y me dio un sorbo.

Papá seguía callado y eso ya me estaba pareciendo demasiado extraño. Me di cuenta de que mamá lo miraba por el rabillo del ojo, pero ella tampoco se atrevía a decir nada. De pronto, el tren se paró y se escuchaba cómo los soldados de fuera daban voces a los pasajeros que iban bajando. Les decían a los hombres que se pusieran a un lado y a las mujeres y niños, en el otro. No tenía ni idea de porque los separaban. En ese momento papá arrancó la madera por la que habíamos estado mirando todo el camino y nos ordenó que saliéramos por ahí.

—Rápido, chicas. No sé dónde estamos exactamente, pero si no nos reunimos aquí en el día de hoy, nos encontraremos en París. En este macuto lleváis todo lo que necesitareis para llegar a Francia.

No me lo podía creer. Con apenas doce años que yo tenía y los quince de mi hermana, nos vimos solas en aquella situación. No sabíamos que hacer, si mis padres conseguirían escapar pronto o deberíamos refugiarnos cerca de aquel lugar para no perdernos. ¿Cómo íbamos a llegar nosotras solas hasta París, si nunca habíamos salido de Praga? Pero saltamos. No consiguieron atraparnos, estuvimos escondidas en el hueco de una tubería de la que salía un hilo de agua. Sophie dijo que allí no nos buscaría nadie, que por el mal olor que desprendía no buscarían ahí. Y acertó.

En el macuto que nos dio papá en el último momento, justo antes de escurrirnos por entre aquellas maderas, había provisiones, agua y algunas chocolatinas por si nos daban bajadas de azúcar, era lo que siempre llevábamos durante las excursiones. Y eso fue lo que comimos durante esos dos días que estuvimos escondidas. También llevábamos el dinero de papá y una foto donde salíamos los cuatro. Es el único recuerdo que tenemos de aquella época.

Ya nos habíamos planteado salir de aquella tubería cuando Sophie arranco a llorar:

—¡Calla boba!, que nos puede escuchar alguien.

—Me da igual, Martha, tengo mucho miedo. No sabemos qué les han hecho a nuestros padres ni qué nos harán a nosotras cuando se enteren de que nos hemos escapado.

—Saldremos de aquí cuando caiga el sol. Nadie nos verá porque nadie sabe que estamos aquí.

Tardé un rato en tranquilizarla, parecía yo su hermana mayor. Yo también tenía muchísimo miedo, sobre todo después de escuchar a escondidas una conversación entre mis padres en las que papá decía que en sitios como aquel solo llevaban a las personas para exterminar la raza judía, que las metían en una cámara de gas y acababan con miles en unos minutos.

—Ten más cuidado al pisar, si sigues haciendo tanto ruido nos acabarán descubriendo y nos matarán —dijo Sophie cuando nos pusimos en marcha.

—No puedo andar de otra manera, parece que todas las ramitas que hay en el suelo me tocan a mí, ¿acaso crees que lo hago queriendo?

—Pues mira bien donde pisas, Martha.

—Mira bien donde pisas, mira bien donde pisas… por qué no vas tú la primera, listilla.

—Porque tú eres quien sabe a donde tenemos que ir.

—Para eso sirve la geografía que estudiamos en el colegio, se nota que no eras aplicada en esta materia.

—Vale ya, Martha. Estamos muy cerca de algunas casas y nos podemos topar con alguien. Tal vez hayan dado aviso de que dos niñas andan solas por el mundo y nos estén buscando.

El frio de noviembre en Polonia era demoledor. Aun quisimos caminar un poco más y alejarnos lo suficiente para buscar un sitio seguro donde dormir cuando empezase a amanecer. Habíamos decidido que avanzaríamos también de noche para no correr riesgos. En mi cuaderno, tracé una línea y anoté todos los sitios que recordaba del mapa que nos encontraríamos entre Polonia y Francia, era la única forma que se me ocurrió para saber hacia dónde dirigirnos sin perdernos; añoré mi casa por un momento. Habíamos sido unas niñas tan felices allí que aún duele pensar en la forma que tuvimos que abandonar nuestras vidas.

Estuvimos durmiendo en graneros, nos acurrucábamos cerca de las gallinas para entrar un poco en calor y por la mañana cogíamos uno de sus huevos para desayunar. No estaban tan ricos como las tortitas de maíz con cacao de mamá, pero nos mantenía nutridas. Nos encontramos con varias personas que nos ayudaron, e incluso nos dieron prendas limpias. Corrieron riesgos ocultando en su propiedad a niñas judías que los nazis buscaban, pero sabían que era lo correcto, que el mundo estaba de nuestro lado, aunque la voz de los nazis se hiciera notar mucho más.

Dos semanas después de lo que les pasó a nuestros padres, llegamos a la frontera entre Alemania y Francia. Estábamos en Khel y teníamos que cruzar el Rin en barca, era la única manera viable de entrar en Francia, pero entonces sucedió algo: cuando inspeccionábamos el puerto, por si encontrábamos a algún marinero que nos ayudase a cruzar el río, alguien nos sorprendió por detrás. Era la policía alemana, soldados de la SS.

Nos ataron las manos y nos metieron a la fuerza en la parte de atrás de una camioneta. Yo me quedé bloqueada, sin saber qué hacer o decir. Poco importaba ya todo lo que habíamos conseguido, y por mucho que Sophie llorase no iban a soltarnos. Nos habían capturado.

El lugar a donde nos llevaron era mucho más siniestro y oscuro que el vagón que nos transportó a Auschwitz. Había barro por todas partes, la gente vestía con un pijama de rayas solamente y estaban esqueléticos; si no morían de hambre morirían de frio —aquello era una locura—.  Nadie podía aguantar mucho tiempo en esas condiciones.

Sophie estaba muda desde que habíamos llegado, no conseguí sacarle ni una palabra, tampoco la gente que se acercaba a nosotras para ayudarnos. Nos destinaron a un barracón donde había adultos y niños. Eran familias enteras o casi enteras, nosotras estábamos solas en el mundo. Solas y atrapadas en un campo de concentración del que no recuerdo su nombre porque solo estuvimos un día. Nuestro destino final era el campo de exterminio de Treblinka, o eso era lo que nos decían los soldados de la SS cuando nos capturaron.

—¿Sois las fugitivas de las que habla todo el mundo? —Aquel niño rubio de ojos verdes, tenía en su mirada una chispa de esperanza—. Tenéis que enseñarnos a escapar de aquí.

—¿Has venido con tus padres o tampoco sabes lo que les ha pasado, como a los nuestros? —pregunté con rapidez.

—¡Discúlpate, Martha! —hablo por fin la muda de mi hermana—. No tienes ningún derecho a ser tan bruta con la gente, no aprendes a mantener la boca cerrada ni en los peores lugares del mundo. Perdónala, su nombre debería ser impertinente —se dirigió al chico.

—El mío es Noah, y mi mamá ha muerto. Fue hace unos meses, justo antes de que nos capturasen los soldados de la SS. Ella tenía una enfermedad del corazón, y un día no despertó…, sin más. En parte mi padre y yo nos alegramos de que muriese en nuestra casa, pudimos enterrarla en el cementerio, no como a la gente de aquí. A ellos, cuando mueren, los amontonan en una fosa y cuando hay muchos directamente los queman. He visto como lo hacen…

—¡Venga ya! Nadie hace eso…

—Te lo puedo enseñar si quieres —contestó nada orgulloso.

Después de comprobar que Noah no mentía, me dieron ganas de asesinar a aquellos soldados con mis propias manos.

Aquella noche, después de haber visto la fosa de personas derretidas, no podía sacarme esa imagen de la cabeza, eso y el hedor a carne chamuscada que se respiraba a todas horas.

—Tenemos que escapar de aquí, Sophie, antes de que nos lleven a Treblinka. Si aquí queman a las personas después de dejarlas morir, que no nos harán donde quieren llevarnos.

—Eres muy ignorante a veces, Martha. ¿Crees que alguien puede escapar de un sitio así?

—Pues seremos las primeras. Ya casi lo conseguimos una vez.

No sabíamos cuando seria nuestro traslado a Treblinka, por lo que no podía desperdiciar ni un minuto sin trazar un plan para escapar de allí. Fui hasta la cama de Noah y le pregunté si podíamos salir para ver las estrellas. No se me ocurrió otra cosa.

—Pero si en invierno no se ve el cielo, siempre hay nubes o está lloviendo.

—¡Venga, vamos, quizás tengamos suerte esta noche!

Aquel niño era mucho más inocente de lo que podía parecer yo, y me siguió sin rechistar. Estaba casi segura de que se conocía el terreno mejor que nadie y le dije que me enseñase el lugar más fácil por el que escapar.

—¿Lo dices en serio?

—No puedo seguir aquí ni un segundo más, necesitamos escapar antes de que acaben con nuestras vidas. Dime, ¿algún agujero en la alambrada por el que salir sin que nos vean?

—¿Bromeas?, ¿un agujero? Perdona, pero yo no buscaría nada de eso. Hay un camión que viene cada día y se lleva las pertenencias de los que mueren. Se escucha que lo venden en mercados clandestinos. Yo, si fuese vosotras, me subiría a uno de esos camiones para salir de aquí sin ser vistas. Es un plan que he pensado muchas veces, pero mi papá está muy débil y nos pillarían a la primera. Por eso seguimos aquí, no quiero abandonarlo.

Lo interrogue durante los siguientes veinte minutos. Necesitaba toda la información posible para saber cómo y cuándo actuar; después, salí corriendo a decírselo a Sophie, quien tardó demasiado en darse cuenta de que iba totalmente en serio.

Eran las siete de la mañana cuando aquel trasto viejo que Noah llamaba camión entró humeando y paró justo donde dormían los soldados de la SS, en la parte de atrás de la cocina donde guisaban para ellos. Nuestra cocina estaba en el propio barracón y allí solo se preparaba un puchero con caldo caliente para todo el mundo.

El caso es que solo contábamos con unos minutos para hacernos hueco en aquel montón de chatarra. Noah estaba vigilando para que nos diese tiempo de subir al camión o entretener a los soldados si era necesario. Echamos a correr una vez se bajó el conductor y nos escondimos tras unos sacos de patatas mientras cargaban la mercancía que saldría de allí con nosotras. Sophie me agarraba de la mano tan fuerte que por fin pude sentirla caliente en muchos días.

—No te vayas a echar a llorar que te conozco, y nos van a pillar si te oyen.

—No, no voy a llorar, solo estoy nerviosa y orgullosa a la vez. Eres muy valiente —me dijo—. Ojalá nuestros padres pudieran vernos. Estarían orgullosos de nosotras, sobre todo de ti, Martha.

Y entonces me eché a llorar yo. Los echaba tanto de menos… Y me dolía, me dolía pasar por todo aquel sufrimiento y no tener la recompensa de volver a abrazarlos algún día.

—Deja de llorar, renacuaja, y corred a ese camión a la voz de ya si queréis salir de aquí vivas. —Se me quedaron los ojos como platos al escuchar esa voz tan potente y desconocida. Era la cocinera, había salido a fumar un cigarrillo y no nos habíamos dado cuenta de ella, en cambio, aquella señora había captado nuestras intenciones con solo un gesto.

Y al mirar hacia la chatarra de color verdoso que empezaba a rugir como un tractor, supe que era el momento de echar a correr. Le hice señas a Noah para que se decidiese a venir con nosotras, pero negó una vez más con la cabeza, rechazando una plaza hacia la libertad.

Subimos de un salto a la parte trasera de aquel camión y nos ocultamos detrás de unos sacos de tela. Aún no habían terminado de cargar la mercancía, pero la cocinera entretuvo a los soldados pidiéndoles fuego para que nosotras pudiésemos asegurar nuestra plaza en aquel trasporte.

Y, de pronto, oímos el portazo que dieron al cerrar el camión y pudimos sentir el fuerte traqueteo por los baches que se habían formado por la lluvia que horas antes habíamos sufrido al llegar allí.

—Ya queda poco, hermanita. Pronto estaremos de camino a París y allí decidiremos que hacer.

—¡Alto! —oímos de pronto—. Abran de nuevo las puestas del camión. —Y frenó en seco. Sentimos como se abrían las puertas y el peso de que alguien había subido. Era nuestro fin—. Maldita sea, menos mal que esta aquí, enganchado en un saco. Si llego a casa sin el reloj mi mujer me mata. Dice que le costó carísimo y yo no lo pongo en duda…, ni me atrevo. —Todos rieron al unísono y las puertas del camión se cerraron de nuevo. Ahora sí, nos íbamos de verdad.

No sabíamos cuál era el destino de aquella mercancía, pero no tardamos más de tres días en descubrirlo. Nuestras fuerzas eran mínimas, si no salíamos para beber y comer algo moriríamos allí mismo, sin testigos.

Estábamos en el puerto de Somport, en la frontera entre Francia y España, fue lo primero que leí cuando salimos de aquel cubículo que nos había mantenido ocultas todo el viaje, y en el que tuvimos que hacer nuestras necesidades a pesar de la vergüenza. De nuevo echamos a correr hacia la parte abandonada de aquellas vías de tren.

—¡Alto, niñas! —oímos a nuestra espalda—, ¿no querréis que os pillen?

—Usted…, ¿no va a delatarnos?

—¿Delataros?, no. Llevo semanas esperando vuestra llegada. Perdí la esperanza cuando os capturaron en la frontera de Alemania con Francia; pero, hace tres días, mis compañeros me dijeron que las niñas que habían sido atrapadas a orillas de Rin habían logrado escapar de nuevo en un camión de la SS, y supe que vendríais hasta aquí. Venid conmigo, soy amigo de Gabriel, vuestro difunto padre,

No sé aun si fue el miedo a continuar solas o escuchar el nombre de nuestro padre lo que nos hizo seguir a aquel señor, pero lo hicimos. Un rato después, ya a salvo de miradas, nos dijo que a nuestros padres les habían disparado en cuanto alguien les contó a los soldados de la SS que habían ayudado a huir a dos niñas, y que él era la vía de escape de papá, que nos sacaría de aquella tortura que entonces llamaron guerra, pero que sin duda era lo que hoy en día se conoce como Holocausto.

Resultó que aquel camión transportaba oro que los alemanes ofrecían a los españoles a cambio de Wolframio, y aquel señor era participe de aquel trapicheo solo como tapadera. Su misión desde hacía mucho tiempo era ayudar a los judíos a viajar hacia la estación de Canfranc, hacia la libertad. Y nosotras llegamos allí el 31 de diciembre de 1942, en el tren de la seis de la tarde. Allí estaban nuestros abuelos, esperándonos para llevarnos a casa.

Vanesa Sánchez Martín Mora

Imagen: Pixabay

La alondra y el búho

Se veían todos los días durante un trayecto de siete paradas, cuando viajaban en la línea 12 de metro, entre las ocho y las ocho y media de la mañana. Si sus miradas se cruzaban, la timidez que compartían sin saberlo hacía que los ojos de ella volaran hacia el techo y los de él se refugiaran tras los párpados cerrados, fingiendo dormir.

Uno de los pocos días que los dos libraban en sus trabajos coincidieron en la fiesta de cumpleaños de un conocido común. Se reconocieron. Dudaron. Terminaron por acercarse casi a la vez. Se sonrieron. Al final, hablaron sin hacer caso de los demás invitados.

A partir del día siguiente, se sentaron juntos en el metro. Ella cogía esa línea para ir a su trabajo diario. Pasaba más de doce horas cuidando a una persona mayor que vivía sola. Él cogía la misma línea cuando salía de servir copas y pinchar discos en un local de moda durante toda la noche, cuando terminaba su jornada y regresaba a su casa para descansar.

La alondra y el búho, como el sol y la luna o como la noche y el día, vivieron su historia en momentos que duraron lo que tarda en amanecer o en ponerse el sol. Porque a veces basta con eso y una historia se escribe en capítulos cortos, aunque cada uno de ellos dure solo media hora.

Adela Castañón

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Reseña de Dame mi nombre

Iciar de Alfredo, autora de la novela «Por qué lloras», nos deja hoy una emotiva reseña de la novela de Adela Castañón, «Dame mi nombre». Es una gran alegría compartirla hoy con todos nuestros lectores. ¡Gracias, Iciar!

Orcas en mi piscina

Conocí a Adela en la Escuela de Escritores de Madrid, donde cursamos juntas un itinerario de novela de varios años y algún otro curso. Semana tras semana, escribíamos los ejercicios y los compartíamos, con tanto miedo como vergüenza, con el profesor y los compañeros. Tengo que confesarlo: me encantaba que le tocase comentar el mío. Aparte de encontrar todos y cada uno de mis puntos flacos, siempre me arrancaba alguna carcajada. Adela es divertida y generosa a partes iguales. Dedica al ejercicio del compañero un montón de tiempo, lo destripa y le da la vuelta. Como ella misma dice, se pone sus gafas de bruja y se lanza al mar. La dulzura de sus palabras, la exactitud y originalidad de sus comparaciones hacen que tu corazón se abra en canal y que, según vas leyendo sus opiniones, pases de la emoción a la risa en un segundo y acabes con dolor de costillas y los ojos llenos de agua. Y, sobre todo, comprendes que tiene razón. Lo hace tan fácil que te preguntas: Pero ¿cómo no me he dado cuenta yo antes?

Tengo que confesarlo: no tengo la menor idea de cómo escribir una reseña, solo soy capaz de decir si algo que leo me gusta o no; no puedo más que hablar de lo que ha significado para mí Dame mi nombre, un proyecto que nació durante el segundo año del Itinerario de Novela y que se ha convertido en toda una novela. He visto brotar ese libro desde sus primeras páginas; Juan Luis y Verónica, Ana, Andrés y Pablo son también buenos amigos míos. Adela los creó, les dio vida y, después de que escribiera la palabra «fin», los hemos desmenuzado juntas hasta dejarlos bien guapos. Son personajes que pertenecen a dos familias normales que tienen problemas normales, que se meten en líos, discuten y también ríen. Entre ellos se va tejiendo una historia llena de ternura que se entrelaza, se une y se separa; una historia tan cercana que el lector podrá reconocerse en cada pasaje. Es una historia cotidiana con la que es muy pero que muy fácil identificarse.

Dame mi nombre es Adela en estado puro. Tiene su misma sensibilidad y, al mismo tiempo, su fuerza. Los personajes se deslizan por tu cabeza sin que te des cuenta. Las tramas son suaves y avanzan con precisión, como el mecanismo de un reloj, que se intuye pero que no se ve. Tal y como ella misma dijo en la presentación del libro, el lector no encontrará grandes misterios, una acción trepidante o una historia épica, sino otra sencilla, con personajes cercanos con los que podrá identificarse sin problemas. Además, está tan fenomenalmente escrita e hilada de forma tan sutil que te cogerá de la mano en las primeras páginas y no te soltará hasta que llegues al fin. Eso es lo que me ha ocurrido a mí. Lo he leído varias veces y esta última casi del tirón. No he tardado ni quince días en hacerlo, y eso, para mí, es un suspiro.

Por si eso fuera poco, tengo que reconocer que lo pasé pipa como lectora cero de este libro. Eso fue lo mejor de todo. Leer el borrador me permitió estar cerca de Adela y poner en práctica mucho de lo que aprendimos en la Escuela de Escritores año tras año. Y, es curioso, pero hemos tronchado de risa al darnos cuenta de que solemos cometer errores similares. Por ejemplo, las dos explicamos las cosas hasta la saciedad. Uno de nuestros profesores, el inolvidable Fernando, solía decirnos que, con tantas vueltas y revueltas sobre un mismo tema, no hacíamos más que tomar al lector por imbécil. Pues bien, si no fuera por las correcciones de Adela, en mi libro yo habría escrito unas tres o cuatro páginas para explicar lo que es un kraken y también para describir cómo nadan en la piscina los bichos buzo, aclaraguas, barqueritos, garapitos o como quieran llamarse. Nunca olvidaré su comentario: «Hija, ni que hubieras encontrado orcas en tu piscina».

Adela es así, tiene una forma muy original de convencerte de que algo no va bien. Y lo hace de inmediato. De verdad, creo que en Dame mi nombre ella sí que lo ha logrado. No he encontrado una sola orca en su piscina. Y, además, puedo decir que me ha entusiasmado su libro, más si cabe que la primera vez que lo leí.  

Si quieres conocer alguno de sus relatos, puedes hacerlo aquí: http://www.letrasdesdemocade.com

Si te apetece leer Dame mi nombre, puedes comprarlo aquí.

Iciar de Alfredo

Imagen: Pixabay

Mia

La niña que no tenía nombre ni tenía casa era muy pequeña. Tan pequeña, que cabía dentro de una pompa de jabón.

La pompa de jabón le servía para viajar por su universo, donde había enormes rascacielos de libros apilados, separados por avenidas planas formadas por muchos folios en blanco. De vez en cuando se desataban tormentas repentinas en las que gotas de tinta caían desde el cielo y manchaban las calles. Tras las tormentas, llegaban rachas de viento que levantaban los folios del suelo, haciendo que formaran remolinos y que terminaran uniéndose por uno de los bordes como si un imán invisible orquestara su danza. Así muchos folios, después del vendaval, formaban un nuevo libro que venía a posarse en la terraza de alguno de los rascacielos, o sobre el suelo, dando lugar a una nueva casita de planta baja.

La pompa de jabón era bastante cómoda, pero el tiempo pasaba y la niña se aburría de estar allí. Estaba cansada de no ser nadie y de vivir en una esfera vacía, así que decidió empezar a hacer paradas en su viaje sin paradas para ir explorando el mundo que había a sus pies. Su plan era conseguir un nombre y una casa, aunque para eso tuviera que meterse dentro de cualquier personaje que viviera allí abajo. Era tan pequeña que no le costaría nada hacer algo así, y por fin sería alguien con nombre y tendría un lugar donde vivir.

La primera escala fue en uno de los rascacielos. La niña atravesó la pared de la pompa, apartado el jabón como quien abre una cortina, y se dejó caer sobre el libro más alto de la pila que formaba el edificio. Más que dejarse caer, se dejó flotar. Aunque saltara desde una gran altura, era tan pequeña que nunca se hacía daño porque el descenso era tan suave que, como mucho, lo que sentía eran cosquillas en la tripa.

Cuando sobrevolaba todos los edificios, había elegido ese porque el libro del tejado tenía un título que le gustó. Y había un agujero pequeñito en el punto de una letra “i” que le serviría como puerta de entrada a lo que hubiera detrás de la portada.

Al principio tuvo una sensación extraña. En aquel mundo había más rectas que curvas y echaba de menos la redondez infinita de las paredes de su pompa. Pero, por el contrario, había muchas más cosas que compensaban el vacío de su morada anterior. La niña empezó a recorrer despacio los senderos de letras y se sumergió en la historia de otra niña, casi tan pequeña como ella. Suspiró y sonrió feliz. El comienzo de sus exploraciones no podía ser mejor. Pero al adentrarse en ese mundo descubrió que la niña protagonista se metía en problemas que ya no le gustaron tanto. Y, además, tenía un nombre ridículamente largo para una niña tan pequeña: se llamaba Pulgarcita. La niña sin nombre y sin casa puso morritos, ni la casa ni el nombre le hacían ninguna gracia, y volvió a salir por donde había entrado. Se subió de nuevo a su pompa y buscó un nuevo sitio para explorar.

En otra avenida encontró que uno de los libros de un edificio estaba en vertical, y en la portada había un paisaje en el que unas niñas estaban en una barca, escuchando embelesadas a un hombre al que no se le veía la cara y que, al parecer, les narraba algo la mar de interesante. Nuestra niña sin nombre ni casa volvió a deslizarse y se coló en la escena con la esperanza aleteando dentro de ella. Una de las chiquillas que escuchaban le llamó la atención por el brillo de sus ojos, y pensó que sería una buena idea formar parte de alguien así. Aprovechó que su elegida abrió la boca para tomar aire en un momento de enorme sorpresa, y se coló dentro de ella. Vio que estaban dormidas, a los pies de un árbol, arrulladas por una brisa agradable y traviesa que agitó el pelo de esa niña grande que ahora también era ella. Un mechón se agitó con la brisa y le rozó las mejillas, haciendo que se despertara. Mientras se restregaba los ojos para espantar al sueño, un conejo blanco, vestido con un elegante chaleco rojo y con un reloj de cadena en la mano, pasó corriendo delante de ella gritando como loco: “¡Llego tarde, llego tarde!” La curiosidad hizo que la niña, porque ahora nuestra niña y la niña mayor eran una sola, echara a correr detrás del conejo blanco. La pequeña sin nombre ni casa escuchó cómo las otras niñas, las de la barca, le preguntaban impacientes al hombre: “¿Y qué le pasó a Alicia, Lewis?” “¿Dónde quería ir el conejo?” “¿A qué llegaba tarde?” A nuestra protagonista le gustó el nombre. Alicia. Sonaba bien. Y allí no había ogros, como en el barrio de Pulgarcita. Aunque es cierto que todos parecían un poco locos, pero, al fin y al cabo, se dijo la pequeña, tampoco era necesario alcanzar una perfección absoluta. Con esa buena disposición, abrió los ojos, los oídos y todos los sentidos y se dispuso a disfrutar de esa zona de la ciudad. Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse. Allí nada tenía ni pies ni cabeza, y, si eso hubiera sido todo, quizá nuestra niña habría hecho un esfuerzo para adaptarse. ¡Pero Alicia mordió una galleta y su tamaño empezó a cambiar! ¡Eso era horrible! ¡Intolerable! ¡Innegociable! ¡Nuestra pequeña no iba a abandonar su vida anterior para dar un salto al vacío a un mundo que la hiciera pasar de mosca a elefanta en apenas unos segundos! Escapó con toda la rapidez que pudo de ese país de los horrores, aunque en el libro pusiera que era el país de las maravillas, y volvió a subirse a su pompa de jabón.

La pequeña aventurera visitó muchos países porque el deseo de encontrar un lugar que pudiera llamar suyo crecía con el tiempo. No había zona que no estuviera dispuesta a explorar. Hizo incluso lo que nunca había hecho, sumergir su pompa en el mar que había en el límite sur de su universo, y solo consiguió un nuevo desengaño. La única criatura que hubiera sido una buena candidata se llamaba Ariel, pero tenía una cola de pez en vez de dos piernas, y la niña no estaba dispuesta a sacrificar esa parte de su anatomía. A estas alturas nuestra pequeña estaba cansada y había perdido bastante la paciencia, lo cuál era una pena porque, si se hubiera quedado un poco más, habría visto que al final Ariel se salía con la suya y conseguía unas piernas, pero… en fin, mis queridos oyentes, la impaciencia es una mala compañera de viaje, y nuestra niña sin nombre y sin casa perdió una buena oportunidad.

Llegó un momento en el que la niñita decidió tirar la toalla. Hizo que su pompa de jabón se posara en una de las avenidas de folios blancos y se bajó con desgana. Estaba tan triste que decidió esperar a la próxima tormenta de tinta, para ver si, con un poco de suerte, se ahogaba en los goterones y ponía así fin a sus sufrimientos. Daba pena verla así, tan pequeñita e indefensa, un puntito minúsculo entre montañas y montañas de libros donde otras niñas vivían en sus casas, y tenían sus nombres, y eran felices. La niña, desesperada del todo, alzó la barbilla y miró al cielo para ver si la tormenta llegaba de una vez. Y entonces…

¡Ah! No vais a creer lo que ocurrió entonces…

¡Me vio!

¡A mí!

No sé cuál de las dos se sorprendió más. Nos quedamos inmóviles y nos miramos fijamente. Entonces vi que la niña sin nombre y sin casa estaba moviendo los labios. ¡Trataba de decirme algo! Era tan pequeña que no conseguía escucharla. Me agaché muy despacio, para no asustarla, y conseguí interpretar sus palabras. Me preguntaba que quién era yo, y que si sabía si tardaría mucho en llegar la siguiente tormenta de tinta porque quería acabar con todo. Tapé mi pluma con mucho cuidado, ¡no quería ser responsable de la muerte por ahogamiento de una niña tan bonita y tan pequeña! Y entonces, de pronto, lo entendí todo. Cogí a la niña con mucho cuidado y la puse a salvo en la terraza de uno de los edificios de libros más altos. Destapé mi pluma, y empecé a escribir esta historia en los folios del suelo mientras que la niña sin nombre y sin casa se asomaba al borde de la terraza, con cuidado para no caerse, e iba leyendo lo que yo escribía. No puedo describiros lo grande que se iba haciendo su sonrisa, a pesar de ser una niña tan pequeña.

Escribí, escribí y escribí. Y al llegar a este punto vi que la niña hacía bocina con las manos para decirme algo importante. Me acerqué de nuevo a ella, y escuché la risa que había en sus palabras cuando me dijo lo siguiente:

¡Es mi historia! ¡Es mi casa! ¡Ahí sí que tengo un lugar de honor! ¡Lo he conseguido con tu ayuda! ¡Gracias, gracias!

La mirada de la niña tenía un brillo que eclipsaba todo lo demás. Pero, de pronto, fue como si una nube ocultara el sol y la niña dejó de sonreír.

Quiero quedarme aquí, en este sitio, en esta historia, pero todavía no tengo nombre, no sé de quién soy, ni cómo me llamo.

Está bien le respondí. Creo que puedo arreglar eso.

¿Siiii? ¿De verdad?

Afirmé con la cabeza. Tenía un nudo extraño en la garganta y tragué saliva para poder hablar. En realidad, bastaba con susurrar mis palabras porque a la niña debían retumbarle aunque no mostraba ni un signo de incomodidad. La cogí con suavidad y la deposité en los folios que acababa de escribir. Entonces, muy despacito, supe qué nombre debía tener la pequeña, tenía que ser algo pequeñito, como ella, y que le diera la seguridad de tener raíces, de pertenecer a alguien. Así que la miré a los ojos y pronuncié las palabras más importantes de esta historia.

Desde hoy, te llamas Mia.

Las gotas de tinta dejaron de llover de mi pluma. Soplé para secar lo que había escrito, y los folios revolotearon y se juntaron por un lado para formar un nuevo libro. Lo cogí con reverencia y con cariño y, antes de ponerlo sobre una de las pilas de libros, escribí en el primer folio, que había quedado en blanco, el título de este cuento:

“La historia de Mia”

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Carta a mi madre

Hay que ver cómo eres, mamá. Desde luego has vivido noventa y cuatro años alucinantes, oye. Yo, si me dejas en herencia tus genes y tu alegría, me doy por muy bien servida.

Nunca hubiera creído que se podía elegir la manera de dejar este mundo, pero resulta que sí. Por lo menos en tu caso. Has tenido una despedida a la carta, como el que pide platos en un restaurante. Siempre dijiste que tú no querías irte de golpe, sin enterarte, ni acostarte y no despertarte a la mañana siguiente. No, para nada. Con lo que te gusta y te ha gustado el teatro, decías que querías saber con tiempo tu fecha aproximada de caducidad para tener la oportunidad de despedirte de tu gente y de organizarte, y vaya si ha sido así. Desde que empezaste a decir que se te hacía un nudo en la garganta, y en noviembre le pusimos al nudo el nombre de cáncer de esófago, has hecho exactamente lo que siempre dijiste que harías: prepararte y disfrutar hasta el último minuto.

Has sido un ejemplo. No puedo escribir que has sido una enferma ejemplar porque no nos has mostrado para nada la enfermedad, ni te hemos visto en baja forma en ningún momento. La víspera de tu partida todavía ibas caminando del salón al dormitorio, aunque fuera con ayuda, porque solo podías tragar líquido o papillas muy blanditas y eso, con lo que te ha gustado comer siempre, te debilitaba. Lo que no se debilitó nunca fue tu sentido del humor. Ni tu coquetería. Decías que te gustaría volver a tener tu peso de soltera, y hace pocos días te pesaste y te echaste a reír diciendo que habías conseguido que la báscula te diera ese capricho. Y eso que llevabas el collar y las pulseras puestas. La oncóloga que te vio no podía creer cómo eras. Menuda cara puso cuando trataba de decirte que no era operable, y le contestaste que tú no querías eso de “quirófano a vida o muerte, como en las películas”, y que tampoco querías quimio ni radio porque no te iban a ayudar, y lo único que iba a pasar, muy probablemente, sería que te caerían encima de golpe los noventa y cuatro años que, hasta ese día, no te habían pesado nada. ¡Si este verano, como todos los veranos, nos hemos hartado de reír en la playa cada vez que te metías y tragabas agua al venir una ola!

Tuve tiempo de llegar a ver esa sonrisa tuya tan hermosa, y esa cara de sorpresa y alegría que ponías cada vez que nos presentábamos en Murcia sin avisar. Tuve tiempo de decirte que tu nieto Javier estaba allí, contigo, y que tu nieta Marta llegaría desde Londres en menos de cuarenta y ocho horas. Tuve tiempo de pasar la última noche en el sofá cama de tu salón, junto a tu cama articulada, y ver que descansabas tranquila.

Y a tu nieto Pablo se le ocurrió que nos juntáramos todos, hijos y nietos, para rezar el rosario junto a ti, que sabía que eso te gustaría, y así lo hicimos el sábado. Respirabas tranquila, ningún estertor, con una expresión que no podía ser más serena. Había familia hasta en el pasillo, que hay que ver la que liasteis papá y tu… seis hijos, quince nietos… ahí es nada. Y, añadidos, nueras, yernos, novias y novios de los nietos y nietas… Creo que si hubiera pasado un policía y se le hubiera ocurrido mirar hacia el balcón, habría subido pensando que allí estábamos tramando, como poco, un golpe de estado. Y fue decir el “Amén” final del rezo, y escucharte dar un suspiro más profundo, ver la sombra de una sonrisa en tu cara, y comprobar que habías dejado de respirar.

Hubo tiempo de que viniera Abel, que si hay un cura “apañao” en el mundo, es él. Vino la semana anterior, te dijo una misa en casa, te dio los óleos… Y el domingo, como a ti no te gustaba el tanatorio de Murcia, se te dijo la misa de corpore in sepulto como tú querías, en tu parroquia del Padre Joseico, oficiada por Abel, y entrando tú como la reina que eras y que eres a hombros de tus hijos y de tus nietos. Y con un coro que te cantó como los ángeles…

Lo que yo te digo: una muerte a la carta, a tu gusto hasta el último detalle. Y es que tú no te merecías menos.

El domingo después de la misa, ya en tu casa, empezaron a pasar cosas por la noche: en el flexo de la ducha se debió de picar la goma, y aquello parecía una fuente. Menos mal que lo apañamos hasta la mañana siguiente con cinta aislante hasta que compramos uno nuevo. El wifi se fue de paseo, inexplicablemente, y hasta llamé a mis hermanos por si habían dado ya de baja tu teléfono. No lo habían hecho, y apagando y encendiendo el router varias veces acabó por regresar el internet. Y luego tu yerno, que se iba en el autobús nocturno porque yo, que soy la que conduce el coche, decidí quedarme en Murcia, decidió mirar no se qué en su maleta y la trajo al salón “porque hay más luz que en la entrada”, dijo. Y fue decirlo, y quedarnos a oscuras. Ya te imaginas la carcajada que se nos escapó a todos. Tenías que habernos visto, con las linternas de los móviles, tratando de encontrar el cuadro eléctrico, que nadie sabía dónde estaba. Y luego, cuando dimos con él, buscando una escalera porque la dichosa caja de fusibles estaba casi en el techo… Por suerte tu nieta Marta encontró una escalera, pudo subirse a ella, tocar no sé qué cosa, y volvió a hacerse la luz. ¿Y sabes qué? Pues que Marta me dijo algo que va a hacer que te mueras de risa cuando lo leas (además de reír allí arriba con lo de “morirte” de risa, que me ha salido así, del tirón, y no lo voy a borrar, claro, que te privaría de una carcajada). Tu nieta me cogió del brazo con aire misterioso y me dijo al oído:

 —Mami, yo creo que como a la abuela le gusta tanto hablar por teléfono y poner Whatsapps, y allí arriba no debe tener cobertura, está mandándonos señales para que nos marquemos unas risas a su salud…

¿Y sabes, mamá? Estoy de acuerdo con mi niña. Nos sentimos reconfortados, te sentimos, sentimos tu cariño, tu alegría, tus ganas de juerga, de pasarlo bien, de inventar cosas absurdas y sorprendentes.

Y ya está. Ni he empezado con un encabezamiento ni voy a terminar con una despedida. Porque físicamente han sido noventa y cuatro años plenos, pero en el alma vas a estar siempre.

Voy a copiar ahora el último párrafo de algo que ha escrito mi sobrina Patricia, tu nieta, en Facebook. La que tiene fama de escritora en la familia soy yo, pero Patri me deja en mantillas con lo que te ha escrito ahí, que la niña pone los pelos de punta y calienta el corazón con cada frase. Esto es lo que tu nieta pone al final de su publicación, y no se me ocurre un final mejor para esta carta:

“Gracias, gracias y gracias. Dejas el mayor legado que se pueda imaginar, una familia maravillosa, un poco cuadriculada y peculiar, pero unida y que te quiere con locura. Dale recuerdos al abuelo y a las titas. Id preparando una ración de pescaíto. Nosotros nos quedamos aquí, juntos, cuidando de tía Trini y cantando “Como una ola”, “Marinero de luces” y “La gata bajo la lluvia”.

Eres eterna, abuela, te queremos.”

Adela Castañón Baquera