La playa de los cinco sentidos

Te veo al dar la curva, antes, incluso, de bajar del coche.

Me vuelvo a preguntar, una vez más,

cómo es posible ese milagro diario.

Esa gama de azules, y de grises,

y de verde coral, y verde lima,

y ese blanco tan blanco de la espuma

que viste tus orillas

con el encaje de los más finos trajes

de alguna emperatriz de las antiguas.

Y mis ojos se gozan, un día más,

en tu eterna paleta de colores.

 

Y conforme me acerco, empiezo a oírte.

Ese rumor del agua, con las olas que corren sin respiro

para ser las primeras en llegar a la orilla

y contarle a la arena las historias de amor que,

a lomos de sus crestas,

viajan desde los mares más profundos

en busca de las nubes.

Historias que quieren llegar al cielo

cabalgando en las olas.

Y llegan a la orilla para besar el suelo,

y esperar a las aves, que, en su vuelo,

las eleven, por fin, a las alturas.

 

Cierro los ojos. Me tapo los oídos.

Y respiro, llenando mis pulmones

con ese olor a sal y algas marinas.

Que nada me distraiga.

Ni el azul que llega hasta el horizonte,

ni el canto de sirena de las olas.

Mi playa es ahora aroma.

Y no quiero perder

ni siquiera una gota de esa esencia.

Porque en mi playa, el aire es diferente

y quiero que se cuele por mis venas

llenándome de vida.

 

Y retraso el momento de meterme en el agua.

El placer de la espera es casi tan inmenso

como el momento en que, por fin,

me adentro entre las olas.

Sumerjo la cabeza.

Y, cuando salgo, siento el sabor de la sal en mis labios.

Y los lamo, y la sal sabe a besos.

Y me hundo una y mil veces en el agua

solo por el placer de volver a mojarme,

y que el agua del mar

deje en mi cuerpo ese sabor intenso,

por si luego otros labios

quieren calmar su sed bebiendo de mi piel

o besando mi pelo.

 

Y, cuando salgo, me siento en la orilla.

Cojo un poco de arena

y dejo que se escurra, poco a poco,

igual que una caricia entre mis dedos.

Recojo las rodillas porque quiero

sentir como la arena, grano a grano,

va, igual que los chiquillos,

por ese tobogán que va de mi rodilla a mi tobillo.

Y mi piel se estremece,

pues no hay otra caricia que tenga esa dulzura.

Lágrimas de calor

que acarician mi piel, todavía húmeda.

 

Las acuarelas que son el mar y el cielo,

la música que arrulla las orillas,

el olor de las algas, el sabor de la sal,

el calor de la arena,

la caricia del sol,

la sombra de las nubes,

son un regalo para los sentidos.

 

Que todo eso es verdad, solo lo sabe

aquél que lo ha vivido.

Adela Castañón

Imagen: David Mark en Pixabay

Sueños enredados

Recostada en la playa,

mis codos en la arena,

la cabeza dejándose vencer

por el peso del pelo

para que así mi cara

reciba sin problemas

esos rayos de sol transformados en besos

que acarician mi piel.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

La brisa sopla suave

y, al rato, se convierte en un viento

que enreda mis cabellos

y enreda mis recuerdos.

Y la arena, y el sol,

y mi pelo y el viento

van trenzando

las historias que fueron

con las historias que pudieron nacer

y no nacieron.

Y respiro muy hondo

a la vez que sonrío.

Por fin me he dado cuenta

de que todo,

tanto lo que he vivido

como lo que he soñado

y lo que aún sueño

consiguen el milagro

de que, quieras o no,

tú sigas siendo mío.

Porque ya no hace falta

que estés aquí, a mi lado.

Porque es mejor quererte siendo libre

que tenerte si te sientes atado.

Y, en lugar de pensar que te he perdido

comprendo de repente

dónde estuvo mi error.

El premio no eras tú ni tu cariño,

porque el premio era yo

y hoy, por fin, me he ganado.

Y sigo sonriendo.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

Y el corazón

deja de ser un pájaro enjaulado.

Mis sueños y mi vida,

lo mismo que mi pelo,

se han trenzado.

Y es hermoso sentir que soy feliz

estés o no a mi lado.

Adela Castañón

Imagen: Marcin Jozwiak en Unsplash

Y mi novela alza el vuelo…

Hoy mi entrada no va de poesía, ni de cuentos, ni de relatos. O, al menos, no de relatos en el sentido tradicional. Porque, en realidad, sí que es un relato basado, como suele decirse, en hechos reales. Y, si me apuráis, afinaré un poco más: es un relato propio, absolutamente cierto, sobre una experiencia personal:

He terminado de escribir y corregir el borrador de mi primera novela.

Una docena de palabras que podrían ser el principio y el final de mi artículo. Y os lo digo así de claro porque, como lectores, os debo un respeto y un agradecimiento que crece día a día y merecéis que sea sincera con vosotros. Estaba haciendo otras cosas y, de pronto, me he dado cuenta de que anoche, por fin, había terminado de crear algo. ¡Uf! Ha sido una sensación comparable a la que tuve cuando aprobé la última asignatura de la carrera. Recuerdo que llegué a mí casa exultante y feliz y le dije a mi padre, médico también, «¡Papá, ya soy médico!». Entonces él, después de darme un abrazo, me contestó algo que hoy, muchos años después, me sigue pareciendo uno de los mejores consejos de mi vida: «Enhorabuena, hija, estoy orgulloso de ti, pero no te confundas. No eres médico. Tienes un título de licenciada en medicina que significa que sabes manejar síntomas, diagnósticos, tratamientos y cosas así. Pero eso es solo el primer paso. Serás de verdad médico cuando pienses en primer lugar que, en la camilla, o al otro lado de la mesa de la consulta, tienes a una persona. Ni siquiera un enfermo, fíjate bien. Una persona que necesita algo de ti. Si tienes eso siempre presente, entonces, solo entonces, serás médico”.

Bueno, pues esta mañana, como os decía, he vuelto a sentirme igual como escritora. No quiero menospreciar mis relatos, mis poemas, mis artículos, ni que se sientan ninguneados si los comparo con mi primera novela, porque no van por ahí los tiros. Ellos han sido y seguirán siendo siempre mi primer amor en el sentido literario, ¿y quién de nosotros no sabe que el primer amor es algo inigualable y único? Pues eso: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Porque si mis escritos previos han sido las herramientas que me han ayudado a escribir un cuento, ahora, con mi novela, me adentro en un terreno desconocido que es, ni más ni menos, que lo que viene detrás de “Y fueron felices y comieron perdices”. Ese es el final de los cuentos clásicos. Y, en la vida, cuando los novios salen de la iglesia o del juzgado pletóricos de felicidad, no son perdices lo que aguardan en la calle. Son las hipotecas, los hijos, el levantarse con los pelos de punta y mal aliento, y también, claro está, el detalle de un desayuno en la cama, o el placer de compartir un café en bata y zapatillas sin salir de casa en un día de lluvia.

Por eso he dejado de hacer lo que estaba haciendo y me he puesto a escribir como loca esta entrada. Porque acabo de bajar los escalones del templo del brazo de mi novela, jeje.

Me siento, a partes iguales, feliz y asustada. Y necesito compartirlo con vosotros.

Mi libro de cuentos seguirá creciendo sin límite. Durante todo este tiempo he repartido las horas, como una buena madre, entre mi novela y los demás. Y así pienso seguir. Pero le he mandado mi borrador a mi hija, a mi hermana, a mis primas, a tres amigas y a un amigo, y a mi correctora, que se lo va a pasar a su lector cero. Y siento muchas cosas.

Uno de mis talones de Aquiles como escritora es mi amor desmesurado por las metáforas. Lo saben los magníficos compañeros de mis cursos de escritura a los que tanto debo y que ahora sonreirán cuando lean que me siento como un piloto en su primer vuelo, cuando toma conciencia de que ahora es aire, y no suelo, lo que tiene debajo de los pies.

Y es que, como dice el título, que he cambiado varias veces, dicho sea de paso, acabo de darme cuenta de que mi novela ha alzado el vuelo. Y me toca quedarme en tierra, esperando a que regrese con anotaciones al margen, con críticas constructivas y cariñosas que me ayudarán a dar ese último retoque. Pero es que, y sigo con las metáforas, es igual que si se hubiera casado un hijo o una hija: mi novela, mi criatura, ya no me pertenece del todo. Va a conocer a otras personas, va a cambiar, a evolucionar… y eso me da tanta alegría como miedo, ¿verdad que me comprendéis?

En fin, todo este artículo no es más que para eso, para contaros que he terminado de escribir mi primera novela. Que ahora me encuentro en un punto de inflexión y me adentro en territorio desconocido después de salir de la zona de confort que eran y siguen siendo mi ordenador y mi sillón. Y que, como en los cuentos, la protagonista se enfrenta mejor al bosque si se siente acompañada.

Me encantará contaros lo que queráis saber, responder a cualquier pregunta, por superficial o intrascendente que parezca, recibir vuestros comentarios, vuestras aportaciones, que me deis ideas o sugerencias. Estoy abierta a todo.

Porque solo saber que habéis leído hasta aquí, ya me ha hecho sentirme arropada. Y ha aumentado mi alegría y ha disminuido un poco mi miedo. Que por algo el título lo he puesto con puntos suspensivos, porque representan la incertidumbre de lo que pasará a partir de aquí.

Mi novela ha despegado, empieza a alzar el vuelo, aunque todavía nos faltan algunos pasos para llegar al destino. Y sin vosotros, lectores, yo no escribiría, así que gracias por haber sido y seguir siendo el combustible que impulsa mis dedos sobre el teclado.

Gracias. Os quiero.

Adela Castañón

Imagen de Mystic Art Design en Pixabay 

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”

DE ESCRITORES, BRÚJULAS, MAPAS Y BLOGS

No hace falta ser muy imaginativa para distinguir a los escritores de brújula de los de mapa. Los de brújula empiezan a escribir partiendo de alguna idea, de algún personaje concreto, o de alguna situación que han vivido, pero sin saber muy bien adónde los llevará el desarrollo de su proyecto. Van, por decirlo así, improvisando sobre la marcha. Los de mapa, por el contrario, hacen un trabajo previo que implica una planificación cuidadosa. Elaboran una serie de indicaciones o pasos a modo de hoja de ruta. Y con esa guía avanzan en la escritura hasta llegar al final que tienen planeado desde que inician su historia.

Brújulas, mapas y bloggeros

Se me ocurre que algo así podría decirse de algunos blogs. He visto artículos sobre tipos de blogs que los clasifican en función de diferentes variables, por ejemplo, según el público al que se dirigen, según el contenido, según la finalidad. Nos podemos encontrar, por tanto, con blogs personales, profesionales, de marca, de negocios, y un montón de etiquetas más sobre las que no creo necesario extenderme. Pero si tuviera que atenerme a una clasificación para nuestro Letras desde Mocade, diría que es un blog de escritoras noveles para escritores noveles o, ¿por qué no?, consagrados; nos encantaría que nos visitaran para dejarnos consejos y opiniones. Y esa clasificación la he tomado de un artículo de Gabriella Literaria  que descubrí en su blog, y que define muy bien este universo. Cuando lo leí, me identifiqué en seguida con el primero que describe.

Letras desde Mocade es, o queremos que sea, ese café donde podemos refugiarnos en una tarde de lluvia, o en un día soleado, para encontrarnos con amigos y pasar un rato agradable haciendo lo que nos gusta: escribir para aprender, aprender para escribir y compartir conocimientos, relatos, artículos, y todo aquello que nos pueda enriquecer.

Detrás de cada blog están las personas que lo escriben. Y si quisiera trasladar ese concepto de escritores de brújula o mapa a nuestro blog, no sabría bien cómo incluirlo. Porque Mocade somos cuatro amigas. Unas más de brújula y otras más de mapa. Y es importante para todas nosotras asegurarnos de que se nos conozca bien, de que quienes nos sigan tengan claro lo que ofrecemos y cómo lo hacemos. Así que, puestos a describir, diría que nuestro blog nació un poco con brújula, pero en el mes y algo que llevamos con él, hemos empezado a dibujar un mapa. Y queremos que sea un mapa interactivo. Por eso nuestro Letras desde Mocade ha añadido una habitación de invitados a su casa. Hemos ideado el apartado de “Pido la palabra” para que quienes nos lean y sientan el deseo de algo más, de escribir también en nuestra página, puedan hacerlo. Y, por el mismo motivo, nos hemos puesto un calendario serio y nos hemos comprometido a publicar relatos y artículos, porque queremos intercambiar textos y aprendizajes.

El plano de Mocade

Cuando una persona empieza a construir su casa, es frecuente que, antes o después, aparezcan los famosos “ya que…” Y eso, en una obra, puede suponer cuando menos un engorro, por no hablar de un presupuesto inflado hasta límites espeluznantes: “ya que” ponemos la cocina se puede aprovechar y ampliar el lavadero, “ya que” el baño hay que echarlo abajo podríamos comprar ese Jacuzzi que vimos en las rebajas, “ya que”… póngase lo que se quiera.

En el caso de Mocade, nuestros “ya que” viene sin esas cargas a cuestas. Porque “ya que” hemos visto que hay personas que nos siguen, queremos darles la oportunidad para que compartan sus escritos con nosotras. “Ya que” hemos empezado a asomarnos a las redes, estamos aprendiendo y disfrutando cuando descubrimos enlaces de utilidad que podemos compartir con nuestros seguidores. “Ya que” las cuatro hicimos realidad nuestro proyecto de escribir, queremos darle continuidad.

Hemos empezado con una brújula, a golpe de timón, pero nos gustaría que nuestra navegación fuera creando mapas que ayudaran e hicieran disfrutar a otros. No es que seamos Cristóbal Colón, pero tampoco él sabía, cuando zarpó, que América lo estaba esperando.

Ojalá vosotros y nosotras lleguemos a ser como esa tripulación de las tres carabelas. Nosotras, al Nuevo Mundo que esperamos descubrir y que nos está aguardando para que lo exploremos, ya le pusimos nombre: Mocade. Su worldbuilding, su moneda, sus leyes, sus nativos… todo está por disfrutar y por crear. Y en ello estamos.

Adela Castañón

Imagen: Colourbox. Derecho de autor: f9photos

Tiempos y maneras

LOS TIEMPOS

Mi infancia transcurrió en los tiempos remotos en los que la comunicación con otros dependía de la potencia de voz del emisor. No había móviles, ni Whatsapp, ni, por supuesto, más redes que las de pesca. Al menos con nombre propio. Porque sí que existían redes sociales, aunque no sabían aún que en el futuro se llamarían así. En aquellos tiempos nuestras madres nos localizaban por el método primitivo y universal de salir a la puerta de la casa y dar una voz para llamarnos por nuestro nombre. No había que consultar ninguna pantalla para saber qué eventos había en marcha, ni dónde tendrían lugar (básicamente en la plaza del pueblo).

En unos pocos años se ha producido un cambio cualitativo y cuantitativo en el ámbito de la comunicación. Tal vez, al estar inmersos en ello, no somos muy conscientes de su magnitud, pero ahí está. La Historia ha pasado de escribirse de modo artesanal, con plumilla de ganso y papiro, a quedar inmortalizada en dedos que teclean a la increíble velocidad de quinientas pulsaciones por minuto. Y eso afecta a todos los matices de esa hermosa palabra: “Historia”. Si pensamos en las edades de la historia, creo que va siendo hora de que alguien con más credibilidad que yo invente una nueva edad. Ya tenemos noticias de la Prehistoria y de las Edades Sucesivas (Antigua, Media, Moderna y Contemporánea), pero habría que inventar una nueva Edad para los tiempos actuales. Aunque recurra al tópico en este punto de mi artículo, si nuestros abuelos levantaran la cabeza la volverían a bajar de puro susto al no poder reconocer el mundo en el que vivieron. “Historia” es también el periodo que transcurre desde la aparición de la escritura (allá por el año 3.500 a. de C. -gracias a los sumerios-) hasta la actualidad. Es, en otra acepción, la narración de sucesos reales o imaginarios, el registro de datos en una historia clínica, y muchas cosas más. Y la “Historia”, con mayúscula, es el marco donde se escriben nuestras “historias” cotidianas.

Y la de este blog, comienza en este tiempo. Esta criatura con cuatro madres, o más bien, con dos madres y dos abuelas (si nos atenemos a las edades de las amigas que lo hemos creado con mucho amor), nace con una carga genética muy especial: el deseo de hacer realidad nuestras ilusiones. De cambiar la conjugación del tiempo del verbo “Escribir” y dejar de hacerlo en futuro para pasar al presente. Y, si vuelvo la vista atrás, hace unos años publicar esto hubiera sido como ir escribiendo por entregas una novela de corte futurista, en el más puro estilo de la ciencia ficción.

LAS MANERAS

Dentro del marco teórico que he intentado dibujar jugando con el tiempo, el aterrizaje práctico plantea una cuestión elemental: ¿cómo podemos alcanzar esa universalidad de la comunicación? ¿Qué recursos tenemos para compartir proyectos, información, relatos, noticias, con el resto de la raza humana? Porque, al fin y al cabo, se trata de eso.

Pues yo misma soy un buen ejemplo. Pero empezaré por uno más entrañable, exponiendo el caso de mi tía, una señora de ochenta y cinco años, que hace cinco compró (instigada por su sobrina) su primer ordenador, y que hace un año superó la fase de novicia, aquella en que me llamaba por teléfono pidiendo ayuda con peticiones de auxilio que parecen sacadas de un libro de chistes. Recuerdo un problema con el Router, en el que le pregunté que qué luces tenía encendidas y me dijo que la del salón, o cuando le dije que buscara un documento perdido en la papelera, y me respondió que todavía no había llegado a imprimirlo porque se le había escapado de su carpeta. O cuando, no sé ni cómo, perdió todos los iconos de su escritorio y yo, a sesenta kilómetros y por teléfono, delante de mi pantalla, con san Google como ángel de la guarda, la pude ayudar a recuperar tanto sus iconos como su autoestima.

El ejemplo de mi tía solo demuestra que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Porque si hubiera caído en la tentación de reírme de ella (que no lo hago, puesto que nos reímos juntas), ahora tendría que soportar que el mundo se carcajeara de mí. Cuando me preguntan si navego por Internet, suelo responder con toda sinceridad que, no sólo no navego, sino que apenas me mojo los pies, y aun así estoy a punto de ahogarme un día sí y otro también. Las redes sociales siguen siendo para mí algo similar a un libro escrito en esperanto, pero eso no me frena a la hora de intentar su lectura. ¿De qué manera lo hago? Pues igual que cuando aprendí a montar en bicicleta: pedaleando, cayendo, y volviendo a levantarme para pedalear. Y mi bicicleta tiene tres ruedas auxiliares que son mis tres amigas.  Gracias a ellas he dejado atrás el lastre de mi vergüenza y me he lanzado a escribir.

Ésta será mi primera publicación en el blog. Me daba pudor y pensé echar mano de uno de los relatos que, como en un embarazo múltiple, tengo escritos a la espera del momento de darlos a luz, pero para ser mi primera contribución he preferido arriesgar un poco. Tiempo habrá de todo. Que el artículo de Mary Sue / Gary Stu de mi amiga Carla, me ha espoleado y ha despertado mis ganas de ser también un poco creativa.

Eso es lo que quería compartir en cuanto a tiempos y maneras por las que he llegado aquí. Ojalá Mocade os resulte, como me está resultando a mí, un mundo comparable al paraíso donde todos soñamos pasar nuestras vacaciones, un País de Nunca Jamás donde podamos seguir siendo niños, una Tierra Media donde todo es posible. Os puedo decir algo: sea como sea, es un país que no tiene fronteras. Estáis invitados a visitarlo cuando os plazca.

Adela Castañón

Imagen: OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Los habitantes de Mocade

Mocade es un lugar en el que la inspiración vuela. Extiende sus alas buscando mentes abiertas y choca contra ellas, para acabar convirtiéndose en puentes, sonetos o pinturas.

Un día, hará unos dos años, uno de esos númenes miró a izquierda y derecha desde una nube, pegó un salto como el de un concurso de trampolín y planeó hasta una cabeza que estaba especialmente receptiva. Su ilusión se transformó en sorpresa al encontrarse con un cerebro falto de experiencia y de conocimiento, así que se sentó en el suelo con las piernas cruzadas a lo indio y gritó: A ver, ¡tú! O te pones las pilas y aprendes a escribir o me voy al cerebro de una hormiga, que me aprovechará mejor.

Cuando oí esas palabras -imposible no hacerlo, retumbaron en todos mis huesos-, decidí que tenía razón y que debía apuntarme a esta aventura. Y lo hice sola, sin saber con qué me iba a encontrar. Y no sé si aquí tiene algo que ver la suerte u otras musas que se pusieron de acuerdo con la mía, pero di con mis tres amigas y compañeras, que me ayudaron -y siguen haciéndolo- a mejorar cada día.

Creo que con la primera que hablé fue con Carmen, la profesional. Una mujer experimentada en las lides de la literatura. De esas personas que lee un texto y, por muy mal escrito que esté, encuentra puntos que vale la pena destacar y, de paso, te nombra una obra de la literatura en lengua hispana (o en arameo, que no tiene manías) y te busca las similitudes. Y sin despeinarse. Ni consultar Wikipedia.

Su estilo es clásico, de ese que, al leerlo, piensas: no solo estoy disfrutando sino que también estoy aprendiendo. Vocabulario, historia, maneras. Leerla te da la misma sensación que después de acabar El Quijote: el orgullo de poder decir que te has leído un clásico y que lo has entendido. Y sin postureos porque lo has disfrutado.

Luego está Adela, Corazón de León. Corazón, porque cuando escribe desde las profundidades de su alma hace unos textos que emocionarían hasta a Atila; de León, porque cuando se le mete algo en la cabeza lo consigue. Siempre tiene una palabra amable para todo el mundo. Bueno, sobre todo tiene palabras. Muchas. Porque no calla ni aunque le hagan un zurcido de espiga los labios, y es fenomenal porque todo lo intercala con risas contagiosas.

Sus letras son frescas, vivarachas. Por alguna razón que aún no he logrado entender, tiene una prosa que rebosa vida. Lo veréis vosotros mismos: cuando leáis sus escritos, se os quedará la misma satisfacción que después de haber comido vuestro plato favorito. La impresión de que todo está bien. Aunque escriba sobre asesinatos. Al final, todo está bien.

Mónica, la perspicaz, es la tercera integrante del grupo. Sí, ese es el adjetivo que me viene a la cabeza cuando pienso en ella. La tía ve cosas que otros pasamos por alto: pequeños detalles de una profundidad que intuyo que no todos podemos percibir, ni aún entrenándonos.

Por esos sus textos son así: intensos. No hay emoción que no toque ni temas lo suficientemente peliagudos como para que le den miedo. Se enfrenta a todo: el amor, la muerte, la locura. Y con sobresaliente. Porque deja al lector tocado, dándole vueltas a lo que acaba de leer y también a su vida entera.

Y, por último, estoy yo. Si me tengo que poner un sobrenombre, diría que soy Carla, la aprendiz de todo. No hace falta que ponga lo de experta en nada que ya se da por supuesto y no hace falta hacer sangre, gracias. Y estoy aquí, junto a mis compañeras, para aprender a escribir y liberar a mis musas, pobres, que ellas no tienen la culpa de haberse estrellado contra mí.

Mocade es ese lugar en el que nos reunimos las cuatro para dar rienda suelta a nuestras necesidades. Por un lado, dejar que la inspiración fluya. Por otro, afianzar los conocimientos que vamos ganando y compartirlos, porque creemos que hay mucha gente ahí fuera que está en la misma situación que nosotras. Y por último, conocer a todas aquellas personas que quieren leer cosas nuevas, compartir sus historias y aprender juntos.

Personas que aún no lo saben pero que son habitantes de Mocade.

¡Bienvenidos!

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Eliot Peper