Cuidado con tus deseos

Después de lo ocurrido en Central Park tenía dos opciones: olvidarlo y seguir adelante, o permitir que aquello se convirtiera en un punto de giro en su vida que marcara un antes y un después. Eligió lo primero, pero cambió su decisión cuando la regla no le llegó. Era una señal del destino, pensó. Ahora tendría el niño y dedicaría su vida a buscar al hombre para hacer justicia. El dibujo se le daba bien y plasmó en un folio las dos imágenes para no olvidarlas, aunque dudaba que eso pudiera ocurrir: el tatuaje de un dragón que escupía fuego en el lado derecho del cuello de su agresor, y el unicornio de ojos angelicales, tatuado en el lado izquierdo, con el que contrastaba.

Continuó trabajando como si todo siguiera igual. Nunca había sido muy sociable, pero se volvió aún más reservada. Ni siquiera se percató de que sus compañeros la evitaban, porque no se miraba al espejo el tiempo suficiente como para estremecerse por el vacío que reflejaban sus pupilas en el cristal.

La noche de la violación no puso ninguna denuncia. Al salir a trompicones del parque solo quería llegar a su casa para frotarse la piel debajo de la ducha y que el miedo y el asco se marcharan por el desagüe. Y al día siguiente pensó que acudir a la policía sin más pruebas que la descripción de dos tatuajes no serviría para capturar a su agresor en una ciudad tan grande. Además, la investigación solo hubiera sido un recordatorio continuo y doloroso de algo que había decidido borrar de su mente solo con el poder de su voluntad. Y ahora, al comprobar que estaba embarazada, se alegró de su decisión. Su nuevo yo no iba a perder el tiempo en nimiedades. No se arriesgaría a que la justicia se quedara corta. La única respuesta válida tenía otro nombre, venganza, y ella se aseguraría de encontrarla.

Se apuntó a clases de defensa personal. Para ocultar su estado se fajaba el vientre. Su hijo tendría que ser un luchador, igual que ella, si quería sobrevivir en el mundo. Si lograba dar con el hombre antes de que el bebé naciera, cerraría ese paréntesis de su vida que había tenido que reabrir. Si no, más le valía a ese niño, destinado a compartir su venganza, nacer fuerte.

Nueva York era demasiado grande. Contrató a un detective privado, buscó locales de tatuadores, sin éxito. La falta de resultados le obsesionaba cada día más. Buceó en páginas de internet, sitios webs oscuros que ni sabía que existían. Su búsqueda la llevó una noche a un barrio que jamás había visitado, a un sótano en el que se atendían deseos que hacían que el suyo no resultara extraño.

No esperaba encontrar un llamador en forma de calavera, pero tampoco algo tan anodino como esa entrada pequeña, con un perchero de tres ganchos atornillado en la pared y un clavo del que colgaba un llavero con un único par de llaves. El hombre que le abrió vestía completamente de negro. La única nota de color era un alfiler de corbata con una piedra hexagonal de color rojo oscuro, como el de la sangre o el vino vertidos. Tenía los párpados entornados, como si le pesaran. Extendió la mano y ella la estrechó sin vacilar. Entonces él cogió el llavero, inclinó la cabeza unos milímetros y, sin pronunciar ni una palabra, la invitó a pasar a otra habitación más amplia que podía haberse encontrado en cualquier piso corriente de Nueva York. Allí, detrás de un cortinaje que apartó con la mano, había una puerta. Abrió con una de las llaves, entraron, y la mujer no pudo evitar sonreír cuando él cerró la puerta. Ella llevaba un abrigo amplio, con un cuchillo en el bolsillo izquierdo y, en el derecho, la Taser que se había convertido en su compañera inseparable. Si la entrevista iba bien, sacaría de su bolso el dinero exigido por el hombre. Si algo fallaba, la moneda de cambio sería otra, pensó ella. Metió las manos en los bolsillos.

–Siéntese. Si quiere, puede dejarse puesto el abrigo. Pero cuando terminemos no necesitará pagarme con ninguna de esas dos cosas.

Ella aguantó la respiración un par de segundos, pero se rehízo enseguida. El tipo debía tener psicología, eso seguro. No respondió, Se limitó a sentarse muy despacio, sin sacar las manos de los bolsillos, mientras sostenía la mirada de su anfitrión.

–¿Qué precio está dispuesta a pagar?

–El acordado. No voy a regatear.

–No me refiero a mis honorarios –aclaró el hombre–. Lo que quiere tiene otro precio que no se paga en dinero.

–¿Qué insinúa?

–Yo solo actúo como mediador de otras fuerzas. Lo que usted quiere exige otro tipo de compensaciones, y solo podré ayudarle si está dispuesta a asumirlo.

–Explíquese.

–No se puede alterar el equilibrio del universo. Una vida exige otra vida.

–¿Qué intenta decirme?

–Que si usted lleva a cabo sus propósitos habrá otra muerte a cambio, de la que usted será responsable. Puede que llegue a saber los detalles o puede que no, pero esté segura de que ocurrirá. Morirá alguien más, eso no lo dude.

El niño se movió en su vientre. Ella lo interpretó como otra señal. Su hijo estaba con ella. Los dos unidos conseguirían que se hiciera justicia.

Nada más pensar en eso, la piedra de corbata del hombre cambió de color. Emitió un fulgor rojo tan intenso que toda la habitación se iluminó como si acabara de prenderse fuego. Sin que ella tuviera que decir nada, el hombre habló.

–Si quiere, puede pagarme. Su encargo ha sido aceptado –la miró con pena.

–Podré vivir con ello –levantó la barbilla.

–Ojalá. Nunca se sabe.

La mujer recordó las normas y lo que había leído en internet. El trato estaba sellado. Pagó, se puso de pie y se marchó sin añadir nada a la conversación. Ahora solo quedaba esperar.

Desde la entrevista se mantuvo vigilante a todas horas. Incluso dormida se sumergía en una especie de duermevela alerta. La seguridad de que el día estaba cerca anidó en su vientre, junto a su útero grávido.

Semanas después, la mujer salió de casa para hacer unas gestiones en un edificio de oficinas al que no había acudido nunca. Atravesó un lobby de techos tan altos que, a pesar de estar repleto de personas, parecía casi desierto. Caminó hasta la zona de los ascensores donde un panel luminoso entonaba una muda melodía de números descendientes a toda velocidad: 52, 48, 31, 20, 9… A pesar del gentío, solo un hombre y ella entraron en el ascensor. El hombre pulsó uno de los números de un piso alto y ella hizo lo mismo. Al girarse hacia él, sus ojos tropezaron con dos tatuajes simétricos, un unicornio y un dragón, uno a cada lado del cuello.

El hombre miró a la embarazada que lo contemplaba con fijeza y se hundió en dos pozos de negrura. Lo envolvió la misma oscuridad que la noche en que, ciego de coca, siguió a una mujer por Central Park. El ataque fue breve, no llegó ni a media hora, el tiempo que tardó en sorprenderla, arrastrarla tras unos matorrales y huir a toda carrera después de dejarla tirada, desarticulada y rota, sin saber siquiera si seguiría viva. Desde aquella noche, que formaba parte de sus peores pesadillas desde hacía más de ocho meses, no había vuelto a probar ni una raya.

El espejo de la pared devolvió una imagen de los dos pasajeros del ascensor: una mujer erguida, con las manos en los bolsillos de su abrigo y, en la otra esquina, un espectro pálido cuya frente se empezaba a poblar de perlas de sudor. El embarazo había agudizado el olfato de la mujer, que tragó saliva para evitar las arcadas que le provocaba el olor, cada vez más acre y fuerte, del hombre. Un letrero en la pared indicaba que la capacidad era para cuarenta personas, pero, de pronto, el aire en el interior de la cabina resultó insuficiente para ellos dos.

El hombre se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las manos tapándole la cara. Ella vio que el pelo le empezaba a clarear en la coronilla, sintió que un líquido caliente le empezaba a chorrear por las piernas y tomó una decisión. Pulsó un botón para detener el ascensor y, antes de salir, pulsó el del piso más alto del edificio. Desde fuera vio encenderse los números en orden ascendente y tomó otro ascensor que la dejó en el lobby. Ya en la acera consiguió que un taxi se detuviera, dio la dirección del hospital con voz milagrosamente firme y se sujetó el vientre con las manos. Notó algo extraño en los ojos y, sorprendida, comprendió que eran lágrimas. Llevaba nueve meses sin derramar ni una sola. Parpadeó para tratar de aclarar su visión y se fijó en la fecha y la hora que se marcaban en la radio del taxi.

El vehículo se estremeció como si una mano gigante lo hubiera levantado en el aire y, una fracción de segundo después, un estruendo imposible le hizo llevarse las manos a las orejas y volver la vista atrás mientras su cerebro procesaba la información. Eran las 08:45 del 11 de septiembre de 2001. En el lugar donde minutos antes se alzaba una de las torres del World Trade Center, ahora solo había una nube de polvo que avanzaba hacia el coche a toda velocidad.

Las arcadas que no había dejado de notar ganaron la batalla. Vomitó sobre su abdomen y el dolor de una nueva contracción pareció partirla por la mitad. Entonces supo que se había equivocado cuando le dijo al mago que, fuera cual fuera el precio, podría vivir con eso.

Adela Castañón

Imagen: Pinterest

La mujer en la ventana

Estrella se sienta en el interior de su habitación con los bártulos de dibujo y desde allí, con la puerta abierta como todas las tardes, observa a su madre apoyada en el alféizar de la ventana. Le gusta dibujarla así, sin que ella se dé cuenta, absorta en esa contemplación del mar tarde tras tarde.

Ángeles, ignorante de su papel de modelo, permanece inmóvil mientras espera que la puesta de sol le devuelva a Pedro. Desde que se casó con él, hace ya dieciséis años, no ha faltado nunca a esa cita con sus pensamientos. Sabe que es una superstición absurda, pero cree que, si no se asoma, ese universo de agua la castigará por su ausencia y se quedará con su marido para siempre.

Cuando piensa en el mar siente que la invade un vaivén de sentimientos que se superponen unos a otros, como las olas que acarician la orilla y se baten luego en retirada. El agradecimiento sigue ahí, claro, que al fin y al cabo el mar fue quien propició que conociera a Pedro. Pero también queda un poco del viejo rencor contra ese mar que no la quiso cuando, embarazada, sola y asustada, se internó en sus aguas grises para hundirse en lo más hondo con sus miedos y su desesperación. El mar no la quiso, no, pero Pedro sí. Él estaba allí, sobre su barca, la misma en la que sigue saliendo a pescar a diario, aunque ahora las cuadernas, como los huesos de Pedro, crujan más de lo que crujían entonces. Él la llama su sirena desde que la agarró del pelo para subirla a su barca, aunque no se lo confesó hasta mucho después de nacer Estrella. Ángeles, al escucharlo, sonrió y le respondió que más que sirena era una foca de piel helada y vientre abombado. Y, desde entonces, los ojos de ese hombre de manos rudas y besos de espuma le dicen a diario que aquella noche, que ninguno de los dos olvida, él hizo su mejor pesca.

Pero a veces Ángeles mira el agua y no es ya el mar lo que ve, sino la mar, su rival, la que suspira con tanta fuerza que hace llegar hasta su ventana susurros que le erizan el vello de los brazos en oleadas de celos feroces. La espuma de las olas, al retirarse, deja escrito en la orilla su mensaje, “puedo quedarme con tu hombre, él fue mío antes que tuyo”, y Ángeles se sujeta los codos con las manos porque sabe que es verdad. Entonces parpadea y se obliga a pensar que lo que ve no es más que agua salada como la que, a veces, marca surcos en su cara cuando Pedro se retrasa. Y, tarde tras tarde, al ponerse el sol acude a su cita con la ventana, fuerza la vista y trata de ver si la barca está ya en el muelle. Así el mar puede ver que sigue viva y que espera el regreso de su amor. 

Mientras dibuja, Estrella trata de adivinar los pensamientos de su madre. A veces le gustaría que volviera el rostro para leer ahí las palabras calladas. ¿Qué sueña su madre, acodada en la ventana, cada tarde? La muchacha deja el pincel en suspenso y se pierde en sus propios sueños. Ojalá se atreva a plantearle a sus padres que quiere salir del pueblo, irse a la capital a estudiar Bellas Artes. No es que lo quiera, es que lo necesita. Al darse cuenta de lo que ha pensado, Estrella suspira tan fuerte que su madre gira la cabeza y la ve.

–¿Qué haces ahí, mi niña? –Ángeles se fija en los pinceles, en el caballete, y rectifica su pregunta– ¿Qué dibujas?

–A ti. –Estrella sonríe­–. Llevo más de una semana pintándote, mamá.

–¿A mí? –Ángeles le devuelve la sonrisa–. Pero, chiquilla, ¿a quién se le ocurre? ¡Y encima de espaldas, con este trasero mío tan hermoso! Miedo me da.

La sonrisa desdice sus palabras. Sabe desde hace tiempo que Estrella sueña con convertirse en pintora, lo sabe desde que Pedro se lo dijo. Es curioso que fuera él el primero en darse cuenta, con todo el tiempo que pasa fuera de casa. Pero entre padre e hija existe un lazo invisible desde que ella vino al mundo, un lazo más fuerte aún que el de la sangre que no comparten.

–Mamá –la voz de Estrella la devuelve a la habitación­–, ¿por qué te asomas a la ventana todas las tardes?

–No sé, por costumbre, supongo.

Ángeles ha tardado un poco más de lo normal en contestar, y Estrella sabe que la respuesta es de compromiso. Es fácil hablar con su padre, pero a su madre la rodea siempre un velo invisible y hoy, precisamente hoy, a Estrella le apetece rasgar un poco ese velo y asomarse para descubrir qué hay tras él. ¿Será posible que su madre tenga las mismas ganas que ella de volar fuera del nido?

–Dime una cosa, ¿te apetecería viajar? No sé, conocer mundo…

–¿Qué? –Ángeles se sorprende. ¿De dónde habrá sacado su hija semejante idea? Su casa es su refugio, allí está segura­–. No, no, qué va. Para nada.

–Pues entonces –­insiste Estrella–, ¿qué piensas ahí, asomada todas las tardes? Ni siquiera te has dado cuenta de que te estaba pintando. ¡Estás tan ausente! A ver, no es que me importe, yo también sueño con salir de casa, ir a otros sitios… ¡Quiero comerme el mundo, mamá!

Ángeles mira a su hija y se da cuenta de que la niñez se va escapando por la ventana abierta. Piensa que algún día tendrá que contarle a Estrella la historia de una joven como ella, que estuvo a punto de perderlo todo cuando cayó en la trampa más antigua del mundo y descubrió, al quedarse embarazada, que el hombre que le había jurado amor eterno tenía ya una familia. Sus amigos, su familia, todos le dieron la espalda. Todos, menos Pedro. La mujer se da cuenta de que no puede proteger a su niña, como tampoco puede proteger a su hombre cuando sale a pescar cada mañana. Los ojos se le empiezan a enrasar y vuelve la cara hacia el exterior para disimular. Al hacerlo, ve que la barca de Pedro ya está en el puerto y que el sol, en lugar de ponerse, parece que brilla más.

La mujer se incorpora y deja su sitio junto a la ventana. Se acerca a su hija y ve el cuadro, casi terminado. Se reconoce en la línea de la cintura perdida, en la punta del pie apoyada sobre el suelo, en el pelo. Acaricia el rostro de Estrella y la besa en la cabeza.

–¿Te acuerdas de los cuentos que te leía cuando eras pequeña?

–Claro.

–Pues esta noche, cuando tu padre esté en casa, te contaré una historia. Ya eres mayor para cuentos, ¿no crees?

–¿Una historia?

Estrella tiene un presentimiento. Esa noche va a cambiar algo. Lo nota en la piel. Coge un trapo con aguarrás y quita una mancha del caballete. Tose un poco y vuelve a hablar.

–Yo también os quiero contar algo a papá y a ti, ¿sabes?

Ángeles asiente, vuelve acariciar a su hija y empieza a poner la mesa. Se da cuenta de que esa noche su marido, su hija y ella van a compartir algo más que la cena y al pensar en eso empieza a sonreír.

Adela Castañón

Imagen del cuadro de Salvador Dalí tomada de Pinterest

Vacío

Hubo días en los que me sentí
una casa vacía,
que a los ojos del mundo se veía
hueca y llena de polvo.
Y a los ojos del alma, sin embargo,
aparecía repleta de un silencio
en el que resonaban tristes ecos
de palabras de más
y de besos de menos.
Demasiadas palabras pronunciadas
cuando no era oportuno.
Demasiados silencios provocados
por la duda y el miedo.
Y una ausencia de todos esos besos
que jamás existieron
y pesan en mi alma
y son como un recuerdo
de que, si están conmigo,
es porque, a ti, llegar no consiguieron.

Soñaba que mi casa,
esa casa vacía,
dejaba de ser mía para ser nuestra.
Y entonces se llenaba
del ruido de tus risas,
del tacto de tus labios en los míos,
tu cuerpo acomodado
en el lado derecho del sofá,
donde solo hay un hueco,
el que deja mi cuerpo,
que siempre tiene frío.

A falta de recuerdos
solo tenía mis sueños.
Ojalá que en mi piel hubiera un mapa
hecho de cicatrices
de momentos felices que se fueron.
Ojalá que tuviera
memoria de un pasado
de algún amor vivido,
aunque ahora hubiera muerto.
Ojalá que tú y yo
hubiéramos tenido alguna historia
aunque mi corazón, al terminarla,
se hubiera hecho pedazos.
Ojalá por lo menos una vez
me hubiese refugiado entre tus brazos.

Hubo días en los que me sentí
como un libro no escrito.
Nunca viví una historia de amor
más allá de mis sueños.
Pero también en sueños
el corazón se siente destrozado,
se rompe en mil cristales de dolor
que lastiman mi piel y me provocan
lágrimas por pensar en muchas cosas.
Se me negó luchar por no perder
lo que, ojalá, hubiéramos tenido.
Nunca pude afirmar
que no volvería a arder en otra hoguera,
que no querría sentir
caricias de otras manos
ni besos de otros labios
que no fueran los tuyos.
Nunca pude decirte que mi boca
no querría pronunciar otro nombre.
Y me hubiese gustado
poder haber perdido todo eso
porque hubiera existido,
¿lo comprendes?
Qué triste es no poder perder
lo que no se ha tenido.

Hubo días en los que me sentí
como una estatua muerta,
con el mundo girando mientras yo
quedaba detenida en un suspiro,
presa de los recuerdos de un instante
que tan solo en mi sueño había existido.
Y el tiempo se paraba,
se burlaba de mí y me recordaba
lo que había en mi vacío:
besos que no te di,
hijos que no tuvimos,
notas que no bailamos,
el roce de tu piel contra mi piel
que nunca tuve,
despertar los dos juntos,
abrazos enredados,
la luz del sol naciente
dibujando en tu piel y en la mía
las luces y las sombras de una canción de amor.
¿Comprendes mi tristeza?
Solo tengo la ausencia
de aquello que no tuve.

Y así, por no tener todo eso,
mi amor se fue vistiendo de cansancio
y se batió en lenta retirada
dejando un corazón que aún no había muerto,
que, como un ave fénix,
consiguió renacer de sus cenizas.

Y el corazón le suplicó a la mano
que escribiera estos versos
y cerrara esa puerta
para luego
recuperar la risa,
reencontrarse con la felicidad
y seguir adelante con la vida.

Adela Castañón

Imagen: Peter H en Pixabay

Pido la palabra: La melodía del viento

Hoy Mocade abre sus puertas a una colaboración para nuestro Pido la palabra. Vanesa Sánchez Martín-Mora, que ya nos deleitó hace dos años con su precioso relato Mamá no se esconde, nos visita de nuevo y pone música a nuestro rincón de Letras desde Mocade con una nueva historia: La melodía del viento. ¡Bienvenida de nuevo, Vanesa!

La melodía del viento

El día que Musake decidió tener un hijo, anduvo hasta el río Kunene y, sentada cerca de la orilla, bajo un árbol de tronco ancho y abundantes hojas que parecían hacer una reverencia al agua, se puso a pensar. Esperaba con gratitud la melodía que acompañaría al bebé toda la vida. La que retumbaría en sus entrañas hasta su muerte.

 Ese día, el viento golpeaba sus trenzas color ocre y hacia tintinear los collares que le adornaban el cuello. Una tormenta de polvo seco rodeó a Musake durante unos minutos y le interrumpió el tiempo que estaba dedicando a escuchar la melodía que debía llegar pronto.

A causa de la tormenta, las ovejas que pastaban cerca se movían nerviosas y correteaban perdiendo el orden en el que caminaban.  Eso la distraía.

Después de unas horas rodeada del polvo del desierto de África, Musake, incapaz de darse cuenta de las señales que estaba recibiendo, lloró en silencio y con tristeza. Una lágrima rodó hacía la mitad de la mejilla, donde el viento, que seguía rozando su piel, hizo que se fundiera con la pasta que le había tintado el cuerpo. No dejaba de rezar en voz baja, suplicaba una y otra vez la tan esperada melodía que debía enseñar al padre de su hijo al llegar al poblado. Una melodía que debía conocer todo el mundo antes del nacimiento de su futuro hijo y que le serviría para calmarlo en momentos difíciles.  

Ella también tenía una canción desde que su madre la pensó, como cada miembro de la tribu Himba. Según cuenta la leyenda, los Himba son una de las pocas tribus que no cuentan la edad de los niños desde su nacimiento o su concesión, sino desde el día que son pensados por sus madres.

El día estaba acabando y los minutos traían la oscuridad de la noche. Musake, desesperada por no escuchar nada, seguía invitando a la melodía. El viento azotaba con más furia, y hacía que el movimiento de sus trenzas y el tintineo de sus collares vibraran con más intensidad. Nada dulce interrumpía sus pensamientos que por minutos se iban descontrolando. Fue el pastor que intentaba regresar al poblado quien reparó en el llanto de la mujer, se dirigió hasta el árbol que la protegía y se atrevió a calmarla.

—La noche corre rápido y no deberías permanecer aquí mucho rato más.

—Sí, me voy ahora mismo.

—Puedes acompañarme si quieres hasta llegar al poblado, pero yo voy más despacio. Mis piernas ya no son lo que eran.

—Voy a esperar un poco más. Vaya tirando, quizás nos encontremos a mitad de camino. No creo que tarde mucho.

—¿Esperas a alguien?

—No exactamente, yo…

—Entiendo.

—¿Lo entiende? No pensé que supiera lo que hago aquí.

—Claro que lo sé, yo también soy padre. No fui yo quien se sentó bajó este mismo árbol a pensar hace veinte años, fue mi esposa, pero como cada miembro de los Himba conozco todas las costumbres. Aún no he perdido la memoria, mujer.

—Discúlpeme, no quería ofenderle, es solo que estoy ansiosa por escuchar la melodía que vestirá mi bebé.

—¡Ah!, es eso lo qué esperas. Pensé que ya la habías escuchado. Esto…

—¿Escuchar dice? Apenas soy capaz de concentrarme con todo el ruido que hay a mi alrededor.

—Bueno querida, como será finalmente esa melodía no lo sé, lo que sí sé es que quien espera es el viento.

—¿Qué tiene que ver el viento en toda esta historia?

—A veces, debemos ver con los oídos. Las señales dicen mucho más que las palabras.

—No entiendo lo que quiere decirme.

—No es a mí a quien debes entender, sino al viento. Debo irme, la noche acecha y el rebaño no acostumbra a volver cuando no hay luz.

Musake, sin entender lo que aquel pastor le decía, cerró los ojos e intentó concentrarse otra vez. De nuevo, se levantó el viento. No sabía si realmente había cesado por un rato o es que estaba tan ensimismada en la conversación que no se había dado cuenta de que seguía azotando.

Cansada de escuchar la combinación de sonidos que el viento provocaba en sus trenzas y en todos accesorios y harapos que la vestían y de sentir violados sus pensamientos, se levantó para marcharse cuando, sin saber cómo, una fuerte ráfaga la hizo caer de culo donde había estado sentada toda la tarde. Entonces, recordó las sabias palabras del pastor sobre las señales. ¿Sería eso una señal de que debía esperar un poco más? —se preguntó.

Se recostó sobre el tronco áspero que aún no había sido descorchado, y cerró los ojos. Seguía evitando escuchar los sonidos que habían quedado en su mente cuando sin darse cuenta empezó a mezclarlos formando una dulce canción. Paró en seco de tararear, abrió los ojos con rapidez y echó a correr hacía su casa. En el camino, se encontró con el pastor, le agarró fuerte de las manos y dándole un beso en la mejilla le dijo gracias al oído. El anciano sonrió con ella. Su alegría la delataba.

—Corre muchacha, corre. Lleva a tu casa lo que ha nacido dentro de ti y no pierdas el tiempo aquí.

Su felicidad había esfumado el cansancio, la tristeza y el llanto que la acompañaron horas antes. Al llegar al lado de su esposo se lanzó a sus brazos y girando con él le confesó como el viento había llevado a sus oídos algo dulce que debía conocer.

Aquella noche el viento soplo con más fuerza de lo que acostumbraba en aquella época. Los rayos y truenos no cesaron durante la noche, pero no supuso un impedimento para que Musake y su esposo vivieran una noche tan ardiente que no sintieran el frio de fuera. Aquella noche hubo una fusión entre el aire y el fuego.

Once meses después, mientras Musake sacaba agua fresca de una tinaja para la cena, sintió un fuerte dolor bajo su vientre. Un aviso de que el bebé estaba por llegar a sus brazos. Aquella noche, se levantó una tormenta que le hizo recordar el día que pensó en su futuro hijo, una tormenta llegada sin aviso y con furia.

El bebé nació esa misma madrugada. Un regordete niño dormía acunado por su padre mientras Musake terminaba de lavarse. Y fue justo cuando cerró las ventanas y miró la negrura que había fuera, cuando pensó como llamarían al bebé. Daren, que significaba nacido en la noche.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen de D Mz en Pixabay 

Demasiado amor

No puede estar mirándome a mí. Imposible. Será la novedad. A lo mejor en este bar los parroquianos son fijos y, claro, como yo es la primera vez que entro…

… deja de pensar tonterías, Paco. ¿Mirarte a ti? Anda, paga y lárgate ya…

Vale, Cabeza, vale. Vámonos. Seguro que el sábado que viene ni siquiera estará…

*****

¡Qué larga se me está haciendo la semana…! Tengo que acordarme de comprar colonia…

… Paco, ¡no seas gilipollas! Aunque la mona se vista de seda…

De todos modos, me hacía falta colonia. Así que ¡toma chorreón, Cabeza! A ver si así te ahogas y te callas. Vamos a ir al bar. Hoy mando yo, ¿te enteras?

¿Y si está cerrado? ¡Qué nervios!

Uf, abierto… ¿Entro o doy media vuelta?

… Paco…

¡Cállate, Cabeza! Vamos a entrar. Y hueles muy bien. Por favor, por una vez, no me fastidies.

Mira, ahí está, y es tan guapa… Y yo tengo un poco de barriga y tú poco pelo, ¿y qué? Me mira a mí, ¡nos está mirando!

*****

–Francisco, ¡Francisco! –La voz de la abogada interrumpe el monólogo de Paco, que mira a su alrededor extrañado. Había olvidado que estaba en la celda–. Le decía que si puedo grabar su declaración.

–Claro, grabe, grabe.

La abogada saca una grabadora del bolso, la pone sobre la mesa y pulsa un botón. Un diminuto punto rojo empieza a parpadear. Los ojos de su cliente vuelven a nublarse. Un hilo de baba chorrea por la comisura izquierda de su boca. La letrada se estremece, aunque en la celda no hay aire acondicionado y el ambiente está cargado de olor a sudor y a otras cosas que prefiere no identificar. Se siente invisible. Su cliente la mira, pero no parece verla. Habla como si ella no estuviera allí. Pero necesita conocer los detalles, las circunstancias, el móvil, si quiere preparar una defensa aceptable. Tendría que haber puesto la grabadora en marcha al principio de la entrevista. ¡Maldito turno de oficio! Le tocan todos los locos. Pero hay muchos recibos que pagar a fin de mes.

–¿Por qué lo hizo?

–En defensa propia. Ella tenía el arma más poderosa del mundo, y yo era su objetivo. Tenía demasiado amor. Me quería demasiado…

… Paco, eres una causa perdida…

¡Que te calles, Cabeza! eras la que estaba equivocada, acuérdate. Al final todo fue bien, no me dejó en ridículo delante de nadie, no había ninguna apuesta de esas de cómo enamorar a un tonto en una semana ni nada de eso…

Qué guapa eras, María, ¡tan guapa…!

 Y me querías de verdad, con toda tu alma. ¡Qué pena que toda tu alma fuera demasiado! Al principio me gustaba que sonrieras así, con la boca abierta, cuando entrabas adonde yo estaba. Me morí de gusto cuando comprendí que tenías que hacerlo porque necesitabas suspirar al verme, y yo nunca había inspirado unos suspiros tan profundos, tan intensos, tan…

… dilo, Paco, dilo de una vez, ¡cojones!…

Eran suspiros absorbentes. Como tú. Creo que como no podías respirarme a mí lo intentabas con mi espacio, con mi olor, como si mis ideas y mis sentimientos me rodearan y así, respirando hondo, pudieras quedártelos solo para ti. Sin compartirme con nadie. Me querías demasiado. Tenías demasiado amor…

La abogada ha estado en mil celdas antes, pero esta le parece la más pequeña de todas. La porra de un vigilante golpea de refilón un barrote y el ruido le suena como la nota desafinada de una canción de amor obsesiva y extraña en la que su cliente es el autor de la partitura. Aun así, esos argumentos no van a sacarlo de la cárcel. Él podía haberle dicho algo, piensa la letrada.

–Le dije cómo me sentía.

La mujer da un respingo. “¿Lo habré dicho en voz alta?”, piensa. No, no lo ha hecho. Seguro. Él continúa hablando y su mirada se pierde de nuevo.

¡Eras tan buena, María! Me dejaste espacio. Ir de pesca con mis amigos, cañas en el bar, todo. Sin whatsapps, sin mensajes. Y cuando volvía a verte no había reproches, ni preguntas, ni suspiros ni ojeras. Y todo marchó bien hasta que fuiste a aquella despedida de soltera. Fue la noche más larga de mi vida. Al día siguiente tú estabas igual que siempre, pero supe que no podría pasar otra noche así en mi vida, y te pedí matrimonio y aceptaste. Y nos casamos.

… acuérdate de los niños, Paco…

¡Cállate, Cabeza!

Ay, María, si no hubieras tenido aquellos abortos, si yo hubiera podido repartir el peso de tu amor con uno o dos niños…

No debiste decirme que era tonto seguir intentándolo, que te los seguirías quitando y que lo hacías por mí, para que nadie me robara tu cariño, que era y sería siempre solo mío…

La abogada se estremece. Consulta sus notas. Según los vecinos eran el matrimonio ideal, con mala suerte en los embarazos. El dato cobra ahora un significado macabro. Mira a su cliente y se echa hacia atrás en la silla con fuerza. Sus ojos no son opacos. Ahora son dos puñales. Y la taladran.

–La maté para no faltar al juramento que le hice cuando nos casamos –la voz del acusado ha bajado una octava–: que nunca estaría con otra mujer mientras ella viviera. Me acostumbré a vivir casi sin aire, y cuando ella se dio cuenta me quiso devolver lo que era mío. Me hablaba a todas horas, me hablaba sin parar. Me envolvía con su aliento, con sus mimos. El forense dijo que María murió porque le reventó el corazón, pero lo que le reventaron por dentro fueron todas las palabras que no pudo soltar cuando le tapé la cabeza con el cojín. Si las hubiera dejado salir habrían terminado por robarme el poco aire que me quedaba.

Paco mira a la letrada, y termina su declaración:

–María murió por culpa del amor. Fue una sobredosis. Tenía demasiado amor. Me quería demasiado.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

La playa de los cinco sentidos

Te veo al dar la curva, antes, incluso, de bajar del coche.

Me vuelvo a preguntar, una vez más,

cómo es posible ese milagro diario.

Esa gama de azules, y de grises,

y de verde coral, y verde lima,

y ese blanco tan blanco de la espuma

que viste tus orillas

con el encaje de los más finos trajes

de alguna emperatriz de las antiguas.

Y mis ojos se gozan, un día más,

en tu eterna paleta de colores.

 

Y conforme me acerco, empiezo a oírte.

Ese rumor del agua, con las olas que corren sin respiro

para ser las primeras en llegar a la orilla

y contarle a la arena las historias de amor que,

a lomos de sus crestas,

viajan desde los mares más profundos

en busca de las nubes.

Historias que quieren llegar al cielo

cabalgando en las olas.

Y llegan a la orilla para besar el suelo,

y esperar a las aves, que, en su vuelo,

las eleven, por fin, a las alturas.

 

Cierro los ojos. Me tapo los oídos.

Y respiro, llenando mis pulmones

con ese olor a sal y algas marinas.

Que nada me distraiga.

Ni el azul que llega hasta el horizonte,

ni el canto de sirena de las olas.

Mi playa es ahora aroma.

Y no quiero perder

ni siquiera una gota de esa esencia.

Porque en mi playa, el aire es diferente

y quiero que se cuele por mis venas

llenándome de vida.

 

Y retraso el momento de meterme en el agua.

El placer de la espera es casi tan inmenso

como el momento en que, por fin,

me adentro entre las olas.

Sumerjo la cabeza.

Y, cuando salgo, siento el sabor de la sal en mis labios.

Y los lamo, y la sal sabe a besos.

Y me hundo una y mil veces en el agua

solo por el placer de volver a mojarme,

y que el agua del mar

deje en mi cuerpo ese sabor intenso,

por si luego otros labios

quieren calmar su sed bebiendo de mi piel

o besando mi pelo.

 

Y, cuando salgo, me siento en la orilla.

Cojo un poco de arena

y dejo que se escurra, poco a poco,

igual que una caricia entre mis dedos.

Recojo las rodillas porque quiero

sentir como la arena, grano a grano,

va, igual que los chiquillos,

por ese tobogán que va de mi rodilla a mi tobillo.

Y mi piel se estremece,

pues no hay otra caricia que tenga esa dulzura.

Lágrimas de calor

que acarician mi piel, todavía húmeda.

 

Las acuarelas que son el mar y el cielo,

la música que arrulla las orillas,

el olor de las algas, el sabor de la sal,

el calor de la arena,

la caricia del sol,

la sombra de las nubes,

son un regalo para los sentidos.

 

Que todo eso es verdad, solo lo sabe

aquél que lo ha vivido.

Adela Castañón

Imagen: David Mark en Pixabay

Sueños enredados

Recostada en la playa,

mis codos en la arena,

la cabeza dejándose vencer

por el peso del pelo

para que así mi cara

reciba sin problemas

esos rayos de sol transformados en besos

que acarician mi piel.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

La brisa sopla suave

y, al rato, se convierte en un viento

que enreda mis cabellos

y enreda mis recuerdos.

Y la arena, y el sol,

y mi pelo y el viento

van trenzando

las historias que fueron

con las historias que pudieron nacer

y no nacieron.

Y respiro muy hondo

a la vez que sonrío.

Por fin me he dado cuenta

de que todo,

tanto lo que he vivido

como lo que he soñado

y lo que aún sueño

consiguen el milagro

de que, quieras o no,

tú sigas siendo mío.

Porque ya no hace falta

que estés aquí, a mi lado.

Porque es mejor quererte siendo libre

que tenerte si te sientes atado.

Y, en lugar de pensar que te he perdido

comprendo de repente

dónde estuvo mi error.

El premio no eras tú ni tu cariño,

porque el premio era yo

y hoy, por fin, me he ganado.

Y sigo sonriendo.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

Y el corazón

deja de ser un pájaro enjaulado.

Mis sueños y mi vida,

lo mismo que mi pelo,

se han trenzado.

Y es hermoso sentir que soy feliz

estés o no a mi lado.

Adela Castañón

Imagen: Marcin Jozwiak en Unsplash

Y mi novela alza el vuelo…

Hoy mi entrada no va de poesía, ni de cuentos, ni de relatos. O, al menos, no de relatos en el sentido tradicional. Porque, en realidad, sí que es un relato basado, como suele decirse, en hechos reales. Y, si me apuráis, afinaré un poco más: es un relato propio, absolutamente cierto, sobre una experiencia personal:

He terminado de escribir y corregir el borrador de mi primera novela.

Una docena de palabras que podrían ser el principio y el final de mi artículo. Y os lo digo así de claro porque, como lectores, os debo un respeto y un agradecimiento que crece día a día y merecéis que sea sincera con vosotros. Estaba haciendo otras cosas y, de pronto, me he dado cuenta de que anoche, por fin, había terminado de crear algo. ¡Uf! Ha sido una sensación comparable a la que tuve cuando aprobé la última asignatura de la carrera. Recuerdo que llegué a mí casa exultante y feliz y le dije a mi padre, médico también, «¡Papá, ya soy médico!». Entonces él, después de darme un abrazo, me contestó algo que hoy, muchos años después, me sigue pareciendo uno de los mejores consejos de mi vida: «Enhorabuena, hija, estoy orgulloso de ti, pero no te confundas. No eres médico. Tienes un título de licenciada en medicina que significa que sabes manejar síntomas, diagnósticos, tratamientos y cosas así. Pero eso es solo el primer paso. Serás de verdad médico cuando pienses en primer lugar que, en la camilla, o al otro lado de la mesa de la consulta, tienes a una persona. Ni siquiera un enfermo, fíjate bien. Una persona que necesita algo de ti. Si tienes eso siempre presente, entonces, solo entonces, serás médico”.

Bueno, pues esta mañana, como os decía, he vuelto a sentirme igual como escritora. No quiero menospreciar mis relatos, mis poemas, mis artículos, ni que se sientan ninguneados si los comparo con mi primera novela, porque no van por ahí los tiros. Ellos han sido y seguirán siendo siempre mi primer amor en el sentido literario, ¿y quién de nosotros no sabe que el primer amor es algo inigualable y único? Pues eso: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Porque si mis escritos previos han sido las herramientas que me han ayudado a escribir un cuento, ahora, con mi novela, me adentro en un terreno desconocido que es, ni más ni menos, que lo que viene detrás de “Y fueron felices y comieron perdices”. Ese es el final de los cuentos clásicos. Y, en la vida, cuando los novios salen de la iglesia o del juzgado pletóricos de felicidad, no son perdices lo que aguardan en la calle. Son las hipotecas, los hijos, el levantarse con los pelos de punta y mal aliento, y también, claro está, el detalle de un desayuno en la cama, o el placer de compartir un café en bata y zapatillas sin salir de casa en un día de lluvia.

Por eso he dejado de hacer lo que estaba haciendo y me he puesto a escribir como loca esta entrada. Porque acabo de bajar los escalones del templo del brazo de mi novela, jeje.

Me siento, a partes iguales, feliz y asustada. Y necesito compartirlo con vosotros.

Mi libro de cuentos seguirá creciendo sin límite. Durante todo este tiempo he repartido las horas, como una buena madre, entre mi novela y los demás. Y así pienso seguir. Pero le he mandado mi borrador a mi hija, a mi hermana, a mis primas, a tres amigas y a un amigo, y a mi correctora, que se lo va a pasar a su lector cero. Y siento muchas cosas.

Uno de mis talones de Aquiles como escritora es mi amor desmesurado por las metáforas. Lo saben los magníficos compañeros de mis cursos de escritura a los que tanto debo y que ahora sonreirán cuando lean que me siento como un piloto en su primer vuelo, cuando toma conciencia de que ahora es aire, y no suelo, lo que tiene debajo de los pies.

Y es que, como dice el título, que he cambiado varias veces, dicho sea de paso, acabo de darme cuenta de que mi novela ha alzado el vuelo. Y me toca quedarme en tierra, esperando a que regrese con anotaciones al margen, con críticas constructivas y cariñosas que me ayudarán a dar ese último retoque. Pero es que, y sigo con las metáforas, es igual que si se hubiera casado un hijo o una hija: mi novela, mi criatura, ya no me pertenece del todo. Va a conocer a otras personas, va a cambiar, a evolucionar… y eso me da tanta alegría como miedo, ¿verdad que me comprendéis?

En fin, todo este artículo no es más que para eso, para contaros que he terminado de escribir mi primera novela. Que ahora me encuentro en un punto de inflexión y me adentro en territorio desconocido después de salir de la zona de confort que eran y siguen siendo mi ordenador y mi sillón. Y que, como en los cuentos, la protagonista se enfrenta mejor al bosque si se siente acompañada.

Me encantará contaros lo que queráis saber, responder a cualquier pregunta, por superficial o intrascendente que parezca, recibir vuestros comentarios, vuestras aportaciones, que me deis ideas o sugerencias. Estoy abierta a todo.

Porque solo saber que habéis leído hasta aquí, ya me ha hecho sentirme arropada. Y ha aumentado mi alegría y ha disminuido un poco mi miedo. Que por algo el título lo he puesto con puntos suspensivos, porque representan la incertidumbre de lo que pasará a partir de aquí.

Mi novela ha despegado, empieza a alzar el vuelo, aunque todavía nos faltan algunos pasos para llegar al destino. Y sin vosotros, lectores, yo no escribiría, así que gracias por haber sido y seguir siendo el combustible que impulsa mis dedos sobre el teclado.

Gracias. Os quiero.

Adela Castañón

Imagen de Mystic Art Design en Pixabay 

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”