Definitivo. Regalo de Navidad de una escritora para nuestros lectores

Hoy la Navidad trae un regalo a nuestro blog. El relato de una escritora, María Hidalgo Arellano, que ha querido compartir una historia con todos nosotros. Os dejo unas palabras suyas como presentación:

«Hace muchos, muchos años en un pueblo donde en invierno siempre huele a tierra mojada aunque no llueva nunca, un padre le dijo a su hija que no dejara de escribir. Ella fue profesora de lengua y literatura en el pasado. En el presente ayuda en la empresa familiar y es madre a tiempo completo. En el futuro, quizás, consiga escribir a rachas».

Adelante, amigos, y disfrutad de esta historia:

DEFINITIVO

El día que muera papá, mi casa dejará de oler a ralladura de limón. Se desmoronará la cal del patio blanco, poco a poco. Se resquebrajarán las baldosas por las esquinas y el suelo quedará como un mar de olas. Se nos olvidará que se vendimia a principios de septiembre el tinto fino, cuando la uva esté duz. Se acabarán los racimos, las viñas, los campos de olivos, los tomates maduros. No se recalará jamás el bizcocho. Nadie se atreverá a mezclar el sabor del flan de café con lágrimas. No se harán hogueras con sarmientos para asar chuletas de cordero ni veremos a nadie comerse la fruta con pan. No sabremos dónde se venderá el azúcar más barato ni compraremos huevos al por mayor. El día que muera papá, las puertas de mi casa empezarán un lamento de chirridos eternos. Nadie untará con aceite las bisagras. Los libros se volverán amarillos, casi de cartón-piedra. Seremos incapaces de releer Señora de rojo sobre fondo gris porque se nos escurrirán las palabras de las páginas. Seremos también incapaces de quemar los libros en un fuego devorador. Y los dejaremos en la estantería de siempre, de adorno. Vaciaremos el armario de cuatro jerséis, dos pantalones y un pijama de invierno. El mejor traje, supongo, se lo llevará a la tumba. El día que muera papá me quedaré vacía, como su habitación. Habrá eco entre los muebles desnudos, el espejo y el colchón marcado con la forma de su cuerpo. Habrá eco en mi cabeza porque solo escucharé su voz repetida. Y no la podré borrar. Y la oiré cuando esté lejos de allí y cuando vuelva. Y cerraré los ojos porque en el fondo lo que querré será oírlo cada día, cada hora. Y tendré mucho miedo a olvidar cómo sonaba su voz. El día que muera mi padre quizás comeremos lentejas. Un guiso insípido porque le faltará sal. Pero comeremos con prisas, por obligación, sin hambre y sin ganas. Nos sentaremos alrededor de una mesa triste e intentaremos agarrarnos al único pilar que quedará en pie: quizás será mi madre, quizás algún hermano. El día que enterremos a papá deberá ser un día lluvioso, plomizo. Necesitaré notar la humedad entrando por la punta de los dedos y recorrerá con escalofríos cada milímetro de mi piel. El día que entierren a papá veré a mi hija, por primera vez, llorar en serio. Se atragantará con sus propios fluidos y se le hará imposible imaginar el resto de su vida sin su abuelo. Y la abrazaré y notaré en ese momento que me echa en cara sin decírmelo toda una ristra de rencores que se resumirán en uno: “no te has dado cuenta de que se moría el abuelo, de que quizás estaba enfermo”. El día que entierren a papá cogeré a Jaime en brazos para que vea el cuerpo sin vida porque me pedirá al oído darle un beso al abuelo. Y después, en la oscuridad de la casa, al volver del cementerio, me confesará haber notado su cara como un trozo de mármol, “como las piedras del baño, mamá”. Y yo lo cogeré de la mano y lo llevaré al salón. Le enseñaré fotos antiguas y disimularé mis lágrimas. Él se dará cuenta de mis lloros y me dará un abrazo caliente. El día que muera papá llevaré un jersey que no me volveré a poner nunca más. Me prometeré a mí misma que no borraré su contacto del móvil y sabré, en ese momento, que llamaré el día veinticinco de cada mes durante el resto de mi vida. Me enfadaré si algún día me contesta alguien que no sea él. El día que enterremos a papá iré cerrando puertas. Primero la de su habitación. Me costará volver a entrar y tardaré meses en hacerlo. Y cuando lo haga veré a mi padre muerto en la cama, sin hablar, sin sentir, sin querer. Cogeré un pañuelo de su mesita y lo esconderé en mi bolsillo. Será mío para siempre. Después cerraré la salita, la trastera y el comedor.  Cogeré también un bote de cristal, un frasco pequeño e intentaré meter en él toda la esencia de mi vida: los abrazos en el sillón orejero, las comidas en el campo, el olor a lumbre, la mirada, el perdón, los rezos nocturnos, el sabor de las gachas o los cielos de verano. Lo taparé con un corcho y me dará pánico abrirlo más tarde por si me quedo vacía de golpe, por si me absorbe la vida. La noche que vendrá, cuando por la entrada de casa entre un viento helado y paralizador, bajaré a verlo morir. Le tocaré la mano todavía caliente y le susurraré que no tenga miedo, que se vaya tranquilo, que mis hijos, los otros, los muertos, lo esperarán en la entrada del Cielo. Pero no me contestará.

Mi casa quedará vacía, aunque llena de gente. Y se irá a otra casa para siempre. Y no me gusta como suena “siempre” porque cuando muera papá me daré cuenta de que la vida no es eterna, no ésta. De que el camino, es verdad, tiene un final y no lo querré ver. Y me encerraré en cualquier baño a gritar. Dejaré por la escalera un mechón de pelo detrás de otro. Y se formarán en los recovecos bolas de pelusas inmensas.

Mi padre morirá y mi casa solo olerá a él.

María Hidalgo Arellano

Imagen: Alejandra Hidalgo Arellano

Nadie

Margarita escucha sonar su móvil cuando está en el portal de su casa. Mira la pantalla, es Juanjo, su hijo.

—¿Otra vez has salido, mamá? No me cogías el fijo y me he preocupado.

—Sí, Juanjo. Me pillas en el portal.

—¿Pero a dónde vas con el calor que hace?

—A dar un paseo. Ya sabes que soy una friolera, la ola de calor es una bendición para mí.

—Ya hay que tener ganas… ¿Has quedado con alguien?

—Con nadie.

—No te entiendo. No me gusta que salgas sola, y encima con la plasta que hace…

—Anda, deja de preocuparte. Volveré antes de que anochezca, ¿de acuerdo? Te llamo cuando regrese para que te quedes tranquilo.

Juanjo menea la cabeza y cuelga el teléfono. Margarita sale a la calle maquillada con su mejor sonrisa. Mira el reloj de muñeca, va bien de tiempo. El autobús de la línea seis todavía tardará por lo menos quince minutos, y está solo a dos de la parada.

Abre el bolso y saca los dos papeles: el folleto de la residencia para personas mayores que sus hijos le dieron dos semanas atrás y el recorte de periódico con el nombre de algunas agencias de cuidadores a domicilio. Coge el móvil, que su nieta Iris le ha enseñado a usar, y marca el número de una de las agencias. La señorita que la atiende es muy agradable y no se extraña cuando Margarita le especifica el requisito más importante que debe tener la persona que quiera el empleo. La chica queda en que la llamará en un rato y la conversación termina justo cuando el autobús aparece por el final de la calle. Margarita se asegura de tener el bonobús en la mano y el bolso bien cerrado. Con ese calor no hay mucha gente por la calle, pero nunca se sabe. En eso tienen razón sus hijos, iría mucho más tranquila si paseara acompañada.

Se baja en la parada de siempre. El portero de la recepción la saluda por su nombre. Después de tantas visitas, ya se lo sabe y casi puede decirse que se han hecho amigos.

—Buenas, Margarita. ¡Menudo día tenemos! Se puede freír un huevo en el suelo.

—Ya, Damián, ya. Pero yo lo llevo bastante bien. ¿Cómo está hoy? ¿Lo has visto?

—Como todos, supongo. No he tenido tiempo de asomarme, me figuro que andará sesteando. Pero seguro que se espabila cuando la vea. Desde que viene a visitarlo ha empezado a comer mejor, la verdad es que parece otro.

Margarita sonríe sin contestar. No hace falta. Sabe que sí, está convencida de que él la recibirá con la sonrisa de siempre. Desde que se conocieron hace más de un mes, ha sido así: un cariño incondicional, una sonrisa que lo promete todo y un comportamiento que cumple a rajatabla esa promesa. Margarita lo quiere cada día más.

Cuando dobla la esquina del pasillo, él ya la está esperando. Los ojos le brillan más que el primer día y Margarita tiene la impresión de que es como dice Damián. Ella también se ve más guapa cuando se mira al espejo. Juanjo no lo ha notado, pero su hija Lola le preguntó el otro día medio en broma si se había echado novio.

—Mamá, parece que te has quitado años de encima últimamente. ¿No le habrás encontrado sustituto al pobre de papá, que en gloria esté?

—¡Ay, no, nena! Tu padre fue el hombre de mi vida. Y os prometí que nadie ocuparía su lugar.

—Vale, vale. Tampoco es que me importara, ¿sabes? Es más, si al final decides irte a la residencia puede que allí conozcas a alguien. El otro día salió la conversación con Juanjo, y él piensa como yo. No es bueno que estés sola, mamá. No sé por qué te empeñas en no querer considerar la idea. Ni que fuera una cárcel, mujer. En las residencias se puede salir y entrar. Y nos preocupa que vivas sola, los años se van notando, mamá…

—Bueno, nena, no te enfades.

La conversación quedó ahí, pero le abrió los ojos a Margarita. Hoy se ha puesto el perfume que le regaló su difunto marido, el de las grandes ocasiones. Porque ha decidido no esperar más.

El teléfono suena cuando va por la mitad del pasillo. Sigue avanzando despacito mientras escucha. Es la chica de la agencia.

—…

—¿De verdad? ¡Ay, señorita, es usted un amor!

—…

—¿Seguro? ¿Y cuándo podría empezar?

—…

—¡Qué alegría me da! Ahora mismo estoy con él, ¿sabe? Páseme el teléfono de esa señorita y la llamo desde aquí. Mi nieta me ha enseñado a hacer videollamadas —dice con un poquito de orgullo en la voz—. Así se lo puedo presentar y ella nos puede ver a los dos las caras. Que es importante que le caigamos bien, ¿verdad? Espere un momento, que voy a apuntar el número.

Margarita mira a su alrededor, no sabe dónde soltar el bolso para sacar su agenda, y vuelve a pegarse el móvil a la oreja.

—Mejor mándemelo por Whatsapp, no vaya a ser que me equivoque al escribirlo, ¿puede?

—…

—Mil gracias otra vez. Es usted un cielo.

Margarita oye el pitido del Whataspp y se cerciora de que es el mensaje que espera. Cuando lo confirma, ya ha llegado a la altura de donde él la espera siempre.

—¡Traigo buenas noticias! Por lo menos son buenas para nosotros. No sé cómo se lo tomarán mis hijos, pero me da igual. —Sonríe y le acaricia la cabeza. Su pelo es abundante y suave—. Voy a llamar ahora mismo a Conchita, la de la agencia me ha dicho que se llama así. ¡Seguro que vamos a congeniar los tres! Es más, si acepta el trabajo, le digo que venga a buscarnos aquí, y nos vamos los tres a casa.

Él la mira. No necesitan hablar para entenderse. Margarita hace la llamada de teléfono y Conchita le parece un regalo de Dios. La video llamada ha sido un éxito. Vuelve a acariciarle la cabeza.

—Espérame aquí, que no tardo nada. Voy a decirle a Damián que me prepare los papeles, los firmo y vuelvo. Le he dicho a Conchita que compre lo que vamos a necesitar de manera más urgente, y me ha contestado que no me preocupe, que ella se encarga de todo. Sé que mis hijos se enfadarán al principio, pero tendrán que respetar mi decisión. Y Conchita va a ser una aliada maravillosa, ya lo verás. ¡Se le ha visto hasta la última muela cuando le he dicho tu nombre! Lo ha entendido a la primera, es bueno que sepa desde el principio que yo nunca miento. Le prometí a mis hijos que Nadie ocuparía el lugar de su padre, y así va a ser.

Margarita sale en busca de Damián. El perro se sienta a esperarla, pero esta vez no tiene las orejas gachas. Hoy mueve el rabo, sabe que hoy es un día diferente. Esa criatura de dos patas y pelo blanco que viene a visitarlo huele hoy a libertad. El perro que ha aprendido a responder al nombre de Nadie se siente, hoy, alguien importante.

Sabe que ha encontrado un hogar.

Adela Castañón

Imagen: Sabine van Erp en Pixabay

Encrucijadas

Miguel eligió un viaje a Japón por dos motivos: era el sitio más alejado de Madrid que le ofertó la agencia, y la fecha del viaje coincidiría con la boda de Elena y Darío. Los imaginaba escribiendo los nombres de los amigos y familiares en los sobres de las invitaciones a la ceremonia. Podía verlos detenerse, mirarse a los ojos y preguntarse sin palabras qué hacer cuando llegaran a su nombre en la lista.

La boda era el treinta de abril. El viaje empezaba el dieciocho y duraba quince días. Tiempo suficiente para planear cómo hacer que pagaran por lo que le habían hecho. Desde que supo que los dos lo habían traicionado, tenía secos los ojos y el alma.

Darío, su único hermano.

Elena, su única novia.

Él, Miguel, cometiendo sin saberlo el mayor error de su vida al insistir en que Darío volara desde San Petersburgo hasta Madrid para conocer a su futura cuñada antes de la boda.

Su avión despegó del aeropuerto de Barajas a la hora prevista. El vuelo hasta Tokio duraba casi veinte horas, transcurrió sin incidencias, pero Miguel no logró conciliar el sueño durante el trayecto. Sonrió al pensar que, seguramente, sería porque tenía la cabeza en las nubes. Durante la noche, al mirar por la ventanilla solo veía el reflejo de su rostro, un rostro que le parecía el de un desconocido, con ojeras que nunca habían estado antes allí.

Pasó la noche en el hotel de Tokio. No quiso cenar nada. Se bebió media botella de vino en la habitación. Al día siguiente, con un vaso de agua y un par de aspirinas por todo desayuno, bajó a la recepción y contrató el primer tour que le ofrecieron sin prestar atención a los detalles.

El autobús turístico se detuvo en la estación de Shibuya. Miguel vio a un grupo de gente que hacía cola frente a una estatua, esperando para fotografiarse. Se acercó, más por indolencia que por curiosidad, para ver si reconocía al personaje al que habían inmortalizado y se sorprendió al descubrir que la imagen era una pequeña escultura de bronce que representaba a un perro de raza desconocida para él, sentado sobre sus cuartos traseros, con las patas delanteras estiradas y en lo que parecía una actitud de espera. La base de la estatua era una losa de piedra con algo escrito en vertical que no supo traducir. En la cola, había un japonés que debía de ser un guía. Miguel se acercó con disimulo y le escuchó narrar la historia en inglés. El perro, Hachiko, había ido durante años a la estación a esperar a su dueño, que murió de manera repentina. A pesar de eso, Hachiko continuó acudiendo a diario a su cita hasta su propio fallecimiento.

Miguel maldijo su idea del viaje, y su mala puntería al elegir precisamente ese tour. Lo que él necesitaba en ese momento era una historia lacrimógena, vaya, no se podía tener peor suerte. Trataría de cambiar el billete al día siguiente para volver a España cuanto antes. Había sido un imbécil al dejarse llevar por el impulso de poner tierra por medio, como si sus problemas no viajaran adheridos a su piel, igual que la etiqueta que adornaba su maleta.

El grupo de turistas había terminado la ronda de fotos. Miguel los siguió a corta distancia. El guía los condujo por la acera hasta el borde de la calzada y se detuvo levantando una ridícula banderita verde que actuó como reclamo para que todos se callaran y se agolparan a su alrededor. Estaban, dijo al grupo, a punto de pasar a la historia por dejar sus huellas en el cruce más transitado del mundo. Miguel se fijó entonces en el entorno y, durante un segundo, sintió un ramalazo de vértigo a pesar de estar a ras del suelo. Los pasos de cebra le parecieron un dibujo surrealista, el trazado de un laberinto de líneas blancas y grises que le recordaron a los barrotes de una prisión. Se agarró a una farola y respiró hondo tratando de calmar los latidos de su corazón, que se habían acelerado y tenían el mismo ritmo frenético de la gente que cruzaba a toda velocidad evitando, o eso le pareció a Miguel, chocar entre ellos en el último momento.

Volvió la vista atrás. Hachiko, desde su pedestal, lo contemplaba impasible. Cerró los ojos durante unos instantes y se enfrentó de nuevo al vértigo de los mil desconocidos que cruzaban con una seguridad que él había dejado atrás cuando embarcó en el avión.

Se soltó de la farola. Respiró hondo. Puso el pie al azar en el primer paso de cebra que le pilló al paso, y avanzó dejándose llevar por el ritmo de la marea humana.

No cambiaría el billete. No volvería a Madrid. El dinero no era problema, vivía de las rentas desde hacía mucho tiempo. Después de Japón, viajaría a otro sitio. Australia, quizá, o tal vez a California. Cualquier lugar le valdría.

Logró llegar sano y salvo a la otra acera, y le pareció una señal. Volvió la cabeza para dar una última mirada a la escultura de Hachiko y le pareció que el perro le dedicaba una sonrisa compasiva. A pesar de saber que aquello era una ilusión óptica, la figura de piedra logró lo que ni Elena ni Darío habían conseguido y Miguel, de pronto, recordó cómo llorar.  

Adela Castañón

Imagen: Foto de la autora

Con cartas de recomendación

Nos levantamos antes de rayar el alba y, zigzagueando por unas trochas empinadas, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren que bajaba de Canfranc a Zaragoza. Dejamos la burra con un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara hasta el día siguiente. Así, cuando mi madre regresara, no tendría que caminar las siete leguas que separan Ayerbe de El Frago.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de Lacasta que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas en vagón de tercera, en un compartimento con bancos de madera. Enseguida nos pusimos al corriente de nuestras vidas. La otra chica, Petronila, tenía mi edad y nuestros padres habían muerto cuando éramos muy niñas.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué te gusta? —terció su madre—. Pues ella no para de preguntarme que a quién se le ocurrió, que ni es el santo del día, ni de nadie de la familia. Y, encima, las chicas se ríen y le sacan motes.

Y, habla que te habla, nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre arrugado y manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la mismísima reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela, Y hasta le dejó el nombre: Petra, no, que cantaba mucho. Petronila resultaba más disimulado. ¡Todos iguales! Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Enfrente de nosotras, iba una señora adormilada. Justo encima de ella, en el portaequipajes, había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas. Se pasaron todo el viaje cacareando. Cuando llegamos a Zaragoza, todas estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando con sus aleteos. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la dueña:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptarán a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos, pero no pudimos quitarnos todas aquellas pelusas blancas adheridas a las ropas. Con esa facha, nos plantamos delante de un portón de caoba y herrajes de bronce. Más que la puerta de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo los pañuelos anudados debajo de la barbilla, las sayas pardas y los delantales raídos de nuestras madres. No pudo reprimir un oh, cuando se vio los piojuelos de las gallinas que corrían por las telas.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí —cerró la puerta y nos siguió hablando por el torno—. Miren, sigan un poco adelante y en la esquina de la izquierda, se encontrarán un portal pequeño, por el que entra el servicio. Allí es.

Estaba claro. No nos iban a tratar como colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero, sin hacer ruido, tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Nos había reservado dos sitios una clase de primero de bachiller. Nos teníamos que sentar en la última fila, junto a la puerta. También nos advirtió que tendríamos atender en clase, que después no dispondríamos de tiempo para estudiar. Sólo algún rato libre de los fines de semana.

Dicho esto, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco de plástico y un cinturón negro. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevarían rojo.

En la primera ocasión que tuve, le encargué a una alumna externa que me comprara una linterna. Justo me llegaron unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de andar durmiéndome por los rincones.

El día que fui a recoger el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la de mi casa de El Frago. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Como tenía que ir a lavar con su madre, había abandonado la escuela antes de cumplir catorce años, unos días ante de que llegara yo.

Me contó que, cuando volvía del río, me espiaba por la cerradura y le gustaban mucho mis clases. Se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Hizo ademán de marcharse, pero se dio la vuelta:

—Mire, hoy me he atrevido a entrar. —Calló un momento—. Es que, en realidad he venido a pedirle un favor, que sé que está en sus manos.

—A ver si puedo. Dime.

—Solo puedo confiar en que usted me saque de este agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas el plumón de gallina que se les habían adherido a sus ropas.

Carmen Romeo Pemán.

La tarea

—A ver, profesor, ¿me está diciendo que he tirado a la basura el dinero invertido en este curso? ¿Pretende colarme ese cuento?
—Leo, Leo… —El profesor mueve la cabeza de lado a lado— ¿Has olvidado uno de los axiomas más repetidos en nuestras clases? Muestra, no cuentes. No pretendo colarte nada. Me he limitado a responder a tus preguntas mostrándote los hechos. O, al menos, los hechos tal y como yo los veo.
—¿Insinúa que mi escritura es…?
Leo busca la palabra sin dar con ella. Eso le cabrea. Es como si le diera la razón a su profesor, al no encontrar el vocablo exacto. Ramón, ese Pigmalión que acaba de caer de su pedestal, o de bajarse, que Leo tampoco lo tiene claro, espera en silencio. No le da ni una mísera pista. Leo se estruja la sesera y termina la frase.
—¿…anodina?
—¿Yo he dicho eso?
—No. Por eso pregunto que si lo insinúa.
—¿Eso crees?
—¿Cómo llama responder a una pregunta con otra? —Leo levanta la barbilla y curva los labios hacia abajo
—Se le llama ser gallego, Leo. Nací en Orense.
Sin poderlo evitar, Leo siente que la curva de sus labios se invierte. El jodido profe tiene su gracia. Si no estuviera tan cansado, tan desmoralizado, habría soltado una carcajada. Se levanta, dispuesto a irse. Por lo que paga, lo menos que podía hacer Ramón era regalarle un poco el oído, piensa Leo. Camina despacio hacia la puerta. Muy despacio. Al final, se detiene con la mano en el picaporte y se da la vuelta.
—¿Piensa dejar que me vaya? —La curiosidad pierde la batalla frente al orgullo.
—Bueno, lo he dudado.
—¿En serio? ¡Quién lo diría! En fin… no le molesto más.
—Si no te hubieras vuelto, te habría llamado. Venga, hombre, no te lo tomes así. De vez en cuando, algún curso que otro, doy con algún alumno que hace que adore mi trabajo a pesar de los quebraderos de cabeza que me da. Ocurre muy rara vez, pero cuando ocurre… ¡ah! —La mirada del profesor tiene un brillo diferente—. Y ha ocurrido contigo.
Leo deshace el camino y vuelve a sentarse. ¿A qué juega este tío? ¿Acaso pretende ahora dorarle la píldora? Ramón ha despedazado su trabajo. Al comentar su relato le ha echado en cara que su texto tenga demasiado sentido. ¡Demasiado! Después de insistir tanto sobre la importancia de eso, de dar sentido a lo que se escribe… ¡no hay quien lo entienda! Y compara su escritura, su estilo, con los de un montón de autores de renombre, sí, pero solo para decir que no les llega a la altura del tobillo, que sus intentos son una mala copia de ellos. Leo no está seguro de haber entendido a Ramón, y no piensa irse del despacho sin tener las ideas claras.
—Pues no le encuentro sentido a sus palabras. —No puede evitar la pulla, aunque quizá se pase de listo con la alusión al comentario—. Ilumíneme, ande.
Ramón suelta una carcajada y se retrepa en el asiento. Leo, sorprendido, arruga la frente y piensa largarse. Pero solo lo piensa. No lo hace.
—Mira, ahí tienes una prueba, Leo. Has usado la palabra justa. Ya sabes, menos es más, ¿recuerdas?
A Leo se le escapa una sonrisa sin poder evitarlo. Cuando se da cuenta, vuelve a obligar a sus labios a convertirse en una línea horizontal. Ramón sigue hablando.
—Iluminar es la palabra exacta, Leo. Tu escritura es luz. A veces. Por ahora, solo a veces. Y hay compañeros tuyos que no alcanzarán eso jamás.
—¿Entonces…? —Leo no entiende nada—. Adoro escribir, es mi vida. Pero no sé…
—Has vuelto a poner el dedo en la llaga, Leo. Y has vuelto a usar la palabra exacta. La adoración no es buena, te devora, te anula. —Ramón mira por la ventana de su despacho, y su mirada parece ir más allá del tráfico, de la lluvia cansina de otoño que todo lo tiñe de gris—. ¿Sabes que estoy divorciado?
La boca de Leo se abre en un círculo perfecto, y ni se molesta en cerrarla. La vida privada de este profe es un absoluto misterio para todo el alumnado. Y ahora le suelta esto a él. Despegar el trasero del asiento queda descartado. Se envalentona, y lanza un anzuelo para enganchar la memoria de Ramón.
—¿Qué pasó? ¿Ella no pudo competir con la escritura?
—No. Fue al revés. La escritura no pudo competir con ella. Yo amo escribir, pero adoraba a mi mujer. Ella se había enamorado del escritor. Y cuando vio que el escritor era también un hombre enamorado se… ¿cómo te lo diría? Se desencantó.
—Ostras. —Leo no sabe qué decir. Sus creencias se tambalean.
—No pienses mal, Leo. Trató de ayudarme, me daba espacio para escribir, era, prácticamente, una mujer perfecta. Pero mi adoración por ella me devoró. Solo se puede adorar a Dios, o al diablo, o a Buda o al universo, qué más da. Pero hay que tener cuidado al elegir un objeto de culto, ¿sabes?
—Ya. —La cabeza de Leo es un hervidero de ideas—. Sin embargo, el índice de escritores que se han suicidado tampoco es tan alarmante, ¿no? Vamos, no me parece que escribir sea insalubre.
Ramón mira a su alumno y se sorprende al sentir admiración mezclada con envidia. A partes iguales, espera.
—Mira, Wallace, en una conferencia, contó la historia de dos peces jóvenes que se cruzan con otro pez más veterano. El pez mayor les dice: “Hola, chicos, ¿cómo está el agua?” Los jóvenes siguen nadando y, al rato, uno le pregunta al otro: “¿Qué diablos es el agua?”
Leo, durante un par de segundos, siente que esa frase le ahoga. Se le atraviesa en la garganta y, en un rapto de lucidez, adivina lo que el profesor va a decirle. Los ojos le brillan.
—Leo, tú sabes lo que es el agua, y aún así te preguntas de qué está hecha, qué hace que tenga ese color, por qué corre por tus venas de pez sabio…
—Pero la escritura de mis compañeros es valiosa. Al menos lo es para mí. Algunos escriben tareas magníficas, aunque muchas veces yo me cuestione que…
—Exacto. A veces te cuestionas hechos cuya interpretación es, en apariencia, obvia. Y al narrar esos hechos, en lugar de darles sentido, haces que el lector se pregunte por eso, por significados que nunca se le hubieran ocurrido antes. ¿Comprendes?
—Ya —Leo sonríe—. Yo no escribo para regalar luz. Quiero crear oscuridad, que mi lector busque a tientas el interruptor.
—Bueno, si hubieras puesto eso en la tarea, te habría dado una nota más alta.
Leo sonríe, ahora a conciencia y sin querer evitarlo. Se rasca la coronilla, hace un signo de victoria con el pulgar y se marcha.
Ramón imagina el aula como una sala de conciertos. Los alumnos son millones de lámparas encendidas, como luciérnagas, que iluminan su vida porque son muchas. Pero a veces, surge un foco, un rayo de luz entre las masas, que alumbraría el escenario, aunque estuviera solo.
Ramón sonríe. Esta vez, el sol se llama Leo.

Adela Castañón

Imagen de Elisa en Pixabay

El conseguidor

Me fijé en Demetrio porque su nombre empezaba por D y, además, tenía tres cosas que empezaban por esa letra que me apasiona: un Don, un Defecto y un Deseo.

Su Don era conseguir cosas de los demás. Y lo de “cosas” tenía un significado ilimitado, mucho más allá de su sentido literal. 

Su Defecto era que no tenía recuerdos. ¿Desde cuándo? Él no lo sabía, claro está. Ignoraba si era por haberlos perdido o por no saber atesorarlos. 

Su Deseo era poseer su pasado. Quería hacerlo para remediar su Defecto. Y trataba de lograrlo usando su Don.

Apasionante, ¿verdad?

Demetrio podía ver el aura de las personas, igual que yo, aunque en mi caso eso es lo más normal del mundo. Fue Divertido Descubrir que él ignoraba que no todo el mundo tenía esa habilidad. Estaba tan convencido de que eso era algo tan normal que nunca se le ocurrió plantear el tema en ninguna conversación.

Decidió estudiar las auras para construirse un pasado. En su primer intento probó a interactuar con la de un niño que vivía en su edificio y que siempre iba pegadito a su madre. Esperó a que un día estuviera solo y se hizo el encontradizo con él en el portal.

—Hola, Albertito —saludó—. ¿No va tu mamá contigo?

—Está haciendo la comida y no puede dejar solo al bebé. —Sonrió—. Me ha dicho que soy mayor y puedo ir solo a comprar el pan.

Mencionar a la madre provocó que el aura de Albertito brillara con fuerza. Demetrio acarició con suavidad la cabeza del niño a la vez que inspiraba con fuerza. Mil hormigas ascendieron por su brazo y en su cabeza se empezó a formar una nube que, poco a poco, se convirtió en la silueta de su vecina con muchos años menos y embarazada. Demetrio se sintió flotar dentro de una piscina cálida en la que, lejos de ahogarse, se encontraba seguro y feliz. El encuentro con Albertito duró menos de un minuto, pero fue la prueba de que aquello iba bien. Días después, escuchó quejarse a la madre de Albertito de que su niño se estaba volviendo más “Despegado”, pero lo ignoró. Seguro que solo se estaba haciendo mayor.

Demetrio siguió armando una biografía propia con los pasados ajenos. Al buscar recuerdos de más edad, aumentó la dificultad para robar parte de las auras, pero acababa por lograrlo y, además, su técnica mejoraba con cada nueva experiencia.

Yo, desde lejos, observaba interesado sus progresos. Me apasionaba ser testigo de cómo se iba convirtiendo en dueño de su vida. Dueño. Otra palabra con D. Empecé a pensar que esa letra nos uniría de algún modo. Acecharlo era toda una aventura y, aunque mi deseo por presentarme ante él iba en aumento, no quise echarlo todo a perder por forzar un encuentro. ¿Para qué correr riesgos? Mi paciencia es infinita y si algo me sobra es tiempo.

La soledad empezó a pesarle y quiso buscar vivencias más afectivas. Buscó a alguien de su edad para hacerse con un recuerdo importante y tomó una Decisión. ¡De nuevo la letra mágica! Lo interpreté como un presagio. Se acercó a Lucas, un joven cuya aura, dorada e intensa, le atrajo desde el principio. Demetrio se hizo amigo suyo, supo que su novia planeaba dejar el pueblo para irse a vivir con él en la ciudad y decidió dar un paso más. No le bastaba apropiarse del recuerdo y alejarse luego, así que, cuando Marisa se trasladó, Demetrio siguió frecuentando a la pareja. Los recuerdos de Lucas eran ahora suyos, y se convirtió en su confidente y amigo.  

—No entiendo cómo he estado tan ciego, Demetrio —confesó Lucas un día—. Me equivoqué al interpretar lo que siento por Marisa, nos conocemos desde niños y creo que confundí esa cercanía nuestra con amor. ¡Es tan complicado! Ella me quiere, lo ha dejado todo para estar conmigo…

—Tranquilo, Lucas, seguro que todo se arreglará.

Demetrio era sincero al decirle eso a Lucas. Quería resolver ese problema imprevisto. Necesitaba que Marisa se fijara en él, estaba tan enamorado de ella como lo había estado Lucas, claro, pero con su amigo allí no sabía cómo conseguir que ella lo amara

La chica, por su parte, estaba hecha un lío. Su novio, ese novio cuyo amor parecía sólido como el roble bajo el que se habían besado tantas veces en el pueblo, ahora era un extraño. Marisa se resistía a creer que el cariño hubiera muerto de repente, sin causa alguna. No conocía a nadie en la ciudad y empezó a desahogarse con Demetrio.

Me impacienté al cabo de unos meses. Aquello estaba en punto muerto y ninguno de los actores de esa obra que me intrigaba sabía cómo salir de aquella extraña parálisis sentimental. Decidí entonces darle un empujoncito a Demetrio, había llegado la hora de sacarlo de su inmovilidad, y contacté con él por internet. Me presenté como Dimas y nos hicimos amigos en las redes sociales. Nuestros intercambios de mensajes añadieron un aliciente a mi vida, y pronto conseguí que mis opiniones empezaran a calar en su interior. 

No quiero cansaros con los detalles, pero aquello precipitó el final de nuestra historia porque comprendí que mi experimento terminaría pronto. Me hubiera gustado que aquel colorido patchwork hecho a base de retales de recuerdos continuara hilvanándose, pero sé bien que la avaricia rompe el saco y tuve que tomar una Decisión:

Empecé a sembrar en la mente de Demetrio pequeñas semillas que llevaban mi marca y mi letra de fábrica con mucho disimulo. Me refiero a las Dudas Disfrazadas de consejos cuyo fruto, al germinar, superó mis expectativas.

Demetrio hizo un Descubrimiento.

Lucas tenía que Desaparecer.

Dije que no quiero cansaros. Los detalles no son relevantes. Solo os contaré que, cuando Demetrio se Deshizo del Difunto Lucas, decidí presentarme en persona en su casa.

Él no tenía ni idea de quién era yo. Me Desconocía por completo. Abrió y me presenté como su amigo de Facebook. Pude comprobar que estaba… ¿cómo os lo diría? ¿No lo imagináis? Venga, no me Decepcionéis. ¡Estaba Destrozado, Deshecho, Desesperado por haber hecho Desaparecer a su amigo! Mientras conversábamos, levanté poco a poco el velo que había mantenido oculta la verdadera naturaleza de nuestra relación. Empezó a darse cuenta de que yo no era alguien corriente. Era, sin Duda, Diferente, y trató de justificarse ante mí. A veces produzco ese efecto:

—Escucha, no sé cómo he llegado hasta aquí. ¡No soy un asesino!, ¡No sé cómo he podido hacer algo tan terrible! Solo quería una vida, recuerdos, y no tengo la culpa ser una especie de conseguidor. Está en mi naturaleza. ¡No sé por qué la vida me hizo ese regalo envenenado!

—¿Estás seguro de que es un regalo, Demetrio? —le pregunté. Me relamía de gusto con nuestra charla—. Nada es gratis. Nada. Todo tiene un precio.

—Pues ojalá fuera cierto. Daría todo lo que tengo por salir de esta situación, por poder cambiar las cosas.

—Yo puedo ayudarte.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Puedo otorgarte el olvido.

—¿Y lo harías?

—Sí. —Clavé mis ojos en los suyos. Aquello iba bien—. Siempre que pagues el precio, claro. Estarás en Deuda conmigo.

—Pues… —Demetrio vaciló solo unos segundos—. Hecho. Te daré lo que me pidas.

Lo miré intentando contener mi deseo.

—Quiero tu alma. —Hice una pausa—. Yo también soy un conseguidor, y mi Deseo es ser tu Dueño.

¡Ah! Adoro la D… ¿os lo había Dicho? Demetrio Dudó solo un minuto.

—Está bien. Seré tu siervo. Pero, al menos, quiero saber a quién voy a servir. Porque no te llamas Dimas, ¿verdad?

—No, claro. —Sonreí—. He tenido muchos nombres a lo largo de mi vida. Y muchos siervos. Ahora, Demetrio, tu Destino está en mis manos, tus Demonios serán míos.

Extendí la mano y, un instante antes de tocarlo para adueñarme de él, me mostré en todo mi esplendor:

—Querido, puedes llamarme Diablo.

Adela Castañón

Imagen de Jana V. M. en Pixabay

Las bolas de cristal

El mejor manual para convertirse en una superviviente es ser la menor de siete hermanos y, además, la única chica. Cuando jugaban a las guerras, ninguno quería hacer el papel de prisionero. Y como yo me negué después de la primera y última vez en la que me torturaron, haciéndome cosquillas en los pies con una rama y metiendo un cubito de hielo por mi espalda, me quitaban mis muñecas para atarlas a la pata de una silla, convertida en un poste indio de tortura, de donde salían destrozadas. Así que, en venganza, una noche, cuando todos dormían, me levanté y les robé sus canicas.

No me atreví a jugar con ellas hasta que pasaron varios años. Si me hubieran descubierto, las torturas de mis muñecas no habrían sido nada comparado con las mías. Un buen día mi madre me castigó encerrada en mi habitación y, mientras mataba el aburrimiento abriendo y cerrando cajones, descubrí la bolsa de canicas. Las esparcí sobre la cama, me senté con las piernas cruzadas y los codos en las rodillas y me dediqué a observarlas. El sol entraba por la ventana y los rayos de luz arrancaban un destello hipnótico a las bolas. Las contemplé fijamente, como si fuera una serpiente delante de su víctima, y cogí una de ellas al azar. Su interior era una doble espiral roja y verde, y dentro había animales con dos cabezas y varias colas, hadas, brujos y otros seres cuyas imágenes yo había visto antes en mis libros de mitología.

Y crecí. Y te conocí. Y me enamoré de ti cuando me regalaste la primera bola de cristal.

¿Te acuerdas?

Fue en Nairobi. En un refugio de mochileros en el que coincidimos para resguardarnos de una tormenta de arena. Cuando pudimos salir, no nos separamos en tres semanas. Cuidaste de mí todo ese tiempo. Y cuando la aventura terminó me sorprendiste pidiéndome mi número de teléfono y regalándome aquella bola de cristal con un paisaje africano en su interior. Todavía la tengo, con el baobab y el elefante cobijado bajo sus ramas. Si miro en su interior me veo en lo alto del árbol que había a la salida del pueblo de mi infancia, agarrada a una cuerda, muerta de miedo, esperando el momento en que mi hermano mayor me empujara para ver si era capaz de alcanzar la rama de otro árbol cercano, como hacía Tarzán en las películas que veíamos en el cine de verano.

Al poco tiempo me llamaste, y yo no me lo creía. Y me dijiste que tendríamos que averiguar si el amor era igual en todos los continentes, y saqué mis ahorros del banco y nos fuimos a Río de Janeiro. Y sí. El amor era igual. O mejor, si es que eso era posible. Y debías de ser mago, porque no te había contado nada de las canicas, pero me sorprendiste allí con otra bola de cristal. Esa al agitarla, dejaba escapar las notas de una samba y el ritmo se me metía en las venas igual que se me había metido tu amor, como una melodía, como la droga más dulce. Y lloraba al acordarme de las canciones de cumpleaños feliz en las que todos desafinábamos y competíamos para ver quién hacía sobresalir su voz sobre la de los demás hermanos.

Tú trabajabas. No sé por qué me sorprendió averiguarlo. Quizá pensé que solo vivías de viaje en viaje, de sueño en sueño, como yo. Pero resultó que te ganabas bien la vida. Me pediste que fuera contigo a Denver, y lo hice. Quemé mis naves. Te seguí. Y fuiste a esperarme al aeropuerto. Otra vez me regalaste una bola de cristal. El interior era todo de acero, monocromático, como nuestra relación en esa ciudad de la que, no sé por qué, solo recuerdo los rascacielos. En aquella altura no había suficiente oxígeno para nuestra relación, y vi tu traslado a Berlín como una tabla de salvación. Me empeñé en rescatar algún recuerdo de mi infancia, y no pude o no supe hacerlo. Y supe que en nuestra historia había empezado a escribirse la palabra fin.

En Berlín, la bola me recordó a la única canica de mis hermanos que era diferente de las anteriores. Era una canica de mayor tamaño, el interior era de color gris uniforme, desvaído, carecía de las espirales de colores que tanto hermoseaban a las demás. La bola de cristal que añadiste a mi colección en Berlín tenía en un interior miniaturas apiladas del monumento al Holocausto. Cuando visitamos el monumento real, con sus bloques de toneladas de cemento, no tuve valor para decirte que cada uno de ellos, todos diferentes entre sí, eran para mis ojos como las lápidas que anunciaban la muerte de todas y cada una de mis ilusiones.

Ni siquiera las vacaciones en Moscú pudieron salvar nuestra relación. La nieve que nos acompañó durante aquellos días, igual que la nieve que se agitaba dentro de la pequeña bola rusa de cristal, estaba hecha de cristales que lastimaban la piel de mi alma herida.

Creíste que era el frío lo que me sentaba mal, e intentamos alejarnos del desastre poniendo tierra por medio, pero en Tokyo fue peor. Allí descubrí una de tus infidelidades. La bola de cristal con el caleidoscopio caótico de luces en su interior era el símbolo perfecto del desastre en el que se había convertido mi vida.

Y volvimos a Europa, a Estocolmo. Y allí nuestro amor. o lo que quedaba de él, dio sus últimas boqueadas. Y la bola sueca ni siquiera tenía algo típico de allí. Era una triste, sórdida y mezquina bola de navidad, con un Papa Noel anónimo en su interior. Pero las bolas eran una tradición, y casi lo único que me quedaba, junto con mis recuerdos.

Rompimos.

Y volé sola a Venecia.

Y al respirar el aire que corría por el Gran Canal sentí como si mil canicas de colores estallaran de golpe. Y me mezclé con las palomas de la plaza de San Marcos y reconocí, por fin, la libertad que no sabía que había perdido en algún recodo de mi pasado.

Al fin y al cabo, yo era una superviviente.

Adela Castañón

Imagen: Uschi en Pixabay

Recuerdos enredados

Me puse a ordenar fotos antiguas, sí, de esas en papel, y tropecé con una imagen que no esperaba. Un poco a contraluz, con mis quince años, unas manoletinas azules, y con el pelo recién cortado, tenía el brazo derecho levantado y, en la mano, sujetaba las dos trenzas que la peluquera me había dado antes de salir. Abrí y cerré los ojos y me vino a la memoria la pregunta que más me hicieron durante aquel mes de junio: ¿por qué te has cortado el pelo?

Recuerdo mis respuestas, al menos las dos o tres que tenía preparadas y de las que echaba mano según quién fuera el interlocutor: para estar más fresquita, por cambiar un poco de imagen, para poder mojarme la cabeza en la playa sin pasar luego el día con la espalda mojada… Todo mentira.

Las notas de tu guitarra, las que dejabas escapar en los ensayos de coro, se enredaban en mi pelo aunque yo me sentara en la otra punta del salón. Se hacían nudos con mis trenzas y, por la noche, se enroscaban en mi garganta como una bufanda de esparto, tejida con mi miedo a no gustarte, a que no supieras de mi existencia, a que no te fijaras nunca en mí. Otras veces, sin embargo, cuando te sentabas a mi lado o me pedías que te sujetara la partitura mientras tocabas, mis trenzas alrededor del cuello eran caricias, plumas de cisne que me hacían volar hasta un país imaginario en el que una historia, la nuestra, era posible.

Usabas la colonia Varón Dandy, la misma que mi padre. Por las mañanas, al hacer la cama, le daba la vuelta a mi almohada para que ni mamá ni nadie se dieran cuenta del olor que la impregnaba. Me llevaba el bote de colonia de papá a mi cuarto, a escondidas, y rociaba la funda por el centro, allí donde de noche descansaban mi mejilla y mis labios. Si ese día no te había visto, o si te había visto pero no me habías hablado, la humedad de mis lágrimas hacía reverdecer el olor, y entonces yo tocaba la tela y era como tocarte a ti, y el vello de mis brazos se erizaba, apretaba las piernas, llevaba las rodillas a mi pecho, me enroscaba en posición fetal como si así pudiera mantener prisioneras las imágenes que veía con total claridad a pesar de tener los ojos cerrados.

Cada vez te sentabas más cerca de mí, me pedías más a menudo que me pusiera a tu lado, me acompañabas cada vez más a mi casa al salir de los ensayos. Así desde enero hasta junio.

Y en junio se metió por medio Conchi. Con sus suspiros, con esas llamadas de atención cada vez que tú entrabas en el salón donde solíamos reunirnos, con sus mareos que hacían que todos, y tú entre ellos, claro, acudieran a su lado para hacerle aire, para interesarse por ella.

Y un día que ojalá no hubiera existido, su mejor amiga me dijo que quería hablar conmigo. Me contó que Conchi te gustaba, que habías empezado a salir con ella. Que me lo advertía porque yo le caía bien y porque no quería verme hacer el ridículo. Me dijo que tú te habías dado cuenta de mis miradas de reojo, de mis rubores incontrolables, y que te daba pena hacerme sufrir.

¡Qué tonta es la inocencia! Todo lo que me habían contado era mentira, pero yo la creí a pies juntillas, quise morirme, no sé si de vergüenza, de pena o de las dos cosas.

Unos días después, por sorpresa, me dijiste que me invitabas a una Coca Cola. Después del ensayo del coro me llevaste a una cafetería que los demás no solían frecuentar. Por el camino te cambiabas la guitarra de mano cada dos por tres y carraspeabas tanto que pensé que igual habías forzado la voz o que estarías incubando un resfriado. Cuando nos sentamos y pedimos, me desconcertaste al decirme que querías preguntarme algo.

—Dime una cosa, yo… —Tu carraspeo alcanzó su máximo—. ¿Cómo te caigo yo? Es que a veces pienso que igual te… bueno, supongo que te caigo bien, pero…

Me quise morir. Creía que podría sobrevivir al desamor, pero tu compasión me mataría. Al menos salvaría mi orgullo, no te regalaría mi dolor, no, no después de aquello, no te lo merecías. No sé si querías echar sal en la herida o hacer conmigo una obra de caridad al consolarme, pero no iba a sufrir una humillación así ni por ti ni por nadie.

—Me caes muy bien, hombre. ¡Mira que quedar conmigo para preguntarme una tontería así! Para mí eres uno más de mis amigos, como Paco, o Julián, o Salva… ¿Eso era todo?

No quise seguir, saqué brillo a mi armadura y planté en mi cara la sonrisa más falsa del mundo, la que me costó la vida.

Años después, cuando nuestros relojes sonaban a destiempo, supe que mis palabras te habían herido de muerte. Lo supe por casualidad, tropecé con tu mejor amigo y me lo contó todo durante el tiempo que tardamos en tomarnos un café.

Supe por él que todos esos meses, mientras yo fantaseaba con tus dedos en los trastes de la guitarra, tú soñabas con mis trenzas y con enredar tus dedos en mi pelo. Que aquel día habías quedado conmigo para decirme lo que yo llevaba deseando escuchar todo el verano. Que yo, tonta de mí, te había dejado hecho polvo. ¡Qué tarde me enteré de todo aquello! ¡Qué pena! Con lo que pudo haber sido…

Abandoné el coro sin dar explicaciones, le pedí a mis padres pasar el verano con mi madrina, en la otra punta de España. No llegué a saber que tú también dejaste el coro poco después.

Mis trenzas eran tuyas, pertenecían a tu música, eran el pentagrama en el que deberían haberse escrito las notas de nuestra historia, de nuestro primer amor. Sentir el pelo junto a mi cuello era como tener una cuerda de seda que me ahogaba al recordarme lo que había perdido.

Por eso, ese mes de junio, dejé de quitarle la colonia a papa y me corté las trenzas.

Adela Castañón

Imagen: Aritha en Pixabay

El tiempo es oro

Salió de la consulta con una sonrisa. Se acabó el peregrinar por los hospitales, las segundas opiniones, la incertidumbre sobre los posibles tratamientos.

El primer paso fue cortarse el pelo al cero. Horas robadas a la visita mensual a la peluquería para regalárselas a la literatura.

Lo siguiente estuvo fácil: comprarse un portátil ligero, de poco peso. Sus padres se lo regalaron encantados.

A continuación, vino la visita a la consulta, esa visita en la que ella sabía que se decidiría su futuro. Sus padres, como siempre, la acompañaron. Las palabras del doctor estuvieron llenas de cariño y de una sinceridad algo descarnada que ella agradeció. La única opción era el trasplante de riñón y, mientras tanto, diálisis tres días en semana. Tres o cuatro horas por sesión. Era mucho tiempo, claro, dijo el médico, pero…

—¿Tienes alguna pregunta, Eva?

—Sí, doctor…

Ella vaciló. Se lo jugaba todo.

—¿Hay internet? ¿Podré… podré llevarme el portátil?

Sus padres se miraron, miraron al doctor, los tres fijaron la vista en ella. Unos segundos interminables.

—Sí, claro, no habrá problema, criatura.

—Entonces todo irá bien.

Por fin tendría el tiempo necesario para escribir su libro.

Adela Castañón

Imagen: Bruno /Germany en Pixabay

La manga larga

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre siempre llevaba manga larga. No sé cuando me fijé en eso por primera vez, pero sí que recuerdo su respuesta cuando la interrogué:

—Manías mías, Libertad.

Quizá el tema hubiera quedado ahí de no ser porque, antes de contestarme, hizo una pausa y me miró de una forma extraña. Sus ojos estaban fijos en los míos, pero era como si me atravesaran, como si yo me hubiera vuelto invisible y mamá estuviera viendo algo, otra cosa, no sé qué. Fueron apenas unos segundos, pero el momento duró lo suficiente como para intrigarme. Lo hablé con mi hermano Justo y también él fracasó al tratar de averiguar el motivo. Como a los dos nos podía la curiosidad, le preguntamos a papá un día y su respuesta fue decirnos que le preguntáramos a ella.

—Ya lo hemos hecho, papá —explicó Justo—. Y dice que es solo una manía suya.

—Pues si vuestra madre dice eso, eso será.

Miré a Justo, y él a mí. Papá también había tardado unos segundos de más en contestarnos, pero, lo mismo que mamá, se limitó a repetir su respuesta. Nos dedicamos entonces a analizar álbumes de fotos y en todos aparecía mamá con ropa de manga larga. Había instantáneas de los abuelos paternos, de papá cuando niño, de tíos y primos, pero mamá solo aparecía cuando ya era novia de papá. Antes de eso era como si no existiera. Aquello espoleó nuestra curiosidad todavía más, y volvimos a la carga con las preguntas.

—Papá —le dije un día—, ¿por qué no hay fotos de mamá cuando era chica?

—Es que parece que fue una niña invisible —añadió Justo—. ¿Qué pasa? ¿Es que no tuvo vida hasta que te conoció?

—¡Qué dices! —Papá le revolvió el pelo y sonrió con la mirada perdida—. Claro que tuvo vida, hijo, todos la tenemos. Es verdad que llegó al pueblo dos años antes de que nos casáramos y no era muy habladora. Pero no hacía falta que dijera nada, era muy delgada, muy guapa, siempre tan callada… Y trabajadora como la que más. El hombre más rico del pueblo, un militar guapetón, que hacía suspirar a todas las mozas, le tiró los tejos casi desde el principio y nadie, ni siquiera yo mismo, sé por qué al final se casó conmigo, un agricultor del montón.

—¿Y tú no le preguntaste nunca por qué te eligió? ¿O por qué nunca se pone manga corta? —Yo no me imaginaba a mi madre de joven. A mi padre sí, pero a ella me costaba trabajo representármela.

—Claro, Libertad. No creas, lo hice cuando ya estaba embarazada de ti y a punto de dar a luz. Hasta entonces no me atreví, me parecía un milagro. ¿Y sabes qué me contestó? —Papá se echó a reír—. Que me quería, que éramos felices, y que eso era todo lo que hacía falta saber. Y lo de las mangas… —Papá vaciló un poco y la risa se le convirtió en una media sonrisa—: Ya lo ha dicho ella. Manías suyas.

El tema de las mangas largas de mamá terminó por perder interés para Justo y para mí. La vida siguió, yo terminé la escuela primaria. Papá montó un vivero de aguacates que iba muy bien, y quiso matricularme en el elitista colegio de las monjas. A mí me entusiasmaba la idea, allí las alumnas llevaban unos uniformes preciosos, con faldas de cuadros rojos y grises y unos jerséis azules monísimos, pero mamá dijo que no y fue inflexible pese a mis ruegos y lloros. Traté de convencerla hablándole de las actividades extraescolares, y me dijo que yo podía hacer lo mismo sin tener que ir a ese colegio. Cumplió su palabra, no me faltaron clases de baile, de equitación y de música; tuve todo lo que quise.

También Justo se apuntó a lo que le apeteció. Mis padres nos negaron muy pocos caprichos. El mío del colegio fue uno de ellos. Y, cuando Justo dijo que quería hacer la primera comunión vestido de almirante, tropezó también con una negativa rotunda de mamá. No sé cómo logró convencerlo, imagino que lo sobornaría con algún regalo, pero al final mi hermano consintió en hacerla con un traje de chaqueta.

Cuando yo estaba a punto de empezar la universidad, mamá enfermó. Pasé el verano cuidando de ella, me obligué a maquillarme con una sonrisa cada vez que entraba en su cuarto porque sabía que, pese a los terribles dolores que tenía, siempre me recibía sin una sola queja.  Al acercarse el final, me pidió que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo:

—Ya sabes, Libertad. Manías mías.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud.

Al día siguiente vi a papá quemando algo en la chimenea. Me acerqué a él, pero no notó mi presencia. Miré por encima de su hombro y vi retorcerse varias fotos en blanco y negro. En algunas se veían al fondo unos hornos gigantescos y, en primer plano, militares rubios de pelo cortado al cepillo y uniformes impecables. Y en otra alcancé a ver un amasijo de sombras borrosas por mis lágrimas. Me sequé los ojos con el dorso de la mano y, desde las llamas, vi convertirse en cenizas a un rebaño de esqueletos, vestidos todos con harapos de un sucio color gris. Me acaricié los antebrazos desnudos, mi piel sin ninguna historia escrita, di la vuelta y salí sin hacer ruido dejando a solas a mi padre para que terminara de despedirse de su amor.

Adela Castañón

Imagen: un-perfekt en Pixabay

El niño jorobado

Martín decidió escaparse esa noche. Al día siguiente cumpliría seis años y la nueva mujer de su padre lo había preparado todo para que empezara a ir a la escuela. Echaba de menos a su madre. El año que habían pasado solos su padre y él había sido duro, la falta de mamá se notaba en todo, era como si hiciera más frío en la casa aunque encendieran la chimenea. Por las noches se inventaba conjuros y movía las agujas del reloj de cuco hacia atrás hasta quedarse rendido, esperando que al día siguiente hubieran regresado los tiempos en que se sentía como si siempre fuera verano porque, aunque nevara en la calle, su madre estaba junto a él. Pero el tiempo seguía avanzando pese a sus esfuerzos. Cuando su padre volvió a casarse, le dijo que sería bueno para todos tener otra vez a una mujer en casa, pero Martín no lo veía así. Papá le dijo que tenía que empezar a ir a la escuela, y él creía que la idea había sido de su madrastra. Ella quería librarse de él, y él estaba cansado de ella. Y por mucho que lo arropara por las noches y preparara sus comidas favoritas, él no pensaba dejarse engañar.

Esa noche no se molestó en hacer girar las agujas; tenía claro que eso no le iba a funcionar. Cuando escuchó roncar a su padre y su madrastra, se levantó y salió despacio y en silencio para adentrarse en el bosque.

Había paseado muchas veces entre los árboles con su madre cuando ella vivía, pero ahora parecían más grandes, más oscuros y, en lugar de cantar con el viento, emitían gruñidos sordos, como si les provocara urticaria ver a Martín paseando entre sus troncos. En el cielo, la luna miraba hacia abajo con unos cuernos de plata que le recordaron al niño la hoz con la que su padre arrancaba las malas hierbas del huerto. Los dientes le castañearon, pero no le importó porque eso tapaba algunos ruidos desconocidos que hacían que las rodillas le chocaran entre ellas y sonaran casi más fuerte que los dientes.

Empezó a caminar más deprisa y de pronto, al apartar unas ramas, se dio de bruces con un niño que tenía una enorme joroba en el lado derecho de la espalda. Gritó sin poder evitarlo, y el jorobado hizo lo mismo.

—¿Quién eres? —preguntaron los dos a la vez.

Guardaron silencio durante unos segundos eternos, y volvieron a hablar al mismo tiempo:

—Martín —respondieron.

El Martín que no tenía joroba se tocó la espalda y suspiró aliviado al ver que no le había crecido nada allí. Al otro, le bastó mirarse de reojo para reconocer su chepa.

—Me he escapado de mi casa —dijo uno, no importa cuál.

—Yo también —contestó el otro.

Intercambiaron una sonrisa y los dientes, al brillar, hicieron que la noche les pareciera menos oscura. A pocos metros de donde estaban vieron un árbol muy grande y se acercaron hasta él. En la base del tronco había un agujero enorme con dos hendiduras anchas. Los dos estaban cansados, así que, sin decirse nada, se acomodaron en ellas y empezaron a hablar y a contarse sus vidas. El jorobado le dijo que a él le hacían trabajar en la granja de su padre y que su ilusión era ir a la escuela. Al Martín que no tenía joroba le pareció que esa vida, rodeado de animales y pasando todo el tiempo al aire libre, debía de ser una aventura apasionante. Le habló al otro Martín de cómo echaba de menos a su madre, y le dijo que pensaba que ahora su padre y su madrastra querían tenerlo fuera de casa con la excusa de la escuela. Al terminar de charlar les entró sueño, así que suspiraron a la vez y se reclinaron cada uno en su hueco del tronco. Sus cuerpos se amoldaban a las hendiduras como si fueran nidos hechos a medida para los dos, y el sueño los venció pronto.

La salida del sol los despertó al mismo tiempo. Se pusieron en pie, se desperezaron y se miraron sorprendidos: El Martín jorobado tenía ahora la espalda recta del otro Martín, sus ojos y su cara. ¡Era una copia exacta! Y el otro, al mirar de reojo, descubrió en su espalda una joroba y vio que llevaba puesta incluso la ropa de su amigo. Se quedaron durante un buen rato sin saber qué hacer y, al final, decidieron que, puesto que al fin y al cabo tenían la posibilidad de vivir sus vidas soñadas, no iban a desaprovecharla.

Se despidieron con un abrazo y cada uno tomó el camino hacia la casa del otro. El Martín de ciudad se sentía extraño con la joroba, pero decidió ignorarlo. Se acercó a la granja justo cuando cantaba el gallo, y, con las prisas por entrar pronto en la granja para meterse en la cama que su amigo había dejado vacía, pisó una boñiga de vaca. Arrugó la nariz y escondió la cara en el codo para no hacer ruido con la carcajada que había estado a punto de soltar. Al poco rato escuchó ruidos junto a la chimenea de la cocina y supo que era hora de levantarse. Sabía lo que tenía que hacer, aunque no entendía muy bien cómo era posible eso. Se encogió de hombros, lo importante era que nadie había descubierto la suplantación.

Empezó la faena echando de comer a los pollos y a los patos y se llevó algún que otro picotazo por estar distraído pensando en cómo irían las cosas por su casa. Después tocó cepillar a los caballos, salir a varear aceitunas y acarrear abono desde el granero hasta uno de los campos. A mediodía le dolían todos los huesos del cuerpo y la joroba parecía haber aumentado de tamaño. Por la tarde la cosa no solo no mejoró, sino que le pareció que todas las labores eran todavía más pesadas que las de la mañana. Cuando se fue a la cama estaba tan cansado que no lograba conciliar el sueño. Esperó hasta que el granjero y su mujer estuvieron dormidos, y salió con el mismo sigilo con el que había salido de su casa la noche anterior. Anduvo por el bosque desorientado hasta que, a punto de echarse a llorar, encontró el árbol en el que había descansado con el otro Martín. Se hizo un ovillo y acomodó su joroba en el hueco donde había descansado su amigo y lloró hasta que lo venció el sueño.

Por la mañana lo despertó el frío. Debía de haberse movido mucho en sueños, porque tenía la camisa toda arremangada. Se puso de pie, la estiró y, movido por un impulso, giró la cabeza. ¡La joroba había desaparecido! Se frotó los ojos, ¡volvía a tener su ropa puesta! Parpadeó varias veces y al mirar al árbol no pudo creer lo que veía: el hueco donde habían descansado la noche antes su amigo y él había desaparecido. Solo quedaba una fina línea, como un óvalo, igual que si algo con forma de joroba hubiera rellenado la oquedad. Y en el centro del óvalo, había una hoja pegada al tronco como si una resina invisible la sujetara. Martín se acercó y agradeció que su madre le hubiera enseñado a leer antes de irse al cielo. Era una nota del otro Martín, lo supo porque la letra era igual de redonda que la suya, la que mamá le había enseñado con las caligrafías de Rubio, aunque la nota no llevara firma.

Martín se rascó la cabeza y alargó la mano para coger la hoja de papel, porque le pareció que había algo escrito por detrás. Pero nada más despegarla del tronco, la hoja voló y desapareció en el cielo.

Entonces Martín tomó aire muy despacio y recordó lo que su madre le decía a menudo: “piensa, hijo, que la cabeza está para algo más que para sujetar el pelo”. Sabía que el sol salía por el lado de su casa y se ponía por el lado del bosque, así que empezó a caminar decidido hacia donde amanecía, rezando para que saliera pronto el faro amarillo que lo devolvería a su casa.

Cuando llegó, su padre y su madrastra no se habían levantado todavía. Entró como se fue, sin hacer ruido, y pensando en qué explicaciones le daría al otro Martín cuando lo encontrara en su cama, pero cuando llegó a su dormitorio lo encontró vacío. El uniforme escolar, sus libretas dentro de la cartera, sus zapatos abrillantados… todo estaba igual que cuando se fue. Y del Martín jorobado no había ni rastro.

Se metió en la cama y cerró los ojos. Miró la foto de su madre que siempre tenía en la mesilla de noche, y le pareció que le guiñaba un ojo y le tiraba un beso con la mano.

Entonces sonrió y se durmió profundamente, sin llantos, ni sueños ni pesadillas. Al día siguiente, además de empezar a ir a la escuela, iba a cumplir seis años. Al despertarse, sería ya un niño mayor.

Adela Castañón

Foto de Eduardo Barrios en Unsplash

Las cadenas

Alba sudaba, pese a que ese diciembre hacía más frío que otros años. O eso le parecía a ella. Entró en el dormitorio de su madre mirando a su alrededor en estado de alerta. Solo podía contar con sus ojos. En los oídos le retumbaba un redoble de tambor, como si mil caballos al galope estuvieran invadiendo el centro de su pecho. Ya sería mala suerte que justo esa tarde su madre regresara antes de la cita con Sombra. Así llamaba ella al amigo de su madre, Sombra. Porque se empeñaba en sentarse en el sillón de papá, en beber en el vaso de papá, en llamarla Peque, igual que la llamaba papá, pero lo único que conseguía con eso era oscurecerse, convertirse en una sombra frente la luz del recuerdo de su padre muerto.

Se acercó despacio al joyero que había sobre la cómoda y lo abrió. Allí estaba. La cadenita de oro que le habían regalado papá y ella a mamá la navidad anterior, aquella navidad tan lejana que parecía haber ocurrido hacía siglos y siglos. Salieron en secreto papá y ella para hacerse las fotos que luego, reducidas al tamaño de una moneda de cinco céntimos, llevaron a la joyería donde las colocaron dentro del colgante, un círculo también de oro, que al abrirse mostraba las dos imágenes.

Papá había bromeado cuando lo compraron. Camino a casa, con el paquete oculto en el bolsillo de su abrigo, le había dicho:

—A mamá le va a encantar el regalo, Peque, ya lo verás. En la vida hay muchas cadenas, ¿sabes? Unas se ven y otras no, pero todas son importantes. La que le vamos a regalar es una cadena de amor. Cuando la lleve puesta, será como si tú y yo estuviéramos abrazados a su cuello, dándonos besos sin que ella se dé cuenta, y será una manera de estar juntos los tres. Pero eso no se lo diremos, será nuestro secreto.

A Alba le había encantado oír a papá. ¡Tenían tantos secretos compartidos! Como que papá le estaba enseñando a montar en bicicleta. O que le ponía cuatro cucharadas de azúcar en el Cola Cao cuando mamá no miraba. O que se comía a escondidas el tomate de la ensalada, que ella detestaba, pero que, según mamá, estaba lleno de vitaminas que le venían muy bien. O que le dejaba tener chocolatinas en la casita del jardín sin que mamá lo supiera.

Alba se mordió el labio para ahuyentar esos recuerdos que ahora la distraían. Sacó el colgante del joyero. Le costó abrochárselo porque los dedos le temblaban, pero lo consiguió al fin. Bajó a la cocina, sacó un tomate del frigorífico y, con la nariz arrugada, lo partió en rodajas, igual que hacía siempre mamá. Abrió una lata de atún, otra de aceitunas, y picó una lechuga que mezcló con el resto de los ingredientes. Lo regó todo con un chorrito de aceite y unas gotitas de vinagre, lo justito, como decía papá siempre, porque él era el que preparaba siempre la ensalada. Eso era lo último que le quedaba por llevar a la mesa baja del salón. Ya había puesto un centro pequeño con un ramito de violetas, las galletitas saladas y el queso en cuñas que había comprado con sus ahorros. Mamá compraba el queso entero, pero Alba no había querido cortarlo porque siempre le salía torcido. También había fregado con mucho cuidado las copas de cristal que solo se usaban en ocasiones especiales y que brillaban en la mesa, entre el centro de flores y el cestito con las rebanadas de pan.

Fue al baño, se peinó y se puso un poco de colonia detrás de las orejas, como hacía mamá todas las tardes antes de salir. Alisó una arruga inexistente en su vestido de flores y se sentó en el salón a esperar. Mamá y Sombra siempre pasaban allí un ratito cuando volvían de esos paseos que se habían convertido ya en una costumbre diaria y que cada día se prolongaban más. El día anterior, cuando Sombra se marchó, mamá le había acariciado la cara antes de hablar:

—Alba, tesoro, deberías ser más cariñosa con Raúl. Ha sido muy bueno con nosotras desde que papá… desde lo de papá. Sé que lo echas de menos, vida mía, yo también, mucho, muchísimo, pero a las dos nos viene bien que alguien cuide de nosotras ahora que él no está, ¿no crees?

Mamá lo había dejado ahí. Pareció que quería añadir algo más, pero se limitó a darle un beso en la frente y a levantarse con un suspiro para ir a preparar la cena. Alba se había quedado pensando en lo que mamá le dijo y, sobre todo, en lo que no le dijo. Y por eso había decidido sorprender a mamá y a Sombra esa tarde con una merienda. Quería demostrarle a mamá que las dos podían cuidarse solas, quería que mamá la mirase a ella más que a Sombra, que se fijara en cómo iba vestida, en lo que llevaba puesto. Que la viera comerse el tomate sin protestar.

La cara de mamá al entrar al salón seguida por Sombra despertó una tímida llama de calidez en el pecho de Alba. Su sonrisa la arropó como el pijama blanco de felpa, se levantó de la silla y fue a la cocina para regresar con una botella de vino y el sacacorchos, que dejó sobre la mesa porque no quería ofrecérselo al tal Raúl. Eso era pedirle demasiado.

Merendaron hablando de varias cosas los tres: del colegio, del frío de diciembre, de planes imprecisos para la navidad, del trabajo de mamá, del coche de él…

Al terminar de merendar su madre le dio un beso en la mejilla y Sombra le acarició el hombro con la mano. Alba se levantó, recogió las cosas y las llevó a la cocina. Tiró las sobras a la basura y fregó los cacharros mientras pensaba en el tomate que se había tragado haciendo un esfuerzo sin que nadie dijera nada, en la cadenita que había oscilado todo el tiempo sobre su escote sin que su madre se diera cuenta, en que Sombra se había ido de la casa más tarde que ningún día.

Esperó a que su madre se acostara. Cuando pensó que se había dormido, Alba se levantó en silencio, cogió la mochila que había dejado preparada, besó la miniatura de su padre en el colgante que no se había quitado del cuello y salió a la calle. Abrió la puerta del garaje y se acercó a la bicicleta de papá. Ya le llegaban los pies al suelo. Revisó que la cadena estuviera bien engrasada, como le había enseñado a él y, con la mochila colgada a su espalda, subió a la bicicleta y empezó a pedalear alejándose de su casa. Papá tenía razón. Había muchas cadenas que era mejor romper.

Adela Castañón

Imagen: Rudy and Peter Skitterians en Pixabay

El intruso

Cuentas los días para matarlo a sangre fría. Mientras tanto, intentas vivir, en silencio, mirando a la cara a los tuyos para disimular. Pero cuentas los días. Esperas. A veces, solo a veces, consigues dormir.

Vigilo tu sueño, tus ojos danzan como locos y hacen que tus párpados se muevan y vibren a toda velocidad. Entonces sé que estás en ese mundo gris en el que has ido un paso más allá, lo sé porque cuando estás despierta nunca sonríes, pero, cuando duermes, bajas la guardia y el inconsciente olvida cerrar una grieta por la que tu sonrisa se asoma a tu rostro, desesperada por una bocanada de oxígeno que le recuerde que aún existe. Y esa sonrisa me cuenta lo que tus labios se empeñan en callar y en negarme por mucho que te lo pida de mil maneras sin hablar, sin descubrirte que lo sé todo acerca de ese invitado no deseado que se ha colado en tu vida.

Cuando te despiertas, siempre lo haces boqueando, como un pez fuera del agua. ¿Dónde te sumerges mientras sueñas? ¿Compartes acaso con él o con ella ese líquido amniótico en el que reina el silencio? ¿Le hablas? ¿Te habla? ¿Qué os decís?

No sabes que los del laboratorio llamaron por teléfono antes de que llegara la carta con el resultado de la analítica. Dijeron tu nombre y yo me limité a responder “Sí”, como siempre que llaman al fijo para dejarte algún recado desde que los chicos del instituto se empezaron a fijar en ti. No necesité más para imaginarlo todo. Entendí de pronto tu interés por mirar el buzón de la casa, tu esfuerzo por disimular el asco cuando te pongo de comer cosas que siempre te han encantado. A mí me pasó igual contigo durante los tres primeros meses, y luego me ocurrió también con tus dos hermanos. Después se pasaba, gracias a Dios. Pero, aunque los nueve meses hubieran sido igual de malos, me habría dado igual. Los tres sois lo mejor que tengo. Quisiera decírtelo, pero tengo miedo de descubrirme, de que sepas que lo sé, de que eso te impulse a tomar la decisión equivocada.

Yo también conté los días para matarte a sangre fría, también disimulé, también vomité a escondidas, sobre todo a escondidas de mi padre. Creía que la solución de aquello solo pasaba por matar a alguien, que tenía que elegir entre tú y yo. O tú desaparecías, o yo dejaba de pertenecer a mi familia, qué cosas, ¿verdad? Iba a decirte que eran otros tiempos, que mi familia era mucho más intransigente, pero no sé si te serviría. Creo que, ante una encrucijada como la tuya, todo sigue siendo más o menos igual de confuso, igual de amenazante, igual de difícil.

Suspiro de alivio cada vez que arranco una hoja del calendario. El tiempo juega a mi favor. Y al tuyo, y al suyo, aunque tú no lo sepas. Espero que él o ella siga agarrado al cordón invisible que estáis tejiendo. Aunque lo ignores. El alimento le llega por el cordón umbilical, pero el amor va por el otro, por el invisible, por el que rezo para que no se rompa.

Hoy, mientras dormías, he tenido esperanza por primera vez. Tu mano derecha ha ido hasta tu vientre, todavía plano, y lo ha acariciado. He cruzado los brazos con fuerza para no tocarte yo también, para resistir el deseo de comprobar si eso significa lo que creo que significa. Sí, seguro que sí. Tiene que ser eso. Mis oraciones tienen que haber dado fruto.

Hija mía, ojalá abrieras ahora mismo los ojos. Entonces lo entenderías todo, sabrías cuál es la decisión correcta sobre la vida o la muerte de ese intruso. Lo sabrías con la misma certeza absoluta que yo sentí la primera vez que noté que te movías en mi interior.

Adela Castañón

Imagen: Sergei Tokmakov Terms.Law en Pixabay

La mejor arma

Por fin me había llegado el turno del campamento de iniciación. Mi padre y mi madre fueron, en sus respectivos años, campeones de su promoción y yo me sentía a la vez exaltado y acobardado. Ser el hijo de dos altos cargos de la realeza no era un peso fácil de llevar, pero por otro lado tenía la necesidad de no decepcionarlos, de superarlos, incluso. Yo había temido no poder ir, la amenaza de la guerra con otros países, que antes solo era una posibilidad remota, se había convertido en algo cada vez más próximo y el campamento estuvo a punto de cancelarse. Hasta última hora mis compañeros y yo no tuvimos la seguridad de poder asistir.

El acceso al lugar donde se ubicaba el campamento estaba siempre vigilado. No en vano era el lugar más sagrado de nuestra civilización, el jardín de los secretos. Estaba en el fondo de un valle. Desde arriba, al cruzar un paso de montaña, mis compañeros y yo lo vimos a nuestros pies, como una enorme serpiente de cuerpo sinuoso que delimitaban un montón de cabañas a cada lado, como si fueran escamas de piel. Lo que hubiera sido la cabeza de la serpiente se perdía dentro de una gruta con la entrada sellada por una cortina de agua cuyo rumor se escuchaba incluso desde nuestro mirador.

Nadie había contado nunca cuáles eran las pruebas que allí se planteaban. Lo único que trascendía al público era que todos salíamos cambiados de aquel lugar, con una profesión ya marcada que iba en función del resultado que obteníamos.

Aquel verano todos nos quedamos como estatuas al escuchar al monitor que nos recibió a nuestra llegada con estas palabras:

Las reglas de este año son sencillas. Hay una profecía que dice que en algún lugar de este campamento está el arma que puede evitar la guerra. Aquel de vosotros que la encuentre, será designado como futuro gobernante de la coalición de naciones que necesitamos formar para alejar definitivamente ese tipo de conflictos que acabarían por eliminar a la humanidad de la faz de la tierra. Hizo una pausa solemne y terminó diciendo: Eso es todo lo que van a escuchar de mí. Ahora, comiencen.

Mis compañeros y yo nos dirigimos a las cabañas. Todas estaban equipadas de la misma manera, solo se distinguían por el número de la puerta. Dejamos nuestros enseres y empezamos a explorar. Durante dos semanas descubrimos por los bosques circundantes todo tipo de armamento, pero ninguno tenía nada que lo hiciera parecer distinto de los demás. Pistolas y rifles con increíbles velocidades de disparo, más precisión en algunas automáticas, escudos que resistían proyectiles casi tan grandes como ellos…

Pensé en el desconocimiento que teníamos sobre las costumbres de los demás países que nos rodeaban, pensé en los motivos que podían haber provocado la chispa que prendió el incendio mundial, pensé en los muros que se alzaban entre las distintas fronteras, pensé que hacía falta tener una visión global, de conjunto, de muchas cosas que estaba fuera de mi alcance comprender.

Entonces miré al cielo. Entre el verde de las ramas de un árbol enorme, casi milenario, entreví algo de color más oscuro que se agitaba con la suave brisa de la tarde. Empecé a trepar y encontré algo que solo había visto en algunas ilustraciones antiguas en el desván de mi casa: un libro distinto al resto de los libros. Me acomodé en lo alto de la rama, lo cogí y me lo puse sobre las rodillas. Se me ocurrió que quizá en algún lugar de otro país habría en este momento otro chico leyendo un libro parecido.

El título del libro era “Diccionario multilingüe” y supe con total seguridad que allí estaba la mejor arma del mundo. Bajé del árbol con el libro entre mis brazos.

Aquel campamento marcó mi futuro y ahora soy el gobernante de mi país. La guerra nunca llegó a estallar, y hoy solo se la puede encontrar en los textos de historia.

Adela Castañón

Imagen: Walter Böhm en Pixabay 

Amor fraterno

Me gusta ser el primero de mi clase. Me gusta liderar el equipo de baloncesto del instituto. Me gusta destacar en el club de judo. Me gustan la mecánica y los coches. Me gusta saber que las chicas me encuentran atractivo. Me gusta caerle bien a la gente. Pero, sobre todo, me gusta ser el hermano mayor de Ada.

El diminutivo se lo puse yo. Cuando ella nació, yo tenía cinco años y me pareció lo más bonito del mundo. Siempre me han gustado las historias de fantasía, aquella criatura era la encarnación de todas las hadas de mis cuentos favoritos, y nuestros padres estuvieron encantados de ponerle el nombre que yo elegí para ella, Inmaculada, aunque desde que salió del hospital, a los dos días de nacer, ha sido Ada para todos.

Le enseñé a montar en bicicleta. Curé todos sus rasguños. Le ayudé con los deberes del colegio. Una vez llegué hasta hablar con su profesora de historia sin que lo supieran ni ella ni mis padres. Ada me dijo que le había salido mal un examen importante, ese año compartíamos instituto: ella estaba en primero, y yo en el último curso. En el recreo me restregué los ojos con jabón hasta que me escocieron y luego me hice el encontradizo con su profesora. Ella, al verme, preguntó qué me pasaba y le conté, con expresión de absoluta inocencia, que la migraña llevaba varios días atacándome, que Ada me había estado cuidando y que me preocupaba que eso le hubiera robado tiempo de estudio. Mi hermanita sacó un notable alto. Y cuando tuvo problemas de sueño por culpa del perro del vecino, que ladraba de noche a todo lo que se moviera, le quité a mamá un montón de pastillas de Orfidal y un pegote de carne picada de la que usaba para preparar albóndigas. Y Ada durmió sin problemas desde entonces.

Éramos dos contra el mundo. Yo hacía lo que fuera por proteger a mi hermana, por verla siempre feliz.

Llegó su adolescencia, empezó a tontear con chicos y me hizo cómplice de sus andanzas. Eso me ayudó a encargarme de que sus novietes la trataran bien. Con algunos tuve que mantener conversaciones que no fueron precisamente cómodas, pero siempre eran críos más pequeños y débiles que yo. Y si veía que no le convenían a mi hermana siempre encontraba la manera de que se portaran de forma que ella tomara la decisión de romper. El asunto funcionó hasta que llegó Mario al instituto. Se incorporó a mitad de curso, su familia se había mudado tras la muerte de un hermano y querían empezar en otra ciudad. A pesar de la tragedia, o quizá por ella, Mario no tuvo problemas de adaptación en su nuevo instituto. Me recordaba a mí mismo con unos años menos y eso me provocaba sentimientos ambivalentes. Mario se fijó en Ada y ella en él, era casi inevitable. Pronto se convirtieron en los reyes de las fiestas adolescentes, dos personajes de cuento de hadas, su historia hacía que mi hermana brillara como nunca. Seguíamos estando unidos, claro que sí. Yo empecé a salir con Laura e incluso tuvimos algunas citas dobles los cuatro. Todo iba bien, en serio, yo era y soy un tipo maduro, y si mi hermana era feliz, yo también. Así de sencillo.

Al cabo de unos meses empecé a notar cierta tensión entre ellos. Ada insistía en decirme que todo iba bien y yo quería creerla. Tardé en darme cuenta de mi error porque el problema era, precisamente, que todo iba demasiado bien. Estaban de acuerdo en cualquier tema, les gustaban las mismas cosas, lo hacían todo juntos. Y la consecuencia fue que los dos empezaron a desdibujarse, dejaron de ser Ada y Mario para ser la pareja perfecta. Mi hermana se había convertido en la mitad de una entidad. Era como si pasara el día mirándose a un espejo donde el cristal era Mario, y viceversa. A los ojos del mundo podía parecer que se desvivían el uno por el otro, pero en realidad se estaban fagocitando sin darse cuenta.

Aproveché que Ada tuvo que ingresar en el hospital para una operación de urgencia de apendicitis y manipulé los frenos del coche que le acababan de regalar a Mario sus padres. Era un conductor novato, apenas hacía dos meses que se había sacado el carnet de conducir, y me pareció una irresponsabilidad que le compraran un BMW tan potente. Pero eso jugó a mi favor, nadie se extrañó del accidente ni de sus fatales resultados.

Después del entierro de Mario, Ada empezó a apagarse. Nada la hacía reaccionar, ni mis mimos, ni nuestros padres, ni sus amigas. Solo hablaba a veces con Laura, con la que desde el principio había congeniado mucho. Le pedí ayuda a mi novia, necesitaba saber cómo ayudar a mi hermanita, cómo sacarla del pozo en el que cada vez se hundía más. Por fin, después de varias semanas, Laura me contó algo que me hizo concebir esperanzas. Quizá habría una manera de ayudar a Ada.

Laura me dijo que Ada se sentía vacía. Mi pequeña le había confesado a mi novia que con Mario se sentía útil, sabía que él la necesitaba, que ella era la persona más importante en la vida de su chico, y no podía vivir así, sin nadie a quien entregarse, sin nadie a quien dar apoyo, sin nadie que la necesitara cada día para seguir viviendo. Mario, a pesar de su aparente fortaleza, había llegado a Ada con el corazón roto, y solo ella supo adivinar el dolor que arrastraba el muchacho. Y sanar ese dolor había sido el faro definitivo en la vida de mi hermana.

Laura me contó todo eso la noche que salimos a cenar para celebrar nuestro aniversario. En el restaurante, mientras ella compartía conmigo las confidencias que Ada le había hecho, la quise más que nunca. Durante toda la cena le dediqué caricias en las manos, miradas de amor, y luego, al despedirnos en la puerta de su casa, la besé una y mil veces agradecido por su ayuda.

Al día siguiente aproveché que Laura estaba en el trabajo para pasarme por el garaje donde guardaba su coche. Era un Fiat de segunda mano, bastante antiguo, y los frenos me dieron menos problemas que los del BMW a pesar de que las lágrimas empañaban mis ojos y no me dejaban trabajar en condiciones. Pero no podía evitar llorar y sonreír a la vez. Sabía que el día siguiente sería duro para mí. Me derrumbaría.

Pero también sabía que habría ayudado a Ada y que ella sería el hada que acudiría en mi ayuda. Porque lo mejor de mi vida, lo que mejor se me da, lo que más me gusta, siempre ha sido y será ser el hermano mayor de Ada.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Venecia y yo

Hay quien sueña con historias, o con personas, o con quimeras. Yo sueño con todo eso. Y con ciudades. Sobre todo, con Venecia.

Recuerdo una época dura de mi vida hace algo más de diez años. Recuerdo estar al borde del precipicio de la desesperación, caminando por una delgada línea, como la cuerda de un funambulista, que separaba la cordura de la locura. El trabajo me desbordaba. El tiempo me faltaba. El autismo de mi hijo, empeorado, me superaba. Llegaba el momento de mis vacaciones anuales y, por primera vez, me daba absolutamente igual tener que ir a trabajar o quedarme el mes entero encerrada en casa. Incluso había empezado a plantearme la opción de empezar con medicación, no sé si para mi hijo, para mí, o para los dos. Ignoro qué fue lo que sacó a flote las pocas fuerzas que aún me quedaban y que me hicieron pensar, antes de rendirme del todo, en entonar el último canto del cisne.

Siempre había querido hacer un crucero y siempre había soñado con conocer Venecia, así que, diez días antes de que comenzaran mis vacaciones, me detuve al salir del trabajo en la primera agencia de viajes que encontré y me limité a decirle a la persona que me atendió:

Quiero hacer un crucero. Quiero zarpar en dos semanas como mucho. Y solo quiero que una de las escalas sea Venecia.

Así, sin anestesia ni nada. Puesta a ahogarme, ¿qué mejor sitio que ese?

Pero la vida me tenía preparada una sorpresa y en Venecia aprendí a nadar.

Perderme de noche en sus callejuelas y esperar toparme, a la vuelta de cualquier esquina, con un caballero embozado en su capa, con una espada al cinto y un sombrero de ala ancha con pluma que cubriría una melena negra y brillante. Alzar los ojos al cielo y descubrir que las estrellas me regalaban guiños de luz que espantaban a mis sombras interiores. Embutirme en el disfraz de turista tópica y típica y darme cuenta de que ese papel, que nunca creí que fuera para mí, me sentaba tan bien como una segunda piel. Pasear en góndola, escuchar la melodía de la voz del gondolero recorrer el pentagrama de las rayas blancas y negras de su camiseta mientras desgranaba para nosotros historias al ritmo de sus remadas. Respirar un aire puro, desprovisto de los malos olores que, según decía todo el mundo, podían esperarse en pleno verano en esa ciudad serenísima. Cruzar el Gran Canal, de orilla a orilla, paseando por el Puente de Rialto. Llorar al escuchar la historia del Puente de los Suspiros, donde los condenados, al cruzarlo para ir a la prisión en un viaje sin retorno, suspiraban de pena. Sentir el arrullo de las palomas de San Marcos como acordes de una canción de esperanza. Saborear el helado más dulce y medicinal de toda mi vida durante un paseo. Detenerme en el escaparate de una tienda de máscaras y pensar que detrás escondían lágrimas o sonrisas, tan bellas las unas como las otras…

Vivir todo eso y mucho más bajo la luz del milagro de mi hijo, que caminaba junto a mi madre y junto a mí con una sonrisa que recogió no sé ni cuándo ni dónde, pero que se quedó a vivir en su cara. Ver la luz en los ojos de mi madre, esa abuela, hada particular de mi Javi, que llenaba de magia con su varita invisible cada instante que compartíamos cuando nuestras miradas se cruzaban…

Si digo que Venecia me robó el corazón, os mentiría. Me lo devolvió. Y, a mi regreso, me traje en mi maleta los tesoros que yo sí que le robé: el color de su cielo, el brillo de sus canales, las manchas y los desconchones de sus paredes, las leyendas de su historia, el susurro de los remos de los gondoleros, el sonido de la vida y mil cosas más que no tienen nombre.

Y con todo eso me vestí de colores, de ilusión y de energía. Le dije adiós a las pastillas que ni Javi ni yo llegamos a tomar nunca y empecé a coser este traje de escritora que ahora luzco para presentarme ante vosotros.

En Venecia renací. Volví dos años después y regresé a España más enamorada de ella. Y ojalá el futuro me regale otra oportunidad para vivir con esa ciudad mágica una tercera historia de amor.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Lluvias

Miro por la ventana. Llueve.

Llueven los pensamientos. Salpican como gotas mi cerebro. Caen sin prisa y sin pausa, con un ritmo monótono y anárquico. ¿Por qué cansa el pensar? Carece de sentido, pensar es casi, casi, igual que respirar, debería suceder sin más complicaciones y no causar agobio.

Llueven también reproches que estaban escondidos. Gritos y discusiones sobre quién puso más en cada historia retumban como truenos. Jaqueca, vieja amiga, me robarás la fuerza si me alcanzas, el cansancio no me dejará huir y volverá a entrar “Él”. El que quise tener y nunca tuve. El que me dio la paz y me llevó a la guerra, al cielo y al infierno sin tener que hacer nada, solo por existir. Recuerdo mis pecados y los suyos. Por acción y omisión. Lo que debió decirme y nunca dijo. Lo que debí callarme y no callé. ¡Se conjuga tan mal el verbo amar en primera persona! Da como resultado un texto malo, frases con recriminaciones, faltas de ortografía en el diccionario del cariño, signos de puntuación mal colocados que desgarran la piel como cuchillos y producen heridas en el alma por las que la tristeza sale a chorro, enturbiada por muchos desengaños.

Llueven muchos recuerdos que llegan de la mano junto a los pensamientos y reproches. Deslumbran como rayos, fogonazos que de pronto iluminan verdades del pasado y dan luz a las sombras de todas las mentiras que yo dije y también, por qué no, de las que me dijeron.

Llueven los sentimientos. Que la lluvia, sin ellos, sería como una partitura inacabada, un libro al que le faltan varias páginas. Y yo, pobre escritora, no puedo permitir que eso suceda. Revuelvo entre mis letras para ver qué me encuentro y salen del bolsillo varias cosas: el dolor y el deseo, la dicha ya vivida, las deudas no pagadas. Decisiones y dudas. Y todo con la D, como Dios y destino. Y como dejadez. Y es que estoy muy cansada.

¿Y qué más da que llueva? Al fin y al cabo, la lluvia solo es lluvia. Debería descolgar del armario las ganas de vivir, calzarme los zapatitos rojos de la ilusión, o, mejor aún, enfundar mis pies en unas botas de siete leguas que me alejen de lo que me hace daño. Y así, armada de valor, sentirme invencible y salir a pisar con fuerza los charcos de la vida, igual que hacen los niños.

Llueve, pero no dejaré que esas lluvias levanten en mi alma tempestades que no me llevarán a ningún puerto.

Me voy a fabricar un paraguas con folios de papel que me protegerá para que no me moje. Mi pluma será el mango del paraguas. Ya solo necesito unas cuantas varillas que lo mantengan firme. “Vamos”, me digo, “vamos, valiente, vamos”. Y el alfabeto me presta otra letra, ahora es la V, la de mi vocación para ser escritora. Y me lanzo a la arena con todo lo que puedo: Voluntad y victoria. Valor para volar. Y volver a vivir, día tras día, la historia que yo elija.

Lo haré sola, sin él, lo haré sin nadie. Y así, conmigo misma, siendo yo mi aliada, encontraré mi gloria.

Miro por la ventana. Ya no llueve.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Divagaciones

Beber de tu aliento,

bañarme en tus ojos,

sentir lo que siento.





Pensar en besarte,

soñarte de noche,

pasar por tu calle.





Seguir a tu sombra,

querer ser el aire

que aspira tu boca.





Escribirte eso

con una sonrisa,

mirando hacia el cielo.





Y, así, divagar

para que mi alma

no grite «Te quiero».

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

A orillas del Rin

Por Vanesa Sánchez Martín Mora

Vanesa Sánchez Martín Mora es nuestra invitada de hoy con un precioso relato: A orillas del Rin.

Este relato lo publicó, hace dos años, en la antología solidaria «Canfranc. Relatos de ida y vuelta», en beneficio de la Asociación AlMa, que trabaja en favor de los niños con discapacidad física e intelectual severa, y de sus familias.

Vanessa, bienvenida de nuevo a Mocade, y gracias por compartir este relato con nuestros lectores.

A orillas del Rin

Por fin mamá fue valiente y me compró el libro, sabiendo que le iba a costar una disputa con papá porque no le gustaba que me consintiera. Yo no lo consideraba un capricho. Les decía mil veces que eran referencias para cuando yo escribiera mis propias obras literarias, pero la realidad era que escuché a una profesora que lo había leído y no se había enterado de nada; me entró curiosidad.

Durante la cena, papá nos puso al día de todos los soldados que se había encontrado en la ciudad, que la gente estaba preocupada porque no pintaba nada bien la cosa. Se escuchaba, ya entonces, que a los judíos los estaban llevando a campos de concentración, y papá decía que acabaríamos abandonando Praga algún día.

Me subí a mi cuarto sin tomar postre. Le dije a mamá que el puré me había dejado la barriga bastante llena, pero era mentira.Subí porque estaba deseando leer “La Metamorfosis» de Franz Kafka. Estaba tan ansiosa por saber de qué trataba, que no pude comer el pastel de zanahorias, con todo lo que me gustaba. Hasta mi hermana Sophie se extrañó. Siempre nos estábamos peleando por comer un poco más.

A la mañana siguiente, después de leer el relato de Kafka, me desperté con ganas de ir al nuevo cementerio a visitar su tumba y decirle, al pobre, que me había gustado mucho y que sí que la había entendido, pero, al poner los pies en la calle, vi una avalancha de gente que venía en mi dirección. Varios soldados estaban reclutando a judíos, y sabía que lo eran porque nos obligaban a llevar, desde hacía unos años, una estrella amarilla de seis puntas cosida a la altura del pecho. Había gente que temía llevarla y que les pudiese pasar algo. A mí, en cambio, me gustaba. Estaba muy orgullosa de mi familia y de ser judía.

El caso es que no pude ir al cementerio. Papá tiró de mi brazo con tanta fuerza que casi me lo disloca. Dijo que no se podía salir de casa, pero él salió con la excusa de que iba a buscar una vía de escape. No entendía entonces para qué queríamos escapar, si en Praga se vivía muy bien.

Unas horas más tarde entró en casa como un cachorrillo asustado, y menos mal, porque, de no ser así, se habría dado cuenta de que había cogido uno de sus libros que me tenía prohíbo leer porque era para adultos.

—Tenemos que hacer las maletas, pero coged solo cosas necesarias. Martha, nada de libros, son muy pesados y ocupan mucho espacio.

—Pero papá, yo no puedo vivir sin los libros, me moriré si no leo y también me moriré si me voy de Praga. ¿Por qué tenemos que irnos tan rápido?

—No puedo deciros mucho más ahora. Haced las maletas. Nos vamos en dos horas.

No estaba dispuesta a salir de allí sin libros, y menos a no llevar conmigo mi cuaderno verde y la pluma que me trajo de España la abuela en su última visita.

—Martha, cariño, —dijo mamá al entrar en mi cuarto—. ¿Te ayudo a cerrar la maleta? —Pero no quería que viera lo que llevaba y me senté encima para terminar de cerrarla.

—No, gracias.

La estación de tren estaba llena de gente. Había muchos niños llorando y asustados. Muchas personas despidiéndose de sus seres queridos. No entendía por qué se despedían y no se iban todos juntos si era cierto que corríamos tanto peligro.

De repente, se oyó un silbido muy fuerte, a continuación, la gente empezó a chillar y a correr como loca. Sin sentido. Papá dijo que no entráramos en pánico, que nos agarrásemos fuerte de las manos para no perdernos entre la multitud. Avanzamos unos pasos, pero era imposible no chocarse con la gente. Un señor alto sujetó a Sophie del brazo.

—¡Suelta a mi hermana, imbécil!

—Aparta, mocosa. Tenemos ordenes de enviaros a Auschwitz y vais a venir todos conmigo.

Papá tiró de nosotras y echamos a correr hacia el pelotón de gente que se estaba concentrando en el medio.

—Pero papá, yo no quiero que ese soldado nos lleve a Auschwitz.

—Mezclaos con la gente mientras busco un sitio por el que no nos vean abandonar la estación, ya veremos luego a donde nos dirigimos. Lo que está claro es que estos trenes solo tienen un destino.

Papá se dio la vuelta, buscando con desesperación y, justo cuando un señor levantó la mano llamándolo, el soldado vino de nuevo, pero esta vez con refuerzos.

—Suban todos al tren, es una orden.

—¿Y quién lo ordena? —le solté de golpe.

—Cariño —dijo mamá mientras me tapaba la boca—, no seas desobediente.

—Suban todos al tren, es una orden. —Y esa vez estaba mucho más enfadado.

Caminamos en dirección a los vagones y no dejé de mirar a papá. No comprendía como él se había podido quedar callado, y por qué no estaba buscando esa vía de escape.  Era muy extraño verlo hacer caso de lo que decía un soldado nazi, pero no quise decir nada por si era parte de su plan para escapar.

Los vagones eran oscuros, no tenían ninguna ventana. El suelo estaba lleno de paja y olía a pis de rata, como en aquella granja que visité en una excursión del colegio. No dejaba de subir gente, aunque apenas cabían más personas. Cuando entramos, algunos estaban sentados en el suelo, pero empezaban a pisotearlos y era mejor ir de pie.

—Papá, ¿qué hacemos aquí, a donde nos llevan? —preguntó Sophie.

—No te preocupes, cariño, cuando lleguemos a ese sitio podremos coger otro tren a donde queramos. ¿Dónde os gustaría ir?

Intentaba que no tuviésemos miedo, yo sabía que estaba mintiendo porque siempre que lo hacía se daba pequeños pellizcos en la barba. Mamá se quedó muda con nosotras, solo hablaba bajito al oído de papá y asentía de vez en cuando, eso sí, casi me rompió la mano de tanto apretármela.

Junto a nosotros había un señor que no me quitaba ojo desde que subió al vagón, de vez en cuando se le caía una lágrima. Sí, solo una lágrima, parecía como si el otro ojo no le funcionase. Me daba un poco de vergüenza preguntarle si necesitaba algo, no quería ser impertinente otra vez y que papá me regañase, pero es que me daba tanta lástima…

—¿Está enfermo, señor? —solté de repente y sin poder evitarlo.

—Te pareces mucho a mi nieta, ¿sabes? Ella murió hace unos meses mientras jugaba en el parque. Un soldado le disparó por intentar proteger a su madre. Quisieron enviarla a un campo de concentración y ellas se negaron. Tenía solo nueve años.

—Lo siento mucho.

—Ojalá tú tengas más suerte, pequeña.

—Disculpe —dijo papá—, no va a morir nadie. Deje de asustar a las niñas.

—Ojalá todos tengamos más suerte —dijo el señor mientras nos daba la espalda.

El camino se nos hizo mucho más largo de lo que realmente fue. Era asfixiante tantísima gente en un vagón para ganado y sin ventilar. Los inviernos en Polonia eran muy duros, lo pudimos comprobar durante el viaje, ya que íbamos mirando por una ranura que había en el suelo del vagón, por la que entraba un frio horrible.

Papá no habló durante el trayecto, y tampoco separaba sus pies de aquella ranura del suelo, pero entonces no sabíamos de sus intenciones.

—Tengo muchísima sed, me muero de sed —dije de repente— si no paramos pronto se me va a quedar la garganta tan pegada que me asfixiaré de todos modos porque no entrará aire a mis pulmones.

—Sirves para el teatro —dijo Sophie, cruzándose de brazos. Estaba graciosa cuando fruncía el ceño—. Eres una teatrera.

No pude más que reírme, aun corriendo el riesgo de que se me pegase la garganta, pero entonces papá sacó una cantimplora de su macuto y me dio un sorbo.

Papá seguía callado y eso ya me estaba pareciendo demasiado extraño. Me di cuenta de que mamá lo miraba por el rabillo del ojo, pero ella tampoco se atrevía a decir nada. De pronto, el tren se paró y se escuchaba cómo los soldados de fuera daban voces a los pasajeros que iban bajando. Les decían a los hombres que se pusieran a un lado y a las mujeres y niños, en el otro. No tenía ni idea de porque los separaban. En ese momento papá arrancó la madera por la que habíamos estado mirando todo el camino y nos ordenó que saliéramos por ahí.

—Rápido, chicas. No sé dónde estamos exactamente, pero si no nos reunimos aquí en el día de hoy, nos encontraremos en París. En este macuto lleváis todo lo que necesitareis para llegar a Francia.

No me lo podía creer. Con apenas doce años que yo tenía y los quince de mi hermana, nos vimos solas en aquella situación. No sabíamos que hacer, si mis padres conseguirían escapar pronto o deberíamos refugiarnos cerca de aquel lugar para no perdernos. ¿Cómo íbamos a llegar nosotras solas hasta París, si nunca habíamos salido de Praga? Pero saltamos. No consiguieron atraparnos, estuvimos escondidas en el hueco de una tubería de la que salía un hilo de agua. Sophie dijo que allí no nos buscaría nadie, que por el mal olor que desprendía no buscarían ahí. Y acertó.

En el macuto que nos dio papá en el último momento, justo antes de escurrirnos por entre aquellas maderas, había provisiones, agua y algunas chocolatinas por si nos daban bajadas de azúcar, era lo que siempre llevábamos durante las excursiones. Y eso fue lo que comimos durante esos dos días que estuvimos escondidas. También llevábamos el dinero de papá y una foto donde salíamos los cuatro. Es el único recuerdo que tenemos de aquella época.

Ya nos habíamos planteado salir de aquella tubería cuando Sophie arranco a llorar:

—¡Calla boba!, que nos puede escuchar alguien.

—Me da igual, Martha, tengo mucho miedo. No sabemos qué les han hecho a nuestros padres ni qué nos harán a nosotras cuando se enteren de que nos hemos escapado.

—Saldremos de aquí cuando caiga el sol. Nadie nos verá porque nadie sabe que estamos aquí.

Tardé un rato en tranquilizarla, parecía yo su hermana mayor. Yo también tenía muchísimo miedo, sobre todo después de escuchar a escondidas una conversación entre mis padres en las que papá decía que en sitios como aquel solo llevaban a las personas para exterminar la raza judía, que las metían en una cámara de gas y acababan con miles en unos minutos.

—Ten más cuidado al pisar, si sigues haciendo tanto ruido nos acabarán descubriendo y nos matarán —dijo Sophie cuando nos pusimos en marcha.

—No puedo andar de otra manera, parece que todas las ramitas que hay en el suelo me tocan a mí, ¿acaso crees que lo hago queriendo?

—Pues mira bien donde pisas, Martha.

—Mira bien donde pisas, mira bien donde pisas… por qué no vas tú la primera, listilla.

—Porque tú eres quien sabe a donde tenemos que ir.

—Para eso sirve la geografía que estudiamos en el colegio, se nota que no eras aplicada en esta materia.

—Vale ya, Martha. Estamos muy cerca de algunas casas y nos podemos topar con alguien. Tal vez hayan dado aviso de que dos niñas andan solas por el mundo y nos estén buscando.

El frio de noviembre en Polonia era demoledor. Aun quisimos caminar un poco más y alejarnos lo suficiente para buscar un sitio seguro donde dormir cuando empezase a amanecer. Habíamos decidido que avanzaríamos también de noche para no correr riesgos. En mi cuaderno, tracé una línea y anoté todos los sitios que recordaba del mapa que nos encontraríamos entre Polonia y Francia, era la única forma que se me ocurrió para saber hacia dónde dirigirnos sin perdernos; añoré mi casa por un momento. Habíamos sido unas niñas tan felices allí que aún duele pensar en la forma que tuvimos que abandonar nuestras vidas.

Estuvimos durmiendo en graneros, nos acurrucábamos cerca de las gallinas para entrar un poco en calor y por la mañana cogíamos uno de sus huevos para desayunar. No estaban tan ricos como las tortitas de maíz con cacao de mamá, pero nos mantenía nutridas. Nos encontramos con varias personas que nos ayudaron, e incluso nos dieron prendas limpias. Corrieron riesgos ocultando en su propiedad a niñas judías que los nazis buscaban, pero sabían que era lo correcto, que el mundo estaba de nuestro lado, aunque la voz de los nazis se hiciera notar mucho más.

Dos semanas después de lo que les pasó a nuestros padres, llegamos a la frontera entre Alemania y Francia. Estábamos en Khel y teníamos que cruzar el Rin en barca, era la única manera viable de entrar en Francia, pero entonces sucedió algo: cuando inspeccionábamos el puerto, por si encontrábamos a algún marinero que nos ayudase a cruzar el río, alguien nos sorprendió por detrás. Era la policía alemana, soldados de la SS.

Nos ataron las manos y nos metieron a la fuerza en la parte de atrás de una camioneta. Yo me quedé bloqueada, sin saber qué hacer o decir. Poco importaba ya todo lo que habíamos conseguido, y por mucho que Sophie llorase no iban a soltarnos. Nos habían capturado.

El lugar a donde nos llevaron era mucho más siniestro y oscuro que el vagón que nos transportó a Auschwitz. Había barro por todas partes, la gente vestía con un pijama de rayas solamente y estaban esqueléticos; si no morían de hambre morirían de frio —aquello era una locura—.  Nadie podía aguantar mucho tiempo en esas condiciones.

Sophie estaba muda desde que habíamos llegado, no conseguí sacarle ni una palabra, tampoco la gente que se acercaba a nosotras para ayudarnos. Nos destinaron a un barracón donde había adultos y niños. Eran familias enteras o casi enteras, nosotras estábamos solas en el mundo. Solas y atrapadas en un campo de concentración del que no recuerdo su nombre porque solo estuvimos un día. Nuestro destino final era el campo de exterminio de Treblinka, o eso era lo que nos decían los soldados de la SS cuando nos capturaron.

—¿Sois las fugitivas de las que habla todo el mundo? —Aquel niño rubio de ojos verdes, tenía en su mirada una chispa de esperanza—. Tenéis que enseñarnos a escapar de aquí.

—¿Has venido con tus padres o tampoco sabes lo que les ha pasado, como a los nuestros? —pregunté con rapidez.

—¡Discúlpate, Martha! —hablo por fin la muda de mi hermana—. No tienes ningún derecho a ser tan bruta con la gente, no aprendes a mantener la boca cerrada ni en los peores lugares del mundo. Perdónala, su nombre debería ser impertinente —se dirigió al chico.

—El mío es Noah, y mi mamá ha muerto. Fue hace unos meses, justo antes de que nos capturasen los soldados de la SS. Ella tenía una enfermedad del corazón, y un día no despertó…, sin más. En parte mi padre y yo nos alegramos de que muriese en nuestra casa, pudimos enterrarla en el cementerio, no como a la gente de aquí. A ellos, cuando mueren, los amontonan en una fosa y cuando hay muchos directamente los queman. He visto como lo hacen…

—¡Venga ya! Nadie hace eso…

—Te lo puedo enseñar si quieres —contestó nada orgulloso.

Después de comprobar que Noah no mentía, me dieron ganas de asesinar a aquellos soldados con mis propias manos.

Aquella noche, después de haber visto la fosa de personas derretidas, no podía sacarme esa imagen de la cabeza, eso y el hedor a carne chamuscada que se respiraba a todas horas.

—Tenemos que escapar de aquí, Sophie, antes de que nos lleven a Treblinka. Si aquí queman a las personas después de dejarlas morir, que no nos harán donde quieren llevarnos.

—Eres muy ignorante a veces, Martha. ¿Crees que alguien puede escapar de un sitio así?

—Pues seremos las primeras. Ya casi lo conseguimos una vez.

No sabíamos cuando seria nuestro traslado a Treblinka, por lo que no podía desperdiciar ni un minuto sin trazar un plan para escapar de allí. Fui hasta la cama de Noah y le pregunté si podíamos salir para ver las estrellas. No se me ocurrió otra cosa.

—Pero si en invierno no se ve el cielo, siempre hay nubes o está lloviendo.

—¡Venga, vamos, quizás tengamos suerte esta noche!

Aquel niño era mucho más inocente de lo que podía parecer yo, y me siguió sin rechistar. Estaba casi segura de que se conocía el terreno mejor que nadie y le dije que me enseñase el lugar más fácil por el que escapar.

—¿Lo dices en serio?

—No puedo seguir aquí ni un segundo más, necesitamos escapar antes de que acaben con nuestras vidas. Dime, ¿algún agujero en la alambrada por el que salir sin que nos vean?

—¿Bromeas?, ¿un agujero? Perdona, pero yo no buscaría nada de eso. Hay un camión que viene cada día y se lleva las pertenencias de los que mueren. Se escucha que lo venden en mercados clandestinos. Yo, si fuese vosotras, me subiría a uno de esos camiones para salir de aquí sin ser vistas. Es un plan que he pensado muchas veces, pero mi papá está muy débil y nos pillarían a la primera. Por eso seguimos aquí, no quiero abandonarlo.

Lo interrogue durante los siguientes veinte minutos. Necesitaba toda la información posible para saber cómo y cuándo actuar; después, salí corriendo a decírselo a Sophie, quien tardó demasiado en darse cuenta de que iba totalmente en serio.

Eran las siete de la mañana cuando aquel trasto viejo que Noah llamaba camión entró humeando y paró justo donde dormían los soldados de la SS, en la parte de atrás de la cocina donde guisaban para ellos. Nuestra cocina estaba en el propio barracón y allí solo se preparaba un puchero con caldo caliente para todo el mundo.

El caso es que solo contábamos con unos minutos para hacernos hueco en aquel montón de chatarra. Noah estaba vigilando para que nos diese tiempo de subir al camión o entretener a los soldados si era necesario. Echamos a correr una vez se bajó el conductor y nos escondimos tras unos sacos de patatas mientras cargaban la mercancía que saldría de allí con nosotras. Sophie me agarraba de la mano tan fuerte que por fin pude sentirla caliente en muchos días.

—No te vayas a echar a llorar que te conozco, y nos van a pillar si te oyen.

—No, no voy a llorar, solo estoy nerviosa y orgullosa a la vez. Eres muy valiente —me dijo—. Ojalá nuestros padres pudieran vernos. Estarían orgullosos de nosotras, sobre todo de ti, Martha.

Y entonces me eché a llorar yo. Los echaba tanto de menos… Y me dolía, me dolía pasar por todo aquel sufrimiento y no tener la recompensa de volver a abrazarlos algún día.

—Deja de llorar, renacuaja, y corred a ese camión a la voz de ya si queréis salir de aquí vivas. —Se me quedaron los ojos como platos al escuchar esa voz tan potente y desconocida. Era la cocinera, había salido a fumar un cigarrillo y no nos habíamos dado cuenta de ella, en cambio, aquella señora había captado nuestras intenciones con solo un gesto.

Y al mirar hacia la chatarra de color verdoso que empezaba a rugir como un tractor, supe que era el momento de echar a correr. Le hice señas a Noah para que se decidiese a venir con nosotras, pero negó una vez más con la cabeza, rechazando una plaza hacia la libertad.

Subimos de un salto a la parte trasera de aquel camión y nos ocultamos detrás de unos sacos de tela. Aún no habían terminado de cargar la mercancía, pero la cocinera entretuvo a los soldados pidiéndoles fuego para que nosotras pudiésemos asegurar nuestra plaza en aquel trasporte.

Y, de pronto, oímos el portazo que dieron al cerrar el camión y pudimos sentir el fuerte traqueteo por los baches que se habían formado por la lluvia que horas antes habíamos sufrido al llegar allí.

—Ya queda poco, hermanita. Pronto estaremos de camino a París y allí decidiremos que hacer.

—¡Alto! —oímos de pronto—. Abran de nuevo las puestas del camión. —Y frenó en seco. Sentimos como se abrían las puertas y el peso de que alguien había subido. Era nuestro fin—. Maldita sea, menos mal que esta aquí, enganchado en un saco. Si llego a casa sin el reloj mi mujer me mata. Dice que le costó carísimo y yo no lo pongo en duda…, ni me atrevo. —Todos rieron al unísono y las puertas del camión se cerraron de nuevo. Ahora sí, nos íbamos de verdad.

No sabíamos cuál era el destino de aquella mercancía, pero no tardamos más de tres días en descubrirlo. Nuestras fuerzas eran mínimas, si no salíamos para beber y comer algo moriríamos allí mismo, sin testigos.

Estábamos en el puerto de Somport, en la frontera entre Francia y España, fue lo primero que leí cuando salimos de aquel cubículo que nos había mantenido ocultas todo el viaje, y en el que tuvimos que hacer nuestras necesidades a pesar de la vergüenza. De nuevo echamos a correr hacia la parte abandonada de aquellas vías de tren.

—¡Alto, niñas! —oímos a nuestra espalda—, ¿no querréis que os pillen?

—Usted…, ¿no va a delatarnos?

—¿Delataros?, no. Llevo semanas esperando vuestra llegada. Perdí la esperanza cuando os capturaron en la frontera de Alemania con Francia; pero, hace tres días, mis compañeros me dijeron que las niñas que habían sido atrapadas a orillas de Rin habían logrado escapar de nuevo en un camión de la SS, y supe que vendríais hasta aquí. Venid conmigo, soy amigo de Gabriel, vuestro difunto padre,

No sé aun si fue el miedo a continuar solas o escuchar el nombre de nuestro padre lo que nos hizo seguir a aquel señor, pero lo hicimos. Un rato después, ya a salvo de miradas, nos dijo que a nuestros padres les habían disparado en cuanto alguien les contó a los soldados de la SS que habían ayudado a huir a dos niñas, y que él era la vía de escape de papá, que nos sacaría de aquella tortura que entonces llamaron guerra, pero que sin duda era lo que hoy en día se conoce como Holocausto.

Resultó que aquel camión transportaba oro que los alemanes ofrecían a los españoles a cambio de Wolframio, y aquel señor era participe de aquel trapicheo solo como tapadera. Su misión desde hacía mucho tiempo era ayudar a los judíos a viajar hacia la estación de Canfranc, hacia la libertad. Y nosotras llegamos allí el 31 de diciembre de 1942, en el tren de la seis de la tarde. Allí estaban nuestros abuelos, esperándonos para llevarnos a casa.

Vanesa Sánchez Martín Mora

Imagen: Pixabay

La alondra y el búho

Se veían todos los días durante un trayecto de siete paradas, cuando viajaban en la línea 12 de metro, entre las ocho y las ocho y media de la mañana. Si sus miradas se cruzaban, la timidez que compartían sin saberlo hacía que los ojos de ella volaran hacia el techo y los de él se refugiaran tras los párpados cerrados, fingiendo dormir.

Uno de los pocos días que los dos libraban en sus trabajos coincidieron en la fiesta de cumpleaños de un conocido común. Se reconocieron. Dudaron. Terminaron por acercarse casi a la vez. Se sonrieron. Al final, hablaron sin hacer caso de los demás invitados.

A partir del día siguiente, se sentaron juntos en el metro. Ella cogía esa línea para ir a su trabajo diario. Pasaba más de doce horas cuidando a una persona mayor que vivía sola. Él cogía la misma línea cuando salía de servir copas y pinchar discos en un local de moda durante toda la noche, cuando terminaba su jornada y regresaba a su casa para descansar.

La alondra y el búho, como el sol y la luna o como la noche y el día, vivieron su historia en momentos que duraron lo que tarda en amanecer o en ponerse el sol. Porque a veces basta con eso y una historia se escribe en capítulos cortos, aunque cada uno de ellos dure solo media hora.

Adela Castañón

Imágenes: Pixabay