El otro planeta azul

He vivido siempre en un planeta azul. Lo supe hace poco. Ahora también vivo en un planeta azul. Me gusta el color azul.

Se me da mejor escribir que hablar. Puedo escribir mi historia. No estoy seguro de saber narrar mi historia, pero voy a intentarlo. Para eso necesito organizarme. La escribiré en tres carpetas con nombre. Poner nombre a las cosas siempre ayuda.  

Las tres carpetas se llamarán secuestro, cambio y liberación.

Primero fue mi secuestro.

Estuve secuestrado en el primer planeta azul desde que nací, pero no lo sabía. Lo averigüé poco a poco. Como cuando voy al dentista y el efecto de la anestesia se va pasando. El dolor llega poco a poco, como el conocimiento. Eso es una metáfora, pero entonces yo no sabía que era una metáfora.

Lo primero que llegó fue el caos. Desconocía las normas de aquel sitio. A mi alrededor no encontraba a nadie como yo. No estaba solo, pero estaba solo. No sabía si hacía lo correcto en cada momento. No podía averiguar cómo se iban a comportar los habitantes que me rodeaban. No me gustan las situaciones impredecibles, y ese lugar estaba lleno de ellas. Muchas veces los demás me pedían cosas sin ningún sentido. Muchas veces yo no hacía esas cosas sin sentido. Entonces las personas se enfadaban muchas veces. Me pedían tareas extrañas que no entendía. Eso me irritaba mucho. Entonces muchas veces me golpeaba. No sabía bien por qué me golpeaba. Ahora ya lo sé: era por aburrimiento o por irritación. A veces me envolvían en un albornoz desde el cuello hasta los tobillos. No podía moverme. No me gustaba. Aprendí que solo me lo quitaban cuando paraba de gritar o de golpearme.

Al principio del caos era como tener un teléfono en la mano, pero sin cobertura y sin nadie al otro lado de la línea. Eso es otra metáfora. Me gustan las metáforas.

Ese planeta invisible no me gustaba. No sabía que era un planeta azul. Había demasiado ruido, poco orden, demasiado movimiento, poca tranquilidad. Quería escapar de allí.

Lo segundo fue el cambio.

Apareció una pizarra grande en la pared. Ahora sé que era una pizarra, pero al principio yo no sabía que se llamaba así, para mí era un cuadrado grande de corcho. Me gusta el tacto del corcho. En el corcho pinchaban cuadrados más pequeños. Javi estaba en muchos. Se llaman fotos. Lo sé ahora. Yo me llamo Javi. También lo sé ahora. Es bueno tener un nombre.

Gracias a la pizarra empecé a aprender cosas. Me gustó aprender cosas. Descubrí que vivía en una especie de cárcel, eso es otra metáfora. Pero también descubrí que las paredes no eran indestructibles, aunque cuando intentaba abrir agujeros para hacer ventanas o puertas y poder escapar de allí me salían torcidos.

Después del caos llegó el miedo. Veía a las personas acercarse a mí. Lo primero que recuerdo eran los círculos grandes con media sandía. Ahora ya sé que los círculos se llaman caras, y las medias sandías se llaman bocas. Pero entonces no sabía los nombres y pensaba en círculos y en sandías. Cuando la sandía tenía los picos levantados significaba que todo estaba bien. Yo había hecho algo bien. Era una clave. Ahora es más fácil y ya sé que eso se llama sonrisa. Cuando todo estaba mal la sandía, que es la boca, estaba recta. O con los picos para abajo, y entonces había dos líneas de agua en las caras. Se llaman lágrimas. Yo tampoco sabía eso entonces. Las lágrimas eran otras claves, pero yo no las podía interpretar. No tenía un diccionario. Entonces no sabía lo que era un diccionario. Ahora lo sé, y tengo varios diccionarios: de fotos, y de palabras, y de frases.

Otras veces un habitante más pequeño se acercaba a mí. Daba más miedo, pero también me atraía más. Su boca siempre sonreía, pero hacía mucho ruido y se movía demasiado deprisa. Pronto tuve más claves. El habitante pequeño se llamaba hermana. O también Marta. Era un poco confuso que tuviera dos nombres. De los habitantes grandes, el que más me gustaba se llamaba mamá. Me hacía sentirme tranquilo, porque siempre hacía las cosas despacio, con orden, y eso me gustaba. Ella sabía asustar al miedo. Eso me gustaba también. Ella ponía y quitaba muchas fotos de la pizarra, y eso era bueno porque ayudaba a que el miedo se fuera.

Aprendí que conseguía más cosas señalando las fotos de la pizarra que golpeándome. Eso fue algo muy bueno. Empecé a golpearme menos. Empecé a utilizar más la pizarra. Mis ventanas y mis puertas empezaron a salirme derechas. Esa es otra de mis metáforas favoritas. Ya os he dicho que me gustan las metáforas. Las bocas sonreían más a menudo. Casi nunca había ya agua en las caras. Eso me gustaba. Se llamaba llorar, y eso no me gustaba. Yo nunca lloro.

Lo tercero fue la liberación.

Después del caos y del miedo vino la alegría.

La alegría es bonita. Me gusta mucho. Es como una llave y encerró al caos y al miedo. Es otra metáfora. Esa me la ha enseñado mamá.

Soy diferente. Eso también me lo ha enseñado mamá. Pero hermana Marta también es diferente. Y mamá también es diferente. Ser diferente no es malo, solo es diferente. Solo es malo cuando estás secuestrado en un planeta azul que no se ve. Hay otro planeta que sí se ve. También es azul. Se llama Tierra, y es redondo. Me gusta la tierra. También me gusta mi otro planeta azul porque ya no estoy prisionero y sé moverme por él. Ese se llama autismo.

Sé lo que es una persona ciega y sé que no es fácil explicarle los colores. Sé lo que es una persona sorda y no es fácil explicarle la música. Sé que yo no soy una persona ciega ni sorda, pero hay cosas que no es fácil explicarme porque mi interior es de color azul, como el planeta invisible. Sé que hermana Marta y mamá pueden viajar entre los dos planetas azules. Ellas me ayudan y ahora yo también viajo al planeta azul Tierra sin tener que moverme de mi casa. Es divertido. Eso es una metáfora y también es una broma. Estoy aprendiendo a hacer bromas. Las bromas me gustan, aunque son más difíciles que las metáforas. Pero hacen reír, y la risa también me gusta. Me hace sentir como cuando estoy recién bañado o como cuando me dan un bombón de una caja roja que se llama Nestlé.

Leer es fácil. Me gusta mucho leer. Las palabras escritas siempre están ahí, no se escapan como las otras. Por eso es más fácil escribir mi historia. Sé escribir mi historia. No sé si sabría contar mi historia. Ya os lo he dicho antes.

Mamá dice que hay muchos más planetas. Y muchas más historias. A mamá le gusta mucho escribir. A mí también me gusta mucho escribir. Mamá escribe relatos y novelas y poemas. Yo escribo resúmenes de las noticias que veo en la tele todos los días. Y resúmenes cuando hacemos un viaje. Luego mamá y mis profes leen mis resúmenes.

Ahora también me gusta mucho hablar.

Mamá dice que hablar es bueno y escribir también.

Por eso hablamos mucho y escribimos mucho.

Y nos queremos y nos sentimos muy bien.

Eso es bueno.

Esa es mi historia escrita. Me gusta. Eso no es una metáfora. Es real. Como mi vida en los planetas azules.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Mi castillo

La piel es mi muralla,
mis ojos, las almenas que vigilan la torre
y que vierten al foso las lágrimas de sal
que a salvo me mantienen
cuando llega el ocaso, 
con su hora mágica de sueño entre dos luces.

Mi cuerpo es el castillo
que guarda entre sus muros mis tesoros:
los recuerdos perdidos, 
sueños encadenados
que como prisioneros en sus celdas
intentan escapar y romper las amarras
que los tienen atados,
las cadenas del miedo,
de las indecisiones y las dudas
que no dejan que vuelen.

Y el alma,
igual que una princesa en su castillo,
permanece encerrada,
ajena a los susurros que llegan desde fuera,
inmóvil, sorda y ciega.
Pero hay recuerdos que vuelan por el aire,
ese aire que se cuela por huecos traicioneros
que la memoria deja. 

Y entonces, en mis sueños,
los deseos olvidados se despiertan,
susurran sus anhelos,
y mi alma, que estaba acobardada,
se convierte en el dragón más fiero
que ruge y lanza llamas
y aviva con su fuego
la guerrera que vive en mi interior.
Y despierto y me pongo de nuevo 
la armadura brillante del amor.

Igual que una amazona 
elijo mi armamento, 
mi escudo es el papel
y mi espada es la pluma.
Y la tinta que vierto cuando escribo
es mi sangre gritando que te quiero.

¡Que error es encerrarse en un castillo
por pensar que la vida está allí a salvo,
sin comprender que lo que es más hermoso
se muere allí encerrado!

No sé bajar el puente levadizo,
y carezco de alas para escapar volando.
Si trato de nadar para cruzar el foso
me hundiré en una ciénaga de llanto. 
Por eso, por no poder huir
a buscarte en los bosques y en los prados,
escribo estos poemas
que ayudan a romper el muro de dolor
que tiene al corazón aprisionado. 

Adela Castañón

Imagen: Stefan Keller from Pixabay

Tardes en la estación. Por Vanesa Sánchez Martín-Mora

Hoy nos visita de nuevo Vanesa Sánchez Martín-Mora. En las redes se define como «Escritora, ilustradora y mamá de Martina», y en las tres facetas brilla por igual. Este relato que ha querido compartir en Letras desde Mocade es buena prueba de ello. Bienvenida, Vanesa, y aquí tienes tu casa.

TARDES EN LA ESTACIÓN

Sam, era un niño de nueve años, pelirrojo, de profundos ojos verdes y la cara salpicada de pecas. Su madre lo peinaba cada día marcándole la raya en el centro y minutos después Sam lo alborotaba de cualquier forma porque decía que con ese peinado los niños se reían de él. Siempre llevaba la ropa limpia, los zapatos brillantes y olía a jabón de violetas que su abuela Ruth hacía en casa.

—¿Qué haces cada día en la estación, cariño? —preguntó Anna, su madre.

—Bueno, observo a las personas y luego invento historias sobre ellos.

—¿Eso es lo que haces todo el tiempo, escribir?

—Sí, a veces llega el viejo Bobby y comparto con él mi merienda. Al pobre le quedan solo cuatro dientes ¿sabes? Mastica fatal el chocolate.

—¿Bobby?, ¿quién es Bobby? —dijo Anna preocupada.

—Ah, es el perro del guardia. Es muy viejo para jugar; se queda dormido por todas partes. Solo sabe roncar.

   Mientras Anna sonreía por la charla con Sam, lo agarró por los hombros para darle un beso en la frente, ponerle bien las mangas de la camisa y un fallido intento por volver a peinarlo. Le dijo que no volviese tarde para la cena, pues prepararía espaguetis, pero Sam no la escuchó. Había echado a correr.

   Eran las cuatro de la tarde cuando Sam llegó a la estación ferrovial. El tren de línea Paris-Lyon, tenía prevista la salida a las cuatro y media. Como cada día, el pequeño era fiel a su cita para ver partir aquella máquina de grandes ruedas. Él nunca había salido de la ciudad, pero había muchas personas que sí, que iban y venían a todas horas. Y él envidiaba a cualquiera que lo hiciera.

   Sam sacó de su cartera verde un cuaderno y varios lápices, también sacó un trozo de pan y una onza de chocolate que colocó de forma ordenada a su lado izquierdo, y un trozo de tela bien doblada que usaba para amortiguar un poco la dureza del suelo. Se sentó en el mismo lugar de siempre, en el andén, junto a una papelera.

   Faltaba poco para que el tren se pusiera en marcha, ya se notaba el traqueteo de los zapatos de los caminantes cuando se escuchó el silbato que lo anunciaba. El tren se iba. Vio subir a mucha gente después de ver bajar a otras tantas que, a veces, llegaban a chocar por las prisas.

—Hola, pequeño —dijo la mujer que llevaba sobre su cabeza un canotier con plumas de colores llamativos y un vestido rojo bastante elegante—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo.

—Vengo cada semana para ver a mi hermana que está enferma, y siempre te encuentro aquí. ¿Qué anotas en ese cuaderno?

—Cosas —espetó sin levantar la vista del papel que tenía delante.

—¿Y puedo saber qué tipo de cosas?

—Historias que invento cuando veo a la gente de la estación.

—¿Hay alguna historia que hable de mí? —dijo la mujer entusiasmada.

—Sí, y de esa cosa tan rara que lleva siempre en la cabeza, pero quizá no le guste lo que escribí sobre eso.

   La mujer echo a reír a carcajadas. El niño arrugó el entrecejo y la miró sin entender que era lo que le hacía tanta gracia. Le revolvió un poco más si cabe su peculiar cabello y se despidió de él.

   Tres días más tarde a la misma hora de siempre, Sam se encontraba preparando su zona de trabajo cuando vio que la señora del sombrero raro se mantenía en el andén, observándolo. Tenía en la mano dos billetes de tren y un paquete envuelto en papel Kraft sujeto con una cuerda. Sam se dio cuenta de que aquel día se estaba mordiendo las uñas de la mano que tenía libre, un gesto que antes no le vio hacer.

—Hola, pequeño. Soy Sara. ¿Me recuerdas?

—Sí, señora, la recuerdo, y a su sombrero también.

—¿Cuál es tu nombre?

—Sam.

—Bueno, Sam. Tengo un regalo para ti —le dijo mostrando el paquete marrón.

—¿Un regalo, para mí? Mamá dice que son lujos que no puedo tener siempre, solo en mi cumpleaños y en algunas navidades que papá gana algo más de dinero.

Sam se quedó un poco extrañado, las únicas personas que le habían hecho regalos eran sus padres y la abuela Ruth. Pensó que quizás esa señora era muy rica y les hacía regalos a los niños, regalos que escondía en la gran maleta que la acompañaba.

—¿Alguna vez has montado en tren?

—No, señora. No tenemos dinero para viajar, y tampoco a nadie a quien pudiésemos visitar.

—Podrías venir conmigo, te encantaría. Cerca de mi casa hay una gran tienda de dulces, ¿te gustan los caramelos, Sam?

—Nunca los he probado, pero los veo cada día en el escaparate de la tienda del señor Ford, de camino a la escuela.

—Te compraré varios si vienes conmigo. ¿Qué te parece la idea?

   El niño se quedó callado, pensando. Le había dicho muchas veces a su madre que le llevase a algún lugar para poder montar en tren, pero su madre le decía que no había dinero para esos lujos. Por una parte, deseaba subir a ese cacharro que tanto le gustaba, pero también estaba preocupado por su madre, no le gustaba que hablase con extraños, y si se enteraba se enfadaría mucho con él.

—Solo si promete que volveremos pronto —dijo al fin—. A mi madre no le gusta que me retrase para la cena, y a mí no me gusta tomarla fría. Se preocupará mucho si llego tarde, siempre lo hace.

—Prometido —dijo Sara.

Rígida como una estatua, esperó a que Sam recogiese sus cosas mientras le escuchaba decirle al viejo Bobby que le esperase, que volvería en un rato.  La señora lo cogió de la mano y subió con él al tercer vagón, desde el que se veía la garita del señor Robinson, el guardia y amigo del padre del pequeño. Una vez se hubieron acomodado le tendió el paquete, Sam lo cogió de buen agrado y lo abrió.

—¿¡Un cuaderno!? Ya tengo cuadernos, no necesito más —dijo decepcionado.

—Este será especial, a partir de ahora escribirás tu propia historia —le dijo dándole una palmadita en la pierna.

—Mi historia, ¿por qué mi historia? —preguntó sorprendido. Pero Sara no contestó, solo saco de su bolsa el libro que estaba leyendo y se acomodó en su asiento.

   En ese instante, Sam no dijo nada más, giró la mirada hacia la ventanilla para observar el paisaje cuando el tren avanzase. Observó al viejo Bobby que ladraba sin descanso junto a su ventanilla y le extrañó. Preocupado por no volver tarde a casa, pues su madre había preparado para la cena su plato favorito, ratatouille, no se dio cuenta que el guardia había salido corriendo hacia su vagón mientras gritaba palabras que se perdieron con el ruido de la máquina al ponerse en marcha, y que se disiparon tan rápido como el humo del tren.

Aquella noche sí se quedaría fría su cena; y el corazón de su madre.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen: Javad Esmaeili en Pixabay

 

Información, por favor

Carlos pasó dos años de su infancia en aquel pueblo gallego, en una casona de muebles sólidos, pesados, de noble madera antigua. Con una cocina que olía a besos de vainilla, tan amplia que la mayor parte de la vida de todos se desarrollaba allí. La gran mesa central fue escenario de las comidas familiares, de sus deberes escolares, y de acontecimientos que, en el futuro, recordaría siempre con una sonrisa silenciosa, más expresiva que cualquier palabra.  

Aquella tarde de enero, mientras veía teñirse de blanco todo lo que había más allá de los cristales, Carlos lloraba sentado en el suelo de la cocina. Si no terminaba los deberes esa tarde, no le comprarían la bicicleta con la que soñaba desde hacía meses. Pero sus padres dormían la siesta y papá había olvidado sacar de su biblioteca, siempre cerrada con llave, la enciclopedia que necesitaba para hacer la tarea. Papá y mamá se habían ido a dormir, enfadados con él después de la llamada de su profesora. Secándose las mejillas con el puño del jersey, Carlos miró con un fruncimiento de cejas al teléfono de la pared de la cocina, portador de las malas noticias acerca de sus resultados escolares. Su casa era una de las pocas del pueblo que contaba con aquel moderno adelanto, todavía novedoso en la década de los cincuenta.

El teléfono parecía devolverle la mirada. Aquel trasto de color blanco, colgado en alto en la pared que había junto al frigorífico, se burlaba de él con su disco redondo lleno de agujeritos como ventanas a las que se asomaban las cifras del uno al cero. Y sobre la horquilla del cajetín, como dos orejeras de las que su abuela le había tejido para combatir el frío, se posaba con aire de suficiencia el auricular con aquel ridículo cable en uno de sus extremos que al chiquillo se le figuraba una lengua burlona.

De pronto una imagen se abrió paso entre su desconsuelo: su madre descolgando el auricular, marcando el cero, y diciendo: «Con información, por favor». El chiquillo pensó que valía la pena intentar cualquier cosa, por desesperada que fuera, con tal de resolver su problema. Respiró hondo, se puso en pie, y acercó con esfuerzo una de las pesadas sillas de la cocina a la pared donde estaba el teléfono. Se subió al asiento sin hacer ruido, cuidando de no caerse, y descolgó el auricular. Esperó unos segundos y, como no sucedía nada, hizo lo que tantas veces había visto hacer a su madre. Marcó el cero y esperó.

Al otro lado de la línea, en la centralita telefónica del pueblo, la operadora introdujo la clavija correspondiente en el panel que tenía frente a ella mientras decía rutinariamente: «¿Dígame?». La luz indicaba que la llamada procedía de la casa de uno de los terratenientes del lugar. Le sorprendió escuchar después de una pequeña pausa una tímida vocecilla que balbuceaba: «¿Con información, por favor?». La mujer sonrió, pese a que estaba sola, y le siguió la conversación al interlocutor inesperado: «¿En qué puedo ayudarte?». Escuchó lo que le parecieron unos sorbetones de mocos, y la misma voz infantil que decía: «Papá no me ha dado la enciclopedia, y está durmiendo con mamá. Y no puedo entrar en la biblioteca porque está cerrada. Dime, información, ¿tú sabes cuál es la capital de Suecia?». «Estocolmo», respondió ella. Al otro lado del hilo se escuchó un audible suspiro. La misma voz infantil, ahora con entonación más curiosa que lastimera, continuó: «¿Y me puedes ayudar a hacer hoy los deberes? Es que si no, me quedo sin la bici».

La mujer sintió expandirse por su pecho un calor desconocido que le hizo olvidar la nevada que estaba cayendo en el exterior. En su vida la habían llamado de varias formas, pero ninguna le sonó tan bonita como ese «Información». Ayudó a Carlos en esa ocasión, y en bastantes otras: cuando se cortó el dedo al querer prepararse la merienda sin esperar a que su madre regresara –dándole instrucciones para presionar el pequeño corte con un paño de cocina hasta la llegada de un adulto–; o el día en que Carlos le contó que sus amigos y él habían untado de miel la silla de la profesora de lengua, y no sabía si confesar o no su fechoría porque iban a culpar a otro. Escuchó también al pequeño cuando la llamó para preguntar si su mascota fallecida iría a un cielo distinto, o al mismo donde le decían que estaban sus abuelos. Día tras día, mientras la mujer atendía las llamadas de los vecinos tejiendo con sus cables y clavijas una red que los comunicaba entre ellos, vigilaba con el rabillo del ojo el indicador de llamada de la casa de aquel niño que había vestido de colores su trabajo en un monocromático día invernal.

Al cabo de un par de años, el padre de Carlos vendió la casona y la familia se trasladó a vivir a otra ciudad. Las llamadas se interrumpieron, y la vida siguió su curso.

En ese mismo pueblo, dos décadas después, una mujer a la que la jubilación se le hacía eterna escuchó sonar el timbre de la puerta de su casa. Dudó si levantarse o no de la butaca dado que no solía recibir visitas. Tenía los pies helados, envueltos en una manta, pero le pudo la curiosidad. Dejó al presentador de la televisión con la manta por único oyente en el brazo del asiento, y se acercó a la puerta. Por la mirilla vio a un joven bien vestido, con un abrigo con pinta de valer su paga de todo un mes, y un ramo de flores en la mano. Sonrió pensando que se trataba de una equivocación y que esas flores serían para alguna vecina, y descorrió el pestillo para sacar de su error al visitante. La calle estaba transitada, era de día, y el despistado desconocido no parecía peligroso. Abrió la puerta para preguntar a aquel buen mozo en qué podía ayudarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, el joven se le adelantó. Tragó saliva, extendió los antebrazos con las flores reposando en ellos y, con una timidez inesperada en alguien tan apuesto y trajeado, preguntó:

–¿Información, por favor?

Nevaba fuera. Pero la antigua telefonista había dejado de sentir frío.

Adela Castañón

Imagen: lisa runnels en Pixabay 

Todo es relativo

El número 619734521 no está disponible. Por favor, grabe su mensaje al oír la señal.


Nuria duda entre colgar o dejar el mensaje. Ha tenido un día horrible en el trabajo, al coche se le ha encendido un chivato que amenaza con una visita al taller nada barata y, para colmo, le acaba de bajar la regla. Si no habla explotará allí mismo, y opta por desahogarse.

–Macarena –emplea el nombre completo de su hija, en lugar del diminutivo habitual–, llámame cuando oigas mi mensaje. O no me llames si no quieres, pero procura no volver tarde porque tenemos que hablar –inspira y continúa–. Te he dicho mil veces que cuando cojas mis cosas las guardes después de usarlas. Te has dejado otra vez el secador al lado del lavabo. Y ha debido de mojarse porque cuando he ido a secarme el pelo me ha soltado un chispazo que por poco me mata del susto. –Nuria toma aliento de nuevo, incapaz de parar de hablar–. Lo peor es que nos hemos quedado sin luz en casi toda la casa. Acaba de irse el electricista y por tu culpa nos hemos quedado sin frigorífico, sin lavadora, sin microondas, y sin la mitad de los aparatos que dependían de no sé qué fase. Así que vete preparando porque vamos a tener una conversación seria. Esta vez te has pasado.

Nuria vuelve a respirar hondo y cuelga. Es la primera vez que no se despide de su hija con un “besitos”, “te quiero”, o una frase similar. Pero en esta ocasión la irresponsabilidad de Maca ha tenido consecuencias desastrosas. Deja el móvil sobre la mesa y pulsa de modo mecánico el mando de la tele del salón, con un resultado nulo porque también la televisión ha muerto víctima de la sobrecarga eléctrica. “¡Mierda!”, piensa. Se va a la cocina, tampoco enciende la luz allí, y sube la persiana para aprovechar lo que quede de luz del día. Mira con el ceño fruncido a su vecina, ajena a todo en el jardín, cortando el césped, y envidia su frigorífico, la tele de su salón, su secador de pelo… La invade el desaliento. A saber si el seguro se hará responsable del desaguisado.

Nuria lleva casi medio año sin fumar, pero empieza a revolver como una loca los cajones de la cocina y da con un paquete olvidado donde quedan dos cigarrillos. Enciende uno de ellos y da una calada profunda que le provoca un ataque de tos después de tanto tiempo de abstinencia. La tele pequeña que tienen en la cocina parece burlarse de ella con su pantalla de color negro, como un luto riguroso. Nuria mueve la cabeza en un gesto de resignación, y pulsa por pulsar el botón de encendido del mando. Deja el cigarrillo en un plato de café, ni se acuerda de donde puso los ceniceros, y se da la vuelta para empezar a fregar. Un tenedor se le cae de las manos cuando oye una voz a su espalda. Se vuelve asustada, y comprueba que, por esos misterios de la tecnología del siglo XXI, la tele de la cocina funciona. Debe de estar en la fase buena de la casa donde, seguro, están conectados los electrodomésticos y trastos más inútiles de todo el bagaje hogareño. Mira por la ventana mientras enjabona cubiertos y platos, y sigue envidiando a la vecina.

La voz del locutor llega a sus oídos como un ruido de fondo, y algo que escucha le hace darse la vuelta para mirar las imágenes. Parpadea sin dar crédito a lo que está viendo en pantalla, pero la voz en off la sacude confirmando lo que muestra el pequeño televisor. La asalta un pensamiento absurdo: una catástrofe de tal magnitud no puede tener cabida en esas pocas pulgadas. Coge el mando, y sube el volumen.

“…en la capital nepalí, millares de personas han pasado la noche al raso, pese a la lluvia que cae sobre la ciudad, debido al derrumbe de numerosos edificios y al temor de que se produzcan nuevos temblores. Más de una veintena de réplicas han sacudido el país tras el primer seísmo. Según han confirmado fuentes oficiales, en la zona del epicentro, en Barpak Larpak, un noventa por ciento de aproximadamente un millar de casas y cabañas han quedado destruidas…”

Nuria mira de nuevo por la ventana y sigue viendo a su vecina, cuyos electrodomésticos envidiaba hace unos segundos. Vuelve la vista a la pantalla. Allí no hay ningún aparato eléctrico reconocible entre los escombros. Las imágenes hacen que su estómago se encoja con un dolor desconocido que le recuerda las contracciones del parto de Macarena. Oye la voz del locutor, pero deja de entender lo que dice. Los subtítulos son estremecedores. El primer plano de una mujer joven llena la diminuta pantalla, y el pie de imagen dice que ha perdido a su marido, a sus dos hijas, y a su madre.

Nuria parpadea de nuevo varias veces. Como cuando rompió aguas en el parto, siente que algo se hace añicos en su interior. La pena baja por sus mejillas como arañazos, y le deja un regusto de sal al llegar a los labios. No siente las gotas que caen sobre su muñeca, donde el mando de la tele parece mirarla y rogarle que pulse el botón de “off”. El dolor que le llega a través de sus dedos los deja helados e inútiles.

El sonido del móvil, que se ha dejado en el salón, la saca de su trance. Suelta el mando de la tele, se restriega las manos en los vaqueros y va en busca del teléfono. La llamada entrante es de su hija. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano y descuelga. La voz de Maca le llega antes de que pueda decir nada:

–Mami, ¡perdóname! Lo siento mucho. Llego en diez minutos, acabo de oír tu mensaje. ¡Lo siento mucho, mami! –repite.

–Maca…

–No digas nada, mamá –su hija la interrumpe; le tiembla la voz al hablar, y puede oír que está llorando–. Solo he llamado para decirte que ya voy para casa. ¡Te prometo que ha sido sin querer!

–Hija… –Nuria quiere hablar, pero Maca no le deja.

–¡Trabajaré este verano, mamá! Y no me des mi paga hasta que esté todo pagado, mami. Te prometo que…

–¡Maca! ¡Escúchame!

Nuria ha subido el volumen, y logra por fin que su hija le preste atención.

–Hija…

Ahora que puede hablar, no sabe bien qué decirle a su pequeña. A su niña del alma, que está viva, hablando y llorando a pocos metros de su casa, y a la que podrá dar un abrazo de oso en unos minutos. Esa niña que va camino de su hogar, un hogar cuyas paredes y techo se asientan con firmeza sobre el suelo, rodeado de otros hogares igual de sólidos y firmes.

–Anda, nena, no digas nada más, y ven a casa. Hablaremos tranquilamente ¿vale? –De pronto es Nuria la que se pone a llorar–. Te quiero mucho, mi vida. No tardes. Te quiero mucho.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay

Nieve y noche

Mis ojos ven la nieve en ese folio blanco, impoluto,

y tan helado que su frío invade mis retinas,

llegando hasta mi alma en un grito que es mudo y que, por eso,

duele más todavía, y desata mis lágrimas.

Llega el ocaso.

La noche, desde el cielo, dirige su mirada hacia mi casa

y ve mi llanto.

Ve lágrimas que quieren fundir con su calor

esa nieve tan cruel del folio en blanco.

La noche siente pena.

Es buena, compasiva.

Y vigila mi sueño sin descanso.

Tal vez por eso une su llanto al mío cuando despierto

y empieza a derramar sobre la nieve esas lágrimas negras que se funden

y riegan con palabras ese níveo sudario,

que estaba tan callado, mudo y muerto,

que estaba tan helado.

Trozos de amor llueven desde la noche.

Y mi mano, coge rauda la pluma, y los atrapa

para sembrarlos en ese campo blanco.

Recojo al vuelo las gotas de negrura para formar palabras.

Iré tarde al trabajo. No me importa. La noche ya se acaba.

Si la dejo marchar, se llevará con ella la esperanza

de que sus lágrimas de amor se queden para siempre aquí grabadas.

Y entonces, ¡ay, qué pena! su llanto compasivo, su amor tan generoso,

no habrían servido a nadie y para nada.

Y ella no lo merece…

…me gusta más la nieve si no es blanca.

Adela Castañón

Imagen: Dale Forbes en Pixabay 

El cuento sin fin

Invéntame un cuento, hijo, inventa una historia para mí, ahora soy yo la que te lo pide, ahora entiendo tu necesidad cuando me pedías eso, ahora te toca, te toca a ti, mi niño. Inventa algo para mí, yo lo dejaba todo para crearte una historia, la plancha, la comida, todo pasaba a un segundo plano, te contaba mil cuentos aunque nunca te los escribía, ahora tienes que hacerlo tú por mí, volver de dónde quiera que estés, da igual tu cuerpo en esa caja forrada de blanco, ese eres tú y no eres tú, tú no eres eso, o sí, eres eso, eres más que eso, eres el cuento que flota invisible entre las cuatro velas, cuéntame ese cuento, mi niño, sopla para que llegue a mi piel, solo eso puede mantener a raya a la muerte, ladrona de hijos, muerte, criatura sin alma, sin útero, que quiere robarte, mi niño, no la dejes, no me dejes, quédate conmigo, hijo, quédate conmigo, cuéntame un cuento, cuéntame el cuento del árbol que quería ser inmortal, que quería moverse, y ver el mundo, como tú y como yo, que hemos visto el mundo, este mundo, muchos mundos, sin movernos del sofá.

No me acuerdo de cómo era ese cuento, hijo mío, tengo que acordarme. Si no me acuerdo te irás del todo, te irás y yo me moriré y me iré también, pero no quiero irme sin saber si llegaré al mismo sitio, no te vayas, mi niño, no te vayas todavía, yo soy el tronco, no puedo vivir sin las ramas, no puedo vivir sin ti. Las ramas, eso era, gracias, tesoro, era eso, claro, era eso, las ramas que cortaba un hombre, y hacía con ellas una cuna, la cuna en la que te mecía de pequeño, y el árbol era árbol y era cuna y era las dos cosas, y quería más, quería ser más, como tú, mi niño, querías ser muchas cosas, querías ser pirata, y el árbol te daba la madera para el palo mayor de tu barco, y me llevabas a tierras lejanas, y entonces naufragábamos en una isla, eso era, cómo he podido olvidarlo, eso era mi niño, te quiero, te quiero tanto, tantísimo, qué bueno eres quedándote conmigo, estabas perdido con tanta gente alrededor, pobre niño mío, todos mirando sin verte dentro de esa caja forrada de blanco, y tú buscándome, y no me veías con tanta gente, ya se han ido todos, tesoro, ya solo estamos tú y yo, y tú no me veías entre tanta gente y yo no te podía escuchar con tanto ruido, y por qué lloran, no saben, me miran raro, qué saben ellos, no saben nada de nosotros, de ti y de mí y de nuestras historias inventadas, ni saben nada del árbol que quería vivir para siempre, y tú eres ese árbol y eres tu cuna y mi palo mayor. Y en la isla de nuestro cuento cae la noche y hace frío, y los dos nos reímos con el cuento inventado, y quemamos el palo para hacer una hoguera y vivimos en la isla comiendo cocos y plátanos, y con la ceniza de la hoguera nos acordamos del árbol y tú coges la ceniza, y arena y agua y hojas de palmera porque en la isla te has hecho un hombre y lo conviertes todo en papel y yo sigo a tu lado y estoy igual que ahora y tú eres más alto que yo y eres mi niño y te cojo en brazos porque en nuestro cuento cambiamos de tamaño porque sabemos hacerlo como Alicia en el país de las maravillas, y espera, no te vayas, son solo pasos, tesoro mío, son pasos, de tu padre o de la abuela o del abuelo y no te vayas, mi niño, no te marches, no puedo decirles que no entren, ellos también quieren verte, rey mío, pero no inventaron cuentos contigo y por eso no encuentran el camino.

No dejes que me levanten de aquí, no los dejes, no quiero dejarte solo, no quiero quedarme sola, no sé que me están diciendo, no entiendo las palabras, diles que me dejen, mi niño, diles que me dejen aquí contigo, hace frío, no quiero marcharme, tenemos que terminar el cuento, o ya lo terminamos aquel día, no me acuerdo, no puedo acordarme, si no me acuerdo te irás del todo no te vayas, no te vayas todavía, no te vayas sin mí, llévame contigo si te vas, no me dejes sola, no te quedes solo, y eso era, en la isla hacíamos papel con las cenizas y tú te reías y decías que el árbol había sido muchas cosas, árbol, rama, cuna, palo mayor, leña, papel, y que ese cuento sería un cuento inacabado porque no querías ponerle fin, y qué listo eras, mi niño, qué listo eres, siempre has sido muy listo y tenías razón, ese cuento no puede acabar, y quiero que dejen de decirme que me vaya a dormir, que tengo que descansar, es que no lo ven, que mi descanso es escribir contigo el cuento del árbol que quería ser inmortal, y no nos dejan en paz, y no puedo acordarme de cómo sigue y me estás escribiendo con tu dedo de aire las palabras en mi piel y se me pone la carne de gallina y te estoy sintiendo y ya no hay hielo en el centro de mi pecho y estás soplando la hoguera de la isla que ahora me calienta por dentro y me estás diciendo que cierre los ojos para verte, que puedo hacerlo, y lo hago y te veo, y veo el papel que has fabricado en la isla y me estás contando el cuento, mi niño, ese cuento que no se acabó y ahora sé por qué no se acabó porque mientras ese cuento no esté terminado tú no te irás, te vas a quedar conmigo, te quiero, hijo, te quiero tantísimo, qué bien que la gente se fue, que ya me ves, que ya te siento, y pobre abuelo, mira cómo llora, el abuelo te leía cuentos, él decía que los inventores somos tú y yo y lo haré por ti y le contaré al abuelo el cuento del árbol, y a la abuela y a papá, y lo escribiré en un papel que brillará cuando escriba sobre él porque será el papel que antes fue ceniza y palo y cuna y árbol y cuento y tú sigues aquí, mi niño, y ahora entiendo que nuestro cuento inventado no tenía final y yo voy a seguir escribiendo, hijo mío, y escribiré hasta que la vista me abandone y escribiré porque tú y yo somos la rama y el árbol del cuento que nunca se acaba y por eso no te vas a morir nunca, y qué torpe he sido, que no lo entendí hasta ahora, y eres tan bueno, mi niño, eres un ángel, y te prometo que voy a seguir escribiendo y que nuestro cuento inventado y tú y yo seremos inmortales y esto no es un adiós, mi niño, y cerraré los ojos y tú me soplarás en la piel cuando quieras hablarme y estaremos los dos en nuestra isla y te diré todos los días que te quiero, mi niño vivo, mi cuento inacabado, mi vida, te quiero.

Adela Castañón

Imagen: Yuri_B en Pixabay

Mujeres azules

Ese martes amanece nublado.

­­—Mami —dice Lucía—, ¿por qué no me tocó a mí ser como Ángel? —La pregunta coge desprevenida a Alicia.

—¿Por qué me preguntas eso, chiquitina?

La niña ladea un poco la cabeza, igual que hace su perrita cuando la ve comer chocolate. Señala el panel de corcho que hay en una pared del salón, se pone en pie, se acerca y toca con el índice extendido el letrero que hay escrito con rotulador grueso en el marco superior: “CALENDARIO DE ANGEL”. Al lado de esas tres palabras está pegada una etiqueta con el día de la semana, que su mamá cambia todos los días. 

—Yo también quiero tener una agenda con muchas clases para que me tengas que llevar.

Alicia no sabe qué responder. Besa a Lucía en el pelo y le empuja con suavidad la espalda.

—Ea, bonita, lávate los dientes y dibujamos un ratito si quieres.

En el corcho, pegadas con velcro, se alinean las imágenes plastificadas de las actividades que le tocan a Ángel los martes. Lucía y él terminaron de comer hace un rato. Alicia los recoge de la guardería porque, aunque hay comedor escolar, prefiere que almuercen en casa. Así es más fácil o, para no mentir, menos difícil. Ángel acabó el postre, se levantó, quitó del corcho la foto correspondiente a la comida y la guardó en la caja que hay junto al tablero. En esa caja están todas las fotografías y dibujos que le ayudan a organizar su día a día. Luego se cepilló los dientes y volvió al tablero para quitar la foto de la pasta y del cepillo, siguiendo su ritual. Ahora el pequeño duerme la siesta antes de empezar con las terapias de apoyo de esa tarde que aguardan su turno en la fila de imágenes del corcho: logopedia, piscina y fisioterapia.

Alicia ve como Lucía entra en el cuarto de baño y echa un vistazo a la caja. Se queda quieta y se le escapa un suspiro, entre el miedo y la esperanza, al ver que la foto del cepillo ha quedado un poco torcida. Sabe que Ángel ha debido notar ese pequeño desorden, a su hijo no se le escapa nada, y, pese a ello, no ha protestado por esa alteración del ritual. “Dios mío, ¡ojalá sea señal de que las terapias van sirviendo de algo!”, piensa Alicia. Hace unos meses, ese desplazamiento de un par de milímetros entre las dos cartulinas hubiera provocado una rabieta más, y de las gordas. “¡Qué pasos de gigante está dando mi pequeño!”.

Hace casi un mes que Ángel toma parte activa en la organización de su agenda. Ya va siendo capaz de quitar y poner las fotos correspondientes, aunque para ello necesite ayuda. Ese sistema de agenda visual que les aconsejó el psicólogo está consiguiendo que la vida en casa empiece a ser más llevadera para todos. El milagro de la comunicación va surgiendo poco a poco.

En el butacón, la abuela finge dormir. Se alegra de haber cerrado los ojos. Aún recuerda la tensa conversación con su hija hace unos días; es más, le asalta la duda de si su nieta habría estado escuchando cuando discutieron. “No puede ser. Lucía es muy pequeña y, además, en ese momento estaba jugando en el jardín. A lo mejor fui demasiado dura con Alicia, pero… ¡hija de mi vida! ¿No te das cuenta de que tienes DOS hijos? ¡Que también has parido a esa niña! ¡Que la has traído al mundo con los mismos dolores!”

Lucía vuelve al salón y la abuela sigue haciéndose la dormida mientras escucha a su nieta.

—Mami —la niña habla bajito—, ¿se puede ser azafata, aunque se tenga un hermano que esté malito?

Los puños de la abuela agarran con fuerza los brazos de la butaca en un burdo intento de no apretar más los ojos. Pero si no los cierra con fuerza, las lágrimas acabarán por delatarla. El silencio es tal, que la anciana puede oír el ruido que hace su hija Alicia al tragar. A ella, sin embargo, la boca se le ha quedado como si la tuviera llena de arena. Sus párpados cerrados no impiden que su mente vuelva a ver, con la misma intensidad del primer día, aquel párrafo del informe del psicólogo: “Juicio clínico: trastorno de espectro autista, con retraso mental asociado”.

A partir de aquella fecha, Jaime, su yerno, tiró la toalla. Y ya puede Alicia decir misa, que el niño, desde ese momento, ha pasado de tener un problema a convertirse en el principal problema de su padre. “¡Pobre hija mía! ¡Pobre Alicia! La más callada y tímida de mis hijos… y te toca el premio gordo de la lotería”. Ahora la abuela, al pensar en sus nietos, tiene que esforzarse para no sonreír. Aunque, si abriera los ojos, vería que ni su hija ni su nieta le prestan atención. Porque esos niños son ni más ni menos que eso: dos premios del gordo de Navidad. Y, si no, que se lo digan a ella. Y el imbécil de su yerno, sordo y ciego, sin disfrutar esos dos diamantes que la vida le ha regalado. “¡Señor, Señor! ¡Nunca entenderé cómo, en Tu infinita sabiduría, les regalas margaritas a los cerdos! No sé quién es más autista, si mi Ángel, o ese majadero de Jaime…”

Otra vez se ha perdido la memoria de la abuela por los caminos del amor a sus chiquillos. Un toque en su mano derecha le hace abrir los ojos. Su hija está de pie, junto a la butaca. La mujer mira alrededor.

—¿Dónde está Lucia, Ali?

—Se ha ido al jardín a jugar, mamá.

Alicia, más que sentarse, se deja caer al suelo a los pies de su madre. Igual que cuando era pequeña, apoya la cabeza en el regazo materno para sentir los dedos de la anciana acariciando su cabello. Nada en el mundo la relaja tanto. Ese suave masaje actúa como un bálsamo sobre la tormenta de pensamientos que no deja en paz a su cerebro. “Mi pobre niña”, piensa la abuela, “mi Ali, que no sabe que bajo su piel de cordero tiene un corazón de león”. Pero la abuela se equivoca. Alicia lo acaba de descubrir.      

—Mamá, voy a dejar a Jaime.

Alicia no le dice “¿qué te parece que deje a Jaime?”, ni “estoy pensando en dejar a Jaime”. Su voz y su rostro irradian seguridad. La abuela, sin poder creer lo que ocurre, se da cuenta de que los labios de su hija se han curvado en una sonrisa. La cara de Alicia es, a sus ojos, un arcoíris de esperanza.

Para Alicia, a partir de ahora, sus hijos y su madre serán su motor. Jaime, su marido, es, y ha sido, su ancla. O eso creía ella. Pero la vida no es una nave varada, y ella tiene que deshacerse de lo que le impide avanzar. Jaime, con su egoísmo maquillado de falsa seguridad e interés paternal, ha sido, en realidad, un lastre. ¡Cómo ha podido estar tan ciega!          

Alicia no le contará a su madre la conversación que mantuvo la noche anterior con su marido. No le dirá que Jaime le propuso ingresar a Ángel en una institución para niños discapacitados. Tampoco le dirá que más que una conversación fue un monólogo. Que Jaime hablaba y ella escuchaba. Alicia sabe que no hace falta contarle nada de eso.

En el jardín, Lucía juega con sus muñecas. Una en cada uno de sus bracitos. En ese momento está hablando con su favorita, la que tiene el pie roto: “No tengas miedo, Ariel. Mamá me ha dicho que puedo ser azafata, aunque Ángel esté malito. Que da igual que papá me dijera que lo tengo que cuidar toda la vida. Ella lo arreglará todo. También me dijo que puedo ser piloto, o astronauta, o lo que yo quiera ser. ¿Verdad que mami es un hada?”

En ese instante un rayo de sol encuentra hueco entre las nubes. Alicia gira el cuello. Ángel se ha despertado de su siesta y, en lugar de empezar a hacer los ruidos de costumbre, se ha levantado solito e irrumpe en el salón iluminándolo más que ese rayo despistado. La abuela sigue la dirección de la mirada de Alicia, y las dos se amarran con un hilo invisible a los ojos de Lucía, que acaba de entrar con sus muñecas en brazos, y también contempla a su hermano con arrobo. Las tres mujeres sonríen. No necesitan hablarse. Ángel, por primera vez en su vida, responde con otra sonrisa. Y, cada uno de ellos, a su manera, piensa lo mismo: “A partir de ahora, todo va a ir mejor”.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

Uno más uno igual a tres

El traqueteo del vagón de metro siempre me da sueño. Esas cabezadas diarias, camino de mi trabajo, son las que más disfruto en todo el día. Pero hoy se han interrumpido por culpa de un golpe en mi cadera. Entreabro apenas un párpado; dos chicas jóvenes, muy concentradas en su charla, se han sentado justo enfrente de mí. Una de ellas me ha dado un rodillazo al pasar. Debe de ser la que está hablando con las cejas fruncidas, y creo que no se ha dado cuenta porque está enfrascada en la conversación y ni siquiera ha hecho un gesto de disculpa. Entorno otra vez los párpados, y continúo en la misma postura, con el bolso apretado entre mis brazos y mi cuerpo, pero el sueño se ha bajado en la parada donde se han subido las muchachas.

—…pues créetelo, Toñi.

El ruido de una cremallera tira de mi párpado, que se despega del otro unos milímetros, arrastrado por la curiosidad. La que está hablando saca de su mochila una bolsa con el logotipo de una farmacia.

—¡Mira, no puede estar más claro!

—¡Joé, tía! —Toñi abre mucho los ojos—. ¡Me cago en tó lo que se menea! ¿Se lo has dicho ya? Porque pa mí que le va a sentá como una patá en los guevos. —Las dos cabezas, muy juntas, se inclinan sobre el misterioso contenido de la bolsa.

—¿Tú crees? —La que habló primero se lleva el pulgar a la boca, y muerde la piel del dedo.

—O sea, que no le has dicho ná entoavía. Pos pa mí que lo tiés claro, Loles. —Aprieta los labios y se calla.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me llames Loles, joder! Que llevamos ya dos años en Madrid y sigues hablando igual de cateto que si acabaras de llegar del pueblo. ¿Qué trabajo te cuesta decirme Dolores?

—¿Pos y a ti qué más da? Yo hablo como me da la gana, bonita. Y tú habrás aprendío a hablar finolis, pero eso no te ha librao de meter la pata hasta el fondo. —Toñi se ablanda al ver que Loles hace un puchero—. No llores, tonta. ¿Y cuándo piensas decírselo?

Toñi obtiene el silencio por toda respuesta. Las cejas de Loles se elevan en el centro de la frente, como el tejado de una casa. Su nombre es un fiel reflejo de la expresión de su cara, mientras sigue tirando del padrastro con los dientes. “Como siga así, esta chica va a morir despellejada”, pienso.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me atrevo! Le va a sentar como un tiro. ¿Y si me dice que me lo quite? ¡Con lo que quiero a mi Lucas… y ahora esto! Si es que tampoco hemos hablado nunca de este tema y…

Toñi abre mucho la boca y agarra la mano de Loles con tanta fuerza, que su amiga se para a mitad de la frase. En vista de que Toñi no dice nada, Loles le sacude el brazo.

—¿Toñi? ¡Toñi! ¡Que parece que te ha dao un pasmo!

“Vaya, vaya”. Al oír la pronunciación de la última frase tengo que hacer un esfuerzo para no reír. Desde luego los nervios se han cargado la capa de barniz de chica de capital que luce la tal Loles.

—¡Loles, tía! Ya lo tengo. ¡Mándale un guasa!

—¿Quéeee? —Loles deja de morderse la piel del pulgar.

—Que le mandes un guasa, alelá. Échale una foto ar cacharro ese, y se la mandas.

—¿Estás tonta, o qué? —Ahora las cejas siguen oblicuas, pero en sentido inverso. Les faltan dos milímetros para juntarse en el entrecejo formando una “V” mayúscula.

Yo las sigo espiando con disimulo. Toñi calla. Las cejas de Loles deciden de una vez quedarse en horizontal. Deja de morderse el padrastro y manosea su mochila con las dos manos.

—¿Mandarle un WhatsApp?  ¿Tú crees…?

Toñi sonríe con ganas. Tiene una dentadura preciosa del primer molar al último. Por toda respuesta, mete mano en la mochila de su amiga y saca el móvil. Veo a las dos manipular el teléfono y el contenido del paquete de la farmacia. Tengo que esforzarme para no inclinar mi cuerpo hacia delante y cotillear yo también. Mi otro párpado se levantó hace rato para imitar al primero, y puedo disfrutar del duelo de miradas de mis vecinas de asiento. Por suerte para mí, sigo siendo la mujer invisible.

—¡Hala! ¡Ya está!

La tregua del padrastro toca a su fin. Se suspende el indulto, Loles vuelve a las andadas, muerde que te muerde, y el pobre trozo de piel vuelve a sufrir el ataque de los dientes mientras su longitud va menguando. Por la cara de Loles pasa todo un muestrario de expresiones, que Toñi observa en silencio mientras suspira y espera a que su amiga asimile lo que ha hecho. Después de un minuto que parece eterno, Loles despega los labios del pulgar y habla por fin:

—¡Ay, Toñi! ¡Yo te mato! ¿Pero qué he hecho, Dios mío? ¿Cómo se te ha ocurrido darme esa idea? ¿Y tú dices que eres mi amiga?

—Pos claro que sí, tontarra, que eres una tontarra. Por eso, porque soy tu amiga, te he tenío que empujá. Si fuera sío yo, otro gallo cantaría. A ti se te va toa la fuersa por la boca, tía, pero a la hora de la verdá te fartan ovario. Además, ¿qué es lo peó que pué pasá? ¿Qué te mande a tomá por culo? ¡Pos que se joda, que tú no te quéas sola, leñe, que pa eso tiés a tu familia en el pueblo, me tiés a mí aquí…! —Toñi le da un pellizco cariñoso en la mejilla a su amiga y sonríe con media boca solamente—. Aunque entre porvo y porvo ya podíais haber hablao un poquito de los posibles ¿no? ¿Qué pasa? ¿Qué no había tiempo de hablá, ni tiempo pa ponerse un condón…?

El timbre del móvil las hace dar un respingo. Mejor dicho, el respingo lo damos las tres, aunque del mío ni se enteran. Loles todavía tiene el móvil en la mano, y por poco no se le cae al suelo del vagón.

—¡Toñi! ¡Ay, madre…!

 —¡Contesta, tonta!

Loles atiende la llamada con un “¿Si?” y yo abro del todo los ojos aún a riesgo de perder mi incógnito. Veo cómo se chupa los labios y parpadea, sin dejar de morderse el padrastro. Empieza a respirar hondo y los botones de su blusa se tensan. No dice nada en todo el rato, y se despide con un “Vale”. Si Toñi no le pregunta en cinco segundos, lo haré yo aunque me mande a la mierda. Pero Toñi la interroga en ese instante. Nuestras rodillas se tocan, pero ni ella ni yo nos damos cuenta de que nos hemos echado hacia delante.

—¿Qué? ¿Era el Lucas? ¿Qué te ha dicho?

La sonrisa de Loles habla por sí sola. Le brillan los ojos.

—Que si es niña, Carmela. Como su madre.

Adela Castañón

Imagen: Nick Walker en Pixabay 

Una copa más

Marcos, acodado en la barra del bar, mira a su alrededor. En el extremo del mostrador el camarero está secando vasos y suspira de vez en cuando echando miradas de reojo a los pocos clientes que quedan. La pareja que hay en una mesa de la esquina quizá se marche pronto, porque ella no para de mirar el reloj. Y el vigilante de seguridad que casi ha terminado el bocadillo y la cerveza tiene aspecto de estar a punto de comenzar un turno de noche. Todos parecen personas normales, piensa Marcos, con vidas normales, como la suya hasta hace poco tiempo. Las horas que lleva en ese bar le van pesando, pero tampoco tiene ganas de marcharse, ¿para qué? Espera a que el camarero mire hacia donde está él y, cuando lo hace, levanta la mano.

—Camarero, otro vodka, por favor. —Al ver que el hombre vacila, intenta sonreír sin conseguirlo del todo—. Me marcharé pronto, oiga, pero póngame otra, amigo —susurra dos palabras, más para sí que para el otro—. La necesito.

El camarero le sirve otro vodka y vuelve a su tarea. Marcos sujeta el vaso con la mano derecha y se inclina como si se asomara al interior de un pozo. El alcohol que circula por sus venas le juega una mala pasada, la misma que le han jugado las copas anteriores. Parpadea al ver que el líquido transparente del cubilete se agranda y toma la forma de un espejo circular que abarca todo su campo visual. Eso le recuerda los cuentos de hadas que le lee a su hija. En ellos existen criaturas fantásticas que ven el pasado y el futuro en piletas de piedra llenas de líquidos con extraños poderes, que suelen estar escondidas en cuevas misteriosas. Los dragones de esas historias son fáciles de identificar, siempre tienen alas y echan fuego por la boca, no como los monstruos de la vida real, esos que se camuflan bajo la piel de tu mejor amigo, con el que compartes cervezas y confidencias muchos sábados en el campo de golf.

Ahora la cueva de Marcos es el bar, y los vasos de vodka son su pasaporte para viajar en el tiempo.

Cuando apuró la primera copa, hace ya un par de horas, contempló ensimismado el fondo como si, en vez de contener restos de vodka, fueran los posos de una taza de té. Allí, en ese círculo mágico, se reencontró con las imágenes del día en que empezó todo. El día en el que su vida comenzó a escurrirse cuesta abajo con la misma determinación irrevocable del alcohol que baja hoy por su gaznate.

Conducía de camino a una cita de trabajo y, al parar en un semáforo, vio salir a su mujer de un hotel en compañía de Eugenio. Ellos no se dieron ni cuenta. Caminaban con las cabezas muy juntas, como conspiradores, ajenos a todo lo que no fuera su conversación. Ni siquiera levantaron la vista al escuchar la pitada que le dio el coche de atrás al ver que él no arrancaba cuando el semáforo cambió a verde. Mercedes y Eugenio se conocían desde mucho antes. Los dos eran ya parte de la plantilla de la oficina cuando él entró a trabajar allí. Estaba claro que su puesto siempre era el último, aunque hasta entonces no se hubiera dado cuenta.

El ruido de una silla al arrastrarse atrae la atención de Marcos. El vigilante ha terminado de cenar, se ha acercado a la barra y está pidiendo la cuenta.

Con la segunda copa, Marcos recordó su alegría y su incredulidad de diez años atrás cuando Mercedes, la chica más guapa de la oficina, quince años menor que él, aceptó su propuesta de matrimonio. Y no es que a ella le faltaran pretendientes, que había muchos con más pelo y menos barriga que él. Se armó de valor y le pidió una cita al notar que ella casi siempre sonreía cuando sus miradas se cruzaban. Él le hacía muchos favores, claro, pero igual que se los hacía al resto de compañeros, a los que siempre estaba dispuesto a ayudar. La secretaria del director, Encarna, una mujer casi de la edad de Marcos, siempre decía que, si él faltara, la oficina haría aguas. Encarna también le sonreía a menudo, pero sus muestras de simpatía, en comparación con las de Mercedes, tenían el brillo de una bombilla de cuarenta vatios que no podía competir con la luz del sol. Marcos se casó con su Mercedes dispuesto a apurar la copa de su felicidad mientras durase, porque tenía el convencimiento de que antes o después, posiblemente más temprano que tarde, llegaría alguien que lo desbancaría en el corazón de su mujer. Y no se equivocó. Alguien llegó, recordó Marcos mientras daba sorbos al tercer chupito, pero no fue como él esperaba. Su hija le demostró que el corazón de Mercedes tenía sitio para una persona más, y él se sintió feliz al compartirlo con su niña.

Un suspiro del camarero lo arranca de sus recuerdos. La pareja de la mesa se ha marchado y Marcos no se ha dado ni cuenta.

El cuarto vodka encendió un fuego ardiente y negro en su garganta y en su cabeza. La felicidad tenía la culpa de que él hubiera bajado la guardia. El día que descubrió lo de los cuernos se tragó su rabia y disimuló al llegar a su casa. Aquella noche no pudo dormir, y le pareció increíble que su mujer fuera capaz de conciliar el sueño con esa facilidad. Ni siquiera se despertó cada vez que él se removía en la cama. De madrugada, Marcos tuvo la sensación de haber pasado mil horas tendido sobre un colchón de clavos. Le ardía la cabeza. Reuniría pruebas, seguiría a ese par de traidores, y cuando lo tuviera todo atado pensaría cómo vengarse. Contrataría a un detective. Acusaría a Eugenio delante de los compañeros, aunque él quedara como un pobre cornudo. Le diría a Mercedes que se veía con otra mujer. Cualquier cosa. Ninguna. Todas. Era como si todo lo que imaginaba lo viera a través de un velo rojo, deformado, como cuando uno se mira en los espejos de la feria y no se reconoce al enfrentarse a unas imágenes desproporcionadas y absurdas.

El camarero ha terminado de secar los vasos y mueve las botellas de sitio haciendo un poco más de ruido de lo necesario. Marcos finge que no se da cuenta.

En el reflejo del quinto vodka se vio a sí mismo en el coche de alquiler, vigilando a su mujer los días posteriores al de su descubrimiento. Le invadió una satisfacción amarga al confirmar que Eugenio y Mercedes se veían varias veces. Una mañana se atrevió incluso a seguir a su mujer cuando caminaba. Ella entró en una tienda de artículos deportivos y, desde un portal cercano, Marcos observó cómo pagaba un juego de palos de golf de una marca bastante cara. La pena se le agarró a la garganta y le robó el aire cuando vio acercarse a su rival a la puerta de la tienda, y recibir de manos de su mujer el regalo primorosamente envuelto. 

Una mosca estúpida choca una y otra vez con una botella de cristal, y rebota contra el vidrio igual que los recuerdos de Marcos dentro de su cerebro.

Ahora, con el sexto vodka delante, acaricia el borde del vaso con la yema de su dedo índice. No quiere terminarlo. Mira a su alrededor y confirma que los demás clientes se han marchado. El camarero, prudente y resignado, se ha sentado en un taburete que hay tras la esquina de la barra y desliza los ojos por la pantalla de su móvil. Marcos comprende que, si no se levanta y se marcha ya, terminará por perder la poca dignidad que le queda y se echará a llorar. Saca un billete de la cartera.

—Cóbreme, ¿quiere?

Al ver la sonrisa agradecida del hombre, y la presteza con la que se levanta del taburete, una lágrima escapa de su ojo derecho. Al menos esa noche ha hecho feliz a alguien. Aunque sea mínimamente, y se trate de un simple camarero.

Paga, se pone de pie con vacilación y camina hacia su casa. Durante el trayecto, va pasando revista a todo lo que ha evocado con cada copa. Deja salir una carcajada solitaria, rota como él. Al fin y al cabo, admite, desde que se casó con Mercedes estaba esperando que pasara lo que ha pasado. No debería ponerse así, no tendría que estar sorprendido. Y diez años ha sido mucho más tiempo del que imaginaba. Además, está Sonia, su niña, ese regalo inesperado. Y fue Mercedes la que planteó lo de convertirse en padres. Él, aunque lo deseaba, no se atrevía a pedirlo, no fuera a ser que con eso asustara a su joven esposa y acelerara su marcha.

Tropieza y está a punto de caerse. Menos mal que al alcance de su brazo hay una farola y se puede agarrar a ella antes de dar con la cara en el suelo. Las gafas se le resbalan, pero frenan de milagro al llegar a la punta de la nariz. Menos mal. Son nuevas y los cristales cuestan un dineral. Él se hubiera comprado unas gafas menos caras, pero Mercedes se negó. Ahora, con una sonrisa torcida, Marcos piensa que seguramente lo hizo porque así, de alguna manera mitigaría su culpabilidad. Las gafas son caras, sí, pero seguro que los palos de golf lo son todavía más.

Si lleva a cabo cualquiera de las burradas que ha estado planeando desde que descubrió el secreto de su mujer, ¿qué pasará con su hija? Sonia hace el año que viene la primera comunión y está igual de unida a su padre que a su madre. Con una lucidez inesperada se da cuenta de que no puede lastimar a su pequeña. Las lágrimas se le escapan ahora sin control. Al doblar una esquina choca con alguien y pierde el equilibrio. Queda sentado en el suelo de culo, con la cabeza gacha y las piernas abiertas, en una postura muy poco digna. La persona con la que ha tropezado extiende la mano y le ayuda a levantarse. Sus caras quedan a un palmo de distancia y la sorpresa es mutua:

—¡Pero… Marcos! —Eugenio tiene las cejas levantadas—. ¿Estás bien?

Marcos restriega la manga de su chaqueta por la cara y solo consigue extender los mocos. Menea la cabeza de lado a lado. No puede hablar. Eso es demasiado para una noche. Eugenio tiene todo lo que a él le falta: mejor sueldo, menos años, diez centímetros más de altura… Y Mercedes, su Mercedes, ¡es tan guapa y vale tanto! Quizá le permitan seguir estando en sus vidas, tendrán que hacerlo, porque a lo que no está dispuesto es a renunciar a Sonia.

Marcos se siente liberado. Por una vez en su vida va a ser el protagonista. Con esfuerzo, levanta el brazo derecho, que le pesa como nunca, y pone la mano en el hombro de Eugenio:

—Eugggeniooo… —Las sílabas se le alargan sin que lo pueda evitar. Tose un poco. Las seis copas le pasan factura y la garganta le arde—. Lo sé todo, pero no me importa.

—¿Que sabes qué?

—Lo tuyo con mi mujerrr. Os llevo vigilando varios diasss. Os he visssto. Sé en qué hotel os, os citáis. Y te, te ha regalado los palos de golf, os vi también ese día…

Eugenio se quita del hombro la mano de su amigo como si fuera una cagada de paloma. Las comisuras de su boca se tuercen hacia abajo y da un paso atrás. Empieza a lloviznar, pero ninguno se mueve. Por fin, Eugenio rompe el silencio.

—Eres un mierda, Marcos. Un mierda con suerte. Dile a Mercedes que me quite de la lista de invitados del día 30 y que avise al hotel que pongan un cubierto menos. O igual la llamo yo para decirle que le mandaré los putos palos a vuestra casa; ya no hace falta que se los guarde en mi piso. Total, le has jodido la sorpresa…

—¿Qué?

—Ya me has oído. ¿No es tu cumpleaños el 30? —La nuez de Eugenio sube y baja un par de veces—. ¡Ojalá las cosas fueran como tú piensas, cabrón! No sé qué coño vio Mercedes en ti. —Da media vuelta para marcharse, pero antes murmura—: Ya quisiera yo estar en tu pellejo…

De pronto Marcos siente que el alcohol ha dejado de quemarle. Le invade un frío hecho de mil cuchillas de hielo. A pesar de sus gafas caras, lo ha estado mirando todo con el cristal equivocado. Saber que Mercedes no le engaña le consuela solo unos segundos. Los mismos que tarda en pensar qué hará ella al enterarse de lo que ha pasado.

Marcos vuelve a tener miedo. En un reflejo de lucidez comprende que el peor rival, el que al final puede dar al traste con su matrimonio, lleva su nombre y su cara. Y no sabe cómo va a poder lidiar con eso.

La lluvia arrecia. Y el llanto de Marcos lo hace a la vez.

Adela Castañón

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