Gregoria la partera

De las fragolinas de mis ayeres

A Gregoria nunca le había gustado su nombre. Cuando era niña, en la escuela le decían que tenía nombre de chico. No conocían a ninguna otra Gregoria, pero sí a muchos Gregorios. Y todo porque en El Frago había mucha devoción al santo llovedor. Todos los años el día nueve de mayo se salía en procesión hasta la Cruz. El cura bendecía los campos y pedía agua para las cosechas. Después todos en hilera bajaban hasta la ermita más cercana cantando las rogativas, y las lluvias no se hacían esperar. A los pocos días los campos se cubrían con verdes intensos.

Unos años más tarde, un día que el sacerdote se estaba revistiendo con la capa pluvial para comenzar la procesión, entró Gregoria en la sacristía y le dijo:

—Mosén, a ver si este año no se olvida de rezar a Santa Gregoria.

—Anda, calla, no me vengas con las monsergas de siempre —le respondió el cura sin mirarla.

—Pero, ¿por qué es tan terco?, ¿por qué no me hace caso? —insistió ella tirándole del sobrepelliz.

—¿Por qué ha de ser? Porque no está en el santoral. Y suéltame.

—Pues nómbrela cuando llegue a las santas. Bien fácil se lo pongo. Por ejemplo después de Sancta Ágata, diga Sancta Gregoria. Y todos le contestaremos: Ora pro nobis.

—Más te valía meterte en tus asuntos.

—¡Moséééén! Esto es asunto de todos. Las mujeres también queremos santas para nuestros nombres.

—¡Claro, claro! Pero a una partera tan bulliciosa no le conviene el nombre de una santa.

—Pues, aunque no vengo a misa, sepa que tengo temor de Dios y “cumplo con parroquia”, como manda la Santa Madre Iglesia, que todos los años vengo a comulgar en Pascua de Resurrección y usted me apunta en el libro.

—¡No sé a quién se le ocurriría ponerte ese nombre!

—Pues a cualquiera. Que a todo santo le corresponde una santa. Si existe san Babil, también tiene que existir santa Babila.

Mosén Teodoro le dijo a un monaguillo que cogiera el hisopo con el acetre y al otro que fuera saliendo con la cruz procesional. Entonces Gregoria se interpuso y continuó:

—Además, santa Gregoria fue una de las once mil vírgenes que acompañaron a santa Úrsula. —No pudo contener una carcajada—. ¡Once mil vírgenes juntas lanzadas al martirio!

—¡Largooooo! ¡Fueraaaa! ¡Anatemaaa! —Por debajo de la capa salía un brazo que señalaba la puerta.

Gregoria sabía que la mala fama le venía del día que parió Juana del Corronchal. Juana estaba trillando en Carcaños cuando notó que le venían los dolores. Le dijo a su marido que estaba de parto. Y él, sin soltar la horca con la que estaba allanando la parva, le contestó:

—¡Coño, Juana! ¿Qué dices? No ves que no puedes parir aquí en la era. Eso nos traería muy mala suerte y nos arruinaría la cosecha.

Entonces ella bajó la cabeza y sin decir nada cogió el camino que llevaba hasta El Frago. Dos leguas a buen paso costaban casi tres horas. Y le costó mucho más porque los dolores aumentaban y la obligaban a pararse cada poco rato. No sabía cómo se las arreglaría sola si la criatura decidía salir antes de llegar al pueblo. ¡Imposible! Todos sus hijos habían nacido en la cama, bien asistidos por Gregoria y todas las vecinas. Mientras andaba en estas cavilaciones, se ataba la cincha de la yegua a la cintura y se la pasaba bien apretaba por debajo de la barriga. Intentaba hacerse una especie de braguero, para que, llegado el caso, lo que venía no se le cayera al suelo. Es que tenía miedo de que aprovechara una de sus zancadas para empujar con más fuerza.

Cuando acabó el repecho del camino de San Miguel, cada vez más encorvada, siguió andando hasta el Plano, donde vivía Gregoria. Llamó a la puerta, pero Gregoria no le contestó. Se apoyó en el quicio y la oyó gritar en el corral de los cerdos. Juana sacó fuerzas de flaqueza:

—¡Gregoria, ábreme! Date prisa, que ha llegado la hora de los empujones.

Con el guirigay de los cerdos Gregoria no oyó bien qué le decía Juana. Y, sin volver la cabeza, le contestó:

—Vete a tu casa y espérame. Ahora no puedo ir que está pariendo la tocina. Aún tardaré un poco porque trae muchos.

Juana, a duras penas, pudo andar un poco más. Se acuclilló junto a una peña y allí nació su hija su hija Gregoria. Cuando le cortó el cordón umbilical con las tijeras de escardar que llevaba en la faltriquera, la niña comenzó a chillar y montó un alboroto mayor que los tocinos.

Al rato llegó Gregoria, pero la niña ya tenía el melico atado con un trozo de cordel que su madre les había robado a los hombres en la era.

—¡Ves como no era para tanto! Tú podías parir sola, pero la tocina no —le dijo a la vez que la ayudaba a incorporarse.

—Pues esto ha sido un milagro de santa Gregoria —le dijo Juana—. Yo me encargaré de que el cura la incluya en las rogativas del año que viene.

Desde ese día hubo dos Gregorias. Luego llegaron más.

Sancta Gregoria —dice el cura, el nueve de mayo, al llegar a la “Peña que parió Juana”. Y Todos responden: —Ora pro nobis

Santa Ursula et undecim millia virginun.  —El mosén levanta más la voz. Y todos gritan:—Orate pro nobis.

Carmen Romeo Pemán

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

 

9 comentarios en “Gregoria la partera

  1. Curro Jimenez dijo:

    Primero diré algo de la ilustración: sencillamente una maravilla. ¿Y del relato? ¿Qué decir del relato? Precioso, perfectamente escrito, costumbrista, rico lenguaje, maravillosa gramática, me encanta como todo lo que escribes, Carmen. He estado pariendo, en la peña, con la Juana. He estado en la era. Y en la sacristía. Lo he vivido gracias a tu preciosa narrativa. Y para tí y para mí: no le hagas mucho caso a tus correctoras cuando te quiten comas (,). Felicidades por tan precioso relato. Enhorabuena.

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    • Carmen Romeo Pemán dijo:

      Eso, será en otro parto. Pero me gustaría que me dijeras dónde está esa “peña que parió Juana” y si es la misma que la “cueva que parió Juana”, Tu autoridad es cuestiones fragolinas es incuestionable.
      Muchas gracias y un abrazo.

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  2. Josefina López dijo:

    He disfrutado leyendo esta nueva historia de tus fragolinas, en la que combinas tus amplios conocimientos sobre la vida de las mujeres, las creencias y costumbres de aquellos tiempos, con el humor, tan presente y tan necesario en aquellas vidas. Y una vez más, Inmaculada Martín ha sabido plasmar en imágenes tus palabras.

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  3. Adela Castañón dijo:

    Ay, Carmen… si es que cada vez me dejas más “ojiplática”, amiga… Te prometo que me dan ganas de pedir que me adopten como fragolina, porque en cada uno de tus relatos tengo la impresión, como dice Curro, de que estoy allí, en mitad del meollo, y es precioso. ¡Enhorabuena una vez más!

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  4. Mónica Solano dijo:

    Ay mi Carmen, ¿qué te puedo decir que ya no te haya dicho? ¡Amo leerte! Me encantan tus relatos fragolinos, la riqueza de tu vocabulario y el cuidado que pones en cada detalle. Eres maravillosa. Y comparto el comentario de Curro, la ilustración es una preciosidad. Te quiero, amiga. Besos.

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