Nasciturus

Las fragolinas de mis ayeres

Desde el principio aquella boda me olió mal. El día de Reyes, a las seis de la mañana, se casó mi cuñado, Fernando Puyal de casa Nicuesa. Hacía muchos años que se había quedado viudo y sin hijos. Pero últimamente se le había despertado la vena festera y eran famosas sus parrandas con las mozas de los pueblos de los alrededores. Así nos trajo a Marcela Paradís, una fragolina de veintipocos, que antes de un mes salió preñada.

Una noche, mientras preparaba la cena, le dije a mi marido eso de que veinte con sesenta, sepultura o cornamenta.

—Tranquila, mujer tranquila —me contestó—Ya sabemos que mi hermano, aunque es el primogénito, desde siempre ha sido un tarambana y no está preparado para llevar esta casa. Eso sí, tendremos que prepararnos para lo que pueda venir. Pero yo te aseguro que esa puta fragolina nunca será dueña de casa Nicuesa ni su hijo comerá pan en este pueblo. ¡Habrase visto! Con las mozas de buenas casas que tenemos aquí y pegar con una desconocida.

Yo me santigüé y dejé las tenazas abiertas encima de la ceniza del hogar. El me miró de reojo y me dijo que no empezara con mis hechizos que lo que teníamos que hacer era consultar a un notario por si se moría su hermano o por si Marcela se quedaba preñada. Que había oído de buena tinta que, aunque no era fácil, se podía nombrar heredero de la casa al hijo de un segundón.

El día de la Virgen del Rosario, cuando Fernando volvía del campo montado en el carro, en un recodo del camino le salió un perro negro y se espantaron los caballos. Carro, caballos y amo cayeron por un terraplén. El pueblo suspendió los festejos y todos corrieron a ver si podían sacar con vida a Fernando y a los animales. El esfuerzo resulto inútil. ¡Vaya barullo! Unos que ya no tenía años para tanto navego, otros que Dios lo había castigado por no santificar las fiestas como mandaba la Santa Madre Iglesia. Yo callé y me fui a casa a contárselo a Marcela.

Al cabo de un rato, lo trajeron en unas parihuelas y lo dejaron de cuerpo presente en el patio. Las gentes seguían con su vocerío. Aproveché el momento y me llevé a Marcela a la cama del cuarto de las alcobas, que no se comunicaba con ningún otro. Así nos lo había advertido el notario, si por casualidad se nos presentaba este trance. ¡Jesús, José y María! Mira que son prevenidos estos leguleyos. Me di prisa para tenerlo todo preparado antes de que nadie subiera a buscarnos. Me tapaba las maños con la toquilla y me mordía las uñas. Pero aparentaba presencia de ánimo. Que todos creyeran que jugaba limpio y que iba a defender por igual los derechos de mi hijo y los del que estaba pendiente de nacer.

Don Francisco Vargas Machuca, notario de la villa de Sos, nos insistió mucho vigiláramos para que se llevaran bien el embarazo y el parto. Que si no lo hacíamos bien nuestro hijo perdería su herencia, aunque no me enteré de por qué. Y antes de despedirnos me cogió del brazo y me miró a los ojos: “Esto que no se os olvide. Que una vez nacido, el niño que está por nacer, tendrá tanto derecho a recibir su parte de la herencia como vuestro hijo. Y no será fácil quitarle algunos privilegios que tiene”. A mí me dio una vuelta el cuerpo. Don Francisco siguió con su sermón de que eso ya era así en tiempos de los romanos. Pero yo ya, aunque lo oía, no lo escuchaba.

Con el susto Marcela se puso de parto. Todo se precipitó y nosotros nos libramos de tener que vigilarle la tripa. Solo teníamos que preocuparnos del parto y de enseñar al recién nacido a la familia. También recuerdo que el susodicho notario nos dijo que, en el parto, tenían que estar presentes: una mujer buena, que podía ser yo misma; la comadrona; y otra mujer nombrada por el juez de paz. Pero no nos dio tiempo a avisar ni al juez ni a nadie antes del parto. Así que entre la comadrona y yo lo haríamos todo. En estas estaba cuando comenzó Marcela con sus gritos:

—Fernaando, no tardes tanto. No me dejes sola con estos cabrones. Me han llenado la cama de sapos que me suben las piernas con sus babas viscosas y se me meten en la tripa hasta las entrañas.

Abrió los ojos y me vio sentada a su lado. Entonces gritó más. Nunca supe si le hablaba a su marido o simplemente quería que yo la oyera.

—Si ya te lo dije. Fernando. Que no, que no me quería casar sin capitulaciones. Y tú erre que erre, que no las necesitábamos, que tu hermano nunca se atrevería a plantarte cara. Que para defender tu primogenitura te bastaba con la cédula de identificación. Tonto más que tonto. Ya sabía yo que la modosica de tu cuñada algún día nos clavaría las uñas.

Cuando le llegaron los empujones, la comadrona puso manos y pies a la obra. Y tan concentrada estaba que me dio tiempo a preparar la cuna. Le costó un buen rato sacar a un niño grandón, como su padre. Después lo lavó con el agua que yo había calentado en unos pucheros en el fuego. Envolvió la placenta en una sábana de lino y me dijo que teníamos  que enterrarla cuanto antes. Que si se enfriaba en la habitación o si se la comían los perros en el corral, le traería mala suerte al recién nacido. Yo deposité el fardo sanguinolento al lado del moisés y me tomé mi tiempo.

La comadrona salió con el niño desnudo a la cocina y lo enseñó a todos los presentes como era costumbre. La cocina era grande, pero acudió mucha gente cuando se corrió la voz de que Marcela estaba de parto y no cabía ni un alfiler. No había duda de que el niño estaba completo y de que sería un buen Nicuesa. A continuación lo fajó encima de la cama y cuando levantó el cobertor de la cuna se encontró con unas tijeras envueltas en piel de sapo.

—Lo sabía, lo sabía —gritó Marcela—. Fernando, tú me trajiste a esta madriguera. Fíjate, tu cuñada, como un hurón, le está chupando la sangre a nuestro hijo. ¡Vigila la placenta!

Intenté calmarla y sacarla de su delirio. Le susurré al oído que su hijo viviría y heredaría, como lo haría mi hijo. Que serán buenos primos y entre los dos aumentarían la hacienda. En ese momento oí un murmullo que venía de fuera. Los que había venido a ver el acontecimiento me llenaban de alabanzas: ·”Y luego dicen que no hay buenas cuñadas”. También oí la voz ronca de la partera; “Esto aún no ha terminado”.

A la mañana siguiente, me quedé dormida en la silla. Marcela se despertó con una subida de la leche. Con apuros se levantó y vio a su hijo con la cara morada. Tenía el cuello anudado con un trozo de cordón de la placenta.

—Fernando, corre, salta, que se desbocan los caballos. Los están ahogando con una soga. No pierdas tiempo.

Me despertó el grito de Marcela. Un grito que retumbó en la casa, salió por la ventana, llegó hasta la iglesia y el eco se lo llevó por los valles y montañas.

Carmen Romeo Pemán

Imagen del principio: Un cuadro de Shamsis Hassani, pintora afgana.

Romería en la Virgen de la Sierra

Don Jenaro era un médico afamado en los pueblos de la redolada. Una noche sí y otra también, llamaban con urgencia a su puerta gentes que venían buscando sus remedios. Igual curaba un cólico miserere que un carbunco y, si se presentaba el caso, el torzón de alguna caballería. Cuando oía los golpes de la puerta, Valentina, una niña vivaracha, se levantaba y le llevaba la palmatoria a su abuelo. Después escuchaba desde los rincones hasta que el abuelo la oía respirar.

—¿Qué haces levantada a estas horas? Venga, a la cama.

A Valentina le gustaba acompañar a su abuelo cuando iba a visitar a los enfermos con la yegua. Don Jenaro la montaba delante de él, a mujeriegas, y le hacía sujetar un maletín de cuero marrón. Valentina se lo apretaba contra el pecho y se sentía más poderosa que la diosa Pandora. En esos viajes fue alimentando su deseo de acompañar a su abuelo a la romería de la Virgen de la Sierra.

Valentina estaba un poco harta de que a sus padres no les gustara que la hija de casa Navascués se mezclara con rapazuelos de El Frago, que así los llamaban ellos. Cuando iba a misa los domingos, se apiñaban todos en la puerta mayor, y ella los miraba de reojo esbozando una sonrisa, pero todos daban un paso atrás con la mirada severa de su madre. Todos, menos Juanín:

—¡Qué guapa está doña Luisa! A ver si algún día me deja acompañarlas.

Entonces la madre se apretaba el misal contra el pecho y se volvía con la cara desencajada:

—¡Largo! ¿Cómo te atreves a dirigirnos la palabra?

Juanín era de una casa rica venida a menos. Su padre murió antes de que él naciera y su madre tuvo que ganarse la vida lavando en el río. Casi siempre llevaba chichones en la cabeza. Como era el más bajo, los chicos lo forzaban a saltar tapias o a correr descalzo por los ruejos del río. Acabó por no ir con ellos. Se pasaba las tardes detrás de la tapia de casa Navascués imaginando qué haría Valentina encerrada allí dentro. Algunas veces la veía salir montada en la yegua con el abuelo. Ella le sonreía y don Jenaro le decía con un vozarrón que traicionaba su bondad.

—Juanín, deberías ir con los chicos de tu edad. No es bueno que andes siempre solo por estos andurriales.

Él bajaba la cabeza y se iba a casa pensando en Valentina. Si algún día…

El año que Valentina cumplió dieciséis años fue con su abuelo a la Virgen de la Sierra.

—Abre bien los ojos, hija mía —le dijo su madre cuando le dio permiso—. Allí van los jóvenes de las mejores casas de la zona. Muchos noviazgos y matrimonios de posibles han salido de esa romería. Te pondremos las mejores galas y todos sabrán que, además de la nieta de don Jenaro, eres la heredera de casa Navascués.

Las vísperas fueron días de ajetreo. Lavar y planchar las enaguas de hilo. Ventilar la mantilla de la abuela, que en paz descanse. Desempolvar los guantes de cabritilla. Limpiar el misal y el rosario de nácar. Colocaron todo encima de un arca y una tarde las amigas de Valentina fueron a ver el ajuar de romera. A la salida, se quitaban la palabra las unas a las otras y montaron tanta algarabía que ninguna se dio cuenta de que las seguía Juanín. Al llegar al primer recodo, él se fue a su casa y no salió hasta el día de la romería.

Por fin llegó el esperado domingo de mayo. Al amanecer, mientras el abuelo ensillaba la yegua, doña Luisa vestía a Valentina y le daba recomendaciones para que se portara como una señorita.

—Sobre todo, no les muestres demasiado interés a los pretendientes. Hazte de valer. Que después ya vendrán ellos a buscarte a El Frago.

El día fue largo. Don Jenaro conocía a mucha gente. Todos lo querían obsequiar y presentarle a sus hijos. Valentina estaba desbordada. Tenía razón su madre, no era un día para enseñar sus sentimientos. Aunque, durante mucho tiempo pensaría en los ojos los del heredero de casa Puyal de Isuerre.

En estas estaba cuando vio deambular a Juanín entre aquellos forasteros. Se hacía el encontradizo, pero, en realidad, no lo conocía nadie.

—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo Valentina sorprendida.

—Pues lo mismo que tú. Rezar a la Virgen para ver si saco novia, que en El Frago no lo tengo fácil.

Valentina vio que tenía los pies desollados por las aliagas que cerraban las trochas. Entonces se dio cuenta de que Juanín había hecho más de tres leguas andando y había llegado antes que ellos. Por el monte se movía como un gamo.

Antes de que cayera el sol, el abuelo y la nieta volvieron a cabalgar camino de casa. El uno hablaba de todos los pacientes que había visitado y de los exvotos que habían dejado en el altar de la ermita. La nieta le iba describiendo a  los chicos y chicas que había conocido.

—¿Abuelo, me traerás otro año?

Seguían enfrascados en su conversación sin darse cuenta de que en medio del camino ardían unas aliagas. La yegua comenzó a cabriolar hasta que dio con don Jenaro y su nieta en el suelo. Valentina se quedó entre las patas del animal que de una coz le abrió la cabeza. Al instante apareció Juanín, tomó el ronzal de la yegua y la calmó. Cuando consiguió monta al abuelo y la nieta, cogió las riendas y poco a poco llegaron hasta casa Navascués.

Valentina vivió más de cinco años paralítica con la fontanela abierta. Juanín le construyó un carretón y todas las tardes la bajaba hasta la orilla del Arba. De vez en cuando le limpiaba las babas con un trozo de arpillera y le sonreía con cara de bobalicón.

Carmen Romeo Pemán

Ermita de la Virgen de la Sierra de Biel. Años 40, por Jesús Pemán. Propiedad de la autora y de los Pemanes de Biel.

Soy la pluma de doña Angelita

A los hijos y nietos de doña Angelita, que me regalaron su pluma

Desde que Alodia me sonrió con cara de ratón supe que acabaría robándome. Ese día Alodia estaba castigada a no salir al recreo y vio cómo su maestra me sacó del cajón de su mesa. Y no se perdió detalle cuando abrió el cuaderno, me apretó la panza y yo escupí un cuento por mi plumín.

Estaba a punto de acabarlo cuando oí que las chicas volvían. Como no me gustan los barullos, mi punta se cerró de golpe y una gota de tinta cayó al papel. Doña Angelita la limpió con un papel secante. Me puso el capuchón, me colocó encima de un libro.

 —Hala, a dormir, que se te ha acabado la tinta.

Cerró el cajón con llave. Yo pienso que no quería abrir mis tripas delante de sus alumnas, que estaban hartas de las plumas de mojar en tintero. Esas sí que lo manchaban todo. Y no yo. Aunque se me escapaba algún estornudo, era más limpia y estaba preñada de historias maravillosas.

Pero todo empezó un jueves por la tarde. Como no había clase, las chicas venían a limpiar la escuela. Mientras barrían el suelo y borraban las pizarras, doña Angelita se sentaba en un pupitre al lado de la ventana, sacaba una libreta de tapas de hule, me agitaba un poco. Y yo conseguía que los dragones volaran y los duendes encantaran a las princesas.

Aún siento el cosquilleo que me producía la suavidad de aquellos dedos. Y el frío que me entraba por todos los respiraderos si me quitaba el capuchón. Pero en cuanto me lo ponía detrás y me tapaba el culote, la tinta hervía en mis entrañas y empezaban a reñir los personajes que doña Angelita inventaba para sus alumnas. ¿Quién saldría el primero? Pues el que empujara más fuerte.

Pero ese jueves doña Angelita no vino. Precisamente ese día se olvidó de echar la llave. Nada más entrar, Alodia notó que el cajón estaba mal cerrado:

— Hoy yo limpiaré el polvo —les dijo a sus compañeras.

Como restregaba el trapo con mucho brío por encima de la mesa, yo empecé a dar vueltas y me resbalé al fondo. Al momento, tenía encima unos ojos muy abiertos.

—¡Si estás aquí! ¡Vaya sorpresa!

—No te hagas la tonta —le dije. Y se me escaparon unas babas negras por la ranura del plumín.

—¡Quiero que tus historias sean solo para mí!

Sin darme tiempo a contestar, una de las chicas se acercó y le dijo:

—Ni se te ocurra tocarla, que si la echa en falta doña Angelita nos castigará a todas.

Pero Alodia no le hizo caso. Aprovechó un descuido y me metió en su bolsillo. Cuando llegó a casa se escondió en la habitación. De repente noté que mi punta resbalaba por un papel rugoso. Además, Alodia no me cogía con la suavidad de doña Angelita ni me sujetaba bien. Y yo me sentía incómoda y disgustada. Así que empecé a vomitar personajes sucios de tanto navegar por la tinta. Los sacaba envueltos en una nube de humo y parecían deshollinadores.

—¿Qué te has creído? No me tomes el pelo. Sácame a Supermán o a Pocahontas —me ordenó muy enfadada.

Ella quería historias modernas y yo solo me sabía las antiguas. Creía que si me apretaba más la barriga acabarían saliendo. Y me la apretó tanto que me sentí como un calamar acorralado. Le solté un chorro de tinta y le emborroné las cuartillas. Entonces se echó a llorar, me golpeó contra las tapas de su cuaderno y me metió en un plumier que adornaba una estantería al lado de su cama. Esa noche la oí llorar.

Al día siguiente, estaba muy decepcionada conmigo y le contó todo a doña Angelita. Y le pidió perdón.

—Alodia, lo que pasa es que no la has acariciado como a ella le gusta. Por eso saca los chorros de tinta.

—Pues yo creía que estaba preñada. Que nadie le sabía sacar las historias enteras y que siempre le quedaba algún trozo dentro.

Abrió la cartera y me colocó en las manos de su maestra, que se echó a reír y le acarició las coletas.

—Ya veo que no os habéis entendido. Es que las estilográficas solo nos hacen caso a los mayores. Cuando sea muy mayor, te la regalaré. Entonces os entenderéis bien. —Como Alodia no quería hacerse vieja, esto no le gustó.

Al año siguiente, Alodia cumplió once años y se la llevaron a estudiar a un colegio de monjas, justo el mismo año que yo me fui con doña Angelita a un nuevo destino. Allí seguí enhebrando unas historias con otras. Pero, cuando le entraron temblores en las manos, me escondió en una escribanía. De vez en cuando venía a visitarme. Con sus caricias, las caperucitas y los pulgarcitos se desperezaban. Pero ella ya no tenía fuerza para arrastrarme por el papel.

En los últimos Reyes Magos, uno de sus hijos me envolvió con una nota: “Alodia, mi madre siempre quiso que esta pluma fuera para ti”. Encima escribió la dirección y me mandó al PaísdeNuncaJamás.

Estuve varios meses en una estantería. Alodia me miraba pero se hacía la tonta.Se pasaba las tardes leyendo historias de Harry Potter, hasta que un jueves se acercó con un bote de tinta y me dijo:

—Tengo que arrancarte un cuento maravilloso. Uno como esos de mi maestra. Un cuento largo, muy largo, hasta que no te quede nada en el tintero.

Yo no me pude reprimir. Solté un escupitajo negro y, como antaño, le emborroné todas las hojas de su libreta.

—No te lo contaré nunca. Tú no crees en princesas ni en castillos encantados. Yo no tengo las historias que te gustan. Esas igual las encuentras en los bolígrafos.

A los pocos días me vendió a un anticuario. Mis historias y yo nos habíamos convertido en antiguallas.

Ya llevo mucho tiempo en el escaparate viendo pasar a la gente. Ayer entró una niña que arrastraba una mochila rosa con un dibujo de Mickey Mouse y creí que me sonreía. Aprovechó un despiste del dependiente y metió en la mochila el bolígrafo Parker que estaba a mi lado.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía propiedad de la autora. La pluma de doña Angelita. Jerez de la Frontera, 2015.

¡Ojalá te parta un rayo!

De las fragolinas de mis ayeres

Mi madre, desde que se quedó viuda, cuando se enfadaba con alguien, le decía: “¡Ojalá te parta un rayo!”. Con el tiempo supe que aquello tenía que ver con la muerte de mi padre. Eso me lo contó Vicente, un día que subíamos atortolados por el camino de la fuente y tuvimos que correr por una tormenta.

Siempre había creído que la frase de mi madre era un conjuro contra las tormentas. Me contaba que las brujas fabricaban las nubes negras en la Punta de San Jorge y luego nos traían las tronadas y las  suflinas, que era como llamaba al viento racheado que llegaba delante de los rayos.

En cuanto el cielo se ennegrecía por esos parajes, corría a casa y me llamaba a gritos. Si no le contestaba se mesaba los cabellos como una loca. Cuando yo daba señales de vida atrancaba la puerta de la calle y, antes de cerrar las ventanas, en cada una ponía un cuchillo con el filo hacia el cielo. A continuación quitaba los plomos del contador, encendía una lamparilla y nos arrodillábamos delante de un cuadro de Santa Bárbara que tenía en la cabecera de su cama.

—Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Y en el árbol de la Cruz, paternóster, amén, Jesús —rezábamos las dos a la vez.

—Santa Bárbara bendita, líbranos de las chispas y centellas —continuaba ella.

Y volvíamos a empezar. Pero, con el primer trueno, me dejaba rezando y subía al granero, donde los ratones corrían a sus anchas entre los montones de trigo. Una tarde la seguí a ver dónde se metía y la encontré en el rincón de los trastos viejos. Estaba acurrucada entre los colchones de lana, con las manos se tapaba las orejas y a la vez bisbiseaba el santabárbarabendita.

Un día cayó una chispa en nuestro tejado, atravesó toda la casa por los cables de la luz y fue a morir en la lana de los colchones donde estaba mi madre escondida. Cuando olí la chamusquina, subí corriendo, pero ya no pude hacer nada. Todo estaba calcinado con ella dentro. Las llamas se extendían muy deprisa. Pero aún me dio tiempo de salir a la calle gritando. Acudieron los vecinos y antes de que llegara la noche ya habían sofocado el incendio.

Después de eso, me quedé como alunada y no podía seguir en aquella casa. A los pocos meses, me despedí de Vicente y me fui a servir con unos ricachones de Sierra de Luna.

La primera tormenta que viví allí me dejó completamente asombrada: no caían rayos en las casas y la gente se asomaba a las ventanas a escuchar los truenos. Al principio pensé que era un pueblo con mucha devoción a Santa Bárbara. A la mañana siguiente le fui a preguntar al cura:

—Mosén, querría que me explicara por qué Santa Bárbara atiende a las peticiones de los de Sierra de Luna y, en cambio, tiene abandonados a los de El Frago.

Me contestó que eso pasaba desde que habían puesto un artilugio en la torre. Me dijo que ya nadie se acordaba de la santa y que su cajeta estaba vacía.

Tanto me llamó la atención que empecé a abandonar las tareas  y me pasaba el tiempo yendo de casa en casa preguntando por el nuevo esconjuradero. Antes de tres meses me despidieron por malchandra. Decían que no me gustaba trabajar.

Aquello me revolvió las entrañas y pensé en Vicente. A los pocos días hice un macuto con mis cosas y me volví a El Frago. Como tenía que ganarme la vida, empecé a subir agua de la fuente para las familias ricas. Por la calle iba con la cabeza baja y solo comía los mendrugos de pan que me daban cuando llegaba con los cántaros.

Una tarde, estaba arrancando una lechuga de un huerto del camino de la fuente y se me acercó Vicente. Al verlo retrocedí. Cuando oí su voz me paré en seco.

—Tranquila, no te asustes.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—¿Qué he de hacer? Pues esperarte. Sabía que algún día volverías.

Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Me puse nerviosa y no acertaba a contestarle.

—Pues yo pensaba que les ibas a hacer caso a tus padres, que no querían que salieras con la hija de una bruja. —Noté cómo me subían los colores.

Nos quedamos hablando contra la tapia, a lado de mis cántaros, y nos volvimos a besar como antes de lo de mi madre. Después, todo pasó muy deprisa. El noviazgo, la boda, la casa, la niña y el día de la carrasca de Paradís. Justo cuando Vicente volvía a casa con el rebaño lo cogió una tronada en la Luba y se refugió debajo de la carrasca. Todavía se notan en el tronco las marcas negras del rayo que mató a más de veinte ovejas. Él se salvó de milagro, pero aún lleva el susto en el cuerpo.

Como le había hablado mucho del esconjuradero de Sierra de Luna, ese que don Valero Arbigosta, el médico, llamaba pararrayos, decidimos ir al Ayuntamiento.

—¡Buenas, señor alcalde! —dijo mi marido—. Venimos a quejarnos de que las tormentas son la gran amenaza en este pueblo. El otro día perdí la mitad de las ovejas y a mí casi me partió un rayo.

—¡Vaya descubrimiento si no me dices otra cosa! Rezad a Santa Bárbara y no perdamos tiempo que es hora de ir a soltar la dula.

—No, es que no se ha explicado bien. —Me ajusté la toquilla antes de seguir—. Mi Vicente quería decir que no tenemos que echar la culpa a las brujas ni rezar a Santa Bárbara, que eso no soluciona nada.

—Mira, creo que, en lugar de venir aquí, tendríais que haber ido a ver al cura.

—Déjeme acabar, se lo suplico. —La voz me empezaba a temblar—. Yo creo que la única solución es que el pueblo se una y compre un esconjuradero, uno como ese que don Valero llama pararrayos.

El alcalde comenzó a dar vueltas y nos dijo que teníamos unas ideas muy descabelladas por culpa de tantas desgracias familiares. Pero insistimos y volvimos varias veces con el médico. Después de mucho rogar y de hablar con otros vecinos, conseguimos que el Ayuntamiento pagara un pararrayos.

La otra noche una chispa rompió el reloj de la torre y todo el pueblo salió en desbandada. Nosotros nos quedamos en casa y le contamos a nuestra hija, que aún no tenía nueve años, que aquellas gentes corrían porque creían que las brujas de San Jorge andaban revueltas con el pararrayos, que lo confundían con un amuleto.

—Mamá, los truenos nos van a dejar sordos —dijo la niña, con las manos en las orejas.

—Eso es que tu abuela está cambiando los muebles de sitio. Seguro que se quiere meter en un armario con santa Bárbara y todo

2021. El Frago, torre de la iglesia con pararrayos. Colección de la autora.

Carmen Romeo Pemán.

La topografía de la centella del comienzo es de La nueva mañana, Córdoba, 23/02/2017.

Visita de inspección

De las fragolinas de mis ayeres

Para Anuncia Romeo

Anuncia de la Fábrica, así la llamábamos nosotras, sus amigas, porque vivía con sus padres y sus hermanos en una vieja fábrica de harinas, en medio de unos montes, a cuatro kilómetros del pueblo por el camino de Biel. Todos los días venía andando por unas trochas estrechas y pedregosas. Al principio la acompañaban sus hermanos, pero pronto los sacaron a estudiar a la ciudad, y , a los ocho años, tenía que hacer sola el camino dos veces al día. En invierno salía de casa antes de que se hiciera de día y volvía con la noche cerrada.

Por las mañanas no solía ser puntual y, si hacía mal tiempo, faltaba. Esos días nos poníamos nerviosas y nos preguntábamos si su madre no la habría dejado salir o si le habría sucedido algo.

Un día la maestra recibió la noticia de que la semana siguiente vendría un inspector. Nos dijo que sería una visita rutinaria, pero a nosotras nos alborotó. No parábamos de movernos de un sito a otro. Y doña Asunción nos gritaba más que de costumbre.

—Anuncia, la semana que viene no faltes ni llegues tarde ningún día.

—No se preocupe. Le diré a mi madre que me despierte antes.

—Si quieres puedes quedarte en mi casa —le dijo la maestra.

Entonces montamos una gran algarabía. Todas queríamos que se quedara en nuestras casas.

—Pues yo prefiero ir a la mía. Es que esta semana mi madre está sola, que mi padre ha ido a comprar trigo a otros pueblos —dijo Anuncia.

A los pocos días llegó el inspector, un señor alto, con traje y zapatos negros bien lustrados. La maestra lo saludó y se volvió hacia nosotras:

—Niñas, por favor, saludad como hacéis siempre.

De repente, gritamos todas a una:

—Buenos días, señor inspector.

Él, ni siquiera nos miró, hizo como si no nos hubiera oído. Entró dando pasos largos y las suelas de sus zapatos retumbaban en la tarima. Se sentó en la mesa de la maestra. Doña Asunción se quedó de pie a su lado y se tapaba las manos con los puños de la rebeca para que no viéramos que le temblaban.

Él cogió la lista y nos fue llamando una por una. Todas respondíamos lo mejor que sabíamos para no dejar en mal lugar a nuestra maestra. Intentamos recitar las tablas de multiplicar sin titubear y contestar a sus preguntas con rapidez. Pero, sobre todo, queríamos lucirnos en la lectura en voz alta. Cada una de nosotras tenía que leer una hoja de la cartilla.

A eso de media mañana, cuando ya habíamos leído casi todas, se abrió la puerta y Anuncia entró con la respiración agitada. Llevaba los pies mojados, la falda salpicada de barro y las trenzas un poco despeinadas. Nos volvimos a mirarla con un suspiro de alivio. Por fin llegaba, sin que le hubiera pasado nada.

Pero nos cayó como un jarro de agua fría que ese señor ceñudo le regañara en voz alta a nuestra maestra. Le dijo que ya veía que no se ocupaba de la disciplina de sus alumnas.

—¡Qué formas son estas de dejar entrar una alumna sin llamar y con esos modales!

La maestra intentó darle explicaciones, pero él le hizo un gesto para que se retirara hacia atrás y se callara.

—A ver, tú, la que acabas de llegar, ven aquí a leer —dijo el inspector levantando el tono un poco más.

Anuncia se puso colorada y se le enrasaron los ojos. Desde mi asiento pude ver cómo le temblaban las piernas. Pero se levanto con aplomo y se acercó muy despacio a la mesa.

—Aquí, lea esta página —le señaló la última hoja a la que aún no habíamos llegado.

Nos quedamos boquiabiertas cuando la oímos leer de tirón, con buena entonación y dando un sentido a lo que leía.

El inspector dio un respingo en el sillón y dijo:

—Es increíble cómo lee esta niña

Estábamos todas radiantes por la victoria de Anuncia, creíamos que había conseguido vengar la insolencia de un señor que se había metido en nuestra escuela y en nuestras vidas.

Pero nos quedamos petrificadas y sin entender nada cuando oímos la voz serena de doña Asunción:

—Señor inspector, para que usted vea la importancia de una maestra, esta es la única niña que ha aprendido a leer sola.

Al salir de la escuela Anuncia nos contó que, como esa noche había llovido, tuvo que cruzar varios barrancos. Y que en el último se enfangó y la ayudó a salir un hombre que iba a moler. Que le dijo él la llevaba a casa, pero ella, que no, que ese día no podía faltar a la escuela.

Cuando llegamos a nuestras casas contamos de pe a pa lo que había pasado. Y lo seguimos comentando muchos años más.

Desde aquella visita del inspector, Anuncia entró en nuestras vidas como un mito, mejor dicho, como una parte del mito que entre todas hemos ido tejiendo en torno a nuestra escuela y a nuestra maestra.

Carmen Romeo Pemán

 

Comentario a la imagen de entrada.

Anuncia Romeo Extremar (El Frago, 1949), hija de Luisa y Emeterio, era la hermana pequeña de Enrique y Abelardo. Vivían en La Fábrica y, cuando ella venía a la escuela, sus hermanos ya habían salido a estudiar.

Foto de Gregorio Romeo Berges, El Frago, 1957.

El gigante Degusoro

#relatofragolino

De las fragolinas de mis ayeres

Todas las vacaciones, desde muy pequeña, recorría las tres leguas que separaban El Frago de Biel. Iba con mi familia a pasar unos días a casa de mi abuelo, mis tíos y mis primos. Y todos esperábamos estos encuentros muy alborozados.

Hacíamos el camino andando, y nos turnábamos para montarnos a horcajadas en el lomo de Cascabela, que así se llamaba nuestra burra.

En particular, recuerdo el último viaje de Semana Santa. Como hicimos muchas paradas, tardamos más de medio día en llegar. Hacia la mitad del camino descansamos mucho rato en las tierras del gigante Degusoro. Mientras todos dormitaban a la sombra de un nogal, mi madre me contó la historia del gigante.

—Por el día duerme en su cueva y, cuando respira, le salen por la nariz unas burbujas de agua que van llenando este pozo. —Señaló con la mano donde bebía la burra.

—Pues eso no me lo contaste así el año pasado —repliqué con cara enfurruñada.

—Sí, Alodia, sí que te lo conté así, pero igual estabas distraída cogiendo margaritas. —Me sujetó por los brazos y me asomó al agua—. Mira, ¿ves las burbujas? Suben como cuando echamos polvos en un vaso de agua para hacer una gaseosa.

—Sí, sí, lo veo muy bien. —Y me volví a mi madre—. Pues sí que respira deprisa.

Me apoyé la mano en la barbilla y me quedé pensativa. Al poco le contesté:

—Degusoro debe ser muy grande.

Entonces me dijo que en las montañas había muchos gigantes como él haciendo pozos en los que bebían los rebaños. Y que la gente los llamaba ibones.

—Pues a este lo llamaremos el ibón de Degusoro —dije y vi que mi madre se sonreía.

Seguimos hablando del gigante bueno y de que algunas veces salía a regar los prados y hacía crecer las violetas. Aún no habíamos acabado nuestra cháchara, cuando se acercó mi padre:

—Venga, que ya llevamos aquí más de media hora. Si no nos damos prisa, se nos hará de noche antes de llegar.

—Pues yo no me quiero ir tan pronto.

—¡Calla y no protestes! Enseguida nos pararemos a coger manzanetas de pastor en Valdemanzana,

—¡Bien! ¿Veremos el árbol donde se escondía la madrastra de Blancanieves?

—Y la cueva de los enanitos —me contestó mi madre.

—Pero si el año pasado me dijiste que la cueva estaba en la fuente de Arbisuelo —protesté contra la mala memoria de mi madre.

—Es que se suelen cambiar de sitio para que la madrastra no encuentre a Blancanieves.

Me di cuenta de que burra levantaba las orejas y escuchaba con atención. Entonces me acerqué corriendo, me abracé a su cuello y le di montones de besos.

Llegamos a la Plaza Nueva de Biel justo en el momento en que la luna aparecía por detrás de torre del castillo. La luz de la luna atravesaba las ventanas y dibujaba grandes sombras que llegaban hasta nosotros. En cualquier momento podría salir un ogro, como en los castillos encantados de los cuentos. Entonces me eché a temblar y,  para que no me lo notaran, me agarré muy fuerte a Cascabela.

Ya llevábamos varios días en Biel, cuando una noche, a eso de las tres de la mañana, oí muchos pasos por la casa y la voz del veterinario. Me acerqué a escuchar detrás de la puerta. No oía bien lo que decían, pero la burra bramaba fuerte, como si le doliera algo o estuviera muy enfadada. Y además no dejaba de dar coces contra las paredes.

Me puse de rodillas al lado de la mesilla y le recé a san Antón. Pero solo me salía: “Glorioso San Antón haz que Cascabela vomite toda el agua que el otro día bebió en el ibón de Degusoro. Glorioso San Antón, cura a mi Cascabela como curaste a los hijos de una jabalina”. Y no paré de repetirlo en toda la noche.

Como no podía dormir y nadie venía a contarme qué pasaba, en cuanto se hizo de día salí al pasillo y escuché algunas frases de los hombres que estaban en la cuadra.

—Ha sido una pena, pero no he podido hacer nada. Llevaba varios días con el cólico. Me han llamado demasiado tarde —dijo el veterinario.

Siguió un murmullo de voces apesadumbradas entre las que distinguí la de mi padre:

—La llevaremos al muladar antes de que se despierte Alodia.

Entonces me metí en la cama, me tapé hasta la cabeza, y lloré y lloré.

Hicimos el viaje de vuelta con el burro de tío Esteban de Avellanas. Yo no consentí en montarme y volví todo el camino sin levantar la mirada del suelo y sin hablar con nadie. Solo me paraba de vez en cuando a coger  flores. Cuando llegamos a casa llevaba los bolsillos llenos de violetas. Las saqué en un puñado y se las di a tío Esteban.

—Usted que sabe dónde está la burra, échele estas violetas encima.

—Descuida, se las llevaré mañana por la mañana. Tu Cascabela duerme Detrás del Cerro.

Ese día se secó la fuente de Arbisuelo y los enanitos ya no encontraron refugio. Y el gigante Degusoro se disfrazó de buitre, se comió a la burra y abandonó el ibón para siempre.

rayaaaaa

01.Con el burro de tio Esteban

El Frago, junio de 1950. Autor, Jesús Pemán Marco (Biel, 1918-Madrid, 1991). En El Peñazal, junto a las Eras Badías. El burro de tío Esteban  de Avellanas preparado para emprender el viaje.

Encima del burro. Detrás, asoma la cabeza, Maruja Romeo Pemán (Ejea, 1944), y delante Conchita Pemán Dieste (Biel, 1942). Alrededor del burro: de izquierda a derecha. Carmen Romeo Pemán (El Frago, 1948), Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Mari Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017), Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969) Lorenza Berges Laguarta (El Frago, 1931), Martín Esteban Biesa Solana (Biel, 1892 -1977), conocido como Esteban de Avellanas, por ser de casa Avellanas de Biel.

Carmen Romeo Pemán

Gregoria de Michela

#relatoaragonés

De las fragolinas de mis ayeres

Todos los días, a las cinco de la tarde, cuando las pequeñas salíamos de clase, la señora Gregoria de Michela, hila que te hila, apuraba los últimos rayos del sol en el banquero de la puerta de la escuela. Le gustaba estar sola. Y no iba al carasol.

A todos los críos nos decía algo sobre todo a mí, que me sentaba a su lado y me ensimismaba viendo cómo daba vueltas el huso.

—Cuando sea mayor, ¿me enseñará a hilar? —le pregunté.

—Entonces yo ya me habré muerto.

—Usted nunca se morirá. Yo lo sé —le contesté.

Ella me miró, soltó el huso y apretó mi mano con la suya.

Es que la vida de la señora Gregoria se había convertido en un misterio. Hacía muchos años que era viuda y pocos se acordaban de su marido. Unos decían que una tormenta lo había despeñado por un barranco. En cambio las mujeres del carasol decían que nunca se había casado, que siempre había estado amancebada.

—Me parece que sois un poco lenguaraces —dijo una que estaba haciendo jersey.

—¿Es que no sabéis que los hombres no se fían de las mujeres que se pasan la vida hilando? Dicen que se parecen a las mujeres de la muerte, a esas que hilan nuestras vidas —contestó otra.

—¿Qué te sabrás tú? —replicó la que hacía jersey.

—Pues mucho. Aún me acuerdo de que nos lo contaba doña Simona en la escuela. Creo que las llamaba las parcas o algo parecido.

En cambio, mis amigas y yo pensábamos que la señora Gregoria llevaba allí desde siempre y que no se moriría mientras hilara. Nuestra maestra nos explicó que las parcas, que ese era el nombre de las que hilaban, eran inmortales.

Como hacía varios días que la señora Gregoria no daba señales de vida, su sobrina llamó al alguacil y echaron la puerta abajo. Subieron a tientas y la encontraron en un camastro de paja con sudores fríos y delirando. Al momento la sobrina volvió a la calle gritando:

—Solo la puede salvar un milagro. Que venga el cura con la unción.

Yo estaba sentada en el banquero esperándola. Así que, cuando oí a su sobrina, salté como un resorte y fui corriendo a buscar a mosén Teodoro que estaba jugando al guiñote.

—Mosén, venga conmigo. —Yo le tiraba de la manga de la sotana.

—¿Qué pasa, Felisa?, ¿qué te ocurre?

—Que la señora Gregoria se está muriendo.

—Anda, vete a jugar. Seguro que son cosas de mujeres. Que son un poco exageradas.

—Mosen, tiene que dejar las cartas. —le dije con la voz entrecortada—. Dicen que le han puesto una vela delante la nariz y que la llama casi no se mueve.

—Pues tendrían que haberme avisado antes de empezar la partida.

El cura tiró las cartas encima de la mesa y se levantó.

Como yo seguía plantada delante de él, me dijo:

—Anda, muévete. Vete a buscar a los dos monaguillos y diles que corre prisa.

Al poco rato salieron por la puerta de la iglesia dos monaguillos. Uno llevaba la cruz procesional y el otro, el acetre y el hisopo en una mano y la campanilla en la otra. Detrás iba el cura revestido con roquete, estola morada y sobrepelliz. Entre las manos llevaba una crismera de plata con el aceite de los enfermos. Para darle más solemnidad, la había cubierto con un paño blanco de lino, seguramente hilado por la señora Gregoria.

Las mujeres lo esperaban arrodilladas en dos filas, con mantillas negras y velas encendidas. Los hombres estaban de pie con las boinas en la mano. Y todos los críos íbamos detrás.

Mosén Teodoro entró en el patio y comenzó a dar hisopazos, a la vez que gritaba:

—¡Afuera, Satanás!

Subió por unas escaleras empinadas y yo me las apañé para ponerme a su lado. En la habitación, habían colocado una mesa con un crucifijo. El cura dejó allí la urna de los óleos y acercó la cruz a los labios de la enferma. Pero se encontró con un esqueleto desdentado.

Entonces, sin querer, se me escapó un “¡ooh!”, cuando vi aquellas manos, tan ágiles con el huso, convertidas en una gavilla de venas y nervios, envueltos en una piel acartonada.

La señora Gregoria, que ya no oía nada, agitaba las manos y roncaba fuerte. Entonces el cura mojó el dedo pulgar en el aceite y le hizo cruces en la orejas, en la nariz, en la boca, en las manos, en los pies y en el ombligo.

Para acabar, le puso la estola en los labios. Y, justo en ese momento, a la señora Gregoria le vino una arcada y le manchó el roquete al cura con un vómito sanguinolento. A mosén Teodoro se le escapó un juramento y se fue escaleras abajo.

Las mujeres colocaron velas alrededor de la cama y echaron esencia de espliego para matar la pestilencia.

Yo me fui a casa y me senté en el hogar al lado de mi madre. Sin venir a cuento, le pregunté:

 —¿Por qué los muertos no pueden cerrar los ojos ni la boca?

—¿De dónde has sacado eso?

—No, nada, es que lo quería saber.

—Anda, cómete la tostada y deja de pensar en esas cosas.

—Es que… la alcoba de la señora Gregoria huele peor que la cuadra.

—Felisa, ¿a qué viene todo esto?

—Pues, ¿a qué ha de venir? A que he acompañado a mosén Teodoro a llevar la unción.

—Este cura se las tendrá que ver conmigo. ¿Qué es eso de llevar a los críos a esos sitios?

Le supliqué que no se enfadara, que él nos dejaba ir. Que yo me colé. Y que no era para tanto,  que ya tenía diez años y era la primera vez que había visto a un muerto. Que fui porque pensaba que todos mentían y yo creía que la señora Gregoria no se podía morir.

—¡Basta ya! Y que no se vuelva a repetir —me contestó mi madre muy seria.

—Pues mañana pienso subir al cementerio a ver cómo bajan la caja a la fosa. Y me pondré en primera fila.

rayaaaaa

Julio Pablos. Mujer hilando

Foto del inicio sin recortar. Julio Pablos. Tarjeta postal de Biel. Sin fecha. Sobre los años cincuenta.

Julio Pablos Gomez (¿?-Zaragoza, 21/07/1991), pasaba los veranos en Biel, hacía las fotos oficiales del pueblo, retrataba a las gentes en el huerto de casa el Santo, en la Caudevilla. Y dejó una colección de postales del pueblo, de los años cincuenta.

Carmen Romeo Pemán

 

El crismón de Yom Tob

Tom Yob. Lápida. 1

Esta es la tumba de rabí Yom Tob, hijo de… Desde junio de 2001, está declarada “Bien de Interés Cultural”.

#relatofragolino

Yo estaba revoloteando con otros ángeles por las obras de la iglesia de El Frago, cuando oímos un gran algarabía.

—Remiel, seguro que te has hecho notar y has asustado a los albañiles —me dijo mi compañero Uriel, que vigilaba los templos.

Le contesté que no era mi culpa, que el alboroto lo montaron las gentes del pueblo cuando vieron el nuevo crismón del tímpano. Lo habían labrado unos canteros judíos y no habían seguido el modelo ortodoxo, el que usaban los canteros cristianos en las iglesias de la redolada.

En el rollo del maestro de obras, estaba bien claro el patrón. Un círculo dividido en cuatro partes por la X, la inicial de Xpistos, el nombre de Cristo en griego. Además, la segunda letra, la P, en cuyo pie se enrollaba la S, la letra final del nombre, lo partía en dos mitades. Por eso se llamaba crismón, o dibujo con algunas letras de Cristo. Y para avisar del breve paso por la vida, en el cuarto de la izquierda se colocaba una alfa mayúscula, A, y en el de la derecha una omega minúscula, ω, que simbolizaban el principio y el fin de la vida y de los tiempos.

Crismón de las Cheblas

Crismón ortodoxo. San Miguel de las Cheblas. Foto: Carmen Romeo. 2019

—¡Abajo! Que hagan uno nuevo. Este nos traerá grandes desgracias —gritaban los vecinos.

—¡Serán zopencos! Seguro que han puesto la plantilla del revés —dijo un cantero cristiano que era muy minucioso.

—Eso me pareció a mí cuando vi semejante zancocho. Pero no. ¿No ves que la X y la P están bien? —le contestó otro cantero que se ganaba la vida tallando crismones de pueblo en pueblo.

—Pero ¿qué me dices?, ¿la omega, delante de la Alfa? Y encima minúscula —insistió el minucioso.

—Y la S está al revés, enroscada como una serpiente. —El cantero que iba de pueblo en pueblo la señaló con un palo.

—Estos cabrones de judíos se han querido burlar de nosotros. —El minucioso levantó el tono.

—Seguro que nos quieren afrentar con alguna de sus herejías. Eso no se lo habrían permitido en ningún sitio.

—La culpa la tenemos nosotros por haberlos acogido tan bien. Hasta les hemos dado un barrio y un fosal —replicó el minucioso.

En realidad los fragolinos andaban escarmentados con los judíos. Como eran malos tiempos, los estaban dejando sin trabajo.

Lo del crismón hizo saltar a las piedras. Los más bravucones se dirigieron a casa del rabino Yom Tob y le rompieron la puerta a pedradas. Entonces llegó San Nicolás. Como lo habían elegido el patrón de la iglesia, intentó poner paz y convencer a sus feligreses de que esos cambios no eran malos, que cifraban un mensaje nuevo. Pero las gentes no lo escucharon y siguieron con las pedradas.

Como el asunto se ponía cada vez más feo, el Santo habló con el rabino y le pidió que mandara esculpir dos arcángeles sujetando el crismón. Así las gentes se sentirían cobijadas por sus alas.

—Pero, ¿yo tengo que elegir a dos entre los siete arcángeles?  —le preguntó Yom Tob, que conocía bien el santoral y sabía mucho de categorías celestiales.

—Mañana te lo diré. —A San Nicolás se le escapó un suspiro—. Tengo que pesar los pros y los contras de cada uno. Ahora no podemos meter la pata con los arcángeles.

El Santo tenía que tomar una decisión rápida. Pensaba que los judíos habían metido cizaña, aprovechado que el arquitecto, al que todos llamaban Maestro de Agüero, se había ido a vigilar las obras de otros pueblos.

Al amanecer, se sentó en un poyo cerca de la iglesia, sacó un pergamino y lo fue desenrollando hasta que llegó a los arcángeles. Leyó y releyó sus oficios y virtudes. Y, en lugar de elegir, descartó a los que no serían buenos vigilantes. Los ángeles del crismón tendrían que defenderlo contra viento y marea hasta el día del juicio final. Si no, caerían plagas sobre El Frago.

El primero que se le ocurrió fue Gabriel, el mensajero celestial. Pero no era de fiar. Siempre estaba danzando de aquí para allá. Y llevaría mal eso de vivir inmóvil en un cuerpo de piedra. Y lo mismo le pasó con Rafael, que se pasaba la vida corriendo detrás de los viajeros. Excluyó a Raquel y a Sariel por despistados. Pensó que Miguel lo haría bien. Pero, como era el jefe, igual no quería compartir el trabajo con otro de menor categoría. Y se necesitaban dos. Que el crismón era redondo y, si solo lo sujetaba uno, podría salir rodando. Así que solo quedábamos Uriel y yo, que tendría que separar a los buenos de los malos cuando llegara el Apocalipsis.

Ese día San Nicolás no paró de dar vueltas por las calles. Iba cabizbajo, sin mirar a nadie. Antes de anochecer se acercó a mí.

—Remiel, no sé si estás al corriente de lo que está pasando con el crismón —me dijo tanteando el terreno.

—¿Cómo no lo voy a saber si afecta directamente a mi trabajo? Yo mismo le inspiré los cambios a Yom Tob en un sueño—le respondí.

—¡Tendría que haber caído antes! —Se dio una palmada en la frente.

Entonces le expliqué mi plan. Todos, los cristianos y los judíos, sabían que el crismón anticipaba el futuro del pueblo. Con la nueva disposición, las gentes de El Frago no irían de la Alfa a la omega. No. El tiempo avanzaría al revés. De la omega minúscula, es decir, de la muerte, a la Alfa mayúscula, al día de la Resurrección de la Carne. Y para burla de Satanás, la A mayúscula incluía a todos. Nadie iría al infierno.  Además, la S al revés estaba dibujada como la serpiente que se salva del fuego.

El Santo no salía de su asombro. Sobre todo cuando le dije que así el día de la Resurrección de los Muertos yo no tendría que separar a los fragolinos buenos de los malos.

—Entonces, ¿me das permiso para que te petrifique con Uriel? —me preguntó San Nicolás.

—Pues claro. Estamos deseando.

Por orden del Santo, el rabino aprovechó la ausencia del Maestro de Agüero y nos mandó esculpir. Yo estoy a la izquierda. Uriel, el que vela los templos, me mira desde el otro lado con los ojos muy abiertos, sin párpados. Y nos sonreímos cada vez que se cruzan nuestras miradas.

Solo nosotros sabemos que el rabino Yom Tob quiso detener el curso de la historia y abrir de par en par las puertas del cielo. Quiso abolir el juicio final y que todo el mundo, sin excepción, pudiera pasear por los Campos Elíseos.

Tom Yob. Lápida y ventana

Lápida de Yob Tom reutilizada en la fachada de casa Luis. En la calle Mayor, cerca de la Placeta.

Carmen Romeo Pemán.

Mi abuela, la epiléptica

#relatofragolino

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando era niña, muchas veces recorrí el camino de Lacasta a El Frago con mis padres. Un día hicimos el viaje en una burra vieja y tardamos más de tres horas en recorrer una legua escasa. Íbamos a ver a mi abuela. Tenía una enfermedad rara y la semana anterior había acudido a Jaca con la ilusión de que santa Orosia la curara con un milagro.

Según el médico de El Frago, sus ataques de epilepsia iban en aumento. Pero el cura no estaba de acuerdo. Que no, que no estaba bien llamar ataques epilépticos a las sacudidas del demonio. Y no había otra solución. Había que sacarlo del cuerpo. Él probó con exorcismos y no lo consiguió. Por eso mandó a mi abuela a la procesión de los endemoniados de Jaca.

—Pero, mosén, ¿cómo voy a tener el demonio dentro si no he pecado y además me confieso todos los días? —protestaba mi abuela cada vez que se confesaba.

—Anda, Macaria, que no te enteras. ¿Te parece poco? ¿No ves que te has casado con el viudo de tu hermana? ¿No te das cuenta de que te has precipitado y no has dado tiempo a que se apriete la tierra de su sepultura?

—Mosén, yo creo que eso no es pecado.

—No sé quién ha inventado esas patrañas. El matrimonio no acaba con la muerte. Ni los viudos ni las viudas se pueden volver a casar. Y así fue siempre, hasta que llegaron los sarracenos a España.

—¡Ave María Purísima!

—No me vengas con tontadas. Tú le entregaste tu cuerpo a Satanás el día que fuiste al altar. Y algo sospechabas. Que te casaste medio a escondidas, a las seis de la mañana. Y no invitasteis a nadie a la boda.

—¡Jesús, José y María!

—Macaria, tienes que sacarte al diablo del cuerpo. No puedes seguir así en el pueblo. Que intentará usarte y destruirá las virtudes de nuestras tradiciones.

—Mosen, yo no me dejaré.

—¿Es que no lo ves? ¿No te das cuenta que él te incitó a esta boda prohibida?

Al día siguiente el abuelo ensilló la yegua blanca y ayudo a mi abuela a sentarse a la mujeriega. A continuación subió él. Antes de mediodía ya estaban en la procesión de Jaca. Al llegar, mi abuela se unió al grupo de las posesas, que así llamaban a las que se les había metido el diablo dentro. Casi siempre eran solo mujeres. Iban todas detrás de la peana que llevaba las reliquias de la santa. Antes de empezar a caminar, unos hombres con roquetes les ataron cordeles a los dedos. El demonio abandonaría a las posesas si conseguían meterse debajo las andas y, con grandes retortijones del cuerpo, como los que hacen las serpientes, se quitaban los cordeles. Pero si les quedaba algún dedo atado, como le sucedió a mi abuela, no se sabía qué pasaría después.

Cuando la abuela nos oyó llegar, bajó corriendo a la calle, me abrazó y me dio un beso. Pero yo me escabullí en cuanto pude. Es que noté que de su boca salía una tufarada de azufre. Por lo menos así llamaba mi madre a unos polvos que echaba en los geranios y que olían a huevos podridos.

—Alodia, hija mía, ¿qué tal viaje habéis hecho? —me preguntó mi abuela.

Cuando mi madre vio que no le contestaba y me apartaba enfurruñada, me dio un cachete y me dijo:

—Haz el favor de ser más amable con la abuela. Nos lleva esperando todo el día, y tú te portas como una malcriada y una grosera. ¿Quién te ha enseñado esos modales?

—No le riñas a la niña, que llega cansada del viaje —terció la abuela.

Entonces me vino a la cabeza el cuento de Caperucita y le iba a preguntar: “Abuela, ¿por qué tienes una voz tan ronca?” Pero me contuve. No me quería ganar otro coscorrón de mi madre.

Me quedé jugando en el patio mientras todos hablaban en la cocina. De vez en cuando escuchaba detrás de la puerta. Hablaban de demonios en voz muy baja. No sabían por qué la abuela no pudo soltarse un dedo en la procesión. Yo contenía la respiración, pero me daban ganas de hablar. Estaba segura de que en lugar de salir el demonio del cuerpo había salido mi abuela. Y ahora teníamos en casa en al mismísimo Belcebú.

Cuando acabaron la conversación, me llamaron para cenar. Me senté en una esquina junto a mi madre. No sabía por qué, pero me temblaba todo el cuerpo. La abuela sirvió la sopa muy caliente, como le gustaba a mi abuelo. Nadie se dio cuenta, pero yo vi que la uña del dedo meñique le había crecido mucho y que la metía en las escudillas de la sopa. Ella lo disimulaba inclinándose para que no se no lo notáramos. De repente, me dio una arcada y vomité delante de todos.

Mi madre se enfureció y me mandó a la cama sin cenar. Mi alcoba estaba al final de un pasillo largo. Me dieron una palmatoria. Antes de llegar a la habitación, noté que un aliento que olía a huevos podridos me recorrió el cuello. Se me apagó la vela y di un grito. Al momento vino mi madre fuera de sus casillas.

—¡Alodia, tú siempre tan teatrera! Anda, duerme y no nos des más la lata.

Me arrebujé entre las sábanas. Desde mi cama veía la silueta de la torre recortada por la luna. Hasta mi habitación llegaban los sonidos de las campanas cuando el reloj daba las horas. A media noche todo se impregnó de olor a azufre. Pensé que me iba a asfixiar. Al final me dormí pensando que a la mañana siguiente le pediría al abuelo que me acompañara a ver de dónde venía el olor.

No hubo mañana siguiente. Era como si mi abuelo nos hubiera esperado para despedirse. En la madrugada oí la voz del médico.

—No se puede hacer nada. Me han llamado demasiado tarde. Cuando he llegado ya había inhalado demasiado azufre.

Me levanté y asomé la cabeza entre la gente que rodeaba la cama del abuelo. Junto a la cabecera, sentada en una silla de anea, estaba la abuela tapada con un mantón negro. Solo le vi el pico de la nariz y el dedo meñique con un trozo de cordel incrustado en la carne.

Me santigüé y en voz alta le recé a santa Orosia. Le pedí que librara a mi abuelo del Maligno. Entonces la abuela empezó a hacer aspavientos, como si también ella se fuera a asfixiar. Mi madre se volvió hacia mí.

—No vuelvas a aparecer por aquí. Los niños no pueden velar a los muertos.

Velas para los muertos.

Cestos con velas para el Día de las Ánimas. Foto: Ricardo Mur, «Pirineos montañas profundas», 2003.

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Imagen del Comienzo. 1918. Nueno, Huesca. El abuelo Auqué y una mujer, sentados en la puerta de Casa Auqué. Foto de Rircardo del Arco Garay. Fototeca de la Diputación de Huesca. Publicada en FB en el grupo Fotos antiguas de Aragón.

Carmen Romeo Pemán

Los viajes de Polonia

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

En la duermevela Polonia pensaba cómo había llegado hasta allí, desde el día que,  pasada la medianoche, se escapó de casa. Y  todo porque aquella tarde oyó a su madre que le decía a su padre que ya le había llegado la regla y  tenían que casarla pronto. Que las hijas solteras daban muchos quebraderos de cabeza. Además, aún les quedaban muchas bocas que alimentar.

Ese mismo día por la mañana había oído gritar por las calles:

—A componer sillas, el silleeero. Apresúrense, señoras, que es el último día.

Era la señal de que los gitanos, que llevaban varios días en la arboleda, iban a levantar el campamento.

Sin pensárselo dos veces, se levantó, salió en camisón y cogió el camino del puente. Cada vez que oía un ruido intentaba correr, pero avanzaba poco, que no estaba acostumbrada a andar descalza.

Cuando se acercó a la carreta se le echaron dos perros encima. Detrás llegó un chico de unos quince años, los cogió por el cuello y les hizo caricias en el lomo. Miró a Polonia y le preguntó:

—¿Te has perdido? —A la vez que le miraba las heridas de los pies.

—No, no —respondió Polonia con  resuello—. Es que no quiero seguir en mi casa. Me quiero ir con vosotros.

—¿Qué dices?

—Lo que has oído.

—¿Cómo te llamas?

—Polonia. ¿Y tú?

—Pues no lo sé. Todos me llaman Mundo. No sé si de Segundo o de Segismundo, que los dos son nombres corrientes.

Mundo cogió a Polonia de la mano y la ayudó a subir al carromato.

—¡Chist!, ¡chiss!, ¡chsss! A ver si no despertamos a nadie. Si te arrepientes, tiene que ser ahora. En menos de dos horas arrancaremos. Y, como este viaje no nos ha ido bien, mi padre dice que no volveremos más a este pueblo.

Se acostaron encima del saco de la paja de las mulas. Polonia temblaba, pero se quedó dormida cuando una mano la acarició con suavidad.

Al amanecer, el padre de Mundo los descubrió. Entonces Polonia le dijo que era una de las hijas del alcalde y que se quería ir de su casa.

—Así que eres hija del que nos ha denunciado por robar tomates en un huerto. —Le salía espuma por las comisuras de los labios—Sal ahora mismo de aquí, ¡zorra! Que antes de llegar a Luna nos detendrá por haber robado a su hija. —Abrió el toldo y la tiró al camino de un empujón.

Aún no se había repuesto del golpe, cuando pasó una caravana de trajineros y les pidió que la dejaran ir con ellos. Que se le habían roto las alpargatas y no había podido seguir a los pastores con los que bajaba desde Monte Alto. Estaba segura de que ya estarían cerca de Gurrea. Le pusieron unas abarcas, le dieron un trozo de pan seco y la dejaron dormir hasta Gurrea.

Allí se bajó y callejeando llegó a las afueras donde se encontró con una mujer que iba a coger el tren. Le contó lo mismo que a los arrieros y, además, que sus padres estaban de criados en Zaragoza, en casa de un ganadero que tenía los corrales cerca la estación. Y siguieron hablando hasta que oyeron el pitido del tren.

—Bueno, pues convenceremos al revisor. A ver si te deja viajar sin pagar. Ya verás como sí.

Ya en Zaragoza, justo al salir de la estación, se despidió de la mujer de Gurrea y se dirigió al Puente de Piedra. Pero antes de llegar, unos mozos muy jaraneros le dieron un susto. Así que, aunque las abarcas le estaban grandes, corrió que se las peló hasta que llegó al Pilar. Se notaba cansada y con dolor de estómago. Se sentó en el suelo y comenzó a pedir en la puerta del templo. Al momento unos mendigos la echaron a muletazos.

—¿Qué te has creído? Llegas la última y te saltas la cola. Además tú no estás tullida y puedes trabajar —le dijo uno que hacía alarde de sus muñones.

En eso estaban cuando una señora, con mantilla de blonda y rosario de nácar, echó una moneda al primero de la fila y siguió adelante.

—¿No necesitará usted los servicios de una doncella? —le dijo Polonia, cortándole el paso—. Sé hacer de todo. Y tengo muy buena mano para los niños.

Hablaron un poco al paso de la señora. Polonia la siguió hasta los bancos y se quedó junto a ella, durante la misa. A la salida volvió a seguirla. Como la buena mujer notó que Polonia ponía mucho interés, le dijo que vivía cerca y que podría cuidar a su niño de pocos meses a cambio del alojamiento. Eso sí, tendría que dormir en un camastro junto al lavadero. Y que si se portaba bien, como había hecho en misa, la dejaría asistir con las otras criadas a las escuelas dominicales.

Una mañana, cuando apenas llevaba una semana de niñera, al salir de casa con el crío, reconoció a uno de El Frago. Se dio cuenta de que él también la había visto y miraba fijamente el número de la casa. Así que cruzó la calle, en una esquina de la plaza más cercana abandonó el carricoche con el niño dentro y puso pies en polvorosa. Las otras niñeras dieron la voz de alarma. La señora buscó a los mozos de asalto y la denunció por haber atentado contra la vida de su hijo. Antes de llegar al Puente de Piedra, la detuvieron y la llevaron a un calabozo. A los dos días, estaba pensando en cómo escaparse a Barcelona, cuando se abrió la puerta de golpe y vio que se le acercaba un bulto. Enseguida reconoció la voz de su padre.

Hicieron el camino de regreso en silencio. Su padre no paró de gritar y azotar a las mulas. Desde ese día Polonia supo que pronto la casarían con un hombre de otro pueblo, que en el El Frago  había cogido fama de moza brava. Y también supo que su nuevo viaje no sería a tierras lejanas.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen. Carro de El Frago. Tarjeta postal. Foto de Ricardo Vila.