Un sueño que se desvanece

Acostada sobre la cama puedo escuchar mi respiración agitada. La frazada está caliente. Todavía huele a ti.

Otra vez estabas en mis sueños.

Con los ojos aún cerrados puedo ver tu sonrisa. Te iluminas cuando curvas los labios y me miras fijamente. Estoy entre tus brazos. Te estremeces junto a mí y no puedo dejar de mirarte. Te abrazo con más fuerza. No hay besos, ni caricias apasionadas. Abrazarnos es suficiente.

El despertador suena como todos los días y la luz se asoma entre las cortinas. Sumerjo la cabeza en la almohada y suspiro, no quiero despertar.

Con los ojos abiertos ya no puedo sentirte a mi lado. La tristeza aparece. Me siento perdida, estoy sola.

Quisiera que no fuera un sueño, sino un recuerdo. El recuerdo de cuando nos encontramos en la calle un día cualquiera y nos perdimos entre la multitud en ese instante en el que nos dijimos todo sin palabras.

Cada vez que sueño contigo me pregunto ¿por qué te desvaneces al amanecer? ¿Dónde estás?

Me paso la mano por el rostro para secar el sudor de una noche agitada. Aún tengo tu aroma en mis dedos.

Me oculto entre las cobijas y puedo sentir tu piel muy cerca de la mía. Esta vez es diferente, aún estás aquí.

Me quedo inmóvil, en silencio. Cierro los ojos y puedo verte de nuevo.

 

Mónica Solano

 

Entrada de Pete Linforth

Desde la ventana

Emilia se peina el cabello delante del espejo.

En la calle se oye un estallido y un grito ahogado que le eriza la piel. Se pone de pie y aparta con fuerza la silla del tocador. Corre hacia la ventana y asoma la cabeza para ver qué pasó.

En la esquina ve un automóvil que ha atropellado a una mujer. Su cuerpo ha quedado tendido en medio de la calle. Lleva un traje ejecutivo de color gris y unos zapatos rojos de tacón puntilla. “Yo tengo unos zapatos iguales”, piensa.

Tiene el pelo tan enmarañado que no se le puede ver el rostro. Emilia siente una punzada en el corazón y se lleva la mano al pecho. El cepillo se le cae de la mano y rueda por el suelo. Siente como si el alma le abandonara el cuerpo.

Sacude la cabeza y algunas gotas de sudor se le escurren por la sien. Se pasa las manos temblorosas por la frente. Todo comienza a dar vueltas a su alrededor. Mientras respira siente que el aire sale con fuerza, como si hubiera estado aprisionándolo en su boca todo el día. La imagen de la calle es aterradora, pero no tiene fuerzas para alejarse de la ventana. Desde el tercer piso, mira cómo las personas se abren camino con prisa, cómo tropiezan unas con otras y gritan despavoridas.

Un corrillo se forma alrededor del conductor que, sentado sobre el andén, oculta su cabeza entre las piernas. A pesar de la distancia puede ver que se le escurren las lágrimas por la cara. El hombre no hace ningún esfuerzo para contenerlas. Es comprensible, acaba de arrebatar una vida.

¿Qué se sentirá cuando se le quita la vida a otro ser humano? ¿Y qué sensación producirá ver cómo se entumece cada extremidad con el último aliento?

“Pude ser yo”, piensa Emilia mientras abre más la ventana para observar mejor. “Ese cuerpo sin vida pudo ser el mío. ¡Pobre mujer! Salió un día más a trabajar y jamás pensó que la muerte la alcanzaría en una esquina. ¿Y si soy yo? ¿Y si en el instante en el que sentí que mi alma volaba del cuerpo estuviera dejando atrás una de mis vidas? ¿Y si cada accidente que ocurre cerca de nosotros es realmente el nuestro? Siempre me he preguntado por qué todas las cosas horribles del mundo les pasan a los demás y nunca me han pasado a mí. Si esa persona que está tendida en la calle soy realmente yo, o una parte de mí: ¿no sería una oportunidad para comenzar de nuevo? El cuerpo de la mujer se ve como si estuviera dormida, tranquila, como si nada la perturbara. Sería fascinante tener esa paz”.

Emilia no puede dejar de pensar que una de sus vidas pudo quedar en el cuerpo de aquella mujer. Pero no sabe si fue la última o quizá la primera. Antes había sentido esa misma sensación de abandono y se había hecho la misma pregunta sin obtener una respuesta, pero no entendía por qué esta vez se sentía tan diferente.

“¿Qué pasará con la vida de los demás cuando no están formando parte de mi realidad? ¿Sus vidas de verdad existirán? ¿Vivirán en un mundo paralelo o solo dejarán de existir por unos instantes? Todo cobra sentido cuando forman parte mi mundo. Lo que hagan en mi ausencia lo desconozco, es como si toda su existencia fuera una ilusión”. Emilia se pasa la mano por el cabello mientras explora las posibilidades.

La madre de Emilia se acerca a la ventana para ver más de cerca lo que ha ocurrido en la calle. Un grito desgarrador se oye por toda la casa.

Sofía sale a toda prisa y, sin darse cuenta, deja la puerta abierta. Tiene puestas unas sandalias y el delantal de la cocina. Estaba cocinando una paella para Emilia, su favorita. Se abre camino entre la multitud y se pone de rodillas junto al cadáver. Recoge con sus manos el cabello de la mujer para verle el rostro. Le toma con fuerza la mano sin vida y se la lleva al pecho. Las lágrimas salen a raudales y se deslizan por sus mejillas mojándole el cuello.

–¡Mi Emilia!

 

Mónica Solano

Imagen de Polski

 

Organizando un mundo imaginario

Hace unas semanas, a esta misma hora, me preparaba para viajar. Llevaba muchos meses planeando un viaje de treinta días. El check list era bastante extenso: ¿tenía el pasaporte al día? ¿Qué requisitos debía preparar para entrar a los países que quería visitar? ¿Cuáles serían las exigencias de las aerolíneas? ¿Cuánto equipaje podría llevar? ¿Qué lugares no podía dejar de visitar? ¿Qué idioma?…

La última semana, mientras organizaba una carpeta con todo lo que debía presentar en inmigración, me vino a la mente lo complicado que es viajar para algunas personas, dependiendo de su nacionalidad. Aunque en Colombia ahora es más fácil que hace algunos años. Todavía se me sube la bilis cuando voy a abordar un avión para salir del país. Pero me encanta viajar, así que vale la pena lidiar con las náuseas.

Como les he contado en varias oportunidades, estoy escribiendo una novela en la que los personajes viajan a través de portales o con cristales de teletransportación. ¡Qué fácil sería si pudiéramos viajar así! ¿Verdad? No necesitan Visa, solo un cristal que les dan a los once años y caminar al portal más cercano y, ¡ya está! Pueden ir adónde quieran. ¡Qué linda sería la vida si no existieran las fronteras! Y si no tuviéramos que hacer tantos trámites para recorrer el mundo.

Uno de mis personajes preparara un viaje más o menos así:

Empacaría una mochila con bocadillos, tinta y una libreta. Iría al portal más cercano, pondría el cristal sobre una torre, digitaría las coordenadas en el tablero, entraría y listo. ¡Ya está!

La respuesta a la pregunta: ¿cuántos días me voy a quedar? En realidad, no importaría.

Esto no significa que no haya leyes en mi planeta, claro que las hay, pero no limitan conocer e interactuar con otras culturas. Esta es una de las cosas maravillosas de mis historias de ficción, que todo siempre puede ser como lo sueño. Como me gustaría que la vida real fuera también.

Cuando me enfrenté a esa parte de mi novela en la que debía decidir cómo convivirían todos los habitantes del planeta, un segmento muy importante fue la organización política, y ahí entraban el estado y las naciones, los órganos para mantener la soberanía, el territorio ocupado, la política internacional y por supuesto las leyes.

Primero inicié con una extensa lista de preguntas como, por ejemplo: ¿mi civilización tendrá unas leyes que en nuestra sociedad serían corrientes? ¿Reflejarán la moral de la época? ¿Estarán implícitas? O ¿Serán explícitas? ¿Serán iguales en todas las comunidades?

Cuando terminé la lista y empecé a darle respuesta a cada pregunta, descubrí que, independiente de las respuestas, las leyes que definiera tenían que ser importantes para el argumento y para la vida de la población.

La estructura política es lo que define a una civilización como grupo y cómo se relaciona con las demás. Puede que no sea determinante para la historia, pero tenerla clara nos ayuda a sentar sus bases. Lo primero que debemos hacer es constituir un estado, porque los habitantes tienen que organizarse y tener una identidad común, reconocible a partir de creencias y símbolos comunes. Hay muchos tipos de estados, desde monarquías, parlamentos plurales, oligarquías o incluso anarquías. Para establecer el tipo de estado debemos tener en cuenta tres aspectos fundamentales: la administración, el orden jurídico y quién ejerce el poder. También debemos comprender desde un punto de vista histórico, cómo ha llegado un estado a ser como es y no podemos olvidar el aspecto evolutivo, por ejemplo, si en la actualidad existe una democracia, ¿qué era antes?

Toda civilización debe tener métodos para mantener el orden. Un estado, independientemente de la relación que tenga con la población, siempre se asegurará de tener órganos que le ayuden a preservar el orden. Conocer estas fuerzas y la manera en que actúan en relación gobierno-sociedad nos ayudará a crear ambientes más realistas. Aunque existen tres principales poderes en un estado, que pueden estar divididos y formar órganos independientes o estar centralizados en la cabeza del poder, las posibilidades son infinitas. No hay restricción para divertirnos creando la forma que más nos guste.

Debemos tener en cuenta que los habitantes de una civilización podrían no tener un origen común. Tener una lengua, una cultura y una idiosincrasia diferentes. Por ejemplo, en Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin, en Poniente, donde están los Siete Reinos, impera un único estado, concretamente una dictadura, cuya capital es Desembarco del Rey, pero en ella conviven diferentes naciones, como por ejemplo Invernalia y Dorne.

Al crear nuestras civilizaciones y las leyes que las rigen debemos tener en cuenta que existen naciones que se agrupan formando un estado, naciones que forman un único estado y naciones sin estado en las que gobierna el desorden. A la hora de planificar esta parte en una historia podemos optar por crear una guía para cada nación en la que se describan las características. Esto nos ayudará a administrarla y a comprenderla mejor. Cuando creamos nuestra civilización y definimos su estructura política, es momento de preguntarnos qué relaciones tendrá con las civilizaciones vecinas. Esto es determinante para saber cuál es la vida de la población, puesto que en estados de guerra el panorama cambia.

Conocer el estado de la política internacional es fundamental, porque la vida de los habitantes depende de las decisiones que se tomen hacia el exterior. Así como en la planeación de mi viaje, aunque en la historia no se detalle toda la estructura de la comunidad, si alguien va a visitar otro lugar del planeta debe conocer cuáles son los requisitos para poder entrar en ese territorio, además de cuáles son las características, la cultura, las costumbres y si en esa época del año hace frío o calor. Porque no está de más conocer si es invierno y necesitará un buen abrigo.

Mónica Solano

 

Imagen de jessica45

 

 

 

 

Ya es solo un recuerdo

Hacía meses que soñaba con aquel día.

Se me eriza la piel solo con imaginar cómo me saltaba el corazón dentro del pecho y cómo se me revolvía la bilis en el estómago mientras esperaba impaciente.

¡Cuánto anhelaba caminar por aquellas avenidas!

Después de deambular por parajes repletos de historias, deseaba sentarme en una silla de mimbre, junto a una mesita de metal, con uno de esos manteles de cuadros coloridos, en un callejón escondido. Solos, mi libreta de cuero y yo, dando pequeños sorbos a un chocolate caliente y con la mirada fija sin pensar en nada.

En este momento puedo sentir el humo de la bebida acariciándome el rostro y el aroma del cacao filtrándose por mi nariz.

Oigo un sonido.

 

El instante se desvaneció de mi mente cuando Víctor interrumpió mis pensamientos con el golpe de sus nudillos en la puerta de cristal. Me sacó del ensueño.

­—¿Cómo estás, amigo? ¿Qué tal las vacaciones?

—Hola, Víctor —le respondí con una sonrisa, disimulando mi mal humor—. Bien, hombre. Aunque se me hicieron cortas.

—¡Cortas! Pero si estuviste fuera de la oficina más de un mes.

—Lo sé, pero creo que me faltó tiempo para hacer más cosas.

Cuando Víctor pensaba que alguien decía algo estúpido, se encogía de hombros y arrugaba toda la cara, como si se hubiera comido algo con mal sabor. Al ver que los ojos se le perdían entre los pómulos y las cejas, supe que mi respuesta no era de su agrado. Se me quedó mirando unos instantes más con el ceño fruncido y continuó:

—Bueno, y ¿qué dijo tu noviecita después de tantos días de ausencia?

—Pues no te lo creerás. El día que me fui me dijo que si me iba no volvería a verla jamás, que ella no iba a esperarme. Y apenas llegué anoche, ahí estaba, al pie de la puerta con un letrero de bienvenida y una torta de chocolate en la mano. No te sabría decir cuánto tiempo lloró mientras me abrazaba. Después de las disculpas y las lágrimas me dijo que no nos volviéramos a separar, que entendía por qué me había ido, pero que era la última vez que le hacía algo así. Ya sabes cómo son las mujeres.

—¡Qué drama! ¿Entonces no terminaron?

—No. Ayer durmió conmigo y hoy estuvo como si nada, como si no me hubiera tirado el jarrón que me regaló la tía Elena cuando me fui a vivir solo y no me hubiera gritado que soy un perdedor, un poca cosa y su peor decisión.

Nos echamos a reír. Entre carcajada y carcajada pude ver que la reacción de Víctor era sincera. Se le notaba que le divertía mucho mi situación.

—Bueno, Luciano. Es genial que estés de vuelta. Hay mucho trabajo. Ya te echábamos de menos. Aquí te dejo los informes que debes actualizar para la junta del viernes —dijo con tono grave y los puso sobre mi escritorio.

El sonido de las carpetas al caer sobre la madera aumentó mi mal humor. Me esperaban varios días con trabajo hasta la madrugada.

—Después tenemos que armar un plan para que nos muestres las fotos de tu viaje. Podemos tomarnos unas cervecitas en tu casa. ¿Podría ser el próximo fin de semana, apenas acabemos la entrega de los informes?

—Cuenta con ello.

Víctor salió de la oficina silbando una canción de Rubén Blades y acompañaba la melodía con un leve movimiento de los hombros.

Cuando el sonido se convirtió en un susurro, me sentí aliviado. Quería estar solo. Además, me molestaba la forma en que Víctor me adjudicaba tareas. Sí, era mi jefe, pero a veces pensaba que, además de mi trabajo, me tocaba también hacerle el suyo.

Me volteé para mirar por la ventana.

Solo veía edificios y más edificios. Grandes rascacielos con ventanas que parecían espejos, que no reflejaban nada. “Esto debe sentirse cuando se mira el vacío. Una sensación desgarradora de oscuridad y desolación”, pensé, mientras intentaba mirar el último piso, que apenas lograba divisarse desde mi oficina.

Ver todos los días la misma imagen, el mismo montón de ladrillos apilados, me deprimía. Quería estar en aquella callecita de París, sin preocupaciones, escribiendo en mi libreta de apuntes algunas historias que jamás verían la luz. Me gustaba ser otra persona, no este despojo de ser humano que estaba sentado con una pila de estados financieros por revisar, prisionero entre cuatro paredes adornadas con diplomas y certificaciones, enfrente de un computador que nunca se apagaba.

Tomé la taza de café que Lucy me había entregado al llegar y le di un sorbo. Estaba frío. Tan frío como mis aspiraciones a poeta.

¿Qué habría dicho mi tía Elena si le hubiera confesado que quería ser poeta y no contador? Seguro le hubiera dado un infarto fulminante. ¡Pobre tía! Lo sé. Tuvo la ardua tarea de criarme cuando nadie más quiso hacerlo. Todo lo que había llegado a ser se lo debía a ella. No podía mancillar su legado por el deseo de ser un poeta vagabundo. Así me lo repetía cada vez que tocábamos el tema. “Los escritores son unos vagos. No tienen aspiraciones y se dedican a eso porque no quieren hacer cosas importantes. No son como nosotros, los que trabajamos con los números. ¡Eso sí que es tener una profesión!”. Y se le hinchaba el pecho como a una paloma cuando ponía el acento en la palabra “profesión”. Se sentía orgullosa de ser contadora y de haber trabajado toda su vida en el Ayuntamiento. Y yo seguí sus pasos, en agradecimiento a su dedicación a mi crianza.

Fueron años de estudios, años de trabajos mediocres hasta que logré convertirme en el mejor de la ciudad. Pero yo nunca me sentí satisfecho.

Hice muy feliz a mi tía, sí. Le encantaba alardear delante de todas sus amigas de su sobrino el contador. El hijo que nunca tuvo. Decía que yo era su vivo retrato.

En realidad, no pasó mucho tiempo hasta que empecé a crecer profesionalmente, a hacerme un nombre de peso en el gremio de contadores. Pero cuanto más escalaba más miserable me sentía.

Sentí un sabor amargo cuando me di cuenta de que llevaba años cumpliendo los sueños de mi tía. Estaba viviendo una vida que no era la mía.

¿Y mis sueños? ¿Dónde se habían quedado mis sueños?

Me quedé en silencio. Pensativo. Eso fue lo último que me pregunté mientras miraba por aquella ventana del piso diecinueve.

 

—¿Desea algo más, señor?

—No, gracias.

Respiro profundo. Mi nariz se deleita con el aroma del cacao que emana de la taza con chocolate caliente que acaba de dejar la camarera sobre la mesa. Todos los malos recuerdos se desvanecen con el dulzor de la primavera.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Engin_Akyurt

 

Espiral de lunas: la naturaleza cíclica de las mujeres

¡Me encanta la luna! Soy una enamorada, una loca, una fanática obsesionada con la Luna. Hace unos días tuve la oportunidad de conocer un proyecto hermoso que me volvió aún más lunática. En Bogotá, Colombia, territorio Andino y Muisca, nació una apuesta de vida: “Espiral de Lunas”. Un proyecto autogestivo y pedagógico, liderado por Bxisqua, un colectivo de mujeres que busca crear espacios que nos permitan conectarnos con nuestro ser cíclico.

Bxisqua es una palabra chibcha que significa plantar y parir. El grupo Bxisqua quiere promover y divulgar el conocimiento adquirido en sus experiencias con la siembra de luna, el uso de dispositivos alternativos a lo desechable y el trabajo en el reconocimiento de nuestro ser cíclico. Y, sobre todo, nuestra relación con los ciclos de la luna y, por ende, con la tierra.

“Espiral de Lunas” es una propuesta práctica para entender la naturaleza cíclica femenina. Desde que nació, en el año 2017, se ha convertido en una oportunidad para que las mujeres se reencuentren consigo mismas. El proyecto intenta materializar la sabiduría de la Madre y reconocer el tiempo como la expresión del movimiento. Y, sobre todo, entender lo cíclico como fundamental en la vida, la muerte y el renacimiento.

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“Espiral de Lunas” nos ayuda a hacer un trabajo de introspección, llegar a la naturaleza cíclica femenina y reconocer nuestros ciclos en sincronía con las fases de la luna. Si usamos este lunario y en cada ciclo lunar marcamos los días que menstruamos y nuestro periodo fértil, podremos comprender los diferentes momentos por los que transita nuestro cuerpo. Esto está relacionado con la importancia de registrar cada día las emociones, sensaciones, percepciones, sueños y deseos significativos de nuestra vida. Luego, en un ejercicio de retrospectiva, revisaremos nuestro registro y podremos contar con los elementos necesarios que nos ayudarán a descubrir cómo se expresa nuestra naturaleza cíclica en beneficio propio, en el de otras mujeres y en el de la humanidad.

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El lunario, o calendario lunar, está compuesto por trece ciclos, cada uno acompañado de un sincronario, una mándala elaborada a mano alzada y frases inspiradoras como complemento del aprendizaje. Un sincronario es una rueda que muestra las diferentes fases de la luna durante los doce meses del año. La lectura comienza en la parte de abajo con la Luna Nueva Oscura. Allí empezamos un movimiento contrario al de las manecillas del reloj y hacemos una eterna espiral de lunas.

El ciclo de la luna nos conecta con la sabiduría de lo cíclico y con los arquetipos femeninos, sea cual sea nuestra etapa vital. “Espiral de Lunas” permite conocer con antelación las cuatro fases de la luna, eclipses, equinoccios y solsticios. De esta forma nos podemos sintonizar de manera consciente con su influencia sobre nuestra vida. El lunario nos invita a hacerlo nuestro coloreándolo, escribiendo y expresándonos con él.

En el marco del proyecto, las mujeres de Bxisqua diseñan y realizan talleres sobre la utilización del lunario como herramienta de introspección femenina. Pretenden llegar al auto reconocimiento del potencial de la naturaleza cíclica de las mujeres y su empoderamiento. También participan en espacios de autogestión como, por ejemplo, en mercados agroecológicos y en escenarios de comercio justo. Y, por supuesto, intercambian saberes y círculos de tejido de pensamiento.

 

La tradición de la Mujer Sabia es una espiral
(THE WISE WOMAN TRADITION IS A SPIRAL)
by Susun S Weed

El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es una espiral.
Una espiral es un ciclo de medida que se mueve a través del tiempo.
Una espiral es el movimiento alrededor y más allá de un círculo, regresando siempre a sí mismo, pero nunca exactamente al mismo lugar.
Las Espirales nunca se repiten.
El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es la espiral.
La espiral es el caldero burbujeante.
La espiral es el rizo de la ola.
La espiral es la elevación del viento.
La espiral es el remolino de agua.
La espiral es el cordón umbilical.
La espiral es la gran serpiente.
La espiral es el camino de la tierra.
La espiral es el giro de la hélice.
La espiral es la rotación de nuestra galaxia.
La espiral es el coraje suave.
La espiral es el laberinto.
La espiral es la atracción útero-marea-Luna.
La espiral es su vida individual.
La espiral es el pasaje entre mundos: el paso del nacimiento a la muerte pasando a nacer.
El camino de la iluminación es la danza espiral de felicidad.
El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es una espiral.
Doce es el número de orden establecido.
Un paso más allá es trece, el comodín, el primer indivisible, el número de cambios.
Caminando una espiral, inevitablemente se llega a la siguiente etapa única, lo desconocido, la etapa XIII, la oportunidad para el cambio, la ventana de la transformación.
El paso decimotercero crea el espiral.

 

 Mónica Solano

 

 

Imágenes de Bxisqua

 

A través del universo

Algo ha cambiado.

No puedo abrir los ojos, pero sé que ya amaneció. Me muevo un poco. Lenta, silenciosa. Me siento más liviana, como si no estuviera aquí, en este momento. Como si me encontrara levitando y no sobre la cama en la que me quedé dormida.

Después de un bostezo pausado abro los ojos. No estoy en la misma habitación. El aliento suspendido enfrente de mí ha formado una ráfaga de colores que ha invadido todo mi campo de visión. Soplo y las partículas de corriente que emanan de mi interior se dispersan e iluminan la parte del universo que está a una mayor distancia.

¿Qué soy? ¿Quién soy?

No tengo el mismo cuerpo físico y ahora estoy dando vueltas en el sistema solar, fuera del planeta Tierra.

¡Soy como Gregor Samsa! Ya no soy una humana. Después de todo, La Metamorfosis resultó no ser solo una historia en el imaginario de Kafka, sino el testimonio de alguien que, como yo, trascendió las leyes de lo imposible.

Me miro las manos y ahora son como codos de los que salen unas pequeñas antenitas que se agitan a cámara lenta. No sé de qué color tengo la piel, aunque se parece mucho al pardo de mis ojos cuando no me da el sol de frente en el rostro.

Hago un esfuerzo por incorporarme, pero mi nuevo cuerpo es pesado. Mis movimientos son torpes. Aún no tengo control de esta nueva forma. ¡Pero ya sé que soy! No soy un escarabajo, ni un insecto. Soy un oso de agua, ¡un tardígrado! Uno de los seres más minúsculos del mundo que tienen la capacidad de vivir sin importar la adversidad del entorno.

Ya lo entiendo. El otro cuerpo no me servía para cumplir con mis propósitos. ¡Qué ironía! Después de todo, para viajar a través del universo no necesitaba tanto equipaje.

¿Estaré en un sueño? ¿En uno de esos sueños que te roban el aliento, de los que nunca desearías salir y quisieras vivir ahí siempre? ¿Será uno de esos? O, ¿será que esta es mi nueva realidad?  Y, ¿si no es un sueño?, entonces, ¿qué es?

Demasiadas preguntas sin respuesta. No puedo perderme la grandiosidad que tengo enfrente mientras debato por qué estoy aquí y ahora. Tengo que avanzar. Puedo hacerlo. Lentamente, sin prisa.

Utilizo mis patas como remos y viajo hacia la aurora boreal más cercana.

He llegado.

¿Tan pronto?

Creo que tardé unos segundos o quizás fue una eternidad. No lo sé.

Hago una pausa.

¿Y dónde está el tiempo? ¿Cómo sé cuántos minutos, horas o años llevo aquí? No parecen demasiados, aunque tampoco parecen pocos.

¡Pero qué cosas pienso! ¡Estoy en el espacio! ¿Qué me importa el tiempo?

Me volteo y quedo de espaldas. Me tomo unos instantes para mirar desde otra perspectiva hacia la nada. Una estrella pasa con prisa y me hace girar varias veces. Tardo unos instantes en atemperar los giros. No me siento mareada. Me gusta girar.

Por fin me detengo.

Ahora puedo ver el planeta que me cobijó en mi otro cuerpo. Se ve muy azul desde esta distancia. Parece una gran canica suspendida que juega a no dejarse atrapar por otra más pequeña y opaca.

Desde aquí todo se ve en calma. Sereno. Como si en el interior no habitaran el miedo, la culpa, la duda. Me gusta estar aquí. Me gusta ver la realidad desde aquí.

Estoy sola.

Miro a mi alrededor y es ahora el vasto universo el que me arropa. No, no estoy sola. Nunca había estado tan acompañada.

Cierro los ojos e inhalo. Huele a las galletas de mantequilla que me hacía mi madre. ¿Por qué huele a galletas en el espacio?

Exhalo y es como si mi aliento estuviera formado por chispas de chocolate que esparcen un aroma dulzón. Podría jurar que estoy dentro de una repostería mientras hornean la masa.  ¡Pero no! Estoy en el espacio. Es perfecto.

Estiro las manos y sigo navegando. Le doy una última mirada a la Tierra y me despido de mi viejo hogar. De mi antigua vida.

Trazo otro curso en mi bitácora interna y doy inicio oficial a un nuevo viaje. Un viaje a través del universo.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Jonny Lindner

La Librería de mujeres de Bogotá. El Telar de las Palabras

En realidad, si la mujer no tuviera existencia salvo en la ficción que han escrito los hombres, uno se la imaginaria como una persona de la mayor importancia, muy heterogénea, heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y extremadamente horrible, pero tan grande como el hombre, más grande según algunos. Pero ésa es la mujer en la ficción. En la realidad, como señala el profesor Trevelyan, la encerraban, la golpeaban y la zamarreaban por el cuarto. Virginia Woolf, Una habitación propia.

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer un lugar mágico. Un rincón dedicado a las letras de las mujeres. A esas guerreras que han trabajado hasta el cansancio por hacer oír su voz.

Cuando me bajé en la Calle 56 con sexta, Chapinero Alto, en Bogotá, no sabía con qué iba a encontrarme. Solo había leído un artículo en Radionica, que me compartió mi esposo. No tenía otra información y quería saberlo todo. “¿Una librería de mujeres?” Me pregunté cómo era posible que no hubiera oído nada de ella. Pero no era de extrañar. “El Telar de las Palabras” es el único lugar de este tipo que hay en Colombia para saldar la deuda cultural con las mujeres. Más que una librería es un espacio de reconocimiento y promoción de la labor de las mujeres como escritoras.

 

Captura de pantalla 2018-04-12 a la(s) 11.56.04 a.m.Trama Casa Creativa

 

Me paré enfrente del portón de una hermosa casa restaurada, con un estilo inglés, y me tomé unos instantes para mirarla. En una de las columnas estaba la dirección. “Sí, aquí es”, me dije. Luego me giré y me topé con un letrero en un costado de la entrada. Sobre un fondo negro destacaban las letras blancas con el nombre del lugar, “Trama Casa Creativa”, y debajo había una lista con todo lo que se podía encontrar allí. Antes de entrar, “El Telar de las Palabras” ya me resultaba encantador. Toqué el timbré y esperé a que me abrieran. María Isabel Martínez, fundadora de la librería, se acercó con las llaves en la mano. En ese momento no sabía que era ella, pero sin temor a equivocarme le pregunté si podía darme información de la Librería de Mujeres. Me miró y, de inmediato, se presentó con una sonrisa. Sin dudarlo, me invitó a seguir.

El corazón me latía con fuerza, estaba muy emocionada. Me hacía mucha ilusión conocer este rincón de la ciudad.

La magia continuó creciendo cuando entré. Había anaqueles llenos de libros escritos por mujeres. Grandes poetisas y novelistas, autoras noveles, ilustradoras y ensayistas ocupaban todo el lugar. Me sentí dentro de un refugio en el que podía hablar de libros, de escritura y de la vida, con confianza.

En el centro de la librería había dos pequeños sofás muy cómodos y una mesita baja. Todo estaba dispuesto para crear un espacio ideal y para dejarse envolver por el placer de la lectura y el olor de los libros.

Nos sentamos un buen rato, cobijadas por la calidez de una habitación repleta de historias. María Isabel me contó cómo ella y un grupo de amigas, todas muy amantes de la lectura, se embarcaron en este proyecto hace unos años. Estaban motivadas por la ilusión de crear un espacio de mujeres. Un espacio en el que no solo se diera visibilidad a los libros de autoras, sino que también se pudieran debatir y compartir las lecturas.

“Tener una librería de mujeres es un reto”, afirmó mientras charlábamos. Como lectora ávida, María Isabel visitaba muchas librerías y siempre se sorprendía al ver cómo estábamos relegadas. Entonces le surgió la idea de contribuir a nuestra visibilidad con un escenario donde se pudiera expandir y difundir el trabajo de las mujeres.

Para la mujer no es fácil tejer las palabras, a veces aislamos el ejercicio de escribir para hacer otras cosas que pensamos que tenemos que hacer por el solo hecho de ser mujeres… En Colombia había grandes librerías, algunas especializadas, pero ninguna de mujeres. Necesitábamos un espacio en el que se incentivara la lectura de obras escritas por mujeres.

Fue reconfortarte escuchar cómo hablaba y ver el reto en la expresión de su rostro. Se notaba que había conseguido un sueño. Y se sentía todo muy real.

En “El Telar de las Palabras” pasan grandes cosas. Trabajan de manera articulada con la red de educación popular entre mujeres. Con la librería apoyan a muchas mujeres y sus publicaciones como, por ejemplo, “Mariposario de palabras”, un libro de creación colectiva de la Tertulia de Mujeres de Engativá.

 

Imagen 1Presentación del “Mariposario de Palabras”, una antología de poemas 
que hablan de la sororidad, del dolor, de la aceptación del otro, 
de la vida de las mujeres y, sobre todo, del poder de la escritura.

 

“El Telar de las Palabras” abre sus puertas de lunes a viernes y, durante ese tiempo, realiza diferentes actividades culturales como la presentación y firma de libros, recitales, charlas, exposiciones y talleres de escritura creativa. Es un refugio para las mujeres. Allí se puede leer, tomar un café e intercambiar puntos de vista. Promueven libros y estudios sobre temas variados que afectan a la mujer: feminismo, diversidad sexual, derechos sexuales y reproductivos, derechos humanos de las mujeres, política, religión, antropología, novelas, poesía, artes plásticas, entre otros. Se incentiva el trabajo de las jóvenes emprendedoras que diseñan toallas higiénicas de tela, copas menstruales, agendas y libretas de ilustraciones. También exhiben pinturas y fotografías de artistas con estilos muy variados.

 

Imagen 4#feriadecreadores. Charla sobre la influencia de la Luna 
en nuestra alquimia femenina, expuesta por las creadoras del 
Proyecto Autogestivo de Mujeres Tejiéndose, Bxisqua.

 

A “El Telar de las Palabras” llegan mujeres de todas las edades y el objetivo principal consiste en formar grupos de lectura en los que se puedan compartir, discutir y analizar las obras. En este rincón también hay un espacio para los hombres, para aquellos que expresan el deseo masculino de comprender y estar con esta nueva presencia de las mujeres creadoras.

Una de las virtudes de “El Telar de las Palabras” es la propia María Isabel. Siempre dispuesta a compartir sus conocimientos con los visitantes y a brindar una completa asesoría. En una entrevista para el programa Entretejidas de una emisora local, afirmó que para ella hay muchos libros imprescindibles escritos por mujeres. Y recomendaba algunas autoras y obras que les comparto a continuación:

  • El segundo sexo, Simone de Beauvoir. Para María Isabel, con este libro comenzó la segunda ola del movimiento feminista, la que tuvo lugar en los años sesenta. Se ha convertido en un referente clave para todos los feminismos.
  • Una habitación propia, Virginia Woolf. Otro referente clave. Sobre todo para las mujeres creadoras.
  • Indiana, George Sand (Aurora Lucile Dupin). Escritora y periodista francesa. Rompió muchas barreras y facilitó los caminos a las generaciones siguientes.
  • Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde. Antropóloga. Planteó que la opresión de género siempre está activa en el mundo. A pesar de los logros que se han alcanzado, la vida de cada mujer contemporánea sucede en condiciones históricas en la que opera la hegemonía patriarcal.
  • Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, Maya Angelou. Una novela de gran valor testimonial de la situación de las mujeres en América al final de los años treinta.
  • Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie. Escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana
  • El género en disputa, Judith Butler. Aporta puntos de vista muy interesantes sobre las identidades sexuales y la política sexual. En los noventa defendía el sexo como algo natural y el género como algo que se construye socialmente.
  • Rosa Montero, una escritora española. Con sus novelas y con sus artículos de periódico ha contribuido a divulgar el feminismo y los problemas con que se enfrentan las mujeres por el hecho de serlo.
  • El jardín olvidado, Kate Morton. Novelista australiana del género negro.
  • La mujer habitada, Gioconda Belli. Novelista nicaragüense. Una de las novelas que contribuyeron a propagar la imagen de la mujer víctima tradicional que se rebela contra el poder patriarcal.
  • Del color de la leche, Nell Leyshon. Esta obra magistral fue elegida Libro del año 2014 por el Gremio de Libreros de Madrid. La autora nos sumerge en la vida de Mary, una mujer que vive momentos de angustia y dolor, enfrentada a la incertidumbre en una sociedad que no comprende a las mujeres y que las discrimina, las excluye y las somete a una total impunidad.

En esta lista no podían faltar las escritoras colombianas:

  • Laura Restrepo, Hot Sur, Delirio (Premio Alfaguara de Novela), La novia oscura. Todas fascinantes.
  • Piedad Bonnett, poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria.
  • Ángela Becerra, novelista y poetisa, ganadora de varios premios de literatura.
  • Si Adelita se fuera con otro. Del feminicidio y otros asuntos, Isabel Agatón, abogada, poeta y escritora feminista. Narra cómo se ha impartido la justicia en las mujeres cuando han vivido momentos de violencia y cómo la jurisprudencia está más a favor de los hombres que de las mujeres.

 

13332841_195889860809430_9060127622497924727_nIsabel Agatón y Florence Thomas, 
invitadas especiales en la inauguración de la librería.

 

Compartir esa tarde con la fundadora de “El Telar de las Palabras” fue muy enriquecedor. No solo encontré un nuevo rincón favorito en mi ciudad, sino que aprendí un poco más de historia, cultura y feminismo. Y recordé la importancia de conectarme con la mejor parte de mi ser, con la feminidad.

 

Mónica Solano

 

Imágenes de El Telar de las Palabras

“No lo hagas”

Tres palabras: No lo hagas.

Fue lo que oí cuando cerré la puerta. Estaba envuelta por una valentía que jamás había sentido.

Tenía miedo. Sí. Muchísimo. La bilis se me revolvía en el estómago solo de pensar en elevar el ancla e izar las velas cuando las aguas estaban mansas. Quería quedarme ahí, estática. Quería quedarme esperando una nueva espiral de decisiones que me llevaría al mismo punto, una y otra vez.

No voy a negarlo. Me tentaba la idea de explorar un nuevo mundo. Un sabor dulce me recorría la boca si pensaba en dejarme sorprender por nuevos aromas, colores y sabores. Por lo desconocido. Pero continuar aferrada a la tierra en la que llevaba enraizada tantos años me resultaba una idea más atractiva y también menos arriesgada.

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Cada vez que sumerjo los pies en la arena y miro con asombro el horizonte colmado de agua, fundido con un cielo azul incandescente, me tomo un instante, cierro los ojos y dejo que la brisa me despeine. Entonces siento cómo los mechones de mi pelo se agitan igual que mis pensamientos.

En esos momentos pienso en volver y en cómo sería mi vida si no hubiera atravesado la puerta aquella noche. Dejo que los recuerdos pasen y se marchen tan lentos como los minutos en las manecillas de mi reloj cuando estoy frente al mar. Trato de no darles importancia, de negarles, sin mucho éxito, el poder de transformar la calma.

¿Dónde estaría ahora si no hubiera…?

No, esa no es la pregunta que me llevará a dar el siguiente paso.

Tampoco es: ¿hacía dónde quiero ir?

Podría ser: ¿dónde estoy en este momento?, pero eso ya lo sé. Estoy mirando cómo las olas golpean con fuerza la arena bajo mis pies que se entierran cada vez más. Aunque no estoy segura de si soy la mujer que disfruta de una tarde de brisa o la mujer que se debate entre el dilema de quién es y quién quiere ser. Es posible que sea las dos. Lo cierto es que no soy la misma de hace unos días. Y es que no podría serlo después de que decidí marcharme de casa con la esperanza de encontrar un camino diferente.

Al mirar a mi alrededor me doy cuenta de que estoy sola ante la inmensidad del océano. El silencio se esparce por todos los rincones de la playa. Solo estamos mis pensamientos y yo debatiendo un futuro que ni siquiera sabemos si llegará.

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Tres palabras: No lo hagas. Resuenan de nuevo en mi cabeza.

Sí, eso fue lo que oí antes de partir, pero la verdad es que la valentía que me abrazaba cuando me puse la mochila en el hombro, desapareció cuando toqué el pomo de la puerta. Me quedé inmóvil y lo sujeté con fuerza.

En un movimiento involuntario me di la vuelta, con los ojos nublados por el dolor que me producía ponerle cara al pasado del que no podía escapar. Cuando miré hacia atrás perdí la fuerza, se esfumó mi propósito. La idea de un mañana diferente se fundió en lo más profundo de mi equipaje. Ya no estaba segura del siguiente paso.

Pensé: “si tan solo no hubiera mirado hacia atrás”. Y como en cualquier otra escena de mi vida los “hubiera” llegaron en bandada y me acorralaron. Me dejé guiar por la cobardía y le entregué el poder al miedo. Cada parte de mi cuerpo se desvaneció en temblores y sudor.

Quizás era demasiado tarde para intentar un nuevo comienzo.

Cerré los ojos y respiré, tan profundo como fui capaz. Luché con ímpetu para zafarme de la puerta y arrancar mis pies del suelo. Tenía que intentarlo. Quería creer que podía dar el salto.

Me puse de rodillas en el umbral de la puerta, sujeté con todas mis fuerzas la manija, la giré hacía un lado y otro, y entonces repetí como un mantra, hasta el cansancio, “no lo hagas, no lo hagas”. Al final, después de una larga y extenuante riña con mis inseguridades me puse de pie.

“No lo hagas de nuevo. Esta vez, avanza”

Mónica Solano

 

Imágenes de StockSnap Denis Azarenko y Karin Henseler

El jardín de Sofía

Oculto en el universo, crece un jardín de colores sobre un meteorito. Hace algunos años, después de una fuerte tormenta espacial, la vida surgió en una de estas rocas áridas. Muy cerca de la Luna gira alrededor de la Tierra, sumergido entre las estrellas.

Criaturas aladas y brillantes brotaron de su centro, junto a plantas exóticas, de hojas verdes alargadas, con bordes redondeados y flores granate. Crecieron bajo el amparo de una pequeña niña de cabello negro y ojos como el chocolate. Sofía llegó al jardín un 8 de marzo, día terrestre. Muy temprano, en la madrugada. A pocos días de que la tormenta espacial se desatara cerca de nuestro planeta.

La pequeña se aferró con fuerza a la roca y, después de girar y girar por semanas, un día se detuvo. Permaneció despierta por meses. Su canto opacó el silencio y le dio vida al jardín espacial.

El tiempo ha pasado silencioso. Los árboles y arbustos han crecido frondosos en el jardín. Hoy la pequeña Sofía continúa cuidándolo. Durante el día, juega con las criaturas, riega las plantas y corretea de un lado a otro persiguiendo a las luciérnagas de color purpura como su vestido. En la noche, camina hasta un extremo del jardín y recuesta sus manitas sobre una nebulosa. Con sus dedos le da algunas vueltas a la Tierra y busca a sus papitos y a su hermanita que a esa hora se preparan para ir a dormir.

Cuando los ve juntitos, acurrucaditos en la cama, tapados con la misma frazada, se une a las sonoras carcajadas que provocan las historias fantásticas de su hermanita Camila que, una vez más, hizo unas cuantas travesuras en el colegio.

Al llegar el momento de dormir, las luces se apagan en la habitación y todo queda en silencio. Sofía se cubre con un manto de flores y cierra los ojos. Las luciérnagas apagan las luces y se disipa el esplendor del jardín para entregarse a la noche.

En el mundo de los sueños Sofía se encuentra con sus papitos que la llenan de besos y caricias, y la acunan en sus brazos mientras cantan un arrullo para eclipsar su desvelo.

Sofía duerme en el calor de los brazos de su madre y cobijada por el amor de su padre. Le velan el sueño mientras le pasan los dedos entre el cabello negro azabache y contemplan con ternura la carita redondita de pómulos rosados que dibuja una tenue sonrisa.

Sofía extiende sus brazos para estirarse. Sacude el manto de flores con los pies y abre los ojos. Cientos de luciérnagas con sus alas encendidas revolotean a su alrededor. Mira hacía la Tierra, les manda un cálido beso a sus papitos y recibe con alegría el nuevo día.

Mónica Solano

 

Imagen de PIRO4D , Yuri_B

“Al final, escribir, como cualquier otra cosa en la vida, es una secuencia de soluciones a problemas”. Alessandro Baricco.

El Camino del artista de Julia Cameron me enseñó a comprometerme con mi artista interior. A reservar y enfocar una parte de mi tiempo en alimentar mi conciencia creativa. Julia lo llama la “cita con el artista” y consiste en dedicar unas horas en la semana a mimar a tu artista, a tu niño interior. Algunas veces ya sé que haré en esta cita, y en otras no tengo ni la menor idea. Y hace unos días, el autor italiano Alessando Baricco se pasó por Bogotá y tuvo una charla con Margarita Valencia, docente e investigadora de la maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en la Librería Lerner; una de mis favoritas y de gran tradición en la ciudad. Cuando vi la publicación del evento no podía sentirme más emocionada. Nunca había asistido a un conversatorio con un escritor italiano, y era una fortuna que también fuera autor de un libro que ya me había leído. Era el plan perfecto para pasar la tarde con mi artista. Entonces escribí a la librería, me dieron la información y quedé inscrita en la lista de personas que podrían asistir a la charla.

Tal y como lo esperaba fue una tarde muy entretenida. Aunque había escuchado que Alessandro era muy tímido, para mí resultó una persona encantadora, con mucho carisma. Me conquistó con su sencillez. En este artículo les quiero compartir sus respuestas a dos de las preguntas que le realizó Margarita, en las que podrán conocer su forma de trabajar y algunos conceptos bastante interesantes.

 

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Margarita inicia la charla con la lectura de la contraportada de Seda y hace énfasis en la frase: “No es una novela, sino una historia”. Desde su punto de vista la mayoría de los textos de Alessandro comparten la característica de no acomodarse a un género establecido y ella se cuestiona por qué para el autor Seda no es una novela sino una historia.

Alessandro sonríe y le dice que la pregunta le hizo recordar algo que ya había olvidado: Cuando empecé a escribir, no era un niño, tenía unos treinta años. Estaba muy seguro de mí mismo y era un poco presumido. Todavía soy presumido, pero en esa época lo era más. Yo no quería que sobre mis libros apareciera la palabra novela. Porque novela me parecía algo como viejo y yo quería escribir algo más moderno, más contemporáneo. Entonces no quería que en la portada apareciera la palabra “novela”. Mi primer editor insistía en que debía aparecer. Entonces me llamó el gran jefe de la editorial y me dijo: muy bien, vamos a publicar este libro. Muy lindo. Que nadie va a leer. Y usted, además, le va a quitar la palabra novela. Así que en la librería ni siquiera van a saber dónde ponerlo. Y recuerdo que, parado frente a ese señor, que era muy importante, le dije: como no vamos a vender ningún ejemplar, entonces quitémosle la palabra novela. Da igual. No tenemos nada que perder. Cuatro o cinco años después salió una edición de libros que se publicaban con el periódico. Que costaban muy poco. Escogieron algunos libros italianos y uno de esos libros fue ese, el primero que publiqué. La edición se llamaba los Súper Best Seller. Vendimos doscientas mil copias en un solo fin de semana, costaban un euro. Ya sabemos por qué. Cuando esto sucedió me llamó el gran jefe de la editorial y me dijo: pero sabe que en realidad usted no estaba tan equivocado. Estaba loco, pero no tanto. Pero, ¿se dio cuenta que todavía estaba la palabra novela en la portada? En el caso de Seda, es porque es una novela extraña. Todo está construido por pequeños párrafos y a mí eso tampoco me parecía una novela. Yo nunca escribí una novela.

Margarita se queda mirándolo y le pregunta: si para ti Seda no es una novela, ¿qué tenías en la cabeza? Alessandro suspira y le responde que él creía que existía algo que se llamaba novela. Y menciona a Madame Bovary, Moby Dick y a otros grandes clásicos de la literatura. Él sentía que había escrito otra cosa. Que su trabajo era algo completamente diferente a esos clásicos. Eso no era Seda.

 

Mientras avanzaba la charla nos sumergimos en el agua y Alessandro nos contó cómo escribió Océano Mar: Hay un cuadro de un pintor francés, Teodoro Géricault, La Balsa de la Medusa.

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La medusa era una balsa francesa que durante el siglo XIX había naufragado en las costas de Senegal. Yo adoraba ese cuadro. Cuando visitaba al Museo del Louvre iba directamente a este cuadro y lo miraba, nada más. Y pensé en que quería escribir un libro que contara lo que sucedía en él. Este cuadro muestra una balsa donde aparecen cuerpos inertes y algunas personas aún con vida. Hay una persona que sobresale entre ellos que tiene como una bandera o un trapo en la mano y lo agita. Es la historia de un naufragio que fue noticia en Francia en el siglo XIX. Todos la conocían porque fue dramática, feroz, horrenda. Quienes habían sobrevivido en aquella balsa habían tenido que comerse a quienes ya habían muerto, entonces había un tabú muy fuerte en esa historia y Géricault, que era un artista muy amado por el público, un joven apuesto, toda una estrella en esa época, decidió pintar un cuadro sobre esta historia que todos conocían tan bien. Fue como si hoy en día hicieran una película sobre una noticia muy famosa. Géricault empleó mucho tiempo para encontrar una imagen que recopilara y reflejara todo lo que había sucedido. Yo pasé días estudiándolo a él, al cuadro y a la historia que estaba detrás del cuadro. Luego encendí mi computadora y dije: “OK, voy a contar esta historia”, y resultó que era algo imposible, porque era una historia tan fuerte para mí, que no sabía por dónde empezar. No había un comienzo. Entonces me alejé un poco de la historia y me fui a la orilla del mar. Allí hice toda la primera parte de la novela, donde no hablo en absoluto del naufragio y es ahí donde aparecen todos los personajes. Era una historia muy tenue, muy suave, sin ángulos fuertes. No se entiende a dónde quiero llegar. Pero mis lectores y yo nos encontrábamos allí como si estuviéramos a orillas del mar, y cuando llevábamos un buen tiempo ahí, cuando ya estábamos listos, me metí dentro del mar y es en esta segunda parte donde está la historia del naufragio. Cuando terminé de escribirla sabía que el libro no podía terminar ahí. Tenía que haber una tercera parte, para alejarse suavemente, para decir adiós. Es por eso que tenemos esa estructura en tres partes en Océano Mar: La primera es una espera, la segunda el horror, la tercera la calma”. En ese momento Alessandro hace un movimiento con su mano, como si estuviera navegando sobre las olas y nos muestra la cadencia con que cierra el libro y agrega: “…porque los libros primero son una forma y después son una historia. Seda, por ejemplo, tiene una forma clara, primero son pasos pequeños. Después, en un momento especifico, hay un paso más largo que los demás, como si construyéramos un plano ligeramente inclinado, de pasos todos igualitos. Luego hay otro momento en el que el paso debe ser más largo y el libro se inclina hacia el otro lado. Das otros pasitos y fin. Estas son formas. Para mí un libro primero es la forma. No inicio un libro sin tener clara la forma.

 

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En ese momento pensé: ¿Forma? ¿Historia? Sus palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Me gustaba lo que nos contaba y sobre todo la forma en que lo hacía. Cuando terminó de hablar de Océano Mar, el tiempo había pasado velozmente y comenzó la ronda de preguntas del público. Todas giraban en torno a su método de escritura, hábitos de lectura, la Scuola Holden, y entonces alguien comenzó a hablar de la artesanía detrás de la narración, con la que es posible lograr que las cosas complejas se perciban más sencillas, como pasa en Seda y en Tres veces al amanecer, y le preguntó: ¿Cómo es la artesanía cuando escribe una novela? Esto es lo que contestó:

Al final, escribir, como cualquier otra cosa en la vida, es una secuencia de soluciones a problemas. Puedes tener una fórmula o una estructura de base. Puedes tener una visión muy rara, muy preciosa que no todos tienen. Puedes trabajar en la construcción de una historia especial, muy fuerte. Y después llegará la artesanía. Porque esta secuencia de soluciones a problemas no tiene fin. Algunas veces es una secuencia pequeñita, por ejemplo, cuando tienes que escoger un adjetivo. Hay veces en que es más grande, cuando tienes que escoger que tan larga va a ser la frase. Otras veces es un poco más grande, cuando tienes que hacer una proporción bella entre cinco frases. Y un poco más grande, cuando ya empiezas a ver dos y tres páginas, y a medir a qué distancia estás del narrador. Y así sucesivamente, hasta que te encuentras resolviendo el equilibrio de un problema entre la primera parte, cien páginas y la segunda parte, otras cien páginas. Después vas a tener otro problema que puede ser el personaje, luego vas a tener el problema de una cierta solución para la trama que no encuentras. Y continúas. Solo son soluciones de problemas. 80% solución de problemas. Lo más lindo de esto es que resolvemos todo de manera simultánea. Mientras estás escogiendo el adjetivo tienes que escoger cuántas palabras hay en la frase, cuántas frases hay en la página. También te estás acordando de lo que escribiste en la página anterior, y pensando en cómo era el principio del capítulo. Es fantástico.

 

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Escucharlo hablar me hizo tener la mejor cita con el artista en lo que va del año. Aunque todo lo que nos compartió me pareció increíble, les debo confesar que la frase que pagó la tarde fue: “la escritura es la mejor técnica narrativa”. En palabras menos rebuscadas “escribir, escribir y escribir”. Y me encanta porque reafirma una vez más que lo único que podemos hacer día tras día para garantizar ser mejores escritores es escribir. No hay otra fórmula secreta.

Mónica Solano

 

Imágenes Librería Lerner, Wikipedia