Ya es solo un recuerdo

Hacía meses que soñaba con aquel día.

Se me eriza la piel solo con imaginar cómo me saltaba el corazón dentro del pecho y cómo se me revolvía la bilis en el estómago mientras esperaba impaciente.

¡Cuánto anhelaba caminar por aquellas avenidas!

Después de deambular por parajes repletos de historias, deseaba sentarme en una silla de mimbre, junto a una mesita de metal, con uno de esos manteles de cuadros coloridos, en un callejón escondido. Solos, mi libreta de cuero y yo, dando pequeños sorbos a un chocolate caliente y con la mirada fija sin pensar en nada.

En este momento puedo sentir el humo de la bebida acariciándome el rostro y el aroma del cacao filtrándose por mi nariz.

Oigo un sonido.

 

El instante se desvaneció de mi mente cuando Víctor interrumpió mis pensamientos con el golpe de sus nudillos en la puerta de cristal. Me sacó del ensueño.

­—¿Cómo estás, amigo? ¿Qué tal las vacaciones?

—Hola, Víctor —le respondí con una sonrisa, disimulando mi mal humor—. Bien, hombre. Aunque se me hicieron cortas.

—¡Cortas! Pero si estuviste fuera de la oficina más de un mes.

—Lo sé, pero creo que me faltó tiempo para hacer más cosas.

Cuando Víctor pensaba que alguien decía algo estúpido, se encogía de hombros y arrugaba toda la cara, como si se hubiera comido algo con mal sabor. Al ver que los ojos se le perdían entre los pómulos y las cejas, supe que mi respuesta no era de su agrado. Se me quedó mirando unos instantes más con el ceño fruncido y continuó:

—Bueno, y ¿qué dijo tu noviecita después de tantos días de ausencia?

—Pues no te lo creerás. El día que me fui me dijo que si me iba no volvería a verla jamás, que ella no iba a esperarme. Y apenas llegué anoche, ahí estaba, al pie de la puerta con un letrero de bienvenida y una torta de chocolate en la mano. No te sabría decir cuánto tiempo lloró mientras me abrazaba. Después de las disculpas y las lágrimas me dijo que no nos volviéramos a separar, que entendía por qué me había ido, pero que era la última vez que le hacía algo así. Ya sabes cómo son las mujeres.

—¡Qué drama! ¿Entonces no terminaron?

—No. Ayer durmió conmigo y hoy estuvo como si nada, como si no me hubiera tirado el jarrón que me regaló la tía Elena cuando me fui a vivir solo y no me hubiera gritado que soy un perdedor, un poca cosa y su peor decisión.

Nos echamos a reír. Entre carcajada y carcajada pude ver que la reacción de Víctor era sincera. Se le notaba que le divertía mucho mi situación.

—Bueno, Luciano. Es genial que estés de vuelta. Hay mucho trabajo. Ya te echábamos de menos. Aquí te dejo los informes que debes actualizar para la junta del viernes —dijo con tono grave y los puso sobre mi escritorio.

El sonido de las carpetas al caer sobre la madera aumentó mi mal humor. Me esperaban varios días con trabajo hasta la madrugada.

—Después tenemos que armar un plan para que nos muestres las fotos de tu viaje. Podemos tomarnos unas cervecitas en tu casa. ¿Podría ser el próximo fin de semana, apenas acabemos la entrega de los informes?

—Cuenta con ello.

Víctor salió de la oficina silbando una canción de Rubén Blades y acompañaba la melodía con un leve movimiento de los hombros.

Cuando el sonido se convirtió en un susurro, me sentí aliviado. Quería estar solo. Además, me molestaba la forma en que Víctor me adjudicaba tareas. Sí, era mi jefe, pero a veces pensaba que, además de mi trabajo, me tocaba también hacerle el suyo.

Me volteé para mirar por la ventana.

Solo veía edificios y más edificios. Grandes rascacielos con ventanas que parecían espejos, que no reflejaban nada. “Esto debe sentirse cuando se mira el vacío. Una sensación desgarradora de oscuridad y desolación”, pensé, mientras intentaba mirar el último piso, que apenas lograba divisarse desde mi oficina.

Ver todos los días la misma imagen, el mismo montón de ladrillos apilados, me deprimía. Quería estar en aquella callecita de París, sin preocupaciones, escribiendo en mi libreta de apuntes algunas historias que jamás verían la luz. Me gustaba ser otra persona, no este despojo de ser humano que estaba sentado con una pila de estados financieros por revisar, prisionero entre cuatro paredes adornadas con diplomas y certificaciones, enfrente de un computador que nunca se apagaba.

Tomé la taza de café que Lucy me había entregado al llegar y le di un sorbo. Estaba frío. Tan frío como mis aspiraciones a poeta.

¿Qué habría dicho mi tía Elena si le hubiera confesado que quería ser poeta y no contador? Seguro le hubiera dado un infarto fulminante. ¡Pobre tía! Lo sé. Tuvo la ardua tarea de criarme cuando nadie más quiso hacerlo. Todo lo que había llegado a ser se lo debía a ella. No podía mancillar su legado por el deseo de ser un poeta vagabundo. Así me lo repetía cada vez que tocábamos el tema. “Los escritores son unos vagos. No tienen aspiraciones y se dedican a eso porque no quieren hacer cosas importantes. No son como nosotros, los que trabajamos con los números. ¡Eso sí que es tener una profesión!”. Y se le hinchaba el pecho como a una paloma cuando ponía el acento en la palabra “profesión”. Se sentía orgullosa de ser contadora y de haber trabajado toda su vida en el Ayuntamiento. Y yo seguí sus pasos, en agradecimiento a su dedicación a mi crianza.

Fueron años de estudios, años de trabajos mediocres hasta que logré convertirme en el mejor de la ciudad. Pero yo nunca me sentí satisfecho.

Hice muy feliz a mi tía, sí. Le encantaba alardear delante de todas sus amigas de su sobrino el contador. El hijo que nunca tuvo. Decía que yo era su vivo retrato.

En realidad, no pasó mucho tiempo hasta que empecé a crecer profesionalmente, a hacerme un nombre de peso en el gremio de contadores. Pero cuanto más escalaba más miserable me sentía.

Sentí un sabor amargo cuando me di cuenta de que llevaba años cumpliendo los sueños de mi tía. Estaba viviendo una vida que no era la mía.

¿Y mis sueños? ¿Dónde se habían quedado mis sueños?

Me quedé en silencio. Pensativo. Eso fue lo último que me pregunté mientras miraba por aquella ventana del piso diecinueve.

 

—¿Desea algo más, señor?

—No, gracias.

Respiro profundo. Mi nariz se deleita con el aroma del cacao que emana de la taza con chocolate caliente que acaba de dejar la camarera sobre la mesa. Todos los malos recuerdos se desvanecen con el dulzor de la primavera.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Engin_Akyurt

 

Espiral de lunas: la naturaleza cíclica de las mujeres

¡Me encanta la luna! Soy una enamorada, una loca, una fanática obsesionada con la Luna. Hace unos días tuve la oportunidad de conocer un proyecto hermoso que me volvió aún más lunática. En Bogotá, Colombia, territorio Andino y Muisca, nació una apuesta de vida: “Espiral de Lunas”. Un proyecto autogestivo y pedagógico, liderado por Bxisqua, un colectivo de mujeres que busca crear espacios que nos permitan conectarnos con nuestro ser cíclico.

Bxisqua es una palabra chibcha que significa plantar y parir. El grupo Bxisqua quiere promover y divulgar el conocimiento adquirido en sus experiencias con la siembra de luna, el uso de dispositivos alternativos a lo desechable y el trabajo en el reconocimiento de nuestro ser cíclico. Y, sobre todo, nuestra relación con los ciclos de la luna y, por ende, con la tierra.

“Espiral de Lunas” es una propuesta práctica para entender la naturaleza cíclica femenina. Desde que nació, en el año 2017, se ha convertido en una oportunidad para que las mujeres se reencuentren consigo mismas. El proyecto intenta materializar la sabiduría de la Madre y reconocer el tiempo como la expresión del movimiento. Y, sobre todo, entender lo cíclico como fundamental en la vida, la muerte y el renacimiento.

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“Espiral de Lunas” nos ayuda a hacer un trabajo de introspección, llegar a la naturaleza cíclica femenina y reconocer nuestros ciclos en sincronía con las fases de la luna. Si usamos este lunario y en cada ciclo lunar marcamos los días que menstruamos y nuestro periodo fértil, podremos comprender los diferentes momentos por los que transita nuestro cuerpo. Esto está relacionado con la importancia de registrar cada día las emociones, sensaciones, percepciones, sueños y deseos significativos de nuestra vida. Luego, en un ejercicio de retrospectiva, revisaremos nuestro registro y podremos contar con los elementos necesarios que nos ayudarán a descubrir cómo se expresa nuestra naturaleza cíclica en beneficio propio, en el de otras mujeres y en el de la humanidad.

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El lunario, o calendario lunar, está compuesto por trece ciclos, cada uno acompañado de un sincronario, una mándala elaborada a mano alzada y frases inspiradoras como complemento del aprendizaje. Un sincronario es una rueda que muestra las diferentes fases de la luna durante los doce meses del año. La lectura comienza en la parte de abajo con la Luna Nueva Oscura. Allí empezamos un movimiento contrario al de las manecillas del reloj y hacemos una eterna espiral de lunas.

El ciclo de la luna nos conecta con la sabiduría de lo cíclico y con los arquetipos femeninos, sea cual sea nuestra etapa vital. “Espiral de Lunas” permite conocer con antelación las cuatro fases de la luna, eclipses, equinoccios y solsticios. De esta forma nos podemos sintonizar de manera consciente con su influencia sobre nuestra vida. El lunario nos invita a hacerlo nuestro coloreándolo, escribiendo y expresándonos con él.

En el marco del proyecto, las mujeres de Bxisqua diseñan y realizan talleres sobre la utilización del lunario como herramienta de introspección femenina. Pretenden llegar al auto reconocimiento del potencial de la naturaleza cíclica de las mujeres y su empoderamiento. También participan en espacios de autogestión como, por ejemplo, en mercados agroecológicos y en escenarios de comercio justo. Y, por supuesto, intercambian saberes y círculos de tejido de pensamiento.

 

La tradición de la Mujer Sabia es una espiral
(THE WISE WOMAN TRADITION IS A SPIRAL)
by Susun S Weed

El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es una espiral.
Una espiral es un ciclo de medida que se mueve a través del tiempo.
Una espiral es el movimiento alrededor y más allá de un círculo, regresando siempre a sí mismo, pero nunca exactamente al mismo lugar.
Las Espirales nunca se repiten.
El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es la espiral.
La espiral es el caldero burbujeante.
La espiral es el rizo de la ola.
La espiral es la elevación del viento.
La espiral es el remolino de agua.
La espiral es el cordón umbilical.
La espiral es la gran serpiente.
La espiral es el camino de la tierra.
La espiral es el giro de la hélice.
La espiral es la rotación de nuestra galaxia.
La espiral es el coraje suave.
La espiral es el laberinto.
La espiral es la atracción útero-marea-Luna.
La espiral es su vida individual.
La espiral es el pasaje entre mundos: el paso del nacimiento a la muerte pasando a nacer.
El camino de la iluminación es la danza espiral de felicidad.
El símbolo de la Tradición de la Mujer Sabia es una espiral.
Doce es el número de orden establecido.
Un paso más allá es trece, el comodín, el primer indivisible, el número de cambios.
Caminando una espiral, inevitablemente se llega a la siguiente etapa única, lo desconocido, la etapa XIII, la oportunidad para el cambio, la ventana de la transformación.
El paso decimotercero crea el espiral.

 

 Mónica Solano

 

 

Imágenes de Bxisqua

 

A través del universo

Algo ha cambiado.

No puedo abrir los ojos, pero sé que ya amaneció. Me muevo un poco. Lenta, silenciosa. Me siento más liviana, como si no estuviera aquí, en este momento. Como si me encontrara levitando y no sobre la cama en la que me quedé dormida.

Después de un bostezo pausado abro los ojos. No estoy en la misma habitación. El aliento suspendido enfrente de mí ha formado una ráfaga de colores que ha invadido todo mi campo de visión. Soplo y las partículas de corriente que emanan de mi interior se dispersan e iluminan la parte del universo que está a una mayor distancia.

¿Qué soy? ¿Quién soy?

No tengo el mismo cuerpo físico y ahora estoy dando vueltas en el sistema solar, fuera del planeta Tierra.

¡Soy como Gregor Samsa! Ya no soy una humana. Después de todo, La Metamorfosis resultó no ser solo una historia en el imaginario de Kafka, sino el testimonio de alguien que, como yo, trascendió las leyes de lo imposible.

Me miro las manos y ahora son como codos de los que salen unas pequeñas antenitas que se agitan a cámara lenta. No sé de qué color tengo la piel, aunque se parece mucho al pardo de mis ojos cuando no me da el sol de frente en el rostro.

Hago un esfuerzo por incorporarme, pero mi nuevo cuerpo es pesado. Mis movimientos son torpes. Aún no tengo control de esta nueva forma. ¡Pero ya sé que soy! No soy un escarabajo, ni un insecto. Soy un oso de agua, ¡un tardígrado! Uno de los seres más minúsculos del mundo que tienen la capacidad de vivir sin importar la adversidad del entorno.

Ya lo entiendo. El otro cuerpo no me servía para cumplir con mis propósitos. ¡Qué ironía! Después de todo, para viajar a través del universo no necesitaba tanto equipaje.

¿Estaré en un sueño? ¿En uno de esos sueños que te roban el aliento, de los que nunca desearías salir y quisieras vivir ahí siempre? ¿Será uno de esos? O, ¿será que esta es mi nueva realidad?  Y, ¿si no es un sueño?, entonces, ¿qué es?

Demasiadas preguntas sin respuesta. No puedo perderme la grandiosidad que tengo enfrente mientras debato por qué estoy aquí y ahora. Tengo que avanzar. Puedo hacerlo. Lentamente, sin prisa.

Utilizo mis patas como remos y viajo hacia la aurora boreal más cercana.

He llegado.

¿Tan pronto?

Creo que tardé unos segundos o quizás fue una eternidad. No lo sé.

Hago una pausa.

¿Y dónde está el tiempo? ¿Cómo sé cuántos minutos, horas o años llevo aquí? No parecen demasiados, aunque tampoco parecen pocos.

¡Pero qué cosas pienso! ¡Estoy en el espacio! ¿Qué me importa el tiempo?

Me volteo y quedo de espaldas. Me tomo unos instantes para mirar desde otra perspectiva hacia la nada. Una estrella pasa con prisa y me hace girar varias veces. Tardo unos instantes en atemperar los giros. No me siento mareada. Me gusta girar.

Por fin me detengo.

Ahora puedo ver el planeta que me cobijó en mi otro cuerpo. Se ve muy azul desde esta distancia. Parece una gran canica suspendida que juega a no dejarse atrapar por otra más pequeña y opaca.

Desde aquí todo se ve en calma. Sereno. Como si en el interior no habitaran el miedo, la culpa, la duda. Me gusta estar aquí. Me gusta ver la realidad desde aquí.

Estoy sola.

Miro a mi alrededor y es ahora el vasto universo el que me arropa. No, no estoy sola. Nunca había estado tan acompañada.

Cierro los ojos e inhalo. Huele a las galletas de mantequilla que me hacía mi madre. ¿Por qué huele a galletas en el espacio?

Exhalo y es como si mi aliento estuviera formado por chispas de chocolate que esparcen un aroma dulzón. Podría jurar que estoy dentro de una repostería mientras hornean la masa.  ¡Pero no! Estoy en el espacio. Es perfecto.

Estiro las manos y sigo navegando. Le doy una última mirada a la Tierra y me despido de mi viejo hogar. De mi antigua vida.

Trazo otro curso en mi bitácora interna y doy inicio oficial a un nuevo viaje. Un viaje a través del universo.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Jonny Lindner

La Librería de mujeres de Bogotá. El Telar de las Palabras

En realidad, si la mujer no tuviera existencia salvo en la ficción que han escrito los hombres, uno se la imaginaria como una persona de la mayor importancia, muy heterogénea, heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y extremadamente horrible, pero tan grande como el hombre, más grande según algunos. Pero ésa es la mujer en la ficción. En la realidad, como señala el profesor Trevelyan, la encerraban, la golpeaban y la zamarreaban por el cuarto. Virginia Woolf, Una habitación propia.

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer un lugar mágico. Un rincón dedicado a las letras de las mujeres. A esas guerreras que han trabajado hasta el cansancio por hacer oír su voz.

Cuando me bajé en la Calle 56 con sexta, Chapinero Alto, en Bogotá, no sabía con qué iba a encontrarme. Solo había leído un artículo en Radionica, que me compartió mi esposo. No tenía otra información y quería saberlo todo. “¿Una librería de mujeres?” Me pregunté cómo era posible que no hubiera oído nada de ella. Pero no era de extrañar. “El Telar de las Palabras” es el único lugar de este tipo que hay en Colombia para saldar la deuda cultural con las mujeres. Más que una librería es un espacio de reconocimiento y promoción de la labor de las mujeres como escritoras.

 

Captura de pantalla 2018-04-12 a la(s) 11.56.04 a.m.Trama Casa Creativa

 

Me paré enfrente del portón de una hermosa casa restaurada, con un estilo inglés, y me tomé unos instantes para mirarla. En una de las columnas estaba la dirección. “Sí, aquí es”, me dije. Luego me giré y me topé con un letrero en un costado de la entrada. Sobre un fondo negro destacaban las letras blancas con el nombre del lugar, “Trama Casa Creativa”, y debajo había una lista con todo lo que se podía encontrar allí. Antes de entrar, “El Telar de las Palabras” ya me resultaba encantador. Toqué el timbré y esperé a que me abrieran. María Isabel Martínez, fundadora de la librería, se acercó con las llaves en la mano. En ese momento no sabía que era ella, pero sin temor a equivocarme le pregunté si podía darme información de la Librería de Mujeres. Me miró y, de inmediato, se presentó con una sonrisa. Sin dudarlo, me invitó a seguir.

El corazón me latía con fuerza, estaba muy emocionada. Me hacía mucha ilusión conocer este rincón de la ciudad.

La magia continuó creciendo cuando entré. Había anaqueles llenos de libros escritos por mujeres. Grandes poetisas y novelistas, autoras noveles, ilustradoras y ensayistas ocupaban todo el lugar. Me sentí dentro de un refugio en el que podía hablar de libros, de escritura y de la vida, con confianza.

En el centro de la librería había dos pequeños sofás muy cómodos y una mesita baja. Todo estaba dispuesto para crear un espacio ideal y para dejarse envolver por el placer de la lectura y el olor de los libros.

Nos sentamos un buen rato, cobijadas por la calidez de una habitación repleta de historias. María Isabel me contó cómo ella y un grupo de amigas, todas muy amantes de la lectura, se embarcaron en este proyecto hace unos años. Estaban motivadas por la ilusión de crear un espacio de mujeres. Un espacio en el que no solo se diera visibilidad a los libros de autoras, sino que también se pudieran debatir y compartir las lecturas.

“Tener una librería de mujeres es un reto”, afirmó mientras charlábamos. Como lectora ávida, María Isabel visitaba muchas librerías y siempre se sorprendía al ver cómo estábamos relegadas. Entonces le surgió la idea de contribuir a nuestra visibilidad con un escenario donde se pudiera expandir y difundir el trabajo de las mujeres.

Para la mujer no es fácil tejer las palabras, a veces aislamos el ejercicio de escribir para hacer otras cosas que pensamos que tenemos que hacer por el solo hecho de ser mujeres… En Colombia había grandes librerías, algunas especializadas, pero ninguna de mujeres. Necesitábamos un espacio en el que se incentivara la lectura de obras escritas por mujeres.

Fue reconfortarte escuchar cómo hablaba y ver el reto en la expresión de su rostro. Se notaba que había conseguido un sueño. Y se sentía todo muy real.

En “El Telar de las Palabras” pasan grandes cosas. Trabajan de manera articulada con la red de educación popular entre mujeres. Con la librería apoyan a muchas mujeres y sus publicaciones como, por ejemplo, “Mariposario de palabras”, un libro de creación colectiva de la Tertulia de Mujeres de Engativá.

 

Imagen 1Presentación del “Mariposario de Palabras”, una antología de poemas 
que hablan de la sororidad, del dolor, de la aceptación del otro, 
de la vida de las mujeres y, sobre todo, del poder de la escritura.

 

“El Telar de las Palabras” abre sus puertas de lunes a viernes y, durante ese tiempo, realiza diferentes actividades culturales como la presentación y firma de libros, recitales, charlas, exposiciones y talleres de escritura creativa. Es un refugio para las mujeres. Allí se puede leer, tomar un café e intercambiar puntos de vista. Promueven libros y estudios sobre temas variados que afectan a la mujer: feminismo, diversidad sexual, derechos sexuales y reproductivos, derechos humanos de las mujeres, política, religión, antropología, novelas, poesía, artes plásticas, entre otros. Se incentiva el trabajo de las jóvenes emprendedoras que diseñan toallas higiénicas de tela, copas menstruales, agendas y libretas de ilustraciones. También exhiben pinturas y fotografías de artistas con estilos muy variados.

 

Imagen 4#feriadecreadores. Charla sobre la influencia de la Luna 
en nuestra alquimia femenina, expuesta por las creadoras del 
Proyecto Autogestivo de Mujeres Tejiéndose, Bxisqua.

 

A “El Telar de las Palabras” llegan mujeres de todas las edades y el objetivo principal consiste en formar grupos de lectura en los que se puedan compartir, discutir y analizar las obras. En este rincón también hay un espacio para los hombres, para aquellos que expresan el deseo masculino de comprender y estar con esta nueva presencia de las mujeres creadoras.

Una de las virtudes de “El Telar de las Palabras” es la propia María Isabel. Siempre dispuesta a compartir sus conocimientos con los visitantes y a brindar una completa asesoría. En una entrevista para el programa Entretejidas de una emisora local, afirmó que para ella hay muchos libros imprescindibles escritos por mujeres. Y recomendaba algunas autoras y obras que les comparto a continuación:

  • El segundo sexo, Simone de Beauvoir. Para María Isabel, con este libro comenzó la segunda ola del movimiento feminista, la que tuvo lugar en los años sesenta. Se ha convertido en un referente clave para todos los feminismos.
  • Una habitación propia, Virginia Woolf. Otro referente clave. Sobre todo para las mujeres creadoras.
  • Indiana, George Sand (Aurora Lucile Dupin). Escritora y periodista francesa. Rompió muchas barreras y facilitó los caminos a las generaciones siguientes.
  • Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde. Antropóloga. Planteó que la opresión de género siempre está activa en el mundo. A pesar de los logros que se han alcanzado, la vida de cada mujer contemporánea sucede en condiciones históricas en la que opera la hegemonía patriarcal.
  • Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, Maya Angelou. Una novela de gran valor testimonial de la situación de las mujeres en América al final de los años treinta.
  • Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie. Escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana
  • El género en disputa, Judith Butler. Aporta puntos de vista muy interesantes sobre las identidades sexuales y la política sexual. En los noventa defendía el sexo como algo natural y el género como algo que se construye socialmente.
  • Rosa Montero, una escritora española. Con sus novelas y con sus artículos de periódico ha contribuido a divulgar el feminismo y los problemas con que se enfrentan las mujeres por el hecho de serlo.
  • El jardín olvidado, Kate Morton. Novelista australiana del género negro.
  • La mujer habitada, Gioconda Belli. Novelista nicaragüense. Una de las novelas que contribuyeron a propagar la imagen de la mujer víctima tradicional que se rebela contra el poder patriarcal.
  • Del color de la leche, Nell Leyshon. Esta obra magistral fue elegida Libro del año 2014 por el Gremio de Libreros de Madrid. La autora nos sumerge en la vida de Mary, una mujer que vive momentos de angustia y dolor, enfrentada a la incertidumbre en una sociedad que no comprende a las mujeres y que las discrimina, las excluye y las somete a una total impunidad.

En esta lista no podían faltar las escritoras colombianas:

  • Laura Restrepo, Hot Sur, Delirio (Premio Alfaguara de Novela), La novia oscura. Todas fascinantes.
  • Piedad Bonnett, poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria.
  • Ángela Becerra, novelista y poetisa, ganadora de varios premios de literatura.
  • Si Adelita se fuera con otro. Del feminicidio y otros asuntos, Isabel Agatón, abogada, poeta y escritora feminista. Narra cómo se ha impartido la justicia en las mujeres cuando han vivido momentos de violencia y cómo la jurisprudencia está más a favor de los hombres que de las mujeres.

 

13332841_195889860809430_9060127622497924727_nIsabel Agatón y Florence Thomas, 
invitadas especiales en la inauguración de la librería.

 

Compartir esa tarde con la fundadora de “El Telar de las Palabras” fue muy enriquecedor. No solo encontré un nuevo rincón favorito en mi ciudad, sino que aprendí un poco más de historia, cultura y feminismo. Y recordé la importancia de conectarme con la mejor parte de mi ser, con la feminidad.

 

Mónica Solano

 

Imágenes de El Telar de las Palabras

“No lo hagas”

Tres palabras: No lo hagas.

Fue lo que oí cuando cerré la puerta. Estaba envuelta por una valentía que jamás había sentido.

Tenía miedo. Sí. Muchísimo. La bilis se me revolvía en el estómago solo de pensar en elevar el ancla e izar las velas cuando las aguas estaban mansas. Quería quedarme ahí, estática. Quería quedarme esperando una nueva espiral de decisiones que me llevaría al mismo punto, una y otra vez.

No voy a negarlo. Me tentaba la idea de explorar un nuevo mundo. Un sabor dulce me recorría la boca si pensaba en dejarme sorprender por nuevos aromas, colores y sabores. Por lo desconocido. Pero continuar aferrada a la tierra en la que llevaba enraizada tantos años me resultaba una idea más atractiva y también menos arriesgada.

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Cada vez que sumerjo los pies en la arena y miro con asombro el horizonte colmado de agua, fundido con un cielo azul incandescente, me tomo un instante, cierro los ojos y dejo que la brisa me despeine. Entonces siento cómo los mechones de mi pelo se agitan igual que mis pensamientos.

En esos momentos pienso en volver y en cómo sería mi vida si no hubiera atravesado la puerta aquella noche. Dejo que los recuerdos pasen y se marchen tan lentos como los minutos en las manecillas de mi reloj cuando estoy frente al mar. Trato de no darles importancia, de negarles, sin mucho éxito, el poder de transformar la calma.

¿Dónde estaría ahora si no hubiera…?

No, esa no es la pregunta que me llevará a dar el siguiente paso.

Tampoco es: ¿hacía dónde quiero ir?

Podría ser: ¿dónde estoy en este momento?, pero eso ya lo sé. Estoy mirando cómo las olas golpean con fuerza la arena bajo mis pies que se entierran cada vez más. Aunque no estoy segura de si soy la mujer que disfruta de una tarde de brisa o la mujer que se debate entre el dilema de quién es y quién quiere ser. Es posible que sea las dos. Lo cierto es que no soy la misma de hace unos días. Y es que no podría serlo después de que decidí marcharme de casa con la esperanza de encontrar un camino diferente.

Al mirar a mi alrededor me doy cuenta de que estoy sola ante la inmensidad del océano. El silencio se esparce por todos los rincones de la playa. Solo estamos mis pensamientos y yo debatiendo un futuro que ni siquiera sabemos si llegará.

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Tres palabras: No lo hagas. Resuenan de nuevo en mi cabeza.

Sí, eso fue lo que oí antes de partir, pero la verdad es que la valentía que me abrazaba cuando me puse la mochila en el hombro, desapareció cuando toqué el pomo de la puerta. Me quedé inmóvil y lo sujeté con fuerza.

En un movimiento involuntario me di la vuelta, con los ojos nublados por el dolor que me producía ponerle cara al pasado del que no podía escapar. Cuando miré hacia atrás perdí la fuerza, se esfumó mi propósito. La idea de un mañana diferente se fundió en lo más profundo de mi equipaje. Ya no estaba segura del siguiente paso.

Pensé: “si tan solo no hubiera mirado hacia atrás”. Y como en cualquier otra escena de mi vida los “hubiera” llegaron en bandada y me acorralaron. Me dejé guiar por la cobardía y le entregué el poder al miedo. Cada parte de mi cuerpo se desvaneció en temblores y sudor.

Quizás era demasiado tarde para intentar un nuevo comienzo.

Cerré los ojos y respiré, tan profundo como fui capaz. Luché con ímpetu para zafarme de la puerta y arrancar mis pies del suelo. Tenía que intentarlo. Quería creer que podía dar el salto.

Me puse de rodillas en el umbral de la puerta, sujeté con todas mis fuerzas la manija, la giré hacía un lado y otro, y entonces repetí como un mantra, hasta el cansancio, “no lo hagas, no lo hagas”. Al final, después de una larga y extenuante riña con mis inseguridades me puse de pie.

“No lo hagas de nuevo. Esta vez, avanza”

Mónica Solano

 

Imágenes de StockSnap Denis Azarenko y Karin Henseler

El jardín de Sofía

Oculto en el universo, crece un jardín de colores sobre un meteorito. Hace algunos años, después de una fuerte tormenta espacial, la vida surgió en una de estas rocas áridas. Muy cerca de la Luna gira alrededor de la Tierra, sumergido entre las estrellas.

Criaturas aladas y brillantes brotaron de su centro, junto a plantas exóticas, de hojas verdes alargadas, con bordes redondeados y flores granate. Crecieron bajo el amparo de una pequeña niña de cabello negro y ojos como el chocolate. Sofía llegó al jardín un 8 de marzo, día terrestre. Muy temprano, en la madrugada. A pocos días de que la tormenta espacial se desatara cerca de nuestro planeta.

La pequeña se aferró con fuerza a la roca y, después de girar y girar por semanas, un día se detuvo. Permaneció despierta por meses. Su canto opacó el silencio y le dio vida al jardín espacial.

El tiempo ha pasado silencioso. Los árboles y arbustos han crecido frondosos en el jardín. Hoy la pequeña Sofía continúa cuidándolo. Durante el día, juega con las criaturas, riega las plantas y corretea de un lado a otro persiguiendo a las luciérnagas de color purpura como su vestido. En la noche, camina hasta un extremo del jardín y recuesta sus manitas sobre una nebulosa. Con sus dedos le da algunas vueltas a la Tierra y busca a sus papitos y a su hermanita que a esa hora se preparan para ir a dormir.

Cuando los ve juntitos, acurrucaditos en la cama, tapados con la misma frazada, se une a las sonoras carcajadas que provocan las historias fantásticas de su hermanita Camila que, una vez más, hizo unas cuantas travesuras en el colegio.

Al llegar el momento de dormir, las luces se apagan en la habitación y todo queda en silencio. Sofía se cubre con un manto de flores y cierra los ojos. Las luciérnagas apagan las luces y se disipa el esplendor del jardín para entregarse a la noche.

En el mundo de los sueños Sofía se encuentra con sus papitos que la llenan de besos y caricias, y la acunan en sus brazos mientras cantan un arrullo para eclipsar su desvelo.

Sofía duerme en el calor de los brazos de su madre y cobijada por el amor de su padre. Le velan el sueño mientras le pasan los dedos entre el cabello negro azabache y contemplan con ternura la carita redondita de pómulos rosados que dibuja una tenue sonrisa.

Sofía extiende sus brazos para estirarse. Sacude el manto de flores con los pies y abre los ojos. Cientos de luciérnagas con sus alas encendidas revolotean a su alrededor. Mira hacía la Tierra, les manda un cálido beso a sus papitos y recibe con alegría el nuevo día.

Mónica Solano

 

Imagen de PIRO4D , Yuri_B

“Al final, escribir, como cualquier otra cosa en la vida, es una secuencia de soluciones a problemas”. Alessandro Baricco.

El Camino del artista de Julia Cameron me enseñó a comprometerme con mi artista interior. A reservar y enfocar una parte de mi tiempo en alimentar mi conciencia creativa. Julia lo llama la “cita con el artista” y consiste en dedicar unas horas en la semana a mimar a tu artista, a tu niño interior. Algunas veces ya sé que haré en esta cita, y en otras no tengo ni la menor idea. Y hace unos días, el autor italiano Alessando Baricco se pasó por Bogotá y tuvo una charla con Margarita Valencia, docente e investigadora de la maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en la Librería Lerner; una de mis favoritas y de gran tradición en la ciudad. Cuando vi la publicación del evento no podía sentirme más emocionada. Nunca había asistido a un conversatorio con un escritor italiano, y era una fortuna que también fuera autor de un libro que ya me había leído. Era el plan perfecto para pasar la tarde con mi artista. Entonces escribí a la librería, me dieron la información y quedé inscrita en la lista de personas que podrían asistir a la charla.

Tal y como lo esperaba fue una tarde muy entretenida. Aunque había escuchado que Alessandro era muy tímido, para mí resultó una persona encantadora, con mucho carisma. Me conquistó con su sencillez. En este artículo les quiero compartir sus respuestas a dos de las preguntas que le realizó Margarita, en las que podrán conocer su forma de trabajar y algunos conceptos bastante interesantes.

 

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Margarita inicia la charla con la lectura de la contraportada de Seda y hace énfasis en la frase: “No es una novela, sino una historia”. Desde su punto de vista la mayoría de los textos de Alessandro comparten la característica de no acomodarse a un género establecido y ella se cuestiona por qué para el autor Seda no es una novela sino una historia.

Alessandro sonríe y le dice que la pregunta le hizo recordar algo que ya había olvidado: Cuando empecé a escribir, no era un niño, tenía unos treinta años. Estaba muy seguro de mí mismo y era un poco presumido. Todavía soy presumido, pero en esa época lo era más. Yo no quería que sobre mis libros apareciera la palabra novela. Porque novela me parecía algo como viejo y yo quería escribir algo más moderno, más contemporáneo. Entonces no quería que en la portada apareciera la palabra “novela”. Mi primer editor insistía en que debía aparecer. Entonces me llamó el gran jefe de la editorial y me dijo: muy bien, vamos a publicar este libro. Muy lindo. Que nadie va a leer. Y usted, además, le va a quitar la palabra novela. Así que en la librería ni siquiera van a saber dónde ponerlo. Y recuerdo que, parado frente a ese señor, que era muy importante, le dije: como no vamos a vender ningún ejemplar, entonces quitémosle la palabra novela. Da igual. No tenemos nada que perder. Cuatro o cinco años después salió una edición de libros que se publicaban con el periódico. Que costaban muy poco. Escogieron algunos libros italianos y uno de esos libros fue ese, el primero que publiqué. La edición se llamaba los Súper Best Seller. Vendimos doscientas mil copias en un solo fin de semana, costaban un euro. Ya sabemos por qué. Cuando esto sucedió me llamó el gran jefe de la editorial y me dijo: pero sabe que en realidad usted no estaba tan equivocado. Estaba loco, pero no tanto. Pero, ¿se dio cuenta que todavía estaba la palabra novela en la portada? En el caso de Seda, es porque es una novela extraña. Todo está construido por pequeños párrafos y a mí eso tampoco me parecía una novela. Yo nunca escribí una novela.

Margarita se queda mirándolo y le pregunta: si para ti Seda no es una novela, ¿qué tenías en la cabeza? Alessandro suspira y le responde que él creía que existía algo que se llamaba novela. Y menciona a Madame Bovary, Moby Dick y a otros grandes clásicos de la literatura. Él sentía que había escrito otra cosa. Que su trabajo era algo completamente diferente a esos clásicos. Eso no era Seda.

 

Mientras avanzaba la charla nos sumergimos en el agua y Alessandro nos contó cómo escribió Océano Mar: Hay un cuadro de un pintor francés, Teodoro Géricault, La Balsa de la Medusa.

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La medusa era una balsa francesa que durante el siglo XIX había naufragado en las costas de Senegal. Yo adoraba ese cuadro. Cuando visitaba al Museo del Louvre iba directamente a este cuadro y lo miraba, nada más. Y pensé en que quería escribir un libro que contara lo que sucedía en él. Este cuadro muestra una balsa donde aparecen cuerpos inertes y algunas personas aún con vida. Hay una persona que sobresale entre ellos que tiene como una bandera o un trapo en la mano y lo agita. Es la historia de un naufragio que fue noticia en Francia en el siglo XIX. Todos la conocían porque fue dramática, feroz, horrenda. Quienes habían sobrevivido en aquella balsa habían tenido que comerse a quienes ya habían muerto, entonces había un tabú muy fuerte en esa historia y Géricault, que era un artista muy amado por el público, un joven apuesto, toda una estrella en esa época, decidió pintar un cuadro sobre esta historia que todos conocían tan bien. Fue como si hoy en día hicieran una película sobre una noticia muy famosa. Géricault empleó mucho tiempo para encontrar una imagen que recopilara y reflejara todo lo que había sucedido. Yo pasé días estudiándolo a él, al cuadro y a la historia que estaba detrás del cuadro. Luego encendí mi computadora y dije: “OK, voy a contar esta historia”, y resultó que era algo imposible, porque era una historia tan fuerte para mí, que no sabía por dónde empezar. No había un comienzo. Entonces me alejé un poco de la historia y me fui a la orilla del mar. Allí hice toda la primera parte de la novela, donde no hablo en absoluto del naufragio y es ahí donde aparecen todos los personajes. Era una historia muy tenue, muy suave, sin ángulos fuertes. No se entiende a dónde quiero llegar. Pero mis lectores y yo nos encontrábamos allí como si estuviéramos a orillas del mar, y cuando llevábamos un buen tiempo ahí, cuando ya estábamos listos, me metí dentro del mar y es en esta segunda parte donde está la historia del naufragio. Cuando terminé de escribirla sabía que el libro no podía terminar ahí. Tenía que haber una tercera parte, para alejarse suavemente, para decir adiós. Es por eso que tenemos esa estructura en tres partes en Océano Mar: La primera es una espera, la segunda el horror, la tercera la calma”. En ese momento Alessandro hace un movimiento con su mano, como si estuviera navegando sobre las olas y nos muestra la cadencia con que cierra el libro y agrega: “…porque los libros primero son una forma y después son una historia. Seda, por ejemplo, tiene una forma clara, primero son pasos pequeños. Después, en un momento especifico, hay un paso más largo que los demás, como si construyéramos un plano ligeramente inclinado, de pasos todos igualitos. Luego hay otro momento en el que el paso debe ser más largo y el libro se inclina hacia el otro lado. Das otros pasitos y fin. Estas son formas. Para mí un libro primero es la forma. No inicio un libro sin tener clara la forma.

 

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En ese momento pensé: ¿Forma? ¿Historia? Sus palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Me gustaba lo que nos contaba y sobre todo la forma en que lo hacía. Cuando terminó de hablar de Océano Mar, el tiempo había pasado velozmente y comenzó la ronda de preguntas del público. Todas giraban en torno a su método de escritura, hábitos de lectura, la Scuola Holden, y entonces alguien comenzó a hablar de la artesanía detrás de la narración, con la que es posible lograr que las cosas complejas se perciban más sencillas, como pasa en Seda y en Tres veces al amanecer, y le preguntó: ¿Cómo es la artesanía cuando escribe una novela? Esto es lo que contestó:

Al final, escribir, como cualquier otra cosa en la vida, es una secuencia de soluciones a problemas. Puedes tener una fórmula o una estructura de base. Puedes tener una visión muy rara, muy preciosa que no todos tienen. Puedes trabajar en la construcción de una historia especial, muy fuerte. Y después llegará la artesanía. Porque esta secuencia de soluciones a problemas no tiene fin. Algunas veces es una secuencia pequeñita, por ejemplo, cuando tienes que escoger un adjetivo. Hay veces en que es más grande, cuando tienes que escoger que tan larga va a ser la frase. Otras veces es un poco más grande, cuando tienes que hacer una proporción bella entre cinco frases. Y un poco más grande, cuando ya empiezas a ver dos y tres páginas, y a medir a qué distancia estás del narrador. Y así sucesivamente, hasta que te encuentras resolviendo el equilibrio de un problema entre la primera parte, cien páginas y la segunda parte, otras cien páginas. Después vas a tener otro problema que puede ser el personaje, luego vas a tener el problema de una cierta solución para la trama que no encuentras. Y continúas. Solo son soluciones de problemas. 80% solución de problemas. Lo más lindo de esto es que resolvemos todo de manera simultánea. Mientras estás escogiendo el adjetivo tienes que escoger cuántas palabras hay en la frase, cuántas frases hay en la página. También te estás acordando de lo que escribiste en la página anterior, y pensando en cómo era el principio del capítulo. Es fantástico.

 

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Escucharlo hablar me hizo tener la mejor cita con el artista en lo que va del año. Aunque todo lo que nos compartió me pareció increíble, les debo confesar que la frase que pagó la tarde fue: “la escritura es la mejor técnica narrativa”. En palabras menos rebuscadas “escribir, escribir y escribir”. Y me encanta porque reafirma una vez más que lo único que podemos hacer día tras día para garantizar ser mejores escritores es escribir. No hay otra fórmula secreta.

Mónica Solano

 

Imágenes Librería Lerner, Wikipedia

 

La mecánica del amor

Alex, tendida sobre la cama, mira el techo de su habitación y juega con un mechón de su cabello. Lo pasa entre sus dedos, lo estira y lo enrolla. Lo hace una y otra vez.

–¿En qué piensas, Alex? –pregunta Marco.

–En el amor. Estoy pensando en el amor.

Alex se voltea y queda de frente a Marco.

–¿Tú nunca te has preguntado qué es el amor?

–No. ¿Por qué me lo tengo que preguntar?

–Ay, Marco. Ese es tu problema, no conoces el amor.

–¿Y, tú? ¿Tú lo conoces?

–No… No lo sé. Quizás.

–No entiendo.

Alex juguetea de nuevo con el mechón. No puede soltarlo en las noches de insomnio. Lo enreda tanto en su mano que se arranca hebras de cabello desde la raíz.

–Ese es tu otro problema, Marco. Que no me entiendes. Por más inteligente y evolucionado que seas, no eres capaz de comprender la complejidad de una mujer como yo.

–Pero estoy a tu lado, te acompaño la mayor parte del tiempo y hago todo lo que me pides.

–Eso no es suficiente. Necesito que me hagas sentir viva, que me quemes la piel con un abrazo, que me escuches con atención. Que te intereses en mis cosas. No necesito que solo me hagas compañía o que me salves. Necesito que avancemos juntos en este mundo. ¡Que te preguntes qué es el amor!

–¿Para qué tengo que preguntarme qué es el amor si te amo?

–Tú crees amarme –Alex hace una pausa, entorna los ojos, y agrega–: Eso es lo que crees, pero no puedes amarme si ni siquiera sabes qué es el amor.

–Claro que sé qué es el amor y por eso no me ha hecho falta preguntármelo. El amor es un sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno.

Alex se levanta de la cama y agita las manos en un arranque de furia. Siente la sangre caliente que viaja por sus venas. Camina de un lado a otro de la habitación, aprieta las manos y tensa la barbilla.

–¿De dónde sacaste eso? ¡¿De Wikipedia?!

–Está en mi memoria.

–¿En tu memoria?

Alex pronuncia las palabras como si arrastrara las letras con dificultad desde el fondo de su garganta. Camina hasta la ventana de la habitación y abre las cortinas para que los rayos de la luna la iluminen.

–¿Está en tu memoria?

Alex se pasa la mano por la barbilla y fija la mirada en el horizonte.

–Pasé meses insertándote mis mejores recuerdos, mis experiencias más íntimas. Te di todo un decálogo de las emociones. Tienes la programación más sofisticada. Cualquier humano mataría por tenerla. Eres perfecto. Y, ¿la mejor definición del amor que puedes ofrecerme es algo que acabas de sacar de Google?

Alex suspira y mira de nuevo a Marco. Mientras lo observa siente como un sabor amargo le sube por la garganta. Se acerca a la cama y se sienta junto a él. Le acaricia el cabello y cuando le pasa la mano por el cuello oprime el botón que está detrás de su oreja. En la nuca se abre un compartimento en el que se pueden ver los circuitos maestros.

No lo piensa ni un segundo antes de desconectarlo.

Mónica Solano

 

Imagen de Johann Bret Bautista

Descripciones precisas o genéricas: ubicando al lector

Quiero iniciar este artículo con una confesión: desde hace varios meses estoy intentando escribirlo. Algunos temas se me resisten de modo especial cuando me enfrento a la hoja en blanco. Y eso es lo que me pasa con los detalles concretos, me resultan muy muy difíciles.

Cuando recibí la primera critica profesional a uno de mis relatos, vi resaltada en negrita y con mayúsculas, aunque no de forma literal, la frase: “mejor usa detalles concretos”. Todavía la puedo ver titilando sobre la pantalla en estos momentos. Es como el karma, no me abandona.

Aunque sigo siendo muy abstracta, para muchas cosas en realidad, trato de mantener presente esa premisa. Ahora que estoy en el proceso de escritura de mi primera novela, cada vez que intento retomar el hilo de la trama, me doy cuenta de que en algunos apartados tengo que ser más concreta. Por eso me animé a escribir este artículo, para enfrentarme a ese demonio.

Algunas personas pueden sentirse más cómodas recreando escenas o narrando con elementos concretos. En cambio, yo, cuando los utilizo, me siento como si estuviera escribiendo una enciclopedia o haciendo una lista de pormenores al azar.

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Las obras de Douglas Adams me encantan por la simplicidad de su prosa y porque tiene un imaginario bastante nutrido. Pero lo que más me gusta de él es su capacidad de sumergirnos en la historia con el uso muy cuidado de los detalles:

“La casa se alzaba en un pequeño promontorio, justo en las afueras del pueblo. Estaba sola y daba a una ancha extensión cultivable de la campiña occidental. No era una casa admirable en sentido alguno; tenía unos treinta años de antigüedad, era achaparrada, más bien cuadrada, de ladrillo, con cuatro ventanas en la fachada delantera y de tamaño y proporciones que conseguían ser bastante desagradables a la vista”.

En este fragmento de “Guía del autoestopista galáctico” podemos ver cómo hace una descripción de la casa de Arthur Dent completa, a la vez que sencilla. En este párrafo, gracias a la buena selección de detalles, podemos imaginarnos cómo es y dónde está ubicada. Como podemos apreciar, Douglas no solo incluye detalles concretos, sino que los enlaza con la historia de forma que en ningún momento salgamos del sueño de la ficción. Si suprimiéramos que la casa es de ladrillo y con cuatro ventanas y, además, omitiéramos que era de un tamaño y proporciones desagradables a la vista, estaríamos hablando de cualquier casa, no de la casa de Arthur Dent. Veamos cómo quedaría el párrafo si elimináramos los detalles concretos:

“La casa estaba en el monte. Era la única casa de la zona. No era una casa bonita. Era antigua y fea”.

No tiene nada qué ver, lo sé. Pero, ¿qué es lo abstracto y qué es lo concreto? En este segmento del artículo de Sinjania: “Lo concreto y lo abstracto al escribir”, nos regalan una explicación muy completa de estos dos términos:

“Las palabras concretas describen cosas que la gente experimenta con sus sentidos (naranja, gato, calor). Al usarlas, logramos que el lector obtenga una «fotografía» de aquello sobre lo que el texto está hablando y, en consecuencia, le resulta más sencillo entender su significado.

Mientras, las palabras abstractas se refieren a conceptos o sentimientos (libertad, felicidad, amor) intangibles y que pueden despertar ideas diferentes en diferentes lectores. Además, por su carácter inasible, los conceptos que representan pueden pasar por la mente del lector sin desencadenar una respuesta sensorial”.

Este tema me apasiona porque, aunque tengo claros los conceptos, en mis escritos tiendo a abusar de lo abstracto.

Quizás ofrecer detalles de lugares o elementos que complementen una escena sea una tarea más sencilla, pero cuando se trata de recrear emociones, para mí son palabras mayores. ¿Cómo describir la felicidad o la tristeza? ¿O el comportamiento errático de uno de nuestros personajes?

 

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Sin duda lo más fácil sería decir que están tristes, pues todos sabemos qué es la tristeza y cómo se siente, pero eso no nos dice nada del personaje y de cómo le afecta ese sentimiento, porque puede que se quede impávido o que llore desconsolado.

Hay muchas sensaciones asociadas a la tristeza. Podemos sentir un fuerte dolor en el pecho, quedarnos sin aire por unos segundos o simplemente convertir toda esta emoción en un estado de ánimo permanente que nos mantenga en completa pasividad. Por eso, decir que nuestro personaje se siente triste no es suficiente, hay que mostrarlo.

La “Guía del autoestopista galáctico” nos aporta más ideas interesantes:

“Este planeta tiene o, mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices”.

Es un pasaje lleno de sarcasmo, sí, pero no deja de ser verdad que muchos seres humanos son infelices, la mayor parte del tiempo, por culpa del dinero. El manejo del detalle concreto es muy sugestivo porque el autor no habla de dinero específicamente, ni tampoco dice que los seres humanos creamos que se necesita tener montones de dinero para ser felices. El detalle de los pequeños trozos de papel verde es suficiente. El autor no tuvo que contarlo todo. Con ese símbolo especifico, tan bien seleccionado, nos sugiere toda la relación del personaje con el dinero.

Para ilustrarles lo que me pasa a menudo cuando escribo, utilizaré este ejemplo de un artículo de Diana P. Morales, “El detalle concreto: la varita mágica de la escritura – con Anne Tyler”, sobre el uso de los detalles concretos en la escritura:

EJEMPLO

“Él se levantó temprano aquel día, se vistió y tomó un autobús al trabajo”

Muy bien, la frase está bien redactada, claro, pero lo que se nos cuenta nos deja un poco… fríos. No vemos a ese personaje; aunque parece que se nos dicen cosas de él, en realidad, es todo tan general que podría aplicarse a cientos, a miles de personajes.

¿No entraría este personaje perfectamente dentro de la frase anterior?

PERSONAJE 1: “Javier se levantó a las seis de la mañana, se puso su mono azul y tomó el autobús que le dejaba en la fábrica de Wolsvagen, donde trabajaba”

Considero que el ejemplo de Diana es bastante claro. Y, como les decía, me recuerda a algunos de mis relatos en los que, acosada por el miedo, he tomado la vía fácil: “Se levantó, se vistió, salió, se subió, llegó”. Más que una historia parecía la bitácora de viaje de un personaje cualquiera.

Como les decía al principio de este artículo, soy abstracta para muchas cosas. Y lo que a veces me pasa con la escritura también me ocurre cuando le pido algo al universo: me siento en mi lugar de meditación con las piernas cruzadas y la espalda recta. Tomo tres inhalaciones profundas en las que mi estómago se infla y se desinfla. Entonces intento poner claras las intenciones en mi mente, pero la verdad es que no están claras, porque pienso en que quiero viajar, pero no adónde. Luego me digo a mi misma que algún día quiero ser una gran escritora, pero, ¿qué es ser una gran escritora?

Es muy divertido aplicar este concepto de lo concreto a la vida diaria, a algo tan cotidiano como nuestros sueños, porque nos damos cuenta de que nos pasamos mucho tiempo deseando cosas, pero no siempre estamos seguros de qué queremos. Lo que pretendemos alcanzar no tiene forma, ni color, ni tamaño. No hay una intención clara y, así como nuestros personajes o escenarios, sin el detalle concreto nuestros sueños terminan siendo cualquier cosa. Y el universo ama la claridad, así que es imposible verlos manifestados en nuestra realidad si para nosotros no son algo concreto que se pueda alcanzar.

Creo que en este punto ya comprenderán por qué me ha costado tanto escribir este artículo. Y es que compartir nuestras debilidades no es una tarea fácil, pero cuando les plantamos cara nos ayudan a entender cómo podemos mejorar y cómo podemos lograr que todo lo que nos proponemos se manifieste de la manera que esperamos. Como, por ejemplo, escribir usando detalles concretos.

 

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Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos y ShiftGraphiX

La vocación de Ricardo

Tictac, tictac, tictac…

Un sonido se extiende por toda la casa. Se abre paso entre las paredes, se arrastra por debajo de la puerta. Llega hasta los oídos de Lía y se acompasa con los latidos de su corazón, como si los segundos se le metieran entre las venas y marcaran el inicio de otra noche de insomnio.

Se frota los ojos con las manos y busca el interruptor a tientas. Le toma unos segundos acostumbrarse al resplandor de la bombilla. Se pasa dos dedos por la boca y aprieta el labio inferior entre los dientes. Mira de reojo el sobre que está en la mesita de noche. “¿A quién se le ocurre mandar una carta cuando se puede mandar un mail?”, piensa.

Se sacude las manos. Se rasca un poco la cabeza y finalmente se levanta. Camina en círculos y hace estaciones en la ventana, en el armario y en la puerta. Sale de la habitación hacia la cocina. Prepara un poco de té negro y regresa a la cama. Se queda unos minutos sentada en silencio. Mira la carta y repara en la caligrafía con la que está escrito su nombre. Señorita Lía Consuegra. “Debió hacer un curso de caligrafía si iba a mandar cartas” piensa mientras se calienta las manos con la taza.

Los pensamientos de Lía vienen y van. No se atreve a abrir la carta que Ricardo le dejó por la mañana. “Cinco años de noviazgo y ayer me decís que esto no sigue adelante porque te vas al seminario. Con lo mujeriego que sos, ya quisiera verte con sotana. A menos que ahora resulte que te afloró la vocación por mi culpa. ¡A la mierda!”. Lía aprieta la taza con las manos temblorosas. El té le salpica los dedos. La deja sobre la mesita y coge la carta. La arruga con fuerza y rompe parte del sobre. Se pasa la mano por la frente, suspira y la abre.

“Amor. Sé que no quieres verme y no te culpo. Si yo estuviera en tu lugar también estaría muy disgustado. Hemos vivido momentos maravillosos. Eres, sin temor a equivocarme, la mejor mujer que he conocido en mi vida”.

La carta tiembla entre las manos de Lía. “Después de todo resultó poeta este malnacido, ni sé para qué leo esta farsa”. A pesar del malhumor que tiene, Lía sigue leyendo, incapaz de detenerse. Se propone llegar hasta la última línea o la curiosidad terminará por devorarla.

“Sé que te estarás preguntando: ¿Por qué me escribe una carta y no me manda un mail? Pero tengo una buena explicación. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Esa noche que tenías puesto el vestidito azul que tanto me gusta, con el que se te ven las nalgas todas paraditas? De solo imaginarte. ¡Ay, Lía, qué ganas me dan de tenerte entre mis brazos! ¿Te acuerdas de aquel diciembre? Cuando nos hicimos novios hacía poco que había estado de cumpleaños y me regalaste un cuaderno con hojas blancas para que escribiera nuestra historia. Te quedó sonando que te dije que quería ser escritor algún día, pero cuando me viste la letra soltaste una carcajada que casi no pudiste decirme que tenía la letra más fea que habías visto, que habría sido mejor si me hubieras regalado un computador. Te puedo imaginar en este momento maldiciendo mi mala letra con esta carta en tus manos. ¡Cómo te quiero! Ayer no quería despedirme así, ni siquiera me dejaste terminar. Quizá debería haberlo hecho de otra manera, pero es que apenas te dije que me iba al seminario y que necesitaba tiempo, empezaste a gritar como una loca y a pegarme. Se me retorcieron las tripas cuando la señora Flora intervino al oírte, que hasta marica me llamaste. Cuando se puso en medio de los dos, me gritó con los ojos encendidos: “No se deje mijo. Muy bueno que se va a separar de esta loca”, pero tú sabes que te quiero. Te amo. Anoche no te pude contar mis planes. No me dejaste. Y la mejor parte era que no solo eran míos, mi amor. Eran, y son, de los dos. Espero que todavía estés leyendo, porque te iba a contar que me voy a un seminario para escritores. Mi tío Arnulfo me consiguió una beca, los estudios son en Italia y se demoran tres años. Mi vida, voy a empezar a trabajar en mi sueño, a ver si dejo de escribir como la mierda. ¿No te sientes muy feliz por mí? Por fin voy a dar un paso verdadero para hacer lo que me gusta. Te quiero proponer que nos vayamos juntos. Yo arranco primero y me instalo y después tú llegas y nos casamos allá. ¿Te imaginas? Asómate a la ventana que voy a estar esperándote hasta la madrugada del viernes, para que me digas que sí. Vive este sueño conmigo, mi amor. Te amo. Siempre tuyo. Richi”.

Lía suelta un grito que retumba por toda la casa. Se levanta de la cama abrazando la carta y dando saltos. La señora Flora sale de su dormitorio con los rulos en la cabeza y una levantadora que deja ver sus brotadas pantorrillas. Se ajusta el cinturón y mira la puerta de la habitación de Lía.

—¡Deja de gritar maldita loca! ¡Eh! ¿Cuándo me libraré de esta desquiciada? ¡Señor, dale oficio a ver si me deja de joder!

Lía abre la puerta y le responde con los brazos levantados.

—¡Tía Flora! ¡Me voy pa’ Italia! ¡Bien lejos pa’ que vos dejes de joderme la vida! ¡Te imaginas la dicha!

—¡Siempre es que hay mucho entelerido en este mundo, mija, y mucha boba con suerte! ¡Que Dios la bendiga pues y que desocupe rapidito la casa!

Lía se apresura a asomarse a la ventana y saca la cabeza. Ve sentado a Ricardo en el suelo, recostado sobre la pared, frotándose los hombros con las manos para ahuyentar el frío. Ricardo voltea la cabeza y se levanta al oír a su enamorada. Lía hace señas para que la espere y baja las escaleras deprisa.

—Cómo pude ser tan idiota, mi amor. Perdóname. Yo pensé que te ibas de cura y tenía tanta rabia contigo que, cuando llegó la carta, quería romperla y matarte con ella.

Ricardo sonríe ante las explicaciones de Lía. Se pierde en el abrir y cerrar de sus labios, en el brillo de sus ojos y en el incansable movimiento de sus manos que acompaña cada palabra. Su amada vuelve a ser suya. Es en lo único que puede pensar.

—Entonces, amor, ¿te vienes conmigo?

Lía se lanza a los brazos de Ricardo y entre besos y caricias le dice que sí. Jacinto, el mejor amigo de Ricardo, pasa por la acera de enfrente y participa de la escena. Entre risas le grita a su amigo:

—¡Llévatela para un motel!

Se escuchan las carcajadas de lado a lado. Ricardo sujeta el cuerpo de Lía contra el suyo y mira a Jacinto.

—¡Dijo que sí!

Mónica Solano

 

 

Imagen de Mikali