A las 6:14 PM

Sentada en los primeros escalones de acceso a su casa, Antonia se fumaba un cigarrillo. En cada bocanada de humo gotas de sangre le chorreaban de sus manos. Se miraba los dedos con detenimiento y examinaba cada una de las líneas que la sangre seca había dibujado en algunas de las coyunturas. Las ideas viajaban con rapidez en su cabeza. Faltaba poco para que llegara la policía. Sabía que no tenía una coartada. Sonreía y se daba cuenta de que, por más que tratara de sentir un ápice de arrepentimiento, nada le había producido más placer.

El sonido de las sirenas hizo que se perdiera aún más en sus pensamientos. Aunque observaba con claridad cómo corrían los hombres uniformados hasta su puerta, en un parpadeo viajó en el tiempo. Estaba de nuevo con las llaves en la mano, lista para entrar en la casa.

6:14 p.m. Antonia llegó a su casa más temprano de lo acordado. Llevaba varios días fuera de la ciudad en un viaje de negocios y había dedicado algunos minutos libres para idear un plan y sorprender a su esposo.

Aunque, a los ojos de los demás, el matrimonio de Antonia era como un cuento de fantasía, siempre había pensado que sus esfuerzos no eran suficientes para tener un matrimonio feliz y estaba convencida de que no era la mujer que se merecía su esposo. Tobías era de esas personas que provocaba tener sexo todo el tiempo. Sus pestañas largas, su cabello sedoso y su cuerpo atlético eran suficientes para sentir un cosquilleo por la piel. Era el hombre con el que toda mujer soñaba. Siempre estaba pendiente de los pormenores del hogar. Mantenía la nevera llena de comida gourmet y decoraba con mimo todos los rincones de la casa. En los cinco años que llevaban casados, Antonia creía que nada había estado fuera de lugar. Bueno, sí había algo: ella. Hacía semanas que no se tocaban. Cruzaban palabras cordiales cuando se encontraban en el pasillo. Dormían en la misma cama, pero estaban ausentes. Antonia tenía todo lo que deseaba, menos a su esposo.

Abrió la puerta de la casa, se quitó el vestido y se quedó solo con las botas negras de caña alta. Sacó una botella de vino del bolso y subió las escaleras con cuidado para no alertar a Tobías. Cerca de la habitación oyó unas voces, en realidad unos susurros. Frunció el ceño y pensó detenerse, pero decidió continuar. Cuando llegó a la puerta se le resbaló la botella de la mano al ver a su esposo. El ruido de los cristales chocando contra el piso llamó la atención de Tobías, que estaba tendido sobre la cama, vestido con un corpiño de cuero, mientras disfrutaba del placer que le producía su amante. Antonia se agarró con fuerza al marco de la puerta. Todo empezó a dar vueltas a su alrededor. Las tripas se le retorcían en el vientre. Se tapó la boca con la mano para ahuyentar las náuseas. Tobías se acercó con prisa y trató de auxiliarla. Antonia ya estaba a pocos centímetros del suelo.

La espiral de emociones le nubló el juicio. Con una mano cerca del piso sintió el pico de la botella quebrada, se aferró a él con fuerza y sin pensarlo se lo enterró a su esposo en la garganta. Se cayeron al suelo entre los gritos desgarrados del amante que se levantaba de la cama para ayudar a Tobías. Con la sangre brotando en cascada por el cuello, entre unos dedos que trataban de estancarla, Tobías exhalaba su último aliento. El amante se aferraba al cadáver, horrorizado. Sus ojos enrojecidos se encontraron con los de Antonia. Se abalanzó sobre ella e intentó estrangularla. Antonia apretó el pedazo de botella en su mano y le cortó la cara. El hombre la empujó y salió dando un traspié. Antonia se levantó del suelo y lo hirió en la espalda, varias veces. El hombre logró salir de la habitación. Gritaba sin parar mientras descendía hacia la puerta de la casa. Salía en busca de ayuda y a la mitad de la cuadra se cayó y murió desangrado. Antonia bajó por la escalera, sin prisa, contando los pasos. Cogió el bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió y se sentó en el segundo escalón. Se miró las manos aún temblorosas y pensó: “¡Un hombre, Tobías! Ahora entiendo por qué nada era suficiente para ti”. Expulsó con fuerza el humo de sus pulmones y cerró los ojos. 

La mano del oficial sobre el hombro la apartó de sus pensamientos. Pronunció unas palabras que se perdieron entre el eco de los murmullos de los vecinos, entre el sonido de las sirenas y entre el pitido de sus oídos. Para Antonia ya nada tenía importancia. No podía volver en el tiempo aunque, si fuera posible, los volvería a asesinar. La sangre en sus manos le daba un nuevo sentido a su vida.

Se puso de pie con ayuda. Todavía desnuda y con las botas negras que le había regalado su esposo en su último aniversario. El oficial la cubrió con su abrigo y la escoltó hasta la patrulla. Antonia dibujó algunos círculos con los dedos en la ventana del automóvil y se despidió de su casa. Era una asesina.

Lunes 6:14 p.m. Llegó el momento de conocer el veredicto. Se oyó como un eco en la sala: “Pena de muerte”. Antonia sonrió y se contempló las manos una vez más.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Julia Bilyk

Otra noche que debo ser alguien más

Miras por encima del hombro y ves a una mujer de pie, con un traje colmado de colores. Hecho de retazos que se yuxtaponen formando una recopilación de tonos lúgubres, perfectos para la ocasión. El atuendo lo complementan unos zapatos anchos con borlas rojas en la punta y una peluca de color azul con cabellos ensortijados que le caen sobre los hombros.

–¿Qué haces aquí?

Giras por completo y lanzas una mirada desafiante al espejo. Ahora la mujer tiene un vestido blanco. Te sonríe mientras danza en medio de la lluvia. En ese momento sientes cómo las gotas te humedecen el rostro. La brisa te despeina y te arrebata el escozor que caminaba a grandes pasos por tu cuerpo. Llena el agujero que tenías en el pecho y calma los retorcijones que sentías en el estómago.

De repente quieres escapar. Salir corriendo y tomar el primer vuelo a cualquier parte. Cambiar de posición. Tener un nuevo destino y conocer un lugar inesperado. Aunque también podrías quedarte y girar hasta el cansancio. Pero sabes que no estás danzando con la lluvia. Te revuelcas en lágrimas y dejas salir los demonios en pequeñas gotas cargadas de agonía. De nuevo te falta el aire. La opresión en el pecho hace que pierdas la noción del tiempo. Has reparado en cada parte de ese rostro muchas veces y siempre ves la imagen de una desconocida. De una mujer que no sonríe así tenga una desproporcionada peluca azul sobre su cabeza y la cara pintarrajeada. Te detienes en sus ojos inertes, descoloridos, y tratas de entender cómo cada lágrima fluye, aunque su rostro sea inexpresivo. No hay dolor, ni alegría.

–¿Quién eres?

La vida no es lo que deseabas y en definitiva no es lo que planeaste con detalle cuando tenías veinte años. No sabes qué quieres, no sabes hacia dónde ir, ni cómo detener los pensamientos que te incitan a dejar de ser lo que eres. No hay futuro más allá de las tablas. Estás anclada a la silla del camerino porque no has dejado de ser una niña ingenua cargada de temores, que no se arriesgará a cambiar su realidad. Muchos colores te adornan el rostro y tu traje de tintes discordantes te convierte en otra persona. Una que tiene por oficio hacer reír a carcajadas.

La luz roja del camerino se enciende. No queda más tiempo para divagar entre pensamientos inútiles. Es momento de reconstruir el maquillaje estropeado. Te pones la nariz roja y sonríes a medias a la extraña del espejo. Estás lista de nuevo para ser alguien más. Escuchas en un eco los aplausos provenientes del auditorio, el público está impaciente. La ovación te sacude hasta los huesos y sabes que es hora de salir a escena.

A unos pasos del telón un estallido de luces te seca la garganta y se te hace un nudo en el vientre. Una vez más debes ser la heroína de la falsa comedia. Todos los asistentes han pagado por el gran evento y esperan que tu representación valga cada peso. Das un paso hacia adelante y te preguntas si esta noche cumplirás con sus expectativas: “¿Los aplausos trascenderán las paredes del teatro? ¿Los gritos descontrolados y las risas curarán algunas almas?”. Tomas una bocanada de aire, relajas los hombros, mueves el cuello de un lado a otro antes de poner la cabeza en alto. Te abres paso entre el telón y empieza la función.

Mónica Solano

Imagen de Giorgos Daskalakis

¿Escribimos mejor si nuestro estado mental es frágil?

“No hay nadie que no se vuelva poeta si el amor le toca, aunque hasta entonces haya sido extraño a las musas”. Platón

Hace unos días, mientras escribía un relato, mi hijo se acercó y me preguntó por qué me gustaban tanto las canciones tristes. En ese momento me di cuenta de que estaba sonando en mi Deezer: You and Whose Army? de Radiohead, una canción bastante melancólica. No me había dado cuenta de que, en mi proceso creativo, dispongo todo para tener un ambiente propicio y esto incluye un playlist de canciones nostálgicas. Esto me llevó a cuestionarme si para escribir necesitamos de un tipo especial de recogimiento. No es un secreto que para emprender un proceso creativo debemos tener un estado de ánimo adecuado, pero, ¿es la melancolía una fuente de creatividad? ¿La fuerza del inconsciente nos arroja hasta ese estado?

El proceso creativo

En su libro “Psicoanálisis de la experiencia literaria”, la catedrática de literatura Isabel Paraíso hace un resumen del trabajo realizado por Sigmund Freud sobre el proceso creativo, en el que plantea que la obra literaria, como toda producción cultural, surge en el inconsciente.

En sus análisis, Freud propuso el concepto de sublimación, que consiste en canalizar el impulso hacia una forma más aceptable y determinó que, para la creación de una obra de arte, el artista necesita psicoanalizarse a sí mismo. Este proceso lo llevó a cabo el pintor Salvador Dalí, quien encontró en el psicoanálisis los cimientos para el método paranoico-crítico como parte de una etapa de su evolución artística.

El proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso: si un niño al jugar se crea un universo propio, el escritor, al plasmar sus ideas en el papel, hace lo mismo. Para Freud, la literatura se engloba en un orden de cosas a las que también pertenecen los sueños y las fantasías e, incluso, los actos fallidos y afirma que el artista expresa de manera intuitiva lo que el psicoanálisis trata de explicar de manera científica.

En el delirio y los sueños en la “Gradiva” de W.Jensen, Freud analiza el proceso creativo, relacionándolo con el proceso neurótico. Demuestra que son las leyes psíquicas las que rigen la ficción y el sueño, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional, estableciendo una diferencia entre el contenido latente y el manifiesto. En la literatura se traduce como un material psíquico reprimido que lleva al escritor a la necesidad de escribir, de expresarse; siendo el arte una manifestación del inconsciente. La diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que, en esta última, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje. En palabras del psicólogo Carl Gustav Jung: “El ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”.

“Todo el que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico; y se convierte en un autor serio cuando nos dice lo que ha sufrido y por qué ahora reposa en dicha”. Nietzsche

La melancolía como motor creativo

Desde hace años existe el debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo. Para el poeta Luis García Montero, «el estado de melancolía te permite ser dueño de tu opinión y de tu destino», y, sobre todo, «instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual». Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el libro de Robert Burton “Anatomía de la melancolía”, publicado en 1921, en el que el autor afirmaba que sólo son inmunes a la «bilis negra» los tontos y los estoicos. Luego, Gustave Flaubert reformularía la idea: «Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos». El escritor José María Guelbenzu afirmó: «No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». Con esto nos explicó que «instalarse en la infelicidad es imposible», que conviene disfrutar de los momentos felices y también «abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad».

La melancolía ha sido una compañera de la creatividad en distintas épocas y en diversos ámbitos. Las artes, el pensamiento filosófico y algunos otros campos, han tenido en la melancolía una inesperada fuente de propuestas arriesgadas y originales.

Las personas melancólicas no solo son tristes, o se abaten, o tienen cierta inclinación patológica hacia la tristeza, sino que, por intuición o por decisión, hacen con lo que sienten dos cosas muy precisas: aceptar dichas emociones como parte ineludible de lo que son y lo que viven y tomar estos sentimientos como un punto de partida para realizar un acto concreto y generativo.

En su ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”, el catedrático de literatura Eric G. Wilson, defiende que la melancolía es necesaria para cualquier cultura próspera, que es la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y la fuerza que subyace a toda idea original. Funciona como fuente de inspiración para todas las artes desde el comienzo de los tiempos y es la catarsis trágica descrita por Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual.

Fragmento del ensayo “Contra la felicidad. En defensa de la melancolía”:

“Desear solo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta. En definitiva, me aterran los esfuerzos de nuestra sociedad por expulsar a la melancolía del sistema. Sin las agitaciones del alma, ¿no se vendrán abajo todas nuestras torres de magníficos anhelos? ¿No cesarán las sinfonías de nuestros corazones rotos?”. (Pág. 16)

Cuando leí este párrafo, que corresponde a la introducción del libro, recordé que hace un tiempo un buen amigo me dijo: “Abraza tu sombra, no reniegues de tu locura. Aprovecha esos momentos en los que la melancolía te carcome hasta los huesos y deja que la tinta se riegue sin pudor”. Después de leer un poco a Sigmund Freud y a Eric G. Wilson, y de hacer un análisis a conciencia de lo que implica el proceso creativo, pienso que mi amigo tenía razón y no hay por qué sentirnos delincuentes por atesorar algunos momentos de soledad y melancolía. Porque en esos instantes, cuando le subo unos cuantos niveles a la música y me dejo llevar por todas esas emociones proscritas, cargadas de melancolía, los personajes hambrientos se amontonan y me susurran al oído; me imploran que los deje vivir en el papel.

“Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos afligen profundamente, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, como ser desterrado dentro de un bosque lejos de cualquiera, como un suicidio”. Kafka

Mónica Solano

Imagen de StartupStockPhotos

Una decisión, tres perspectivas

Lexi dibujaba círculos en el piso con su pie izquierdo. Con la cabeza agachada miraba los rieles de las vías. Se ajustó la maleta en la espalda, tomó aire y pensó en las consecuencias de su decisión. Cerró los ojos y dejó volar su imaginación mientras los trenes que pasaban a toda velocidad la despeinaban.

Se vio parada en la estación. El tren con dirección a Ámsterdam había arribado. Subió los escalones sin prisa. Miró su boleto, buscó el asiento y se acomodó junto a un chico rubio. Parecía de su misma edad. Conversaron durante el camino y Gabriel le contó que estaba estudiando ingeniería ambiental. Era alemán, pero vivía en Ámsterdam desde hacía tres años. Tuvieron una conexión inmediata. La charla animada hizo el viaje más corto. Al bajarse del tren, intercambiaron sus números de teléfono. Siguieron viéndose durante meses. Se hicieron novios y un siete de diciembre se casaron. Fue una ceremonia sencilla, con pocos invitados. Celebraron el amor en Venecia y a los nueve meses nació Dante. Lexi dejó su trabajo en la universidad y se dedicó a su labor de madre y esposa. Vivieron felices hasta que un otoño Gabriel se enfermó y murió.

Lexi abrió los ojos y sacudió la cabeza para alejar aquella imagen de una vida normal, en la que se casaba, tenía una familia y vivía como la mayoría de los mortales. Un perro la olfateó y sintió un escalofrío. Lexi se pasó las manos por los brazos y de nuevo cerró los ojos.

Otra vez estaba de pie sobre la misma plataforma. Vio su vida pasar frente a sus ojos mientras se acercaba el tren con dirección a Ámsterdam. Tomó aire y se lanzó a las vías. Escuchó como un susurro los gritos de las otras personas que estaban en la estación. Se quedó a oscuras en un instante. Estaba suspendida en la nada y solo podía imaginar cómo sería la vida después de su muerte. Un policía se acercó al cuerpo que yacía sin vida sobre las vías. Revisó sus pertenencias y encontró una billetera. “Lexi Cohen”, dijo en voz alta, y pasó la identificación a su compañero. Sacó el celular de la mochila y buscó el número de teléfono de algún familiar. Solo tenía grabados los números de tres personas. Llamaron a la primera de la lista. Una voz ronca contestó y cuando escuchó los detalles del incidente les informó que Lexi era su antigua empleada, que el día anterior había renunciado para iniciar un nuevo proyecto en otra ciudad. No se le pasó por la mente que tenía la idea de quitarse la vida. “Siempre fue muy reservada, no se relacionaba con nadie en la oficina, no tenía amigos ni familiares. Era una persona solitaria. Es una pena que nunca haya querido integrarse”, dijo el señor Duarte con la voz entrecortada. Empacaron el cuerpo en una bolsa negra y lo llevaron a la morgue. Después de la autopsia, sus restos se quedaron en una fosa común.

Con la imagen de su cuerpo refundido entre un montón de desconocidos el corazón le dio un salto y abrió los ojos. Su vida no podía terminar como si hubiera sido un fantasma. No tendría un funeral, no sería recordada, nadie lloraría su ausencia. Quitarse la vida, sin haber vivido lo suficiente, era una pésima idea. Se pasó la mano por el rostro, luego por el cabello y volvió a cerrar los ojos.

Una vez más estaba de pie en la plataforma. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba a toda velocidad. Cuando se estacionó anunciaron por los altavoces la hora de salida. Hicieron varios llamados. El tren partió y Lexi se quedó inmóvil, dejó que se fuera sin ella. Caminó hasta el paradero de taxis y se subió a uno. Le pidió que la llevara al Boulevar Saint Michel. Cuando llegó, buscó un café. Se sentó en una de las mesas libres y pidió un granizado. Sacó el celular y llamó a su antiguo jefe. Le explicó las razones por las que había renunciado y le pidió su trabajo de vuelta. El señor Duarte accedió. Lexi se acercó al estante de revistas que tenía el café, cogió un periódico y buscó un piso donde quedarse. Al día siguiente regresó a la oficina. Sus compañeros estaban felices por verla de nuevo. Hizo grandes amigos. Asistió a fiestas, viajó por el mundo. Se jubiló y una noche de invierno murió de un ataque al corazón.

Lexi abrió los ojos y no pudo contener la risa que la sacó del ensueño. Tampoco creía posible que su vida tomara ese rumbo. Movió la cabeza de un lado a otro para sacudir las ideas. Había tomado la decisión de avanzar en otra dirección, de dejar de ser un fantasma, y tenía tres perspectivas: arriesgarse con un nuevo comienzo en un lugar donde también sería una desconocida, pero en un lugar diferente, a fin de cuentas. Acabar con su vida y morir siendo alguien que no quería ser o darle una oportunidad a su antigua vida. Lo cierto es que tenía más opciones, pero solo había pensado en tres.

El reloj de la estación marcaba las 8:25 AM, faltaban cinco minutos para que arribara el tren. Lexi se encontraba ante una encrucijada. El temor que sentía por haber tomado una mala decisión la tenía paralizada, pero estaba segura de que no podía continuar estática, inerte como una sombra. Tenía que dar el salto de fe, lanzarse al vacío de la incertidumbre y luchar con todas sus fuerzas para salir a flote. La plataforma gruñó bajo sus pies y las piedras empezaron a moverse sobre los rieles. El tren con dirección a Ámsterdam se aproximaba. Lexi sujetó la mochila con fuerza. En ella cargaba toda su vida. Podía dejar todo atrás, o regresar, sin mayores inconvenientes. No era una carga muy pesada. Miró las vías y oyó el crujir de los rieles. Estaba cerca. Cerró los ojos y se imaginó una vez más cómo sería empezar de nuevo. El tren se detuvo y se abrieron las puertas. Las personas que pasaban por su lado la empujaban. Una pareja discutía, un niño lloraba y Lexi solo permaneció inmóvil unos minutos más. Cuando escuchó por los altavoces el último llamado, abrió los ojos.

Mónica Solano

Imagen de Silvia & Frank

¿Observador o jugador?

Cuando era niña me pasaba muchas noches llorando porque me iba a morir. Me aterraba la idea de que me llegará ese momento en el que quedaría suspendida en la nada, rodeada de oscuridad, y sola. Tenía sueños recurrentes en los que estaba en un espacio inerte y podía escuchar lamentos, susurros y, en algunos instantes, un silencio que me robaba el aliento. La idea de la muerte me causaba mucha curiosidad, me intrigaba saber qué pasaría cuando ya no estuviera en este plano terrenal. ¿Y si me olvidan? ¿Y si todas las referencias a mi existencia desaparecen? ¿Qué pasa con las personas que dejo atrás? ¿Qué hay de cierto en las historias sobrenaturales de fantasmas y apariciones? O, como en el infierno de Dante, ¿pasaré el resto de mi existencia contemplando lo que nunca me arriesgué a hacer? Tenía tantas preguntas con escasos ocho años que lloraba sin encontrar consuelo. Pero, en este artículo, no voy a tratar de la muerte, aunque quizás toque el tema de pasada. Quiero que sea un artículo sobre nuestro papel en la vida.

Hace unos días, sentada en mi escritorio, miraba por la ventana y pensé: “Todas las personas que habitamos este planeta tenemos una misión, debemos cumplir con un designio”. Sin embargo, y aunque estoy convencida, también considero que hay personas que tienen un papel más activo, que están todo el tiempo movilizando las cosas a su alrededor y otras que están en la barrera, ejerciendo un papel más pasivo.

Por más que lo intento, yo solo puedo ver lo que me rodea como una dualidad, sin términos medios. Desde niños nos enseñan que las cosas son buenas o malas, blancas o negras. Y tenemos la potestad de decidir en qué lado de la balanza nos colocamos. Aunque no voy a hacer una diatriba sobre si estoy en el lado de los buenos o de los malos. Porque, como decía al principio, quiero tratar de nuestro papel en la vida; y lo haré con la metáfora de observadores y jugadores.

Según la RAE, un jugador es una persona que forma parte de un juego. Cuando inicié mi proceso de escritura me enfrenté a la decisión de si entraría al juego o sería una simple espectadora. Pero ¿qué es lo que nos impulsan a jugar? Esa pregunta me llevó a pensar que no somos jugadores en todos los campos. Por ejemplo, respecto a la muerte, en todas las historias se repite lo mismo: nada puede evitar ese momento. Somos simples observadores, no podemos intervenir. Rezar, emprender un viaje en busca de la fuente de la eterna juventud o sentarnos a esperar; cualquier opción es buena, pero va a tener el mismo resultado. Sin embargo, con los años, he aprendido que todos tenemos un tiempo para cumplir con un objetivo, y ese tiempo es perfecto. Si logramos alcanzar la meta o no, es solo el resultado de nuestras acciones, no del tiempo; de si nos arriesgamos en algún momento a ser jugadores.

En un proyecto en el que estoy trabajando llegué a la conclusión de que somos organismos en descomposición esperando no ser olvidados. Y, aunque creo que no tiene discusión, me pregunto, ¿qué ocurrirá con la otra parte de la historia, con esa fracción etérea que habita el cuerpo? A veces me creo el cuento de que esa parte pasará a otra clase de vida, en la que le espera el paraíso o el infierno, con un séquito de ángeles dispuestos a arroparla con sus alas; otras veces pienso que los seres humanos somos expertos en el arte de la manipulación, y esa porción del mundo que quiere gobernar sobre las mentes más débiles ha establecido todo tipo de historias fantásticas recreando una realidad más fácil de sobrellevar.

La mayoría de las religiones coinciden en que pasamos a otro plano en el que seremos juzgados por nuestros actos en este mundo. Puede ser y, si es el caso, que Dios nos agarre confesados. En conclusión, pienso que todo simplemente se extingue y puedo estar, aquí y ahora, malgastando el tiempo en conjeturas inútiles, cuando debería estar disfrutando del sol.

Lo cierto es que también me gusta plantearme estas cosas y observar a las personas. Suponer qué pasa con sus vidas. Si estarán en este mundo mañana, si comparten mis abstracciones. En esos momentos, me siento frente a la ventana y dejo que el tiempo transcurra mientras observo. Se podría decir que no actúo como una jugadora. Sin embargo, según el sociólogo y antropólogo Buford H. Junker: “La observación es el inicio del conocimiento del mundo a través de la vista”. En sus estudios afirma que los observadores pueden ser participantes, es decir, personas que se vinculan y forman parte; y no participantes, que prefieren pasar desapercibidos.

Tengo la creencia de que las historias de las demás personas tienen relevancia cuando estamos en el mismo plano existencial, como si cobraran vida al pasar por mi lado. Tal vez sea un pensamiento bastante egocéntrico, pero la realidad es que sus vidas me resultan ajenas. Caminan, duermen, lloran, ríen, tienen sexo, quizás sufren; es algo que ignoro, solo puedo imaginarlo e hilar historias. Para mí ninguna persona, ni sus historias, son reales hasta que puedo verlas con mis ojos, escucharlas con mis oídos o tocarlas con mis manos. Cuando estoy en mi faceta de observadora, también me gusta pensar en la conciencia que tenemos de la muerte. Porque muchas de nuestras acciones están precedidas por ese sentimiento, por ese instante en el que abrazamos la verdad más importante de nuestra existencia. Nadie está preparado para ese momento. Y, al final, todos sucumbimos al miedo de abandonar este mundo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos esa conciencia? Si viviéramos ignorantes de nuestro destino, ¿viviríamos mejor? ¿Nos arriesgaríamos más? ¿Lo visceral y lo racional armonizarían de tal forma que no volveríamos a somatizar ningún sentimiento? ¿Nos importaría tanto ser olvidados? En mi opinión, creo que no existirían muchas sensaciones que conocemos y experimentamos a diario, porque la conciencia de la muerte nos impulsa a vivir; así nos pasemos el noventa por ciento del tiempo ignorándola. Una estadística un poco exagerada, lo sé, pero la verdad es que, aunque me apasiona todo lo referente a la muerte y sus misterios, no me despierto todos los días pensando en que me voy a morir al bajar los pies de la cama; y he vivido muchos instantes como si fuera a permanecer en la tierra más de cien años. Somos tan contradictorios la mayor parte del tiempo, que es imposible no perderse en el proceso de observación, y hasta hacer análisis que vayan en contra del método científico.

Las preguntas que me persiguen desde niña han creado muchos demonios y una mañana, muy parecida a la de hoy, con un cielo azul tan intenso que hacía que me ardieran los ojos, tomé una decisión. Elegí ser observadora y jugadora. Y, como resultado, me lancé a escribir para exorcizar algunos de esos demonios. Empecé a crear mundos imaginarios, y dejé de tener miedo.

Uno de los primeros interrogantes que me planteé mientras escribía este artículo fue ¿qué cosas nos impulsan a jugar? Considero que lo más relevante no es si estamos en el lado correcto o incorrecto de la balanza, según los parámetros sociales. Es sí estamos dispuestos a ser observadores participantes y jugadores que movilizan todo a su alrededor para alcanzar sueños.

Mónica Solano

Imágenes de Steve Buissinne y Hungary

El beso de un extraño

Alicia se paró en las escaleras del ferry y aspiró el olor de la brisa. Descendió hasta el primer escalón para volver a tierra firme. Fijó la mirada en el horizonte y recordó que hacía varios años que no estaba tan cerca del mar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas que golpeaban la bahía y agitaban los veleros. Una ráfaga de viento le erizó los vellos de la piel.

Después de tres horas de vuelo y cuarenta y cinco minutos en barco, había llegado al lugar que tanto anhelaba. A unos cuantos pasos, cerca de los botes viejos de la guardia costera, se encontraba la estación de ferries. Suspiró y se aseguró la mochila en la espalda. En cuanto se armó de valor, caminó hacia la estación y buscó el centro de información.

En la sala de espera, junto a las cajas de pago, un viajero discutía con la supervisora porque había perdido su equipaje. Y unas cuantas personas estaban esperando al siguiente ferry. “Al parecer no es temporada alta”, pensó mientras se acercó al estante en el que atendían a los visitantes. Sobre él había bonos de descuento, publicidad de hoteles y folletos con planos de la isla. Tomó un mapa y lo apretó en su mano. Echó una mirada a su alrededor y vio una cafetería cerca de la entrada principal. Se aclaró un poco la garganta y le pareció que sería un buen lugar para refrescarse. Jugando con el mapa se acercó a la caja de pago y pidió un café granizado. Junto a ella, una pareja compartía un batido y discutían sobre el clima. Buscó un sitio libre, dejó la mochila en la silla y extendió el mapa en la mesa. Estudió las posibilidades que le ofrecía y marcó con un bolígrafo los lugares que le gustaría visitar. El museo de arte moderno, la casa de la cultura, la catedral. Todas eran buenas opciones para iniciar su travesía por la isla. Sin embargo, antes de comenzar las visitas turísticas, haría una corta caminata por la playa. Tenía hasta las nueve de la noche. Era un tiempo más que suficiente para recorrer el lugar. Después de tomar el último sorbo de café, agarró la mochila, caminó hasta el paradero de autobuses y buscó el transporte con dirección a la playa más cercana.

Por la ventana se veían las diferentes tonalidades de azul que tenía el mar y cómo las hojas de las palmeras se agitaban con el viento. Cuando se bajó del bus, muy cerca de las escaleras de acceso a la playa, divisó a dos mujeres desnudas tumbadas sobre hamacas y, a lo lejos, a un surfista que cabalgaba las olas. Se quitó los zapatos y dejó que la arena se le escurriera entre los dedos. Metió los pies en el agua y caminó hasta el extremo de la playa. A poca distancia había un bar y se le antojó tomar un cóctel. Esa mañana conoció a Luciano.

Cuando se dirigía a la cabaña vio detrás de la barra a un chico de su misma edad, con la piel bronceada y una camiseta blanca que le marcaba la figura. Lo que más le llamó la atención de aquel extraño fue el intenso azul de sus ojos que contrastaba con el negro de sus cabellos. Cuando llegó frente a él, un hormigueo le recorrió el cuerpo desde los pies hasta los muslos. Empezó a respirar deprisa y el calor le subió al rostro.

Se sentó en una de las sillas de la barra y pidió una Martini. El chico la miró y se mordió el labio inferior. En ese momento se sintió como si estuviera desnuda. Trató de ocultar su incomodidad desviando la mirada y sonrió.

–Hola, soy Luciano. Mejor te voy a preparar mi especialidad –dijo el extraño mientras agitaba la copa que llevaba en la mano.

–Soy Alicia. Gracias.

Cuando Luciano terminó con la bebida le preguntó qué estaba haciendo en la isla. Alicia le contó que había ido a pasar unos días, porque hacía poco se había graduado en la Escuela de Artes y en unas semanas iniciaría una maestría en artes plásticas en París. Desde que empezó sus estudios, había soñado con conocer el lugar que llamaban la fuente de las ideas. Luciano le dijo que era un escritor nativo de la isla, y el mejor de la región preparando cocteles.

A medida que iba charlando con el extraño, se detenía en algunas partes de su cuerpo y pensaba que podía ser su alma gemela, la que estaba segura que había muerto. Nunca había sentido una conexión semejante con otras personas. A sus veinticuatro años solo había tenido un novio; todo un desastre. Pero ahora, el tono de voz de Luciano la hipnotizaba y con sus palabras aumentaba el calor de su rostro. Era como si se conocieran de toda la vida. Detuvo sus pensamientos y, antes de llegar a hablar, Luciano le dijo que tenía la tarde libre y que podría servirle de guía. Alicia apretó las manos para ocultar las ganas de gritarle que estaba encantada, y solo le dijo que sí.

Cuando se vieron a la salida, Alicia le entregó el mapa en el que había marcado los sitios que le gustaría conocer. Pero él ni lo miró y le dijo que la acompañaría a los mejores lugares, a los que no estaban señalados en los mapas. Alicia accedió y dejó que Luciano tomara las riendas del itinerario.

La llevó hasta el parqueadero de autos, y cuando le acercó un casco de motocicleta, se le cortó la respiración. Las motos le provocaban mucho miedo, pero no quería retractarse. Luciano le ayudó a ponérselo. Alicia se tomó unos segundos, respiró de forma pausada y se subió. Sintió un resquicio de tranquilidad cuando presionó las manos contra su cintura.

–¿Estás lista? –preguntó y encendió la moto.

–Sí –respondió Alicia mientras cerraba los ojos y lo abrazaba con fuerza.

Iniciaron el recorrido por la isla. A medida que avanzaban sentía cómo el viento le golpeaba la piel. Se bajó la visera del casco y abrió los ojos para admirar el paisaje. En la isla había muchas construcciones que conservaban la estructura de antiguas colonias de indígenas, que las habitaron hacía cientos de años. Se sentía extasiada viendo el paisaje y, aunque no quería que terminara el recorrido, deseaba ilustrarlo todo cuanto antes.

Pararon en varios lugares que pensó que sólo existían en las revistas de viajes. Las imágenes de castillos junto a corales y enredaderas con flores blancas le parecían una patraña publicitaria. En cada estación, Luciano hacía una breve reseña. Contaba historias de piratas, de tesoros perdidos, de viudas que se murieron en la orilla del mar esperando a sus amantes. Caminaron por cavernas, se mojaron los pies en piscinas naturales y compartieron el vacío que se siente cuando se está parado sobre un risco. Hablaron de la vida, de sus sueños y dijeron algunas verdades a medias.

La última estación era el molino de sal. Dejaron la motocicleta en la calle y caminaron hasta el mercadito de artesanías locales. Luciano le obsequió una manilla con la piedra característica de la región y ella atesoró el regalo entre sus manos.

Sentados en lo alto del molino, le pidió que se quedara esa noche en la isla. Podía tomar el ferry de la mañana y así tendrían unas horas más. Alicia buscó entre su lista de excusas la más adecuada para negarse a la invitación, pero no tenía ninguna; y quería quedarse. Sabía que podía retrasar su viaje unos cuantos días y conocer un poco más de la isla y a Luciano. Pero, después de meditarlo bien, la verdad la tomó por sorpresa. En algún momento tendría que partir y volver a la realidad. Para qué alargar lo inevitable. “Dejar que pasen más cosas, con la certeza de que no podremos estar juntos, sería una tontería”, pensó. Se lamentó por su mala suerte y rechazó la invitación. Debía ir cuanto antes a la estación de ferries.

Cuando llegaron al puerto, le devolvió el casco y le agradeció el recorrido. En un descuido, Luciano la sujetó, le acarició el rostro y la besó. El tiempo se detuvo mientras saboreaba la humedad de sus labios. Y, suspendida entre sus brazos, hizo a un lado los temores y dejó que sus manos le recorrieran el cuerpo. Se miraron durante unos segundos, quería grabar en su memoria cada parte de su rostro. Dio unos pasos hacia atrás, se apartó de sus brazos y subió al ferry. Sentada en una de las bancas de la parte superior se despidió de la posibilidad de tener una aventura con un extraño. Parado en el puerto, Luciano no dejó de mirarla.

El cabello se le revolvía con la brisa y Alicia solo podía concentrar su atención en el chico del bar que había agitado su mundo. Se pasó los dedos por los labios y saboreó el mejor beso que le habían dado.

Mónica Solano

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¿Cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano?

Este artículo nació mientras esperaba mi turno en un consultorio médico. Una enfermera se acercó para avisarme de que mi cita, que en principio era a las nueve de la mañana, se retrasaría una hora. Entonces agarré el celular, dispuesta a pasar el rato en las redes sociales y vi el siguiente post “El arte perdido del envío de cartas”. En ese momento recordé que mi primer acercamiento a la escritura fue por las cartas. Sin dudarlo, saqué mi libreta y un lápiz, y empecé a escribir.

Mis primeras cartas

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Cuando estaba en el colegio, cualquier motivo era bueno para escribir una carta. Porque una amiga estaba de cumpleaños, porque era el día de la mujer, porque estaba enojada o, tan solo, porque me apetecía inmortalizar algunas palabras. Lo importante era escribir. Mis cartas tenían una particularidad: no eran solo un cúmulo de letras, sino que las adornaba con dibujos, con los que desplegaba mis dotes artísticas. A la persona a la que más me gustaba escribirle era a Paula, mi mejor amiga del preescolar. Recuerdo que le enviaba cartas con historias de fantasía o cargadas de pensamientos filosóficos, incluso con canciones inventadas. Con una prosa y una ortografía muy descuidadas, pero con un amor ciego por la escritura.

Con el paso del tiempo el enfoque de mis cartas fue cambiando. Algunas reflexiones se hicieron más profundas. Cada letra dejaba ver la crisis adolescente. Ya no eran cuentos de duendes y hadas, eran el germen de historias de amor. Muchas habrían servido para escribir una novela de forma epistolar. Me encantaba el drama y, además, con alguien tenía que desahogar mis frustraciones amorosas. Cuando comenzó todo el auge de Internet, abrí mi primera cuenta de correo electrónico, y las cartas pasaron del papel a la pantalla. Además, todo esto coincidió con la iniciativa de irme a vivir a otro país. De nuevo mis cartas se transformaron, ganaron puntos de vista y empezaron a contar las anécdotas que viví durante mi estadía en una ciudad desconocida.

Pasaron los años y las cartas quedaron atrás. Es una pena porque en ellas siempre me preocupaba por sacar a relucir lo mejor de mi imaginario. Hace unos meses, Paula me mandó unas fotos en las que me mostraba que, en todas las batidas que ha realizado en su casa para deshacerse de cosas, no ha sido capaz de botar las bolsas que contienen mis cartas. Ese día pensé: “esta mujer tiene mi antecedente literario más valioso”. Me emocionó leer algunas y ver cómo, aunque mi escritura ha evolucionado, la esencia no se ha perdido. Paula fue mi primera lectora ideal.

Cartas de amor

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Cuando conocí a mi esposo, le escribía una carta cada vez que cumplíamos meses, exactamente el veinticuatro. Aunque no era el único motivo para escribirle, también me gustaba expresarle el amor que sentía, dejar plasmado en papel mi deseo de permanecer a su lado por muchos años y garabatear tratados en los que se especificaran todas las expectativas que tenía con nuestra relación. Las más especiales todavía están guardadas en una caja en el armario. Lo más emocionante de estas cartas es que él me respondía y mi corazón saltaba de gozo cuando las leía.

Como muchas cosas en la vida, por culpa de la rutina, la cantidad de cartas fue disminuyendo. Hace poco realicé un viaje de varios días y, cuando regresé a casa, encontré una carta sobre mi mesita de noche. Mi corazón volvió a latir como el de una adolescente enamorada. Leer esas líneas escritas a mano hizo que reviviera aquellos días en los que las cartas iban y venían.

Cuando salí de la consulta médica, me senté en un paradero de autobuses y observé a todas las personas que miraban su reloj con impaciencia y que maldecían al bus que no llegaba, y pensé: “la rutina transforma todo lo importante de nuestra vida”. Ya no hay tiempo ni para escribir una carta. Siempre estamos ocupados en algo o tenemos algo pendiente por hacer, por lo tanto, invertir unos minutos en dejarse llevar por la magia de dedicarle unas palabras a las personas que amamos, ¡No! ¡Ni pensarlo!, sería perder el tiempo. Ese día, mientras yo también esperaba el bus, comprendí que las cartas eran una parte muy importante de mi aventura como escritora y fueron el comienzo de las mejores cosas de mi vida. Escribir cartas a mano es una hermosa costumbre que no me gustaría perder.

Mónica Solano

Imágenes de Michal Jarmoluk y Mónica Solano

En los sueños de un hombre solitario

Alfie vislumbró un rayo de luz entre las cortinas. Había amanecido. Se pasó las manos por el rostro, se frotó los ojos para despejarse y se limpió el sudor de su frente. Respiró hondo y dejó escapar un bostezo. Había soñado que se reunía con las personas a quienes, de una u otra manera, les había hecho daño. Estaban todos congregados en la sala de su casa. La música del tocadiscos animaba el lugar. Las copas, rebosantes de vino tinto, chocaban unas contra otras y las risas se oían como un eco por toda la habitación. Durante el sueño, había tenido la oportunidad de expresarles sus sentimientos a todos ellos, de abrirles su corazón y de explicarles lo infeliz que se sentía por haberlos lastimado. Los besos y los abrazos iban y venían y Alfie sintió que eran símbolo del perdón que le brindaban. No había hecho cosas terribles en su vida, pero sí algunas que quisiera olvidar.

La ilusión de poder cambiar su pasado y de tomar otras decisiones rondaba por su cabeza cómo una idea obsesiva. “Si todo fuera como escribir alguna errata y luego darle delete en el ordenador”, se decía. Pero sabía que las acciones permanecen y que no podía cambiarlas, que debía vivir con las consecuencias de sus actos.

Había sido un sueño increíble. Cada abrazo lo había sentido tan real y tan humano, que albergó la idea de haber navegado en un recuerdo y no en un producto de su imaginación. El regocijo de su corazón era tan grande que pensó que se le iba a salir del pecho con el ímpetu de cada latido.

Alfie se llevó la mano al cuello para apaciguar la sensación de ahogo y cerró los ojos para controlar la respiración. Revivir el sueño lo ponía ansioso. Poder disculparse y expresar su sincero arrepentimiento había sido muy liberador y placentero.

Ahora que estaba despierto se sentía triste. La alegría del momento había desaparecido. Se había desvanecido como todas aquellas personas que había alejado de su vida. Deseaba volver a estar dormido, regresar a ese lugar en el que podía arreglar las cosas sin prejuicios y permanecer allí para siempre.

Estar despierto le recordaba la cobardía que le impedía encarar a sus fantasmas. Sabía que no tenía la fortaleza suficiente para lidiar con el rechazo de sus buenas intenciones, que la culpa lo consumiría hasta los huesos y que el miedo no lo dejaría avanzar.

Sacudió las frazadas, se levantó de la cama, se acercó a la ventana y cerró la cortina para que la estela de luz se apagara. Debía mantener firme el propósito de mejorar sus pasos, y parte de la solución era cerrar un poco la boca para que las palabras equivocadas no salieran con tanta facilidad. Pero sabía que no sería una tarea sencilla dominar la verborrea que le salía sin control, cada vez que la ira se apoderaba de sus emociones. Estaba seguro de que, una vez más, sus palabras lo traicionarían y volvería a desear haberse quedado callado. Pero en ese momento, en el que las recriminaciones le llegaban como una avalancha, y a pocos minutos de iniciar su rutina, lo que más deseaba era volver a soñar, viajar a ese instante en el que las malas decisiones se podían cambiar.

Alfie se recostó de nuevo en la cama, se puso en posición fetal, se aferró a las frazadas y cerró los ojos con la esperanza de recuperar el curso de aquel sueño. Quería ver una vez más la sonrisa de Lucía mientras le tomaba la mano, sentir la calidez de su abrazo y sus labios rozando sus mejillas. Dejar atrás la soledad que lo embargaba desde aquella noche en que, la única mujer que le había dado sentido a su vida, desesperada de lidiar con sus demonios, lo había abandonado.

Mónica Solano

Imagen de Unsplash

¿Loba solitaria o loba de manada?

Cuando decidí tomarme en serio la escritura, todos los temores me cayeron en avalancha. ¿Y si descubro que es una locura? ¿Y si piensan que tengo instintos asesinos porque mi personaje es un psicópata? ¿Y si no tengo talento? La lista era aún más larga y las excusas se ponían unas detrás de otras, haciendo que todos esos temores me paralizaran los dedos. Cuando publiqué mi primer texto fue como pararme desnuda sobre un escenario, frente a un montón de personas que no me conocían y esperar a que cada una emitiera un juicio sobre mí, sin la posibilidad de defenderme. Estuve varios días mordiéndome las uñas para calmar mi ansiedad. Todavía me sudan las manos cuando recuerdo lo aterrada que me sentí hasta que recibí las primeras críticas. Por suerte, fue menos catastrófico de lo que esperaba. Y pensé: “Es increíble cómo nos empeñamos en ver las cosas más nefastas de lo que son, en ver que nada es suficientemente bueno”. Ese día descubrí que mi temor más grande no era al fracaso o a no tener madera de escritora, ¡no! Era a sentirme expuesta y vulnerable. Tuve una ardua batalla con mi ego. Pero me fui despojando de todos los prejuicios y complejos, y aprendí a recibir las críticas con humildad. ¡Hasta me he vuelto adicta! Ahora me encanta que me señalen las erratas y que me hagan sugerencias. Si no, ¿de qué otra manera podría avanzar en este camino?

He tenido la oportunidad de encontrarme con varias personas con las que he compartido mi pasión por las letras. Unas han pasado de largo y otras me han dejado grandes enseñanzas. Pero solo algunas, como mis amigas mocadianas, han permanecido a mi lado para acompañarme. Me siento muy afortunada de poder contar con ellas en esta aventura, porque siempre están alertas para que no decaiga cuando las cosas no me salen como yo espero.

Otra de mis grandes pasiones es el cine. Hace poco vi Genius, la película que me inspiró este artículo. Es un bosquejo de la relación entre el novelista Thomas Wolfe y Maxwel Perkins, el editor que se hizo famoso con las publicaciones de Fitzegarld y Hemingway. Perkins y Wolfe, trabajaban en la edición de la primera novela de Wolfe y el editor le señalaba al novelista algunas líneas que se podrían mejorar o párrafos de los que debería prescindir. Y, gracias a sus acertados comentarios, Wolfe logró sacar a la luz su primera obra maestra, El ángel que nos mira, con la que se hizo muy famoso. Perkins fue un importante aliado para el novelista. Cuando terminé de ver la película, pensé que yo tenía la suerte de contar no solo con un aliado, sino con tres. Antes de publicar mis relatos, les pido a mis amigas que les echen una mirada, y ellas con mucho cariño, me señalan alguna coma mal puesta y me dan ideas para mejorarlos. Aunque no siempre coincidimos, sus críticas dotan a mis escritos de un sabor muy especial. Contribuyen a que sean algo más que ideas sueltas en una hoja. Muchos llegan a tener un gran número de versiones y, cuando leo la última, me siento muy a gusto con el resultado. Si comparo la primera con la definitiva, y dejo de lado el ego que envolvía a la primera versión, descubro que esas pinceladas eran necesarias y que mis relatos han ganado en concreción y verosimilitud.

La relación de Maxwell Perkins y Thomas Wolfe no era solo de editor y autor, también eran amigos. Y fue la amistad la que logró sacar lo mejor del escritor. En una escena de la película, Thomas defiende a capa y espada su prosa, llena de florituras y de adjetivos. Entonces Max le insiste en que ha convertido en tedioso, un capitulo que era muy atractivo, al recargarlo con descripciones y adornos literarios. Al final, Perkins le demuestra que puede conseguir que sea más fluido e impactante si elimina todo lo innecesario. En ese punto solté unas cuantas carcajadas, porque recordé todos esos momentos en los que he mirado con desdén alguna crítica de esas que, al final, terminan ganándome la batalla.

Otra de las ventajas de no lanzarse a esta aventura en solitario está relacionada con el uso mismo de la lengua. Cuando leo un libro y me encuentro con nuevas palabras, o con algunas que tenía por ahí guardadas en el subconsciente, me pregunto si el autor tendría a mano un diccionario mientras escribía.

Quiero afirmar que estoy convencida de que, en la literatura, es de suma importancia contar con un vocabulario bien nutrido. Cuantas más palabras conozcamos, más sencillo nos resultará darle una voz original a nuestras historias. Pero no debemos abusar de palabras demasiado artificiosas. Eso solo dificultaría al lector la tarea de interpretar nuestras intenciones comunicativas.

En las charlas con mis amigas, cuando comentamos los relatos, afloran palabras que para mí, y para ellas, son nuevas, porque pertenecemos a culturas diferentes. En esa comunicación enriquecemos nuestras formas de expresión y aprendemos algunos modismos que son característicos de nuestras regiones. Por ejemplo, adoro leer los relatos de Carmen Romeo porque siempre aprendo vocablos que desconocía y descubro más cosas de su cultura, que es fascinante.

La lectura nos ayuda a enriquecer el vocabulario. Y las palabras son signos dinámicos que, como la cultura, se van transformando a través del tiempo, en respuesta a las necesidades humanas. El lenguaje evoluciona con los años debido a las modas, las tendencias, la geografía o al cambio de visión del mundo y de la realidad. En muchos casos la lengua se ha llegado a deformar. Aunque los usos y las costumbres siempre estarán por encima de las reglas, porque la lengua es de todos, no debemos olvidar que, en literatura, una idea se convierte en una gran idea si cuenta con una buena estructura narrativa.

Estas reflexiones me han llevado a recordar un artículo del blog de Diana P. Morales “Por qué los escritores necesitamos pertenecer a una tribu”, donde plantea la importancia de formar parte de un grupo en el que podamos compartir nuestros escritos e intercambiar nuestros puntos de vista. Diana afirma que emprender este camino con un grupo de amigos, con pasiones afines, nos permite ganar confianza, impulsar nuestra escritura y contar con el apoyo mutuo. Para mí, esta última ganancia es lo más importante. En mi grupo, Mocade, cuando los días están un poco grises y las ideas son esquivas, resuenan las palabras de aliento, porque dejar de escribir nunca es una opción.

Existe la creencia de que los escritores somos lobos solitarios, que pasamos los días encerrados en compañía de nuestros pensamientos. Y, en parte, es verdad, porque cuando estoy dando vida a alguna de mis creaciones, no quiero que nadie pase por la puerta de mi estudio. Sin embargo, cuando la musa me abandona, porque ha cumplido con su misión, me gusta abrir la puerta para dejar entrar a la crítica. Así que si me preguntan si me inclino por ser una loba solitaria o por ser una loba de manada, les diría que estoy de acuerdo con Diana P. Morales. Me gusta pertenecer a una tribu de escritores, y, por eso, elegí ser una loba de manada, porque hace el proceso más divertido, porque es enriquecedor y porque ayuda a exorcizar los demonios del ego.

Mónica Solano

 

Imagen de Anthony

La noche de las hadas

En el horizonte se podía ver cómo el día se escondía entre las montañas. El césped se oscureció y las flores cerraron sus pétalos cuando la sombra de la noche se posó sobre ellas. La oscuridad duró solo unos segundos. De repente, el cielo se llenó de cocuyos que iluminaron el jardín.

Valeria daba saltos alrededor del árbol de las hadas. Hacia giros infinitos con sus brazos extendidos y sonreía sin parar. Corría de un lado para otro en busca de los capullos que traerían a las nuevas hadas. Su figura mediana destacaba por todo el jardín y la gracia de su danza hacía más cálida la noche. Estaba lista para recitar las palabras y rociar sobre los capullos el polvo mágico. Recostada sobre un árbol, su madre la miraba con una sonrisa serena y el corazón hinchado de amor. Su pequeña, de ojos castaños y pelo lacio hasta la cintura, le robaba el aliento.

–1, 2, 3, 4… –recitaba Valeria mientras movía sus dedos.

–¿Qué haces, hija? –preguntó Amatista mientras se acercaba a ella.

–Contar.

–Y, ¿qué estás contando?

–Cuantas hadas van a nacer esta noche.

–Y, ¿por qué las cuentas? –le preguntó su madre respingando la nariz.

–Por favor, mamá, sabes que puedo pedir un deseo por cada hada que nazca esta noche. Así que quiero saber cuántos deseos me van a conceder.

Amatista le acarició el cabello y la apretó entre sus brazos. El aullido de los lobos despertó a las aves que descansaban en las copas de los árboles y el revoloteo de sus alas agitó las hojas, que danzaron en el cielo. Una densa bruma flotaba sobre el jardín. Había llegado el momento.

Valeria cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Se sacudió el vestido y se arrodilló frente al árbol de los capullos. Amatista tarareo una canción que alertó a todos los seres mágicos del jardín. En un instante, estaban rodeadas de toda clase de criaturas.

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–Puedes empezar, hija –dijo Amatista, mientras le ponía la mano en el hombro para animarla.

Valeria miró a su madre y le regaló una sonrisa. Inhaló y exhaló el aire con fuerza y el corazón se agitó dentro de su pecho. Estaba emocionada y, al mismo tiempo, se sentía asustada. Era la primera vez que tenía a cargo la noche de las hadas. La bruma fue adquiriendo un tono violáceo y Valeria suspiró. Abrió sus brazos en posición de oración y pronunció las palabras.

–Una vida en esta tierra, una tierra para esta vida. Nacimos en la oscuridad, descansaremos en la luz. Universo, espacio, tiempo; vivimos para servir.

Valeria esparció el polvo mágico sobre los capullos y se fueron abriendo uno a uno ante los ojos de las criaturas. De cada brote floreció un hada y todas volaban en el jardín agitando sus alas multicolores. La noche se volvió día y el rocío de la mañana trajo consigo un nuevo amanecer.

Doce hadas abrieron sus ojos a la vida. Después de recorrer todos los rincones del jardín, se pararon enfrente de Valeria y, con una reverencia, se pusieron en fila para concederle sus deseos. Cuando la última de las hadas chasqueo sus dedos, Valeria sintió cómo unos labios tibios y húmedos se acercaban a su mejilla.

–Abre los ojos, dormilona, es hora de ir a estudiar –dijo Amatista mientras le daba un beso a Valeria.

–Mamá, acabas de arruinarme un sueño maravilloso.

–¿Estás segura de que fue un sueño?

Mónica Solano

Imagen. Alejandro Uribe 

 

 

 

¿Por qué me fascinan tanto los arquetipos?

El hombre ha despertado en un mundo que no comprende, y por eso trata de interpretarlo. Carl Gustav Jung

Desde que asistí a un taller, en el que se utilizaban los arquetipos para definir patrones de comportamiento de un grupo de consumidores, me sentí fascinada por esta idea tan atrayente. Fue así como empecé a leer más y a darme cuenta de que no solo se podían aplicar en las investigaciones de mercado, sino que también los usaban otras ciencias. Y que se habían convertido en herramientas muy importantes en la literatura y hasta en la biología.

Los arquetipos, según entiendo, son unos patrones emocionales y de conducta con los que procesamos las sensaciones, las imágenes y las percepciones como si fueran un todo. En realidad, son los constituyentes esenciales de lo que concebimos como naturaleza humana. Y lo abarcan todo, desde lo animal hasta lo espiritual.

La base teórica para la aplicación de este método es el trabajo psicoanalítico de Carl Gustav Jung, que se centra, fundamentalmente, en lo que él llama el inconsciente colectivo. Los arquetipos se pueden sintetizar y combinar entre ellos, dando lugar a una gran cantidad de modelos arquetípicos. De esta forma, el inconsciente colectivo se convierte en una fuente inagotable de arquetipos, que no solo hacen referencia a personajes, sino también a espacios, situaciones, caminos y transformaciones. Los arquetipos se suelen clasificar en eventos, como el nacimiento o la muerte; en temas, como la creación o la venganza; y en figuras, como el viejo sabio o la virgen.

Jung transportó el psicoanálisis a un plano en el que los fenómenos ancestrales, originados en nuestra cultura, dan forma a nuestra manera de ser. Creía que, para explicar el inconsciente, debía llevar su teoría a un terreno que trascendiera las funciones del cuerpo humano. Y concebía «lo inconsciente» como una composición de aspectos individuales y colectivos. Jung hacía referencia a esa parte secreta de nuestra mente que tiene un componente heredado culturalmente y que conforma nuestra manera de percibir e interpretar las experiencias que nos ocurren. 

Los arquetipos en la literatura

Cuando escribimos historias, una parte muy importante es la creación de personajes, porque sus motivaciones, sus acciones y sus reacciones llevan el peso narrativo. La literatura está llena de arquetipos, de personajes del mismo tipo básico con patrones entendibles universalmente. Por eso, si usamos un patrón del que ya se ha abusado mucho, corremos el peligro de que el lector conozca el desenlace desde el primer capítulo. No obstante, si los empleamos bien, son muy útiles porque le hablan a la conciencia humana y provocan respuestas emocionales que impulsan a seguir leyendo hasta el final.

Un personaje, un lugar o un objeto, pueden comenzar representando a un arquetipo y a lo largo de la historia cambiar a otro. Incluso pueden representar a varios al mismo tiempo. Un caso común de cambio de arquetipo es el del villano que, tras ser derrotado, pasa a ser un aliado. Y un caso habitual de varios arquetipos en el mismo personaje es el del héroe que también es un embaucador.

Según el guionista Christopher Vogler, los arquetipos no son personajes inamovibles con roles fijos, sino formas de comportamiento y conductas, que cumplen un papel en determinado momento, de acuerdo con las necesidades del relato. Los arquetipos deben tener dos funciones primordiales: la psicológica o parte de la personalidad que representan, y la dramática en la historia que queremos contar.

Si hemos decidido usar este recurso, es importante que, además de envolver a nuestros personajes con un arquetipo, les otorguemos una profundidad. Tenemos que evitar que se vuelvan evidentes y acaben siendo clichés.

Las historias arquetípicas desvelan experiencias humanas universales que se visten de una expresión única y de una cultura específica. Las historias estereotipadas carecen tanto de contenido como de forma. Se reducen a una experiencia limitada de una cultura concreta disfrazada con generalidades. Robert Mckee

Arquetipos y estereotipos

En el libro “Medios de Comunicación y Género”, la antropóloga y profesora de periodismo  Elvira Altés Rufia, afirma que todos los discursos que pretenden ser comprendidos por un amplio número de personas tienden a simplificar sus explicaciones y a proponer imágenes y metáforas asimiladas previamente por la audiencia. De ahí que el uso de los estereotipos constituya un recurso frecuente en los medios de comunicación. Pero es muy peligroso, porque estas imágenes estáticas, a partir de la generalización de un rasgo de los miembros de una comunidad, transmiten ideas consensuadas y ocultan la complejidad de las motivaciones humanas. Con esta simplificación, podemos caer en el reduccionismo y en la manipulación.

Si vestimos a los arquetipos con los elementos históricos y sociales del momento, los convertimos en elementos sancionadores, sobre todo si los hemos construido a partir de prejuicios. Así concebidos, designan las cualidades deseables y las no deseables. Es decir, señalan las cualidades que deben rechazarse en una persona que proviene de cierta zona del mundo o que forma parte de un determinado colectivo. Por ejemplo, afirmar que todas las mujeres bonitas son ignorantes es un estereotipo que solo sirve para discriminar y agredir. Y ahí entra en juego la principal característica de los arquetipos: su dualidad. Y, con las sucesivas reformulaciones de los arquetipos, que cada sociedad presenta y actualiza, se van convirtiendo en los estereotipos, con el fin de simplificarlos.

La economía mental juega un papel determinante en el uso de los estereotipos. Algunos autores consideran que estos sesgos sociales se deben al funcionamiento de los sistemas neurocognitivos dedicados a percibir y a categorizar de manera automática. En las relaciones interpersonales es común centrar la atención en los aspectos sobresalientes de la persona que tenemos enfrente. Percibimos y descartamos información, evaluamos y, finalmente, elegimos unos atributos. Cuando no disponemos de muchos datos, ahorramos tiempo calculando de modo automático los aspectos destacados de su perfil. Con toda esa información, construimos los mapas de las categorías sociales como el sexo, la edad, el origen, el estatus o la profesión, que luego contribuirán a formar nuestra identidad personal y a delimitar los grupos sociales a los que pertenecemos.

Todo lo que nos irrita de los demás, nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos. Carl Gustav Jung

Si tuviera que decantarme por alguno de los arquetipos que conozco, sin pensarlo mucho, elegiría la sombra. Es el que más me gusta porque personifica los rasgos que nos negamos o que ignoramos de nosotros mismos. Por ejemplo, si nos consideramos valientes, jamás pensaremos que también podemos ser cobardes. Y, aunque es un rasgo que tenemos, lo rechazamos porque lo consideramos inaceptable. De esta forma, vamos construyendo una “imagen especular” en la que almacenamos todas las cosas monstruosas. En un primer estadio, podemos ver esta sombra como un ser atroz que nos acecha para hacernos daño, como la bestia de un cuento de hadas. Pero, una vez que nos hemos percatado de su existencia y la aceptamos, se convierte en algo cercano a un ser humano, y hasta llega a parecerse a quienes somos en realidad.

Como decía al principio, los arquetipos me fascinan porque me ayudan a entender un poco mejor el mundo tan complejo en que nos movemos.

Mónica Solano

Imagen. Gerd Altmann

Los pasos firmes del demonio

Tres de la mañana. Tus ojos se abren de golpe. Una vez más, las manecillas del reloj están en la misma posición. ¡Qué peculiar es despertarse a la hora del demonio, en el instante en que las almas del purgatorio andan sueltas!

Paralizada en la cama empiezas a respirar cada vez más deprisa. Echas un vistazo por el rabillo del ojo. El reloj de la pared no miente, lo sabes, en cualquier minuto vendrá por ti. Tocas tu pecho buscando liberar la presión, tragas saliva con dificultad y sientes cada latido de tu corazón marcar su llegada. Te envuelves en las frazadas como si fueran una armadura que puede protegerte. Pasas la mano derecha debajo de la almohada y, en una búsqueda a ciegas, acaricias tu salvación. Sueltas un suspiro de alivio. Esta noche estás preparada.

¡Ahí está! El sonido de la puerta cerrándose. Los pasos firmes del demonio se escuchan como un eco por toda la casa, se aproxima. Escuchas su voz en un susurro gimiendo tu nombre. Viene por ti, trae su talego para envolverte y llevarte al infierno.

Te tiemblan las manos, te sudan los pies y la respiración entrecortada te hace sentir mareada. En cualquier momento te vas a desplomar sobre el piso. La tensión se intensifica y aprietas los ojos con fuerza, no quieres ver su llegada. No hay tal salvación debajo de la almohada. Te aferras con más fuerza a las frazadas y en un grito ahogado dejas que se escurran algunas lágrimas por tu rostro. Es entonces, en ese instante en el que todas las emociones están a punto de provocarte un colapso fulminante, cuando sientes una mano deslizándose por tu cintura y aferrándose a tu cuerpo.

–¿Estás bien amor?

En medio de la oscuridad se cruzan con dificultad las miradas y una ráfaga de viento inesperada te seca los labios.

–Está aquí.

Mónica Solano

Imagen de Mystic Art Design

Nuestra vida está organizada para apropiar y acumular

El consumo desmedido de las fiestas navideñas me llevó a cuestionarme la necesidad que tenemos de acumular cosas. Caminando por los pasillos de los centros comerciales de Bogotá, repletos de personas cargadas con paquetes, me pregunté: ¿por qué en Navidad parece que todo el mundo tiene dinero de sobra? Quizá porque es una época del año adecuada para regalar y para consentirnos. Tenemos que aprovechar algunos pagos extras y no podemos pasar por alto las promociones. Y más con la tentación de las campañas de crédito para llevarnos todo lo que hemos soñado sin cuota inicial. Aunque son razones validas, no justifican el excesivo consumismo que se desata en esta temporada.

Con estas reflexiones y otras parecidas, me detuve a mirar los rostros de angustia de algunas personas en busca del regalo prometido. Todos estaban pálidos, con ojeras marcadas y con la mirada perdida en las vitrinas. Parecían atacados por una repentina ceguera parcial y por una audición selectiva, enfocadas únicamente en las palabras promoción y nuevo. Debo confesar que hasta hace unos años fui una fiel integrante de ese grupo de personas que se enloquecen en diciembre. Yo también aprovechaba la temporada para renovar el armario, aunque lo tuviera repleto de atuendos sin estrenar. Como a mis paisanos, me encantaba destacar en las reuniones familiares con los regalos más costosos y originales. Pasaba mi tarjeta de crédito sin remordimientos y al llegar a casa me preguntaba ¿para qué compré esto?

Hasta cierto punto es normal dejarnos contagiar por la demencia comercial que se esparce en Navidad. Las grandes compañías hacen unos esfuerzos increíbles para lograr que las personas reaccionemos de manera automática a todos los impulsos que nos envían, con sus innovadoras estrategias comerciales. Impulsos que actúan con tanta fuerza porque el insaciable deseo de acumular riqueza forma parte de nuestra condición social. Entonces, la pregunta más importante no es de dónde proviene el dinero que gastamos, sino qué hacemos con las cosas que compramos o que nos regalan.

Al cabo de unos días, unas ya están rotas y arrinconadas esperando ser reparadas, otras están atiborradas de polvo o, simplemente, ya caducaron. Y solo unas pocas están en ese lugar privilegiado donde el uso y el abuso las lleva al desgaste.

¿Por qué algunas cosas siguen ahí, solo ocupando espacio?

La principal razón por la que acumulamos cachivaches es que constituyen un legado sentimental. Los objetos están cargados de emociones, representan a las personas que nos los regalaron nos recuerdan el lugar y el momento en el que los adquirimos. Algunos llegan a pensar que, al deshacernos de ellos, los condenamos al olvido. Hace poco, vi en Youtube un video de una niñita a la que le regalaron un osito que, al apretarle la patita, dejaba oír la voz de su abuelo, fallecido hacía unos años. Me dejé contagiar por sus lágrimas y lloré con ella. Seguramente sería algo que esa niña atesoraría de por vida.

Tuve emociones encontradas. Aunque el regalo era especial y tenía una intención maravillosa, me resultaba un poco aterrador. Nosotros, como esa niña, tenemos muchos objetos con un significado muy profundo, pero no todo lo que acumulamos tiene esa carga emocional. Es más, tenemos algunas cosas que forman parte del “después”. Y nos resistimos a abandonarlas, porque pensamos que en algún momento podremos darles uso. Sin embargo, tenemos que ser realistas y reconocer que, para esos objetos, ese momento pocas veces llega.

Acumular, ¿es también una enfermedad?

Hay casos más complejos. Se sabe que algunas personas padecen el Síndrome de Acumulación Compulsiva o Trastorno por Acumulación. Es un desorden psiquiátrico que se caracteriza por la imposibilidad de deshacerse de las posesiones. Las personas con este trastorno atribuyen su incapacidad de desprenderse de las cosas a su utilidad, a su valor estético, a su valor sentimental o a una combinación de todos estos factores. El departamento de psiquiatría del Hospital de Bellvitge, con la colaboración del Institute of Psychiatry de Londres, publicó un estudio en la revista científica American Journal of Psychiatry en el que afirmaban que todos podemos sentir la necesidad de guardar objetos con un determinado valor sentimental, pero el problema se produce cuando esta necesidad dificulta nuestro vivir cotidiano. Uno de los criterios de diagnóstico es la angustia que provoca la idea de desprenderse de los objetos almacenados. El resultado es una acumulación desorganizada de cosas que afectan el espacio donde se vive, y que impide la permanencia en ese lugar. Se diferencia del afán por coleccionar, en que este es un proceso bien estructurado, planeado y muy selectivo. Los coleccionistas adquieren objetos de su interés y sienten apego por los mismos, pero no presentan el desorden ni la angustia o los impedimentos funcionales, como ocurre con las personas afectadas por el Trastorno de Acumulación. Aunque no hay unos criterios de diagnóstico establecidos y es un área poco conocida, el departamento de psiquiatría afirma que un 4% de la población mundial lo padece.

¿Qué nos produce acumular cosas materiales?

No quiero centrar esta reflexión en la acumulación como patología, sino en la sensación que nos produce el hecho de acumular. La devoción a los objetos nos ancla y hace más lento nuestro camino por la vida. Cuando les damos más importancia de la que tienen, se frena nuestro crecimiento como seres humanos libres. Teodoro Pérez, sociólogo y magister en desarrollo educativo y social en Colombia, afirma: “Deseamos un mundo más equitativo y con menos pobreza, pero organizamos nuestra vida para apropiar y acumular riqueza. Somos tiernos, amorosos y acogedores, pero también agresivos y violentos, entre otras contradicciones”. Siempre me ha fascinado la complejidad del ser humano y estoy de acuerdo en que estamos llenos de contradicciones. Muchos soñamos con recorrer el mundo, visitar zonas inexploradas y hasta vivir en lugares paradisíacos, pero el temor a abandonar lo que hemos conseguido durante lo que llevamos de vida nos lo impide. Pensamos que, como ya compramos una casa, tenemos un carro y algunos enseres de valor, no podemos abandonar nuestras preciadas posesiones por el simple capricho de perseguir un sueño. Salir de la zona de confort siempre será un reto que pocos se atreven a afrontar.

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Mientras seguía observando a las personas perdidas entre los paquetes, con prisa para obtener los mejores descuentos, ansiosas por adquirir más cosas y llenar a los demás con objetos, pensé que el mejor regalo que podían obsequiarme en esas fechas era tiempo de calidad. Sin embargo, no puedo negar que hay momentos en que, como a todo el mundo, me resulta irresistible seguir acaparando cosas materiales, como si fuera a vivir eternamente y algún día fuera a usarlas.

Mónica Solano

Imagen de Vigan HajdariHarry Strauss

Alicia y la corrupción del dinero

Alicia jugaba con un mechón de su cabello mientras observaba, con desdén, el montón de papeles apilados encima del escritorio de su oficina. Eran las dos menos cuarto de la madrugada y aún le quedaba bastante trabajo por hacer. A las seis de la mañana tenía que tomar un vuelo a Madrid. Como era el primer viernes del mes, debía presentar todas las cifras de noviembre a la junta de accionistas. Había sido un mes fantástico para la Compañía, pero resumir todos los indicadores en pequeñas tablas y gráficas se había convertido en un gran suplicio.

Alicia siempre había pensado que tenía un trabajo fantástico. Era directora ejecutiva de una de las compañías de textiles más importantes del país. Su salario era envidiable, con más de seis ceros a la derecha. Su closet estaba repleto de carteras de reconocidos diseñadores, abrigos de cashmere y zapatos de Jimmy Choo. Aunque alardeaba de conocer el mundo, gracias a sus innumerables viajes de trabajo, en el fondo sabía que nunca se había tomado un chocolate caliente frente a la torre Eiffel, ni había hecho un viaje en góndola por los canales de Venecia. Y sus pensamientos jamás se habían perdido contemplando las ruinas del Coliseo romano. La verdad era que no conocía el mundo tanto como quisiera. Su vida se reducía a participar en reuniones, asistir a cócteles y salir de la oficina en la madrugada, como esa noche. Aunque Alicia había cosechado muchos éxitos, no se sentía feliz. Su vida amorosa era un desastre, ningún novio le duraba más de unos meses. No había conocido a ningún hombre que aguantara su ritmo de trabajo. Y, lo más importante, nunca había tenido tiempo para ella misma. Al realizar el balance de su vida, un sabor agrio se instalaba en su boca. No recordaba la última vez que había cenado en casa.

Se levantó de la silla y apartó el portátil con tal fuerza que se quedó al borde el escritorio, a punto de caerse y partirse en pedazos. Caminó por la habitación y se detuvo delante de la ventana. Admiró las luces de la ciudad y pensó en todas las personas que a esa hora estarían durmiendo en sus casas, y que esa noche no habrían cenado un sándwich de Subway con un refresco dietético. Tenía que hacer un cambio en su vida. Quizás ser la directora ejecutiva de una prestigiosa empresa, y ganar millones de euros, no era lo más importante en la vida. Nunca se había detenido a pensar en sus verdaderas prioridades.

Regresó al escritorio, acercó nuevamente el portátil y escribió un mail. Lo envió y apagó todos los dispositivos electrónicos de la oficina. Se puso el abrigo rojo y agarró la cartera. Entró en el ascensor y se miró en el espejo. Las ojeras le llegaban casi hasta la comisura de los labios, eran de un color gris humo y le daban el aspecto de una enferma terminal. Cuando se abrieron las puertas salió con prisa; no quería seguir contemplando a la extraña del espejo.

Su casa quedaba a pocas cuadras de la oficina. Caminó por las calles, en medio de la oscuridad de la noche, acompañada por el murmullo de las hojas de los árboles. Las vitrinas de las grandes tiendas de moda iluminaban su camino. Fue inevitable pensar que podría comprarse todo lo que se le antojara. Aunque pronto se percató de que era solo una ilusión, porque no podía comprar la felicidad. Esa no la exhibían en una vitrina ni se podía comprar en las rebajas de agosto. Nunca se había dedicado a algo solo por el placer de disfrutarlo. Se había convertido en una nómada del dinero. Si el trabajo no ofrecía un cuantioso salario, no encajaba en su ideal. La desconocida figura que le había devuelto el espejo del ascensor era la de una mujer maltratada por una vida que giraba en torno al dinero.

Cuando llegó a su departamento, abrió la puerta, dejó en el perchero el abrigo y la cartera, y tiró los tacones en medio del pasillo. Acarició a Zeus, que siempre la recibía agitando la cola. Se abalanzaba sobre ella y le pasaba la lengua llena de babas por sus manos. El peludo Zeus era lo más constante y sincero que tenía en su vida. Se sirvió una copa de vino, se sentó en el sofá del balcón a ver amanecer y se quedó dormida.

El sonido de su celular la despertó y se levantó a revisarlo. Tenía quince llamadas perdidas, diez de su padre y cinco del presidente de la junta. Estaba segura de que su padre la estaba buscando para hacerla cambiar de decisión. No quería que su hija renunciara a una importante compañía y se dedicara al arte. Pero ahora no podía lidiar con todo ese drama familiar. Tenía que dejarlo para después. En cuanto al presidente de la junta había sido bastante clara en su carta de renuncia.

Alicia se puso los Converse blancos, el chándal color gris y una camiseta azul celeste. Le ató la correa a Zeus y salieron juntos a la calle. Caminó entre la gente que corría con prisa hacia sus trabajos. Se deleitó con el aroma a café del Starbucks de la esquina. Escuchó con atención el sonido del motor de los autos esperando el cambio del semáforo. Disfrutó cada instante mientras iba de su casa al parque central. Se sentó en el césped, aún húmedo por el rocío de la mañana, y respiró profundamente. Se le escaparon varias sonrisas mientras observaba cómo Zeus, tímido, se mojaba las patas en el lago. Dejó que el sol la alimentara como en las películas de Superman. Ese día, en medio del caos de la ciudad, sentada en un parque a las siete de la mañana, Alicia tomó la decisión de hacer solo lo que le apasionara. Tomó la decisión de vivir la vida.

Mónica Solano

Imagen de Jürgen Rübig

 

“25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres”

Valiente iniciativa de María Isabel Covaleda

Hoy me gustaría compartir con ustedes mi reflexión sobre una nueva forma de protesta de las mujeres colombianas contra la violencia de género. Se trata de representar el vacío que deja la ausencia de las mujeres en sus lugares de trabajo, en sus hogares y hasta en las redes sociales. ¿Qué pasaría si un día las mujeres del país desaparecieran súbitamente? Pero antes, expondré algunos hechos que han conducido a esta iniciativa.

El día 25 de noviembre de 1.960, Minerva, María Teresa y Patria Mirabal, tres hermanas dominicanas a quienes llamaban Las Mariposas, le hicieron frente a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y fueron brutalmente asesinadas. Desde 1.981, los movimientos feministas eligieron la fecha de su asesinato para conmemorar el día contra la violencia de género. En 1.999 la ONU se sumó a esta decisión y declaró el 25 de noviembre “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”.

En Colombia, las cifras de violencia contra la mujer son alarmantes. Cada cuatro días una mujer pierde la vida a manos de su pareja. En el año 2.015, se presentaron 16.000 denuncias por violencia sexual y 1.007 mujeres fueron asesinadas. Según el departamento de Medicina Legal, cada trece minutos una mujer sufre algún tipo de agresión y el Gobierno sigue sin movilizarse con efectividad. Las barreras institucionales, sociales y familiares hacen impensable poner una denuncia. Las víctimas llegan a sentirse como delincuentes y, la falta de eficacia de las autoridades las hace temer por sus vidas. Hay agresores que a los tres días ya están libres, mientras las heridas físicas demoran semanas en sanar y las sicológicas duran años en desaparecer.

En Latinoamérica se realizan varias campañas para sensibilizar y concienciar de este problema a las personas de todo el mundo. Pero no resultan muy eficaces, por varias razones. Entre otras, porque las formas de protesta se han vuelto reiterativas y poco significativas. Está claro que las mujeres necesitamos echarle imaginación. Y esto es lo que ha hecho una valiente mujer colombiana.

Este año, María Isabel Covaleda, que había sido agredida por su ex novio, tuvo una genial iniciativa que formuló así: “25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres”. El coraje de María Isabel me ha hecho pensar en el papel que tiene la mujer en el mundo. ¿Cómo sería el mundo sin mujeres? Siempre he creído que tanto los hombres como las mujeres tenemos un papel importante. Considero que formamos un equipo perfecto y que la humanidad no existiría si uno de los dos géneros no estuviera dentro de la ecuación.

El problema se presenta cuando los hombres, dotados de una genética que los hace físicamente más fuertes, abusan de su condición para someter a las mujeres y para conseguir que nos sintamos inferiores. Quizás, ya no somos victimas de un machismo desmedido como el que vivieron otras generaciones, que asumieron con orgullo el papel de sumisas amas de casa, madres ejemplares y excelentes cocineras. Seguían al pie de la letra el “Manual de la buena esposa”. Hago énfasis en que cumplían sus labores domésticas con orgullo, porque se sentían realizadas con ese modelo de mujer ideal. Pero, ¡cuántas relegaron sus sueños y abandonaron su realización personal para que su marido fuera un profesional destacado y un hombre importante en la sociedad! Todavía hoy, muchas mujeres, que ocupan cargos importantes, algunas hasta han llegado a gobernar países, y ganan cuantiosas sumas de dinero, tienen que vivir una vida llena de sacrificios para conseguir estar al mismo nivel que un hombre.

Cuando empecé a leer el caso de María Isabel Covaleda, pensé con gran ingenuidad: “¿Cómo puede permitir una mujer que un hombre la maltrate física y sicológicamente?” Me sentí muy osada y me dije: “La mujer que se deja tratar de esa manera es una pendeja”. Pero, a medida que avanzaba en la lectura, me iba dando cuenta de que había adoptado una postura sesgada.

Después de acabar de leer la propuesta y de recabar más información en otros medios, puedo afirmar, sin miedo a ser parcial, que existen muchas razones para que una mujer sea victima de maltrato y decida aguantar los golpes en silencio. Algunas lo hacen para proteger a su familia y otras por simples razones económicas. Esta postura de sumisión la consigue el agresor con el excelente trabajo de hacerles sentir que no valen nada y que sin él su vida sería mucho más miserable. A todo lo anterior hay que sumar la negligencia del sistema de Colombia, que no reacciona de manera inmediata para proteger a las mujeres. Ahora, ya no las culpo por aguantar los abusos, no ven otra salida.

María Isabel Covaleda afirma que el silencio perpetúa la violencia y hace un llamado a todas las mujeres que han sufrido alguna agresión para que denuncien a sus agresores. Y estoy de acuerdo con ella. Porque, si el sistema sigue ataviado de eunucos morales, que no sea porque las mujeres nos quedemos calladas.

Cuando le preguntas a un hombre: “¿Qué sería de este mundo sin las mujeres?” De forma casi automática te contesta: “Un caos. Seria imposible vivir sin ellas”. Pero, a pesar de esta afirmación tan rotunda, son capaces de maltratarlas y de hacerlas sentir que no valen nada. Hay una gran distancia entre esa afirmación protectora y la forma despiadada de actuar de muchos hombres. Por ejemplo, tenemos al típico macho que llega a la casa y le grita a su mujer para que le sirva la cena. ¡Cómo si con los gritos pudiera acelerar el proceso o dar un sabor especial a la comida!

Es un hecho comprobado que estos típicos machos no pueden vivir sin nosotras, pero porque necesitan una persona que los sirva y los atienda. Necesitan una mujer que les planche la camisa y les hinche el ego hasta explotar. No me gusta sentir que mi papel en este mundo es el de preservar la raza humana y, de paso, ser una excelente empleada doméstica. Porque al igual que los hombres, nosotras también somos personas, seres humanos con sueños y aspiraciones y, como ellos, queremos destacar profesionalmente.  Tenemos ideas con las que nos gustaría cambiar el mundo y hacer de él un lugar mejor para vivir. Me gusta pensar que este mundo sin nosotras sería un caos. Porque la complejidad de nuestra existencia mantiene en equilibrio todas las cosas buenas de la vida. Y no sólo porque los cacharros sucios se apilen sobre la mesa.

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“25/11 el día que Colombia se quedará sin mujeres” busca generar conciencia sobre el maltrato femenino y presionar a las diferentes ramas del poder público para que las penas por agresiones a las mujeres sean sensatas, severas y efectivas. Nos invita a protestar contra la violencia de género representando el vacío que dejamos las mujeres.

    Tomé la decisión de hacer una denuncia pública para defender mi vida, la de mi hija y la de las posibles víctimas del mismo agresor y hacer un llamado de atención a la sociedad sobre esta situación que la creemos lejos de nosotros, pero la tenemos en nuestra casa y no nos damos cuenta. María Isabel Covaleda.

Mónica Solano

Imágenes de Alexandra y Colectivo Rompe el silencio 

El dulce aroma del chocolate caliente

A mi madre. Que siempre alienta mi imaginario.

 

Con quince años sabía todo lo que debía saber de la vida. Era una mujer. Mi madre ya no hacía nada por mí, yo era capaz de resolverlo todo. Desempeñaba mis tareas y nadie me decía cómo tenía qué hacerlas. Ordenaba mi habitación, iba sola a la escuela. La única concesión a mi independencia era el desayuno que mi madre me preparaba todas las mañanas. Desde la ducha podía oler el chocolate caliente. Cuando llegaba a la mesa, ya lo tenía servido junto a dos tostadas con mantequilla, huevos revueltos con jamón y una gran tajada de queso mozzarella.

Por las noches mi tarea más importante consistía en organizar el uniforme y la maleta con los textos y útiles de la escuela. Primero sacaba del armario la falda de cuadros rojos y azules. Cada vez que la observaba tendida sobre el sillón, pensaba en lo horrible que era. La camisa blanca almidonada siempre resplandecía y olía a limpio con un toque de flores. Cuando ya tenía el uniforme listo y la maleta empacada, llegaba el momento de pasar un largo rato frente al tocador y pensar en qué accesorios ponerme. Era la parte crítica de mi rutina. Una mujer siempre debía estar bien peinada.

Mamá no tenía ni idea de cómo era mi mundo. En realidad, ella no sabía nada de la vida. Todas las tardes, a mi regreso de la escuela, me esperaba con una limonada y un cupcake de chocolate, mi favorito. Y siempre me hacía las mismas preguntas: ¿cómo te fue?, ¿qué hicieron hoy?, ¿tienes mucha tarea? No sé por qué mejor no se ponía un letrero. Después de saborear sus manjares, llegaba el momento del encierro en mi habitación. Tiraba el uniforme en la cesta de la ropa sucia, me ponía los jeans rotos y la camiseta que tenía estampada la cara de Kurt Cobain y me desparramaba sobre la cama.

Los quehaceres de la escuela podían esperar, primero tenía que escribir lo más importante que me había pasado en el día. Y, antes de sacar el diario que guardaba debajo de la cama, miraba con sigilo a todos lados para no ser descubierta. Tomaba la llave que llevaba colgada al cuello con una cadena que me había hecho mi mejor amiga, y lo abría con la ansiedad que produce dejar al descubierto los pensamientos. Como en un ritual, leía lo último que estaba escrito y pensaba “estoy demente”. Después escribía la fecha. Los mejores acontecimientos del día empezaban a fluir como un torrente: Querido diario, hoy quedé frente a frente con Javier. Casi se me sale el corazón cuando sus ojos azules, gigantes, con esas pestañas largas se quedaron mirándome. Por primera vez, pude ver de cerca su piel bronceada y su cabello negro ondulado. ¡Es tan atractivo! Cuando me dijo “Hola”, sentí como si el mundo se hubiera detenido. Muy pronto nos haremos novios y seré la envidia de todas las niñas de la escuela. Como siempre, cuando estaba en la mejor parte, mamá hacía su aparición para interrumpirme.

–Amor, recuerda que hoy viene papá a recogerte para que vayas a pasar el fin de semana con él. Alista las cosas que te vas a llevar, que no va a tardar en pasar a recogerte.

–Sí, mamá, no tienes que repetírmelo cada ocho días.

Mi pelo se encrespaba solo de pensar que había perdido la inspiración y ya no podía escribir más de mi encuentro con Javier. Mamá era perfecta para dañar los momentos épicos, solo tenía que llamar a la puerta y todo lo bueno desaparecía. Me arruinaba la vida.

***

Me gustaría volver a oler el chocolate caliente de mi madre. Escuchar cómo rompía el silencio de la habitación con el golpeteo de sus nudillos. Llegar a casa, verla con la limonada y el cupcake de chocolate en sus manos, con aquella sonrisa que le atravesaba el rostro porque yo había llegado.

El tiempo es implacable. Ahora todo ha cambiado y yo soy la encargada de inundar la casa de olor a chocolate. Todos los días, a la misma hora, espero al pequeño ser que me encomendó la vida, con un abrazo preparado, limonada y un cupcake de vainilla servido sobre la mesa. En ese instante, cuando la abrazo y aprieto mis labios contra su rostro, doy gracias porque ha regresado a casa. Entonces puedo vislumbrar en sus ojos ese: “mamá siempre tan dramática”.

Ahora, igual que mi madre cuando yo era pequeña, tengo el papel de espectadora. Desde una esquina, observo cómo lo más importante de mi vida entra en su habitación a contarle a unas cuantas hojas lo que pasó en su día. Mamá sabía más que yo a mis quince años, lo sabía todo. Hacia todo por mí como ahora yo lo hago por Sofía. En ese instante fugaz, cuando la puerta se cierra, lo entiendo.

Mónica Solano

Imagen de Skeeze

¿Por qué nos gusta el terror de Halloween?

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
“Sólo la muerte”. Pablo Neruda

Hoy es el día en que las brujas, los fantasmas y todas las criaturas siniestras deambulan por las calles silenciosas, los pasadizos secretos y los callejones oscuros. Acechan a los mortales, les roban la cordura y les arrancan gritos desgarradores.

Escribir sobre seres sobrenaturales, en medio de la oscuridad, no es muy sensato. Las sombras que se forman en la ventana, como si se asomaran tímidas a saludarme, presumen de ser mis acompañantes. Una leve brisa trae consigo una voz que me susurra al oído mientras unas manos huesudas intentan acariciarme. Se me erizan los vellos y el corazón se me sube hasta la garganta en cada roce. Todos los ruidos me hacen sospechar y mi pulso se acelera. La boca se me seca y pienso en salir corriendo. Quiero acurrucarme en la cama con la luz encendida y rezar unos cuantos padrenuestros. Cuando comienzo a relajarme y el vacío del estómago se me va convirtiendo en risa, me doy cuenta de que es la Víspera del día de Todos los Santos.

La celebración de Halloween está cargada de elementos tradicionales que hunden sus raíces en leyendas y mitos celtas muy antiguos. La palabra Halloween, una contracción de All Hallow’s Eve o Víspera de Todos los Santos, se empezó a utilizar en el siglo XVI, pero se ha hecho muy famosa en Estados Unidos. Se cree que esta tradición atravesó el Atlántico en los barcos de los inmigrantes irlandeses.

Una de las leyendas cuenta que, la noche del 31 de octubre, la línea que une a nuestro mundo con el más allá se estrecha tanto que permite pasar a los espíritus al mundo de los vivos. Esa noche los buenos espíritus festejan su reencuentro con los seres queridos. En ese paso se cuelan algunos espíritus malignos, de esos que aterrorizan a la humanidad. Y los vivos se escabullen como pueden. Se visten con trajes y máscaras como ellos.

Esta noche, tienes que tomar precauciones. Los buenos espíritus agradecen encontrar linternas encendidas que guíen su camino a casa. Pero, sobre todo, no dejes de ponerte un buen disfraz que te haga pasar desapercibido.

 

Narrativa “gore”

Prefiero a los zombies, mis personajes humanos son los peores en mis películas; ellos no mienten, no tienen agendas ocultas, tú sabes lo que son, puedes respetarlos al menos por eso. Los humanos trabajan con recovecos, marchando al son que les toquen, nunca sabes lo que están pensando, los malos siempre son los humanos. George A. Romero

La palabra gore hace referencia a la estética de lo desagradable. Herschell Gordon Lewis, un director de cine norteamericano, la usaba para provocar fuertes sensaciones en los espectadores y engancharlos de tal manera que tuvieran que volver a pasar por la taquilla.

La mayoría de los seres humanos rechazamos la violencia. Nos produce asco, miedo o tristeza. Hemos aprendido estas emociones mediante procesos de culturización y socialización. Para Freud lo siniestro era algo reprimido que retornaba a la conciencia. En el psicoanálisis, la represión es el proceso por el cual un impulso relega una idea inaceptable al subconsciente. Lo reprimido es lo que se refrena u oculta, sobre todo, sentimientos o deseos.

Las pesadillas son indicadores del inconsciente, que actúa como un depósito de ideas o fantasías. Estas ideas inconscientes son muy poderosas y se alojan fuera de la conciencia porque de lo contrario resultarían insoportables. Según Freud, entre las causas del miedo está el temor a la mutilación. Este miedo infantil se va superando, pero retorna de manera simbólica a través de ciertos relatos. Otra causa del miedo es la omnipotencia del pensamiento. Consiste en la convicción de que con la mente se puede modificar el mundo exterior. Y ese poder de modificación se atribuye a las fuerzas mágicas que poseen algunas personas y objetos.

Uno de los personajes que más miedo me ha producido en la vida es Pinhead, líder de los cenobitas en la novela de terror Hellraiser, escrita por Clive Barker, todo un hito del horror. Barker afirma que la ficción, en general, examina los estratos del mundo con un criterio realista, mientras que la ficción de horror arremete contra ellos, como si fuera una sierra eléctrica que cortara la realidad en pedacitos y le pidiera al lector que volviera a armarla. Es una forma agresiva de redefinir nuestro pensamiento sobre el mundo. Y esa es la causa de que a menudo la rechacen los críticos y los lectores, porque puede maltratar brutalmente nuestra visión del mundo.

En una entrevista de Publishers Weekly, Barker declaró: Casi toda la ficción de horror empieza con una vida rutinaria que es desquiciada por la aparición del monstruo. Una vez eliminado el monstruo, todo vuelve a la normalidad. No creo que eso sea válido para el mundo. No podemos destruir al monstruo porque el monstruo somos nosotros. No hay peores monstruos que las personas con quienes nos casamos, o con quienes trabajamos, o que nos han engendrado.

Los seres humanos actuamos de forma diferente ante el miedo, al menos ante el que nos provoca la ficción. Hay verdaderos amantes del horror que disfrutan cuando una ruidosa motosierra salpica de sangre las paredes. Mientras que a otros esto mismo les puede causar un trauma, o como mínimo, una noche en vela. Se podría pensar que son unos sádicos que disfrutan viendo tripas, cuchillos afilados, cadáveres descuartizados y sangre a borbotones. La realidad es que ver nuestra anatomía degradada y el espíritu humano reducido a un montón de trozos de carne nos causa altos niveles de ansiedad. Y, a la vez, una curiosidad que nos hace sentir culpables. Aunque algunas historias pueden resultarnos repulsivas y espantosas, cuando tenemos conciencia de que son ficticias, la repulsión puede convertirse en fascinación. Según Aristóteles, la finalidad de la ficción es la catarsis, es decir, la purificación de nuestras emociones negativas. Stephen King dijo que inventamos horrores propios para ayudarnos a lidiar con los horrores reales.

 

-Siempre se le ve sonriendo, ¿qué lo hace tan feliz?
-Supongo que mis pesadillas se las dejo a ustedes.
George A. Romero

 

Psicología del miedo

Los relatos fantásticos ubican al lector en un mundo que le resulta familiar: personajes comunes, lugares conocidos, una época identificable. Pero, cuando menos lo esperamos, aparece un elemento sobrenatural de forma inexplicable. Todo lo familiar y lógico se convierte en extraño. Los relatos de terror provocan un sentimiento de temor en los lectores, por lo tanto, es recomendable enriquecer esta clase de literatura con buenas dosis de psicología.

La parte más primitiva de nuestro cerebro es el llamado “cerebro reptiliano”, y se encarga de los instintos básicos de la supervivencia. Gran parte del comportamiento humano se origina en estas zonas, profundamente enterradas del cerebro, las mismas que en un tiempo dirigieron los actos vitales de nuestros antepasados.

Por otra parte en el sistema límbico o cerebro emocional, también llamado “cerebro medio”, está el centro de la afectividad y el asiento de movimientos emocionales como el temor o la agresión. Allí se procesan las emociones. La amígdala es un conjunto de núcleos neuronales que revisa la información que llega al cerebro a través de distintos sentidos. Detecta las cosas que pueden influir en nuestra supervivencia e instrumenta el miedo.

El neurobiólogo David J. Anderson y el profesor Andreas Lüthi han comprobado la existencia de dos tipos de células neuronales en la amígdala, que se turnan para abrir y cerrar las puertas del miedo. Según ellos, en la amígdala, el miedo está controlado por un microcircuito de dos poblaciones antagonistas de neuronas que se inhiben entre ellas. Sólo una de las dos poblaciones puede estar activa a la vez. La corteza prefrontal, que está encima de los ojos, tiene un papel clave en el miedo. Se cree que es más importante que el de la amígdala. Se ha demostrado que, aunque se extirpe o se lesione la amígdala, la corteza prefrontal sigue dando una respuesta al miedo.

El miedo es una emoción individual que resulta contagiosa, es decir, social. Existen tres factores que pueden predisponernos al miedo: la estimulación a la que se ve sometido el individuo, su historia individual basada en respuestas aprendidas y la historia evolutiva de su especie basada en respuestas innatas. El psicólogo John B. Watson determinó tres tipos básicos de estimulación atemorizantes: los ruidos, la pérdida súbita de soporte y el dolor. Según el autor, estos estímulos condicionan nuestra respuesta al miedo.

El miedo es un lenguaje universal que nuestro cerebro reconoce de manera inmediata. Forma parte de la naturaleza humana y no conoce fronteras. Por eso las historias de terror apuntan directamente a los instintos. Y le hablan al cerebro primitivo. Crean una vulnerabilidad previa y una predisposición psíquica y cognitiva en el individuo.

Mónica Solano

Imagen de Simon Wijers

El abismo

“Jamás me casaré, jamás tendré hijos, jamás viviré la vida de otros, jamás renunciaré a mis sueños. Jamás, jamás”. Sin embargo, aquí estoy, con tres hijos, casada desde hace veinte años y viviendo la vida de otros. Amargada y convertida en todo lo que juré no ser jamás. No es extraño que esté sentada tan cerca del abismo, viendo resplandecer las luces de la ciudad. Desde el mirador todo se ve diferente. Adoro el silencio y la tranquilidad de la soledad, poder estar a solas con mis pensamientos, alejada de la rutina. Tentada de lanzarme al vacío.

¿Cuánto demoraría en caer? ¿Dolería? ¿Moriría realmente si lo hiciera? ¿Qué pasaría con mi familia, con mis hijos? Los problemas de su adolescencia me consumen. No fui muy inteligente al tener uno detrás de otro. Lidiar con la pubertad, con los quehaceres de la casa, con la oficina y estar hermosa, y con las piernas abiertas todas las noches para recibir a mi marido. Es agotador. Debí estudiar y conocer mundo antes de jugar a la casita. Al imaginar que puedo sumar más cosas a la lista se me retuercen las entrañas y siento que no tendría que pensarlo más. Terminaré lanzándome de una vez.

¿En qué estaría pensando cuando guardé mi mochila? Cuando cambié mi sueño de viajar por el mundo por tener una familia y me eché encima la responsabilidad de hacerla funcionar para siempre. Cuando tienes una familia, todo va antes que tú. No hay espacio para sentirte triste, cansada, aburrida o melancólica, y siempre tienes que estar dispuesta para todo. Aún recuerdo con claridad las palabras del sacerdote el día de mi matrimonio: “hasta que la muerte los separe”. De solo recordarlo siento escalofríos. ¿Quién puede ser tan ingenuo para decir “sí”? Y para toda la vida. Por eso estoy aquí, obviamente. A las ocho de la noche, al borde de este abismo. Tratando esta vez de tomar la decisión correcta. ¿Qué pensaría mi marido si supiera que quiero acabar con mi vida? ¿Qué pensaría mi madre? ¿Qué pasará cuando no esté? Es la primera vez en mi vida que tomo esta decisión, aunque aún no sé si es tan en serio. Antes de salir arreglé la casa y dejé la comida en el horno. ¡Todo dispuesto como si fuera a regresar! Llamé a mi esposo y le dije que no me esperara temprano porque tenía un compromiso. No podía decirle que iba a lanzarme desde un mirador, que está matándome la rutina y la frustración que me produce el haber abandonado mis sueños por miedo a dejar la zona de confort. Ni siquiera puedo imaginarme su cara al conocer mis intenciones.

¿Por qué no podemos vivir y alejar la angustia del pasado?, ¿de lo que ya hicimos y no podemos cambiar? y ¿de lo que dejamos de hacer y ya no podremos? ¿Por qué no solo vivimos sin pensar demasiado? No sé para qué me mortifico con estas preguntas sin sentido. Vine hasta aquí por una razón: para cambiar mi vida, alivianar la carga y volver a ser la que alguna vez fui. Lanzarme a lo desconocido y mandar todo a la mierda. En el fondo sé que aún no es el momento, porque antes hay algo que debo hacer.

Me alejo del abismo y subo al auto para regresar a casa. El trayecto parece más largo, pero no tengo prisa. Al entrar por la puerta, veo a mi esposo sentado en el sillón de la sala, leyendo un libro. Todos se acercan a darme un beso y abrazarme. Empieza el bombardeo de tareas que quieren que realice. Sonrío, dejo mi bolso sobre el perchero y empiezo a ayudarles como siempre. Llega la hora de dormir y me quito el vestido. Meto mi cuerpo desnudo entre las sabanas, me acurruco al lado de mi esposo y hacemos el amor. Es una delicia sentirme como una puta que ha tenido la suerte de conseguir un buen cliente. Disfruto cada centímetro de ese cuerpo egoísta que solo quiere satisfacer sus necesidades. Esta última vez, sin prejuicios, cumpliendo mis deseos más perversos. Mi esposo me mira sorprendido. Siempre he sido tan recatada, tan puesta en mi lugar, que la mujer de esta noche le resulta una completa desconocida. Detrás de esa cara de sorpresa puedo ver en sus ojos que está satisfecho, muy satisfecho. Dejo que se duerma y me visto con cuidado para no despertarlo. Entro en la habitación de cada uno de mis hijos y los beso en la frente. Se me hace un nudo en la garganta que no me deja respirar. El sentimiento de una madre por sus hijos es algo que no se puede explicar con facilidad.

Ahora estoy lista. No podía irme sin despedirme, sin ver sus rostros por última vez. Sin sentir el aroma que emana de sus cuerpecitos y la calidez de su piel adolescente. Aunque me enloquecen, la mayor parte del tiempo los adoro más que a nada en el mundo, pero nunca estuve preparada para ser madre, ni una fiel y abnegada esposa. No era mi destino, no era lo que quería hacer con mi vida. Tomo la libreta de notas que está pegada en la nevera y escribo unas líneas. Dejo la nota sobre la mesa para que la vean al despertar. Sé que un pedazo de papel no compensará mi ausencia, ni justificará mi decisión, pero ya han sido veinte años de vivir sus vidas y veinte años de vivir la vida de mis padres. Ahora es tiempo de vivir la mía. Tomo las llaves del auto y atravieso la puerta sin ningún remordimiento. Esta vez para no regresar.

Mónica Solano

Imagen de Jonny Lindner

El poder de las palabras

La narrativa sufre un dilema ontológico: ¿las historias son reales o imaginarias?

Jerome Bruner

Cuando me lancé al mundo de la escritura, empecé a cuestionarme la veracidad de las historias más importantes de todos los tiempos. La narrativa es tan poderosa que puede transformar cualquier mentira en una verdad a medias o en una verdad irrefutable. Y es que los seres humanos tenemos una capacidad increíble para inventar historias en las que, la mayoría de las veces, es imposible diferenciar entre la realidad y la ficción. Además, nuestro cerebro está programado para disfrutar de los relatos porque influyen directamente en nuestras emociones y nos hacen revivir momentos del pasado.

Recuerdo cuando un amigo me comentó que se decía que no merecía la pena ver Birdman, del director mexicano Alejandro González Iñárritu. Yo acababa de verla y le dije: “¡No te la puedes perder, es buenísima!” Y, como no mostraba ninguna intención de verla, se la conté para animarlo. Mi amigo me respondió: “¿Sabes? Voy a ir a verla”. Al día siguiente me llamó y me dijo: “La película, efectivamente, es una completa basura, no me gustó”. Y cerró su intervención diciéndome que la había disfrutado mucho más cuando yo se la había contado. Puse tanta pasión en cada palabra que utilicé para recrearle las escenas, que le generé una expectativa que no logró superar la realidad, porque no todos tenemos los mismos gustos o nos apasionan las mismas cosas. Y la propuesta de Iñárritu no era del corte de mi amigo, así que ver la película solo podía terminar en una decepción para él. Somos muy buenos contando historias y, cuando tenemos argumentos, esas historias adquieren tanto poder que podemos cambiar el mundo con nuestras palabras.

Transporte narrativo

El concepto “transporte narrativo” ha sido propuesto como el principal mecanismo o proceso mediador para explicarnos el impacto persuasivo de la ficción. Es el que nos permite viajar por el tiempo. Imaginar que estamos en el preciso momento en que sucede la historia, involucrarnos con el personaje principal y entender por qué actuó de una forma y no de otra.

Cualquier texto actúa como medio de transporte. En el momento de la narración el lector entra en una especie de trance, que le provoca un impacto en las actitudes y creencias que tiene sobre el mundo. Cuando una persona viaja simbólicamente a otro lugar, cuando lee una novela o ve una película, se transforma algo en su interior que provoca consecuencias cognitivas palpables en su percepción del mundo. Se dice que el lector llega a experimentar el sentimiento de estar perdido en el relato.

En Experiencing Narrative Worlds: On the Psychological Activities of Reading de Richard J. Gerrig, el autor nos plantea cómo los contenidos narrativos inducen estados de inmersión, absorción y transporte narrativo. El lector, al sentirse arrastrado a otros mundos, retorna del mundo imaginario a la vida real con opiniones basadas en lo que, de alguna manera, ha experimentado durante su viaje.

En Persuasión narrativa: el papel de la identificación con los personajes a través de las culturas, Juan José Igartua Perosanz afirma que el transporte narrativo implica un efecto emocional. Las personas que han logrado quedarse absortas en la ficción pueden experimentar un cambio en sus creencias sobre el mundo que las rodea.

Un sujeto transportado en un relato de ficción experimenta una perdida de atención con respecto a la realidad física inmediata y, simultáneamente, una focalización de la atención en el relato y en la realidad que se describe en el mismo. Así, algunos aspectos del mundo de origen se vuelven inaccesibles, de ahí que se utilice en ocasiones el concepto de inmersión. A nivel físico el espectador inmerso en una ficción no será consciente de los cambios que se producen en su entorno cercano porque sus recursos atencionales están concentrados en el relato (P.119)

Para el psicólogo Jerome Bruner, contar es un acto interpretativo del pasado. Porque los recuerdos basados en evidencias visuales o en repentinas iluminaciones están al servicio de muchos patrones, no solo de la verdad. En su libro La fabrica de historias: Derecho, literatura, vida, asegura que nunca narramos con una “mirada desde el Olimpo” sino que lo hacemos desde perspectivas alternativas que nos dan la libertad de crear una visión correctamente pragmática de lo real. El narrador, y en particular el literario, debe tratar con reverencia aquello que le resulta familiar, si quiere ser verosímil: Reverenciar la vida corriente, venerar la vida menuda del día a día, he ahí una condición básica de un buen relato. O según el escritor James Joyce: Hacer de lo ordinario una epifanía de lo posible.

Una narración modela, no solo el mundo, sino también las mentes que intentan darle significado.

Jerome Bruner

No se puede verbalizar la experiencia sin asumir una perspectiva. Los seres humanos jugamos con las posibilidades, hacemos apuestas y, al hacerlo, nos guía la capacidad de narrar historias posibles. Porque contar historias nos prepara para imaginarnos qué podría ocurrir de esa manera. En Realidad mental y mundos posibles, Bruner plantea cómo el lenguaje impone una perspectiva en la cual se ven las cosas y una actitud hacia lo que miramos. Porque el mensaje en sí puede crear la realidad que encarna y predisponer a quienes lo oyen a pensar de un modo en particular. Todas las historias se crean para generar una reacción especifica en las personas. Algunas solo buscan entretener y otras pueden llegar a limitar el análisis racional y crítico para apelar a las emociones básicas con la intención de persuadir.

La persuasión se define como un proceso en el que un comunicador intenta inducir un cambio en las creencias, actitudes o conductas de otras personas, a través de la transmisión de un mensaje y en un contexto en el que los receptores del mismo tienen la posibilidad de aceptar o rechazar. Las teorías más actualizadas sobre persuasión intentan comprender a través de qué procesos se produce el cambio de actitudes. Según las teorías del procesamiento sistemático, el cambio de actitud está determinado por el grado de reflexión o elaboración cognitiva consciente que se realice de la información y la evaluación que se haga de ella. La probabilidad de que se produzca dicha elaboración depende de la motivación y de la capacidad del receptor para procesar el mensaje.

Cuando las personas consideran que los argumentos del mensaje son inverosímiles no se ven persuadidas por él. La persona trasladada a un mundo de ficción no efectuará una reflexión profunda, sistemática o exhaustiva sobre los argumentos del relato. El transporte narrativo hace posible la influencia persuasiva incidental. Y esta es la causa del impacto persuasivo.

Manipulación mediática

Según Noam Chomsky, hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para disminuir el sentido crítico de las personas y permite implantar ideas o inducir comportamientos. Los medios de comunicación son muy eficientes para moldear la opinión pública hasta el punto de que incentivan unas corrientes ideológicas sobre otras. La manipulación mediática surge del interés de ciertos grupos por conformar una conciencia colectiva.

La función de los medios de comunicación es entretener e informar, actúan como un transmisor de mensajes para la comunidad. El cumplimiento de este papel requiere de filtros que permitan clasificar la información que es apta para cierto tipo de audiencia. Según Chomsky, las noticias que se difunden en los diferentes medios son “cuidadosamente seleccionadas” atendiendo a los intereses de ciertas élites y acallan cualquier tipo de información que vaya en contra de sus intereses particulares, siendo realmente su principal tarea, realimentar las ideologías y pensamientos de estos grupos en la población.

Como decía en el inicio de este artículo, cuando empecé a escribir me cuestioné la veracidad de las historias más importantes de todos los tiempos. Y la verdad, es imposible no cuestionarme, porque ya tengo consciencia del poder que pueden ejercer las palabras. La forma en que se narran los acontecimientos puede cambiar radicalmente la opinión de un grupo de personas respecto a un tema, justificar guerras e incluso incentivar la estupidez.

Mónica Solano

Imagen de Michael Schwarzenberger 

Ciudad Leones

Ariana caminaba por el desierto. Cabizbaja, arrastraba sus pies descalzos y con cada paso dejaba una delgada línea sobre la arena. Los harapos que envolvían su cuerpo no eran suficientes para protegerla del viento cargado de polvo que le desgarraba la piel. Hacía algunas horas que se había escapado de casa. Llevaba meses planeando la fuga y, de nuevo, había llegado el momento de arriesgarse a partir.

Al cumplir los diez años, sus padres la vendieron a una familia de Ciudad Leones. Los Salek consiguieron a su nueva criada a cambio de una de sus vacas. Desde entonces, deseaba con todas sus fuerzas que la insufrible rutina de lavar pisos, fregar trastos y recibir azotes pasara a formar parte de su pasado. Kande, la criada de sus vecinos, le había hablado de un lugar en el que se podía jugar todo el tiempo, porque estaba prohibido que los niños trabajaran. Ariana se propuso abandonar Ciudad Leones para conocer ese paraíso en el que los niños tenían infancia.

Después de tres intentos fallidos, había logrado rebasar las murallas de la ciudad. La última vez fue atrapada por una patrulla de la policía cuando apenas llevaba medio kilómetro avanzado. La castigaron con un encierro de casi una semana, en el sótano de la casa, sin comida y sin agua. Pero esta vez había logrado llegar más lejos, estaba segura de que ya no la atraparían.

El horizonte se desvanecía y en cada parpadeo sentía que se le iba la vida. Tomó un sorbo de agua para calmar la sed y, en un instante de torpeza, sus manos temblorosas dejaron caer la vasija. El agua se derramó sobre la arena. Su provisión más valiosa se evaporó ante sus ojos. Por la última señal que había visto en el camino, sabía que le faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta. Pero el sol se alzaba imponente en el cielo y le arrebataba la poca cordura que le quedaba. No lograría atravesar la frontera.

Su cuerpo se fue haciendo cada vez más pesado, hasta que sus pies se quedaron anclados. Se desplomó sobre la arena y cerró los ojos, exhausta. Reunió las últimas fuerzas que tenía, se puso de rodillas casi sin aliento, jaló con fuerza sus andrajos y gritó. Observó una gigantesca sombra que venía a posarse sobre su cabeza. Al ver una figura que se elevaba ante ella, tan grande como una montaña, dio un salto y cayó de espaldas. Cuando logró enfocarla, distinguió una melena de fuego y unos ojos color carmesí que la miraban como si sus pupilas contuvieran todo el odio del mundo. En el rostro de la criatura se formaba una delgada línea de la que salían unos feroces colmillos. A Ariana se le secó la boca y sus ojos se clavaron inmóviles en la aparición. En un instante de lucidez, quiso salir corriendo. ¿Se alejaría lo suficiente? Quizá sería mejor enfrentarse al adversario, pero, ¿podría ganarle?

Revestida por una inesperada valentía, se puso de pie, decidida a desafiar a aquel demonio. Las fauces del enemigo se abrieron y dejaron ver el fuego en su interior. Los destellos de su melena ardiente, agitada por el viento, la retaban a una batalla. Aunque Ariana sentía un vacío en la boca del estómago y las rodillas le temblaban, el monstruo que se había cruzado en su camino no la hizo retroceder. En ese instante sintió que había escogido la ruta de la muerte cuando decidió fugarse. Un escalofrió la llenó de satisfacción, al pensar que su último aliento se lo arrebataría un digno adversario, y no los azotes de su amo.

Sacó de su bolsillo una navaja y amenazó al león en llamas. Era momento de iniciar la batalla. El animal se lanzó enfurecido y Ariana empezó a repartir golpes descontrolados para herirlo, pero cada corte de la navaja se desvanecía en una piel de fuego. Todos sus intentos eran inútiles y las garras del león estaban destrozándola, faltaba poco para que su alma enferma dejara de existir en aquel desierto.

Por delante de sus ojos, como recuerdos ajenos, pasaron las imágenes de sus últimos días. Todavía le dolía la piel por la paliza que había recibido la semana anterior. Las manos empezaron a sudarle. Sintió cómo se le cerraba la garganta y el aire entraba con dificultad en sus pulmones. Perdía la batalla, pero nada la haría retroceder. Si estaba destinada a morir ese día, lo haría luchando hasta el último minuto. Empuñó la navaja y miró fijamente a la bestia. Se llenó de valor y su cuerpo creció hasta llegar al tamaño de su atacante. Los intentos desesperados empezaron a surtir efecto y Ariana dejó al demonio sobre la arena, con una herida mortal en el pecho. El león en llamas se desvaneció en un fino polvo que el viento arrastró en una brisa.

Los ojos de Ariana se abrieron de golpe. Lo primero que divisó fue un buitre que le velaba el sueño. El viento soplaba inclemente. La mitad de su cuerpo estaba sepultado en la arena y el sol había lacerado su rostro, pero a su alrededor no había ninguna señal de la batalla. Dejando a un lado el dolor, se puso de pie con precaución y siguió adelante.

Después de caminar por unas horas más, el aire le volvió al pecho, como una bocanada de salvación, al leer un letrero a pocos metros que decía “Gracias por su visita a Ciudad Leones. Feliz viaje”. Había logrado abandonar su viejo hogar, el fin de su travesía estaba a unos pasos. Jamás regresaría.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco