Líneas temporales

¿Qué es el tiempo? Una manera de medir una sucesión de cosas. ¿Qué más podría ser? En el afán del hombre por medirlo todo, no se me ocurre una mejor respuesta. Existen tantas teorías y hay tantas personas que han hablado del tema -científicos, filósofos y todos con una escuela mucho más amplia que la mía- que es difícil decantarse por alguna. Aunque la verdad es que lo que exponen “con todo su conocimiento” no dejan de ser solo teorías porque, a mi juicio, todo en esta vida es cuestión de perspectiva. Me imagino a Einstein sentado en una colina mirando desde lejos pasar un tren, mientras en su mente empiezan a formarse algunas ideas sobre la relatividad. También puedo ver cómo concluye que, cuando las cosas se mueven con mayor rapidez, entonces el tiempo pasa más lento. Y pienso “¿será que tengo que hacer que las cosas pasen con mayor rapidez para que el tiempo no juegue en mi contra?”. Es que el tiempo no corre a la misma velocidad para todo el mundo y yo necesito que marche a una velocidad en la que pueda hacer con efectividad todo lo que me propongo.

Estos últimos días, el tiempo ha sido un factor que no ha jugado a mi favor. He estado obligada a decidir entre escribir o cumplir con el resto de mis obligaciones. He tenido que admitir que cada situación es el resultado de una decisión y que solo puedo escoger una cosa cada vez, que no puedo ejecutarlas todas de manera simultanea, aunque me considere una mujer multitarea.

Llevo dos años leyendo artículos que generosamente regalan tips para escribir mejor, para que una persona como yo pueda convertirse en ese escritor soñado. Cuando estás metida en este cuento vives en la cacería de la receta mágica para el éxito, y más, cuando eres mujer, mamá, esposa, profesional y todavía hija; con un sinnúmero de tareas para cada día. Tengo que planificar a la perfección mi rutina diaria para no fracasar en el intento. Alguna vez leí que para ser un gran escritor había que escribir diez mil palabras diarias. ¡Con lo que a mí me cuesta escribir un artículo o relato cada quince días! Gran parte del día tengo unos ojitos verdes que me miran demandándome tiempo y cuando esos ojitos no están, miro a mi derecha y las tareas laborales se apilan en mi escritorio, me quitan la concentración y, como dijo Stephen King, “ninguna distracción es bienvenida mientras escribes”.

Lo último que he leído es que para ser un buen escritor debes escribir ocho horas al día, ¡sí!, ocho horas, porque las personas exitosas son las que rayan en la obsesión. Isaac Asimov trabajaba ocho horas al día, los siete días de la semana. No descansaba ningún festivo ni fin de semana, y su horario era intocable. Cuando estaba dedicado de lleno a escribir, su media era de treinta y cinco páginas al día. En ese momento pensé que mi aventura de ser escritora había llegado a su fin. ¿Ocho horas? Es algo que no puedo hacer ahora, porque hay que pagar las cuentas y apenas estoy iniciando. Escribir me llena de felicidad pero no llena mis bolsillos de dinero. Quizás lo más sensato sea esperar a la jubilación o rogar que me gane la lotería para dedicar todo mi tiempo a escribir, ¡qué más quisiera! Pero vivo en esta realidad y en este momento. Como estamos hablando de tiempo, también considero que no tiene sentido esperar para hacer algo que me apasiona y dejar para un futuro incierto el placer de deslizar mis dedos sobre el papel. Porque podrían pasar los años y limitarse mis facultades, mi mente podría perderse y todo este deseo de ser una escritora se quedaría solo en eso, en un deseo.

Todo este análisis de las recetas, los tips, los consejos, de las tácticas más apropiadas para acercarme a mi objetivo, me llevaron a verme como Einstein, sentada, mirando no un tren sino mi línea temporal. ¿Qué pasaría si pudiera jugar con mi hijo, leer más de un libro al mes, dedicar ocho horas solo a escribir y hacerlo todo al mismo tiempo?

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Cada persona evalúa el tiempo de una forma diferente y el orden temporal puede ser una ilusión generada por nuestro cerebro. John William Dunne afirmaba que nuestra experiencia del tiempo como algo lineal era una ilusión producida por la conciencia humana. Decía que el pasado, el presente y el futuro eran simultáneos y que solo los experimentamos secuencialmente, debido a nuestra percepción mental. En la mecánica relativista el tiempo depende del punto de referencia donde está ubicado el observador y de si está en movimiento o no. Hasta principios de este siglo se creía que el tiempo era absoluto. La mecánica clásica concebía el tiempo igual para todos los observadores.

Stephen Hawking afirma que el tiempo está formado por tres flechas: la termodinámica, la psicológica y la cosmológica. Las leyes de la ciencia no distinguen entre las direcciones del tiempo hacia adelante y hacia atrás. Sin embargo, estas tres flechas sí distinguen el pasado del futuro. La flecha termodinámica es la dirección del tiempo en la que el desorden o la entropía aumentan. La flecha psicológica es la dirección en la que nosotros sentimos que pasa el tiempo, la dirección en la que recordamos el pasado pero no el futuro. Finalmente, la flecha cosmológica es la dirección del tiempo en la que el universo está expandiéndose en vez de contrayéndose.

Si la flecha psicológica es la que nos ayuda a percibir el tiempo, significa que el presente se encuentra en el pasado y que nuestro cerebro es capaz de editar nuestra percepción del tiempo, adaptando los hechos a nuestra realidad, así que podría estar escribiendo, leyendo, jugando con mi hijo y sentada en una junta muy aburrida, en un mismo lugar pero en líneas de tiempo diferentes.

Organizar todas estás ideas, me hizo pensar en la película del director belga Jaco Van Dormael, Mr Nobody, en la que el protagonista tiene la capacidad de recordar todas sus probabilidades de vida, las cuales ha vivido de una u otra forma, a diferencia del resto de los mortales. No estoy segura de si quiero ser Mr. Nobody o el resto, de lo que sí estoy segura es de que me encantaría vivir sin que el tiempo manejara los hilos de mi existencia. Hacer las cosas que me gustan: escribir, tocar el violín, pintar, viajar… sin sentir cómo el tic tac del reloj me destruye el tímpano.

Mónica Solano

Imágenes de Tanja-Denise SchantzXavi Andrew

Pequeñas ideas

–Mamá, mamá, ¡MAMÁ! –Nico deja escapar un alarido y Leticia suelta el tazón con la harina, que queda derramada sobre el piso.

–¡Dios!, ¿qué es tan importante que no puedes esperar?

–Mamá, ¿por qué nos tenemos que morir?

Leticia mira a su hijo con el ceño fruncido y se agacha para recoger la harina.

–Qué sé yo, hijo, ¿por qué me preguntas esas cosas?

–Contéstame, mamá –exige Nico.

–Bueno, creo que porque es la ley de la vida.

–No, mamá, nos morimos porque nadie ha inventado algo para vivir eternamente.

–No lo sé, hijo. –Leticia sonríe–. Podría ser.

–Mira, mamá, he tomado una decisión. –Nico se arrodilla junto a su madre–. Quiero ser un inventor.

–¿Un inventor?

–Sí, mamá, quiero construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre. Claro, primero tendré que conseguir el elixir de la eterna juventud, pero eso no será un problema. Podré ir con papá en una expedición, como esas de la tele.

Leticia interrumpe a su hijo.

–Espera un segundo, explícame bien, por favor, ¿qué es lo que quieres hacer?­

Nico ha acaparado toda la atención de su madre. Los pequeños ojos verdes le brillan y una sonrisa, que muestra sus dientes torcidos, le ocupa toda la cara.

–Lo he pensado mucho, y con cuidado, ¡eh!, no creas que no he investigado.­

Leticia no puede reprimir la risa que le producen las palabras de su hijo. Esta historia le está haciendo olvidar su mal día.

–También he decidido no volver a la escuela. Desde mañana quiero empezar a construir mi invento. Como tú dices, debemos dedicarnos a las cosas que nos gustan. Además, no puedo dejar pasar un año más, en un año los adultos se hacen más viejos y los niños como yo nos volvemos adolescentes. No puedo perder tiempo. Y está la abuela, que ya tiene como mil años, y no quiero que se muera. Y tú, mami, que cada día estás más viejita, y no quiero que me dejes nunca.

Leticia deja de recoger la harina para escuchar con mayor atención a su hijo.

–Es muy fácil, mamá, cuando tenga el elixir solo necesitaré un reloj de arena, como el del juego de Cranium, podremos usar ese, porque hace tiempo no sirve para nada. También necesitaremos una cajita musical que dé vueltas. ¡Y ya!, con eso quedará listo y el tiempo se detendrá. ¿Qué piensas mamá?, ¿te gusta mi plan?

En ese momento se oye el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Es el padre de Nico que llega del trabajo.

–¡Papi! –Nico salta sobre él y lo envuelve con un abrazo.

–¡Hola, Nico!

–Amor, ¿qué haces sentada en el suelo? –Javier se agacha un poco para darle un beso en la frente a su esposa.

–Aquí, escuchando las historias de tu hijo y recogiendo la harina. –Leticia tuerce los ojos.

Javier sonríe y se sienta al lado de Leticia para ayudarla. Nico se deja caer sobre las piernas de su padre y juntos amontonan la harina con las manos.

–Cuéntame, Nico. Yo también quiero escuchar esas historias de las que habla tu mamá.

–Mira, papá, ya está decidido, no voy a volver a la escuela porque tengo un trabajo importante que hacer: voy a construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre, pero antes necesito que me ayudes.

Javier escucha a su hijo con atención, mientras observa de reojo a su mujer.

–¡Vaya, Nico!, tienes todo un plan montado. Pero quiero saber algo más, ¿cómo vas a construir tu máquina si todavía no has terminado la primaria? Para ser inventor tienes que estudiar.

–Pero, papá, la escuela es muy aburrida. Todo el tiempo te están poniendo tareas tontas y la profe Amalia ni siquiera me deja respirar. La escuela es para niños bobos.

–Eso no es verdad, Nico –interviene Leticia–. Mira a tu padre, él construye puentes, edificios, casas y, para eso, tuvo que ir primero al colegio y luego a la universidad.

–Mamá, eso no es verdad, ¿cierto, papi?

–Lo siento, Nico, pero es verdad lo que dice tu madre. Todos debemos ir al colegio para aprender. Puede que algunas cosas no nos gusten y otras nos gusten mucho, pero todas son importantes, si queremos cumplir algún día nuestros sueños, como este que me estás contando.

La boca de Nico se curva en una mueca y se queda pensando unos segundos. Javier cruza una mirada con su esposa.

–¡Ya tengo una idea mejor, papá! Antes construiré una máquina para que no tengamos que estudiar, y así podremos hacer realidad nuestros sueños sin tener que ir a la escuela.

Mónica Solano

Imagen de Geralt Altmann

La magia del lápiz y el papel

Hace poco me lancé a la aventura y emprendí un viaje en busca de inspiración. Tengo la loca idea de escribir una novela, pero cuando tenía los dedos sobre las teclas, listos para empezar a darle forma, me di cuenta de que me hacía falta material. Necesitaba empaparme de otras formas, olores, colores y sabores. En resumen, vivir nuevas experiencias en lugares desconocidos. Un viaje, sin duda, me ayudaría. Así que busqué en Internet y compré los tiquetes. Con el itinerario en la mano, mi travesía era una realidad. Estaba muy emocionada. Viajar es una de las cosas que más me gustan, pero nunca lo había hecho con el único objetivo de obtener inspiración.

Con la maleta a medio hacer, me enfrenté a un dilema: llevar o no llevar el portátil. Es mi amigo inseparable desde que escribo, pero, si pensamos en el equipaje de un viaje estilo mochilero, el portátil es bastante pesado y tendría que cargarlo todo el tiempo. El dolor de espalda sería insufrible o, peor aún, mi amigo fiel se quedaría encerrado en alguna habitación de hotel y no podría tomar nota ni de los lugares ni de las personas, ni de todo lo que experimentas en un viaje que puede ayudarte a alimentar tu imaginario. ¿Qué hacer? Lo necesitaba, pero si era sincera, no iba a escribir todo el tiempo. No conocía ninguno de los destinos elegidos, así que en mi bitácora figurarían largas caminatas y algún plan turístico.

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Pronto encontré la solución. La tenía justo al lado del portátil: ¡mi libreta! La pequeña libreta café que me acompaña desde hace unos meses y que siempre está a mi lado, lista para apuntar alguna idea que me llega de repente, palabra desconocida o frase icónica que no quiero olvidar. Me sentí como una tonta por el lío de dimensiones astronómicas que había creado en mi cabeza al empeñarme en llevar el portátil a mi viaje.

Sé que estarán pensando: “¿pero acaso no tienes un iPad o una tableta?”. Y sí que lo tengo, pero no es lo mismo. Aunque me considero una friki de la tecnología y me encanta tener todos los cacharros nuevos que salen al mercado, cuando se trata de escribir, mis ideas no nacen en ningún dispositivo electrónico. Nacen del papel porque tiene una magia especial. Su olor, su textura, la variedad de formas, los colores y, sobre todo, el sonido del lápiz deslizándose por la hoja ¡son sublimes!. Crean un momento perfecto para que las ideas fluyan sin restricción. Para mí no hay mejor manera de empezar a escribir una historia. Y doy gracias a quien se le ocurrió la gran idea de reciclar el papel porque, si no fuera así, me sentiría fatal pensando en todos los árboles talados para dar vida a las hojas que he usado desde que tengo memoria. Escribir algunas líneas a la vieja usanza y después releer, tachar o adicionar, y luego pasarme horas y horas acariciando el callo del dedo índice, con su uña torcida, es todo un ritual para dar forma a mis ideas.

Dejando de lado por un momento mi experiencia, está comprobado que escribir a mano tiene muchos beneficios para el cerebro. Pone a trabajar las neuronas y aumenta las capacidades visuales, motoras y cognitivas. También mejora el aprendizaje, porque estimula una parte del cerebro, que actúa como filtro, dando prioridad a las cosas en las que estamos concentrados. Pero lo que más me gusta es que potencia la imaginación y permite que los pensamientos sean más claros. Algunos escritores, antes de dar vida a sus novelas, escriben notas a mano para poder tachar, reflexionar y volver una y otra vez sobre ellas. Hace poco leí un artículo de El Cultural, en el que se relatan las costumbres de algunos escritores famosos:

A mano, y casi siempre en bibliotecas, escribe Mario Vargas Llosa: «Me gusta el papel, la tinta -declaró en una entrevista-. Así comencé, y todavía hoy creo que el ritmo de mi mano es el ritmo de mi pensamiento». Pere Gimferrer, que escribe su poesía a mano, en rojo y en una letra que, como Goytisolo, solo él entiende, dice que todo empieza en su cabeza: «Cuando me dispongo a escribir es porque tengo tanto escrito en la mente que es ya imposible retenerlo. Luego, al coger papel y lápiz y empezar a transcribir te van viniendo los siguientes versos, porque el pensamiento es mucho más rápido que la mano y ésta más veloz que el ordenador».

Con mi obsesión desmedida y todas las ventajas de escribir a mano, no es de extrañar que en mi estudio tenga un estante en el que almaceno una amplia colección de agendas, cuadernos y libretas. Unas cuantas han logrado pasar al lugar de honor y guardar en sus hojas secretos, ideas y material de alto valor para mis historias. Las demás, siguen aguardando pacientes ese momento.

Y bien, llegó el día del viaje. El equipaje estaba listo. En el bolso de mano, junto al pasaporte, la billetera, el libro que estaba en mi mesita de noche y unas mentas, coloqué la libreta, iluminada como el tesoro de un pirata. Fue el elemento más útil en mi viaje, puedo afirmar que todo un artículo de primera necesidad. Con un vuelo de nueve horas y casi dos más en la sala de espera, las ideas llegaron en avalancha; saqué del bolso a mi compañera de viaje y me dejé llevar.

Cada lugar que visité quedó plasmado en sus hojas. Logré mi objetivo, conseguí un material invaluable para mi novela. La libreta fue la mejor opción. El dolor en la espalda y las ampollas en los pies no dejaban lugar a dudas; el portátil habría sido todo un lastre. Pasados unos días de mi regreso a la realidad, como suelo decir después de un viaje, estaba lista para una nueva aventura, organizar el material y disponerme a escribir las primeras líneas de la novela.

Mónica Solano

Imagen. Formentera, Islas Baleares. Foto de Mónica Solano.

Delirios de un amante imaginario

Soy un montón de líneas dibujadas en un pedazo de papel pegado a la pared. Tengo una supuesta vida entre los límites de una hoja vieja y desgastada. No decido aún si odiar a mi creador o amarlo. Es una decisión difícil que no puedo tomar a la ligera.

Ahí está ella. Encima de la repisa, tan callada, mirando fijamente a cualquier parte. Sus alas color rosa y el vestido ajustado me hacen alucinar. La envidio. Codicio su libertad, su gracia, su color de piel. Yo solo estoy aquí, encerrado en un mundo en blanco y negro. ¿Por qué soy un topo? Mi creador pudo haber dibujado un caballero de brillante armadura, un león, un castillo. Pero no, tenía que ser un maldito topo. Un animal subterráneo, con ojos diminutos cubiertos de piel, pequeñas patas, grandes uñas y un apetito insaciable. ¿Cómo puede alguien darle vida a un ser con semejantes características?

Revoloteando en mi cárcel de cuatro paredes, desespero por conocer el mundo más allá del papel, por mirar fijamente a mi amada y confesarle mi devoción. Escaparnos juntos de esta habitación de recuerdos inútiles y esperanzas perdidas. Soy un ser nacido en cautiverio, ¿cómo puede ser eso posible?

Quiero llamar su atención ¡Está tan lejos! Mis sonidos insignificantes son un eco en la habitación. Necesito que escuche mi voz para que pueda verme. Pero ¿cómo es posible ver el alma cuando los ojos se confunden con la piel? Creerá que estoy ciego, que soy nada. Eso soy: nada. Clay, el topo, atrapado por su creador desde el primer momento que lo concibió como su obra maestra. Un ser imaginario. Eso no es verdad, soy tan real que duele.

Heme aquí en el cuadro de honor, pegado como un recuerdo más. Confundido con la decoración, solitario, perdidamente enamorado de lo imposible, cautivo en múltiples deseos. Creado por un demente que destruye todo lo que su imaginación puede construir. Nadie sabe que vivo en este pedazo de papel inerte. No pueden imaginar que estoy aquí, ansiando salir por ella, deseando tocar una realidad diferente a la que soporto día tras día.

Todo en esta habitación es inútil. Si consiguiera ser algo más que un topo, saldría de mi cárcel y llegaría hasta ella para declararle mi absoluta devoción a todo lo que representa. ¿Qué puedo hacer? En el dilema de la existencia está mi escapatoria.

Ahí está él, dibujando de nuevo. Parece que solo yo seguiré sobreviviendo a sus incontrolables ataques de odio a su talento. Tengo que hacer que la traiga hacia mí, tan cerca que pueda tocarla. Ahora me mira. Es el momento de enviar una señal. Soy un dibujo, pero también soy un topo; puedo cavar muy profundo, llegar hasta su conciencia y sembrar una idea. “Mírame, Aidan. Mira fijamente a tu creación. Libérame de este castigo”. No ha funcionado. Solo soy una serie de puntos sin sentido. Quizá, ni siquiera soy un topo. Estoy alucinando, todo es producto de la imaginación de alguien más que juega conmigo, que quiere darme vida sin tener el poder. No existo, nada de esto existe. Soy un ente viviendo en un pedazo de papel, atrapado en el ataque repentino de locura de un desconocido. Seducido por el hada de la repisa.

Ahí estás, como todos los días a la misma hora. Caminando de lado a lado en tu cárcel de papel. Desearía estar contigo. Descubrir qué te inquieta. Todo es tan solitario en la repisa, tan inerte. Solo tú y yo tenemos vida en esta habitación denigrante. Somos tan iguales y a la vez tan distintos, compartiendo la insensatez de nuestro creador. Obras de arte exhibidas para el regocijo de un maniaco. ¿Cómo podríamos cambiar lo que somos? Resulta inútil pensarlo. Nada puede cambiar cuando eres una marioneta que tantos mueven a su antojo. Ninguno conoce lo que anhelas, quién eres, a qué estarías dispuesto. Solo juegan contigo.

Cuando eres un objeto inanimado todo pierde importancia. El tiempo es lento, veloz e impredecible. El polvo deja marcas imborrables. El encierro, delirios incontenibles. Los pensamientos vuelan sobre tu cabeza, ninguno parece tener sentido. Te envidio, Clay. Estás en el cuadro de honor, todos te admiran y respetan. Codicio tus pequeños ojos que difícilmente ven la crueldad del encierro al que estamos sometidos, tu piel peluda que te protege del frío implacable que inunda la habitación, tus largas uñas con las que podrías viajar a cualquier parte… No entiendo por qué aun no lo haces. Desearía estar a tu lado, declararte mi admiración insana y escaparme contigo. Estoy delirando. Solo somos objetos perdidos en una habitación, rodeados de recuerdos inservibles. El chiste de alguien sin corazón que nos dio vida para hacer menos miserable la suya.

Ahí está Aidan, dibujando de nuevo. Otro intento más que terminará en la basura. Solo Clay, el topo, sobrevive a sus incesantes ataques perfeccionistas. Ahora me mira. Soy un hada de madera, no importa el material, lo que soy es lo que me define. Quizá, podría desear que nos dibuje juntos. Es una tontería ¿o no? Llevo años en esta repisa, solitaria, esperando el momento para habitar un pedazo de papel, junto a él. Este puede ser el instante perfecto.

Mónica Solano

Ilustración. www.instagram.com/spacomacaco

El sabor del vuelo

Amelia soñaba con volar. Era su deseo más profundo, escondido en sus entrañas, junto a sus más grandes temores. Adoraba observar el vuelo de las aves, tan llenas de gracia, libres. El cielo la apasionaba, se imaginaba sumergida en ese azul vibrante, admirando su majestuosidad durante horas y horas. Llevaba años atesorando ese deseo, pero hasta ahora no había tenido la suficiente valentía para hacerlo realidad. Estaba escondido entre mil justificaciones sin sentido que le impedían alcanzarlo.

Un día, al despertar de un espléndido sueño, de esos que al abrir los ojos sientes el alma volver al cuerpo, tan real como un vago recuerdo, Amelia experimentó una sensación desconocida. Su corazón latía con fuerza, el aire le faltaba y respiraba con dificultad, sus manos temblaban y un escalofrío recorría su cuerpo. Esa reacción nerviosa la animaba a cumplir con su deseo, ese era el día y sabía que no habría otro igual. Se levantó de la cama, dejó que el agua de la ducha aclarara sus ideas, escogió ropa cómoda, agarró las llaves de su auto y salió de casa. En el camino llamó a su hermano para pedirle la dirección exacta del sitio donde hacía unos meses que había practicado parapente. Ese día Amelia iba a volar.

Fueron varios kilómetros rumbo a “Parapente Paraíso”. La ansiedad no logró ahuyentar el deseo, la expectativa superaba cualquier sentimiento de acrofobia. Mientras el auto se acercaba al lugar, su corazón se agitaba con más fuerza y las náuseas consumían su interior, desde el esófago hasta la boca. Se sentía un poco mareada pero nada la detendría en el cumplimiento de su misión. Bajó del auto y se acercó a la recepción donde una joven de cabello color morado la esperaba sonriente.

–Quiero volar –dijo Amelia con la voz entrecortada.

La recepcionista escribió los datos personales de Amelia en un papel y le indicó que esperase su turno en alguna de las mesas del hall o cerca de la zona de vuelo. Amelia respiró profundamente y salió de la cabaña. Al pisar el césped, sus ojos apreciaron un increíble paisaje verde y frondoso que le quitó el aliento. Pasó las manos por su cabello para apaciguar el asombro que sentía ante tal espectáculo. Había pocas personas en aquel lugar. Dedujo por el aspecto que solo unos cuantos eran aficionados como ella. Rodeada de profesionales del parapentismo sintió un poco de tranquilidad y la certeza de estar en el lugar adecuado. Estática, de pie, expectante, observaba ensimismada a las personas que sobrevolaban el lugar, sabía que solo debía esperar que la llamaran por su nombre y llegaría el anhelado momento. Un mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, pero, sin dudarlo, rechazó el amable ofrecimiento. Estaba segura de las consecuencias, cualquier tipo de comida en su estómago sería un detonante para convertir sus náuseas en un desastre ecológico de seguridad nacional.

Miraba su reloj con impaciencia, temía retractarse y, mientras disipaba su ansiedad en las manecillas, escuchó un eco que pronunciaba su nombre. Todo su cuerpo se sobresaltó al oír: “¡Amelia!”. Era el momento. Con timidez se acercó al instructor que la esperaba con un casco en la mano y una abultada maleta. Le hizo muchas preguntas. Amelia solo miraba con detenimiento el movimiento de sus labios y contestaba sí o no. El grado de estupefacción la tenía aletargada. Sin darse cuenta, en un instante ya tenía puesto el arnés y la mochila gigante, un casco color azul y sus lentes de sol. No faltaba nada en su indumentaria.

Al filo del abismo esperaron el viento propicio para emprender el vuelo. El paracaídas que colgaba de sus mochilas se alzaba lentamente con la fuerza del viento y tiraba sus cuerpos en sentido contrario; la respiración se hacía más difícil con cada tirón. Se movían de un lado a otro, danzando con el viento. En el momento perfecto, el paracaídas se alzó imponente en el cielo y a pasos agigantados se lanzaron al abismo. El vacío se apoderó del estómago de Amelia y las lágrimas inundaron sus ojos, estaba volando, suspendida como las aves, no era un sueño, era su cuerpo disfrutando del viento, del azul del cielo y del verde terreno bajo sus pies. Se perdió entre las nubes, en el eco de la brisa, en el aroma de la libertad. Fueron quince minutos mágicos, únicos, que perdurarían por siempre en su memoria.

El aterrizaje fue forzoso, sus manos perdieron la movilidad y su cuerpo estaba insensible al tacto. Cayó desplomada en el césped, casi sin aliento. Tumbada sobre la hierba admiró fascinada el cielo que había surcado como un ave rapaz. El éxtasis le duró hasta que recuperó la sensibilidad en sus extremidades. El hormigueo en la planta de los pies la trajo de vuelta a la realidad.

Con una enorme sonrisa que le atravesaba todo el rostro, entró de nuevo a la cabaña donde estaban el restaurante y la recepción. Pidió chocolate caliente con tostadas y, mientras disfrutaba del calor de la taza, ojeaba por la ventana cómo otros amantes del cielo se deleitaban. Allí sentada descubrió una frase escrita en un pedazo de tela, exhibido en una urna de cristal: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás sobre la tierra con la mirada levantada hacia el cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver. Da Vinci”. Era la descripción perfecta para un sentimiento inexplicable, para el momento que cambió su vida. Sus brazos se habían convertido en magnificas alas, había saboreado el cielo, era imposible no querer regresar.

Mónica Solano

Imagen. Municipio de Sopó, Colombia. Foto de Mónica Solano.