Cuatro estaciones

Porque cada estación es distinta, también nuestro Mocade alberga escritos diferentes. Y entre artículos, reseñas y relatos se nos cuela de vez en cuando una poesía…

Cuatro estaciones

Ocurrió en el otoño.

Cuando la placidez era la norma,

cuando la edad madura

ya era algo asumido y aceptado,

y la tranquilidad, la mayor ambición.

Un paisaje perfecto,

tan sereno y calmado como un lago,

enmarcaba mi vida.

 

Pero los vientos otoñales

pasaron por mi casa.

Agitaron las ramas de los árboles,

y las hojas volaron.

Mi cielo se pintó de fuego y oro,

y en cada hoja flotante

apareció tu rostro.

Igual que en la Odisea,

yo era Ulises,

y tu voz era el canto de sirenas.

 

Pero las hojas dejaron de volar,

se cayeron al suelo,

y tú, no sé por qué motivo ni razón,

pisoteaste mis sueños.

Cada paso que dabas,

cada nuevo desprecio,

hacía crujir esa alfombra de hojas,

igual que cuando un hueso

se rompe sin remedio.

Viniste disfrazado. Me engañaste.

Te metiste en mi vida, no sé por qué motivo.

Tal vez aburrimiento, o tal vez como un juego.

Me trajiste un otoño de colores

para luego pintarlo en blanco y negro.

 

Y así, tras el otoño,

entró en mi vida el tiempo del invierno.

El arco iris murió.

Solo quedaron mil cuchillos de hielo

que, implacables, desgarraron mi alma,

segaron mis anhelos e ilusiones,

congelaron mi pecho,

me robaron el aire.

Me encarceló esa noche de los tiempos.

El dolor se hizo dueño de mi vida,

la desesperación gobernó mi universo,

derribó mis valores,

limitó mi horizonte,

vistió de soledad con un traje de luto

mis más hermosos sueños.

Le robaste la voz a mi esperanza.

Me cambiaste las alas por cadenas,

como se hace a los presos.

 

Y cuando todo parecía perdido,

tampoco sé el motivo, e ignoro la razón,

pasó la primavera por mi casa

y decidió quedarse.

Como una vieja amiga que viene de visita

en busca de hospedaje

se presentó en mi puerta.

Le abrí cuando llamó,

y le ofrecí posada.

Miró a su alrededor

y se adueñó de todo cuanto había.

Retiró las cortinas

y las sombras huyeron

cuando la luz del sol entró por la ventana.

Mis macetas, tan tristes y tan mustias,

volvieron a brotar, y vi crecer sus flores.

Y de pronto, un buen día,

me descubrí cantando.

Miré a mi alrededor.

Ya no hacía frío.

El aire que llenaba mis pulmones ya no era viento helado.

La sangre de mis venas otra vez era cálida.

La brisa, que besaba mis mejillas,

traía de nuevo aromas a mi casa.

 

¡Qué maravilla sentir la calidez!

¡Saberme otra vez viva!

Ahora mi corazón

tiene toda la fuerza del verano.

Por fin lo he conseguido:

ilusión y razón van de la mano,

y a ti, por si te importa, te he dejado

perdido en mi pasado.

Ya no tienes poder para dañarme.

Ya no tienes un lugar a mi lado.

Mi vida dejó de pertenecerte

Mi libertad es mía,

que la he reconquistado

por mucho que te pese.

 

Quizá tú te esperabas que dijese

cuánto me duele el haberte perdido.

Pero ahora mismo, si te lo dijera

te estaría regalando una mentira,

una migaja apenas,

de aquello que has tenido.

 

Si alguna vez te llegara el invierno

cargado de dolor,

si alguna vez, si en alguna ocasión,

sintieras frío,

no llames a mi puerta.

Porque, si llamas,

no encontrarás nada.

O como mucho, algo de compasión,

o, simplemente,

donde antes te esperaba un corazón,

ahora solo hallarás un espacio vacío.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet

Mandamientos y Sacramentos de Amor en la Sierra de Albarracín

Ya estamos a treinta/ del abril cumplido/ alégrate, dama,/ que mayo ha venido.

  • A Pilar Rizo y a sus compañeros.
  • A todos mis alumnos de Teruel.

 El año 1977 recorrí la Sierra de Albarracín con los alumnos de Segundo de Filología del Colegio Universitario de Teruel. Ese año nos dio por buscar poesía popular. Como hace ya hace más de cuarenta años, recordaré una parte de aquella aventura, la relacionada con el hallazgo de los Mandamientos y Sacramentos de Amor.

Comenzaré por nombrar a mis alumnos, tal y como venían en la lista de clase y en la portada de Los Mayos de la Sierra de Albarracín, un libro que publicamos juntos en 1980.

Carlos Ballester Clavero, María Dolores Blasco Royo, Lourdes Felipe Ardid, María Flores Herrero, Elvira García Royo, Vicenta Gómez Latorre, Miguel Ángel Muñoz Gascón, Javier Picazo Millán y Pilar Rizo Aramburu.

Y ahora los pueblos que recorrimos.

Alba del Campo, Albarracín, Bezas, Bronchales, Calomarde, Frías de Albarracín, Gea de Albarracín, Griegos, Guadalaviar, Monterde, Moscardón, Noguera de Albarracín, Orihuela del Tremedal, Royuela, Saldón, Terriente, Toril, Torres de Albarracín, Tramacastilla, Valdecuenca, Villar del Cobo, Villarejo.

En todos encontramos Mayos: las canciones que se dedicaban a las damas solteras para celebrar la entrada del mes de mayo, un mes que trae promesas de amores. Además, esos cantos que se oían por las calles la noche del treinta de abril eran la cumbre de un ritual folclórico que duraba todo el año. De estos y otros aspectos dimos cuenta en nuestro libro.

Allí explicábamos la complejidad del término mayo en ese contexto. Mayo hacía referencia al mes y al árbol que plantaban los mozos en las plazas de los pueblos. Los mayos eran los mozos que cantaban y los cantos mismos. Las mayas eran las mozas solteras que estaban esperando que la ronda se parara debajo de su ventana. La palabra mayas en otras regiones se utilizaba para los cantos. Los nombres y la forma de desarrollarse la fiesta en Teruel no tienen nada que ver con las cruces de mayo, que se celebra el tres de mayo, ni con las marzas de otras zonas,  aunque el significado sea el mismo: exaltar la llegada de la primavera y del amor, un canto a la juventud y al amor.

En algunos pueblos también recogimos albadas y romances. En Tramacastilla unos Mandamientos de Amor y en Saldón unos Sacramentos de Amor. Hoy me centraré en ellos y en algunas anécdotas de nuestras excursiones.

Nosotros escuchamos, grabamos y transcribimos todo lo que nos cantaron las gentes. Después buscamos noticias en los archivos y hallamos versiones escritas de los poemas de Teruel y noticias de los de otras regiones.

En ese nuevo peregrinar por archivos y bibliotecas, encontramos dos textos de Mandamientos y Sacramentos de Amor, que eran dos variantes de lo que nosotros habíamos grabado. Uno, el que en 1878 incorporó Manuel Polo y Peyrolón en su novela Los Mayos. Y otro, el que en 1927 recogió Miguel Arnaudas en su Colección de cantos populares de la provincia de Teruel. Estos dos autores valoraban el género y planteaban hipótesis sobre el origen de estos romances.

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Como estábamos muy animados por los hallazgos, deseábamos asistir a la ronda de Albarracín, que comenzaba a las doce de la noche. Pero antes queríamos escuchar los Mandamientos de Tramacastilla y los Sacramentos de Saldón. Es que, como ya no se cantaban, las personas que nos los habían recitado nos prometieron que, si íbamos el día treinta de abril, nos los cantarían como antiguamente se los cantaban a las mayas.

Con los ánimos exaltados, y entonando a voz en grito el Ya estamos a treinta del abril cumplido, alégrate, dama, que mayo ha venido, subimos a Tramacastilla, en el corazón de la Sierra. Allí nos esperaba Samuel Blas, a quien habíamos encuestado unos meses antes. Después de una calurosa acogida nos cantó los Mayos y el romance que los seguía, que comenzaba así:

  • De paso en pasito vengo
  • acercándome a tu puerta,
  • lo que te ruego y suplico
  • estés un rato despierta
  • Con licencia de la maya,
  • y ayuda de compañeros,
  • empezaremos cantando
  • de la ley los Mandamientos

Después diez cuartetas más, una por cada mandamiento, y entonó la despedida:

  • Niña, estos diez mandamientos
  • son compuestos para amar.
  • Y aunque me cueste la vida,
  • contigo me he de casar

De allí nos fuimos a Saldón. Cuando llegamos, se reunieron Fulgencia Brinquis, Matilde Buil, Evaristo Lázaro, Lorenzo Romero y Saturnino Romero y nos cantaron los Mayos. Al terminarlos, se hizo un silencio. Estaban intentando recordar los Sacramentos de Amor. Me pareció que no lo tenían fácil. Entonces escuché algunos comentarios de mis alumnos.

—Oye, Elvira, ¿nos vamos? Es que ya han acabado los Mayos y me parece que no van a seguir —le dijo Pili, que se estaba quedando helada en su silla de ruedas.

—Noooo, aguanta un poco que van a cantar los Sacramentos —le contestó Miguel Ángel, frenando la silla.

—¿Seguro? Mira que hace años que no los cantan —apostilló Vicenta. A lo mejor no se los sabe nadie. Y si perdemos mucho tiempo igual no llegamos a los Mayos de Albarracín.

—No, no, que mi padre me ha dicho que, como allí va mucha gente, ahora comienzan más tarde —contestó Lourdes, haciendo gala de que vivía en Bronchales y conocía bien las costumbres de toda la Comunidad de la Sierra.

Al momento el coro de Saldón se puso de acuerdo y nos dedicó los Sacramentos de Amor.

  • Si quieres oír, María,
  • los Sacramentos cantar,
  • ponte sentada en la almohada
  • que los vamos a empezar

Siguieron con siete estrofas y llegaron a la despedida.

  • Estos siete Sacramentos,
  • solo se parten en dos,
  • en querer y que me quieras,
  • en servir y amar a Dios.

En cuanto acabaron, les dimos las gracias, aceleramos los coches y llegamos con el tiempo justo a Albarracín. En ese momento estaban echando el Mayo de la Virgen. Nos incorporamos a la ronda y seguimos a los mozos que iban a cantar los Mayos debajo de las ventanas de las mozas.

—¡Oiga, oiga! ¿No van a seguir con los Mandamientos? —le dijo María a uno de los mozos, cuando acabaron de cantar a la primera maya.

—Esos aquí ya no se cantan. —Se rascó la cabeza—. Es que, ¿sabes?, son más antiguos que los Mayos y ya no los recuerdan ni los viejos. Pero todos dicen que antes se nombraban mucho.

—Pues nosotros acabamos de oírlos en Tramacastilla —le contestó María.

—Eso. A lo mejor quedan en algún pueblo más atrasado. Pero ya serán pocos. —Como se había quedado rezagado, aceleró el paso para alcanzar a sus compañeros.

rayaaaaaOrígenes

Manuel Polo y Peyrolón consideraba que los Mandamientos y los Sacramentos de Amor eran exclusivos de la Sierra de Albarracín y más antiguos que los Mayos. En cambio, según Arnaudas eran bastante modernos y de reciente importación. Arnaudas notaba que, frente a la gran vitalidad de los Mayos, los Mandamientos y Sacramentos de Amor se estaban perdiendo. De hecho, él solo recogió unos Mandamientos en Torres y otros en Tramacastilla.

Manuel Polo y Peyrolón, escritor costumbrista de tradición romántica, idealizaba los elementos populares y buscaba las raíces en Edad Media, época que tanto cautivó al Romanticismo.

Miguel Arnaudas, sacerdote y profesor de música de la Escuela Normal de Maestros de Zaragoza, aplicó un método comparativo entre los cantos de la Sierra y los de otras partes de Aragón. Y, como acabamos de señalar, llegó a conclusiones muy diferentes.

En otras regiones también se planteó la cuestión de los orígenes y se produjeron unas discusiones interminables, sin ningún resultado concreto.

Y nosotros, con un punto de vista conciliador y ecléctico, los entendemos como manifestaciones de la literatura popular hispánica. Esa literatura que, con frecuencia, ha sobrevivido asociada a ritos folclóricos. Eso nos permite señalar algunos rasgos que los unen con un amplio fondo patrimonial, a la vez que observamos unos elementos nuevos, los que aporta cada comunidad que los conserva.

En este sentido, defendemos con la misma vehemencia la postura de Polo y Peyrolón que la de Arnaudas, porque entendemos que no son antagónicas. Polo y Peyrolón puso el acento en el patrimonio común y Arnaudas en las variantes que los individualizaban y que hacían que cada pueblo los sintiera como suyos.

Canciones populares y tradicionales

Los Mandamientos y Sacramentos de Amor son cantos que pertenecen al género de la llamada poesía popular o tradicional, tal y como la definían Ramón Menéndez Pidal, Manuel Alvar y Margarita Frenk Alatorre, entre otros. Son poemas que pudieron nacer en el pueblo o en la pluma de un autor culto. Pero, lo realmente importante es que después se transmitieron de forma oral. Y en esa transmisión se reelaboraron continuamente. Las reelaboraciones que más huellas dejaron fueron las de las épocas en las que el género estaba de moda, sobre todo en los siglos XV y XIX. Con cada una de ellas van entrando nuevos elementos y nuevas variantes.

Tradición y modernidad

Los pueblos los sentían como algo propio y los ajustaban a sus sentimientos y a sus costumbres. Esa, y no otra, es la razón de la modernización de las letras, junto a la conservación de elementos arcaicos.

Los Mandamientos y Sacramentos de Teruel se incorporaron a la tradición de mayo por razones de supervivencia. Pero son cantos más cercanos a la poesía de los Cancioneros del siglo XV que a los Mayos, que retratan a la mujer con los mismos tópicos que los trovadores provenzales retrataban a las damas que inspiraban sus versos.

El siglo XV y la poesía de los Cancioneros

Con los Cancioneros del siglo XV se puso de moda el Risus Paschalis, un género irreverente que se había hecho muy famoso con los predicadores medievales. El amor carnal invadió los textos religiosos y, como consecuencia, surgieron las parodias que los moralistas calificaron de sacrílegas y escandalosas. Con frecuencia, fueron castigadas por el Santo Oficio.

Si echamos una ojeada a cualquiera de los Cancioneros veremos que proliferaron las misas de amor, los credos de amor, las letanías de amor y los salmos penitenciales amorosos. Y, por supuesto, los mandamientos y sacramentos de amor. También notaremos que eran más irreverentes los textos que se escribían en la corte que las coplas que se cantaban en los pueblos.

Podríamos hacer una larga lista de autores de cancionero que adquirieron gran fama con sus parodias, pero aquí nos limitaremos a los Mandamientos y Sacramentos de Amor de Juan Rodríguez del Padrón, publicados en el Cancionero General de 1511. Su tono contenido y la estructura de los poemas nos parecen más cercanos a los de Teruel que los de otros autores.

Amplia difusión

El musicólogo Eduardo Martínez Torner en sus investigaciones recogió muestras de Mandamientos y Sacramentos de Amor en todos los rincones de la Península y en muchas regiones de América.

En el siglo XVI los Mandamientos y los Sacramentos ya eran una moda popular y viajaron en los Cancioneros que los conquistadores se llevaron a América.

Esta literatura popular influyó en la culta, por ejemplo, Juan Rodríguez del Padrón glosó unos cantos populares. Y, a la vez, con el prestigio de las cortes, la literatura culta llegó a los pueblos, quizá de la mano de algunos clérigos, y pronto incorporó rasgos populares.

Para terminar

Si queremos plantearnos las raíces literarias de estos cantos, tendremos que hablar de una estrecha relación entre la oralidad y la escritura, entre las leyendas y la historia. Y también tendremos que resaltar que la historia de nuestra literatura es la historia de dos tendencias paralelas que se han cruzado y se han condicionado continuamente: la literatura popular y la culta. En unos momentos predominó la influencia de la popular en la culta y, en otros, como en el siglo XV, la culta se impuso a la popular. Y en otros, se mantuvo un equilibrio.

En ese juego de relaciones se fraguaron los Mandamientos y los Sacramentos de Amor de la Sierra de Albarracín. Juan Rodríguez del Padrón partió de una parodia popular y la trató con los rasgos pre barrocos que gustaban en su época. Y, cuando esas parodias cultas llegaron al pueblo, las modificó a su gusto y manera.

Los Mandamientos y Sacramentos populares son muy ortodoxos y no llegan a los excesos de las parodias cultas, en su mayoría obras de clérigos, que se sentían avalados por la tradición del Risus Paschalis.

En estos momentos se está rescatando la tradición de los Mandamientos y Sacramentos de Amor en la Sierra de Albarracín. Con este nuevo acercamiento a lo popular nos volvemos a plantear su origen misterioso, su amplia difusión, sus valores literarios y, ¿por qué no?, la importancia que la literatura y los ritos tienen cuando se quieren apuntalar las raíces de los pueblos.

Estos testimonios literarios, con aromas de leyendas medievales, nos cautivan con su belleza y dan sentido a nuestra historia. Con ellos somos más conscientes de la historia que nos une. Esa historia que nos hace más fuertes como pueblos y como personas.

Fuentes consultadas

ARNAUDAS LARRODÉ, Miguel (1927): Colección de cantos populares de la provincia de Teruel. Edición del Instituto de Estudios Turolenses, 1992.

MATAS VELASCO, Manuel (2014): Los Mandamientos y los Sacramentos. En Patrimonio Cultural Inmaterial de la Sierra de Albarracín (PCISA), una sección del Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín (CECAL). Disponible en: https://pcisa.wordpress.com/2014/02/15/los-mandamientos-del-amor/

POLO Y PEYROLÓN, Manuel (1885): Los Mayos. Novela. Prólogo de Marcelino Menéndez Pelayo, Burgos. Disponible en PCISA para descargar.

RODRÍGUEZ DEL PADRON, Juan (s. XV) Mandamientos y sacramentos de amor. Texto publicado en el Cancionero General, 1511, pp. 82 y siguientes.

Ateneo. 3

ROMEO PEMÁN, Carmen. Artículos y charlas sobre las fiestas de primavera en la Sierra de Albarracín

  • Primer Premio Bernardo Zapater Marconell, del XXV Certamen “Ciudad de Albarracín”, 1977, por el trabajo de investigación en la Sierra de Albarracín.
  • Conferencia y Mesas redonda sobre los Mayos. Salón de Actos de Palacio Municipal de Albarracín, 30, abril, 1977.
  • Los Mayos en la Sierra de Albarracín. CSIC (IET), Teruel, 1980.
  • Presentación del libro Los Mayos. Salón de Actos del Exmo. Ayuntamiento y Comunidad de Albarracín, Abarracín, 30 de abril de 1982.
  • Trabajo de curso sobre las fiestas de Mayo. V Jornadas sobre el “Estado de los estudios sobre Aragón”, ICE, Zaragoza, 1982.
  • Un aspecto de las fiestas de primavera en la Comunidad de Albarracín (Teruel). V Jornadas sobre el estado de los estudios sobre Aragón, ICE, Zaragoza, 1982.
  • Fiestas de primavera en la Comunidad de Albarracín, Revista Temas, IAA, Huesca, 1983. Disponible en: http://antropologiaaragonesa.org/temas/temas01.htm
  • Mandamientos y Sacramentos de Amor en la Sierra de Albarracín. Comunicación presentada en el coloquio les Productions populaires en Espagne, celebrado en Pau el 8 y 9 de diciembre de 1983. Organizado por la Université de Pau et des Pays de l’Adour.
  • Breve apunte histórico de las canciones de mayo de la Sierra de Albarracín (Teruel). Revista Aragón, Zaragoza, 1986. Disponible en: http://portal.aragob.es/pls/portal30/docs/FOLDER/LIBRO/BIBARAGON/IBA/BIBLIOGRAFIA/ANTERIORES/MUSICA.PDF
  • Pregón de los Mayos y una conferencia sobre los mismos. Salón de Actos del Exmo. Ayuntamiento de Albarracín, dentro del Programa de Actos “II Concentración de Mayos”, 1 de mayo de 1986.
  • Raíces literarias de los cantos sacro-profanos de la Sierra de Albarracín. Conferencia en el “Ateneo de Zaragoza”, 29 de mayo de 1990. Y en el Colegio Universitario de Teruel, 19 de junio de 1990.
  • Almojábanas de Albarracín en la literatura de Gabriel García Márquez, Revista Jiloca, Calamocha, 1996. Disponible en: http://www.xiloca.org/data/Bases%20datos/Cuadernos/2229.pdf
  • Los Mayos de la Sierra de Albarracín. Letras desde Mocade. 5 de mayo de 2017. Disponible en: https://letrasdesdemocade.com/2017/05/01/los-mayos-de-la-sierra-de-albarracin

Carmen Romeo Pemán

APÉNDICES TEXTUALES

 

Sacramentos de Amor de Saldón. 1977

  • Si quieres oír, María,
  • los Sacramentos cantar,
  • ponte sentada en la almohada
  • que los vamos a empezar
  • El primero es el bautismo.
  • Ya sé que estás bautizada,
  • en la pila del bautismo
  • para ser buena cristiana

 

  • El segundo, confirmación.
  • Ya sé que estás confirmada
  • con la mano del obispo
  • con su mano consagrada

 

  • El tercero es penitencia.
  • La que dan  los confesores,
  • que la mucha penitencia
  • suele ser causa de amores
  • El cuarto, la comunión.
  • Si lo recibes con gracia
  • y con anhelo,
  • seguro tienes el cielo
  • El quinto, la extremaunción.
  • Que vas de extremo en extremo,
  • que no te puedo olvidar,
  • preciosísimo lucero

 

  • El sexto, sacerdotal.
  • Sacerdote no es de ser,
  • en el libro del amor
  • toda mi vida leeré

 

  • El sétimo, matrimonio-
  • Lo que yo vengo a buscar,
  • si estuviera de Dios
  • contigo me casaré

 

  • Estos siete sacramentos
  • solo se parte en dos,
  • en querer y que me quieras,
  • en servir y amar a Dios

 

  • Mandamientos de Amor de Tramacastilla. 1977
  • Los Mandamientos de Amor,
  • niña, te vengo a cantar,
  • si estás atenta un momento
  • y los quieres escuchar.

 

  • En el primer mandamiento,
  • me mandan de que te ame`
  • más que a mi vida te quiero,
  • aunque la vida es amable.

 

  • En el segundo, he jurado
    y he dado mil juramentos,
    de no olvidarte jamás
    ni sacarte de mi pecho

 

  • En el tercero, no estuve
    en misa con devoción,
    que te pusiste delante,
    robándome la atención

 

  • En el cuarto, les perdí
    a mis padres el respeto,
    solo por venir a verte,
    en público y en secreto

 

  • En el quinto, no he matado
    a ninguno, prenda mía.
    Si otro galán te quisiera,
    entonces no sé qué haría.

 

  • En el sesto, no he gozado
    mujer, en toda mi vida.
    Sólo te deseo a ti,
    resalada, prenda mía.

 

  • En el setimo, no he hurtado
    la cosa más pequeña a nadie.
    Solo les quisiera hurtar
    la voluntad a tus padres,

 

  • En el otavo, no miento
    ni he sido falso testigo,
    como suponen de mí,
    si me ven hablar contigo

 

  • En el nono, no he deseado
    jamás ajena mujer.
    Solo te deseo a ti,
    y a ti sola he de querer

 

  • No desearé, salada,
    en este mundo los bienes,
    no hay más bienes en el mundo
    como la sal, que tú tienes.

 

  • Niña, estos diez mandamientos
    son compuestos para amar.
    Y aunque me cueste la vida,
    contigo me he de casar.

 

Juan Rodríguez del Padrón o de la Cámara (1390-1450).

Mandamientos de Amor

EL PRIMERO

El primer mandamiento

si miráis cómo dirá,

cuánto bien qué vos será

de mi poco sentimiento.

En tal lugar amarás,

do conozcas ser amado,

no serás menospreciado

de aquella que servirás.

Mirad que me contesció

por seguir la voluntad,

ofrescí mi libertad

a quien la menospreció.

El tiempo que la serví

hasta haber conocimientode mi triste perdimiento,

sabiendo que lo perdí.

 

EL SEGUNDO

Al segundo luego vengo.

Guardadlo como conviene

que por este sostiene

lealtad, la cual mantengo.

Serás constante en amar

la señora que sirvieres;

mientras que la mantuvieres,

ella no te deja errar.

Quién galardón quiere haber

del servicio que hicieres,

a la señora que sirviere

muy leal tiene de ser,

pues lealtad vos hará

Venir al fin deseado.

Quién amare siendo amado,

con razón lo guardara.

 

EL TERCERO

El segundo es acabado

Donde el tercero comienza,

ocupar tiene vergüenza,

al que lo tiene pasado.

Serás casto, no te mueva

tal codicia de trocar,

la que tienes que guardar

por otra señora nueva.

¡Oh qué derecha razón

es que pierda el que ganar

presume por su mudar!

¿Do tiene su corazón?

Para mientes al cuidado

que nunca se partirá

de quien lo recebirá,

dubda, por haber errado.

 

El CUARTO

Cesando de más sonar

el tercero que fenece.

Pues el caso se me ofrece

del cuarto vengo a tractar.

Muéstrate ser mesurado

a todos generalmente,

con alegre continente,

si quieres ser bien tractado.

La mesura hallaréis

en las damas castellanas,

En especial sevillanas,

sí tractar vos las queréis.

Los que de aprender hubieren

de nuevo ser mesurados,

cedo serán enseñados,

Si de aquestas aprendieron.

 

EL QUINTO

El quinto vengo diciendo,

una virtud que cualquier

puede muy bien amado ser,

esta sola poseyendo.

Cura por ser esforzado,

de los que siguen amor,

Deben perder el temor.

pues es virtud ser osado.

De solo ser esforzados

se vos puede recrescer,

tanto que sin conoscer

alcanzaréis ser amados.

Mirad, como Ector fue

esforzado en la pelea,

por do la Pantasilea,

sin lo ver, le dio su fe.

 

EL SEXTO

Del quinto no más se lee.

de hablar va ya cesando.

El sexto viene mostrando

las virtudes que posee:

siempre seréis verdadero

que poseyendo tal fama,

te recibirá tu dama

de grado por compañero.

Antes quiso fenecer

Régulo, cónsul romano,

En poder del Africano,

Que la verdad fallecer.

Pues nuestros antecesores

Que fueron en otra edad

murieron por la verdad,

mantenedla vos, señores.

 

EL SETENO

El sexto se va dejando

de más largo razonar,

al seteno da lugar

que se venga demostrando.

Trabaja por te traer

ricamente con destreza,

que el amor con la pobreza

mal se puede mantener.

Mirad bien en cuanto grado

la riqueza favoresce:

en la casa donde crece,

del necio hace avisado,.

así, por el consiguiente,

donde no le place estar,

en breve hace tornar

al discreto imprudente.

 

EL OCTAVO

Del seteno me despido,

el octavo comenzando,

mi proceso acrescentando

de ciencia fallesciendo.

Fuirás la soledad,

vivirás en alegría,

buscando la compañía,

padecerá tu voluntad.

De vivir solo recrescen

grandes males sin medida,

y, la fama destruida

de aquellos que lo padecen,

tristeza, poco saber,

desesperación, olvido,

pensamiento desavido,

causan el seso perder.

 

 

EL NOVENO

El otavo ya acabado,

queriéndose retraer,

el lugar de proponer,

al noveno traspasado.

Estudioso tú serás

en obras de gentileza,

don discreción y destreza,

de la cual no partirás.

Gentileza hallarás

en quien ama realmente

y su propio continente

cuanto lo demandarás:

nunca sigue en otra parte

sino donde amor prospera,

y allí muestra bandera

por los que siguen su arte.

 

EL DEZENO

El noveno despedido,

de todo lo procesado,

por dar fin a mi tractado,

soy al dezeno venido.

Serás franco del querer,

con todos habrás cabida,

y mayor de quien tu vida

tiene en su libre poder.

La virtud de la franqueza

cualquier que la buscará,

sepa que la hallará,

donde gobierne nobleza.

Vayan al muy soberano

príncipe, rey de Castilla,

que de la más alta silla

la reparte con su mano.

A sus pies está mesura,

rigiendo toda su sala,

a mano izquierda la gala,

de otro cabo cordura,

de semblante muy diverso,

Sobre aquesta discreción,

alférez de su pendón,

gobernando el universo.

 

FIN

Toca, toca cabalgar,

esos trompetas clarones,

Desenvuelvan sus pendones,

iremos a pelear,

con todos los condenados,

perdidos por herejía,

que mantuvieron porfía

contra Amor y sus criados.

Versión del Cancionero General de 1511. Fol. LXXXXII y ss.

 

 

 

 

 

 

Sospecha

Mi error fue agacharme a mirar por el ojo de la cerradura. Sentía tanta curiosidad que bajé la guardia un segundo. Entonces, por la espalda, alguien me inmovilizó con una mano y me amordazó tan fuerte con la otra que me clavé los dientes en los labios. Intenté girar el cuerpo para defenderme, pero solo conseguí que mi codo golpeara la puerta con estrépito. El movimiento fue tan brusco que mi captor y yo perdimos el equilibrio. Caímos al suelo y ocurrieron varias cosas a la vez: la puerta empezó a abrirse, mi asaltante aprovechó el peso de su cuerpo sobre el mío para mantenerme inmóvil, se sentó sobre mi espalda, aprisionó mis brazos con sus piernas y me tapó los ojos con la mano que le había quedado libre. Intenté patearle la espalda, pero mis talones no alcanzaron a golpearle.

–¡No hable!

Pensé que el tipo se dirigía a mí, pero al escuchar las siguientes palabras comprendí que se lo debía de estar diciendo a quien hubiera abierto la puerta. Siguió hablando:

–Tranquilo. No ha podido ver nada. Ayúdeme a meterla dentro, pero antes traiga algo con que taparle los ojos.

Volví a retorcerme a sabiendas de que no serviría de nada. Si no había podido defenderme de uno, dos se convertían en misión imposible. Pero el miedo no me dejaba pensar. Un trapo sustituyó a la mano que tapaba mis ojos y me ataron las muñecas y los tobillos con algo más grueso que una cuerda, un tela rugosa y gruesa, un poco húmeda. Probablemente era una toalla que habrían cogido del baño. Me agarraron de los brazos y de las piernas y me levantaron del suelo. Traté de revolverme, pero fue inútil.

–¡Estese quieta de una vez! –Era la misma voz de antes–. No queremos hacerle daño, pero si sigue así se lastimará usted sola.

Me dejaron con suavidad encima de algo blando, creo que era un sofá, porque el lado derecho de mi cuerpo y mi espalda estaban en contacto con una superficie mullida.

–¡Socorroooo! –grité.

Escuché el sonido de una puerta que se cerraba y volví a gritar, aunque sabía que era en vano. Había seguido a mi marido hasta allí de una forma temeraria, con la única guía de las luces traseras de su coche mientras las del mío las mantenía apagadas. No sé cómo no me había salido de aquel camino sin asfaltar que parecía la ruta a ninguna parte. Y mis sospechas aumentaron cuando vi que aparcaba delante de un caserón con pinta de estar abandonado en el centro de kilómetros y kilómetros de campo solitario. Por eso esperé a que entrara, y por eso me acerqué a espiar con tan mala fortuna. Podía gritar todo lo que quisiera, pero estaba claro que nadie me escucharía.

Oí que la puerta se abría. Me amordazaron, volvieron a cogerme como si fuera un saco y me metieron en el asiento trasero de un coche. Escuché el click que bloqueaba las cerraduras de las puertas y empecé a llorar y a rezar en silencio. No supe calcular cuánto tiempo duró el trayecto. Cuando el coche se detuvo noté que liberaban mis tobillos. Escuché la misma voz.

–Ahora va a caminar conmigo y no le pasará nada, ¿de acuerdo?

El tono amigable me hizo asentir y, además, no se me ocurrió ninguna otra opción. Una mano me guio con suavidad cogiéndome del codo. Escuché abrirse una cerradura, dimos unos pocos pasos y me sentaron en una silla.

–Voy a aflojar los nudos de las muñecas, ¿vale? Espere un minuto para soltarse. Voy a salir de aquí caminando hacia atrás, de modo que si intenta quitarse la venda de los ojos antes de que me vaya me daré cuenta.

Asentí, aunque no pensaba desviarme ni un milímetro de sus instrucciones. No entendía nada. Conté hasta cien, por si acaso sesenta no era suficiente, y liberé mis manos con facilidad. Levanté la tela que me cubría los ojos y no di crédito a lo que veía. Estaba en el salón de mi casa, sentada en una de las sillas del comedor. Esperé hasta que las piernas dejaron de parecer gelatina y me puse de pie. Caminé como una convaleciente hasta la puerta de la calle y me asomé a la mirilla sin atreverme a abrirla. No había nadie en el porche. A punto de retirarme, algo me llamó la atención. Volví a mirar y mi sorpresa fue en aumento. ¡Mi coche estaba aparcado en la puerta! Comprendí que me habían traído en él, aunque el miedo y mi ceguera no me dejaron darme cuenta. Eché un vistazo a mi alrededor. En el mueble de la entrada reposaban mis llaves; seguramente se me habrían caído durante los forcejeos y el hombre misterioso las habría recuperado. Un vehículo se detuvo y aparcó detrás del mío. Me eché hacia atrás aterrorizada, aunque desde la calle no podían verme. Atisbé por una cortina. Vi bajar a mi marido de su coche y caminé de espaldas hasta tantear el sofá. Me dejé caer en él sin quitar los ojos de la puerta.

–Hola, Elena.

Aurelio encendió la luz. Parpadeé sin saber qué hacer o qué decir.

–Tenías razón, ¿sabes? –Me miró como se mira a una desconocida–. Tu intuición femenina, al final, tenía razón.

–¿Por…? –Tosí. Me costaba trabajo hablar–. ¿Por qué dices eso?

–Porque es verdad que nuestra relación lleva tiempo entre dos aguas, Elena. Hoy lo he visto claro.

Mi mente giraba como una noria sin control. ¿Qué sabía Aurelio? Era evidente que el otro hombre del caserón debía de haber sido él. Y, si lo era, ¿qué significaba todo esto? Pareció que me leía el pensamiento.

–Ya había notado que llevabas tiempo desconfiando de mí. Hasta ahí, llego. Miré en tu bolso y encontré la tarjeta del detective.

Guardé silencio. No supe qué responder. Miles de posibilidades irrumpieron en mi mente como las sucesivas olas de un temporal. Aurelio siguió hablando.

–No creí que llegarías a ese punto, y decidí pagarte con la misma moneda. Llamé a tu detective y te gané por la mano. Lo contraté antes de que tú te pusieras en contacto con él, y le dije que seguramente lo llamarías. Lo único que tenía que hacer era no contarte nada de nuestro trato y mantenerte vigilada.

Por los ojos de Aurelio pasó la sombra del sentimiento que un día compartimos. Duró tan poco que pensé que había sido un espejismo fruto de mi imaginación.

–Te estaba preparando una fiesta sorpresa para tu cumpleaños, ¿sabes? Así que te siguió cuando decidiste espiarme y… –Aurelio suspiró–. ¿Quieres que siga…?

Callé. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.

Mis miedos tocaron fondo. “Igual que mi matrimonio”, fue lo último que pensé.

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

María del Socarrau

Nadie había cruzado nunca el umbral de casa el Socarrau. Si alguien les llevaba algún recado voceaba desde la calle y Nicolás se asomaba a la ventana. Ni siquiera dejó entrar a la partera el día que María malparió. A las pocas horas, Nicolás bajó a casa del carpintero y le contó que el niño había nacido muerto. Volvió con una caja, lo envolvió en una sábana blanca y lo metió dentro. Que la criatura era inocente, que no le había atado el ombligo porque no estaba muy seguro de que fuera su hijo. Qué él se pasaba la vida en el monte y, aunque cerraba la puerta, cualquier mozo podría haber subido por la ventana. Que María aún tenía las carnes prietas.

El carpintero se puso la caja en la cabeza y Nicolás lo siguió con la azada en una mano y la boina en la otra. María los despidió desde la ventana. Cuando llegaron al cerro de Santa Ana, cavaron una fosa junto a la pared del cementerio, que, como el recién nacido no estaba bautizado, no lo podían enterrar en sagrado.

Ese día María abandonó el lecho conyugal y se fue a dormir a la sala de las alcobas, la que reservaban para los huéspedes. Y, aunque Nicolás se lo rogara, no pensaba volver a la cama de matrimonio, que ella sabía que la pobre criatura se había desangrado por su culpa, y no se lo perdonaría nunca. Y que no le viniera con el cuento de que tenía urgencias de hombre, que no, que no lo pensaba complacer. Antes de acostarse, le rezó una oración a santa Librada, la patrona de los partos, para que sacara a su hijo del Limbo.

Se metió en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. Lo intentó varias veces. En cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, veía al niño que se apretaba la tripa con las manos para que no se le salieran los intestinos, y a su padre que lo perseguía con una hoz levantada. Con los gritos acudía Nicolás desde la otra punta de la casa.

—¡Joder, María! No me dejas pegar ojo. Mira a ver si te callas de una puta vez. No vaya a ser que también te tenga que cortar el ombligo con la navaja.

rayaaaaa

 Aún no habían pasado dos años de la muerte del niño, cuando un buen día oyó la voz de una vecina que la llamaba a gritos desde la calle:

—¡Maríaaaaaa, corre, baja! Han encontrado a tu marido muerto en el campo. Dicen que le ha dado un cólico miserere.

De repente, María se encontró viuda, sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y empezó sacarse algún jornal lavando en río para los ricachones. Un día oyó que los del Ayuntamiento estaban buscaban alojamiento para la nueva maestra y se presentó a ofrecerles su casa. Salió contenta cuando le dijeron que sí y frotándose las manos pensó: “No me vendrán mal unas perrillas solo por tener una alcoba ocupada”.

rayaaaaa

A los pocos días llegó la nueva maestra, a lomos de una yegua blanca. A Pascuala, que así se llamaba, la acompañaba el alguacil, que la había ido a buscar a Ayerbe. Pascuala hizo todo el trayecto con la cabeza caída hacia un lado, como si estuviera dormida. Estaba tan nerviosa que no tenía ganas de hablar. Que una cosa era la ilusión de enseñar y otra lo que se podía encontrar en el pueblo. Que ya le había dicho su profesora de Pedagogía que tendría que enfrentarse con los caciques y con los hombres del pueblo que sus hijas fueran a la escuela. También le advirtió que tendría que ponerse de parte de las madres que no querían que las chicas se quedaran en casa, como ellas, a esperar un matrimonio sin amor y a llorar en silencio la muerte de muchos hijos recién nacidos. Y que anduviera con ojo, que era mejor quedarse soltera que caer en las redes de algún montaraz.

Como el viaje fue largo, le dio tiempo a hacer un repaso de su vida. No sabía muy bien adónde la llevaba su tozudez por enseñar y, cuando vio pueblo encima de una roca, pensó que era un lugar para almas solitarias y no para una chica joven y activa,. También pensó en el mundo que había dejado atrás y sintió una punzada en la boca del estómago. Se acordó del bullicio de su barrio de San Pablo de Zaragoza. En sus oídos todavía resonaban los gritos de los tenderos mezclados con el tañido de las campanas. Ella, que estaba hecha al bullicio de la ciudad, no sabía cómo iba a soportar aquel silencio. Pero  por nada del mudo se echaría atrás. Nunca más dependería de su tío.

—Bueno, pues ya estamos. —El alguacil le ayudó a descabalgar en la puerta del Ayuntamiento.

Allí estaba el alcalde esperándolos. La hizo pasar dentro. Después de la bienvenida, le dijo que se instalara en su nueva casa y que descansara un rato. Que por la tarde se verían en la reunión de la Junta de Enseñanza para darle la bienvenida. Que también asistirían los concejales y el médico, por eso de cuidar la salud en la escuela. Además, como estaba un poco solo, se pasaba a menudo a ver si podía echar una mano en algo.

Salieron del Ayuntamiento, el alguacil cogió los baúles y la acompañó hasta una casa con las paredes renegridas.

—Esta es la casa. En el pueblo todos la llamamos casa del Socarrau y, a la que va a ser su casera, señora María del Socarrau.

En la puerta los esperaba una vieja, con una toca negra anudada debajo de un moño. Al verlos, se adelantó a besar a Pascuala, pero antes se limpió las manos en un delantal parduzco que le tapaba unas sayas marrones de arpillera.

—¿Qué tal, señora maestra? ¡Bienvenida a mi casa! Ya le habrán dicho que vivo sola. Así que me vendrá muy bien su compañía.

Pascuala venció el asco, le acercó la mejilla y se dijo para sus adentros: “Más que compañía le harán falta los duros que le voy a pagar. Me parece que no tendremos muchas cosas que contarnos”. Cuando notó las babas de una boca desdentada, sintió que le bajaba un escalofrío por la espalda.

A continuación, subieron unas escaleras de piedra empinadas y llegaron a una cocina llena de humo en la que se adivinaba un hogar, rodeado por dos cadieras cubiertas con pieles de cabras. En la pared del fondo, junto a un ventanuco sin cristales, estaba la puerta que daba paso a una sala.

Antes de entrar, Pascuala se quedó un poco rezagada. Le entraron ganas de escaparse y bajar corriendo las escaleras. Carraspeó un poco, como si le molestara el humo en la garganta. En realidad se tragó las lágrimas y siguió a la señora María.

—Ninguna casa del pueblo tiene una sala tan limpia como esta —le comentó la señora María señalando las baldosas de cuadros que brillaban con el único rayo de sol que entraba por un ventanuco.

En la pared de la izquierda, como si fueran capillas de una iglesia, se abrían dos alcobas sin ventilación. Cada una estaba cerrada por una cortina de flores. Pascuala se asomó y en las dos encontró lo mismo. Una cama de hierro pegada contra la pared.

En el lado del cabecero, una estampa grande con la figura de un santo, un crucifijo, una mesilla con una palmatoria y una silla de anea. En los pies de la cama, una percha y una jofaina para lavarse las manos. Por debajo de las colchas de ganchillo se adivinaban las asas de los orinales. En la pared de la derecha, enfrente de las alcobas se alineaban los baúles de la casa en los que se guardaban los ajuares y las ropas de domingo.

Después de enseñarle la habitación, colocaron los baúles de Pascuala enfrente de su alcoba.

—¡Es la hora de comer! —exclamó la señora María, cuando oyó que el reloj de la torre daba la una.

—¿Tan pronto? —le preguntó Pascuala incorporándose.

—A esta hora comemos todos los del pueblo.

—Pues en Zaragoza a la una solo comen los obreros.

La señora María se mordió los labios y colocó bien recto el cuadro de santa Librada:

—Hoy la invitaré, pero ya sabe que en adelante tendrá que prepararse usted la comida, que yo por el día me saco un jornal lavando en el río. —le contestó con voz pausada.

Cuando se sentaron junto al fuego, Pascuala se ensimismó mirando las llamas y le volvieron más imágenes de su vida pasada. Se acordó de los días que había comido sola desde que se quedó huérfana. De las pocas caricias que recibió de su tío, el canónigo. De las noches que había pasado desvelada, contemplando los tapices bordados en oro fino que decoraban su habitación. De los reflejos de las velas que movían las carnes de un Eros juguetón. Se acordó de que todas las noches soñaba con las aventuras amorosas campestres del día que llegara a ser maestra de un pueblo.

—¿Qué le pasa? ¿Le ha dado algún mareo? —La señora María se acercó y le tocó la frente—. ¿No ve que ya tiene la sopa en la escudilla?

—Es que creo que estoy muy cansada del viaje. Se me pasará.

Mientras tomaban la sopa de ajo, la señora María le contó su vida. Y cuando notó que Pascuala se limpiaba una lágrima con el puño de la rebeca le dijo.

—Me da a mí que usted va a tener más suerte que yo con mi Nicolás, que en paz descanse. —Se santiguó—. Mire, hace poco que llegó un médico muy joven, don Valero Arbigosta se llama. Y lo veo todo el día buscando compañía por estos andurriales. Nunca se sabe.

Carmen Romeo Pemán

rayaaaaa

Imagen principal. En el Pirineo a principios del siglo XX. Autor y lugar desconocidos. Publicada en Facebook por Lorién La Hoz.

El 2 de abril, día mundial del autismo

El 27 de noviembre de 2007 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución en la que declaraba el 2 de Abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. No se concibió como un día de celebración, sino como un día para reivindicar. Y desde entonces lo vivimos como una fecha especial.

Hoy quiero reflexionar sobre lo que significa la aparición de ese invitado, el trastorno autista, que llega sin avisar, cuando el niño cumple el año de vida o poco más, y se va colando en la vida del afectado y de todos los que lo rodean. En este artículo os voy a exponer mi punto de vista sobre el tema, porque, como madre de un joven con T.E.A. (Trastorno de Espectro Autista), tengo mucho que decir y creo que merece la pena decirlo.

El color azul

Hoy los colores se han convertido en símbolos reivindicativos de múltiples causas. Así tenemos, por ejemplo, el lazo rosa para el cáncer de mama, o el color azul para el mundo del autismo. Azules son el mar y el cielo, y los dos pueden regalarnos una gama enorme de variaciones de color. Desde el tono sereno de un cielo en calma hasta el azul frío y aterrador de una tormenta en el mar. Y, como el cielo o el mar, también el autismo puede albergar bajo sus alas a personas tan pacíficas que parecerían invisibles, o a pequeños con rabietas que son verdaderos terremotos y que dejan en mantillas a las pataletas de los niños, digámoslo así, normales. Lo podéis comprobar en estas líneas que no son más que una pequeña muestra de esa extraña y desconocida paleta de colores que son los T.E.A.

Cronología del autismo

¿Qué ha ocurrido para que el concepto de autismo se haya hecho mayor y hoy se le conozca como T.E.A.? ¿Qué le ha hecho llegar a adoptar ese nombre con siglas rimbombantes que nada tienen que ver con la bebida favorita de los británicos? Para entenderlo hay que viajar al pasado, al comienzo de la historia. Y no hace falta remontarse demasiado. Porque el concepto de autismo tiene menos de cien años.

En 1943 Leo Kanner estudió a once niños que tenían en común, entre otras cosas, una severa dificultad para adaptarse a los cambios y para llevar a cabo con normalidad relaciones sociales. En 1944 Hans Asperger, trabajando por separado, describió también a un grupo de niños con características muy similares a las descritas por Kanner. Hasta ahí podíamos pensar que la historia del autismo comenzó como la de tantas otras historias médicas, si no fuera porque se cometió un terrible error al formular una hipótesis demoledora: lo que causaba el autismo era, según Bettelheim y el mismo Kanner, una frialdad materna desde el nacimiento.

No quiero ni imaginar que yo hubiera vivido en esa época.

¿Os imagináis lo que puede suponer que le digan a una madre que su hijo está así porque no le ha dado suficiente cariño? ¿Cómo se sentirían esas madres cuando, además de cargarlas con ese estigma, les dijeran que sus hijos padecían esquizofrenia infantil y que la única solución era el internamiento psiquiátrico?

Por suerte hoy las cosas han cambiado y la teoría de la madre frígida ya es solo historia. Pero no está de más mencionarla aquí porque, para entender adónde hemos llegado, es bueno conocer de qué punto partimos.

¿Y qué tiene el autismo para ser tan diferente?

Al comienzo he mencionado que el diagnostico suele producirse entre uno y tres años de vida. Eso, de por sí, ya es una broma pesada de la naturaleza. Porque hoy, con los adelantos en técnicas de imagen o estudios genéticos, es posible diagnosticar muchas patologías durante la etapa fetal. Por ejemplo, eso se hace con un cribado rutinario entre las embarazadas para la detección del síndrome de Down. En este caso las familias saben lo que se van a encontrar desde mucho antes del parto. Pero, en el caso del autismo, no hay marcadores predictivos, no hay ningún anticipo, ninguna pista. Es más, el niño nace envuelto en una aparente normalidad que estallará como una burbuja cuando alcance un punto crítico del desarrollo en torno a los dieciocho meses. Y, créanme, en un año o dos ha dado tiempo a llenar la cabeza y el corazón de planes de futuro, de proyectos y de ilusiones que se vienen abajo cuando pasa lo que les voy a contar.

Uno de los primeros síntomas de alarma puede ser una falsa carencia afectiva: el niño no tolera que lo besen, llora si lo abrazan, como si en lugar de abrazarlo lo estuvieran aplastando. Y es que muchos niños se sienten exactamente así, aplastados, abrumados. Tienen una hiperestesia que hace que lo que para nosotros puede ser un sonido normal, para ellos sea un ruido amplificado cien veces. A veces no soportan el roce de una simple etiqueta en una prenda de ropa. Pueden no responder a su nombre, haciendo creer muchas veces que tienen sordera, y quedarse abrumados o sufrir una terrible rabieta ante el ruido de una aspiradora. O, como le ocurría a mi hijo, acudir a sentarse delante del televisor cuando una presentadora, cuyo nombre no olvidaré nunca, Ana Blanco, daba las noticias del telediario. En el momento en que sonaba su voz, mi Javi dejaba lo que estuviera haciendo para quedarse embelesado delante de la pantalla. Y yo, en esos minutos de sosiego, que eran un regalo para mis nervios, intentaba cargar pilas o, a veces, idear planes disparatados para secuestrar a la pobre presentadora y mantenerla en mi casa a perpetuidad, mimándola como a una reina.

Podría llenar páginas y páginas con ejemplos similares. Abuelas desesperadas porque su nieto no las mira a los ojos. Niños tan selectivos a la hora de comer que rozan la desnutrición porque no toleran la textura o, simplemente, el color de un alimento. Episodios de autolesiones que pueden deberse a algo tan simple como que un adorno esté colocado en un sitio diferente al que suele ocupar… Creo que no hacen falta más explicaciones, ¿verdad?

Los niños crecen, y cuando llega la adolescencia el terremoto inicial que he mencionado al hablar del color azul puede llegar a adquirir la intensidad de una explosión nuclear. Porque la variabilidad del trastorno es tanta como la variabilidad de las personas. Y cada niño pequeño se transforma en un adolescente distinto. Si ya los adolescentes normales son difíciles de manejar, imaginen lo que puede suponer para una persona con autismo la revolución hormonal de la adolescencia. Solo imaginen. A mí me faltarían palabras para explicarlo aquí sin quedarme corta.

En muchos casos hay un mayor o menor grado de retraso madurativo, pero hay otros que presentan síndrome de Asperger, que es un autismo de alto nivel, o de altas capacidades, que pueden, por ejemplo, pasar horas y horas hablando de su tema favorito, ya sea de las marcas de coches o de fechas de olimpiadas o de acontecimientos deportivos. Y no hay forma de meter baza en esa conversación, ni eso se limita a los más capaces. Recuerdo que cuando mi Javi adquirió lenguaje oral, tuvo una época en la que sus preguntas habituales eran siempre sobre temas energéticos. Entonces no existía internet y pasé más de una tarde buscando en las enciclopedias las diferencias entre las luces halógenas, fluorescentes e incandescentes. No me pregunten que de dónde nació su interés por semejantes cuestiones, porque bastante tenía yo entonces con encontrar respuestas a sus preguntas. Y luego, cuando mejoró, aquello dejó de importarnos tanto a él como a mí. Hoy sus temas de conversación son mucho más variados y políticamente correctos: le gusta hablar del tiempo, de viajes, de ocio, de sus estudios, de temas, en fin, bastante más normalitos.

Y llegamos a la época de adultos. Que ahí sigue habiendo mucho de lo que hablar. Porque las personas con T.E.A. se ven obligadas a moverse en un mundo diseñado por personas que no tienen autismo. Y desarrollan una serie de recursos para adaptarse a ese mundo diferente. Aprenden a usar frases convencionales, a decir “tanto gusto”, o “me encanta” aunque eso no refleje su estado emocional. Ya, ya lo sé. Eso lo hacemos todos, pero no es lo mismo. Ellos aprenden a imitarnos, aunque a veces no nos entiendan, porque desean que no los veamos tan diferentes. Se van a mover siempre entre nosotros como la persona que se va a vivir a otro país con un conocimiento rudimentario del idioma y de las costumbres del sitio al que se dirige. Por supuesto hay cosas que logran captar, y voy a daros otro ejemplo personal que me hizo sentir un momento de felicidad casi infinita. A Javi le habíamos trabajado las fórmulas sociales de cortesía. Las típicas de “cómo estás”, “buenos días”, “cómo te llamas”, y otras más o menos parecidas. Pero nos encontramos un día con un amigo muy campechano que lo saludó de esta guisa: “¿qué hay, colega?” Javi se quedó pensando durante varios segundos con la frente arrugada. Ese “qué hay” no estaba entre sus archivos de frases cotidianas. Y, cuando todos creíamos que no iba a responder, nos dejó boquiabiertos. Levantó las cejas, se pintó la cara con una sonrisa gigante, y soltó una sola palabra: “Alegría”. Y, desde luego, vaya si había alegría. A mí me invadió de golpe por todos los poros, porque era su primera respuesta “no trabajada” y había sido capaz él solito de elaborarla para expresar cómo se sentía en ese instante.

Un adulto con T.E.A. tendrá siempre a la inseguridad como compañera de viaje. Muchos presuntos delincuentes son en realidad personas con esta patología, inadaptados sociales. Hay quien defiende que genios como Einstein, Mozart y alguna que otra celebridad eran, en realidad, personas con autismo. Porque cuando tienen altas capacidades se da la paradoja de que, al coexistir con unos intereses muy limitados y rígidos, son verdaderos genios en lo suyo. El problema viene cuando tienen que enfrentarse a situaciones en las que su carencia de habilidades sociales se pone de manifiesto. Conozco a un adulto con síndrome de Asperger que estuvo a punto de que lo detuvieran porque cuando un policía le pidió la documentación en un control rutinario, le preguntó que por qué se la pedía, y como la respuesta del policía no le convenció, no tuvo reparo en decirle que él “no lo consideraba necesario” y que, por tanto, no se la iba a enseñar. Y se lo dijo con tal tranquilidad que el agente pensó que se estaba burlando de él o que tenía algo que ocultar. Y cuanto más hablaban, más se complicaba el tema.

En conclusión

Sobre el autismo existen libros y tratados que dan idea de su complejidad. En este artículo, aprovechando la fecha de 2 de Abril, me he limitado a compartir un vuelo rasante sobre ese planeta azul que existe en el nuestro, en nuestra Tierra.

Y este año el mensaje de las organizaciones y asociaciones que trabajan por y para el autismo ha sido claro: intentemos facilitar la inclusión de estas personas en nuestro mundo, sin exigirles que sean diferentes a lo que son. Porque tienen derecho a ser así, a que se les respete, a que se les den herramientas de autodeterminación, a compartir, en suma, nuestro mundo. Que también es el suyo aunque no sean iguales a nosotros. No olvidemos que existen o deberían existir muchas más cosas que nos unan que cosas que nos separen.

Adela Castañón

Imagen: Foto de Ben Hershey en Unsplash

María Moliner en Zaragoza

#InstitutoGoya

El sábado día 30 de marzo, María Moliner Ruiz cumplió 119 años. Fue una de las primeras alumnas del Instituto Goya, en ese momento llamado Instituto General y Técnico de Zaragoza, que durante mucho tiempo estuvo situado en la vieja Universidad de la Magdalena, un edificio hoy desaparecido.

Fachada de la Universidad

Fachada de la desaparecida Universidad de la Magdalena. En este complejo universitario estaba el Instituto de Zaragoza.  En 1933 se trasladó al edificio de los jesuitas y se llamó Instituto Goya. En 1936 estuvo un tiempo en la Escuela de Comercio y después volvió a la Magdalena. En 1959, el mismo día que el Hospital Miguel Servet, se inauguró el edificio tal y como se conserva en la avenida Goya, 45.

Movida por el honor de haber impartido clases en el instituto donde ella estuvo de alumna, quiero recordar sus andanzas por Zaragoza, y los homenajes que la ciudad le ha dedicado poniendo su nombre a edificios, organizaciones y calles. Así, María Moliner sigue presente, de forma habitual y natural, en la ciudad de su adolescencia.

María Moliner Ruiz. (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981). Lexicógrafa. Licenciada en Historia, archivera, bibliotecaria y una infatigable trabajadora de la lengua española. Era hija de Matilde y Enrique, un médico rural que en 1902 se trasladó a Almazán (Soria) y en 1904 a Madrid. En 1914 María regresó a Zaragoza.

Comenzó los estudios de bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, y se examinó, como alumna libre, en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (1910-1915). En 1915 pasó, también como alumna libre, al Instituto General y Técnico de Zaragoza. En 1917 figuraba como alumna oficial y en 1918 obtuvo el título. Fue una de las primeras alumnas que cursó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza.

María Moliner. Certificado

Como se aprecia en la foto de 1917, la que encabeza esta reseña, ese curso solo había seis alumnas, en la foto todas están junto al profesor don Miguel Allué Salvador —en 1917 era director don Pedro Marcolaín— . María Moliner lleva trenzas y está abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila—. Entre sus compañeros del Goya reconocemos a Luis Buñuel —arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila— y a Ramón J. Sender —abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila.

En 1921 obtuvo premio extraordinario en la licenciatura de Historia, en la Universidad De Zaragoza Unizar, que entonces tenía la sede en la Plaza de la Magdalena, en el mismo edificio que estaba el instituto.

Carnet del Goya

Carné de la Universidad de Zaragoza

Desde 1917 hasta 1921, María Moliner, además de cursar Historias en la Facultad de Filosofía y Letras, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva. Allí colaboró en la realización del Diccionario aragonés y adquirió un método de trabajo que después le resultaría muy útil para la redacción de su Diccionario.

En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y comenzó a trabajar en el archivo de Simancas. Desde 1924 hasta 1930 estuvo destinada en Murcia, donde conoció a Fernando Ramón Ferrando, un catedrático de Física, con quien se casó en 1925. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia. Allí nacieron sus dos hijos mayores: Enrique y Fernando. En 1930 se trasladaron a  Valencia, donde nacieron Carmen y Pedro.

Ya en Valencia, María, Fernando y otros matrimonios fundaron la Escuela Cossío, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, para educar a sus hijos de forma moderna y europea. Dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas y escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Realizó importantes aportaciones para la política bibliotecaria de la II República.

Al acabar la Guerra Civil fueron expedientados y degradados en el escalafón. Fernando perdió la cátedra y lo trasladaron a Murcia. Y a María la rebajaron dieciocho niveles en el escalafón y la destinaron al Archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 su marido fue rehabilitado y destinado a la Universidad de Salamanca. Finalmente, la familia se instaló en Madrid y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Desde 1951 hasta 1966, ella sola definió en español actual, con paciencia y con un método riguroso, una a una todas las palabras del diccionario de la Real Academia Española. Y otras que todavía no estaban admitidas.

El resultado fue el Diccionario de uso del español (1966), uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos de la lexicografía española del siglo XX, reeditado constantemente desde su publicación.

Marcapáginas

Un marcapáginas para libros

 

En 1972 no fue admitida en la Real Academia Española por su condición de mujer. María Moliner, trabajadora, inteligente y utópica, fue víctima de una sociedad que no era generosa con las mujeres.

Reconocimientos en Zaragoza

El antiguo camino de las Alcachoferas, en 1935 se llamó calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 hasta 1979 calle del General Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se le puso el nombre de María Moliner.

Mapa de la calle

En Zaragoza, también lleva su nombre la asociación de mujeres “María Moliner”, con sede en la calle Alcalde Burriel.

El logotipo de la Asociación de Mujeres María Moliner

Logotipo de la asociación

El instituto de educación secundaria María Moliner está en el Barrio Oliver.

Instituto de Edudación secundaria en el Barrio Oliver

Y los zaragozanos le han dedicado dos bibliotecas: la Biblioteca María Moliner del Campus Universitario de la plaza de San Francisco.

Biblioteca María Moliner

Biblioteca María Moliner en el Campus de la plaza de San Francisco de Zaragoza.

Y la Biblioteca Pública Municipal María Moliner, en la plaza de San Agustín.

Blblioteca Pública Municpal en la plaza de San Agustín

Biblioteca Pública María Moliner, en la plaza de San Agustín de Zaragoza.

 

Para terminar

Cinco catedráticas del Instituto Goya, Cristina Baselga Mantecón, Pilar Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez, y Gloria Álvarez Roche del Instituto Avempace, le hemos rendido nuestro homenaje en libros y charlas, y en una exposición sobre las Pioneras en la educación en Aragón. Por iniciativa de Pilar Fernández Llamas rescatamos su expediente del olvido, junto con los de otras alumnas. A María Moliner le hemos dedicado un espacio importante en dos libros: en La Zaragoza de las Mujeres. Callejero y en los Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Carmen Romeo Pemán

Goya Actual

Instituto Goya hoy

Estrella

Diana y yo éramos amigos desde que nacimos. Nuestros padres veraneaban en el mismo pueblo y en verano nos gustaba echar carreras en la playa. Diana tenía algo en la pierna izquierda y, a pesar de eso, solía ganarme casi siempre. A mí no me importaba, aunque fuera una chica, porque era un poco mayor que yo. Además, teníamos una norma: el primero que se encontrara algo en la arena tenía que inventarse una historia y las suyas eran mucho mejores que las mías. Durante muchos años seguimos con el mismo juego, sin cansarnos nunca. Pero cuando pasó lo de la estrella todo cambió y el mundo se volvió un lugar diferente.

Ese día hacía mucho viento y el ruido del mar se oía desde nuestras casas. Nos habíamos escapado como los ladrones, casi de puntillas por miedo a que nuestros padres no nos dejaran salir por el mal tiempo. Al llegar a la playa, Diana me sacó ventaja, como siempre. De pronto frenó en seco. Tanto que cayó de rodillas en la arena, creo que sobre la pierna mala, porque se quedó muy quieta. Cuando llegué me daba la espalda y sujetaba algo en las manos.

–¿Qué has encontrado, Diana?

No me contestó y me puse delante de ella. Tenía la boca y los ojos muy abiertos, como si no le entrara aire en el pecho a pesar del vendaval. Levantó las manos con las palmas hacia arriba y entonces la vi.

–¡Anda! ¡Una estrella de mar! –Hice ademán de cogerla. Diana retiró las manos de golpe.

–¡No!

Me quedé quieto al escuchar el grito de Diana. Y me mosqueé.

–¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo cogerla?

–Mira. –Diana volvió a acercar sus manos a mi cara muy despacio. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Después de las historias, los ojos eran lo que más me gustaba de Diana.

–¡Ostras! ¡Se mueve!

–Está viva. –Mi amiga seguía de rodillas. Al lado de la rodilla izquierda vi una piedra con sangre. Diana siguió hablando para sí misma y dejó de mirarme–. Pobrecita. Seguro que eres una princesa errante en busca de tu príncipe. Y algún mago malvado o una bruja celosa habrá invocado al vendaval para que te arrastre hasta aquí.

–¡Guau! Esa historia sí que es buena ¿Y qué más?

–¡No te enteras!

–¿Qué?

Decididamente Diana estaba rara. No le gustaba dejar una historia a medias y tampoco me había contestado así antes. Suspiró, siguió con los ojos fijos en la estrella y luego me miró con cara de persona mayor. Era una cara que no le había visto nunca hasta ese verano. Aunque era la misma Diana de siempre, le había dado por leer novelitas tontas y aburridas y, a veces, cuando iba a recogerla, la encontraba con la vista fija en un libro y con la misma expresión que ahora. Pensé que no me había escuchado y, cuando iba a preguntarle otra vez, me contestó:

–Tenemos que hacer algo, Ignacio. Está viva. Pero viva de verdad. ¡Necesita ayuda!

–¿Y qué hacemos? ¿Nos la llevamos?

–No, bobo –contestó. Torció la cabeza y sonrió–. Vamos a devolverla.

–¿Devolverla? ¿Adónde?

–A su casa.

Diana se puso de pie. La rodilla le sangraba y sostenía la estrella con las dos manos. Echó a andar hacia la orilla. Yo la seguí, pero me paré cuando una ola enorme casi me moja las deportivas.

–¡Déjala ahí!

Diana volvió la cara para hablarme, pero casi no la oía por el ruido de las olas y del viento.

–No es bastante. Volvería a quedarse encallada en la arena.

Le dije que no avanzara más, pero no me hizo caso. Dio algunos pasos, y de pronto vi que estaba casi en el rompeolas.

–¡Diana! ¡Dianaaaa! –grité con todas mis fuerzas–, ¡vuelve! ¡Te juro que como me dejes solo no te vuelvo a hablar en la vida!

–¡Espera un momento! –me contestó.

Avancé hasta que el agua me llegó a las rodillas. Estaba tan asustado que ni siquiera me acordé de descalzarme. Entre los muslos noté que me corría algo caliente aunque el agua estaba helada. Veía que Diana se acercaba y se alejaba a la velocidad de un tiovivo. Una ola casi me la echó encima. Intenté cogerle la mano, pero otra ola se la llevó antes de que pudiera agarrarla. Diana se zambulló entonces y desapareció entre las olas. Era buena nadadora y pensé que volvería en seguida, pero no lo hizo.

Esperé en la orilla con sal en el cuerpo y sal en mi cara. Esperé con frío en la piel y con hielo dentro de mi cuerpo. Esperé hasta que llegaron mis padres y los de Diana, y más gente del pueblo. Seguí esperando en mi casa, abrazado a mi madre embarazada y notando en mi cara las patadas del bebé. Tenía la tripa tan grande que no logré juntar mis manos en su espalda.

Aunque hice lo que Diana me había pedido, mi espera no sirvió de nada y convertí mi enfado en silencio. Me llevaron al pediatra. Y a más médicos. No sé para qué, porque no se daban cuenta de que lo único que me pasaba era que Diana no estaba. Y todos hacían lo que yo quería sin necesidad de que hablara. Papá, por ejemplo, empezó a venir conmigo a dar paseos por la playa, aunque siempre me llevaba de la mano y no corríamos. Caminábamos, pero lejos de la orilla.

Durante uno de los paseos encontramos una estrella. Y todo volvió a cambiar. Me solté de la mano y di una carrera pequeña para cogerla, pero estaba vacía. Yo sabía que las estrellas tienen el esqueleto por fuera, y esta era solo un esqueleto. Y cuando iba a tirarla sonó el móvil de papá. Habló un poco y de pronto me agarró de la mano y echamos a correr hacia casa. Me sorprendí tanto que ni siquiera me di cuenta de que me había llevado la estrella conmigo.

Llegamos a casa, subimos al coche y fuimos al hospital. Mamá estaba en una cama, y en brazos tenía al bebé. Sonreía.

–Mira, Ignacio. Es una niña. Y es preciosa. Hijo… –Mamá no dejó de sonreír, pero por su cara empezaron a rodar un montón de lágrimas–. ¿No quieres decirle nada a tu hermanita? ¿Ni a mí? Cariño… te echo de menos.

El bebé dio unos grititos. Me acerqué por curiosidad, y entonces abrió los ojos. Eran grises. Enormes. Hermosos. Miré a mamá. Perdoné a Diana. Sonreí también.

–Quiero que se llame Estrella.

Adela Castañón

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Imágenes: Pixabay, Unsplash

Babila Millán, la hornera de la plaza

De las fragolinas de mis ayeres

A Sara Puente

Cuando Babila Millán se quedó viuda con ocho criaturas, alquiló el horno de la plaza. Le pagaban poco y encima tenía que hacerse cargo de los desperfectos del local. Su vecina Andresa le dijo que más le valdría ir a lavar al río con ella, que los ricachones eran más generosos que los del Ayuntamiento. Además, si iba por las casas, siempre podría quitar el hambre de sus hijos con las patatas que sobraban en los calderos de los cerdos.

—Mira, Andresa, ya me gustaría, pero tengo muchas quebrazas. —Se sacó las manos de los bolsillos del delantal y le enseño las heridas—. Con el jabón se me abren más y no me dejan dormir por la noche.

A Andresa eso del horno no le gustaba. Le decía que tendría que levantarse antes del alba y trabajar todo el día sin parar hasta bien entrada la noche. Y que ser fogonera era mal oficio.

—Babila, ¿has pensado que si estás todo el tiempo junto al fuego te saldrán cabras en las piernas?

—Pero son más llevaderas que los sabañones que salen con el frío.

Aquella ocurrencia de Andresa le trajo a la memoria su noviazgo con Nicolás, que estaba loco con sus piernas. Entonces pensó que no le gustaría verla con manchas rojas asomando por debajo de la saya.

—Bueno, pero luego no me vengas diciendo que no les puedes dar un mendrugo de pan a los críos —le contestó Andresa, la vez que se sujetaba el balde de ropa que llevaba en la cabeza.

—Lo que tú no sabes es que mi marido, que en paz descanse, quería coger el horno. No solo por el pan. Que ya sabemos que no da para vivir. Y menos aquí que las mujeres nunca dejan la poya. Dicen que no es obligatoria como en otros pueblos.

—A ver, Babila, entra en razón. Eso pasa porque el alcalde se ocupa del horno. Y además, lo de la poya era antes, cuando los que iban a cocer el pan pagaban en especie. Pero los tiempos han cambiado.

—Pues a lo que iba, Andresa, que de una nos vamos a otra,

Entonces Babila habló y habló de lo importante que era el cáñamo. De los fajos de las eras que se ataban con sogas y soguetas. De los sacos y las talegas que se empleaban para llevar el grano a las casas. De los toldos de los carros y de las sábanas que tejía Benito y de las mujeres que andaban todo el día hilando.

—Como comprenderás, me puedo sacar un buen jornal secando fajos de cáñamo, sobre todo en tiempos de lluvia. —Babila se metió debajo de la toca unas greñas que se le habían salido.

—Pero eso es peligroso —le dijo Andresa—. Acuérdate de la Jerónima. Menos mal que solo se le quemaron los refajos.

—Eso le pasó porque era un poco zafia y no tenía buenas trazas de tizonera. Pero yo me he criado haciendo carbón en el monte. Desde cría domino bien el fuego.

Así fue como Babila, la viuda de Nicolás Puente, se convirtió en una hornera famosa. Venían las gentes de la redolada con burros cargados. Sobre todo de los pueblos en los que los alcaldes habían prohibido que se secara el cáñamo junto al fuego.

Tanta fue la fama del horno de El Frago que la hornera no daba abasto ni le cabían todos los fajos en aquel cuchitril. Y las mujeres del pueblo le montaban trifulcas diciendo que ellas eran las primeras. Un día se le presentaron todas con grandes fajos y los pusieron a secar muy cerca de la boca del horno, justo delante de otros que estaban extendidos por el suelo.

Mientras se cocían los panes, Babila intentaba quitarlos, pero no tenía bastantes fuerzas. En estas estaba cuando sintió un olor penetrante y un tufo que casi la ahogaba.

—Babilaaaaaa, que se te queman los panes, que llega el olor a socarrado hasta la plaza —gritó una voz ronca por el ventano que daba al callejón de la herrería.

Se sobresaltó y, sin pensarlo dos veces, abrió la puerta del horno. Cogió la pala y comenzó a sacar panes carbonizados. No se dio cuenta de que algunos llevaban brasas pegadas. En ese trajín se le prendió un trozo de estopa y en unos segundos ya estaba ardiendo todo el edificio.

Los vecinos, lograron apagar el fuego con grandes esfuerzos, pero no pudieron salvar a Babila. El primero que llegó hasta ella, desafiando a las llamas, la encontró cadáver. Después vinieron los llantos, la autopsia y el certificado del juez.

Acta de defunción de Babila Millán de treinta y ocho años, viuda de Nicolás Puente y madre de ocho hijos. Falleció, dentro del horno de la plaza, por asfixia y por el extremo dolor que le produjeron las quemaduras en todo el cuerpo. Así lo certificaron los médicos que le realizaron la autopsia.

Hasta el río llegó el eco de las mujeres que lloraban por Babila Antes de una semana, las autoridades se llevaron a sus hijos al hospicio y, en menos de un año,  construyeron un horno con dos partes separadas por un tabique. En un lado se cocía el pan y en el otro se secaba el cáñamo. Las gentes se acostumbraron a pagar la poya del pan y los costes del secado del cáñamo. Y en la memoria de todos quedó la leyenda de Babila, la hornera que desafío los peligros para dar de comer a sus hijos.

Carmen Romeo Pemán

Lacasta. Horno. José Ramón Castán Pérez. 2016

Horno público de Lacasta (Zaragoza). Foto de José Ramón Castán Perez, 2016.

 

Imagen principal. Ricardo Compairé Escartín. Ayerbe. Mujeres en el horno, antes de 1936.

El calendario egipcio. Una curiosa historia

La última semana de febrero estuve en Egipto con un viaje de grupo, y es una experiencia que recomendaría a cualquier persona con los ojos cerrados. Intentar recoger en un artículo todo lo que aprendí es misión imposible, pero me apetece compartir al menos una de las muchas cosas interesantes que desconocía: el origen del calendario.

Mi descubrimiento se produjo durante la visita al templo de Kom Ombo. El guía de nuestro grupo, Tarek, egiptólogo de profesión, se paró delante de un mural y nos hizo una pregunta a bocajarro:

–¿Alguno de ustedes se ha preguntado por qué febrero tiene veintiocho días y los demás meses tienen treinta o treinta y uno?

Ninguno de nosotros levantó la mano para responder ya que, como es natural, no teníamos la respuesta. Ojalá yo hubiera tenido una grabadora para haber conservado todos los detalles de una explicación magnífica. Y, aunque no soy egiptóloga, trataré de contaros aquí esa historia que me pareció apasionante.

Se piensa que el calendario egipcio del templo de Kom Ombo, con más de dos mil años de antigüedad, es el primero conocido en la historia de la humanidad. La vida de los egipcios estaba regida por el Nilo, y el estudio de algunos papiros nos ha permitido saber que medían el tiempo en función de un hecho trascendental para ellos: las crecidas y los desbordamientos anuales de su río, al que consideraban la fuente de la vida. Por eso concibieron un calendario más agrícola que astronómico, a diferencia de otros pueblos, como el babilónico, que fijaba la duración del año en función de observaciones sobre los astros.

Para los egipcios el año constaba de 365 días, divididos en doce meses, de treinta días cada uno. Eso nos daría un total de 360 días a los que añadían cinco días adicionales, llamados los días muertos o días olvidados, que los griegos llamaron días epagómenos o añadidos, del verbo επαγω (epago), añadir. Esos cinco días se introducían después del mes doce y antes del día de año nuevo, y se consideraban una especie de festivos dedicados a honrar a los dioses. En egipcio se llamaban “heru repenet (Hrw rpnt)” y en ellos se festejaban los nacimientos de OsirisHorusSethIsis y Neftis, porque en esos días la diosa Nut pudo dar a luz a sus cinco hijos, ya que el dios Ra le había prohibido tenerlos durante el año.

El año se dividía en tres estaciones, de cuatro meses cada una. Y cada mes tenía tres semanas denominadas décadas, “(tp-ra-mD)”, de diez días, en lugar de los siete que tienen hoy las nuestras. Las tres estaciones eran:

  • Inundación (Akhet o Ajet), entre mitad de julio y mitad de noviembre.
  • Siembra o germinación (Peret o invierno), que transcurría desde la mitad de noviembre hasta la mitad de marzo.
  • Recolección o cosecha (Shemu o verano) de mitad de marzo a mitad de julio.

Dado que para ellos la vida era la cosecha, el año empezaba en marzo. Y teniendo en cuenta esa mentalidad agrícola, empezaban a contar el año con marzo como el mes uno. También el calendario romano, posterior, comenzaba el mismo mes. Y eso hace que sean lógicos los nombres actuales de algunos de nuestros meses: septiembre (mes séptimo), octubre (octavo), noviembre (noveno) y diciembre (décimo). En los escritos egipcios, para nombrar las fechas se usaba el número del mes en vez de el nombre propio. Así, por ejemplo, encontramos “Día siete del tercer mes de la inundación”. Al final de los doce meses, como he señalado antes, se añadían los cinco días olvidados.

Más tarde Julio César impuso en todo el territorio controlado por Roma el calendario juliano. Para ello contó con la ayuda de un egipcio, Sosígenes. Distribuyó los cinco días olvidados y los añadió a meses alternos. A esto hay que añadir un rasgo de la mentalidad imperial romana: Julio César y Augusto quisieron que les dedicaran un mes del calendario. Así permanecerían en el recuerdo de las gentes y se harían inmortales, y de ahí vienen los nombres actuales de nuestros meses de julio y agosto. Y, para darles mayor importancia, a estos dos meses imperiales se les atribuyó uno de los días olvidados. Por eso los meses van alternando entre treinta y treinta y un días, salvo julio y agosto que son los dos únicos consecutivos que tienen treinta y un días cada uno. Y al repartir de ese modo los días olvidados, cuando la cuenta llegó a febrero, que era el último mes del calendario, le tocó quedarse solo con sus veintiocho días actuales. Lo de los 29 días de los años bisiestos ya es por razones astronómicas, que no tienen que ver con el calendario egipcio.

Os he contado esto de memoria, ateniéndome a lo que recuerdo de los comentarios de nuestro guía. Así que, si algún especialista en el tema me pilla algún error, vaya por delante que este artículo lo he concebido más como una historia interesante que como un documento con aspiraciones de perfección técnica. Pero no me negaréis que la pregunta que nos hizo Tarek no da lugar a reflexiones interesantes.

Ojalá mi viaje hubiera durado una semana de las de entonces. En lugar de siete días habría disfrutado de tres más para conocer y admirar una cultura cuyo conocimiento me hace sentirme mucho más rica, a pesar del dinero que me gasté en el viaje.

Hay cosas que valen la pena, y Egipto es una de ellas.

Adela Castañón

Foto de la autora. Templo de Kom Ombo

Secretos en el confesionario

A unos pasos de la iglesia donde se casaría con Felipe, Ariana hincó las rodillas, se cubrió la cabeza con un manto blanco y se persignó. Agarró el rosario que le colgaba del cuello y lo besó como si estuviera besando a su prometido, con un amor que le ardía en las entrañas. Pasó los dedos entre las cuentas, contempló la cruz de plata y se puso de pie.

Se quedó unos minutos en silencio y luego atravesó el portón de madera. Acarició los grabados de la Virgen que resaltaban en las primeras columnas de la nave central. Mojó los dedos en la pila bautismal y se santiguó con agua bendita. Caminó entre los bancos de madera sin quitarle la mirada al Cristo que estaba suspendido encima del altar. Amaba esa imagen de Jesús volando sobre el sagrario, con el cuerpo semidesnudo, el costado ensangrentado y la cabeza coronada de espinas. Cuando era niña inventó muchas historias del Cristo volador de su parroquia, que como un superhéroe de tiras cómicas salvaba las almas de los que asistían a misa todos los domingos.

En los años de escuela, la devoción a la iglesia era tan intensa que su madre pensó que tendría una monja en la familia.

Doña Fabiola hablaba con orgullo de su hija, la primera santa de Almería, la novia de Jesús. Ariana ayudaba en la parroquia a poner los velones en el altar, limpiaba las estatuas de los santos y esparcía el incienso entre los feligreses. Años de especulaciones y preparativos para la futura santa del pueblo se irían por el caño al mediodía del domingo, cuando le diera el sí a Felipe.

De pie enfrente del altar, Ariana sintió como si Jesús la mirara con desprecio.

Caminó hacía el confesionario, abrió la puerta y se sentó en la banca. Se quitó el rosario del cuello y comenzó a recitar la avemaría mientras llegaba el sacerdote.

Los rezos de Ariana se interrumpieron cuando sintió que alguien se acercaba. El padre Gabriel había llegado y, por fin, confesaría sus pecados y haría la penitencia para recibir el sacramento del matrimonio con la bendición de Dios.

—¿Ariana? —dijo una voz conocida.

Las náuseas la invadieron cuando reconoció a su prometido.

—¿Felipe? ¿Qué haces aquí?

—Tenemos que hablar. No voy a casarme contigo —dijo Felipe mientras corría la cortina para ver la cara de Ariana.

—Pero, lo acordamos, ¿por qué ahora no quieres casarte?

—Puedes decir que el niño es mío, pero no me casaré contigo. Sabes que estoy enamorado de Leticia. Anoche le conté la verdad y vamos a irnos mañana antes del amanecer —Felipe hizo una pausa, tragó saliva para aclarar la garganta y agregó—: Ariana, quiero ayudarte, pero no puedo casarme. Es demasiado.

—Felipe, si no te casas conmigo voy a caer en desgracia. ¿Qué voy a decirle a mi madre y a todos en el pueblo? ¿Que vino Dios y me dejó preñada como a la Virgen María?

—Somos amigos desde niños. Te he apoyado en tu locura de amar a Jesús y rezar el rosario noche y día, ¡jugaba contigo a la eucaristía! Sabes que haría cualquier cosa por ti, pero esto me supera. ¿Qué vida nos espera si nos casamos?

—Lo sé. ¿Por qué crees que estoy aquí? Voy a hablar con el padre Gabriel, hago mi penitencia y listo. Todo queda saldado.

—Ariana, ¿qué dices? No es tan sencillo. ¿Crees que Dios nos va a hacer más fácil todo, solo porque te confesaste con el padre Gabriel? ¡Tienes que decir la verdad! Tu familia te ayudará y todo saldrá bien, ya verás —dijo Felipe y puso la mano en la ventanilla enmallada que los separaba.

—¿La verdad? No. Felipe, no puedo —dijo Ariana entre sollozos y ocultó su rostro con las manos y el rosario colgando entre sus dedos.

—Esta boda no va a pasar. Quien sea el padre de ese niño tiene que hacerse responsable.

—¡No! ¡No! Ya te dije que no sé quién es —dijo Ariana mientras se acariciaba la barriga.

Felipe se pasó la mano por el cabello, miró a su amiga de la infancia que no paraba de temblar y de arreglarse la falda.

—No entiendo cómo pudo pasar esto, Ariana. ¡Por Dios!

—No importa, no hay marcha atrás. No puedo simplemente deshacerme de este bebé y fingir que nunca estuvo dentro de mí. Si no te casas conmigo seré peor que una paria, todos me van a odiar. ¡Ya me odian! Me odian porque la futura santa de Almería se va a casar, y no con Jesús.

—Entonces vente con Leticia y conmigo. Te ayudaremos a iniciar una nueva vida en otro pueblo. Salgamos de aquí y olvidemos la iglesia, los compromisos. Estoy cansado de rendirle cuentas a Dios, a mis padres, al alcalde…

Ariana se quedó en silencio contemplando la mirada vibrante de Felipe.

—Tengo que pensarlo. Me quedaré un poco más aquí, sabes que me siento bien entre los santos y así podré tomar una decisión —dijo Ariana y puso la mano en la ventanilla para tocar la mano de Felipe.

—Cuando suene la última campanada, la que indica el final de la misa de las ocho, si no estoy en la acera del frente de tu casa, te puedes ir sin mí y resolveré este asunto sin decir que este hijo es tuyo.

Felipe asintió con la cabeza y se marchó.

Ariana rezó tres padrenuestros y salió del confesionario con el manto blanco cubriéndole la cabeza.

De pie junto al confesionario recorrió con la mirada el viacrucis que adornaba las paredes, las pinturas del techo que ilustraban la batalla del bien contra el mal y el altar en el que había servido desde los cinco años. Miró al Jesús volador una vez más. Se acercó hasta él, se dio la bendición sin quitarle la mirada, besó el rosario y lo dejó en el suelo a un lado del púlpito.

Cuando sonó la última campanada, Felipe se asomó por la ventana.

Mónica Solano

Imagen de Anna Sulencka