Los renglones torcidos del amor

—¿Cree usted en mi inocencia?

La pregunta de Humberto, mi cliente, me descolocó por la manera que tuvo de plantearla. A diferencia de otros a los que había defendido antes, el profesor me miraba de frente, sin ese arrepentimiento o ese falso orgullo que solían mostrar los acusados independientemente de su inocencia o culpabilidad. Antes de que se me ocurriera una respuesta, Humberto volvió a hablar.

—Si no es así, no quiero que me defienda. No soy un delincuente. No he hecho nada malo. El problema no es mío, ni de ella. El problema es del mundo. Nos amamos. No hay más.

—Profesor, soy abogado. La presunción de inocencia es siempre mi punto de partida.

El tono de mi respuesta debió de resultarle convincente. Una lágrima casi invisible se deslizó por la comisura de su ojo derecho y ni siquiera intentó secársela. Me miró y dijo solo una palabra:

—Adelante.

Saqué mi pequeña libreta y una grabadora y las puse sobre la mesa.

—¿Le importa? —pregunté. Él negó con la cabeza.

Miré al guardia de la puerta que interpretó mi gesto y salió de la habitación dejándonos a solas. Pulsé el botón de grabar, abrí la libreta y comencé a interrogarle.

—¿Cuándo conoció a la…? —rectifiqué. No hubiera sido un buen comienzo—. ¿Cuándo la conoció?

—A mediados de septiembre. Hace nueve meses. Cielito… —suspiró y rectificó—, María del Cielo destacaba entre todas las demás como una espiga de trigo entre la cizaña. Supe desde el principio que entre ella y yo habría algo especial. Y ella sintió lo mismo. Si no me cree, pregúnteselo. No la dejan verme, pero quizá le permitan a usted hablar con ella. —Echó el cuerpo sobre la mesa y me agarró la muñeca—. Inténtelo, por favor. Hágalo. Dígale que la quiero, que no dejo de pensar en ella y que…

Unos golpes en la puerta interrumpieron su frase. Seguramente el guardia, tras el cristal unidireccional, no nos quitaba la vista de encima a pesar de que el profesor era treinta años mayor que yo y pesaría unos veinte kilos menos. Humberto volvió a apoyarse en el respaldo de la silla, y vi cómo la nuez de Adán le subía y le bajaba un par de veces.

—¡Cómo la echo de menos! —suspiró.

Me entrevisté con Humberto en tres ocasiones más. Siempre me preguntaba por ella, y no quise contarle lo que había averiguado. La denuncia contra él no era la primera que había interpuesto Serena en nombre de su hija, María del Cielo. Las otras tres, cada una en una ciudad diferente, contra otros hombres que tenían en común solo unas saneadas cuentas bancarias, las habían ganado sin dificultad. Yo hubiera querido subir a las dos al estrado, pero Humberto solo consintió en que declarara Serena.

—No. Rotundamente, no. No puedo hacerle eso a Cielito —me dijo con la mirada borrosa—. Si usted la conociera… ¡ah! Entonces lo entendería.

Me preguntaba qué estrategia sería la mejor para tener alguna posibilidad de ganar. Podía alegar enajenación transitoria. De hecho, estaba convencido de que no sería solo un argumento, sino la pura realidad, pero Humberto también se opuso. No renegaría de su amor, me dijo.

Teníamos en contra a la opinión pública. Decidí que necesitaba una medida drástica si no quería que condenaran a Humberto y llamé por teléfono a Serena. Intentaría ofrecerles un trato. Habían ganado tres demandas similares antes, pero averigüé que había existido una cuarta y que la habían retirado. Supuse que el precio habría sido una importante compensación económica y decidí que ese sería el menor de los males para mi cliente. Serena aceptó y concertamos una cita en su casa.

Me sorprendió su aspecto. Era más joven de lo que esperaba, aunque tenía un aplomo propio de una mujer con bastante mundo. Me recibió en compañía de un hombre al que presentó como su abogado. Pasamos al salón y le expuse brevemente el motivo de mi visita. Al fin y al cabo, con otro letrado allí, no tenía sentido dar demasiados rodeos. Al escuchar la cifra de mi oferta, Serena se echó a reír y encendió un cigarrillo.

—¿Está de broma? —Exhaló despacio el humo, formando anillos perfectos—. Si ganamos, o mejor dicho, cuando ganemos, esa cantidad será calderilla. Y lo sabe.

—Puede. —Decidí jugar mi baza—. Pero puede ser también que el punto de vista del jurado se modifique si saben que esta es su tercera… —Fingí dudar—. No, su cuarta denuncia. O su quinta intentona, si profundizamos en lo que he averiguado sobre ustedes dos.

Ella debía de ser una actriz consumada. No hubo ni un solo parpadeo que denotara nerviosismo al darse cuenta de lo que yo sabía.

—Ha hecho bien los deberes, ¿verdad? —Se puso de pie—. Si me permite, voy a tener una breve conversación privada con mi abogado. Volvemos en seguida.

Salieron de la habitación y me quedé allí sentado. Pasaron menos de cinco minutos cuando se abrió la puerta que comunicaba el salón con el resto de la casa. Por ella entró una criatura que no parecía de este mundo. La melena rubia, con un color que parecía tan natural como sus rizos, le caía un poco por debajo de los hombros. Iba envuelta en una toalla de baño que la cubría púdicamente desde las axilas hasta las rodillas. La sorpresa me paralizó en ese momento y me aflojé el cuello de la camisa al notar que estaba empezando a sudar. Se acercó a la mesa y cogió un bote de esmalte de uñas de color rojo en el que yo no me había fijado.

—Vaya, me lo había dejado aquí —dijo por todo saludo.

Se sentó en el otro extremo del sofá y, sin decir ni una palabra, subió las piernas al asiento y empezó a pintarse una a una las uñas del pie izquierdo. Tragué saliva. Estaba claro que me había visto al entrar, pero no había vacilado en acercarse. Tosí un poco. Me sentía cada vez más incómodo por la situación. Ella terminó de pintarse la última uña y estiró la pierna. La planta del pie quedó a unos milímetros de mi muslo.

—¿Le gusta? —me preguntó.

Arrugué la frente. ¿Qué clase de pregunta era esa? Ella sonrió, y sus labios dejaron entrever una dentadura uniforme que no parecía haber necesitado jamás los cuidados de un dentista. Su brillo casi igualaba al del esmalte. En vista de mi silencio, volvió a hablar.

—El color de la pintura. ¿Le gusta?

—No está mal —contesté.

Arrastró el cuerpo por el asiento del sofá y se acercó más a mí. Su pie quedó encima de mis piernas y mis ojos se dirigieron a sus muslos sin poder evitarlo. Al moverse, la toalla se había arrugado y los había dejado expuestos. Dejó el esmalte en el suelo y clavó sus pupilas en las mías. Sentí que podría ahogarme en su azul. Se inclinó hacia mí, y sus manos reposaron en mi pecho.

—Yo prefiero el color rosa. Pero funcionaría peor. O eso dice ella.

—¿Ella?

—Mi madre.

La otra puerta, por la que habían salido minutos antes Serena y el abogado, se abrió, y los vi regresar caminando despacio. El hombre traía algo en la mano. Vi que era una cámara de fotos y empecé a exudar miedo por cada poro de mi piel. Caí en la cuenta de lo extraño que era el silencio de mi colega y me resultó raro que fuese ella la que había estado llevando la negociación. Esos pensamientos aumentaron mi intranquilidad. La pareja ni siquiera miró a la adolescente. Serena se sentó.

—La única negociación posible es que tire la toalla y deje que las cosas sigan su curso. Eso incluye, por supuesto, que ganaremos el caso. Creo que la opinión pública hasta se compadecerá de usted. Podrá seguir trabajando; a veces inspirar lástima puede convertirse en una ventaja.

Guardé silencio. Aquello no me podía estar pasando. Serena volvió a hablar.

—¿Se imagina lo que pensaría el jurado si viera que usted, todo un letrado, aparece en varias fotos junto a una menor cubierta solo por una toalla? ¿Ha pensado en todas las explicaciones que podríamos dar sobre eso?

Miré al abogado de arriba abajo, y permaneció impasible. Me dirigí a él y traté de apelar a la cordura y a la ética.

—Ningún letrado querría verse acusado de hacer lo que imagino que acaba de hacer. No soy el único que puede ver en peligro su carrera.

El tipo se echó a reír.

—¿Cómo se puede ser tan ingenuo? Creí que para sacarse un título haría falta ser más espabilado. ¡Letrado! ¿Tengo yo cara de picapleitos, amigo? —Miró a la mujer con sonrisa de tiburón— ¡Esta parte es la que más me gusta de todo, Serena! Ya que hablamos de carreras, la mía debería haber sido la de actor. —Clavó sus ojos en los míos—. Créame, soy el mejor en mi trabajo. Encontrará pocos fotógrafos que capturen imágenes como las mías. ¡Letrado, yo! —Soltó una carcajada—. Ni siquiera he pisado una facultad de audiovisuales en mi vida. Soy autodidacta, oiga.

Serena se puso de pie.

—Empiezo a aburrirme de esta conversación. Olvidaré su oferta. Usted, sin embargo, piense en la mía. Recuerde que Cielito tiene solo trece años.

Pensé en Humberto. Pensé en la acusación a la que se enfrentaba. Pensé en mí como acusado en potencia. Una garra invisible me agarró la garganta cuando me imaginé preguntándole a otro hipotético letrado si creía en mi inocencia.

—María del Cielo —Serena pareció reparar en su hija por primera vez—, acompaña al señor a la puerta. Ya se marcha.

Cielito, ajena a nuestra conversación, había terminado de pintarse las uñas del otro pie. Tapó el bote de pintauñas y lo dejó sobre la mesa. Se ajustó la toalla y me precedió hasta la puerta. Cuando ya casi estábamos, me miró con una sonrisa triste, como la de un niño que se compadece de otro al que han castigado sin motivo, y me dijo:

—Algunas veces sueño que el rojo de mis uñas no es pintura. —No supe qué decir, pero ella siguió sin esperar respuesta—. Si no fuera porque debe doler mucho, me las arrancaría. Así estarían siempre rojas y no tendría que volver a pintármelas jamás.

Adela Castañón

Imagen: tookapic en Pixabay 

¡Ojalá te parta un rayo!

De las fragolinas de mis ayeres

Mi madre, desde que se quedó viuda, cuando se enfadaba con alguien, le decía: “¡Ojalá te parta un rayo!”. Con el tiempo supe que aquello tenía que ver con la muerte de mi padre. Eso me lo contó Vicente, un día que subíamos atortolados por el camino de la fuente y tuvimos que correr por una tormenta.

Siempre había creído que la frase de mi madre era un conjuro contra las tormentas. Me contaba que las brujas fabricaban las nubes negras en la Punta de San Jorge y luego nos traían las tronadas y las  suflinas, que era como llamaba al viento racheado que llegaba delante de los rayos.

En cuanto el cielo se ennegrecía por esos parajes, corría a casa y me llamaba a gritos. Si no le contestaba se mesaba los cabellos como una loca. Cuando yo daba señales de vida atrancaba la puerta de la calle y, antes de cerrar las ventanas, en cada una ponía un cuchillo con el filo hacia el cielo. A continuación quitaba los plomos del contador, encendía una lamparilla y nos arrodillábamos delante de un cuadro de Santa Bárbara que tenía en la cabecera de su cama.

—Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Y en el árbol de la Cruz, paternóster, amén, Jesús —rezábamos las dos a la vez.

—Santa Bárbara bendita, líbranos de las chispas y centellas —continuaba ella.

Y volvíamos a empezar. Pero, con el primer trueno, me dejaba rezando y subía al granero, donde los ratones corrían a sus anchas entre los montones de trigo. Una tarde la seguí a ver dónde se metía y la encontré en el rincón de los trastos viejos. Estaba acurrucada entre los colchones de lana, con las manos se tapaba las orejas y a la vez bisbiseaba el santabárbarabendita.

Un día cayó una chispa en nuestro tejado, atravesó toda la casa por los cables de la luz y fue a morir en la lana de los colchones donde estaba mi madre escondida. Cuando olí la chamusquina, subí corriendo, pero ya no pude hacer nada. Todo estaba calcinado con ella dentro. Las llamas se extendían muy deprisa. Pero aún me dio tiempo de salir a la calle gritando. Acudieron los vecinos y antes de que llegara la noche ya habían sofocado el incendio.

Después de eso, me quedé como alunada y no podía seguir en aquella casa. A los pocos meses, me despedí de Vicente y me fui a servir con unos ricachones de Sierra de Luna.

La primera tormenta que viví allí me dejó completamente asombrada: no caían rayos en las casas y la gente se asomaba a las ventanas a escuchar los truenos. Al principio pensé que era un pueblo con mucha devoción a Santa Bárbara. A la mañana siguiente le fui a preguntar al cura:

—Mosén, querría que me explicara por qué Santa Bárbara atiende a las peticiones de los de Sierra de Luna y, en cambio, tiene abandonados a los de El Frago.

Me contestó que eso pasaba desde que habían puesto un artilugio en la torre. Me dijo que ya nadie se acordaba de la santa y que su cajeta estaba vacía.

Tanto me llamó la atención que empecé a abandonar las tareas  y me pasaba el tiempo yendo de casa en casa preguntando por el nuevo esconjuradero. Antes de tres meses me despidieron por malchandra. Decían que no me gustaba trabajar.

Aquello me revolvió las entrañas y pensé en Vicente. A los pocos días hice un macuto con mis cosas y me volví a El Frago. Como tenía que ganarme la vida, empecé a subir agua de la fuente para las familias ricas. Por la calle iba con la cabeza baja y solo comía los mendrugos de pan que me daban cuando llegaba con los cántaros.

Una tarde, estaba arrancando una lechuga de un huerto del camino de la fuente y se me acercó Vicente. Al verlo retrocedí. Cuando oí su voz me paré en seco.

—Tranquila, no te asustes.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—¿Qué he de hacer? Pues esperarte. Sabía que algún día volverías.

Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Me puse nerviosa y no acertaba a contestarle.

—Pues yo pensaba que les ibas a hacer caso a tus padres, que no querían que salieras con la hija de una bruja. —Noté cómo me subían los colores.

Nos quedamos hablando contra la tapia, a lado de mis cántaros, y nos volvimos a besar como antes de lo de mi madre. Después, todo pasó muy deprisa. El noviazgo, la boda, la casa, la niña y el día de la carrasca de Paradís. Justo cuando Vicente volvía a casa con el rebaño lo cogió una tronada en la Luba y se refugió debajo de la carrasca. Todavía se notan en el tronco las marcas negras del rayo que mató a más de veinte ovejas. Él se salvó de milagro, pero aún lleva el susto en el cuerpo.

Como le había hablado mucho del esconjuradero de Sierra de Luna, ese que don Valero Arbigosta, el médico, llamaba pararrayos, decidimos ir al Ayuntamiento.

—¡Buenas, señor alcalde! —dijo mi marido—. Venimos a quejarnos de que las tormentas son la gran amenaza en este pueblo. El otro día perdí la mitad de las ovejas y a mí casi me partió un rayo.

—¡Vaya descubrimiento si no me dices otra cosa! Rezad a Santa Bárbara y no perdamos tiempo que es hora de ir a soltar la dula.

—No, es que no se ha explicado bien. —Me ajusté la toquilla antes de seguir—. Mi Vicente quería decir que no tenemos que echar la culpa a las brujas ni rezar a Santa Bárbara, que eso no soluciona nada.

—Mira, creo que, en lugar de venir aquí, tendríais que haber ido a ver al cura.

—Déjeme acabar, se lo suplico. —La voz me empezaba a temblar—. Yo creo que la única solución es que el pueblo se una y compre un esconjuradero, uno como ese que don Valero llama pararrayos.

El alcalde comenzó a dar vueltas y nos dijo que teníamos unas ideas muy descabelladas por culpa de tantas desgracias familiares. Pero insistimos y volvimos varias veces con el médico. Después de mucho rogar y de hablar con otros vecinos, conseguimos que el Ayuntamiento pagara un pararrayos.

La otra noche una chispa rompió el reloj de la torre y todo el pueblo salió en desbandada. Nosotros nos quedamos en casa y le contamos a nuestra hija, que aún no tenía nueve años, que aquellas gentes corrían porque creían que las brujas de San Jorge andaban revueltas con el pararrayos, que lo confundían con un amuleto.

—Mamá, los truenos nos van a dejar sordos —dijo la niña, con las manos en las orejas.

—Eso es que tu abuela está cambiando los muebles de sitio. Seguro que se quiere meter en un armario con santa Bárbara y todo

2021. El Frago, torre de la iglesia con pararrayos. Colección de la autora.

Carmen Romeo Pemán.

La topografía de la centella del comienzo es de La nueva mañana, Córdoba, 23/02/2017.

Liberación

Descansa ya, por fin puedes marcharte

para dormir tranquilo.

Que no dejas atrás lo que temías,

no has arrasado nada,

no quedan ni cadáveres ni campos de batalla

que puedan perturbarte la conciencia.

Hay algo que no sabes:

la vida hizo conmigo un buen trabajo

mientras duró tu ausencia.

Y ahora, lo que yo soy sin ti,

lo que puedo tener, y de hecho tengo,

aunque no esté contigo,

no es un erial vacío,

ni un campo de tristezas agridulces,

ni un desierto regado por las lágrimas.

Todo lo que poseo me lo he ganado.

Despertar viendo el sol cada mañana

y vestirme con trajes de arco iris

y engalanar mi pelo con los cuentos que escribo

y luego suelto al viento.

Y tantas cosas más que desconoces,

y una felicidad que no te debo.

Qué triste me resulta

que allí donde hubo amor

hoy solo quede una nostalgia dulce.

Pero es tan leve que dura un suspiro

porque, hagas lo que hagas,

y tanto si lo quieres como si no era eso

lo que hubieras querido,

es mucho más todo lo que me dejas

que lo que te querías llevar contigo.

Y todo eso, relojes de ilusión,

noches de sueños,

esperar en andenes esos trenes

en los que tu viajabas,

aunque solo pudiera verlos pasar de largo

porque nunca frenabas por culpa de tus miedos,

ha valido la pena.

No creo que sepa nunca

qué viniste a buscar, pero no importa.

Yo tengo mucho más, y nada me has quitado,

así que puedes irte, respirar aliviado

y seguir con tu vida como yo con la mía.

Me dejas un regalo: los recuerdos

que para siempre serán solo míos.

Y yo te correspondo con el que no te atreves a pedirme,

y tanto si lo aceptas, como si no lo haces,

te regalo mi olvido.

Adela Castañón

Imagen: Elias Sch. en Pixabay 

Fuertes como las rocas

#coronavirus

#ancianos

Petrificados en las rocas de la playa, los ancianos que se habían escapado de las garras del coronavirus recordaban la imagen de Filoctetes, un guerrero griego al que le había mordido una serpiente. El aqueo al que sus amigos abandonaron en la playa por miedo a que los contagiara con el hedor de su herida. Filoctetes, en su podredumbre, guardaba la única flecha con la que se podía ganar la guerra de Troya. La flecha que le había regalado Hércules por atreverse a encender la pira funeraria que lo convirtió de un héroe en un inmortal.

Todo empezó cuando las bolitas rojas del coronavirus invadieron el universo. Llegaron sin avisar, como las pestes del pasado. En realidad eran invisibles, pero la gente se las imaginó así, porque decían que chupaban la sangre.

Cuando llenaron las calles, se oyeron los cerrojos que atrancaban las puertas.

Don Augusto, el viejo rector de la Universidad, estaba echando la falleba del balcón del comedor, cuando oyó unos golpes la puerta.

—¿Vive aquí don Augusto? —gritó una voz desde fuera.

Acabó de cerrar y con esfuerzo llegó a la entrada. Abrió y se encontró con dos figuras que llevaban capuchas y batas blancas.

—Sí, yo soy. ¿En qué puedo ayudarles?

—Póngase ropa de casa y las zapatillas de andar entrapado. Y síganos.

—Imposible. Estoy esperando a la enfermera que me atiende por las noches. Además no puedo ni vestirme solo.

—Pues no podemos esperar. Hala, deprisa, véngase con nosotros tal y como está.

—Esperen, por favor, tengo que avisar a mis hijos, que, si vienen y no me encuentran se van a asustar.

Un empujón lo tiró al suelo y ya no recordaba nada más. No sabía cómo había llegado hasta aquel barracón improvisado junto al Auditorio. Era una especie de tienda de campaña gigante y estaba muy cerca de los escarpados del puerto. Al principio tenía la vista nublada y creía que estaba solo. Pero, poco a poco, se fue haciendo a la oscuridad y distinguió los bultos de los catres cercanos.

Antes de amanecer se montó un gran barullo y le costó varios días entender a qué se debía aquel trajín. A lo largo de la noche iban llegando nuevos ancianos y después desaparecían de forma misteriosa. Pero lo que más le costó fue identificar las explosiones que lo despertaron al rayar el alba.

En la semana que llevaba allí, don Augusto no había podido pegar ojo. Una de esas   noches en vela, vio que el hombre que estaba cerca de la puerta se removía entre las mantas y le hizo señas. Enseguida, el otro anciano, que  tampoco dormía, arrastrándose por el suelo, llegó hasta don Augusto y se pusieron a cuchichear.

—Estos ruidos me taladran el alma —le dijo el hombre, tapándose las orejas con las manos—. Hoy he podido ver las llamas de una pira con cuerpos humanos. Las explosiones de los vientres eran ensordecedoras.

—Nunca había oído nada semejante. Y eso que me tocó vivir una guerra —le dijo don Augusto.

—Pues gracias a que los verdugos rebajaban el estruendo pinchándoles los costados con lanzas.

Alrededor de esas hogueras enormes, unos hombres desharrapados con corbatas de colores echaban ancianos muertos y moribundos. Tenían órdenes de acabar con todos.

De repente, un altavoz gigante comenzó a repetir la misma frase.

—¡Queremos una sociedad joven y sana!

Era el eslogan de unos políticos que se desgañitaban con sus discursos y se enardecían con una oratoria cada vez más incoherente y absurda.

Don Augusto seguía su parloteo con el hombre del camastro.

—A ver si entre los dos, y alguno que se nos una, podemos saber qué van a hacer con nosotros —dijo don Augusto.

—Ayer le oí decir a uno de los guardias que vamos a desaparecer en un orden riguroso. Irán delante los que más bolitas rojas hayan ingerido —le contestó el hombre.

—¡A ver si tenemos suerte! Yo no sé si he tomado alguna. Es que, como no se ven, ni huelen ni saben a nada, no te enteras. —Don Augusto se palpó la tripa y la tenía vacía.

Según los expertos, aquellos vilanos incoloros, como los de los álamos en primavera, se colaban por todas las rendijas.

Esa misma noche se volvieron a oír los gruñidos de los perros que mordisqueaban las bolsas de basura apiladas por las calles. En cada una, un anciano esperaba la ceremonia de un adiós que nunca llegaría.

A los dos días, don Augusto, y los que con él estaban a punto de entrar en esa mojiganga, aprovecharon un descuido de los vigilantes y acertaron a entrar en una alcantarilla que los llevó hasta una playa cerca del puerto.

Ellos sabían que llevaban dentro un poder salvador, como la flecha de Filoctetes, pero la edad los había vuelto malditos.

Eran como las aves de mal agüero que ya no sabían trinar. Los cantos se morían en sus gargantas antes de nacer y se convertían en toses que anunciaban grandes desgracias.

Se instalaron en los cobijos de los acantilados y decidieron pasar los días comiendo algunos frutos de una vereda cercana en la que un riachuelo descendía lento hasta el mar. Por las mañanas, cuando salían de sus escondites, hacían el recuento. Cada día eran menos. Al cabo de una semana ya estaban todos petrificados.

Carmen Romeo Pemán

La imagen de Filoctetes petrificado está tomada de la Wikipedia.

Las manías de mamá

Cuando era joven solía preguntarme por qué mi madre llevaba siempre manga larga. Suponía que era una más de sus manías, y por eso, porque creí que esa era la respuesta, nunca se lo pregunté. Mi madre era así.

Se casó con mi padre, un trabajador agrícola, y desdeñó al militar que la pretendía y que era, según decían todos, más rico, más guapo, más apuesto y más de todo. Mamá escuchaba mucho y hablaba poco, y papá era justo lo contrario. Recuerdo que un día papá nos contó a mi hermano y a mí que, cuando le preguntaba a mamá que por qué lo escogió a él, ella solo contestaba: “Ya sabes, manías mías. Pero lo que importa es que te quiero y que nos va muy bien”.

Mamá se empeñó en que yo fuera al instituto en vez de al colegio de las monjas, y eso que papá había progresado, teníamos dinero y podíamos permitírnoslo. A mí me hubiera gustado ir allí; las alumnas de ese centro se reconocían a la legua por su clase, por sus preciosos uniformes y a mí me parecía genial, pero mamá fue inflexible. Me dijo que yo podría tener las mismas actividades extraescolares que las niñas del colegio sin necesidad de asistir a él. Y cumplió su palabra, tuve clases de baile, de equitación, de música y de todo lo que pedí. Sin embargo, su única respuesta cuando le preguntaba por qué no me había dejado ir a un colegio tan selecto era siempre la misma: “manías mías”.

Mi hermano quiso hacer la primera comunión vestido de almirante, pero no sé cómo se las apañó mamá para convencerlo de que lo hiciera con un simple traje de chaqueta. Y eso que seguíamos siendo bastante ricos. Cuando le pregunté a Paco que qué le había dicho mamá para que cambiara de opinión, mi hermano se encogió de hombros y me dio una respuesta bien simple: “no me acuerdo, supongo que es una manía suya y a mí, la verdad, tampoco me importa demasiado darle gusto”.

Cuando mamá enfermó, todo ocurrió demasiado rápido. Al comprender que no saldría con vida del hospital, me pidió que hiciera dos cosas por ella. Una, que, para enterrarla, le pusiéramos cualquier traje de calle, de manga larga. Le dije que sí, y antes de que pudiera preguntarle por qué, me sonrió y me guiñó un ojo: “manías mías, ya sabes”. Y la otra, que le evitara a mi padre el dolor de tener que ocuparse de sus cosas, que me hiciera cargo de todo, y que quemara los papeles que tenía en una sombrerera en lo alto de su armario.

El cáncer se la llevó demasiado pronto. Quise lavarla y prepararla yo, y al descubrir su brazo derecho tuve la sensación de que una garra apretaba mi garganta. Una serie de números tatuados ocupaban casi toda su longitud. Al volver del cementerio quemé en la chimenea los papeles de la sombrerera. Mis ojos se emborronaron mientras veía retorcerse y convertirse en cenizas un montón de instantáneas en blanco y negro, con unos hornos gigantescos al fondo y, en primer plano, un grupo de militares gallardos y uniformados que custodiaban a un rebaño de esqueletos, todos vestidos de gris.

Al día siguiente busqué un trabajo donde no necesitara llevar uniforme.

Adela Castañón

Imagen de kalhh en Pixabay 

Nacido en El Frago, de una tal Ambrosia

De las fragolinas de mis ayeres

Aquella nota, ¡puta nota!, la encontré en la escribanía de mi madre cuando revolví sus papeles después del entierro: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”.

A los cincuenta años, mi vida se volvía del revés. ¿No era mi madre esa señora rubia, de alta cuna, que me había criado con tanto cariño y esmero? ¿No era yo el hijo de un cirujano muy conocido en la ciudad? ¿No era yo mismo un médico famoso gracias a los esfuerzos de mis padres? ¿Quién era mi madre verdadera? ¿La habrían echado de su casa conmigo en los brazos? Mil preguntas sin respuesta se enredaban en mi cabeza. Tenía que ir a El Frago. Quería saber quién era la tal Ambrosia.

A los pocos días aparqué el coche en la entrada del pueblo, justo donde acababa la carretera de tierra y comenzaban las calles estrechas de roca viva. Subí una cuesta y solo me encontré con un viejo que estaba dormitando al sol. Se había sentado en un banco de piedra enfrente de una barbacana que daba al río. Me acerqué, lo desperté con cuidado y entablamos una conversación sobre el tiempo. Mientras escuchábamos el ruido del agua, le pregunté si conocía a Ambrosia.

—¿Así que pregunta por la señora Ambrosia?

—Sí, dicen que me parezco a ella.

—Puede que se dé un aire, sí. Pero ella era más guapa.

—¿Cómo que era?

—Pues claro, ya va para tres años que se murió. ¡Pobre Ambrosia! No fue nadie al entierro.

Se quitó la gorra y me acompañó hasta una puerta entreabierta y desvencijada. La empujé con fuerza y chirriaron los goznes. Un rayo de luz que entraba por la rendija de un ventanuco iluminó las losas del patio, cubiertas de zarzas, en las que corrían a sus anchas unas lagartijas verdes. Un olor ácido de estiércol y maderas podridas me hizo retroceder. Entonces, me saqué un pañuelo blanco del bolsillo y me tapé la nariz. En cuanto me acostumbré a la oscuridad, subí las escaleras estrechas y empinadas que llevaban hasta la cocina.

Aún estaban los tizones a medio quemar y del calderiz, o llares o como se llame, colgaba una marmita negra, de esas que se empleaban para calentar agua. A los lados dos bancos de madera carcomida y una silla baja de anea. Una de esas en las que las amas de cría amamantaban a los hijos de los ricachones. Me vino un mal pensamiento: ¿Y si mi madre les hubiera vendido mi leche? No podía ser. Pero, aun así, me cagué en los muertos de esa panda de caciques.

El ruido del bastón y los resoplidos del viejo, que apenas podía subir las escaleras, me sacaron de mi ensimismamiento.

—Entonces, ¿es usted el niño que se llevaron a la inclusa?

Noté una punzada en la boca del estómago. Tardé un momento en reaccionar.

—¿Qué dice?, ¿usted qué sabe?

—Pues, ¿qué he de saber? Lo mismo que todo el pueblo.

Me senté en el poyo de piedra que había debajo de la ventana y me cogí la cabeza con las manos. Empecé a imaginarme mi historia. Que a mi madre la habían echado de casa por haberse quedado preñada. Que se vio en apuros y me dio en adopción en casa de un médico sonado. Que les había pedido que fueran buenos padres y que le guardaran el secreto.

—¿Y qué es lo que sabe todo el pueblo? —Se lo preguntaba a él, pero, en realidad,  me lo estaba preguntando a mí mismo.

Le costó arrancar. A final me dijo que mi madre estuvo sirviendo en casa Navascués desde muy joven, casi una niña.

—Ya sabe usted cómo eran las cosas entonces. —Con tono de complicidad.

—Pues no lo sé. Es más, no tenía noticia de que existiera El Frago. Y menos casa Navascués.

—Verá. Como yo era un crío, no me enteraba bien. Pero luego lo oí contar muchas veces. Aquí se decía que los amos tenían derecho de pernada.

—¿Derecho de qué?

—Mire, que viene de la capital. No se haga el tonto. Pues eso. Que se podían tirar a todas las que servían en sus casas cuando quisieran y sin dar que hablar. Que todo se quedaba en casa.

Noté cómo, alrededor de mí, giraban el candil y los cacharros de la chimenea. Me apoyé en la pared y me cayó encima la tierra de los adobes. El viejo no callaba y seguía con la historia.

Habló del parto de mi madre en el camastro de paja que se veía al otro lado de la puerta de la cocina. Me dijo que la atendió mi abuela, que era partera. Que ella me inscribió en el registro y, esa misma noche, sin dejar que mi madre me viera ni me cogiera en brazos, me llevó a la inclusa en el carro de Navascués. El criado que la acompañó, ni siquiera se apeó. Ella me depositó en el torno, envuelto con un trozo de manta zamorana, y dentro, en medio de los pañales, metió una nota escrita de su puño y letra: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”. Y que ya nunca se supo nada más de mí en el pueblo. También me dijo que a los pocos días, antes de que se le secara la leche a mi madre, nació el primogénito de Navascués, mi medio hermano, y ella lo amamantó hasta que la dejó seca y se le mustió la mirada.

—¡Basta, basta! —Me acerqué para zarandearlo, pero él me apartó con el bastón.

—Pues aún no sabe toda la verdad.

Siguió y siguió. A mi madre la mandaron a la puta calle cuando se le aflojaron las carnes. Vivió de la caridad hasta que una mañana la encontró una vecina. Ya llevaba más de una semana muerta y nadie la había echado en falta. Se había entufado con un brasero. Como no podía comprar carbón, recogía los trozos que quedaban alrededor de las caberas, esos que iban mezclados con tierra y ardían mal.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillado con la cabeza apoyada en la silla de anea. Cuando me levanté el viejo había desaparecido.

Carmen Romeo Pemán

Soy

Soy aire cuando respiro,

soy música cuando escucho

y soy agua cuando bebo.

Soy el sol si miro al cielo,

la luz juega con mi cara

y la brisa con mi pelo.

Soy historia cuando escribo,

soy descanso cuando sueño

y soy sueños cuando leo.

Soy lo que yo quiero ser,

soy lo que quieras que sea,

si me quieres y te quiero.

Y soy amor infinito

cuando les lleno a mis hijos

toda la cara de besos.

Adela Castañón

Imágenes: Marco Ceschi en Unsplash. Gerd Altmann en Pixabay 

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

¡Ayúdame, lector!

Sí, me refiero a ti que me estás leyendo. En serio. ¡Necesito tu ayuda, y ahora te explico por qué!

Verás, estoy haciendo un curso de escritura online, y hace un rato empecé a escribir mi ejercicio de esta semana. Todo iba muy bien, el narrador de mi historia era muy cercano, tan real que ya casi parecía de la familia. Yo estaba tan entusiasmada que no me di cuenta de que era muy tarde. La espalda me dolía y me picaban los ojos. Los cerré y me estiré en el sillón durante un tiempo que no creo que llegara ni a medio minuto. Al abrirlos, mis dedos se quedaron en el aire, sin llegar a tocar el teclado, cuando vi en el monitor una frase que no recordaba haber escrito:

—¿Por qué has parado de escribir?

Me froté los párpados. Debía de estar más cansada de lo que creía.

—¿Qué…? —Sabía que estaba sola, pero no pude evitar preguntarme eso en voz alta. En la pantalla, mientras yo parpadeaba, había aparecido otra frase:

—Que por qué has parado de escribir.

Te prometo, lector, que yo no había tocado el teclado. Pero la frase, surgida de la nada, estaba ahí, delante de mis ojos. Pensarás que es cansancio, lo sé, es lo que yo te hubiera dicho, así que intenté relajarme. Cerré los ojos, ahora sin apretarlos, e hice dos o tres respiraciones profundas y lentas. Los abrí despacio mientras empezaba a sonreír y a burlarme de mí misma y de mis paranoias, y la sonrisa se me convirtió en trocitos de cristal que se escurrieron garganta abajo.  

—¿Vas a dejar ya de hacer tonterías, o qué? —Esta frase tenía incluso un tamaño de fuente mayor que las dos anteriores.

Ay, amigo lector, esto que te cuento pasó en menos de un minuto. Me puse tan nerviosa que decidí que lo mejor era irme a dormir y dejar la tarea para el día siguiente, así que eché el sillón hacia atrás con idea de levantarme, pero me quedé clavada en él.

Estaba tan concentrada en las frases fantasmas que había dejado de prestar atención a todo lo demás a mi alrededor. Y cuando aparté la vista del monitor… a ver cómo te lo cuento… Mi cuarto no estaba. La estantería con mis libros, la lámpara, mi cajonera con los bolígrafos de colores, todo había desaparecido. Volví a mirar la pantalla, y se había convertido en una especie de cuadro, un grabado con el fondo difuso en el que una mujer con rasgos muy parecidos a los míos tecleaba en lo que parecía una máquina de escribir antigua. Me puse de pie y me levanté para acercarme al grabado y, en efecto, ¡la mujer de la foto tenía mi cara! Y el fondo, aunque desdibujado, parecía el de mi cuarto.

Pero si mi cuarto se había convertido en un cuadro, conmigo dentro…, ¿dónde me encontraba yo ahora? ¡Ay, tú que me estás leyendo, si lo averiguas házmelo saber, por favor, échame una mano!

Miré a mi alrededor, desorientada. Lo primero que noté fue que hacía frío. Un frío muy distinto al de mi Marbella en el mes de diciembre. Los muebles eran antiguos, de madera oscura. Había varias mesitas bajas distribuidas en lo que parecía la recepción o el salón de un hotel o un balneario de los del siglo pasado. En una de las paredes un fuego bastante vivo ardía en una chimenea. Me puse de pie y me acerqué en busca de algo de calor. Delante del hogar había un par de sillones de respaldo muy alto y rodeé el de la izquierda para sentarme. Al hacerlo, me di cuenta de que el otro sillón estaba ocupado. Una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, tan erguida que la espalda ni siquiera tocaba el respaldo, contemplaba absorta la danza de las llamas. Vestía una ropa pasada de moda, con medias negras, zapatos cerrados y abotinados y un discreto vestido de color gris con un cuello cerrado de encaje.

Dime, tú que me lees, ¿no has tenido nunca la sensación de conocer a una persona cuando la ves por primera vez? Pues eso me pasó a mí. Su cara me resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Me senté y vacilé un segundo, pero me pudo la buena educación.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió, con una pequeña inclinación de cabeza.

Callé sin saber qué más decir. Delante de nuestros sillones había una mesita baja y, sobre ella, una libreta, seguramente de la dama del sillón, con algo garabateado a lápiz. Junto a la libreta había un periódico. Me incliné hacia delante y lo cogí, más que nada por no saber qué otra cosa hacer. Lo sacudí un poco para estirar la página inicial y mis ojos se clavaron en la fecha:

The Daily News, Saturday, December 11, 1926

¿Puedes creerlo? ¿Qué diablos hacía ahí un periódico con una antigüedad de casi un siglo? Y, además, parecía recién impreso, palabra. Tragué saliva al darme cuenta de lo que acababa de pensar: si el periódico era reciente… Y esos muebles más propios de un museo o de la tienda de un anticuario… Y la indumentaria de mi vecina de sillón…

—Disculpe —me dirigí a ella en voz baja—. ¿Puede decirme qué día es hoy?

—Doce de diciembre. —Miró el periódico que temblaba entre mis manos—. A veces el servicio se retrasa al traer la prensa. Ese número es el de ayer.

—Oh. —No supe qué decir, pero tenía que saber. Me arriesgué—. Le parecerá raro, pero… ¿dónde estamos?

Si le pareció extraño, no lo manifestó. Hacía gala de una flema envidiable. Me respondió como si le hubiera preguntado una simple dirección:

—En Yorkshire. En el balneario de Harrogate.

Volví a mirar el periódico y me acordé de mi curso de escritura. Pero el ejercicio ni siquiera trataba sobre escribir un relato de misterio. ¿Qué demonios me estaba pasando?

—Esto no tiene gracia —dije, sin darme cuenta de que lo hice en voz alta.

—¿Está bien, querida? —La mujer me miró por encima de unas gafas redondas que habían resbalado hasta la mitad de su nariz.

—Sí, claro, disculpe.

No debí de sonar muy convincente, a juzgar por sus siguientes palabras:

—¿Quiere que le pida una taza de té? Parece necesitarlo. —Dudó un momento. Supongo que se debatía entre la educación y la curiosidad, y creo que ganó la segunda— ¿Puedo ayudarla en algo?

—Pues… ya que lo dice… sí. Necesito regresar a…

Como puedes suponer, callé de golpe. Si decía la verdad, me tomaría por loca. Volví a cerrar los ojos durante unos segundos y apreté los puños. Me concentré todo lo que pude en respirar otra vez de manera controlada y me dije que, cuando los abriera, estaría otra vez devanándome los sesos con el ejercicio de esta semana. Tenía que funcionar.

Abrí los ojos de nuevo. ¡Y continúo aquí!

Las llamas siguen crepitando. La mujer se ha inclinado hacia delante y tiene su mano sobre mi antebrazo. Se ha quitado las gafas con la otra mano. Me está mirando con expresión preocupada, y me habla:

—Querida, cálmese. Todo se arreglará, sea lo que sea. ¿Cómo se llama?

Empiezo a llorar, soy incapaz de contestarle. Una doncella de cofia almidonada se acerca con una taza humeante, imagino que mi interlocutora ha debido pedirla con un gesto. Te echo de menos, lector, seas quien seas. Por favor, por favor, no me dejes aquí. Ella sigue hablando.

—Soy Mrs. Christie. Cálmese, por favor —repite—. Venga, cuénteme lo que le pasa. Vamos. Si quiere, puede llamarme Agatha.

Mis ojos se fijan en el cuadernillo de la mesa. Son notas manuscritas. Veo un poco borroso por culpa de las lágrimas, pero alcanzo a distinguir un par de frases: “Decidir el nombre del protagonista: ¿Arcadio Pierrot? ¿Valentin Poirot? ¿Hércules Pontiac?”

Mi llanto se convierte en una risa histérica. Las palabras escapan de mi boca sin que pueda hacer nada por evitarlo:

—Se llamará Hércules Poirot.

Ella abre los ojos y la boca y no dice nada. Su flema británica se ha evaporado, y mi calma también.

—Creo que tomaré otro té. —Me mira y respira hondo. Se recuesta en el sillón. Parece que se prepara para mantener una larga conversación.

¡Lector, estoy metida en un lío! ¡Necesito tu ayuda! ¡No quiero convertirme en un personaje de novela de misterio! ¡Por favor, sácame de aquí!

Adela Castañón

Imagen: Tomada de Internet

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo