Pido la palabra: #WeChat# ¿Lo entiendes?

Hoy Letras desde Mocade abre sus puertas a una nueva colaboración en nuestro espacio “Pido la Palabra”. Pilar Borraz Rozas nos regala un relato en memoria de alguien que ha jugado un papel importante en la pandemia que asola al mundo. Pilar, maestra y madre, nos cuenta lo siguiente:

“Escribo porque lo necesito para vivir, porque es lo que me permite entenderme y entender la incertidumbre y la angustia que, a veces, me rodean. Aunque siempre me gustó escribir, desde que me jubilé se ha convertido en un reto personal y un alimento esencial para mi salud. Y a él le dedico buena parte de mi tiempo”.

Gracias, Pilar, por acercarte a nosotras y compartir este precioso relato homenaje en nuestro blog. Tienes la palabra.

Mónica, Carmen, Carla y Adela

 

#WeChat# ¿Lo entiendes?

Homenaje a Li Wenliang. In memoriam

 

Desde la única abertura de la celda, el prisionero alcanza a leer un cartel descomunal.

Administración de Orden Público. Estación de policía Zhangnan de la Oficina de Seguridad Pública de Wuhan. Sucursal de Wuchang. Centro de detención. Sección: Investigaciones Lealtad política de los ciudadanos.

Desde que lo detuvieron y aislaron, ese letrero es lo único que puede vislumbrar del exterior. Ostentoso y excesivo, las pomposas letras brillan inconscientes sin saber cuánto desentonan en este lugar. De vez en cuando, amortiguados por el grosor de las paredes, también le llegan ecos de voces lastimeras y gritos.

Abren la puerta de la pulcra mazmorra y da comienzo la ceremonia que precede al primer interrogatorio de la noche:

—Cuarto día del primer mes lunar del año Genzi de la Rata. Lugar: Sala de interrogatorio B.2. Hora: 00:30. Duración: Según obstinación acusado. Interrogado: Zhao Liu. Médico. Acusación: Propagar falsos rumores que perturban severamente el orden social. Policías: Y. H.

—¿A cuántos agitadores has enviado mensajes en WeChat difundiendo los rumores?

—Sólo a mis amigos. Lo juro. No son agitadores. Siguen las normas con honradez. Igual que yo.

—¿Niegas también tus mensajes y cartas en Sina Weibo? ¿Reconoces tus comentarios falsos sobre un nuevo y peligroso virus? Has inventado contagios y pacientes. ¿Por qué has publicado tantas mentiras? ¡Habla!

 —No son mentiras. Es mi responsabilidad. Soy médico, sé reconocer el peligro de contagio. La gente tiene que saber, deben tomar medidas.

—¡Silencio! Te lo advertimos seriamente. Si sigues siendo obstinado, tus padres y tu mujer pueden salir perjudicados por tu terquedad. ¡Admite tus mentiras!

—No, no lo son. Ya en el dos mil tres vi un virus parecido. Entonces murieron demasiadas personas. ¡Demasiadas!

—¡Tapa tu sucia boca! ¡Admite tu culpa y no difundas más bulos! Aún puedes evitar el castigo. Deja tu impertinencia y colabora.

—Soy buen ciudadano. Obedezco las normas. ¿Acaso no llevo la insignia del partido cosida en mis batas? ¿Por qué voy a mentir?

—Eres listo, pero no vas a engañarnos. Declara que los mensajes son ficticios y que nunca debiste escribirlos. Firma tu confesión y solo serás un vulgar chismoso.

—No puedo hacerlo. No son embustes. Es un peligro real. No firmaré.

—Eres demasiado testarudo. No escuchas.

—¿No me corresponde acaso decir la verdad? ¿Qué clase de médico soy si guardo silencio?

—Un buen ciudadano no extiende rumores. Has alterado la estabilidad colectiva.

—¿Habéis pensado en la humillación de mis padres al ver mi detención en televisión?

—Tus infundios se han extendido por todo el país. Hay que apaciguar a la población.

—Es un virus muy contagioso, hay que advertir. Los sanitarios necesitan protegerse.

—¡Cállate de una vez! Tus mentiras alertan innecesariamente ¿Lo entiendes? Debes entenderlo.

—No. No lo entiendo. Solo escribí lo que mis ojos vieron. Nunca antes un contagio…

—¡Que te calles!

—Tengo que hablar. Si no actuamos, pronto será una epidemia fuera de control…

 —¡Deja de engañar! Tienes que cambiar tu forma de pensar. No seas obstinado.

—¡Es verdad lo que escribí en WeChat y en Weibo! Yo no difundo rumores.

—Debes reconocer tu culpabilidad ¿Lo entiendes? ¿Verdad que lo entiendes?

El prisionero, agotado tras horas de interrogatorio, se desmaya. Los dos policías salen para hacer el cambio de turno. Mientras tanto, el acusado se repondrá y continuará la intimidación. A solas de nuevo, Zaho Liu abre los ojos. Las últimas palabras que recuerda son como un martillo golpeando en sus oídos: ¿Lo entiendes? ¿Lo has entendido?

 Necesito combatir el miedo, vencer la ofensa, piensa. ¿Cómo fui tan ingenuo Cuando compartí los mensajes y les dije que eran privados? Les pedí que no los difundieran y que no me implicaran. Nunca quise esto. No hay nada más que yo pueda hacer. Lo entiendo. Sí, ahora lo entiendo.

El acusado solicita un nuevo interrogatorio. Les dará lo que quieran. Los dos policías entran y da comienzo el ritual que precede al sexto interrogatorio de la noche:

Cuarto día del primer mes lunar del año Genzi de la Rata. Lugar: Sala de interrogatorio B.2. Hora: 7:00.  Duración: Según obstinación acusado. Interrogado: Zaho Liu. Médico. Acusación: Propagar falsos rumores que perturban severamente el orden social. Policías interrogadores: K, X.

La CCTV abre el informativo matutino con una noticia de última hora:

 Zaho Liu, el médico de Wuhan ha confesado difundir falsos mensajes y rumores que han alterado gravemente el orden público. Reconoce haber cometido delitos de habla y actos ilegales con intención fraudulenta. En la carta que ha firmado, el acusado entiende la gravedad de la infracción y admite su culpa.

En la comisaría, desde la única abertura de la celda, el joven médico escucha el sonido de la CCTV dando la noticia de su confesión. Y siente como si envejeciera de repente. Tumbado en la fría litera, se incorpora ante el repentino ataque de tos. Otro más en poco rato. La fiebre ha empezado a subir. Y cada vez respira peor.

Pilar Borraz Rozas

Imagen: Diario16.com

Del coronavirus. Carta a un médico aragonés

#Aplausosanitario

Un aplauso especial para Adela, mi amiga y compañera en “Letras desde Mocade”, que estos días está dando lo mejor de sí misma a los enfermos de Marbella.

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Detrás de una mascarilla improvisada y de un traje hecho con bolsas de plástico verde, no te puedo poner cara. Pero sé qué estás allí, que eres uno de los héroes que están luchando por mí y por todos los que sentimos amenazadas nuestras vidas por este letal coronavirus.

Sé que hoy solo tienes ojos para este enemigo minúsculo y mortífero. Y también sé que tú te sientes en peligro. Que a lo mejor tienes tanto miedo como yo, pero lo escondes detrás de ese traje desharrapado. Y a mí solo me muestras tu valentía. Por eso eres un héroe, porque eres de carne y hueso.

Esto nos ha pillado de repente, sin referentes. Y solo podemos entenderlo en términos bélicos. Porque de una guerra se trata. De una guerra que tenemos que ganar entre todos. Te recuerdo que en España los grandes ejércitos siempre han caído ante nuestra forma de guerrear. Ningún ejército pudo nunca contra nuestra guerra de guerrillas, cuyo nombre no tiene traducción a otro idioma.

Para esta guerrilla, sin uniformes de gala, solo valéis los corazones valientes. Los que lucháis por una causa que os sale de las entrañas. Los que creéis que existe la humanidad.

Esta guerra ya no se libra en los campos de batalla. Hoy el enemigo se ha atrincherado en nuestros cuerpos. Y nuestros héroes sois los que nos sanáis y los que salváis a todos los hombres sin distinción de razas ni de ideologías.

Los que estáis en las trincheras de los hospitales sois unos verdaderos titanes. Ya no nos sirven los soldados de los viejos ejércitos ni los sermones de los políticos. Y esto que nos parece tan nuevo no lo es. Nos habíamos olvidado de las grandes batallas de la historia. Por ejemplo, las de los Sitios de Zaragoza las libraron los médicos y las enfermeras luchando contra el tifus. Cuando huyeron las tropas francesas no quedó olor a pólvora sino que Zaragoza apestaba desde lejos por el olor a cadaverina. Se ha hablado mucho de los cañones y de Agustina de Aragón y poco de la entrega de los médicos y de las enfermeras anónimas al mando de la Madre Rafols.

He traído esto a colación para decirte que, entre los cadáveres anónimos, estaban muchos de tus antecesores. Y por eso tú estás aquí, sin temer al enemigo letal, porque tu forma de luchar la llevas en la sangre y en los genes.

Quizá es un buen momento para glosarte, como hace mi querida Irene Vallejo, un discurso de Pericles, el político más famoso de la Grecia Clásica. Me refiero al que pronunció cuando una epidemia parecida al coronavirus invadió Atenas.

Si a la ciudad le va bien en su conjunto, eso beneficia a los ciudadanos particulares. Pero si toda la ciudad enferma, de nada le sirve la prosperidad de los individuos. En ese momento solo se gana la batalla con una comunidad fuerte y unida. Con una comunidad guiada por los médicos que sustituyen a los soldados de los campos de batalla.

Bien, pues nosotros, hijos de la sociedad del bienestar, habíamos olvidado las lecciones de la historia. Nosotros, que no habíamos vivido ni epidemias ni guerras, pensábamos que habíamos conquistado la paz en la tierra, que nada podría quitarnos la felicidad que nos daban los bienes conseguidos con dinero.

Esta, como siempre sucede con las plagas, nos ha pillado por sorpresa. Y nos ha entrado pánico. En unos días nuestra vida ha dado la vuelta. Nos sentimos desamparados. No sabemos qué hacer. Desde nuestro confinamiento queremos hacer algo, y no sabemos qué. Queremos ser solidarios, pero nos sale mal porque no lo habíamos aprendido ni en las escuelas ni en nuestras casas.

Desde el miedo de nuestro aislamiento hemos descubierto que solo nos podéis salvar los que lleváis batas blancas. Con vuestros rostros anónimos, sois los hermanos que os dejáis la piel por nosotros. Hoy sois nuestra única esperanza y nuestra tabla de salvación.

De repente he abierto la ventana y he tirado mis soldaditos de plomo. En mi interior vosotros ibais creciendo como los gigantes buenos de los cuentos.

Sin saber cómo he empezado a aplaudir. Y he oído todos los aplausos de mis vecinos. Se me han puesto los pelos de punta y se me han enrasado los ojos.

Cuando he cerrado la ventana, me he puesto a escribir esta carta. A la vez anónima e íntima. Escrita desde las entrañas y a golpe de emoción.

A ti, que cuando he ido a hacerme la prueba no he podido ni siquiera oír tu voz, te digo sencillamente, gracias.

No sé si el test me dará positivo o negativo. Pero, después de ver tu entrega, no me preocupa. Sé que tú y tus compañeros me salvaréis, aunque tengáis que arriesgar vuestras vidas.

Audentes fortuna iuvat.

Carmen Romeo Pemán

Los otros héroes del coronavirus

En estos días en los que la palabra coronavirus es sinónimo de saturación, he pensado mucho si escribir o no este artículo. Y ha ganado el sí porque voy a tratar un aspecto que, quizá, se ha dejado un poco de lado.

No creáis que voy a hablar de los sanitarios, aunque lo haré solo un poquito, por la parte que me afecta. Y también pasaré de puntillas sobre otros colectivos, aunque también les rendiré mi pequeño homenaje. Mi artículo quiere ser un aplauso para quienes, como mi hijo, encuentran motivo de superación en cualquier experiencia de vida. Aunque se llame coronavirus.

He pensado mucho el título, y la palabra héroes me vino enseguida a la mente. No cabe duda de que, después de los enfermos, los sanitarios hemos sido los segundos protagonistas. La actitud de todo el mundo, esos aplausos que nos regalan desde los balcones, la respuesta de los ciudadanos a ese lema de #YoMeQuedoEnCasa son, para nosotros, el mejor de los regalos. Ni todos los salarios del mundo valen lo que vale sentirnos apoyados por la gente de a pie, que no por los responsables políticos, ni por su gestión, ni por la escasez de mascarillas, ni por… pero he dicho que no iba a hablar de eso, así que mejor me quedo en el aplauso que os quiero dedicar, en nombre de mis compañeros y mío, porque, para nosotros, que estamos en primera línea en la trinchera, vosotros sois nuestro gran refuerzo en la retaguardia.

Y después de los sanitarios quiero agradecer la labor de muchos otros, aunque seguro que alguno se me olvida, por lo que me disculpo de antemano. Me refiero a las fuerzas de seguridad, a todos los que trabajan en cualquier campo de la industria de la alimentación, desde el agricultor o el ganadero hasta el que nos atiende, armado de valor, guantes y mascarilla, en la carnicería o en el súper, guardando la distancia de seguridad. Pasando, claro está, por transportistas, distribuidores, etc. A los equipos de limpieza, a los empleados de las funerarias, a los cuidadores de personas dependientes, a los voluntarios que se ofrecen para hacer recados, comprar medicinas, a los que atienden las gasolineras. A los profesionales que atienden a mi hijo y a otros como él que, sin tener obligación, le envían un video para saludarlo, le envían fichas para hacer en el ordenador y que se las devuelva por correo, o le piden una foto como la que cierra este artículo para juntarla con otras fotos de otros compañeros y formar entre todos una piña que difunda ese mensaje tan importante para ganar esta lucha.

Y ahora voy con esos otros héroes que me han inspirado este artículo y que, en mi caso, están representados a la perfección por mi hijo.

Los que me conocen saben que soy madre de un joven con TEA (Trastorno de Espectro Autista) que ha roto todas las estadísticas. Su pronóstico era desolador, pero nos pusimos el mundo por montera y hoy es un chico feliz, un habitante del mundo con pleno derecho, porque hemos peleado como leones y nos hemos ganado a pulso todo lo que tenemos. Y, en esta crisis del coronavirus, hemos tenido dos momentos puntuales que lo convierten, a mi parecer, en un héroe. A él, y a los que son como él. El primero que os voy a contar es más anecdótico, pero servirá como pincelada para que quienes no conocen bien las características del autismo se hagan una idea. Y el segundo… bueno, ese es otra historia. Pero vamos por partes.

Cuando se declaró el estado de alarma, Javi, que todos los días tiende su albornoz después de la ducha, me preguntó:

–Mamá, ¿tiendo el albornoz dentro, en el lavadero?

Yo miré por la ventana. Hacía sol, no vi nubes por ningún sitio, y, al pronto, no comprendí la razón de su pregunta. Debéis saber que las personas con autismo son muy literales, no entienden de dobles sentidos, ni cosas así, pero estoy tan compenetrada con Javi que a veces se me olvida y me pilla despistada, así que le respondí con otra pregunta:

–¿Por qué ibas a tender dentro de casa, Javi? Hace buen día y no creo que llueva.

–Pues para mantener el confinamiento, mamá.

Por poco me derrito allí mismo de ternura. Le expliqué que el confinamiento se refería a no salir de casa, pero que podía subir a la terraza cuantas veces quisiera, a mirar el mar. A Javi le encanta caminar, damos paseos de dos horas varias veces a la semana, y adora todo lo relacionado con la playa, el paseo marítimo, el viento, el clima, etc. Por suerte vivo cerca de la playa y desde nuestra terraza puede ver el mar. Ya podréis imaginar lo contento que se puso.

Bueno, pues hasta ahí, esa es la primera noticia, que da paso a la siguiente, que se produjo hace solo dos días.

El escenario es muy parecido: todos en casa, llevamos ya varios días de confinamiento, yo estoy con el ordenador y él viene a mi despacho.

–Mamá.

–Dime, Javi.

–He escuchado en la tele una noticia muy interesante.

–¿Ah, sí? –Tampoco le hago excesivo caso. Al fin y al cabo hablamos mucho todos los días y le encanta conversar de todo, de modo que estoy acostumbrada a interacciones variadas–. ¿Y qué han dicho?

–Que quien tenga autismo puede salir a dar paseos acompañado de un familiar si lleva su certificado.

Él sabe que es una persona con autismo. Lo tiene tan asumido como yo, por ejemplo, sé que soy una persona habladora, o que su abuela sonríe a todas horas. Y su lenguaje es siempre muy formal y correcto, como saben quienes lo conocen, y más cuando se trata de comentar noticias o acontecimientos. Le hemos trabajado mucho la comunicación, y le encanta y nos encanta que se exprese a su manera, tan personal y “académica”, por llamarlo de algún modo. Así que su comentario no me extraña, pero sé que espera una respuesta por mi parte y se la doy en forma de otra pregunta:

–¿Y tú qué opinas de eso?

En el fondo espero que me diga algo como “¡qué bien!” o “entonces podemos salir a dar paseítos” o algo así, pero su respuesta me desarma por completo.

–Pues me parece muy bien, pero yo creo que eso debe servir para niños pequeños que se pongan nerviosos si se quedan en casa, como me pasaba a mí cuando era pequeño, o para los que no entiendan bien lo que está pasando. Pero yo estoy muy bien informado y además estamos haciendo estiramientos en casa y me asomo a la terraza muchas veces al día, así que creo que es mejor que no salgamos y nos quedemos en casa para dar ejemplo y ayudar a que todos hagan lo correcto.

A ver, ¿es, o no es para comérselo a besos?

Por eso, porque hay gestos como el suyo en miles de hogares, porque hay personas que no salen en las noticias pero que aportan su grano de arena, he querido hoy rendir un homenaje a esos héroes silenciosos.

Por eso hoy aplaudo yo también. Por todos nosotros, por los sanos y por los enfermos, por vosotros que estáis regalándome vuestro tiempo al leer esto, y por ellos, por todos ellos, que, en la lucha contra el coronavirus, están también hombro a hombro, a nuestro lado.

Gracias.

Adela Castañón

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Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

#relatosdelascincovillas

De las fragolinas de mis ayeres

Ese día no fui al campo con mi padre. Tenía que llevar dos mulas a la herrería y arreglar la hortaliza del huerto. Él se llevó el caballo. Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a mi abuela con los brazos en cruz, arrodillada delante de la hornacina, donde siempre había estado del Corazón de Jesús. Desde la entrada oí la jaculatoria que todos nos sabíamos de memoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.

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—¿A quién le rezas, abuela? ¿No ves que ya no está el santo? —Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—¡Qué desgracia, hijo mío! Llevaba aquí desde que me casé. Tu abuelo le hizo esta capillica, así lo veíamos siempre que salíamos de la cocina.

—Anda, abuela, cálmate. Lo entiendo, pero ahora no podemos hacer nada.

—No, no lo entiendes. El Corazón de Jesús nos protegía sin tener que ir a la iglesia.

—Pero era solo un santo de escayola pintada. Podremos poner otro.

—¡No, hijo, no! Los santos tienen vida. Por eso les rezamos y nos corresponden. Y no nos perdonan que los olvidemos.

—Abuela, ¿no te das cuenta de que la gente ya no cree en estas cosas?

—¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

Entonces la abuela siguió hablando. Que el Corazón de Jesús era lo más importante que teníamos. Que cada vez que pasaba por delante se santiguaba, rezaba una jaculatoria y hacía una genuflexión. Que así se sentía segura. Que sabía que mientras él estuviera en casa no nos pasaría nada a nosotros.

—Compréndelo, abuela. Ha sido un accidente. Se le ha caído a mi madre cuando lo estaba limpiando.

—Claro, al final tenía que pasar. Mira que le advertí que tuviera cuidado. Que no fuera tan aturullada.

También me dijo que ni a ella ni a mi padre les gustaba tener un santo en casa.

—¡Que no es eso, abuela! A ver cómo te lo explico. Era como un muñeco. Y, como tú nos has dicho muchas veces, los santos mutilados son de mal agüero y…

—¡Jesús, María y José! —No me dejó terminar—. ¡Qué herejes! Eso es lo que sois. Ahora, ¿quién nos socorrerá en los malos trances?

—Abuela, por favor, cálmate. No sé, creo que…

—Y tú, ¿qué sabrás? Ya veo que no te ha contado tu padre lo de las fiebres de malta.

—Ya sé, ya sé lo que me vas a decir. Que tú me lo has contado muchas veces. Pero él dice que se curó gracias al médico.

La abuela cogió la pila del agua bendita que tenía al lado de su cama y echó gotas en las ventanas, para que no entraran los malos espíritus. Mientras tanto me senté junto al hogar. Cuando acabó se acercó y me dijo.

—¿Tampoco sabes que malparió la yegua? ¿No te han contado que el Corazón de Jesús salvó a la madre y al potro? Pues bien asustados que estaban todos. Yo misma le oí decir al veterinario que no había nada que hacer.

—¡Vuelta con la burra al trigo! ¿Sabes lo que va diciendo el veterinario? ¡Eh! Pues que tú y tus jaculatorias sois sus peores enemigos.

—¿Tampoco sabes lo de la muerte repentina? —siguió, como si no me hubiera oído.

Se secó las manos en el delantal negro que le llegaba hasta los pies y me habló muy seria.

—Mira, aunque te quieran comer la mollera, no les hagas caso. Solo hay una manera de no morir en el monte de repente. Hay que ver a un santo y santiguarse antes de salir del pueblo. Yo se lo decía a todo el mundo, pero no me creían. Y a los dos criados de casa Picaruela, a esos que se reían de mí, los encontraron muertos de un cólico miserere.

—Abuela, sería porque comerían algo en malas condiciones.

—Mira que eres tozudo, hijo mío.

San Cristobalón de Moral de Calatrava

San Critobalón de Moral de Calatrava

Entonces me contó otra vez la historia de san Cristobalón. Que en la puerta de la iglesia habían pintado un san Cristóbal muy grande. Así se podía ver desde todos los caminos que llegaban al pueblo. Así los hombres lo veían cuando salían y aseguraban que ese día volverían vivos.

—Y todo era normal hasta que un rayo rompió la puerta. A los pocos días, tu abuelo, que en paz descanse, fue a Zaragoza y compró un Corazón de Jesús. Me dijo que era tan milagroso como san Cristóbalón y que nos protegería sin salir de casa

—Abuela, pues a mí me parece que tienes miedo.

—¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Corazón de Jesús, perdónalo, que no sabe lo que dice!

—¿Lo ves? Es lo que yo te digo.

—¿Qué maneras de hablar son esas? Esas palabras no son tuyas.

—Es que también lo dice mi padre. Y mucha gente.

—Pues llámalo cómo quieras. Pero esto nos traerá alguna desgracia. Por eso llevo aquí rezando desde que he visto el chandrío que ha hecho tu madre. Espero que haya roto el santo después de salir tu padre.

—¡Shist! ¡chiss!¡chss! Oigo relinchar un caballo. Se acerca. —le dije interrumpiéndola.

—Seguro que viene asustado —me contestó—. Los caballos vuelven a casa cuando huelen la muerte.

Bajó la cabeza y comenzó a repetir la jaculatoria: “Sagrado corazón de Jesús, en Vos confío”. Noté que sus rezos no tenían el tono de otros días, como si hubieran perdido el sentido con la hornacina vacía. El caballo volvía solo, sin el amo.

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María Pemán Casajús

Biel, 1930. María Pemán Casajús (Biel, 1855-1931). En 1872 se casó con Andrés Ferrández Arenaz (Biel, 1853-1917), de oficio pelaire, domiciliados en la calle del Jesús. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Simón, Petra y Benita. Eran los de casa El Moreno.

Carmen Romeo Pemán

Vida

Hoy solo os dejo palabras. Porque la historia la vais a saber escribir vosotros.

A mi hijo.

Mi infancia. La infancia con mis amigas. Cuentos de hadas en los que todas, por turnos o a la vez, somos las protagonistas. Nosotras, de princesas. Los niños, de vaqueros y de indios. Bicicletas para ellos. Futbol. Barbies para nosotras. Jugar a las casitas. El colegio. Algodón rosa en la feria.

Las manillas del reloj. El tiempo medido en segundos.

La universidad. Las muñecas olvidadas. Las bicicletas oxidadas. Maquillajes. Barras de labios compartidas. Fiestas de pijama. La pandilla, numerosa y divertida. Excursiones con los chicos. Los bailes. La pandilla, cada vez más reducida. Las primeras parejas. Los cuentos transformados en novelas rosas. Algodón blanco para desmaquillarse.

Amaneceres y anocheceres. El tiempo medido en días.

Las primeras bodas. Mis amigas, de blanco. Yo, de blanco. Casas propias. Mi casa. Sus casas. Barbacoas compartidas. Mi marido. Sus maridos. Coches. Trabajos. Peluquería. Recetas de cocina de una casa a otra. Sábanas de algodón.

Las hojas del almanaque. El tiempo medido en meses.

El embarazo de la primera. La emoción del resto de nosotras. Sus embarazos. Mi propio embarazo. Tiendas de ropita de bebé. Ecografías. Lista de nombres. Unas, de niña. Otras, de niño, igual que yo. Preparar las canastillas. Partos. Cesáreas. Visitas, regalos. Cajas de bombones. Pañales. Amor. Amor a raudales. Cuentos más olvidados. Novelas llenas de polvo. La vida. La película de la vida. Mil veces mejor que mil cuentos y novelas.

Paseos por el parque con niños abrigados en sus cochecitos en invierno. Primavera. Cochecitos guardados. Sillitas de paseo. Pequeños que empiezan a dar sus primeros pasos. Mi pequeño sentado en el césped. Ropa que se queda pequeña. Niños que se acercan a otros niños para jugar. Niños que sonríen a los niños que se les acercan. Niños acercándose al mío. Mi niño, que llora cuando llegan los otros. Niños que corren. Un niño sentado en el césped. Mi niño. Niños que ríen. Un niño que grita. Mi niño. Las mismas mujeres. Amigas de antes. Vecinas de ahora. Miradas de reojo. Sonrisas forzadas. Palabras amables. Mentiras amables.

Las cuatro estaciones. El tiempo medido en años.

Calendarios en la pared de las cocinas. Fiestas de cumpleaños marcadas en rosa en los suyos. Citas médicas en el mío. Padres que llevan a sus hijos al fútbol. El padre de mi hijo. Partidos en el televisor, con auriculares. La puerta del salón cerrada. Mi casa, que cada vez parece más pequeña. El mundo exterior, que cada vez parece más grande.

Niños de otras llorando por heridas en las rodillas. Peleas y reconciliaciones de chiquillos que duran lo que un suspiro. Mi niño con heridas. Rabietas. Autoagresiones. Vigilar las uñas, que siempre estén cortas. Arañazos. Noches de insomnio. Aullidos a la luna.

Niños comiendo helados. Niños gorditos. Niños inquietos. Niños sudorosos. Mi niño. Percentil bajo de peso. Preocupaciones del pediatra. Soluciones que no lo son.

Supermercado. Carrito de la compra. Madres llenándolos de compresas, de lazos para el pelo, de cuchillas de afeitar. Mi propio carrito. Pañales de bebé. Talla extra grande. Tiritas. Betadine. Farmacia después del supermercado. Vitaminas solubles. Batallas a la hora de comer. Impotencia frente a la báscula. Sus kilos, cada vez menos. Mis kilos, cada vez más. Su ayuno. Su anorexia. Mi gula desesperada.

Actividades extraescolares de los hijos de otras. Clases de inglés. Baile. Kárate. Mis actividades y las de mi niño. Logopeda. Psicólogo. Estimulación. Fisioterapia. Regar las plantas del jardín, aunque no crezcan. Cambiar la hora de la compra. Ir al súper después de comer. Dinero justo. Sin tarjetas de crédito.

Primavera en el barrio. Invierno en mi hogar.

Casas en las que cada vez hay más habitantes. Nuevos bebés. Madres de otros niños sin tiempo para más cosas. Intercambios de recetas de cocina que no llegan a la mía. Mi casa, ahora más vacía desde que nos quedamos solos los dos. Mirada que nunca me corresponde. Música que escapa por las ventanas de otras casas. Cristales cerrados en la mía para mantener presos los gritos, los llantos, las rabietas, las autolesiones. Ambulancias en la puerta de mi casa. Hospitales. Ida y vuelta.

Mujeres del barrio que ahora ven su vida a través de sus hijos. Niños que vuelven a protagonizar cuentos de hadas como los nuestros. Que van al colegio. A la universidad. Mi niño. Internet. Búsquedas. Programas de modificación de conducta. Dietas. Logopeda. Psicólogo. Siempre. Seguir regando las macetas.

El tiempo se detiene. La primera noche de seis horas de sueño sin interrupciones. Salir de casa. Paseos cortos dando la vuelta a la manzana. Viajes al contenedor de basura con bolsas llenas de objetos inútiles. Decoración de la casa. Pizarras en todas las habitaciones. Fotos clavadas con chinchetas en las pizarras. Rutinas. Seguridad. Apoyo en una asociación. Madres como yo. Nuevas amigas.

Ya no hay reloj, ni almanaques, ni estaciones. El tiempo se mide en objetivos alcanzados.

Adolescentes que llegan de madrugada. Reproches. Chicas bebidas. Madres con arrugas y patas de gallo. Divorcios y heridas nuevas en sus vidas. Cicatrices que ya son historia en la mía. Ya no hay luces naranjas giratorias reflejadas en los cristales de mi casa. A veces, luces azules frente a las casas de otros en mitad de la noche. Policía llevando a adolescentes bamboleantes y despeinados.

Gritos y discusiones que escapan a través de las ventanas de otras casas. Silencio que reina dentro de la mía. Sin música. Sin diálogos. Silencio bendito. Silencio anhelado. Silencio sin gritos, sin llantos. Silencio sin rabietas. Paz. Macetas que empiezan a florecer.

Pasar de largo por los pañales del supermercado. Empezar a comprar verduras. Experimentos en la cocina. Sus kilos, que suben. Mis kilos, que bajan. Natación. Descubrimiento del agua. Juegos en la piscina. Reencuentro con músculos de la cara que creíamos perdidos. Sonrisas frente al espejo. Sonrisas frente a frente. Contacto visual.

Ventanas abiertas. Silencio que escapa. Palabras que entran. “Mamá”. “Agua”. “Pelota”. Palabras que se multiplican. Fotos quitadas de las pizarras. Noches sin pesadillas. Noches blancas.

Verano. Calor. Luz. Aunque en el barrio y en el mundo esté nevando.

Programas específicos. Prácticas adaptadas. Más sonrisas. Más palabras. Un viaje en tren. Felicidad. Riesgo. Un viaje en avión. Campeones. Un viaje en barco. Aprender a montar en bicicleta. Besos. Abrazos. Te quiero. Te quiero.

El mismo barrio. Casas que ahora son nidos vacíos. Mi casa, llena.

Mi vida.

Sus ojos en mis ojos.

Su mano en la mía.

Mi niño.

Te quiero.

Adela Castañón

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Imagen de cabecera:  ArtTower en Pixabay

Imagen de cierre: chiplanay en Pixabay

La tornaboda de Bárbara de Farasdués

#leyendasaragonesas

Compairón. 2, Recortada

Detalle de un compairón o manta de lana que se ponía debajo de la silla de la novia el día de la tornboda, o viaje de la novia a su futuro hogar, la casa del novio.  Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

—¿Qué hace la señora Bárbara a sus sesenta y ocho años vestida de novia a la antigua usanza? —pensé la primera vez que vi la foto—. ¿Adónde va montada en un burro aparejado con silla de novia y un compairón?

No podía dejar de dar vueltas a esas preguntas. De repente me di una palmada en la frente y pensé: “Está clarísimo”. Todo se relacionaba con el viaje de las tornabodas.

Este no es un relato fantástico, no. Es la transcripción casi literal de unas costumbres aragonesas. Unas costumbres que tenían mucho que ver con los matrimonios entre las personas de las casas ricas y con la dote que aportaba la novia en una boda concertada por los padres, a través de un aponderador, que exageraba los bienes y las virtudes de la novia. Es que las hijas eran una carga para la familia y había que casarlas cuanto antes. Pero casarlas bien.

Seguramente nada de esto le pasó a la señora Bárbara de Farasdués. Es posible que en su treintena, moza vieja ya, se apañara con un pastor cinco años más joven y que se fueran a vivir a una de esas casas pobres de la Peñeta. Es posible que se hubieran casado en una misa antes del amanecer sin invitados ni ceremonias. Es posible que, cada vez que viera una boda con la comitiva de la tornaboda, o vuelta a casa del novio, se imaginara a sí misma como la reina de aquella ceremonia que tanto había deseado.

Y también es posible que ella no quisiera morirse sin que alguien la retratara como a las grandes novias, aunque fuera en un burro viejo y no en una yegua.

Los primeros contactos

Y la señora Bárbara no tuvo a nadie que la presentara, ni que la aponderara. Un día que iba a lavar se encontró en el camino con Fulgencio que iba a soltar el rebaño.

—Oye, Barbara, ya va siendo hora de que nos recojamos.

—Pues cuando quieras.

Y así estuvieron unos meses, con encuentros en el camino, en los que se contentaban con una mirada. Un día Fulgencio apoyó la barbilla en la vara con la que dirigía a las ovejas, y sin rodeos le dijo:

—Tendríamos que hablar con el cura para que nos amonestara.

—Lo que tú digas, Fulgencio.

Pero las cosas no se hacían así. Si ella hubiera sido de buena familia, sus padres habrían hecho un contrato con una casa de posibles y con un heredero. Y, si no hubiera habido en el pueblo, habrían hablado con los tratantes y arrieros que todos los días pasaban hacia Ayerbe por el camino de los Trajineros.

Es más, si hubiera hecho falta, habrían ido a la romería de la Virgen de la Sierra de Biel, que allí se concertaban buenas y ricas bodas entre casas en las que el heredero era el rey. Pero seguía viviendo con sus padres y con sus hermanos solteros, los tiones, que trabajaban por la cama y por la comida. A poco más tenía derecho un solterón.

La comitiva

Los novios de esas familias celebraban la boda en la casa de la novia. Unas veces en el mismo pueblo. Otras en un pueblo cercano. Y pocas veces en tierras lejanas. Que así reza el refrán: “El que lejos va a casar o va engañado o lo engañan”.

Pocas comitivas han hecho largas distancias. Algunas fueron notables, como la que fue desde Barcelona hasta un pueblo del Pirineo, en el Valle de la Garcipollera, cerca de Canfranc. En estas distancias, la comitiva se retrasaba hasta el día siguiente de madrugada.

Comitiva desde Barcelona

Comitiva de una boda a su llegada a los Pirineos. Venían desde Barcelona. A pesar del largo viaje, siguen con los caballos enjalbegados y las personas con las ropas de la boda del día anterior. Publicada en Fotos Antiguas de Aragón.

Si eran de pueblos distintos, el novio tenía que pagar la manta a los mozos del pueblo de su novia por haberles robado a una moza. Y, si se negaba, comenzaban las bromas, las cencerrada, o esquilada. Desde el anochecer hasta la madrugada sonaban los cencerros y las esquilas del pueblo en la puerta de la recién casada.

En todos los casos se formaba un largo cortejo, con hombres y mujeres montados en caballerías de gala y ataviados de fiesta. A la llegada recibían a la novia con más festejos. Así la nueva vida de la recién desposada comenzaba como en un cuento de hadas.

A caballo en una yegua engalanada

Y eso es lo que añoraban la mirada triste y el gesto adusto de la señora Bárbara. Pero Fulgencio vivía en una especie de cueva. Para la cama bastarían unas pieles de cabra por el suelo. Y ella llevaría sayas de estameña y una toca negra en la cabeza.

Le habría gustado ser una novia engalanada en una cabalgadura elegante y no conformarse con el viejo burro que con tantos apuros compraron en la feria de Ayerbe.

Le habría gustado lucir un compairón debajo de la silla de la novia y presumir de una manta de lana blanca, tejida en forma de sarga, adornada con gallos, guirnaldas y otros símbolos que aludían la fertilidad que se deseaba para la novia. La futura descendencia aseguraba la continuidad de la casa. Pero eso era un privilegio de las grandes haciendas. La gran aspiración del heredero, conseguir una buena hembra paridora.

Captura de pantalla 2020-01-08 20.39.46

En el compairón nunca faltaba el gallo. En Aragón era el símbolo de la dedicación de la mujer al hogar. Museo Ángel Orenanz y Artes del Serrablo.

Pero el compairón y la silla no estaban al alcance de todos. Entre los ricos se prestaban estos arreos, que era caros para lucirlos solo un día. Lo malo era que todos sabían a quién pertenecían. A veces llevaban la marca de la casa, como los aperos de labranza, las talegas y los ganados.

La silla se encargaba a un buen ebanista. Lo más seguro es que la tallara con el tronco de unos nogales que guardaban para la ocasión. Podría estar pintada de colores y adornada con ramos en forma de corazones. Todo estaba pensado para trasladar a la novia a la casa del que ya era su marido.

Silla de nogal. Recortada

Silla de novia. Museo Ángel Orensanz y Artes del Serrablo.

La señora Bárbara se imaginaba que la ayudaba a subir a una yegua blanca un joven elegido entre los amigos de su novio. Por primera vez en su vida montaba en una silla, a la mujeriegas, y no a escarramanchón, como le había tocado ir siempre encima de una albarda.

A la señora Bárbara no la seguía una comitiva, no. En la foto se ve a unas niñas que miran asombradas, como si estuvieran en las fiestas de Carnaval.

—Marchad todas de aquí —gritó—. Y no me espantéis al caballo que viene detrás con el baúl con mi dote. O con mi pliega, o como la queráis llamar. Que lo importante es lo que lleva dentro.

En ese momento alguien disparó la foto. Y quedó inmortalizada como un fantoche. Pero a sus años la vista le fallaba y la guardó en el fondo de un arca como un tesoro.

rayaaaaa

Foto de la entrada sin recortar.

Novia de Farasdués

Publicada por Fernando Ciudad Lacima el 27 de diciembre de 2019, en el grupo de FB, Fotos Antiguas de Aragón, del que soy miembro. Se la cedió José Luis Mincholé Alastuey, de Farasdués. El fotógrafo fue Elias Año Alastuey, un gran aficionado a la fotografía, tío abuelo de Pilar Campos Fornell.

Esta foto, y sus comentarios,  me inspiraron  este artículo. Desde aquí os doy las gracias a todos los del grupo por vuestras extraordinarias colaboraciones.

1929, Farasdués. Comarca de las Cinco Villas. (Zaragoza). Ese año Bárbara Fernández Garcés tenía 68 años. Su marido, Fulgencio Melero Pardo, de profesión pastor, era cinco años más joven. Vivían en la calle Ramón y Cajal, número 8.

Carmen Romeo Pemán

Gramática del amor

Puedo conjugar un verbo,

puedo consultar un libro,

puedo buscar en las redes

ese pronombre furtivo,

o mis dudas con las comas,

o algún adjetivo esquivo.

 

Mas, si se trata de amor,

no conozco ningún sitio

donde encontrar los remedios,

o herramientas, o utensilios,

que me ayuden a explicarlo,

o que puedan describirlo.

 

Y entonces pienso en tus manos

y con mis manos escribo

mientras sueño que mis dedos

con los tuyos hacen nido,

y es la prosa del amor

que se vuelca en un escrito.

 

Y a veces sueño tus ojos

y aprieto fuerte los míos

e intento no despertarme

por no enfrentarme al vacío

y al dolor que me produce

saber que no estás conmigo.

 

Y entonces, en esos sueños,

me miras, y yo te miro,

y el amor, escrito en prosa,

se convierte en un suspiro,

y el suspiro se hace beso,

y el beso busca su sitio,

pero no encuentra tus labios

y se pierde, despacito,

y yo lo miro alejarse,

perderse en el infinito,

y despierto, y estoy sola

y regreso a mis escritos.

 

Y no hay ningún diccionario

ni conozco ningún libro

donde venga la receta

para conjugar contigo

el verbo amar en presente,

en futuro o participio.

 

Y por eso, hace algún tiempo,

escribo mi propio libro,

y poco a poco comprendo

que me equivoqué contigo

y hoy ya conjugo en pasado

lo mucho que te he querido.

Adela Castañón

Imagen: DarkWorkX en Pixabay

Visita de inspección

De las fragolinas de mis ayeres

Para Anuncia Romeo

Anuncia de la Fábrica, así la llamábamos nosotras, sus amigas, porque vivía con sus padres y sus hermanos en una vieja fábrica de harinas, en medio de unos montes, a cuatro kilómetros del pueblo por el camino de Biel. Todos los días venía andando por unas trochas estrechas y pedregosas. Al principio la acompañaban sus hermanos, pero pronto los sacaron a estudiar a la ciudad, y , a los ocho años, tenía que hacer sola el camino dos veces al día. En invierno salía de casa antes de que se hiciera de día y volvía con la noche cerrada.

Por las mañanas no solía ser puntual y, si hacía mal tiempo, faltaba. Esos días nos poníamos nerviosas y nos preguntábamos si su madre no la habría dejado salir o si le habría sucedido algo.

Un día la maestra recibió la noticia de que la semana siguiente vendría un inspector. Nos dijo que sería una visita rutinaria, pero a nosotras nos alborotó. No parábamos de movernos de un sito a otro. Y doña Asunción nos gritaba más que de costumbre.

—Anuncia, la semana que viene no faltes ni llegues tarde ningún día.

—No se preocupe. Le diré a mi madre que me despierte antes.

—Si quieres puedes quedarte en mi casa —le dijo la maestra.

Entonces montamos una gran algarabía. Todas queríamos que se quedara en nuestras casas.

—Pues yo prefiero ir a la mía. Es que esta semana mi madre está sola, que mi padre ha ido a comprar trigo a otros pueblos —dijo Anuncia.

A los pocos días llegó el inspector, un señor alto, con traje y zapatos negros bien lustrados. La maestra lo saludó y se volvió hacia nosotras:

—Niñas, por favor, saludad como hacéis siempre.

De repente, gritamos todas a una:

—Buenos días, señor inspector.

Él, ni siquiera nos miró, hizo como si no nos hubiera oído. Entró dando pasos largos y las suelas de sus zapatos retumbaban en la tarima. Se sentó en la mesa de la maestra. Doña Asunción se quedó de pie a su lado y se tapaba las manos con los puños de la rebeca para que no viéramos que le temblaban.

Él cogió la lista y nos fue llamando una por una. Todas respondíamos lo mejor que sabíamos para no dejar en mal lugar a nuestra maestra. Intentamos recitar las tablas de multiplicar sin titubear y contestar a sus preguntas con rapidez. Pero, sobre todo, queríamos lucirnos en la lectura en voz alta. Cada una de nosotras tenía que leer una hoja de la cartilla.

A eso de media mañana, cuando ya habíamos leído casi todas, se abrió la puerta y Anuncia entró con la respiración agitada. Llevaba los pies mojados, la falda salpicada de barro y las trenzas un poco despeinadas. Nos volvimos a mirarla con un suspiro de alivio. Por fin llegaba, sin que le hubiera pasado nada.

Pero nos cayó como un jarro de agua fría que ese señor ceñudo le regañara en voz alta a nuestra maestra. Le dijo que ya veía que no se ocupaba de la disciplina de sus alumnas.

—¡Qué formas son estas de dejar entrar una alumna sin llamar y con esos modales!

La maestra intentó darle explicaciones, pero él le hizo un gesto para que se retirara hacia atrás y se callara.

—A ver, tú, la que acabas de llegar, ven aquí a leer —dijo el inspector levantando el tono un poco más.

Anuncia se puso colorada y se le enrasaron los ojos. Desde mi asiento pude ver cómo le temblaban las piernas. Pero se levanto con aplomo y se acercó muy despacio a la mesa.

—Aquí, lea esta página —le señaló la última hoja a la que aún no habíamos llegado.

Nos quedamos boquiabiertas cuando la oímos leer de tirón, con buena entonación y dando un sentido a lo que leía.

El inspector dio un respingo en el sillón y dijo:

—Es increíble cómo lee esta niña

Estábamos todas radiantes por la victoria de Anuncia, creíamos que había conseguido vengar la insolencia de un señor que se había metido en nuestra escuela y en nuestras vidas.

Pero nos quedamos petrificadas y sin entender nada cuando oímos la voz serena de doña Asunción:

—Señor inspector, para que usted vea la importancia de una maestra, esta es la única niña que ha aprendido a leer sola.

Al salir de la escuela Anuncia nos contó que, como esa noche había llovido, tuvo que cruzar varios barrancos. Y que en el último se enfangó y la ayudó a salir un hombre que iba a moler. Que le dijo él la llevaba a casa, pero ella, que no, que ese día no podía faltar a la escuela.

Cuando llegamos a nuestras casas contamos de pe a pa lo que había pasado. Y lo seguimos comentando muchos años más.

Desde aquella visita del inspector, Anuncia entró en nuestras vidas como un mito, mejor dicho, como una parte del mito que entre todas hemos ido tejiendo en torno a nuestra escuela y a nuestra maestra.

Carmen Romeo Pemán

 

Comentario a la imagen de entrada.

Anuncia Romeo Extremar (El Frago, 1949), hija de Luisa y Emeterio, era la hermana pequeña de Enrique y Abelardo. Vivían en La Fábrica y, cuando ella venía a la escuela, sus hermanos ya habían salido a estudiar.

Foto de Gregorio Romeo Berges, El Frago, 1957.

Diálogo de oficinistas

Luis vio que Pedro se acercaba a su mesa y puso los ojos en blanco. Eso no frenó el avance de su compañero de oficina, que se inclinó para hablarle al oído.

—¿Te has enterado? —le preguntó en susurros.

—¿De qué?

—De lo de mañana.

—¿Qué pasa mañana, si puede saberse?

Luis resopló con fuerza. Le fastidiaban los rodeos de Pedro para darse importancia cada vez que quería contar algo. A pesar del soplido, Pedro siguió hablando con aire conspirador.

—Viene el gran jefe. Va a haber movida en la oficina. Lo sé de muy buena tinta.

—¡Bah! Mientras no nos toquen la nómina, me importa un rábano quién venga.

—No hablarías así si supieras lo que yo sé.

La pausa de Pedro no alcanzó su objetivo. Luis movió su sillón de ruedas y empezó a trastear con el ratón del ordenador. A pesar de eso, Pedro volvió a hablar. Lo que había descubierto era demasiado sabroso como para mantenerlo oculto. Y sabía que, al final, Luis le prestaría atención.

—Las nóminas no creo que las toquen. Que los sindicatos tienen el convenio bien amarrado. Pero va a correr aire en la oficina.

—Pedro, tío, mira que eres pesado. Dime de una vez lo que tengas que decir.

Su compañero se echó hacia atrás con expresión ofendida.

—Aquí no. —Pedro miró a su alrededor. Aunque nadie les prestaba atención, volvió a hablarle a Luis al oído—. Si quieres saberlo, nos tomamos una caña. Total, ya es hora de salir a desayunar.

Luis abrió la boca para negarse y el otro se jugó la última baza.

—Invito yo. Y, cuando sepas lo que voy a contarte, no te arrepentirás de haberme escuchado.

Estaban a fin de mes y la economía de Luis no andaba en su mejor momento. Se levantó y bajó a la cafetería acompañado de Pedro, mientras los demás compañeros le dedicaban con más o menos disimulo miradas compasivas. Al llegar a la cafetería, Pedro pidió un café y Luis una caña.

—A ver, Pedro. Que tengo muchas cosas pendientes y no me sobran horas. —Bebió un sorbo de cerveza—. Que siempre tienes algo que decir, hombre. Parece mentira.

—No, no. Si piensas eso, si crees que lo que digo no tiene interés, me callo. Que ya sé que me tenéis puesto el mote de La Gaceta. Pero luego, a la hora de la verdad, cuando alguien necesita saber algo… ¿eh?… entonces todos os acordáis del cotilla de Pedro.

Pedro enarcó las cejas y Luis se sintió magnánimo. Había pedido una tapa con la cerveza sin que Pedro se opusiera.

—Venga, hombre, no te mosquees. Es que das más vueltas que los burros en las norias de mi pueblo. A ver, ¿qué es eso de que va a correr aire?

—Despidos.

Luis dio un bote. Faltó poco para que se volcara la caña de cerveza. Se atragantó y empezó a toser. Las cejas de Pedro habían vuelto a la horizontal, y una sonrisa se instaló en su cara.

—Ya me figuraba que no te habías enterado. Por eso te he dicho lo de tomarnos algo. Porque si lo hubieras sabido no estarías tan tranquilo.

—¡Despidos!… Pero… ¿quién? ¿Cómo has sabido…?

—Júrame que no se lo dirás a nadie.

—Sí, sí. Te lo juro. ¿Estás seguro, Pedro? Oye, que somos amigos desde hace veinte años. Esta no será una de tus ocurren… —De pronto, a Luis se le erizaron los pelos de la nuca y dejó la frase a medias—¿No será a mí?

—No, hombre, ¡no digas bobadas! ¿Tú crees que si te fueran a echar iba a venir yo a restregártelo en la cara? —Luis pensó que no tendría nada extraño, pero se reservó la opinión. Pedro volvió a acercar la cara, y esta vez Luis se acercó también—. Van a largar a Revilla.

—¡No!

—Espérate a mañana, y ya verás. El pobre no tiene ni idea. De nada le ha servido pasarse el último año como lameculos oficial del gran jefe.

—¡Hombre, Pedro…! ¿Revilla, dices? Vale que sea un pelota, pero es una máquina trabajando. No creo que haya mucha gente capaz de sustituirlo. ¡Si ha conseguido él solo casi la mitad de los objetivos de toda la oficina! ¿Seguro que no te equivocas?

—Y tan seguro, Luis.

—¿Y cómo te has enterado esta vez? Si apenas se oían rumores, y lo que se escucha es que hasta dentro de unos meses no se iban a plantear lo de remodelar la oficina y todo ese rollo. ¿A qué vendrán ahora esas prisas de los jefes? —Revilla ocupaba una mesa junto a la de Luis, y le asaltó el miedo absurdo de que el despido fuera algo contagioso—. Oye, Perico… ¿y sabes si alguien más se irá a la calle?

—Verás… seguro no estoy, pero me parece que solo echarán al pobre de Revilla.

Los dos compañeros quedaron en silencio unos instantes, rumiando los datos.

—Pedro…

—Dime.

—No es que dude de ti, amigo, pero me extraña que echen precisamente a Revilla. Lo lógico sería que se fuera Macarena. Si nos van a dejar solo con un jefe de sección, ella ha sido la última en llegar. Y no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. La verdad, no me explico qué criterio habrán seguido.

Pedro volvió a sonreír con la expresión de un gato delante de un plato de leche. Lo que había contado hasta entonces solo había sido el aperitivo del plato principal. Tomó aire y se lanzó:

—Sí que es verdad que Macarena no le llega a Revilla ni a la altura de los talones. Pero llega a donde tiene que llegar.

—Ahora sí que no te entiendo, Perico. ¿Qué quieres decirme con eso?

—Que la mosquita muerta de Macarena, tiene de mosquita lo que yo de chino, Luis. Y, para conservar el puesto, en vez de llegar a los talones de Revilla, ha apuntado más alto, y ha llegado a la bragueta del director.

El labio inferior de Luis descendió en picado como si tuviera vida propia. Los botones de la camisa de Pedro parecían a punto de reventar cuando cogió aire para seguir hablando.

—Luisito, el otro día vi a Macarena entrar en el despacho del director. Llevaba un sobre en la mano. No estuvo dentro ni dos minutos, pero cuando salió, se iba limpiando las gafas.

—¿Las gafas? ¿Qué tienen que ver las gafas con…?

—¡Ay, hijo! ¡Que pareces tonto, leñe! Que, si se iba limpiando las gafas, quiere decir que el sobre lo había dejado en el despacho.

—¿Y…?

—Pues que a los cinco minutos el director salió con la cara como la pared. Y dos minutos después sonó el móvil de Macarena, y dijo que bajaba un momento a la farmacia a comprar gelocatil. Pero se dejó el bolso colgado en su silla. Y cuando subió, no tenía cara de que le doliera ni la cabeza ni nada de nada.

—Pedro, chico… no sé adónde quieres ir a parar.

—Pues prepárate, que lo que voy a decirte es un bombazo. Y verás cómo, cuando te lo diga, no te extraña ver que mañana es Revilla el que se va al paro. —La cara de Luis era toda ojos y boca—. Me entretuve recogiendo para salir el último de la oficina. Y, antes de irme, entré un momento al despacho del director para dejar un expediente encima de su mesa. Hice como que se me caían las llaves, me agaché, y ¡bingo! El sobre estaba en la papelera.

—¿Y tú…?

Pedro asintió con aire de suficiencia.

—Te doy mi palabra. No te lo puedo enseñar, porque no me atreví a llevármelo. Pero…

—¿Pero…?

—Era un sobre de la farmacia. Un análisis de orina a nombre de Macarena. —Pedro se mordió el pulgar, y Luis lo imitó sin darse cuenta. Volvieron a juntar las cabezas—. Luisito, majo, la mosquita muerta está preñada. Los próximos meses vamos a tener un culebrón. Y si no, ya te iré contando, ya…

¡Macarena embarazada! Pedro, una vez más, había acertado. Revilla no tenía nada que hacer ante eso. ¡Pobre hombre!

Adela Castañón

 

Imagen de www_slon_pics en Pixabay

Don Juan Lanzarote, maestro de Alagón

#gentesdebiel01. Firma

Un día hablando con Inma Callén en la Biblioteca de Alagón, después de la presentación de un libro, nos dimos cuenta de la cantidad de personas conocidas que teníamos en común, algunas de las cuales habían tenido durante muchos años una gran influencia en la vida de Alagón. Además, Inma conocía mi libro De las escuelas de El Frago y me preguntó sobre él.

—Carmen, ¿cómo es que has escrito un libro sobre las escuelas de El Frago?

—Pues verás, mi padre era de El Frago y mi madre de Biel. Mis abuelos y mis padres fueron maestros de Biel, Mis padres acabaron en El Frago, y yo fui con ellos a la escuela. Por eso me interesaba tanto y recopilé mucha información para ese libro. Pero no la he agotado. Lo de Biel lo tengo sin tocar. Esa es una de mis deudas pendientes.

—Pues mira, Carmen, también en Alagón hubo un maestro que era de Biel, don Juan Lanzarote. Mi padre fue alumno suyo y siempre le he oído hablar con mucho cariño de él. La gente lo recuerda porque fue muchos años maestro aquí e incluso una de las calles de nuestro pueblo lleva su nombre desde hace más de cuarenta años.

—¡Nada! De ese maestro no tengo noticia —le contesté—. Pero es una grata coincidencia. Estoy segura de que esta casualidad es una llamada de don Juan. Entre las dos tenemos que hacer algo por recuperar su figura y su memoria.

—Espera. Aún no lo sabes todo. La salud de nuestro pueblo también estuvo durante muchos años en manos de dos médicos de Biel: don Luis Marco Bueno, sobrino de don Juan, y don Octavio Lanzarote Marco, su hijo. Eran los dos médicos de mi infancia. Aún recuerdo cuando íbamos a la consulta, o cuando venían a casa de visita si estábamos malitos en la cama.

—Pues más a mi favor. Estoy segura de que fue una figura clave en el pueblo.

—¡Claro que sí! —me respondió Inma.

—¿Te animas? —le contesté yo

—¿Buscamos? —me dijo ella.

—Buscamos —le respondí.

Y hasta aquí hemos llegado hoy con lo que hemos podido rescatar. Nos hemos servido de las memorias de los que conocieron los hechos, de las fotos guardadas en los fondos de los baúles, de las notas de prensa amarillentas y de los documentos de los Ayuntamientos de Biel y Alagón. Hemos buscado los expedientes de los alumnos de la Universidad de Zaragoza, los de la Escuela de Magisterio de Huesca, los boletines de educación y las noticias de la prensa histórica, local y nacional. Pero sobre todo, hemos llegado a los documentos y fotografías que la familia de don Juan, representada por su nieta Peña Lanzarote, conserva en su casa de Biel.

03. Calle con Placa. 1

Calle D. Juan Lanzarote.

Como no podía ser de otra manera, este artículo-homenaje está escrito con cuatro manos. Mejor dicho, con seis. Con las de Inmaculada Callén Romero, con las de Peña Lanzarote Subías y con las mías. Y usaré un narrador en primera persona del plural que nos incluya a las tres.

Inma Callén, la bibliotecaria de Alagón, me sugirió el trabajo, me dio el empuje que necesitaba y me ha acompañado en todo el proceso. Inma ha contactado con las instituciones de Alagón, ha entrevistado a los alumnos de don Juan y ha redactado parte de sus notas y recuerdos. De su mano se han llenado de vida estas páginas.

Peña Lanzarote, una de las nietas de don Juan, se ha esforzado en sus aportaciones exhaustivas y generosas. Sin su colaboración este trabajo carecería de verdadera entidad. Peña, como buena historiadora, es la fiel guardiana de los documentos, de la historia y de las esencias de la familia. Lo tiene todo. Ha sido un gozo disponer de su documentación rigurosa y ordenada.  Nos ha aportado casi todas las fotos y, además, ha escrito de su puño y letra las biografías de los tres hijos de don Juan. ¡Gracias, Peña!

1965 album Juan Lanzarote1965

1965. Don Juan Lanzarote Pemán

Don Juan llegó a Alagón el año 1933, cuando estaba en expansión la nueva línea educativa de la II República, que se basaba en los principios de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Una muestra del nuevo clima en las escuelas de Alagón lo recoge el siguiente artículo de la Voz de Aragón.

04. Escuelas de don Juan. Color

Escuelas Viejas de Alagón.

Alagón. Exposiciones escolares

Lector: no por mi modesto relato, sino porque sé que eres amante de la niñez, porque anhelas que España salga del marasmo cultural y educacional en que estaba remansada, hazme acreedor de coser tu amistad por estas líneas en las que pretendo aportar mi grano de arena al homenaje popular que merecen unos maestros y unos niños que aplican sus conocimientos y su voluntad férrea a su formación en la pedagógica moderna.

Un homenaje a unos maestros y niños que aplican su interés a la elevación del nivel cultural de un pueblo que hasta hace muy pocos años era casi yermo. A 25 km de Zaragoza existe una importante villa, cuyo nombre será el Edén conocido de mis lectores: Alagón.

Está situado en el corazón de la provincia. Regado por el Ebro, el Jalón y el Canal Imperial, con cuyas aguas hacen feracísimas sus tierras. Además de sus excelentes medios de comunicación, existen una fábrica azucarera y otra harinera que asimilan y que aprovechan los productos que rinde esta hermosa vega que, asociada al rigor y a la laboriosidad de sus habitantes, constituye una gran riqueza agrícola.

05. Escuelas. Letrero . 2

Las Escuelas Viejas ocuparon el antiguo Seminario Menor de la Compañía de Jesús, incautado por Carlos III. Todavía se conserva el escudo de la Compañía.

En esta hermosa y populosa villa existen dos grupos de escuelas. Unas unitarias y otras graduadas. En estas escuelas hay unos niños que quieren a sus maestros, y unos maestros que quieren a sus niños y que se complacen en prepararlos para pasar por el borde de la vida sin caer en los vicios que los acechan. Y unas maestras que enseñan a las niñas a mirar más allá de su tocador.

Pues, bien, en estas escuelas se han expuesto durante los días 8 y 9 del corriente mes los trabajos realizados durante el curso 1933 a 1934. Dos días inolvidables para el vecindario, que ha concurrido en pleno a contemplar una exposición, en la que hemos admirado las limpias planas de escritura, los complicados cálculos de matemáticas, las intrincadas artísticas y útiles labores, un verdadero torbellino de preciosos objetos de uso doméstico diario. Y junto a ellos irreprochables adornos.

Estas muestras son fruto de una forma de enseñanza puramente intuitiva, en la que se hace dificilísimo el olvido.

La colaboración y solidaridad humana, ejercitada por estos maestros en los futuros hombres y mujeres alagoneses, nos ha sacado de los recovecos de la rutina. Enseñan al niño a ver, a observar y a concentrar su atención ante las cosas complicadas-

Consiguen unas mentes cultivadas. En pocas horas aprenden más y mejor que durante muchos días de estudios doctrinales.

La entrega del premio a Pascual Sayos se celebrará coincidiendo con uno de los días de las fiestas de septiembre. Y, con este motivo, quiero hacer una observación a nuestro Ayuntamiento: ¿No hay personas que en una u otra forma han contribuido a la consecución de este feliz resultado? ¡No hay duda!

Hay quienes, como nuestro ilustre paisano residente en Barcelona, demuestran que los años de ausencia no mitigan el amor a su pueblo. Y además está el complemento en el celo y entusiasmo que los maestros ponen en la educación de nuestros pequeños.

Y, siendo así, ¿por qué no un homenaje popular que evidencie el agradecimiento y el amor que los alagoneses sentimos por quiénes contribuyen a elevar nuestra vida al nivel de pueblo culto y civilizado?

Vaya mi modesta felicitación, desde estas columnas de la Voz de Aragón, para las maestras doña Paciencia Villacampa, doña Pilar Usón, doña Paquita Zuaza, doña Adelaida Abad, doña Guadalupe Loscos, doña Carmen, doña Amelia N y doña Dolores Serraller. Y para los maestros, don Vicente Orpi, don Francisco Villa, don Mariano Cortés, don Pedro López, don Juan Lanzarote y don Julio Ricarte.

Al Ayuntamiento, a los señores que integran el Consejo Local de Primera Enseñanza y a todos, mi modesto aliento para que sigan con el mismo empeño por el cambio emprendido, que es el camino recto de la noble causa para llegar la redención de nuestra querida España. EL CORRESPONSAL. 14 de julio de 1934.

05. Pascual Sayos. 1

Pascual Sayos, Zaragoza, 1869-Alagón, 1948.

 Pascual Sayos Cantín fue un filántropo aragonés que demostró gran amor a su tierra. Recibió la Medalla de Oro de Zaragoza, Alagón lo nombró hijo adoptivo y predilecto, y puso su nombre a una plaza, la antigua plaza del Paredor.

En 1909, don Pascual fundó el Centro Aragonés en Barcelona. En 1934, con 6000 pesetas, creó en Alagón una fundación, para premiar a los niños que se distinguieran durante el curso. En las fiestas de 1934, se repartieron entre los niños de la escuela veinticuatro cartillas de ahorro, con 10 pesetas cada una, producto de los intereses de la fundación. Correspondieron a los siguientes niños: Manuel Jarabo, Antonio Lacámara, Manuel López, Justo Álvarez, Ricardo Sánchez, Luis Laserrada, Hilario Sánchez, Eugenio Roy, Enrique Latorre, José Aparicio, Mariano Pablo, Antonio González, Josefa Ade, María Pascual, Luisa Sobreviela, Margarita Álvarez, Josefina Barca, Josefina Yela, Lucía Bona, Ángela Pascual, Carmen Laserrada y Fernanda Zamora.

Testimonios de sus alumnos

Este ambiente educativo fue el acicate que empujó a don Juan a sacar lo mejor de sí mismo y entregarlo a sus alumnos. Esa, y no otra, es la razón por la que todavía los que fueron sus alumnos lo recuerdan y nos deleitan con anécdotas enternecedoras.

Todos aquellos con los que hemos contactado hablan de él como un maestro serio, recto y con mucho interés por sus alumnos.

Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan. Mientras visitamos el edificio, oímos una voz que dice: “cuando don Juan subía las escaleras de dos en dos, ese día no se oía una mosca en clase”.

Julio Callén Mora solo estuvo en su clase un curso. Don Juan le encomendó la tarea de preparar la leche en polvo que enviaban los americanos. Cada día echaba en una cuba el agua y la leche en polvo y removía mientras se calentaba. Luego la colaban para quitar los grumos. Al salir al recreo repartían la leche y la mantequilla entre los alumnos y “qué rica nos sabía”, dice él.

Don Juan era maestro en las escuelas viejas, situadas en la plaza de San Antonio, en lo que hoy es la casa de Cultura. Su clase estaba en la tercera planta, y los balcones daban al patio del recreo. Eran clases separadas por sexos. Los niños y las niñas no se mezclaban. Don Juan era maestro de niños de seis a catorce años. También impartía clases de repaso para ampliar estudios y preparar a algunos de sus alumnos para hacer estudios superiores. Eran clases muy numerosas, entre cincuenta y sesenta alumnos, en las que había niños de distintas edades.

Mi padre estuvo con él como maestro de 1950 a 1953. Las clases eran de lunes a sábado, de 9 a 12 de la mañana y de 2 a 4 de la tarde, menos los jueves, que por la tarde había fiesta. También iba a repaso después de clase, donde se hacían problemas y se recitaba poesía en voz alta. Se pagaban 30 pesetas al mes. Recuerdo la sorpresa cuando descubrí que mi padre conocía muchos poemas de memoria, como la “Canción del pirata” de Espronceda, que se había aprendido en su época de colegio y que aún recordaba.

Con otros profesores se salía a la plaza a cantar el “Cara el sol”, pero con él no. 

Escaleras de casa de don Juan

Escaleras de la escuela de don Juan, con una pintura de Goya.

Roberto Casbas, otro de sus alumnos, vivía en la misma plaza que don Juan, justo enfrente, en el Paradero. Un día por la mañana, desde su casa, don Juan vio salir a Roberto. Supuso que iba hacia el colegio, pero aquel día Roberto había decidido hacer pimienta y no asistir a clase. Don Juan, al ver que no había ido a clase, mandó aviso a la madre con algún alumno. Cuando Roberto llegó a casa su madre lo estaba esperando, conocedora de todo. Nunca más faltó a clase.

Ángel Luis Abós Santabárbara también nos cuenta sus recuerdos de la época en que fue alumno suyo:

De los dos cursos, 1949 a 1951, en que asistí a la clase de don Juan, guardo un grato recuerdo de él. Mi memoria lejana está todavía fresca por lo que me resulta fácil exponer la mayor parte de lo acontecido. Comenzaré por pergeñar algunas consideraciones que permitan hacernos una idea de cómo era la educación primaria en ese periodo en el que a don Juan le tocó enseñar.

A grandes rasgos todavía estaba en vigor la Ley Moyano que en 1857 había impulsado la enseñanza primaria obligatoria de los seis a los nueve años con un programa  que comprendía: leer, escribir, contar. Las llamadas cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y rezar. En los años treinta del siglo XX se amplió hasta los doce años y en Alagón ya funcionaban los llamados parvularios mixtos, chicos y chicas, de cuatro a siete años en que se pasaban a los cursos preceptivos con estricta separación de sexos. A petición de los padres los alumnos podían alargar su educación hasta los catorce años.

Escuelas Viejas Reformadas

Las Escuelas Viejas, hoy restauradas. Los balcones de la última planta eran los de la clase de don Juan.

Existían dos escuelas públicas: las “nuevas” o graduadas de la época de Primo de Rivera y las “viejas” ubicadas en el antiguo seminario menor de la Compañía de Jesús incautado por Carlos III que curiosamente lo había patrocinado, como muestra el escudo de la portada. Una línea imaginaria, atravesando la calle Mayor, iba desde la antigua fábrica de tejidos a la Portalada, señalando qué alumnos debían asistir a unas o a otras.

Las Escuelas Viejas estaban estructuradas en tres aulas de párvulos, en la planta baja, y seis, tres de chicas y tres de chicos, en las dos plantas superiores. Unas daban al recreo y otras a la plaza de la Alhóndiga. En esos años no se hacía ningún acto de homenaje a la bandera en las Escuelas Viejas por la sencilla razón de que no teníamos. En cambio se salía de clase en fila entonado canciones patrióticas como “Montañas nevadas, banderas al viento”, “Juventud española descendiente de Fernando e Isabel” o su preferida, “Es tan hermoso ser cadete de nuestra Patria”. Sin embargo, jamás escuché en los labios de don Juan el  “Cara al Sol”, himno de la Falange Española.

La distribución del horario era casi prusiana: de las nueve de la mañana hasta las doce, lloviera, nevara o acantaleara. La rosada y un viento helador en invierno nos ponían las piernas moradas pues llevábamos pantalones cortos de pana. Por la tarde, de dos a cuatro. Por la mañana, las asignaturas más fuertes y por la tarde, Historia Sagrada, catecismo, dibujo y lecturas históricas. El jueves por la tarde era festivo, pero en cambio, el sábado era lectivo incluso por la tarde, que se dedicaba a explicar el Evangelio que después copiábamos de la pizarra en la que don Juan lo había escrito con una esmerada caligrafía. Recuerdo cómo despertó nuestros sentimientos al narrar la parábola del hijo pródigo que dilapidó la herencia y tuvo que comer las bellotas dadas a los cerdos como porquerizo.

El dibujo era una de las actividades que más apreciaba. De su clase salieron excelentes dibujantes que ganaron premios en competiciones escolares.  En aquellos años no había exámenes escritos. O, mejor dicho, el examen era diario pues don Juan preguntaba la lección, corregía las cuentas, la caligrafía, el dibujo y los cuadernos de clase recorriendo los excelentes pupitres bipersonales donados por los hermanos Sayos, verdaderos mecenas del pueblo, cuya placa en la plaza “El Paradero” fue sustituida por la de “Fernando el Católico” en un acto de ingratitud tan corriente en nuestra sociedad.

El sistema que nos motivaba al conocimiento era el puesto que se ocupaba después de la rueda de preguntas. Si uno fallaba pasaba al siguiente que esperaba ansioso por adelantar a su compañero  con una sonrisa malévola. Si faltabas a clase te ponías a la cola. La clase de don Juan funcionaba como una unitaria. Tenía alumnos entre siete y catorce años, en tres secciones. Cada una llevaba una enciclopedia editada por Dalmau Carles Pla: grado Preparatorio, Medio y Superior. Las hojas poco mejor que el papel de estraza y unos dibujos negruzcos y horrorosos.

A la lectura comprensiva y en voz alta formando corro se daba siempre un tiempo importante. Don Juan se acercaba de vez en cuando y hacía preguntas sobre lo leído. A veces enviaba a alguno de los mayores. Los libros de lectura eran muy interesantes. Tenían siempre un sentido moralizante. Fábulas de Esopo, de Tomás Iriarte y de Félix María de Samaniego. Recuerdo uno de la editorial Ezequiel Solana titulado “Lecturas y dibujos”, en el que aparecía una conversación entre un chico mentiroso, Melitón, y su compañero. El diálogo más o menos era el siguiente:

—Mi tío ha cultivado en su huerto una col enorme. Ha utilizado abono y ha crecido tanto que tiene una altura como la ermita de la plaza.

—Es posible, le contestó su amigo. Pues yo este verano he visto en una fundición de los altos hornos fabricar una caldera de acero tan grande que cabe la iglesia y la casa del cura juntas.

—¡Qué barbaridad! Eso no me lo creo. ¿Y para qué iban a querer una caldera tan grande?

—Pues para cocer la col de tu tío.

Recuerdo a don Juan Lanzarote frisando los cincuenta. Debió tomar posesión de su plaza como docente hacia los primeros años treinta ya que presidió la mesa electoral en la que mi padre actuó como secretario en 1933. Elegante, espigado, enjuto, cano, solía subir las escaleras de la clase de dos en dos. Nada más abrir la puerta se hacía un silencio que se podía cortar. Vestía chaleco con corbata y americana. En clase, se enfundaba en una bata grisácea, a modo de guardapolvos. Una alianza de oro siempre reluciente era su única joya en unas manos fibrosas y huesudas.

Una de las anécdotas que me quedó grabada estaba relacionada con un libro de lecturas. Estábamos leyendo en corro, como siempre, en el lateral de la clase en cuyo muro colgaba un gran reloj visible desde el último rincón. En aquellos años teníamos la risa fácil. Cualquier cosa nos hacía soltar la carcajada pero en clase procurábamos contenernos, sobre todo si don Juan lanzaba su penetrante mirada. Todavía estaba vigente el racionamiento del pan, aceite y alimentos de primera necesidad. Alagón disfrutaba de una red de acequias que fecundaba una rica huerta proporcionando abundancia de verduras, frutas y hortalizas. Muchas casas tenían su propio huerto.

Pues bien, en segundo año de primaria estábamos leyendo una poesía titulada “La tentación”. Un canto al respeto por la propiedad privada muy en consonancia con el décimo mandamiento del Decálogo o Tablas de la Ley Mosaica: “no codiciarás los bienes ajenos”. Si no recuerdo mal decía así:

“Qué linda en la rama la fruta se ve./ Si lanzo una piedra tendrá que caer./ No es mío ese huerto. No es mío lo sé./ Mas yo de esa fruta quisiera comer./ Más no, no me atrevo. Yo no sé por qué. / Parece que siempre sus ojos me ven. / Papá no querría besarme otra vez /Mamá lloraría de pena /Mis buenos maestros dirían tal vez / Que niño tan malo, no jueguen con él. / No, no me atrevo yo nunca lo he de hacer./ Llegando a mi casa sonrisas tendré, abrazos y besos y frutas también”.

Unos días antes habíamos echado la habitual “barda”, es decir, saltar los setos de los huertos para comer fruta. Esta vez entramos en el “huerto del cura” y nos arrastramos por un desvío de la acequia del “Cascajo” para hurtar unos olorosos y amarillentos membrillos. La lectura de aquellos versos provocó en mi compañero de aventuras una risa desternillante que terminó por contagiarse al resto del corro. La algarabía atrajo a don Juan que nos obligó a contarle los hechos mientras él mismo esbozaba una sonrisa indulgente. Eso sí, tras el correspondiente reniego y la promesa de que no volveríamos a perpetrar tan abominable crimen. 

Antonio Higueras García nos trae una fotografía de su época de estudiante con don Juan, y su libro de escolaridad, escrito y firmado por el maestro.

Antonio Higueras GarcíaCartila de escolaridad. 1 hojaCartilla de escolaridad de Antonio Huigueras

Cartilla de escolaridad. Notas

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¿Quién era y de dónde venía don Juan Lanzarote?

08. 1902 Los lanzarote

Algunos de los hermanos Lanzarote Pemán en Zaragoza en 1902. Don Juan, abajo a la izquierda de la fotografía, con sus padres: Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912), casado en 1882 con Felicia Pemán Navarro, (Biel, 1862-1926). De pie y con toca negra, “el ama seca” de casa el Moreno.

Juan Lanzarote Pemán, natural de Biel, en 1933, llegó de maestro a Alagón con el empuje de su juventud y con una familia recién creada. En 1929, estando de maestro en Pradilla de Ebro, se casó con Isabel Marco Sampietro, la hija de su maestro.

06. 1958 circa album Juan e Isabel

Juan Lanzarote Pemán, (Biel, 1895-Alagón, 1992) y su mujer Isabel Marco Sampietro, (Biel, 1895-Alagón, 1974).

Juan Lanzarote Pemán

En la villa de Biel a las once de la mañana del día 22 de junio de 1895 ante don  Fernando Sánchez, juez municipal, y don Felipe Coiduras, secretario, compareció don Francisco Lanzarote Artieda, natural y vecino de esta villa, casado, de oficio Comerciante, y que vive en la Calle del Burgo nº. 4.

07. 1902 Frco Lanzarote Artieda

Francisco Lanzarote Artieda, (Biel, 1852-1912). Zaragoza, 1902.

Presentándose con el objeto de hacer la inscripción en el Registro Civil de un niño y al objeto, como padre del mismo, declaró: Que dicho niño nació en la casa del declarante el día 22 del corriente mes a las 11 de la mañana. Que es hijo legítimo del declarante y de su mujer doña Felicia Pemán. Que es nieto por línea paterna de los ya difuntos don Mariano Lanzarote Piteus y María Artieda, esta natural que fue de Isuerre y vecina de esta Villa, de oficio pelaires que fueron. Y por línea materna de Mauricio Pemán y de Rosa Navarro. Que al expresado niño se le había puesto el nombre de Juan sin que haya expresado otras circunstancias. Todo lo cual presenciaron como testigos Celedonio Arenaz y Francisco Navarro de este domicilio. Leída la presente acta, e invitadas las personas a que la leyesen por sí mismas, deben suscribirla si así lo estimaban por conveniente. Se estampó en ella el sello del juzgado municipal y la firmaron el señor Juan, declarante, y los testigos de todo ello. Como Secretario, certifico. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Estudios y destinos

Realizó los estudios primarios en Biel con don Manuel Marco Bonaluque, un maestro que tanto iba a significar en su  vida profesional y familiar.

23. Manuel Marco Bonaluque

Manuel Marco Bonaluque, maestro de maestros, (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Don Juan estudió Magisterio en la Escuela de Maestros de Zaragoza. Ingresó en 1909 y obtuvo el título de Maestro Superior en 1917. Ese mismo año fue de interino a Fanlo, Huesca. Al año siguiente, 1918, aprobó oposiciones en Huesca. Y, como era la norma,  en 1919 lo nombraron interino por un año y lo mandaron a Ceresuela, Huesca. Al año siguiente le dieron el destino definitivo en Alforque, donde estuvo cuatro años.

En 1923 llegó por traslado a Remolinos, allí ejerció cinco años, hasta que consiguió una permuta a Pradilla de Ebro.

Desde 1927  hasta 1933, cinco años en Pradilla.

09. 1927. Alumnos Pradilla 1927_1933

1927. Don Juan con los alumnos de Pradilla de Ebro.

Se aprueban las permutas de cargos entre Juan Lanzarote, maestro de Remolinos, y don Timoteo Mustiones, de Pradilla de Ebro, Zaragoza. (El Sol. 29/4/1927).

PARTIDA DE MATRIMONIO. AÑO 1929. El 17 de junio, Juan Lanzarote Pemán, maestro, de 33 años, domiciliado en Pradilla de Ebro, hijo de  Francisco y Felicia, comerciantes, se casó con Isabel Marco Sampietro, de 34 años, hija de Manuel Marco Bonaluque, natural de El Frago, maestro propietario de Biel, y doña Isabel Sampietro Gállego, vecinos de esta localidad. (Cfr. Archivo del Ayuntamiento de Biel).

10. Libro de familia

La Voz de Aragón también recogía la noticia.

Han contraído matrimonial enlace en Biel, el culto maestro nacional, don Juan Lanzarote Pemán, con la bellísima señorita, Isabel Marco. Por el reciente luto de la familia de la novia, la boda se celebró en la intimidad. Los recién casados salieron de viaje de novios para Zaragoza, Madrid, Barcelona y París. (18/06/1929).

11, 1929. Boda de Juan e Isabel

Foto de novios.

La novia estaba de luto porque el 13 de febrero de 1927 había muerto su padre, Manuel Marco Bonaluque, y el 19 de septiembre del mismo año su hermano Marino Marco Sampietro. Lucía un vestido de crep de seda negro. Se lo hizo su amiga Ramona Longás, conocida como Montxa, (Biel, 1900-Barcelona 1985). Ramona se colocó de modista en Barcelona y, en 1938, se casó con el arquitecto Josep Luis Sert. Sus nietos conservan el vestido de su abuela como una auténtica pieza de museo.

1933-1955. Veintidós años de maestro en Alagón

13. Casa de don Juan en Alagó

Postal  antigua de Alagón. Cuando llegaron, don Juan y su familia se instalaron en la segunda casa, la de los balcones. Después se mudaron varias veces: a la Avenida de Zaragoza 3, a una casa encima del bar Avenida y, finalmente, al 23 de la misma calle.

De Pradilla a Alagón. Don Juan Lanzarote Pemán que ocupaba el grupo C, desde el 19 de mayo de 1927, fue destinado a Alagón, a la escuela unitaria número 3, serie B. (El magisterio español: junio de 1933).

Ha tomado posesión de la escuela de Alagón don Juan Lanzarote. (La Voz de Aragón: 22/09/1933).

12. Escuelas viejas. Don Juan

Al crecer el pueblo se dividieron las escuelas en dos grupos escolares: las escuelas nuevas y las viejas. Y don Juan se quedó en las viejas.

Desde 1955 hasta 1962: once años maestro en Zaragoza

Cuando su hijo Octavio iba a comenzar la carrera de Medicina, don Juan solicitó el traslado a Zaragoza, pero no se lo concedieron hasta que ya la había terminado. Lo destinaron al grupo Alférez Rojas, una sección dependiente del de Juan José Lorente, la escuela del Barrio Oliver.

A su sobrino Luis Marco le tocó la lotería

12. Luis Marco Bueno 1962 el 6 de Enero Lotería_2

Don Juan, su mujer y su hija Carmen, junto con otros familiares de Biel, acudieron a la celebración del evento y pasaron allí unos días de las vacaciones de Navidad.

13, Luis Marco con su 600

El coche del médico.

En 1965 le llegó la jubilación

Un año antes, el 27 de noviembre de 1964, Día del Maestro, recibió la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.

Y en 1965 se jubiló en el grupo escolar Alférez Rojas, una sección del grupo Juan José Lorente. Como premio a su trayectoria educativa, recibió el diploma de Maestro Distinguido, dotado con un premio de 10.000 pesetas. (BOE, 31/08/1965).

14. 1965 jubilacion restaurante Eliseos Zaragoza

En la comida de jubilación. Don Juan y su esposa en el restaurante Elíseos de Zaragoza.

En este punto, la familia Lanzarote nos ha facilitado un documento excepcional, que no podemos transcribir de forma completa por razones de espacio.

Se trata de una carta personal que Marino le escribió a su hermana Carmen, que no pudo asistir a los actos. En esos momentos se estaba formando para monja en Instituto Misionero Secular, en la casa de Vitoria.

La carta da noticias por lo menudo de los actos de la jubilación. Comienza con las actividades de los alumnos en el colegio. Reseña la misa en la que el cura comparó a don Juan con la figura del Evangelio. También da cuenta del vermú, en el Club Radio Zaragoza, donde se juntaron con otros maestros. Son sabrosos y originales los detalles de  la comida en el Restaurante Elíseos. ¡Hasta la disposición de los comensales!

Resulta muy jugosa la síntesis de los discursos. Don Juan fue piropeado por todos los que tomaron la palabra. El director llegó a decir que preferiría no seguir de director a no tener a don Juan. El concejal, como buen político, anduvo por las ramas.

Sus palabras fueron totalmente ególatras. No hizo más que elogiarse a sí mismo como libertador de los maestros del Barrio Oliver, que los sacó del inmundo grupo que tenían y que, gracias a él, se habían hecho tantas y tantas cosas en las escuelas de Zaragoza.

El discurso certero lo llevaba en sus labios el inspector, que conocía bien a los dos maestros sobresalientes de Biel: a don Juan y a don Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968), mi abuelo materno.

El broche lo dio el señor Marín, inspector y director del grupo Escolar Gascón y Marín. Un señor extraordinario que habló poco, pero nos llegó a todos muy profundo. Lo comparó con don Constantino.

En fin, todo terminó allí, con las despedidas de rigor y las emociones por parte de todos.

Juan Lanzarote. Tarjeta comprador 1955 Zaragoza

Siguieron viviendo en Zaragoza hasta que en 1970 fijaron su residencia con su hijo Octavio, médico de Alagón, donde pasaron los últimos años.

En los veintiún años de Zaragoza, cambiaron varias veces de domicilio. Mientras trabajó vivieron cerca de la escuela. Primero en la Avenida de Madrid 116 y luego en la avenida Navarra 36. Cuando jubiló pasaron algunas temporadas intermitentes entre   Sagasta 78 y Alagón.

De nuevo en Alagón

Ya estaban jubilados, pero volvieron a vivir a Alagón con Octavio, a la Avenida de Zaragoza 3. El mismo año que murió Isabel, 1974, Octavio se casó con Olga Borges y se cambiaron a un nuevo piso, donde don Juan vivió los últimos años de su vida.

02. Placa de la calle. 2

En 1973, en la sesión celebrada en el Ayuntamiento de Alagón el día 13 de febrero, se leyó un escrito firmado por numerosos vecinos de la localidad en el que solicitaban que se le dedicara una calle a don Juan Lanzarote Pemán: En atención a los numerosísimos méritos a que se hizo acreedor durante los años que prestó sus servicios.

El merecido descanso en Biel

Cementerio de Biel

Cementerio de Biel  A la derecha las Lezas y a la izquierda, abajo, el cauce del Arba.

Cuando falleció don Juan, exhumaron el cadáver de su  mujer, que estaba enterrada en Alagón, y los llevaron al cementerio de Biel. Desde allí, con sus tres hijos, escuchan el rumor del agua del Arba y contemplan las Lezas, cerca de la casa que conserva vivos sus recuerdos.

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El entramado familiar. Hermanos, cuñados, sobrinos y sus tres hijos

A finales del siglo XIX, los padres de don Juan construyeron una casa en la calle El Burgo, 4, conocida como casa Lanzarote. Cuando la heredó su hija Julia, casada con Victorino Mallén, un veterinario destinado en Biel, pasó a llamarse casa el Veterinario, como la conocemos hoy.

Como ya hemos dicho, era hijo de Francisco Lanzarote Artieda, confitero, y de Felicia Pemán Navarro, de casa Mauricio, una familia de clase emergente.

Los hermanos

18, Casa el Veterinario. Rebajada

Aquí nacieron don Juan y sus hermanos.

De los doce hermanos solo sobrevivieron ocho. El año 1911, en el libro del Cumplimiento Pascual de Biel, podemos leer una relación de los padres y de los hermanos supervivientes.

Francisco Lanzarote 59, casado. Felicia Pemán 48, casada. María Lanzarote 29. Enrique Lanzarote 23. Mariano Lanzarote 21. Julia Lanzarote 18. Juan Lanzarote 15. Francisco Lanzarote 12. Encarnación Lanzarote 10. Valentín Lanzarote 6.

María Candelaria (1883-1884), murió al año de nacer.

María Anunciación (1884-1886), vivió dos años.

09. 1930. Biel. Lanzarote, María y Marco, Isabel. 5 de julio

 

María Magdalena (Biel, 1885-1974), se casó en 1913 con Celedonio García Alvarado (Biel, 1874-1950), secretario del Ayuntamiento. Fueron los padres de Manuel García Lanzarote (Biel, 1914-1946), un químico con un puesto importante en Bilbao.

Biel, 1930. Las cuñadas. Detrás, de pie, María, la hermana de don Juan. Delante, sentada, Isabelita, su esposa. Viste de negro porque año anterior se habían muerto su padre y su hermano.

Pedro Enrique (Biel, 1887-Argentina). Emigró y no volvió.

Mariano (Biel, 1888-Buenos Aires, cementerio de las Chacaritas, 1955).

Francisco (Biel, 1890-1891). Murió al año. Después, para recordarlo, según la costumbre, llamaron Francisco a otro de sus hijos.

Esquela Julia Lanzarote 1982

Julia (Biel, 1892-1982). Se casó con Victorino Mallén Moreno (Murillo de Gállego, 1892-Biel, 1959), un veterinario destinado en Biel.

Fueron los abuelos de los hermanos Duque Mallén. Desde aquí mi recuerdo a las que fueron mis alumnas en el instituto Goya de Zaragoza.

Antonia Moreno, de Mallen

Antonia Moreno (Alagón, 1868-Murilo de Gállego, 1929), Madre de Victorino.

 

 

Gracias a Ricardo López Mallén, sabemos que la madre y la abuela de Vitorino Mallén, cuñado de don Juan, fueron maestras en ejercicio y nacieron en Alagón.

Victorino Mallén. Cuadro recortado

 

Juan (Biel, 1895-Alagón, 1992). Maestro. Se casó con Isabel Marco Sampietro (Biel, 1894-Alagón, 1974).

31. 1925 Juan y Francisco Lanzarote. Victorino Mallén y otro.

 

Biel. 1925, En el centro está don Juan con su hermano Francisco y con su cuñado Victorino a la derecha. No reconocemos a los otros de la foto.

 

 

 

Francisco, “don Paco”, (Biel, 1898-Huesca, 1996). Se casó con Josefina Lasheras Navarro (Biel, 1907-1990), de casa Manolete. Tuvieron tres hijos: Francisco, María Pilar y Rosario. Estuvo de maestro en Biel en dos ocasiones. En su última etapa sustituyó a Constantino Pemán Otal cuando se jubiló.

Esquela Francisco (Paco) Lanzarote

Ana Felicia (Biel, 1900-Zaragoza, 1901). Murió al año.

Encarnación (Zaragoza, 1902-Biel, 1919), murió soltera.

Valentín (Biel, 1903-¿?), falleció en el Seminario de Jaca, donde estaba estudiando.

La casa de Manuel Marco

En 1898 Manuel Marco Bonaluque  le compró una casa a Daniel Dieste Morlans, de casa Perico Matías, en la calle Mayor, 24. La tiró y construyó una nueva. Así nació la casa de Manuel Marco, en su momento una de las más altas de Biel.

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Casa de Manuel Marco, 1898. Entre el balcón de casa Caudevilla que atraviesa la calle y la carnicería vieja

Después, en 1909, su hijo Marino, con motivo de su matrimonio, la amplío con la carnicería. Y así la he conocido yo siempre. En esta casa de la calle Mayor, 24, nacieron los tres hijos de don Juan.

22. 1912 JManuel Marco 1912 circa

Casa de Manuel Marco. Calle Mayor 24, Biel.

La familia de su mujer: Isabel Marco Sampietro

20. 1930. Isabelita Marco

Isabelita en 1930.

 

Era hija de Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), maestro, recaudador de impuestos y juez de paz, y de  Isabel Sampietro Gállego, (Biel, 1863-1938).

De los nueve hijos de Manuel Marco Bonaluque, solo sobrevivieron Marino e Isabel Manuela Pabla.

En 1884, ya casada y residente en Fuencalderas, se matriculó en la Escuela de Maestras de Huesca. Ese mismo año nació su primogénito, Marino, y abandonó los estudios.

Cuñados y sobrinos

Marino Marco Sampietro se casó con Delfina Bueno Garza maestra titular de Biel y fueron padres de sus cinco sobrinos:

Rosario (Biel, 1911-Alagón, 1966), Teresa (Biel, 1913-Madrid, 1977), José Manuel (Biel, 1916-Sabadell, 1978), Marino (Biel, 1918-Zaragoza, 1973) y Luis (Biel, 1919 -1982).

24. 1910 Marino y Delfina 1910 Boda

Boda de Marino Marco Sampietro (Biel, 1884-Biel, 1927) y Delfina Bueno Garza (Agüero,1882-Alagón, 1963).

25. Delfina y sus cinco hijos

Biel, 1923. Doña Delfina con sus cinco hijos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pequeño, casado con Escolástica Marco Marco (Biel, 1922-Alcañiz, 2005), ejerció de médico en Alagón desde 1944 hasta que falleció a los 62 años.

Escolástica y sus amigas de Alagón

Escolástica, con abrigo blanco, y un grupo de amigas de Alagón.

Luis Marco Marco, el hijo de Luis Marco Bueno, nos comentaba:

Mi padre estuvo en Ansó y se trasladó a Alagón porque mi tío Juan le dijo que allí había mucho trabajo y se ganaba bien. Todavía no existía la Seguridad Social. Lo importante eran  las “igualas” y la actividad privada. Me acuerdo perfectamente de nuestro tío Juan rellenando los recibos que se cobraban a las familias según su poder adquisitivo.  El que más pagaba, 25 pesetas al mes, era un tal “Santos el Gitano”, tratante de ganado, porque eran muchos de familia. Estas cosas se las oía comentar a mi padre con mi tío Juan, mientras yo ponía un sello con la firma de mi padre.

Los tres descendientes de don Juan

Sus tres hijos nacieron en Biel, atendidos por Amado Mínguez Biel, (Sos, 1897-Biel, 1984). Llegó de médico en 1923 y en 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-Biel, 1981), de casa Mauricio, es decir, con una prima hermana de don Juan.

Este es un buen momento para recordar a la saga de parteras de Biel, todas bien experimentadas, que acompañaban, o sustituían, a los médicos en los partos. Eran las que inscribían a los expósitos y a los hijos de padres desconocidos en el registro civil. En 1898, a los ochenta años, falleció la primera de la que tenemos noticia, María Salias Gastón, hija de los maestros Francisco Salias, natural de Jaca, y Ramona Gastón, de Ansó. En 1892 su hija Dionisia Muñoz Salías ya aparece en algunos partos como sustituta de su madre. Y en los años cuarenta, una de las últimas fue Melchora de Matiero.

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Octavio (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), Marino (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y Carmen (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Foto de 1940.

Octavio Lanzarote Marco nació en la casa de sus abuelos maternos. En la partida de nacimiento consta así:

Hijo de don Juan Lanzarote Pemán y doña Isabel Marco Sampietro de 35 años ambos de edad. Él Maestro Nacional y ella dedicada a sus labores, naturales de esta villa y vecinos de Pradilla de Ebro (Archivo del Ayuntamiento de Biel, nacimientos de 1930).

Estudió Medicina, entre 1947 y 1953. Se casó en 1974 con Olga Borges Barreto (Máguez, Lanzarote, 1939), una joven que había sido la madrina en la Inauguración del Campo Fútbol Máguez, una aldea de Haria, en el norte de la isla de Lanzarote. En 1972, Olga vino de excursión a la Península, conoció a Octavio en Zaragoza, en la plaza de la Seo. Se casaron en Las Palmas de Gran Canaria y fijaron su residencia en Alagón.

La historia laboral de Octavio resultó un poco movida. En 1954, comenzó en el Hospital Militar de Melilla. Pero al año siguiente, 1955, ya estaba en Torres de Berrellén.

30. 1959 Octavio Lanzarote en la consulta Castejon de Valdejasa

1959, Octavio Lanzarote Marco (Biel, 1930-Zaragoza, 1992), en la consulta de Castejón de Valdejasa.

En 1957 aprobó las oposiciones a Médico Titular y estuvo dos años en el Sanatorio de Agramonte, donde ejerció de forma privada. En 1959 lo nombraron Médico Titular de Castejón de Valdejasa.

Diez años después ejerció en Pradilla de Ebro, como su padre, y durante muchos años, hasta que murió su primo Luis, compartieron la consulta la Avenida de Zaragoza de Alagón.

En 1979 le concedieron la titularidad de Alagón. Y durante un tiempo tuvo agregado Cabañas de Ebro.

Marino Lanzarote Marco. También nació en la casa de sus abuelos maternos. En 1952, aprobó el grado de Perito Mercantil en la Escuela Profesional de Comercio de Zaragoza. Desde 1944 su padre lo preparó en casa y se examinó como alumno libre.

A la vez que estudiaba comenzó a trabajar de recadista en la La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (CAZAR) de Alagón. En 1949 ingresó de auxiliar, por oposición, en el Cuerpo de Empleados de la CAZAR. De los 138 candidatos, y de los 15 aprobados, obtuvo el número uno.

En 1954 se licenció del servicio militar y lo nombraron comisionado para aclarar la campaña de remolacha. Por su buena gestión, lo eligieron delegado de la sucursal de nueva creación en Fuentes de Ebro. En 1958 se trasladó a Graus, Huesca, como delegado de comarca. Allí se casó con María Peña Subías Borgoñó y fueron los padres de: Peña, Isabel, Pilar, Marino y Javier Lanzarote Subías

35, 1960. Marino y Peña

Marino Lanzarote Marco (Biel, 1932-Zaragoza, 1999) y María Peña Subías Borgoñó (Graus, 1939).

En 1969 ascendió a jefe de la Cuarta y lo trasladaron a Calatayud. Allí fue director de la sucursal de Calatayud y zona.

En 1972 pasó a la sucursal de la Plaza de La Seo de Zaragoza. Precisamente allí conoció a su futura cuñada Olga Borges.

Y posteriormente a la Avenida de Madrid donde su hija Isabel, siguiendo sus pasos, encontró a muchas personas que lo recordaban con mucho cariño

En 1992, se jubiló en la Central de la Plaza de Basilio Paraíso.

Carmen Lanzarote Marco (Biel, 1935-Barcelona, 2015). Maestra Nacional y Guía Turística de Mallorca.

33, 1941 Comunion de Carmita

1941. Primera Comunión de Carmen, conocida como “Carmita”.

En marzo de 1957 aprobó las oposiciones en Huesca y en septiembre de 1958 se incorporó a la escuela de Biscarrués. En 1959 estuvo en Aladrén y en 1960 en Alcubierre.

En 1962 solicitó una excedencia de tres meses para estudiar Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Volvió a acabar el curso a su escuela y solicitó una excedencia voluntaria para incorporarse al Instituto de Misioneras Seculares (IMS). Desde 1963 hasta 1965 siguió estudiando en el Centro de Cultura Religiosa de Vitoria y obtuvo el título de profesora de Religión Católica.

En 1966 la admitieron a participar en el examen de Guías de la provincia de Mallorca, con la condición de que presentara el título de Maestra Nacional y que el Consejo Nacional de Educación equiparara dicho título al de Bachiller elemental.

Desde 1969 hasta 1974 en el Patronato de Villacarlos, Baleares. En mayo de 1969 reingresó en los Patronatos Diocesanos. A través del Centro Fernando el Católico de Zaragoza, se incorporó en el Patronato de Villacarlos, donde estuvo hasta 1973. Ese año la destinaron a un patronato de Manacor, también en Baleares, sin consumir la plaza. Así que su destino seguía siendo Villacarlos hasta agosto de 1974

11. Carmita. La segunda. Lleva las trenzas

Carmen, la segunda por la derecha, lleva coletas.

Como su madre se encontraba muy débil, intentó acercarse a Zaragoza. En 1974, siempre con el Patronato, consiguió colegio nacional “Onésimo Redondo”, actualmente CP Gaudí, de Barcelona. Y en enero de 1979 ganó la plaza por concurso.

Para complementar su carrera, estudió catalán y francés. Realizó algunos cursos oficiales con la Generalitat y obtuvo el Certificado de Nivel que le permitía dar clases en catalán en asignaturas de primaria. Además, había cursado hasta tercero de francés en la Escuela Oficial de Idiomas.

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Hoja de servicios de Carmen Lanzarote.

En 1995 se jubiló. Pero su vida siguió con una actividad frenética. Trabajó como voluntaria social en las cárceles de mujeres de Barcelona y en la casa de acogida Lligam, destinada a las mujeres maltratadas y a las presas para reinserción.

Jubilación de Carmita en Biel

Jubilación de Carmen en la sala del piano de su casa de Biel. Junto a ella, sus compañeras de piso Justa y Covadonga, su hermano Marino, su cuñada Olga y la familia. Biel, 1995.

Y, sin desaliento, se siguió formando para obtener todos los requisitos que exigía su nueva labor. Al mismo tiempo, se involucró en la vida de su barrio de La Sagrera. Entre otras cosas, asistía a la coral de padres que tenía la escuela del barrio.

1940 Juan Lanzarote_0003 Tres hijos Escuela 1940

Los hermanos Lanzarote Marco  fueron a las escuelas públicas de Alagón.

Para terminar

Don Juan llegó a Alagón en plena efervescencia de una educación influida por el modelo de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y supo conjugar los principios educativos institucionistas con su preocupación social y su bondad natural. Era un hombre machadiano, “en el buen sentido de la palabra bueno”.

Nunca olvidó sus raíces rurales ni la buena preparación que recibió en la escuela de Biel. Y quiso repetir, de forma renovada, el modelo de su maestro, don Manuel Marco Bonaluque, de quien fueron dos alumnos destacados él y su buen amigo, Constantino Pemán Otal. Precisamente los dos juntos fueron recordados y elogiados por el inspector en la jubilación de don Juan.

Además de un buen maestro, ejerció de mentor, dio clases particulares y preparó a muchos de sus alumnos para que obtuvieran el premio Pascual Sayos y a otros para que salieran a estudiar fuera. Incluso preparó a su hijo Marino en los estudios de Perito Mercantil, que los realizó como alumno libre desde Alagón.

Su última etapa la dedicó a alfabetizar el Barrio Oliver, y recibió el diploma de Maestro Distinguido.

Junto con otros maestros contribuyó a elevar el nivel cultural de Alagón. Sus ideas calaron muy hondo. Hoy los hijos de sus alumnos, al calor de Inma Callén, hija de Jesus Callén Bazán, un alumno de don Juan, han hecho un nido de gran altura humana y cultural en la Biblioteca de Alagón.

Carmen Romeo Pemán

 

Nota sobre la foto del comienzo. 1934. Don Juan Lanzarote con sus alumnos de Alagón.