El cuento sin fin

Invéntame un cuento, hijo, inventa una historia para mí, ahora soy yo la que te lo pide, ahora entiendo tu necesidad cuando me pedías eso, ahora te toca, te toca a ti, mi niño. Inventa algo para mí, yo lo dejaba todo para crearte una historia, la plancha, la comida, todo pasaba a un segundo plano, te contaba mil cuentos aunque nunca te los escribía, ahora tienes que hacerlo tú por mí, volver de dónde quiera que estés, da igual tu cuerpo en esa caja forrada de blanco, ese eres tú y no eres tú, tú no eres eso, o sí, eres eso, eres más que eso, eres el cuento que flota invisible entre las cuatro velas, cuéntame ese cuento, mi niño, sopla para que llegue a mi piel, solo eso puede mantener a raya a la muerte, ladrona de hijos, muerte, criatura sin alma, sin útero, que quiere robarte, mi niño, no la dejes, no me dejes, quédate conmigo, hijo, quédate conmigo, cuéntame un cuento, cuéntame el cuento del árbol que quería ser inmortal, que quería moverse, y ver el mundo, como tú y como yo, que hemos visto el mundo, este mundo, muchos mundos, sin movernos del sofá.

No me acuerdo de cómo era ese cuento, hijo mío, tengo que acordarme. Si no me acuerdo te irás del todo, te irás y yo me moriré y me iré también, pero no quiero irme sin saber si llegaré al mismo sitio, no te vayas, mi niño, no te vayas todavía, yo soy el tronco, no puedo vivir sin las ramas, no puedo vivir sin ti. Las ramas, eso era, gracias, tesoro, era eso, claro, era eso, las ramas que cortaba un hombre, y hacía con ellas una cuna, la cuna en la que te mecía de pequeño, y el árbol era árbol y era cuna y era las dos cosas, y quería más, quería ser más, como tú, mi niño, querías ser muchas cosas, querías ser pirata, y el árbol te daba la madera para el palo mayor de tu barco, y me llevabas a tierras lejanas, y entonces naufragábamos en una isla, eso era, cómo he podido olvidarlo, eso era mi niño, te quiero, te quiero tanto, tantísimo, qué bueno eres quedándote conmigo, estabas perdido con tanta gente alrededor, pobre niño mío, todos mirando sin verte dentro de esa caja forrada de blanco, y tú buscándome, y no me veías con tanta gente, ya se han ido todos, tesoro, ya solo estamos tú y yo, y tú no me veías entre tanta gente y yo no te podía escuchar con tanto ruido, y por qué lloran, no saben, me miran raro, qué saben ellos, no saben nada de nosotros, de ti y de mí y de nuestras historias inventadas, ni saben nada del árbol que quería vivir para siempre, y tú eres ese árbol y eres tu cuna y mi palo mayor. Y en la isla de nuestro cuento cae la noche y hace frío, y los dos nos reímos con el cuento inventado, y quemamos el palo para hacer una hoguera y vivimos en la isla comiendo cocos y plátanos, y con la ceniza de la hoguera nos acordamos del árbol y tú coges la ceniza, y arena y agua y hojas de palmera porque en la isla te has hecho un hombre y lo conviertes todo en papel y yo sigo a tu lado y estoy igual que ahora y tú eres más alto que yo y eres mi niño y te cojo en brazos porque en nuestro cuento cambiamos de tamaño porque sabemos hacerlo como Alicia en el país de las maravillas, y espera, no te vayas, son solo pasos, tesoro mío, son pasos, de tu padre o de la abuela o del abuelo y no te vayas, mi niño, no te marches, no puedo decirles que no entren, ellos también quieren verte, rey mío, pero no inventaron cuentos contigo y por eso no encuentran el camino.

No dejes que me levanten de aquí, no los dejes, no quiero dejarte solo, no quiero quedarme sola, no sé que me están diciendo, no entiendo las palabras, diles que me dejen, mi niño, diles que me dejen aquí contigo, hace frío, no quiero marcharme, tenemos que terminar el cuento, o ya lo terminamos aquel día, no me acuerdo, no puedo acordarme, si no me acuerdo te irás del todo no te vayas, no te vayas todavía, no te vayas sin mí, llévame contigo si te vas, no me dejes sola, no te quedes solo, y eso era, en la isla hacíamos papel con las cenizas y tú te reías y decías que el árbol había sido muchas cosas, árbol, rama, cuna, palo mayor, leña, papel, y que ese cuento sería un cuento inacabado porque no querías ponerle fin, y qué listo eras, mi niño, qué listo eres, siempre has sido muy listo y tenías razón, ese cuento no puede acabar, y quiero que dejen de decirme que me vaya a dormir, que tengo que descansar, es que no lo ven, que mi descanso es escribir contigo el cuento del árbol que quería ser inmortal, y no nos dejan en paz, y no puedo acordarme de cómo sigue y me estás escribiendo con tu dedo de aire las palabras en mi piel y se me pone la carne de gallina y te estoy sintiendo y ya no hay hielo en el centro de mi pecho y estás soplando la hoguera de la isla que ahora me calienta por dentro y me estás diciendo que cierre los ojos para verte, que puedo hacerlo, y lo hago y te veo, y veo el papel que has fabricado en la isla y me estás contando el cuento, mi niño, ese cuento que no se acabó y ahora sé por qué no se acabó porque mientras ese cuento no esté terminado tú no te irás, te vas a quedar conmigo, te quiero, hijo, te quiero tantísimo, qué bien que la gente se fue, que ya me ves, que ya te siento, y pobre abuelo, mira cómo llora, el abuelo te leía cuentos, él decía que los inventores somos tú y yo y lo haré por ti y le contaré al abuelo el cuento del árbol, y a la abuela y a papá, y lo escribiré en un papel que brillará cuando escriba sobre él porque será el papel que antes fue ceniza y palo y cuna y árbol y cuento y tú sigues aquí, mi niño, y ahora entiendo que nuestro cuento inventado no tenía final y yo voy a seguir escribiendo, hijo mío, y escribiré hasta que la vista me abandone y escribiré porque tú y yo somos la rama y el árbol del cuento que nunca se acaba y por eso no te vas a morir nunca, y qué torpe he sido, que no lo entendí hasta ahora, y eres tan bueno, mi niño, eres un ángel, y te prometo que voy a seguir escribiendo y que nuestro cuento inventado y tú y yo seremos inmortales y esto no es un adiós, mi niño, y cerraré los ojos y tú me soplarás en la piel cuando quieras hablarme y estaremos los dos en nuestra isla y te diré todos los días que te quiero, mi niño vivo, mi cuento inacabado, mi vida, te quiero.

Adela Castañón

Imagen: Yuri_B en Pixabay

¡Oh bella, ciao!

Al rayar el alba dos pastores llegaron a la frontera francesa. Parecían dos fantasmas salidos de la niebla que bajaba de las montañas.

A lo lejos oyeron las voces de los gendarmes que se dirigían a sus puestos cantando Lili Marleen. Más cerca sonaban las esquilas de las vacas que pasaban de un país a otro, indiferentes a los movimientos de los hombres.

Francisco, de unos cincuenta años, y Juan, de unos cuarenta, estaban llegando a los mojones que separaban España de Francia. Justo cuando iban a entrar a la paridera, se encontraron con un joven que andaba como perdido. A Juan le llamaron la atención la barba y la coleta sebosa que le caían por encima de una manta de cuadros. Llevaba un morral en la espalda y por debajo del hombro derecho le asomaba la punta de un fusil.

—Buenos días —le dijo Francisco.

El mozo respondió con una especie de gruñido.

—Pues sí que estamos bien. Este trae malas pulgas —replicó Juan.

—Aunque no seas del pueblo, no tienes que ser tan desconfiado —terció Francisco—. Mira, chaval, aquí todos somos gente honrada y tratamos bien a los forasteros

El joven los miró de arriba abajo. Y Francisco siguió:

—Seguro que has pasado la noche en algún corral y que alguien te ha ayudado a conseguir el recado que llevas.

Le señaló el morral y le dio una palmada en la espalda. Entonces el joven reaccionó:

—Pues aunque abulta mucho, llevo poca comida. Sólo algunos panes que conseguí robar a media noche. Los tenía el panadero en la parte trasera de la tahona. No creo que los eche en falta, que están duros y ratonados.

—Hombre, no te pongas así —dijo Francisco.

—Nosotros podemos compartir el almuerzo. Aunque es un poco escaso, que los malos tiempos son para todos —dijo Juan.

—El almuerzo precisamente no. Que ya he comido un poco de cecina con pan. Pero si me dieran una cabra, no vendríamos a importunarlos.

—¡Una cabra! —Juan se quedó parado un momento.

—Sí, una cabra.

Se hizo un silencio. Francisco le dijo que eso de la cabra era desmedido. Entonces el joven les contó que era el encargado de conseguir comida para una partida de maquis. Juan dio un paso atrás con cara de susto. Pero Francisco le dijo a lo mejor podrían hacer algo.

—Es que, verán. Si me dieran una cabra por las buenas, les diría a mis compañeros que no atacaran el corral.

—¿Pensabais atacar el corral? Pero si no os hemos hecho nada —A Juan le temblaba la voz.

—Es que ya va para medio año que no probamos la carne.

—Pues tendréis carne, pero no por la amenaza. Tendréis carne porque sois de los nuestros —contestó Francisco.

—Bueno, Francisco, no te pases. Tanto como de los nuestros no diría yo —replicó Juan.

Francisco se dirigió a la puerta de las cabras con paso lento y a Juan se le soltó la lengua.

—Francisco, en el fondo tú y yo no somos de nadie. Somos pastores y sólo nos debemos al monte. Aquí todos vienen a pedir, pero a echarnos una mano no viene ni Dios. Y todos los que se nos acercan llegan con la misma cantinela: “Hombre, que una cabra no es para tanto”. Y vaya si lo es. Que a ver cómo le digo a mi Manuela que cada día hay menos leche y que de carne, nada de nada. Que esta temporada ni siquiera malparen las ovejas. Que antes de que malparan ya nos las han robado. Este, como todos, mucho cuando vienen a buscar, pero luego si te he visto no me acuerdo.

—No te pongas así, Juan. Este no es de la pasta de los del tricornio. Basta con mirarlo a los ojos.

—Lo que tú digas, Francisco. Ya sabes que no me gusta llevarte la contraria. Pero también sabes que no pensamos igual.

Cuando llegaron al corral, Francisco mató una cabra. Entre los tres la desollaron, la partieron en cuartos y la metieron en un saco. El joven se echó el fardo al hombro y les dijo:

—Esto de la cabra es de mucho agradecer. Pero aún les querría pedir otro favor.

—¿Otro favor? Si es que ya te caté en cuanto te vi —Juan hizo el ademán de meterse en el aprisco.

—Escúcheme, por favor—suplicó el joven.

—Venga, desembucha, que tenemos que soltar el ganado y se nos está haciendo tarde.

Les contó que iban huyendo de un destacamento de la guardia civil y que sabían que ese día iban a dar la batida por los montes.

—No les pido que hagan nada. Solo que, cuando les pregunten no digan que me han visto. ¡Ah! Y que los encaminen en dirección contraria a la mía.

Lo vieron alejarse por el alto de la collada. Entonces Juan se encaró a Francisco.

—Eres demasiado blando con estas gentes. Se nos comen el pan de nuestros hijos y tú, encima, les regalas una cabra. Y, si no me equivoco, ahora estás pensando en mentir a la guardia civil.

—Juan, ¿es que no te das cuenta de que no se quieren encontrar? ¿No ves que llevan muchos meses jugando al ratón y al gato? ¿No has notado que se tienen tanto miedo los unos como los otros? ¿No ves que son todos unos críos?

—Pues por las tardes bien que te las das de tipo duro en la taberna. Se conoce que el vino hace sus efectos. Me gustaría que los del pueblo te vieran acojonado delante de los que tú llamas críos. Y encima me vienes a mí con monsergas de padrazo.

—Juan, ¿es que no te das cuenta? ¿Dónde te crees que está mi hijo? ¿Nunca lo has sospechado? Hace más medio año que se fue a trabajar a Francia y no hemos vuelto a tener noticias.

Se hizo un silencio embarazoso. Mientras sacaban el rebaño, sólo se oía la voz ronca de Francisco que, por lo bajo, tarareaba:

¡O bella, ciao! ¡Bella, ciao! ¡Bella ciao, ciao, ciao!

Esta mañana me he despertado y he encontrado al invasor.

Carmen Romeo Pemán

Foto del comienzo. Ricardo Compairé, 1934. Pastores en Formigal, Sallent de Gállego. Fuente: Heraldo de Aragón. La canción italiana y esta foto en la frontera con Francia me inspiraron el relato.

Mujeres azules

Ese martes amanece nublado.

­­—Mami —dice Lucía—, ¿por qué no me tocó a mí ser como Ángel? —La pregunta coge desprevenida a Alicia.

—¿Por qué me preguntas eso, chiquitina?

La niña ladea un poco la cabeza, igual que hace su perrita cuando la ve comer chocolate. Señala el panel de corcho que hay en una pared del salón, se pone en pie, se acerca y toca con el índice extendido el letrero que hay escrito con rotulador grueso en el marco superior: “CALENDARIO DE ANGEL”. Al lado de esas tres palabras está pegada una etiqueta con el día de la semana, que su mamá cambia todos los días. 

—Yo también quiero tener una agenda con muchas clases para que me tengas que llevar.

Alicia no sabe qué responder. Besa a Lucía en el pelo y le empuja con suavidad la espalda.

—Ea, bonita, lávate los dientes y dibujamos un ratito si quieres.

En el corcho, pegadas con velcro, se alinean las imágenes plastificadas de las actividades que le tocan a Ángel los martes. Lucía y él terminaron de comer hace un rato. Alicia los recoge de la guardería porque, aunque hay comedor escolar, prefiere que almuercen en casa. Así es más fácil o, para no mentir, menos difícil. Ángel acabó el postre, se levantó, quitó del corcho la foto correspondiente a la comida y la guardó en la caja que hay junto al tablero. En esa caja están todas las fotografías y dibujos que le ayudan a organizar su día a día. Luego se cepilló los dientes y volvió al tablero para quitar la foto de la pasta y del cepillo, siguiendo su ritual. Ahora el pequeño duerme la siesta antes de empezar con las terapias de apoyo de esa tarde que aguardan su turno en la fila de imágenes del corcho: logopedia, piscina y fisioterapia.

Alicia ve como Lucía entra en el cuarto de baño y echa un vistazo a la caja. Se queda quieta y se le escapa un suspiro, entre el miedo y la esperanza, al ver que la foto del cepillo ha quedado un poco torcida. Sabe que Ángel ha debido notar ese pequeño desorden, a su hijo no se le escapa nada, y, pese a ello, no ha protestado por esa alteración del ritual. “Dios mío, ¡ojalá sea señal de que las terapias van sirviendo de algo!”, piensa Alicia. Hace unos meses, ese desplazamiento de un par de milímetros entre las dos cartulinas hubiera provocado una rabieta más, y de las gordas. “¡Qué pasos de gigante está dando mi pequeño!”.

Hace casi un mes que Ángel toma parte activa en la organización de su agenda. Ya va siendo capaz de quitar y poner las fotos correspondientes, aunque para ello necesite ayuda. Ese sistema de agenda visual que les aconsejó el psicólogo está consiguiendo que la vida en casa empiece a ser más llevadera para todos. El milagro de la comunicación va surgiendo poco a poco.

En el butacón, la abuela finge dormir. Se alegra de haber cerrado los ojos. Aún recuerda la tensa conversación con su hija hace unos días; es más, le asalta la duda de si su nieta habría estado escuchando cuando discutieron. “No puede ser. Lucía es muy pequeña y, además, en ese momento estaba jugando en el jardín. A lo mejor fui demasiado dura con Alicia, pero… ¡hija de mi vida! ¿No te das cuenta de que tienes DOS hijos? ¡Que también has parido a esa niña! ¡Que la has traído al mundo con los mismos dolores!”

Lucía vuelve al salón y la abuela sigue haciéndose la dormida mientras escucha a su nieta.

—Mami —la niña habla bajito—, ¿se puede ser azafata, aunque se tenga un hermano que esté malito?

Los puños de la abuela agarran con fuerza los brazos de la butaca en un burdo intento de no apretar más los ojos. Pero si no los cierra con fuerza, las lágrimas acabarán por delatarla. El silencio es tal, que la anciana puede oír el ruido que hace su hija Alicia al tragar. A ella, sin embargo, la boca se le ha quedado como si la tuviera llena de arena. Sus párpados cerrados no impiden que su mente vuelva a ver, con la misma intensidad del primer día, aquel párrafo del informe del psicólogo: “Juicio clínico: trastorno de espectro autista, con retraso mental asociado”.

A partir de aquella fecha, Jaime, su yerno, tiró la toalla. Y ya puede Alicia decir misa, que el niño, desde ese momento, ha pasado de tener un problema a convertirse en el principal problema de su padre. “¡Pobre hija mía! ¡Pobre Alicia! La más callada y tímida de mis hijos… y te toca el premio gordo de la lotería”. Ahora la abuela, al pensar en sus nietos, tiene que esforzarse para no sonreír. Aunque, si abriera los ojos, vería que ni su hija ni su nieta le prestan atención. Porque esos niños son ni más ni menos que eso: dos premios del gordo de Navidad. Y, si no, que se lo digan a ella. Y el imbécil de su yerno, sordo y ciego, sin disfrutar esos dos diamantes que la vida le ha regalado. “¡Señor, Señor! ¡Nunca entenderé cómo, en Tu infinita sabiduría, les regalas margaritas a los cerdos! No sé quién es más autista, si mi Ángel, o ese majadero de Jaime…”

Otra vez se ha perdido la memoria de la abuela por los caminos del amor a sus chiquillos. Un toque en su mano derecha le hace abrir los ojos. Su hija está de pie, junto a la butaca. La mujer mira alrededor.

—¿Dónde está Lucia, Ali?

—Se ha ido al jardín a jugar, mamá.

Alicia, más que sentarse, se deja caer al suelo a los pies de su madre. Igual que cuando era pequeña, apoya la cabeza en el regazo materno para sentir los dedos de la anciana acariciando su cabello. Nada en el mundo la relaja tanto. Ese suave masaje actúa como un bálsamo sobre la tormenta de pensamientos que no deja en paz a su cerebro. “Mi pobre niña”, piensa la abuela, “mi Ali, que no sabe que bajo su piel de cordero tiene un corazón de león”. Pero la abuela se equivoca. Alicia lo acaba de descubrir.      

—Mamá, voy a dejar a Jaime.

Alicia no le dice “¿qué te parece que deje a Jaime?”, ni “estoy pensando en dejar a Jaime”. Su voz y su rostro irradian seguridad. La abuela, sin poder creer lo que ocurre, se da cuenta de que los labios de su hija se han curvado en una sonrisa. La cara de Alicia es, a sus ojos, un arcoíris de esperanza.

Para Alicia, a partir de ahora, sus hijos y su madre serán su motor. Jaime, su marido, es, y ha sido, su ancla. O eso creía ella. Pero la vida no es una nave varada, y ella tiene que deshacerse de lo que le impide avanzar. Jaime, con su egoísmo maquillado de falsa seguridad e interés paternal, ha sido, en realidad, un lastre. ¡Cómo ha podido estar tan ciega!          

Alicia no le contará a su madre la conversación que mantuvo la noche anterior con su marido. No le dirá que Jaime le propuso ingresar a Ángel en una institución para niños discapacitados. Tampoco le dirá que más que una conversación fue un monólogo. Que Jaime hablaba y ella escuchaba. Alicia sabe que no hace falta contarle nada de eso.

En el jardín, Lucía juega con sus muñecas. Una en cada uno de sus bracitos. En ese momento está hablando con su favorita, la que tiene el pie roto: “No tengas miedo, Ariel. Mamá me ha dicho que puedo ser azafata, aunque Ángel esté malito. Que da igual que papá me dijera que lo tengo que cuidar toda la vida. Ella lo arreglará todo. También me dijo que puedo ser piloto, o astronauta, o lo que yo quiera ser. ¿Verdad que mami es un hada?”

En ese instante un rayo de sol encuentra hueco entre las nubes. Alicia gira el cuello. Ángel se ha despertado de su siesta y, en lugar de empezar a hacer los ruidos de costumbre, se ha levantado solito e irrumpe en el salón iluminándolo más que ese rayo despistado. La abuela sigue la dirección de la mirada de Alicia, y las dos se amarran con un hilo invisible a los ojos de Lucía, que acaba de entrar con sus muñecas en brazos, y también contempla a su hermano con arrobo. Las tres mujeres sonríen. No necesitan hablarse. Ángel, por primera vez en su vida, responde con otra sonrisa. Y, cada uno de ellos, a su manera, piensa lo mismo: “A partir de ahora, todo va a ir mejor”.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay 

El canto de Melusina

De las fragolinas de mis ayeres

Lamento haber deseado tu belleza. “Romance de Melusina”, Jean d’Arras.

Cuando comenzaba el recreo de la mañana, atravesábamos un antiguo fosal y llegábamos al pórtico de la iglesia románica. Aunque Inés tenía una cojera de la pierna derecha desde que nació, nunca se quedaba atrás. Unos decían que era por culpa de la partera que, como venía de nalgas, había tirado muy fuerte y se la había desencajado. Otros, que le habían echado un mal de ojo y que ya no tendría suerte con los hombres. El caso es que, por la cojera de Inés y por mi asma, a nuestros trece años no nos gustaba saltar a la comba y nos quedábamos mirando los capiteles. Nos llamaban la atención las mujeres petrificadas. Todas estaban mudas, pero sus ojos parlantes eran justo la rendija que necesitábamos para entrar en sus vidas. Inés esos días andaba loca con el capitel de Melusina, la de los ojos almendrados, con boca muy grande y cola de serpiente en lugar de piernas. Es que, desde que salía con un repatán que cuidaba el ganado en Monte Alto, solo pensaba en contar historias de amores contrariadas. Llevaba mal eso de estar tantos meses sin su novio.

—Seguro que Melusina podría correr y nadar, y les gustaba a los chicos. Si no, ¿de dónde ha sacado ese ramo de flores que lleva en la mano derecha? —me dijo sujetándose la pierna, como siempre que corríamos poco.

Un día le contamos nuestras aventuras a doña Simona y nos dijo que Melusina era un hada muy famosa. Que había muchos cantares y cuentos sobre su vida.

—¿Por qué no nos cuenta alguno? —le pedí yo, juntando las manos como los angelitos del cuadro de la Virgen del Pilar.

—Esperad a que entren las chicas del recreo.

Cuando estuvimos todas acomodadas, comenzamos la sesión de labores en silencio. Solo se oía la voz de la maestra.

Mirad, chicas, Melusina era un hada buena que tuvo mala suerte con los hombres. Y todo por proteger a su madre. Se enteró de que su padre la engañaba con otras mujeres y lo encerró en un sótano del castillo. Entonces la madre se sintió herida en su amor propio. Era ella, y no su hija, la que tenía que haber castigado a su marido. Pero no lo había hecho ella, porque no se atrevió a mover un dedo contra aquel hombre que llevaba un hacha colgada al hombro.

La madre, para contentar a su marido, la castigó. Desde ese día, Melusina llevaría vida normal, pero los sábados por la noche se convertiría en un monstruo, mitad mujer y mitad serpiente. Pero, si un día se casaba, el marido no podría verla cuando estuviera transfigurada. Si eso sucedía tendría que abandonar su hogar y vagar por los cielos cantando su desgracia.

Y así fue. Se casó. El marido intrigado por sus encierros de los sábados y un día la espió por la cerradura de la puerta. Vio cómo arrastraba su cola de serpiente por el suelo y al notar su mirada con un impulso de la cola alzó el vuelo y salió por la ventana. Desde entonces vive en el campanario de Lusignan y muchas noches se oye su canto por los tejados. Es un lamento melodioso y triste que anuncia las desgracias que les esperan a las enamoradas.

Cuando doña Simona acabó la historia seguimos bordando en silencio. Al día siguiente fuimos todas a ver el capitel. Inés nos dijo que era un hada buena, porque hacía que los chicos se fijaran en las cojas y patosas. Si no, ¿de qué se iba a fijar en ella el repatán de Monte Alto?

Pero Inés, según decía su abuela, era una niña demasiado curiosa, y eso no era bueno. Solo ella quiso conocer los romances y los cuentos de Melusina. Le pidió permiso a la maestra para quedarse con ella y no salir al recreo. También le pidió que la dejara consultar la enciclopedia del armario grande. Entre las dos encontraron la verdadera historia y el castillo en el que había vivido.

—Mira, Inés, aquí está el pueblo. —La maestra no movía el dedo de la página—. Apúntate el nombre que es muy raro.

—LUSIGNAN —Lo deletreó en voz alta, Y lo volvió a repetir—, EL CASTILLO DE LUSIGNAN

—¿Te has dado cuenta; Inés? Es como El Frago. Está encaramado en un cerro y tiene una iglesia románica. Seguramente tendrá un capitel de Melusina como el nuestro. —La maestra cerró el libro—. Ahora mira a ver si lo encuentras en el mapa. Estará por el centro de Francia.

Inés se puso de puntillas delante de un mapa descolorido. Estaba colgado de un clavo y ocupaba toda la pared de la derecha. No tardó en localizarlo.

—Oiga, ¿cómo puede ser que en un pueblo tan lejos del nuestro haya un capitel igual?

—¡Ay, Inés! Me parece andas un poco despistada. ¡Ni que estuvieras enamorada! —Inés se puso roja—. Precisamente os lo expliqué la semana pasada cuando hablamos del Camino de Santiago. Recuerda que os dije que nuestro pueblo está en el Camino Francés y que con los peregrinos que pasaban por aquí nos llegaban las leyendas, las modas del arte y más cosas.

A la mañana siguiente, antes de entrar a la escuela me dijo que quería que fuéramos otra vez a ver a Melusina. Me contó todo lo que había hablado con la maestra. Cuando llegamos, se encaramó hasta el capitel y metió la mano en el agujero que hacía de boca.

—Mira, está cantando. ¿No la oyes? Canta tan fuerte que se le ve hasta la campanilla.

Se quedó un rato callada. Seguramente pensaba en su repatán. Después se volvió hacia mí:

—¿Crees que las niñas francesas también le pedirán ayuda a Melusina si están en apuros?

—¡Anda, claro! Si es un hada buena ayudará a encontrar novio a las que tengan la cara picada de viruelas —le contesté haciéndome la marisabidilla.

—Pues igual en Lousignan le está pidiendo ayuda una Agnes, que así se llaman en Francia a las Ineses. Seguramente será una niña con pelo rubio rizado y revuelto por el viento. —Se rascó debajo de los rodetes como si tuviera piojos—. Y la seguirán unos gansos esperando las migas que lleva en el bolsillo.

Entonces pensé que Inés me podría ganar en muchas cosas, pero a inventarse historias jamás. Pese a todo, merecía la pena intentarlo.

—Pues, mira, yo conozco personalmente a la bruja Melusina. —Me callé un momento para hacerme aún más interesante—. Se pasa la vida volando por los tejados y cuando nace una niña con un defecto se convierte en su hada madrina. Por las noches entra por el balcón, echa sal dentro de la cuna y coloca unas tijeras abiertas encima de la ceniza caliente del brasero de la habitación. Así, esa niña se sentirá atraída por los hombres que bajen de las montañas.

—Anda, pues eso me pasa a mí —exclamó Inés con sobresalto.

—¡No digas tonterías! ¿A ti nunca te ha mirado ningún chico en serio?

—¿Qué cosas dices? Ya te dije que hace un año que soy novia del repatán de Monte Alto, aunque no lo saben mis padres.

—Pues ahora cuéntame un secreto. ¿Ya tienes la regla? Te lo pregunto porque a mí acaba de llegarme y no sé qué hacer.

Inés bajó la cabeza como si no la hubiera oído. Se calló que hacía más de un año que le había venido por primera vez y que hacía más de tres meses que se le había retirado, justo después del último encuentro con Pablo, el repatán de Monte Alto. Que ese día estaba como alelado y se despidió sin abrazarla ni besarla en la boca.  Solo le dijo que tenía que abandonar el valle para siempre.

A los pocos días, me enteré que se había levantado al amanecer y que bajó al corral de las gallinas y les echó unas migas de pan, para que picotearan dejaron de cacarear. En silencio, sin que nadie la oyera, llegó al cobertizo. Se subió a un taburete que estaba debajo del tendedor, se puso encima de un tronco para llegar a la cuerda más alta. En ese momento, el viento arremolinó las hojas secas y por los tejados se oyó un canto melodioso y triste, como el de Melusina.

Carmen Romeo Pemán

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Fotografía de Antonio García Omedes. Capitel de la iglesia de Santa María de Uncastillo

Camino del internado

Nos levantamos antes de rayar el alba y, por unas trochas de cabras, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren. Dejamos la burra en casa de un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara. Así, al día siguiente, cuando mi madre volviera no tendría que hacer las siete leguas a pie.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de otro pueblo que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas. Enseguida nos pusimos al corriente. La otra chica tenía mi edad y se llamaba Petronila. Su padre y el mío habían muerto hacía unos años.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué es bonito? Pero a ella no le gusta —terció su madre.

Y habla que te habla nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la misma reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela. Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Íbamos en un vagón de tercera, de esos con compartimentos y bancos de madera. Encima, en el portaequipajes de enfrente, una señora había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas, que se pasaron todo el viaje cacareando y sin parar de aletear. Cuando llegamos a Zaragoza estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la pobre mujer:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptan a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos las ropas, pero no pudimos quitarnos todas aquellas plumas. Con esa facha, nos plantamos delante una puerta de madera de caoba y herrajes de bronce. Más que la de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo las sayas, los delantales de nuestras madres, los pañuelos que llevaban anudados debajo de la barbilla y los piojuelos de las gallinas que corrían por la tela.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí. Miren, tienen que salir a la calle y, en la esquina de la izquierda, verán un portal pequeño, de esos por los que entra el servicio.

1929. Valencia. Entrada principal del Colegio de Santa Ana. Propiedad de la autora.

Estaba claro que no nos iban a tratar como a unas colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Y sin hacer ruido. Nos había reservado dos sitios en la última fila, en una clase de primero de bachiller. También nos advirtió que tendríamos estar muy atentas porque dispondríamos de poco tiempo para estudiar. Sólo de algún rato libre de los fines de semana.

Luego, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevaban gris. Entonces caí en la cuenta: éramos escolanas, o fámulas. Tendríamos que servir a las niñas ricas.

Me compré una linterna con unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas y las mantas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de estar siempre durmiéndome por los rincones.

El día que fui a buscar el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la mía. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Había dejado la escuela cuando cumplió catorce años, unos días ante de que yo llegara.

Me contó que por las mañanas me espiaba por la cerradura de la puerta y le gustaban mucho mis clases. Luego, se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Ya se marchaba, pero se dio la vuelta y me dijo que en realidad había venido a pedirme que la ayudara a salir de aquel agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas las plumas de gallina que se les habían adherido a las ropas.

Carmen Romeo Pemán

Imagen del comienzo. Dormitorio de internas del Colegio de Santa Ana de Zaragoza. Propiedad de la autora.

Uno más uno igual a tres

El traqueteo del vagón de metro siempre me da sueño. Esas cabezadas diarias, camino de mi trabajo, son las que más disfruto en todo el día. Pero hoy se han interrumpido por culpa de un golpe en mi cadera. Entreabro apenas un párpado; dos chicas jóvenes, muy concentradas en su charla, se han sentado justo enfrente de mí. Una de ellas me ha dado un rodillazo al pasar. Debe de ser la que está hablando con las cejas fruncidas, y creo que no se ha dado cuenta porque está enfrascada en la conversación y ni siquiera ha hecho un gesto de disculpa. Entorno otra vez los párpados, y continúo en la misma postura, con el bolso apretado entre mis brazos y mi cuerpo, pero el sueño se ha bajado en la parada donde se han subido las muchachas.

—…pues créetelo, Toñi.

El ruido de una cremallera tira de mi párpado, que se despega del otro unos milímetros, arrastrado por la curiosidad. La que está hablando saca de su mochila una bolsa con el logotipo de una farmacia.

—¡Mira, no puede estar más claro!

—¡Joé, tía! —Toñi abre mucho los ojos—. ¡Me cago en tó lo que se menea! ¿Se lo has dicho ya? Porque pa mí que le va a sentá como una patá en los guevos. —Las dos cabezas, muy juntas, se inclinan sobre el misterioso contenido de la bolsa.

—¿Tú crees? —La que habló primero se lleva el pulgar a la boca, y muerde la piel del dedo.

—O sea, que no le has dicho ná entoavía. Pos pa mí que lo tiés claro, Loles. —Aprieta los labios y se calla.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me llames Loles, joder! Que llevamos ya dos años en Madrid y sigues hablando igual de cateto que si acabaras de llegar del pueblo. ¿Qué trabajo te cuesta decirme Dolores?

—¿Pos y a ti qué más da? Yo hablo como me da la gana, bonita. Y tú habrás aprendío a hablar finolis, pero eso no te ha librao de meter la pata hasta el fondo. —Toñi se ablanda al ver que Loles hace un puchero—. No llores, tonta. ¿Y cuándo piensas decírselo?

Toñi obtiene el silencio por toda respuesta. Las cejas de Loles se elevan en el centro de la frente, como el tejado de una casa. Su nombre es un fiel reflejo de la expresión de su cara, mientras sigue tirando del padrastro con los dientes. “Como siga así, esta chica va a morir despellejada”, pienso.

—¡Ay, Toñi! ¡Que no me atrevo! Le va a sentar como un tiro. ¿Y si me dice que me lo quite? ¡Con lo que quiero a mi Lucas… y ahora esto! Si es que tampoco hemos hablado nunca de este tema y…

Toñi abre mucho la boca y agarra la mano de Loles con tanta fuerza, que su amiga se para a mitad de la frase. En vista de que Toñi no dice nada, Loles le sacude el brazo.

—¿Toñi? ¡Toñi! ¡Que parece que te ha dao un pasmo!

“Vaya, vaya”. Al oír la pronunciación de la última frase tengo que hacer un esfuerzo para no reír. Desde luego los nervios se han cargado la capa de barniz de chica de capital que luce la tal Loles.

—¡Loles, tía! Ya lo tengo. ¡Mándale un guasa!

—¿Quéeee? —Loles deja de morderse la piel del pulgar.

—Que le mandes un guasa, alelá. Échale una foto ar cacharro ese, y se la mandas.

—¿Estás tonta, o qué? —Ahora las cejas siguen oblicuas, pero en sentido inverso. Les faltan dos milímetros para juntarse en el entrecejo formando una “V” mayúscula.

Yo las sigo espiando con disimulo. Toñi calla. Las cejas de Loles deciden de una vez quedarse en horizontal. Deja de morderse el padrastro y manosea su mochila con las dos manos.

—¿Mandarle un WhatsApp?  ¿Tú crees…?

Toñi sonríe con ganas. Tiene una dentadura preciosa del primer molar al último. Por toda respuesta, mete mano en la mochila de su amiga y saca el móvil. Veo a las dos manipular el teléfono y el contenido del paquete de la farmacia. Tengo que esforzarme para no inclinar mi cuerpo hacia delante y cotillear yo también. Mi otro párpado se levantó hace rato para imitar al primero, y puedo disfrutar del duelo de miradas de mis vecinas de asiento. Por suerte para mí, sigo siendo la mujer invisible.

—¡Hala! ¡Ya está!

La tregua del padrastro toca a su fin. Se suspende el indulto, Loles vuelve a las andadas, muerde que te muerde, y el pobre trozo de piel vuelve a sufrir el ataque de los dientes mientras su longitud va menguando. Por la cara de Loles pasa todo un muestrario de expresiones, que Toñi observa en silencio mientras suspira y espera a que su amiga asimile lo que ha hecho. Después de un minuto que parece eterno, Loles despega los labios del pulgar y habla por fin:

—¡Ay, Toñi! ¡Yo te mato! ¿Pero qué he hecho, Dios mío? ¿Cómo se te ha ocurrido darme esa idea? ¿Y tú dices que eres mi amiga?

—Pos claro que sí, tontarra, que eres una tontarra. Por eso, porque soy tu amiga, te he tenío que empujá. Si fuera sío yo, otro gallo cantaría. A ti se te va toa la fuersa por la boca, tía, pero a la hora de la verdá te fartan ovario. Además, ¿qué es lo peó que pué pasá? ¿Qué te mande a tomá por culo? ¡Pos que se joda, que tú no te quéas sola, leñe, que pa eso tiés a tu familia en el pueblo, me tiés a mí aquí…! —Toñi le da un pellizco cariñoso en la mejilla a su amiga y sonríe con media boca solamente—. Aunque entre porvo y porvo ya podíais haber hablao un poquito de los posibles ¿no? ¿Qué pasa? ¿Qué no había tiempo de hablá, ni tiempo pa ponerse un condón…?

El timbre del móvil las hace dar un respingo. Mejor dicho, el respingo lo damos las tres, aunque del mío ni se enteran. Loles todavía tiene el móvil en la mano, y por poco no se le cae al suelo del vagón.

—¡Toñi! ¡Ay, madre…!

 —¡Contesta, tonta!

Loles atiende la llamada con un “¿Si?” y yo abro del todo los ojos aún a riesgo de perder mi incógnito. Veo cómo se chupa los labios y parpadea, sin dejar de morderse el padrastro. Empieza a respirar hondo y los botones de su blusa se tensan. No dice nada en todo el rato, y se despide con un “Vale”. Si Toñi no le pregunta en cinco segundos, lo haré yo aunque me mande a la mierda. Pero Toñi la interroga en ese instante. Nuestras rodillas se tocan, pero ni ella ni yo nos damos cuenta de que nos hemos echado hacia delante.

—¿Qué? ¿Era el Lucas? ¿Qué te ha dicho?

La sonrisa de Loles habla por sí sola. Le brillan los ojos.

—Que si es niña, Carmela. Como su madre.

Adela Castañón

Imagen: Nick Walker en Pixabay 

Nocturnos para Xiaowei. De su amiga Miaoli

A mis alumnas chinas

1

Cuando Xiaowei se despertó entre pilas de cajas de un almacén, en un colchón en el suelo. Junto a ella, se hacinaban su abuelo, su padre y su hermano. El aire era denso y olía a cloaca. Se restregó los ojos y recordó que el día anterior había llegado a Barcelona desde China. También recordó que su madre, los había despedido con los ojos enrasados.

—Xiaowei, hija mía, cuídate mucho. En cuanto me operen del corazón iré a reunirme con vosotros.

Desde que le llegó la regla, hacía menos de un año, su madre le advertía de los nuevos peligros. Y ella dejó de soñar con los ositos de peluche. Esa mañana, de repente, comprendió las palabras de su madre.

2

El ojo de la cerradura estaba tapado y yo no podía ver qué ocurría dentro. Desde la habitación de al lado oí los gemidos de Xiaowei.

Al día siguiente supe que se había quedado malherida al intentar saltar por la ventana. Con una mirada muy triste me dijo que tenía que contentar a todos los hombres de su familia. Y que fue el abuelo el que había puesto la cera en la cerradura.

3

Todos nos lamentamos de no haberlo visto venir, aunque era una crónica anunciada. Xiaowei llevaba dos años encerrada en el almacén de nuestra tienda de todo a cien cuando su padre decidió mandarla a la escuela.

La semana pasada faltó a clase y aproveché para decirle a la maestra que el padre le pegaba y la obligaba a dormir con él. La maestra lo denunció. Ayer, al sacar los libros de la mochila, se le cayó un pañuelo anudado en el que vi las marcas de sus dientes.

Hoy, en el silencio de la noche, sólo se oía una fina lluvia de estrellas.

Carmen Romeo Pemán

Foto. Dos amigas chinas. Publicada en Freepick.

Heraldo de Aragón, 11 de junio de 2021
El silencio de la nieve, la columna de Irene Vallejo, también alumna del Goya, es un excelente colofón para este relato de incestos y violaciones. Casandra, por no ceder a los caprichos de Apolo, fue condenada a que nadie creería sus palabras. Así fue, y así es. Hoy somos todas casandras.

Una copa más

Marcos, acodado en la barra del bar, mira a su alrededor. En el extremo del mostrador el camarero está secando vasos y suspira de vez en cuando echando miradas de reojo a los pocos clientes que quedan. La pareja que hay en una mesa de la esquina quizá se marche pronto, porque ella no para de mirar el reloj. Y el vigilante de seguridad que casi ha terminado el bocadillo y la cerveza tiene aspecto de estar a punto de comenzar un turno de noche. Todos parecen personas normales, piensa Marcos, con vidas normales, como la suya hasta hace poco tiempo. Las horas que lleva en ese bar le van pesando, pero tampoco tiene ganas de marcharse, ¿para qué? Espera a que el camarero mire hacia donde está él y, cuando lo hace, levanta la mano.

—Camarero, otro vodka, por favor. —Al ver que el hombre vacila, intenta sonreír sin conseguirlo del todo—. Me marcharé pronto, oiga, pero póngame otra, amigo —susurra dos palabras, más para sí que para el otro—. La necesito.

El camarero le sirve otro vodka y vuelve a su tarea. Marcos sujeta el vaso con la mano derecha y se inclina como si se asomara al interior de un pozo. El alcohol que circula por sus venas le juega una mala pasada, la misma que le han jugado las copas anteriores. Parpadea al ver que el líquido transparente del cubilete se agranda y toma la forma de un espejo circular que abarca todo su campo visual. Eso le recuerda los cuentos de hadas que le lee a su hija. En ellos existen criaturas fantásticas que ven el pasado y el futuro en piletas de piedra llenas de líquidos con extraños poderes, que suelen estar escondidas en cuevas misteriosas. Los dragones de esas historias son fáciles de identificar, siempre tienen alas y echan fuego por la boca, no como los monstruos de la vida real, esos que se camuflan bajo la piel de tu mejor amigo, con el que compartes cervezas y confidencias muchos sábados en el campo de golf.

Ahora la cueva de Marcos es el bar, y los vasos de vodka son su pasaporte para viajar en el tiempo.

Cuando apuró la primera copa, hace ya un par de horas, contempló ensimismado el fondo como si, en vez de contener restos de vodka, fueran los posos de una taza de té. Allí, en ese círculo mágico, se reencontró con las imágenes del día en que empezó todo. El día en el que su vida comenzó a escurrirse cuesta abajo con la misma determinación irrevocable del alcohol que baja hoy por su gaznate.

Conducía de camino a una cita de trabajo y, al parar en un semáforo, vio salir a su mujer de un hotel en compañía de Eugenio. Ellos no se dieron ni cuenta. Caminaban con las cabezas muy juntas, como conspiradores, ajenos a todo lo que no fuera su conversación. Ni siquiera levantaron la vista al escuchar la pitada que le dio el coche de atrás al ver que él no arrancaba cuando el semáforo cambió a verde. Mercedes y Eugenio se conocían desde mucho antes. Los dos eran ya parte de la plantilla de la oficina cuando él entró a trabajar allí. Estaba claro que su puesto siempre era el último, aunque hasta entonces no se hubiera dado cuenta.

El ruido de una silla al arrastrarse atrae la atención de Marcos. El vigilante ha terminado de cenar, se ha acercado a la barra y está pidiendo la cuenta.

Con la segunda copa, Marcos recordó su alegría y su incredulidad de diez años atrás cuando Mercedes, la chica más guapa de la oficina, quince años menor que él, aceptó su propuesta de matrimonio. Y no es que a ella le faltaran pretendientes, que había muchos con más pelo y menos barriga que él. Se armó de valor y le pidió una cita al notar que ella casi siempre sonreía cuando sus miradas se cruzaban. Él le hacía muchos favores, claro, pero igual que se los hacía al resto de compañeros, a los que siempre estaba dispuesto a ayudar. La secretaria del director, Encarna, una mujer casi de la edad de Marcos, siempre decía que, si él faltara, la oficina haría aguas. Encarna también le sonreía a menudo, pero sus muestras de simpatía, en comparación con las de Mercedes, tenían el brillo de una bombilla de cuarenta vatios que no podía competir con la luz del sol. Marcos se casó con su Mercedes dispuesto a apurar la copa de su felicidad mientras durase, porque tenía el convencimiento de que antes o después, posiblemente más temprano que tarde, llegaría alguien que lo desbancaría en el corazón de su mujer. Y no se equivocó. Alguien llegó, recordó Marcos mientras daba sorbos al tercer chupito, pero no fue como él esperaba. Su hija le demostró que el corazón de Mercedes tenía sitio para una persona más, y él se sintió feliz al compartirlo con su niña.

Un suspiro del camarero lo arranca de sus recuerdos. La pareja de la mesa se ha marchado y Marcos no se ha dado ni cuenta.

El cuarto vodka encendió un fuego ardiente y negro en su garganta y en su cabeza. La felicidad tenía la culpa de que él hubiera bajado la guardia. El día que descubrió lo de los cuernos se tragó su rabia y disimuló al llegar a su casa. Aquella noche no pudo dormir, y le pareció increíble que su mujer fuera capaz de conciliar el sueño con esa facilidad. Ni siquiera se despertó cada vez que él se removía en la cama. De madrugada, Marcos tuvo la sensación de haber pasado mil horas tendido sobre un colchón de clavos. Le ardía la cabeza. Reuniría pruebas, seguiría a ese par de traidores, y cuando lo tuviera todo atado pensaría cómo vengarse. Contrataría a un detective. Acusaría a Eugenio delante de los compañeros, aunque él quedara como un pobre cornudo. Le diría a Mercedes que se veía con otra mujer. Cualquier cosa. Ninguna. Todas. Era como si todo lo que imaginaba lo viera a través de un velo rojo, deformado, como cuando uno se mira en los espejos de la feria y no se reconoce al enfrentarse a unas imágenes desproporcionadas y absurdas.

El camarero ha terminado de secar los vasos y mueve las botellas de sitio haciendo un poco más de ruido de lo necesario. Marcos finge que no se da cuenta.

En el reflejo del quinto vodka se vio a sí mismo en el coche de alquiler, vigilando a su mujer los días posteriores al de su descubrimiento. Le invadió una satisfacción amarga al confirmar que Eugenio y Mercedes se veían varias veces. Una mañana se atrevió incluso a seguir a su mujer cuando caminaba. Ella entró en una tienda de artículos deportivos y, desde un portal cercano, Marcos observó cómo pagaba un juego de palos de golf de una marca bastante cara. La pena se le agarró a la garganta y le robó el aire cuando vio acercarse a su rival a la puerta de la tienda, y recibir de manos de su mujer el regalo primorosamente envuelto. 

Una mosca estúpida choca una y otra vez con una botella de cristal, y rebota contra el vidrio igual que los recuerdos de Marcos dentro de su cerebro.

Ahora, con el sexto vodka delante, acaricia el borde del vaso con la yema de su dedo índice. No quiere terminarlo. Mira a su alrededor y confirma que los demás clientes se han marchado. El camarero, prudente y resignado, se ha sentado en un taburete que hay tras la esquina de la barra y desliza los ojos por la pantalla de su móvil. Marcos comprende que, si no se levanta y se marcha ya, terminará por perder la poca dignidad que le queda y se echará a llorar. Saca un billete de la cartera.

—Cóbreme, ¿quiere?

Al ver la sonrisa agradecida del hombre, y la presteza con la que se levanta del taburete, una lágrima escapa de su ojo derecho. Al menos esa noche ha hecho feliz a alguien. Aunque sea mínimamente, y se trate de un simple camarero.

Paga, se pone de pie con vacilación y camina hacia su casa. Durante el trayecto, va pasando revista a todo lo que ha evocado con cada copa. Deja salir una carcajada solitaria, rota como él. Al fin y al cabo, admite, desde que se casó con Mercedes estaba esperando que pasara lo que ha pasado. No debería ponerse así, no tendría que estar sorprendido. Y diez años ha sido mucho más tiempo del que imaginaba. Además, está Sonia, su niña, ese regalo inesperado. Y fue Mercedes la que planteó lo de convertirse en padres. Él, aunque lo deseaba, no se atrevía a pedirlo, no fuera a ser que con eso asustara a su joven esposa y acelerara su marcha.

Tropieza y está a punto de caerse. Menos mal que al alcance de su brazo hay una farola y se puede agarrar a ella antes de dar con la cara en el suelo. Las gafas se le resbalan, pero frenan de milagro al llegar a la punta de la nariz. Menos mal. Son nuevas y los cristales cuestan un dineral. Él se hubiera comprado unas gafas menos caras, pero Mercedes se negó. Ahora, con una sonrisa torcida, Marcos piensa que seguramente lo hizo porque así, de alguna manera mitigaría su culpabilidad. Las gafas son caras, sí, pero seguro que los palos de golf lo son todavía más.

Si lleva a cabo cualquiera de las burradas que ha estado planeando desde que descubrió el secreto de su mujer, ¿qué pasará con su hija? Sonia hace el año que viene la primera comunión y está igual de unida a su padre que a su madre. Con una lucidez inesperada se da cuenta de que no puede lastimar a su pequeña. Las lágrimas se le escapan ahora sin control. Al doblar una esquina choca con alguien y pierde el equilibrio. Queda sentado en el suelo de culo, con la cabeza gacha y las piernas abiertas, en una postura muy poco digna. La persona con la que ha tropezado extiende la mano y le ayuda a levantarse. Sus caras quedan a un palmo de distancia y la sorpresa es mutua:

—¡Pero… Marcos! —Eugenio tiene las cejas levantadas—. ¿Estás bien?

Marcos restriega la manga de su chaqueta por la cara y solo consigue extender los mocos. Menea la cabeza de lado a lado. No puede hablar. Eso es demasiado para una noche. Eugenio tiene todo lo que a él le falta: mejor sueldo, menos años, diez centímetros más de altura… Y Mercedes, su Mercedes, ¡es tan guapa y vale tanto! Quizá le permitan seguir estando en sus vidas, tendrán que hacerlo, porque a lo que no está dispuesto es a renunciar a Sonia.

Marcos se siente liberado. Por una vez en su vida va a ser el protagonista. Con esfuerzo, levanta el brazo derecho, que le pesa como nunca, y pone la mano en el hombro de Eugenio:

—Eugggeniooo… —Las sílabas se le alargan sin que lo pueda evitar. Tose un poco. Las seis copas le pasan factura y la garganta le arde—. Lo sé todo, pero no me importa.

—¿Que sabes qué?

—Lo tuyo con mi mujerrr. Os llevo vigilando varios diasss. Os he visssto. Sé en qué hotel os, os citáis. Y te, te ha regalado los palos de golf, os vi también ese día…

Eugenio se quita del hombro la mano de su amigo como si fuera una cagada de paloma. Las comisuras de su boca se tuercen hacia abajo y da un paso atrás. Empieza a lloviznar, pero ninguno se mueve. Por fin, Eugenio rompe el silencio.

—Eres un mierda, Marcos. Un mierda con suerte. Dile a Mercedes que me quite de la lista de invitados del día 30 y que avise al hotel que pongan un cubierto menos. O igual la llamo yo para decirle que le mandaré los putos palos a vuestra casa; ya no hace falta que se los guarde en mi piso. Total, le has jodido la sorpresa…

—¿Qué?

—Ya me has oído. ¿No es tu cumpleaños el 30? —La nuez de Eugenio sube y baja un par de veces—. ¡Ojalá las cosas fueran como tú piensas, cabrón! No sé qué coño vio Mercedes en ti. —Da media vuelta para marcharse, pero antes murmura—: Ya quisiera yo estar en tu pellejo…

De pronto Marcos siente que el alcohol ha dejado de quemarle. Le invade un frío hecho de mil cuchillas de hielo. A pesar de sus gafas caras, lo ha estado mirando todo con el cristal equivocado. Saber que Mercedes no le engaña le consuela solo unos segundos. Los mismos que tarda en pensar qué hará ella al enterarse de lo que ha pasado.

Marcos vuelve a tener miedo. En un reflejo de lucidez comprende que el peor rival, el que al final puede dar al traste con su matrimonio, lleva su nombre y su cara. Y no sabe cómo va a poder lidiar con eso.

La lluvia arrecia. Y el llanto de Marcos lo hace a la vez.

Adela Castañón

Imagen: Anastasia Zhenina en Unsplash

Alfonso Gracia Saz, “Alfonsito”, en el Goya

Aún recuerdo el día que Carmen Valenzuela nos contó en la sala de profesores que un niño de unos tres años, que lo llevaban a la consulta pediátrica de su marido, en una celebración navideña, recitó completo un soneto de Lope de Vega: Pues andáis entre las palmas. Dejó mudos y asombrados a todos los asistentes.

Diez años después, ese niño se matriculó en el Instituto Goya. Era un niño ávido de conocimientos que siguió creciendo en nuestras manos. Cuando se fue seguimos hablando y hablando de él. Alfonso nos había ganado a todos y se convirtió en una leyenda de inteligencia.

Hoy en el Club de Lectura del Instituto hemos compartido nuestros recuerdos de «Alfonsito», Alfonso Gracia Saz, con motivo de su fallecimiento por covid. Sé que otros compañeros tendréis más. Dejaré abierta la conversación para incorporar las nuevas voces que me vayan llegando.

—Carmen, no recordaba quien era hasta que lo has llamado Alfonsito. Otro alumno único. Yo no fui profesora suya, pero era imposible no saber de su existencia en el Goya. Empezando por su hermosa imagen con gran melena rubia. Cubría con sus andanzas todos los espacios del centro y las bocas de muchos profesores hablaban comentando y celebrando sus andanzas. Siento mucha tristeza por su muerte siendo tan joven y tan gran persona. El currículum que ha publicado la Universidad de Toronto es impresionante. Sólo me ha fallado que su imagen ya no estuviera culminada por su inolvidable melena rubia —Inocencia Torres Martínez.

Inocencia, catedrática de Filosofía, es una de las pocas del Departamento que queda de aquellos tiempos. Este es un momento oportuno para recordar a Bernardo Bayona, Jesús Mir y José Mari Pellitero, tres filósofos, y amigos, que también se nos fueron muy pronto. A Alfonso le dieron Filosofía: Carmen Garcés en Tercero de BUP y Javier García Valiño en COU.

—A estas alturas nadie cuestiona que era superdotado. Yo además de darle Filosofía fui su tutor en COU. Me entregó brillantísimo trabajo sobre Platón. Después lo vi una vez en el café Levante y me contó muchas cosas de su vida — Javier García Valiño.

—¡Cómo no acordarme de Alfonsito! Fue siempre un excelente alumno, no solo por sus resultados. También por su manera de estar y colaborar cuando hacía falta —Cristina Baselga Mantecón, catedrática de Inglés, fue su profesora en COU:

—Recuerdo perfectamente a Alfonso —interviene Charo Royo Valdearcos—. Hizo los dos bachilleratos a la par: Ciencias y Letras. Yo le daba música y unas actividades de danza. Bailaba muy bien y estaba muy enfadado porque quería aprender más danzas. Y no podía ser. No había tiempo. Fue un genio. Estoy muy impactada. Ha muerto demasiado joven.

—Estoy impresionado. Solo digo que fue el alumno más brillante de mi etapa en el Goya —Jesús Oliver Domingo, exdirector del Goya.

—Los que lo conocimos lo llamábamos “Alfonsito” y seguro que no lo habéis olvidado. Al resto de compañeros, quiero deciros que ha sido uno de los más brillantes alumnos que hemos tenido durante nuestra etapa en el Goya —en un email, nos cuenta José Antonio Ruiz Llop, catedrático de Física y Química, que fue director después de marcharse Alfonso. Y continúa—: Yo no le di clase porque era compañero de mi hija Elena, pero siempre le he seguido la pista. Me enorgullece que uno de nuestros alumnos consiguiera unos éxitos tan brillantes. José Ramón Blasco fue su profesor de Física en COU. Y, en las otras tres asignaturas de Ciencias le dieron clase, los añorados Carlos Garcés de Matemáticas, Mari Cruz González de Química, y Eugenio Estrada de Dibujo Técnico.

Con Carmen Valenzuela y conmigo inició sus viajes al extranjero. El año que él hacía Tercero de Bachillerato, preparamos un encuentro con jóvenes europeos, promovido por la Fundación Rickevelde, Tomamos el avión en Barcelona y a todos nos sorprendió su nerviosismo en el viaje. Se desabrochaba el cinturón y corría de una ventanilla a otra. Nos llamaba ilusionado para compartir con nosotros lo que veía. Era la primera vez que volaba.

—Lo señalaban con el dedo. Los demás nada teníamos que hacer frente a Alfonso en la convocatoria a premio extraordinario de Bachillerato por aquel año 94. Lo conocí ese día y al poco tiempo lo encontré en la Facultad. Cursaba las carreras de Físicas y Matemáticas al mismo tiempo, impensable para los comunes mortales que a duras penas podíamos con una. «No tendrá vida social», decíamos. Burdo consuelo de envidiosos. Pero sí la tenía, sí. Alfonso podía con todo. Un día, por azares de la vida, terminamos en su casa viendo Gran Hermano. La amabilidad de su madre y sus risas inundaron el salón —Esther García Giménez, una de sus compañeras de carrera.

—Alfonso formó parte de una etapa muy bonita de mi vida. En el Goya era de un curso superior al mío. Pero todos lo conocíamos: era muy famoso. Coincidí con él en muchas clases de la carrera de Físicas y en las charlas de pasillo. De aquellos momentos solo tengo buenos recuerdos. Como persona diría que era inteligente, bueno y divertido. Cuando acabamos seguimos distintos caminos. Hoy, al conocer su muerte, he sentido una tristeza enorme. Es injusto que se lo haya llevado la covid cuando parece que estamos tocando el fin de la pandemia. Alfonso, te echaremos de menos —María Villarroya Gaudó.

—Fuimos compañeros de curso en el Instituto y en la Facultad de Matemáticas. El que no lo haya conocido no puede hacerse a la idea de su mente prodigiosa. Se planteaba y solucionaba problemas que los demás no llegábamos a intuir. Mientras algunos sudábamos para sacar la carrera de Matemáticas, a Alfonso le sobraba tiempo para ser el mejor de nuestra promoción y, a la vez, el mejor de la la carrera de Físicas, En las dos obtuvo Premio Extraordinario. Al mismo tiempo ganaba torneos de ajedrez. El covid se lo ha llevado demasiado pronto. Alfonso estaba destinado a hacer grandes cosas y contribuir al avance de la Matemáticas —Javier Arenzana Romeo.

Una Inteligencia en estado puro, una memoria prodigiosa y una brillantez científica tejían su personalidad, que no dejaba a nadie indiferente. Y menos a mí cuando, en una de las estancias cerca de Bruselas, a media noche irrumpió en mi habitación y me despertó de un sueño profundo:

—Carmen, dime una palabra francesa que comience por X.

—¿Y para qué la quieres?

—Para el trabajo sobre la paz. Yo voy a participar con un poema que lleve como versos acrósticos PAIX. Ya tengo escritos los tres primeros y me falta el último.

—Anda, mira el diccionario y mañana hablaremos.

—Es que ya lo he mirado. Si quieres te recito todas las palabras francesas que empiezan por X. Y me las recitó, menos mal que no eran demasiadas. —A pesar del sueño no salía de mi asombro.

A la mañana siguiente, cuando llegue a la mesa del comedor, debajo de mi servilleta tenía un excelente poema de Alfonso.

—¿Y ahora explícame por qué lo has hecho en francés si podías hacerlo también en inglés y en español? —le pregunté.

—Porque es la lengua que aún me cuesta esfuerzo. Y a mí me gustan los retos.

Cumpliendo retos, con una cabeza y unos sentimientos sin igual, llegó a las altas cimas de las Matemáticas. El día seis de mayo, el covid se lo llevó hasta las estrellas, cuyas distancias calculó muchas veces en su vida.

Carmen Romeo Pemán

Alfonso Gracia Saz (Zaragoza, 13 de marzo de 1976-Toronto, Canadá, 6 de mayo de 2021)

ALGUNOS ENLACES DE INTERÉS.

http://www.math.toronto.edu/cms/alfonso-memorial/

En esta página del Departamento de Matemáticas de Toronto, además del In Memoriam y las condolencias de sus compañeros y alumnos, podéis dejar las vuestras. Y les enviaré este artículo con todos los comentarios de los lectores.

In Memoriam: Professor Aflonso Gracia-Saz, 13 de marzo de 1976 – 6 de mayo de 2021

Estamos profundamente entristecidos por el fallecimiento del profesor Alfonso Gracia-Saz, quien ha estado enseñando en el Departamento de Matemáticas de la Universidad de Toronto desde 2013. Alfonso era un maestro muy querido e innovador que estaba a punto de recibir la Excelencia en la Enseñanza 2021 Premio de la Sociedad Matemática Canadiense.

Nacido en Zaragoza, España, el 13 de marzo de 1976, Alfonso ha vivido y trabajado en España, América, Japón y Canadá. El interés de Alfonso por las matemáticas y la física se remonta a su adolescencia, cuando fue ganador de la V Olimpiada Española de Física, lo que le llevó a participar en el Concurso Internacional de Pekín en 1994. Obtuvo una Licenciatura (BSc) tanto en Física como en Matemáticas de la Universidad de Zaragoza (España), en 2000-2001, y Doctor en Matemáticas de la Universidad de California en Berkeley en 2006 (donde fue supervisado por el profesor Alan Weinstein). Ocupó puestos postdoctorales en la Universidad de Keio (Japón) y la Universidad de Toronto antes de ocupar puestos docentes, primero en la Universidad de Victoria y luego en la Universidad de Toronto, donde fue profesor asociado (Teaching Stream).

Alfonso creía en el poder de la educación más allá de su labor de enseñar matemáticas en la universidad. Su canal de YouTube de cálculo con 200 videos tiene más de 10,000 suscriptores y más de 3 millones de visitas. Participó activamente en el alcance de las matemáticas a través de concursos, campamentos de matemáticas, ferias de ciencias e investigación de pregrado. Codirigió el reclutamiento y la capacitación del equipo de la Competencia de Matemáticas Putnam de la Universidad de Toronto, que ocupó el cuarto lugar en 2017. Durante más de 10 años, fue Asesor Académico e instructor para el Mathcamp de Canadá / EE. UU. También se ofreció como instructor para el Proyecto de la Universidad de Prisiones en la Prisión Estatal de San Quentin (ahora Mount Tamalpais College).

Deja atrás a su amado compañero de seis años, Nick Remedios. Alfonso y Nick disfrutaron de los contra bailes y los complejos juegos de mesa. Les encantaba cocinar juntos. En España están de luto por Alfonso: su madre, Carmen; su padre, Antonio; su hermana Rebeca y sus hijos Mario y Carla.

Departamento de Matemáticas de la Universidad de Toronto.

https://espanadiario.net/actualidad/fallece-profesor-matematicas-alfonso-gracia-saz

¡Gracias a todos!

Hoy mi artículo tiene los mejores protagonistas del mundo: vosotros.

Porque todos y cada uno de los que estáis leyendo esto sois mis héroes.

Porque no es fácil ganar una batalla en soledad.

Porque si he podido vencer a los demonios del cansancio, del desaliento, de la inseguridad y muchos otros, y he conseguido escribir y publicar mi primera novela, Dame mi nombre, ha sido gracias a vuestro apoyo.

Por esas y por mil razones más, hoy, como os digo en este artículo, merecéis brillar uno por uno y recibir mi más sincero y emocionado agradecimiento.

Cuando era pequeña, recuerdo que muchos cuentos terminaban con aquello de «y se casaron, fueron felices y comieron perdices». Si trasladamos eso a la vida real, ahora que ya no soy una niña, sonrío y me digo con amor y con humor que ningún autor añadió a esos cuentos un capítulo más que dijera: «Y, por cierto, también vinieron la hipoteca, los niños, levantarse con los pelos de punta, y alguna que otra cosita así que olvidé mencionar». Y no es que me queje, eso nunca, y menos ahora que estoy en una nube.

Porque lo que ha conseguido que estos días mis pies no parezcan tocar el suelo es como un cuento escrito al revés, y ahora os lo explico:

Empecé a trabajar en mi novela y comenzaron los tropezones, los ratos de bajón, las ganas de tirar la toalla, los bloqueos, los pensamientos de «ay, madre, qué birria de historia me está saliendo» y, luego, vinieron nuevas batallas cuando llegó el turno de corregir, revisar, buscar portada, booktrailer, pensar la frase gancho, redactar una sinopsis que no fuera un spoiler total… En fin, como si eso fuera la parte nunca escrita de la cruda realidad que va detrás del final feliz de un cuento.

Y, cuando pensé que la publicación de mi novela pondría la palabra «Fin» en mi cuento de escritora, resulta que descubro que no es un fin, sino un principio: ahora estoy en la página esa en la que toca ser feliz y comer perdices. La parte difícil, la más dura, ha venido antes que esta otra parte de ilusión y de felicidad. Y eso es, en buena parte, porque mi criatura ya no es solo mía, ahora es vuestra, os pertenece, es del mundo, de los lectores, y no podía soñar ni de lejos con la acogida que ha recibido, que hemos recibido, tanto la novela como la autora.

Estoy abrumada, ilusionada, asustada, emocionada y podría escribir muchos más adjetivos aunque seguro que me quedaría corta. Pero, sobre todo, hay uno que destaca sobre los demás: me siento infinitamente agradecida. Gracias por vuestras palabras de apoyo, por vuestros comentarios, por vuestro cariño que son para mí como el mejor Premio Planeta.

Quiero pediros, además, un favor: si leéis mi historia, me encantará saber qué os ha parecido. Sobre todo me gustaría que compartierais conmigo lo que no os haya gustado, lo que os haya dejado con las cejas fruncidas, lo que echéis en falta. Todo lo que se os ocurra. ¡Y sin anestesia, jeje! Tengo ya otro borrador en el horno, y aunque el «embarazo» será largo (Dame mi nombre ha tardado tres años en ver la luz), quiero seguir aprendiendo a mejorar. Y os necesito para eso. Todos los comentarios serán bienvenidos y agradecidos, porque, como escritora, considero que aprender de los errores es una herramienta que no se debe desaprovechar. Gracias también por eso.

La felicidad no tiene precio, y vosotros, todos vosotros, me habéis regalado felicidad a manos llenas.

Por eso, hoy, merecéis ser los protagonistas de este cuento mío que habéis contribuido a crear y a hacerse realidad. El cuento de alguien que soñó con ser escritora y que lo consiguió gracias a que muchas personas la auparon hasta hacerla tocar el cielo con las manos.

Os quiero.

Adela Castañón

Foto: de la autora y de su novela