Quería salir a estudiar

Leyendas escolares de las Cinco Villas

Don Mateo acostumbraba a ir a la escuela una hora antes que sus alumnos. Así a las nueve ya tenía las pizarras limpias, los cuadernos en orden y la estufa encendida.

Una mañana llegó antes de lo habitual. A eso de las siete, le sorprendió ver a Casiano acurrucado en la puerta. Si no lo hubiera conocido, habría pensado que era un rapazuelo entrometido. Se acercó, le pasó la mano por sus bucles rubios y le dijo:

—¿Qué haces aquí tan temprano? Tendrías que estar durmiendo.

—Es que me he escapado de casa cuando me ha llamado mi padre para que fuera al monte con mis hermanos.

—¿Qué te has escapado? —El maestro abrió unos ojos más grandes que los del niño.

—Sí. —No pudo reprimir un hipido—. Me ha dicho que tenía que ir a cuidar las ovejas. Que eso era más importante que venir a la escuela.

Don Mateo se quedó un momento en silencio. Lo ayudó a ponerse de pie y le dijo:

—Bueno, pues hoy vete con tus hermanos. Y yo hablaré con tu padre.

Ese día Casiano anduvo muy despistado. Se olvidó de llevar a abrevar el rebaño y perdió un cordero recién nacido. Por la noche se fue a la cama sin cenar. Desde la cocina le llegaban los gritos de su padre:

—¡Qué se habrá creído este mocoso, Gregoria! Con nueve años ya se atreve a llevarme la contraria.

—¡Por Dios, Jacinto! ¿No ves que es un niño? Ten paciencia. Poco a poco lo haremos entrar en razón.

—¡Que no, Gregoria, que no! Sus hermanos no me plantaron cara. Todos entendieron que somos muchas bocas y pocas manos.

—Es que tiene que estar todo el día solo por esos montes y es muy miedoso.

—No te confundas, Gregoria. Aquí pasa otra cosa. El bueno de don Mateo le ha metido muchos pajaricos en la cabeza. Y ahora anda loco con eso de aprender a leer y a hacer cuentas. —Jacinto se levantó la boina, se rascó la cabeza y comenzó a dar patadas a los tizones del hogar.

Al día siguiente, Casiano se levantó sin hacer ruido y se fue otra vez a la puerta de la escuela. Cuando vio aparecer al maestro, se acercó y le dijo.

—Don Mateo, vengo a pedirle perdón por el susto que le di ayer. Solo quería hablar con usted.

—No te preocupes. Entendí lo que querías. Hoy he visto a tu padre, pero no le he dicho nada porque me ha parecido que no estaba el horno para bollos.

—Pero yo quería decirle otra cosa más. —Se quedó cortado. No acertaba a seguir hablando.

—A ver, dime. ¿Qué le pasa por aquí dentro a esta cabecica?

—Verá es que yo quiero ser maestro de El Frago, como usted.

—¡Anda, anda! Déjate de tonterías. Ahora lo importante es que vengas a la escuela y aprendas. Después ya veremos.

Don Mateo lo cogió por los hombros, lo estrechó con fuerza y le habló a la oreja:

—Mis padres tampoco querían que viniera a la escuela y me mandaban a hacer los recados del comercio. —El maestro suspiró—. Al final se convencieron.

—Eso ya me lo contó el abuelo de casa el Royo, ese que vive al lado de su casa. Por eso he pensado que usted me podría ayudar.

Esa tarde, don Mateo esperó a que Jacinto llegara del monte y fue a hablarle de su hijo. Después de una tensa conversación, llegaron a un acuerdo.

—¡Que no, don Mateo! —Jacinto seguía desaparejando la yegua sin mirar al maestro.

—Jacinto, no sea tan terco. Usted se las puede arreglar sin Casiano. —Hizo una pausa—. En esto me recuerda a mi padre.

—Mire, no se meta en los asuntos familiares. En cada casa nos arreglamos como podemos. —Soltó la cincha que llevaba en la mano—. Y perdone que le diga, pero es más fácil mantener un comercio sin ayuda que unos campos y unas ovejas. ¡Y encima se saca menos!

—¡No lo haga por mí, sino por su hijo! —Se quedó mirando al suelo y siguió—:Con los estudios lo librará de ir calzado con abarcas,

Jacinto entró con la yegua en la cuadra. Cuando salió, Mateo lo seguía esperando. Entonces Jacinto le dijo:

—Está bien, Casiano ira a la escuela. Pero ya que no me va a ayudar a mí, que libere se lleve a su hermano Lorenzo. Así su madre no tendrá que cuidarlo y podrá bajar a lavar al río y sacarse un jornal.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Usted no tiene que agradecerme nada, que es la vida de mi hijo —le contestó Jacinto levantando la horca que llevaba en la mano—. ¡Ah! Y le repito que no se meta tanto en la vida de las familias.

Al día siguiente, a las nueve en punto, estaban los dos hermanos cogidos de la mano esperando a que se abriera la puerta de la escuela. Entraron, se sentaron juntos y, al poco rato, Lorenzo le dijo que se aburría. No paró de enredar en toda la mañana. Casiano lo sujetaba para que no se levantara. Le habría gustado contagiarle la inquietud que él llevaba dentro.

Casiano era como una esponja. Todo le interesaba y todo lo asimilaba. Antes de cumplir los catorce años le preguntó a don Mateo si lo dejaría ir por las tardes al repaso de su casa, que así podría prepararse mejor, porque se quería ir a estudiar a Zaragoza. Le dijo que le pagaría con unos ahorrillos que tenía escondidos. Desde que dejó de ir al monte, de vez en cuando le ayudaba al herrero a sujetar las patas de las caballerías cuando les ponía las herraduras. No le daba todas las propinas a su madre y se guardaba algunas debajo de una baldosa de su habitación. Y era difícil que se las encontraran porque se movían todas.

—¿Usted cree que podré estudiar si voy un poco adelantado y me gano el jornal en la carbonería de mi hermano?

—¡Claro que podrás!

—¿Y tendré que hacer mucho esfuerzo?

—¡Mucho, Casiano! Pero te prepararás bien y llegarás lejos. Tú llegarás a ser algo más que un maestro de El Frago.

Cuando cumplió los catorce años se despidió de sus padres. Aprovechó el viaje de un carro que subió a comprar carbón y se fue a Zaragoza. En un morral llevaba una muda limpia, muchos papeles con las notas de las clases de don Mateo y las propinas que había sisado. Las contó varias veces.

—Sí, me llegan. Con esto ya puedo pagarme la matrícula del Ingreso de Magisterio.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Museo de las escuelas de Lacorvilla (Zaragoza).

Tanto tienes, tanto vales

Siempre me han gustado los refranes. Algunos los interpreto sin dificultad y no se me ocurre que tengan más de un sentido. Pero el otro día pensé que hay otros que merece la pena analizar porque encierran más sabiduría de la que parece a primera vista. Y la riqueza a la que alude el refrán “Tanto tienes, tanto vales” ha dado mucho de qué hablar y es protagonista de bastantes escritos, como se ve en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Según el Diccionario de la RAE, un refrán no es más que un dicho agudo y sentencioso de uso común. La primera lectura de este refrán es de un significado evidente. Supongamos que se acerca una persona a cualquiera de nosotros para pedir ayuda. Posiblemente le hagamos más caso si es alguien bien vestido y aseado que si es un mendigo desharrapado y con barba de varios días. Experimentos como el del diario The Washington Post lo demuestran sin lugar a dudas. La apariencia es uno de los criterios que mas pesa a la hora de establecer el valor que le atribuimos a una persona.

Pero si me paro a pensar sobre eso, en especial sobre la primera parte del refrán que nos ocupa, me pregunto si hemos ido recortando el criterio de lo que es realmente valioso para dejarlo al final en el dinero. Podemos ser titulares de una cuenta corriente con muchos ceros y sentirnos desgraciados, o sudar tinta para llegar a fin de mes y considerarnos personas bastante felices. Y creo que eso ocurre porque en ocasiones se le puede dar la vuelta al refrán y pensar que tanto valgo, tanto tengo. Entonces, en esos casos, si fijo mi atención en mis valores más que en mis posesiones, mi actitud ante la vida puede dar un giro.

Nuestro bagaje material, nuestra “base imponible”, por decirlo así, es la que es. Salvo que nos toque la primitiva, todos somos conscientes de los recursos que tenemos. Podemos analizarlos cuantas veces queramos. Habrá cosas con las que nos sentiremos satisfechos y otras que nos gustaría suprimir. Cosas que podremos modificar y otras que, por mucho que nos empeñemos, no estará en nuestra mano cambiar o eliminar. Y entonces descubriremos que, como ya manifesté en un artículo hace tiempo, saber eso no basta.

Creo que a todos nos iría mejor si aprendiéramos a gestionar nuestras posesiones y nuestras emociones por igual. Y también seríamos más felices si aplicáramos ciertos matices a la forma en la que juzgamos a los demás o a nosotros mismos. Porque si usamos otras varas de medir, ese “Tanto tienes, tanto vales” sigue manteniendo su vigencia, pero el resultado final será distinto al modificar la primera frase de esa ecuación.

Porque no es lo mismo aceptar algo que tolerarlo. Hoy se habla mucho de tolerancia, y no es que me parezca mal. Pero opino que la tolerancia es mucho más pobre que la aceptación. Por eso la RAE, en su definición de tolerar, emplea frases como “llevar con paciencia”, “resistir, soportar” o “permitir algo sin aprobarlo expresamente”. No quiero decir con eso que la tolerancia no sea necesaria. Claro que la necesitamos. Pero ante un problema deberíamos plantearnos si no es mejor aceptarlo que tolerarlo, si tenemos esa alternativa. Y hablo por experiencia. Conozco a personas que tienen un hijo con autismo, como yo. Y me sangra el corazón cuando veo que solo tienen fuerza para tolerarlo. Por supuesto que ese primer paso es necesario, yo también pasé por ahí y sé de lo que hablo. Pero mi vida cambió cuando conseguí aceptar el hecho de que el autismo iba a ser un miembro más de mi familia me gustara o no. Aceptar algo implica recibir ese algo sin oposición, aprobarlo, darlo por bueno. También la RAE pone la gota de hiel cuando dice que aceptar es “Asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación”, no nos engañemos. Pero al pasar de tolerarlo a asumirlo puedes conseguir que lo que era un obstáculo se convierta en una ventaja. Y si aceptas eso te das cuenta de que avanzas mucho más cuando en lugar de luchar contra ello, luchas con ello.

Y si dejo que mis pensamientos sigan en esa línea, empiezo a pensar que lo que tengo, aparte de mi casa, mi trabajo y mi familia, son también mis propios valores, mis actitudes, mi libre albedrío para decidir escribir o apuntarme a un curso de cocina, para gobernar mi vida, en resumen.

Mi criterio para juzgar lo que tienen los demás ha ido cambiando. Y lo mismo para juzgarme a mí misma.

Quizá por eso pienso que vivo en un mundo muy rico, porque tengo mucho, y valoro en mucho lo que tienen los demás, independientemente de sus posesiones materiales. Aunque me equivoque muchas veces y pase de lado ante un violinista magistral sin darme cuenta. Pero el primer paso es ir con los ojos y los oídos abiertos, y en eso estoy.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Una mujer que escribe

Y llega ese momento en el que tienes que dejar salir las palabras.

Preferirías quedarte callada y enterrar en las profundidades de tu memoria esa voz que, para ti, no tiene sentido que la levantes.

Sentada en el escritorio miras inexpresiva el ordenador. El corazón te late con fuerza, desbocado. Puedes oír los latidos y el sonido de la sangre mientras navega por tus venas. El líquido vigoroso guarda en cada célula el miedo a ser la mujer que deseas. Una mujer libre y sin temores absurdos. Una mujer que expresa su visión del mundo a través de los relatos.

Cierras los ojos y oyes un llanto.

Una niña pequeña llora en algún lugar de tus recuerdos. Respiras profundamente y dejas que el aire inunde tu zona abdominal. Cada inhalación te reviste con una inesperada valentía y decides avanzar hacia la fuente de los sollozos.

Después de unos pocos pasos te das cuenta de que estás en la habitación de tu infancia. Sonríes cuando ves la cama rosada con blanco con un nochero a cada lado. Odiabas esa cama, pero no podías decírselo a tu madre porque fue su regalo cuando te dio tu habitación propia. Cerca de la ventana está el tocador. Todas las mañanas te peinabas enfrente de él antes de ir al colegio. Una luz tenue ilumina parte de la estancia. Siempre la dejabas encendida para poder dormir cuando las pesadillas te acechaban.

Te reconoces en la pequeña que está recostada sobre la cama, la que suspira y se abraza las piernas. Las lágrimas se le han escurrido por el rostro hasta empaparle el cuello y parte del cabello.

Te estremeces. Sientes que la agonía de su llanto serpentea por tus brazos.

Intentas acercarte aún más, pero dudas. Cuando crees que estás lista para dar el paso te cuestionas si sería mejor retroceder.

Sacudes los pensamientos con un ligero movimiento de la cabeza y te acercas. Te sientas a su lado y le preguntas por qué está llorando.

—Porque no quiero ser mujer —responde.

—Y, ¿por qué no quieres ser mujer?

—¡Ser mujer es horrible! No tiene nada fantástico. Lavar, planchar, tener hijos, casarme. ¡No quiero casarme! Además, si fuera un hombre podría hacer lo que me diera la gana todo el tiempo, igual que mi hermano que ni siquiera pide permiso para salir a jugar.

Le apartas la mirada con la sorpresa desprendiéndose de tus pupilas.

No recuerdas ese momento de tu vida en el que odiabas tanto ser mujer.

¿O sí?

¡Claro que sí! No puedes engañarte.

Lo tienes tatuado en la piel y te supura como una herida abierta cada vez que quieres hacer algo que amas. Cuando tomas la pluma para escribir, la tinta se deshace en las ansias de haber nacido en un planeta sin géneros y de habitar en otro cuerpo, en uno con menos prejuicios.

Miras de nuevo a la niña y puedes ver en sus ojos que ahí empezó todo. El dolor, la lucha, el eterno deseo de ser alguien más.

Llevas muchos años aferrada a su filosofía de vida insana. Ha llegado el momento de dejarla que se vaya. De cortar la cuerda que te ata a esa parte de tu pasado, en el que ser mujer fue el resultado de algún maleficio que le lanzaron a tu madre.

Te despides, sonríes y la sueltas.

girl-447701_1920

La pequeña se desvanece cuando abres los ojos y la hoja en blanco resplandece ante ti. Estás lista para enfrentarte a las palabras de nuevo y sumergirte en el sueño de la ficción, en el que no importa si eres hombre, mujer o gato.

Después de tu pequeño viaje interior te aferras al presente. Eres libre. Puedes saborear sin juicios el instante perfecto en el que todo es posible y nada es demasiado importante. Escribes.

Mónica Solano

 

Imágenes de StartupStockPhotos y Lisa Runnels

Mi obstinación fragolina

Siempre he dedicado la mayor parte de mis afanes a El Frago, a sus tradiciones y a sus gentes. Menos a su historia, por mi formación filológica y por mi profesión de enseñante.

Desde que, en 1972, me ocupé de la Toponimia de la ribera del Arba de Biel en un trabajo de fin de carrera, en mis posteriores publicaciones han menudeado las referencias fragolinas. Y más de cuarenta años después de aquel inicio, en 2014, recibí un gran estímulo. Petra, una fragolina de mis ayeres, obtuvo un Premio Nacional con el relato De la roca nacida. Ese mismo año publiqué De las escuelas de El Frago, mi primer libro de jubilada. Desde el año 2016, de forma sistemática, vengo publicando relatos y artículos relacionados con El Frago en el blog Letras desde Mocade.

Hasta que cumplí trece años El Frago fue mi medida del mundo. Con los once recién estrenados me monté por primera vez en un autobús. Iba a Zaragoza a examinarme libre de Ingreso de Bachillerato. En mi cabeza no cabía otro río que el Arba. Al cruzar el Ebro, un montón de cabezas se volvieron con mi grito:

—¡Qué arbada tan grande!

Carmen Escuela

Cartilla de Escolaridad, 1954

Con el tiempo maduré y mi mundo se fue haciendo ancho y ajeno. Los estudios universitarios y mi trabajo posterior me alejaron del nido. Pero siempre me quedó la mirada de aquella niña que anhelaba fundirse con la roca de su pueblo. Precisamente me hice esta reflexión en el año 2015, cuando me eligieron pregonera para las fiestas de agosto. Me pillaron desprevenida y la sorpresa me llevó a preguntarme:

—¿Por qué estoy aquí?

Estaba hablando desde la ventana, hoy balcón, de la Escuela de Niñas, mi escuela hasta los trece años. La misma ventana desde la que don Bruno y doña Angelita, los maestros de nuestros padres, pronunciaron el discurso de inauguración de las Escuelas. Embargada por la emoción, compartí mi respuesta con los que me escuchaban:

—No sé muy bien por qué estoy en esta ventana. Supongo que algo tendrá que ver con que haya rendido un homenaje a El Frago en muchos de mis trabajos. Por lo menos, así lo sentía cuando los escribía. Y con que toda mi vida haya llevado a El Frago por bandera.

Hoy volvería a repetir aquel pregón con algunas matizaciones. Volvería a decir que siempre que me acerco a temas tradicionales lo hago a través de El Frago, el pueblo donde nací. Porque lo local es universal. Y entendemos los valores universales cuando se materializan en hechos concretos.

Busco los temas que me ayudan a entender mejor mi identidad como mujer y como fragolina. Quiero prestar mi voz a los que no tuvieron la oportunidad de hablar. Pretendo sacar del olvido mis raíces y las de todos los fragolinos. Unas raíces profundas que compartimos con los habitantes de la España Vacía y que nos han convertido en lo que somos hoy.

Una de nuestras historias, para mí la más significativa y emocionante, está enterrada entre los sillares del edificio escolar. Era una costumbre ancestral hacer algunas obras del pueblo entre todos los vecinos. A eso se le llamaba “ir a vecinal”, crowfunding diríamos hoy. Así se construyeron las escuelas en 1926.

Soy nieta de aquella generación que escribió una de las páginas más hermosas de nuestra historia, y de la educación española. Nuestros abuelos aunaron sus esfuerzos y se convirtieron en micro mecenas. Unos mecenas que subsistían con menguados jornales y que se alimentaban de los escasos recursos que daba una tierra adusta: la de las Altas Cinco Villas aragonesas.

Carmen nos hizo partícipes a todos, embarcó al pueblo entero, creo que nunca antes estuvimos tan unidos, más al descubrir la labor que realizaron nuestros antepasados y que condicionó el futuro de todos nosotros. Nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien que con la ignorancia no llegaríamos a ninguna parte y apostaron por los maestros, por las escuelas. (María José Romeo, Un canto a la enseñanza. Prólogo al libro De las escuelas de El Frago).

Seguramente que en otros pueblos se escribieron páginas muy parecidas. Conocemos algunas, como el caso de Agustina Rodríguez, una maestra que, en 1948, cuando llegó a su destino en Santa Isabel (Zaragoza), se encontró con que no tenía local para dar clases ni había viviendas de alquiler en el pueblo. Agustina construyó una casa escuela, la pagó de su bolsillo y la alquiló al Ayuntamiento. Otras historias nos sorprenderán cuando alguien las descubra.

Me gustaría recordar que en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) más de 5.000 pueblos de España recibieron ayuda del Estado para edificaciones escolares. En esas fechas a El Frago le negaron la subvención porque el proyecto de Regino Borobio no se ajustaba a las exigencias. Como el Ayuntamiento era pobre, no pudo realizar las obras. El milagro fue que en un pleno extraordinario los vecinos acordaron construirlas por su cuenta. En las obras trabajaron todas las casas, sin excepción. Incluso las viudas y los más pobres, Y todos los que tenían algún ahorro lo empeñaron en la educación de sus hijos.

Como anécdota reseñaré que a los grupos escolares que recibieron subvenciones les pusieron el nombre de Miguel Primo de Rivera. Pero como a El Frago esa ayuda no llegó, se llamaron Escuelas de El Frago, así, a secas.

Hoy, como en el pregón del año 2015, también hablaría de las fiestas patronales y de su historia. De las fiestas del primer domingo de octubre en honor a la Virgen del Rosario.

Octubre no era un buen mes para fiestas, porque no había terminado la siembra. Por eso, en 1907, siendo alcalde Hermenegildo Beamonte Oruj, a petición de muchos vecinos, se trasladaron al día seis de diciembre, al día de San Nicolás, al verdadero patrón del pueblo. Aunque se alegó que tenía más prestigio un patrón que una patrona, la realidad era que San Nicolás coincidía con un momento del invierno en el que no había que atender las faenas del campo. Pero la Virgen del Rosario reclamó sus festejos y el cambio duró pocos años.

Con el éxodo rural de los años 60, no quedó gente en el pueblo para celebrar las fiestas. Y se trasladaron al mes de agosto, cuando llegaban los veraneantes. Una historia que se repite con las fiestas en muchos pueblos de España.

Pasaron los años y el tiempo fue dando a cada cual lo suyo. A la Virgen del Rosario, las fiestas de octubre. A san Nicolás, la de los niños de la escuela. Y a la Asociación Cultural y Recreativa “La Fragolina”, las de agosto, sin patrón ni tradición.

Podría extenderme con más noticias interesantes que he encontrado en el Archivo del Ayuntamiento. De eso ya conté algo en Voces dormidas. Además tengo que guardarme algunas cosas en el tintero para ocasiones futuras.

A las historias dormidas entre el polvo de los legajos, como las notas del arpa de Bécquer, tendría que añadir otras muchas que oí contar junto al fuego por las noches, mientras desgranábamos panizo o judías. Pero esas me irán saliendo poco a poco en las fragolinas de mis ayeres y en los relatos de la tradición oral.

Otras veces, como si fuera una ladrona de biblioteca y sin que él lo note, busco la inspiración en Celedonio Fontabanas, el blog de Manuel Pérez Berges. Allí encuentro los escritos fragolinos de Manuel, que conoce mejor que yo los entresijos de un mundo rural que se nos fue.

Entonces, ¿por qué me atraen los temas fragolinos y los de las Altas Cinco Villas? Pues porque el viento, aunque sea huracanado, no puede arrancar las ramas de una gran carrasca si está bien enraizada.

IMG_9735-Modificada

El Frago, desde el Huerto de la Sorda. 2018.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen principal. Carmen Romeo, El Frago, 1980. Calle Cubillo. A la izquierda, casa Juandelés, hoy desaparecida.

Lola

Hay personas que no saben que existen los hospitales. Bueno, lo saben, pero para ellas son algo tan remoto como Marte. Lola, mi mujer, es una de esas personas. O quizá debería decir mejor que lo era. Me he expresado fatal, y eso que se supone que el escritor soy yo. Hablo como si hubiera muerto, y todavía está viva. A lo que me refería, valga la redundancia, es a que ahora muchas de las referencias de Lola son sus hospitales de referencia.

Lola es mucha Lola. Si sale de esta, pienso decirle que escriba. Otra vez he metido la pata. No debería haber dicho si sale de esta, sino cuando salga de esta. Porque saldrá. Tiene que salir. Aunque solo sea para que yo pueda verla descojonarse de risa cuando mi ego se dé de bruces contra el suelo y me vea obligado a admitir en su cara que ella escribe mil veces mejor que yo.

Me gano la vida escribiendo. Soy escritor. De los de ahora. De los modernos. De los que escriben en un teclado. Aunque a veces lo hago en folios, en posits, con lápiz o boli. Lola no. Ella escribe en relieve, en tres dimensiones. Con su aliento. Con la tinta de sus venas, de sus pobres venas castigadas por la quimio. Cada pelo que abandona su cabeza es un renglón más en el libro increíble de su vida sobre el que sigue escribiendo sin desfallecer.

A veces, cuando la veo bromear con el enfermero que le coge la vía, me meto en el baño de la habitación, aunque no tenga ninguna necesidad. Pero cuando la oigo decirle que con esta experiencia se está dando cuenta de que no tiene ni un pelo de tonta, se me abren las carnes y necesito esconderme ahí para llorar a solas. Me avergüenzo de no necesitar un sombrero para defenderme del frío, de que mis ideas no puedan huir de mi cerebro porque la cárcel de mi melena las mantiene a todas prietas y no las deja escapar. Y, cuando el torbellino de pensamientos se vuelve insoportable y no puedo darle salida por mis ojos, busco otra vía de escape. Entonces mis miedos emprenden una ruta más larga hasta las yemas de mis dedos que golpean el teclado y descargan sobre él mi rabia mientras escribo.

Porque yo escribo. Y lo mío se puede borrar, cambiar o reescribir. Lo de mi Lola, no. Porque ella graba en piedra, aunque no se dé ni cuenta. Y lo hace sin pestañear, esculpiendo a golpes de sonrisa, de esa sonrisa que no me explico de dónde le sale, pero que sigue iluminando su cara, aunque a veces haga sangrar un poco sus labios agrietados por la medicación. Escribo porque Lola me lo pide. Por ella. Para ella. Sobre ella. Y le enseño esos escritos maquillados con mentiras, mientras estos, los que queman, los que muerden mis entrañas, me los reservo para mí.

Durante meses escribo como poseso. Como un adicto. Me salto comidas. Robo horas al sueño. Escribo para mi revista. Para mis lectores. Para proyectos futuros que luego le llevo a Lola para que los lea, como siempre, porque no deja de pedírmelos. Y mi otro yo escribe para mí, porque estos escritos son mi única medicina. Mi asidero a la cordura. Son la alcantarilla que se lleva cada noche mis miedos y los arrastra lejos, muy lejos, dejando mi alma un poco menos atormentada y mi cara disfrazada de normalidad para que Lola me vea igual que siempre cuando cruce la puerta de su habitación de hospital.

He pasado meses escribiendo así. Notas sueltas, documentos sin ton ni son, sin orden ni concierto. Uno detrás de otro, folio tras folio, como el eslabón de una cadena. Pero hoy esa cadena se ha convertido en un collar al que tengo que ponerle el cierre.

Hoy, contra todo pronóstico, le han dado el alta.

De casos como el suyo sobreviven uno de cada mil. O casi. Y ella ha sido la ganadora.

Mi Lola ha vuelto a casa. Curada. Y hoy he reunido el valor que necesitaba para enseñarle esto. Me ha sonreído como solo ella sabe hacerlo. Y esta vez sus labios no se han agrietado. Sus mejillas han recuperado algo de carne, aunque no creo que las arruguitas que hay ahora en las esquinas de sus ojos, y que no estaban cuando salió de aquí para ir al hospital, vayan a desaparecer. Tampoco es que eso me importe. Son arrugas de luchadora. Arrugas que nacieron de sonrisas ganadas a la batalla de la muerte. Arrugas regadas por lágrimas que ha debido derramar a solas, porque nunca, ni un solo día, la he visto llorar. Pero ha tenido que hacerlo. Ella, que en todas las películas románticas gasta un paquete de Kleenex, ha ganado su guerra sin desfallecer. Sé que ha lamido a solas la sangre de sus heridas. Y, aunque eso es casi imposible, todavía la quiero más. Es que Lola es mucha Lola. Pero me voy sin querer de lo que quiero decir.

Le he enseñado a Lola mis escritos oscuros. Los de las noches sin luz. Porque mi luz, que era y sigue siendo ella, estaba en el hospital, lejos de mí. Le he pedido perdón por la amargura, por la tristeza, por ese pesimismo, más negro que la tinta, y ha vuelto a sonreírme.

–Esto no es pesimismo, amor –me ha dicho–. Esto es la vida misma.

Y, haciendo su sonrisa todavía más brillante, me ha pedido un deseo que voy a concederle:

–Quiero que lo publiques.

Y lo he hecho. Porque es un homenaje para todas las Lolas del mundo.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

La noche que se murió Pascual

De las fragolinas de mis ayeres

Anselma sintió que su marido se estaba muriendo antes de que el reloj de la torre tocara las doce.

—¡Pascual, mira que morirte en la noche de las ánimas! ¿A quién se le ocurre?

Cuando lo notó frío, abandonó la alcoba y se sentó junto al fuego hasta que rayó el alba. En realidad estuvo esperando a que se hiciera de día para avisar a Epifanio del Molinaz, porque así se lo mandó Pascual antes de cerrar los ojos.

Mientras avivaba las brasas del hogar, entre las llamas y el humo, se le iban apareciendo mujeres de otros tiempos. Sus caras se fueron superponiendo y formaron un corro. Cada una quería contar algo de su vida. Anselma no se asustó. Al revés, escuchó sus voces y se sintió reconfortada con estas parientas que venían a hacerle compañía.

La primera que llegó fue la abuela Blasa, pero Anselma no le hizo mucho caso. Había sido muy gruñona y había vivido demasiados años. Enseguida llegó su tía Juana, una hermana de su padre, que se murió dos años antes de que ella naciera. Fue una mujer triste y después de su muerte nadie la volvió a mentar. Esa noche fue la única que no habló.  Llegó en silencio, como se había ido, y se limitó a escuchar.

La más dicharachera era una tía lejana a la que Anselma no había conocido.

—Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿De parte de quién vienes? Es que no me suenas.

—A ver, lo tienes que entender, Anselma. Es muy fácil. Yo era hermana de Felipa, la abuela de tu padre, y de tu tía Dominica, esa que parió tantos hijos. Sí mujer sí, la tía Dominica, la madre de Brígida, Evarista y Juliana.

Pero Anselma, erre que erre, que a ella los nombres de los parientes antiguos no le sonaban de nada. Que justo le venía para acordarse de su abuelo Nicolás y de su abuela Rosa.

Eso sí, echó de menos a su tía Dionisia, la tía soltera que se ahogó en una acequia cuando fue a buscar agua para los hombres que estaban segando en Sancharrén. Nadie supo cómo pasó, pero Anselma siempre lo sospechó. Como hacía poco que la visitaba el nuncio, siempre andaba con la oreja pegada, y oyó decir que su tía llevaba por los menos dos meses sin regla.

Cuando se murió Dionisa se montó mucho alboroto. Vinieron los del juzgado, le hicieron la autopsia y en la partida de defunción escribieron: “asfixia por inmersión”. Y nadie quiso mentar lo que eso daba a entender.

Los hombres en los campos y las mujeres en los carasoles dijeron cosas muy raras, pero ninguno, ni siquiera Anselma, acertó a saber qué había pasado por la cabeza de Dionisia. Después estuvo toda la vida dando vueltas a lo de su tía.

Ahora veía las cosas de otra manera. Cuando se ahogó su tía, ella aún iba a la escuela. De eso sí que se acuerda porque Dionisia iba a ver a doña Simona mientras ella jugaba en el recreo. El día del chandrío apareció el alguacil y habló con la maestra. Después, doña Simona se le acercó y le dijo con una voz muy dulce:

—Anselma, no llores ni grites. Es mejor así.

Cuando se cerró la noche, las mujeres se fueron marchando con el humo. Anselma arrimó los tizones y se quedó embobada con el chisporroteo del fuego. Intentaba olvidarlas y recordar sus más de cincuenta años de soledad junto a Pascual, pero no podía. Sólo le venían jirones de pensamientos desordenados empañados por sus últimas palabras.

—Mira Anselma, la tierra me llama. A mí me toca volver antes. Tú aún tendrás que esperar un poco. Ahora dame un beso, quítame los dientes y déjame tranquilo. Quédate junto al fuego hasta que se haga de día. No llores ni grites. Cuando raye el alba, antes de que Epifanio vaya a soltar el ganado, dile que venga y entre los dos vestidme para el entierro. Cuando oigas que se abren las ventanas de las cocinas, avisa a la gente y haz todo como se ha hecho siempre.

Antes de acabar de recordar las palabras de Pascual, se dio la vuelta, metió la mano debajo del hueco de la fregadera, sacó una botella de anís que tenía escondida entre las de detergente y se echó un trago.

—Esto sí que consuela. Ahora aguantaré mejor hasta la madrugada.

Giró la silla de anea en la que estaba sentada, estiró el brazo y volvió a dejar la botella en su sitio para que ninguna vecina curiosa pudiera verla cuando vinieran a darle el pésame por la muerte de su marido.

Carmen Romeo Pemán

 

 

 

rayaaaaa

WhatsApp Image 2018-06-29 at 09.13.43 (1)

Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

No todo es prosa: poema de otoño

Cuando dejo volar mi imaginación, escribo relatos.

Cuando hago trabajar a mi razón, redacto artículos.

Pero a veces dejo aflorar sentimientos y entonces escribo poemas como este poema de otoño.

Otoño,
caen las hojas,
siento penumbra en mi alma.

Hoy la naturaleza, complaciente,
ha vuelto a regalarme cobre y oro.
Unas hojas caídas, el ruido color sepia
que producen mis pies en los senderos,
cuando bajo mis dedos siento el suelo
alfombrado con esas hojas secas,
hojas tristes,
esas hojas sin vida,
desgajadas del tronco
que las alimentaba con su savia.
Savia que, generosa,
las vestía con una capa verde.

Ahora son solo restos en el suelo
que anuncian la llegada del otoño.

Y mi alma, desgajada como las hojas muertas,
le pone falta al sol, a ese sol que no llega,
que no logra atravesar ese muro de nubes
para darme el calor que yo quisiera.

Se me ha caído una lágrima dorada,
de polvo de hojas secas
que va dejando un surco en mi mejilla,
un surco que se llena de más lágrimas
y huellas de tristeza.

El chasquido de un ave haciendo nido
me hace elevar los ojos hacia el cielo.
Pero el niño verano ya se ha ido
y yo lo añoro triste, aquí, en el suelo
Porque su vuelo
nunca supe seguirlo.

Otoño traicionero, viejo, triste,
Otoño que te llevas mis quimeras,
Dime, ¿por qué viniste?

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Uno de esos días

Y entonces tienes uno de esos días de terror.

Estás muy enojada, no sabes por qué. Solo sientes la ira viajando por tus venas.

Quieres gritar, correr, maldecir, pero te quedas callada, en silencio, mirando por la ventana. Te gustaría abrirla y soltarles a todos que se jodan y luego saltar y sentir como el aire te rasga la piel y el contacto con el suelo te arrebata la vida. Pero no, aún no has llegado a ese nivel de cobardía.

Te tomas unos instantes para sentir la estupidez de tus pensamientos.

—¿Quién decide qué es estúpido y qué no? —te preguntas.

El deseo de acabar con una vida de desilusiones y despropósitos podría ser una revelación divina. Podría ser. Aunque también podría ser la voz maquiavélica de tu subconsciente que se ha tomado unas cuantas margaritas.

Haces una pausa. Juntas las palmas y pones las manos cerquita de la boca. Ese roce sutil y satinado te hace sentir mejor.

En ese toque acompasado sabes que estás lista para dar el salto. Pero no el salto por la ventana sino el salto a una nueva realidad.

Ahora te observas en el reflejo de la pantalla del ordenador. Ahí está esa mirada cómplice y decidida, la mirada que te gusta ver mientras escribes.

Puedes ver a esa mujer maravillosa y perfecta que está lista para luchar contra demonios y maleficios.

Tus ojos resplandecen y de repente las palabras se te amontonan en la cabeza. Te pican los dedos y te liberas cuando los pones sobre el teclado. ¡Eso es lo que amas hacer! Aunque el miedo a equivocarte te aceche y el deseo de perfección te acose en cada frase que escribes.

Te pones de pie y abres la ventana. Dejas que el aire entre y desordene las hojas que tienes sobre el escritorio.

Un olor a madera quemada se instala en la habitación. Proviene de una casa que está a un lado de la montaña. Te gusta ese olor, te recuerda de dónde vienes y hacia dónde quieres ir.

Inhalas hasta sentir que el aire se acuartela en tu vientre.

Renuevas tus anhelos con cada respiración.

El trágico deseo de morir se desvanece en la esperanza de vivir sin límites. De vivir.

Tantas noches preocupándote por el hacer cuando solo había una preocupación importante, que después de todo no era un problema.

Solo tenías que ser.

Abrir tus alas y volar.

Recordar que no eras, que nunca has sido, una víctima del mundo, una mártir de la nada. Que solo tenías que ponerte de pie y echarte a andar.

 

Mónica Solano

 

Imagen de Free-Photos

“Antiguo sol naciente” de Pablo Gómez Soria

De mi baúl de lecturas

Hace un año os hablaba de Pablo y de su Navío en aguas turbias. Entonces os decía que su libro anterior había sido una revelación. Hoy, después de releerlo varias veces, sigo pensando que con Antiguo sol naciente nació un gran poeta. Por eso he vuelto, dispuesta a animaros a su lectura. Y me servirán de preámbulo las palabras de Gloria Cartagena, catedrática de literatura.

“Es una poesía de tono muy lírico, con emociones delicadamente sugeridas, y un lenguaje elaborado, que busca provocar extrañeza, y fuerza la expresión para extraer todo el contenido a las palabras. Los poemas están dotados de ritmo poético, cadencioso y solemne. Todos están envueltos en un léxico muy elaborado y culto, de expresión muy sugeridora, con un evidente eco del español clásico: hacer correr la sangre en resumido modo. El joven poeta llega incluso a crear neologismos como luz bañante, grandía de la vida, rituariamente”.

Los aspectos temáticos más sobresalientes son el tiempo como captura del instante, la fugacidad de la vida y su futilidad: Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir. Y el recuerdo y el ubi sunt planteado más como respuesta que como pregunta: Convendrás que murieron,/ su gallardía, su tesón, sus méritos perecieron con ellos. La reflexión sobre el tiempo va ligada a la reflexión sobre la vida en algún poema de final manriqueño: En deteniéndonos veremos/ que los pensamientos de magia/ Desaparecen, / que el vivir es silente”.

A continuación os dejo algunas notas de mi libreta de lecturas. Tomadlas como lo que son, unas anotaciones al margen de los poemas para despertar la curiosidad lectora.

Antiguo sol naciente

Es un título que nos hace sentir evocaciones de un espacio y un tiempo lejanos. Lo antiguo se convierte en actual con naciente. Un adjetivo que mira hacia el futuro. Desde la portada del libro nos asaltan las connotaciones míticas y un ritmo binario en el que se basan muchos de sus recursos estilísticos.

Antiguo sol naciente nos invita a entrar en un mundo de luz, presidido por un sol que une el pasado con el futuro. Es como la aguja de una brújula que orienta a los lectores. Desde el primer momento sabemos que nos aventuramos a un viaje de gran belleza estética por el mundo de la reflexión.

Cuando se nace

El primer poema es una reescritura del Carpe diem a la luz de los clásicos. Es un gran acierto comenzar con unos versos de Francisco Umbral: De los que olvidaron,/ el nombre de algunas flores,/ el perfume de algunas muchachas. Desde el primer verso Pablo levanta el vuelo hacia experiencias poéticas más profundas. Las imágenes y el decir son modernos, pero el contenido meditativo nos hace pensar en poetas clásicos, sobre todo en San Juan, y en la literatura medieval.

Algunas querrán recuperar el tiempo perdido,/ y será tarde/ ya habrán caído las nieves.

El tiempo perdido y las nieves nos recuerdan a Garcilaso, pero aquí enmarcan la expresión coloquial y será tarde. Basta con poner al lector sobre la pista, no hay que dar lecciones eruditas.

Nos han tejido una vida/ que apenas deja tiempo para vivir.

Una verdad tan aplastante que resulta difícil de sintetizar. Estos dos versos se quedan colgados del lector y lo perseguirán en la lectura de todo el libro.

Al final del poema, oímos al yo poético que convierte la experiencia personal en antiguas leyendas, en una comunión del pasado y el presente como anunciaba en el título.

El vocabulario y el ritmo son muy ricos, operan por contraste. Detrás de una aparente sencillez se adivina su trabajo de selección.

Cuando contemplo el retrato

Aquí despliega gran poder de imaginación y trasforma la hermosura de la chica sonriente. Va más allá que Juan Ramón o Petrarca que no podían recordar a sus musas. Pablo sí que puede hacerlo y se imagina el cambio.

En deteniéndonos veremos

Ese verso nos deja clavados con el atrevimiento de este gerundio arcaico. Y el último verso es como un aldabonazo que se queda grabado a fuego:

El vivir es silente.

Los caballos del mar

Un poema con una anécdota narrativa que nos lleva a una lectura engañosa. Cuenta la historia de la escultura que mata a quienes se acercan.

Parece una alegoría o el relato de un mito clásico. Pero no. Debajo, agazapadas, están las verdades que trascienden el poema. Las verdades sociales y las personales. El yo social y el yo íntimo. La estética antigua y la moderna.

Imagino sus pasos

Con qué facilidad recupera el recuerdo de esta linda muchacha. Un marco poemático perfecto. Evoca un mundo que ya no es posible. Un ubi sunt renovado. Una gran capacidad para recrear mundos del pasado y del presente, personales y sociales.

Si mi ciudad fuese

Es un poema mayor, de grandes vuelos y grandes aciertos. Una reflexión muy madura, desde un punto de vista muy joven y con una arquitectura muy sólida. Cada una de las tres partes comienza con si mi ciudad fuese. A partir de esta estructura la composición se amplía en olas concéntricas.

Una triste reminiscencia

Es muy emotiva la pérdida de mis primeros amigos. En un ejercicio de contención poética, el poema sugiere más que dice. Evoca muy bien el ambiente culto de las aulas.

Sé de mi rostro

En este poema corto juega con los ritmos breves, con el contrapunto y con la complicidad del lector. La ironía es tan fina que en la primera lectura, ¡ingenua lectora!, he creído que era un autorretrato. Pronto me he dado cuenta de que era una máscara más para hablar de relaciones existenciales profundas.

Del funcionamiento científico del amor

¡Qué bien ha leído a San Juan! ¡Qué conocimiento del Cantar de los Cantares! y ¡Qué bien lo combina con las experiencias jóvenes!

El título es, una vez más, engañoso, como el propio amor. Porque, de científico no tiene nada. De experiencia mística y espiritual, mucho. Y en contra de lo que sugiere el título, el poema no es prosaico.

Una tarde en Alemania

Un joven se pasea por una ciudad moderna. La poca naturaleza que queda entre el cemento le despierta los sentidos adormecidos. El tratamiento paisajístico es realmente magistral. Me atrevo a decir que Pablo ha aprendido y superado la lección de los surrealistas.

De paseo por Alemania

¿Y esta canción de invierno contada en primera persona? Un buen recurso para acercarnos las experiencias eternas. ¿Y el ritmo? Le brota con mucha fuerza de una forma que parece natural. Casi nos abruman las anáforas, los paralelismos, la sintaxis yuxtapositiva, los versículos ordenados, los versos medidos. Esta belleza literaria es la verdadera salvación de la sombra entre cuatro paredes.

La profesora Josefina López eligió este poema para la sección El poema de la semana, en El hacedor de sueños, el blog del IES Goya de Zaragoza.

Este fin de vacaciones

De nuevo vuelve a encontrar la belleza en las situaciones anodinas y molestas. Esa es la gran lección de su poesía. Le da la vuelta a la vida. El comienzo reflexivo, de un ritmo pausado, se va agilizando a medida que cambia la experiencia. De una vivencia cotidiana extrae una lección vital. Aunque parece un poema moderno, es muy clásico. Me recuerda a muchos poemas de la Generación del 27 y de los años 60.

Tal como se empuja la puerta

Aquí no hay montañas,/ ni existe el mar,/ hay un desierto,/ donde crece solitaria la flor.

Sólo con este acierto poético bastaría. Pero no, que el poema se extiende en grandes olas: estaré yo, morando entre la decrepitud de las plantas. Agazapado, como al despiste, el autor se retrata. Poco a poco va desnudando su alma. El resultado es una poesía de compromiso profundo con el lector.

Si existe algún destino

Parece que me engaño a mí mismo,/ o que a otros confundo,/ cuando consigo algo que a otros faltaba.

Aquí, sin pretensiones doctrinales, se esconde una lección de solidaridad y de humanidad.

A la misa acudieron

Parte de una experiencia cotidiana, levanta el vuelo y atrapa la nostalgia. Como venimos apreciando, cualquier acontecimiento le sirve de pretexto poético para transmitir hondas sensaciones.

No podré conocerlos, por la vida que se lleva y por las tradiciones perdidas

Cuando la vida entra

La primera seudoestrofa es una declaración de esa inspiración que le llega por sorpresa, como a Juan Ramón, y lo convierte en ese hombre desasido adonde parece que ha llegado por la casualidad.

Firme y cadenciosamente

Un cierre del libro magistral. Esa nada-amada-lejana se ha convertido en nada, pero, como el ave fénix, renace de la nada y camina hacia la grandía de la vida.

Para terminar

De nuevo me acompañan las palabras con las que Gloria Cartagena cerró la presentación del libro.

Antiguo sol naciente recoge la pluralidad de corrientes y el eclecticismo poético que diversificaron la lírica española de fin de siglo. Desde el subjetivismo con un ligero desengaño indolente hasta el culturalismo y la poesía como exploración metafísica de gran depuración formal, pasando por la poesía de la experiencia, todo parece tener cabida en esta primera obra de Gómez Soria.

Tendremos que felicitarnos de que en esta sociedad marcada por los intereses monetarios y por crisis profundas haya surgido una voz nueva que reflexiona sobre el tiempo, el amor, el paisaje y la belleza, la ciudad, el arte y lo cotidiano. Este joven poeta, delicado y culto, trae un soplo de aire fresco a la vida cultural aragonesa y española”.

A todos los amantes de la poesía os recomiendo la lectura de Antiguo sol naciente, en Editorial Vitrubio, Colección, Baños del Carmen.

Notas

El 12 de mayo de 2010, Gloria Cartagena acompañó a Pablo en la presentación de Antiguo sol naciente, en la Librería Cálamo de Zaragoza.

El 7 de junio de 2017, Gloria Cartagena y Carmen Romeo lo acompañaron en la presentación de Navío en aguas turbias, en la Casa del Libro de Zaragoza.

El 26 de junio de 2017, en Letras desde Mocade, Carmen Romeo publicó el artículo A Pablo Gómez Soria por su Navío en aguas turbias.

El 2 de julio de 2017, El hacedor de sueños publicó su poema Muerte de la poesía.

El 30 de julio de 2017, Pablo fue la firma invitada de Uno y cero ediciones.

El 11 de diciembre de 2017, asistió en el Goya a la tertulia literaria, Leer juntos.

El 10 de enero de 2018, El hacedor de sueños publicó una reseña de la sesión de lectura con Pablo Gómez Soria.

Carmen Romeo Pemán

 

Cristales rotos

6.00 de la madrugada

El vagón de cola se pierde de vista cuando el tren sale de la curva a toda velocidad. El maquinista, si es que aún hay maquinista y no un piloto automático, ni siquiera se habrá enterado de que los cascos de su caballo de hierro han hecho añicos una botella de Chivas de veinte años y mis planes.

Salgo de detrás de los arbustos y me acerco a la vía. Me agacho. A la luz legañosa de un amanecer que empieza a bostezar, veo que en una enorme hoja con color de otoño se ha formado un charco de whisky, y no sé ni cómo. Acerco la mano a esa tentación dorada para hacer un brindis burlón y me detengo un segundo antes de tocarla. Una hormiga patalea en el centro, en lo que para ella debe ser una bañera gigante. Me planteo sacarla de ahí pero al final decido no hacerlo. Dejaré que muera feliz, borracha como una cuba. Si alguien va a palmarla hoy por culpa del alcohol, mejor que sea ella. Aunque hace unas horas yo no pensaba así.

El reflejo de mi ojo izquierdo me mira desde uno de los trozos más grandes de vidrio. Me incomoda su mirada y muevo un poco la cabeza con un resultado aún peor. Ahora es la mitad de mi boca la que me habla de pronto desde el cristal:

Menudo cambio de planes, tío. Lo del tren con el Chivas no ha sido nada comparado con el revoleo que te acaba de dar la vida. Hay que joderse. O no. Porque no creo que se pueda estar más chingado de lo que ya estás.

Giro el cuello y la boca de vidrio vuelve a ser un simple trozo de botella rota. Al lado de la hoja seca hay otro cristal. Lo cojo y le doy vueltas entre mis dedos. Un rayo de sol rebota en su superficie y durante un segundo me provoca un deslumbramiento extraño. Me pregunto cómo es posible que esté viendo tantas imágenes de mi vida de hace unos meses en una cosa tan pequeña. Cuando asoma el rostro de Lupe, vuelvo a revivir el día del parto. La memoria me trae en susurros mi propia voz y la escucho como si fuera un extraño:

–Lupe, flaca, achucha un poco más.

Veo mi propia imagen en el cristal, al lado de la de Lupe, y todo vuelve a suceder en este instante. Ella tiene la cara bañada en sudor mientras puja soltando una ristra de tacos encadenados. La matrona, al escucharla, la mira y arruga tanto el entrecejo que parece que tiene dos frentes. Abre la boca y creo que va a cagarse en sus muertos, pero lo único que le dice es que empuje un poco más, que ya asoma la cabeza del crío. De ese crío sin picha que resulta ser una cría. Una enana con el dedo meñique torcido, igual que su madre.

–Ya podías haber ido al médico por lo menos una vez, loca –le digo. Estoy sudando igual que ella.

–¡Puaj! –Levanta un poco la cabeza, mira primero a la cría, luego a mí y sonríe–. ¿Y ya “pa” qué?

–Pues que hubiéramos sabido que viene sin algo. –Me pone cara de pasmo y se lo explico enseguida–. Que es un chochete, flaca. Pero tú erre que erre con que no te hacía ninguna falta.

Me río. La matrona levanta las cejas y vuelve a tener solo una frente. Sonríe también y me doy cuenta de que es joven y está hasta buenorra. Sigo hablando para darme pisto.

–Los colegas se van a mear cada vez que se acuerden del cachondeo que nos traíamos con el picha floja que llevabas en el bombo.

¡Cómo me lastima volver a ver esa película del pasado en este trozo cristal! Duele mucho. Y para huir del dolor vuelvo a mirar a la hormiga. Me parece que nada más despacio. Contemplo otra vez el trozo de vidrio. El borde tiene pinta de cortar como un diamante. Me lo acerco a la piel de la muñeca, pero no aprieto. Si lo hago y me desangro aquí mismo, seguro que no tardan mucho en encontrarme. Habrá trenes que no vayan a toda pastilla y además algún encargado tendrá que repasar las vías de vez en cuando, digo yo. Pero, si no aviso a alguien, pueden pasar meses antes de que encuentren a Lupe. Todavía no entiendo cómo he podido ver su mano asomando entre la hojarasca, con ese meñique suyo doblado y la uña tan mordida que seguro que la de la cría es ahora del mismo tamaño. Pensar en ella hace que vea un poco borroso. Pero solo un poco, porque puedo distinguir la cara de Lupe en varios vidrios, como el día que nos colamos en los espejos de la feria y parecía que éramos un batallón. Tiene los labios apretados, pero no le aguanto la mirada. Ojalá me hablara aunque fuera para mandarme a la mierda. Pero como eso es imposible le hablo yo.

–Joder, Lupe, tía, no sé cómo has podido hacerme esto. Yo pensando que estabas en la puta clínica desenganchándote y tú aquí, sirviendo de merienda a los gusanos. Soy un gilipollas. Mira que tragarme el cuento que me ha colado tu madre…

Tiro el cristal muy lejos y rebota contra una vía. ¡Qué cabrona es la vieja! Menudo rollo se ha inventado para quedarse con la cría. Me la ha metido doblada. Últimamente he estado tan fumado que no sé ni cuánto tiempo hace que aporreé la puerta de la madre de Lupe. Y lo que más me jode es no acordarme de si le pedí o no ver a la cría. Tengo claro que no me la hubiera enseñado, no soy tan gilipollas, pero jode mucho saber que igual ni se me ocurrió intentarlo por si colaba.

Pensar en la enana me duele todavía más que acordarme del día del parto. ¡Vaya días, cuando nos estrenamos como padres! Por primera vez en mi vida no me hizo falta meterme nada para estar flotando. Pero esta vida es una mierda y nos duró poco la alegría. La vieja nos puso delante la zanahoria y picamos como dos idiotas. “Podéis venir a bañar aquí a mi nieta”, dijo. ¡Cabrona! “Mi nieta”. No “vuestra hija”. Eso debería de habernos dado la pista, pero estábamos tan enchochados con la enana que ni lo vimos venir. Y mira que les costó trabajo quitárnosla de las manos, pero la vieja, la trabajadora social y el puto mundo nos tumbaron por KO.

Ahora soy yo el que mira un cristal detrás de otro intentando encontrar en ellos la cara de mi niña. Sí. Porque, aunque diga “la cría”, se ha convertido en mi niña en un momento que no puedo identificar, pero da lo mismo. Empiezo a llorar y se me caen los mocos. No puedo ver su cara en los cristales porque no sé qué cara tendrá ahora mismo. ¡Le hemos jodido bien la vida desde el principio, su madre y yo! Yo por dejar que me la quitaran, como si fuera un escupitajo que se deja atrás nada más soltarlo. Y Lupe… Lupe por morirse aquí, sola como un perro. Igual su vieja ni siquiera intentó meterla en un centro, o lo mismo es verdad que la metió y luego mi flaca se fugó, o yo qué sé. No puedo ordenar los hechos en mi cabeza. Pienso que la puta nieve me ha dejado el cerebro en blanco, y me río yo solo del chiste malo que he hecho. Total: no hay nadie más que pueda reírse conmigo, porque los muertos no tienen sentido del humor.

Sé que dentro de poco pasará otro tren. Cuando salí del supermercado después de mangar el Chivas sin que me pillaran, la idea era venir aquí a ponerme ciego de whisky y a cagarme en los muertos de Lupe, de la madre de Lupe, y de toda su parentela y la mía, y tirarme a la vía si conseguía emborracharme antes de que llegara el tren. También fue mala suerte que me entraran ganas de mear un momento antes de que apareciera, y que no me diera cuenta de que había soltado la botella tan cerca de las vías.

Y lo peor ha sido que por poco no me meo encima de Lupe. Vi el meñique en el último momento, con el tiempo justo de echarme la polla a un lado antes de caerme de culo.

Ahora veo en cada cristal una cosa diferente. El robo. El paseo hasta las vías. El tren. La meada. El cuerpo de Lupe. La botella saltando por los aires. La hormiga.

A lo lejos escucho un silbido. El otro tren debe estar al caer.

Puedo dar dos o tres pasos a la derecha y tumbarme en la vía justo a la salida de la curva.

O puedo echar a andar hacia la izquierda.

Me limpio los mocos con la manga de la sudadera. Con el dedo, saco a la hormiga borracha. Todavía está viva, la hijaputa. La dejo en el suelo. Cojo la hoja y le doy la vuelta hasta que el whisky empapa la tierra y desaparece.

El silbido del tren ya lo conozco de sobra. Pero no sé cómo suena el llanto de mi niña. Ni su risa. Y quiero saberlo. Necesito saberlo.

Me levanto y miro hacia la izquierda. Pienso que tengo un largo camino por delante. Respiro hondo y doy el primer paso.

feet-191151_960_720

Imagen: Pixabay

Adela Castañón

Imagen: Pixabay