Mia

La niña que no tenía nombre ni tenía casa era muy pequeña. Tan pequeña, que cabía dentro de una pompa de jabón.

La pompa de jabón le servía para viajar por su universo, donde había enormes rascacielos de libros apilados, separados por avenidas planas formadas por muchos folios en blanco. De vez en cuando se desataban tormentas repentinas en las que gotas de tinta caían desde el cielo y manchaban las calles. Tras las tormentas, llegaban rachas de viento que levantaban los folios del suelo, haciendo que formaran remolinos y que terminaran uniéndose por uno de los bordes como si un imán invisible orquestara su danza. Así muchos folios, después del vendaval, formaban un nuevo libro que venía a posarse en la terraza de alguno de los rascacielos, o sobre el suelo, dando lugar a una nueva casita de planta baja.

La pompa de jabón era bastante cómoda, pero el tiempo pasaba y la niña se aburría de estar allí. Estaba cansada de no ser nadie y de vivir en una esfera vacía, así que decidió empezar a hacer paradas en su viaje sin paradas para ir explorando el mundo que había a sus pies. Su plan era conseguir un nombre y una casa, aunque para eso tuviera que meterse dentro de cualquier personaje que viviera allí abajo. Era tan pequeña que no le costaría nada hacer algo así, y por fin sería alguien con nombre y tendría un lugar donde vivir.

La primera escala fue en uno de los rascacielos. La niña atravesó la pared de la pompa, apartado el jabón como quien abre una cortina, y se dejó caer sobre el libro más alto de la pila que formaba el edificio. Más que dejarse caer, se dejó flotar. Aunque saltara desde una gran altura, era tan pequeña que nunca se hacía daño porque el descenso era tan suave que, como mucho, lo que sentía eran cosquillas en la tripa.

Cuando sobrevolaba todos los edificios, había elegido ese porque el libro del tejado tenía un título que le gustó. Y había un agujero pequeñito en el punto de una letra “i” que le serviría como puerta de entrada a lo que hubiera detrás de la portada.

Al principio tuvo una sensación extraña. En aquel mundo había más rectas que curvas y echaba de menos la redondez infinita de las paredes de su pompa. Pero, por el contrario, había muchas más cosas que compensaban el vacío de su morada anterior. La niña empezó a recorrer despacio los senderos de letras y se sumergió en la historia de otra niña, casi tan pequeña como ella. Suspiró y sonrió feliz. El comienzo de sus exploraciones no podía ser mejor. Pero al adentrarse en ese mundo descubrió que la niña protagonista se metía en problemas que ya no le gustaron tanto. Y, además, tenía un nombre ridículamente largo para una niña tan pequeña: se llamaba Pulgarcita. La niña sin nombre y sin casa puso morritos, ni la casa ni el nombre le hacían ninguna gracia, y volvió a salir por donde había entrado. Se subió de nuevo a su pompa y buscó un nuevo sitio para explorar.

En otra avenida encontró que uno de los libros de un edificio estaba en vertical, y en la portada había un paisaje en el que unas niñas estaban en una barca, escuchando embelesadas a un hombre al que no se le veía la cara y que, al parecer, les narraba algo la mar de interesante. Nuestra niña sin nombre ni casa volvió a deslizarse y se coló en la escena con la esperanza aleteando dentro de ella. Una de las chiquillas que escuchaban le llamó la atención por el brillo de sus ojos, y pensó que sería una buena idea formar parte de alguien así. Aprovechó que su elegida abrió la boca para tomar aire en un momento de enorme sorpresa, y se coló dentro de ella. Vio que estaban dormidas, a los pies de un árbol, arrulladas por una brisa agradable y traviesa que agitó el pelo de esa niña grande que ahora también era ella. Un mechón se agitó con la brisa y le rozó las mejillas, haciendo que se despertara. Mientras se restregaba los ojos para espantar al sueño, un conejo blanco, vestido con un elegante chaleco rojo y con un reloj de cadena en la mano, pasó corriendo delante de ella gritando como loco: “¡Llego tarde, llego tarde!” La curiosidad hizo que la niña, porque ahora nuestra niña y la niña mayor eran una sola, echara a correr detrás del conejo blanco. La pequeña sin nombre ni casa escuchó cómo las otras niñas, las de la barca, le preguntaban impacientes al hombre: “¿Y qué le pasó a Alicia, Lewis?” “¿Dónde quería ir el conejo?” “¿A qué llegaba tarde?” A nuestra protagonista le gustó el nombre. Alicia. Sonaba bien. Y allí no había ogros, como en el barrio de Pulgarcita. Aunque es cierto que todos parecían un poco locos, pero, al fin y al cabo, se dijo la pequeña, tampoco era necesario alcanzar una perfección absoluta. Con esa buena disposición, abrió los ojos, los oídos y todos los sentidos y se dispuso a disfrutar de esa zona de la ciudad. Sin embargo, las cosas no tardaron en complicarse. Allí nada tenía ni pies ni cabeza, y, si eso hubiera sido todo, quizá nuestra niña habría hecho un esfuerzo para adaptarse. ¡Pero Alicia mordió una galleta y su tamaño empezó a cambiar! ¡Eso era horrible! ¡Intolerable! ¡Innegociable! ¡Nuestra pequeña no iba a abandonar su vida anterior para dar un salto al vacío a un mundo que la hiciera pasar de mosca a elefanta en apenas unos segundos! Escapó con toda la rapidez que pudo de ese país de los horrores, aunque en el libro pusiera que era el país de las maravillas, y volvió a subirse a su pompa de jabón.

La pequeña aventurera visitó muchos países porque el deseo de encontrar un lugar que pudiera llamar suyo crecía con el tiempo. No había zona que no estuviera dispuesta a explorar. Hizo incluso lo que nunca había hecho, sumergir su pompa en el mar que había en el límite sur de su universo, y solo consiguió un nuevo desengaño. La única criatura que hubiera sido una buena candidata se llamaba Ariel, pero tenía una cola de pez en vez de dos piernas, y la niña no estaba dispuesta a sacrificar esa parte de su anatomía. A estas alturas nuestra pequeña estaba cansada y había perdido bastante la paciencia, lo cuál era una pena porque, si se hubiera quedado un poco más, habría visto que al final Ariel se salía con la suya y conseguía unas piernas, pero… en fin, mis queridos oyentes, la impaciencia es una mala compañera de viaje, y nuestra niña sin nombre y sin casa perdió una buena oportunidad.

Llegó un momento en el que la niñita decidió tirar la toalla. Hizo que su pompa de jabón se posara en una de las avenidas de folios blancos y se bajó con desgana. Estaba tan triste que decidió esperar a la próxima tormenta de tinta, para ver si, con un poco de suerte, se ahogaba en los goterones y ponía así fin a sus sufrimientos. Daba pena verla así, tan pequeñita e indefensa, un puntito minúsculo entre montañas y montañas de libros donde otras niñas vivían en sus casas, y tenían sus nombres, y eran felices. La niña, desesperada del todo, alzó la barbilla y miró al cielo para ver si la tormenta llegaba de una vez. Y entonces…

¡Ah! No vais a creer lo que ocurrió entonces…

¡Me vio!

¡A mí!

No sé cuál de las dos se sorprendió más. Nos quedamos inmóviles y nos miramos fijamente. Entonces vi que la niña sin nombre y sin casa estaba moviendo los labios. ¡Trataba de decirme algo! Era tan pequeña que no conseguía escucharla. Me agaché muy despacio, para no asustarla, y conseguí interpretar sus palabras. Me preguntaba que quién era yo, y que si sabía si tardaría mucho en llegar la siguiente tormenta de tinta porque quería acabar con todo. Tapé mi pluma con mucho cuidado, ¡no quería ser responsable de la muerte por ahogamiento de una niña tan bonita y tan pequeña! Y entonces, de pronto, lo entendí todo. Cogí a la niña con mucho cuidado y la puse a salvo en la terraza de uno de los edificios de libros más altos. Destapé mi pluma, y empecé a escribir esta historia en los folios del suelo mientras que la niña sin nombre y sin casa se asomaba al borde de la terraza, con cuidado para no caerse, e iba leyendo lo que yo escribía. No puedo describiros lo grande que se iba haciendo su sonrisa, a pesar de ser una niña tan pequeña.

Escribí, escribí y escribí. Y al llegar a este punto vi que la niña hacía bocina con las manos para decirme algo importante. Me acerqué de nuevo a ella, y escuché la risa que había en sus palabras cuando me dijo lo siguiente:

¡Es mi historia! ¡Es mi casa! ¡Ahí sí que tengo un lugar de honor! ¡Lo he conseguido con tu ayuda! ¡Gracias, gracias!

La mirada de la niña tenía un brillo que eclipsaba todo lo demás. Pero, de pronto, fue como si una nube ocultara el sol y la niña dejó de sonreír.

Quiero quedarme aquí, en este sitio, en esta historia, pero todavía no tengo nombre, no sé de quién soy, ni cómo me llamo.

Está bien le respondí. Creo que puedo arreglar eso.

¿Siiii? ¿De verdad?

Afirmé con la cabeza. Tenía un nudo extraño en la garganta y tragué saliva para poder hablar. En realidad, bastaba con susurrar mis palabras porque a la niña debían retumbarle aunque no mostraba ni un signo de incomodidad. La cogí con suavidad y la deposité en los folios que acababa de escribir. Entonces, muy despacito, supe qué nombre debía tener la pequeña, tenía que ser algo pequeñito, como ella, y que le diera la seguridad de tener raíces, de pertenecer a alguien. Así que la miré a los ojos y pronuncié las palabras más importantes de esta historia.

Desde hoy, te llamas Mia.

Las gotas de tinta dejaron de llover de mi pluma. Soplé para secar lo que había escrito, y los folios revolotearon y se juntaron por un lado para formar un nuevo libro. Lo cogí con reverencia y con cariño y, antes de ponerlo sobre una de las pilas de libros, escribí en el primer folio, que había quedado en blanco, el título de este cuento:

“La historia de Mia”

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Madre, y solo madre

Las fragolinas de mis ayeres

Hacía más de diez años que se habían muerto mi marido y mi hija. Y dos que Gregorio, mi único hijo, se había ido a la guerra. Dos años ya encargándome de una menguada hacienda, con las esperanzas puestas en un hijo al que me habían arrancado con un toque de queda. Ni siquiera sabía a qué bando se lo habían llevado. Eso me daba igual. A nosotros no nos quedaba tiempo para las cavilaciones políticas, bastante faena teníamos con arañarle a la tierra lo justo para poder comer.

Una tarde cuando volvía del monte, sin darme tiempo a desaparejar las caballerías, vino a verme mí hermano. “¿Qué querrá este ahora?”, pensé.

—Antonia, vengo a buscar la escopeta de Gregorio.

—No te la daré. Es lo que más aprecia.

—¿Es que no te das cuenta, Antonia? Tu hijo no volverá. No sabemos dónde está ni con quién. Si está con los sublevados, lo tendrán en primera línea de fuego y morirá pronto. Si está con los de la República, lo pasarán a cuchillo antes de devolverlo a un pueblo de zona nacional.

—Mira, no sé con quién está, ni mi importa. Pero mi corazón me dice que está vivo y que volverá.

Apreté contra mi pecho la foto que le hicieron cuando iba a la escuela. Estaba rugosa y descolorida de tantos besos y lágrimas. Desde que se fue siempre la llevaba en la faltriquera.

—Pero, Antonia, ¿no ves que son falsas ilusiones de madre? Tienes que aceptar la realidad. Tienes que estar preparada para el día que te den la noticia o te lo traigan muerto.

—¡Noo! Y ahora, por favor, vete y no vuelvas.

Al amanecer, cuando salía de casa montada en la yegua, siempre había alguno que me veía pasar y me decía; “No te mates tanto, Antonia. Tu hijo no volverá. Tanto esfuerzo por mantenerle esos cuatro campos y un puñado de ovejas no te servirá de nada”. Yo bajaba la cabeza y decía para mis adentros: “Mi hijo volverá”.

Cuando lo llamaron a filas me calcé las abarcas y aprendí a manejar los aperos de labranza. No sé de dónde sacaba tanta fuerza. Bueno sí que lo sé, me la daba la certeza de que volvería.

Un día cuando volvía del monte me esperaba una vecina en la plaza.

—¡Antonia, Antonia! El cartero te ha traído esta carta. Va sin remite.

Reconocí la letra de Gregorio y me puse tan nerviosa que no acertaba a abrirla. Lo primero que vi fue la foto y no pude contener un grito de alegría.

Se diría que no estaba en la guerra. Llevaba una camisa y unos pantalones que eran más propios de trabajo que de soldado. En lugar de botas, unas alpargatas. Y parecía un señorito. Limpio y bien peinado, había sustituido el morral por una bandolera con correa de cuero. Apoyado contra una pared de piedra seca, en medio del campo, era como si estuviera vigilando las ovejas o controlando las faenas del campo.

Con la fotografía venían unas letras. Como no sabía leer, corrí a casa de mi hermano. Yo me despellejaba los nudillos mientras él examinaba la foto y leía la carta.

—Bueno, Antonia, esto es lo peor que nos puede pasar. Dice que está bien y sin peligro. También dice que tiene prohibido mandar su dirección.

—Pues son muy buenas noticias. —Me saltaron las lágrimas y el corazón se me subió a las sienes.

—Eso es lo malo, que te hagas ilusiones, que no hayas entendido que está en el frente de batalla y que cualquier día puede desaparecer sin dejar rastro.

A partir de ese día comenzó mi zozobra. Me tumbaba en su cama para oler sus ropas, como si no esperara volver a verlo. Me imaginaba que un vagabundo me traía la noticia. Que se había quedado muerto en una cuneta y que los buitres darían cuenta de sus huesos. De repente, me levanté y grité: “Noo. Esto es mentira. Es una mala pesadilla por culpa de mi hermano”.

Corrí a la iglesia y me arrodillé delante de San Francisco Javier, le canté los gozos y repetí varias veces el estribillo: “Ignacio os hizo soldado, Jesús os dio compañía, dad a nuestros corazones, apóstol Javier, consuelo”. En estas estaba cuando entraron otras mujeres a rezar el rosario.

—Canta, canta, Antonia. Pero tu hijo volverá acribillado como San Sebastián.

No pude aguantar más. Llegué a casa, preparé un hato y me fui al corral de Fontabanas. No quería ver a nadie hasta que estuviera mi hijo conmigo. Solo pensaba volver  de vez en cuando a buscar pan, si el panadero me lo quería prestar hasta que yo volviera a amasar en casa.

Entre los cuidados del campo y los de las ovejas pasaba los días, siempre acompañada por esas fotos de Gregorio. Por las noches encendía una hoguera en una esquina del corral y me quedaba haciendo peduques hasta que me vencía el sueño. Entonces me acurrucaba en un colchón de paja cerca del calor de los animales.

Ya llevaba casi dos años en Fontabanas cuando una noche me pareció oír su voz.  Me pasé la mano por la frente. “Vaya por Dios, otra pesadilla, más vale que me levante”. Me asomé a la puerta. Los gritos cada vez se acercaban más.

—¡Madre, madre!

Lo vi a distancia. No tenía nada que ver con el joven de la foto que me mandó desde el frente. Despeinado y mugriento, con la ropa hecha jirones. Iba descalzo, con los pies envueltos en sangre. Nos fundimos en un abrazo. A ninguno de los dos nos salían las palabras. Al final le dije al oído:

—Sabía que volverías, que estabas con los que iban a ganar.

—Pues ha sido un milagro poder huir. He abandonado la trinchera llena de heridos y cadáveres. Y has de saber que no soy de los que han ganado, que una guerra no la gana nadie.

Cuando me enseñó la herida de una bala que le había atravesado el tórax, pensé en mi hermano, y en San Sebastián. Ni la presencia de mi hijo me sacó el miedo del cuerpo.

Carmen Romeo Pemán

Gregorio Romeo Berges (El Frago, Zaragoza, 1912-1969). Foto de 1926.

La foto de soldado que ilustra el texto está hecha en algún lugar del Frente del Ebro en 1938. Las dos fotografías son propiedad de la autora.,

Carta a mi madre

Hay que ver cómo eres, mamá. Desde luego has vivido noventa y cuatro años alucinantes, oye. Yo, si me dejas en herencia tus genes y tu alegría, me doy por muy bien servida.

Nunca hubiera creído que se podía elegir la manera de dejar este mundo, pero resulta que sí. Por lo menos en tu caso. Has tenido una despedida a la carta, como el que pide platos en un restaurante. Siempre dijiste que tú no querías irte de golpe, sin enterarte, ni acostarte y no despertarte a la mañana siguiente. No, para nada. Con lo que te gusta y te ha gustado el teatro, decías que querías saber con tiempo tu fecha aproximada de caducidad para tener la oportunidad de despedirte de tu gente y de organizarte, y vaya si ha sido así. Desde que empezaste a decir que se te hacía un nudo en la garganta, y en noviembre le pusimos al nudo el nombre de cáncer de esófago, has hecho exactamente lo que siempre dijiste que harías: prepararte y disfrutar hasta el último minuto.

Has sido un ejemplo. No puedo escribir que has sido una enferma ejemplar porque no nos has mostrado para nada la enfermedad, ni te hemos visto en baja forma en ningún momento. La víspera de tu partida todavía ibas caminando del salón al dormitorio, aunque fuera con ayuda, porque solo podías tragar líquido o papillas muy blanditas y eso, con lo que te ha gustado comer siempre, te debilitaba. Lo que no se debilitó nunca fue tu sentido del humor. Ni tu coquetería. Decías que te gustaría volver a tener tu peso de soltera, y hace pocos días te pesaste y te echaste a reír diciendo que habías conseguido que la báscula te diera ese capricho. Y eso que llevabas el collar y las pulseras puestas. La oncóloga que te vio no podía creer cómo eras. Menuda cara puso cuando trataba de decirte que no era operable, y le contestaste que tú no querías eso de “quirófano a vida o muerte, como en las películas”, y que tampoco querías quimio ni radio porque no te iban a ayudar, y lo único que iba a pasar, muy probablemente, sería que te caerían encima de golpe los noventa y cuatro años que, hasta ese día, no te habían pesado nada. ¡Si este verano, como todos los veranos, nos hemos hartado de reír en la playa cada vez que te metías y tragabas agua al venir una ola!

Tuve tiempo de llegar a ver esa sonrisa tuya tan hermosa, y esa cara de sorpresa y alegría que ponías cada vez que nos presentábamos en Murcia sin avisar. Tuve tiempo de decirte que tu nieto Javier estaba allí, contigo, y que tu nieta Marta llegaría desde Londres en menos de cuarenta y ocho horas. Tuve tiempo de pasar la última noche en el sofá cama de tu salón, junto a tu cama articulada, y ver que descansabas tranquila.

Y a tu nieto Pablo se le ocurrió que nos juntáramos todos, hijos y nietos, para rezar el rosario junto a ti, que sabía que eso te gustaría, y así lo hicimos el sábado. Respirabas tranquila, ningún estertor, con una expresión que no podía ser más serena. Había familia hasta en el pasillo, que hay que ver la que liasteis papá y tu… seis hijos, quince nietos… ahí es nada. Y, añadidos, nueras, yernos, novias y novios de los nietos y nietas… Creo que si hubiera pasado un policía y se le hubiera ocurrido mirar hacia el balcón, habría subido pensando que allí estábamos tramando, como poco, un golpe de estado. Y fue decir el “Amén” final del rezo, y escucharte dar un suspiro más profundo, ver la sombra de una sonrisa en tu cara, y comprobar que habías dejado de respirar.

Hubo tiempo de que viniera Abel, que si hay un cura “apañao” en el mundo, es él. Vino la semana anterior, te dijo una misa en casa, te dio los óleos… Y el domingo, como a ti no te gustaba el tanatorio de Murcia, se te dijo la misa de corpore in sepulto como tú querías, en tu parroquia del Padre Joseico, oficiada por Abel, y entrando tú como la reina que eras y que eres a hombros de tus hijos y de tus nietos. Y con un coro que te cantó como los ángeles…

Lo que yo te digo: una muerte a la carta, a tu gusto hasta el último detalle. Y es que tú no te merecías menos.

El domingo después de la misa, ya en tu casa, empezaron a pasar cosas por la noche: en el flexo de la ducha se debió de picar la goma, y aquello parecía una fuente. Menos mal que lo apañamos hasta la mañana siguiente con cinta aislante hasta que compramos uno nuevo. El wifi se fue de paseo, inexplicablemente, y hasta llamé a mis hermanos por si habían dado ya de baja tu teléfono. No lo habían hecho, y apagando y encendiendo el router varias veces acabó por regresar el internet. Y luego tu yerno, que se iba en el autobús nocturno porque yo, que soy la que conduce el coche, decidí quedarme en Murcia, decidió mirar no se qué en su maleta y la trajo al salón “porque hay más luz que en la entrada”, dijo. Y fue decirlo, y quedarnos a oscuras. Ya te imaginas la carcajada que se nos escapó a todos. Tenías que habernos visto, con las linternas de los móviles, tratando de encontrar el cuadro eléctrico, que nadie sabía dónde estaba. Y luego, cuando dimos con él, buscando una escalera porque la dichosa caja de fusibles estaba casi en el techo… Por suerte tu nieta Marta encontró una escalera, pudo subirse a ella, tocar no sé qué cosa, y volvió a hacerse la luz. ¿Y sabes qué? Pues que Marta me dijo algo que va a hacer que te mueras de risa cuando lo leas (además de reír allí arriba con lo de “morirte” de risa, que me ha salido así, del tirón, y no lo voy a borrar, claro, que te privaría de una carcajada). Tu nieta me cogió del brazo con aire misterioso y me dijo al oído:

 —Mami, yo creo que como a la abuela le gusta tanto hablar por teléfono y poner Whatsapps, y allí arriba no debe tener cobertura, está mandándonos señales para que nos marquemos unas risas a su salud…

¿Y sabes, mamá? Estoy de acuerdo con mi niña. Nos sentimos reconfortados, te sentimos, sentimos tu cariño, tu alegría, tus ganas de juerga, de pasarlo bien, de inventar cosas absurdas y sorprendentes.

Y ya está. Ni he empezado con un encabezamiento ni voy a terminar con una despedida. Porque físicamente han sido noventa y cuatro años plenos, pero en el alma vas a estar siempre.

Voy a copiar ahora el último párrafo de algo que ha escrito mi sobrina Patricia, tu nieta, en Facebook. La que tiene fama de escritora en la familia soy yo, pero Patri me deja en mantillas con lo que te ha escrito ahí, que la niña pone los pelos de punta y calienta el corazón con cada frase. Esto es lo que tu nieta pone al final de su publicación, y no se me ocurre un final mejor para esta carta:

“Gracias, gracias y gracias. Dejas el mayor legado que se pueda imaginar, una familia maravillosa, un poco cuadriculada y peculiar, pero unida y que te quiere con locura. Dale recuerdos al abuelo y a las titas. Id preparando una ración de pescaíto. Nosotros nos quedamos aquí, juntos, cuidando de tía Trini y cantando “Como una ola”, “Marinero de luces” y “La gata bajo la lluvia”.

Eres eterna, abuela, te queremos.”

Adela Castañón Baquera

Deseos confusos

Quiero volver a estar a solas

con mi locura y mi libro favorito.

Quiero alejarme del fuego del verano,

cobijarme en un lecho dorado

hecho de hojas de otoño,

buscar incluso abrigo

en las nieves del tiempo.

Regresar al refugio de una vida pasada

donde no exista él.

Volver a ser yo misma,

y volar sobre historias que pueda disfrutar

sin tener que pagar un alto precio

empleando el dolor como moneda.

Quiero recuperar el color de los días,

el brillo de las noches,

la música que acunaba mis sueños,

el aroma del alba en mi ventana,

volver a ser capaz de alzar el vuelo

sin que me pese el alma.

En realidad, no sé bien lo que quiero,

porque, sin él, por mucho que me duela,

sé que tampoco alcanzaré consuelo.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Como un vilano de la primavera

#relatoscovid

Redondo, picudo, una veces rojo, otras verde y otras blanco como un vilano que sale de la nada. Nadie lo ha visto. Pero inunda las calles y lleva armas letales. Mata sin cuchillos ni navajas. No tiene bombas ni arsenales de armas. Tampoco señales de alarma. Basta con un suspiro de la persona que tengo sentada a mi lado en un banco del parque para que empiece una guerra cuerpo a cuerpo. Pero, ¿una guerra?, ¿contra quién? Nadie lo sabe y todos lo sabemos. Me aparto de la gente, me cubro la cara con una máscara y busco con desespero un grifo donde lavarme las manos. Como si hubiera cometido un crimen. Cuando alguien se acerca, me sube un sofoco que me impide respirar. Huyo corriendo. Me acerco al  banco más solitario del parque, en un rincón oculto por el ramaje. Miro en los alrededores. No veo nada. No lo encuentro. Pero puede estar agazapado en cualquier grieta. A lo mejor entre las hojas de los árboles. Decido no sentarme y volver a mi casa.

Nadie lo conoce ni sabe cómo se mueve entre nosotros. No es un ninja ni un gnomo. Tampoco tiene efectos mágicos, aunque lo parece.

Aún es pronto para comer. Enciendo la televisión y veo a un mago que dibuja curvas y habla del número de muertos. Entonces empiezo con las llamadas de teléfono.

—¿Qué hago? ¿Qué vas a hacer? —le pregunto a mi hermana

—Nada. Yo me quedo en casa. Y tú quédate en la tuya. ¡Ah!, y no abras a nadie —me contesta con un temblor en la voz.

Doy vueltas por las habitaciones. Miro los vasos. Nada. Entonces me pregunto: “¿Nos estaremos volviendo locos?” Pero no. Los muertos son reales. Se apilan en bolsas de plástico negro en un palacio de hielo, como si estuvieran dispuestos a patinar. Nadie se atreve a enterrarlos.

Cierro las ventanas. Coloco mantas y toallas enrolladas en las rendijas. Convierto mi casa en un fuerte, como los refugios antiaéreos. Entonces empuño la antigua máquina de Flit, pero está vacía. Ya no venden Flit ni DDT. Cojo una palangana y voy rociando la casa con gotas de lejía, como hago en Semana Santa con el agua bendita: Asperges me, Domine. No sé por qué pienso que el olor de la lavandina ahuyentará a mi enemigo para siempre. Entonces, con calma disuelvo jabón en un tarro y comienzo  a hacer pompas detrás de los cristales. Son mi bandera contra el miedo.

Por la tarde me coloco un yelmo con barbuta y, como don Quijote, salgo a buscar aventuras en las calles vacías. Acaricio las estatuas. Me tumbo junto a la Mujer dormida de una avenida y pierdo el conocimiento. Sin saber cómo, unos extraterrestres me cogen y me meten en una nave espacial que lleva puesto el ¡uuuuh, uuuuh! ensordecedor de una sirena. Al final del túnel, me despiertan los  borboringos de mis entrañas. ¡Puajj!, ¡puajj! Los tubos que me atraviesan la garganta solo dejan escapar algún ¡bzzz!, como si me hubieran metido mosquitos molestos. Unas luces de colores se encienden y apagan como en un festival de cabaret. Cuando se encienden todas a la vez se me acercan unos ojos gatunos que me miran desde dentro de una máscara de carnaval. Poco a poco voy entrando en un sopor. De momento la partida se queda en tablas. Y yo me siento encapsulada por un vilano invisible, por un vilano de la primavera cuyas plumas vuelan hacia la nada.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía principal, la que encabeza el artículo: VILANO DE SENECIO. Del blog de Montse. Botanic Serrat. Propiedad de la autora. Disponible en: https://letrasdesdemocade.files.wordpress.com/2022/01/6ed0b-botanic2bserrat2bvilano2bsenecio1.jpg

María Moliner en Zaragoza

#InstitutoGoya

El sábado día 30 de marzo, María Moliner Ruiz cumplió 119 años. Fue una de las primeras alumnas del Instituto Goya, en ese momento llamado Instituto General y Técnico de Zaragoza, que durante mucho tiempo estuvo situado en la vieja Universidad de la Magdalena, un edificio hoy desaparecido.

Fachada de la Universidad

Fachada de la desaparecida Universidad de la Magdalena. En este complejo universitario estaba el Instituto de Zaragoza.  En 1933 se trasladó al edificio de los jesuitas y se llamó Instituto Goya. En 1936 estuvo un tiempo en la Escuela de Comercio y después volvió a la Magdalena. En 1959, el mismo día que el Hospital Miguel Servet, se inauguró el edificio tal y como se conserva en la avenida Goya, 45.

Movida por el honor de haber impartido clases en el instituto donde ella estuvo de alumna, quiero recordar sus andanzas por Zaragoza, y los homenajes que la ciudad le ha dedicado poniendo su nombre a edificios, organizaciones y calles. Así, María Moliner sigue presente, de forma habitual y natural, en la ciudad de su adolescencia.

María Moliner Ruiz. (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981). Lexicógrafa. Licenciada en Historia, archivera, bibliotecaria y una infatigable trabajadora de la lengua española. Era hija de Matilde y Enrique, un médico rural que en 1902 se trasladó a Almazán (Soria) y en 1904 a Madrid. En 1914 María regresó a Zaragoza.

Comenzó los estudios de bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, y se examinó, como alumna libre, en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (1910-1915). En 1915 pasó, también como alumna libre, al Instituto General y Técnico de Zaragoza. En 1917 figuraba como alumna oficial y en 1918 obtuvo el título. Fue una de las primeras alumnas que cursó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza.

María Moliner. Certificado

Como se aprecia en la foto de 1917, la que encabeza esta reseña, ese curso solo había seis alumnas, en la foto todas están junto al profesor don Miguel Allué Salvador —en 1917 era director don Pedro Marcolaín— . María Moliner lleva trenzas y está abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila—. Entre sus compañeros del Goya reconocemos a Luis Buñuel —arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila— y a Ramón J. Sender —abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila.

En 1921 obtuvo premio extraordinario en la licenciatura de Historia, en la Universidad De Zaragoza Unizar, que entonces tenía la sede en la Plaza de la Magdalena, en el mismo edificio que estaba el instituto.

Carnet del Goya

Carné de la Universidad de Zaragoza

Desde 1917 hasta 1921, María Moliner, además de cursar Historias en la Facultad de Filosofía y Letras, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva. Allí colaboró en la realización del Diccionario aragonés y adquirió un método de trabajo que después le resultaría muy útil para la redacción de su Diccionario.

En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y comenzó a trabajar en el archivo de Simancas. Desde 1924 hasta 1930 estuvo destinada en Murcia, donde conoció a Fernando Ramón Ferrando, un catedrático de Física, con quien se casó en 1925. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia. Allí nacieron sus dos hijos mayores: Enrique y Fernando. En 1930 se trasladaron a  Valencia, donde nacieron Carmen y Pedro.

Ya en Valencia, María, Fernando y otros matrimonios fundaron la Escuela Cossío, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, para educar a sus hijos de forma moderna y europea. Dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas y escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Realizó importantes aportaciones para la política bibliotecaria de la II República.

Al acabar la Guerra Civil fueron expedientados y degradados en el escalafón. Fernando perdió la cátedra y lo trasladaron a Murcia. Y a María la rebajaron dieciocho niveles en el escalafón y la destinaron al Archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 su marido fue rehabilitado y destinado a la Universidad de Salamanca. Finalmente, la familia se instaló en Madrid y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Desde 1951 hasta 1966, ella sola definió en español actual, con paciencia y con un método riguroso, una a una todas las palabras del diccionario de la Real Academia Española. Y otras que todavía no estaban admitidas.

El resultado fue el Diccionario de uso del español (1966), uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos de la lexicografía española del siglo XX, reeditado constantemente desde su publicación.

Marcapáginas

Un marcapáginas para libros

 

En 1972 no fue admitida en la Real Academia Española por su condición de mujer. María Moliner, trabajadora, inteligente y utópica, fue víctima de una sociedad que no era generosa con las mujeres.

Reconocimientos en Zaragoza

El antiguo camino de las Alcachoferas, en 1935 se llamó calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 hasta 1979 calle del General Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se le puso el nombre de María Moliner.

Mapa de la calle

En Zaragoza, también lleva su nombre la asociación de mujeres “María Moliner”, con sede en la calle Alcalde Burriel.

El logotipo de la Asociación de Mujeres María Moliner

Logotipo de la asociación

El instituto de educación secundaria María Moliner está en el Barrio Oliver.

Instituto de Edudación secundaria en el Barrio Oliver

Y los zaragozanos le han dedicado dos bibliotecas: la Biblioteca María Moliner del Campus Universitario de la plaza de San Francisco.

Biblioteca María Moliner

Biblioteca María Moliner en el Campus de la plaza de San Francisco de Zaragoza.

Y la Biblioteca Pública Municipal María Moliner, en la plaza de San Agustín.

Blblioteca Pública Municpal en la plaza de San Agustín

Biblioteca Pública María Moliner, en la plaza de San Agustín de Zaragoza.

 

Para terminar

Cinco catedráticas del Instituto Goya, Cristina Baselga Mantecón, Pilar Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez, y Gloria Álvarez Roche del Instituto Avempace, le hemos rendido nuestro homenaje en libros y charlas, y en una exposición sobre las Pioneras en la educación en Aragón. Por iniciativa de Pilar Fernández Llamas rescatamos su expediente del olvido, junto con los de otras alumnas. A María Moliner le hemos dedicado un espacio importante en dos libros: en La Zaragoza de las Mujeres. Callejero y en los Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Carmen Romeo Pemán

Goya Actual

Instituto Goya hoy

El otro planeta azul

He vivido siempre en un planeta azul. Lo supe hace poco. Ahora también vivo en un planeta azul. Me gusta el color azul.

Se me da mejor escribir que hablar. Puedo escribir mi historia. No estoy seguro de saber narrar mi historia, pero voy a intentarlo. Para eso necesito organizarme. La escribiré en tres carpetas con nombre. Poner nombre a las cosas siempre ayuda.  

Las tres carpetas se llamarán secuestro, cambio y liberación.

Primero fue mi secuestro.

Estuve secuestrado en el primer planeta azul desde que nací, pero no lo sabía. Lo averigüé poco a poco. Como cuando voy al dentista y el efecto de la anestesia se va pasando. El dolor llega poco a poco, como el conocimiento. Eso es una metáfora, pero entonces yo no sabía que era una metáfora.

Lo primero que llegó fue el caos. Desconocía las normas de aquel sitio. A mi alrededor no encontraba a nadie como yo. No estaba solo, pero estaba solo. No sabía si hacía lo correcto en cada momento. No podía averiguar cómo se iban a comportar los habitantes que me rodeaban. No me gustan las situaciones impredecibles, y ese lugar estaba lleno de ellas. Muchas veces los demás me pedían cosas sin ningún sentido. Muchas veces yo no hacía esas cosas sin sentido. Entonces las personas se enfadaban muchas veces. Me pedían tareas extrañas que no entendía. Eso me irritaba mucho. Entonces muchas veces me golpeaba. No sabía bien por qué me golpeaba. Ahora ya lo sé: era por aburrimiento o por irritación. A veces me envolvían en un albornoz desde el cuello hasta los tobillos. No podía moverme. No me gustaba. Aprendí que solo me lo quitaban cuando paraba de gritar o de golpearme.

Al principio del caos era como tener un teléfono en la mano, pero sin cobertura y sin nadie al otro lado de la línea. Eso es otra metáfora. Me gustan las metáforas.

Ese planeta invisible no me gustaba. No sabía que era un planeta azul. Había demasiado ruido, poco orden, demasiado movimiento, poca tranquilidad. Quería escapar de allí.

Lo segundo fue el cambio.

Apareció una pizarra grande en la pared. Ahora sé que era una pizarra, pero al principio yo no sabía que se llamaba así, para mí era un cuadrado grande de corcho. Me gusta el tacto del corcho. En el corcho pinchaban cuadrados más pequeños. Javi estaba en muchos. Se llaman fotos. Lo sé ahora. Yo me llamo Javi. También lo sé ahora. Es bueno tener un nombre.

Gracias a la pizarra empecé a aprender cosas. Me gustó aprender cosas. Descubrí que vivía en una especie de cárcel, eso es otra metáfora. Pero también descubrí que las paredes no eran indestructibles, aunque cuando intentaba abrir agujeros para hacer ventanas o puertas y poder escapar de allí me salían torcidos.

Después del caos llegó el miedo. Veía a las personas acercarse a mí. Lo primero que recuerdo eran los círculos grandes con media sandía. Ahora ya sé que los círculos se llaman caras, y las medias sandías se llaman bocas. Pero entonces no sabía los nombres y pensaba en círculos y en sandías. Cuando la sandía tenía los picos levantados significaba que todo estaba bien. Yo había hecho algo bien. Era una clave. Ahora es más fácil y ya sé que eso se llama sonrisa. Cuando todo estaba mal la sandía, que es la boca, estaba recta. O con los picos para abajo, y entonces había dos líneas de agua en las caras. Se llaman lágrimas. Yo tampoco sabía eso entonces. Las lágrimas eran otras claves, pero yo no las podía interpretar. No tenía un diccionario. Entonces no sabía lo que era un diccionario. Ahora lo sé, y tengo varios diccionarios: de fotos, y de palabras, y de frases.

Otras veces un habitante más pequeño se acercaba a mí. Daba más miedo, pero también me atraía más. Su boca siempre sonreía, pero hacía mucho ruido y se movía demasiado deprisa. Pronto tuve más claves. El habitante pequeño se llamaba hermana. O también Marta. Era un poco confuso que tuviera dos nombres. De los habitantes grandes, el que más me gustaba se llamaba mamá. Me hacía sentirme tranquilo, porque siempre hacía las cosas despacio, con orden, y eso me gustaba. Ella sabía asustar al miedo. Eso me gustaba también. Ella ponía y quitaba muchas fotos de la pizarra, y eso era bueno porque ayudaba a que el miedo se fuera.

Aprendí que conseguía más cosas señalando las fotos de la pizarra que golpeándome. Eso fue algo muy bueno. Empecé a golpearme menos. Empecé a utilizar más la pizarra. Mis ventanas y mis puertas empezaron a salirme derechas. Esa es otra de mis metáforas favoritas. Ya os he dicho que me gustan las metáforas. Las bocas sonreían más a menudo. Casi nunca había ya agua en las caras. Eso me gustaba. Se llamaba llorar, y eso no me gustaba. Yo nunca lloro.

Lo tercero fue la liberación.

Después del caos y del miedo vino la alegría.

La alegría es bonita. Me gusta mucho. Es como una llave y encerró al caos y al miedo. Es otra metáfora. Esa me la ha enseñado mamá.

Soy diferente. Eso también me lo ha enseñado mamá. Pero hermana Marta también es diferente. Y mamá también es diferente. Ser diferente no es malo, solo es diferente. Solo es malo cuando estás secuestrado en un planeta azul que no se ve. Hay otro planeta que sí se ve. También es azul. Se llama Tierra, y es redondo. Me gusta la tierra. También me gusta mi otro planeta azul porque ya no estoy prisionero y sé moverme por él. Ese se llama autismo.

Sé lo que es una persona ciega y sé que no es fácil explicarle los colores. Sé lo que es una persona sorda y no es fácil explicarle la música. Sé que yo no soy una persona ciega ni sorda, pero hay cosas que no es fácil explicarme porque mi interior es de color azul, como el planeta invisible. Sé que hermana Marta y mamá pueden viajar entre los dos planetas azules. Ellas me ayudan y ahora yo también viajo al planeta azul Tierra sin tener que moverme de mi casa. Es divertido. Eso es una metáfora y también es una broma. Estoy aprendiendo a hacer bromas. Las bromas me gustan, aunque son más difíciles que las metáforas. Pero hacen reír, y la risa también me gusta. Me hace sentir como cuando estoy recién bañado o como cuando me dan un bombón de una caja roja que se llama Nestlé.

Leer es fácil. Me gusta mucho leer. Las palabras escritas siempre están ahí, no se escapan como las otras. Por eso es más fácil escribir mi historia. Sé escribir mi historia. No sé si sabría contar mi historia. Ya os lo he dicho antes.

Mamá dice que hay muchos más planetas. Y muchas más historias. A mamá le gusta mucho escribir. A mí también me gusta mucho escribir. Mamá escribe relatos y novelas y poemas. Yo escribo resúmenes de las noticias que veo en la tele todos los días. Y resúmenes cuando hacemos un viaje. Luego mamá y mis profes leen mis resúmenes.

Ahora también me gusta mucho hablar.

Mamá dice que hablar es bueno y escribir también.

Por eso hablamos mucho y escribimos mucho.

Y nos queremos y nos sentimos muy bien.

Eso es bueno.

Esa es mi historia escrita. Me gusta. Eso no es una metáfora. Es real. Como mi vida en los planetas azules.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Romería en la Virgen de la Sierra

Don Jenaro era un médico afamado en los pueblos de la redolada. Una noche sí y otra también, llamaban con urgencia a su puerta gentes que venían buscando sus remedios. Igual curaba un cólico miserere que un carbunco y, si se presentaba el caso, el torzón de alguna caballería. Cuando oía los golpes de la puerta, Valentina, una niña vivaracha, se levantaba y le llevaba la palmatoria a su abuelo. Después escuchaba desde los rincones hasta que el abuelo la oía respirar.

—¿Qué haces levantada a estas horas? Venga, a la cama.

A Valentina le gustaba acompañar a su abuelo cuando iba a visitar a los enfermos con la yegua. Don Jenaro la montaba delante de él, a mujeriegas, y le hacía sujetar un maletín de cuero marrón. Valentina se lo apretaba contra el pecho y se sentía más poderosa que la diosa Pandora. En esos viajes fue alimentando su deseo de acompañar a su abuelo a la romería de la Virgen de la Sierra.

Valentina estaba un poco harta de que a sus padres no les gustara que la hija de casa Navascués se mezclara con rapazuelos de El Frago, que así los llamaban ellos. Cuando iba a misa los domingos, se apiñaban todos en la puerta mayor, y ella los miraba de reojo esbozando una sonrisa, pero todos daban un paso atrás con la mirada severa de su madre. Todos, menos Juanín:

—¡Qué guapa está doña Luisa! A ver si algún día me deja acompañarlas.

Entonces la madre se apretaba el misal contra el pecho y se volvía con la cara desencajada:

—¡Largo! ¿Cómo te atreves a dirigirnos la palabra?

Juanín era de una casa rica venida a menos. Su padre murió antes de que él naciera y su madre tuvo que ganarse la vida lavando en el río. Casi siempre llevaba chichones en la cabeza. Como era el más bajo, los chicos lo forzaban a saltar tapias o a correr descalzo por los ruejos del río. Acabó por no ir con ellos. Se pasaba las tardes detrás de la tapia de casa Navascués imaginando qué haría Valentina encerrada allí dentro. Algunas veces la veía salir montada en la yegua con el abuelo. Ella le sonreía y don Jenaro le decía con un vozarrón que traicionaba su bondad.

—Juanín, deberías ir con los chicos de tu edad. No es bueno que andes siempre solo por estos andurriales.

Él bajaba la cabeza y se iba a casa pensando en Valentina. Si algún día…

El año que Valentina cumplió dieciséis años fue con su abuelo a la Virgen de la Sierra.

—Abre bien los ojos, hija mía —le dijo su madre cuando le dio permiso—. Allí van los jóvenes de las mejores casas de la zona. Muchos noviazgos y matrimonios de posibles han salido de esa romería. Te pondremos las mejores galas y todos sabrán que, además de la nieta de don Jenaro, eres la heredera de casa Navascués.

Las vísperas fueron días de ajetreo. Lavar y planchar las enaguas de hilo. Ventilar la mantilla de la abuela, que en paz descanse. Desempolvar los guantes de cabritilla. Limpiar el misal y el rosario de nácar. Colocaron todo encima de un arca y una tarde las amigas de Valentina fueron a ver el ajuar de romera. A la salida, se quitaban la palabra las unas a las otras y montaron tanta algarabía que ninguna se dio cuenta de que las seguía Juanín. Al llegar al primer recodo, él se fue a su casa y no salió hasta el día de la romería.

Por fin llegó el esperado domingo de mayo. Al amanecer, mientras el abuelo ensillaba la yegua, doña Luisa vestía a Valentina y le daba recomendaciones para que se portara como una señorita.

—Sobre todo, no les muestres demasiado interés a los pretendientes. Hazte de valer. Que después ya vendrán ellos a buscarte a El Frago.

El día fue largo. Don Jenaro conocía a mucha gente. Todos lo querían obsequiar y presentarle a sus hijos. Valentina estaba desbordada. Tenía razón su madre, no era un día para enseñar sus sentimientos. Aunque, durante mucho tiempo pensaría en los ojos los del heredero de casa Puyal de Isuerre.

En estas estaba cuando vio deambular a Juanín entre aquellos forasteros. Se hacía el encontradizo, pero, en realidad, no lo conocía nadie.

—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo Valentina sorprendida.

—Pues lo mismo que tú. Rezar a la Virgen para ver si saco novia, que en El Frago no lo tengo fácil.

Valentina vio que tenía los pies desollados por las aliagas que cerraban las trochas. Entonces se dio cuenta de que Juanín había hecho más de tres leguas andando y había llegado antes que ellos. Por el monte se movía como un gamo.

Antes de que cayera el sol, el abuelo y la nieta volvieron a cabalgar camino de casa. El uno hablaba de todos los pacientes que había visitado y de los exvotos que habían dejado en el altar de la ermita. La nieta le iba describiendo a  los chicos y chicas que había conocido.

—¿Abuelo, me traerás otro año?

Seguían enfrascados en su conversación sin darse cuenta de que en medio del camino ardían unas aliagas. La yegua comenzó a cabriolar hasta que dio con don Jenaro y su nieta en el suelo. Valentina se quedó entre las patas del animal que de una coz le abrió la cabeza. Al instante apareció Juanín, tomó el ronzal de la yegua y la calmó. Cuando consiguió monta al abuelo y la nieta, cogió las riendas y poco a poco llegaron hasta casa Navascués.

Valentina vivió más de cinco años paralítica con la fontanela abierta. Juanín le construyó un carretón y todas las tardes la bajaba hasta la orilla del Arba. De vez en cuando le limpiaba las babas con un trozo de arpillera y le sonreía con cara de bobalicón.

Carmen Romeo Pemán

Ermita de la Virgen de la Sierra de Biel. Años 40, por Jesús Pemán. Propiedad de la autora y de los Pemanes de Biel.

Mi castillo

La piel es mi muralla,
mis ojos, las almenas que vigilan la torre
y que vierten al foso las lágrimas de sal
que a salvo me mantienen
cuando llega el ocaso, 
con su hora mágica de sueño entre dos luces.

Mi cuerpo es el castillo
que guarda entre sus muros mis tesoros:
los recuerdos perdidos, 
sueños encadenados
que como prisioneros en sus celdas
intentan escapar y romper las amarras
que los tienen atados,
las cadenas del miedo,
de las indecisiones y las dudas
que no dejan que vuelen.

Y el alma,
igual que una princesa en su castillo,
permanece encerrada,
ajena a los susurros que llegan desde fuera,
inmóvil, sorda y ciega.
Pero hay recuerdos que vuelan por el aire,
ese aire que se cuela por huecos traicioneros
que la memoria deja. 

Y entonces, en mis sueños,
los deseos olvidados se despiertan,
susurran sus anhelos,
y mi alma, que estaba acobardada,
se convierte en el dragón más fiero
que ruge y lanza llamas
y aviva con su fuego
la guerrera que vive en mi interior.
Y despierto y me pongo de nuevo 
la armadura brillante del amor.

Igual que una amazona 
elijo mi armamento, 
mi escudo es el papel
y mi espada es la pluma.
Y la tinta que vierto cuando escribo
es mi sangre gritando que te quiero.

¡Que error es encerrarse en un castillo
por pensar que la vida está allí a salvo,
sin comprender que lo que es más hermoso
se muere allí encerrado!

No sé bajar el puente levadizo,
y carezco de alas para escapar volando.
Si trato de nadar para cruzar el foso
me hundiré en una ciénaga de llanto. 
Por eso, por no poder huir
a buscarte en los bosques y en los prados,
escribo estos poemas
que ayudan a romper el muro de dolor
que tiene al corazón aprisionado. 

Adela Castañón

Imagen: Stefan Keller from Pixabay

Cien años tejiendo la paz

WILPF o LIGA INTERNACIONAL DE MUJERES POR LA PAZ Y LA LIBERTAD

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Este fin de semana, del 11 al 13 de noviembre, he asistido a la Asamblea Nacional que WILPF España ha celebrado en Zaragoza. Entusiasmada por los proyectos y por gran la actividad de las participantes, me preguntaba: «¿Por qué es tan desconocido este movimiento de mujeres pacifistas? Seguro que, si salgo a la calle y pregunto qué es WILPF, la gente me contestará que no sabe o, a lo sumo, que es una marca de coches o de lavadoras».

De esas reflexiones, y otras similares, nació este artículo. Sin darme cuenta, estaba entonando un mea culpa: «¡No sabemos vender bien nuestros proyectos!»

Espero que, si llegáis hasta el final, estas siglas tan enrevesadas dejen de sonaros a marca comercial americana y descubráis la trascendencia del movimiento.

Tejedoras de la paz

A lo largo de la historia, las mujeres hemos desempeñado un papel muy activo en la construcción de la paz y en la búsqueda de soluciones no violentas.

La experiencia nos dice que nuestra actividad ha resultado más eficaz cuando hemos dejado a un lado nuestras ideologías y nos hemos unido para influir en lo público. Con nuestra participación en movimientos pacifistas, hemos aumentado nuestra capacidad mediadora en las guerras y en los conflictos.

Y, de esto vengo a hablaros hoy. Del legado pacifista que hemos recibido de las madres de WILPF.

Pero, ¿qué es exactamente WILPF?

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Supongo que cuando habéis empezado a leer os lo estaríais preguntando, como me lo pregunté yo cuando se refundó en España en el año 2011.

Pues WILPF es una organización de mujeres pacifistas que acaba de cumplir cien años. Y es bastante desconocida porque su lengua de contacto es el inglés.

La palabra WILPF está compuesta con las siglas de Women’s International League for Peace and Freedom. Que, por cierto, resulta casi impronunciable en español.

Esta organización centenaria ha desarrollado una gran actividad en los países anglosajones, pero poca en España. Precisamente, para acercarla al mundo hispano parlante, las secciones latinoamericanas proponen llamarla LIMPAL (Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad); que haya traducciones simultáneas en los encuentros; y que los documentos sean bilingües.

Orígenes y primeros años de WILPF

Nació en 1915, en plena Guerra Mundial, durante un congreso en La Haya (Holanda) que se había convocado exprofeso para su fundación. En abril de 2015, se celebró otro congreso en el mismo lugar para conmemorar su centenario.

Esta Liga de mujeres, en los años 20, se consolidó y comenzó su difusión. Se pusieron en marcha algunos programas para llevar a cabo sus primeras actividades importantes: negociaciones para parar la guerra, movimientos antiarmamentísticos, “misiones” a los lugares en conflicto, presiones ante la Sociedad de Naciones, entre otras.

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La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un punto de inflexión. La organización se enfrentó a situaciones comprometidas, muchas de ellas derivadas de la represión del nazismo.

En la posguerra, no resultó fácil afrontar las secuelas que había dejado la contienda. Entre otras cosas porque, en estos años, afloraron contradicciones internas en algunos movimientos pacifistas. Por ejemplo, Anita Augspurg, una de las fundadoras de WILPF y víctima de la represión nazi, dijo: “Es una organización que promueve la paz y la libertad. Pero yo ahora pongo la libertad por delante”.

Este bache también se debió, en parte, a su posicionamiento contra el nacimiento de la OTAN.

No obstante, intentó superar los obstáculos y actuó con energía para reorganizarse. Fueron años de una activa participación en la ONU: en la Conferencia de San Francisco, en la Declaración Universal de Derechos Humanos, en la creación de UNICEF. En 1948, WILPF alcanzó el “estatus consultivo” de la ONU como organización no gubernamental.

Desarrollo posterior

Desde los años 60, viene compartiendo con otras organizaciones el trabajo por el desarme universal. Con el programa STAR (Stop the Arms Race), WILPF se ha centrado en la lucha contra todo tipo de armamento, especialmente contra el químico y contra las armas y pruebas nucleares. Con el programa Alcancemos una voluntad crítica (Reaching Critical Will), promueve la creación de movimientos y acciones a favor del desarme en todo el mundo.

En el programa Mujeres por la paz declara:

Todos nuestros proyectos están encaminados a la resolución pacífica de los conflictos y a obtener la paz, una paz justa y duradera, con todo lo que esto conlleva: justicia, igualdad, desarrollo económico (…) En cumplimiento de la Resolución 1325 de las Naciones Unidas sobre Mujeres Paz y Seguridad (2000), que impulsa el aumento de las mujeres en las negociaciones de paz, y en las instituciones que promueven la prevención de las guerras y la cultura de paz.

Manifiesto del 2015

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La decidida voluntad pacifista de WILPF está recogida en el manifiesto que se aprobó en el año 2015, en el Congreso de La Haya.

La violencia no es inevitable. Es una elección. Nosotras elegimos la no violencia, como medio y como fin. Liberaremos la fuerza de las mujeres y, en colaboración con hombres de igual parecer, crearemos un mundo justo y armonioso. Vamos a realizar la paz, que consideramos un derecho humano.

Una exposición sobre la historia de WILPF

Antes de terminar,  os voy a presentar la exposición que hemos hecho un grupo de socias de WILPF. Nos ha parecido una manera clara y didáctica de dar a conocer esta organización pacifista y antibelicista, que defiende los derechos de las mujeres.

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Está compuesta por cuarenta carteles que se centran en la historia de la Liga de mujeres por la paz y la libertad (WILPF).

Tomando como fondo el archivo fotográfico de la sede de Ginebra, cada cartel ilustra y explica un acontecimiento destacado.

Si los recorremos por orden, tenemos una información bastante ajustada de los avatares de WILPF en los primeros cien años de su existencia.

¿Para qué y por qué esta exposición?

Para divulgar su historia y difundir su trabajo de forma cronológica y temática. Y, porque, si conocemos nuestras raíces, entenderemos mejor nuestro futuro. El testimonio de las mujeres del pasado puede servirnos de estímulo para que nuestros compromisos actuales sean más firmes.

Las mujeres de WILPF intentamos llevar la paz a todos los rincones de nuestro planeta, en especial a las zonas de guerra. Procuramos tender puentes de diálogo en los conflictos y en los momentos difíciles.

Para conseguir el desarme total y universal, una paz justa y duradera, y la igualdad entre hombres y mujeres, buscamos una influencia directa sobre los gobiernos.

Ficha técnica

Hemos realizado la exposición las integrantes del “Grupo de Historia” de WILPF-España:

Concha Gaudó Gaudó (comisaria de la exposición), Carmen Magallón Portolés (presidenta de WILPF España), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Sandra Blasco Lisa, Piluca Fernández Llamas, Pili Lainez Clavería, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez.

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Carmen Romeo Pemán