Andresa la Muda

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando dieron las seis en el reloj de la torre, me levanté de un salto y me quité las legañas con el agua que quedaba en el barreño de fregar las cazuelas. Me asomé a la ventana y vi que el humo de las chimeneas ya se disolvía en la luz clara de la mañana. Así que, sin perder tiempo, cogí la escoba y bajé a barrer la calle. Aproveché que aún no había salido mi vecina y me asomé a la barbacana del Terrao. Achiqué los ojos y miré el camino de Valzargas. Como teníamos miedo a los maquis, me puse a mirar a ver si venía algún hombre por la Collada de San Jorge. En esas estaba, cuando Andresa, la que teníamos por muda, me tocó en el hombro.

—Buenos días, Andresa.

Pronuncié despacio y claro, por tenía que leer en los labios. Pero oía bien, que sin mirarme, levantó el puño.

—A mí no me saludes así, hijaputa.

Como yo no era de las que levantaba el puño ni me gustaban broncas, me puse a barrer rezongando: “Si ya lo digo yo, con eso de que todos dicen que es muda, parece que no se entera de nada. Y es la más alcahueta del pueblo. Que ninguno sabemos si era muda antes de llegar al pueblo. Que ya era moza cuando vino con unos arrieros y aquí la dejaron sola”.

Mientras tanto ella se metió al patio y salió con una hoz roñosa. Avanzó hasta la pared del huerto y cortó las hierbas que asomaban. Cuando acabó recogió la hoz en su casa.

Al poco volvió a salir y me soltó un gruñido. Como la noté más alborotada que otros días, le pregunté:

—Oye, ¿has oído el barullo que se ha montado esta noche con el caballo negro de casa Fontabanas?

Movió la cabeza de un lado a otro, como cuando se niega algo con fuerza.

—Pues verás, a eso de las doce nos han despertado unos relinchos y unas coces en la pared.

Andresa se acercó un poco. Se sujetaba la cara con las manos.

—No te hagas la tonta. Que tú también los has tenido que oír. Desde mi ventana se veía una sombra en tu ventanuco. Seguro que estabas escuchando.

Se tapó la boca como si fuera a dar un grito. Yo seguí hablando.

—Al principio creímos que José había muerto en el monte y que el caballo volvía enloquecido.

Las muecas de Andresa le estaban deformando la cara por momentos.

—Además la madre de José nos dijo que sabía que le iba a pasar algo, que ese día se había ido al monte sin santiguarse ni tocar el San Cristóbal de la puerta.

Andresa se tapó la cara con las manos, como si fuera a llorar. Pero yo no me amilané con sus gestos.

—Mira, la vieja se equivocó. José no está muerto. O por lo menos eso dijeron unos embozados que llegaron corriendo detrás del caballo.

Se quitó las manos de la cara y se me acercó aún más. Ahora no se perdía ni un detalle de lo que le contaba.

—Tú sabías lo que iba a pasar. Por eso no te asomaste por la mañana, cuando la vieja salió a la calle rogándole a su hijo que no fuera a Valzargas.

Sin dejarme acabar, se dio media vuelta. Por debajo del delantal le asomaban unas zapatillas agujeradas y una saya pardusca que le llegaba hasta los tobillos.

—Me da igual lo que hagas. Sé que tú avisaste a los de la Resistencia, a los que iban buscando a José. Sé que tú les dijiste que ese día iba a ir a segar a la partida de Valzargas.

Cuando estaba entrando en el patio, levanté la voz un poco más.

—No te vayas, mala pécora. Tienes que escucharme.

Se volvió con los ojos encendidos.

—Llegaron dos embozados y nos contaron que lo tenían preso en el corral de Valzargas. Que si los del pueblo no les mandaban panes, le pegarían un tiro. ¡Ah! Y que tú sabías por qué.

Se persignó varias veces y se besó las manos.

—Mira lleva toda la noche echando humo la chimenea de casa el hornero. Esta tarde ya estarán listos los panes

Andresa se metió en su casa. Y yo seguí hablándole. En realidad quería que me oyeran todas las vecinas.

—Anda, que pareces una mosca muerta, pero todos sabemos que eres la chivata. Que si no les hubieras contado tantos cuentos ellos no se habrían ensañado con la gente de este pueblo. ¿Se puede saber a qué vas contando tantas mentiras?

Es que Andresa lo revolvió todo. En el pueblo siempre habíamos tratado bien a los maquis. Nunca los habíamos denunciado a la autoridad.

—Menuda trifulca has montado. Y por tu culpa han cazado a José. Para que desembuche. Por eso han soltado al caballo.

Ella seguía sin aparecer. Y yo dale que te pego.

—Lianta. Eres una lianta. Ya verás, ya. Cuando se corra la voz, entre todos te vamos a dar una somanta de palos.

Entonces bajó corriendo las escaleras. Me dio un empujón y casi me tiró al suelo. Con paso ligero tomó el camino que lleva a Valzargas. Yo volví a la barbacana y achiqué los ojos. Al poco rato la vi que desaparecía por la Collada de San Jorge. Seguro que encontró pronto a sus compañeros.

A la mañana siguiente un grupo de hombres armados pasó la Collada. Venían hacia el pueblo. Cerré la puerta y las ventanas. Y no tardé en oír el tiroteo en la calle.

Muchos años perduró el recuerdo de los muertos inocentes. En los carasoles se siguió hablando de la desaparición de José y de una mujer muda que se fue por la Collada.

Carmen Romeo Pemán

Las fotos publicadas por Lorien La Hoz en su página de Facebook.

¿Quién mató a Laura Crowning?

La Retaguardia. El Diario de todos. Domingo 28 junio 2015. AÑO XXII. Edición Nacional. 2,50 €

FALLECE ANOCHE EN SU DOMICILIO LA HIJA DEL PRESIDENTE DE GOBIERNO EN MISTERIOSAS CIRCUNSTANCIAS

Exclusiva de L. Redrum

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Foto de archivo. Laura Crowning baila un vals en su aristocrática fiesta de puesta de largo con el hombre que, dos años después, se convertiría en su esposo

La noticia del hallazgo del cuerpo sin vida de Laura Crowning, descubierto esta mañana por la empleada de hogar a su llegada a la villa, ha causado un profundo estupor en todos cuántos la conocían. “Me extrañó que la señora no bajara a desayunar, y subí a la habitación. No contestó cuando llamé a la puerta, y por eso abrí. Y allí estaba la pobre señora, tendida en la cama, completamente vestida”, ha declarado la mujer entre sollozos.

Esta muerte inesperada ha desatado rumores que chocan con un muro de silencio por parte de sus familiares, que han rehusado hacer declaraciones. No obstante, personas cercanas al círculo familiar, que prefieren permanecer en el anonimato, han comentado que la fallecida pasaba por una delicada situación personal y estaba en tratamiento médico por un cuadro depresivo atribuido a los rumores de crisis en su matrimonio, rumores  desmentidos por parte de su esposo.

Fuentes policiales han confirmado que la cerradura del domicilio no mostraba signos de violencia, pero se mantienen abiertas varias líneas de investigación. No se puede descartar aún la hipótesis del robo, muerte accidental o natural, e incluso se baraja la posibilidad del suicidio como causa del fallecimiento. A las 12.00 horas tuvo lugar el levantamiento del cadáver. El cuerpo ha sido trasladado a las dependencias forenses para practicarle la autopsia. Por el momento no hay más información acerca de lo sucedido, aunque este periódico se mantiene a la espera de nuevas noticias, que podrán seguir en directo en nuestra cadena televisiva.

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***** Raymond Black sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Casi le parecía oír las notas de aquel vals, que luego habían bailado juntos tantas veces a lo largo de sus cinco años de matrimonio. Hundió los hombros y agachó la cabeza al recordar las preguntas absurdas que Laura le planteó cuando se enteró de su aventura: “¿Por qué has tenido que bailar con ella precisamente ese vals? ¿No podías haberme dejado algún recuerdo sin mancillar?” Parecía que a Laura le había dolido más un simple baile, que el hecho de que él se hubiera acostado con otra. Nunca entendería a las mujeres, y a la suya menos que a ninguna. El imprevisto embarazo de su amante había sido tan inoportuno, como oportuno el fallecimiento de su esposa. Frunció el ceño al pensar que los trámites para heredar a Laura podrían retrasarse debido a las circunstancias de la muerte. Se rascó la nuca y empezó a sudar un poco. La paciencia no era el punto fuerte de sus acreedores. Y además el esposo era siempre el primer sospechoso en estos casos. Pero él tenía una coartada perfecta. O no tan perfecta. ¡Mira que ir a morirse Laura mientras él echaba el polvo del siglo! Pero para convencer a su amante de que el aborto era la salida más conveniente, utilizó su mejor argumento: el sexo. ¡Joder, joder, joder…! A ver si ahora, al cambiar su estado civil de casado a viudo, se empeñaba la otra en tener el crío… Raymond se permitió una carcajada a solas. ¡Precisamente por joder tanto y sin precauciones, ahora era él el que estaba bien jodido! Había metido la pata –y lo que no era la pata– hasta el fondo. ¡Maldita suerte…! Los nervios aguzaron la parte más cínica de su sentido del humor. “Raymond Black”, pensó para sí, “la cosa se te puede poner muy negra…”

***** Helen Fall sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Recordaba el día de la puesta de largo de su mejor amiga, y la boda donde ella fue dama de honor. Derramó una lágrima que nada tenía que ver con la pequeña punzada en el vientre que la hizo encogerse un poco. ¡Pobre Laura! Tanto dinero, y no poder comprar ni un gramo de felicidad. La vida, en sus planes para Laura, olvidó decirle que su nombre no era el único en la agenda de Raymond. La lágrima solitaria dejó de serlo; los ojos de Helen se convirtieron en un manantial cuando evocó los ratos de conversaciones bobas entre Laura y ella. “Lauri, mi querida y pobre Lauri, si aún vivieras me verías llorar por ambas. Y me soltarías una chorrada de esas tuyas, dirías algo tan tonto como que mi ojo izquierdo llora por ti, y el derecho por mí. Y daría lo que fuera porque pudiéramos las dos compartir las carcajadas”. El rímel se le había corrido a Helen; y no sólo el rímel. Helen pasó revista a las juergas que se había corrido, a sus deslices, a sus caídas en las tentaciones de la carne, y se preguntó por primera vez cómo iba a vivir con sus recuerdos a cuestas. Lo sucedido había sido inevitable; ella no lo había hecho a propósito. Y todos los días ocurrían accidentes, ¿o no?

***** El policía sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Ojeaba el ejemplar mientras se afeitaba. Su teléfono echaba humo. Las primeras investigaciones prometían complicar el tema. Las finanzas del marido no eran todo lo boyantes que parecían, y estaban a punto de descubrir la identidad de la mujer misteriosa que había torpedeado la navegación del matrimonio por debajo de la línea de flotación. Y algo le decía que el resultado no le iba a agradar ni lo más mínimo. Su móvil sonó, y en la pantalla apareció el número del médico forense. El inspector escuchó en silencio las novedades, mientras se rasuraba con la otra mano. Cuando colgó, le habló a su reflejo en el espejo: “Andrew Thorpe, más te vale andar listo en este caso si no quieres que el comisario haga rodar cabezas, empezando por la tuya si cometes un solo error…”. A ese tipo de personajes encumbrados, que siempre parece que mean colonia, había que cogérsela con papel de fumar. Uno no podía meter la pata con gente así.

***** El periodista sujetaba el periódico sin poder apartar la vista de la cara de Laura en la foto. Posiblemente le ofrecieran un ascenso por el artículo, aunque no lo iba a poder disfrutar. Había tenido un acceso privilegiado a la información. Laura Crowning lo había enamorado desde el día en que la coronaron reina del papel couché. Él fue el primer sorprendido de que aquella princesa de la alta sociedad le abriera años después las puertas de su corazón. El camarero del restaurante se acercó a tomar la comanda y Lionel encargó, como siempre, un plato único, bebida y postre. Se aseguró de que nadie lo estuviera observando y sacó de su bolsillo el móvil de Laura. Era lo único que se había llevado de la casa. Necesitaba disfrutar por última vez de las imágenes de su amada. La única foto en que ambos aparecían juntos la habían tomado dos días antes, con el móvil de Laura, como única concesión por parte de ella para compensarle el daño que le estaba ocasionando con su ruptura. El periodista soportó con cara de poker la confesión de Laura. Tuvo que escuchar de sus labios cómo lo había utilizado para averiguar que la amante de Raymond no era otra que Helen, su amiga, su confidente, a la que había confiado sus temores más ocultos. ¡Qué sensación de ridículo al enterarse de que era con ella, precisamente con ella, con quién la estaba engañando su marido! ¡Cómo le había dolido a ella el papel vejatorio que le tocó representar! ¡Lo que debería haberse reído Helen con Raymond a sus espaldas! Con la misma inmovilidad de estatua recibió el periodista las disculpas de una Laura ruborizada y cabizbaja; lo había utilizado también para intentar darle celos a Raymond, pero ella quería realmente a su marido. Y Raymond le había prometido que dejaría a Helen, se lo había prometido esa misma tarde. Por eso, le explicó Laura entre tartamudeos, tenía que poner fin a su relación con él.

El camarero le sirvió la comida. Saboreó el plato único, el vino, el postre. Pagó, salió del restaurante y borró del móvil la foto donde aparecían Laura y él juntos. El parking estaba desierto; colocó con cuidado el teléfono detrás de la rueda trasera del coche, y los mil cien kilos de su Ford fiesta aplastaron el aparato cuando salió marcha atrás. Llegó a su casa y sacó del bolsillo del pantalón el bote de pastillas. Después de haber puesto algunas en el vino de Laura, que no pudo negarle ese brindis final de despedida, ella se había quedado adormilada, y ni siquiera se enteró cuando él le clavó la jeringuilla en la flexura del codo, en esa piel de alabastro que días antes había besado.  Si, posiblemente le ofrecieran un ascenso. Tal vez, incluso, volvieran a darle su antiguo puesto en la cadena televisiva. Aún se preguntaba el motivo por el que su jefe y sus compañeros lo miraban de modo extraño algunas veces. Como la vez que sugirió que la retransmisión en directo de la primera ejecución de una sentencia de muerte se hiciera con un ligero desfase de unos siete minutos como medida de precaución por si se presentaba algún imprevisto en la retransmisión. Y cuando le preguntaron por el tipo de imprevisto que podía surgir, dijo lo primero que se le ocurrió: que si el condenado sufría en los minutos previos una relajación de esfínteres, sería mejor cortar ese plano para no ofender la sensibilidad de los espectadores. Todos lo habían mirado de modo extraño, y cuando se lo contó a Laura vio reflejada en sus preciosos ojos verdes la misma expresión de desconcierto. Finalmente la dirección había decidido no retransmitir la ejecución, pero una semana después el periodista se vio catapultado al vagón de cola de la empresa, la sección de sucesos del periódico propiedad de la poderosa multinacional, y que era como el hermano pobre de toda la corporación.

El periodista pensó que el mundo se había vuelto del revés. Nadie lo comprendía; todos lo miraban como si estuviera loco. Incluso Laura. Sin embargo se sentía satisfecho de haberse mantenido fiel a sus principios. “Nunca tomo un segundo plato. Ni soy ni seré jamás un segundo plato para ninguna mujer”, pensó. Se tomó tres o cuatro pastillas, más por compartir con Laura sus últimos actos que por necesitar tranquilizarse. Jamás se había sentido tan calmado. Se arremangó la camisa, y desinfectó su piel; sonrió al seguir el mismo ritual que había ejecutado con su princesa, y se esmeró con el betadine a pesar de saber que no tendría tiempo de contagiarse de ninguna hipotética enfermedad. Lionel Redrum no sintió nada cuando el émbolo de la jeringa se deshizo de su carga letal impulsándola por sus venas. Levantó la mirada y vio reflejada en el espejo la portada del periódico. Pensó con ironía que no solo el mundo se había vuelto del revés: el artículo firmado por L. Redrum se reflejaba de forma invertida en el espejo de manera profética. Su firma lo decía todo. Había sido su destino:  “murdeR . L”

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La Retaguardia. El Diario de todos. Martes 30 junio 2015. AÑO XXII. Edición Nacional. 2,50 €

SORPRENDENTES NOVEDADES EN LA INVESTIGACIÓN DEL FALLECIMIENTO DE LAURA CROWNING

El caso Laura Crowning sufre un giro inesperado al descubrirse hoy en su domicilio el cadáver del periodista que publicó la exclusiva del suceso. La policía abre nuevas líneas de investigación, y no ha emitido ningún comunicado para los medios de comunicación. El juez encargado del caso ha decretado secreto de sumario.

Adela Castañón

Imágenes: Pixabay , Pexels

Hasta en el árbol de Navidad

#soñandoconvirus

Los altavoces de las calles pedían que todos nos cubriéramos las caras con trapos. Que nos dejásemos dos agujeros en lugar de los ojos. Una especie de burka, pero solo de cabeza. Los amantes que en ese momento se estaban besando en un rincón oculto del jardín se apresuraron a quitarse las caras. Las guardaron en una maceta y las cubrieron con pétalos de rosa. Entonces sus cabezas no tenían ni derecho ni revés. Bueno, se notaba lo que había sido la nuca porque les creció el pelo hasta la cintura y se les enredó con las hojas del emparrado. Por delante era medio balón color carne. Cuando ella dejó su cara en la maceta, se le metieron semillas entre las uñas y, al rascarse los ojos con las manos, le cayeron las semillas dentro de las cuencas vacías. En menos de dos horas unas tupidas madreselvas le ocultaron la cara.

Una hiedra abundante les cubrió la espalda y les enredó los brazos. Estaban paralizados e integrados en la naturaleza cuando una rama de madroño comenzó a lanzar bolas rojas y pinchudas que con el aire se volvían invisibles. Intentaron atraparlas con las manos, pero se les clavaban y los dejaban inútiles.

Las rosas perdieron los pétalos y los girasoles miraron al suelo. Las bolas atacaron a las azucenas y les perforaron las hojas blancas, como cuando caen grandes bolas de granizo.

Las gentes corrían despavoridas. Aquella lluvia invisible que se calaba hasta los huesos les hacía tiritar. Intentaron entrar en sus casas. Todas estaban cubiertas por un musgo blanco, agarrado con ganchos. Se montó una gran algarabía. Nadie reconocía a sus padres ni a sus hijos. Y los que eran atrapados por las bolas se volvían invisibles. Los niños mordían las manos de los abuelos, los jóvenes escupían en las caras de los viejos.

En plena batalla, se hizo de noche y una cara con barba de chivo y dos ojos achinados brillaron en el cielo. Poco a poco volvió la oscuridad y una lluvia de bolas pinchudas de colores cayó sobre nuestro árbol de Navidad cuando estábamos cantando villancicos.

Carmen Romeo Pemán

En blanco y negro

Llamas a mi vida después de treinta años de silencio y tumbas mis defensas con un simple rectángulo de papel, el de una fotografía en blanco y negro que me mandas al email.

Pero ya no tenemos dieciséis años.

Salgo de mi cuerpo de mujer adulta, de abogada de éxito, y se invierten los mundos. La foto fija es ahora mi despacho, los libros alineados a mi espalda, en la biblioteca. El ruido del mar no es ya el de la playa de la costa de Cádiz que escucho desde mi casa, sino otro, el de las olas rompiendo en la arena del Cabo de Gata, una melodía nostálgica que pone música a la voz del muchacho rubio que eras y que se acerca a la muchacha con coletas en la que yo me he vuelto a convertir. El despacho, la letrada, se difuminan. Una brisa con olor a algas se los lleva muy lejos y dejan de existir.

Estoy en Cabo de Gata, posando cerca de la orilla mientras mi hermano trata de enfocar la cámara para hacerme una foto de recuerdo de nuestra primera excursión con el grupo Scout. Te veo venir con el rabillo del ojo, sin moverme. El carrete tiene veinticuatro fotos y no es cuestión de desperdiciar ninguna. Antes de que Pablo apriete el botón, te escucho pronunciar unas palabras imposibles:

–¿Puedo ponerme, o se enfadará Rafa?

Trago saliva sin saber qué contestar. Bebo los vientos por ti, pero me moriría de vergüenza si lo supieras. Por eso, y porque Rafa me regala piropos que yo no sabía ni que existían, he dejado que se sentara a mi lado en el autobús y permito que me acompañe a casa a la salida de las reuniones. Y por eso hablo tanto con él, para obligar a mis ojos a no girarse cada vez que tú entras en los salones, o cuando llegas a los ensayos con la guitarra. Y no sé qué hacer para que no parezca que Rafa y yo estamos saliendo. Cuando entré en el grupo, Chari me dijo que te arrimabas a mí porque te daba pena verme como la “nueva”, la que, recién mudada a la ciudad, todavía no había sido capaz de hacer ni un amigo. Y yo, que no sabía que el cielo existía hasta que te vi, sé que podré soportarlo todo, cualquier cosa, excepto tu compasión. Y Rafa es mi armadura, pero en lugar de sentirme defendida me oprime, me asfixia, me roba el aire que te pertenece a ti, y no a él.

Y eso cambia de pronto allí, de pie, en la arena de la playa, cuando tú, sin esperar respuesta, te pones a mi lado y dices dos frases que son todavía más imposibles:

–Si se enfada, que se enfade. Vale la pena.

Y ahora, después de treinta años, me has buscado en internet, me has llamado y, cuando me has pedido mi dirección de email y te la he dado, (¡cómo no dártela!), lo primero que me mandas es esa foto escaneada.

Y me toco las yemas de los dedos. Ya no hay callos, los surcos que dejaban las cuerdas de tu guitarra cuando me la prestabas se borraron hace mucho. Recuerdo que mis dedos se empeñaban en dibujar acordes para que la huella de tus dedos se alojara en los míos que luego, a solas, besaba mil veces. ¿Qué habrá sido de aquella guitarra tuya, cómplice silenciosa de mis ritos de amor adolescente?

Abro los ojos, salgo de la foto y me pregunto por qué me buscas ahora.

Estás jugando con ventaja, lo sabes y lo sé, y sé que no me importa. La foto en blanco y negro lo ha trastocado todo. El color está allí, en Cabo de Gata, en la orilla del mar. En ese cosquilleo que me subía desde los pies y que yo achacaba a la arena que se coló en mis zapatos, con tal de no admitir que alguien con ojos como el mar y con trigo por pelo se había adueñado de todo lo que yo era. De todo lo que soy. Y mi trabajo fijo, mi vida, mis logros de estos años no son más que cenizas si los comparo con esa foto nuestra.

Me escribes. Te respondo. Me vuelves a escribir. Vienes a verme aprovechando un viaje que haces por otra causa. Tu pelo ya no es trigo. Ahora es nieve. Tus ojos son los mismos, eso sí. Mojamos los recuerdos en dos o tres cafés, toda una tarde hablando sin parar. Ahora no hay ningún Rafa entre nosotros, el tiempo se ha encargado de que ya no haga falta. Nos sobra con tu vida, con la mía. En tu cara hay arrugas y quisiera besarlas para beber en ellas las historias que has escrito y en las que yo no he estado. Y me muero de ganas de entregarte el tiempo que me quede.

Las horas del reloj se nos escapan. Nos levantamos y te acompaño al autobús. Pero antes de llegar me paro en una esquina y, por sorpresa, se abre el baúl de todo aquello que no hice. Y hoy soy yo la de las frases imposibles:

–¿Te enfadas si te pido un solo beso para decirte adiós?

Y, antes de que reacciones, mis labios rozan los tuyos casi sin tocarlos. No me respondes, tampoco me rechazas. Te quedas quieto, pero veo o quiero ver una sonrisa. Da igual. El autobús no espera. Te mando por whatsapp cuatro folios que me entretuve en escribir anoche, por si no me atrevía a decirte todo lo que te he escrito.

Y, después, solo ausencia. No hay respuesta.

De adolescente te perdí por callar. Y ahora creo que te he vuelto a perder por hablar demasiado. Es la vida, supongo. Pero tengo ese beso robado y ahora me quiero más por haberme atrevido a terminar mi escrito con las dos palabras que te debo desde hace treinta años: Te quiero.

Y paso del orgullo y te vuelvo a escribir. Y tu respuesta ya no me cosquillea: ahora somos “amigos”, eso soy para ti. Dices que me buscaste por curiosidad.

¿Después de treinta años? Permite que lo dude.

Y entonces me doy cuenta de que, a pesar de todo, he salido ganando. Porque si lo nuestro hubiera seguido, si hubiera siquiera empezado, entonces o ahora, a lo mejor ya estaríamos hartos uno del otro. Pero, como nunca llegó a ser nada, se quedó congelado en el tiempo, convertido en un milagro de eterna juventud donde la magia del futuro sigue estando a salvo de la monotonía y la desilusión del pasado, de un pasado que no llegó a existir porque no hubo presente. Solo sueños.

Esa foto, ahora lo veo, siempre dejó la puerta abierta a la esperanza, al millón de historias que pudimos tener y no tuvimos.

Y no sé qué creer, pero no importa. Porque tal vez estaba equivocada.

Y no quiero entregarte ya mi vida, la quiero para mí.

Y ya no os necesito ni a ti ni a tu guitarra. Me basta con la chica de la imagen, aunque ya no me peine con coletas.

La foto me ha devuelto mil historias que algún día escribiré. Y, pensándolo bien, quizá, solo quizá, acabo de ponerle la palabra “fin” a la primera de ellas.

Porque, a pesar del tiempo, hay puertas que nunca se podrán cerrar del todo.

Adela Castañón

Encerrada en Vallangosta

#MitologíasFragolinas

De la serie Mis micros

Como todas las noches, me acosté mirando al techo de mi alcoba. La cal de los maderos se resquebrajaba en dibujos caprichosos. En las partes nudosas se abrían rendijas que cobijaban mis sueños. Como era una niña larguirucha no me costó ningún trabajo escabullirme sin que nadie lo notara. Al otro lado de la rendija se abrió un camino que me llevó hasta un valle muy estrecho. Tan estrecho que las hadas que lo habitaban lo llamaban Vallangosta. A mí me pareció una exageración. Pero, de repente apareció un hombre corpulento y alto, mayor que los gigantes de los cuentos.

El hombretón me miró desde arriba y, de repente, comencé a crecer. Mi cuerpo se esponjó como la masa que crece deprisa cuando se le echa la levadura. Llegó un momento en que las laderas del Valle me aprisionaron y me quedé inmóvil sin atreverme a dar un paso. Noté cómo me iba convirtiendo en piedra. Y ahora, desde el silencio del valle, puedo oír a los viajeros que desde lejos me señalan con el dedo.

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A la izquierda del Arba, se entra a Vallangosta

Carmen Romeo Pemán

Sueños enredados

Recostada en la playa,

mis codos en la arena,

la cabeza dejándose vencer

por el peso del pelo

para que así mi cara

reciba sin problemas

esos rayos de sol transformados en besos

que acarician mi piel.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

La brisa sopla suave

y, al rato, se convierte en un viento

que enreda mis cabellos

y enreda mis recuerdos.

Y la arena, y el sol,

y mi pelo y el viento

van trenzando

las historias que fueron

con las historias que pudieron nacer

y no nacieron.

Y respiro muy hondo

a la vez que sonrío.

Por fin me he dado cuenta

de que todo,

tanto lo que he vivido

como lo que he soñado

y lo que aún sueño

consiguen el milagro

de que, quieras o no,

tú sigas siendo mío.

Porque ya no hace falta

que estés aquí, a mi lado.

Porque es mejor quererte siendo libre

que tenerte si te sientes atado.

Y, en lugar de pensar que te he perdido

comprendo de repente

dónde estuvo mi error.

El premio no eras tú ni tu cariño,

porque el premio era yo

y hoy, por fin, me he ganado.

Y sigo sonriendo.

Mis párpados cerrados

y mi memoria abierta.

Y el corazón

deja de ser un pájaro enjaulado.

Mis sueños y mi vida,

lo mismo que mi pelo,

se han trenzado.

Y es hermoso sentir que soy feliz

estés o no a mi lado.

Adela Castañón

Imagen: Marcin Jozwiak en Unsplash

Luces y sombras de mi estirpe materna

#sagasfamiliares #madrinadeRamónyCajal

A los Pemanes de casa Machín

Biel. Antigua

1959. Biel, Zaragoza.

Llevo años dando vueltas a una foto familiar del álbum de mi madre Mejor dicho, daba vueltas a las anotaciones de su hermano Jesús treinta años después de la foto. Cuando él las escribió, muchos ya habían muerto.

En mi casa, mi madre no me habló de todos. Unos, como los Cardesa, se habían alejado de nuestras vidas, por razones que desconozco. Y otros desaparecieron para siempre envueltos en un halo de misterio.

No fue fácil encontrar la clave de una reunión tan variopinta el año 1923 en casa Machín, la casa de mis abuelos maternos.

Desempolvé documentos en los archivos, revolví las cajas de mi madre, pregunte a las gentes cercanas. Nada. Solo noticias aisladas y algunas innombrables.

Un día, sin venir a cuento, alguien me habló de la quebrada salud de mi abuela Pascuala. La única que no sale en la foto. Mi abuela, la gran ausente, dio un nuevo sentido a esta historia, como lo hubiera dado a la vida de su familia si no hubiera muerto demasiado pronto.

Pascuala Marco Castán

Pascuala. Coiné

Pascuala Marco Castán (Biel, 27/10/1877-26/10/1926)

En 1923, tres años antes de su muerte, sufrió otra de sus crisis de corazón. Acudieron a verla familiares de fuera que posaron delante de su alcoba. Se ve la puerta cuidadosamente cerrada. Que las alcobas de casa Machín tenían, y tienen, puertas en lugar de cortinas.

En 1877 la llegada de Pascuala, con sus correteos, alegró una casa llena de gente mayor que guardaba luto por una hija adolescente, otra Pascuala.

La niña nació en la Caudevilla 28, donde vivían: su bisabuela, Josefa Luna Marco, de 72 años, viuda de Manuel Castán Giménez, que si hubiera vivido tendría 76 años. Con sus abuelos José Castán Luna, de 52, y Salvadora Aguas Iriarte, de 54. Con sus padres, Pedro Marco Dueso, de 32, su madre Ana María Castán Aguas, de 19.  Y con su tío José Castán Aguas, de 22, que en ese momento era cura regente de Biel

Mosén José Aguas, el tío que bajó de Petilla, la bautizó, igual que, diecinueve años antes,  había bautizado a su madre. Le puso el nombre de una tía recién fallecida,  Pascuala Castán Aguas (Biel, 1861-1876).

Yo. José Aguas, párroco de Biel, bautice a una niña que había nacido a las cinco de la mañana del mismo día y le puse por nombre Pascuala. Hija de Pedro Marco y Ana María Castán, naturales y vecinos de Biel. Abuelos paternos, Juan Marco de Biel y Blasa Dueso de San Felices, vecinos de Biel.  Abuelos maternos, José Castán y Salvadora Aguas de Petilla. Fueron padrinos, don José Castán, coadjutor, y María Cardesa Aguas. Testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera.

En el bautizo iba envuelta en ricas mantillas, cubierta por un manto de seda blanca, el mismo con el que habían bautizado a su bisabuela en Isuerre. Toda la mañana se oyó el alegre tañido de las campanas pequeñas que decían: “no es niño que es niña”. La bisabuela Josefa se asomó al balcón y llenó la Caudevilla de peladillas, de esas que fabricaban los confiteros de Biel.

A los festejos llegaron puntuales todos los Cardesa Aguas y los parientes de Petilla. Es decir, acudieron los abuelos, los padres, los tíos y los hermanos de los que vemos en la fotografía de 1923.

A los dos años, me imagino a la niña Pascuala, nerviosa y vivaracha, con un vestido blanco de volantes, como los que después ella misma le cosería a su niña Asunción. La veo cogida de la mano de su tío José Castán, subiendo por la calle San Juan. Irían a ver a  a mosén José Aguas que pasó sus últimos años en casa Plaza con su hermana Manuela. Allí Pascuala se sentiría la reina entre sus tías las Cardesa Aguas.

Unos años más tarde, se le acabaron los mimos de hija, nieta y bisnieta única, con el nacimiento de sus hermanos. José (Biel, 1882-1918), el único varón, llamado a ser el heredero. Elena (Biel, 1885-1949), de salud quebradiza, que necesitó muchas atenciones. Y Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971), una benjamina muy avispada.

 Mi abuela y sus hermanas, aprendieron las primeras letras en la escuela de Biel con doña Gala Cenarro Córdoba (Ablitas, Navarra, 1847-Orense, 1912). Su hermano José fue alumno de don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Más tarde, en Jaca, de nuevo de la mano de su tío, recibió una formación refinada en el arte de bordar y decorar la casa. Manejaba con soltura una sombrilla blanca que hacía juego con los encajes de sus enaguas. Y fue una alumna aventajada en los estudios. Se examinó de Magisterio en Huesca como alumna libre. Estudiaba en Jaca con una una profesora particular.

En 1895, Antonia Claver avalaba las solicitudes de su hermana Ana y la de Pascuala para ingresar en la Escuela de Maestras de Huesca, donde ella misma había estudiado hacía pocos años.

La Infrascrita que abajo firma, Maestra en propiedad de la Escuela Municipal de Niñas de esta ciudad de Jaca, certifica: Que doña Pascuala Marco Castán, aspirante a la profesión de Maestra de Primera Enseñanza, se ha ejercitado en la práctica de la enseñanza durante el presente curso en la Escuela de mi cargo. Y para que conste en donde más convenga, y a petición de la interesada, firmo la presente en Jaca 6 de Mayo de 1895. La Maestra. Antonia Claver.

Estudió Magisterio como alumna libre en Huesca. La preparó Antonia Claver Pascual (Lanuza,1871-1896), una hija del maestro de Lanuza que había llegado de maestra a la Escuela de Niñas de Jaca en 1891.

Don José eligió a Antonia, una brillante maestra, que en esos momentos estaba preparando para el ingreso de Magisterio a su propia hermana, Ana Concepción (Lanuza, 1877-¿?).

La muerte de Antonia, justo al segundo año de hacer las prácticas con ella, fue un golpe duro para Pascuala y Ana. Dos compañeras y amigas que se separaron cuando Pascuala volvió a Biel y Ana se incorporó a su destino como maestra. Pasó casi toda su vida de maestra en Pina de Ebro. Se jubiló en 1948.

Ilma.  Sra: Pascuala Marco Castán, natural de Biel, provincia de Zaragoza, de quince años de edad, con cédula personal nº. 1936, con el debido respeto expone: que desea abrazar la honrosa profesión de Maestra de Primera Enseñanza, y creyéndose con aptitud bastante para poder seguir con fruto las lecciones de esa Escuela. A V.S. encarecidamente suplica: que teniendo esta por presentada con las demás documentos necesarios al efecto, se digne admitirla en la matrícula de primer año, previo el examen de ingreso, según se acredita por certificación que se acompaña y pago de los derechos señalados. Gracia que espera merecer de la bondad de V.S. cuya vida guarde Dios muchos años. Jaca 6 de mayo de 1895.

Mi abuela era hija de una familia de posibles muy influenciada por el clero, era sobrina mosén José Aguas y hermana de José, que, en 1885, llegó a ser canónigo penitenciario de Jaca.

Le afectó mucho la temprana muerte de su madre, cuando Emilia tenía solo 10 años. Se la llevó a Jaca, donde hacía varios años que ella residía con su tío. Pero la muerte de José Castán dos años después, impidió que Emilia realizara estudios superiores en Jaca.

El día 5 de junio de 1902, Pedro Marco Dueso, labrador de 56 años labrador, compareció a declarar la muerte de su esposa Ana María Castán Aguas, por bronconeumonía. Hija de José Castán Luna y Salvadora Aguas Iriarte. Dejó cuatro hijos: Pascuala, Elena, José y Emilia Marco Castán. Otorgó testamento el día de su fallecimiento ante el cura ecónomo don Vicente Esco.

Tres años después de la foto que me movió a reconstruir la historia familiar, Pascuala falleció a los cuarenta y siete años, dejó cuatro niños huérfanos y un viudo más joven que ella.

Como era costumbre en nuestras tierras, mi abuelo Constantino, a los dos años de morir su esposa, en 1928, se volvió a casar con Elena, la hermana soltera de Pascuala que se había quedado en casa. De tiona, decían en el pueblo, y por eso los hijos de Pascuala la llamaban “tía Elena”.

Pero antes, los dos clérigos

Las dos personas más influyentes en la evolución de mi familia materna fueron,  mosén José Aguas Iriarte y José Castán Aguas, dos tíos de mi abuela Pascuala.

Mosén José Aguas Iriarte

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José Aguas Iriarte (Petilla, 1817-Biel, 1881).

Año 1881, día 4 de enero. Yo, José Castán, coadjutor de esta Parroquia, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de don José Aguas, cura párroco de Biel, natural de Petilla de Aragón, de sesenta y tres años. Hijo legítimo de José Pascual Aguas Arilla y Ana María Iriarte Puyal vecinos que fueron de Petilla. Se le hizo entierro mayor. Tenía hecho testamento nombrando heredera de sus bienes a su alma. Fueron testigos del sepelio don Mateo Echeverría, cura párroco de Castiliscar, y don Mariano Alamán, párroco de Luesia.

Sus abuelos maternos fueron don José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre, una de las familias de mayor abolengo en la diócesis de Jaca, de esas que influian en el nombramiento de los abades de San Juan de la Peña.

A los 32 años lo nombraron cura párroco a Biel y allí ejerció casi otros 32 años, hasta su muerte. Llegó ya maduro. No sé dónde había estado hasta 1849. En mis delirios familiares he pensado que en mis venas corre sangre de un cura guerrillero carlista.

Antes de su llegada a Biel fueron tiempos revueltos en la Val de Onsella, donde mosén José vivió en primera persona la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

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Estos dos curas paseando me recuerdan a mosén José Aguas con su sobrino José Castán.

El joven cura de Petilla pudo estar muy cerca, o a las órdenes, de los Iriarte. Sobre todo, de León Iriarte (Pamplona, 1790-1837), el coronel carlista fusilado en 1837. Y de Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1820-1880), su hijo, uno de los soldados de la revolución contra Isabel II, sentenciado a muerte y exiliado a Francia.

Precisamente, en Petilla vivía Casiano Zugasti Iriarte. (Petilla, 1850-Zaragoza, 1895), nieto de León Iriarte y sobrino Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1821-1828), por parte de madre.

Es fácil suponer que mosén José mantuvo relaciones de vecindario, y quizá de parentesco, con estos Iriarte. Al final de la guerra, todos fueron perseguidos. Y a mitad de la Segunda Guerra Carlista (1846.1859), en septiembre de 1849, mosén José se incorporó a la parroquia de Biel.

¿Se refugió con su familia en un pueblo que ya conocía, alejado de las tensiones carlistas?

Su madre, Salvadora Iriarte Puyal, tenía primos hermanos en Biel con los que mantenía buenas relaciones. Sobre todo, con los hijos de su tía Ángela: Joaquina y Matías Iriarte Idoipe. Y también con los Otal Idoipe,  los hijos del primer matrimonio de su tía.

Es que, en 1797, su tío abuelo, Antonio Iriarte Lampérez, de Ruesta, se casó con Ángela Idoype Miguel, de Biel,  viuda de Francisco Otal. El primer Otal, que llegó a Biel desde de Aniés.

Como vemos, Mosén José contaba con suficientes lazos familiares en Biel para colocar a sus hermanos y a sus sobrinos en buenas casas de labradores.

Según el padrón de 1859, vivía en la abadía una sobrina, Agustina Aguas, de 12 años, y con su madre Ana María, viuda de José Pascual Aguas Arilla. En 1873 murió su madre, pero él continuó en la abadía con sus sobrinos Antonia Aguas Aguas y Juan Aguas Arilla.

Ana María Iriarte Puyal (Isuerre, 1792-Biel, 1873) Como acabamos de ver, era hija de José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre. Fueron sus padrinos Manuel Sánchez de Longás y Fermina Asa de Ochagavía.

Era una mujer de gran prestigio en toda la Val de Onsella. Su abuela Manuela Nicuesa era de casa Nicuesa de Undués Pintano, de la misma casa que Miguel Nicuesa, abad de San Juan de la Peña desde 1793, el que recogió los restos del Conde Aranda.

Y ella misma fue elegida como madrina de bautismo de Santiago Ramón y Cajal.

Ramón y Cajal. Bautismo

El original está en el Archivo Parroquial de Petilla.

Año de 1852. Santiago Felipe Ramón y Cajal. A las nueve de la noche del día primero de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos nació y al día siguiente fue bautizado solemnemente por mí en infrascripto Vicario un niño que se llamó Santiago Felipe: hijo legítimo de Justo Ramón, cirujano y de Antonia Cajal naturales de Larrés provincia de Huesca y residentes en esta Villa. Abuelos paternos Esteban Ramón, labrador, natural de Isin provincia de Huesca y Rosa Casasús natural de Larrés provincia de Huesca. Abuelos maternos, Lorenzo Cajal, tejedor, natural de Asso provincia de Huesca e Isabel Puente, natural de Larrés provincia de Huesca. Fueron padrinos Franco Sánchez, labrador natural de Petilla provincia de Navarra y Ana María Iriarte, natural de Isuerre provincia de Zaragoza, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Y para que conste, firmé en Petilla a dos de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos. Toribio Barrecha Vicario de Petilla. (Archivo Parroquial de Petilla).

Mi bisabuela Ana María, con los bienes materiales, también heredó el nombre de su bisabuela de Isuerre, la madrina de Ramón y Cajal. Y a mí, su bisnieta fragolina, ¿por qué no me llamaron Ana María  si mi madre se puso de parto el día de Santa Ana? 

Con el nuevo ambiente religioso, la casa se llenó de velas y arraigaron las viejas tradiciones. Pero, por debajo del aceite de las lamparillas, corrían las aguas de otras pulsiones que el cura de Petilla nunca sospechó.

Con los arreglos matrimoniales de sus familiares, mosén José se convirtió en un personaje importante entre las casas hacendadas del pueblo. Este cura casamentero, pronto consiguió que dos de sus hermanas, Salvadora y Manuela, fueran dueñas de casa Machín y de casa Plaza, la de los Cardesa. También casó en Biel a su hermano Antonio y a sus sobrinas Antonia y Manuela Aguas Aguas.

1943. Biel. Asunción y Gregorio

1943. Altar mayor de la iglesia de Biel donde se celebraban todas las bodas. En este caso los novios eran Asunción Pemán Marco, de casa Machín, (Biel, 1916-Zaragoza, 2003) y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969), los dos maestros de Biel.

A los cinco años de su estancia en Biel, en 1854, casó a su hermana mayor, Salvadora Aguas Iriarte (Petilla, 1823-Biel, 1899), con José Castán Luna (Biel, 1825-1901), de casa Machín.

Y cuatro años más tarde, en 1858, concertó un matrimonio de cambio, o cambeo, entre sus hermanos y dos hijos de los Cardesa de casa Plaza. Ese mismo día casó a su hermana Manuela con Juan José Cardesa, que fueron los padres de los Cardesa Aguas. Y a su hermano Antonio, que era viudo de Francisca Arilla, con Francisca Cardesa, y se fueron a vivir a Petilla. Eran los padres de los Aguas Cardesa de Petilla.

En estas bodas de cambio las familias se libraban de grandes gastos. Con ellas se ahorraban la comida de la fiesta y la dote de la novia.

En 1878, tres años antes de su muerte, mosén José volvió a pactar dos matrimonios, pero esta vez sin cambio. Casó a dos hermanos Otal Castán, de casa la Morena. A Mariano con su sobrina Antonia Aguas Aguas, la que vivía con él en la abadía. Y a Marcos Otal con Juana Aibar Burguete, la heredera de casa Suesa.

Con esta última maniobra, entraba en juego casa La Morena, la de la madre de mi abuelo Constantino. Así nació un nuevo hilo que ayudó a consolidar la trama de este tupido tapiz de los Aguas, Castanes, Cardesas y Otales. Y una parte de ese tejido asoma en la fotografía del verano de 1923.

José Castán Aguas

Castán Aguas, José.

José Castán Aguas (Biel, 1855-Jaca, 1905)

En 1899 Pedro Marco Dueso (Biel, 1847-1917) declaraba que había fallecido Salvadora Aguas Iriarte, su madre política:

Que estaba casada en el momento de su fallecimiento con D. José Castán Luna natural y vecino de esta villa, de oficio labrador, de cuyo matrimonio tienen dos hijos llamados don José y doña Ana María Castán Aguas; el primero se encuentra en Jaca de Canónigo y la segunda en Biel en compañía de sus padres. Que no otorgó testamento y que a su cadáver se habrá de dar sepultura en el cementerio de la parroquia de esta villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Desde que acabó los estudios hasta 1883,  José Castán fue regente en Biel. Compareció en el juzgado para comunicar la muerte de su tío José Aguas y acabó los conciertos matrimoniales que el cura de Petilla había preparado.

Casó a Gregorio Otal Callau, hermano de mi bisabuela Manuela, la madre de mi abuelo Constantino. Así el cerco de las relaciones familiares se estrechó aún más.

En la Villa de Biel, provincia de Zaragoza y obispado de Jaca, el día 14 de junio de 1883, yo, don José Castán, regente parroquial, con la intervención expresa del señor párroco de Petilla, desposé y casé por palabra y de presente a Gregorio Otal Callau, viudo de Tomasa Charles, natural y vecino de Biel, de oficio labrador de 33 años de edad, hijo legitimo de Francisco Otal y María Callau, naturales y vecinos de Biel, y a Manuela Aguas Aguas, soltera natural y vecina de Petilla de 21 años, de edad hija legitima de Francisco Aguas y Francisca Aguas, actuales vecinos de Petilla.  Y acto continuo oyeron la misa nupcial.

Cuando José Castán subió al Seminario de Jaca, dejó de heredera a su hermana Ana María Castán (Biel, 1853-1902), tres años más joven que él.

Aunque la nueva heredera era una mujer, la casa sería gobernada por un varón. Primero  seguiría  su padre, José Castán Luna (1831-1901). Después su marido Pedro Marco Dueso (1847-1917) y, finalmente, su hijo, José Marco Castán (1882-1918), que murió con la gripe del 18. Con su fallecimiento la herencia volvía a las mujeres, a sus hermanas Pascuala, Elena y Emilia. Pero, la casa, más fuerte que los deseos de las personas, encontró nuevos recovecos para sobrevivir. A la muerte de José Marco, se hizo cargo del patrimonio su cuñado, mi abuelo Constantino Pemán Otal (1881-1968), el marido de mi abuela Pascuala. Después tomó las riendas su hijo, mi tío José Pemán Marco (1914-1996) y, finalmente, su nieto, mi primo Pedro Pemán Dieste (Biel, 1944).

Ahora, los descendientes de casa Machín, somos los nietos de Pascuala y  Constantino. Los cinco hijos de José y Eulalia Dieste Añanós (Biel, 1914–2002): Concepción, Pedro, Pilar, Carmen y Maria Jesús Pemàn Dieste. Las dos hijas de Asunción y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912–1969): Maruja y Carmen Romeo Pemán. Y los cuatro hijos de Jesús y María Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017):  Salvador, José María, Javier y Jesús Pemán García.

Los años de Jaca

En 1881 sucedió a su tío, y tuvo como auxiliar a Mateo Echeverría.  Desde 1893 hasta 1895 fue párroco de Biota.  Ese año se presentó a las oposiciones a canónigo penitenciario. Cuando se incorporó lo nombraron profesor del Seminario. Al principio vivió en la calle del Carmen, 2. Con el tiempo se trasladó a la calle Bellido, 24.

A los pocos años se llevó con él a sus sobrinas Pascuala y Emilia. Les procuró una educación esmerada en las monjas de Santa Ana, de las que él mismo era predicador.

Pascuala estudió Magisterio desde Jaca, con preceptoras privadas, y se examinó libre en Huesca. En 1897 obtuvo el título de Maestra Superior.

Algunos documentos del expediente de Pascuala Marco

Un examen de caligrafía, realizado con primor y esmero.

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Una muestra de sus calificaciones.

Notas de tercero. Las mejores

Y una de las muchas instancias que escribió

Solicitud

En 1905 las hermanas volvieron a Biel

Castán, José. EsquelaNecrológica. El penitenciario de Jaca. ¡Ha muerto! Dos palabras son estas que condensan amargamente todo nuestro sentir y llenan de pena el corazón de todos cuantos conocieron y trataron al dignísimo canónigo don José Castán y Aguas. (Cfr. El Pirineo Aragonés, 10/06/1905)

El temprano e inesperado derrame cerebral que se llevó a su tío a los 50 años, frustró la carrera y la vida social de Pascuala y Emilia. Levantaron la casa de la calle Bellido, 24, y volvieron a Biel. Desde entonces, el tresillo dorado en el que recibían a las visitas ilustres, la vajilla de la Cartuja de Sevilla y la cubertería de plata, con las que comían todos los días, se convirtieron en objetos de culto. Y don José en un mito familiar.

La boda de mis abuelos

Abuelo

Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968)

Mariano Pemán Alvarado (Biel, 1843-ca. 1899), de casa Loy, y Manuela Otal Callau (Biel, 1846-1918), de casa la Morena, fueron los padres de Mariano, Pabla y Constantino.

Mariano Pemán Otal (Biel, 1872-1930), casado con Teresa Biesa Dieste (Biel, 1874-1939). Pabla Pemán Otal (Biel, 1879-1913), que se casó con Gregorio Lanzarote Lasheras (Biel, 1878-¿?).

 Constantino que se casó con Pascuala, a los tres años de su regreso de Jaca. La novia estaba de luto, hacía seis años que se había muerto su madre, a los 41, años y tres su tío José Castán, a los 50. En esos años el luto por un familiar directo duraba por lo menos cinco años. 

En 1908, Pascuala abandonó casa y hacienda, y acompañó a su marido, que ya era maestro de Larraga por oposición. En 1912 volvió a Biel, donde nació su hijo Pedro. En su casa se sentía acompañada por su padre y sus dos hermanas solteras.

Constantino realizó los estudios primarios en Biel y heredó la vocación de su maestro  don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927). En 1906 obtuvo el título de Maestro Superior en la Escuela Normal de Zaragoza. En una hoja de servicios consta como Grado Bachiller, del plan de 1901.

En 1907 aprobó las oposiciones y lo destinaron a Larraga. En 1912, el año que nació su hijo Pedro, reclamó contra el anuncio del concurso de traslados que no incluía la escuela de Luna, pero su reclamación fue desestimada Era clara su intención de acercarse a Biel.

En 1913, gracias a una real orden, pudo salir de Navarra y, por concurso de traslado, llegó a Aguarón, donde estuvo unos ocho meses. Ese mismo año lo obligaron concursar de nuevo y le concedieron Blesa (Teruel), pero no se llegó a incorporar, porque entre tanto había conseguido una permuta con Ricardo Luna Carné (Alhama de Aragón, 1877-Tarragona, 1930), maestro de Biel.

Desde 1913 hasta que se jubiló en 1952 ejerció en la escuela unitaria de Biel. En esos 39 años pasaron muchas generaciones por sus manos.

Fue un maestro de referencia y prestigio entre los maestros de la provincia.  En 1935 fue uno de los elegidos para los Cursillos de perfeccionamiento del Magisterio, que tuvieron lugar en la Escuela Normal de Maestros de Zaragoza. Y en la jubilación de don Juan Lanzarote, el inspector comparó a don Juan con don Constantino. Dos alumnos brillantes, los dos alumnos de Manuel Marco.

Llegó a Biel en 1913, en un momento en que se estaban consiguiendo importante mejoras para el pueblo, en las que participó. Se construyeron las escuelas nuevas, las carreteras de Ayerbe y Sádaba y se llevó la luz eléctrica. Primero la llevaban desde Sibirana y después desde Murillo. Por esas fechas llegó el agua corriente al pueblo y comenzó a funcionar la Fábrica de Harinas. En 1923 creó la Mutualidad Escolar.

Cuando llegaron a Biel,  mis abuelos y su hijo Pedro se instalaron en casa el Bastero, calle La Torre 20. Allí nacieron José, Asunción y Jesús. Con la epidemia de gripe de 1918, murió José Marco Castán, el heredero de casa Machín. Entonces Constantino, Pascuala y sus cuatro hijos se trasladaron a la Caudevilla 28 y vivieron con Elena y Emilia, las dos hermanas solteras de Pascuala.

Y así, de la noche a la mañana, mi abuelo se convirtió en maestro-labrador con una gran hacienda que administrar.

Mi abuela nunca fue maestra titular de Biel, pero hizo las sustituciones necesarias, de soltera y de casada. Era una mujer delicada y sensible. Una gran lectora que inculcó en sus niños unos valores emocionales intensos, una moral severa, de tradición senequista, y unos sólidos principios cristianos. Junto al amor por el estudio, los preparó para afrontar una orfandad que ella intuía cercana.

Pemán Marco. Coloreada

Pedro (Biel, 1911-Balaguer, Lérida 1938), José (Biel, 1914-1996), Asunción (Biel, 1916-Zaragoza, 2002) y Jesús (Biel, 1918-Madrid, 1991). Los cuatro hijos de Constantino y Pascuala.

En el centro de la foto de 1923, la que da entrada a este artículo, mi abuelo está rodeado de sus dos hijos mayores, Pedro  y José. Sentado en sus rodillas, Jesús, el pequeño. Y Asunción, con un vestido blanco, está sentada en una silla, al lado de Felisín.

Emilia Marco Castán

Emilia

Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971).

Emilia es otra ausente en la foto de 1923.  En 1922 se metió monja de Santa Ana, con las que ya estaba familiarizada desde su estancia en Jaca. La regla de la orden era estricta y no las dejaba volver a sus casas ni para la muerte de los padres. Así que no pudo acompañar a su hermana, con la que había tenido un convivencia muy estrecha, ni pudo asistir a su entierro.

Ocupó cargos importantes en la congregación. No sabemos dónde adquirió el buen acento de su francés, seguramente en su estancia Jaca, una ciudad casi fronteriza, donde no era difícil conseguir profesoras nativas. También era fácil pasar temporadas en algún colegio de Pau. Todo esto correría por cuenta de su tío.

En 1929, se llevó a Valencia a su sobrina Asunción, mi madre, que vivió con ella en el Colegio del Parque, en Valencia, donde era directora, hasta que acabó Magisterio.

1929. Asun Cole. 2

1929. Valencia. Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Recién llegada a Valencia. Pasó un curso en el colegio de Santa Ana, antes de comenzar Magisterio.

Aunque mi madre pudo haber hecho los estudios de la iglesia en el Colegio, su tía, demostró un talante liberal y la matriculó en la Escuela Normal de Valencia, en los tiempos de la República. Mi madre obtuvo el título de maestra republicana. En esos años se quitó la religión como asignatura. Por eso, cuando en 1940 se quiso presentar a oposiciones, tuvo que trasladar su expediente a Huesca y cursar las asignaturas de religión, obligatorias para las oposiciones en ese momento.

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1932, Valencia. Asunción, a nuestra derecha. Saliendo de la Escuela Normal, con una compañera.

Elena Marco Castán

1948. Casa Machin. Altar

1948. Día 2 de septiembre.  Altar en la puerta de casa Machín para recibir a la Virgen de Fátima. Asomada al balcón Elena Marco Castán (Biel, 1885-1949). En la calle, entre otros, Juliana de Tintau, Eulalia Dieste, Gregorio Romeo, Jesús Pemán. Las niñas: Alicia y Rosario Pemán, de luto. Conchita Pemán y Maruja Romeo, de blanco.

1923, Elena

Elena Marco (Biel, 1885-1949), y  Antonio Cardesa (Biel, 1908-Huesca, 1993). Delante, Constantino Pemán (Biel, 1881-1968).

Elena, aquejada de epilepsia, no fue a Jaca con sus hermanas, ni se le conoció ningún novio. Nunca salió de Biel y siempre vivió en casa Machín. Era una de esas mujeres solteras y abnegadas que entregó la vida a sus sobrinos. Era la madrina de bautismo de su sobrino Antonio Cardesa Remón, el joven que está junto a ella en la foto. Y de su sobrino, el malogrado Pedro Pemán, justo delante de Antonio.

Antonio Cardesa Remón (Biel, 1908-Huesca, 1993), en la foto es un adolescente contento al lado de su madrina. Llegó a ser ilustre médico de Huesca. Se casó con Pilar García Bragado y tuvieron una larga descendencia.

Perfecto Cardesa y las otras personas de la foto

Seguramente, Perfecto Cardesa Cardesa, en realidad Perfecto Cardesa Aguas, con su familia, acudió a Biel el verano de 1923 a visitar a su tía Pascuala, y quiso hacerse una foto como recuerdo. Los otros Cardesa de la foto acompañaron a Perfecto, a su mujer y a su hija, que en esos momentos eran personas relevantes en la sociedad zaragozana.

1923, Constantino y Perfecto. Recortada

Perfecto, con sombreo, Marino Sampietro, con bigote, Pablo Arenaz y Felisa Arambillet. Las niñas,  Felisín Cardesa y Asunción Pemán.

Perfecto Cardesa Cardesa (Biel, 1890-Zaragoza, 1925). Era hijo de María Cardesa Aguas, la madrina de mi abuela. El 14 de febrero de 1921 se casó en la Seo de Zaragoza con Felisa Arambillet. Había sido maestro de El Frago, de Erpiol y de las Escuelas Anejas a la Normal de Maestros de Zaragoza.

Según sus partidas de nacimiento y bautismo, sus orígenes nos resultan un poco liosos. En el juzgado lo inscribió la partera, María Salias, con el nombre de Perfecto Cardesa, como un niño de padres desconocidos. Adelantándonos al futuro, esta partera, hija de Ramona Gastón, también partera fue una abuela lejana del que con el tiempo sería el famoso en la pandemia del coronavirus, el doctor Fernando Simón.

En cambio, en la partida de bautismo primero se identifica a la madrina y, después, en otra partida añadida, a su madre y a sus padres.

En la Villa de Biel, el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño de padres desconocidos y le puse el nombre de Perfecto. Siendo madrina Bibiana Lanzarote.

Esta primera declaración estaba sin firmar y con un barreado //////. A continuación en la misma hoja se repite la misma partida de bautismo con más datos.

En la villa de Biel el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño, hijo natural de María Caredesa, soltera natural y vecina de esta villa. Siendo sus abuelos maternos Juan José Cardesa y Manuela Aguas . Se llamo el bautizado Perfecto y fue su madrina Bibiana Lanzarote. Fueron testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera. Firmado por José Les, presbítero

En 1913, María Cardesa Aguas acudió al juzgado de Biel, se identificó como la madre de Perfecto y le dio sus dos apellidos. Este cambio solo constó en el expediente de Magisterio. Él siguió firmando como Perfecto Cardesa Cardesa, y así aparecía en los nombramientos de maestro y en el cementerio de Torrero. (Cf. Archivos de Biel, de la Universidad y del Cementerio de Zaragoza).

En 1976, 41 años después de su muerte, su mujer solicitó un nuevo cambio en la partida de nacimiento: Perfecto Cardesa Aguas hijo de Perfecto y de María.

La temprana muerte de Perfecto y el empeño de Felisa por aclarar los orígenes de su marido, ciernen sobre su vida un halo de misterio. Misterio que me asombró cuando consulté el árbol genealógico de los Arambillet Oficialdegui. Felisa, a diferencia de sus hermanos, no consta ni como casada ni como madre de una hija.

Felisa Arambillet Oficialdegui (Artajona, 1893-Zaragoza, 1992), pertenecía a una linajuda familia navarra. Era maestra del grupo escolar Buen Pastor de Zaragoza y hermana de Delfina, la mujer de Pedro Arnal Cavero, un famoso maestro de Zaragoza nacido en Huesca. Gozó de gran fama entre los maestros de su época.

Felisa Cardesa Arambillet, “Felisín” (Zaragoza, 1922). En la foto, con menos de dos años, está sentada encima de su madre. Realizó los estudios primarios en la escuela del Buen Pastor, donde ejercía su madre.

En la asamblea anual de la Mutualidad Escolar de El Buen Pastor, las niñas Carmen Panzano y Felisa Cardesa recitaron el diálogo “Sucursal del Manicomio”. (Cfr. La Voz de Aragón, 27/05/1930)

Cursó el bachillerato en el Instituto Miguel Servet y los estudios superiores en la Universidad de Zaragoza.

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De izquierda a derecha. Marcelina Serrano, Ramira Cardesa, monja, Felisa Cardesa Arambillet y María Serrano. De “Fotos antiguas de Lobera de Onsella”. Sin fecha. 

Fue religiosa Escolapia: madre general, directora del colegio y profesora de Matemáticas. También daba Ciencias Naturales. El año 2013 residía con las monjas de su congregación en Chile. Sus alumnas la recuerdan como una excelente profesora con grandes cualidades humanas. También recuerdan a su madre como una señora de mucho estilo que vivía en un pequeño apartamento dentro del colegio del Arco de San Roque, en Zaragoza.

Los novios del Solano

1923, Los novios

Pascual Samper (Biel, 1896-1924) e Irene Cardesa (Biel, 1898- 1924).

Irene y Pascual murieron juntos cerca de la casa de Irene. Su presencia en esta foto me hace pensar que era un noviazgo avanzado y aceptado por la familia.

En las anotaciones de mi tío, esta pareja está sin nombre. O no los recordaba al cabo de tantos años, o no quiso nombrarlos. En Biel, Irene y Pascual estaban estigmatizados. Después de su muerte, nadie habló de ellos en público. Circularon los hechos de boca en boca, pero nunca en en voz alta, porque nadie sabía a ciencia cierta qué había sucedido. No se sabe quién disparó. Las gentes dijeron que habían sonado dos tiros de pistola. De las actas de defunción no se deduce nada.

Samper Bagüés Pascual. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Pascual Samper Bagüés soltero de 28 años de edad de oficio Comerciante hijo legítimo de Francisco y de Leonor, fallecido a las 23 del día 21 de julio actual por disparo de arma de fuego en la plaza del Solano de esta Villa. Según dictamen de autopsia verificada por orden judicial por los Profesores Médicos D. Donato Emiliano Ladrero y D. Amado Mínguez Biel aquel médico forense del partido y este titular de esta Villa.

Cardesa Lanzarote, Irene. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El Señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Irene Cardesa Lanzarote, soltera, dedicada a sus labores, de 26 años de edad, hija legítima de Juan José y Viviana, fallecida a las 23 del día 21 del corriente mes, por disparo de arma de fuego, en la plaza del Solano de esta Villa, según dictamen de autopsia, verificada por orden judicial, por los Profesores Médicos don Donato Emiliano Ladrero, médico forense del partido y don Amado Minguez Biel, titular de esta Villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Isabelita, don Amado, Marino y Pablo

1923, Isabelita, don Amado

A nuestra izquierda, Isabel Marco Sampietro, “Isabelita”, (Biel, 1895-Alagón, 1974). Y a nuestra derecha, Amado Mínguez Biel (Sos, 1897-Biel, 1984)

¿Me he preguntado muchas veces qué hace en el centro de la foto un médico recién llegado? Pues muy fácil, su presencia era casi continua en casa Machín para atender a mi abuela.

Amado Minguez Biel. Su segundo apellido era como una premonición. Con su llegada a Biel, su vida cambió. Estaba llamado a ser una figura importante en el pueblo. En 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-1981), de casa Mauricio, una de las casas más prósperas. De este matrimonio nacieron ocho hijos

¿Y a qué se debía la presencia de Isabelita y Marino?

Eran los hijos Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), el maestro que había formado a mi abuelo y a otros maestros de Biel.

Marino Marco Sampietro era fotógrafo. Hizo la foto con un trípode y dio un poco de tiempo antes de que se disparara automáticamente. Se dejó un sitio preparado. Por eso aparece detrás, entre el hueco de Perfecto y Pablo.

Isabelita Marco Sampietro era hermana de Marino y visitaba con frecuencia a mi abuela. En 1923 ya debía ser la novia de Juan Lanzarote (Biel, 1895-Alagón, 1992), un reconocido maestro en Alagón.

¿Qué hacía Pablo entre tantos Cardesas?

Pablo Arenaz Arenaz (1895-?) era el organista de Biel. Aprendió su oficio con don Amado Cardesa Remón (Biel, 1890-Zaragoza, 1991), que llegó a ser canónigo del Pilar. Pablo siempre conservó su amistad y su gratitud con los Cardesa.

rayaaaaa

Tras la aparente calma de aquel verano fijado en el papel couché, latían grandes pulsiones que condujeron las vidas.

Unos estaban destinados a ser triunfadores y a otros ya los había elegido el fatuum de la tragedia. Sus vidas estaban tejidas con hilos de la misma madeja, pero los tapices resultaron muy diferentes.

He conseguido identificar a las personas, pero sus vidas me han dejado un mar de dudas.

¿Fue don José Aguas Iriarte un cura guerrillero que acabo buscando refugio para él y su familia en Biel, en unos tiempos revueltos en la Val de Onsella? ¿Quiso mantener los principios tradicionales arraigados en casas de buena hacienda? ¿Por su influencia llegó a ser Biel un pueblo más carlista que isabelino?

¿A quién ocultaba María Cardesa Aguas cuando mando inscribir a su hijo como hijo de padres desconocidos? ¿Qué la movió a reconocer a su hijo darle sus apellido cuando Perfecto ya tenía 23 años? ¿Que movió a Felisa Arambillet, su esposa, a volver a cambiar la partida de nacimiento cuando Perfecto llevaba más de cincuenta años muerto?

¿A qué se debió la muerte trágica de Irene y Pascual?

Con estas semblanzas me he acercado un poco a las vidas de algunas personas  relacionadas con mi familia, pero mi versión nunca será la misma que ellos vivieron. Todos, como los personajes de don Ramón del Valle Inclán, se han  paseado por la deformación de mis espejos cóncavos. Y en la distorsión de las figuras se adivina lo que un día pudieron ser.

En la reconstrucción de mi estirpe, como en todas las familias de la montaña aragonesa, por encima de las personas, prima la casa y la hacienda. Lo más importante era mantener un heredero que conservara, o aumentara, el patrimonio y que protegiera a la casa y a sus padres.

2016. Casa Machín

Biel, 2016. Casa Machín

En casa Machín, los nombres de los herederos fueron cambiando con los años, pero el nombre de la casa ha permanecido desde que se lo diera Machín de Villarreal en 1495. Según mi profesor Antonio Serrano Montalvo, en el fogaje de aquel año, Machín de Villarreal, jurado, era dueño de uno de los 113 fuegos de Biel, que en esos momentos pertenecía al Arzobispado de Zaragoza. Los jurados, dos infanzones y uno del estado llano, encabezaban a los hombres principales de la villa. No pudo comenzar mi estirpe con mejores augurios.

Carmen Romeo Pemán

1923, Constantino y Perfecto

Y mi novela alza el vuelo…

Hoy mi entrada no va de poesía, ni de cuentos, ni de relatos. O, al menos, no de relatos en el sentido tradicional. Porque, en realidad, sí que es un relato basado, como suele decirse, en hechos reales. Y, si me apuráis, afinaré un poco más: es un relato propio, absolutamente cierto, sobre una experiencia personal:

He terminado de escribir y corregir el borrador de mi primera novela.

Una docena de palabras que podrían ser el principio y el final de mi artículo. Y os lo digo así de claro porque, como lectores, os debo un respeto y un agradecimiento que crece día a día y merecéis que sea sincera con vosotros. Estaba haciendo otras cosas y, de pronto, me he dado cuenta de que anoche, por fin, había terminado de crear algo. ¡Uf! Ha sido una sensación comparable a la que tuve cuando aprobé la última asignatura de la carrera. Recuerdo que llegué a mí casa exultante y feliz y le dije a mi padre, médico también, «¡Papá, ya soy médico!». Entonces él, después de darme un abrazo, me contestó algo que hoy, muchos años después, me sigue pareciendo uno de los mejores consejos de mi vida: «Enhorabuena, hija, estoy orgulloso de ti, pero no te confundas. No eres médico. Tienes un título de licenciada en medicina que significa que sabes manejar síntomas, diagnósticos, tratamientos y cosas así. Pero eso es solo el primer paso. Serás de verdad médico cuando pienses en primer lugar que, en la camilla, o al otro lado de la mesa de la consulta, tienes a una persona. Ni siquiera un enfermo, fíjate bien. Una persona que necesita algo de ti. Si tienes eso siempre presente, entonces, solo entonces, serás médico”.

Bueno, pues esta mañana, como os decía, he vuelto a sentirme igual como escritora. No quiero menospreciar mis relatos, mis poemas, mis artículos, ni que se sientan ninguneados si los comparo con mi primera novela, porque no van por ahí los tiros. Ellos han sido y seguirán siendo siempre mi primer amor en el sentido literario, ¿y quién de nosotros no sabe que el primer amor es algo inigualable y único? Pues eso: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Porque si mis escritos previos han sido las herramientas que me han ayudado a escribir un cuento, ahora, con mi novela, me adentro en un terreno desconocido que es, ni más ni menos, que lo que viene detrás de “Y fueron felices y comieron perdices”. Ese es el final de los cuentos clásicos. Y, en la vida, cuando los novios salen de la iglesia o del juzgado pletóricos de felicidad, no son perdices lo que aguardan en la calle. Son las hipotecas, los hijos, el levantarse con los pelos de punta y mal aliento, y también, claro está, el detalle de un desayuno en la cama, o el placer de compartir un café en bata y zapatillas sin salir de casa en un día de lluvia.

Por eso he dejado de hacer lo que estaba haciendo y me he puesto a escribir como loca esta entrada. Porque acabo de bajar los escalones del templo del brazo de mi novela, jeje.

Me siento, a partes iguales, feliz y asustada. Y necesito compartirlo con vosotros.

Mi libro de cuentos seguirá creciendo sin límite. Durante todo este tiempo he repartido las horas, como una buena madre, entre mi novela y los demás. Y así pienso seguir. Pero le he mandado mi borrador a mi hija, a mi hermana, a mis primas, a tres amigas y a un amigo, y a mi correctora, que se lo va a pasar a su lector cero. Y siento muchas cosas.

Uno de mis talones de Aquiles como escritora es mi amor desmesurado por las metáforas. Lo saben los magníficos compañeros de mis cursos de escritura a los que tanto debo y que ahora sonreirán cuando lean que me siento como un piloto en su primer vuelo, cuando toma conciencia de que ahora es aire, y no suelo, lo que tiene debajo de los pies.

Y es que, como dice el título, que he cambiado varias veces, dicho sea de paso, acabo de darme cuenta de que mi novela ha alzado el vuelo. Y me toca quedarme en tierra, esperando a que regrese con anotaciones al margen, con críticas constructivas y cariñosas que me ayudarán a dar ese último retoque. Pero es que, y sigo con las metáforas, es igual que si se hubiera casado un hijo o una hija: mi novela, mi criatura, ya no me pertenece del todo. Va a conocer a otras personas, va a cambiar, a evolucionar… y eso me da tanta alegría como miedo, ¿verdad que me comprendéis?

En fin, todo este artículo no es más que para eso, para contaros que he terminado de escribir mi primera novela. Que ahora me encuentro en un punto de inflexión y me adentro en territorio desconocido después de salir de la zona de confort que eran y siguen siendo mi ordenador y mi sillón. Y que, como en los cuentos, la protagonista se enfrenta mejor al bosque si se siente acompañada.

Me encantará contaros lo que queráis saber, responder a cualquier pregunta, por superficial o intrascendente que parezca, recibir vuestros comentarios, vuestras aportaciones, que me deis ideas o sugerencias. Estoy abierta a todo.

Porque solo saber que habéis leído hasta aquí, ya me ha hecho sentirme arropada. Y ha aumentado mi alegría y ha disminuido un poco mi miedo. Que por algo el título lo he puesto con puntos suspensivos, porque representan la incertidumbre de lo que pasará a partir de aquí.

Mi novela ha despegado, empieza a alzar el vuelo, aunque todavía nos faltan algunos pasos para llegar al destino. Y sin vosotros, lectores, yo no escribiría, así que gracias por haber sido y seguir siendo el combustible que impulsa mis dedos sobre el teclado.

Gracias. Os quiero.

Adela Castañón

Imagen de Mystic Art Design en Pixabay 

Los cheblinos

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

A mí me gustaba escaparme de casa y llegar hasta Las Cheblas. Allí los niños se pasaban todo el día correteando por las calles. Con ellos aprendí a pescar renacuajos y a acorralar a los escorpiones en un círculo de fuego hasta que se suicidaban. Nos gustaba ver cómo se clavaban el aguijón de su veneno en la nuca. No querían morir asados. No querían ser el manjar de unos niños crueles. Estas y otras correrías se nos acabaron el día que los del Gobierno obligaron a los cheblinos a llevar a sus hijos a la escuela. Los padres los mandaron por miedo  a las amenazas y a multas.

Pero esto también se acabó el día que se juntaron los labradores en la plaza. Iban armados con horcas y hoces y acusaron a los del Gobierno de traicionar sus costumbres ancestrales. Les dijeron que no pagarían más multas ni mandarían a sus hijos a la escuela. Querían que fueran labradores como ellos. Es más, acusaron a los maestros de corruptos. Con sus soflamas convencían a los jóvenes, que desertaban de las tareas del campo. De repente oímos un vozarrón:

—Nuestros hijos no huirán del arado, como ha dicho el representante del Gobierno.

Ese día me fui de La Cheblas con la cabeza baja. Ya no volvería a corretear por las calles ni pescaría barbos en el río. Además sabía que mis padres sí que me obligarían a ir a la escuela.

Poco a poco me fui olvidando de las ranas y de sus renacuajos. Salí a estudiar a la ciudad. Al cabo de unos años, un día que volví a mi casa, me senté a leer en una piedra del camino que llevaba a Las Cheblas. Debajo vivía un escorpión. Y, sin darme tiempo a reaccionar, me clavó su aguijón en el tobillo. Yo me hice un torniquete con un pañuelo y él se puso a tomar el sol entre las peñas. Los dos nos quedamos muy quietos y nos miramos como dos viejos enemigos.

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Carmen Romeo Pemán

El abrigo rojo

La niña nunca había tenido un abrigo negro. Le extrañó que se lo pusieran, pero cuando llegó al cementerio no se encontró rara. Había poco más de una docena de personas, todas vestidas de negro, que sujetaban paraguas del mismo color. Hasta el día llevaba ropas oscuras. Una lluvia cansina se descolgaba del cielo, plomizo y cubierto de nubarrones enfadados. Las únicas notas de color la ponían dos o tres ramos de flores bastante mustias que yacían desmayadas sobre las lápidas, casi todas de un tono gris ceniciento y sucio, incluso las más cuidadas. Algunas tenían en la cabecera ángeles de piedra que parecían llorar cuando la lluvia resbalaba por sus rostros.

La pequeña iba de la mano de su madre. Al acercarse a la gente sintió que los dedos maternos apretaban más los suyos hasta casi hacerle daño. Levantó la cara para protestar, pero no se atrevió a decir nada. La mirada de su madre estaba fija en una mujer que aguardaba de pie junto a un agujero negro abierto en la tierra, solitaria y despegada del grupo que formaban los demás. La niña reconoció entonces aquella cara llena de ángulos, la boca apretada en una línea tan estrecha que parecía que no tuviera labios, y unos ojos tan grises como las lápidas y el cielo. Era su abuela. Aquella abuela a la que había visto pocas veces en su corta vida. Su madre casi nunca hablaba de ella y, cuando lo hacía, no decía nunca “tu abuela”, sino “la madre de tu padre”. Esa mañana, cuando su madre la vistió de negro, solo le dijo que tenía que ser buena y portarse bien, porque iban a ir al entierro de su abuelo.

Su madre empezó a caminar un poco más despacio hasta que se colocó junto a la anciana, pero sin rozarla. Hacía frío. La chiquilla metió la mano que tenía libre en el bolsillo de su abrigo y sus dedos se encontraron con un agujero que le resultaba familiar. Pensó que a lo mejor lo habían comprado en la misma tienda que el abrigo rojo que su padre le había regalado en su último cumpleaños, un mes antes de irse al cielo. Había sido el último regalo y el último secreto compartido con él. Su madre había protestado ese día y dijo que no podían permitirse tantos gastos, pero papá contestó que había sido un chollo. Luego, a solas, después de apagar las velas y de comer la tarta, cuando ella le preguntó que qué significaba lo de chollo, él le explicó que un chollo era algo así como un golpe de suerte.

–Verás, Isabel, el abrigo no me ha costado nada. En realidad, es un regalo de tu abuela porque lo ha pagado ella, pero mejor que no se lo cuentes a mamá.

–¿Por qué no, papi?

–Bueno, mamá y la abuela son buenas. Las dos. Pero no han sabido hacerse amigas, ¿vale? Y la abuela sabía que yo quería regalarte algo, y ha sido ella la que me ha dado el dinero.

Isabel había guardado ese secreto, igual que guardaba otros. El abrigo rojo se había convertido en su prenda favorita. Y ahora, al ver que su dedo encajaba perfectamente en el agujero del que llevaba puesto, sintió que en su interior se instalaba una terrible sospecha. Se fijó en los botones, con una flor pequeña grabada en el centro de cada uno de ellos, en la suavidad familiar de la solapa, y la tela empezó a picarle. Quiso preguntarle a su madre si tardarían mucho en volver a casa, pero no se atrevió. Necesitaba subir a su cuarto y abrir el armario para acariciar su abrigo rojo. Porque seguro que estaría allí. Tenía que estar. “Por favor, Señor”, rezó en silencio, “que esté colgado en su sitio”.

No prestó atención a las palabras del sacerdote. No le hacía falta. Ya sabía de sobra todo lo que le había pasado al abuelo. A estas alturas estaría en el cielo con papá y con Blacky. Cuando Blacky murió y lo enterraron en el jardín, papá le había explicado que en el cielo todos eran felices. Ella se sintió mejor al saberlo y preguntó si, mientras llegaba la hora de encontrarse con Blacky, podría tener otro perro, pero mamá dijo que no, y papá le dio la razón. Un perrito, le explicó, daba mucho trabajo, había que sacarlo, darle de comer, y ella tenía que ir al colegio durante muchas horas. Y ahora que él ya no trabajaba no podía ayudarle. Cada vez se cansaba más y apenas salía de casa, como no fuera para ir a sus revisiones en el hospital. Y, además, su padre le dijo que ella era ahora su mejor enfermera y que él se sentía bien cuando estaban juntos, así que aprovecharían el tiempo y él le leería todas las noches varios cuentos para compensarla de la falta de un perrito. Y había cumplido su promesa hasta que se fue al cielo con Blacky.

Poco tiempo después de que papá se reuniera con Blacky, Esteban empezó a ir de visita casi todas las tardes. La madre de Isabel sonreía de nuevo y la chiquilla volvió a pedirle un cachorrito, pero mamá le dijo que un cariño no se podía sustituir por otro y continuó sin tener una mascota. Isabel aceptó la explicación porque venía de su madre, aunque estuvo a punto de preguntarle por qué dejaba que Esteban pasara cada vez más tiempo con ella. Si a su madre no le parecía bien que ella tuviera otro perro, Isabel no entendía que ahora quisiera meter en casa a otro padre. Y, además, Esteban no se parecía en nada a su papá. Para empezar, se había adueñado del cuarto que papá le había construido a ella en el garaje, el cuarto donde había un montón de estanterías en las que vivían todas sus muñecas. Mamá le dijo que era mejor que se quedara solo con algunas y que se las llevara a su cuarto, y al poco tiempo todo el garaje quedó habilitado como una enorme pajarera para las aves que Esteban criaba. Cuando estaban los tres juntos, Esteban le decía cosas bonitas y le sonreía, pero si su madre no estaba en la habitación era como si ella, de pronto, se volviera invisible. Isabel sabía que Esteban no la quería, y pensaba que tampoco quería a su madre o, al menos, que la quería menos que a sus pájaros. Pero cuando pensaba en decirle eso a ella nunca encontraba el momento. Mamá, desde que Esteban acabó por mudarse a la casa, estaba bastante rara.

La ventana del cuarto de la pequeña daba a la parte de atrás de la casa, donde estaba el garaje, y muchas noches se despertaba varias veces por culpa de los ruidos que hacían los pájaros. Escuchaba los aleteos, el piar de algunos, y pensaba que quizá le habrían gustado si los hubiera visto volando en libertad. Pero verlos allí así, tan apelotonados, solo le producía pena.

El graznido de unas aves que revoloteaban en círculos sobre el cementerio, y el apretón de la mano de su madre para que empezara a caminar, la sacaron de su ensoñación. Mientras ella se perdía en sus recuerdos, habían tapado el agujero, y ahora estaba todo cubierto de tierra. Las demás personas se dispersaron y ellas dos volvieron a la casa caminando al lado de la abuela, pero sin llegar a tocarla. Entraron, y la chiquilla se soltó y empezó a subir corriendo las escaleras hasta que la detuvo la voz de su madre.

–¡No corras, Isabel! Ten un poco de respeto.

Terminó de subir y abrió el armario. El abrigo rojo no estaba allí. Vio sobre la cama una maleta abierta en la que había parte de su ropa, pero no el abrigo. Empezó a hacer pucheros, cogió su muñeca favorita y salió de la habitación sin hacer ruido. Desde lo alto de la escalera escuchó las voces. Sujetó la mano de la muñeca y se asomó a la barandilla.

–…no tiene corazón. Pero veo que no ha cambiado de opinión. –La que hablaba era su madre–. Sabe de sobra que su marido me ayudaba con los gastos de Isabel, y pensé que usted tendría la decencia de seguir haciéndolo.

–Mi marido era un santo, igual que mi hijo, que no sé lo que vio en ti.

–No tiene derecho a…

–Tengo todo el derecho del mundo. Mi marido, que en paz descanse, os dio esta casa como regalo de bodas. La casa donde ha vivido su familia desde hace muchas generaciones, así que dale gracias al cielo de que yo respete su voluntad y deje que sigas aquí con ese inútil que te has buscado y…

–¡No le consiento que me falte al respeto!

–Más le has faltado tú a mi hijo. Que a saber si ya andabas con ese novio antes incluso antes de enterrarlo. Y llamarlo inútil es hacerle un favor. Que el que ni es rico ni trabaja y vive así de una mujer tiene otro nombre más feo. Mi marido quería a mi hijo y a mi nieta con toda su alma, y por eso no quise amargarle lo que le quedara de vida malmetiendo cizaña y dejé que siguiera dándote dinero todos los meses. Pero tú sabes de sobra lo que yo pensaba de eso. Y lo sigo pensando. Tú y ese novio tuyo vivís a cuerpo de rey mientras que, a la niña, si le llega algo, serán las sobras.

–¡Eso es mentira…!

–Puede que sí, o puede que no. A lo mejor de momento tu chulo está adorando al santo por la peana, pero eso no durará siempre.

–Su marido se revolvería en la tumba si supiera lo que pretende hacernos a Isabel y a mí. Sé que nos quería y no le hubiera gustado que…

–La única que se está revolviendo eres tú, Mercedes. Le prometí a mi marido que cuidaría de nuestra nieta, y eso es lo que voy a hacer. Si no quieres que se cierre el grifo del dinero, Isabel vivirá conmigo. Te puedes quedar con la casa. Y podrás venir a visitarla cuando quieras. Por supuesto, sola.

Isabel dio media vuelta y volvió a su cuarto. Se sentó sin quitarse siquiera el abrigo. Empezó a rascar la tela con la uña, tratando de ver aunque fuera una hebra roja, pero no lo consiguió. Escuchó en la escalera unos pasos y su madre entró en la habitación

–Vamos, nena. –Empujó la ropa y metió un par de prendas más en la maleta–. Vas a pasar unos días con la m… con tu abuela.

Mercedes cerró la cremallera y volvió a bajar la escalera con la maleta en una mano y la niña cogida con la otra. Se agachó para besar a Isabel.

–Hazle caso y sé buena, ¿de acuerdo?

Se levantó y abrió la puerta de la calle sin mirar atrás. La anciana cogió la maleta y salió, seguida de la niña. Isabel esperó a que la puerta se cerrara, y miró hacia el garaje. Su abuela se dio cuenta.

–¿Hay algo ahí que quieras coger? –le preguntó.

Isabel negó con la cabeza. La voz de la anciana tenía un tono distinto, nuevo, que impulsó a la niña a contestar.

–Ahí no hay nada mío.

Isabel volvió a rascar el abrigo sin darse cuenta. La anciana, entonces, se fijó en los botones, en la solapa, y en el luto que llevaba su nieta en los ojos, y no solo en el abrigo. Sintió que el corazón se le retorcía dentro del pecho, pero se forzó a sonreír.

Dejó la maleta en el suelo y, por primera vez, le dio la mano a su nieta, que no la rechazó. Era cálida y suave, igual que la de su hijo cuando era un bebé. La abuela y la nieta se acercaron al garaje. La puerta no tenía llave y una algarabía de aleteos y piar de pájaros las recibió.

Isabel y la anciana se miraron. La niña acarició uno de los botones de su abrigo y escuchó a su abuela decirle algo que la sorprendió:

–Tengo una idea, Isabel. Mañana, si quieres, tú y yo iremos de compras. Sé de una tienda donde tienen los abrigos rojos más bonitos del mundo.

Ella sonrió por primera vez desde que salió de la cama esa mañana. Entonces su abuela la soltó, avanzó dos pasos y abrió de par en par la puerta de la pajarera. Dio media vuelta, volvió a darle la mano, cogió la maleta, y echaron a andar.

Y, cuando Isabel levantó la mirada, su abuela le guiñó un ojo. Y sonreía.

Adela Castañón

Imagen: tomada de Internet. Fotograma de “La lista de Schindler”