Madre, y solo madre

Las fragolinas de mis ayeres

Hacía más de diez años que se habían muerto mi marido y mi hija. Y dos que Gregorio, mi único hijo, se había ido a la guerra. Dos años ya encargándome de una menguada hacienda, con las esperanzas puestas en un hijo al que me habían arrancado con un toque de queda. Ni siquiera sabía a qué bando se lo habían llevado. Eso me daba igual. A nosotros no nos quedaba tiempo para las cavilaciones políticas, bastante faena teníamos con arañarle a la tierra lo justo para poder comer.

Una tarde cuando volvía del monte, sin darme tiempo a desaparejar las caballerías, vino a verme mí hermano. “¿Qué querrá este ahora?”, pensé.

—Antonia, vengo a buscar la escopeta de Gregorio.

—No te la daré. Es lo que más aprecia.

—¿Es que no te das cuenta, Antonia? Tu hijo no volverá. No sabemos dónde está ni con quién. Si está con los sublevados, lo tendrán en primera línea de fuego y morirá pronto. Si está con los de la República, lo pasarán a cuchillo antes de devolverlo a un pueblo de zona nacional.

—Mira, no sé con quién está, ni mi importa. Pero mi corazón me dice que está vivo y que volverá.

Apreté contra mi pecho la foto que le hicieron cuando iba a la escuela. Estaba rugosa y descolorida de tantos besos y lágrimas. Desde que se fue siempre la llevaba en la faltriquera.

—Pero, Antonia, ¿no ves que son falsas ilusiones de madre? Tienes que aceptar la realidad. Tienes que estar preparada para el día que te den la noticia o te lo traigan muerto.

—¡Noo! Y ahora, por favor, vete y no vuelvas.

Al amanecer, cuando salía de casa montada en la yegua, siempre había alguno que me veía pasar y me decía; “No te mates tanto, Antonia. Tu hijo no volverá. Tanto esfuerzo por mantenerle esos cuatro campos y un puñado de ovejas no te servirá de nada”. Yo bajaba la cabeza y decía para mis adentros: “Mi hijo volverá”.

Cuando lo llamaron a filas me calcé las abarcas y aprendí a manejar los aperos de labranza. No sé de dónde sacaba tanta fuerza. Bueno sí que lo sé, me la daba la certeza de que volvería.

Un día cuando volvía del monte me esperaba una vecina en la plaza.

—¡Antonia, Antonia! El cartero te ha traído esta carta. Va sin remite.

Reconocí la letra de Gregorio y me puse tan nerviosa que no acertaba a abrirla. Lo primero que vi fue la foto y no pude contener un grito de alegría.

Se diría que no estaba en la guerra. Llevaba una camisa y unos pantalones que eran más propios de trabajo que de soldado. En lugar de botas, unas alpargatas. Y parecía un señorito. Limpio y bien peinado, había sustituido el morral por una bandolera con correa de cuero. Apoyado contra una pared de piedra seca, en medio del campo, era como si estuviera vigilando las ovejas o controlando las faenas del campo.

Con la fotografía venían unas letras. Como no sabía leer, corrí a casa de mi hermano. Yo me despellejaba los nudillos mientras él examinaba la foto y leía la carta.

—Bueno, Antonia, esto es lo peor que nos puede pasar. Dice que está bien y sin peligro. También dice que tiene prohibido mandar su dirección.

—Pues son muy buenas noticias. —Me saltaron las lágrimas y el corazón se me subió a las sienes.

—Eso es lo malo, que te hagas ilusiones, que no hayas entendido que está en el frente de batalla y que cualquier día puede desaparecer sin dejar rastro.

A partir de ese día comenzó mi zozobra. Me tumbaba en su cama para oler sus ropas, como si no esperara volver a verlo. Me imaginaba que un vagabundo me traía la noticia. Que se había quedado muerto en una cuneta y que los buitres darían cuenta de sus huesos. De repente, me levanté y grité: “Noo. Esto es mentira. Es una mala pesadilla por culpa de mi hermano”.

Corrí a la iglesia y me arrodillé delante de San Francisco Javier, le canté los gozos y repetí varias veces el estribillo: “Ignacio os hizo soldado, Jesús os dio compañía, dad a nuestros corazones, apóstol Javier, consuelo”. En estas estaba cuando entraron otras mujeres a rezar el rosario.

—Canta, canta, Antonia. Pero tu hijo volverá acribillado como San Sebastián.

No pude aguantar más. Llegué a casa, preparé un hato y me fui al corral de Fontabanas. No quería ver a nadie hasta que estuviera mi hijo conmigo. Solo pensaba volver  de vez en cuando a buscar pan, si el panadero me lo quería prestar hasta que yo volviera a amasar en casa.

Entre los cuidados del campo y los de las ovejas pasaba los días, siempre acompañada por esas fotos de Gregorio. Por las noches encendía una hoguera en una esquina del corral y me quedaba haciendo peduques hasta que me vencía el sueño. Entonces me acurrucaba en un colchón de paja cerca del calor de los animales.

Ya llevaba casi dos años en Fontabanas cuando una noche me pareció oír su voz.  Me pasé la mano por la frente. “Vaya por Dios, otra pesadilla, más vale que me levante”. Me asomé a la puerta. Los gritos cada vez se acercaban más.

—¡Madre, madre!

Lo vi a distancia. No tenía nada que ver con el joven de la foto que me mandó desde el frente. Despeinado y mugriento, con la ropa hecha jirones. Iba descalzo, con los pies envueltos en sangre. Nos fundimos en un abrazo. A ninguno de los dos nos salían las palabras. Al final le dije al oído:

—Sabía que volverías, que estabas con los que iban a ganar.

—Pues ha sido un milagro poder huir. He abandonado la trinchera llena de heridos y cadáveres. Y has de saber que no soy de los que han ganado, que una guerra no la gana nadie.

Cuando me enseñó la herida de una bala que le había atravesado el tórax, pensé en mi hermano, y en San Sebastián. Ni la presencia de mi hijo me sacó el miedo del cuerpo.

Carmen Romeo Pemán

Gregorio Romeo Berges (El Frago, Zaragoza, 1912-1969). Foto de 1926.

La foto de soldado que ilustra el texto está hecha en algún lugar del Frente del Ebro en 1938. Las dos fotografías son propiedad de la autora.,

Carta a mi madre

Hay que ver cómo eres, mamá. Desde luego has vivido noventa y cuatro años alucinantes, oye. Yo, si me dejas en herencia tus genes y tu alegría, me doy por muy bien servida.

Nunca hubiera creído que se podía elegir la manera de dejar este mundo, pero resulta que sí. Por lo menos en tu caso. Has tenido una despedida a la carta, como el que pide platos en un restaurante. Siempre dijiste que tú no querías irte de golpe, sin enterarte, ni acostarte y no despertarte a la mañana siguiente. No, para nada. Con lo que te gusta y te ha gustado el teatro, decías que querías saber con tiempo tu fecha aproximada de caducidad para tener la oportunidad de despedirte de tu gente y de organizarte, y vaya si ha sido así. Desde que empezaste a decir que se te hacía un nudo en la garganta, y en noviembre le pusimos al nudo el nombre de cáncer de esófago, has hecho exactamente lo que siempre dijiste que harías: prepararte y disfrutar hasta el último minuto.

Has sido un ejemplo. No puedo escribir que has sido una enferma ejemplar porque no nos has mostrado para nada la enfermedad, ni te hemos visto en baja forma en ningún momento. La víspera de tu partida todavía ibas caminando del salón al dormitorio, aunque fuera con ayuda, porque solo podías tragar líquido o papillas muy blanditas y eso, con lo que te ha gustado comer siempre, te debilitaba. Lo que no se debilitó nunca fue tu sentido del humor. Ni tu coquetería. Decías que te gustaría volver a tener tu peso de soltera, y hace pocos días te pesaste y te echaste a reír diciendo que habías conseguido que la báscula te diera ese capricho. Y eso que llevabas el collar y las pulseras puestas. La oncóloga que te vio no podía creer cómo eras. Menuda cara puso cuando trataba de decirte que no era operable, y le contestaste que tú no querías eso de “quirófano a vida o muerte, como en las películas”, y que tampoco querías quimio ni radio porque no te iban a ayudar, y lo único que iba a pasar, muy probablemente, sería que te caerían encima de golpe los noventa y cuatro años que, hasta ese día, no te habían pesado nada. ¡Si este verano, como todos los veranos, nos hemos hartado de reír en la playa cada vez que te metías y tragabas agua al venir una ola!

Tuve tiempo de llegar a ver esa sonrisa tuya tan hermosa, y esa cara de sorpresa y alegría que ponías cada vez que nos presentábamos en Murcia sin avisar. Tuve tiempo de decirte que tu nieto Javier estaba allí, contigo, y que tu nieta Marta llegaría desde Londres en menos de cuarenta y ocho horas. Tuve tiempo de pasar la última noche en el sofá cama de tu salón, junto a tu cama articulada, y ver que descansabas tranquila.

Y a tu nieto Pablo se le ocurrió que nos juntáramos todos, hijos y nietos, para rezar el rosario junto a ti, que sabía que eso te gustaría, y así lo hicimos el sábado. Respirabas tranquila, ningún estertor, con una expresión que no podía ser más serena. Había familia hasta en el pasillo, que hay que ver la que liasteis papá y tu… seis hijos, quince nietos… ahí es nada. Y, añadidos, nueras, yernos, novias y novios de los nietos y nietas… Creo que si hubiera pasado un policía y se le hubiera ocurrido mirar hacia el balcón, habría subido pensando que allí estábamos tramando, como poco, un golpe de estado. Y fue decir el “Amén” final del rezo, y escucharte dar un suspiro más profundo, ver la sombra de una sonrisa en tu cara, y comprobar que habías dejado de respirar.

Hubo tiempo de que viniera Abel, que si hay un cura “apañao” en el mundo, es él. Vino la semana anterior, te dijo una misa en casa, te dio los óleos… Y el domingo, como a ti no te gustaba el tanatorio de Murcia, se te dijo la misa de corpore in sepulto como tú querías, en tu parroquia del Padre Joseico, oficiada por Abel, y entrando tú como la reina que eras y que eres a hombros de tus hijos y de tus nietos. Y con un coro que te cantó como los ángeles…

Lo que yo te digo: una muerte a la carta, a tu gusto hasta el último detalle. Y es que tú no te merecías menos.

El domingo después de la misa, ya en tu casa, empezaron a pasar cosas por la noche: en el flexo de la ducha se debió de picar la goma, y aquello parecía una fuente. Menos mal que lo apañamos hasta la mañana siguiente con cinta aislante hasta que compramos uno nuevo. El wifi se fue de paseo, inexplicablemente, y hasta llamé a mis hermanos por si habían dado ya de baja tu teléfono. No lo habían hecho, y apagando y encendiendo el router varias veces acabó por regresar el internet. Y luego tu yerno, que se iba en el autobús nocturno porque yo, que soy la que conduce el coche, decidí quedarme en Murcia, decidió mirar no se qué en su maleta y la trajo al salón “porque hay más luz que en la entrada”, dijo. Y fue decirlo, y quedarnos a oscuras. Ya te imaginas la carcajada que se nos escapó a todos. Tenías que habernos visto, con las linternas de los móviles, tratando de encontrar el cuadro eléctrico, que nadie sabía dónde estaba. Y luego, cuando dimos con él, buscando una escalera porque la dichosa caja de fusibles estaba casi en el techo… Por suerte tu nieta Marta encontró una escalera, pudo subirse a ella, tocar no sé qué cosa, y volvió a hacerse la luz. ¿Y sabes qué? Pues que Marta me dijo algo que va a hacer que te mueras de risa cuando lo leas (además de reír allí arriba con lo de “morirte” de risa, que me ha salido así, del tirón, y no lo voy a borrar, claro, que te privaría de una carcajada). Tu nieta me cogió del brazo con aire misterioso y me dijo al oído:

 —Mami, yo creo que como a la abuela le gusta tanto hablar por teléfono y poner Whatsapps, y allí arriba no debe tener cobertura, está mandándonos señales para que nos marquemos unas risas a su salud…

¿Y sabes, mamá? Estoy de acuerdo con mi niña. Nos sentimos reconfortados, te sentimos, sentimos tu cariño, tu alegría, tus ganas de juerga, de pasarlo bien, de inventar cosas absurdas y sorprendentes.

Y ya está. Ni he empezado con un encabezamiento ni voy a terminar con una despedida. Porque físicamente han sido noventa y cuatro años plenos, pero en el alma vas a estar siempre.

Voy a copiar ahora el último párrafo de algo que ha escrito mi sobrina Patricia, tu nieta, en Facebook. La que tiene fama de escritora en la familia soy yo, pero Patri me deja en mantillas con lo que te ha escrito ahí, que la niña pone los pelos de punta y calienta el corazón con cada frase. Esto es lo que tu nieta pone al final de su publicación, y no se me ocurre un final mejor para esta carta:

“Gracias, gracias y gracias. Dejas el mayor legado que se pueda imaginar, una familia maravillosa, un poco cuadriculada y peculiar, pero unida y que te quiere con locura. Dale recuerdos al abuelo y a las titas. Id preparando una ración de pescaíto. Nosotros nos quedamos aquí, juntos, cuidando de tía Trini y cantando “Como una ola”, “Marinero de luces” y “La gata bajo la lluvia”.

Eres eterna, abuela, te queremos.”

Adela Castañón Baquera

Deseos confusos

Quiero volver a estar a solas

con mi locura y mi libro favorito.

Quiero alejarme del fuego del verano,

cobijarme en un lecho dorado

hecho de hojas de otoño,

buscar incluso abrigo

en las nieves del tiempo.

Regresar al refugio de una vida pasada

donde no exista él.

Volver a ser yo misma,

y volar sobre historias que pueda disfrutar

sin tener que pagar un alto precio

empleando el dolor como moneda.

Quiero recuperar el color de los días,

el brillo de las noches,

la música que acunaba mis sueños,

el aroma del alba en mi ventana,

volver a ser capaz de alzar el vuelo

sin que me pese el alma.

En realidad, no sé bien lo que quiero,

porque, sin él, por mucho que me duela,

sé que tampoco alcanzaré consuelo.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Como un vilano de la primavera

#relatoscovid

Redondo, picudo, una veces rojo, otras verde y otras blanco como un vilano que sale de la nada. Nadie lo ha visto. Pero inunda las calles y lleva armas letales. Mata sin cuchillos ni navajas. No tiene bombas ni arsenales de armas. Tampoco señales de alarma. Basta con un suspiro de la persona que tengo sentada a mi lado en un banco del parque para que empiece una guerra cuerpo a cuerpo. Pero, ¿una guerra?, ¿contra quién? Nadie lo sabe y todos lo sabemos. Me aparto de la gente, me cubro la cara con una máscara y busco con desespero un grifo donde lavarme las manos. Como si hubiera cometido un crimen. Cuando alguien se acerca, me sube un sofoco que me impide respirar. Huyo corriendo. Me acerco al  banco más solitario del parque, en un rincón oculto por el ramaje. Miro en los alrededores. No veo nada. No lo encuentro. Pero puede estar agazapado en cualquier grieta. A lo mejor entre las hojas de los árboles. Decido no sentarme y volver a mi casa.

Nadie lo conoce ni sabe cómo se mueve entre nosotros. No es un ninja ni un gnomo. Tampoco tiene efectos mágicos, aunque lo parece.

Aún es pronto para comer. Enciendo la televisión y veo a un mago que dibuja curvas y habla del número de muertos. Entonces empiezo con las llamadas de teléfono.

—¿Qué hago? ¿Qué vas a hacer? —le pregunto a mi hermana

—Nada. Yo me quedo en casa. Y tú quédate en la tuya. ¡Ah!, y no abras a nadie —me contesta con un temblor en la voz.

Doy vueltas por las habitaciones. Miro los vasos. Nada. Entonces me pregunto: “¿Nos estaremos volviendo locos?” Pero no. Los muertos son reales. Se apilan en bolsas de plástico negro en un palacio de hielo, como si estuvieran dispuestos a patinar. Nadie se atreve a enterrarlos.

Cierro las ventanas. Coloco mantas y toallas enrolladas en las rendijas. Convierto mi casa en un fuerte, como los refugios antiaéreos. Entonces empuño la antigua máquina de Flit, pero está vacía. Ya no venden Flit ni DDT. Cojo una palangana y voy rociando la casa con gotas de lejía, como hago en Semana Santa con el agua bendita: Asperges me, Domine. No sé por qué pienso que el olor de la lavandina ahuyentará a mi enemigo para siempre. Entonces, con calma disuelvo jabón en un tarro y comienzo  a hacer pompas detrás de los cristales. Son mi bandera contra el miedo.

Por la tarde me coloco un yelmo con barbuta y, como don Quijote, salgo a buscar aventuras en las calles vacías. Acaricio las estatuas. Me tumbo junto a la Mujer dormida de una avenida y pierdo el conocimiento. Sin saber cómo, unos extraterrestres me cogen y me meten en una nave espacial que lleva puesto el ¡uuuuh, uuuuh! ensordecedor de una sirena. Al final del túnel, me despiertan los  borboringos de mis entrañas. ¡Puajj!, ¡puajj! Los tubos que me atraviesan la garganta solo dejan escapar algún ¡bzzz!, como si me hubieran metido mosquitos molestos. Unas luces de colores se encienden y apagan como en un festival de cabaret. Cuando se encienden todas a la vez se me acercan unos ojos gatunos que me miran desde dentro de una máscara de carnaval. Poco a poco voy entrando en un sopor. De momento la partida se queda en tablas. Y yo me siento encapsulada por un vilano invisible, por un vilano de la primavera cuyas plumas vuelan hacia la nada.

Carmen Romeo Pemán

Fotografía principal, la que encabeza el artículo: VILANO DE SENECIO. Del blog de Montse. Botanic Serrat. Propiedad de la autora. Disponible en: https://letrasdesdemocade.files.wordpress.com/2022/01/6ed0b-botanic2bserrat2bvilano2bsenecio1.jpg

María Moliner en Zaragoza

#InstitutoGoya

El sábado día 30 de marzo, María Moliner Ruiz cumplió 119 años. Fue una de las primeras alumnas del Instituto Goya, en ese momento llamado Instituto General y Técnico de Zaragoza, que durante mucho tiempo estuvo situado en la vieja Universidad de la Magdalena, un edificio hoy desaparecido.

Fachada de la Universidad

Fachada de la desaparecida Universidad de la Magdalena. En este complejo universitario estaba el Instituto de Zaragoza.  En 1933 se trasladó al edificio de los jesuitas y se llamó Instituto Goya. En 1936 estuvo un tiempo en la Escuela de Comercio y después volvió a la Magdalena. En 1959, el mismo día que el Hospital Miguel Servet, se inauguró el edificio tal y como se conserva en la avenida Goya, 45.

Movida por el honor de haber impartido clases en el instituto donde ella estuvo de alumna, quiero recordar sus andanzas por Zaragoza, y los homenajes que la ciudad le ha dedicado poniendo su nombre a edificios, organizaciones y calles. Así, María Moliner sigue presente, de forma habitual y natural, en la ciudad de su adolescencia.

María Moliner Ruiz. (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981). Lexicógrafa. Licenciada en Historia, archivera, bibliotecaria y una infatigable trabajadora de la lengua española. Era hija de Matilde y Enrique, un médico rural que en 1902 se trasladó a Almazán (Soria) y en 1904 a Madrid. En 1914 María regresó a Zaragoza.

Comenzó los estudios de bachillerato en la Institución Libre de Enseñanza, y se examinó, como alumna libre, en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (1910-1915). En 1915 pasó, también como alumna libre, al Instituto General y Técnico de Zaragoza. En 1917 figuraba como alumna oficial y en 1918 obtuvo el título. Fue una de las primeras alumnas que cursó el bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza.

María Moliner. Certificado

Como se aprecia en la foto de 1917, la que encabeza esta reseña, ese curso solo había seis alumnas, en la foto todas están junto al profesor don Miguel Allué Salvador —en 1917 era director don Pedro Marcolaín— . María Moliner lleva trenzas y está abajo a la derecha, la quinta de la segunda fila—. Entre sus compañeros del Goya reconocemos a Luis Buñuel —arriba a la izquierda, el segundo de la segunda fila— y a Ramón J. Sender —abajo, a la derecha, el segundo de la tercera fila.

En 1921 obtuvo premio extraordinario en la licenciatura de Historia, en la Universidad De Zaragoza Unizar, que entonces tenía la sede en la Plaza de la Magdalena, en el mismo edificio que estaba el instituto.

Carnet del Goya

Carné de la Universidad de Zaragoza

Desde 1917 hasta 1921, María Moliner, además de cursar Historias en la Facultad de Filosofía y Letras, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva. Allí colaboró en la realización del Diccionario aragonés y adquirió un método de trabajo que después le resultaría muy útil para la redacción de su Diccionario.

En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y comenzó a trabajar en el archivo de Simancas. Desde 1924 hasta 1930 estuvo destinada en Murcia, donde conoció a Fernando Ramón Ferrando, un catedrático de Física, con quien se casó en 1925. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia. Allí nacieron sus dos hijos mayores: Enrique y Fernando. En 1930 se trasladaron a  Valencia, donde nacieron Carmen y Pedro.

Ya en Valencia, María, Fernando y otros matrimonios fundaron la Escuela Cossío, siguiendo el modelo de la Institución Libre de Enseñanza, para educar a sus hijos de forma moderna y europea. Dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas y escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Realizó importantes aportaciones para la política bibliotecaria de la II República.

Al acabar la Guerra Civil fueron expedientados y degradados en el escalafón. Fernando perdió la cátedra y lo trasladaron a Murcia. Y a María la rebajaron dieciocho niveles en el escalafón y la destinaron al Archivo de Hacienda de Valencia. En 1946 su marido fue rehabilitado y destinado a la Universidad de Salamanca. Finalmente, la familia se instaló en Madrid y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Desde 1951 hasta 1966, ella sola definió en español actual, con paciencia y con un método riguroso, una a una todas las palabras del diccionario de la Real Academia Española. Y otras que todavía no estaban admitidas.

El resultado fue el Diccionario de uso del español (1966), uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos de la lexicografía española del siglo XX, reeditado constantemente desde su publicación.

Marcapáginas

Un marcapáginas para libros

 

En 1972 no fue admitida en la Real Academia Española por su condición de mujer. María Moliner, trabajadora, inteligente y utópica, fue víctima de una sociedad que no era generosa con las mujeres.

Reconocimientos en Zaragoza

El antiguo camino de las Alcachoferas, en 1935 se llamó calle del alcalde Enrique Armisén Berasategui y desde 1957 hasta 1979 calle del General Millán Astray. En 1979, siendo alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda, se le puso el nombre de María Moliner.

Mapa de la calle

En Zaragoza, también lleva su nombre la asociación de mujeres “María Moliner”, con sede en la calle Alcalde Burriel.

El logotipo de la Asociación de Mujeres María Moliner

Logotipo de la asociación

El instituto de educación secundaria María Moliner está en el Barrio Oliver.

Instituto de Edudación secundaria en el Barrio Oliver

Y los zaragozanos le han dedicado dos bibliotecas: la Biblioteca María Moliner del Campus Universitario de la plaza de San Francisco.

Biblioteca María Moliner

Biblioteca María Moliner en el Campus de la plaza de San Francisco de Zaragoza.

Y la Biblioteca Pública Municipal María Moliner, en la plaza de San Agustín.

Blblioteca Pública Municpal en la plaza de San Agustín

Biblioteca Pública María Moliner, en la plaza de San Agustín de Zaragoza.

 

Para terminar

Cinco catedráticas del Instituto Goya, Cristina Baselga Mantecón, Pilar Fernández Llamas, Concha Gaudó Gaudó, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez, y Gloria Álvarez Roche del Instituto Avempace, le hemos rendido nuestro homenaje en libros y charlas, y en una exposición sobre las Pioneras en la educación en Aragón. Por iniciativa de Pilar Fernández Llamas rescatamos su expediente del olvido, junto con los de otras alumnas. A María Moliner le hemos dedicado un espacio importante en dos libros: en La Zaragoza de las Mujeres. Callejero y en los Paseos por la Zaragoza de las mujeres.

Carmen Romeo Pemán

Goya Actual

Instituto Goya hoy

El otro planeta azul

He vivido siempre en un planeta azul. Lo supe hace poco. Ahora también vivo en un planeta azul. Me gusta el color azul.

Se me da mejor escribir que hablar. Puedo escribir mi historia. No estoy seguro de saber narrar mi historia, pero voy a intentarlo. Para eso necesito organizarme. La escribiré en tres carpetas con nombre. Poner nombre a las cosas siempre ayuda.  

Las tres carpetas se llamarán secuestro, cambio y liberación.

Primero fue mi secuestro.

Estuve secuestrado en el primer planeta azul desde que nací, pero no lo sabía. Lo averigüé poco a poco. Como cuando voy al dentista y el efecto de la anestesia se va pasando. El dolor llega poco a poco, como el conocimiento. Eso es una metáfora, pero entonces yo no sabía que era una metáfora.

Lo primero que llegó fue el caos. Desconocía las normas de aquel sitio. A mi alrededor no encontraba a nadie como yo. No estaba solo, pero estaba solo. No sabía si hacía lo correcto en cada momento. No podía averiguar cómo se iban a comportar los habitantes que me rodeaban. No me gustan las situaciones impredecibles, y ese lugar estaba lleno de ellas. Muchas veces los demás me pedían cosas sin ningún sentido. Muchas veces yo no hacía esas cosas sin sentido. Entonces las personas se enfadaban muchas veces. Me pedían tareas extrañas que no entendía. Eso me irritaba mucho. Entonces muchas veces me golpeaba. No sabía bien por qué me golpeaba. Ahora ya lo sé: era por aburrimiento o por irritación. A veces me envolvían en un albornoz desde el cuello hasta los tobillos. No podía moverme. No me gustaba. Aprendí que solo me lo quitaban cuando paraba de gritar o de golpearme.

Al principio del caos era como tener un teléfono en la mano, pero sin cobertura y sin nadie al otro lado de la línea. Eso es otra metáfora. Me gustan las metáforas.

Ese planeta invisible no me gustaba. No sabía que era un planeta azul. Había demasiado ruido, poco orden, demasiado movimiento, poca tranquilidad. Quería escapar de allí.

Lo segundo fue el cambio.

Apareció una pizarra grande en la pared. Ahora sé que era una pizarra, pero al principio yo no sabía que se llamaba así, para mí era un cuadrado grande de corcho. Me gusta el tacto del corcho. En el corcho pinchaban cuadrados más pequeños. Javi estaba en muchos. Se llaman fotos. Lo sé ahora. Yo me llamo Javi. También lo sé ahora. Es bueno tener un nombre.

Gracias a la pizarra empecé a aprender cosas. Me gustó aprender cosas. Descubrí que vivía en una especie de cárcel, eso es otra metáfora. Pero también descubrí que las paredes no eran indestructibles, aunque cuando intentaba abrir agujeros para hacer ventanas o puertas y poder escapar de allí me salían torcidos.

Después del caos llegó el miedo. Veía a las personas acercarse a mí. Lo primero que recuerdo eran los círculos grandes con media sandía. Ahora ya sé que los círculos se llaman caras, y las medias sandías se llaman bocas. Pero entonces no sabía los nombres y pensaba en círculos y en sandías. Cuando la sandía tenía los picos levantados significaba que todo estaba bien. Yo había hecho algo bien. Era una clave. Ahora es más fácil y ya sé que eso se llama sonrisa. Cuando todo estaba mal la sandía, que es la boca, estaba recta. O con los picos para abajo, y entonces había dos líneas de agua en las caras. Se llaman lágrimas. Yo tampoco sabía eso entonces. Las lágrimas eran otras claves, pero yo no las podía interpretar. No tenía un diccionario. Entonces no sabía lo que era un diccionario. Ahora lo sé, y tengo varios diccionarios: de fotos, y de palabras, y de frases.

Otras veces un habitante más pequeño se acercaba a mí. Daba más miedo, pero también me atraía más. Su boca siempre sonreía, pero hacía mucho ruido y se movía demasiado deprisa. Pronto tuve más claves. El habitante pequeño se llamaba hermana. O también Marta. Era un poco confuso que tuviera dos nombres. De los habitantes grandes, el que más me gustaba se llamaba mamá. Me hacía sentirme tranquilo, porque siempre hacía las cosas despacio, con orden, y eso me gustaba. Ella sabía asustar al miedo. Eso me gustaba también. Ella ponía y quitaba muchas fotos de la pizarra, y eso era bueno porque ayudaba a que el miedo se fuera.

Aprendí que conseguía más cosas señalando las fotos de la pizarra que golpeándome. Eso fue algo muy bueno. Empecé a golpearme menos. Empecé a utilizar más la pizarra. Mis ventanas y mis puertas empezaron a salirme derechas. Esa es otra de mis metáforas favoritas. Ya os he dicho que me gustan las metáforas. Las bocas sonreían más a menudo. Casi nunca había ya agua en las caras. Eso me gustaba. Se llamaba llorar, y eso no me gustaba. Yo nunca lloro.

Lo tercero fue la liberación.

Después del caos y del miedo vino la alegría.

La alegría es bonita. Me gusta mucho. Es como una llave y encerró al caos y al miedo. Es otra metáfora. Esa me la ha enseñado mamá.

Soy diferente. Eso también me lo ha enseñado mamá. Pero hermana Marta también es diferente. Y mamá también es diferente. Ser diferente no es malo, solo es diferente. Solo es malo cuando estás secuestrado en un planeta azul que no se ve. Hay otro planeta que sí se ve. También es azul. Se llama Tierra, y es redondo. Me gusta la tierra. También me gusta mi otro planeta azul porque ya no estoy prisionero y sé moverme por él. Ese se llama autismo.

Sé lo que es una persona ciega y sé que no es fácil explicarle los colores. Sé lo que es una persona sorda y no es fácil explicarle la música. Sé que yo no soy una persona ciega ni sorda, pero hay cosas que no es fácil explicarme porque mi interior es de color azul, como el planeta invisible. Sé que hermana Marta y mamá pueden viajar entre los dos planetas azules. Ellas me ayudan y ahora yo también viajo al planeta azul Tierra sin tener que moverme de mi casa. Es divertido. Eso es una metáfora y también es una broma. Estoy aprendiendo a hacer bromas. Las bromas me gustan, aunque son más difíciles que las metáforas. Pero hacen reír, y la risa también me gusta. Me hace sentir como cuando estoy recién bañado o como cuando me dan un bombón de una caja roja que se llama Nestlé.

Leer es fácil. Me gusta mucho leer. Las palabras escritas siempre están ahí, no se escapan como las otras. Por eso es más fácil escribir mi historia. Sé escribir mi historia. No sé si sabría contar mi historia. Ya os lo he dicho antes.

Mamá dice que hay muchos más planetas. Y muchas más historias. A mamá le gusta mucho escribir. A mí también me gusta mucho escribir. Mamá escribe relatos y novelas y poemas. Yo escribo resúmenes de las noticias que veo en la tele todos los días. Y resúmenes cuando hacemos un viaje. Luego mamá y mis profes leen mis resúmenes.

Ahora también me gusta mucho hablar.

Mamá dice que hablar es bueno y escribir también.

Por eso hablamos mucho y escribimos mucho.

Y nos queremos y nos sentimos muy bien.

Eso es bueno.

Esa es mi historia escrita. Me gusta. Eso no es una metáfora. Es real. Como mi vida en los planetas azules.

Adela Castañón

Imagen: Pixabay

Romería en la Virgen de la Sierra

Don Jenaro era un médico afamado en los pueblos de la redolada. Una noche sí y otra también, llamaban con urgencia a su puerta gentes que venían buscando sus remedios. Igual curaba un cólico miserere que un carbunco y, si se presentaba el caso, el torzón de alguna caballería. Cuando oía los golpes de la puerta, Valentina, una niña vivaracha, se levantaba y le llevaba la palmatoria a su abuelo. Después escuchaba desde los rincones hasta que el abuelo la oía respirar.

—¿Qué haces levantada a estas horas? Venga, a la cama.

A Valentina le gustaba acompañar a su abuelo cuando iba a visitar a los enfermos con la yegua. Don Jenaro la montaba delante de él, a mujeriegas, y le hacía sujetar un maletín de cuero marrón. Valentina se lo apretaba contra el pecho y se sentía más poderosa que la diosa Pandora. En esos viajes fue alimentando su deseo de acompañar a su abuelo a la romería de la Virgen de la Sierra.

Valentina estaba un poco harta de que a sus padres no les gustara que la hija de casa Navascués se mezclara con rapazuelos de El Frago, que así los llamaban ellos. Cuando iba a misa los domingos, se apiñaban todos en la puerta mayor, y ella los miraba de reojo esbozando una sonrisa, pero todos daban un paso atrás con la mirada severa de su madre. Todos, menos Juanín:

—¡Qué guapa está doña Luisa! A ver si algún día me deja acompañarlas.

Entonces la madre se apretaba el misal contra el pecho y se volvía con la cara desencajada:

—¡Largo! ¿Cómo te atreves a dirigirnos la palabra?

Juanín era de una casa rica venida a menos. Su padre murió antes de que él naciera y su madre tuvo que ganarse la vida lavando en el río. Casi siempre llevaba chichones en la cabeza. Como era el más bajo, los chicos lo forzaban a saltar tapias o a correr descalzo por los ruejos del río. Acabó por no ir con ellos. Se pasaba las tardes detrás de la tapia de casa Navascués imaginando qué haría Valentina encerrada allí dentro. Algunas veces la veía salir montada en la yegua con el abuelo. Ella le sonreía y don Jenaro le decía con un vozarrón que traicionaba su bondad.

—Juanín, deberías ir con los chicos de tu edad. No es bueno que andes siempre solo por estos andurriales.

Él bajaba la cabeza y se iba a casa pensando en Valentina. Si algún día…

El año que Valentina cumplió dieciséis años fue con su abuelo a la Virgen de la Sierra.

—Abre bien los ojos, hija mía —le dijo su madre cuando le dio permiso—. Allí van los jóvenes de las mejores casas de la zona. Muchos noviazgos y matrimonios de posibles han salido de esa romería. Te pondremos las mejores galas y todos sabrán que, además de la nieta de don Jenaro, eres la heredera de casa Navascués.

Las vísperas fueron días de ajetreo. Lavar y planchar las enaguas de hilo. Ventilar la mantilla de la abuela, que en paz descanse. Desempolvar los guantes de cabritilla. Limpiar el misal y el rosario de nácar. Colocaron todo encima de un arca y una tarde las amigas de Valentina fueron a ver el ajuar de romera. A la salida, se quitaban la palabra las unas a las otras y montaron tanta algarabía que ninguna se dio cuenta de que las seguía Juanín. Al llegar al primer recodo, él se fue a su casa y no salió hasta el día de la romería.

Por fin llegó el esperado domingo de mayo. Al amanecer, mientras el abuelo ensillaba la yegua, doña Luisa vestía a Valentina y le daba recomendaciones para que se portara como una señorita.

—Sobre todo, no les muestres demasiado interés a los pretendientes. Hazte de valer. Que después ya vendrán ellos a buscarte a El Frago.

El día fue largo. Don Jenaro conocía a mucha gente. Todos lo querían obsequiar y presentarle a sus hijos. Valentina estaba desbordada. Tenía razón su madre, no era un día para enseñar sus sentimientos. Aunque, durante mucho tiempo pensaría en los ojos los del heredero de casa Puyal de Isuerre.

En estas estaba cuando vio deambular a Juanín entre aquellos forasteros. Se hacía el encontradizo, pero, en realidad, no lo conocía nadie.

—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo Valentina sorprendida.

—Pues lo mismo que tú. Rezar a la Virgen para ver si saco novia, que en El Frago no lo tengo fácil.

Valentina vio que tenía los pies desollados por las aliagas que cerraban las trochas. Entonces se dio cuenta de que Juanín había hecho más de tres leguas andando y había llegado antes que ellos. Por el monte se movía como un gamo.

Antes de que cayera el sol, el abuelo y la nieta volvieron a cabalgar camino de casa. El uno hablaba de todos los pacientes que había visitado y de los exvotos que habían dejado en el altar de la ermita. La nieta le iba describiendo a  los chicos y chicas que había conocido.

—¿Abuelo, me traerás otro año?

Seguían enfrascados en su conversación sin darse cuenta de que en medio del camino ardían unas aliagas. La yegua comenzó a cabriolar hasta que dio con don Jenaro y su nieta en el suelo. Valentina se quedó entre las patas del animal que de una coz le abrió la cabeza. Al instante apareció Juanín, tomó el ronzal de la yegua y la calmó. Cuando consiguió monta al abuelo y la nieta, cogió las riendas y poco a poco llegaron hasta casa Navascués.

Valentina vivió más de cinco años paralítica con la fontanela abierta. Juanín le construyó un carretón y todas las tardes la bajaba hasta la orilla del Arba. De vez en cuando le limpiaba las babas con un trozo de arpillera y le sonreía con cara de bobalicón.

Carmen Romeo Pemán

Ermita de la Virgen de la Sierra de Biel. Años 40, por Jesús Pemán. Propiedad de la autora y de los Pemanes de Biel.

Mi castillo

La piel es mi muralla,
mis ojos, las almenas que vigilan la torre
y que vierten al foso las lágrimas de sal
que a salvo me mantienen
cuando llega el ocaso, 
con su hora mágica de sueño entre dos luces.

Mi cuerpo es el castillo
que guarda entre sus muros mis tesoros:
los recuerdos perdidos, 
sueños encadenados
que como prisioneros en sus celdas
intentan escapar y romper las amarras
que los tienen atados,
las cadenas del miedo,
de las indecisiones y las dudas
que no dejan que vuelen.

Y el alma,
igual que una princesa en su castillo,
permanece encerrada,
ajena a los susurros que llegan desde fuera,
inmóvil, sorda y ciega.
Pero hay recuerdos que vuelan por el aire,
ese aire que se cuela por huecos traicioneros
que la memoria deja. 

Y entonces, en mis sueños,
los deseos olvidados se despiertan,
susurran sus anhelos,
y mi alma, que estaba acobardada,
se convierte en el dragón más fiero
que ruge y lanza llamas
y aviva con su fuego
la guerrera que vive en mi interior.
Y despierto y me pongo de nuevo 
la armadura brillante del amor.

Igual que una amazona 
elijo mi armamento, 
mi escudo es el papel
y mi espada es la pluma.
Y la tinta que vierto cuando escribo
es mi sangre gritando que te quiero.

¡Que error es encerrarse en un castillo
por pensar que la vida está allí a salvo,
sin comprender que lo que es más hermoso
se muere allí encerrado!

No sé bajar el puente levadizo,
y carezco de alas para escapar volando.
Si trato de nadar para cruzar el foso
me hundiré en una ciénaga de llanto. 
Por eso, por no poder huir
a buscarte en los bosques y en los prados,
escribo estos poemas
que ayudan a romper el muro de dolor
que tiene al corazón aprisionado. 

Adela Castañón

Imagen: Stefan Keller from Pixabay

Cien años tejiendo la paz

WILPF o LIGA INTERNACIONAL DE MUJERES POR LA PAZ Y LA LIBERTAD

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Este fin de semana, del 11 al 13 de noviembre, he asistido a la Asamblea Nacional que WILPF España ha celebrado en Zaragoza. Entusiasmada por los proyectos y por gran la actividad de las participantes, me preguntaba: «¿Por qué es tan desconocido este movimiento de mujeres pacifistas? Seguro que, si salgo a la calle y pregunto qué es WILPF, la gente me contestará que no sabe o, a lo sumo, que es una marca de coches o de lavadoras».

De esas reflexiones, y otras similares, nació este artículo. Sin darme cuenta, estaba entonando un mea culpa: «¡No sabemos vender bien nuestros proyectos!»

Espero que, si llegáis hasta el final, estas siglas tan enrevesadas dejen de sonaros a marca comercial americana y descubráis la trascendencia del movimiento.

Tejedoras de la paz

A lo largo de la historia, las mujeres hemos desempeñado un papel muy activo en la construcción de la paz y en la búsqueda de soluciones no violentas.

La experiencia nos dice que nuestra actividad ha resultado más eficaz cuando hemos dejado a un lado nuestras ideologías y nos hemos unido para influir en lo público. Con nuestra participación en movimientos pacifistas, hemos aumentado nuestra capacidad mediadora en las guerras y en los conflictos.

Y, de esto vengo a hablaros hoy. Del legado pacifista que hemos recibido de las madres de WILPF.

Pero, ¿qué es exactamente WILPF?

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Supongo que cuando habéis empezado a leer os lo estaríais preguntando, como me lo pregunté yo cuando se refundó en España en el año 2011.

Pues WILPF es una organización de mujeres pacifistas que acaba de cumplir cien años. Y es bastante desconocida porque su lengua de contacto es el inglés.

La palabra WILPF está compuesta con las siglas de Women’s International League for Peace and Freedom. Que, por cierto, resulta casi impronunciable en español.

Esta organización centenaria ha desarrollado una gran actividad en los países anglosajones, pero poca en España. Precisamente, para acercarla al mundo hispano parlante, las secciones latinoamericanas proponen llamarla LIMPAL (Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad); que haya traducciones simultáneas en los encuentros; y que los documentos sean bilingües.

Orígenes y primeros años de WILPF

Nació en 1915, en plena Guerra Mundial, durante un congreso en La Haya (Holanda) que se había convocado exprofeso para su fundación. En abril de 2015, se celebró otro congreso en el mismo lugar para conmemorar su centenario.

Esta Liga de mujeres, en los años 20, se consolidó y comenzó su difusión. Se pusieron en marcha algunos programas para llevar a cabo sus primeras actividades importantes: negociaciones para parar la guerra, movimientos antiarmamentísticos, “misiones” a los lugares en conflicto, presiones ante la Sociedad de Naciones, entre otras.

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La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un punto de inflexión. La organización se enfrentó a situaciones comprometidas, muchas de ellas derivadas de la represión del nazismo.

En la posguerra, no resultó fácil afrontar las secuelas que había dejado la contienda. Entre otras cosas porque, en estos años, afloraron contradicciones internas en algunos movimientos pacifistas. Por ejemplo, Anita Augspurg, una de las fundadoras de WILPF y víctima de la represión nazi, dijo: “Es una organización que promueve la paz y la libertad. Pero yo ahora pongo la libertad por delante”.

Este bache también se debió, en parte, a su posicionamiento contra el nacimiento de la OTAN.

No obstante, intentó superar los obstáculos y actuó con energía para reorganizarse. Fueron años de una activa participación en la ONU: en la Conferencia de San Francisco, en la Declaración Universal de Derechos Humanos, en la creación de UNICEF. En 1948, WILPF alcanzó el “estatus consultivo” de la ONU como organización no gubernamental.

Desarrollo posterior

Desde los años 60, viene compartiendo con otras organizaciones el trabajo por el desarme universal. Con el programa STAR (Stop the Arms Race), WILPF se ha centrado en la lucha contra todo tipo de armamento, especialmente contra el químico y contra las armas y pruebas nucleares. Con el programa Alcancemos una voluntad crítica (Reaching Critical Will), promueve la creación de movimientos y acciones a favor del desarme en todo el mundo.

En el programa Mujeres por la paz declara:

Todos nuestros proyectos están encaminados a la resolución pacífica de los conflictos y a obtener la paz, una paz justa y duradera, con todo lo que esto conlleva: justicia, igualdad, desarrollo económico (…) En cumplimiento de la Resolución 1325 de las Naciones Unidas sobre Mujeres Paz y Seguridad (2000), que impulsa el aumento de las mujeres en las negociaciones de paz, y en las instituciones que promueven la prevención de las guerras y la cultura de paz.

Manifiesto del 2015

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La decidida voluntad pacifista de WILPF está recogida en el manifiesto que se aprobó en el año 2015, en el Congreso de La Haya.

La violencia no es inevitable. Es una elección. Nosotras elegimos la no violencia, como medio y como fin. Liberaremos la fuerza de las mujeres y, en colaboración con hombres de igual parecer, crearemos un mundo justo y armonioso. Vamos a realizar la paz, que consideramos un derecho humano.

Una exposición sobre la historia de WILPF

Antes de terminar,  os voy a presentar la exposición que hemos hecho un grupo de socias de WILPF. Nos ha parecido una manera clara y didáctica de dar a conocer esta organización pacifista y antibelicista, que defiende los derechos de las mujeres.

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Está compuesta por cuarenta carteles que se centran en la historia de la Liga de mujeres por la paz y la libertad (WILPF).

Tomando como fondo el archivo fotográfico de la sede de Ginebra, cada cartel ilustra y explica un acontecimiento destacado.

Si los recorremos por orden, tenemos una información bastante ajustada de los avatares de WILPF en los primeros cien años de su existencia.

¿Para qué y por qué esta exposición?

Para divulgar su historia y difundir su trabajo de forma cronológica y temática. Y, porque, si conocemos nuestras raíces, entenderemos mejor nuestro futuro. El testimonio de las mujeres del pasado puede servirnos de estímulo para que nuestros compromisos actuales sean más firmes.

Las mujeres de WILPF intentamos llevar la paz a todos los rincones de nuestro planeta, en especial a las zonas de guerra. Procuramos tender puentes de diálogo en los conflictos y en los momentos difíciles.

Para conseguir el desarme total y universal, una paz justa y duradera, y la igualdad entre hombres y mujeres, buscamos una influencia directa sobre los gobiernos.

Ficha técnica

Hemos realizado la exposición las integrantes del “Grupo de Historia” de WILPF-España:

Concha Gaudó Gaudó (comisaria de la exposición), Carmen Magallón Portolés (presidenta de WILPF España), Gloria Álvarez Roche, Cristina Baselga Mantecón, Sandra Blasco Lisa, Piluca Fernández Llamas, Pili Lainez Clavería, Carmen Romeo Pemán e Inocencia Torres Martínez.

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Carmen Romeo Pemán

Tardes en la estación. Por Vanesa Sánchez Martín-Mora

Hoy nos visita de nuevo Vanesa Sánchez Martín-Mora. En las redes se define como «Escritora, ilustradora y mamá de Martina», y en las tres facetas brilla por igual. Este relato que ha querido compartir en Letras desde Mocade es buena prueba de ello. Bienvenida, Vanesa, y aquí tienes tu casa.

TARDES EN LA ESTACIÓN

Sam, era un niño de nueve años, pelirrojo, de profundos ojos verdes y la cara salpicada de pecas. Su madre lo peinaba cada día marcándole la raya en el centro y minutos después Sam lo alborotaba de cualquier forma porque decía que con ese peinado los niños se reían de él. Siempre llevaba la ropa limpia, los zapatos brillantes y olía a jabón de violetas que su abuela Ruth hacía en casa.

—¿Qué haces cada día en la estación, cariño? —preguntó Anna, su madre.

—Bueno, observo a las personas y luego invento historias sobre ellos.

—¿Eso es lo que haces todo el tiempo, escribir?

—Sí, a veces llega el viejo Bobby y comparto con él mi merienda. Al pobre le quedan solo cuatro dientes ¿sabes? Mastica fatal el chocolate.

—¿Bobby?, ¿quién es Bobby? —dijo Anna preocupada.

—Ah, es el perro del guardia. Es muy viejo para jugar; se queda dormido por todas partes. Solo sabe roncar.

   Mientras Anna sonreía por la charla con Sam, lo agarró por los hombros para darle un beso en la frente, ponerle bien las mangas de la camisa y un fallido intento por volver a peinarlo. Le dijo que no volviese tarde para la cena, pues prepararía espaguetis, pero Sam no la escuchó. Había echado a correr.

   Eran las cuatro de la tarde cuando Sam llegó a la estación ferrovial. El tren de línea Paris-Lyon, tenía prevista la salida a las cuatro y media. Como cada día, el pequeño era fiel a su cita para ver partir aquella máquina de grandes ruedas. Él nunca había salido de la ciudad, pero había muchas personas que sí, que iban y venían a todas horas. Y él envidiaba a cualquiera que lo hiciera.

   Sam sacó de su cartera verde un cuaderno y varios lápices, también sacó un trozo de pan y una onza de chocolate que colocó de forma ordenada a su lado izquierdo, y un trozo de tela bien doblada que usaba para amortiguar un poco la dureza del suelo. Se sentó en el mismo lugar de siempre, en el andén, junto a una papelera.

   Faltaba poco para que el tren se pusiera en marcha, ya se notaba el traqueteo de los zapatos de los caminantes cuando se escuchó el silbato que lo anunciaba. El tren se iba. Vio subir a mucha gente después de ver bajar a otras tantas que, a veces, llegaban a chocar por las prisas.

—Hola, pequeño —dijo la mujer que llevaba sobre su cabeza un canotier con plumas de colores llamativos y un vestido rojo bastante elegante—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo.

—Vengo cada semana para ver a mi hermana que está enferma, y siempre te encuentro aquí. ¿Qué anotas en ese cuaderno?

—Cosas —espetó sin levantar la vista del papel que tenía delante.

—¿Y puedo saber qué tipo de cosas?

—Historias que invento cuando veo a la gente de la estación.

—¿Hay alguna historia que hable de mí? —dijo la mujer entusiasmada.

—Sí, y de esa cosa tan rara que lleva siempre en la cabeza, pero quizá no le guste lo que escribí sobre eso.

   La mujer echo a reír a carcajadas. El niño arrugó el entrecejo y la miró sin entender que era lo que le hacía tanta gracia. Le revolvió un poco más si cabe su peculiar cabello y se despidió de él.

   Tres días más tarde a la misma hora de siempre, Sam se encontraba preparando su zona de trabajo cuando vio que la señora del sombrero raro se mantenía en el andén, observándolo. Tenía en la mano dos billetes de tren y un paquete envuelto en papel Kraft sujeto con una cuerda. Sam se dio cuenta de que aquel día se estaba mordiendo las uñas de la mano que tenía libre, un gesto que antes no le vio hacer.

—Hola, pequeño. Soy Sara. ¿Me recuerdas?

—Sí, señora, la recuerdo, y a su sombrero también.

—¿Cuál es tu nombre?

—Sam.

—Bueno, Sam. Tengo un regalo para ti —le dijo mostrando el paquete marrón.

—¿Un regalo, para mí? Mamá dice que son lujos que no puedo tener siempre, solo en mi cumpleaños y en algunas navidades que papá gana algo más de dinero.

Sam se quedó un poco extrañado, las únicas personas que le habían hecho regalos eran sus padres y la abuela Ruth. Pensó que quizás esa señora era muy rica y les hacía regalos a los niños, regalos que escondía en la gran maleta que la acompañaba.

—¿Alguna vez has montado en tren?

—No, señora. No tenemos dinero para viajar, y tampoco a nadie a quien pudiésemos visitar.

—Podrías venir conmigo, te encantaría. Cerca de mi casa hay una gran tienda de dulces, ¿te gustan los caramelos, Sam?

—Nunca los he probado, pero los veo cada día en el escaparate de la tienda del señor Ford, de camino a la escuela.

—Te compraré varios si vienes conmigo. ¿Qué te parece la idea?

   El niño se quedó callado, pensando. Le había dicho muchas veces a su madre que le llevase a algún lugar para poder montar en tren, pero su madre le decía que no había dinero para esos lujos. Por una parte, deseaba subir a ese cacharro que tanto le gustaba, pero también estaba preocupado por su madre, no le gustaba que hablase con extraños, y si se enteraba se enfadaría mucho con él.

—Solo si promete que volveremos pronto —dijo al fin—. A mi madre no le gusta que me retrase para la cena, y a mí no me gusta tomarla fría. Se preocupará mucho si llego tarde, siempre lo hace.

—Prometido —dijo Sara.

Rígida como una estatua, esperó a que Sam recogiese sus cosas mientras le escuchaba decirle al viejo Bobby que le esperase, que volvería en un rato.  La señora lo cogió de la mano y subió con él al tercer vagón, desde el que se veía la garita del señor Robinson, el guardia y amigo del padre del pequeño. Una vez se hubieron acomodado le tendió el paquete, Sam lo cogió de buen agrado y lo abrió.

—¿¡Un cuaderno!? Ya tengo cuadernos, no necesito más —dijo decepcionado.

—Este será especial, a partir de ahora escribirás tu propia historia —le dijo dándole una palmadita en la pierna.

—Mi historia, ¿por qué mi historia? —preguntó sorprendido. Pero Sara no contestó, solo saco de su bolsa el libro que estaba leyendo y se acomodó en su asiento.

   En ese instante, Sam no dijo nada más, giró la mirada hacia la ventanilla para observar el paisaje cuando el tren avanzase. Observó al viejo Bobby que ladraba sin descanso junto a su ventanilla y le extrañó. Preocupado por no volver tarde a casa, pues su madre había preparado para la cena su plato favorito, ratatouille, no se dio cuenta que el guardia había salido corriendo hacia su vagón mientras gritaba palabras que se perdieron con el ruido de la máquina al ponerse en marcha, y que se disiparon tan rápido como el humo del tren.

Aquella noche sí se quedaría fría su cena; y el corazón de su madre.

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Imagen: Javad Esmaeili en Pixabay

 

Los cuentos de Martina

De las fragolinas de mis ayeres.

A Martina Berges, de hoy. La última niña de casa Martina.

Martina dormía en una de las dos alcobas que daban al cuarto de estar, con cortinas de flores y vigas encaladas. En la otra dormían sus padres.

Colgaba sus vestidos preferidos en una percha a los pies de su cama niquelada. Delante de todos, el blanco que le ponían los domingos para ir a misa. Justo debajo, en el suelo muy ordenaditos, los zapatos y los calcetines de perlé que le había tejido su madre junto a la estufa, cuando se sentaba a descansar. Encima de una mesilla de madera de pino, apilaba los libros que le prestaba la maestra. El primero era su favorito: Cuentos de Padín. Por las noches, su madre, antes de irse a dormir, lo abría al azar y le leía uno. Algunos los había oído tantas veces que se los sabía de memoria.

Con el calor que llegaba del cuarto, la cal de los maderos se resquebrajaba en figuras caprichosas. Cuando su madre acababa el cuento, le daba las buenas noches y ella se quedaba con la mirada fija en uno de esos dibujos. Se inventaba una historia y después se la contaba a Padín, el cachorrillo que la seguía a todas las partes. Hasta dormía en la alfombra junto a su cama. Lo llamaba Padín, como su autor preferido.

Una mañana, cuando Martina se despertó, lo primero que vio fue el agujero de la viga que estaba justo encima de su cabeza. Lo había hecho la noche anterior. Primero probó con las tijeras de los recortables, pero se le doblaron. Al final, lo consiguió dando vueltas con un lápiz como si fuera un destornillador. “Ahora sí que podré pasar”, pensó.

El viaje por las rendijas comenzaba cuando se iba su madre. Padín se sentaba sobre las patas traseras, levantaba las orejas y escuchaba los cuentos que Martina inventaba para él. Todo se complicó el día que Martina desapareció por el agujero. El cachorro comenzó a ladrar. Más que a ladrar, a lloriquear mirando al techo. Enseguida llegaron sus padres, que esa noche estaban desgranando maíz junto al hogar. No habían oído ningún ruido ni la habían visto pasar por la cocina hacia la calle. La buscaron por todos los rincones. Como la noche avanzaba y no aparecía, cerraron la puerta de la calle:

—Seguramente andará en alguno de sus juegos al escondite con Padín —comentó la madre. —Déjala que cuando se canse de jugar se irá sola a la cama, que ya se va haciendo mayor.

Al amanecer, Padin vio a Martina que se descolgaba por el agujero del madero con el camisón desgarrado y dejó de lloriquear.  Martina lo miró a los ojos y le habló con tono de enfado:

—Mira, si vuelves a ladrar, yo no te dejaré dormir a mi lado. Tendrás que ir a la cuadra con los mastines del ganado. —A la vez que se lo decía, se le enrasaban los ojos.

Ese día, en la escuela tampoco quiso jugar en el recreo. Se sentó en el rincón de la puerta que daba a la iglesia. Sacó del bolsillo una libreta de tapas de hule negro y, con su torpe letra, se puso a escribir. Cuando sus compañeras la vieron acurrucada y concentrada, se acercaron:

—Eso lo haces para hacerte la interesante —le dijo una de coletas pelirrojas.

—Anda, déjala, que no se atreve a saltar a la comba —terció otra.

Entonces se acercó la maestra:

—¿Ya estamos como todos los días? Dejadla en paz —y volviéndose a Martina le dijo—: Sería mejor que jugaras con ellas.

—Pero si son ellas las que no me dejan. Me dicen que soy pequeña y que no sé correr ni jugar al “tú la llevas”.

Martina a sus casi nueve años era una niña con un pelo muy liso, tan liso que para su primera comunión no le pudieron hacer tirabuzones. Siempre había ido peinada con coletas, hasta el día en que se llenó de piojillo buscando nidos con los chicos. Su madre se enfadó y le espolvoreó la cabeza con DDT Chas, los polvos que usaba para las gallinas. A continuación le cortó el pelo a tijeretazos. Al día siguiente, antes de llegar a la plaza, oyó a las chicas: “Pareces un chico”. Pasó de largo y se acercó al grupo de los chicos. Pero, como no  los podía seguir en sus correrías, todos a una le cantaron eso de: “meonaa, cagonaa”.

Martina se las apañó sola y buscó un escondite apartado del pueblo. Cuando salía de la escuela, cogía la libreta y el lápiz, llamaba a Padín y juntos tomaban el camino del río.

Allí, como si fuera una comadreja, se metía dentro del tronco de un viejo árbol arrastrado por la corriente hasta la orilla del río. Y, escribe que te escribe, perdía la noción del tiempo. Una tarde notó que algo se movía a sus pies, le pareció una serpiente y gritó.

Padín, que estaba fuera sentado sobre sus patas traseras, comenzó a ladrar dando vueltas alrededor del tronco. Al poco rato, Martina vio los ojillos del abuelo que asomaban por un hueco del árbol.

—Abuelo, perdona, es que me he encontrado con esta cueva encantada.

—Déjate de encantamientos y vámonos a casa. Ya casi es hora de cenar. Todos te estábamos buscando.

En la puerta de la casa la esperaba su madre con el delantal recogido en la cintura. Le dio una buena zurra y la mandó a la cama sin cenar. Martina lloró y lloró, sin saber por qué lloraba.

Cuando su madre acabó de zurcir un pantalón de su padre, se acercó a darle las buenas noches. Ella le pidió que le leyera un cuento de Padín. El que siempre la hacía llorar.

—Y colorín, colorado. —Su madre cerró el libro y le dijo al oído—Prométeme que mañana serás buena

—Te lo prometo. Palabrita del Niño Jesús. —Cruzó los índices y se los besó. Su madre le dio un beso y salió de la alcoba.

Al poco rato Padín comenzó a ladrar.

Carmen Romeo Pemán.

Información, por favor

Carlos pasó dos años de su infancia en aquel pueblo gallego, en una casona de muebles sólidos, pesados, de noble madera antigua. Con una cocina que olía a besos de vainilla, tan amplia que la mayor parte de la vida de todos se desarrollaba allí. La gran mesa central fue escenario de las comidas familiares, de sus deberes escolares, y de acontecimientos que, en el futuro, recordaría siempre con una sonrisa silenciosa, más expresiva que cualquier palabra.  

Aquella tarde de enero, mientras veía teñirse de blanco todo lo que había más allá de los cristales, Carlos lloraba sentado en el suelo de la cocina. Si no terminaba los deberes esa tarde, no le comprarían la bicicleta con la que soñaba desde hacía meses. Pero sus padres dormían la siesta y papá había olvidado sacar de su biblioteca, siempre cerrada con llave, la enciclopedia que necesitaba para hacer la tarea. Papá y mamá se habían ido a dormir, enfadados con él después de la llamada de su profesora. Secándose las mejillas con el puño del jersey, Carlos miró con un fruncimiento de cejas al teléfono de la pared de la cocina, portador de las malas noticias acerca de sus resultados escolares. Su casa era una de las pocas del pueblo que contaba con aquel moderno adelanto, todavía novedoso en la década de los cincuenta.

El teléfono parecía devolverle la mirada. Aquel trasto de color blanco, colgado en alto en la pared que había junto al frigorífico, se burlaba de él con su disco redondo lleno de agujeritos como ventanas a las que se asomaban las cifras del uno al cero. Y sobre la horquilla del cajetín, como dos orejeras de las que su abuela le había tejido para combatir el frío, se posaba con aire de suficiencia el auricular con aquel ridículo cable en uno de sus extremos que al chiquillo se le figuraba una lengua burlona.

De pronto una imagen se abrió paso entre su desconsuelo: su madre descolgando el auricular, marcando el cero, y diciendo: «Con información, por favor». El chiquillo pensó que valía la pena intentar cualquier cosa, por desesperada que fuera, con tal de resolver su problema. Respiró hondo, se puso en pie, y acercó con esfuerzo una de las pesadas sillas de la cocina a la pared donde estaba el teléfono. Se subió al asiento sin hacer ruido, cuidando de no caerse, y descolgó el auricular. Esperó unos segundos y, como no sucedía nada, hizo lo que tantas veces había visto hacer a su madre. Marcó el cero y esperó.

Al otro lado de la línea, en la centralita telefónica del pueblo, la operadora introdujo la clavija correspondiente en el panel que tenía frente a ella mientras decía rutinariamente: «¿Dígame?». La luz indicaba que la llamada procedía de la casa de uno de los terratenientes del lugar. Le sorprendió escuchar después de una pequeña pausa una tímida vocecilla que balbuceaba: «¿Con información, por favor?». La mujer sonrió, pese a que estaba sola, y le siguió la conversación al interlocutor inesperado: «¿En qué puedo ayudarte?». Escuchó lo que le parecieron unos sorbetones de mocos, y la misma voz infantil que decía: «Papá no me ha dado la enciclopedia, y está durmiendo con mamá. Y no puedo entrar en la biblioteca porque está cerrada. Dime, información, ¿tú sabes cuál es la capital de Suecia?». «Estocolmo», respondió ella. Al otro lado del hilo se escuchó un audible suspiro. La misma voz infantil, ahora con entonación más curiosa que lastimera, continuó: «¿Y me puedes ayudar a hacer hoy los deberes? Es que si no, me quedo sin la bici».

La mujer sintió expandirse por su pecho un calor desconocido que le hizo olvidar la nevada que estaba cayendo en el exterior. En su vida la habían llamado de varias formas, pero ninguna le sonó tan bonita como ese «Información». Ayudó a Carlos en esa ocasión, y en bastantes otras: cuando se cortó el dedo al querer prepararse la merienda sin esperar a que su madre regresara –dándole instrucciones para presionar el pequeño corte con un paño de cocina hasta la llegada de un adulto–; o el día en que Carlos le contó que sus amigos y él habían untado de miel la silla de la profesora de lengua, y no sabía si confesar o no su fechoría porque iban a culpar a otro. Escuchó también al pequeño cuando la llamó para preguntar si su mascota fallecida iría a un cielo distinto, o al mismo donde le decían que estaban sus abuelos. Día tras día, mientras la mujer atendía las llamadas de los vecinos tejiendo con sus cables y clavijas una red que los comunicaba entre ellos, vigilaba con el rabillo del ojo el indicador de llamada de la casa de aquel niño que había vestido de colores su trabajo en un monocromático día invernal.

Al cabo de un par de años, el padre de Carlos vendió la casona y la familia se trasladó a vivir a otra ciudad. Las llamadas se interrumpieron, y la vida siguió su curso.

En ese mismo pueblo, dos décadas después, una mujer a la que la jubilación se le hacía eterna escuchó sonar el timbre de la puerta de su casa. Dudó si levantarse o no de la butaca dado que no solía recibir visitas. Tenía los pies helados, envueltos en una manta, pero le pudo la curiosidad. Dejó al presentador de la televisión con la manta por único oyente en el brazo del asiento, y se acercó a la puerta. Por la mirilla vio a un joven bien vestido, con un abrigo con pinta de valer su paga de todo un mes, y un ramo de flores en la mano. Sonrió pensando que se trataba de una equivocación y que esas flores serían para alguna vecina, y descorrió el pestillo para sacar de su error al visitante. La calle estaba transitada, era de día, y el despistado desconocido no parecía peligroso. Abrió la puerta para preguntar a aquel buen mozo en qué podía ayudarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, el joven se le adelantó. Tragó saliva, extendió los antebrazos con las flores reposando en ellos y, con una timidez inesperada en alguien tan apuesto y trajeado, preguntó:

–¿Información, por favor?

Nevaba fuera. Pero la antigua telefonista había dejado de sentir frío.

Adela Castañón

Imagen: lisa runnels en Pixabay 

«Como cada tarde”: Sara Puente y su bisabuela fragolina

Las fragolinas de mis ayeres

La tarde se convirtió en mañana y dejó de ser rutinaria. Ese día Dominica Bernués, la protagonista de la novela de Sara Puente, no bajó al huerto de la fuente como cada tarde. Dominica subió al Fosal a acompañar a su bisnieta en la presentación de la novela que le había dedicado. Y yo la acompañé con unas palabras que en mi nombre pronunció Chesus Asín. No faltó la presencia de José Ramón Reyes, el alcalde. Tampoco faltaron las jotas de Inés Laplaza, ni los amigos y familiares de Zuera, que acudieron prestos al llamamiento de Sara.

Presentación de Como cada tarde, una novela de Sara Puente, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de El Frago. En la mesa, Chesus Asín, José Ramón Reyes, alcalde, y Sara Puente. De pie, Inés Laplaza, que cantó las jotas del texto de la novela. El Frago, 21 de agosto de 2021, a las 11,30h.

¡Buenos días fragolinos, y bien llegadas las gentes que nos acompañan!

Hoy estamos con Sara Puente, una descendiente de casa Juana María. Sara, con técnicas literarias atinadas y con una voz segura, acaba de sacar a la luz una novela fragolina.

¡Enhorabuena, Sara! Acabas de dar voz y sentido a las fragolinas de finales del siglo XIX y de principios del XX, a una generación de fragolinas y fragolinos de nuestros ayeres

En Como cada tarde, has dado vida a unas tradiciones y a unos legajos que eran propiedad de tu familia. Como dice Octavio Paz, has hecho literatura convirtiendo lo privado en público. Una de las formas más nobles de inmortalizar el pasado.

 Además, has dado un salto cualitativo enorme. Esta novela se puede leer como un tratado de antropología de todo Aragón. Aquí has recreado viejas costumbres y ritos de nuestro pueblo y de todos los pueblos aragoneses. Así que siguiendo con Octavio Paz, te diré que lo local es universal y lo efímero es eterno.

Y para dar este salto, vas salpicando tus páginas con frases lapidarias, refranes aragoneses, que convierten lo local fragolino en general de Aragón e incluso en lo ancestral de otras culturas rurales.

La hacienda solía heredarla el hijo mayor. Aquella era una ley no escrita. En esta frase, recoges una costumbre ancestral cualquier cultura rural. Este tema es el anclaje en el que fundamentas toda la novela.

Las mujeres, en Aragón eran las propietarias de los huertos cercanos a los pueblos, como una prolongación de lo doméstico. Desde el primer párrafo hasta el último sabemos que lo más preciado de Dominica era su huerto familiar

Y un poco más adelante, particularizas ese huerto, que prolonga la intimidad de la casa, en uno concreto que hay en la arboleda de El Frago, justo al lado de la fuente.

Ella optaba por ocupar muchos de sus ratos en trabajos intentando sacarle partido a ese pequeño trozo de tierra para aportar al hogar algo más y, cuando se sentía cansada, era en ese huerto donde prefería estar a solas.

Y Dominica se enfrenta, como heroínas calladas, a la miseria que la azotaba.

Entre las faldas llevaba un pequeño trozo de tela vieja en la que había envuelto un pedazo de pan y unas olivas, que pensaba darles a los chavales cuando quisieran merendar bajo la sombra del manzano ya cubierto de nuevas hojas. Solo a los dos mayores, Miguel y Julián. Al pequeño Rafael aún le sacaría un poco la teta para que mamase algo, a pesar de que ya iba siendo mocico para eso, pero así era una boca menos.

Como cada tarde, mientras los críos corrían a sus anchas subiendo y bajando la cuesta, entrando y saliendo del huerto, saltando la pequeña tapia, ella, sin perderlos de vista, daba vuelta por las hortalizas.

Dominica Bernués. La fragolina real

Sara, tu novela es una versión idealizada de tu bisabuela Dominica Luna Bernués (1884-1977), perteneciente a una familia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Era hija de Demetrio Luna Casabona (1840–1928). y Petra Bernués Pérez (1848–1920), de casa Juana María, hija de Gil Bernués y de Juana María Pérez. Vivían en la calle Príncipe 4. También vivieron de recién casados en la calle Cubillo, en casa el Curro. En la partida de defunción de Petra, leemos: Estaba casada con Demetrio Luna Casabona, de cuyo matrimonio quedan cinco hijos llamados, Daniel, Agustina, Dominica, Félix y Juana Luna Bernués. Que el día 18 de mayo de 1918, en unión de su esposo Demetrio Luna otorgó testamento a favor de su hijo Félix Luna Bernués, ante el notario Pedro Remacha.

Pero, Demetrio y Petra fueron padres de más de cinco hijos, varios fallecidos de niños. Precisamente este dolor de las madres que pierden tantos niños y las campanas tocando a mortachuelo, o mortijuelo, es uno de los sentimientos más logrados en tus páginas.

Los hijos que sobrevivieron a Demetrio Luna y Petra Bernués los emparentaron con otras tantas casas de El Frago. De Daniel, casado con Marcela Casabona, proceden los de casa de las Escaleretas y quedan abundantes descendientes. Entre otros mis vecinos de casa Manuelico. De Agustina los que vienen a casa Navarro en El Terrao. Dominica y Manuel Puente Palacio (1873 – ¿?), los protagonistas de hoy, se casaron en 1903. Manuel nació en El Frago, no en Agüero, como se dice en la novela. Su padre sí que era de Agüero.

Su hermano Félix, el heredero, se casó con Dominica Ángel Soro, de casa el Tejedor, y fueron los padres de Eustaquio y Félix. ¡Cuidado! Que podemos confundir a las dos Dominicas. En realidad eran cuñadas.

Como bien sabes y cuentas en la novela, los hijos de esta extensa familia, como los de otras muchas, tuvieron que emigrar para sobrevivir. Estos fueron los nuevos Ulises fragolinos que ya no encontraron a sus Penélopes.

Esas familias, tras el arrojo de buscar mejor fortuna, dejaron en El Frago lo mejor de sus vidas y sus mejores recuerdos. Y aquí tu escritura testimonial cobra mucho sentido.

Esto es una novela, no un fragmento de historia.

Bien, pues siguiendo las convenciones de la creación literaria, estilizas y reduces las relaciones familiares. Intentas hacer una novela de personaje, el drama personal de tu bisabuela Dominica, y no una novela saga.

Dominica tendrá que pasar muchas pruebas, como las heroínas de los cuentos, para intentar llegar a ser ella misma. Pero a eso no se llega si no se rompen muchas cadenas con mucho dolor.

Dominica es un personaje que ama, ríe y sufre. Pero, sobre todo, es un personaje que evoluciona. Vemos cómo va cambiando en estas trescientas páginas. Es un personaje bien construido en busca de un deseo y nos va creciendo, psicológicamente, en las páginas de la novela, como las grandes heroínas literarias.

Y para que no lo entendamos como un libro de historia ni como una genealogía, comienzas por identificar a tu personaje con el apellido materno, Bernués. Con este bautizo, Dominica Bernués se convierte en el personaje literario que engendrará el drama de la dominación del patriarcado sobre sobre las mujeres rurales.

Una nueva narradora.

Además, idealizando su figura, cambias hasta el nombre de su casa. Llamas casa Bernués a la que los fragolinos conocemos como casa de Juana María.

Sara, como en un crisol, has fundido la voz de tu bisabuela y la tuya propia, un recurso que en tus manos tiene un resultado una muy original.

Desde el primer párrafo me enamoré de una narradora en tercera persona. No era como el narrador omnisciente de los centones narrativos tradicionales. Tampoco era una narradora excesivamente cercana a Dominica. Poco a poco, fui descubriendo a una narradora contemporánea, heredera de los narradores que tantas veces te han contado historias junto a las llama del hogar.

En ese descubrimiento de la narradora oculta, me ayudaron los giros de la trama, concebidos a la luz de las funciones de los personajes de los cuentos de hadas. El personaje que sale de casa y pasa una prueba. La mujer paciente que, como Penélope, espera la vuelta del marido. Los abundantes Ulises fragolinos que aparecen en cada esquina.

Descubrí a una narradora que cuenta la tragedia de unas vidas desarraigadas con el mismo tono y función que lo hacen los cuentos maravillosos.

El arranque de la novela nos anuncia un mundo verosímil y un narrador fiable, que se cree todo lo que  le han contado.

Como cada tarde, Dominica bajó con sus hijos y la tranquilidad que la caracterizaba hasta un huerto que tenía junto al río. Era una mujer joven, aunque ya con mucha experiencia. Alta y más que delgada, flaca, aunque con buena figura. Sencilla en el vestir. De pelo oscuro sin ser negro, rizado, sujeto en un sencillo moño bajo. De ojos claros y clara también la piel. La de la cara moteada de pecas. Mujer de semblante sereno y pasos firmes.

Con este retrato ya nos enganchas. En ningún momento querremos dejar de saber qué le pasa a Dominica.

Otros recursos literarios.

Antes de abrir la novela acaricié el tacto suave de esas tapas ilustradas con unos símbolos atractivos,  que nos llevan a un pasado que ya no existe.

A continuación la novela avanza con un sabio juego de anticipaciones y resúmenes narrativos. Poco a poco se va creando un mundo cerrado y angustioso en el que no queda ni un cabo suelto.

El papel manuscrito, lo sé porque me lo has chivado tú, es una parte de las capitulaciones matrimoniales que un día encontraron en un saco Félix y Eustaquio. Esas capitulaciones, tan importantes en nuestra legislación aragonesa, tienen un sentido práctico y son una especie de compra venta encubierta de las mujeres.

Sobre las capitulaciones vemos las llaves de la casa de Dominica, las que la ataban a una tradición familiar y la que ella estaba tentada de abandonar para conseguir ser ella misma y no un fruto de un concierto de intereses de hombres.

En las capitulaciones los padres sellaban el destino de sus hijos para siempre. Allí estaban reflejados todos los bienes y deberes de los futuros cónyuges. Los padres ataban la vida de la nueva pareja, sobre todo, las obligaciones de la mujer. ¡La foto es oportuna, simbólica y bellísima!

En el reverso del libro, vemos una vela apagada, símbolo de un tiempo y unas vidas que se apagaron en sí mismas. Una vela que lleva superpuesta una llama alta y muy blanca. Con este símbolo quiero entender que nos avisas de lo importante que es recuperar los recuerdos. Más de la mitad de las páginas, en cursiva, son flash back, recuerdos en vivo y en directo.

Por eso la narradora no se esconde, cuenta el pasado mezclando palabras y frases del pasado con muletillas y expresiones de gran actualidad. Es que eso ha sido y es la novela. Dar vida a lo que se fue y alumbrarlo con una luz nueva para que no vuelva a morir.

Co las tramas vas tejiendo un delicado tapiz. La trama principal, el matrimonio impuesto a Dominica, la resuelves como una lucha contra los instintos, como en los dramas de Lorca. Y ese es el papel fundamental de Aurelio, un personaje de tragedia clásica, como el nombre que lo canta.

Por otra parte, abres el escenario con viajes de la protagonista. Eso te permite introducir costumbres de otros pueblos: Agüero, Luna y, sobre todo, Ejea. Las páginas de la feria de Ejea son memorables y excepcionales.

Las llaves de la casa de Dominica sobre sus capitulaciones matrimoniales, guardadas celosamente en casa de Juana María, en un saco, junto a otros documentos importantes de la familia.

Y termino

Hace tres semanas estuve comiendo en la Arboleda de la Fuente y, al marcharme, regué un arce, que la familia Puente Luna ha plantado cerca de la gran secuoya. Con el agua de la fuente quise ayudar a mantener vivo este recuerdo tan precioso y preciado. Espero que ese arce crezca como la llama de la vela que alumbra esta novela.

Espero que los lectores y amigos de Sara, cuando leáis Como como cada tarde, disfrutéis tanto como yo.

Enhorabuena, Sara, por este regalo que hoy nos haces a todos los fragolinos.

Sara con sus amigos de Zuera en la puerta mayor de la iglesia de San Nicolás de Bari de El Frago.

El 21 de enero de 1903, entró por allí la joven Dominica, soltera, de 19 años, para casarse con el viudo Manuel Puente, de 29 años. Los casó el párroco Mateo Echevarría Latorre. Asistieron a la ceremonia varias personas: parientes, relacionados y los testigos Eusebio Ángel y Miguel Laguarta. Y todo se hizo con «el consentimiento de los señores padres de la contrayenta«.

Sara Puente Gracia (Zuera, 15 de enero de 1959). Toda su vida ha transcurrido en Zuera, donde ha trabajado en varios puestos administrativos. Con la pandemia de la covid, la trasladaron de la Biblioteca Municipal al Aérea de Patrimonio y Medio Ambiente del Ayuntamiento.

Desde niña ha sido una gran lectora y le ha gustado escribir. Ha escrito relatos en concursos y en antologías de varias editoriales. Como cada tarde es su primera novela. Editada en Diversidad literaria, en el año 2021.


Foto del comienzo: Sara Puente y Carmen Romeo saboreando la llegada de Como cada tarde, en la Gran Vía de Zaragoza. Junio de 2021.

Carmen Romeo Pemán

«Dame mi nombre» de Adela Castañón: la primera novela mocadiana

El día 9 de julio, en el Casino de Marbella, se presentó Dame mi nombre, la primera novela de Adela Castañón Baquera. A los merecidos elogios que le dedicó Francisco Jiménez Vargas-Machuca, Curro para los que somos sus amigos, hoy quiero añadir un análisis más académico de esta primera novela MOCADIANA.

En Dame mi nombre oímos y reconocemos la voz característica de Adela Castañón. Esa voz con la que los lectores de Mocade estamos familiarizados. En nuestros cinco años de existencia, Adela no ha faltado ni un día a la cita con relatos, poemas y artículos. Hoy da un paso a un género mayor. En las páginas de esta novela escuchamos cómo esa voz ahora madura y segura, da vida a un universo literario nuevo y complejo. ¡Ahora, sí que tenemos escritora de verdad!

Dame mi nombre es mucho más de lo que hasta ahora había escrito Adela. Se nota que ha aquilatado el estilo con los relatos y que da un paso de gigante en la composición literaria. Aquí los personajes, muy sólidos, y con muchos matices en su personalidad, viven situaciones extremas y todos buscan su identidad, como si ese conocimiento fuera a liberarlos de sus fantasmas interiores.

Dame mi nombre lleva un título con connotaciones religiosas. Oímos la voz del Pablo que, como San Pablo, se cayó del caballo el día que lo llevaron a curar una herida al hospital. Y la oímos como si estuviera rezando. En el danos hoy nuestro pan de cada día del padrenuestro pedimos que un ser Creador nos conceda solo lo que necesitamos, y Pablo también pide solo lo que necesita; su nombre, es decir, su verdadera identidad, sus verdaderas raíces.

Él sabe que alguien tiene la clave de su identidad. Y la buscará, como si se tratara de un asunto policiaco, hasta conocer al Creador que posee la esencia de su ser.

Además de este conflicto, suficiente para afirmar que se trata de una novela psicológica, la intriga pivota sobre la búsqueda de perdón de Ana, la madre de Pablo. Una mujer rota que se confiesa y sufre un proceso de catarsis a lo largo de más de trescientas páginas

En ese proceso, que avanza despacio, como si de un parto se tratara, Adela le concede a Ana el tiempo que necesita para sacar a la luz el tormento que la devora. Y en torno al drama de esa Ana-madre, giran todos los personajes, tan rotos como ella. Adela, como una maga, busca y encuentra recursos literarios con los que bucear en las aguas más negras de sus personajes. El resultado es un profundo análisis psicológico con el que el lector se siente muy identificado.

Argumento. Más que sinopsis                                                

Se ha puesto de moda hablar de spoiler, pero es una palabra moderna del mundo de los best sellers. En literatura no podemos hacer un análisis preciso si no conocemos los hechos sobre los que se asienta una obra. Así lo entendían los autores clásicos. Al principio de una obra teatral salía un personaje a contar el argumento con la intención de que los espectadores, desprovistos del interés de la intriga, se centraran en otros elementos literarios. Y a esa misma finalidad obedecía la costumbre de publicar al comienzo de las novelas su argumento para que los lectores, libres del pathos, estuvieran atentos a los elementos literarios.

Booktrailer de presentación de Dame mi nombre.

Pues bien, siguiendo la línea de los clásicos, comenzaré por el contenido de la novela y seguiré con los elementos literarios que la avalan como una pieza clásica.

La novela comienza en 1999, cuando Ana, una chica de clase burguesa acomodada, no consigue que Víctor, su novio, le pida matrimonio. Ella fuerza las relaciones y hasta deja de tomar la píldora para quedarse embarazada. Ante tamaño fracaso, recurre a una inseminación artificial de un donante anónimo. Intenta presionar a Víctor, pero él la abandona porque tiene hecha la vasectomía y ese niño no es suyo.

A partir de este comienzo, la historia avanza unos dieciséis años, al principio en dos tramas paralelas y después se entrelazan en una sola. Aquí un hilo rojo, o azar, va uniendo las vidas de unos personajes que hasta entonces eran ajenas.

Por un lado, está Ana, que rechaza la idea del aborto y decide criar a Pablo. Conoce a Andrés, su marido, cuando Pablo tiene un año. Pronto se establece una excelente relación entre los dos y las dos nuevas hijas del matrimonio. En esta familia feliz, Ana, como una Madame Bovary, tiene un secreto que la atormenta. Y cobra más fuerza cuando su hijo Pablo se accidenta, por casualidad. En el hospital, Pablo se entera del grupo sanguíneo de su padre y, tras muchas dudas, llega a la conclusión de que Andrés no puede ser su padre biológico. En ese momento comienza una búsqueda desesperada de sus orígenes. Cuando Pablo le pregunta a su madre, ella le miente y despierta al monstruo dormido: el tormento psicológico de los dos.

En paralelo, está la vida de Juan Luis, un policía, y Verónica, la tutora de Pablo. La novela insiste en el pasado desestructurado de Juan Luis y en los deseos de maternidad de Verónica. Es obra del azar que uno de sus alumnos sea el retrato de su marido y que ese alumno dé un vuelco a sus vidas.

Los hechos, con varios giros de la trama, se complican hasta tal punto que las relaciones matrimoniales de las parejas están en juego.

La novela se cierra cuando todos cuentan la verdad. En el fondo, todo ha sido una lección moral, una oportunidad para que los personajes maduren a pesar de lo que ha sucedido en sus vidas. Al final, la autora entona una especie de canto de esperanza, pero la nueva felicidad es solo aparente. Ahora que ya se han desatado todas las pasiones, las aguas nunca volverán a su cauce.

El espacio

Como en las novelas psicológicas de don Miguel de Unamuno, el espacio casi desaparece. Esta es una técnica calculada y muy eficaz. Los personajes tensan sus pasiones como en A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre. Los interiores un poco desdibujados nos obligan a entrar directamente en los conflictos, a través de expresiones y gesticulaciones muy repetidas: los movimientos de la cara se convierten en esos tics tan humanos que sugieren y callan lo que sufre un alma atormentada.

El tiempo

Está medido con una precisión de relojero. Es un elemento importante en el desarrollo de la intriga. Para conocer la edad de Pablo, tenemos que echar cuentas desde su concepción, y seguir los pasos de su evolución. A los diecisiete años, este adolescente, por un accidente casual, se plantea el tema de su identidad, existencial y real. Llega a dudar de que su padre sea el padre biológico y emprende una búsqueda, casi policial, de pruebas, en las que el tiempo pasado será su aliado.

No es una progresión lineal. Los flashbacks, muy oportunos y bien señalados con frases bisagras, nos ayudan a recomponer el gran puzle que es esta novela.

Los personajes

Cinco personajes principales llevan el peso de la trama. Los cinco, de clase media acomodada, ven cómo se complican sus vidas y todos dudan de todos. Sus conflictos nos atraen y sus intensas vivencias nos enganchan. Un adolescente y dos matrimonios que ponen en tela de juicio sus relaciones y sus mundos se tambalean.

Por un lado, Pablo y su familia. Su madre, Ana, la verdadera protagonista. Andrés, su padre adoptivo, que sirve de contrapunto. Como complemento, las hijas de Ana y Andrés, y Sara, la novia de Pablo.

Por otro, Juan Luis Medina, un policía de un pasado oscuro, y su mujer, Verónica, atormentada, como Yerma, por una maternidad que nunca llega. En este bloque, actúan de personajes secundarios, Argüelles, un policía veterano, amigo de Juan Luis; y Rosa, amiga de Verónica. Estos personajes secundarios son meros soportes para provocar conversaciones que nos ayuden a conocer mejor el interior de los principales.

Me detendré en Ana. En ella tiene origen la tragedia que, de repente, envuelve a otras vidas. Los demás personajes, incluso Pablo, el protagonista, se liberan y llegan a la catarsis, cuando ella confiesa.

Ana. La madre de Pablo es una mujer rota por los múltiples errores que va cometiendo. Este personaje de tragedia griega avanza desde la inseguridad del principio hasta la seguridad que le da la confesión.

Ana olvidó las mil frases que había ensayado por el camino. Se soltó de las manos de su novio, sacó el sobre del bolso y, con un pequeño temblor, se lo dio. Se arrepintió una vez más de lo que había hecho, pero ya no tenía remedio. Colocó las manos sobre las rodillas, las escondió debajo del mantel y se sujetó una con otra para evitar que temblaran. El miedo a un tercer fracaso sentimental se le subió a la espalda y tuvo que esforzarse para mantener una postura erguida. Seguía sin saber por qué sus dos novios anteriores la habían dejado, cuando ella había puesto todo de su parte y se había plegado siempre a sus deseos, sin pensar que ese podía ser el problema. Pero con Víctor parecía ir todo sobre ruedas, si se exceptuaba el punto muerto en el que se encontraba su relación, estancada desde hacía meses.

El conflicto

Pablo descubre que Andrés no puede ser su padre, que tiene que haberlo adoptado, pero nadie le cuenta la verdad. Sus intentos de conocer sus orígenes chocan con las mentiras de su madre, atrapada entre su hijo y su marido. Las investigaciones de Pablo desencadenan los acontecimientos que ponen en jaque a toda su familia y a la familia de Verónica, su tutora, que no se puede imaginar cómo va a cambiar su vida.

¿Qué podemos hacer cuando nuestros recuerdos se asientan sobre mentiras? ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar para conocer nuestros orígenes?

Adela pone en tela de juicio principios claves de nuestra ética. En esta novela se tambalean los valores tradicionales como el amor, la paternidad, la maternidad y la familia. Es decir, aunque el título, Dame mi nombre, apunta a la búsqueda de la identidad de Pablo como conflicto dominante, hay otros que le disputan la categoría.

Precisamente la tensión de conflictos muy potentes es uno de los grandes aciertos de esta novela. Y el protagonismo de Pablo queda en entredicho cuando lo enfrentamos a la confesión de su madre, que, sin quererlo, se convierte en antagonista.

La trama

Está muy bien tejida y calculada. Ni un cabo suelto. Desde el principio, como en Cinco horas con Mario de Delibes, conocemos el motivo de la culpabilidad de Ana, pero la historia se complica y se explica con abundantes prolepsis y analepsis. Las frases bisagra con las que entra y sale en los flashback y foreshadowing aclaran el fino entretejido de este tapiz. Por ejemplo, la culpabilidad, su vieja amiga, se sentó a su lado y comenzó a atormentarla es una frase que da entrada a un largo monólogo de Ana.

Con este entramado, el lector no se pierde en ningún momento gracias a la organización de la materia narrativa. Si Pedro Salinas dijo que hacer literatura consistía en hacer arquitectura, yo os digo que Adela es una de nuestras mejores arquitectas.

En la primera parte, los capítulos alternan entre el mundo de Pablo, y el de Juan Luis, el policía y padre biológico, ajeno a todo lo que sucede. Cuando ya tenemos el ambiente de las dos familias, las vidas comienzan a cruzarse y la tensión narrativa crece por momentos.

El azar

Funciona como el fatum de las tragedias clásicas. Va salpicando las páginas, aparece cuando menos lo esperamos. Con él aumentan las expectativas y la tensión. Como en la Historia de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, comenzamos con el núcleo del problema, con una anticipación de una parte del final, pero nos falta lo más interesante: los motivos y los episodios que nos han conducido a ese final.

«Todo va a salir bien», pensó Ana. Sujetó el paraguas con una mano y con la otra apretó el bolso de piel contra su pecho, como si el sobre pudiera salir volando. La inseminación había sido un éxito. Respiró hondo y sonrió satisfecha porque, por primera vez en su vida, había tomado una decisión valiente.

Este arranque de novela nos atrapa desde la primera línea. A partir de aquí, sabemos que nos espera una aventura apasionante que nos impedirá abandonar la lectura.

Unas líneas más adelante, sabemos que Ana intentó atrapara a Víctor, su tercer novio, con un embarazo. El conflicto estalla cuando él le contesta que es imposible: Hace años que me hice la vasectomía. Inmediatamente nos enteramos del engaño: Ana había recurrido a la inseminación para atraparlo. Estos recursos que hace unos años nos habrían parecido de ciencia ficción son los que le dan un toque de modernidad. Son conductas de la clase media que hoy están a la orden del día.

A partir de la ruptura de este noviazgo y del nacimiento de Pablo comienza la aventura.

Andrés, el nuevo marido de Ana, no le había pedido nunca explicaciones, y a ella le hubiera avergonzado confesarle que Pablo fue fruto de una inseminación disparatada para atrapar a otro hombre. Y ahora, si su hijo empezaba a querer saber más sobre su origen…

Y los lectores, desde el momento que conocemos esta situación tan inesperada, acompañamos con placer el arco evolutivo de los personajes modulado por una serie de sobresaltos. El azar se convierte en el tema principal que se apodera de los personajes y los transforma en sus marionetas.

Los diálogos

Constituyen la parte más brillante de la novela. Adela, gran conversadora, traslada con acierto la oralidad del lenguaje. Llenos de imágenes vivas y chispeantes son el principal vehículo de caracterización de los personajes. Salpicados de acotaciones en las que una mirada de soslayo, un fruncir de ceño, una subida de cejas o unos dedos nerviosos traducen los dramas interiores y la claustrofobia que todos sufren. En realidad, los personajes hablan mucho, pero hasta el final no se confiesan con franqueza.

La portada.

La ilustración de Esther Cuesta (@Mentiradeloro) es muy simbólica y refleja con mucha fidelidad el núcleo de la historia. El chico de la imagen no tiene la identidad muy definida y se abraza las piernas de tal manera que quedan entre sus brazos los dos lados de un corazón. En uno vemos la silueta de una mujer con un niño de la mano, un guiño a la vida de Pablo con su madre antes de que se casara con Andrés. En el otro lado, en un plano más lejano, el hombre que camina en solitario nos sugiere un Juan Luis ajeno a todas las consecuencias de su donación atolondrada, anónima y solitaria.

Las letras del título están formadas por un hilo rojo que une en sus extremos las figuras insinuadas. Como el hilo rojo que une las escenas de la película De tu ventana a la mía, de Paula Ortiz,  hace referencia a un mito japonés, según el cual las personas unidas por ese hilo están predestinadas a encontrarse en la vida y a vivir historias importantes. Este hilo es la versión oriental del fatum greco latino.

Para terminar

Ya conocíamos la capacidad narrativa de Adela por sus relatos, pero en esta novela se nos ha manifestado como una hechicera de la lengua y una gran conocedora de los problemas psicológicos que atormentan al corazón humano.

Sabe dar un punto de modernidad a los temas clásicos. Nos presenta la vieja crisis de paternidad unida a las modernas vasectomías y donación anónima de semen. Los anhelos de maternidad se resuelven en inseminación artificial y propósitos de adopción. Su lección es que las alternativas de la posmodernidad ni son nuevas ni son la panacea.

En esta novela, lo cotidiano y la oralidad envuelven refinadas y premeditadas técnicas literarias, todo con el tono amable y la visión optimista de su autora.

Adela Castañón Baquera es una gran promesa para nuestras letras. Yo, que tuve el privilegio de asistir al nacimiento del primer embrión de Dame mi nombre, os puedo decir que con el proceso de escritura se ha convertido en una verdadera obra de arte.

¡Larga vida para Dame mi nombre!

Currículum

Adela Castañón Baquera, (Málaga, 1957),  es licenciada en Medicina por la Universidad de Murcia. Amante de la lectura desde pequeña, siempre le ha gustado inventar historias, y hace unos años se empezó a formar como escritora con cursos y talleres literarios.

Desde 2016 compagina su trabajo de médica de familia en el Centro de Salud Leganitos, de Marbella, con la publicación de relatos y poemas en el blog Letras desde Mocade (https://letrasdesdemocade.com/).

Es coautora del libro El niño pequeño con autismo, editado por APNA Madrid, y traductora de la obra Habla signada para alumnos no verbales, de B. Schaeffer y otros, en Alianza Editorial.

Figura, como autora, en doce antologías de relatos y en una de poesía, publicadas por Escuela de Escritores. Ha participado en el Taller de Escritura Creativa de Carmen y Gervasio Posadas, en Literautas, en el Grupo Editorial 33 y en la Delegación de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Marbella.

Dame mi nombre es su primera novela. Y ya está trabajando en el borrador de una nueva, un proyecto antiguo que tiene muy madurado.

Carmen Romeo Pemán

Todo es relativo

El número 619734521 no está disponible. Por favor, grabe su mensaje al oír la señal.


Nuria duda entre colgar o dejar el mensaje. Ha tenido un día horrible en el trabajo, al coche se le ha encendido un chivato que amenaza con una visita al taller nada barata y, para colmo, le acaba de bajar la regla. Si no habla explotará allí mismo, y opta por desahogarse.

–Macarena –emplea el nombre completo de su hija, en lugar del diminutivo habitual–, llámame cuando oigas mi mensaje. O no me llames si no quieres, pero procura no volver tarde porque tenemos que hablar –inspira y continúa–. Te he dicho mil veces que cuando cojas mis cosas las guardes después de usarlas. Te has dejado otra vez el secador al lado del lavabo. Y ha debido de mojarse porque cuando he ido a secarme el pelo me ha soltado un chispazo que por poco me mata del susto. –Nuria toma aliento de nuevo, incapaz de parar de hablar–. Lo peor es que nos hemos quedado sin luz en casi toda la casa. Acaba de irse el electricista y por tu culpa nos hemos quedado sin frigorífico, sin lavadora, sin microondas, y sin la mitad de los aparatos que dependían de no sé qué fase. Así que vete preparando porque vamos a tener una conversación seria. Esta vez te has pasado.

Nuria vuelve a respirar hondo y cuelga. Es la primera vez que no se despide de su hija con un “besitos”, “te quiero”, o una frase similar. Pero en esta ocasión la irresponsabilidad de Maca ha tenido consecuencias desastrosas. Deja el móvil sobre la mesa y pulsa de modo mecánico el mando de la tele del salón, con un resultado nulo porque también la televisión ha muerto víctima de la sobrecarga eléctrica. “¡Mierda!”, piensa. Se va a la cocina, tampoco enciende la luz allí, y sube la persiana para aprovechar lo que quede de luz del día. Mira con el ceño fruncido a su vecina, ajena a todo en el jardín, cortando el césped, y envidia su frigorífico, la tele de su salón, su secador de pelo… La invade el desaliento. A saber si el seguro se hará responsable del desaguisado.

Nuria lleva casi medio año sin fumar, pero empieza a revolver como una loca los cajones de la cocina y da con un paquete olvidado donde quedan dos cigarrillos. Enciende uno de ellos y da una calada profunda que le provoca un ataque de tos después de tanto tiempo de abstinencia. La tele pequeña que tienen en la cocina parece burlarse de ella con su pantalla de color negro, como un luto riguroso. Nuria mueve la cabeza en un gesto de resignación, y pulsa por pulsar el botón de encendido del mando. Deja el cigarrillo en un plato de café, ni se acuerda de donde puso los ceniceros, y se da la vuelta para empezar a fregar. Un tenedor se le cae de las manos cuando oye una voz a su espalda. Se vuelve asustada, y comprueba que, por esos misterios de la tecnología del siglo XXI, la tele de la cocina funciona. Debe de estar en la fase buena de la casa donde, seguro, están conectados los electrodomésticos y trastos más inútiles de todo el bagaje hogareño. Mira por la ventana mientras enjabona cubiertos y platos, y sigue envidiando a la vecina.

La voz del locutor llega a sus oídos como un ruido de fondo, y algo que escucha le hace darse la vuelta para mirar las imágenes. Parpadea sin dar crédito a lo que está viendo en pantalla, pero la voz en off la sacude confirmando lo que muestra el pequeño televisor. La asalta un pensamiento absurdo: una catástrofe de tal magnitud no puede tener cabida en esas pocas pulgadas. Coge el mando, y sube el volumen.

“…en la capital nepalí, millares de personas han pasado la noche al raso, pese a la lluvia que cae sobre la ciudad, debido al derrumbe de numerosos edificios y al temor de que se produzcan nuevos temblores. Más de una veintena de réplicas han sacudido el país tras el primer seísmo. Según han confirmado fuentes oficiales, en la zona del epicentro, en Barpak Larpak, un noventa por ciento de aproximadamente un millar de casas y cabañas han quedado destruidas…”

Nuria mira de nuevo por la ventana y sigue viendo a su vecina, cuyos electrodomésticos envidiaba hace unos segundos. Vuelve la vista a la pantalla. Allí no hay ningún aparato eléctrico reconocible entre los escombros. Las imágenes hacen que su estómago se encoja con un dolor desconocido que le recuerda las contracciones del parto de Macarena. Oye la voz del locutor, pero deja de entender lo que dice. Los subtítulos son estremecedores. El primer plano de una mujer joven llena la diminuta pantalla, y el pie de imagen dice que ha perdido a su marido, a sus dos hijas, y a su madre.

Nuria parpadea de nuevo varias veces. Como cuando rompió aguas en el parto, siente que algo se hace añicos en su interior. La pena baja por sus mejillas como arañazos, y le deja un regusto de sal al llegar a los labios. No siente las gotas que caen sobre su muñeca, donde el mando de la tele parece mirarla y rogarle que pulse el botón de “off”. El dolor que le llega a través de sus dedos los deja helados e inútiles.

El sonido del móvil, que se ha dejado en el salón, la saca de su trance. Suelta el mando de la tele, se restriega las manos en los vaqueros y va en busca del teléfono. La llamada entrante es de su hija. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano y descuelga. La voz de Maca le llega antes de que pueda decir nada:

–Mami, ¡perdóname! Lo siento mucho. Llego en diez minutos, acabo de oír tu mensaje. ¡Lo siento mucho, mami! –repite.

–Maca…

–No digas nada, mamá –su hija la interrumpe; le tiembla la voz al hablar, y puede oír que está llorando–. Solo he llamado para decirte que ya voy para casa. ¡Te prometo que ha sido sin querer!

–Hija… –Nuria quiere hablar, pero Maca no le deja.

–¡Trabajaré este verano, mamá! Y no me des mi paga hasta que esté todo pagado, mami. Te prometo que…

–¡Maca! ¡Escúchame!

Nuria ha subido el volumen, y logra por fin que su hija le preste atención.

–Hija…

Ahora que puede hablar, no sabe bien qué decirle a su pequeña. A su niña del alma, que está viva, hablando y llorando a pocos metros de su casa, y a la que podrá dar un abrazo de oso en unos minutos. Esa niña que va camino de su hogar, un hogar cuyas paredes y techo se asientan con firmeza sobre el suelo, rodeado de otros hogares igual de sólidos y firmes.

–Anda, nena, no digas nada más, y ven a casa. Hablaremos tranquilamente ¿vale? –De pronto es Nuria la que se pone a llorar–. Te quiero mucho, mi vida. No tardes. Te quiero mucho.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay

Nieve y noche

Mis ojos ven la nieve en ese folio blanco, impoluto,

y tan helado que su frío invade mis retinas,

llegando hasta mi alma en un grito que es mudo y que, por eso,

duele más todavía, y desata mis lágrimas.

Llega el ocaso.

La noche, desde el cielo, dirige su mirada hacia mi casa

y ve mi llanto.

Ve lágrimas que quieren fundir con su calor

esa nieve tan cruel del folio en blanco.

La noche siente pena.

Es buena, compasiva.

Y vigila mi sueño sin descanso.

Tal vez por eso une su llanto al mío cuando despierto

y empieza a derramar sobre la nieve esas lágrimas negras que se funden

y riegan con palabras ese níveo sudario,

que estaba tan callado, mudo y muerto,

que estaba tan helado.

Trozos de amor llueven desde la noche.

Y mi mano, coge rauda la pluma, y los atrapa

para sembrarlos en ese campo blanco.

Recojo al vuelo las gotas de negrura para formar palabras.

Iré tarde al trabajo. No me importa. La noche ya se acaba.

Si la dejo marchar, se llevará con ella la esperanza

de que sus lágrimas de amor se queden para siempre aquí grabadas.

Y entonces, ¡ay, qué pena! su llanto compasivo, su amor tan generoso,

no habrían servido a nadie y para nada.

Y ella no lo merece…

…me gusta más la nieve si no es blanca.

Adela Castañón

Imagen: Dale Forbes en Pixabay 

Camping de las Nieves

Desde entonces tengo pesadillas todas las noches y la imagen del barro sobre la piel me provoca arcadas. Todo empezó la semana que acabamos el último curso de la carrera y cuatro amigos nos fuimos a pasar una semana en los ibones del Pririneo.

Como estábamos cansados del viaje desde Madrid, nos dimos prisa en montar la tienda en el primer camping en el que encontramos plazas libres. Comimos unos bocatas y nos acostamos. A las cinco de la mañana ya estábamos en ruta. Dejamos el coche en el parking del Balneario de Panticosa. Con el resuello del último repecho nos tumbamos en la orilla del ibón de Oridicuso, debajo de un nevero y cerca de un acantilado rocoso desde donde se veían ríos que discurrían por los valles y las carreteras que, como sogas metidas en un saco, salvaban los grandes desniveles. Me sentí muy pequeño, con ganas de volar y saltar al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia. Caminé como flotando por el borde de las rocas. No notaba el peso del cuerpo y tenía la cabeza llena de algodones. Me entró un sopor placentero mirando a las nubes que bajaban por las laderas. Pero, en pocos minutos, el cielo se ennegreció, oí los rugidos de la montaña que nos amenazaba y salí de mi ensimismamiento.

Nos pusimos los chubasqueros, y con pintas de pájaros asustados, bajamos corriendo por unas trochas de cabras. No nos dio tiempo a llegar al coche. Cuando estábamos delante de la escalinata principal del balneario, se desató una tromba de agua y nos refugiamos en el vestíbulo del hotel. Por delante de los ventanales pasaban a gran velocidad las mesas y las sillas de la terraza. Con un estruendo, como el que hacen los aludes, se desprendieron los pinos y los abetos de las laderas. Algunos coches flotaban con las ruedas hacia arriba.

Más de un centenar de montañeros nos apiñamos en el hall. A eso de las siete se fue la luz y las agitadas conversaciones del principio se convirtieron en gritos. Todos pensamos que el agua se iba a llevar el hotel. Como estábamos atrapados, nos dispusimos a pasar allí la noche. Poco a poco nos fuimos acomodando en el suelo y los bisbiseos convivían con respiraciones entrecortadas. A mi lado, uno de mis amigos me abrazaba intentando contener el temblor de su cuerpo. Y yo no podía aguantar el tembleque de mis piernas. Intentaba respirar profundamente pero solo me llegaban bocanadas de pánico, que se hicieron más intensas cuando, antes de las once de la noche, sonaron las alarmas del hotel.

—Se ha desbordado el barranco de Arás y ha arrasado el camping de las Nieves. Es una catástrofe de enormes dimensiones. Casi todos los ocupantes estaban descansando. El aluvión apenas ha durado unos minutos, pero ha arrastrado caravanas, coches y tiendas. También ha arrancado los postes de la luz y muchos árboles. Se necesitan voluntarios para el rescate. —Esta noticia se repetía sin cesar en todos los altavoces.

En unos minutos nos encontramos en medio de una larga fila de coches que serpenteaba la bajada del valle. Los cuatro hablábamos sin parar, como si con las palabras quisiéramos sacar el miedo de nuestros cuerpos.

Con la luz de las linternas y el agua a la cintura arañábamos el barro y quitábamos las piedras que habían llenado la piscina. Sacamos a cuatro niños sin vida. Sus padres habían desaparecido. Yo me quedé paralizado, agarrado a una niña inerte, envuelta en barro. No sé cuánto tiempo llevaba así cuando oí  una voz que me gritaba:

—Déjala en la entrada para que se la lleven a la morgue. Tenemos que darnos prisa, hay  demasiados cadáveres.

Acabamos en la piscina y nos dirigimos al cauce del río. A las tres de la madrugada,  habíamos sacado más de veinte personas muertas, retenidas entre las marañas de troncos y ramas. Una chica que intentaba agarrarse a unos matojos sin éxito, me cogió el cuello vomitando barro. Entre los cuatro tiramos de ella con fuerza y la metimos en el coche de uno de los voluntarios.

Uno de mis amigos se desmayó y lo llevamos al polideportivo del pueblo, donde habían montado una pantalla de televisión gigante para coordinar nuestros trabajos. De repente, en medio de un torbellino neveras, cantimploras, zapatos y personas que sacaban medio cuerpo entre el ramaje y los troncos que el agua se llevaba a la deriva, vi flotando La reina de las nieves, la novela que estaba leyendo, en la que había guardado mi documentación.

Por un momento la portada del libro ocupó toda la pantalla de la televisión. En un primer plano se veía una mujer contemplaba una gran tormenta desatada en el mar. Todo se lo tragaban aquellas olas gigantes que rompían contra el acantilado. El mar estaba a punto de tragase en barco del que solo se veía el velamen. Esa mujer contemplando la tormenta me recordó a los que se llevó el barranco de Arrás mientras miraban al cielo esperando que dejara de llover. Es que en Biescas, una tarde del siete de agosto de mil novecientos noventa y seis, una ola gigantesca de piedras, fango, maleza arrasó el camping.

Yo estaba impactado, pero tenía remordimientos de no sentirme peor. Los cadáveres se apilaban en la entrada, debajo del rótulo del camping de Nuestra Señora de las Nieves, y los coches no daban abasto para transportar heridos. El paisaje idílico de un prado del Pirineo se había convertido en un depósito de chatarra. Era como si hubiera llegado el Apocalipsis. En esos momentos tenía el corazón frío, como la nieve engañosa de esas montañas, que me hacía sentir bien porque dejaba de sentir.

Entonces supe que, como el del protagonista de La reina de las nieves, mi corazón se descongelaría cuando llegara a casa y que el recuerdo de la primera niña que saqué del barro me acompañaría el resto de mi vida. Esa niña me lanzó al abismo que me separaba de los sueños de mi infancia.

Todo sucedió en Biescas el 7 de agosto de 1996.

Carmen Romeo Pemán

El cuento sin fin

Invéntame un cuento, hijo, inventa una historia para mí, ahora soy yo la que te lo pide, ahora entiendo tu necesidad cuando me pedías eso, ahora te toca, te toca a ti, mi niño. Inventa algo para mí, yo lo dejaba todo para crearte una historia, la plancha, la comida, todo pasaba a un segundo plano, te contaba mil cuentos aunque nunca te los escribía, ahora tienes que hacerlo tú por mí, volver de dónde quiera que estés, da igual tu cuerpo en esa caja forrada de blanco, ese eres tú y no eres tú, tú no eres eso, o sí, eres eso, eres más que eso, eres el cuento que flota invisible entre las cuatro velas, cuéntame ese cuento, mi niño, sopla para que llegue a mi piel, solo eso puede mantener a raya a la muerte, ladrona de hijos, muerte, criatura sin alma, sin útero, que quiere robarte, mi niño, no la dejes, no me dejes, quédate conmigo, hijo, quédate conmigo, cuéntame un cuento, cuéntame el cuento del árbol que quería ser inmortal, que quería moverse, y ver el mundo, como tú y como yo, que hemos visto el mundo, este mundo, muchos mundos, sin movernos del sofá.

No me acuerdo de cómo era ese cuento, hijo mío, tengo que acordarme. Si no me acuerdo te irás del todo, te irás y yo me moriré y me iré también, pero no quiero irme sin saber si llegaré al mismo sitio, no te vayas, mi niño, no te vayas todavía, yo soy el tronco, no puedo vivir sin las ramas, no puedo vivir sin ti. Las ramas, eso era, gracias, tesoro, era eso, claro, era eso, las ramas que cortaba un hombre, y hacía con ellas una cuna, la cuna en la que te mecía de pequeño, y el árbol era árbol y era cuna y era las dos cosas, y quería más, quería ser más, como tú, mi niño, querías ser muchas cosas, querías ser pirata, y el árbol te daba la madera para el palo mayor de tu barco, y me llevabas a tierras lejanas, y entonces naufragábamos en una isla, eso era, cómo he podido olvidarlo, eso era mi niño, te quiero, te quiero tanto, tantísimo, qué bueno eres quedándote conmigo, estabas perdido con tanta gente alrededor, pobre niño mío, todos mirando sin verte dentro de esa caja forrada de blanco, y tú buscándome, y no me veías con tanta gente, ya se han ido todos, tesoro, ya solo estamos tú y yo, y tú no me veías entre tanta gente y yo no te podía escuchar con tanto ruido, y por qué lloran, no saben, me miran raro, qué saben ellos, no saben nada de nosotros, de ti y de mí y de nuestras historias inventadas, ni saben nada del árbol que quería vivir para siempre, y tú eres ese árbol y eres tu cuna y mi palo mayor. Y en la isla de nuestro cuento cae la noche y hace frío, y los dos nos reímos con el cuento inventado, y quemamos el palo para hacer una hoguera y vivimos en la isla comiendo cocos y plátanos, y con la ceniza de la hoguera nos acordamos del árbol y tú coges la ceniza, y arena y agua y hojas de palmera porque en la isla te has hecho un hombre y lo conviertes todo en papel y yo sigo a tu lado y estoy igual que ahora y tú eres más alto que yo y eres mi niño y te cojo en brazos porque en nuestro cuento cambiamos de tamaño porque sabemos hacerlo como Alicia en el país de las maravillas, y espera, no te vayas, son solo pasos, tesoro mío, son pasos, de tu padre o de la abuela o del abuelo y no te vayas, mi niño, no te marches, no puedo decirles que no entren, ellos también quieren verte, rey mío, pero no inventaron cuentos contigo y por eso no encuentran el camino.

No dejes que me levanten de aquí, no los dejes, no quiero dejarte solo, no quiero quedarme sola, no sé que me están diciendo, no entiendo las palabras, diles que me dejen, mi niño, diles que me dejen aquí contigo, hace frío, no quiero marcharme, tenemos que terminar el cuento, o ya lo terminamos aquel día, no me acuerdo, no puedo acordarme, si no me acuerdo te irás del todo no te vayas, no te vayas todavía, no te vayas sin mí, llévame contigo si te vas, no me dejes sola, no te quedes solo, y eso era, en la isla hacíamos papel con las cenizas y tú te reías y decías que el árbol había sido muchas cosas, árbol, rama, cuna, palo mayor, leña, papel, y que ese cuento sería un cuento inacabado porque no querías ponerle fin, y qué listo eras, mi niño, qué listo eres, siempre has sido muy listo y tenías razón, ese cuento no puede acabar, y quiero que dejen de decirme que me vaya a dormir, que tengo que descansar, es que no lo ven, que mi descanso es escribir contigo el cuento del árbol que quería ser inmortal, y no nos dejan en paz, y no puedo acordarme de cómo sigue y me estás escribiendo con tu dedo de aire las palabras en mi piel y se me pone la carne de gallina y te estoy sintiendo y ya no hay hielo en el centro de mi pecho y estás soplando la hoguera de la isla que ahora me calienta por dentro y me estás diciendo que cierre los ojos para verte, que puedo hacerlo, y lo hago y te veo, y veo el papel que has fabricado en la isla y me estás contando el cuento, mi niño, ese cuento que no se acabó y ahora sé por qué no se acabó porque mientras ese cuento no esté terminado tú no te irás, te vas a quedar conmigo, te quiero, hijo, te quiero tantísimo, qué bien que la gente se fue, que ya me ves, que ya te siento, y pobre abuelo, mira cómo llora, el abuelo te leía cuentos, él decía que los inventores somos tú y yo y lo haré por ti y le contaré al abuelo el cuento del árbol, y a la abuela y a papá, y lo escribiré en un papel que brillará cuando escriba sobre él porque será el papel que antes fue ceniza y palo y cuna y árbol y cuento y tú sigues aquí, mi niño, y ahora entiendo que nuestro cuento inventado no tenía final y yo voy a seguir escribiendo, hijo mío, y escribiré hasta que la vista me abandone y escribiré porque tú y yo somos la rama y el árbol del cuento que nunca se acaba y por eso no te vas a morir nunca, y qué torpe he sido, que no lo entendí hasta ahora, y eres tan bueno, mi niño, eres un ángel, y te prometo que voy a seguir escribiendo y que nuestro cuento inventado y tú y yo seremos inmortales y esto no es un adiós, mi niño, y cerraré los ojos y tú me soplarás en la piel cuando quieras hablarme y estaremos los dos en nuestra isla y te diré todos los días que te quiero, mi niño vivo, mi cuento inacabado, mi vida, te quiero.

Adela Castañón

Imagen: Yuri_B en Pixabay

¡Oh bella, ciao!

Al rayar el alba dos pastores llegaron a la frontera francesa. Parecían dos fantasmas salidos de la niebla que bajaba de las montañas.

A lo lejos oyeron las voces de los gendarmes que se dirigían a sus puestos cantando Lili Marleen. Más cerca sonaban las esquilas de las vacas que pasaban de un país a otro, indiferentes a los movimientos de los hombres.

Francisco, de unos cincuenta años, y Juan, de unos cuarenta, estaban llegando a los mojones que separaban España de Francia. Justo cuando iban a entrar a la paridera, se encontraron con un joven que andaba como perdido. A Juan le llamaron la atención la barba y la coleta sebosa que le caían por encima de una manta de cuadros. Llevaba un morral en la espalda y por debajo del hombro derecho le asomaba la punta de un fusil.

—Buenos días —le dijo Francisco.

El mozo respondió con una especie de gruñido.

—Pues sí que estamos bien. Este trae malas pulgas —replicó Juan.

—Aunque no seas del pueblo, no tienes que ser tan desconfiado —terció Francisco—. Mira, chaval, aquí todos somos gente honrada y tratamos bien a los forasteros

El joven los miró de arriba abajo. Y Francisco siguió:

—Seguro que has pasado la noche en algún corral y que alguien te ha ayudado a conseguir el recado que llevas.

Le señaló el morral y le dio una palmada en la espalda. Entonces el joven reaccionó:

—Pues aunque abulta mucho, llevo poca comida. Sólo algunos panes que conseguí robar a media noche. Los tenía el panadero en la parte trasera de la tahona. No creo que los eche en falta, que están duros y ratonados.

—Hombre, no te pongas así —dijo Francisco.

—Nosotros podemos compartir el almuerzo. Aunque es un poco escaso, que los malos tiempos son para todos —dijo Juan.

—El almuerzo precisamente no. Que ya he comido un poco de cecina con pan. Pero si me dieran una cabra, no vendríamos a importunarlos.

—¡Una cabra! —Juan se quedó parado un momento.

—Sí, una cabra.

Se hizo un silencio. Francisco le dijo que eso de la cabra era desmedido. Entonces el joven les contó que era el encargado de conseguir comida para una partida de maquis. Juan dio un paso atrás con cara de susto. Pero Francisco le dijo a lo mejor podrían hacer algo.

—Es que, verán. Si me dieran una cabra por las buenas, les diría a mis compañeros que no atacaran el corral.

—¿Pensabais atacar el corral? Pero si no os hemos hecho nada —A Juan le temblaba la voz.

—Es que ya va para medio año que no probamos la carne.

—Pues tendréis carne, pero no por la amenaza. Tendréis carne porque sois de los nuestros —contestó Francisco.

—Bueno, Francisco, no te pases. Tanto como de los nuestros no diría yo —replicó Juan.

Francisco se dirigió a la puerta de las cabras con paso lento y a Juan se le soltó la lengua.

—Francisco, en el fondo tú y yo no somos de nadie. Somos pastores y sólo nos debemos al monte. Aquí todos vienen a pedir, pero a echarnos una mano no viene ni Dios. Y todos los que se nos acercan llegan con la misma cantinela: “Hombre, que una cabra no es para tanto”. Y vaya si lo es. Que a ver cómo le digo a mi Manuela que cada día hay menos leche y que de carne, nada de nada. Que esta temporada ni siquiera malparen las ovejas. Que antes de que malparan ya nos las han robado. Este, como todos, mucho cuando vienen a buscar, pero luego si te he visto no me acuerdo.

—No te pongas así, Juan. Este no es de la pasta de los del tricornio. Basta con mirarlo a los ojos.

—Lo que tú digas, Francisco. Ya sabes que no me gusta llevarte la contraria. Pero también sabes que no pensamos igual.

Cuando llegaron al corral, Francisco mató una cabra. Entre los tres la desollaron, la partieron en cuartos y la metieron en un saco. El joven se echó el fardo al hombro y les dijo:

—Esto de la cabra es de mucho agradecer. Pero aún les querría pedir otro favor.

—¿Otro favor? Si es que ya te caté en cuanto te vi —Juan hizo el ademán de meterse en el aprisco.

—Escúcheme, por favor—suplicó el joven.

—Venga, desembucha, que tenemos que soltar el ganado y se nos está haciendo tarde.

Les contó que iban huyendo de un destacamento de la guardia civil y que sabían que ese día iban a dar la batida por los montes.

—No les pido que hagan nada. Solo que, cuando les pregunten no digan que me han visto. ¡Ah! Y que los encaminen en dirección contraria a la mía.

Lo vieron alejarse por el alto de la collada. Entonces Juan se encaró a Francisco.

—Eres demasiado blando con estas gentes. Se nos comen el pan de nuestros hijos y tú, encima, les regalas una cabra. Y, si no me equivoco, ahora estás pensando en mentir a la guardia civil.

—Juan, ¿es que no te das cuenta de que no se quieren encontrar? ¿No ves que llevan muchos meses jugando al ratón y al gato? ¿No has notado que se tienen tanto miedo los unos como los otros? ¿No ves que son todos unos críos?

—Pues por las tardes bien que te las das de tipo duro en la taberna. Se conoce que el vino hace sus efectos. Me gustaría que los del pueblo te vieran acojonado delante de los que tú llamas críos. Y encima me vienes a mí con monsergas de padrazo.

—Juan, ¿es que no te das cuenta? ¿Dónde te crees que está mi hijo? ¿Nunca lo has sospechado? Hace más medio año que se fue a trabajar a Francia y no hemos vuelto a tener noticias.

Se hizo un silencio embarazoso. Mientras sacaban el rebaño, sólo se oía la voz ronca de Francisco que, por lo bajo, tarareaba:

¡O bella, ciao! ¡Bella, ciao! ¡Bella ciao, ciao, ciao!

Esta mañana me he despertado y he encontrado al invasor.

Carmen Romeo Pemán

Foto del comienzo. Ricardo Compairé, 1934. Pastores en Formigal, Sallent de Gállego. Fuente: Heraldo de Aragón. La canción italiana y esta foto en la frontera con Francia me inspiraron el relato.

Mujeres azules

Ese martes amanece nublado.

­­—Mami —dice Lucía—, ¿por qué no me tocó a mí ser como Ángel? —La pregunta coge desprevenida a Alicia.

—¿Por qué me preguntas eso, chiquitina?

La niña ladea un poco la cabeza, igual que hace su perrita cuando la ve comer chocolate. Señala el panel de corcho que hay en una pared del salón, se pone en pie, se acerca y toca con el índice extendido el letrero que hay escrito con rotulador grueso en el marco superior: “CALENDARIO DE ANGEL”. Al lado de esas tres palabras está pegada una etiqueta con el día de la semana, que su mamá cambia todos los días. 

—Yo también quiero tener una agenda con muchas clases para que me tengas que llevar.

Alicia no sabe qué responder. Besa a Lucía en el pelo y le empuja con suavidad la espalda.

—Ea, bonita, lávate los dientes y dibujamos un ratito si quieres.

En el corcho, pegadas con velcro, se alinean las imágenes plastificadas de las actividades que le tocan a Ángel los martes. Lucía y él terminaron de comer hace un rato. Alicia los recoge de la guardería porque, aunque hay comedor escolar, prefiere que almuercen en casa. Así es más fácil o, para no mentir, menos difícil. Ángel acabó el postre, se levantó, quitó del corcho la foto correspondiente a la comida y la guardó en la caja que hay junto al tablero. En esa caja están todas las fotografías y dibujos que le ayudan a organizar su día a día. Luego se cepilló los dientes y volvió al tablero para quitar la foto de la pasta y del cepillo, siguiendo su ritual. Ahora el pequeño duerme la siesta antes de empezar con las terapias de apoyo de esa tarde que aguardan su turno en la fila de imágenes del corcho: logopedia, piscina y fisioterapia.

Alicia ve como Lucía entra en el cuarto de baño y echa un vistazo a la caja. Se queda quieta y se le escapa un suspiro, entre el miedo y la esperanza, al ver que la foto del cepillo ha quedado un poco torcida. Sabe que Ángel ha debido notar ese pequeño desorden, a su hijo no se le escapa nada, y, pese a ello, no ha protestado por esa alteración del ritual. “Dios mío, ¡ojalá sea señal de que las terapias van sirviendo de algo!”, piensa Alicia. Hace unos meses, ese desplazamiento de un par de milímetros entre las dos cartulinas hubiera provocado una rabieta más, y de las gordas. “¡Qué pasos de gigante está dando mi pequeño!”.

Hace casi un mes que Ángel toma parte activa en la organización de su agenda. Ya va siendo capaz de quitar y poner las fotos correspondientes, aunque para ello necesite ayuda. Ese sistema de agenda visual que les aconsejó el psicólogo está consiguiendo que la vida en casa empiece a ser más llevadera para todos. El milagro de la comunicación va surgiendo poco a poco.

En el butacón, la abuela finge dormir. Se alegra de haber cerrado los ojos. Aún recuerda la tensa conversación con su hija hace unos días; es más, le asalta la duda de si su nieta habría estado escuchando cuando discutieron. “No puede ser. Lucía es muy pequeña y, además, en ese momento estaba jugando en el jardín. A lo mejor fui demasiado dura con Alicia, pero… ¡hija de mi vida! ¿No te das cuenta de que tienes DOS hijos? ¡Que también has parido a esa niña! ¡Que la has traído al mundo con los mismos dolores!”

Lucía vuelve al salón y la abuela sigue haciéndose la dormida mientras escucha a su nieta.

—Mami —la niña habla bajito—, ¿se puede ser azafata, aunque se tenga un hermano que esté malito?

Los puños de la abuela agarran con fuerza los brazos de la butaca en un burdo intento de no apretar más los ojos. Pero si no los cierra con fuerza, las lágrimas acabarán por delatarla. El silencio es tal, que la anciana puede oír el ruido que hace su hija Alicia al tragar. A ella, sin embargo, la boca se le ha quedado como si la tuviera llena de arena. Sus párpados cerrados no impiden que su mente vuelva a ver, con la misma intensidad del primer día, aquel párrafo del informe del psicólogo: “Juicio clínico: trastorno de espectro autista, con retraso mental asociado”.

A partir de aquella fecha, Jaime, su yerno, tiró la toalla. Y ya puede Alicia decir misa, que el niño, desde ese momento, ha pasado de tener un problema a convertirse en el principal problema de su padre. “¡Pobre hija mía! ¡Pobre Alicia! La más callada y tímida de mis hijos… y te toca el premio gordo de la lotería”. Ahora la abuela, al pensar en sus nietos, tiene que esforzarse para no sonreír. Aunque, si abriera los ojos, vería que ni su hija ni su nieta le prestan atención. Porque esos niños son ni más ni menos que eso: dos premios del gordo de Navidad. Y, si no, que se lo digan a ella. Y el imbécil de su yerno, sordo y ciego, sin disfrutar esos dos diamantes que la vida le ha regalado. “¡Señor, Señor! ¡Nunca entenderé cómo, en Tu infinita sabiduría, les regalas margaritas a los cerdos! No sé quién es más autista, si mi Ángel, o ese majadero de Jaime…”

Otra vez se ha perdido la memoria de la abuela por los caminos del amor a sus chiquillos. Un toque en su mano derecha le hace abrir los ojos. Su hija está de pie, junto a la butaca. La mujer mira alrededor.

—¿Dónde está Lucia, Ali?

—Se ha ido al jardín a jugar, mamá.

Alicia, más que sentarse, se deja caer al suelo a los pies de su madre. Igual que cuando era pequeña, apoya la cabeza en el regazo materno para sentir los dedos de la anciana acariciando su cabello. Nada en el mundo la relaja tanto. Ese suave masaje actúa como un bálsamo sobre la tormenta de pensamientos que no deja en paz a su cerebro. “Mi pobre niña”, piensa la abuela, “mi Ali, que no sabe que bajo su piel de cordero tiene un corazón de león”. Pero la abuela se equivoca. Alicia lo acaba de descubrir.      

—Mamá, voy a dejar a Jaime.

Alicia no le dice “¿qué te parece que deje a Jaime?”, ni “estoy pensando en dejar a Jaime”. Su voz y su rostro irradian seguridad. La abuela, sin poder creer lo que ocurre, se da cuenta de que los labios de su hija se han curvado en una sonrisa. La cara de Alicia es, a sus ojos, un arcoíris de esperanza.

Para Alicia, a partir de ahora, sus hijos y su madre serán su motor. Jaime, su marido, es, y ha sido, su ancla. O eso creía ella. Pero la vida no es una nave varada, y ella tiene que deshacerse de lo que le impide avanzar. Jaime, con su egoísmo maquillado de falsa seguridad e interés paternal, ha sido, en realidad, un lastre. ¡Cómo ha podido estar tan ciega!          

Alicia no le contará a su madre la conversación que mantuvo la noche anterior con su marido. No le dirá que Jaime le propuso ingresar a Ángel en una institución para niños discapacitados. Tampoco le dirá que más que una conversación fue un monólogo. Que Jaime hablaba y ella escuchaba. Alicia sabe que no hace falta contarle nada de eso.

En el jardín, Lucía juega con sus muñecas. Una en cada uno de sus bracitos. En ese momento está hablando con su favorita, la que tiene el pie roto: “No tengas miedo, Ariel. Mamá me ha dicho que puedo ser azafata, aunque Ángel esté malito. Que da igual que papá me dijera que lo tengo que cuidar toda la vida. Ella lo arreglará todo. También me dijo que puedo ser piloto, o astronauta, o lo que yo quiera ser. ¿Verdad que mami es un hada?”

En ese instante un rayo de sol encuentra hueco entre las nubes. Alicia gira el cuello. Ángel se ha despertado de su siesta y, en lugar de empezar a hacer los ruidos de costumbre, se ha levantado solito e irrumpe en el salón iluminándolo más que ese rayo despistado. La abuela sigue la dirección de la mirada de Alicia, y las dos se amarran con un hilo invisible a los ojos de Lucía, que acaba de entrar con sus muñecas en brazos, y también contempla a su hermano con arrobo. Las tres mujeres sonríen. No necesitan hablarse. Ángel, por primera vez en su vida, responde con otra sonrisa. Y, cada uno de ellos, a su manera, piensa lo mismo: “A partir de ahora, todo va a ir mejor”.

Adela Castañón

Imagen: Gerd Altmann en Pixabay