No quiero ser monja, no

Las fragolinas de mis ayeres

No quiero ser monja, no

que niña namoradica so.

Anónimo. Lírica tradicional. La malmonjada.

Llevaba una semana nevando y el peatón correo no podía pasar el puerto con su saca al hombro. Aquella tarde llegó sin que nadie lo esperara: “¡Cartaaa de Sevillaaa!”.

Filomena se sobresaltó, dejó el costurero en el suelo y bajó corriendo al patio. Volvió a la cocina rasgando el sobre. Mientras su marido se calentaba los pies en el hogar, corrió los visillos del balcón para aprovechar bien la luz, se quedó de pie, apoyada contra los cristales, y comenzó a leer la carta en voz alta.

JHS

Queridos Babil y Filomena: espero que al recibo de la presente estéis todos bien, incluidos los niños, especialmente Isabel. Yo bien, gracias a Dios.

Cuando su hermana María se fue al convento, Filomena pensó que ya no los importunaría más. Por eso, cuando vio aquella letra picuda explotó. Nunca le perdonaría que se hubiera metido monja para tapar semejante chanchullo.

—Babil, ya te lo decía yo —dijo acercándose al hogar para que su marido la oyera bien—. ¿No ves qué beata se ha vuelto María?

Y, sin dar tiempo a que le contestara, comentó lo que acababa de leer:

—Yo bien, gracias a Dios —dijo con retintín—. ¿A qué viene eso de gracias a Dios? ¡Gracias a nosotros, que hemos cargado con su mochuelo! Y encima le dimos una dote como a la mejor novia del pueblo.

Babil, que conocía los estallidos de Filomena, agacho la cabeza. Como siempre repetía lo mismo, se sabía de memoria lo que iba a decir. Así que, en lugar de escucharla, dejó volar sus pensamientos: “Vuelta con la burra al trigo. ¿Qué querrá que le diga ahora? No se da cuenta de que María nos ha hecho un favor huyendo”.

Se revolvía un poco en la cadiera y seguía con su martingala: “Desde el primer momento la vi venir. Cuando la caté me dejó encandilado. No había conocido a ninguna moza que follara como María. Y a la mañana siguiente, si te he visto no me acuerdo. ¡Hala! todos a rezar el rosario. Hasta que se marchó tenía mortificada a la pequeña Isabel con tantas oraciones. Como si quisiera que la niña purgara sus culpas”

Filomena seguía con la carta en la mano esperando que le dijera algo. Pero él cada vez se concentraba más en sus cavilaciones: “Digan lo que digan, yo la echo de menos. Desde que se fue tengo que buscar alivio en otros andurriales. El médico me advierte que tenga cuidado, que puedo coger algún chancro”.

Se apretó las sienes con las yemas de los pulgares como si le doliera la cabeza.

“¡Todavía no he cumplido los cuarenta y ya estoy hecho un viejo! ¡Todo por culpa de esta mujer que me tiene en ayunas! Si no fuera la epilepsia, seguro que encontraría otra excusa”.

Filomena, se sacó un pañuelo de batista del bolsillo, se limpió una legaña, carraspeó un poco y siguió leyendo.

El motivo de la presente es comunicaros algunas decisiones de la Madre Superiora con respecto a mi caso.

—Si ya lo sabía yo, Babil —subió el tono de voz, como si le hablara a un sordo—. Sabía que no nos iba a dejar en paz ni a mil leguas de distancia. Como está muy reconcomida por dentro, andará revolviendo Roma con Santiago para salirse con la suya. Como si lo viera.

Dejó a un lado la carta y se rascó con fuerza los brazos, como si tuviera una urticaria. Tragó saliva y siguió:

Resulta que cuando acabé el noviciado y profesé los primeros votos, Babil me liquidó la herencia con dos hábitos nuevos, dos velos y cien pesetas

A Filomena se le quebraba la voz a medida que seguía leyendo.

Ahora, con motivo de los votos perpetuos, el señor Vicario ha revisado mis condiciones de ingreso y entiende que lo que vosotros me disteis era solo una dote, como la de una novia, pero no la mitad de un patrimonio familiar que había que repartir entre dos hermanas.

—¿No te lo decía yo, Babil? Es que no me hace falta seguir leyendo. Me dan ganas de quemar la carta. Mira, mira lo que dice la muy pécora.

Yo no recibí lo que me correspondía por haber fallecido mi hermano mayor, el heredero, sin descendencia ni testamento. Y, antes de que la Congregación emprenda una reclamación legal, me gustaría haceros una propuesta.

Como su marido estaba tan ensimismado y con la cabeza tan baja que casi le rozaba las rodillas, le espetó:

—¿Es que no piensas decir nada? ¡Como siempre! —Entonces un ligero temblor de barbilla la hizo tartamudear—. Des…desde que que María se fue al con… convento

Antes de que Filomena acabara el párrafo, Babil comenzó a atizar el fuego. Con el chisporroteo de las llamas, recordó las primeras imágenes de las dos hermanas en el velatorio de su hermano, el heredero, al que había acudido con otros mozos del pueblo.

“No me explico cómo me pude ofuscar tanto. La noche que vine a darles el pésame, me pareció que necesitaban un hombre. ¡Vaya ocasión! ¡No una, sino dos! ¡Y encima las dueñas de la mejor hacienda de la redolada! Así que aproveché el momento y, a los pocos días, me decidí a dar el paso. Filomena no se hizo de rogar. Aunque era la mayor, no había tenido ningún pretendiente”.

Filomena se giró hacia el hogar y notó que Babil tenía los ojos húmedos. Creyó que, como estaba demasiado cerca del fuego, se le habrían irritado por el humo. Si se hubiera fijado con más atención, habría podido adivinar lo que le pasaba por la cabeza.

A estas alturas Babil ya no la escuchaba, ni le interesaba lo que decía la carta.

Como quiero servir a Dios, y no será posible si no recibo lo que me corresponde, y como ahora vais a tener más gastos con los estudios de los niños, la Madre General me dice que si vosotros entregáis mi parte, en pago a vuestro esfuerzo, la comunidad se encargará de la educación de Isabel.

Estas palabras la irritaron tanto que sus gritos se podían oír desde la calle.

—Mira que os resultó fácil esconder el embarazo de María. Que ni yo me enteré. Me dijiste que la llevabas a Jaca con los endemoniados para que santa Orosia le sacara el Gran Mal. Y cuando vi tu lunar en la espalda de la niña no me lo podía creer.

Filomena se frotó la nariz y bebió un sorbo de agua.

—El día que decidiste adoptar a la niña, María se fue a hablar con el cura para que le buscara una orden religiosa. Y ese día, las que estaban lavando con ella en el Arba la oyeron cantar eso de: “No quiero ser monja, no, que niña namoradica, so”.

De repente Filomena comenzó a echar espuma por la boca. Su marido la vio que se desplomaba y pensó: “¡Ojalá sea el último ataque! Que aún tengo redaños para buscar otra hembra”.

Sin nada más que deciros, se despide vuestra hermana, que lo es, María  Iriarte.

Religiosa profesa de velo y coro en la Congregación de las Hermanas de la Caridad

Babil acabó de leer la carta en silencio y la echó al fuego.

Inmaculada. No quiero ser monja

Carmen Romeo Pemán

 

 

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Ilustración de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

Pan para los rebeldes

De las fragolinas de mis ayeres

Era una tarde soleada y todas estábamos calladas en la clase de labores, escuchando los cuentos de doña Simona. De repente se abrió la puerta y entró un hombre con una escopeta en un hombro y una manta de cuadros en el otro. Con la mano le hizo una señal a doña Simona para que saliera. Entonces ella se levantó con sobresalto, salió al pasillo y estuvo un buen rato conversando con el señor de la manta. Aunque no podíamos oír lo que decían, nos llegabael tono excitado de la maestra. Cuando volvió, tenía la voz rara.

—Ahora vamos a suspender la clase y cerraré la escuela. Vosotras os vais a casa sin pararos en ningún sitio. Y no tengáis miedo que no os pasará nada, os lo prometo yo, y también este señor que está a mi lado. —Se giró a señalarlo y vio que no estaba solo.

Aquella aparición fantasmagórica nos hizo temblar a todas. Obedecimos a doña Simona y, en una fila muy ordenada, sin empujones, salimos a la plaza. Y ¡qué sorpresa! Allí estaban nuestras madres cosiendo botones en las camisas de unos hombres que habían venido del monte. Enfrente de la puerta de la escuela, el banquero que iba de un lado al otro de la plaza estaba lleno de panes de kilo y medio. Yo nunca había visto tantos panes juntos. No sé cuántos había, pero, desde luego, eran muchos, como si hubieran juntado los de todas las masadas de todas las casas del pueblo.

Cada una de nosotras se acurrucó junto a su madre, menos las dos chicas de casa Zarrampullo que, como no tenían madre, se quedaron junto a la maestra.

De repente oímos a Dominica del Corronchal que se dirigía a un grupo de hombres armados:

—¡Oigan, ustedes! Nosotras les llevaremos la comida que podamos recoger y les amasaremos pan. También les lavaremos la ropa y les remendaremos las camisas. Pero no vengan al pueblo, que nuestros hijos se ponen nerviosos. Nosotras iremos al monte con el recado.

Antes de que nadie le replicara continuó con un tono más enérgico:

—Saquen ahora las mulas de nuestras cuadras y váyanse antes de que vuelvan nuestros maridos del campo, que aquí se armará la de san Quintín si no tienen sitio donde meter las nuestras cuando lleguen.

El grupo de hombres sacó las caballerías de las cuadras, recogió los panes y, con calma, tomó el camino que llevaba a la Sierra de la Carbonera. De todos era sabido que allí había un importante campamento de maquis.

Las mujeres esperaron a que los maquis desaparecieran por la collada. No faltaba ninguna. Ellas iban a arreglar este asunto. Ya bastaba de violencia. Si los hombres tenían que ir al monte, Dominica haría las veces de alcaldesa y las otras estarían con ella. Todas juntas conseguirían acabar con un enfrentamiento que azotaba a Valzargas y a la redolada desde hacía más de cuatro años.

Desde entonces se tuvo en cuenta la voz de las mujeres valzargueñas. Cuando llegaron las elecciones, Valzargas tuvo un Ayuntamiento solo de mujeres.

Y doña Raimunda escribió un relato para que nunca se olvidara esta gesta. Hoy en las clases de costura las niñas le piden a la nueva maestra:

—Por favor, léanos el cuento que dice cómo nuestras abuelas amasaban el pan para los rebeldes.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen principal de Inmaculada Martín Catalán. (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Ya es una habitual colaboradora de Letras desde Mocade con la ilustración de mis relatos.

20170209. Inmaculada en el Pablo Gargallo

Inmaculada Martín Catalán dibujando en el museo Pablo Gargallo

Y las niñas en una cocina

De las fragolinas de mis ayeres

Como en El Frago no había ningún local disponible para la escuela de las niñas, doña Simona, que se alojaba en casa de la señora María del Socarrau, le pidió que le dejara dar las clases en la cocina.

—Bueno, pero los padres tendrán que traer la leña del fuego, que cada vez tengo menos fuerza. —Se ajustó bien la toca por detrás de las orejas—. Mire, ya no puedo venir del monte con un fajo en la cabeza y otro en las costillas.

—De acuerdo, hablaré con los padres y haremos el cambio cuanto antes, que en la Herrería Vieja estamos pasando mucho frío —le dijo doña Simona.

—¿A quién se le ocurriría meter a las niñas en la Herrería? —Se santiguó como siempre que le venía un mal pensamiento—. ¡Vamos, ni al que asó la manteca!

—Bien, pues mañana vendremos aquí.

Entre las dos movieron las cadieras que rodeaban el hogar para hacer más sitio. Pusieron la mesa de comer debajo de la ventana. Colgaron el crucifijo detrás de la puerta, así no se ahumaría. Y el retrato de la Reina Madre encima de la fregadera.

Doña Simona se quedó mirando el esplendoroso vestido blanco y la corona de brillantes de la Regente. Pensó que era buena señal que gobernara una mujer. La austriaca María Cristina había sabido hacerse un hueco en el corazón de Alfonso XII, a pesar de que toda su vida siguió llorando a Merceditas. Al menos así se lo cantaban las niñas de El Frago cuando jugaban al corro en la hora del recreo:

—¿Dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti?—Voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi.

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Al día siguiente la casa se llenó con el bullicio de las niñas. Cada una llevó su banquico y les costó un buen rato acomodarlos en una cocina tan pequeña.

Aquellas clases alrededor del fuego se llenaron de magia, sobre todo para Victoria de casa Melchor.

Se quedó alelada cuando una mula le abrió la cabeza de una coz. Pero le gustaba que, por las tardes, la llevaran a la escuela. Escuchaba los cuentos de doña Simona mientras intentaba bordar flores de cruceta en los trapos viejos que le daba su madre. Y se excitaba con el revuelo que se montaba cuando la maestra leía cuentos de amores.

Qué griterío se armaba por saber si Casilda había hecho bien o mal al rechazar a Ramón. Y qué lloros por el cantarico que había roto la caprichosa Lucía. Victoria deseaba que sus tías se parecieran a la cariñosa tía Julia. Y quería ser inteligente y fuerte, como la niña de Isabel, la protagonista de uno de sus cuentos preferidos.

Sus ojos se llenaban de lágrimas cuando doña Simona acababa el cuento “España, flor” con aquello de “que nos quede en medio de tanto barro y de tanto dolor, un recuerdo amable, por lo menos un trocico del Edén”. Porque Victoria, que ya sabía mucho del dolor, también sabía que ese trocico del Edén lo encontraba al lado de su maestra.

El día de la coz los ojos se le quedaron muy abiertos y casi no se le entendía lo que decía.

—¿Estás enferma?—le preguntó su madre un día que la vio cerrar los ojos.

Y ella, con un balbuceo casi inaudible, le dijo que no, que los cerraba para ver mejor los recuerdos que guardaba escondidos. Además, así podía volver a escribir todos los cuentos con unas alas de ensueño que le había regalado su maestra.

Doña Simona se pasaba las tardes escribiendo historias para sus alumnas. Antes de ir a dormir se las leía a la señora María. Un día, al acabar, su casera le dijo:

—Doña Simona, nunca es tarde para aprender a leer. No me canso de escucharla desde esta sillica detrás de la cadiera. Y ya me están saliendo unas alas como las de Victoria de casa Melchor.

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Víctoria Romeo Berges, (El Frago, 1914-1926), conocida como Víctoria de casa Melchor, falleció a consecuencia de la coz de un caballo.

Carmen Romeo Pemán

Imagen pincicial: El Frago (Zaragoza). Foto de Carmen Romeo Pemán

 

El arte de hacer jabón

Las fragolinas de mis ayeres

Un día que estaba haciendo jabón en el fuego, llegó Andrés con un fajo de aliagas que había cogido cerca del cementerio. Como se pasaba el día holgazaneando por las calles, yo solía mandarlo a que me hiciera recados.

—Señora María, creo que, con estas matas que están bien secas, podrá hacer una buena fogata y el agua del caldero empezará a hervir enseguida.

—Muchas gracias. —Me acabé de ajustar la toca—. Si me ayudas a dar vueltas, te prepararé un poco de sopa caliente.

—Es que con esta leña verde solo consigue hacer mucho humo y llenar las calles de olor a chamusquina—me dijo Andrés. Y me dejó las aliagas al lado del hogar.

Mientras me limpiaba las manos en el delantal y atizaba el fuego, pensaba que no había ningún joven en el pueblo tan atento como él.

Cuando conseguí que prendieran las aliagas, mientras se calentaba la sopa, nos sentamos y nos quedamos los dos embobados, mirando las llamas y los borbotones que hacía la sosa al mezclarse con el sebo.

Siempre que Andrés se quedaba callado, le rezumaba una especie de espumilla por las comisuras del labio de abajo y, de vez en cuando, se la limpiaba con el revés de la mano. Con voz babeante me dijo:

—Oiga, señora María, ¿ha pensado lo fácil que sería matar a un hombre y hacer desaparecer el cuerpo con la sosa? Y, si al final quedara algo, rematarlo con cal.

Me revolví como una lagarta y lo miré a los ojos. Pero él seguía hablando sin inmutarse.

—Si matas a uno y lo metes en este caldero no se entera nadie.

—¡Andrééés….! ¿No habrás pensado matar a un hombre?

—No, mujer, no. No se asuste. Desde el primer día que la vi hacer jabón no hago más que darle vueltas a eso de que la sosa se lo come todo. Y se me vuelven los sesos agua.

—Por Dios, Andrés, ¡qué cosas dices!

—¿Se cree que no noto que las mozas me hacen momos cuando paso por delante de ellas?

—Eso te parecerá a ti. —Le dejé en la mesa de la cadiera una escudilla con caldo de gallina—. Anda, tómate esto y no pienses en esas cosas.

—Pues es verdad. —Se levantó a coger el palo con el que yo removía el caldero—. Es que me ha venido a la memoria mi padre. Y, ¿sabe lo que le digo? Que desde hace tiempo pienso que él sí que fue tonto. Que todo habría sido más fácil si hubiera empleado la sosa.

Andrés comenzó a dar vueltas a la pasta blanca y cuando tropezaba con algún hueso, me lo enseñaba como un trofeo.

—Mire qué blanquecino está. Nadie puede saber si es de un hombre o de un animal. Y si ahora lo tiramos al muladar del Soto, se mezclará con restos de carroña que dejan los buitres. Y sanseacabó.

—Y a ti, ¿cómo se te ocurren estas cosas?

—¡Ande, no se haga la tonta! Que lo de mi tío Pedro lo saben hasta en Madrid.

—No me vengas con más enredos —le contesté.

—¡Que esto no es mentira!—Se santiguó—. Hace dos años el forestal nos trajo unos papeles de un periódico. Mientras él se los leía a mi madre, yo abría bien las orejas y me lo iba grabando todo aquí, en la mollera. —Con la mano que le quedaba libre se tocaba la frente.

—¿Dónde están esos papeles?

—Pues, ¿dónde han de estar? En casa, debajo de un ladrillo, con el dinero. Yo sí que sé en qué ladrillo están, pero mi madre no, que cada día los cambia de sitio, por si las moscas, y luego no se acuerda dónde los ha puesto.

—A ver, Andrés. Tu madre nunca me ha nombrado nada de lo que dices.

—Es que dice que esto no hay que mentarlo, que trae mala suerte.

Entonces se levantó y me espetó:

—Como usted sabe leer, le voy a traer un papel. —Se rascó la cabeza—. Pero tiene que quedar entre nosotros, que si mi madre se entera que los he tocado igual me manda otra vez al hospicio.

Ni corto ni perezoso, se fue a su casa y en un santiamén volvió con un recorte de periódico amarillento, lleno de manchas negruzcas, como cagadas de mosca. Las letras estaban desdibujadas y no se podía leer todo.

Un hermano mata a otro. En día… en el pueblo de…, riñeron los hermanos Pedro y Juan Vadanuez, solteros, de… años de… El primero, y primogénito, le dio una puñalada al segundo y lo dejó muerto… en la cocina de Macario, que es el hermano mediano… delante de su mujer y de su hijo de pocos años… unos creen que… por la herencia de unos campos y otros… Juan sacó a bailar a la novia de Pedro. El fratricida fue detenido por el juez de paz. (Febus).

En el pueblo, todos sabíamos que Pedro dijo muchas marrullerías, que se las arregló para echarle la culpa al muerto y así lo sacaron del calabozo en pocos meses.

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Entonces me quedé pensando que una desdicha siempre trae cola. Y la muerte de Juan trajo más desgracias. La primera, la noche que Pedro salió de la cárcel. Esa noche sin luna se presentó otra vez en casa de Macario con gritos y amenazas para que no se fuera de la lengua. Todo eso lo vi desde el ventano de la escalera. Al oír que Pedro llamaba de malos modos, asomé un poco la cabeza. Como la calle era muy estrecha, no me perdí ni una sola palabra. Así se lo conté al juez el día que me llamaron a declarar.

Que Pedro le dijo a Macario que volvería para matarlo y violaría a su mujer si contaba a alguien que le había mentido al juez. Total, como Juan estaba muerto, ya no le iba a importar que hubiera desvirgado a su novia. Y que Macario gritó: “¡Bastaaa yaaa! ¡Esto es demasiadoooo!

Y sin pensárselo dos veces, se levantó, cogió el cuchillo de matar las ovejas y le asestó dos cuchilladas a Pedro por la espalda, delante de su hijo que acababa de cumplir cinco años. Mientras su mujer intentaba esconder el cuchillo lleno de sangre debajo de un ladrillo, él bajó las escaleras y se fue a entregar al juez. Y se lo llevaron al penal de San José.

Como su mujer estaba un poco alunada, un día me preguntó si podía ir yo a llevarle un macuto con las mudas limpias y un poco de comida. Y no pude contener una llorera cuando Macario soltó las manos de la reja del locutorio y farfulló:

—María, algunos de los que han venido a verme me han contado que se han llevado a mi hijo al hospicio y que mi mujer anda por los pinares como si estuviera alelada.

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Cuando salí de mis cavilaciones, Andrés seguía de pie con el papel de periódico en la mano.

—Señora María, también sé que mi padre mató a mi tío Pedro. De eso me acuerdo muy bien.

Miró las llamas del hogar y dejó el palo de revolver el caldero. Se dio la vuelta y enfiló escaleras abajo arrastrando los pies y rezongando:

—Si mi padre hubiera sabido hacer jabón como la señora María no se hubiera pasado toda la vida en el penal y a mí no me hubieran tenido tantos años en el hospicio.

Carmen Romeo Pemán

Escaleras de casa

Escalera y patio de casa Melchor. El Frago, Zaragoza. Foto de Carmen Romeo Pemán.

Imagen destacada. https://www.directodelolivar.com/hacer-jabon-casero/

En la sala del tifus

De las fragolinas de mis ayeres

A don Valero de Arbigosta, el médico que consiguió una sala de aislamiento en la epidemia de tifus que se llevó a casi todos los fragolinos.

Antes de acostarse, doña Pascuala se pasó por la sala de los enfermos para ver si podía echar una mano a la que se encargaba de las noches. Quería ayudarla a sacar al sereno los baldes con la ropa sucia para que Máxima los tuviera preparados antes del canto del gallo y se los llevara a lavar al Arba.

El Ayuntamiento había aprovechado el desván del horno público como sala de aislamiento. Así no tenían que andar encendiendo fuegos y los humos no aumentaban el concierto de toses.

A esas alturas ya había muchas niñas afectadas. A doña Pascuala no le extrañaba que los piojos camparan a sus anchas. Sus alumnas no paraban de rascarse y, por mucho que les insistiera, no se cambiaban de ropa, incluso algunas dormían vestidas, amontonadas con toda su familia en unos camastros de paja que cambiaban de año en año.

—¡Escuchadme todas! —les decía en clase—. Es muy importante que os lavéis el cuerpo y la ropa. Y que vuestras madres limpien la casa y frieguen la vajilla con jabón.

Cada día una madre tenía que llevar un cántaro de agua a la escuela y doña Pascuala les obligaba a lavarse las manos en un barreño descascarillado que había colocado en la entrada. Luego las sentaba en la puerta que daba a la calle y les iba pasando una peineta para despiojarlas. Pero algunas familias protestaron al alcalde.

—Es que no se da cuenta que con esas cosas nos está llamando guarros a todos.

Esa tarde, al entrar en la sala, oyó llorar a una niña de seis años que llevaba dos días aislada. El médico saludó a la maestra desde el fondo y se acercó.

—Buenas noches, doña Pascuala. Usted siempre tan preocupada por sus chicas.

Antes de responderle, se le achicaron los ojos, se le hundió el hoyuelo y comenzó a temblarle la barbilla.

—Buenas, don Valero. Lo mismo le digo a usted con sus enfermos. Estas no son horas de pasar visita. A no ser que haya algún caso de extrema gravedad.

—No, no. Por lo menos por ahora. Hemos tenido suerte de que sean casos de tabardillo, y no de fiebres tifoideas, como los del año pasado.

—No entiendo bien la diferencia, la verdad.

—Pues si no le importa, la acompañaré hasta su casa, que están las calles como boca de lobo, y se la explicaré por el camino.

Doña Pascuala enrojeció tanto que parecía que sus mejillas se habían contagiado con las erupciones de los enfermos.

—Será un honor, don Valero. Pero no tiene que molestarse por mí. No tengo miedo a la oscuridad y me protejo bien para no contagiarme.

—Bueno, en cualquier caso, la acompañaré.

Esa noche doña Pascuala estuvo muy atorada. No se puso guantes ni encontró el balde de zinc para echar la ropa. Tampoco acertó a ponerles a sus alumnas los trapos mojados en agua fría para bajarles la fiebre. Cuando le tocó la frente a la más pequeña para ver cómo andaban sus calenturas, oyó que le decía en voz muy baja:

—Doña Pascuala, no se ponga tan colorada, que todos sabemos lo de usted y don Valero.

La maestra creyó que estaba delirando.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal. El Frago, el huerto de la Barbera: la mujer del barbero y practicante, ayudante de don Valero.  Foto de Chesus Asín.

Y verás morir los pueblos, en el pantano

  • Y un poco más abajo, en el Mediano,
  • Verás morir los pueblos, en el pantano. (Joaquín Carbonell)

A mis amigos Tomás de Tiermas y Paquita de Mequinenza… y a tantos otros que vieron desaparecer sus casas bajo las aguas.

Empujé la parte de arriba de la puerta y casi me dio un patatús cuando vi a Miguel abrazado al repatán en el camastro. No dije nada. Apagué el candil, cerré con cuidado para que no se despertaran y emprendí la vuelta al pueblo por el sendero del pantano. Aunque la noche estaba muy avanzada, la luna llena alumbraba mis pasos.

Si es que me lo tenía que haber imaginado, que después de ocho días en el monte volvía a casa tan descansado. Que no me importunaba en toda la noche. Y yo pensando que a lo mejor se aliviaba de otra manera. Pero, ¿dónde tengo los ojos? Y mira que fue casualidad que yo subiera a esas horas. Como él conocía muy bien los ribazos, fui a llamarlo para que me ayudara en lo de Raquel. La llevábamos buscando una semana, hasta con perros de caza, ¡y nada!

***

A los pocos días, a eso de la medianoche, me despertaron los aldabonazos.

—¡Abre, Jacinta!

Entre sueños me pareció la voz de mi marido, pero, con el eco de la calle, no la acababa de reconocer.

Contuve la respiración y esperé un buen rato. Como los gritos iban en aumento., me eché una toca por la cabeza y me asomé a ver quién era. Delante de la puerta, un bulto envuelto en una zamarra de piel de cabra se movía con gestos amenazantes. Bajé las escaleras temblando, quité la tranca y me topé con sus ojos saltones. Tenía cara desencajada.

—Jacinta, déjame pasar y, de momento, vamos a dormir. Mañana será otro día y charraremos con la cabeza despejada

Se frotaba las manos y hablaba de manera pausada. Se sacudió el barro de las abarcas y puso a secar los peduques junto al fuego. Y yo para mis adentros pensaba que estaba tramando algo, que nunca había vuelto del monte por la noche.

—¿Se puede saber por qué apareces a estas horas?

—He venido a buscar muda y recado, que mañana me voy a Jaca a ver si consigo vender alguna oveja en la feria de santa Orosia —me soltó cuando nos íbamos a la cama.

—¡Rediós, Miguel! A mí no me engañas. Que las ovejas se venden en Ayerbe, y no en Jaca. A santa Orosia solo van los endemoniados y los que cometen pecados que no puede perdonar nuestro mosén.

–¡No me jodas, Jacinta! ¡Ni me llames endemoniado!

–¿Pues cómo quieres que te llame entonces? ¡Porque si no estás endemoniado y vas a ver al penitenciario, ya me dirás qué puedo pensar! Que es bien sabido que quien busca al canónigo se ha acostado con bestias o con hombres o lleva algún crimen a cuestas.

–¡Estás loca de remate, Jacinta! Tú sabes bien que yo soy muy macho. Y tampoco he matado a nadie, que por no llevar, ni navaja llevo encima

Oír mentar la navaja y figurarme a Raquel rodeada de sangre roja, fue todo una. Me subieron los sofocos. Y a lo mejor Miguel pensó que era por tener un macho al lado. Es que no le llegaban las entendederas para pensar que mi cuerpo pudiera desear una hembra. Y mejor, que así teníamos la fiesta en paz.

Eso sí, igual se dio cuenta de que el cuarto olía a membrillos, que tanto le gustaban a Raquel. Todavía no había recogido los que había dejado encima de la cómoda la noche anterior a su desaparición.

***

Nos acostamos y, cuando me pareció que él se había dormido, me levanté sin hacer ruido y me puse la saya de los domingos. Mientras me ataba la cinturilla, recordé aquellos versos que me aprendí en la escuela: Salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.

En las afueras del pueblo cogí el camino que lleva a la parte baja de la presa. Al llegar a la caseta del guarda, dejé los zapatos, me llené la faltriquera de piedras y comencé a andar por una calle empedrada que llevaba a las casas cubiertas por las aguas. Ya me llegaba el agua a la cintura y oí a Miguel que gritaba desde las Eras Altas.

—¡Noooo! ¡Jacintaaa, no sigas! Raquel está en la otra parte. Yo la vi caer rodando por el terraplén de los Hortales —lo dijo en un tono muy seguro, como si conociera los hechos de primera mano.

De repente sentí una punzada en los riñones y pensé: “¡Será hijoputa! El muy cabrón tiene que estar metido en lo de Raquel. Esta me la pagará”. No tenía tiempo que perder.

—Miguel, espérame, tenemos que hablar —le dije con un tono de súplica.

Mientras lo llamaba, me iba deshaciendo de las piedras y de la saya que con el agua cada vez pesaba más. Con las prisas, yo también había salido de casa sin navaja.

Llegué al altozano con sobrealiento. Inspiré una bocanada de aire, eché a correr hasta él y le di un empujón con tanta fuerza que le obligué a dar un traspié.

Me quedé mirando cómo rodaba por la pendiente. Las aguas se tragaron su cuerpo. Se levantó el cierzo y oí unos tañidos que venían del campanario que emergía solitario en medio del lago.

Esa noche el repatán esperaría a Miguel en el camastro de la paridera, con la misma zozobra con la que yo había esperado a Raquel en mi alcoba una noche de luna de cuarto creciente.

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El dibujo es inédito de Inmaculada Martín.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Inmaculada, fue profesora del Instituto Goya de Zaragoza. Comenzó los estudios de Arte con Alejandro Cañada, en Zaragoza, quien la preparó para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Inició los estuidos en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Posee un excelente currículo y su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones de escultura y pintura.  Es miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Carmen Romeo Pemán

La Mamesa

De las fragolinas de mis ayeres

Un día la Mamesa le vendió a Antonia de Melchor un almirez, y una alacena grande, de dos puertas, con cuarterones sobrios. Es esa alacena que conservan los de casa el Maestro en el granero del patio. La había hecho un buen carpintero de Biel con los mejores pinos de la Sierra de Santo Domingo.

Muchos años antes, allí había guardado la dote una moza de Biel. Aquella de casa Bretos a la que sus padres habían casado con Florencio de Mamés, un mozo de El Frago que estaba de pastor en Santo Domingo.

La moza, la alacena, el almirez y un montón de sábanas bajaron a El Frago por el Arba en una carreta de bueyes. Los de casa Mamés colocaron la alacena en la sala que daba al Plano, enfrente de la cama de Florencio.

En esa alcoba, Florencio había recibido a una novia montaraz y asustadiza. Y de verdad que era asustadiza, pues cuando vio el gran colgajo del novio le impresionó tanto que se escapó despavorida por la ventana y se perdió entre los montes en una noche sin luna. Nadie volvió a saber nada de ella. Como las gentes son olvidadizas, ni los más viejos del lugar se acuerdan de su nombre.

Florencio se quedó con el vergajo apuntando al techo, pensando qué podía hacer, porque era tanta la fama de su miembro viril que tenía espantadas a todas las mozas de la redolada.

Desde que se había escapado su mujer las cosas estaban empeorando. Ya no tenía nada que hacer en el pueblo. Las fragolinas eran estrechas y eso de las cabras no le atraía mucho. Que para un apuro valía, pero para todos los días no. Él prefería una moza de carnes prietas.

Le daba vueltas a lo de su matrimonio y cada vez estaba más seguro de que había sido nulo. Que no se había consumado. Que la novia huyó del susto antes de tocarla. Que no había habido violación ni malos tratos. Pero de eso ya no iba a poder convencer a nadie. Así que él, el mozo mejor dotado y más envidiado del pueblo, se había convertido en un hazmerreír. En todos los hogares y carasoles se contaba su historia.

Como no había manera de conseguir otra moza en El Frago ni en Biel, se fue a Orés y se trajo a Petra de criada. No era de las de buena fama pero, a esas alturas, eso ya no le importaba.

Con el amontonamiento, Petra se convirtió, así, a secas, en la Mamesa, sin nombre ni apellido. Luchó contra las malas lenguas y llego a ser una de las mujeres más bravas que se recuerdan en el pueblo.

Era pequeña y diminuta, pero fue la mejor hembra paridora del lugar. Para parir a Nicolás y a Jenara, no necesitó del médico ni de la partera. Ella sola los trajo al mundo y les ató el melico, que así llamaban al ombligo. También consiguió que el cura los bautizara. Esto le costó más porque eran hijos de amontonados y porque ella solo fue a la iglesia el día que la enterraron.

***

Cuando se murió Florencio, vendió la dote que había traído la moza de Biel y todos los trastes de labrar.

Como en las sábanas de lino estaba bordada la “M” de Mamés, pensó que Antonia se las podría comprar y hacerlas pasar por la “M” de Melchor. Pero no la pudo convencer, porque Antonia, que había nacido en casa Fontabanas, había bordado su dote con la “F”. Y es que Antonia también tenía su propia historia. La habían casado con un viudo viejo de casa Melchor, que ya tenía un hijo y una hija.

Estuvieron muchos días discutiendo el trato. La Mamesa que sí, que se las tenía que comprar. Y Antonia que no.

—Mira, si te compro estas sábanas los entenados pensarán que ya estaban en la casa antes de llegar yo. —Se limpió una legaña con una esquina del tapabocas y continuó—. Y me las vendrán a reclamar.

Así que, como no le pudo vender las sábanas a Antonia, tuvo que buscar otras casas que empezaran por la “M”. Pero no había muchas. Les vendió bastantes a los de Martina y a los de Manuelico. También le compraron los del Piquero, porque llevaban la “M” de “Meregildo”. Y colocó algunas sueltas en otras casas a cambio de nueces y trigo. Y es que eso de que llevaran la “M” era un estorbo muy grande. En cambio, con los trastes que estaban sin marcar tuvo más suerte.

Para hacerse la importante, se fue de la lengua diciendo que Florencio le había dejado la casa en herencia. Todos sabían que era mentira. Que ni ella ni sus hijos podían heredarla porque nunca se había formalizado el matrimonio. Los del Ayuntamiento la sacaron a subasta, pero no consiguieron echarla. Atrancó la puerta y se pasó la vida esperando con la escopeta de Florencio cargada. Del ventanuco de la cocina siempre asomaba una cabeza con una toca negra atada a la nuca de la que parecían escaparse una cara vivaracha y una nariz puntiaguda.

***

De la Mamesa solo queda la leyenda y, como testigos mudos, el almirez y la alacena de casa Melchor, y algunas sábanas de lino repartidas por las falsas de las casas más antiguas.

Pero su vivo retrato está en la fotografía del nicho de su hijo Nicolás, a quien unos cazadores furtivos confundieron con un jabalí, una noche sin luna, en los prados de Santo Domingo en los que crecía el lino, junto al pinar de la alacena.

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Este es un relato ficticio, inspirado en personas y sucesos reales. Todos los personajes, nombres, acontecimientos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Imagen principal. Biel. Casa Bretos en la calle Barrio Verde.

Carmen Romeo Pemán

En la sala de los tapices de la Seo de Zaragoza

Una noticia que revolucionó las Altas Cinco Villas.

Don José Iriarte, canónigo penitenciario de Zaragoza, era natural de Biel (Zaragoza) y don Felipe Sánchez estaba de maestro de El Frago, un pueblo vecino.

Salvadora, menos mal que nos tenemos para poder hablar entre nosotras, que, si no, sería muy dura esta vida de sirvientas diciendo amén, amén a nuestros amos. ¿Qué haría sin ti y con don José recién enterrado?

Ya te decía que aquel asunto nos seguiría trayendo desgracias. La culpa la tuvieron aquellas habladurías de que don José protegía a un sobrino que no llevaba buenos pasos. Y claro, esos chismes tenían que llegar hasta el obispo, que encima se los creyó. ¡Mira que quitarle al pobre la canonjía y mandarlo al destierro! Y eso de que llevara una vida discreta y se dejara ver poco se lo tendría que haber dicho al sobrino, digo yo. En fin, que fue un mazazo para un hombre de su talla.

Y créete lo que te diga yo. Antes de que se desataran la lenguas, buena culpa tuvo don Felipe, que sin ningún miramiento se plantó en la puerta de la casa y le pidió que le ayudara a meter a su hijo en el Seminario. ¡Claro, como era el maestro de El Frago estaba seguro que don José le atendería su ruego! Y yo que no lo había visto nunca ni sabía cómo era no lo dejaba entrar. Pero me insistió mucho. Me dijo que era un pariente cercano y que sus familias vivían en pueblos vecinos. Al final lo pasé al cuarto de estar, los dejé hablando y me quedé escuchando detrás de la puerta.

—Échale una mano, José, que no te arrepentirás —le decía con voz lastimera—. Ya verás cómo mi Mariano será un buen cura y presumirá de ser tu sobrino. —Se acercó un poco y subió el tono—. Eres el orgullo de toda la familia. Muy pocos tienen el honor de tener un tío que sea canónigo penitenciario.

A mí no me gustaron aquellas zalamerías de don Felipe. Si no, mira con qué nos ha salido su hijo.

El tiempo me ha dado la razón. Don José estuvo muy alterado los últimos meses, sobre todo, cada vez que recibía visitas de su sobrino, Algunas veces hasta los oía pelearse. Después don José andaba con un humor de perros y no quería probar bocado. Hasta el punto de que la semana pasada, de un manotazo, me tiró una bandeja de plata con una jícara de chocolate humeante y unos churros recién hechos.

Que tuviste que oír el ruido, Salvadora, que vuestro comedor está pared con pared con el nuestro. Y no me digas que no oíste mis gritos. Es que me pudieron los nervios y no tuve más remedio que contestarle.

—Pero bueno, don José, ¿a qué vienen estos modales? ¡Si usted nunca me había perdido el respeto!

Salvadora, tú y yo sabemos que estaba fuera de sus casillas desde que se había hecho público el caso del Mariano. Era normal que le afectara. A fin y al cabo era su sobrino protegido. Pero no me pude contener. Y él, sorprendido de que le levantara la voz, me contestó como un niño al que coges con las manos en la masa.

—Perdona, pero es que he visto esta bola de papel amarillento y he curioseado.

—Don José, usted nunca se había atrevido a revolver mi cestillo de costura.

Es que sabes, sin que él se enterara, había hecho un rebujo con la página de El Imparcial y lo había escondido entre los ovillos. Yo sabía que a él no le gustaba ese periódico de tufillo liberal, que se regodeaba en los asuntos anticlericales. Y, mira, ¡qué casualidad!, en un descuido me dejé el costurero abierto.

Bueno, el caso es que, cuando lo vi con la bola de papel en las manos, me puse tan nerviosa que le solté una parrafada sin respirar.

—Mire, don José, que yo entiendo que tenga miedo a lo que diga la prensa, pero tiene motivos para estar tranquilo. Si alguien creyera que usted tiene algo que ver con el asesinato, con esta noticia lo desmentiríamos. Si habla de usted como una persona de gran cultura, y solo dice que don Mariano Sánchez era sobrino del canónigo penitenciario de la Seo de Zaragoza.

Don José se me quedó mirando sin decir nada. Y yo, aprovechando que tenía la palabra, continué.

—A mí me parece que, cuando usted vio los titulares, le entró tal soponcio que ya no leyó más. —Entonces cogí más aliento—. Así que ahora, quiera o no quiera, se la voy a leer entera, aunque sea a trompicones, porque a mí eso de la lectura no se me da bien.

El Imparcial. Madrid, 3 de agosto de 1900. Doble asesinato en la Sala de los Tapices de la Catedral de la Seo de Zaragoza. La prensa de Zaragoza trae los detalles de uno de los crímenes más espeluznantes que se recuerdan.

El criminal. Don Mariano Sánchez, sacerdote, natural de El Frago, había cursado Magisterio. Más tarde estudió en el Seminario de Zaragoza, donde llegó a secretario del Cabildo. Es hijo de don Felipe Sánchez, maestro de El Frago, y sobrino de don José Iriarte, natural de Biel y canónigo penitenciario de Zaragoza, persona de gran virtud y mucha ilustración.

Las víctimas. Josefa Salas, de veintisiete años, natural de El Frago, y su hija de tres meses, sin registrar ni bautizar. Mariano Sánchez les pasaba una pensión mensual de treinta pesetas. Josefa la completaba confeccionando blondas. El juzgado encontró un marco de plata con un retrato del sacerdote en la mesilla de Josefa.

La autopsia. El médico forense tuvo que trasladar los cadáveres al aire libre, por el insoportable hedor que exhalaban, dada su avanzada descomposición. Tenían las piernas cruzadas y los tobillos atados. La muerte se produjo por estrangulación. Cada uno llevaba alrededor del cuello siete vueltas de un cordel de seda dorado, procedente del tapiz de la “Degollación de los Inocentes”. El criminal metió los dos cuerpos en un saco y lo escondió en la sala de los tapices de la Catedral, detrás del tapiz de la “Decapitación de Holofernes”.

Salvadora, no quieras saber la cara que ponía y cómo se sujetaba la oreja con la mano para que no se le perdiera ni una palabra. Así que, ya puesta, y como lo vi más tranquilo, me atreví a acabar de decirle todo lo que pensaba.

—Lo que yo digo, don José, este crimen me produce náuseas. ¡Mire que descubrir los cadáveres por la pestilencia! Al principio pensaron que el tufo venía de las cloacas que bajan al Ebro. ¡Qué zopencos! No se puede llegar a más, confundir el olor de cloaca con el de cadaverina.

Mientras le echaba esta perorata, no le quitaba ojo de encima. De repente vi cómo empezaba a farfullar y a temblar. Por la boca echaba unos borbotones de espuma, como los de los endemoniados de Santa Orosia cuando él los rociaba con agua bendita. Entre sus balbuceos oí algo como cobarde. Y no me extrañó porque siempre pensé que don José se sentía avergonzado de haber metido a Mariano en el Seminario.

Cuando lo vi caer al suelo, me entraron escalofríos y me quedé como alelada, pensando en aquellas gentes de El Frago y en el pobre don José.

Masacre inocentes. 2

León Cogniet, Masacre de los Inocentes, (1824). Museo de Bellas Artes, Rennes (Francia)

Este es un relato ficticio, inspirado en personas reales, en los hechos que se publicaron en El Imparcial de Madrid (03/08/1900) y en los recuerdos que conserva la memoria de las gentes.

Todos los personajes, nombres, biografías, hechos, documentos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Catedral de San Salvador de Zaragoza, conocida popularmente como La Seo.

 

Nueva maestra para El Frago

De las fragolinas de mis ayeres

Simona llegó sudorosa al salón de la Normal donde se estaban eligiendo las plazas.

—¿Adónde va usted, señorita? Ya ha comenzado el reparto y no se puede interrumpir. –Los botones dorados brillaban sobre el azul impecable del uniforme del ujier y su potente voz paralizaba a los jóvenes opositores.

— Es que, mire usted, vengo desde Zaragoza en el Canfranero. ¿Qué le voy a contar que usted no sepa? Hoy ha llegado con más retraso del habitual. Se lo pido, por favor, ¡déjeme pasar! ¡Me va la vida en esto! Además, como estoy al final de la lista, seguro que aún no me ha tocado el turno. –Mientras hablaba, Simona le enseñó su cédula de identificación personal para convencerlo de que su apellido era de los últimos.

—¡Ande, pase! ¡Ah! Y si le preguntan, dígale al presidente que se ha colado sin mi permiso. Que yo no la he visto, ¿estamos?

Sus pasos resonaron en el silencio del anfiteatro y, cuando se volvieron las cabezas de los más de treinta opositores, notó que le ardían las mejillas. Avanzó hasta la última fila, se sentó en la esquina de un banco y se recogió la falda debajo de las rodillas. Aún no se había acomodado cuando oyó su nombre.

—¡Presente! ––dijo con una voz entrecortada que apenas le salía de la garganta.

—Como llegue al pueblo con esa falta de autoridad, pronto será el hazmerreír de todo el mundo. Sepa que en un pueblo hay que entrar pisando fuerte. —El ambiente se inundó de carcajadas nerviosas. Y, tras una pausa para recuperar el silencio, el presidente continuó: Simona Uhalte. Destino definitivo: El Frago.

195650107. El Frago

El Frago, 1965. Foto: Carmen Romeo Pemán

Aún no había amanecido, cuando Lorenzo reconoció a Simona, que andaba un poco perdida por el andén de la estación de Ayerbe. La maestra se paseaba mirando a un lado y a otro entre los pasajeros que acababan de bajar del tren de Zaragoza

—¿Usted, no será la nueva maestra de El Frago?

—Sí, la misma. Entonces, ¿usted es Lorenzo, el mozo que me iba a mandar el alcalde?

—Lorenzo Luna, para servirla —y se inclinó a coger los bultos que Simona había dejado en el suelo–. Si no le importa, pu-puede seguirme, que tengo la ye-yegua atada en un árbol cercano.

Siempre que tenía que dar conversación a viajeros nuevos, se le acentuaba la tartamudez.

Lorenzo dobló la rodilla en forma de escalera y la ayudó subir a la silla. Antes de coger el desvío del camino, ya la vio cabecear, como les pasaba a todas esas señoritas poco acostumbradas a los madrugones. Por eso la había atado bien, que no quería sustos.

Cuando llegaron al recodo de las Eras del Palomar, apareció el pueblo encaramado en una roca y presidido por un gran ábside románico. Lorenzo sabía que allí estarían el alcalde y la gente que habría salido a esperarlos. Achicó los ojos, pero no pudo distinguir a nadie. Con el contraluz sus figuras se recortaban en el horizonte y se confundían con las siluetas de los pinos que llegaban hasta la iglesia. Entonces se volvió a Simona. La cabeza le colgaba hacia un lado, pero las manos sujetaban con fuerza el ronzal.

—Oiga, señorita, despierte, que ya estamos llegando.

No entendía cómo había cogido semejante sueño sentada encima de una yegua que iba dando traspiés en las piedras del camino. De las cuatro horas de viaje, llevaba dos con los ojos cerrados, como desmayada.

—Perdone que no le haya servido de compañía. Es que, como el tren iba lleno, he tenido que venir de pie todo el tiempo y he llegado hecha polvo.

—No, no se pre-preocupe —Lorenzo se puso rojo. No esperaba que una maestra le pidiera disculpas.

Simona que, más que durmiendo, había ido haciendo un balance de su vida, no sabía muy bien adónde la llevaba su tozudez por enseñar. Cuando Lorenzo le señaló el ábside de la iglesia, pensó en la parroquia de san Pablo y sintió una punzada en la boca del estómago. En sus oídos todavía resonaban los gritos de los tenderos mezclados con el tañido de las campanas. Acostumbrada al bullicio de la ciudad, no sabía cómo soportaría el silencio del pueblo. ¡Por nada del mundo querría volver a vivir con su tío! Aquí nadie se atrevería a gritarle ni a darle órdenes. Y no pensaba abandonar los zapatos de tacón, ni las medias con costura, ni las faldas de tubo. En la maleta traía polvos de colorete, bigudíes y unas tenacillas para arreglarse el pelo. En el bolso, se había guardado unas cuartillas y unos sobres para ponerse a escribir en cuanto se acomodara en la posada.

Mientras Lorenzo la desataba y la ayudaba a descabalgar, se le acercó un hombre que vestía calzones y llevaba una vara en la mano.

—¡Buenas, señora maestra! Yo soy el alcalde. Aquí me tiene para todo lo que usted necesite, siempre que yo lo considere bueno para el pueblo, claro está. Que por algo soy aquí el representante de la autoridad.

A Simona le sudaron las manos. De repente había notado que el alcalde la miraba como solía hacerlo su tío, el canónigo de la Seo de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán

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Imagen destacada. El Frago desde el Coto Escolar, 1945. Foto de Gregorio Romeo Berges.

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El Frago. Pajar y era de Melchor, donde recibieron a la nueva maestra. Detrás, iglesia, torre y las escuelas por la parte trasera. Foto: Carmen Romeo Pemán.

Y SE LO COMIÓ EL TABARDILLO

En la noche de ánimas.

De la tradición fragolina, en las Altas Cinco Villas.

Acababan de dar las doce en el reloj de la torre, cuando unos aldabonazos, que casi echaban la puerta abajo, me hicieron saltar de la cama. Como era el tiempo de las heladas, me había acostado con calzoncillos marianos y camiseta de felpa. Cogí el tapabocas que guardaba en una silla de enea, me lo eché por los hombros y bajé las escaleras con cuidado para que los crujidos de la madera carcomida no despertaran a los huéspedes. Dejé el candil en el suelo y quité la tranca con las dos manos. El golpe del vendaval abrió la puerta y me dejó a oscuras.

A través de los carámbanos, la luna iluminaba una silueta apoyada en el quicio. Me costó reconocer a Eustaquio, un tratante de carbón vegetal que solía hospedarse aquí. Llevaba unas greñas que le tapaban la cara y tenía los brazos cruzados delante de la boca del estómago, como si quisiera atemperar los temblores que lo sacudían.

—¿Qué horas son estas, señor Eustaquio?

—Ya ve, desde que salí de aquí, y ya va para dos semanas, no pude pasar del puente de Cervera. Y eso que está a menos de una legua.

—La verdad, pensábamos que ya estaba usted en otros pueblos.

—Cada vez que intentaba ponerme en camino, una gran desazón me corroía por dentro y el dolor de cabeza me taladraba los sesos. —Sin acabar la frase, vomitó un líquido verduzco que me salpicó en las abarcas.

—Pues podía haber venido antes —le dije, mientras lo sostenía del brazo.

—Es que no me podía poner de pie. Y menos andar —me contestó entre estertores.

—Ande, pase, que por esta noche le daremos cobijo. No tengo ninguna cama libre, pero el veterinario duerme en una de matrimonio y, en un caso así, no creo que le incomode compartirla. Además, si se acuesta en una orilla, igual no se entera, que ha venido un poco aguardentoso y lleva un sueño muy profundo.

Como conocía bien a don Gregorio, sabía que no le iba a sentar mal, al contrario, era un buen hombre, amigo de hacer favores a todo el mundo.

—¡Bien! Además, como los que andamos por los montes tenemos algo de animales, igual se le ocurre algún remedio para estas calenturas —me contestó con sorna, a la vez que se apoyaba en mi hombro para entrar.

Con gran apuro subimos hasta la cocina, cuando le estaba sirviendo unas sopas de ajo que nos habían sobrado de la cena, me percaté de que tenía los ojos rojos, como de conejo, y unas pintas negruzcas en el cuello, igual a las que me contaba mi padre que se habían llevado a la tumba a muchos soldados de Cuba y Filipinas.

—¡Ay, señor Eustaquio! Igual le ha entrado el tabardillo. Yo no he visto a ninguno, pero todos los soldados que han vuelto vivos de las colonias dicen que mataba más que la pólvora.

—¡Por Dios, Ignacio! ¡Qué dices de soldados! Si yo solo me junto con carboneros que viven en el monte —me dijo haciendo un gran esfuerzo.

Seguimos hablando un poco mientras entraba en calor, y, en tono cómplice, como quien cuanta una vergüenza, me dijo que él nunca se había juntado con gentes de otras tierras. Ni siquiera se había mezclado con los carboneros. Que, aunque le había tocado dormir alguna noche con ellos en las parideras, cada uno dormía envuelto en su manta. Que esas gentes eran muy austeras y no compartían nada. Ni el pan ni la ropa, que siempre usaban la misma y no la lavaban

Cuando estábamos charlando, vi que no se quitaba ojo de las ronchas rojas que le habían salido en los brazos. Mientras me daba esas explicaciones, tenía la mandíbula apretada.

—Señor Eustaquio, igual le ha picado algún piojo o alguna chinche, que cuando tienen hambre son peores que las pulgas. Pero, no me haga mucho caso, porque, ¡qué sabré yo de tabardillos! Si no he salido del pueblo en mi vida —le dije.

En el momento que se terminó la sopa, recogí la escudilla y apagué las brasas que se habían avivado con el aire que bajaba por la chimenea.

—Bueno, ahora a la cama. Mañana será otro día —le dije mientras le ayudaba a levantarse de la cadiera.

Lo acompañé hasta la alcoba de don Gregorio, apreté la mecha del candil con los dedos y lo colgué junto a la chimenea. Sabía que Bernarda me esperaba con las sábanas calientes.

A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado. Había soñado con un mozo que hacía pocos días que se había muerto en una paridera. Se corrió por el pueblo que se lo había comido el tabardillo.

Fui corriendo a la alcoba de don Gregorio, que aún dormía la mona. El señor Eustaquio tenía los ojos muy abiertos y la cara llena de ronchas. Por la comisura del labio inferior le salía un hilillo como de hiel. También a él se lo había comido el tabardillo.

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El Frago, 1871. El tabardillo pintado, que así se llamaba entonces al tifus exantemático, se llevó a ochenta y siete personas. Murieron el maestro don José Sánchez, el veterinario don Gregorio Sampietro y el posadero Ignacio Beamonte, que andaban todo el día atendiendo a los enfermos.

Durante muchos años se creyó que volverían en una noche de ánimas, un día dos de noviembre, con un saco lleno de piojos de tabardillo.

Carmen Romeo Pemán

 

Imagen principal. Dibujo de Inmaculada Martín Catalán (Teruel, 1949). Profesora, escultora, dibujante y pintora. Comenzó su preparación inicial en Zaragoza, con Alejandro Cañada. Estudió Bellas Artes en Barcelona y Madrid, donde se licenció en la especialidad de Escultura.

Además de su reconocida carrera artística, es una experta en carteles y trabaja con varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

Inmaculada es una colaboradora importante de Letras desde Mocade.

20170209. Inmaculada en el Pablo Gargallo

Inmaculada Martín dibujando en el museo Pablo Gargallo de Zaragoza