Conserva de lagarto

#relatofragolino

Hacía más de un año que los de casa Luriés le dijeron a mi padre que ya no lo necesitaban de pastor. Y todo por culpa de unos ingenieros que habían puesto alambre  de espino alrededor de los campos. Como mi padre no tenía escopeta, plantaba lazos y cada día traía media docena de conejos. A la mañana siguiente, mi madre los metía en unas cestas y los llevaba a vender a los pueblos de la redolada. Con las cuatro perras que conseguía, nos llegaba justo para pagar al panadero y la luz de la única bombilla que alumbraba toda la casa. Ese año solo comimos sopas de ajo y la leche de una cabra que nos cuidaba el dulero.

Con menos de diez años, me las arreglé para que los chicos mayores me dejaran ir con ellos a cazar fardachos.

—Que no se llaman fardachos, que se llaman lagartos —nos decía el maestro cuando nos oía hablar.

—Pues esos serán otros, que en El Frago solo hay fardachos. Bueno, y algún gardacho. Pero de esos que dice usted no hay —le contestaba Cajeta.

Cuando salíamos de la escuela, nos juntábamos en la plaza y bajábamos hasta San Miguel. Allí había muchos tomando el sol en la peña de la ermita y al atardecer se escondían entre las grietas. Entonces, Cajeta metía varas de mimbre y los lagartos, creyendo que eran culebras, las mordían tan fuerte que los dientes se les quedaban enganchados y no podían soltar la vara. En ese momento tiraba con fuerza y los demás, en cuanto aparecía la cabeza, le golpeábamos la nuca con una piedra. Al poco rato yo llegaba a casa con un saquete lleno.

Mi madre se frotaba las manos en el delantal y afilaba el cuchillo en la losa del hogar. Los pobres animales morían sin saber que pronto se iban a retorcer encima de las brasas y que nosotros nos íbamos a relamer con una carne tan fina y tan blanca.

Mientras tanto, mi madre despellejaba los más gordos, los salaba y los metía en una olla con garbanzos. Y si le quedaba alguno, lo ponía en una orza de barro bien cubierto con sal, mejor dicho, con el salitre, que no le llegaba para comprar sal.

Una tarde el correo nos trajo una carta de Francia. Como mis padres no sabían leer, fuimos los tres a casa del maestro. Nos abrazamos cuando nos dijo que mi tío, el que se había ido después de la Guerra, había encontrado un trabajo de pastor para mi padre en un pueblo cerca de Somport. Que el viaje y los papeleos correrían por nuestra cuenta, aunque eso del pasaporte lo íbamos a tener difícil con un hermano fugado.

Los días siguientes fueron de un intenso trajín. Mi madre limpió las latas de sardinas que le dieron en la tienda y las fue llenando de conserva de lagarto. El panadero nos regaló un pan. Mi padre le prometió que con los primeros duros que ganara le pagaría los panes que le debíamos.

A la semana ya estaba todo listo. Le dejamos la llave a una vecina y, antes de amanecer, emprendimos el camino que llevaba a Sierra Mayor. Mi madre hizo tres bultos con tres sábanas de lino. Allí metió la ropa y el calcero. Se puso el grande en la cabeza y los otros dos los llevaría colgando de los brazos. Mi padre con un colchón en la espalda, caminaba apoyándose en una vara. Yo llevaba la alforja con el pan que nos había regalado el panadero y tres latas de conserva.

Antes las cinco de la mañana ya habíamos llegado al punto de la carretera donde paraba el Ayerbense que venía de Biel. Como faltaba mucho rato, nos sentamos debajo de unos cajicos. Justo en el momento que mi padre sacó la navaja para cortar el pan asomó el morro un fardacho.

—Madre, no saque las latas. Igual comemos un bocado caliente —le dije en voz baja para que no se espantara.

Con cuidado, siguiendo las instrucciones de Cajeta, le acerqué una rama y él la mordió. Le di un golpe con el canto de una piedra, lo metí en la alforja y encendí una hoguera.

Con el humo se acercaron dos hombres con barba de varios días y envueltos en mantas zamoranas. Nos dijeron que eran guardias del monte.

—Nunca habíamos visto a un niño cazando lagartos —me dijo el más joven.

—¿Y qué tiene de malo?  —le contesté sosteniéndole la mirada

—Nada, nada —Se quedó pensativo—. ¿Es que no sabes que está prohibido?

—No lo sabía. Además llevamos muchas horas sin comer.

Sin mediar más palabras, me registraron la alforja y me quitaron las latas de conserva.

—Esto les va a costar treinta duros.

—¿Cómo? —dijo mi padre—. Pues no llevamos ni un real.

Se hicieron los sordos y, con una navaja, abrieron el colchón. Se llevaron los ahorros de mi madre.

Como nos habían dejado sin blanca, decidimos continuar andando y cogimos el camino de Bailo. Tardamos casi tres días en llegar al puerto por el que íbamos a cruzar a Francia. El último tramo lo hicimos por trochas muy pendientes. Subíamos mezclados con los rebaños y con otras gentes que tampoco querían ver a los gendarmes

Cuando ya bajábamos por el Valle de Aspe, en lo alto de una roca vi un lagarto tomando el sol. Nadie se fijó en él. Cuando le acerqué un palo, noté una mano que me cogía por detrás.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada, nada.

Rápidamente me incorporé a la fila de los que huíamos de España, mezclados con los rebaños, como si fuéramos bandoleros.

Al anochecer nos metimos en una corraliza. Nos habían dado permiso para descansar unos días a cambio de que mi padre guardara unos rebaños mientras los pastores iban a buscar otros. Nos dieron un poco de pan y queso. Me tumbé en el colchón que mi madre había puesto en una esquina del fondo para que no lo pisotearan las cabras. Esa noche pensé en Cajeta y soñé que los fardachos nos mordían los intestinos y se les quedaban los dientes agarrotados.

Alberto Luna, «Cajeta». El Frago, 2011. Foto de Dolores Garmendia.

Alberto, eras de mi pandilla, de chicos y chicas, desde que íbamos a la escuela. De tu mano aprendimos a cazar lagartos y a segar espliego. Alguno se llevó una gusanera con tu puntería jugando al tejo. Nos hicimos mayores y aprendimos a volar. Tú navegaste cien mares y atracaste en El Frago, tu puerto más seguro.

Con tu bonhomía y buen decir llenaste estas calles que hoy se sienten huérfanas sin ti. Te has ido como querías, sin hacer ruido y con los bolsillos vacíos. Nos lo regalaste todo, tu corazón y tu sabiduría.

Y cuando llegue el día del último viaje/ Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, / ligero de equipaje, casi desnudo,/ como los hijos de la mar. (Antonio Machado)

Alberto Luna Montori. (El Frago, 28/02/1947-19/01/2021). En 1946, constaban como nuevos residentes de El Frago, Segundo Luna Luna y María Antonia Montori Garisa, de Biel, y su hija, Nuria (1945). En la calle Infantes 2, nacieron Alberto (1947) y Carlos (1949), que falleció antes de un año. Al poco tiempo también murió su madre. Alberto y su padre se fueron a vivir a casa Casildo, con su abuela Juana y sus tíos. A Nuria se la llevaron otros tíos, pero vivió poco. (Notas de archivo)

Lacertilla>Timon lepidus>Lagarto ocelado es fardacho de El Frago. Imagen de Pinterest.

Carmen Romeo Pemán.

¡Ojalá te parta un rayo!

De las fragolinas de mis ayeres

Mi madre, desde que se quedó viuda, cuando se enfadaba con alguien, le decía: “¡Ojalá te parta un rayo!”. Con el tiempo supe que aquello tenía que ver con la muerte de mi padre. Eso me lo contó Vicente, un día que subíamos atortolados por el camino de la fuente y tuvimos que correr por una tormenta.

Siempre había creído que la frase de mi madre era un conjuro contra las tormentas. Me contaba que las brujas fabricaban las nubes negras en la Punta de San Jorge y luego nos traían las tronadas y las  suflinas, que era como llamaba al viento racheado que llegaba delante de los rayos.

En cuanto el cielo se ennegrecía por esos parajes, corría a casa y me llamaba a gritos. Si no le contestaba se mesaba los cabellos como una loca. Cuando yo daba señales de vida atrancaba la puerta de la calle y, antes de cerrar las ventanas, en cada una ponía un cuchillo con el filo hacia el cielo. A continuación quitaba los plomos del contador, encendía una lamparilla y nos arrodillábamos delante de un cuadro de Santa Bárbara que tenía en la cabecera de su cama.

—Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Y en el árbol de la Cruz, paternóster, amén, Jesús —rezábamos las dos a la vez.

—Santa Bárbara bendita, líbranos de las chispas y centellas —continuaba ella.

Y volvíamos a empezar. Pero, con el primer trueno, me dejaba rezando y subía al granero, donde los ratones corrían a sus anchas entre los montones de trigo. Una tarde la seguí a ver dónde se metía y la encontré en el rincón de los trastos viejos. Estaba acurrucada entre los colchones de lana, con las manos se tapaba las orejas y a la vez bisbiseaba el santabárbarabendita.

Un día cayó una chispa en nuestro tejado, atravesó toda la casa por los cables de la luz y fue a morir en la lana de los colchones donde estaba mi madre escondida. Cuando olí la chamusquina, subí corriendo, pero ya no pude hacer nada. Todo estaba calcinado con ella dentro. Las llamas se extendían muy deprisa. Pero aún me dio tiempo de salir a la calle gritando. Acudieron los vecinos y antes de que llegara la noche ya habían sofocado el incendio.

Después de eso, me quedé como alunada y no podía seguir en aquella casa. A los pocos meses, me despedí de Vicente y me fui a servir con unos ricachones de Sierra de Luna.

La primera tormenta que viví allí me dejó completamente asombrada: no caían rayos en las casas y la gente se asomaba a las ventanas a escuchar los truenos. Al principio pensé que era un pueblo con mucha devoción a Santa Bárbara. A la mañana siguiente le fui a preguntar al cura:

—Mosén, querría que me explicara por qué Santa Bárbara atiende a las peticiones de los de Sierra de Luna y, en cambio, tiene abandonados a los de El Frago.

Me contestó que eso pasaba desde que habían puesto un artilugio en la torre. Me dijo que ya nadie se acordaba de la santa y que su cajeta estaba vacía.

Tanto me llamó la atención que empecé a abandonar las tareas  y me pasaba el tiempo yendo de casa en casa preguntando por el nuevo esconjuradero. Antes de tres meses me despidieron por malchandra. Decían que no me gustaba trabajar.

Aquello me revolvió las entrañas y pensé en Vicente. A los pocos días hice un macuto con mis cosas y me volví a El Frago. Como tenía que ganarme la vida, empecé a subir agua de la fuente para las familias ricas. Por la calle iba con la cabeza baja y solo comía los mendrugos de pan que me daban cuando llegaba con los cántaros.

Una tarde, estaba arrancando una lechuga de un huerto del camino de la fuente y se me acercó Vicente. Al verlo retrocedí. Cuando oí su voz me paré en seco.

—Tranquila, no te asustes.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—¿Qué he de hacer? Pues esperarte. Sabía que algún día volverías.

Sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Me puse nerviosa y no acertaba a contestarle.

—Pues yo pensaba que les ibas a hacer caso a tus padres, que no querían que salieras con la hija de una bruja. —Noté cómo me subían los colores.

Nos quedamos hablando contra la tapia, a lado de mis cántaros, y nos volvimos a besar como antes de lo de mi madre. Después, todo pasó muy deprisa. El noviazgo, la boda, la casa, la niña y el día de la carrasca de Paradís. Justo cuando Vicente volvía a casa con el rebaño lo cogió una tronada en la Luba y se refugió debajo de la carrasca. Todavía se notan en el tronco las marcas negras del rayo que mató a más de veinte ovejas. Él se salvó de milagro, pero aún lleva el susto en el cuerpo.

Como le había hablado mucho del esconjuradero de Sierra de Luna, ese que don Valero Arbigosta, el médico, llamaba pararrayos, decidimos ir al Ayuntamiento.

—¡Buenas, señor alcalde! —dijo mi marido—. Venimos a quejarnos de que las tormentas son la gran amenaza en este pueblo. El otro día perdí la mitad de las ovejas y a mí casi me partió un rayo.

—¡Vaya descubrimiento si no me dices otra cosa! Rezad a Santa Bárbara y no perdamos tiempo que es hora de ir a soltar la dula.

—No, es que no se ha explicado bien. —Me ajusté la toquilla antes de seguir—. Mi Vicente quería decir que no tenemos que echar la culpa a las brujas ni rezar a Santa Bárbara, que eso no soluciona nada.

—Mira, creo que, en lugar de venir aquí, tendríais que haber ido a ver al cura.

—Déjeme acabar, se lo suplico. —La voz me empezaba a temblar—. Yo creo que la única solución es que el pueblo se una y compre un esconjuradero, uno como ese que don Valero llama pararrayos.

El alcalde comenzó a dar vueltas y nos dijo que teníamos unas ideas muy descabelladas por culpa de tantas desgracias familiares. Pero insistimos y volvimos varias veces con el médico. Después de mucho rogar y de hablar con otros vecinos, conseguimos que el Ayuntamiento pagara un pararrayos.

La otra noche una chispa rompió el reloj de la torre y todo el pueblo salió en desbandada. Nosotros nos quedamos en casa y le contamos a nuestra hija, que aún no tenía nueve años, que aquellas gentes corrían porque creían que las brujas de San Jorge andaban revueltas con el pararrayos, que lo confundían con un amuleto.

—Mamá, los truenos nos van a dejar sordos —dijo la niña, con las manos en las orejas.

—Eso es que tu abuela está cambiando los muebles de sitio. Seguro que se quiere meter en un armario con santa Bárbara y todo

2021. El Frago, torre de la iglesia con pararrayos. Colección de la autora.

Carmen Romeo Pemán.

La topografía de la centella del comienzo es de La nueva mañana, Córdoba, 23/02/2017.

Nacido en El Frago, de una tal Ambrosia

De las fragolinas de mis ayeres

Aquella nota, ¡puta nota!, la encontré en la escribanía de mi madre cuando revolví sus papeles después del entierro: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”.

A los cincuenta años, mi vida se volvía del revés. ¿No era mi madre esa señora rubia, de alta cuna, que me había criado con tanto cariño y esmero? ¿No era yo el hijo de un cirujano muy conocido en la ciudad? ¿No era yo mismo un médico famoso gracias a los esfuerzos de mis padres? ¿Quién era mi madre verdadera? ¿La habrían echado de su casa conmigo en los brazos? Mil preguntas sin respuesta se enredaban en mi cabeza. Tenía que ir a El Frago. Quería saber quién era la tal Ambrosia.

A los pocos días aparqué el coche en la entrada del pueblo, justo donde acababa la carretera de tierra y comenzaban las calles estrechas de roca viva. Subí una cuesta y solo me encontré con un viejo que estaba dormitando al sol. Se había sentado en un banco de piedra enfrente de una barbacana que daba al río. Me acerqué, lo desperté con cuidado y entablamos una conversación sobre el tiempo. Mientras escuchábamos el ruido del agua, le pregunté si conocía a Ambrosia.

—¿Así que pregunta por la señora Ambrosia?

—Sí, dicen que me parezco a ella.

—Puede que se dé un aire, sí. Pero ella era más guapa.

—¿Cómo que era?

—Pues claro, ya va para tres años que se murió. ¡Pobre Ambrosia! No fue nadie al entierro.

Se quitó la gorra y me acompañó hasta una puerta entreabierta y desvencijada. La empujé con fuerza y chirriaron los goznes. Un rayo de luz que entraba por la rendija de un ventanuco iluminó las losas del patio, cubiertas de zarzas, en las que corrían a sus anchas unas lagartijas verdes. Un olor ácido de estiércol y maderas podridas me hizo retroceder. Entonces, me saqué un pañuelo blanco del bolsillo y me tapé la nariz. En cuanto me acostumbré a la oscuridad, subí las escaleras estrechas y empinadas que llevaban hasta la cocina.

Aún estaban los tizones a medio quemar y del calderiz, o llares o como se llame, colgaba una marmita negra, de esas que se empleaban para calentar agua. A los lados dos bancos de madera carcomida y una silla baja de anea. Una de esas en las que las amas de cría amamantaban a los hijos de los ricachones. Me vino un mal pensamiento: ¿Y si mi madre les hubiera vendido mi leche? No podía ser. Pero, aun así, me cagué en los muertos de esa panda de caciques.

El ruido del bastón y los resoplidos del viejo, que apenas podía subir las escaleras, me sacaron de mi ensimismamiento.

—Entonces, ¿es usted el niño que se llevaron a la inclusa?

Noté una punzada en la boca del estómago. Tardé un momento en reaccionar.

—¿Qué dice?, ¿usted qué sabe?

—Pues, ¿qué he de saber? Lo mismo que todo el pueblo.

Me senté en el poyo de piedra que había debajo de la ventana y me cogí la cabeza con las manos. Empecé a imaginarme mi historia. Que a mi madre la habían echado de casa por haberse quedado preñada. Que se vio en apuros y me dio en adopción en casa de un médico sonado. Que les había pedido que fueran buenos padres y que le guardaran el secreto.

—¿Y qué es lo que sabe todo el pueblo? —Se lo preguntaba a él, pero, en realidad,  me lo estaba preguntando a mí mismo.

Le costó arrancar. A final me dijo que mi madre estuvo sirviendo en casa Navascués desde muy joven, casi una niña.

—Ya sabe usted cómo eran las cosas entonces. —Con tono de complicidad.

—Pues no lo sé. Es más, no tenía noticia de que existiera El Frago. Y menos casa Navascués.

—Verá. Como yo era un crío, no me enteraba bien. Pero luego lo oí contar muchas veces. Aquí se decía que los amos tenían derecho de pernada.

—¿Derecho de qué?

—Mire, que viene de la capital. No se haga el tonto. Pues eso. Que se podían tirar a todas las que servían en sus casas cuando quisieran y sin dar que hablar. Que todo se quedaba en casa.

Noté cómo, alrededor de mí, giraban el candil y los cacharros de la chimenea. Me apoyé en la pared y me cayó encima la tierra de los adobes. El viejo no callaba y seguía con la historia.

Habló del parto de mi madre en el camastro de paja que se veía al otro lado de la puerta de la cocina. Me dijo que la atendió mi abuela, que era partera. Que ella me inscribió en el registro y, esa misma noche, sin dejar que mi madre me viera ni me cogiera en brazos, me llevó a la inclusa en el carro de Navascués. El criado que la acompañó, ni siquiera se apeó. Ella me depositó en el torno, envuelto con un trozo de manta zamorana, y dentro, en medio de los pañales, metió una nota escrita de su puño y letra: “Nacido en El Frago de una tal Ambrosia”. Y que ya nunca se supo nada más de mí en el pueblo. También me dijo que a los pocos días, antes de que se le secara la leche a mi madre, nació el primogénito de Navascués, mi medio hermano, y ella lo amamantó hasta que la dejó seca y se le mustió la mirada.

—¡Basta, basta! —Me acerqué para zarandearlo, pero él me apartó con el bastón.

—Pues aún no sabe toda la verdad.

Siguió y siguió. A mi madre la mandaron a la puta calle cuando se le aflojaron las carnes. Vivió de la caridad hasta que una mañana la encontró una vecina. Ya llevaba más de una semana muerta y nadie la había echado en falta. Se había entufado con un brasero. Como no podía comprar carbón, recogía los trozos que quedaban alrededor de las caberas, esos que iban mezclados con tierra y ardían mal.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillado con la cabeza apoyada en la silla de anea. Cuando me levanté el viejo había desaparecido.

Carmen Romeo Pemán

Duerme, duerme, mi niño

De las fragolinas de mis ayeres

A mi maestra Lola Fernández de Sevilla

A media mañana me sobresaltaron los tañidos lentos de la campana pequeña, la que tocaba a mortachuelo. Me senté en la silla de la cocina, me santigüé y me puse a rezar por el niño que se acababa de morir. Uno al mes. Eso ya era demasiado. Ya iban para cinco años que se me había muerto mi primer hijo de una erisipela. Y cada vez que oía esa campanica se me rompían las entrañas. Me asomé a la ventana, pero no vi ni un alma. Como estuve toda la semana en el monte, ayudando a mi marido, no me enteré de nada.

Pasó un rato hasta que oí las primeras voces. Me puse la mantilla y bajé corriendo a la calle, justo en el momento en que el que la procesión se acercaba a la plaza. Seis niños llevaban un ataúd blanco y lo dejaron delante de la entrada de la iglesia, encima de una mesa con un mantel también blanco,

Enseguida se hizo un corro alrededor de la caja. En un lado, las mujeres dejaban oír sus llantos a través de unos velos que les tapaban la cara. En frente, los hombres, embutidos en trajes negros de olor a naftalina, miraban al suelo. De repente, asomaron tres monaguillos y nos quedamos todos en silencio. El mayor llevaba la cruz procesional y los dos pequeños el incensario y el acetre. Los seguía mosén Teodoro, revestido con una capa pluvial negra, bordada en oro y los cuatro avanzaron muy despacio hasta el féretro.

Per signun Sanctae Crucis de inimicis nostris libera nos, Domine Desus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Y todos se persignaron a una con el mosén.

Desde la plaza llegó una voz que interrumpió la ceremonia.

—¡Señor cura!, ¡señor cura!, no comience con los rezos —gritó el forense, jadeante y sofocado.

—¿Cómo? —contestó mosén Teodoro a la vez que, con la mano, se echaba la oreja hacia adelante.

—Pues eso. Que llego tarde porque me han avisado tarde. —Tomó resuello—. Y tengo que hacerle la autopsia.

—¿Aquí? ¡Ni hablar! —le contestó el cura dispuesto a continuar la ceremonia.

—Usted no se puede oponer a mi autoridad —dijo con voz firme, mirando a mosén Teodoro a los ojos.

Entonces terció Juana, una metomentodo, que siempre llevaba cuentos de un lado a otro.

—Pues tendría que haber venido usted antes. Que este niño ya hace tres días que murió y ya huele.

—Pues a mí no me han llamado hasta esta mañana —le contestó el forense de forma cortante—. Además, este niño murió anoche, según me han informado más gentes del pueblo y así lo demostraré pronto.

—Pues ayer oí decir que lo iban a enterrar sin decir nada a nadie —siguió la metementodo.

Una de las mujeres enlutadas se puso de pie, se levantó el velo y se le encaró.

—¡Calla, Juana! ¡Márchate de aquí, lenguaraz! Que eres la perdición de este pueblo. —De los velos de la mujeres salió un murmullo de aprobación.

—Pues no me callaré, que soy la única que dice la verdad. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Hipócritas! Eso es lo que sois todos, unos hipócritas.

Entonces mosén Teodoro se dirigió al forense.

—Pues el ataúd ya está clavado.

—¡Que lo desclaven!

—¿Aquí? Menuda profanación —insistió el cura.

—Si me lo impide, lo denunciaré a la justicia.

En esas, mosén Teodoro le hizo una señal al carpintero que se acercó y comenzó levantar la tapa con un escoplo. Los seis niños se taparon las narices, se dieron la vuelta y se escurrieron entre el gentío. En ese momento los hombres y las mujeres se arremolinaron y estiraron las cabezas para ver qué había dentro.

Como los seis niños, yo también eché a correr despavorida. Quería acompañar a Dominica, la madre del niño, que se había quedado en casa con las vecinas. Cuando llegué, estaba en un camastro de paja. A su lado, la vecina más vieja que sujetaba un crucifijo.

—Un día vino mi cuñado Lorenzo echando espuma por la boca y le brillaban los ojos —acertó a decir Dominica, entre lloros y suspiros.

—Tranquila, duerme si puedes —le dijo la del crucifijo.

—Es que nadie sabe la verdad —intentó continuar, pero se entrecortaba con los hipidos—: .Esa noche… esa noche… estábamos sentados en el hogar…llegó mi cuñado y sacó la navaja.

Una de las vecinas, que también estaba arrodillada junto a ella, le acarició la cara e intentó calmarla. Pero Dominica siguió farfullando.

—Nos amenazó a los dos. Mi… mi marido le dijo que… que  no me pusiera la mano encima que estaba preñada.

—Tranquila, Dominica, tranquila. —La vecina le sujetaba la cabeza—. Todos sabíamos que Lorenzo te quería a ti, quería que fueras suya, y le tenía celos a tu marido.

—¡Basta ya! Callad todas. Dominica eligió con las entrañas —gritó una vecina joven.

Pero Dominica no las escuchaba y seguía con su cantinela entrecortada.

—Cuando mi marido vio que Lorenzo sacaba la navaja, se levantó, fue al armario y cogió el primer cuchillo que encontró. Era justo el de matar las ovejas. Es que mi marido no llevaba navaja.

—Vino a amenazaros porque sabía que tu marido nunca había sacado la navaja. —Se le acercó la joven.

—Pero mi marido no se amilanó… cuando… cuando… Lorenzo me cogió del cuello… él le clavó el cuchillo en la espalda. —Dominica se quedó muda un rato—. Y cuando… vio que Lorenzo se doblaba, se echó a temblar… se fue de casa… y yo me quedé sola con el muerto.

—Anda, calla, calla. No mentes esas cosas —le dijo otra.

Pero Dominica no las oía.

—Vinieron dos guardias civiles y me dijeron… que mi marido se había entregado y que les había contado todo. Y se lo llevaron.

—¡Cálmate, cálmate! Ahora estamos contigo. No te dejaremos sola.

Dominica siguió con sus delirios.

—Yo no he sido… mi niño estaba tetando y me quedé dormida… cuando me desperté lo tenía debajo… no pude hacer nada… ya estaba frío. —Se quedó callada y abrazó un rebullo de andrajos con los que había ocultado el cadáver más de dos días.

Todas nos arrodillamos y comenzamos a rezar avemarías. Al rato, oímos el hilillo de voz de Dominica  que cantaba una nana.

—¡Ea, ea! Duérmete, mi niño. Duerme tranquilo. Tú ya no verás más cuchillos.

Carmen Romeo Pemán

Sin escuela para las niñas

Acababan de dar las doce del mediodía en el reloj de la torre cuando el alcalde levantó la sesión. Matilde fue la primera que abandonó la sala de juntas. Al pasar por delante del secretario le dijo en voz baja:

—El cura no se saldrá con la suya. Yo conseguiré un local para las niñas.

El alcalde, el secretario y el médico, don Valero, se quedaron rezagados y se volvieron a sentar. Pensaban que con el enfrentamiento entre el cura y la maestra todos saldrían perdiendo.

—Si no nos llegan las subvenciones tendremos que cerrar las dos escuelas —dijo el alcalde.

—Pero ya ha oído a mosén Teodoro: “La enseñanza de las niñas no puede estar fuera de la Iglesia. Y menos en manos de una mujer” —dijo el secretario

—Este cura no se ha enterado de que ahora mandan los liberales y no sabe que los del Gobierno Civilno se andan por las ramas —terció el médico—Tendrán que tragarse a doña Matilde.

—Si no hacemos lo que nos dicen, nos embargarán todos los bienes. Y si no llegan los del Ayuntamiento, requisarán los de la Iglesia. —El secretario se quitó los anteojos y miró al médico —Nos tendremos que tomar en serio lo del local para dar clase a las niñas.

—En lugar de pagar multas por hacer mal las cosas, más les valdría pagar los sueldos que nos deben y construir un local nuevo para la escuela —replicó el médico con retintín.

—Ha venido usted un poco revuelto, don Valero. —le contestó el alcalde, apoyando las manos callosas en la mesa de madera renegrida.

—Es que yo no pienso abandonar el local que tanto me ha costado coseguir—contestó don Valero.

—¡Bueno, bueno! Si le decimos esto a doña Matilde se va a poner hecha un basilisco —apostilló el secretario que se estaba poniendo el guardapolvo gris.

—No se preocupen. Esto corre de mi cuenta. Yo  me encargaré de traer a buenas a doña Matilde. —El médico se removió en el sillón y se oyó cómo crujía la madera.

Don Valero se puso el sombrero de bombín y salió a la plaza con el maletín en la mano. Dudó hacia dónde ir. Pensó que antes de comenzar la visita le vendría bien despejarse oyendo correr el agua del río en el Terrao.

Cuando llegó, se encontró a Matilde asomada a la barbacana. Todos los días, a la hora de comer, descansaba la vista en la mole de San Jorge antes de entrar en casa.

—Qué sorpresa encontrarla aquí. —Don Valero dejó el maletín en el banquero y se colocó cerca de la maestra.

—Me da la impresión de que le gusta hacer teatro. —Se dio la vuelta y lo miró de frente.

—Por Dios, doña Matilde, creía que me tenía en otra estima.

—Eso era antes de darme cuenta de que usted es un traidor.

—¿No le parece una acusación un poco fuerte?

—Mire, don Valero, creo que me quedo corta. Usted me ha traicionado. Se ha aprovechado del local que yo conseguí para mi escuela. —Se refirmó en la barbacana sin dejar de dar golpecitos en el suelo con el tacón del zapato.

—Creo que es muy injusta. Sabe que ese local era necesario para luchar contra el tifus.

—No me malentienda, don Valero. No me refiero a la época de la epidemia. Yo misma se lo ofrecí. Pero ahora lo que necesita es una sala para pasar consulta. —Matilde no pudo controlar el tic del labio de abajo—. Usted tendría que luchar contra estos caciques. Igual que hago yo.

—¿No querrá comparar la importancia de la salud con la enseñanza de las niñas?

—Pues no. Y sí. —Matilde subió el tono—. Es más importante la salud cuando la enfermedad ya ha estallado. Pero antes se puede prevenir educando a las niñas en la higiene.

—Ya salió su higienismo. —Don Valero hablaba con un tono seco—. Pues sepa que la higiene es importante, pero no lo cura todo. Solo con jabón, aún estaríamos enterrando cadáveres del tifus. Si no se nos hubiera llevado a nosotros por delante.

—Pues ya que lo ha sacado le diré lo que pienso. Mire, esos cirujanos que vinieron de Zaragoza no hicieron más que el ridículo con sus caretas de pajarracos. —Matilde dejó escapar un suspiro y continuó—: Si no hubiera sido por la colaboración de las mujeres, usted no habría podido con el avance de la epidemia—continuó.

Matilde volvió a hacer otra pausa y jugaba con los botones de su rebeca azul. Con el silencio se oía el murmullo de los pinos.

—Doña Matilde, por favor, no diga tontadas. No conoce la importancia de esas máscaras. Es verdad que el jabón y el agua ayudan a curar. Pero los medicamentos y la purificación con el fuego son igual de importantes. Son remedios que se suman.

De pronto, Matilde miró el reloj de sol de la esquina de casa Legüita. Era más de la una. Recogió sus libros y se despidió con un “usted lo pase bien”. Don Valero le respondió lo mismo. Matilde tomo aire, y don Valero aprovechó para continuar.

—Espere, doña Matilde. Se me ha olvidado comentarle que ayer recibí un telegrama. No, nada importante. Pero a lo mejor se arregla el problema de su local.

—Vaya, hombre, resulta que se guardaba una carta en el bolsillo.

El médico se quedó un poco pensativo. Miró al suelo y arrancó:

—Es que no sé si sabe que llevo medio año sin cobrar. Estos del Ayuntamiento dicen que no les llega el dinero. Total, que como estaba un poco apurado solicité una plaza en el Hospital Provincial de Zaragoza y…

Matilde contuvo el aliento y se dio media vuelta sin decir nada.

Carmen Romeo Pemán

Biel, 1908. Foto propiedad de la familia Marco Bueno.

Delfina Bueno Garza (Agüero, 1882-Alagón 1953), fue maestra de Biel desde 1907 hasta 1929. Su hermano Valero Bueno Garza (Agüero, 1888-Zaragoza, 1990) estuvo de médico en El Frago en la década de 1910. Eran hijos de Valero Bueno Abad, secretario de Agüero, y de Antonia Garza Ramos, maestra de Agüero, natural de Arándiga.

Andresa la Muda

#relato

De las fragolinas de mis ayeres

Cuando dieron las seis en el reloj de la torre, me levanté de un salto y me quité las legañas con el agua que quedaba en el barreño de fregar las cazuelas. Me asomé a la ventana y vi que el humo de las chimeneas ya se disolvía en la luz clara de la mañana. Así que, sin perder tiempo, cogí la escoba y bajé a barrer la calle. Aproveché que aún no había salido mi vecina y me asomé a la barbacana del Terrao. Achiqué los ojos y miré el camino de Valzargas. Como teníamos miedo a los maquis, me puse a mirar a ver si venía algún hombre por la Collada de San Jorge. En esas estaba, cuando Andresa, la que teníamos por muda, me tocó en el hombro.

—Buenos días, Andresa.

Pronuncié despacio y claro, por tenía que leer en los labios. Pero oía bien, que sin mirarme, levantó el puño.

—A mí no me saludes así, hijaputa.

Como yo no era de las que levantaba el puño ni me gustaban broncas, me puse a barrer rezongando: “Si ya lo digo yo, con eso de que todos dicen que es muda, parece que no se entera de nada. Y es la más alcahueta del pueblo. Que ninguno sabemos si era muda antes de llegar al pueblo. Que ya era moza cuando vino con unos arrieros y aquí la dejaron sola”.

Mientras tanto ella se metió al patio y salió con una hoz roñosa. Avanzó hasta la pared del huerto y cortó las hierbas que asomaban. Cuando acabó recogió la hoz en su casa.

Al poco volvió a salir y me soltó un gruñido. Como la noté más alborotada que otros días, le pregunté:

—Oye, ¿has oído el barullo que se ha montado esta noche con el caballo negro de casa Fontabanas?

Movió la cabeza de un lado a otro, como cuando se niega algo con fuerza.

—Pues verás, a eso de las doce nos han despertado unos relinchos y unas coces en la pared.

Andresa se acercó un poco. Se sujetaba la cara con las manos.

—No te hagas la tonta. Que tú también los has tenido que oír. Desde mi ventana se veía una sombra en tu ventanuco. Seguro que estabas escuchando.

Se tapó la boca como si fuera a dar un grito. Yo seguí hablando.

—Al principio creímos que José había muerto en el monte y que el caballo volvía enloquecido.

Las muecas de Andresa le estaban deformando la cara por momentos.

—Además la madre de José nos dijo que sabía que le iba a pasar algo, que ese día se había ido al monte sin santiguarse ni tocar el San Cristóbal de la puerta.

Andresa se tapó la cara con las manos, como si fuera a llorar. Pero yo no me amilané con sus gestos.

—Mira, la vieja se equivocó. José no está muerto. O por lo menos eso dijeron unos embozados que llegaron corriendo detrás del caballo.

Se quitó las manos de la cara y se me acercó aún más. Ahora no se perdía ni un detalle de lo que le contaba.

—Tú sabías lo que iba a pasar. Por eso no te asomaste por la mañana, cuando la vieja salió a la calle rogándole a su hijo que no fuera a Valzargas.

Sin dejarme acabar, se dio media vuelta. Por debajo del delantal le asomaban unas zapatillas agujeradas y una saya pardusca que le llegaba hasta los tobillos.

—Me da igual lo que hagas. Sé que tú avisaste a los de la Resistencia, a los que iban buscando a José. Sé que tú les dijiste que ese día iba a ir a segar a la partida de Valzargas.

Cuando estaba entrando en el patio, levanté la voz un poco más.

—No te vayas, mala pécora. Tienes que escucharme.

Se volvió con los ojos encendidos.

—Llegaron dos embozados y nos contaron que lo tenían preso en el corral de Valzargas. Que si los del pueblo no les mandaban panes, le pegarían un tiro. ¡Ah! Y que tú sabías por qué.

Se persignó varias veces y se besó las manos.

—Mira lleva toda la noche echando humo la chimenea de casa el hornero. Esta tarde ya estarán listos los panes

Andresa se metió en su casa. Y yo seguí hablándole. En realidad quería que me oyeran todas las vecinas.

—Anda, que pareces una mosca muerta, pero todos sabemos que eres la chivata. Que si no les hubieras contado tantos cuentos ellos no se habrían ensañado con la gente de este pueblo. ¿Se puede saber a qué vas contando tantas mentiras?

Es que Andresa lo revolvió todo. En el pueblo siempre habíamos tratado bien a los maquis. Nunca los habíamos denunciado a la autoridad.

—Menuda trifulca has montado. Y por tu culpa han cazado a José. Para que desembuche. Por eso han soltado al caballo.

Ella seguía sin aparecer. Y yo dale que te pego.

—Lianta. Eres una lianta. Ya verás, ya. Cuando se corra la voz, entre todos te vamos a dar una somanta de palos.

Entonces bajó corriendo las escaleras. Me dio un empujón y casi me tiró al suelo. Con paso ligero tomó el camino que lleva a Valzargas. Yo volví a la barbacana y achiqué los ojos. Al poco rato la vi que desaparecía por la Collada de San Jorge. Seguro que encontró pronto a sus compañeros.

A la mañana siguiente un grupo de hombres armados pasó la Collada. Venían hacia el pueblo. Cerré la puerta y las ventanas. Y no tardé en oír el tiroteo en la calle.

Muchos años perduró el recuerdo de los muertos inocentes. En los carasoles se siguió hablando de la desaparición de José y de una mujer muda que se fue por la Collada.

Carmen Romeo Pemán

Las fotos publicadas por Lorien La Hoz en su página de Facebook.

Los cheblinos

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

A mí me gustaba escaparme de casa y llegar hasta Las Cheblas. Allí los niños se pasaban todo el día correteando por las calles. Con ellos aprendí a pescar renacuajos y a acorralar a los escorpiones en un círculo de fuego hasta que se suicidaban. Nos gustaba ver cómo se clavaban el aguijón de su veneno en la nuca. No querían morir asados. No querían ser el manjar de unos niños crueles. Estas y otras correrías se nos acabaron el día que los del Gobierno obligaron a los cheblinos a llevar a sus hijos a la escuela. Los padres los mandaron por miedo  a las amenazas y a multas.

Pero esto también se acabó el día que se juntaron los labradores en la plaza. Iban armados con horcas y hoces y acusaron a los del Gobierno de traicionar sus costumbres ancestrales. Les dijeron que no pagarían más multas ni mandarían a sus hijos a la escuela. Querían que fueran labradores como ellos. Es más, acusaron a los maestros de corruptos. Con sus soflamas convencían a los jóvenes, que desertaban de las tareas del campo. De repente oímos un vozarrón:

—Nuestros hijos no huirán del arado, como ha dicho el representante del Gobierno.

Ese día me fui de La Cheblas con la cabeza baja. Ya no volvería a corretear por las calles ni pescaría barbos en el río. Además sabía que mis padres sí que me obligarían a ir a la escuela.

Poco a poco me fui olvidando de las ranas y de sus renacuajos. Salí a estudiar a la ciudad. Al cabo de unos años, un día que volví a mi casa, me senté a leer en una piedra del camino que llevaba a Las Cheblas. Debajo vivía un escorpión. Y, sin darme tiempo a reaccionar, me clavó su aguijón en el tobillo. Yo me hice un torniquete con un pañuelo y él se puso a tomar el sol entre las peñas. Los dos nos quedamos muy quietos y nos miramos como dos viejos enemigos.

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Carmen Romeo Pemán

Los narvileños

#Mitologíasfragolinas

De la serie Mis micros

Cuando llegué a Narvil, una pardina cerca de El Frago, conocí a los narvileños, una tribu de sedientos que se irritaban si se encontraban con un extraño.

Vivían en un terreno enlodado y pantanoso, con abundantes charcas de aguas cenagosas. Las llamaban balsas, si eran grandes, y balsones, si eran pequeñas. Todas estaban cubiertas con pan de rana de un verde brillante. Por encima sobrevolaban las libélulas a sus anchas y  el zumbido de los mosquitos resultaba ensordecedor.

Intenté cruzar la balsa que había a la entrada. Metí los pies en el agua, se me hundieron en el barro y apenas pude avanzar. Estaba en plena lucha titánica con el fango cuando se me acercó un narvileño. Tenía la piel resquebrajada y le faltaban todos los dientes. Me pareció un leproso. Pero, cuando le vi sacar la lengua, como hacen los perros, me di cuenta de que estaba sediento. Se me acercó mucho y noté el calor del fuego que salía de sus ojos. Intenté retroceder. A duras penas pude salir de aquel balsón y alejarme de aquella mirada que amenazaba con abrasarme.

Envuelta en légamo y rodeada por una nube de abejorros, tomé el camino del pinar. Era más pedregoso y el lodo desaparecía a medida que ascendía por la ladera del monte. No pude avanzar mucho. De los troncos de los árboles salían unos brazos sarmentosos que acababan en ganchos. Todos intentaban arrancarme la cantimplora que colgaba de mi espalda. Si me la quitaban, yo me volvería un sediento como ellos.

De repente sentí mucha sed, se me nublaron los ojos y me caí de bruces. Oí cómo rodaba la cantimplora por el suelo. Con el estruendo de mi cuerpo al chocar contra una roca, desaparecieron todos. Se esfumaron entre las sombras de los pinos. Si no lograba alcanzar la cantimplora, yo también desaparecía como el humo en el aire.

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Carmen Romeo Pemán

Que trata de amores

#relatosescolares

De las fragolinas de mis ayeres

La maestra nos mandó un relato como los que ella escribía para nosotras.

—Ahora os toca a vosotras. Lo quiero para la semana que viene.

A mí aquello me pareció imposible. Como no quería defraudar a doña Pascuala, empecé a dar vueltas a ver qué se me ocurría.

Por la tarde, cuando llegué a casa estaba pariendo la tocina. Fui corriendo, me puse junto a la señora Isabel, que era la partera, y vi cómo nacieron los seis tocinicos. Por la noche me senté junto al fuego y en una hoja de papel conté cómo salieron de la tripa de su madre y cómo tetaron antes de abrir los ojos. Cuando lo leyó la maestra me echó un rapapolvo:

—Macaria, así no. Esto no es un relato. No tiene pies ni cabeza. Os dije que os fijarais en los míos.

—Pero es muy difícil, doña Pascuala —respondí.

— Tenía que tratar de amores. Es lo más fácil para comenzar. Además, los amores interesan a mucha gente, pero a nadie le importa cómo nacen los tocinos.

Bajé los ojos y no le contesté. A mí me importaban más los tocinos recién nacidos que esas historias de personas desconocidas.

Que no se empeñara doña Pascuala. Que no. Que yo no tenía imaginación para inventarme cosas que nunca había visto. Yo solo podía escribir sobre lo que pasaban en el pueblo. Pero ella, dale que te pego que mis historias eran cosas que le ocurrían a la gente, sin más. Que tenía que intentar otra cosa. Me dijo que me inventara unos amantes que no pudieran verse, que tuvieran celos y que, al final, acabaran como Romeo y Julieta. Entonces me vino a la cabeza una historia que había pasado en el pueblo. Esa sí que trataba de amores. Y de amores verdaderos. Aunque no era fantástica. Pensé que igual colaba.

Comenzó el sábado de Pascua Florida por la tarde. Todos los del pueblo nos teníamos que confesar y al día siguiente comulgar en la misa mayor. Al acabar la misa, pasaríamos por la sacristía y el cura nos pondría una cruz en una lista. Y a todos nos despediría igual:

—Hasta el año que viene. No olvides que la Santa Madre Iglesia manda cumplir con parroquia. El que no se confiesa y comulga una vez al año muere en pecado mortal.

Pues bien, como estaba previsto, el sábado después de comer empezaron las confesiones. Primero las mujeres, después los niños y, al final, los hombres.

Cuando se estaba confesando la última mujer, el sacristán nos llamó a los críos, que estábamos jugando en la plaza, y nos colocó a las chicas en el primer banco, al lado del confesonario, y a los chicos detrás. Así el cura no perdería tiempo esperando. A nosotras nos gustaba estar allí, porque, como el mosén era un poco sordo, las mujeres tenían que gritar y nos enterábamos de los secretos. Precisamente por eso, el sacristán no nos llamó hasta que ya llevaba un rato confesándose la última mujer. Cuando llegamos al banco oímos los gritos del cura que la amenazaba:

—Dilo todo. Si no me lo cuentas todo no te daré la absolución

No pudimos oír qué le dijo la mujer en voz baja, pero sí los nuevos gritos del cura:

—Me lo tienes que decir. No me mientas. Que todas las noches, justo cuando vuelve tu marido del bar, yo veo saltar a Vicente por la ventana del corral.

Oímos a la mujer que se sonaba los mocos. De repente se levantó y se fue. Al pasar por delante de nosotras la reconocimos. Era la señora Orosia, la que vendía la leche. Detrás de ella salió el cura gritando con los brazos levantados.

—Vete de aquí, mala pécora. Una noche os voy a matar a los tres. A ti por puta. A tu marido por cornudo y a Vicente por entrometido.

Entonces el sacristán nos despachó y nos dijo que podríamos comulgar sin confesarnos. Y que, como éramos pequeños, sólo teníamos pecados veniales, esos que se perdonaban rezando un señormíojesucristo.

A los pocos días se montó un gran revuelo en el pueblo. Una mañana el cura se levantó enloquecido y, después de matar a Vicente y al marido de Orosia, se disparó la escopeta de caza en la boca. A Orosia le dio un ataque de locura y se la llevaron al manicomio.

Durante muchos días las mujeres del carasol siguieron hablando de Orosia, de su marido, de Vicente y del cura. Y decían que todo había sido por culpa de los amores.

Entonces pensé que, si acertaba a escribirlo todo en orden y sin faltas, sería un buen relato. Cogí un papel y empecé a escribir lo que había visto y oído. Y añadí lo que las gentes contaban. Cuando acabé le puse el título que nos había dicho la maestra: Que trata de amores. Y, la verdad, me pareció que quedaba muy bien.

Cuando doña Pascuala lo leyó, me llamó a su mesa:

—Macaria, te perdono el relato. Déjalo ya. Veo que no estás dotada para escribir.

Yo la miraba y no le podía contestar. Pero ella siguió;

—Además te dejas llevar por las habladurías. Si no, ¿de dónde te has sacado que el cura los mató y se mató por amores? ¿Qué sabes tú de todo eso? Y por si no lo sabes, tal y como lo cuentas es mentira.

Yo seguía escuchando y notaba cómo se me hinchaban las venas del cuello.

—Y, ¡vaya título! Te dije que tenía que tratar de amores, pero que te inventaras un título.

Cuando acabó volví a mí mesa con una opresión en el pecho. Yo sabía que no tenía imaginación, pero quería complacer a mi maestra. A partir de ese día comencé a inventarme historias fantásticas que trataban de amores, y todas le gustaron mucho. Pero ninguno de mis amantes imaginarios llegó a querer a su amada tanto como el mosén a la señora Orosia.

Carmen Romeo Pemán

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

#relatosdelascincovillas

De las fragolinas de mis ayeres

Ese día no fui al campo con mi padre. Tenía que llevar dos mulas a la herrería y arreglar la hortaliza del huerto. Él se llevó el caballo. Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a mi abuela con los brazos en cruz, arrodillada delante de la hornacina, donde siempre había estado del Corazón de Jesús. Desde la entrada oí la jaculatoria que todos nos sabíamos de memoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.

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—¿A quién le rezas, abuela? ¿No ves que ya no está el santo? —Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—¡Qué desgracia, hijo mío! Llevaba aquí desde que me casé. Tu abuelo le hizo esta capillica, así lo veíamos siempre que salíamos de la cocina.

—Anda, abuela, cálmate. Lo entiendo, pero ahora no podemos hacer nada.

—No, no lo entiendes. El Corazón de Jesús nos protegía sin tener que ir a la iglesia.

—Pero era solo un santo de escayola pintada. Podremos poner otro.

—¡No, hijo, no! Los santos tienen vida. Por eso les rezamos y nos corresponden. Y no nos perdonan que los olvidemos.

—Abuela, ¿no te das cuenta de que la gente ya no cree en estas cosas?

—¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

Entonces la abuela siguió hablando. Que el Corazón de Jesús era lo más importante que teníamos. Que cada vez que pasaba por delante se santiguaba, rezaba una jaculatoria y hacía una genuflexión. Que así se sentía segura. Que sabía que mientras él estuviera en casa no nos pasaría nada a nosotros.

—Compréndelo, abuela. Ha sido un accidente. Se le ha caído a mi madre cuando lo estaba limpiando.

—Claro, al final tenía que pasar. Mira que le advertí que tuviera cuidado. Que no fuera tan aturullada.

También me dijo que ni a ella ni a mi padre les gustaba tener un santo en casa.

—¡Que no es eso, abuela! A ver cómo te lo explico. Era como un muñeco. Y, como tú nos has dicho muchas veces, los santos mutilados son de mal agüero y…

—¡Jesús, María y José! —No me dejó terminar—. ¡Qué herejes! Eso es lo que sois. Ahora, ¿quién nos socorrerá en los malos trances?

—Abuela, por favor, cálmate. No sé, creo que…

—Y tú, ¿qué sabrás? Ya veo que no te ha contado tu padre lo de las fiebres de malta.

—Ya sé, ya sé lo que me vas a decir. Que tú me lo has contado muchas veces. Pero él dice que se curó gracias al médico.

La abuela cogió la pila del agua bendita que tenía al lado de su cama y echó gotas en las ventanas, para que no entraran los malos espíritus. Mientras tanto me senté junto al hogar. Cuando acabó se acercó y me dijo.

—¿Tampoco sabes que malparió la yegua? ¿No te han contado que el Corazón de Jesús salvó a la madre y al potro? Pues bien asustados que estaban todos. Yo misma le oí decir al veterinario que no había nada que hacer.

—¡Vuelta con la burra al trigo! ¿Sabes lo que va diciendo el veterinario? ¡Eh! Pues que tú y tus jaculatorias sois sus peores enemigos.

—¿Tampoco sabes lo de la muerte repentina? —siguió, como si no me hubiera oído.

Se secó las manos en el delantal negro que le llegaba hasta los pies y me habló muy seria.

—Mira, aunque te quieran comer la mollera, no les hagas caso. Solo hay una manera de no morir en el monte de repente. Hay que ver a un santo y santiguarse antes de salir del pueblo. Yo se lo decía a todo el mundo, pero no me creían. Y a los dos criados de casa Picaruela, a esos que se reían de mí, los encontraron muertos de un cólico miserere.

—Abuela, sería porque comerían algo en malas condiciones.

—Mira que eres tozudo, hijo mío.

San Cristobalón de Moral de Calatrava

San Critobalón de Moral de Calatrava

Entonces me contó otra vez la historia de san Cristobalón. Que en la puerta de la iglesia habían pintado un san Cristóbal muy grande. Así se podía ver desde todos los caminos que llegaban al pueblo. Así los hombres lo veían cuando salían y aseguraban que ese día volverían vivos.

—Y todo era normal hasta que un rayo rompió la puerta. A los pocos días, tu abuelo, que en paz descanse, fue a Zaragoza y compró un Corazón de Jesús. Me dijo que era tan milagroso como san Cristóbalón y que nos protegería sin salir de casa

—Abuela, pues a mí me parece que tienes miedo.

—¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Corazón de Jesús, perdónalo, que no sabe lo que dice!

—¿Lo ves? Es lo que yo te digo.

—¿Qué maneras de hablar son esas? Esas palabras no son tuyas.

—Es que también lo dice mi padre. Y mucha gente.

—Pues llámalo cómo quieras. Pero esto nos traerá alguna desgracia. Por eso llevo aquí rezando desde que he visto el chandrío que ha hecho tu madre. Espero que haya roto el santo después de salir tu padre.

—¡Shist! ¡chiss!¡chss! Oigo relinchar un caballo. Se acerca. —le dije interrumpiéndola.

—Seguro que viene asustado —me contestó—. Los caballos vuelven a casa cuando huelen la muerte.

Bajó la cabeza y comenzó a repetir la jaculatoria: “Sagrado corazón de Jesús, en Vos confío”. Noté que sus rezos no tenían el tono de otros días, como si hubieran perdido el sentido con la hornacina vacía. El caballo volvía solo, sin el amo.

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María Pemán Casajús

Biel, 1930. María Pemán Casajús (Biel, 1855-1931). En 1872 se casó con Andrés Ferrández Arenaz (Biel, 1853-1917), de oficio pelaire, domiciliados en la calle del Jesús. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Simón, Petra y Benita. Eran los de casa El Moreno.

Carmen Romeo Pemán