Doña Gala Cenarro. Maestra de Biel

Introducción

Biel, Zaragoza, 1934. Imagen coloreada por Miguel Casabona. Publicada en Pelaires de Biel.

Biel, 1934. Foto coloreada por Miguel Casabona y publicada en Pelaires de Biel.


Gala Cenarro Córdoba (Ablitas, Navarra, 1842-Orense, 1912) murió cuando estaba pasando las vacaciones de verano con su hijo.

Desde 1880 hasta 1901, pasó más de veinte años de maestra en Biel, Zaragoza, donde se casó y tuvo tres hijos.

Doña Gala fue la maestra de mi abuela Pascuala (1877-1926) y de sus hermanas Elena y Emilia. Convenció a mis bisabuelos y, a más familias de Biel, para que sus hijas estudiaran. Después de casada, ella misma preparó a su marido, que también estudió Magisterio.

Coincidió con don Juan Sampietro (Sallent de Gállego, 1814-Biel, 1890) y don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), maestros de maestros, y con otros maestros del desdoble. Don Manuel despertó el gusto por el estudio en mi abuelo Constantino (Biel, 1881-1968). Como su madre, viuda, no podía sacarlo a estudiar, aprovechó los años en que hizo la mili en Barcelona para estudiar, por libre, Magisterio Elemental y Superior. Con el tiempo también fue maestro de Biel.

La escuela de Biel era una unitaria en la que se desdoblaban las aulas en función del número de alumnos. En la época de doña Gala solo estaba desdoblada la de los chicos. Es que no se consideraba importante la educación de las niñas y se las quedaban en casa para que ayudaran a sus madres, sobre todo en la crianza de sus hermanos. Algunas sustituían a los repatanes en el cuidado de los rebaños o ayudando en los telares.

La insistencia de doña Gala en la educación de las niñas tuvo sus efectos y el aula de las niñas se desdobló, provisionalmente, desde 1902 hasta 1935. El desdoble terminó en 1951.

Existen en esta localidad 4 Escuelas Nacionales Unitarias de 1ª Enseñanza: dos de niños, núm. 1 y 2 y otras dos de niñas, también núm. 1 y 2; todas carecen de nombre.  Las escuelas núm. 1 son de creación antigua y las núm 2, de ambos sexos, fueron creadas por desdoblamiento de las ya existentes, el 22 de junio, Gaceta del 1º de julio del año 1935 y definitivamente el 28 de octubre del mismo año. (Cfr. Informe sobre los niños escolarizados en Biel entre 1911 y 1942, del maestro Gregorio Romeo Berges. Biel, 16 de febrero de 1943).

¿Qué sabemos de su familia?

Ablitas, Navarra. Calle en la que nació y vivió Gala Cenarro,

Gala Cenarro Córdoba nació el 17 de octubre de 1842 y fue bautizada al día siguiente. La llamaron Gala, como a la santa romana cuya festividad se celebraba el 5 de octubre.

Era la cuarta, de los once hijos de Francisco Cenarro Marín (1807-1879), alcalde de la villa durante la Revolución Gloriosa de 1868, y de Ciriaca Córdoba Ruiz (1814-1885), los dos vecinos y naturales de la Ablitas. Vivió en la calle Capuchinos, que todavía se conoce como Cuesta de Cenarro, donde su padre, Francisco, tenía un comercio.

Sus abuelos paternos fueron Pedro Cenarro Salillas, natural de El Buste (Zaragoza), y Lamberta Marín Laforga, natural de Alagón (Zaragoza).

Los maternos, Toribio Córdoba Izquierdo, natural de Valdeprado (Soria), y Bernarda Ruiz Ayensa, natural de Ablitas (Navarra).

Tuvo diez hermanos: Manuel (1837), Mariano (1837-1898), Félix (1840), Justa Rufina (1845-1847), Romana (1847), Mª Encarnación (1850-1850), Claudia (1852), Eladia (1854-1904), Cirila (1855) y Juan (1858). (Cfr. Archivo municipal de Ablitas).

En los censos encontramos a algunos de sus hermanos. En 1890, Juan Cenarro Córdoba vivía en Villanueva de Gállego. En 1894, Mariano Cenarro Córdoba estaba domiciliado en Cortes, Navarra, era cabeza de familia y falleció en 1898, el mismo año que el marido de Gala.

En 1862, a los veinte años, Gala aún vivía en Ablitas, cuando fue madrina de su primo Pedro Córdoba Serrano, hijo de su tío Juan Manuel Córdoba Ruiz.

Empezó a estudiar muy tarde, seguramente por el empuje de alguna maestra que desconocemos. Era Maestra Elemental e ingresó en el escalafón, en Navarra, en 1879 (El magisterio español: 1912, julio, 20, p. 15).

1880-1901. Maestra de Biel

En 1880, a los 38 años, se incorporó a la escuela de Biel como maestra propietaria y se fue en 1901.

En 1881, cuando llevaba un año, se casó con Melchor Elízaga Muro (1860-1898).

Año 1881. Libro de matrimonios. Nº 2. 19 de enero de 1881. Melchor Elízaga Muro y doña Gala Cenarro Córdoba.  Tejedor. Soltero de 21 años, hijo de Victoriano y Balbina.  Maestra de niños. De 34 años. Natural de Ablitas (Navarra), diócesis de Tudela. Hijo de Francisco Cenarro y Ciriaca Córdoba, vecinos de Ablitas. (Cfr. Archivo municipal de Biel, Zaragoza).

No sabemos por qué, pero en todos los documentos de Biel le quitan cinco años. Quizá por error o quizá para disminuir la diferencia de edad con su marido: ella era ocho años mayor.  Yo sigo la edad que consta en la partida de nacimiento de Ablitas: 1842.

Su nueva familia de Biel

Cuando se casaron, Melchor y Gala se instalaron en la casa de la esquina, donde la calle mayor se convierte en la la plaza Baja.

Melchor era hijo de Victoriano Elízaga Caudeviela y de Balbina Muro Piteus, casados en 1837, vecinos de Biel y de profesión tejedores, procedentes de Navarra. Sus abuelos paternos, casados en 1819, fueron; Ignacio Elízaga Lanz, de Burgui, Navarra, y Ramona Caudeviela Palacio, de Biel. Los maternos, casados en 1806: Mariano Muro Navarro y María Piteus Mancho.

Me parece interesante resaltar que el apellido Muro lo llevó a Biel Joaquín Muro Rubio, padre de Mariano, procedente de Cintruénigo, Navarra. Y que ese matrimonio, el de Joaquín Muro y Miguela Navarro causó mucho revuelo en Biel. Hubo un juicio de la familia de Miguela contra los desposados y testificó casi todo el pueblo. (Cfr. 1791. Pleito civil, nº2, Biel).

Victoriano y Balbina, los padres de Melchor, según el cumplimiento pascual de 1861, vivían en la Caudevilla y tenían cuatro hijos, los cuatro hermanos Elízaga Muro: María. Ignacio, Petra, y Melchor.

Cuando se casaron Melchor y Gala se fueron a vivir a la calle Mayor 17, pero en casa el Santo, en la Caudevilla, siguieron sus padres con su hermana mayor, María, casada con Modesto Dueñas; y con su otro hermano, Ignacio, que estaba soltero.

Se conserva una fotografía de 1904, en el huerto de Casa el Santo, la casa familiar de los Elízaga, en la que están doña Gala y su hijo, y varios sobrinos y primos, arropando a Modesto y María, cuñados de doña Gala y dueños de la casa, sentados en el centro.

Demasiadas muertes en pocos años

El matrimonio de Melchor y Gala solo duró siete años, pero les dio tiempo a montar un comercio en la calle mayor 17, a que Melchor estudiara Magisterio y a ser padres de tres hijos, Francisco José (1882), Simona Victoriana (1883) y Estanislao Juan (Biel, 1885-Figueras, 1914), de los que sólo sobrevivió Juan.

Al margen: Melchor Elízaga Muro. En la Villa de Biel, a las cinco de la mañana del día veinte y tres de enero de 1898. Ante D. Mauricio Pemán Juez municipal y D. Felipe Coyduras, Secretario; Compareció Ignacio Elízaga, natural y vecino de esta villa, casado, mayor de edad, de oficio Tejedor, y vive en la calle de Gavás número 17. = Manifestando que su hermano Melchor Elizaga Muro falleció el día veintitrés del corriente mes a las cinco de la mañana en su referido domicilio calle Mayor número    a consecuencia de rotura cardiaca, de todo lo cual daba parte en debida forma como hermano del finado. = En vista de esta manifestación y de la certificación facultativa presentadas, el Sr. Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción de dicho finado. = Que era hijo legítimo del ya difunto Victoriano Elízaga y de Balbina Muro naturales y vecinos de esta Villa de oficio Tejedores. = Que estaba casado en el acto // de su fallecimiento con Dª. Gala Cenarro natural del pueblo de Ablitas (Navarra), de cuyo matrimonio tuvieron un hijo llamado Juan, que vive en compañía de sus padres. Que no otorgó testamento alguno y que a su cadáver se habrá de dar sepultura en el cementerio de la parroquia de esta villa.  = Fueron testigos presenciales Celedonio Arenaz y Francisco Navarro de este domicilio. = Leída íntegramente esta acta e invitadas las personas que deben suscribirla a que la leyeran por si mismos si así lo creían por conveniente. Se estampó en ella el sello del Juzgado municipal, y la firmaron el Sr. Juez testigos y declarante, de todo ello. Secretario. Certifico-

El Juez municipal             Ignacio Elizaga

  Mauricio Pemán                Celedonio Arenaz

                   Francisco Navarro

             El Secretario:   Felipe Coyduras

A los dos días, el Diario de Zaragoza publicó una sentida necrológica, enviada por el corresponsal de Biel.

Sr. Director del Diario de Zaragoza. Muy señor mío: raras veces, la consternación general causada por el fallecimiento de una persona estimada en un vecindario habrá producido tan honda, penosa y unánime impresión como la muerte repentina de nuestro querido compañero y amigo don Melchor Elízaga Muro, esposo de la digna profesora de primera enseñanza doña Gala Cenarro.

La rotura de un aneurisma en la aorta puso fin a sus días en la madrugada de ayer. Su entierro fue una manifestación de duelo tan numerosa cual no se recuerda en esta villa. Puede decirse que lo acompañó todo el pueblo en masa y que las expresiones de dolor revolaban en todos, pues el finado contaba con una justísima estimación, a la que le hacían acreditación su carácter sumamente bondadoso y sus virtudes cristianas. Su fervor religioso, su afán con todas las obligaciones de buen católico, parece que le anunciaban el inesperado fin de su vida en la plenitud de la salud.

Maestro de primera enseñanza, también, y excelente músico, adornado de potente y hermosa voz, solemnizaba las fiestas religiosas tocando el órgano de la parroquia. La tarde precedente a su fallecimiento, tocó y cantó admirablemente la última salve.

Juan tenía 13 años cuando murió su padre y ya estaba estudiando en el seminario de Jaca, aunque su domicilio seguía en Biel. Pasados dos años, en el cumplimiento pascual de 1900, en la calle Mayor 17, sólo cumplían con parroquia, Gala Cenarro Córdoba y Juan Elizalde Cenarro. Es decir, los dos estaban censados en Biel.

1901-1904. Nueva etapa en Arróniz

1901, viuda y sin la compañía de su hijo, se le apoderó la soledad y decidió marcharse de Biel. Solicitó trasladó y le concedieron Arróniz, Navarra. El 4 de marzo de 1901 cesó como maestra de niñas de Biel. Su plaza salió a traslado, pero no se cubrió hasta 1902.

Nota del rectorado. La escuela de niñas de Biel se queda vacante. En la lista de propuestas para cubrir escuelas de niñas, no se realizan propuestas para la Escuela de Niñas de Biel, por no haber aspirantes que la soliciten. Se advierte que el presente concurso se resuelve conforme a las disposiciones contenidas en el reglamento vigente de 6 de Julio de 1900, porque el anuncio correspondiente fue remitido a Madrid, para su inserción en la Gaceta, con anterioridad al Real decreto de 26 de octubre de 1901. Zaragoza 28 de enero de 1902 —E1 Rector, Mariano Ripollés y Baranda.

Durante muchos años, el rector de la Universidad se ocupó de las plazas de la enseñanza primaria.

 Maestra de maestras

En 1903, el Eco de Navarra elogiaba cómo enseñaba doña Gala en Arroniz. Pero no era una forma nueva. Esta maestra de maestras despertó pasiones en Biel, logró que la escuela de niñas se desdoblara y que las familias empezaran a sacar a estudiar a sus hijas.

Con grandísima y selecta concurrencia se celebraron ayer los exámenes en la escuela elemental de niñas, dirigida por la distinguida profesora doña Gala Cenarro Córdoba, en cuyo acto demostraron las alumnas un grado de instrucción poco común en todas las asignaturas del programa, así como en labores muy bonitas y sobre todo muy necesarias. Demostrando con todo esto, una vez más, el celo desplegado por dicha señora en difundir la enseñanza. Terminado el examen, con los discursos de rúbrica, la junta local felicitó a la referida señora. (Cfr. El Eco de Navarra: 01/07/1903).

1904-19012: en Pedrola

Gala Cenarro. En esta foto. de 1904 tenía 62 años y estaba destinada en Pedrola.

En 1904 solicitó dos destinos: Ondárroa, Vizcaya, y Pedrola, Zaragoza. Fue excluida de la solicitud de Ondárroa, por falta de reintegro en la instancia. Sintió una decepción, ya que esta escuela estaba muy solicitada por su excelente dotación: 1.100 pesetas al año. En cambio, el 20 de noviembre de 1904, fue nombrada maestra de Pedrola (Cfr. La Educación, 1904, noviembre, 20, p. 2).

En Pedrola, siguió demostrando sus dotes de atracción y persuasión entre las niñas y siguió destacando por su excelente formación y por su vocación docente. Pero no todo fue un camino fácil. Como muchas maestras de la época tuvo que luchar con denuedo para conseguir un local para la escuela.

La maestra de Pedrola, doña Gala Cenarro, comunica que, al posesionarse de la escuela, se encuentra con que no tiene local escolar ni menaje para el mismo. La Juna acuerda ordenar a Alcalde que provea de todo lo necesario a la enseñanza. (Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza: 1905, agosto, 17)

En 1908 seguía, con determinación y firmeza, reclamando la vivienda que le correspondía como maestra.

A la Junta de Primera Enseñanza de Pedrola se ha remitido, para que informe, la reclamación de casa formulada por doña Gala Cenarro. (El Noticiero, 19 de enero de 1908, p. 1).

Doña Gala murió en Orense, a punto de cumplir los setenta años

Durante las vacaciones de verano anteriores a su jubilación, fue a visitar a su hijo, que era el capellán de la cárcel de Orense, y falleció de manera imprevista. Así lo comunicaba el Magisterio Español:

Gala Cenarro, maestra de Pedrola, falleció en Orense, donde se encontraba accidentalmente. (El Magisterio Español: 1912, julio, 20, p. 15).

Esta calle de Ablitas estaba dedicada a su padre, Aquí vivió la joven Gala con su familia.

Juan Elízaga Cenarro (1885-1914)

El tercer hijo de Melchor Elízaga y Gala Cenarro. El único que sobrevivió, los dos anteriores fallecieron al poco de nacer.

 AÑO 1895. Al margen: ESTANISLAO JUAN ELIZAGA CENARRO.  En la villa de Biel. a las seis de la tarde del día seis de mayo de mil ochocientos ochenta y cinco. ante Don José Navarro Carte Juez Municipal y Don Felipe Coyduras Secretario: Compareció Melchor Elízaga natural y vecino de esta villa casado mayor de edad y de oficio Comerciante y vive en calle Mayor número 17. Presentando con objeto de que se inscriba en el registro civil un niño y al efecto, padre del mismo declaró: Que dicho niño nació en la casa del declarante el día seis del corriente a las seis de la tarde. Que es hijo legítimo del declarante y de su mujer Gala Cenarro, ésta de Ablitas, Navarra, Maestra de niñas de esta villa. Que es nieto por línea paterna del ya difunto Victorino Elízaga y Balbina Muro naturales y vecinos de esta villa, de oficio tejedores de lienzos; y por línea materna de Francisco Cenarro y Ciriaca Córdoba, de Ablitas. Que al expresado niño se le había puesto el nombre de Estanislao Juan sin que haya expresado otras circunstancias Todo lo cual presenciaron como testigos Don Celedonio Arenaz y Don Francisco Navarro de este domicilio. (Cfr. Archivo municipal de Biel).

Años de seminarista

En 1898, cuando murió su padre, ya estaba en el Seminario de Jaca, donde destacaría en la oratoria gracias a sus dotes y la influencia de su profesor, don José Castán Aguas (Biel, 1850-Jaca, 1905). En 1905, el joven Juan debió sentir la muerte de don José, quinto de su padre en Biel, y quien, como él, murió repentinamente de un aneurisma.

En Jaca era compañero de su amigo Celedonio Pemán Navarro (Biel, 1884-Argentina, ¿?), de casa Mauricio. De niños los dos jugaron juntos en la plaza Baja y a los dos los subió al seminario don José Castán, el canónigo de casa Machín, que había estado de párroco en Biel. En 1907, el obispo de Huesca, en la misma ceremonia, nombró diácono a Celedonio y subdiácono a Juan. (El Noticiero 22/12/1907, p. 2). Los dos cantaron misa en 1908: Celedonio el 23 de abril, en Biel y Juan el 1 de julio, en Pedrola. Y los dos eligieron destinos poco frecuentes: Celedonio en Argentina y Juan capellán de prisiones.

Aún estaba en Jaca, cuando Juan conoció a la duquesa de Villahermosa en Pedrola, en una de las muchas visitas que le hacía a su madre. Y la duquesa, conocedora de sus habilidades como fotógrafo, le encargó reportajes de recepciones en su palacio

A la salida del palacio que da a los jardines, el joven presbítero, Juan Elízaga, sacó varias fotografías de la familia y palacio. (El Noticiero 26/08/1908, p. 2)

Su primera misa. 1908

Desde Pedrola. 1 de julio de 1908. Hoy ha tenido lugar en esta villa el acto de la celebración de la primera misa por el joven y virtuoso mosén Juan Elizaga Cenarro, hijo de la señora profesora de niñas doña Gala Cenarro, en la iglesia parroquial. A las nueve un repique general de campanas ha anunciado a los fieles la celebración de la misa, concurriendo la mayoría de los habitantes con la asistencia de las autoridades administrativas y judicial, dando principio la misa del maestro Gulimant.

La oratoria sagrada a cargo de mosén Francisco Javier Córdoba, el cual de fácil palabra y sirviéndose del tema la palabra Orden, ha pronunciado un elocuente discurso. Terminada la misa, se ha cantado por los señores antes citados el Te Deum del maestro Calahorra, habiendo sido felicitado el nuevo sacerdote por las autoridades, clero parroquial y fieles que han asistido a dicho acto.

A las doce ha tenido lugar en el domicilio de la señora profesora doña Gala Cenarro un banquete, al que fueron invitadas las autoridades, el clero y muchos amigos de la familia.

No terminaré esta carta sin dar un voto de gracias a nuestro párroco don Paulino Luna, por el acierto demostrado en la misa y decoración de la iglesia, oyendo decir a muchos fieles que jamás se habían celebrado festividades religiosas con tanta pompa y suntuosidad como las celebradas en este día.

Dios le dé al nuevo y joven sacerdote mucho acierto y felicidades en su nueva carrera. A su paso por las calles desde la iglesia a su domicilio ha sido felicitado por la mayoría de los vecinos. Firmado por Joaquín Binués. (El Noticiero, 3/ 07/1908).

Los sermones de Juan se hicieron famosos

La prensa de la época daba a conocer su fama como orador, tal y como El Pirineo Aragonés había hecho unos años antes con don José Castán. Mosén Juan se trasladó de Jaca a Casacante, Navarra, a celebrar y predicar en la fiesta de San Isidoro. Allí tenía vivían unos parientes maternos.

Desde Cascante. La fiesta de San Isidro. La nota culminante de tan grato acto fue la oración sagrada que tan admirablemente supo desarrollar el joven e ilustrado presbítero D. Juan Elizaga y Cenarro, descendiente de distinguida familia de ésta y prestigioso párroco de la diócesis de laca, que con suma sencillez y claridad de conceptos y ardiente unción evangélica, terminó su brillante tarea impetrando del glorioso San Isidro gracias y bendiciones sobre todas las clases de la sociedad, pero especialmente para la nunca bien considerada y respetada como se debe la clase de labranza. Luego fue obsequiado espléndidamente por la familia con él emparentada. Quedamos gratamente impresionados cuantos tuvimos la satisfacción de oír su discurso. (Heraldo de Aragón 18/ 05/1909)

1910-1914. Capellán de prisiones

En 1910 era sacerdote de Jaca, pero se trasladó a Madrid a opositar al recién creado cuerpo de capellanes de prisiones.

Han sido aprobados en las oposiciones a capellanes de prisiones, los siguientes aspirantes. Juan Elízaga figuraba antes de la mitad de una lista de unos cincuenta. (La Correspondencia de España: 28/04/1910).

Aunque era capellán de la cárcel, salía a predicar a los pueblos.

Almodóvar del Campo. Semana Santa. El sermón de Pasión que tuvo lugar el Jueves Santo a las ocho de la tarde, lo predicó el joven capellán de la cárcel, Juan Elízaga Cenarro, quien, con elocuentes palabras, nos recordó las más trágicas escenas de la Pasión de Nuestro Señor Redentor, terminando su discurso con una tierna y viva exhortación a los fieles para que todos cumpliesen como buenos hijos del Padre y Redentor, diciendo acto seguido el acto de contrición que sus feligreses, puestos de rodillas y emocionados, repitieron con religiosidad edificante. (El pueblo manchego: 20/04/1911).

De su trabajo en la cárcel de Orense, como de sus otras actividades, tenemos noticias por la prensa local y nacional.

Orense. Tuvo lugar en la cárcel correccional de esta ciudad, la solemne ceremonia de la bendición de la nueva capilla costeada por el excelentísima Diputación provincial. A tan solemne acto asistieron todos los empleados del citado centro, siendo bendecida por el ilustrado y virtuoso capellán del establecimiento don Juan Elízaga, quien trabajó con mucho cielo e interés hasta ver convertido en realidad el proyecto que desde hace tiempo acariciaba. (El Progreso: 07/03/1912).

Orense. Tuvo lugar en la cárcel correccional de esta ciudad, la solemne ceremonia de la bendición de la nueva capilla costeada por el excelentísima Diputación provincial. A tan solemne acto asistieron todos los empleados del citado centro, siendo bendecida por el ilustrado y virtuoso capellán del establecimiento don Juan Elízaga, quien trabajó con mucho cielo e interés hasta ver convertido en realidad el proyecto que desde hace tiempo acariciaba. (El Progreso: 07/03/1912).

Precisamente, estando en Orense recibió la visita de su madre. Y allí murió doña Gala, inesperadamente, a principios de julio.

El 30 de abril de 1913 fue nombrado capellán de la cárcel de Figueras. Y al mes siguiente, el 25 de mayo fue a las fiestas de Biel y, en la ermita de la Virgen de la Sierra, predicó un sermón del que se habló mucho en Biel. El Heraldo de Aragón recogió esa visita con bastantes detalles y muchos elogios al que había sido profesor de oratoria en el Seminario de Jaca.

Biel. Las fiestas. Por nuestro corresponsal. Han terminado sin el más leve incidente perturbador del sosiego habitual de este vecindario las fiestas que anualmente se dedican a la Santísima Virgen de la Sierra, imagen venerada en su ermita distante cinco kilómetros de la población. Con gran concurrencia de devotos de su villa y de pueblos comarcanos, se celebró la festividad religiosa, cantándose por la capilla infantil y su digno director don Miguel Sangorrin la misa a cuatro voces del maestro Gorrittí, interpretada de modo admirable, acompañada al armonium por el inteligente presbítero de la villa de Uncastillo D, Pascual Pérez.

La oración sagrada, a cargo del joven D. Juan Elizaga Cenarro, natural de esta villa, resultó muy de lleno dentro de una oratoria sublime y encantadora, más propia de la elocuencia característica de orador dedicado con especialidad a la cátedra sagrada que de jóvenes principiantes en el sacerdocio. Terminada la misa, el Ayuntamiento, por su parte, se mostró muy obsequioso, sentando a su mesa a las personas de más viso de la localidad y de los pueblos limítrofes. Y todos los asistentes, a su vez, formaron sus corrillos en las planicies, devorando con gusto las viandas de que iba provistos, despidiéndose todos pronto, con sentimiento, de tan encantador sitio y recreo en que estaban envueltos, por amenazar fuertes chubascos que hicieron dispersarse y regresar a la población, del éxodo más veloz, a cada pueblo. (Heraldo de Aragón, 25/05/1913).

El 6 de septiembre de 1914, a los 29 años, falleció en Figueras, donde solo ejerció un poco más de un año.

Ha fallecido en Figueras el virtuoso y joven capellán de aquel penal, nuestro particular amigo don Juan Elízaga. (El norte: 08/09/1914).

Con la muerte de mosén Juan Elizaga Cenarro se acabó una rama de los tejedores de Biel. Y después, poco a poco, fueron cayendo en el olvido Melchor, Gala y el propio Juan, que un día habían sido personas importantes en la vida del pueblo. Y ahora todos siguen envueltos en esa capa de polvo del olvido que seremos.

1904. En el huerto de Casa el Santo

  1. Gala Cenarro Córdoba. 2. Modesto Dueñas Pemán. 3. María Elízaga Muro. 4. Tesesa Elízaga Ferrández. 5. Tomás Solana Castán. 6. Vicenta Solana Elízaga. 7. María Jesús Solana Elízaga. 8. Pilar Solana Elízaga. 9. Ángela Dueñas Elízaga. 10. Esteban López Les. 11. Victorina López Dueñas. 12. María Dueñas Palacio. 13. María Alvarado Elízaga. 14. Jerónimo o Ángel Dueñas Palacio. 15. Juan Elízaga Córdoba.

1/ Gala Cenarro Córdoba

(Ablitas, Navarra, 1842-Orense, 1912), maestra de niñas, en la foto tenía de 62 años. Era viuda de Melchor Elízaga Muro (Biel, 1850-1898) y cuñada de los Elízaga Muro: una familia de tejedores, procedentes de Navarra, que habían acudido a los telares de lienzos de Biel. Seguramente, los telares se encontraban en la Caudevilla, entre casa Fardollas y el horno de Fardollas. Por eso los Elízaga buscaron casas en la Portaza y en la Caudevilla, cerca de su trabajo.

Doña Gala se incorporó a la escuela de Biel en 1880 y en 1901 se trasladó a Arroniz. En 1904, también por traslado, se incorporó en la escuela de Pedrola. Ese mismo año, volvió a Biel a visitar a su cuñado Modesto, enfermo de cáncer.  La acompañaba su hijo Juan, estudiante del seminario de Jaca y un buen fotógrafo. Con esta foto, Juan inmortalizó el encuentro familiar en el huerto de la casa el Santo, la casa de los Elízaga en la Caudevilla.

2/ Modesto Dueñas Pemán

(1830-1906), de 74 años, tejedor de lienzos. Sus padres, vecinos de Farasdués, acudieron a la fábrica de lienzos de Biel en un momento que se buscaban tejedores.

Modesto era hijo de Juan Antonio Dueñas, natural de Farasdués, y de María Pemán, natural de Biel. En 1856 se casó con María Elízaga Muro, también hija de tejedores. Fueron los padres: Victorino, Ángela y Águeda.

Víctorino (1858-1896), casado con Isabel Palacio (Salinas, 1864-Biel, 1936), tuvieron cuatro hijos: Domingo, María, Ángel y Jerónimo. En la foto vemos a María y a uno de sus hermanos, no sabemos si es Ángel o Jerónimo. Ángela (1876-¿?), casada con Esteban López Les (1877-1944): en el momento de esta foto solo había nacido Victorina, su primera hija. Águeda (1881-¿?), casada con Lorenzo Muñoz (1875-¿?): sus hijos nacieron después.

3/ María Elízaga Muro

(1839-1918), bautizada como Ángela María de la Concepción. En la foto, de 65 años, estaba sentada junto a su marido. En su regazo sostiene a María Alvarado Elízaga, una sobrina nieta, es decir, una nieta de su hermano Ignacio.

María era la mayor de los cuatro hermanos: Ignacio Elízaga Muro (1846-1905), casado con Jerónima Ferrández Pérez (Agüero, 1846-Biel, 1924). Petra Elízaga Muro (1849-1915), en 1870, se casó con Blas Vives Ena.  Y Melchor Elízaga Muro (1850-1898), tejedor. En 1881, se casó con Gala Cenarro Córdoba (Ablitas, Navarra, 1842-Orense, 1912), una maestra ocho años mayor que él.

Los Elízaga Muro eran hijos de Victoriano Elízaga Caudeviela (1820-¿?), un tejedor de origen navarro que, en 1837, se casó con Balbina Muro Piteus (1817-1900), en Biel. Sus abuelos paternos fueron: Ignacio Elizaga Lanz, tejedor de Burgui, Navarra, que en 1819 se casó en Biel con Ramona Caudeviela Palacio. Los maternos, Mariano Muro Navarro y María Piteus Mancho (1780-1864) que se casaron en 1806.

En 1861, una casa de la La Portaza, muy cerca de los telares, bullía de gente. Allí vivían María Piteus (1783-1864), con su hija Balbina y su segundo marido, Camilo Pérez Pérez (1806-1877), también tejedor, hijo de tejedores. Y, con ellos, los cuatro hijos de Balbina, es decir, con los cuatro Elízaga Muro. En esa fecha María ya estaba casada con Modesto y tenían un niño, Victorino (1858-1896), que sería tejedor como todos sus antepasados.

4/ Teresa Elízaga Ferrández

(1874-1956), hija de Ignacio Elízaga Muro (1846-1905) y de Jerónima Ferrández Pérez (Agüero, 1846-Biel, 1924). Sobrina de Modesto y María. Teresa era hermana de: Pilar (1876-1949), casada con Mariano Alvarado Pemán (1873-¿?) y de Petra (1881-1958). A Teresa Elízaga la llamaban Teresa de Morales, por su hija María Jesús, que se casó con Mariano Morales Samper, de Orés.

5/ Tomás Solana Castán

(1864-1940), el marido de Teresa Elízaga, con quien se había casado en 1893. Llevaba boina y asomaba la cabeza por detrás de su mujer. Era hijo de Narciso Solana Vives y de Pascuala Castán Luna, de casa Machín.

6/ Vicenta Solana Elízaga

(1904-¿?), hija de Tomás y Teresa, de pocos meses, en brazos de su madre. En 1934 se casó en Biel con Manuel Balaguer Aguilar natural de Villarluengo, Teruel, de profesión platero. Hijo de Manuel Balaguer Herrera y Francisca Aguilar Cortés.

7/ María Jesús Solana Elízaga

(1900-Zaragoza, 1986), hija de Tomás y Teresa, de 4 años, delante de su madre. En 1932 se casó en Biel con Mariano Morales Samper, un comerciante de La Almolda domiciliado en Orés.

6/ Pilar Solana Elízaga

(1898-¿?), hija de Tomás y Teresa, de  6 años, sentada en el suelo, delante de las piernas de Modesto. También se casó en Biel con José Pemán Ena, un “practicante de cirugía menor” (sic) natural de Fuencalderas.

9/ Ángela Dueñas Elízaga

(1877-¿?), hija de Modesto y María, se quedó a vivir con sus padres en casa el Santo.

10/ Esteban López Les

(1877-1944), el marido de Ángela Dueñas, descendiente de Salinas por línea paterna. En el censo de 1915, en la calle Gabás 18, casa el Santo, vivían María Elízaga, viuda, Ángela y Esteban con sus cuatro hijos: Victorina, de 12, Antonio de 8, Modesto de 5 y Francisca de 1.

11/ Victorina López Dueñas

(1903-¿?), nieta de Modesto y María, la niña que lleva su madre en los brazos. En 1930 se casó con Juan Muñoz Palacio (1901-¿?), hijo de Santos Muñoz Pueyo (1869-1915) y Valera Palacio Bernués, de Agüero. Santos Muñoz descendía de los Muñoz Callau, emparentados con casa Narcisa y casa Loy a través de María Callau.

Ángel Muñoz López (1942), uno de los cinco hijos de Juan y Victorina, es el propietario de esta foto y el que ha identificado a la mayoría de las personas. ¡Gracias, Ángel!

12/. María Dueñas Palacio

(1888-1918), de 16 años, falleció el año de la gripe. Era hija del difunto Victorino Dueñas Elízaga (1858-1896) y de Isabel Palacio Visús (Salinas, 1864-Biel, 1936). Nieta de Modesto y María.

13/ María Alvarado Elízaga

(1893-¿?), de 1 año. Hija de Mariano Alvarado Pemán (1873-¿?) y de Pilar Elízaga Ferrández (1871-1949) y nieta de Ignacio Elízaga Muro y Jerónima Ferrández.

14/ Jerónimo Dueñas Palacio

(1895-¿?), de 9 años. Hijo del difunto Victorino Dueñas Elízaga (1858-1896) y de Isabel Palacio Visús (Salinas, 1864-Biel, 1936). Nieto de Modesto y María.

O su hermano:

14/ Ángel Dueñas Palacio

(1893-Zaragoza, 1963) tenía dos años más que Jerónimo. No sabemos si el niño de la foto es Jerónimo o Ángel.

Ángel, de oficio bastero, en 1918 se casó con Marcelina Bueno Campos y se fueron a vivir a la calle La Torre, a la casa que acaban de dejar libre mis abuelos, Constantino y Pascuala, que trasladaron con sus hijos a casa Machín. Desde que Ángel se estableció allí, se conoce como casa el Bastero.

15/ Juan Elízaga Cenarro

(Biel, 1885-Figueras, 1914). El fotógrafo, hijo de doña Gala. En 1904 estudiaba en el seminario bbb, donde tenía de profesor al canónigo penitenciario, José Castán Aguas (Biel, 1850-Jaca, 1905) y de compañero a Celedonio Pemán Navarro (Biel, 1877-¿?). bDesde que su madre llegó a Pedrola, entró en contacto con la Duquesa de Villahermosa que, por sus dotes extraordinarias, lo eligió como fotógrafo de algunos actos importantes de su palacio. Además, tuvo fama de un gran orador y sus sermones se hicieron famosos, como el que predicó en 1903 en la Virgen de la Sierra de Biel. En 1908, cantó misa en Pedrola. Estuvo dos años en Jaca, de sacerdote y profesor del seminario. Después entró en el cuerpo de capellanes de prisiones y tuvo varios destinos. Falleció en Figueras, Gerona, a los 29 años.

Foto propiedad de Ángel Muñoz López. Publicada en su dominio de Facebook.

Carmen Romeo Pemán.

El señor de Luriés

Tengo tantos hijos en estas aldeas como estrellas hay en el cielo y arenas en el mar. Don Juan Manuel de Montenegro, en Romance de lobos, Ramón del Valle Inclán.

Desde lejos se podía ver al señor de Luriés, erguido sobre las piedras de la era de Sancharrén, cómo vigilaba el trajín de los que nos afanábamos en la trilla. Hacía poco que me había nombrado su capataz y no me quitaba los ojos de la nuca. Se pasaba los días dándome órdenes absurdas. Que si dile a fulano que ate mejor los fajos de la mies, que no quiero perder ni una espiga en el acarreo. Que si mengano no azuza a los bueyes y se queda dormido dando vueltas encima del trillo.

En una de esas peroratas me mandó a buscar a Dionisia. Hacía rato que había ido al barranco de Cervera con el cántaro y ya tendría que estar de vuelta.

—Estos días se entretiene mucho.Me apuntó al pecho con su bastón—. A mí no me la pega. Estoy seguro de que tiene líos con alguno de vosotros.

—¿No se referirá a mí?

—Pues podría ser. También me he dado cuenta de que, cuando no la ves, no te concentras en las faenas.

—Pensaba que usted me tenía en otra estima.

—¡Pues no te podrás quejar! Por la estima en que te tengo, te nombré el mandamás de toda esta pandilla. Pero cuando se cruzan las mujeres, el mundo se pone patas arriba.

—Por Dios, don Fernando, se lo juro por mis muertos.

—Anda, que no me hace falta que jures. Haz lo que te digo. ¡Ah! Y no tardes en volver tanto como ella.

—Descuide. Lo haré lo más rápido que pueda. Pero tenga en cuenta que el pozo de la Faja Canal cae algo lejos, está ya en barranco de San Andrés —Se rascó la cabeza—. Además, sacar el agua del pozo con una cuerda vieja y con una lata roñosa lleva su tiempo.

Eché a correr. A mí también se me había retorcido el estómago. No era su Dionisia. Era mi Dionisia, y nos pensábamos casar. Y, si don Fernando se opusiera a nuestra boda, teníamos planeado huir por el camino que, escondido entre los pinos, lleva a la Collada.

En estas estaba mientras iba hacia el barranco. El pulso se me subió a las sienes cuando vi el cántaro arrimado a una carrasca, al lado sus zapatillas, rotas por la punta y llenas de barro.

Me acerqué con cuidado hasta la bajada del pozo. La vi antes de llegar. Aún no flotaba. Tenía una mano atrapada en las zarzas y el cuerpo se estaba hundiendo entre el pan de rana. Como en una danza macabra, sus sayas se le habían subido y flotaban moviéndose alrededor de su cintura.

Me quedé paralizado, sin poder respirar. Me daba pellizcos en las manos para comprobar si estaba vivo, quería asegurarme de que no era una alucinación ni una pesadilla.

Sin darme cuenta, me puse a hablar solo, o con ella, que no lo sé.

Dionisia, ya sabía yo que no te podías caer al llenar el cántaro. Recuerda que preparamos juntos la lata con la que lo llenabas. Le atamos una cuerda larga y le pusimos una piedra dentro, así la podrías tirar desde lejos, sin acercarte al borde del barranco. Nos inventamos el artilugio porque la orilla estaba muy resbaladiza, tanto que ya nos había dado un susto a más de uno y decían que hasta se había caído una caballería. Mira, Dionisia, yo sabía que, aunque hiciera calor, tú nunca intentarías refrescarte. A ti, tan pudorosa, nunca se te habría ocurrido subirte las faldas y remojarte las piernas. ¡Qué desvergüenza! Así que al verte metida dentro del agua me ha dado un aire. Yo sé que no te has caído. Eso es imposible. Hemos hablado muchas veces de estos barrizales cubiertos de hierba, donde las culebras de agua están a sus anchas. ¿Te acuerdas que siempre me decías que les tenías mucho miedo?

No sé cuánto tiempo pasamos así. Tú en el agua y yo mirándote desde la orilla, embelesado en tu piel blanca y en tu cabellera enredada en las zarzas. De repente, unas moscas verdes me sacaron de mi ensimismamiento y comencé a correr hacia la era. Cuando vi al señor de Luriés, se me doblaron las piernas y se me mojaron los pantalones. No pude hablar, pero él lo entendió todo. Me quedé perplejo con sus lamentos, como si le hubiera ocurrido algo a alguien de su familia.

En la era se montó mucho revuelo y todos corrieron. Pensaron que yo no había podido salvarte.

Todo ocurrió muy rápido. Echaron un arpón al pozo y lo ataron a dos mulas. Entre gritos y empujones lograron sacar tu cuerpo y lo arrastraron hasta la carrasca donde habías dejado el cántaro apoyado. Te cubrieron con una sábana grande, de las que se usaban en la era para recoger la paja. Esa noche los hombres velamos tu cadáver a la luz de la luna.

Al día siguiente, el forense certificó lo que todos sabíamos, que la muerte te había llegado por ahogamiento. En un momento, yo me hice adelante y le pedí que te hiciera más pruebas, que te mirara la madre por delante y por detrás.

—Si se refiere usted a un frotis vaginal y otro anal, ya he hecho las investigaciones pertinentes y he sacado mis conclusiones —me contestó.

 Don Fernando de Luriés se me encaró por semejante desvergüenza, pero el forense realizó su trabajo y también certificó lo que no nosotros no sabíamos: “la víctima ha sido violada y hay signos de un embarazo incipiente”.

Entre todos los presentes no me pudieron sujetar. Yo escupía al suelo y gritaba.

—¡Canalla, viejo canalla! Has engendrado una camada de lobos que acabarán contigo.

Entonces, aproveché que aún estabas de cuerpo presente y te dije todo lo que me había callado hasta entonces.

—Y tú, Dionisia, no eres inocente, que lo sabías todo. Yo mismo te lo conté. Recuerda que te advertí que el señor de Luriés había mancillado a todas las novias de sus dominios, que ninguna se pudo casar virgen. Sí, se creía con derecho sobre todas. También decía que lo amparaba el derecho de pernada. ¡Sí, eso decía y eso se sigue creyendo! Pero todos sabemos que eso no es un derecho, que es un abuso. Y todo esto te ha pasado por terca. ¿Qué es eso de buscarle agua fresca al señor? Por algo te decía yo que teníamos que marcharnos del pueblo antes de anunciar la boda.

Cuando te colocaron encima de la yegua que te iba a llevar a tu casa, yo cogí una horca de hierro afilada y apunté a la barriga de don Fernando. Con los ojos ensangrentados le dije:

—¡Usted ya no tendrá más vástagos! Se acabaron los aullidos de los lobos.

Carmen Romeo Pemán

Joaquina Bernués, una golondrina fragolina

Su padre la sacó de la escuela el día que se despidió el repatán, el aprendiz de pastor que había trabajado casi tres años por un real a la semana. La patera y la modorra les habían matado a muchas ovejas y el padre de Joaquina no podía pagar a otro ayudante. Así fue cómo ella se pasó la juventud detrás del rebaño, tragándose el polvo del camino y durmiendo en parideras. Por las noches, mientras amamantaba a los corderos o hacía callar a los perros, soñaba con una buena dote. Y todo porque ningún mozo la sacaba a bailar, cuando bajaba al baile de las fiestas de la Virgen del Rosario. Con estas ideas en la cabeza entro en la veintena. Y, una tarde, mientras le servía la sopa a su padre, se atrevió a decirle:

—Mire, padre, tendríamos que buscar un repatán nuevo, que yo me voy haciendo moza vieja y ya no estoy para este trabajo de críos.

Él dio un manotazo en la mesa, tiró la escudilla al suelo y le gritó:

—¡Desgraciada! ¿Qué dices? Tú nunca saldrás de estas tierras, que no tienes donde caerte muerta. —Se sentó otra vez en el banco—. Y de esto ya no hablaremos más.

—Pues no, no hablaremos más. —le replicó Joaquina mientras se calzaba unas abarcas viejas—. ¿Ha oído hablar de las golondrinas alpargateras? Sé que dentro de un par de días salen las de Agüero, que me lo ha dicho el pastor de casa el Bastero.

—¡Noo! Esa sería nuestra mayor vergüenza.

Pero Joaquina salió de la paridera donde pasaba largas temporadas con su padre y ya no oyó los bramidos. En el camino hacia casa se fue haciendo el plan. Ella no se uniría a las que iban a Mauleón, que estaba demasiado lejos y no conocía a ninguna de las que hacían el viaje hasta allí. Mejor, así se quedaría en Olorón, más cerca de la frontera donde también había mucho trabajo. Y esto lo sabía de buena tinta, que había muchos fragolinos allí. Aunque pagaban menos que en otros pueblos, siempre aceptaban a los españoles en las fábricas de boinas y alpargatas del Bearne. Desde hacía varios años, el padre y las dos hijas de casa el Molinaz iban de temporeros a  las boinas. Salían cuando acababan de sembrar los campos, al empezar el otoño, y volvían cuando maduraban los trigos.

Llegó a casa y extendió un pañuelo de cuadros encima de la cama. Escogió el que guardaba en la alacena para hacer el macuto de los viajes. En el centro colocó y una muda completa. No tenía muchas cosas más, pero mejor. Así, le quedaría sitio libre para traer telas, hilos de colores, agujas, dedales y hasta un bastidor. Y a la vuelta, con lo que se ganara como golondrina, se bordaría uno de los mejores ajuares del pueblo. Sin darse cuenta se había llamado a sí misma golondrina. Claro, ese era el nombre con el que todos conocían a las alpargateras, vestidas con sayas y toquilla negras, que emigraban en octubre y volvían en primavera, como las golondrinas.

Antes de anudar el macuto, colocó encima de la ropa cuatro reales que tenía ahorrados de unas ovejas que se habían despeñado y las vendió a unos trajineros, sin que se enterara su padre. Para que nadie los descubriera los dobló y los escondió en el recordatorio de la muerte de su madre. Era uno de esos de doble hoja. Delante se veía la foto de un santo Cristo, como el de El Frago, y detrás una santa Quiteria, protectora de los caminantes y de la rabia. Se santiguó y le pidió protección a su madre. A continuación se puso una saya, que de tanto usarla se había vuelto parduzca, y unas alpargatas raídas. Se echó el bulto al hombro y tomó el camino de Agüero, el que va por el barranco de Cervera.

En menos de cuatro horas llegó a la Cruz del Pinarón. Pero, un poco antes se le habían unido dos mozas de Lacasta. Cerca de Santa Eulalia se añadieron las cuatro de Agüero, y todas juntas emprendieron la subida por la cañada del Puerto de Monrepós. Yo ese camino me lo sabía de memoria, lo había escuchado muchas veces a las mujeres que iban andando, desde El Frago hasta el Pantano de la Peña, a llevar el companaje a sus maridos que estaban de pastores en el Pirineo. Ellos bajaban a buscarlo hasta allí y les traían los quesos que hacían en la montaña. Ellas los vendían en el camino de vuelta.

En tres días, a marchas forzadas, como los soldados de César en las Galias, por trochas estrechas cubiertas de matorrales, recorrieron más de cien leguas. Como ellos, iban mal calzadas. Muchas perdían las uñas, y, de tantas rozaduras, tenían los pies en carne viva.

A la entrada de Olorón se despidió de sus compañeras de viaje, que siguieron hasta otros pueblos más lejanos, en los que pagaban mejor por menos horas. Atravesó el río Gave y subió la cuesta hasta la catedral. Allí, en el barrio de los españoles, enseguida encontró a unos fragolinos que le dieron razón de dónde se alojaban los del Molinaz. En una habitación oscura y estrecha se acomodaron los cuatro. A la mañana siguiente llegó puntual a la fábrica de alpargatas, no lejos de la de las boinas.

Sentadas en unas mesas muy largas, trabajaban  a destajo, más de doce horas al día. Hablaban y hablaban, sin perder el ritmo de unas manos ágiles, llenas de ampollas. A ella tocó en una que se tejían suelas de esparto. En la de al lado, cosían las punteras y los talones de yute con punzones y, un poco más allá,  trenzaban los cordones.

Joaquina, por primera vez, oyó las risotadas de un grupo de chicas jóvenes y se atrevió a hablar de los mozos de su pueblo y de sus deseos de atraerlos con un buen ajuar. Ya estaba pensando en los pretendientes que tendría en el baile de las fiestas de octubre cuando regresara con unos buenos ahorros.

A la vuelta, como no podía pasar los francos que había ganado en la fabrica, los dejó escondidos la última paridera francesa, la que estaba justo antes de la muga del Somport, donde pasaban los meses de verano unos pastores conocidos. A ellos les resultaría más fácil cambiarlos a reales y pasarlos en sus zamarras. Los carabineros, preocupados por el orden de los rebaños, no prestaban mucha atención a la indumentaria los pastores.

Debajo de la toca. que la protegía de la solanera, se puso unos pendientes de plata, que había comprado en un anticuario cerca de la iglesia de Santa María, y en la faltriquera se metió unos diez reales que había conseguido cambiar con unos traficantes de contrabando.

Ese año hubo grandes nevadas hasta pasado el mes de mayo y los pastores no pudieron pasar a Francia. La nieve sepultó para siempre la paridera del Somport.

A Joaquina, de aquel vuelo equivocado, solo le quedaron unos pendientes de plata que miraba con nostalgia.

Las golondrinas alpargateras aprovechaban las cañadas de los pastores.

La migración de las alpargateras se produjo entre 1870 y 1940.

La primera documentada en las fábricas francesas es una de Salvatierra de Escá, en 1831. Sus principales destinos fuero Mauléon-Licharre, Oloron Sainte Marie y otras ciudades del Sur de Francia.

Grupos de mujeres, aragonesas y navarras, muchas de ellas jóvenes y niñas, caminaban cientos de kilómetros hasta Francia a trabajar en las fábricas de alpargatas. Vestidas de negro con sus macutos, iban por las rutas de los pastores. Las llamaban golondrinas alpargateras porque sus viajes, de otoño a primavera, coincidían los de las golondrinas.

Sus peripecias fueron divulgadas en Ainarak o Golondrinas, un documental protagonizado por Anne Etchegoyen. La Ronda de Boltaña las recuerda en su canción La tumba de la golondrina.

***

Descendientes de nuestra golondrina fragolina fueron los Bernués, asentados en Olorón, que llegaron a ser dueños de zapaterías famosas.

Malacate, maqui, malacatón

A la memoria Celedonio Fontabanas,  que siempre me hablaba de estas cosillas.

—Tonto, malacate, maqui, malacatón, traidor.

En ese momento oí la falleba de la ventana de la cocina. Me quedé parado cuando escuché los gritos de mi madre.

—¿Qué palabras son esas? ¿He oído bien?

—¡Nada, madre! Es que este me ha puesto la zancadilla justo en el momento que estaba meando la yegua y he me caído de morros en el charco que ha dejado en medio de la calle.

—¡Basta ya! Siempre con excusas. Ahora mismo te tienes que ir a confesar.

—¿Cómo? Si vengo de confesarme.

—Pues tienes que volver, que mañana es el día de tu Primera Comunión y acabas de soltar una rastra de juramentos. Así no puedes recibir el pan de los ángeles.

Me hice el remolón, pero mi madre bajó con la escoba y yo eché a correr. Cuando me vieron aparecer los que aún estaban en la cola del confesonario soltaron una carcajada.

—¿Seguro que se te ha olvidado contarle al cura que ayer pellizcaste a la chica que vino con los maquis? —me dijo Celedonio que siempre estaba de guasa.

—No seas cabrón. He vuelto porque me ha obligado mi madre.

Le entró la risa floja y me dejó pasar.

—Ah, y no te olvides de confesarte que me acabas de llamar cabrón.

Cuando le conté al mosén lo que me había pasado, escuché su risa de conejo. Me dio la absolución y me dijo:

—Anda zagal, reza un padrenuestro y tres avemarías. A ver si rezando te contienes y no dices tacos hasta que hayas comulgado.

Sin darme tiempo a levantarme, me puso una punta de la estola en un hombro y me mandó arrodillarme.

—Espera. ¿En la lista de insultos también has dicho maqui? Es que hablabas tan deprisa que me has hecho dudar.

—Sí, así llamamos, desde que vienen por aquí, a estos pedigüeños a los que la gente llama maquis.

—Pues yo no veo dónde está la gracia —con voz grave

—Bueno, pero son cosas nuestras sin mala intención. ¿No ve que maqui casa muy bien con malacate y malacatón? El maestro diría que casi riman.

—Pues con rima o sin rima, me vas a prometer que no lo dirás más y que no dejarás que lo digan tus amigos. Este insulto tan gordo vale doble que los otros —se santiguó antes de mandarme más penitencia—. Rezarás un padrenuestro y tres avemarías de propina.

A la salida me estaban esperando los amigos en la puerta de la Trastera. Cuando les conté que no había entendido por qué eran insultos esas palabras, empezamos a discutir.

En lo de tonto, malacatón y traidor nos pusimos de acuerdo. Todos creíamos que no eran juramentos, pero que podrían molestar a las personas. En cambio, en lo de malacate y maqui no pensábamos igual.

Con malacate subimos el tono. Según unos, era la máquina nueva que había comprado el panadero para hacer la masa. Decía que le quitaba mucho esfuerzo y que el pan salía más esponjoso. Así que este no era un insulto, al revés, una cosa buena. Según otros, significaba  otra cosa. Que ya lo habían buscado ellos en el diccionario: “persona retorcida, con malas intenciones”. El Pecas no la había oído nunca y propuso preguntársela al maestro.

—Ni se te ocurra —le gritó Celedonio—. Luego pensará que estamos todo el día hablando de juramentos y guarradas.

Después, en lo de maqui nos acaloramos. Unos decían que los maquis eran unos pordioseros que vivían en la Carbonera. Esos que venían todas las tardes a buscar recado. Esos a los que las mujeres les cosían los botones de las camisas y les remendaban los pantalones. Tía Gregoria de Michela les hacía los peduques y en algunas casas les daban hasta tocino blanco. Además, mientras las mujeres les ayudaban, ellos entretenían a la chiquillería. Nos dejaban mirar por unos gemelos que colocaban en unos artefactos en la plaza. Nos poníamos en fila y nos empujábamos para estar más rato. Nos gustaba contar los pinos de la Punta de San Jorge.

—Mira, si apuntas bien, puedes ver hasta los nidos —dijo uno de los pequeños.

Otros decían que no nos podíamos fiar de los maquis, que se parecían mucho a los malacates.

En eso estábamos cuando desconecté. La cierto es que me callé porque no sabía a qué carta quedarme. Y al hilo de la conversación me vino a la cabeza el caso de José María de casa Diego.

Aún no hacía medio año que lo habían matado los maquis. Juraron que había sido por error y fueron a pedir disculpas a su familia. Pero mucha gente se quedó con la mosca detrás de la oreja. Y todo porque coincidieron muchas cosas.

En ese momento estaba cumpliendo el servicio militar y acababa de llegar a casa con permiso. Iba vestido de soldado. Al acabar de cenar le dijo a su padre que pasaba a ver a sus primos, que vivían en la casa de al lado.

—No salgas sin cambiarte de ropa —le dijo su padre muy serio.

—Anda, no me venga con estas cosas. Me buscaré una muda limpia para mañana.

—Pues no deberías salir así —insistió su padre—. El pueblo está lleno de maquis y no me gustaría tener un disgusto. Dicen que se les ponen las cosas feas con los militares y sospechan que alguien los denuncia.

—¡Vaya tontería! Yo le digo que no, y lo sé de buena tinta. Además, es de noche y ni siquiera voy a cruzar la calle. —Se rió—. De noche todos los gatos son pardos.

Cuando salió de su casa, antes de dar dos pasos, justo debajo de la bombilla de la esquina de la calle Mayor con la Placeta, unos maquis que estaban apostados en el cubierto del Terrau le asestaron varios tiros. El ruido resonó hasta en la torre. Y como alguno apuntó a la bombilla, se cayó el casquillo, chisporrotearon los cables y se fue la luz de todo el pueblo.

En la plaza había otro grupo. Todos bajaron corriendo a ver qué había pasado. Discutieron entre ellos y enseguida desaparecieron por la bajada del Terrau. Es que habían dejado las caballerías cerca de la era de Boné.

Cuando se oyeron los disparos, nosotros estábamos cenando judías secas. Las mujeres se asomaron con candiles a los ventanucos y, en susurros, de ventana en ventana, la noticia llegó a todas las cocinas.

—¡Acaban de matar a José María de Diego!

Yo me quedé tan impresionado que no me pude dormir. Estuve toda la noche asomado a la ventana del granero. Tenía que hacer algo y sentía que lo arropaba con mi vigilancia.

Al día siguiente, antes de ir a la escuela, me acerqué a ver el charco de sangre. Allí nos encontramos todos los chavales llorando. La mancha de sangre tardó muchos días en desaparecer. Yo creo que, si miras bien, aún se ve una sombra de color rojizo. O es que me lo hace mi imaginación.

No sé cuánto rato estuve pensando en esto. Pero me desperezó el vozarrón de Celedonio:

—No os empeñéis en que melocotón y malacatón no son lo mismo.

Noté que tenía los ojos enrasados y me pasé la mano por la frente. Al momento metí baza en la conversación para aparentar que me había enterado.

—Pues yo seguiré diciendo malacate, malacatón, y traidor. Y, si me sale, también cabrón. Pero ya no llamaré maqui a nadie. Que así se lo he prometido al mosén.

Nunca supe si el cura era amigo o enemigo de los maquis. Pero siempre supe que rezumaba bondad y que, con su sonrisa y con su ego te absolvo, nos perdonaba a todos por igual.

Carmen Romeo Pemán

Foto: Chesus Asín,

Una ninfa en el Zarrampullo

… lloraban a una ninfa delicada, cuya vida mostraba que había sido antes de tiempo y casi en flor cortada; Garcilaso de la Vega, Égloga III

Era la última semana de septiembre, con los primeros fríos, habían comenzado a marcharse los veraneantes. Los que quedábamos, una tarde nos fuimos a dar el último baño del verano al pozo Zarrampullo. Cuando llegamos, unas culebrillas de agua nadaban despacio, como si barruntaran la tristeza del invierno. Ellas eran nuestros termómetros y nosotros su tormento. Con nuestros juegos y chapoteos desaparecían en un santiamén. Ese día solo habían quedado unas pocas despistadas. Sus compañeras ya habían encontrado un acomodo debajo de la cascada, en las grietas profundas del lecho del río. Allí, enroscadas unas con otras, se daban el calor justo para pasar el sueño invernal.

Nosotros también estábamos un poco aletargados. Esa tarde no nos dimos aguadillas ni corrimos a ver quién aguantaba más rato sin resbalarse por las rocas. Invadidos por el desánimo, tendidos al sol del atardecer, nos enroscamos unos sobre otros en la orilla del agua, como si nos quisiésemos robar los latidos del corazón. A los pocos días todos íbamos a abandonar el pueblo y la escuela. A unos nos esperaba el seminario y a otros los internados. No es que los seminaristas tuviéramos mucha vocación religiosa. En realidad no era así. Las familias pobres, como la mía, habían encontrado una manera de dar estudios a sus hijos y alimentar las bocas sobrantes. Esperaban que, con los años, los nuevos curas les sirviéramos de apoyo. Las vocaciones llegaban en los seminarios. Que en eso eran expertos.

El mosén que nos llevó al Seminario de Jaca nos advirtió:

—Mirad, sé que sois chicos espabilados, pero tenéis que ser buenas personas y llegar a ser  excelentes sacerdotes.

Nosotros asentíamos y él seguía:

—Antes que vosotros, algunos se quedaron en el camino, pero ya no volvieron a labrar los campos ni a cuidar los rebaños. Recordad a Emiliano de casa Eusebio o Enrique de Antonina que se hicieron abogados.

Esa tarde, como otras muchas de otros años, repetíamos las mismas conversaciones y yo me ponía muy triste. Sin decir nada, me levanté y me metí en el agua. Fui derecho al punto en que la cascada se deshace en espuma. Una vez allí me zambullí hasta las grietas de las rocas. Recordé que Elisa me había dicho que nos encontraríamos allí si nos perdíamos.

Ella llevaba un año esperándome. La tarde anterior a su desaparición habíamos discutido. No quería que yo siguiera en el seminario. No podía hacerle entender que era la única forma que tenía de salir del pueblo.

—Si convences a tus padres y vienes a mi instituto, nos veremos todas las tardes —me dijo con voz temblorosa.

—¿Es que no te das cuenta? —Le cogí las manos— ¿Es que no ves que en mi casa no pueden con esos gastos? Te diré más. Por las tardes, para que yo pueda venir un rato con vosotros, mi madre tiene que ir al campo a ayudar a mi padre. Yo no puedo llevar vuestra vida. Tengo que ayudar a segar, a trillar y a recoger lo poco que da esta tierra. Además, con lo que sacamos, no me pueden pagar una patrona. En cambio lo del seminario es una solución.

—¡Pero tú no tienes vocación! Podrías buscarte algún trabajo que te permitiera estudiar. —Acercó mucho sus ojos a los míos—. Yo también haría algo para ayudarte, a escondidas de mis padres.

—No es que no quiera hacer lo que me propones. No me interpretes mal, pero yo no puedo aceptarlo. Será mejor que esperemos unos años.

El verde de sus ojos era más profundo que el del agua del pozo. Eran como dos lagos grandes, sin límites. Me asomé y solo vi el abismo. Estuve toda la noche muy inquieto.

A la mañana siguiente, cuando se levantó mi padre, yo lo esperaba sentado en el hogar.

—Mire, padre —le espeté—, no voy a volver al seminario.

—Hijo, ¡te has vuelto loco! —Bajó la cabeza—. Entre todos estamos haciendo un gran esfuerzo por sacaros adelante a los dos pequeños. Aquí, aunque se arañe mucho, la tierra da poco.

—Lo sé padre, lo sé.

—Pues si lo sabes, apechuga. Todos hemos sido jóvenes y hemos tenido algún arrebato, pero tienes que comprender lo que puedes hacer y lo que no.

—Si me pone así las cosas, me quedaré en casa. Yo no quiero ser un problema para usted.

—Mira, ¡no entiendes nada! Y ya es hora de que abras la sesera.

Se calló y comenzó a jugar con la ceniza y el gancho. De repente se paró y me miró:

—Aunque no hablo con nadie, sé muy bien lo que pasa. Escúchame bien. Esa chica es de casa rica y nunca te aceptarán, aunque tengas estudios.

A medida que escuchaba a mi padre, se me iba cayendo la cabeza hacia adelante, ya casi pegaba en el suelo. Solo veía los carbones negros junto a las brasas.

—Yo también he sido mozo —insistió—. Y cuando uno es joven se cree muchas memeces. ¿Te parece que tú puedes cambiar el mundo? Pues no. —Levantó el tono de voz—. Es la ley de la sangre. El amor nace de un concierto entre iguales. ¡Desgraciado el que vaya contra las leyes no escritas!

Esa tarde, ni corto ni perezoso, fui a ver a Elisa y le conté la conversación con mi padre. Nos cogimos de la mano y nos dirigimos al Zarrampullo por el camino de Cervera. Cuando vio a los otros amigos, se secó los ojos con la punta la blusa y no pronunció palabra en toda la tarde. En el aire flotaba el silencio de la despedida. En el pozo ya se estaban secando las hierbas de las orillas y un árbol enseñaba sus últimas hojas verdes.

Nuestros cuerpos pesaban más que la calima y los tiramos contra las hierbas junto al agua. Solo Elisa se levantó, se acercó hasta la cascada y desapareció envuelta en la espuma. Era como el nacimiento de Venus, pero al revés.

Ya ha pasado un año después de aquello. La nostalgia me atenaza. He querido bajar al fondo, llegar a las rocas y juntarme con ella. Estaba tan blanca que parecía de mármol y las culebrillas la lloraban como si fuera una ninfa delicada. He empezado a hablarle y sus ojos reflejaban una sonrisa en el agua.

—Mira, Elisa, hoy acaba otro verano y he venido a buscarte. Si no vienes, me quedaré contigo. Quiero que sepas que mis padres ya aceptan lo nuestro. Este año iremos juntos al instituto y nuestros apuntes se mancharán con algún chorretón de chocolate caliente de la Granja Astoria.

Cuando estaba aproximando mis labios a los suyos, una mano me ha agarrado el brazo, me ha sacado hasta la orilla y me ha tendido en la hierba. Tan pronto como he recuperado el conocimiento, mi primer pensamiento ha sido para Elisa: ”Siempre me mirarás con una sonrisa desde lo más profundo del Zarrampullo y las culebrillas no vendrán a molestarnos cuando nos bañemos”.

Carmen Romeo

Foto: José Ramón Reyes.

Entrevista en Masticadores. Blogs de la editorial Fleming

Carmen Romeo Pemán: «Escribo cuando siento que tengo algo que contar. Y entonces escribo desde las entrañas»

Cada entrevista es un nuevo mundo, como a todas las personas que se las solicito, le pido a Carmen que me describa un bar o cafetería donde suele ir. Responde con una anécdota y de manera pausada:

«En mis horas libres, me paso a La Palma, un bar de la avenida Goya de Zaragoza, justo enfrente del Instituto Goya, mi instituto. en el que he dado clases más de treinta años. Es un bar tranquilo al que vienen muchos estudiantes con sus tablets y ordenadores. Hace unos años venían con sus apuntes y libros manoseados».

Siempre llega algún viejo conocido. Y surge la pregunta:

—¿Es usted Carmen Romeo Pemán?

—Es una alegría que me recuerdes —le digo—, con mi nombre y dos apellidos, aunque, (jeje) has hecho un esfuerzo por no llamarme “la Romeo”.

No reímos los dos y charlamos un rato. Antes de marcharse sacamos los móviles, nos hacemos amigos en Facebook y nos convertimos en mutuos seguidores en Instagram y Twitter.

Antes de despedirnos, le digo:

—Recuerda que, en mi caso es muy fácil, siempre el nombre y los dos apellidos, tal y como me has reconocido —Antes de que se vaya—. ¡Ah! No te olvides de consultar el blog del Instituto, El hacedor de sueños, en el que publico con frecuencia. Y consulta también mi otro blog, más personal Letras desde Mocade. Te sorprenderá el cambio que he dado con los años”. —Más risas. Y le sujeto la mano—. “Y, sobre todo, búscame en Masticadores, una revista digital que tiene 22 blogs repartidos en 10 países y en 11 idiomas”.

Mi primera pregunta, siempre va directa al corazón de mi interlocutora.

Re crivello: ¿Desde cuándo escribes? ¿Cuál fue una experiencia temprana en la que aprendiste que el lenguaje tenía poder?

Carmen Romeo Pemán:

Escribo desde niña. En la escuela primaria, tuve la suerte de tener de maestra a mi madre, que escribía relatos para nosotras, sus alumnas, y nos enseñó a soñar con sus palabras y con las nuestras. Después, durante el Bachillerato colaboraba en la revista del colegio. Desde entonces aprendí que con la lectura y la escritura siempre podría tener acceso a otros mundos en los que me sentía muy libre.

Yo quise ser profesora de literatura y enseñar a escribir como hacía mi madre. Hasta tal punto me apasionaba esa forma de vida que yo seguía escribiendo aunque nunca publiqué nada de creación. Me dediqué al ensayo y a publicaciones académicas. Cuando me jubilé seguí escribiendo, como siempre, y  sin saber cómo comencé a publicar relatos, hasta que llegó mi primera novela.

Re crivello /Masticadores: En su vida diaria, ¿cuánto tiempo dedica a escribir, y cuál es el espacio elegido?

Carmen Romeo Pemán:

No soy metódica ni tengo un horario, pero dedico casi todo mi tiempo libre a leer y escribir. Y a consultar archivos, que son adictivos. No he abandonado las publicaciones académicas, pero ahora las combino con las de creación.

La escritura creativa no se puede dominar como la resultante de un proceso de investigación. Unos días tienes impulsos que te salen de las entrañas y otros estás seca. Pero todos los días escribo algo. La escritura forma parte de mi vida como el aíre que respiro.

Para escribir necesito estar aislada y concentrarme mucho. Normalmente lo hago en mi cuarto de trabajo, donde me he pasado la vida corrigiendo exámenes y preparando clases. Lo de la habitación propia no es un tópico, es una necesidad que tenemos todos y que a las mujeres nos ha llegado muy tarde. Yo desde siempre la he tenido, he sido una afortunada.

Re crivello: ¿Se planteó alguna vez escribir bajo seudónimo?

Carmen Romeo Pemán:

No, nunca. Siempre he publicado con mi nombre y mis dos apellidos, el paterno y el materno, porque mis padres, los dos, fueron mis maestros, y a ellos les debo este amor por las letras.

Lo del seudónimo nunca me ha atraído. Es  que no me gustan los disfraces. Nunca me he disfrazado, solo para hacer teatro, para meterme dentro de otro personaje. Ese amor a las tablas desde mis actuaciones en el teatro escolar también se lo debo a mis padres, que durante muchos años llevaron el teatro escolar del pueblo. Mi madre escribía textos para que todos tuviéramos un papel.

Precisamente, por no usar un disfraz, me costó muchos años decidirme a publicar mis textos creativos. Me parecía que era como desnudarme en público. Por eso en la jubilación sentí que, si me atrevía a publicar, daría continuidad a mi trabajo, a lo lo que había hecho toda mi vida enseñando literatura: porque en cada clase de literatura desnudaba mis sentimientos delante de mis alumnos. Pero escribir era un  poco distinto. En el aula reina un clima de intimidad, ese clima que ya no te protege cuando das el salto al gran público. Al principio sentí vértigo, pero poco a poco he ido perdiendo esas vergüenzas.

Re crivello: ¿Intentas más ser original o entregar a los lectores lo que quieren?

Carmen Romeo Pemán:

Escribo cuando siento que tengo algo que contar. Y entonces escribo desde las entrañas. Intento ser sincera y contar mi verdad, no engañar a nadie.

Yo, como todo el que se pone delante de una hoja en blanco, tengo mi lector in fabula cuando escribo. Ese lector fantasma y anónimo que todos llevamos dentro. Ese lector que a veces se comporta como un amigo y otras como un verdadero censor. Él es el que me mueve a escribir o me paraliza. El que me anima a contar ciertas historias y a rechazar otras porque no merecen la pena. A veces no le hago caso y, a pesar de su censura, escribo borradores y los dejo dormir en mi ordenador. Y suele suceder que en la reescritura es mejor consejero.

Re crivello: ¿Estás trabajando en una historia nueva ahora? Cuéntanos sobre tu último proyecto.

Carmen Romeo Pemán:

Si, tengo varios proyectos que no sé si los materializaré. Una novela o biografía novelada sobre un personaje que existió y que yo he recreado. Un historia ficcionada. Y tengo pensados un par de libros de relatos.

El relato es un género que me gusta mucho como lectora y como escritora. No creo que sea un género menor. Al revés. Solo grandes maestros como Borges o Cortázar han sido capaces de crear muchos mundos a través de sus relatos. Además, en nuestro nuevo mundo, muy fraccionado, ha crecido el número de escritores y lectores de relatos. Un relato requiere una pericia  y un esfuerzo extraordinarios. La calidad de la prosa de un escritor se aprecia mejor en sus relatos. Ha sido un género muy cultivado desde los inicios de nuestras letras. Fueron antes las colecciones de relatos que las novelas. Y en muchas novelas se incluyen muchas narraciones cortas y relatos. En esto, como en muchos aspectos narrativos, Cervantes fue el gran maestro.

Re crivello: ¿Cuál dirías que es tu seña de identidad como escritor?

Carmen Romeo Pemán:

Pues no lo sé. Quizá la pasión con la que escribo las historias. Cada página que escribo la vivo como una aventura llena de emoción. Cuando sientes así la escritura, es un gozo escribir.

Re crivello: ¿Considera que acceder al lector que lee en tablet, ordenador o móvil, en diferentes espacios, (tren, autobús, metro) te puede ayudar a ser más leído? ¿La apuesta de Masticadores (y sus 22 blogs en 10 países y 11 idiomas) en la búsqueda de ese lector digital le parece correcta? ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Carmen Romeo Pemán:

Por supuesto, estoy completamente de acuerdo. Es más, me parece una postura inteligente que comprende muy bien la psicología de los nuevos lectores. Yo misma leo más en los nuevos soportes que en papel. Me sorprendo a mí misma con este cambio, Nunca pensé que me podría llegar a pasar. Leo en el móvil hasta en la cola del supermercado. Antes llevaba siempre un libro en el bolso y lo sacaba, y era la rara. Ahora me siento acompañada por otros lectores que hacen lo mismo.

La apuesta de Masticadores es única, no conozco otra semejante. Es como aquellas bibliotecas ambulantes que iban por los pueblos, pero ahora al alcance de la mano de todo el mundo. Es una gran apuesta cultural y educativa.

No podemos vivir de espaldas a la realidad que se impone. Hoy la gente joven lee mucho más gracias a estos nuevos soportes y a los nuevos espacios.

Re crivello: ¿Qué le ha aportado su participación como escritora/or en Masticadores? ¿Una revista digital le ayuda a difundir su obra y conectar con los lectores jóvenes?

Carmen Romeo Pemán:

Me siento muy afortunada de poder formar parte de la familia de Masticadores. Nunca había pensado que iba a poder participar en un proyecto de tal envergadura. Cuando pienso en estas cifras me entra vértigo, de verdad. No me puedo creer que mis escritos lleguen a tanta gente joven. Es un privilegio. Mi pasión y mi trabajo han consistido en conquistar lectores jóvenes, en enseñar a leer y escribir a adolescentes. Y esto es lo mismo pero a lo grande. La aldea rural puesta en la aldea global. No tengo palabras para describir una aventura semejante.

Bio:

Carmen Romeo Pemán (El Frago, Zaragoza, 1948). Catedrática de lengua y literatura. Licenciada en Románicas y Maestra de Educación Primaria. Profesora de la Universidad de Zaragoza y de los institutos Francés de Aranda de Teruel y Goya de Zaragoza. Ha participado en programas de investigación y educativos, nacionales e internacionales; ha pronunciado conferencias; ha asistido a congresos y mesas redondas; y es autora de numerosas publicaciones.

Entrevistas y Artículos:

Entrevista con Carmen Romeo. Programa “Aragoneses”. ZTV 17 de junio de 2015

ttps://elhacedordesuenos.blogspot.com/2015/06/entrevista-con-carmen-romeo.html

Pilar Lana: la curiosa historia de la empresaria que introdujo la máquina de vapor en Zaragoza para hacer corsés. El Heraldo de Aragón cita como principal estudiosa a Carmen Romeo. https://www.heraldo.es/noticias/ocio-y-cultura/2021/05/25/pilar-lana-la-curiosa-historia-de-la-empresaria-que-trajo-la-maquina-de-vapor-a-zaragoza-para-hacer-corses-1494502.html

Entrevista a Carmen Romeo Pemán en la contraportada del Heraldo de Aragón. No es un trauma que un alumno tenga un suspenso”

“https://www.heraldo.es/noticias/aragon/2022/01/03/carmen-romeo-no-es-trauma-alumno-tenga-suspenso-docencia-zaragoza-aragon-1543645.

Irene Vallejo recibe el premio de las Letras Aragonesas y lo dedica a su profesora en el instituto, Carmen Romeo.

zaragozala.com › cultura › irene-vallejo-recibe-el-premio-de-las-letras-aragonesas

Carmen Romeo Pemán, mujer semilla. En heroínas.net. 6 de junio de 2024

Cazarabet conversa con Carmen Romeo Pemán, autora de « El Frago, 1901. Por eneseñar a lasniñas »

https://www.cazarabet.com/conversacon/fichas2/elfrago1901.htm

Carmen, un orgullo para los fragolinos. Página central de la revista Entre Picarazones número 5, noviembre de 2023. https://www.elfrago.org/wp-content/uploads/2023/11/REVISTA-PICARAZONES-2023-web.pdf

De la roca nacidas’, de Carmen Romeo Pemán

elhacedordesuenos.blogspot.com › 2014 › 10

El Frago 1901. Por enseñar a las niñas” de Carmen Romeo Pemán. https://elhacedordesuenos.blogspot.com/2024/05/el-frago-1901-por-ensenar-las-ninas-de.html

Las ninfas del Arba

AREÚSA.

Aquejada del mal de madre, habla de Sempronio.

Así goce de mí, pues que lo he bien menester, que me siento mala hoy todo el día. Así que  [es] necesidad más que vicio. La Celestina, Tratado VII.

La víspera de San Juan Elisa bajó al Arba a sanjuanarse. Como estaban de luto, que hacía poco que se había muerto su abuela, no se unió a la algarabía de los mozos como le habría gustado. Durante los lutos los familiares vestían varios años de negro, solo podían salir a la iglesia y tenían prohibido reírse.

Entre luto y luto, y cuidando a sus padres, se volvió moza vieja, tanto que ya no la miraban los mozos. Y claro, unas cosas traían otras, que todas las solteras, padecían el mal de madre como Areúsa. A Elisa no la aliviaron ni las hojas de la morera que plantó su padre en el huerto.

—Ya sabes, hija, eso es la sangre corrompida de muchos meses que llevas dentro —le decía su madre cuando la veía penando sin quererse levantar de la cama—. Te tienes que buscar un varón. Las mujeres necesitamos un hombre que aproveche nuestras semillas, que, si se acumulan, se pudren y nos vuelven locas.

—Madre, por favor, cállese.

—No me pienso callar, que no son tontadas. Ahora dicen que en lugar de las comadronas lo tratan los médicos. Y estamos perdidas. No entienden nada y nos ingresan en sanatorios. Hasta le han puesto un nombre extraño. A lo que desde siempre hemos dicho mal de madre ellos le dicen histeria, como si hubieran descubierto algo nuevo.

A pesar de estar corrompida, como le decía su madre, ella no había perdido sus fantasías. Se tocaba los muslos y notaba las carnes prietas. Cuando se le acercaba algún mozo le subía el corazón a las sienes y en las mejillas se le dibujaban dos manzanetas. Pero, su madre, ¡que hasta la acompañaba al baile!, le asustaba a los pretendientes. Tanto que, poco a poco, ella misma se fue alejando de las fiestas bulliciosas en las que abundaban las risotadas y los roces.

La víspera de San Juan, vio con tristeza a los jóvenes alborozados que tomaban el camino del puente, donde pasarían la noche jugando con el agua. Y decidió no quedarse atrás. No se juntaría a ellos, que sabía que no era bien recibida. Ella caminaría hasta el pozo de Valdarañón. Al fondo había una roca y detrás una cueva. Algunas veces, cuando bajaba a lavar allí, escuchaba unas risas que se escapaban por la rendija de la peña.

—Mira —le dijo la señora Bárbara que estaba a su lado—, allí viven las ninfas del Arba.

—Parecen muy alegres —comentó Elisa.

—Pues claro. Todas se libraron del mal de madre gracias al conde Olinos, que, además, les buscó este refugio en el que pudieran vivir alegres con sus hijos. —Se calló un momento—. ¿No oyes sus vocecitas?

—Nadie me lo había contado antes.

—Es que las gentes andan temerosas. No entienden eso de que sus hijas se conviertan en ninfas y desaparezcan en la gruta de Valdarañón.

—Pues a mí me parece hermoso. Esto no es como vender el alma al diablo. Con esto te aseguras una eternidad alegre y  cerca de los tuyos.

La señora Bárbara meneó la cabeza y siguió lavando sin decir palabra.

A Elisa no la amedrentó lo que pudiera pensar la señora Bárbara contra el conde Olinos, ni las palabras que escuchó después en el carasol.

La víspera de San Juan la despertó una melodía que llegaba desde muy lejos.

Madrugaba el Conde Olinos,

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo …

Estando ya su casa sosegada, con ansias en amores encendida, salió sin ser notada, igual que había hecho la amada de San Juan de la Cruz. Al pasar por el puente escuchó las risas de las cuadrillas que se estaban sanjuanando, pero no se detuvo.

Cuando llegó al pozo, vio a unas ninfas nadando en silencio, con movimientos rítmicos. Entonces se arrodilló, se lavó la cara y se desnudó. Anduvo despacio hasta la corriente del río. Al sentir el contacto de su piel con el agua, le subieron unas culebrillas placenteras. Los álamos movieron sus hojas y con la brisa le entró frío. Salió y buscó un claro escondido entre las altas zarzas. Se arrebujo con sus enaguas de hilo y se tumbó boca arriba sobre la hierba. Ya estaba traspuesta cuando le llegaron las notas de un romance que se sabía de memoria.

Bebe, mi caballo, bebe…

Se atusó el cabello y se sentó. La voz se acercaba a medida que avanzaba la canción.

Dios te me libre del mal:

de los vientos de la tierra

y de las furias del mar”.

Al momento apareció su cara entre las zarzas y no pudo contener un grito de sorpresa. Se quedó inmóvil, como paralizada, sin pronunciar palabra.

El conde Olinos descabalgó, se acercó con pasos lentos y se sentó a su lado, jugando con las hierbas. De repente cortó una margarita y se la puso en los labios. Ella se ruborizó y lo abrazó. Al momento se convirtieron en un montón miembros enredados de los que salía una respiración jadeante. En sus afanes, se olvidaron del maleficio.

Es la voz del conde Olinos,

 que por mí penando está.

Si por tus amores pena

yo lo mandaré matar …

Antes de un mes, Elisa notó que le disminuía el mal de madre. La semilla del conde había germinado en sus entrañas. Por las noches acariciaba su cuerpo y sonreía. No dejaba de bendecirse por esa criatura que llevaba dentro. Sentía un placer tan inmenso que no quería compartirlo con nadie.

Un domingo mientras se inclinaba a coger la mantilla para ir a misa, le dijo su madre:

—Hija, diría que has perdido algo de cinturas.

—Se lo harán sus ojos, madre. Es que esta chambra que heredé de la abuela es demasiado entallada.

—Bueno, bueno. —Su madre se calló un momento—. Pero no me negarás que andas mejor del mal de madre. Yo, por lo menos, te noto menos excitada. A veces, demasiado ensimismada.

—Pues, ya que me ha preguntado, le pediré que me guarde el secreto.

A la madre se le escapó un oh y se tapó la boca con las manos.

—Sí, ya paso de los siete meses y ya lo tengo hablado con la partera.

—¿Cómo? ¿Sin contar con nosotros?

—Es que, verá, a este niño no lo llevaremos a la inclusa, ni lo cuidaré como madre soltera.

A la madre se le pusieron los labios morados y no acertó a replicarle.

—A mi hijo lo cuidarán las ninfas del Arba —le contestó con energía.

—¿Tú también tú te has creído las patrañas del conde Olinos?

—Es que ustedes siempre que ocurre algo maravilloso lo llaman patraña. Les falta un sentido.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Acaso has olvidado que soy tu madre?

¡No lo mande matar, madre; 

no lo mande usted matar,

que si mata al conde Olinos

juntos nos han de enterrar!

Cuando la partera entregó el niño a las ninfas, Elisa comenzó a caminar por el cauce del río. Se paró frente a la gruta y pidió al Arba que la convirtiera en un sauce llorón.

Desde entonces, desde lejos se ve un gran sauce que protege la entrada de la cueva de Valdarañón.

Carmen Romeo Pemán

Francisca Soria y Concha Gaudó analizaron «El Frago, 1901»

PRÓLOGO. FERNANDO BERMÚDEZ CRISTÓBAL

“He conseguido, mediante mi librería del barrio, el libro tan deseado El Frago 1901.

Merece la pena molestarse para hacerse con un ejemplar de un libro tan singular, escrito por mi amiga Carmen Romeo, catedrática de lengua y literatura. Y no por el hecho del nomenclátor de su dedicación, no por ser catedrática, otras lo son y escriben regularmente, pero Carmen escribe no solo bien, sino muy peculiar.

Me traslada a mi juventud leyendo a los autores rusos, sobre todo a León Tolstoi, con su redacción directa. Me recuerda a dos obras mundialmente conocidas como Guerra y Paz y Ana Karénina. Bueno,  el tema nada que ver con El Frago 1901. O por ejemplo la conocida novela Cien años de soledad de García Márquez, La cantidad de personajes que salen, tanto en Guerra y Paz, como en Cien años de Soledad, es equiparable a El Frago 1901. La cantidad de personajes que Carmen aplica en su libro y la habilidad para saber enlazarlos haciendo una comunión directa y preciosista para comunicarnos que la mujer al inicio del siglo XX era una vecina de segundo grado. En El Frago a excepción de los varones, que gozaban de maestro; las niñas prácticamente no tenían ni escuela, ni maestra. La lucha titánica de la nueva maestra por conseguir un lugar apropiado para poder dar clases a las niñas, es digna de todo elogio.

Yo soy cincovillés, nacido en Tauste, pero confieso que me he quedado anonadado de la conducta de un pueblo de unos 500 habitantes, que Carmen describe de forma sencilla, correcta, de un acontecer. Hay que pensar que El Frago es una población del pre-Pirineo, muy aferrada a los usos y costumbres, No obstante, Carmen desgrana la verdad de lo cotidiano y el libro tiene una aura de mucho mérito; digno, teniendo por testigo el Arba.

No dejéis de leerlo; una joya que ha escrito mi amiga Carmen Romeo Pemán. ¡Felicidades!»

Fernando Bermúdez es escritor. En 2019 ganó el premio nacional de literatura Bolivia. En 2022, la Pluma de Oro de Chile. Pertenece a la Asociación de Escritores de Aragón y colabora con nosotras en Letras desde Mocade.

LA TERTULIA LITERARIA DEL INSTITUTO GOYA

El día 29 de abril de 2024, la diosa Fortuna me vino a ver en persona a la tertulia del Instituto Goya. Presidida por la directora del Centro y el profesor Javier Aznar, encargado de los programas de la biblioteca, dos catedráticas, amigas y exprofesoras, nos hicieron disfrutar de una intensa velada. Guiados por ellas, desnudamos hasta lo impúdico la novela que ese día nos ocupaba, es decir, mi última novela.

En la tertulia salieron ideas interesantes y sabrosas. Disfrutamos y aprendimos mucho. Concha y Francisca nos ofrecieron el plato fuerte. Sus discursos quedaron recogidos en El hacedor de sueños, el blog del Instituto Goya. Y me gustaron tanto que hoy las reproduzco aquí.

Sus textos originales están publicados en:

http://elhacedordesuenos.blogspot.com/2024/05/el-frago-1901-por-ensenar-las-ninas-de.html?m=1

ESTUDIO LITERARIO DE FRANCISCA SORIA ANDREU

De izquierda a derecha. Ana Íniguez, la directora actual, Pilar Cáncer, Inocencia Torres y Concha Gaudó, todas exprofesoras del Goya

¿QUIÉN ES CARMEN ROMEO PEMÁN?

Nacida en El Frago (1948), a cuya escuela asistió hasta los 13 años, es Licenciada en Filología Románica por la Universidad de Zaragoza, donde ejerció de profesora. Durante más de treinta años ha sido Catedrática en el Instituto “Goya” de esta ciudad.

A lo largo de su desempeño docente ha publicado textos didácticos, guías de lectura y estudios de índole filológica. Y su vocación literaria ha dado como fruto una considerable cantidad de relatos breves que han ido viendo la luz en el Blog Letras desde Mocade.

Una parte de ellos, veintinueve, apareció editada bajo el título De la roca nacidas, en Zaragoza, IFC-CSIC, 2021, que yo misma comenté en este Blogo del Instituto Goya.

Hija de maestros, se ha dedicado al estudio de la escuela rural y ha publicado De las escuelas de El Frago, en Zaragoza, IFC-CSIC, 2014.

También ha participado en el estudio de El callejero de las mujeres y Paseos por la Zaragoza de las mujeres, Zaragoza, Publicaciones del Ayuntamiento de Zaragoza, 2010 y 2019, respectivamente.

Su labor de investigación y de creación literaria ha sido reconocida y galardonada:

En 1977, ganó el Premio Bernardo Zapater Marconell del Ayuntamiento de Albarracín por un trabajo de investigación reflejado posteriormente en su libro Los Mayos en la Sierra de Albarracín, 1981.

VIII Concurso Helvéticas. Tu país de las mujeres por De la roca nacida. 2014.

Pilar Cáncer, Francisca Soria, Carmen Romeo y Javier Áznar.

EL FRAGO, 1901. POR ENSEÑAR A LAS NIÑAS

Hoy presentamos su última obra, una novela que consta de veinte capítulos numerados:

1 La ilusión de Matilde. 2 De camino a El Frago. 3 Las niñas a la herrería vieja. 4 Buscando soluciones. 5 Tomando cartas en el asunto. 6 Con la iglesia hemos topado. 7 A vueltas con el tabardillo. 8 Más casos de tifus. 9 Se desata la epidemia. 10 Notas de prensa. 11 Vientos desfavorables. 12 Amainando el temporal. 13 El nuevo local. 14 Al César lo que es del César. 15 Formas de diversión. 16 Las faltas de asistencia. 17 Acusan a Matilde. 18 Y las niñas en la cocina. 19 Matilde acusa. 20 Multan al Ayuntamiento. Más un Epílogo.

La obra El Frago 1901. Por enseñar a las niñas, desde su doble título, anticipa al lector el marco histórico y el leit motiv del argumento. La acción se ciñe casi exclusivamente a la geografía de esa localidad de las Cinco Villas zaragozanas y transcurre exactamente durante el año 1901, elegido por Carmen Romeo por su especial significado para la escuela en España. Fue el año en que el recién creado Ministerio de Instrucción Pública, dirigido por el conde de Romanones, adoptó las más decisivas medidas para los maestros y para la enseñanza primaria obligatoria.1

El segundo título explicita la convicción de una joven maestra, Matilde, acerca de su trabajo. Ha ganado unas oposiciones para ser maestra de niñas y está determinada a llevar a cabo su cometido sin escatimar esfuerzos.

Es la primera novela de Carmen Romeo, escritora conocida por sus narraciones breves llenas de personajes muy potentes y de situaciones insólitas, con las que ha ido tejiendo una densa red en torno a un núcleo muy pequeño, El Frago. Y finalmente ha dado el salto a la narración extensa, integrando en parte sus anteriores relatos, técnica usada por García Márquez, quien en La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962)fue creando los personajes y los escenarios que, más tarde, tomó como base para Cien años de soledad (1967).

Si García Márquez convirtió su Aracataca nativa en el Macondo literario, Romeo Pemán hace lo propio con su pueblo, aunque conserve el topónimo real. Así los personajes de María del Socarrau o del Canónigo de las Cheblas, las mujeres de los carasoles o los integrantes de la tertulia del bar, entre otros varios, conforman los personajes del pueblo, escenario de El Frago, 1901. 2

La novela gira en torno a dos principales núcleos temáticos de desigual peso en el relato: la llegada de una nueva maestra –dispuesta a luchar por la escuela para las niñas– y la epidemia de tifus. Todo ello narrado con rigor histórico y bien novelado para ser leído con facilidad y gusto.

Al terminar el Epílogo, el lector de hoy ya sabe de los difíciles comienzos de las escuelas para niñas, por todo lo que implicaban: habilitación de un local, presencia de una maestra dependiente del Ministerio y no del Ayuntamiento, una nueva legislación educativa y los innumerables conflictos que hacían necesaria la comparecencia epistolar e, incluso, física de las instituciones educativas.

El segundo núcleo argumental lo aporta la realidad de una epidemia de tifus, que reveló a El Frago sus muchas carencias sanitarias, sólo paliadas por el esfuerzo ímprobo del médico don Valero y la diligente cooperación de Matilde y de los abnegados fragolinos que no vacilaron en arrimar el hombro.

Ambos temas, inevitablemente, se ramifican y, a veces, se cruzan. Así, la cuestión de la escuela de niñas introduce al antagonista de la maestra, mosén Mateo, auténtico vestigio de los viejos curas carlistas, que se resiste a que la Iglesia, encargada hasta entonces de la formación de las niñas, pierda su autoridad y su control. Este personaje será el más duro adversario de Matilde, a cuya presencia atribuye él públicamente todos los males del pueblo.

Asociado a la epidemia de tifus, trae Romeo Pemán el eco de las teorías higienistas de la época, que provocarán roces entre el médico –a cuyo cargo se encuentra la actuación sanitaria durante la epidemia– y la maestra, que parece invadir sus competencias al divulgar entre las mujeres y las alumnas sencillas medidas higiénicas como el lavado de las manos y de la ropa.3

La gravedad de la epidemia traerá, además, la exótica presencia de los médicos de la capital con sus máscaras de pico de ave, enfrentados a los prejuicios de los naturales. Y de nuevo hace acto de presencia la Iglesia con sus rituales de devoción popular para casos de peste, que la autora cuenta y describe con total eficacia incorporando las Letanías de san Sebastián.4

Y alrededor de ambos temas, el caciquismo,que la Real Academia define como “intromisión abusiva de una persona o autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia”. El representante de esta “forma” política contra la que luchaba el Regeneracionismo de los gobiernos era don Casiano, que ponía y quitaba alcaldes y sometía a su dictado la forma de vida del pueblo y, como recuerda oportunamente el personaje de la señora María, “esa gente es peligrosa y nunca estará con los pobres”.5

El Frago, recorrido calle a calle con fidelidad de plano, aparece envuelto con una pátina que impregna las casas, los muebles y los muros, que aparecen desconchados, desvencijados, caducos. Lo que acentúa así la sensación de una sociedad decadente, presa de viejas ideas. En tres únicos puntos se desenvuelve su vida social: la iglesia, el café y los carasoles.

Y a ese “macondo” llega Matilde, una joven con su imagen fresca y moderna. Una mujer de ciudad, con estudios, que desea trabajar. Su sola presencia marca el vivo contraste que existía entre la vida urbana y la rural. Y, además, posee la fuerte personalidad y el conocimiento necesarios para llevar a cabo su histórica misión de implantar las novedades educativas del Ministerio.

La autora no duda en vestirla a la última moda y describe a lo largo de toda la obra su vestimenta y calzado, lo que constituye otro de sus aciertos. El siglo XX inició una tendencia de cambio imparable en la moda femenina: las ropas y calzados se adaptaron a una nueva forma de vivir y actuar, que inauguró un nuevo código en las relaciones sociales.

Matilde, una extraña en aquel pueblo, se siente, de principio a fin, muy sola. Pero el personaje de María del Socarrau que, en principio, parecía que no tenía más papel que hospedar en su casa a la maestra, crece a lo largo del relato hasta convertirse en su confidente y su apoyo. Se trata así con total realismo la situación de aquellas maestras pioneras que tuvieron que afrontar muchas situaciones insólitas sin contar con el amparo familiar.

En esas circunstancias, la aparición del amor podía mitigar la soledad de estas jóvenes y Carmen Romeo no niega a la protagonista el derecho a enamorarse del médico don Valero, aunque se pasa de puntillas por el asunto y se deja a la imaginación del lector, en el final abierto, el desenlace de este asunto.

Aunque se alude constantemente a viejas costumbres y a viejos utensilios nombrados especialmente en el ajuar de las casas, no se trata en absoluto de un relato costumbrista. La novela se mueve entre la literatura verité y la novela histórica, y en su misma indefinición encuentra su propio lugar. Y una muestra de ello, entre otras, es la naturalidad con la que se hacen convivir el lenguaje administrativo traído por la maestra y el inspector, los latines del cura y la lengua coloquial sin marcas locales.

Es una narración rigurosa hasta el extremo en los datos históricos, inserta en un marco ficticio pero a la vez verosímil. Aunque es muy rica en técnica, en referencias literarias, en el uso de registros lingüístico y en recursos narrativos, logra dar la sensación al lector de haber leído una obra muy accesible, porque el lenguaje es siempre claro y los personajes atrapan desde las primeras páginas. Tiene la marca de Carmen Romeo Pemán».

De izquierda a derecha. Inmaculada Martín, Lola Gómez, Vanesa Álvaro (jueza) y Mercedes Asensio. Profesoras del Goya.

NOTAS DEL TEXTO DE FRANCISCA SORIA

1Un Real Decreto de abril de 1900 separa la educación del Ministerio de Fomento y lo crea con el nombre de Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (1900-1937). El conde Romanones, a sazón ministro de la nueva cartera, promulgó la remuneración de los maestros con cargo a los presupuestos del Estado, así como la reforma de la enseñanza primaria. Su plan de estudios se mantuvo vigente hasta 1937.

2Estos nombres protagonizaron narraciones como María del Socarrau, 2019; Un canónigo de Las Cheblas, etc. publicados en el Blog Letras desde Mocade.

3 Teorías higienistas iniciadas en 1790 en Austria y ya muy desarrolladas en España desde la segunda mitad del siglo XIX por el prolífico autor José Monlau, que publicó con éxito Elementos de higiene pública Monlau, J., Elementos de higiene pública, s.a. dos tomos. Este autor en los años 1856 publicó una extensa obra de divulgación, Diccionario etimológico de la lengua castellana (ensayo), precedido de unos rudimentos de etimología, 1856, con el que provocó una intensa polémica.

4 Capítulo 7. “A vueltas con el tabardillo”, páginas 82-85.

5 Capítulo 12. “Amainando el temporal”, página 149.

TEXTO DE CONCHA GAUDÓ GAUDÓ

De izquierda a derecha, José Ramón Reyes Luna, alcalde de El Frago, Felipe Diaz Cano, vicepresidente de la Comarca, Carmen Romeo Pemán y Concha Gaudó Gaudó, leyendo.

Para esta segunda parte elegimos la segunda de las críticas de Concha. La primera tuvo lugar en Zaragoza, en la Diputación de Provincial de Zaragoza y Letras desde Mocade ya la publicó en su día.

https://letrasdesdemocade.com/2024/03/08/el-frago-1901-por-ensenar-a-las-ninas/

La segunda, la que publicó en el Hacedor de sueños, la pronunció en la sede de la Comarca de las Ciclo Villas, en Ejea de los Caballeros, es la que reproduzco hoy.

«Cuando yo era pequeña, en los albores de la televisión en España, había un programa titulado “Tengo un libro en las manos”. Este título se convirtió en un eslogan y muchas personas lo hemos adoptado como modo de vida.

Venir hoy a Ejea, a presentar un libro de Carmen Romeo Pemán, cumple dos de mis pasiones, el arte medieval, el románico en particular, y los libros, mejor si son de historia. Gracias, Carmen, y gracias a quienes lo han permitido y hecho posible, Felipe Díaz, vicepresidente de la Comarca de las Cinco Villas y José Ramón Reyes, alcalde de El Frago.

Mi presencia aquí es el regalo de una amiga. Pero no se preocupen, la amistad no me ciega para ser crítica y objetiva en mis valoraciones.

Seguramente, ya conocen a Carmen Romeo, vecina de una cercana localidad cincovillesa, El Frago, donde nació en 1948 y de donde, como ella dice, nunca se ha ido, pues ese es el lugar donde mora, aunque sus muchas actividades la hayan obligado a residir en otro lugares. En El Frago dio sus primeros pasos, aprendió las primeras letras en su escuela, de la mano de una buena maestra, y sólo salió de allí para seguir estudiando, mejor dicho, para titularse, porque su estudio, su conocimiento, tiene sus raíces en este lugar, donde, desde muy pequeña, iba de casa en casa para que gentes diversas le contasen historias, sus cosas, su vida… y ella iba almacenando narraciones, leyendas, construyendo su saber y, sobre todo, aprendiendo a amar sus orígenes y a su gente. Porque sin amor, sin pasión, no se pueden construir los hermosos relatos y la sabiduría que nos entrega.

Carmen estudió el bachillerato en el Colegio de Santa Ana de Zaragoza, en un internado que permitió a muchas chicas de los pueblos de Aragón acceder a una educación superior. Un lugar difícil por el que tuvieron que pasar las chicas jóvenes de pueblo que querían estudiar más.

Estudió Magisterio y Filología Románica en la Universidad de Zaragoza y, para no desaprovechar los veranos, perfeccionó idiomas en Francia y Bélgica. Su expediente académico la llevó a entrar, nada más acabar la carrera, en el Colegio Universitario de Teruel como profesora de Literatura e investigadora en el ámbito lingüístico y también, muy pronto, en historia de la educación.

Cambió la docencia universitaria por la enseñanza secundaria, donde ha ejercido su vocación docente en los Institutos Francés de Aranda de Teruel y Goya de Zaragoza durante más de 40 años, como Catedrática de Lengua y Literatura. Y digo “vocación” y no actividad docente, porque sólo desde la vocación se puede llevar una actividad profesional a la excelencia, como ella lo ha hecho.

A pesar de que los tiempos en la enseñanza secundaria están muy dominados por las clases, la docencia, Carmen nunca abandonó la investigación, ampliando sus temas de interés a la didáctica, la pedagogía y la coeducación.

Un trabajo intenso, eficaz y reconocido. Emociona ver cómo la valoran sus alumnas y alumnos, cómo la abrazan, cómo la citan. Cómo la quieren. Sus publicaciones, premios y reconocimientos, los pueden ver fácilmente en la red. Pero estas citas no recogen el día a día. Yo quiero contar aquí un ejemplo, visto con mis propios ojos, pues, además de tener el privilegio de ser su amiga, he tenido la suerte de ser su compañera de trabajo.

Carmen asumió por decisión personal el Aula de español para alumnado extranjero del Instituto Goya. No era lo habitual, en su condición de Jefa de Departamento. En un accidente doméstico se rompió una pierna y tuvo que estar de baja. Sus alumnas y alumnos, con los que se comunicaba por correo electrónico, en los primeros pasos de la informática, para hacerles practicar la lengua, se enteraron enseguida. No querían otra profesora y nos propusieron la solución. Se enteraron de que en la Seguridad Social prestaban sillas de ruedas. Ellos mismos irían a pedir una silla y, cada día, por turno, ellos o ellas irían a buscar a Carmen a su casa y la devolverían a su domicilio. Todo arreglado. Varios de estos alumnos que pasaron por las clases de español de Carmen llegaron a la universidad y son hoy excelentes profesionales.

El Frago, 1901. Por enseñar a las niñas. Ya he dicho que me gustan los libros de historia. Pues aquí tenemos uno, un libro de historia, historia política de España (la regencia, los ministros, el carlismo y la influencia de la Iglesia, el caciquismo, las tímidas reformas regeneracionistas) de historia de la educación (el recién nacido ministerio, los decretos, las exigencias en educación, las nuevas corrientes pedagógicas), de historia de las mujeres (acceso al trabajo, a la educación, primeros pasos de la emancipación y también la violencia, la opresión, el dolor), de historia de una comunidad, historia del pensamiento (nuevas y viejas ideas), historia de la cultura. Y una novela, novela social (las relaciones, las diferencias, la relativa riqueza y la relativa pobreza, el trabajo, el progreso, el ocio, la amistad), novela protesta, novela reivindicativa, novela utópica. Utópica, sí, porque nos invita a mejorar, a crear ese lugar que todavía no existe. Y una novela homenaje.

La autora es, en primer lugar, una investigadora. Todos y cada uno de los aspectos tratados en la obra están documentados e investigados. Son muchas las horas pasadas en los archivos históricos y es muy profundo el conocimiento que Carmen tiene de la Historia de la Educación. Con esos mimbres teje, de forma magistral, el largo camino de la educación de las mujeres. ¡Cuántos escollos por superar, cuántas ideas que rebatir, cuántas piedras en el camino, malentendidos y malas intenciones, y cuántos sufrimientos para las niñas y las maestras!, algunos conocidos por experiencia propia, incluso mucho tiempo después. El final feliz ha llegado después de un largo camino de espinas, un calvario, en lenguaje de don Mateo, aunque él diría algo peor.

Pero no sólo aborda la historia de la educación. Préstenle mucha atención al tema de la moda incluido en la novela. Las diferentes formas de vestir, las prendas tradicionales y sus usos, los cambios introducidos con el nuevo siglo, tejidos, prendas, modas… (Carmen descubrió a Pilar Lana, la primera mujer empresaria en el s. XIX en Zaragoza, propietaria de una fábrica de corsés).

Historia de la medicina y de la higiene. Las enfermedades, los tratamientos y los nuevos usos higiénicos…. También en este campo tiene la autora un profundo conocimiento a través de sus estudios sobre las Damas de la Cruz Roja.

Por último, pero tan destacado o más que el primer punto, la historia de la comunidad. Este aspecto es un auténtico tratado de etnografía. ¿Cómo es la vida cotidiana de una comunidad pequeña, rural, de montaña media, las Altas Cinco Villas, en la época del cambio de siglo, del XIX al XX, y del cambio de era, de la tradición a la modernización? ¿Cómo convive lo nuevo y lo viejo, cómo se superan las resistencias al cambio? Reconozco que, a mí, los otros temas me interesan y me gustan mucho, pero este me ha dejado abducida. Cómo cuenta la vida diaria, las necesidades, las relaciones, cómo recupera los usos, la tradición.

Carmen había escrito muchas obras de investigación; ahora nos ofrece una obra literaria, una novela, su primera novela publicada (siempre lo digo, que ha tardado en publicar literatura, pero que lleva muchos años escribiendo. Si no, no se puede hacer tan bien). ¿Qué aporta la novela a esta historia? Pues le aporta el alma. Porque todo lo que sucede es la vida misma de las personas que hacen o sufren los acontecimientos. Y sólo de esta forma conocemos la auténtica verdad histórica. No es lo mismo escribir que hubo muchas dificultades para escolarizar a las chicas que mostrar que recibían clase en un lugar lleno de boñigas en el suelo. Y así, todo.

En El País del 7 de abril último, Irene Vallejo publicó un artículo titulado “El ombligo de los sueños”. Allí recoge unas frases de la primera novela conocida, del s. XI, Genji Monogatari de Murasaki Shikibu: “Las crónicas históricas muestran sólo una parte de la verdad, y es en los relatos de ficción donde descubrimos las causas profundas de lo que sucede”.

Eso es, precisamente, lo que logra Carmen con esta novela. Contar la verdad de la historia, la historia total, la intrahistoria.

Por cierto, Carmen Romeo fue profesora de Irene Vallejo. Ella la presentó al primer concurso literario, que ganó, por supuesto, y la animó en sus primeros pasos de escritora. Irene nunca olvida citarla en sus charlas, en sus obras –ahí está en El Infinito en un junco–, y de reconocerle, con todo su cariño, todo el conocimiento que le trasmitió y le trasmite, en presente.

También dice Irene que, al leer una novela, intervienen todos los sentidos y se activan las áreas cerebrales relacionadas con el significado de las palabras. Olerán el aroma del falso café de achicoria recién hecho, sentirán el estómago ardiente con el trago de pacharán. Y temblarán ante la idea de los manejos de la Feria de Ayerbe y les dolerán las manos, como a las lavanderas cuando bajaban a lavar la ropa a las frías aguas del Arba.

Ya termino, pero no sin hablar del lenguaje. Culto y popular, en una sinergia especial, en una transición imperceptible, pero clara y lógica. No es fácil manejar con tal seguridad ambos registros.

Recordemos que la lengua, las lenguas, incluidos los latines, y la literatura son las dos aficiones y especialidades de la autora. La descripción precisa, los topónimos, el vocabulario específico y las citas literarias, elegidas a su gusto. Todo, todo está perfectamente integrado.

Pero la razón de la novela es otra. El objetivo final es la reivindicación de la EDUCACIÓN como fuente de sabiduría, como llave del conocimiento, del progreso, de la libertad. Como clave de la emancipación de las mujeres. “Otro gallo nos habría cantado a nosotras” con una maestra así, dice Dominica del Corronchal (cap. 6). “Es usted muy valiente. Al final cederán. No les quedará más remedio”, dice una voz de mujer desde la ventana (cap. 5). “Esas manicas, pronto bordarán sus ajuares con primor” (cap. 5), y aprenderán a coser la ropa interior y aprenderán higiene y, quién sabe, algunas de ellas saldrán a estudiar y se harán maestras para enseñar a las niñas.

Todas esas maestras, que Carmen tiene biografiadas en su blog Letras desde MOCADE, doña Inés, doña Simona, doña Angelita, doña Asunción, doña Nieves, todas, todas son doña Matilde. Todas ellas “entregaron su vida a las niñas de un pueblo perdido entre los montes”. Un homenaje al magisterio femenino.

Carmen ha reconocido, en varios de sus escritos y, sobre todo, en el gran libro sobre la escuela rural De las escuelas de El Frago, la gran importancia que ha tenido la escuela –las maestras y los maestros– para el gran número de fragolinos que andan por el mundo ejerciendo, de forma destacada, sus profesiones. En El Frago construyeron “a vecinal” las primeras escuelas y “a vecinal” del siglo XXI, aunque ahora usaríamos otro término, se han reabierto las escuelas hace un par de años. Tienen un gran futuro.

A don Gregorio y doña Asunción, maestros de El Frago, sus maestros, sus padres, dedica Carmen esta primera novela. Y destinó los beneficios de la primera edición a la reabierta escuela de El Frago.

Tengo un libro, una joya, en las manos: el libro de Carmen Romeo El Frago, 1901. Por enseñar a las niñas. Léanlo, aprendan y disfruten».

Concha Gaudó con ejeanos y fragolinos juntos.

MI PRESENTACIÓN EN EJEA

Fernando Ciudad Lacima, Concha Gaudó y Carmen Romeo, firmando.

¡Buenos tardes!

Es mi momento de acción de gracias. Y quiero que sean unas gracias de corazón. Antes de comenzar por lo menudo, gracias a todos los que habéis venido a arroparme.

En primer lugar gracias a Felipe Díaz Cano, vicepresidente de la Comarca Cinco Villas, por acoger esta presentación, precisamente aquí, en Ejea. Tengo motivos personales para decirle que me hace mucha ilusión estar en Ejea,

En 1943 vinieron mis padres de maestros a las Escuelas Graduadas. Aquí, en el paseo del Muro nació mi hermana Maruja Romeo. Y mi hijo mayor se casó con una ejeana. Así pues, tengo una extensa familia, una nuera y un nieto ejeanos

Además, el Centro de Estudios Cinco Villas, dirigido por Fernando Pellicer me publicó dos libros sobre El Frago: En 2014, De las Escuelas de El Frago, y, en 2021, De la roca nacidas, un libro de relatos ilustrado con acuarelas por la fragolina María Aguirre Romeo. Hoy, en su pueblo, quiero agradecer a Carlos Pellejero, su empeño para que esos libros vieran la luz con mucho éxito.

En torno a los años sesenta del siglo pasado, muchos fragolinos, unos muy amigos y otros de mi familia, vinieron a vivir a Ejea y a los pueblos de alrededor.

Para mí son motivos suficientes para estar realmente emocionada.

Aunque, por cuestiones de agenda, no ha podido asistir ningún representante de la editorial Comuniter, quiero darles las gracias por acoger mi manuscrito y publicar el libro con tanta rapidez.

Gracias con mayúscula a Concha Gaudó, por estar siempre a mi lado, unas veces de forma visible, como ahora, y otras entre bambalinas.

Concha además de amiga y compañera, es una excelente crítica literaria, aunque venga de historias. Es una enamorada de las lenguas. Habla alemán, inglés, francés y, está estudiando árabe. Su permanente contacto con otras lenguas la dota de una sensibilidad lingüística poco común que se refleja en su forma de leer y hacer crítica literaria. ¡Gracias, Concha!

Y, ¿cómo no? Gracias especiales al Ayuntamiento de El Frago, al que preside José Ramón Reyes Luna. José Ramón, desde la legislatura anterior me venía dando la lata para que escribiera algo nuevo sobre El Frago y sobre la escuela. Esta vez le he hecho caso y no ha sido un ensayo histórico, como fue el libro De las escuelas de El Frago. Esta vez me he atrevido con una novela. ¡Gracias, José Ramón, por tanto! Estas palabras son sólo un pequeño reconocimiento a lo mucho que te mereces.

Para acabar con los agradecimientos, nunca me olvidaré del Ayuntamiento que presidió Javier Romeo Berges. Además de apadrinarme los libros De las escuelas de El Frago y De la roca nacidas, me animó a involucrarme en conferencias y en escritos fragolinos. Y me facilitó la tarea abriéndome lasb puertas del Archivo.

Me gustaría que este acto, además de la presentación de una novela, fuera una celebración y una reivindicación por la recuperación de nuestras escuelas. Llevaban 32 años cerradas y, como por arte de magia, los fragolinos, con José Ramón en el timón, hemos logrado lo que parecía imposible. Os confieso que el día que me comunicaron su reapertura lloré. Eran lágrimas de mucha emoción.

Abrir unas escuelas es siempre un proyecto de futuro. Un proyecto de larga duración. Los fragolinos sabemos mucho de eso. Y las vamos a mimar, os lo aseguro. Pero necesitamos el apoyo de las instituciones. Sé que en la Comarca de las Cinco Villas nos apoyáis, pero no está de más recordar que necesitamos mucho fuelle para un proyecto tan ambicioso. Tener unas escuelas abiertas supone acoger a nuevas familias, prepararles casas y conseguirles contratos de trabajo. Y eso solo se consigue con el compromiso de todo el pueblo, yendo todos a una. Pero en El Frago no reblaremos, que en 1926 nuestros abuelos y bisabuelos nos dieron un ejemplo digno de figurar en los libros de los guinness. El pueblo unido apostó por la enseñanza de sus hijos y de sus descendientes. Nuestros abuelos y abuelas se unieron para construir a vecinal, crowdfunding diríamos hoy, un edificio escolar que acogiera a sus hijos y a los maestros de entonces y a los que llegaran en el futuro.

Como muchos ya habéis leído la novela y Concha ha hecho una excelente presentación, yo solo os contaré algunos secretillos.

La novela lleva un doble título. Es que no sabía cuál elegir. Los dos responden a dos regalos de mis padres. Me hicieron nacer en el Frago y me contagiaron el amor por el pueblo, por sus gentes y por su historia. Y de los dos me viene la pasión por enseñar. De ellos aprendí que la enseñanza crece y se hace más digna cuando nos entregamos a los alumnos con menos oportunidades. Sin olvidar a ninguno, claro. Tampoco a los de altas capacidades.

Mientras escribía esta novela, desplegaba las alas que ellos me dieron. Esas alas que me ayudaron a documentarme y a recrear todos los conflictos de 1901, un año muy difícil en la historia de la Educación y en la de El Frago en particular.

Repartidas por las páginas encontraréis muchas claves fragolinas. Pasaréis algún rato en el Carasol de Vicenta. En el Café de Rosendo podréis charlar con Mosén Mateo Echevería, el cura que bautizó a muchos de nuestros abuelos y bisabuelos. O escucharéis la voz dulce de Matilde, convertida en mi doña Matilde.

Es que yo he puesto a funcionar elementos en el contexto histórico de España en Aragón y en El Frago, porque es lo que mejor conozco.

He ejercido cuarenta años de profesora en Aragón y fui alumna de la escuela de El Frago hasta los trece años. Allí viví situaciones que se parecían más a las de las escuelas del XIX que a las del XX. El tesón y la lucha de mi maestra, mi madre, por defender la educación de las niñas era muy parecido al que reflejaban las maestras del siglo XIX en las memorias que publicaban en la prensa nacional.

Como en todas las novelas históricas la realidad anda  mezclada con la ficción. Y juntas forman un universo verdadero.

Para satisfacer la curiosidad de algunos lectores, al final he puesto una relación de acontecimientos y personajes que he ficcionalizado a partir de la realidad.

Espero que disfrutéis leyéndola tanto como yo escribiendo. Poque esta novela me salió de las entrañas. Y, de nuevo, gracias a todos.

PARA TERMINAR

Sivia Gómez Bosque, autora de las Primeras maestras de Zuera y compañera de Editorial, con la que compartí espacio de firmas en el Paseo de la Independencia el día del libro, me escribe lo.siguiente:

«Espero que está novela tenga muchos éxitos no sólo por lo bien que está escrita y lo a gusto que se lee, sino porque el relato aporta mucha información, poco conocida, en un momento de transición educativa y tan importante para las mujeres.

Debería leerse en las carreras de Magisterio para tener un referente histórico de las dificultades que entrañaba nuestra profesión además de la escasez de posibilidades de desempeñarla.
Me alegro mucho de que hayas escrito una novela tan especial.

Espero que sea muy leída pues daría una visión más cercana de la historia de esta profesión. Lo creo de verdad. Ojalá se lea mucho. Me parece que es un trabajo muy bonito aunar realidad y ficción para narrar en una novela ciertos hechos y que resulte tan entretenida y tenga ese gancho que te pide seguir y seguir».

Sivia Gómez. Pseudónimo: «Sivia Silviae».

Gracias, Silvia, por tus palabras y por tu gran aportación a los albores de la Educación Pública aragonesa con «Las primeras maestras de Zuera», editorial Comuniter, Zaragoza, 2024.

Cristina Berges Casabona y Carmen Romeo Pemán.

Cristina Berges Casabona, una de mis fans fragolinas, el día 23 de abril, acudió a la Feria del Libro, en el paseo de la Independencia de Zaragoza, a hacerse fotos conmigo. Un abrazo para ella y para todos mis lectores.

Carmen Romeo Pemán

Tejidos y confesiones de Carmen Castán Beamonte

PALABRAS DE BIENVENIDA. POR EL ALCALDE JOSÉ RAMÓN REYES LUNA

Buenos días a todos. Gracias por acompañarnos en la presentación del libro de Carmen Castán, “Tejidos y confesiones”.

En primer lugar, gracias a mis compañeros de la corporación municipal en esta andadura: Jesús Ángel Dieste, Jesús Beamonte Romea, Paloma García Pérez y Jesús Romeo Beamonte.

Tenemos el honor de presentar a una autora con la que compartimos raíces fragolinas. Yo tantas que, según parece. soy su sobrino. Si esto es cierto, antes de comenzar quiero pedirte la propina que me debes desde hace muchos años.

Además, tenemos vidas bastante paralelas. Tu padre, portero de fútbol del Cariñena y el mío, árbitro. Tu madre, también fue costurera, como la mía. O sea, que los dos hemos crecido entre agujas y balones.

He leído tu libro y me he identificado con gusto con la infancia que allí cuentas. Y muchos fragolinos de mi generación se van a ver allí retratados. Podría destacar muchas anécdotas que me han gustado y que van a ir saliendo en esta presentación.

Espero que todos disfrutéis la lectura tanto como yo.

En nombre del Ayuntamiento, y en el mío propio, le doy las gracias a Carmen Castán Beamonte, por venir hasta El Frago a presentar este libro entrañable.

TEJIDOS Y CONFESIONES. POR CARMEN ROMEO PEMÁN

Presentar un libro es siempre una alegría. Y mucho más si es una presentación en El Frago y de una autora con genes fragolinos.

Doña Isabel Peribáñez Sánchez ´(Teruel, 1883-Zaragoza, 1968). Estuvo en El Frago desde 1935 hasta 1940. Fue la maestra de Victoria y sus hermanas. Foto propiedad de Inés Laplaza Idoipe.

VICTORIA BEAMONTE BEAMONTE

Victoria y su hermana Elena. En la segunda fila de la foto de las niñas con doña Isabel Peribáñez.

Carmen Castán Beamonte es hija de mi prima Victoria Beamonte Beamonte y nieta de Mariano del Piquero (El Frago, 1904-Zaragoza, 1975) y Serafina de Garramplán (El Frago, 1904-Zaragoza, 1947). Es decir, está emparentada con casi todas las casas de El Frago.

A mí me viene el parentesco por dos casas. Por el Romeo que bajó de casa Melchor a casa el Piquero, Asi pues, soy sobrina de Mariano Beamonte Romeo. Y de Serafina por su Beamonte, procedente de casa Pablo, como el de mi abuela Antonia Berges Beamonte

Como curiosidad os diré que en casa el Piquero se celebró una boda doble. El mismo día se casaron María del Piquero con Celedonio Biescas de casa Guillén. Y María se fue a vivir a casa Guillén. Marianico del Piquero se casó con Serafina de Garramplán y se quedaron en casa el Piquero. Allí vivieron con Hermenegildo que entonces estaba soltero. Y allí nacieron sus hijas.

La costumbre era que las mujeres salieran de sus casas y fueran de nueras a las casas de sus maridos, donde tenían que convivir con suegras y hermanos solteros.

Retomando el hilo, vuelvo a Victoria, a la madre de Carmen Castán. En mi libro De las escuelas de El Frago, en la foto de doña Isabel con sus alumnas, entre las pequeñas, vemos a Victoria y a su hermana Elena. De la quinta del 28 y del 29.

En la portada de Tejidos y confesiones destaca una Victoria joven y guapa, detrás del mostrador de una de sus tiendas de Cariñena.

Y yo me pregunto, ¿quién es la protagonista de estos relatos? Y de veras que no lo sé. La narradora, un alter ego de Carmen, se impone con la primera persona y con el tono. Pero, en realidad, todo está tamizado a través de su madre.

Mi madre, como todas de su generación, la del 28, que todavía lo pueden contar, pasó su adolescencia en la época del estraperlo. Se dedicaba a coger puntos de media, cuando solo podían llevar medias las privilegiadas; les llamaban «medias de cristal». Bonitas y frágiles, supongo que de ahí venía el nombre. Eran capaces de transformar un mantel en una blusa y, con lo que sobraba, aún hacían pañuelos para todas las hermanas, que por cierto mi madre era la mayor de siete, y mi abuela Serafina murió cuando ella tenía 17 años.

La máquina de coser les salvó de muchos apuros, mi madre dice que fue la mejor compra de su vida; por esa época, sacaba humo.

Pasó de vivir con seis hermanas a tener cuatro hijas, lo cual explica su obsesión por comprar bragas y sujetadores (p. 42)

Las hermanas eran todas fragolinas, menos la pequeña: Victoria (El Frago, 1928-Cariñena, 2019), Elena (El Frago, 1929-Huesca, 2017), María Cruz (El Frago, 1932-Zaragoza, 2023), gemela, Crescencio (El Frago, 1932–1933), gemelo, Justiniana (El Frago, 1935-Zaragoza, 2022), Quinidia-Pilar (El Frago, 1937), por san Qunidio de Vaison, Saint Quenin, cuya festividad se celebraba el 15 de febrero. Mientras comentaba esto en la charla, escuché una voz del público que decía: «Y la llamaban Nidia». Gloria (Zaragoza, ca. 1939-Zaragoza, 2004), la pequeña, la que ya no nació en El Frago. Segun le contó ella misma a su prima Gloria Berges Romeo, llegó a ser costurera de Balenciaga y se hizo famosa por una foto en la que aparece probándole un vestido a Jacqueline Kennedy.

Victoria tuvo cuatro hijas: Belinda, Virginia, Chantal y Carmen, la pequeña, la que hoy está con nosotros.

BIOGRAFÍA DE CARMEN CASTÁN BEAMONTE

Nacida en el 4° piso sin ascensor, en la Calle Mayor 39 de Cariñena, un 7 de abril de cuyo año no quiere acordarse. Reza la biografía de su blog.

Pero, aunque ella tiene la coquetería de ocultarlo, nos lo revela en los acontecimientos de este libro.

Carmen está casada con el riojano Manolo Hernández y tienen una hija que se llama Violeta.

Estudió Trabajo Social en la Universidad de Zaragoza, entre 1986 y 1989. Después realizó un máster de Coaching grupal en la de Cantabria y otro de Trabajo Social y Salud Mental en Zaragoza.

Trabajó 18 años en Salud Mental. En estos momentos es Orientadora en el Instituto Aragonés de Empleo.

Entre sus galardones destaca el premio de valores humanos que le entregó el CERMI-Aragon en 2003, año europeo de la discapacidad, Para los no iniciados, el CERMI es el Centro Español de Representación de personas con discapacidad.

De ella dice su compañero Sergio Siurana: Es una grandísima profesional que consigue sacar lo mejor de cada uno en sus intervenciones.

Es colaboradora de las revistas  “Encuentro” de FEAFES (Confederación Salud Mental España) y “La cafetera estrés”.

Ha participado en numerosos cursos, ponencias y publicaciones profesionales.

Con el escritor Javier Aguirre, creó y promocionó el primer concurso de relatos para personas con enfermedad mental.

Hace más de 15 años que escribe en su blog Devaneos. En 2022, fue seleccionada en el II concurso de microrrelatos Iguales y diversas, del de DGA. En 2023, fue finalista del concurso internacional de relatos de Diversidad Literaria.

De izquierda a derecha. Carmen Romeo Pemán, Carmen Castán Bemonte y José Ramón Reyes Luna. En el Salón de Plenos del Ayuntamiento de El Frago, con vistas al Arba y a Santa Ana..

TEJIDOS Y CONFESIONES

Hoy presentamos su primer libro de creación literaria. Lo publicó hace menos de un año _noviembre de 2023_, y ya va por la tercera edición _marzo de 2024. Y por la tercera presentación. La primera en Cariñena y la segunda en la Librería General de Zaragoza. Las dos por el conocido periodista Antón Castro.

A nosotros nos corresponde el orgullo de acogerla en este Salón de Plenos del Ayuntamiento de El Frago, donde tiene profundas raíces.

NOTAS DE LECTURA

En Tejidos y confesiones, reúne 18 relatos. 12 de Tejidos y 8 de Confesiones, precedidos de una Acción de gracias, en la que presenta a los personajes que pueblan estas páginas, y de un prólogo, en el que, a la manera de Juan de Mairena, anticipa sus claves literarias.

Estos relatos están basados en la época de mi infancia en Cariñena, pequeñas historias en torno a la tienda de tejidos y confecciones que mi madre regentaba en el pueblo a principios de los setenta, en plena transición, cuando todavía las puertas de las casas estaban abiertas y las mujeres tomaban la fresca con sus sillas de anea haciendo corrillo con las vecinas en plena calle.

Tiempos en que las peluqueras te ponían los rulos azules y rosas y pasabas la tarde entera en la peluquería, porque el tiempo iba a otro ritmo mucho más lento.

Cuando los garbanzos y las lentejas estaban reposando en sus sacos, y te los vendían en cucuruchos de papel, no por moda, sino porque no se entendía de otra manera (p. 12).

Como Machado, siempre parte de un cronotopo, un aquí y un ahora, en inmediatamente levanta el vuelo a valores trascendentes. Y así lo vemos en Tejedora de alas, uno de los últimos relatos.

Ayer vi en la calle a una anciana sentada en su sillón de mimbre, rodeada como en una nube de un montón de plumas blancas casi transparentes. Cogía una a una minuciosamente y las iba tejiendo una tras otra. Cada pluma llevaba inscrita en color oro o en plata una palabra, me quedé asombrada.

Comencé a leer las plumas y ponían: Libertad, Paz, Tolerancia, Equidad, Amor, Amistad, Familia y Salud (p. 65).

En casi todos, de la mano de su madre, regresa a su infancia en la Cariñena de los años 70. Este puñado de páginas es un sentido homenaje a su madre, a su familia y a todo el pueblo.

Además, estos recuerdos que ella presenta como vivencias personales van mucho más allá. En su conjunto, constituyen un tratado de antropología social de la España del desarrollismo, como nunca antes se había hecho.

Las tiendas de su madre, las telefonistas, las mujeres escuchando novelas radiofónicas y todo lo que toca se repiten en todos los pueblos de España. Los lectores nos sentimos atrapados e identificados, aunque no sepamos dónde está Cariñena.

Esa Cariñena que, literariamente, funciona como El Frago de mis relatos, se convierte en un lugar simbólico y mítico en el que todo es posible y todo se convierte en verdadero, aunque sea producto de la imaginación de la autora.

¿Qué moza de los 70 no se reconoce en esta descripción hilarante?

Por entonces, las mujeres no se ponían a dieta, se apañaban con las superfajas Sorax de cuerpo entero, que les hacían las tetas como tiendas de campaña y la cintura de avispa. Esta faja era complemento indispensable de la muda del domingo, unido a las pantis y a los visos o combinaciones.

Vamos, que cuando volvían de misa y se quitaban la faja se debían de sentir como santa Teresa de Jesús cuando levitaba (p. 22).

O ¿qué niña de esos años no recuerda las braguitas de perlé?

Mi madre andaba ordenando cajas de braguitas de perlé, esas que cuando te sentabas se te quedaba clavado el diseño de los garbancitos al culo y te picaba durante todo el día. (…) Las odiaba tanto que, en alguna ocasión, estuve a punto de esconderlas para que mi madre no las pudiera vender (p. 23).

Y cuando habla de las telefonistas de Cariñena, en El Frago todos nos acordamos de que el.primer teléfono estuvo en casa el Piquero. Nuestras primeras telefonistas fueron Felicitas, mujer de Hermenegildo, y su hija Pili Beamonte Ángel. Por cierto, mucho más discretas que las de Cariñena. Y les siguió Matilde Giménez, amiga de Victoria, igual de servicial y discreta que Felicitas y Pili.

Todo el libro viene impregnado de un humor que nos arranca la sonrisa y hasta la carcajada, como la situación cómica del primer ascensor o el episodio de la cafetera. Un humor entre infantil y socarrón.

ALGUNAS TÉCNICAS LITERARIAS

Carmen hace alarde de gran habilidad en el uso de las técnicas literarias. Entraré en algunas de ellas, a partir de su arte para titular.

En muchos títulos parte de frases hechas de ritmo binario. Les cambia algún elemento y les da un nuevo significado. Es una técnica de gran tradición literaria, como aquel soneto de Quevedo en el que al cambiar el ¡Ah, de la casa! por el ¡Ah, de la vida! impregnó de sentido existencial a todo su decir poético.

Se trata de extrañar la lengua coloquial cotidiana y dotarla de un significado nuevo, es decir, de construir neologismos semánticos, esos que tan buenos resultados dieron en la pluma de Santa Teresa de Jesús.

Así funcionan: Tejidos y confesiones, Corto y cambio, De voces y altavoces, Retales y retazos, Abuelas con mandiles y abuelos con boina. O La tienda en casa, un slogan televisivo se emplea para una realidad muy distinta.

Otras veces recurre situaciones tópicas y ella se encarga de darle la vuelta al tópico: El mes de las flores, El primer ascensor, La maleta de los imperdibles, donde juega con el doble valor semántico. Los imperdibles, en este contexto, nos remiten a un tipo de agujas, pero en realidad son las cosas que no se pueden perder, las que representan toda una vida. Por cierto, esa era la maleta que el abuelo Mariano siempre tenía detrás de la puerta por si tenía que abandonar la casa de repente.

O sintagmas genéricos que se llenan de aventuras particulares: Un día de verano, Una tarde cualquiera, Madres de la posguerra, Tejedora de alas.

Incluso un estribillo, casi un poema, de ritmo ternario: Cosiendo el tiempo, zurciendo las penas, bordando la vida.

Siempre son títulos atractivos que nos conducen a una sorpresa. Cuando comenzamos a leer Mi viaje en tren, pensamos en un viaje cualquiera y resulta que no, que este es el viaje de la vida, el que convierte a todo el libro en un coming of age.

El coming of age es un género que se centra el crecimiento de la protagonista, una adolescente que realiza el paso a la vida adulta.

Carmen, en la primera parte, Tejidos, usa con un enfoque pseudo infantil. En la segunda, Confesiones, ya es un enfoque de una mujer madura que intenta recuperar los retazos importantes de su vida. Así la explica ella en el prólogo:

La segunda parte del libro son pequeños relatos que, tejidos como confesiones, nos muestran la mirada inocente de cómo una niña va construyendo su infancia. Una infancia llena de pequeños momentos cargados, sin saberlo, de felicidad en cosas cotidianas que, al recordar de adultos, nos atrapan con un abrazo balsámico al pasado (p. 12). No podemos negar su vitalismo optimista.

Al acabar de leer el relato Mi viaje en tren, como al acabar de leer el libro, apreciamos cómo la protagonista ha evolucionado en sus emociones y en su percepción de la realidad.

Precisamente esta evolución y el enfoque pseudo infantil los logra con un juego de narradoras. En la primera parte predomina la narradora niña, con acotaciones de la adulta. Y en la segunda, el enfoque de la adulta que intenta explicar las sensaciones de la niña. Un ejemplo manifiesto lo encontramos en el relato Sobre ruedas.

Las tramas de los relatos están muy pensadas. Y la disposición de los relatos en el conjunto del libro responde a esa evolución de la protagonista. Están dispuestos de tal forma, que, en conjunto, es como una novela fragmentada que nos lleva al autoconocimiento. Cada relato es un viaje a ese conocimiento interior y, a la vez, un viaje al conocimiento social de la España de la Transición.

Cuando acabamos el libro tenemos la sensación de haber visto un friso en la torre de Cariñena, en el que se disputan el sitio todas sus gentes. Esas gentes que forman parte del gran mosaico de la diversidad de los españoles.

PARA TERMINAR

Carmen, mi sobrina y tocaya, quiero darte las gracias por haber confiado en mí para esta presentación. Espero no haberte defraudado.

Me emociona que nos hayas traído estos relatos a El Frago, donde tienen sus verdaderos genes. Tu madre y sus hermanas forman parte del coro de las fragolinas de mis ayeres. Un coro que crece con las mujeres de Cariñena.

Y quiero darte la enhorabuena por haber comenzado tu escritura creativa de una forma tan hermosa.

A los fragolinos y los acompañantes que habéis llegado de fuera, gracias por estar aquí. Espero que estos relatos os gusten tanto como a mí.

RESPUESTA DE CARMEN CASTÁN BEAMONTE.

Gracias, fragolinos y fragolinas, por acudir a la presentación de mi pequeño libro “Tejidos y confesiones “.

Gracias a esa fortuna de embajadora cultural que es Carmen Romeo Pemán, que ilumina y embellece con su brillante  pluma y mente todo lo que concierne al Frago y sus gentes, porque lo hace también con alma y corazón.

Y gracias también al alcalde José Ramón Reyes Luna, por facilitarme que pueda realizar el acto en este magnífico salón de plenos.

Estoy realmente emocionada y no sé si voy a poder hablar. Veo en esta primera fila a mi tía Esther, recién salida del hospital, y aún convaleciente, haciendo el esfuerzo por venir a vernos. Este es el espíritu BEAMONTE y fragolino, no se nos pone nada por delante cuando nos lo proponemos. Por eso, mi tia Esther, cuando hablé de la fortaleza de mi madre, dijo que era la de una Piquera. Eso es, una Piquera como ella.

He venido a presentar mi libro, el que, como comprobaréis, es un homenaje a las madres, vecinas, amigas que se dan apoyo mutuo en el mundo rural, para que nada falte a todos los que están a su alrededor. Explica bien cómo resolvían todo esto en varios capítulos como por ejemplo el de “Madres de postguerra” o “La tienda en casa”.

Todo el libro es un pequeño canto a la vida y a la  mágica infancia en el mundo rural, en la que los días van pasando cargados de pequeños acontecimientos que configuran un micro mundo, lleno de ayuda mutua, amistad verdadera y esfuerzo por seguir manteniendo vivo el pueblo, los pueblos y sus gentes.

La voz narrativa es mi propia voz de niña, que observa con admiración a su madre detrás del mostrador de la tienda de telas, con paciencia infinita y una sonrisa que iluminaba la calle, esa calle en la que se sentaban a la fresca mis las vecinas, oyendo la radio. Y yo me sentaba en mi pequeña silla de anea, a contemplar el paso del verano, el paso de la vida.

Si ahora mis abuelos Mariano y Serafina, y mi madre y sus hermanas,  nos pudiesen ver, me los imagino satisfechos y con una gran sonrisa, sobre todo a mi tía Justi, que consiguió que las raíces siguieran dando frutos hasta el día de hoy, manteniendo la casa.

Bueno espero que os guste el libro y estoy segura de que en muchas de las cosas os vais a sentir reflejados y las vais a recuperar con melancolía. Recomiendo que el libro se lo lean las hijas a las madres y al revés, enriquecerá y ampliará el conocimiento sobre aquellos años 70/80 y estoy segura de que florecerán nuevas historias, dignas de ser recordadas y contadas.

Muchas gracias a todos y espero que no sea la última colaboración literaria, es más espero que sea el principio de otras muchas.

Gracias por vuestra atención.

Para no despedirme del todo, voy a compartir unas fotos de mi familia fragolina. Así, ellos servirán de mediadores y me unirán más a vosotros.

Mi abuelo Mariano (El Frago, 1904-Zaragoza, 1975), a la derecha, con su hermano Hermenegildo (El Frago, 1902-1977) . Al que está sentado y con un libro, no lo tengo identificado. También desconozco la fecha de la foto.

El Frago, 1929. Mi bisabuela Pascuala con mi madre.

Pascuala Martínez Bonaluque (1873-1966) era casa Mamés, aunque la conocían como Pascuala de Garramplán. Se casó con Gerónimo Beamonte Moliner (El Frago, 1873-1939), hijo de Manuel Beamonte Callau, de casa Pablo. Y fueron los padres de Casiano (El Frago, 1898-Zaragoza, 1971), soltero; Manuel (El Frago, 1901-¿?), carpintero; Serafina (El Frago, 1904-Zaragoza, 1947) y Daniel (El Frago, 1909-1955), el marido de Amadea Luna (El Frago, 1914-1971).

Mi abuela Serafina (El Frago, 1904-Zaragiza, 1947).

Zaragoza, 1953. La boda de mis padres. Mi madre, Victoria, al lado de su padre, ella de negro y él con corbata negra, por el luto de mi abuela. En el centro, mi bisabuela Pascuala, rodeada por sus nietas, las hermanas de mi madre. El alto, mi padre, Ricardo Castán, que después fue padrino de Ricardo Membrive, el hijo de Justi. Y detrás, tres primas, de las que yo solo identifico a mí tía Concha de casa Guillén.

Concha Biescas Beamonte (El Frago, 1930-Zaragoza, 2018).

De mis horas canónicas

Un mes antes de profesar los votos me escapé del noviciado. Una cosa era ser alumna interna en un colegio de monjas y otra convertirte, de la noche a la mañana, en aspirante a religiosa o probante, que así nos llamaban por las pruebas que teníamos que superar antes de convertirnos en esposas de Jesucristo.

Cuando volví a mi casa, bien entrada la noche, me fui directa a la cama. Esperaba dormir con sosiego, pero aún me pesaba la costumbre reciente, y me fui despertando al ritmo de las horas canónicas. Bueno, no sé si me despertaba, si estaba en una agitada duermevela o en una sucesión de pesadillas.

Maitines

Entre las dos y las tres de la mañana llegó a mi celda el sonido de las tabletas de la madre de novicias. Me di la vuelta hasta que noté un pellizco retorcido en la mejilla.

—¡Ay!

—Pecadora. El demonio te tienta con la pereza.

Entonces me vino a la cabeza el cartelón de la escuela con un diablo  pintarrajeado con colores de carmín. Y me dio la risa floja.

—Todos los días igual. Hoy tendrás que confesarte. —Se sujetó la toca con unos alfileres. Y se santiguó—. Jesús, José y María, perdonadla.

Era la hora del canto de los gallos, justo al quebrar albores. Desde pequeña, cuando los oía cantar en el corral, pensaba en los brazos enredados de los amantes y en sus vigilias de besos apasionados. Y de mi pecho salía el canto de las mujeres enamoradas.

Al alba venid buen amigo. No traigáis compañía.

Laudes

Tres horas de insomnio desesperado, de añoranza por los besos perdidos.

Gerineldo, Gerineldo, mi caballero pulido, quién te tuviera esta noche, tres horas a mi servicio.

-Despiértate, Gerineldo, despierta si estás dormido, que la espada de mi padre de nuestro yerro es testigo.

Me levanté a oscuras. Descalza y sin hacer ruido, me aseguré de que todos dormían. Era el momento de salir sin que nadie se enterara.

Cada vez que me confesaba sobre eso de honrarás a tu padre y a tu madre, me subían los latidos del corazón hasta las sienes.

No podía ser bueno el Dios de barba blanca si, a través de mi padre, me mandaba aceptar el matrimonio con un viudo que ya tenía hijos casaderos.

Tercia

Sobre las nueve, me despertó el coscorrón de un puño cerrado. Tenía la cabeza apoyada en la mesa del escritorio y, con la manga del hábito, había desparramado el tintero sobre el manuscrito que estaba copiando. La madre de novicias pudo leer los primeros versos:

En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.

—Me has desobedecido. Yo te había dicho que no leyeras a San Juan de la Cruz. La noche oscura del alma no es una lectura apropiada para una probante. Sabías que estaba en tu índice de libros prohibidos. Ese que tú copiaste de tu puño y letra.

Cogió el papel emborronado y desapareció. Al momento volvió con un cilicio en la mano.

—Este te lo pondrás en el muslo, bien apretado, hasta que brote sangre roja, como la de las llagas del Señor.

Sexta

Al acabar de rezar el Ángelus, en la puerta del refectorio me esperaba la hermana portera.

—Su confesor le ha dejado esta nota en el torno.

La leí con sobresalto. Tenía que esperarlo en la celda de la enfermería después de las Vísperas.

Nona

Eran cerca de las tres y mi muslo seguía sangrando y la madre de novicias se había llevado la llave con que se abría su candado. Fui a la cocina. Con un cuchillo logré descerrajar aquella cadena de pinchos y enrollarme las heridas con un trapo.

Entre unas cosas y otras, llegué tarde a la iglesia para la hora Nona. En esa hora rezábamos unas oraciones que llamábamos la Coronilla de la Misericordia. Nos aseguraban que si no nos despistábamos pensando en otra cosa iríamos al cielo. Y que eso era cierto, que el mismo Jesucristo se las había dictado a santa Faustina en una aparición. Poníamos mucho empeño, pero era una repetición tan monótona que nos entraba un sopor del que nos sacaba la madre de novicias con los golpes de su bastón de mando contra el suelo de la capilla.

Como me vio entrar con retraso, se arrodilló a mi lado y, en un gesto disimulado, me toco el muslo. Me sobresalté tanto que casi no pude escuchar qué dijo en voz alta.

—Tengamos misericordia con esta pobre pecadora. Tiene la carne débil y el maligno que lo ha notado se le ha metido en el cuerpo..

Vísperas

Venid en su ayuda, oh Santos de Dios; salid a su encuentro, Ángeles del Señor.

Cuando la madre de novicias entonó la salmodia reponsorial, comprendí que me daba por muerta, que yo era una de las vírgenes necias a las que se le apagaría la lámpara por falta de aceite.

A la salida de la capilla, mientras yo iba camino de la enfermería, las vírgenes prudentes recorrían los pasillos del noviciado entonando el Magnificat, o las alabanzas de la Virgen, cuando se sintió elegida para ser la madre del Salvador. Yo no les tenía envidia. Mi corazón ya estaba ocupado.

El confesor me esperaba junto a la camilla y con hábito de monje. Llevaba una capucha tan grande que apenas podía verle la cara.

—Satanás ya nos ha enviado suficientes señales. Sabemos que ha encontrado un escondite en tu cuerpo. Y yo voy a intentar sacártelo antes de acudir a altos tribunales.

Sentí asco, cuando se inclinó a succionar mis pechos,

—Nada, no puedo hacer nada. Te tiene mucha querencia y no quiere salir. —Entonces vi sus ojos achicados por los que se le escapaba la lujuria—.Tendremos que insistir en otras partes y apurarlo con más cilicios.

Completas.

Yo no tenía que dar gracias a Dios, ni entonar el Yo pecador.

Había entrado en el noviciado contra la voluntad de mi padre, que me había prometido en matrimonio con un rico labrador.

El noviciado y mi casa me resultaron dos mundos llenos de patrañas en los que no se hablaba del amor carnal.

En susurros, como hablan los enamorados, canté una jarcha y me quedé dormida.

Al alba venid buen amigo. No traigáis compañía.

El buitre de Puen del Diablo

Ese buitre voraz de ceño torvo. Miguel de Unamuno.

—¿Qué manía te ha entrado, José? —le espetó su mujer—. Hace más de un mes que no sales de casa. Ni siquiera vas a cortar leña a Puen del Diablo.

Puen del Diablo era un congosto franqueado por rocas muy altas. Un desfiladero en el que no cabían dos caballerías a la par: había que pasarlas en fila de a una. Algunos también lo llamaban el Paso de Roldán. Según una leyenda, Roldán habría colgado allí los cuerpos y las cabezas de sus traidores.

El caso era que, una tarde, José volvió del monte con el miedo metido en el cuerpo. Ya no salía al bar a echar la partida. Se quedaba quieto junto al hogar, envuelto en una manta marrón con una lista blanca, como las que les solía poner a sus caballerías.

—¿Se puede saber qué víbora te ha mordido? Así, sin más ni más, te levantas antes de salir el sol y me dices que no vas a ir más al monte. Pero tú, ¿qué te has creído? ¿Con qué les vamos a tapar la boca a nuestras cinco criaturas? —le insistía su mujer. Pero él, ni mú.

Ese mutismo la enfurecía más. Y cada vez levantaba más el tono.

—¿Qué pensará la gente, eh? Ya sé que a ti te da igual, pero yo no quiero ir en lenguas a todas las horas. Ni quiero pedir prestado en la tienda y que me lo nieguen porque mi marido es un vago. —José seguía callado con la cabeza entre las manos—. ¿Pero me escuchas o no?

Cuando su mujer salía a la calle, la gente se arremolinaba a su alrededor y la molían a preguntas, que ella no sabía contestar. Nadie entendía el cambio brusco de su marido. Había desaparecido el José dicharachero que gastaba bromas en todos los corrillos. El que todos los días se jugaba el café al guiñote. El que más días trabajaba a vecinal para el Ayuntamiento. El que había retejado la cubierta de la iglesia y había quitado las piedras del camino de la fuente por su cuenta. Florencia del Peñazal recuerda el día que le dio un patatús a su marido cuando estaba segando. José corrió a buscarlo y lo trajo moribundo encima de la yegua.

El otro día se presentaron varios hombres en su casa. Llevaban al cura con ellos. Pensaron que así les confesaría qué le pasaba. Ellos hablaban y hablaban, pero José cada vez se encerraba más en su silencio.

El pastor con el que solía compartir el camino del monte se sentó a su lado.

—Mira, José, me da lo mismo lo que sientas, pero hoy vas a venir conmigo. Iremos los dos montados en mi burra y no te pasará nada. ¡Te lo juro!

—¡Nooo! —El grito de José aterró a los presentes. Era tan largo que salió por la ventana y recorrió las calles. Llegó hasta el campanario y movió las campanas, como si tocaran a fuego.

Al momento acudió toda la gente del lugar. Las mujeres se quedaron en la casa con su mujer y los hombres se lo llevaron hasta Puen del Diablo. Estaban seguros de que algún animal lo había asustado. Si aparecía, entre todos lo cazarían.

La comitiva, armada de palos altos, hachas y escopetas, marchaba a paso lento. De todas las bocas salían comentarios parecidos.

—Ha tenido que ser algo extraño. —Era la voz ronca del Manco—. José es un hombre valiente y no es fácil amilanarlo. Y mucho menos dejarlo sin habla.

Cuando se acercaban al desfiladero, vieron una banda de buitres dando vueltas alrededor de las rocas. A todos les subió el corazón a las sienes. Los buitres eran señal de que había cadáveres y pensaron que igual eran los de los que le habían tendido una emboscada a José.

Entraron en el paso de uno en uno. Los buitres, en silencio, volaban muy bajo. Tan bajo que be podía oír el susurro de sus alas, pero no se atrevían a aterrizar. Estos bichos sienten pavor a las cañas y a las varas altas. Saben que si les rozan las alas los desarman y se quedan malheridos. A lo lejos oyeron el graznido de los cuervos que siempre iban a la zaga.

—Mala señal —dijo el Manco.

Todos a una se pusieron la mano a modo de visera y achicaron los ojos. El Manco no pudo reprimir un juramento. Vio a un buitre agarrado a una de las rocas más altas.

—¡Se está comiendo las entrañas de un hombre despeñado entre los riscos!

Se quedaron quietos sin dar crédito a lo que veían. A continuación tomaron el sendero de la parte trasera de las rocas. El Manco se asomó y reconoció al abuelo de casa Murillo. Como vivía solo y pasaba largas temporadas en el monte, nadie lo había echado en falta.

Entonces, mientras unos espantaban a las rapaces y otros intentaban descolgar al abuelo, de una cueva cercana salió una voz lúgubre, de alguien que se había tapado la boca con un trapo.

—Habéis llegado tarde. Si me hubierais traído el rescate a tiempo, no habría muerto.

A José se le mojaron los pantalones y recuperó el habla.

—Es la voz que me persiguió hasta la entrada del pueblo sin parar de decirme que a mí me pasaría lo mismo sino le traía el rescate. Yo sabía entre todos los del pueblo no conseguiríamos reunir los cien doblones de oro. Y, dentro de mí, se me metió un buitre que me corroe desde las entrañas hasta la garganta.

Carmen Romeo Pemán.

Anteriormente publiqué este relato en 2023, en Entre Picarazones, la revista cultural de El Frago.

Plácido, el Lelo

Plácido pertenecía a segunda generación de los Lelos. Y así lo pregonó la partera a las pocas horas de nacer.

—Nada, no he podido hacer nada. Igual que me pasó con su padre. Pues eso. Que venía de nalgas con el cordón enrollado y la cara tapada con una telilla. Una de esas que ocultan un don o una tontuna.

Era un lelo como Dios manda. Igual que su padre, tenía conocimiento, respetaba las costumbres del pueblo y era un poco presumido.

—Es que no puede ser Lelo cualquiera. Esto solo pasa en mi familia si te llamas Plácido.

No tenía aspecto de bobalicón, pero se embobaba con cualquier cosa. Lo volvían loco las mariposas. Cuando las miraba cruzaba los ojos, dejaba colgar el labio como un belfo y la paz se le escapaba en una sonrisa muy amplia.

El maestro se empeñó en que fuera a la escuela. Como era amigo de todos los niños del pueblo, pensaba que alguna letra se le pegaría. Cuando lo sacaba a la pizarra a dibujar las letras de su nombre, lo animaba.

—¡Venga, Plácido! Casi lo has conseguido.

—¡Imposible, señor maestro! Es más fácil conocer las caras de las cabras que las letras de mi nombre.

Era robusto y forzudo, así que los chicos no querían apostar a nada con él. Siempre ganaba y sus carcajadas sonaban potentes. Y lo volvían loco los Carnavales. Vestido de chica, corría con ellas y les gritaba:

—-A remangar que es Carnaval.

—No te aprovechas, Plácido, que te hemos conocido.

Entonces acudían los chicos y se montaba tal revuelo que tenía que mediar el alguacil.

Un día se puso muy serio y a los que estábamos sentados en el banquero de la plaza nos dijo que se iba a buscar novia, que una cosa era ser lelo y otra tener que aliviar las necesidades con las cabras. La noticia corrió como la pólvora y las chicas empezaron a rehuirlo. Ya no les hacían gracia sus carnavaladas. Solo Anastasia, una chica tan lela como él, por las tardes iba a verlo al corral de las Eras Badías, dónde encerraba las cabras.

—¿Qué haces dando vueltas por aquí? ¿Es que no sabes que este corral es mío? —Detrás de su silueta se veía el reloj de la iglesia que en ese momento estaba dando las siete.

—Ya, —contestaba Anastasia—. Es que me gusta ver que te hacen más caso a ti que a los perros. Tienes un don. Te comunicas con los sentimientos. —En la mano llevaba un ramo de margaritas que acababa de recoger en la era que rodeaba la paridera.

—Pues no te acerques mucho, que las conozco a todas —mientras hablaba clavaba la horca en el fiemo—. Con esta te sacaré las ensundias si me falta alguna.

Anastasia se alejaba, miraba al suelo y, de vez en cuando, cogía más margaritas. Dio varias vueltas alrededor del corral hasta que Plácido salió con dos cántaros de leche. Por las comisuras le caían chorretones blancos.

—¿Vienes a ver si llevo monos en la cara? —Se pasaba la lengua por los labios—. Pues no. Soy como todos los demás.

—Veo que no te has enterado de nada —le contestó Anastasia—. Me gustaría ordeñar contigo y al final hartarnos juntos con la leche de la última cabra.

—¡Imposible! En mi corral nunca ha entrado nadie. Ni siquiera el veterinario. Así que si quieres que ordeñemos juntos nos tendremos que casar. —Se lo soltó así, sin pensárselo dos veces. Era la primera que miraba a una moza a los ojos.

Antes de medio año los amonestaron y se casaron un domingo en la misa del alba. Se sorprendieron cuando encontraron la iglesia llena. Si lo hubieran sabido se habrían casado en misa mayor. Pero ellos pensaban que a las bodas de los lelos no iba la gente.

A la salida se dirigieron a la Punta de la Carretera, en la entrada del pueblo, hasta donde podían llegar los coches. Allí comenzaban las calles empedradas y llenas de barro.

—Ayer le dije al secretario que nos encargara un taxi para irnos de luna de miel como los ricos —dijo Plácido en voz alta para que lo oyeran todos.

El secretario no contestó. Solo él sabía que aquello era mentira.

Esperaron con las gentes hasta mediodía. Les pidieron se fueran, que ellos seguirían un rato más. Cuando se marcharon todos, aparejaron la burra y emprendieron el camino de la Cruz del Pinarón, cerca de Agüero, donde se juntaba el camino de El Frago con la carretera de Ayerbe. Plácido se sentó encima y sujetaba la maleta para que no se cayera. Aunque la llevaban vacía, no querían que se rompiera, que se la había prestado el alcalde. Una vez que se acomodó, Anastasia tomó el ronzal y caminaron hasta el Corral de la Pecha. Dejaron la burra atada a un árbol y ellos se tumbaron en un montón de paja al fondo de la paridera. A Plácido se le achicaron los ojos. Nunca había conocido ninguna oveja tan dócil y encima con muslos prietos.

Antes de un año, Anastasia abandonó el pueblo.

—No la busquéis —gritaba Plácido en el bar—. Parece una mosca muerta pero es una gripiona. Cuando llego cansado del monte me dice que huelo a cabra y que ella no es plato de segunda.

—Anda, Plácido, no te pongas chulo, que todos sabemos lo que cuesta arrancar según qué vicios. Al final la cabra siempre tira al monte —le contestó uno de sus amigos.

—Eso. Que el buey suelto bien se lame. —Soltó una carcajada—. ¡Toma ya! A letras me ganarás, pero a refranes no, que mi abuela decía muchos.

Carmen Romeo Pemán

Foto de la entrada. Una maleta de Pinterest.

Con cartas de recomendación

Nos levantamos antes de rayar el alba y, zigzagueando por unas trochas empinadas, llegamos a Ayerbe con tiempo suficiente para coger el tren que bajaba de Canfranc a Zaragoza. Dejamos la burra con un posadero conocido y le pedimos que nos la guardara hasta el día siguiente. Así, cuando mi madre regresara, no tendría que caminar las siete leguas que separan Ayerbe de El Frago.

En la estación, mientras esperábamos el Canfranero, nos encontramos con una mujer de Lacasta que también llevaba a su hija a un internado. Por debajo de la toquilla le asomaban unas manos con quebrazas, como las de mi madre.

Subimos al tren y nos sentamos las cuatro juntas en vagón de tercera, en un compartimento con bancos de madera. Enseguida nos pusimos al corriente de nuestras vidas. La otra chica, Petronila, tenía mi edad y nuestros padres habían muerto cuando éramos muy niñas.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de reina aragonesa —le dije.

—¿A qué te gusta? —terció su madre—. Pues ella no para de preguntarme que a quién se le ocurrió, que ni es el santo del día, ni de nadie de la familia. Y, encima, las chicas se ríen y le sacan motes.

Y, habla que te habla, nos fuimos tomando confianza, tanta que la madre de Petronila nos enseñó un sobre arrugado y manoseado.

—Con esta carta de recomendación de mosén Pedro, las monjas tratarán a mi hija mejor que si fuera la mismísima reina Petronila.

En ese momento sentí una arcada, como si me hubiera metido los dedos hasta la campanilla, y pensé: “Ese cura debe ser tan cabrón como el que se acostó con mi madre. Seguro que también intentó cepillársela, Y hasta le dejó el nombre: Petra, no, que cantaba mucho. Petronila resultaba más disimulado. ¡Todos iguales! Y luego, ¡hala!, nos quitan de en medio con una carta de recomendación. ¡Anda a saber si estos curas no habrán tenido también aventuras con las monjas! ¡No me extrañaría nada!”

Enfrente de nosotras, iba una señora adormilada. Justo encima de ella, en el portaequipajes, había dejado dos gallinas vivas, atadas por las patas. Se pasaron todo el viaje cacareando. Cuando llegamos a Zaragoza, todas estábamos envueltas en el plumón que habían ido soltando con sus aleteos. Antes de bajarnos, mi madre se encaró a la dueña:

—¿No se da cuenta de la faena que nos acaba de hacer? ¿Cómo nos vamos a presentar así en el colegio? ¡Qué pintas, Dios mío! Por su culpa igual no aceptarán a nuestras hijas, que las llevamos a un colegio de postín.

Nos sacudimos, pero no pudimos quitarnos todas aquellas pelusas blancas adheridas a las ropas. Con esa facha, nos plantamos delante de un portón de caoba y herrajes de bronce. Más que la puerta de un internado parecía la de un palacio renacentista. Llamamos al timbre y nos acercamos al torno las cuatro a la vez. Al ver semejante tumulto, salió la hermana portera, que nos había abierto tirando de una cuerda. Miró de arriba abajo los pañuelos anudados debajo de la barbilla, las sayas pardas y los delantales raídos de nuestras madres. No pudo reprimir un oh, cuando se vio los piojuelos de las gallinas que corrían por las telas.

—¡Buenos días! —dijo mi madre, tomando la delantera—. Venimos a traer a nuestras hijas con buenas cartas de recomendación.

—¡Lo siento! Pero las que vienen recomendadas no entran por aquí —cerró la puerta y nos siguió hablando por el torno—. Miren, sigan un poco adelante y en la esquina de la izquierda, se encontrarán un portal pequeño, por el que entra el servicio. Allí es.

Estaba claro. No nos iban a tratar como colegialas normales. Ni siquiera nos dejaban entrar por la misma puerta.

Antes de pasar a unos cobertizos, donde estaban nuestras habitaciones, una monja gorda, con pelos en la barbilla, se presentó como nuestra encargada. A continuación despidió a nuestras madres y nos leyó la cartilla. Nos dejaría asistir a las clases pero, sin hacer ruido, tendríamos que entrar las últimas y salir las primeras. Nos había reservado dos sitios una clase de primero de bachiller. Nos teníamos que sentar en la última fila, junto a la puerta. También nos advirtió que tendríamos atender en clase, que después no dispondríamos de tiempo para estudiar. Sólo algún rato libre de los fines de semana.

Dicho esto, nos entregó a cada una un uniforme negro, con cuello blanco de plástico y un cinturón negro. Así nos distinguiríamos de las internas de pago, que lo llevarían rojo.

En la primera ocasión que tuve, le encargué a una alumna externa que me comprara una linterna. Justo me llegaron unos dinerillos que me había dado mi abuela. Cuando apagaban las luces del dormitorio, hacía una especie de tienda de campaña con las sábanas. Sentada, me ponía el libro en las piernas cruzadas y lo alumbraba con la luz mortecina de la linterna. Así conseguí sacar buenas notas hasta que acabé Magisterio. De esa época, me queda la sensación de andar durmiéndome por los rincones.

El día que fui a recoger el título me ofrecieron una plaza de maestra en un pueblo del Pirineo Aragonés. Llegué en burra y me alojé en casa el Bastero, en una alcoba muy parecida a la de mi casa de El Frago. Cuando entré en la escuela pensé en mi maestra, y sonreí como lo hacía ella.

Una tarde, pasadas las Navidades, vino a verme la hija de la viuda de casa Satué. Como tenía que ir a lavar con su madre, había abandonado la escuela antes de cumplir catorce años, unos días ante de que llegara yo.

Me contó que, cuando volvía del río, me espiaba por la cerradura y le gustaban mucho mis clases. Se quedó un rato sin hablar, dando vueltas alrededor de la estufa. Hizo ademán de marcharse, pero se dio la vuelta:

—Mire, hoy me he atrevido a entrar. —Calló un momento—. Es que, en realidad he venido a pedirle un favor, que sé que está en sus manos.

—A ver si puedo. Dime.

—Solo puedo confiar en que usted me saque de este agujero.

A los pocos días, en la estación de Zaragoza, la viuda de Satué y su hija no lograron quitarse todas el plumón de gallina que se les habían adherido a sus ropas.

Carmen Romeo Pemán.

De cabañeras y aliagas

No sabíamos por qué nos reíamos del miedo de nuestro padre a las aliagas. Lo que sí sabíamos era que todo le empezó para San Pedro. A los diez años ya acompañaba a los pastores que llevaban los rebaños a puerto, es decir, a los que subían desde la Tierra Baja hasta los altos del Pirineo.

En las comidas de los domingos nos contaba sus aventuras. La que más le gustaba era la de cruzar el puerto de Monrepós. Como repatán, que así llamaban a los niños que ayudaban a cuidar los ganados, su trabajo consistía en ir detrás de los últimos perros pastores y ayudar a las ovejas que se quedaban rezagadas. Lo peor estaba en los tramos en los que tenían que avanzar monte a través. Le resultaba muy penoso caminar entre los erizones, o cojines de monja, como llamaban a las aliagas marinas. Esas eran las peores. Esas crecían entre los pinos y en muchos tramos invadían la cabañera.

Le gustaba hablar de sus pies planos. De que no podía caminar deprisa por los pedregales. Y menos aún con las aliagas recién granadas, justo en el momento en el que se les endurecen las espinas y se le clavaban en las plantas doloridas y entre los dedos. De nada le servían los peduques de lana recién hilada, ni las correas altas de las abarcas. Cuando mi padre llegaba a este punto, mi madre gritaba:

—Basta ya, Andrés. No sigas por ese camino que siempre nos amargas la comida.

—Eso, saca el pan —contestaba él. Y seguía con su retahíla—. Por algo dice el refrán que cuando la aliaga florece no hallarás quien pan te deje.

—Pues ya han florecido. Y aún tenemos harina del año pasado. No nos faltará el pan en todo el año —respondía mi madre limpiándose los labios con la punta del delantal.

—Es que aún no hemos llegado a San Pedro. Entonces llegará la aliaga granada y no te dará pan ni tu hermana.

—Basta ya de refranes y sandeces. —Mi madre hacía el gesto de espantar una avispa—. Déjanos comer en paz.

Entonces mi padre se metía los dedos de la mano en la boca y se la restregaba. Decía que se le habían inflamado las encías y que llevaba ampollas por todo. Hasta en la lengua. Que se le abrían en carne viva cuando se metía algún bocado.

—Ya basta de cochinadas. —El enfado de mi madre aumentaba por momentos—. Al final nos harás vomitar a todos. —Con gesto de quitarle el plato—. Si no quieres comer, déjalo, que te sobran carnes.

A continuación le traía un pocillo con mejunje de hierbas que ella recogía en el monte.

—Anda, tómate esto y túmbate un rato en la cadiera. Verás cómo se te pasará la desazón de la boca si te callas un rato.

Por las noches, alrededor del fuego, cuando mi padre volvía de las parideras, me gustaba contemplar cómo le metía mi madre los pies en una palangana de agua templada con sal, vinagre y un cocimiento de hierbas. Ella se arrodillaba y le limpiaba las uñas con mucha paciencia. Después acercaba mucho los ojos por si llevaba algún pincho clavado en los repliegues acartonados.

—Mira bien a ver si se me ha hecho alguna ampolla blanca con pus —gruñía mi padre.

¡Qué estampa! Mi madre inclinada, con el moño deshecho. Una nueva Magdalena lavándole los pies a su Señor.

Entonces mi padre se repantingaba y levantaba unos pies tan grandes que le tenían que hacer las abarcas a medida. En ese momento miraba a ver si estábamos cerca y nos contaba que esos pies eran sagrados, que le habían dado comida cuanto era repatán y después lo habían librado de hacer una mili de más de dos años.

Lo malo fue el día que mi hermano mayor le dijo que habrían sido más útiles para apagar incendios en el monte que para guardar rebaños. Que al fin y al cabo todos sabíamos que la vida de los pastores era una vida de vagos. Que se pasaban las horas mirando al cielo y que el trabajo lo hacían los perros. Que siempre se había dicho, compra un buen perro y échate a dormir.

—¿Qué te sabrás tú? —Tomaba aliento—. Si nunca has ido con el rebaño ni has tenido un uñero.

—¡Ande va! —Como era el primogénito se atrevió a replicarle.

En un estallido de ira le contestó que esa era la maldición de los pastores. Que ni él ni muchos ignorantes conocían el suplicio de tener las uñas podridas y andar cojeando. Y, al final, no poder más y caer roto en el suelo. Que no sabían qué era perderlas y tener que caminar de rodillas, como los tullidos.

—Usted siempre nos ha dicho que su problema eran los pies planos. Pero muchos quisieran tener su planta y la fortaleza de sus piernas—le contestó mi hermano pequeño.

—Y tú, cállate, que aún no has salido de las faldas de tu madre. —Con su puñetazo en la mesa nos quedamos mudos.

Mis hermanos y yo sabíamos que, en la redolada, era el pastor que más horas aguantaba en el monte. Pero nunca supimos de dónde le venía la obsesión por las aliagas, hasta que lo descubrió nuestro hermano pequeño. Todo había comenzado un año para San Pedro, cuando, por primera vez, fue de repatán con unos ganaderos fuertes del pueblo que llevaban las ovejas a pastar al Pirineo. En la subida a puerto tomaron la cabañera que iba por Arguis, la que cruzaba el puerto de Monrepós por el Peñuzo, donde las plantas eran ralas y los erizones lo invadían todo. Él, por culpa de sus pies planos, iba rezagado y oyó el balido de una oveja. Era como un largo lamento. La buscó y se la encontró moribunda detrás de la única aliaga florecida entre las otras, que ya estaban granadas. Se la quedó mirando. Tenía las cuatro patas en carne viva y se le habían caído las pezuñas. Entonces oyó la voz del mayoral:

—No te acerques. Tiene patera, o glosopeda, o como se llame. Es un mal muy contagioso que lo producen las aliagas marinas.

Andrés oyó el batir de grandes alas hacían círculos sobre la oveja. Eran los buitres que esperaban su festín. Se le heló la sangre cuando pensó que eso mismo podría sucederle a él o a cualquier pastor.

Carmen Romeo Pemán.

El relato está ambientado en la Ciabañera de Monrepós, cerca de Arguis

Foto del principio. Aulagas marinas, cojines de monja o erizones en el Peñuzo. Puerto de Monrepós, Huesca.

Caraquemada

De las fragolinas de mis ayeres.

El carbón tenía que arder toda la noche a fuego lento. Cuando anochecía, echábamos a suerte quiénes nos quedaríamos vigilando la cabera. Hacían falta dos, por si uno se dormía. Es que, de vez en cuando salía una llamarada por algún agujero, nosotros teníamos que taparla con tierra y pisarla bien para que se apretara. Si se escapaba el humo detrás saldría el fuego y llegaría el desastre. ¡Eso era lo más difícil! Ese humo nos hacía toser sin parar y la mejor manera de no sentir cómo entraba en nuestros pulmones era con un cigarro de cuarterón y un trago de vino recio. Pues eso. Un día empiné tanto la bota que en lugar de pisar la tierra me caí de bruces encima del humo. Con el golpe se avivaron las llamas y me abrasaron la cara. Esa noche estaba con Hilario. En cuanto me vio caer, como no teníamos agua, apagó las llamas con la bota del vino. Yo aullaba como un perro rabioso y pensaba en Marcela. Hacía unos días que me había confesado que había tenido otros pretendientes, pero los dejó cuando se les quemaron las caras haciendo carbón.

Hilario me envolvió en barro hasta que me sacó el calor del cuerpo y me cubrió la cara con tierra batán, la que se empleaba para encalar.

—Ahora, en lugar de los ojos se te ven dos agujeros pequeños, otros dos en los orificios de la nariz y uno más grande en la boca.

Mientras se secaba la careta, unas hormigas voladoras se mezclaron con el barro, se me metieron en la piel quemada y, allí, quedaron atrapadas con las patas hacia afuera. Quería arrancármelas pero se me agarraban a las manos como un enjambre de abejetas. Cada vez venían más. Enseguida oímos cocear a una caballería y supimos que habían entrado en el corral. Otras se refugiaron en las orejas del gato que dormía junto a nosotros. De repente comenzó a maullar y a dar saltos como cuando le entró la sarna. Hilario lo agarró de la cola y lo echó dentro de la cabera.

—¡A cascala! No sea que le hayan metido en el cuerpo alguna bruja o el espíritu del Maligno.

Al poco rato me entró una tiritera y abandonamos la cabera. Encima de la mula, yo iba dando alaridos. Nada más llegar, Hilario encendió el fuego y se fue a buscar al médico. Con el calor del hogar, el barro y las hormigas atrapadas caían como chinches, apagaban las llamas y la humareda no cabía por la chimenea. Con gran esfuerzo me fui a lavar la cara en el barreño de la fregadera y me asomé a la ventana. Debajo estaban los carboneros a los que había avisado Hilario,

—Cagaos, que somos unos cagaos. La puta ama nos tiene a todos acojonados. A ver si un día os atrevéis a meterle las manos entre las tetas y le sacáis los billetes que nos roba. Ayer vi como escondía en el suelo los duros que le dieron los que le compran el carbón. Ni siquiera nos lava las mudas. Solo quiere solterones viejos. Y todo porque no quiere líos con las mujeres. Se las apaña como puede y hace desaparecer a las novias. A unas les busca casas para servir en otros pueblos, y ya no vuelven. En cambio, otras desaparecen sin dejar rastro. Y por más que salgan los pastores con perros no encuentran a ninguna. Mientras tanto, nosotros nos conformamos con una alforja llena de pan duro y algún polvo al mes. De sus partos se encarga la comadrona y entre las dos los llevan en secreto. Aprovechan los carros que bajan con carbón a Zaragoza. En medio meten los fardos que hay que dejar en la inclusa.

No sé dónde ni cómo me quedé dormido. Me desperté en plena noche cerrada. Oí unas carcajadas y salí a la calle con un cuchillo de degollar ovejas. Si no se hubieran ido todos los habría ensartado en un amén. Hasta se lo intenté clavar a un guardia civil que un día me quiso llevar al cuartel de Luna.

A los pocos días de estar aquí, yo daba vueltas alrededor de una columna y vi a un enfermero que se acercaba con la dueña del carbón. Me dirigí a ella echando azufre por los agujeros de los ojos.

—Hijaputa, vete de aquí. No quiero verte hasta que me digas en qué pozo ahogaste a Marcela el día que me vino a traer la comida a la cabera. Alguien te fue con el cuento de que nos queríamos casar y a ti se te hinchó la vena. Joder. Es que a ella no la podías camelar. Sabías que si te descubría te sacaría las entretelas. Que Marcela era mucha Marcela. Hijaputa, o como te llames, nunca vivirás en paz. Y el día que te entren las hormigas en las cuencas de los ojos aullarás y nadie te escuchará. Tu cuerpo carbonizado se enroscará a las carrascas y nadie te reconocerá. En cambio yo encontraré a mi Marcela. Estoy seguro de que me espera en alguna de las fuentes que manan agua fresca del Arba.

Sin contestarme, me miró con desprecio y vi cómo desaparecía detrás de la verja. Poco a poco se iba empequeñeciendo. Al final se arrastraba por el suelo mientras la envolvía un enjambre de moscas voladoras.

Carmen Romeo Pemán.

Fotografía. Cabera o carbonera de Mario. Blog del Colegio Público de Ujué. https://cpujue.educacion.navarra.es/blog/

Cabera o carbonera, un horno para elaborar carbón vegetal. Hasta la emigración de los años sesenta, siglo XX, fue un oficio muy importante en El Frago. Para más información sobre los carboneros de El Frago, ver el blog de Astún, pseudónimo de la erlana-fragolina Carmen Guallar Idoipe, en : http://astun47.blogspot.com/2011/11/el-carbonero.html?m=1,

Días de internado

Después de la cena comenzábamos la hora de estudio y, a continuación, los rezos en la capilla. Luego subíamos en fila al dormitorio y cada una se metía en su camarilla: un cubículo rodeado sábanas blancas colgadas de barras de hierro. En aquel dormitorio me sentía como en una gran jaima sin techo. Cerraba los ojos, me imaginaba bajo un cielo estrellado y recordaba los cuentos de las Mil y una noches que tantas veces me había leído mi madre. Pronto empecé a mezclar unos con otros y a adobarlos con mis nuevas vivencias.

Nos desnudábamos con la Salve Regina, entonada por la hermana Anselma, la directora de un coro de ochenta voces desganadas. Cuando llegábamos al dulcis, virgo María, ya estábamos metidas en la cama con las cortinas corridas. No podíamos darnos la vuelta sin bambolear aquellas cortinas asabanadas. Cuando oíamos el frú frú de unos hábitos, conteníamos el aliento y nos hacíamos las dormidas hasta que la cara de la monja se asomaba a nuestra camarilla.

—Ave María Purísima

—Sin pecado concebida —le contestaba la niña en cuestión.

Así comenzada la ronda de la hermana Anselma. Revisaba las mesillas y nos quitaba los paquetes de comida que recibíamos de nuestras casas. Esos que nos permitían pequeñas juergas nocturnas. A continuación, de forma muy delicada, nos metía la mano debajo del camisón y comprobaba si nos habíamos quitado el sujetador y la braga.

—Es que sé que algunas no os desnudáis del todo para correr más por las mañanas. Las hermanas tenemos que vigilar vuestros malos hábitos y ayudaros a luchar contra la pereza.

Pero a mí, que era obediente, y ella lo sabía, eso no me gustaba. Tampoco me gustaba que los sábados, se paseara entre los cubículos de unas duchas de a doce y nos dijera cómo teníamos que enjabonarnos. Y, si creía que no nos quitábamos bien la roña, tomaba el jabón Heno de Pravia y con ayuda de una piedra pómez nos restregaba una y otra vez en las zonas íntimas.

A la mañana siguiente nos despertaba rezando a pleno pulmón el Ave María gratia plena. En un tiempo muy ajustado teníamos que hacernos la cama y peinarnos en los treinta lavabos del pasillo exterior. Allí nos empujábamos y nos disputábamos unas gotas de agua y un trozo de espejo. Unas a otras nos retocábamos los moños, salvados de la ruina por las redecillas nocturnas. Con frecuencia, la hermana Anselma, si solo habíamos estirado la cama o habíamos dejado ropa usada en la silla, nos sacaba de clase y nos llevaba a la madre superiora.

—Hija mía, tienes que obedecer a la hermana Anselma. Ella depositará en tu alma las semillas de una mujer de su casa con aroma de santidad.

Lo mejor llegaba el fin de semana. Los sábados y domingos, después de comer, en una larga fila de a dos, cogidas de la mano, y sin risitas, íbamos al Pilar y al parque Grande. Zaragoza se convertía en un gran hormiguero, con filas y filas de colegiales que hacíamos el mismo recorrido. Si coincidíamos con una fila de chicos, en la acera de enfrente, el revuelo y los castigos estaban asegurados. En ese momento, las hermanas bisbiseaban a nuestros oídos eso de “hombre-pecado”. Y a mí me daba la risa floja. ¿Cómo podía ser que mis amigos internos en otros colegios, de repente, pasaran a ser hombres y, encima, los representantes del pecado? Pero si el mosén de mi pueblo los confesaba todas las semanas y nos decía que eran más nobles que nosotras. Que ellos lo desembuchaban todo y nosotras nos callábamos nuestras cosillas.

—A ver, ¿se puede saber qué te ha hecho tanta gracia? —Era la voz de la hermana Anselma que se había convertido en mi sombra. Y yo:

—Nada, nada. Que no entiendo nada. —Me pellizcó fuerte en el carrillo y me dijo:

—Después de cenar te esperaré. Tenemos que aclarar muchas cosas.

Cuando crucé la puerta del comedor, allí estaba. Me cogió de la mano y me llevó por un pasillo largo, lleno de recovecos. En cada rincón se adivinaba un bulto negro. Al principio me parecieron estatuas sin iluminar. Me costó distinguir que eran monjas con niñas. Es que el largo velo negro casi las envolvía a las dos.

Cuando encontramos un sitio libre, la hermana Anselma me tomó por los hombros. Así te hablaré mejor al oído. La verdad es que me puse nerviosa y no me enteré bien qué me decía. Vagamente recuerdo eso de que estaba allí para estudiar y para despertar mi vocación de monja. Que no me preocupara si no sentía nada, que Dios se manifestaría pronto y me colmaría con su gracia. Y no sé cuántas cosas más. El caso es que, aunque ella quería acariciarme como mi madre, yo me sentía incómoda. De repente, di un respingo y me eché a correr hasta la sala de estudio. Debí estar mucho tiempo con la hermana Anselma porque enseguida tocó el timbre.

Al llegar a la capilla, ¡otra vez la hermana Anselma! En voz alta me llamó por mi nombre.

—Hoy dirigirás tú la letanía. Al acabar las alabanzas a la Virgen, tendrás que decir cincuenta veces, hombre-pecado, y las demás te contestarán a coro. Contarás las veces con las cuentas del rosario. Sin dejarme replicar, me puso en la mano su largo rosario de azabache.

Al día siguiente, antes de la misa de internas, me fui a confesar. Le conté todas mis tribulaciones al padre Soria y le pedí un cilicio. Al principio se resistió pero, como le insistí tanto, me dijo que hablaría con la hermana enfermera y que me colocaría uno en el muslo. Además, como no había cometido pecados mortales, podría quitármelo algún rato.

Por la noche, cuando fui al encuentro de la hermana Anselma, quiso comprobar mi buena disposición y me levantó el uniforme. No esperaba encontrarse con las púas al revés.

Sacó la mano chorreando sangre y comenzó a gritar. Perseguida por el grito que recorría todos los pasillos y salía por las ventanas, con el corazón en las sienes, corrí al estudio. Me senté en el último pupitre, saqué los libros. Me apreté la cabeza con las manos, pero no logré controlar el temblor que se iba apoderando de mí. No recuerdo cómo llegué a la cama. Pero sí que desde esa noche la hermana Martina se encargó de nuestro dormitorio.

Carmen Romeo Pemán

Como un girasol ciego

Un girasol ciego es un girasol que no busca el sol, un girasol inmóvil, un girasol derrotado. Alberto Méndez, «Los girasoles ciegos».

Mi mujer murió antes del parto. Yo estaba en el patio desaparejando las caballerías cuando oí gritos en la cocina. Eran las riñas de cada día. ¡Qué casualidad! Se quedaron embarazadas las dos cuñadas casi a la vez y siempre andaban con las manos en las greñas.

Mi hermano, que era el segundo, se había casado unos días antes que yo y reclamaba el derecho a quedarse con la casa, contra la costumbre de la primogenitura. Pero mi madre no dio el brazo a torcer y así se lo hizo saber a sus nueras cuando estaban enzarzadas en una de sus riñas:

—Aquí se cumplirá la ley de la sangre. En esta casa se quedará el primogénito con su mujer y su descendencia.

Cuando la mujer de mi hermano oyó esto, se salió de sus casillas. Desde el patio escuché los insultos: “Puta, ladrona, has venido a robarme lo que era mío, no te saldrás con la tuya”. Entonces yo me apresuré a descargar. Quería subir a poner paz. Pero no me dieron tiempo a acabar. De repente vi a mi mujer rodando por las escaleras. En el centro de su vientre, asomaban los ojos de unas tijeras. Rodó y rodó hasta mis pies. Estaba desmadejada y con unos estertores de mal presagio.

Me agaché para insuflarle vida. El corazón cada vez le palpitaba más despacio. En cambio el mío me había subido a las sienes. Acerqué la oreja a su vientre y oí los latidos del niño. Si pensarlo dos veces le rasgué su carne tersa con la navaja que llevaba en el bolsillo. Limpié al niño con mi chaqueta y lo coloqué al lado de su madre, arropado en una arpillera. Entonces levanté la vista. Las mujeres, que unos minutos antes discutían en la cocina, contemplaban en silencio al niño mudo junto a su madre inexpresiva, con una cara como de porcelana. “No es justo que llegue la muerte antes de que se dé la vida por nacida”, pensé. Y la película de nuestra vida pasó rápidamente por mi frente.

Desde niño me cautivaron unas trenzas rubias que saltaban a la comba. En la clase de lectura, pensaba en ella, cada vez que llegábamos al elogio que un arcipreste le hacía a una chica de la que se había enamorado: “¡Qué gracia y qué donaire!”. Luego vinieron las rondas. Yo cantaba debajo de su ventana, pero ella nunca se asomaba. Me hacía el encontradizo cuando bajaba a lavar al río. Por las tardes le subía los cántaros de la fuente. Así, poco a poco, entramos en relaciones y formalizamos nuestro noviazgo con algún beso robado.

Nuestros padres firmaron las capitulaciones matrimoniales. Estaban encantados de unir las dos mejores haciendas del pueblo. Mi novia, la primogénita de casa Puyal, trajo una de las mejores dotes. Allí sábanas de hilo fino de Holanda, bordadas con hebras de seda; toallas de lino con sus iniciales; sayas de mudar y mantillas de blonda. No faltaba la taza de plata con el nombre de la novia ni la vajilla de la Cartuja de Sevilla. Más de dos días estuvieron los criados de casa Puyal trayendo baúles hasta la nuestra.

Nos fuimos a vivir con mis padres, como me correspondía, pero la casa era muy bulliciosa y con poca intimidad. Todavía vivía mi abuela paterna que, a sus casi cien años no había dejado de mandar desde su silla de anea junto al hogar. Mi madre decía que a ellos se les estaba pasando la vida sin ser dueños de nada, a pesar de que llevaba muchos años rezando: “Gloriosa santa Ana, dale buena muerte y poca cama”. También estaban mis tres hermanas exigiendo la dote. Y mi hermano, el recién casado, con su mujer.

Es que, como mi hermano había dejado preñada a su novia, se casaron deprisa, sin amonestaciones, y se refugiaron en casa. Con el embarazo de mi mujer todo se complicó. ¡Dos embarazadas juntas reclamando los mismos derechos para sus hijos!

Mi hermano, desde que se casó, ya no fue el mismo. Hasta entonces nunca tuvimos problemas. Él cuidaba el ganado, como todos los segundones, y yo me encargaba de las tierras. Una noche, como siempre, después de cenar nos fuimos juntos a la taberna y, en el camino, sin venir a cuento, me soltó:

—Mira, no veo justo que tú te quedes con todo y que los demás seamos tus criados. —Tragó saliva—. Y dile a tu mujer que no presuma tanto delante de la mía. Que si ella es de casa rica la mía también lo es. Y que aún no ha traído su dote por no mezclarla con la de tu mujer. Es que, si no, luego diréis que todo lo que hay en la casa es vuestro.

Al oír esto, se me hinchó la vena y le contesté de malos modos.

—A ver, no te equivoques. Vosotros estáis en casa de paso. Te guste o no, yo soy el heredero. Y, cuando te vayas a tu casa, no pienses que vamos a seguir trabajando a medias. Si quieres cuidar el rebaño, será a jornal, como todos los pastores que tenemos.

Al día siguiente la mujer de mi hermano montó una zapatiesta sin motivo. Como la abuela estaba adormilada, mi madre le dijo que se le tenían que bajar los humos, que las cosas no eran como ella pensaba y que las leyes ancestrales no se podían cambiar con la voluntad de las personas. Aprovechando, el parlamento de mi madre, terció mi mujer:

—Eso, así es, mala pécora. Ya te puedes ir metiendo en la cabeza que aquí vas a durar poco y que lo que llevas en la tripa no heredará nada de esa casa. Entérate de una vez, todo será para mi hijo.

En ese momento la mujer de mi hermano, que tenía las tijeras de coser en la mano, se levantó con un gesto amenazante. Y la mía, muy asustada, echó a correr, pero, antes del primer peldaño, le alcanzaron unas tijeras, con tan buen acierto, que se le clavaron en la barriga.

Cuando llegó el juez, yo no estaba en condiciones de declarar y lo hizo mi hermano por mí: “Elena de Isuerre ha fallecido de hemorragia postparto”. En ningún momento mencionó a mi hijo ni que había vivido unas horas.

Los metieron a los dos en el mismo ataúd y yo me quedé mirando al suelo, como los girasoles ciegos, atenazado por el dolor y por la culpa.

Carmen Romeo Pemán

Foto: freepik

Tiempo de prodigios

Estoy alucinada, en el pleno sentido de la palabra. Con esta novela, he recibido una ráfaga de luz y conocimientos tan potente que me ha dejado deslumbrada.

El hilo conductor se basa en las vidas de Juan de Luna, morisco de Burbáguena, y su nieto, Román Ramírez, natural de Deza. Encontramos suficientes guiños para entender su valor simbólico: la necesidad de revisar la historia y de hacer justicia a la memoria histórica de ayer y de hoy.

Tiempo de prodigios es una enciclopedia completa del mundo morisco. Alguien podrá decir más –lo dudo- pero nadie podrá sugerir tanto.

¡Simplemente genial! Simeón inaugura un nuevo tipo de novela histórica. Mejor dicho, recrea la historia a la luz de las retóricas renacentistas. Como Umberto Eco, nos lleva de la mano por la jungla de una exhaustiva documentación en la que podríamos perdernos. Y siempre mirando a Burbáguena.

La novela abarca un siglo convulso. Un siglo de desasosiego para los moriscos. En 1501 comenzó la conversión en Granada. En 1502 en Castilla. Y en 1526 en el Reino de Aragón. La expulsión definitiva se produjo de forma escalonada entre 1609 y 1613.

Comienza in medias res. Don Juan de Luna, un médico famoso, conversa con su nieto de corta edad. La avidez de conocimientos del niño le lleva a recordar su vida y las de sus paisanos

Los recuerdos comienzan en 1526. El fatídico mes de febrero cuando llega a Daroca un correo del emperador Carlos I. Traía una orden de la Capilla Real de Granada que renovaba la Pragmática de Cisneros (1516) y que obligaba a todos los mudéjares de la Corona de Aragón a convertirse al catolicismo. Y los que ya se habían convertido tenían que abandonar los trajes, usos y costumbres moras.

“Los bautismos se llevaron a cabo sin instrucción religiosa y no borraron las diferencias, si es que las había, entre mudéjares y cristianos. Algo, no obstante, flota en el ambiente. Algo raro se avecina. Él que tan acostumbrado está a contemplar y analizar los fenómenos extraños, ha visto cosas raras, si no extraordinarias, en los últimos meses del año” (p. 27).

Aurelio Esteban, Carmen Romeo y Simeón Martín

Carmen Romeo vs Simeón Marín Rubio

Los moriscos añoran los tiempos mudéjares, como se llamaba a los musulmanes antes de la conversión. Una época de convivencia entre moros y cristianos que se rompió con las políticas centralistas españolas.

Desde 1526 hasta la expulsión, es una larga etapa en la que se rompe la convivencia pacífica. Son tiempos en los que no se toleran las diferencias, tiempos de persecución y torturas; tiempos de silencios y ocultamientos. Los “tiempos recios” de Santa Teresa, que dan título a una novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos recios (2019), de Guatemala. Y nos recuerdan al Tiempo de silencio (1962), del franquismo, de Martín Santos.

C. Me han sorprendido el qué y el cómo de esta novela. ¿Cómo se te ocurrió contar esto?

S. Conocí a este personaje, fue el abuelo quien movió mi curiosidad, en Caro Baroja, Vidas Mágicas e inquisición. Luego lo vi en Gárgoris y Abidis de Sánchez Drago y en García Ballester, Los moriscos y la medicina. Después vino el proceso inquisitorial, la comedia Quien mal anda en mal acaba de Juan Ruiz de Alarcón. Fue todo eso lo que me llevó a imaginar cómo podía haber sido la vida del abuelo y del nieto. En el proceso de construcción son muchas las publicaciones que he encontrado que trataban sobre o hacían referencia a Román Ramírez. Todas hacían referencia a sus habilidades, tanto como sanador como memorioso, pero nadie hacía referencia a cómo fue su biografía. Supuso un verdadero reto inventar la conexión entre el abuelo y el nieto, ver cómo fue el proceso enseñanza aprendizaje. Comprobar la capacidad de asimilación de Román de cuanto le enseñaban.

C. Tiempo de prodigios se me ha revelado como una novela cervantina. Me han llamado la atención las dos partes evidentes: dos formas de novelar diferentes. La primera. Le dedicas tres largos capítulos a Juan de Luna, el famoso médico-sanador de Burgáguena. En la segunda, los seis capítulos siguientes, con centro en Deza, recreas la vida completa de Román Ramírez, el nieto. sanador como su abuelo y memorioso como su padre.

Dos ritmos y dos estructuras narrativas. Si las novelas están vivas, como esta, oímos su respiración. Aquí el respirar lento de la primera parte, con fragmentos autónomos, responde al patrón narrativo yuxtapositivo de la Edad Media. En la segunda, con una respiración entrecortada, subordinas los acontecimientos al personaje, como en la segunda parte del Quijote. En esta parte das entrada a las técnicas de la novela moderna. En la primera el sedentario don Juan de Luna y en la segunda el andariego Román Ramírez.

Y, como por azar, todo nos lo cuenta Cervantes, que en esos momentos estaba ensayando este tipo de técnicas, a punto de cristalizar en el Quijote.

S. Uno no puede quitarse de encima “el pelo de la dehesa”. Quiero decir que la formación de uno y cuanto ha leído se convierten, aunque no quiera, en elementos básicos de todos los constructos intelectuales, sean del tipo que sean. Este proceso que dices ver y que, seguro estará, no lo pretendí en ningún momento. Simplemente se impuso. Nos pasa en nuestras biografías: lo lentos que discurren los primeros años y “cómo se pasa apriessa”, como un sueño, después. Por otra parte, la necesidad forzosa en unos casos y en otros casos buscada, obliga a Román a ser un “caballero” bastante andante. Siempre el camino encuentra la justificación y supone un paso más en su definición.

C. Antes de seguir adelante, nos vamos a detener en el diálogo de Juan de Luna y su nieto. Ese diálogo con el que estructuras la primera parte.

“Años más tarde, Juan de Luna se lo comentaba a su nieto.

—¿Sabes de qué me estoy acordando, Ramón?

—¿Cómo lo voy a saber, abuelo?

—De los bautismos de Daroca. Bajamos desde aquí porque había que hacer bulto.

Se calla. Los recuerdos se le amontonan, acaricia la cabeza de su nieto y deja viajar a la memoria” (p. 23).

Aparte de traerme a la memoria “La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro, yo he querido ver allí la ficcionalizacion de un proceso real que estás viviendo con tu nieto.

S. Hay todo eso y más. Tú lo has podido reconocer porque partes con ventaja. Nos conoces a los dos, al nieto y al abuelo, y a las particulares circunstancias de ambos. Te puedo decir que todos los niños que aparecen en ese camino tienen un poco de mi nieto. También te puedo asegurar que no tenía presente en la redacción, la maravillosa novela de Sampedro. Pero sí, hay muchos elementos iguales o muy parecidos.

C. Los elementos narrativos universales que todos llevamos dentro. Nadie copia a nadie. Como diría Mijail Bajtin, todos participamos en el mismo diálogo, somos criaturas dialógicas.

Tras este inciso, volvamos a la retórica. No sé si son unas biografías noveladas o una novela histórica. Lo que sí sé es que es una novela renacentista en el fondo y en la forma. Que está documentada con muchísimo rigor y cariño. Es más, si leemos con atención Tiempo de prodigios, entenderemos muy bien cómo era una novela del XVI. De paso, te ha salido la vena didáctica: es una clase perfecta de retórica literaria.

A medida que vamos leyendo, nos damos cuenta de la cantidad de rasgos literarios y lingüísticos del XVI que quedan repartidos, como al azar, por estas 375 páginas, de letra menuda.

Aquí está todo medido y pesado, como en la prosa de Fray Luis de León.

S. Tan medido y pesado que esta historia me ha llevado ocupados casi veinte años. Eso no quiere decir que estuviese todos y cada uno de los días de ese tiempo sin hacer otra cosa. No. Pero es cierto que la redacción me ha llevado, con más o menos dedicación, diez años. La documentación ha sido muy laboriosa. Tu sabes bien que, en nuestra formación, no ha sido importante conocer las virtudes de las sustancias que guardaban en las boticas,  sí que hemos trabajado con las novelas de caballería, no en la tradición de vivir de su recitado.

Yo tampoco sé si una novela histórica, parece que sí pues ocupa casi todo el siglo XVI, o una biografía novelada, que lo es indudablemente. Partí de dos nombres, Juan de Luna y Román Ramírez, y a partir de ahí me inventé las biografías que suponen el elemento importante de la novela. Hay de todo. Personajes históricos, muy conocidos unos, menos otros, y muchos inventados, pero muy precisos para entender y dar sentido a esas vidas.

C, Muchos guiños a Cervantes y al Lazarillo. Háblanos de la carta. Y de esos papeles del final que sirven de marco narrativo y dan sentido a toda la novela.

S. Ahí sí que debo decirte que los dos modelos han estado presentes desde el primer momento. La carta a Cervantes y su reacción. Luego vino lo demás. Como en el Lazarillo, también con carta de por medio, se da cuenta de las andanzas virtudes y adversidades del protagonista. El autor del Quijote echaba mano de cualquier papel que saliese a su encuentro. En este caso todo lo justifica una carta y un papel doblado que ha recibido Cervantes.

C. Háblenos de esa obsesión de Román Ramírez por las novelas de caballería.

S. Es claramente la herencia de su padre. Se trata de aunar las dos profesiones: la de memorioso y la de sanador. Román solo lee una novela que no ha leído su padre: Don Cristalián de España, la única novela de caballerías escrita por una mujer. En todo lo demás es un fiel seguidor de. qué libros y cómo contarlos, de su padre. Esa habilidad de su padre le ha permitido salir adelante y ganarse la confianza de los poderosos. No otra cosa hace Román. Del mismo modo en medicina, es un fiel seguidor de cuanto aprendió de su abuelo Juan de Luna y, como él, también llega a ser un sanador requerido por todos, desde el propio rey a numerosos personajes anónimos y nobles y poderosos de Castilla y Aragón.

C. Eso. Y que no se nos olvide la gran ironía de esta novela. La que la convierte en una carcajada valleinclanesca. A Román Ramírez lo denuncian ante la inquisición por su oficio de memorioso y no por su condición de morisco.

Sigamos. En esta novela aflora tu pasión por el teatro. Yo diría que hay una a punto del teatro español del siglo XVI y una constante teatralización en todo el texto.

S. Absolutamente cierto. Hay dos autores teatrales con quienes ha tenido repetidos contactos: Bartolomé Palau y Lope de Rueda. Las técnicas de “dramatización”, las ha recibido de la observación y de las lecciones de de su padre. Él tiene todo de teatral en sus “lecturas”. Hay numerosos ejemplos en toda la historia de este memorioso.

C. Hablemos del gusto por las enumeraciones, tan valoradas en la novela del XVI. Así, a bote pronto, me vienen escenas de La lozana andaluza.

Y muchas de las novelas de caballería tan presentes en todas las páginas. Recuerdo una entrevista a Martín de Riquer en la que defendía la necesidad de recrear esos mundos con minuciosidad. “Muchos lectores de hoy pueden considerar aburridas o prolijas las descripciones de torneos y justas. Pero ¿qué harían ellos si tuvieran que contar los partidos de futbol en una novela? Tengamos en cuenta que no había medios de comunicación como hoy. ¿Sería suficiente con contar solo un partido a los seguidores del Real Zaragoza?

S. Si, así es. El siglo XVI es el que va construyendo a mi Román. No he sabido, tampoco lo he pretendido, echar por la borda mi experiencia como lector interesado, profesional si quieres, de la literatura. Sí; hay alguna cosa que puede recordar la obra de Delicado.

C. Es un tópico conocido que los prólogos se escriben el final y se colocan al comienzo. Pues bien, siguiendo el orden de escritura, hablaremos de este prólogo tan complejo. Tres prólogos en uno. Si no son más.

Una confesión del autor a sus lectores. Un monólogo desdoblado en diálogo, un proceso dialógico, como diría Bajtín, que permite contar los procesos interiores con distanciamiento e ironía.

S. Absolutamente cierto, y eso sí que lo he buscado

C. Pues ya que he dado en el blanco, seguimos con el prólogo. Yo lo veo como una justificación del acto mismo de escribir. “Hoy, aquí, ante la provocación que supone un papel en blanco, has decidido poner manos a la obra e imaginar cuáles y cómo fueron las andanzas de Román Ramírez” (p. 11).

Una autoficción del proceso real de escritura y una crítica irónica al tópico falsa modestia: “Llevas mucho tiempo dándole vuelta a la historia y a su personaje. Nada hay de extraordinario en él ni en quienes lo acompañan” (p. 11).Todos sabemos que, por el mero hecho de ser el protagonista de una novela se convierte en extraordinario y en protagonista de un tiempo de prodigios.

También veo una justificación del estilo narrativo que has elegido: “Tienes claro que lo escrito hoy es de hoy, aunque los pobladores del papel sean de hace siglos. Quieres escribir como se escribe hoy, sin imitar el castellano del siglo XVI, solo algún texto. Escribir algo que bien pudo ser así” (p. 12).

Y así lo será en adelante. Porque en esta novela quedan definidas para siempre las raíces de quien la escribe. Y para traer las viejas raíces al presente necesitamos de la vieja técnica literaria del recuerdo dentro del recuerdo, o de los flashback, como se dice en esta época de anglicismos.

Me gustaría contrastar mis impresiones lectoras con tu punto de vista, o con el del narrador que esto escribe.

S. ¿Qué quieres que te diga? Todo lo has dicho tú leyendo lo que he escrito yo. Ese ha sido, y voy a utilizar también un anglicismo, el leitmotiv de mi historia o de mi novela. Todo arranca con ese monólogo disfrazado en diálogo, por utilizar tus palabras. No quiero que nos extrañe nada en este tiempo de prodigios que justifica casi todo. Desde luego no justifica mis errores, que seguro que los hay y muchos.

C. Las escenas de Burbáguena rezuman una contención emotiva. Son los momentos en los que brillan las imágenes poéticas y el detallismo evocador.

“La vida en el lugar, Burbáguena, discurre pacíficamente, sin el menor sobresalto; cristianos y moros llevaban antes, según dicen, vidas separadas. Pero, en estos momentos, están completamente mezclados. Los moros, y ahora sus hijos, vivían en el Barrio Alto, junto a las eras, y en el barrio Moral. Los hijos han heredado los oficios de sus padres. Así, Miguel es zapatero, Juan, el molinero, hijo de Farag el molinero. El padre de Domingo, el blanqueador, era Yuce el blanqueador. Asensio y Ferrando, los cesteros, hacen lo mismo que su padre Ybraim el cojo. Brahem, el arriero, ha pasado el oficio y las caballerías a sus hijos, Fernando y Juan. Con esto hacen sus viajes a Zaragoza, a Barcelona y a Valencia. Cuando se trata de viajes de varias jornadas se juntan con los arrieros y carreteros de otros pueblos de la ruta” (p. 35).

Toda la novela mira a Burbáguena, a tu Burbáguea. ¿Cómo se vive esta experiencia literaria? ¿Es una especie de Macondo literario?

S. ¿Cómo la he sufrido? Muy intensamente. No solo lo de Burbáguena. Todos los lugares, todo ese mundo, me han tenido atrapado. Ha habido momentos  que dudaba de que llegase a cerrar la historia. A diferencia de Macondo, los casi cien años de soledad, son poco más de sesenta, no solo discurren en Burbáguena, tierra santa, lo llama su amigo Juan, cristiano viejo, sino que como en el Quijote o como en el Lazarillo, por citar los ejemplos que tú has traído, Román está casi siempre “en el camino”. Y no son de soledad. Sí de estar solo, pero siempre en intensa compañía.

C. Me gustaría cerrar nuestra charla con algunas citas en las que la magia de tu palabra va tejiendo un maravilloso tapiz.

Las páginas se van llenando de pequeños detalles que convierten la prosa en auténtica obra de arte. “Los desconchones de la pared se confunden con el ventanuco, menudo y tímido, abierto a la calle” (p. 85).

Descripciones emotivas y poéticas. ”Una cara se aproxima a la ventana, aplasta la nariz y las manos abiertas contra el cristal. El aliento dibuja círculos y la punta de la nariz parece una torta de manteca. Los ojos perdidos en el cielo buscan las estrellas familiares. En la cocina, el candil sueña caprichos en el techo, jugando las sombras y las llamas brillan en el hogar” (p. 85).

“Por el fondo de la calle se acercan unos puntitos luminosos, filas de cirios en manos de penitentes. El roce de los hábitos rasga el silencio, el contrapunto de los golpes de las matracas y la voz del cura… La fila discurre lenta, como una luciérnaga perezosa. Los Santos se elevan por encima de las cabezas de los penitentes” (p. 86).

S. Esa percepción es, pura y lisa, autobiográfica. Me gusta que se me escape la emotividad poética en esos momentos. Es más, te diré que, no solo en Burbáguena, sino en cualquier situación, cuando se escapa el lirismo emotivo, como dices tú, estamos próximos a la autobiografía o a la autoficción.

C. Y ahora, ¿cómo cerramos este encuentro?

S. En primer lugar dándote las gracias por tu lectura, espero que a los demás no les suponga ese esfuerzo, esa dedicación para sacar las sabias conclusiones con las que has adornado esta presentación del abuelo y su nieto y, uno vez muerto el abuelo, solo del nieto que lo va a tener presente mientras viva. Dar las gracias a cuantos han venido y a la editorial que ha creído que mi historia  merecía “ir a galeras.”

Pilar Nagore, Simeón Martín y Carmen Romeo. Feria del libro. Zaragoza, abril, 2023.

Simeón Marín Rubio (Burbáguena, Teruel, 1946)

Tengo el placer de presentaros a Simeón Martín Rubio. Y tengo tantas cosas que decir, que no sé por dónde empezar.

Conocí a Simeón cuando yo llevaba uniforme y calcetines blancos. Luego coincidimos en la Facultad, en esa época que tan bien refleja en su primera novela, Pintan Bastos. Profesionalmente nos fuimos pisando los talones. Yo llegué al Instituto Goya el mismo año que él se fue destinado a Borja, adonde también habían destinado a mi marido. Y la araña del destino nos fue envolviendo, fuimos haciendo amigos comunes, que llegan hasta hoy.

Simeón, Chimeneo en la Facultad y Chime para los amigos, nació y vivió su infancia en Burbáguena. Cuatro siglos antes había nacido allí Bartolomé de Palau, un importante autor de teatro de la escuela prelopista, y la familia del médico Juan de Luna: su mujer, partera y su hijo, Román Ramírez, un memorioso recitador de novelas de caballería. En el mismo siglo XVI, pasó su infancia el nieto de Juan de Luna, Ramón Ramírez junior, otro morisco sanador como su abuelo y recitador memorioso como su padre. Precisamente esta familia de cristianos de moro nos convoca hoy para que oigamos las confesiones del proceso inquisitorial de Ramón Ramírez. Y estas raíces, tan largas y tan hondas, han condicionado la vida y las aficiones de nuestro Chime, habitante del barrio del Moral, como la familia de Juan de Luna.

Simeón es catedrático de Lengua y literatura, escritor de poemas y novelas, autor, adaptador y director teatral,

Ha ejercido de profesor en el Instituto Goya de Zaragoza (1972-1977), en el Juan de Lanuza de Borja (1977-1983) y el Avempace de Zaragoza (1985-2011), donde fue uno de los impulsores de la REM; creador y mantenedor del grupo de teatro del instituto y un profesor de referencia.

Con la escritura nos ha dado tempranas y constantes alegrías. A su primera novela, Pintan bastos (1980, Ámbito Literario), le siguieron Aire de un momento (Bóveda de Borja, 1981) y los escritos nacidos al calor del buen yantar en el Instituto Avempace: Silva de varia cocción. (Cuadernos 1 y 2. 1996-1997), Cocer y contar. (Cuadernos del 3 al 8. 2005). Y, finalmente, Comer y contar (Cuadernos del 9 al 23, 2006-2021). En ello sigue cada viernes durante el curso, hasta hoy.

Pero su gran vocación es el teatro, como habréis notado en las páginas de Tiempo de Prodigios. Ha sido, y es, director, autor, adaptador y actor en varios grupos teatrales.

En 1978 fundó el grupo de teatro del Instituto de Borja que representó sus obras en los pueblos de la comarca, dentro de las actividades culturales.

Los alumnos de Borja, dirigidos por Simeón, fueron los primeros que representaron en España Proceso por la sombra de un burro de Friedrich Durrenmatt. A esta le siguieron otras. Con Yerma de Federico García Lorca obtuvieron el Primer Premio de Teatro Rural en Alfajarín. También representaron Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca, de José Martín Recuerda, escrita en 1970, inicialmente, prohibida por la censura.

En su etapa del Avempace (1985-2011), y como profesor jubilado (2011-2023) ha dirigido tres tipos de grupos teatrales: Sólo con alumnos. Con profesores y padres. Y, finalmente, solo con profesores, en lo que siguen hasta hoy, dentro de la Red de la Experiencia.

Han representado en Institutos y Centros Cívicos de todo Aragón. Muchas obras adaptadas por el propio Simeón y El derecho de la mujer al voto, de la que es autor. Una pieza única en su género que se representa cada año en varios centros y que ya es un clásico para la celebración del 8 de marzo.

Pero, por encima de los actos académicos, Chime es nuestro bardo de cabecera. Es el poeta que inmortaliza las hazañas de un grupo de amigos nacido al calor del instituto de Borja. Nosotros, sus amigos, hemos recogido esos poemas espontáneos, de gran frescura y calidad, en dos publicaciones; Cutorrimas, escritas en medio de las faenas de la matanza de unos cerdos en Maleján. Zaragoza. Y Pateando en las alturas, escrito en Espierba, Huesca, entre hígados y muslos de patos, salpimentados con abundantes partidas de guiñote.

Carmen Romeo Pemán

Las estampas de la hermana Gregoria

. Los primeros días estuve como alelada. Ya llevaba una semana en el internado y no podía dejar de pensar en mis amigos en el pueblo. Me aburrían las compañeras del colegio. Todas vestidas iguales. Por las mañanas nos cardábamos el pelo unas a otras y nos hacíamos moños altos. Se acabaron los rodetes de trenzas encima de las orejas. Y los cortes de chico cuando los piojos entraban en nuestras cabezas. Ahora teníamos que convertirnos en verdaderas señoritas con olor a santidad.

Cuando salíamos del desayuno, caminábamos en fila recta por un pasillo estrecho y largo que llevaba a nuestra clase. Al fondo, se adivinaba un bulto negro con niñas revoloteando alrededor. A medida que nos acercábamos el bulto se convertía en la hermana Gregoria, regordeta y sentada en una sillica de anea. Un mantón negro la envolvía entera. Solo se le veían unos pies muy hinchados, tanto que se le salían de las zapatillas y los dedos de las manos cubiertos por unos mitones tan negros como el manto. De la cintura le colgaban el rosario y la faltriquera, muy abultada.

Mi primer día me sorprendió que mis compañeras se salieran de la fila y corrieran hasta ella. Yo bajé la cabeza y seguí en la fila hasta mi pupitre.

—¡Hola! ¿Cómo te llamas? —me preguntaron dos chicas que entraron detrás de mí. Una, la que llevaba coletas, me puso la mano en el hombro, y la otra me miraba sin dejar de jugar con la melena rubia que le caía por la cara.

—¡Hola! Pues no sé qué contestaros. En los papeles me llaman de una manera y en mi casa de otra. Y en el pueblo todos tenemos apodos.

—Mira, pues eso me gusta. Invéntate un nombre para el colegio y así no te acordarás de tu familia ni de tu pueblo. Que aquí todas pasamos cariños —me dijo la de las coletas

Cuchichearon entre ellas y decidieron llamarme Alodia, como la santa que nació en Adahuesca, un pueblo cercano al mío. A mí me pareció un apodo. Nunca había oído ese nombre.

Entonces Pepa, que así se llamaba la de las coletas, se volvió a la de la melena rubia.

—Oye, Clara, pero con ese nombre vamos a tener un problema. La hermana Gregoria no tendrá estampas de una santa tan rara.

—Pues aún sería peor si la llamáramos Nunilo, que era la hermana de Alodia.

A ellas les entró la risa floja. En ese momento no sabía si se reían de mi o de las santas..

—Es verdad, no habíamos caído en que la santa del nombre es la que más aprobados consigue —dijo Clara.

Levanté la cabeza y las miré de arriba abajo y me tapé la cara con las manos.

Al momento entraron casi cuarenta chicas montando un gran barullo. Una gritaba que no le había llegado la estampa que quería. La que no había abierto el libro de Matemáticas se comió casi todas las de san Alberto Magno y no dejó ninguna para las demás.

Cuando entró la hermana que nos daba latín, todas nos pusimos de pie y nos callamos. Al acabar la clase, las compañeras se arremolinaron alrededor de mi mesa. Todas hablaban a la vez para contarme lo de las estampas. Pero Pepa, que era mi compañera de pupitre, levantó la voz:

—Callaos, por favor. Así la vais a asustar aún más. Yo se lo contaré y si me dejo algo importante vosotras añadiréis más detalles.

Pepa tenía desparpajo y enseguida la obedecieron.

—Mira, Alodia, mi primer día me pasó lo mismo que a ti. Esto no me cabía en la cabeza. La maestra de mi pueblo me decía que solo podría aprobar si estudiaba mucho. Y me lo creí hasta que probé las estampas de la hermana Gregoria.

—No entiendo nada de nada

Le contesté en voz muy baja y, sin decir nada más, me eché a llorar. Entonces intervino Clara.

—Venga, vamos a dejar las estampitas ya. Ahora nos vamos a presentar todas.

Ese noche, Pepa, que dormía en la camarilla de al lado, me contó que en ese colegio no tendría que sufrir por los exámenes ni por las notas. Que la hermana Gregoria vendía unas estampas milagrosas a perrica y perra gorda, dependiendo del poder del santo. Que, aunque estudiara, si un examen me resultaba difícil, bastaba con que me comiera varias estampas de un santo abogado de esa asignatura. Y que era muy importante que conociera bien a los santos y sus poderes. Por ejemplo, Santa Teresa valía a perra gorda para los exámenes de Lengua y literatura. Es que, además de santa había sido gran escritora y doctora de la Iglesia. En cambio, las vírgenes costaban a perrica. Esas no eran especialistas en nada, pero ponían muy buena voluntad y siempre ayudaban un poco. Y la fundadora de la congregación, como le rezábamos todos los días, nos echaba una mano en lo que fuera. Así que por ella se pagaba una perra gorda y la voluntad.

—Y, una vez que las has elegido y pagado, te las tienes que comer delante de la monja.

Entonces, me tapé las orejas, me dio una arcada y vomité la cena. Mientras llegaba una de nuestras fámulas a limpiarlo, Peoa intentó calmarme.

—No te preocupes, eso nos ha pasado a todas. Al principio cuesta un poco, pero enseguida te acostumbras. Antes tienes que hacer mucha saliva y tragártelas de golpe. Tienes que cerrar los ojos y concentrarte en pasar la bolita.

—¿Cómo?, ¿en seco? Sin un poco de agua es imposible.

—Es que no nos deja ir a beber a los lavabos. Así se convence de que no hacemos trampas.

—Pero a mí se me ponen los dientes blandos si chupo papel.

—Anda ya —dijo Clara, que la habíamos despertado con tanto jaleo—. Ni te vas a enterar. Son muy pequeñas y más blandas que los sellos.

Con el tiempo me volví una voraz comedora de estampas. Con mis horas de estudio y la ayuda de los santos y santas de la corte celestial, me estaba convirtiendo en una alumna sobresaliente.

Al curso siguiente, llegó una niña nueva. Al principio le pasó como a todas, pero luego pilló tal atracón de estampas que le subió la fiebre con grandes dolores de barriga. Cuando llegó al hospital ya tenía el apéndice perforado y los intestinos forrados de papelitos de colorines.

Nosotras nos pasamos la noche rezando en la capilla. Por la mañana habían desaparecido la silla baja y la faltriquera de la hermana Gregoria. La niña no volvió al colegio y nadie supo decirnos qué había pasado con ella.

Carmen Romeo Pemán

Foto CaLina Burana. Publicada en FB el 25/03/3015

Y fueme peor

A todos los que, en algún momento, han tenido que abandonar su casa.

Cuando cumplí los once años, mi padre me sacó de la escuela y todos los días me mandaba a cuidar la viña de Fontabanas. Antes de llegar me paraba en la caseta del señor Gervasio. Le llevaba el pan que nos había sobrado la víspera y la bota con un poco de vino. Como no sabía de qué hablar, le contaba cosas que pasaban en El Frago. Entonces él me acariciaba la cabeza y me decía:

—Anda, déjalo. —Tragaba saliva—. Para tus gentes yo siempre he sido un extraño, así que ni siquiera se molestarían en enterrarme si me encontraran muerto. A los que no hemos nacido aquí nos comerán los buitres.

—Eso no es así —protestaba yo—. Mi madre me prepara todo para usted y me dice que a la vuelta le cuente cómo se encuentra.

—Claro, claro. Es que tu madre es tan forastera como yo. Llegó de Ansó cuando se casó con tu padre y siempre será “la ansotana”. Así, sin nombre y sin amigas con las que alparcear.

—Es que mi madre no las necesita. Está todo el día trabajando y no le queda tiempo ni de asomarse a la ventana.

—Algún día entenderás lo duro que es vivir en un pueblo en el que no has nacido. Hasta te dan los buenos días con otro tono. Por cierto, estos fragolinos parece que siempre están enfadados. Con un ¡quihaay! se nos quitan de encima. Bueno, a veces entre ellos también se hablan así. En mi pueblo, allá en los Monegros, decíamos: “Buenos días nos dé Dios”.

—¿Y por qué se fue de su pueblo?

Al señor Gervasio se le soltó la lengua. Que sus padres no podían alimentar a doce hijos. Que, cuando cumplían diez años, todos tenían que salir de casa y no mirar atrás. Que todos se iban con los trajineros hasta que los dejaban de sirvientes en algún pueblo.

—¿Cómo vino a parar a El Frago?

Entonces me contó que a él lo habían dejado en la Carbonera, donde trabajaban muchos fragolinos.  Allí, junto a las caberas no pasaba frío y siempre le caía algún bocado.

—Todo iba medianamente bien hasta que cogí unas calenturas que lo jodieron todo. Menos mal que uno de los que estaban conmigo me habló de esta caseta. La llaman la Caseta del Judío. Dicen que por las noches vuelve el fantasma de su dueño, aunque yo nunca lo he visto. Y eso que llevo muchos años. Aquí nació mi hijo y murió mi mujer de sobre parto. —Se quedó callado y yo me levanté para marcharme.

—Mocé, ya te he dicho que algún día lo entenderás. —Me hablaba desde un camastro, sin abrir los ojos—. Todos queremos formar parte del rebaño mejor alimentado, pero los perros no dejan entrar a las ovejas desconocidas. Así no les escasea la hierba y se mueven poco. Mientras tanto ellos se pueden echar la siesta. —Volvió a quedarse callado—. Ahora vete y no le digas a nadie que me vienes a ver, que pensarán que te he contagiado el solimán que llevamos dentro los forasteros.

Con su hijo Antón coincidí pocas veces antes de que se marchara. Estaba de repatán para casa Luriés. Madrugaba mucho y volvía muy tarde. Todo por una comida escasa. Encima se llevaba las culpas de todos los desaguisados. Según señor Gervasio, su hijo estaba harto de los amos y de unos criados bobalicones y mentirosos.

Antes de cumplir los catorce, un día me encontré la caseta cerrada. El señor Gervasio desapareció y nadie comentó nada. Ni siquiera mi madre. Pero yo me seguía acercando a la puerta a ver si volvía. Poco a poco se me quitó la costumbre. Y cada vez que miraba a mi madre, el señor Gervasio crecía dentro de mí.

Pasaron los años. Mi madre murió. Yo me casé con una moza de otro valle. A mis hijos les contaba las historias del señor Gervasio y de su hijo Antón. Antón, como había hecho su padre, se fue de El Frago cuando cumplió los diez años. El señor Gervasio le había advertido muchas veces que, si un día abandonaba el pueblo, que se fuera con los trajineros. Desde allí lo más fácil era juntarse con los que iban y venían a Ayerbe. Como eran gentes de muchos lugares que se unían para transportar las mercancías, se pasaban el camino dando noticias de otros pueblos, y así no contaban sus penas.

Después, el señor Gervasio subía todas las mañanas a la Cruz de Pinarón. Allí, entre los que venían de un sitio y otro le daban noticias. Que si Antón se había echado al monte, que si estaba en la legión o que si andaba metido en el estraperlo. Pero, antes de un año, le perdieron las huellas y nadie volvió a saber nada de él.

Yo les decía a mis hijos que el señor Gervasio sabía que su hijo era como él. Que los dos habían salido de sus pueblos buscando una vida mejor y no encajaban en ninguna parte. Entonces, me levantaba la boina y me rascaba la cabeza. Mis hijos sabían que les iba a repetir una vez más las palabras del Buscón. Esas que le había oído tantas veces a mi maestro y que las tenía bien metidas en la mollera. “Nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”.

Un día, antes de comer, mi hijo pequeño vino a buscarme a la viña.                               

—¡Padre, padre! Está abierta la caseta del señor Gervasio.

Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Cuando me asomé por una rendija, pensé que se me había ido la olla o que había vuelto el judío. En el camastro del señor Gervasio había un bulto encogido. Achiqué los ojos. Era un anciano. Con los nervios se me escapó su nombre.

—Señor Gervasio, al final ha vuelto. ¡Qué alegría! —Mientras tanto empujaba la puerta, como había hecho siempre.

—No le conozco, buen hombre —me dijo con esfuerzo—. No soy el señor Gervasio, soy su hijo. Al final, los hombres, como los animales, siempre volvemos.

Después dejó de hablar y no paraba de gruñir. Me recordó a esos perros que, para guardar su rebaño, se tienen que enfrentar a otros perros y vuelven a casa llenos de heridas. Yo también dejé de hablarle y le repetí varias veces: “quihaay”. Entonces él me respondió con lo mismo y se dio la vuelta hacia la pared. Con los días conseguí que me hablara. Cuando le entraron los temblores de las tercianas, lo llevé a una Casa de la Caridad, donde cuidaban a los viejos. Les dije que era un pariente lejano, que si le pasaba algo yo me encargaría de todo.

Los arrieros me trajeron la noticia. Fui a buscar sus pertenencias. En la parte trasera del caserón, debajo de un sauce, estaba su macuto.

—Nunca hablaba con nadie —Era la voz de un anciano que se me acercó arrastrando los pies—. Lo encontraron colgado allí. —Con su mano temblorosa me señaló las ramas del sauce—. Y lo echaron al pozo que hay detrás de la tapia. Desde el primer día supe dónde estaba. A las pocas horas de morir, los buitres ya daban vueltas en el cielo.

Entonces me volvieron las palabras del Buscón: “Determiné pasarme a las Indias pensando que, si mudaba de mundo y de tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor”.

Carmen Romeo Pemán

Fotografías: propiedad de la autora.