Hacia el primer contacto

Ares se puso de rodillas sobre el pupitre y esperó. Estaba en el aula de música, en el cuarto piso del instituto al que había empezado a ir ese año. Era rectangular, con las mesas colocadas en círculo para proteger una pila de guitarras, triángulos y flautas. Las ventanas de las paredes largas que daban al pasillo estaban a más de un metro del suelo y no ofrecían nada interesante. En cambio, desde los ventanales que daban al exterior se veía la animación de la calle. El edificio se había construido de espaldas a la ladera de una montaña, así que, mientras la calle de la entrada daba al patio y a la planta baja, para ver la calle de atrás había que ir las aulas del último piso.

Por eso había escogido esa clase, para ver a Jorge cuando pasara por la calle trasera. Como habían acordado, este iba a ser su primer contacto físico.

Su historia de amor no era extraña. Al menos, no en ese tiempo. También tres de sus amigas habían conocido a sus novios por Internet. Claro que, en su caso, había sido por casualidad y no mediante aplicaciones de ligar. Ella solo estaba buscando a alguien que revendiera entradas para el concierto que iban a dar los One Direction en Madrid. Así que entró en un foro de fans del grupo, se creó un perfil, Ares14, y dejó un mensaje.

Jorge contestó a la media hora. Le dijo que no tenía entradas pero que One Direction era su grupo favorito. Fue una alegría para Ares, para quien cualquier excusa era buena para hablar de ellos. Le preguntó por sus canciones favoritas, le explicó cuáles eran las suyas y por qué, y le dijo que le satisfacía muchísimo encontrar a un chico al que no le daba vergüenza escucharlos. Jorge no tardó en contestarle otra vez. Ella tampoco. El primer día, después de cruzarse más de quince mensajes, se dieron el móvil. Hablaron por WhatsApp durante muchos días hasta bien entrada la madrugada.

Tres semanas más tarde, Ares averiguó que Jorge era mayor. Bastante más que ella. Casi, casi, como su padre.

Ares estaba hecha un lío. Se preguntaba por qué un hombre se había fijado en ella. Aunque Jorge se reía siempre que ella hacía una broma, era consciente de que no era ni la más simpática ni la más graciosa del instituto. Apenas tenía un puñado de amigas que mantenía desde primaria. Tampoco tenía el cuerpo que le gustaría, ni se consideraba guapa porque nunca había tenido novio. Hasta Jorge.

Él le decía que la encontraba interesante, y preciosa. Y a ella le gustaba. Eso, y sentirse deseada, porque él se lo había hecho saber. Jorge le había enviado fotos de su cuerpo, y ella había respondido de igual forma. Aunque no pensaba mucho en eso porque le daba vergüenza. Sentía que no estaba bien, que no debía enviarle fotos casi desnuda ni pensar en practicar sexo con un hombre que podría ser su padre. Pero no podía evitarlo.

Después se enteró de que estaba casado, aunque Jorge le decía que se iba a separar. Que llevaba tiempo queriendo hacerlo, pero que no lo había hecho por sus hijos. Tenía tres, los gemelos, de cuatro años, y la niña, de uno. Decía que le daba pena, pero que ahora que la había conocido, quería ser soltero de nuevo para poder estar juntos. Y eso pasaría cuando por fin se vieran.

Ares sentía que la vida de Jorge estaba en sus manos. Que era injusto tenerlo esperando hasta que ella se decidiera. Pero seguía sin tenerlo claro.

Así que, un domingo en que su padre se fue al cine con su hermano, Ares le preparó un café a su madre y se sentaron juntas en el patio trasero de su casa adosada. Era una tarde calurosa de octubre y, como no soplaba nada de viento, las hojas caían al suelo en vertical, casi sin vaivén.

Se sentaron en la mesa de madera de teca con sillas a juego y Ares le explicó que había conocido a un chico mayor por Internet. Le dijo que le gustaba mucho y que quería verlo, pero que le daba cosa. No habló de su edad exacta, y su madre tampoco se la preguntó. “Mejor así”, pensó.

Su madre solo le pidió que usara la cabeza, que le diera el móvil de Jorge por si acaso y que fuera acompañada cuando fuera a conocerlo

Ese mismo día, como si Jorge hubiera leído la mente de Ares, la llamó y volvió a insistir en verse. Ares le dijo que sí y él se quedó en silencio. Durante unos segundos solo se oyó un leve jadeo. Por fin Jorge contestó con tal explosión de alegría que Ares se emocionó.

Quedaron en una esquina, junto al colegio, después de las extraescolares. Ares iría sola, pero estaría todo lleno de sus compañeros. Quedó en que esperaría en la sala de música hasta que lo viera pasar, y entonces bajaría corriendo. Así no tendría que aguardar sola en la calle.

Lo reconoció por la gorra de beisbol azul, la misma con la que aparecía en todas las fotos en las que enseñaba la cara. Iba con paso lento y seguro, pero apretaba y relajaba los puños sin cesar.

Ares sintió náuseas. Le pareció mayor de lo que le había dicho, incluso más que su padre. Le empezaron a sudar las manos y le entraron ganas de llorar. No había tenido una buena idea.

Pero ya era demasiado tarde. Se verían, él intentaría besarla en la boca y ella se movería con rapidez para zafarse y darle dos besos. Irían a un bar y, ahí, Ares le diría que sería mejor dejarlo.

Salió del colegio con un nudo en el estómago. Se paró en la esquina, cambiando el peso de un pie al otro. Él la reconoció, levantó la mano y la saludó. Ella, aunque sintió ganas de echar a correr, hizo lo mismo.

Estaba a punto de llegar a él cuando notó un tirón en el brazo que la obligó a darse la vuelta. Era su madre, colorada y con los ojos hinchados. Cuando se quedaron cara a cara, las dos se echaron a llorar y Ares se apretó contra ella como a un salvavidas en medio del océano.

Cuando se giró hacia Jorge, dos hombres lo estaban metiendo en un furgón policial.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Mi niña es un pez

Decía que su impermeable era de plata. Y ahora la plata es su piel de seda fría, tersa y brillante en noches de luna llena.

Miraba siempre al horizonte y me preguntaba qué habría más allá. «¿Qué hay por encima del cielo, mamá? ¿Y detrás de las montañas? ¿Y en el fondo del mar?» Sus preguntas eran un juego porque ella ya tenía las respuestas. Pero necesitaba que yo le contestara «No lo sé, amor», para que esas respuestas florecieran. Entonces me regalaba sus relatos, sus sueños, las burbujas de su risa. Y mis ojos y mi boca se abrían admirados cada vez que la escuchaba.

Veía el mundo de tal forma que una vez me probé sus gafas a escondidas. Llegué a preguntarme si los cristales tendrían poderes mágicos que la hacían percibir todo de aquella manera tan suya. Su imaginación jamás conoció fronteras. Tampoco su alegría. Ni su risa.

Quería viajar, ver mundo, correr aventuras. Su padre le preparó una sorpresa para el mes de vacaciones que pasaría con él: un crucero solo para ellos dos. Zarparon la primera semana de agosto.

Vi la noticia en el telediario. La pantalla del televisor se movía. El suelo se empezó a agitar bajo mis pies; las patatas en la olla no olían a quemado, olían a mar, a ozono, a tormenta y a huracán. Me envolvió un frío húmedo y salado, vestido de olas que me azotaban y que me derribaron de golpe. Mi cuerpo cayó sobre el sofá del salón, pero mi alma emprendió un viaje sin retorno por la borda de aquel buque gigantesco de la mano de mi hija. En medio de la tempestad caribeña, una voz anónima declaraba que apenas había supervivientes del naufragio.

Nadie me entiende. Mi exmarido, uno de los pocos que regresó de aquel viaje, dice que el dolor me ha enloquecido. Mi madre llora; creo que el luto que lleva cuando viene a visitarme no es por su nieta, sino por mí.

Todos ellos me dan pena. No entienden nada. Mi habitación aquí tiene vistas al mar. Y en verano los enfermeros nos dejan bañarnos en la playa algunas veces. Entonces lamento no haber aprendido a nadar cuando era niña. Si lo hubiera hecho, podría adentrarme en el agua donde sé que ella me espera.

Ahora mi pequeña juega con Ariel, la sirenita de su cuento favorito. Se cuelga de las barbas de Neptuno, al que camela como me camelaba a mí, para que la deje dar un paseo a lomos de un caballito de mar. Ya no necesita gafas. Tiene unos ojos redondos, con una visión de ciento ochenta grados. Debe de sentirse feliz.

Mi niña no ha muerto. Viajaba en un buque con su impermeable de plata, pero ya no lo necesita. La plata ahora es su piel de seda fría y tersa, hecha de escamas que brillan en las noches de luna llena, mientras surca los mares y se acerca a la orilla para ver si logra dar conmigo.

La próxima vez que vaya a la playa, iré a su encuentro. Entraré en el mar a buscarla. Mi niña no ha muerto. Me está esperando. Mi niña es un pez.

Adela Castañón

Foto: Unsplash. Jordan Mc Queen

El chocolate de la abuela

Mi abuela nunca quiso hacerme daño. Cuando viene a visitarme al hospital, y se queda a solas conmigo, me lo dice una y otra vez, con una voz muy bajita. Cree que no puedo escucharla, pero se equivoca. Los adultos llaman a lo que me pasa “estar en coma”, pero no sé muy bien lo que significa. Yo lo llamo flojera total. Cuando quiero abrir los ojos, no puedo porque me pesan. Y si pienso en hablar, me siento más cansado que después de jugar un partido de futbol.

Mejor empiezo por el principio.

La abuela y yo tenemos un secreto: nos encanta el chocolate. Pero mamá y papá no nos dejan comerlo. Se pasan el día diciéndole “abuela, no coma esto, ni lo otro, que le va a subir el azúcar”. Mamá me ha explicado que la abu tiene una cosa que se llama “diabetes”, y que por eso no le deja comer cosas dulces. Y a mí me dicen que no coma chocolate porque se me van a picar los dientes y cosas así, aunque creo que en realidad es porque mi pediatra dice que estoy gordo.

Uno de los días que la abuela vino a visitarme, me dijo que había descubierto una manera de que pudiésemos saborearlo de vez en cuando. Me contó que conocía a un duende al que le encantaba hacer travesuras y burlar a los adultos. La abu parece una niña de diez años, que son los que tengo yo, aunque sea vieja. Por eso Primmie y ella son amigos. Leí en un cuento que los duendes y los adultos no siempre se llevan bien, pero con los niños es muy distinto. La abuela le habló de mí y Primmie le prometió que nos iba a ayudar.

La siguiente vez, la abuela vino a casa para que papá y mamá fueran al cine. Esperó a que se marcharan, y me dijo que me quedara en mi cuarto hasta que me avisara. Después de un rato, cuando empezaba a aburrirme, abrió la puerta de mi habitación y me hizo señas con el dedo para que la siguiera.

Mi casa es muy antigua. Tiene varios pasillos muy largos, con unos ladrillos por la parte de abajo que me ha dicho papá que se llaman “rodapiés”. La abuela me llevó hasta el pasillo que baja al sótano y quitó uno de los ladrillos. ¡Debajo había un hueco y, en el hueco, un paquete envuelto! Lo cogió y me lo dio: “Toma, Óscar, me ha dicho Primmie que eso es para ti”. Lo abrí, ¡y era una teja de chocolate! Me la comí casi entera. Cuando me quedaba un trocito, me di cuenta de que la abuela no lo había probado y le di la mitad. Se puso muy contenta al ver lo bueno que soy, porque siempre dice que hay que compartir las cosas.

Desde ese día, cuando la abuela venía a casa, Primmie nos dejaba tejas de chocolate escondidas por los pasillos. Y la abuela y yo convertimos eso en nuestro secreto.

Un día le pregunté a la abu de dónde sacaba Primmie el chocolate. Me contestó que su amigo sabía un poco de magia, y había lanzado un hechizo a nuestro tejado. Desde entonces, los días que llovía, algunas de las tejas se volvían de chocolate. Y Primmie esperaba las visitas de la abuela para dejarnos su regalo en los escondites.

A papá le gustaba escuchar las noticias mientras comíamos. Uno de los días, dijeron en la tele que estábamos pasando un periodo de sequía muy prolongado. Le pregunté que qué era eso y me explicó que se hablaba de sequía cuando pasaba bastante tiempo sin que lloviera. Me quedé muy preocupado. Pronto vendría la abuela a visitarnos, y llevaba muchos días sin llover.

Pasó mucho tiempo. Por lo menos, tres o cuatro días. O a lo mejor, hasta una semana. Lo primero que hacía cuando me levantaba era asomarme a la ventana a ver si estaba nublado, pero todos, todos, todos los días, el sol se reía de mí.

Comprendí que Primmie se iba a ver en un apuro cuando la abuela volviera a visitarnos. Si no llovía, no podría dejarnos ninguna teja. Desde entonces, yo también atendía a las noticias, y lo de la sequía parecía que iba para largo.

Supe que tenía que hacer algo y, de pronto, se me ocurrió la solución. ¡Era muy fácil! Aquella noche, cuando todos dormían, bajé al trastero, cogí la regadera que mamá utiliza para sus rosales y la llené de agua. Subí al desván. Había visto una vez cómo se puede llegar hasta el techo tirando de un cordón que hace bajar una escalera de cuerda, como la de los barcos, por las que suben los piratas cuando van al abordaje. Hizo un poco de ruido pero, por suerte, no me oyó nadie. Subí con mucho cuidado, y conseguí que casi no se me derramara el agua de la regadera. Cuando llegué arriba, salí por una ventana que daba al tejado. Desde allí, nuestro jardín se veía distinto. Con la luz de la luna, parecía de plata. A lo mejor Primmie vive ahí. Hacía bastante viento, pero creo que no me di cuenta. Me distraje pensando en lo listo que había sido al tener la idea de subir a regar las tejas para ayudar a Primmie.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó después.

Ahora, además de escuchar a la abuela, oigo a papá y a mamá hablar con alguien a quien llaman doctor, pero no es la voz de mi pediatra. Alguien les pregunta de vez en cuando si saben qué hacía yo a esas horas de la noche subido al tejado con una regadera. No me entero mucho de lo que contestan. Tengo mucho sueño, me parece que duermo demasiado y, cuando me despierto, sigo cansado y un poco despistado. Tengo muchas ganas de volver a comer chocolate. A lo mejor si a la abuela se le ocurre traerme un poquito, se me pasa el despiste y puedo decirle que sé que me quiere y que ella nunca haría nada que me pudiera hacer daño. No sé por qué repite esa tontería que la hace llorar tanto. Quiero a mi abuela más que al chocolate.

Adela Castañón

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Imágenes: jEsTJosé Hernández.

El mundo escondido

A mi abuela, por empezar la magia.

Y a mi hija, por continuarla.

Valeria entró de puntillas en la habitación de su abuela. Cerró la puerta colocando la mano en el marco para que la manivela no repiqueteara. Yaya había dejado la persiana medio abierta, así que pudo llegar al interruptor de la mesilla de noche sin que los monstruos, esos que acechaban en el límite de la visión y la oscuridad, la atraparan. En la pared, santos enmarcados y cristos de corazón sangrante la vieron cómo abría el primer cajón y rebuscaba con cuidado.

Para la niña, Yaya era tan eterna como sus padres, pero distante e infalible. A ellos los veía en pijama, resfriados o con ojeras. Yaya, en cambio, llevaba ropas negras almidonadas, el pelo brillante y cano recogido en un moño de película, que aguantaba todo el día. Y los ojos y los labios bien pintados. Solo se quitaba los tacones ante los pedales del piano. Y luego estaba su voz. Llenaba el estómago de un calor que subía por el pecho hasta la cara y dejaba la piel de gallina.

No recordaba que Yaya se hubiera puesto enferma. Nunca la había visto con los zapatos sucios del barro de la calle o con un hilo colgando de la manga. Todas las mañanas salía impecable de su habitación, y a su habitación volvía impecable todas las noches.

Valeria resopló por la nariz e hinchó las mejillas al cerrar el último cajón de la mesilla. No se topó con ningún artefacto entre la ropa blanca, solo un montón de medias hasta las rodillas. Tal como había visto hacer a Indiana Jones en el iPad todos los domingos desde hacía tres meses, separó las piernas y se apartó de la cara el ala del sombrero. Durante unos segundos, que le parecieron tan largos como las clases de lengua, observó la habitación y se preguntó qué haría él en su situación.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Había jugado a demasiados videojuegos para no saber lo que tenía que hacer. Los objetos iluminados podían abrirse. Quizá la luz llena de partículas en suspensión caía sobre la cómoda y no sobre la caja en la que Valeria había posado la vista, pero eso no parecía importarle.

El objeto maravilloso resultó ser un joyero con tapa y cuatro cajones. El último era el doble de ancho que los demás y con una cerradura pequeña, igual que la de su diario. Necesitaba una llave. ¿Dónde había visto una? Volvió al cajón de las medias. Sostuvo en alto la pieza metálica y escuchó el tintineo de victoria de una campana.

Giró la llave hasta que el mecanismo hizo clic y tiró del cajón, pero estaba demasiado duro. Se colocó el joyero entre las piernas para sostenerlo con fuerza y desencajarlo con las manos. Después de un violento forcejeo, acabó con el cajón en la mano y el contenido desparramado por el suelo: una navaja nacarada en rojo con delicadas flores de almendro dibujadas, un mechón de pelo con un lazo azul, una concha estriada de color rosa, una medalla cobriza con una cinta descolorida y una fotografía en blanco y negro con arrugas de mil dobleces. Valeria no se fijó en ninguno de estos objetos, pues había visto rodar algo hasta debajo de la cama.

Saltó de baldosa en baldosa para evitar el río de lava. Al final del camino tortuoso le esperaba su premio: la varita. Ella la hubiera reconocido en cualquier parte. Se parecía a uno de esos pinchos largos y afilados que su madre utilizaba para recogerse el pelo. Pero la varita pesaba, seguramente por todo el poder que contenía, y estaba coronada por un rosetón de piedras preciosas. Se preguntaba si estaría rellena de pelo de unicornio o de pluma de fénix.

Estaba tan concentrada que, cuando Yaya entró en la habitación, siguió absorta con la varita en la mano. Yaya miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y las mandíbulas bien apretadas.

—Valeria. Tenemos que hablar

Al son de su voz, las joyas de la varita iluminaron toda la habitación.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Estatua blanca mármol

La mirada equivocada

Ezequiel entró por tercer año consecutivo en el gran salón donde se iban a fallar los premios del concurso literario. Pensó que, con un poco de suerte, en la siguiente convocatoria podría encontrarse entre los finalistas si conseguía terminar de escribir su libro.

El acto comenzó como en las ediciones anteriores. El portavoz del jurado pronunció el nombre de la ganadora, y una mujer joven se levantó de un asiento de la fila posterior a la suya. Al pasar junto a él, que ocupaba una de las sillas que daban al pasillo, dejó un aroma a jazmín que parecía formar parte de aquel cuerpo encaramado sobre unos tacones de vértigo. Subió al estrado, y los focos se centraron en ella.

Ezequiel pensó que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. Algo en el rostro de la triunfadora le resultó familiar. Se puso las gafas y frunció las cejas inclinándose hacia delante en su asiento. No conseguía ubicarla. Apoyó el codo derecho sobre su pierna cruzada y se pasó los dedos por el mentón. La mujer empezó a hablar y, aunque la voz le temblaba, la sensación de déjà vu de Ezequiel se intensificó. ¿Dónde había oído antes ese timbre? Maldijo su supersticiosa costumbre de no leer nada sobre los libros ni sobre los autores que concursaban hasta el día después de la final. Se consoló pensando que a la salida compraría el libro. Esperaba que en la contraportada apareciera la consabida foto de la autora con algún dato biográfico. La mujer se había puesto unas gafas y hablaba mirando al público a pesar de que sostenía un papel entre los dedos.

–Me preguntan a veces por el título de mi libro –Se mojó los labios–. “La mirada equivocada” es la historia de una persona que, día tras día, se empeña en mirar al horizonte sin pensar que puede encontrar mucho más cerca lo que tanto anda buscando. La inspiración me vino justamente de ahí, de observar a la gente y darme cuenta de que muchos de nosotros equivocamos la dirección de nuestra mirada. A menudo no somos capaces de ver más allá de lo que tenemos delante. Desechamos muchas cosas y dejamos pasar oportunidades a las que no damos importancia, pero que otros, a veces, aprovechan y valoran. Por eso tuve claro que mi libro se llamaría así.

Ezequiel atendía a medias. Cuando terminó el evento, tenía las cejas fruncidas. ¡Vaya tarde desperdiciada! Al final no había logrado averiguar a quién le recordaba la ganadora. Y, al estar distraído pensando en eso, no había prestado atención a las palabras de la autora y se había perdido esa primera presentación en directo de los detalles de la obra. Decidió que, en cuanto saliera, iría al bar de siempre, se sentaría en su mesa del rincón y allí daría una primera ojeada al libro ganador. A ver si, de una vez por todas, las musas se decidían a hacerle una visita.

Compró un ejemplar antes de marcharse y ni siquiera esperó a que la autora se lo firmara. Al salir a la calle, una suave llovizna le hizo sonreír. Al menos el tiempo tenía el detalle de estar a tono con su estado de ánimo. Se subió el cuello del abrigo mientras la sonrisa se hacía más amplia y dejaba ver su dentadura. Hasta ahora, lo único que le gustaba de su futura novela era precisamente esa frase inicial: “Al salir a la calle una suave llovizna le hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Había perdido la cuenta de la cantidad de folios que acababan arrugados y llenos de tachones en la papelera que había junto a la mesa del bar. Todos comenzaban igual, pero las frases siguientes se le resistían. Ezequiel acudía allí convencido de que entre sus paredes se escondía su historia soñada. Al entrar en el local solía esperar la llegada de una desconocida rubia que entraba quitándose un sombrero pequeño y pasado de moda mientras sacudía su media melena. La observaba con disimulo y se inventaba historias sobre ella que luego intentaba trasladar al papel. Pero un día apareció acompañada de un mastodonte cubierto de tatuajes y, cuando la oyó hablar por primera vez, todo se fue al garete. Ezequiel tuvo que sujetarse las manos para no taparse los oídos ante esa voz chillona y desagradable que asesinaba sin piedad la gramática más elemental. Descartada la rubia como fuente de inspiración, tomó como segunda opción a otra de las habituales del local, pero las musas huyeron el día en que su nueva heroína se sentó en el suelo cuando iba camino al servicio después del cuarto o quinto whisky. El escritor insistía en buscar a esa desconocida que haría surgir su talento de escritor como un volcán en erupción, pero la suerte no dejaba de volverle la espalda y seguía sin encontrar su historia.

Perdido en sus meditaciones, Ezequiel llegó al bar. Ocupó su mesa habitual y sacó el libro de la bolsa para empezar a leerlo. La contraportada, en efecto, tenía una foto de la autora. Volvió a pasarse los dedos por el mentón, como siempre que algún recuerdo se le escapaba. Ahora estaba mucho más seguro de que conocía a esa mujer. Una sombra se interpuso entre él y la poca luz que entraba por la ventana. De reojo vio el delantal blanco de la camarera. Dejó de rascarse la barbilla para levantar la mano:

—Lo de siempre, por favor.

—¿Y qué es lo de siempre, oiga?

Ezequiel levantó los ojos. Una camarera a la que no recordaba haber visto antes, con un uniforme dos tallas más pequeñas que la que debería usar, mordía la punta del lápiz. Estaba tan acostumbrado a que le llevaran su cerveza que, por un momento, se quedó sin saber qué contestar. La chica llevaba un perfume tan intenso que le hizo estornudar y sacar un kleenex del bolsillo. Se sonó y miró alrededor buscando la papelera que solía dejar llena de hojas emborronadas cuando se iba. Al no encontrarla, se quedó con el pañuelo en la mano sin saber qué hacer con él.

—Una cerveza, por favor –Antes de que la chica se fuera, preguntó—. ¿Y la papelera?

—¿Papelera? ¿Qué papelera?

—La que suele estar aquí todos los días. —Vio que ella ponía cara de extrañeza e insistió—. En este rincón.

—Ni idea. Que yo sepa, en este bar no hay papeleras junto a las mesas. Ya ni siquiera ceniceros, desde que no se puede fumar dentro. ¿Quiere caña o botellín?

—Un botellín.

—Enseguida se lo traigo. ¿Algo de comer?

—No. Bueno, sí. Unas aceitunas para picar, ya sabe.

La camarera se fue encogiendo los hombros y Ezequiel se maldijo por su estupidez. Estaba claro que la mujer no tenía por qué saber que siempre tomaba lo mismo: un tercio de cerveza y aceitunas que hacía durar toda la tarde, hasta dejar los huesos tan pulidos que parecían canicas. Volvió a mirar la contraportada del libro y leyó la sinopsis muy por encima. La autora explicaba que la historia se le había ocurrido observando a un cliente que acudía a diario al sitio donde ella trabajaba. Día a día había empezado a imaginar peculiaridades, características y sentimientos, y les había ido dando vida sobre el papel. Ezequiel sonrió. Dicho así, parecía muy fácil. Seguro que el germen de la historia había nacido de otro modo, pero no querría confesar la receta. Abrió el libro, y la sonrisa se le quedó congelada con la primera frase: “Al salir a la calle una suave llovizna lo hizo sonreír. Por lo menos el tiempo se mostraba a tono con su estado de ánimo”. Le dio la vuelta al libro, y prestó más atención al resumen de la historia. No podía creerse lo que estaba ocurriendo. Empezó a ojear los capítulos y a leer fragmentos al azar. El contenido era totalmente inédito para él, pero la primera frase lo había descolocado. Ni se dio cuenta de que el dueño del bar se acercaba a su mesa.

—Buenas tardes, señor. ¿Qué va a ser?

—¿Perdón? —Estaba tan concentrado que creyó que había oído mal. Dejó el libro boca abajo sobre la mesa—. Ya le he pedido una cerveza a su compañera.

El dueño miró a la camarera, que levantó las cejas con cara de circunstancias. Estaba claro que se había olvidado del pedido. El hombre se disculpó por el despiste de su trabajadora.

—Vaya, lo siento. Ahora mismo se la sirvo. Esa chica es nueva, y me parece que tiene menos experiencia de la que me dijo cuando se presentó para cubrir el puesto. —La mirada del hombre se posó en la contraportada del libro, y le guiñó un ojo—. ¡Vaya! Seguro que me comprende, ¿verdad?

—¿Comprenderlo? —Ezequiel no sabía de lo que hablaba el otro—. Pues, francamente, no sé a qué se refiere.

—¡Pero hombre! —Señaló la fotografía—. María se nos ha ido de la noche a la mañana. ¿No se ha fijado?

—¿María?

El mesero golpeó la foto de la contraportada del libro con el índice.

—María. Ninguno nos tomamos en serio esa manía que tenía de escribir a todas horas.

Ezequiel abrió la boca sin pronunciar palabra. ¡Claro que le sonaba la cara! Las gafas eran lo que lo habían despistado. Y los tacones. Y la falta del delantal. Y el peinado, tan distinto del moño que tenía siempre cuando lo servía. Sus fosas nasales se dilataron buscando ese perfume a jazmín que había echado en falta cuando se acercó la camarera nueva.

—A veces nos decía que quería ser como usted. ¡Si siempre era ella la que lo atendía, aunque no le tocara ese día esta zona del bar! ¡Anda que no le han gastado bromas los compañeros a costa suya, hombre! Que si hay que ver la prisa que se daba en traerle la cervecita, que si le ponía doble ración de aceitunas, que vaya trapicheo que se traía con los viajes que daba con la papelera arriba y abajo cuando llegaba la hora de verlo entrar por la puerta… —El hombre cabeceó—. Me parece que este es el único bar de la ciudad donde un cliente ha tenido una papelera de uso exclusivo.

Ezequiel había dejado de prestar atención. No podía dejar de leer la dedicatoria:

“Al escritor que me inspiró esta historia imaginaria, aunque sus ojos siempre buscaran otras historias mirando en la dirección equivocada”

Adela Castañón

Foto:   Jeff Sheldon.

Buenas intenciones

—Tía, qué ganas de que llegaras. ¡Felicidades! Qué calladito te lo tenías, cabrona. ¿Ya sabes qué es?

Melina, que llevaba un rato en la sala de café de la oficina concentrada en contactar sin éxito con su novio, guardó el móvil y miró a su compañera con el ceño fruncido.

—¿Qué dices? ¿Qué es el qué?

—Qué va a ser, tía. ¡Tu bebé!

A punto estuvo de soltar su taza de café, pero recordó que era su favorita. La dejó sobre la mesa, que hacía las veces de barra para comer y de cocina improvisada, y levantó las manos, casi como si quisiera protegerse con ellas.

—¿Cómo? No entiendo por qué me dices esto.

—Uy, tía, pues vas a flipar —Lucía cogió el móvil, abrió la aplicación de Facebook, toqueteó el teclado de la pantalla táctil y enarboló el resultado frente a la cara de su amiga—. Mira esto.

Había dos publicaciones recientes en el perfil de Melina. Una era suya, hecha el viernes por la tarde, en la que mostraba unos billetes de avión a Roma. Se iban a ir de fin de semana romántico. La otra era del sábado por la tarde, y la había hecho una amiga de su madre. Una sola frase que tenía más de doscientas reacciones y casi tantos comentarios: “Guapa, ya me ha contado tu madre que pronto sabréis si es niño o niña, ¡qué emoción!”

La última reacción era una cara de sorpresa de su jefe. De repente le sobraba la chaqueta, los pantalones y la piel entera.

—No. No, no, no, no. No me jodas —se llevó las manos a la cara y miró a un lado y a otro, buscando—. ¿Dónde está Pedro?

—No sé, acaba de salir. Hoy es lo de ENALEC —ese era el nombre corto que usaban para referirse a Entertainment and Leisure Corporation, el accionista mayoritario de la empresa de publicidad en la que trabajaban y a cuyos directivos sus jefes pasaban reporte.

—Mierda —Melina cerró los ojos, sintiendo cómo el desasosiego corría por su espina dorsal. Exhaló muy despacio, tal como le habían enseñado en hapkido—. Me voy. Si alguien me necesita que me mande un mail.

Melina había sabido desde que era niña que quería dedicarse a la publicidad. Debía tener unos seis años y estaba jugando en el suelo junto a su madre, que veía la tele desde el sofá. Al empezar los anuncios, Melina levantó la cabeza de sus bloques de construcción. Le había llamado la atención una música instrumental que le puso la piel de gallina. Una chica caminaba por las calles de París con tanta elegancia que parecía que no le afectaba la gravedad, y una voz de mujer hablaba en francés. Su madre se percató de lo anonadada que estaba y le acarició la cabeza.

—¿Te gusta, cariño?

—Mucho. ¿Qué es?

—Un anuncio de perfume.

—¿Un anuncio?

—Sirve para que sepamos qué cosas podemos comprar.

—Yo quiero hacer eso —contestó Melina, y siguió mirando el resto de anuncios.

Su madre pensó que se refería a la actriz. Ella, en cambio, empezó a imaginarse inventando espacios donde seres de luz bailaban al son de una música celestial.

Aunque la separaban doce pisos hasta la calle, coger el ascensor no era una opción. Sabía que, cuanta más prisa tuviera, en más plantas se pararía antes de llegar a la suya. Y Melina creía que aún podría pillar a su jefe así que echó a correr. Lo llamó mientras volaba escaleras abajo con los brazos levantados para evitar cercos en las axilas. No daba señal. Descendió otro piso y volvió a llamar. Seguía igual. Su esperanza era que estuviera aún en el parking y que no tuviera cobertura. Se quitó la chaqueta al llegar a la calle. ¿Por qué se habría puesto tacones? Sopesó la idea de ir descalza pero el suelo de Barcelona le parecía demasiado sucio. El de cualquier ciudad, en realidad. Mientras pensaba en el poco civismo de la gente, llegó hasta la caseta del guardia.

—Disculpe —dijo. El hombre seguía de espaldas, mirando una pantalla pequeña. Llamó al cristal con los nudillos haciendo una cadencia musical, una de sus manías— ¡Eh, disculpe! ¿Ha salido ya el coche de Pedro Acosta?

—Sí. Hace cinco minutos.

—¡Gracias! —gritó Melina a su espalda. Nunca supo si el guardia la había oído porque con el “sí” ya había empezado a correr hacia la calle en busca de un taxi.

Al llegar a ENALEC, Melina abrió la puerta antes de que el taxista parara del todo. Le tiró diez euros aunque la carrera había costado seis con veinte. Estaba tan nerviosa que sentía náuseas, pero no podía parar ahora. A la última directora creativa que se había quedado embarazada la habían relegado a copy. Ni siquiera había podido seguir con los proyectos más importantes. Y Melina no había trabajado tardes, noches y casi todos los fines de semana de los últimos doce años para que, por un malentendido, le pasara lo mismo.

Subió hasta la octava planta, donde estaba la sala de juntas y donde esperaba que estuviera Pedro. Sintió un alivio enorme cuando lo vio hablando con Helena, la secretaria de dirección.

—¡Melina! —exclamó su jefe cuando se percató de su presencia. Se palmeó los bolsillos y buscó con la mirada su portátil—. ¿Me he dejado algo?

—No, no. Es que quería hablar contigo. —En ese momento se volvió hacia la secretaria—. ¿Helena, cuánto queda para que reciban a Pedro?

—Tenéis cinco minutos, más o menos. Pero tranquilos. Meteos en este despacho y ya os llamaré.

Entraron en una sala pequeña en la que había una mesa redonda con seis sillas. Pedro tomó asiento. Melina escogió la silla de su derecha y la separó un poco para no estar tan cerca. Antes de que su jefe pudiera abrir la boca, ella le cogió del antebrazo.

—Mira, lo del embarazo… Es que es un malentendido. La que va a saber si lleva niño o niña es mi hermana, y esa mujer se ha debido de hacer un lío. No lo he visto hasta que me lo ha enseñado Lucía.

—Ay, Melina, ¿y no se te ha ocurrido llamarme?

—Sí, claro, pero…

No acabó la frase porque Pedro la hizo callar después de toquetear su móvil.

—Ah, que lo tengo apagado. Lo siento —Sonrió como un cachorrito que sabe que no lo van a castigar antes de volver a su habitual seriedad—. Mira, Melina. Aunque entiendo que puedas querer quedarte embarazada, que lo estuvieras ahora no me gustaría. Y sé que no se puede planear, pero necesito que estos seis meses estés por y para mí porque, si me dejas colgado, mi cabeza rodará. ¿Lo entiendes, verdad? Por eso te he sacado del organigrama del proyecto.

Melina se mordió la lengua con fuerza. Quizá el dolor le haría olvidar la rabia que sentía en ese momento por Pedro. Nunca había sido un mal jefe, más bien al contrario. Pero Melina sabía que tenía que presentar resultados, y que a veces debía ceder ante exigencias externas que no siempre compartía. O quizá sí lo hacía pero quedaba mejor si le echaba la culpa a otros.

—Pero está claro que ha sido un malentendido. Aún hay tiempo así que lo modifico otra vez y ya está.

Melina no sabía cómo reaccionar. Tenía ganas de gritar de alegría, pero también de pegarle un bofetón por haberla apartado con tanta rapidez. Ninguna de las dos cosas era correcta, así que eligió la tercera opción, que era darle las gracias y marcharse a la oficina.

Volvió a coger un taxi, y esta vez se quitó los zapatos para estirar los dedos de los pies, que los tenía muy hinchados. Navegó por los comentarios del estado de Facebook que había armado tanto revuelo, y vio a muchísima gente alegrándose por ella. No era un buen momento para quedarse embarazada, pero la sensación era agradable. Le entraron ganas de llorar.

“Sí que la ha liado esta señora”, pensó. La cara de su novio apareció de repente en su móvil. Por fin le devolvía todas las llamadas que le había hecho por la mañana.

—Cariño, perdona, que estaba reunido. ¿Te sigues encontrando mal? ¿Te ha dado tiempo de ir al médico esta mañana?

—No ha hecho falta —dijo, y palpó en el bolso el test de embarazo que había usado nada más llegar a la oficina—. En casa te cuento.

Carla

@CarlaCamposBlog

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Imagen de WenPhotos

Pequeñas ideas

–Mamá, mamá, ¡MAMÁ! –Nico deja escapar un alarido y Leticia suelta el tazón con la harina, que queda derramada sobre el piso.

–¡Dios!, ¿qué es tan importante que no puedes esperar?

–Mamá, ¿por qué nos tenemos que morir?

Leticia mira a su hijo con el ceño fruncido y se agacha para recoger la harina.

–Qué sé yo, hijo, ¿por qué me preguntas esas cosas?

–Contéstame, mamá –exige Nico.

–Bueno, creo que porque es la ley de la vida.

–No, mamá, nos morimos porque nadie ha inventado algo para vivir eternamente.

–No lo sé, hijo. –Leticia sonríe–. Podría ser.

–Mira, mamá, he tomado una decisión. –Nico se arrodilla junto a su madre–. Quiero ser un inventor.

–¿Un inventor?

–Sí, mamá, quiero construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre. Claro, primero tendré que conseguir el elixir de la eterna juventud, pero eso no será un problema. Podré ir con papá en una expedición, como esas de la tele.

Leticia interrumpe a su hijo.

–Espera un segundo, explícame bien, por favor, ¿qué es lo que quieres hacer?­

Nico ha acaparado toda la atención de su madre. Los pequeños ojos verdes le brillan y una sonrisa, que muestra sus dientes torcidos, le ocupa toda la cara.

–Lo he pensado mucho, y con cuidado, ¡eh!, no creas que no he investigado.­

Leticia no puede reprimir la risa que le producen las palabras de su hijo. Esta historia le está haciendo olvidar su mal día.

–También he decidido no volver a la escuela. Desde mañana quiero empezar a construir mi invento. Como tú dices, debemos dedicarnos a las cosas que nos gustan. Además, no puedo dejar pasar un año más, en un año los adultos se hacen más viejos y los niños como yo nos volvemos adolescentes. No puedo perder tiempo. Y está la abuela, que ya tiene como mil años, y no quiero que se muera. Y tú, mami, que cada día estás más viejita, y no quiero que me dejes nunca.

Leticia deja de recoger la harina para escuchar con mayor atención a su hijo.

–Es muy fácil, mamá, cuando tenga el elixir solo necesitaré un reloj de arena, como el del juego de Cranium, podremos usar ese, porque hace tiempo no sirve para nada. También necesitaremos una cajita musical que dé vueltas. ¡Y ya!, con eso quedará listo y el tiempo se detendrá. ¿Qué piensas mamá?, ¿te gusta mi plan?

En ese momento se oye el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Es el padre de Nico que llega del trabajo.

–¡Papi! –Nico salta sobre él y lo envuelve con un abrazo.

–¡Hola, Nico!

–Amor, ¿qué haces sentada en el suelo? –Javier se agacha un poco para darle un beso en la frente a su esposa.

–Aquí, escuchando las historias de tu hijo y recogiendo la harina. –Leticia tuerce los ojos.

Javier sonríe y se sienta al lado de Leticia para ayudarla. Nico se deja caer sobre las piernas de su padre y juntos amontonan la harina con las manos.

–Cuéntame, Nico. Yo también quiero escuchar esas historias de las que habla tu mamá.

–Mira, papá, ya está decidido, no voy a volver a la escuela porque tengo un trabajo importante que hacer: voy a construir una máquina para que todos podamos vivir por siempre, pero antes necesito que me ayudes.

Javier escucha a su hijo con atención, mientras observa de reojo a su mujer.

–¡Vaya, Nico!, tienes todo un plan montado. Pero quiero saber algo más, ¿cómo vas a construir tu máquina si todavía no has terminado la primaria? Para ser inventor tienes que estudiar.

–Pero, papá, la escuela es muy aburrida. Todo el tiempo te están poniendo tareas tontas y la profe Amalia ni siquiera me deja respirar. La escuela es para niños bobos.

–Eso no es verdad, Nico –interviene Leticia–. Mira a tu padre, él construye puentes, edificios, casas y, para eso, tuvo que ir primero al colegio y luego a la universidad.

–Mamá, eso no es verdad, ¿cierto, papi?

–Lo siento, Nico, pero es verdad lo que dice tu madre. Todos debemos ir al colegio para aprender. Puede que algunas cosas no nos gusten y otras nos gusten mucho, pero todas son importantes, si queremos cumplir algún día nuestros sueños, como este que me estás contando.

La boca de Nico se curva en una mueca y se queda pensando unos segundos. Javier cruza una mirada con su esposa.

–¡Ya tengo una idea mejor, papá! Antes construiré una máquina para que no tengamos que estudiar, y así podremos hacer realidad nuestros sueños sin tener que ir a la escuela.

Mónica Solano

Imagen de Geralt Altmann

LA CIGÜEÑA

 A mi padre. El mejor del mundo

La casa de mi infancia era un edificio de dos plantas, majestuoso y solitario. Construida en un terreno elevado, estaba rodeada de una enorme terraza por donde solía corretear con mis hermanos. Aquel día, a pesar del frío, la tata Rosarito nos llevó a todos allí. Ellos paseaban en bici mientras yo vigilaba el balcón del dormitorio de mis padres. La tarde se me hizo eterna. Los ojos me dolían de tanto mirar al cielo, pero me mantuve alerta. No hacía mucho que había descubierto que los Reyes Magos eran los padres. Y el tema de la cigüeña también me planteaba bastantes dudas.

En el pueblo, en la década de los sesenta, aún no existía confianza entre padres e hijos para hablar de todo y sin tapujos. Hoy día cualquier niño hubiera abordado a su papi para acorralarlo en busca de una respuesta sobre el origen de los bebés, pero en mi infancia todavía no se había inscrito lo de «papi» en el diccionario. Papá era eso: Papá. Con mayúscula. Imponía respeto. Y no me quejo. Mis hermanos y yo nos sentíamos queridos por nuestro padre; en cambio, algunos amigos nuestros solo podían dirigirse a su progenitor con el solemne término, aún más estremecedor, de «Padre» (con la misma mayúscula inicial). Pensar en abordar a papá para preguntarle sobre el origen de los niños me hacía sudar en pleno invierno, así que preferí vigilar el sospechoso aumento del perímetro abdominal de mamá para ir sacando mis propias conclusiones. Y, por culpa de ese misterio sobre los nacimientos, yo estaba en el banco, muerta de frío, en vez de entrar en calor pedaleando como mis hermanos. ¡Si existía la cigüeña, ese día la pillaría in fraganti! Pero no pensaba bajar la guardia ni desfallecer en mi labor de vigilancia. A ratos me preguntaba si alguna vez podría bajar el cuello para volver a verme los pies.

Casi de noche, papá se asomó al balcón del dormitorio y nos llamó sonriente.

—¿Todo bien, don José? —preguntó la tata.

—Todo bien, Rosarito. ¡Otro niño!

Mis hermanos y yo subimos con la tata al dormitorio de mis padres. Yo tenía un mosqueo de campeonato. ¿Otro niño? ¿De dónde había salido aquel trocito de carne con ojos? Mamá estaba tapada en la cama, y el bulto de su barriga se había reducido a menos de la mitad. Entre los brazos tenía un bebé lo suficientemente grande como para que yo lo hubiera visto llegar en el pico de la cigüeña. Por no hablar de que el tamaño de aquellas aves no era el de los gorriones, y de que por el balcón no había entrado ni una mosca en esa tarde interminable. ¡Mucho menos un pajarraco con la envergadura y la fuerza necesarias para haber dejado aquel amasijo llorón en los brazos de mamá!

La desesperación es un buen combustible para el valor, y yo necesitaba salir de dudas. Cogí a papá en un aparte y le planteé la cuestión entre tartamudeos. Aunque hacía frío, los dos sudábamos. Papá se secó la frente y se quedó pensando durante unos segundos. De pronto se le iluminó la cara y me dijo que rezara el Avemaría. Aunque no entendía el motivo de su petición, obedecí. Empecé a recitar de forma mecánica, sin prestar atención al significado de las frases, con el mismo soniquete monótono de las tablas de multiplicar que aprendíamos con un ritmo parecido. Con esa entonación de cantinela, propia de niñas de colegio de monjas, llegué a la parte de: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Realmente, en aquella frase alusiva a la maternidad de María, lo que dije fue: «Y bendito es el fruto, de tu vientre Jesús» (siempre me acuerdo de esto cuando leo acerca de la importancia de la colocación de las comas). Aunque las palabras de mi plegaria eran perfectas, esa coma trastocada solo sirvió para confundir en lugar de ayudarme a dar sentido a la frase. Pero papá no debió pensar lo mismo y dio por supuesto que aquello lo aclaraba todo. Me sonrió muy ufano y me dijo:

—Ahí tienes la respuesta. Ese es el origen de los niños.

Sonreí como tonta y me quedé más confusa que al principio. No quise desilusionarlo diciéndole que seguía con el misterio sin resolver. ¡Me sorprendió que mi padre me inspirara una extraña ternura! Como si yo fuera la adulta y él un niño intentando explicar algo. Esa noche, al acostarme, decidí que no solo no tenía la respuesta, sino que lo único que había sacado en claro de aquella extraña tarde era un montón más de preguntas.

Los días que siguieron fueron reveladores para mí, gracias a mi tata Rosarito, que todavía no tenía ni veinte años, pero había escuchado las explicaciones de papá y se compadeció de mi desamparo. En pequeños apartes, y con aquella sencillez de muchacha sana de pueblo, me descubrió con cariño el misterio de la vida. Meses después fue mi cómplice y mi modelo cuando empecé a fijarme en los chicos y no sabía a quién plantearle las dudas que me acosaban y me robaban el sueño.

Recuerdo el misterio resuelto de la cigüeña como uno de los últimos pasos en el camino que me llevaba desde mi infancia hacia la nueva y emocionante aventura de la adolescencia. El nacimiento de mi hermano tuvo otra consecuencia: la mayúscula de Papá se transfiguró en minúscula, aunque no tuve el valor de compartir con nadie ese descubrimiento. Pero aquel clon de Dios, dueño de todas las respuestas y soluciones de nuestros problemas infantiles, me descubrió ese día que también tenía su talón de Aquiles. Mi padre, como médico, era genial, y había atendido los partos de mi madre y casi todos los de las mujeres del pueblo desde que llegamos allí. Y menos mal que se dedicó a ser médico generalista. Porque como psicólogo infantil, creo que no hubiera hecho carrera.

Adela Castañón

Foto: Flickr

El sabor del vuelo

Amelia soñaba con volar. Era su deseo más profundo, escondido en sus entrañas, junto a sus más grandes temores. Adoraba observar el vuelo de las aves, tan llenas de gracia, libres. El cielo la apasionaba, se imaginaba sumergida en ese azul vibrante, admirando su majestuosidad durante horas y horas. Llevaba años atesorando ese deseo, pero hasta ahora no había tenido la suficiente valentía para hacerlo realidad. Estaba escondido entre mil justificaciones sin sentido que le impedían alcanzarlo.

Un día, al despertar de un espléndido sueño, de esos que al abrir los ojos sientes el alma volver al cuerpo, tan real como un vago recuerdo, Amelia experimentó una sensación desconocida. Su corazón latía con fuerza, el aire le faltaba y respiraba con dificultad, sus manos temblaban y un escalofrío recorría su cuerpo. Esa reacción nerviosa la animaba a cumplir con su deseo, ese era el día y sabía que no habría otro igual. Se levantó de la cama, dejó que el agua de la ducha aclarara sus ideas, escogió ropa cómoda, agarró las llaves de su auto y salió de casa. En el camino llamó a su hermano para pedirle la dirección exacta del sitio donde hacía unos meses que había practicado parapente. Ese día Amelia iba a volar.

Fueron varios kilómetros rumbo a “Parapente Paraíso”. La ansiedad no logró ahuyentar el deseo, la expectativa superaba cualquier sentimiento de acrofobia. Mientras el auto se acercaba al lugar, su corazón se agitaba con más fuerza y las náuseas consumían su interior, desde el esófago hasta la boca. Se sentía un poco mareada pero nada la detendría en el cumplimiento de su misión. Bajó del auto y se acercó a la recepción donde una joven de cabello color morado la esperaba sonriente.

–Quiero volar –dijo Amelia con la voz entrecortada.

La recepcionista escribió los datos personales de Amelia en un papel y le indicó que esperase su turno en alguna de las mesas del hall o cerca de la zona de vuelo. Amelia respiró profundamente y salió de la cabaña. Al pisar el césped, sus ojos apreciaron un increíble paisaje verde y frondoso que le quitó el aliento. Pasó las manos por su cabello para apaciguar el asombro que sentía ante tal espectáculo. Había pocas personas en aquel lugar. Dedujo por el aspecto que solo unos cuantos eran aficionados como ella. Rodeada de profesionales del parapentismo sintió un poco de tranquilidad y la certeza de estar en el lugar adecuado. Estática, de pie, expectante, observaba ensimismada a las personas que sobrevolaban el lugar, sabía que solo debía esperar que la llamaran por su nombre y llegaría el anhelado momento. Un mesero se acercó para ofrecerle algo de beber, pero, sin dudarlo, rechazó el amable ofrecimiento. Estaba segura de las consecuencias, cualquier tipo de comida en su estómago sería un detonante para convertir sus náuseas en un desastre ecológico de seguridad nacional.

Miraba su reloj con impaciencia, temía retractarse y, mientras disipaba su ansiedad en las manecillas, escuchó un eco que pronunciaba su nombre. Todo su cuerpo se sobresaltó al oír: “¡Amelia!”. Era el momento. Con timidez se acercó al instructor que la esperaba con un casco en la mano y una abultada maleta. Le hizo muchas preguntas. Amelia solo miraba con detenimiento el movimiento de sus labios y contestaba sí o no. El grado de estupefacción la tenía aletargada. Sin darse cuenta, en un instante ya tenía puesto el arnés y la mochila gigante, un casco color azul y sus lentes de sol. No faltaba nada en su indumentaria.

Al filo del abismo esperaron el viento propicio para emprender el vuelo. El paracaídas que colgaba de sus mochilas se alzaba lentamente con la fuerza del viento y tiraba sus cuerpos en sentido contrario; la respiración se hacía más difícil con cada tirón. Se movían de un lado a otro, danzando con el viento. En el momento perfecto, el paracaídas se alzó imponente en el cielo y a pasos agigantados se lanzaron al abismo. El vacío se apoderó del estómago de Amelia y las lágrimas inundaron sus ojos, estaba volando, suspendida como las aves, no era un sueño, era su cuerpo disfrutando del viento, del azul del cielo y del verde terreno bajo sus pies. Se perdió entre las nubes, en el eco de la brisa, en el aroma de la libertad. Fueron quince minutos mágicos, únicos, que perdurarían por siempre en su memoria.

El aterrizaje fue forzoso, sus manos perdieron la movilidad y su cuerpo estaba insensible al tacto. Cayó desplomada en el césped, casi sin aliento. Tumbada sobre la hierba admiró fascinada el cielo que había surcado como un ave rapaz. El éxtasis le duró hasta que recuperó la sensibilidad en sus extremidades. El hormigueo en la planta de los pies la trajo de vuelta a la realidad.

Con una enorme sonrisa que le atravesaba todo el rostro, entró de nuevo a la cabaña donde estaban el restaurante y la recepción. Pidió chocolate caliente con tostadas y, mientras disfrutaba del calor de la taza, ojeaba por la ventana cómo otros amantes del cielo se deleitaban. Allí sentada descubrió una frase escrita en un pedazo de tela, exhibido en una urna de cristal: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás sobre la tierra con la mirada levantada hacia el cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver. Da Vinci”. Era la descripción perfecta para un sentimiento inexplicable, para el momento que cambió su vida. Sus brazos se habían convertido en magnificas alas, había saboreado el cielo, era imposible no querer regresar.

Mónica Solano

Imagen. Municipio de Sopó, Colombia. Foto de Mónica Solano.