Quería salir a estudiar

Leyendas escolares de las Cinco Villas

Don Mateo acostumbraba a ir a la escuela una hora antes que sus alumnos. Así a las nueve ya tenía las pizarras limpias, los cuadernos en orden y la estufa encendida.

Una mañana llegó antes de lo habitual. A eso de las siete, le sorprendió ver a Casiano acurrucado en la puerta. Si no lo hubiera conocido, habría pensado que era un rapazuelo entrometido. Se acercó, le pasó la mano por sus bucles rubios y le dijo:

—¿Qué haces aquí tan temprano? Tendrías que estar durmiendo.

—Es que me he escapado de casa cuando me ha llamado mi padre para que fuera al monte con mis hermanos.

—¿Qué te has escapado? —El maestro abrió unos ojos más grandes que los del niño.

—Sí. —No pudo reprimir un hipido—. Me ha dicho que tenía que ir a cuidar las ovejas. Que eso era más importante que venir a la escuela.

Don Mateo se quedó un momento en silencio. Lo ayudó a ponerse de pie y le dijo:

—Bueno, pues hoy vete con tus hermanos. Y yo hablaré con tu padre.

Ese día Casiano anduvo muy despistado. Se olvidó de llevar a abrevar el rebaño y perdió un cordero recién nacido. Por la noche se fue a la cama sin cenar. Desde la cocina le llegaban los gritos de su padre:

—¡Qué se habrá creído este mocoso, Gregoria! Con nueve años ya se atreve a llevarme la contraria.

—¡Por Dios, Jacinto! ¿No ves que es un niño? Ten paciencia. Poco a poco lo haremos entrar en razón.

—¡Que no, Gregoria, que no! Sus hermanos no me plantaron cara. Todos entendieron que somos muchas bocas y pocas manos.

—Es que tiene que estar todo el día solo por esos montes y es muy miedoso.

—No te confundas, Gregoria. Aquí pasa otra cosa. El bueno de don Mateo le ha metido muchos pajaricos en la cabeza. Y ahora anda loco con eso de aprender a leer y a hacer cuentas. —Jacinto se levantó la boina, se rascó la cabeza y comenzó a dar patadas a los tizones del hogar.

Al día siguiente, Casiano se levantó sin hacer ruido y se fue otra vez a la puerta de la escuela. Cuando vio aparecer al maestro, se acercó y le dijo.

—Don Mateo, vengo a pedirle perdón por el susto que le di ayer. Solo quería hablar con usted.

—No te preocupes. Entendí lo que querías. Hoy he visto a tu padre, pero no le he dicho nada porque me ha parecido que no estaba el horno para bollos.

—Pero yo quería decirle otra cosa más. —Se quedó cortado. No acertaba a seguir hablando.

—A ver, dime. ¿Qué le pasa por aquí dentro a esta cabecica?

—Verá es que yo quiero ser maestro de El Frago, como usted.

—¡Anda, anda! Déjate de tonterías. Ahora lo importante es que vengas a la escuela y aprendas. Después ya veremos.

Don Mateo lo cogió por los hombros, lo estrechó con fuerza y le habló a la oreja:

—Mis padres tampoco querían que viniera a la escuela y me mandaban a hacer los recados del comercio. —El maestro suspiró—. Al final se convencieron.

—Eso ya me lo contó el abuelo de casa el Royo, ese que vive al lado de su casa. Por eso he pensado que usted me podría ayudar.

Esa tarde, don Mateo esperó a que Jacinto llegara del monte y fue a hablarle de su hijo. Después de una tensa conversación, llegaron a un acuerdo.

—¡Que no, don Mateo! —Jacinto seguía desaparejando la yegua sin mirar al maestro.

—Jacinto, no sea tan terco. Usted se las puede arreglar sin Casiano. —Hizo una pausa—. En esto me recuerda a mi padre.

—Mire, no se meta en los asuntos familiares. En cada casa nos arreglamos como podemos. —Soltó la cincha que llevaba en la mano—. Y perdone que le diga, pero es más fácil mantener un comercio sin ayuda que unos campos y unas ovejas. ¡Y encima se saca menos!

—¡No lo haga por mí, sino por su hijo! —Se quedó mirando al suelo y siguió—:Con los estudios lo librará de ir calzado con abarcas,

Jacinto entró con la yegua en la cuadra. Cuando salió, Mateo lo seguía esperando. Entonces Jacinto le dijo:

—Está bien, Casiano ira a la escuela. Pero ya que no me va a ayudar a mí, que libere se lleve a su hermano Lorenzo. Así su madre no tendrá que cuidarlo y podrá bajar a lavar al río y sacarse un jornal.

—No sabe cuánto se lo agradezco.

—Usted no tiene que agradecerme nada, que es la vida de mi hijo —le contestó Jacinto levantando la horca que llevaba en la mano—. ¡Ah! Y le repito que no se meta tanto en la vida de las familias.

Al día siguiente, a las nueve en punto, estaban los dos hermanos cogidos de la mano esperando a que se abriera la puerta de la escuela. Entraron, se sentaron juntos y, al poco rato, Lorenzo le dijo que se aburría. No paró de enredar en toda la mañana. Casiano lo sujetaba para que no se levantara. Le habría gustado contagiarle la inquietud que él llevaba dentro.

Casiano era como una esponja. Todo le interesaba y todo lo asimilaba. Antes de cumplir los catorce años le preguntó a don Mateo si lo dejaría ir por las tardes al repaso de su casa, que así podría prepararse mejor, porque se quería ir a estudiar a Zaragoza. Le dijo que le pagaría con unos ahorrillos que tenía escondidos. Desde que dejó de ir al monte, de vez en cuando le ayudaba al herrero a sujetar las patas de las caballerías cuando les ponía las herraduras. No le daba todas las propinas a su madre y se guardaba algunas debajo de una baldosa de su habitación. Y era difícil que se las encontraran porque se movían todas.

—¿Usted cree que podré estudiar si voy un poco adelantado y me gano el jornal en la carbonería de mi hermano?

—¡Claro que podrás!

—¿Y tendré que hacer mucho esfuerzo?

—¡Mucho, Casiano! Pero te prepararás bien y llegarás lejos. Tú llegarás a ser algo más que un maestro de El Frago.

Cuando cumplió los catorce años se despidió de sus padres. Aprovechó el viaje de un carro que subió a comprar carbón y se fue a Zaragoza. En un morral llevaba una muda limpia, muchos papeles con las notas de las clases de don Mateo y las propinas que había sisado. Las contó varias veces.

—Sí, me llegan. Con esto ya puedo pagarme la matrícula del Ingreso de Magisterio.

Carmen Romeo Pemán

Imagen destacada. Museo de las escuelas de Lacorvilla (Zaragoza).

En la sala de los tapices de la Seo de Zaragoza

Una noticia que revolucionó las Altas Cinco Villas.

Don José Iriarte, canónigo penitenciario de Zaragoza, era natural de Biel (Zaragoza) y don Felipe Sánchez estaba de maestro de El Frago, un pueblo vecino.

Salvadora, menos mal que nos tenemos para poder hablar entre nosotras, que, si no, sería muy dura esta vida de sirvientas diciendo amén, amén a nuestros amos. ¿Qué haría sin ti y con don José recién enterrado?

Ya te decía que aquel asunto nos seguiría trayendo desgracias. La culpa la tuvieron aquellas habladurías de que don José protegía a un sobrino que no llevaba buenos pasos. Y claro, esos chismes tenían que llegar hasta el obispo, que encima se los creyó. ¡Mira que quitarle al pobre la canonjía y mandarlo al destierro! Y eso de que llevara una vida discreta y se dejara ver poco se lo tendría que haber dicho al sobrino, digo yo. En fin, que fue un mazazo para un hombre de su talla.

Y créete lo que te diga yo. Antes de que se desataran la lenguas, buena culpa tuvo don Felipe, que sin ningún miramiento se plantó en la puerta de la casa y le pidió que le ayudara a meter a su hijo en el Seminario. ¡Claro, como era el maestro de El Frago estaba seguro que don José le atendería su ruego! Y yo que no lo había visto nunca ni sabía cómo era no lo dejaba entrar. Pero me insistió mucho. Me dijo que era un pariente cercano y que sus familias vivían en pueblos vecinos. Al final lo pasé al cuarto de estar, los dejé hablando y me quedé escuchando detrás de la puerta.

—Échale una mano, José, que no te arrepentirás —le decía con voz lastimera—. Ya verás cómo mi Mariano será un buen cura y presumirá de ser tu sobrino. —Se acercó un poco y subió el tono—. Eres el orgullo de toda la familia. Muy pocos tienen el honor de tener un tío que sea canónigo penitenciario.

A mí no me gustaron aquellas zalamerías de don Felipe. Si no, mira con qué nos ha salido su hijo.

El tiempo me ha dado la razón. Don José estuvo muy alterado los últimos meses, sobre todo, cada vez que recibía visitas de su sobrino, Algunas veces hasta los oía pelearse. Después don José andaba con un humor de perros y no quería probar bocado. Hasta el punto de que la semana pasada, de un manotazo, me tiró una bandeja de plata con una jícara de chocolate humeante y unos churros recién hechos.

Que tuviste que oír el ruido, Salvadora, que vuestro comedor está pared con pared con el nuestro. Y no me digas que no oíste mis gritos. Es que me pudieron los nervios y no tuve más remedio que contestarle.

—Pero bueno, don José, ¿a qué vienen estos modales? ¡Si usted nunca me había perdido el respeto!

Salvadora, tú y yo sabemos que estaba fuera de sus casillas desde que se había hecho público el caso del Mariano. Era normal que le afectara. A fin y al cabo era su sobrino protegido. Pero no me pude contener. Y él, sorprendido de que le levantara la voz, me contestó como un niño al que coges con las manos en la masa.

—Perdona, pero es que he visto esta bola de papel amarillento y he curioseado.

—Don José, usted nunca se había atrevido a revolver mi cestillo de costura.

Es que sabes, sin que él se enterara, había hecho un rebujo con la página de El Imparcial y lo había escondido entre los ovillos. Yo sabía que a él no le gustaba ese periódico de tufillo liberal, que se regodeaba en los asuntos anticlericales. Y, mira, ¡qué casualidad!, en un descuido me dejé el costurero abierto.

Bueno, el caso es que, cuando lo vi con la bola de papel en las manos, me puse tan nerviosa que le solté una parrafada sin respirar.

—Mire, don José, que yo entiendo que tenga miedo a lo que diga la prensa, pero tiene motivos para estar tranquilo. Si alguien creyera que usted tiene algo que ver con el asesinato, con esta noticia lo desmentiríamos. Si habla de usted como una persona de gran cultura, y solo dice que don Mariano Sánchez era sobrino del canónigo penitenciario de la Seo de Zaragoza.

Don José se me quedó mirando sin decir nada. Y yo, aprovechando que tenía la palabra, continué.

—A mí me parece que, cuando usted vio los titulares, le entró tal soponcio que ya no leyó más. —Entonces cogí más aliento—. Así que ahora, quiera o no quiera, se la voy a leer entera, aunque sea a trompicones, porque a mí eso de la lectura no se me da bien.

El Imparcial. Madrid, 3 de agosto de 1900. Doble asesinato en la Sala de los Tapices de la Catedral de la Seo de Zaragoza. La prensa de Zaragoza trae los detalles de uno de los crímenes más espeluznantes que se recuerdan.

El criminal. Don Mariano Sánchez, sacerdote, natural de El Frago, había cursado Magisterio. Más tarde estudió en el Seminario de Zaragoza, donde llegó a secretario del Cabildo. Es hijo de don Felipe Sánchez, maestro de El Frago, y sobrino de don José Iriarte, natural de Biel y canónigo penitenciario de Zaragoza, persona de gran virtud y mucha ilustración.

Las víctimas. Josefa Salas, de veintisiete años, natural de El Frago, y su hija de tres meses, sin registrar ni bautizar. Mariano Sánchez les pasaba una pensión mensual de treinta pesetas. Josefa la completaba confeccionando blondas. El juzgado encontró un marco de plata con un retrato del sacerdote en la mesilla de Josefa.

La autopsia. El médico forense tuvo que trasladar los cadáveres al aire libre, por el insoportable hedor que exhalaban, dada su avanzada descomposición. Tenían las piernas cruzadas y los tobillos atados. La muerte se produjo por estrangulación. Cada uno llevaba alrededor del cuello siete vueltas de un cordel de seda dorado, procedente del tapiz de la “Degollación de los Inocentes”. El criminal metió los dos cuerpos en un saco y lo escondió en la sala de los tapices de la Catedral, detrás del tapiz de la “Decapitación de Holofernes”.

Salvadora, no quieras saber la cara que ponía y cómo se sujetaba la oreja con la mano para que no se le perdiera ni una palabra. Así que, ya puesta, y como lo vi más tranquilo, me atreví a acabar de decirle todo lo que pensaba.

—Lo que yo digo, don José, este crimen me produce náuseas. ¡Mire que descubrir los cadáveres por la pestilencia! Al principio pensaron que el tufo venía de las cloacas que bajan al Ebro. ¡Qué zopencos! No se puede llegar a más, confundir el olor de cloaca con el de cadaverina.

Mientras le echaba esta perorata, no le quitaba ojo de encima. De repente vi cómo empezaba a farfullar y a temblar. Por la boca echaba unos borbotones de espuma, como los de los endemoniados de Santa Orosia cuando él los rociaba con agua bendita. Entre sus balbuceos oí algo como cobarde. Y no me extrañó porque siempre pensé que don José se sentía avergonzado de haber metido a Mariano en el Seminario.

Cuando lo vi caer al suelo, me entraron escalofríos y me quedé como alelada, pensando en aquellas gentes de El Frago y en el pobre don José.

Masacre inocentes. 2

León Cogniet, Masacre de los Inocentes, (1824). Museo de Bellas Artes, Rennes (Francia)

Este es un relato ficticio, inspirado en personas reales, en los hechos que se publicaron en El Imparcial de Madrid (03/08/1900) y en los recuerdos que conserva la memoria de las gentes.

Todos los personajes, nombres, biografías, hechos, documentos y diálogos se han utilizado de manera ficticia o son producto de la imaginación de la autora.

Carmen Romeo Pemán

Imagen principal: Catedral de San Salvador de Zaragoza, conocida popularmente como La Seo.

 

Esteban y Orosia

De la tradición oral de las Altas Cinco Villas.

Las corrientes de los ríos están llenas de historias. Un día que estaba jugando con los ruejos del Arba, me encontré esta que bajaba de Biel.

Aquella mañana, llegué a la escuela antes que la maestra. Había venido corriendo, y eso que nuestra casa estaba lejos, detrás del cerro. Sentía como si el corazón se me fuera a salir de su sitio.

—Buenos días, Orosia. —Doña Pascuala me acarició la cabeza–. Toma, guárdame estos libros un momento.

—Bue… buenos días, tenga usted. —No sabía si me había oído. No me salían las palabras por culpa del nudo de la garganta.

Me senté en una mesa, justo detrás de donde se solía poner Esteban. Desde allí podría hablarle al oído cuando entrara, antes de que doña Pascuala comenzara a pedir los deberes.

Esteban llegó tarde. Iba un poco desgreñado, como si no le hubiera dado tiempo a lavarse. Me pareció que tenía cara de haber dormido mal.

—Mis padres se han enterado de lo nuestro y se han puesto como dos basiliscos —le dije de corrido, a la vez que me echaba la melena por la cara para que nadie me viera hablar.

—¡Chist!; ¡chiss!; ¡chsss! Hablaremos en el recreo. —Me apretó la mano por debajo del pupitre—.Y no te preocupes, que ya los convenceremos.

—Pues me parece que no vas a tener razón. Mira que he tenido que saltar por la ventana. Me habían cerrado la puerta para que no viniera a la escuela —y continué con un susurro casi inaudible—. Verás como en cualquier momento se presenta mi padre.

—Pues esta vez no será como las otras. Si hace falta, diré delante de todos que estás preñada.

En ese momento se abrió la puerta. Sólo vi los ojos de mi padre y cómo doña Pascuala lo cogía del brazo y lo sacaba al pasillo. Al poco rato entró ella sola, se acercó a mi mesa y me dijo:

—Recoge tus libros. Te voy a poner deberes para que los hagas en casa. ¡Ojala puedas volver pronto! Te esperaremos.

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—Antonio, no me ha hecho ninguna gracia que hayas ido a buscar a Orosia a la escuela —gritó mi madre cuando nos vio aparecer por el recodo del camino—. Los trapos sucios se lavan en casa. No quiero ir en lenguas de la gente.

—¡Cuántas veces te lo tengo que decir, Josefa! —Mi padre, ceñudo, levantó la horca de recoger la paja y miró a mi madre—. ¡Que eres muy corta de entendederas! ¿Aún no te has dado cuenta del peligro que es ese chico, todo el día dando vueltas por aquí? Que se nos quiere llevar a la niña. Y la Orosia es nuestra. ¡La Orosia es mía! Al hombre que le ponga una mano encima lo ensartaré con esta horca.

En estas andábamos, cuando llegó Esteban con sus padres. Y, dando un paso al frente, se encaró a mi padre:

—Señor Antonio, aunque no haya cumplido los catorce años y usted crea que soy un crío, sepa que me voy a portar como un hombre con su hija y con ustedes. Estoy dispuesto a esperar la boda el tiempo que digan. Mejor dicho, hasta que yo cumpla los dieciocho y tenga un trabajo para mantener a Orosia y al niño. Que el niño es mío y lo reconoceré.

Mi padre empezó a dar vueltas por la era cagándose en todos los santos del cielo y soltando copones y hostias a mansalva. Esteban y sus padres retrocedían poco a poco. Oí su voz, por última vez, al otro lado de la cerca.

—¡Orosiaaaa, te quieeeeroooo! Volveré cuando haya nacido el niño. Te lo prometo. Nos iremos a vivir a la capital.

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Después de cenar, mis padres se enzarzaron en una de sus discusiones. Pero esa noche, mi madre, que no solía hablar, tomó la palabra.

—Mira, Antonio, que tengo clavada la fecha. Dos años tenía Orosia cuando decidimos venir a vivir al monte, que en todos los sitios veías fantasmas.

Mi padre intentó protestar, pero no había quién hiciera callar a mi madre.

–Antonio, para mí fue un golpe muy duro.

Mientras tanto, ella seguía con su monserga, secaba las sartenes, barría la cocina y metía brasas en un calentador. Y venga a repetir aquello de que estábamos acostumbradas a otra vida y que en aquel chamizo nos habían salido sabañones hasta en las orejas.

Desde que llegamos, yo dormía con mis padres. Decían que así no me acatarraría. Mi padre en la parte de afuera, mi madre contra la pared y yo en medio, bien calentita. Aunque a veces, casi me asfixiaban cuando se daban la vuelta.

No sé cómo empezó aquello. Una noche me despertó mi padre con sus toqueteos. Noté cómo me acariciaba los pezones. De repente se me echó encima. Recuerdo los gritos de mi madre como si fuera ahora. Pero él siguió con su martingala.

Como ya estaba acostumbrada, no me asusté el día que Esteban me llevó a un pajar al otro lado del cerro. Me acariciaba con suavidad y me decía que tendríamos un niño y que abandonaríamos el monte. Pero yo no me lo creía, porque no podría saber cuál de los dos sería el padre. Como mi madre, yo también sabía que nadie podría sacarnos de aquel agujero.

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Ilustraciones de Inmaculada Martín Catalán.

Inmaculada Marín Çatalán (Teruel, 1949). Conocí a Inmaculada cuando llegó al Instituto Goya de Zaragoza. Venía con un buen currículo y con una excelente fama como profesora.

Su dedicación al arte comenzó cuando se preparó con Alejandro Cañada, en Zaragoza, para el Ingreso en Bellas Artes de Barcelona. Comenzó los estudios en la Universidad de Barcelona, pero pronto se trasladó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Bellas Artes, especialidad de Escultura, en 1975.

Su carrera artística ha sido muy reconocida. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas de escultura y pintura. Es una experta en carteles y miembro de varios grupos de dibujo: Urban Sketchers, Flickr, Group Portraits in your art, Group with Experience.

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En su muro de Facebook nos deleita con dibujos de escenas cotidianas de Zaragoza.

Carmen Romeo Pemán