Y juntamos nuestros dedos

De Las fragolinas de mis ayeres

Aquella tarde, como otras, Felicia faltó a la escuela. Su madre se pasaba el día regando los huertos de los ricos y ella, antes de sus doce años, se las campaba sola. La maestra nos mandaba a buscarla y siempre volvíamos con un no sabemosdóndeestá.

—Eso es que no buscáis bien —nos contestaba—. O me mentís.

La verdad era que no sabíamos dónde se metía. Así que un día decidimos no ir a la escuela y hacer guardia en la entrada del pueblo. Nos sentamos en la Peña del Santocristo con los bastidores, como si estuviéramos bordando.

Al poco rato, vimos pasar a un pastor hacia la era de Prisco y lo seguimos de puntillas. Cuando llegamos a la era, lo vimos entrar en el pajar. Dejó la puerta entornada. En silencio, nos pusimos a mirar por las rendijas y vimos dos bultos agarrados que se movían con rapidez.

—Pobre pastor —dijo una de las pequeñas que se había colado entre nosotras—. Igual se ha encontrado con un bicho. Tendríamos que avisar a los hombres.

—Anda, calla —le contestó la que estaba a mi lado achicando los ojos para ver mejor—. No sé a qué has venido si tú no entiendes de estas cosas.

Poco a poco veíamos mejor los movimientos, pero no entendíamos los suspiros  que salían de aquellos bultos arrinconados.

Como se pasaba el rato, nos aburrimos de espiar y volvimos corriendo a la clase de labores.

—Perdónenos, doña Isabel. Hemos ido a buscar a Felicia, pero no sabemos dónde puede estar. Y eso que hemos preguntado a los que pasaban por la Cruz —le dijo una con un jersey verde.

Colocamos las telas en los bastidores, las tensamos con el tornillo que llevaban en el aro y nos sentamos en corro. De vez en cuando nos mirábamos de reojo.

A la salida nos esperaban los chicos. Les contamos todo. Nos pareció que no nos escuchaban, porque enseguida dejaron las carteras en un montón y se pusieron a saltar al burro. A nosotras no nos gustaba jugar con ellos, que siempre nos hacían trampas y, sin echar suertes, nos ponían de burros y ellos saltaban.

En el primer salto, A la una, salta la mula, nos echaban toda la fuerza encima y a veces nos dábamos una morrada contra el suelo. En el segundo, A las dos, pegó la coz, nos daban puntapiés en el vientre. Como antes de los tres saltos ya rodábamos por el suelo, se partida acababa allí. Por si fuera poco, nos acordábamos del día que le dieron una patada a la nieta del Luriés y comenzó a sangrar por sus partes.

Esa tarde, antes de que ellos acabaran de jugar, nosotras nos fuimos a casa. Sabíamos que lo de Felicia traería cola. Y así fue. Al día siguiente, después de comer no apareció ninguno por la escuela y el maestro vino a la nuestra hecho un basilisco.

—Con vuestras trapisondas me habéis alterado a los chicos. Esto se merece un castigo. —Sin decir nada más, se metió las manos en los bolsillos de un guardapolvo grisáceo y se fue.

Cuando sonaron las cinco en el reloj de la torre, corrimos hacia el pajar de Prisco. La puerta estaba entreabierta. Dos de los mayores le daban patadas al pastor. Lo habían atado con fencejos y le habían llenado la boca con excrementos de cabras.

—Viejo cabrón, tírate a las mozas de tu pueblo —era la voz del que llevaba un chaleco hecho de la zamarra de su padre.

En la otra esquina, cuatro estaban con Felicia. Los demás miraban con cara de bobalicones. A ella no la ataron, pero le metieron las bragas en la boca y le sujetaron los brazos y las piernas como si fuera un santocristo. Nos quedamos inmóviles y nos tapábamos la boca con las manos.

Luego siguieron los otros. Se quitaban los pantalones, cogían palos y se turnaban alrededor de Felicia. No podíamos ver qué le hacían. Por los movimientos bruscos y los ojos ensangrentados, suponíamos que le estaban dando una paliza.

—Y tú, puta, a ver si aprendes a no quedar con mozos de fuera. Entérate de una vez por todas que no permitiremos que nadie toque a nuestras mozas —la amenazó uno al que llamábamos el Moreno.

Felicia consiguió escupir las bragas, dio un grito como las mujeres cuando paren y  los chicos desaparecieron.

Entonces, unas desatamos al pastor y otras fueron con Felicia que, envuelta en una paja sanguinolenta, casi no respiraba. La limpiamos con los trapos de las labores, pero la sangre seguía manando entre sus piernas.

—Tranquila, seguro que te ha venido la regla —le dijo una de las mayores.

—No, no me ha venido aún —contestó con un hilillo de voz—. Mi madre dice que cuando me venga ya no podré esperar al pastor.

Antes de llevar a Felicia a su casa, una a una nos fuimos pinchando nuestros dedos índices con un alfiler de los de bordar. Yo pinché el de Felicia. Cuando brotaron las gotas rojas y brillantes, las juntamos y pronunciamos un conjuro:

Con esta sangre nos convertimos en hermanas. Nunca nos separaremos y nos defenderemos de los que se atrevan a tocarnos.

Dejamos a Felicia en su cama antes de que volviera su madre. La arropamos bien. Cuando volvíamos a nuestras casas, oímos unas risas en la Placeta. Los chicos estaban escondidos en el arco del Terrau.

—Esperamos que hayáis escarmentado en cabeza ajena —nos dijeron a coro, como si fuera una frase ensayada.

Echamos a correr sin volvernos a mirar. Desde ese día, nuestros juegos cambiaron. Nunca nos volvimos a juntar con ellos. Los maestros intentaron saber qué había pasado, pero nadie despegó el pico. Ese día las chicas, sin saberlo, nos hicimos feministas.

Carmen Romeo Pemán-