Mi vestido de comunión

A Pilar Abós que me lo inspiró

De las fragolinas de mis ayeres

Desde que murió mi padre, tengo la foto de mi primera comunión en la mesilla. Dos semanas antes habíamos ido a Zaragoza en la tartana que nos prestó el abuelo, un médico famoso en El Frago y en los pueblos de la redolada.

Aparcamos en la plaza del Pilar. A las nueve en punto entrábamos en La Casa Blanca, una tienda especializada en vestidos de comunión. A mi padre todos le parecían caros y mi madre refunfuñaba:

—Joaquín, no seas tacaño que hoy paga el abuelo y me ha dicho que le compremos el mejor vestido. Un vestido de princesa.

Me pasé media mañana probando y probando. A mi madre no le gustó ninguno hasta que nos sacaron uno exclusivo de una modista de Barcelona. Era de seda salvaje, en un blanco roto. La falda caía en tres volantes rematados en borlas de seda. De un canesú de guipur salían tres volantes, como los de la falda, y una manga ablusonada. Lo remataba un tul de novia que se ajustaba a la cabeza con una diadema de plumas. Sobre esa, me colocaron otra de diamantes que llevaba mi madre en el bolso. Las plumas y los diamantes me daban un aire aristocrático.

Mi madre le pidió a la dependienta que me vistiera y me ajustara la faltriquera, el misal y el rosario de mi abuela. Con esta guisa llegamos a Fotos Ismael. En la fotografía que conservo, me veo sentada leyendo en un Libro de Horas, con guantes y un crucifijo grande. Parezco más una abadesa que una princesa.

Durante el mes que faltaba, hubo de un gran trajín en mi casa. Yo me pasaba los recreos hablando de mi vestido. Y, además, les decía a mis amigas que me lo había pagado el abuelo y que pasaría a comulgar la primera, con él y con mi abuela.

—¡Claro! Eso lo haces porque tu abuelo es el único que no viste calzón —me contestó una niña con las alpargatas remendadas

—Pues las demás iremos con nuestros padres, como se ha hecho siempre —terció otra con rodetes en la cabeza.

Por fin, llegó el día. En la entrada de la iglesia, el cura organizó la procesión de las comulgantas. A mí, como era la más alta me colocó la última, justo detrás de una niña vestida de negro, acompañada por los maestros. ¡Y eso que faltaba mucho a la escuela! Tiré de la manga del abuelo y bajó la cabeza para oír lo que le decía en susurros. Él me contestó:

—Es María, la hija de los pastores de la Corraliza. No pude hacer nada por aliviar a su madre de los dolores de un cáncer que le corroía las entrañas.

A final del verano, mi padre cogió el tifus y mi abuelo tampoco pudo hacer nada. Me vistieron de luto como a María. Me tiré encima de la cama y lloré y lloré. El suelo se abrió bajo mis pies. Quería olvidarme de los poderes mágicos del maletín de mi abuelo. Desde entonces ya no lo acompañé cuando iba a ver a que vivían en las pardinas y parideras del monte. Fue por entonces cuando empecé a jugar sola en el desván.

Me pasaba, horas y horas, sola inventando historias con los cachivaches. Un día decidí cumplir mi sueño. Me imaginé que era una princesa y que iba la primera en la fila de comulgantas. Por algo era la nieta de un médico famoso. Ya no pensaba jugar más con las chicas pobres. Así que, para empezar, tenía que ponerme el vestido de la comunión. Rebusqué los armarios y no lo encontré. Bajé las escaleras deprisa y le pregunté a mi madre.

—No lo busques más. Hace dos meses se lo pusieron de mortaja a María. Tu abuelo no pudo hacer nada contra el carbunco que le transmitieron las cabras.

No le contesté. Volví al desván. Rompí todos mis juguetes. Y, sin decir nada, salí a la plaza a jugar con las niñas del pueblo. En un rincón de mi memoria guardé el vestido de comunión junto a la tartana y el maletín de mi abuelo.

Carmen Romeo Pemán

Pilar Abós Torres. Fotos Ismael. Barbastro, 1952. Es propiedad de la autora.