Luces y sombras de mi estirpe materna

#sagasfamiliares #madrinadeRamónyCajal

A los Pemanes de casa Machín

Biel. Antigua

1959. Biel, Zaragoza.

Llevo años dando vueltas a una foto familiar del álbum de mi madre Mejor dicho, daba vueltas a las anotaciones de su hermano Jesús treinta años después de la foto. Cuando él las escribió, muchos ya habían muerto.

En mi casa, mi madre no me habló de todos. Unos, como los Cardesa, se habían alejado de nuestras vidas, por razones que desconozco. Y otros desaparecieron para siempre envueltos en un halo de misterio.

No fue fácil encontrar la clave de una reunión tan variopinta el año 1923 en casa Machín, la casa de mis abuelos maternos.

Desempolvé documentos en los archivos, revolví las cajas de mi madre, pregunte a las gentes cercanas. Nada. Solo noticias aisladas y algunas innombrables.

Un día, sin venir a cuento, alguien me habló de la quebrada salud de mi abuela Pascuala. La única que no sale en la foto. Mi abuela, la gran ausente, dio un nuevo sentido a esta historia, como lo hubiera dado a la vida de su familia si no hubiera muerto demasiado pronto.

Pascuala Marco Castán

Pascuala. Coiné

Pascuala Marco Castán (Biel, 27/10/1877-26/10/1926)

En 1923, tres años antes de su muerte, sufrió otra de sus crisis de corazón. Acudieron a verla familiares de fuera que posaron delante de su alcoba. Se ve la puerta cuidadosamente cerrada. Que las alcobas de casa Machín tenían, y tienen, puertas en lugar de cortinas.

En 1877 la llegada de Pascuala, con sus correteos, alegró una casa llena de gente mayor que guardaba luto por una hija adolescente, otra Pascuala.

La niña nació en la Caudevilla 28, donde vivían: su bisabuela, Josefa Luna Marco, de 72 años, viuda de Manuel Castán Giménez, que si hubiera vivido tendría 76 años. Con sus abuelos José Castán Luna, de 52, y Salvadora Aguas Iriarte, de 54. Con sus padres, Pedro Marco Dueso, de 32, su madre Ana María Castán Aguas, de 19.  Y con su tío José Castán Aguas, de 22, que en ese momento era cura regente de Biel

Mosén José Aguas, el tío que bajó de Petilla, la bautizó, igual que, diecinueve años antes,  había bautizado a su madre. Le puso el nombre de una tía recién fallecida,  Pascuala Castán Aguas (Biel, 1861-1876).

Yo. José Aguas, párroco de Biel, bautice a una niña que había nacido a las cinco de la mañana del mismo día y le puse por nombre Pascuala. Hija de Pedro Marco y Ana María Castán, naturales y vecinos de Biel. Abuelos paternos, Juan Marco de Biel y Blasa Dueso de San Felices, vecinos de Biel.  Abuelos maternos, José Castán y Salvadora Aguas de Petilla. Fueron padrinos, don José Castán, coadjutor, y María Cardesa Aguas. Testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera.

En el bautizo iba envuelta en ricas mantillas, cubierta por un manto de seda blanca, el mismo con el que habían bautizado a su bisabuela en Isuerre. Toda la mañana se oyó el alegre tañido de las campanas pequeñas que decían: “no es niño que es niña”. La bisabuela Josefa se asomó al balcón y llenó la Caudevilla de peladillas, de esas que fabricaban los confiteros de Biel.

A los festejos llegaron puntuales todos los Cardesa Aguas y los parientes de Petilla. Es decir, acudieron los abuelos, los padres, los tíos y los hermanos de los que vemos en la fotografía de 1923.

A los dos años, me imagino a la niña Pascuala, nerviosa y vivaracha, con un vestido blanco de volantes, como los que después ella misma le cosería a su niña Asunción. La veo cogida de la mano de su tío José Castán, subiendo por la calle San Juan. Irían a ver a  a mosén José Aguas que pasó sus últimos años en casa Plaza con su hermana Manuela. Allí Pascuala se sentiría la reina entre sus tías las Cardesa Aguas.

Unos años más tarde, se le acabaron los mimos de hija, nieta y bisnieta única, con el nacimiento de sus hermanos. José (Biel, 1882-1918), el único varón, llamado a ser el heredero. Elena (Biel, 1885-1949), de salud quebradiza, que necesitó muchas atenciones. Y Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971), una benjamina muy avispada.

 Mi abuela y sus hermanas, aprendieron las primeras letras en la escuela de Biel con doña Gala Cenarro Córdoba (Ablitas, Navarra, 1847-Orense, 1912). Su hermano José fue alumno de don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927).

Más tarde, en Jaca, de nuevo de la mano de su tío, recibió una formación refinada en el arte de bordar y decorar la casa. Manejaba con soltura una sombrilla blanca que hacía juego con los encajes de sus enaguas. Y fue una alumna aventajada en los estudios. Se examinó de Magisterio en Huesca como alumna libre. Estudiaba en Jaca con una una profesora particular.

En 1895, Antonia Claver avalaba las solicitudes de su hermana Ana y la de Pascuala para ingresar en la Escuela de Maestras de Huesca, donde ella misma había estudiado hacía pocos años.

La Infrascrita que abajo firma, Maestra en propiedad de la Escuela Municipal de Niñas de esta ciudad de Jaca, certifica: Que doña Pascuala Marco Castán, aspirante a la profesión de Maestra de Primera Enseñanza, se ha ejercitado en la práctica de la enseñanza durante el presente curso en la Escuela de mi cargo. Y para que conste en donde más convenga, y a petición de la interesada, firmo la presente en Jaca 6 de Mayo de 1895. La Maestra. Antonia Claver.

Estudió Magisterio como alumna libre en Huesca. La preparó Antonia Claver Pascual (Lanuza,1871-1896), una hija del maestro de Lanuza que había llegado de maestra a la Escuela de Niñas de Jaca en 1891.

Don José eligió a Antonia, una brillante maestra, que en esos momentos estaba preparando para el ingreso de Magisterio a su propia hermana, Ana Concepción (Lanuza, 1877-¿?).

La muerte de Antonia, justo al segundo año de hacer las prácticas con ella, fue un golpe duro para Pascuala y Ana. Dos compañeras y amigas que se separaron cuando Pascuala volvió a Biel y Ana se incorporó a su destino como maestra. Pasó casi toda su vida de maestra en Pina de Ebro. Se jubiló en 1948.

Ilma.  Sra: Pascuala Marco Castán, natural de Biel, provincia de Zaragoza, de quince años de edad, con cédula personal nº. 1936, con el debido respeto expone: que desea abrazar la honrosa profesión de Maestra de Primera Enseñanza, y creyéndose con aptitud bastante para poder seguir con fruto las lecciones de esa Escuela. A V.S. encarecidamente suplica: que teniendo esta por presentada con las demás documentos necesarios al efecto, se digne admitirla en la matrícula de primer año, previo el examen de ingreso, según se acredita por certificación que se acompaña y pago de los derechos señalados. Gracia que espera merecer de la bondad de V.S. cuya vida guarde Dios muchos años. Jaca 6 de mayo de 1895.

Mi abuela era hija de una familia de posibles muy influenciada por el clero, era sobrina mosén José Aguas y hermana de José, que, en 1885, llegó a ser canónigo penitenciario de Jaca.

Le afectó mucho la temprana muerte de su madre, cuando Emilia tenía solo 10 años. Se la llevó a Jaca, donde hacía varios años que ella residía con su tío. Pero la muerte de José Castán dos años después, impidió que Emilia realizara estudios superiores en Jaca.

El día 5 de junio de 1902, Pedro Marco Dueso, labrador de 56 años labrador, compareció a declarar la muerte de su esposa Ana María Castán Aguas, por bronconeumonía. Hija de José Castán Luna y Salvadora Aguas Iriarte. Dejó cuatro hijos: Pascuala, Elena, José y Emilia Marco Castán. Otorgó testamento el día de su fallecimiento ante el cura ecónomo don Vicente Esco.

Tres años después de la foto que me movió a reconstruir la historia familiar, Pascuala falleció a los cuarenta y siete años, dejó cuatro niños huérfanos y un viudo más joven que ella.

Como era costumbre en nuestras tierras, mi abuelo Constantino, a los dos años de morir su esposa, en 1928, se volvió a casar con Elena, la hermana soltera de Pascuala que se había quedado en casa. De tiona, decían en el pueblo, y por eso los hijos de Pascuala la llamaban “tía Elena”.

Pero antes, los dos clérigos

Las dos personas más influyentes en la evolución de mi familia materna fueron,  mosén José Aguas Iriarte y José Castán Aguas, dos tíos de mi abuela Pascuala.

Mosén José Aguas Iriarte

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José Aguas Iriarte (Petilla, 1817-Biel, 1881).

Año 1881, día 4 de enero. Yo, José Castán, coadjutor de esta Parroquia, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de don José Aguas, cura párroco de Biel, natural de Petilla de Aragón, de sesenta y tres años. Hijo legítimo de José Pascual Aguas Arilla y Ana María Iriarte Puyal vecinos que fueron de Petilla. Se le hizo entierro mayor. Tenía hecho testamento nombrando heredera de sus bienes a su alma. Fueron testigos del sepelio don Mateo Echeverría, cura párroco de Castiliscar, y don Mariano Alamán, párroco de Luesia.

Sus abuelos maternos fueron don José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre, una de las familias de mayor abolengo en la diócesis de Jaca, de esas que influian en el nombramiento de los abades de San Juan de la Peña.

A los 32 años lo nombraron cura párroco a Biel y allí ejerció casi otros 32 años, hasta su muerte. Llegó ya maduro. No sé dónde había estado hasta 1849. En mis delirios familiares he pensado que en mis venas corre sangre de un cura guerrillero carlista.

Antes de su llegada a Biel fueron tiempos revueltos en la Val de Onsella, donde mosén José vivió en primera persona la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

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Estos dos curas paseando me recuerdan a mosén José Aguas con su sobrino José Castán.

El joven cura de Petilla pudo estar muy cerca, o a las órdenes, de los Iriarte. Sobre todo, de León Iriarte (Pamplona, 1790-1837), el coronel carlista fusilado en 1837. Y de Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1820-1880), su hijo, uno de los soldados de la revolución contra Isabel II, sentenciado a muerte y exiliado a Francia.

Precisamente, en Petilla vivía Casiano Zugasti Iriarte. (Petilla, 1850-Zaragoza, 1895), nieto de León Iriarte y sobrino Remigio Iriarte Ugalde (Pamplona, 1821-1828), por parte de madre.

Es fácil suponer que mosén José mantuvo relaciones de vecindario, y quizá de parentesco, con estos Iriarte. Al final de la guerra, todos fueron perseguidos. Y a mitad de la Segunda Guerra Carlista (1846.1859), en septiembre de 1849, mosén José se incorporó a la parroquia de Biel.

¿Se refugió con su familia en un pueblo que ya conocía, alejado de las tensiones carlistas?

Su madre, Salvadora Iriarte Puyal, tenía primos hermanos en Biel con los que mantenía buenas relaciones. Sobre todo, con los hijos de su tía Ángela: Joaquina y Matías Iriarte Idoipe. Y también con los Otal Idoipe,  los hijos del primer matrimonio de su tía.

Es que, en 1797, su tío abuelo, Antonio Iriarte Lampérez, de Ruesta, se casó con Ángela Idoype Miguel, de Biel,  viuda de Francisco Otal. El primer Otal, que llegó a Biel desde de Aniés.

Como vemos, Mosén José contaba con suficientes lazos familiares en Biel para colocar a sus hermanos y a sus sobrinos en buenas casas de labradores.

Según el padrón de 1859, vivía en la abadía una sobrina, Agustina Aguas, de 12 años, y con su madre Ana María, viuda de José Pascual Aguas Arilla. En 1873 murió su madre, pero él continuó en la abadía con sus sobrinos Antonia Aguas Aguas y Juan Aguas Arilla.

Ana María Iriarte Puyal (Isuerre, 1792-Biel, 1873) Como acabamos de ver, era hija de José Ramón Iriarte Lampérez, de Ruesta, y Paula Puyal Nicuesa, de Isuerre. Fueron sus padrinos Manuel Sánchez de Longás y Fermina Asa de Ochagavía.

Era una mujer de gran prestigio en toda la Val de Onsella. Su abuela Manuela Nicuesa era de casa Nicuesa de Undués Pintano, de la misma casa que Miguel Nicuesa, abad de San Juan de la Peña desde 1793, el que recogió los restos del Conde Aranda.

Y ella misma fue elegida como madrina de bautismo de Santiago Ramón y Cajal.

Ramón y Cajal. Bautismo

El original está en el Archivo Parroquial de Petilla.

Año de 1852. Santiago Felipe Ramón y Cajal. A las nueve de la noche del día primero de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos nació y al día siguiente fue bautizado solemnemente por mí en infrascripto Vicario un niño que se llamó Santiago Felipe: hijo legítimo de Justo Ramón, cirujano y de Antonia Cajal naturales de Larrés provincia de Huesca y residentes en esta Villa. Abuelos paternos Esteban Ramón, labrador, natural de Isin provincia de Huesca y Rosa Casasús natural de Larrés provincia de Huesca. Abuelos maternos, Lorenzo Cajal, tejedor, natural de Asso provincia de Huesca e Isabel Puente, natural de Larrés provincia de Huesca. Fueron padrinos Franco Sánchez, labrador natural de Petilla provincia de Navarra y Ana María Iriarte, natural de Isuerre provincia de Zaragoza, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Y para que conste, firmé en Petilla a dos de mayo de mil ochocientos cincuenta y dos. Toribio Barrecha Vicario de Petilla. (Archivo Parroquial de Petilla).

Mi bisabuela Ana María, con los bienes materiales, también heredó el nombre de su bisabuela de Isuerre, la madrina de Ramón y Cajal. Y a mí, su bisnieta fragolina, ¿por qué no me llamaron Ana María  si mi madre se puso de parto el día de Santa Ana? 

Con el nuevo ambiente religioso, la casa se llenó de velas y arraigaron las viejas tradiciones. Pero, por debajo del aceite de las lamparillas, corrían las aguas de otras pulsiones que el cura de Petilla nunca sospechó.

Con los arreglos matrimoniales de sus familiares, mosén José se convirtió en un personaje importante entre las casas hacendadas del pueblo. Este cura casamentero, pronto consiguió que dos de sus hermanas, Salvadora y Manuela, fueran dueñas de casa Machín y de casa Plaza, la de los Cardesa. También casó en Biel a su hermano Antonio y a sus sobrinas Antonia y Manuela Aguas Aguas.

1943. Biel. Asunción y Gregorio

1943. Altar mayor de la iglesia de Biel donde se celebraban todas las bodas. En este caso los novios eran Asunción Pemán Marco, de casa Machín, (Biel, 1916-Zaragoza, 2003) y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912-1969), los dos maestros de Biel.

A los cinco años de su estancia en Biel, en 1854, casó a su hermana mayor, Salvadora Aguas Iriarte (Petilla, 1823-Biel, 1899), con José Castán Luna (Biel, 1825-1901), de casa Machín.

Y cuatro años más tarde, en 1858, concertó un matrimonio de cambio, o cambeo, entre sus hermanos y dos hijos de los Cardesa de casa Plaza. Ese mismo día casó a su hermana Manuela con Juan José Cardesa, que fueron los padres de los Cardesa Aguas. Y a su hermano Antonio, que era viudo de Francisca Arilla, con Francisca Cardesa, y se fueron a vivir a Petilla. Eran los padres de los Aguas Cardesa de Petilla.

En estas bodas de cambio las familias se libraban de grandes gastos. Con ellas se ahorraban la comida de la fiesta y la dote de la novia.

En 1878, tres años antes de su muerte, mosén José volvió a pactar dos matrimonios, pero esta vez sin cambio. Casó a dos hermanos Otal Castán, de casa la Morena. A Mariano con su sobrina Antonia Aguas Aguas, la que vivía con él en la abadía. Y a Marcos Otal con Juana Aibar Burguete, la heredera de casa Suesa.

Con esta última maniobra, entraba en juego casa La Morena, la de la madre de mi abuelo Constantino. Así nació un nuevo hilo que ayudó a consolidar la trama de este tupido tapiz de los Aguas, Castanes, Cardesas y Otales. Y una parte de ese tejido asoma en la fotografía del verano de 1923.

José Castán Aguas

Castán Aguas, José.

José Castán Aguas (Biel, 1855-Jaca, 1905)

En 1899 Pedro Marco Dueso (Biel, 1847-1917) declaraba que había fallecido Salvadora Aguas Iriarte, su madre política:

Que estaba casada en el momento de su fallecimiento con D. José Castán Luna natural y vecino de esta villa, de oficio labrador, de cuyo matrimonio tienen dos hijos llamados don José y doña Ana María Castán Aguas; el primero se encuentra en Jaca de Canónigo y la segunda en Biel en compañía de sus padres. Que no otorgó testamento y que a su cadáver se habrá de dar sepultura en el cementerio de la parroquia de esta villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Desde que acabó los estudios hasta 1883,  José Castán fue regente en Biel. Compareció en el juzgado para comunicar la muerte de su tío José Aguas y acabó los conciertos matrimoniales que el cura de Petilla había preparado.

Casó a Gregorio Otal Callau, hermano de mi bisabuela Manuela, la madre de mi abuelo Constantino. Así el cerco de las relaciones familiares se estrechó aún más.

En la Villa de Biel, provincia de Zaragoza y obispado de Jaca, el día 14 de junio de 1883, yo, don José Castán, regente parroquial, con la intervención expresa del señor párroco de Petilla, desposé y casé por palabra y de presente a Gregorio Otal Callau, viudo de Tomasa Charles, natural y vecino de Biel, de oficio labrador de 33 años de edad, hijo legitimo de Francisco Otal y María Callau, naturales y vecinos de Biel, y a Manuela Aguas Aguas, soltera natural y vecina de Petilla de 21 años, de edad hija legitima de Francisco Aguas y Francisca Aguas, actuales vecinos de Petilla.  Y acto continuo oyeron la misa nupcial.

Cuando José Castán subió al Seminario de Jaca, dejó de heredera a su hermana Ana María Castán (Biel, 1853-1902), tres años más joven que él.

Aunque la nueva heredera era una mujer, la casa sería gobernada por un varón. Primero  seguiría  su padre, José Castán Luna (1831-1901). Después su marido Pedro Marco Dueso (1847-1917) y, finalmente, su hijo, José Marco Castán (1882-1918), que murió con la gripe del 18. Con su fallecimiento la herencia volvía a las mujeres, a sus hermanas Pascuala, Elena y Emilia. Pero, la casa, más fuerte que los deseos de las personas, encontró nuevos recovecos para sobrevivir. A la muerte de José Marco, se hizo cargo del patrimonio su cuñado, mi abuelo Constantino Pemán Otal (1881-1968), el marido de mi abuela Pascuala. Después tomó las riendas su hijo, mi tío José Pemán Marco (1914-1996) y, finalmente, su nieto, mi primo Pedro Pemán Dieste (Biel, 1944).

Ahora, los descendientes de casa Machín, somos los nietos de Pascuala y  Constantino. Los cinco hijos de José y Eulalia Dieste Añanós (Biel, 1914–2002): Concepción, Pedro, Pilar, Carmen y Maria Jesús Pemàn Dieste. Las dos hijas de Asunción y Gregorio Romeo Berges (El Frago, 1912–1969): Maruja y Carmen Romeo Pemán. Y los cuatro hijos de Jesús y María Nieves García de la Haza (Madrid, 1926-2017):  Salvador, José María, Javier y Jesús Pemán García.

Los años de Jaca

En 1881 sucedió a su tío, y tuvo como auxiliar a Mateo Echeverría.  Desde 1893 hasta 1895 fue párroco de Biota.  Ese año se presentó a las oposiciones a canónigo penitenciario. Cuando se incorporó lo nombraron profesor del Seminario. Al principio vivió en la calle del Carmen, 2. Con el tiempo se trasladó a la calle Bellido, 24.

A los pocos años se llevó con él a sus sobrinas Pascuala y Emilia. Les procuró una educación esmerada en las monjas de Santa Ana, de las que él mismo era predicador.

Pascuala estudió Magisterio desde Jaca, con preceptoras privadas, y se examinó libre en Huesca. En 1897 obtuvo el título de Maestra Superior.

Algunos documentos del expediente de Pascuala Marco

Un examen de caligrafía, realizado con primor y esmero.

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Una muestra de sus calificaciones.

Notas de tercero. Las mejores

Y una de las muchas instancias que escribió

Solicitud

En 1905 las hermanas volvieron a Biel

Castán, José. EsquelaNecrológica. El penitenciario de Jaca. ¡Ha muerto! Dos palabras son estas que condensan amargamente todo nuestro sentir y llenan de pena el corazón de todos cuantos conocieron y trataron al dignísimo canónigo don José Castán y Aguas. (Cfr. El Pirineo Aragonés, 10/06/1905)

El temprano e inesperado derrame cerebral que se llevó a su tío a los 50 años, frustró la carrera y la vida social de Pascuala y Emilia. Levantaron la casa de la calle Bellido, 24, y volvieron a Biel. Desde entonces, el tresillo dorado en el que recibían a las visitas ilustres, la vajilla de la Cartuja de Sevilla y la cubertería de plata, con las que comían todos los días, se convirtieron en objetos de culto. Y don José en un mito familiar.

La boda de mis abuelos

Abuelo

Constantino Pemán Otal (Biel, 1881-1968)

Mariano Pemán Alvarado (Biel, 1843-ca. 1899), de casa Loy, y Manuela Otal Callau (Biel, 1846-1918), de casa la Morena, fueron los padres de Mariano, Pabla y Constantino.

Mariano Pemán Otal (Biel, 1872-1930), casado con Teresa Biesa Dieste (Biel, 1874-1939). Pabla Pemán Otal (Biel, 1879-1913), que se casó con Gregorio Lanzarote Lasheras (Biel, 1878-¿?).

 Constantino que se casó con Pascuala, a los tres años de su regreso de Jaca. La novia estaba de luto, hacía seis años que se había muerto su madre, a los 41, años y tres su tío José Castán, a los 50. En esos años el luto por un familiar directo duraba por lo menos cinco años. 

En 1908, Pascuala abandonó casa y hacienda, y acompañó a su marido, que ya era maestro de Larraga por oposición. En 1912 volvió a Biel, donde nació su hijo Pedro. En su casa se sentía acompañada por su padre y sus dos hermanas solteras.

Constantino realizó los estudios primarios en Biel y heredó la vocación de su maestro  don Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927). En 1906 obtuvo el título de Maestro Superior en la Escuela Normal de Zaragoza. En una hoja de servicios consta como Grado Bachiller, del plan de 1901.

En 1907 aprobó las oposiciones y lo destinaron a Larraga. En 1912, el año que nació su hijo Pedro, reclamó contra el anuncio del concurso de traslados que no incluía la escuela de Luna, pero su reclamación fue desestimada Era clara su intención de acercarse a Biel.

En 1913, gracias a una real orden, pudo salir de Navarra y, por concurso de traslado, llegó a Aguarón, donde estuvo unos ocho meses. Ese mismo año lo obligaron concursar de nuevo y le concedieron Blesa (Teruel), pero no se llegó a incorporar, porque entre tanto había conseguido una permuta con Ricardo Luna Carné (Alhama de Aragón, 1877-Tarragona, 1930), maestro de Biel.

Desde 1913 hasta que se jubiló en 1952 ejerció en la escuela unitaria de Biel. En esos 39 años pasaron muchas generaciones por sus manos.

Fue un maestro de referencia y prestigio entre los maestros de la provincia.  En 1935 fue uno de los elegidos para los Cursillos de perfeccionamiento del Magisterio, que tuvieron lugar en la Escuela Normal de Maestros de Zaragoza. Y en la jubilación de don Juan Lanzarote, el inspector comparó a don Juan con don Constantino. Dos alumnos brillantes, los dos alumnos de Manuel Marco.

Llegó a Biel en 1913, en un momento en que se estaban consiguiendo importante mejoras para el pueblo, en las que participó. Se construyeron las escuelas nuevas, las carreteras de Ayerbe y Sádaba y se llevó la luz eléctrica. Primero la llevaban desde Sibirana y después desde Murillo. Por esas fechas llegó el agua corriente al pueblo y comenzó a funcionar la Fábrica de Harinas. En 1923 creó la Mutualidad Escolar.

Cuando llegaron a Biel,  mis abuelos y su hijo Pedro se instalaron en casa el Bastero, calle La Torre 20. Allí nacieron José, Asunción y Jesús. Con la epidemia de gripe de 1918, murió José Marco Castán, el heredero de casa Machín. Entonces Constantino, Pascuala y sus cuatro hijos se trasladaron a la Caudevilla 28 y vivieron con Elena y Emilia, las dos hermanas solteras de Pascuala.

Y así, de la noche a la mañana, mi abuelo se convirtió en maestro-labrador con una gran hacienda que administrar.

Mi abuela nunca fue maestra titular de Biel, pero hizo las sustituciones necesarias, de soltera y de casada. Era una mujer delicada y sensible. Una gran lectora que inculcó en sus niños unos valores emocionales intensos, una moral severa, de tradición senequista, y unos sólidos principios cristianos. Junto al amor por el estudio, los preparó para afrontar una orfandad que ella intuía cercana.

Pemán Marco. Coloreada

Pedro (Biel, 1911-Balaguer, Lérida 1938), José (Biel, 1914-1996), Asunción (Biel, 1916-Zaragoza, 2002) y Jesús (Biel, 1918-Madrid, 1991). Los cuatro hijos de Constantino y Pascuala.

En el centro de la foto de 1923, la que da entrada a este artículo, mi abuelo está rodeado de sus dos hijos mayores, Pedro  y José. Sentado en sus rodillas, Jesús, el pequeño. Y Asunción, con un vestido blanco, está sentada en una silla, al lado de Felisín.

Emilia Marco Castán

Emilia

Emilia (Biel, 1892-Villalonga, Valencia, 1971).

Emilia es otra ausente en la foto de 1923.  En 1922 se metió monja de Santa Ana, con las que ya estaba familiarizada desde su estancia en Jaca. La regla de la orden era estricta y no las dejaba volver a sus casas ni para la muerte de los padres. Así que no pudo acompañar a su hermana, con la que había tenido un convivencia muy estrecha, ni pudo asistir a su entierro.

Ocupó cargos importantes en la congregación. No sabemos dónde adquirió el buen acento de su francés, seguramente en su estancia Jaca, una ciudad casi fronteriza, donde no era difícil conseguir profesoras nativas. También era fácil pasar temporadas en algún colegio de Pau. Todo esto correría por cuenta de su tío.

En 1929, se llevó a Valencia a su sobrina Asunción, mi madre, que vivió con ella en el Colegio del Parque, en Valencia, donde era directora, hasta que acabó Magisterio.

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1929. Valencia. Asunción Pemán Marco (Biel, 1916-Zaragoza, 2003), Recién llegada a Valencia. Pasó un curso en el colegio de Santa Ana, antes de comenzar Magisterio.

Aunque mi madre pudo haber hecho los estudios de la iglesia en el Colegio, su tía, demostró un talante liberal y la matriculó en la Escuela Normal de Valencia, en los tiempos de la República. Mi madre obtuvo el título de maestra republicana. En esos años se quitó la religión como asignatura. Por eso, cuando en 1940 se quiso presentar a oposiciones, tuvo que trasladar su expediente a Huesca y cursar las asignaturas de religión, obligatorias para las oposiciones en ese momento.

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1932, Valencia. Asunción, a nuestra derecha. Saliendo de la Escuela Normal, con una compañera.

Elena Marco Castán

1948. Casa Machin. Altar

1948. Día 2 de septiembre.  Altar en la puerta de casa Machín para recibir a la Virgen de Fátima. Asomada al balcón Elena Marco Castán (Biel, 1885-1949). En la calle, entre otros, Juliana de Tintau, Eulalia Dieste, Gregorio Romeo, Jesús Pemán. Las niñas: Alicia y Rosario Pemán, de luto. Conchita Pemán y Maruja Romeo, de blanco.

1923, Elena

Elena Marco (Biel, 1885-1949), y  Antonio Cardesa (Biel, 1908-Huesca, 1993). Delante, Constantino Pemán (Biel, 1881-1968).

Elena, aquejada de epilepsia, no fue a Jaca con sus hermanas, ni se le conoció ningún novio. Nunca salió de Biel y siempre vivió en casa Machín. Era una de esas mujeres solteras y abnegadas que entregó la vida a sus sobrinos. Era la madrina de bautismo de su sobrino Antonio Cardesa Remón, el joven que está junto a ella en la foto. Y de su sobrino, el malogrado Pedro Pemán, justo delante de Antonio.

Antonio Cardesa Remón (Biel, 1908-Huesca, 1993), en la foto es un adolescente contento al lado de su madrina. Llegó a ser ilustre médico de Huesca. Se casó con Pilar García Bragado y tuvieron una larga descendencia.

Perfecto Cardesa y las otras personas de la foto

Seguramente, Perfecto Cardesa Cardesa, en realidad Perfecto Cardesa Aguas, con su familia, acudió a Biel el verano de 1923 a visitar a su tía Pascuala, y quiso hacerse una foto como recuerdo. Los otros Cardesa de la foto acompañaron a Perfecto, a su mujer y a su hija, que en esos momentos eran personas relevantes en la sociedad zaragozana.

1923, Constantino y Perfecto. Recortada

Perfecto, con sombreo, Marino Sampietro, con bigote, Pablo Arenaz y Felisa Arambillet. Las niñas,  Felisín Cardesa y Asunción Pemán.

Perfecto Cardesa Cardesa (Biel, 1890-Zaragoza, 1925). Era hijo de María Cardesa Aguas, la madrina de mi abuela. El 14 de febrero de 1921 se casó en la Seo de Zaragoza con Felisa Arambillet. Había sido maestro de El Frago, de Erpiol y de las Escuelas Anejas a la Normal de Maestros de Zaragoza.

Según sus partidas de nacimiento y bautismo, sus orígenes nos resultan un poco liosos. En el juzgado lo inscribió la partera, María Salias, con el nombre de Perfecto Cardesa, como un niño de padres desconocidos. Adelantándonos al futuro, esta partera, hija de Ramona Gastón, también partera fue una abuela lejana del que con el tiempo sería el famoso en la pandemia del coronavirus, el doctor Fernando Simón.

En cambio, en la partida de bautismo primero se identifica a la madrina y, después, en otra partida añadida, a su madre y a sus padres.

En la Villa de Biel, el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño de padres desconocidos y le puse el nombre de Perfecto. Siendo madrina Bibiana Lanzarote.

Esta primera declaración estaba sin firmar y con un barreado //////. A continuación en la misma hoja se repite la misma partida de bautismo con más datos.

En la villa de Biel el día 11 de marzo de 1890, yo,  José Les, presbítero coadjutor de esta iglesia, bautice a un niño, hijo natural de María Caredesa, soltera natural y vecina de esta villa. Siendo sus abuelos maternos Juan José Cardesa y Manuela Aguas . Se llamo el bautizado Perfecto y fue su madrina Bibiana Lanzarote. Fueron testigos Mariano Vives, sacristán, y María Salias, partera. Firmado por José Les, presbítero

En 1913, María Cardesa Aguas acudió al juzgado de Biel, se identificó como la madre de Perfecto y le dio sus dos apellidos. Este cambio solo constó en el expediente de Magisterio. Él siguió firmando como Perfecto Cardesa Cardesa, y así aparecía en los nombramientos de maestro y en el cementerio de Torrero. (Cf. Archivos de Biel, de la Universidad y del Cementerio de Zaragoza).

En 1976, 41 años después de su muerte, su mujer solicitó un nuevo cambio en la partida de nacimiento: Perfecto Cardesa Aguas hijo de Perfecto y de María.

La temprana muerte de Perfecto y el empeño de Felisa por aclarar los orígenes de su marido, ciernen sobre su vida un halo de misterio. Misterio que me asombró cuando consulté el árbol genealógico de los Arambillet Oficialdegui. Felisa, a diferencia de sus hermanos, no consta ni como casada ni como madre de una hija.

Felisa Arambillet Oficialdegui (Artajona, 1893-Zaragoza, 1992), pertenecía a una linajuda familia navarra. Era maestra del grupo escolar Buen Pastor de Zaragoza y hermana de Delfina, la mujer de Pedro Arnal Cavero, un famoso maestro de Zaragoza nacido en Huesca. Gozó de gran fama entre los maestros de su época.

Felisa Cardesa Arambillet, “Felisín” (Zaragoza, 1922). En la foto, con menos de dos años, está sentada encima de su madre. Realizó los estudios primarios en la escuela del Buen Pastor, donde ejercía su madre.

En la asamblea anual de la Mutualidad Escolar de El Buen Pastor, las niñas Carmen Panzano y Felisa Cardesa recitaron el diálogo “Sucursal del Manicomio”. (Cfr. La Voz de Aragón, 27/05/1930)

Cursó el bachillerato en el Instituto Miguel Servet y los estudios superiores en la Universidad de Zaragoza.

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De izquierda a derecha. Marcelina Serrano, Ramira Cardesa, monja, Felisa Cardesa Arambillet y María Serrano. De “Fotos antiguas de Lobera de Onsella”. Sin fecha. 

Fue religiosa Escolapia: madre general, directora del colegio y profesora de Matemáticas. También daba Ciencias Naturales. El año 2013 residía con las monjas de su congregación en Chile. Sus alumnas la recuerdan como una excelente profesora con grandes cualidades humanas. También recuerdan a su madre como una señora de mucho estilo que vivía en un pequeño apartamento dentro del colegio del Arco de San Roque, en Zaragoza.

Los novios del Solano

1923, Los novios

Pascual Samper (Biel, 1896-1924) e Irene Cardesa (Biel, 1898- 1924).

Irene y Pascual murieron juntos cerca de la casa de Irene. Su presencia en esta foto me hace pensar que era un noviazgo avanzado y aceptado por la familia.

En las anotaciones de mi tío, esta pareja está sin nombre. O no los recordaba al cabo de tantos años, o no quiso nombrarlos. En Biel, Irene y Pascual estaban estigmatizados. Después de su muerte, nadie habló de ellos en público. Circularon los hechos de boca en boca, pero nunca en en voz alta, porque nadie sabía a ciencia cierta qué había sucedido. No se sabe quién disparó. Las gentes dijeron que habían sonado dos tiros de pistola. De las actas de defunción no se deduce nada.

Samper Bagüés Pascual. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Pascual Samper Bagüés soltero de 28 años de edad de oficio Comerciante hijo legítimo de Francisco y de Leonor, fallecido a las 23 del día 21 de julio actual por disparo de arma de fuego en la plaza del Solano de esta Villa. Según dictamen de autopsia verificada por orden judicial por los Profesores Médicos D. Donato Emiliano Ladrero y D. Amado Mínguez Biel aquel médico forense del partido y este titular de esta Villa.

Cardesa Lanzarote, Irene. 21 de julio. En la Villa de Biel a las once de la mañana del día veintitrés de Julio de mil novecientos veinticuatro D. Manuel Marco Bonaluque Juez municipal y D. Pablo Arenaz Arenaz habilitado Secretario. El Señor Juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta de inscripción del cadáver de Irene Cardesa Lanzarote, soltera, dedicada a sus labores, de 26 años de edad, hija legítima de Juan José y Viviana, fallecida a las 23 del día 21 del corriente mes, por disparo de arma de fuego, en la plaza del Solano de esta Villa, según dictamen de autopsia, verificada por orden judicial, por los Profesores Médicos don Donato Emiliano Ladrero, médico forense del partido y don Amado Minguez Biel, titular de esta Villa. (Archivo del Ayuntamiento de Biel).

Isabelita, don Amado, Marino y Pablo

1923, Isabelita, don Amado

A nuestra izquierda, Isabel Marco Sampietro, “Isabelita”, (Biel, 1895-Alagón, 1974). Y a nuestra derecha, Amado Mínguez Biel (Sos, 1897-Biel, 1984)

¿Me he preguntado muchas veces qué hace en el centro de la foto un médico recién llegado? Pues muy fácil, su presencia era casi continua en casa Machín para atender a mi abuela.

Amado Minguez Biel. Su segundo apellido era como una premonición. Con su llegada a Biel, su vida cambió. Estaba llamado a ser una figura importante en el pueblo. En 1926 se casó con Luisa Pemán Coiduras (Zaragoza, 1905-1981), de casa Mauricio, una de las casas más prósperas. De este matrimonio nacieron ocho hijos

¿Y a qué se debía la presencia de Isabelita y Marino?

Eran los hijos Manuel Marco Bonaluque (El Frago, 1858-Biel, 1927), el maestro que había formado a mi abuelo y a otros maestros de Biel.

Marino Marco Sampietro era fotógrafo. Hizo la foto con un trípode y dio un poco de tiempo antes de que se disparara automáticamente. Se dejó un sitio preparado. Por eso aparece detrás, entre el hueco de Perfecto y Pablo.

Isabelita Marco Sampietro era hermana de Marino y visitaba con frecuencia a mi abuela. En 1923 ya debía ser la novia de Juan Lanzarote (Biel, 1895-Alagón, 1992), un reconocido maestro en Alagón.

¿Qué hacía Pablo entre tantos Cardesas?

Pablo Arenaz Arenaz (1895-?) era el organista de Biel. Aprendió su oficio con don Amado Cardesa Remón (Biel, 1890-Zaragoza, 1991), que llegó a ser canónigo del Pilar. Pablo siempre conservó su amistad y su gratitud con los Cardesa.

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Tras la aparente calma de aquel verano fijado en el papel couché, latían grandes pulsiones que condujeron las vidas.

Unos estaban destinados a ser triunfadores y a otros ya los había elegido el fatuum de la tragedia. Sus vidas estaban tejidas con hilos de la misma madeja, pero los tapices resultaron muy diferentes.

He conseguido identificar a las personas, pero sus vidas me han dejado un mar de dudas.

¿Fue don José Aguas Iriarte un cura guerrillero que acabo buscando refugio para él y su familia en Biel, en unos tiempos revueltos en la Val de Onsella? ¿Quiso mantener los principios tradicionales arraigados en casas de buena hacienda? ¿Por su influencia llegó a ser Biel un pueblo más carlista que isabelino?

¿A quién ocultaba María Cardesa Aguas cuando mando inscribir a su hijo como hijo de padres desconocidos? ¿Qué la movió a reconocer a su hijo darle sus apellido cuando Perfecto ya tenía 23 años? ¿Que movió a Felisa Arambillet, su esposa, a volver a cambiar la partida de nacimiento cuando Perfecto llevaba más de cincuenta años muerto?

¿A qué se debió la muerte trágica de Irene y Pascual?

Con estas semblanzas me he acercado un poco a las vidas de algunas personas  relacionadas con mi familia, pero mi versión nunca será la misma que ellos vivieron. Todos, como los personajes de don Ramón del Valle Inclán, se han  paseado por la deformación de mis espejos cóncavos. Y en la distorsión de las figuras se adivina lo que un día pudieron ser.

En la reconstrucción de mi estirpe, como en todas las familias de la montaña aragonesa, por encima de las personas, prima la casa y la hacienda. Lo más importante era mantener un heredero que conservara, o aumentara, el patrimonio y que protegiera a la casa y a sus padres.

2016. Casa Machín

Biel, 2016. Casa Machín

En casa Machín, los nombres de los herederos fueron cambiando con los años, pero el nombre de la casa ha permanecido desde que se lo diera Machín de Villarreal en 1495. Según mi profesor Antonio Serrano Montalvo, en el fogaje de aquel año, Machín de Villarreal, jurado, era dueño de uno de los 113 fuegos de Biel, que en esos momentos pertenecía al Arzobispado de Zaragoza. Los jurados, dos infanzones y uno del estado llano, encabezaban a los hombres principales de la villa. No pudo comenzar mi estirpe con mejores augurios.

Carmen Romeo Pemán

1923, Constantino y Perfecto

A Natalia Sanmartín Polo, una niña de la guerra, en sus ochenta y seis años

Dentro de un mes va a ser el cumpleaños de Natalia Sanmartín Polo y me gustaría hacerle un regalo, pero lo tengo difícil. Pronto vais a descubrir por qué.

–¿Conocéis a Natalia?

Pero, ¡qué cosas digo! Si Natalia es mi amiga, y los amigos de una no tienen por qué ser famosos. ¡Bueno! Pero ella sí que lo es. Y, si no, debería serlo.

Comenzó siendo una de mis alumnas y, con el tiempo, se ha convertido en la gran maestra de mi vida. Cuando cumpla sus años, yo querré ser como ella. Aunque, pensándolo bien, no sé si podré, porque a su sabiduría solo se llega con una vida como la suya.

Conocí a Natalia en 1972, cuando se matriculó como alumna del Colegio Universitario de Teruel, y nunca olvidaré sus primeras palabras: “Soy maestra y quiero cursar una Licenciatura en Historia para poder recuperar, con rigor, las figuras de mis padres: Arturo Sanmartín y Sofía Polo, dos maestros asesinados en los comienzos de la Guerra Civil”. Hoy puedo decir que con el tesón que la caracteriza lo ha conseguido.

Cuarenta y cuatro años después, le quiero confesar que ese día yo me propuse recuperarla a ella, a aquella niña que se quedó huérfana a los cinco años, en julio de 1936, cuando mataron a sus padres por maestros y por rojos. A aquella adolescente que llevó el sambenito de ser hija de rojos, como me contaba tantas veces y como volvió a repetir en una entrevista que el diario.es publicó el día veinte de noviembre pasado. Y, siempre que la oigo decir eso, al acabar, se queda pensativa y apostilla: “Mis padres solo fueron unos grandes maestros afiliados al PSOE”.

¿Cómo ha reconstruido sus memorias de niña?

Desde nuestro primer encuentro he mantenido una relación constante con Natalia. Al principio, como alumna mía. Después, a medida que me contaba los pormenores de su vida, pasamos a la amistad, y las charlas de mi despacho se trasladaron a la mesa camilla de su casa. Y allí, a lo largo de muchas tardes, recordó conmigo los atropellos que se cometieron con sus padres y las consecuencias que aquellas atrocidades tuvieron para ella, para sus hermanos, Arturo y Adolfo, y para su tía Consuelo, que se hizo cargo de ellos.

A la hija de Natalia, Consuelo Peláez, que, durante muchos años, había oído los hechos de labios de la tía Consuelo, a quien llamaba yaya y le debía el nombre, no se le escapa el importante papel que jugó esta hermana de su abuelo. Y así lo expresa:

“Mi madre tenía en aquel verano cinco años y sus recuerdos están, en ocasiones, difuminados por el paso de los años de obligado silencio y represión, y aquellos que consigue expresar se deben más a la voluntad que su tía Consuelo, mi querida yaya Consuelo, hermana pequeña de su padre, puso para que algunos episodios de su vida permanecieran vivos en su memoria”.

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Portada de las memorias de Natalia.

Todo aquello de lo que tanto habíamos hablado, y mucho más, lo reflejó Natalia en unas memorias que escribió a los setenta y siete años. Eran las memorias de una niña de la guerra, con un punto de vista muy entrañable. Afortunadamente, podemos leerlas completas en la red: La enseñanza, una pasión compartida, Sofía Polo y Arturo Sanmartín.

“Muy allá, en el cuarto de atrás de la memoria tengo una época y unos días muy felices. En los carnavales de 1936 yo iba toda orgullosa disfrazada de gitanilla, reproduciendo en los volantes de la falda los colores de la bandera republicana: encarnado, amarillo y morado”.

Un poco más adelante insistía: “Dado lo pequeña que era cuando ocurrieron los sucesos que cuento, para la construcción de mi memoria me han ayudado las memorias de quienes vivieron estos acontecimientos conmigo: mi tía Consuelo, mis hermanos, Arturo y Adolfo, mi prima Pili, y Antonia”-

A mí me pasa un poco como a ella. Le he escuchado y he leído tantas veces la historia de su vida, que ya no distingo si mis citas provienen de sus escritos o de esas voces tan familiares que llevo dentro. En cualquier caso, solo pretendo dar testimonio de una vida, la de Natalia, siempre fiel a su verdad

A sus ochenta y cinco años, ha conseguido ampliar y modificar el primer relato con nuevos datos que ha ido recopilando en una tenaz tarea de investigación. Su mente de historiadora le ha ayudado a ordenar los acontecimientos y las razones que los provocaron. Y su memoria prodigiosa le permite citar de carrerilla, y sin pestañear, las fechas, los lugares, los nombres, los apellidos y los cargos de las personas que determinaron su infancia y su adolescencia. Para que os hagáis una idea, sintetizaré algunos hechos por orden cronológico.

Los días que siguieron a los asesinatos

La muerte de sus padres cogió a los tres hermanos de vacaciones en San Sebastián. Así lo contaba Natalia en una conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza:

“Precisamente, en el verano de 1936, cuando fusilaron a mis padres, sus tres niños estábamos con mi tía Consuelo en San Sebastián. Mi padre se quedó en Palencia porque presidía el tribunal de oposiciones de los Cursillos del 36. Y mi madre no se quedó para acompañar a mi padre, sino para dirigir las Colonias Pedagógicas de El Monte Viejo, de la Institución Libre de Enseñanza”..

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Arturo, Adolfo y Natalia Sanmartín, antes de la Guerra Civil

Y un poco más adelante continuaba: “El 13 de julio de 1936 salíamos de la estación del ferrocarril de Palencia en dirección a San Sebastián y ya nunca volvería a ver a mis padres. Con la rebelión de los militares mi vida cambió por completo. Julio de 1936 fue un vendaval que se llevó por delante toda nuestra vida, fue un vendaval que cambió y destrozó nuestras vidas por completo”

 

Primera salida a Francia y regreso a Calaceite

Los acontecimientos se precipitaron. Gracias a que su tía Consuelo reaccionó con rapidez, se salvaron y comenzaron un periplo que iba a durar muchos años.

“Con un pasaporte de Cruz Roja, que había gestionado tía Consuelo, pasamos a Francia. Después de hacer un viaje por el Sur de Francia, entramos otra vez a España por Port-Bou y llegamos a Calaceite (Teruel)”.

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Natalia en su casa de Calaceite, verano de 2016.

Allí, rodeados por los familiares y amigos, sus tías creían que los niños no se enteraban de la tragedia. Pero esta niña perspicaz, que ya se sabía muchas canciones que le había cantado su madre, tenía recuerdos imperecederos.

“En ese ambiente yo sentía que a nuestro alrededor hablaban de mamá y papá en voz baja, como si no quisieran que nos enterásemos. Y toda la familia empezó a venir a visitar a mis tías por algo que les había sucedido a mis padres”.

Antonia, la niñera de Calaceite, se había quedado en Palencia con sus padres y volvió al pueblo a principios de 1937. Ese reencuentro es uno de los momentos que Natalia revive con mayor emoción y siempre con las mismas palabras: “Debió traer malas noticias porque lloró mucho la primera vez que nos vio, y nos abrazó muy fuerte. A partir de la llegada de Antonia, fui dejando, poco a poco, de preguntar por mi madre”.

De Calaceite a las colonias

¡Cuántas veces hemos recorrido juntas el camino que ella siguió en 1938 en la evacuación que la llevó de Calaceite a Tortosa! En cada recodo de la carretera quedó sepultada una parte de la historia de una niña de siete años, y nacieron otros recuerdos que cada vez iban cobrando más cuerpo. En los veranos solemos frecuentar juntas esos parajes, siguiendo el camino de Miravet, y se le escapan las palabras, como si fueran las de un sonsonete que no puede evitar: “El frente seguía empujándonos, las bombas seguían cayendo a nuestro alrededor y nosotros seguíamos huyendo”.

Los recuerdos de los bombardeos, el constante miedo a ser aniquilada por las pavas de los sublevados y la llegada a las colonias catalanas son unas de las páginas más estremecedoras de sus memorias. Cuando las leáis os sorprenderéis. Están contadas sin acritud, con el punto de vista de una niña que no acababa de comprender lo que estaba viviendo.

En las colonias de Cataluña

El verano del 38, con el constante cambio de una colonia a otra, le resultó muy agitado. En la colonia de Teya, conoció a la Pasionaria: “Era alta, recia, con el pelo recogido en un moño y vestida completamente de negro. Una figura que nos impresionó mucho a los niños”. Después estuvo en La Garriga y Vilatorta. Y finalmente les esperaba el camino a la frontera: “Formábamos parte de esas largas hileras que, en pleno invierno, emprendieron el camino del exilio. Una hilera en la que íbamos mezclados con soldados derrotados y destrozados”.

En su libro sigue contando los episodios del camino con un tono ingenuo y con una gran paz, como si las palabras la fueran liberando. Pero, a pesar de que ella quiere quitar hierro, a nosotros nos sigue sobrecogiendo el gesto heroico de su tía Pilar, una de las hermanas de su padre. Cuando vio que se llevaban a los niños Sanmartín Polo, sin pensárselo dos veces, echó al camión a su hija Pili, que ya era adolescente, y le dijo: “No les quites la vista de encima y no te separes nunca de ellos, que no queremos perderlos”.

La experiencia francesa

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En Saint-Étienne, Sur de Francia. Curso 1939-1940

“Desolación, tristeza y desorden en los primeros meses en Francia”, así comienza esta parte de sus memorias. El agotamiento de la niña y la falta de referencias, lo reduce todo a unos vagos recuerdos en un tren que los llevaba hacia el Norte y a la experiencia en un campo de refugiados, cerca de París. En cambio, recrea con muchos detalles de su liberación, gracias a las listas cruzadas de la Cruz Roja. Esta primera etapa acabó con un final feliz en el Sur de Francia. Pero, cuando entraron los alemanes, volvió el conocido rostro de la guerra y regresaron a España a finales de 1941. Se acababa una pesadilla y comenzaba otra.

Vuelta a España. La represión, el miedo, el silencio y el olvido

En esta parte, ya van apareciendo detalles y reflexiones de una niña de diez años, muy madura para su edad. Con el miedo en el cuerpo y con un temperamento bondadoso, se esfuerza por encontrar su lugar sin llamar la atención. Nos impresiona cómo, después de tantas ofensas, es capaz de valorar cualquier mano tendida:

“No todo fueron rechazos, porque en el año 1942, a la vuelta de Francia, el consejo de don Pedro Arnal Cavero, amigo de mi padre, cambió el rumbo de mi vida”.

Una maestra ejemplar

Esta hija y nieta de maestros nacionales, también estudió Magisterio, y dedicó su vida a la enseñanza hasta su jubilación. Fue una maestra vocacional y cumplió exquisitamente con todos los deberes que le exigió el nuevo régimen. En el fondo, sabía que siempre iba a estar estrechamente vigilada por ser hija de quien era.

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Natalial en el salón de actos de la Facultad de Educación de Zaragoza. Mesa redonda del día 8 de marzo de 2011

Todavía conservo una libreta con las notas manuscritas de la conferencia que pronunció el día 8 de marzo de 2011 en la Universidad de Zaragoza.  Y tengo subrayada esta frase: “Como os podréis imaginar, la vida y el testimonio de mis padres, además de en lo personal y emotivo, han condicionado mi vida profesional. Yo ya no podía ser otra cosa más que maestra. Y maestra nacional para mantener viva la memoria y el testimonio ideológico y pedagógico de mis padres”.

Su mejor lección: una vida de trabajo, en silencio y sin alharacas

Como os he dicho al principio, tenía difícil hablar de Natalia, porque ella misma ha contado su vida mejor de lo que pueda hacerlo yo. Y porque es imposible llegar hasta la profundidad de unos sentimientos en los que se adivinan un gran dolor, una generosidad sin límites y un tremendo afán por recordar. Su frase preferida sigue siendo: “Perdonar sí, pero olvidar, jamás”.

Yo tampoco podría olvidar si mi padre se hubiera tenido que esconder en las carboneras de la escuela y se hubiera desplomado al oír que habían engañado a mi madre y que la habían sacado de su casa para matarla en una cuneta. Es muy duro enterarte de los verdaderos acontecimientos muchos años después. Natalia, a raíz de escribir su libro, descubrió los detalles de los últimos días de sus padres. Que lo protegía doña Ubaldina, la directora de un grupo escolar, que no tenía nada que ver con su ideología. Que protegió a Arturo porque era un hombre bueno. Y que también la fusilaron a ella por eso. Que su padre se entregó cuando supo cómo habían matado a su madre, que lo pasearon como un eccehomo por las calles de la ciudad y que lo hicieron desaparecer.

Y no olvidare el mareo que sufrió Natalia el día que, en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, encontramos la noticia del fallecimiento de sus padres en La Vanguardia del 5 de marzo de 1937. Hasta entonces, las únicas noticias ciertas que tenía eran los recortes de unos periódicos, sin fecha ni nombre, que su tía le había cosido dentro del dobladillo del abrigo que llevó en las colonias y en Francia. En uno de ellos, en el artículo “El martirio de nuestros compañeros”, podemos leer: “Sanmartín befado y paseándolo arrastrado por una camioneta por las calles de Palencia. Sofía Polo, su mujer, madre de tres pequeñuelos, abandonado su cuerpo en la vía pública para pasto de los perros”. En otro se describe de forma espeluznante cómo vieron a unos perros que se comían los pechos de Sofía Polo. Nunca encontraron sus cuerpos y en los documentos oficiales consta que desaparecieron “a causa de los acontecimientos de la Guerra Civil”.

Natalia quiere hacer justicia a con la memoria de sus padres, y contar los abusos que sufrieron ellos y sus hijos, para que nunca se repitan. “El ensañamiento que siempre he percibido en la desaparición de mis padres, me ha dejado en muchas ocasiones con el corazón y con el ánimo estremecidos. Sobre todo me ha sobrecogido el odio tan tremendo que les tuvieron por ser personas libres, amantes de la justicia, de la igualdad y de la democracia”.

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Natalia en Miami Playa (Tarragona), verano de 2016.

Es muy fácil querer esta mujer coherente, íntegra y cariñosa, con deseos de justicia, pero no de venganza. A los ochenta y cinco años todavía mantiene la coquetería de la juventud, rezuma alegría y contagia las ganas de vivir.

Por eso hoy quiero hacerle este regalo y decirle: “¡Natalia, eres muy grande! Con tu ejemplo nos has hecho un poco mejores a los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de ti.

¡Felices fiestas! ¡Feliz cumpleaños!

Carmen Romeo Pemán

Fotografías. Cedidas por Natalia Sanmartín.

 

Natalia a sus 89 años sigue siendo la única niña de la guerra. La única que con su lucidez y serenidad nos sigue contando las aventuras de aquellos niños huérfanos que, arrancados de su familias, viajaron en trenes con destino a colonias, en realidad a campos de concentración para niños.

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Teruel, 31 de mayo de 2020. Natalia Sanmartín Polo (Madrid, 1931).