Las tensinas

A mi prima Maite Hernández Aguilar, de la Unidad de Lactancia Materna.

Unas cincuenta mujeres, entradas en carnes y en años, posaban en la escalinata de la Diputación Provincial de Zaragoza, en la concurrida plaza de España. Como muchas llevaban vestidos del Valle de Tena, las llamaban las tensinas, pero venían de los rincones más aislados de Aragón. Todas mostraban sus enormes pechos y los ofrecían al público, como los vendedores de sartenes y pucheros en la plaza de El Frago. Por delante pasaban grupos de gentes endomingadas, que ni siguiera las miraban. De vez en cuando algún matrimonio emperifollado, ella con pamela y él con pajarita y leontina se acercaban interesados. Al instante se veían envueltos en un remolino de pezones chorreantes, que expandían su hedor agrio, como de establo.

Cuando me acercaba al grupo con mi madre, me pidió que la esperara en un banco de enfrente. Desde allí pude ver cómo se colocaba, de forma natural, en un lugar que debía ser su sitio. Se desabotonó la blusa, sacó sus pechos y levantó la voz:

—¡Leche de recién parida, puro calostro! No dejen pasar la ocasión.

A mi madre lo de hembra paridora le venía de casta. A las pocas horas de cada uno de sus ocho partos, animada por mi abuela, se ocupó de las cosas de casa:

—Así, así. El parto no es una enfermedad y la leche te subirá enseguida con el movimiento.

Cuando nació mi último hermano, mi madre me pidió que la acompañara a Zaragoza. Mi abuela se ocuparía del niño y de la casa, como había hecho siempre.

—Mira, hija, como ya eres mujer, va siendo hora de que hagas algo de provecho. Me ayudarás a que no se me retire la leche y, de paso, encontrarás algún trabajo con el que podremos mandar más dinero a casa. Tenemos tantas bocas que no podemos taparlas con la caridad del Ayuntamiento.

Hacía un par de años que mi padre se pasaba los días en la cama o tumbado en la cadiera. Cada vez tosía más y, cuando vomitaba, mi abuela corría a mirar el barreño a ver si era vino, pero no, no era vino, era sangre roja.

Mi abuela rondaba por la casa maldiciendo la mala suerte de mi madre con ese hombre que siempre había sido un gandul. Nos decía que, antes de caer enfermo, se pasaba la vida en la cantina o apurando a su mujer. Nosotros esto no lo entendíamos muy bien, solo sabíamos que nuestra madre pasaba largas temporadas fuera de casa y que, cuando volvía, no se levantaba de un sillón. La recuerdo siempre envuelta en un peinador. Ella nos decía que tenía hidropesía, pero yo pronto descubrí que estaba siempre embarazada.

—Si no fuera por Luciano, que se bajó de campanero a la Magdalena, haría años que todos estaríamos criando malvas. —repetía la abuela a todas las horas—. Luciano sí que es un buen hijo. Y mejor hermano. —Me cogía las manos—. Hija, no sé si sabes que le da cobijo a tu madre las temporadas que va a Zaragoza a ganarse un jornal como ama de cría.

Me contaba que ser ama de cría se ponía cada vez más difícil; que, con los malos tiempos que corrían, se ofrecían muchas mujeres y las señoras se habían vuelto muy exigentes a la hora de elegir. Además, lo perdían todo si se les retiraba la leche los días que estaban esperando una casa para la crianza. Por eso, mientras buscaban trabajo, algunas vivían juntas y se amamantaban unas a otras. Mi madre, vivía con su hermano Luciano en el desván de la torre de la Magdalena y, lo amamantaba por las noches. Cuando yo fui a vivir con ellos, mi tío siguió con la costumbre. Es que le había cogido gusto a eso de tetar a sus más de cuarenta años.

Aún no llevábamos una semana en Zaragoza cuando mi madre entró de nodriza a un chalet del paseo de Sagasta. Una casa modernista, de tres pisos, en la que vivía más gente que en El Frago. Tenían dos amas a la vez, una cocinera, una planchadora y dos lavanderas. Les pagaban poco, pero comían bien y tenían un techo.

Tardó poco en convencer a las lavanderas de la resistencia de mis manos para restregar las ropas sucias y resistir a la lejía. El primer día entré con ella por la puerta de servicio y me llevó a un cuartucho en el que, a los lados de una pila muy grande, se inclinaban dos cabezas y cuatro manos ágiles frotaban unas sábanas de lino.

—¡Oh! —Se me quedó la boca tan abierta que no me la podía tapar con la palma de la mano—. ¡Aquí las tienen encerradas! En El Frago estábamos al aire libre, nos reíamos y hasta jugábamos con el agua del Arba.

La mandamás de las lavanderas se acercó y me dio un abrazo.

—Quédate con nosotras, nos hacen falta unas risas cuando lavamos los calzoncillos amarronados del amo.

Mi madre estaba interna y yo ocupaba su sitio en el desván del campanario de la Magdalena. Entre las dos, cada semana reuníamos algunas perrillas de lo que nos pagaban y de lo que sisábamos. Además de dinero, también sisábamos azúcar, galletas y golosinas. Con todo, hacíamos un paquete y lo llevábamos al recadero de El Frago. Cuando lo recibían, mis hermanos montaban tal revuelo que en el pueblo pensaban que nadábamos en las aguas de la fortuna.

Ya llevábamos casi un año cuando mi madre empezó con una tos perruna. Si le llegaba un ataque con el niño en brazos, le pedía a la otra ama que le cediera un poco de su leche. Pero, aun así, el raquitismo estaba haciendo de las suyas. Ella lo intentaba ocultar envolviendo al niño en muchos ropajes, pero todo se destapó el día que. dando de mamar, le vino un vómito grande. En el cuarto de las amas se montó tanto revuelo que vino la señora y se puso hecha un basilisco.

Ese mismo día, los señores se deshicieron de nosotras. La mandamás de las lavanderas nos acompañó a la facultad de Medicina, donde atendían a los transeúntes y desharrapados. No nos dejaron entrar con mi madre. Yo iba todas las mañanas a preguntar, pero nadie sabía dónde estaba. Una tarde me encontré con una de las lavanderas y me dijo que los señores la habían dejado en la morgue. Me explicó que allí metían a todos los muertos en formol y los preparaban para que las manipularan los estudiantes en las clases de anatomía.

Se lo conté a mi tío y me dijo que era mejor no reclamar ni decir nada, que si nos la daban no podríamos pagar el entierro. Pensamos que era mejor así.

Desde que volví a casa, por las noches me persigue la imagen de las tensinas ordeñándose delante de la gente que las mira con indiferencia. Todas sienten la amenaza de quedarse sin leche o de que se les vuelva sangre.

Las imágenes de este relato están sacadas de la web, de varias páginas en las que no se identifican los derechos de las mismas.

La fotografía principal es una tarjeta postal de las nodrizas Pasiegas. Y la última una nodriza de 1837.

Carmen Romeo Pemán