El instante sagrado

Alguna vez leí que el momento de la muerte es una oportunidad excepcionalmente poderosa para purificar el karma. Pero, ¿será posible purificar el karma de un alma que utilizó el cuerpo para satisfacer sin pudor todos los placeres propios y ajenos? 

Soy drogadicta desde los catorce años, dealer desde los veintiuno y puta desde que tengo memoria. En el barrio me conocen como “Terroncito”. Conmigo puedes comprar la mejor heroína de la ciudad; yo solo vendo calidad y si el cliente paga un poco más le doy el servicio completo. Y ni para que te hablo de mi servicio post venta, conmigo tienes todo 100% garantizado. 

Esta mañana, después de otra sobredosis, la peor hasta ahora, cuando desperté en el hospital el médico me dijo que me quedan pocos meses de vida, con suerte tres. Y que si vuelvo a consumir lo más seguro es que no logre despertar de nuevo y ya no tenga que esperar unos meses. 

No había pensado en la muerte hasta ahora, ni siquiera cuando me internaron a los quince años en esa fundación de mierda en la que internan a todos los niños problema de este país. Ni los golpes con palos que me daban las enfermeras y la comida insípida y a medio cocer me hizo pensar en la muerte. Cuando por fin salí de ese lugar me prometí que jamás me iba a negar los placeres, jamás. 

Me gusta fumar, que el humo entre y salga de mis pulmones. Me gusta culiar, que mi piel se impregne del sudor de conocidos y desconocidos. Hombres o mujeres, me da igual. Me gusta la buena vida, esa en la que ningún don nadie te dice lo que tienes que hacer y después te da un sermón de lo que está bien y lo que está mal. Me gusta mi vida, la vida que he construido a pulso con mi imperio de drogas y mi pequeño prostíbulo personal. Y esa es la vida que me gustaría tener hasta que el humo no pueda entrar más en mis pulmones.

No tengo problema con vender mi cuerpo, finalmente, es solo un pedazo de carne y sangre que después de un tiempo de uso se pudre como todo en este mundo, así que hay que gozarlo; para eso es, no tiene otro propósito. Me gusta la sensación que me produce la aguja rozando la única vena buena que me queda, el instante sagrado en el que comienzo a ver los colores, las formas, en el que comienzo a disfrutar del silencio, de la apacible dicha que produce la nada. Sentir que estoy en dos mundos al mismo tiempo y en ninguno, que puedo ser una persona que vive entre dos realidades. 

La mayoría de mis clientes son mis amigos, incluso algunos han sido mis amantes. Me encanta que mi casa sea el centro donde toda la miseria de mi país explota y renace en un arco iris psicodélico por el que viajan los buenos deseos y las ganas de cambiar el mundo. Aunque al principio no la tuve fácil, no me he quejado de la vida que me tocó. He sufrido, sí, pero también he gozado y he amado. No me arrepiento de nada. 

Ahora que la muerte se arrastra silenciosa y está pasando lenta por debajo de mi puerta, me pregunto si la vida que escogí, la que elegí vivir, me hará arder en las llamas eternas de desesperación que ofrece el infierno. Cualquier buen religioso alegaría que mi vida mundana merece ese castigo. O quizás, como dicen las sagradas escrituras, aún tengo tiempo para abrazar el perdón divino y sentarme en el Valhalla a beber buen vino con Odín, o de pronto me reciba el Dios de los cristianos y primero me obligue a recorrer el mismo camino que Dante hasta encontrarme con mi versión de Beatriz. O a lo mejor tienen razón los budistas y volveré a este mundo de mierda una y otra vez hasta expiar algunos pecados y saldar todas mis cuentas. 

Me gusta la idea de tomar vino eternamente, pero el sistema que nos rige a los humanos considera que mi vida pecaminosa no merece la gloria, que hacer lo que me daba la gana no era correcto, que tenía que adaptarme, tener un trabajo “decente”, una familia, muchos hijos para inundar el planeta de más humanos, envejecer y morir entre lágrimas y susurros de compasión para cerrar el ciclo perfecto de la vida.

Cuando salí de la clínica esta mañana, caminé algunas cuadras hasta que me dolieron los juanetes. Luego me subí al primer bus que me dejaba cerca de mi casa, atestado de gente con olor ha guardado y a sudor agrio. En el departamento, cuando abrí la puerta, vi la mercancía apilada en un rincón de la sala, vi los sillones de tela manchados en los que me he tomado algunas cervezas con mis clientes y amigos. Vi los mejores momentos de mi vida pasar al galope enfrente de mi. En ese momento me vi cara a cara con la muerte y descubrí lo que tenía que hacer, lo que pasaría en los próximos días. Palpé el instante sagrado sin alucinógenos, el que te da la cercanía del último aliento. Lo abracé y escuché con atención el sonido de los minutos pasando implacables en todos los relojes de la casa. 

Aunque había una fecha límite y el tiempo corría en mi contra, se había esfumado como el humo del café que quedó sobre la mesa la noche anterior. ¿Tiempo? ¿A quién le importa el tiempo cuando los segundos están contados? Si podía purificar mi alma putrefacta para que el karma me dejara avanzar hacia el otro lado de la vida, no les abriría espacio a los arrepentimientos falsos, ni a Padre Nuestros recitados como una canción que se repite en la radio, ni me daría golpes de látigo hasta sangrar la indecencia.

Después de veintisiete años de vivir como una diosa entre mortales no era momento de entrar al sistema para dar vueltas, como un hámster que juega en su rueda hasta que le duelen las patas. Si me iba a entregar a la muerte, sin dramas ni lamentos, lo haría siendo quien había sido hasta ahora. Siendo yo. Una adicta y una puta. 

Mónica Solano

Imagen de Klaus Hausmann

Prejuicios

Carmen dejó caer sobre el platillo dos monedas de diez céntimos. El resto del billete lo había pagado con un muestrario de piezas de níquel pescadas una a una de su monedero. El gesto con el que el conductor cogió el dinero y le tendió el tique arrancó una tímida ovación entre los que estaban esperando para subir al autobús.

Sintió la tentación de sentarse ahí mismo y así silenciar los bufidos y aspavientos que se oían a su espalda pero lo descartó. Aquel sitio auguraba la cháchara de un hombre canoso, cuyo vello del pecho sobresalía por el cuello del polo y las bolsas de piel enrojecida se pegaban a sus gafas. La miraba anhelante, como si llevara todo el día esperando ese momento para poder entablar conversación con alguien. Carmen avanzó un poco, ante el evidente alivio del resto de viajeros, y se sentó al lado de una chica que le pareció demasiado joven para estar embarazada. Sin contestar a su saludo, Carmen juntó mucho las piernas y colocó el bolso sobre la falda para evitar que se le subiera y mostrara el dobladillo de sus medias calcetín.

Tres paradas más tarde la muchacha se levantó sin despedirse, y Carmen arrugó los labios. Un chico joven, con el pelo hacia atrás y una barba cerrada, ocupó el sitio que había dejado vacante. Su traje gris parecía bueno, de esos que caen con gracia y se ajustan ahí donde tienen que hacerlo.

—Buenas tardes —Le deseó Carmen, y relajó la presión de sus manos sobre el bolso.

—Hola —contestó él con voz profunda, como si estuviera hueco por dentro.

Sacó el móvil del interior de la americana, y empezó a mover lo dedos con agilidad por la superficie. Pasaba fotos rápidamente y de vez en cuando aparecían letras más o menos grandes que Carmen no llegaba a leer. Sacó las gafas de ver del bolso y se las ajustó sobre el puente de la nariz.

Segundos después se abanicaba con furia, primero con la mano y, cuando vio que no tenía suficiente, con un folleto del supermercado que rescató de su abrigo. Desvió la vista de la pantalla, donde seguía la  progresión de imágenes de úlceras y otras heridas supurantes, y observó al chico con una mueca de asco. Además de las uñas mordidas y rodeadas de pieles secas y arrancadas, lo que más llamaba su atención por encima de aquella barba espesa eran sus ojos, redondos y salidos como los de un sapo. El accesorio perfecto a su nariz grande y curva.

El teléfono del chico sonó con una melodía que invitaba a la audiencia a alzarse en armas y conquistar un país pequeño.

—¡Juan! —exclamó el chico. Carmen agudizó el oído—. Sí, mejor que bien. Las pocas preguntas que me han hecho han sido muy sencillas.

Carmen suspiró. Después de cinco minutos de espionaje casero había descubierto que el chico acababa de presentar un proyecto de doctorado, así que supuso que aquellas fotos tan extrañas debían formar parte de su tesis. No entendió las palabras técnicas pero estaba claro que el muchacho era médico.

Carmen se soltó el último botón de la blusa al imaginárselo ante ella en la consulta, con la bata blanca abierta sobre una camisa de raya diplomática y una corbata verde, a juego con sus ojos. El estetoscopio colgaría de aquel cuello ancho y masculino y le dedicaría una sonrisa, que quizá no haría zarpar barcos pero sí subir la fiebre cuando firmara sus recetas. Casi podía ver un destello de película en sus dientes. Casi podía oír el “clinc”.

—Podríamos ir a celebrarlo a nuestro restaurante. Yo invito— Continuó el doctor.

Carmen echó para atrás los hombros, esperando el desenlace de la conversación y el momento en el que pudiera preguntarle dónde pasaba consulta o cuándo podrían volver a verse.

—Te cuelgo, que estoy a punto de bajar del bus. Te quiero, vida mía.

El muchacho se despidió de Carmen. Ella ni siquiera lo miró.

Carla Campos

@CarlaCamposBlog

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Imagen de Matthew Henry